¿Sos del River o del Boca? Una historia del superclásico

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Mientras los hinchas de River abandonaban el Monumental tras la derrota con Boca en 1997, Diego Maradona hizo pasar a un periodista al vestuario y explicó el partido: «Boca jugó a lo Boca y River a lo River».

Desdibujado, apenas estuvo cuarenta y cinco minutos en la cancha en lo que terminó siendo el último partido de su carrera. Su análisis futbolístico reconocía que cada equipo tenía un estilo propio. A lo largo de sus más de cien años desde sus respectivas fundaciones, los dos gigantes de Argentina compartieron una historia llena de encuentros y desamores.

El inicio del siglo XX en el país estuvo marcado por la llegada de los inmigrantes. Pasó de menos de cuatro millones de habitantes en 1895 a 7 800 000 en 1914, según los censos. La mayoría llegaba de Europa e ingresaba por el antiguo puerto de La Boca, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires. A pocas cuadras alquilaban una vivienda, ponían su negocio y organizaban su vida en torno a actividades sociales, culturales o deportivas. 

En 1908, cuando se disputó el primer superclásico, todavía los dos eran del mismo barrio y estaban en el Campeonato de la Segunda División. Boca ganó el amistoso 2-1 con goles de un inmigrante gibraltareño, Rafael Pratts. La familia Priano tuvo intereses cruzados: en River jugó Francisco y su hermano Juan Bautista estuvo enfrente. Nacidos en Buenos Aires, su padre era un pizzero genovés que se había instalado en Argentina. Los jugadores también eran directivos, como Luis Cerezo, que jugó ese día y era el expresidente del xeneize.

Si algo caracteriza al superclásico argentino es la permanente tensión entre dos versiones. Respecto al primer cruce, River en su sitio oficial dice que fue en 1913. En realidad, ese fue el primero por los puntos. El Millonario, al que todavía no lo llamaban así, ganó 2-1. La rivalidad ya había nacido con el infaltable condimento de los medios de comunicación. Dos años antes, el diario La Mañana había realizado un concurso de popularidad y se publicaban incendiarias cartas de lectores de hinchas de ambos equipos, según reveló el historiador de Boca, Sergio Lodise.

Después de varios años deambulando sin sede, en 1923 River se mudó hacia la zona norte de Buenos Aires y terminó inaugurando su estadio a aproximadamente nueve kilómetros de su lugar original. Un año antes a pocas cuadras, como parte de la expansión de la ciudad, se había inaugurado el Cementerio de la Recoleta. La llegada al nuevo barrio y el abandono de la zona sur había sido el mismo camino que las familias pudientes habían optado años antes escapando de la epidemia de fiebre amarilla en los barrios de La Boca y el lindero San Telmo. Así nacería un nuevo motivo de enfrentamiento en el superclásico: Boca como el club «popular» y su alter ego de la clase alta. La masividad de ambos desmiente en la práctica esta idea que sobrevive en el imaginario. Otra vez con las dos versiones en tensión, el relato xeneize dice que la mudanza se definió en un partido que le ganaron a su eterno rival y lo obligaron a irse. 

Boca a lo Boca y River a lo River siguieron en su propio barrio y en su propio torneo, ya que entre 1919 y 1927 participaron en diferentes asociaciones de fútbol. Durante nueve años no hubo superclásicos, pero la rivalidad seguía vigente. En 1931 jugaron por primera vez en un torneo profesional y terminó en escándalo: el referí echó a tres jugadores de River que se negaron a abandonar la cancha y suspendió el partido. La revista El Gráfico publicó esa semana: «La mayoría atribuirá la culpabilidad principal al referee que pública y notoriamente es otra víctima propiciatoria del ambiente en que actualmente, y desde hace años, se desenvuelve el fútbol».

Durante la década de los 30 se dividieron la conquista de los diferentes campeonatos y cada vez que les tocaba enfrentarse lo vivían como un torneo dentro de otro. El superclásico se empezó a vivir de una forma más similar a la actual. River se ganó el apodo de Millonarios por comprar a Carlos Peucelle y a Bernabé Ferreyra en miles de pesos. Durante esos años también se tuvo que mudar y ocupó definitivamente el barrio de Núñez, donde actualmente tiene el estadio más grande del país y las instalaciones que lo transformaron en una referencia de los alrededores.

No son los títulos ni la historia de cada uno los que explican el fenómeno que supone este partido. Para el diario inglés The Guardian es el primero de los cincuenta espectáculos deportivos que hay que ver antes de morir y lo que destacan es cómo se vive. Si Buenos Aires es la ciudad con más estadios del mundo, el encuentro entre los dos más populares es el punto máximo de adrenalina y tensión futbolística.

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

La alegría de unos supone la desgracia del otro. La construcción del relato circula en paralelo y mientras en Boca engrandecen la figura de Antonio Roma por atajar un penal en el último minuto a Delem (1968), en River recuerdan el triunfo con juveniles de 1971. En pocos hechos de la historia coinciden en la interpretación. Durante muchos años, se conoció al 5-4 millonario de 1972 como «el mejor superclásico de la historia», mientras que la mayor tragedia fue lo que pasó en 1968 con la Puerta 12: a la salida del Monumental, setenta y un hinchas de Boca fallecieron en una avalancha bajando una escalera. El promedio de edad de las víctimas era de diecinueve años. 

Las familias solían replicar el fanatismo de sus padres, pero nadie estaba exento de algún díscolo. Pudo serlo, nada más y nada menos, que Diego Armando Maradona. En mayo de 1980, la revista El Gráfico advirtió que River era la solución para destrabar su situación contractual en Argentinos Juniors. Su padre, fanático de Boca, hubiera sufrido un disgusto. Meses después cuando la negociación se cayó, el joven de veinte años llamó a un periodista del Diario Crónica y le manifestó sus deseos de jugar en el xeneize. Así, metió presión para que la transferencia sucediera. En su primer superclásico, en 1981, anotó un gol para el 3-0 final.

River, que había estado dieciocho años sin salir campeón entre 1957 y 1978, sacó el pecho en 1986 y dio la vuelta olímpica en La Bombonera antes de jugar. Después ganó 2-0 en un partido que se jugó con pelota naranja porque se esperaba que los hinchas tiraran papelitos para los festivos recibimientos de los equipos cuando salieran a la cancha. A fin de ese año, conquistó la Libertadores y la Intercontinental.

Durante los 90, Boca llegó a estar trece superclásicos invictos, pero River se las rebuscó para ser campeón ocho veces en torneos locales. En 1996, el Millonario ganó la Libertadores con figuras como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Hernán Crespo, pero tres meses después perdió el superclásico 3-2 ante un Boca deslucido que terminó festejando por un gol con la nuca de Hugo Romeo Guerra. Al terminar el partido, Ramón Díaz, director técnico del equipo derrotado, dijo: «Boca gana partidos y River gana campeonatos».  

El supuesto equilibrio se rompió en los inicios del 2000 con la llegada de Carlos Bianchi como director técnico. Boca siguió ganando clásicos y también empezó a ganar títulos internacionales. Levantó la Libertadores en 2000, 2001 y 2003 y se consagró dos veces campeón del mundo. 

En 2004, por semifinales de la Copa se jugó por primera vez un superclásico sin público visitante. Fue el inicio de una medida excepcional que se volvió regla desde 2013 en todo el fútbol argentino. La excusa fue la seguridad, pero la realidad indicaba que a los dos clubes más importantes les quedaba mejor, ya que habían alcanzado una cantidad de socios que no entraban en su propia cancha. 

El superclásico se originó como un fenómeno popular, pero a partir del siglo XXI presenciarlo se transformó en un espectáculo exclusivo. Los hinchas concebidos como consumidores generaron una altísima demanda que los clubes aprovecharon para generar ingresos económicos. La Bombonera inauguró costosos palcos y plateas preferenciales, se armó un ranking de socios para que los «más fieles» tuvieran prioridad y hasta se creó una categoría de «socio adherente», que es como una gran sala de espera para algún día ser «socio activo».

En 2011, River descendió por primera vez en su historia. Si la Era Bianchi ya había marcado una diferencia en la eterna competencia entre ambos, la pérdida de la categoría pareció juzgar de forma definitiva una lucha con más de cien años. No fue suficiente que volviera a Primera al año siguiente, porque los hinchas de Boca ya se habían aprendido una canción de memoria: «River decime qué se siente haber jugado el Nacional, te juro que aunque pasen los años nunca lo vamos a olvidar».

Sos del River o del Boca
Foto: Cordon Press.

Pero la historia no podía quedar ahí. En 2014, Marcelo Gallardo llegó a River como entrenador y empezó a escribir un nuevo capítulo en la historia del superclásico. Los títulos estaban directamente ligados a la desazón de su rival. Lo eliminó de la Copa Sudamericana 2014 y fue campeón; lo eliminó de la Copa Libertadores 2015 y fue campeón; y le ganó la final de la Supercopa Argentina 2017. 

La tensión llegó a su punto máximo en 2018, cuando se cruzaron por la final de la Copa Libertadores. Boca tenía la oportunidad de terminar con la supremacía millonaria moderna y volver a conquistar un título internacional, como no sucedía desde antes de que River descendiera. 

Luego del empate en la ida, el partido de vuelta se suspendió por un piedrazo al colectivo de Boca. Como en 1931, el superclásico fue reemplazado por largas editoriales y llamados a la reflexión sobre la manera de vivir el deporte. Aquella rivalidad nacida en 1908, alimentada por el diario La Mañana y sostenida durante más de cien años con hitos variopinto, tuvo uno de sus momentos más dramáticos. Símbolo de los tiempos, la resolución fue montar un espectáculo internacional en Madrid, ante los ojos del mundo y diferente a aquel primer partido entre inmigrantes. 

River ganó en tiempo suplementario, fue campeón y, en un intento de cerrar la histórica tensa relación con Boca, los hinchas empezaron a cantarle a su rival que «murió en Madrid». Por popularidad y rendimiento, el fútbol argentino quedó reducido prácticamente a los dos más grandes del país. En las redes sociales, los hinchas de los demás equipos empezaron a hablar del fenómeno «Bover». Después de tantos años de desencuentros, el acrónimo los unió como cuando compartían barrio.

Los medios de comunicación se alimentaron de la tensión y debatieron permanentemente por esa competencia hasta el día de hoy. De tanto hacerla en cafés, reuniones y paneles periodísticos, hay una pregunta que se volvió cliché: ¿es peor descender o perder una final continental contra tu máximo rival? 

En más de cuatro años nunca se pudo alcanzar una respuesta unánime. Esa es una de las claves del éxito que se puede ver a través de la historia del superclásico: la tensión se sostiene y se construye desde dos polos opuestos. Boca a lo Boca y River a lo River.


Claudio Caniggia: «Maradona siempre le puso el pecho a todo, era como un indio salvaje»

Fotografía: Jose A. Ramos

En los años en los que el rock and roll dominaba la cultura popular, Argentina jugaba al fútbol con dos melenudos por delante, Caniggia y Batistuta. Incluso hoy, con sus gafas de cristal púrpura, Claudio recuerda a Robin Zander, de Cheap Trick. En ocasiones, estos «rockeros» por detrás tuvieron a Dios. A Diego Armando Maradona. Pero fue en ocasiones porque las suspensiones arruinaron el potencial de aquella selección. A estas alturas, Claudio Caniggia (Henderson, Argentina, 1967) no quiere hablar de nada extrafutbolístico, pero sí que recuerda momentos épicos de su carrera que son historia del fútbol. Nos encontramos en Málaga, junto al exfutbolista local Antonio Vega y el periodista Camilo López. En el repaso a su trayectoria, Caniggia rechaza valorar a los futbolistas por su técnica y florituras, para él los buenos son los que aparecen en el momento cumbre. Cuando hay que aparecer. No hay más.

Eres un futbolista salido del medio rural.

Henderson era un pueblo chiquito, de unas siete mil personas. Yo no es que fuera un hombre de campo, pero prácticamente crecí en un pueblucho. Puede que se note en mi carácter, no soy de Buenos Aires. Soy un poco más desconfiado, me protejo más. Allí lo que tenía era el campo a treinta metros de mi casa. Desde que tuve cinco años, me pasé ahí todo el día. Era un terreno que nosotros llamamos potrero. La pelota iba para donde quería. Era terrible. Pero jugar en potreros lo que te daba era algo diferente a tu fútbol. No solo lo digo yo, ya se ha hablado mucho de esto, hasta Pelé lo decía: «A nosotros la pelota nos botaba para cualquier lado». En el potrero, a salir con el balón con gente alrededor, a pensar, lo aprendes instintivamente. Luego llegas a un campo de verdad y es un lujo.

Donde yo jugaba, en un equipo que se llamaba Juventud Unida en el que había jugado también mi padre, en el campo había zonas con zarzales. Por ahí pasaban después los corderos para quitarles la lana. Nadie quería pasar por esas zonas del campo, si corrías por ahí se te llenaban las medias de espinas; luego, cuando te golpeaba la pelota, se te clavaban. Te ponías perdido de sangre, era un dolor terrible. Veinte espinas clavadas. Y si te caías…

Hiciste atletismo también.

Me gustaba mucho, corrí cien, doscientos y cuatrocientos metros. Lo que más me gustaba era el salto de longitud. Me encantaba saltar y quizá eso se quedó en mi estilo a la hora de correr sobre el campo. Siempre me dijeron que corría encogido, que me agachaba un poquito para coger velocidad, pero yo lo hacía por los rivales, para meterles el cuerpo en carrera. Si vas erguido, te tiran con solo tocarte un poquito. Una vez leí que Usain Bolt le dijo a Cristiano Ronaldo que tenía que correr con la espalda más derecha, pero no es lo mismo correr con la pelota que en la pista. Bolt hace muy bien los cien metros, pero no puedes correr como un atleta en un partido de fútbol. Ahí hay gente que te quiere desacomodar, no puedes arrancar con el pechito para adelante.

Fui a muchas competiciones de atletismo en las ciudades alrededor de mi pueblo, no competí a nivel nacional porque era muy joven, pero me hubiese gustado. Pero no creo que fuese rápido jugando al fútbol por haber hecho atletismo, ya era rápido de por naturaleza. Puedes aprender a correr, mejorar tu salida, por ejemplo, pero no se puede aprender a correr más rápido. Eso no se puede mejorar.

Con quince años te plantaron en Buenos Aires para jugar en River.

Carlos «el Negro» Jaimerena era de una peña de River en mi pueblo. Jugaba al billar con mi padre y un día propuso que me llevaran a probar. Todas las peñas hacen estas cosas. Llamó al club, le dijeron que fuéramos y nos presentamos allí los tres en un auto. Me probé como 8, que era lo que me gustaba, pero cuando vieron mi velocidad me pusieron de 7. Yo en realidad era de Boca, desde chico escuchaba los partidos por la radio y mi padre, que era comerciante y de vez en cuando iba a la capital a por electrodomésticos, me llevó alguna vez a la Bombonera.

