Once (upon a time) libros sobre puentes

No es difícil encontrar volúmenes de divulgación que se enorgullecen de ofrecer 1000 fotografías de deportivos de alta gama o cientos de formas de preparar el chocolate o hasta decenas de peinados de perro, cuyas cifras de ventas sirven en todo caso como indicador de las inquietudes de nuestra sociedad. También es frecuente toparte con ejemplares de diferentes tamaños, formas y colores con el título Arquitectura que puede estar matizado con algún calificativo como “contemporánea”, “moderna”, “nueva” o “¡increíble!” —lo he llegado a ver con admiraciones—, que casi parecen el antetítulo de una saga de superhéroes de Marvel, y cuyas portadas no varían en exceso: cuanto menor es el precio más probable es que estén copadas por el Museo Guggenheim de Bilbao o por un rascacielos de nuevo cuño. En cambio, no sé por qué es tan complicado encontrar libros sobre puentes. En cada librería o departamento de gran superficie, o feria del libro nuevo o usado, pregunto esperanzado y generalmente recibo respuestas negativas e incluso, en ocasiones, sorprendentes:

—Puentes de qué (WAT).

—No, pero tengo libros de arquitectura (Diciéndolo como si ambas cosas fueran excluyentes).

—¿Y ortodoncias? (Humor de dentistas)

Puede que por esta sobredosis de rechazos, cuando me dicen que sí, que tienen un ejemplar que encaja con mi descripción, me lo compro como si me faltara la fe. Luego, claro, me despierto a la mañana siguiente y, al girarme en la cama, me encuentro con ese libro infame en la mesita y me arrepiento profundamente. Para que no pasen por ese trance bochornoso les ofrezco mi opinión sobre once libros que tratan sobre puentes en general, así están sobre aviso si se sienten tentados a comprarlos. No es una lista exhaustiva ni responde a ningún criterio académico, es simplemente la colección que tengo y que, tras mucha dedicación (y dinero), he ido juntando. Si vienen a decirme en los comentarios, por ejemplo, “pero cómo no has comprado el Brücken-Bridges de Fritz Leonhardt por correo”, les responderé amablemente que acepto donaciones económicas o en especie.

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Tierra sobre el agua TroyanoTítulo: Tierra sobre el agua. Visión histórica universal de los puentes

Autor: Leonardo Fernández Troyano

Editorial: Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Características de la edición: Dos tomos, unas 925 páginas en total; 25×24.5 cm.

Hijo de uno de los mejores ingenieros que ha dado este país, Carlos Fernández Casado, y profesor de Puentes en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid durante varios años, Fernández Troyano firma la que puede que sea la monografía más exhaustiva sobre esta temática editada en el mundo, recogiendo en torno a 1500 puentes de todo el planeta. Obviamente, no se reduce a una simple mención de cada una de ellos, sino que está estructurado por tipologías (atirantados, colgantes, arcos, etc.) conteniendo cada capítulo una introducción al funcionamiento estructural de las mismas, a través de ejemplos, y comenta su evolución a lo largo de la historia, parándose en cada una de ellas el tiempo preciso porque, tal y como nos dice el autor “tan importante es, en la historia de los puentes, el Salgina Tobel, un arco de hormigón armado de 90 metros de luz, como el Golden Gate, un puente colgante de 1280 metros de luz, que son casi coetáneos”.

Mi nota: IMPRESCINDIBLE.

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Puentes WellsTítulo: Puentes

Autor: Matthew Wells

Editorial: H Kliczkowski Onlybook

Características de la edición: Unas 190 páginas; 30×24 cm.

Imagino que si un amante de la música clásica, rebuscando ilusionado en la sección de arte de cualquier librería, se encuentra un ejemplar que trata de su temática favorita cuya portada está ilustrada con una foto de Luis Cobos, emprenda una revuelta y lidere un movimiento de desobediencia civil que, con el tiempo, llegue a sonar con fuerza para ser condecorado por el Parlamento Europeo. Los aficionados a los puentes, por nuestra parte, no tenemos el legendario carácter volcánico de los seguidores de, por ejemplo, la música barroca, por lo que ante una obra sobre puentes ilustrada con un calatrava, negamos simplemente con la cabeza con resignación y abrimos el libro con la esperanza que de que todo haya sido un error del editor, puesto que hay veces en las que el contenido se salva y otras no. Este es de los que no. No me gusta ni su formato ni su estilo de narración.

Mi nota: insuficiente.

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New Bridges AsensioTítulo: New bridges

Autor: Francisco Asensio Cerver

Editorial: Arco editorial

Características de la edición: unas 160 páginas; 24.5×32.5 cm; íntegramente en inglés.

A pesar de cargar con la rémora de una pasarela de Calatrava en la portada, es más llamativo que esta fotografía represente una estructura que después no está descrita en el interior. No obstante, el contenido es bastante bueno y comprende la descripción de 15 estructuras de los últimos 30 años, en las que el diseño, la ejecución o la novedad son sus aspectos más destacables. Además de contener fotografías de gran formato, está ilustrado con planos, croquis con fases de obra y detalles constructivos, que aportan bastante información sobre el proceso que llevó a la consecución de cada una de estas obras.

Mi nota: es bien.

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Caminos en el aire ArenasTítulo: Caminos en el aire. Los puentes

Autor: Juan José Arenas

Editorial: Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos

Características de la edición: Dos tomos, unas 1030 páginas en total; 17×24 cm.

No soy muy partidario de definir el gusto por la lectura de un texto largo como “filosofía de lo lento”. Es obvio que longitud y velocidad son dos magnitudes que están relacionadas, pero no tienen por qué transmitir la misma idea: infinidad de libros de 400 páginas se leen en una sentada y se olvidan en menos tiempo aún; por el contrario, existen relatos breves que se han de paladear, interpretar y diseccionar hasta el átomo para captar toda su esencia. Pero claro, luego hay casos en los que extensión y profundidad van de la mano, sin dejar por el camino el entretenimiento. Esta monumental obra de Juan José Arenas, la que tiene el carácter más narrativo de todas las que estamos reseñando, es una de ellas. Desde los primeros puentes de piedra hasta los más modernos de hormigón pretensado, se hace un repaso por su historia explicando someramente el funcionamiento estructural de todos ellos. Además, el autor reflexiona sobre las dudas, temores y alegrías que pudieron tener los diseñadores de los puentes que se describen, situaciones que conoce de primera mano ya que se ha visto en similares tesituras a lo largo de su exitosa carrera profesional.

Mi nota: un rotundo sí.

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Puentes del mundo LockeTítulo: Puentes del mundo

Autores: Tim y Anne Locke

Editorial: Tikal

Características de la edición: Unas 250 páginas, 21×22.5 cm.

Ejemplar bastante correcto para aquellos que no tengan mucha idea y quieran introducirse en el mundo de los puentes sin gastar un dineral (lo compré por menos de diez euros), realizando una primera toma de contacto con las tipologías, obras emblemáticas y autores destacados, aunque no esperen demasiada profundidad ni nada que no encuentren en la Wikipedia; y es que, para los iniciados, puede parecer un tomo de una enciclopedia juvenil.

Mi nota: la relación calidad-precio hace que ande más cerca del notable que del suficiente.

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Puentes DupreTítulo: Puentes

Autora: Judith Dupré

Editorial: Könneman

Características de la edición: Unas 130 páginas; 46.5×20 cm.

