El extraño viaje de Babymetal

Babymetal, 2015. Fotografía: Cordon.

Hay carreras musicales extrañas e inexplicables, y está la carrera musical de Babymetal. Si usted ya conoce a Babymetal, sabe de lo que estoy hablando. Si no, en fin, como decían en los anuncios de las viejas películas de ciencia ficción, prepare to be amazed. Está a punto de enfrentarse a un grupo que podrá gustarle o no —lo más probable es que, de primeras, no le guste nada—, pero cuyo descubrimiento es una experiencia nueva. Nunca ha visto algo semejante. La primera vez que uno contempla a Babymetal en acción su cerebro produce un pensamiento automático: «Pero, ¿qué cojones es esto?». Es así. Es algo tan chocante que resulta difícil encajarlo en nuestros estereotipos. Pero los estereotipos están para transgredirlos, supongo, aunque no siempre quien pretende ir más allá de los límites se sale con la suya. El que va de transgresor por el mero hecho de serlo se arriesga al escarnio o la indiferencia, por poco que a su pose se le noten las costuras. Pero a veces sucede justo al revés y los estereotipos son hechos trizas por quienes menos podía uno imaginar. Este fue el caso de Babymetal, tres chiquillas japonesas que, contra todo pronóstico razonable, se ganaron el corazoncito del mundillo del heavy metal (de los músicos, al menos). Y que, como usted se descuide, también se ganarán el suyo. Al principio descolocan, después caen simpáticas, y finalmente, en especial cuando uno conoce su carrera, se ganan la admiración de cualquiera.

Vayamos con un estereotipo: el heavy metal es cosa de hombres o, como mucho, de mujeres que proyectan una imagen fuerte. Tipos duros y tipas duras. Otro estereotipo: el heavy metal se canta con agresividad y es genéticamente incompatible con formatos acaramelados como el pop adolescente, en especial cuando se trata de J-Pop, la mortífera música adolescente japonesa. El heavy metal no puede ser cantado con voces de muñeca de Famosa y escenificado mediante coreografías a medio camino entre el grupo de animadoras de un instituto americano y el baile de función escolar. Estos estereotipos, y algunos más, son los que han pulverizado Babymetal. Nuestras tres protagonistas son la perfecta representación del kawaii, que significa algo así como «cuquismo» y, según dictaban esos estereotipos, no podían codearse ni ser tomadas en serio por la escena metálica internacional. ¿La realidad? Que Babymetal cuentan con el respeto del 99% de los grupos de heavy metal o hard rock más famosos del planeta.

Sí, es lógico que inspiren simpatía porque empezaron siendo muy niñas y hoy, cuando llevan casi ocho años en la brecha, siguen siendo jovencísimas (la mayor acaba de cumplir veinte años, para que se hagan una idea). Es comprensible que en el mundillo se las vea con ternura. Pero, aunque todos saben que Babymetal empezaron como un experimento de laboratorio, también saben que se lo han trabajado y que durante su ascenso han hecho frente a públicos que dan miedo incluso a grupos formados por tiparracos bien creciditos. Los rockeros consagrados saben, porque ellos también se han abierto camino en los escenarios, que Babymetal jamás han bajado el pistón, que nunca han pisado las tablas con desgana. En realidad, sería imposible entender por qué todas bandas legendarias del heavy metal consideran a las tres jovencitas de Babymetal como colegas de pleno derecho, salvo que uno repase la biografía de este inefable trío.

El momento en que quedó claro que Babymetal, a su manera, habían conquistado el mundo, fue a mediados de 2016, cuando aparecieron en un programa puntero de la televisión estadounidense, Late Show with Steven Colbert. El propio Colbert las presentó diciendo «no estoy muy seguro de qué es lo que estamos a punto de ver aquí», algo que habla por sí solo de la impresión que producen, pero la acogida histérica del público asistente daba a entender que las chicas habían alcanzado el estrellato. Respaldadas por su poderosa banda de músicos (estos sí son congruentes con el concepto de músico heavy), las tres chicas interpretaron una canción titulada «Gimme Chocolate!», cuya letra pueril y melodía popera discurren sobre una atronadora base metálica. Después de pelearse contra los prejuicios en escenarios de todo tipo durante años, las tres chicas no se dejaron amilanar por estar en un famoso programa de la TV americana. Al revés, demostraron que ya poseían un dominio total del escenario y que sabían cómo meterse a la gente en el bolsillo.

Insisto: si no las conocen aún, no miren el siguiente vídeo pensando en que la canción les va a gustar (aunque a mí sí me gusta, cosa que no puedo decir de muchos otros de sus temas). No se trata de juzgar la canción dentro de los parámetros de los estilos estandarizados ni de poner en duda la enorme calidad de sus músicos, que no está sujeta a discusión, porque son fantásticos. Incluso si lo que escucha le horripila, que lo puedo entender, se trata de tener una visión de conjunto sobre la intensidad del espectáculo que estas tres chicas ofrecen. Casi todas las semanas veo actuaciones en directo en programas similares, y pueden creerme, muy pocas veces he visto a un grupo invitado merendarse el plató con tal despliegue de energía:

Créame, sé lo que está usted pensando. Yo pensé algo parecido. Pero, por más que lo pienso, no consigo recordar un fenómeno parecido. Aquí donde las ven, las abanderadas del kawaii metal, o cuquimetal, han teloneado a grupos como Metallica, Guns n’ Roses o Red Hot Chili Peppers, han sido la primera banda nipona que ha actuado como cabeza de cartel en Wembley, y una de las pocas que han colado éxitos en las listas estadounidenses y europeas. Eso sí, les ha costado años. Han pasado por tragos que ni Katy Perry ni Britney Spears tuvieron que afrontar en su día, como actuar en un festival sin saber si el público purista iba a querer lincharlas por lo que estaban haciendo. Pero vamos al grano: el experimento Babymetal gira fundamentalmente en torno a dos personas: el productor Key Kobayashi y la cantante Suzuka Nakamoto, aunque ambos son más conocidos por sus respetivos apodos, Kobametal y Su-Metal. Key Kobayashi (no confundir con el cocinero del mismo nombre que tiene en París un restaurante con estrella Michelín) es el cerebro detrás de todo el invento, tanto en el aspecto musical como en el estético. Suzuka aporta su voz y un carisma escénico que no ha hecho sino crecer con el tiempo.

En 2010, cuando era una mocosa, Suzuka militaba en un grupo llamado Karen Girl’s. Nada interesante, un trío de pop discotequero formado por crías pequeñas que grababan música espantosa para un público que también consistía, supongo, en crías pequeñas (aunque en Japón uno nunca sabe con total seguridad qué cosa está dirigida a qué tipo de público, aquello es muy confuso). Karen Girl’s ni siquiera hicieron giras; se limitaron a grabar algunas canciones, a rodar algunos videoclips y a conceder algunas entrevistas, todo con la velocidad y eficiencia militar propias de la industria «idol» japonesa, que lanza un producto adolescente para el consumo masivo, lo exprime al máximo, y luego lo sustituye por otro. Los atuendos y las temáticas de Karen Girl’s se basaban en una popular serie anime, así que el trío era la mera comercialización efímera de unos dibujos animados que por entonces estaban de moda. Después del año previsto por su contrato, Karen Girl’s se separaron. El mundo no se perdió nada. Pero bueno, aquello era horrible pero ahí estaba la futura vocalista de Babymetal, que tenía solamente once años. Es fácilmente reconocible por sus características orejas de soplillo. Las otras dos chiquillas dejaron la música para centrarse en los estudios, pero Suzuka llevaba el gusanillo del escenario en la sangre: llevaba desde los siete años recibiendo clases en una prestigiosa escuela de actores de su ciudad natal, Hiroshima, y de hecho ha seguido actuando en teatro de forma paralela a su carrera con Babymetal. También había aparecido en los típicos programas televisivos de actuaciones infantiles. Hasta aquí, nada que la distinga de cualquier otra niña cantarina del negocio.

Key Kobayashi, por su parte, era un productor curtido en el mundo del heavy metal que, por lo visto, quería sacar tajada del negocio idol porque imagino que veía fluir los yenes. Kobayashi planeaba una continuación de Karen Girl’s y quería hacerlo en torno a Suzuka, que sabía cantar, bailar, interpretar y tenía un enorme desparpajo escénico. En un movimiento típico de la industria idol, recurrió a una agencia de casting para encontrar a dos nuevas componentes para rehacer el trío, pero el talento musical de las aspirantes solía brillar por su ausencia: «El resto de candidatas eran modelos infantiles que no tenían experiencia cantando ni bailando, sino desfilando y actuando», recordaría Kobayashi. No lograba encontrar en otras niñas la combinación de factores que se daban de manera natural en Suzuka, así que se cansó de buscar y decidió que ella sería la voz única y principal. Buscó a dos niñas que fuesen un poco más pequeñas para que ejerciesen como escuderas, y ni siquiera necesitaba que tuviesen una gran voz, porque se limitarían a acompañar a Suzuka en las coreografías y a hacer algunos coros facilitos.

Hasta aquí, una vez más, nada nuevo. La fórmula de girl band infantil es muy habitual en Japón y sobre el papel no parece encerrar demasiado secreto: melodías pop y una imagen kawaii, cuqui y tierna. Pero Kobayashi, sabe Dios impulsado por qué visión, empezó a alejarse del concepto inicial. Le motivaba la posibilidad de grabar una música infantil que no sonase a lo de siempre. Pero, ¿a qué estilo recurrir para marcar la diferencia? Suzuka tenía buena voz, pero su timbre era tan convencional que no daba como para experimentar con sonidos alejados del R&B moderno y el pop, típicos del «idol», que eran los que ella sabía cantar. En algún momento, tras darle muchas vueltas al asunto, a Kobayashi se le encendió la bombilla. Su música preferida era el heavy metal, así que se preguntó qué pasaría si añadía un acompañamiento guitarrero a las melodías dulzonas. Sí, la ocurrencia no tenía ningún sentido, pero él hizo la prueba y, al menos desde su punto de vista, funcionó. La angelical vocecilla de Suzuka encajaba con unas guitarras que, según la costumbre, suelen ir acompañadas de recias voces, cuando no directamente de berridos. Satisfecho con la química sonora del asunto, ya solo faltaba un nombre para el experimento. También el nombre le vino por ciencia infusa: Babymetal, que pronunciado en japonés («bebi-metal») rima con heavy metal. Así, Suzuka se convirtió en Su-Metal y sus dos compañeritas, Yui Mizuno y Moa Kikuchi, fueron rebautizadas como Yuimetal y Moametal.

