Rafael Martín Vázquez: «Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Para los entendidos era el jugador más completo de la Quinta del Buitre. Su último año en el Real Madrid de Toshack fue atómico, pero ocurrió lo nunca visto. Una estrella del Madrid, de la casa, de la cantera, se fue en su mejor momento a otro club; club que venía de segunda. El Real cayó en barrena al año siguiente y Rafael Martín Vázquez (Madrid, 1965) nunca recuperó el nivel exhibido en los ochenta en sus sucesivos clubes. La mala suerte hizo el resto. Pero, en la memoria del aficionado, si un papel tiene Martín Vázquez es el del what if ¿Qué hubiera pasado en los noventa si no se hubiese marchado? ¿Hasta dónde habría llegado España en Italia 90 si el jugadón que le hizo a Yugoslavia no se hubiese ido lamiendo el palo? Las certezas que dejó convirtiéndose en uno de los cinco mejores jugadores de Europa solo arrojaron preguntas. Nos vemos en una cafetería de su barrio antes de que se vaya a una reunión de veteranos a Valdebebas.

¿Cómo fue tu infancia en Pozuelo?

Nací en Carabanchel y al poco tiempo nos mudamos a Pozuelo, estábamos entre la estación y Aravaca. Había una fábrica de ladrillos y lo demás era todo campo. Y también había un campo de fútbol con unos postes de madera oscura como los de las vías del tren. Eran tan grandes que era difícil no darles. Éramos una pandilla enorme, no sabes cuánto aprendí de los mayores. Y al lado de la fábrica había una montaña enorme de arcilla, que se iba consumiendo, y nosotros nos colábamos para subirnos y jugar. Era increíble. También jugábamos en la vía del tren, con su peligrosidad, poniendo monedas, esas cosas. Estábamos todo el día en la calle. También teníamos escopetas de perdigones y nos íbamos a matar pajarillos. Lo recuerdo todo como algo maravilloso.

Decía Clemente algo así como que en las escuelas de fútbol se enseña a jugar a la pelota, que a jugar al fútbol se aprende en la calle.

Yo jugaba en el patio del colegio, de tierra, por supuesto, donde había montones de gente. Estaba todo el mundo en medio jugando a otras cosas, todo el colegio. Tenías que jugar distinguiendo quién estaba jugando y quién no, corriendo con ojo para no chocarte. No había ni petos ni nada. Eso creo que a mí me dio una visión del espacio muy útil. Ahora, en las escuelas actuales, los chicos se encuentran con entrenadores más que con educadores. Los jugadores que vienen de países pobres o zonas marginales tienen recursos que, en la actualidad, a los chavales se los quitan en las escuelas. Les cohíben, les dicen que no hagan esto, no hagan lo otro, y les coartan su libertad, les quitan el juego innato, el instinto. Siempre digo que un futbolista tiene que aprender a equivocarse.

Empezaste en los Escolapios.

Empecé en la calle. Tengo recuerdos ya de jugar en Aluche, en una explanada que había al lado de los pisos donde vivíamos. En los Escolapios empecé con diez años en equipos federados. Recuerdo cómo me cogieron. Un día estaba viendo un partido en el patio, y el cura, el hermano Irineo, se me acercó y me preguntó si sabía jugar. Dije: «Un poco». Entré, me vio y años después me confesó que se quedó alucinado, que se fue al comedor y les dijo a los demás curas: «¡Tenéis que ver a este chaval, cómo juega con las dos piernas!».

Me metieron en futbito. Nos llevaban a jugar los partidos por Madrid en una furgoneta, nos lo pasábamos de cine. Y por la tarde nos íbamos a Vallehermoso a hacer atletismo, saltar vallas. Hacía muchísimo deporte.

Durante toda esa época, fui un quebradero de cabeza para mi padre. Solo le veía por las noches, cuando venía de trabajar, y le pedía que me llevase a hacer la prueba en el Real Madrid. Le traía loco con el tema. Un amigo de clase nos había vendido la moto de que pasó por las categorías inferiores del Madrid y para mí se convirtió en una obsesión. Al final, me tuvo que llevar. Detrás de un mostrador estaba Miguel Malvo, responsable de la cantera, y me dijeron que era muy joven todavía. Entré años después y tuve mucha suerte, porque me tocó con Laborda, un entrenador con mucha paciencia que me enseñó mucho.

Jugaste un Mundialito con quince años en Buenos Aires.

En la 80-81, mi primer año en el Madrid. Gracias a ese viaje salí por primera vez de debajo de las faldas de mi madre. Estuve un mes en Argentina, mucho tiempo. Quedamos terceros y a mí se me dio muy bien. Me marcó. Piensa lo que era para un chaval de esa edad jugar en el Monumental de River…

Tuviste un ascenso meteórico.

Subí directamente al juvenil con dieciséis años, un cambio bastante brusco. Me encontré ahí con Sanchís. El entrenador se llamaba Alonso y tenía un carácter muy fuerte, se excitaba mucho en el banquillo. Yo venía, con Laborda, de todo lo contrario. Y eso me hizo espabilar. Luego estuve con Toni Grande, que durante muchos años ha sido el segundo de Del Bosque, y que también tenía un carácter más pausado. Al cabo de un año hice la pretemporada con el Castilla de Amancio. Fue muy dura, recuerdo. En Cabeza de Manzaneda teníamos un preparador físico yugoslavo, Miroslav Vorgic, que venía del voleibol y era durísimo. No te lo puedes ni imaginar. Tres entrenamientos al día…

En esa época, con el Castilla, eliminamos al Valencia y al Betis en Copa del Rey. Un hito. De ese equipo subieron a Pardeza y Butragueño y, aun así, fuimos campeones de liga en segunda división, algo que no ha vuelto a pasar.

Se decía que iba más gente a ver al Castilla que al Real Madrid al Bernabéu.

Efectivamente. Fíjate hasta qué grado sentía complicidad con ese equipo que, cuando me llamaron para entrenar con el primer equipo, que llegué a debutar en primera, en Murcia, me dio pena no jugar contra el Bilbao Athletic en segunda el partido que teníamos pendiente.

¿Cómo fue incorporarse al vestuario del primer equipo?

Estaban Juanito, Santillana, Stielike, Gallego… Te sentías como el hijo que llega, les mirabas con respeto, sin abrir la boca. Escuchando. Ellos nos ayudaron a sentirnos a gusto, pero en esa época había que guardar las distancias. Casi les tratábamos de usted. Recuerdo que Juanito era una persona que te lo daba todo, te daba la vida. Aunque tuviese ese pronto en los partidos, por lo que lo podía echar todo a perder. Sobre todo con los jóvenes era muy cercano. Fue una pena su pérdida.

Se mató volviendo del partido que jugué yo contra el Madrid en el Torino. De hecho, ese día, nada más acabar el partido, bajó al vestuario y pasó a verme, estuvimos hablando. Fue muy cariñoso. Yo regresé en un chárter con mi equipo a Italia y cuando escuché en la radio al día siguiente que se había matado en un accidente esa noche no me lo podía creer.

Luego, cuando hice el curso de entrenador, conocí a una persona que iba en el coche con él. Me dijo que Juanito había ido ese día a Madrid a entrevistarse con alguien que le ofrecía una oportunidad profesional, estaba entrenando al Mérida por aquel entonces, y le estaban saliendo cosas. Como entrenador, estoy seguro de que hubiese dado mucho de sí y habría llegado al Real Madrid seguro.

Di Stefano apostó por ti.

En mi vida resultó ser alguien fundamental. Era también un hombre cercano a los jugadores jóvenes, nos dio muy buenos consejos. Si no hubiera estado Alfredo, quizá la Quinta del Buitre no hubiera jugado en el Real Madrid. Su apuesta no era fácil en un club como este.

Tardaste en consolidarte.

Tuve que irme a la mili. También me perdí el Mundial juvenil que se jugó en la URSS, con Rafa Paz, Marcelino, Losada y Fernando, el del Valencia… una generación muy buena, fueron subcampeones. Pero a mí el Madrid no quiso dejarme ir. Ese año fue muy complicado, porque debuté con el Madrid, jugué con la sub-18 y la sub-21, y me bajaron a jugar la Copa del Rey con el Juvenil A. Llegó un momento en el que estuve un poco desorientado y encima me fui a la mili voluntario.

El Madrid tenía sus contactos para facilitarnos ir a entrenar durante el servicio militar. Me fui a hacer el campamento a Móstoles y me asignaron en el Cuartel General, en Cibeles, pero cambiaron al coronel. Cortó por lo sano y perdimos los pequeños privilegios que teníamos para entrenar. No sé si estuve un mes o dos meses sin ir hasta que todo se fue arreglando y pude compaginar la mili con el Madrid. Pero cuando hice las maniobras en Tarancón, el equipo estaba jugando la UEFA y yo estaba haciendo una guardia en una tienda de campaña, escuchando el partido por la radio, mientras me caía una chupa de agua encima que alucinas.

Además, tampoco me llevaron al Mundial de México. Sanchís pudo ir porque pidió prórrogas por los estudios y Butragueño ya había hecho la mili porque era mayor. Me dio mucha rabia, porque en el Mundial del 82 el club nos puso a trabajar a los niños, o a colaborar, y nos ocupábamos de darles las alineaciones a los periodistas en el Bernabéu. Siendo niño, al vivir un Mundial desde dentro, sueñas con jugarlo. Fue una pena perdérmelo.

Mi primera experiencia fue la Eurocopa del 88; nos echaron de primeras, nos había tocado con Italia y Alemania. Contra Alemania, con Matthäus, recuerdo que nos pasaban como aviones. Se me quedó grabado.

Con Luis Suárez se decía que había que «dejar atrás la furia», y Míchel elogiaba al seleccionador porque decía que por fin se jugaba con el balón por el césped.

Creo que en el fútbol todo es necesario. No vale solo toque, o tiquitaca como está ahora en boca de todo el mundo. Hace falta también mordiente, corazón.

¿Qué recuerdas del par de Copas de la UEFA que ganó la Quinta?

El Videoton húngaro, al que le ganamos la primera, era muy bueno, había eliminado al Manchester United. Pero lo mejor de esos torneos fueron nuestras remontadas en el Bernabéu, como la del Borussia Mönchengladbach. Si ves una imagen que sacan mucho de Juanito, que le cambian y sale del campo dando saltos de alegría, yo soy el que entra en el cambio por él. Faltaban diez minutos, íbamos 4-0 y habíamos remontado el 5-1 de la ida, y él ya lo estaba celebrando dando brincos mientras se retiraba.

Esos partidos eran maravillosos. La final contra el Colonia la jugué de titular en la ida, que quedamos 5-1, con Schumacher de portero y Klaus Allofs, que era espectacular; un zurdito con una clase… Luego en Berlín, que se jugó allí en lugar de en Colonia, casi nos remontan ellos; perdimos 2-0. Estas cosas pasaban con Luis Molowny, que era de la casa y tenía ángel. Se proponía esas hazañas y las conseguíamos. Nos sacaba la bestia de competir, y eso que no era un hombre de muchas palabras.

De ahí en adelante, se ganaron cinco ligas consecutivas.

El equipo de la Quinta conectó mucho con el público. Hubo una conjunción de veteranos con jóvenes que llegábamos con mentalidad de comernos el mundo. Me acuerdo de que me decía la gente: «Joder, como llegue al estadio diez minutos tarde ya vais 2-0». Y era verdad. Teníamos una forma de jugar que se ha perdido, eso ha cambiado en el fútbol. Nosotros íbamos con la mentalidad de hacerle ver al rival desde el primer minuto que se le iba a hacer muy largo el partido. Eso ahora, salvo momentos puntuales en alguna eliminatoria, ya no pasa.

No creo que ahora el fútbol sea más previsible, pero se parece más al ajedrez. Está todo muy estudiado. Entonces no es que no hubiera un plan, pero si querías ganar el partido ibas a por él desde el primer minuto. Un poco como la selección de Luis Enrique contra Croacia. Habría que mirar muchos partidos actuales para encontrar uno de ida y vuelta como ese. En los ochenta el fútbol era así, como más alocado. En ese sentido ha cambiado bastante.

Tampoco se ve ya el juego por bandas que hacíamos, siempre buscando el centro y el remate en el área. No se ha perdido, obviamente, pero no se ve tanto. El fútbol inglés, con centros al área y que se lanzasen ahí los delanteros con todo, ya ha pasado; ha evolucionado. Fíjate la noticia que salió el otro día, que el Liverpool ha fichado a un especialista en saque de banda…

Sin embargo, el público no os aplaudía todo. Había críticas, muchas veces os quejabais de que no os sentíais queridos.

Es que el público del Bernabéu era muy exigente. Eso también ha cambiado. Había partidos que íbamos ganando 4-0, faltaban diez minutos, y nos pitaban por no ir a por el quinto. Querían el quinto y después el sexto. Solo con que dieras un pase para atrás la gente se ponía a murmurar.

¿Cómo era jugar con las plantillas de aquel Real Madrid?

Tuvimos suerte de ser buenos compañeros unos de otros en lo personal y en lo deportivo. Manolo Sanchís era un jugador con el que estuve desde los catorce años. Tenía unas condiciones… Empezó como delantero porque le gustaba mucho chupar. Le llamábamos «Chupetín». Luego pasó al medio campo, en el Castilla jugó de medio centro defensivo hasta que le pusieron de central y ahí se quedó. Sacaba bien el balón, era muy fuerte, gran marcador, se anticipaba bien, buen remate de cabeza. Era muy completo. Pero, además, para mantenerte en la élite tantos años como hizo él, solo puedes lograrlo con la cabeza muy bien amueblada, y él la tenía.

Decía Quique Sánchez Flores, que era su compañero de habitación en la selección, que mientras todos los futbolistas estaban con el Marca o con la radio deportiva, a Sanchís le daba igual todo eso: él se leía el ABC entero todas las mañanas.

Sí, estaban siempre juntos en la selección. Menuda parejita eran, llegaban siempre tarde a todo. Se quedaban dormidos… Sanchís ha sido siempre muy dado a tener otras inquietudes. No obstante, cuando pasan los años, te das cuenta de que has tenido muchas horas muertas como futbolista y no las has aprovechado bien. A algunos les da por la lectura, pero a la mayoría, con veinte años, se nos escapa la posibilidad de aprovechar el tiempo.

Míchel.

De los mejores centrocampistas que ha dado este país, no solo por su calidad, también por cómo manejaba el balón con las dos piernas. Además, tenía un desplazamiento de balón extraordinario, un centro con rosca del que se beneficiaron mucho Butragueño, Hugo Sánchez y Santillana. Tenía gran visión de juego. Mucha personalidad, liderazgo.

Pero estuvo cuestionado, recuerde lo que pasó en el Mundial con el «Me lo merezco».

Sí, es verdad, aunque lo del Mundial tenía más que ver con los periodistas. La época que viví en la selección era… Se nos criticaba mucho y nos afectó. Parece una tontería, pero si no hay una conjunción buena entre periodismo y un grupo crea malestar. Quieras o no, eso se refleja en el campo. En la selección viví momentos de enfrentamientos de jugadores con periodistas que fueron muy perjudiciales.

Butragueño.

Es el jugador más diferente que había, por eso tuvo tanto éxito. Por su juego y por su imagen, con esa cara de niño. Nadie hacía lo que hacía él. Cuando se paraba dentro del área, desequilibraba al portero o al defensa y definía al hueco sin chutar fuerte, lo hacía como si estuviera jugando al golf, o le metía un pase a un compañero que nadie esperaba. Las paredes que te devolvía eran extraordinarias. Con Hugo Sánchez se complementó muy bien, siendo los dos muy diferentes.

Era la época de la beautiful people y fuisteis celebrities.

Pero no había tanta conexión como hay ahora. Nuestras parejas no eran artistas o iconos del mundo de la moda.

Salían los juegos de ordenador: el Butragueño, el Míchel

En eso sí que fueron los primeros. Emilio también sacó un futbolín. Pero me acuerdo de que le regalaron un Fiat y se quedó con él, en una época en la que estábamos la mayoría deseando comprarnos un coche bueno. Nos reíamos de él y todo, le decíamos: «Nene, que no te gastas el dinero». Pero cada uno se lo gasta en lo que le gusta.

¿Y Hugo?

Vino después de Santillana y Valdano. Como rematador, creo que Hugo habrá sido de los mejores del mundo, si no el mejor. Treinta y ocho goles de primer golpeo no lo ha hecho nadie. Además, era muy listo, conocía sus virtudes y sus limitaciones. Sacaba provecho de todo, minimizaba a sus marcadores. Pero, fundamentalmente, lo que tenía era algo solo al alcance de los números uno, que era capacidad de abstracción. Cuando llegaba el momento clave, se concentraba y solo estaba a muerte en lo que tenía que estar, no le afectaba nada. A mí eso me cuesta, me afectan los sentimientos.

Compartí con él habitación muchos años. Él era su mejor representante. Llevaba siempre una carterita con fotografías suyas, en las que por detrás ponía sus logros, «máximo goleador», tal… Cuando le pedían un autógrafo, no firmaba un papel, sacaba su foto del taco que llevaba encima. En aquella época los jugadores no teníamos ni fotos oficiales, los retratos individuales de cada jugador llegaron bastante después.

