Javier García-Pelayo: «Nuestra ruina fue cuando los políticos empezaron a llamarnos rock andaluz»

Javier García-Pelayo

Acaba de publicar un primer volumen de sus memorias, Sobre la marcha (Gong, 2021). Javier García-Pelayo (Madrid, 1951) fue mánager durante décadas de multitud de artistas, pero si un episodio de su vida pasó a la historia fue su etapa como impulsor del progresivo español, que luego fue denominado rock andaluz. Llevó a Smash, siguió con Triana y en su cartera estuvieron también Alameda, Cai, Imán, Azahar, Medina Azahara… Un género diverso y uno de los más ricos y genuinos en los que se transformó el rock a su llegada a estas tierras. También un legado no excesivamente reivindicado en una época, como la actual, obsesionada con el pasado.

En las primeras páginas de tu biografía tenemos un padre militar, quince hermanos, mudanza a Jerez, toros, unas tías siempre vestidas de negro muy católicas, y de repente aparece Elvis Presley. 

Fue un contraste tremendo, pero natural. Cuando le descubrí ni sabía lo que era Elvis Presley ni sabía lo que era un rock and roll. Prácticamente, no había oído música en mi vida. En el cortijo al que nos mudamos no había música, ni radio y la televisión no existía. Hasta que un día en las fiestas del pueblo, con las atracciones de feria, un chaval que empujaba unas barquitas bailaba «All Shock Up», una canción que me encantó, pero tardé años en descubrir que era de Elvis. Me fascinaron los movimientos que hacía, cómo se convertía en el centro de atención, cómo dominaba la situación. Me impactó. 

Esas tías tuyas no te dejaban jugar con los pobres.

Mis tías eran muy de su época. Eran esas fuerzas vivas, mujeres solteras, que hay en los pueblos alrededor del párroco. Mi tía Luisa era la que vestía el santo. En mi casa estaba la ropa del Cristo, del patrón del pueblo, y un niño Jesús barroco precioso que se llevaba en brazos en la procesión de la Candelaria, era un privilegio de nuestra familia poder sacarlo. Tenían una estrechísima relación con la iglesia, incluso vivían enfrente. Rezaban el rosario completo, los cinco misterios todos los días. A mí me educaron en eso, en la religión de mayor nivel abstracto e intelectual. Ahora no sé si Dios existe, si Jesucristo existió, si era Dios o no, pero hay un mensaje del catolicismo y el cristianismo, amaos los unos a los otros, que supera cualquier otro mandamiento y que es la mayor revolución que se ha proclamado y nunca ha sido realizada. 

Con lo de los niños pobres, mis tías nos cuidaban y nos sobreprotegían. Ahora vivimos en una sociedad que ha roto las convenciones sociales más duras. El rey se ha casado con una periodista, pero pocos años antes, cuando intentó hacerlo con otra que no era aristócrata, no le dejaron. Ha habido muchos cambios. Cuando era pequeño, todas esas normas existían, las que imponía la burguesía. El problema con esos niños era que entonces había muchas peleas, porque los chavales nos peleábamos, así aprendíamos y hacíamos amigos, porque eran peleas nobles. Una vez me peleé con uno mucho más bajito que yo, le dije que era muy chiquitín y me dio una lección, me contestó que si yo hubiera estado cargando leña como él desde chiquitín, no habría sido tan largo. Luego de mayor fue alcalde de la ORT y me contrató a Medina Azahara. 

Del colegio no guardas buena opinión. Dices «lo que más recuerdo es estar rodeado de una falsedad continua, una puesta en escena permanente, cuidando el qué dirán». 

Lo que más recuerdo de aquella época es la continua mentira en todo. Incluso en lo que nos enseñaban. No te digo las matemáticas, pero casi. Todo era hipocresía y falsedad. Lo asombroso es que ahora está volviendo todo eso, hay que tener un cuidado con lo que se dice, lo que se opina, lo que se pone en las redes sociales, porque te pueden masacrar. Cargarse la carrera de alguien por un correveidile, como le ha pasado a Plácido Domingo, no lo conseguían ni mis tías en el pueblo con el cura. El beaterío de un pueblo tenía influencia, pero no hundía una familia. Al final, mandaba el alcalde o la Falange, pero no las mujeres que rodeaban al cura, que su opinión era importante, pero no la más importante. 

¿Por qué en este entorno te llamó la atención el rollo beatnik? ¿Cómo en esta España oscura acabaste con una camisa de flores?

Leí sobre ellos en la revista Triunfo. No leí los libros, pero hablaban de su forma de vida, del autostop, de vivir sin barreras ni restricciones, sin impedimentos. Eso coincidió con la llegada del pret a porter, cuando ya te podías comprar una camisa hecha, antes tenías que ir a la costurera. Eso es lo que más ha hecho más por la igualación social. Antes por la ropa veías la clase social, pantalones de pana para los del campo, luego la tela que tenía cada uno, si te lo hacía tu madre no quedaba igual de bien que un sastre, etc. Al final es el mercado el que tira de la sociedad, no los partidos ni las ideas políticas. 

¿Por qué cogimos importancia los jóvenes en aquella época? Pues porque nos daban una paga los domingos. Dinero libre, que es de lo que está siempre pendiente el mercado para ir a por él. Un target. Éramos el baby boom, no sé cuántos millones de chavales con doce o dieciséis años, y salieron los singles y las boutiques para que nos compráramos música y ropa. Luego vinieron las discotecas, los pubs. Negocios para gastarse ese dinero libre. 

De hecho, te diría que el movimiento hippie se fundamenta en la diferencia del dólar con las demás monedas. Al chaval que estaba en la India o en Ibiza, su padre le mandaba cien dólares, que no era nada para el padre, pero él podía vivir. El hippie o el beatnik siempre tenía una familia que le iba mandando cien, cincuenta, unos dólares. Luego con la recesión cambió todo eso. 

Te expulsaron de todos los colegios.

De once. Mi problema era no dejar que me pegasen. No lo permitía. El que me quería pegar, tenía que pelearse conmigo. Los curas iban a varias bofetadas diarias. Al principio, aprendías. Ponías el cuello blandito y aprendías a llevártelas. Pero cuando decidí que no me iban a dar más, empezaron a echarme.

Tu hermano llegó de París con un montón de discos.

Con discos, libros, cultura y una visión externa de España. 

Y aparte de viajeros como él que volvían con material, ¿cuál fue el papel de las bases americanas de Rota y Morón?

Eso dependía del tipo de soldados. Cuando el ejército es de leva, es una representación de la sociedad. A las bases americanas en España al principio venían estadounidenses de todo tipo. Entre ellos, muchos hippies que no habían tenido el valor de quemar la cartilla y escapar. Los que estaban aquí, iban y venían de Vietnam y estaban todos muy excitados, tanto si estaban en España para ir o para volver. La inmensa mayoría era el típico soldado embrutecido que solo quiere emborracharse y pelearse, pero incluso así, les gustaba bailar soul y rock and roll, y luego alguno había que era hippie y alucinaba al ver que escuchábamos los mismos discos que ellos. 

¿No os los traían ellos?

En algunos casos, pero en otros no. Gonzalo trajo de todo de París. Cuando murió Otis Redding, en la radio, Alfonso Pérez-Orozco tuvo que echar mano de los discos de mi hermano, que tenía toda la discografía. De hecho, así fue como se hicieron amigos y luego montaron cosas juntos. Gonzalo trajo a Sevilla todo el blues americano, todo los Rolling Stones, Jimi Hendrix… todo lo importante. Cuando vino con los primeros seis elepés de Pink Floyd los metíamos en un tocadiscos Telefunken que cargaba varios discos y los escuchábamos todos los domingos. Primero las seis caras A y luego las seis caras B (risas). El caso es que los soldados, ahora que son profesionales, dudo que tengan estas aficiones. Tendrán, pero al tiro al plato. Ademas, dudo que ahora las madres americanas puedan parar una guerra como pasó entonces. Allí fue clave que las madres no quisieran ver más hijos muertos y los propios soldados hippies, que no querían matar más, que ya habían matado bastante, dos millones. Todo eso ahora es imposible. Protestó una madre por Irak y le dijeron que su hijo había muerto porque había querido, era profesional y encima cobraba más por estar allí. 

Javier García-Pelayo

Dom Gonzalo. ¿Cómo lo abristeis, cómo era el ambiente, qué había?

Fue idea de Gonzalo. Vino de Francia con esa idea clara. Pensaba que se refería a «casa» con lo de «dom», pero él pensaba en Gonzalo de Berceo. Monchi Cruz, el arquitecto de Santa Justa y la Peineta fue el que le diseñó la entrada, que la dejaron en ladrillo visto, y luego dentro era más de la época, con cosas rojas y eso, con su pista y espacios para que estuvieran a gusto las parejas. Un amigo que estaba diseñando ingeniería nos diseñó un panel para el DJ con cinco columnas, luces verdes y rojas y el público podía pedir según el momento de lentas o de rápidas, que eso es algo que ya no existe en las discotecas. Gonzalo siempre fue un buen prescriptor de música y en la discoteca nos pasó eso, que la gente iba a escucharla. A bailarla, pero sobre todo a oírla. 

¿Había sitios en España parecidos en el 67?

Madrid tuvo un poco después el Club 42 con el DJ Pepo Perandones, luego en Rock-Ola y tal, un DJ clásico de Madrid de toda la vida, la banda sonora de la ciudad. Era temprano lo nuestro, pero algo tenía que haber también por ahí. En el 67 en Mallorca tocó Jimi Hendrix, o sea, que tuvo que haber una discoteca donde ponían estas cosas. En toda España había un movimiento de transformación social, de que Franco se tenía que morir ya de una vez y tenían que cambiar las cosas. Había muchos españoles que si no estaban empujando, sí estaban esperando algo. Pero ojo, mi madre se desclasó por esta discoteca que  montaron sus hijos. Gente de la aristocracia andaluza le mandaba anónimos, la dejaron de saludar y, ya de remate, Gonzalo vivía con su mujer sin estar casado. A mi hermana Carmen, que sigue siendo del Opus, la obligó su novio a salir de casa porque mi hermano metió a su mujer a vivir con él. Mi hermana no podía seguir en una casa en pecado. Tuvo que irse a vivir con su novio, a una casa grande donde estaba clarísimo que dormirían separados, huyendo del pecado de la mía. Lo bueno es que, ante esto, mi madre se puso del lado de Gonzalo y el mío, y también cambió ella. Tanto que llegó a concejala del PCE en Chipiona. 

Evolucionó…

Pues no sé, porque luego volvió a… A ver si lo entiendes, la izquierda y el comunismo beben mucho del cristianismo. Lo han codificado y legislado, como si fuesen ellos los que van a repartir el amor, y eso es lo que falla. Amaos los unos a los otros se refiere a entre nosotros, no a que venga uno a repartirlo. Entre Stalin y Jesucristo hay mucha diferencia.

En Dom Gonzalo se juntaban unos chavales que formarían la ejecutiva del PSOE…

Los de la tortilla. Se ponían en la parte que teníamos para que las parejas estuvieran más tranquilas. Como no había derecho de reunión, iban ahí a hablar de sus cosas. Por eso nos cerraron la discoteca, no por otra cosa. 

También llegó por esas fechas la marihuana…

Fui con Gonzalo y su mujer a un médico a preguntarle los efectos que causaba, Javier Rodíguez Piñero. Nos dijo que se podía perder un veinte por ciento de memoria y lo demás se me ha olvidado (risas). Decía que se podía acabar teniendo una moral situacional, casi como la moral casuística de los jesuitas, solo que en este caso, si tienes que hacer algo importante y has quedado con una gente para hacerlo, pues si estás fumando, ya piensas que no es tan importante, llamas y cancelas. También dijo que cambiaría la escala de valores. En ese momento lo entendí como valores sociales y no me importaba, porque la escala de valores de esa sociedad era corrupta, pero ahora sé que a lo que se refería era a las prioridades. 

Luego en el verano del 69 vi a alguno perder un poco la cabeza con la marihuana, algo que nunca habíamos visto pasar ni con el hachís ni con la grifa. Gente hablando con los extraterrestres, te rodeaban para decirte cosas, girando a tu alrededor. Ahí los Gong tuvieron algunas bajas. 

¿Y el LSD?

En Madrid lo probé, un «orange sunshine». Es la auténtica droga, la única que te enseña una realidad que no ves habitualmente, en la que aprendes muchas cosas, pero luego se te olvidan. El truco era dejarse ir, si estabas bien; dejarse ir. Muchas veces no somos más felices porque reprimimos nosotros la felicidad. Incluso en cosas sencillas, estando con tu pareja o en una fiesta, siempre hay alguien al que le da miedo estar feliz. 

Tu acabaste en el psiquiátrico.

Pero porque a todos los que nos acusaban de consumo de marihuana, nos llevaban al psiquiátrico. Te acusaban de fumarla o te cogían con marihuana o lo que fuera y acababas con todos los que había ahí dentro, ya fuesen de la ETA, ladrones, asesinos o psicópatas. Con los terroristas no nos relacionábamos porque ellos ponían una barrera, pero estuve durmiendo al lado de un tío que había asesinado a otro por roncar en un tren. Hubo un cura que intentó ayudarle y acabó malherido. No tenía ni por qué estar allí, era menor de edad. Me metieron la ley de Peligrosidad Social entera. Mi madre logró sacarme pronto, pero esto me truncó la vida, me perdí Woodstock, viajes, ir a estudiar a Seattle con un familiar, porque me retiraron el pasaporte. 