El libro comienza con una entrevista introductoria a Frank Gehry, lo cual me parece muy bien, el hombre tiene su prestigio (aunque se autoplagie), no digo que no, pero de puentes no es precisamente un especialista. Es como empezar un tratado sobre fútbol con una entrevista a Michael Jordan. Pero esta introducción no enturbia el contenido. Estructurado en capítulos donde se alternan descripciones de tipologías, catástrofes, puentes de guerra o puentes en el cine, con estudios a doble página de los 46 puentes que considera más destacados de la historia, ya sea por luz o por diseño. Este libro llama la atención en cualquier librería por su formato apaisado que potencia la horizontalidad de las estructuras, pudiendo contemplar con detalle el alzado sin perder la referencia de la luz, lo que me da una idea: ¿por qué no hacer desplegables en los libros de puentes? No creo que nadie lo confunda con una revista pornográfica.

Como curiosidad, este volumen se complementa con otra obra de Dupré (Rascacielos) con el mismo formato aunque intercambiando la base por la altura para poner en valor la verticalidad de las edificaciones.

Mi nota: solo desaconsejo su compra a los que sufran un trastorno obsesivo-compulsivo porque enloquecerán al no poder colocarlo en una estantería sin que desentone con el resto de su biblioteca.

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Puentes ManterolaTítulo: Puentes

Autor: Javier Manterola

Editorial: ETS de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid

Características de la edición: Seis tomos, en torno a 1300 páginas en total; 21×29.5 cm.

He elegido voluntariamente la portada más disuasoria de los seis volúmenes porque, si bien esta obra cuenta con introducciones descriptivas de las distintas tipologías de puentes donde se trata la evolución histórica de las mismas, el texto entra en profundidad en sus métodos de cálculo y fases constructivas, lo que es lógico puesto que son los apuntes de las clases que impartía Manterola en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos de Madrid en la asignatura Puentes, de la que es catedrático. Si no me creen, fíjense en el título de algún subcapítulo: Armado de una losa en dos direcciones perpendiculares cuando estas no coinciden con las direcciones de los momentos principales o Relación arco-tablero bajo cargas transversales y excéntricas. Prosa fina, vamos.

Mi nota: si usted puede vivir tranquilo y dormir a pierna suelta sin saber, por ejemplo, qué formas existen de modelizar un tablero para su cálculo, este NO es su libro. El resto, que apoquine sin miedo los 120 euros que creo que cuesta la actual edición en dos volúmenes.

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Forma y tipo AguilóTítulo: Forma y tipo en el arte de construir puentes

Autor: Miguel Aguiló

Editorial: Abada Editores

Características de la edición: Unas 360 páginas; 16.5×23.5 cm.

El autor facilitó el primer borrador de este ensayo a especialistas en puentes como Javier Manterola y Julio Martínez Calzón, entre otros, para que diesen su opinión ya que, a pesar de que Aguiló es Doctor Ingeniero de Caminos, la orientación de este trabajo está en la línea de su cátedra (Arte y Estética de la Ingeniería). En este libro se analiza cómo a lo largo de la historia se han ido repitiendo formas y tipologías hasta que una serie de figuras insignes (Freyssinet, Roebling, Maillart, Torroja, Morandi, etc.) han ido un paso más allá de lo conocido dando lugar a obras emblemáticas. Me ha gustado especialmente el apartado “Formas creativas de innovación”, donde se tratan soluciones estructurales fuera de lo común. Por otra parte, resulta chocante que apenas contenga fotografías, sino que está ilustrado profusamente con dibujos de los puentes.

Mi nota: lo recomiendo, es muy interesante.

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Nuevos puentes RoigTítulo: Nuevos puentes. New bridges

Autor: Joan Roig

Editorial: Gustavo Gili

Características de la edición: Unas 190 páginas; 26×26 cm; bilingüe (español-inglés).

Roig es titulado en Arquitectura y, además de diseñador de puentes, es profesor de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Tal vez por deformación profesional este libro es diferente a la mayoría de trabajos sobre esta temática. El enfoque del análisis de los puentes se centra en aspectos digamos menos ingenieriles y más arquitectónicos, como nos insinúan los títulos de los capítulos en los que está articulado: Construcción y disciplina, Estructura y monumento, Ciudad y espacio público, Historia y metáfora. La propia portada es una declaración de intenciones: cuesta distinguir un puente en la fotografía, estando en primer plano su acceso y su conexión con el entorno, sin importar la luz del mismo (no se ve el estribo opuesto).

Mi nota: vale mucho la pena.

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Bridges TorresTítulo: Bridges

Autora: Martha Torres Arcila

Editorial: Atrium Group

Características de la edición: Unas 570 páginas; 14.5×19.5 cm; trilingüe (inglés, alemán y francés).

Creo que existe una versión en la que uno de los idiomas es el castellano, de lo que me enteré tras adquirir este ejemplar que no obstante se puede utilizar como una piedra de Rosetta para hablar de puentes. Las tres columnas correspondientes a cada traducción del texto restan descripción a las obras y estas, por motivos de espacio, son muy concretas y directas, sin florituras literarias, pero se compensa con una buena y extensa selección de puentes (calculo que unos 200… porque no hay índice y no me he puesto a contarlos) deteniéndose en ejemplos poco conocidos e ilustrados con bastantes fotografías y planos.

Mi nota: el reducido formato, que no permite apreciar suficientemente fotografías y croquis, la escasa descripción de las obras y la ausencia de índice, le baja la nota y por eso se queda en un suficiente.

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Bridges that changed the world GrafTítulo: Bridges that changed the world

Autor: Bernhard Graf

Editorial: Prestel

Características de la edición: Unas 130 páginas; 31×24.5 cm; íntegramente en inglés.

Este libro lo mencionamos tangencialmente en el nº 2 de Jot Down debido a que su título (puentes que cambiaron el mundo) acierta al incluir el puente del Alamillo, entre esas estructuras “revolucionarias”, aunque no por el motivo que el autor lo cita: una malísima solución estructural consiguió reconocimiento al manipular la percepción de la misma de obra civil a obra de arte. Y es que un libro sobre puentes que ensalza el Alamillo ha de cogerse con pinzas. Por si fuera poco, para echar más leña al fuego, la breve introducción se abre con una cita de Calatrava. Y los 51 puentes que están descritos con más ilusión que acierto. Puede que ya de entrada me haya predispuesto en su contra, pero no sé, algo bueno tengo puede tener. Hum… Las fotografías no están mal. Las tapas son duras. No sé qué más decir.

Mi nota: putamierda esto… no, en fin, que cada cual haga lo que quiera con su dinero.

Nota: las portadas de los libros están a la misma escala para poder apreciar las diferencias de tamaño.