También recuerdo que tenía dos secretarios jovencitos. Eran detalles a los que no estábamos acostumbrados. Me acuerdo de que en cada entrevista que daba él ponía su propia grabadora para que no tergiversaran lo que había dicho. Además, en la habitación recuerdo que llevaba un diario. Cada día registraba en cintas con una grabadora lo que había hecho, lo que le había pasado. Creo que hubiera sido muy interesante para mí haber hecho lo mismo, porque no me acuerdo de nada. Sobre todo, de los detalles.

Cuando nos juntamos antiguos compañeros, Sanchís tampoco se acuerda, pero Butragueño y Míchel es de locos todo lo que recuerdan. Yo no me acuerdo ni de mis goles. El otro día zapeando caí en Real Madrid TV y estaban echando un partido contra el Atlético en el que metí dos goles. Al verlos, me acordé de que los había metido, pero ya los tenía completamente olvidados. Y eso que uno era de cabeza, que yo de cabeza iba… [risas] he metido pocos.

Beenhakker y Toshack fueron los entrenadores de ese equipo. Tú brillaste más con el galés.

La diferencia de mi rendimiento con ambos está solo en un aspecto: el gol. Con Toshack metí catorce goles, y en las anteriores igual hacía cinco o media docena. Toshack me pidió que, si veía oportunidad, me fuera más directo a puerta. Yo tenía un gran sentido de equipo, no fui un jugador egoísta dentro del campo. Hay jugadores que meten dos goles, su equipo pierde, pero se van muy contentos porque han sido protagonistas. Yo nunca he pensado así.

Te pidió ambición.

Sí, más presencia en los metros finales. Esa fue la única diferencia. También me afectó que tenía más confianza en esa época, mi estado anímico era mejor. Soy una persona que necesita estar bien anímicamente. En mi relación con las personas es muy importante estar bien. Si me iba al colegio y había discutido con mi madre, me pasaba todo el día jodido. Necesitaba la liberación de no tener ninguna cuenta pendiente con nadie y la tuve ese año.

Pero cuanta más polémica hubo ese año con tu renovación, mejor jugaste. No sé si hasta se llegó a decir que estabas provocando con esos golazos.

Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento. Tomé mi decisión con todas las consecuencias, pero en condiciones normales, siendo un jugador de la casa, en el momento de juego en el que me encontraba, no tenía que haber salido.

¿Qué tuvo Toshack para batir el récord de goles?

Tenía otra mentalidad. Con él, si todo iba bien, vivíamos muy bien. Daba mucha libertad. Ganabas y te daba tres días de descanso. Eso sí, si las cosas no iban bien, cambiaba: te ponía a entrenar según aterrizase el avión en Madrid.

Toshack experimentó también, hizo sus pruebas con el equipo. Por ejemplo, puso a Chendo de medio centro, por delante de la defensa, y a Schuster lo metió de líbero atrás. Yo, cuando tenía a Schuster por detrás, sabía que iba a recibir un pase preciso a cualquier desmarque que hiciera. Me compenetraba muy bien con él. Y tenía un sentido del humor… no parece alemán, tiene ese punto de retranca…

Las Copas de Europa fueron la asignatura pendiente de ese equipo. La eliminación con el Bayern fue inmisericorde, la del PSV fue muy igualada aunque se perdiera, pero luego lo del Milan…

El año que más la merecimos y que estuvimos a un paso fue el del PSV Eindhoven. Pero hay que ver qué equipo era; estaba Koeman, Van Breukelen, Soren Lerby, Gerald Vanenburg… Encima, ficharon a Romario. El problema, lo doloroso, es que, si tú juegas contra un equipo que te pasa por encima, como el 5-0 del Milan, te quitas el sombrero. Pero con el PSV fue amargo, porque en la ida quedamos 1-1 metiéndonos el gol que nos metieron, y en Holanda, jugándonoslo todo, hicimos un partidazo, que el mejor de ellos fue el portero y… nada. Hablo por mí, pero para mí fue la derrota más dura. Estuve deprimido una semana entera o más. Nos dejó muy tocados.

En la actualidad, con los cambios que se hicieron en la Champions, creo que se favorece a los grandes, pueden tener algún fallito. En nuestra época era sorteo libre, te podía tocar cualquiera en cualquier ronda. Así nos pasó, que después del 5-0 del Milan, al año siguiente nos volvieron a tocar en segunda ronda. Y fue una pena, porque Toshack estaba probando cosas con el equipo que le dieron resultado en primavera, cuando mejor jugamos. En noviembre, cuando nos cruzamos con el Milan, todavía estábamos un poco verdes y probando. Aun así, perdimos 2-0 en Milan y ganamos 1-0 en Madrid. Sin embargo, luego jugamos un amistoso, el homenaje a Camacho, y les ganamos 2-1 haciendo un partidazo. Nos quedamos con la duda de que, si ese Milan nos hubiese tocado en marzo, otro gallo habría cantado.

¿Cómo fue lo del 5-0? Os habíais cargado al PSV en el segundo año, con gol tuyo, llegó el Milan, empate 1-1 en Madrid y, en la vuelta, el desastre bíblico.

Fue un accidente, no había tanta diferencia entre los dos equipos, no era normal ese resultado. Igual que en el España-Croacia tampoco ha habido diferencia como para un 6-0. Lo que sí es cierto es que Rijkaard, Gullit y Van Basten tenían un poderío físico impresionante, eran muy fuertes… Y ahora todo el mundo habla de los holandeses, pero ¿y los italianos? Los que estaban alrededor de los extranjeros eran espectaculares. Donadoni, Baresi, Maldini, Costacurta, Tassotti, Ancelotti… La forma de jugar como bloque también era increíble, cómo presionaban, cómo robaban…

El año siguiente fue el de la polémica de la renovación y tu última temporada en tu primera etapa en el Madrid. ¿Por qué renovabas por periodos tan cortos?

Contaba con superarme a mí mismo y ganar más dinero. Lo hice durante toda mi carrera, no solo con el Madrid. En el 87 tuve que renovar y coincidió que no era titular en el equipo. Me querían el FC Barcelona y el Atlético, yo no me quería ir, pero quería jugar, porque tenía veintidós años. Y mira lo que es el fútbol. Jorge Valdano, después del Mundial 86 era el titular, pero le detectaron una hepatitis y de la noche a la mañana dejó de jugar al fútbol. El entrenador optó por meter a Juanito. Pero coincidió que jugamos en Alemania y, en una acción en la que Matthäus pisó a Chendo, Juanito, con ese pronto que tenía, le pisó la cabeza. Le expulsaron y le metieron una sanción de un año. A raíz de esas dos coincidencias, pasé yo a jugar. Eso fue clave para que me renovasen, me asenté como titular y llegaron mis mejores años.

En el 90, las circunstancias hicieron que no pudiera quedarme, porque el club no valoró el jugador que yo era en un aspecto afectivo, algo más allá de lo económico. Esa decisión para mí fue dura, pero me fui al fútbol italiano, que en aquel momento era el fútbol por excelencia.

¿Qué fue ese aspecto afectivo?

Fue una cosa muy rara que a día de hoy todavía no me la explico. Estábamos mi padre y yo reunidos con Mendoza, mes de octubre o noviembre, lo teníamos todo acordado; duración del contrato de tres años y unas cantidades económicas. De repente, le llamaron para que saliese de la reunión.

A los cinco minutos volvió, entró en el despacho y era como si le hubieran cambiado el chip. Cambió de opinión completamente. Dijo que de lo que habíamos hablado, nada, y puso otras condiciones.

Mi padre no se lo podía creer, intenté apaciguar un poco, le dije que hacía un momento estábamos de acuerdo y ahora estaba diciendo todo lo contrario, pero no atendía a razones y me contestó con unas palabras que se me quedaron grabadas: «Esto es lo que hay; si lo quieres, bien, si no, ahí tienes la puerta y ya te puedes ir».

No tenía sentido ninguno, no me lo creía, cinco minutos antes lo teníamos y de repente no. Dejé de contestar preguntas de los periodistas sobre la renovación y, en todo ese tiempo, no hubo ni un acercamiento del club para cambiar la situación. Tomé la decisión de que no iba a jugar en el Real Madrid bastante antes del final de temporada. Fue una decisión complicada, porque dejar el Madrid es muy difícil por todo lo que te da, pero al final tomé esa decisión y, como te decía, no me arrepiento. En Italia fueron dos años muy buenos, en un fútbol más duro y defensivo, pero muy competitivo.

Maurizio Casasco dijo que tenían un infiltrado en el Madrid y que por eso pudieron ficharte. «Nos informaba a diario por teléfono, por eso estaba todo controlado». Lo dijo él y lo publicaron los medios en 1991.

Este era el director deportivo, la mano derecha del presidente, Gian Mauro Borsano. No tenía ni idea de esto, pero podría ser.

En el Mundial del 90 eras la estrella de la selección y, cuando nos echó Yugoslavia, tuviste una ocasión que se fue por poco.

Hice una jugada muy buena, me metí hacia dentro, chuté y se fue por nada. Ese partido fue una decepción enorme, porque íbamos de menos a más. El primer gol de Stojkovic, el del amago, me lo hizo a mí. Soy yo el que se va al suelo. Nos quedamos fuera del Mundial cuando mejor estábamos. Hizo además un calor esa tarde en Verona… Nos pesábamos siempre antes del partido y yo ese día perdí cuatro kilos. Es una pena cuando te eliminan y ves que no son mejores que tú, que se lo han llevado por pequeños detalles. Se te queda una cara. Como en el último Mundial ante Rusia.

¿Por qué fuiste al Torino, un equipo que venía de segunda?

A lo largo de mi vida, para bien o para mal, me he guiado por la afinidad con las personas. El Madrid jamás pensó que me iba a marchar, creyeron que iba a dar mi brazo a torcer y pasar por el aro. Por este motivo, determinados equipos no se plantearon ficharme. Mendoza era muy amigo de Berlusconi y Agnelli, hablarían, y él tendría claro que no me iba a ir porque estos no me iban a fichar. Pero el Torino mostró verdadero interés, era un equipo histórico y tomé la decisión con todas las consecuencias.

Tenía más socios que la Juventus.

Es un club muy querido en Italia por la tragedia de Superga, cuando en 1949 se estrelló contra una colina el avión que llevaba al equipo y murieron dieciocho jugadores. En Torino hay más aficionados del Toro que de la Juve, que es el equipo más apoyado en toda Italia. Todo esto lo viví en los derbis, que fueron como pocos habrá.

¿Se hizo un buen proyecto?

Sí, estaban Lentini, Cravero, Marchegiani… sigo teniendo contacto con todos ellos. El año pasado, en abril, fui al 25 aniversario de la final de la Copa de la UEFA que perdimos con el Ajax. Estuvimos en una velada en un auditorio con muchos aficionados. El campeonato italiano de entonces era la élite, estaba el Milan de los holandeses, el Inter de los alemanes, la Sampdoria, el Parma tenía a Brolin y a Asprilla, el Nápoles a Careca, Maradona y Alemão. Era el campeonato por excelencia. Y en mi primera temporada en el Torino quedamos cuartos. Éramos un gran equipo. Cuando llegué yo estaba Skoro, un delantero bosnio, y Müller, el brasileño. Al segundo año, vinieron Scifo y Casagrande, quedamos terceros y jugamos la final de la UEFA.

UEFA en la que os cargáis al Madrid.

Sí, cuando vine a jugar al Bernabéu casi me confundo de vestuario.

Te cantaron de todo.

Fue impresionante. Me acuerdo de que nos quedamos en el Ritz, la llegada con el autobús al estadio fue… nos rompieron varias lunas. Y al salir al campo, Pasquale Bruno, que venía de la Juventus y era un tipo muy particular y con mucho carácter, le hizo un gesto al público y provocó a los aficionados. El partido para mí fue duro por estar enfrente de mis excompañeros y por la tensión.

Vi hace poco la vuelta y la verdad es que al menos ahí se te ve con ganas de ganar.

Sí, sí. Yo nunca he visto esos partidos, ni la ida ni la vuelta, pero tenía ganas de ganar como profesional, aunque el Madrid para mí fuese lo más grande y lo siga siendo, porque es un club que te marca en todos los aspectos. Pero en ese partido de vuelta tenía cierta rabia, aunque yo no soy rencoroso. También quería llegar a la final, cosa que conseguimos y que desgraciadamente perdimos contra un Ajax que era un equipazo.

Con Bergkamp y Van Gaal de entrenador.

Sí, pero si ves los dos partidos… en la ida empatamos 2-2, pero el primer gol nos lo metió Wim Jonk desde el medio campo por un extraño que hizo el balón, porque Luca Marchegiani es de los mejores porteros que he tenido de compañero. Luego en Ámsterdam hicimos un partido increíble, quedamos 0-0, con dos tiros al palo y un penalti que pudo ser. Fue una pena. Esa fue otra de las amarguras de mi carrera.

Y, al finalizar este año, el club fichó a Aguilera del Génova, otro extranjero, éramos cuatro y sobraba uno. Yo había tenido problemas con el entrenador, en un partido en Cagliari me dejó en el banquillo. Había salido en prensa la posibilidad de que el Torino fichase a Aldair y yo irme a la Roma, pero apareció el Olympique de Marsella y fiché.

En la prensa italiana se dijo que estabas acostumbrado al fútbol español y que en Italia había que defender más.

Yo me adapté, éramos un equipo con un perfil defensivo, pero como todos los equipos italianos.

Tenías de compañero a un Vieri de diecinueve años.

Estaba él y Dino Baggio. Entrenaban de vez en cuando con nosotros. Veías que Vieri era un chico joven, con poderío físico, pero no te imaginabas que iba a llegar a ser lo que fue. Por cierto, he leído hace poco que se ha arruinado.

Te ibas a cazar con Roberto Baggio.

Coincidí una vez. Le gustaba mucho la caza y por medio de amigos comunes, no sé si fue Cravero, fuimos un día juntos. Comprobé que era un tipo muy particular, era muy reservado.

La del Olympique es de las mejores plantillas en las que has estado. Con Alen Boksic, Rudi Völler, Deschamps, Desailly…

También estaban Barthez, Angloma, Abédi Pelé… tan buena plantilla era que fuimos campeones de Europa, aunque yo solo jugué la primera eliminatoria, y marqué, al Glentoran norirlandés.

Estuviste solo unos pocos meses, ¿qué pasó?

El Olympique ya me quiso fichar tras mi primer año en Turín. Tuve una reunión en el aeropuerto de Pisa, en la propia pista, con la mano derecha de Tapie, que vino en un avión privado a ficharme, y les dije que no. Al año siguiente lo lograron y firmé por tres temporadas. Pero, inexplicablemente —me llevaré la duda a la tumba—, prescindieron de mí y me vendieron rápidamente.

Tuve un debut extraordinario, el mejor posible, toda la prensa hablaba de mí y empecé como titular. Era una gozada, ganábamos fácil, el equipo iba sobrado. Con el entrenador tenía trato, hablaba conmigo cada día. Pero al mes y algo me dejó de hablar y me llamó un directivo para decirme que existía la posibilidad de irme al Madrid y que el club quería que me fuera.

Había estado un mes en un hotel viviendo, ya había cogido una casa con mi mujer, estaba en el periodo de instalación y me dijeron eso. Contesté que no, que además había dicho que nunca volvería al Real Madrid.

Empezaron a empeorar las cosas, me dijo otro directivo que se habían dado cuenta de que no era el jugador que pensaban. Era una excusa, milongas, para pedirme que aceptara la oferta y me marchara.

Me dejaron en el banquillo y me acuerdo de que un día íbamos al hotel en el autocar, se subió Tapie y se sentó a mi lado. Medio en italiano, me dijo que le habían contado que no me quería ir. Le expliqué que yo quería seguir, que estaba aprendiendo francés, que me quería quedar muchos años en Marsella y me soltó: «Mira, piénsatelo bien, te tienes que marchar porque, si no te marchas, te puedo hundir la carrera». Mafia total.

Benito Floro había pedido mi fichaje a toda costa y coincidió que una persona muy cercana a mi mujer y a mí tenía una enfermedad terminal. Estaba claro que la solución entonces solo era volver al Madrid, que era mi casa, y poder estar cerca de esa persona en sus últimos momentos. Eso me llevó a tomar la decisión de regresar, pero fue difícil para mí, mucho, porque un sector del público radical no vio con buenos ojos mi vuelta.

Marca tituló: «Vuelve el salvador».

El reencuentro con mis compañeros fue extraordinario. Además, el Madrid llevaba meses sin ganar fuera de casa, algo muy extraño. Fuimos a jugar a Logroño, marqué el primer gol. El segundo partido fue en casa, ganamos y me acuerdo de un pase que le di a Zamorano con el exterior, que se la puse en la cabeza y fue gol. Deportivamente fue muy bueno mi inicio, pero con la afición tuve problemas.

Había gente que no me quería y tuve algún encontronazo con aficionados a la salida de algún entrenamiento. Después de los partidos, con Floro, entrenábamos en el campo. El entrenador pensaba que así recuperaríamos mejor. Cuando el estadio se había vaciado, nos poníamos a dar vueltas. Algún día tuve mis más y mis menos con algunos que se habían quedado solo para increparme. Recibí llamadas telefónicas a mi casa. Fueron unos meses muy jodidos en ese aspecto, aparte, con el problema familiar que te he dicho, estando de hospitales… Mira lo que le ha pasado a Sergio Ramos con lo de Salah, que ha recibido amenazas de muerte. Hay gente que con el fútbol…

Esa temporada se volvió a perder la liga en Tenerife.