¿Cómo se fue creando la escena musical en Sevilla, cómo se pasó de los yeyés a los progresivos? 

Empecé con los Gong y con los músicos del parque. Esas reuniones, fumando lejos de la policía, me gustaban más que los escenarios. A los músicos los conocí a todos los que había porque todos pasaban por Dom Gonzalo, como Jesús de la Rosa. Luego fui a los ensayos de su grupo Nuevos Tiempos, también conocí a Los Soñadores, que siempre tocaban con Smash. A Tele lo conocía de Triana, el barrio, porque yo vivía en Los Remedios. 

¿Cómo eran los Triana antes de Triana?

Tele era un tipo bajito, pero de los que le echan cojones a la vida, y le gustaba mucho discutir, lo que pasa es que muchas veces tenía razón. Jesús era un genio, buena gente, era también muy suyo, con un mundo interior muy grande, no le interesaba nada de lo exterior, que le vinieran a contar películas, ya fuesen políticas o de lo que fuera. Estaba en su mundo, a poder ser riéndose o cantando, pero no le recuerdo conversaciones sobre cómo tiene que ser la vida o el gobierno, solo lo recuerdo contando chistes, gastando bromas o ya metido en la música. Aparte, como pasa siempre con los artistas, grandes y pequeños, al principio el entorno no para de decirte que te busques un empleo serio, que trabajes en correos, yo qué sé, y tienes que estar muy seguro de que quieres dedicarte a la música para poder seguir. 

Nunca ha sido una profesión respetada.

Solo cuando se tiene éxito. Entonces todo el mundo se pone del lado del artista. 

Smash fueron los que rompieron.

Fueron los que más repercusión tuvieron al principio. Eran muy desahogados, tenían una canción que decía «We Come to Smash this Time». Eso tenían en la mente. Luego, el sonido que desarrollaron era por el equipo que les compró Gonzalo, que era el mejor que había en ese momento. Solo lo tenían Los Ángeles de Granada. Eran Marshalls, guitarras Gilb, bajos Fender, equipo de voces Binson. Así, Smash enganchaba mucho a la gente, se notaba que tenían verdad. Los demás grupos también, pero no tenían las cosas tan claras. Además, sus improvisaciones eran larguísimas, sabías cuándo empezaba el concierto, pero nunca cuándo iba a acabar. Entonces eso era lo que le gustaba a la gente. 

Dices en tu biografía que la música te enseñaba que podía existir otro mundo.

Era música con ansias de transformación social. Habían muerto cien millones de personas en la II Guerra Mundial, teníamos un muro en Berlín y los años sesenta fueron los de mayor anhelo de libertad que yo he conocido en mi vida. Se cantaba «My Mind Is Free» y «I Do What I Want». Eso ahora mismo sería ridículo decirlo, hay que hacerlo, pero entonces bastaba con decirlo para que tuviera importancia. 

No sabía yo que el grupo Storm sevillano antes se llamaban Los Tormentos.

Se lo puso su madre, por eso se llamaban Los Tormentos de su madre. Ensayaban en casa, guitarra y batería eran mellizos. Encima ese chico tuvo doble bombo desde que era un crío. Empezaron con doce, trece o catorce años y eran unos monstruos.

Cuando ya era mánager de Smash, vi un anuncio en el periódico que decía «Se necesitan artistas», era el ABC. Sabía que no buscaban lo mío, pero por prurito profesional fui para allá a ver y me encontré con Vicente «el Sordo», un representante de artistas musicales que le llamaban el Sordo porque, efectivamente estaba sordo, aunque él era más de cabaret, que ahí va más el ojo que el oído. En su despacho estaba José Luis Fernández de Córdoba vendiéndole sus artistas de cabaret, me vio con los pelos largos hablando de rock, y como acababa de coger la discoteca Don Felipe y quería grupos de rock, nos asociamos. Un día cogió a Los Tormentos y se los llevó a Barbarela, a Torremolinos. Como allí todo el público era guiri, el que estaba preguntó si se podían cambiar el nombre por uno en inglés, y él mismo, que era inglés, tradujo lo de Tormentos por The Storm. Como también se hizo un cartel, pues ya se quedaron con ese nombre. 

Y a partir de ahí fuiste su road mánager.

Hicimos una gira de casi un año; un año sin volver a Sevilla. Estuvimos sobre todo por el norte, por el País Vasco, Burgos, Logroño… En aquella época, en el Young Club de Santurce, los chavales venían y nos decían «joder, es que vosotros sois de Sevilla, aquí todo es una mierda». Nos daba corte y nos lo decían en todas partes, también en Gijón. 

Javier García-Pelayo

Cómo viviste el famoso incidente en el que Torrebruno desenchufó a Smash.

En el Parque de Atracciones contrataban a grupos de moda y el público entraba gratis, era un reclamo para que fuera mucha gente y luego se gastase el dinero en el parque. Por eso los conciertos eran solo de cuarenta y cinco minutos, para luego soltar a la gente por allí. El problema era que a Smash era muy difícil pararlos. Esto lo contaba Alfonso Guerra en un documental, porque Smash fueron con su grupo de teatro de gira, iban para ponerle música al intermedio, pero se ponían a tocar y no paraban aunque tuvieran que volver a salir los actores. Pues esto pasó ahí también. 

Estaba lleno de gente con el pelo largo, que los de Madrid tenían la melena más larga que los de Sevilla, eran unos melenones de ensueño. Fue un éxito total, la gente se sabía las canciones. Iban con Silvio, que estaba de percusionista, dando sus gritos. Pero llegó Torrebruno, dijo que había que cortar, y no le dije nada al grupo porque me hubiera dado igual. No paraban, entonces cogió Torrebruno y les desenchufó. Henry, el danés, lo dejó inmediatamente, no tiene sangre para nada, pero Silvio cogió la batería, se puso a hacer un solo, que sus solos eran míticos, la gente se volvió loca, y Torrebruno dio orden de quitarle la batería. Pues hizo el solo mientras le iban quitando la batería pieza a pieza, hasta que solo le quedó la tumbadora, la cogió entre los brazos y se tiró al foso de agua con ella, y con él todo el público detrás. Torrebruno nos quería matar. 

Con Antoñito a la batería, en el libro hablas de otro solo, entre vómitos, que te marcó.

Eso fue en Piccadilly. Fue un momento de gran arte. Había muchísima verdad. Antoñito era muy joven, tendría dieciséis años, se había tomado unos licores de hierbas, tenía que cantar una de Jimi Hendrix, creo que era «Red House», y cuando llegaba el solo de guitarra, cogió fuerza para hacer el redoble y se cayó para atrás. Lo tuve que subir, agarrarlo y entonces lo hizo, cantó el estribillo y vomitó. Todo verde, lo echó en la caja, pero siguió tocando. Cada vez que daba con la baqueta, las luces y los pelos, pringaos; cada vez que decía una frase, echaba otro chorro de vómito. Pero siguió cantando y todo al compás. La gente se quedó flipando completamente. Era acojonante, era puro blues underground. Y no se fue ni medio del compás. 

Con Pepe Palau tuvisteis también problema en TVE.

En cuanto escuchó cómo le daba Antoñito con las baquetas en «I Left You», justo después del grito del principio, se puso a protestar: «¡Pero esto qué es, pero esto qué es!». Decía que así no se tocaba la batería «¡con palos!», gritaba, que la batería se tocaba con escobilla, como los jazzman. Esto sería el año 69 o 70. En el 65, que vinieron aquí los Beatles, pronosticó que esos chavales no iban a llegar a nada en el mundo entero, y mucho menos en España, donde la juventud tenía otros intereses. Este era el que tenía los programas de música importantes. Ya nos habían puesto problemas para entrar por las pintas. Decidimos tocar «Forever Walking», que es sin batería, con un xilófono, una baladita, pero me puse yo a montarlo y se me cayó por las escaleras mientras ensayaba Karina, no veas qué ruido. Casi nos echan, un lío. Al final se hizo y quedó preciosa, por cierto, pero no está grabada en los archivos. Se reutilizarían las cintas o no se grabó, a saber, la verdad es que tampoco le tenían cariño a Smash como para guardarlo. 

Smash estaba hecho para molestar a los burgueses. En Madrid, en el Rastro, nos echó la policía. En Barcelona, entró la policía directamente en una ocasión a porrazos, salió el público del local y volcó la patrulla. Smash afectaba así a la gente. Su mensaje era claro: «que no me toquen más los cojones». La vida no es un valle de lágrimas, que no tenemos por qué estar aquí sufriendo. Lo que tengo que llorar ya lo lloraré, pero deja de decirme que esto es pecado, que esto está prohibido, que esto no se puede decir, que esto no se puede hacer ¡que me dejes tranquilo! Porque así era esa época. 

¿En Barcelona no había otro aire?

Había un aire más cultural que en Madrid, y más cultura, de otra manera, que en Sevilla, también era todo más aburrido, pero estaban igual, con la comisaría de Vía Laietana que cuentan de ella historias que no veas. Lo que luego tuvieron fue Zeleste, que tenía un ambiente similar al que pudo tener Dom Gonzalo. Además de que la gente se reunía, ahí pasaba algo que trascendía, tanto en moda, como en pensamiento, como en imagen. Nosotros cuando fuimos con Smash todavía no existía, pero los que lo montaron estaban viéndonos. De Barcelona luego me llevé a Sevilla y a Madrid, como promotor, a los Màquina! Su mánager, Segismundo Marcos, no paraba, recuerdo que abría discotecas en pisos del Eixample, casas burguesas. Subías por el portal y te encontrabas una disco. Por cierto, que el llamar a su música rock laietano se le ocurrió a Patricio, luego Gato Pérez, cuando trabajaba escribiendo las hojas de promo. Se remontó a antes de los catalanes, a un pueblo ibero prerrománico. 

De ahí surgió Gay Mercader. ¿Cuál fue tu experiencia con él?

Respeto mucho su trabajo como promotor internacional, sería estúpido decir nada en contra. Gracias a él hemos visto muchos grupos. Pero lo conocí cuando vino a Sevilla a quitarle a Smash el equipo que se habían traído de Barcelona. Ese equipo se lo cogimos a Oriol Regàs porque el grupo se peleó con él, dio orden de echarles de las casas donde estaban alojados y de que les quitasen la furgoneta y el equipo. A ellos ya les habían descontado algo de ese equipo, aunque no lo sé exactamente, pero el caso es que se lo cogieron. Al volver, en Sevilla nos salió el Club Ye-Ye, se debieron enterar en Barcelona, vino Gay y se llevó lo que pudo. Eso pasó y ahí se quedó. Más adelante, entré en tratos con un empresario taurino y teníamos veintiuna plazas para tocar, la de Sevilla, la de Ibiza, San Sebastián, Barcelona… muchos sitios. Se las fuimos a ofrecer a Gay, le llamé, nos citamos y en la reunión nos dijo muy seriamente: «Mirad, ni vosotros ni nadie vais a hacer nada, el único que va a traer aquí artistas extranjeros soy yo, y si un día me hace falta una plaza de toros, la alquilaré». Le dije que si quería que no hiciéramos nada con él, vale, pero que nosotros podíamos contratar también. Y contestó: «Sé que podéis tener dinero, pero solo para invertirlo y ganar, porque yo tengo dinero, pero lo puedo perder, porque cuanto más pierda, más gano». Él podía duplicar nuestras ofertas, perder dinero y aun así quedarse con todo el mercado. Esa era su estrategia. Al final solo llegamos a hacer en Ibiza a los Magma con los Faces de teloneros.

Una vez más, en el 86, cuando era mánager de Medina Azahara, tenía también a Alameda, Imán y Cai, conseguí que el director de la compañía montara una gira con los cuatro, que estaban vendiendo mucho. Sin embargo, el director decidió que la montara Gay. Cuando la vi, no me lo creía. Una fecha coincidía con un partido importantísimo de España, otra en un puente, mirabas las horas entre conciertos, etc. y estaba todo… en fin, no quiero decir nada. Creo que en el documental de Imprescindibles, El gran mercader del rock and roll, decía Loquillo que le había dicho Gay que, en el mundo del rock and roll y en la vida, de vez en cuando tienes que colgar a alguien del techo para que todo el mundo lo vea. Una frase que parece que le gustó mucho a Loquillo. Hay gente que cree que para ser importante de vez en cuando tienen que darle un palo a un supuesto enemigo y hundirlo. 

José Luis Fernández de Córdoba era más divertido.

Era como llevaba escrito en su tarjeta: «Producto genuinamente español al servicio del espectáculo mundial». Un tío con barbas, anillos, collares de oro… Él fue el primero que me enseñó que jamás hay que tener un lío con alguien a quien representes. Un día estaba jugando al mus con unas cabareteras, cantó las cuarenta, se le salió despedido del dedo un anillo con una piedra buena y una de las chicas, brasileña, se lo tragó en el acto. La puso boca abajo, la tuvo tres días dándole laxante y al final, cuando se quedó dormido, se le escapó la chica del apartamento con el anillo. 