Pero el problema de verdad fue que pasé de un sitio donde conocía a todo el mundo a, de repente, verme en una ciudad como Buenos Aires completamente solo. No tenía amigos, cambiaba de colegio cada año. Con quince años no eres niño ni adulto. No fue fácil para mí. Me encontré, además, con un equipo de pibes que llevaban tres o cuatro años jugando juntos y se bancaban entre ellos, se protegían. Ahí empezaron los problemas. Yo era el nuevo, le quité el puesto al que llevaba ahí años y dijeron: «¿Qué pasa acá?». Con dieciséis años estuve a punto de volverme. No solo por esto, también porque tenía que ir hora y media en autobús al colegio, luego coger un tren, luego otro autobús. Estaba agotado y no tenía relación con casi nadie. Vivía con mis tíos y mis primas. No fue fácil. Si no es porque me convence mi madre, que me dijo que me quedase un poco más, hubiese renunciado. El segundo año fue más fácil y no volví a tener deseos de volver al pueblo.

Te apodaron el Pájaro.

Se le ocurrió a un periodista cuando empecé a jugar en primera. Era porque corría con las puntas de los pies y parecía que no tocaba el suelo. No apoyaba el talón prácticamente. Alguien dijo que volaba y a otro se le ocurrió llamarme el Pájaro. También se dijo el Hijo del Viento, que se lo decían a Carl Lewis.

Cuando subiste a la primera plantilla, se recuerda de ti que salías de cada entrenamiento lleno de arañazos porque no te podían atrapar.

Me pegaban bastante. Hijos de puta [risas]. Cuando empiezas a entrenar con los de primera te enseñan el rigor. Me daban duro, me mataban a patadas, pero me tenía que callar. Tenía que levantarme cada vez y seguir. Nunca me lamentaba. Ruggeri decía que, cuando me daban, iba al suelo, me ponía de pie y en la siguiente jugada volvía a encararles otra vez. «Le dábamos, pero el hijo de puta seguía encarándonos», decía. Obviamente, te querían intimidar. Ahora también pasa, pero si le dan a uno en los entrenamientos sale en todas partes. Ya ha pasado. Entonces no podías decir nada. ¿Qué ibas a decir? Y te hacías jugador, u hombre, como quieras llamarlo, más rápido.

Ruggeri decía que te daban igual los golpes y que no sabías ni con quién jugabas el siguiente partido.

Sí sabía contra quién jugaba, lo que no sabía era quién me iba a marcar. Salvo los jugadores más importantes de cada equipo, no conocía a los demás. Los periodistas me preguntaban a propósito quién me marcaba y yo contestaba: «No lo sé, qué quieres que te diga». Igual era inconsciencia, pero así me quitaba preocupaciones. Si yo estaba bien, no necesitaba saber quién me marcaba. No quería tanta información en mi cabeza. Ni siquiera en los Mundiales. Seguí igual. Mi mente funcionaba así.

Ese River ganó la Copa Libertadores y luego la Intercontinental al Steaua de Bucarest.

Era muy difícil debutar en ese River, había ocho o nueve jugadores internacionales entre uruguayos y argentinos. El club tenía dinero en esa época y compraba lo mejor que había en circulación por Sudamérica. Estaban Pumpido, Ruggeri, Henrique… el centro del campo de la selección argentina campeona del mundo en el 78, Gallego y Ardiles… Hubo jugadores mejores que yo en las categorías inferiores que no pudieron jugar en ese River.

Pero cuando debutaste se dijo que no se veía nada igual desde Maradona.

Es verdad que fue un ascenso bastante rápido, arranqué a jugar y desde el primer partido encaraba, cogía la pelota y me iba para delante. Jamás me sentí intimidado. Nunca me puse nervioso. Era un poco inconsciente en ese momento. Pero fue Bilardo el que le dijo al técnico del primer equipo, Héctor Veira, que me sacase. No se la quería jugar con los pibes, que los había muy buenos, pero no los ponía. Bilardo me conocía porque utilizaba a las categorías inferiores de River como sparring de la selección argentina que luego ganó la Copa del Mundo del 86. Le dijo: «¿A este pibe qué haces que no lo pones en primera?».

Cuando llegas arriba es muy bonito, pero nada de lo que has hecho antes vale para nada. Muchos muy buenos llegaron y se cayeron. Jugaban uno o dos partidos, después iban al banco y al final desaparecían. Cuando yo aparecí, me faltaba mucha experiencia, pero era como si hubiese jugado toda mi vida en primera. Me adapté.

Puedes tener la técnica que quieras, pero si no tienes cabeza… La mentalidad es más importante que la técnica en el máximo nivel. Tienes que saber que los espacios son más reducidos, que no puedes ponerte a gambetear como si tuvieras dieciséis años, tienes que entender que el juego es más rápido, más fuerte y tácticamente tienes que prestar más atención a tu ubicación, al juego posicional. Todo eso lo tienes que aprender muy rápido. Yo no tuve ese problema, también porque era muy vertical; cuando había que ir, iba y punto. No hacía jugadas para perder el tiempo.

Esas cabalgadas tuyas recuerdan a las de Ronaldo Nazario, o al revés.

Sí, a pesar de que la posición en el campo era diferente, él era un 9, más delantero, lo mío era arrancar de atrás. En principio, yo partía como wing. En River jugábamos con tres arriba. Estaba Alzamendi, el uruguayo que jugaba en la selección, a él no le iban a largar de la derecha, así que tuve que aprender a jugar desde la izquierda. Nunca lo había hecho, ni siquiera en las categorías inferiores.

Y lo hacías contra esas defensas sudamericanas de la época…

El fútbol argentino y el italiano son los más difíciles del mundo. Te pegan, te dan codazos, no les importa. Vas a sacar un córner y te escupe toda la tribuna, te reputean. Pero eso nos pasa a los argentinos desde que somos chicos, por eso nos acostumbramos a la presión y por eso mismo cuando salimos fuera no existe la presión para nosotros. Cuando teníamos trece años, íbamos a sacar un córner y los padres del equipo contrario nos decían de todo. Nos apedreaban. Tipos de cuarenta años insultando a pibes de trece. Es una vergüenza, pero Argentina es así. Desde chico juegas en un ambiente hostil, luego te vas a Europa y te parece un juego de niños. No te causa sorpresa nada de lo que ves. Te gritan cuatro, vale, ¿y a quién le importa?

En el campo las patadas eran terribles. Todo el tiempo. Yo, que era finito, flaquito, volaba cinco metros cuando me daban. Alguna fractura me costó. En la Libertadores igual, ibas con un cuchillo entre los dientes a jugar a Paraguay, a Colombia… te mataban. Era horrible. Ahora hay cámaras, pero en esa época era el terror. Ibas a sacar un córner y no sabías si ibas a salir con un ojo menos. A mí me agarraban del pelo…

Es como dijo Riquelme hace unos meses, que Messi es un fenómeno, pero en Argentina acabaría lesionado dos o tres veces por año y no podría jugar todos los partidos. En Argentina tampoco podría tirar paredes en el área chica, porque le irían a buscar antes y le pegarían, le frenarían. Con inteligencia, pero le desacomodarían. No quiero decir que aquí no pasen esas cosas, pero el jugador sudamericano está más acostumbrado a ese tipo de fricción. A ser listo. Es así, es la naturaleza. Es como crecemos en Argentina, Brasil o Uruguay. Como sé que eres muy bueno y me vas a pintar la cara, no te voy a dejar salir. No te respetan. En Europa, a los grandes equipos les dan, pero no les dan tan fuerte. Allá no importa quién sos. Cuando volví a Boca en el 95 con Maradona me daban igual. Nos tenían respeto, pero dentro del campo, si te tienen que colgar con un alambre, te cuelgan. Así es Argentina.

Pronto llamaste la atención de los clubes europeos.

El primero que vino a por mí fue la Roma. Estaba todo listo, yo tenía diecinueve años, pero no pudo ser, ¿sabes por qué? Porque alguien, no voy a decir quién, se quería quedar con el 15 % del traspaso, que es una comisión que le corresponde al jugador. Habría jugado unos treinta partidos en primera y me ofrecieron un contrato de tres años. También lo intentó la Juventus. Yo no tenía representante, no había esas cosas, iba con mi padre a negociar porque sabía algo de contabilidad. Era el año 87, la Roma ponía cinco millones, a mí me correspondían cuatrocientos mil dólares. Eso era una fortuna en aquella época. Ya habían adelantado un millón, pero dije que no. Quería mi 15 %. Yo no le había costado a River ni una moneda. Al año siguiente vino el Verona ofreciendo un buen contrato y entonces sí decidí irme.

¿Hubo mucho cambio de Argentina a Italia? Dijiste que tenías agujetas hasta en las orejas.

Yo lo aprendí todo de Bilardo y del fútbol italiano. Era un fútbol mucho más cerrado, había que moverse mucho, si no, te comían. El italiano es el fútbol más difícil en el que he jugado. En los ochenta, los máximos goleadores del Calcio no marcaban más de veinte goles. Maradona fue máximo goleador en la temporada 87-88 con quince goles. Yo hacía unos diez u once. Había muy pocas ocasiones, se trabajaba muchísimo. Mucho.

Nunca me he entrenado como allí. Era terrible. Aunque solo lo pasé mal el primer año, en el segundo el cuerpo tiene memoria y se adapta. Pero eran entrenamientos extremos. En la pretemporada hacíamos tres al día, durante veinte días, en una montaña. Troglio, que era un tractor, tampoco podía. Al final del día, le decía: «¿Vos estás como yo o soy yo solo?». Y contestaba: «Estoy hecho polvo». Cenábamos a las ocho de la noche y nos tirábamos en la cama. Pero luego veías a tíos como Thomas Berthold, el internacional alemán, que cuando salíamos a correr a la montaña él iba solo un kilómetro por delante de los demás.

¿Sufriste al Milan de los holandeses?

Les hice dos goles en un mes. Con uno de esos dos les echamos de la Copa. También recuerdo haberles hecho uno muy lindo de vaselina un día que luego nos ganaron con un gol de Van Basten en el último minuto, que le dio a uno de los nuestros en el hombro y entró. ¿Sabes que al principio Van Basten tenía problemas con Sacchi? Pensaba: «¿Para qué trajimos a este?». Y él se quería ir. No tenían buena relación. Jugando, lo impresionante era cómo te presionaban. No te dejaban. Y se lo hacían a grandes equipos, jugaban igual contra el Inter o contra el Madrid, al que le metieron cinco.

¿Es verdad que a los extranjeros el primer día os llevaban a vestiros bien?

Eso le pasó a Van Basten, precisamente. Un día salieron a algo con sus trajes y él iba con calcetines blancos. Le dijeron: «Perdona, ¿qué es esto?». Siempre que llegaba un jugador le llevaban a vestirle. Tienes que tener en cuenta que en los ochenta no había información como ahora, que puedes pedir lo que sea por internet y hay setecientos canales de televisión. Antes nadie tenía información de un carajo. Si llegabas a Italia con veintiún años, que aquello era el Hollywood del fútbol, te llevaban a comprar ropa, varios trajes, camisas, zapatos y te explicaban cómo iba la cosa. No porque fueses mal vestido, sino porque querían que fueses bien, como se iba en Italia.

¿Por qué fichaste luego por el Atalanta?

A veces me dicen que podía haber jugado en equipos más fuertes y es verdad, pero fue así porque el fútbol era distinto, los cupos de extranjeros lo complicaban todo. Mira al brasileño Junior, fue al Pescara y al Torino. Enzo Francescoli, uno de los mejores jugadores que he visto, fue al Cagliari. Toninho Cerezo, a la Sampdoria. Zico, al Udinese. Maradona no fue ni al Milan ni al Inter ni a la Juventus, sino al Nápoles, que el primer año peleaba en mitad de la tabla. Gica Hagi, al Brescia. Ramón Díaz, uno de los mejores defensores que vi en mi vida, ¡al Avellino fue!

Ahora se ha perdido la esencia con tantos extranjeros. Antes los vestuarios estaban mucho más unidos porque estaban todos los italianos y nosotros, dos o tres extranjeros. Ahora hay quince tipos y son todos de fuera. Esos grupos ya no son tan compactos como antes.

¿Cómo viviste que Maradona ganase dos ligas con el Nápoles y tirase una, o lo que fuera aquello?

Fue una historia rarísima, llevaban cinco puntos de ventaja, cuando ganar eran dos puntos, y faltaban cinco fechas. Era casi imposible que lo perdieran. Circulan muchas leyendas sobre lo que pudo pasar. Pero ganó dos. Con un par de incorporaciones, ese equipo medio, después del Mundial del 86, se puso a pelear por la liga y ganó dos. Por eso Maradona es el jugador más grande de la historia del fútbol. Porque se fue al Nápoles. Esto hay que tenerlo en cuenta cuando se hacen comparaciones, porque parece que hablamos diferentes idiomas. Maradona fue el jugador más trascendental de la historia del fútbol. Tenía que pelear contra el poderío económico y también político del norte de Italia, y llevó al Nápoles a ganar dos campeonatos y perder otro de forma extraña.

No hay un jugador capaz de repetir eso. Se rodeó de buenos jugadores, sí, pero no olvidemos que Maradona regaló un 30 % de lo que pudo dar de sí. Entrenaba cuando le salía de las pelotas y todos los demás problemas, que no es necesario que los diga porque ya los sabemos. Fue el mejor de la historia regalando el 30 % de su carrera.

Diego le dijo a Bilardo que te llevase al Mundial, que, si no, él no jugaba.

Lo dijo Diego. No lo sé. Eso lo sabrán Maradona y Bilardo. Lo escuché por primera vez en televisión.

¿Cómo fue la preparación para Italia 90? Tras ser campeones del mundo en el 86, en la Copa América del 87 y del 89, parecía que la selección pudo haber dado más.

Argentina siempre tuvo problemas. Para el 86 se clasificó en el último momento con un gol a Perú en cancha de River que fue terrible, si no lo mete, Argentina estaba fuera; tiró Passarella, dio al palo y la metió Gareca. El Gobierno estaba presionando para que sacasen a Bilardo, llamaban a Grondona para que lo echase. No se daban los resultados, se perdía y empataba contra equipos mediocres, pero él estaba haciendo su trabajo, lo que consideraba. Se ponía en duda a Maradona, se discutía si debía jugar o todavía no. Para muchos era mejor que no fuese titular todavía.