El desierto de los tártaros

Dino Buzzati
Alianza Editorial

El inexorable paso del tiempo y la consunción de la existencia de muchos individuos en una futilidad absurda ha sido el tema de algunas grandes obras literarias encabezadas por La montaña mágica de Thomas Mann, esa monumental novela que advierte sobre los peligros de adormecernos en la anestesia de lo mundano dejando que nuestras vidas se desvanezcan sin propósito, como en un sueño. Ese lamento existencialista sobre la facilidad de los hombres para abandonarse al vacío y convertirse en meros espectadores inertes de sus breves vidas es también la clave principal de El desierto de los tártaros, la opresiva novela del italiano Dino Buzzati. En esta su obra más conocida Buzzati narra la pequeña tragedia vital de Drogo, un joven militar recién salido de la escuela de oficiales que es destinado a una fortaleza situada al borde del desierto. Construida en otros tiempos como bastión de defensa frente a los ataques de los tártaros, la fortaleza es ahora una guarnición anticuada e inútil, mantenida con medios mínimos por si a los tártaros se les ocurriese volver a atacar… posibilidad que ya sólo pertenece al pasado. El joven Drogo llega a su nuevo destino con el corazón repleto de sueños y proyectos: anhela que se produzca un ataque para poder demostrar su valor, convertirse en un respetado héroe de guerra y progresar en su carrera militar. Está convencido de que una nueva guerra contra los tártaros será su trampolín hacia el éxito y considera su estancia en el desierto como un capítulo meramente transitorio en su, por otra parte, brillante futuro.

Pero, pese al entusiasmo con que el novato oficial afronta su nueva misión, la rutinaria monotonía de la vida en la fortaleza va apoderándose de su espíritu, despojándole del entusiasmo y la iniciativa con que había afrontado la experiencia. Progresivamente adormecido por un corrosivo aburrimiento vital, Drogo cae sin darse cuenta en un estado de apatía y los años comienzan a desfilar ante sus ojos mientras él se limita a continuar con aquella rutina que ni siquiera le satisface. Cada vez más, el mundo que dejó atrás —la vida más allá de la fortaleza— parece algo lejano e irreal y el desangelado cuartel se convierte en su único universo; una agobiante jaula donde sin darse cuenta va dejando que desaparezcan sus sueños y esperanzas, abandonándose al vacío mientras los demás consiguen progresar. El ataque de los tártaros, la gran apuesta de su vida, no sucederá jamás.

La historia que nos cuenta Buzzati es dura, deprimente y desesperante como sólo puede serlo la historia de un hombre que malgasta su única y preciosa vida sin motivo alguno en pos de un propósito que resultaba absurdo desde el principio. Si Thomas Mann nos hacía una advertencia sutil en La montaña mágica, Buzzati nos envía una estridente y dolorosa señal de alarma: el mundo está repleto de Drogos que dejan escapar los valiosísimos años que se les ha concedido sobre la tierra esperando aquel ataque de los tártaros que se suponía había de cambiar sus vidas. Así, El desierto de los tártaros, es la clase de lectura que puede llegar a afectar la visión del mundo del lector y, con suerte, transformarle. Al ser mucho menos efectista que —por ejemplo— un Saramago pero también más elegante y de una literatura más clasicista y reposada, El desierto de los tártaros no es quizá una obra de consumo masivo, pero sí un libro imprescindible para quien busque metáforas existenciales no tan obvias y (con perdón) “para todos los públicos” como las del premio Nobel portugués.

 

 


Hotel Iris

Yoko Ogawa

Ediciones B

Puede resultar sorprendente que en un mismo texto convivan la más refinada crueldad y una sutil ternura… Y sin embargo esa dicotomía se da en todas las novelas de Yoko Ogawa, autora a la que muchos descubrieron en España gracias al inquietante librito ilustrado El embarazo de mi hermana o la mucho más amable novela La fórmula preferida del profesor, ambas recientemente editadas por Funambulista. Pero varios años antes Ediciones B había publicado mi novela preferida de Ogawa, una perturbadora fábula sexual llamada Hotel Iris que pasó en su momento más desapercibida.

La protagonista y voz narradora de la novela es una adolescente de diecisiete años llamada Mari que vive y trabaja en un hotel decadente de la costa japonesa. Sobreviviendo bajo la sombra de un padre muerto y la férula pasivo-agresiva de una madre dominante, Mari no va sobrada ni de autoestima ni de motivos para sentirse feliz… al menos hasta la aparición de un huésped cincuentón, traductor al ruso de textos banales, aficionado a traer prostitutas a la habitación 202 y poseedor de un magnetismo especial que fascina enseguida a la adolescente. Las primeras palabras que Mari oye salir de su boca son “cállate, puta” (pronunciadas sin enfado sino con una especie de autoridad cansada), y aunque no iban dirigidas a ella, resuenan extrañamente en su interior. Y ya que algo le dice que preferiría recibir órdenes de ese hombre de hermosa voz que de su insoportable madre, decide acercarse a él y ver qué ocurre…

La relación de claros tintes sadomasoquistas que se establece a partir de ahí entre el traductor y la adolescente no es reflejada de la forma positiva que puede encontrarse en películas como Secretary o libros como Diosa. No tiene un componente alegre, curativo o regenerador con el que puedan identificarse los aficionados al BDSM. Pero cuidado: tampoco se muestra como una relación destructiva ni estamos ante un panfleto conservador sobre los peligros del sexo extremo. No hay maltrato ni abuso: lo que se muestra en la novela es el amor violento y obsesivo de dos personajes heridos y desconcertados, que gracias a una ducha escocesa emocional de humillaciones y muestras de afecto alcanzan una unión sexual y espiritual increíblemente intensa.

Es significativo subrayar que el libro es profundamente sexual a pesar de que el traductor no llegue a desnudarse en ningún momento de la novela (lo más que llega a ver Mari es su pie descalzo en cierto momento), quedando más o menos implícito que nunca follan (léase “practican el coito”) directamente. Sin embargo, las páginas que describen sus lametones, azotes, humillaciones, ataduras, caricias y bofetadas prácticamente vibran en las manos del lector: son totalmente eléctricas a pesar del tono frío y aparentemente distanciado con que Mari narra en todo momento sus experiencias. Salvo una notable excepción que no conviene desvelar, Mari vive su objetización masoquista de forma placentera y liberadora: “al recibir un trato brutal, como si no fuera más que un pedazo de carne, una oleada de puro placer se formaba en lo más profundo de mi ser”.

A muchos lectores les cuesta empatizar con el traductor, al fin y al cabo un hombre varias décadas mayor que involucra a una adolescente en una relación oscura y brutal. Resulta difícil ir más allá de la primera impresión de que se está aprovechando de ella. Sin embargo, y tal vez porque lo vemos a través de los ojos enamorados y excitados de Mari, lo cierto es que el traductor es un personaje carismático, rico y profundo, con un evidente núcleo de inseguridad y culpa tras su coraza impasible de Amo autoritario; un ermitaño emocional que se ve enfrentado de nuevo, tras mucho tiempo de paz, a deseos e impulsos que había logrado controlar. Y es que tanto Mari como el traductor son dos bombas de relojería desajustadas esperando a sincronizarse para estallar.

Hotel Iris es una lectura que resulta a la vez desasosegante, potente, excitante e incómoda: Ogawa es una escritora hábil y sutil, que sabe mover con elegancia a sus personajes de la sordidez más extrema a la cotidianeidad naturalista. Lo único que lastra la novela es su precipitado final, que pretende ofrecer un cierre a la historia del traductor de un modo totalmente extemporáneo. Pero no deja de ser una objeción menor a una obra tan morbosamente atrayente y emocionalmente inquietante como un polvo en un cementerio.


Educación siberiana

Nikolái Lilin

Salamandra

La primera obra de Nikolái Lilin ha conseguido situarle en un lugar privilegiado del panorama editorial italiano con más de 28000 ejemplares vendidos en 48 horas y el aplauso de la crítica especializada. Roberto Saviano, esa diana ambulante de la Camorra que guarda alguna que otra similitud con el siberiano (ambos hablan al lector desde su experiencia personal de un submundo criminal y macarra) no ha dudado en loar las virtudes de este curioso relato de violencia y transformación personal, ejerciendo según alguno cierto patronazgo sobre el invento.

Lilin ¿presume? de pertenecer a la etnia de los urcas, “una insólita comunidad de bandidos siberianos que tienen el dudoso honor de ser los únicos oponentes de Stalin que fueron deportados desde Siberia en lugar de hacia Siberia”, una especie de hermandad de atracadores y contrabandistas regida por un férreo código ético atado a la tradición ortodoxa y el respeto por la libertad individual. La descripción de estos “criminales honestos” es uno de los puntos fuertes de una historia que se muestra irregular y escrita en un estilo acartonado perfectamente achacable a que el autor no lo hiciese valiéndose de su lengua materna, sino directamente en italiano.

Sin embargo no cabe hablar de una novela autobiográfica en sentido estricto sino más bien de una sucesión de escenas que van de la descripción pastoral de la bella Rusia y los episodios nostálgicos de infancia —que en ocasiones la acercan peligrosamente a una versión de Aquellos maravillosos años en la que los niños acuden al colegio con navajas automáticas y puños americanos— a la escabechina más salvaje. A pesar de todo el universo urca llega a ser fascinante en su lacónica recreación de ambientes dominados por la jerarquía criminal, la violencia por motivos de honor, la espartana justicia administrada por la propia comunidad, su respeto por la iconografía religiosa y los múltiples códigos de conducta que, como los tatuajes que se intercalan entre capítulo y capítulo, cifran las relaciones entre las buenas gentes del hampa. Para algo el autor acabó dedicándose al tatuaje profesional especializado en señores con el pelo al rape y condenas de dos dígitos.

Encantará a los seguidores de Mario Puzo con esa mezcla de religiosería chunga y violencia desbocada (algunas secuencias son realmente atroces); decepcionará a aquellos que esperen grandes dosis de transcendencia en un libro que, además de un interesante fondo documental acerca de un pueblo desconocido hasta ahora para el gran público, ofrece uno de esos chutes de fascinación y adrenalina que obligan a quemar el libro en el transporte público.


Biografías rockeras

Sexo, drogas, rock & roll. Es el gran tópico en torno a las estrellas del rock: sus vidas repletas de excesos, megalomanía y pérdida del contacto con la realidad; biografías adornadas además con multitud de leyendas truculentas y anécdotas delirantes. Todo esto hace que las biografías de los iconos rockeros constituyan a menudo una lectura fascinante, no solamente para sus seguidores sino para cualquier tipo de lector, le guste o no la música rock. Proponemos aquí una breve selección de títulos que os harán pasar un buen rato: insistimos en que no es necesario apreciar la música de estos artistas —es más, ni siquiera es necesario saber exactamente quiénes son—  para poder disfrutar de estas lecturas:

Último tren a Memphis / Amores que matan, por Peter Guralnick

Los dos volúmenes de la que, sin lugar a dudas, es la obra definitiva sobre Elvis Presley y una de las mejores biografías que se hayan escrito nunca sobre un icono del mundo del espectáculo. Aunque Elvis es quizá el artista al que se ha dedicado la bibliografía más extensa del siglo XX, ningún otro libro ha llegado —ni probablemente llegará en el futuro— al nivel de excelencia de estos dos tomos. Peter Guralnick ha documentado cada momento de la vida de Elvis a través de fuentes fiables y pese a su exactitud enciclopédica no es ni mucho menos una lectura pesada: de hecho la narración resulta dinámica y absorbente. La agilidad del estilo de Guralnick y la constante inclusión de testimonios directos de gente que conoció a Elvis hace que los personajes y las situaciones cobren vida ante nuestros ojos.

El primer volumen, Último tren a Memphis, describe de manera extraordinariamente vívida los humildes orígenes de Elvis Presley y su repentina ascensión al estrellato. El segundo volumen, Amores que matan, describe el proceso de deificación del ídolo y su progresiva decadencia personal. Durante toda la obra se perfila no sólo la personalidad de Elvis, sino las razones que hicieron de él un mito viviente —razones que iban mucho más allá del simple marketing— y la colosal influencia que tuvo sobre la cultura juvenil y la evolución musical de la segunda mitad del siglo XX. Aunque Guralnick es obviamente un fan de Elvis, uno de los aspectos más interesantes del libro es su apabullante objetividad, ya sea para describir al personaje, ya sea para hablar de su música. Peter Guralnick no importuna al lector con sus opiniones, lo cual se agradece, y las pocas veces en que se permite la licencia de juzgar la música de Elvis da muestras de una finura de criterio admirable: uno puede estar de acuerdo o no con Guralnick las pocas veces en que critica tal o cual disco, pero es innegable que el escritor sabe muy bien de lo que habla. Pero insistimos: la música es sólo el telón de fondo de lo que es una obra sobre la epopeya personal de un individuo singular, Elvis Presley, que fue catapultado a un irreal estatus de Dios sobre la tierra que terminó por destruirle. Estos dos libros son la crónica del precio que pagó un individuo por convertirse en la sacrosanta efigie cultural de una generación.

En resumen: lectura recomendada para cualquier lector sean cuales sean sus gustos musicales; imprescindible para quien esté interesado en la música popular y los fenómenos sociológicos asociados a ella… y sencillamente una Biblia que debería lanzarse a adquirir ahora mismo quien sea un fan de Elvis Presley. Dicho de otro modo: una obra maestra del género biográfico.

Los trapos sucios, por Mötley Crüe

El nombre Mötley Crüe quizá no dispare demasiados resortes en aquellos lectores ajenos al mundillo del rock duro, pero han parido una de las autobiografías más divertidas publicadas en años. Es bien sabido que sus vidas han consistido en un maremagnum de sexo, alcohol, drogas, escándalos y en definitiva, un carrusel de constante irresponsabilidad suicida. En Los trapos sucios se han encargado con contárnoslo ellos mismos: los cuatro músicos han escrito el libro, pero no juntos, sino por separado. Lo realmente divertido de esta autobiografía es que los miembros de Mötley Crüe se reparten la escritura de las diferentes partes de libro, con lo que cada capítulo es alternativamente escrito por cada uno de ellos. Esa forma de escribir la autobiografía es una gran idea, porque según quién escriba el capítulo concreto les vemos dar distintas —y contradictorias— versiones de un mismo hecho, ridiculizarse mutuamente, desmentirse unos a otros y dando la hilarante impresión de que entre ellos reina la más absoluta falta de entendimiento.

Además de las anécdotas de toda índole que pueblan el libro —las más aberrantes protagonizadas, cómo no, por el esquizoide Ozzy Osbourne, capaz de esnifar una fila de hormigas o lamer un charco de orín— resulta sumamente ilustrativo contemplar cómo las cuatro personalidades del grupo van emergiendo capítulo a capítulo, hasta que tenemos una buena idea de lo difícil que resulta para individuos tan diferentes seguir juntos en el negocio. Desde la permanente acidez y sarcasmo de Nikki Sixx hasta la evidente cortedad de Tommy Lee, quien —como sospechábamos— es un tontolaba de consideración (por ejemplo, el capítulo en que narra cómo se enamoró de Pamela Anderson es estúpido y sonrojante a partes iguales). Pasando por la más serena reflexión de Mick Mars —el único que parece una persona normal ahí dentro— o las autojustificaciones del autodestructivo Vince Neil, quien debe de tener bono de cliente preferente en todos los antros de strippers de la nación. En resumen, un libro divertidísimo para comprobar en qué han empleado su tiempo tipos que a los veinte años se convirtieron en estrellas y aún no han bajado de la nube… sea cual sea la sustancia que les provoca esa nube.