Lo sé, suena todo tan estúpido que, hasta aquí, podemos estar de acuerdo en que la ocurrencia parecía una inmensa broma, una astracanada que quizá nunca iba a llegar a gustarle a alguien. Pero fue ahí, en el momento de concebir el producto, cuando Key Kobayashi empezó a dar muestras de su brillantez como mánager y productor. Para empezar, quiso que la música que respaldaba a las chicas fuese heavy metal de verdad, nada de sucedáneos ni de estructuras de acordes poperos ejecutadas con guitarras fuertes, como tantas veces se ha hecho en los Estados Unidos. Cuando grabaron su primer sencillo, Kobayashi mezcló los instrumentos de forma parecida a como se habían hecho las mezclas en los discos de Pantera (no es broma, lo ha dicho él mismo varias veces). También insistió en el aspecto visual del grupo, sobre todo en el baile, que debía reflejar la fuerza de las guitarras pero sin perder el toque kawaii. Contrató como coreógrafa a una antigua profesora de baile que Suzuka había tenido en Hiroshima, para que las chicas tuviesen una puesta en escena cuqui, sí, pero también muy enérgica. No soy coreógrafo ni nada que se le parezca, pero admito que lo de hacer cuernos mientras adoptan poses cuquis tiene su gracia.

Aquel primer single, llamado «Doki Doki Morning», sonaba raro de narices, como si el niño de «Do What I Say» de Clawfinger hubiese secuestrado al cantante y se hubiese apoderado de la canción. Por entonces, Kobayashi todavía no las tenía todas consigo: era un hombre con una reputación dentro del gremio rockero y, como reconoció más tarde, temía que los fans del heavy metal japonés se le echasen encima y que la comunidad local de músicos metaleros, a los que conocía muy bien porque había trabajado con muchos de ellos, pensaran que Babymetal era una aberración. Tampoco había garantías de que el público adolescente, acostumbrado al pop masticable, supiese cómo digerir el invento. Desde el primer momento, el factor «pero qué cojones es esto» era intenso en Babymetal. Por entonces, además, ni siquiera tenían banda de acompañamiento y Suzuka era la única que cantaba de verdad, así que todavía eran poco más que un producto de laboratorio. Sin embargo, ya en su primer directo dejaron claro cuáles iban a ser algunos de sus principales puntos fuertes: el desparpajo de Suzuka y la energía contagiosa con la que las tres niñas ejecutaban sus coreografías. No podía negarse que se dejaban la piel sobre las tablas. Ellas (y, sospecho aunque no puedo afirmarlo, los espectadores a sueldo que el mánager solía llevar a sus primeros bolos para que animasen desde abajo), constituían un nuevo tipo de espectáculo. Contemplen el alucinógeno debut de las niñas, allá por el 2010:

Conforme las chicas iban engrasando su maquinaria escénica, empezaron a actuar con mayor frecuencia. Primero se dejaron ver en los circuitos propios de la música pop, aunque Kobayashi, astutamente, se saltó algunas reglas de promoción que eran sagradas en la escena «idol». La costumbre dictaba que los artistas fuesen filmados o retratados con mucho mimo; incluso en las entrevistas televisivas supuestamente «casuales» todo era estudiado al milímetro como si fuese una sesión de fotos; se miraba con lupa la ropa, el maquillaje, los escenarios y la iluminación. Y aunque Babymetal ofrecían una imagen cada vez más elaborada en el escenario, su mánager insistió en que, fuera de escena, las cámaras debían captarlas de la manera más natural posible, sin iluminación especial, ni maquillaje, ni retoques de ningún tipo. Quería acentuar el contraste entre las tres fierecillas que el público veía haciendo cuernos sobre el escenario y las tres renacuajas muy, muy pequeñas que en realidad todavía eran. La apuesta era tan llamativa que Babymetal empezaron a atraer la atención más allá de circuito idol. En 2012 aparecieron por primera vez en un festival de rock muy importante en Japón, el Summer Sonic Festival. Actuaron en un escenario pequeño, ante un público escaso y suponemos que atónito, exceptuando al grupo habitual de animadores sospechosos que copaba las primeras filas.

La cosa no hubiera pasado de la mera anécdota si Key Kobayashi no hubiese continuado cuidando los detalles. Por ejemplo, cuando un técnico de luces le impresionó durante un concierto de heavy metal al que asistió como espectador, lo convenció para que empezase a trabajar para Babymetal. Desde entonces, la iluminación se convirtió en otro de los puntos fuertes de su puesta en escena. Además, Kobayashi contrató a varios músicos de pega con el fin de que hiciesen playback en la parte de atrás del escenario… aunque lo hilarante es que ensayaban tanto aquellos playbacks que buena parte del público creía ¡que estaban tocando de verdad! Cuando Kobayashi pensó que esto no era suficiente, reunió otro grupo de músicos, pero para que interpretasen de verdad las canciones, tanto en disco como en vivo. No se anduvo por las ramas ni se contentó con fichar a unos músicos cualesquiera. Tirando de contactos, y suponemos que usando todo su poder de convicción, se hizo con los servicios de algunos cotizadísimos instrumentistas de la escena metálica nipona. En cuanto a desempeño instrumental, la Kami Band, que así se hace llamar el grupo de acompañamiento de Babymetal, podía medirse con cualquiera en la escena heavy internacional.