Hay datos que a la gente se le escapan. Veníamos de jugar la semifinal de Copa del Rey contra el Barcelona, con prórroga, y los eliminamos. Eso fue un miércoles, el domingo tuvimos que ir a Tenerife. Solo tres días después. No se ha hablado mucho de esto, pero para ir con mayor comodidad, Mendoza alquiló un par de aviones privados con la mejor intención del mundo. Pero a uno de esos aviones se le estropeó el aire acondicionado.

Casi se mueren de calor. Tuvieron que dar la vuelta en pleno vuelo y volver a Madrid. Se arregló el avión y al final llegaron de madrugada. Al día siguiente jugamos, a las cinco de la tarde, también con un calor increíble. Todo eso nos afectó.

Al poco de empezar el partido, en un saque de banda, recibí el balón por detrás y no sé quién vino, pero me dio un rodillazo justo en la rabadilla, en la espalda, como el que le hicieron a Neymar, que casi le retiran del fútbol, y me destrozó.

Luego jugamos la final de Copa en Valencia, que yo no pude jugar porque arrastraba problemas en el recto, pero ganamos. Fue una pena; solo ganamos la Copa del Rey, pero esa fue una gran temporada.

Hombre, no convencía mucho ese juego.

Floro fue un entrenador adelantado a su tiempo. Nos puso un psicólogo, que entonces era una novedad; ni siquiera ahora está plenamente asentado. Cuidaba mucho la estrategia, que le había dado muy buen rendimiento en Albacete. Era un equipo que no era muy vistoso, pero estaba bien estructurado. Nos marcó esa derrota en Tenerife.

Prosinecki.

Tenía unas condiciones extraordinarias, lo que pasa es que no tuvo suerte con esas lesiones. Le operaron, me acuerdo de que tenía una cicatriz enorme en la pierna. Lo que pasó, al margen de eso, era que su estilo no se adaptaba mucho al del Madrid. Robert retenía mucho el balón. Si hacíamos una jugada, por ejemplo, en banda, le llegaba el balón y, en lugar de meter el centro, hacía un amago. A veces el equipo pedía otra cosa, más rapidez, soltar más rápido el balón. Quizá el problema fue que en el Estrella Roja comandaba las pausas del juego y todos jugaban para él, y en el Madrid es otra historia. Pero algo nos fuimos entendiendo con el tiempo y poco a poco estaba más acoplado.

Clemente te dejó de llamar para la selección.

Cuando cogió el equipo yo estaba en Marsella, hablé por teléfono con él alguna vez y contaba conmigo. Jugamos en Santander, ganamos 1-0 a Inglaterra. Me acuerdo de que tuve que ir en un avión privado. Pero luego coincidió que en mi regreso al Madrid me lesioné, me fracturé el quinto metatarsiano, y dejó de contar conmigo.

Con la llegada de Valdano y Cappa te adelantaron en el once Amavisca y Raúl.

Con Amavisca no contaban mucho, pero tenías que ver qué pretemporada hizo. Al final se quedó y jugó muchos minutos, fue titular. En mi caso, perdí la titularidad porque estaba Laudrup, luego apareció Raúl y yo fui el desplazado. Son cosas que ocurren. Pero jugábamos muy bien al fútbol ese año.

El 5-0 al Barcelona.

Estuve lesionado el año anterior, cuando ellos nos metieron un 5-0. Además, creo que se lesionó Alfonso, nos salió todo mal. Pero al año siguiente yo entré por Raúl en el 65 e hice la jugada, un autopase, metí el balón hacia atrás, la tocó Luis Enrique y fue el cuarto. Luego el quinto lo metió Amavisca y la verdad es que estábamos como para meter también el sexto. Un resultado así con el Barcelona es difícil que te salga, es cosa de una vez en la vida, pero fue muy satisfactorio porque el año pasado había habido mucho cachondeíto con la manita. Ese año también ganamos en casa un partido muy importante al Deportivo, un 2-1, que nos sirvió para ser campeones, aunque, al año siguiente, era yo el que estaba en el Dépor.

Fue curioso, el Real Madrid logró levantar el vuelo después de un inicio de la década lamentable, pero, cuando la cosa funcionaba, resultó que el club estaba en la ruina.

De hecho, durante esa temporada la prensa nos preguntaba si estábamos dispuestos a rebajarnos la ficha. Nunca en el Madrid había habido retrasos de pagos y ese año hubo.

Te ofrecieron un 25 % de tu ficha para seguir.

Mi representante entonces era Zoran Vekic. Le dije que estaba dispuesto a bajarme un 50 %, y él me contó, porque no tuve contacto con el club, que me iban a pagar por debajo de mi pretensión. Estaba dispuesto a cobrar la mitad y no me dieron opción, ni siquiera negociaron. Feo. Esos detalles, además, solo se hacen con la gente de la casa. Para los de fuera siempre hay dinero. Y no pasa solo en el Madrid, es en todos los clubes. De los jugadores de la casa intentan aprovecharse siempre. Así que me fui al Deportivo, entre otras cosas, porque estaba Toshack.

Llegaste al Deportivo diciendo que habías tenido mala suerte en el Madrid y el primer día te hiciste la triada.

Llevaba cinco días en el club. Fue un amistoso contra el Oporto. Se me cayó el alma a los pies. Nueve meses para volver a jugar. Pasé una noche… estaba en la habitación con Adolfo Aldana y le di una nochecita al pobre… estuvimos toda la noche hablando, yo con la rodilla metida en hielo. Al día siguiente me llevaron en coche de Oporto hasta A Coruña. Tumbado en la parte de atrás del coche, con la pierna estirada, cinco o seis horas de viaje, con los baches… le di muchas vueltas a la cabeza. Tenía veintinueve años y a ver cómo me quedaba de una operación tan grave. Luego en silla de ruedas. Fue mucha comedura de coco, un calvario hasta que volví a jugar.

La temporada siguiente Toshack apostaba mucho por mí, me metía siempre que podía en el equipo, pero tuve muchas lesiones musculares. Sobre todo, en el bíceps femoral. Fue horrible. Estaba un mes parado, salía, jugaba un partido, otro, y me volvía a lesionar. Era un sufrimiento, sobre todo, mental. Tampoco tuve opciones de continuar, no me ofrecieron la renovación. Me vine a Madrid sin equipo, se cerró el mercado y mi representante no me había buscado ningún club, no se portó nada bien conmigo. Durante la lesión no fue capaz ni de llamarme. Y me quedé en paro. Eso sí que fue una situación muy jodida. Me tuve que ir a entrenar con el Leganés, que estaba en segunda B, y curiosamente estaba allí Eto’o cedido por el Madrid, que tenía dieciséis años.

Acabaste en México.

Entonces me llamó Michel, que venía de estar en México con Butragueño, y me convenció para irme al Celaya. Jugué el torneo de clausura. Estuvo bien y recibí una oferta del Karlsruhe, que acababa de bajar a la segunda división alemana. Firmé solo un año, cuando podía haber firmado tres, pero no pensé en mí, no tuve egoísmo, y un año duré. Echaron al entrenador al poco tiempo de empezar la temporada, pusieron al que estaba de segundo, que solo había entrenado a nivel amateur, y lo primero que dijo es que no contaba conmigo.

Volví a Madrid, me puse a entrenar con el Getafe, que estaba también en segunda B. Intenté irme a jugar a Estados Unidos, pero no salió. Me llegaron ofertas del fútbol árabe, de Brasil y Argentina, pero estaba mi mujer embarazada y tomé la decisión de dejarlo. Por una parte, sentía necesidad de seguir jugando, pero, por otra, no me convencía.

¿Truncó tu carrera salir del Madrid en el 90?

No sé lo que hubiera pasado. Cuando echas la mirada atrás, con la cabeza fría, lo que ves es que la vida son circunstancias y las decisiones se toman en función de esas circunstancias. Las que yo tomé, en función de lo que había y de las personas que te encuentras por el camino, creo que fueron las correctas.

Dijo Paco Jémez en la entrevista que le hicimos que lo que recuerda de ti es que cuando le dabas al balón sonaba bonito, «era agradable hasta el sonido del chut».

Somos muy amigos. Eso que dice a mí me pasó con Maradona. En la temporada 83-84, antes de que Goikoetxea le partiera el tobillo, le vi dando toques en el Bernabéu calentando con Schuster, otro que tal, y me llamó muchísimo la atención. Cómo la tocaba, cómo salía el balón de sus pies, suave… Era impresionante.

¿Quiénes más te han sorprendido?

Van Basten era espectacular. Romario. Schuster. Laudrup, que era exquisito, cómo conducía el balón, qué visión tenía para ver al compañero desmarcado. Aunque valoramos más lo de fuera que lo de dentro, no creo que Míchel o Butragueño tuvieran nada que envidiar a nadie de su época. Fran, por ejemplo, también me llamó mucho la atención. Lo sufrí como rival, pero cuando le vi entrenar en el día a día, tenía un cambio de ritmo y una zurda espectaculares. Por su carácter, quizás no llegó a lo que pudo ser.

Estuvo a puntito de fichar por el Madrid.

Sí, lo sé, lo sé. Pero no lo hizo, y con la selección tampoco tuvo la implicación que yo creo que debería haber tenido.

Este año has tenido tu primera experiencia como entrenador profesional con el Extremadura en segunda B.

Ha sido una experiencia muy enriquecedora, aunque no haya ido acompañada de los resultados. Me encontré un equipo muy estresado. La categoría está muy igualada y perdí a jugadores titulares por lesiones y sanciones, sobre todo en defensa. Un entrenador siempre tiene que modificar sobre la marcha, pero yo no pude. Llevaba a los jugadores que tenía disponibles para ir convocados, no tenía ni para dejar a alguno fuera. Tenía ya hechas las listas por las circunstancias. Hice debutar a un chaval, que luego fue uno de los mejores, y hubo tramos en los que jugamos muy bien. Dominamos partidos en segunda B, que se juega un fútbol mucho más directo.

¿Cuál es tu filosofía?

Dominar al rival y tener el balón, supongo que como todos los entrenadores. Mi idea es tener preponderancia sobre tu rival, mandar. Aunque luego todo eso depende de lo que tengas.

Ahora, los veteranos de la Quinta hacéis vinos y jamones.

Lo de los jamones lo tuvimos que cerrar. Por algunas personas, que delegas y al final hay cosas que no salen bien. En el vino participamos Míchel, Butragueño, Sanchís y yo, pero también están Alfonso Pérez y Karanka. Antonio Martín del baloncesto y Pato Clavet, tenista. Elaboramos un vino, Casalobos se llama, en la denominación de origen Montes de Toledo, en un pueblo que se llama Picón. Yo la verdad es que no soy entendido, pero una comida o una cena sin vino no la contemplo.


Radomir Antic: «Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 13

Viajamos a las montañas de Zlatibor, en Serbia, donde Radomir Antic tiene su casa de veraneo. Está rodeado de su familia. Mientras hablamos, viene a visitarle Milan Jovanovic con su mujer, el delantero de la selección serbia en el Mundial de 2010 y ex del Liverpool. Tiene una casa cerca. Como muchos deportistas, algunos retirados de la NBA y otros viejos conocidos de la liga española. Comemos todos juntos. Rado me explica que en España nos fijamos en el menú del restaurante y en Serbia en lo que van a cantar los músicos. Metidos en el repaso a su carrera, noto emoción y miradas vitriólicas cuando relata los episodios más complicados de su currículum. Antes de irnos, no quiere que nos marchemos sin ver su gol con el Luton en YouTube, en un portátil. Fue en 1983, pero sus nietos lo viven como si lo hubiera marcado ayer. Él les besa uno por uno. Tengo la sensación de que ese fue el mejor momento de toda su carrera deportiva. Al menos en el que fue feliz de la forma más inocente y pura. Luego todo fue, digamos, complicado.

Hábleme de su familia.

Mis padres eran de Bosnia, se conocieron en la II Guerra Mundial, fueron partisanos. Mi tío fue héroe de guerra. Yo nací en un pueblo, Zitiste, en 1948, porque mi madre quiso dar a luz cerca de su madre, pero no viví allí nada, solo algún verano. Era un sitio duro; un invierno los vecinos tuvieron que hacer túneles para comunicar sus casas por la nieve que cayó. Después estuvimos en Uzice, en Belgrado… Mis padres, al ser militares, cambiaron mucho de destino.

En aquella época en mi casa siempre se hablaba de los sacrificios que se realizaron durante la guerra en defensa de unos valores y unas ideas. Valores, los del socialismo, que me siento muy orgulloso de haber recibido. Por ejemplo, en el colegio un profesor nos hizo una vez un cuestionario sobre qué queríamos ser de mayores y qué no. Yo puse que quería ser ingeniero mecánico y que no me gustaría barrer la calle. En la siguiente clase vino enfadado y gritó: «Sentaos todos menos tú, Radomir». Pensé: «¿Qué habré hecho?». Y me explicó: «Puedes llegar a ser ingeniero mecánico porque eres inteligente y buen alumno, pero lo que has dicho sobre que no quieres limpiar las calles es una vergüenza. Cada trabajo honesto hay que valorarlo, y lo único que no deberías querer ser es un criminal».

Otro ejemplo. Mi padre, cuando se jubiló, tuvo una depresión. «Pero si lo tienes todo; has formado una familia, tienes a tus hijos encarrilados y ahora puedes disfrutar de la vida», le decía, y él me respondía: «Me he pasado toda la vida luchando, peleando, y ahora que tengo cuarenta y cuatro años, que es cuando mejor estoy, cuando más puedo dar porque ya no tengo problemas de sacar adelante una familia ni nada, la sociedad me rechaza».

Cuando se mudó a Belgrado fue la primera vez que le vi llorar. En Yugoslavia, al jubilarte, podías elegir dónde querías vivir. Él decidió ir a la capital por mí, para que tuviera un futuro, pero yo no quise marcharme con él porque me acababa de fichar el Sloboda, el equipo de Uzice. Sin embargo, poco tiempo después, el fútbol nos reunió. Fiché por el Partizan y volvimos a estar juntos.

También hizo deporte. Tengo una lista: baloncesto, boxeo, ajedrez, tenis de mesa…

De boxeo llegué a tener un combate, pero amateur. Fui campeón de ajedrez y el baloncesto me gustaba mucho. De hecho, me llegaron a seleccionar para jugar en un equipo serbio, pero lo rechacé para dedicarme al fútbol porque con mi altura veía que tendría más oportunidades en este deporte. Esa decisión marcó mi vida. La Ingeniería Mecánica que empecé también le dejé por el fútbol. ¿Sabes qué me dijo mi madre cuando me empezó a ir bien como futbolista?

Cuénteme.

Cuando empecé como profesional di una entrevista al Vesti, que es un periódico de Uzice, en la que salía mi foto. Cuando salió publicada, compré dos periódicos y los tiré sobre la mesa al llegar a casa. Le dije a mi madre: «Mira, mamá, a dónde ha llegado tu hijo». Ella lo miró, lo remiró y me contestó: «Hijo mío, has llegado muy lejos. Ahora todo el mundo puede limpiarse el culo con tu cara».

¿Era para que no se le subiese a la cabeza el éxito?

Sí, era la forma de vivir y educar a un hijo en aquella época. La filosofía de mi pueblo siempre ha estado enfocada hacia lo colectivo, no a la individualidad, tanto en la cultura como en el deporte, como en cualquier otra cosa. Aquí siempre hay que sacrificarse a favor del grupo. Además, estábamos en Uzice, que fue la primera ciudad de Europa liberada de los nazis por las armas en 1941. Los partisanos establecieron una república que duró seis meses, pero ahí quedó la hazaña. Eran otros tiempos. Recuerdo cuando nos fuimos a la nueva casa y tuvimos baño por primera vez. Antes de eso solo nos podíamos bañar los sábados y para tener agua caliente había que ponerla al fuego en la cocina. También me acuerdo de un discurso que dio una vez un cura en la inauguración de una fábrica…

¿Un cura?

Sí, era un cura que había ayudado a los partisanos en la guerra. Dijo: «Ojalá que tengáis muchos niños y muchos animales, y que en la vida, como en una montaña, vayáis siempre cuesta arriba y nunca cuesta abajo». Todo muy bien, se inauguró la fábrica, se fueron todos los obreros a beber y comer para celebrarlo y un paisano se le acercó al cura y se atrevió a decirle: «Es muy bonito esto que nos has contado de que todo nos vaya bien, pero eso de marchar toda la vida cuesta arriba… ¡Parece que dices que tenemos que sufrir siempre!». Y él le contestó: «Hijo mío, cuando en la vida empiezas a ir cuesta abajo ya no habrá nadie que te frene». [Risas]

¿Cómo fueron sus primeros años como futbolista?

En el Sloboda empecé de extremo y luego pasé al centro del campo. En el Partizan ya me pasaron a la defensa, donde me quedé, pero creo que en mi carrera he participado en todas las posiciones. Mi ídolo era Omar Sívori, un italiano que jugó en la Juventus y en el Nápoles. Cuando empecé a ganar dinero como futbolista todavía no había terminado el colegio y ganaba más que mis profesores. No les gustaba y me criticaban: «Para ti todo es fácil, ganas más que nosotros». Pero en realidad mi vida no era mucho mejor que la suya y yo, además, no le daba más importancia al dinero que a mis valores. Otra cosa que me inculcaron en casa. En Belgrado, cuando fiché por el Partizan, como me había casado, el club me tuvo que dar una casa, porque lo estipulaba en el contrato. Fue una de cuarenta y cuatro metros, pero ahí empezamos a vivir.

¿Cómo eran los derbis entre Partizan y Estrella Roja?

Una vez tiré desde lejos en el último minuto. El portero del Estrella, Ratomir Dujkovic, despejó, le cayó a Nenad Bjekovic y marcó el 2 a 1 para nosotros. Fue una explosión en el estadio que no te puedes ni imaginar.

Su primer contacto con España fue un viaje a Valencia con el Partizan.

Fue un torneo de verano. Como éramos comunistas, nos dieron una especie de charla antes de viajar. Nos dijeron que teníamos que tener mucho cuidado, porque España era un país fascista en el que no había libertades. Yo solo tenía veintiún años y de verdad que fui muerto de miedo. Estábamos en un hotel en el centro y yo salía, andaba diez metros en una dirección y volvía. Andaba diez metros para el otro lado, y volvía de nuevo. Sin embargo, lo que me encontré fue que estaba toda la gente sonriendo por la calle. Me preguntaba: «¿Cómo es esto posible?». Pensé que por la noche se recogería todo el mundo y saldría la policía. Pero tampoco. Llegó la noche y todavía había más gente, más jaleo y más risas. Me quedé… Esto no es como me lo han contado. Desde ese día, decidí que cualquier cosa que me contaran en los medios de un país, si no la veo yo con mis propios ojos, no me la creo.

Cuando cumplió veintiocho años y pudo salir de Yugoslavia, fichó por el Fenerbahçe turco.

Otra experiencia, porque aquello era una cultura completamente distinta. Estambul en aquel momento era la ciudad más bonita del mundo, entre dos continentes, entre dos mares… Preciosa. En el Fenerbahçe no me fue mal, fui elegido mejor jugador y ganamos la liga. Conservo en la cara esto [se señala una cicatriz] del gol que le marqué al Galatasaray. Salté con el lateral izquierdo, Erdogan Arica, para rematar, y me dio un cabezazo. Marqué, ganamos 2-1, nos proclamamos campeones de liga y yo me fui inmediatamente al hospital para que me cosieran la cara. Imagina la repercusión de aquello, en las tiendas no me cobraban porque me convertí en Dios para ellos. Era la época en la que Besiktas, Galatasaray y Fenerbahçe compartíamos estadio. Cuando había partido, el campo se empezaba a llenar desde las diez de la mañana y se pasaban todo el día cantando. Si ganábamos, el presidente venía al vestuario y nos iba metiendo dinero en la ropa a cada jugador. Y luego había salidas que eran como ir al Oeste, en serio. En Diyarbakir, entre la frontera de Irán e Irak, nunca lo olvidaré, la gente iba por la calle con pistolas. Creo que ahora sigue siendo así. Era la parte de Turquía más lejana de Ankara, de Esmirna y de Estambul y se vivía de esa manera. Nos entrenaba Kaloperovic, que es de aquí, de Serbia, y aquel día nos confesó: «Menos mal que nos han empatado al final; si ganamos no salimos con la cabeza pegada al cuerpo».

Decidió entonces fichar por el Zaragoza.

Tenía un año más de contrato, pero hubo un golpe de Estado en Turquía, el del general Evren, y como yo tenía familia e hijos tuve miedo. Casualmente, Boskov estaba haciendo la pretemporada con el Zaragoza en Pirot, Serbia, me dijo que me pasase, jugué un partidillo y ahí me ficharon, firmando en una servilleta.

¿Cómo era Boskov?

Más que un entrenador, para mí fue un profesor. Vivía el fútbol de otra manera. Me aconsejó sobre todos los aspectos de la vida. Me recomendó a qué colegio llevar a mis hijos en Zaragoza, cómo invertir el dinero que ganase con el fútbol. La amistad con él era más allá de jugador-entrenador.

Nos legó la famosa frase «fútbol es fútbol».

Y la de «penalti es cuando pita el árbitro». Tenía muchas.

¿Qué tal le fue en aquel Zaragoza setentero?

La llegada fue dura. Entramos en Aragón en coche después de pasar por Lleida y cuando mi mujer vio el desierto de Los Monegros y todo eso empezó a gritarme: «Pero ¿dónde me has traído? ¡Eres un irresponsable conmigo y con tus hijos!». Se puso a llorar. Pero luego la ciudad resultó inmejorable. Me acuerdo de las convocatorias en Zuera antes de cada partido. Comíamos todos juntos y cada uno tenía un vaso de vino, pero como en Yugoslavia los futbolistas no bebíamos alcohol, Camus siempre se sentaba a mi lado, se bebía el suyo y luego me lo cambiaba y se bebía el mío. Las comidas en España me dejaban alucinado. Siempre he dicho que en España se vive para comer y en la antigua Yugoslavia para vivir, que es muy distinto. Aunque pensaba que no había ningún país del mundo como España, pero después de mi experiencia en China puedo decir que los chinos dan todavía más importancia a la comida que los españoles.

Sus compañeros eran Amorrortu, Pichi Alonso, Víctor Muñoz…

Y Pedro Camus, Irazusta… Me acuerdo de toda la plantilla. Marqué gol, el de la victoria, el día de mi debut, contra el Celta de Vigo. Salí como el extranjero más rentable de toda la liga, pero teníamos un equipo con mucha personalidad. De hecho, Pichi y Víctor terminaron en el Barcelona. A mí me pudo fichar el Madrid después de esa temporada, pero tenía treinta y un años.

Al año siguiente llegó Valdano.

Y casi muere. Vino con Badiola, que era también del Alavés, y al llegar a Zaragoza se hospedaron en el Hotel Corona de Aragón, que se quemó, no se sabe si por un atentado. Badiola saltó desde el segundo piso y se hizo un traumatismo craneoencefálico. Valdano entonces era un jugador joven, con mucho porvenir, y como buen argentino tenía mucho pico [risas]. Fue una época muy bonita y me hubiera gustado quedarme en Zaragoza, pero de repente me enteré por la prensa de que prescindían de mí. Trajeron a un argentino, Trobbiani, en mi lugar. La gente hizo pancartas y octavillas a mi favor, pero no les hicieron caso. No les guardo rencor, mi siguiente parada en Inglaterra también fue una experiencia maravillosa.

Fue en el Luton Town, allí le conocen como «Raddy».

Mi estancia allí fue como la universidad. Aprendí inglés, valores familiares y una cosa muy importante: planificación. Algo que no sabíamos hacer ni los españoles ni los yugoslavos, nosotros vivimos al día. También me cambiaron la forma de pensar. Yo venía de jugar de libre y le preguntaba al entrenador que por qué no me ponía de esa posición, y Pleat contestaba: «Raddy, yo entiendo que en Europa todos lo hacen y que Beckenbauer ha sido el mejor jugador de la época, pero cuando tenemos el estadio lleno, no tengo derecho a cambiar el sistema de juego y poner un hombre atrás de libre porque significa que admitimos que somos inferiores al rival». Eso me lo llevé al Atlético. No nos sentimos nunca inferiores a nadie.

El gol que marcó allí contra el Manchester City fue el de su vida.

Le marqué también uno a Peter Shilton, pero el del Manchester City fue de leyenda. Íbamos empatados a cero, en su campo, un resultado que les mantenía en primera. Yo estaba de suplente, entré a quince minutos del final, hicimos una jugada por la derecha, Brian Stein centró, ellos rechazaron la pelota, que me vino a la pierna derecha en la frontal del área, y la metí por la izquierda. Quedaban cuatro minutos para el final y les mandé a segunda. Pleat nos dijo que lo superarían, porque eran un club grande, pero les costó siete años volver. La celebración desde Manchester hasta Luton fue increíble.

Se retiró y empezó una nueva vida en Yugoslavia intentando ser entrenador.

Tuve problemas con los entrenadores serbios. Traía mentalidad inglesa y chocaba con la forma de hacer los entrenamientos, con la forma de vida, etc. Eran de corte clásico y no estaban preparados para incorporar ideas nuevas. Me pusieron de ayudante de Fahrudin Jusufi en el Partizan, él también era exjugador y ya en la pretemporada lo tuve que dejar porque teníamos ideas diferentes. Tuve un equipo cadete y luego con Bjekovic cogí por fin al Partizan como segundo entrenador. Ahí incorporé a Pantic, que jugaba en segunda o en tercera. También traje a Goran Bogdanovic, que luego acabó en el Espanyol.

Tuvo en ese equipo a Srecko Katanec.

Eslovenia es país de esquiadores más que de futbolistas, y cuando vino la gente desconfiaba, pero mira a lo que llegó. Era un jugador completamente novedoso, con esa altura y esa fuerza, que chocaba con cualquiera, la presión que hacía, cómo hablaba en el campo, porque tenía carácter. Ahora es el seleccionador de su país.

Ganaron la liga con el Partizan, pero porque se la concedieron años más tarde en los juzgados. ¿Qué pasó?

Historias burocráticas. No me gusta recordar esa época. Fue cuando empezó a haber problemas en Yugoslavia, cuando visitábamos Zagreb, Split o Sarajevo había peleas entre los aficionados. El ambiente se volvió raro…

Regresó a España, como técnico del Zaragoza, y se encontró una huelga de entrenadores en protesta por su llegada y la de Cruyff.

El problema era Cruyff, yo tenía el diploma de entrenador. Nos metieron en el mismo saco, pero no era así. A mí me pidieron que terminase un curso más en España, pero al final eso quedó en nada y entrenamos los dos.

Su portero era el paraguayo José Luis Chilavert.

Cuando llegué me encontré a Cedrún, que era un portero con prestigio y cuyo padre también había sido portero en el Athletic de Bilbao, pero desde el principio quería un guardameta que no solo valiese para estar bajo palos, sino que también saliese y jugase con el pie. Paco Santamaría, que trabajaba en el club, me habló de un paraguayo que reunía estas características con el que podríamos jugar con la defensa adelantada. Por eso le fichamos. Y luego descubrimos que era todo un carácter que chocaba con los rivales, con los compañeros y con su cuerpo técnico. Siempre quería imponer su ley. Pero fue algo novedoso saliendo de su portería, tirando faltas. A veces incluso quería tirar los penaltis.

El Madrid de la Quinta, en el Bernabéu, les metió cuatro un año y siete al siguiente.

Pero no nos achicamos. Todo lo contrario. Aunque recuerdo lo pequeño que me sentí cuando miré a la grada desde el banquillo. «Como bajen todos me aplastan», pensé. Lo que se siente estando ahí es una sensación única. El Bernabéu es imponente, muchos equipos pierden antes de empezar el partido. Me he dado cuenta perfectamente cuando he llevado a otros equipos a jugar ahí. Entiendes lo importante que es el ambiente para jugar al fútbol.

Sin embargo, la gente se queja de que animan poco.

No, no es eso. No sé cómo te lo podría explicar. El público de Madrid tiene su jerarquía. Antes se hablaba de Juanito, de esa fe suya, de su lucha. Pues va de eso. El público del Madrid no deja que su equipo sea inferior a nadie.

Su Zaragoza llegó a la UEFA en la 88-89.

Llenábamos La Romareda en cada partido. Incorporé a gente de la tierra: Pablo Alfaro, Salillas, Salva, Belsué… Trajimos al búlgaro Sirakov, uno de los mejores pichichis de Europa entonces, pero se nos lesionó. En la UEFA perdimos contra el Hamburgo en octavos. Me expulsaron a Higuera y a Pablo, a Pardeza le anularon un gol y nos eliminaron en la prórroga. Al volver teníamos a siete mil personas en el aeropuerto esperando a sus héroes, pero en aquel año, el segundo, ya empezaron los problemas con el nuevo presidente. Me quería imponer sus fichajes, como a Redher, un peruano. Yo no quería imponer los míos, pero al menos sí discutirlos. ¿Ahora por qué está el Zaragoza como está? Porque se ha convertido en un cementerio de elefantes, siempre fichan a jugadores en el final de su carrera, a los que no puedes revender. Cuando luego fui al Madrid fiché a Lasa y a Luis Enrique, los dos de dieciocho años. No pensaba solo en el «hoy», pensaba en el futuro.

Víctor Fernández era profesor de aerobic, ¿por qué se fijó en él para que fuera su asistente?

Da igual. El fútbol es un proceso de aprendizaje. Yo buscaba un entrenador joven. Alguien que no solo te ayude con tu trabajo, sino que también sea como una apuesta de cara al futuro, que aprenda de ti como técnico. Víctor fue uno de ellos. En el Real Madrid elegí a Rafa Benítez

Llegó al Real Madrid para acabar una temporada lamentable, quedaban diez jornadas e iban séptimos.

Echaron a Toshack, y luego Di Stefano y Camacho no pudieron remontar. Mendoza había dimitido cuando quedaban trece partidos para el final de liga y llegué yo. Me pidieron que recuperara al club con los jugadores que teníamos.

A Butragueño, por ejemplo, le dije: «Mira, esto que te insistían de que presiones en la salida del balón, yo no lo quiero. Cuando lo perdamos quiero que te retires y descanses, yo quiero al Emilio Butragueño que todos reconocen, al que es único en el mundo, el que cuando entra en el área todos tienen taquicardias. Ahí quiero que recortes y pongas el balón donde no está el portero». La única vez que ha sido pichichi fue conmigo. En aquella época, Emilio terminaba los entrenamientos y se quedaba en el campo haciendo yoga, porque estaba de moda; yo siempre le picaba y le decía que él era un tipo inteligente, que se dejase de historias.

A Chendo le dije «sabía que eras buen jugador, pero no me imaginaba que tanto. La forma en la que defiendes al rival me parece fenomenal, pero eso de estar siempre por delante de Míchel y centrar desde detrás cuando tienes el balón… Mejor quédate un poco y deja a Míchel centrar alguna vez». Todo fueron risas y solucionamos los papeles en esa banda derecha.

Gheorghe Hagi no se separaba de mí, era como mi hijo. ¿Y por qué? Porque Toshack y compañía lo querían jugando pegado a la banda izquierda, y él se preguntaba: «¿Por qué me han fichado por tanto dinero para ponerme en una posición que no es la mía?». A él le llamaban el Maradona de los Cárpatos, quería tener libertad de juego. ¿Recuerdas el gol que le marcó al Osasuna desde cuarenta metros? Esas son el tipo de cosas que yo conseguí, logré que estuviese contento y jugase a gusto.

A Míchel también le animé para que subiera al segundo palo a rematar de cabeza, él me decía que no lo había hecho en la vida, pero un día le metió uno al Athletic. Entonces dijo: «Vaya, míster, no sabía ni que tenía cabeza».

Y luego Fernando Hierro. Soy el único entrenador con el que jugó de centrocampista. Marcó muchísimos goles. Me llamó el otro día, ahora está en Oviedo, para hablar conmigo porque he tenido un problema de próstata y me han operado. Me confesó: «Nunca he estado tan a gusto en el campo como contigo». Me decía: «Para mí era fácil jugar hacia delante porque el espacio siempre quedaba cubierto por Milla». Sin embargo, luego llegó Beenhakker y le ordenó a Milla «en lugar de jugar diez pases cortos, tienes que jugar seis cortos y cuatro largos». Y Milla desapareció como jugador porque le exigieron algo que no iba con él, que era un jugador de cubrir espacio y equilibrar al equipo.

¿Solo bastaba con aplicar sentido común?

Sí, pero cuando lo consigues todos piensan que es fácil. Me acuerdo del maestro croata Tomislav Ivic, entrenador del Atlético entonces. Visitamos una vez juntos el diario As para comentar la previa de un derbi y, como tenía experiencia, era mayor que yo, me dijo: «Radomir, por favor, no hables tanto porque nos vas a dejar sin trabajo, luego piensan que esto es fácil» [risas]. En mi caso en Madrid, lo cierto es que el trabajo en la parcela física que habían realizado Toshack y luego Di Stefano y Camacho no había sido el adecuado. Conmigo se mejoró esa faceta y empezaron a funcionar como grupo.

¿Y Spasic?

Era un jugador que se fichó antes de llegar yo y, claro, le pidieron que jugase el balón, algo que él nunca había hecho. Spasic se fue del Bernabéu entre aplausos porque conmigo por fin pudo jugar como lo que era: un marcador, un stopper, no un jugador de balón. Con Sanchís al lado hacía una buena pareja, porque Manolo jugaba el balón y Spasic marcaba al hombre, y te garantizaba que al que cubriera, al más importante, lo borraba del partido. En su lugar se fichó a Rocha, que era internacional con Brasil, jugaba en el Sao Paulo y tenía una gran trayectoria. Yo estaba por la labor de que se quedara Spasic, pero decidió el club, como siempre.

Logró un hecho significativo: que Butragueño, Míchel, Buyo… toda la plantilla hablase bien de usted y le considerase el artífice de la recuperación.

Me llevé bien con ellos porque soy de los pocos entrenadores que emplea la comunicación en las dos direcciones. Valoraba a las personas y me gustaba saber qué opinaban. Nunca impuse nada, todo fueron acuerdos. Hice siempre trabajo de grupo con los capitanes y todos los acuerdos había que cumplirlos porque no eran solo decisiones mías, también lo eran de ellos.

Tras la recuperación del equipo, el problema es que habían contratado a Maturana, un entrenador famoso por el juego zonal, por crear espacios. Yo llegué de Belgrado y Mendoza me invitó al restaurante Jockey. Nos sentamos y me dijo: «Radomir, en esta mesa nunca nadie me ha rechazado una propuesta», y le respondí «Será porque nunca has tenido a un serbio enfrente». Me ofrecía ser director técnico, argumentaba: «porque hablas idiomas, eres un hombre que está integrado, sabes hacer cosas… no hay nadie mejor, le dejamos a él de entrenador y tú te quedas en la dirección». Dije que no, que conmigo no contase. El día de la presentación del equipo en el Bernabéu no tenía contrato, pero me hicieron ir.

