Musica et calimochus: ¿Cuál es el mejor tema del rock urbano español?

Un sábado cualquiera, finales de los años noventa. Frisando el anochecer. Usted, adolescente medio (y la adolescencia se extiende hasta bien entrada la veintena, téngalo claro… más allá empieza a ser algo tenebroso) se prepara para salir de fiesta. De bares. Bueno, primero va a tomar algo con los amigotes por ahí. Ahora lo llaman «botellones», antes le decíamos «ir de litros». Cachis (lo que en otros sitios se conoce con el cursi nombre de «minis») llenos hasta arriba de un líquido negruzo, pegajoso, cierto toque de borgoña-don-simón en la espuma. Calimocho de la peor clase, para entendernos. Vino pendenciero y Coca-Cola. A veces licor de mora, por lo de rebajar amargores. Un peligro, más de lo que pudiera parecer. No se extrañen si luego acaban en la orilla de un río lleno de mierda buscando la zapatilla de un colega que otro arrojó ahí (historia rigurosamente inventada, por supuesto). El de la zapatilla, no me pregunten la razón, saludaba a todas las chicas con un «hola periquito», porque éramos así de idiotas. Ese tono. 

De fondo, canciones. Bueno, allí igual no, porque estamos en la época de antes de los móviles, y tampoco es plan de andar con el radiocasete. Pero luego, en los antros, siempre lo mismo. Guitarrero, en castellano, letras sencillas y directas. Hablando de lo que nos pasaba (o lo que pensábamos que nos pasaba, o lo que queríamos que alguna vez nos pasase), conectando cojonudamente con chupitos en tablas de seis y cubatas a precios de risa (por doscientas pesetas los llegaban a poner donde Germán, oigan). Y la música. Esa música. Toda la noche, hasta las madrugadas en el Obélix, la última y una hamburguesa con pinta de joderte el domingo. Y así cada siete días.

Lo llamaban rock urbano y es, en pocas palabras, la banda sonora de sus años golfos. De cuando ser un poco bandarra resultaba aun adorable, porque éramos más jóvenes, nadie estaba calvo (ahora ya se habla bastante de viajar a Turquía) y la rebeldía tiene esas cosas generacionales. Ustedes me entienden, porque también lo vivieron. Supongo. Espero.

Aquí tienen una selección de los diez himnos más míticos de aquel rock urbano. No los mejores, ni siquiera los que más me gustan… únicamente esos que aparecen ligados a sus recuerdos y aún retornan, fantasmas con olor a ron de garrafa, en bodas y saraos. Disfruten con ellos, y ayúdennos a encontrar el mejor de todos votando a su favorito o añadiéndolo en los comentarios. 

Me adelanto a la objeción: no verán canciones de punk ni de ska, tampoco el llamado rock radical vasco o el heavy metal ochentero. Quedan fuera, con gran dolor de corazón, cosas de La Polla Récords, Barón Rojo, «Sarri», Canallas, Boikot y otros. Volveremos, no tengan miedo.

(La caja de voto se encuentra al final del texto)


«Dolores se llamaba Lola», de Los Suaves

José Manuel Domínguez era un policía nacional con vocación noctámbula y nombre de guerra, porque todos le llamaban Yosi. Y como a Yosi se le caían los versos por entre las manos (y prefería el cuero a las porras) decidió cambiar de profesión, pasando a ser epítome de rockero en España. Fue hace cuarenta años, y ahí sigue, el cabrón, con sus pintas de abuelo de Heidi después de trasegarse siete orujos (o licor cafés, vaya). Tiene Yosi cierta querencia por las historias de decadencia y vagabundeo, un poco al estilo Dylan. Pero si en Bob todo aparece preñado con cinismo e ironía, «Los Suaves» introducen ternura realista en este relato de niña pija que baja a los infiernos. El resultado es un himno que reconoce al instante incluso tu primo Cayetano… 

-¿Para quién? Dipsómanos. Pesimistas. Escritores frustrados. Gallegos en general.

-Otras opciones: «Peligrosa María» (o la chistosa anécdota de una enfermedad venérea en tiempos prepandemias), «Malas noticias» (por si quiere deprimir todavía más su domingo), «Dulce castigo» (porque es mi preferida).


«Jesucristo García», de Extremoduro

Una introducción lenta, unos primeros versos míticos, un medio tiempo efectivo y ese estribillo que todo el mundo se sabe. Perfecto, ya tienes una leyenda. Que unos extremeños con todo para cagarla pudiesen trascender como lo hizo (y lo sigue haciendo) Extremoduro es uno de esos casos dignos de estudio en universidades. Que una canción con esta letra apareciera en Televisión Española (programa Plastic, 1990), con performance incluida en la que Robe Iniesta lleva puesto un salto de cama y el bajista un tricornio, nos muestra lo mucho que han cambiado las cosas en tres décadas. Añadan que el muchacho del charol ejecuta (simbólicamente, aclaramos, que estas cosas hay que ponerlas diáfanas) al cantante tras acabar el tema y vaya… Reflexiones sobre los límites de la libertad de expresión al margen, «Jesucristo García» sigue funcionando perfectamente hoy, y eso habla muy bien de ella.

-¿Para quién? Adolescentes que han leído a Hesse y Bukowski. Gente que la gozó bastante con Trainspotting. Hijos con padres del Opus y ganas de epatar.

-Otras opciones: «Sucede» (porque empieza con versos de Neruda y sale en un disco con nombre de rey visigodo), «De acero» (directa y efectiva), «Standby» (época postmono).


«Esta es una noche de Rock and Roll», de Barricada

No puede faltar en la lista una canción que incluye la frase «con el alcohol me confundí, qué más da», auténtica rapsodia de los lunes por la mañana en el insti, lo siento mucho, no volverá a suceder. Al margen de eso este tema parece casi sacado del heavy británico, con guitarreos a lo Tipton y Downing (o a lo Dave Murray, vaya) que inicialmente sorprenden (aquí hay menos cuero y más pantalones vaqueros, que la Txantrea es muy clasicota para eso) y luego enganchan. Barricada no se esconde, deja de lado su cara más reivindicativa y le canta a la fiesta, el desfase y las malas decisiones. Y les sale de forma muy natural, ¿eh?

-¿Para quién? Amantes del calimocho. Asistentes a verbenas. Pijos despistados que no acaban del todo bien.

-Otras opciones: «Rojo» (depende de a quién preguntes significa una cosa o la contraria), «Oveja negra» (el toque reivindicativo que no falte), «Blanco y negro» (ya en plan destrucción total).


«Vicio», de Reincidentes

Rock urbano desde el sur, cargado de letras con mensaje y un saborcillo irónico muy agradable. Uno que aparece crudamente aquí, solo que algunos igual ni se dieron cuenta. Este «Vicio» no es el anhelado, sino toda una denuncia de la falsa moral imperante en ciertas clases sociales. Como American Psycho, pero sin sangre ni aburridas disquisiciones sobre tarjetas de visita. Lo malo es que algunas de las cosas que la canción cita como perniciosas en realidad agradan sobremanera a quienes la escuchan, por lo que la sensación final es de caos en el espíritu (no ayuda que esta música sea, repito, sobre todo cosa de sábado noche). Pero es tan bonito tener contradicciones…

-¿Para quién? Chavales que llevan camisetas negras con una estrella roja en el pecho. Amantes de la Cruzcampo. Lectores de Eduardo Galeano.

-Otras opciones: «¡Ay!, Dolores» (de cuando apenas se hablaba sobre esta lacra), «Grana y oro» (aquí no hay dudas en la interpretación), «No somos nada» (contenido explícito inside).


«El perro verde», de Marea

Marea llegaron tarde, pero bien. Una especie de mejora genética respecto a los clásicos, basada en los tres o cuatro soniquetes musicales de siempre (guitarreros, menos sucios a medida que avanza su producción) y una parte lírica que resulta deslumbrante. Que a Kutxi Romero se le caen las metáforas por los cuatro costados (y mira que tiene amplios los costados este hombre) es algo bien sabido. Imágenes frescas, epatantes, unidas a un vocabulario que se mueve desde jerga rústica hasta toques de alta cultura. Y las referencias literarias, claro. Estos mimbres conforman «El perro verde», un ladrar continuo de símbolos de esos que quedan pegados en el paladar y se berrean cuanto más alto mejor. Y sale el Drogas, ojo. Qué más se puede pedir.

-¿Para quién? Aspirantes a poeta. Amantes del ron con Coca-Cola. Gorditos.

-Otras opciones: «Duerme conmigo» (porque las operaciones de fimosis también tienen lírica). «Corazón de mimbre» (por sus metáforas). «Latido jondo» (por el maravilloso solaz de sus versos).


«Maneras de vivir», de Leño

Los abuelos, la semilla genética de todo el rock urbano en España. Nada se entiende sin ellos, aunque, al final, ellos no se entendieran demasiado. Duraron poco, pero dejaron para el recuerdo un puñado de temas inolvidables y un auténtico himno generacional, este «Maneras de vivir» que lo mismo sirve como Pater Noster fiestero que cierra la boca a todo un Lope de Vega, tan rotundas sus estrofas. No hay canción más versionada (con mejor o peor fortuna) en el rock español, y eso debe significar algo. Su estribillo acude, como por arte de magia, a los labios de cualquier persona después del tercer chupito de tequila (o lo que sea que te echan en ese bar)… aunque jamás hubiese oído el tema con anterioridad. Milagro de milagros. Si no te la sabes no tienes perdón de Dios. O de Rosendo

-¿Para quién? Cuarentones. Canallitas. Calvos por delante y melenita por detrás.

-Otras opciones: «El tren» (por su riff persistente). «Corre, corre» (que es la típica que se canta en ocasiones aunque no te sepas la letra). «Cucarachas» (para discutir con los amigos sobre a quién va dirigida).


«Flojos de pantalón», de Rosendo

Si Leño fueron los abuelos, Rosendo Mercado es el padre de todos. Aunque él jamás va a reconocerlo, porque es un pedazo de pan (de higo, claro), y huye de fastos, oropeles y, en general, imbecilidades. Siempre he pensado, de hecho, que a Rosendo le perjudica ser un tipo tan cojonudo y tener esa cara de buena persona, porque en esto del rock algo de malditismo siempre vende. Vamos, que es el anti-Axl Rose. Y lo queremos mucho por eso, qué coño. «Flojos de pantalón» esconde, detrás de su aparente simplicidad, un aliento épico que en ocasiones se puede echar en falta en otros temas de nuestro carabanchelero (les juro que se escribe así) preferido. Riff reconocible, guitarreo fraseando cuatro minutitos y Rosendo metiendo hostias a diestro y siniestro sin que apenas te des cuenta. Para qué quieres más…

-¿Para quién? Gente de cierta edad. Gente de barrio. Gente de bien.

-Otras opciones: «Pan de higo» (porque los dulces tienen su aquel). «Agradecido» (porque todos estamos agradecidos a Rosendo). «Loco por incordiar» (si eso no define la adolescencia yo ya no sé).


«No tengo miedo», de El Último Ke Zierre

No vamos a mentir, esas faltas ortográficas nos duelen tanto como a ustedes. Pero esto es un ranking de himnos rockeros, así que las pasaremos por alto, ay. Sencillo y efectivo, no vengan aquí buscando estrofas con metáforas rebuscadas y referencias a la cultura clásica. No, lo que regala El Último Ke Zierre es otra cosa. Descarga directa, letras espontáneas que gravitan alrededor de dos ejes fundamentales. El sexo, el alcohol. Oigan, con eso te marcas un montón de discos de rock urbano (y bastantes novelas malas). También asoma, claro, la rebeldía, como en esta canción. Todo un alegato que chilla, voz rasposa, «sé tú mismo». Perfecto para momentos de indefinición personal, que son más o menos todos.  

-¿Para quién? Personas a quienes no les importen las faltas de ortografía. Ebrios. Adolescentes a punto de cometer un gran error.

-Otras opciones: «Tus bragas» (porque hay que echarle huevos para tener ese estribillo). «Camino de rosas» (himnazo en todo bar cochambroso que se precie), «Escupiré jodidos» (porque escupir con tino es un arte difícil de dominar).


«Marihuana», de Porretas

Lo más llamativo de esta canción es que en su letra riman «fumaban» con «ninguno». De ahí para adelante ya nada malo puede pasar, supongo. Que nadie lo haya denunciado ante el Tribunal de La Haya nos hace ver que la sutileza no es característica principal de Porretas. No, ellos vienen a contarte sus cosas, y estas cosas tienen un puntito de reivindicación. Festiva, jacarandosa… pero reivindicación al fin y al cabo. La típica canción que se cantaba en los bares canutillo en mano (sí, amigos, antes se fumaba en locales de ocio nocturnos, incluso cigarrillos de la risa, a veces) y que no querías escuchar delante de tus progenitores. Además, la legalización del cannabis es temática habitual en el rock urbano.

-¿Para quién? Muchachos que hablan muy despacio, tío, muy despacio. Gente con merchandising de marihuana. Personas que adoran a Bob Marley pero nunca han escuchado a Bob Marley. 

-Otras opciones: «Pongamos que hablo de Madrid» (para gatos con alergia a los canallitas), «No estoy loco» (de cuando todos creíamos estar un poco loco, y nos gustaba), «La del fútbol» (porque ir los domingos, resacoso, a un campo de tercera división también tiene mérito).


«Hay poco rock and roll», de Platero y Tú

Las canciones de Platero y Tú eran guitarreos efectivos, con letras cercanas e historias que parecían sacadas de esas que te cuentan tus colegas el lunes por la tarde (porque ese sábado, precisamente ese en el que no pudiste salir, se armó gordísima). Este tema es un magnífico ejemplo, narrando la odisea homérica de un pobre desgraciado (Ulises, sí, pero desgraciado) al que le van cerrando todos los bares en condiciones. Canción obligada justo cuando se encienden las luces de los peores antros (recuerdo uno donde cada vez que tirabas de la cisterna en el baño del segundo piso se podía ver el agua cayendo por la pared), también adaptable a fiestas de pueblos con menos de quinientos habitantes. Indiscutible. Después Fito se puso a mirar ojos con el color de la gaseosa (o algo así) y en ese momento se nos jodió el Perú.