También era verdad que con los que tenían que hacer el trabajo táctico Bilardo era terrible. A Ruggeri lo llamó un día y le dijo que se presentase en su casa, pero con ropa para jugar. Se presentó ahí confundido y Bilardo le hizo bajar a una plaza que había enfrente de su casa, donde estaban unos chicos de ocho o nueve años jugando al fútbol. Le dijo: «Venga, ya lo arreglé con ellos». Quería que jugase con ellos. «Patéale», le dijo. A un chaval de nueve años que estaba en el arco. «Pero es un chico, Carlos… no puedo». «¡Patéale!», insistió. Quería probar a ver si se había recuperado de una lesión.

Los jugadores vivían momentos que… Al Vasco Olarticoechea lo llamó a casa y le preguntó qué hacía. Le contestó que iba a llevar a su familia en coche a un sitio. Le dijo: «¿Por qué autopista?». Y le esperó en un kilómetro, detrás de un peaje. Allí le paró el coche y le dio una charla técnica pintando con un ladrillo en la pared de una casa que había al lado de la carretera.

El Loco era así, hacía cosas rarísimas. Nos grababa a todos, tenía a un tipo escondido en una parte alta tomando vídeos de los entrenamientos. A mí me hizo ver un vídeo mío en el que me mostró con los brazos en jarras. Me dijo que no podía ponerme en esa posición durante un partido porque parecía que estaba cansado y eso lo podía ver el rival y coger confianza. También me pasó vídeos enseñándome cómo me tocaba el pelo, decía que eso me quitaba concentración. Usaba los vídeos para tener pruebas cuando te decía algo. Apoyarse en algo. Yo luego me puse una cinta en el pelo.

Si tenía una charla contigo, llamaba a dos testigos. Si había una mala onda, quería que en el futuro uno no dijese que había pasado una cosa y él otra. En el 90 me lo hizo antes del primer partido, en el que no jugué el primer tiempo. Hubo una historia dos días antes, cuando dio la alineación del equipo y yo me enfadé con él. En una cena hubo mucha bronca, por mi parte hacia él, y me llevó a una habitación a hablar conmigo, pero con testigos. Tuvimos que estar ahí dos minutos los dos en silencio esperando a que llegasen Olarticoechea y Ruggeri. Cuando entraron, tenían a Bilardo de espaldas y se rieron mirándome. En cuanto él se dio la vuelta, se pusieron automáticamente serios los cabrones [risas]. Entonces Bilardo me habló y ellos solo tenían que escuchar, no podían opinar. Era una cosa entre él y yo.

Las concentraciones con él tenían que ser amenas.

Yo las recuerdo con Troglio, que era mi compañero de habitación porque habíamos ido juntos al Verona. Una semana antes de jugar contra Camerún, estábamos en la habitación jugando con la consola. Teníamos una con el Mario Bros y estas cosas. Esa noche estábamos jugando al tenis. Era la una de la mañana y no nos podíamos dormir. Llevábamos un mes concentrados, fuimos el primer equipo que llegó. Bilardo tenía la costumbre de ir habitación por habitación de los nuevos entrando sin tocar a la puerta. Con los que habían ganado el Mundial del 86 tenía otro trato. Esa noche asomó la cabeza y, como no tenía ángulo para ver la cama de Troglio, solo me vio a mí con el mando. Bilardo dio un paso para verle a él, y en esos dos segundos, Troglio soltó el mando y se puso a hacer que dormía. Bilardo se fue y le empecé: «Pedrito, maricón, puto, cómo podés…». Luego, en la sala de televisión, nos dio una charla a todos y se quejó de que yo esa noche estaba jugando al videojuego, ahí a ver si entraba la pelotita, en lugar de estar viendo vídeos de Camerún.

Pues bien, después de eso estaba yo comiendo y me llegó Maradona. Me dijo: «Ven, Claudio, tenés que ver esto». Subimos Maradona y yo a la sala de televisión, fuimos despacito, y me dice Diego: «Ahí lo tenés». Estaba Troglio tumbado, él solo en toda la sala, viendo un Camerún-Sudáfrica o qué sé yo. Él solito. Me acerqué y le dije: «Pedro, sos una mierda, un cagón hijo de puta, no puedes ser tan rata y hacer lo que te dijo» [risas]. Pero era un fenómeno Troglio, ¿eh? Un gran tipo. Maradona también le dijo ahí, pero es que Pedro era tan bueno que no le podíamos decir mucho.

Otra vez entró Bilardo en la habitación y yo estaba fumando. Empecé a fumar en las concentraciones porque me aburría. Un día le dije a Troglio: «Pedro, fúmate un cigarrillo, maricón». Él no había fumado en su vida y dijo: «Bueno, me voy a fumar uno». No se sabía tragar el humo ni nada. Se puso a fumar el primer cigarro de su vida y justo ¡entró Bilardo! Salió de ahí rápido y se fue corriendo a la habitación de Maradona: «Diego, ¡están fumando! ¡Está todo lleno de humo!». Y Diego: «Carlos, y qué quiere que yo le haga, si quieren fumar van a fumar, qué voy a hacer yo». Pero vino Diego a vernos a la habitación, llegó riéndose, se encontró todo lleno de humo y me dijo: «Cani, boludo, abran la ventana aunque sea». Pero ¿sabes por qué pasó eso? Porque teníamos habitaciones diminutas. Bilardo no quería lujos ni comodidades. Ordenó que fuera todo muy rústico y muy pequeño, en el colchón te dabas una vuelta y te caías. Pero nadie se lamentaba. No nos importaba, a mí por lo menos no. Y a la mayoría de los que estaban allí tampoco.

En ese debut en Italia, delante del papa, la selección campeona del mundo cayó ante Camerún. ¿Qué pasó? ¿Había mucha presión?

Siempre hay presión. Yo no me sentí presionado. Jamás me pasó eso. Sentía la responsabilidad de lo que me estaba jugando, tomaba conciencia de la cantidad de argentinos que estaban viendo el partido por televisión, pero no sentía presión. Obviamente, nosotros sabemos a qué compañeros les afecta la presión. Ves cómo se ha levantado ese día, si está igual que hace una semana o no. Hay jugadores que siempre están igual y otros que no. A Ruggeri lo veías igual un mes antes que a diez minutos del partido. Yo también era así.

Aquel día se perdió, pero no fue por presión. Fíjate que hubo dos cambios en ese partido y cuatro más para el segundo. Yo entré por Ruggeri, que tenía pubalgia y no volvió hasta los octavos. Pasó que Bilardo formó un equipo en el que dos estaban fuera de sus posiciones, como Balbo o Lorenzo. Jugó Fabbri, al que no volvió a sacar. Todo esto te da la pauta de que Bilardo se equivocó al formar el equipo. Esa fue la razón. Cuando yo salí, obviamente, se jugó muy bien [risas]. No, me cagaron a patadas. Hice echar a dos, se quedaron con nueve y ni así pudimos empatar. Eran buenos y fuertes físicamente. Era uno de los mejores equipos de la historia del fútbol africano; este y el de Nigeria del 94.

Tras la derrota, Bilardo dijo que, si no pasábamos, iba a coger los mandos del avión de vuelta y lo iba a estrellar. El problema era que casi te lo creías.

Se pasó como mejor tercero de grupo y, claro, esperaba un primero: Brasil.

Veníamos de empatar con Rumanía, aunque a los dos nos valía el empate, por eso el final de ese partido fue tranquilo [risas]. Antes de Brasil, Bilardo mandó a una persona a ir habitación por habitación para reservar los pasajes de vuelta a Buenos Aires en caso de que perdiéramos. Era todo mentira, pero quería que nos viésemos volviendo a Argentina a comernos toda la bronca, porque Argentina es así, es exagerado. Luego era todo mentira.

Brasil os pasó por encima, pero Maradona y tú hicisteis magia.

Brasil venía de jugar bien y ganar, pero ni nosotros ni ellos queríamos ese choque. Es peligroso jugar contra un rival directo que no te tiene miedo, que no te va a respetar, que te quiere ganar. Nadie quiere eso en octavos. Para ellos también fue una mierda el clásico de Sudamérica en octavos, por muy bien que estuvieran.

En el primer tiempo debieron irse dos a cero, no dimos tres pases. Yo estaba solo como un perro delante luchando contra todos, era el único atacante. ¿Cuántos equipos en la historia del fútbol en un Mundial han jugado con un solo atacante? Nómbrame uno.

Tuvimos muchos problemas en ese Mundial. Batista y Olarticoechea vinieron mal. Ruggeri tuvo la pubalgia. Y Héctor Enrique, que era un centrocampista bárbaro, no pudo venir por problemas en la rodilla. Burruchaga estaba a la mitad de lo que podía dar. Maradona, también a la mitad. Diego tenía un tobillo hinchado. No podía casi ni entrenar. Apenas se podía poner la bota. Se tenía que infiltrar incluso para los entrenos. Fue un calvario para él, sufrió mucho. Llegamos con muchas bajas, pero lo que sí que había era un equipo sólido que no quería quedarse afuera. Nos veíamos mal, pero también pensábamos: «Bueno, tiene que jugarse el partido». Era un poco así. Simple. Pensábamos: «Vamos a ver qué pasa, a ver si nos ganan o no». Y en un Mundial, en un acontecimiento de esa dimensión, se ve quién es cada cual.

Contra Brasil tuvimos un poco de culo, como decimos nosotros, de suerte, es verdad. No podíamos salir de mitad de la cancha. No nos dejaban. Nos presionaban alto y no podíamos. La primera mitad fue un sufrimiento, pero la segunda ya fue diferente. Obviamente, hubo un desgaste físico de ellos. Como le hizo el otro día Khabib a McGregor, ¡qué quilombo que se armó! El ruso lo hizo desgastar en el piso, le hizo perder energía. Estos igual, iban para delante, sumaban superioridad numérica, una y otra vez, pero la pelota no entraba. Eso psicológicamente afecta. Te entra un poco de desesperación. Fíjate que tenían a Romario y Bebeto en el banco. Jugaron con Müller, un negrito muy rápido que jugaba en el Torino, y Careca. Tuvimos momentos críticos, pero, poco a poco, luego ya no tanto.

Hasta que Diego tiene una idea.

La jugada de Diego fue espectacular.

Tú eres el que mejor la viste de todo el planeta.

La vi venir, sí.

Él estaba quieto, sin apoyos, y de repente dijo: «Pues me voy».

Vio un huequito, porque él veía todo, y se metió. No estaba como en el 86, que era rápido, tenía un cambio de ritmo espectacular, pero sale con el balón y no lo podían tirar. Se dijo que Alemão no lo quiso tirar porque eran compañeros en el Nápoles, ¡mentira! No podían. Era muy difícil tirar a Maradona. Yo lo he visto salir de situaciones imposibles con dos tipos colgados y no podían echarlo abajo. Tenía un equilibrio y una estabilidad, aunque lo empujasen, impresionante. Una de sus muchas cualidades es que era muy difícil tirarlo. Nunca vi un jugador así, incluso en eso destacó.

En Maracaná, en el 89, le vi salir de una situación con los uruguayos, que ellos te matan… Paró la pelota, fueron tres a por él. Uno de ellos, el Tano Gutiérrez, que jugó conmigo en River. Pensé: «Lo matan». Y puso el culito a un lado, se giró y puso el culo del otro lado, le empujaron por los dos lados y le puso un brazo a uno, un brazo al otro, y salió de la jugada. Le habían caído tres encima. Me quedé: «Pero ¿cómo hizo este tipo?». Es increíble el equilibrio que tenía en los pies. Eso nunca se lo vi hacer a nadie y le he visto hacerlo mil veces. Por eso digo que no se puede comparar con nadie. Déjenlo ahí arriba y todos los demás abajo.

En esa jugada contra Brasil, cuando lo vi venir, pensé: «¿Qué hago?». Me podía ir a la derecha, Branco era el que me marcaba. Lo primero que hice fue esperar un poquito a ver para dónde tiraba él, porque Maradona de repente te puede frenar y salir para el otro lado y yo tendría que cambiar de dirección. Cuando vi que se iba para la derecha y lo estaban cerrando ahí, cuando vi que ya no podía cortar para el otro lado, me fui a la izquierda. Estas cosas no salen de casualidad, simplemente salió perfecta. Fueron diez segundos perfectos. En milésimas de segundo, vi que no podía quedarme donde estaba porque nos quedaríamos ahí los dos. Se iba contra los cuatro tipos y contra mí también. Entonces me la jugué y empecé a correr, pero con cuidado, mirando para no meterme en fuera de juego, y vi que nadie me seguía.

Tenía a cuatro brasileños encima, ¿confiabas en que te viese?

Sí, Maradona siempre ve todo. Es difícil que no viese algo. A nivel mental jugaba más rápido que cualquiera. Piensa, como ahora Messi, mucho más rápido que cualquier otra persona. Lo que tú no ves, él lo ve.

En esa jugada, un central se debería haber ido conmigo cuando me crucé, pero se quedó con Maradona. Yo pasé rápido y era una decisión difícil para un defensor. Creo que se equivocaron, pero también fue mérito nuestro. Porque, si a mí me llegaba la pelota, era la jugada perfecta. ¿Sabes cuál era el partido perfecto para Bilardo? El que quedaba cero a cero sin ocasiones de gol. Nadie se había equivocado, no se tiraba a puerta y cero a cero. El partido perfecto [risas]. Le preguntaron una vez y dijo eso.

Yo corté y, claro, Diego, aunque iba cayéndose al piso, obviamente me había visto. La jugada resultó bárbara porque el pase le salió. Justo, entre las piernas de Galvão, pero salió. Yo estaba casi al límite del fuera de juego. Me iba frenando incluso, mirando a Diego y al último jugador de ellos. Si te fijas, no había nadie más, ninguno de nuestros compañeros. No vino ninguno.

Cuando recibí el balón, mi primera intención era tirar, arquearme un poquito y darle de rosca, pero vi que salía Taffarel. Lo complicado al encarar al arquero es que se te frene. Tú quieres que salga, que vaya hacia ti, porque tienes la ventaja si la tiras para delante. ¿Qué va a hacer ahí? No puede frenarse, echarse para atrás y alcanzarte, es imposible. Él me vino saliendo muy rápido. Como lo vi, pensé en pararla y tirarle de rosca, pero en el último momento, dije: «No». Estaba tan cerca de mí que vi que si se la tiraba larga no me atrapaba, y ya sabía que por ese lado no venía nadie, porque lo había visto al tirar la diagonal. Tomé entonces la decisión de irme a la izquierda y gambetearlo. Me quedó todo el arco libre. Pasó así de rápido y pensé todo esto igual de rápido. No son ilusiones mías ni estoy contando exageraciones. Fueron milésimas de segundo, pero en ese tiempo piensas y analizas.