Hicieron la pretemporada en Italia.

Nos fuimos a Udine, cerca de la montaña. Hice tres o cuatro entrenamientos diarios y descubrí que esos jugadores nunca en toda su carrera habían pasado por algo semejante. Rocha me decía recostado en una silla, sin poder respirar, «míster, mucha agua mata a las plantas». Le respondí: «¡Calla y trabaja!». No podía ni hacer un rondito después del entrenamiento físico. Hasta que me llamó Mendoza y me dijo que los jugadores se habían quejado. Yo me defendí y dije que sabía lo que hacía.

¿Cuál fue el problema entonces por el que le cuestionaron desde el inicio de la 91-92?

En el Teresa Herrera en A Coruña, Mendoza llegó en su yate y Beenhakker, que estaba allí con el Ajax, le dijo que no podíamos aspirar a algo teniendo solo a Butragueño como delantero centro. Por eso, cuando empezamos la liga, le contrataron como director técnico.

Fichó a Eduardo Esnáider, un niño.

No fui yo, lo ficharon ellos. La primera vez que estuvo convocado jugábamos contra Osasuna y salíamos de la Ciudad Deportiva a las diez de la mañana. Era la hora y Esnáider no estaba, así que le dije al chófer: «¡Vámonos!». Los jugadores empezaron «Pero, míster, ¿no esperamos a Esnáider?». Y dije: «Que le den por el culo, siendo la primera vez que va convocado debería estar aquí a las ocho de la mañana esperando, no que estéis vosotros esperándole a él». Nos fuimos y luego nos tuvo que seguir en taxi.

¿Estaba muy verde?

Tenía diecisiete años. Los fichajes sudamericanos siempre vienen con historias. Siempre se dice que es el mejor negocio que puedes hacer si los compras por lo que valen y los vendes por lo que ellos piensan que valen. Siempre están sobrevalorados, especialmente los argentinos.

Pero luego él demostró que era un gran futbolista.

Sí, en aquel momento fue por su edad y su carácter, pero nunca tuvo regularidad.

Pudo incorporar a aquel Real Madrid a Caminero, pero usted dijo que no.

Sí, y él sabe perfectamente por qué. Cuando quisieron ficharlo, él venía de jugar en el Valladolid de central, pero en ese puesto ya teníamos a Sanchís y a Fernando Hierro. Ese fue el único motivo, no era nada personal. Y te digo que lo sabe porque hablamos más de una vez sobre esto.

La incorporación estrella fue Robert Prosinecki.

Tenía veintitrés años en aquella época y había sido elegido el mejor jugador de la competición en el Mundial Juvenil del 87, que ganó Yugoslavia con aquella famosa selección que luego no pudo ser por la disolución del país. Era el jugador con mayor porvenir de la época, pero luego… Como todo jugador con talento, lo quieras o no, necesitaba continuidad y por los problemas físicos no la tuvo. Es verdad que como fumaba tuvo muchos problemas musculares. Además, la guerra entre Serbia y Croacia le afectó mucho. Su padre era croata y su madre, serbia. Vivía cada día pensando qué podía ocurrir, pendiente del teléfono. Los bombardeos eran diarios y le podía tocar a tus seres queridos o a tu familia en cualquier momento.

Usted era serbio, ¿de qué hablaba con él?

Entre compañeros de trabajo no teníamos problemas políticos. De verdad que no. Aquella situación cada uno la vivió a su manera, nos afectó mucho, pero a un nivel personal. Yo nunca he tenido ningún problema en la vida con ningún croata. Nunca he sido nacionalista. Desde muy pequeño, como he explicado, mis valores han sido universales como para preocuparme por de dónde es uno o de dónde es otro. Prosinecki en Madrid no salía de mi casa y en Oviedo conmigo hizo la temporada de su vida.

¿Cómo se gestó su destitución de un Real Madrid que iba líder en la tabla?

Hicimos un buen inicio de liga, aunque nos pasó factura la lesión de Hugo Sánchez. Los problemas fueron subterráneos. José María García tuvo un papel determinante en lo que pasó. Decía que yo era demasiado joven para entrenar al Real Madrid. Atacaba a Míchel con asuntos de una chica o no sé qué. Hicimos una reunión en el vestuario para vetarle, pero alguien lo sacó a la luz y entonces empezaron las hostilidades a lo bestia. Decía que teníamos que jugar de otra manera, esas cosas que se dicen siempre que quieres romper un equipo. En realidad, batimos muchos récords jugando así.

La ironía es que le destituyeron justo después de ganar al Tenerife en la primera vuelta.

Con diez jugadores y Míchel de portero porque expulsaron a Buyo, pero cuando llegué a casa me llamaron por teléfono y me dijeron que estaba despedido. Estaba tranquilo porque había hecho todo lo que tenía que hacer. Me arroparon mis amigos de Zaragoza y después ya sabemos cómo acabó todo. En todos los clubes grandes pasan cosas de estas. Yo siempre he querido tomar mis propias decisiones en todas partes. Algunas veces he salido perjudicado por este motivo, pero me da igual, soy así.

Cuando perdieron en Tenerife en la segunda vuelta, ¿qué se le pasó por la cabeza?

Estuve en el partido. Desde el principio sabía que iba a ocurrir algo porque se notaba al equipo muy nervioso. En el descanso ya le dije a Mendoza que lo veía muy mal. Me dijo que había que tener fe y… bueno. El Real Madrid de aquel año fue un club que regaló la liga en todos los aspectos.

Pasó página y fichó por el Oviedo.

Había pocos recursos, pero buena cantera y los fichajes que dejó Irureta eran muy buenos: Lacatus, Jankovic, Jerkan

Tengo grabada una imagen de Irureta, antes de que le cesaran, de cómo le escupían los aficionados, una lluvia de saliva.

Ya sabes cómo es el fútbol. Y en el Tartiere todavía más, porque los aficionados estaban junto detrás de ti, muy cerca.

En tres años reunió una buena plantilla, al tercero se quedó fuera de Europa por pocos puntos.

No renovamos a Lacatus porque tenía el ego tan característico de la mayoría de los rumanos: siempre creen que tienen razón. Había que convencerlo de todo lo que se quería cambiar por el bien del grupo, como el trabajo de recuperación. Todos los rumanos que he tenido, como Prodan o Hagi, eran parecidos. Con Jerkan y Jankovic tuve una gran relación. También me traje a Slavisa Jokanovic del Partizan, que aportó cosas realmente importantes. Pedí a Onopko porque era un ganador, tenía carácter de líder. Luego tuve a Carlos, a Oli, Losada, Suárez, Amieva… muchos jóvenes de la cantera y de Asturias que empezaron su carrera conmigo.

Incorporó a Prosinecki, apostando por su resurrección.

Fue una oportunidad, porque en el Real Madrid no jugaba y nosotros teníamos buena relación, así que le ofrecí la posibilidad y él encantado de venir. Yo diría que esa fue su mejor temporada en España.

Un partido con morbo fue cuando con Prosinecki sobre el campo logró vencer al Real Madrid de Valdano. Teniendo en cuenta que el año anterior también había ganado al Tenerife de Valdano con el Oviedo, fue una especie de venganza.

No era por venganza [risas]. Soy un entrenador que siempre sale con la intención de ganar. Mira la portada del diario NIN que tengo ahí colgada en la pared, es de cuando fui seleccionador de Serbia. El titular dice: «Nunca vamos a reconocer ninguna debilidad». Esa es la filosofía de nuestro pueblo. Por eso nos bombardearon, por no aceptar las reglas de la OTAN, pero es nuestra mentalidad. Yo nunca me he rendido. Ahora te cuento por qué me fui al Atlético de Madrid teniendo un precontrato por más dinero con otro club.

¿Por qué eligió al Atlético de Madrid?

Elegí al Atlético de Madrid porque en aquel momento era el club más difícil del mundo y yo quería demostrarme a mí mismo que era capaz de funcionar en esas circunstancias.

¿Con quién tenía el precontrato?

Con el Valencia. Luego el presidente Roig decía de mí: «Este es el único hombre que me ha puesto los cuernos».

El Atlético era una máquina de despedir entrenadores.

Allí era todo. Hasta el Calderón tenía aluminosis y se le caían las gradas, pero luego hicimos un campo de cinco estrellas. Con la plantilla fue complicado al principio. Tenía treinta y tres jugadores y no había equipo. Tuve que ponerme frente a más de veinte jugadores con contrato en vigor y anunciarles que no iban a seguir. No fue nada fácil. Y fichamos a jugadores sin tener un duro. Por ejemplo, Molina, al que en la promoción para bajar a segunda con el Albacete le metieron siete goles en los dos partidos. Igual que Santi. A Penev lo trajimos gratis…

Lo primero que me pregunté en el Calderón fue cómo era el aficionado del Atlético de Madrid. Vi que era un hombre de clase media que igual tenía problemas para llegar a fin de mes, pero que nunca iba a reconocer ninguna inferioridad con nadie. Por eso nuestro equipo jamás salió a un partido buscando el empate, sino a pelear para ganar. La filosofía de un equipo ganador. Además, jugando a un ritmo que para el fútbol español era toda una novedad.

¿Porque el fútbol español era más lento?

Era un fútbol de marcaje hombre a hombre, muy distinto al fútbol de contraataque que hacíamos nosotros.

Se da una carambola muy curiosa ese verano que permite la llegada de Milinko Pantic. Inicialmente, usted quería a Prosinecki, pero le dio una larga cambiada al Atlético y se fue al Barcelona.

Quería tanto a Prosinecki como a Jokanovic, pero ninguno de los dos se atrevió a venir porque era un club muy inestable. Robert prefirió irse al Barcelona que, vale, es un club grande, pero Jokanovic antes que al Atlético se fue al Tenerife. Nadie quería ir al Atlético entonces. Habían pasado diez entrenadores en dos temporadas o algo así.

Pero eso fue bueno. Que no quisieran ir sirvió para que llegara Pantic y se quedara Simeone.

Sí, Simeone había llegado el año anterior del Sevilla. También puse en su sitio a Caminero, que antes estaba en otra posición. Toni fue fundamental. Todos estos jugadores empezaron a funcionar desde el primer entrenamiento. Pero, fíjate el ambiente, cuando nos llevamos el Carranza en verano, Jesús Gil dio una cena y pidió que algún jugador se levantara y diera un discurso. Se puso de pie Biagini y no le salió ni una sola palabra. Le imponía la situación. No te puedes imaginar cómo era eso.

Pidió a Michael Robinson como ayudante.

Sí, es verdad. Tuvimos una reunión con Gil. Yo estaba encantado porque no solo le quería como ayudante, también para promocionar al Atlético y darle una nueva imagen. Pero Robinson al final no se atrevió.

¿Cómo llegó Pantic?

Fue un poco fortuito. Un día vi un partido de Grecia, estaba él y marcó un gol de falta. En cuanto lo vi, dije: «¡Ese es Pantic! ¿Está en el Panionios?». Lo analicé todo y vi que era la pieza que necesitaba. Primero, porque sabía que con Penev y Kiko jugando de punta y mediapunta íbamos a tener unas cinco o seis faltas al borde del área cada partido y por eso necesitaba a un especialista. Pero encontré resistencias al principio. Gil me dijo medio en broma: «Lo que quieres es traerte a tus amigos, como todos». Y le contesté: «Si tú no quieres pagarlo, lo hago yo de mi bolsillo». Cuando vino, nada más aterrizar, le metió un gol de falta al Talavera y dijo Gil: «Joder, qué jugador».

Tuvo un inicio fulgurante en liga.

El sistema de juego que creamos fue algo totalmente nuevo para el fútbol español. Una defensa adelantada, pero éramos muy compactos, jugábamos al primer toque… tengo vídeos maravillosos de goles que marcamos. En pretemporada lo ganamos todo. En liga empezamos 4-1 a la Real Sociedad, 0-4 al Racing, 0-2 al Athletic…

Cappa en el Madrid declaró que usted tenía suerte, Toshack en el Deportivo también sugirió lo mismo.

Todos lo decían. Éramos el equipo que mejor fútbol jugaba y pensaban que llevábamos un ritmo imposible de mantener, que bajaríamos el pistón al final de temporada. Yo a aquellas críticas repliqué que eran mentira y que cada uno mirase a su plato y no al del vecino. Aquel año tuve pelea con todos; con Serra Ferrer, con Bilardo, que echaba sal a la salida de los jugadores del equipo visitante para darles mala suerte.

Kiko y Penev metieron veintisiete goles en liga.

A Kiko le dije que de cada diez jugadas que hiciera, cuatro o cinco fueran fáciles y las otras cinco a su manera. Quería buscar un equilibrio en su forma de jugar y acerté. Por otro lado, con los goles de cabeza, le pasó lo que a Míchel: se dio cuenta de que tenía una. Se compenetró muy bien con Penev, que como buen búlgaro también era muy orgulloso, y había tenido una enfermedad muy dolorosa para un hombre, cáncer de testículos. Si vino con nosotros fue porque el Valencia no quiso renovarle. A mí me encantaba, era un delantero que podía estar en el área, valía para la estrategia, para proteger el balón… era un jugador perfecto. Respondió muy bien y se hizo dueño y señor de la posición de delantero centro. Luego tenía detalles como que, mientras los demás jugadores del Atlético venían a Boadilla con coches normales, él traía un Porsche. Hacía esas cosas. [Risas] Y tenía la manía de ser siempre el último en subir al autobús. Se quedaba en una esquina esperando para poder hacerlo. Supersticiones.

Simeone.

Por su carácter y por su forma de presionar la salida del balón, Simeone fue muy influyente en nuestro juego. Y en la estrategia siempre atacaba al primer palo. Esa temporada marcó doce goles por primera vez en su carrera. Pero tuvimos un equipo en el que todos los jugadores, excepto Molina, marcaron goles. Marcamos más del 60 % de los tantos de estrategia. Esa fue la clave del triunfo. Me empeñé en que todo el mundo supiera por qué se hacía cada cosa. Una vez entró Jesús Gil en el vestuario y había un papel en el que ponía: defensa, ataque, córneres, faltas, barrera… Y dijo: «¿Esto qué es? No había visto algo así en mi vida». Claro que no lo había visto nunca. Era fruto de un acuerdo entre toda la plantilla, saber qué tenía que hacer específicamente cada uno en cada una de esas situaciones y evitar así cualquier imprevisto.

La Copa del Rey la ganó en Zaragoza, su querida ciudad, y con gol de Pantic.

En el viaje del Calderón a La Romareda les puse un vídeo de cada jugador para motivarles, con sus goles, cosas buenas, celebraciones. Las chirigotas de Kiko también ayudaron a relajar el ambiente. Éramos una familia. Todos los viernes nos íbamos a tomar unas cervezas y unos pinchitos. Con Simeone hacíamos barbacoas en Boadilla.

La liga se ganó, pero no sin agonía.

El partido decisivo contra el Barcelona, Simeone no lo quiso jugar. Se tenía que ir con la selección y, ya sabes los argentinos, a eso no renuncian por nada del mundo. Luego también había unas historias, pero no quiero hablar demasiado… Intentamos prepararle un avión y se negó. Pero puse a Roberto y ganamos 1-3. En la ida les habíamos metido 3-0 y era el Barça de Cruyff. A todos los que dijeron que no íbamos a aguantar así todo el año, con esa intensidad, les demostramos lo que es la confianza en uno mismo.

La celebración la recuerdo como algo maravilloso. Nunca lo olvidaré. En el paseo por Madrid había más de un millón de personas. Iba en una especie de carroza y desde ahí vi a una mujer, una abuela, de unos ochenta años, sentada en una silla y aplaudiendo. Pensé: «Por esto el fútbol es grande». Miguel Ángel Gil me quiso dar una sorpresa y se trajo a mi padre sin yo saberlo. Estuvo muy discreto, pero muy orgulloso de su hijo. Me hizo muy feliz.

Por estas fechas, en una entrevista en El Mundo, llamó nazi al periodista Hermann Tertsch y él le denunció.

Su padre durante la Segunda Guerra Mundial era nazi. Y el hijo atacó a Serbia por todas partes. Yo, por supuesto, no pude aguantar eso. Me denunció y sí, tuve que pagar una multa.

Su Atlético campeón se quedó atrás al año siguiente del doblete, cuando la ley Bosman revoluciona la liga.

Antes de eso hubo otros problemas. Cuando ganas algo, siempre te aparecen tíos en el club a traerte jugadores con los que yo no estaba de acuerdo. No pude traer a Ronaldo, que ya lo seguía en el PSV. Perdí a Solozabal, que yo estaba totalmente a favor de que se quedase y no sé qué ocurrió ahí arriba, pero se fue y me trajeron a Andrei, que era bastante lento. Me dijeron los Gil que tiraba buenas faltas, pero yo quería a alguien que defendiera bien, ya tenía gente que sabía tirar faltas. Bueno, cosas que pasan…

Pero hicimos una Champions maravillosa, fuimos el primer equipo que ganó al campeón de Alemania en su feudo, al Borussia Dortmund, que luego ganó la Champions. Y el partido contra el Ajax en casa… fuimos muy superiores y nos marcaron ese gol en la prórroga. Dani desde fuera del área, que en la vida había metido algo así.

Esnáider falló el penalti.

Sí, eso es.

¿Se adaptó a su equipo el argentino?