En el Festival de Burgos, el de la cochambre, se escapó en una ambulancia cuando vio que no había suficiente dinero en taquilla para pagar a todo el mundo. Dinero había, porque estaba presupuestado por el ayuntamiento para las fiestas de Burgos, pero en la taquilla no estaba. Entonces no había anticipada, todo se recaudaba in situ. Ese festival no funcionó, se perdió dinero, y él sabía que le iban a agobiar los grupos, así que dijo que le había dado un ataque al corazón y se escapó. A mí me dejó el dinero para pagar la mitad a cada grupo y luego ya les daría el resto en la oficina. Pero Tele, de Triana, se dio cuenta de todo y empezó a gritar: «¡Pero no ves que es amigo del director del hospital! ¡No ves que en las plazas de toros se sale por la puerta grande y ha salido por la de la enfermería!». Fuimos a verlo a la UCI, y ahí estaba, efectivamente, pero con una botella de champán, algo de dinero de la taquilla debajo de la cama, y se puso: «Me cago en vuestros muertos, hasta aquí vais a venir…». Pero sí que cobró todo el mundo. Justo, justo, no era, pero sí que era una persona que te sacaba unas fechas en épocas malas y te mantenía vivo. 

Estuviste en Radio Popular.

La dirigía Gonzalo. Como no tenía discos, se me ocurrió hacer un programa en el que los fans podían traer sus discos y explicar por qué eran buenos. Le puse una sintonía de Rolling Stones para que no vinieran con discos de Raphael y empezaron a llegar chavales. No tuve una cola grandísima, pero sí que aparecieron chicos que sabían mucho. Pasaron por ahí Manolo Fernández, Rafael Abitbol, Juan de Pablos, Gonzalo Garrido… media plantilla de lo que en la movida fue Radio 3. Luego me puse a pinchar country con Manolo, que es lo que él hizo después toda su vida, en un programa que acababa con el parte, a esa hora teníamos que conectar con las noticias de Radio Nacional. Y un día nos metimos en el parte, sería el año 72, y como estábamos muy comprometido con la guerra de Vietnam, pusimos Jimi Hendrix por debajo de las noticias de internacional diciendo nosotros «mentira, mentira». Como nadie nos escuchaba, no pasaba nada, pero otro día Antonio Gómez, que tenía un programa de cantautores, estaba más fichado, y algo debió decir que llamó el obispo y se desconectó la emisora en mitad de la emisión. A raíz de eso nos echaron a todos de la cadena, pero luego negociaron, readmitieron a Antonio y a los más profesionales, pero a mí ya no (risas). Creo que estos se fueron luego a Radio España y de ahí a Radio 3. 

Javier García-Pelayo

Estuviste presente desde el principio en la gestación de Triana. Por cierto, no sabía yo que se llamaron Triana porque los otros se habían puesto Chicago. 

Eso decían. ¿Cómo se llaman esos? Chicago ¿Y de dónde son los Chicago? De Chicago. Pues si nosotros que somos de Triana, somos los Triana. Eso decía Tele, que era el único que vivía en Triana, en la calle Pureza, pero en realidad era de El Puerto de Santamaría. El grupo, de todos modos, fue idea de Eduardo, que tenía ya una gran experiencia profesional, porque su grupo Los Payos fue un éxito mundial enorme. Pero Eduardo era hippie, algo que sigue demostrando, porque lleva viviendo en Los Caños de Meca como un hippie cuarenta años; Eduardo venía de cantar en español, tiene «Compasión», una de las mejores rumbas de la historia, y «María Isabel», que fue un éxito. A mí me han dicho que descubrí a Triana, pero no. El que descubrió a Triana fue Eduardo, porque descubrir a Triana era descubrir a Jesús. 

El que vio que Jesús tenía canciones de flamenco y bulerías, pero que eran rock, rollo hippie, ese fue Eduardo. Luego Jesús quiso meter al Tacita, que podía haber metido por bulerías la batería, como hizo con María Jiménez, pero en ese momento estaba casado y no quería salir de Sevilla. Hay mucha gente en Sevilla que no quiere viajar. Por eso Eduardo cogió a Tele, que venía de músico de acompañamiento de Los Payos. Tele se podía ir de gira y al acabar esa gira, empezar otra, y luego otra. 

Tele propuso el nombre de Triana y a Jesús le daba igual, mientras pudiese hacer lo suyo, él no decía nada. Así se formó un banco de tres patas, los que nunca cojean. En ese momento, estaba en la oficina de Fernández de Córdoba y llevábamos mucho a Gazpacho, el grupo de Tele. Jesús entonces estaba con Los Bravos, pero le echaron por su acento andaluz. Un día, por estos motivos, estaba con Tele en un viaje que hicimos juntos y me dijo que fuera a casa de Eduardo a escuchar el proyecto que tenían. Me pusieron «Luminosa mañana» y  «Bulerías 5×8» y vi en el acto que eso era lo que Smash habían buscado, pero no lo habían conseguido. 

Smash el flamenco lo tenía yuxtapuesto. Era rock en el que entraban partes de flamenco. Veías que podían estar juntos, pero no estaba fusionado. Esa fusión la hicieron Triana. Y escuché a Jesús cantando de maravilla, la música que era la hostia y… bueno, es que no tienes más que oír «Luminosa mañana». Les pregunté qué pasaba con eso, me dijo Eduardo que no se lo cogían en las compañías y les dije que se fueran a la serie Gong que estaba sacando Gonzalo. Me llevé la maqueta, Gonzalo lo vio clarísimo y se pusieron a grabar al día siguiente. Se vinieron a mi casa, un chalé de Pozuelo, para terminar de ensayar el disco y esos días estuvimos viviendo ahí un puñado de gente, porque también vinieron Lole y Manuel

Recuerdo una anécdota. Con Manuel había tenido algún problema por la época de Smash. En presencia de Tele y él, le pregunté a Tele para que confirmarse delante de Manuel que yo sería su mánager. Entonces Tele cogió una guitarra y cantó «todo es de Pulpón, todo es de Pulpón». Ese Antonio Pulpón era el representante de todo el mundo en Sevilla. Nos partimos de risa, pero le dijo Manuel: «Oye, eso es bueno, sigue por ahí«, y de ahí salió «Todo es de color», que la firman Manuel y Tele. 

¿Por qué se rompió tu relación con ellos?

Para poder seguir siendo amigos. Porque teníamos ideas diferentes. El único mánager que ha tenido siempre Triana ha sido Eduardo. Era su idea, él sabía cómo hacerlo y quería hacerlo a su manera. Empezaron cobrando en el primer concierto diecisiete mil pesetas y en la última mía iban por las trescientas cincuenta mil. No sé quién tendría razón, pero para poder seguir siendo amigos, me retiré. No quiero que ningún artista piense que me he subido al carro, del carro tiro o empujo, pero nunca me subo porque el carro es del artista. 

¿Qué opinas de la polémica actual con el nombre, que están girando como Triana unos músicos que ninguno formó parte de Triana, pero tienen los derechos, lo que ha enfadado mucho a Eduardo?

Se hicieron mal las cosas en su momento, me imagino, y el nombre lo registró Tele. Supongo que quedaría libre, porque cada diez años queda libre, y hay un mamoneo de registro que Tele lo hizo y los demás no. Parece ser que hubo un acuerdo entre las tres patas del banco de que si faltaba uno, se enterraba el grupo. Creo que hubo testigos, pero los acuerdos están para cumplirlos o no cumplirlos, como la moral casuística que decíamos antes. Según las necesidades. Entonces, cuando Triana desapareció porque matan a Jesús —porque no se mata él, lo mata uno que hace un giro prohibido— Eduardo decidió irse a los Caños y retirarse del mundanal ruido. Eso está bien, pero Tele no era un monje. Tenía que mantener su nivel de vida. 

En ese momento, Tele por los derechos era el que menos había ganado con Triana. ¿Qué iba a hacer entonces? ¿Ponerse de batería mercenario? Le ofreció a Eduardo continuar, diciendo que lo iba a respetar todo, pero que había que seguir. Eduardo dijo que no, lo cual es respetable, pero es que aquí tenían razón los dos. Tele necesitaba seguir viviendo. En lo que a mí respecta, le contraté un par de veces a sus Triana, una en la Feria de Sevilla en Madrid, que nos dieron La Peineta. Le dije: «Tele, estoy tieso, podemos compartir, tú te quedas la taquilla y yo la barra». Y me contestó: «Medio millón». Y yo: «pero Tele, que no tengo». Y él: «Medio millón». Así que respondí: «Vale Tele, medio millón» (risas). Lo hicimos, pero no sacamos medio millón. Con la barra y la taquilla salieron unas trescientas mil, se lo di todo y me perdonó el resto, pero me dijo: «Oye, si a mi familia le hace falta alguna vez dinero, tú la ayudas». 

Pasó el tiempo, me llené de deudas con un restaurante que puse. Tanto, que me vino a pedir el dinero una especie de cobrador del frac. Le pagué y, de paso, le contraté, porque había un sueco que me debía dinero a mí. Pues el día en que me llamaron que se había muerto Tele, el cobrador me trajo doscientas mil y pico pesetas que le había sacado al sueco. Me fui al entierro con ese dinero y se lo di a la mujer del Tele. Le dije que había quedado en eso con su marido. 

En ese velatorio fue en el que más risas he visto en mi vida, toda la noche recordando anécdotas con él y sus chistes. Como una que fueron a una gala en Algeciras y, al volver en la furgoneta, Tele iba sentado detrás durmiendo. Entonces, les paró la guardia civil, le hicieron el control de alcohol al chófer, que dio negativo, pero cuando se despertó Tele exigió que le hicieran el control a él. El guardia civil dijo que para qué y Tele «¡porque soy el dueño de la furgoneta!». Se lo hicieron y dijo el agente: «Caramba, está cerca del coma etílico». Y contestó Tele: «Coma etílico, coma etílico ¿a que no me coges?». Y se puso a correr alrededor de una rotonda. El guardia civil ni se movió y le dijo a los que estaban en la furgoneta: «Menos mal que no se ha acordado de que el que le quitó el carné el año pasado fui yo» (risas). Tío, más de la mitad de la gente que fue a su funeral, cuando se acercaron al féretro, le decían: «Ojú Tele, para esto tanto discutir» (risas). 

Entonces, ya no estaba el Tele. El Tele no tenía que comer, pero sí que tenían que comer su mujer y sus hijos. ¿Qué podía hacer esa mujer? Pues seguir, tío. Y Triana sigue porque ella cobra como si tocara ahí la batería. Ella reparte como un músico más y, aparte de las clases de inglés que da, eso es de lo que vive esa familia. ¿Cómo me voy a poner en contra de eso después de lo que le prometí? Razones tienen todos, pero la razón no la tiene nadie. 

Canet. Tuvo que ser espectacular la actuación ahí de Lole y Manuel.

Digan lo que digan, esa actuación se la vendí yo a Víctor Jou y la cobré yo, así que yo llevé ahí a Lole y Manuel. Cuando se lo estaba vendiendo, me decían «¿Pero flamenco? esto es un festival de rock». Y yo les insistía: «Lole y Manuel son más hippies que nadie, te lo aseguro». Como había movido a Màquina! se fiaban de mí, aunque me los pusieron a última hora de la noche. No sé si fue queriendo o sin querer, pero fue magnífico el horario. Empezaron a cantar con lo que abre el disco: «El río Guadalquivir se quejó una mañana. Me tengo que decidir entre Sevilla y Triana. Y yo no sé cómo elegir. ¡Ay, quien pudiera fundir en un perfume menta y canela!». Aunque es una letra preciosa, en esa época el flamenco estaba unido al franquismo y la parte antigua de la vida. 

Como ese festival estaba bien organizado y ya había cobrado, estaba como más me gusta estar, que es no haciendo falta para nada y, entonces, me tomé una pildorilla. Recuerdo que como el flamenco no le gustaba a la gente, empezó a haber un movimiento de incomodidad cuando salieron. Oí a uno decir «para eso que hubieran traído a Lola Flores», otro «¡franquismo no!». Y terminó la canción, que es la que grabó Francesc Bellmunt en su documental. Qué pena que no hubiera seguido, porque después empezaron «De lo que pasa en el mundo, por Dios que no entiendo nada, el cardo siempre gritando y la flor siempre callada, que grite la flor, que grite la flor y que se calle el cardo, y todo aquel que sea mi enemigo que sea mi hermano…». Cómo se puso la gente… yo solo veía cardos, por la pildorillas, pero de repente se puso todo lleno de florecillas. Todo el mundo estaba puesto con los mismos tripis, LSD bueno, que lo habíamos pillado allí. Cuando cantó Lole: «Señor de los espacios infinitos, tú que tienes la luz entre las manos, derrámala señor, te lo suplico, y enséñale a amar a mis hermanos». Mira, ahí hubo un orgasmo colectivo. Todos corriéndose… Cuando salió el sol, tío, y ellos cantando «el sol joven y fuerte ha vencido a la luna, que rompe tieniblas por campiás lejanas…» la gente estaba ya flipando, porque eso era milagroso. Nunca he visto a la palabra, al verso y la música cambiar la actitud de miles de personas. Cuarenta y cincuenta mil personas hostiles convertirdas en una sola persona entregada que se está corriendo contigo. De hecho, Lole y Manuel hicieron carrera en Catalunya más que en ninguna parte. Ni los The Mamas & the Papas ni San Francisco ni nada, lo más hippie es el flamenco. 

Javier García-Pelayo

En tu libro cuentas una anécdota graciosa de Smash, que tenían que viajar, pero se quedaron en una caseta de la feria porque había una montada que había que estar ahí. Dices: «Según nuestra ideología, lo que estaba pasando ahí era más importante que un contrato». 

Eso era Smash y nada más que Smash. En esa caseta estaban Antonio Mairena, la Fernanda y la Bernarda. Estaba aquello que era acojonante. Tampoco es que estuviéramos en la fiesta, estábamos a un lado, pero tolerados, porque el compás se lo marcaban bien los Smash. Estaba Silvio, no te digo más. Y estar ahí lo posponía todo.

¿Cómo viviste el año 76, el de las grandes movilizaciones contra la dictadura sin Franco?

Pues los Guerrilleros de Cristo Rey le abrieron la cabeza a Dick Zappala, de Azahar. Ahí me metí a hacer karate, que luego resultó que en mi gimnasio había dos del GRAPO. Uno que luego mató a un juez y a un municipal y me había querido matar a mí. 

¿Por qué?

Porque era un fascista el notas y se lo dije. Estos eran exacerbados de izquierdas, más de izquierdas que nadie, Carrillo les parecía un traidor a la causa. Y a mí todo eso no me gustaba. A mí Carrillo me parecía un buen político, le tengo respeto. Aparte, que ahora unos niñatos vengan a decir lo que tenia que haber hecho Carrillo después de haber estado en la guerra, lo de Paracuellos… le van a enseñar ellos lo que tenía que hacer. El caso es que una vez iba con estos en el coche y estaban hablando exaltados y lo que decían era fascismo puro, imponer su voluntad por las armas, etc. Entonces se lo dije: «¿No veis que es esto que decís no es otra cosa fascismo?» Pegaron un frenazo y se puso uno: «que te mato ahora mismo, que te meto un tiro aquí en la cuneta». Le dije al jefecillo: «¿No ves como es un fascista, que me quiere matar por lo que he dicho?». Le tranquilizaron, pero cuando llegamos ya no quise saber nada más de esa gente. Luego un día vino la policía a buscarlos al gimnasio, se escabulleron de allí y nunca más se supo, hasta que vi por televisión que uno había matado a un juez. 

El disco de Azahar es muy bueno. Lo que nunca entendí es cómo pudo tener tanto éxito y luego hundirse todo tan rápido. 

Porque era verdad, pero se enfadaron entre ellos. Era un disco muy de su época, y de esta, ya hablaban en las letras de uno que había matado a su mujer y lo dejaban libre, pero a otro que estaba fumando lo metían en la cárcel. Era cierto que en ese momento matar a una mujer salía muy barato, siempre y cuando fuera la tuya, si era otra no. Ese disco es la primera vez que yo sepa que alguien habló de violencia de género en una canción. Era el año 77. Este grupo, como no tenía batería, se grabó sin batería (risas).

Pegaron un pelotazo. Hicimos un gran trabajo juntos, como mánager y grupo. En Madrid tocamos en todos los barrios, en los cines, una gira matinal. Como no llevaban batería podían tocar en cualquier lado. Durante las actuaciones, entre la mujer de Flaco y yo íbamos echando elixir de azahar, que era como se llamaba el disco, y olía todo… pero también a canuto, porque estaba todo el mundo fumando. El disco lo editamos con una botellita de elixir de azahar y por eso lo recuerda mucha gente, sobre todo los distribuidores que se cagaron en nuestros muertos porque eso era un problema para el almacenamiento. 

Llamaron mucho la atención, pero Dick no era fácil y el grupo era tan libérrimo que no cumplían con los ensayos, llegaron las rencillas, unos que se creen más importantes que otros y… Mira, los Medina Azahara eran muy serios en esto. Tenían claro que nadie podía ganar más que nadie y firmaron todo su primer disco como grupo. Cuando eso cambia, se va todo al carajo. Porque ya no se es un grupo, se es una banda. No hay que ser bandas, hay que ser grupos, o no, tampoco, hay que ser un conjunto musico-vocal moderno, que así se decía antes. Cuando dejas de ser un conjunto ya no vas a ninguna parte. Una banda… ¿Qué es una banda, una banda de forajidos, la banda municipal? ¡Conjuntos! Hay que estar conjuntados. 

En esta época también hiciste cine, películas clasificadas S.

Proyectos de Gonzalo. Él le dice a los actores que digan el texto, si lo dicen bien, vale, pero si lo dicen mal, le gusta más. Por eso con él tengo el trabajo garantizado como actor. En aquel entonces le ayudé como auxiliar de producción, en Manuela llevaba en el coche a Charo López. Me gustaba. Luego Gonzalo se empeñó en hacer algo más experimental, porque solo le salían adaptaciones de novelas andaluzas. Quiso hacer Vivir en Sevilla con un guion un poco más raro, pero ahí ya no encontró productor. Como Triana y María Jiménez nos estaban funcionando, decidimos hacerla nosotros, tampoco era tanto dinero. 

La fórmula de financiación fue hacer otra película a la vez que fuese a ser rentable seguro. Conocía todo el mundo swinger y de intercambio de parejas, me parecía alucinante, y ahora que la censura lo permitía, hicimos Frente al mar, que pagó los gastos de Vivir en Sevilla sobrados, película que no quería nadie. Cuando la intentábamos vender nadie pasaba de la escena del niño en el taller. Andrés Vicente Gómez nos compró las dos y le cambió el nombre, la tituló Intercambio de parejas frente al mar, que venía a contar toda la película. Almodóvar, en Fotogramas, cuando era crítico, la calificó como mejor película del año. También José Luis Guarner la puso bien, escribió que ese era el camino que tenía que seguir la escuela de Barcelona. Además, le gustó también la siguiente que hicimos, Corridas de alegría, que iba para porno, pero como no salió bien, le recortamos el sexo y dejamos las aventuras y quedó como está ahora, que hay gente que le gusta mucho, es de culto. Entonces, la estropeó el nombre, tendría que haber sido Sobre la marcha. Y ahora Gonzalo se ha montado un reto de hacer siete películas en doce meses. Rodó en Sevilla y una filmada en Kazajistan está ya en postproducción. Luego Portugal, Argentina, la India… Jerez.

Otro grupo que llevaste, los Cai.

Me los presentaron los de La Cochu, un colectivo alternativo que había en Madrid, hacían conciertos, fanzines… Me contrataron a Azahar y, cuando nos conocimos, me hablaron de Cai que acababa de grabar con ellos Más allá de nuestras mentes diminutas. Me gustó el elepé, hablé con ellos, me cayeron muy bien, eran chavales de Cádiz, muy simpáticos. Empezamos a trabajar, hicimos el festival de Chiclana, nos fue muy bien. Creo que era de los grupos que más calidad tenía del rock andaluz. De su siguiente disco, Noche abierta la canción «La roca del diablo» me parece una obra de arte extraordinaria. «Alegrías de Cai» también me pareció una canción insuperable. El problema es que ese material era complicado de vender porque cantaba el batería. Parece una tontería, pero eso afecta cuando presentas a un grupo. En televisión tuve que pedir que dividieran la pantalla en cuatro para que se viera bien al batería cantar. Pero siempre nos estuvimos rompiendo la cabeza para ver cómo colocarlos en el escenario, si adelantar la batería o qué. Eso sí, eran chavales graciosísimos, llevaron un tiempo de guitarrista a Antonio Reguera, de los Simun, otros pioneros, un tío con el que te partes de risa, y me acuerdo de ir por Miranda de Ebro y tener que parar la furgoneta para poder tirarnos en la cuneta a reírnos, porque no podíamos más con el Reguera, las cosas que contaba. 

Javier García-Pelayo

¿Y cómo fue lo de Medina Azahara?

Pegó tal tirón que desbancó a todos estos. Hay quien se cree que trabajé más con ellos, que los prefería, pero era que me daba más trabajo Medina Azahara. No paraban de llamarme por teléfono. Si Cai ese año hizo noventa actuaciones, que no está mal, Medina hizo ciento ochenta y dos. 

¿Cómo los descubriste?

Fui al Festival de Chiclana del 79 con Azahar y Cai. Allí encontré otro grupo que me encantó y lo cogí también, Mezquita. Además, hubo un tipo de Algeciras que nos contrató para su pub 00, doble cero, como el hachís, y nos pagaba en kilos de hachís (risas). ciento veinticinco mil pesetas era lo que costaba un kilo. Cuando le ofrecí a Mezquita, me dijo que no, que los buenos de Córdoba eran Medina Azahara. Solo habían tocado una vez en el pueblo de al lado, dijo, y que eran la leche. Me dio los teléfonos del cantante y del guitarra, y me llevaron una maqueta a Madrid  que nada más oírla vi que era un pelotazo brutal. Era Triana, pero más fuerte. Su presencia era muy buena, muy jóvenes, con pintas. Ellos mismos me habían llevado la maqueta a Madrid, eran lo contrario que todos los grupos sevillanos que no quieren viajar ni salir de la ciudad. Medina Azahara eran chavales muy humildes, pero en cuanto empezaron a ganar dinero, lo invirtieron en el equipo, como hay que hacer. En ese grupo funcionaba todo. Los cogí, pero para eso me tuve que quitar a Mezquita. Me porté mal con ellos, que les había dicho que sí y luego fue que no. 

¿Por qué no podías tener a dos grupos de Córdoba?

(Risas) Me parecieron tan buenos Medina Azahara que dije: lo que digan. 

¿Y Veneno?

Estábamos en Chipiona rodando Frente al mar y nos enteramos de que tocaban en la discoteca del pueblo. No tenían ni disco ni nada y sonaban horrorosamente mal, con pitidos y de todo. Fui a la mesa a ver qué pasaba y les dije que podía ponerles un equipo bueno. Luego, cuando grabaron el disco, era amigo de Santiago Monforte, el que hizo la portada, pero nada, no pude hacerme con ellos hasta que en 2004 fui mánager de Raimundo Amador

Se te escaparon…

Los cogieron unos amigos míos. Ahí, se abrieron dos caminos en el rock sevillano, uno el de Smash, de alboroto, espontaneidad, que es la vía que siguen ellos, Silvio, Veneno y Pata Negra. Grupos anárquicos, con poca profesionalidad, pero mucho arte. Y otro camino que fue el de Los Soñadores, que sonaban mejor que Smash y eran más profesionales, pero no tenían su éxito. En esa línea estaban Los Payos, Triana o Alameda, que eran gente muy preocupada de hacer las cosas bien. 

Llegó un momento en que hubo un boom, me acuerdo también de Guadalquivir.

Guadalquivir lo crea Luis Cobo, Manglis. Pepe Varela quería algo para llevar de teloneros de Triana y tuvo la suerte de que entraron en la gira La noche roja de Miguel Ríos. Se colocaron muy bien, pero creo que eran los más difíciles del rock andaluz, eran muy jazzeros, instrumentales, los más complicados. Los demás, como fenómeno, creo que eran grupos creados con la identidad española, pero luego nos llamaron andaluces. A Albéniz y a Falla no les llaman música clásica andaluza, sino española, pues aquí no. Y las compañías se lanzaron a explotarlo en cuanto vieron la veta. Lo cierto es que eran grupos muy variados, aunque se les critique a veces que todos sonaban igual. Para mí, Alameda no tiene nada que ver con Triana, ni con Medina Azahara, ni con Cai, ni con Imán, ni con Cuarto Menguante, ni con Azahar; para mí, eran todos distintos unos de otros. Aunque una cosa es cierta, todos tenían un teclista que tocaba Minimoog y el Elka, creo que ahí sí que estaba el sonido en común del rock andaluz. Al final todos tenían el solo de Minimoog y colchones de Elka y puede que la gente se refiriera a eso. 

¿Y por qué se produjo el declive? 

El paso del tiempo, la muerte de Jesús y la repetición de las fórmulas frente a la aparición de otras nuevas, estas en Madrid, que se llevan el interés de la prensa y provocaron un rechazo hacia lo demás, fuese andaluz o layetano. Llegó un momento en el que todo lo que no fuese movida era una antigüedad y una mierda que no la quería nadie, pero solo en la prensa, no se correspondía con el número de ventas y actuaciones, que seguían ahí. Una vez le dije al mánager de Radio Futura que su grupo tenía más radio que futuro y me aposté con él que dentro de cuarenta años Medina Azahara seguiría ahí y Radio Futura, no. He ganado la apuesta, Medina Azahara siguen ahí, ahora harán unas cincuenta fechas al año, pero reventándolas todas.

¿Qué grupos son herederos los del rock andaluz?

Zaguán, Aljibe, Malabriega, Juan Delola, Randy López… y hay más que se me olvidan y les pido disculpas. 

Hace unos días Teresa Rodríguez presentó su proyecto político y habló mucho de música, mencionó Omega, Los Planetas…

Pues nuestra ruina fue cuando los políticos empezaron a llamarnos rock andaluz. Esa nominación es excluyente, rock con raíces no era excluyente. Ahí entrábamos nosotros, los de Barcelona, los asturianos y los bretones. Era rock al que le metías los ingredientes de tu tierra, de tu identidad, pero al llamarlo andaluz, nosotros que trabajábamos muchísimo en el País Vasco y Cataluña, ya no volvimos. A todos los grupos actuales que te he nombrado les cuesta un trabajo salir de Andalucía. Trabajan mucho, pero es muy raro verlos en Zaragoza, Cuenca, Barcelona… Medina Azahara y Triana ha estado en todos esos sitios, pero antes de ser rock andaluz. Eso fue un engaño del nacionalismo andaluz y a mí la izquierda y el nacionalismo me parecen movimientos incompatibles y que se contradicen. Por esta vía, la izquierda se vuelve reaccionaria y acaba solo produciendo expresiones fascistas.

Te contrataba grupos el PCE para sus fiestas.

 

Sobre todo a Medina Azahara, que colaboraban desde el primer día con ellos. Siempre me llamaba el hermano de Paco Rabal, Damián Rabal, que era representante de actores de cine, pero se encargaba de llevar las fiestas. En Madrid nos invitó Carillo a comer en un restaurante en la Casa de Campo a todos los músicos participantes, yo, como he dicho, siempre le he tenido mucho respeto. Propuse un brindis por la vanguardia cultural del partido y Carrillo me dijo «necesitamos más jóvenes como usted», le contesté que me llamara cuando quisiera, pero eso ya no lo hicieron nunca (risas). Nunca he sido comunista, pero creo que ellos fueron los que pelearon realmente contra Franco. Mira que conocía a Felipe González y Alfonso Guerra cuando eran jóvenes, pero no conocía la existencia del PSOE. 

Y luego hiciste galas para Alianza Popular.

Trabajaba con quien me llamase, pero me costó conseguir artistas para llevar a Barcelona a actuar en el mitin de AP. Si metía a Medina Azahara ahí, por ejemplo, me los cargaba. Eso era más para alguien como Los Secretos, inocuos políticamente e incluso un poco de burguesitos madrileños, ideal para las niñas de Alianza Popular, el público natural de ese grupo. Me acuerdo de que teníamos un técnico que le silbaba a las mujeres y de repente le pilló Fraga. No veas la bronca que le echó. 

Un Fraga feminista.

Un Fraga educado, que el otro era un grosero. Al final me tuve que llevar a María Jiménez, que le daba todo igual, y a Tip y Coll, que Coll no, pero Tip sí que era de Alianza Popular, y formé una orquesta que llamamos Orquesta Barcelona para que pareciera que había una ahí. Muchos de estos eran músicos del Gato Pérez y por eso creo que años más tarde me llamó para trabajar conmigo. Recuerdo que en los camerinos estaba con María pasándole un canuto y, con muy mala educación, entraron los políticos sin llamar, porque no se entra en el camerino de una cantante sin llamar. Eran Eduardo Bueno, el candidato, Fraga y Vestrynge. María nada más verlos le pasó el canuto a Vestrynge y le dijo «Jorgito, enciéndelo tú», este dijo que vale y Fraga le echó una mirada que Vestrynge rectificó rápidamente, «bueno, si a mí esto no me gusta, toma tú mejor». En ese momento Vestrynge era secretario general y en un mes estaba fuera (risas). No creo que lo echaran por eso, pero esto le debió ayudar. 

¿María era como Bambino, pero en mujer?

Con Bambino no traté, solo le vi una vez cuando Gonzalo le grabó un disco, pero ya estaba enfermo. No lo he disfrutado nunca, tampoco le he visto en directo, aunque los discos me encantan y era un músico asombroso. A María en los setenta le formamos un grupo y no funcionó hasta que conseguimos que saliera en Fiesta, un programa de Íñigo que se grababa en el Florida Park. Pero como no era mi estilo y no le caía bien a María, se la pasé al mánager de Las Grecas, que también era muy tremendo y dije: «Venga, entenderos vosotros» (risas). 

Javier García-Pelayo

Trabajaste con grupos madrileños también, Burning y Los secretos, entre otros.

Con Burning una vez, al principio, con el primer single. Luego tuve otra etapa, que ya no estaba Toño, y ahí venían con un mánager que había trabajado de emigrante en Alemania, en Bosch, y le gustaba el rock and roll. Con Burning, el ritual de aproximación al escenario era distinto. Triana eran todo chistes y luego eran muy serios. El Gato no quería hacer la gala y luego era una alegría. Pues Burning se mosqueaban, que si no cobramos mucho, que si tal, y salían enfurecidos, con la actitud total del rock and roll. A Los Secretos les vi mucho futuro, porque los conciertos de rock cada vez tenían menos mujeres y ellos siempre tuvieron mucho público femenino. 

¿Y Gato Pérez has dicho que te llamó?

Ya cuando salió Gitanitos y morenos recuerdo que un amigo me dijo que al Gato lo tenía que llevar yo, pero en su momento no se podía y luego, mira, me llamó él. Creo que no estaba contento con cómo le iban las cosas. Me pidió que lo llevara desde mi oficina, le dije que encantadísimo, pero le avisé de que a los representantes de su mercado natural, que era Catalunya, igual les costaba trabajo llamar a Madrid para contratarlo. Y me contestó: «¡Pero es que eso es lo que quiero, que aprendan que tienen que llamarte a ti!». Al Gato también le empujó mucho Maragall, que no se perdía una actuación suya. Donde tocara, ahí estaba el alcalde. Una campaña del Ayuntamiento también se hizo con música suya. Normal, tenía no sé cuántas canciones dedicadas a Barcelona a cada cual mejor. «La gran ciudad» es una obra maestra absoluta, la explicación de la Barcelona que se encuentra cuando llega con catorce años desde Buenos Aires, una ciudad mucho más pequeña, provinciana, bonita y acogedora que le trata fenomenal. Y «Barcas, cielo y olas» también es muy buena, muy, muy buena. 

Tuvo varios infartos y cada vez que se subía a actuar, podía ser la última.

Conmigo solo tuvo un infarto, que fue el último. Ya había tenido dos antes. Él decía eso que dices siempre. Creo que debí escucharle más. Como en esa época tenía la oficina taurina, él me hablaba de sus actuaciones en términos taurinos, como si fuesen faenas en las que podía dejarse la vida cualquier tarde. Si hasta tenía una canción, «Se fuerza la máquina», siempre estaba en eso. En prácticamente todas las galas que hicimos juntos me dijo horas antes que suspendiera, que no podía salir. Tampoco estaba contento con su físico, le daba vergüenza salir al escenario, solo estaba seguro de sus canciones, creo que echaba en falta ser un galán arrollador, pero luego las mujeres sí que le decían cosas y lograba mucha química, que es lo importante.  

Jesús y el Gato, dos muertes prematuras de personas que podían haber aportado muchísimo.

No fueron los únicos, si te hago la lista de los que se han muerto… De los Gong y Barra Libre, Silvio y Miguel Ángel Iglesias. De los Smash, Julio Matito. De Triana, Jesús y Tele. De los Burning, Pepe y Toño. De Los Secretos, Enrique y Pedro. De Azahar, Antonio, Dick y Willy… He ido a demasiados entierros ya de músicos amigos míos. 

Cuando el heavy tuvo tirón fuerte, intentaste montar un grupo… peculiar. Lo de El Enmascarado…

La versión oficial es que me encontré en una fiesta muy sofisticada de Madrid a un guitarrista perfectamente vestido de Adolfo Domínguez y enmascarado, que iba con una chica guapísima y un gorila que le protegía. Un tío que podía tocar cualquier cosa. Al día siguiente llamé a Vicente Romero y me dijo que lo llevara a una discoteca a presentarlo que lo cubriría la Heavy Rock. Le dije que el Enmascarado no hablaba, solo respondía la tía. Vicente flipó tanto con todo que nos dio la portada. 

Entonces, había que sacar un disco. El Muelle, el que firmaba por todo Madrid, fue batería nuestro unos días, pero al final no podía seguir y fue Ramiro de Leño. Como no teníamos canciones, cogí un libro de las mejores poesías de la literatura española y le dije: «Mételo por heavy, cojones». Así lo hizo, con Lorca, EsproncedaEl Pirata tuvo una de sintonía del programa más de un año. Así hasta que el Enmascarado se cansó y se fue. Esa es la versión oficial. 

La verdad es que tenía muchos planes, quería sacarlo a bolsa y montar un espectáculo con un hombre bala. Hablé con uno mexicano que trabajaba en Las Vegas. Quería lanzar al Enmascarado al escenario de un cañonazo y ahí lo sustituiríamos por el guitarrista. Quería también que, al final del espectáculo, David Copperfield hiciera desaparecer el escenario. Pensé que ese espectáculo, con un buen heavy metal, hubiera tenido gira mundial por campos de fútbol. 

¿Y la versión no oficial?

La verdad no te la voy a contar, pero el día que fuimos a ver a Vicente no teníamos ni chica ni gorila, así que cogí a uno de un gimnasio, que al año siguiente fue especialista en Mad Max 2, muy buena gente el notas, y a una prostituta que hizo el servicio más fácil de su vida, no la tocó nadie. Le dije que respondiera lo que le saliera del coño a los periodistas y eso mismo hizo. En la portada de la Heavy Rock sale. 

Dices que la industria se hundió cuando en los ochenta empezaron a contratar los ayuntamientos.

Destrozó completamente la ley del mundo del espectáculo que la marca la taquilla. Un éxito es cuando revientas la taquilla. Llenar plazas de pueblo gratis… Lo que ganaban los alcaldes llevando a las Alaskas o Radios Futuras era que iba un periodista de la ciudad, entrevistaba al alcalde y decía que ese político estaba en la onda, que menos mal que hay un ayuntamiento que se entera de algo. Eso es lo que querían los ayuntamientos y les daba igual si iba más o menos gente. Fue una plaga. 

Pero al final montaste lo de las veintucatro horas del estudiante y la radio con Tierno Galván. 

Me lo encontré en un festival de las Juventudes Socialistas, que me vio fumándome un porro y se vino a hablar. Me dijo: «Es que a vosotros hay que preguntaros si queréis coca o Coca-Cola». Estaba en campaña, como el Vestrynge… Pero le pedí que se pudiera trabajar en el Palacio los de Deportes y lo montamos. Vino él y dijo la famosa frase que todo el mundo ha malinterpretado. Evidentemente, él le decía al público que se colocasen ¡pero en un trabajo! Jugaba con las palabras, pero un alcalde no te iba a decir que fumaras porros. Le buscaron las vueltas unos mierdas, la prensa y la oposición.

Javier García-Pelayo


Eduardo R. Rodway: «Hijos del agobio es lo que éramos, hijos del dolor, la generación de la posguerra»

Fotografía: Mariano Rennella

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En el jardín de su casa de Caños de Meca, con una camisa floreada, parece un actor de Hollywood en su mansión de Beverly Hills. Pero no es el caso. Pasaron algunos años antes de que la industria discográfica española se diera cuenta de que Eduardo Rodríguez Rodway (Sevilla, 1945) Jesús de la Rosa y Juan José Palacios «Tele» estaban revolucionando la música española y, por qué no decirlo, el rock progresivo internacional. Triana fue un acto de autoafirmación. El cruce de la música generacional occidental con la tradicional del país. Fue un mestizaje aterciopelado, no un inaccesible experimento. El público se entregó y se batieron récords de ventas. La tragedia, la prematura muerte del cantante Jesús de la Rosa, impuso un final anticipado a esta aventura. Seis discos donde nuestra música alcanza las más altas cotas y uno en particular, El Patio, de 1975, considerado por muchos como el mejor. Eduardo Rodríguez Rodway antes de en Triana estuvo en Los Payos, donde una canción del verano, «María Isabel», le catapultó a la fama; una celebridad que nunca fue de su gusto, porque lo que él quería era, como confiesa, buscarse a sí mismo a través de una música más personal y auténtica, como finalmente sucedió.

¿De dónde viene tu apellido Rodway?

Según me contó mi madre, el alcantarillado de Sevilla lo hizo una empresa inglesa. Mi abuelo, al cual nunca conocí, vino como técnico. Como es normal, llegó a Sevilla y se enamoró de una sevillana, una guapa. Entonces se quedó en Sevilla y a partir de ese amor acabaría naciendo yo en 1945. Desde ese día, en cuanto tuve un poquito de conciencia recuerdo que ya estaba tocando una armónica, con seis o siete años. Como continuamente despertaba a la familia tocándola, mi padre un día se cabreó, me la quitó y me la tiró. Ay, amigo, fue un mal rollo, porque ese es el peor agravio que le puedes hacer a un músico. Pero bueno, un niño no lo tiene tan en cuenta.

¿Cuándo llegó tu primer grupo?

Fue pasando la vida y no me encontraba a mí mismo. Cuando tuve dieciséis años más o menos fui un día a la piscina con mis hermanos, escuché a una gente tocando en un sitio, me acerqué y le dije: «Oye, tú cantas bien, quillo». Él me preguntó si yo tocaba algo y le respondí: «Yo toco la guitarra de puta madre». ¡Qué va! era mentira, apenas sabía lo básico, pero quedamos para ensayar y acabamos fundando el primer grupo del que formé parte, que se llamaba Los Flexor’s.

Fue en el año 1963, aun conservo el carné de músico del Sindicato de Artistas, que nos obligaban a tenerlo, sin él no podías actuar. El del Sindicato Vertical de Franco [se levanta y busca el carné, nos lo enseña]. Fíjate lo que pone, es acojonante: «Sevilla, ta, ta, ta…. nacido en tal y cual, espectáculos; sección social: grupo, teatro, circo y variedades: instrumentista de atracción. Año 1963» [risas]. Oye, a ver si me van a tomar por facha por tener esto ¡no me jodas! que no lo soy.

Pero sin esto no hacías nada.

Sin esto no dabas una actuación.

¿Cómo aprendiste a tocar la guitarra?

En realidad mi familia ha sido siempre muy fiestera. Mi padre tenía un gran compás de la Vega de Carmona. Siempre estuvo el guitarreo presente y la flamencura en mi familia El problema era que, aunque yo tenía facilidad para la música, mi padre consideraba que dedicarse a esto era de gamberros, putas y maricones. Pues que le den a mi padre, pensaba yo, y decidí irme del país, porque no soportaba ni la presión de mi familia ni la social que había entonces.

¿Con los Flexor’s qué tocabais? ¿ todo pre-Beatles y Stones, como los Shadows, Ventures…?

Ahí estamos. Sevilla siempre ha sido muy avanzada en ese aspecto, porque Franco no dejaba entrar los discos extranjeros, pero a nosotros nos llegaban por las bases de militares de San Pablo, Rota, Morón… Además, nos servían para tocar en directo. A nosotros se nos rifaban porque éramos auténticos rockeros. Déjame que te muestre fotos [saca una carpeta]. Mira, aquí estoy tocando mosqueado porque es por la mañana [risas] ya te he dicho que conmigo por la mañana, mal asunto…

En las bases a los americanos les gustábamos mucho, como digo, y fuimos haciendo contactos. Así conseguíamos discos. Porque fíjate como estaba la España aquella. Era una lucha sempiterna. El régimen no quería saber absolutamente nada de gente como nosotros. Éramos los melenudos, los canallas, los sinvergüenzas, los proscritos. Era una cosa terrible. Había que luchar contra los padres, contra el Estado, era tremendo….

Aparte de en las bases, también Los Flexor’s también tocabais por los pueblos.

Y estaba muy bien, lo que pasaba era que, como íbamos bien puestos y de guapetones, se mosqueaban los mozos de los pueblos. Lo típico. A veces venían a por nosotros [grita imitándolos], pero eso era inevitable.

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Esa etapa terminó cuando te fuiste a Francia.

Vendí mantecados de Estepa para pagarme el viaje. Mi familia no me daba nada. No me quedaba otra que ser libre yo por mis propios medios. Así, mi libertad era mía, no la de nadie. Puede que yo sea la casualidad de un polvo, pero eso no significa que los que lo han echado sean mis dueños. El dueño mío soy yo. La excusa para irme a Francia fue una boda de un amigo que se había casado con una francesa, pero lo que yo pretendía era quitarme de en medio y no aguantar más la presión franquista. Eso de que te señalen porque tienes el pelo largo y te griten «¡pareces maricón!». Cuando pasaba yo les contestaba: «El coño de tu prima ¡hijo de puta!».

En Francia estuve buscándome la vida como músico callejero. Me eché una novia rica y le acabé tocando canciones a su madre. Era una vizcondesa que adoraba las canciones españolas. Le tocaba «estas son las mañanita que cantaba el rey David», el «Porompompero», tres o cuatro temas, «lo que usted diga, madame», y me daba unos francos que no eran pocos. El equivalente más o menos a ahora cuarenta o cincuenta euros. Y ya del tirón me tomaba unos coñacs con ella, que se los bebía en copitas de plata. Estuve en la gloria mientras duró esa etapa, pero al final por un asunto de faldas que prefiero no detallar se armó un lío del copón y me tuve que ir.

Cuando estaba de nuevo en la calle, de casualidad, me encontré con Gonzalo García Pelayo y le pedí pan, que me diera de comer. La verdad es que se portó muy bien conmigo, pero después de ayudarme y tal me volví a encontrar en la calle y hacía un frío de cojones. Ahí me metí de okupa con unos catalanes que eran pintores de brocha gorda y estaban también tiesos. Tenía un colchón de playa y dos mantas, y para sobrevivir estos tíos me daban cada día dos huevos y tres papas. Pero lo que fue la hostia de eso fue años después. Te voy a contar la historia completa.

Pasado el tiempo, estaba en Barcelona dando un concierto con Triana que llenamos el Palau San Jordi. Entonces me dijo el secretario: «Ahí fuera hay dos tipos que te quieren ver por cojones». Pregunté quiénes eran y me dice: «Me han dicho que te acuerdes de los días de París». Salí fuera corriendo, me los encontré… bueno… Se me pone el vello de punta al recordarlo [muestra el brazo]. Les dije que entrasen y… unos abrazos. Mira cómo se me pone el pelo [vuelve a mostrar el brazo]. Nos fuimos a cenar y me contaron su vida: «Al final hemos triunfado todos» —decían— «todos por creer en nosotros mismos». Ellos habían fundado una empresa de pintura en Barcelona y eran ricos que se les salía el dinero por las orejas. Lo que es la vida… A mí no se me salía, eh, yo seguía currando. Pero ya ves cómo es el mundo, qué momentos. Sigamos ¿por dónde iba?

¿Después de tus años en París?

Me fui a Torremolinos, estuve tocando en un pub mientras hacía la mili. Ahí tuve muchas novias, muchos amigos y amigas. Ese Torremolinos era acojonante, coincidió con el primer boom de España. Aquello era un esplendor.

En un principio yo no quería hacer la mili. Era antimilitarista y anticlerical, pero mi padre me gritaba «¡cómo vas a ser un desertor! ¡que te van a dar por todos los lados!». Yo no quería hacer el servicio militar en absoluto, pero en aquella época si eras desertor te metías en un marrón que… Al final tuve que hacerla.

Por esas fechas se formó tu siguiente grupo, Los Payos.

Se me acercaron Josele y Luis Moreno para ver si hacíamos algo y como estaba aburrido, tieso, y hasta los cojones de ser militar, dije que sí. Empezamos a tocar en el estudio del padre de Josele y de ahí salieron Los Payos. Al terminar la mili, mi madre me dio doscientas pesetas y nos fuimos a Madrid. Mi padre tenía un trabajo para mí, pero yo no quería. Tenía entre ceja y ceja ser músico.

Tiramos para Madrid en un Seiscientos que nos dejaron. Recuerdo cuando llegué a la pensión en la calle Ayala, lo primero que hice fue comerme un bocadillo de morcilla. Solo teníamos dinero para tres días en la pensión y alquilamos una habitación con dos camas y éramos cuatro. Me tocó dormir con el representante, que le apestaban los pies. Yo le daba patadas gritando: «¡que te laves los pies!».

Pero Los Payos triunfaron a lo grande.

Empezamos a tocar con el apoyo de Alfonso Eduardo Pérez Orozco, que tenía el programa Hit Parade. Era un tío que mandaba en la radio, estaba triunfando en aquel momento. Empezamos actuando en fiestas y en cabarets de putas, que eran los lugares que en aquellos tiempos tenían actuaciones. Era algo muy habitual porque en aquella época no había apenas salas de conciertos. Los mánagers y promotores se dedicaban a las folclóricas porque para ellos no había otra cosa. A los del pelo largo nos tenían condenados. El rock no pintaba nada.

Sin embargo, un día nos presentaron a Trabucchelli, el de Hispavox. Teníamos canciones compuestas, yo traía algunas ya hechas en Sevilla, como «Compasión», que fue de los primeros temas que hice. Era una rumba, un género del que algunos dicen que es menor, pero a mí eso me parece una imbecilidad. No hay género ni mayor ni menor. La música o suena o no suena. Trabucchelli nos apoyó y surgió todo eso que llegó a lo más alto con el triunfo de «María Isabel», que fue éxito internacional incluso. Como época de rodamiento, fue muy buena. Aunque lograr un número uno no es fácil, ni en la literatura, ni en la música, ni en las motos. A lo mejor alguno lo consigue de suerte, pero sería una canción, no una carrera exitosa.

«María Isabel» fue la canción del verano del 69.

Fue una gran sorpresa. Ese momento en el que uno está pegadito a la pared, como una calcomanía, y te empiezan a entrar los billetes… No veas el subidón que da eso. No solo por los billetes, también la fama, la reivindicación de tu talento. Aunque creo que eso supone un riesgo. El dinero, para el ser humano, si ha estado toda la vida sin él, es peligroso. Porque no sabes qué coño hacer con esos dineros. Yo no he ganado mucho dinero en mi vida, de toda formas. Y el que he tenido me lo he gastado. ¿En qué? En todo… [risas]. Como debe ser.

Recuerdo que pasamos por platós de televisión, giras, pero yo no tenía mucha conciencia de lo que estaba ocurriendo. No me apuntaba a todo ese arribismo del triunfo. Siempre he tratado de ser muy discreto cuando ha habido éxito y no me he querido meter en eso de la fama porque siempre me ha dado un poco de miedo. No me gusta. Nunca me ha interesado. Es más, sinceramente, creo que la fama es asquerosa para el que le toca. Yo he sido conocido y querido, sobre todo querido, pero no un famoso. Ese tipo de celebridades que hay por ahí a mí me parece tremendo. Si ya solo en las giras que hacíamos por pueblos nos tiraban piedras porque las chicas, que serían sus novias, nos lanzaban besos.

¿Qué tal era Madrid en aquella época?

De puta madre, me gustó mucho porque era mi liberación como persona y mi reivindicación como músico. No podía soportar la presión de todos los días en aquella Sevilla, que era y sigue siendo guapísima, pero ahí estabas condenado al ostracismo y yo quería progresar. Los Payos creo que hicimos canciones que estaban bastante bien. Y hay una de Bob Dylan, «Angelina», que yo la tocaba a mí manera, titulada «Adiós Angelina», que en ella puede haber algo de lo que fue el germen del rock andaluz. Al final Los Payos triunfamos por todo el mundo y en una gira conocí a mi esposa en Venezuela, con la que todavía sigo, afortunadamente.

¿Cómo te dio por adaptar una canción de Dylan a ritmos autóctonos?

No me costó mucho. La idea me vino en Torremolinos, pero al revés, no fue adaptando el rock al flamenco. Yo le estaba enseñando a un inglés que era muy amigo mío a tocar por bulerías. Cosa imposible, por otra parte. No había forma. Y como no se podía pues nos poníamos a tocar canciones de folclore inglés y así acabamos cantando «Angelina». Después con Los Payos se me ocurrió rescatarla para tocarla por rumba, con un arreglo que creo que era de Waldo de los Ríos, que le dio una presencia española, o hispana mejor dicho, con unas trompetas. Ese fue el origen. Siempre he sido muy inquieto.

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¿Por entonces ya conocías a Gualberto García, otro músico inquieto por definición?

Sí, ya nos conocíamos de Sevilla. En Sevilla nos conocíamos todos. Lo que pasa es que en aquellos momentos había una rivalidad de cojones, a ver quién cantaba mejor el «Be-Bop-A-Lula» de Gene Vincent y todo eso. Pero yo los quiero a todos, me he mezclado con todos, además. Empecé a tocar rock, pero el flamenco ya me venía de familia. Por eso, cuando la fusión era solo una vanguardia, me metí a tocar todo. No me asusté de nada. Porque cuando uno tiene esa edad tiene que comerse el mundo. Si no, terminas convertido en un gilipollas y en un oficinista de mierda gris y amargado.

Los Payos duraron cuatro años. Qué pasó después.

Me harté. Los Payos estaban anclados en un tipo de música comercial, que estaba bien, yo no la critico en absoluto, pero yo necesitaba evolucionar. Tal vez ellos no me comprendieron, pero un artista, un músico, un idealista, tiene que buscar su norte y conseguirlo.

En la mejor biografía de Triana que existe, la de Luis Clemente, aparece una entrevista con Los Payos en la que os mostráis hartos del mundo del espectáculo y la industria de la música. Decíais: «Cuanto mayor es la porquería que haces, más subes» . Fue en la revista Rompeolas.

Yo, particularmente, estaba muy cansado. Veía que no podía progresar, que estaba condenado a ser una cosa comercial, un rollo Fórmula V. En el momento en que lo vives, cuando estás en lo alto, está bien, pero si tienes más ideas en la cabeza no te quieres quedar ahí, no te puedes conformar con eso.

La historia se acabó por fuerza mayor, os metieron a todos en Carabanchel.

Nos detuvieron a todos. Sufrí tres meses de cárcel franquista por fumar porros. Tócate los cojones. «Salud pública» , decían. ¿Pero qué salud pública? ¡Si los porros me los fumo yo, no te los fumas tú, joder! La redada fue porque nos vieron con los pelos largos y llevábamos en la parte de atrás del coche una pegatina con el símbolo de la paz. Nos consideraron unos rojos, así que nos metieron en el maco. Eran los últimos estertores del franquismo. De lo que realmente tenían ganas era de matarnos, como a los comunistas. A mí me metieron directamente en la cárcel hasta que hubiera una cama libre en el psiquiátrico, donde iban los que tenían delitos por drogas. Me pasé dos meses en la cárcel y uno en el psiquiátrico por una piedra de hachís.

Mientras estuve dentro, en lo único que pensaba era en acabar con ellos. Me querían quitar mi vida, mis ilusiones. Yo no le había hecho daño a nadie, pensaba «¿pero esto qué coño es? Si vosotros sois cristianos, que creéis en Dios, porque yo soy ateo, tendréis que creer que esa planta la ha puesto ahí Dios ¿o no creéis que Dios es omnipotente? ¿Pues entonces para qué la ha puesto? ¡pues para comerla, lo mismo que el tomate!».

Tu siguiente grupo, Tabaca, dejaba atrás la canción ligera.

Era un trío de voces del estilo de Crosby, Stills & Nash, que me dio la gran alegría de mi vida. Estaba yo un día en mi casa y apareció por ahí Jesús de la Rosa. Una aparición de las mejores que he tenido en mi vida. Apareció el monstruo y me dije: «Olé, míralo» . Empezó a desgranarme canciones que me dejaron flipado y, como tengo buen olfato, lo metí de inmediato en el grupo. Hicimos algunos singles, pero otra vez me encontré tieso. Tuve que vender el piso, asfixiado, como siempre, y me fui a Arturo Soria, donde alquilé un chalé y monté un estudio en el garaje con cartones de cajas de huevos cubriendo las paredes. No veas cuando fui a la huevería… Pero ahí, en el año 1974, empezó Triana. Jesús de la Rosa y yo. Antes había intentado meter a Lole y Manuel, pero Manuel Molina, que en paz descanse, al que quise mucho, apareció por mi casa sin Loles, intentamos un par de ensayos, pero no cuadrábamos. Yo seguí con lo mío y él se volvió a Sevilla donde hicieron Lole y Manuel que, como todo el mundo sabe, es una maravilla.

¿Cómo era Jesús?

Venía de una familia de gente que cantaba flamenco y lo cantaba bastante bien. Era una persona excelente, con una capacidad de sacrificio increíble, un músico y un poeta muy querido y admirado. Venía de buena estirpe. Era alguien que se buscaba a sí mismo también, cantaba por todas partes. Los Bravos cuando le escucharon quisieron contratarlo pero le dijeron que tenía demasiado acento andaluz. Era para decirles: «¡Pero qué capullos sois, con lo que transmite este menda!» .En el momento en el que apareció por mi casa aquel día le dije: «Tú no te escapas de aquí»,  y entre los dos creamos Triana.

Yo buscaba ese tipo de historias. Es decir, reivindicar lo andaluz fuera de los tópicos y crear una nueva música, pero algo que luciera con luz propia, no luz cedida. Ya estábamos hartos de copiar patrones extranjeros. Ahora fusión. Rock and roll, sinfonía y flamenco. Ese fue el punto.

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Esos singles de Tabaca se grabaron en Londres.

Fui yo, Jesús no vino. Eran unos estudios como otros cualquiera, pero en España carecíamos de lo más elemental para grabar en condiciones. Ten en cuenta que el franquismo ha castrado este país durante un montón de años. No solo cuarenta, más, porque la factura es larga, querido. Y yo después he tocado con la sinfónica de Londres, pero no me ha impresionado. Son cuarenta maestros, vale, pero yo también ¿no? Yo también toco un instrumento.

Una vez juntos Jesús y tú, Triana se completó con la llegada de Tele.

Jesús quería meter a un batería muy técnico, muy bueno, pero no era flamenco. Era técnico. El artista tiene otra mirada diferente. Y yo sabía que Tele era un artista. El problema era que Jesús no lo quería porque era problemático. Tanto, que hasta hoy en día me está costando disgustos. Tuve que imponérselo a Jesús. Tele, no sé si porque era tan bajito, tenía un carácter especial. Me acuerdo un día que fuimos al programa del Loco de la Colina, estaba doña Rocío Jurado, y un personaje sevillano llamado el Garbanzo. Jesús Quintero le preguntó: «¿Oye, tú por qué te has quedado tan chiquitito?». Fíjate la guasa del Quintero. Y le respondió el Garbanzo: «Mira, si yo hubiera chupado de los pechos de esta señora, que los tiene muy buenos, hubiera medido lo menos metro ochenta como los niños estos de Triana» . No veas cómo se reía Rocío Jurado, que era una cachonda.

El primer single de Triana fue «Recuerdos de una noche».

Sí, con «Luminosa mañana» de cara B. Nos echó una mano todo el mundo. Luis Cobos y Teddy Bautista nos dejaron unos instrumentos que en aquel momento eran inverosímiles. En cuanto a nosotros, desde un principio, ya teníamos en la cabeza lo que queríamos. Ahora se reconoce lo que hicimos, cuarenta años después, pero en aquel momento vendimos diecinueve discos de El Patio, así que ya me contarás.

Pero el momento, nosotros fuimos los primeros que nos dimos cuenta de la categoría que tenía lo que habíamos grabado. Hay muchas veces que los árboles no te dejan ver el bosque, pero nosotros nos sentíamos en una nube, sabíamos que lo que estábamos haciendo estaba de puta madre.

Sin embargo, CBS y EMI lo rechazaron.

Lo rechazó Hispavox, que luego la compró la EMI, y la CBS. Esta tenía un director muy bueno, le presenté la maqueta y le di un par de horas para que la escuchara y decidiera. Se la di, no me dijo nada, así que me fui. Y el de Hispavox dijo que estábamos en una montaña y teníamos que bajar al valle. Le dije: «Coño, el valle ya lo conozco ¿habrá mejores vistas que desde la montaña?» .Todo esto hablando en un sentido figurado. Al final nos cogió Gonzalo García Pelayo, que había creado un sello, Gong, dentro de Movieplay. Ellos nos publicaron y ganaron mucha pasta con nosotros, de la cual yo no vi tanta.

El LP El Patio salió un 14 de abril.

Pues ahora no recuerdo si eso fue intencionado o casualidad.

Para grabarlo tuvisteis que empeñaros.

Dije que lo pagaba yo, aunque estaba tieso, pero tenía más dinerito que mis compañeros. Firmé unas letras de cambio a treinta, sesenta y noventa. El director del banco se fio de mí. A partir de ahí, con el disco grabado, fueron los de Movieplay los que siguieron con el tema, pero no hicieron promoción ninguna. La promoción la hicimos nosotros tocando, saliendo a la carretera. E íbamos tocando por ahí tiesos, tiesos. Yo tenía algo, pero los demás estaban que… vamos. Repartíamos todo, porque si yo tenía un poquito más, pues compartía. Soy ateo, pero reparto, como decían los cristianos que había que hacer ¡a ver si lo hacen ellos!

La portada de Máximo Moreno, tanto de este como de los tres primeros discos, son inolvidables.

Máximo es de la generación del 69 en Sevilla. Un buen número en todos los indicativos, en la que había gran cantidad de literatos, músicos, artistas… y surgió sin más que las hiciera. Además, Máximo es hermano de Josele Moreno, de Los Payos. Es un pintor excelente, magnífico. Las portadas que nos hizo fueron una locura, al menos la de El Patio y la de Hijos del agobio son de una categoría…. Él siempre venía a Madrid y nos veía ensayar. Porque Triana es rock andaluz, pero se fundó en Madrid.

Pronto llenasteis la sala M&M de Madrid.

Ahí nos contrató el Mariscal Romero. Fue cuando empezamos a sorprender en Madrid. Tuvimos mucho apoyo del público. La gente se emocionó con nosotros y eso nos dio fuerza para seguir adelante. Porque ya a esas alturas teníamos familias y niños, teníamos que sacar Triana adelante más que nada porque no teníamos otra opción, no nos quedaba más remedio. Y nos costó mucho. El éxito nos llegó a base de esfuerzo, porque apoyo no tuvimos ninguno. Cuando empezamos a ver dineros sí, no salían todos los sellos, discográficas, editoriales, el interés de los medios… Pero antes, nada.

También tocasteis en Canet Rock.

Esa fue una experiencia magnífica. Era uno de los primeros festivales de España, así que llegamos allí, tomamos un cuartito de LSD, que yo al principio no quería, pero no sé cómo al final me lo tomé, y cuando estábamos tocando me sentía como si estuviera a veinte metros sobre el escenario. Miraba para abajo y decía: «¡Hostia!» .Y justo cuando estaba amaneciendo, tocamos «Luminosa mañana» y no veas la gente… Fíjate tú que coincidencia, saliendo el sol. Con la capacidad evocadora que tenía Jesús con su voz. Me lo pasé de la hostia.

Y en el Festival de Burgos.

De ese dijeron los periódicos «Ahí viene la cochambre» . Fíjate cómo eran. Recuerdo que tocamos a las cuatro de la mañana y hacía un frío… Nosotros seguimos con los festivales porque teníamos poder de convocatoria, así que también nos hicimos empresarios. Tocábamos y tocábamos, la gente se quedaba maravillada, y entonces el disco empezó ya por fin a funcionar de maravilla. Por el boca a boca, solo de vernos tocar en directo. Entonces la compañía, como ya teníamos alguna canción nueva, empezó a presionarnos para que grabáramos un disco cada año. Dijimos que no. Les contestamos: «El talento los comerciantes no lo sabéis medir, solo medís la pasta» . Siempre estuvimos en una pelea con las compañías de discos. Ahora esas cosas dan igual porque como no se venden discos…

¿Es cierto que en una fiesta grabasteis canciones con Camarón y se perdieron las cintas?

Si, las perdimos. Estuvo en mi casa de Madrid y, no recuerdo bien lo que pasó, pero o lo perdí, o grabé encima o me quitaron las cintas. Por mi casa pasaron los mejores artistas de España: toreros, músicos, pintores… A Camarón y a Paco de Lucía les gustó mucho Triana. Y a nosotros ellos. Para maestros, Paco. Eso sí que es imponente. Camarón y él estaban tocados por las divinidades. Cuando grabamos Hijos del agobio, Paco de Lucía apareció por el estudio y nos dijo que le gustaba mucho nuestro trabajo. Nos dio las gracias por nuestro sentimiento andaluz. Para nosotros, lo andaluz era lo primero, porque nosotros somos andaluces.

Aunque Andalucía no es nacionalista, ¿por qué? Porque no puede serlo. Porque por aquí ha pasado tanta gente que hacen de Andalucía un crisol de culturas. Andalucía ha unido a cantidad de gente de múltiples orígenes. En lo musical nuestras raíces vienen de la India, de Pakistán. Lo que tenemos, el flamenco, es lo más rico que hay en el mundo. Con sus cuarenta y tantos toques diferentes, que los puedes entrelazar entre ellos… Triana formó parte de la renovación de todo ese legado. Estamos reconocidos por mucha gente, gente de los que saben.

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Después del éxito de El Patio ¿cómo abordasteis la continuación de lo que se considera una obra maestra?

Nuestro segundo disco, Hijos del agobio, te lo digo desde fuera, es de los mejores discos que se han hecho. Y no lo hago, en serio, como un ejercicio de decir que me adoro y me quiero y no paro de darme besos. Creo que ese disco es una joya.

Esas canciones tenían un sentido acojonante. La gente se queda estupefacta porque la conexión con ellos fue bestial. Había tristeza, mucha tristeza, y algo de alegría. Supuso una renovación de la música española. El español estaba anclado en un rock de pacotilla, con las grandes excepciones, por supuesto, pero creo que nosotros dimos un cambio generacional con la música. Un avance. Ese fue el mérito: crear algo nuevo.

El título estaba cargado de significado.

Como todos los discos, se van haciendo a medida que surgen ideas, se va ensayando, se quitan unas cosas, se van poniendo otros… Pero este se hizo en un momento crucial para este país. Triana, con este LP, participó de alguna manera en esa nueva España que surgía en la Transición en la que afortunadamente no hubo sangre, fue algo ejemplar ¡a ver si se enteran los de ahora, que tienen cinco mil pavos al mes y no se ponen de acuerdo! ¿qué coño pasa? [la entrevista fue realizada la primera semana de septiembre de 2016].

El título del disco, Hijos del agobio, es lo que éramos nosotros, hijos del dolor, la generación de la posguerra. Crecimos sin podernos ni mover. Yo iba con mi novia por Sevilla, le daba un beso y venían los municipales gritando y querían llevarme a comisaría. Esto no lo habéis vivido. Esto hay que explicarlo, la gente tiene que saber lo que se ha sufrido en este país. España nunca ha estado mejor que ahora, a pesar de que estén dando la lata el Rajoy, el otro, Maroto y el de la moto.

La ilustración de portada, otra vez de Máximo, retrataba a toda la oligarquía franquista yéndose al infierno.

Evidente. Hasta había un tío de la CIA encerrado tras unas rejas. Era muy significativo del momento, condenábamos a la oligarquía franquista. Al infierno con ella. Bajaba el cardenal, el rey, Franco, la otra, la Franca, que está vestida como una bicha con unas tijeras para cortar una cinta de inauguración de esas. En total ¡todos al infierno!

El mensaje le llegó a mucha gente. En Vallecas te encontrabas unas pintadas y unos murales en las paredes con las letras del disco… «Quiero sentir algo que me huela a vida, que mi sangre corra loca de pasión». Eran los tiempos de la lucha antifranquista.

Una de las canciones más bonitas del disco es la dedicada al señor Troncoso ¿Quién era?

Caballero legionario… Era un aparcacoches alcohólico del Pozo Santo en Sevilla, que había sido legionario. Era un hombre muy singular, perdido, no encontraba su norte y había que ayudarlo. La canción la compuso Jesús de la Rosa y es una maravilla. Precisamente, ayer me la pusieron en el muro de Facebook y me la escuché de nuevo, se me pusieron los pelos… Volví a escuchar mis guitarras y la maravilla de voz cadenciosa de Jesús y eso me eleva, me pone la carne de gallina. Jesús me inspiraba, tío, era un menda que tenía un poderío artístico de cojones. Y, por supuesto, nunca lo abandoné, como hacen otros.

Vuestras giras fueron interminables. ¿Afectó eso a la calidad compositiva de las nuevas canciones?

Fuimos un grupo con capacidad de reinventarse e incluso de sorprendernos a nosotros mismos. Esto fluía. Estoy muy contento con lo que hicimos, pero me da pena que mis dos compañeros ya no estén. Ahora las nuevas generaciones se han dado cuenta del valor de nuestro legado y eso te da un subidón, pero siento pena por el otro lado. Es la vida.

¿Qué recuerdas de aquella época de giras?

No había infraestructura ninguna. Por no haber, no había ni mánager. Tuve que ir a Inglaterra un par de veces a comprar instrumentos porque aquí no los había. No veas luego qué paliza en la aduana, terminaba diciéndole al policía: «¿Quiere usted que le toque un poco?». El primero que trajo a España algo de material digno para lograr un sonido profesional era un valenciano que se llamaba Benavent. Nos fuimos a verle, tiesos como siempre, pero habíamos hecho dos galitas, firmamos unas letras y reunimos algo. Llegamos allí y Benavent nos cobraba cincuenta mil pesetas, cuando solo teníamos veinte mil. El tío no tragaba y entonces, nuestro secretario, el doctor Valera, hábil como Monipodio, dijo: «Tranquilos, que voy a ver al presidente del Valencia, que es amigo mío y le salen los billetes por las orejas». Nos quedamos esperando en una pensión y ¡coño! llegó con las treinta mil pelas que faltaban.

Se las dimos al valenciano y así empezamos a tener una puesta en escena presentable. Pillamos dos furgonetas, que ganaba más el de las furgonetas que Triana, fíjate, yo me ponía de técnico de sonido y así tiramos. Luego con el éxito empezaron a aparecer representantes, mánagers, llegaron los equipos de sonido modernos, etc… pero la vida de los músicos en España fue muy dura. Aparte, los bromistas. A nosotros una vez nos cortaron un cable y tuvimos que suspender. Luego, en Madrid, fue espectacular el concierto en el Parque de Atracciones. Metimos treinta y cinco mil personas. Tremendo. Estaba Sylvie Vartan, una francesa que era la mujer de Johnny Hallyday, llegó al camerino y dijo que no había visto una cosa así en su vida.

Sombra y luz cerró esa trilogía inicial de Triana.

Fue un trabajo intenso de búsqueda. Todo fue muy calculado. Ensayamos mucho porque sabíamos la responsabilidad que teníamos. Nos volvimos muy exigentes. Jesús el que más, pero los tres. Yo he compuesto muchos temas de Triana, pero no soy tan comercial, entre comillas, como Jesús. Ni tengo su voz. Mis canciones no eran para ponerlas en un single, pero tenían su valor como investigación de nuestras raíces y esencias para fusionarlas con el rock and roll. Me siento muy satisfecho de la labor que hice dentro del grupo.

Con el éxito también llegaron críticas en los medios. Dice Luis Clemente que criticaban la calidad del tercer disco periodistas que nunca hablaron del primero. También, que erais un grupo que se había vuelto más de Madrid que de Andalucía…

Había uno, Diego Costa, que me entraban ganas de preguntarle por qué se metía tanto con nosotros. Decía que las letras eran una mierda, nos daba una caña…. Y yo qué sé. Uno se dedica a componer lo mejor que puede y luego el público te dice si sí o si no. Hay muchas películas en la cartelera con unas críticas de la hostia y después no va ni dios. Lo de la crítica es un tema delicado. Al músico siempre le puede salir una canción mejor o peor, pero Triana, como grupo, siempre siguió fiel a sus principios fundamentales.

Con respecto a lo de Madrid ¡mentira! Jamás. Yo me he tirado veintidós años en Madrid y nunca he perdido mi identidad. A Madrid la adoro, me hizo ser mayor, me sentí en casa, la quiero a morir, lo único que pasa es que ya no voy, que hay mucha gente [risas]. Aquí, en Caños, contemplando el verde de la montaña y la mar oceánica comprenderás, querido, que a mis setenta y un años no voy a hacer la gilipollez de irme a la capital.

¿Qué opinas de tus compañeros dentro del rock andaluz, Smash, Cai, Imán, Guadalquivir, Alameda, Storm…?

Magníficos todos. Smash fueron los primeros. Hicieron una intentona muy loable, pero no calaba. Creo que no puedes sacar una vena gitana y luego cantarlo en inglés. La gente dice: ¡pues no! Pero son grandes compañeros a los que quiero muchísimo. Triana fue quien le puso la tarta y la guinda a todo esto del rock andaluz.

Sombra y luz vendió trescientas mil copias.

Del tirón. Triana siempre ha vendido discos y los sigue vendiendo, a pesar de la tecnología, que ya no se vende un puto disco. Solo los coleccionistas compran. Hoy precisamente le he firmado a un fan los tres primeros.

Después de este disco, rompisteis con Gonzalo García Pelayo, productor, y con Máximo Moreno, portadista.

Siempre fuimos dueños de nuestra música y sus progresiones, nunca tuvimos fronteras ni banderas. Pasaron una cantidad de músicos por nuestros discos impresionante. La ruptura con Gonzalo surgió porque la vida es como es. La producción del grupo la hacen muchos y el productor tiene que estar desde que empiezan los ensayos hasta que se acaban y en este caso no era así. Pero de todas maneras Gonzalo fue el abanderado de la nueva música andaluza y desde aquí, para él, todo mi respeto y cariño. La ruptura sucedió porque sucedió.

¿Os volvisteis más intimistas en vuestra música en lo sucesivo?

Hubo cambio, pero tendría que escuchar los discos para refrescar la memoria. En el cuarto disco cambiamos el estilo de las portadas, en la de Un encuentro aparecía un gato. Pero en ese disco la música seguía estando viva. Ahí está «Tu frialdad» para demostrarlo.

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El disco Un mal sueño coincidió con la llegada de la Movida madrileña y el cambio de mentalidad general…

Aquello me pareció fatal. Nosotros hablábamos de sentimientos, de aquello que conmueve al ser humano, de lo que hace poner el vello de punta, y de buenas a primeras surgió una gente cantando que se iba a comprar al supermercado un bote de Colón. ¿Pero esto qué es? Encima el Gobierno socialista apoyó todo eso. Antes de eso el movimiento andaluz tenía una presencia… fue un abandono. Nunca entendí eso de la Movida. No tiene sentido, salvo muy buenas excepciones como Radio Futura. Pero todo ese movimiento apoyado por los socialistas, con un tío puesto ahí, un pamplinas, para apoyar una música que no tiene sentido ni base ninguna… Encima, todavía lo apoyan. Después de todo lo que pasamos que de buenas a primeras todo lo inundase la Movida madrileña…

Vosotros hicisteis una canción disco, «Corre».

Eso fue Jesús, que hizo una tontería [risas]. ¡A mí no me gustaba nada!

En el sexto LP, Llegó el día, ¿cómo estaba la situación?

Fue un disco muy sentido y muy jodido. Había en algún tema una premonición de muerte. Repasa las letras y lo verás. Es un disco que no lo puedo escuchar, porque empiezo a llorar.

El accidente en el que murió Jesús ocurrió volviendo de un concierto…

Hubo unas inundaciones en Bilbao y actuamos sin cobrar, en unos conciertos benéficos, con Serrat, Derribos Arias, La Orquesta Mondragón… Siempre que tocábamos salíamos los últimos y ese día decidimos salir los primeros para poder irnos antes al día siguiente. Jesús tenía prisa. Me decía: «Vámonos, vámonos». Y yo: «Quillo, vamos a desayunar, que la noche anterior, con las copas y tal…». Pero él nada: «Venga, desayuna, yo salgo ya, te espero antes de llegar a Burgos».

En un semáforo me lo encontré, me dijo que era mi santo, que le tenía que invitar a un trozo de tarta y un cubata, yo le dije que no celebraba santos, pero que vale. Salimos, llegamos a un semáforo en ámbar, que yo pasé y seguí, y a él se le puso rojo y paró. Fue ahí, cuando salió de ese semáforo, que se encontró con una furgoneta que estaba dando la vuelta en mitad de la carretera. No había medianera ni nada de separación entre los carriles en aquellos tiempos. Lógicamente, estaba prohibido darse la vuelta ahí y, sin embargo, lo hizo. Ahí llegó Jesús y se pegó el trompazo. Yo no sabía nada, iba por delante. Fue terrible.

Un año antes, yo me había negado a ir en el coche si él iba conduciendo. Me salvé por eso. Soy buen conductor y con uno malo no voy a ningún lado. Le pego un grito y me bajo del coche aunque tenga que andar cuatrocientos kilómetros. En este caso, Jesús como persona era divino, pero como conductor, un desastre. Conducía mirando para un lado, distraído con todo… Aquel día, además, llevaba los teclados en la parte de atrás, sin agarrar, y le golpearon, lo que fue fatal. No sé por qué los llevaba ahí cuando había una furgoneta de la hostia para meter las cosas. Yo sí llevaba mi guitarra conmigo, pero en el maletero.

En el hospital no estaban preparados. Coincidieron una serie de factores que… ahora ya da igual, después de tantos años, sobre todo con él muerto, pero bueno. Yo sufrí muchísimo, tuve una depresión profunda y malvada. Me encerré en un estudio que tenía en Madrid, compuse veinte temas, estaba desesperado. Grabé dos discos con mi nombre y apellidos y acto seguido tomé la decisión de retirarme. Estaba quemado. Había terminado mi tiempo. Me di cuenta. Vendí lo que tenía, malvendí mejor dicho, yo siempre voy escapándome [hace un gesto y silba expresando que el dinero vuela] y me retiré.

Y vuelven Triana sin ti.

En su momento, fui al registro de la propiedad y registré el nombre de Triana al nombre de los tres. Como debe ser. Una familia tiene que repartir. Se registró el nombre, pasó el tiempo, todos felices, triunfando, todos para arriba… hasta que muere Jesús. Yo, como acabo de contar, dejé la música, pero Tele traicionó a Jesús y a mí poniéndole el nombre de Triana a un grupo que montó. Sentí que me había dado una puñalada, que no me había hecho sangre, pero dolía. Pero en fin, digamos que transigí, aunque esa deslealtad no me la esperaba. Hizo un grupo con cuatro mercenarios… El caso es que desgraciadamente Tele murió.

Pero entonces, lo que pasó fue que la viuda, al morirse, como heredó el nombre, pudo hacer lo que quería. Esto es como si la japonesa Yoko Ono, como tiene la herencia de John Lennon, decide montar otra vez los Beatles. Y ha habido gente que se lo ha comido con papas. Porque Triana son tres y mi guitarra no es la que hay ahí. Un menda y unos mercenarios están suplantando y usurpando a Triana y hay gente que se lo traga, es más, incluso los políticos.

Ha habido un caso este verano, el señor Espadas, que es alcalde de Sevilla, se conoce que no tiene ni idea, ni la persona que tiene puesta en cultura, que llegaron las velás de Triana de este año, en Sevilla, en mi barrio, y han contratado a los falsos Triana. Tócate los cojones.

Al señor Espadas le he mandado unas cuantas cartas a ver si se pone las pilas, porque no tiene ni idea. Ha hecho un agravio a Sevilla. Porque mire usted, el señor Alfredo Sánchez Monteseirín, antiguo alcalde de Sevilla, me entregó la medalla de oro de la ciudad de Sevilla en el año 2010. Señor Espadas, la persona que usted tiene en cultura es muy torpe. Pónganse las pilas culturalmente, que este país se sostiene por la cultura.

En el LP Tengo que marchar, tras la muerte de Jesús, pusiste música a maquetas que había dejado grabadas cantando.

Yo tenía un archivo de Jesús y para mí no se debe dejar oculta la obra de un artista. Hay que sacarla a la luz porque para eso se hace. Pero al principio hubo un lío con su viuda y luego nos estafaron al sacar el disco. En fin, los músicos no estamos preparados para los negocios. Lo único bueno fue que el material salió. Estaba grabado originalmente con una guitarrica muy primaria. Nos pusimos a grabar encima para levantar el sonido y no me lo pasé mal haciéndolo, la verdad.

En 1984 Tele y tú tuvisteis otro accidente de coche que pudo costaros la vida.

Sí, fue con Tele, yendo de Madrid a Villaviciosa. Él iba borracho como una cuba y menos mal que llevaba un coche nuevo, era un BMW. Volcamos, fue al poco tiempo de lo de Jesús. Cuando vi que no me había pasado nada, pero me encontré con Tele inconsciente, me dije: «Hostia, otra vez». Menos mal que no pasó nada. Pero después de morir Jesús murió Triana.

Ahora estoy en proceso para dejar mi dignidad y mi lealtad a los míos y dejar el legado como está. Que se le hagan homenajes a Triana, lo que uno quiera, pero que se llamen Triana, no. Jesús una vez en Granada, con mi representante delante, me dijo: «Si hay alguno que muere, prométeme que Triana muere». Le di dos besos y se lo prometí. Yo no puedo faltar a eso.

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