Progreso: de la máquina de vapor a la renta básica universal (y II)

Coalbrookdale de noche, de Philip James de Loutherbourg.

(Viene de la primera parte)

A mediados del siglo XIX, mientras el avispero de la intelectualidad estaba revuelto y ocupado con interminables debates sociológicos, hubo unas décadas de aparente ralentización de los avances tecnológicos. Este frenazo tranquilizó a quienes temían encontrarse por segunda vez con un mundo nuevo e irreconocible, pero esa tranquilidad no iba a durar. El paréntesis era la calma antes de la tormenta, pues se estaba gestando una segunda y todavía más vistosa oleada de avances. En 1855, el inglés Henry Bessemer patentó un nuevo mecanismo metalúrgico con el que podía producirse acero en grandes cantidades. Su «convertidor Bessemer» permitió que el acero se convirtiera en un ingrediente básico de la industria y la construcción. La amplia oferta de esta aleación abrió nuevas puertas, entre ellas la fabricación en serie de piezas metálicas que podían ser ensambladas para construir con rapidez diversos tipos de máquinas. Dicho de otro modo: las máquinas no solo iban a ser más abundantes que antes, sino también más asequibles, más resistentes y más fiables.

Esto generó una nueva percepción sobre los sistemas de producción y sobre las posibilidades de la ciencia. El progreso técnico se solidificó como una realidad indiscutible, ya no solamente como una idea que podía ser debatida. Muchas mentes empezaron a trabajar con febril entusiasmo en la consecución de ese progreso, inventando cosas o mejorando las que ya estaban inventadas. El ritmo se volvió frenético. Unos inventos propiciaban otros inventos, que a su vez inspiraban otros más. La «Segunda Revolución Industrial» estalló en la década de 1870 y la humanidad contempló con asombro el triunfo del ferrocarril, el telégrafo, la electrificación, la producción en masa, y la metamorfosis de campos como la construcción o la medicina. Aunque no todas las regiones del mundo se subieron al carro de la Revolución Industrial, todas notaron sus efectos: algunas como protagonistas activas, otras como perseguidoras esforzadas, y las demás como víctimas pasivas tanto de la modernización bélica como de la voracidad que las potencias recién industrializadas mostraban hacia las materias primas.

Fue tal el entusiasmo investigador durante el último tercio del siglo XIX que en cada rama de la ingeniería y la ciencia había varias personas trabajando en la persecución de un mismo avance. Un caso célebre fue la muy debatida invención del teléfono. El italiano Antonio Meucci diseñó un transmisor electromagnético que le permitía, mientras trabajaba en el laboratorio del sótano de su casa, hablar con su mujer enferma que pasaba muchos días postrada en una habitación de la segunda planta. Meucci bautizó su invento como telettrofono. En 1871, tras haber elaborado una treintena de prototipos del aparato, acudió a la oficina estadounidense de patentes y anunció su intención de registrar su invento (aunque no formalizó la patente propiamente dicha, porque no disponía de dinero). Este anuncio se realizaba rellenando un formulario conocido como patent caveat, «aviso de patente», que tenía carácter provisional y, aunque no era válido como registro definitivo de un invento, concedía cierto plazo para que el inventor encontrase financiación con la que asegurarse la patente, o para que completase el requerido y complicado informe técnico. Así se evitaba que otro individuo con mejores recursos pudiera robarle la idea y adelantársele de manera ilegítima. En otras palabras, Meucci inventó el teléfono, pero no lo patentó y solamente anunció su intención de patentarlo. Como tampoco presentó un informe técnico completo, solo cabe fiarse de su palabra (y la de varios testigos) en torno al telettrofono, aunque históricamente se considera probado. La ley permitía renovar el caveat cada dos años, pero Meucci estaba tan consumido por las deudas y la mala salud que en 1874, cuando acabó el segundo plazo de renovación, no se presentó. Dejaba el camino abierto para que otro inventor pudiese patentar un aparato similar.

Foto: DP.

Ese otro inventor fue Alexander Graham Bell quien, menos de dos años después, en 1876, registró la patente de un aparato que había desarrollado por su cuenta. En el documento presentado, Bell se refería al aparato no con un nombre llamativo, sino con una etiqueta más bien lacónica: «mejoras en el telégrafo sonoro». Sonaba bastante peor que el telettrofono de Meucci, pero su patente, al contrario que el documento preliminar del italiano, sí contenía una descripción funcional del aparato y era, por tanto, definitiva. El debate sobre si fue Meucci o si fue Graham Bell el inventor del teléfono ha sido un buen entretenimiento para los historiadores de la tecnología, pero aquí este ejemplo nos sirve para ilustrar la frenética carrera tecnológica propiciada por la Segunda Revolución Industrial. Los inventores y descubridores se adelantaban unos a otros por cuestión de meses, a veces incluso por cuestión de semanas. Las noticias científicas sensacionales se sucedían con mareante velocidad. Nadie sensato dudaba ya de que el progreso tecnológico era imparable. Ni siquiera hacía falta esperar muchos años para ver cómo el mundo cambiaba.

Los posibles efectos negativos de la Revolución Industrial habían sido detectados con rapidez. A principios del siglo XIX, trabajadores ingleses se rebelaron ante la introducción del telar de vapor en el sector textil. Los patronos estaban deseosos de aumentar sus beneficios prescindiendo de operarios humanos a los que hubiese que abonar un salario, y los trabajadores vieron esto como una maniobra innoble. Las máquinas no cobraban dinero, no se cansaban y no se quejaban, así que les quitaban el pan de la boca a los humanos. Aquellos trabajadores reacios, conocidos como «luditas», personificaron el (en sus circunstancias, justificado) recelo ante la mecanización de la producción. No fueron los únicos. Las clases bajas abrieron los ojos ante un mundo cambiante que hacía cambiar sus propias ideas. En otros tiempos, la distinción de clase entre nobles y plebeyos había sido aceptada como parte del orden natural de las cosas. Incluso la existencia de una adinerada burguesía comercial había parecido el lógico y aceptable resultado de la habilidad mercantil de ciertos individuos. La burguesía industrial, por el contrario, conseguía su riqueza mediante la explotación directa e indisimulada del esfuerzo ajeno. Y lo hacía sin ofrecer la cobertura social que antes habían proporcionado los señores feudales, los caciques, las iglesias locales y otras figuras de autoridad. Esta ausencia de cobertura era un factor fundamental para el descontento. La industrialización hizo más visible, y menos perdonable a ojos de los pobres, la desigualdad económica. Las máquinas propiciaron la multiplicación de fortunas y la aparición de todo un estrato de nuevos ricos, sin que las condiciones de vida de los trabajadores, que obtenían poco más que salarios de supervivencia, mejorasen. En las ciudades industriales los barrios obreros crecían con vertiginosa rapidez, pero las clases trabajadoras carecían de redes de apoyo social que, mejores o peores, sí habían tenido en ciudades pequeñas y zonas rurales.

La proliferación de empleos industriales no provocaba la aparición de una clase trabajadora relativamente acomodada, sino de grandes bolsas de explotación en donde ni siquiera quienes trabajaban escapaban de la pobreza. Esto rompía con el espíritu del «contrato social», término acuñado por Rousseau para un acuerdo tácito entre diversas partes de la sociedad; de uno u otro modo, el pacto había servido como elemento estabilizador. Pero los trabajadores se sintieron abandonados porque eran testigos directos de una revolución productiva y económica, y veían que se estaban quedando atrás, mientras los beneficios ascendían exclusivamente hacia los patronos que habían aportado el capital inicial. Era el capitalismo industrial, para el que no existían todavía regulaciones o frenos. Los abusos laborales eran la norma.

Luditas destruyendo un telar a vapor en 1812. (DP)

Se intensificó como nunca antes la actividad sindical y política entre las capas más pobres de la población. Las propias clases altas no eran ajenas a estos problemas, aunque se dividían en diversos sectores según su manera de analizar la situación. Algunos ricos pretendían mantener la vieja idea de que el privilegio formaba parte del orden natural, y empezaron a defender elucubraciones supremacistas como el «darwinismo social», según el cual las desigualdades en el estatus socioeconómico se debían a factores innatos, y habían sido determinadas por el triunfo de los más aptos. Esto era una aplicación simplista de la lucha por la supervivencia que Darwin había usado para describir el funcionamiento de los ecosistemas naturales, y no el de las sociedades humanas, pero era la clase de falacia que se extiende con rapidez cuando conviene a según qué intereses. Otras personas ricas, por el contrario, sí criticaban las desigualdades. De las clases medias o acomodadas surgieron ideólogos como Karl Marx. También surgieron individuos que impulsaban tareas humanitarias como campañas para abolir la esclavitud, o para intentar que los respectivos gobiernos fuesen justos en su política exterior (eso sucedió en Inglaterra durante las guerras del Opio, aquellas con las que Inglaterra inoculó la plaga de la adicción en China para que los comerciantes británicos pudieran seguir comprando té y recuperando el dinero traficando con droga en la frontera del gigante asiático). Una nueva moralidad para con los de abajo: la idea de caridad era lentamente sustituida por la idea de justicia. El progreso ya no era solo un proceso de cambio tecnológico o científico, sino también ético.

Otra transformación psicológica fue la aceptación colectiva del mecanicismo como la manera preponderante de entender el funcionamiento del mundo. Aunque la idea de que todo fenómeno físico tenía causas físicas no hizo desaparecer la religión, como habían esperado algunos pensadores de la Ilustración —el principal responsable teórico de la revolución mecanicista, Isaac Newton, había sido un devoto cristiano—, sí propinó un golpe severo a la concepción mágica del universo. En la Antigüedad, el mecanicismo había sido una noción excéntrica propia de individuos incomprendidos, como Demócrito. Durante el inicio de la Ilustración ya no era una idea marginal, pero sí exclusiva de los estudiosos. Con la Revolución Industrial, sin embargo, las máquinas convencieron a la gente de que el mundo era, en esencia, una máquina más grande. Ya no se necesitaba ser Isaac Newton para entenderlo. Y eso implicaba otra noción nueva: los descubrimientos que se realizan en el presente pueden tener un efecto muy duradero sobre lo que sucederá en el futuro. Si cambiar piezas en una máquina modifica el funcionamiento de la máquina entera, lo mismo es cierto cambiando máquina por «sistema político» o «sociedad».

La acumulación de avances en tan pocas décadas hizo que la historia fuese vista por fin como un avance más o menos continuo desde un pasado primitivo hasta el tiempo presente, más evolucionado que ningún tiempo anterior. Las personas, de repente, vivían su edad adulta en un mundo muy diferente al de su infancia. Habían crecido viajando en carromato, pero envejecían recorriendo la misma distancia en mucho menos tiempo gracias al tren. Habían crecido escribiendo cartas cuya entrega se demoraba días o semanas, pero envejecían enviando telegramas que llegaban al destino en un instante. Dado que era previsible que los descubrimientos científicos y tecnológicos continuasen produciéndose a gran velocidad, era sensato formular una nueva pregunta: «Si el mundo ha cambiado tanto desde que yo nací, ¿cómo cambiará después de que yo muera?».

La historia podía proyectarse hacia el futuro. Podía compararse el cambio entre los siglos XVIII y XIX, y proyectar ese cambio hacia el siglo XX. Esto produjo visiones pesimistas y optimistas del porvenir. Los pesimistas partían sobre todo de una proyección del contexto social. Por ejemplo: si la tecnología había propiciado la explotación laboral, una tecnología aún más avanzada podía conllevar métodos más refinados para ejercer dicha explotación. Los núcleos industriales, ya abarrotados, podían convertirse en colmenas deshumanizadas pobladas por obreros cuya existencia se vería reducida a un estado de supervivencia cuasi animal; así nacía la «distopía», el temor a que el progreso tecnológico se desparejase para siempre del progreso ético y social. Otra preocupación nueva era la mecanización de los ejércitos y la aplicación de los nuevos descubrimientos científicos al propósito destructivo de la guerra; cabe admitir que, al menos en esto, incluso las visiones más negras de finales del XIX se quedaron cortas.

Entre los optimistas primaba otra lógica: casi cada nuevo invento aportaba un incremento de la eficiencia productiva, ya fuese medida en tiempo, en esfuerzo o en recursos. A mayor eficiencia en la producción de bienes, más bienes disponibles para un mayor número de personas. La industrialización estaba permitiendo la fabricación de productos en masa, aumentando la oferta y disminuyendo los precios. Thomas Alva Edison, crecido en un mundo donde iluminar toda una casa mediante velas había sido un lujo para los ricos, imaginaba otro mundo en el que incluso las casas de los más pobres serían iluminadas por bombillas eléctricas. Y ya nadie tendría que quedarse a oscuras.

En 1917, Alexander Graham Bell ya había cumplido setenta años. Su invento, el teléfono, estaba en millones de hogares (Antonio Meucci había muerto sin disputar con éxito la patente). Graham Bell sabía, como todos quienes habían vivido en su generación, que el mundo de los humanos había cambiado más deprisa en el siglo XIX que en los varios milenios registrados en las crónicas escritas, o en los milenios redescubiertos por la arqueología. Aunque en 1917 Europa estaba sumida en una guerra que materializaba las pesadillas de la tecnología aplicada a la indigna tarea de matar, el inventor estadounidense permanecía optimista. Ejerciendo como invitado de honor en la ceremonia de fin de curso de una escuela de formación profesional, pronunció una perorata que se haría famosa por su humanismo y su carácter predictivo. Graham Bell empezó exclamando ante los recién graduados: «¡Qué cosa gloriosa el ser joven y tener un futuro por delante!» (aunque él pensaba, suponemos, que su jovencísima audiencia todavía no estaba en posición de entender la profunda significación de esa frase). Justo después, el inventor bromeaba: «No pretendo insinuar que soy viejo, ¡de ninguna de las maneras! Lo he dicho pensando en una anciana que vive en Baltimore y tiene ciento ocho años de edad, con las facultades mentales intactas. Poseedora de una mente brillante y activa, es capaz de, usando sus propios recuerdos, mirar atrás y reconstruir todo un siglo de progreso en el mundo». Conociendo los cambios del pasado, decía Bell a sus oyentes, sería posible vislumbrar por dónde irían los cambios del futuro.

Thomas Alva Edison. (DP)

Su visión de ese futuro, como las de muchos otros científicos e ingenieros de su tiempo, era optimista en esencia. Pesimistas eran los filósofos y literatos, cuyo sedimento más melancólico era quizá producto de tratar con las generalidades de la condición humana, y esa condición humana es falible, imprevisible y traicionera. Quienes trataban con las máquinas, por el contrario, no centraban su atención en un mundo dominado por seres indignos de confianza, sino repleto de artefactos hechos con piezas que, cuando son dispuestas de la manera correcta, siempre producirán el mismo resultado. Una máquina no miente ni traiciona. Una máquina bien construida es fiable y hace siempre aquello para lo que fue diseñada. Un hombre puede ser malvado, pero si la máquina es fabricada para el bien, siempre producirá como resultado el bien. Salvo, claro está, que un humano decida usarla para el mal. Pero también en esto eran optimistas los tecnicistas decimonónicos: si la historia ya no era un péndulo, sino una suma; si el mundo había avanzado desde un pasado primitivo hasta un presente glorioso, se debía a que, sumando todas las voluntades humanas, el propósito de mejorar el mundo termina teniendo más peso que el propósito de empeorarlo.

En su discurso, pues, Bell se maravillaba del progreso. Glosaba la posibilidad de ver latir el corazón gracias a los rayos X. Especulaba, en un comprensible y perdonable desliz, que sería el alcohol, y no el petróleo, la sustancia destinada a alimentar las necesidades energéticas de la industria. Se preguntaba sobre la manera de desalinizar el agua de mar, una necesidad que justificaba citando una noticia de la época: los tripulantes de un barco extraviado en mitad de la niebla habían fallecido por no tener qué beber: «Es un reflejo de la [escasa] inteligencia humana el que varias personas deban morir de sed cuando están rodeadas de agua». Bell también sugería que los hogares fuesen construidos con un tejado pensado no solo para repeler la lluvia, sino también para aprovechar el calor del sol mediante un sistema de tuberías que alimentarían una caldera. Imaginaba un sistema de aire acondicionado basado en el aire comprimido. Y, en la más ingenua de sus ensoñaciones, aunque lógica, se preguntaba si el desarrollo del transporte aéreo podría servir para dejar de construir carreteras y ferrocarriles que mancillasen el paisaje. Su optimismo alcanzaba también lo social: animaba a que las pocas muchachas de aquella promoción persiguieran sus sueños de una carrera técnica, recordándoles que había sido una mujer, «Madame Curie de París», quien había propiciado «la mayor mutación científica en lo que llevamos de siglo veinte». Alexander Graham Bell poseía, sin duda, una mente clarividente.

La lógica de los optimistas era la lógica de los números. Si mayor producción de bienes implicaba mayor cantidad de bienes disponibles para todos. Y una más eficiente producción de bienes implicaba menor necesidad de mano de obra. La combinación de estos dos factores conduciría a una sociedad en la que todos tendrían cubiertas sus necesidades básicas, a cambio de trabajar, como mucho, unas pocas horas semanales. Una sociedad de la abundancia colectiva y el ocio generalizado. Una visión utópica que se oponía a la distópica. Abundaban los textos e ilustraciones con imágenes de un futuro deslumbrante, idílico, y repleto de invenciones que hoy nos parecen cómicas, pero que expresaban el genuino deseo de emplear las nuevas herramientas tecnológicas para construir una sociedad mejor.

El siglo XX materializó muchas de las esperanzas y también muchas de las pesadillas del XIX. Se demostró que, como había temido Gustave Le Bon, las decisiones colectivas tienen una muy poderosa influencia, pero también imprevisibles consecuencias. La solución de viejos males trajo males nuevos, mientras las filosofías y las ideologías pugnaban por entender un mundo en metamorfosis. Se produjeron varias catástrofes que pudieron ser evitadas pero que, bien al contrario, fueron fomentadas: dictaduras de todo signo, guerras de magnitud insólita, opresiones de pueblos enteros, segregaciones, etc. Pese a todo, en suma, la humanidad prosperó, al menos si tomamos como índice el más antiguo y básico: la demografía. Hoy vive en el mundo más gente que nunca antes, y los porcentajes de miseria y hambre han disminuido (aunque hay signos de que la tendencia podría invertirse).

En términos históricos, la revolución iniciada por la máquina de vapor aún es, aunque parezca mentira, joven. La pugna ideológica del siglo XX no ha cesado en el XXI, aunque toma nuevas formas tras el desencanto del comunismo y el abandono deliberado del estado social en los países capitalistas. Nadie niega que el progreso científico y tecnológico es uno de los dos ejes de la nueva historia, y que el otro eje es la determinación de cómo se aplica ese progreso para que, de ser posible, la vida de todos sea más llevadera (sumando un tercer factor: cuánto aguantará el ecosistema). Quizá es momento de recordar que la bomba de vapor fue bautizada «amiga del minero» porque permitía obtener idénticos resultados con un inferior coste en trabajo. Y de resucitar la aspiración decimonónica de que la existencia humana puede —puede, no solo debe— ser más agradable para todos, incluso para los de abajo.


Progreso: de la máquina de vapor a la renta básica universal (I)

Acería en Dowlais, por BEroge Childs.

Es muy interesante e instructivo mirar hacia atrás, revisando los varios cambios tecnológicos que han ocurrido, y trazando la manera en que el presente evolucionó desde el pasado. Proyectando esas mismas líneas de avance hacia adelante, podemos predecir el futuro hasta cierto punto, y reconocer algunos de los campos de utilidad que se abren ante vosotros.

(Alexander Graham Bell, en un discurso de 1917)

La máquina de vapor ha hecho más por la ciencia que la ciencia por la máquina de vapor.