White line fever, por Lemmy Kilminster.

En dos palabras: humor inglés. Para mucha gente, la apariencia de Ian “Lemmy” Kilminster o la ruidosa música de su grupo Motörhead serán sin duda una barrera difícil de superar, pero eso no debería impedir que se acerquen a este libro. Es una de las autobiografías más divertidas publicadas en años, gracias a la constante ironía típicamente británica que tiñe el texto desde el primero hasta el último renglón. Lemmy es una leyenda del rock y lo ha vivido prácticamente todo en el negocio: vio comenzar a los Beatles y a los Stones, conoció a Jimi Hendrix, ha visto surgir movimientos y corrientes de todo tipo, se ha codeado con estrellas como los Guns’n’Roses y ha tenido romances con célebres féminas del mundo del espectáculo (aunque, haciendo gala de su fama de gentleman, no cita a casi ninguna de ellas). Pero insistimos: el punto fuerte del libro es su sentido del humor y el distanciamiento hilarante con el que narra la evolución de su carrera. En su libro, Lemmy optó por dejar fuera muchas anécdotas, algunas bien conocidas, pero lo suplió con toneladas de ironía. Hay pasajes que no tienen desperdicio, como cuando Lemmy describe su paso por Hawkwind, aquel caótico grupo hippie que logró cierta notoriedad gracias a su música alucinógena —y por momentos intragable—, pero cuyos miembros desaparecían sin dejar rastro en pleno cuelgue de LSD para, en ocasiones, reaparecer al cabo de meses o años como si tal cosa, cuando sus compañeros ni siquiera sabían si estaban vivos o muertos. Lo dicho, un libro muy recomendable para el que hay que dejar a un lado prejuicios musicales, porque el humor de Lemmy trasciende géneros y estilos.

Cosas que los nietos deberían saber, de Mark Oliver Everett

Una de las sorpresas editoriales en cuanto a autobiografías musicales en los últimos tiempos. El líder del grupo Eels podía ser una figura más o menos apreciada por según qué públicos, pero nadie esperaba que su autobiografía resultara tan interesante. De hecho, el boca a boca ha funcionado de maravilla con este libro y lo ha convertido en un éxito de ventas, incluso en el caso de lectores que —como quien escribe estas líneas— apenas habían escuchado su música o siguen sin interesarse mucho por ella. Hay buenos motivos para el éxito del libro, y uno de esos motivos es que Mark Oliver Everett sabe escribir. Aquí no tenemos el humor de Lemmy Kilminster o las historias truculentas de Mötley Crüe, pero tampoco hace falta. Es un libro serio, en el que Everett reflexiona sobre sí mismo y sus demonios internos, preguntándose constantemente cómo alguien que tenía todas las papeletas para ser un perdedor ha terminado teniendo éxito. Aunque pueda sonar a “músico que adopta la pose de artista maldito”, no nos engañemos: el libro destila sinceridad por los cuatro costados y Everett se destapa como un individuo sumamente inteligente, cuyas cavilaciones nunca dejan de sorprender al lector. La filosofía personal de Everett, su aguda inteligencia y el modo en que ha luchado por superar sus traumas personales y familiares ha conseguido que haya quien incluso etiquete Cosas que los nietos deberían saber somo un “libro de autoayuda”, lo cual es bastante inexacto pero da una idea de por dónde van los tiros. Everett no pretendía escribir un libro de autoayuda —ni mucho menos— pero habla de sí mismo con tal transparencia y perspicacia que acaba ganándose nuestra simpatía y, de hecho, convirtiéndose en una especie de referente. Sin embargo, que nadie piense que el libro es por ello aburrido o espeso: como ya hemos dicho, Everett sabe escribir (de hecho es todavía mejor escritor que músico) y su estilo es ágil, preciso y bastante absorbente. Hagamos que el boca a boca continúe: lectura muy recomendada que difícilmente defraudará a nadie.


Una semana en el motor de un autobús

Nando Cruz

Ediciones Lengua de Trapo


 

Y estallan los sentidos, en colores aún por inventar.

(Toxicosmos. Los Planetas)

Trece años después de la publicación de uno de los mejores discos de la última década del siglo XX sale a la venta un libro en el que se disecciona la concepción, desarrollo y grabación del mismo con exhaustividad y estilo exquisito. Una semana en el motor de un autobús aúna excepcional labor de documentación y crónica literaria y engrandece aún más la obra magna del grupo granadino.

En el año 1999, Rockdelux editó un libro sobre Los Planetas, La verdadera historia. Aquella obra, curiosa y entretenida, no pasaba de ser un reportaje extenso de interés únicamente para melómanos o fans. Una semana… es otra cosa. Se puede leer y disfrutar sin haber oído hablar en tu vida de Los Planetas. Lo aclaro porque es entendible que pueda causar rechazo un título en el que se relata el proceso creativo de un grupo que, en el mejor de los casos, es desconocido. Eso sí, si alguien conoce a Los Planetas es imposible que su opinión no sea extremista, despertando los más enconados odios o las más fervientes pasiones. Pero no estamos hablando de música ahora, se trata de un libro.

Pensemos por un momento en Anatomía de un instante, de Javier Cercas. ¿Quién no sabe algo sobre el 23-F? El rechazo al golpe, como el valor en el ejército, se supone, claro. Entonces, ¿por qué la lectura de este magnífico texto nos envuelve y sumerge en los sucesos que narra y nos los hace vivir —paradójicamente— como ficción inédita? Por la forma en que nos relata unos hechos ya de por sí interesantes. Así, quien apenas conozca la existencia de Los Planetas, Una semana… puede leerse como una novela en la se describe cómo la creatividad lucha contra adversidades reales o ficticias, manipulando amistades o modelando los principios morales hasta hacerlos acordes a las circunstancias con el único fin de conseguir publicar un disco, su mejor disco.

El punto de partida de la historia es a la vez un punto de inflexión en la carrera musical del grupo que, de poder haberse convertido en una formación radioformulable, pasó a grabar el mejor disco nacional de los años 90. En ocasiones, las trayectorias divergen por pequeños detalles: pura teoría del caos. En otoño del 97 el grupo estaba formado por J, cantante, compositor y guitarrista, Florent, guitarrista y compositor (ambos son, legalmente hablando, Los Planetas) y… ya está. Su anterior bajista y el batería, por una u otra razón, habían dejado su puesto. En estas circunstancias, fueron invitados a tocar en un encuentro de radios europeas en Copenhague, en el que cada cadena era representada por una formación musical. Florent había dejado claro desde el aeropuerto sus intenciones para ese viaje, porque se personó en el mostrador de facturación con una bolsa de plástico llena de pastillas como único equipaje. Completaron el grupo con Novi (técnico de sonido habitual de los conciertos y bajista en P.P.M.) y Eric (batería de Lagartija Nick que ya había tocado en el grupo ocasionalmente); no es de extrañar que el concierto fuera un desastre arrastrado por la ausencia mental del guitarrista que se había abandonado totalmente al consumo de drogas.