Prefiero no hablar de aquello. Solo te puedo decir que le quitamos un lastre al máximo rival, porque la temporada anterior solo había jugado siete partidos.

¿Y por qué dejaron marchar entonces a Penev?

Porque ya era mayor. Ya que teníamos aspiraciones de Champions queríamos mejorar en ese sentido. Pensábamos que ya había dado lo máximo de sí mismo y que iba a ser difícil que se superase. A Pantic también le buscamos un recambio, porque iba a tener que jugar miércoles y domingo cada semana y ya estaba en una edad en la que no podía rendir a buen ritmo con un calendario así. El año anterior fue maravilloso, pero los refuerzos del siguiente no rindieron como pensábamos. Y luego te das cuenta de que en el fútbol el entrenador no manda siempre en este aspecto.

En su tercer año en el Atlético la prensa destacaba que tenía muchos problemas de vestuario.

No era cierto. Lo que pasó fue que Bogdanovic tuvo problemas musculares y hubo que cambiarlo por otro jugador a mitad de temporada. Y lo de Juninho, la lesión que le hizo Míchel Salgado fue clave. Encima era penalti y expulsión y no pitaron nada. Le rompió el tobillo, ahí se acabó su temporada prácticamente y perdimos a un jugador muy valioso.

Otro personaje conflictivo pero que también jugó muy bien fue Vieri.

Christian vino precisamente porque era un jugador joven y con gran porvenir. Tuvimos muchas conversaciones porque él venía de un club grande con Lippi, y nos costó mucho cambiar un poco su forma de jugar. Queríamos que tirase los desmarques en contra del sentido en el que se juega porque así tenía toda la portería para sí, pero nada. «A mí me dijo Lippi que tengo que ir siempre al primer palo», se me quejaba. Y yo: «¡Si te vas al primer palo vas a tener una portería así de pequeña!». Cuando logramos que entrara en razón metió veinticuatro goles en una temporada. La primera vez que lo hizo en su carrera, y solo logró igualar esa cantidad un año más con el Inter cinco años después.

¿Y él no lo veía?

No, porque su carácter era un poco de ir de guapo, de italiano [risas].

Usted le acusó públicamente de cerrar discotecas.

¿A Vieri? Bueno, tuvo algunas historias con unas chicas italianas y también tuvo problemas de lesiones.

Pero la afición le quería a usted y cantaba lo de «Radomir, te quiero».

Cada vez que voy al Calderón lo escucho. En todos los clubes que he estado me he portado como si fuese mi casa. Tenemos un dicho en Serbia: «Nunca cierres una puerta con el culo».

¿Por qué salió del equipo en la 98-99?

No fue cosa mía. Había otras historias. Recuerdo un partido contra la Lazio en Roma, los Gil estaban sentados en el palco con Arrigo Sacchi.

Le estaban haciendo la cama, que se dice.

Hombreee…

¿Cómo es que no fichó por ningún otro equipo?

Me quedé un poco tranquilo en casa con mi familia, que también lo merecía. Y, ¿sabes lo que pasa? Yo nunca en mi carrera he tenido representante y a veces los clubes imponían a sus representantes para fichar. Cosas que pasan.

¿Por ese motivo no salió al mercado?

[Risas] Había de todo. En aquella época había otras circunstancias en la forma de pago y esas cosas que no quiero desvelar.

¿Pero se refiere al Atlético o a los demás equipos?

Todos los equipos.

Y a usted eso no le gustaba.

Por supuesto, yo velaba por mis derechos.

¿Con los Gil cómo era?

No voy a decir nada. Solo te puedo decir que hubo muchos cambios en el fútbol español con el paso de los clubes a Sociedades Anónimas.

Volvió al Oviedo.

Sí, también en una situación de transición a Sociedad Anónima y problemas internos. Aposté por Collymore, pero no cumplió y la gente se enfadó. Nunca olvidaré las declaraciones de Cruyff: «El equipo que mejor fútbol ha hecho ha sido el Oviedo, y puede descender». Y nunca se habla de qué manera ganó el Osasuna a la Real Sociedad en la última jornada.

Ha visto mucha suciedad en el fútbol español.

Bastante [risas].

¿En otros países es igual?

No lo sé, lo desconozco. Solo creo que le hicieron al Oviedo cosas que nunca deben hacerse en el fútbol.

¿Lo del Osasuna o durante todo el año?

Lo del Osasuna.

Sin embargo, luego logró fichar por el FC Barcelona. Aunque fuese cogiendo al equipo a mitad de temporada, se convirtió en el único entrenador que ha estado en Madrid, Atlético y Barça.

Gaspart me dijo: «Estamos en situación de descenso. Por favor, a ver si nos puedes ayudar». Dije que por supuesto, pero me encontré al llegar con muchos problemas. Aquellos seis meses para mí fueron seis años. Había cuatro presidentes y cada día se hablaba de uno de ellos, del nuevo fichaje estrella, del nuevo entrenador. Siempre estaban en campaña.

En la Champions di bola a jóvenes, como Gabri e Iniesta. Puyol venía cada día al despacho a preguntarme «¿Qué hacemos?, ¿cómo lo hacemos?», pero nos echó la Juventus… Fue increíble la que falló Luis Enrique delante del portero, era casi a puerta vacía.

¿Sabes cuáles eran los problemas? Le dije al capitán, a Luis Enrique, de hacer una convivencia cada viernes, y el primer día que la hicimos vi que los cinco holandeses estaban jugando a las cartas, los argentinos hablando entre ellos y me dije… «aquí está el asunto». Terminó la primera convivencia y le dije a Luis Enrique: «Esto es una vergüenza, la cerveza estaba fría y la tortilla inmejorable, pero también me he dado cuenta de por qué estáis donde estáis y por mí no vamos a hacer ninguna convivencia nunca más». Luis Enrique me pidió que por favor les diéramos otra oportunidad. Contesté: «Por mí no, si vosotros queréis podemos repetirlo, pero convivir de esta manera no os lleva a ningún sitio». En la siguiente ocasión empezaron a hablar entre ellos y, mira, ganamos todos los partidos hasta el final. Siempre he tenido la filosofía de que los buenos jugadores no hacen un buen equipo como el buen ambiente.

Cambié a siete jugadores de puesto y Xavi fue uno de ellos. Le llamé un día y le dije: «Xavi, amigo, vamos a ver, esto no va con tus virtudes». «¿Cómo, míster?», replicó. Él tenía complejo de Guardiola, de jugar por delante de la defensa. Le dije: «Mira, tienes un buen tiro desde media distancia, tienes un gran pase al espacio, tienes un gran sentido de combinación. ¿Eres capaz de añadirle a tu posición treinta metros hacia la portería del rival? Porque tenemos a Overmars y tenemos a Saviola, que son rápidos. Necesitamos a un jugador que pueda poner balones al espacio». Entonces se excusó: «Sí, míster, pero a los centrales les gusta que yo empiece a jugar desde atrás». Y yo: «No te preocupes, esto lo voy a arreglar con los centrales. Vamos a probarlo». Al primer partido vino Gaspart y me dijo: «Míster, este es el partido más importante de mi vida. Jugamos con el Espanyol y si nos gana en su campo se pone por delante de nosotros y yo tengo que irme del Barcelona». Y, justo a los diez o quince minutos, Xavi, por primera vez en su vida, termina una jugada, entra en el área del rival y marca un gol. Una fiera. En ese momento empezó a ser el mejor centrocampista del mundo y el mejor en su posición.

Decían que con Van Gaal el equipo estaba un poco machacado de táctica y usted les dio más libertad.

No fue exactamente así, aunque hice cambios, claro. Por ejemplo, me dijeron que Frank de Boer era más lento que su madre, así que yo puse a su lado a Puyol, que era mucho más rápido, para adelantar la defensa y corregir el problema. También hablamos con Overmars, que era un diestro pero jugaba por la derecha; era muy rápido, pero siempre que llegaba a la zona de ataque tenía que recortar y era muy predecible. Yo lo pasé a la otra banda. Al final terminamos en la zona UEFA, pero ganó Laporta las elecciones y tenía a su gente. Begiristain me dijo que estaban encantados conmigo, pero que «nuevo presidente, nuevo entrenador». Me agradecieron que no pusiera problemas a mi salida.

Y después otro fichaje igual, a salvar al Celta.

Ha sido mi vida. Coger equipos al borde del desastre y dejarlos en mejor situación. Pero ¿por qué? Porque nunca tuve un representante. El problema con el Celta fue que, además de estar por abajo, tenían que jugar Champions y nos las vimos con el Arsenal de Henry, Vieira… El equipo estaba agotado y había jugadores con unas costumbres antideportivas muy serias.

Ser entrenador de los tres grandes de España es algo que no ha hecho nadie. ¿En qué se diferencian Madrid, Atleti y Barça?

En todo. El fútbol es un espejo de la sociedad. Catalanes y madrileños ya sabemos que son muy diferentes, pero es que el Atlético también es muy especial y distinto al Real, no tiene esa arrogancia.

¿Qué se le pasó por la cabeza cuando murió Jesús Gil?

Esto es algo que ya he repetido más de una vez y que es una enseñanza vital para mí: Jesús Gil tenía todo para ser feliz; una finca preciosa, Valdeolivas, mucho dinero. Y, sin embargo, se fue de la vida con pena y con muchos problemas. Con todo lo de Marbella… De verdad, todo el dinero que ganó no le hacía feliz. Seguramente Gil fue la persona que más disfrutó con los títulos que ganamos. Nunca olvidaré cuando fuimos al Vaticano a ofrecer el trofeo al papa. Fue su mujer y también su madre, doña Guadalupe. Ella era una mujer muy firme, no dejaba que nadie la ayudase con sus maletas en el aeropuerto, ni siquiera yo mismo, y eso que Gil le dijo, refiriéndose a mí: «Pero que sin este señor no estaríamos aquí» [risas]. Estas cosas te marcan muchísimo, de verdad.

Te voy a contar otra cosa sobre Gil. Él tenía su oficina en el estadio y mandó construir un baño para poder ducharse, porque decía que necesitaba limpiarse de las cosas malas que le habían pasado, de su tiempo en la cárcel cuando lo de Los Ángeles de San Rafael [se derrumbó un restaurante de su propiedad y murieron cincuenta y ocho personas, fue condenado por ello]. Recuerdo también que una mañana, en Liga de Campeones, vi a todos sus guardaespaldas saliendo del hotel cargados hasta arriba de almohadas del propio hotel. Gil dijo: «Es que nunca he dormido tan bien como en este hotel con estas almohadas». [Risas] Él iba al casino y gastaba y gastaba, ganaba mucho dinero, aunque lo que de verdad le hacía feliz, ¿sabes qué era? [risas]. Jugar al parchís. En serio.

¿Qué le parece el Atlético actual de Simeone?

Creo que ha ganado solidez. También ha solventado sus problemas económicos, que, quieras que no, estos éxitos en Liga de Campeones, llegar a las finales y tal, les dan mucho dinero. Ciento cuarenta millones de euros de derechos de televisión, otros sesenta por llegar a la final…

¿Y el estilo de juego?

Ya sabes que los resultados son lo único que no se discute en el fútbol. Pero si tengo que opinar personalmente, a mí me parece que Simeone tiene todo el derecho a hacer lo que hace, pero su equipo no juega con autoridad de campeón: siempre está replegándose, defendiéndose muy atrás, jugando al contraataque. Él es quien ha hecho que el equipo juegue de esta manera, aunque es cierto que también trabaja la estrategia y marca goles por ahí. Por otro lado, Simeone ha sabido generar una relación casi simbiótica con el grupo y con los aficionados. La gente está con él.

¿El Madrid de Florentino?

Sigue siendo el club más rico del mundo, con las mayores posibilidades. Y, sin embargo, los últimos años se han salvado de milagro con las dos victorias en la Liga de Campeones porque llevan cuatro años sin ganar la liga española. Les he visto en muchos partidos de Champions y han ganado, pero no me han convencido en absoluto.

¿El Barça de Messi?

Te voy a decir una cosa que me encanta del Barça y que no veo en el Madrid: salen a calentar las estrellas juntas. Neymar, Messi y Suárez. Y, además de marcar goles, dan asistencias. Es algo de lo que se beneficia el Barcelona, son jugadores que normalmente serían egoístas, pero trabajan mucho unos para otros. Este año creo que tienen un poco de overbooking en el centro del campo, hay ocho para dos puestos.

Pudo clasificar a Serbia para el Mundial de Sudáfrica.

La situación del fútbol serbio era calamitosa, de los veintitrés jugadores que tenía doce no jugaban en sus equipos. Hubo que devolver la autoestima al grupo, pero cambiamos la mentalidad de la plantilla y la de los aficionados, tuvimos el campo siempre lleno. Nos clasificamos por delante de Francia y le metimos un 5-0 a Rumanía.

Javi Clemente, que fue seleccionador de Serbia, dijo en su entrevista en Jot Down que los serbios, ante los equipos grandes, salían a muerte, pero contra los que eran inferiores a ellos salían desmotivados.

No. Es que él siempre ha intentado jugar contrarrestando el juego del rival y buscar su oportunidad. Siempre desde la defensa y desde la pelea. Contra los grandes, bien, pero contra equipos pequeños no podía porque no dominaba. Es el problema de siempre de los equipos que salen siempre a defenderse.

¿Qué pasó en Sudáfrica que no pasó de primera ronda?

Perdimos con Ghana por un penalti absurdo de Kuzmanovic, una mano tonta. Luego ganamos a Alemania, hacía veintiocho años que un equipo de Yugoslavia no podía con ellos, y contra Australia hicimos nuestro mejor partido, pero perdimos. La suerte que tuvo España en ese mundial nos faltó a nosotros.

¿Tuvo suerte España?

Sí, porque España tampoco tuvo autoridad en el juego, en los momentos claves tuvo suerte.

¿Cómo ha sido su última etapa entrenando en China?

He estado en el Shandong, donde hicimos una ciudad deportiva que para mí es la mejor del mundo. Le pusieron un río artificial alrededor, trasplantaron árboles de cincuenta años y sobrevivieron. Solo puede pasar en China, son extraordinariamente meticulosos y trabajadores. Nos superan en todo; en trabajo, jerarquía, comportamiento. Son maravillosos. Luego estuve en el Hebei, que lo compró un magnate, un constructor, pero que no construye casas, construye ciudades. Empezamos desde cero y conseguimos subir a primera división, pero como siempre, aunque tenía más de un año de contrato, me lo pagaron y me despidieron.

¿Por qué?

Porque pusieron un chico joven chino. Como siempre, pensaban que esto de entrenar lo hace cualquiera. A mí me ocurre siempre.


Países que jugaron el Mundial de fútbol y que ya no existen

Francia-Yougoslavia, 1965. Fotografía: Cordon.

La FIFA contabiliza en sus estadísticas oficiales que un total de setenta y siete naciones han disputado, al menos una vez, la fase final de su Copa del Mundo. A estas se suman en la edición de 2018 las debutantes Islandia y Panamá. Sin embargo, la cifra tiene truco. La FIFA reconoce a varias selecciones actuales la herencia de combinados antiguos que hoy ya no compiten por la sencilla razón de que no existe el país al que representaban. La mayoría de los casos se localizan en Europa, viejo continente cuya geografía política sufrió importantes cambios como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y, unas décadas después, del final del comunismo. Los otros dos casos son más exóticos para nosotros. Eso sí, se trata más de un cambio de denominación que de la extinción de un Estado.

La historia comienza en Uruguay en 1930. El paisito logró organizar la primera Copa del Mundo, evento para el que se postuló como anfitrión España y al que finalmente ni siquiera acudió nuestra selección. El hecho de que la Copa del Mundo se disputase al otro lado del charco desmotivó a muchas de las selecciones europeas que se negaron a viajar, pero no a Yugoslavia, la nación que aglutinaba a todos los pueblos eslavos. En un campeonato de trece selecciones, Yugoslavia consiguió quedar cuarta por detrás de Uruguay (campeón), Argentina y… ¡Estados Unidos! Eliminado por Uruguay en semifinales por un contundente 6 a 1, Yugoslavia había vencido previamente a Brasil y a Suecia. La selección de Yugoslavia se mantuvo con tal denominación por más de sesenta años. Estuvo presente en nueve ediciones de la Copa del Mundo, repitiendo cuarto puesto en Chile 62 y cerrando su historia en Francia 98 con un décimo puesto. Ya entonces el país se había desmembrado y Croacia también participó en aquel Mundial que ganaron Zidane y compañía. El combinado ajedrezado fue tercero con un equipo en el que figuraban Suker, Jarni, Prosinecki y Boban entre otros jugadores que habían sido internacionales con Yugoslavia. Desde 1998, Croacia solo faltó al Mundial de Sudáfrica en 2010, mientras que Serbia y Montenegro (última en 2006) y Serbia —a secas— (vigésimo tercera en 2010) han heredado el sitio de Yugoslavia a efectos de la FIFA. Además, Eslovenia logró clasificarse para la fase final de las ediciones de 2002 y 2010 y Bosnia Herzegovina debutó en 2014 sin poder superar la liguilla. La ARY de Macedonia y Kosovo siguen pendientes de obtener el primer billete de su historia como naciones independientes. En Rusia 2018 volverán a competir Serbia y Croacia.

