Beber de lo intangible

Una copa del vino que conoció Moisés (Andoni Lubaki).

«No hay alegría sin vino». Talmud

Son los viñedos más secretos de toda la comarca y mucho más allá. Aquí no se recogerá la uva que cae al suelo, ni siquiera la de las primeras cepas. Un rabino dará fe de ello, y también de que no hubo ni tratamiento ni riego. Nada. Miguel Fernández de Arcaya hace el vino que conoció Moisés. Como el profeta, luce una barba salvaje y, por qué no, también una mirada incisiva capaz de encontrar un paso entre las aguas del mar Rojo. Pero es en algún lugar del extremo sur de Navarra donde este hombre habla sin descanso, como si pretendiera regar con palabras un viñedo que se extiende hasta donde alcanza la vista. Como si no hubiera tiempo para contar la historia al completo.

«¡Preguntad lo que queráis!», se interrumpe a sí mismo constantemente. 

En su campo, Arcaya es un estudioso del kashrut, lo «correcto» o «apropiado» para ser consumido según los preceptos bíblicos. Lo que lo cumple es casher o kosher, según lo pronunciemos en ladino o en idish. «¡Preguntad lo que queráis!», insiste. Le dejamos hacer, porque es capaz de responder a cuestiones aún no formuladas. Un ejemplo: no se puede hacer vino kosher si la calidad de la uva es inferior a la de la cosecha anterior. Ocurrió el año pasado. ¿Ha dicho biodinámico? Sí. «¿Por qué usar químicos contra un hongo y envenenar la uva en vez de arcilla seca que elimine la humedad de la que se nutre? ¿No es eso más lógico?». También mucho más caro: entre tres y cuatro veces, dice Miguel. «Eso en costes de producción, no de mercado». Este es un viñedo de secano, todo va mucho más despacio. Que las celebraciones judías más importantes del calendario coincidan con la vendimia tampoco ayuda, pero no guardar las fiestas desvirtuaría la certificación del vino. Adivinamos que no es un tema de rentabilidad económica lo que le impulsa a Arcaya a embarcarse en esta aventura.

«¿Que por qué hago kosher? Pues porque sé hacerlo, y porque esta forma de producir da una calidad máxima para el resto de la producción, llamémosla “normal”». 

Camino de la bodega, Miguel propone hacer una parada en un campo de olivos justo antes de entrar en el pueblo. «No tienen nada que ver ni conmigo ni con lo que hago», repite antes de salir del coche. En realidad, tienen todo que ver. «Eso que parecen dos árboles distintos son uno solo: comparten raíz. Con el paso del tiempo el árbol se quebró, y cada gemelo creció hacia el exterior», dice, señalando a una pareja, y luego otra, y otra. Hay incluso uno de tres partes aún más impresionante. ¿Queremos una foto dentro de la catedral de los olivos?

«Puede tener quinientos años. Si te descuidas se plantó durante el Reino de Navarra», suelta Arcaya, allanando el camino a una lección de historia que volverá a llevarnos a su vino. Es alfa y omega.

Las primeras noticias de la existencia de judíos en la península ibérica se remontan a la época del Imperio romano. La España visigoda acosará a una minoría de contornos ya bien definidos, pero su situación mejorará con la dominación musulmana, cuando se favorecen sus asentamientos. Como la floreciente judería en la Tudela musulmana. Benjamín de Tudela, rabino, escritor y viajero indómito que circunnavegó el Mediterráneo hasta Basora (sur de Irak) ya en el siglo XII fue el hijo más ilustre de la villa. El declive de su comunidad en la península llegaría tres siglos más tarde. Muchos judíos expulsados de Castilla tras la orden de 1492 llegaron a esta zona de Navarra en la que las vibrantes comunidades judías de Pamplona, Estella y Tudela se constituyeron como auténticos focos de atracción demográfica. Presionado por los Reyes Católicos, el rey de Navarra se vio forzado a expulsarlos del territorio en 1498. Lo que pasó después sigue siendo un misterio.

Miguel Fernández de Arcaya en su territorio, en el extremo sur de Navarra (Andoni Lubaki).

«Es como si se hubieran desvanecido», nos dirá Mikel Ramos, un arqueólogo navarro que lleva dos décadas buscando su rastro, casi siempre bajo tierra. El investigador apunta a dos opciones: o se convirtieron de forma forzosa, o volvieron a emigrar. Ramos recuerda que fue la consolidación del Camino de Santiago como ruta de peregrinación y circulación de gentes la que condujo a la creación de una serie de juderías en torno a la ruta jacobea: Estella, Puente la Reina, Monreal, Sangüesa y Pamplona. «Son juderías formadas por gentes venidas del otro lado del Pirineo, a diferencia de las de la Ribera, más al sur, de tradición musulmana», acota el experto. Tras varias excavaciones, el equipo de Ramos y el de José Miguel Legarda —otro colega arqueólogo— han encontrado murallas de barrios y de necrópolis; tablillas, vasijas, piezas de orfebrería, lámparas rituales… Se trata de un patrimonio material rescatado que atestigua sobradamente un arraigo judío significativo, pero también está lo intangible. 

Aún en el bosque de olivos centenarios, Arcaya habla de rastros judíos en platos como la menestra, instituciones como la del mayorazgo, «tan arraigado en esta zona durante siglos», o expresiones de uso común como «tirar de la manta». Esta última no era sino el chal ritual judío en el que se escribían los nombres de los conversos, y que colgó de muchas iglesias españolas hasta el siglo XVII. Se recurrió a topónimos o a nombres de oficios para estrenar un apellido cristiano bajo el que protegerse. En caso de duda, sobre todo en pleitos contra cristianos «viejos», siempre se podía zanjar el asunto de forma expeditiva tirando de la manta. 

Barriles que crean atmósfera, pero que no sirven para producir vino kosher (Andoni Lubaki).

El rabino

No busquen una bodega envuelta en volutas de titanio del color de la uva ni arquitectura de vanguardia. La de Miguel es austera, sin artificio ni aspavientos; tanto es así que podríamos haber pasado de largo sin percatarnos de su presencia. Pero no deja de ser singular. Nada más aparcar el coche, llama la atención el estruendo constante de pájaros que se oye ya antes de entrar al recinto. «Son grabaciones de pájaros grandes merendándose a otros más pequeños», explica Miguel. Su cercanía al núcleo urbano hace que la población de aves sea aquí mayor que en el primer viñedo que visitamos. ¿Para qué envenenarlos si se les puede mantener alejados? Aunque haya que evocar las peores pesadillas de los pobres bichos. Lo biodinámico, que decía Miguel antes. Seguimos. La parte vieja de la bodega fue comprada por su familia en una desamortización en 1846. Hay documentos sobre un pleito por una bodega en este mismo lugar ya en el siglo XIII, y otros que demuestran que ya existía un siglo antes. Los muros, los techos… Todo se ha ido renovando con el paso del tiempo, pero la esencia del lugar, dice, sigue siendo la misma: «Se trata de hacer vino». Vemos hileras de barricas de roble en una estancia, pero son poco más que un elemento decorativo. El vino kosher fermenta en depósitos de acero inoxidable totalmente asépticos que evitan la transmisión de cualquier sustancia. Son exactamente iguales a los que veremos enseguida, pero están en un ala de la bodega que no podemos visitar.

«No se les añaden levaduras externas, ni nutrientes, ni nada que no traiga la propia uva. Se puede refrigerar desde fuera, pero bajo ningún concepto se puede observar el vino desde la tapa superior del depósito. Ni siquiera un rabino», explica Miguel. Y todo es aún mucho más complicado. Los niveles del vino kosher se controlan a través de un «gemelo», un depósito con la misma añada desde el que se controla la fermentación. Ante cualquier anomalía o eventualidad, o simplemente para hacer un control rutinario, Miguel tiene que llamar a la certificadora, la cual enviará a un rabino o un bajur, un ayudante. 

«Si se rompe una manguera y empieza a salir el vino no puedes hacerlo tú, tiene que venir la persona indicada. Y lo mismo cuando hay que controlar la temperatura durante la fermentación. Si encuentro algo anormal en el gemelo, serán ellos los que desprecintarán el depósito y actuarán siguiendo mis indicaciones». Más ralentización. Más sobrecostes.

Actualmente existen veintisiete denominaciones de origen que elaboran vinos Kosher en España, especialmente en Barcelona por su alta población judía. La certificadora con la que trabaja Miguel es la Orthodox Union, un organización con sede en Nueva York que es líder mundial en la auditoría de productos kosher: vino pan, queso (de cuajo vegetal, nunca animal), aceite, carne, leche… Un mercado de más de quinientos mil millones de euros anuales según datos que maneja la Federación de Comunidades Judías de España. Desde sus oficinas en Madrid, María Royo, directora de comunicación, nos contaba que el kashrut no es ni obligatorio ni mayoritario en Israel, pero que los productos kosher se han abierto un mercado entre «no judíos que buscan un producto de gran calidad natural». Los datos de la producción de Miguel lo corroboran: el 60% de su vino judío se lo compran no judíos, «y subiendo». La fase final antes de que llegue a sus manos también se puede convertir en otra pesadilla tras una decantación mucho más lenta que la de cualquier otro vino. El vino se filtra hasta dos veces para limpiarlo y eliminar microorganismos. Por supuesto, las máquinas embotelladoras no habrán podido manipular antes ningún otro caldo no kosher, lo que significa duplicar el equipamiento cuando, como en el caso de Miguel, existen dos líneas de producción. Suma y sigue.

Algunos de los rastros tangibles del judaísmo en la bodega de Miguel (Andoni Lubaki).

Pertenencia

Se estima que hay unos cincuenta mil judíos a día de hoy en España, la mayoría de ellos en Madrid, Barcelona, la Costa del Sol y Melilla. Hasta veintitrés sinagogas llegó a haber en el enclave africano, de las que seis siguen aún activas. Apenas quedan descendientes directos reconocidos de sefardíes. Hoy, en su mayoría, viven en Israel, América o los Balcanes. En el caso de Navarra ya hemos dicho que hay restos, ruinas y un vino rigurosamente apto para el consumo de los observantes más rigurosos. También hay una asociación cultural, Tarbut Pamplona, que se integra en Tarbut Sefarad, «una red de personas y colectivos que trabajan para la promoción y difusión de la cultura judía en España y en algunas de las principales ciudades del mundo», según su página web. Conferencias sobre la mística judía de la Cábala, los manuscritos del mar Muerto o sobre el cine judío, entre muchas otras, cuentan con un público fiel en Navarra, pero no están exentas de polémica. Un incidente hace dos años durante una charla sobre Jerusalén impartida por un residente judío es lo que lleva al presidente de Tarbut Pamplona a no revelar su identidad «para evitar problemas». Lo llamaremos Javier, que es un nombre muy navarro.

«Fue triste, primero porque trataron a nuestro invitado con mucha agresividad, pero también porque se nos cerraron las puertas de aquella casa de cultura para futuros eventos. Solo queremos hacer la cultura judía accesible a todo el mundo, eso es todo», subraya este entusiasta. Sin ser judío, fue su interés por la Edad Media y «temas espirituales» lo que le atrapó. No será el único. Javier explica que las charlas más multitudinarias son siempre las que tienen que ver con apellidos de posible origen judío. La sala suele estar a rebosar. «La gente tiene mucho interés en trazar sus orígenes». 

Prácticamente todos los judíos que se acercan a la organización son extranjeros residentes en la zona, pero la cabeza invisible de Tarbut Pamplona también apunta a algún converso local. El judaísmo no es una religión proselitista y, por lo tanto, no busca conversos. En cualquier caso, es una posibilidad. María Royo nos lo confirma desde la Federación de Comunidades Judías, y también que existen  varios tipos de conversiones «según la clase de judaísmo y la intensidad con la que se practique». Los solicitantes tienen que recurrir al Bet Din, un tribunal compuesto por tres rabinos que se encarga de realizar los exámenes de conversión, y que también resuelve asuntos ligados a la jurisprudencia judaica, como casamientos y divorcios. Otra singularidad más de una comunidad a la que le cuesta dejarse ver, sea por las cicatrices del pasado más lejano o más reciente, o por estereotipos que solapan su cultura milenaria con una endiablada coyuntura política en Oriente Medio.

En algún lugar del extremo sur de Navarra, en una bodega en la que se oyen trinos de pájaros que no existen, alguien descorcha una botella de un vino que nadie vio fermentar. No huele ni a jazmín ni a hierba cortada, ni sabe a melocotón, fresa, brea o pizarra mojada.

«Sabe a vino», dice su creador. 

No hace falta añadir nada más. 

Ya en botella, tras un proceso no al alcance de cualquiera (Andoni Lubaki).


Simonetta y Amerigo: dos avispas en el escudo de los Vespucci

Simonetta Vespucci en El nacimiento de Venus, 1484.

La más famosa de todas las Venus, y la más reproducida, es, sin lugar a dudas, la que pintó Alessandro di Filipepi, más conocido como Sandro Botticelli.

La dulzura de la expresión, el cuerpo fino, el pelo rubio, largo, la amabilidad del gesto… todo lo que todavía nos parece de una belleza extraordinaria, pertenecían a un ser real, a una modelo y musa llamada Simonetta Cattaneo, nacida en Génova en 1453 en el seno de una familia acomodada de comerciantes que a los dieciséis años se casó con Marco Vespucci, un joven florentino de familia noble, muy vinculado a los Medici.