No celebraste mucho el gol.

Nunca fui muy efusivo celebrando los goles, el tipo que corre por todos los lados, choca con todos, con los recogepelotas, se sube a la tribuna y abraza al papá. Pensé que a partir de ahí nos tocaba aguantar la embestida de ellos. Había que ordenarse, hablar un poquito. Solo faltaba que nos hicieran dos goles en cinco minutos. Quedaban nueve y había que estar a muerte. No perder tensión, nada de festejar tanto, todavía no había terminado.

Al final, Müller. Se quedó solo, con un centro que le vino de atrás, pero se apura. Era un gran jugador, pero solo, delante del portero, le dio mal y le salió como a tres metros del arco. Tenía que haber esperado un segundo más y haber definido en el segundo palo, ¡estaba solo!, pero la paró y se apuró en pegarle. Goycochea además era un tipo que no salía mucho, tenía todo el arco. Ahí está la diferencia. En los momentos claves, en los grandes eventos, hay jugadores que aparecen y otros que no. De local, sí, pero después de visitante en un partido chivo, duro, no aparecen.

Dicen que metisteis ese gol porque drogasteis a Branco ofreciéndole agua.

Eso es una leyenda urbana. No te lo creas. Supuestamente había Rohypnol en el bidón. Siempre he dicho que no es verdad.

Las siguientes eliminatorias las sacó adelante Goycochea en las tandas de penaltis.

Siempre fue bueno en los penales. No es que salvara grandísimas pelotas durante el campeonato, salvo alguna, que las hubo, pero no tantas. En Brasil saca una, pero las demás fueron al travesaño o fuera. No es para quitarle mérito, al contrario. Siempre tuvo esa condición, ese instinto de ver para dónde iba a ir el balón. Fue muy meritorio lo suyo. Contra Yugoslavia fallamos dos penales, si no es por él…

Faruk Hadzibegic, el que falló el quinto de Yugoslavia después de que fallaran Maradona y Troglio, dice que sueña cada día que mete ese penalti y, por la alegría que genera, su país no se desintegra, porque todo hubiese sido distinto si hubiesen jugado la final.

¿Y si hubiese perdido 3-0 el siguiente partido? Todavía les quedaba mucho.

A Italia, en Nápoles, la eliminasteis y tú marcaste, pero te sacaron una amarilla por la que te perdiste la final.

Mi mano la podría haber dejado pasar el árbitro, fue en mitad del campo. No era una jugada peligrosa. Él sabía quién estaba amonestado. Ahora, con las nuevas normas, te limpian, si te sacan amarilla en las semis, no te dejan sin final. Un árbitro tenía que tener en cuenta todas estas cosas. Además, jugaba delante, para crear, no para destruir. No paré una jugada de ataque. Eso lo tiene que saber un árbitro, para eso le ponen a pitar la semifinal de un Mundial. Tiene que tener la ética de saber que no merecía amarilla.

Obviamente, la sacó a propósito. Nos sacaron a tres jugadores. Si hubiésemos estado dos de los tres a los que nos sancionaron, hubiésemos ganado a Alemania, por mucho que ellos vinieran jugando tan bien. Íbamos de menos a más, con palos, con historias, con puteadas, con lesionados, dejando a Italia eliminada a las puertas de la final… nadie quería que ganásemos. Ya lo sabíamos nosotros. No había que pensar demasiado. Era lógico. Estaba Havelange, brasileño, al frente de la FIFA, y habíamos dejado fuera a Brasil. Europa quería que el campeonato se quedara en Europa. Para colmo, habíamos eliminado a los dos candidatos a ganarlo. No nos querían, que no te quepa duda. Si nos podían sacar amarillas, lo iban a hacer a la más mínima posibilidad.

¿Qué pasó con la bandera de Argentina de vuestro hotel de concentración?

Quemaron la bandera, se cuenta que la quemó alguien de Bilardo [risas] para crear un clima hostil contra nosotros y motivarnos, pero, si te digo la verdad, no lo sé. Igual es también una leyenda. Sí que había un poco de mala hostia en la concentración después de haber eliminado a Italia. Hubo un problema con el hermano de Maradona, que llegó con un Ferrari a la concentración y le paró la policía porque no tenía documentación. Diego se enfrentó con ellos. Hubo mucha bronca, y lo de la bandera pudo ser un italiano enfadado tanto como Bilardo intentando motivarnos. Yo no me enteré de nada, me lo contaron luego todo.

El penalti con el que os derrota en la final Alemania, ¿lo fue?

No. Fue un contacto que no era para penalti. Les empezó a entrar el pánico. No querían ir a la prórroga. Era un peligro, y ante la mínima… Echaron a dos, a Monzón y a Dezotti. Y hubo un penal contra Calderón que lo podían haber cobrado e íbamos cero a cero. En el borde del área. Si cobró el de Klinsmann, el de Calderón debió haberlo cobrado mucho más.

Fue un golpe, pero en la siguiente Copa América volvisteis a vencer a Brasil y ganasteis el torneo.

Diego no estaba porque lo habían suspendido. Basile cambió prácticamente todo, quedamos solo Ruggeri y yo del Mundial. Se incorporaron Simeone, Redondo, Batistuta, Chamot. Jugadores con personalidad, presencia y ganadores; jugadores que, juegues contra quien juegues, se los siente. Por eso digo que la selección no es para cualquiera. Aunque Redondo jugó muy poco con la selección. Solo jugó un Mundial, fue raro. A Italia no acudió por decisión, dijo que prefería estudiar. En realidad, no compartía el fútbol de Bilardo, o algo así. Luego se contó que Maradona, cuando Redondo hizo esas declaraciones, lo encaró en Sidney, en el ascensor del hotel, y le dijo: «Tú estudiás, ¿y los demás qué somos?, ¿ignorantes, burros?».

El último partido de la liguilla final fue contra la Colombia de Higuita.

Higuita me dijo que le tirase una por arriba para poder hacer el escorpión [risas]. Pero creo que lo dijo en joda. Es un crack, un personaje. Ahora vamos a jugar un partido benéfico juntos para el pueblo saharaui.

Fichaste por la Roma.

Fue en un momento en el que la Roma tenía problemas de vestuario. Tenía una camarilla dentro, un grupito. Nunca vi nada así en un vestuario de todos los que estuve. No había buen ambiente para nada. Ni con los italianos para los extranjeros ni de parte nuestra hacia ellos, porque cuando nos dimos cuenta de lo que había siempre hubo tirantez y roce. Había jugadores que llevaban mucho tiempo e iban tirando mierda. Sinisa Mihajlovic, que era buena gente, un tipo correcto. Con su personalidad y eso, pero muy correcto. Él fue uno de los que sufrió el vestuario. Fíjate que luego se fue a la Lazio y estuvo mucho mejor. El club también estaba descontrolado, desorganizado, no se sabía quién mandaba ahí. No fue un gran periodo.

Estados Unidos fue una nueva oportunidad de ganar la Copa del Mundo, Maradona y tú llegasteis a tiempo tras estar suspendidos. ¿Teníais la moral alta?

Todo empezó con un vuelo a Nueva York. Éramos campeones del 86, subcampeones del 90 y, antes de empezar el Mundial del 94, nos metieron trece horas de vuelo ¡en clase económica! Y no era económica pero todos juntos, era dos por allá, otros dos más atrás, con gente que no conocíamos. Maradona iba en una fila de cuatro asientos con tres tipos que eran turistas. Yo iba en una de tres con un señor en medio que no sabía quién era. Batistuta también iba con dos extraños. Veintidós jugadores desperdigados entre doscientas cincuenta personas. Diego iba fastidiado. Llegó Basile y le dijo: «Hay sitio acá en business class», y Maradona contestó: «Yo me quedó aquí con todos mis compañeros». Trece horas nos pasamos ahí, íbamos tirados en el piso, la gente nos tenía que pasar por arriba, otros iban tumbados debajo de los tres asientos durmiendo. Pasó que alguien en la AFA hacía sus movidas para ahorrarse un dinero y le importaba un carajo.

Pero el equipo llegó fuerte a ese Mundial.

Nos sentíamos capaces de ganar ese Mundial. Estábamos cada uno en el momento justo, con el técnico justo, el Coco Basile, que es un gran amigo, incluso ahora, y como técnico fue espectacular, uno de los mejores que he tenido. Iba al frente con todo, le ponías un tren delante y se ponía, pero a la vez creaba un ambiente muy agradable, con respeto hacia él, obviamente.

Basile no trabajaba la parte táctica como lo hizo Bilardo. Era más ofensivo, formó un equipo bárbaro que miraba siempre para delante. Ganamos así dos Copas América. Llegamos muy bien al Mundial, éramos el equipo a temer. Después del 2-0 a Nigeria venían los periodistas de todo el mundo a decirnos que venían de la concentración de selecciones fuertes, de Italia, de Brasil, y que todos comentaban, los jugadores, los dirigentes, los ayudantes o los familiares de los jugadores, que iban a jugar la final contra Argentina. Y nosotros también lo creíamos. El jugador argentino en ese sentido es muy creído, piensa que le puede pasar por encima a cualquiera; a veces no es así, pero tenemos esa moral.

En el 90 sabíamos que no estábamos bien, Bilardo metió esos cambios, cinco jugadores del primer partido al segundo, pero esto era completamente distinto. Llegamos muy bien, jugamos muy bien, en todas las líneas teníamos buenos jugadores, con personalidad todos. Podíamos crear una situación de gol en cualquier momento, eso lo teníamos clarísimo. Y de repente todo se fue a la mierda.

Echaron a Maradona por el positivo en el control antidopaje.

Perjudicó mucho lo de Diego. El ambiente se puso muy tenso, muy difícil. Estuvimos tres días encerrados, había mucha gente, habíamos perdido a nuestro hombre principal. Fue una situación jodida. El equipo estaba para pelear igual, pero hubo errores en el último partido, y encima yo me quedé fuera por una lesión.

Entrevistamos a Stoichkov y nos dijo que Maradona acudió a ese Mundial engañado por la FIFA. Textualmente: «La FIFA le prometió a Diego, sabiendo que tenía un problema, que no le iba a sacar el dopaje».

A Maradona lo utilizaron. Los argentinos, los que estamos en el ambiente del fútbol, lo sabemos todos. Sabemos que lo fueron a buscar. Lo utilizaron porque necesitaban a la figura principal del fútbol en Estados Unidos, que era el primer Mundial ahí. Querían que fuese para promocionar el campeonato. Cuando Grondona llama al representante de Diego, le dice: «Lo necesitamos, tiene que volver, tiene que ponerse bien, como sea, si necesita ayuda, que…». Algo así, ¿entendés? «Necesita ponerse bien, tiene que ponerse bien en estos cuatro o cinco meses». Y Maradona hizo de todo para ponerse bien, se entrenó como un burro. Porque yo lo veía, mañana y tarde, mañana y tarde. Todo el tiempo. Quería estar en ese Mundial y fue utilizado.

Cuando vieron que Argentina era un candidato, que era otra vez candidato, dijeron «a la mierda». Yo te puedo asegurar que fue así. Dijeron: «¡Afuera Maradona!». Esto de irlo a buscar hasta la mitad de la cancha… ¿A quién van a buscar hasta la mitad de la cancha para hacer el control? Le esperarás en el vestuario. Irlo a buscar con el delantal blanco… ¿Se iba a escapar del estadio? ¿Va a venir un helicóptero y va a huir por la parte de atrás? Hay toda una serie de secuencias, nosotros sabemos la trastienda, lo que pasó anteriormente, y sí, fue utilizado. Tiene razón en lo que dijo Stoichkov, porque, efectivamente, fue así.

Cuando Passarella cogió después la selección, te quitó del equipo. La polémica trascendió porque se dijo que no quería en el equipo a nadie con el pelo largo.

Se equivocó, no sé si por su ego personal contra los símbolos de la selección argentina, como yo o Redondo en aquel momento. Con Batistuta también quiso hacer lo mismo. Passarella fue un grandísimo jugador, siempre he dicho que para mí uno de los mejores defensores de la historia, sin duda. Pero como técnico no. Le traicionó su ego y alguna cosita más, sus amiguitos que venden jugadores. Tenía interés en meter gente nueva en la selección y de paso venderlos después del Mundial. Algo así. Y afuera Caniggia y afuera Redondo.

Cuando todo estaba bien, fue cuando pasó toda esta pelotudez del pelo. Fue la excusa para quitarnos, pero también… ¡la cosa más patética que yo escuché en la historia del deporte! Tuve una llamada con él y, cuando me lo dijo, le contesté: «Pero ¿cuántos centímetros quieres?». Y él: «Cuatro». Y yo: «Pues te voy a dar uno y medio». Era irónico por mi parte, era joda por parte de los dos, pero fue así en un principio y luego eso se volvió, meses después, otra cosa. Ya no se habló del pelo, y el problema fue que quería ir con su gente y no con los grandes nombres de los Mundiales anteriores.

Decidiste abandonar el fútbol europeo y volver a Argentina, a un proyecto en Boca Juniors con Maradona y Bilardo.

Era un proyecto ambicioso económicamente. Maradona y yo íbamos a cobrar más que en Europa. Ponía el dinero un inversor, un millonario armenio que tenía una televisión en Argentina. Puso una pasta terrible, pero no fue por eso por lo que fui, sino por el proyecto en sí.

Estuvimos casi tres años. Diego abandonó en el 97. Fue una etapa espectacular. Diego ya venía jugando en Rosario, yo volvía después de siete años. Al principio de entrenador estaba Marzolini, el gran lateral izquierdo de Boca en los setenta, y al poco vendría Bilardo.

Fue impresionante, jugar en Boca no es para cualquiera. Te lo puedo asegurar. Teníamos treinta o cuarenta periodistas, a veces cincuenta, en todos los entrenamientos. Salías del entrenamiento y se te venían los veinte o treinta cada día. Los periodistas de radio en Argentina son terribles, están todos los días y siempre tienen algo, siempre surge un tema, Boca es Boca y siempre da para hablar. Te entrevistaban hasta en las concentraciones, entraban por dentro del hotel. Ahora el equipo tiene un centro y ya es más difícil. Con nosotros hacían las notas en el mismo hotel, eso forma parte del folclore argentino, en otros lugares es imposible que pase.

Cuando estuve al final de mi carrera en Glasgow Rangers me decían: «Bueno, Claudio, la semana que viene hay una entrevista al final del entrenamiento». Y yo: «¿Y cuándo es eso? ¿Dentro de una semana? ¡Dímelo el día anterior!». En Argentina un periodista, en un segundo, viene y te hace una entrevista.

La imagen icónica de esa etapa es en la que Diego y tú os besáis en la boca tras un gol.