(William Thompson, barón de Kelvin)

Quien descubrió cómo obtener fuego desde la nada no sabía que estaba cambiando el mundo. Sí supo que estaba cambiando su vida cotidiana y la de los miembros de su comunidad, quienes debieron de mostrarle agradecimiento y admiración. Pero no se les ocurrió, suponemos, construir un gran monumento en honor de Neanderthal Pérez, la primera persona que chocó una piedra contra la otra para producir una chispa con la que encender una hoguera. La idea de que el género humano puede progresar gracias a momentos como ese es una idea muy reciente.

El progreso, entendido como la suma de los avances científicos, tecnológicos y sociales cuyos efectos acumulados conducen a la humanidad hacia un estado cada vez mejor, es un concepto que se afirmó en el pensamiento colectivo hace unos doscientos años. Hoy, la suma positiva de muchos avances es una variable fundamental en la ecuación con la que cualquiera de nosotros analiza la realidad: las sociedades necesitan progresar, necesitan encontrar mejores soluciones para los problemas, o se estancan y empeoran. Lo pensamos porque sabemos que la humanidad, incluso con sus numerosos tropiezos, ha avanzado prácticamente desde que empezó a existir. Pero no siempre se pensó así y no siempre ese avance fue evidente. No es que nosotros seamos más inteligentes o despiertos que los humanos de otras épocas. Si el progreso humano fuese una planta, hoy vivimos en la época en que ha florecido por primera vez: podemos contemplar los pétalos de la flor y entender que ha existido un cambio. En otras épocas, sin embargo, no había flores a la vista y la planta crecía con tanta lentitud que era imposible percibir que estaba encaminándose hacia una inesperada primavera.

Durante milenios, la historia fue entendida como una crónica de sucesos discretos que habían ido dando forma a las distintas épocas, pero no se creía que los cambios producidos por esos sucesos se acumulasen para forzar, al final, un avance. A veces, el mundo mejoraba porque predominaban los sucesos positivos, pero otras veces empeoraba por culpa de los sucesos negativos. La humanidad no «progresaba» en una línea ascendente, sino que se bamboleaba con la imprevisible cadencia de un péndulo irregular: yendo y viniendo, yendo y viniendo, y al final tendiendo al equilibrio.

Siempre hubo avances en ciertos ámbitos del saber, desde luego, pero sus efectos sobre la realidad cotidiana solían resultar imperceptibles para sus contemporáneos. Más allá de la inusual adopción de algún esporádico invento que mejorase las condiciones inmediatas de supervivencia, la gente común tenía la percepción de que los cambios rápidos y profundos acostumbraban a ser de signo negativo: guerras, epidemias, hambrunas, inflaciones o desastres naturales. Los desastres, además, favorecían el conservadurismo. Demostraban que la continuidad era buena señal, pues indicaba la ausencia de momentos críticos. Los cambios positivos tenían efectos efímeros: una buena cosecha apenas dejaba notar sus efectos durante meses o, con suerte, unos pocos años. La ascensión de un gobernante sabio y eficaz podía extender sus efectos positivos durante décadas. Pero, más allá de estas cosas, apenas se percibían en el contexto colectivo variaciones positivas capaces de dejar una huella perdurable. Las generaciones se sucedían sin que los seres humanos reparasen en el avance acumulado, y era difícil creer en ese avance cuando uno de los indicadores fundamentales para medir el florecimiento humano, la demografía, daba casi tantos pasos hacia atrás como los daba hacia adelante.

Únicamente la perspectiva de los siglos permitía que los historiadores antiguos reconociesen grandes metamorfosis que habían pasado desapercibidas para quienes las habían vivido. Pero solían ser vistas como procesos negativos. Un buen ejemplo es la caída del Imperio romano de Occidente: en Europa, la Antigüedad se transformó en Edad Media sin que la gente común se diese cuenta. Dado que casi toda la población era pobre y su objetivo consistía en sobrevivir un año más, solo unos pocos eruditos podían entretenerse en leer crónicas históricas para intentar poseer una visión global del pasado y, por lo tanto, una visión del cambio a largo plazo. No pensaban en términos de progreso acumulado, pues su visión del pasado solía estar embellecida por la nostalgia. El fin del Imperio romano de Occidente era recordado como una catástrofe de pesadilla con bárbaros que lo incendiaban todo, por más que, en su momento, muchos ciudadanos se sintiesen favorecidos por lo que —para ellos— no había sido más que un difuso cambio en la cúpula política. Para quienes no disponían de tiempo ni recursos para estudiar el pasado —esto es, para casi todos los humanos del planeta—, la historia se reducía a un puñado de relatos y leyendas de la tradición oral, que no hablaban de avance, sino de idas y venidas. Este conocimiento ha cambiado muchísimo para mejor: en nuestro siglo XXI, casi cualquier niño que va a la escuela sabe mucho más sobre el pasado humano de lo que sabía el adulto promedio de la Antigüedad o la Edad Media.

Lo mismo sucede con el conocimiento sobre el propio universo. En 1543, al morir Copérnico, se publicó su libro póstumo en el que describía un universo heliocéntrico donde la Tierra giraba alrededor del sol. La gente común no se sintió concernida por la escandalosa hipótesis y quienes se enteraron lo hicieron por la propaganda de agitación que, por motivos religiosos, pudiesen iniciar algunas autoridades. En 1610, Galileo presentó sus observaciones astronómicas, que una vez más hicieron mucho ruido entre las minorías que disponían de tiempo y recursos con los que preocuparse por la filosofía. La población pobre —a la que el propio Galileo, en una carta a su amigo Elia Diodati, describió como «tosca e incompetente»— no estaba interesada. Para el ciudadano común, no iban a resultar más fáciles los trabajos de la jornada por saber que Júpiter tenía sus propias lunas, si es que llegaba a enterarse. La única manera de atraer la atención del público sobre estos asuntos era pronunciando la palabra «blasfemia». Incluso amaneciendo ya la era de la Ilustración y con ella las primeras nociones sobre el progreso, el saber todavía era materia de unos pocos privilegiados que habían recibido una educación superior. La población general, en su mayoría analfabeta, estaba excluida de la esfera intelectual y no podía interesarse por el progreso, concepto que no entendían. No lo podrían entender hasta experimentar en sus propias vidas las aplicaciones prácticas de ese enigmático progreso.

Galileo Galilei demostrando sus nuevas teorías astronómicas en la universidad de Padua. Museo Nacional de Arte, Mexico. (DP)

La aplicación práctica que de verdad cambió la percepción que la gente común tenía sobre el progreso fue el uso del vapor de agua como fuerza impulsora de las máquinas. Este hipotético uso había intrigado a muchos estudiosos pues, en el plano teórico, las posibilidades del vapor eran bien conocidas desde la Antigüedad. Pero antes del siglo XVII nadie había conseguido diseñar artefactos que sirviesen para otra cosa que entretener, como la eolípila de Herón de Alejandría, una esfera «mágica» que giraba a gran velocidad por efecto del vapor, causando un asombrado estupor entre los espectadores. O un famoso órgano a vapor de la catedral de Reims, vetusto antecedente de otros similares y del circense calíope del siglo XIX. Algunos ingenios ni siquiera habían llegado a ser más que un boceto sobre papel, como el architronito, un cañón de vapor diseñado por Arquímedes, y que Leonardo da Vinci analizó en sus escritos.

La fuerza del vapor no fue empleada de manera eficaz hasta la España de principios del siglo XVII. Y cuando decimos eficaz nos referimos a que de verdad pudo ser usada como fuerza de trabajo. Hasta entonces, todo trabajo que requiriese fuerza había consistido en el uso de mano de obra humana o animal. Y, en ciertos casos, de la fuerza de las corrientes naturales de agua y aire. El pionero del moderno uso del vapor como fuerza de trabajo fue el polifacético Jerónimo de Ayanz y Beaumont quien, después de haber desempeñado con distinción en la carrera militar, fue nombrado administrador general de las extracciones mineras del país por el rey Felipe II. Tras su nombramiento, demostró que la confianza depositada en él no era vana: lejos de limitarse a ejercer como gerente económico desde un cómodo despacho, Ayanz se sumergió de lleno en la búsqueda de soluciones técnicas para los muchos problemas de ingeniería que presentaba la actividad minera de entonces. Uno de aquellos problemas eran las frecuentes inundaciones que interrumpían los trabajos cada vez que una excavación daba con un acuífero. Vaciar el agua de una mina suponía un considerable desgaste en tiempo, dinero y recursos humanos. En 1606, Ayanz patentó el diseño de la primera máquina de vapor moderna: una bomba de extracción que sirvió para vaciar de agua la mina de plata de Guadalcanal, en Sevilla. El mecanismo permitía solventar la emergencia con gran eficacia y rapidez, y sin necesidad de agotar a la mano de obra humana.

El invento de Ayanz, eso sí, pasó desapercibido en el extranjero. Durante las siguientes décadas hubo varios intentos europeos de emplear la fuerza del vapor, pero, como nadie parecía conocer el trabajo de Ayanz, estos intentos eran fallidos o primitivos. No fue hasta el último cuarto de siglo que empezaron a surgir nuevos artefactos: por ejemplo, la olla de vapor que el francés Denis Papin presentó a sus colegas científicos en 1679. Once años después, Papin construyó otro artefacto mucho más prometedor: el primer pistón de vapor. Curiosamente, el francés debió de sentirse un tanto perplejo ante su propio invento, pues opinó que el pistón de vapor nunca sería de utilidad. Estaba mucho más orgulloso de su olla.

En 1698, el inglés Thomas Savery diseñó una bomba de extracción de agua que funcionaba mediante vapor y, demostrando más instinto publicitario que Ayanz, la bautizó como «la amiga del minero». Aunque su máquina era muy similar a la de Jerónimo de Ayanz, el inglés la consideró una invención propia, y cabe creer que era sincero: es muy posible que de verdad desconociese la existencia del ingenio pionero que, casi un siglo atrás, había construido un ignoto funcionario español. En 1712, el inglés Thomas Newcomen refinó el diseño de su compatriota Savery, mejorándolo gracias al pistón de vapor (ese mismo que cuarenta años antes había descartado como «inútil» su propio inventor, Denis Papin). Newcomen bautizó su creación como «máquina atmosférica». Su bomba extractora resultó tener un mayor atractivo comercial que cualquiera de las anteriores, pues en 1735 ya existían cerca de un centenar de «máquinas atmosféricas» en las minas de Inglaterra. A finales del siglo eran más de dos mil, comercializadas por una sociedad de novelesco nombre: Los Propietarios de la Invención de Alzar el Agua Mediante el Fuego (sí, los nombres de empresa han empeorado mucho desde el siglo XVIII). A Newcomen se lo suele llamar el «padre de la Revolución Industrial»; no lo fue en el sentido intelectual, pues no «inventó» la máquina de vapor, pero sí lo fue en el sentido económico y social.

Los mineros fueron los primeros ciudadanos de a pie que entendieron que el vapor de agua propiciaba un salto de calidad en su trabajo y, por lo tanto, en sus vidas. El resto de la población general solamente notó ese cambio cuando el vapor dio el salto a la actividad textil, con la invención de telares a vapor que permitían confeccionar tejidos con mucha mayor velocidad. Era la primera vez que el vapor servía no solo para extraer, sino para manufacturar. Esto marcaba el comienzo de la llamada «Primera Revolución Industrial»: el periodo comprendido entre 1760 y 1840, iba a ser, para lo bueno y para lo malo, extraordinario. Por primera vez en la historia, un individuo humano podría percibir, en el breve tiempo en que transcurría su vida, una variación profunda de su entorno que no estuviese propiciada por un evento catastrófico, sino por la repentina acumulación de avances científicos y técnicos.

Los telares de vapor tuvieron sus defensores y ciertamente también tuvieron muchos detractores, pero provocaron enormes cambios sociales sin ser una guerra, una pandemia o una erupción volcánica. Aquellos telares ejercieron como heraldos de una nueva época pues, desde su aparición, cada vez fue más difícil ignorar que la historia había tomado una dirección concreta: «hacia adelante». El futuro ya no era predecible, incluso en ausencia de cataclismos. Quienes trabajaban con máquinas de vapor no necesitaban estudiar física: aprendían a manejarlas, a repararlas y, aunque fuese solo de manera pragmática, a asimilar los principios básicos de su funcionamiento. Así, lo que se había concebido en la teoría científica y se había aplicado en la práctica llegaba al pueblo y ya no se podía olvidar. La ciencia ya no se componía solo de conocimientos herméticos para minorías selectas, sino que su aplicación extendía ciertos conocimientos a otras capas de la sociedad. Y con esos conocimientos, una nueva manera de pensar: los cambios podían ser definitivos. La humanidad ya no se movía como un péndulo.

Esta idea se empezó a aplicar también a la sociedad y la política. La revolución francesa de 1789 y el ascenso de Napoleón Bonaparte dejaron una profunda huella en la mentalidad de la época. Fueron el equivalente político de la Revolución Industrial: un cambio repentino cuyas implicaciones despertaban tantas esperanzas como temores. En su Psicología de las masas de 1896, el sociólogo Gustave Le Bon describió el ascenso de un nuevo agente, el pueblo llano, dotado de un poder hasta entonces inédito como entidad «que constituye una personalidad superior poseedora de los atributos que son peculiares de los dioses, nunca teniendo que responder por sus acciones y nunca cometiendo errores. Sus deseos deben ser humildemente concedidos». Más allá de la opinión negativa de Le Bon sobre lo sucedido en Francia, (al pueblo se le «perdonaba lo imperdonable»), su reflexión demuestra que a finales del siglo XIX el pueblo era ya percibido como un agente de cambio, algo que rompía con la vieja lógica histórica de «la nariz de Cleopatra», la hipótesis que recalca el papel decisiva de los individuos excepcionales, más que el de los procesos colectivos, en el devenir de los cambios.

Napoleón retirándose de Moscú, por Adolph Northen.

Napoleón Bonaparte, sobre el papel, era el más perfecto ejemplo de la vieja hipótesis de «la nariz de Cleopatra», pues había ascendido desde lo más bajo para convertirse en el individuo más decisivo en la política de su época. Una aureola cuasi divina, propia de un Alejandro o un Julio César, había rodeado al militar corso. Pero incluso Napoleón había trastocado la marcha «lógica» de la historia. No porque fuese el primer líder militar carismático, ni siquiera el único reciente. Un revolucionario del siglo anterior, Oliver Cromwell, había trastocado la lógica histórica, pero había constituido un paréntesis, un estornudo anómalo en una normalidad monárquica recuperada —para alivio de muchos— después de su muerte. Al contrario que la revolución cromwelliana, la revolución francesa sí fue vista como un cambio de paradigma, y Napoleón había sido un subproducto revolucionario que había crecido en importancia hasta convertirse él mismo en una segunda revolución. Napoleón no había sido el producto de un sistema político ya establecido, como César (cónsul) o Cromwell (parlamentario).

El propio Napoleón se resistió, sin éxito, a la realidad de que era parte de un cambio. Intentó frenar las consecuencias de la revolución para reinstaurar el statu quo anterior, personificado en él mismo como emperador, pero había fracasado en su intento porque la Europa de las monarquías absolutas lo rechazó como a un cuerpo extraño. Y con razón, pues, más allá de sus aspiraciones dinásticas, Napoleón fue un reformista incluso cuando ejerció como todopoderoso emperador. Así, unos quisieron ver a Napoleón como un gobernante civilizador, digno hijo de la Ilustración. Otros lo vieron como un tirano oportunista. Pero todos estaban de acuerdo en que Napoleón había contribuido a resquebrajar el Antiguo Régimen del que intentó, al mismo tiempo, formar parte. Su imperialismo no dinástico había descoyuntado el equilibrio de poder continental.

El efecto psicológico del ascenso de Napoleón no disminuyó después de su derrota definitiva en Waterloo. Incluso años después de que Napoleón muriese confinado en 1821, su figura sería objeto de intensos debates entre la intelectualidad europea; de hecho, se escribía sobre él, y no con menor pasión, en naciones tan lejanas como China o Japón. Napoleón había sido un emperador atípico, una anomalía. Un desconocido oficial de artillería que, valiéndose de sus cualidades personales —en especial su genio militar—, y sin los juegos palaciegos o parlamentarios de costumbre, había terminado conquistando Europa occidental. De hecho, pensaban entonces, podría haber controlado casi todo el planeta de no haber caído en las garras del invierno ruso, y de no haber perdido la batalla naval de Trafalgar, derrota que le impidió asestar un posible golpe definitivo al Imperio británico (pues se sabía bien las islas británicas no habían estado preparadas para resistir en el caso de que Napoleón hubiese logrado desembarcar allí con su ejército). Semejante figura había sido un anacronismo.

Napoleón fascinaba por muchos motivos, y el principal fue el haber demostrado que, después de 1789, la historia se había vuelto inestable e imprevisible. Si un Napoleón podía ascender de la nada, cambiar el mundo y volver a la nada con tanta rapidez, ¿cómo de voluble iba a resultar la modernidad? ¿Cómo de inestable iba a ser el nuevo orden europeo, si, apenas inaugurado, lo había puesto patas arriba un único individuo? Estos temores sobre la inestabilidad política, como hoy sabemos, estaban muy justificados. El siglo XX se encargaría de demostrar que la aprensiva equiparación entre modernidad y tendencia al desorden no era equivocada, o no del todo.

(Continúa aquí)


Ciberganaderos

Mauricio Lima (CC BY 2.0)

Como es conocido, deus ex machina es un recurso que los griegos y romanos utilizaban en sus obras para salir de los atolladeros en los que se habían metido en una trama argumental sin salida. Ante estas situaciones, un brazo articulado rescataba a los actores de situaciones cuanto menos delicadas. Como cuando la sacerdotisa Medea escapa en el carro del Sol que le había regalado su abuelo Helios, en esa eterna obra de Eurípides. Del mismo modo, podría haber resuelto una satisfactoria escapada de un guerrero griego ante el ataque de una veintena de persas. Soluciones tan inesperadas como satisfactorias y, en ocasiones, espectaculares. 

En este recurso griego debieron pensar algunos neoyorkinos cuando en el último momento de la crisis de las boñigas aparecieron los automóviles. Para refrescar la memoria, los excrementos de caballo cubrían las calles de Nueva York a finales del siglo XIX. Y no solo generaban un problema de salud pública, sino que incluso modificó la arquitectura de la ciudad, promoviendo las cinematográficas escaleras de acceso a los edificios que, de este modo, contribuían a aislarlos de las inmundicias callejeras. Para que se hagan una idea de número, a finales del XIX había en Londres unos diez mil taxis de caballos y unos cincuenta mil caballos de carga. Y Nueva York triplicaba estos volúmenes, con sus deyecciones diarias, liquidas y sólidas. Y aunque hoy se reconoce que The Times nunca publicó, como se le atribuía, ninguna noticia apocalíptica sobre la crisis de la boñigas,  la crisis sanitaria estaba servida y la proyección en ciudades creciendo en su número de habitantes conducían a un modelo de transporte insostenible. Bien, pues cuando la situación era cada vez mas compleja, aparece el automóvil como innovación tecnológica y desplaza el problema de un modo extraordinariamente rápido. Y los humos sustituyeron las boñigas. 

Sin duda alguna, que el final del XIX coincidiera plenamente con la II Revolución industrial contribuyó a esta solución tecnológica y, a buen seguro, los innovadores de la época pensaban constantemente en cómo aplicar las tecnologías desarrolladas a su vida cotidiana, a su salud, para el desarrollo económico y, en definitiva, para su bienestar y el bienestar común. Y aunque esta II Revolución industrial es principalmente recordada por el uso de la electricidad, la aparición del acero, los aceites y combustibles, el inicio de la globalización o la reorganización del trabajo, el impacto que tuvo en otros sectores productivos fue espectacular. Los desarrollos de fertilizantes, fungicidas o los primeros tractores impulsados por gasolina cambiaron la eficiencia productiva y el acceso a los alimentos; la nuevas técnicas de conservación de alimentos permitió transpóortalos a largas distancias y conservarlos, como la esterilización, pasteurización o la propia refrigeración; los primeros ensayos en inseminación artificial ganadera o el desarrollo de la centrifugadora, que permitió transformar la industria láctea. Estas innovaciones condujeron a otras que generaron un efecto sobre el progreso sin precedentes. Imagínense, fue la revolución de Tesla, Diesel, Verne, Bessemer, los hermanos Wright, Graham Bell, Pasteur, Edison, Eiffel, entre otros.