Mención especial merece el caso alemán. Tras negarse a viajar a Uruguay en 1930, Alemania fue tercera en Italia 1934 y participó también en el campeonato de 1938 en Suiza. Las siguientes dos ediciones del torneo no se disputaron porque el mundo estaba inmerso en la peor guerra de la historia. Alemania, derrotada en dicha contienda por los aliados, fue dividida en dos repúblicas: la Federal (oeste) y la Democrática (este) en la que se instauró el régimen comunista. De modo que, desde mediados del siglo XX y hasta la caída del muro de Berlín, hubo dos selecciones alemanas. Y llegaron a enfrentarse en 1974 (primera y única vez), en el Mundial que organizó la RFA y en el que la RDA logró vencer a su vecino capitalista. Fue en la fase de grupos. La Alemania oriental venció 1 a 0 con gol de Sparwasser. Sobre el césped, los jugadores no se atrevieron a intercambiar las camisetas, pero en el túnel de vestuarios Sparwasser y Paul Breitner sí lo hicieron. Las guardaron como oro en paño —y como secreto de Estado— durante veintiocho años. Aquel Mundial, sin embargo, acabó con la victoria de la Alemania occidental en la final ante la Holanda de Johann Cruyff. Era el segundo título para la RFA, que todavía conseguiría otro en 1990 tras ser subcampeona en 1982 y 1986. Tres títulos de campeón del mundo para un equipo y un país que ya no existen. Eso sí, la FIFA considera que la Alemania reunificada es heredera de la RFA, por eso los alemanes pueden presumir hoy de cuatro títulos (se impusieron en Brasil 2014), aunque los tres primeros solo los ganó la mitad occidental del país. La RDA no tuvo más experiencias mundialistas más allá de 1974. Caprichos del destino.

X = no existía como país. En blanco = no clasificó. (Click en la imagen para ampliar).

Siguiendo con el telón de acero, la Unión Soviética fue una de las selecciones históricas de los mundiales del siglo XX. Antes de su disolución logró clasificarse en siete ocasiones para la fase final y fue cuarta, quinta y dos veces sexta entre 1958 y 1970. De todas las ex repúblicas socialistas soviéticas, solo Rusia y Ucrania han logrado llegar a una fase final. Los rusos lo han hecho en tres ocasiones, sin pasar nunca de la fase de grupos. Por lo tanto, esperan dar un paso adelante en «su Mundial». Ucrania, ausente en Rusia 2018, tiene el honor de haber llegado hasta cuartos de final en 2006 en su única presencia mundialista hasta ahora. Desde luego, se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en el terreno de juego a la Europa del este le iba mejor cuando defendía una misma camiseta. Los restos balompédicos de la URSS se reparten hoy entre una serie de selecciones mediocres que van desde el Báltico hasta las confines de Asia. Sin ir más lejos, cinco ex repúblicas soviéticas tienen a sus actuales selecciones de fútbol inscritas en la Confederación Asiática. De todas ellas, solo Uzbekistán ha rozado alguna vez la clasificación para el Mundial.

El último caso europeo es la historia de un amor imposible. La unión amistosa pero antipopular de dos naciones que habían pertenecido al Imperio austrohúngaro. Hablamos de la antigua Checoslovaquia, a la que, como combinado nacional de fútbol no le fue nada mal. Logró quedar subcampeona del mundo en 1934 (perdió ante la Italia de Mussolini y ante Mussolini) y 1962 (cayó ante Brasil por 3 a 1 en Chile). Por separado, la República Checa (vigésima en 2006) y Eslovaquia (decimosexta en 2010) no han alcanzado los éxitos fruto de la unión que rompieron de mutuo acuerdo en 1992.

Los últimos dos casos de países extintos que participaron en la fase final de una Copa del Mundo de Fútbol nos llevan a Asia y África. En realidad, como decíamos al principio, no estamos ante estados que hayan desaparecido, sino que, simplemente, se ha producido un cambio de denominación. En los anales de la FIFA relucen los nombres de Zaire (última en 1974) y las Indias Orientales Neerlandesas (últimas en 1938). Zaire, seguramente lo habrá usted adivinado, se refiere a la actual República Democrática del Congo (capital Kinsasa). El nombre de Zaire fue el que impuso Mobutu cuando accedió al poder y con tal topónimo se plantó el combinado africano en la Copa del Mundo de 1974 en la que se enfrentaron las dos Alemanias. Kazadi Muamba se llamaba el portero zaireño. El pobre tuvo que recoger el balón del fondo de las mallas catorce veces en solo tres partidos: derrotas ante Escocia por 2 a 0, nuestra amada y extinta Yugoslavia por 9 a 0 y Brasil por 3 a 0. Mucho anterior fue la participación de Indias Orientales Neerlandesas. ¿Lo qué? No se alarme. Vaya al mapamundi y busque Indonesia. Ahí es. En 1938, la actual Indonesia no era aún un Estado independiente cuando logró convertirse en la primera selección asiática en disputar la fase final de un Mundial de Fútbol. Fue en Francia a donde Indias Orientales Neerlandesas llegó, se enfrentó a Hungría, encajó un rotundo 6 a 0 y se volvió a marchar a casa. Desde entonces, como Zaire (o República Democrática del Congo), la antigua colonia holandesa no ha vuelto a clasificarse.

Todos estos casos dejan claro que los Estados son un invento político del ser humano y que el Mundial de Fútbol no es ajeno a los designios de la historia. Quién nos asegura que dentro de cuatro, ocho o doce años no tenemos que añadir a la lista de este artículo a otras dos naciones: las dos Coreas (diez participaciones en fase final para Corea del Sur y dos para Corea del Norte). Quién sabe. Nadie esperaba ver a Donald Trump estrechando la mano de Kim Jong-un. ¿Somos conscientes de que podemos asistir en un futuro a la formación de una única selección coreana? Que pregunten en Alemania si no sería posible.


Ricardo Rocha: bigote, mullet y autogoles

Fotografía: Cordon Press.

Veranito de 1991. Felipe González todavía mola más que Henry Fonda. La URSS se cae a cachos. Comienza en serio la guerra de Yugoslavia. En septiembre ve la luz el Nevermind de Nirvana y la alegría se convierte en algo de mal gusto. Los grupos de música españoles abandonan el español como lengua vehicular. Llegan las camisetas XXL. Los walkmans, con auto-reverse. El tiempo medio de posesión de una Vespino antes de que te la roben alcanza los cinco meses. En el mundo del espectáculo los buenos modales dejan de comprender la oferta de una rayita de caballo cuando se está entre bastidores. Y el FC Barcelona es el mejor equipo de España. Trágico todo.

En 1991 no es que el fútbol fuese más romántico, es que era una cuestión de fe. No se televisaban todos los partidos. Lo que no venía en el Don Balón no existía. Se enteraba de cómo jugaba su equipo el que iba al campo. Al Bernabéu costaba mil pesetas en el segundo anfiteatro de pie, verlos entrenar en Plaza Castilla, cien. Pero a mucha de la gente que acudía a una u otra cosa, con sus bricks de vino y una distribución de las piezas dentales en clave de leninismo amable, bascular, las transiciones y los controles orientados, francamente, se la pelaban. Querían victoria, destrucción. Y el Madrid no se lo estaba dando.

El club tenía muchos y diversos problemas en la plantilla, pero el más notable estaba atrás. Tras la marcha de Óscar Ruggeri, don Predag Spasic no había dado lo que se esperaba de un central de 1,90 natural de Kragujevac, Serbia. No solo eso, Spasic será recordado para la posteridad por marcar el gol de la victoria del FC Barcelona en un derbi en el Nou Camp. Un remate certero, directo. Imparable. Solo se podía pasar más vergüenza ajena por esas fechas con VIP MAR, emitido desde Marbella por Telecinco.

La solución a ese problema, popularmente conocido como «la maldición del central», fue Ricardo Roberto Barreto da Rocha. Si no funcionaba buscar un defensa como mandan los cánones en la que fue la capital de Serbia durante la Primera Guerra Mundial, se volvía al viejo truco de coger a alguien con bigote. El pretexto, la excusa que dieron, fue que había hecho una muy buena Copa América con Brasil.

Los que completamos el álbum de cromos de Panini de Italia 90 le recordábamos porque salía mirando con cara de que alguien se estaba riendo de él o pensando que le habían puesto el himno muy bajito. Estaba como mosqueado. También, porque en el famoso cruce de octavos contra Argentina falló a puerta vacía en un córner, no llegó a rematar. Y por supuesto, por tener el honor de agarrar a Maradona e intentar tirarlo como fuera mientras el barrilete cósmico se sacaba de la manga un pase a Canigga para que marcara el gol de la victoria.

No era un jugador normal. Y tampoco lo fue en el Madrid. No sé si fue incluso peor que Spasic. Habría que medir con cuál de los dos nombres se ríen más alto los múltiples y bien pertrechados enemigos del Real Madrid. Pero bueno, en un principio, sobre el papel, aquello prometía. Robert Prosinecki, mejor jugador de Europa. Gheorghe Hagi, el Maradona de los Cárpatos. Y Rocha, el central de Brasil. Podrían haber pasado a la historia, pero a quien se recuerda es a Koeman, Laudrup y Stoichkov. Veamos por qué.

Cuentan las crónicas que Rocha fue de lo mejorcito de su equipo, por no decir lo único presentable, en el inicio de la temporada 91-92. Buen partido en Cádiz, contundente contra el Valladolid —aunque quedara eclipsado por la salvaje agresión de Valderrama a Míchel golpeándolo con los genitales en la palma de la mano—, y el mejor contra el Slovan de Bratislava junto a Buyo, lo que demostraba, entre otras cosas, que el equipo se estaba defendiendo demasiado.

Así lo entendió Mendoza, que rápidamente trajo de director técnico a su amigo el holandés Leo Beenhakker. «Haré el trabajo que hacía Molowny», «vengo a trabajar en la sombra», «nunca seré el entrenador», declaró. Y en fin. Ya saben.

Pero a Antic le defendían los resultados. Contra el Barça en casa, por ejemplo, se dejó una impresión bastante decente aunque se empató a uno. Robert Prosinecki marcó el gol del Madrid de falta. Rocha aquel día jugó con gripe y solo aguantó la primera parte. El equipo se hundió en cuanto se fue. Pero aparte de una serie de yoyah bastante interesantes, dejó detalles como anticiparse a Stoichkov y dejársela de tacón a Chendo.

Eso no se veía habitualmente por aquellas fechas. Y menos en Madrid, donde el fútbol no es para reír. De hecho, diez minutos después del taconcito, don Michael Laudrup con toda la clase y la elegancia que le caracterizaban, le pegó una patada en la boca a Rocha llegando por detrás de inigualable factura. Claro, porque antiguamente los taconcitos tenían un precio en sangre y eso lo sabía hasta el mago danés. Aunque Rocha manco no era y cinco minutos después volvió a derribar a Stoichkov con una entrada directa al talón y en el lance, de paso, se tiró de culo sobre su cabeza. Qué bello era el balompié entonces.

Con aquella inyección de moral, ver que el campeón no estaba para ganar al Madrid, el equipo fue tomando forma; forma rocosa, concretamente. Rocha daba palos detrás, pero por delante tenía a gente seria que jugaba circunspecta como Milla y Fernando Hierro. El malagueño mandaba y marcaba cada jornada, explotó como futbolista. Los amantes del fútbol feo y desagradable, del vencer poniendo mueca de asco, de que se contabilicen los goles y las bajas, estábamos de enhorabuena, pero desgraciadamente, el que mandaba, Ramón Mendoza, no.

Al presidente se le puso en las narices esa ordinariez de «jugar bien». Iba de esteta. Debió de pensar que aún estábamos en los ochenta, en los años de la beautiful people, las hombreras y los socialistas expertos en vinos franceses. Declaró expresamente que la plantilla era muy buena y que por eso se iba líder, no por Antic, el entrenador. Luego regó esas palabras con vino francés de ese, pero no adelantamos acontecimientos.

Por entonces, Rocha, silenciosamente, nos demostraba de qué pasta estaba hecho. Jugaba partidos muy completos, era insuperable, pero en Riazor, por ejemplo, en el minuto uno dejó solo a Claudio Barragán, que no supo agradecer el favor. Tenía esos detallitos e iban llegando por goteo, como cuando empieza a llover. Pese a todo, tras ganar por dos a cero al Mallorca, la defensa del Real Madrid era la menos goleada de la era Mendoza.

Un dato que contrastaba con la irregularidad del equipo, capaz de palmar contra el «Neuchatel de los egipcios», —Hany Ramzy, Ibrahim Hassan y Hossam Hassan y a los pocos días meterle cinco al Español en Sarrià ante la atenta mirada del serbobosnio Dusan Mijic, integrante de la Vojvodina que le chuleó el campeonato yugoslavo 88-89 al Estrella Roja y el Hajduk Split. Pero esa es otra historia. Aquel día Milic le cedió amablemente un balón a Míchel para que marcara y a final de año fue pasaportado al Palamós con un lacito. El caso es que el Madrid cuando parecía que molaba, pinchaba.

Mendoza entonces hacía chistecitos. Dijo un día «Antic, en el descanso de este partido, no está cesado, al término del encuentro, ya hablaremos». Nadie como él y su fina ironía para transmitir tranquilidad a la plantilla. Rocha, por su parte, seguía siendo el mejor del equipo junto a Hierro. El brasileño en Atocha se marcó un partidazo ante la Real Sociedad de Oceano, Carlos Xavier y Kodro, que era la sensación de los resúmenes del domingo. La crónica del Mundo Deportivo fue muy descriptiva:

El brasileño estuvo infranqueable en todo momento, aunque para ello tuviese que recurrir al juego duro; la máxima «puede pasar el balón, pero nunca el jugador» la siguió al pie de la letra.

En la capital estábamos orgullosos de él. No le faltaban recursos. No pedíamos más. En la vuelta contra el Neuchatel, donde se marcó un autogol el egipcio Ibrahim Hassan, Rocha dijo que como en la primera parte lo vieron crudo, en el descanso «rezaron mucho» y «surtió efecto». Encima «Dios con nosotros», como en la hebilla de los cinturones de la wehrmacht.

Cuando no debió de rezar fue contra el Atlético de Madrid. Venían de dos empates, contra Zaragoza y Oviedo, y ganar al vecino era una necesidad acuciante. Rocha hizo, en sus propias palabras, su peor partido con el Real Madrid. Luis Aragonés destrozó a la defensa blanca con sus jugadas de estrategia. En el gol de Manolo falló Rocha y Futre, al que debía marcar, se lo pasó pipa los noventa minutos.

Ricardo Rocha en el Real Madrid. Foto: Cordon Press.
Ricardo Rocha en el Real Madrid. Foto: Cordon Press.

Finalmente, Antic se fue a la calle. Iba líder, sí. pero perdió en Valencia, el Madrid ganó al Tenerife en casa pidiendo la hora y empató a uno con el Cádiz. Demasiado para Mendoza. Nada más ser despedido, el serbio fue a consolarse a casa de su amigo y excompatriota Robert Prosinecki, lesionado de gravedad, como todo el mundo recuerda, e iniciándose en el mundo de la noche de una de las ciudades más divertidas de Europa en aquel momento. Seguro que se enchufaron unas rakijas diciendo barbaridades irreproducibles sobre el club y su máximo mandatario. Tenían al Barcelona segundo a tres puntos. El serbio ese año había logrado una racha de veinticinco de veintiséis puntos posibles en trece jornadas, pero lo mandaron a casa. La situación era como para cabrearse.

Con Benhaker pronto se dejó ver el «buen fútbol», el «jogo bonito» y todas esas cosas. Derrota contra el Valladolid de los colombianos y nuestro amigo Engonga y derrota contra el Sevilla. Rocha fue claro y meridiano con los periodistas: «Somos un mal equipo».

Al Nou Camp se fue como al matadero. El Barça estaba crecido y el Madrid era un hazmerreír. A los pocos minutos, Koeman clavó un obús de falta como pocos se recuerdan. Rocha estaba desbordado, más perdido que una rana en el mar, pero, mira tú por dónde, el que apareció fue Butragueño. Se hizo una jugada excepcional por la izquierda, metió un pase medido a Hierro quien fusiló a Zubizarreta literalmente, porque la pelota le golpeó en el esternón al vasco como una bala, aunque el rebote fuera luego para dentro. Cómo lo gritamos en la meseta. Y para que se hagan una idea del paso del tiempo, en el momento del gol, yo estaba jugando al Hyper Olympic en MSX en casa de un amigo con el partido puesto en otra tele.

No estaban muertos. Quedaba mucha liga. ¡Arriba los corazones! El Real Madrid salió muy reforzado de ese empate a uno, pero a los pocos días llegó un rival de cierta entidad y Ricardo Rocha demostró por primera vez, ya a las claras, su don para lucirse en las grandes ocasiones. Era el Torino; el Torino de Rafael Martín Vázquez, el hijo pródigo, que nos había abandonado por un saco de monedas. Otra audacia de Mendoza.

En la ida se ganó 2-1. El paisano de Rocha, Walter Casagrande, marcó el 0-1. Fue un espantajo de gol. Habría sido feo hasta en un San Mamés una tarde de niebla y lluvias torrenciales. Lentini chutó sin ángulo, raso, a la base del palo y no me pregunten qué hizo Buyo porque aún no lo sé. El balón bailó ska por encima de su cuerpo, le cayó a Casagrande dando botecitos y la enchufó a placer. Rocha era su marcador. Ría aquí.

La rueda de prensa fue memorable. Doce aficionados del Torino fueron agredidos en las puertas del estadio, a uno le rompieron el peroné, y al autobús del equipo se le apedreó y se le rompieron las lunas como mandan los cánones en los pueblos de boina calada hasta las cejas. El jefe de prensa italiano le espetó a Leo Beenhakker «¡Los españoles sois unos animales!». Y el holandés, metido súbitamente en la piel de un español cual general de la Rovere, replicó: «El Torino ¡a tomar por culo!».

De menos risa fue a que a las dos de la madrugada, en el kilómetro 161 de la N-V, un camión cargado con troncos perdió el control y la carga cayó por toda la carretera. El coche en el que volvía a casa de ver el partido Juan Gómez «Juanito» esquivó los troncos, pero no a un camión portugués que se había detenido. La leyenda blanca perdió la vida en el acto.

En el partido de vuelta, Rocha fue el más desafiante de los blancos. «Los del Torino no son más hombres que nosotros», dijo a los medios. Hombres tal vez no, pero como futbolistas, Lentini se coló por la derecha nada más empezar, centró al área y ahí apareció Ricardo Rocha para despejar de chilena o tijereta o no se sabe qué. Es cierto que si no despejaba venía Casagrande por una autopista para rematar a placer, pero es que despejó a la escuadra donde no podía llegar Buyo. No, coño, no.

Con eso ya estaban clasificados, pero por si acaso, el belga Enzo Scifo tocó para Rafael Martín Vázquez, el tío bigotes abrió para Lentini y el bueno de Gianluigi la volvió a liar. Se internó en el área, sorteó a Chendo con un regate que, geométricamente hablando, digamos que la línea que unía el centro de cada uno de sus testículos en ningún momento dejó de estar en paralelo con la línea de tierra, centró a Fusi; y este hombre, como era su obligación, tiró a puerta con toda su alma y ahí estaba de nuevo el dúo cómico. El balón pasó por entre las piernas de Rocha y Buyo, volviendo de donde había dejado Lentini a medio Madrid clavado, intentó pararla con el pie dando una patada al aire inverosímil. Si el aleteo de una mariposa en Londres puede provocar una tormenta en Hong Kong, solo diré que tras la acción de Buyo hubo dos seísmos de 7,5 en Estados Unidos. Pueden preguntárselo a Google si no se lo creen. Y de propina, el Barça se calificó esa semana para la final de la Copa de Europa en Wembley.

En la prensa se empezó a comparar a Rocha con Spasic por eso del autogol en un momento clave, aunque se reconocía que se había mostrado muy seguro durante todo el año. Mano a mano con Sanchís, habían permitido que Hierro se preocupara de atacar en el centro del campo con notable éxito y, la verdad, era cierto. Era un central excepcional. Aunque hay que decir que el principal activo de Rocha como defensa era su temeridad. Se iba al suelo con facilidad y violencia en cuanto tenía a alguien enfrente. Los antimadridistas dirán que como era merengue podía hacer todas esas guarrerías y lo mismo llevan razón. De hecho, si no lo he soñado, Núñez se quejó de que entraba con los dos pies por delante y se refirió a él como «negrito».

En el último tramo de liga, las diferencias entre Madrid y Barcelona nunca se agrandaron. Una semana, un gol de Alejandro Rodríguez López, natural de Albacete antes de que ser de Albacete fuese cool balompédicamente hablando, dio al Real Burgos un empate a uno en el Nou Camp y el Madrid lo tenía todo de cara. A la siguiente, Marius Lacatus le clavaba un gol a Buyo por entre las piernas de Miguel Porlán Chendo y volvía la igualdad.

Sin embargo, con todo en contra, el Madrid acabó fuerte, con buen tono. En dos partidos memorables de Rocha, los blancos ganaron al Atlético y al Valencia. Ya solo había que ir a Tenerife y ganar. ¿Fácil, verdad?

Buen rollo no había en el equipo. Rocha dijo a la prensa «hay un par de jugadores en el Real Madrid que están como muertos». Se refería tal vez a Milla y Luis Enrique. Pero daba igual. En Tenerife, Hagi marcó uno de los goles del año, el Madrid se puso 2-0. La liga estaba ganada. Solo había que dormir el partido. Telemadrid estaba echando una corrida de toros e interrumpía la emisión para poner los goles. En las Ventas estaban más pendientes del fútbol que de la lidia. Todo era fiesta. Emoción. Y tanto.

Porque, ay, Estebaranz acortó distancias. 2-1. Y llegó el desastre. Pizzi se fue por la derecha, chutó a puerta de mala manera y Rocha, que estaba cubriendo a Pier, despejó con todas sus fuerzas… dentro de la portería. Casi revienta el balón de la hostia que le dio. Empate. Y en pocos segundos, derrota, aunque omitiremos cómo fue la ejecución del 3-2 por si nos están leyendo niños. Lo relevante es que Ricardo Rocha, nuestro Rocha, la volvió a cagar en el momento más importante.

En cualquier caso, la Revista Real Madrid le dio el premio al jugador más destacado de la campaña. Y la derrota contra el Atlético en el Bernabéu en la final de Copa del Rey, con goles de Futre y Schuster, afortunado él, se la perdió.

Nadie la tomó con él. En la Ciudad Deportiva la gente pitaba a Míchel y a Sanchís. Se estaba gestando aquello del «menos millones y más cojones». Y finalmente, de esta temporada, cabe destacar las declaraciones de Chendo analizando lo sucedido: «El Barcelona ha ganado la liga porque ha quedado campeón». Ni Baudelaire.

A poner orden llegó Benito Floro, el nuevo Arrigo Sacchi, anunció Mendoza a sus palmeros. Llegó Zamorano. Se esperó a Prosinecki, que volvía de la recuperación. Se mantuvo a Rocha y se echó a Hagi, tal vez porque era demasiado bueno y los demás se ponían tristes, no se sabe aún a ciencia cierta. De todas formas, solo podían jugar tres extranjeros.

La temporada 92-93 fue la de la eclosión del Superdépor y la llegada a nuestro campeonato de un Diego Armando Maradona con la mente más puesta en las escalas del bergantín-goleta de la Armada Española, Juan Sebastián Elcano, que en el fútbol. Pero todos estuvimos pendientes de él cada semana.

El Madrid comenzó como era Floro, frío. Aburrido. Y también irregular. En la UEFA empató a uno con la Politécnica de Timisoara y Rocha volvió a demostrar con sus declaraciones que había muy buen rollo en la plantilla:

Tenemos que cambiar la manera de actuar porque hemos jugado contra un equipo de tercera categoría y, en la segunda parte, nosotros hemos sido de cuarta. Debimos ganar 0-3 y a punto hemos estado de perder por ese resultado. Este ha sido el peor partido desde que estoy en el club. No hace falta que hablemos los jugadores, todos sabemos qué pasa aquí. El Real Madrid le tiene que echar cojones y no se los echa.

Deberían haberlo escrito en la pared del vestuario. Se metió a la grada en el bolsillo. Cosa que era lo mejor que podía hacer, por otra parte, porque ante el mencionado Superdépor quizá se metió el mejor autogol de toda su carrera. Minuto ochenta, un centro del Deportivo al área, suavecito, y lo cabeceó al hueco. Impecable. Mejor que Spasic. Como los mejores rematadores británicos de antaño. Y antes, el anterior gol del Dépor fue un centro de Hierro atrás que dejó pasar Rocha al portero inexplicablemente, la recogió Bebeto muy agradecido y empató. Perder, vale. La charlotada ¿por qué? ¿para trastornar a los niños?

Lo gracioso es que ese año, jugando en horizontal como jamás haya hecho un equipo, —el Madrid recordaba a lo que se encontró Homer Simpson el capítulo en el que fue a ver un partido de fútbol— al final se hizo una temporada bastante decente. Al Barcelona se le ganó en casa. Al Sevilla de Maradona se le metieron cinco. El equipo estaba arriba. Con un juego espectacular que llenó las canchas de baloncesto y balonmano de la capital, pero arriba.

No obstante, las desgracias fueron llegando como siempre le pasa al Madrid cuando se muestra burbujista, esto es, al primer cruce con un equipo serio. Fue en la UEFA, contra el PSG. En el Parque de los Príncipes cayeron cuatro. El primero de córner, con Rocha en el primer palo. En el segundo poco pudo hacer, en la repetición a cámara superlenta se le ve como espectador privilegiado asistir a todo un rondito. En el tercero, se comió un amago y salió volando. Y en el cuarto, otra vez le tocó disfrutarlo en primera fila. Fue una carnicería.

Al final de la temporada, el Madrid logró eliminar al Barcelona en las semifinales de la Copa del Rey. Fue el último gran partido de Rocha vestido de blanco. Pero, ay, había que volver a Tenerife. Rocha fue baja por una rotura de fibras. Mendoza ya le había dicho que no seguiría en el Real Madrid. Los Ultras Sur hicieron un mural gigante con su caricatura pidiendo que se quedase. «Rocha se queda, Rocha no se vende», coreaban. Como por lo visto no estaban convencidos de que este gran defensa y mejor persona era un gafe se mirase por donde se mirase, el jugador declaró a la prensa: «Seremos campeones en la última jornada». Casi, casi. Dos goles, dos, le metió el Tenerife al Madrid. Dos a cero.

Y así, con muchísimo cariño, sin acritud ninguna, hubo que decirle adiós a este señor. Siempre le hemos tenido estima. Entre otras cosas, porque su plaza de extranjero la ocupó Claudemir Vitor Marques, natural de Mogi Guaçu, y aquello ya fue porno duro. Lo contaremos otro día.


Guillermo Ortiz: La liga de Beenhakker en Tenerife

Después de firmar el mejor arranque liguero de la historia —12 victorias y 1 empate, ante el Barcelona en casa—, el Madrid encadenó tres malos resultados y Ramón Mendoza decidió despedir fulminantemente a Radomir Antic basándose en que “el equipo no daba espectáculo”, aunque mantuviera una cómoda ventaja de tres puntos en unos tiempos en los que la victoria aún valía dos.

En su lugar, fichó de nuevo a Leo Beenhakker, el mítico holandés que dirigió con maestría a la Quinta del Buitre en los ochenta y que tan buenos recuerdos y títulos dejó en el Bernabéu. Javier Clemente, recién nombrado seleccionador español, le quiso dar la bienvenida y desearle toda la suerte del mundo con una frase de las suyas: “Con Beenhakker, el espectáculo lo daba el Milan”.

No se preocupen, antes de dejar la selección aún tuvo tiempo de enfadarse con el propio Antic y llamarle gordo y borracho.

Así estaba el ambiente cuando llegó “el nuevo” a la oficina: el equipo empezaba a dar síntomas de un cierto cansancio o estancamiento, propio de una serie de lesiones y muchos años de tensión competitiva para demasiados jugadores que sabían medir sus esfuerzos y marcarse sus propios tiempos sin que el aficionado siempre lo entendiese del todo…

El equipo no mejoró con el nuevo técnico, pero tampoco empeoró: Hugo Sánchez se pasó casi todo el año lesionado, igual que Robert Prosinecki; Hagi mejoró el rendimiento del año anterior y Fernando Hierro se convirtió en el goleador del equipo jugando casi de enganche entre el medio campo y la delantera, posición que se había inventado Antic para él. Aguantó en el liderato pese a la presión del Barcelona y del Atlético de Madrid y, aunque la palabra “espectáculo” no se utilizara mucho aquella temporada, el equipo llegó a finales de marzo en disposición de conseguir el “triplete”: semifinalista en la UEFA, líder en la liga y finalista de Copa.

El primer disgusto tuvo lugar en Europa y no fue cualquier disgusto porque enfrente estaba el Torino de Rafael Martín Vázquez, que venía a ser el Manchester City de la época. El Madrid ganó 2-1 en la ida pero perdió 2-0 en Italia, con autogol de Rocha incluido. El proyecto empezaba así a tambalearse.

El siguiente “palo” llegó en el Carlos Tartiere, jornada 34 de liga. Tras la derrota del Barcelona en Tenerife y un posterior empate en el Camp Nou contra el Burgos, los de Cruyff habían dicho casi adiós a la liga: ocupaban la tercera plaza a cuatro puntos del líder. El Atlético de Madrid era segundo, a tres. El calendario, además, era francamente asequible para los de Beenhakker. Sin embargo, el Oviedo se lió la manta a la cabeza y con gol postrero de Lacatus dio un nuevo aire a la liga. El Atlético se puso a un punto, el Barcelona, a dos. Solo quedaban cuatro jornadas para el final: dos partidos en el Bernabéu y dos salidas (Pamplona y Tenerife) en las que el Madrid se podía permitir al menos un empate.

Lo primero fue lo primero: en la jornada 35, el Real Madrid ganaba al Atleti en el derby madrileño y descartaba a los de Gil para el título. En la 36 llegaba el pinchazo “permitido” contra el Osasuna, un empate a uno que dejaba la ventaja en un punto con respecto al Barcelona. En la penúltima jornada el Madrid ganó 2-1 al Valencia, ambos goles de Míchel, lo que obligaba al Barça a sacar algún punto de Sarriá. En plena racha, los culés ganaron 0-4 y lo dejaron todo para la jornada final.

El Madrid visitaba Tenerife y el Barcelona recibía al Athletic de Bilbao. Todos daban por hecho que el Barcelona ganaría porque venía haciéndolo con contundencia las cuatro jornadas anteriores, así que el foco mediático se centró en la isla canaria.

Al Tenerife lo entrenaba Jorge Valdano, que venía de pulirse como estratega en los micrófonos de la SER y Canal Plus. Valdano se hizo comentarista nada más colgar las botas por una hepatitis y, no mucho tiempo antes, apenas dos años, soñó con volver a los campos para defender a Argentina en el Mundial de Italia, pero Bilardo le descartó en el último momento.

El equipo canario parecía desahuciado hasta que llegó el gran salvador de verbo fácil. Una racha de juego y resultados le sacó de la zona de descenso, luego de los puestos de promoción y le permitió llegar a la última jornada ya salvado, sin nada que jugarse.

En Barcelona se apeló a la conspiración, que es lo que suelen hacer los equipos cuando van segundos: el Madrid se jugaba la liga contra un equipo entrenado por un madridista confeso, con otro madridista confeso —Agustín— de portero y dos hermanos de jugadores del Madrid en la plantilla: Manolo Hierro y Julio Llorente Gento, ni más ni menos.

Aquello olía a chamusquina, gritaban desde las oficinas del Camp Nou, el parche antes de la herida, mientras el madridismo, prudente, se hacía a la idea de su sexta liga en siete años; una liga trabada, dura, con poco espectáculo propiamente dicho pero que acabaría haciendo número en el palmarés.

La primera parte del partido respondió a los esquemas previos: Agustín recibió un gol algo tonto y además se lesionó, con lo que fue retirado. En el minuto 29, Hagi colocó el balón en la escuadra de falta directa y todos celebraron el 0-2 como si fuera ya el título. Enfrente, del Tenerife quedaba muy poco o nada. Solo cierta desidia defensiva permitió que Quique Estebaranz se guisara y se comiera el 1-2 en jugada personalísima minutos antes del descanso. Ese error costaría un título, pero entonces nadie podía ni imaginarlo.

Y es que el Madrid siguió mandando al principio de la segunda parte: Milla marcó el 1-3 pero García de Loza lo anuló, sin saber muy bien por qué… minutos después expulsaría a Villarroya por doble tarjeta amarilla. Diez contra once, al Madrid se le vino la temporada encima y el Tenerife se desmelenó, en particular Redondo y Felipe. Pier marcó arrollando a Buyo y el gol se anuló. Solo era un aviso: en el minuto 74, Felipe desbordaba hacia línea de fondo y su pase atrás lo remataba Rocha, de nuevo, en propia puerta.

Toda la tensión de la semana se desató en un sentido imprevisto: los aficionados se volvieron locos, los jugadores tinerfeños se abrazaron con rabia, como si tuvieran que demostrar su profesionalidad al mundo, y Valdano cerraba los puños en el banquillo. Minutos después, empezaría su rueda de prensa al grito de “Viva el fútbol limpio”.

Beenhakker, metido en su banquillo, se desesperaba. Miraba el reloj y le faltaban minutos. El empate no le valía de nada al Madrid pero no había demasiado que él pudiera hacer, solo ver cómo una cesión innecesaria pero inofensiva hacia la portería de Buyo acababa en jugada estrambótica: para evitar que el balón saliera a córner, el portero gallego se lanzó en palomita para mantener la pelota dentro del terreno de juego. Sin pensárselo dos veces, la echó hacia atrás… justo a los pies de Pier que, a portería vacía, marcó el 3-2.

Un disparate para acabar un año disparatado. El penúltimo disparate, de hecho, porque una semana después el Madrid perdería también la final de Copa en su propio estadio frente al Atlético de Futre y Schuster.

La conspiración, por supuesto, cambió de bando conforme cambió el orden en la clasificación. Tras una semana en la que el Barcelona había intentado convencer a todo el mundo de que el Madrid iba a vencer porque el Tenerife le pondría la alfombra roja a su paso –en resumen, que iba a ganar una liga que a ellos les daría vergüenza ganar—, pasamos a otra semana en la que el Madrid dejó claro que si habían perdido era por culpa del árbitro y en esas seguimos.

Beenhakker, en todo esto, apenas tenía palabra. No la tuvo nunca, en rigor, siempre visto como un usurpador manipulado por el presidente. Perdió la Liga, perdió la Copa y se volvió a Holanda. Para el siguiente proyecto, Mendoza se dejó de espectáculos y apeló a la ciencia, el método, la innovación, es decir, Benito Floro.