Fue como una joda. Surgió así. Obviamente, no significa nada. Fue como una apuesta. Una pelotudez, alguien dijo «a ver si hay huevos» y…

¿Por qué se retiró Diego?

Se cansó, había mucha presión y él la sintió. En el último año, los últimos cinco meses, no estuvo en su mejor momento y se saturó. Él lo declaró, que casi le matan dos veces al padre en la prensa. Estaba enfermo, tenía algunos problemas, se inventaron varias historias, Diego no sabía nada y publicaron que había fallecido. Dijo: «Ya estoy cansado, basta, sobrepasaron el límite de lo que es el respeto por la persona». Le pasó lo mismo en el último Mundial de Rusia, cuando se sintió mal al final de un partido. A mí me llegó que se había muerto. Llamé al chico que trabaja con él y le pregunté y me dijo: «No, estamos acá, nada que ver, esperando al avión». Y me mandó una foto. Me quedé… ¡qué hijos de puta!

En Boca igual, estaba cansado. Ya no tenía ganas, ya no disfrutaba tanto con el fútbol. Se entrenaba menos. Los martes y los miércoles no venía al entrenamiento. Iba el jueves, viernes, sábado y jugaba el domingo. Los últimos tres o cuatro meses ya se veía que no, no lo sentía, y abandonó. Está bien, si no se levantaba contento y feliz para ir a jugar al fútbol, tenía que abandonar.

Para mí fue un placer enorme haber jugado con el que considero y el que es seguramente el mejor jugador de la historia y también un personaje salvaje, un tío con una alegría y una pasión increíble para jugar al fútbol. Nos entendimos muy bien en el campo. Aprovechaba bien mi velocidad, pero también mis movimientos entre los centrales, dándome la vuelta, girando. Los defensas me han contado después que no sabían dónde estaba y luego aparecía y los pasaba a cien por hora.

Lo he visto jugar hecho mierda, con lesiones con las que nadie podía jugar, y él lo hacía con un amor propio increíble, poniéndole el pecho siempre a todo, era como un indio salvaje. No es el mejor jugador por eso, pero eso también fue algo impresionante de él. Asumía responsabilidades, le mataban a patadas y siempre se puso al frente. Juntos pasamos momentos gloriosos y momentos no tan gloriosos, como personas, porque ante todo uno es persona, y como futbolistas. Pero es parte de la vida. Todos los momentos con él fueron inolvidables.

Siempre estuvo presente en cualquier problema. Tenía mil presiones, como ahora mismo, que cuando va a un lugar se le echan todos encima, a veces la gente no entiende, no es fácil vivir así. Es un ser humano también. No quiero hablar de su vida privada porque jamás hablaré de eso, no quiero hablar de lo que es fuera del fútbol, pero quiero decir que con las presiones que tenía siempre le puso el pecho a todo y estaba siempre disponible con mil quilombos que tenía alrededor. Y cuando jugaba al fútbol era como la vida misma para él, cuando entraba al campo parecía que se le olvidaba todo. Mira en qué situaciones límite estuvo y siempre dio el pecho. Y lo que regaló, que ya te he dicho. Siempre estuvo comprometido y, si alguna vez no lo estuvo, es porque era un ser humano y no siempre se puede estar al mil por mil, nunca nadie jamás en la historia lo estuvo.

Con lesiones increíbles, tuvo un compromiso en cada partido. Siempre estaba con los compañeros, y con el que más lo necesitaba también. Le venía mucha gente a pedir, le hacían llegar el mensaje, y siempre estaba presente o mandaba a alguien. Siempre ayudó a la gente. Yo he ido a partidos benéficos con él en Italia donde se suponía que tenían que ir los jugadores italianos más famosos y no apareció ni uno, ¡ni uno! Pero él iba. Con mil historias, porque era Maradona, e iba porque era una causa importante. Luego le criticaban, me gustaría ver a muchos en la piel de Maradona a ver si se la aguantan.

Tuviste problemas para abandonar Boca.

Decidí volver a Europa. Me quedaba un año de contrato y podía haberme quedado más tiempo, tenía una gran relación con Macri, el presidente, pero después de la última temporada, en la que perdimos el campeonato al final, en los últimos dos partidos increíblemente, pedí en una charla en Guatemala, en un partido amistoso que jugamos allí, que me dejasen marchar por motivos… Estaba todo muy…

Bueno, por una serie de razones, prefería irme a Europa. Y se armó un conflicto. Les dije que buscaría un equipo que les dejara un dinerito. Dijeron que no. Tuve que volver por una cuestión legal, para no tener un conflicto mayor. Pero fue un conflicto personal, entre Macri y yo. Al final acabé en Miami entrenando yo solo con un preparador físico en el campo que tenía un amigo italiano.

Resucitaste en Escocia.

Fui a un equipo chiquito, no es que no debiera haber ido, pero nunca se me pasó por la cabeza terminar jugando ahí, en el Dundee. Fueron solo unos meses, llegué en noviembre cuando ya llevaban diez partidos. Como me estaba entrenando solo en Miami cuando me llamaron, dije: «Bueno, pues voy». El equipo lo había cogido un amigo mío, Ivano Bonetti, que era técnico-jugador. Jugaba como centrocampista. Si te digo la verdad, en ese momento no sabía qué hacer, no sabía si seguir jugando o retirarme.

Enseguida me puse bien físicamente. Tengo suerte de que jamás en mi vida engordé, peso ahora lo mismo que cuando tenía veinticinco años, incluso menos. Nunca me costó mucho entrar en ritmo cuando volvía a una pretemporada. Y cuando empecé a jugar en este club, me di cuenta de que tenía que llegar a los grandes de esa liga, al Celtic o al Rangers, a uno de esos dos.

De la forma de jugar que tenían allí no sabía nada. A veces te dejan espacios, unas veces no marcan mucho y otras te ponen los tacos en el cuello. Se comen por la mañana huevos fritos, panceta y luego se ponen a correr. Yo si me como eso y me pongo a correr, vomito. Yo tomaba mis cereales y una tostadita con mermelada [risas]. A veces los vi comer platos de pasta con kétchup en vez de salsa. Les decía: «Sos un hijo de puta, cómo vas a poner kétchup a la pasta». Los he visto comer las cosas más impensables, pero corrían como unos animales. Entrenamientos con frío, con lluvia, con nieve que cae. Fue una experiencia espectacular.

En el primer partido casi me quiebran. Era contra el Aberdeen F.C. Antes de llegar estuve en Italia. Ahí sí que me entrené solo. Salía a correr alrededor de mi casa. No hice más que correr, nada de fútbol. Llegué a Escocia y a los tres días me pusieron a jugar. Pasé la primera parte en el banco, me dijo el entrenador que me fijase cómo se jugaba allí: «Así entiendes un poquito», y en la segunda me sacó. Salí, primera pelota, sacó el portero y me vino uno que, si no salto, me quiebra. Dije: «Muy bien, ya veo cómo se juega acá, vale, lindo, muy lindo». Pero hice el segundo gol, ganamos y ahí empezó mi aventura escocesa.

Me fijé en quiénes eran los grandes, me preparé para cuando vinieran y cuando jugué contra ellos la rompí [risas]. Enseguida me quisieron fichar el Rangers y el Celtic. Fui a una reunión privada con el Rangers, escondido en un auto con cristales polarizados, entramos por el garaje al estadio hasta la oficina de David Murray, el presidente. Un magnate del acero del Reino Unido, un millonario, «el Rey de los Aceros» le llamaban. Y no tenía piernas. Las perdió en un accidente, iba con dos ortopédicas. El entrenador era Dick Advocaat. Fiché por ellos porque insistieron más y me dieron algo más, y jugué la Champions.

Y un Mundial.

Me llevó Bielsa cuando quedaban tres partidos para empezar el Mundial de Corea y Japón.

¿Cómo es Bielsa?

Es un tipo… no sé cuál es la palabra… Es un gran técnico, muy estudioso a un nivel de locura. Como lo era Bilardo en su peor momento, que era su mejor momento. Pero Bielsa no cambia nunca la forma, es siempre lo mismo. Él lo reconoce, que no es flexible. No sé por qué, porque es un técnico muy inteligente y que trabaja mucho. Tiene gente alrededor que estudia mucho al contrario, pero no cambia. Y a veces hay que cambiar.

En las concentraciones salía del hotel y se ponía a dar vueltas él solo, mirando el piso. Recuerdo un día en Alemania que estábamos calentando, había un argentino en la grada gritándole a quién tenía que poner, y le contestó: «Callate ya, pelotudo, que no te aguanto». Le dijo eso, pero era capaz de salir corriendo hacia él y hacerle la de Cantona.

Tiene una personalidad… Está todo el día pensando en el fútbol. Su apodo, el Loco, está bien escogido.

Me contaron que un día montó un quilombo en una rueda de prensa y tenía un coche preparado en la puerta para, según saliera, irse. Fue, se subió al coche y… ¡no arrancó! Y se veía al Loco gritándole al conductor: «¡Sos un pelotudo, la concha de tu madre!». Se tuvieron que bajar y empujar el auto. Quería salir de la rueda de prensa volando y se fue empujando el coche.

Acabaste tu carrera en Catar, con Guardiola y Hierro por ahí.

No estábamos en el mismo equipo, pero estábamos todos en la misma ciudad. Éramos Batistuta y yo argentinos. Mario Basler y Stefan Effenberg, alemanes. Y Frank Leboeuf, que jugó en el Chelsea, un francés. Romario había estado antes, pero solo duró tres meses.

Allí me entrenaba todo el día porque no sabía qué hacer. ¿En Doha qué iba a hacer? No había gran cosa, algún hotel, alguna playa… de hombres, por supuesto. Los entrenamientos eran a las ocho de la noche y yo me despertaba temprano, así que me iba a entrenar. Porque lo que hacíamos con el equipo tampoco eran gran cosa.

Me llamó mucho la atención lo reprimidos que estaban los jóvenes. Un día me vino un catarí y me dijo que se iba a casar, que si iba a la boda. Un buen chico. Le pregunté: «¿Ya follaste y tal?». Y me dijo: «No, no se puede». Le contesté: «¿Cómo que no se puede? ¡Claro que se puede! ¿Cómo sabes si no si folla bien?». Y él «No, no podemos hacer eso nosotros». Esto, claro, lo ves un poquito… Cuando llegué me contaron que Romario en un centro comercial estaba con una chica, le dio unos besos y le llegó la seguridad a decirle que ahí no se podía hacer eso

Los chicos tampoco estaban muy acostumbrados a la exigencia, los entrenamientos que eran un poco duros no querían hacerlos. Yo me iba una hora antes a estirar para no lesionarme. Me estiré más ahí que cuando tenía veinticinco años, lo que también es normal. Un día tuve un problema de espalda, no me podía ni mover. Fueron al hotel a verme dos árabes, el director deportivo, que no tenía ni puta idea de lo que era el fútbol, y un médico. Al verme así, me querían hacer mes por mes el contrato, pero ya estaba firmado y me negué. El médico, un cabrón francés, no importa la nacionalidad, pero era un cabrón [risas], hablaba conmigo en italiano. Me llevaron a una clínica espectacular y le dijo al árabe que lo mejor era operarme. Yo le dije que no me iba a tocar la espalda. Me puse recaliente, porque cobran por operación y te meten en el quirófano con una uña encarnada. Me fui a Alemania a un fisio que es un crack y a los diez días estaba jugando bárbaro.

Al retirarte, ¿te costó vivir sin fútbol?

No me costó al principio. Luego me arrepentí a los dos años. Creo que debí haber jugado más, no por una cuestión de dinero, sino porque estaba para jugar hasta los cuarenta. Físicamente estaba impecable, nunca tuve grandes lesiones. Tenía treinta y siete y estaba bastante rápido. Pero al dejarlo no, me cayó la ficha a los dos o tres años porque me aburría. Esa adrenalina no la puedes tener nunca más. Yo me seguía divirtiendo jugando, no me costaba ir a entrenar por la mañana. Ni entrenar dos veces al día. Y eso que en Catar los jugadores africanos nos iban a dar. Nos iban mal y son fuertes los cabrones, especialmente iban a por mí y a por Batistuta. También había que correr en ese fútbol. Mira que Romario cuando fue pedía la pelota al pie, no corría y lo mandaron al banquillo, y a los tres meses le dijeron que basta y para casa. Me lo contaron todo unos brasileños que había en el staff de mi equipo.

¿Cómo has visto estos años a la Argentina de Messi?

La final que se perdió se pudo ganar. Hubo oportunidades, el tiro pegado al palo de Messi, la de Higuaín solo, que falló, pero hay que estar ahí y patear. Si hubiese entrado una de esas… ponte a recuperar un 1-0 en la final de un Mundial. Bueno, en el 86 se lo hicieron a Argentina, que le remontaron dos. A lo que me refiero es a que no podemos decir que Alemania la arrasara. Pero mira a los aficionados argentinos. Cuando va bien, mira cómo se ponen. Pues si va mal, es lo mismo, pero al revés y con la misma intensidad.

Este año en Rusia, cuando el técnico pierde el control de la situación, hay muchos problemas. Si el técnico dice que la selección es el equipo de un jugador, es un gran problema. Si luego Croacia en el segundo partido te gana así, es todo un caos. Nunca puede terminar bien una historia así. Nosotros pudimos tener muchos cambios, pero había solidez en el grupo. Tú no puedes decir: «Este es el equipo de Messi». Bilardo nunca dijo: «Este es el equipo de Maradona». Eso no se puede decir, todos sabíamos que Maradona era el mejor, quién no lo sabía, pero no hay que decirlo. Porque es un equipo de fútbol, una selección nacional, la selección de Argentina, no el equipo de nadie.


Barras bravas: aguante Argentina

Disturbios en la grada de la 12 durante un encuentro entre River Plate y Boca Juniors, 2010. Fotografía: Cordon Press.

El fútbol es un negocio del que viven jugadores, dirigentes, representantes, periodistas… Y a nosotros, que aportamos al espectáculo, también nos corresponde una parte. La tele nos enfoca, la gente nos quiere, cuando se habla de fiesta y carnaval, se habla de nosotros. Rafael Di Zeo

Con más de trescientos muertos a sus espaldas y un expediente plagado de los peores delitos imaginables, las barras bravas siguen manteniendo hoy un estatus privilegiado y un grado de aceptación mayoritario entre los más apasionados hinchas del fútbol. Les agradecen el aliento constante que insuflan al equipo, valoran el aguante, aplauden el colorido que aportan a las gradas, la sal y la pimienta de un deporte que en Argentina ha adquirido tintes de religión. El soporte ideológico sobre el que se sustenta su barbarie, y también su negocio, está configurado por el amor y la lealtad inquebrantable a unos colores, junto con el odio irracional hacia el rival, el enemigo. Son muchos los que afirman que pertenecer a la barra de un club en el país de Gardel y Maradona es un modo de vida, una forma particular de entender la existencia. Sin embargo, una mirada desapasionada sobre dicho fenómeno nos devuelve una realidad mucho más precisa, sin duda mucho menos romántica: ser barra brava es un medio de vida, una profesión. El aliento, a día de hoy, lleva siempre una etiqueta con el precio especificado en pesos y en dólares, mientras que el aguante no es más que una preciada mercancía al alcance de cualquiera que decida pagarlo.

La 12, historia de una barra para comprenderlas a todas

A una antigua novia suya que pertenecía a la 12 le dedicó Joaquín Sabina la canción Dieguitos y Mafaldas, cuando a la barra de Boca Juniors todavía se le suponía una cierta mística que nada o muy poco tenía que ver con la realidad, como el propio autor descubrió con el paso de los años. En origen, allá por los años treinta, el nombre de la 12 se usaba para identificar a todos los aficionados que se daban cita para animar a su equipo en cada partido. Se había impuesto la ocurrencia de un periodista local que firmaba sus crónicas bajo el pseudónimo de «El negro de la tribuna», don Pablo Rojas Paz. Antes, en 1925, ya se conocía como el jugador número 12 a Victoriano Caffarena, un hincha que financió y acompañó al equipo xeneize en su primera gira internacional. La tragedia de 1968 contribuyó a agrandar la leyenda: una avalancha incontenible de aficionados de Boca Juniors se topa con la puerta 12 del Estadio Monumental cerrada a cal y canto, convirtiendo el pasillo de acceso en una trampa mortal que asfixia la vida de setenta y un hinchas. Apenas cinco años después, en 1973, la barra brava local comienza su asalto al alma misma del club y su primer botín es el apelativo de la 12, que nunca más volverá a representar a una mayoría. Comienza el reinado de Quique el Carnicero.

Quique el Carnicero

Enrique Ocampo, alias Quique «el Carnicero», era el propietario de una famosa marisquería situada frente al estadio de la Bombonera. Muy relacionado con Carlos Bello, cacique político del barrio de La Boca para el que organizaba mítines y reclutaba voluntades. Amparado por líderes comunales, interlocutores sociales y un puñado de lugartenientes como el Lechero, el Uruguayo Chupamiel o el Alemán, comienza a imponer su poder a la directiva del club desde su trono en el paravalanchas de la Popular, la grada del estadio controlada por la barra desde entonces.

Da comienzo el negocio de la violencia. El Carnicero logra que sus muchachos accedan gratis al estadio y las entradas cedidas por el club terminan en la reventa. Viajan por el continente acompañando al equipo en la Copa Libertadores por cuenta ajena, organizan asados populares con la presencia de las estrellas del plantel, rifan camisetas firmadas y puntualmente reciben un pago en efectivo de los dirigentes que han comprendido que esta especie de guardia pretoriana que los protege y espanta a los opositores, sale barata.

La primera guerra de la 12

Cerca del segundo paravalanchas de la Popular suele situarse José Barritta, un hijo de inmigrantes italianos que ha comenzado a aportar efectivos a la barra gracias a sus buenas relaciones con un líder sindical del sector metalúrgico, Lorenzo Miguel. Barritta comienza a intuir el calibre del negocio que maneja el Carnicero y trata de argumentar sus méritos para lograr una parte de los beneficios y un lugar entre los líderes de la barra. Su propuesta es rechazada así que Barritta decide que no habrá una segunda negociación y se prepara para la guerra. Reúne un grupo de afines, entre los que se encuentran varios pesos pesados del crimen organizado en Buenos Aires, y desbanca a Quique tras una sangrienta pelea. Por su pelo canoso, al nuevo líder de la barra lo conocerán todos como el Abuelo.

El Abuelo se rodea de gente de las 62 Organizaciones, una coalición sindicalista que ampara a diferentes agrupaciones gremiales próximas al peronismo, y afianza su poder. Es tal el volumen de negocio que acumula la barra que por intermediación de Claudia Bello, hija de aquel caudillo radical relacionado con Quique el Carnicero, el propio Carlos Menem aconseja a Barrita la creación de una fundación que fiscalice sus ingresos. Nace la Fundación Jugador Número 12 y entre sus benefactores contará con nombres tan populares como los de Mauricio Macri, Guillermo Coppola, Mario Pergolini o Ante Garmaz. En seguida comienza a crecer la sospecha de que la barra utiliza la fundación para blanquear todo tipo de ingresos ilícitos y la justicia termina por intervenirla. Es el primer revés serio para el Abuelo que en 1994 verá cómo su reinado comienza a tambalearse.

La hora de Rafa Di Zeo, «el Rafa»

Es 1994, una emboscada organizada por la barra tras la disputa del Superclásico argentino termina con la muerte de dos hinchas de River Plate: Walter Vallejos y Ángel Delgado. El país se indigna y el Abuelo da un paso atrás mientras observa cómo los políticos que tanto lo han apoyado comienzan a soltarle la mano. Permanece dos meses fugado de la justicia antes de entregarse y pese a ser exculpado por el doble homicidio, ingresa en prisión para cumplir una pena de cuatro años por asociación ilícita. Muere al poco de abandonar la cárcel y el día de su entierro será despedido por una delegación de la 12 y José Alegre, expresidente del club, que le pide a dios «lo tenga en su gloria».

Rafa Di Zeo aprende a la sombra del Abuelo que las relaciones políticas pesan tanto como los puños y las balas. También comprende la importancia capital que el tráfico de drogas está adquiriendo en todos los ámbitos de la sociedad y se asegura de no cometer los mismos errores que su antecesor. Según muchos analistas, las barras bravas pasan a ocupar papel que en otros países corresponde a las maras o los grupos paramilitares en favor de los narcotraficantes.

Plenamente instalado como capo de la Popular, en 1997, Di Zeo recibe la llamada de Claudia Bello, hija del antiguo aliado de Quique el Carnicero: «El jefe te quiere hablar». Otra vez Carlos Menem al aparato con un líder de la 12, en esta ocasión para solicitar un pequeño favor: el apoyo de la barra en favor de Daniel Sciolli en las elecciones internas del Partido Justicialista que definirá los candidatos nacionales. En el siguiente partido, una enorme pancarta se despliega en la platea de los chicos de Di Zeo con el lema «Sciolli diputado». Su rival, Miguel Ángel Toma, empieza a digerir una derrota que no tarda en confirmarse.

Las cosas marchan viento en popa para Di Zeo hasta 1999. Se encuentra de vacaciones en Mar de Plata con su hermano Fernando y otros pesos pesados de la barra cuando recibe la llamada de un dirigente del club. En un amistoso celebrado en La Bombonera, algunos socios de Boca son agredidos por la barra de Quilmes que llega, incluso, a amenazar a los jugadores locales. «Si hubieran estado ustedes, esto no habría sucedido», se lamenta el directivo. El Rafa y sus lugartenientes regresan a Buenos Aires y en el siguiente amistoso, que enfrenta a Boca con Chacarita, realizan una pequeña demostración de fuerza como aviso a navegantes. Dos días después son citados a declarar, acusados por varios delitos que van desde las amenazas al robo. En este paso por la cárcel de Devoto, Di Zeo aprovecha para tejer una interesante red de contactos que aumentará ostensiblemente su poder en cuanto regresa a la cancha. Allí se encuentra con el Beto Alegre, uno de los cabecillas de una banda de criminales conocida como La Chocolatada. También se encuentra con Richard Laluz Fernández, apodado «el Uruguayo», personaje capital en los futuros acontecimientos dentro de la 12. Todavía a día de hoy, Rafael Di Zeo sigue culpando de su ingreso en prisión al secretario de seguridad del Ministerio del Interior en la fecha, Migual Ángel Toma, el candidato que se había enfrentado a Sciolli en las internas del Partido Justicialista. De todas formas, es puesto en libertad en pocas semanas.

Seguidores del Boca Juniors, 2006. Fotografía: Cordon Press.

En 2003, se recrudece el enfrentamiento con la barra de Chacarita. El 31 de agosto, los hinchas del equipo funebrero asaltan varios puestos de comida y bebida en la Bombonera y la 12 actúa. Al grito de «y pegue, Boca, y pegue», atraviesan el estadio e ingresan a la platea donde se han situado los barras rivales. La pelea termina con la intervención de la policía y deja un saldo de catorce heridos. En los días posteriores se suceden las denuncias y entre los procesados se encuentra Luis Barrionuevo, presidente de Chacarita y Senador de la nación. Es la primera vez que la justicia pone el foco sobre las relaciones de las barras bravas y la política. Di Zeo se pasa cinco meses huyendo de la policía con la inestimable colaboración de su pareja de entonces, Viviana Parrado, miembro de la Policía Federal. Finalmente decide entregarse y tras veinte días entre rejas es puesto en libertad a la espera de la sentencia definitiva.

En 2005, Rafael Di Zeo sigue esperando el fallo del Tribunal de Casación mientras contrae matrimonio con Soledad Spinetto, su nueva pareja. Se trata de la secretaria privada del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Felipe Sola. Al enlace, celebrado la quinta Los Galpones, acude todo el gabinete del Gobernador Sola. También disfrutan de la fiesta Diego Armando Maradona, el Ministro de Justicia Aníbal Fernández o el fiscal Carlos Stornelli, entre otros rostros conocidos. Sin embargo, su felicidad termina en 2007 cuando se confirma su sentencia y debe volver a la cárcel, donde permanecerá hasta el 10 de mayo de 2010. En su ausencia, dos de sus lugartenientes han asumido el poder de la 12 y las autoridades temen que Di Zeo comience una nueva guerra para recuperar el trono del paravalanchas; no se equivocan.

Mauro Martín y Maximiliano Mazzaro, los traidores

Gabriel Martín, el entrenador personal de Rafael Di Zeo en el Club de Boxeo Leopardi, está preocupado por su hermano pequeño y acude a pedir ayuda al capo de la barra. Mauro, que así se llama la oveja descarriada, acaba de ser detenido por un atraco en un supermercado y la familia está preocupada por su futuro. De este modo conoce el Rafa al que será su sucesor. Enseguida descubre en él virtudes que considera muy aprovechables y, en poco tiempo, Mauro Martín se codea ya con los punteros de la barra. Sin embargo, este ascenso meteórico produce recelos entre algunas facciones y una tarde de febrero de 2006, alguien decide pasar a la acción.

Los hermanos Di Zeo, Mauro y otros barras juegan al fútbol en Casa Amarilla, el campo de entrenamiento reservado al primer equipo de Boca. Cuando alguien grita dando la voz de alarma, ya es tarde. Marcelo Aravena, líder de la facción de Lomas de Zamora, y unos cuantos afines descargan plomo sobre los presentes. El principal objetivo es Mauro Martín, al que acusar de planear una brutal agresión hacia algunos de sus hombres apoyado por la gente de La Chocolatada, ya plenamente integrada en la barra. Aravena es uno de los condenados por el asesinato de los dos hinchas de River Plate que puso en jaque a José Barrita, el Abuelo. Mauro parece hombre muerto hasta que aparece Richard Laluz Fernández, el hombre reclutado por Di Zeo en el penal de Devoto, quien armado con dos pistolas protege al joven y repele el ataque de los hombres de Aravena. El arrojo y sangre fría del Uruguayo no resulta extraño y algunos recuerdan una imagen suya en el tejado de la cárcel de Devoto, con un cuchillo apoyado en la garganta de un funcionario para forzar una negociación tras encabezar un motín en la prisión.

Maxiliano Mazzaro, también presente aquella tarde de fútbol y plomo, es el capo de la facción de La Matanza y mantiene un contacto fluido con la policía bonaerense, políticos punteros de Lomas de Mirador y líderes sindicales de mucho peso. Él también le debe su vida a los Di Zeo tras un incidente que se produjo en 2004, en la previa de un Superclásico frente a River Plate en el Estadio Monumental. Disconforme con el reparto de los ingresos generados por la reventa de entradas, el líder de la facción de Moreno, Juan Castro, discute con Mazzaro y termina por sacar un cuchillo y asestarle una profunda puñalada en el costado. Mientras el Rafa trata de poner orden entre sus filas, su hermano Fernando carga a Mazzaro en brazos y sale corriendo, rumbo al hospital más cercano donde, finalmente, logran salvarle la vida. «No es para tanto, va; peor fue el día que me pegaron un tiro en el ojo», le dice para animarlo.

La guerra

Corre el año 2010 y los hermanos Di Zeo celebran su recuperada libertad en las entrañas de un prostíbulo conocido como El cocodrilo. En un momento de la noche, hace acto de presencia el Uruguayo Laluz Fernández, también recién salido de prisión después de que Mauro y Mazzaro lo hayan vendido a la policía bonaerense, sin duda para quitarse de en medio a un potencial aspirante al gobierno de la barra. Laluz propone una alianza a Di Zeo pero la conversación se enreda y termina en discusión. Cuando está saliendo por la puerta, tres disparos impactan contra su espalda. Los viejos aliados reclutados en Devoto ya no forman parte de las filas de Di Zeo: el Uruguayo vivirá el resto de sus días pegado a una silla de ruedas y los muchachos de La Chocolatada forman parte de la barra oficial dirigida por los traidores, Mauro y Mazzaro. Por el contrario, la facción de Lomas de Zamora, la gente de Aravena que asaltó Casa Amarilla a hierro y fuego, se convierten en la vanguardia del antiguo capo.

Dos años después, el 25 de agosto de 2012, los Di Zeo asestan su primer golpe a Mauro Martín. Boca juega en Santa Fe y, en el interior del país, los contactos de Mazzaro con La Bonaerense y la Policía Federal no sirven de mucho. Los leales a Di Zeo esperan, apostados en el puente de una autopista, la llegada de la caravana de autobuses comandados por Mauro. Cuando los tienen a tiro, descargan todo el plomo que llevan. Hay siete heridos y uno de ellos es el propio Mauro, que ha recibido un disparo en los intestinos. Le salvan la vida en un hospital de Rosario pero la cicatriz le sirve como advertencia del enorme poder al que se enfrenta.

Apenas dos meses después, Mauro Martín comete un error que resultará fatal. El 28 de octubre, otro Superclásico termina convertido en un pequeño Vietnam: ochenta heridos, veinticuatro de ellos hospitalizados con lesiones de gravedad incluidos dos policías arrojados a un vació de cinco metros desde la platea visitante. Argentina se indigna mientras el gobierno se felicita por el éxito del dispositivo, incluso alardean de haber evitado el ingreso del líder de la 12 al Estadio Monumental. Apenas veinticuatro horas después, un vídeo muestra a Mauro Martín subido en el paravalanchas celebrando el gol del empate de Boca. La presión de la opinión pública obliga a una reacción del ejecutivo y Mauro Martín es detenido. Resulta exonerado de los cargos que le imputan pero la investigación no se detiene y a través de una escucha telefónica consiguen, por fin, las pruebas necesarias para poner al líder de la barra tras las rejas. En su ausencia, Maximiliano Mazzaro pasa a ser el líder natural de la 12 pero el número dos de Mauro no es hombre de acción, es un alto ejecutivo de la violencia con contactos y un cerebro privilegiado. Quizás por eso mismo, por ser un tipo inteligente, decide dar un paso atrás y dejar el trono a uno de sus lugartenientes, Fido Desbaus.

De vuelta a la casilla de salida

A día de hoy, después de todo lo ocurrido, Rafael Di Zeo y Mauro Martín comparten el control de la 12. En cualquier partido se les puede ver juntos en el trono de la Popular, el segundo paravalanchas reservado a los jefes de la barra. Otras fotografías nos los muestran compartiendo un asado con Carlos Tévez, el futbolista estrella de Boca, lo que una vez más pone de manifiesto la connivencia de las barras bravas con los ídolos y las altas esferas.

De Di Zeo se cuenta que firma más autógrafos que cualquiera de los futbolistas del país, pues a pesar de todo lo que acaban de leer y muchas cosas más que no cabrían en toda una revista, las barras siguen siendo respetadas y admiradas en cuanto se entierran a sus muertos. Multipliquen todo cuanto acaben de leer por el número de clubes que pueblan Argentina y tendrán una idea aproximada del problema al que se enfrenta el país, ya no solo su fútbol. En un mundo de códigos mafiosos, hay sitio para una última referencia a El padrino: «No es personal, solo negocios». Aguante, Argentina.


Martí Perarnau: “Hemos futbolizado y frivolizado todo hasta niveles ridículos”

Parece solo una pregunta más en un cuestionario largo, pero Martí Perarnau hace un inciso al responder. “Me habéis tocado la fibra”. La entrevista va tocando a su fin. Antes ya le habíamos preguntado sobre el Barça, sobre el Real Madrid, sobre la deriva del periodismo deportivo… También sobre su libro, Senda de campeones. Sin embargo, Perarnau, hombre polifacético donde los haya, se encuentra más confortable cuando regresa, siquiera mentalmente, a su etapa como atleta. Fue saltador de altura, olímpico y plusmarquista nacional en todas las categorías. Un dato que sobresale en un curriculum denso que también nos cuenta que fue director del centro de prensa de Barcelona 92 o director de comunicación de Antena 3 TV. Ahora se gana la vida como productor publicitario, trabajo que le permite tomarse el periodismo como un hobby. Y bien que lo agracece. Perarnau se confiesa harto del maniqueísmo imperante, de la bipolaridad creciente. Tal vez por eso quiso que en su libro no se hablara del Barcelona en contraposición con el Real Madrid sino, simplemente, del Barcelona. Para escribirlo, entrevistó a personajes clave en la historia del club: Guardiola, Cruyff, Núñez, Xavi… Una práctica saludable ahora que el periodismo, según Perarnau, se ve orillado por un fenómeno muy distinto que está usurpando su espacio.

En la presentación de Senda de campeones, el periodista Julio César Iglesias apuntó que este libro contiene todos los arcanos del éxito del Barça. ¿Sería capaz de relatarlo en pocas palabras?

Resumiendo mucho, mucho, lo primero sería una idea de juego rotunda e inquebrantable; lo segundo, un sistema de juego y una metodología de entrenamiento que evoluciona todo lo anterior. Todo eso acaba creando un modelo de dirección de entrenamiento y formación, lo que yo he bautizado como ‘el idioma Barça’: una forma futbolística de hablar. Añadamos una infraestructura muy potente simbolizada en La Masía, el núcleo donde chicos prometedores reciben una formación integral: futbolística, cultural y moral. Hay dos consecuencias más: como todo lo anterior está muy detallado, la captación de jugadores es muy específica: sólo se buscan roles y perfiles que encajen en determinados puestos del campo. Puede haber chicos que jueguen de maravilla, pero no sirvan para hablar ese idioma. El segundo factor es la gran exigencia a lo largo de años en el crecimiento de estos chicos, con muchos filtros, en su formación intelectual y por supuesto en lo futbolístico. El Barça tiene algunos equipos menos de lo habitual en algunas categorías, lo que exige algunos saltos mayores. Lo más fuerte es que no hay un paso intermedio entre el juvenil A y el Barça B. El juvenil que no tiene nivel se va del club. Esa separación mayor de los peldaños exige grandes esfuerzos y va haciendo una selección natural muy poderosa.

Para definir esa selección natural, la palabra más repetida entre sus entrevistados es “crueldad”.

Sí. Yo defino el camino de La Masía al Camp Nou como darwinismo futbolístico: no llegan necesariamente los mejores sino los que mejor se adaptan a ese ‘idioma Barça’. En la historia del Barça se repite siempre un concepto: “El bueno de tal generación era… fulano, que ya no está”. Xavi dice que el bueno de su generación era Mario Rosas; con Iniesta, el bueno era Jorge Troiteiro; en el cadete el bueno no era Messi, ni Piqué ni Cesc, sino Víctor Vázquez.

Sergio Busquets y Pedro no eran de los más prometedores.

Pedro es el ejemplo. Mucha gente dice que si Pedro se hubiese formado en la cantera de otro club ahora estaría jugando en Segunda B, y es muy probable. Pero Pedro tiene el perfil exacto que necesita un extremo del Barça. Tiene capacidad de sacrificio y muchas virtudes, tozudez, persistencia… Hace cinco años nadie habría dado un duro por él.

Y ha tenido un entrenador que apuesta por él. Usted los llama “ascensoristas”.

Sin ‘ascensorista’, la cantera acaba siendo una pirámide truncada, pero la figura del ascensorista es condición necesaria, aunque no suficiente.

¿Cómo convencemos a los madridistas para que lean el libro?

Es un libro totalmente futbolero en el que se puede disfrutar leyendo sobre virtudes y defectos de un gran equipo. No se cita para nada al Real Madrid. Yo tenía interés en que fuera así, pero es que además la gente con la que he hablado tampoco menciona al Madrid, cosa que me satisfizo mucho. Todos hablaban de lo suyo, no en contraposición de nada.

¿Estamos abducidos por este bipartidismo Barça-Madrid?

Estamos agotados pero no hacemos nada para acabar con ello. Es una tendencia muy humana que se ve agravada en estos tiempos. Intentamos polarizarlo todo: tenemos Barça-Madrid, pero dentro del Barça tenemos Núñez-Cruyff, KubalaSuárez, Cesc-Thiago… Siempre buscamos al ángel y a su demonio. Creo que es un vicio muy grave que tenemos socialmente: PSOE-PP, España-Francia, UE-EEUU… Es un vicio que nos empobrece mucho. Simplificamos bipolarizando. En el caso del Barça-Madrid además nos embrutece. Ya estamos enfermos de eso.

¿Estamos asistiendo a un punto de inflexión en el fútbol español? Al principio hacía gracia la metáfora de la liga escocesa (en la que Celtic y Glasgow Rangers se han repartido los últimos 25 títulos), pero ahora parece que nadie es capaz de competir con Madrd y Barcelona.

Es verdad, pero con muchos matices. El desequilibrio en el reparto de derechos televisivos es rotundo, pero varios de los clubes que no pueden competir por los puestos de arriba han sido clubes muy mal gestionados que han dilapidado centenares de millones de euros. Tengo serias dudas de que si el reparto televisivo fuese como en Inglaterra se fueran a gestionar de manera correcta. Dicho esto, sí, estamos en una bipolarización de dos gigantes, sin más.

Mourinho tiene tres años más de contrato con el Real Madrid. ¿Podremos aguantar el ritmo de la última temporada?

Iba a decir que no, porque personalmente no es que no lo vaya a soportar, sino que este primer año ya no lo he soportado. Pero creo que sí lo aguantaremos: nos acostumbramos a todo. Si la batalla es permanente, por desgracia nos acostumbraremos. Algunos nos quejaremos y otros mojarán pan en el asunto.

¿Cómo se explica que en verano de 2008 el 75% de los lectores del diario barcelonista Sport votaran en una encuesta por Mourinho como su entrenador deseado?

Sí, y una vez fichado el 80% de los lectores de otro diario decían que Guardiola no era el idóneo. En el Barça está instalada la duda permanente respecto de todo. El aficionado está empezando ahora a creer en las propias bondades del modelo de su club, y han pasado más de cien años de historia. Xavi tiene un punto de razón cuando dice que el catalán, por su manera de ser y de comportarse, tiene tendencia al pesimismo antropológico. El barcelonismo tiene muy instalada la duda. Ha dudado de Cruyff, de Núñez, de Van Gaal, de la cantera…En los primeros años del siglo, cuando el Madrid implanta los galácticos de manera impetuosa y sin mostrar dudas, eso incrementa las dudas del Barça, ayudado por una presidencia poco afortunada como la de Gaspart. Y vuelve a empezar el ciclo: llega Laporta, llega Rijkaard, llegan los éxitos… pero es lo mismo: “Sí, pero…”. El barça es el club del “Sí, pero…” Y los hechos le dan un punto de razón a esa postura cuando llega la decadencia del equipo de Ronaldinho y Deco. Cuando nos plantamos en 2008, la duda está a flor de piel. En ese momento el barcelonista era un ser confundido. Y en ese momento, ni estilo, ni idea, ni cantera… En ese momento, que llegue alguien y ponga orden. Y Mourinho es ley y orden, lo que explica la encuesta del 75%, mientras que Guardiola es un poeta desconocido como entrenador, lo que explica la del 80%.

Aunque las comparaciones sean odiosas, ¿son Mourinho y Guardiola los Menotti y Bilardo del siglo XXI?

Eso es generalizar mucho. Les veo con mucha capacidad a ambos. Guardiola ha demostrado que no es ese poeta melancólico, sino un tipo con una riqueza táctica muy potente, un sistema de rigor defensivo fenomenal y que además, año tras año, o mes a mes, va mejorando, cambiando y puliendo sus planteamientos. Mourinho quizá tiene más perfeccionados que Guardiola algunos sistemas concretos de juego, pero quizá posee un catálogo algo más reducido. Hablar de Bilardo y Menotti sería una de nuestras simplificaciones habituales.

¿Y eso que dice Menotti de que hay un fútbol de izquierdas y un fútbol de derechas?

Menotti es un maestro en implantar frases brillantes a las que luego hay que buscar contenido. Primero da un diagnóstico brillante y luego busca rastros de la enfermedad. No sé lo que es un fútbol de izquierdas y un fútbol de derechas. Evidentemente, hay clubes de izquierdas y de derechas en el mundo, pero no creo que eso se traslade al juego.

Nos ha hablado de las virtudes de Guardiola. ¿Cuáles son sus defectos si los tiene?

Sin duda los tiene, aunque los conocemos menos y no sé por qué, quizá porque son menos exteriorizables o porque ha sabido protegerlos de la luz, aunque se exponga a tantas ruedas de prensa. El primer defecto, está claro, es que no sabe dosificarse a sí mismo. Entendemos como una virtud lo de trabajar tantas horas, pero si quiere perdurar como entrenador necesita dosificar algo más esa entrega. El segundo nace de su propia virtud: Guardiola gestiona un vestuario en el que ha creado una “secta”, palabra que hay que entender en sentido positivo aunque cueste. Esa “secta” genera beneficios colectivos pero también consecuencias: a ese vestuario cuesta adaptarse, no puede entrar cualquiera. Hay quien se hace la pregunta retórica: “¿Habría fichado en su día Guardiola a Eto’o o a Ronaldinho?”, y no lo tengo claro. Como futbolistas, sí, pero pensando en su adaptación a un grupo humano que se mueve en torno a unos parámetros de compromiso colectivo y poco ego, tal vez Guardiola no hubiese fichado a ninguno de los dos.

También se apunta que no tiene buen ojo para fichar…

Ha habido una serie de fiascos que nadie puede negar. Chygrynskiy apuntaba realmente muy bien. El error no fue ficharle. Como ha dicho el propio jugador, el único responsable fue él, que no supo aguantar la presión. Son declaraciones muy sorprendentes y dignas viniendo de un futbolista. Se lo comió el Camp Nou y no rindió. Ibrahimovic es, indiscutiblemente, un pedazo de jugador. Más que un error de fichaje, fue un error de cálculo de Guardiola sobre lo que iba a ocurrir a lo largo de esa temporada. Calculó que Messi iba a seguir creciendo en juego y protagonismo y calculó que Ibra se adaptaría a esa jerarquía. Messi creció más de lo previsto, que fue la parte positiva,pero absorbió muchas más energías colectivas de lo que nadie calculó y dejó a Ibra sin papel en el equipo. Hleb sí fue un fiasco puro, pero yo también le habría fichado. Si me preguntan de dónde sacar jugadores de toque, que se asocien de primeras y se muevan… Yo respondo que del Arsenal: Cesc, Nasri, Hleb, Wilshere, Rosicki

¿Le merece la pena al Barça gastarse un dineral por Cesc?

No tengo duda de que es absolutamente indispensable fichar a Cesc. Es la garantía de que la herencia continúa. Se dice que puede haber pequeños daños colaterales, quizá un mal mensaje para la cantera… Sí, es posible que, en algún partido importante, Cesc tenga que ir al banquillo. También estuvo en el banquillo en la final del Mundial, salió en la prórroga y un porcentaje alto del triunfo estuvo en sus pies. Thiago crecerá con Cesc o sin él y será titular indiscutible cuando deba, que aún queda bastantes años por delante. Cesc es el heredero de Xavi, el peldaño que falta en la escalera de edades del Barça [Xavi, 31; Iniesta, 27; Cesc, 24; Thiago, 20; Sergi Roberto, 19].

Usted escribió que Manel Estiarte empezó a ganar títulos cuando dejó de ser egoísta, que alcanzó un punto de madurez tras el cual dejó de ser el máximo goleador de todas las competiciones pero sin embargo hizo mejores a sus compañeros y los resultados acompañaron. ¿Es posible que algo así suceda con Cristiano Ronaldo o debemos apostar por él como pichichi el año que viene?