Los recién casados se trasladaron a vivir a Florencia donde Simonetta, que tomó el apellido del marido, se convirtió en la mujer más popular y deseada por los chavales de familia bien; se cuenta que hasta Lorenzo y Giuliano de Medici se prendaron de la chica y que este último, rendido a sus encantos, la nombró «reina de belleza y dama de su corazón» en un torneo de justas, la Giostra, que se celebraba en la —todavía tremenda y diáfana— plaza de la Santa Croce.

La ciudad era un bullir económico y cultural que había ido recuperando prestigio y demografía después de que la peste de 1348 redujera su población en unas veinte mil almas —grosso modo, no hay forma de saberlo con certeza—.

Los historiadores, a falta de cifras precisas, calculan que en el siglo XV tendría en torno a cincuenta mil habitantes, la mayoría de los cuales eran gentes anónimas dedicadas al trabajo y al comercio de paños mientras que unos cuantos elegidos formarían la trouppe de la Gran Manzana alrededor de los Medici: los Pitti, los Riccardi, los Rucellai, los Strozzi, los Vespucci… Linajes que acabaron emparentando entre sí, como manda la tradición endogámica de nobles y acaudalados.

Los Vespucci habían hecho fortuna con el comercio de piedras preciosas aunque su riqueza andaba un poco en decadencia en esos momentos; las arcas pachuchas no impedían a la familia tener su casa-palacio y su parroquia de referencia. La parroquia en cuestión era la de San Salvatore in Ognissanti, la iglesia de un convento fundado por la orden de los umilliati en el siglo XIII y que en el siglo XVI pasaría a ser propiedad de la orden franciscana. Según lo habitual en la época, los Vespucci habían sufragado una capilla para enterrar a sus notables  en la que figuraban sus vírgenes devocionales y sus santos preferidos.

Amerigo Vespucci, el patriarca, encargó a los hermanos Ghirlandaio, Domenico y David, la decoración del espacio. Los artistas elaboraron dos frescos superpuestos: en la parte inferior pintaron el Lamento sobre el Cristo muerto, obra de temática enteramente religiosa, mientras que el de la parte superior representa, siguiendo las indicaciones del comitente, una Madonna de la Misericordia cuyo manto, abierto a modo de telón por dos figuras angelicales, recoge a los miembros más significativos de la familia hasta ese momento.

Madonna della Misericordia, de Domenico Ghirlandaio (ca. 1472).

Esta Madonna fue concebida según los nuevos tiempos artísticos: ya no es la Mater Omnium de los siglos precedentes, se convierte aquí en una Mater Familiae que ampara y protege a doce figuras pintadas de forma muy equilibrada —seis a un lado y seis al otro— fueran o no coetáneos entre sí; unos miran al espectador y otros no, unos visten ropajes monocromos y otros nos muestran con detalle las dobleces de sus vestiduras, los hombres a un lado y mujeres al otro. La contraposición se establece también en los tonos utilizados, son cálidos en la parte inferior, bajo el manto, y fríos en el cielo que remata el luneto, en la parte superior.

El patriarca, representado de espaldas y vestido de rojo, se sitúa a la izquierda, en el lado de los hombres, donde, además de un obispo, aparece la figura de un joven, justo debajo de la axila de la Virgen, que representa a su nieto Amerigo,  quien recibió en el bautismo el nombre del abuelo.

Amerigo en la Madonna.

La abuela es representada en el lado de las mujeres, a la derecha, de espaldas y totalmente cubierta por un manto azul, sin mostrar, ni por asomo, una pizca de su anatomía. Este casi ninguneo tiene un sentido, mejor dicho, tiene varios: la propia condición de la mujer, la contraposición de colores opuestos que ya aparece en la Trinidad de Masaccio en Santa María Novella (que Domenico debía conocer) y la cercanía a Simonetta, perfectamente retratada con sus trenzas, su frente depilada según la moda de la época y su belleza sin par que, de esta manera, resultaba todavía más vistosa al lado de la mancha que representa a la matriarca.

La Bella fue también muy popular entre los artistas y no fueron los Ghirlandaio los únicos que la demandaban como modelo: Piero di Cosimo la retrató en Cleopatra con el áspid aunque fue Botticelli, vecino y muy amigo del marido de la chica, quien la elevó a los altares. Se había enamorado perdidamente y en secreto de ella.

Autorretrato de Botticelli en la Adoración de los Magos, 1475.

Para el torneo de la Giostra la había pintado en el estandarte que portaba el criado de Giulano con el tema de Minerva y Cupido y durante toda su vida utilizó la imagen de Simonetta en sus cuadros, no solo en El nacimiento de Venus, también en La Primavera, Palas y el centauro, La calumnia de Apeles, etc. Era el momento del resurgir de la Antigüedad clásica y del Neoplatonismo tanto en lo cultural como en lo artístico y ese amor platónico que sintió siempre por ella, y al que dedicó su entera soltería, transcendió la muerte de la muchacha, ocurrida el 26 de abril de 1476, a los veintitrés años de edad, víctima de la tuberculosis.

Botticelli terminó El nacimiento de Venus nueve años después de la desaparición de su amada, a la que sobrevivió treinta y cuatro. Tenía muchos apuntes y dibujos, debió recrearla en numerosas ocasiones, siempre joven y bella, fresca, dulce; en su imaginario ella no envejeció, no sufrió los rigores climatéricos, no vio transformarse los rizos dorados en ralas canas; ese amor la conservó preciosa para la eternidad. Todas las mujeres que pintó con posterioridad a su muerte conservan los rasgos de la que fue, también eternamente, su amada.

En su testamento, además de las disposiciones normales de esto para este y esto para el otro, dejó bien claro que solo quería ser enterrado a los pies de su musa, en la iglesia de Ognissanti, y allí están sus huesos, debajo de una sencilla lápida con forma de tapa de alcantarilla —en una esquina de la capilla de San Pedro de Alcántara— que, por desgracia, no queda a los pies de la tumba de Simonetta de la que no se conoce lugar exacto de enterramiento aunque su espíritu —dicen— vaga por todo el templo.

Lápida de Botticelli, de 1510. Fotografía: Sailko (CC).

El abuelo Vespucci murió y fue enterrado a un lado del altar que había sufragado; sus restos se cubren también con una lápida circular decorada con el escudo familiar, que es de factura sencilla: un simple blasón de tono oscuro atravesado de banda, de noroeste a sureste, con siete avispas alineadas en tono claro. Las avispas aluden al significado del apellido Vespucci y en número de siete en referencia al Génesis y la Creación (siete días) aunque los estudiosos del tema quieren ver en él el origen campesino de la estirpe y su dedicación a la apicultura como embrión de su posterior fortuna.

Bajo la lápida que cierra la tumba del abuelo no están, como se cree, los restos del otro personaje archifamoso de la familia: el nieto Amerigo, nacido un año después de Simonetta y primo segundo de su marido; un grupo de profesores eméritos, estudiosos de las andanzas de tan importante clan, afirma con rotundidad que solo está enterrado el abuelo y no el nieto, al que se confunde por el nombre. Habrá que creerlos, lo saben prácticamente todo.

En referencia al nietísimo y antes que nada debo aclarar que si escribo personaje y no miembro es porque debió ser eso, un personaje, a juzgar por lo que se sabe y lo que no de él y por la curiosidad que han suscitado tanto su vida como sus escritos.

El chico, nacido en Florencia en 1454 —el tercero de los hijos de Nastagio Vespucci—  fue educado por su tío, el fraile dominico Giorgio Antonio Vespucci; el hecho de que el preceptor fuera monje dominico no es cuestión baladí: eran los que más sabían de Biblia, Antiguo y Nuevo Testamento y no en vano fueron los encargados de presidir los tribunales inquisitoriales en España, designados por los RRCC, debido, precisamente, a sus amplios conocimientos.

El monje lo instruyó en latín, astronomía, cosmografía y geografía, le inculcó el gusanillo del conocimiento en esos ámbitos tan novedosos y al mismo tiempo, tan atractivos para una mente voladora e inquieta.

Durante un tiempo se dedicó a la empresa familiar de piedras preciosas y entró al servicio de Pierfrancesco de Medici (primo de Lorenzo) quien, en 1491, le propuso mudarse a Sevilla para ser el encargado y contable de las compañías que tenía en la ciudad. Sevilla empezaba a ser una de las más atractivas metrópolis —se calcula una población de unos sesenta mil habitantes en torno a 1500— y las grandes fortunas querían estar presentes alrededor del negocio que se vislumbraba en ese punto estratégico del comercio marítimo. Una City.

Instalado en la capital andaluza en 1492, entabló amistad con Cristóbal Colón y con los círculos que preparaban los viajes de exploración de nuevas rutas comerciales; se sabe con certeza que en 1496 se encontraba en Sanlúcar de Barrameda aprovisionando flotas expedicionarias y, a partir de ahí, toda su biografía refleja unos cuantos tumbos a los que, según algunos historiadores, hay que dar relativa credibilidad.

Amerigo tuvo la costumbre de escribir cartas tanto a su patrón como a otros miembros de su círculo, cartas con relatos de viajes en los que no se ha probado su participación y otros en los que sí se embarcó.

Castellanos y portugueses inician en esa época un período frenético en busca de la ruta de las Especias, como es de sobra conocido, aunque los primeros, con más recursos económicos, se atrevieron a confiar en un proyecto ya descrito por el arzobispo d’Ailly que les presentó Colón (arropado por los monjes de La Rábita) y reflejado en las Capitulaciones de Santa Fe que, entre otras prebendas, concedía gruesos y exclusivos beneficios económicos al nombrado almirante de la mar océana.

En 1494 se había firmado el Tratado de Tordesillas entre los representantes de los RRCC y del rey Juan II de Portugal, pacto que delimitaba las vías de exploración de unos y otros, estableciendo para ello una línea a trescientas setenta leguas al oeste de las islas de Cabo Verde. Iba quedando claro por dónde debía ir cada uno de ellos para no pisarse los territorios.

El genovés dio unas cuantas vueltas que no reportaron a la Corona el resultado esperado. En 1499 es arrestado en La Española y llevado ante los RRCC; este hecho dio fin al monopolio colombino y abrió la veda a otros exploradores tanto por cuenta de castellanos como de portugueses.

A partir de esta circunstancia Amerigo irá y vendrá de Sevilla a Lisboa apuntándose a expediciones ya españolas, ya lusas; cuenta en sus cartas que en 1499 participa en el viaje que Alonso de Ojeda realiza por las costas de la actual Venezuela y por sus inmediaciones; él mismo se atribuye haber dado nombre a la zona que le recordaba Venecia y a la que bautizaría Venezziola por sus palafitos en el agua.

En 1501 se traslada a Lisboa desde donde parte a otras expediciones por cuenta portuguesa; el 1 de noviembre llegan a un lugar de la costa de Brasil que bautiza (siempre según él mismo) como San Salvador de Bahía de Todos los Santos en honor al día que era y en recuerdo de la iglesia familiar en la que estaba enterrado su abuelo.

En 1505 se halla de nuevo en Sevilla y contrae matrimonio con María Cerezo, tenida por hija ilegítima de Gonzalo Fernández de Córdoba —resulta muy interesante la lectura de la novela de Loly López Guerrero María Cerezo, la esposa sevillana de Américo Vespucio publicada por la editorial Pasionporloslibros— con la que no tuvo descendencia aunque la esclava que servía en su casa parió dos hijos que bien pudieran haber sido de Américo y a los que nunca reconoció.

Él mismo cuenta que realizó un total de entre cuatro y seis viajes transatlánticos, de ellos dos por mandato de Fernando de Aragón y otros dos por mandato de Manuel de Portugal pero, como ya se ha dicho más arriba, no están del todo acreditados pues el tipo se daba más bombo y platillo del que se correspondía con la realidad; eso cuentan algunos de sus coetáneos e historiadores, el mismo Fray Bartolomé de las Casas lo calificó de mentiroso y ladrón por haberse apropiado impunemente de la gloria del descubrimiento.

En 1506 trabaja en la Casa de Contratación y en 1508, cuando el rey Fernando retoma el proyecto para encontrar el camino a la Especiería (una vez muerto el yernísimo, Felipe el Hermoso) le nombra piloto mayor de Castilla, trabajo de carácter sedentario que consistía fundamentalmente en supervisar los proyectos de viaje y en formar a los hombres que habían de comandar las naves que explorarían esas rutas. Sabía mucho de astronomía y se manejaba bien con aparatos de navegación, debió ser buen profesor.

No parece que le encantara permanecer en tierra a juzgar por lo que cuenta en sus misivas, hubiera preferido navegar a formar tantos pilotos como él mismo se atribuye pero, una vez más, es difícil contrastar qué hay de realidad y qué de exageración en ellas.

Murió en Sevilla en 1512 y en su testamento legaba los bienes sevillanos a su esposa María y los bienes de Florencia a su madre y hermanos lo que certifica que no tenía descendencia legítima. Fue enterrado en la iglesia de San Miguel, hoy desaparecida.

Retrato de Amerigo Vespucci, atribuido a Cristofano dell’Altissimo, ca. 1568.

De los textos que escribió con formato de carta hay que destacar la Carta de Cabo Verde, la Carta de Lisboa (dirigidas a Pierfrancesco) y dos muy relevantes: de un lado, la llamada Mundus Novus que fue publicada en París en 1504, escrita en latín y traducida a varias lenguas y en la que relata el viaje realizado en 1501 en una flotilla portuguesa; en ella advierte que aquello estaba muy poblado y que no todo eran islas por lo que resultaría lícito llamarle Nuevo Mundo (ya lo había dicho Pedro Mártir de Anglería). La otra importante, conocida como Carta a Soderini, fue escrita en italiano, en 1505, y dirigida al jefe del estado de Florencia; esta carta tuvo grandísimo éxito editorial aunque no fue publicada ni en España ni en Portugal.

La Carta a Soderini, quid de la cuestión, se imprimió en la abadía de Saint Die des Vosges, en la Lorena francesa, se tradujo al latín (y a otras lenguas) y se publicó con el nombre de Quattuor Americi Navigationes; en ella se sugiere que el nombre del Nuevo Mundo debía ser América, en honor a quien lo había reconocido como tal y porque hacía juego con los nombres de África y Asia, también femeninos y comenzados en A. Faltaba la puntilla: el cartógrafo Martin Waldseemüller, al dibujar una especie de planisferio compuesto con los dibujos aportados por los exploradores, llama América a lo descrito en la Carta a Soderini por el florentino. Blanco y en botella, no hay nada como estar en el sitio apropiado en el momento justo. Para él la gloria.

Simonetta y Amerigo pertenecieron a la misma familia aunque sus destinos fueron bien diferentes; para que luego se hable de los lazos de sangre… La Venus y América tienen, después de todo, algo en común.


Descubrir más

Fotografía: Begoña Rivas.

Jot Down para Samsung

Descubrir el detalle imperceptible

El Museo del Prado está a punto de cumplir dos siglos de existencia durante los cuales se ha establecido como el hogar de algunas de las obras más notables de la historia del arte. En sus entrañas habitan Las Meninas de Velázquez, David vencedor de Goliat de Caravaggio, Las tres gracias de Rubens, El caballero de la mano en el pecho de el Greco, El descendimiento de Van der Weyden o La maja desnuda de Goya. Hace cuatro años, la pinacoteca decidió aliarse con Samsung para revestirse con la tecnología actual. Una asociación que ha beneficiado a los visitantes al museo con la creación de aplicaciones como Photo Prado, una herramienta que permite al público generar postales virtuales junto a las obras más famosas de la galería. Pero también con la producción de actividades educativas como Roma en el bolsillo, Las ánimas de Bernini, Goya en Madrid o Rogier van der Weyden, experiencias multimedia que han dibujado itinerarios guiados e incluso permitido al público escuchar el sonido de las propias obras. Creaciones cuyo objetivo es combinar los avances contemporáneos y el ecosistema de las redes sociales con los grandes clásicos del arte.

El Prado también es el lugar de residencia desde hace casi ochenta años de una de las piezas más interesantes de la historia de la pintura: El jardín de las delicias. Un tríptico minucioso firmado por el Bosco, el artista holandés de la baja Edad Media que se adelantó a su tiempo creando mundos imposibles, donde lo grotesco y lo cómico danzaban alegremente, siglos antes de que a alguien se le ocurriese inventar el surrealismo como tal. El jardín de las delicias es una maravilla desde su propia concepción como artefacto extraordinario: está compuesto por una tabla central acompañada de dos laterales que es posible cerrar sobre la primera. Cerrada, la obra permite contemplar el mundo durante el tercer día de su creación, formado exclusivamente por minerales y vegetales y flotando en un universo vacío. Abierta, la pieza revela un espectáculo extraordinario: tres paneles detallados que condensan el Génesis, los paraísos a los que se entrega la humanidad y el mismísimo Infierno. Una panorámica a modo de jeroglífico gigantesco o la versión más medieval y culta de ¿Dónde está Wally?, una creación que se permite poner en fila una colección de pecados y vestirlos con simbolismos.

La parte más interesante de la pieza ocurre, como suele ser habitual, en las dependencias del averno: el tercer panel de la pieza dibuja un infierno musical donde arpas, tambores, zanfonas y otros instrumentos del medievo sirven como artefactos paras torturar pecadores. Entre tanta condena el Bosco escondió un pequeño secreto para el espectador atento que tuviese interés en descubrir a qué sonaba el mismísimo infierno. Se trataba de una partitura rotulada en el trasero de un figurante aplastado por un laúd gigantesco. Una partitura oculta que mucho tiempo después un grupo de artistas chalados se encargaron de traer al mundo real: en 1978 la agrupación Atrium Musicae, dirigida por Gregorio Painagua, publicó un LP titulado Codex Glúteo que en realidad era resultado de haberse arrimado a El jardín de las delicias con la lupa en la mano. Un vinilo había tomado nota de la composición dibujada por el Bosco y la interpretaba a lo largo de sus dos caras, convenientemente tituladas Nalga 1 y Nalga 2, adobando la partitura con piezas contemporáneas de los Reyes Católicos junto a creaciones propias de similar espíritu.

Descubrir el ordenador imposible

En 1882 se inició en Barcelona la construcción del templo expiatorio de la Sagrada Familia bajo la tutela del arquitecto Francisco Paula de Villar. Un año más tarde, un treintañero Antoni Gaudí heredó el puesto de arquitecto oficial tras la renuncia de Villar. Gaudí convertiría la obra en su proyecto vital y a la larga en la creación más formidable de la arquitectura modernista catalana. El joven creador decidió encauzar el proyecto inicial hacia su propio universo modificándolo por completo (a excepción de la cripta que ya había sido construida) y moldeando un bosque orgánico donde el modernismo se entrelazaba con los aires góticos a base de columnas, esculturas y formas geométricas regladas.

En Barcelona, The Gaudí Exhibition Center aloja una colección excepcional de piezas originales, creaciones digitales, maquetas y escenografías que condensan el método de trabajo del arquitecto catalán. Gracias a la participación de Samsung, como asesor y socio tecnológico del museo, el centro alberga la exposición virtual Paseando con Gaudí. Una experiencia que hace uso de la realidad virtual, la tecnología LFD de gran formato, las guías multimedia en tablets, las videowalls y realidad aumentada para acercar el talento creativo de Gaudí a la audiencia de hoy.

En su momento la Sagrada Familia, aquel enorme coloso estructural que había ideado Gaudí, resultaba tan compleja como para requerir de gran cantidad de cálculos y estimaciones previas para evitar que todo se viniese abajo. Cábalas matemáticas y ejercicios de cómputo que durante el siglo XIX requerían de cerebros superdotados, o de maña e ingenio porque los ordenadores todavía no habían sido inventados y la tecnología todavía habitaba lejos de los tiempos de Samsung. Con todo esto en mente, Antoni Gaudí decidió crear su propio ordenador rudimentario de la manera más artesana posible, tirando de cuerdas y bolsas de perdigones. Agarró el concepto de estructura funicular de cargas, las estructuras ideales para soportar fuerzas de compresión, y decidió darle una vuelta de manera absolutamente literal: utilizando las cuerdas para dibujar las columnas, arcos y recovecos del templo creó una maqueta de la Sagrada Familia bocabajo, una representación del edificio invertida donde los nudos entre los cordeles simulaban las juntas arquitectónicas y las bolsas rellenas de perdigones funcionaban como peso para generar la tensión necesaria que elevase (hacia abajo, por contradictorio que parezca) toda la estructura. Su artefacto era un antifunicular de carga que se sirvió del truco de utilizar a la propia gravedad para calcular, sin posibilidad de error, el diseño ideal. Décadas antes del boom tecnológico actual que nos permite viajar en el tiempo a nuestro antojo con un par de gafas, el propio Gaudí ya había creado su propio software para realizar cálculos complejos con modelos en 3D.

Fotografía: The Gaudí Exhibition Center.

La propuesta de The Gaudí Exhibition Center plantea a lo largo de sus tres plantas un recorrido por el trabajo del arquitecto a través de detalles de sus obras más conocidas, las maquetas polifuniculares, sus fuentes de inspiración, su método de trabajo, sus influencias y sus aportaciones arquitectónicas y plásticas. Herramientas como las gafas Samsung Gear VR permiten a los visitantes sentir la obra de Gaudí, y viajar a través de obras como Parque Güell, la Casa Batlló o la Sagrada Familia, desde nuevos puntos de vista.

Descubrir el arma infalible

En 2016 Samsung inicia junto al Museo Arqueológico Nacional una colaboración que apuesta por la renovación del centro, reabierto en 2014 tras una serie de reformas arquitectónicas y museográficas. Un acuerdo centrado en impulsar la digitalización del MAN que, además de incorporar guías multimedia a disposición del público y tecnología videowall, ha dado lugar al desarrollo de la aplicación Vivir en… Una propuesta formada por episodios de realidad virtual, que adaptan diversas piezas y contenidos arqueológicos permitiendo que los visitantes puedan pisar el mundo que habitaron sus antepasados. Vivir en.. permite, gracias a la tecnología Samsung Gear VR, descubrir cinco etapas diferentes de la historia de España: su prehistoria, su protohistoria, la Hispania romana, la Edad Media y la Edad Moderna.

Fotografía cortesía de Samsung.

En una de aquellas épocas por las que Samsung nos invita a pasear, habitaron los celtíberos. Unas gentes, que moraron en la península durante la Edad del Hierro, y que llevaban a rajatabla lo de integrar la guerra y sus armas en la vida diaria. Se trataba de una asimilación del guerrero como algo cotidiano: su legado a modo de representaciones artísticas en cerámicas y piezas similares suele dibujar al pueblo con las armas bien a mano por si acaso, o haciendo uso de ellas. Lo interesante es que era aquella exaltación de lo bélico la que demostraba que también estaban adelantados a su tiempo: a la hora de trabajar el hierro y facturar armas su técnica resultaba tremendamente sofisticada para la época.

Polibio, un historiador griego que estuvo instalado en la península durante el transcurso de las guerras celtíberas, alabó las ideas de diseño armamentístico de unos celtíberos que habían llegado a la conclusión de que si las espada era peligrosas para las carnes enemigas por la zona del filo, probablemente lo serían mucho más con otro filo adicional y el bonus añadido de una punta afilada. Posidonio, otro historiador natural de Grecia, apuntó que lo fascinante de los celtíberos era cómo habían llegado a depurar su técnica a la hora de fabricar armamento: enterraban las planchas de hierro durante un periodo de entre dos y tres años para someterlas a un tratamiento de oxidación, donde la herrumbre separa la parte más débil de la parte más resistente, y fabricaban las hojas a base de unir en caliente tres láminas forjadas de manera independiente. Aquel pueblo había demostrado que el futuro siempre se construía en torno a los avances tecnológicos.

Cuando los romanos se enfrentaron a ellos descubrieron que sus armas palidecían en comparación con las de los celtíberos y decidieron que la mejor forma de encarar los avances del enemigo era hacer lo que hace toda compañía con perspectivas de futuro: plagiar a sus oponentes. De ese modo, sustituyeron sus espadas por otras diseñadas a imagen y semejanza de las de los celtíberos. Si aquellos representaban las ventajas de la vanguardia científica en la empresa, los romanos también personificaron algo muy adelantado a su tiempo: el espionaje industrial.

Descubrir más

El ser humano es una criatura curiosa por naturaleza. Afortunadamente, ahora es posible acercarse a los secretos de las obras que habitan el Prado, a los nudos de las maquetas de Gaudí o a la vida de nuestros antepasados gracias a los avances tecnológicos que permiten  viajar en el tiempo para poder descubrir más.

Descubre más es el proyecto de Samsung para liderar la revolución tecnológica en el mundo de la cultura ofreciendo un compromiso con las grandes instituciones y eventos culturales, creando contenidos y desarrollando aplicaciones, apoyando con nuevos soportes o digitalizando materiales, para transformar las experiencias culturales en una nueva forma de conocer. La tecnología de Samsung permite que el usuario se adentre sin límites en lo más profundo de su curiosidad y, con este proyecto, le descubre una nueva forma de explorar y vivir la cultura de manera innovadora.


¿Nació Dios en el mismo Bilbao?

Dios o algo haciéndose pasar por Él, detalle en el Guernica de Picasso. (DP)
Dios o algo haciéndose pasar por Él, detalle en el Guernica de Picasso. (DP)

Tal vez ni la mente más extraviada o ávida de paradojas podría poner en la misma frase «País Vasco» y «lujuria». Pero las cosas acostumbran a tener una explicación o al menos una historia que puede rastrearse y este fenómeno no es la excepción. Veamos por ejemplo el siguiente fragmento del edicto que publicó el obispo de Pamplona en 1750, que haría las delicias del Estado Islámico tratando ni más ni menos que de prohibir el baile:

A Todos los Fieles de nuestro Obispado, hacemos saber, que estando alta y severamente reprehendidos los bayles publicos, y las danzas (…) aun siendo los bayles de aquellos antiguos siglos de hombres, ó de solas mugeres; ahora por la injuria de los tiempos, y por la infeliz, y comun relajacion de las personas de ambos sexos, se ha introducido esta mezcla de hombres, y mugeres, tanto mas nociva, y perjudicial a las Almas, con la libre, y desenfrenada vista de los Jovenes, proximo trato, y comunicacion de unos, y otros, con escandalo público, sones y saynetes los mas vivos, carreras, y encuentros libidinosos, y repiques, que llaman de fuga, infernales, provocativos, y llenos de mortal, y executivo veneno, en acciones, ademanes, movimientos, y tocamientos impuros, paradas, bebidas, y refrescos, y Arcos por donde passa el Demonio en las danzas . (…) y los estragos indubitados, e inevitables de la deshonestidad, y luxuria, y sacar á los Fieles de los crasos errores, en que viven ocupados en esta pesima diversion, opuesta A todas las Leyes (…) complaciendonos mas de ver a nuestros Subditos tristes, y melancolicos, por la Penitencia, y cessacion de los bayles, y danzas, que de verlos alegres, divertidos, y enredados en estos seguros lazos de Satanás.

Da que pensar la última frase, nunca un aguafiestas fue tan descarnadamente sincero… Pero en cualquier caso esta prevención contra la luxuria ni en su fondo ni en sus formas fue una excepción en los territorios forales durante un larguísimo periodo de tiempo, pues tal como se señala en Política, nacionalidad e iglesia en el País Vasco: «los informes de la nunciatura consideraban en 1890 la diócesis de Vitoria como la mejor de España por la fe y pureza de costumbres del pueblo vasco y por el tesón apostólico de su clero», con una proporción de más del doble de curas por habitante que por ejemplo la que podía encontrarse en la impía Andalucía. Mientras que Juan Aranzadi, en su clásico Milenarismo vasco, define a esta región durante los últimos siglos como «un régimen cerrado de cristiandad» en la que se vivía el catolicismo —aquí viene lo interesante— como una «religión étnica». El lema Instaurare in Christo Euskeria de Evangelista de Ibero o que el Aberri Eguna (Día de la Patria) se celebre el Domingo de Resurrección ya nos ponen sobre la pista, ¿pero qué significa exactamente esta expresión? Para encontrar la respuesta tenemos que remontarnos al pasado, a uno muy lejano, nada menos que a la época en la que Dios creó a Adán y Eva y les hablaba… ¿En qué idioma iba a ser? pues en euskera, obviamente.

Toda estructura política tiene una narración que la sustenta, siempre hay una mitología que justifica por qué las cosas son así y no pueden ser de otra manera, por qué unos deben mandar y otros obedecer. Cuando los Reyes Católicos culminaron la Reconquista y expulsaron a los judíos que se negaron a convertirse la idea que pasó a ser dominante, el valor establecido, era ser cristiano. Pero no uno recién converso, sino de toda la vida y con antepasados que también lo fueron, igual que hoy día decimos «yo ya era X antes de que X estuviera de moda». De manera que los conceptos que lo atestiguaban —«cristiano viejo» y «limpieza de sangre»— tuvieron su reflejo administrativo en diversas leyes y normas, y una de ellas resultó ser el Fuero Nuevo de Vizcaya de 1526, en cuya Ley XIII del Título I leemos:

Otrosí, dixeron: Que porquanto todos los dichos Vizcaynos son Hombres Hijos-Dalgo, y de Noble Linaje, é limpia Sangre, é tenian de sus Altezas Merced, y Pl’ovission Real, sobre, y en razon, que los nuevamente convertidos, de Judios, é Moros, ni Decendientes, ni de su Linaje, no puedan vivir, ni morar en Vizcaya .

La hidalguía universal y limpieza de sangre que se atribuía a todos los vizcaínos y guipuzcoanos les dotaba de unos privilegios que en Castilla solo correspondían a la nobleza, que permitieron a los segundones que no heredaban la propiedad iniciar una carrera en la administración (donde llegaron a copar muchos altos cargos en torno a la Corona), el ejército, el comercio y la conquista de tierras americanas al servicio del imperio. Unas atribuciones que había que estar presto a defender aun a espadazo limpio si fuera necesario, tal como ocurre cuando Don Quijote le niega su noble condición al airado vizcaíno con el que se cruza en sus aventuras: «¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano (…) Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa» para a continuación liarse a golpes con él. Otros, de espíritu más sutil, optaron por articular su defensa elaborando narraciones míticas enraizadas en la Biblia en las que la conclusión inevitable era una justificación del statu quo.

Edición de El Quijote de 1674. Imagen: DP.
Edición de El Quijote de 1674. Imagen: DP.

El primero y más conocido de estos mitos fue el de Túbal. «Dios es amor» decía el Evangelio de Juan, pero tampoco anda escaso de mala leche a la vista del Diluvio Universal, así que una vez exterminada la humanidad les tocó a los descendientes de Noé repoblar el mundo distribuyéndose cada uno por un sitio. Uno de ellos fue su nieto Túbal, que fue a parar a los Pirineos concretamente ciento cuarenta y tres años después del desastre climático. Con él trajo una lengua de la que diversos autores no se ponían de acuerdo en torno a si era previa o posterior a la confusión de la Torre de Babel, pero lo que sí se sabe es que Noé más adelante llegó de visita y ya de paso le dictó en verso los Fueros. El linaje tan noble al que dieron lugar fue el de los vascos en concreto —cómo negarles entonces su hidalguía universal— y el del conjunto de los españoles en general, incluyendo en línea directa a los Reyes Católicos. Entre las diversas atribuciones que recoge Jon Juaristi en El linaje de Aitor: la invención de la tradición vasca está la del cultivar las parras, aunque también provendría de Túbal y sus herederos vizcaínos el descubrimiento del hierro, que en consecuencia podemos añadir a las otras grandes invenciones españolas que son la fregona y el chupa-chups.

No obstante caeríamos en un error si pensáramos que el muy noble vizcaíno se limitaba a estar directamente emparentado con los grandes personajes bíblicos. No señor, la relación con la divinidad era mucho más estrecha, pues los mencionados Fueros eran jurados por los reyes bajo el árbol de Guernica, que según el himno que le dedicó Iparraguirre fue plantado por el mismísimo Dios. Quien además ideó el euskera para que los ángeles pudieran comunicarse entre ellos, si hemos de hacer caso a lo que sostenía el sacerdote e historiador nacido a finales del siglo XVII Manuel Larramendi:

Otras lenguas son formadas por el ingenio y gusto de los hombres, y por esso susceptibles de ages, yerros e inconsequencias, efectos de achacoso origen. El Bascuenze fué Lengua formada por solo el ingenio de Dios (…) Señores, si los theólogos y otros supiérades el bascuenze, concluiríades al instante que el bascuenze es la locución angélica, y que para hablar a los ángeles en su lengua es necesario hablarles en bascuenze.

Otro autor, Juan de Perocheguy, se recreaba en la misma idea señalando que tal lengua es «aquella mesma que infundida por Dios a nuestro Primer Padre Adán, fue la única hasta la mezcla y confusión de la Torre de Babel». Algo en lo que volvería a insistir José Gaspar Oregui y Aramburu en un texto de entusiasta título: ¡Gloriosisimo descubrimiento reconocimiento y demostración de la lengua paradisiaca en el vascuence! Pablo Pedro de Astarloa lo repitió a finales del siglo XVIII por si aún no nos ha quedado claro:

Una lengua que hablaron los primeros hombres desde el mismo instante en que fueron criados, ¿cómo podía menos de ser perfectísima? Infundida a nuestros primeros padres por el Supremo Hacedor, o concedida por el mismo a la constitución del hombre, había de ser necesariamente la más acabada de cuantas son imaginables en la filosofía.

Y un discípulo suyo, Juan Bautista de Erro, dejó constancia de este pensamiento ya poco novedoso: «fue asimismo la lengua de Adán y sus sucesores hasta la confusión de Babel». Dado que «la sagrada escritura nos presenta a este hombre hablando con Dios pocos instantes después de su creación» ya sabemos en consecuencia qué idioma habla el Todopoderoso. Además de repetir a los anteriores, un abate llamado Dominique Lahetjuzan fue un paso más lejos aportando una idea que roza peligrosamente la blasfemia: «el vasco es una lengua original: la divinidad del Génesis lo demuestra, como viceversa: la originalidad del vasco prueba la divinidad del Génesis». Vamos, que Dios es omnipotente y digno de adoración por hablar vascuence, que si no ya veríamos… Las hinchazones étnicas casi siempre tienden a ir a peor si no se tratan adecuadamente y para rematar la faena en el siglo XIX apareció Sabino Arana. Personaje que no necesita presentación, además de fundar el PNV segregó una excesiva cantidad de cavilaciones en torno a la bondad impoluta del vasco frente a la intrínseca maldad del español, criatura esta rebosante de impiedad que con su mera proximidad impediría al primero elevar su alma a los cielos:

La sociedad euskeriana, hermanada y confundida con el pueblo español, que malea las inteligencias y los corazones de sus hijos y mata sus almas, está, pues, apartada de su fin, está perdiendo a sus hijos, está pecando contra Dios. (…) Yerran los euskerianos católicos que piensan salvar a Euskeria uniéndola a España… El carlismo, el integrismo y el moderno regionalismo católico no podrán jamás salvar a Euskeria, porque desde el momento que establecen la íntima unión social del pueblo euskeriano con el español, se oponen a que aquel cumpla su fin, sirvan sus hijos a Dios y salven sus almas.

La llegada del siglo XX nos trajo una última muestra de esto que hemos denominado como «religión étnica», una que en su momento tuvo una extraordinaria repercusión aunque hoy día ya haya caído en el olvido. Corría el 29 de junio de 1931 y en una localidad vasca de nombre Ezkioga a dos niños se les apareció la Virgen María. En los días posteriores el suceso se repitió con otras deidades del santoral y llegó a contar con hasta un centenar de testigos, lo que convirtió a la aldea en un centro de peregrinación que consiguió atraer en torno a un millón de personas. La Segunda República acababa de ser proclamada apenas dos meses antes, así que las apariciones adquirieron un claro tinte político, eran una señal de advertencia. Un ideólogo del nacionalismo, Engracio de Aranzadi, lo tuvo claro: «¿No podría ser que el Cielo quiera reconfortar el espíritu de los vascos leales a la fe de la raza?». Por cierto, el cura que estuvo implicado en todo este asunto, Antonio Amundarain, era un declarado enemigo de los trajes de baño que podían verse en la playa de San Sebastián y del «baile agarrado» (el clero vasco es de ideas fijas, como vemos). Pero el dato definitivo para los más escépticos fue que, según uno de los testigos, se aparecieron tres santos: uno vestido de verde, otro de blanco y otro de rojo. Sí, eran ni más ni menos que los colores de la ikurriña. Inquietante fenómeno que nos lleva a concluir dejando una pregunta en el aire: ¿en la próxima aparición se dejará ver la Virgen con una bufanda del Athletic?

Fieles rezando en Ezkioga. Foto: DP.
Fieles rezando en Ezkioga. Foto: DP.


¿Quiénes son los malos de esta historia?: la formación del Estado español, Austrias y Borbones

Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Juan Pantoja de la Cruz, copia de un retrato de Tiziano (DP).
Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico. Pintura de Juan Pantoja de la Cruz, copia de un retrato de Tiziano (DP).

¿Cuál es la situación a la muerte de los Reyes Católicos? España, lo que más tarde será España, sigue siendo un conjunto de reinos con unas estructuras básicamente feudales y que se mantienen unidos de puro milagro. Han hecho falta unas cuantas muertes muy oportunas, además de la muy oportuna locura de Juana la Loca, para que Fernando II haya podido dejarle a su nieto los reinos españoles, pero Carlos I además, gracias a otras muertes también muy oportunas, heredará también enormes posesiones en Europa y la posibilidad de ser nombrado emperador. Una posibilidad muy posible, pero enormemente cara e inútil, porque, ¿a quién demonios le interesa que Carlos sea emperador, además de a él mismo? Lo cierto es que ni los castellanos ni los aragoneses quieren pagarle el capricho al nene y la cosa les va a salir muy cara, muchísimo más cara de lo que todos imaginan. Naturalmente hay que decir que Carlos no era el único rey que quería ser emperador. Otros reyes castellanos también lo habían pretendido, además de reyes de toda Europa. La vieja idea de reconstruir el Imperio romano, renacida brevemente con el Imperio carolingio, aún no estaba olvidada. Y además, qué leches, alguien le tenía que plantar cara al papa, que desde la Edad Media, y a pesar de la Querella de las Investiduras, los cismas, las herejías, los ataques de turcos y demás infieles, no había hecho otra cosa que aumentar su poder terrenal, sin perder un ápice de su poder religioso.

También hay que decir que el joven Carlos es impetuoso, que no conoce nada de lo que se cuece por aquí y, la excusa de siempre, puede estar un poco mal aconsejado. La verdad es que la lía bien liada, con las Comunidades, las Germanías y la invasión francesa de Navarra, pero he aquí que los grandes nobles, después de divertirse un ratito con el espectáculo, deciden salvarle el culo, como en el fondo no podía ser de otra manera. ¿El precio? Ya lo he dicho, saldrá carísimo. Prácticamente la destrucción de la economía peninsular, de lo mejor de la economía peninsular, de los únicos que podían sacar al país de la economía de autosuficiencia y podían meterlo en el incipiente capitalismo artesanal y comercial. Pero bueno, al final, muy lentamente, la economía se recupera, y mira tú por dónde el rey, o mejor dicho, la monarquía, sale reforzada.

Algunos dirán que 1524 es pronto para hablar de absolutismo, pero aquí, en este país aún no llamado España, al rey ya no le discute nada nadie. Si en la Edad Media los tres poderes estaban igualados, ahora los nobles y la Iglesia pasan a un segundo lugar. El que manda es el rey. Y si no llega al absolutismo no es porque tenga ningún contrapeso sino porque para afianzar el absolutismo necesita unos instrumentos de los que aún no dispone. ¿Y cuáles son estos instrumentos? Pues en dos palabras: administración y burocracia.

Felipe II. Pintura de Tiziano. (DP)
Felipe II. Pintura de Tiziano. (DP)

Volvamos a los Reyes Católicos. He dicho que sus reinos eran básicamente feudales. Ellos son los primeros en poner las bases del Estado moderno. Hace falta un ejército profesional (y con eso, de paso, quitamos poder a los nobles), hace falta un sistema eficaz de recogida de impuestos (y hace falta, por supuesto, aumentar estos impuestos todo lo que se pueda), hace falta un cuerpo de funcionarios, un cuerpo de funcionarios profesional y totalmente fiel a la monarquía (para lo cual hay que prescindir, en la medida de lo posible, de los nobles y de la Iglesia, y volvemos a lo mismo: cuanto menos se cuenta con ellos menos poder tienen). Hace falta tener un territorio unificado, lo cual va contra los fueros, las leyes consuetudinarias, las monedas y medidas propias, los señoríos feudales y todo lo que huela a siglos anteriores, incluidas, cómo no, las órdenes militares y el poder terrenal de la Iglesia. En fin, que está todo por hacer. Y se hará, poco a poco, pero se irá haciendo.

Lo primero es lo más fácil: los corregidores, los impuestos, usar su poder para ir desplazando lentamente a los grandes nobles y quitándole un poco de poder a la Iglesia, como el Patronato Regio o el disolver las órdenes militares. Luego crear un cuerpo diplomático y un ejército más o menos profesional. Con los fueros y las cortes aún no conviene meterse. Enfrentarse directamente a los grandes nobles aún sigue siendo inviable.

Todo esto cambia después de 1520-1524. Con la derrota de las Germanías y de las Comunidades se abre una enorme brecha y por esa brecha se cuela la larga mano del rey.

Pero no hay absolutismo real, ni teórico, porque aún no existe esa teoría política como tal. Y sin embargo el rey es dueño y señor de sus reinos. Y nadie le discute nada. Y pobre de quien lo haga, porque aquí tenemos a Felipe II y el asunto del Justicia de Aragón, Juan de Lanuza. Pero no, no hay que ir tan deprisa, no lo hagamos tan evidente, se puede matar a una persona, y hasta se pueden retocar un poco los fueros, pero mejor no quitarlos, mejor mantener las apariencias.

Esta será la línea de actuación de todos los Austrias. La línea roja que solo se traspasará con Felipe V y los Borbones.

Pero que ningún Austria se atreva a saltar la línea roja no quiere decir que se estén quietecitos. Felipe IV la vuelve a liar. La lía más que Carlos I a su llegada a la Península, que ya es decir. Su Unión de Armas estuvo a un paso de hacer saltar su imperio por los aires, pero ya se sabe que los imperios, vistos de lejos, parecen monolitos compactos y duros, pero de cerca se ven las estrías y por esas estrías se cuelan las fuerzas que los destruirán. La gelifracción de los imperios la trae la burguesía, que es el grupo en el que siempre se apoya el rey, que no se fía ni de los nobles ni de la Iglesia por muy domesticados que los tenga. La burguesía empuja por salir al mundo moderno, y el rey está muy interesado en hacer un Estado moderno. La burguesía tiene los funcionarios que el rey necesita. Los burgueses necesitan que alguien les despeje el camino y les haga su hueco y el rey está encantado con ellos, siempre que no les den fiebres nacionalistas o quieran utilizar sus plumas para otra cosa que contar sacos de trigo y hacer loas a la monarquía.

Imperios más sólidos se desmoronaron, por lo que muy bien se podía haber desmoronado el Imperio español (o esa cosa que llamamos pomposamente «Imperio español») en 1640, esto es, por querer ir demasiado deprisa en la construcción del absolutismo real, que existía pero aún no tenía forma concreta, que no tenía enemigos que pudieran parar su avance, pero tenía demasiado territorio virgen delante de él, y un desierto se traga a un ejército y de ese modo un rey puede ser derrotado por su propia ambición. Los últimos Austrias se estuvieron verdaderamente muy quietecitos, no fuera que el chiringuito se les desmontara del todo.

Felipe de Francia, duque de Anjou proclamado rey Felipe V de España en Versalles. Pintura de François Pascal Simon Gérard. (DP)
Felipe de Francia, duque de Anjou proclamado rey Felipe V de España en Versalles. Pintura de François Pascal Simon Gérard. (DP)

Pero un rey que quiera ser rey, aunque sea mínimamente, nunca se está quieto del todo. A fin de cuentas los reyes franceses, que tenían el mismo problema, aprendieron muy bien que para destruir un Parlamento no hace falta destruir un Parlamento, basta con no convocarlo nunca o casi nunca o basta con ir quitándole funciones hasta dejar solo el caparazón exterior, pero nada dentro. Y para eso nadie como las hormiguitas de los funcionarios, aprobando ordenanzas y rebuscando en los legajos, siempre dispuestos a desdoblarse en órganos consultivos y más órganos consultivos, y ramificarse en despachos y más despachos. Dejemos las cortes convertidas en ilustres ruinas y dejemos que el peso del gobierno lo lleven los consejos y los secretarios, y a estos consejos y a estos secretarios pongámosles otros consejos y otros secretarios, y hagamos los mismo con la administración municipal, porque para cargarse el poder de los municipios no hace falta entrar a sangre y fuego, como en otros tiempos, basta con poner a los consejeros y a los síndicos y regidores que sabemos que nos son fieles y desplazar muy sutilmente a todos los demás.

Si algo no para de crecer en los doscientos años de los Austrias es la administración. La economía va bien o mal, las guerras van bien o mal, pero la administración siempre crece como un gráfico perfecto, con su curva ascendente y metódica, las hormiguitas saben hacer muy bien su trabajo y al rey no le discute nadie. Los nobles se adaptan como pueden a los nuevos tiempos y la Iglesia suspira con resignación: se habían enfrentado a muchos problemas pero ahora les había salido una serpiente con siete cabezas dentro de su propio nido, los protestantes, y con ellos no les valía ni la cruzada ni la excomunión, necesitaban al rey, y aun así lo tenían muy mal. Ningún obispo o cardenal español volverá a tener el poder que tuvo, por ejemplo, el cardenal Mendoza, y cuando el rey ponga o quite o apoye o retire la confianza a alguno de los suyos, como en el caso del arzobispo Bartolomé de Carranza, los demás se callarán y mirarán para otro lado, porque al rey no se le discute. Han visto lo que ha pasado en el Sacro Imperio. Han visto lo pronto que los nobles se han pasado al luteranismo para quedarse con las rentas de los monasterios. No, no pueden molestar al rey, el único que puede defenderles.

Y el rey lo sabe. El rey sabe que los nobles ya no pueden nada contra él, que el papa ya no puede nada contra él (y si se mete mucho peor, como con el asunto del divorcio de Enrique VIII), que los municipios y los Parlamentos tampoco pueden nada contra él, pero sin embargo el absolutismo está en el aire pero no llega a concretarse, porque para concretarse tiene que quitarse la máscara y para quitarse la máscara tiene que usar la violencia.

Por eso las cosas seguirán tranquilas en la superficie hasta que llegue Felipe V y diga: «Ahora sí, ahora sí se han acabado los miramientos, qué fueros ni qué narices, Decretos de Nueva Planta y a tomar por…». En fin, no hace falta ser más explícitos porque se entiende, ¿verdad? No hay como una guerra para que el buen pastor se quite la máscara y el rebaño comprenda que el pastor es el pastor y las ovejas son las ovejas. Luego, una vez resuelto el malentendido, el pastor ya puede arreglar los pequeños detalles. Ya puede sacar la escoba y barrer todos esos consejos y todos esos Parlamentos que no pintaban ya nada desde hacía mucho tiempo, y de paso hasta puede reforzar los muros de la administración, que unos cuantos intendentes y unas cuantas secretarías nunca vienen mal, y ya puestos, porque el pastor es el mayor interesado en el bien de su rebaño (o lo que es lo mismo: la teoría del absolutismo pura y dura, ahora ya explicada sin rodeos), también puede dedicarse a mejorar la economía, porque si la economía va bien los impuestos irán bien y si los impuestos van bien el Estado va bien, y todos tan contentos.

Carlos III en traje de cazador. Pintura de Francisco de Goya. (DP)
Carlos III en traje de cazador. Pintura de Francisco de Goya. (DP)

En realidad los que crean el Estado español, ese país que en su momento pudo llegar a ser un país moderno, serán los Borbones, los tres primeros Borbones, Felipe V, que empezó fatal por la guerra de Sucesión y por el tratado de Utrecht, Fernando VI, que no pudo hacer mucho pero sí dejó claro el camino a seguir (el Catastro del Marqués de la Ensenada, por ejemplo) y desde luego el bien conocido pero no siempre entendido Carlos III, el único que tuvo tiempo suficiente y contó con las personas adecuadas y los medios necesarios para hacer todo lo que había que hacer, que aún era mucho. Y que además tuvo ganas de hacerlo. Lo que no se puede decir de los que le siguieron.

Carlos III mandó a Olavide a colonizar Sierra Morena, creo «reales fábricas», construyó canales, atacó el poder de la Iglesia (más aún) ampliando el Patronato Regio de los Reyes Católicos, limitando el poder de la Inquisición, expulsando a los jesuitas, decretó el libre comercio con América, fundó un banco, intentó reformar la enseñanza creando Escuelas de Artes y Oficios y atacando a los colegios mayores, organizó expediciones científicas, intentó racionalizar el difícil, casi imposible, asunto de los impuestos, con proyectos que fracasaron y que luego volverían a ser planteados una y otra vez para controlar mejor los Ayuntamientos, y de paso, para congraciarse con el pueblo después del enojoso asusto del Motín de Esquilache, creó el cargo de «síndico personero del común». En fin, hizo muchas cosas, incluso llegó a decretar que el trabajo manual no era deshonroso (la Real Cédula del 18 de marzo de 1783) para ver si los rancios hidalgos y los más rancios nobles se espabilaban, pero de todas sus medidas la que más éxito tuvo fue la creación de la lotería nacional, lo cual en el fondo no deja de ser triste. Cuando Carlos III murió en 1788 dejaba un país con problemas, con un imperio comercial con problemas, pero con la capacidad de mantenerse a flote o incluso, siendo optimistas, de llegar a buen puerto.

Lo que vino después es otra historia.


Limpieza de sangre: cuando ardió la Inquisición

Condenados por la Inquisición, de Eugenio Lucas.
Condenados por la Inquisición, de Eugenio Lucas.

Sus palabras ardían como teas, pues parecía que el espíritu y tesón de Elías estaban en él. (Pedro Ferrando [1235-1239], Leyenda de Santo Domingo de Guzmán)

En 1506, no era buen negocio ser judío. No quiero decir con esto que el s. XX no haya tenido sus momentos ni que no se viese venir. En 1492 los Reyes Católicos firmaban el edicto de expulsión de los judíos de España y cerca de cien mil prefirieron emigrar a Portugal que convertirse, quizá esperando que el edicto fuese temporal y pudiesen retornar en fecha próxima. Las tensiones entre la monarquía lusa y castellana habían sido constantes y bajo el rey Juan habían gozado de protección y prosperidad en su reino. No habría de ser así bajo su sucesor, el rey Manuel, a la sazón yerno de Isabel y Fernando. Tras negociar sucesivos acuerdos, las razones políticas —que no morales ni de credo— le llevan a tomar la misma decisión de expulsión que sus suegros al subir al trono.

«Muerto el perro, se acabó la rabia», debió de pensar el rey Manuel. Pero nada más lejos de la realidad. El aluvión de exiliados de Castilla había duplicado la población judía de Lisboa. Miles de judíos tornáronse «cristianos nuevos», y los viejos, deseosos de distinguir su pureza de sangre (ya que el credo en teoría era ya el mismo) les llamaban «marranos», que en portugués y castellano significa exactamente lo mismo aunque para los hebreos vendría más bien de la unión de dos palabras: marre y anussim (amargados y forzados).

En la primavera de 1506 no quedaban oficialmente judíos en Portugal. La tensión entre cristianos viejos y nuevos crecía sin embargo conforme iban ya tres años de fuerte sequía y la peste arreciaba de tal modo que desde enero morían más de cien personas cada día. Se acusaba a los cristianos nuevos de haberla traído de Castilla con la inmigración. El que sufriesen menos la peste les parecía además altamente sospechoso de que seguían judaizando, aunque entonces no se sabía que algunos de sus ritos implicaban más higiene. Los cristianos nuevos también seguían dedicados a oficios como el comercio y la artesanía, lo que los hacía menos vulnerables a la sequía. Para colmo, la Corona les había puesto al frente del Tesoro, siendo muchos de ellos recaudadores de impuestos.

Y así, en este clima digamos un poco tenso, la corte y gran parte de las autoridades se trasladan a Abrantes temporalmente huyendo de la peste, y dejando en Lisboa un vacío de poder en medio del hambre y la enfermedad.

Todo sucedió en Semana Santa, abril de 1506. Se había ordenado una procesión de penitencia el quince de cada mes por las calles de Lisboa hasta la iglesia de Santo Domingo, a la que seguían rezos solemnes pidiendo el fin de la sequía, clamando por la misericordia divina. De lo que sucedió a continuación quedan testimonios de portugueses, alemanes, judíos y españoles que fueron testigos más o menos cercanos a los hechos.

Reunidos tras la procesión, concentrados en Santo Domingo, se vio un reflejo aparente en el crucifijo de un Cristo. Se empezó a extender durante cuatro días que aquello era un milagro y cada vez más personas dijeron haberlo visto después. Un alemán dijo que su hija enferma había sanado rezando en la misma iglesia. Muchos fueron a Santo Domingo a rezar o a comprobarlo y el 19 de abril se alzó una voz que cuestionaba, según algunos con burla, diciendo que aquella luz bien podría haber sido el reflejo de una vela o de un rayo de sol. Alguien señaló al disidente reconociéndolo como cristiano nuevo, y una turba se abalanzó sobre él al grito de traidor y judío, arrastrándolo ya de paso junto a otro que lo apoyaba fuera del templo, donde los asesinaron. Unos decidieron quemarlos allí mismo, otros pensaron que, ya puestos, había llegado el momento de acabar con todos los cristianos nuevos que, sin duda, eran causantes de todos los males de la ciudad por seguir judaizando. Desde la iglesia de Santo Domingo convirtieron la barriada de lo que había sido la judería grande de Lisboa en una ratonera donde la turba señalaba y mataba a todo aquel que alguien identificase como cristiano nuevo. Tras los asesinatos, venía el robo y el pillaje. Cerca de quinientas personas murieron asesinadas aquel día.

Las hogueras aún humeaban al amanecer de la jornada siguiente, cuando las hordas parecían haberse calmado. Y entonces llegaron los refuerzos. Dos frailes dominicos, viendo la oportunidad de erigirse en los héroes el asunto salieron de Santo Domingo crucifijo en mano por las calles al grito de «¡Herejía, herejía!» prometiendo la absolución de los pecados mortales de los últimos cien días si se mataba y denunciaba a los herejes.

Grabado medieval (DP)
Grabado medieval (DP)

Unos cuantos barcos de la Liga Hanseática fondeaban en el puerto de Lisboa y muchos marineros holandeses y alemanes de paso se unieron a la anarquía general; unas quinientas personas azuzadas por los dominicos —y la oportunidad del pillaje— desplegaron por las calles muerte y fanatismo, pero también lujuria, venganza, calumnia y robo. Solo en la plaza del Rossío ardieron trescientas personas, al mismo tiempo había hogueras por toda la ciudad en las que ardían grupos de quince o veinte. Los pocos alguaciles que quedaban huyeron acobardados incapaces de contener el horror y al caer la noche muchos cristianos viejos, a causa de las venganzas o del ansia de pillaje fueron empujados a la hoguera junto a los conversos. Algunos se obstinaban en salvarse desnudándose ante los asesinos en un vano intento de demostrar que no estaban circuncidados. Pero para qué vamos a exagerar con la distancia del tiempo cuando historiadores que fueron testigos nos lo cuentan de primera mano:

Entraban con escaleras a las casas en que vivían o sabían que estaban, y los sacaban arrastrados por las calles, con sus hijos, esposas e hijas, arrojando juntos a la hoguera a los vivos con los muertos, sin piedad, y tal era la crueldad que incluso a los niños los ejecutaban en la cuna, rompiéndolos en pedazos tomándolos por las piernas y lanzándolos así contra las paredes. Donde no había matanza había saqueo, y robaron todo el oro, la plata, los trajes que encontraron y luego fueron a las iglesias, donde se habían refugiado algunos, y sacaban a hombres, mujeres y muchachos inocentes escondidos en las capillas y abrazados a las imágenes quemando todo sin temor de Dios. En este día más de mil almas perecieron en las hogueras de la ciudad y nadie se atrevió a resistir, los pocos afortunados que se salvaron estaban fuera de ella, a causa de la peste.  (Damián de Gois [1502-1574], en Crónica de Felicísimo Rey D. Manuel).

Un día más había de durar la masacre, aunque «las hecatombes de sangre y fuego eran menos frecuentes porque las víctimas escaseaban». Conforme desaparecían los cristianos nuevos, asaltaban a los viejos y llegaron los disturbios hasta aldeas cercanas a Lisboa.

Hasta cuatro mil personas perdieron la vida en aquellos tres días de Semana Santa cristiana. El cuarto día unos flagelantes salían de Santo Domingo clamando: «¡Paz!, ¡paz!» y las masacres fueron cesando.

La corte, tras enviar a un corregidor que nada pudo hacer salvo informar de vuelta salvando el pellejo, permaneció impasible hasta el cuarto día: llegaron noticias del asesinato de un converso llamado Mascarenhas, prominente funcionario y recaudador de impuestos. Viendo realmente el rey en riesgo su autoridad en Lisboa (y sus dineros), exigió al gobernador que de inmediato volviese a la capital y castigase a los culpables.

Matábamos para castigar, para purificar a los impuros a través de la sangre. Quizá estábamos poseídos por un deseo inmoderado de justicia […] también se peca por sobreabundancia de perfección. […] Solo nosotros éramos los apóstoles de Cristo, todos los demás le habían traicionado (El nombre de la rosa, Umberto Eco).

La represión de las fuerzas del rey Manuel fue terrible. Los marineros holandeses y alemanes, cómplices en la matanza y los saqueos ya habían huido en sus barcos con el botín a bordo, por lo que el castigo del rey cayó como un rayo sobre la población que quedaba en Lisboa: cristianos viejos mayormente. Los dos dominicos fueron los primeros en ser ajusticiados y quemados. Se publicó un edicto en el que el rey negó a la ciudad el lema «la más fiel» y condenaba a muerte a cualquiera que fuese encontrado culpable de haber participado en la masacre y los saqueos. Tres patíbulos de refuerzo a los oficiales fueron levantados en la ribera del río para ejecutar a destajo. En lugar de dejar secar los cadáveres de los ahorcados al sol, como era costumbre por escarmiento, los retiraban según los ajusticiaban para dar paso a los siguientes reos. Se suprimieron las garantías procesales y cientos de cristianos viejos fueron falsamente denunciados por venganza o resentimiento. El sectarismo generó odio y cambió de bando. Cuenta el historiador Correia que la cruel represión solo finalizó cuando una mujer de la corte, Isabel de Mendanha, escribió al rey rogándole que parara las ejecuciones sumarias de muchos cristianos inocentes, restableciendo las garantías procesales. Con todo, el edicto no prescribió, y muchos marineros extranjeros que volvían incluso años más tarde a Lisboa fueron procesados y ejecutados (ahora sí, con garantías) tras reconocerlos sus víctimas muchos años después.

Los conversos fueron rehabilitados en cargos y funciones, pero no pudieron evitar que el sucesor del rey Manuel, movido por las presiones políticas de España, estableciese la Inquisición en Portugal solo treinta años después de la masacre de Lisboa. No fue abolida hasta 1821.

Mátenlos a todos, el Señor sabrá cuáles son suyos (Almarico Amaury, Abad de Citeaux. 1209).

De los dos grandes terremotos que ha sufrido Lisboa en los últimos quinientos años, apenas tenemos documentación del primero.

Veinticinco años después de la masacre de Lisboa, los conversos habían huido de la zona baja de la ciudad donde, con epicentro en la iglesia de Santo Domingo, habían tenido lugar las peores matanzas. La antigua judería de la colina de Alfama los acogió y, restablecido el orden, fueron recuperando posición y actividad, aunque el odio hacia los cristianos viejos por los sucesos, y de los viejos a los nuevos por lo que vino después, quedaba soterrado.

Santo Domingo presidiendo un auto de fe, de Pedro Berruguete.
Santo Domingo presidiendo un auto de fe, de Pedro Berruguete.

En la madrugada del 26 de enero de 1531 un terremoto de 8 grados en la escala Richter hace temblar por tres veces la ciudad que queda parcialmente destruida. Una parte del palacio real, el Rossío, la Torre de Belem, Jerónimos y, por supuesto, gran parte del monasterio adjunto a la ya tristemente famosa iglesia de Santo Domingo se vienen abajo y mueren alrededor de treinta mil en una ciudad de cien mil habitantes. Los monjes de Santarem, un monasterio cercano, enseguida relacionaron el desastre con la presencia de conversos rehabilitados por el rey tras la masacre. Tuvo que ser Gil Vicente, poeta y dramaturgo, quien escribiera una carta a los propios monjes acusándolos de provocar el terror y el odio sectario entre los fieles fomentando la superstición y el sectarismo. Los cataclismos, decía Gil Vicente, no eran resultado de la ira divina por los pecados de los hombres en todo caso culpables del odio entre sus semejantes. También escribió cartas al rey, condenando la persecución que aún sufrían los conversos acusados de judaizar.

El hecho de que la mayoría de las familias conversas, refugiadas en la colina de Alfama, se vieran menos afectadas por aquel terremoto bastó para aumentar la presión social a favor de la represión por herejía. La Inquisición en Portugal se oficializa apenas treinta años después de la masacre de cuatro mil conversos y el castigo posterior de las tropas del rey Manuel a la población de Lisboa.

Dos siglos después se produce un terremoto aún más devastador, la peor catástrofe natural europea de la que tengamos noticia nunca: el gran terremoto, tsunami e incendio de Lisboa de 1755. La población de Lisboa era ya el doble y murieron entre sesenta mil y cien mil personas. La destrucción del barrio de Baixa, aquel donde antaño se masacró a los conversos fue prácticamente total. Las réplicas se prolongaron durante tres años y el convento de Santo Domingo quedó muy dañado, aunque rápidamente se iniciaron las labores de reconstrucción de la iglesia. Enfrente de la misma se situaba el Tribunal de la Inquisición. Como ya sucediera en 1531, muchos fueron los que culpabilizaron a los herejes de aquello. Voltaire, sin embargo, escribía a un amigo en una carta, recién informado del suceso: «[…] me agrada la idea de que aquellos reverendos padres, los de la Inquisición, fallecieran bajo el colapso de la ciudad como el resto. Servirá para enseñar que los hombres no deben perseguir a otros hombres, porque en cuanto los beatos hipócritas queman a unos cuantos en la hoguera, la tierra se abre y se traga a todos sin distinción».

La reconstrucción de Lisboa, bajo el gobierno del todopoderoso Marqués de Pombal, fue una obra hercúlea que cambió la fisonomía del centro de la ciudad, la antigua gran judería de Baixa desaparecida para siempre. Fue Pombal un hombre ilustrado y un déspota con todo aquel que se interpusiese en su voluntad de prosperidad y progreso para la ciudad y el país. El antisemitismo por supuesto arreció tras el terremoto y fueron muchos los que presionaban al rey José para que contraviniera la nueva ley de Pombal que eliminaba cualquier distinción entre cristianos viejos y nuevos y esta diferencia fuese visible de algún modo. El rey, queriendo contentar a todos, ordenó a Pombal que diseñara algún tipo de emblema que los identificase y Pombal volvió a los pocos días mostrando al rey no una enseña, sino tres iguales: «Para el judío, para mí y para vos mismo. En Portugal, todos somos judíos». Lo que pudo ser un gesto de grandeza, en Pombal siempre tenía un sentido prosaico. Con una mano defendió a los conversos que financiaban la reconstrucción de Lisboa y con otra ejerció la represión total hasta la expulsión de los jesuitas, quienes en las colonias abogaban por la dignidad de los indígenas y su educación, entorpeciendo el esclavismo que tanto ayudaba a las colonias a tener un comercio próspero. Pombal sería un ilustrado, pero ante todo, siempre fue un hombre práctico.

La iglesia de Santo Domingo, menguada tras dos terremotos pero en pie desde el s. XIII, siguió siendo el centro donde se leían las sentencias del Tribunal de la Inquisición, aunque Pombal prohibió definitivamente los autos de fe y las hogueras en 1765. Solo a partir de 1800 se volvió a readmitir a la comunidad judía en el país, y la Inquisición fue finalmente abolida en 1821.

Durante la II Guerra Mundial Portugal adoptó una política bastante liberal permitiendo la entrada de miles de refugiados judíos, y se convirtió en centro de operaciones (y espionaje) de muchas organizaciones judías con enlaces en América y Europa.

Del viejo convento de Santo Domingo apenas quedaba la iglesia, con una nueva portada neoclásica rescatada de un palacio tras el terremoto de 1755 y un interior barroco con pinturas valiosas y tallas cubiertas de oro y telas preciosas, que seguía usando la nobleza y corte portuguesa para sus ceremonias religiosas.

Y entonces ocurrió.

… y yo, Elías, invocaré el nombre del Señor y el que responda con fuego este es el Dios verdadero… (1 Reyes 18:24).

No se conocen bien las causas, dicen que fue una vela que cayó de una talla, que empujó a otra que cayó sobre una tela, y luego cayó otra, y otra… Y así, la madrugada del 13 de agosto de 1959 un incendio pavoroso destruía por completo el interior, las tallas, los frescos del s. XVI, el retablo dorado. Cien bomberos estuvieron toda la noche tratando de apagar el fuego y dos de ellos fallecieron al colapsar la bóveda, evitando milagrosamente que el fuego se extendiese a los edificios colindantes. Se perdió todo lo que contenía la iglesia.

Pasaron muchos años hasta su reconstrucción. Hubo muchas dudas sobre cómo acometerla. ¿Debían replicarse las tallas, los altares, el dorado, las pinturas? Hasta las columnas de mármoles de colores se habían derretido con el fuego.

Iglesia de Santo Domingo de Lisboa. Foto: sjandirks (CC)
Iglesia de Santo Domingo de Lisboa. Foto: sjandirks (CC)

Desconozco quienes fueron los que decidieron la solución final, pero desde aquí mi admiración, respeto y aclamación por el resultado. La iglesia de Santo Domingo se reabrió en 1994 y es hoy una —si no la más— querida de Lisboa. Todo un símbolo contra el sectarismo y la barbarie fanática que estremece e invita a la oración sea cual sea el credo del visitante. Y aunque no lo tenga.

Al fin el fuego tuvo un sentido purificador.

En el largo (plazuela) frente a su puerta se puso en 2004 un memorial en honor a las víctimas de la masacre de 1506, en todos los idiomas.

Pero si el fuego de Santo Domingo hoy Voltaire lo hubiera interpretado como justicia divina, el edificio que hoy ocupa enfrente lo que fue el Tribunal de la Inquisición es la justicia poética: el Teatro de Doña María luce la estatua de Gil Vicente sobre la portada, aquel autor que intercedió contra el sectarismo y cuyas obras persiguió la Inquisición.

Gil Vicente, crítico satírico de las costumbres, siempre recordó a los clásicos:

Ridendo castigat mores. Riendo se castigan las costumbres.

Iglesia de Santo Domingo de Lisboa. Foto: sjandirks (CC)
Iglesia de Santo Domingo de Lisboa. Foto: sjandirks (CC)

Imagen de portada: Constantin Film / France 3 / Les Films De Ariane / Cristaldi Film / RAI


¿A qué monarca le ha hecho un favor mayor el cine o la televisión?

Lo fácil es echarle la culpa a Disney, pero no se confunda. Esto es tan viejo como aquel rey que fermoso sonrisaba en el Cantar de mio Cid o los cuentos de los hermanos Grimm, donde no hay princesa a la que no envenenen por guapa o rana que no acabe convertida en un príncipe invariablemente buenmozo, hunky y con un hoyuelo en la barbilla del tamaño de Texas. Por no mencionar el desafortunado conflicto diplomático aquel del rostro por el cual zarparon mil naves y que hizo arder las torres infinitas de Ilión, etcétera.

Desde los tiempos de la epopeya y el cantar de gesta, reyes, reinas y otros VIPs de la realeza reciben en las ficciones el equivalente literario del retoque con Photoshop, obviadas de esta forma sus verrugas, olvidadas sus estaturas poco regias y omitida toda mención a esa costumbre tan monárquica de no de tener mentón. Y la cosa no ha cambiado con las disciplinas visuales, ni siquiera en la edad de oro del biopic. Aunque nadie le vaya a cortar hoy la lengua al juglar, el cine y la televisión modernos también regalan el oído a los monarcas, y la vista no digamos. Particularmente a aquellos a los que la cámara habría querido menos de haberla conocido en vida. A fin de cuentas, todos sabemos quién gana en la riña de siglos que mantienen el rigor histórico y las audiencias. Por eso hoy queremos preguntarnos a cuál de todos estos reyes, reinas, príncipes y princesas le ha hecho un favor mayor el cine o la televisión.

A Isabel I de Castilla

Imágenes: Anónimo (DP) / Museo del Prado / TVE.

Empezando por Isabel de Castilla, a quien interpreta Michelle Jenner en la serie de TVE. Actriz dotada y un encanto, nos consta. Y la historia arrancaba cuando la soberana era adolescente, de modo que aún nos la muestra en sus años mozos, de acuerdo. Pero insistimos: Michelle Jenner.

A Leónidas I

Imágenes: David Holt (CC) / Warner Bros. / Legendary Pictures / Virtual Studios.

Lo de Leónidas no es de ahora, no se crea. La batalla de las Termópilas como rave homoerótica se le ocurrió primero a Jacques-Louis David, que ni un triste taparrabos le concedió a los abnegados espartanos. Lo que hizo Zack Snyder, Frank Miller mediante, no fue más que reinterpretar. Véase, si no, la única imagen que nos queda atribuida al rey Leónidas I —de identidad muy discutida, porque lo más probable es que sea un simple hoplita— y aquel carismático machote de six-pack marmóreo que interpretó Gerard Butler.

A Olimpia de Epiro

Imágenes: Walters Art Museum / Warner Bros. / Intermedia / Pacifica / Egmond Film & TV / France 3 / Pathé.

Por alguna razón, Oliver Stone decidió hacer una película sobre la gesta bélica más gloriosa de la Antigüedad para contarnos que sus protagonistas tenían sentimientos. Para ello redujo al conquistador más grande de todos los tiempos, Alejandro Magno, a un amasijo de pamplinas con esguince de cejas, gesto cagalástimas, pelo rubio pollo oxigenado y unos mommy issues de escándalo. Como para no, por otra parte. A su madre, Olimpia, la interpretó Angelina Jolie. Que además de ser Angelina Jolie —algo ya absurdo en sí mismo— solo tiene un año más que el propio Colin Farrell. Además, Stone decidió no ponerle ni una sola arruguita mientras enterraba a Val Kilmer en prótesis cosméticas —por alguna razón, Filipo II era la única persona que envejecía en esta película—. Remató la faena Jared Leto, que dio vida al general y amante de Alejandro. Recordarán a Hefestión por una sombra de ojos que animaba a darle una somanta de lo que su propio nombre indica.

A Carlos de Inglaterra

Imágenes: Dan Marsh (CC) / Pathé / Granada / BIM / France 3 / Canal + / Future Films / Scott Rudin Productions.

Alex Jennings hizo un gran trabajo en The Queen, de eso no cabe duda. Clavó la voz de Carlos de Inglaterra y esa presencia apocada tan propia de los Windsor. Su parecido físico con el príncipe, sin embargo, es solo remoto. Y se conoce que Stephen Frears no quiso dejarse el presupuesto de toda la producción en el maquillaje necesario para conseguir ese gesto tan, ejem, característico del heredero al trono británico, que después de mucho reflexionar vamos a calificar como «centrípeto». Solución: Jennings pasó toda la película intentando aglutinar los elementos de su cara en un punto central hipotético situado en las inmediaciones de su entrecejo. Y a las orejas renunció, directamente.

A Felipe el Hermoso

Anónimo (DP) / Noordbrabants Museum / Canal+ / Enrique Cerezo Producciones / Pedro Costa Producciones.

Vicente Aranda, a ti nos dirigimos. Entendemos que Felipe el Hermoso tuviera que ser como su propio nombre indica, de verdad que sí. Pero hombre, moderación. Puestos a desmitificar que Juana la Loca estuviese cucú, no habría estado de más que Felipe el Hermoso no fuera tan ídem. ¿Tú has visto el retrato del susodicho? Porque nos colaste en su lugar a Daniele Liotti, date cuenta.

A Cleopatra VII

Imágenes: www.ancientmoney.org / Twentieth Century Fox / MCL Films / Walwa Films.

Eran otros tiempos, vale. En 1963, la gente fea estaba desterrada del cine. Y a Mankiewicz poco se le puede reprochar, estamos de acuerdo. Pero el perfil más singular de la historia, la faraona Cleopatra VII, quizá mereció una nariz mejor que ese respingo pluscuamperfecto que tenía Liz Taylor. O al menos, una nariz pegada a una mujer que no fuera la más bella que pisaba la Tierra. Como Dorothy Dandridge, por ejemplo, que fue la primera opción y la más económica, habida cuenta de que Taylor acabó encaramadísima a la parra. Cobró siete millones de dólares, uno por cada hora de metraje que apareció vestida de caballero del zodiaco. Con la inflación de 2014, equivaldrían a un gritón de dólares. Aproximadamente.

A Enrique VIII

Imágenes: Hans Holbein el joven (DP) / Walker Art Gallery / Showtime.

Puede que Enrique VIII sea uno de los reyes más feroces de la historia de Inglaterra, pero llevaba gorritos absurdos y posaba haciendo la tetera. Esto es así. En Los Tudor, sin embargo, alguien decidió que la mejor opción para interpretar al monarca —seguramente una de las caras de pan más conocidas de la historia— era Jonathan Rhys-Meyers, plusmarquista mundial de subir mucho los párpados de abajo. No contentos con eso, le hicieron posar enseñando el escaparate y en gesto evidente de gustarle mucho la gasolina.

A Catalina la Grande

Imágenes: Georg Christoph Grooth (DP) / Hermitage Museum / MR Filmproduktion / Patrola Film GmbH / Skylark Cine Inc.

Encuentre las siete diferencias. Pista: son solo dos y se podría meter la cabeza entre ambas.

A Mongkut

Imágenes: Anónimo (DP) / Smithsonian Institution / Twentieth Century Fox.

Es posible que Mongkut o Rama IV le suene más por su última encarnación cinematográfica, a cargo de Chow Yun-Fat. Hollywood siempre ha pasado de puntillas por el singular aspecto que presentaba este rey de Siam e incluso por el hecho de que no fuera chino, sino vietnamita. O ruso de ascendencia suiza, gitana y mongola, como Yul Brynner. El exmodelo y exacróbata metido a actor puso su rico patrimonio genético al servicio de un Mongkut inopinadamente sexy en El rey y yo, de 1956. Y ganó un Óscar.

A la reina Sofía

Imágenes: Ricardo Stuckert / PR / Agência Brasil (CC) / Telecinco.

Le proponemos un ejercicio mental: imagine a la reina Sofía sin sonreír. ¿Puede? Nosotros tampoco. Esa mujer no pierde la sonrisa. Ni bajo el ataque de osos panda enfurecidos, ni siquiera cuando está a punto de ser ingerida por un burro. Algo que pasó por alto Marisa Paredes cuando la interpretó en la TV movie Felipe y Letizia.

A Cómodo

Imágenes: Kunsthistorisches Museum / Gryffindor (CC) / DreamWorks SKG / Universal / Scott Free Productions.

Atención, noticias frescas: el gran péplum de nuestro tiempo, Gladiator, tiene menos rigor histórico que un capítulo de Peppa Pig. Y lo peor no es eso, sino que estuvo en la mano de Ridley Scott haberse pasado menos la realidad por el arco de Trajano. Su emperador Cómodo, a quien Scott concedió los rasgos exquisitamente sui generis de Joaquin Phoenix, se parecía en realidad al emperador Caracalla. Pero un huevo, además. Y a Cómodo, lo que un huevo a una castaña.

A María Antonieta

Imágenes: Louise Élisabeth Vigée Le Brun (DP) / Château de Versailles / Columbia Pictures.

Vale que en el siglo XVIII el único color que combinaba con un color era ese mismo color, pero dudamos que la cosa llegase al extremo de tener que ir a juego con el estampado de las paredes. Sofia Coppola no le hizo a María Antonieta un favor enmendando su físico —algo que la reina consorte de Francia no necesita— sino sus outfits, entre los que incluyó incluso el cameo de unas Converse. O lo intentó, porque la corte de Francia de la época poco tenía que ver con ese filtro de Instagram tan ocre y hipster en el que se sumergía Kirsten Dunst. Más bien se parecía a esa boda de un primo remoto en la que todo el mundo luce materiales textiles reflectantes homologados por la DGT.

A Guillermo de Inglaterra

Imágenes: TheMatthewSlack (CC) / SevenOne / Silver Screen / Königsberg Co.

No es que el príncipe Guillermo no sea un hombre atractivo, tampoco es eso. Pero se le ven las ideas, las cosas como son. Y la etiqueta no le permite lo que al común de los mortales, que es un rapadito resultón o unos polvos fumigadores fus fus crecepelos Great Looking Hair. Es lo que dio que hablar con William & Kate, una TV movie de 2011 en la que el príncipe era interpretado Nico Evers-Swindell, de mirada picaruela y egregio pelazo. Muchos espectadores estuvieron de acuerdo en que parecía más un inquietante híbrido entre el heredero al trono y su hermano, el príncipe Enrique.

A Felipe II

Imágenes: Sofonisba Anguissola (DP) / Museo del Prado / Universal / StudioCanal / Working Title.

No fue un retrato amable, recordarán. A fin de cuentas, era el malo de la película. Y además Shekhar Kapur hizo un trabajo estupendo en Elizabeth: la edad de oro confiriéndole a Cate Blanchett las pintas de una drag queen saliendo por la puerta de la escuela de payasos, que era el aspecto que presentaba Isabel I de Inglaterra. ¿Por qué tanto remilgo por afear a Jordi Mollà, que tan claramente lo necesitaba?


Vida y muerte en un castillo medieval

Castillo de Loarre
Castillo de Loarre (CC)

¿Cómo tiene que ser una vida para que la casa donde se aloja resulte ser un castillo? Es, evidentemente, la vida más otra de la nuestra que cabe imaginar. Por eso, la aparición del monstruo de piedra con los bíceps de sus torreones y la hirsuta pelambre de las almenas, gárgolas, canecillos, nos lanza de un empujón al otro polo de las maneras humanas. (Ortega y Gasset)

Si en la Edad Media las catedrales representaban al poder religioso, los castillos eran el símbolo del poder laico. Rivalizaban con ellas en altura y ostentación, aunque se distinguían por su particular vínculo con el paisaje en el que se fundían. Pero ante todo fueron impresionantes fortalezas para la guerra, escenario de batallas e interminables asedios en los que cada nueva arma o táctica de asalto era respondida con una nueva contramedida. Y mientras tanto, sus habitantes sobrevivían o morían, e incluso se daban ocasionales alegrías. Intentaremos responder a la pregunta del célebre filósofo o, al menos, aproximarnos sin peligro al interior de estos monstruos de piedra.

El auge en la construcción y el diseño de los castillos que tuvo lugar durante Edad Media responde a diversas causas. En algunos casos, los frecuentes ataques vikingos impulsaron la construcción de murallas en torno a los núcleos de población, pero acababan resultando tan extensas que su defensa se volvía poco eficaz. La solución óptima parecía ser entonces construir una fortificación en la que encerrarse únicamente cuando se aproximara el enemigo, de forma que no fuera la vivienda habitual pero sirviera de alojamiento durante todo el tiempo que pudiese durar un asedio. Para ello lo idóneo era emplazarlo en un terrero elevado y de difícil acceso, lo que facilitaría la vigilancia y la defensa. Es lo que le proporcionó en muchos casos ese atractivo aspecto de unión con la montaña y de integración en el paisaje. En algunos casos las murallas están construidas sobre las rocas de un peñasco de tal manera que casi no se sabe dónde empieza una y termina la otra. Son los llamados castillos roqueros, como por ejemplo el Alcázar de Segovia.

Alcazar de Segovia, inspiró el castillo de la Cenicienta de Disney - Fotografía de Guadalupe de la Vallina
Alcázar de Segovia, inspiró el castillo de la Cenicienta de Disney – Fotografía de Guadalupe de la Vallina.

En el caso de la Península Ibérica la amenaza no vino, al menos principalmente, de los hombres del norte, sino de la secular guerra contra los musulmanes. En varios casos, de hecho, la construcción original resultó ser de ellos, con añadidos posteriores cristianos tras ser conquistados. Aquellos que por un motivo u otro tienen esa influencia musulmana se denominan castillos mudéjares, como el de Coca, Malpica o Escalona. Esta frontera en permanente disputa entre las dos religiones dio lugar a que el patrimonio de nuestro país acabase resultando sencillamente excepcional, con más de 2500 fortificaciones catalogadas en la actualidad. Y eso a pesar de los muchos que desmocharon los Reyes Católicos y el cardenal Cisneros por la amenaza al poder real que representaban y del posterior abandono por la administración durante los siglos posteriores. El paisaje español pasó a caracterizarse desde entonces por las ruinas de castillos o, según las definía Machado, «harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra».

En ocasiones estas fortalezas no se construían para defender una población sino un enclave de valor económico o militar, como un puerto o un río. Además, dado que las cortes eran fundamentalmente nómadas (en una época en que los viajes eran más frecuentes de lo que podríamos pensar), requerían de toda una red de castillos en los que parar durante el recorrido por su reino, que mientras tanto estaban cada uno de ellos al mando de los tenientes o alcaides, que lo administraban y protegían al frente de una guarnición. El aumento de la aristocracia europea a partir del siglo XI también trajo consigo un mayor número de estos. Eran signos de ostentación demasiado tentadores para su vanidad como para que no acabasen construyéndose uno a la menor ocasión. Por ello su decoración y habitabilidad fue incrementándose con el tiempo, de manera que a finales de la Edad Media un castillo ya debía tener patio, jardín, vivero, estanque… mientras que de forma paralela el desarrollo de las armas de fuego a partir del siglo XIV acabaría por hacerles perder su función militar. Pero hasta entonces fueron también los centros administrativos de la región que controlaban. Allí se recaudaban las rentas, se administraba justicia y se ejecutaban sentencias. Y por supuesto, se vivía.

Costumbres de señores y vasallos

El rey, señor feudal o ricahembra que lo regentaba tenían sus aposentos en lo alto de la torre del homenaje. Era la construcción más importante y mejor protegida del conjunto castral. Se llamaba así porque «homenaje» era el nombre de la ceremonia de adhesión del vasallo a su señor, que se celebraba allí. Estaba habitada en total por entre 15 y 30 personas y era también el lugar donde se guardaban los víveres, se rezaba en su iglesia y ocasionalmente se organizaban banquetes, bailes y representaciones teatrales. Respecto a los banquetes, su abundancia y lujo evidentemente dependía del anfitrión, aunque no solían faltar al comienzo las abluciones, con criados ofreciendo palanganas y paños a los invitados para limpiarse. Se servían tres conjuntos de platos de los que iban dando cuenta los comensales, ayudándose con cucharas, pan y para la carne un tipo de tenedor de dos púas acompañado de un cuchillo. Aunque según aconsejaba Alfonso X a su hijo, era de buena educación usar tres dedos de cada mano para comer. Todo ello era acompañado por el vino que iban escanciando los coperos, hasta llegar al plato fuerte que era una pieza de ganado o caza mayor (venado, jabalí, buey… e incluso osos y camellos, según la historiadora Covadonga Valdaliso) que tras cocinarse se cosía y se servía entera, siendo entonces el trinchante el encargado de trocearla. Para ello debía tener gran cuidado, eso sí, en que sus herramientas no estuvieran envenenadas. Pero quién sabe si el peligro realmente podía provenir de algún invitado que llevase una cota de malla bajo las ropas…

Respecto al baile, que podía celebrarse al concluir el banquete, consistía en diversos tipos de danza, como por ejemplo el saltarello, que se realizaba en parejas al son de la orquesta, formada por instrumentos como flautas, tambores, laúdes o bandurrias. Las representaciones teatrales, por último, eran realizadas por compañías ambulantes. No existía en ellas una distinción entre artista y público, entre escenario y platea, aunque podían contar en ocasiones con un gran despliegue de medios escénicos montados sobre carros (con forma de barcos, animales, castillos…) que iban entrando y saliendo de la sala. Otros entretenimientos con los que contaban eran los torneos, la caza y los amoríos, reales o imaginarios. Decía una criada en Tirant lo Blanc: «es cosa acostumbrada y tenida a mucha gloria que las doncellas que están en la corte sean amadas y cortejadas, y que tengan tres clases de amor: virtuoso, provechoso y vicioso».

Mientras tanto, el vulgo vivía ajeno a todo ello en la plaza de armas. Allí se amontonaban soldados, artesanos, criados y en caso de asedio, también los campesinos. Vivían a menudo en barracones de madera junto a los talleres y establos. Sus jornadas buscaban aprovechar la luz solar y a menudo distribuían el tiempo de acuerdo a las horas canónicas de los monasterios: prima (amanecer), tercia (media mañana) sexta (cuando el sol está en el punto más alto) y nona (al anochecer). Su alimentación no era muy variada y se centraba en el pan, que raramente era de harina de trigo sino de centeno. Curiosamente, se dieron algunos episodios de locura colectiva en la que todos los lugareños rompían a bailar, no tanto por inspiración diabólica sino por ergotismo o «fuego de San Antonio». Una intoxicación producida por un hongo del centeno de propiedades químicas relacionadas con el LSD. Para beber recurrían al vino, cerveza o hidromiel, de los que podían llegar a ingerir tres litros diarios (si bien su graduación alcohólica no superaba los 10º). De hecho acostumbraban a desayunar en torno a las seis de la mañana un trozo de queso y un vaso de vino «para iluminar el rostro», decían. Así es como un español de bien debería comenzar cada día. Era en cualquier caso una saludable forma de hidratarse en comparación con el tipo de agua que podían encontrar en los pozos. Pero a pesar de esta dieta y según algunas estimaciones, la esperanza de vida durante la Edad Media era apenas de unos 40 años. Cada mujer casada tenía entre 10 y 15 hijos para compensar así una demencial tasa de mortalidad infantil: uno de cada tres niños moría. Sin embargo, en tiempos de guerra la situación era aún peor…

El asedio y las técnicas de asalto

El cronista del siglo XII Jourdain Fantosme describió qué debía hacer todo aliado que se precie de un rey:

Que os ayude en la guerra, rápido y sin demora
Destruya a tus enemigos y arrasa su país
Con el fuego y el incendio, que todo sea una hoguera
Que no les quede nada, ni en el bosque ni en el prado
De lo que en la mañana pudiesen comer;
Después con su fuerza unida que sitie sus castillos,
Así debe ser comenzada la guerra. Tal es mi consejo.
Primero arrasa la tierra.

Jean Froissart, Chronicles
Jean Froissart, Chronicles.

Poco conciliador pero eficaz en la sucesión de acciones. Entre los siglos IX y mediados del XV los castillos fueron los grandes protagonistas de la guerra. El ejército atacante procedía en primer lugar como vemos a saquear y arrasar las cosechas y los bienes que los lugareños hubieran dejado atrás al refugiarse en el castillo. Mientras tanto, la fortaleza procedía a cerrar sus puertas y levantar el puente levadizo (de tenerlo), las tropas añadían apresuradamente estructuras de madera llamadas garitas, galerías y cadalsos que facilitarían la defensa de los muros, apuntalaban estos con palenques —que eran una especie de colchón formado con sacos que podía ponerse tanto en la parte exterior como interior del muro y en algunos casos, como en el castillo de Caerphilly se procedía mediante un mecanismo hidráulico a inundar el terreno circundante, creando un lago que lo dejaba completamente aislado.

Una vez las tropas enemigas rodeaban el castillo tenían dos opciones: instalarse para dar comienzo a un asedio o intentar asaltarlo. La primera opción requería una gran cantidad de tiempo y recursos, como explicaba un funcionario real llamado Pierre Dubois en el siglo XIII «un castillo puede ser conquistado con dificultad en un año e incluso cuando cae por fin, implica más gastos para el tesoro real y para sus súbditos que lo que en realidad vale». En el interior disponían de pozos de agua y, por lo general, de una gran reserva de víveres que les permitía resistir una larga temporada. En algunos casos además contaban con poternas o «puertas de la traición» entradas secretas que permitían entrar y salir a espías y mensajeros… o al enemigo, si este llegaba a descubrirlas. Cuando esas reservas se agotaban finalmente ofrecían su rendición, como ocurrió en Kerak y Montreal en 1188 y 1189, aunque a menudo se entregaban antes si se les garantizaba que conservarían la vida. Un caso curioso fue el del asedio de Weinsberg en 1141, cuando los atacantes al mando de Conrado III ofrecieron salir libres únicamente a las mujeres, que podrían llevarse todo aquello con lo que pudieran cargar. Y aceptaron, pero lo que cargaron a hombros fue a sus maridos.

Las negociaciones sobre las condiciones de rendición podían durar meses y llegaban a incluir clausulas para la guarnición realmente curiosas, como la de salir del castillo descalzos, en Stirling en 1304, o que los seis ciudadanos más ilustres acudieran ante su sitiador, Eduardo III, con una soga al cuello para entregarle las llaves de Calais, en 1347. Mientras tanto, con el fin de minar la resistencia de los encastillados, los asaltantes recurrían a veces a la guerra bacteriológica y psicológica. Para ello empleaban el trebuchet o catapulta de contrapeso, que podía lanzar piedras con las que erosionar el muro o bien restos de animales podridos al interior del castillo, para propagar infecciones. En el asedio a Nicea en 1097 llegaron a lanzar las cabezas de los prisioneros para desmoralizar sus adversarios.

Cruzados lanzando cabezas decapitadas durante el asedio a la ciudad de Nicea en 1097
Cruzados lanzando cabezas decapitadas durante el asedio a la ciudad de Nicea en 1097.

La otra opción al asedio era intentar penetrar en el interior del castillo, un objetivo muy complicado dada la ubicación y estructura de las fortalezas. Como decíamos al comienzo, solían construirse en lo alto de un monte o peñasco que dificultaba la llegada de los soldados y de las torres de asalto. También podían contar con fosos, como del castillo de La Mota, en Medina del Campo, o con muros que en lugar de ser verticales tengan cierta inclinación, los taludes, que ofrecían más resistencia a los proyectiles y además permitían que rebotasen en ellos, como si una máquina de pinball se tratara, las piedras que se lanzaban desde lo alto y así sorprender a los atacantes. Las plantas de las torres pasaron de ser cuadradas a redondas, dado que al no tener ángulos resultaban más resistentes a los intentos de minado o de derribo y además no dejaban ángulos muertos a la guarnición que la defendía. Por supuesto, como a menudo hemos visto en las películas, a lo largo de las murallas y torres había troneras desde las que disparar flechas o arrojar agua o aceite hirviendo. Además las escaleras del interior solían girar a la izquierda, de manera que al subir quedara expuesto el lado derecho, que no cubre el escudo. Y por si todo esto no fuera bastante, a menudo los castillos contaban con una segunda muralla interior a la que replegarse. En fin, todo un calvario para el enemigo.

Foso del castillo de La Mota, en Medina del Campo
Foso del castillo de La Mota, en Medina del Campo (CC).

¿Qué opciones tenían entonces los asaltantes? Podían excavar una vía subterránea para llegar al interior o para poner explosivos en la base de la muralla. En el asedio del castillo de Rochester de 1215 esos explosivos fueron concretamente 40 cerdos, cuya manteca resultó ser una excelente arma de guerra. También se podía derribar la puerta usando un ariete, o llegar a lo alto del muro usando una bastida o torre de asalto. Pero fue a partir de 1370 cuando comenzó a utilizarse de forma habitual una nueva arma que acabaría suponiendo el final de los castillos como fortalezas defensivas. Se trataba de los cañones.

Los primeros fueron estructuras muy aparatosas que requerían cada uno de 24 caballos para ser transportados y algunos solo lograban disparar una vez al día, lo que no es una cadencia de tiro muy intimidatoria. Su inicial forma de jarrón hacía que el proyectil saliera disparado con poca precisión, hasta tal punto que si un artillero lograba acertar tres veces a un blanco en un solo día sus superiores lo mandaban en peregrinación por temor a que tuviera algún trato con el diablo. Pero con el paso de los años el diseño del cañón pasó a tener forma de tubo, se mejoró la pólvora utilizada y las fortalezas pasaron a ser vulnerables. Fue de hecho un arma decisiva para las tropas de los Reyes Católicos en su conquista de la Península. Aunque ya a finales del siglo XV los muros tuvieron que construirse más bajos y gruesos —de hasta 13 metros de ancho ya nada volvió a ser igual. Acabó toda una era y con ella unas construcciones que desde entonces pasarían a ocupar el terreno de la imaginación, inspirándonos en forma de leyendas y en toda clase de narraciones. Aprovechemos entonces para visitar cualquiera de los muchos que hay en cada provincia española y evocar ese mundo romántico y fascinante de princesas enamoradas, fastuosos banquetes y enemigos dando alaridos al caerles encima aceite hirviendo.

Castillo de Ampudia
Castillo de Ampudia (CC).

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Bibliografía destacada:

  • Historia de la vida privada, el individuo en la Europa feudal, varios autores (Ed. Taurus)

  • Vivir en un castillo medieval, Covadonga Valdaliso (Ed. La Esfera de los Libros)

  • Edad Media, vida y costumbres en la antigüedad, José Luis Martínez Sanz (Ed. Edimat Libros)

  • Castillos y Fortalezas de España, varios autores (Ed Susaeta)

  • Gente de la Edad Media, Robert Fossier (Ed. Taurus)

  • Historia de la guerra en la Edad Media, varios autores (Ed. Machado Libros)

  • Historia de la arquitectura occidental, Fernando Chueca Goitia (Ed. CIE Dossat 2000)

  • http://www.medieval-castle.com