Con un grupo de auténticos músicos, el directo de Babymetal dejó de ser una pantomima verbenera y se convirtió en un auténtico concierto, en el que ya solo estaban pregrabados algunos coros y efectos. El redoblado poder de sus directos les ganó el respeto del público metalero japonés, algo que dejó alucinado al propio Kobayashi, que siempre había temido un rechazo total por parte de esa escena. Después, Babymetal atrajeron a diversos tipos de audiencias y, en un par de años, llegaron a lo más alto en su país. En 2013 publicaron el sencillo «Ijime, Dame, Zettai» (un título que significa algo así como «No al acoso escolar») y obtuvieron suficiente éxito como para terminar actuando en la legendaria sala Budokan de Tokio, donde han grabado algunos directos míticos gente como Bob Dylan, Ozzy Osbourne o Cheap Trick. Las chicas, que por entonces tenían entre dieciséis años (Su-Metal) y catorce (las otras dos), habían refinado muchísimo su puesta en escena durante los cuatro años anteriores y ya ni siquiera parecían las mismas de su debut. Sus músicos sonaban como una apisonadora, desde luego, pero también ellas demostraban un total dominio de las tablas. ¿Seguían siendo una marcianada? Sí, ¡mucho!, pero ahora eran también un grupo de verdad. No solo eso; Kobayashi diseñó espectaculares números que aún no eran conocidos fuera de Japón, pero que dejaban en agua de borrajas muchos montajes metaleros occidentales. Por ejemplo, la crucifixión de Su-Metal, una cantante de dieciséis años, en mitad de una canción instrumental titulada «Death». Una puñetera locura. El público metálico no podía quejarse de la escenografía, porque Babymetal y sus crucifixiones hacían que Marilyn Manson pareciese un monaguillo en comparación

En 2014 grabaron su primer álbum de larga duración, Babymetal, que vendió muy bien en su país. Key Kobayashi había conseguido que su delirante ocurrencia se ganase al público japonés, pero la gran pregunta era si algo tan aberrante iba a tener alguna acogida en el extranjero. En Japón, el concepto era visto como una rareza, al igual que aquí, pero la gente hablaba el mismo idioma que las chicas, conocía sus personalidades y sus trayectorias gracias a la televisión. Los espectadores estaban familiarizados con el contexto cultural del grupo. ¿En otros países? La reacción podía ser imprevisible. Pese a que la invasión internacional del anime y el manga sugieran lo contrario, Japón sigue siendo muy insular para según qué, y allí suceden muchas cosas que en Occidente no conocemos o que no serían bien recibidas. Es decir, puede que en occidente haya «bronies», asociaciones de adultos que son fans acérrimos de Mi Pequeño Pony (no, no me lo estoy inventando). Pero, aparte de que uno se pregunte sobre si esta gente debería conducir y manejar maquinaria pesada, hablamos de algo minoritario. El heavy metal, en cambio, no es tan minoritario. Puede que no arrastre tanto público como el pop, pero los seguidores del metal son muy, muy leales al estilo y se pueden tomar como una ofensa personal según qué cosas.

Sin internet, es posible que Babymetal nunca hubiesen salido de Japón. Kobayashi, pese a todo, estaba esperanzado gracias al creciente número de comentarios en lenguas occidentales que leía en los vídeos de la cuenta de Youtube del grupo. Se mostraba dispuesto a intentarlo, aun siendo muy consciente de que determinados fenómenos japoneses no son bien entendidos fuera. Eso sí, lo hizo por la vía difícil, sin anestesia. Para el debut internacional de unas Babymetal de las que nadie había oído hablar, eligió el escenario más delicado posible: el festival Sonisphere de 2014, a su paso por Inglaterra. Sobre el papel, aquello podía ser un suicidio artístico, y casi un suicidio literal. Quien esté familiarizado con el mundillo heavy sabe cómo puede reaccionar parte del público cuando algo no le gusta, y muy en especial si hablamos de público británico. Hemos visto muchas veces cómo algún grupo es sometido a humillaciones e insultos, y aún peor, a lluvias de objetos que incluyen vomitivos bombardeos con botellines o vasos llenos de orina.

Imaginen los nervios que debieron de sentir estas tres indefensas chiquillas japonesas ante la perspectiva de actuar por primera vez fuera de su país y, cosa aún más aterradora, ante el público más numeroso de sus vidas, que para colmo estaba repleto de sujetos que podrían tomarse su extraña propuesta como una ofensa al Verdadero Metal. Muy pocos de ustedes querrían pasar por ese trance; yo, desde luego, no me hubiese atrevido. Para colmo, en Japón ya eran famosas y llevaban sus propias luces, su propio escenario, sus efectos escénicos, pero en el Sonisphere tendrían que actuar de día, en un escenario secundario, y deberían valerse únicamente por sí mismas (y sus músicos) para que el espectáculo se ganase al respetable. Por descontado, la incontestable potencia de sus músicos, que comenzaron solos el concierto, sirvió para dejar claro que tenían detrás una verdadera banda de metal. Con todo, el que las tres chiquillas no se dejasen amilanar es algo que tiene que ser valorado. Vamos, que le pusieron ovarios al asunto. La cosa podía haber terminado en tragedia, pero ellas salieron, desplegaron todo su encanto cuqui y toda su energía y, tras media hora de actuación, vencieron y convencieron. El que tres mocosas japonesas, que apenas sabían pronunciar el inglés, hicieran cantar al público metalero del Sonisphere aquello de «Gimme Chocoreto cho-cho-cho» (2:45 de vídeo) es un fenómeno paranormal que yo nunca hubiese creído de no existir el registro documental de los teléfonos móviles de los asistentes al evento. Pero sucedió:

Si el cuquimetal de Babymetal había funcionado en el Sonisphere, podía funcionar en cualquier rincón del continente, al menos sobre el papel. Es más, parte de la prensa heavy europea (aunque no toda, cabe decir) empezó a tomárselas como algo legítimo. La revista Metal Hammer les dedicó una atención especial en su siguiente número, aunque otras revistas eran mucho más escépticas, cuando no directamente despectivas. Pero el boca a boca funcionó y la gente empezó a hacer cola para acudir a sus conciertos; era fácil reírse de ellas a primera vista, pero la gente que iba a verlas salía de los recintos hablando maravillas sobre su espectáculo. Babymetal llevaban ya algunos años aprendiendo en Japón cómo meterse al público en el bolsillo, así que en Europa se estaba viendo un producto muy pulido. La gente reconoció que había calidad musical por parte del grupo, calidad vocal por parte de Su-Metal, y un incontestable esfuerzo por parte de las tres chicas.

Quedaba, eso sí, el siempre difícil salto a los Estados Unidos. Babymetal debutaron en el Fonda Theatre de Los Ángeles, Como de costumbre, la banda de acompañamiento empezó el concierto con varias demostraciones de pericia instrumental (incluyendo algún guiño a Van Halen, algo que siempre agrada a los rockeros californianos), y después las tres chicas salieron a cantar y bailar su extraño híbrido. Volvieron a triunfar. En aquel primer concierto americano fueron recibidas con entusiasmo y la demanda por verlas en directo empezó a crecer también en aquellas tierras.

Faltaba comprobar, eso sí, cómo serían recibidas por la gente que formaba parte de la industria, y muy en especial por los grandes nombres del gremio del heavy. Es verdad que recibieron un enorme espaldarazo desde dentro de la industria musical cuando Lady Gaga se las llevó de teloneras en varios conciertos, pero claro, eso tampoco era una carta de presentación muy convincente a ojos de los puristas metaleros. Sin embargo, cuando las chicas empezaron a actuar en festivales estadounidenses y canadienses, los grupos que compartían cartel con ellas empezaron a respetar su entrega. Incluso empezaron a defenderlas, como cuando Andy Copping, promotor del Download Festival, aseguró que nunca las contrataría para su evento: «Hay un tiempo y un lugar para Babymetal. A cada uno lo suyo, pero ese lugar no es el Download Festival». Copping calificaba Babymetal como «otra moda de los japoneses».

La mejor y más hilarante respuesta a las críticas del promotor provino de las propias chicas. En junio de 2015, mientras se celebraba un Download en el que Babymetal habían sido vetadas, un confuso Copping publicaba un mensaje en su cuenta de Twitter: «Acabo de ver a las Babymetal entre bastidores, ¿qué está pasando?». Y lo que pasaba era que las chicas estaban en el festival como invitadas de uno de los grupos metálicos del cartel, Dragonforce, con quienes ya habían coincidido en otros escenarios. Molestos por el veto de Copping, Dragonforce sacaron a las tres chicas al escenario y tocaron el tema «Gimme Chocolate» para que ellas pudieran cantarlo en toda la jeta del promotor. Las chicas se tomaron una sarcástica foto haciendo cuernos ante el logo del festival. Hasta donde yo sé, ninguna banda heavy ha tenido los arrestos de aparecer en un festival donde se los hubiese vetado, y estas tres colegialas, con una despreocupación digna de los Sex Pistols, se presentaron en el escenario pese a los deseos del promotor. El micro de Su-Metal dio algunos problemas pero, aun así, la gente respondió bien y los propios Dragonforce se lo pasaron en grande (sobre todo el teclista). No sería la última vez en que actuarían junto a Dragonforce, con quienes entablaron amistad. Quienes se empeñaban en menospreciar a Babymetal, pues, podían encontrarse defensores en los rincones más insospechados. Rob Zombie llegó a pelear con sus propios fans en Facebook, afirmando que Babymetal le habían impresionado: «Estas tres chicas tienen más energía que el noventa por ciento de las bandas con las que solemos tocar».

El segundo disco del grupo, Metal Resistance, apareció en 2016. Llegó al puesto 15 de las listas británicas, lo más alto que cualquier artista nipón hubiese llegado nunca en aquel país. También fue el primer grupo japonés en ser cabeza de cartel en el estadio de Wembley. Poco después, como ya vimos, hicieron su debut en un programa puntero de la televisión estadounidense. Rob Halford apareció en uno de sus conciertos para cantar con Su-Metal un par de temas de Judas Priest. Los Red Hot Chili Peppers se las llevaron de teloneras en un par de giras, y sus miembros salieron varias veces a compartir escenario con ellas. Chad Smith, por ejemplo, tocó la batería en las dos versiones de Judas Priest que las chicas ya habían añadido a su repertorio habitual, y lo hizo vestido y maquillado como un miembro más de la Kami Band. Poco después, las chicas fueron teloneras de Metallica en Seúl y de Guns n’Roses en Tokio. En fin, vean a Chad Smith tocando «Painkiller» y «Breaking the Law» de Judas Priest para despedir la gira conjunta. Es evidente que no son canciones concebidas para una vocecilla melódica como la de Su-Metal y que están a años luz de su estilo. Pero aunque «Painkiller» es tan difícil de cantar que no le sale ni al propio Rob Halford, la chica las sacó adelante de manera sorprendentemente aceptable, teniendo en cuenta que dudo fuese capaz de gruñir ni a una mosca. También es evidente que ha desarrollado su carisma escénico y que se basta por sí misma para llenar las tablas aunque no esté arropada por las coreografías de sus dos compañeras.

Por si quieren más cuquismo en vena, vean como, al terminar la actuación, Chad Smith sacó una tarta —el cumpleaños de Suzuka era el día siguiente— e hizo que el público le cantase «Cumpleaños Feliz». Pero bueno, la actitud paternal de las bandas consagradas hacia Babymetal es comprensible; los músicos veteranos como los Peppers, Dragonforce o Metallica saben mejor que nadie lo que supone abrirse camino y enfrentarse a públicos que no siempre van a ser acogedores, sobre todo cuando se enfrentan a algo a lo que no están acostumbrados. También saben que Su-Metal es, aunque en su estilo, una gran cantante, y que tiene madera de estrella. Es lógico que quieran hacer bien visible su apoyo a las chicas, aunque para entender todo esto, quizá sea mejor escuchar las palabras de Corey Taylor, de Slipknot, que le explica a un locutor de radio por qué es fan de Babymetal. Su disección de lo que el grupo significa para el público infantil, comparándolas con Kiss, es bastante elocuente.