Eso es lo que Estiarte explica siempre. Yo he vivido su carrera muy de cerca. Debutamos juntos en los Juegos Olímpicos de Moscú 80 y hemos seguido siempre muy juntos. Manel era un monstruo. Yo le recuerdo desde los Juegos Mediterráneos del 79, en Split. Él resolvía los partidos, era el máximo goleador en todos los torneos y en todos los partidos de cada torneo, aunque luego la selección estuviera a otro nivel. Era un fuera de serie, algo excepcional. Pero con él jugando a dicho nivel perdimos la prórroga en la final de los Juegos de Barcelona 92, uno de los momentos más amargos que he vivido en el deporte. Ese día, Manel no pudo resolver por sí solo. Cosas que le pasaron en la vida le llevaron a comprender que había sido demasiado egoísta y que su egoísmo, en el fondo, había frenado los éxitos. En un gesto de humildad pocas veces visto, se reconvirtió y empezó a jugar para el equipo y no para él, con resultados excepcionales. El caso de Cristiano Ronaldo recuerda mucho a esto. Se podría reconvertir, sin duda. Posee las condiciones físicas y técnicas para hacerlo. Le haría falta caerse del caballo, la aparición de un evangelista que le haga ver la luz, la humildad para asumirlo… En estos tiempos modernos y mediáticos, es complicado.

Hablando de tiempos mediáticos, saltamos al periodismo deportivo. Ramón Besa nos dijo que la información deportiva se ha futbolizado demasiado y eso hace que se pierda el concepto de pasión por el deporte. ¿Está de acuerdo?

Básicamente sí. La información deportiva se ha futbolizado, España se ha futbolizado y la política se ha futbolizado. Hace unos días vi que en L’Equipe solo había dos páginas de fútbol, una de ellas del Mundial femenino y la otra del resto del fútbol mundial, incluido el francés. En una sola página estaban los fichajes, el Mundial Sub 17, etc. El resto era para los deportes que están ahora en plena actualidad: natación, atletismo, ciclismo, tenis… Eso es lo que genera pasión deportiva sana y permite que en Alemania se hayan llenado los estadios para ver el Mundial femenino, con 74.000 espectadores en Berlín. Nosotros hemos caído en el proceso contrario: teníamos periódicos que sin llegar al nivel de excelencia de L’Equipe, se parecían y eran capaces de publicar en su portada un récord de España de natación. Pero hemos futbolizado todo, y lo hemos frivolizado hasta niveles ridículos. Hemos marginado al resto de deportes salvo a las estrellas que puedan servir para seguir alimentando nuestro ego colectivo patriótico, que es lo único que interesa. Son las mismas estrellas a las que hundiremos mañana a la menor ocasión. La información deportiva hoy roza el ridículo; bueno, no lo roza, lo supera.

Y más que periodismo futbolístico es periodismo de club…

Yo me negaría a utilizar la palabra ‘periodismo’. Sigo pensando que el periodismo es otra cosa. Ahora llamamos periodismo a todo, cuando periodismo es algo muy simple y muy difícil: averiguar unos hechos, encontrarlos, verlos y explicarlos. Punto. El resto es otra cosa. Las tertulias de radio en las que yo participo son muy futboleras y serias, pero no son periodismo. Son el análisis de unos señores que pueden ser periodistas o cualquier otra cosa. Luego, se puede analizar desde el rigor o desde el show, el espectáculo o la estupidez, pero eso no es periodismo. Las opiniones que abundan en todos los periódicos tampoco es periodismo, sino personas que ejercen su derecho a opinar, unas con sentido y otras con una profunda falta de criterio. Así que el periodismo, tal cual lo defino yo, está arrinconado. Casi no lo encuentras. Y no me refiero a dar una noticia en exclusiva, sino a ese periodismo tan simple de “ha habido una reunión, se ha decidido tal cosa y ha ocurrido este determinado efecto”. Eso ya no se estila.

Michael Robinson nos dijo que aboga por la regulación de la televisión a propósito de la deriva que está tomando el fútbol con programas como, por ejemplo, Punto Pelota.

Primero, no creo que sea nada fácil regular nada en este ámbito. Segundo, tampoco sería muy partidario de regularlo. Lo único que haría sería decirles: “Miren, el periodismo es otra cosa. Ustedes hacen muy bien su trabajo. Pónganle un nombre a su profesión, pero que no sea periodismo”.

¿Hasta qué punto tienen influencia los grandes clubes sobre los informadores deportivos de sus propias ciudades?

Tienen mucha influencia; indirectamente, no quieren enemistarse con potenciales fuentes de noticias o de favores; directamente, porque la industria periodística tiene hoy una componente importantísima de estar en sintonía con la afición de ese club, venderle a través de su periódico objetos que licencia el club…

¿Qué le parecería que, un día al año y por sorpresa, los diarios deportivos catalanes salieran a la calle con el contenido y opinión de los diarios madrileños y viceversa, pero sin cambiar el logo ni la portada?

Me cuesta calificarlo. Es impensable.

¿Es Tomás Roncero el Salvador Sostres del fútbol?

Pienso que hay una diferencia fundamental entre ambos, aunque algunos signos externos les hagan similares: Sostres es un personaje tóxico. Roncero, del que todo el mundo afirma que es muy buena persona, se coloca un disfraz de hooligan con altavoz. Es un apasionado del histrionismo que interpreta un personaje. O eso creo yo. Quizás no lo interpreta, no sé. Es un tipo de teatro al que no asisto.

¿Crees que el periodismo ha contado bien a sus lectores la realidad del dopaje?

No. El periodismo no contó los hechos en su momento, en los años ochenta y noventa, cuando el dopaje se instaló de forma masiva en el mundo entero, tanto en los países del este como en países occidentales avanzados. En España no solo no lo contó sino que ocultó, manipuló e incluso distrajo la atención, siempre buscando enemigos exteriores. Después el periodismo se sintió desconcertado ante las evidencias de lo ocurrido en España en la última década.

¿Dónde está la raíz de la crisis del atletismo en España?

Yo creo que hay dos. Una es la pérdida profunda de cultura deportiva del país. Hemos retrocedido años y años, décadas. A medida que la sociedad ha ido progresando, ha empeorado su cultura deportiva y de salud, como se ve en los datos sobre obesidad. La futbolización ha ayudado también. Luego hay una segunda causa: el dinero. Hubo un momento en que se dijo que, sin dinero, no se podían sacar campeones, y nos creímos que era cierto. Es verdad que el dinero es necesario para ayudar a los deportistas, tener infraestructuras y entrenadores. Pero llegó un momento en que se dio vuelta a la tortilla y el atleta creyó que podía hacer dinero de verdad con el atletismo. Hay atletas que ganan mucho dinero: los supercampeones olímpicos, los maratonianos, los corredores de cross… al convertirlo en una profesión para ganar dinero, se perdió lo más importante del atletismo: su concepto de deporte desnudo y básico en el que la motivación del atleta sea la superación de sus propios límites. Ahora tenemos pistas pero no tenemos entrenadores para formar a esos atletas, que no compiten para superarse, sino para ganar dinero. Y para colmo, el dinero ha desaparecido.

¿Cómo saca tiempo para escribir, ver fútbol… y además trabajar en su productora publicitaria?

Con la empresa de publicidad llevamos ya once años y la cosa va más rodada, dentro de que vivimos la crisis más brutal de la historia. Yo me puedo ocupar más de asuntos financieros y estratégicos. Eso me ocupa menos tiempo y me deja dedicarme al hobby del periodismo. Esto para mí es una gran ventaja y reconozco sin ninguna duda que si tuviera que vivir del periodismo, sería menos libre en lo que digo y en lo que hago. No soy mejor que nadie, tengo una libertad que otros no tienen.

¿Cómo ha vivido esa crisis tan brutal?

Ha sido muy dura. La publicidad adelanta siempre las crisis generales. En 2008 vivimos un primer semestre excepcionalmente bueno y, de pronto, el 1 de julio se secó el grifo radicalmente. En septiembre de 2008 vimos que se iba a pique. Somos una empresa pequeñita, de 13 o 14 personas, y planteamos recortar gastos para sobrevivir. Propusimos bajarnos todos el sueldo un 25% y estuvo de acuerdo desde la recepcionista hasta el de más arriba. Eso nos permitió sobrevivir en 2009, que fue duro. En 2010 nos fue un poco mejor y conseguimos algo de beneficios, que repartimos con la gente para compensar su pérdida de sueldo, como habíamos hablado. Y en 2011 vamos sobreviviendo.

Su hijo es músico (en el grupo Mucho); su hija, futbolista (en las categorías inferiores del Rayo Vallecano); su mujer, atleta (Loles Vives, la primera española que bajó de 12 segundos en los 100 metros lisos). A usted ya le conocemos. ¿Hay algún tonto en su familia?

El tonto soy yo. Han salido dos hijos muy artistas. Él ha salido músico y muy bueno, autodidacta, le admiro profundamente. No es solo que como padre me guste, sino que admiro la capacidad de alguien para empezar a tocar la guitarra y, sin formación musical, llegar adonde ha llegado él. Ella ha salido artista también: futbolera, bailarina… Algún gen debe de tener la madre. Yo, bromas aparte, me siento el que tiene menos condiciones naturales. A ellos les veo con más talento.

¿Qué le aporta Twitter?

Me ha apasionado. No imaginaba que tuviera este potencial. Es una gozada cuando hay información, pura, dura y además en breve. También es una aportación desprendida, muy poco egoísta. Por supuesto, también tiene sus problemas y sus vicios.

¿Cuál es el mejor libro que ha leído sobre deporte?

No es el mejor, pero el que más me ha llegado es El Más Grande (Mi propia historia), de Richard Durham. De un combate de boxeo se puede sacar todo un libro de 300 páginas explicando todo y con tanto detalle: los estados de ánimo de uno y otro, cómo se preparaban, lo que hacían en las habitaciones. Me impactó mucho. Aquello era periodismo, aunque fuese en formato libro.

¿El mejor documental?

No sabría elegir uno con exactitud, pero me ha encantado el Informe Robinson del Mundial de España. En el fondo es sencillo, no es periodismo de investigación, pero jugador tras jugador, pequeño detalle a pequeño detalle, te van haciendo vivir lo que ocurrió allí. Ese detalle de Iniesta de “Yo ya sabía que uno me iba a pegar”… Tú ya intuías que Van Bommel le pegaba en los entrenamientos del Barça, pero cuando escuchas a Iniesta decir eso, vas atando cabos.

¿Y una película con temática deportiva?

Carros de fuego. Sin ninguna duda no es la mejor película de la historia, pero a mí me llega mucho porque tiene un componente de atletismo muy profundo; porque yo entreno a mi mujer, que es velocista como el protagonista de la película; y porque el entrenador, el señor Mussabini, me recuerda a mi primer entrenador, el señor Nemesi Ponsati, un sabio.

¿Sobre qué acontecimiento histórico le hubiese gustado escribir una crónica en su momento?

Sobre el Sudáfrica-Australia, la final de la Copa del Mundo de rugby que explica John Carlin en su libro [El factor humano, llevado al cine por Clint Eastwood en Invictus]. El rugby me vuelve loco. Tuve la suerte de retransmitir en TVE el primer Mundial y el V Naciones, después de Celso Vázquez y antes de Ramón Trecet. Es un deporte ejemplar. Si hubiera que elegir un deporte, tendría muchas dudas entre el rugby y el atletismo. En el rugby están todos los valores sobre cómo aflorar las virtudes humanas y retener nuestros demonios colectivos.

Por último, denos un titular o una frase corta para describir estos acontecimientos hipotéticos:

Rafa Nadal se retira del tenis para dedicarse al cine.

No me lo podría creer.

Johan Cruyff se presenta a President de la Generatitat Catalana.

¿Ha aprendido catalán?

Mourinho se presenta a alcalde de Madrid.

Saldrá elegido.

De Jong y Xabi Alonso se quedan encerrados juntos en un ascensor.

Estando Xabi, no pasa nada.

Se obliga a los clubes a cancelar su deuda histórica.

Se endeudarán de nuevo.

Florentino Pérez compra el River Plate.

Algo habrá para construir allí.

El Betis gana la Liga.

Musho Betis.

En España surge un campeón mundial de ajedrez.

¡Por fin!

Messi ficha por el Real Madrid.

¿Para jugar de qué?

Fotografía: Gonzalo Merat


Marcel Gascón: Los heridos de River, los petardos de Giulesti

“Tragedia” y “drama” fueron dos de las palabras más repetidas en los medios digitales españoles para contar el domingo futbolístico de Buenos Aires. Iban bien arriba en las portadas, y no se referían, como podría pensarse, a los más de 70 heridos, dos de ellos en estado grave “con traumatismos de cráneo por impacto de proyectiles”, que dejaron las algaradas de una parte de los aficionados de River Plate tras un partido contra Belgrano. El drama y la tragedia, y también la noticia, eran el descenso de River por primera vez en sus 110 años de historia, de cuya consumación parece consecuencia natural el vandalismo criminal de los hinchas.

Es conocida la afición al lenguaje épico del periodismo, especialmente del deportivo, pero es obsceno ver destacadas las lágrimas por el destino de un balón cuando unos bárbaros que lo seguían están a punto de matar a dos hombres. Interviene en estos textos el conocido kilómetro sentimental, que además de las distancias físicas mide las culturales y las económicas y la cotización del pasaporte de las víctimas. Que en Argentina el tratamiento mediático haya sido el mismo no significa nada. Allí la violencia hace tiempo que es parte integrante y resignadamente normalizada del espectáculo del fútbol, como demuestra que el patibulario entrenador Passarella no haya encontrado mejor metáfora tras los incidentes que “sólo saldré de River con los pies por delante“.

Quiero pensar que la prensa española actuaría muy distinto si el Madrid bajara a segunda con dos antidisturbios debatiéndose entre la vida y la muerte en el hospital de La Paz, pero atención, porque además del “kilómetro sentimental” hay que tener en cuenta “la bula del fútbol”. Al amparo de la comprensión masiva del pueblo, el fútbol lo puede permitir todo. Desde alterar las normas del tráfico en día de partido hasta los heridos y la ruptura de escaparates de las grandes celebraciones, nada es suficiente para robar protagonismo a la pelota.

Hace tiempo, tras una falsa amenaza de bomba en el Bernabéu, el jugador del Madrid Guti aseguró que el fútbol debe estar por encima de todo. Lo dijo Guti entonces y lo sentimos muchos, cuando con la cerveza o las pipas va a empezar el partido que hemos esperado semanas. Como ante ciertos sexos sin condón, podemos y nos podemos hacer daño, pero por nada renunciaríamos a esos minutos prometidos de disfrute.

Permitimos que el fútbol esté por encima de todo y el llanto, con dos personas al filo de la muerte en una cama de hospital, es por el descenso de River. Las bengalas caen al césped detrás de la portería del viejo campo de Giulest.

El Rapid gana al Steaua y el estruendo de los petardos redobla nuestro entusiasmo.

Sobre el tartán del estadio ya no está la ambulancia, pero no nos importa  que se llevara a un bombero herido.