-¿Para quién? Adolescentes que encuentran exquisito mezclar vino malo y refresco. Guitarristas en ciernes. Personas que pierden la vergüenza según avanza la noche.

-Otras opciones: «Tras la barra» (para conocer al simpático camarero Gorka Limotxo). «El roce de tu cuerpo» (un clásico en las cintas de mezclas regaladas a esa chica que ni se dignaba a mirarte). «Voy a acabar borracho» (no hace falta explicación).



El Drogas: «En pleno éxito de Barricada mi madre me pedía que trabajara en una fábrica»

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 0

No es fácil encontrar grupos de rock que tengan más de tres discos seguidos de calidad sobresaliente. Barricada rompieron ese molde, lanzaron ocho; ocho discos muy buenos en una trayectoria ascendente que les llevó a las radiofórmulas y los discos de platino. Todo sin perder la esencia de la calle, un rock urbano con ramalazos punk y muy pocas florituras que conectaba con la gente casi sin proponérselo. Enrique Villarreal «el Drogas» (Pamplona, 1959) fue el artífice de Barricada, grupo del que fue expulsado en la más hilarante tradición del rock. Pero él es mucho más que rock and roll. Presenta libros de poesía y colabora activamente por la recuperación de la memoria histórica. Nos recibe tocando el bajo en su casa de la Txantrea, en Pamplona. Unos cafés y toda una mañana por delante para repasar su trayectoria y recordar una España que ya no existe y que hasta cuesta creer que lo hiciera.

¿Cuándo llegaste a este barrio, a la Txantrea, el «Barrio conflictivo» de vuestra canción?

Llegué cuando tenía dos años. Las calles estaban sin asfaltar, era un barrizal. Todo estaba lleno de críos de mi estatura. Luego sabes que eso se llama familia numerosa. Había tres, cuatro o siete hijos por cada pareja. Todos procedían de otros pueblos o provincias y venían aquí. Eso era la Txantrea, un conjunto de personas de diferentes lugares. Como si nos hubiéramos dado cita todos a la vez. Mi madre a los catorce años fue a Pamplona a trabajar y mi padre estaba allí, él se dedicaba a buscarse la vida; por ejemplo secaba con una esponja el frontón donde jugaban los señoritos, porque a pelota jugaba todo el mundo, pero solo a los señoritos se les secaba el sudor de la pista con una puñetera esponja. Los dos, mi padre y mi madre, eran personajes típicos de la posguerra, hechos a sí mismos.

Tu primer contacto con la música son las coplas que cantaba tu madre en casa.

Digamos que sí, pero porque no había más pelotas. Ella «estremaba» en casa, no sé si esa expresión se entiende, estremar es hacer las camas, barrer, recoger lo que los cuatro dejábamos por ahí tirado. En fin, ama de casa. Mientras hacía eso, con las ventanas abiertas para que se ventilara, la recuerdo cantando coplas. Su voz siempre me ha gustado, pero algunas historias eran inquietantes. Yo era un crío y escuchaba letras como esa mexicana «Ándate con cuidado, Juan, que son muchos hombres, que te van a matar». ¡Me entraba una angustia! Iban a buscar a pobre Juan al bar y me quedaba pensando: a ver qué pasa…

De ahí hasta que los Slade te marcan. ¿Qué pasó en tu biografía musical?

Fórmula V, los Diablos, los Íberos… Veía todos estos grupos en televisión, en programas que había los domingos a mediodía en familia, en blanco y negro. De los primeros que tengo conciencia de haberme fijado fue en Fórmula V. Me gustó la forma de tocar la guitarra, que luego resultó ser una Fender Stratocaster. También había un cura de las HOAC (Hermandad Obrera de Acción Católica), un movimiento cristiano y proletario del que creo que luego surgió gente que formó las CC. OO. (Comisiones Obreras), que organizaba reuniones entre matrimonios y familias los fines de semana. Los hijos estábamos por ahí y el cura me regaló una pila de singles con cosas de los Monkeys, de los Mustangs recuerdo la «Balada de los diez céntimos»… Cosas rarísimas. De adolescente pasé de un colegio del Opus a formación profesional en el barrio y los alumnos de cursos superiores se paseaban con abrigos de cuero y tenían los pasillos llenos de pósteres donde salían grupos maquillados, artistas vestidos raros, con tacones… Eso me chocaba. Me llamaban la atención Suzi Quatro, Slade, T-Rex, Alice Cooper… En fin, todo aquello.

Luego todo empezó en un bar que se llamaba ¿el Váter?

Creo que no se llamaba así, que ese nombre se lo pusimos nosotros. Era enanísimo, estaba todo amontonado, el futbolín y eso. Lo que hacía que el bar funcionara era la maquinica de poner discos. Gracias a ella, le echábamos a los flipper y demás. Ahí empecé a ser consciente del tipo de música que me gustaba y por qué. Por ejemplo, Led Zeppelin y Queen me parecían grupos aburridísimos, que hacían canciones enormemente largas, con punteos que bah. Luego los he redescubierto, pero entonces a mí lo que me gustaban eran canciones como las de Slade. Era fanático de Slade. Sin mucho punteo, tres minutos y medio de canción, macarrada y rock and roll. Sin más. Lo anterior al punk, vaya.

Te expulsaron del colegio por llevar una camiseta del Che.

Me expulsó el profesor de Formación del Espíritu Nacional. Yo no sabía lo que llevaba, con catorce años qué iba a saber. Había camisetas muy guapas. Blancas, en blanco y negro, con la cara de un tío con medio barba y una estrella. Yo qué sé, nos gustó. Dijimos toda la cuadrilla del barrio que esa iba ser nuestra camiseta, siempre buscas algo que represente al grupo, y nos la compramos todos. Los catorce que éramos. De hecho, creo que no había tantas en la tienda y que alguien se quedó sin ella. Yo la llevaba el día de entregar el trabajo de final de curso, que la mayoría de la clase me lo había copiado, porque venía de un colegio del Opus y de otra cosa no, pero del Fuero de los Trabajadores sabía la hostia, más que el propio profesor, que llevaba un yugo y unas flechas en el pecho. Tampoco sabía lo que significaba eso. Algo había escuchado en casa de que habían rapado a alguna mujer, pero no tenía ni idea de que tras ese símbolo estaban los responsables de la catástrofe sufrida y arrastrada tantos años por este país. El profesor me preguntó: ¿Tú sabes quién es ese? Le contesté que era solo una camiseta, pero en lugar de comentar mi trabajo empezó a embroncarse con ese personaje y me echó. Ahora me alegro de haber sido expulsado por un falangista por llevar una camiseta del Che. Ros se apellidaba. Me acuerdo de su cara de asco, se le veía amargado. Seguramente llevara aquella insignia clavada en el pecho de verdad. Espero que le hayan enterrado bocabajo, por si escarba que llegue a Australia.

En aquella época no servías ni para bailar con las chicas ni para pegarte con otras cuadrillas, cuentas en la biografía de Barricada Electricaos [Editorial Pamiela].

A los dieciséis años íbamos siempre a una sala de baile a beber pacharán, una bebida asquerosa, dulce, que te daba llorera y una vomitera que dejaba todo pegajoso… Con ella me pillé mis primeros pedos. Tengo un recuerdo asqueroso, pero es que no había otra cosa que hacer. Beber y al baile. Yo con las chicas mal, para pedirles bailar había que ser resuelto y era muy tímido. Y para pegarte con otras cuadrillas, tampoco. Me daba dentera dar un puñetazo en la cara. Ese sonido rechina. Las escenas de violencia siempre me han dado cosa. Entonces, pedo de pacharán, ¿qué podía hacer? Pues mirar a la orquesta de la sala. Se llamaban los Clan y me quedaba embobado con su bajista. Tocaban canciones tipo sonido Filadelfia y yo, con mi pedo, me dedicaba a verlos.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 1

Tu primer grupo, Punk Sapos Band. Punk antes del punk

El punk ya empezaba a conocerse, porque si no la palabra punk no se me hubiese ocurrido para el nombre del grupo. Tocaba en fiestas de instituto con ellos, en festivales con cantautores y otros grupos tipo Mocedades, pero de barrio. Aunque mi primer grupo en serio fue Kafarnaún.

Estos eran sinfónicos.

Sí, porque había un grupo en Santander que se llamaba Bloque y era el ejemplo a seguir. No sé por qué a todos nos dio por ese rollo. Muy pocos se libraron. Nosotros no le llegábamos a la suela a Bloque. Ni nosotros ni nadie. Los tenías de referente y hacías lo que podías. Porque mira que he escrito cosas raras en mi vida, pero canciones con títulos como las de Bloque, como «Quimérica Laxitud»… hasta ahí no he llegado nunca [risas]. Mis primera letra en Kafarnaún fue sobre Hiroshima. Había dado el tema en clase y me impactó. Me indignó tanto que hice un escrito. Un colega que estudiaba quinto de bachiller conmigo le puso guitarra y ahí descubrí el punto mágico que sientes al ver que algo que has escrito se convierte en canción con ayuda de unos acordes. Me gustó tanto la sensación que dejé de ir a beber pacharán y ver cómo se pegaban y pasé a ir con este colega y el grupo que había hecho con sus amigos, Kafarnaún. Entré como letrista y desde ese día esperaba ansioso que llegase el fin de semana para ir a los ensayos. Ahí cambió mi vida completamente.

En Pamplona teníais a uno de los primeros grupos punk españoles, Tensión. El grupo de Josetxo Ezponda, luego conocido por Los Bichos.

Eran un grupo muy especial. Ya solo por el nombre, Tensión, cuando aquí todos los grupos se llamaban Jonás, Jeremías, Kafarnaún… ¡El rollo cristiano en Navarra es la hostia! Parecemos todos carlistas, la hostia. Pero de repente aparecieron Tensión, un grupo de chavales de mi edad que se vestían de otra manera, que se peinaban distinto y que tenían un cantante que era otra cosa. Coincidimos en muchos bolos e hice relación con Josetxo. Nos hizo un póster en el que salíamos todos como esqueletos con sus instrumentos. Josetxo le cayó en gracia a la intelectualidad musical navarra. A gente como Tako Pezonaga, que luego terminó trabajando en Madrid en algo de cultura en la época de Felipe González y el PSOE. Josetxo se hizo muy visible para esta intelectualidad, pero para lo que les interesaba. Cuando me fui a la mili y monté Barricada seguimos por caminos distintos, pero luego nos seguimos viendo en un bar de Burlada, su pueblo, con un nombre que le iba al pelo, el Replicante. Me acuerdo de que estábamos a cuatro bajo cero y yo iba con mi jersey de lana y él no; él con su chupa, maqueado. Se reía mucho de mí por mi vestuario y la verdad es que si lo pienso tengo muy poco de glam. Especialmente si me comparo con él. Era un personaje a tener en cuenta no solo por lo que escribía, no solo por sus dibujos, ni por su música: por todo. Al final, ahora que salgo al escenario de traje, esta forma de vestir más glamurosa, creo que se la debo, o yo quiero debérsela, a Josetxo, el Bicho, el verdadero.

Háblame de esa mili en la que decides formar un grupo de nombre Barricada.

No sé qué coño pintaba yo en la mili. He visto fotos y era una cosa antiestética, no me quedaba nada bien el uniforme. Tampoco tenía ningún espíritu militar. Me debería haber librado aunque solo fuera para mejorar la propia imagen del ejército español. Cuando llegué y tuve que rellenar mi ficha pensé que si ponía que había estado con animales, me iban a poner en cuadras. Si ponía que era mecánico, que realmente me gustaba, me iban a poner en los talleres. Si ponía que las flores, iba a cuidar el jardín del general. Así que puse músico, dije que tocaba el contrabajo, porque a ver cómo les explicaba lo que era un bajo eléctrico, y se rieron de mí, con chistes así muy de militares, pero me pusieron en la banda, que era lo que yo quería.

No había redoblado un tambor en mi puta vida y la turuta ya ni te cuento. Le tuve que meter horas al asunto, aunque tampoco hay que ser un genio par redoblar una caja militar. Aprendí tan rápido que me asusté de mí mismo, parecía que tenía una inteligencia suprema para la música militar, algo que me repele. Cuando hacía guardias con el fusco y pensaba que si venía alguien le tenía que dar el alto y que si no me hacía caso tenía que disparar, dudaba en si tirarle a él o pegarme yo el tiro. También en las pruebas de tiro cerraba los ojos, me parecía que el fusco hacía un ruido del copón, tiraba fatal. Y como el turuta en la mili no coge un arma ni para la hostia, decidí coger la corneta. Tampoco di una. Cuando tenía que tocar para que le dieran comida a los animales, era un tono muy alto, no llegaba, y los mulos se descojonaban, se iban para atrás, rompían la formación. Montaba unos revuelos de la hostia. El capitán de cuadras se descojonaba, menos mal, si me toca uno chungo me podría haber dado de hostias ahí mismo. Y ahí fue donde dije: joder, estoy boicoteando al ejército desde dentro. Creo que el hecho de que un desastre como yo pudiera estar ahí con la corneta no dando una ya demostraba que eso era el principio del fin del ejército obligatorio. De hecho, yo estaba en un cuartel en Berga, en la provincia de Barcelona, pero cerca de los Pirineos, que ETA político-militar llegó a asaltarlo. Luego vino la insumisión y después… ¿Quién se apuntó el tanto de acabar con la mili? Aznar, que me tendría que dar gracias a mí, ¡aquello fue por mi puta turuta!

En el cuartel conociste a Sex Pistols y Motörhead.

Fui en el ochenta a la mili y allí vi por primera vez el disco Ace of Spades de Motörhead y escuché por fin el Never Mind the Bollocks de los Pistols, que había salido antes pero no había llegado. Entre turuta y turuta tenía mucho tiempo para pensar y una de las decisiones que tomé fue formar un grupo que se iba a llamar Barricada, un grupo que reflejase qué estaba pasando en la calle en ese momento.

¿Cómo era la calle en el año ochenta?

Tras la muerte de Franco hubo un gran conflicto social y laboral, huelgas enormes, manifestaciones, enfrentamientos con la policía, ETA matando a un montón de gente cada año, como también los cuerpos represivos… El episodio de los abogados laboralistas de Atocha en Madrid. En fin, muchas historias. Las torturas también… Y todo esto se mezclaba con lo que vivíamos nosotros. En la Txantrea cerrábamos las entradas al barrio y la policía no podía entrar. Si querías que entrasen dejabas una calle abierta, luego la cerrabas y no podían salir, porque los polis no eran de la Txantrea. Era como un juego, pero trágico, donde la historia estaba en vencerlos de cualquier manera. La gente escapaba por las casas, que son pisos bajos, y ellos, que iban bien armados, entraban también y las destrozaban, tiraban dentro… Tú te metías en una, y como lo conocías, salías por las huertas cinco calles más allá. Ellos no tenían ni idea de por dónde se había escapado el personal y terminaban destrozando los muebles.

En las primeras actuaciones de Barricada tenías una puesta en escena muy teatral.

El 18 de abril de 1982 hicimos la primera actuación, a las doce del mediodía con un calor impresionante. Fue en el Rastro de aquí, de la Txantrea, donde siempre se programaban actividades culturales, teatro o bertsolaris. Yo salí con una capa negra que me dejó mi prima y una calavera a la que tuve que poner cinta aislante en la mandíbula. Salía y decía: «Dios te salve, María, y el fruto de tu vientre, Jesús», y sacaba la calavera con la quijada colgando con la cinta aislante. Había que echarle morro. Luego fui perfeccionando. Por ejemplo, recogía televisiones vaciadas de por ahí, la gente cogía las piezas y las tiraba. Las ponía, seis o siete, en el escenario y con una maza que saqué del taller de soldadura donde trabajaba las destrozaba. Me comía todo el polvillo que salía, pero creo que después de salir de la mili con tuberculosis era inmune a todo.

En aquella época a los que ibais a la mili os criticaban diciendo que hicierais la mili en ETA, pero tú contestabas que ETA había volado uno de vuestros bares de referencia, el Toki-Leza, en su delirante campaña contra el tráfico de drogas.

Antes de que ETA político-militar rompiera con ETA militar y esta fuera aglutinando a todo el mundo abertzale había muchos grupúsculos con diferencias importantes. Mientras que ETA tenía una estructura militar, los Comandos Autónomos venían del mundo anarquista. Yo era de esos, de los que llevaban el pañuelo negro ácrata. Estaba más en ese mundo de los petas, el amor libre y esas cosas. Algunos de los que íbamos con el pañuelo negro, que no seríamos más de treinta, luego terminaron en los citados Comandos Autónomos, como Rafa Delas, que fue asesinado en la bahía de Pasaia. Por eso, de alguna manera, siempre he pertenecido al rollo pacifista. Cuando escribí «No hay tregua», la gente estaba acostumbrada a grupos como Cicatriz, Eskorbuto o RIP que iban de ¡mata al policía! y tal. Yo no, yo con mi «Estás asustado, tu vida va en ello» [canta con voz aguda, D. de R.]. Lo mío era un rollo más de monja, intentaba reflexionar. No como ahora, que soy partidario de la guillotina. Pero cuando hice esa canción no había espacio para ninguna reflexión, ya había tenido mis conversaciones con gente de ETA político-militar que había dejado las armas y tenía otro punto de vista. Siempre me ha gustado hablar con todos, aunque no esté de acuerdo.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 2

Con Derribos Arias, también testigos de cómo ETA ponía una bomba en su bar de referencia en San Sebastián, tocasteis en alguna ocasión. Es curioso que pudierais compartir cartel dos grupos tan distintos. Rosendo por ejemplo arremetía mucho contra los modernos, no le gustaban nada.

Era diferente el ambiente de Madrid al de aquí. Nosotros aprendimos que la mezcla era positiva en todos los aspectos. Primero para protestar y segundo para aprender. A mí de repente me gustaban los Clash, los Cure y, joder, iba por ahí tocando con Hertzainak, Kortatu o Cicatriz, y también con grupos heavies como Forjas Alavesas. Todo esto en Madrid era impensable. Tocó La Polla Records con Obús en el famoso Rockódromo y hubo una batalla campal. Aquello fue la hostia.

Rosendo dijo hace poco en El País que los grupos modernos de entonces «cantaban gilipolleces».

Yo con Alaska y Nacho Canut me metería, pero por esto que han dicho de los desahucios. Me parece que si tienes ese halo de gilipollez con esa edad, mejor que no se te note tanto. A mí lo de antes no me importa, me fijo más en lo de ahora y lo que acaban de decir es de merecerse un tortazo con la mano abierta. ¿Es violencia? Violencia es lo que acabas de decir. Antes cada uno decía lo que podía, pero al menos había actividad. Ahora hay mucha marca de culo en los sofás. Eso sí que me parece incomprensible. Con los tiempos que corren y que el rock and roll se entienda así… Me parece que está más muerto que otra cosa.

El primer disco se grabó con Ramoncín.

La maqueta, que no sirvió de nada y tuvimos que regrabarla sin él. Yo hacía mis pinitos en la radio y le entrevisté una vez que vino a Pamplona. Nos caímos bien, charlamos y se vino a nuestro local a vernos. Al final la cosa terminó con él grabándonos, pero no valió no sé si por incompatibilidad o rollos de esos a la hora de ir a mezclarlo a Madrid. Nos dijeron que no se podía, que teníamos que volver a grabarlo, que si éramos capaces en dos días, y dijimos: pues venga. Dos días sin dormir, en plan tsunami. Y lo repetimos.

En ese primer disco hay una influencia de UFO, de Iron Maiden…

Iron Maiden siempre me ha dado cosa. Me gustaban con Paul Di’Anno.

¿Cómo os arreglasteis para que la canción «Esperando en un billar» apareciese en Barrio Sésamo?

Había dos hermanas en el programa y una de ellas era la hermana de Fernando Coronado, que acabaría siendo nuestro batería. Esa fue la conexión. Salía Espinete, ponían un casete y todos bailaban con nuestra canción. Estas cosas cuando te pasan qué vergüenza dan. Me pasó lo mismo con 28 horas de Montxo Armendariz, que puso «Esta es una noche de rock and roll», que sonaba en un bar cuando estaban buscando jaco. Estaba en el cine y me moría de vergüenza, aunque nadie sabía quién era, pero me daba cosa.

Tuvisteis una etapa de conciertos con La Polla Records. Un tanto accidentada a veces, pero fue cuando disteis el subidón.

Fue muy rápido. Y muy interesante. Recuerdo que fuimos a Vergara y tocamos para ochenta personas, que sonó de asco. Seis meses después, fuimos y reventamos. Al vivirlo no eres consciente. Con La Polla tocamos mucho, sí. Ellos siempre tenían que tocar los primeros porque decían que éramos el grupo estrella. Era una época durísima, siempre acababan invadiendo los escenarios. Una vez en Lasarte tocaron ellos y recuerdo a Evaristo que solo le colgaban escupitajos del cuerpo. Después salimos, cambió el público, y ni un solo gapo. A nosotros los punkis nos aguantaban, pero La Polla era el grupo, en mi opinión. Tanto para el público como para otros grupos que vinieron después.

Un día viajamos a Lasarte, fuimos a cenar y uno que se había ido a pillar costo volvió con la cara reventada, le habían asaltado. Salimos a la calle a ver qué pasaba y había una bronca por allí, otra por allá… A mí las peleas siempre me han dado dentera, como te he dicho, pero tenía que ir el primero para que dijeran «Hostia, el Drogas». Una cruz. Tenía que ir el primero a las movidas, ser el más borracho, el que más se ponía… Era una especie de teatrillo todo aquello. Levantaba la voz y decían: «Cuidado, que está el Drogas aquí con los suyos». Un rollo muy peliculero. El caballo estaba también muy metido por medio, añadía una carga de violencia mucho mayor al rollo punk, en todos los sentidos. Al ir a tocar aquel día nos dijeron: «No salgáis que le han dado un navajazo a uno de La Polla». Cogimos los hierros de los micros y, venga, para fuera, a por ellos, que no sabías ni quién había sido ni nada, pero salías. Como para no. Muchas de las movidas que pasaron en aquella época las montaba una pareja que iban de punkis, pero eran energúmenos. Tuvieron que irse a vivir fuera de Euskal Herria amenazados por ETA militar. Salieron por patas amenazados de muerte. No sé si es que habían acabado de chivatos o qué. Galindo podría explicar muchas de las cosas que sucedieron en aquellos años.

Luego la primera vez que tocamos en Bilbao, por eso del rollo teatral, me llevé unos singles para tirar al público, no sé de qué serían. Y total, que no sé en qué canción, empiezo a lanzarlos, no llevaba ni tres, y, de repente, llega uno de vuelta y ¡paf! al batería en toda la frente. La primera y la última vez que lo hice, porque también yo podría haberle abierto la cabeza a alguno. Por eso también dejé lo de reventar televisores, porque salían pedazos disparados y le podía dar a alguien. Era pura inconsciencia, no estar preparado para montar ciertos espectáculos, pero es que todo era así.

El grupo iba bien y de repente muere Mikel, el batería.

Comenzamos a ser un grupo requerido por todos los lados. Todos los fines de semana tocábamos viernes y sábado. Era un logro de la hostia. En una de estas fuimos a Iparralde, Euskadi norte, no recuerdo si era San Juan de Luz, en el frontón. Mikel venía de trasnochar con un pedo de la hostia y tocó muy mal. Al día siguiente fuimos a Artajona, Mikel se estaba saliendo, pensábamos que nos quería dar una lección por el desastre del día anterior, y cuando iba a empezar «Esperando en un billar», que al principio tiene esos aéreos, íbamos a entrar todos y de repente la batería se dejó de oír. Miro atrás y veo a Mikel encima de la batería. Hubo indecisión, qué pasa. Porque en el escenario tres segundos son como tres siglos, y nos dimos cuenta de que se había desmayado. Lo llevamos a la casa de socorro y el médico llegó a la conclusión de que era un corte de digestión, porque el día antes nos habíamos puesto hasta arriba de calamares rellenos. A veces pienso que en vez de un grupo debimos formar una sociedad gastronómica, porque aquello era… Tocar parecía la excusa para comer.

La historia se quedó así. Decidimos volver a tocar al día siguiente. Hicimos el bolo entero, salió de puta madre, Mikel se vino a dormir a mi casa con su pareja y a la mañana siguiente dijo que había pasado mala noche, que le dolía la cabeza. Creo que fue mi socia, Mamen, la que dijo de llevarlo a urgencias. Fuimos, entró, esperamos y al rato salió una enfermera diciendo que avisáramos a la familia porque se iba a quedar ingresado. Me bajé hasta Huarte, volví con su familia y ya nos dijeron que parecía que podía ser un derrame. Estuvo ingresado una semana, fuimos todos los días a verle, a darle ánimos. Y recuerdo el día en que le operaron, yo venía en coche con Marino Goñi conduciendo, llegamos al hospital y nos dan la noticia de que estaba en coma, en la UVI y muy mal. Pasó muy rápido. En cinco o siete días se murió.

Para mí fue un golpe muy duro porque estábamos viviendo juntos todo lo de tener un grupo de rock desde el principio. La gente se pensaba que éramos hermanos porque no nos separábamos. Mikel era realmente la esencia de lo que se entendía por miembro de un grupo de rock. Degenerado, muy simpático, era un batería inaudito: zurdo y cojo, porque de pequeño había tenido poliomielitis. Se dejaba querer muy fácil. Era una persona maravillosa. Pero lo que tenía ahí era algo congénito, creo que su madre murió de lo mismo.

Aquello dio lugar a una de las canciones más bonitas de Barricada, «Pon esa música de nuevo».

Era una canción de Pabellón Negro, el grupo anterior de Alfredo Piedrafita, el guitarrista. Me gustaba el título, pero no la letra, que la cambié para recordar esa historia tan intensa vivida con Mikel, con una persona que te ha marcado. A mí, por ejemplo, me ha dejado más huella él que otra gente que ha estado más tiempo a mi lado.

Ahora grabáis con Rosendo el siguiente LP, que se iba a llamar Callejón sin salida, pero resulta que Los Chunguitos ya tenían un disco con ese título.

En las cárceles decían que lo que más se oía eran Los Chunguitos, Los Chichos y Barricada. Del primer disco al segundo hubo una ruptura interesante. Barrio conflictivo ya reflejaba la vida que empezábamos a llevar, de que nos llamaran a tocar, viajar, llegar a los sitios y salir a buscar sustancias, beber y salir a romper. Rosendo fue el productor, que de alguna manera es quien te dirige los pasos, alguien con más experiencia que tú. Yo tenía unas ganas del copón de conocerlo. Para mí Leño era el grupo. Hemos hablado de los Pistols, pero no sé si Leño fue más importante. Fui a ver a Bloque una vez y de repente salieron de teloneros tres tíos, el cantante con aquella voz, y pensé: «Joder, yo quiero ser como estos, esto es lo mío». Fuimos a verle a Madrid, que me parecía enorme, gigante, llegamos al sitio donde habíamos quedado y apareció en un escarabajo verde fosforito [risas].

«Lentejuelas» se cuenta que es una canción dedicada a Ramoncín después de girar con él y que no os pagara.

No, es para todo aquel que en este mundillo termina creyéndose algo. En esa gira él no era el que tenía que pagar, era la oficina o quien lo montase. Y no era la primera vez que nos robaban. Nos han robado las multis, las oficinas de representación… para todos los gustos. Sí es verdad que Ramoncín entonces era una estrella, en los conciertos estaba muy cuidado, rodeado de gente. Luego a nosotros nos pasó igual y a lo del dinero no le doy excesiva importancia, si alguien ha necesitado sacarme algo espero que haya sido por una buena causa. A Ramón posiblemente se le pueda criticar más por otras situaciones de su vida pública, como el caso de la SGAE, aunque ha salido absuelto.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 3

¿Cómo fue el desembarco en Madrid? Parece que a los heavies de la capital no les gustabais. Pensaban que ibais allí a comerles el terreno con la desvergüenza intolerable de no ser músicos virtuosos.