Yo nunca pondría un disco de Babymetal en casa (aunque sí me divierte escuchar «Gimme Chocolate» y algún otro tema suelto) pero lo cierto es que respeto lo que estas tres crías han conseguido, porque les ha costado esfuerzo y dedicación, y además ha requerido una excepcional valentía. Y qué demonios, son buenas en lo suyo, el cuquimetal. Preferiría mil veces ir a un concierto de Babymetal que a uno de Nightwish, ya se lo digo… puestos a ponernos moñas, ¡que por lo menos sea divertido de contemplar! Que haya bailecitos y cosas, que los otros parece que están siempre de entierro.


Jobriath, el mártir olvidado del glam rock

Escena del documental Jobriath A.D., 2012. Imagen: Eight Track Tape Productions.

«Preguntarme si soy homosexual es como preguntarle a James Brown si es negro».

El hotel Chelsea, al que alguien llamó la «catedral bohemia» de Nueva York, es un lugar con muchas historias que contar. La más conocida, quizá, data de 1978. Hablo del asesinato de Nancy Spungen. Ya saben, su cuerpo fue encontrado en la bañera con una puñalada en el abdomen. Tenía veinte años, y su novio, el inefable Sid Vicious, era el principal sospechoso del crimen. El mundo le conocía por haber sido bajista de los caóticos Sex Pistols, aunque se le daba mejor usar el bajo como hacha para golpear a un tipo del público que como instrumento musical. Vicious insistía en su inocencia; pocos le creían, aunque nunca se ha descartado la hipótesis de que el autor del crimen fuese una tercera persona, tal vez un traficante de drogas. Nunca llegó a celebrarse juicio, porque Vicious murió poco después a causa de una sobredosis de heroína, a los veintiún años de edad. Suicidio, según algunos. Incluso hubo quien fomentó el rumor de que su propia madre le habría proporcionado una papelina letal para librarle del encarcelamiento, porque ella —quien, por cierto, también terminaría muriendo por una sobredosis, que pareció un suicidio— era la que le había comprado la droga. En cualquier caso el punk ya tenía a sus Romeo y Julieta, con un final muy truculento.

En el Chelsea se alojaron personajes de lo más ilustre: Mark Twain, Stanley Kubrick, Dylan Thomas, Bob Dylan, Arthur Miller… la lista es demasiado larga como para citarla entera. Allí rodó Andy Warhol su película Chelsea Girls, y además el edificio es citado en decenas de canciones. Pues bien, en lo alto del hotel hay un apartamento coronado por una pirámide; poca gente recuerda que allí vivió Bruce Wayne Campbell. No era Batman: nuestro Bruce Wayne se había lanzado a la búsqueda del estrellato bajo el nombre artístico de Jobriath. No lo consiguió y su única recompensa consistió en que, aún hoy, haya quien se burle de su figura, considerándolo una especie de imitación «todo a cien» de David Bowie. Nunca tuvo suerte. También intentó ser actor y por ejemplo se presentó a las audiciones para los papeles secundarios de Tarde de perros, aquella inolvidable película en la que Al Pacino y John Cazale atracaban un banco y terminaban desencadenando una impresionante cascada de sucesos embarazosos. Jobriath no obtuvo el trabajo y sus últimos años fueron los de una vieja gloria que se desvanece en el olvido, solo que no era viejo: murió a la edad de treinta y seis años. El curriculum vitae de Jobriath es una descorazonadora sucesión de fracasos; tan es así que no es raro que se lo pinte como una anécdota esperpéntica dentro del glam rock, una especie de subproducto tragicómico de aquella década alocada en la que todo sucedía muy deprisa. El pobre Jobriath, que había estado a punto de tocar el cielo con las manos, terminó cantando en cabarets de mala muerte y, lo que es peor, prostituyéndose para seguir con su decadente tren de vida. Murió de sida, y pocos libros sobre historia musical le mencionan; lo habitual es mencionar a Freddie Mercury como víctima más notoria de esa plaga, dejando como nota a pie de página a Jobriath, aquel tipo sin talento del que nos reiríamos con ganas si su existencia no hubiese terminado siendo tan patética, en el sentido clásico de la palabra.

Jobriath no era un gran cantante, es verdad. Podría decirse más: como vocalista, dejaba que desear. Pero la idea de que carecía de talento musical, que durante años se convirtió en un lugar común al hablar sobre él, es falsa. Durante su infancia fue un niño prodigio, un prometedor aprendiz de piano clásico, elogiado por un famoso director de orquesta. Pero su lugar no estaba en la música clásica. Él se sentía más inclinado por el rock & roll y la música pop. ¿El problema? Era demasiado gay. Visto con la perspectiva de los años, eso parece el principal motivo por el que su figura nunca llegó a hacerse un hueco, ni siquiera en mitad de la fiebre de las lentejuelas y el rímel. Algo así parece paradójico: ¿era posible ser demasiado gay en plena era del glam? Suena raro, pero así fueron las cosas.