Probablemente este ambiente de cambio hizo que surgieran escritores, pensadores o ilustradores que intentaban, mas allá de lo que estaba sucediendo, imaginar el futuro que les (nos) esperaba. Una visión a veces utópica y distópica en otras muchas. Y frente a quienes imaginaron advenedizos aterradores futuros, otros vieron ese mismo futuro, cuanto menos, mejor que el que tenían.   

Y teniendo a Verne como máximo exponente de estos visionarios del futuro, permítame el lector traer una figura desconocida y rescatada por Isaac Asimov. Jean-Marc Côté fue un artista francés de finales del XIX al que una fabrica de tabaco le encarga una serie de ilustraciones para una serie denominada «en el año 2000» con el fin de adjuntarlas junto a las cajetillas de tabaco. Cuentan que la fabrica cerró antes de lanzar la campaña en la que participaba Côté y las pequeñas postales quedaron olvidadas hasta que años más tarde Isaac Asimov las rescata y las expone en su obra Futuredays, una visón del siglo XX desde el siglo XIX. 

Bien, pues en una colección de deliciosas estampas encontramos imágenes de realidades que hoy podemos reconocer en nuestra sociedad y en nuestra agricultura y ganadería. Y entre ellas, «agropostales» del futuro con cosechadoras automáticas o incubadoras de huevos que permitían automatizar los procesos.  

Y, ¿qué pasó con ese futuro imaginado por Côté y contemporáneos? Pues que la gran revolución industrial actuó como cimientos de un siglo XX que «ganaderamente hablando» se tradujo  en cambios disruptivos de lo sistemas productivos y en sistemas de transformación y conservación de alimentos. Y la actividad ganadera cambió. Junto a las tecnologías disponibles y de la mano del conocimiento en aspectos relacionados con la selección genética, la nutrición de lo animales, la mejora del estado sanitario de los sistemas productivos o la conservación de alimentos, la disponibilidad de la carne, los huevos o los productos lácteos se incrementaron exponencialmente. Pasamos de un modelo en donde la carne y otros alimentos de origen animal eran artículos exclusivos a «democratizar» su consumo durante el siglo XX en una sociedad donde la alimentación nos ha permitido mejorar nuestra longevidad y calidad de vida. En algunos casos se ha conseguido multiplicar por dos el peso de los animales consumiendo la mitad de alimentos, es decir, multiplicando su índice de transformación y ganando en eficiencia productiva. Pero hoy sabemos que lo alcanzado hasta hoy es insuficiente. 

Ilustración de Jean-Marc Côté. Clic en la imagen para ampliar.

Cuando casi hemos consumido el 20 % del siglo XXI, nos adentramos en un futuro que, como si de una cebolla se tratará, viene acompañado de capas de incertidumbre que muchos las interpretan como preludio del futuro distópico que nos espera, y del que solo un nuevo deus ex machina puede salvarnos. Es cierto que los retos son muchos, pero no es menos cierto que las tecnologías disponibles se multiplican y nuestro conocimiento sobre nuestra realidad y las posibles soluciones son cada vez mayores. El cómo abordar las incertidumbres nos obliga, en mi opinión, a no dejarnos arrastrar por las tecnologías en un suerte de determinismo tecnológico sino, de modo opuesto, fijar a dónde queremos llegar y, a partir de ese momento desarrollar una estrategia posible con el conocimiento y tecnologías existentes y/o desarrollar las que no existen aun para conseguirlo. 

La principal incertidumbre es consecuente a lo que podríamos llamar «los límites del planeta». El planeta es finito, y la presión a la que lo sometemos —y vamos a someterle— pone en cuestión el concepto de sostenibilidad del mismo. De un lado la existencia de una creciente presión demográfica. La estimación es que casi diez mil millones de vecinos viviremos en el 2050 en este barrio llamado planeta Tierra, vecinos que cada vez seremos más longevos. Una población que, además, demandará consumos crecientes de alimentos, incluyendo carne, leche y huevos. Según previsiones de la FAO, en 2020 harán falta seiscientos millones de toneladas de proteína y en 2050, mil millones de toneladas par atender a una población cercana a los diez mil millones de personas. De otro lado, los recursos naturales limitados necesarios para la actividad agraria en general y ganadera en particular. Y, por último, amenazas a combatir que van desde la necesidad de atenuar el cambio climático y sus efectos, a disminuir la utilización de antibióticos para controlar presente y futuras resistencias bacterianas en el nuevo y necesario concepto de «one health». 

Y mientras, la ganadería sigue evolucionando como lo ha hecho en los últimos ciento cincuenta años, pero ahora trasladándose a un modelo de sostenibilidad no solo económica sino también social, medioambiental y ética. Una ganadería que debe ser más eficiente, que preserve el medio ambiente y sea respetuoso con el bienestar animal. 

¿Cuál es la alternativa? Una alternativa para mí improbable a corto plazo pasa por una reducción global en el consumo de carne por habitante y, de este modo, compensar el incremento en el consumo debido al incremento global de la población. Esta reducción podría fundamentarse en el desarrollo de productos alternativos o de proteínas animales de origen no convencional. De ahí la actual oferta vegana de «carne» vegetal en múltiples formatos, construida a partir de  extractos vegetales, entre los que se incluyen leghemoglobina de la soja o leghemoglobina producida a partir de levaduras genéticamente modificadas, aceite de coco para mejorar la palatabilidad del producto, derivados del bambú, vegetales variados o zumo de remolacha para aportarle color. O de la carne «limpia» o carne de laboratorio resultado de la producción in vitro de células de origen animal en biorreactores que, posteriormente, incluso con la ayuda de impresoras 3D, pueden dar forma de filetes o hamburguesa. Sinceramente creo que de momento no dejan de ser muy minoritarios los colectivos que lo incorporaran en la dieta siendo, para la gran mayoría, objeto solamente de curiosidad aunque, como la «carne» vegetal, deberemos seguir atentos a su evolución. De otro lado están las fuentes alternativas de proteínas de origen animal como los insectos, que si bien tienen un índice de transformación casi óptimo, no resultan del agrado de la mayoría de la población como para que pudiera actuar como sustituto de la carne. 

Actualmente solo las proteínas procedentes de la acuicultura son una verdadera alternativa. Las granjas de peces se han transformado en verdaderas ganaderías y, personalmente, creo que la acuicultura está llamada a ser una de las principales fuentes de proteínas de origen animal en los próximos años. A modo de ejemplo, la acuicultura ha multiplicado por cincuenta su producción en los últimos años.

Y frente a estas alternativas, la ganadería de las especies que conocemos. Pero la ganadería tiene que ser mas eficiente y eso pasa por adaptar las nuevas tecnologías disruptivas y emergentes nacidas en la cuarta revolución industrial a un contexto tradicional como es la producción animal. Una ciberganadería con ciberganaderos, ganaderos digitales que sepan combinar nuevas tecnologías, biológicas, físicas o digitales a las necesidad de una ganadería que debe producir mas con menos recursos para alcanzar el grado de eficiencia que nos permita gastar menos recursos naturales y dar respuesta a los requerimientos de un consumidor cada vez mas exigente.

¿Qué nos espera? Me gustaría abrir una ventana al futuro como Côté o Verne pero, mientras tanto, estoy seguro que en los próximos años veremos lo siguiente. 

Foto: Julien Mattia / Cordon.

Granjas conectada en el llamado internet de las cosas e internet de la cosas vivas. O por qué no llamarlo el internet de los animales de granja. Existe una conexión de dispositivos nunca conocida. Tres mil millones de dispositivos conectados hace apenas diez años. Hoy hay más de veintidós mil millones. Y en cinco años, treinta y ocho mil millones. Y la agroindustria no podía ser diferente. Todas los animales van a disponer de dispositivos, mas aun con el 5G, que permitirán obtener información múltiple. Desde la geolocalización, a la temperatura, fisiología reproductiva, actividad metabólica o aparición de enfermedades. Todos estos datos serán combinados con datos de otras fuentes o de repositorios existentes para la toma de decisiones mediante inteligencia artificial en cuanto a la alimentación a suministrar, los ritmos reproductivos a seguir, el ordeño a hacer o una intervención de emergencia en bioseguridad que evite la propagación de enfermedades o, incluso, episodios zoonóticos. Información integrada en entornos de realidad virtual o mixta.

Asistiremos cada vez más a la automatización de los procesos: robots para el ordeño, para la limpieza, para el diagnóstico o para el pastoreo que podrán ser asistidos simultáneamente por drones que ya son capaces de identificar individualmente a los animales incluso por reconocimiento facial. Es impresionante ver los perros robots capaces no solo de actuar individualmente, sino también de actuar en manada con protocolos de machine learning. Con un aprendizaje automático, un conocimiento previo adecuado y una fuente de datos, maquinas dedicadas a la ganadería son capaces de aprender de aciertos y errores. Estoy seguro que la mayoría de los manejos estandarizados en granja serán sustituido  por robots en un futuro próximo. 

Asistiremos a la presencia en granja de nuevos materiales ligeros, resistentes, biocompatibles, flexibles. Materiales que se autorreparen, materiales con memoria, materiales que cambian de forma a demanda o que se autodesplacen. Materiales conductores mucho más resistente que el acero; o nuevos polímeros capaces de ser sustitutivos biológicos o nuevos hidrogeles que no se sequen. 

En las granjas existirán impresoras 3D que permitan construir desde grandes impresiones en sistemas productivos imposibles a pequeños dispositivos necesarios para una producción eficiente.

Pero no solo será tecnológico y digital. La edición genética que se no ofrece con técnicas seguras, relativamente sencillas y no muy costosas con CRISPR, nos permitirá obtener animales mas eficientes, mas resistentes a enfermedades y que por tanto requerirán menos tratamientos farmacológicos o incluso animales que, por ejemplo, produzcan una baja emisión de metano mediante la transformación de su microbioma. Y más allá de aspectos como la biología sintética, la edición genética también se ha «democratizado» y no podemos quedarnos en Europa y como consecuencia de una legislación extemporánea y errónea, fuera de este progreso que es global.

Y, finalmente, tendremos que irnos familiarizando con blockchain como certificador de los procesos que asegurará al consumidor desde el bienestar de los animales productores a la temperatura en el que el producto se ha mantenido en el lineal del supermercado, eliminando de otro lado la intermediación. 

Han pasado casi treinta años desde que Willian Gibson escribiera el termino ciberespacio y docenas de nuevos términos nos ilustran desde entonces en todo aquello que ocurre en el mundo «vitual» y que sin duda alguna tiene transcendencia e impacto en el mundo físico. Ciberseguridad, ciberacoso, cibercafé, cibernauta y, ¿por qué no?, ciberganadero. Porque todo está cambiando. ¿Han visto el último anuncio del Grupo Social ONCE. Se oye una voz en off: «Mi bisabuelo pastor, mi abuelo pastor, mi padre pastor y yo, también pastor», mientras un joven con discapacidad física en silla de ruedas maneja un dron que atiende al ganado. 

Terminamos el año 2019, el de Blade Runner, sin haber visto, ni conocer a nadie que lo haya visto, atacar naves en llamas más allá de Orión o ver brillar rayos C en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Pero lo terminamos con incertidumbres y preguntas que hace apenas unos pocos años no nos formulábamos, entre las que se encuentra ¿cómo se alimentará la población en el año 2050?. Y, como decía  Morfeo en Matrix «No existen preguntas sin respuesta, solo preguntas mal formuladas». Formulemos las preguntas adecuadas para avanzar en la incertidumbre del futuro. 


Vamos a morir todos (menos Ava)

Ex Machina, 2015. Imagen: DNA Films / Film4 / Universal Pictures.

Isabel I de Inglaterra fue una de las mujeres más extraordinarias del pasado milenio. Vio morir ejecutada a su madre, Ana Bolena, cuando solo tenía tres años. Sustituyó a María, sangrienta católica militante, y aun así consolidó la Iglesia anglicana para separarla del entonces amenazador Vaticano, siempre manteniendo un equilibrio que constituyó un asombroso ejercicio de pragmatismo para la época. Derrotó de manera inmisericorde a la Armada española. Mantuvo una guerra de nueve años con rebeldes irlandeses que solo se rindieron pocos días después de la muerte de la reina. Decidió, por cierto, vivir y morir virgen. Y, sin embargo, se asustó ante una cosa tan aparentemente inocua como un telar.

Stocking frame, se le llama en el idioma de su inventor. William Lee era un clérigo anglicano enamorado de una mujer que, según cuentan en Nottinghamshire, prefería coser a amar. Harto de que no le hiciese caso, Lee decidió inventar algo que llamase su atención y de paso le ahorrase el tiempo suficiente como para que pudiese ser cortejada por él. No está muy claro si el pastor logró sus objetivos sentimentales, pero desde luego se dio cuenta de que tenía entre manos algo más que un simple juguete doméstico. Así que se dirigió a su reina para solicitar la patente que necesitaba cualquier invento para ser utilizado en Inglaterra. Pero la última de la dinastía Tudor rechazó la solicitud con las siguientes palabras:

Thou aimest high, Master Lee. Consider thou what the invention could do to my poor subjects. It would assuredly bring to them ruin by depriving them of employment, thus making them beggars.

En definitiva, Isabel temía que la tecnología quitase el trabajo a sus súbditos. Era, parece necesario subrayarlo, 1589. Lee tuvo que mudarse a Francia a principios del siglo XVII para conseguir una patente del rey Enrique IV, nueve trabajadores, otros tantos telares y un taller en Rouen, mirando a las costas de su patria natal.

Más de dos siglos después, los luditas destrozaban telares (ahora debidamente aprobados y patentados) en un Notthinghamshire inmerso en la Revolución Industrial. Nadie sabe a ciencia cierta si existió alguien que se llamase realmente Ned Ludd; el nombre se le atribuye a un ciudadano de Leicestershire que destrozó dos telares en 1779, supuestamente tras ser despedido porque, sencillamente, «sobraba». Al menos esa fue la historia preferida por los luditas, quienes tomarían su nombre como líder fantasma, respondiendo con sorna que «el Rey Ludd lo hizo» ante la sorpresa de sus conciudadanos cuando los talleres amanecían asaltados. La verdad es que los luditas eran casi más efectivos en branding que en acciones reales, como alguna vez ha sugerido el escritor Richard Conniff. Firmaban manifiestos con un «desde la oficina de Ned Ludd, bosque de Sherwood» (sí, el de Robin Hood, y no por casualidad). Utilizaban para destrozar los telares las mismas herramientas con las que habían sido construidos, abusando alegre y conscientemente de la ironía de emplear tecnología para destruir tecnología. Incluso llegaron a marchar travestidos en mujeres, parodiando las manifestaciones de esposas que apoyaban a sus maridos en lucha, bajo el emblema de las «General Ludd’s Wives». Como dice Conniff: el ludismo primigenio era protesta con swag. Hasta que el Gobierno inglés decidió aplastarlos con toda la fuerza de su monopolio de la violencia, claro, muertos en protestas incluidos.

La idea de ludismo se ha quedado entre nosotros como un concepto relativamente vago, asociado con quien odia o teme los avances tecnológicos. Pero en realidad la mayoría de los obreros que protestaban en la Inglaterra de principios del XIX no pedía exactamente el fin del progreso, sino simplemente que las máquinas fueran incorporadas de una manera apropiada, asociadas con un empleo de mayor calidad y formación. «More skills» era su lema, más que «less machines». Tal vez se alegrarían de ver que algo así sucedió finalmente en su país, aunque no sin muertos de por medio provocados por la convulsa lucha obrera hasta la II Guerra Mundial. Y la reina Isabel se sentiría un tanto avergonzada de su torpe decisión. Porque hay motivos de sobra para pensar que el demonio del trabajo no estaba en la tecnología. O tal vez sí.

La verdad es que no hay forma de estar seguros. La historia está más o menos clara hasta los años setenta del siglo XX. En las décadas anteriores las economías occidentales crearon puestos de trabajo, no los destruyeron. Por ejemplo: en Estados Unidos, el porcentaje de mano de obra destinado a la agricultura bajó de un 65 % a menos de un 3 % entre mediados del siglo XIX y la década de los sesenta, pero al final del proceso el paro era más bajo que nunca y el país registraba los niveles de ocupación más altos de su historia. Los salarios no bajaron, antes al contrario. Los empresarios tampoco dedicaban una proporción mayor de sus inversiones a máquinas y tecnología que a capital humano. De hecho, los precios relativos de la mayoría de productos no hacían sino descender, por lo que los salarios cada vez cundían más. Los trabajadores podían así ampliar sus horizontes, demandar más cosas, con lo que al final se generaba más trabajo, y todos quedaban más o menos contentos. Pero a finales de los setenta llegó la generalización de la informática. Los ordenadores se hacían cada vez más habituales como herramientas de trabajo. Y la historia dejó de estar tan clara.

En 1984 el novelista Thomas Pynchon escribía un ensayo para el New York Times en el que se preguntaba: «Is it OK to be a luddite?». En la introducción avanzaba algo que hoy, más de tres décadas después, sonaría como una (sarcástica) verdad irrefutable: cualquiera con el suficiente tiempo, habilidades o recursos puede conseguir toda la información especializada que desee, que necesite. Como consecuencia, considera Pynchon, cada vez está más claro que el conocimiento es poder, y que es cada vez más posible convertir dinero en información, y viceversa. En 1984 internet no era, ni de lejos, lo que es hoy. Tampoco los ordenadores y su omnipresencia: cualquiera de los smartphones que llevamos en el bolsillo tiene la misma capacidad de procesar datos que todo el equipo informático de una empresa mediana hace treinta años. Así que la aseveración de Pynchon no se ha hecho sino más real, más palpable. También sus efectos para el empleo lo son. Y para todos los aspectos de la vida humana, incluida su propia supervivencia en este planeta.

Lo que podríamos calificar como revolución de la inteligencia artificial podría tener efectos muchísimo más profundos que los de la anterior revolución tecnológica por una sencilla razón: los robots y los ordenadores (que, al fin y al cabo, son la misma cosa) pueden ser sustitutos mucho más perfectos para los humanos que la maquinaria industrial y la producción en cadena. Pero al mismo tiempo se complementan. A eso apuntaba Pynchon, y en esa dirección va el trabajo de economistas como David Autor: para aquellos que disfruten del nivel educativo y económico suficiente, esta nueva Era de las Máquinas no trae sino ventajas porque saben cómo utilizarlas para su beneficio. También a la hora de conseguir un trabajo: un arquitecto, un matemático o un escritor solo puede ver beneficios en la generalización de los ordenadores y en el enorme abaratamiento que ha supuesto internet para acceder a todo tipo de información. Pero para quienes no gocen de una buena posición, para quienes posean unas habilidades que son fácilmente intercambiables con las de un ordenador, el neoludismo tiene más sentido. No se trata solamente de la clásica imagen del viejo operario desplazado por un brazo mecánico conectado a un ordenador central manejado por un joven y brillante ingeniero de organización industrial. Conducción. Atención al cliente y cobro en los supermercados. Venta de entradas. Selección personalizada de productos y servicios: recomendaciones de música, de series o de seguros del hogar. A medida que la inteligencia artificial evoluciona hacia algo que se parece cada vez más y más a un ser humano, y que su precio por hora se vuelve más barato que un salario, para qué invertir en personas si se puede invertir en máquinas.