En eso tenían razón, técnicamente nos daban mil vueltas. Ahora todos estos grupos han vuelto. O bueno, volver. Quizá se tomaron un descanso excesivamente largo. Treinta años después… hostia, no sé. En fin, creo que no se dan cuenta de que realmente acaban siendo caricaturas de sí mismos. Igual eso también es algo que se puede explotar, pero bueno, es otro tema… Recuerdo que Bella Bestia tocaban de la hostia, con el batería metido en una jaula. Esa cosa tan inglesa. Luego vino Sangre Azul. Estaban Tritón, Los Tigres, con los que coincidimos mucho. Banzai, Panzer y Obús, que para mí era el grupo de heavy. Su primer disco era… uf. Luego ya no les seguí la pista, pero yo era más de Obús que de Barón Rojo. Pero vamos, que todos tocaban un huevo y nosotros éramos un desastre. Con canciones sin punteos, sin afeitar, sin cardar el pelo. Íbamos a los bares y veíamos que los músicos le daban más importancia a peinarse que a la botella de cerveza. Mientras ellos se arreglaban nosotros nos bebíamos todo lo que había por allí. Pero nos hemos terminado llevando bien con todos.

Cuando llegábamos siempre empezaban a circular historietas en plan «Ha venido el Drogas, recién salido de la cárcel» [risas]. Y encima se dieron coincidencias de flipar que alimentaron más el mito. Tocamos en las veinticuatro horas del estudiante y la radio y, claro, nos pusieron en la peor hora. Dirían: «Estos que son de pueblo, pues a las siete de la mañana». Nos tuvimos que ir antes a un hotel que me gustaría saber cuál es porque me gustó. Te sentías como el conde Drácula. Las paredes desconchadas, te metías en la cama y te absorbía para dentro, te movías un poco y unos crujidos… Para mí que estaba abandonado y lo abrieron para nosotros. A las cinco de la mañana salimos, llegamos a tocar, quedaban cincuenta personas, nos daba igual, vamos a muerte. Además me da igual lo que haya de público, no soy muy de ver, de hecho tengo un ojo que se me pira, es independiente, vamos, y me importa una mierda lo que haya, yo soy de tocar. Así que salimos en ese plan y grito al empezar: «¡Que estalle la bomba bajo mis pies!». Lo damos todo y de repente nos enteramos de que había habido una amenaza de bomba, que habían sacado a todo el mundo de allí. Se quedaron: «Joder con estos».

Haciendo leyenda… de chamba.

Igual que cuando se murió Tierno. Nos llamaron para el homenaje. Me caía bien ese hombre, el rollo del PSP, pero luego cuando se juntó con el PSOE… me cago en la puta, joder. Pero Tierno era Tierno y tenía su rollo. Estábamos tocando, grité «¡Okupación!». Se hizo un revuelo entre el público, miro y había una señora ya mayor que aparece por ahí, todas las cámaras a su alrededor, y era la viuda de Tierno. Vino a vernos mientras tocábamos «Okupación». No estaba preparado. Coincidió. Fue un momento emotivo dentro de un acto emotivo ya de por sí y que, además, se multiplicó por más, porque justo después empezó a llover. Sobre la gente algo de agua y sobre el escenario cientos de botellas y suspendieron el festival. Todo esto nos dio mucho juego, pero no era nada pretendido, ¡ojalá hubiera tenido esa audacia!

El caso es que llegáis a la Sala Canciller de Madrid, donde dominan los heavies con sus pelos cardados, y vosotros con un rock directo, medio punk, de pueblo como tú dices y… el público os coge y os saca a hombros. Se identifican con vosotros.

Digamos que entramos en Madrid como el grupo que iba a sustituir a Leño. Por aquella época había también un grupo de Alicante que se llamaba Badana que también tenía ese aire. Es que Leño influyó en mogollón de grupos. Desde que vi a Rosendo en Estella por primera vez empecé a ponerme el pelo por detrás de las orejas, no te digo más. Lo de sacarnos a hombros se debió a que el público estaría más borracho que nosotros al final de la actuación. Fue todo muy surrealista. Lo que más recuerdo es que me dolían los huevos de la hostia [risas]. Entre los pantalones vaqueros apretados, con las costuras, y la cabeza del susodicho… Pero lo que realmente me impactó aquel fin de semana fue al día siguiente irme al Rastro y ver una cinta nuestra en un puesto pirata. Eso sí que fue la hostia.

¿Lo viste como un logro?

Sí, sí. Es como ahora ver un disco tuyo en el top manta. Eso es un logro, joder. Porque podríamos hablar mucho de eso, de quién hace más top manta, si las multis o la gente que está en la calle vendiendo, que tampoco les veo que vivan en chalés. Bueno, los que muevan toda esa mafia seguramente sí.

Estuvisteis desde el principio en la etiqueta del rock radical vasco.

Fue en un concierto en Tudela, en una manifestación antinuclear o en el acto de aniversario de aquella marcha antinuclear en la que asesinan a Gladys del Estal. No recuerdo, era un rollo pacifista. Se hizo un festival masivo en el que entramos todos los grupos que pululábamos por los alrededores y ahí se puso el sello de rock radical vasco. Nuestro manager Blasco y Marino Goñi fueron los que lo inventaron, queriendo crear un término en contraposición a la Movida madrileña, pero luego nos lo fuimos quitando de encima todos. Entonces era radical como una manera de sacar pecho, y vasco porque todos nos considerábamos vascos, tanto los navarros como los de la comunidad autónoma.

¿Qué recuerdas de grupos que estaban en esa etiqueta que tuvieron una historia trágica, como RIP, Cicatriz o Eskorbuto?

Tuvimos buena relación con todos. Posiblemente éramos de los pocos que nos llevábamos bien con Eskorbuto, porque casi nadie podía verlos. Pienso todavía mucho en estos grupos y en los ochenta. Si me he quedado en algún lado ha sido ahí. Sin la fuerza de toda esta gente que se quedó ahí, todo habría sido como una gaseosa. Como pasó con el Donosti Sound. Con el que más relación tuve fue con Nacho de Cicatriz. A veces hablo con Tati, su madre. Uf, lo de las madres sí que fue complicado, lo que pasaban día y noche. Muy jodido. Pero el movimiento contracultural surgido en Euskadi no hubiese sido lo mismo sin la fuerza de toda esta gente. ¿Ha servido para algo? Yo creo que sí. ¿Es mejor quedarse en el camino con una chuta en el brazo que quedarse en el camino atragantado por una botella de Fanta en la garganta? No lo sé. Yo realmente he sacado mucho, quizá porque le tenía mucho miedo a las chutas. La primera vez que me fui a meter un pico me dio un chungo solo con ver la aguja que me tuvieron que llevar a mí los que se habían metido. Y no me lo metí. Eso de verles sujetarse el brazo, bombear la sangre… joder. Pero fue la ignorancia lo que les mató. El libro de Escohotado tendría que haber estado en los colegios. El ser humano está relacionado con las sustancias desde antes de ser consciente de que es humano. Tienes derecho a saber qué reacciones te va a dar, a partir de qué cantidad va a ser una historia curativa, o exploradora de tu interior, o simplemente lúdica, para pasar a ser un veneno. Porque tanto una cosa como la otra puede ser la misma sustancia.

Sufristeis el acoso de la policía cuando os movíais por el País Vasco y Navarra.

Era casi el pan de cada día. Si no te paraban no era un día completo. Si no era un control era la policía secreta. Nos pasó de pararnos la policía y llamar a sus hijos para que vinieran a vernos porque eran fans. También pararte la guardia civil, el viejillo de la pareja echarte la bronca, «si yo hubiese sido vuestro padre», y después de la retahíla, llegar el joven y pedirte un autógrafo [risas]. Esas situaciones eran muy ochenteras. O ponerte mirando al monte los GEOS escopeta en mano y decirnos: «Ahora sí que vais a componer una buena canción». Ese rollo chulesco, que también entra dentro de su papel, eso siempre lo he entendido. Porque luego, después de todo lo que pasamos con la policía nacional o la guardia civil, nos venía la ertzaintza, o los munipas, en el mismo plan y es que me entraban ganas de engancharme y pelearme. No me importa que me partan la boca por enfrentarme a alguien que abusa de su poder.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 4

Fichasteis por una multinacional, RCA, para No hay tregua y, entre otras cosas, os quisieron censurar las letras.

Sí, ¡joder! Aquello fue la hostia. El tío era un sudamericano que nos quería censurar ocho de diez canciones del disco. ¿Hacemos un single entonces o qué? Por motivos tan peregrinos como que en la canción «A pecho descubierto», que decía «tu chupa y nada más», y el tío: «¿Cómo podés desir que “me la chupa”?». Y cómo explicarle lo que era una chupa… Y la de «No hay tregua», que realmente sí era problemática, era de las que no querían tocar. Eso venía del típico ignorante que no tenía ni puta idea de lo que tenía entre manos, pero estaba ahí en el sello cobrando no se sabe muy bien por qué y de alguna manera tenía que poner el pie sobre algo para que se notase que estaba. Personajes así nos hemos ido encontrando a cada paso, sobre todo en las multinacionales. Rosendo es el que tuvo que ir a hablar con ellos y al final el disco salió como estaba.

«Okupación» se convirtió en un hit rápidamente, pero alguna vez has dicho que acabó siendo una especie de losa y decidisteis hasta dejar de tocarla.

Es una canción con la que estaba a gusto pero acabó superándonos el concepto. Aquí hubo mucha historia okupa, el movimiento Katakrak, pero hay canciones que te van superando, o que te jode que estés tocando, tengas un repertorio de treinta canciones y te estén pidiendo esa todo el puto rato, que encima la has puesto la última porque sabes que es la que más gusta. Así que dices: «Hostia, pues fuera».

¿En «No hay tregua» cómo fueron los malentendidos, o bienentendidos, de que tenía que ver con ETA?

Tiene relación con alguien que se dedica a la lucha armada y, en un momento de reflexión, porque realmente los había, yo sé de gente que se planteaba qué había hecho con su vida ahí metida, se preguntaba «qué estoy haciendo, para qué lo estoy haciendo». Va sobre ese momento.

Lo que querías señalar es la duda.

Aunque ETA tuviese una estructura militar cerrada yo no me podía creer que dentro de esa historia todo el mundo tuviese un pensamiento uniforme. Yo siempre he defendido a los dubitativos. Siempre. Para mí es la gente que hace que el mundo gire. Yo pongo en duda todo lo que digo, no tengo problema. Esa canción refleja eso: «¿Qué he hecho con mi vida? Cuando se aprende a llorar por algo, también se aprende a defenderlo, hay que matar al policía, pues venga, vamos a matar al policía, ¿y…?». Todo el proceso de la propia canción y el propio proceso en que va degenerando la lucha armada en España, en Euskadi, es el mismo. Es preocupante que no haya habido gente en la propia izquierda abertzale que dudase. No podía ser una organización armada la vanguardia de un movimiento político. ETA tenía que haber sido consciente de su papel e irse, quedándose atrás bastante antes de cuando ha sucedido. Yo siempre he apoyado al movimiento Elkarri y creo que toda la tardanza en haber reconocido algo así se está pagando. No digo que sea acertado lo que pienso, pero tengo esa sensación.

Cuando el grupo creció, entre la gente del barrio que os recordaba como algo suyo surge cierto recelo porque de repente Barricada es de todo el mundo.

Es algo muy normal. Ese sentimiento tuyo de repente ya no es tan tuyo, es de mucha gente. También me ha pasado a mí con otras cosas. Lo entiendo. En el momento no, claro, me resultó muy duro. Enfrentarse a ciertas críticas no gusta, pero al final todo eso te va preparando para recibir las hostias enormes que me supuso Barricada. Me refiero a que me expulsaran del grupo. Así que me vino bien endurecerme para cuando llegó algo que jamás hubiese imaginado.

Tuvisteis que coger un mánager, Cristóbal Cintas, que se moviera bien por Madrid, de los que conseguían contratos saliendo de noche, poniéndose hasta el culo con los directivos y los promotores.

Era así. Gente que parecía elegante en la forma de vestir, que no pegaba con nosotros por nuestras barbas de tres días y pelos largos, las chupas rotas, etcétera, pero que eran los que meneaban el negocio discográfico, sobre todo su negocio, tanto el discográfico como el nasal. Al principio tú te metías en el rollo porque te hacía gracia, luego ya ninguna. De ese Madrid de negocios nocturnos la mayoría de las cosas me han pasado muy desapercibidas, porque el grado de inconsciencia al que llegaba era muy preocupante, al menos en mi caso. Tan preocupante que llegó un momento en el que corté y fuera.

En «No hay tregua» hay un chelo y lo toca nada menos que un guardia civil.

Un picoleto, sí. Era de la banda de música que estaba grabando con Concha Velasco las canciones de un especial de Navidad o de Nochevieja. A Rosendo se le ocurrió la idea de que una parte de «No hay tregua» necesitaba un chelo, bajó el tío y se la tocó. Luego nos dijeron que era brigada. Espero que no se enterase de dónde había estado [risas]. Pero fue casualidad, no fuimos a buscarlo al cuartel. Es que esto era muy típico en la SGAE, hasta que no llegaron Víctor Manuel, Teddy Bautista y demás, Autores era una sociedad de gestión llevada por músicos de bandas militares. A las asambleas de la SGAE de aquel entonces la gente iba con pistolas. Eran militares la mayoría. Hasta que entraron estos y se abrió un poco. Digamos que al menos fue un buen inicio.

La primera vez que cobrasteis unos royalties os detuvo la policía pensando que habíais robado un banco.

Fue flipante. Recuerdo que pasaba por poco las cien mil pelas. Para nosotros era una fiesta. Fuimos al banco, lo sacamos, nos repartimos la pasta, íbamos para casa y, de pronto, se cruzó un coche, se bajó el tío con la pistola, yo di una patada en la puerta gritando «¡Me cago en la puta!». Se creó una tensión enorme. Nos registraron y, vaya, encontraron ciento y poco mil pelas, que entonces era la hostia. Llamaron por radio y dijeron: «Ya los tenemos«. Resulta que habían atracado un banco y creían que habíamos sido nosotros.

1987. No sé qué hacer contigo. Ahí os quisisteis quitar la etiqueta de grupo político.

Nos la querían hacer quitar, yo nunca he querido, porque Barricada no es otra cosa, es lo que su propio nombre indica. En ese disco una de las canciones, «Bahía de Pasaia», nos la quitaron de ahí, iba sobre una emboscada que le hizo la policía a los Comandos Autónomos en Pasajes y asesinaron a cuatro. Ahora hay un monolito y su silueta pintada en las rocas. Yo conocía a uno de ellos, Rafa Delas, como he dicho antes, era de los del pañuelo negro. Era una buena persona. Estaba en una coordinadora de presos comunes que tenían su historia fuera de las cárceles, sus apoyos en grupos anarquistas, les ayudaban a sacar fanzines escritos dentro de prisión, etcétera. A mí todo esto me llamaba más la atención que solo el tema político. Siempre he dicho que no he sido independentista, soy internacionalista si tengo que ser algo, o apátrida o como se quiera. Pero vamos, que me da igual eso. Sin embargo, los movimientos que ayudaban a los presos comunes me parecían gente interesante. Estaba por ahí la CNT. No solías verlos en asambleas ni nada de eso, era en bares tomando unas cervezas, generalmente más oscuros, te hacías un peta y ahí a escondidas hablabas de miles de cosas.

Un bar como en el que ETA puso una bomba.

Por ejemplo, sí. ETA entonces tenía mucha obsesión con la historia de las drogas. Podías hacer una reunión vasca y ponerte de alcohol hasta las cartolas, pero joder, a ir más allá le tenían un miedo… Ese miedo también del propio sistema, estaban más asimilados de lo que se veía. Y nosotros no rompíamos con eso ni por un lado ni por el otro, simplemente la ruptura éramos nosotros mismos.

«Bahía de Pasaia» censurada al final triunfó más que el disco, donde igual hubiera pasado desapercibida.

Cogió un empaque que fue la hostia. No sé si lo hizo queriendo el tío de la Polygram. Luego el mismo tío me quitó «En nombre de Dios» por la Iglesia, creo que era el típico directivo del Opus Dei. Ahí, ya desesperado, le dije: «Mira, te reto a navaja y a hostias». Vaya por delante que yo iba hasta las cartolas, por eso dije «¡Un reto a cuchillo!». Pero ¿qué hago si no? A mí las canciones me cuestan mucho curro y que luego venga uno y te la quite… La de «Bahía de Pasaia» lo pude entender, pero es que «En nombre de Dios» era una canción graciosa, coño. He hecho muy pocas canciones graciosas en mi vida y si me quitas una… «Sacramento, sacrosanto, sacristán, sacrificado, sacrilegio consagrado, la señal del Santo Cristo». Joder, es un juego gracioso de palabras. Para una vez que me sale algo así. De todas formas, aunque me quitaran «Bahía de Pasaia», para hacer esa canción me estuve documentando mucho. Me leí todos los periódicos del momento de la emboscada. Fue un trabajo diferente. No quise dar mi punto de vista, sino reflejar lo que ocurrió. Me pareció muy bonito todo el proceso y después lo he empleado para La tierra es sorda.

Ese disco le gustó mucho a Pepe Risi, guitarrista de Burning.

Sobre todo la canción «No sé qué hacer contigo». Para mí fue la hostia. Creo que nos estaba entrevistando Mariano García y me pasó una llamada: «Hola, soy Pepe Risi, esa canción es muy guapa, mola, muy Burning». Y sí, es que es así, es muy Burning. Tenía el punto de «Qué hace una chica como tú en un sitio como este». Para mí sus primeros discos son… ¡buah! Cuando estábamos con Rosendo coincidimos en algún bar con Pepe y Johnny, y qué gozada [imita la voz de Pepe Risi]: «Chico, cómo está el mundo del rock and roll» [risas]. Siempre me ha gustado como guitarrista, ahí con su Les Paul… Y ahí estaba yo, en la cresta de la ola, codeándome con Pepe Risi, cuando mi madre me dijo: «Oye, por qué no echas la solicitud a la Volkswagen, que están cogiendo gente» [risas]. Y yo: «Hostia, mamá, pero que he salido en la tele, que es el cuarto disco». En pleno éxito de Barricada mi madre me pedía que trabajara en una fábrica. Qué cosa lo de las madres…

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 5

Los conciertos seguían siendo caóticos pese al éxito.

Había algunos en los que estabas tocando y de repente veías una mano que aparecía y cogía tu pedal de distorsión. Tú, claro, ibas hasta las cartolas y… bueno… era la época… ibas igual que la gente que te iba a ver.

Te refieres a farlopa y speed.

Sí, farlopa y speed generalmente. Y priva. Los conciertos solían acabar con la policía cargando. Hubo uno en Terrassa que acabó con el que montó el bolo en la cárcel, en el calabozo. Fue en un campo de fútbol, con la taquilla reventada, a la quinta o sexta canción tuvimos que salir corriendo con los instrumentos a un coche. No había manera de controlar aquello. No hacían ni puto caso. Además, a mí no me gustaba eso de pedir «Oye, tranquilos». Era una mierda, ibas a pasarlo bien y acababa todo mal. Siempre que volvías en la furgoneta veías pasar en sentido contrario las patrullas de la poli con la sirena, y al día siguiente en todos los periódicos: «Un festival de Barricada acaba en batalla campal».

También tocamos en un Aquapark. Era un sitio alucinante, pero tocábamos en la sala de fiestas dentro del sitio. Era muy flipante ver a la gente con vaqueros y chupas rotas entre los críos y las madres en traje de baño tirándose por los toboganes. Era surrealista todo aquello y acabó de manera surrealista. Entró la guardia civil, pero no recuerdo concretamente por qué. Volaron sillas dentro de la sala, pero no recuerdo el detonante de la suspensión, así como en otros sí. En el de Terrassa por ejemplo fue que la gente entró a saco y arrasó.

Pero bueno, hubo otros en los que ni llegamos a salir. En la Barceloneta una vez acabó el bombo de Rosendo en el mar. O en Santander, donde nos reventaron el bus, en Tanos, en Torrelavega. Nuestro bus se llamaba el Zambombo, que lo habían usado Leño, Obús y luego nosotros. Cuando estábamos haciendo la prueba de sonido empezó a llover. Era en una plaza de toros portátil, de estas de hierro. Estaba el cuadro de electricidad ahí puesto, atornillado, se veían todos los cables. Cayó una tromba de agua de las que caen allí, dejamos la prueba de sonido para esperar a que amainase, pero no paraba. Cayó tal chuza que el suelo se encharcó, fue subiendo el nivel, hasta que uno tocó la pared de la plaza de toros y dijo: «Hostia, esto da calambre». Toda la plaza de toros daba calambre [risas]. Pero no pusieron ni carteles para anunciar que se anulaba, así que llegó la gente, cada vez más. ¿Que no hay festival, que no hay concierto? ¡Me cago en la puta! Y todos borrachos, en fiestas, cogió uno un jeep y, ¡zas!, contra la plaza de toros. Mira, estuve toda la puta noche oyendo sirenas. Nuestros técnicos se refugiaron en el camión, en el Zambombo, que lo reventaron a hostias. No les pasó nada porque no les dio por lincharlos.

¿Qué pasó en la Barceloneta para que acabara el bombo de Rosendo en el mar?

Éramos Tijuana in Blue, Rosendo y nosotros. Salió Tijuana y tocó delante de diez mil personas, por decir. Había seguridad para parar un carro y todavía no les habían quitado las pistolas a los jurados. Si no han pasado cosas peores en estos sitios ha sido de milagro. Con Tijuana, que eran tirando a punk, la gente se puso como loca. Empezaron a tirar la valla. Salió Rosendo y en lugar de tranquilizarse se pusieron peor. De tal manera que yo me estaba cambiando para salir y me dijo Cristóbal Cintas: ¡nos vamos! Me sacaron de la roulotte y vi cómo los seguratas huían en masa y las vallas estaban volando. Había gente subida en el escenario, por debajo. Me metieron en un coche y al puto hotel. Al día siguiente, la batería de Rosendo en el agua, la gente se había llevado los amplificadores…

Rojo se graba en Ibiza con Dennis Herman.

Era un tío de Ohio que había vivido todo el rollo hippie en Estados Unidos, en Los Ángeles, y acabó de técnico en los estudios Mediterráneo, que eran del batería de Judas Priest y Mariscal Romero. Cuando fuimos a Ibiza, ¡cayó una nevada! No había caído una en treinta años. Estar currando ahí fue muy tranquilo. Si querías airearte tenías que irte a Sant Antoni, que en esa época no tenía nada de marcha. Me gustaba mucho porque te metías en los bares y era un rollo muy familiar. Siempre me ha gustado más eso que la isla multitudinaria de neones y demás que vino después.

La canción «Rojo», con letra de Fernando, ¿es taurina o antitaurina?

Él la hizo taurina y yo la canto antitaurina. Y ese pulso acaba con la canción siendo antitaurina. El secreto está ahí, en la lectura que tú hagas. No me importa la lectura que dé el autor de la letra, Barricada se tenía que definir como grupo antitaurino. Para taurinos ya tenemos a Sabina y Calamaro.

En la multinacional veías que cobraba todo el mundo por vuestras canciones, pero de merchandising, por ejemplo, no veías un duro.

El porcentaje que nos llevábamos en general era una porquería. Para lo que se generaba, muy poco, pero para lo que era un grupo de rock, era más que suficiente para vivir. Con lo que nos daban nos pagábamos la casa y los vicios. Ojalá me lo hubiera gastado en jamones, pero lo vivido, vivido está, tampoco le voy a dar vueltas. No he tenido mucho problema con lo que se quedaba el sello. No me duele el dinero de Barricada que nos robaron, sino que nos tomaran por tontos, porque posiblemente lo seríamos, pero no había otra manera de funcionar. Eras feliz viendo a una persona con una camiseta que pusiera Barricada y de lo que había por detrás no eras consciente. Creo que al final es más fácil que te dé un infarto tratando de engañar a los demás, intentando que no se entere nadie, que siendo un gilipollas como yo, que me vendrá el infarto por otro lado, no por ese.

Has dicho que Doble directo, uno de los discos más relevantes de la historia del rock español, te dejó mal sabor de boca, que lo grabasteis demasiado agarrotados porque había demasiada cocaína alrededor.

Es por la propia época. Ya no le doy vueltas. Me jode no haber sido más consciente de lo que estábamos viviendo por haber disfrutado esas sensaciones que se han perdido. Hicimos dos conciertos en Madrid y uno en Barcelona, era una grabación de tres días, en total noventa canciones. Ponte luego a escuchar eso. Era un puto aburrimiento. Y los conciertos, un puto circo. Mover al equipo de grabación, a los fotógrafos. Una locura. Y todo venía acompañado de la histeria que trae con sí la farlopa. Vamos, que todo era caótico. El día de Barcelona, hora y media antes de salir, a mí se me taponó un oído y me dio una paranoia… Creía que el cerebro se me había caído para un lado y me había tapado la oreja [risas]. ¡A urgencias! En el hospital me mira el tío y me dice: «Es un tapón». Y yo: «¿Seguro? A ver si no es el cerebro». Me llegó el tío con una jeringa de la hostia y me acojonó: «¡No me irás a meter eso por la oreja! ¡Voy de farlopa hasta las cartolas, a ver si me vas a meter algo que sea incompatible!». Yo emparanoiado perdido, histérico. El tío se descojonó. Me metieron el agua para destaponar, salió el tapón y de repente empecé a escuchar… joder… de la hostia [risas]. Estábamos a media de hora de salir para el tercer día de grabación en directo. Llegué justo. Mira, ahora escucho las canciones del directo y sé cuáles son las grabadas en Barcelona por la hostia que llevamos, por la velocidad. Esa histeria está en el disco. Ojalá hubiese sido más consciente de haber disfrutado más la música, que es lo que hago ahora. Y hay una gran diferencia. Me alegro de haber vivido lo que he vivido, pero haber salido antes de ese mundo me hubiese permitido tener otro tipo de sensaciones, que es lo que me habría gustado.

Por instinto entró en la radiofórmula. Eso fue un hito.

Eso dijeron, pero no lo vivimos así. Solo nos pareció algo peculiar. Para nosotros fue todo lo contrario: ¡más farlopa! Solo eres consciente porque de repente sigue subiendo el nivel, empiezas a llenar pabellones, haces unas giras que son la hostia, te llaman para ir a programas de televisión sin sentido, como uno que hicimos en Ibiza, que estuvimos tres días de viaje, hicimos un playback, estaba el hijo de Bob Marley, grupos ingleses, no sabíamos qué coño hacíamos allí, debió de costar un pastón todo aquello… Eran situaciones muy ridículas, que no te quedaba otra que tomarte como unas vacaciones.

«Blanco y negro» fue vuestra canción más conocida.

Habla de lo que había vivido en el casco viejo de Pamplona, de sus calles en los ochenta. El riff salió de la línea de bajo. Esto era muy habitual en Barricada, y me jode que parezca que pasé como una sombra por el grupo, porque aparte de haber hecho las letras, la gran mayoría de las canciones surgieron de empezar una melodía con mi bajo.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 6

En el siguiente disco, de la canción «Oveja negra» mucha gente pensó que era una canción racista.

Evaristo, de La Polla, escribe así, en primera persona. Para mí fue la primera canción que hice con esa técnica y dijeron que era racista, si lo hubiese hecho Evaristo a nadie se le hubiera pasado por la cabeza. Para grabar el vídeo el equipo se fue a Tarifa a rodar la llegada de una patera, y como los extras realmente eran gente que había llegado en patera en algún momento, cuando la guardia civil vio todo aquello actuó [risas]. También Polygram nos hizo quitar del vídeo imágenes de Felipe González, Aznar y Pedro Piqueras y así se hizo. En fin.

¿El grupo digirió mal el éxito?

Empezamos a vivir momentos como era tocar en una sala, pabellón o plaza de toros, y estar la furgoneta en marcha para, en cuanto acabáramos, salir de ahí. Nunca habíamos funcionado así. Yo no me encontraba cómodo con esa actitud. Y a mí las «lentejuelas» me gustan. Yo me pongo la luz para afeitarme y me pongo a cantar automáticamente, pero eso de sentirse el rey del mambo siendo republicano no puede ser. No tiene razón de ser. Viví muchas situaciones que no iban conmigo. Ese ambiente de Madrid, por ejemplo, eso de: venga, a cerrar el bar y poner unas rayas de la hostia, kilométricas, yo no…. joder, soy el Drogas, pero por otra cosa. Estoy por la legalización, no por eso. No me encontraba cómodo conmigo mismo.

¿Por eso montaste Txarrena como proyecto propio?

Me apetecía salir de esa estructura que teníamos como grupo. Siempre las mismas cuatro personas. Conocía a más gente, tenía gustos musicales personales, concretos. La pena es que no calculé bien lo de Txarrena y solo tocamos ocho veces, muy poco, porque no habíamos parado Barricada. Fue una putada.

El LP La araña tuvo muchísima promoción, pero Barricada inició ahí la cuesta abajo.

Veníamos de Por instinto y Balas blancas, que son discos de platino. Pasamos de ciento veinte copias a vender setenta mil, que sigue siendo muchísimo.

Pero llevabais otra ropa muy distinta, ahí dijimos todos: aquí se han acabado los ochenta ya en serio.

El pelo seguía siendo largo. Y me aburría de un disco a otro si la cosa se repetía. Balas blancas es una repetición de Por instinto musicalmente hablando. Seguimos teniendo una gran carga política y social. «La araña» era contra la patada en la puerta de Corcuera. «El pan de los ángeles» es sobre los meninos da rúa, sobre los comandos de comerciantes que salían a matarlos por la noche. Pero ya eran otros tiempos, el grunge había entrado a saco y tratamos de entender esa nueva corriente a nuestra manera. Yo pensaba que no iba a descubrir ya ningún grupo nuevo y de repente aparecieron Rage Against the Machine y tomé nota. Y aunque La araña es el disco que marca el declive de Barricada, es el tercero más vendido. Se grabó en Inglaterra en el estudio de Phil Manzanera, el de Roxy Music, y, joder, qué hambre pasamos. Nos encontramos con un gitano, Queco, que luego fue el autor del «Aserejé» y nos alegramos mutuamente la vida. Él porque por fin pudo hablar en su idioma y nosotros porque su mujer, una mocetica de unos dieciséis o diecisiete años, hacía tortillas de patatas. ¡Por fin algo que se podía comer!

Allí también la tuvisteis con la policía.

Una tarde de domingo nos dijimos: ¡Vamos a quemar Londres! Y nos fuimos donde grabó Motörhead, al Hammersmith. Llegamos y en la sala éramos nosotros, nuestro chófer y un montón de japoneses echándole fotos a todo. Tocaba un grupo de puta madre, eso sí, pero a las siete y media echaron una reja en la barra y a tomar por culo, aquello se había acabado, ya no se podía beber. ¡Pues a buscar costo! Conseguimos por ahí, yo tenía una piedra, Alfredo otra. Nos fuimos al coche y en esto que llega la policía. Eran cuatro, dos delante y dos detrás. Nos pillaron la china y nos llevaron a comisaría. Nos hicieron bajar unas escaleras, nos pusieron en pelotas y a hacer flexiones para ver si teníamos más costo. Me hablaban en inglés y yo contestaba: «I’m The Drugs, Slash, Guns N’Roses, The Clash». A ver si me entendían [risas]. Me dijeron que si me volvían a detener no podría volver a Gran Bretaña, cosa que de alguna manera me daba igual, porque tampoco es que me entusiasme. Cuando volvimos a nuestro coche miramos por el suelo y encontramos la china que habían tirado. Así que al menos pudimos celebrar algo.

En las Ventas, en el Monstruos del Rock, tocáis La araña entera del tirón y el público se queda frío.

Siempre estábamos los mismos grupos en todos los festivales. Yo estaba hasta los cojones. A los demás no les iba a cambiar el repertorio, pero al menos hice que nosotros tiráramos por La araña y… fue nuestra crucifixión. No nos volvieron a llamar, pero me alegro. Siguen llamando a los mismos para que hagan lo mismo. ¡Que han pasado años, tú!

Cómo vives la etapa, digamos, de aterrizaje, de Insolencia y Salud y rocanrol hasta La venganza de la abuela.

Fueron diferentes tipos de bajones. Insolencia lo viví muy bien, por ejemplo. Grabamos todos a la vez, otra vez con Dennis Herman, en Las Landas, que encima hubo un huracán, se cayeron árboles, se cortó la carretera, pero fue una forma muy bonita de trabajar. Es el disco menos vendido, una hostia comercial del copón, pero a mí me gustó, fue muy bonito. Salud y rocanrol, otro directo, creo que es un disco que sobra, pero teníamos que terminar el contrato con Polygram y un disco en estudio cuesta la hostia y para mí era un curro del copón. Yo no podía tampoco ponerme a hacer un rollo de relleno, así que llegamos a este acuerdo.

En tu siguiente proyecto en solitario, La Venganza de la Abuela, te metiste de lleno en las nuevas tendencias de entonces, Marilyn Manson, etc.

Estuve siete años preparándolo. Como aprendí de Txarrena, paré Barricada para dedicarme exclusivamente a esto, pero mientras que Txarrena vendió cuarenta mil copias y pico, este no lo compró ni mi familia. Incluso mi pareja me preguntaba qué hostias había grabado, si es que estaba majara. Íbamos a los pueblos a tocar y había más gente en la prueba de sonido que en el bolo, pero sigo pensando que fue una experiencia bonita.

Creo que es muy difícil que un grupo tenga más de tres discos seguidos buenos, pero Barricada tiene ocho. Hablar de declive después de La araña igual es un tanto relativo…

Nos sobraron trabajos, como el disco en directo, como la banda sonora de la película Suerte, el recopilatorio de singles, el del veinticinco aniversario y, personalmente, creo que desde La tierra está sorda hasta que ellos dejan el grupo sobra todo también. Sin todo eso sería más comprensible cada paso que se ha dado y el porqué. Es más fácil seguir a Los Suaves, Rosendo, a Fito, a Extremoduro que a Barricada. Con Acción directa comenzó otra época para el grupo, pero más en el plano comercial que personal. Las relaciones entre nosotros estaban muy tocadas por todo el rollo de la perica. Unos pensábamos que había que ir frenando y otros no… A mí me empezó a cansar tener que estar empujando. No le iba a pedir a nadie que escribiera las letras de las canciones, pero ¡aporta algo con la batería o con la guitarra! Luego enlazábamos un trabajo con otro y yo también quería disfrutar de mi familia, como todos. Llegó el Bésame, que nos lo curramos entre Alfredo y yo, y ahí dije se acabó. Vi que los discos sonaban bien pero habíamos perdido el poder de sorpresa, que para mí es fundamental. En la gira de Bésame les dije que lo iba a dejar. Fernando, el batera, no aportaba absolutamente nada más que mal rollo cuando íbamos a tocar. Boni llevaba sin hacer una canción desde Por instinto. Estaba agotado y las relaciones eran catastróficas, pero me convencieron para seguir. Entró Ibi, nuevo batería, y desde el primer día le pusimos al 25%. Tanto Alfredo como Fernando no estaban en el primer disco y también les puse al 25% a cada uno en todo. Esa fue una decisión mía. Pero en cuanto nos metimos a grabar vi que Ibi no había entrado en Barricada, sino en la banda de Alfredo. «Este no ha entendido nada», me dije.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 7

Pero llegáis a la La tierra está sorda, el disco conceptual sobre la Guerra Civil. Un curro de documentación enorme, el libreto tenía ciento ochenta páginas.

Me leí La voz dormida de Dulce Chacón y me di cuenta de que no tenía ni idea de la Guerra Civil. Yo creía que los de los ochenta éramos la rehostia, que habíamos cambiado el sistema político, y lo que hicimos fue bailar sobre la tumba de los nuestros. Me pasé entonces cuatro años rulando por el país investigando el tema, escuchando a la gente y leyendo libros. Y me fui con mi socia, no me acompañó nadie del grupo. Para que luego digan que me han hecho un favor dejando que esto salga con Barricada. El trabajo me lo eché yo a la espalda y salió por pelotas, porque de hecho es que fue así como habíamos sacado los anteriores discos. Pero ellos se lo perdieron. Fue muy enriquecedor y hubiese estado bien que se hubiesen enriquecido todos, tanto por la aportación musical como por la temática. Me he leído unos cuatrocientos libros sobre la represión en España. Es ya una obsesión. Y por eso fue la primera vez que les dije, ya cansado, que en ese disco no íbamos a repartir todo en autores al mismo porcentaje como hasta el momento. Aunque, ojo, solo cambié el porcentaje, les seguí poniendo de autores y había canciones escritas y compuestas íntegramente por mí. Podría haber sido una hostia comercial, pero resulta que sí que dio. Volvimos a un lugar en el que hacía tiempo que no estábamos.

En la gira decidí que el disco se tocase íntegro, yo no hago canciones de relleno, todo tiene un sentido. También me puse en contacto con gente de la CGT de enseñanza en Aragón y buscamos cómo entrar a los institutos a tocar. Un maestro me dijo que era muy interesante para los de bachiller, que estaban dando la Guerra Civil. Hasta ese momento no sé cuántos grupos habrán entrado en un instituto a tocar. Para mí fue un logro; un logro precioso, entrar en el instituto un día de diario por la mañana, tocar, explicar cada canción, que los alumnos preguntasen.

En el libreto me esforcé para que no estuviera distorsionado por mi punto de vista. Soy anticlerical, antimonárquico, pero lo que quise plasmar fue el hecho histórico. En un principio, con que se hubiese interesado una sola persona por la guerra, me habría dado por satisfecho, pero es que fueron más de uno. Todo esto me ha servido para ahora girar con la gente con la que estoy por salas de cultura y teatros y tengo pensado hacer una toma de lugares relacionados con la memoria, como los Pozos de Caudé, el campo de concentración de Castuera, el monumento de Santacruz de Moia en Cuenca a los guerrilleros. Ir con un generador y una furgoneta a tomar esos lugares y hacer un acto de apoyo, porque son monumentos levantados gracias al tiempo y a la constancia de mucha gente que está en las asociaciones de memoria histórica.

Y en los camerinos, Aquarius.

[risas], hace casi diez años que dejé el alcohol y todo tipo de sustancias. Ahora disfruto mucho más todo lo que hago. Y ahora precisamente es cuando soy menos políticamente correcto. Me llevo muy mal con los periodistas en general. Yo no voy a pagar trescientos euros por poner una faja en una revista, ni voy a poner un banner en tu puta web ni pollas. Si quieres hablar del Drogas, habla. Si no hablas de mi disco, tú eres el que está eclipsando al público. A mí… qué cojones, yo ya sé quién soy.

Rescataste Txarrena y te expulsaron de Barricada.

Decidí parar Barricada después de La tierra está sorda porque fue un trabajo denso de cojones. Me junté con Brigi Duque, de Koma, y unos amigos a hacer algo más liviano. Al repertorio que hicimos lo llamamos Azulejo frío y le pusimos el nombre de Txarrena, porque no lo había disfrutado en su momento. Grabamos, echamos a andar un año y tan a gusto. De Barricada no tenía ni idea de qué pasaba. Andaban toreando y de repente me enteré de que habían pillado bajista. Aquello fue el no va más. Decían que yo quería seguir con Txarrena. Realmente, si hubiese querido dejar Barricada me habría llamado el Drogas desde el primer momento. Ahí hubo un momento muy jodido en el que empecé a recibir hostias por todos los lados. La gente empezó a decir que me he ido de Barricada, ¡que me he portado mal con el grupo! Todo muy cultivado por el Boni y por Alfredo. Pero ahí se quedó la historia, porque justo en esas fechas es cuando diagnosticaron alzhéimer a mi madre y ya pasé a vivir las veinticuatro horas con eso.

Con Barricada quería hacer parones largos, como los de cuatro años que hacen Extremoduro o Marea, pero al expulsarme cogí y, con la misma gente con la que estaba en Txarrena, pasé a llamarme El Drogas y saqué ese disco, Demasiado tonto en la corteza, dedicado tanto a lo vivido con mi madre por la enfermedad, lo de Barricada y la historia política. Sacamos el disco un 28 de diciembre e hicimos la presentación por las calles de Pamplona en tres sitios diferentes sin pedir permiso ni hostias. Lo gracioso es que estos bolos improvisados me coincidieron con la despedida de Barricada, que iban a tocar aquí. Hasta los cojones acabé. Saco un disco con un curro del copón y toda la prensa preguntándome si iba a ir al concierto. Pero ¿para qué iba a ir a tocar a la despedida si me habían dado la puta patada? Así que contesté que sí, que un día estaría en las puertas pares y otro en las impares. Y nada, el periodista lo puso en primera página del periódico de aquí. Se montó la de dios. ¡El Drogas! ¡Qué hijo de puta! [risas]. ¡Vamos a tener que apedrearlo! Luego ya venía explicado en la noticia que era una broma y claramente no iría, pero al redactor le dio por meterlo y fue un gol por toda la escuadra. Eso sí, a partir de ahí me empecé a llevar mal con todo dios.

Ahora te estás marcando conciertos de tres horas.

Solo hay dos artistas que hagan conciertos tan largos: Bruce Springsteen y Raphael. Son cuarenta canciones, pero antes nos telonea un grupo de música melódica cristiana, Ángel Casto y los Honestos, que somos nosotros disfrazados como los de «Amo a Laura». En la batería llevamos el smiley que dice: «Sonríe, Dios te ama». Lo gracioso es que me invento chorradas, como que el Drogas obliga a Ángel Casto a pagarle por actuar y la gente, con el rollo del Facebook y tal, se lo cree [risas]. Me acusan por ahí de pesetero por lo que le he hecho a Ángel Casto [risas].

También has escrito un libro de poesía , Tres puntadas [Desacorde Ed.].

Fue por Nine Inch Nails. Después de escuchar eso vi que lo único que podía hacer era leer poesía y dejarme de música.

Dices en una que la lluvia es tu patria.

Sí, porque llueve donde quiere y cuando quiere. Las gotas no tienen banderas. Quiero que mi patria sea tu piel y tu sombra, mi bandera. La lluvia y el gitano es lo mismo. El apátrida. Soy parte de donde piso y tú eres parte de donde pisas…

Luego hay otra sobre la eutanasia.

Creo que es tan importante vivir con calidad de vida como morir con calidad de muerte. Si la vida es un aprendizaje desde que naces hasta que mueres, por favor, que lo último no sea la nota que te pone el maestro, porque ahí suspendemos todos. Es decir, quiero ser yo quien decida el cuándo y el cómo. Y sobre todo le tengo mucho miedo al dolor. He visto morir a mi padre de cáncer y son dos años muy jodidos. Tengo a mi madre con alzhéimer y lleva un degenere del copón. Es una enfermedad muy cruel.

Y ahora has sacado uno de poesías para niños, Las zapatillas de volar [Desacorde Ed.].

Era un reto más. Lo de los críos siempre me ha llamado la atención, sobre todo quería que fuese una historia ilustrada. Fueron un conjunto de cosas que se dieron en mi cabeza y lo tenía que sacar adelante. Lo he hecho en formato de haikus porque me gusta la escritura breve. Bueno, yo lo llamo así pero no son exactamente haikus. Mi intención es que vaya dirigido al niño que todos llevamos dentro. No tanto el público infantil entendido como edad, sino el espíritu.

Me ha llamado la atención el verso «rápido mosquito como un navajazo». Aunque sea un libro para niños, ¡tiene que haber un navajazo!

Joder, cuando les pique un mosquito lo van a saber. Sobre todo cuando se rasquen el picotazo, que es la sensación del navajazo. Los críos entienden todo eso. Yo de hecho he llevado más veces navaja cuando era crío que luego, para coger una rama y pulirla para hacer un tirachinas, cosas de esas. De niños todos llevábamos navaja para hacer nuestras cosillas y a nadie se le ocurría ni por lo más remoto pinchar a otro con ella.

Enrique Villarreal «el Drogas» para Jot Down 8

Fotografía: Humberto Bilbao


Jaime Urrutia: “Me gustó mantener el tipo hasta que llegó la decadencia”

Jaime Urrutia (Madrid, 1958) es una indeleble figura del Rock nacional que siempre ha estado ahí cuando ha tocado defender el oficio a capa y espada. El oficio de músico, este tan depreciado por la opinión general. El que fuera cantante de Gabinete Caligari es elegante con sus palabras y contundente con lo que piensa. Sabe lo que se hace el bueno de Jaime…

Tanto en lo político como en lo musical, ¿nos iría mejor si rompiéramos los espejos retrovisores para empezar a usar mejor la memoria?

Yo procuro utilizarlo, desde luego. Tengo retrovisor. Mi esencia está atrás, desde luego, y eso está muy claro. Soy más de mirar hacia atrás que hacia el futuro porque el futuro es ahora mismo. Incluso estoy empezando a componer de nuevo…

Bueno, de ahí podría venir la pregunta siguiente: ¿hay mucho que contar o hay más que callar?

[Risas] Sí, pero te diría que las dos cosas.

Dices que estás componiendo. ¿Para ti o para alguien?

Para mí, claro. Nunca compongo para otra gente, a no ser que alguien importante me encargue una canción. También me pasa que no puedo cantar canciones que me hayan compuesto para mí. Me cuesta muchísimo. Ahora mismo estoy componiendo para un disco nuevo porque es lo mío. Sé que están las cosas muy chungas, pero hay que seguir. Sigo con la misma compañía y se supone que saldría para el año que viene, al menos es lo que me gustaría. Estando en verano cojo la guitarra y pruebo cosas. Han salido un par de ideas que me gustan para grabarlas en este otoño o invierno. Ya te digo, hay que seguir… A pesar de que a nivel de galas está fatal la cosa y no hay trabajo para nadie. La historia es seguir haciendo tu música.

¿Qué tal ha ido la gira acústica que has hecho hace poco?

Ha estado muy bien, de puta madre. La hemos cortado ahora porque es más para teatros en invierno, sitios cerraditos… Se han hecho 15 actuaciones, más o menos, y lo retomaremos en Octubre por esto que te he contado.

Estando, incluso, en Uruguay, ¿verdad?

Sí, en Montevideo. Una cosa muy puntual porque Esteban, mi teclista, es uruguayo y conocía todo el rollo de allí. Vinieron 100 personas, algo que no está mal, porque allí no hay discos míos publicados ni de Gabinete Caligari. Pero por la dictadura que vivieron desde el 74 al 85 muchos uruguayos vinieron a España, así que sus hijos —cuando volvieron allí después de la dictadura— llevaron muchos discos del Pop español. Era curioso ver cómo en Uruguay conocían a Alaska, a Radio Futura, a Loquillo… ¡es alucinante! En mi caso, fue bonito lo que vivimos durante el mes de Marzo, que fue cuando estuvimos allí. Es una fórmula que ha hecho mucha otra gente también. Yo, artísticamente, he aprendido mucho porque no es lo mismo cantar con una banda de bajo y batería que en acústico. Yo nunca había salido así, que en este caso fue con un teclista, otro guitarra acústico y yo con la guitarra eléctrica haciendo de rítmica. La experiencia como artista es cojonuda. Es otro timing, en un teatro con todo su silencio… Esto no era tocar en sitios con bullicio y gente de pie. Se aprende, la verdad. Artísticamente me ha gustado mucho.

Tocar en acústico es como desfilar en ropa interior, si la modelo tiene celulitis se le ve.

Está bien dicho, así es. Digamos que, si tienes carencias, no puedes disimular. Ya me pasó un día que no estaba bien de voz. Es que es como estar en pelotas, así que tienes que cantar bien y llevar el timing correctamente. Pero no hay mal que por bien no venga. Con la crisis tienes que encontrar otros caminos que te hacen mostrarte de otra forma —artísticamente hablando— en este caso. Como ya te digo, lo pensamos retomar para después del verano. Aparte de que estoy preparando disco nuevo.

¿Y qué ha sido del documental?

El documental… bueno, está por salir. El director, Carlos Duarte, está en Argentina. Pero lo tiene medio acabado. Se supone que por medio está una distribuidora de Barcelona que está interesada. Este hombre se fue en Enero y el documental iba a estar terminado para Marzo o Abril, pero mira la fecha en la que estamos… Aunque yo soy paciente, me da igual.

No hay prisa, ¿no?

Bueno, me hubiera gustado que hubiera salido. Pero de todas formas, se ha presentado en el Festival InEdit de Barcelona. Se pasó una copia que era un pre-montaje de 2 horas y pico, pero no estaba bien. Era largo, muy aburrido… También lo ha presentado en el Festival de Málaga, pero… es un coñazo. Había buena voluntad, se metió poco dinero porque era de manera independiente… y si las cosas van bien, pues ya saldrá. ¿Qué quieres qué te diga? Estoy un poco harto de la historia porque se empezó a rodar hace 2 años y medio, casi 3 años. Si sale, bien, y si no sale, pues ya me mosquearé con él porque ha jugado con mi trabajo y con el de otra gente también. Espero que salga de manera oficial.

¿Pero será editado de manera comercial?

Sí. Se de eso se encargará Cameo, una distribuidora de Barcelona que está muy interesada. En principio se encargarán ellos de hacer una tirada en DVD no muy grande, supongo. Se hará una presentación oficial en Madrid y todo eso. La semana pasada me pasaron tres pruebas diferentes de la portada para anunciarlo, así que eso quiere decir que, aunque lentamente, hay movimiento. Saldrá algún día. Soy un poco escéptico, pero quiero que salga.

Sinceramente, ¿te has sentido infravalorado?

[Silencio] Hay veces en las que pienso que sí, otras en las que no. Pienso que a lo mejor no he sido lo suficientemente inteligente.

¿Por?

Pues porque en esta vida hay dos facetas: puedes tener la puramente artística y también la de saber venderte, y yo no pongo mucho interés en saber venderme. Por otro lado, pienso que sí, que podría estar más arriba de lo que estoy, pero no soy de esos tipos que están todo el rato cabreados y maldiciendo. Cuando pienso eso cojo la guitarra y hago canciones. También pienso que no soy solo yo, sino que hay otros artistas españoles que están injustamente en la reserva.

Si la radio comercial ni os menta y tampoco lo hace Radio 3, estáis en tierra de nadie.

Sí. Sacamos un disco y es muy difícil promocionarlo. Me pasó con Lo que no está escrito, mi último disco. La compañía me dijo que nadie lo quería porque no se puede radiar.

¡¿No se podía radiar?!

No se podía radiar. Igual en Radio 3 sí que hay programas… pero hice una promoción muy grande. Que, por cierto, también es dura. Pero es que es raro lo que sucede con la radio comercial, la cual odio. Yo estuve ahí con Gabinete Caligari. ¿Nos vendimos al mejor postor? Sí, pero nos vendimos. Era número uno de los 40 Principales, te escucha toda España y eso luego se refleja en una fama y en un trabajo acojonante. También es cierto que hay que tener una editorial, pero es difícil sacar un disco. Si haces entrevistas te das cuenta de que hay medios que no tienen un reflejo muy grande de que la gente haya escuchado tu canción como para comprarla. Grabas un vídeo y a lo mejor te lo ponen un par de veces. Pero respondiendo a tu pregunta; creo que la gente ya me valoró en su tiempo. No voy a estar dándome cabezazos contra la pared todo el rato pensando en eso. Hay que trabajar y luchar por lo que haces.

¿Fue con Cuatro Rosas cuando os disteis cuenta de que ya erais profesionales? Recuerdo que vuestro mánager os dijo que había más de 30 conciertos, pero no controlabais nada lo que era un monitor, por ejemplo.

Sí, es cierto [risas]. Pero los Gabinete no fuimos los únicos a los que nos pilló el toro en ese sentido, también le sucedió a otros muchos grupos de la época y a los técnicos, tanto de sonido como de luces. Cuando nos dimos cuenta de que había por delante cerca de 50 bolos o actuaciones, no teníamos ni idea de lo que era un escenario. La época del 83 al 86 era un poco precaria, pero ya entre el 87 y el 88 se montaron empresas y aprendimos lo que era un escenario. Recuerdo ir a ver a Alaska o a Loquillo y sonaban como el culo, nosotros incluidos. Por lo general, sonábamos bastante mal. Ahora estoy repasando la biografía de Keith Richards. Cuenta cuando los Rolling Stones fueron a Estados Unidos y que les pasaba también lo mismo. Apenas se oía cuando tocaban, un poco parecido a lo que te contaba sobre nosotros.

¿Se os podría llamar pioneros?

Sí… Hombre, a nivel profesional —en este país— creo que ya se han hecho las cosas de manera más profesional dentro de los 90 y a finales de los 80: técnicos de sonido, de luces, pipas… gente que se profesionalizó totalmente. Pero había una carencia general de todo aquello. También me acuerdo ver a Burning en los 70 en colegios mayores, y a veces sonaban bien y otras sonaban como el puto culo [risas]. Estaba todo en pañales en España a nivel de Rock.

Y mira que el rock en España no era nuevo en los 80, en los 60 estaban Smash, Triana…

¡Claro! Estaba toda esa gente antes. El otro día puse en la radio El garrotín de Smash. Es una canción buenísima que triunfó. Además, la gente no lo conocía. Pero volviendo al tema, hablamos de un rock progresivo de comienzos de los 70 y últimos de los 60.

También recuerdo a Asfalto, por ejemplo. Entre el rock progresivo y el rock urbano.

Sí, pero eso ya sería en el 75. Todavía faltaba para que el circo estuviera bien montado. Ya te digo, como artista y como espectador, ni sonábamos bien ni se escucha bien. Tengo que decirlo.

Se ha ido el circo pero se han quedado los payasos.

[Risas] Está bien dicho.

Digo esto porque hay demasiados festivales con los mismos grupos. Respeto a bandas como Love of Lesbian, pero ahí primará la demanda del público. Tú, por ejemplo, no has ido a festivales…

Y eso que no son algo nuevo los festivales. Llevan diez años y poco más, pero siempre van los mismos grupos. Bueno, es algo que pasa con la época. En la nuestra no había festivales, te metían a Radio Futura y a Gabinete Caligari ante 30.000 personas… ¡y gratis! Ese es el problema que tuvimos muchos grupos de los 80, la gente se acostumbró a no pagar por nosotros. En aquel tiempo no nos dábamos cuenta, estaba todo bien, pero después vino la parada y… bueno, de hecho lo fuimos pagando poco a poco. Ahora en España la gente no está acostumbrada a pagar tantos euros por un concierto.

Curiosamente, antes los grupos empezaban sin más pretensiones. Ahora empiezan queriendo ser estrellas.

Eso es totalmente cierto. Digamos que empezamos como una broma, aunque no sería esa la palabra correcta. Yo estaba convencido de que no íbamos a durar ni dos años, pero estábamos en el escenario divirtiéndonos. Aunque duramos más, claro. Es lo que te decía antes, no estábamos preparados para tocar en escenarios tan preparados. Joder, ¡es que hemos tocado delante de 30.000 personas!

Parece que erais totalmente inconscientes.

Sí, pero porque todo se veía de un modo que parecía cojonudo. Además había mucho talento en las canciones de Radio Futura, Gabinete o Carlos Berlanga, por ejemplo. La gente estaba de nuestro lado, pero cuando venían a los conciertos veían que aquello no era lo mismo que en el disco [risas]. Pero sí, estaban totalmente integrados en esa movida, La Movida, o llámalo como quieras.

También había un movimiento social que ayudaba. Además de que no buscaban vivir de ello.

Han cambiado los tiempos. Vuelvo al libro de Keith Richards: los Stones se formaron porque eran unos fanáticos del Rythm & Blues americano, querían ser negros, pero querían defender el Rythm & Blues en una zona como Inglaterra. En su puta vida se iban a imaginar hasta dónde iban a llegar. El libro te cuenta todo desde el principio, como grupo pop de cierto éxito hasta lo que son ahora. Los metían con grupos asentados como The Ronettes y gente así, más comercial. Entonces, Richards cuenta cómo ellos buscaban ser auténticos pero siendo conocidos. Es algo que nos pasó parecido a los Gabinete. Buscábamos la autenticidad, pero claro, si querías seguir tenías que meterte en el puto negocio y entrar en lo hortera, en lo vendible.

Eso creó conflictos entre vosotros, ¿verdad?

Sí. Recuerdo que tuvimos alguna que otra pelea. Bueno, no eran peleas, pero sí que Edi [Clavo] y Ferni [Presas] se mosquearon porque La culpa fue del cha-cha-cha les parecía muy hortera. Yo vi que el camino estaba ahí. En ese disco había canciones muy buenas también. Pero esa es la diatriba. Ahora los grupos han quedado de auténticos y queriendo vender la autenticidad, pero eso no se puede vender.

Porque es postureo.

Es postureo, exacto. Es una postura todo el rato, justo lo que sucede actualmente. Ahora los grupos tienen muchas infraestructuras para salir y darse a conocer, como Internet. Nacen ya sabiendo lo que quieren ser y pretendiendo, por supuesto, vivir de eso. Te hablo en general porque habrá excepciones de gente más loca. Pero sí, todo tiene menos gracia al estar más estandarizado.

Hablando de La culpa fue del cha-cha-cha, y más bien de Privado, diré que es un disco imprescindible. De hecho, tiene muchas grandes canciones, como la que da título al disco. ¡No aparece ni en los recopilatorios!

¡Ahí está! Es lo que te estaba comentando justamente. Privado fue una canción que pasó totalmente desapercibida a nivel comercial. Nadie, salvo tú, me había dicho nada sobre esa canción. Eres la primera persona. Pero convivíamos con ello. Tampoco fui tonto. Yo tengo facilidad para componer melodías más facilonas [valga la redundancia], así que lo bonito era combinar un poco las dos cosas. Me acuerdo que al llegar de la gira de Privado había que ponerse a hacer otro disco, que fue Cien mil vueltas, y Edi dijo que pasaba de hacer horteradas porque a él le gustaban Led Zeppelin.

Andaban con el Grunge también, ¿no?

Sí, también. Se dejaron el pelo largo, las barbas… empezó eso que te estaba diciendo de la autenticidad mirando a lo que ya había antes. Creo que teníamos nuestro estilo y que ahí seguiríamos. No me arrepiento de nada, creo que hicimos lo que teníamos que hacer. Tenemos muchas cosas de calidad y La culpa fue del cha-cha-cha fue muy vendible y muy radiable, así que creo que eso tiene su mérito también. No suena mal para nada. Me gustó mantener el tipo hasta que llegó la decadencia.

Si no me equivoco, muchas de las canciones de Patente de Corso, tu primer disco en solitario, vienen de los últimos coletazos de Gabinete Caligari.

No estás equivocado. Había canciones como Castillos en el aire que incluso enseñé antes, pero ellos ya iban por la historia grunge y ya no les gustaba tanto. Me gusta Nirvana, pero no es mi forma de hacer música, digamos.

¿No se grabó nada con ese estilo por el que querían tirar Edi y Ferni?

Sí. Hay una canción que se llama Viva yo en un disco que se llamaba Gabinetissimo que ahora está ya descatalogado. Pero eso es ya del 94 y del 95. Había como cuatro o cinco cosas que iban por ahí.

¡Qué título!

¡Viva yo! [Risas]. Era una canción con una guitarra muy distorsionada. Estaba bien hacerlo así, pero tampoco era mi estilo.

Jaime, ¿cuánto tiempo ha pasado artísticamente desde Camino Soria hasta Privado?

Pues muy poco. Además, Camino Soria cumplió 25 años hace poco.

¿Y cuánto ha pasado mentalmente?

Te cuento; Camino Soria fue el primer disco que sacamos con EMI. Tuvo tanto éxito, que después de una gira superlarga la compañía nos decía que había que sacar el siguiente cuanto antes. Entonces, Camino Soria y Privado son los dos discos que más seguido he grabado en mi vida. Me requirió mucho esfuerzo. Además, la gira de Camino Soria nos duró un año con 120 galas, una burrada.

Se presentó en la sala El Sol, ¿verdad?

No tocamos ahí, pero se hizo una presentación a los medios.

¿Y Privado?

Privado sale en Octubre del 89, se llevan dos años o año y medio. Déjame pensar… sí, dos años, con una gira de año y medio entre medias. Los dos discos más continuos que he grabado. Recuerdo que los de la compañía nos presionaban para aprovechar el tirón de Camino Soria, y claro, venías de tocar cansado y tenías que ir al local. Era todo bastante alocado.

Prolíficos, vaya.

Bueno, tampoco es picar piedras. Pero digamos que es la época de mi vida como compositor en la que más presión he tenido. De todas formas, hay cosas buenas en Privado. También es verdad que los dos discos están producidos por Jesús Gómez. Camino Soria tiene un sonido muy característico, pero en Privado quisimos hacerlo más guitarrero. También tuvimos problemas con él… de hecho, hay dos canciones que se mezclamos nosotros porque nos negamos a que salieran como él las tenía. Es que el tipo tenía un concepto muy pop, entonces será por eso por lo que Camino Soria funciona tan bien.

Voy a hablarte ahora de algo de lo que te sientes orgulloso. Me refiero a ¿Dónde estás?, cantada por Loquillo, Bunbury, Calamaro junto a ti. En una ocasión me dijiste que fue lo mejor que hiciste en la vida.

Quizá me he pasado diciéndotelo. No sé, hay cosas como Golpes o Camino Soria que fueron muy importantes. ¿Dónde estás? me gustó. Lo sigo oyendo y me parece cojonudo. Después de Gabinete, quería demostrarme a mí mismo que en solitario podía funcionar perfectamente. No por reivindicar nada, simplemente porque las cosas se acaban. Esto era como un reto a mí mismo. Yo tenía mis gustos musicales ahí, tenía el tiempo, iba a hacer mi disco, controlaba todo… Y ya no te hablo únicamente de la canción ¿Dónde estás?, sino de todo el Patente de Corso entero. Me parece que fue un trabajo muy bien hecho y poquito a poco con mucho cariño donde Esteban Hirschfeld tiene mucho que ver.

¿Te resultó complicado vender el proyecto?

Fui enseñando las maquetas a varias compañías, pero pensaban que no tenía nada que hacer. Por eso te digo que fue un reto para mí. ¡Joder! Y fue largo de grabar. Tardamos siete meses porque hubo problemas con el técnico. Curiosamente se grabó con Jesús Gómez, el mismo de Camino Soria y Privado. Creo que en Patente de Corso hice un compendio de lo que es Jaime Urrutia. Un disco variado que tenía Rock and Roll, un poco de música medio brasileña, toques country como en ¿Qué hay de comer?… muy variado, como los discos de Gabinete a nivel estilístico. ¿Y ahí está el puto rollo de la madurez? Pues sí, está el puto rollo de la madurez. Después, juntarme con estos [Bunbury, Loquillo y Calamaro] para hacer concretamente la canción y el vídeo de ¿Dónde estás? fue el culmen. No me lo pongo todos los días, pero cuando lo veo o lo escucho… ¡joder!

También está el desaparecido Guille Martín a la guitarra.

¡Hombre! El viejo Guille… es que menuda banda. Y hace 10 años ya de eso.

¿Qué edad tenías cuando salió este primer disco en solitario?

43 años. Con el tiempo me he dado cuenta de que es posible que me pusiera el listón muy alto. Aunque sí, es difícil, pero ahí estaba todo muy claro. Patente de Corso está entre lo mejor que he hecho, así que no me puedo olvidar.

Es verdad que el Rock and Roll, normalmente, incita al movimiento, a la revolución… pero luego resulta ser algo muy sectario que no tolera grandes evoluciones.

Así es, amigo. En los 90 nos preguntaban si íbamos a cambiar el sonido, pero es que a mí me gusta el Rock and Roll de toda la vida. No me voy a poner ahora a cambiar de sonido y de estilo. Me vas a llamar pesado, pero vuelvo al libro de Keith Richards, pues contaba que, cuando ponía a Roy Orbison, pensaba que era lo mejor que podía haber. Un tío pequeñito que crecía cuando tocaba y se ponía sus gafas de sol. ¿Y Bob Dylan? ¿Qué es Bob Dylan? Tiene sus setenta y pico palos y seguirá haciendo sus putas canciones de Rock and Roll. Me parece muy bien que haya gente que explore sonidos y nuevos estilos, por supuesto que sí.

Pero al final uno puede sentirse esclavo de su pasado o también sentirse esclavizado por aquellos que no quieren que cambie.

La vida de una estrella del rock o del pop en el fondo es muy difícil. Lo digo por mí y por muchos otros. ¿Qué rockero se ha mantenido desde tanto tiempo? ¿Bruce Springsteen? Es una filosofía de vida, o vives así siempre, como creo que hago yo y varios colegas, o lo dejas o te vendes o haces pamplinas, como han hecho otros también. Sí, es un tópico, pero es una filosofía de vida. Ahora, que uno no pretenda estar ahí siendo número uno de las listas, porque no es así.

¿Siendo honesto?

Si no eres honesto, es imposible.

En el hipotético caso de que te vayan muy mal las cosas y no tuvieras dinero, ¿aceptarías ser jurado de un concurso musical de televisión? Sé que es una pregunta complicada…

Tendría que pasar por esa situación, la verdad. No me han ofrecido lo de Operación Triunfo, pero cosas parecidas sí que me las han ofrecido. Siempre he dicho que no. No creo que lo hiciera, sinceramente.

¿Está denostado ser un tipo artesanal e independiente [como concepto de trabajo]?

Mira, yo te puedo decir que el mundo de los toros funciona parecido. Torear es muy difícil, y los que aguantan lo hacen durante 4 o 5 años porque además del arte también está el miedo. Pero hay muchos toreros que tienen el don de bajar después de una buena temporada, siempre tienen eso de que alguna vez te sorprenden con su mejor faena tirando para los 50 o los 60 años. En ese sentido, lo que me pasa a mí, es que puedo dar lo máximo [modestia aparte]. Va a estar ahí porque lo sé. Tengo esa confianza en mí.

Eso está de puta madre. Hay que creérselo y hacerlo.

Claro. Además, no soy un tipo disciplinado que se ponga todos los días a trabajar en el local de ensayo. Creo que eso va en mi contra, soy como soy. El otro día cogí la guitarra y me salió algo muy bueno. ¡Joder, estaba inspirado! Lo grabé con el móvil y ahora le estoy dando la forma. Y eso es lo que quiero. No tiene más misterio. Una melodía muy bonita a medio tiempo con un ritmo de vals muy rockero. Yo sé la línea que quiero seguir porque sé que, en el fondo, para componer canciones tengo un don. No valdré para otras cosas en la vida, pero sí para hacer canciones. Por un lado es una seguridad que igual me perjudica porque me pueda confiar, pero es algo bonito que me pasa. Puede ser que me tire el moco y que luego no me salga nada [risas], pero sé que algo hay ahí que todavía está por aflorar.

Igual te sale a los 90 o a los 80 años…

Pues posiblemente, como a muchos músicos. También confío en el tópico de la madurez porque sé que hay algo en él. Cuando Gabinete se separaron y yo iba a sacar Patente de Corso lo sabía. Incluso amigos míos muy cercanos me decían que tenía muchas canciones por hacer. Pero es que tengo esa confianza, aunque no lo parezca o no se me note. Y por primera vez lo estoy contando en toda mi vida. Pero lo cuento porque lo siento de verdad.

Aunque tuviste amagos de dejarlo. Con Gabinete estuviste a nada de hacerlo.

Con Gabinete me pasó lo de que ellos querían ser auténticos y que La culpa fue del cha-cha-cha era una mierda. Ahí fue cuando me mosqueé porque me dejaba los huevos, además de que era el cantante y me ocupaba de las entrevistas. Un día me harté y dije que estaba hasta los cojones de la historia. Yo sabía el poder que tenía. Lo pensé una vez, pero luego recapacité para dejar que eso continuara hasta donde tuviera que continuar. Ya viste que desde La culpa fue del cha-cha-cha, que fue en el 91, hasta el 98, pasaron siete años. Vale, estábamos arrastrándonos, pero fueron 18 años juntos.

Si lo pensamos fríamente, The Beatles estuvieron nada más que nueve años juntos.

Es un ejemplo que pongo siempre. Fíjate lo que dieron The Beatles en nueve años….

Pero el tiempo no siempre es relativo al talento. Un grupo puede tener veinte años de carrera y ha editado nada más que cinco discos mientras que otro con diez ha sacado diez.

Totalmente cierto. El tiempo en la música es muy raro. El otro día, al salir de los toros, me pasó. Un tipo me vio y me reconoció por “el de Gabinete”. Me preguntó qué estaba haciendo porque —según él— no había hecho nada desde entonces. ¡Ese es el gran público! [risas] En el fondo puedes pensar que ese hombre no está muy enterado del mundillo musical, pero es verdad. La gente que compraba Camino Soria era ya una gran masa. Los primeros discos hasta Cuatro Rosas eran de un público más Pop-Rock que estaban al tanto de lo que pasaba en La Movida y en la música. Pero con Camino Soria e incluso con La culpa fue del cha-cha-cha, trascendió a otra gente mayoritaria. ¿Qué hago con el tipo? ¿Le cuento por qué no han radiado Lo que no está escrito [mi último disco]? ¿El motivo por el que ya no nos ponen en la radio? Al final, lo más fácil, fue darle la razón y despedirme con una palmadita.

Pero en el fondo uno tiene su orgullo, claro.

Efectivamente. Con Patente de Corso mantuvimos el tipo porque vendimos 50.000 discos. Todavía había algún programa de televisión en aquellos tiempos, pero es que es algo con lo que tenemos que convivir. Fuiste una rockstar, pero convive con ello toda tu puta vida. Hay que saber llevarlo.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina