El lector no existe

El lector no existeUna revista en blanco y negro que publica entrevistas muy largas. Yo llevaría unos cinco años en Madrid, empezaba a estabilizarme como corresponsal en España de medios franceses tras formarme como periodista y dar saltos de pulgas de redacción española en redacción francesa, según se liberaban puestos, se abrían medios y se despedían plantillas. Esa es la definición que me vino a la cabeza cuando empezaron a llegarme enlaces a los artículos de Jot Down. No eran términos especialmente halagadores. Eran, en parte, injustos. Para empezar, porque para tener la seguridad y honestidad suficientes para calificar una publicación, hay que haberle dedicado un poco de lectura. Y para leer entrevistas tan largas, hay que tener un mínimo de interés como lector. Acusar, entonces, a una revista de publicar textos demasiados largos, pero volver a leerla con asiduidad es una contradicción. O es masoquismo, que no digo que no. El caso es que encontré entrevistas que me retuvieron lo suficiente para que me quedase a leerlas. Empecé con lo fácil: gente de mi sector, a los que me gusta leer, que habla de temas que conozco. Recuerdo una a Enric González, que leí con avidez; devoré otra a Soledad Gallego-Díaz… Profesionales a los que admiras por su trabajo y su forma de explicarlo y que tiene esa capacidad de expresar claramente ideas que tú no sospechabas siquiera que, confusamente, ya compartías en secreto.

Las leí enteras, sí, pero, oigan, eran largas. A mí las entrevistas largas siempre me han parecido de entrevistadores perezosos o cobardes. No puedo dar clases de teoría del periodismo, porque no lo he estudiado —en Francia no existe la carrera de Periodismo, uno estudia algo en concreto y luego intenta que lo cojan en un máster de Periodismo o, en su defecto, en una redacción—. Pero, por lo que he podido observar en quince años de práctica profesional, mi definición mínima del periodismo sería un conjunto de técnicas que se aplican para describir la realidad inmediata. Una realidad que, si puedes, es bueno que hayas estudiado, aunque sea desde un enfoque parcial o parcelario. Yo estudié Ciencias Políticas en Francia e hice un máster de Periodismo en España, que en un año te enseña lo suficiente como para que entiendas lo que te cuentan y cuentes para que te entiendan. «Escuchar, ver y contar. Mathieu, hacemos un oficio de gilipollas», me dijo una vez uno de los periodistas menos gilipollas que he podido conocer. Guy Sitbon, que nació en una familia judía de Túnez, soñó con trabajar para el deportivo L’Équipe, acabó cubriendo toda la descolonización del Magreb para las mejores publicaciones y edificó una fortuna con revistas de erotismo epistolar.

Mi base es tenue, pero creo que suficiente para decir que periodismo es elegir. «Jerarquizar», dicen los que teorizan; «apostar», repiten en las redacciones como si fueran sucursales del «Juega, juega, juega». No puedes contar toda la realidad. Tienes la soberana pretensión de decidir por el público qué merece la pena ser contado. Hay que tener arrogancia —puede ayudar ser francés—. Arriesgas. Eliminas. «Elegir es renunciar para siempre, para jamás, a todo lo demás», escribió André Gide. Transcribes una hora de conversación, que se te queda en unos cincuenta mil caracteres. Llegas a diez mil enfrentando dilemas éticos. Tu jefe quiere que llegues a cuatro mil quinientos y negocias cinco mil doscientos. Vuelves a cortar a tu entrevistado, te sientes un miserable, ¿cómo vas a suprimir esa parte que te dijo que era tan importante? ¿Realmente te puedes cargar ese pasaje en el que sentías que tu escucha, totalmente sincera, te hacía ganar la simpatía de tu interlocutor? Lo borras. Y entregas el texto cinco minutos antes de la hora límite. Y crees que al entrevistado no le va a hacer mucha gracia, pero que el resultado expresa de forma resumida lo más interesante, original, rompedor, aclarador de todo lo que él te ha dicho, y que no viola su pensamiento. E imaginas que, a lo mejor, el lector le va a dedicar unos minutos y, con suerte, va a llegar al final sin cansarse demasiado, habrá aprendido algo, y, en el mejor de los casos lo llevará a reflexionar, aunque sean treinta segundos.

Eso es lo difícil, caramba. Eso es lo que cuesta horas. No hacer preguntas y repreguntas, ni crear un clima de confianza para que el entrevistado se abra, ni darle al rec de la grabadora, ni transcribir el intercambio, que esa última tarea la realizan hasta aplicaciones informáticas. Todo eso, claramente, es de gilipollas, como decía Sitbon. Posiblemente —se me ocurre ahora, estoy haciendo el análisis mientras escribo estas líneas— fuera eso lo que me cabreaba en las entrevistas infinitas de Jot Down. Sus afortunados autores no tienen que sufrir con las tijeras, no conocen ese ctrl-x que dejas en un documento anexo por si lo puedes rescatar después, aunque tú sabes perfectamente que te estás engañando, que es mentira, que lo que se quita no resucita jamás. Ellos no tienen que pasar por ahí. Envidia cochina.

Un día me contactaron desde Jot Down para proponer entrevistarme. ¡Ahora las respuestas largas las iba a dar yo! En Twitter había tenido algún intercambio con pretensión humorística con quien lleva la cuenta de la bola de billar. Me gusta su humor ácido. Siempre he considerado el humor como la aplicación más generosa que se puede dar a la inteligencia. Yo siempre he ambicionado hacer reír, tener gracia. Con éxito relativo, todo hay que decirlo, y con grandes dificultades para exportar a España las formulas risueñas que funcionan en Francia. De pequeño, en mi familia admiraba a quienes provocaban las risas de los comensales. En Twitter a veces tengo gracia. El formato ayuda. Buscas la fórmula, el juego de palabras, puedes pensarte un poco la gracia, puedes experimentar y ver qué funciona, qué consigue más RT y más likes

A lo mejor los ilusos de Jot Down creyeron por eso que entrevistarme podía ser una buena idea. Craso error. En la vida real, tengo muchas más veces l’esprit de l’escalier, que teorizó Diderot y que la Wikipedia traduce como «el ingenio de la escalera» y define como «el acto de pensar en una respuesta ingeniosa cuando es demasiado tarde para darla». Además, no suelo hablar de mi vida privada, en la que incluyo mis opiniones políticas, ni tengo una pasión ni una habilidad en alguna disciplina extraordinariamente llamativa. Vamos, que ni toco el arpa ni soy friki de los corredores húngaros del Tour en los años cincuenta. Y encima creo que los periodistas no somos los mejores profesionales para ser entrevistados. Como me dijo un compañero de Le Figaro de visita por la Barcelona independentista del 2017: «Entrevistar a un periodista es como sacar a bailar a tu hermana. Es fácil pero no sirve para nada». 

Así que avisé a la directora. «Os voy a resultar soso». En aquel entonces, el sosismo no era ninguna virtud que pudiera reivindicar ningún cabeza de lista a la Comunidad de Madrid. Ella me dijo que seguro que no, que me iba a entrevistar un periodista al que tengo gran respeto desde que leo sus completísimos reportajes. Que también me iban a sacar unas fotos estupendas. En blanco y negro, claro. Cedí y accedí. Posiblemente por ego. Hay pocos oficios más egotistas que los escasos que te pagan por poner tu nombre delante de un texto o debajo de una carita y dar el resultado a ver a miles o millones de desconocidos. A lo mejor también pesó un poco el sentimiento de justicia. Los periodistas nos pasamos la vida pidiendo a los demás que nos regalen horas de la suya para explicarnos cosas que entienden mejor que nosotros. No parece lógico negarse a devolver el favor cuando te lo piden.

La entrevista resultó sosa, confirmó la directora. Creo recordar que dijo que la más sosa de la historia de la revista. Seguramente con buen criterio. Quien avisa no es traidor. Me confesaron que el redactor había sudado la gota gorda para llegar a la extensión mínima legal. Por incluir, incluyó hasta respuestas sobre el régimen social de los periodistas en Francia, que no sé si interesarían ni a la sección de trabajadores de la información de la gaceta interna de una organización sindical. 

Entre lo poco que quedó fuera, había unas consideraciones mías sobre los conflictos de intereses en el periodismo español. Dije que no entendía que los presentadores de los dos telediarios más vistos pudieran vender sopas y seguros en sus ratos libres, ni que la responsable de uno de los matinales de mayor audiencia promocionara yogures. Nunca pregunté por qué no había espacio para esas reflexiones. El entrevistado es libre de responder lo que quiera y quien conduce la entrevista decide soberanamente qué preguntas entran debajo de su firma. 

La gente que no trabaja en los medios pregunta muchas veces sobre censura y autocensura. Yo, desde dentro, he visto muy pocos casos. Prueba de ello es que esas respuestas que no salieron en esa entrevista en 2019 se publican dos años después en formato de columna. El funcionamiento de la prensa es mucho más aburrido que los escándalos de la censura y las conspiraciones de novelas de espías que nos gustaría ver en ella. Hay temas de los que no se habla porque nadie piensa que puedan interesar, o porque hay división de opiniones en esa absurda arrogancia de pretender saber lo que quiere el lector. Nadie sabe qué quiere el lector. Da igual lo que digan las cifras de audiencias de las teles y las visitas de las webs. El lector es múltiple, es contradictorio, es inconsistente. No existe el lector.

Desde hace un año soy un lector más asiduo de la edición de papel. El caso es que le regalé una suscripción a Filmin y Jot Down a mi pareja. También le di más cosas, que va a parecer que uso su cumpleaños para hacerme autorregalos, y no es el caso. No empecemos con malos rollos, que ella va a ser la primera en leerme antes de que envíe mi texto a la redacción, me quitará errores de idioma y me dirá que eso no se entiende y aquello no tiene ninguna gracia. Lo mismo ahora mismo parece que estamos dialogando, usted lector y yo autor, y al final ella me dice que este pasaje es absurdo y me lo cargo. No sé para qué explico todo eso. Pero ¿usted quién es? Déjeme en paz. A lo que iba. Que ahora recibimos la revista cada trimestre en casa. No juzgo solo por los links que me puedan llegar, sino que tengo en mano el objeto revista, el conjunto con los temas que sé que voy a leer, los que sé que no me van a interesar y los que nunca hubiera imaginado que pudieran faltar en mi vida, pero que al tenerlos delante resultan fundamentales. 

Un solo ejemplo. Hace algunos meses leí un artículo sobre una película de Truffaut. Primero quise hacer una foto para sacar a mi perro que se llama como el director de cine. Y luego me lo leí. Aprendí algo de L’Enfant sauvage (El pequeño salvaje), de educación, socialización y cultura. Pero entendí otra cosa. Entre entrevista larga y conversación sin editar, me puedo topar en Jot Down con historias que no voy a encontrar en ningún otro sitio. Es más, puedo descubrir en ella temas que en mi sano juicio no iba a buscar en ninguna parte. 

A lo mejor es eso la que la distingue de otros medios. Una capacidad para sorprender al lector, para darle de comer unas historias de las que no sospechaba tener hambre. En eso, puede que sea el antialgoritmo. Ninguna fórmula informática conseguirá sacarte de la burbuja de tus pequeños centros de interés, porque las redes sociales buscan precisamente mantenerte en tu mundillo de convicciones y hobbies, quieren acertar siempre y tentarte con un clic en el noventa y nueve por ciento de los casos. Jot Down me tienta con el uno por ciento restante. «Apuesta», como dirían en las redacciones tradicionales que no se arriesgan tanto. Y unas cuantas veces, gana. A mí me ha ganado para leer historias sobre temas que escapan totalmente a mis necesidades profesionales y mis centros de interés personales. Y eso que soy el entrevistado más soso de su historia. Cumpleaños feliz, querida bola, y que cumplas muchos más, por favor.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down nº35 especial «10º Anivesario», ya disponible en nuestra tienda.

 


Hara-Kiri: una revista tonta y mala

Estimado Sr. Martínez:

Por la presente le comunico que, finalmente, no me encuentro en disposición de venderle los ejemplares de la revista satírica francesa Hara-Kiri que habíamos acordado. Me va usted a perdonar, pero soy un hombre respetable, tengo un nombre aquí en París, y no es mi intención caer en desgracia por cruzar la frontera española con mercancía ilegal. No es ningún secreto que algunos números de este antecedente extremo y amoral de Charlie Hebdo están prohibidos tanto en Francia como en España, y viajar con esas revistas en mi equipaje sería una absoluta temeridad. Sepa que esto me perjudica más a mí que a usted, pues no es fácil encontrar un coleccionista que me abone tan elevadas cifras por un montón de papeles viejos con horribles dibujos, si bien hay números concretos, como el primero, cuyo valor en subasta supera los mil quinientos euros.

Supongo que ya sabrá que la palabra japonesa harakiri significa ‘cortar el vientre’ y se usa para denominar al suicidio ritual por desentrañamiento. El término, que en Japón se considera un tanto vulgar frente al más elegante seppuku, le venía al pelo a una publicación satírica que bien podría haberse llamado Kamikaze, puesto que su vocación era tan suicida como homicida. Fue Hara-Kiri un auténtico ejemplo de crueldad igualitaria, pues se ensañaba con todo y con todos, fuera cual fuera su sexo, condición, nacionalidad, religión, ideología o pelaje. Como aquella canción de Eskorbuto, Hara-Kiri era antitodo: puro nihilismo, lucha necia, vanguardia surrealista de una Francia insumisa en una Europa que, cada vez más lejos de la tradición, se perdía el respeto a sí misma y, por ende, al mundo mundial.

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«La libre comunicación de ideas y opiniones es uno de los derechos más preciados del hombre; por lo tanto, todo ciudadano puede hablar, escribir e imprimir libremente, debiendo responder del abuso de esta libertad en los casos determinados por ley», dice el artículo 11 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, síntesis del derecho francés de la información. Por un lado, este derecho propició la irrupción de algo tan virulento como Hara-Kiri y, por otro, se encargó de prohibirlo cuando se pasó de la raya. Pero empecemos por el principio. 

En septiembre de 1960, el escritor François Cavanna, el dibujante Fred y el humorista y periodista Georges Bernier (alias Professeur Choron) fundaron la revista Hara-Kiri. Bernier y Cavanna se conocieron ya a mediados de los años cincuenta, en la redacción del panfleto satírico Zéro. Bernier describía a Cavanna como «un tipo con cara de oficial de las SS que hubiera perdido el casco», y Cavanna hablaba de Bernier como de «un señor de cráneo redondo y bigote amarillo ataviado con una estrambótica camisa de cuadros». 

Aunque la redacción era un caos, el trabajo en Hara-Kiri se ordenó así: Choron rumiaba las barrabasadas, Fred tramaba la dirección artística y Cavanna escribía, pulía y editaba el disparate. Un triángulo imparable que, aderezado con numerosos colaboradores, convirtió la revista en un éxito. 

Aunque al principio los propios autores repartían su artefacto contracultural por las calles, a finales de año ya estaban en los quioscos. Su rápido crecimiento tenía un motivo: jamás había existido en Francia una revista de humor tan corrosiva. 

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Poco a poco, la popularidad de Hara-Kiri fue creciendo, cimentándose sobre una base de fans que celebraba cada provocación del pasquín como si fuera maná caído del cielo. Y no porque derrochara ingenio. De hecho, vistas hoy, la mayoría de las ocurrencias publicadas en esas páginas resultan grotescas, más cerca del vómito nihilista que del fino humorismo galo. 

Entre el material que usted pretendía comprarme está la portada del número 7, ilustrada con una dama paseando con correa de perro a su marido discapacitado en silla de ruedas. O la del 181, donde sale una motosierra decapitando a un hombre bajo el titular «Por una pena de muerte más humana». O la del 211, donde aparece el ayatolá Jomeini agarrado a una muñeca hinchable. O blasfemias como aquel falso anuncio de contraportada donde un sacerdote alza una sagrada forma junto a las frases «¿Intestino fatigado? ¡Cómase a Dios!» y, más abajo, una cajita de «hostias digestivas». O aquella foto de una mocita vestida de comunión que, levantándose la falda, mostraba un velludo pene junto al titular: «El escándalo de las hostias y las hormonas: ella cambió de sexo el día de su Primera Comunión». O aquella Virgen María afeitándose a la diestra de las palabras «Revelación: ¡La Santa Virgen es un travelo!». O aquel otro falso anuncio donde una chica despatarrada y con las bragas bajadas se agarraba a una botella de agua mineral sobre el eslogan: «Después de la violación… bebo Perrier». Y así podría seguir toda la carta. Pero se me acaba la tinta y todavía tengo que contarle cómo acabó este fistro de revista que, desde su número 7, se hizo llamar «tonta y mala» con todo el derecho del mundo. 

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«Si no lo puede comprar, róbelo». Era el lema de la campaña radiofónica con la que Hara-Kiri tocó su techo de popularidad, llegando a despachar más de doscientos cincuenta mil ejemplares de cada número. También ayudó Jean-Christophe Averty, que apoyó la revista desde su polémico programa de televisión Les Raisins verts

Pero, en 1961, el Gobierno prohibió Hara-Kiri, en virtud de leyes de protección de la infancia y la juventud aprobadas por el nuevo presidente de Francia, el derechista Charles de Gaulle

Tras un tiempo de obligada reestructuración, tratando de suavizar sus contenidos sin perder gancho, la revista volvió a los quioscos para ser prohibida de nuevo cinco años después. Esta vez, con su economía seriamente dañada y unas ventas mermadas hasta los ochenta mil ejemplares, tardaron seis meses en volver a las andadas. Algunos de sus colaboradores se bajaron del barco, caso de Gébé, Cabu o Fred, aunque entraron otros como Delfeil de Ton, Fournier o Willem, que eran aún más salvajes. 

El humor de Hara-Kiri no tenía remedio, y ya había cambiado para siempre la historia del humor gabacho. Como bien dijo el dibujante Georges Wolinski: «Nuestra revista no ha inventado un nuevo humor, simplemente ha sacado a la luz el verdadero humor que gusta a los franceses». Un humor irreverente, sin límites, que usa y abusa de cualquier elemento, por sagrado, íntimo o trágico que sea, para hacer reír a los iniciados y epatar a los burgueses. 

El propio Bernier creía que TODO puede ser objeto de burla: «Para nosotros no hay tabús, y nos reímos de los muertos, de los cancerosos, de los antiguos combatientes, de los culos, de las pollas… Es un humor violento y deliberadamente escatológico». Y no es una metáfora: en noviembre de 1970, la revista sacó un «Special Scato», en cuya portada aparecía el rostro guasón de Cavanna cubierto con lo que parecían ser heces fecales. Reiser aseguró que «nuestra alusión a los excrementos es una metáfora de la abyección y el absurdo de la condición humana». En cierto modo, lo de Hara-Kiri era arte moderno: degenerado, cínico, sádico, ácido y negro, pero arte moderno al fin y al cabo. 

Los factótums y colaboradores de Hara-Kiri tenían unas ricas influencias, que iban desde la revista satírica norteamericana Mad (sobre todo su etapa más salvaje, orquestada por Harvey Kurtzman en los años cincuenta) hasta los maestros de la pintura. Así, mientras Willem era una especie de Durero del siglo XX, Bruno Blum tenía más que ver con el Bosco, y Roland Topor estaba en deuda con Honoré Daumier.

En cuanto a las influencias literarias, los Hara-Kiri reconocían a autores como Hugo, Valéry, Giraudoux, Vian y sobre todo Rabelais, el Cervantes francés, autor de la serie Gargantúa y Pantagruel. Sentían también una singular debilidad por Ambrose Bierce, periodista y escritor maldito del siglo XIX cuya obra más célebre, El diccionario del diablo, no habría desentonado en Hara-Kiri: «Boticario: s. Cómplice del médico, benefactor del sepulturero, proveedor de los gusanos del cementerio». 

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Crecidos por el éxito de la revista mensual, en 1969 Cavanna y sus compinches decidieron publicar un semanario, titulado Hara-Kiri Hebdo, en la línea de la revista madre. No duró ni dos años. 

El caso es que en noviembre de 1970 falleció el expresidente Charles de Gaulle y, diez días más tarde, murieron ciento cuarenta y seis personas en el incendio de una discoteca. Hara-Kiri Hebdo publicó una portada austera, sin dibujos, en la que se mofaba de ambos hechos, relacionándolos entre sí: «Baile trágico en Colombey – Un muerto». El ministro del Interior, el derechista Raymond Marcellin, prohibió la revista, pero el equipo de la misma, esquivando la orden, volvió a lanzarla cambiándole el título: Charlie Hebdo, que se haría tristemente famosa muchos años después debido a un trágico atentado islamista. Charlie Hebdo sería un Hara-Kiri romo, politizado y descafeinado, que se autodefinía como «una publicación de la izquierda crítica». Tras Mayo del 68, los tiempos habían cambiado y exigían un humor menos nihilista y más «comprometido». De esta forma, la revista más cafre de Francia se transmutó en un bufón de la izquierda, pese a que la izquierda la despreciaba. Al respecto me viene a las mientes una declaración del dibujante español Montesol cuando recordaba el desdén del escritor socialista Manuel Vázquez Montalbán por el cómic underground: «Fue porque había unas pollas gigantes y la gente hablaba de drogas. Ellos estaban por otra labor, que era entrar en la tarta del poder, que en el fondo es lo que le interesa a la izquierda».

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En 1986, Hara-Kiri resurgió de sus cenizas y, contra todo pronóstico, volvió a las andadas con su etapa más radical. Uno de los fichajes más llamativos de esta nueva época fue el dibujante Philippe Vuillemin que, en 1987, en colaboración con el guionista Gourio y el apoyo del ilustrador Gondot creó Hitler=SS, un cómic que con sarcasmo hiriente y grafismo chungo escupía una sátira de los campos de concentración nazis. El tebeo fue serializado en Hara-Kiri y, más tarde, recopilado en un álbum que imitaba el diseño de la revista nazi Signal

En uno de los chistes, un soldado nazi observa el humo que sale de un horno crematorio y exclama: «¡Está decidido! ¡Este año dejo de fumar!». Y en otro, una judía que fornica con un soldado nazi grita «¡Mi marido!» al ver la calavera de su calcinado esposo. Para más recochineo, los autores aparecían en la contraportada disfrazados de nazis. Un crítico de la revista Fluide Glacial calificó el resultado como «el tebeo más provocador del siglo». 

Las quejas de los supervivientes de los campos de concentración no se hicieron esperar, y el cómic fue tachado de «nazi» de forma bastante injusta, puesto que se mofaba tanto de los judíos como de los nazis. En cualquier caso, los autores fueron objeto de tres demandas que motivaron otros tantos juicios. Hitler=SS fue secuestrado por el entonces ministro francés del Interior, el socialista Charles Pasqua, que tildó la obra de «insultante» y, en 1989, Gourio y Vuillemin fueron condenados a pagar una multa simbólica de un franco y el editor tuvo que retirar la revista y ocultar el álbum.

En 1990, la Editorial Makoki publicó Hitler=SS en España y no le fue mucho mejor, pues el álbum fue secuestrado por el Gobierno del socialista Felipe González a los pocos meses de su publicación. Además, las asociaciones judías B’nai B’rith y Amical de Mauthausen demandaron a Damián Carulla, editor de Makoki, por atentar contra la dignidad de los antiguos prisioneros y contra el judaísmo. 

Al igual que Hara-Kiri, Makoki se defendió alegando que el tebeo no era más que una parodia del revisionismo. No coló, y fue condenado por «apología de los verdugos» y porque «cada viñeta es agresiva por sí sola, con un mensaje tosco y grosero, ajeno al buen gusto, donde late un concepto peyorativo de todo un pueblo, el judío, por sus rasgos étnicos y creencias». Al recurrir Makoki, el Tribunal Constitucional confirmó la sentencia, declarando que el cómic convertía «una tragedia histórica en una farsa burlesca» e incitaba al odio y a la violencia racial. El editor de Makoki fue condenado a un mes y un día de arresto y a pagar una multa de cien mil pesetas. 

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La versión española de Hara-Kiri tardó dos décadas en llegar: fue lanzada en 1980 por Amaika, la misma editorial que publicó El Papus, la mítica revista satírica de los setenta que sufrió un atentado del grupo armado Triple A (Alianza Apostólica Anticomunista), tras el cual se desinfló hasta convertirse en un pasquín inocuo. Sin embargo, y pese al subtítulo «Humor bestia y sangriento», la calidad de la edición española de Hara-Kiri no fue tan alta como cabría esperar, y solo heredó de la revista madre su procacidad, pese a beneficiarse de la aportación de grandes historietistas españoles como Serafín, Pirrón, Ivà, Ja, Oli, Juan Ballesta o Sappo, seudónimo del genial Manuel Vázquez, creador de Anacleto y las Hermanas Gilda. 

Los susodichos autores llevaron al límite en Hara-Kiri su mala leche y su vis lúbrica, convirtiendo el invento en una retahíla de estampas pornográficas y chistes verdes que oscilaban entre lo brillante y lo chusco. Por poner un ejemplo, en una de las portadas de Ja, aparecía un hombre que está en la cama con una gallina y exclama «¡Sielos! ¡Mi señora!» cuando ve entrar a una oveja por la puerta. Y en una de Sappo, un barrendero contempla asombrado cómo una niña ha garabateado un dibujo de un negro aborigen sobre una manguera, que así parece su pene. 

La edición española de Hara-Kiri fue degenerando lentamente, tratando de paliar su bajón de ventas a base de pornografía. Tras cincuenta números en caída libre, fue comprada por la editorial IRU, que trató de hacerla aún más cochina. Hasta que, en 1994, se cerró. Cuatro años más tarde hubo un tímido intento de resucitarla, pero la cosa quedó en nada: empezaba la era de internet y el mundo enfilaba un siglo XXI marcado por una corrección política desmesurada, que reprimía y linchaba cualquier intento de hacer un humor «bestia y sangriento». 

Los chistes verdes de mariquitas, cornudos, prostitutas, negros, ovejas, niños, fetos o muertos ya no se atrevía a contarlos ni el mismísimo Barragán, que también tuvo su revista satírica, por cierto. Pero eso, como diría Anacleto, es otra historia. Así que, sin más, me despido pidiéndole una vez más disculpas por no venderle mi colección de Hara-Kiri. Me atrevo ahora a confesarle que la quiero para mí. La aborrezco con toda el alma, pero deseo atesorarla como muestra de un humor ya inasequible y extinto. Porque, amigo mío, hoy se puede ser tonto, pero está prohibido ser malo.


La Codorniz y el cine

Detalle de portada de La Codorniz. De la revista a la pantalla (y viceversa). Cátedra/Filmoteca española.

A comienzo de este año asistimos a la edición del último volumen responsable de la dupla Aguilar y Cabrerizo; su definitivo, y no solo por la cantidad de páginas, La Codorniz, subtitulado De la revista a la pantalla (y viceversa). En él, sus autores establecen sin sombra de duda que: 1) Los creadores que pasaron por aquella revista estuvieron relacionados de una u otra forma con el cine, 2) Fueron los responsables de un «Nuevo Humor» que empezó siendo una cosa y terminó siendo otra, y 3) A pesar del cambio, siguió siguiendo Nuevo Humor, en la revista, y en el cine. 

¿Y qué es, resumiendo, ese nuevo humor, que tanto proclaman dentro de La Codorniz? Pues prescindir de las figuras habituales (sacadas del folclore) para no caer en el «paisanaje», no hacer chistes tradicionales, sí en cambio abrir el foco a otros países y traer las nuevas olas de humor que estaban haciendo en Italia, Francia, Reino Unido,  y que están profundamente unidas a los nuevos movimientos literarios, que son muy bien conocidos por quienes fundan y sacan el domingo 8 de junio de 1941 el primer número de esta revista humorística, que debe su nombre a ser la contrapartida de La Ametralladora, revista en la que estaban casi todos los que la fundan, y que termina poco antes. Porque el nuevo humor ya existía, se venía pergeñando en aventuras anteriores. Miguel Mihura le pide la portada a Tono; y a Herreros la contraportada y la rotulación.

Su formato: 26 x 35 cm., como los periódicos de información general, y veinticautro páginas grapadas a caballete. Hasta 1977 los presentaban sin foliación, y en dos tintas (negro y rojo). En los primeros años la portada era siempre igual, la mancheta en rojo en la parte superior con las letras de codorniz. Luego en la gran parte central un chiste, y en lo que sobraba del título con la esquina izquierda, un espacio en negro donde se ponía desde información sobre la revista o chistes. A veces se ponían tonos sonrosados en los personajes. Más adelante, la portada se fue deconstruyendo. Y la parte interior, también.