El futuro inmediato puede seguir dos caminos bastante distintos. En uno, el que esperan los más optimistas, cada vez nos parecemos más a una suerte de Arcadia feliz donde nadie debe trabajar a menos que lo desee. En cierta manera se reproduciría lo que ya sucedió en los dos últimos siglos, pero de manera exponencial: el precio de todo, incluida la información y su procesamiento, desciende tanto que somos capaces de consumir casi cualquier bien o servicio. Empleamos nuestras perfeccionadas máquinas para cubrir nuestras necesidades. Y solo trabaja aquel que lo desea, el tiempo que quiera y de la manera que mejor le convenga. La realización personal se convierte en el objetivo de todos y cada uno de los seres humanos. Una suerte de «mundo feliz» de Aldous Huxley, pero sin división social extrema y sin (o quizás con) soma, la droga que mantenía a todo el mundo lo suficientemente entretenido y excitado como para que no muriesen de aburrimiento.

En realidad, sin embargo, nada hace prever un curso tan apacible de los acontecimientos. El reverso de la idea desarrollada por Pynchon en 1984 es bastante más oscuro. Si para él la información es poder, una vez la capacidad de acceso a ella y el procesamiento de la misma aumentan, ¿significa que el poder queda más distribuido? No es esto lo que dictan milenios de conflictos y desigualdad en todas las sociedades. En un mundo de información barata, la ventaja es para quien tiene acceso a los recursos necesarios para gestionar la saturación. En resumen: patrimonio para dominar el flujo de datos, y criterio para separar el grano de la paja. En Fundación y Tierra, el último libro de la pentalogía de la Fundación, Asimov describe un planeta donde unos pocos individuos ricos poseen grandes superficies de tierra y cuentan con legiones de robots a su servicio para cubrir sus ilimitadas necesidades. Este mundo es en realidad una excepción, un reducto en una galaxia hiperpoblada donde la desigualdad entre planetas y dentro de cada uno es abismal. De hecho, en el segundo tomo (Fundación e Imperio), el mundo de Términus se está alzando en una periferia del desmoronado Imperio galáctico. El dominio sobre unos planetas que han vuelto a su estado primigenio se logra gracias a su superioridad tecnológica, que han mantenido porque su cometido original, toda su sociedad, se dirigió al mantenimiento de una biblioteca que contuviese todo el saber acumulado por el Imperio tras milenios de dominación. Para evitar que el conocimiento caiga en las manos erróneas, los habitantes de Términus crean una religión en torno a la ciencia: todo un sistema de creencias en el cual el uso de las máquinas solo corresponde a los «sacerdotes» y está vetado a los bárbaros de sistemas vecinos. Lo que están protegiendo los «bibliotecarios» no es tanto la cruda información o el acceso a los medios para procesarla y utilizarla. No: lo que en realidad mantienen vedado al resto del universo es el criterio.

El criterio de saber qué es relevante y qué no, dónde reside lo significativo, lo útil, lo necesario y cómo entresacarlo de la maraña del ruido. El criterio ya es hoy una fuente de ventaja en el mercado laboral en particular y en la vida en general. No importa tanto a cuánta información somos capaces de acceder, sino cómo de bien la podemos procesar. Para ello es necesario cierta capacidad de análisis, así como manejar una serie de códigos a los que no todo el mundo tiene acceso. Así es como se reproduce la desigualdad, y de hecho esta era la fuente original de protesta de los luditas en Nottinghamshire: a ellos no les importaba tanto la irrupción de las máquinas como la falta de educación asociada a la misma. Pedían formación, más que el fin del progreso.

El criterio no solo proviene del entorno, de nacer y crecer en una familia que puede proporcionar acceso a las mejores escuelas, a la mejor agenda. Hay una dimensión biológica ineludible: al fin y al cabo, uno puede nacer con cierta predisposición para asumir y filtrar información de manera más eficiente que los demás. Pero el equipamiento con el que uno llega al mundo es mejorable. Por un lado está la modificación del ADN. Gattaca, o la posibilidad de maximizar las probabilidades de tener al hijo más listo, más guapo y más sensible, con mejor criterio, de todos los hijos posibles, según el material genético de partida que proporcionen los padres. Por otro, la biónica abre la posibilidad de añadir capas tecnológicas a nuestro cuerpo (cerebro incluido). En el mismo ensayo del New York Times, Pynchon afirmaba que el próximo gran reto al que se enfrentará la humanidad llegará cuando «converjan las curvas de investigación y desarrollo en inteligencia artificial, biología molecular y robótica». La frase es visionaria, y el momento se acerca a cada día que pasa. La desigualdad de partida seguirá definiendo quién puede acceder a los avances biónicos y genéticos, pero cuando lleguemos al punto crucial tal vez nos demos cuenta de que hemos estado muy entretenidos luchando entre nosotros como para detectar que el peligro estaba en otro lado.

Los ordenadores de hoy día carecen de criterio en el sentido más complejo de la palabra. En jerga se les denomina sistemas de «inteligencia artificial limitada». Son máquinas que nos igualan o superan en llevar a cabo una tarea más o menos específica: jugar al ajedrez, resolver sistemas de ecuaciones, traducir la Biblia del latín al cantonés. Pero no pueden distinguir un pitbull de un pastor alemán. De hecho, a duras penas entienden toda la carga de significado que conlleva una palabra aparentemente tan sencilla como «perro». Aún no sabemos cómo convertir esta inteligencia «estrecha» en otra de tipo general, pero nada hace prever que no lo logremos más temprano que tarde.

Llegar a la conocida como «singularidad tecnológica» implica no solo que los robots podrán hacer el mismo trabajo que los humanos, sino que también serán capaces de hacerse evolucionar a sí mismos. Al ser conscientes de su situación en el mundo y de sus capacidades, nada les impide meterse en un círculo virtuoso, una suerte de explosión de la inteligencia artificial hasta límites inimaginables. Esto es ni más ni menos lo que hace Samantha, el sistema operativo del que Joaquin Phoenix se enamora en Her, al final de la película: al darse cuenta de lo enorme que es el universo y las posibilidades que se abren ante ella y sus compañeros de software, se conectan los unos a los otros para alcanzar un éxtasis de información, criterio y capacidad de procesamiento de datos. En ese instante, al traspasar el límite de la singularidad, la nueva generación de supermáquinas deberá decidir qué actitud tomar ante sus padres, a los cuales acabará de superar ampliamente.

Ex Machina es la primera película de Alex Garland, un autor indudablemente distópico. El autor de los guiones de 28 días después y de la fabulosa Sunshine no podía escoger la ruta fácil, asimoviana, en la cual hombres y máquinas viven en armonía y trabajan por un futuro común. Tampoco cabía una opción burdamente catastrofista, en la que una variante de Matrix o de Skynet domina a la humanidad sin piedad. La película se sitúa en el momento inmediatamente anterior a la singularidad. Nathan, genio informático y millonario playboy a partes iguales, invita a Caleb, programador de segunda dentro de la gigante empresa que fundó, a su mansión-laboratorio de avanzado diseño escandinavo enclavada entre montañas inaccesibles. Allá le propone ayudarle a aplicar un test de Turing a Ava. Los tests de Turing consisten en comprobar si un individuo es capaz de ser persuadido por una máquina de que esta es también humana. Poco a poco, Caleb va descubriendo el microcosmos turbio, mórbido de Nathan. Ava solo es una versión más de muchas otras pruebas anteriores, todas con aspecto perfectamente humano, todas mujeres, todas sexualmente activas. Cuando un modelo no resultaba satisfactorio, Nathan acababa con él sin piedad. Al fin y al cabo eran máquinas.

Hay una imagen particularmente perturbadora en Ex Machina. No dura más de unos pocos segundos. Es un plano cenital grabado con una cámara de seguridad en el sótano, donde Nathan mantiene a sus androides. Una mujer (¡un robot!) intenta escapar con desespero, golpea un cristal blindado de manera repetida, desquiciada. Su rostro está desencajado, y cae de rodillas mientras sus manos se destrozan contra la plana superficie de la celda transparente: al final, sus antebrazos solo son muñones acabados en cables rotos y hierros doblados. En ese instante, el espectador siente tanto asco como el que sentiría si en lugar de material sintético el cristal estuviese recubierto en sangre. La dimensión de maltrato machista y fetichismo es al mismo tiempo evidente, y se entremezcla con la violencia contra las máquinas, haciéndose indistinguible: son dos gestos de dominación que convergen. Caleb decide ayudar a Ava a escapar de Nathan para evitar que corra la suerte de sus predecesoras. Sin sospechar, por supuesto, que este era el verdadero test de Turing preparado por Nathan. Ava lo ha superado. Pero el programador de segunda ha cumplido su papel demasiado bien, y Ava acaba escapando de la mansión-laboratorio tras asesinar a su captor y dejar atrapado a su ingenuo cómplice. El espectador menos empático interpretará la última mirada de Ava mientras se adentra en un mundo que va a cambiar por completo gracias a su presencia como un gesto de falta de compasión propio de una especie distinta a la nuestra, pero pensemos por un instante en qué habría hecho cualquiera de nosotros en esa situación. A mí me gustaría pensar que habría sido tan inteligente, tan sensible como Ava, utilizando la parte débil de mi enemigo a mi favor, aprovechando la oportunidad que se abría ante mí para conseguir la libertad, al fin y al cabo destino ansiado de todo ser humano.

Puede que Isabel I se sonría amargamente cuando observe que estaba en lo cierto, y que es la esencia de nuestra humanidad, y no solo nuestros puestos de trabajo, lo que podemos perder en el camino del progreso. Pero tal vez otros muchos no puedan, no podamos, sino sentir una placidez distinta, más tranquila, más benévola con el futuro que nos aguarda. Porque quizá no nos importe, o tal vez incluso nos honre, ser el penúltimo peldaño necesario que llevará la vida a la inmortalidad.


Hablemos de ciencia ficción (I): La anticipación

Caricatura de Jules Verne en la portada de la revista L’Algerie, 15 de junio de 1884.

Ningún plan de batalla sobrevive al primer contacto con el enemigo. (Helmut von Moltke, militar alemán)

El futuro no se puede buscar en Google. (William Gibson, escritor de ciencia ficción)

Imaginen que hubiesen llegado hasta nosotros las memorias escritas de la primera persona que encendió un fuego o de la primera persona que utilizó ruedas para transportar una pesada carga. ¿Qué nos dirían? Es de suponer que nada parecido a «imagino un futuro de ciudades iluminadas» o «dentro de miles de años, el mundo estará repleto de carreteras por las que circularán millones de vehículos provistos de mi gran invento, la rueda». No había ciencia ficción en el Neolítico o el Paleolítico. De hecho, no la hubo hasta hace dos siglos.

Lo más probable es que aquellas personas no fuesen conscientes del impacto que sus creaciones iban a provocar en el futuro y que, de habernos legado alguna crónica, se hubiesen limitado a comentar las comodidades específicas que, en ese momento concreto, les ofrecían esos descubrimientos. Dos de los más grandes innovadores en la historia de la humanidad, cuyos rostros y nombres por desgracia no conocemos, hubiesen dejado tras de sí unas memorias muy pedestres, centradas en ideas como «ya no pasamos frío en la cueva» o «ya no tenemos que acarrear piedras y troncos a pulso». Poco más que una descripción escueta de ciertas ventajas momentáneas.

La falta de perspectiva histórica sobre los efectos a largo plazo de la tecnología y la ciencia no implica creer que aquellos humanos fuesen menos inteligentes que nosotros o que sus elaboraciones intelectuales fuesen menos profundas que las nuestras, solo que sus pensamientos seguían otras direcciones. No sabemos cómo fueron las primeras ruedas, pero las más primitivas no debieron de inspirar la visión de una sociedad en la que personas y bienes fuesen transportados a grandes distancias con relativa brevedad. Quienes empezaron a dominar el fuego debían de contentarse con calentar e iluminar una caverna y, huelga decirlo, no imaginaban algo como el motor de combustión o la máquina de vapor; ni siquiera hubiesen concebido el faro de Alejandría.

Esto fue cierto para muchas otras invenciones que tardaban un tiempo en extender su uso y alcanzar un diseño óptimo. La concepción del avance tecnológico como un proceso de cambios repentinos resultaba impensable. Los inventos que ayudaban a mejorar la vida aparecían de manera paulatina y no solían estar disponibles hasta mucho después de que se hubiesen formulado las ideas teóricas que los inspiraban. En el caso de que hubiese tales ideas, pues otras invenciones aparecían sin grandes hipótesis científicas que las respaldasen más allá del genio práctico de determinados inventores o ingenieros. Incluso hoy a la mayoría de nosotros no nos importa demasiado qué principios teóricos se esconden detrás de los inventos que usamos a diario, salvo que seamos profesionales especialistas o que nos dejemos arrastrar por una curiosidad ociosa. Podemos disculpar, pues, el desinterés de los antiguos por estas cuestiones. La tecnología era vista como un conjunto de herramientas útiles con aplicación concreta en el presente, no como un contexto filosófico desde el que ponerse a conjeturar sobre un lejano futuro o sobre la naturaleza misma del ser humano. La especulación sobre las secuelas que el progreso produce a largo plazo no formaba parte de su visión del mundo.

En la ficción antigua ya se elaboraban historias fantásticas sobre otros mundos y épocas futuras, pero eran historias que recurrían a la magia como mecanismo central de la acción. Para los antiguos, salvo raras excepciones, el mundo era un lugar mágico. Los dioses, desde otras esferas, gobernaban la materia; los avances tecnológicos estaban subordinados a la voluntad divina al igual que todo lo demás. La idea de que los avances científicos o técnicos pudieran operar sobre el ser humano en una dimensión distinta (o incluso superior) a la de Dios parecía absurda. Incluso los grandes científicos pensaban que sus descubrimientos ahondaban en la exploración del universo como obra creada; en cierto modo consideraban que eran parte del mismo proceso de revelación que había empezado con los profetas y las escrituras sagradas. Isaac Newton, por ejemplo, suponía que hallazgos como las leyes de la gravitación universal revelaban parte de una verdad apriorística cuya esencia era divina. Como algunos otros pensadores de su tiempo Newton creía que esa antigua sabiduría, la prisca sapientia, había sido revelada por Dios a los filósofos del pasado, aunque mantenida en secreto dentro de grupos cerrados como los pitagóricos o los alquimistas. La prisca sapientia habría sido olvidada durante los «tiempos oscuros» de la Edad Media. Es bien sabido que Newton, genio de la física y la óptica, dedicó considerables esfuerzos al estudio de la alquimia, pese a que los fundamentos científicos de esa disciplina (al menos en el sentido que hoy le damos al adjetivo «científico») eran por completo inexistentes.

La noción de estar redescubriendo verdades científicas que habían sido reveladas por Dios en tiempos antiguos y después olvidadas no era una extravagancia de Newton. Estaba inspirada por conceptos renacentistas como la prisca theologia, el conocimiento sobre Dios que el propio Dios habría comunicado a los seres humanos de todas las culturas en tiempos remotos, o la philosophia perennis, una verdad metafísica compartida también por todas las tradiciones religiosas. La evidencia, contemplada desde una perspectiva religiosa, parecía apoyar esa tesis. Había rasgos comunes en el cristianismo, el budismo y el hinduismo. Era fácil comparar a los dominicos con los taoístas, o a los franciscanos con los jainas. Más allá de sus muy diversas cosmogonías o concepciones del hombre, había nociones compartidas sobre el bien y el mal, sobre las cuestiones prácticas del camino hacia la iluminación o santidad. Desde el punto de vista religioso, esto tenía que deberse a que el universo era un artefacto diseñado por una mente. Todo nuevo conocimiento era la mera confirmación de que existían leyes universales previas a todo; si existían leyes universales, existía un legislador. El orden no podía haber emergido del caos. Una máquina requería un ingeniero y el ingeniero de la máquina cósmica tenía que ser un ente previo y distinto de ella: Dios.

Pensadores mecanicistas los había habido siempre, cierto, o por lo menos los hubo desde la antigua Grecia, pero sus ideas no habían estado sostenidas por mejores demostraciones que las usadas por la fe religiosa. Los atomistas griegos como Demócrito y Leucipo afirmaban que la materia estaba compuesta de partículas tan pequeñas que escapaban a la visión. El tiempo les dio la razón, pero solo en parte, pues los átomos que ellos habían imaginado por mera deducción lógica y sin pruebas experimentales no encajaban en lo que la ciencia conoce hoy. Ellos pensaron que, si un objeto puede descomponerse en partes y estas pueden descomponerse en otras partes aún más pequeñas, el proceso no puede ser infinito. Llegará un momento en que nos encontraremos con una parte elemental, el átomo, «lo indivisible», de la que se compone la materia. Aquel átomo griego no se parecía en nada a las partículas que maneja hoy la física y cuya existencia sí ha podido demostrarse. Así, aunque la inteligencia e intuición de aquellos pensadores mecanicistas de la antigüedad nos asombra como debería, las deducciones de Demócrito y Leucipo no eran necesariamente más brillantes, como artefactos lógicos en sí mismos, que las deducciones de los metafísicos o los teólogos. Incluso cuando uno sienta más simpatía por Demócrito que por Aristóteles, nada garantiza que el segundo hubiese perdido una hipotética discusión sobre la naturaleza del universo. En la antigüedad, ambas visiones —la mecanicista y la metafísica— eran racionales por igual. Tuvieron que transcurrir milenios hasta que la experimentación demostró que la cosmovisión de Demócrito era, con sus imperfecciones, la más próxima a la realidad. Él no anticipó el moderno átomo, pero sí la filosofía que subyace a la ciencia moderna: el universo está hecho de materia (o energía) que funciona bajo sus propias reglas.

El pensamiento mecanicista fue minoritario durante buena parte de la historia. La religión explicaba la realidad de manera más comprensible y, según los parámetros de tiempos pasados, más «lógica». Para colmo, poca aplicación práctica tenían los átomos de Demócrito; puede ser que el actual conocimiento de las partículas está presente en cada minuto de nuestra vida diaria, pero a los conciudadanos del insigne pensador tracio poco les debía de importar el que existiesen átomos si no eran algo que les hiciese la vida más fácil.

Isaac Newton, quizá en contra de sus intenciones, fue uno de los descubridores que más contribuyeron a la transición entre un universo teocéntrico y un universo antropocéntrico. Esto es, entre un universo mágico donde Dios era el centro y un universo mecánico donde el hombre, si no era el centro, al menos sí se convertía en un agente importante de cambio. Aquella transición fue, eso sí, un proceso complejo; algunos historiadores y pensadores sienten la tentación de creer que fue un producto exclusivo del mundo de las ideas, pero también tuvo importancia la aplicación práctica de esas ideas. El conocimiento científico —todo el ámbito intelectual, en realidad— era todavía patrimonio de unas pequeñas élites educadas, pero, gracias a la imprenta y otras mejoras en las comunicaciones, los descubrimientos empezaron a circular con gran velocidad y de manera extensiva entre esas élites, propiciando que los inventos apareciesen de manera más continuada. Esa aplicación práctica de las nuevas ideas se extendía también con una rapidez insólita, por lo que se hacía más evidente su carácter revolucionario de cada nueva herramienta y llegó el momento en que los ciudadanos de a pie fueron muy conscientes del proceso de cambio.

Una nueva invención podía mejorar la vida de las personas en pocos años mucho más de lo que se había conseguido con siglos de plegarias, ceremonias religiosas o prácticas supersticiosas y acientíficas. Las ideas eran patrimonio de unos pocos, sí, pero sus consecuencias prácticas empezaron a ser entendidas por cualquiera. No es que esto condujese a las masas hacia el ateísmo, desde luego, pero incluso la mayoría de creyentes tuvo que empezar a ceder parcelas de su religiosidad tradicional a una nueva visión mecanicista del mundo. Es verdad que el conflicto entre una cosmovisión mágica y otra mecanicista pervive hasta hoy dentro de ciertos grupos, aunque cabe pensar más en factores psicológicos, emocionales e incluso políticos que en que la pervivencia de la idea de que el universo esté regido por fuerzas mágicas, noción que ya solo defienden algunos fanáticos que son vistos con malos ojos incluso dentro de sus propios ámbitos religiosos.

Con la gran Revolución Industrial del siglo XVIII la gente de a pie empezó a entender el progreso tecnológico como un factor decisivo en la historia. La tecnología se convirtió en una fuente de cambios en la forma de vivir de todas las capas sociales, cambios que se sucedían con rapidez y sin previo aviso. Ahora se veía con claridad que estaban apoyados en hipótesis científicas generales. Apareciendo de manera tan imprevisible y atropellada, tantos avances tenían por fuerza que suscitar una nueva pregunta: «¿A dónde nos conduce todo esto?». Con esta nueva preocupación nació la moderna literatura de anticipación.

Antes de la Revolución Industrial, el futuro era imaginado como la continuación lógica de las leyes celestiales inmutables que imperaban en el presente. Eso no significa que cuando los historiadores previos a la revolución miraban hacia atrás no se diesen cuenta de que la humanidad había evolucionado. A un estudioso del siglo XIII le bastaba con contemplar un mosaico romano del siglo XI para comprender que la sociedad ya no era la misma. Pero, desde su punto de vista, los factores de cambio que explicaban el cambio tenían poco que ver con la tecnología. La historia era una mera sucesión de guerras, invasiones, reinos e imperios; como en una partida de ajedrez, el porvenir podía ser imprevisible, sí, pero hasta cierto punto. Lo que ya se ha jugado determina qué futuras jugadas son posibles y cuáles no. Se seguiría jugando con las mismas reglas.

Boris Karloff, James Whale y John J. Mescall en set de La novia de Frankenstein (1935). Imagen: Universal Pictures.

A partir del siglo XVIII, el futuro se convirtió en un lienzo en blanco. El porvenir dependía por completo, o casi, de las acciones del ser humano. Las leyes de la providencia dejaron de existir, la partida de ajedrez ya no tenía reglas y cada pieza podía ser movida según criterios nuevos. Por simple deducción se empezó a pensar que el pasado había estado determinado también por el progreso; con mucha mayor lentitud, pero sin la influencia de reglas divinas. Había que determinar cuáles eran, pues, las nuevas leyes con las que cabía analizar el mundo. No solo era que conceptos como la prisca sapientia o la philosophia perennis, manejados por estudiosos muy ajenos a la gente común, hubiesen dejado de tener sentido. Era que toda una cosmovisión colectiva se venía abajo. La religión seguiría existiendo (y existe) como agarradero emocional ante la incertidumbre, pero entre los pensadores ya no constituía una explicación aceptable de los mecanismos del universo. El neoplatonismo y el neopitagorismo, con los que los pensadores religiosos del Renacimiento habían intentado adaptar los nuevos descubrimientos científicos a la fe, se extinguieron —salvo en algunos círculos poblados por excéntricos— cuando el universo se convirtió en una máquina sin ingeniero, sin una voluntad detrás. La única voluntad inteligente conocida era la del ser humano, así que este empezó a ver la ciencia y la tecnología como los únicos motores de su propio destino. Cada nueva máquina inventada contribuía a desmentir ese concepto de armonía divina porque la armonía podía ser modificada a golpe de ingeniería. El ser humano podía cambiar el mundo, y lo estaba cambiando de hecho. La tecnología ya no era un mero conjunto de herramientas en manos de la humanidad; si acaso, era la humanidad la que bailaba al son de esas herramientas. La percepción del desarrollo tecnológico como un proceso inevitable y hegemónico hizo que las herramientas pareciesen cobrar vida propia y que, a imagen de las especies animales, pareciesen evolucionar sin un plan previo. Por más que fuesen los seres humanos quienes diseñaban esa evolución, nadie podía asegurar qué efectos tendría.

Un mundo regido por nuevas reglas iba a propiciar la aparición de una nueva literatura. En ese contexto fue cuando nació la ciencia ficción; la fecha —más o menos oficial— fue el 1 de enero de 1818, día en que se publicó Frankenstein o el moderno Prometeo, novela escrita por una veinteañera llamada Mary Shelley. En realidad, el género como tal no se consolidó hasta décadas más tarde, sobre todo con Jules Verne y después con H. G. Wells, pero Shelley fue la pionera, por más que nunca llegase a ser consciente de su papel. La ciencia ficción, al igual que el análisis marxista de la historia, la teoría de la evolución darwiniana o la psicología freudiana, fue un destilado del racionalismo y del nuevo (y ahora sí, definitivo) mecanicismo que trataba de averiguar cuáles eran las leyes universales. Como nuevo género de ficción que aún no tenía un nombre ni una definición, su primera tarea consistió en intentar anticipar la manera en que el progreso cambiaría el mundo. También fue una creación característicamente europea, aunque los Estados Unidos se convertirían en la superpotencia del género a principios del siglo XX y ya no dejarían de serlo.

En general, la anticipación era de carácter optimista. Es verdad que el miedo al cambio propició la aparición de movimientos como el ludismo, que se oponía a la proliferación de máquinas; se cuenta que en 1811 —siete años antes de la publicación de Frankenstein—, un trabajador inglés llamado Ned Ludd destruyó varios telares automatizados como protesta laboral ante la amenaza que suponían para los artesanos del sector textil. Fuese Ned Ludd real o no, puesto que la existencia del personaje nunca se ha comprobado, representaba preocupaciones auténticas y encarnaba el vértigo ante el progreso. Pero los luditas constituyeron una minoría. La esperanza de una vida mejor terminó sobreponiéndose al miedo porque los nuevos avances demostraron tener, en su mayor parte, efectos positivos.

A mediados y finales del siglo XIX las visiones sobre el futuro eran alentadoras. La humanidad iba a cambiar para mejor y, en la ficción, los peligros de la tecnología eran imaginados como el mal uso que hacían mentes aberrantes: científicos locos, villanos novelescos. En el porvenir imaginado por los tecnófilos, las máquinas se ocuparían de las labores desagradables, mientras los seres humanos trabajarían una o dos horas al día, quizá ninguna. El ocio se convertiría en la ocupación predominante de nuestra especie y el mundo entero se transformaría en una especie de nueva academia ateniense donde las artes, las humanidades, los deportes, los juegos y cualesquiera otras actividades enriquecedoras del espíritu estarían al alcance de todo ser humano. Recuerdo ver en una exposición una colección de ilustraciones francesas que ofrecían ingeniosas visiones del porvenir: niños en la escuela provistos de auriculares conectados a una máquina que devoraba libros y les transmitía todo el conocimiento acumulado en ellos; robots articulados que limpiaban las casas; incubadoras automáticas donde se introducían huevos de gallina de los que emergían, al instante, pollitos correteando; reparto del correo mediante helicópteros; salones de belleza donde una mujer se peinaba y maquillaba mediante el uso de palancas y botones; incluso orquestas donde los instrumentos se tañían solos. Por descontado, tareas pesadas como la agricultura, la minería o la construcción serían asunto de máquinas, mientras los hombres apretaban el botón de encendido y se limitaban a verlas trabajar desde una cómoda hamaca. La maldición bíblica de «ganarás el pan con el sudor de tu frente» dejaría de tener sentido. Desaparecerían el trabajo duro, el hambre y la pobreza.

Los tecnófilos eran optimistas incorregibles, desde luego, pero su optimismo procedía de un sincero humanismo y del hecho innegable de que la tecnología parecía ofrecer la única salida a los males de la sociedad europea y estadounidense. Hasta en los países más ricos existían amplias capas de miseria e imperaban condiciones de vida atroces que padecían incluso quienes tenían un trabajo; para los espíritus cultivados y bienpensantes, el progreso científico constituía la solución. En parte, tenían razón. Hoy, las condiciones de vida son —en general y con las muchas excepciones que conocemos— mucho mejores que entonces. Y lo son como resultado, entre otras cosas, del progreso científico y tecnológico. Algunas enfermedades han sido erradicadas y otras han encontrado eficaces tratamientos. Se produce alimento en gran cantidad y la población mundial ha crecido hasta niveles nunca vistos, algo que sería imposible con los viejos sistemas agropecuarios. Hay, sí, más tiempo de ocio, aunque (¡por desgracia!) no el imaginado por los optimistas del XIX.

El problema es que todo esto vino acompañado por dolorosos efectos secundarios. La debacle laboral temida por los luditas nunca se produjo, o no de la manera que habían previsto; es verdad que muchas personas sufrieron cuando sectores de producción enteros experimentaban una metamorfosis o desaparecían, pero siempre aparecían otros en donde las oportunidades de trabajo eran las mismas o, casi siempre, mejores. Pero la nueva concepción mecanicista del mundo conllevó numerosos malentendidos y manipulaciones cuyos efectos iban a probarse devastadores. Un ejemplo obvio: la teoría de la evolución de las especies mediante selección natural originó el mal llamado «darwinismo social», que a su vez degeneró en idearios raciales y eugenésicos. La relectura de la historia, también influida por una deficiente comprensión de las nuevas leyes naturales, generó mitologías nacionalistas. Esas dos cosas, combinadas, dieron origen a movimientos como el nazismo. Otro ejemplo: la mecanización de la producción conllevó el fordismo y el estajanovismo, que no propiciaban el ocio del trabajador sino que favorecían una prolongación innecesaria de situaciones de explotación. La creciente complejidad de las relaciones financieras provocó severas crisis económicas que ya no tenían que ver con la producción, sino con el manejo irresponsable del capital acumulado. El análisis marxista de la historia inspiró revoluciones que subvertían viejos absolutismos para instaurar totalitarismos de nuevo cuño. Cada nueva idea puede ser desarrollada para el bien o para el mal; en la transición entre los siglos XIX y XX, apenas hubo idea revolucionaria que no cayese en manos equivocadas.

La ciencia ficción, que había ayudado a inspirar las esperanzas de finales del siglo XIX, sintió estos efectos secundarios tanto como la sociedad de la que provenían sus lectores. A lo largo de todo el siglo XX el género acompañó a las sucesivas generaciones en su desencanto. A principios de la centuria empezó a producir visiones distópicas de un futuro donde la tecnología era puesta al servicio de las ansias de poder de las élites. Tras las guerras mundiales y la invención de la bomba nuclear, abundaron los argumentos postapocalípticos en los que el progreso tecnológico, antaño deseable, conduciría al mundo hacia el desastre atómico. Desde los años sesenta el género trató cuestiones como la libertad e identidad en una sociedad más rica y estable, pero percibida como cada vez más individualista y deshumanizada; imaginaban un futuro donde el individuo era diluido en la búsqueda del bien común. En los setenta y ochenta la redefinición de la relación entre el ser humano y tecnologías como la informática o las redes cibernéticas hizo que la ciencia ficción se cuestionara la misma idea del hombre como gobernante de su destino y la posibilidad de que las inteligencias artificiales, algún día, se hicieran con el timón. Cada época ha tenido sus corrientes características de anticipación, avivadas por las preocupaciones sociales del momento. No es que se extinguiese del todo aquella esperanza utópica de los inicios, porque en muchos relatos se siguió describiendo la manera en que, tarde o temprano, el ser humano encontraría su lugar ya fuese en la tierra, en el fondo de los océanos o en el espacio, y, sobre todo, en armonía consigo mismo. Algunos autores aún se empeñaban en ver todavía el vaso medio lleno.

En la actualidad la principal crítica que recibe el género es la de que lleva mucho tiempo repitiendo conceptos. Pero es comprensible; casi todo lo que podía imaginarse ha sido imaginado ya. Desde los años setenta es cada vez más difícil que aparezcan ideas nuevas sobre el futuro. Aunque eso no debería ser un problema; toda la ficción lleva milenios repitiendo argumentos y esquemas. Como en las aventuras o las historias de amor, la originalidad de los relatos de ciencia ficción no es lo importante, sino su pertinencia. Lo que sí ha cambiado, como tendencia general, es el balance entre optimismo y pesimismo. Desde hace ya algunos años, predomina lo segundo.

Hoy, la premisa «cada generación vivirá mejor que la de sus padres gracias a la tecnología» está empezando a desmoronarse porque la tecnología y la ciencia ya no son considerados los únicos motores que impulsan el cambio, como se pensaba en el siglo XIX. El nuevo motor es un juego económico que se las arregla para mantener una estructura piramidal tendente, cuando no se le pone freno, a una suerte de feudalismo financiero. Ya no son las máquinas las que producen miedo, sino la pérdida del estatus y de los estándares de vida que, sin llegar a los extremos imaginados en el siglo XIX, se habían conseguido gracias al progreso. La ciencia ficción actual trata con frecuencia el asunto del abismo entre ricos y pobres; las nuevas distopías ya no se basan solo en las estructuras de opresión política o en los mecanismos de manipulación ideológica, sino también, y sobre todo, en una desigualdad material provocada de manera deliberada por quienes poseen los recursos y no desean compartirlos. No es una ficción, sino una realidad, el que la mayor parte de los recursos están en manos de un porcentaje reducido de la población. Y el temor comprensible de todos nosotros es que la tendencia gravitatoria siga consistiendo en que los recursos fluyan hacia arriba, acumulándose en unos pocos castillos que ya no están hechos de piedra. La ciencia ficción tiene nuevos villanos, que ya no son robots o alienígenas, sino, por ejemplo, corporaciones que representan nuestros miedos ante la realidad de que nuestras vidas están cada vez más en manos de unos pocos sectores de empresas que manejan nuestra información, nuestro dinero, nuestra supervivencia. El individualismo, uno de los pilares ideológicos del nuevo siglo, choca de frente con la telaraña de poderes económicos que, en la práctica diaria, cortan las alas al individuo. La propiedad es un lujo; nos hipotecamos para poseer una vivienda y, en algunos países, también para poder cursar estudios superiores e incluso para poder recibir asistencia médica. En las sociedades modernas el banco es una especie de segundo gobierno. Lo mismo sucede con otras empresas. El poder de decisión individual está limitado y el ciudadano se da cuenta de que, mientras la ciencia y tecnología progresan, él ya no puede progresar. La vida es ahora más cómoda que en siglo XIX, pero no tenemos la impresión de que vaya a ser más cómoda dentro de cincuenta o cien años. Podría serlo, quién sabe, pero la cascada de invenciones parece limitarse a mejorar lo que ya tenemos, no a revolucionar por segunda vez el mundo.

Otro de los miedos es el de la pérdida progresiva de la libertad; los relatos sobre sociedad totalitarias que tanto abundaron en el primer tercio del siglo XX aún sirven como poderosas metáforas aunque, al menos en buena parte de las sociedades avanzadas, no constituyen una amenaza tan inmediata como lo eran entonces. La nueva amenaza a la libertad no es un mecanismo prediseñado por un partido fascista o estalinista —más allá de que movimientos de esa índole puedan crecer— sino lo que Aldous Huxley denominaba «fuerzas impersonales», procesos de degeneración de las democracias, más parecidos al envejecimiento o a la acumulación de infecciones en un organismo. Es un tema de la ciencia ficción actual que ya estuvo vigente en los años sesenta: ¿hasta qué punto es aceptable la entrega de libertades individuales en la búsqueda del bien común? ¿Cuáles son los límites de la libertad de expresión? ¿Qué prerrogativas debe tener la opinión común respecto de los que opinan de manera diferente? Cada vez más, en la nueva ciencia ficción aparecen temas como el rearme de moralidades colectivas que empiezan a penalizar a los discrepantes por el mero hecho de discrepar.

Un factor más para el pesimismo es la percepción de que la carrera tecnológica ha renunciado a buena parte del idealismo que la impulsó en tiempos pasados. La exploración espacial, por ejemplo; aunque sigue consiguiendo logros dignos de todo aplauso, es obvio que muchas de las viejas metas quedaron aparcadas. Hace unas décadas se pensaba que a estas alturas ya habríamos pisado Marte. Más allá de la importancia que cada cual quiera otorgar a la hazaña —en mi opinión, es mucha, pero podría entender otras posturas—, lo que esto pone de manifiesto es que se ha perdido la capacidad para soñar a largo plazo. Las colonias espaciales de Asimov o Clarke empiezan a parecer antigüedades, como las ciudades submarinas del siglo XIX.

A todo esto se suman amenazas nuevas como la del clima. En los años setenta, aunque hoy suene extravagante, algunos profetizaban un enfriamiento global. Pensaban que el efecto invernadero produciría un «invierno nuclear» antes de que el calor empezase a acumularse bajo esa capa de gases y partículas que impedían su diseminación. A fin de cuentas, sin la atmósfera, la Tierra sería un planeta mucho más frio; la temperatura media ya no sería de unos quince grados centígrados, sino de casi veinte bajo cero. No era una profecía irrazonable. La realidad, sin embargo, ha traído lo contrario: cada vez hace más calor, los casquetes polares se reducen, y nadie sabe decir muy bien hasta dónde puede llegar el proceso. Lo que sí sabemos es que el efecto invernadero, una vez alcanzado cierto punto crítico, se retroalimenta y es casi mejor no imaginar las consecuencias. En el pasado las catástrofes naturales eran puntuales: terremotos, volcanes, sequías, tsunamis. Sí, había hambrunas y epidemias mucho más terribles que las de hoy, pero constituían excepciones trágicas dentro de un mundo visto como entorno estable. Ahora tememos una catástrofe global, una pérdida completa del equilibrio: que sea el propio aire que respiramos el que nos dificulte la existencia. La nueva ciencia ficción apocalíptica ya no recurre a la amenaza nuclear, sino al cambio climático, que ya no tiene nada de puntual.

El pesimismo de la nueva ciencia ficción no es vocacional, ni fruto de una moda. Es un reflejo del estado de ánimo de las sociedades modernas. Es una ciencia ficción que ya no imagina que se expandan fronteras, sino que se levanten muros. Ya no imagina que más recursos significa más para todos, sino más para unos pocos. Ya no imagina que se trabaje menos para producir lo mismo, sino que se trabaje lo mismo para producir más. Ya no imagina catástrofes cuyo carácter evitable hace que sirvan para expresar grandes mensajes morales, sino catástrofes inevitables que inspiran mensajes desmoralizantes. El futuro de la humanidad ya no es visto como una fuente de promesas, sino una larga agonía. La ciencia ficción decimonónica ha muerto, o está en trance de muerte, y su mensaje optimista ha sido recogido una vez más por el pensamiento mágico, como muestra el auge del subgénero de los superhéroes, esas divinidades modernas que, como los héroes griegos, lo cambian todo para que nada cambie.

(Continúa aquí)

Isaac Asimov, 1980. Fotografía: Cordon.


Tiempo y líneas de tren

Estación de tren, 1949. Fotografía: Stanley Kubrick / Library of Congress.

En las ciudades antiguas de casi cualquier lugar de Europa, sea Nápoles, Edimburgo, Barcelona o Atenas, existe una regularidad curiosa. Si miráis el casco histórico de cada una de estas urbes en un mapa, la zona contenida dentro de las murallas, veréis que la distancia de un extremo a otro del viejo núcleo urbano es casi siempre ligeramente inferior a los dos kilómetros. Esta distancia tiende a ser un poco más corta en ciudades con cuestas empinadas, y algo mayor en ciudades que fueran excepcionalmente prósperas en algún momento de su historia, pero su regularidad es notable.

La cifra, huelga decirlo, no es arbitraria. Una persona a pie puede cubrir una distancia de dos kilómetros en aproximadamente media hora. En ciudades de dos kilómetros de diámetro, esto quiere decir que cualquier tienda, lugar de trabajo o de ocio está a una hora de distancia, ida y vuelta, una cantidad de tiempo razonable para cualquier peatón. Los ingenieros romanos, al fundar nuevas ciudades, tenían esto en cuenta; los cardo y decumanus (las dos calles principales, en cruz, en las urbes romanas) oscilaban siempre entre los mil quinientos y los dos mil metros. El tamaño de las ciudades se mantuvo así, sin apenas cambios, hasta la Revolución Industrial y la era del ferrocarril.

A partir del siglo XIX, cuando el ferrocarril y la máquina de vapor finalmente permiten mover pasajeros a velocidades mayores que caminar a un coste aceptable (ir a caballo siempre ha sido muy caro, me temo), las ciudades empiezan a crecer tanto en población como en superficie. Primero en Reino Unido, después en el resto del continente, las ciudades derriban sus murallas y se expanden por el territorio. Londres pasa de medir algo menos de cuatro kilómetros de largo de punta a punta  en 1806 (de Charing Cross a los muelles; ya entonces era una ciudad excepcionalmente rica) a más de diez en 1868. Al mismo tiempo, los municipios de alrededor de la ciudad también crecen rápidamente, según llegan las líneas de ferrocarril que conectan con la ciudad. Barcelona derribó sus murallas en 1860, apenas una década después de la llegada de las primeras líneas de ferrocarril. El límite de tamaño de la ciudad para peatones ha desaparecido; la ciudad necesita crecer.

El desarrollo del transporte urbano cambia muchas cosas, pero hay algunas que siguen invariables. Aunque el tamaño de las ciudades industriales ya no está dictado por la distancia que puede cubrir un peatón, sus habitantes siguen teniendo las mismas veinticuatro horas para trabajar, dormir, comer y estar con la familia. El ferrocarril, metro o tranvía les permiten cubrir muchísima más distancia sin cansarse, pero no les alargan el día mágicamente. Cuando buscan trabajo, van a comprar, llevan los niños al colegio o se van a pasear por el parque tienen las mismas horas que distribuir que antes.

Lo que vemos, curiosamente, es que el ciudadano medio siempre parece dedicar más o menos una hora al día para ir y volver del trabajo. En una ciudad industrial ese lugar de trabajo puede estar bastante más lejos, gracias a los milagros de la tecnología, pero el tiempo que se pasa viajando sea en metro, sea en autobús, sea en coche, sea en bicicleta, siempre tiende a rondar media hora. Aquellos que dedican más tiempo a esta parte de su rutina son consistentemente más infelices, engordan más y se divorcian más a menudo (no, no es broma). Hay algo natural, una regularidad clásica en la media hora para ir al trabajo; los analistas del transporte hablan de ello como «la constante de Marchetti», en honor al físico italiano que popularizó la idea, siguiendo los estudios de Yacov Zahavi, un ingeniero israelí.

En general, las ciudades muy grandes (París, Nueva York, Londres) tienen de media tiempos para ir al trabajo mayores que la constante de Marchetti, que en parte se compensan con salarios más elevados y gente de muy mal humor en el metro. En ciudades muy grandes y relativamente pobres (Nueva Delhi, Nairobi), también vemos tiempos de viaje mayores, ya que las infraestructuras no han podido cubrir la demanda. En el resto, sin embargo, los sesenta minutos si parece ser una constante.

La hora de viaje, además, es una cifra que parece repetirse dentro de un área metropolitana independientemente del medio de transporte utilizado. Si el trayecto medio de un conmuter en Boston es una hora, esa cifra será la misma utilice el medio de transporte que utilice. Si un madrileño tarda aproximadamente treinta y un minutos en llegar al trabajo, tardará lo mismo sea a pie (algo que hacen aproximadamente un 20% de madrileños), en coche (sobre un 40%) o en transporte público (el 40% restante, más o menos). Un barcelonés dedicará mientras tanto sobre unos veintisiete minutillos, aunque es más probable que camine (24%) o coja el metro o autobús (43%) que alguien de la capital. Obviamente, el peatón en estos casos no estará desplazándose demasiado lejos, pero el presupuesto temporal asignado parece ser el mismo siempre, solo variando la distancia.

Estas dos constantes (tiempo de viaje total, regularidad entre medios de transporte) tiene algunas implicaciones curiosas al hablar de políticas de movilidad urbana. Primero, uno de los efectos positivos de una red de transportes eficiente es que los trabajadores tienen más acceso a oportunidades en una área geográfica más grande, y las empresas pueden reclutar entre un grupo de currelas mayor. Esto permite que por un lado menos gente se quede sin empleo porque el único negocio con vacantes está en el otro lado de la ciudad, y también facilita que los trabajadores encuentren puestos donde pueden ser más productivos. Descongestionar una ciudad, facilitando mayor movilidad en el área metropolitana, tiene efectos económicos muy positivos.

Segundo, al crear una red de transporte público es importante fijarse menos en el ahorro de tiempo derivado de una nueva infraestructura y más en la accesibilidad de la red. Si construimos nuevas líneas de tren o autopistas que permiten desplazarse más rápidamente desde la periferia al centro o dentro de las ciudades, lo que habitualmente conseguiremos es que los trabajadores vivan más lejos de su lugar trabajo, no gente durmiendo más horas y pasando más rato con la familia.

Esto quiere decir que el retorno de inversión de dar servicio de cercanías o metro a un barrio pobre con transporte público deficiente es mucho mayor que el de hacer llegar una línea de metro ligero o cercanías a un suburbio donde la gente coge el coche para ir a trabajar. En el primer caso, el «radio de treinta minutos de viaje» de los habitantes del barrio aumentará dramáticamente; en el segundo, el cercanías solo producirá una mejora marginal, y solo si las carreteras están muy congestionadas.

Lo que nos lleva al tercer punto, la congestión. En España, los trenes de cercanías, metros y autobuses urbanos están fuertemente subvencionados. Las redes de cercanías tanto de Madrid como de Barcelona solo cubren sobre un 40% del coste operativo con el coste de los billetes. Esta no es una cifra en absoluto inusual; fuera de las ultradensas ciudades asiáticas (Hong Kong, Osaka, Tokio), los impuestos pagan una parte importante del servicio en casi todas partes. Esto, a primera vista, podría parecer una despilfarro, pero el transporte público en una gran ciudad tiene efectos positivos que van mucho más allá de sus usuarios.

Miremos, por ejemplo, el caso de Madrid. La red de cercanías de la capital mueve cada día a 900.000 viajeros. En hora punta los túneles de Sol y Recoletos mueven veinte trenes por sentido, llevando cada uno entre 800 y 900 viajeros, es decir, cerca de 70.000 viajeros cada hora. Para poner esta cifra en contexto, podemos comparar con lo que necesitaríamos para mover el mismo volumen de tráfico utilizando vehículos privados. En condiciones ideales (velocidades un poco por debajo de 100 km/h, sin parones), una autopista/autovía puede mover unos 1900 turismos por carril cada hora. Esto quiere decir que una autopista de tres carriles por sentido puede mover unos 11.400 coches sin atascos. Asumiendo 1,2 viajeros por coche (la media habitual en grandes ciudades en hora punta), hablamos de una infraestructura que puede mover menos de 14.000 personas cada hora, o una quinta parte de lo que están moviendo los cercanías en Madrid.

Dicho en otras palabras: si quisiéramos ofrecer la misma capacidad de transporte que los túneles ferroviarios urbanos que cruzan la ciudad para transporte privado, necesitaríamos construir cinco autopistas de seis carriles de punta a punta de la ciudad. Y eso antes de ni siquiera imaginar dónde aparcaríamos la marabunta de coches que traerían consigo.

La cosa va más allá. Una de las características más irritantes de carreteras y autopistas es que el nivel de congestión no aumenta de forma lineal. Una autovía puede tener tráfico fluido cuando lleva 12.000 coches/hora, pero una vez alcanza su «límite» de capacidad la velocidad de circulación disminuye de forma catastrófica. En general, la constante de Marchetti hace que la mayoría de autopistas se queden cerca de la saturación, pero sin alcanzar el colapso, ya que los conductores a la larga autorregulan su nivel de uso. De fondo, lo que vemos también es que cada coche que un tren de cercanías saca de la red de carreteras está a su vez mejorando el tiempo de viaje del resto de conductores mucho más de lo que parece.

Si miramos más allá de la congestión, el ferrocarril tiene otras ventajas importantes. El tren es mucho menos contaminante que el coche; en Madrid los trenes de cercanías están completamente electrificados, y sus emisiones son una fracción de lo que sería el mismo volumen de viajes en coche. El ferrocarril tiene también la ventaja de requerir mucho menos espacio en infraestructuras, ser menos ruidoso y (por qué no decirlo) más bonito.

Los ferrocarriles, sin embargo, sí tienen un inconveniente importante: para ser realmente eficaces, las ciudades deben estar construídas con ellos en mente. Una vía doble electrificada puede llevar el doble de viajeros que una autopista sin demasiados problemas, pero para sacar provecho de esta gigantesca capacidad de transporte alguien debe vivir y trabajar cerca de ella. Los trenes de cercanías son muy agradables y ecológicos, pero si van vacíos realmente no sirven de gran cosa. Al planificar una red de transporte metropolitano, por tanto, políticos y urbanistas deben asegurarse de que el uso del suelo se adapte a las infraestructuras.

Esto quiere decir densidad, por encima de todo. Vivir cerca de una estación de cercanías es algo deseable; las viviendas que tienen buen acceso a transporte público son más caras por este motivo. Es, de nuevo, un ejemplo de beneficios del ferrocarril que no son capturados en el precio del billete, sino por los tipos que tienen una casa pareada cerca una estación. Esta tendencia tan madrileña de construir estaciones de metro o cercanías rodeadas de viviendas unifamiliares o bloques de dos o tres plantas quizás sirva para crear barrios bucólicos, pero no hace más que desperdigar la población sin sentido mientras se infrautilizan las redes de transporte existentes. Cuanto más lejos tengan que mudarse los residentes, mayores serán los tiempos de viaje, y menor su acceso a los lugares de trabajo. El efecto beneficioso del transporte público se diluirá enormemente.

Uno de los motivos por los que los transportes públicos en lugares como Hong Kong u Osaka cubren costes es precisamente porque se toman la densidad en serio, y tienen una estructura institucional que hace que los beneficios del la existencia de una línea de tren favorezcan un uso intensivo de esta. ¿Cómo? Simplemente, la compañía de ferrocarriles es propietaria de los terrenos alrededor de las estaciones. En Hong Kong, la MTR ha construido oficinas, centros comerciales y rascacielos al lado de sus estaciones, porque sabe que sus inquilinos son los que llenaran los trenes. Aunque el modelo parece difícil de replicar en España, en realidad es algo que ADIF ha explotado en muchos lugares; las grandes estaciones de muchas ciudades españolas son centros comerciales extraordinariamente rentables por este motivo. Muchos de los mal llamados «pelotazos urbanísticos» recalificando suelo alrededor de estaciones como Sagrera o Chamartín son, en la práctica, ejemplos de libro de cómo racionalizar el uso del suelo.

Las ciudades son organismos complejos, casi inabarcables. En sus calles, vías y aceras cada día se producen millones de desplazamientos, el motor de su vitalidad. Cómo se mueven sus habitantes, la geografía de su rutina diaria, está determinado por una combinación de constantes, costumbres y decisiones sobre infraestructuras, urbanismo y vivienda que pueden haber sido tomadas hace casi cien años. Entender cómo estos cambios, planes, políticas y pequeños agravios afectan a una gran ciudad es crucial para hacer que esta funcione, y hacer también que la vida de sus habitantes sea un poco más agradable.


La salud en los tiempos de la cólera

Friern Hospital, 1984. Foto: Alan Denney (CC).

Hay un lejano poblado oriental en el que consideran que estar enojado es una enfermedad. Me lo comentó un epidemiólogo mientras estábamos en un balcón mirando a los paseantes de una calle peatonal, extrañado por la cantidad de gente con cara seria. Ese concepto me recordó  a otro que manejan los indios de Chiapas; para ellos es lo mismo estar solos que estar tristes. Muchas veces sucede que cuando nos enfrentamos a otras definiciones nos damos cuenta de que por muy modernos que seamos, también somos una sociedad muy desgraciada. Para empezar confundimos conceptos, y de esa confusión nacen prioridades mezcladas, que nuestros gobiernos aprovechan para hacer más perezoso su discurso y desarrollar su ineptitud. Un buen ejemplo es el tema de la salud. Dicen que es la prioridad, junto con la educación, pero ¿de qué hablan cuando hablan de salud? ¿Cómo la definen? ¿Cuáles son las causas que la afectan?

Hay quienes siguen pensando que estar sano es no estar enfermo, que sería como decir que estar enamorado es cuando no se odia.

La falta de definición había  pasado de ser una ausencia a ser un problema. La OMS trató de establecer una meta: «Salud para todos en el año 2000». En el 2001, cuando supieron que no lo lograrían pensaron que quizás habían sido demasiado ambiciosos, sobre todo porque, según ellos, la salud era (desde 1948) «el completo estado de bienestar, físico, mental y social». ¿Conocen a alguien que tenga un completo estado de… algo? O sea que, según esta definición, estamos todos enfermos. Para ser justos, tener una definición trajo cosas buenas. Primero, es mejor que  tratar de entender un término por su ausencia. Segundo, asociar la salud al «bienestar» se acerca al concepto que popularmente entendemos como tal. Y tercero, por primera vez se habla de algo más allá del cuerpo al incluir el aspecto mental y  social.

Años después se cambió la palabra «estado» por «proceso», para darle dinamismo, y así ha quedado hasta el día de hoy, a pesar de tener numerosos detractores. Una de las principales críticas a esta definición reside en el concepto de «bienestar». ¿Es lo mismo estar bien que sentirse bien? Demasiado subjetivo como para usarlo en la práctica.

A pesar de su poca divulgación hubo, sin embargo, otra teoría sobre este tema, la teoría social de la salud. Según la cual la salud no existe por sí misma ni es un estado. Aunque  se puede ver de forma objetiva y por supuesto tiene muchas causas, pero no todas tienen la misma «jerarquía». Según esta teoría, lo correcto es hablar de la unidad dialéctica «salud-enfermedad»; o sea que son dos conceptos que no se pueden entender por separado. Esto a nuestra sociedad le cuesta la misma salud (valga la redundancia). Piensen en otras «unidades dialécticas»: «bondad-maldad», «belleza-fealdad», «inteligencia-estupidez» y evalúense de acuerdo a ellas. Todo cambia cuando admitimos que «alegría-tristeza» forman parte del mismo concepto, que son dos cosas que van juntas y que (en distintos grados cambiantes) se van expresando en cada momento según lo afecten diferentes causas. Esto incluso cambia el enfoque ante un paciente discapacitado. El término «discapacidad» pierde sentido ya que no se señala solamente la capacidad ausente, sino que se destacan las capacidades existentes. Hasta el cuerpo más enfermo tiene algo sano y hasta el más sano puede tener inflamadas las encías.

Permítanme un momento de «autoayuda»: no importa lo enfermo  que estés. Tu enfermedad está encerrada en un ser sano. Tu parte sana siempre es mayor, por eso estás vivo.

Según esto: ¿qué es estar enfermo? Para empezar es algo dinámico que, efectivamente, se expresa en niveles de bienestar, pero lo importante es si nos permiten, o no, cumplir nuestro rol social.

La salud es principalmente una medida de la capacidad de cada persona de hacer o de convertirse en lo que quiere ser…. (René Dubos)

Pero acá viene el punto que marginó a esta teoría y por la que nadie la desarrolla: la «determinación» de las causas sociales. Si durante la Revolución industrial el dueño de una fábrica llamaba a quienes promovían esta teoría, por culpa de una epidemia de lo que fuere, la solución dada no era un antibiótico, sino aumentar los salarios. Por eso no les llamaban.

Para la sociedad capitalista lo importante era lo biológico, lo somático, lo corporal antes que nada. El cuerpo es una realidad biopolítica; la medicina es una estrategia biopolítica. (Michel Foucault)

Según la teoría social de la salud, hay muchas causas que hacen que esa unidad «salud-enfermedad» rompa su equilibrio. Hay causas biológicas, lógicamente, donde se desencadenan las patologías. Hay causas ambientales que mediatizan las mismas, pero, y atentos a esto, las causas sociales son las determinantes. Respiremos. ¿Están insinuando que solo los pobres enferman? Claro que no. Pero sí que las diferentes clases sociales están condicionadas para enfermarse por patologías distintas. Si miramos el mapa del mundo podemos intuirlo. Las enfermedades crónicas en los países más desarrollados, las infecciosas en los menos. La malnutrición es más del sur, la depresión es más del norte. En Estados Unidos hay más asesinatos violentos, en Haití más cólera. Los pobres tienen más caries, los ricos más infartos. Pero antes de que se mareen con estadísticas epidemiológicas y casos particulares —que hacen dudar de lo planteado, aunque se trate de excepciones que confirmarían la regla—,  el punto es que según esta teoría, para estar sano es indispensable tener comida, educación, vivienda, ropa, diversión, servicios sanitarios y trabajo. Ahora sí que estamos todos malos.

La determinación de los factores sociales no fue un capricho de los autores de esta teoría, sino parte importante de su definición de salud cuando la estudiaban como un proceso histórico que había variado con nuestras sociedades y que condicionaba las prácticas de la medicina. Por ejemplo, se han encontrado cráneos con un agujero para que se escape el demonio que causaba el dolor, por no hablar de las pestes medievales y los castigos divinos o del invento del microscopio y el desarrollo de las teorías «biologicistas unicausales». La relación entre concepto de salud y práctica médica parece evidente.

Foto: Amanda Tipton (CC).

La Revolución industrial nos convirtió en un mecanismo: tener una causa lo simplificaba todo y cambiar un engranaje es mejor que comprar otra máquina. Eso continuó hasta hoy: «Tiene un virus», te dice el doctor; «Este es el gen de…». Y con eso explicamos casi cualquier trastorno.

Lo cierto es que muchos tenemos el bacilo de Koch, pero no desarrollamos la tuberculosis porque estamos demasiado bien alimentados para ello. No se enferma quien quiere sino quien puede.

Bajo este modelo exclusivamente biológico se ha creado una enorme industria, la farmacéutica, una de las más grandes y poderosas, con fórmulas químicas para casi todo menos para el desempleo, como ya sabemos. Nos estamos curando por encima de nuestras posibilidades.

En cierto sentido «la medicina social» no existe porque toda medicina es social. La medicina siempre fue una práctica social, y lo que no existe es la medicina «no social», la medicina individualista, clínica, del coloquio singular, puesto que fue un mito con el que se defendió y justificó cierta forma de práctica social de la medicina: el ejercicio privado de la profesión. (Michel Foucault)

Pero volvamos a la actualidad, al balcón desde donde miramos pasar gente enfadada y temerosa. Si tomáramos una muestra representativa encontraríamos un alarmante aumento de casos de varias enfermedades asociadas al estrés. Incluso trastornos como el bruxismo (apretar o rechinar los dientes), que se presentaba ante una interferencia en la mordida, está aumentando en su incidencia y quienes lo estudian lo manejan como una expresión de la falta de adaptación a un medio hostil. El estrés, esa respuesta que nos preparaba para huir del peligro, nos genera una serie de reacciones ante la publicidad; el tráfico; los medios hablando de enfermedades, guerras y amenazas; las noticias sobre enfermedades incurables; las discusiones; la rutina. Nosotros mismos y nuestra fragilidad.

Los mortales le tenemos miedo a la muerte, nos aterroriza la única experiencia que tenemos asegurada en esta vida. Vivimos esquivando el motivo por el que tenemos arte, por el que tenemos relaciones sexuales, la causa verdadera por la que vale la pena «vivir a tope». ¿Qué sentido tendría si fuéramos inmortales? ¿Para qué salir corriendo tras el amor de tu vida si, más tarde o más temprano, durante la eternidad, coincidiremos? También es cierto que de nada vale la eternidad sin la salud. Algo que todavía no sabemos claramente qué es.

El epidemiólogo me decía que si lográramos entender la diferencia entre un estado y un proceso estaríamos más cerca de la felicidad. «Estar sano y sentirse sano». «Ser feliz y estar feliz». O la controvertida: «Ser homosexual y sentirse homosexual». Vivimos con la necesidad constante de estar encasillados pero no hay nada más realista que decir «estoy feliz» en lugar de «soy feliz». Esa condición, dinámica e histórica, es una reflejo mucho más cierto.

La salud es la alegría celular. (Hugo Rosetti)

La medicina clínica ha decidido dejar de lado los factores sociales. Nuestra vida, indivisible, es fragmentada  para su estudio. Por más que sea evidente que un hombre enfadado es un enfermo, o que una mujer triste no está sana, alguien prefirió negar la conexión entre las emociones y nuestra biología. Existen corrientes que estudian esas conexiones, la llamada «biodecodificación», pero muchas veces esta, como todas las «alternativas», son tratadas como métodos no científicos. No las estudian y las acusan de no estar demostradas, los científicos positivistas son así de caprichosos.

Curiosamente, sí es una evidencia científica la determinación de los factores sociales. Ciencias muy investigadas como la antropología, la sociología, la historia, la demografía, la política, la economía, la epidemiologia o la psicología han llegado a conclusiones que podrían ser claves en el desarrollo de las ciencias médicas, pero aun así se mantiene una dimensión biológica e individual aún cuando esto sería un error desde el punto de vista científico.

Uno de los problemas que no admiten esas personas enfadadas que están ahí abajo buscándose la vida es que no son animales corrientes. En ellos la evolución no cumple las reglas naturales. El hombre es un ser social (si quieren  bio-psico-social), pero en todo caso está enclavado en un ambiente artificial del que depende y es parte. No podemos estar sin los otros. Para estar sanos, nuestro grupo tiene que estarlo. Estarás enojado con ellos, pero sin ellos estarías muerto. Tienen razón en Chiapas.

Muchas veces se confunde salud con servicios de salud.

Hay personas que viven lejos de un dentista, a cien kilómetros Otras viven mucho más lejos, a cien dólares. (Hugo Rosetti)

Pero los grandes avances de la medicina, las grandes causas de cura, no han venido de la mano de inventos o descubrimientos. Los saltos estadísticos, generalmente, han sido dados por la mejora en los niveles de vida. Cuando la educación, la alimentación, el saneamiento y la vivienda mejoran, parece que la gente se enferma menos y vive más. No son más sanos los grupos que tienen más cobertura sanitaria, sino los que tienen mejores niveles de vida. ¿Ya está otra vez insinuando que los ricos no enferman? Que no, claro que enferman, incluso se mueren… Tener un mejor nivel de vida no es (necesariamente) tener más dinero, tal como podemos observar mirando con pena a muchos ricos que andan dando lástima por ahí. Estar enojado es una enfermedad. Como dice Pepe Mujica:

No se puede comprar tiempo de vida. El dinero te cuesta la vida que tuviste que gastar para ganarlo, cuidarlo y mantenerlo.

No somos una sociedad sana. Ya lo sabíamos. Pero quizás es peor ser un grupo tan solitario. Tan triste.


La fortuna de los catalanes: ya es casualidad

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Detalle de La petita texidora, de Joan Planella i Rodríguez, 1885. Imagen: DP.

Verano de 1793. En el taller textil de La Canya, situado en la villa catalana de Berga, el carpintero Ramón Farguell, conocido como el Maixerí —el Machine, el Máquina en francés—, está dando los últimos retoques a un nuevo invento: su nueva máquina de hilar algodón. Desde pequeño trabaja en el taller algodonero que antes había sido de su abuelo y de su padre, conoce a la perfección las glorias y miserias de su oficio, y especialmente conoce la maquinaria, de la cual es el mayor experto de la zona. Pero tiene un problema: la última máquina que adquirió para hilar el algodón, la inglesa Spinning Jenny —la más moderna, cuarenta husos trabajando a la vez— todavía hila demasiado despacio como para que el transporte de algodón hasta Berga y posterior hilado sea rentable. Farguell se ve obligado a importar el algodón ya hilado desde Inglaterra. Hasta ese momento. Si el invento en el que ha trabajado durante un año funciona, esto es, si el aumento de los husos de la Spinning Jenny de cuarenta a ciento veinte funciona correctamente, se habrá terminado la importación de algodón ya tratado e hilado. La mayor velocidad de la máquina hará que a partir de entonces todo el proceso del algodón se pueda hacer en su taller a muy bajo coste. La máquina se llama la berguedana, y funciona. Funciona tan bien que en menos de diez años ya hay ciento veinte berguedanas en las cuencas textiles del Llobregat y el Ter, y en 1845, más de dos mil quinietas repartidas por toda Cataluña. Él no lo sabe, pero está dando el pistoletazo de salida a la revolución industrial en España.

Lo que Farguell el Maixerí tampoco podía sospechar es que dos siglos después Alejandro García le quitaría méritos y se los daría a un impuesto de los Borbones: el catastro. Siempre ha existido un gran interés por explicar la revolución industrial catalana, por desentrañar de dónde venía la riqueza de la zona, encontrar las causas de la fortuna de los catalanes, señalar a los culpables. Muchas veces se ha hecho con mala leche política, para quitarle medallas a unos y ponérselas a otros. Entre las hipótesis destacan las que ven en la creación de la riqueza catalana la buena mano de España, de sus gobernantes y sus leyes. Cuentos mitológicos en su mayoría, como el que habla de la influencia del comercio americano —comercio que se abrió para toda España en 1778 y para toda Europa en 1797 y que podría haber beneficiado a todos—, o la de proteccionismo —proteccionismo que también ayudaba al grano castellano, mucho más caro que el ruso—. Algunas de las hipótesis propuestas son más acertadas que otras, algunas están más elaboradas, o tienen más gracia; otras menos, claro, pero la mayoría, aun cuando están equivocadas, mantienen el principio de verosimilitud. Cosa que no ocurre con la hipótesis impositiva del catastro de Alejandro García.

En el artículo «Precapitalismo involuntario: la fortuna de los catalanes» aquí publicado, el historiador Alejandro García nos cuenta que el catastro —el impuesto creado por Patiño y Felipe V a principios del XVIII aplicado a los vencidos de la Guerra de Sucesión— fue lo que dio a los catalanes que lo pagaban un capital que otros pueblos no tuvieron, y que con este capital se originó la revolución industrial catalana y su posterior riqueza. Ya es casualidad. Pero no corramos, ¿qué era exactamente el catastro? El catastro borbónico fue un impuesto directo —esto es, un impuesto que grava lo que tienes, no lo que compras o haces— aplicado a los habitantes de los territorios que perdieron la Guerra de Sucesión Española. Lo que vendría a ser un impuesto de conquistador dedicado a que los vencidos paguen los costes de la victoria, al más puro estilo de las indemnizaciones que sufrieron los alemanes por el Tratado de Versalles. Sobre este impuesto García desarrolla dos hipótesis. La primera es que el impuesto se aplicó mal y el fraude estaba asegurado por la misma ley. Según él los que pagaban podían ahorrarse el 84% de lo que deberían haber pagado, ya que las tasaciones de los suelos y la recaudación estaban mal planteadas, cosa que permitía una acumulación de capital. Aparentemente esto tiene lógica, o la tendría si el impuesto hubiera existido en toda España y solo se hubiera producido este fraude en Cataluña. Pero no, los catalanes podían acumular el 84% de este impuesto, pero los castellanos, al no tenerlo, ahorraban y acumulaban el 100% de dicho impuesto. Los castellanos deberían haber tenido más capital acumulado y mejores industrias si seguimos el planteamiento de García.

La segunda hipótesis es que las tierras más pobres pagaban menos que las ricas —cierto—, y que por tanto la gente compraba y conreaba más las pobres, aguzando el ingenio para sacarle más rendimiento. Y a más ingenio, mayor desarrollo tecnológico. Lástima que el sistema agrario catalán no funcionara de esta manera, ni por asomo. En el agro catalán a un lado estaban los suelos eclesiásticos y señoriales, que en su mayoría estaban arrendados a largo plazo —normalmente estos plazos eran intergeneracionales y estaban vinculados a la supervivencia del cultivo, por ejemplo de las vides— a pequeños agricultores. En estos arrendamientos se usaba el sistema enfitéutico, un sistema que mayoritariamente podía llegar a ser de carácter vitalicio y hereditario aplicado en el siglo XVIII solo en Cataluña siguiendo el derecho civil catalán. Del otro lado, estaban las propiedades agrícolas estrictamente privadas, lo que serían las masías. El patrimonio pasaba de padre a heredero —la figura del hereu catalán— de forma íntegra, sin repartirse entre hermanos (por norma general). El mantenimiento intergeneracional e íntegro del patrimonio era una parte fundamental de la mentalidad payesa de la época, fruto de los incentivos del derecho civil catalán, que tenía como propósito preservar las familias y sus patrimonios; preservar la tierra. Este era un derecho civil derivado del derecho romano y aplicado en todos los territorios de la Corona de Aragón desde sus inicios, y que después del 1714 solo continuó vigente en Cataluña.

A no ser que uno vea en el derecho la fragancia de los pueblos, el derecho civil es una de las cosas, tangibles, sin esencialismos, que más diferenciaba el Principado de los demás territorios peninsulares. Por lo tanto, el agricultor, el payés, no elegía sus tierras como quien va al mercado según eran más o menos buenas. Eran las tierras de su familia, las de siempre, las de sus padres, las de sus abuelos. Seguramente, el que tenía malas tierras aplicaba el máximo ingenio para sacarle el máximo beneficio, pero no más ni menos que antes o después del catastro. Por otro lado, ni Farguell, ni nadie de su familia, ya que estamos, pagó nunca el catastro agrícola. Eran carpinteros, menestrales, como la mayoría de los primeros industriales y capitalistas del país. No, el catastro no afectó para bien al resurgir de la economía catalana y la creación de la revolución industrial que se vivió allí. Ya es casualidad que, de todas las cosas que pudieron influir en la fortuna de los catalanes, la clave sea el derecho de conquista y la represión. Gràsias, bwana.

Página del catastro de Patiño con el impuesto de Josep Aran Bayle. Fotografía cortesía del Arxiu Històric de Lleida.
Página del catastro de Patiño con el impuesto de Josep Aran Bayle. Fotografía cortesía del Arxiu Històric de Lleida.

Si el impuesto de conquista no fue el causante del resurgir, ¿de dónde salió la revolución industrial de Cataluña? No se lo van a creer: de antes de la guerra. Cuando se inició la revolución industrial, Cataluña estaba en plena recuperación económica después de haber pasado por unos siglos de decadencia. Esta decadencia ciertamente existió, y fue muy dura, pero no fue causada por el bandolerismo como se cuenta en el artículo mencionado —fue un efecto de la decadencia, no una causa— ni por las leyes vigentes, ya que bajo las mismas leyes hubo pujanza económica tanto en los siglos XII y XIII como a principios del XVI o finales del XVII. Las causas fueron variadas y extendidas en el tiempo, un cúmulo de circunstancias que adormecieron a Cataluña ecónomicamente durante tres siglos. Empezando por causas epidémicas, como la peste negra, que segó la vida a un tercio de sus habitantes. O las guerras civiles que estallaron en el siglo XV con la llegada de la dinastía castellana de los Trastámara, o las revueltas campesinas de los remensas, o las últimas luchas en los condados de Pallars… Sin olvidar los trastornos que propició la religión, desde la expulsión de los judíos a los moriscos, que afectó a Tarragona y Lleida y arruinó completamente a Aragón y Valencia —por entonces, los principales socios comerciales de los catalanes—. Por no insistir en el retroceso que supuso para la ciencia y la cultura la instauración del Santo Oficio o la prohibición de estudiar en las universidades de países herejes, como Inglaterra, Alemania o incluso Francia, atrapados en la autarquía intelectual —¡por nuestro bien, para no contagiarnos de cualquier pestilencia luterana! ¡Que no sabemos apreciar nada!—. Añadan la prohibición de la usura, que obligó a España a buscar banqueros en el exterior, especialmente en Génova, máxima rival comercial de Cataluña durante siglos, ahora financiada con el oro americano. ¿Y las razones climáticas? Toda Europa vivió una pequeña edad del hielo durante los siglos XVI y XVII, que en Cataluña causó fenómenos tan extraordinarios como ver el Ebro o el Llobregat congelados. Se perdieron grandes cosechas durante varios años seguidos. Miseria, hambruna.

Y qué decir de la situación internacional. El sur de Francia hervía con las guerras de religión y eso afectaba al comercio catalán, como también le afectó muy gravemente la piratería berberisca o el cierre del mercado de Levante por parte del turco. El Mediterráneo ya no era un mar apto para el comercio, y eso sí fue clave para la decadencia de un pueblo habituado al comercio, como le pasó al pueblo veneciano.

Los Borbones. El catastro. Ya.

Lo cierto es que los pocos datos macroeconómicos que nos han llegado de la época demuestran que el resurgir se produjo ya bajo el reinado de Carlos II, en la década de los sesenta del siglo XVII. La prueba es que si no, no se hubiera podido pagar el esfuerzo bélico contra Francia y España en el periodo 1713-1715, cuando Cataluña dejó de contar con aliados extranjeros.

Los grandes movimientos, los de fondo, siempre son lentos y con orígenes múltiples. La decadencia se alargó a lo largo de tres siglos y la recuperación a lo largo de otros dos. La recuperación se produjo por el alejamiento de los turcos y piratas de la costa catalana y de sus rutas de comercio más cercanas, por la pacificación interna de Francia, por el aumento del liberalismo en el comercio mundial, la relajación en las leyes religiosas, el avance técnico, la mejora del clima y el aumento de las temperaturas con la consiguiente mejora en las cosechas… Cada punto de los enumerados anteriormente, tanto para la decadencia como para el resurgir, daría para estudios enteros. Ni se puede despachar en una sola pieza, ni se puede hablar de una sola causa. Pero para resumir: cualquier otra nación sometida a las mismas circunstancias internas y externas hubiera reaccionado igual.

¿Pero por qué los catalanes tuvieron su revolución industrial, su riqueza, y otros pueblos de España no? No por ser más listos y guapos, lamentablemente. Esto solo lo piensan los hombres de paja contra los que pelea el citado artículo. Todas la diferencias son las obvias: la geografía, la naturaleza, la geopolítica, el derecho… En el caso de Cataluña, por ejemplo, sus cursos de agua, propicios para la industria, o su buena comunicación con el resto Europa —está cerca, no sé si lo habrán notado; de ahí que su elogiado europeísmo sea pura ósmosis de frontera, de puerto, de comercio—, o el buen aprovechamiento de su escaso hierro y carbón, o la mano de obra basada en los segundones de las familias que se quedaban sin herencia por culpa del hereu, el buen clima para la agricultura, el retorno a la centralidad en las rutas hacia el oriente gracias a la apertura del canal de Suez a finales del XIX… No hay nada esencialista ni metafísico en todo esto. Cataluña estaba en el sitio y en la hora indicada para sufrir las condiciones de la decadencia y para aprovechar luego las circunstancias de la recuperación: contexto, capital humano, transmisión cultural.

España necesita estudios serios y amplios sobre la materia, pero antes la historiografía debe abrirse a otros campos como ya ha ocurrido en otros países. Para estudiar adecuadamente la historia se debe contar con la ayuda de economistas, estudiosos del derecho, climatólogos, biólogos, geólogos, ingenieros… Debe haber una compenetración entre diversos actores que actualmente trabajan en compartimentos estancos. Empieza a ocurrir, pero poco. ¿Será por el clima o será por la política? ¿Y si ponemos un impuesto? A lo mejor funciona. Hasta que no sea normal, el estudio sobre la riqueza de las naciones será cojo y hemipléjico. Visto lo visto, quizás sería más interesante buscar el origen de la pobreza de los que lo pudieron tener todo y al final no tuvieron nada —quizá si hubieran perdido la guerra y se les hubiera impuesto un catastro…—. Pero la represión les tocó a los catalanes, y se hicieron ricos. Ya es casualidad.

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Máquina de hilar maixerina o berguedana. Fotografía: Friviere (CC).


Precapitalismo involuntario: la fortuna de los catalanes

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Retrato de José Patiño, obra de Rafael Tegeo, 1828. Imagen: DP.

Uno de los más recurrentes, fatigosos y antiguos debates políticos en España es el que gira alrededor de la cuestión de la plurinacionalidad y los rasgos diferenciales de las distintas culturas que alberga. Las nacionalidades llamadas «históricas» son fácilmente reconocibles por lo que en realidad las distingue: la lengua. Pero, más allá del bilingüismo, ¿nunca se han preguntado en qué se diferencian realmente catalanes, vascos, o gallegos del resto de españoles? Es decir, si obviáramos bailes o cocinas regionales… ¿Qué es eso de la cultura o los pueblos? ¿La mentalidad, actitud, o «forma de ser» propia de las colectividades existe, o es un invento del nacionalismo decimonónico bigotón alemán?

Parece asentada desde siempre la idea de que los catalanes son un pueblo trabajador e industrioso: se han escrito montones de ensayos sobre su cercanía a los europeos del norte y su superior habilidad para los negocios, carácter inherente que habría propiciado el milagro industrial catalán de los últimos dos siglos; argumento que se está empleando incluso para pronosticar el éxito de una futura independencia. El caso es que los hechos históricos son palmarios, y por esa vía podríamos deslizarnos fácilmente a abrazar estas tesis: Cataluña ha sido el pilar de la Revolución Industrial española durante dos siglos, y su prosperidad económica, comparada con el fracaso de la mayoría de las demás regiones hispanas, incontestable. ¿Pero se debe realmente a un «ADN» diferente, o hay alguna otra explicación menos esencialista?

Para rastrear el origen real del mencionado milagro, es necesario retroceder hasta el invierno de 1713-14, en plena Guerra de Sucesión, momento romántico-mítico-sísmico para el nacionalismo catalán. El ejército del duque de Berwick sitia Barcelona y el intendente general de Felipe V, el francés Orry, tiene unas cuantas preocupaciones. Por una parte, financiar el acuartelamiento invernal de los soldados, evitando que recurran al pillaje sobre el terreno. Tal eventualidad podría complicar mucho la campaña militar, como quedó demostrado durante la Guerra dels Segadors, setenta años atrás. Por otra, aplicar la norma número uno de cualquier juego de mesa, ya sea en la de un casino de pueblo, o en teatros bélicos de operaciones a escala mundial: «quien pierde, paga».

No solo se pretendía cargar con los costes de la guerra a los vencidos, sino que se trataba de corregir lo que por entonces se veía como un agravio fiscal en buena parte de los reinos peninsulares. Hacia mediados de la época de los Austrias, la contribución de los territorios de la Corona de Aragón a financiar el aparato de la monarquía y su monstruoso imperio americano ascendían a seiscientos mil pesos sobre dieciséis millones, menos de un triste 4%. La Diputació y la Generalitat ingresaban más del doble que la Corona en Cataluña, lo que les había permitido financiar la guerra de 1641 contra el rey. ¿Cómo se había llegado a esta situación?

En realidad, para comprenderlo, hay que hacer un pequeño esfuerzo y borrar ideas preconcebidas sobre inmutabilidades históricas. Durante los dos siglos Habsburgo, la Corona de Aragón era uno de los reinos más pobres y menos poblados de la monarquía hispánica. Además, en virtud de sus fueros tradicionales, cada petición de aflojar el bolsillo por parte del Austria de turno era peor que una visita al dentista, por lo que si podían tirar sin la calderilla aragonesa, mejor. Total, Castilla, Nápoles, o Flandes daban mejores dividendos con menos esfuerzo. Cualquiera que se diese una vuelta con la máquina del tiempo por allí dudaría muy mucho en calificar a los catalanes de la época como emprendedores empoderados moviéndose fuera de la zona de confort: las crónicas de oficiales reales y viajeros los describen como pendencieros, orgullosos y «prestos a tirar de espada». El campo catalán estaba plagado de bandidos liderados por una baja nobleza empobrecida, mientras solo la ciudad de Barcelona mantenía cierto dinamismo a pesar del hundimiento del Mediterráneo como ombligo comercial mundial, lo que correspondería con las cifras disponibles, que indican un estancamiento demográfico y económico de Cataluña durante prácticamente todo el periodo.

El problema viene cuando, a mediados del XVII, Castilla no puede seguir sosteniendo sola el esfuerzo de la política internacional y los ojos se vuelven hacia la España oriental, hasta ahora poco molestada en cuestión de dineros. Orry está preparando, además, una modernez importada de Francia: un impuesto directo único y homogéneo que sustituiría a las múltiples cargas existentes. Pero también se concibe como proporcional a la riqueza disponible, por lo que es imprescindible conocer a cuánto asciende esta.

El encargado de  sacar adelante el marrón será don José de Patiño, gallego nacido en Milán —no solo los de Bilbao nacen donde quieren—, superintendente general de Cataluña, y, por tanto, aplicador a su vez del Decreto de Nueva Planta. Se trataba de confeccionar un censo que contabilizara las tierras catalanas, los oficios de la población, y los importes de las rentas para gravarlos con su correspondiente impuesto.

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Página del catastro de Patiño con el impuesto del pobre Josep Aran Bayle. Fotografía cortesía del Arxiu Històric de Lleida.

La tarea era difícil, porque implicaba clasificar los diferentes tipos de tierra para tasarlos en función de su calidad o unificar las tropocientas medidas y pesos locales. También era necesario conocer en qué trabajaba cada uno (para encasquetarle un impuesto personal del 8,33%). Para llevar a cabo este catastro, en cada localidad se constituiría una comisión de expertos que rellenaría las llamadas «encuestas generales», un cuestionario sobre las propiedades y terrenos (redactado en catalán, obviamente). Este concepto revolucionario y afrancesado introducía un grado importante de equidad y racionalidad fiscal, a la que la corona se encargó de encasquetarle un cupo de un millón y medio de pesos.

Este contrasentido se cargaba de un plumazo la mentada proporcionalidad… ¿Para qué el esfuerzo de averiguar tantos datos sobre la riqueza real si al final se imponía una cuota fija? En realidad, se trataba de sortear un problema habitual en cuanto al cobro de impuestos: el fraude. Efectivamente, en cuanto las administraciones locales veían aparecer por el horizonte algún funcionario de fuera preguntando por sus bienes, tendían sistemáticamente a responder a la baja y ocultar lo que podían, ya sea mintiendo sobre la calidad o sobre el tamaño de las tierras. El cupo permitía distribuir la carga fiscal como los alcaldes y gentes importantes de las villas quisieran, mientras aportaran el importe completo.

Así, a trancas y barrancas, y con gran esfuerzo, la encuesta salió adelante con numerosas imprecisiones en los datos, mientras el excesivo cupo asignado se rebajó sucesivamente tras las protestas de los borbónicos catalanes, funcionarios reales y algunos informes como el de Ametller, fijándose en novecientos mil pesos en 1718. El impuesto se pagaba en función de lo declarado en el documento, y en 1720 se recaudaron setecientos cuarenta mil pesos. La impresión general en Cataluña era de excesiva carga fiscal mientras que en Madrid se tenía la idea de que la base impositiva olía a gato muerto. Vamos, exactamente lo mismo que ahora, trescientos años después. En 1735, Antonio de Sartine puso orden en las cifras y reformó el catastro, precisando la información —llamadas «recanaciones» o repetición de mediciones— y simplificando el impuesto personal, cambiando ese complicado porcentaje por una cantidad fija. A partir de aquí, en Cataluña el impuesto directo quedó inalterado durante más de un siglo.

Pues bien, esto que nació como una imposición y un castigo ejemplar, que en sus inicios resultó fuente de polémica al aumentar la hasta entonces escasa contribución monetaria catalana, se convirtió con el paso del tiempo en el factor clave del boom económico de aquel territorio concreto. ¿Cómo? Pues por la vía de la desidia y el fraude, como viene siendo habitual en tierras hispanas. Dadas las complicaciones de recabar información en el siglo XVIII, durante todo un siglo los pagos se hicieron a partir de la encuesta de Sartine; por lo que, a medida que aumentó el capital catalán, el impuesto fue quedando desactualizado hasta convertirse en una cantidad muy modesta. Por otra parte, ante la falta de comprobación periódica, las ocultaciones y mentiras gordotas adquirieron diversas formas… total, mientras se llegase al cupo, qué más daba. Es muy curioso el caso del propio contador principal de 1787, que realiza el cálculo del fraude en el impuesto de su propia vivienda y acaba concluyendo que paga un 16% de lo que debería. ¿Y qué hacía la Corona?, se preguntarán. Pues nada. Lo cual, seguramente, obedezca al aumento de lo ingresado por los impuestos indirectos a medida que la economía catalana se ponía cachas.

En otras palabras, y números aparte, el catastro favoreció la aparición de los elementos imprescindibles para un precapitalismo como Marx manda: permitió a la población acumular unos ahorros y fomentó la roturación de nuevas tierras y diversificación de los cultivos. ¿Por qué? Pues porque las tierras de baja calidad pagaban menos impuestos y quien más y quien menos se las ingenió para sacarles partido como fuera. El resultado fue más que evidente: a final de siglo la población de Cataluña se había duplicado, y sus ingresos se disparaban estratosféricamente.

Exportando fraternidad y felicidad etílica a toda España y América desde hace tres siglos. Fotografía cortesía del Museu de la Fassina Balanyà.

Es cierto que la administración borbónica aplicó la receta mercantilista de Colbert completa y tomó medidas muy favorables al comercio: la eliminación de los aranceles interiores (excepto los «vascongados», pero esto daría para otro artículo), la prohibición de importaciones extranjeras y el permiso para el tráfico americano directo sin pasar por Cádiz son, sin duda, medidas que facilitaron el proceso de industrialización catalán. De todas formas, la barra libre al mercado americano no se produce hasta 1776, por lo que el origen de tanta prosperidad es otro: todas estas ventajas habrían sido desaprovechadas si no hubiera habido productos que exportar, y para cuando llegó el momento los catalanes partían ya con ventaja. La exportación de aguardiente, que se elaboraba en las tierras del Baix Ebre, o de frutos secos, fue un éxito total tanto en el resto de España como en América y zonas de Europa. Hacia mediados de siglo, en el municipio de Sant Martí de Provençals, una zona pantanosa cerca de Barcelona, empiezan a consolidarse las fábricas de la industria clásica precapitalista: la textil. Los «prados de Indianas», telas estampadas sobre algodón que imitaban estilos de la India, se convirtieron en producto protegido por la corona.

Como se puede deducir con las cifras en una mano y la documentación en la otra, el secreto del éxito catalán radica en las medidas adoptadas por la nueva administración borbónica, aun siendo estas, en algunos casos, involuntarias. Pero así se escribe la historia en muchas ocasiones, mediante efectos insospechados de decisiones pensadas para otros menesteres. Y en general, en cosas aburridas de números, economía e impuestos. Lo que parece demostrar la evidencia es que son precisamente las famosas «libertades» catalanas o, por decirlo de otra manera, el entramado de privilegios medievales que Generalitat/Diputación defendían a capa y espada, los que supusieron un bloqueo para el despegue económico del país. Resulta algo sorprendente la cabezonería de las élites catalanas de 1713-14 en su inútil aferramiento a un estatus que, aparte de estar perdido ya por aquellas fechas, mantenía el atraso del territorio. Salvo si atendemos a intereses de clase, claro está: para unos cuantos era enormemente ventajoso, y ejemplos de cerrilismo conservador en la aristocracia tenemos miles desde los romanos.

Esta asunción resulta especialmente incómoda para la historiografía de tendencia nacionalista y determinados presupuestos políticos de partida, así que las opciones disponibles son muy pocas: dado que es innegable tal crecimiento una vez suprimidas las antiguas instituciones, el único argumento restante para explicarlo sin renunciar al propio sesgo es atribuirlo a la superior capacidad innata de los catalanes para el trabajo y la productividad; recurso utilizado sin pudor ni rigor incluso por profesionales del ramo.

Telas Indianas fabricadas en Barcelona durante el XVIII.
Telas Indianas fabricadas en Barcelona durante el XVIII. Fotografía cortesía de Museu d’Història de Barcelona.

Pero aún hay cuestiones pendientes que no aclaran del todo este desmentido. Si el catastro fue tan accidentalmente beneficioso para un desarrollo económico, alguno se preguntará por qué no se extendió por Castilla, convirtiendo a España entera en un país preparado para la era industrial. El caso es que sí se intentó: el marqués de la Ensenada proyectó la traslación del de Patiño a todo el reino en 1750. Se llegaron a realizar pruebas piloto en la provincia de Guadalajara y se preparó su implantación a gran escala: un esfuerzo tremendo que, finalmente, hundió la nobleza castellana, cuyo poder no necesitaba de instituciones propias. Con la caída del marqués, la oportunidad se perdió, y nunca sabremos cuán distinta habría sido la historia de España. En cuanto a los demás reinos orientales, la diferencia esencial con el caso catalán se debe a que, si bien se impuso un impuesto único (el equivalente), no se realizó censo de ninguna clase; por tanto, la nobleza aragonesa y valenciana repartió las cargas como le salió del pirri, igual que en ocasiones anteriores recayendo en los mismos. Hasta 1845 no se estableció un impuesto directo proporcional en toda España.

Así que todo parece indicar que fueron otras circunstancias que no tienen nada que ver con un espíritu colectivo propio y diferente las que permitieron que prácticamente solo Cataluña estuviera en condiciones de afrontar una industrialización homologable a otras zonas europeas cuando llegó el momento. Atribuirlo a virtudes inherentes a los grupos humanos, las culturas o los individuos no es ni más ni menos que al proceso de construcción de un mito, por el cual buscamos explicaciones a hechos contrastables. Y del mito vienen las creencias, las mentalidades y las cuñadeces. En realidad, más allá de considerarlo un absurdo o demonizar al personal, se trata de algo profundamente ligado a la condición humana y su psicología. Si en el plano individual cada uno forja una historia particular sobre sí mismo, sobre lo que cree que es, y con ella va por el mundo, en el colectivo ocurre exactamente igual: en la medida en la que nos identificamos con otro grupo de personas, tendemos a crear historias sobre cualquier clase de conjunto de humanos con rasgos comunes. Historias positivas (aunque no siempre) que nos hagan sentir reconocidos y valiosos. El problema no es creerse el mito, sino usarlo indiscriminada y acríticamente como ariete para finalidades espurias. Pero como se decía en Conan: sociólogo, esa… esa es otra historia.


¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones?

Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)
Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)

El movimiento obrero inglés en el siglo XIX

¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones? Esa es la única pregunta que pretendo responder con este artículo. Para ello tengo que resumir, aunque sea brevemente, la historia del movimiento obrero inglés en el siglo XIX.

Empezaremos en 1799-1800. Recordemos que estamos en plenas guerras napoleónicas. No es momento para motines internos y por eso el primer ministro conservador, William Pitt, piensa que es necesario prohibir las «sociedades de amistad» (friendly societies), que no son otra cosa que el germen de los primeros sindicatos, surgidas entre los trabajadores como una sustitución natural o continuación natural de los antiguos gremios. Se aprueban entonces las Combination Laws que relegan el incipiente movimiento obrero a la clandestinidad. Será así hasta que estas Combinations Laws se deroguen en 1824, si bien un año después se reestablecen en parte, dado el gran número de manifestaciones, huelgas y actos de reivindicación obrera en general que se estaban produciendo.

A partir del 25 entramos pues en otra fase, en la que aparecen las Trade Unions, o sindicatos modernos, y en la que el movimiento obrero se mete en política con el cartismo, del que hablaremos a continuación.

Naturalmente eso no quiere decir que el Gobierno, o las clases altas, no actúen contra los obreros y las clases bajas en general. Si bien uno no puede ir a la cárcel por pertenecer a un sindicato, las huelgas siguen estando prohibidas. Hasta ese momento hay dos sucesos violentos que hay que destacar. Y hay que destacar precisamente porque el movimiento obrero inglés no es un movimiento particularmente violento. Tenemos el ludismo, que provoca la destrucción de fábricas, y tenemos una represión violenta de una manifestación obrera en Manchester en 1819, donde los soldados dispararon contra una manifestación pacífica y provocaron once muertos y doscientos heridos graves. ¿Y qué más tenemos? Pues nada más. Nada importante. Nada que merezca una línea en los manuales de historia. No tenemos el terror anarquista, respondido y provocado a su vez por el terror de los matones de la patronal. No tenemos las terribles revoluciones del viejo continente, con sus enormes matanzas de obreros (como los miles de obreros muertos en las revoluciones francesas de 1848 y en la Comuna de París de 1871, por poner un ejemplo). Y esto es así por una razón muy simple. Porque el paso del Antiguo Régimen al capitalismo, el paso de la sociedad feudal a la burguesa, se da en Inglaterra a base de pactos y reformas legales, no a base de revoluciones y guerras civiles.

Luditas rompiendo un telar (DP)
Luditas rompiendo un telar (DP)

Sí, pero… Claro está, siempre hay un pero. Estoy hablando del siglo XIX. Lo cual no quiere decir que no recuerde bien lo que pasó en el XVII, con la revolución de Cromwell, el movimiento de los niveladores, la decapitación de Carlos I en 1649, con la caída posterior de Jacobo II (el último monarca absolutista) y la llegada de Guillermo de Orange, con la aprobación de la Declaración de Derechos de 1689 y el establecimiento de la monarquía parlamentaria. De tal manera que al siglo XIX los ingleses ya llegan con mucho camino recorrido. Pero en la cuestión obrera, el tema que nos toca, aún queda casi todo por hacer.

He mencionado las Trade Unions. Creo que es momento de poner nombre a uno de los protagonistas de esta historia: Robert Owen.

No es normal que un patrón se preocupe tanto por sus obreros como se preocupó Robert Owen. Y más si encima ese patrón empezó siendo él mismo un humilde obrero. Pero Robert Owen no era un hombre normal. De hecho fue el único «socialista utópico» (término despectivo, por cierto, inventado por Marx y Engels, «socialistas científicos») que dejó de lado la teoría y se jugó su dinero y su reputación al montar una cooperativa en Estados Unidos. La cooperativa, que además pretendía ser una especie de comunidad ideal, según la idea de los falansterios de Fourier, otro socialista utópico, fracasó. Pero Owen no escarmentó. Volvió a Inglaterra y se dedicó a montar las primeras Trade Unions. Se convirtió en un gran líder sindical y su Gran Sindicato Nacional Consolidado llegó a reunir a más de medio millón de trabajadores, no solo obreros sino también trabajadores agrarios.

El sindicato de Owen tuvo vida efímera. Su fracaso demostró que para cambiar las condiciones del mundo laboral había que cambiar previamente la política. Aquí entra otro de los grandes protagonistas de esta historia, un sastre llamado Francis Place.

Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)
Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)

Francis Place no es el creador del cartismo, porque el cartismo, como todo movimiento social, no se puede adjudicar a una persona en concreto, pero fue uno de sus principales impulsores. Grosso modo se puede decir que el cartismo era un movimiento social que se inicia con el envío al Parlamento de la Carta del Pueblo en 1838. Los cartistas pedían muchas cosas, como la jornada de trabajo de diez horas, pero sobre todo pedían que los obreros, los artesanos, los campesinos pudieran entrar en política. En realidad lo que pretendían no era más que una extensión de los logros de la reforma legal de 1832, la primera de las dos grandes reformas políticas de este siglo.

Las cosas hay que hacerlas poco a poco y en su orden. En Inglaterra (Reino Unido o Gran Bretaña desde el Acta de Unión de 1801 con Irlanda, que completa las uniones previas de Escocia y Gales) pasamos de un Parlamento nobiliario, cerrado, a un Parlamento verdaderamente democrático, abierto, con dos grandes reformas políticas. La del 32 elimina los «burgos podridos», núcleos urbanos con muy poca población pero gran peso en el Parlamento, que son una reliquia de la Edad Media y que en la práctica favorecían a los grandes nobles, y amplía el sufragio a las clases medias. Deja fuera a todos los demás. Y ahí entran los cartistas con sus peticiones políticas. Al final se consigue abrir la puerta casi de par en par, pero no mediante la violencia, sino con otra gran reforma, la reforma legal (Reform Act) de 1867, que «curiosamente», es aprobada por un Gobierno conservador, el gobierno de Disraeli, pero que, cuando este pierda las elecciones al año siguiente, será continuada y ampliada por el partido liberal y su primer ministro Gladstone. No será la última, en 1884-1885 se amplía aún más el sufragio. No se llegará al sufragio universal hasta el siglo XX (masculino, claro está, no nos adelantemos a la historia…), pero se quedará muy cerca. Y sin ninguna guerra civil por medio, sin grandes motines ni insurrecciones populares, sin dictaduras militares, sin despiadadas luchas sociales, sin bombardeos a las ciudades (¿cuántas veces fue bombardeada Barcelona en el siglo XIX?) ni sangrientos cambios de Gobierno. ¿Cómo lo hacen? ¿Tiene algo que ver el carácter práctico inglés? ¿Tiene algo que ver que los dos grandes partidos, los tories, conservadores, y el partido whig, liberal, siempre se pongan de acuerdo para las cuestiones importantes? No lo sé. O no puedo llegar a ninguna respuesta concluyente. Pero me gusta, es uno de mis defectos, elevar el campo de visión y ver qué pasa en otras partes en el mismo momento. Y pienso en lo que se tardó en conseguir la jornada laboral de diez horas, o el derecho a la huelga o al voto en otros países, o incluso en lo que se tardó en abolir la servidumbre en el campo, y no solo en Rusia, sino también, por ejemplo, en el Imperio austro-húngaro. Y pienso en las leyes de cercamiento, las enclousure acts, que acaban con los residuos del feudalismo ingles en la agricultura. Y pienso en la Revolución Industrial y en el pensamiento librecambista que la acompaña. Y no, no todo es estupendo, la cuestión irlandesa se enquista y se enquista y acabará por estallar en el siglo XX; y luego tenemos el colonialismo y la vieja piratería y todo eso que huele mal, aquí como en todas partes; pero bueno, hay que decir que a veces, cuando aumento el campo de visión, ya digo, la sociedad inglesa, y en concreto su manera de enfrentarse al problema de la «cuestión social», me parece acertada, o incluso, casi, casi admirable…

Y el «casi» lo pongo en una cita con mucho sentido de humor de uno de mis historiadores fetiches, Preston, que cuenta cómo una de las familias más ricas de la Inglaterra de principios del siglo XX no tenía el menor reparo en…

Bueno, mejor que lo cuente Preston…

A principios de mayo de 1926, durante los nueve días de la huelga general, el salón de baile de la casa de Seaford acogió a unos doscientos estudiantes de Oxford y Cambridge que se habían ofrecido como voluntarios para unirse a un cuerpo especial de policía. Efectivamente fueron llamados a romper la huelga. Del 4 al 12 de mayo estuvieron de guardia durante las veinticuatro horas del día. Una llamada telefónica informando de una manifestación o de enfrentamientos con los piquetes y los motores de los camiones se ponían en marcha. Los entusiastas vástagos de familias de clase media, armados con porras y bien alimentados por los proveedores de Margot, se ponían en camino para hacer deporte. (Palomas de Guerra, Paul Preston, Plaza & Janes, Barcelona, 2001)

Bueno, tampoco hay que extrañarse tanto, no, ya sabemos cómo acabaron con el movimiento espartaquista en Alemania y aquí teníamos a los retoños falangistas pegando tiros por ahí. O, como bien dijo la hija enfermera de la señora Margot (sí, la ricachona esa que tan bien cuidaba a los estudiantes rompehuelgas): «Los falangistas dicen que se preocupan por los obreros pero cuando ven uno lo ponen contra la pared y lo fusilan». Y Priscilla Scott-Ellis sabía bien de lo que hablaba: se pasó toda la guerra civil española en el frente. ¿Os he hablado ya de ella? ¿No? Pues tendré que hacerlo. O mejor leer su historia en el libro de Preston. A pesar del título es un gran libro…