La espiral autodestructiva de Florent amenazaba con llevarse de la mano a Los Planetas: Los Planetas, sin Florent, no tenía futuro como grupo; J, sin Los Planetas, no veía futuro como artista; J, Florent y Los Planetas, tenían que seguir adelante fuese como fuese. Porque J se había empeñado en dedicarse únicamente a la música, sentía que en su interior se estaba fraguando un disco importante, conceptual, que podría definirlos como artistas. Se veía a sí mismo luchando contra todo: un grupo que se desmoronaba a su alrededor, amistades que no le ayudaban en su propósito, la discográfica que no veía claro el camino que estaban tomando y rechazaba una maqueta tras otra, trabajar para una multinacional cuando se consideraba independiente, los remordimientos por la situación de Florent (J había insistido en las ventajas de experimentar con drogas en el proceso creativo)… Este fue el caldo de cultivo en el que se iría desarrollando el disco repleto de metarreferencias que tienen la virtud de entenderse como dilemas universales y que Nando Cruz interpreta y nos descubre, casi a nivel psicoanalítico, en cada una de las letras de las canciones, que son a su vez una crónica de la lucha, dudas, sufrimiento, tozudez, y talento del grupo y que, finalmente, se vieron recompensados ante la acogida de crítica y público que tuvo el disco.


Manifiesto de economistas aterrados

Varios autores

Editorial Barataria

 

Llegó a mis manos, no sé si de casualidad, este pequeño librito, más bien panfleto, que se lee en un par de cruasanes, un café y la tabla del siete y que he considerado interesante compartir con ustedes. Hace año y medio cuatro reputados  economistas franceses de distintas bases teóricas publicaron el Manifiesto de Economistas Aterrados, creando posteriormente un ecosistema web asociado para organizar mejor su difusión y seguimiento de actividades: antes, ya sin vida aunque online, y ahora. Lamento comunicarles la malhadada evidencia: están en francés y yo no soy Víctor Hugo, así que no les puedo ayudar más que lo que pueden hacer ustedes mismos o Rita.  Por suerte, el libro no solamente se puede encontrar de forma gratuita en formato electrónico, sino también en bendito papel; pequeña edición y elegante aunque temible portada, editado por Barataria en la colección Pasos Perdidos a precio de cubata. Es una escasa sesentena de páginas que detalladas podrían dar para agotar un par de selvas vírgenes: introducción, diez falacias y conclusión, en las que se desmontan a grandes rasgos los mantras que los hombres caja-registradora han conseguido asentar en nuestras cabezas de tanto repetirlos a través de la boca o pluma de políticos, tertulianos, periodistas y listillos de cafetería. Tanto que hasta usted mismo notará cuando los descubra que casi los puede recitar sin pensar, como La canción del pirata.

No desvelaré quién es el asesino, pero debo decir con buen ánimo que estas falacias son explicadas con suficiente sencillez como para que las entienda cualquiera con un mínimo interés por lo que está leyendo. La primera es la siguiente: los mercados financieros son eficientes. CHAN CHAAN. No digan que no es un buen tráiler; puedo ver a Bruce Willis con esa mirada ida que pone tan bien, un ábaco en una mano, una pistola en la otra y billetazos de quinientos euros volando incendiados alrededor a cámara lenta.

Dejando las fantasías para otro momento, no puedo olvidarme de comentar que estos diez puntos se ven acompañados de una serie de medidas (veintidós) planteadas para debate que tienen como objetivo contrarrestar las situaciones que se describen y critican. Alivio para algunos optimistas, manos a la cabeza para ciertos pesimistas y una puerta cerrada para los que ya tenían en la punta de la lengua el “¡una crítica sin alternativas no es algo válido!”.

Setecientos economistas habían firmado ya este manifiesto en septiembre de 2010, en enero de 2011 ya eran tres mil noventa y cinco. ¿Usted lo firmaría? Al menos léalo, no sentirá que ha perdido el tiempo.


Treinta imprescindibles de la editorial Valdemar

Ilustración: Diego Cuevas.

La literatura, desde no se sabe muy bien cuándo, ha llegado a ser un gran lenitivo. Nos gustaría ser listos, tan listos como un premio Nobel o un tertuliano de derechas, pero como nunca podremos llegar a ese nivel nos conformamos con aparentarlo. Así que ya que hay que pasar el mal trago de leer, disfrutemos haciéndolo. Y como circulan por ahí cientos de cánones, y todos son iguales y todos están en lo cierto, proponemos una selección alternativa rebuscando entre los rincones más profundos de la blasfema y diabólica editorial Valdemar.

Faltan títulos clásicos de la literatura gótica como El monje, El castillo de Otranto y Frankenstein que, la verdad sea dicha, cualquiera se puede ahorrar a no ser que encuentre un raro goce leyendo literatura que fue de género hace ya doscientos años. De los clásicos de la literatura macabra nosotros solo aconsejamos que se acerquen con la mente bien abierta a los monumentales Melmoth el errabundo, de Charles Maturin, y al Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jean Potocki. En ellos sí que encontrarán literatura de calidad y, con suerte, alguna monja ensangrentada.

Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey

Adam Parfrey recopila una serie de textos de la contracultura norteamericana de finales del pasado siglo. Asesinos en serie, ventajas de la autocastración, teorías conspiranoicas, pornografía estrambótica, necrofilia… una Realidad que está Ahí Fuera, oculta tras los cauces de la normalidad que la corrección política ha construido alrededor. Nada más sorprendente o desasosegante que lo que hoy podemos encontrar en internet sin desearlo siquiera. Pero siempre luce más leerlo en un libro. El siglo XX era esto.

Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire

El poeta se lanza con alegría a un ejercicio de superación. Página tras página nos ametralla con perversiones cada vez más enfermizas: sexo grupal, pedofilia, torturas, desmembramientos, coprofilia… escrito con tal maestría que el lector oscila de forma constante entre el horror, el desconcierto, el asco y la risa.

¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

Antología que recopila los cuentos fantásticos de Bierce. Desde relatos con tanta influencia posterior en el terror sobrenatural como «El ente sin nombre» a muestras de su negrísimo humor característico como «El clan de los parricidas». Imprescindible.

Danza macabra, de Stephen King

Ante la sola mención de su nombre el lector intelectual constreñirá el gesto como si tuviera que degustar un menú confeccionado por Bear Grylls. Pero King, además de ser uno de los más grandes cuentistas de la historia en su género, es un certero ensayista. En este libro estudia y disecciona de manera maravillosa el viejo arte de sentir y provocar miedo.

Brujas, sapos y aquelarres, de Pilar Pedraza

Aunque son igual de recomendables todas sus obras de ficción, resulta de especial interés este ensayo sobre la brujería, desde sus orígenes, sus múltiples significados, su persecución y su incorporación a la cultura popular. La maravillosa prosa de espíritu gótico y a veces perverso que Pila Pedraza utiliza en sus relatos y novelas no se convierte aquí en un ensayo abstruso, en un ladrillo, vaya. Al contrario, es una obra de fácil lectura y que contiene además una reivindicación de la figura femenina. Instruir deleitando.

Cthulhu: una celebración de los mitos, de H. P. Lovecraft y otros

Recopilación de los más representativos cuentos escritos alrededor de los mitos iniciados por Lovecraft. Cualquier aficionado al género debería conocerlos de memoria, aunque solo sea para aplicar con criterio el adjetivo «cthuloideo» a la criatura que se nos acerca en la oscuridad de un bar de copas para reclamar amor en esa hora incierta en la que ya no quedan seres humanos.

Trilogía del abismo, de William Hope Hodgson

Hodgson, como Saki, murió antes de tiempo a causa de un cómico accidente bélico, si es que morir en guerra puede considerarse accidente. Aun así, tuvo tiempo de regalarle al mundo algunas de las mejores obras de terror de todos los tiempos. Estas tres novelas son básicas para entender el universo literario que creó, en el que el horror acecha desde un otro lado que es todas partes.

Justine o los infortunios de la virtud, del marqués de Sade

En Valdemar encontramos la más completa edición de esta obra. Justin, bella joven en plena edad del pavo, deambula por el mundo convencida de que la virtud lo vence todo. Una serie de individuos pertenecientes a los estamentos del poder de su época (Iglesia, nobleza, alta burguesía) le explican lo que es el mal por el expeditivo procedimiento de encadenarla en sórdidos escenarios y tratarla de la manera más sádica capítulo tras capítulo.

Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, de Thomas De Quincey

Obra maestra del humor negro. En un mundo mejor las conferencias en los clubs de caballeros serían siempre así, con un individuo loando la estética del asesinato mientras el resto de miembros se pregunta quién diablos es ese tipo, cómo es posible que explique esas barbaridades con tanto estilo y si el hecho de que no quede una gota de brandy en el mueble bar tiene alguna relación con lo que está pasando.

Las canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs

Pierre Louÿs despliega su talento y erudición escribiendo una serie de poemas eróticos que atribuye a una desconocida poeta griega de la Antigüedad. Con tanta habilidad que, en su tiempo, muchos críticos creyeron que ciertamente era una traducción. Erotismo de calidad y aproximación intelectual indispensable al noble arte del amor homosexual.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

Entretenida novela con marcado carácter juvenil porque se obvia uno de los aspectos que preocuparían a cualquiera que se plantee seriamente quedarse abandonado en una isla desierta (o casi): el sexo. A pesar de ello o tal vez por eso mismo, resulta curiosa la forma de abordar la soledad y la originalidad a la hora de poner nombre a un amigo indígena.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

La historia es un mero ejercicio literario para mitificar la figura de Kurtz, hacernos fascinante el personaje y, cuando mejor lo estábamos pasando con la novela (ya que el principio es bastante pesado), el horror. Kurtz, ese gran cliffhanger.

Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne

Únicamente tras una dosis doble de concentrado de suspensión de credulidad se puede disfrutar de esta delirante historia de ciencia ficción, que podría ser entendida como una gran metáfora sobre una comida copiosa y su correspondiente digestión pesada; bien pudo ser la inspiración de Verne.

El proceso, de Franz Kafka

Todo el mundo piensa en el manzanazo de La Metamorfosis pero en mi opinión, el mejor pasaje de Kafka está en esta obra; cuando se llevan en volandas al inocente Joseph K. prácticamente suspendido en el aire. Imprescindible, aunque solo sea para aparentar cierta talla intelectual en las tertulias con amigos imaginarios ilustrados.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle

¡Encontrar dinosaurios vivos! Lo mejor que puede haber en la vida. Como sesión de tarde en el cine, pero en libro. Y lo bueno es que su origen no es una premisa insostenible científicamente como en la obra anteriormente comentada de Julio Verne.

Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche

Un tipo baja de la montaña y comienza a soltar discursos y aforismos como el que no quiere la cosa. El texto rebosa belleza literaria, más allá de las opiniones filosóficas del autor que de esta obra en particular piensa (aunque su opinión no sea muy objetiva) que es lo más grande que ha habido en la historia de la humanidad.

El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle

¿Quién no conoce a Sherlock Holmes? Ahora, que levante la mano quien haya leído una novela de Sherlock Holmes. Lo que suponía. Leyendo El sabueso… se paladea la verdadera esencia de las andanzas del detective, tan manoseada cinematográficamente que ha perdido esa personalidad resabidilla y asperger de Holmes, y los giros y trampas del escritor. Por otra parte, Watson es tan patán como siempre nos han hecho ver.

La máquina del tiempo y otros relatos, Herbert George Wells

Totalmente prescindibles los otros relatos, la historia central es un clásico aunque es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano: viajo en el tiempo en una máquina que no voy a describir y no me mojo con paradojas temporales. Bastante falsa como obra de ciencia ficción, la verdad, pero entretenida como curiosidad.

La madriguera del gusano blanco, de Bram Stoker

Un desconcertante desvarío creativo, aparentemente fruto del consumo de drogas, en el que el surrealismo gótico se desboca con las andanzas de una suerte de súcubo que da nombre a la obra. No sale Drácula.

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson

Esta obra se ha convertido en una fábrica de iconos y tópicos en cuanto a la temática de piratas, en algunos casos muy bien llevados (Monkey Island) o destrozados (Piratas del Caribe III). Nunca he podido evitar que me cayera mejor Long John Silver que Jim Hawkins: al final, es el personaje más coherente y con más personalidad de la novela.

El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton

Hay quien ve esta novelita como una alegoría del cristianismo. O como una exploración del nihilismo, o del existencialismo, o del anarquismo. Puede ser. Pero si no quieren que les duela la cabeza, léanlo, déjense bigote, denle cera, cómprense un bombín y metan una bomba debajo. Usen contraseñas hasta para abrirle la puerta al pizzero. Disfruten.

El que susurra en la oscuridad, de H. P. Lovecraft

Si lo que se desea es ponerse al día con Cthulhu antes de que venga a llevarnos a todos y merecer entonces sentarse al abrigo de su tentáculo diestro, háganse con este bonito y manejable volumen encuadernado en tapa dura y, si bien no podrán competir con aquellos que hayan leído sus dos tomos de obras completas publicados en esta misma editorial, al menos sí conocerán los fundamentos básicos de los mitos descubiertos —que no inventados, pues son reales— por Lovecraft. Este es el libro que se encontrará en el cajón de la mesilla de noche de cualquier hotel cuando llegue la noche de la Segunda Venida.

El gran dios Pan, de Arthur Machen

Arthur Machen, que fue muchísimas cosas —entre ellas periodista y miembro de las sociedades esotéricas más conocidas de la época, y nótese la graciosa paradoja—, se adelantó unos cuantos años a la locura blackmetalera y su adoración por el paganismo y el poder divino de la naturaleza escribiendo esta novella plagada de cerebros trepanados, copulaciones monstruosas, orgías que harían parecer cualquier dark room inside un jardín de infancia sueco, sadismo, maldad y, este es el elemento distintivo, un lirismo que conjugado con lo demás hace que el lector, salvo que sea el mismísimo Richard Ramírez, se cague por la pata abajo. El paradigma de la obra maestra.

La guardia de Jonás, de Jack Cady

Toda la colección Insomnia, dedicada a la literatura de terror contemporánea, es un festín para cualquiera que disfrute pasando miedo. Abarca desde el gore pornográfico de Graham Masterton (El hijo de la bestia), el homenaje a Lovecraft que supera al homenajeado (Extraños eones, de Emilio Bueso) o la road movie apocalíptica y descarnada (Pronto será de noche, de Jesús Cañadas). Como no solamente de sangre y vísceras vive Satán, sino también de poesía, destacaremos aquí la novela de Jack Cady. Los relatos marinos de fantasmas muchas veces dan lugar a grandísimos poemas en prosa, y este es uno de los mejores. No da miedo, es cierto, pero resulta ser lo que un sabio fumando en pipa definiría como alta literatura.

Indian Country, de Dorothy M. Johnson

Hay muchas razones por las que, guiados por los prejuicios, podrían rechazar este pequeño librito. Son relatos ambientados en el salvaje Oeste, un género ya pasado de moda cuando Franco inauguraba pantanos. Además, son relatos que dieron pie a grandes películas del género, así que se podría considerar que no hay razón para leerlos. Harían mal. Serían desgraciados sin saber la causa de su desdicha. Porque, aparte de que tanto El hombre que mató a Liberty Valance como Un hombre llamado caballo son totalmente distintos y hasta opuestos a las películas que inspiraron —más modernos, aún más rebosantes de vida, aún más poéticos—, el resto de la colección compite sin dificultad con la mejor narrativa breve que se haya escrito en inglés en los siglos XX y XXI.

El trampero, de Vardis Fisher

Y, para no quedarse en el formato corto, den el salto al novelón. Da igual que hayan visto Las aventuras de Jeremiah Johnson; esta novela —en la que se basa la película— es aún mejor. Grandiosa como los parajes por los que vagan el trampero y las tribus indígenas que lo persiguen. Rebosante de humanidad, de exaltación, de crueldad. Un argumento de peso con el que demostrar que el cine nunca podrá alcanzar el nivel intelectual que puede lograr la literatura.

Musgos de una vieja factoría, de Nathaniel Hawthorne

«El joven Goodman Brown», incluido en este volumen, es el mejor relato corto que se haya escrito en lengua inglesa. Ah, de acuerdo, es una afirmación muy seria y tajante, y quizás no la compartan quienes no gocen con las descripciones de aquelarres, quienes no hayan meditado sobre el poder del mal y la omnipresencia del diablo, que mora incluso en los púlpitos y los confesionarios; quizá la desprecien quienes estén seguros de que fue Dios quien ganó el combate y desterró a Lucifer a los infiernos más profundos. Da igual. Es un cuento sensacional y —junto con «Rip van Winkle», que también pueden encontrar en el volumen La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving— el mejor exponente de que a principios del siglo XIX se hacía una literatura atemporal, que no ha perdido un ápice de fuerza en los doscientos años transcurridos.

Noctuario, de Thomas Ligotti

Quienes piensen que la literatura de terror es un género menor, una lectura entretenida con la que pasar las horas entre chapuzón y chapuzón a la orilla del mar —¡iä, iä, Cthulhu fhtagn!—, intenten adentrarse en la complejidad de las narraciones de Ligotti. Oscuro, ambiguo, denso. Hay quien defiende que, en literatura, el mejor estilo es aquel que no se nota. Otros sostenemos que lo realmente difícil al escribir narrativa es tener un estilo propio, identificable, y que además sea el sostén de la historia que se está contando. Léanlo para entender del todo lo que queremos decir.


Los años verdes

Yukio Mishima

Cátedra

 

A pesar de que el japonés tarado por antonomasia dejó un legado ingente, lo que conocemos de él en este país pertenece fundamentalmente a su última época. Por fortuna eso va cambiando y, en este caso, Cátedra ha recuperado uno de los trabajos del Mishima más joven, en el que cuesta percibir el germen de lo que más tarde acabaría siendo el objetivo fundamental de su obra —esto es, el nacionalismo, la pureza, el rito de la muerte, fotografiarse desnudo lleno de flechas y darse gustico pensando en el seppuku—. Esta es una obra no trascendente pero interesante en la que  el protagonista es un joven que, en el Japón de posguerra, abandona sus estudios para dedicarse a estafar a través de un sistema piramidal. Esta pérdida de valores, que es el mensaje principal, se justifica en parte debido a la época convulsa y alocada en la que le toca vivir unida a la particular (y escasa) conciencia social de la que hace gala el protagonista, que lo mismo teoriza con aplicar un férreo modelo matemático al sistema judicial, que se descojona de su primo —que lo quiere y respeta— en su puta cara. Toda esta crítica, no obstante, está salpicada de escenas cuasi-cómicas o, al menos, revestidas de cierto patetismo gracioso que sirven de sutil contrapunto a la trama. Una muy buena aproximación a la obra del primer Mishima.


El hombre que cayó a la tierra

El hombre que cayó a la Tierra (1976). Imagen: British Lion Film Corporation / Columbia Pictures.

Walter Tevis
Gaudeamus

Los escasos habitantes de un agonizante planeta (llamado Anthea en la novela, aunque presumiblemente se trata de Marte) reúnen sus últimos recursos materiales para enviar a un explorador al planeta Tierra. Este explorador, de una raza casi idéntica la humana y que mientras se camufla entre los terrícolas se hará llamar Newton, tiene la misión de utilizar sus conocimientos tecnológicos para registrar diversas patentes que le permitan ganar una inmensa fortuna. Con ese dinero, y en total secreto, Newton intentará construir una nave espacial con la que rescatar a los escasos supervivientes que han quedado en su mundo —incluyendo a su propia familia— y traerlos a nuestro planeta para garantizarles un futuro.

Bajo esta premisa más o menos estereotípica, Walter Tevis construyó una de las novelas más originales y emotivas en el género de la ciencia-ficción. El extraterrestre de su historia, pese a su superioridad tecnológica y su aguda inteligencia, será la víctima de su feroz inadaptación a este nuestro mundo, que a él le resulta extraño y amenazante. No sólo la gravedad terrestre le hará propenso a roturas de huesos y a sentir dolor con cualquier movimiento brusco, sino que la soledad y el temor constante a que su verdadera identidad sea descubierta le conducen a un destructivo proceso de alienación que termina convirtiéndole en un individuo apático, amargado y alcohólico.

El hombre que cayó a la Tierra es una de las novelas que marcó el giro de la temática extraterrestre en la ciencia-ficción: el alienígena ya no es solamente una amenaza o un ente superior dispuesto a guiar y reeducar al hombre, sino un ser cautivo de nuestros mismos miedos, para quien el contacto con la raza humana resulta aterrador y psicológicamente destructivo. De hecho, el protagonista del libro es humano —sus diferencias anatómicas con los terrícolas son mínimas; sus diferencias emocionales también—, y es humano incluso en la desorientación y el constante sentimiento de indefensión que experimenta al verse de repente rodeado de una cultura que le cuesta comprender, como puede ocurrirle a cualquier inmigrante. El tono de tragedia es lo que diferencia este libro de otros experimentos literarios similares al estilo de Forastero en tierra extraña de Robert A. Heinlein: en aquel libro de Heinlein (absorbente e inteligente lectura, nada que ver con su célebre pero discutible Starship troopers) el extraterrestre tenía importantes lecciones que transmitir a los terrícolas. En El hombre que cayó a la tierra, sin embargo, el alienígena lo único que tiene para enseñarnos son algunas novedades tecnológicas superfluas porque en todo lo demás no puede darnos lecciones, sintiéndose tan perdido y confuso como nosotros mismos, o más.

Resumiendo: El hombre que cayó a la Tierra supuso un giro refrescante para el género en un momento histórico en que la ciencia-ficción necesitaba trascender la fantasía tecnológica hacia una perspectiva más humanista. Existe una irregular versión cinematográfica protagonizada por David Bowie (quien no es un gran actor pero resultó sorprendentemente idóneo para el papel) pero lo cierto es que la película deja algo que desear y no captura la multitud de matices del original. El libro, sin embargo, es la clase de novela que puede gustar incluso a quienes no son consumidores habituales del género. Muy recomendable.