Es decir, que La Codorniz no sale por generación espontánea, sus creadores llevan desde la dictadura de Primo de Rivera colaborando juntos en diversas revistas; de humor: Gutiérrez, Buen humor, La Ametralladora;  y de otro género: Vértice, Informaciones

Aunque casi todos saldrán de España por una razón u otra, bien la literaria, bien la realización de películas (Francia, Reino Unido y Italia, hasta Estados Unidos) debemos los primeros ejemplos de films puramente codornicescos a Miguel Mihura, «aquel hombre pequeño y aburrido, pero de buen corazón y de sentimientos intachables», el único que salió poco y muy tarde por sus problemas de salud. «La hija del penal y sobre todo, Don Viudo de Rodríguez, influidas por un lado por los versos cómicos que se llevan haciendo en la revista cómica Gutiérrez, precedente directo de La Codorniz,  y por la película (en la que también participa) o más bien trilogía de géneros:«Una de… (Eduardo Díaz Maroto, 1939), que es la primera que entienden como la primera película cómica nueva, no solo ellos, sino espectadores como un Luis García Berlanga que reconocerá en sus memorias que su afán por dirigir nació tras verla de adolescente y hacer un cine cómico en esa línea.

Sobre el linaje político de La Codorniz, tema sobre el que se ha escrito más que sobre sus linajes cómicos, sus adelantos en prensa humorística y por qué quedó en solitario, en la prensa nacional y el cine, y después, todo volvió a lo de siempre, Cabrerizo y Aguilar se lo despachan en un capítulo más que breve y lo hacen poniéndolo en relación con la situación en Italia, donde al igual que en España, tuvieron un boom de prensa humorística en las décadas del treinta y del cuarenta. Allí tenían también mandando a un fatuo commendatore —amigo de las palabras rocambolescas y sinsentido— con las que impregnó la literatura oficial, y obligó a todas las literaturas (desde la periodística hasta la infantil) a utilizar, pero además de ese lenguaje que apenas se entendía censuró términos que antes utilizaban normalmente, y lo invadió con palabras del pasado. ¿Les suena? Hay, desde luego, semejanzas entre el «Duce» y el «Caudillo», y el carnaval de términos anticuados que usaron tanto en la retórica política como en la propaganda periodística. La invasión de estos nombres por un lado y la censura férrea en el periodismo (ya fuese de noticiario, como de publicación bufonesca), provocó que los cómicos orientasen su trabajo a reírse de las maneras en que el poder se había institucionalizado; es una de las formas en que nació el surrealismo: convertir el humor en abstracto. Utilizar los juegos de palabras y los sinsentidos, y cambiar con ello los significados. Primero fueron los italianos, con las revistas Marc´Aurelio, desde Roma, y Bertoldo, después, desde Milán: esta, convertida en semanario desde su cuarto año (1950), siguió hasta que los bombardeos aliados acabaron con el edificio donde se hacía. Después, los españoles, con La Ametralladora: en vez de enfrentarse con chistes directos, luchar abiertamente, tomaron la misma directriz, se quedaron dentro, pero al margen, y armaron por arriba sus chistes con esa retórica infernal del franquismo, y por debajo con el sustrato del surrealismo y el cubismo, y casi siempre retocándolos con una pátina de crueldad o art déco, según tocara.

Mihura sigue con sus trabajos de carteles de cine, y de usurpador de las viñetas de otro: los dibujos más conocidos de Bertoldo, el Don Veneranda de Carlo Manzoni, tienen una versión en español, a manos de Luis Antonio de Vega con los guiones a cargo del propio Mihura.

En San «Sestabién», como lo llama el grupo de refugiados de la guerra civil —entre ellos, todos los fundadores de La Codorniz— se dan forma a muchas cosas. Miguel Mihura escribe dos comedias, que se estrenan allí. Una escrita de forma natural con Tono, Ni pobre, ni rico, ni todo lo contrario, y otra, escrita forzadamente con Joaquín Calvo Sotelo, ¡Viva lo imposible! para buscar parabienes en la critica que no suceden, más bien al contrario. Así que deciden ponerse con otra cosa, la cual será la que enfrente definitivamente a Jardiel con los de La Ametralladora. Mientras ellos están terminando Un bigote para dos, película de apropiacionismo, es decir, tomar una película ya hecha y cambiarla todo el sonido, este ya tiene lista la suya, Mauricio o una víctima del vicio. Jardiel consigue estrenar unas semanas antes, pero los dos filmes quedaran olvidados al mismo tiempo, y la relación deteriorada para siempre entre los literatos.

La trilogía de la que beben, en mayor o medida, los codornicistas, es Ramón, Julio Camba y Wenceslao Fernández Flórez. Este último, con una carrera establecida cuando nace La Codorniz, llega por petición expresa de Mihura, que lo admira sin tapujos. Además su interés por el cine es desde antes de la guerra, y desde antes es un escritor muy querido por un sector del público. Después se convertirá en miembro de la Junta de Censura y eso hará posible todas las versiones de su cine. Las primeras que se llevan al cine son El hombre que se quiso matar (1942) y Huella de luz (1943), por Rafael Gil en Cifesa. Son un gran éxito, y tras ella viene la adaptación de un cuento corto, «El amigo difunto» (1945), transformado en El destino se disculpa, que no consigue el mismo éxito. Otro director que se anima con un texto de don Wenceslao es Antonio Román, y además con los diálogos de Mihura: Intriga (1942), posiblemente la película más codornicista de este autor. Faltan por mencionar Los malvados Carabel en cine (las tres películas, la perdida de Edgar Neville (1935), la de Férnan Gómez (1959) y la dirigida en Mexico por Rafael Baledon (1962) y que fue interpretada por Julián Pacheco. Queda otro Carabel, en historieta para La Codorniz: llevado a cabo por Mingote y el más fiel al texto original.

En 1944, tras ciento cincuenta números, Mihura, harto de problemas con los dibujantes italianos y con la imprenta, vende La Codorniz al grupo La Española (futura La Vanguardia). Mantiene su contrato, aunque va a dejar como director ejecutivo a Álvaro de Laiglesia, quien lleva con Mihura desde los catorce años y La Ametralladora. Lo primero que hace Állvaro es elevar su tamaño, 28 x 38 cm. Pero reduce el espacio a dieciséis páginas y contrata a muchos más colaboradores

Fernando Perdiguero, que ya ha trabajado en Gutiérrez, se pone a las órdenes de Laiglesia nada más volver a Madrid e instalar la redacción en la Puerta del Sol. Y eso no será todo. Aquí comienza a cambiar el humor de La Codorniz, más moderno, enfrentado con el humor negro de Mihura, una Codorniz más existencial, con apartados nuevos como, «¡NO! Critica de la vida». Y Mihura, en 1944, dejará La Codorniz para encabezar una revista más cercana a sus postulados, Cucú, que desaparecerá enseguida, y dejará a Mihura (mejor dicho, a los hermanos Mihura) solo para el teatro y el cine. A partir de entonces veremos en los créditos de muchas películas sus nombres. Policiacas, por ejemplo, como Confidencia, Cabotaje (perdida), La calle sin sol y Siempre vuelven de madrugada.

Por su parte, Edgar Neville ha abandonado Cinecittà, y por sus problemas con el régimen decide hacer una serie de «sainetes criminales», como titulan los autores del libro, que provocan más de un chiste en La Codorniz, igual que con Tono y sus primeras películas, que son políciacas, Barrio/Viela, rua sem sol, una coproducción con Portugal dirigida por Ladislao Vajda, y «Canción de medianoche, dirigida por el propio Tono.  

Enrique Herreros estrena en 1946 Fernanda la Jerezana. En la década de los cincuenta, Herreros es el creador de una «nueva Codorniz», por sus ilustraciones, más oscuras y más críticas; a este cambio de humor se añaden los brutotes de Gila, que enseguida da el salto al cine, contratado por Iquino para hacer una serie de apariciones en sus películas, a destacar Sitiados en la ciudad (Miguel Lluch, 1955), y su primer papel protagonista: El Ceniciento, (Juan Lladó, 1955), y la que es su mejor película, El hombre que viajaba despacito (Luis Romero Marchent, 1957);  el humor carpetovetónico de Chumy Chúmez, que también tuvo su incursión en el cine, aparte de unas apariciones en televisión y unos cortos: su colaboración en un primer largo es en Topical Spanish (Ramón Masats,1970); aparte de la «pareja siniestra» de Mingote

El grupo femenino es breve pero impresionante: Conchita Montes lleva el Damero Maldito; Remedios Orad y Mercedes Ballesteros, que firma como La Baronesa Alberta, el consultorio que había empezado Miguel Mihura. Este se convierte en el dramaturgo más respetado de los cincuenta, pero no olvida su pasión por el cine. En el libro de Aguilar y Cabrerizo encontraran todos los intentos de llevar al cine Tres sombreros de copa desde los cincuenta hasta los ochenta.

Las que se llevan a las pantallas son Carlota (Enrique Cahén Salaberry, 1958), Una mujer cualquiera y Mi adorado Juan. Sin tener parte en ellas, hay una variedad de películas inspiradas en éxitos del Mihura teatral de años pasados: Ninette y un señor de Murcia, Maribel y la extraña familia (Fernán Gómez, 1965), La decente (José Luis Sáenz de Heredia, 1970), Las panteras se comen a los ricos (Ramón Fernández, 1969).

Noel Clarasó es otro de los cómicos de la primera hornada, que va desde Gutiérrez a La Codorniz, y en ella apunta lo que va hacer en el cine, lo que se denomina «la comedia española»: debuta con José María Forqué en El Diablo toca la flauta (1954), y Un día perdido (1954), luego hace Viaje de novios (León Klimovsky, 1956), y después se embarca con Pedro Lazaga en Las muchachas de azul (1956), Ana dice sí (1958) y Luna de verano (1959). Diez años después retoma la colaboración con Dibildos y Lazaga para realizar una exploixtation de la película de Arthur Penn, Bonnie and Clyde, La dinamita está servida (Fernando Merino, 1968).

La década de los cincuenta verá aparecer el lema que la identificará para siempre: «La revista más audaz para el lector más inteligente». Evaristo Acevedo llega a La Codorniz de la mano de Mingote y es creador de dos obras imborrables, a partir de 1952, «La comisaria» y «La cárcel de papel», dibujadas por Herreros. Se incluirán además aspectos muy relevantes para la sociedad, como el fútbol, titulado, «Deportes hasta en la sopa», y el Diario Informativo, y el Papelín General. Las dos de Ferdinando Perdiguero. Pero el peso de la revista lo llevan ahora los dibujantes, ya no habrá esa calidad literaria de la época de Mihura, a pesar de contar con Azcona, Victor Valdorrey, primer crítico de cine, firmando como Witinowsky, el otro será el gran Alfonso Sanchez, o como firmaba en La Codorniz, Chistera Rafael Castellanos, autentica columna (junto a Perdiguero) de La Codorniz durante muchos años. Igualmente sigue produciéndose un nuevo cine: Tono aparece con una nueva revista, Cámara, y guiones de cine: La pandilla de los once (Pedro Lazaga, 1962). A Azcona le van a buscar a la redacción mientras él dibuja su «Repelente Niño Vicente». Es un productor italiano que ha leído Los muertos no se tocan, nene, y quiere llevarlo al cine. Marco Ferreri y Azcona no encuentran financiación para esta, ni para la siguiente, El pisito. Por fin, con unos medios que dan risa, consiguen poner en marchar el segundo, con el propio Azcona escribiendo el guion en el plató. Luego vendrán El cochecito (1960), y Se acabó el negocio (La donna scimmia, 1963). A continuación llegara la colaboración, casi irreversible, con Berlanga.  

Otro codornicista de pro, Jose Luis Lopez Rubio, ve como tres obras suyas son llevadas a la pantalla: Un trono para Cristy, con su guion original, y dos, Una madeja de lana azul celeste y La otra orilla, esta última gran éxito en el teatro una década antes en la dirección de Edgar Neville, ahora es llevada al cine por José Luis Madrid en 1964.

A finales de los cincuenta ya se atisba un nuevo cambio; las portadas se reparten entre varios y hay más fotos eróticas y «recordatorios» al gobierno una vez que desaparece la ley de censura previa. Cebrián firma dos portadas míticas: una de diciembre del 1965 con una caricatura de Fraga y otra del 27 de octubre de 1965 con el consejo de ministros… pero sin Franco (el lector ocupa su lugar).

Aparecen nuevos colaboradores, como Oscar Pin, Manuel Ferrand, Jose Luis Coll, los Castellano, Alfonso García y Pgarcia, bajo diversos seudónimos. En cuanto a los ilustradores, se incorporan Serafín, Pablo con su «Oficina Siniestra», Puig Rosado, Julio Cebrián, Eduardo

En 1977, La Codorniz echa el cierre, no sin dar un extraño vuelo en la década de los setenta. En un intento por ponerse al día y sobre todo hacer volver a los lectores que se han ido con Hermano Lobo, Alvaro Delaiglesia decide aumentar el formato a veinticuatro paginas, la mayoría a color, y hacer la revista más política que nunca, «encarcelando» a un ministro en cada número. Resultado: la revista es cerrada cuatro meses. Por cierto, Delaiglesia es de todos los colaboradores quien tiene menos interés por el cine. Solo hay tres adaptaciones de sus obras en España: Matrimonio al desnudo (Tito Fernández), Yo soy Fulana de tal y Fulanita y sus menganos (Pedro Lazaga, 1973). Quizá con dirigir La Codorniz y sacar aquellas novelas para Planeta que deben estar en todos los hogares del tardofranquismo ya tenía suficiente,

Se incorporan en esta y última época Juan Español (hijo), Joaquín Vidal, Santiago Loren, Francisco García Pavón… En marzo del 77, Delaiglesia deja la revista, y le pasa el título a Miguel Ángel Flores, aunque Manuel Summers se hace con los controles, al tiempo que desarrolla una interesante carrera filmográfica. A pesar de que llega un gran número de colaboradores de Hermano Lobo, con un espíritu nuevo (la columna de Manuel Vicent, las ilustraciones de Ops, Mingote, Martinmmorales, Cándido, Felipe Mellizo y hasta Ramoncín), al poco de aprobarse la Constitución, la revista no puede con la ola de desnudismo que se nos echa encima y cierra definitivamente.

Queda mucho más cine y colaboraciones de los codornocistas en ese medio, son ellos los que dan un nueva visión a la prensa cómica y al cine, aunque en el cine se difuma su estela al participar muchas más personas. Recomiendo la lectura del libro. De su impronta, y hemos visto por encima la cantidad de caricatos, cómicos, cineastas, guionistas, etc., que salió de allí, en la actualidad no ha quedado nada, salvo ciertos nombres (Oscar Aibar, Santiago Lorenzo cuando hacía cine, Álex de la Iglesia… y ya). Igual que La Codorniz fue algo único, también lo fue el cine que salió de allí: desde Don viudo de Rodríguez (1936), hasta La garbanza negra… que en paz descanse (1971), o Duerme, duerme mi amor (1975), hecho por gente de todos los pareceres y todas las ideologías.


La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (y II)

El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).
El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).

Signos de vida más allá de Orión

Como dije al principio en la primera parte de este artículo, miramos a nuestro alrededor y florece el periodismo por todas partes. Y entre la floresta hay muy buen periodismo. Y como en los orígenes del oficio, su ejercicio ya no se remunera decentemente: acostumbrémonos a que la aspiración a un salario digno vaya a ser cosa de unos pocos especímenes darwinianos en una profesión que, por otra parte, ha ejercido cualquiera durante seguramente demasiado tiempo. Tenía mucha razón el cruel Cebrián al anunciar a los periodistas de El País, antes de un ERE: «No podemos seguir viviendo tan bien» (salvo él). Cuando le cuentas a un joven periodista de un medio digital lo que cobraba o incluso lo que sigue cobrando un redactor medio de El País, la mandíbula de tu interlocutor comienza a descolgarse en un remedo perfecto de El grito de Munch. Y ni unos valen tanto ni otros valen tan poco, ni en un mundo en que hay veganos y garantismo judicial debería suceder que Jorge Javier Vázquez fuera retribuido con 20.000 machacantes por cada Sálvame diario. La diferencia es que Jorgejá es rentable para su empresa y los periodistas serios, no. Estos tendrán que resignarse a una nivelación a la baja o a una jubilación merecida, y de este modo la nueva era lunar del periodismo, o periodismo postindustrial, habrá cumplido al menos una vieja fantasía del becario talentoso taponado por el dinosaurio de la Santa Transición.

(Ancianos que queréis morir engarfiados senilmente a la columna o al micrófono, soltad vuestras garras amarillentas de la zozobrante balsa del empleo periodístico. Directores, jefes de sección mezquinos, que no pensáis en otra cosa que en vuestro puesto permanentemente amenazado: sed inteligentes y conceded la oportunidad al joven que no es menos capaz de lo que lo fuisteis vosotros cuando os la dieron, y habréis ganado a un amigo para el incierto futuro. Dejad que vivan de su trabajo los jóvenes que lo merezcan, pues no están peor preparados que vosotros cuando otro vetusto centinela del espíritu de Pulitzer os cedió el testigo. Hemos descartado demasiado rápido que los jóvenes no lean periódicos por la sencilla razón de que no se sienten representados y ni siquiera concernidos por el sermón de los opinadores provectos que siguen copando los espacios de privilegio en los diarios. Que se cumpla el ciclo de la vida y brille en la sociedad esa pequeña constante de inteligencia y cultura que se conserva de generación en generación, según calculó Cipolla. Y jóvenes exhaustos de vocación quebrantada: comprometeos a leer a los clásicos y a librar después conmigo una guerra generacional que es ley de vida, pero que hoy resulta más legítima que nunca no solo por ese cincuenta por ciento de paro juvenil en España sino por la precariedad que añade la crisis global de la industria al cincuenta por ciento restante, ese que se aferra al salvavidas apenas mileurista remolcado por la balsa zozobrante).

Solo muerto Suárez hemos podido leer la formidable entrevista censurada a Josefina Martínez del Álamo en el ABC de 1980. No puede ser una inteligencia mediana, según insistían sus detractores, la que disecciona así el proceder endogámico de la tribu canallesca que ya empezaba a cocerse en la «gran cloaca madrileña» no bien estrenaba la libertad de expresión: «Escriben para ellos mismos… Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo… Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña… Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción». Cualquier plumilla que haya viajado empotrado en una caravana electoral o patee los pasillos del Congreso identificará enseguida esta omertá infamante de la que habla Suárez, esta hermandad acotada de ventrílocuos autorizados en que ha degenerado el periodismo político español, cuya incompetencia léxica por otro lado sonrojaría a cualquier editorialista del franquismo. Han triunfado los gabinetes de prensa, que se inventaron nunca para canalizar la información sino para taponarla, para evitar la obscena exhibición de un hombre sincero, adulterar la coca pura de la verdad con la aspirina del lenguaje formulario, el tópico aceitoso, la hipócrita fraseología de la razón de Estado. Al final el lector representa el último interés de un reportero de partido, y el lector ha correspondido con simétrica indiferencia. Por eso hay que agradecer al Gran Estallido que la primera especie en ser aniquilada vaya siendo la del reportero que dice valer más por lo que calla que por lo que cuenta, aforismo mezquino que solo delata cobardía, venalidad, adicción al gañote en reservado de comadres y cálculo de trienios para una áurea retirada de libre designación. Que se extinga la tribu y advengan los lobos solitarios.

Creemos por tanto que hay razones para la esperanza. Para empezar no está nada clara la desaparición total del periódico; quiero decir de su formato intelectual, no de su soporte. Si desaparece el periódico, ¿de dónde demonios copiarán las webs? Durante siglos el periódico ha fiscalizado al poder y divertido al pueblo —cuando ocurre al revés se le llama BOE—, y durante decenios su personal receta diaria de información y opinión ha nutrido generosamente no solo a parrillas y escaletas, tertulias y noticieros, sino también a los propios agregadores de noticias online, pomposamente autodenominados «diarios digitales», parásitos voraces del ecosistema. Es cierto que hay portales medianos capaces de pagarse su propia redacción y sus propios reporteros, que salen a la calle y traen noticias propias a la web: es el ideal y de su consolidación depende el futuro mismo del oficio en su esencia más noble.

Ahora bien, curiosamente los parásitos son los primeros en seguir fiando su dieta al papel en vez de alimentarse de otros animales cibernéticos. Perro no come perro, se conoce. Y cuando digo papel me refiero también a las webs corporativas de las grandes instituciones periodísticas, las que empezaron y resisten en papel. En España y en cualquier país, junto a unos pocos portales bien posicionados y nacidos ya en la web, las páginas de noticias más visitadas —y replicadas— siguen siendo por regla general las versiones digitales de las tradicionales cabeceras que lideran la venta en quioscos. Esto no es casualidad, sino tradición. Y lo que no es tradición es plagio, apostilla Google.

Por más que la noticia más visitada de la web del Times a lo largo de 2013 no haya sido un reportaje ni una entrevista ni una exclusiva, sino una infografía interactiva que permitía al lector identificar la región que corresponde a su forma de hablar, podemos apostar a que la misma infografía alojada bajo otro paraguas menos prestigioso no habría conseguido tantas visitas. Hay expertos en esto del metaperiodismo que piensan que el mismo prestigio de estas venerables compañías es una invitación al inmovilismo y un canto a la improductiva maniobra del avestruz, pues les impide bajar a sus mejores efectivos de la agónica rueda de hámster cotidiana para incorporarse al liderazgo de la revolución tecnológica, que ahora mismo se está haciendo sin ellas, e incluso contra ellas. Esta actitud nos resulta de lo más familiar en España: que inventen ellos. Y vaya si están inventando.

Fotografía: Dulnan (CC).
Fotografía: Dulnan (CC).

Pero contra lo que opinan esos expertos, yo creo que el enroque de las grandes marcas en su modo de hacer y en una línea editorial reconocible es la táctica más inteligente para hacer menos dolorosa la transición. Yo creo que el bloguero anónimo sigue ambicionando el cobijo de El País, El Mundo, La Vanguardia o ABC porque sabe que alojar al fin su trabajo bajo esas manchetas honorables le granjea la sanción secular del oficio, el escaparate decididamente nacional, una remuneración más o menos primermundista y la dulce envidia de otros blogueros que no logran dar el salto a la canónico. Todo underground aspira secretamente a ser mainstream, como nos ha enseñado la historia del rock más maldito. Un meritocrático trasvase de creatividad desde internet a la vieja marca y un correlativo rescate de la precariedad amateur por parte de la gran compañía componen una sinergia inteligente de la que ambas partes, sumando sus lectores respectivos, seguirán beneficiándose en el futuro, lo que contribuirá a dulcificar la travesía en el desierto. Por el camino las empresas tradicionales deberán adelgazar mucho para no morir de obesidad mórbida —esos jefes calcificados que se niegan a cualquier innovación, a cualquier bendita travesura propuesta por el junior invocando sus (a todas luces excesivos) treinta años en la profesión—, pero seguirán en pie, porque si algo ha provocado internet, aparte del abaratamiento de la producción, es una búsqueda ciega de fiabilidad en el caos, y ese valor pertenece a la tradición. Que las grandes instituciones periodísticas se centren en discriminar y bendecir con su reputación los contenidos que otros producirán desde miles de focos ingobernables que ya tienen suficiente con nacer y ponerse rápidamente a sobrevivir.

Pasado un tiempo, consumada la existencia de la rotativa, ya nadie recordará qué periódico online tuvo una época en que dejaba tinta en los dedos y cuál fue nativo digital, que dicen los cursis. Los que hayan sobrevivido lo habrán hecho por elegir bien entre una de estas tres opciones de supervivencia: a) periodismo a la carta con publicidad en microtarget, o sea, dirigida prácticamente a individuos de gustos fichados; b) instauración medianamente exitosa del muro de pago o transacción con Google; c) subvención filantrópica o estatal indirecta mediante campañas institucionales.

Asimismo, habrá que asumir que el medio en el que trabajemos o en el que nos informemos habrá abandonado la pompa del cuarto poder para quedar sujeto humildemente a flujos múltiples de información en red: ningún medio puede ya vencer en velocidad o difusión a Facebook o Twitter. Los primeros en sugerir el dopaje de Lance Armstrong fueron los frikis de una web de ciclismo que entrevistaron a un médico experto en sustancias dopantes. Las redacciones habrán dejado de parecerse a talleres industriales para mutar a cámaras de comercio de datos específicos y división de rastreadores. Forjarán alianzas, emplearán puntualmente a más especialistas de lo suyo. Y si bien se mira, señores, esto se lleva haciendo toda la vida. ¿O acaso no se le ha dado siempre una columna a un criminólogo el día después de que la niña apareciera descuartizada en el descampado?

Algunos zahoríes del asunto mediático lo resumen así: «El periodismo del siglo XXI debe pasar de revelar secretos a explicar misterios». Se quiere decir que los grandes secretos se van volviendo imposibles ya de sostener y que hoy los devela cualquiera con un móvil. Yo tengo mis reservas frente a esa epidemia de pupilas como bolitas de alcanfor que cantan el pretendido avance de la transparencia. Nadie en su sano juicio usa las redes sociales para desnudar su más honda intimidad sino para estilizarla (y opacarla calculadamente, por tanto), y menos aún la intimidad de alguien poderoso. Y a los que no están en su sano juicio se les vetan las entradas. De hecho, yo y cualquier colega del oficio con cierto acceso al Congreso de los Diputados conoce secretos íntimos de la clase política española que evidentemente no va a contar por irrelevantes, pero que quizá ese ciudadano perturbado con móvil no consideraría irrelevantes. Funciona ahí un saludable filtro profesional. Así que transparencia según y dónde. Ha sido así desde los tiempos de Cicerón, y cuando la omertá se vulnera suele suceder precisamente por mandato político del rival de turno, como parece que fue el caso de la querida de Hollande. Un caso más edificante de silencio guardado contra todo pronóstico fue el secuestro del reportero de guerra Javier Espinosa en Siria, que todos en el oficio supimos callar durante semanas y hasta meses por el bien del interesado y a petición de la familia. Un milagro moderno.

Concuerdo en cambio con eso de cubrir misterios, que quiere decir aportar contexto en un mundo sin clarificación sencilla. Esa sí es tarea del nuevo periodista, y una tarea ingente. El valor añadido no lo vamos a encontrar en lo que los autores de Periodismo postindustrial llaman «las calorías vacías de las agencias». Lo vamos a encontrar en la vindicación del humanismo, en el periodista intelectual, en el retorno del periodista a la cultura. Parece osado aventurar ese perfil bajo la hégira fláccida del dominante fenotipo tertuliano. Pero si los misterios se enredan cada vez más bajo el griterío cibernético, la única manera de desliarlos pide una inteligencia aguda, un conocimiento autorizado y un lenguaje expresivo.

Cada vez habrá menos periodistas, pero también hay muy pocos jueces en proporción a la población de un país. Igual es que había un superávit de comunicadores inasumible por el mercado. Igual unas oposiciones a periodista ayudarían a resolver la precariedad del oficio y de paso a cribar a los incapaces o a los enchufados. Ya son poquísimos los periodistas de primer grado, los reporteros pagados por salir a la calle a cubrir y a contar. Abundan en cambio los periodistas de segundo grado, analistas del material que afluye sin cesar a la red, inventores de enfoques nuevos o habilidosos en relacionar los ya existentes. Ya son mayoría los portales de información que se dedican en realidad a rehacer temas sabidos bajo nuevas ópticas y normalmente con mejor prosa. Es la lógica cortesía que se debe al lector por no informarle de nada nuevo, sino ayudarle a despiezar el transparente caos que convirtió en un vodevil interactivo la persecución de los terroristas del maratón de Boston, por ejemplo.

Los tertulianos. El tertuliano no es contingente sino necesario en los regímenes de opinión pública. Necesario porque abarata los programas en un tiempo de cadenas múltiples y presupuestos modestos. Y necesario porque amplifica el eco de noticias que merecen ser amplificadas. Por otra parte, en España los tertulianos suelen ser galanes vetustos y esfinges correosas que lucharon por la democracia y oyeron el silbido de las balas de Tejero, de modo que un sillón de tertulia les allega el retiro dorado del guerrero, con distintivo magenta. Las objeciones son también evidentes. La primera es el estado de desmoralización que inducen en las jóvenes vocaciones, melancólicas de antemano no solo ante el tapón saurio que les impide promocionar sino ante el espejo cruel del más optimista de sus futuros. La segunda que, al ser el español un tipo que promedia cuatro horas diarias de televisión, la sociedad ya ha trazado una sumarísima equivalencia entre periodismo y tertulia que explica las notas que saca el oficio en el CIS. El periodismo no es eso, claro, pero id a explicárselo al televidente español, que o bien carece de mejor término de comparación o bien un día vio La clave y ahora puede ejecutar la más letal de las comparaciones. La que delata una réplica fiel en pantalla de la partitocracia: la tertucracia. La voz de su amo y la oratoria de peluquería.

Pero resistamos otra vez la tentación jeremíaca. Hay un periodismo televisivo plausible, de sumario, reportaje y entrevista, de línea editorial y audiencia fiel por más que no mayoritaria: son verdaderos periódicos catódicos. Ana Pastor hace uno de izquierdas y Ana Samboal hace uno de derechas que además se llama diario. Se ve que es periodismo en que tienen detractores, a veces apasionados. Del potencial periodístico del que puede cargarse la televisión nos convence aquel reportaje ficticio de Jordi Évole sobre el 23F, cuyo crédito viajó mucho más lejos de lo que los inocentes de primera hora querrían hoy reconocer. El autor demostró que el poder de persuasión del medio, a poco depurada que se presente la factura técnica, sigue intacto, y de paso hizo algo meritorio: tirar violentamente del caballo a sus más devotos feligreses, incapaces de conciliar al bufón bienhumorado y al intrépido reportero en la misma persona, sacrílega contaminación que no le perdonan.

Una trabajadora en las rotativas del Pravda, 1959. Fotografía: RIA Novosti (CC).

Lo cierto es que los periodistas (la entrañable «canallesca») nunca han gozado de buena reputación ni jornal fastuoso salvo en las cuatro décadas que van de 1940 a 1980, edad de oro en que el periodismo denunciaba guerras y formaba conciencias, dice Fallows. Antes y después al periodista se le ha criticado por apoyar una causa y por traicionarla, por hacer preguntas y por no hacerlas, pero ahora que la clase dirigente le ha tomado gusto a las comparecencias unidireccionales el pueblo redescubre la utilidad del cotilla profesional. En cuanto a la radio, sus locutores más carismáticos garantizan el futuro de un infotainment que en España mezcla con razonable medida el servicio y el ocio, el editorialismo y el desenfado, aunque cabría desear que manejaran el mismo número de palabras que aquellos locutores del NO-DO.

Nunca ha sido tan fácil ni barato editar libros o rodar un documental, si bien esa misma facilidad halla su contrapartida en la dificultad proporcional de su estreno o de su venta, respectivamente. La tecnología es una lonja y también una aduana: oferta tanto producto que divide fatalmente la demanda del comerciante.

En cualquier caso, demos de una vez al césar telemático lo que es suyo. Internet: inmediatez, universalidad de acceso, abaratamiento de costes, más árboles en la Amazonía, borgiana hemeroteca constantemente actualizada y perdurable. Hoy ningún bulo periodístico resiste muchos minutos sin el desmentido del celador insomne que es Twitter, por ejemplo. Eso es bueno. Tampoco es la panacea, porque el tuitero, que al fin y al cabo es un hombre todavía, elige sus intereses —o sus apetitos— y soslaya otros, lo que convierte en tendencia las gilipolleces más empinadas o blinda endogamias ideológicas de seguidores seguidos. Cada vez hay más casos como el de Suzanne Moore, columnista del Guardian, que se declaró harta de Twitter porque solo le seguía gente que estaba de acuerdo con ella. Y es cierto que el debate constructivo nunca ha regido la conducta tuitera, pero ni humana en general. De hecho, sabemos que el 2.0 es la patria del esputo sectario, anónimo, sordo y fugaz, y que desde la aparición de internet las puertas de los baños públicos comparecen impolutas. Yo no sé si Twitter fomenta militancias más ciegas y sectarismos más insomnes que aquellos a los que siempre han tendido las humanas afinidades electivas; pero sí que los ha hecho más visibles. Como en todo, se trata de saber a quién seguir. Y oye, los egipcios de Tahrir pudieron colocar su mensaje al mundo sin mediaciones.

Además, hoy se lee más que nunca. Yo mismo, antes de ponerme a aporrear el teclado cada mañana para ganarme el pan —el mendrugo—me doy cuenta de que me he leído diez columnas, un par de ensayitos digitales, veinte noticias en diagonal y un rosario de filosofías de galleta china colgadas en el Facebook de mis amigas. Y luego, mientras escribo, en cada parón abro una pestaña y leo más cosas. Y por más que filtremos por gusto o interés, uno acaba absorbiendo pensamientos plurales, observaciones insólitas, frivolidades, sesgos que podrían obligarte a reordenar tus prejuicios. Incluso a eliminar alguno en un momento de debilidad. Esto lo ha traído internet, y a menos que las nuevas generaciones alcancen el modo de vetar definitivamente el alfabeto durante sus navegaciones, acabarán leyendo, así sea por accidente. Y cuando se lee y se tropieza uno con algo bueno, se experimenta un tipo de placer intelectual que no se parece a ninguna otra cosa y que reveló a Aristóteles el encabezamiento apodíctico de su Metafísica: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».

Twitter crea adicción, quita de leer (¡y escribir!) libros, jibariza las entendederas, fomenta la balcanización endogámica de la red (ese onanismo estéril del seguidor seguido) y demasiadas veces ejerce sobre el periodista una doble censura: la ambiental de la corrección política y la autocensura que nace del temor a perder seguidores. Pero ojo: Twitter también abre notables mediterráneos. En la almoneda del pajarito bulle un comercio diario de enlaces a artículos, y aunque de esa transacción el autor no recoge ni un céntimo —la cultura de la gratuidad en Twitter es un desahogo de malcriados: dice Charlie Brooker que si internet diera masajes gratis, la gente se quejaría cuando parase por dolor de pulgares—, sí obtiene réditos de popularidad para su trabajo. Lo cual a la larga puede traducirse en dinero, porque si es cierto que el número de seguidores no mide en absoluto la valía de un periodista, desde luego sí aporta una tasación de su eco editorial, y por tanto publicitario, y por tanto económico. Así, esta nueva edad de oro del columnismo —a la que se dedican congresos como el de enero de 2014 en la Universidad de Málaga— y su reflejo en Twitter representa un fenómeno absolutamente esperanzador que ya saca del anonimato a blogueros de talento topados contra el hermetismo de los medios tradicionales, esos que tantas veces hipotecan sus preciosos espacios a la gloria senil, al tertuliano lugarcomunista, al mero personaje televisivo, al expolítico del favor aquel. La columna es un género netamente español con una tradición viva y un reemplazo asegurado a poco que se abran los ojos. Su indeclinable aceptación entre los lectores entronca con el genio mediterráneo y su cólera de café, pero también con el genio individual del hombre que, a falta de lírica romántica alemana, propuso periodismo de opinión y que, hecho esto, se pegó un tiro en la cabeza al recordar que escribir en España algo más largo que una columna es llorar. Larra como rareza europea, como noventayochismo recurrente, sigue en auge, y si esta flor de la columna es la única que florece en el paisaje lunar, reguémosla. No abortemos esta característica mutante del Volksgeist que ha dado cumbres como Azorín, como Ramón, como Camba, como Ruano, como Umbral pese a sus estomagantes imitadores.

Y quien dice la columna dice la crónica, que es un relato de hechos tamizado por un modo de mirar. O el reportaje, cuyo ritmo mejoró definitivamente con las aportaciones personalistas del Nuevo Periodismo. O la entrevista, cuyo único reto bajo el régimen de la corrección política exige romper ya esta pauta inexorable: lo que interesa no se puede decir y lo que se puede decir no interesa. En cualquier género, insisto, lo que importa es el factor humano y el uso del lenguaje. No se trata de adjetivar más ni de disparar metáforas, sino de poner el hecho a desfilar vestido con su correspondiente interpretación, más o menos elegante —la elegancia en sentido flaubertiano: cada idea exige una forma unívoca de expresión, y no otra—, pero siempre ofrecida seductoramente al lector.

Esa seducción seguirá funcionando, como prueba el hecho de que nunca han tenido los periódicos tantos lectores, realidad compatible con la de que nunca han ingresado menos dinero por publicidad. Sucede que el anunciante no confía —con buen criterio— en el impacto del banner sobre el febril usuario tanto como confiaba en el del faldón sobre el lector tradicional. Es famosa la frase de aquel directivo: «Sabía que estaba tirando la mitad del presupuesto destinado a publicidad; lo que no sabía es qué parte». Se sabrá qué parte con exactitud según progresen las técnicas de métrica online, redistribuyendo el maná por las doce tribus de internet y premiando al peso la influencia, no solo la vistosidad.

Por más que el hombre se embrutezca con lo audiovisual, la palabra tiene aún mucho que decir. Siendo joven y reflexivo llegué un día a una conclusión asombrosamente simple de la que sin embargo estoy orgulloso: una imagen nunca podrá valer más que mil palabras porque hasta para proclamar esa altiva sentencia se han necesitado todas y cada una de las palabras que defienden la idea de que una imagen vale más que mil palabras. Una imagen sin palabras es muy poca cosa en la mente de un sapiens sapiens, que enseguida querrá verbalizar su reacción, describir su confusión, su acuerdo, su discrepancia. Aún falta para que volvamos a ser monos afásicos en la contracción final del universo. Lo mejor de las series son los diálogos.

Fotografía: Nicolas Alejandro (CC).

«El negocio de los periódicos tiene que ver principalmente con las opiniones de los hombres», descubrió en 1731 el impresor Benjamin Franklin, apellido que apadrina a un tiempo la democracia y el periodismo modernos (su hermano James fue el primer hombre de la historia en informar de un escrutinio electoral). Su labor fue amargamente criticada por otro patricio yanqui, Thomas Jefferson: «Los impresores viven del fervor que pueden encender y de la discordia que pueden sembrar». Como veis la polémica es muy vieja: no llegó con Pedro J. «Los primeros periódicos americanos tendían a parecer una larga e ininterrumpida invectiva, una flota irregular de barcazas de estiércol», escribe Lepore. Así era en Europa también. Luego la profesión se fue refinando, el paladar democrático se desarrolló al mismo ritmo que la idea de contrapoder mediático. Nacieron los géneros periodísticos y los códigos deontológicos y las facultades del santo oxímoron: ciencias de la información. Pero en el principio de todo no estuvo la información, sino la opinión. Las ganas irreprimibles de decir lo que pensamos del mejor modo que sepamos. Ahora muchos denuncian que el periodismo ha degenerado en opinología y yo digo que eso es señal de que volvemos al principio, donde todo está por hacer. Nada menos que veintidós periódicos se editaban en las trece colonias en el año 1764; ya eran cuarenta en 1774 y setenta y dos en los recién estrenados Estados Unidos de América del 1800. Tenían escasa tirada por mero analfabetismo, y tenían identidades encontradas y carismáticas. Internet inaugura un analfabetismo funcional, vuelve a tribalizar al público y suspende el imperio de la ley y el orden al tiempo que crea y divulga nuevas leyendas sobre los mejores revólveres a este lado del Pecos digital: de momento esto es Deadwood y toca defenderse a tiros. Defendamos lo nuestro hasta que llegue el sheriff que obligue a los rateros a pagar por nuestro trabajo. Pero tengamos claro que al periodismo, como siempre, lo acabará salvando la opinión, la interpretación de lo que sucede. El periódico es un órgano de opinión: está opinando, también cuando informa, desde la misma elección del tamaño de letra y el lugar de un titular.

Cité al principio la analogía de la rana de Kaiser. El viejo periodismo ha hervido en la olla como su rana. También Camba en su impagable labor de corresponsal se comparaba a sí mismo con una rana viajera, cronista saltarín que andando el tiempo descubre, asombrado, que el sujeto de sus crónicas no era el extranjero sino él mismo: «Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol». Y se trata de un formol delicioso, embriagador, capaz de conjurar el deterioro inexorable que condena al periodismo de hoy a envolver el pescado de mañana. Para destilar un periodismo así, duradero y rentable, habrá que intentar escribir y pensar como Camba. Rehumanizar el periodismo, combatir al algoritmo con sudor, con deseo, con el polvo de los volúmenes legados por sabios muertos. Al final, nos quiere decir Camba, la única noticia que interesa sigue siendo la cara de las personas, y el efecto que sobre ellas tiene la actualidad.

Recordemos que a Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín —¡y corría el 1940!— porque debía despachar a diario por telégrafo «aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada». El oficio se reinventará cuando apueste de nuevo por lo viejo, que si llegó a viejo es por algo; cuando confine la obsesión objetivista al ámbito del teletipo y el boletín, y presente batalla por el flanco que le asegura la victoria sobre la máquina, que a objetividad siempre será imbatible: el flanco de la mirada personal, resueltamente subjetiva pero no falaz, juramentada para no añadir nada a los hechos que no sean reflexiones, apostillas, contextos, condenas, aplausos. Nunca otros hechos pero siempre el juicio humano, porque el mundo del hombre es el mundo del sentido (Octavio Paz) y si hay algo que reclama a gritos —literalmente a gritos— la intervención del sentido, eso es el babel que internet profiere. El mundo siempre fue complejo, pero se puede contar como compete a las personas. Ahí tenéis casi toda la producción de Manuel Chaves Nogales para recordar cómo se hacía. Su pequeño boom editorial, como el de Camba, no debiera entenderse como un tributo nostálgico sino como una invitación a repetir la fórmula. Entonces el periodismo volverá a cautivar al lector e incluso puede, ¡puede!, puede que a este le apetezca al fin pagar por periodismo.

No he tratado en este ensayo de inventar nada, sino de sistematizar las ideas de otros y sobre ellas ir construyendo las mías propias, que seguramente tampoco sean muy originales. Al final vengo a decir que la crisis es el estado natural del periodismo, que como diría Pla todas las cosas tienen una cadencia indefectible, que no hay remedios mágicos, que lo único importante es leer a los clásicos y contar las cosas lo mejor posible con la mayor independencia de criterio que nos permitan. Que si la estrella nodriza del viejo periodismo ha estallado, su añeja luz seguirá viajando hasta nosotros desde sus miles de parpadeantes pedazos a la deriva. Que el periodismo en realidad no puede morir porque en ese preciso momento alguien dará la noticia de su muerte y estará haciendo periodismo.

Hay derecho a lamentarse, pero hagamos pronto el duelo. El periodismo ha muerto: ¡Viva el periodismo!

Un niño vendiendo The Washington Daily News, 1921. Fotografía: Library of Congress (DP).


La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (I)

Fotografía: Milner Moshe, 1981 / The Israeli National Photo Collection / GPO.

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

Internet ha traído además otras muchas desgracias. La lógica fundamental de internet consiste en la reproducción digital y universalmente disponible: no divide a sus usuarios en artesanos y consumidores. En un genial artículo que el exeditor de Harper´s Magazine John R. MacArthur tituló elocuentemente «Los estafadores de internet saquean la industria cultural» (The Providence Journal, 2012), leo con emoción: «Internet no es más que una gigantesca fotocopiadora (…) ¿La información quiere ser libre? También la comida. Pero los agricultores no son tan estúpidos como los editores y los periodistas». La gratuidad de los contenidos periodísticos —que se disputa con la guerra de Vietnam el trofeo a la decisión más superflua de la segunda mitad del siglo XX— y la incorporación al proceso de la iniciativa ciudadana se unieron para alumbrar el triste axioma según el cual crea más perturbación la abundancia que la escasez. Como sentencian C. W. Anderson, Emily Bell y Clay Shirky en su imprescindible aunque cuestionable ensayo Periodismo postindustrial: adaptarse al presente (Columbia Journalism School, 2012), «la llegada de internet no anunciaba un nuevo participante en el ecosistema de las noticias. Anunciaba un nuevo ecosistema, y punto».

Fotografía: Matthew G. (CC).

Paisaje después del estallido

El ecosistema mediático que estos tres autores auguran para fecha tan cercana como 2020 resulta escalofriante al modo del paisaje posnuclear descrito por Cormac McCarthy en La carretera; pero cuanto antes nos familiaricemos con el páramo chernobilesco, tanto mejor:

Más gente consumirá más noticias de más fuentes. Más de estas fuentes tendrán un sentido claro de su público, de sus temas particulares o de sus capacidades esenciales. Pocas de estas fuentes serán «de interés general»; aunque una organización pretenda producir una ingente colección de noticias al día, los lectores, espectadores y oyentes la desmontarán y distribuirán las partes que les interesen para sus distintas redes. Una creciente cantidad de noticias llegará a través de estas redes ad hoc, en vez de a través de un público leal a cualquier publicación particular.

Y esto es solo el comienzo. En cuanto a los espacios físicos, puede que algunas organizaciones financieras se permiten comprar y sostener unas pocas redacciones considerables, pero la mayoría de medios o agencias tendrán redacciones pequeñas y plantillas de manufactureros de noticias online a tiempo completo, nada de salir a la calle a pescar historias que eso es muy caro. Al mismo tiempo, participarán en la producción profesionales especializados: las noticias de sucesos las enlazará directamente la policía, las del tiempo los meteorólogos, y así. Se multiplicarán las organizaciones periodísticas sin ánimo de lucro, fundaciones que donen filantrópicamente su dinero a cambio no de hacer periodismo autónomo, arcadia previa al estallido estelar, sino de crear más entradas en la Wikipedia, u orientar los flujos de hashtags en Twitter, o editar monografías digitales sobre el cáncer de mama. Eso ayudará a crear más puestos de trabajo de periodista —llamémoslo «técnico de información online», pero pasará una goma sobre la fina línea de mina de carbón que separará el periodismo remanente de las relaciones públicas.

En el ecosistema mediático de 2020, la añeja pretensión de «marcar la agenda» producirá risa a todos los políticos —ya no solo a Rajoy— lo mismo que a los ciudadanos. De hecho, el propio concepto de «público», entendido como una gran masa interconectada de ciudadanos consumidores y movilizados por su ideología, habrá desaparecido, al propio ritmo de disolución de las últimas ideologías. No habrá una «prensa» que goce de prestigio entre un determinado «público», sino que más bien la oferta disgregada de firmas y secciones específicas seguirá ampliándose para satisfacer las demandas variopintas de muchos públicos solapados de diferentes tamaños.

En ese escenario, todas las redacciones se volverán más especializadas y cada vez importará más la marca personal y menos la institución o mancheta que la cobije. Cada periodista deberá especializarse al máximo para sobrevivir: sea en la técnica (minería de datos), sea en los contenidos (las antiguas secciones de los diarios), sea en las aptitudes humanas de infiltración y rastreo, sea en el tipo de personas que entrevistas o sea en el estilo lingüístico que dominas. Eso premiará al talento del trabajador, que será menos reemplazable que antes. Cada medio, mediano o pequeño, habrá identificado perfectamente su target y sus colaboradores necesarios. Y por supuesto Wikipedia y Twitter ejercerán de abrevaderos canónicos donde conocer la última hora y donde seguir al periodista-marca.

«El destino del periodismo en Estados Unidos está ahora mucho más directamente en las manos de los periodistas individuales que en las manos de las instituciones que los sostienen», concluyen los autores de Periodismo postindustrial. Su prospección se realiza sobre territorio americano, pero si algo nos ha demostrado la historia es que todo lo que ha pasado en Estados Unidos ha acabado pasando aquí con unos años de retraso. Cada vez menor, por cierto, fruto igualmente de internet.

Así que el periodismo que viene lo harán cada vez menos personas y más algoritmos, menos humanistas y más especialistas, menos más y más menos, en general. En 2011, el histórico corresponsal político de The Atlantic, James Fallows, publicó en esta misma respetable revista un reportaje entre irónico y resignado sobre Nick Denton, el último chico malo de la escena periodística neoyorquina, fundador de Gawker Media, que aglutina una docena de webs vendidas lúbricamente al contador de visitas como Telecinco al share. Denton es alguien capaz de pagar a un tipo por quince fotos de un lío de una noche con una candidata al senado. Y publicarlo con titular a toda pantalla, claro.

A Denton la defensa solemne de la ética periodística se le antoja un resabio victoriano. No es ningún tonto —pasó por Oxford—, acumula perfiles inquisitoriales en las asediadas páginas del ancien régime y tiene las ideas muy claras: «¿Qué me molesta de los medios americanos? Por lo general los izquierdistas pomposos. Supongo que son útiles, pero son tan patéticos, con su interminable retorcimiento de manos. No saben cómo luchar». Fallows apostilla con sobriedad: «Sus empresas, y cómo las fundamenta, presentan una destilación del modelo al que tiende la industria periodística». Fallows viaja a la redacción de Gawker, suponemos que ataviado con reglamentario chaleco de safari, y saca el cuaderno de campo:

Cuando llegué, «Tu horóscopo podría haber cambiado» seguía liderando la gráfica para todos los sitios, pero iba en descenso, mientras que «La horrible vida de un empleado de Disney» estaba en segundo lugar, y subiendo. «Rata suelta en un vagón de metro de Nueva York trepa por la cara de un hombre», con un vídeo amateur de veintiséis segundos de, exactamente eso, fue el ítem líder en Gawker.tv (…) Dos semanas después de mi visita, mientras escribo este artículo, «¿Es Charlie Sheen bueno para la carrera de estrella del porno?» es el número uno. Vi más pantallas según caminaba por el área central del espacio, donde había más de cincuenta escritores jóvenes, sentados unos al lado de otros a sus ordenadores, como en una cafetería, en tres mesas grandes que ocupaban el largo de la sala. «¿Cuánto piensan los escritores en los rankings?», pregunté a Denton tras decir hola. «¡Vamos a preguntarles!», dijo, y fuimos a la esquina trasera de la sala donde trabajaban los escritores de Gawker.com. «Normalmente solo miro la pantalla cuando paso por ahí», dijo Brian Moylan. «Te haces una idea de lo que va a ser grande y de lo que no». Él y sus colegas coinciden en que la popularidad de una historia puede predecirse, pero solo hasta un cierto grado. «No puedes tener un hit cada día», añadió. Su estrategia: «Solo intento imaginarlo: si fuera a ir a una fiesta, ¿de qué querría hablar todo el mundo? Y de eso es de lo que querría escribir»

Gawker Media tiene éxito y por tanto tiene imitadores. Cuando entre todos sumen el éxito suficiente, el propio concepto de lo que sea noticia habrá completado una mutación. Es cierto que lo noticioso nunca fue una categoría ontológicamente sólida, y que se han abierto muchas portadas de periódicos respetables con las más burdas y privadas intenciones. Pero normalmente la comunidad mediática identifica y señala enseguida el bullshit, el cohecho o la amarillez. Siempre ha habido quien sustituía la cuestión hamletiana: «¿Es esto noticia?», por la cuquería: «¿Qué les interesa a mis seguidores?». Lo novedoso será la generalización de la impunidad respecto de esta operación sustitutoria, y el arrumbamiento del celo jerarquizante para consumo de un reducto de humanistas quejumbrosos. Si esto no pasa ya.

En un periodismo operado por la mentalidad de mercado y no por la aristocrática pretensión de ordenar el mundo, la delicada tarea de titular se convierte en una ciencia que aspira a la exactitud de la sismografía. Mejor: de la chismografía, más exacta de lo que parece. Denton aconseja no usar verbos, pues resumen antes de tiempo la historia. Tampoco es recomendable pasarse de listo: la ironía o el ingenio pueden matar una historia con gancho porque la masa oscurecida odia el molesto fogonazo de la brillantez. «No puede haber más de dos líneas en la home. Tus ojos no lo aguantarán. ¡Lo que quieres es el titular más tonto posible!», resume una redactora en la que, con toda probabilidad, no está inspirado ningún personaje del Sorkin de The Newsroom.

Y ahora zurzamos las rasgadas vestiduras. Denton dice que da a los americanos lo que quieren, no lo que deberían querer. Y en ese distingo antimoralista acierta de plano. La gente no ve documentales sino realities y yo mismo, que tiendo desde niño al abuso de la jeremiada intelectualista, voy a confesar ahora que en un día tonto habría pinchado en cualquiera de los titulares antecitados. Denton no es un simple: se graduó con una cobertura de las reformas políticas en la Europa oriental postsoviética. Y sus portales también ofrecen información seria —lo que él llama «las aburridas verduras» que deben completar el menú—, cuya cobertura encarga a voluntarios locales y financia a través de donaciones y mediante la publicidad online que atrae la parte apetitosa del bufet. Pero tiene claro que lo primero que haría si dirigiera la web del New York Times sería añadir un contador público a cada noticia. Y seguramente sería el mejor modo de probar la exacta equivalencia entre viejo periodismo y despotismo ilustrado.

Porque Fallows apunta con honestidad que la afirmación de que internet ha hecho más tonto al público y más pobre el debate podría no ser en absoluto científica. Aporta ejemplos sangrantes, como la cantidad de gente que en los sesenta estuvo dispuesta a creer que Lyndon Johnson había asesinado a Kennedy; o los seis millones de votos cosechados en 1980 por el senador independiente John Anderson gracias a su propuesta de enmienda constitucional para que fuera reconocida «la ley y la autoridad» de Jesucristo sobre los Estados Unidos; o las irresponsables coberturas de las guerras de Corea, Vietnam o la última de Irak, sin ir más lejos, cuyas coartadas justificó el mismísimo Times más acá de la duda razonable. «No es tanto que la vida pública americana sea más idiota. Es que hay mucho más de la vida americana que ahora es público», explica Jill Lepore, profesora de Historia en Harvard. La conclusión es sencilla: el público no ha empeorado sino que es igual de tonto que antes. Que siempre. Ni más ni menos.

La gran diferencia es que en el Antiguo Régimen el público reconocía su ignorancia y confiaba en la autoridad de un periódico para remediarla. Callaba y escuchaba. Concedía crédito no ya a las noticias sino sobre todo al sofisticado lenguaje del periódico de papel, con sus jerarquizaciones de tipografía y paginación, códigos largamente racionalizados por profesionales del relato de actualidad que más tarde la radio y la televisión verterían a sus formatos específicos sin traicionar las normas básicas del periódico, porque no hay otras mejores. Era una forma de colaboración interclasista muy sensata: el periodista procedía del pueblo pero ofrecía sus servicios como un déspota ilustrado, y el pueblo sellaba el pacto de credulidad o bien se cambiaba de periódico. Pero tuvo que inventarse la guillotina cibernética y las aristocráticas cabezas del viejo periodismo no paran de rodar, mientras la plebe graba el espectáculo con el smartphone y lo cuelga en YouTube. Y pone comentarios.

Londres, 2013. Fotografía: Corbis.
Londres, 2013. Fotografía: Corbis.

Se ha democratizado la publicación, qué duda cabe. La tecnología extiende la democracia, se dice. Y sin embargo en la decadencia del viejo periodismo alienta la paradoja democrática. Sabemos que el periodismo, en lo que tiene de revelación de intereses opacos e ilegítimos de la clase dirigente pública o privada, contribuye a regenerar el sistema. Ocurre que esas revelaciones exigen primero una investigación cara y técnica y después una exposición rigurosa y compleja, probablemente desprovista de vídeos de ratas trepando por la cara de nadie. Durante mucho tiempo el escándalo de corrupción ha coincidido con el interés de una comunidad lectora movilizada por un ideario, a su vez defendido por un periódico. Pero si la noción de público o target se está volatilizando para dejar paso a infinitesimales grupúsculos de hinchas, si el consumidor ya no forma la masa crítica suficiente como para contentar a los anunciantes que deberían financiar la quijotada del periodismo de investigación o del reportaje de campo, si la corrupción ya ni vende… ¿cuánta más deuda podrá asumir el editor comprometido con la política de su tiempo y país?

El antiguo lector aceptaba que sus intereses no siempre dictaban la pauta informativa del día, y más bien acudía al periódico para conocer justamente el lugar que merecían sus intereses en una tasación profesional. Así el lector se educaba: aprendía que está mal conceder contratos de obras a cambio de cajas de puros y aprendía a escandalizarse por ello. Ahora hasta el escándalo está perdiendo su inherente transversalidad, y una nación que no se escandaliza a la vez por lo mismo no está formada por ciudadanos sino por usuarios. Ese periodismo cada vez más «ciudadano», el periodismo de todos y para todos empieza justamente donde acaba el interés general. Así que cuanta más democracia, menos democracia. A eso le llamo yo la paradoja democrática.

El cese de Pedro J. Ramírez como director de El Mundo, último mohicano del modelo de periódico personalista, ofrece un hito indudable a la historiografía del Apocalipsis periodístico. Con Ramírez no acaban Rajoy y el rey, sino los usuarios que no pagan, los anuncios que no llegan, el poder que tampoco se apiada: todo a la vez. Pero desde luego su periodismo era imprevisible y traicionero, y ambas notas tan saludables en el oficio clásico se toleran cada vez menos en el invierno nuclear, cuando el búnker político se siente escasamente amenazado por las chabolas de un cuarto poder desharrapado, sus fuerzas dispersas por la atomización digital, su tropa hambrienta. El periódico personalista, el gran timonel al frente de un medio poderoso pertenece al pasado; por supuesto que el personalismo no puede desaparecer de una factoría irreprimible de egos como es el mundo de la comunicación, y de hecho crecerá a bordo de mil pateras altivas, pero se restringirá a la firma, al aporte individual, no al pilotaje de grandes buques traspasados de proa a popa por la voluntad de un capitán incontrolable.

Por cierto que uno mismo constata la atomización del consumidor internauta en su modestísimo quehacer cotidiano: la inmensa mayoría de mis seguidores en Twitter lo son porque acudo regularmente a la tele a hablar de fútbol, y también escribo regularmente sobre mi equipo, el Real Madrid, porque me gusta y porque vende (mucho) y uno tiene que comer; pero si con mis aplaudidas exégesis de Cristiano Ronaldo trato de colar a la parroquia algún enlace —¡gratis!— al ensayito de índole cultural que me llevó horas o a la crónica parlamentaria en que trato de homenajear la finura de Wenceslao Fernández Flórez, la respuesta en número comparado de retuits me aboca a una suave melancolía. Es el mismo fenómeno que otorgará siempre la victoria al entretenimiento sobre la información, pues el Homo sapiens sapiens, por mucho que se diga, tiende a la horizontal como gato de vieja. Y este es el modo en que Twitter, con sus seguidores ansiosos y vigilantes, se ha convertido en una forma de presión nueva y directísima sobre el escritor, que vacila entre el ideal insobornable y la autocensura complaciente so pena de perder feligreses.

Resignémonos por tanto a la próxima hegemonía del infotainment, que dicen los yanquis. No es que el periódico de papel se privase de pasatiempos, sopas de letras, fotos de coristas en corsé y poemitas cursis a cargo de la sobrina del editor. De hecho, no pocas de las grandes novelas del realismo decimonónico se publicaron por entregas en los diarios: así medio Dickens o Los hermanos Karamázov, cuya extensión se explica porque el buen Fiodor cobraba doscientos cincuenta rublos por folio (el mérito estriba en enrollarse con tan conmovedor sentido). Al cambio bastante más de lo que por mi más esmerado post cobro yo. En contrapartida, tengo la fortuna de no ser Dostoievski. Lo novedoso del infotainment que viene es que lo grave no estará separado de lo leve mediante inconfundibles efectos de maquetación: no se puede maquetar el mar. Y menos el mar picado de la red.

Concluyamos el canto de Casandra con las peores consecuencias que Fallows atribuye a este periodismo Denton en vías de predominio, y cito textualmente:

  1. Esta se convertirá en la era de las mentiras, la idiotez, y en una absoluta Babel de corazonadas, donde no habrá ningún árbitro fiable que pueda establecer la realidad o los hechos.
  2. Que los medios no cubrirán demasiado de lo que realmente importa, dado que se ven atraídos hacia el brillo del espectáculo del entretenimiento y alejados de las deprimentes realidades del Congreso, una capital africana, el sistema de colegios urbanos, los recortes.
  3. Que las fuerzas ya están pulverizando a la sociedad americana en un componente granular que crecerá con mucha más fuerza, mientras la gente se retira a sus propias y separadas esferas de información.
  4. Y que nuestra capacidad para pensar, concentrarnos y decidir se deteriorará, a medida que los sistemas mediáticos optimizados para la atracción de un solo golpe se vuelvan máquinas de distracción continua para la sociedad en su conjunto, haciendo que cada problema individual y colectivo sea más difícil de evaluar y responder.

Esto último sobre la creciente dificultad para concentrarse del urbanita contemporáneo, requerido por las alertas constantes de su móvil inteligente, me parece de hecho el enemigo más formidable que amenaza hoy al humanismo como actitud civilizada ante la vida, como museo menguante del arte y el pensamiento universal. No es ningún disparate augurar un recorte drástico del número de vocaciones literarias y de lectores de libros, objetos que como sabemos suelen superar los ciento cuarenta caracteres. Leer o escribir son esposas incompatibles con las putas ruidosas de Whatsapp y Twitter, si me disculpáis la expresión.

«La quiebra del periodismo diario impreso significará el fin de cierto tipo de existencia urbana cuasibohemia para miles de escritores brillantes de clase media, periodistas e intelectuales públicos que, hasta ahora, llevaban semiafortunadas vidas mentales», sentenciaba Michael Hirschorn en The Atlantic ya en 2009. En efecto, muchos intelectuales y artistas jóvenes se quedarán a media gestación de su talento, y muchos más que estaban destinados a consumir sus creaciones se cretinizarán irreparablemente en alguna red social como sempiternos minotauros banales. Así que las industrias de las artes y de las letras, como la del genuino periodismo —que siempre fue un producto intelectual que hacía concesiones al negocio, y no al revés— quedarán en este siglo XXI reducidas a presencias más o menos numantinas, aprovisionadas por mecenas compasivos y entidades interesadas en desgravarse. El público volverá a ser la élite: esas treinta mil personas que leen en España. Y bien mirado, ¿no puede todo esto significar un limpio retorno a los orígenes venecianos? ¿No debe el periodismo —como le ocurrirá pronto a la universidad— volver a dirigirse resueltamente al escueto estamento de la alfabetización funcional?

(Continua aquí)

Fotografía: Shoobydooby (CC).

 


Tercer aniversario de Jot Down Magazine

Jot_Down_Magazine

El viernes 16 de mayo cumpliremos tres años, tres. Durante este tiempo nos hemos consolidado como medio digital e impreso en nuestro país y tenemos seguidores en todo el mundo. Nos visitan más de cuatrocientos mil lectores únicos al mes, que nos acompañan, de media, más de una hora diaria. Mantenemos la calidad de nuestra revista impresa con publicidad únicamente en la contraportada. Participamos en otros proyectos culturales como la revista FIVE o el Heraldo de Madrid.

En tres años hemos puesto en marcha una editorial; publicamos libros de divulgación científica y narrativa. Distribuimos nuestros productos y muchos otros con los que compartimos inquietudes. Hemos lanzado un podcast con una selección de nuestros artículos para hacer llegar nuestra oferta cultural al mayor número de gente posible. No cobramos por los envíos nacionales ni internacionales para que cualquier persona, por muy lejos que esté, se sienta cerca de nosotros.

Hemos arriesgado en los formatos de contenidos, en la distribución de nuestros productos, en la estructura societaria y branded content. Hay método en nuestra locura.

Durante tres días —del 14 al 16 de mayo— lo celebramos con un descuento de 5€ en nuestras revistas y packs. Puedes entrar en nuestra tienda y usar el código ANIVERSARIO para aplicar el descuento. Recuerda que el envío es siempre gratuito.

Agradecemos muchísimo la fidelidad, todo esto sería imposible sin vosotros.


Filosofía hoy

Friedrich Nietzsche (DP)
Friedrich Nietzsche (DP)

La revista Filosofía Hoy es una empresa altamente singular. Sale cada mes y llega al quiosco envuelta en una bolsa porque incluye un libro. No cualquier cosa sino Hegel, Nietzsche, Stuart Mill, Platón… Tienen la gentileza de enviármela todos los meses, de manera que la vengo siguiendo desde el principio.

Debo confesar que en sus inicios la tomé con cierto escepticismo. Un intento de vulgarización de asuntos que de hecho son enormemente complejos y no admiten su democratización me parecía un tanto inútil. Poco a poco he ido variando de opinión. No es vulgarización, es divulgación y soy cada día más respetuoso con aquella «industria cultural» que ponía de los nervios a Theodor L. W. Adorno. Debemos tomar cada vez más en serio este tipo de publicaciones dirigidas al público más joven o a los aficionados sin especialización porque cubren el vacío que dejan instituciones centenarias como los institutos de enseñanza media en los que han arrasado la asignatura de filosofía y son una excelente ayuda para los universitarios cada día menos capaces de hundirse de codos en textos difíciles.

A buen seguro muchos de mis colegas (no filósofos, que de eso apenas quedan dos o tres, sino profesores de filosofía) deben de tomarla por una publicación amarillista y próxima a las revistas del corazón. Quizá, pero en lugar de interesarse por quién se acuesta con quién, se interesan por lo que piensa este o aquel antes de acostarse. Hay una diferencia y viva la diferencia. El último número que llegó a mis manos, por ejemplo, trae una entrevista con Jürgen Habermas, un largo artículo sobre la polémica teológica entre Dawkins y Flew, un retrato intelectual de Diderot, el feroz ataque de Günther Anders contra Heidegger, un dossier central sobre identidades políticas y tribales y muchos otros artículos que resultan ideales para leer en el autobús. No es el Philosophical Quarterly, pero menos da una piedra (filosofal).

Como buena revista popular, incluye secciones de honesto entretenimiento y al poderse consultar por internet la respuesta del público es espontánea, abundante y divertida. En este número, por seguir en el mismo, preguntan: «¿Con qué filósofo te gustaría pasar una tarde?». El resultado me ha provocado una sonrisa. El ganador, con diferencia, es Nietzsche. Mayúscula sorpresa. ¿Qué tendrá él que no tengan los otros? ¿Entusiasmo, sentido del humor, la belleza del maldito? ¿Y es realmente una guía de la actual juventud, tan gregaria ella, aquel solitario empedernido que practicaba la «filosofía a martillazos»? ¡Ojalá!

Vienen luego los esperables, Aristóteles y Platón, pero por este orden, lo que me parece novedoso. Y vean ustedes los siguientes: Heidegger, Foucault, Kant, Hegel, ¡Kierkegaard! Llegados a este punto renació mi escepticismo. ¿Pero alguien lee al temible y tembloroso Kierkegaard, poeta supremo de la angustia, en estos días? Sería sumamente interesante conocer las opiniones de los votantes.

Hay opiniones, claro, no en vano la encuesta vino colgada en Facebook y, aunque breves, algunas son muy graciosas: siendo así que la encuesta estaba encabezada por la frase de Steve Jobs que decía «Si pudiera, cambiaría toda mi tecnología por una tarde con Sócrates», José Manuel Aleixandre comenta: «Es curioso que Jobs quiera pasar una tarde con el filósofo que menos ha escrito en la historia de la filosofía. Convendría concertar una cita con Sócrates y Platón a la vez». Tiene toda la razón y derriba al pretencioso Jobs de su altarcillo.

Al terminar de leer la página me pregunté yo mismo con qué filósofo querría pasar una tarde y como estamos en plena heterodoxia me contesté: con Erik Satie.


Miguel Gallardo: «Antes había delincuentes con ética, no como los de Bankia»

Miguel Gallardo para Jot Down 1

Es difícil de explicar a quien ha crecido con Internet o montones de canales de televisión el valor que tenía la historieta underground en España. Era una tabla de salvación, lo único que podías encontrar que se riese de todo sin contemplaciones. Pasar sus páginas era tanto una diversión como un alivio. Un ejercicio terapéutico. A Miguel Gallardo (Lleida, 1955) se le puede considerar uno de los padres fundadores. Al menos su Makoki es, sin duda alguna, uno de los personajes más recordados. Un tesoro más junto a los posteriores Herminio Bolaextra, Toni Bolinga, Supermaño y todo el amplio catálogo de elementos poco recomendables que han surgido de nuestro cómic underground. No obstante, en las últimas décadas, su faceta como dibujante ha evolucionado hasta terrenos muy intimistas desde los que relata la experiencia de su padre en la Guerra Civil, por ejemplo, o su relación con su hija María, que es autista. Su trabajo ha cambiado como de la noche al día, pero él insiste en que permanece idéntico en lo esencial: contar historias.

¿Cómo fue crecer en Lleida en pleno franquismo?

Nací allí, sencillamente, por el trabajo de mi padre. Consiguió entrar en una compañía eléctrica a trabajar y se llevó a la familia, que básicamente era mi madre. En los años 50 y 60 era un lugar cerrado. En general, era una ciudad muy provinciana. Encima fui a un colegio de curas, los Maristas, y padecí una enseñanza super-mega-nacionalcatólica. Teníamos Formación del Espíritu nacional. En fin, una porquería. De todo lo que tuve que aprender allí no recuerdo nada. Ni ríos ni montes, nada. Era la típica educación de aprenderse las cosas de memoria. Había un sistema jerárquico inamovible. En la parte alta estaban los curas, por encima de los padres, lo que significaba que si te daban una hostia los curas luego te la daban también tus padres.

Para que te hagas una idea, tenían un huerto donde plantaban bambú para luego darnos en las piernas porque llevábamos pantalones cortos. Les gustaba la tortura. Otros te tiraban el borrador a la cabeza. Me pasé todo el bachiller dibujando y mirando por la ventana sin enterarme absolutamente de nada. Así hasta COU, que me pasé a un instituto. Allí tuve mi primer profesor de dibujo, el señor Medina, que fue un tío que me abrió la mente.

Me cuentan que pasaste de ser un niño tímido que se llevaba palos en el recreo a un malote: de víctima a verdugo.

Formaba parte de la banda de los frikis, con los gorditos, los que llevaban gafas. Me rompían frecuentemente las gafas para gran alegría de la óptica de debajo de mi casa, hasta que, efectivamente, me junté con los malos de la clase y pasé al otro bando. De torturado a torturador. Porque aparte de llevar gafas, no me gustaba el fútbol y no era bueno peleando. Por eso me fui con los malos y me labré un estatus de dibujante. Tanto para las fiestas de los curas, para hacer algún decorado, como para hacer dibujos a los compañeros. Lo que yo quería hacer desde siempre era dibujar. Cuando cayeron en mis manos las primeras revistas de cómic, El Globo y El Zeppelin, dije que yo quería hacer esto. Pero en mi familia todos eran técnicos. Yo era como una especie de pulpo raro. Mi padre estaba empeñado en que hiciera una carrera de provecho, quería que fuese banquero. Pero no sé cómo, conseguí engañarle para que me dejase estudiar Bellas Artes en Barcelona.

Empiezas en el mundo de la publicidad.

No entré en Bellas Artes porque me catearon. Y esto fue por un colega. Siempre surgían currillos así, y él estaba trabajando en un estudio que se encontraba por Ronda de San Antonio. Era un estudio de animación para anuncios, porque en los setenta se usaba mucho la animación tradicional. Ya sabes, montañas y montañas de acetatos pintados. Entré y me incorporé a una especie de división joven que tenían. Era un estudio en negro, no estaba declarado, de hecho, ni cobrábamos.

Prácticamente como ahora en el mundo de la publicidad.

Sí (risas), nos daban unos duros para ir a comer, igual 300 pesetas a final de mes y un par de libros. Vivíamos en la oficina, tenían un par de sofás convertibles y dormíamos allí. El trabajo de animación exigía trabajar toda la noche. Nosotros entramos a limpiar mesas, éramos el escalafón más bajo. Luego ascendimos a pintar planchas, a repasar de vez en cuando, con la gran ilusión de que un día el Andreu, el jefe del estudio, nos enseñaría a animar. Esto no pasó nunca. Pero allí conocí a Mediavilla, que luego fue mi guionista. Carulla, que luego trabajó con nosotros. Formábamos un grupo, a todos nos gustaba el cómic, teníamos 21 años y nos daba igual todo. A mí me cogió una crisis un domingo por la tarde en el estudio, encerrado en el baño. Estaba limpiando los cacharros y tuve una especie revelación: “¿Un domingo por la tarde limpiando cacharros? Esto no es lo que quiero hacer”. Y me fui. Así. Cogí un piso en Gracia con Carulla y Mediavilla para intentar hacer cómics. Dijimos: ¡a ver qué pasa!

En publicidad dibujaste al famoso Rodolfo Langostino.

Es lo único que puede recordar la gente. Fue la primera oportunidad que me dio el tío de dibujar algo. Me puse a hacer montones de langostinos y salió ese. La idea ya venía dada, no se me ocurrió a mí. Estaba superdetallada. Ahí trabajaba un argentino que fue mi maestro en todo, se llamaba Daniel Melgarejo, que ya era una celebridad en publicidad. En esa época hacíamos cosas como Phoskitos, o los anuncios de Raid, los de las cucarachas. Una publicidad que ya no se hace con animación, que está periclitada.

Tu gran inspiración fue Bruguera.

Cuando yo era pequeño lo único que podías leer era el Pulgarcito, el TBO, lo típico de cuando te ponías malo y no podías salir de casa. Luego con la madurez he visto que de alguna manera los protagonistas de Pulgarcito o Tío Vivo eran como los personajes de Berlanga. Servían de pequeños agujeros para ver la realidad. Estaban muy transformados, pero eran más realistas que los tebeos de aventuras tipo El Capitán Trueno, El Jabato y todo esto, que no tenían nada que ver con la realidad. Sin embargo, estos pequeños personajes que siempre eran porteras, criadas, gente del pueblo, servían como una ventana a la realidad un poco más aproximada. También me gustaba mucho su sistema de personajes fijos con historietas. Fue lo primero que me entró por los ojos. Aprenderme los nombres de todos los personajes, todos acabados en verso. Y que a su vez estaban inspirados en la escuela argentina de humor, incluso copiados. Aunque en aquella época no había un star system. No conocíamos o no sabíamos quién estaba detrás de los dibujos.

En los 80 llegué a conocer a algunos, a Escobar, a quien le hicimos una entrevista con TV3, que ya estaba muy viejecito y bastante cascarrabias. El tío todavía conservaba unas páginas que habían sobrevivido, de los años 40, donde bromeaba con los pantanos de Franco. No sabía cómo habían permitido que se publicasen. A Pancracio, el amigo de Carpanta, se le ocurría la brillante idea de, para llenar los pantanos, coger un jamón y que Carpanta corriera detrás de él. Así iba llenándolos babeando. Luego ya en los 80 un personaje como este no tenía razón de ser. Igual que Zipi y Zape, es que Bruguera cogía una fórmula y la repetía hasta machacarla, pero en los primeros tiempos era muy buena.

Yo lo viví como un salto generacional. Normalmente, en una profesión, te miras más en los abuelos que en los padres. Nuestros padres serían Carlos Jiménez, Luis García, gente que trabajó fuera y hacía mucho cómic de agencia, que les daban guiones y tal, e hicieron bastante pasta y vivieron bien, pero para nosotros eran como el diablo. Eran como unos tíos vendidos y nos mirábamos más en los abuelos, que eran como más tiernos. De hecho, El Víbora se basa bastante en el sistema de Bruguera con los personajes y las historietas.

Aprendiste a dibujar copiando.

Siempre he sido un fusilador nato. Ahora tengo una habitación llena de tebeos, pero en la época que estaba con Mediavilla teníamos una pila de… ¡cinco! Un Metal Hurlant, unos Freak Brothers y para de contar. No teníamos ni dinero ni dónde comprarlos. Y aquellos eran los tebeos más copiados del mundo. Como no he tenido maestros en el cómic, fue una forma de aprender, copiar de quien me gustaba. De hecho en Makoki a veces voy cambiando el estilo en una misma historieta porque al final he leído a alguien que me gusta más. Es una forma de aprender como otra cualquiera. Te fijas sobre todo en cómo resuelven los otros los problemas que a ti te cuestan, encuadres, escorzos. Yo por ejemplo no sabía dibujar piernas, las cortaba. Juanito me obligaba a sacar las manos de los bolsillos, a que se movieran, a hacer perspectivas de calle. Él fue mi maestro, hacía los story y yo dibujaba. Sabía un poco más porque había venido de Burgos donde había hecho un curso de cómic. Había dibujado historietas de horror, de calidad cero coma uno, pero era un profesional de lo suyo.

A la gente de tu generación que coincidisteis en Barcelona os han calificado como “freaks urbanos”. He leído que erais contrarios al espíritu hippie de la generación anterior. Mientras ellos se retiraban a meditar al monte, vosotros queríais acción en la ciudad.

Yo formaba parte de toda una generación que estaba aquí en Barcelona, rebotados de provincias. Muchos habían venido a estudiar una carrera y una vez aquí la vorágine de Barcelona los había llevado a otras cosas. Todo el mundo hacía de todo. Fanzines, estaban metidos en grupos de música, dirigían cine. Todo a un nivel mínimo, sin dinero ni nada. También había algunos bares enrollados, en el Borne principalmente, otros en las Ramblas, y al final acababas coincidiendo a todo el mundo. Los siete u ocho, o diez o 15, que tenían intereses nos veíamos en los bares. Había como una especie de rollete, de complicidad de la gente que hacía cosas al margen de la sociedad y todo lo que hubiera. Por un lado era muy divertido. No teníamos ni un duro, ninguno tenía trabajo fijo ni nada, pero también la vida era muchísimo más barata que ahora. Los pisos estaban tirados y la gente estaba muy acostumbrada a colgarse viviendo en la casa de fulanito, de menganito, no había desconfianza todavía.

Paul Collins (The Nerves, The Beat) dijo que lo que más le sorprendió del Madrid de la Movida era la poca importancia que se le daba al dinero.

Es que nadie tenía dinero, nadie tenía un duro. Íbamos a comer a restaurantes que te daban un plato de lentejas por diez pesetas. Si no las tenías, te las dejaban. Si estabas mal, pues lentejas de primero y lentejas de segundo. Teníamos 20 años, 21, el dinero es lo que menos nos importaba. Estabas en Barcelona, eso era lo importante, que parecía que estaba pasando algo. Estabas con tus colegas, te gustaba beber, dibujar tebeos, descubrir cosas. Aquí iba entrando todo con cuentagotas. La música, todo. En el Borne había una tienda de cómics de un tío, que luego trabajó en El Víbora, que no me acuerdo cómo se llamaba, Freak Cómics o algo así, que tenía cuatro cosas que se había traído de Ámsterdam y estaban en cajas de frutas. Pero nosotros íbamos allí como en peregrinaje. Todo eso hacía mucha piña. Los colegas venían a tu piso, nosotros íbamos a los de otros. Mariscal vivía en un puto piso en la Plaza del Pino y era igual que nosotros. Se estaba buscando la vida igual.

Había parte de esa generación, como Mariscal, que habían formado un rollo antes de que llegara yo. Mariscal, Nazario y toda esta gente tenía montado su chiringuito. De hecho, ellos fueron los que ya habían vendido sus tebeos en la calle, ya se habían ido a Formentera, se habían comido tripis y todas estas historias. Nosotros éramos una basca más urbana que el rollo este de los hippies. Además, Juanito era de Burgos de toda la vida y no tragaba a los hippies ni pa dios. Así que no les dábamos mucha bola. Y todo era blanco o negro. Con los que nos llevábamos siete años ya nos parecían marcianos.

Pero lo que tenía de bueno esa época es que todo era inclusivo, paradójicamente. Lo único que no entraba era un tío con corbata. O uno que trabajaba en un banco o un padre de familia. Había una barrera muy clara entre la gente que igual tenía 30 años y el resto de nosotros. Ya podías ser artista, punk, hippie, que daba igual. Lo importante es que fumaras canutos, que eran la puerta de entrada a todo, o que fueras a determinados bares. Con eso ya estabas en el rollo. No tenías que hacer nada.

¿Cómo os integrasteis vosotros con ellos? Vosotros erais unos recién llegados, algunos de ellos eran de buena familia…

Bien, porque teníamos algo que enseñar. Es decir, íbamos a sus chiringuitos y les llevábamos unos folios. Al principio te mandaban a tomar por culo, pero después de dar un montón de vueltas acababas volviendo a coincidir y al final había un editor, como el del Star, que iba pillando cosas. Y siempre conocías a todos porque éramos muy pocos. De repente te encontrabas a Almodóvar en el Borne con una Súper 8 rodando. Nadie sabía quién coño era, pero estaba ahí. La historia estaba pasando aquí antes que en Madrid.

Se dice que el punk es la única moda extranjera que llegó a España relativamente a tiempo. Tú entonces estabas en la revista de rock Disco Express.

Entré en Disco Express, que era una revista, en ese momento, para hacer publicidad de los conciertos que traía el dueño, el promotor Gay Mercader. Lo curioso es que una de las primeras portadas punks que apareció en Disco Express fue Ramoncín, que era punk solo porque acababa de salir de la mili y lo habían rapado. Eso era el punk español. Luego ya empezó a aparecer Alaska y todo eso, pero en principio, lo que ocurrió es que cuando se murió Franco se abrieron las puertas y entró todo de golpe y así empezó a haber grupos más cañeros por los barrios.

Había un documental sobre la Movida madrileña que decían que, cuando se abrieron las puertas en España, entraron todas las corrientes que habían pasado durante toda esa época fuera, pero a la vez. Te encontrabas juntos a los hippies, a los punks, a los heavies. Todos confraternizando como si fueran parte de la misma tribu, que al fin y al cabo lo éramos. Luego la gente se fue separando por intereses, pero al principio en una fiesta cualquiera te encontrabas de todo. Compartíamos una forma de vida que era fumar canutos, fiestas y un desinterés total por la política o cualquier cosa que significara manifestaciones o programas políticos. De hecho, es una generación entera un poco perdida. Porque nuestros hermanos mayores se interesaron por la política y después fueron ellos los que han acabado mandando de alguna manera. Y nosotros no, no teníamos ningún plan. El plan era divertirse y pasárselo bien. Por eso hemos sobrevivido tan pocos, por el camino han muerto cantidad de gente, otros se han quedado colgados…

Miguel Gallardo para Jot Down 2

¿En qué consistían las ilustraciones de rock que publicabas en Disco Express?

Entré de una forma muy rara ahí, para maquetar la revista. No sé ni quién me recomendó ni nada, pero yo en mi vida había maquetado una revista ni tenía idea de diseño ni nada semejante. Pero como era dibujante, en aquella época significaba que podías hacer un poco de todo. Entonces me dijeron que hiciera una historieta semanal. Cogía una letra de canción, la traducía y hacía una historieta. De Bowie, los Rolling Stones, de cualquiera. Cogía, por ejemplo, Pigs de Pink Floyd. Y como yo copiaba mucho en aquella época, hacía cada una completamente diferente. Si cogía Almost Grown de Chuck Berry, que era de los 50, pues la dibujaba como si fuesen dibujos animados de esa época. Estaba experimentando, buscando cosas muy diferentes. Las de Bowie luego eran muy puntillistas, por ejemplo.

Un poco como videoclips antes de los videoclips.

Sí, sí. De hecho hice algunos videoclips más adelante. El caso es que un día Gay me dijo que buscara un personaje fijo para dar un poco más de rollo y ahí surgió Makoki.

Antes háblame de vuestro famoso piso de Gracia.

Fue un piso que pillé con Mediavilla y se pagó de una forma muy curiosa. Nadie tenía ni un duro y teníamos que dar 15.000 pelas de fianza. Iban a salir de un encargo que tenía Juanito de hacer una caricatura de una familia. Pero Juanito era más vago que la chaqueta de un guardia, tenía la foto ahí, y no hacía nada. Y nosotros: “Juanito acaba el puto cuadro que nos echan del piso”. Al final lo terminó y nos quedamos.

Era un piso que estaba muy bien, aunque estaba hecho un asco. Estuvimos sacando papel de las paredes que parecía de piso de Lovecraft. El papel con un color verde necromántico de la hostia… Al final lo pintamos y quedó aparentemente bien. Tuvimos un estudio cutre, pero era nuestro estudio. Nuestra casa. Luego fue el típico piso franco en el que iba pasando todo dios por ahí. De hecho Makoki es una historieta muy vívida y muy realista porque el ochenta por ciento de los personajes son gente que pasaba por ahí y luego les sacábamos con el nombre cambiado. Camellos, gente que había salido de La Modelo, colgados… Nos ocupaban el piso hasta que los echábamos, porque nadie tenía medida del tiempo. Una visita duraba dos semanas. Aunque todo era muy divertido. El único mérito que me apropio de esa época es que yo, por una tradición familiar, de mi padre, que era una persona muy metódica con un amor desmedido a la puntualidad y el trabajo; yo era el único que tenía como una especie de disciplina muy interiorizada. Juanito era un genio auténticamente, era un puto genio con los guiones, pero si no le levantabas por la mañana se podía quedar todo el día en la cama. De modo que le impuse que nosotros estaríamos en el estudio haciendo páginas aunque hubiera cualquier cimborrio montado en el piso. Porque hacer cómics es algo realmente muy pesado y muy trabajoso. Nosotros hemos llegado a hacer no sé si 1500 páginas, hemos trabajado mucho.

Mariscal y Nazario hablaban de que en sus piso había orgías, drogadicción.

A eso no llegamos. Drogas, todas, pero orgías no. Las chicas no se acercaban a nuestros pisos. No sé por qué, debíamos de ser todos muy feos. Huían como de la peste. En nuestros pisos se hacían timbas del Mentiroso, partidas de póquer, cosas de estas, drogas a tutiplén porque venían muchos camellos, y las chicas venían alguna vez, pero siempre con pareja. Hasta que no alcanzamos el estrellato las chicas no se acercaron a nuestro piso.

Hazme un retrato del barrio de la Ribera de aquella época.

Era un barrio, no digo peligroso, pero sí muy popular. Vivía gente de aluvión, o sea, emigrantes. Gente que no se podía permitir pisos más caros. Había de todo, desde camioneros a delincuentes. Toda la delincuencia estaba aquí metida, pero no tenían nada que ver con los delincuentes que tenemos ahora en Bankia. Eran delincuentes con ética. Procuraban no robar en el barrio, cosa que sí ocurre ahora. Pero la gente de Barcelona de las Ramblas para abajo no bajaba. He conocido a personas después que eran de más arriba del Ensanche, y esto para ellos era territorio comanche. Decían que si venías aquí te podían matar, cosa que no era cierta. Pero bueno, nosotros la verdad es que estábamos encantados porque aquí estaban los cinco bares que merecían la pena, el Magic, Zeleste, la Enagua y luego sitios donde podías comprar chocolate, maría, todo lo que se vendía. Era un barrio muy divertido. Calles con poca luz, te encontrabas a la misma gente todo el tiempo. No había nada de turistas, y ahora mismo esto parece un parque de atracciones, ya no existe el barrio ni nada, todo es como algo artificial. En cualquier caso, yo soy de una generación distinta a Mariscal y Nazario. Ellos vivieron más la época de los conciertos en Zeleste. A mí todo esto ya me tocaba muy de refilón. Estuve antes de que la chaparan, para mí era una cosa mítica también, pero no la viví.

José María Berenguer fue el padre del Víbora.

Tengo opiniones ambivalentes sobre él. Las relaciones en España entre editores y dibujantes nunca han sido muy buenas. Le doy el mérito de que nosotros, que trabajábamos en Disco Express o el Star, no encontramos nuestro lugar hasta la llegada del Víbora. Fue un acuerdo entre Berenguer y Toutain, que le dio fondos para hacer esta revista, cuya intención era aglutinar a toda la gente que estaba en el rollo, tipo Mariscal, Martí, Pons… Nadie daba tres duros por ella. Pensábamos que era un fanzine más que tardaría dos días en cerrar. Pero como salió en el momento justo y con las historias adecuadas, funcionó.

Para cobrar dignamente tuvisteis que ir a la huelga.

Al principio, todos nosotros estuvimos cobrando como si fuéramos fanzineros. Pero tú veías que en la redacción de pronto había un almacén, con un encargado, luego una secretaria, o dos, todos con sus sueldos, y nosotros con 1000 o 2000 pesetas por cada página. Así que organizamos la única huelga de dibujantes que ha salido bien. Nos juntamos todos, un puñado de melenudos y piojosos, y fuimos a decirle a Berenguer, a exigirle que queríamos cobrar 10.000 pelas por página. José María se río en nuestras narices, y entonces le dijimos que la revista la sacase él. Pues funcionó. Nunca más nos hemos juntado para nada, pero esa vez funcionó.

Berenguer era más mayor que nosotros y entonces siempre estábamos discutiendo con él. Pero aguantó todo este barco durante la travesía, y sobre todo nos aguantó a nosotros que también éramos tela. Porque hacíamos consejos de redacción en los que todo el mundo opinaba y terminaban como un manicomio, en una locura total, en las que José María estaba sentado ahí con las orejas cerradas y pasando de las animaladas que decíamos. Pero sí logramos que hubiera unanimidad estilística, que la gente que entrara nueva estuviese de acuerdo con nuestra filosofía. Esto lo teníamos bastante consensuado. De hecho, vino gente de la generación anterior, que cuando vio que El Víbora funcionaba se quisieron reciclar y hacer historieta de autor. Es decir, dibujar personajes que fumaran canutos y follaran. Pero nosotros no exigíamos eso. Si no formabas parte de nuestra generación no entendías nada de nada. Un tipo de 30 o 40 años no se enteraba. Era otra cosa.

Hubo un caso de alguien que dibujó a los policías como bobbies ingleses porque no había costumbre, o no se atrevía, a dibujar policías españoles.

Efectivamente, Mediavilla y yo hacíamos grises con sus bomboneras y con todo. Porque esa era la gracia, lo que nadie había hecho antes. Estábamos pegados a la calle y vivíamos allí. No éramos delincuentes, pero estábamos con ellos y sabíamos lo que pasaba. Las historias rezumaban realismo, que era lo que quería la gente. En 40 años nadie se había enterado de lo que pasaba en la calle y menos aún habían prestado atención a lo que hacía la gente que tenía 20 años, a lo que hablaba o lo que fumaba. Y nosotros lo pusimos en primer plano.

Pero no llegasteis a hacer bromas con el terrorismo, como luego hizo el TMEO.

Los del TMEO siempre han estado muy politizados. Están insertos en un lugar y en unas condiciones muy politizadas. Aquí no, cada uno iba a su bola. El único que tocaba el terrorismo era Martí, pero era un terrorismo psicodélico. Lo nuestro era todo mucho más lúdico. Max tenía a Gustavo, que era como un activista radical contra el rollo nuclear y le pasó una cosa muy curiosa. A medida que se hizo famoso el personaje, aparecía en las manifestaciones, en las pintadas, y Max se acojonó. Pensó que no era capaz de seguir con esa historia, con un personaje que la gente lo había cogido y había hecho algo más de él. No quería meterse en esa historia y se pasó a Peter Punk, una cosa mucho más exótica.

Al Papus la ultraderecha le puso una bomba en la redacción. ¿Lo visteis como un aviso también para vosotros, o no sufristeis este tipo de acoso?

Las cosas estaban muy compartimentadas. No teníamos mucha relación con el Papus, porque de nuevo ellos eran de otra generación. Solo tuvimos una relación muy psicodélica cuando sacaron el Papus Deportivo, que salía los domingos. Necesitaron dibujantes y nos llamaron a los del Víbora para hacer chistes de fútbol y cosas así que no teníamos ninguno ni puta idea. Nos decían, partido Albacete-Badajoz, el portero le ha dicho hijo de puta a no sé quién, haced algo. Para nosotros era… al menos estábamos ahí con los mayores, con Ivá y todos estos, y tenían catering los hijos de puta. A mitad de tarde les sacaban unas bandejas que nosotros no habíamos visto nada ni parecido. Eso duró tres o cuatro números, pero luego, como digo, estaba todo muy compartimentado. Por eso no vivimos especialmente lo de la bomba. Nuestra historia fue con el 23F, que estábamos trabajando, no nos enteramos de que habían dado el golpe, nos llamó un colega por teléfono, un colega muy guasón, y dijo que iba a venir a por nosotros y nos iba a ametrallar, esto sin decir quién era. Nos quedamos flipando, y entonces pasó el vecino de al lado, que era sindicalista, a contarnos que habían dado el golpe y, buf, ahí la cosa se puso…

Dan un golpe de estado y lo primero que se le ocurre a tu colega es hacer llamadas anónimas para reírse.

Sí, él tenía muy mala sombra. En fin. Ideas de bombero. Evidentemente, si el golpe hubiera triunfado los del Víbora estarían entre los primeros de la lista de gente para apiolar. Pero no fuimos conscientes. Además, no teníamos posibilidades ni nada de coger un tren y nos quedamos ahí a ver lo que viniera. Una vez pasado el golpe, decidimos hacer una sentada y sacar un número especial del 23F. Estuvo muy bien, porque en esa época ni la prensa, ni el cine, ni la televisión tenían capacidad de reacción suficiente como para hacer algo rápido. Me junté con Simonides, el del TMEO, y entre los dos hicimos unas páginas a medias donde nadie sabe dónde empieza uno y dónde acaba otro. Cada uno se repartió los temas e hicimos un número a la altura del Mongolia de ahora, con unas animaladas… el póster central eran los guardias civiles en el bar del congreso, con todo eso que contaron de que se habían puesto a pimplar. Aún nadie se atrevía a hacer eso, fue divertido. Y uno de los picos más revolucionarios que tuvimos.

En esa redacción de Casa de las Beatas vivían algunos dibujantes.

Pons, por ejemplo. Era un personaje que vivía a salto de mata, aparte de sus historietas, él vivía así. Tenía un superpoder especial, muy apreciado. Durante una época, en El Víbora, al contrario que en otro tipo de revistas, cobrabas un cheque en el momento de entregar tu trabajo. Eso era la hostia, porque estábamos todos sin un duro. Y luego había gente que no llevaba nada, pero cobraba. Uno de ellos era Pons. El banco cerraba a las dos, el tío se presentaba a la una y media, le entraba a Berenguer y le convencía de que tenía una idea buenísima, que “te juro que lo voy a entregar”, y a menos cuarto salía con el cheque. Era un tipo convincente. Luego estuvo viviendo al lado de nuestro piso de Gracia con Calonge, que fue otro de los grades del Víbora, hoy un poco olvidado, que se suicidó. Recuerdo que estaban completamente locos. Pons también tocaba el piano, era como muy personaje de las historietas que hacía él, de serie negra. Era muy ingenioso, muy listo, y se quedó sin piso una época y, sí, estuvo viviendo en El Víbora, sobando en el almacén. Llegaba la gente por la mañana y el tío salía ahí con las sábanas, se iba al balcón a hablar con los vecinos y la gente de la calle. Era único.

Miguel Gallardo para Jot Down 3

¿Erais conscientes de que Barcelona era la capital de España en cultura popular? Se editaba Disco Express, Popular 1, el Star, Ajoblanco, Víbora, Papus, el Jueves…?

No éramos tan conscientes de este panorama, entonces no había Internet y cada uno hacía la guerra por su cuenta, pero sí veías a toda la gente que venía a Barcelona. Nazario por ejemplo venía de Sevilla, el otro de no sé dónde. Todo confluía aquí porque la gente sabía que aquí era donde se estaba cociendo la historia. Las revistas en realidad eran tiradas muy pequeñas, pero igual un Ajoblanco llegaba a Córdoba y la gente flipaba con lo que se estaba haciendo aquí. Se hacían muchas más cosas que en Madrid hasta que no empezó allí la Movida. Siempre he dicho que la putada de Barcelona es que nuestra música era muy aburrida. Aquí siempre se ha tirado con el rollo de Cataluña, el tema del jazz que era un coñazo ¡un coñazo! Los grupos que se tiraban dos horas seguidas improvisando… en Madrid la música luego fue muy divertida, mientras que aquí era muy intelectual. Pero los cómics no, nuestros tebeos eran superdivertidos porque además los hacía gente de fuera y traía otro espíritu. Al final la Movida madrileña es la que ha pasado a la historia, pero la barcelonesa, aunque está recuperando un poco algo de fama, lo cierto es que llegó a ser la Meca. Los pocos dibujantes que había en Madrid se vinieron aquí. Barcelona siempre ha sido un lugar de gráfica, de inversión en libros. Todo lo de Madrid era una cosa más estética.

En cuanto al guionista de Makoki, Juan Mediavilla, ¿cuál era su relación con el lumpen? ¿Era lumpen él, se introducía en el lumpen para pescar historias o acaso era gente bien que por lo que fuera le gustaba el lado oscuro (risas)?

Tenía varias conexiones. Primero, tenía un oído muy bueno. Íbamos a cualquier lado y siempre llevaba los bolsillos llenos de papelitos donde apuntaba lo que escuchaba. Además de eso, tenía familia lumpen. Un hermano aquí que se dedicaba a la baja delincuencia. Un tío sin oficio ni beneficio que lo mismo vendía cuadros en el metro, que se relacionaba con los demás delincuentes. Vivía en un piso aquí al lado, una especie de zulo donde tenía un par de literas. A veces coincidimos allí con gente mala, con gente mala de verdad. Nos sentábamos y estabas rollo colegio de monjas: chitón y a lo que fuera. Una imagen que recuerdo es de unos tíos haciéndose canutos en una palangana de plástico. Ahí metían el chocolate y un cartón entero de tabaco e iban liando. Estos tíos daban palos a los moros, a la gente que traía el hachís. Era gente peligrosa. Juanito, por ese lazo directo, todo esto lo vivía de alguna manera. Así llegamos al Comecocos, un tío que inspiró al personaje de las historietas de Makoki. Acababa de salir de la Modelo y no tenía casa, necesitaba un refugio y lo alojamos en nuestro piso. Aquel tío fue una fuente de información… Y ese era el tipo de gente que venía por casa, aparte de nuestros amigos. Conocíamos a muchos delincuentes porque en esa época todo estaba un poco mezclado. Consumir chocolate ya formaba parte de una relación que tenías que tener con gente, conocer a alguien que sabía de alguien… o tripis, o esto o lo otro.

¿De dónde salió la frase gloriosa “eres más feo que un muerto con mocos”?

Ni puta idea. Todo eso formaba parte de la educación de Juanito, que era clase media baja de Burgos. Tenía una cultura de abajo. Cuando nos hicieron la primera entrevista en El País, que ya éramos medio conocidos, le describieron como que parecía un estudiante de jesuitas porque Juanito tenía una pinta de viejo con 25 años. Era un tío con barba y chaqueta de pana. Un tío de Burgos, de Burgos. Luego en las fiestas se desmadraba, pero era un tío viejo. Y eso era porque estaba completamente zumbado en el aspecto de genio.

Una anécdota. Juanito una vez fue a un casting de Almodóvar, no sé para qué película, alguna de las primeras, en una discoteca de aquí de la calle Pelayo. Pedro les pidió que subieran al escenario e hicieran un baile. El que se enrollara mejor tenía el papel para la película. Ahí estaba Juanito con su tres cuartos holandés de pana, la barba, la pinta de tío que yo qué sé…. y como no subía nadie, lo hizo él. Y en un escenario podía ser la bomba. Se revolcó, dio patadas y se quedó con el papel. Pero luego a la segunda fase perdía completamente el interés. Le llamaron y tal pero paso de todo.

¿Es cierta la historia de que hubo una fuga de la Modelo gracias a que hicisteis una historieta usando los planos de la cárcel?

Ojalá fuera verdad. Nos quedaban 12 páginas o 15 para terminar un álbum y a Juanito se le ocurrió eso de fuga en la Modelo. Fue la primera vez que tuvimos una situación de lujo para dibujar, nos dejaron una casa en Canet, nos fuimos todo el mes de agosto, y lo único que hacíamos allí era dibujar e ir a la playa. A mí siempre me ha gustado mucho la documentación, hacer todo muy bien documentado, y en una época en la que no existía ni Internet, ni Google ni pollas, ni nada. Solo teníamos la hemeroteca de Barcelona y en La Vanguardia, un sitio de documentación al que podías ir si conocías a alguien. Todo era mucho más complicado. El problema que tuvimos con este cómic es que no había nada sobre la cárcel. Conseguí un libro pequeño de la Modelo, pero lo único que había eran vistas exteriores, que hay algunas que salen. Y también teníamos información de gente que había estado en la Modelo, que nos describía los chabolos por dentro. Hasta que nos fuimos al colegio de arquitectos a pedir los planos. Nos los dieron para nuestra sorpresa, pedimos permiso para hacer unas fotocopias, que las he tenido por aquí hasta hace nada, y también nos dejaron. Lo que ocurrió es que hay una viñeta en la que sale una puerta dentro de la cárcel que supuestamente está cegada. Entonces Berenguer tenía mucha relación con la Modelo, metía muchos cómics en la cárcel, los enviaba y así recibíamos muchas cartas de presos, que también conservo, que son bastante jevis por cierto, del tipo “pues nada, le he dado tres viajes a tres farmacias y me gusta mucho el Makoki”. Al meter este álbum, como se llamaba Fuga en la Modelo, Berenguer tapó la portada y lo coló. Y dice la leyenda que aprovecharon esa viñeta para fugarse. Ya me gustaría a mí.

También te metiste en grupos ultraderechistas a ver cómo eran.

Fue cuando hicimos lo de “OTAN sí, OTAN no”. Fuimos a una conferencia de Fuerza Nueva. La putada es que era para morirte de risa, pero no te podías reír. Fue una conferencia sobre armas alemanas y la daban dos chavales vestidos con el uniforme pardo, que eran lo más antiario que había. Uno bajito y gordo… Luego encontré una sede de Falange Española Auténtica, que también fui y aquello era una locura. Subías y se supone que estos eran medio de izquierdas, entonces llevaban la camisa azul con la bandera española a un lado y la catalana, al otro. Y estuvimos en algo de CEDADE, que han seguido mandándome propaganda hasta ahora. Nos gustaba mucho meternos en camisa de once varas.

Lo que me sorprende de ese afán por documentarse es el exceso de celo. Cuando creáis al Niñato, como no conocíais a nadie tipo el Vaquilla, como él era, decidisteis que fuera mudo para no meter la pata.

Sí. Es que documentarse era importante porque estábamos haciendo un tipo de historieta cómica que podría ser heredera de Mortadelo y Filemón, pero nos basábamos completamente en la realidad. Aunque nuestros personajes tuvieran unas narices grandes, para nosotros era muy importante que el fondo pareciera real. Sabíamos todo de la policía, sus armas, todo. Tenía libretas y libretas de recortes de periódicos con fotos de comisarías, coches, cualquier cosa. Había casos como que cuando los personajes van a Granada o Málaga, lo único que teníamos era cuatro putas postales y, claro, sacábamos la escena principal con la plaza y la gente se creía que habíamos estado allí. Con el caso del Niñato, era la época del Vaquilla. Teníamos el hándicap de que Berenguer no quería al Makoki en El Víbora, nos habíamos peleado por eso, él decía que ya había salido en Disco Express y para El Víbora quería algo diferente. Y justo empezamos haciendo una cosa que no tenía nada que ver, una parodia de Drácula y de Frankenstein y le tuvimos que decir: “mira, esto no es lo nuestro”. Al final, como sustituto al Makoki, logramos poner al Niñato inspirado en las nuevas generaciones estas de extrarradio, pero no teníamos ni flowers porque no teníamos ningún contacto. Es que ¿sabes qué pasa? La generación anterior ya sacó una revista, El Metropol, que sacaban unos slangs que ¡puag! Y queríamos huir de eso.

Dicen que las historietas con el Niñato son como el diván de tus pesadillas.

Bueno, el Niñato, aunque no tenía lenguaje, era el personaje más real de todos. Tenía una familia, un barrio y una casa. Estaba ubicado, el resto no se sabía qué pasaba con ellos. También Makoki fue evolucionando por cansancio nuestro. Éramos una pareja que funcionábamos muy bien, pero los temas se iban agotando. Evidentemente, empezó el periodo en que los dos teníamos novia y las cosas cambian, ya no estás tanto en la noche y te enteras menos de lo que pasa. Seguir haciendo como Mortadelo y Filemón, 20 años de Makoki, a mí me parecía una chorrada como un piano. Y entonces lo que hicimos fue empezar a pillar como spin of de los personajes.

Se hicieron hasta títeres de Makoki.

Algo recuerdo. También hubo un francés que se dedicaba a hacer piezas con madera y fabricaba unos coches superbonitos e hizo uno de Makoki cojonudo. Caló tanto el slang, los nombres… además la basca era muy prototípica. Los componentes podían ser desde los de la tragedia clásica griega hasta la pandilla actual. El tonto grande que reparte, el emociones que es el tío nervioso que siempre las lía. Eran tipos que hay en todas las pandillas. Nos llegaban cartas de gente que se había tatuado al Niñato, que les ponía los nombres de nuestros personajes a sus colegas.

Cuando empezamos luego con las giras con esto de los socialistas de rock y cómic, el voto joven, vimos a tantos fans, parecíamos estrellas de rock. Recorrimos Madrid, provincias, era una locura. Nos vino todo de pronto, de estar encerrado en casa y que te llegase alguna carta de vez en cuando a que la gente estuviera encantada con lo que hacíamos. Y como no había Internet, nadie te llamaba para decirte nada.

Miguel Gallardo para Jot Down 4

¿Puedes explicar la polémica entre dibujantes de la línea clara contra la línea chunga?

Bueno, fue una cosa muy tonta porque cuando salió El Víbora hubo un poco de auge del cómic. Y salieron muchas más revistas pensando que había sitio para todas. Fue una especie de edad de platino. Salieron de ciencia ficción, y Norma a través de Joan Navarro, que era muy fan de la línea clara, de Tintín y todo esto, sacó Cairo, que era como muy de aventuras, una cosa que se empezaba a llevar mucho en Europa, todo muy estético. Pero la polémica era una tontería porque al final éramos siempre los mismos dibujantes para todo. En Cairo estaba Pere Joan que también había dibujado en El Víbora. Roger, Max creo que también, yo, porque nosotros básicamente éramos dibujantes y nos gustaba todo. Estábamos en El Víbora haciendo aquello pero éramos entusiastas. Y no sé si fue Ramón de España el que sacó la polémica diciendo que los del Víbora dibujábamos historietas por las mañanas y por la noche matábamos policías. Pero fue una guerra montada para el público en general.

He hablado con un periodista catalán que me ha hecho una crítica a todo vuestro trabajo. Dice que fuisteis un destape, etcétera, pero que no dejasteis ninguna obra de arte. También, en La Vanguardia de los 90, me he encontrado una crítica que os llama “posfranquistas”.

Demuestran bastante ignorancia. Aquel movimiento logró que todo el cómic que se hace ahora sea deudor de aquello. Álex de la Iglesia, por ejemplo, Muchachada Nui. Y toda la cultura que no sea establishment también es deudora. No solo lo leyeron los de nuestra generación, lo leían los hermanos pequeños, los primos. Ha dejado mucho en la cultura, el que no lo ve está muy ciego o en un apartado muy pequeñito de su vida. Si no entienden que entre el momento en que se muere Franco y el que los políticos de la democracia retomaron el poder, en Barcelona hubo una libertad que no se ha vuelto a repetir nunca más y no creo que vuelva a hacerlo… En ese momento se superaron cosas que estaban enquistadas mucho tiempo. Y eso que Makoki para mí ha sido una carga durante años, me ha costado mucho superar que la gente solo me conozca por eso, pero para mí Makoki sí es una obra de arte. Totalmente comprable a Quevedo, por ejemplo. Y lo creo a pies juntillas. Cada época tiene sus obras de arte. Para mí el arte que se hacía a finales de los 70 y principios de los 80 no tiene ningún tipo de interés, y el que se hace ahora, menos. Pero para mí el arte de los cómics todavía perdura.

Lo fuisteis dejando porque os empezó a entrar dinero, cambiasteis los hábitos de vida. Trabajaste con Mariscal, por ejemplo, cuando ya estaba triunfando a tope.

A Mariscal lo conocí cuando estaba en el underground. Él era el único tipo que tenía una visión global del asunto. Cuando hacía sus cómics y sus exposiciones era una cosa pequeñita, pero estaba ya pensada para hacerla en grande. Tenía una visión que no teníamos ninguno de nosotros. Aunque lo que hizo a posteriori fue seguir siendo fiel a sí mismo. Pero quedarse en ese nicho tan pequeño para nosotros era una solemne tontería. Si nos hubiéramos quedado ahí hubiéramos sido como Mortadelo y Filemón. Porque no éramos dibujantes de tebeos, o no éramos profesionales de eso. Ahora he estado en Francia con profesionales como Bernet y ellos, su profesión de vida, es hacer historietas, es lo que les gusta. Pero nosotros veníamos de medios culturales muy diferentes a los suyos. Ellos empezaron como se empiezan las profesiones, poniéndose al lado de alguien que sabe, con sus maestros, en sus estudios y aprendiendo el oficio. Pero nosotros no teníamos ni puta idea de esto. Veníamos de Bellas Artes o diseño, descolgados… nuestra base era más amplia, heterogénea. Entonces, si el cómic llegaba a un final, a nosotros no nos importaba, seguíamos haciendo las cosas como evolucionan. Cada uno ha seguido evolucionando en su campo. Si no seríamos una generación muerta. Lo que hace Max ahora no tiene nada que ver con lo que hacía en El Víbora y me parece más interesante eso que seguir haciendo Peter Punk. Y Nazario abandonó Anarcoma, que en estos tiempos seguramente no sería tan revolucionario, y luego se ha dedicado a pintar o lo que fuera. La gente tiene que tener una evolución, lo contrario es una chorrada. Que la gente repita continuamente como me lo hace a mí que a ver cuándo vuelve Makoki, pues les digo: “Pero estáis tontos ¿o qué? He hecho Maria y yo que es donde estoy yo ahora, no voy a retroceder a mis 20 años porque a ti te haga gracia”.

A Mauro, Rabo, Calvo y todos estos ¿los consideras como los herederos?

Cuando hicimos Makoki, la revista, se hizo justo como yo quería que fuese, copiando el modelo del Tio Vivo. Y allí empezó Mauro, que sacaba Josetxo el vasco y una historieta de los Cuatro Fantásticos. Calpurnio también empezó allí con un estilo que no tenía nada que ver y luego evolucionó. Se veía que eran buenos. Lo que pasa es que no tenían muchos sitios para que estuvieran hasta que surgió el TMEO. Llámalos herederos, o lo que quieras, pero para mí son una de las pocas generaciones que están bien y todavía me río.

Luego El Víbora nos descubrió joyitas como Peter Bagge.

Empalmé muy bien con toda esta generación, la de Bagge y Clowes. Soy muy seguidor de cómics, incluso de superhéroes. Sigo sintiendo mucho interés por el medio aunque luego me haya dedicado a la ilustración. Peter Bagge, de hecho, me lo leí antes de que saliera en español. Me encantaba. Me parecía genial. Lo seguía en el Weirdo de Crumb. Siempre me ha gustado estar a la última de lo que sale, pero no por estar a la última, sino porque me gusta. Recuerdo en los 70 cuando leí por primera vez a Crumb. Era una historieta que decía “La familia que folla unida permanece unida”. Me quedé… eso me influyó mucho para todo lo que hice después.

Peter Bagge también tuvo que finiquitar su saga, Odio, y dar paso a otras historias.

Claro, no me extraña. Todo evoluciona, como cualquier cosa, el cómic también. Es como un hijo tuyo que va creciendo y de repente te lo encuentras aquí con barba y dices: “venga, ya te puedes ir”. Si no, mal.

Cuando matas a Makoki, me hace mucha gracia que el que siguió dibujándolo sacara un fanzine para mataros a vosotros.

Es que los Makokis que hicieron otros… hubo uno que era un tipo rollo maulets, que lo dibujaba con senyera. Lo del fanzine en que nos mataban fue una pataleta de Felipe Borrayo, que hizo una historieta donde yo salía con una esvástica, pinchándome… Felipe [escribió el relato breve que dio pie a la creación de Makoki. Ndr], con todo el cariño del mundo, ya que estaba en los primeros tiempos, nunca ha sabido distinguir que una cosa era dar ideas, mucha gente las tiene, y otra es construir. De hecho, luego nos ha venido gente protestando que si alguna idea era suya. Vale, pues hazlo tú. Es una diferencia. Entonces él hizo el Makoki de los 90 con Caruya, un Makoki ¡con chándal! que para mi no tiene ningún sentido.

En un álbum recopilatorio anterior de Makoki ponía que era sin censura ¿la tuvisteis?

No, eso era para señalar que si saliese ahora como antes nos lloverían demandas de las feministas, etc… porque no había ese rollo de lo políticamente correcto que hay ahora.

Luego hiciste a Perico Carambola, para criticar la prensa del corazón.

Más que para criticar, para reírnos. Era el tema del momento. Lo hicimos hace 20, pero ahora sigue siendo exactamente igual y la Anita Obregón todavía está viva. Alguno se ha muerto por el camino, pero bueno. Fue un intento con Ignacio Vidal para hacer un cómic tipo Tío Vivo pero actual. Tuvimos la chorra de ponerlo en La Vanguardia, pero nuestros intentos de que fuera comercial no funcionaron. Fue una chaladura, nos moríamos de risa con aquello, pero no hubo más.

Y tuviste a Pepito Magefesa para criticar el rollo de los modernos.

Tampoco era criticar. Estaba haciendo Makoki y me sentía como en una olla a presión, necesitaba sacar lo que yo tenía en la cabeza, que no salía por ningún lado. Era una idea de Juanito, muy de su rollo, lo del lumpen y eso. Y yo venía de la escuela de arte. Así que me fijé en todos los rollos de la modernidad porque me parecían muy divertidos y entonces en Cairo saqué este personaje. Vivíamos en una época en la que la modernidad estaba por todas partes, la música, la Movida. Me parecía supergracioso. Yo venía del mundo del arte y me descojonaba mucho de todo eso. Son más bien una acumulación de gags de todo lo que yo tenía en la cabeza para poder respirar y aliviar la presión.

En los noventa, el final.

En esta década vi que esto se acababa. Que Berenguer se deshacía de todos los de nuestra generación e iba incorporando gente nueva que hacía otro rollo diferente. Pensé que me tenía que buscar la vida y me fui a la prensa. En el 93 entré en La Vanguardia haciendo crítica de música al principio y luego fui cogiendo bastantes más cosas. Y más adelante empecé a hacer libros para niños.

Miguel Gallardo para Jot Down 5

¿Por qué decidiste dibujar Un largo silencio, la experiencia de tu padre en la Guerra Civil?

Es del 97. Ya hacía un montón de años que no dibujaba cómics, pero es una idea que tuve en la cabeza desde que palmó Franco. Mi padre era el típico hombre que no había hablado nunca de la guerra durante esos 40 años. Yo solo veía que cada vez que salía Franco por la tele mi padre lo insultaba. Entonces, cuando se murió, mi padre empezó a la largar y ya no paró. Era un rollo abuelo cebolleta, aprovechaba cualquier sobremesa en familia para empezar a contar historias. Por ejemplo, uno decía “macarrones” y él arrancaba; “ah, macarrones si los hubiéramos tenido en el frente de tal”. Y la verdad es que me parecían historias fascinantes. Aparte de que no hacía mucho que había salido Maus.

No quería compararlo con Maus por miedo a que pensases que era un lugar común (risas).

No, no. Hay diferencias con el Maus, pero de alguna manera también es como una deuda que yo tenía con mi padre, porque siempre le había considerado una especie de cobarde; de cobarde de la vida, porque era la típica persona que con cualquier cosa se le hacía un mundo. El primer póster que colgué del Che Guevara en casa fue un desastre familiar. Era de los que opinaban que tú tenías que vivir con tu cabeza al mismo nivel que los demás, procurar no sacarla por arriba. Donde trabajaba él luego supieron que muchos habían sido republicanos pero no se dieron cuenta porque era una cosa que ni se mencionaba. Al final, dándole la paliza, le convencimos para que hiciera sus memorias. Se puso a escribir e hizo 20 folios. Poco, pero algo. Y me los leí, los releí, y pensé que era una historia cojonuda. Acababa de salir del Makoki, vi que tenía que inventarme un estilo nuevo para esto, y necesitaba un estado emocional especial para hacerlo. Así que pasaron unos años hasta que me atreví con la primera historia, que salió en la revista de Max en Palma de Mallorca, Nosotros somos los muertos, y que en ella colaboraban todos los mallorquines, que hay un montón, y Max y Pere Joan eran las cabezas pensantes, una historia al estilo de Raw. Allí salió la primera historieta, como digo, la del campo de concentración, y cuando la vi publicada me dije: “vale, por aquí puedo tirar”. Después me encontré en la disyuntiva de que hacer historietas habría sido lo normal, pero el testimonio de mi padre, lo que él había escrito, era cojonudo. Era alguien que no escribe describiendo unos hechos que son a veces emocionantes.

¿Es exacta la transcripción?

Exacta.

Ah, por eso hay tanto gerundio y tal…

Sí, hubo un momento que me plantee arreglarlo, pero no. Era un relato directo, plano, en el que lo mismo describe el proyecto de fin de carrera, cuando los alemanes bombardean Alcalá de Henares, hechos muy dramáticos, junto a otros cotidianos pero también explicados de la misma manera. Algo que le da una emoción extra que no hubiera sido posible si estuviera narrado de forma dramática. Entonces lo que hice fue puntuar algunas cosas y dibujé prácticamente escenas de la guerra con mi visión dramatizada de los hechos. Claro, cuando salió el libro la gente poco menos que lo tiró a la basura. Los que leían cómics se preguntaba si era un tebeo o un libro, y la gente que lee libros si hay dos dibujos ya no quiere saber nada. Luego las críticas fueron en plan: “¿qué pasa, que no tenías ganas de dibujar?”. Lo bueno es que esto coincidió con una oleada de libros de memorias que todos estos protagonistas lanzaron pagándoselos ellos mismos, ediciones pequeñas. Una lástima que se pierdan porque la mayoría están palmando.

Te metiste en el terreno de la novela gráfica autorreferencial ¿no crees que está un poco saturado?

Sí, hay una invasión en plan como que lo más putamente interesante que hay en este mundo soy yo y voy a hablar de mí. Pero es curioso porque depende del autor. Los hay con vidas interesantes, pero que no sirven porque el tío es tosco o no vale cómo ha explicado la historia, y otras que no tienen el mínimo interés, pero logran contar una historia cojonuda.

Cuando abordaste esto, lo que no se había puesto de moda en España todavía era la Guerra Civil como se puso después.

Para mí la Guerra Civil siempre ha sido uno de los temas grandes de España. Una de las cosas que hizo la Transición fue poner una manta encima y taparlo, conseguir que la generación de la guerra muriera y no nos pudiéramos enterar de nada. Para mí un libro como este debería estar en las escuelas.

Los bombardeos nazis sobre población civil en España que relata el libro, por ejemplo, no son muy conocidos, algo que resultaría impensable en otros países.

Los chavales ahora no saben nada, ni quién era Franco. Hace poco vi una noticia en Estados Unidos sobre una escuela de primaria que recibía la visita de cuatro veteranos de la Segunda Guerra Mundial. Iban a explicar cómo había sido entrar por primera vez en los campos de concentración. Y veías que la historia le tocaba a los chavales. Yo soy partidario de esto. Es parte de nuestra historia y la gente no lo sabe, es bastante malo ignorarlo.

Y luego llega María y yo.

¡Otro libro que debería estar en las escuelas! Este fue el gran cambio de mi vida, cuando nació María fue un cambio radical. Primero, porque cuando eres padre lo ves todo de un modo diferente. Pero claro, nosotros, al poco tiempo, a diferencia de otros niños con este trastorno autista que se desarrollan hasta los dos años y luego empiezan a retroceder, en el caso de María desde el principio era evidente que las cosas no funcionaban. Ni por la motricidad, ni por el conocimiento del entorno. Había algo que no iba bien, cosa de la que yo no me enteré, pero que su madre sí sospechó.

A los 11 meses éramos conscientes de que aquello era muy raro. Tras un par de pruebas que le hicieron, en un escáner, nos dijeron que las ondas cerebrales estaban por debajo de lo que tenían que estar. Esa noticia te cae como una bomba atómica. Cuando tienes un hijo, quieres que sea el hijo perfecto, que estudie, que haga la primera comunión si tiene que hacerla, que sea ingeniero, que se case y todo eso. Y de repente, todas esas expectativas se van para abajo. Fue un periodo muy largo de sufrimiento. No lo digieres. Es imposible, todos los padres que están en un caso como el nuestro, de hijos con cualquier tipo de discapacidad o de problemas, tienen que pasar por un muy largo periodo que incluye muchos pasos. Culpabilidad, ira, frustración. En quién coño te cagas, ¿en Dios, en quién? ¿Por qué a mí entre millones de personas? ¿O por qué ella? Así sigues hasta que llegas a un momento de duelo por el hijo que no ha venido y luego un proceso de aceptación del hijo que está aquí. A partir de ahí empiezas a ir para arriba.

En el tebeo dices: “Echo en falta esa confianza ciega que María tiene en la gente”.

María, al igual que muchas personas como ella, tiene bastantes dificultades con las relaciones personales, con la empatía, pero evidentemente las relaciones con los padres son diferentes. Cuando estoy por ahí con ella, que me la llevo a hacer cosas que no están en los manuales, o que están prohibidas —nosotros nos vamos de excursión, me la llevó a resorts, sitios muy psicodélicos—, María se coge de mi brazo y es como si dijera: “tira, que voy contigo”. Es confianza ciega; se queja, canta, se caga en todo, pero me sigue. Y eso es un tipo de confianza que rara vez encuentras en la gente.

Te comunicas con ella mediante dibujos.

En el caso de las personas con este trastorno, en lengua oral —porque ella no sabrá leer ni o escribir nunca— el lenguaje no es algo completamente comunicativo, sino que es un código que tú tienes que aprender. Aunque ya tengas la matriz en el cerebro, cuando eres pequeño vas aprendiendo las bases, las palabras y todo eso. Pero ellos lo van haciendo por repetición. Van repitiendo frases, como estereotipos, que no tienen sentido. La información que puedes comunicar con eso es limitada. Si le pregunto algo, me puede responder o no.

Uno de los ejemplos que dibujé en el libro es ese en el que parecemos un dúo cómico. Le pregunto qué ha comido hoy y me contesta que le han pegado. Básicamente, es como si estuvieras en una obra de teatro donde cada uno tiene su guión y el otro te da pie para que entres en escena. El diálogo lo guía ella porque es la que tiene el código, puede decir “Lili me pegó” —que Lili es una tía suya que no le ha pegado en su vida— pero lo que hace es una frase de contacto. Ella la echa como una especie de gancho. Pero yo le pregunto qué ha comido, los padres buscando siempre esa información idiota que los niños se niegan a dar. Por eso estamos así repitiendo lo mismo, todo el rato. Yo cambio el tiempo verbal, y sigue igual, hasta que abro las orejas, me doy cuenta y le contesto “deja que yo la coja”, la respuesta que tenía que haberle dado al principio. Entonces ella me dice “pollo y espaguetis”.

Una persona, una psicóloga que había estado con ella y presentó el libro conmigo, se leyó la historieta y me preguntó: “¿Aquí quién es el autista?”. Evidentemente, el padre, que no quiere comprender los códigos que funcionan con María. Con esto quiero decir que el lenguaje es muy dificultoso para intercambiar información, pero la parte visual la tienen muy desarrollada. Si María entra en esta habitación, tú te fijas en tres cosas, pero ellos hacen una fotografía. Que la utilicen o no, da lo mismo, pero fotografían todo el entorno y saben dónde está todo. Lo visual tiene mucho más impacto. Antes de que se inventara el lenguaje hablado la gente se comunicaba por símbolos, lo primero que se pintó en las paredes fueron símbolos de cosas. Es algo que realmente está en nuestro ADN. Si tú vas a un aeropuerto en China o en Japón, la única forma que tienes de orientarte es mirando los pictogramas. Pues muchas personas con autismo se guían con pictogramas. Yo he hecho una serie de modelos que son imanes para la nevera, pero sirven para intentar, mediante símbolos, ilustrar cosas con un lenguaje pictográfico.

¿Facilita la comunicación, la abrevia?

Hay, por ejemplo, símbolos de aceptación general. Algunos niños con menos lenguaje que María y que funcionan con cosas como esta llevan pictogramas de este tipo en el iPhone, por ejemplo, y los padres se van comunicando con ellos. En el caso de María también, tenía mucho lenguaje y mucho vocabulario, pero era difícil hablar con ella. Entonces me di cuenta de que cuando yo dibujaba, ella flipaba. Se quedaba extasiada. Me empezó a pedir dibujos y conectamos, de alguna manera teníamos un puente abierto de comunicación ¿Para qué? Me es igual. Habíamos tendido un puente.

Luego, se trata de tirar de la habilidad que tienen. La de María es que tiene su extraordinaria memoria. Se acuerda del nombre de todas las personas que ha conocido en su vida. Y lo relaciona perfectamente, en árboles genealógicos con todo tipo de parentescos.

Por ejemplo, ella me pide que dibuje una fiesta que hicimos en verano. Hacemos primero una lista y luego elegimos a los personajes. Para mí esto es muy importante porque convierte el dibujo, algo que yo he usado para trabajar y he disfrutado con ello, en una herramienta que funciona para comunicarme. María lleva sus libretas y los personajes dibujados son reales para ella. De alguna manera, lleva ahí a toda la gente que quiere. Iniciamos esa forma de comunicarnos y de ahí salió la novela gráfica María y yo.

En tu evolución has terminado llevando la historieta a un terreno muy familiar, con la vida de tu padre, tu relación con tu hija.

Me he convertido en lo que quería ser. No quería ser dibujante de historietas, ni dibujante. Me gusta contar historias en el formato que sea. De hecho, he filmado cortos y la historia de toda mi familia, tanto la historia de mi padre, como la historia de María, es la historia de mi vida, la que me cambió completamente. Pero esta historia concretamente, la de mi hija, como la de mi padre, necesitaba un tiempo para llevarla a cabo. Siempre he dicho que el libro de María y yo me costó hacerlo un mes, pero en realidad fueron 13 años. Tuve que encontrar el momento justo con el tono justo para contarlo, no quería contar una historia triste de pena, de sufrimiento, quería contar una historia vivida con mi hija que no hablara tanto de autismo, de discapacidad o enfermedad, tanto como una historia de cariño y relaciones padre hijo, que es lo que es básicamente.

El mismo nivel de comunicación tengo yo con María que otro padre con su hijo adolescente. O igual más. Por eso creo que ha funcionado tan bien y ha llegado a un público tan amplio que no está dentro del autismo, ni dentro del cómic ni nada de eso. Y el documental también, porque habla de una historia mucho más emocional.

Miguel Gallardo para Jot Down 6

Con María y yo has tenido un éxito, digamos, malo. El que narras en tu obra posterior, Emocional World Tour, cuando vais al Corte Inglés y os ponen a firmar en plan: “Miren, miren dibujantes de cómics sensibles”.

Eso fue un poco cachondeo. Pero también hay que decir que nos aprovechamos; tanto Arrugas como María y yo salieron al mismo tiempo y de pronto entramos en unos canales donde el cómic no había llegado. Por eso empezamos a salir en los medios como cómic social o con inquietudes. Son cosas como la novela gráfica, que de pronto que se diferencia del tebeo habitual, y la novela social de la novela gráfica. Esto significa puedes explicar con viñetas historias que no son de violencia, o las típicas, sino que puedes desarrollar temas sensibles donde caben las emociones de la gente. Pero en realidad no lo hicimos voluntariamente ninguno de los dos para meterse en ese nicho.

Es que eso siempre ha existido en el mundo del cómic.

Ya, pero los periodistas lo descubren ahora. Los periódicos siempre descubren todo bastante tarde. Una entrevista que me hicieron en Oviedo, que mandaron al becario de turno, el tío me entrevistó sobre Un largo silencio y al final escribió “Miguel Ángel Gallardo, que estuvo en el frente del Ebro” (risas). No hemos adelantado nada, la prensa siempre es así. De repente descubren el cómic social y para nosotros es cojonudo, porque nos separan del resto con la etiqueta.

Por eso lanzamos Emotional World Tour, que ha salido con un título equivocado que nos ha buscado la ruina porque no vende. Fue un chiste que hicimos, imprimí un par de camisetas, le di una Paco [Paco Roca, autor de Arrugas, un cómic sobre el alzheimer, N.d.r.] y nos fuimos paseando por ahí. En plan: “sabemos de qué va el rollo”. Al final esto salió en la portada y nos ha ido mal, porque es rebuscado, intelectual, y en realidad lo que funciona es algo como la versión italiana que tenemos, con Paco y yo esperando el avión en el aeropuerto. Eso es lo que hubiera funcionado porque al final es un libro muy bueno que ha pasado desapercibido.

¿Es habitual que te pidan que dibujes personajes que no son tuyos en las dedicatorias como cuentas en Emotional World Tour?

Las giras son alucinantes. Encuentras a cada gente… el mundo del cómic todavía aglutina mucho friquismo. Con lo de las firmas lo que queda es que no importa quién sea el autor, sino estar ahí con el dibujo. Yo soy muy poco coleccionista, he tenido oportunidad de tener grandes dibujos originales de otros, pero tengo cuatro ahí tirados de cuatro colegas. Entre ellos, uno de Shelton de los años 70, pero no soy nada mitómano. 

Y en el lado bueno de la repercusión de María y yo, está que entras en contacto con muchos padres.

El éxito de María y yo me lo labré desde el principio. Es lo que pasa con todas las editoriales pequeñas, que hacen su marketing, pero no da para más. Sabía que no se iba a comer nada en el mundo del cómic. ¡Un padre con su hija autista en un resort! Nadie iba a ir en tromba a comprarlo al FNAC. Supe que tenía que tener un desarrollo diferente. Y no quería que este libro, que para mí era muy importante, se quedara en la mesa de novedades. Le he dedicado años, no he hecho nada más, solo el libro y la promoción. Y el medio que he utilizado es el de la discapacidad, el de las asociaciones de autismo y todo esto. Así es como ha funcionado. Un boca oreja que luego de rebote ha llegado al mundo del cómic y ha entrado por otro lado. Como está dibujado de la misma forma en que yo dibujo para María, le ha entrado a gente que no lee cómics. Gente mayor, niños, personas que no han leído un tebeo en su vida. Te lo lees de una sentada, habla de cosas que están muy bien, pero sin llorar todo el rato o dar pena ni nada de eso. Tengo el suficiente sentido del humor como para sacar risas de esto.

Con el libro y con la película llevo cuatro años dando vueltas por el mundo. He estado en Tokio, en Buenos Aires, Budapest, Praga… Me he recorrido todo el mundo y España entera. He dado charlas, he pasado la película, he hablado con padres. Conozco a todo el mundo. Paco utiliza cierto sentido del humor en Arrugas, pero él no es protagonista como yo, sus padres no sufren alzheimer. Y no es una crítica, pero es que yo sí que estoy en la historia. Soy protagonista y puedo hablar con propiedad y la gente involucrada lo ha recibido bien. Hay una nueva generación de padres que quiere dejar atrás toda esa cosa de victimismo y sufrimiento. Mi visión de la vida es que voy con María a todas partes. Ir con ella es un orgullo. Ella es como una especie de balcón para ver las reacciones de la gente, cosa que para un contador de historias es fantástico.

Todo este periplo me ha preparado para un momento en el que dibujo mucho menos. El trabajo ha bajado, los periódicos, como sabréis, se están yendo al garete, la industria editorial también. Hoy en día hacer un libro es un negocio muy pobre para los autores. Y me interesa mucho más la faceta de comunicador. Cómo he logrado contactar con ella y con mucha más gente. El último corto que he filmado habla sobre las habilidades que tienen muchos de los niños con autismo y está hecho en plan escuela de superhéroes, pero viene con la idea de que todos somos especiales. He llevado mi trabajo al ámbito de la educación, que es en lo que estoy ahora con Aulas Creativas. Nos dedicamos a hacer talleres porque la de profesor es una profesión muy machacada y tendría que ser de las más valoradas que hay. Sufren sobreabundancia de alumnos, pocas horas, menos recursos. Lo paradójico es que dos de los que damos los talleres, Hanoch Piven y yo, éramos ejemplos claros de los últimos de la clase, de los burros que no nos enterábamos de nada. Y ahora damos talleres para profesores. Damos el mensaje de que esos alumnos que se pierden los tres primeros días de clase y que luego se abandonan completamente, son recuperables, como todo el mundo. Todos tenemos un punto desde el que agarrarnos. Todos tenemos habilidades o capacidades que a lo mejor no son las típicas, pero si las valoramos, lograremos alcanzar metas.

El que va bien en clase igual la única habilidad que tiene es que es obediente y punto.

Todos los grandes revolucionarios de la historia son los desobedientes, los que se saltan las normas, los que buscan el conocimiento de una forma especial. Yo soy autodidacta en todo, me he buscado mi base cultural leyendo y mirando cosas anárquicamente. Ese es el camino del aprendizaje. Si conseguimos ir salvando gente así, conseguiremos una sociedad más interesante. Es el caso de María y las personas como ella. La sociedad ha decidido que tienen que estar en la cola porque no sirven para nada; no pueden trabajar en un banco, no pueden hacer la declaración de la renta. Pero las personas como María desarrollan unas capacidades que nosotros no tenemos ni puta idea de hasta dónde pueden llegar. Ellos, por ejemplo, tienen por costumbre hacer los puzles al revés, boca abajo, eso supone una capacidad de abstracción o de lógica de la que tú eres incapaz, y yo, y nadie.

Suelo hacer una especie de metáfora cuando María mira la arena. Creo que está mirando su composición química. Nadie puede decir lo contrario. Tienen capacidades que los demás no tenemos. Su memoria me encantaría tenerla, pero no puedo, mi RAM no me deja espacio. Pero no aprovechamos a estas personas, este conocimiento, haciendo que la sociedad aminore el paso y dé entrada a todo el mundo. Parece que es una pérdida de tiempo. Sin embargo, a los únicos que les damos oportunidad de ir por delante es a los de Bankia, con esos anuncios que hacen ahora que dicen que vamos a darle cuerda al país. ¡Cómo es posible! En qué mierda, no ya de país, sino de mundo vivimos. ¿Esa es la gente que va delante en la sociedad? Pues yo no quiero formar parte.

Por eso me interesa mucho más la educación, que es la gran batalla del siglo XXI, donde se va a decidir qué clase de sociedad queremos; me interesa mucho más la educación, comunicar, que hacer dibujitos para que la gente se ría. Si para esto tengo que dibujar, no importa, lo haré.

Buen titular.

¡Cuidado con los titulares! El otro día me hicieron una entrevista donde dije que mi actividad con María estaba ocupando gran parte de mi vida, y me pusieron de titular: “María se ha comido mi vida”. Y no, no (risas). Entre eso y que cada vez que se habla del autismo se ponen todos los putos tópicos contra los que llevamos años luchando… A veces lees cosas que, mira, gracias, pero a los padres no nos hacía falta este artículo que se llama, por ejemplo, El oscuro pozo del autismo. No era necesario.

El caso es que ha cambiado hasta tu forma de dibujar.

Aparte de mi escala de valores y mi visión del mundo, ha cambiado mi forma de dibujar, que para mí era tan importante. María también ha cambiado esto de arriba a abajo. He tenido que dibujar los pictogramas en sitios de lo más psicodélicos, como aeropuertos, playas… Y a un ritmo veloz, porque evidentemente a María no le interesan las florituras, sino entender lo que hay, el personaje y ver lo que hay. Por eso me he acostumbrado a un dibujo muy rápido que elimina todos los vicios que tenía acumulados durante años y años. Era un dibujante de historietas perfeccionista y ahora me he convertido en alguien que, al final de toda su carrera, disfruta mucho dibujando.

No estoy trabajando, estoy jugando. No tengo ninguna norma. Puedo compaginar mi faceta de comunicador y profesor con la de dibujante. Ahora soy muy rápido, pero muy efectivo, sin florituras, sin adornos. De hecho, estoy trabajando en el New Yorker y el Wall Street Journal porque creo que junto a mi sentido del humor hay una expresión muy sencilla, muy clara de lo que quiero decir. Comparada con la técnica de otros ilustradores, que los hay maravillosos, su parte fuerte es la estética y para mí eso ha pasado a ser algo secundario.

Miguel Gallardo para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo

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Enlaces de interés

Aulas Creativas

Cortos de animación:

El Viaje de María

Academia de Especialistas

Trailer de el documental María y yo

Webs del autor:

http://www.miguel-gallardo.com/home.html
http://miguel-gallardo.blogspot.com/


Hernán Casciari: “El mercado editorial no necesita ayuda para que su decadencia sea completa”

Hernán Casciari para Jot Down 1

No se tardan más de diez segundos en conocer el mundo del antes proletario de la cultura y hoy propietario de medios de producción cultural Hernán Casciari (Mercedes, Argentina, 1971), los necesarios para pasar la vista por las cuatro paredes de su anodino despacho. Sin embargo, esta habitación es un mundo donde caben otros mundos: da la sensación de que todo puede suceder si él está dentro (que es casi siempre). Si yo fuera psicólogo, esto no sería una entradilla sino un diagnóstico, pero a la vista de sus síntomas no me atrevo a trazar una línea entre la genialidad y la locura (lúcida). Por suerte para él, en la planta inferior habita el hemisferio izquierdo de su cerebro, que responde al nombre de Cristina y fue el motivo de que emigrara a Cataluña hace ya diez años y, por suerte para todos, Nina, la hija de ambos y el motivo de que vaya a seguir entre nosotros por lo menos otra década más. El 30 de septiembre de 2010 decidió hacer su j’accuse particular y rompió públicamente todos sus lazos con la gran industria cultural: se acabaron sus artículos en prensa y sus colaboraciones en medios, se retiraron sus libros de los estantes, repudió a la publicidad y, si se descuida, acaba con su matrimonio ante la imposibilidad de convencer a una catalana de que renunciar a todos sus ingresos estables era la mejor inversión en futuro. En la lucha por su libertad hay también, o sobre todo, la lucha por la libertad de todos. Aprovechando la misma entrada de su blog, anunciaba los cimientos sobre los que iba a edificar lo que hoy es Orsai. Tres años después, esa revista de crónica narrativa en papel, sin publicidad, con grandes firmas y mejores ilustradores, no solo es realidad sino que hasta parece que es un proyecto empresarial viable y el paraguas bajo el que guarecer nuevas iniciativas que cuestionen la forma de la que damos por sentado deben hacerse tantas cosas. No sabemos todavía qué le tenemos que agradecer más: si su hospitalidad por recibirnos en su casa o su valentía por abandonarla para dejarse fotografiar en el portal.

A pesar de que probablemente podrías, has estado evitando con todas tus fuerzas pontificar sobre tu experiencia con Orsai.

Sobre todo en proyectos como los nuestros, que están sustentados en un cambio de paradigma respecto a la posición del lector, a la del editor, a la del lector… me parece que pontificar es peligrosísimo.

Cuando las cosas te han salido bien parece tentador hacerlo.

A mí me parece que no. En todo caso, hablando siempre desde tu pequeña baldosa, se puede decir por qué lo intentaste de una manera determinada: debido a que estabas harto de esto, de aquello, de lo otro… del funcionamiento de las cosas. En nuestro caso el hartazgo no fue como editores, sino como lectores.

Eso me suena.

Pero a la vez me da la impresión de que en estos 10 o 15 años ser, de alguna manera, pionero en algo, no es ninguna medalla. Estamos en unos tiempos en los que el que no es pionero es porque no se metió en ningún lado, absolutamente casi todo es nuevo. Haces un huerto de hortalizas que vendes por la web y ya sales en Antena 3 porque es nuevo. Me da la impresión de que muchas veces la tentación del pontificado genera que mucha gente se pegue el palo también después.

Pero del mismo modo que todo es nuevo, en un año y medio ya todo es viejo. Otros fueron pioneros pero no llegaron a viejos, y hoy nadie quiere escucharles ni siquiera pontificar.

No sé cuántos grupos de personas en habla hispana han dicho “Basta, vamos a hacerlo de otra manera”. No sé si ha habido 18 y al final solo tres o cuatro casos han sido fructíferos. A mí me parece que hubo cuatro casos y los cuatro fueron fructíferos, esa es la impresión que me da. No he visto gente que se haya arriesgado hacia los sectores a los que vamos nosotros y que les haya funcionado espantosamente mal. De todas formas, desde fuera se ve mucho más fácil de lo que realmente es. Y pontificar muchas veces lo que provoca es dar una sensación de simpleza a las cosas que no la tienen. En nuestro caso, involuntariamente ha habido siete años de sembrar desde un blog, generando una comunidad de lectores más o menos participativa, y donde el único riesgo ocurre en el séptimo año, cuando intentamos abrirles la billetera. Ese fue el primer riesgo que se asumió, pero antes de todo eso hay una siembra de confianza muy paulatina y, sobre todo, muy involuntaria, que no todos tienen. Si pasado mañana Microsiervos intenta hacer una revista en papel le va a ir muy bien.

En ese momento podías descubrir, para tu disgusto, que te leía mucha menos gente de la que decía que lo hacía.

Yo hago siempre algo que por un lado es un juego y por el otro una estadística cierta. ¿Cuánta gente le ha puesto un “me gusta” al Facebook de la revista y cuánta gente ha desembolsado dinero de todos esos? Estamos en 28.000 contra 8000, que no está nada mal, es muchísimo. A priori habría apostado por menos, cuando empezamos apostábamos a que el caudal de lectores que de boca para afuera decían que la iban a comprar, que eran unos 12.000, se reduciría a 3000 compradores. Y resultó que no era así: la acabaron comprando 10.000 y no eran 12.000 sino más de 20.000 el total. Lo que nos está pasando ahora es que diversifica, hay mucho boca-oreja y funciona bien, pero me da la impresión de que también tiene que ver con la calidad del lector. No es el mismo lector que está reproduciendo un YouTube del Gangnam style. Nuestro lector es algo mayor, más profesional, de profesión liberal, con un estilo de vida distinto… somos menos pero estamos más comprometidos.

Conociendo esos cálculos iniciales tan cautos, sorprende vuestra decisión de salir a por todas, para todo el mundo, con portes pagados.

Y cuantos más lectores hubiéramos tenido, más dinero habríamos perdido. Cuando empezamos tenía un dinero que podía perder sin problemas, esa era la idea. De hecho, lo perdimos… como seguimos lo podemos considerar inversión, pero en ese momento fue pérdida.

Objetivo conseguido, entonces.

[Risas] Objetivo conseguido, el primero. El asunto es que cuando nosotros vendíamos una revista en España teníamos una ganancia, y cuando vendíamos una en Argentina también, porque imprimíamos en los dos lados, los costes de envío a Argentina y España eran mínimos. Ahí ganábamos un euro y medio o dos euros por revista. Pero nos encaprichamos en que también el nicaragüense, el costarricense, el mejicano y el latinoamericano que vivía en Tailandia tenían que tener su revista, y dispusimos que el precio de cada revista fuera acorde con el coste de vida de cada país. Cuando un guatemalteco, por poner un símbolo, nos compraba una revista, le cobrábamos dos euros. Él nos pagaba dos euros y nosotros le mandábamos una revista cuyo coste de correo era de 21. Si más guatemaltecos hubieran querido la revista más dinero habríamos perdido. Si en vez de 100 guatemaltecos hubieran sido 1000 yo tenía que hipotecar la casa. El éxito podría haber sido también el fracaso.

Recientemente habéis rechazado una oferta muy importante de los quiosqueros argentinos para imprimir más ejemplares de un número de Orsai para que pudieran satisfacer la demanda enorme que generó.

Esta decisión tiene algo que ver con marketing, lo que pasa es que es un marketing inverso al que estábamos acostumbrados.

Espero que seas consciente de que estás pronunciando la palabra prohibida. Se supone que esto del marketing es para otros, no para vosotros o nosotros.

No, no, no. Yo hago marketing respecto a la revista todos los días. Lo que pasa es que tomamos la decisión de no mentir en nuestro marketing. La palabra marketing o la palabra “empresa” no son palabras malas, sino que han sido bastardeadas durante la segunda mitad del siglo XX, ¡pero no son malas palabras! Poder difundir qué es lo que uno hace de una manera real, certera y simple se llama marketing, no tiene otro nombre. Es una difusión. Pero al marketing se le ha endilgado mentir y nosotros no estamos de acuerdo. Si yo puedo decir que voy a imprimir 6000 ejemplares de una revista porque con eso nos alcanza, sé que eso genera empatía con mucha gente. Es marketing y, al mismo tiempo, es verdad. Eso es lo que resulta raro de ese marketing: que sea verdad.

¿Y si tienes, como en este caso, a 50.000 personas que quieren la revista?

No son 50.000 personas que quieren la revista, son 50.000 personas que quieren saber qué dijo este músico en la revista.

No sé si me atrevería a aventurar o cuestionar por qué motivo concreto un lector decide comprar una revista. Me da pánico siquiera imaginarlo.

Nosotros empezamos en 2012 con un experimento que es el folletín por entregas. Eso está clarísimo a nivel de estructura y de proyecto. Quisimos emular a las revistas del siglo XIX que hacían folletines por entregas. En ese punto dispusimos que las revistas no se venderían por unidad sino en un paquete de seis, y punto. Le prometimos a los lectores que iba a haber una impresión de 6000 ejemplares multiplicada por seis números, que no iba a haber reedición y que todas las personas que quisieran leer fuera de eso iban a tener un PDF gratuito el mismo día que se pusiera a la venta cada número. Esa fue una promesa que les hicimos a los 6000 fetichistas que quieren el objeto. A mitad de ese camino resulta que hay una entrevista que le interesa mucho a un grupo de gente que no son lectores, sino que son fanáticos de un músico, los quiosqueros nos piden 50.000 ejemplares de ese número y la respuesta es la misma que dijimos el primer día: “Esta revista no se vende suelta”. Hay 6000 ejemplares, y el que la quiera leer la tiene gratis en Internet. Esa fue la respuesta porque ese fue el objetivo del año. Al mismo tiempo esto tiene una serie de principios. Uno de ellos es que creemos que los medios de comunicación no tienen que tener beneficios. Es algo que pensamos nosotros y que no replicamos hacia ninguna parte.

No se trata de generar una plusvalía, pero sí de ingresar dinero suficiente para reinvertirlo y poder ser viable.

Lo que hacemos nosotros es, antes de que empiece el año, generalmente hacia octubre, proponernos unas metas que tienen que ver con qué calidad de revista vamos a hacer, qué papel vamos a usar, qué cantidad de páginas, cuál va a ser el coste de imprenta, cuánto le vamos a pagar a cada colaborador, qué sueldo vamos a tener nosotros como director y jefe de redacción —porque en realidad es una revista de dos personas y sus esposas: la esposa de Cristian, que es mi jefe de redacción es la directora de arte y mi esposa es la administradora; somos cuatro y sale una cantidad. Cuando tenemos decidido cuánto nos va a costar hacer seis números al año lo dividimos entre la cantidad de ejemplares que tenemos que vender. Y el año pasado nos dio 6000. Vendemos 6000 y tenemos todos nuestro sueldo de ese año, trabajamos felices, pagamos a todo el mundo y ya. Nunca tenemos la intención de hacer un siguiente año de la revista. No sabemos nada de la revista del año que viene ni nos importa, estamos en este año.

Pero a los lectores sí les importa.

Sí, y los lectores son los que definitivamente deciden, comprando 6000 ejemplares, que haya un año más si a nosotros nos divierte hacer un año más, porque posiblemente el año que viene nos divierta hacer cortometrajes; no es una desesperación por hacer revistas. De hecho, el primer año no sabíamos si íbamos a seguir, el segundo seguimos porque nos divirtió y el tercero nos está divirtiendo mucho, pero qué sé yo si el cuarto año nos va a divertir seguir haciendo revistas. Posiblemente sí pero cambiándole algo. Quizá la hacemos completamente de humor u otra cosa. En septiembre u octubre definimos las pautas de lo que queremos hacer y cómo nos queremos ganar el sueldo del año que viene. Por encima de eso no queremos nada y hacemos los esfuerzos necesarios para que eso no ocurra. Esos esfuerzos tienen que ver con que nos da la impresión, como decía Enric González en Memorias líquidas, a los que trabajamos en esto, de que si tenemos demasiado dinero se nos va la olla para otro lado.

Todos tranquilos: un riesgo menos que corremos.

No, gracias a Dios no lo corremos. Y está bien decirlo, y tatuarse que Jot Down no se encuentra en El corte inglés. No tenemos un menú desplegable con demasiados ejemplares, no queremos que la gente compre demasiado; sobre todo hasta no saber que son personas y no un centro comercial, por ejemplo. No queremos que la revista esté ahí. No nos gusta que esté en determinados lugares, no nos gusta cómo funciona la distribución y no nos metemos en esos berenjenales. Gracias a eso no necesitamos tener reclamos en las portadas, porque no estamos compitiendo con otras portadas. Estamos tranquilos, trabajamos con quien nos gusta, nos damos pequeños lujos que nos queremos dar y que quizá el lector no entiende, pero que son guiños a nuestra adolescencia o infancia.

Hernán Casciari para Jot Down 2

Jot Down Magazine nace de la imposibilidad de encontrar la revista que queríamos leer, así que nos propusimos hacerla nosotros mismos…

¡Exacto!

pero hemos descubierto que hay más gente como nosotros, y eso genera una cierta responsabilidad. Ya no es solo una revista para seis, ocho o diez personas, sino para mucha más gente que la comparte. Orsai, en cambio, sigue siendo, en realidad, una revista para cuatro lectores, los que la hacen.

Sí, y el que se quiera sumar a la experiencia se suma, y nos comunicamos con ellos constantemente, como también hacen ustedes. Nos gusta que sea así y nos gusta poder contestar a los e-mails personalmente. Lo que me resulta muy extraño es esta necesidad de perdurabilidad.

¿No la tienes?

Es que… ¿por qué?

No me lo había planteado nunca, pero a mí me gustaría que Jot Down me sobreviviera.

Sí, pero también está bien que tomen como parámetros quienes quieran las estructuras del proyecto, se llame OrsaiJot Down o se llame Números rojos o Líbero. No tiene por qué llamarse Orsai o Jot Down. Si en realidad está todo liberado, la fórmula para hacerlo está clarísima.

Es cierto, creo que no hay mucho secreto en cómo unos y otros estamos haciendo las cosas.

Lo que podemos transmitir, más que la perdurabilidad de una marca, es la perdurabilidad de un sistema de hacer las cosas donde los asuntos sean transparentes, donde marketing sea una palabra aceptable. Yo escribo todos los días en el blog lo que está pasando con la revista, que es mi forma de hacer el marketing de la revista. En lugar de mandar notas de prensa las publico allí y el que quiera hacerse eco, se hace eco. Ustedes están en el mercado español muy ligados a determinados foros en Internet en donde venden más cuando aparecen en portada de Menéame o cosas por el estilo, y nosotros lo mismo en Latinoamérica. Nos preocupa muchísimo que haya réplicas en Internet, ya no para vender más o menos, porque hacemos una cantidad de ejemplares y punto, sino para que se descarguen mucho los PDF en sitios donde nadie podría comprar una versión en papel de gran calidad de un medio gráfico.

Hablando de perdurabilidad, si hoy al hacer las fotos te caes del balcón no sé qué recorrido tendría Orsai, pero si a nosotros volviendo se nos lleva un tren por delante, Jot Down Magazine no solo saca otro número, sino que la dirección igual hasta se llevaría una alegría.

[Risas] Podrías poner ejemplos menos trágicos… No sé, ¿qué tal un año sabático?

Es que soy muy dado al drama, pero creo que se entiende la idea. En tu caso sí hay una vinculación muy fuerte del proyecto con tu persona.

Sí, porque nacimos siendo una revista de autor, y aún lo es. Publicamos lo que se nos antoja sin importarnos mucho lo que quiera la gente. Es como las series inglesas, que hay algunas que son de autor. Las series de Paul Abbott no se pueden hacer sin él, mientras que en la mayoría de series norteamericanas no tiene mucha importancia quién la hace. No es nuestro caso.

Has podido sacar provecho de esos siete años de siembra.

No es sacar provecho. En realidad, Orsai es un capricho de dos personas.

Pero una de esas dos personas tienes que ser tú. Imagina que el capricho hubiera sido de Cristian y su mujer.

Sin Cristian tampoco existiría Orsai. Si mañana Cristian me dice que quiere tomarse un año sabático yo no sigo haciendo una revista. Pero probablemente le habría costado mucho más porque no tenía encima siete años de siembra. Además esos siete años de siembra son una siembra literaria en donde Cristian era el personaje de cada uno de mis cuentos desde el año 2003. Entonces, el lector se encuentra con que de repente un personaje de ficción aparece como un gran editor y está trabajando conmigo mano a mano. Ahí hay una experiencia literaria que no se da en las otras revistas. Entonces no es una revista normal, es una revista de autores. De dos personas que conversan en una sobremesa después de cada texto sobre qué les gustó y qué no les gustó… es un espectáculo teatral en papel y en web. Desde ese punto de vista sería muy complicado pensar en el Orsai sin alguno de nosotros dos. Y somos conscientes desde el día uno de que hacemos una revista de autor. Por eso tampoco nos interesa ser perdurables, porque la marca no es la marca de una revista, sino de un proyecto. Nos interesa tanto el bar como la universidad que abrimos ahora en Buenos Aires como otras cosas que puedan venir en el futuro. La revista es un catálogo de una serie de proyectos.

Tanto el bar como la universidad están en Argentina. ¿Es Orsai una revista argentina y el hecho de que tú vivas aquí es totalmente circunstancial?

El año pasado éramos una revista iberoamericana, todos vivíamos acá y la redacción estaba en este pueblo. Cuando España volvió a ser de derechas todos decidieron volverse a Argentina, porque es mucho más divertido. Acá es aburrido. Por este simple motivo. La pizzería estaba en este pueblo, no había un bar en Buenos Aires. Se redirigió todo allá, aunque yo me quedé aquí porque mi forma de vida hasta que mi hija tenga 18 años es vivir en este pueblo. Priorizo que ella mantenga los amigos por delante de mi trabajo y el de mi mujer, lo tenía clarísimo. Cuando toda la redacción estuvo allá la revista se empezó a convertir en una revista mucho más argentina, por respiración, por necesidad, por millones de cosas. Dejamos de preocuparnos por la diversidad geográfica, cada vez nos empezó a costar más al mismo tiempo que nos resultaba cada vez más divertido hablar a un grupo de personas más concreto.

Lo que condiciona quién te lee, pues, debe de ser la manera de ver el mundo más que el idioma o el lugar donde se edita.

Absolutamente. Es la manera de ver las cosas. Uno es de donde quiere saber, el DNI no dice mucho. Cuando yo por la mañana, con el mate, abro los periódicos, los primero que abro es de donde soy, y no importa de dónde soy. El periódico que abres en cualquier lado para saber lo que pasa es de donde eres.

¿El primero que abres es el Olé?

No, posiblemente El Mundo Deportivo o el Sport.

¿Se esconde una cierta ideología tras vuestra postura de combatir la industria editorial y de difusión cultural como la hemos conocido hasta ahora?

No. Es una postura política, pero de una política que va a venir mañana, no de la que está ocurriendo ahora, no de las opciones políticas de hoy. Aunque posiblemente nosotros no lo veamos, vamos en camino a algo más parecido a lo que propone Beppe Grillo, por ejemplo. Despacito, pero vamos en camino hacia un lugar donde las cosas no se debaten tanto y no las debaten unos pocos. Nosotros estamos en una postura política que en algún momento del futuro será la que nos guste y no estaremos acá para verlo. Me parece muy rancio que un calvo con corbata pueda decir cosas en el Congreso.

Quizá si hace siete años alguien te hubiera dicho que hoy estaríamos con estas revistas sobre la mesa también hubieras dicho que no lo íbamos a ver.

Siempre que hablo de esto con mi programador somos partidarios de no ser muy optimistas respecto a los tiempos y sorprendernos gratamente cuando las cosas ocurren antes de lo que teníamos planeado. Hace diez años decíamos que no íbamos a ver determinadas cosas que ya existen. Pero prefiero seguir diciendo que no las vamos a ver. No quiero vivir en esa ansiedad, me gusta jugar con lo que tengo. En este momento tenemos un medio gráfico en el que no combatimos a la industria, sino que decimos lo más alto que podemos qué otras maneras hay para hacerlo.

Demostrar que existen modelos alternativos y viables.

También tiene mucho que ver con lo que decía en el editorial del último número: uno de nuestros grandes objetivos es mantenernos pequeños. El momento en que cualquier proyecto alternativo se convierte en mastodóntico… el mastodonte tiene mucha menos capacidad que el ratón para darse la vuelta cuando encuentra otra manera mejor de hacer las cosas.

¿Es una cuestión de escala o de modelo? Ser grande no es malo; lo que es malo, es ser malo.

Le veo complicaciones. A mí me da la impresión que cuando hay demasiada gente mirando lo mismo lo mirado se vedetiza. Se convierte en una vedette, ya no es una mujer, y a mí no me gustaría que me ocurriera. Sé que es un planteamiento hasta metafísico. La percepción que tiene esa mujer de sí misma cambia, no es idéntica. Para salirnos de la metáfora, yo no podría convivir con una cantidad de lectores con los que no puedo conversar. No me resultaría divertido saber que hay telefonistas respondiendo. Dejaría de resultarme una afición divertida y personal, en mi caso se convertiría en otra cosa. Por eso siempre digo, igual que vosotros, que nada es absolutamente extrapolable.

De hecho, es siempre lo primero que decimos, ni que sea para cubrirnos las espaldas por si les sale mal. “Oiga, que yo le avisé”.

En nuestro caso la cercanía con el lector, con el distribuidor y con el autor es vital.

Hernán Casciari para Jot Down 3

En tu charla en TED desenmascarabas a la “mafia de la distribución”, esos intermediarios que ponías en fila india…

Sí, sí, ¡para dispararles con la misma ballesta!

Te lo digo porque fui a buscar un libro tuyo a un centro comercial y me dijeron que estaban todos descatalogados. No pude evitar pensar en alguna represalia por tu renuncia pública de hace tres años.

No, lo único que hice fue pedirles, con lo que fueron muy respetuosos, no cumplir con lo que estaba estipulado en mis contratos respecto a la permanencia con ellos. Yo tengo cinco libros publicados con Mondadori, de los cuales solo el primero vencía el contrato el uno de enero de este año, así que he podido recuperar los derechos para publicarlo en mi editorial. Los otros cuatro no, había que esperar, y les pedí que me rescindieran los contratos para poder publicarlos yo este año. Me los rescindieron y ahora ellos ya no pueden editarlos.

Tus libros no están porque tú has querido que no estén.

Sí, yo lo pedí personalmente y Mondadori fue mi respetuoso conmigo. No he tenido problemas nunca con Plaza y Janés en España, sino con todas las subsidiarias de Mondadori en Latinoamérica. Grijalbo, Sudamericana… me trataron pésimamente. No así la editorial española, que era con quien yo trabajaba y con quien sigo manteniendo buenas relaciones a pesar de ya no estar más con ellos.

Es curioso, porque esto no acaba de encajar con lo que decías antes de los mastodontes y los ratones. Al final, detrás, siempre hay personas.

Hay muy buenas personas, personas que en un almuerzo, off the record, te cuentan los delirios absolutamente cocainómanos de su jefe y de los que dirigen el cotarro. En todos los lugares hay gente así, a los que les gustaría trabajar de otra manera. A mí, cuando me hacen una entrevista en un medio tradicional, generalmente es por iniciativa propia del periodista, nadie de arriba les ha mandado que hagan una nota a los de Orsai o los de Jot Down, son iniciativas propias de los periodistas. Cuando se ha acabado la entrevista, te desean que ojalá todo te vaya muy bien porque lo suyo es insoportable.

Aunque en alguna entrevista decías que cuando te dicen esto no sabes realmente si lo desean de verdad o va con un punto de cinismo.

El trabajador que está metido en un medio tradicional, donde todo está tan contaminado y es tan asqueroso, necesita que haya muchas cosas como las que hacemos nosotros para que el mercado sea ese y no el que es.

Necesitaríamos no uno, sino 10, 100 o 1000 Orsai o Jot Down para compensar solo un ERE en El País o El Mundo.

Absolutamente.

No podemos salvar nada, ni aunque quisiéramos, ni cambiar los estándares del mercado.

Yo creo que ya están cambiando por sí solos, no necesitan de nuestra ayuda para que esa decadencia sea en algún momento completa. Están haciendo todo lo posible para que funcione mal. Lo que tenemos que hacer nosotros, como cronistas de nuestra época, es reflejar este tiempo en nuestros pequeñísimos medios, y poder reflejarlo de una manera leal, honesta y desapasionada políticamente, al menos según estas ideologías de barro que hay ahora. Lo que estamos haciendo no está mal, está muy bien.

Sentarse en la puerta a ver pasar el cadáver del “enemigo”.

Sí, pero con celebración y no con rencor.

A lo Nueva Orleans.

Sí, un Mardi Gras. Tiene que ser un Carnaval, festivo. Históricamente, a mí no me cae muy bien el rencor de la izquierda de los años 70. No me parece que esto sea una batalla a muerte contra el oligarca y el opresor. No estamos en ese tiempo. Estamos en un tiempo con una comunicación mucho más dinámica, más divertida, más efectiva, menos conflictiva. Hacer pequeños medios de comunicación honestos es el principio de algo. No necesariamente el principio de un cambio de paradigma laboral para nuestros colegas, pero sí hay algo aire fresco que se refleja cada vez que un lector abre la Jot Down, la Orsai, la Etiqueta negra, El buen salvaje peruano o El Gatopardo. Hay algo que dice: “Bueno, no está absolutamente podrido”. Hay una generación distinta, que empieza desde otro lugar, que algún día van a ser viejos y que ojalá ese día manejen las cosas de otra manera a como la manejan los viejos de ah

Hay una necesidad primaria muy vinculada con la estructura laboral: la gente necesita un sitio donde trabajar y un sitio de donde cobrar. Y cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, nos encontramos en este período de incertidumbre.

Claro. Yo siempre pongo por delante la ganancia del autor. De hecho, hace poco sacamos una colección de libros gráficos. Estos libros no están en quioscos ni grandes superficies porque el 35% que se llevan esos lugares va para el autor. Le digo al lector que lo único que tenemos es un blog y los lectores que hagan el boca-oreja para que otra gente lo conozca y compre el libro. Y esas otras personas van a saber que el 50% del precio de venta al público del libro es del autor. Un autor nuestro de libros que saca 1500 ejemplares se lleva el 50% de la ganancia, que es como si en Planeta hubiera vendido 60.000 ejemplares. Y eso es gracias a que no tiene intermediarios. No es muy complicado de entender. Nosotros le damos una contraseña al autor para que sepa por Internet la venta que hay, que sepa el e-mail de la persona que lo compró por si quiere darle las gracias. Esto hace que el lector diga que quizá el libro le cueste algo más conseguirlo, pero realmente le está comprando un libro a Alberto Montt y le está pagando el libro a Alberto Montt.

En el otro extremo de la cadena siempre tiene que haber alguien que se rasque el bolsillo y pague un dinero. ¿Te da la sensación de que el cambio que estás proponiendo no necesariamente se sigue en otros ámbitos de la sociedad? Al final, seguramente vas a tener unos lectores con un trabajo de mierda en una empresa de mierda para poder pagarte una revista cojonuda.

Ahí también estamos viviendo una transición. Si rascas un poquito en cómo estamos haciendo las cosas te vas a dar cuenta de que en algún punto todos nosotros asumimos el riesgo de mandar al carajo otras cosas y empezar a hacerlo de otra manera. Por eso digo que no es extrapolable el detalle pero quizá sí la esencia. La esencia es decir “¿Qué carajo estoy haciendo en esta oficina? ¿Cuál es mi talento? ¿Realmente vine al mundo para entrar datos en un banco? ¿No es preferible pasar un rato de hambre y pensar?” Creo que esos sí son elementos extrapolables, que cada cual en lo suyo lo haga de otra manera.

¿Aplicas a otros ámbitos de tu vida este patrón de, llamémosle, consumo cultural responsable?

Tengo una respuesta personal muy triste, y es que no sé si tengo otro ámbito de mi vida. No salgo, no hago nada más que divertirme con estas cosas.

En este sentido tu mujer, más que tu compañera, ha de ser tu cómplice.

Absolutamente.

Tiene que estar muy convencida, porque si no…

No, no está muy convencida, pero me acompaña.

¡Eso tiene aún más mérito!

Sí, me parece que es más loable que un convencimiento ciego. Es muy crítica con determinados riesgos que asumo. Sobre todo los económicos, porque es catalana [Risas].

Me acabo de ganar el derecho a hablar de tópicos argentinos.

Lo acepto, lo acepto. Pero sí, es muy crítica. Ahora está muy claro, pero piensa que de un día para otro dejé de percibir mis sueldos. Trabajaba en muchos lugares: en El País, en La Nación, era tertuliano de Gemma Nierga, de Concha García-Campoy, escribía cosas, sacaba libros para editoriales… y en un solo día los mandé públicamente a todos a cagar. Me cerré las puertas para no volver, ni siquiera fui diplomático diciendo que me iba a tomar un año sabático. Fue una decisión bastante terrible.

¿La conocía de antemano?

Lo sabía del día anterior o de un par de días antes.

Tiempo de sobra, vaya.

Y lo que venía tampoco estaba muy claro.

Hernán Casciari para Jot Down 4

Si tu vida fuera una serie, ¿cuál te gustaría que fuera?

De puertas para dentro lo nuestro es mucho más aburrido de lo que necesita una serie.

Hay muchas series aburridas.

Sí, pero no de un gordo en su casa escribiendo. Hay series aburridas porque no las saben desarrollar. No sé, supongo que en un punto sería una muy mala serie porque somos dos matrimonios haciendo una empresa familiar, no hay mucho para contar. Posiblemente podrían hacer flashbacks a nuestra adolescencia. Estamos haciendo algo de lo que hablábamos muchísimo a los 14 o 15 años. Unos flashbacks a esos momentos serían divertidos e interesantes.

¿Qué tiene que pasar para que el Hernán de los 40 no se avergüence del de los 80?

Una vez más tengo una respuesta muy triste: no creo que haya un Hernán de los 80. Estoy casi convencido de que no, tendría que haber dejado de fumar hace mucho tiempo. Para que no me avergüence del Hernán que tiene en su boca un respirador con oxígeno, cosa que puede ser pasado mañana o dentro de diez años, tendríamos que seguir haciendo lo que nos gusta y divierte, como venimos haciendo desde los 14. No importa qué, pero que a la noche, cuando los chicos se van a dormir o, dentro de unos años, se vayan a bailar, nos podamos sentar con un porrito y decir: “¡Qué bueno lo que va a pasar mañana!” Pasa por tener buenas sobremesas por las noches, que no tengan que ver puteríos, chismografías y con levantarse sin ganas al día siguiente porque hay que ir a un lugar a trabajar de lo que no te gusta, por poder mantener una amistad firme, tener conversaciones divertidas y estar en contacto permanente con gente inteligente, sensible y con buena predisposición.

¿Desprecias la vida saludable? No has parado de fumar desde que hemos empezado. ¿Siempre fumaste?

Sí, he fumado toda la vida. Sé que vengo con eso, es como saber de qué te vas a morir, tampoco es tan grave. Saber de qué te vas a morir está bien.

¿Y el cuándo?

Cuando estás solo te chupa un huevo, el problema es cuando nace tu hija y empiezas a hacer cuentas de si te vas a morir cuando tenga 16 o 21. Te preguntas esas cosas, que son horribles.

Luego el dramático soy yo. Lo tuyo es bastante peor.

[Risas] No, pero te lo estoy contando con tranquilidad. Esto no es una metáfora.

¿Tuviste que ser el gracioso porque no eras el guapo?

Siempre tiene relación una cosa con la otra. Tu forma de entrar por primera vez en un lugar social como es la escuela tiene que ver con quién vas a ser más adelante y cómo te defiendes de determinadas cuestiones. De chico logré ser popular, y obviamente fue por labia y rapidez mental.

Y por arruinar fotos.

Por arruinar fotos y ser muy divertido, porque era lo único que tenía. Obviamente, si hubiera tenido pestañas largas y ojos verdes hubiera estado “cogiendo” chicas desde los 14 o 15 años.

No existiría Orsai.

¡Ni Orsai ni nada! Y estaría muy bien.

Hernán Casciari para Jot Down 5

En tu último libro dices que no entiendes a la gente hiperactiva, pero viendo todo lo que has hecho los últimos años, podrías parecer uno de ellos.

Desde que estoy casado tengo la sensación permanente de que soy terriblemente vago y no hago absolutamente nada, porque lo que hago en el fondo tiene una sensación muy grande de vicio. Las endorfinas que me generan esto son las mismas que en los años 90 me generaba el jugar al poker por dinero. Son las mismas endorfinas: una cosa obsesiva, impulsiva, no sana.

¿Cómo conseguiste salir del poker? ¿Lo sustituiste por escribir?

Al principio de los años 90 era cocainómano, después jugaba mucho al poker y luego escribía mucho. Para mí todo es lo mismo, lo que pasa es que algunas cosas están mejor vistas, pero desde dentro el no poder pensar en otra cosa más que en lo que estoy haciendo ahora no se diferencia mucho de pensar martingalas para jugar a la ruleta e irme de un casino a otro. Por eso el despertar siempre es culposo. Yo estoy muchas horas pergeñando ideas o escribiendo cosas que, de hecho, se las quito a mi hija, como un cocainómano, un alcohólico o un ludópata. No es sano.

No es sano para ti, pero por lo menos esto tiene un efecto positivo para los demás.

Eso forma parte de lo otro, que se piensa que soy hiperactivo, cuando lo que tengo en realidad es un vicio muy grande donde hago estas cosas que, por suerte, me divierten y no están mal vistas socialmente; pero nada más que eso. En el ámbito familiar tengo las mismas culpas que un vicioso.

¿Todo lo que haces sucede aquí como podría suceder en cualquier otro sitio? Con una conexión a Internet, ¿podrías estar en medio de la Pampa?

Estoy esperando la hora de que mi hija cumpla 18 y yo pueda moverme de este lugar para estar en otro.

¿Tan mal te hemos tratado?

No por eso, sino por la propia sensación de movimiento. En este momento yo estaría mucho mejor estando más cerca de la redacción, por ejemplo. En Uruguay o en las sierras de Córdoba en Argentina. Estoy muy lejos de donde están ocurriendo las cosas. Lo acepto porque es una decisión que tomé y que tiene que ver con la calidad de vida de Nina, pero si no existiera Nina y yo estuviera solo estaría igual de huraño pero cambiando de ambiente cada año.

No me pareces huraño.

En el sentido de ermitaño: no salir, no ir a almorzar con nadie, no aceptar ir a dar charlas…

Hay gente que ha hecho de esto su modo de vida.

Me da bastante lástima la gente que hace eso. En realidad tengo un poco de lástima por saber los porqués de esas cuestiones. Yo estoy en un extremo, donde no me gusta nada. Pero sé que estos van a “coger”, es así, sé que van a esas cosas para escaparse de la esposa y cosas por el estilo. ¿Si no para qué vas a ir?

¿Qué echas de menos de Argentina?

Es una cuestión casi exclusivamente de personas y, sobre todo, de sobremesa. La comodidad del código, determinadas ironías, una fórmula recursiva del diálogo donde casi nunca se habla de personas sino más bien de hechos abstractos… A mí me costaba mucho, cuando lo hacía, enganchar con la gente de aquí en conversaciones abstractas. Aunque he podido resolverlo en cierta medida gracias a Internet.

¿Qué pasaría si mañana te quedaras sin Internet?

Lo tengo muy claro. Muchas veces pensé qué pasaría si me metieran preso, más que quedarme sin Internet.

Luego el dramático soy yo, no lo olvidemos.

[Risas] Siempre existió la posibilidad de ir preso mucho tiempo. Si mañana me meten preso o me quedo sin Internet, que es lo mismo, me abocaría a una novela larga, a mano o a máquina de escribir, y la pasaría realmente bien. Me salva que me gusta mucho escribir. Si me dijeran que se acabó Internet en España porque Rajoy dijo que hay recortes y no es viable me voy a Argentina, obviamente. No podría vivir sin Racing y sin otras cosas puntuales, ¡si hasta el porro lo consigo en la Red!

¿La revista y el blog son tu válvula de escape?

Llegué a vivir aquí a los 30, y recuerdo muy bien cómo era. Mi vida era un club permanente de personas alrededor donde en la mayoría de los casos yo era no el centro de atención pero sí el generador de actividad. Me parece que lo estoy supliendo con Internet. Ese generar cosas y que haya gente divirtiéndose… yo me siento muy anfitrión de la web. No tanto de la revista, pero sí de la web. Eso está supliendo lo que yo era. Yo era así de joven, sin Internet. Por eso también digo que sin Internet me volvería a Argentina, porque ahí volvería a encontrarme con todo.

Entonces lo relevante no es Internet, es querer ser el alma de la fiesta.

Divertirme en el juego de muchos.

El juego ha cambiado de sitio.

¡Gracias a Dios! Porque si no hubiera sido todo muy inmaduro. Lo que todavía no he hecho ha sido madurar. Si me dices que hay que organizar una búsqueda del tesoro por la ciudad, me encanta. Hacer las tarjetitas, esconderlas, que sea muy creativo… siento placer cuando sé que pasado mañana, con eso, mucha gente se va a divertir. Eso forma parte de mi verdadera vocación, que es la comunicación, pero comunicar un espectáculo. Que ese espectáculo sea literario tiene que ver con que me gusta mucho escribir, pero si yo de joven hubiera tocado el bajo ese espectáculo sería musical.

Podrías haber escogido a otro, el bajista es el que menos liga.

Sí, pero es al único de la banda al que se le permite ser gordo, así que no tengo otra opción.

¡Veo que tú has pensado en esto mucho más que yo!

[Risas] ¡Claro! A mí solo me quedaba escribir o ser bajista, no había otra.

Hernán Casciari para Jot Down 6

¿Hace más soportable el exilio haber coincidido en el espacio-tiempo con Messi?

Sí, fue un regalito. Si hay un dios que decide dónde te ubica en el contexto histórico, haberme ubicado del 2000 al 2013 muy cerca de Barcelona es un guiño. Me podría haber colocado incluso en el nacimiento del mejor baloncestista del universo, pero no me interesaría, porque el baloncesto ni siquiera me gusta. Ubicarme acá con un muchacho que es de los míos, compatriota, es un regalo dentro del pequeño circo de mi existencia. Pero no solamente Messi, el Barça en general está gestando algo de una importancia histórica muy grande para lo que es este deporte. Mayor que la naranja mecánica de 1974 o lo que se te ocurra, es impresionante. Y haber estado en las gradas en ese momento me parece un regalo. Si no todo es caótico y hay algo que tiene que ver con que alguien ha decidido las cosas me parece un buen regalo. Pero lo mismo pienso de esta época en cuanto a la calidad de las series de televisión o a la propia transición de lo analógico a lo digital. Si yo hubiera tenido que elegir en qué momento estar hubiera elegido este. Pero este, no cuando ya todo estuviera solucionado ni cuando nada hubiera empezado, sino este: cuando nace Jot Down, cuando nace Orsai, cuando nacen emprendimientos culturales… incluso la piratería que permite bajarte lo que quieras. Y me gusta mucho la cara de estupor de la gente calva con corbata, lo disfruto mucho. Miro los informativos solo para escuchar a Cospedal diciendo pavadas, al otro… a todos. Incluso Matías Prats, no lo soporto más, es gracioso lo estúpido que es ese hombre. Es todo gracioso, lindo, divertido, una visión histórica monumental de la debacle de la gente que más vergüenza me da. Me encanta este momento, es un buen momento.

¿Qué sientes cuando comparan a Orsai con Messi? Recibiste en Orsai una carta de un lector que lo hace.

Lo hace en un contexto de decir “Nunca voy a poder verlo en directo porque estoy muy lejos”.

Da igual, sabes que en las fajas de los libros recortan las frases a voluntad y al final queda “Orsai es como Messi”.

[Risas] Sí, bueno, pero tampoco entiendo mucho la metáfora del porqué en el caso de que fuera de otra manera. A mí me parece, de todos modos, que no hay muchas relaciones entre ambos. En su caso hay dones naturales, momentos que tienen que ver con una cierta forma del autismo, que es maravillosa para que se dé el fútbol en este caso puntual, pero en nuestro caso es una diversión de amigos. Somos muy conscientes de que no estamos haciendo un producto excelente, sino un producto divertido. Messi es excelente.

Se puede ser divertido y excelente, no son excluyentes.

Quiero decir que no es nuestro caso, somos conscientes de que no estamos haciendo The New Yorker, hacemos algo que nos divierte mucho y sabemos cuáles son nuestras limitaciones. Si hay una comparación futbolística yo preferiría compararme con Mascherano, no con Messi, porque Messi es excelente, forma parte de otro club de hacer las cosas.

Hablando de piratería, cuando eres un niño convertirse en pirata es un horizonte bastante atractivo y sugerente. ¿Te reconoces en el retrato del pirata, es una bandera que puedes ondear?

Me parece que esa palabra está gestionada y provocada por la gente que no me gusta, no creo que esa palabra la hayamos inventado nosotros.

Como en el aikido, se puede aprovechar su fuerza para tu propio beneficio. Hay quien ha intentado darle la vuelta, como el Partido Pirata o The Pirate Bay.

Sí, pero, aunque entiendo la filosofía, semánticamente no estoy muy de acuerdo con que el Partido Pirata se llame así, por ejemplo. Incluso se lo he dicho. Me resulta muy alucinante que en este tiempo podamos hacer uso de la cultura como lo estamos haciendo. Pero entrando en detalle —SOPA, PIPA, Sinde, Lasalle… me parece que esto son vericuetos de microscopio. A mí me gusta la mirada histórica de todo esto. Si pones un microscopio en todas las épocas te vas a encontrar con una serie de glóbulos rojos, glóbulos blancos, defensas, ataques… a mí me parece todo una pelotudez. No me interesa mucho el tema. Van a patalear y ganarán este cachito, pero pasado mañana se terminó como se termina todo. Con esto soy sumamente optimista. Hay que sentarse en la vereda a ver cómo patinan, nada más. Obviamente hay que hacer todo lo que uno hace como ciudadano del mundo para defender las cosas que sí están bien, cada cual en su pequeña baldosa. El muchacho que está todos los días mirando cómo desbloquear un bloqueo en China está haciendo algo por el mundo, aunque lo haga por placer. Y hay mucha gente haciendo por placer cosas maravillosas.

En este sentido, tu blog Espóiler, que incluso ayudaba a organizarse las descargas, contribuyó a ello y fue revolucionario.

Lo fue y lo es, porque hay 50.000 o 60.000 tipos que se están descargando las cosas de ahí. De hecho, que se pudiera publicar un blog así en el diario El País

¿Sabías las implicaciones que eso conllevaba? Era tu manera de tomar partido en el debate.

Sí, siempre he tomado partido en el debate y lo que tuve claro es que en ninguno de estos proyectos en que se coordinaba la descarga de una serie de televisión con sus subtítulos tenía que tener publicidad, porque es el único lugar al que pueden agarrarse los malos para decirte algo: el ánimo de lucro. ¿Les interesa el ánimo de lucro? Acá no hay. Yo estoy haciendo esto porque me gusta, me estoy gastando el dinero en esto: servidor, un montón de horas por persona, desarrolladores… porque se me antoja, no estoy buscando ganar dinero. Y nunca lo pudieron bajar y tiene cada vez más gente. Y no lo podrán bajar. Es mi forma de pelear contra eso.

Si no era el de lucro, ¿cuál era tu ánimo? ¿Solo pelear?

Mi primo, que es mi programador, y yo empezamos a ver muchas series de televisión y no había un puto lugar en el que no te pusieran unos pop-ups gigantescos de cosas de mierda que apretabas lo que no tocaba y te metía un virus cuando tenías Windows… Había un montón de mierda y no había ningún lugar serio donde anotártelo en la agenda, que te avise y te lo bajes. No lo había y lo hicimos para nosotros.

Como Orsai: un proyecto para vosotros que decidís compartir.

Siempre y en todos los casos.

Y de ahí a ser crítico de series.

Era la época en la que yo trabajaba en la industria, y ver series se convirtió en uno de los vicios que te he dicho que tengo.

¿Lo sigues teniendo?

Sí, veo muchísimas. Ya no escribo críticas, pero sigo viéndolas. Me llamaron de El País y me dijeron que querían incorporar Orsai como blog. Les dije que ni en pedo, Orsai es mi casa y no la pienso meter en una redacción. Entonces me pidieron que hiciera algo, y respondí que no podía hacer nada más que mirar la televisión, y si querían les escribía sobre televisión. ¡Y me empezaron a pagar! ¡Mi mujer ya no pudo decirme nada de por qué estaba a las cuatro de la mañana mirando algo! “Epa, que pagamos el alquiler. ¡A dormir!” En su momento lo disfruté, y cuando dejé de disfrutarlo lo dejé de hacer. Pero lo dejé de disfrutar porque quería empezar con Orsai, lo corté el mismo día que corté con todo. Era muy lindo, a veces acabo de ver un capítulo y me dan ganas de escribir algo y compartirlo. No lo hago porque no tengo tiempo, pero si no, no tendría problema en hacerlo. O cada vez que hay un partido de fútbol. Si tuviera tiempo tendría un blog de fútbol alucinante. Tuve un blog de series, pero podría haber sido de fútbol.

O podrá serlo.

Sí, pero ahora me cuesta pensar para delante.

¿Viviste el corralito argentino?

No, me vine unos meses antes de que estallara todo.

Si te vas a ir, avísanos. ¿Te imaginas que pase aquí?

Me imagino y espero que en España pasen cosas tremendas.

¿”Espero” como deseo o como anticipación?

Como deseo. Es necesario que la gente se despierte. Los costos son tremendos, pero España era un buen país. Me acuerdo en el 82, en el 87, en el 91… todo lo que venía de acá, nosotros nos cagábamos con la calidad que había: las series de televisión española, el diario El País, el dominical, el manual de El País, intelectuales, gente que hablaba con el corazón en la mano y con las tripas… Hasta Felipe González, ¿eh? Decías “mira lo que ha leído este hombre”. Pero pasó una cosa horrible en medio, donde todo el mundo tuvo dinero y se fueron todos a cagar. Todos a comprarse el iPhone nuevo, la segunda casa, la residencia de no sé qué… y se olvidaron de que eran un país alucinante. Y van a volver a serlo.

¿Pero a qué precio?

El precio que pagamos todos por ser alucinantes. ¿Dónde viste que Suiza sea alucinante? ¿O Finlandia? Alucinante es Méjico, Argentina, España… países que hierven, con gente que se muere, con hijos de puta que hay que ejecutar… con todo lo que se te ocurra. ¡Una historia! 20 años de tener iPhone nuevo es una mierda. Te aburres, te secas, te marchitas. Tienes comida en la panza, sí, pero te mueres. El arte no funciona. Lo único que me importa es el arte, pero es que si miras con un gran telescopio la historia lo único que se salva es el arte. Siempre. Lo demás es una mierda de clérigos con señores feudales, con tipos de corbata, con gente de mierda, con panelistas que quieren ir todos los días a decir lo mismo a Exposevilla para cogerse a una de 22 años… y el arte se fue, se te escapa de las manos. Lo que realmente le dejamos al mundo se te escapa de las manos cuando estás con la pancita llena y toda la boludez. Durante años estuvimos dominados por una clase de gente absurda a la que, gracias a Dios, se les escapó Internet. ¿Crees que si una bruja les hubiera mostrado cómo era el siglo XXI a los que tenían poder en los años 80 hubieran dejado que existiera? ¡Por primera vez se les escapó algo! Tenemos la responsabilidad de cruzar por esa grieta. Y eso es el arte, la cultura. Es lo único que hay, todo lo demás es una garcha. Ya vendrá una democracia participativa, ya vendrá un banco ético. Todo eso vendrá por lógica, pero si no manejamos la grieta desde el arte y la cultura, no funciona.

Hernán Casciari para Jot Down 7

Pero hay que liberar recursos para dedicarlos a la cultura. La cultura es casi un lujo, hoy y aquí.

Hagamos que no lo sea. Que 5000 fetichistas compren Orsai para que 420.000 tipos de Centroamérica se lo descarguen es trabajar. En tu baldosita, obviamente, yo no quiero que el mundo cambie. Yo tengo una baldosa chiquita desde la que me gusta hacer una revista de literatura, crónica y narrativa; pero muchísimo más que esa revistita me preocupa que el guatemalteco tenga un PDF gratuito el mismo día. Eso que a mí me salió carísimo hacer porque le pagué a Juan Villoro, y le pagué a Nick Hornby… y decirle al mundo: “Toma, el mismo día gratis para que lo leas”. Es mi trabajo y lo único que me importa. 

Estáis de suerte: Messi, el Papa…

No sé si es una cuestión de suerte. Que sea argentino es lo que menos me supone sorpresa o hilitos de esperanza. Pero que sea jesuita, sí. Que la Iglesia haya querido cambiar su propaganda y su marketing poniendo a un jesuita me parece bien.

A Cristina Kirchner quizá le haya gustado más el hecho de que sea argentino que jesuita, porque le ha pedido que interceda con los ingleses.

Esas cosas en la historia no están escritas. Esas pequeñeces a grandes niveles son anécdotas chiquititas, no importa mucho. Supongo que al gobierno nacional de Argentina esta sorpresa le cogió a contrapié porque son anticlericales y con este hombre, antes de ser papa, discutieron mucho sobre el matrimonio igualitario. Era un enemigo de las intenciones kirchneristas que tienen que ver con los derechos humanos. Los cogió muy desprevenidos, pero fueron lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de que tenían que acercarse a ese hombre de todas formas porque en Argentina hay muchísimos católicos y porque este gobierno quiere ganar las próximas elecciones.

¿Votas en Argentina?

En los últimos diez años, que he estado viviendo aquí, no he votado.

Pero podrías votar.

Sí, en Argentina y en Italia.

¿En Argentina votarías a Cristina y en Italia a Grillo?

¡Exacto! Lo dijiste con todas las letras. Cristina no creo que se presente, pero en Argentina votaría a cualquier gobierno que tuviera un alineamiento definido de izquierda respecto a los demás países de Latinoamérica. Al que piense lo mismo que Lula, que Correa, que Pepe Mujica… al que siga esa línea de patria grande lo votaría siempre, desde que soy chiquitito. Lo que pasa es que nunca hubo esa opción, ahora la hay. Y en Italia, obviamente, a Beppe Grillo.

¿Te sientes identificado con él?

Siento que es la prehistoria, que dentro de 250 años Beppe Grillo va a ser “el que empezó” con lo que va a pasar: que la gente sean los congresistas, que podamos elegir en base a un vídeo de un minuto y medio de YouTube de cualquier persona que se quiera presentar y que podamos decidir por lo que oigamos de esa persona, por lo que entendamos cuando te mire a los ojos… Y que no haya listas sábana, que votas a uno y luego este pone a quien quiere. Espero que el futuro tecnológico ayude mucho a la política.

¿Estás haciendo en tu ámbito algo parecido a lo que Grillo está haciendo en la política?

Sí, es patear el tablero. Beppe Grillo habla a veces de lo terrible que son los intermediarios con las mismas palabras que usamos nosotros para hablar de nuestra baldosita. A todos los dirigentes políticos, eclesiásticos y sindicales que empiecen a hablar de matar al intermediario los voy a escuchar con muchísima atención y, si siento que lo están diciendo de corazón, los voy a apoyar.

He encontrado una frase tuya que a primera vista es paradójica pero que si se le dedica un poco de tiempo encierra mucho de verdad: “La industria editorial vende cada vez menos porque la gente lee cada vez más”.

También lo podría decir respecto a la música: la industria discográfica vende cada vez menos porque la gente escucha muchísima más música que antes. La razón es muy simple: hubo un momento en el que lo que se escuchaba era lo que sonaba en la radio. En los años 80 se escuchaban 50 canciones en un año, y no se tenía la menor idea de lo que se estaba haciendo en Cuba o Nigeria.

Ni en los garajes de tu ciudad.

Ni en los garajes de tu ciudad. Se escuchaba muy poca música pero las discográficas vendían mucho. Y con la lectura lo mismo. Creo que es una certificación de lo que está pasando.

No sé si la industria la compartiría.

La industria lo sabe. Hay una diferencia entre lo que dicen los calvos con corbata y lo que piensan. ¿Qué saben los calvos con corbata? Por eso son tan impunes últimamente en su forma de robar: saben que es la última vez que van a poder hacerlo, y entonces ya no les importa nada. Hace 20 años se juntaban en grandes conciliábulos con marketineros y publicistas para que el pueblo no se diera cuenta. Ahora ya no les importa nada. Cualquier rueda de prensa o acción del Partido Popular, del Partido Socialista, del grupo Planeta… ya no les importa nada, están ya casi diciendo la verdad.

¿Cuándo llegaremos al punto de ebullición? No parece sostenible a largo plazo.

Ellos ya lo saben. Si están diciendo la verdad es porque les queda poco tiempo, si no guardarían todas las precauciones que guardaban en 1987 para hacer lo mismo que están haciendo ahora. Los están haciendo de una manera que lo ves todo: las caras, cómo se están demacrando, cómo funcionan sus cerebros, lo que dicen, lo que no dicen… no hay una sola vez en que se haya abierto un micrófono de casualidad y no hayan dicho una barbaridad.

Estaría bien que alguna vez se cazara un “te quiero”. ¿No sería bonito?

Sí, o “Hay que pensar más en la gente, Juan Carlos”. No, ni una. Así que imagínate qué dirán todo el tiempo, cómo hablará esta gente, lo que será en estos últimos 20 días Génova, la sede del PP, lo que estarán hablando ahí dentro. Son como ratoncitos enloquecidos. No tienen ni idea de lo que está pasando en España… están muriendo. Eso es alzheimer. ¿Viste lo que dijo Cospedal? Eso se llama alzheimer social y corporativo. Y del otro lado vienen los pibes de 17 años, bien dotados, veloces… Pasa todo el tiempo, pasa en la vida, ¿cómo no va a pasar en este tiempo histórico?

¿Cómo identificaremos este cambio de ciclo? ¿Nos levantaremos una mañana y veremos que todo es distinto?

En lo personal te puedo contar una metáfora: en el año 2000 nosotros hacíamos un uso del televisor que fue menguando hasta hoy, que no tenemos antena.

Ahora es solo un monitor.

Sí, ya es otra cosa. La transformación de ese electrodoméstico es paradigmática. Swedenborg, un teólogo sueco del siglo XV, un día enloqueció y creyó ver que un ángel lo llevaba a que conociera el cielo y el infierno, y escribió un libro increíble que se llama Del cielo y el infierno. Un libro increíble, es una crónica narrativa, nada fervorosa. Una de las cosas importantes que le cuenta Dios a Swedenborg es que lo que piensa la gente respecto al paraíso y al infierno está mal. No se debe pensar desde la Tierra que son un premio o un castigo. Cuando alguien se muere, cada cual va adonde quiere. Hay gente que va al cielo por inercia y se da cuenta de que no puede jugar al poker, no puede estar con putas, no puede fumar porros… y tranquilamente, como las puertas están abiertas, se van al infierno, que es donde les corresponde. Volviendo a la metáfora, no es que estas cosas se mueran de un día para el otro; el televisor me dejó de interesar, y en casa no nos felicitamos porque hacemos un mejor uso de ese electrodoméstico. Ya hace años que no estoy en contacto con lo malo del mundo, no me desespera que cuando meto una moneda de dos euros en un teléfono público, hablo diez segundos y cuelgo no me dé cambio, que es la forma de los tipos calvos con corbata de hacer un poco más de dinero. No me molesta que el banco me saque un poco más de lo que me tiene que sacar. De verdad, no me molesta, no discuto con esa gente, estoy todo el tiempo hablando con gente linda que me escribe las crónicas, yo mando al fotógrafo… Yo estoy ahí. De vez en cuando ponemos el informativo para, con mi mujer y mi hija, divertirnos con esa gente calva que ya no sabe más cómo hablar y que son todos el mismo. Pero cuando me quiero enterar de las cosas no miro ahí, ahí miro la felicidad del nuevo mundo, cómo se está cayendo todo a pedazos. Cuando me quiero enterar de las cosas miro cómo cambian las cosas. Voy a la Wikipedia, busco a John Lennon y pongo “nació en 2047”, y me quedo a mirar cómo lo cambian en un segundo. Entonces digo: “Tenemos ángeles”. Esa es mi manera de ver cómo están las cosas.

Al final resulta que en esta mesa hay un optimista y no soy yo.

Yo soy muy optimista. Te puedo contar cosas tristes cuando me preguntas cosas de mi vida, igual que la tuya, porque nos vamos a morir todos. A veces decimos “No sé si lo voy a vivir” y pasa al cabo de cinco años, pero el día que sepamos que nos vamos a morir va a haber un montón de cosas que nos gustaría seguir viendo de ese día en adelante. Todas son fantásticas y no las vamos a ver. Estamos viendo muchas más que nuestros abuelos, los cambios son más veloces, pero este tiempo de transición va a durar 100 o 200 años. Es un tiempo de transición importante, no es uno cualquiera, es uno de los importantes.

Esto va a quedar escrito, así que alguien va a poder venir a rescatarlo dentro de 100 años.

¡Ojalá!

Para acabar, ¿sigues sintiendo que estás en fuera de juego o has conseguido que se replanteen las reglas del juego?

Mi sensación con el orsai como metáfora real tiene que ver pura y exclusivamente con la inmigración. Y eso no va a cambiar nunca, ni siquiera volviendo a la posición correcta. Después de muchos años de estar en el lugar que no es tu origen la sensación de fuera de juego dura para siempre, aunque vuelvas, porque vas a volver del fuera de juego, no de la posición correcta. Y no pasa por cuestiones profesionales o vocacionales. Por suerte la palabra se desdobla. En lo personal, y en lo que tiene que ver con inmigración, orsai significa fuera de juego, pero en lo vocacional, de esto que hablábamos, como Jot Down, tengo ganas que signifique posición adelantada. Es la misma palabra, pero no.

Hernán Casciari para Jot Down 8

Fotografía: Alberto Gamazo


El sobaco ilustrado

Fotografía de David Pintor

El fin de la era Gutenberg y la hecatombe papelista provoca daños colaterales que no conmueven ni el corazón ni la razón de los gurús del periodismo futurible. Hoy, en el metro, ya no podemos espiar al viajero de nuestra derecha para leer de gorra lo que dice su periódico y, acto seguido, estirar el cuello a la izquierda para descubrir si el capitel de la columna de la contraportada luce volutas, hojas de acanto o un clasicismo de sobriedad dórica. Esa gimnasia del ping-pong es imposible, porque hace tiempo que los periódicos dejaron de viajar en metro y los chicos, de ir a buscar a su ligue con una revista enganchada bajo el sobaco. Es así que el recuerdo que guarda Manuel de Lope ha adquirido la pátina broncínea de una reliquia: “Hay que decir que los más fieles iban a esperar a la novia con la revista debajo del brazo, y es probable que fueran más fieles a la revista que a la novia. Eran los tiempos en que comprábamos en el Rastro Levis de contrabando, íbamos a sacarnos unos duros vendiendo un cuarto de litro de sangre en el Hospital Clínico y desafiábamos a la moda con la moda de vestir cazadoras militares de la base de Torrejón de Ardoz. Y éramos lectores de Triunfo”. En efecto, la revista revestía, tanto o más que los jeans y la chupa, como bien advirtió Manuel Vázquez Montalbán: “Triunfo significaba una seña de identidad y de significación que me recordaba una película que había visto en mi infancia, creo que protagonizada por Frederic March y Claudette Colbert, en la que los cristianos, cuando se encuentran en Roma, se reconocen haciendo crucecitas en la arena o dibujando un pececito. Creo que en muchos lugares de España llevar Triunfo debajo del brazo era una manera de reconocerse y pensar que no se estaba solo”. Hasta que, en elocuente concisión de Manuel de Lope, “su energía fue engullida y dispersada”.

Desmintiendo el esencialismo de la identidad o, tal vez, más prosaicamente, porque también la contracultura es esclava de la moda y está atenta a su fecha de caducidad, el caso es que la misma generación que dibujó con Triunfo en la arena del tardofranquismo su ichthus sagrado pasó a hacerlo en la transición con El País. Sin despeinarse. Y, pasado el tiempo, ya bien repeinados y hasta con traje y corbata, no faltaron quienes incluso se atrevieron a denunciar el transfuguismo como acto sacrílego. Definitivamente “el intelectual tiene pasiones que la inteligencia no comprende”, escribió Francisco Umbral antes de añadir: “El País es tanto el diario de la España pensante como una superstición intelectual, heredera aún de lo que fue, con el franquismo, ‘el sobaco ilustrado’, cuando había que llevar bajo el brazo un Marcuse o un Le Monde. […] Supersticiones (modas, esnobismos) que acompañan siempre a un fenómeno, cultural, por muy auténtico que éste sea. […] El País, desde la primera página, queda progresista sin decirlo, sin gritarlo. El comprador recibe un flash de racionalidad, de capacidad de ordenar el mundo en una página, que le depara tranquilidad, que le aquieta, sin duda, muchos conflictos interiores. Todo va mal, a veces, pero hay en España un periódico (un equipo, un sector social: todos los otros compradores) con quien identificarse. Hay un continente de racionalidad al que debemos llegar desde nuestro caos íntimo. Son las supersticiones de la inteligencia, o la inteligencia como superstición”.

Todavía no somos cíborgs perfectos y, en la transición, mantenemos ciertas supersticiones y difusas nostalgias. Ni siquiera el sucedáneo del retweet o del botón con el que Facebook nos permite alardear de lo que nos pirra –versión modernilla y aseada del sobaco ilustrado–, satisface el añejo fetichismo. Por eso los lectores de Jot Down se han procurado la versión en papel y con veloz diligencia han hecho públicas las fotografías de “su” ejemplar; algunos, bodegones tan fastuosos como los de Jan Van Kessel. Entre todos, me quedo con el de David Pintor, que posee la misma elegancia de su obra más un delicioso toque cafeinómano. Por mi parte, sujeto en un estadio escasamente avanzado de la cibermetamorfosis, me he ido paseando a la librería a buscar mi revista. He rechazado la bolsa que amablemente me ofrecieron. Y con las 320 páginas de papel bien acomodadas bajo el sobaco, directa a casa, a estudiar si la sugestión nostálgica de la portada, con la Underwood de Francisco González Ledesma, puede bastar como proyecto editorial y como imagen especular donde reconocerme o si la nostalgia es solo, como acostumbra, una añagaza tramposa de la memoria.