Siempre fue un individuo hipersensible e inadaptado. Su primera intención fue la de trabajar como pianista en musicales, pero eso lo llevó a descubrir su auténtica vocación, los escenarios, cuando obtuvo un papel en una obra teatral (una representación del musical Hair) y quedó seducido por el poder de las tablas. Cuando lo reclutaron para la instrucción militar —previa a un posible destino en Vietnam— no pudo soportar la vida en el cuartel. Cabe suponer lo que la rutina militar supuso para él, porque un joven tan afeminado difícilmente podía encajar en un cuartel. Escapó y trató de continuar con su carrera teatral, hasta que la policía militar lo encontró y lo metió entre rejas. Se vino abajo. Sufrió una crisis psicológica que lo terminó llevando a un hospital psiquiátrico. Durante el internamiento empezó a escribir canciones en las que describía, con aparente ligereza pero un tono descorazonador, lo que suponía ser homosexual y amanerado en la sociedad de su tiempo. Cuando en el ejército por fin se dieron cuenta de que no estaba hecho de la pasta de los Boinas Verdes, Bruce quedó en libertad para continuar con la música. Eso sí, el piano había quedado atrás. El ascenso del glam rock, de la estética de las plumas y lentejuelas, parecía ajustársele como un guante. Decidido a convertirse en una estrella, se mudó a California, pero no le fue demasiado bien, porque sus maquetas eran rechazadas por las discográficas. Bordeando la miseria, recurrió por primera vez a la prostitución para sobrevivir. El único que se interesó por sus grabaciones fue el mánager Jerry Brandt, que fue a buscarlo para ofrecerle hacerse cargo de su carrera y se lo encontró viviendo en condiciones lamentables, ocupando un pequeño apartamento donde ni siquiera había muebles.

Brandt era un tipo astuto y aprovechó la fiebre glam para vender a su nuevo protegido, que ya se hacía llamar Jobriath, presentándolo a las compañías como una gran estrella en ciernes. El mundo del rock siempre había tendido a la lentejuela, desde los mismos inicios, cuando Little Richard publicaba canciones que originalmente hablaban sobre homosexualidad (¿sobre qué creían que trata «Tutti Frutti?») y a duras penas lograba ocultar su amaneramiento. En general, el rock era más permisivo con la homosexualidad que el conjunto de la sociedad, por lo menos hasta cierto punto, y a principios de los setenta se convirtió en el primer estilo musical que, más allá del cabaret, convirtió la ambigüedad sexual y la estética afeminada en una moda. David Bowie o Marc Bolan jugaban a parecer homosexuales; Bowie prefería las mujeres y Bolan era bisexual, aunque también solía decantarse por el sexo opuesto. Había grupos musicales que intentaban parecer lo más homosexual que fuese posible sobre los escenarios, como The Sweet, aunque en realidad todos sus miembros fuesen heterosexuales. Tim Curry, el héroe de The Rocky Horror Picture Show y todo un icono gay de la época (¡o de todas las épocas!) también era heterosexual, pese a la naturalidad con la que llevaba el liguero en la película. Todo formaba parte del espectáculo. Aquella reivindicación de la libertad sexual era una consecuencia lógica de la era hippie, claro está, y también de la tradición de glamour estético iniciada en su día por Little Richard, una tradición continuada por discípulos como Jimi Hendrix, que ya en los sesenta vestía blusas con volantes de colores y vistosas boas de plumas. Al contrario que Richard, Hendrix nunca se acostaba con hombres, pero trabajando para él había aprendido que una estética llamativa tenía un enorme poder sobre el público. Cuando alguien expresa la idea, muy equivocada, de que la tradición del rock era homofóbica, siempre saco a relucir la verdad irrefutable de que uno de sus principales inventores y profetas no podía parecer más maricón.

Posado para el disco Jobriath. Fotografía: Elektra Records.

Jerry Brandt pensó que Jobriath podría encajar de maravilla en la escena glam, y no tardó en conseguirle un fabuloso contrato con Elektra Records. La compañía desembolsó casi medio millón de dólares, equivalentes a unos tres millones de euros actuales, para hacerse con sus servicios. Se le lanzó con una intensa campaña promocional y en 1973 publicó su primer álbum, Jobriath, una combinación entre rock y folk muy típica del momento. Pero Jobriath no encajó en la escena. Al revés, pronto empezaron las comparaciones —desfavorables— con Bowie, esas mismas comparaciones que lo persiguieron hasta más allá de la tumba. Hay que decir la verdad: el disco no estaba, ni mucho menos, al nivel de lo que podía producir Bowie, en especial durante su época más glammy con Mick Ronson al lado. Tampoco la voz de Jobriath, quizá el aspecto más flojo de su música, estaba a la altura. No voy a decir que el álbum estaba entre lo mejor de su tiempo, pero si se publicase hoy estaría mucho mejor considerado y la verdad es que no era peor que otros discos que sí tuvieron éxito. Las canciones eran agradables de escuchar; hablo de temas como la divertidísima «Rock of Ages», «Take Me I’m », «I’maman» o «Blow Away», en la que Jobriath hablaba sin tapujos de los sufrimientos asociados a su homosexualidad, con un atrevimiento insólito en aquellos tiempos y unos juegos de palabras que, más allá de su aparente ligereza, evidenciaban un trasfondo muy traumático. Como decía antes, puede sorprender que en plena fiebre glam hubiese un artista que pareciese demasiado gay, teniendo en cuenta que muchos músicos pretendían parecerlo aunque después, entre bastidores, se dedicasen a perseguir faldas como si les fuese la vida en ello. Pero la industria musical de entonces, y por supuesto el público en general, tenía ciertos límites en su permisividad. Las letras de las canciones no solían tratar la homosexualidad de manera abierta, y todo se movía a un nivel estético y de actitud que tenía mucho de farsa. Artistas como Bowie o The Sweet jugueteaban con la ambigüedad sexual, pero lo de Jobriath no tenía nada de ambiguo. Él era muy, muy afeminado, en todos los aspectos, no se molestaba en disimularlo. Su apoteósica aparición en la NBC, actuando embutido en un ajustado mono de color rosa y una escafandra que se convertía en collar, con una actitud que hacía que Little Richard pareciese Charles Bronson, era algo para lo que el público no estaba preparado. Hasta Bowie moderaba su estética cuando aparecía en televisión, dejando de lado el desenfreno de sus conciertos en vivo, pero Jobriath, más allá de estar actuando, dejaba entrever que aquella era su verdadera naturaleza. Y sobre todo, en sus canciones era mucho más explícito que cualquier otro artista glam. Él hablaba de su propia vida, enfrentando al oyente con una realidad que iba mucho más allá de las lentejuelas.

Pensemos en cuando, unos cinco años después, alguien tuvo la idea de «fabricar» a los Village People para captar a una audiencia homosexual. Los Village People terminaron captando a todo tipo de público, pero eran como una caricatura, una especie de guiño simpático y artificioso a los estereotipos del mundillo gay. Algunos de los miembros del grupo, como el cantante principal (¡sorpresa!) o el que siempre iba vestido de cuero, ¡ni siquiera eran homosexuales! Es verdad que en ocasiones se acercaban al límite de lo aceptable (lo del videoclip de «Macho Man» tiene tela, ¡en 1978!) pero rara vez resultaban «molestos». Sus letras, sí, hacían referencia a asociaciones juveniles o a la marina, pero enfocaban el asunto desde una perspectiva divertida, que podía disfrutar cualquiera que tuviese sentido del humor, incluso muchas personas de inclinación conservadora. Eran un grupo con fantásticas canciones, principal razón de su enorme éxito, pero también eran como una broma. Es decir: en aquella misma época, la actitud e indumentaria escénicas de Freddie Mercury eran tanto o más elocuentes. Además, los Village People surgieron en otro momento histórico, que desde la perspectiva actual parece casi el mismo, pero no lo era. Había diferencias de contexto muy importantes entre 1973 y 1978, como tampoco había sido lo mismo publicar un disco en 1962 que en 1967. Por entonces las cosas cambiaban muy deprisa en la sociedad y en el negocio musical; quizá no tan deprisa como hubiesen debido, pero desde luego aquella diferencia de cinco años puede percibirse con mucha claridad, tanto en la música como en el cine. En ese sentido, Jobriath llegó antes de tiempo. A él resultaba imposible verlo como una broma, como un homosexual que jugaba con los estereotipos pero ajustándose a lo que una audiencia amplia pudiese digerir. Jobriath era real, su actitud era real, sus letras eran reales, y eso sí era incómodo para mucha gente.

Hoy se le reivindica precisamente por eso: porque llegó demasiado pronto pero demostró una indudable valentía al ir más lejos de lo que hubiese osado cualquier otro músico homosexual de su tiempo. Recordemos que en los setenta Elton John o el propio Mercury se abstenían de reconocer su condición sexual. Incluso en 1998, cuando salió del armario Rob Halford, cantante de Judas Priest, reconoció que lo hacía con un enorme miedo a que su público mostrase rechazo. Al final no fue así. No pasó absolutamente nada y a los fans de Judas Priest no les importó lo más mínimo que Halford se acostase con hombres. Desde luego, el público heavy de finales de los noventa ya no era el de los ochenta, esto es verdad, pero la homosexualidad de Halford había sido objeto de rumores desde finales de los setenta, cuando empezó a vestir cuero en escena, y aun así el paso de declararlo en público le había aterrorizado. En 1998, casi en el cambio de siglo, habiendo sucedido el grunge (que no era muy gay, pero sí había contribuido a extender una mentalidad muy progresista entre la llamada Generación X) y habiéndose convertido el ya difunto Freddie Mercury en un icono universalmente venerado. Pues bien, aunque a los heterosexuales nos resulte difícil ponernos en su piel, en los setenta la vida no debió de ser nada fácil para Jobriath. El que él hubiese trascendido la ambigüedad y hubiese salido del armario públicamente, cuando ningún otro artista famoso lo hacía de manera explícita, suponía todo un acto revolucionario. Que, por desgracia, no obtuvo recompensa.

Su segundo álbum, Creatures of the Street, en el que también había canciones apreciables, como «Scumbag», «Heartbeat», «World Without End», tampoco llegó a ningún lado. La discográfica estaba decepcionada; habían invertido mucho dinero en él, pero su estrella no despegaba. Y aunque sus directos dejaban buen sabor de boca, sobre todo gracias a su indudable carisma escénico, la escasa atención que despertaron aquellos dos discos tuvo como consecuencia el desinterés de los promotores. Deprimido, Jobriath decidió rendirse. Bajo otro nombre, empezó a actuar en restaurantes y cabarets de mala muerte, interpretando canciones melódicas de Cole Porter y similares. También volvió a prostituirse. En 1981 empezó a mostrar extraños síntomas que al principio no supo cómo interpretar, porque había enfermado de un mal del que por entonces no se sabía mucho: el sida. A lo largo de los meses siguientes su estado fue de mal en peor. Murió a finales de verano de 1983. Hoy cabe recordarle por lo que fue, un pionero. Su música podrá gustar más o menos, pero desde luego demostró que, habiendo tenido una vida de mierda, aún le quedaba coraje para decirle al mundo quién era. Jobriath nunca se escondió, y eso es su principal legado, un legado extraordinariamente valioso. Y, qué demonios, ¡siempre ilumina el día verlo en acción con su maravillosa escafandra! Esto que van a contemplar, amigos, esto es carisma: