José Antonio Guardiola: «La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista»

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En Portada es uno de los programas informativos de Televisión Española que más premios ha recibido. Su director, José Antonio Guardiola (Madrid, 1963) es de esos periodistas que siguen ilusionados por su trabajo a pesar del paso de los años. Su entusiasmo a veces parece fruto de la inocencia de un niño. En 2014 el programa cumplió treinta años con el episodio «El reportaje perfecto», donde Guardiola reunió a un grupo de periodistas para charlar sobre la profesión. Fue grabado en el parque del Retiro en Madrid y él hacía las preguntas. Ahora, un año después, volvemos con él al mismo lugar y le pedimos que sea él quien las responda.

El reportaje de En portada sobre la muerte del fiscal argentino Nisman ha tenido gran repercusión allí.

Lo que más me obsesiona en el periodismo de hoy es la narración. Me motiva mucho encontrar formas de narración diferentes en función de las historias y que, sin perder ni un ápice de rigor, juegues con elementos quizá más propios del cine o las series de TV. Por eso la historia de Nisman la vi como una especie de reportaje-thriller. Está magníficamente rodado con esa intención, planos sucios, descompuestos y muy contrastados para lograr una simbiosis entre las tramas periodísticas del caso Nisman y su forma de presentar en televisión. Eso es la bomba, me llena mucho. Y al final llegas a la conclusión de que tiene mucho más valor un buen reportaje de televisión que un buen capítulo de House of Cards. Porque rodar un buen thriller es «sencillo»… Tú montas las escenas, las ruedas cuando quieres y las veces que quieres y luego decides quién es el asesino, pero eso en periodismo no vale. Afortunadamente. Luego, parece sorprendente, pero al día siguiente de su emisión en España, el reportaje en sí y sus testimonios eran la noticia con la que abrían las portadas de internet de los principales medios argentinos: Clarín, La Nación, Perfil… Un reportaje convertido en noticia.

Hiciste la última entrevista que dio Mandela en su vida.

Me lo recuerdan a menudo, pero fue fruto de la casualidad. No le doy valor periodístico al hecho de que fuera su última entrevista. Solo le doy valor interiormente por lo que me costó conseguirla. Estuve muchísimo tiempo persiguiéndola. Tuve que recurrir a la Fundación Nelson Mandela, la Fundación Príncipe de Asturias, amigos sudafricanos que tenían influencia sobre él, a la embajada y hasta a su mujer. Y cuando le tuve enfrente no me sentí como que me encontraba ante un estadista, ni siquiera frente a un personaje de la historia; sentí que tenía ahí al que en ese momento era el padre de la humanidad. Sé que suena grandilocuente, pero fue así. Nadie se atrevía a cuestionar a Mandela ni se atreve. Pero nunca fui consciente de que fuese la última entrevista que se le iba a hacer. De saberlo lo habría planteado de manera diferente.

Luego es verdad que Mandela genera empatía de una manera que es hasta difícil de explicar; transmite tal descarga de humanidad, tanta credibilidad, que te impone. Las únicas preguntas que le hice con mordiente fueron sobre su responsabilidad en la epidemia de sida que sufría Sudáfrica. Su Gobierno podía haber sido más activo para poner controles que frenasen la expansión de la enfermedad, pero se dejaron llevar por conocimientos poco científicos. Se lo planteé y él me respondió con evasivas, pero era Mandela. ¿Qué vas a hacer? ¿Ponerte a repreguntar a un señor de ochenta y tantos años? Aunque reconozco que no fui lo incisivo que habría sido con cualquier otro personaje.

Tampoco creo que él, cuando concedió esa entrevista, pensase que fuera a ser la última. Me parece que lo que le pasó fue que se sintió incómodo por la edad que tenía. No me oía bien. Algunas preguntas se las tenía que repetir. Le costaba escuchar y entender. Tengo la impresión de que en gran medida decidió no hacer más entrevistas por eso, porque no era una situación agradable para él. Se la hicimos en el Ritz el día después de la boda de los entonces príncipes y ahora reyes de España. El embajador sudafricano me pidió que no grabáramos el paseo de Mandela desde su suite a la habitación donde le entrevistamos porque caminaba con mucha dificultad, tardó muchísimo en recorrer pocos metros. Encontrarte a un personaje de esa categoría mostrando signos de debilidad también me influyó a la hora de ser incisivo. Todos somos humanos… Aunque si me hubiera encontrado en esas circunstancias a Robert Mugabe, por ejemplo, seguramente habría sido menos respetuoso.

Admiro a Mandela enormemente, aunque creo que nos hemos extralimitado subrayando sus bondades. Su trayectoria fue más o menos paralela a la de Mugabe en Zimbabue, que podría haber sido como Mandela, porque llevó a su país a la liberación, pero al final gobernó Zimbabue de una manera tan torpe, tan autócrata, que no resiste ni la más mínima comparación. Quizá hemos santificado demasiado a Mandela, pero este mundo a veces requiere un liderazgo moral del que estamos tan carentes y él, sin ser perfecto, porque no lo era, lo simboliza muy bien. Lo que sí que creo que se ha tratado poco de su figura es el pozo de amargura que tenía por haber desatendido a su familia al entregarse tanto a la causa.

La pena es que cada vez es más difícil conseguir este tipo de entrevistas. Los Mandela, Arafat o Castro de hoy en día son cada vez más reacios a los medios de comunicación, al margen de que cada vez somos más medios los que pedimos entrevistas. Aunque nunca ha sido fácil conseguirlas. Con Mandela, si te citaba en un lugar a una hora, iba. Con otros como Yaser Arafat, por ejemplo, tenías que estar en una ciudad durante quince días, que ya te llamarían. Y a veces ni siquiera lo hacían. Por cierto, ¿sabes qué me llamó la atención de Arafat y de Mandela? Que ninguno de los dos tenía manos de un luchador. Eran manos suaves. Cuando me la estrechó Arafat me sorprendió, esperaba una mucho más callosa. Al menos Mandela transmitía una descarga de humanidad, aunque suene a realismo mágico. Arafat, en cambio, no.

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Cuando empezó el programa que diriges, En portada, se estrenó con una entrevista a Fidel Castro que recibió ciertas críticas.

La hizo Vicente Botín y creo que le pasó algo como a mí con Mandela, pero un tanto diferente. Siempre ocurre, cuando persigues con mucha insistencia una entrevista y por fin te la conceden da la sensación de que ya está todo hecho, cuando en realidad lo verdaderamente importante empieza cuando lanzas la primera pregunta. Fidel Castro es una persona arrolladora y Vicente Botín, que no es sospechoso de ser revolucionario cubano por los libros que ha escrito después, se dejó llevar por ese no sé si miedo escénico, pero sí por esa especie de intimidación que a los periodistas nos produce a veces estar ante personajes históricos. También hay que tener en cuenta que no pudo prepararla. Se metió en un cóctel y de repente le dijeron: venga, pasa por aquí y haz la entrevista. En esas circunstancias es inevitable que luego te arrepientas de no haber hecho una serie de preguntas, pero eso nos sucede a todos en la vida. Así que Fidel contó su versión de la revolución, cómo estaban los cambios y habló, habló y habló, eran sus años de discursos de cinco horas, y no se le cuestionó nada de lo que dijo.

En portada tiene enfoques muy variados en cada entrega. Puede entrevistar a un líder mundial como los que hemos comentado lo mismo que a cualquier ciudadano, como aquel joven kazajo con malformaciones por los experimentos nucleares de la URSS.

El joven kazajo se llama Berik. Fue una de esas historias que te hacen pensar que el periodismo sirve para cosas tangibles. A veces te planteas si servirá para que un dictador se lo piense dos veces antes de lanzar un ataque contra la etnia vecina, pero en otras sirve para hacerle la vida un poco más feliz a gente que lo ha pasado mal. En Portada conoció a Berik en Kazajistán, durante el rodaje de un reportaje de Carlos Franganillo y Miguel Ángel Viñas. Estaban interesados en investigar las pruebas nucleares en la URSS durante los cincuenta y sesenta y así dimos con Berik, un chico cuya madre se había expuesto a las radiaciones de las explosiones nucleares porque vivía cerca de un campo de pruebas del ejército soviético. Como el Gobierno no informaba, la gente salía a ver el hongo nuclear como puede salir aquí ahora a ver los fuegos artificiales en San Isidro. Contemplaban el hongo y se exponían a la radiación. Muchas personas han sufrido malformaciones por eso.

Al ver el programa «Hijos de la guerra atómica», un cirujano español se ofreció a operarle. Coincidió con que nos acababan de conceder un premio por otro reportaje y decidimos invertir la dotación en traer a Berik a Madrid y operarle. Durante todo el proceso de vida de Berik en España grabamos todas sus vivencias porque imaginamos que podía ser una historia digna de ser contada. Y así nos salió otro reportaje, esta vez muy sensible. Yo soy más partidario de los formatos tipo BBC, que no tratan de generar tanta empatía, pero aquí accedí a buscar en el espectador un grado de emoción suficientemente alto como para que la historia emocionara, pero sin caer en el sensacionalismo. Fue muy jodido encontrar el equilibrio, tocar fibra sensible sin pasarse de sensiblería.

¿Te ha ocurrido en un conflicto que tienes que olvidar que estás haciendo periodismo y dejarlo todo por una razón humanitaria de fuerza mayor, un suceso que te obliga a intervenir?

En Kosovo pasé por una experiencia en la que uno tiene que pensar si lleva piel de periodista o de humano. O el momento en el que entiendes que no puedes ser periodista sin tener piel humana, mejor dicho. Y fue una en la que nos la jugamos de verdad. Yo nunca he sido un periodista de contar películas, aunque sí haya estado en peligro en muchas ocasiones, pero hay veces en que te estás jugando la vida literalmente y esta fue una de ellas. Estábamos en Pristina. No muy lejos, en los alrededores de Komorán, había una zona controlada por el UCK —la guerrilla albanokosovar— y decidimos ir allá a rodar un reportaje. Pasamos los controles de carretera, donde había que pillar con la guardia baja a las fuerzas especiales serbias de Milosevic. Lo conseguías hablando un poco de fútbol, yo que soy del Atlético sacaba siempre a Pantic. Te ganabas su confianza y te dejaban pasar. En el viaje, al final llegamos a un pueblo donde un francotirador había matado a un niño. El cadáver, que llevaba muerto horas, estaba en un robledal, en un bosque. Y a su lado estaba su hermano. Todavía vivo, pero herido con un disparo en la cabeza.

Nos movíamos en un coche blindado y los vecinos albaneses de ese pueblo nos pidieron que recogiéramos el cadáver porque nadie podía acceder al robledal. Nosotros, con el coche, donde ponía claramente que éramos de TVE, fuimos. Teníamos la esperanza de que el francotirador viera que éramos periodistas y no disparara. Llegamos, nos bajamos y hubo tiros, pero no a dar, solo como advertencia: «sabemos que vais a recoger el cadáver del niño, hacedlo pero no estéis más tiempo del debido». Con nosotros estaba su padre, o su tío, lo recogimos de entre los árboles y lo llevamos de vuelta a la aldea en el coche. Pero había llovido, no teníamos tracción a las cuatro ruedas y ahí nos quedamos bloqueados. El blindaje pesaba demasiado, el coche patinaba, empujábamos pero no encontrábamos manera de salir. Fueron momentos de verdadero horror porque sabíamos que el francotirador seguía ahí.

Cuando lo logramos, llegamos al pueblo y entregamos el cadáver. Era una aldea de albanokosovares. Imagina la que se lio ahí. Pero el problema era que el hermano seguía malherido. La bala le había dado en el cráneo, le había rozado, y si lo dejábamos ahí iba a morir. Seguro. Nos pidieron que lo lleváramos al hospital de Pristina, en el pueblo no tenían ni botiquín. El problema era que si nos detenían en el control no nos permitirían llevarle hasta el hospital y no te digo lo que nos iba a pasar a nosotros. Pero en un momento así te quedas pensando, ¿cómo me voy a negar a llevar a un niño al hospital?

Fue un momento difícil porque si nos hubieran pillado las fuerzas especiales de Milosevic nos habrían llevado a la cárcel como mínimo, a no ser que te peguen un tiro ahí mismo y digan que has salido corriendo. Sin embargo, dejarlo ahí era dejarlo morir. Hablamos entre todos los miembros del equipo, estas son decisiones que no puedes tomar solo, y decidimos arriesgarnos. Volvimos a pasar camino del hospital de Pristina por los checkpoints. Había varios. Íbamos completamente acojonados. Unos controles eran más peligrosos que otros. Si nos cogían las fuerzas especiales… en fin, qué decir, todos sabemos cómo eran. Al chaval lo metimos en mantas para que no se le viera, le habían puesto una venda. Fuimos chapurreando serbio como podíamos de control en control, de risas con los policías, y al final afortunadamente conseguimos llegar al hospital. Allí lo dejamos, pero nunca supimos qué fue de él. Y eso que he vuelto varias veces a Kosovo, lo he buscado y se lo he comentado a Flaka Surroi, una de las periodistas más importantes de Kosovo y gran amiga mía. Calculo que ahora el chico tendrá veintitantos años, pero ya digo que nunca he podido averiguar qué pasó. Si salió con vida del hospital o murió.

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¿Cuál es el viaje que más te ha marcado?

Sin duda, 2001 en Afganistán. Fue mi viaje más enriquecedor y también el más triste. Entramos en el país de los primeros a través de Pakistán. Iba con dos cámaras, José Manuel Frean y Juan Antonio Barroso, dos amigos. Porque en televisión eso es fundamental. Y más en las guerras. Para trabajar en equipo tiene que ser con gente a la que quieres y que te quiere y que además nos respetemos profesionalmente. El caso es que llegamos a un territorio prácticamente vacío en el este del país, en Jalalabad. No había talibanes, habían huido, pero tampoco habían llegado los muyaidines, a los que cuando fueron apareciendo les costó bastante asentar su poder. Y tampoco había tropas internacionales, ni se las esperaba. Como periodista podías moverte por donde quisieras. No te paraba un policía en un semáforo, no había un checkpoint de los infinitos que había en los Balcanes. Podías ir donde quisieras, como digo. Una libertad absoluta de movimientos y esa es la mejor materia prima para un periodista. Para que te hagas una idea, uno de los primeros sitios donde estuve fue la casa de Bin Laden a las afueras de Jalalabad. Estuve ahí antes de que llegase la CIA. Periodísticamente no sé cómo definirlo, ¿el paraíso? Estuve en campos de entrenamiento de Al Qaeda, en una prisión con reclusos de Al Qaeda, que los mirabas a la cara y te acojonabas, no porque fueran asesinos, que seguramente lo eran, sino porque tenían tanto miedo, tanto odio, que al ver a alguien lo miraban como a un enemigo. Y claro, cuando tú no lo eres pues te da mucho miedo.

Todo eso fue lo enriquecedor del viaje. La parte más dura vino después. Como la vida misma, que se compone de felicidad y sufrimiento. Estábamos una noche discutiendo si al día siguiente nos íbamos en una caravana de periodistas a Kabul. Nosotros decidimos quedarnos porque estábamos disfrutando. En la capital, desde la que ya informaban otros compañeros desde hacía varios días, solo íbamos a poder hacer reportajes sobre si el oso polar del zoo había sobrevivido al calor del verano. Lo digo sin menosprecio, pero es que al final era eso. En el este de Afganistán estábamos ochenta periodistas para una extensión tan grande como Extremadura o más. Julio Fuentes, sin embargo, sí cogió esa caravana y se fue.

Recuerdo que llevaba una camisa oscura, unos pantalones beige, unas botas, y su camisa estaba manchada porque había abierto antes un bote de aceitunas y le había salpicado. Salió la caravana y enseguida saltó el rumor de que los habían tiroteado. Entonces piensas que todos esos elementos que te sirven para ser feliz periodísticamente pueden convertirse en tu ratonera. No tienes a nadie a quien preguntarle, no hay fuentes fiables. Eso que es una gozada, de repente es una encerrona. Encima su pareja de entonces era y es amiga mía. Tenía, como periodista, el compromiso de contar lo que había pasado, pero, como persona, primero decírselo a quien merecía saberlo de primera mano. Como era imposible lograr cualquier confirmación oficial decidimos que solo daríamos la noticia cuando pudiéramos reconocer visualmente los cuerpos. Así fue, volvimos a ver esa camisa azul oscura y esos pantalones beige. Los reconocimos y lo contamos. A partir de ese momento los tres del equipo debatimos si permanecíamos en Jalababad o, como hizo la inmensa mayoría, regresábamos a Pakistán. La situación era extremadamente peligrosa, pero no hubo dudas. Nos quedamos y seguimos disfrutando tanto como sufriendo. Eso como equipo nos dio mucha fuerza.

Poco después de eso, el caso Couso cambió definitivamente el periodismo internacional español, la forma de cubrir los conflictos.

Recuerdo que los equipos de la BBC llevaban en Afganistán en 2001 a un exmiembro de las SAS, los comandos del ejército británico, que les iba marcando a partir de qué punto tenían que cubrirse con el casco, dónde con el chaleco, etcétera. Yo entonces no lo entendía porque me parecía que contribuía poco al fin último que es contar bien una historia. Creo que trabajar con alguien armado te expone más que te protege. Cuando estás con un tipo al lado que te dice qué es exactamente lo que tienes que hacer o los pasos que tienes que dar, seguramente se salven vidas, y eso evidentemente tiene que estar por encima de todo, pero desde lo de Couso los medios españoles, que muchas veces están dirigidos por personas que nunca han ido a un conflicto, entendieron que al enviar a alguien a una guerra tenían que imponer una serie cuestiones de seguridad fundamentales. Había que ir con un chaleco, con un casco… En la guerra de Kosovo nadie llevaba protección. Nosotros utilizamos un blindado que compró TVE durante la guerra de Bosnia, pero nos reportó más problemas que ventajas. Nos dejaba tirados constantemente en medio de la nada y eso sí que es peligroso.

Y lo cierto es que ahora con la crisis lo que casi no hay son enviados especiales, pero hasta que pasó lo de Couso los medios se presentaban en los conflictos con cero protección. Surgió entonces un debate en algunas empresas de información respecto a las medidas de protección a los periodistas, los seguros, etc. Ese debate, sano en un principio, degeneró hasta el punto en que las empresas comenzaron a renunciar a coberturas de conflictos para no tener que abordar esos elevados costes en seguridad. Y todo esto abonado encima por una crisis que ha machacado el periodismo local e internacional. Y la consecuencia es que los periodistas ya no estamos tan cerca de las noticias como deberíamos estar. Nos han alejado de la cobertura directa de los conflictos. Un problema muy grave en el periodismo internacional.

¿Crees que hubo intencionalidad de Estados Unidos en asesinar a un periodista para lograr el objetivo que acabas de describir?

No estoy tan seguro. Cuando le mataron yo estaba en Irak, pero en el sur, en Basora. No estaba en Bagdad. Lo primero que creo es que si la sociedad se dota de una serie de intermediarios, que son los periodistas, para contar lo que está pasando, nos debemos fiar de ellos. Son nuestros ojos en el conflicto. Y si ocurre algo tan grave como lo de Couso, la primera versión que yo tengo que escuchar es la de los periodistas que están sobre el terreno. La de Carlos Fernández o la de Jon Sistiaga, que además son buenos amigos míos. Por eso, a mí que de entrada se rechazara de plano esa versión me hizo sospechar. Ahora, llegar a afirmar tajantemente que eso fue un acto premeditado, no sabría qué decirte. Porque a mí una de las cosas que más me gustan en periodismo es ponerme en el papel del otro. De la víctima y del victimario. Algo que te enriquece como persona y como periodista. Porque yo también me pongo en el papel del militar atemorizado que iba en el carro o en el vehículo blindado, con un inmenso calor, medio mareado, que le desconcierta la luz, en medio de combates y de repente ve en un punto algo que le hace temer por su vida… La reacción que puede tener en ese momento un militar hay que entenderla también. Pero insisto, no estoy justificando lo que pasó allí, ni muchísimo menos, solo me gusta ponerme en el papel de los dos. ¿Pudo haber sido fruto de la casualidad que vieran y sospecharan que había una amenaza para ellos? Pudo ser. En todo caso, yo lo tengo muy claro. Mis amigos, y repito, los intermediarios que la sociedad ha elegido para que le cuenten lo que allí está pasando me dicen algo que yo no vi y creo en sus palabras: que el asesinato de Couso no fue producto de la casualidad. Me fío de su palabra. En cualquier caso, lo que sí me parece lamentable es que no se pueda investigar esa muerte y que un juez tenga que renunciar a esclarecer lo que pasó como acaba de suceder.

En el reportaje de regreso a Ruanda tras el genocidio, entrevistaste a Valérie Bemeriki, la periodista que llamaba a «matar a todas las cucarachas».

Fue una entrevista cuando menos curiosa. Bemeriki era un símbolo. Representa lo peor que puede simbolizar un periodista. Era locutora de la radio del régimen hutu, la emisora de las Mil Colinas. Desde ahí, por un lado, incitaba al odio, pero además durante el genocidio señalaba dónde se escondían los «objetivos» tutsis, los que ellos llamaban cucarachas, para matarlos. En sus programas decía: «en tal aldea hay no sé cuántos protegidos en tal casa. En equis iglesia se refugian cucarachas». Los hutus que la escuchaban iban a buscarles y pasaban a cuchillo, machete o tiros a todos los que estaban allí. Por eso para mí representa la peor condición del periodista, que es la del transmisor de puras órdenes. No sé si se arrepiente de lo que hizo. Cumple cárcel y probablemente no saldrá de allí aunque cambien los Gobiernos en Ruanda. Cuando la entrevisté, lo que más me sorprendió fue la serenidad con la que hablaba. Además, en un francés impecable. Explicó todo con una frialdad, con una sincera falta de arrepentimiento, y eso que estaba dentro de su celda y sabía que la escuchaban sus carceleros.

Para mí este viaje fue muy importante, porque volví a Ruanda veinte años después y me sirvió para poder entender humana y periodísticamente lo que no había comprendido veinte años atrás, que eran muchas cosas. Cuando fui como enviado especial, bastante inexperto y seguramente inseguro, estuve más pendiente de tener una crónica antes de las nueve de la noche que de procesar una tragedia de tales dimensiones. Esto nos pasa a veces cuando hacemos telediarios, nos arrolla la necesidad de contar cosas, de tener la crónica preparada. Es una especie de miedo al vacío.

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Francisco Veiga denunció en su entrevista en Jot Down que al conflicto de Ruanda los medios no le prestaron atención, cuando fue una masacre que superó el índice de asesinatos de los nazis durante la II Guerra Mundial.

Hombre, Francisco Veiga, un profesor de universidad al que te encuentras en los conflictos sobre el terreno. A lo que entiendo se refiere es al debate sobre el valor de la vida en un conflicto en el mundo de hoy, tanto en el periodismo como en lo que no lo es. El niño muerto en un tiroteo en un colegio de Oklahoma vale lo mismo que el niño muerto de hambre en Etiopía, pero parece que no pesa lo mismo. En aquella época nos volcamos en el conflicto de Yugoslavia más que en el de Ruanda por la proximidad, por las connotaciones y por los diferentes elementos que tenía que te generaban muchas más dudas, incertidumbres y temores que el propio conflicto de Ruanda, que al fin y al cabo era algo que se veía lejano e incluso incomprensible.

A veces nuestro contrato como periodistas consiste en que el ciudadano entienda que esos conflictos repercuten. Que una guerra en Libia no afecta solo a los libios. Que una tala de árboles en el Amazonas no afecta solo a los brasileños No solo es la obligación moral de prestarles atención, sino también lograr que el ciudadano lo haga. Y a veces los periodistas fallamos, no sabemos convertir en interesante lo importante. El caso yugoslavo era muy fácil de acercar y el ruandés no tanto, aunque desde la II Guerra Mundial no se conociera una masacre como esa. Estamos hablando de ochocientos mil o un millón de muertos en un periodo de cien días.

¿Qué sentiste personalmente ante la responsable de tantas muertes? ¿Te provocó rechazo?

No, como decía antes, me pongo mucho en el papel del otro. Es como cuando cruzas la mirada a los de Al Qaeda. A veces distingues odio, otras veces miedo… ambos sentimientos humanos. Cuando observas sus ojos ves esa parte quizá más oscura de la humanidad, a pesar de que hayan sido los más bárbaros asesinos que te hayas cruzado en toda tu vida. Y Bemeriki era una mujer serena, asumía que estaba pagando una culpa de la cual al menos sí creo que era consciente. Pero para ejercer el periodismo es muy importante intentar entender al otro, por qué ha cometido una aberración. No por justificarlo, solo por entenderlo. Yo no soy un juez, no tengo que condenarlo, solo debo exponer los hechos. Si quiero exponer a Bemeriki tengo que entenderla antes. Tengo que dar las claves para que sea el ciudadano el que entienda que contribuyó a la muerte injustificada y, por supuesto, injusta de miles de personas.

En Facebook dijiste que habías vuelto a Ruanda dieciocho años después y seguías sin entender nada.

Cuando me metí en el periodismo lo que me gustaba eran las relaciones internacionales. Me veía más como corresponsal en Washington o en Bruselas, como un analista porque me gustaba mucho entender lo que pasaba, jugar con el mapa del mundo y poner las piezas del puzle para entender por qué si pasa algo en un sitio afecta a otro lugar. Pero cuando me ofrecieron probar el periodismo de acción, cuando me propusieron viajar a Ruanda, no iba a decir que no. Fui para allá con la sensación de que viajaba a un lugar que no conocía lo suficiente como para explicarle al telespectador lo que estaba pasando. Y lo que ocurrió no fue que no lo lograra comprender como periodista, es que me desbordó como ser humano.

Pongo un ejemplo. Recuerdo que estaba con los refugiados tutsis que volvían a sus aldeas desde el Congo. Llegaban y comprobaban que sus casas estaban ocupadas, que los maltrataban. Un panorama que seguramente era mejor que el de los campos de Goma de los que escapaban, pero que desde luego no era lo que imaginaban que iban a encontrar. Allí, un día al atardecer, entre las madres que cocinaban las típicas cacerolas africanas, un día sin viento porque recuerdo muy bien que el humo subía en vertical, en una zona muy deforestada cercana a Nyamata… De repente encontré una niña llorando. Era un llanto… no era el llanto de un niño occidental. Los niños en África lloran de otra manera, con desconsuelo; lloran sin interrupción. Aquí un niño llora y para, allí puede estar veinticuatro horas. Esa niña que vi llorar tenía la misma edad de mi hija, que ahora tiene veinte años. Estaba sola, porque en África las madres no les prestan atención a los niños como se la prestamos aquí, que los hiperprotegemos; la niña estaba sola y en ese momento no sé por qué vi en el llanto de esa niña los ojos de mi hija.

En ese momento me emocioné, porque entendí lo que estaba pasando. Eso me ha ayudado a ser mejor periodista. Porque antes de cruzar la mirada con esa niña lo veía todo desde un filtro. Era un españolito que simplemente estaba allí para contar lo que estaba viendo, pero no lo estaba sintiendo. En ese momento, sin embargo, empecé a hacerlo; empecé a ver en el otro lo que no veía hasta entonces. En ese momento me di la vuelta, lloré pensando en mi hija, preguntándome qué estaba haciendo en Ruanda cuando podía estar con ella. Reflexioné si sería capaz de relatar lo que había tenido ante mí. Y pensé: si soy capaz de contar esta historia, valdré como reportero de guerra. Si no, no. Me quedaría como el periodista que te da las claves de por qué ha pasado en Crimea lo que ha pasado, por ejemplo, lo que, por otra parte, tiene un enorme valor.

La conclusión es una pregunta: ¿Qué lleva a un ser humano a coger un machete y clavárselo en la cabeza al de enfrente? El odio. Y el odio es un sentimiento que lo multiplican los malos, los poderosos. Las sociedades no somos conscientes de lo que significa una guerra. Se ha trivializado tanto, nos han anestesiado tanto, en parte quizá por los videojuegos y las películas, que no se entiende lo que es en realidad. La guerra es algo que arrasa con todo. Quizá las guerras sean inevitables, es más, creo que lo son, pero los que sí son evitables son los políticos que nos llevan a la guerra. Y ahí sí, el papel del periodista es denunciarlos.

Si de algo estoy satisfecho con el periodismo es que, de alguna manera y en pequeña medida, con nuestro grano de arena hemos logrado que quizá algún dirigente en algún lugar del mundo cuando está dispuesto a cometer un genocidio, se lo piense dos veces: «cuidado que a lo mejor llega el periodista tocapelotas que va a contar todo esto y voy a terminar en el Tribunal de La Haya». Si por esto alguna vez alguno de estos no firma la orden de ejecución de no sé cuántos, aunque solo sea por eso, ya ha servido.

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En el caso del reportaje sobre Salvador Allende conseguiste el vídeo de la exhumación de su cadáver, que no lo había visto nadie, solo el Gobierno.

Esa historia periodísticamente es muy bonita. Cuando Pinochet estuvo detenido en 1998 conocí a un cámara chileno que se llama Pablo Salas. Nos hicimos muy amigos. Una vez, cenando en su casa en Chile, después del asado y unas copas, me dijo: «Guardiola, te voy a enseñar una cosa». Me llevó al salón de su casa y me mostró unas imágenes que solo tenía él: la exhumación de Allende. Yo no sabía ni que existieran esas imágenes. Bueno, nadie lo sabía. Era la exhumación secreta del cadáver del presidente.

En 1990, cuando llegó la democracia a Chile, Allende seguía siendo el primer desaparecido de la dictadura. Porque nunca nadie supo dónde estuvo enterrado, aunque se sospechaba. Ni siquiera se sabía cómo murió. El Gobierno democrático de Patricio Aylwin decidió abrir la tumba donde creían que lo habían enterrado, el mausoleo de su familia en Viña del Mar para después darle el homenaje que se merecía. Se hizo de noche y allí estaba para reconocerlo su médico de confianza, una de las mejores personas que me he encontrado en la vida, Arturo Jirón. Bajaron a la fosa, abrieron la tumba y el Gobierno decidió que todo aquello quedase grabado para que formara parte de los archivos de la República para la eternidad. Para esto habían contratado a Pablo Salas, el cámara del que hablo. Pero él, con ese olfato periodístico que tienen que dar los periodistas, en el trayecto de vuelta desde Viña del Mar a Santiago hizo una copia de la grabación en el coche. Ese vídeo lo tuvo guardado hasta que me lo enseñó en su casa y me dijo que nos lo reproducía, pero no nos lo iba a dar jamás. Y yo: bueno, ya lo hablaremos [risas]. ¡Cómo te van a decir a ti eso que eres periodista!

Al final, cuando murió Pinochet, decidió hacer públicas las imágenes. Yo era jefe de internacional del telediario y la única cobertura que hice durante esa etapa fue esa. Me sentía necesitado de contar la historia de la muerte del dictador y allí coincidí con Pablo Salas y acordé emitir por fin las imágenes. Eran muy importantes porque despejaban muchas dudas históricas. Me puso como condiciones que nunca se utilizaran esas duras imágenes para desprestigiar a Allende y que el reportaje lo tenía que hacer yo. El problema era que como jefe de internacional no podía estarme un mes y medio por ahí haciendo un reportaje, así que guardé el DVD en la mesilla de mi casa en Madrid durante un año y pico. Ahí lo tuve sin enseñárselo a nadie hasta que dimití, me nombraron director de En portada y decidí que mi primer reportaje iba a ser ese. Luego, a raíz del reportaje un juez chileno reabrió la causa y se pudo probar, se sentenció que Allende se había suicidado. El periodismo también contribuye a poner luz a la historia y este es un claro ejemplo. Periodísticamente me llenó muchísimo.

En Bolivia entrevistaste a Nicolás Castellanos, un obispo español que lo dejó todo y se fue con los pobres, un cura de la teología de la liberación.

Llegué a él por casualidad. Queríamos hacer el primer reportaje de RTVE en HD y tenía que ser algo que si salía mal pudiera repetirse. Era un reto tecnológico que nos generaba mucha inseguridad. Obviamente, si nos metíamos en un conflicto o en la jungla no íbamos a volver al día siguiente a grabar la misma secuencia. Pensé en todos mis contactos, hice como un casting. Nicolás Castellanos fue un obispo español de la Transición que en un momento dado entendió que la Iglesia no tenía el discurso que debía tener. Pensaba, como puede decir ahora el papa Francisco más o menos, o como decía claramente la teología de la liberación, que la Iglesia tenía que dedicarse a trabajar por los pobres. Decidió dar el salto y se fue a Bolivia.

La obra que tiene allí es espectacular. Es un proyecto que se llama «Hombres Nuevos» que busca básicamente lo que te he dicho, acompañar a los pobres. Con la gente que necesita ayuda de verdad. Recuerdo una frase que dijo que me dejó clavado: «Yo es que ahora de repente veo que en las manifestaciones contra el matrimonio homosexual se reúnen tantas personas, compañeros míos, para intentar impedir que los homosexuales se casen, con la cantidad de problemas que hay en el mundo; con la cantidad de problemas que tienen los pobres del mundo. No lo logro entender». Es así. Yo no soy creyente, pero sí es cierto que se comparten una serie de valores que al ser humano lo hacen grande, llámense cristianismo, mahometismo o budismo. ¿Qué tienen que ver esos valores con una manifestación de esas características?

Nicolás Castellanos lo que cree lo aplica a su vida y vive en El Palacio, que es una especie de comuna en un barrio de gente muy humilde, el llamado Plan 3000 de Santa Cruz de la Sierra. Sigue siendo miembro de la teología de la liberación y la defiende. Es un personaje de los que te enriquece. Es lo bueno que tiene el periodismo, si yo hubiera sido, por ejemplo, abogado, nunca habría conocido a alguien así y sería otra persona distinta.

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Otro reportaje emotivo en este sentido, el del periodista desaparecido Pedro Cárdenas.

Colombia es un país que ha vivido los conflictos con tal intensidad que entras en una aldea, te empiezan a contar cosas y cuando llevas tres días, ves que solo se han remontado a los últimos diez años. Y luego es un país con una gente magnífica, que gente así hay en todas partes, pero en Colombia especialmente. En el caso de Cárdenas quise hacer un reportaje centrado en poner en valor la figura del fixer, nuestro cicerone en los conflictos. Gente que a veces es un periodista local y otras es un buscavidas. En Afganistán, por ejemplo, tuve uno que estaba metido hasta las trancas en los servicios secretos de unos y otros. Se lo sabía todo. Y cuando estás allí te tienes que dejar llevar por él, porque que en el fondo que tú hagas un buen trabajo depende en gran medida del fixer, de que sea bueno. Luego el premio te lo dan a ti y él se queda en su país sufriendo.

El reportaje se llamó «Maldito oficio». Estaba dedicado a los periodistas locales. Porque tú siempre tienes un billete de vuelta, pero el otro no. Al día siguiente tiene que llevar a sus hijos a la guardería. Y Pedro Cárdenas era un periodista en estado puro. Se jugó la vida; la suya, la de su mujer y la de sus hijos por denunciar las mafias y corruptelas de políticos y paramilitares. Ni siquiera era periodista por titulación. Y desapareció. No está probado que lo mataran, pero a mí me extrañaría que no lo hubieran hecho.

¿Es la televisión un arma de guerra como se denuncia en los conflictos modernos?

Lo es, aunque ha variado mucho. En las guerras de los Balcanes, por ejemplo, tuve la sensación de que en los frentes nos veían como un objeto de seducción. El periodista era el que iba a facilitar el camino para que la opinión pública mundial se sensibilizase con los problemas de cada bando. De por qué luchan. O por qué matan. Pero ahora, con la irrupción de las redes sociales y las nuevas tecnologías ha cambiado. El caso extremo lo tienes en Siria, es decir, el Estado Islámico ya no te necesita para contar su historia. Tienen una capacidad de producción de información que tú ves los vídeos y parecen rodados por profesionales de Hollywood. Lo que ellos quieren que se sepa, los periodistas nos lo bajamos de internet. ¿Para qué tenemos que estar allí? Para nada. Y entonces, si estás, lo que se proponen es eliminarte. Ese es uno de los grandes dramas que tiene el periodismo de guerra hoy. Ya no eres un objeto de seducción, sino un objetivo.

Sin embargo, el cambio determinante empezó a darse tras la guerra de Vietnam.

Los políticos descubrieron en esa guerra que los medios pueden tener mucho poder. Y su objetivo es limitar la influencia mediática en su propia conveniencia. Las guerras que vinieron después estuvieron muy condicionadas por la guerra de Vietnam. Pero insisto en que, más que esa guerra, lo que de verdad está cambiando el periodismo son las nuevas tecnologías. La brecha que separa el hecho noticioso del ciudadano se ha estrechado tanto que apenas queda hueco para el periodista. Ahora la sociedad pide respuestas inmediatas. Este fenómeno cuando empezó fue sobre todo con la caída del muro de Berlín. Todas las televisiones lo dieron en directo. El espectador era testigo directo. No hacía falta contexto: había un tío vestido de verde que abría una puerta y una multitud de personas se abrazaban, unos mejor vestidos que los otros. Pero el contexto histórico que supone la apertura del muro y sus posibles consecuencias en el futuro, si lo estás viendo en directo no lo entiendes. Es como la guerra de Irak del 91, que fue la explosión de la CNN, veías avanzar los carros por el desierto. ¿Qué supone eso? «No lo sé, pero lo estoy viendo». Por todo esto el periodismo se ha ido dejando llevar cada vez más por el deseo de querer contar lo que está pasando ahora mismo, generando esa necesidad, como digo, de respuesta inmediata que como periodista te resta capacidad para introducir el contexto.

El periodista que salta de una guerra a otra, ¿tiene tiempo de entender el conflicto para poder explicarlo en esas condiciones?

En ocasiones no. Cuando fui a Ruanda me avisaron la misma noche en que salía. Había seguido la información, pero una cosa es estar informado medianamente en Madrid y otra coger la mochila y ser tú el que lo va a explicar. Ahí tienes que ser el que más sabe de Ruanda. En coberturas inesperadas, las que surgen en apenas un par de horas, yo siempre he utilizado los viajes en avión para leer y documentarme, pero está claro que no es suficiente. Y si la sociedad te pide respuestas inmediatas, ¿qué vas a hacer? ¿No dárselas? No puedes. No puedes ir a contracorriente. Solo te queda dar esa respuesta con dudas. Por ejemplo, el fiscal argentino Nisman ha aparecido muerto. Hay posibilidades de que se haya suicidado o no. Entonces tienes que exponer las claves fundamentales que apuntan en una dirección o en la otra. Así puedes generar un interés del ciudadano en el contexto. Una duda. Lo que nosotros buscamos con En Portada es que si llegase un extraterrestre a la Tierra y cogiera los programas de los últimos dos años en DVD se hiciera una idea precisa de cuál es el estado del mundo y lo que está pasando en él.

Uno de los mejores trabajos informativos que se ha hecho sobre Ucrania es un documental que ha grabado por su cuenta y riesgo, sin el respaldo económico de una empresa, Ricardo Marquina. Está subido a YouTube, se llama El año del caos. ¿Qué papel le das a iniciativas así en el periodismo del futuro?

El futuro del reportaje de gran formato está en esas manos. No está en las grandes empresas llámense BBC, CNN o TVE. No es que TVE no llegue, que no llega, es que ninguna empresa va a llegar. Hay reportajes, como el famoso Restrepo, que se ruedan en diez o quince meses. Ninguna de las grandes empresas de comunicación del planeta le va a costear a un empleado quince meses de su salario para un documental. Por eso, los freelance se apoderan poco a poco de los reportajes de gran formato. Y su financiación apuntará a filántropos u organizaciones que estén dispuestas a poner dinero para que se cuente una historia. Habrá que tener cuidado con qué objetivo quieren que se cuente.

Pero creo más en el papel del ciudadano en el periodismo que en el periodismo ciudadano. Porque yo como periodista me siento obligado a desarrollar mi trabajo con una serie de pautas por un contrato que me une a la sociedad. Igual que el médico tiene un juramento hipocrático. Un ciudadano no tiene esa obligación. Lo cual no quiere decir que no pueda ejercer el periodismo, o que no pueda ser periodista quien no haya estudiado la carrera, sino que para ser periodista tienes que cumplir un contrato. Si lo cumples, adelante. Si no, me gustaría saberlo porque el grado de fiabilidad no va a ser el mismo. Anclados en este principio, luego la financiación puede venir por múltiples fórmulas.

De todas formas, es muy útil para el periodismo el empuje de muchos jóvenes que agarran una cámara y se dedican a buscar historias por el mundo. A algunos los admiro muchísimo. Aunque está el inconveniente de que el contacto con la redacción enriquece, es bueno que alguien con perspectiva y distancia te sugiera enfoques nuevos. Para crecer como periodista es imprescindible trabajar cerca de profesionales que deben ser referentes y en muchos casos estos están en las redacciones.

De En Portada se decía cuando empezó en los ochenta que «recogía la herencia de los documentales de TVE». ¿En qué consistía esa herencia?

Era una filosofía heredada de la televisión, sobre todo la americana, que fue la que llevó el gran reportaje de prensa a televisión. Al principio en TVE se hacían con improvisación y eso aumentaba la calidad del resultado. Los periodistas como Miguel de la Quadra Salcedo trabajaban de forma radicalmente distinta a como lo hacemos nosotros ahora. A estos les llamaban un día y se iban al país que fuera, se estaban allí dos meses, rodaban todo lo que podían y, cuando decían que habían terminado, los mandaban a otro destino. No se trabajaba la agenda. Ahora tú vas a tiro hecho y esto te impide en buena parte olfatear adecuadamente cuando estás en el destino. Ellos improvisaban. Rodaban sobre la marcha, con una fuerza narrativa tremenda.

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Llegaste a ser jefe de internacional del telediario pero dimitiste. ¿Por qué?

Mi proyecto consistía en crear un equipo de enviados especiales que fuesen jóvenes, con capacidad para moverse por el mundo y contar historias en un lenguaje audiovisual de calidad extrema. Un equipo de enviados especiales como lo tenía la BBC. Allí estaban Luis Pérez, Óscar Mijallo, Sagrario Mascaraque, José Carlos Gallardo, Antonio Parreño, Yolanda Álvarez, Carlos Franganillo, Diego Arizpeleta, David Picazo

Ese era mi proyecto, pero llegó el ERE a RTVE y muchos corresponsales se prejubilaron. Sus huecos se cubrieron con esos jóvenes que estaban llamados a ser corresponsales a los cincuenta, pero no a los treinta y cinco. Sin embargo, aceptaron y se fueron. Yo les animé en la nueva etapa que empezaban, pero les advertí que dejar de ser corresponsal con cuarenta años les iba a resultar muy difícil. En España no se respeta la carrera profesional. Cuando vuelves a Madrid a la gente le da igual que hayas sido corresponsal. Ahora los que regresan me dicen: «me acuerdo mucho de las palabras que me dijiste». Esto echó por tierra mi proyecto.

Pero otra de las razones por las que dimití fue porque en televisión hay un desequilibrio cada vez mayor entre el peso de la edición y el peso de los responsables de área. El editor digamos que tiene una visión global y decide cuáles son los contenidos de un informativo y el jefe de área es el que determina o jerarquiza qué se debe contar dentro de su ámbito. En la medida en que esos poderes están equilibrados, el resultado final es fantástico. Pero yo lo que viví fue un periodo en el que el jefe de área tenía cada vez menos peso y la edición más. Entendí que se estaba invirtiendo la forma en la que debe hacerse el periodismo. Creo que la información surge en la calle y el periodista la debe empujar hacia arriba, al jefe de área, para que se la exponga al editor y este lo meta en la narración del día. Pero si el flujo es el inverso, si el editor le dice al periodista: «quiero esta noticia», a mí no me gusta. Porque es muy fácil controlar a un editor, pero no a trescientos periodistas, por eso yo prefiero que la información venga de ellos, de abajo.

Luego también me afectaba ser jefe. Cuando eres el responsable y tienes que mandar a un amigo tuyo a Irak no es fácil. En 2005 volví a Bagdad como redactor y ya no se podía trabajar. En cuando estabas por la calle y sacabas la cámara enseguida veías a alguien con el teléfono llamando y si en tres minutos no te largabas tenías problemas. Si no puedes entrar en la casa de los iraquíes a que te cuenten sus problemas, no estás trabajando bien. Al llegar a jefe de internacional decidí que en esas condiciones no íbamos a viajar a Bagdad. Cuando después mejoró algo la situación, envié a Luis Pérez, que ahora es corresponsal en Moscú, y no veas lo que me costó. Le llamaba todos los días a todas horas, no por la información, sino para saber si estaban bien.

Y también vi una cosa clara, a mí lo que me gusta es contar historias. Entendí que mi carrera debía tener una evolución. Ya había cubierto muchas guerras y me di cuenta de que lo que escasea en el periodismo es la cobertura de las posguerras. Descubrí ese papel de reportero de posguerra. Porque creo que durante la guerra, por instinto, la gente sobrevive, pero cuando ya no hay guerra, es cuando más desprotegidas se sienten las víctimas. Las prometidas ayudas internacionales que iban a llegar nunca llegan. Pasan del instinto de sobrevivir al de no morir, y es ahí donde les golpean los traumas. En fin, vi que el periodismo ahí tenía una deuda. En eso hemos centrado muchos reportajes de En Portada, aunque creo que todavía se puede desarrollar mucho más en España.

¿Cómo valoras la situación actual de los servicios informativos de TVE? El último informe del Consejo de informativos ha sido demoledor.

Sí, los últimos informes han sido contundentes. Lo primero que hay que destacar es que TVE, al contrario que la inmensa mayoría de las empresas periodísticas en España, es un medio que cuenta con un Consejo de Informativos, que se debe encargar de velar por la independencia. No es algo improvisado, es un órgano que forma parte de la propia estructura de RTVE y que lo elige la redacción. Es decir, estés o no de acuerdo su opinión debe ser interpretada como la voz de la redacción. Eso es importante saberlo y valorarlo. El Consejo lleva en su esencia ser contrapeso de la dirección. De hecho no conozco ninguna Dirección de Informativos que haya aplaudido al Consejo.

Personalmente, creo que el problema de fondo de RTVE es que carecemos de un doble blindaje que considero imprescindible: el financiero y el político. RTVE necesita tener un presupuesto estable y una financiación sólida. Toda empresa, para acometer sus proyectos de futuro, necesita saber con qué presupuestos cuenta y cómo se va a financiar. De dónde va a salir el dinero y cuánto. La retirada de la publicidad en 2010 fue demasiado improvisada. Y si a eso le añades recortes en las aportaciones te encuentras con una empresa muy difícil de gestionar económicamente.

Y el otro blindaje es el político. Entre la ciudadanía existe la impresión, que yo comparto, de que todos los directores de Informativos se han decidido en algún despacho del Palacio de la Moncloa. Eso no es bueno y no debe ser así. Presiones las hay y las habrá siempre. En todos los medios. Pero en los medios públicos hay que generar los mecanismos para que si un responsable editorial —que debe ser elegido exclusivamente por su valía profesional— se resiste a la presión de un político no pase nada. O mejor dicho, no pueda pasar nada. Para empezar creo que sería bueno que el Consejo de Administración dejara de ser un miniparlamento y se convirtiera en un órgano de representación social, político y periodístico. ¿Por qué no se pueden incorporar también al Consejo representantes de la Federación de Asociaciones de la Prensa? ¿O de la Academia de Televisión? ¿O del mundo de la Universidad? Eso ayudará a lograr algo imprescindible: que todos los ciudadanos, sin excepción, entiendan que RTVE es suya y que su rumbo no está al albur de las mayorías.

El valor de un periodista solo se mide en credibilidad y el de un medio lo mismo. La credibilidad se conquista día a día y creo que TVE tiene que ganar credibilidad demostrando a todos los ciudadanos, que son nuestros verdaderos accionistas, que está descontaminada de políticos. En las actuales circunstancias, deben ser los políticos los que decidan renunciar al manejo de RTVE y, sinceramente, creo que solo lo harán cuando reciban un mensaje contundente de la sociedad. Ese es el objetivo, concienciar a la sociedad para que exija a todos los políticos que los medios públicos no se tocan. Ojalá todos los partidos incorporen esa idea tan sencilla en sus programas electorales.

Todo esto es opinable y discutible, pero la esencia del asunto se reduce a que cada periodista debe ser, por encima de todo, responsable de su propio trabajo. Yo tengo muy claro cuál es el límite que me pongo a la hora de trabajar. Puedo discutir hasta el infinito sobre criterios periodísticos, pero no voy a aguantar ni un minuto si el debate se refiere a la conveniencia política de un tema u otro. Un buen periodismo solo existirá en la medida en que un periodista pueda decir: eso no lo hago.

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Te has quejado del horario de tu programa.

Todos los que tenemos un horario más allá de las 23:30 y no estamos en La 1 nos quejamos. Y me pongo en la piel de todos, pero como director de En Portada me quejo del mío. Lo mismo que me quejo de que en el descanso de la Champions el otro día no metieran una promo de En Portada, pero qué le vamos a hacer. De todas formas emitimos un tipo de reportaje que no es un trabajo para masas. Me encantaría que lo fuera, pero me gusta trabajar en libertad. Y si tienes la presión de la audiencia en otro horario o en otro canal todo sería diferente. Este programa tiene treinta y pico años, no puede estar sometido a esas presiones, es como un transatlántico. Si yo, como capitán, quisiera dar ese giro tampoco podría.

Has comentado en alguna ocasión que en TVE no se aprovecha el interés que tiene la audiencia latinoamericana en lo que dicen los medios españoles.

Latinoamérica está mucho más desarrollada que España en el lenguaje narrativo de prensa, especialmente en reportajes o crónicas como dicen allí. Donde sí que hemos evolucionado más que ellos es en la narración audiovisual. Nosotros arriesgamos más y tenemos mejor capacidad de contar historias, y eso que ellos hacen una televisión también muy buena. El caso es que, antes, cuando hablaba de la financiación, es porque una estabilidad presupuestaria te debe servir para tener un proyecto, y ese debería ser en nuestro caso convertirnos en el mascarón de proa de la marca España. En Latinoamérica hay cuatrocientos o quinientos millones de personas que todavía siguen queriendo estar informados de lo que pasa a través de RTVE. Algunos medios han entendido esto muy bien y se han aprovechado de nuestra inacción, como los rusos, los árabes, los franceses o la CNN en español, que tiene una capacidad de producción que para nosotros ya es inalcanzable, e incluso TeleSur. El día que RTVE entienda que el futuro no pasa por dar en directo los plenos del Ayuntamiento de Guadalajara, que es mi tierra, sino por acercar lo que pasa en Latinoamérica a los españoles y viceversa, tendremos futuro. El Canal 24 horas puede tener una vertiente española, pero debe contar con una presencia continua de Latinoamérica. Creo que se podría emitir un Canal 24 horas solo para América. La primera vez que fui a Argentina, el telediario de TVE era el tercero o el cuarto más visto. Ya no es así porque se ha fragmentado la audiencia, pero sigue siendo importante. Un ejemplo es lo que he comentado del caso Nisman, hay un deseo de los latinoamericanos de informarse a través de TVE. Siguen mirándonos y esperan de nosotros un referente y no lo digo ni mucho menos desde el «maternalismo» de la madre patria. Es más, ¿por qué no utilizamos una empresa como la nuestra, aunque sea egoístamente, como un vehículo para que España se conozca allí y le sirva a nuestros intereses comerciales, o humanitarios?

Qué opinas de los nuevos programas de internacional que hay en las cadenas privadas en los que se recurre al periodista protagonista, como Jon Sistiaga, o a que el protagonista sea el riesgo, como En tierra hostil.

Me gusta explorar nuevos formatos. En tierra hostil tiene cosas que me gustan a la hora de rodar o narrar. A veces hay que quitarse la losa de la narración tradicional, meter cosas más directas o improvisadas. Así lo hacía Miguel de la Quadra Salcedo y le quedaba todo más vivo, no le daba tantas vueltas a dónde plantar la cámara, etc. Sin embargo, a mí me gusta contar todos los elementos básicos para entender una historia más allá de lo que ven tus ojos. Como periodista no me conformo con mostrar lo que veo. Claro que si te compran un programa que tiene que tener una determinada audiencia, quizá tienes que hacerlo así. En el caso de Jon creo que él tiene un caché y sabe contar historias en primera persona como nadie. Piensa que a veces en televisión tienes que utilizar la primera persona como testigo de lo que has visto. Yo entiendo la narración en primera persona siempre que tu testimonio sea único. Y defiendo que el reportero salga en televisión siempre y cuando esté haciendo su trabajo. Lo que no contemplo profesionalmente es que el periodista, por ejemplo, salga paseando por la feria del libro sin más en una pieza sobre la feria del libro.

El que sí que ha conseguido enganchar a una gran audiencia sin perder la sobriedad es Salvados.

Salvados creo que televisivamente está muy bien hecho y sociológicamente es producto de un hartazgo. El periodismo en general ha tardado en entender que había que dar un paso más, que el mundo y la sociedad cambian. Ahí Salvados ha aportado ese granito de arena en el objetivo de muchos ciudadanos de quererse sentir gobernados de otra manera. Un sentimiento que no tiene nada que ver con ser de izquierdas o de derechas. Luego Salvados técnica y narrativamente tiene elementos muy interesantes. El planteamiento de las entrevistas, las pausas, los silencios, saber entrar en el personaje. Habrá quien piense que se rueda en una mañana, pero eso requiere mucho trabajo y mucho esfuerzo. Una vez les vi grabando en un centro comercial. Me acerqué para curiosear y no me reconocieron. Investigué cómo conseguían esa calidad de sonido, porque en ese centro comercial había un ruido ensordecedor. Y vi que allí, in situ, había un mezclador de sonido trabajando con su mesa. Al ver luego el programa se escuchaba fantástico. Salvados tiene un trabajo muy concienzudo detrás.

Una última cosa: en los ochenta coincidió que En Portada tenía la sintonía de Vangelis de Blade Runner y Documentos TV la de Ry Cooder de Paris Texas. Ambas tristísimas. ¿Cuál era el objetivo, que llorasen los niños en casa?

Es que el mundo hay veces que da ganas de llorar. Pero creo que la de Documentos TV era más tristona que la nuestra. La que tenemos ahora, en cambio, tiene presencia, percusión y es heavy. Te engancha, la oyes y vas a la tele a ver qué pasa, que es el objetivo de una sintonía. Como cuando escuchas la del telediario y dices: voy para allá. A los periodistas nos pasa algo diferente, cuando la oímos por el pinganillo en los directos nos empiezan a temblar las piernas. Y ojalá que nos tiemblen toda la vida al entrar en un directo, porque el día que dejen de temblar significará que te has confiado.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Ruanda, los cien días de la barbarie

En la iglesia de Nyamata fueron asesinadas dos mil quinientas personas. La ropa de las víctimas se conserva como tributo.

Llovía, claro. El horror cuida siempre los detalles. Dos mil quinientas personas eran conducidas a pie hacia un descampado por milicianos armados y bebidos. Una de las figuras de aquella espesa procesión era Benuste Karasira. Iba con su mujer y cuatro hijos pequeños. Arrastraba sus pies en el mismo silencio desharrapado que el resto de condenados. Todos ellos llevaban tres días encerrados en una escuela técnica de Kigali, la capital de Ruanda. Allí habían llegado tras esquivar los puestos de control que el Gobierno había instalado por las calles para identificar y asesinar a los vecinos tutsis. Cuando Benuste alcanzó la escuela, se creyó a salvo: los cascos azules de la ONU estaban allí. «Al día siguiente se fueron. ¿Cómo pudieron? ¿Cómo pudieron dejarnos ahí?». No es una pregunta retórica, Benuste espera con la mirada fija una respuesta que no llega. «Los milicianos hutus nos dijeron entonces que nos iban a trasladar a un lugar seguro, que no debíamos temer nada». «¿Les creíste?». Benuste sonríe, una sonrisa curtida, la mueca de un hombre de sesenta años que perdió un brazo y a casi toda su familia en una matanza a bocajarro. «No. Claro que no les creí. Fue esa mentira la que me hizo comprender que íbamos a morir». Habla pausado en el sillón de su casa, donde las tupidas cortinas no dejan entrar la fuerte luz del sol. Fuera las gallinas picotean perezosas por el calor. A su lado hay una mesa sencilla de madera llena de libros y revistas. La manga de su camisa cubre el muñón del brazo. «Dicen que éramos dos mil quinientos, te digo que allí estábamos más de ocho mil personas. Hombro contra hombro, caminando en silencio bajo la lluvia». Los milicianos les llevaron a un descampado. «Un oficial se subió a un lugar y nos dijo: “A lo mejor alguno de vosotros es hutu. Por favor, si aquí hay algún hutu que nos enseñe el carné y se irá”. Algunos se levantaron y caminaron hacia el oficial, comprobaron la tarjeta y les preguntaron: “¿Por qué estabas con estas cucarachas? ¿Por qué un hombre estaba con cucarachas?”. Recuerdo esa pregunta y yo me vi ahí, al otro lado. Esperando a morir». Minutos después, con la lluvia cayendo igual de ajena que cualquier otro día, los milicianos se situaron enfrente de la muchedumbre y apuntaron sus rifles y metralletas contra la masa compacta de tutsis. En realidad, eso fue todo. Todo lo que alcanza a describirse con palabras. Si acaso cabe imaginar el silencio de esos segundos previos a abrir fuego. O los ojos de quienes esperaban. Cabe imaginar los dedos en los expectantes gatillos goteando lluvia. Pero poco más. «Yo estaba allí, pero entonces en ningún momento pensé que tendría que contar esa historia. Para mí, describir cómo fue el ataque, qué ocurrió exactamente con detalles, es sencillamente imposible. El pánico que sentí fue tan enorme que no me permitió ni siquiera observar, ver lo que estaba ocurriendo. Recuerdo los gritos, el ruido de los disparos. “¡Dónde está mi hijo!”. Recuerdo cuerpos cayendo, gente chocando entre sí y un dolor ardiente en el brazo mientras agarraba a uno de mis hijos. Todo el mundo entró en pánico. Ponte en mi lugar. En realidad puedes describir el ataque como quieras. Trata de imaginar el escenario y describe ese ataque. Yo no puedo ayudarte».

Los hutus y los tutsis

Benuste, su mujer y uno de sus hijos son supervivientes del genocidio de Ruanda, uno de los capítulos más oscuros de cuantos recuerda el siglo XX y que este año conmemora su vigésimo aniversario. En un plazo de cien días entre abril y julio de 1994, ochocientas mil personas fueron asesinadas en el llamado país de las mil colinas. Trescientos treinta asesinatos cada hora. Cinco cada minuto. La mayoría de ellos a golpe de machete.

No pocos antropólogos sostienen que la humanidad —literalmente— echó a andar en Ruanda. Los twas —pigmeos cazadores— eran los habitantes originarios de esta región. Enseguida se les unieron diversos vecinos. Dos de ellos arraigaron: los hutus, un pueblo bantú proveniente de lo que hoy es la República Democrática del Congo; y los tutsis, un pueblo nilótico llegado de Etiopía. Lo explica muy bien el antropólogo ruandés Canisius Niyonsaba en su libro Orígenes de la ideología hutu-tutsi en la tradición de los Grandes Lagos y sus indicios de superación. Los hutus eran agricultores y los tutsis, ganaderos. Étnicamente se fusionaron durante los miles de años que convivieron: se dieron matrimonios mixtos, compartieron lengua, cultura y tradiciones. Hasta los rasgos físicos quedaron reducidos a un estereotipo: se supone que los hutus son más oscuros, de rasgos más rudos y con la nariz chata, mientras que los tutsis son más esbeltos, de tez más clara y con la nariz afilada. La realidad es que la mayoría son indistinguibles para el visitante.

La diferenciación entre ambos pueblos, pues, quedó definida únicamente como social. En tanto ganaderos, los tutsis tenían el poder económico, de modo que, a pesar de ser solo el 14%, tomaron el control del territorio y se erigieron como la clase dominante. Los hutus, agricultores, se conformaron como una casta inferior siendo el 85% de la población. (Los twas —1%— quedaron marginados desde el primer momento). Sin embargo, un hutu que adquiriera vacas podía convertirse en tutsi y viceversa. Además, no en todo el territorio las diferencias eran las mismas. En Burundi y en Uganda, donde la población también se divide en hutus y tutsis, ambos pueblos tuvieron su particular desarrollo. La distinción antes del colonialismo era, pues, permeable. Y en el caso de Ruanda, era pacífica. Así lo recoge al menos la tradición oral ruandesa, que insiste hasta la saciedad en que los problemas violentos entre ambas facciones llegaron con el hombre blanco. Los memoriales del genocidio que pueblan hoy en día el país lo repiten como un mantra.

En 1897 los exploradores alemanes pasearon por primera vez su blanca tez por Ruanda. Actualmente existen infinidad de pueblos y aldeas ruandesas en donde los vecinos —especialmente los niños— contemplan con los ojos desencajados al inusual y pálido visitante. Cabe imaginar la reacción de las tribus del siglo XIX cuando los europeos llamaron a su puerta. Pocos años después de la llegada alemana, la Liga de Naciones concedió el control del territorio a los belgas. Para administrarlo, el Gobierno del rey Leopoldo II decidió aliarse con la élite tutsi y en 1933 dotaron a la población de un documento de identidad en el que se especificaba si se era hutu, tutsi o twa. Por primera vez la diferencia entre ruandeses se tornó racial.

En la Ruanda actual, oficialmente, ya no existen hutus ni tutsis. Las identidades están prohibidas por ley y hasta resulta grosero preguntar por ello. En público es como un tabú. Sin embargo, la realidad de la calle —siempre por delante— muestra que cada ruandés tiene muy claro lo que es y a qué segmento pertenece. Las identidades hutu y tutsi siguen perfectamente definidas y delimitadas. Y aunque conviven y viven mezclados en pueblos y barrios, entre ellos se diferencian, si no es por el físico sí por el vestir o el puesto de trabajo. Mezclados, pero no revueltos.

«Que levanten la mano los tutsis»

«¿Si somos diferentes y somos más, qué hacemos sometidos?». Más o menos esa era la pregunta que planteaba El Manifiesto, un pequeño libro redactado en 1957 por un grupo de intelectuales hutus que tomó conciencia de la raza impuesta. Los belgas debieron oler lo que se aproximaba y decidieron convocar elecciones en 1959 para terminar con el dominio de las familias tutsis. Pero la tensión hacía tiempo que había pasado por encima de su control. El detonante fue la paliza que Dominique Mbonyumutwa, un activista hutu de la provincia de Gitarama, recibió el 1 de noviembre de 1959 a manos (y palos) de un grupo de tutsis. La revolución estalló. Mareas de hutus se echaron a la calle y quemaron cuanto hogar tutsi encontraron a su paso. Miles de familias tutsis fueron asesinadas y más de doscientos mil huyeron a la vecina Uganda. (Aviso: no olviden a este numeroso grupo de refugiados porque pronto cobrarán vital importancia en este relato). Finalmente, los partidos hutus tomaron el control de Ruanda y en 1962 declararon la independencia del país. Nacía un Estado. Y lo hacía con dos naciones enfrentadas bajo el brazo.

RWANDA.KIGALI

En los primeros años de vida Ruanda vivió sometida a una guerra civil de facto. Los tutsis exiliados cruzaban con frecuencia la frontera en guerrillas mal armadas para intentar recuperar el control. Por cada incursión, el Gobierno hutu respondía con matanzas sobre civiles tutsis, acusados de cómplices. Entre medias, el Gobierno aprobaba leyes cada vez más restrictivas contra los tutsis, los apartaba de la escuela, universidad, ejército o cualquier otro puesto o lugar de responsabilidad o formación. La población tutsi vivía completamente marginada y reprimida. Bealta Kabagwira, vecina de Kigali y también superviviente del genocidio, recuerda aquellos años. «En el colegio a los que éramos tutsis nos sentaban en la última fila. La profesora, cuando nos pedía algo, nos decía: “tú, tusti”, en cambio a los niños hutus les llamaba por su nombre. Cada mañana, llegaba a clase y nos decía: que levanten la mano los tutsis».

En 1973 el general hutu Juvénal Habyarimana dio un golpe de Estado y estableció una dictadura militar que perduraría hasta el genocidio. Paradójicamente, la toma de poder de Habyarimana abrió en Ruanda un período de estabilidad. Aunque siguió marginada a todos los niveles, la población tutsi no sufrió más ataques masivos e incluso Ruanda estabilizó relativamente su economía y su maltrecha diplomacia. Habyarimana se reveló como un tipo con la mente más abierta de lo que cabía suponerle y con los años fue ofreciendo concesiones a los tutsis. Una deriva que no gustó a su entorno. En la década de los ochenta las medidas aperturistas del presidente —entre ellas permitir el acceso a la política a partidos tutsis o proponer un diálogo para estudiar el retorno de los refugiados— provocaron que el ala radical de su Gobierno se organizara. Encabezados por su propia mujer, Madame Agahte, se formó alrededor de Habyrimana un círculo de poder, una suerte de lobby, llamado la akazu, que podría traducirse del kinyarwanda (idioma autóctono ruandés) como «la casita». La akazu sería, en pocos años, la encargada de preparar y ejecutar el genocidio.

«Son los del 59, que vuelven»

Joseph Buhigiro, vecino tutsi de la provincia de Nyamata de sesenta y cinco años, estaba bebiendo cerveza de plátano en un bar (beber cerveza es la actividad por excelencia en Ruanda), cuando un conocido le dijo: «Tus familiares han entrado y vienen a matarnos». Otro tipo que andaba por ahí añadió: «Son los del 59, que vuelven». A Joseph aquel comentario le ha quedado grabado casi tanto como el espanto al que sobreviviría posteriormente. «Hasta ese momento, al menos en mi pueblo, todos bebíamos juntos y en paz. Pero esa frase me quedó grabada, todo cambió desde ese momento».

Los vecinos de Joseph le estaban informando de que los tutsis exiliados en 1959 habían vuelto a atacar. Esta vez, sin embargo, no eran un grupúsculo de tipos mal armados. Los refugiados y sus hijos habían guardado silencio durante tres décadas alistados en el ejército ugandés. De la noche a la mañana, sin que nadie lo esperase, desertaron en nombre de una guerrilla llamada Frente Patriótico Ruandés (FPR). Entrenados, organizados y disciplinados, los tutsis volvieron a poner sus pies en Ruanda para, según su anuncio, «acabar con la tiranía y restaurar la paz». Estalló la guerra civil.

Con toda seguridad el FPR se hubiera plantado en Kigali en una semana y con ello se hubiera evitado el genocidio. Pero el primer día se toparon con un obstáculo no previsto: el ejército francés. Preocupados por mantener la francofonía de la Ruanda hutu (excolonia belga), François Mitterrand ordenó hacer frente a los guerrilleros del FPR, provenientes de la anglófona Uganda, para evitar perder el control del territorio. El segundo día de combates los soldados galos abatieron a Fred Rwigyema, cabecilla de los rebeldes, y recluyeron al invasor en las selvas de Virunga, al norte del país. El FPR se atrincheró en los montes reclutando efectivos y esperando una oportunidad. Un joven Paul Kagame tomó entonces el control.

«Exterminemos a esas cucarachas»

Un hombre aparece tumbado en un diván con cara angustiada. A su lado, sentado, un médico toma notas. El hombre le dice: «¡Estoy enfermo doctor!», a lo que el psiquiatra le responde, «¿Qué le ocurre?». Y el paciente confiesa: «¡Los tutsis! ¡Los tutsis!». La escena de este hombre enfermo de tutsis es una viñeta publicada por el periódico Kangura durante la guerra. Kangura, que podría traducirse como «Despiértalos», fue uno de los instrumentos de la cruel propaganda que el Gobierno tuvo a su disposición durante el conflicto y que alentó —y casi mentalizó— a la población para llevar a cabo un genocidio contra los tutsis. Al frente de Kangura estaba Hassan Ngeze —miembro de la akazu— quien redactó los «Diez Mandamientos Hutus». Publicados como un editorial, estos diez mandamientos fueron la base de la ideología que desembocaría en el genocidio. El primer mandamiento decía: «Todo hutu debe saber que una mujer tutsi, sea quien sea, sirve a los intereses de su grupo étnico tutsi. Por ello, consideraremos como un traidor a cualquier hutu que se case con una mujer tutsi, sea amigo de una mujer tutsi o dé empleo a una mujer tutsi». El resto de mandamientos van en la misma y previsible línea.

Kangura fue la punta de lanza de la campaña de odio hacia los tutsis que se basaba en la idea de que el FPR había regresado para asesinar a todos los hutus. El Gobierno llegó a publicar documentos falsos en los que se podían leer los supuestos planes de la guerrilla tutsi, que no eran otros, claro, que exterminar a la población hutu. Se inoculó en la ciudadanía la sensación del callejón sin salida: o ellos, o nosotros. En realidad se estaba poniendo sobre la mesa un miedo atávico, un temor que verdaderamente nunca se había ido. El terror de una población sometida y que solo había gozado de unas décadas de poder. El histórico opresor regresaba a por ellos. Para no pocos estudiosos de la historia ruandesa el genocidio fue la virulenta e impredecible reacción del niño aterrorizado que se revuelve contra lo que le da pavor.

El clima de miedo radicalizó al Gobierno, que pasó a denominarse Poder Hutu, e hizo que la akazu tomase el control de forma definitiva desde la sombra. La primera medida que se decretó fue la creación de unas milicias civiles para defenderse del ataque del FPR. Fueron denominadas Interahamwe, que puede traducirse como «los que luchan juntos», un término que, a día de hoy, todavía asalta las pesadillas de miles de ruandeses. Los chicos de las Interahamwe eran el mal personificado. Jóvenes armados con machetes sin causa ni futuro, adoctrinados en el odio y empapados en alcohol y anfetaminas. «Recuerdo que las Interahamwe cantaban: “¡Os vamos a exterminar, os vamos a exterminar!”. Me los crucé a veces por la calle cantando eso y armados hasta los dientes…», rememora Benuste, el superviviente que abre este relato. Las armas, por cierto, no crecían de la tierra.

«Francia nos las dio. Llegaban cargamentos de machetes y rifles». Toma la palabra Straton Sinzabakwira, de cincuenta y dos años. Cumple condena en la cárcel de Nyanza, en cuyo patio concede la entrevista. Lleva un pijama rosa, de camisa de manga corta y pantalones cortos, el uniforme de presidiario en Ruanda. Straton es lo que en Ruanda se conoce como un genocidaire, el término en francés. Cumple veinticuatro años de pena por organizar el asesinato de seis mil tutsis en el municipio de Nyamubunga, del que era alcalde. «Soy testigo. Vi como llegaban cajas con armas. Lo vi en Kungo, cerca de Muzanze y también vi armas de los franceses en Ku Giti». Straton afirma que las tropas francesas armaron a las Interahamwe y también ayudaron en su entrenamiento. No será lo último que explique Straton sobre el papel de Francia durante el genocidio.

Las Interahamwe comenzaron a protagonizar desfiles con un toque cutre de totalitarismo. Lucían llamativas camisas y cantaban consignas contra los tutsis. Los políticos remataban los actos con discursos inflamables. Los más recordados son los de Léon Mugesera, uno de los líderes de la akazu, que en sus intervenciones recordaba siempre que hutus y tutsis eran dos etnias diferentes y llamaba sin miramientos al exterminio.

El otro medio por donde se extendió el odio fueron las ondas de la Radio Télévision Libre des Milles Collines (RTLM), la radiotelevisión del Gobierno. Dirigida por Féliciene Kabuga, la RTML tuvo mucho más alcance que Kangura, ya que es raro el ruandés que no esté pegado a una radio. Las ondas de la propaganda hutu llegaron a todos los rincones del país. Ruanda se sumió en la paranoia. Los hutus acusaban a los tutsis de ser cómplices del FPR, células coordinadas entre ellas. Es verdad que algunas familias tutsis ayudaban económicamente a los rebeldes y que muchas otras enviaban a sus hijos a enrolarse, pero la gran mayoría no estaba al tanto de las operaciones de los chicos de Kagame. Cualquier gesto era malinterpretado. Evariste lo recuerda con un detalle. «Una familia tutsi de mi pueblo cavó un pozo para el agua y los vecinos les acusaron de que era para enterrar hutus. Cualquier cosa que unos u otros hacían era sospechosa».

El miedo también se alimentaba de las noticias que traían los hutus que huían del norte, donde el FPR avanzaba, y que hablaban de asesinatos, abusos y tropelías de los rebeldes de Kagame. Las represalias se convirtieron en un arma de guerra. Por cada ataque del FPR en el que lograba ganar terreno, respuesta del Gobierno contra civiles. Así murieron miles de personas durante esos tres primeros años de guerra (1990-1993). El FPR atacaba en una punta del país y en la otra eran asesinados cientos de vecinos tutsis como represalia, probablemente sin saber siquiera por qué les estaban atacando. Matar tutsis se convirtió en una práctica como cualquier otra, en una actividad que mantenía unido al pueblo contra el enemigo. «Los políticos llegaban a la plaza del pueblo, daban un mitin, los vecinos les señalaban las casas de tutsis y los milicianos los asesinaban», rememora Straton. Podría decirse que estaban llevando a cabo un gran entrenamiento.

La paz es una farsa

«El que piense que la guerra ha terminado como resultado de los Acuerdos de Arusha, se engaña a sí mismo». Es una de las líneas del editorial de Kangura firmado por Hassan Ngeze al día siguiente del acuerdo de paz. El FPR, contra pronóstico, logró sentar a la mesa de negociaciones al Gobierno del Poder Hutu. Habyariamana, consciente de la superioridad militar de los hombres de Kagame, concedió lo que las milicias tutsis deseaban: una negociación política que les permitiera avanzar y frenara las matanzas a civiles. El 4 de agosto de 1993, en la ciudad de Arusha, Tanzania, ambos bandos firmaron un acuerdo.

«¿Cómo decís vosotros? ¿Una farsa? Pues eso, ese acuerdo de paz fue una farsa». Evariste es el nombre ficticio de un hutu que habla español. Los hutus que se salen del discurso oficial del actual Gobierno ruandés no pueden dar la cara. Su vida y la de sus familias correrían peligro. «Los acuerdos sirvieron para que el FPR ganara terreno. Se acordó que el FPR enviara a doscientos representantes al Parlamento y Kagame envió a doscientos soldados. Habyarimana les dejó entrar hasta la cocina», comenta Evariste con risa burlona, como mofándose de la torpeza del presidente.

De aquella negociación también salió la decisión de enviar una fuerza de paz de la ONU, la Misión de Asistencia de Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR), que se instaló en suelo ruandés en octubre de 1993. Al mando estaba el general canadiense Roméo Dallaire, a la postre testigo crucial de la pasividad de la comunidad internacional cuando estalló el genocidio. Dallaire —que terminó la misión en tratamiento psiquiátrico— empezó a pie cambiado: le dieron cuatrocientos cascos azules en lugar de los dos mil quinientos prometidos y una orden expresa de no poder usar la fuerza.

Solo tres meses después de su llegada, el general Dallaire tomó conciencia —y evidencia— de lo que estaba a punto de suceder. Y se lo advirtió a la ONU mediante un fax. Un fax a la vista de cualquiera que tenga interés en leerlo, un fax mil veces reproducido en la Ruanda actual y que luce, vergonzante, en los memoriales del genocidio de todo el país.

El fax fue enviado, con firma del propio general, el 11 de enero de 1994 con el encabezamiento de «Solicitud de protección para confidente». Dallaire explica en el fax que había logrado la colaboración de un confidente que trabajaba en las esferas más altas de las Interahamwe, entrenando a los milicianos y planeando estrategias de ataque. El confidente, según detalla Dallaire en el fax, aseguraba que cuarenta comandos de milicianos hutus estaban listos y organizados para llevar un ataque a gran escala en Kigali. Describe que desde la llegada de UNAMIR se ha ordenado a las Interahamwe que hagan un censo de todos los tutsis de Kigali. El confidente, reza el fax, sospecha que la intención es exterminarlos. Detalla que tienen capacidad para asesinar a mil tutsis en veinte minutos. Continúa: el confidente afirma que el presidente Habyarimana no tiene control sobre lo que está sucediendo, mucho menos sobre las milicias. Dallaire explicaría más adelante que también informó a Naciones Unidas de la constante llegada al país de armas financiadas por Francia y cientos de contenedores con machetes provenientes de China.

La respuesta a Dallaire no tardó. El mismo día llegó un fax de vuelta desde Nueva York firmado por el entonces jefe de la misión de paz en Ruanda, Kofi Annan: «Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la UNAMIR». La ONU rehusó intervenir en ese momento a pesar de que, en Ruanda, casi todo el mundo presagiaba lo que se venía encima. «Claro que sabía lo que iba a ocurrir», dice Straton desde la cárcel. «Todos sabíamos lo que iba a ocurrir. También la ONU y Francia. Todo estaba preparado y nadie hizo nada».

El horror

«Recuerdo de esa noche algo especial, pude adivinar que algo iba mal. Lo presentí. Esa noche oí muchas más bombas y disparos, todo el tiempo y por todos lados. Tuve un mal presentimiento. A la mañana siguiente lo confirmé. Estaba con mi mujer al lado de la radio y escuchamos que el avión del presidente había sido derribado, que lo habían asesinado. Ella me miró y me dijo: «Vamos a morir».

Benuste, el superviviente que abre este relato, recuerda con detalle la madrugada del 6 de abril de 1994, la madrugada que se desplomó sobre los tutsis. El avión de Habyariamana fue derribado por un cohete cuando estaba a punto de aterrizar en Kigali. Regresaba de Arusha y los restos de la nave cayeron en el jardín de su propia casa, hoy convertida en un museo en el que se pueden contemplar los restos del fuselaje como si hubieran caído ayer. Es otro debate vivo en Ruanda: ¿quién derribó aquel avión? El FPR sostiene que fue la akazu quien asesinó a Habyarimana para propiciar el genocidio. A Evariste, nuestro confidente hutu, le da la risa. «Pretenden que os creáis que derribamos el avión de nuestro presidente. Aquel avión lo destruyó el FPR».

Cuerpos embalsamados en el memorial de Murambi. Veintisiete mil personas fueron asesinadas en este lugar.

Horas después del ataque, Kigali y el resto de ciudades y pueblos ruandeses fueron tomados por las Interahamwe, que instalaron puestos de control en los caminos y carreteras, conocidos en Ruanda con el término en inglés, road-blocks. «Yo vi cómo montaban una trinchera en mi calle. Veía desde mi ventana cómo llegaban los milicianos. Mi mujer no dejaba de repetir que íbamos a morir. Yo también lo pensaba», rememora Benuste. Los tutsis estaban solos. Había llegado la hora de aplicar la solución final. Ya no bastaba con ganar la guerra, ni siquiera con expulsar al enemigo como hacía treinta años. Era necesario terminar de una vez y para siempre con el problema tutsi. El horror se hizo con Ruanda.

Para las Interahamwe la cacería no fue excesivamente complicada. Tenían listas con todos los nombres de los tutsis, esos censos sobre los que el confidente de Dallaire advirtió y que la ONU prefirió ignorar. Los milicianos, casi siempre sobreexcitados de alcohol y anfetaminas, montaban road blocks, pedían en ellos la tarjeta de identidad (la de los belgas) y quien era tutsi era apartado a la cuneta y asesinado a machetazos. A veces, cansados de tanto machetazo, empujaban a los tutsis a un lado, sobre un montón de cuerpos y los mataban al cabo de unas horas. Las cunetas de todo el país se llenaron de cadáveres, entre los que a veces se hallaban vivos haciéndose los muertos, o muertos en vida, inmóviles de terror entre los cadáveres, o simplemente agonizando, en un punto que ya daba igual ser un cuerpo vivo o muerto. Era tanta la sangre, tantos los cadáveres amontonados por todos lados, que era imposible asegurarse de que todo el mundo estuviera muerto. En pocas horas, Ruanda era un desenfreno de violencia rara vez visto en la historia moderna.

Los tutsis que lograban esquivar los road blocks se refugiaban en lugares que ya habían acogido a sus padres y abuelos en otras matanzas. Las iglesias se convirtieron en destinos prioritarios donde miles de personas se encerraban con la esperanza de que no se violara lo más sagrado. Las propias milicias, para evitar que nadie escapara, animaban a los tutsis a refugiarse en estos sitios con la promesa de que estarían a salvo. No era cierto, claro. Aquellas iglesias se convirtieron en mataderos humanos que posteriormente han abandonado su función religiosa y han sido convertidas en memoriales que pueden ser visitados por los viajeros. Ruanda ha tomado como modelo los museos del holocausto judío y conserva hasta el mínimo detalle de la tragedia para que el visitante comprenda la dimensión de lo sucedido: huesos, calaveras, ropas, efectos personales, armas, agujeros de bala, restos de sangre… Sin embargo todo carece de organización, ya que la mayoría de estos memoriales están sin terminar aún. Las ropas se agolpan sobre los bancos llenas de tierra y polvo, las pertenencias de las víctimas están amontonadas al alcance de cualquiera, no hay una sola vitrina; si alguien quisiese, podría coger lo que se le antojara. Hasta los huesos y calaveras están expuestos como buenamente se ha podido, sin espacio suficiente. A veces da la sensación de que se ha entrado un rato después de la matanza.

En la modesta iglesia de Ntarama, al sur de Kigali, se refugiaron cinco mil tutsis. Fue la propia policía la que indicó a los vecinos que allí estarían seguros. A los pocos días, los muchachos de las Interahamwe, acompañados de soldados, políticos locales, vecinos y de la propia policía atacaron la iglesia con granadas y pistolas. Después accedieron a su interior y remataron con machetes y martillos a los que estaban vivos. A algunas mujeres las separaron, las llevaron a una capilla en la parte trasera de la iglesia y las violaron innumerables veces. Esta capilla es hoy parte del memorial. En uno de sus extremos hay un palo apoyado de cualquier forma contra la pared, un palo de unos dos metros que pasa desapercibido, sin letrero o explicación alguna. El guía lo agarra con rostro serio, lo golpea contra el suelo a modo bastón y añade: «Con este palo violaron y empalaron a unas veinte mujeres aquí». Luego lo vuelve a apoyar en la pared. El horror se supera a sí mismo con la mancha oscura que luce en la misma pared y a la que el guía se refiere a continuación: «Este es el punto donde mataron a los niños golpeándolos contra el muro, por eso quedó la marca».

Jospeh Buhigirio, el hombre al que sus vecinos en el bar le dijeron «tus familiares han vuelto», se refugió con su familia en la iglesia de Nyamata, no lejos de la anterior. «Creíamos que estaríamos seguros. De hecho, el alcalde vino y nos dijo que no nos moviéramos de allí, que estaríamos a salvo. Cada vez llegaba más y más tutsis y los alrededores de la iglesia también se llenaron. El jardín, el patio de la iglesia y las casas. En total éramos unas diez mil personas. Ese mismo día el cura huyó».

El 14 de abril llegaron las Interahamwe. Con ellas estaba el alcalde y la policía. Un miliciano depositó una granada en la puerta de la iglesia y la voló. Dentro, dos mil quinientas personas se apilaban con pánico entre los bancos. «La puerta salió por el aire. Yo no tenía ninguna esperanza. Asumí en ese momento que iba a morir, lo acepté. Empezaron a matar, a matar, a matar…». Joseph reitera el verbo intentando transmitir la cantidad de asesinatos que se precipitaron en minutos. El énfasis se puede aplicar a lo que era Ruanda aquellos días. «Primero dispararon contra todos, contra la gente que gritaba y se desplomaba. También lanzaban granadas. Yo me metí debajo de un banco. Veía cuerpos cayendo por todas partes, también los de mis hijos, y empecé a notar que algo me mojaba. Me fijé que estaba tumbado sobre sangre, la sangre subía a una velocidad increíble y llegó a levantar un palmo. Tuve que subir la cabeza para respirar. Los cuerpos empezaron a caerme encima. Quedé completamente cubierto de cuerpos, oía los gritos, los disparos, cómo lloraba todo el mundo… y ahí ya no sentí nada más. Ahí me convertí en una piedra. No sentía nada, solo estaba inmóvil, cubierto de cuerpos y completamente cubierto de sangre. La verdad es que no había diferencia entre mi cuerpo y el de los muertos». Eso fue, probablemente, lo que salvó a Joseph.

«Cuando el ruido de los disparos y lloros desapareció, los milicianos comenzaron a caminar sobre los cuerpos, iban dando machetazos a todos, a todos los cuerpos, rematándolos. Yo oía gemidos, algunos lloros, pero sobre todo recuerdo el ruido de los golpes, de los machetazos. Yo tenía tantos cuerpos encima que no me golpearon, yo creo que ni siquiera me vieron». Joseph permaneció inmóvil durante horas, en una suerte de shock que salvó su vida. Después salió, tras comprobar que toda su familia estaba muerta, y caminó, cubierto de sangre ajena, hasta la frontera con Burundi, a pocos kilómetros de allí. La cruzó a través del bosque y se salvó.

Aunque en ese momento Joseph no se dio cuenta, otra persona estaba viva dentro de aquella iglesia tras el ataque. Era Euginie Nyirakimuzanye, que entonces tenía veintisiete años. Euginie se refugió en la iglesia con cuatro de sus siete hijos. Como Joseph, sobrevivió a los disparos quedándose inmóvil bajo los cuerpos inertes. En este caso, bajo los cuerpos inertes de sus hijos. «Estuve casi dos semanas dentro de la iglesia después del ataque. No quería moverme, no podía. Solo el olor de los cadáveres me hizo salir». El aspecto de Euginie al abandonar la iglesia —tanto mental como físico— hizo que los vecinos hutus que la vieron la dieran por muerta. «Yo escuchaba, “déjala, ya está muerta”». Euginie logró alcanzar una casa donde estaban escondidos su marido y sus otros tres hijos. La crueldad se cebó con ella. «Al día siguiente llegaron las Interahamwe y mataron a mis hijos y a mi marido con machetes». Euginie recibió un machetazo en la cabeza pero sobrevivió. Hoy, vive marcada por un profundo trauma que cobra forma con una imponente cicatriz en su frente. La verdadera herida, sin embargo, es la de haber perdido a toda su familia y se refleja en dolores crónicos y la negativa a salir de su casa desde aquel episodio.

Euginie Nyirakimuzanye. Superviviente de la iglesia de Nyamata. Recibió un machetazo en la cabeza.

Matar por inercia

Durante los cien días que duró el genocidio se estima que 1,7 millones de hutus participaron, en mayor o menor medida, en la masacre. Fue el Gobierno y las Interhamawe quienes organizaron y llevaron a cabo las matanzas, pero contaron con apoyo. Los políticos locales, gobernadores, alcaldes y concejales, fueron adoctrinados en la matanza y organizaron las listas y los asesinatos en sus provincias y pueblos. Muchos de ellos no se resistieron a participar. La policía también mató. Por debajo de todos ellos, los vecinos hutus.

Edison Zigirikamiro tiene sesenta y ocho años. Es un campesino hutu de las montañas de Bisesero, al oeste del país, muy cerca del lago Kivu. «Al día siguiente de la caída del avión del presidente fui a ver a mi cuñado, que era tutsi, pero cuando llegué a su casa ya no estaba. Al regresar me encontré un grupo de milicianos. Los vi matando vecinos, disparaban contra los vecinos tutsis, gente que yo conocía de siempre. Un miliciano se me acercó y me preguntó qué hacía mirando, por qué no estaba matando. Yo le dije: “Lo siento, pero yo no puedo matar a nadie”. Y me dijo, “entonces te mataremos nosotros”. Me tuve que unir a aquel grupo. Recorrimos mi propio pueblo buscando a un chico tutsi que se había escapado y que yo conocía. Los que iban más rápido lo alcanzaron y lo mataron. Yo no di ningún machetazo, pero soy responsable por formar parte de aquella persecución. Si lo hubiera encontrado yo, lo hubiera tenido que matar».

Edison representa —o podría representar, imposible saber si cuenta toda la verdad— el perfil de vecino hutu que se vio obligado a matar. Casi todos los implicados en la matanza afirmaron lo mismo en los juicios posteriores: fueron obligados. La obligación no era siempre directa. Muchos vecinos hutus explicaron que tuvieron que matar para pasar desapercibidos, para ser «normales». Era tal la ola de violencia en Ruanda que quien no estuviera matando pasaba a ser sospechoso. Se dieron casos de hutus que, mientras refugiaban a tutsis en su casa, mataban a otros en la calle para no llamar la atención. Este era el panorama. Las milicias y el Gobierno lograron un clima por el que matar era obligatorio, era la única salida a una situación extrema. La idea de que matar podría traer consecuencias se diluyó y dejó paso a la certeza de que no matar sí tenía consecuencias. De este modo muchísimos vecinos mataban: profesores mataban alumnos, médicos mataban pacientes, clientes mataban dependientes, vecinos a vecinos, hombres a niños, mujeres a mujeres… Se construyó la idea de que matar a un tutsi era salvar la vida de un hutu. El miedo a morir empujó a miles de hutus a ayudar. Impulsados por el pánico, no dudaban ante la disyuntiva: ellos o nosotros.

Hubo, por supuesto, muchos otros vecinos que no participaron e incluso muchos de ellos ayudaron a los tutsis con refugio o alimentos. En definitiva, se jugaron la vida por los que se suponían que eran sus enemigos. Y es que, a pesar de que el paisaje parece ahora definido entre buenos y malos, la realidad es que en aquella Ruanda los extremistas eran minoría. Con poder, claro, pero minoría. «Solo unos pocos locos se creían aquella propaganda. Nadie consideraba a los tutsis cucarachas. Cuando escuchábamos esas cosas por la radio no las tomábamos a broma, nos reíamos. Pero la situación al final se volvió tan tensa que mucha gente se vio arrastrada», explica Evariste, nuestro confidente hutu, quien da otra clave: «A muchos hutus les decían que, si ayudaban, se quedaban con las propiedades de las víctimas. En aquella Ruanda con un 80% de población con hambre, puedes imaginar el efecto de tal oferta».

En lo que respecta a los genocidas, el Gobierno estima que hubo unos ciento treinta mil, de los que ciento veinte mil fueron arrestados después de la guerra y, de ellos, cuarenta mil continúan en la cárcel a día de hoy. Solo dos mil trescientos eran mujeres. En Ruanda se considera genocida a todo aquel que mató directamente a alguien u organizó una matanza. Israel Duginzigimana es uno de ellos. Cumple veintiún años por participar en el asesinato de un grupo de trescientos tutsis cuando era concejal del ayuntamiento de Nyabisindu. También viste pijama rosa. Su rostro es serio, rudo. Israel hace de guía por la prisión, nos muestra sus abarrotados patios, su irrespirable saturación y lo hace sin la presencia de un solo guardia. Él parece el jefe del lugar. «De mi municipio solo salieron vivos seis tutsis. Yo ayudé a los milicianos con las matanzas. En una de ellas, rodeamos a un grupo de trescientos vecinos. Yo conocía a casi todos. Disparamos contra ellos. Yo disparé y lancé una granada que mató a un hombre que conocía». «Mi mujer me preguntaba por qué estaba ayudando, por qué mataba. Yo le decía que cumplía órdenes, que no me quedaba otra salida. Hoy me doy cuenta de que estaba equivocado y me arrepiento cada día. Pido perdón. Pido perdón a las familias».

«Actos de genocidio»

El genocidio de Ruanda duró cien días. En esos cien días, según las estimaciones más optimistas, fueron asesinadas ochocientas mil personas, casi todas ellas tutsis.

Por si fuera poco, no se trató de un exterminio sistemático. No fue un genocidio militarizado, «ordenado», como pudo ser el holocausto judío. No se trata de niveles de horror, de comparar qué fue peor, porque a tales profundidades de deshumanización son análisis vacíos. Pero es necesario subrayar la extrema suciedad, la intolerable crueldad de lo sucedido en Ruanda.

El doctor Bizoza Rutakayile es psiquiatra y director del centro psiquiátrico de Ndera Neoro, donde nos recibe. Trata casos de traumas en supervivientes y en los relatos de sus pacientes escucha hasta dónde se aventuró la crueldad en el genocidio ruandés. «Tengo dos casos extremos. Uno es de un chico que fue obligado a beberse la sangre de su madre y a comerse sus órganos sexuales antes de que la mataran. Otra paciente, una mujer que sigue con una depresión grave, fue obligada a comerse a uno de sus hijos a cambio de la vida de los demás». Los milicianos también llevaban a cabo macabros juegos. En el pueblo de Evariste colocaron a los vecinos tutsis en fila y les pusieron pimienta en la nariz. «Al que estornudaba —rememora Evariste—, le degollaban». La crueldad era tal, que algunos tutsis ofrecían dinero por ser asesinados de un disparo. Querían evitar las torturas, ser mutilados o ser quemados vivos dentro de sus casas, prácticas todas ellas muy extendidas entre las Interahamwe, como recuerda Israel: «Tal vez lo peor que vi fue cómo quemaban a las familias dentro de sus casas. No les dejaban salir y al que se escapaba, lo mataban a machetazos». Las mujeres, casi siempre, eran violadas antes de ser asesinadas. Las que lo sufrían por parte de un hombre infectado con VIH, eran indultadas, algo que se cobró un nuevo genocidio en la siguiente década, esta vez lento y silencioso.

En realidad, cuesta creer que cosas así puedan pasar. Pero pasaron. No hace tanto. No tan lejos.

Israel Duginzigimana. Genocida encarcelado desde hace 17 años. Disparó y lanzó una granada contra un grupo de 300 tutsis.

El mundo, mientras tanto, intentaba no mirar. Una resolución aprobada por la ONU en 1948 obligaba —y obliga— a su Consejo de Seguridad a intervenir en donde se esté cometiendo un genocidio. Pero Estados Unidos no quería enviar una nueva fuerza de paz a Ruanda, escaldado por lo ocurrido dos años antes en Somalia, donde un helicóptero Black Hawk fue derribado y diecinueve soldados americanos murieron. Para conseguir escaquearse, el ejecutivo de Bill Clinton esquivó el término genocidio durante más de dos meses. Cada rueda de prensa o intervención desde la Casa Blanca que se refería a Ruanda se llevaba a cabo con el término «actos de genocidio». El 28 de abril, en plena matanza, un periodista le preguntó a la portavoz del Departamento de Estado, Christine Shelley, por qué no podían decir que estaba teniendo lugar un genocidio en Ruanda. Shelley respondió: «Porque, bueno, hay una razón para la selección de la palabras que hemos hecho, y yo he hecho… tal vez lo he hecho… yo no soy abogado. No enfoco esto desde el punto de vista legal, internacional o erudito. Intentamos, lo mejor que podemos, reflejar con precisión una descripción al abordar esta cuestión. Es… la cuestión está ahí. Está claro que la gente está enterada y ha estado mirándola». Aquella rueda de prensa de rodeos y malabares conceptuales duró unos diez minutos, tiempo en el que, de media, cincuenta tutsis fueron asesinados. Era un reloj de arena en el que cada vaguedad en Washington equivalía a una decena de muertes en Kigali.

Desesperado, el general Dallaire solicitó a la ONU el envío de más tropas, asegurando que con tan solo cinco mil hombres garantizaba detener la masacre en una semana. Desde un punto de vista militar nadie puso en duda el juicio de Dallaire, sin embargo aquello no era un asunto militar, era una cuestión política. Dallaire volvió a chocar contra un muro. En lugar del envío de tropas, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, impulsado en esta decisión por Estados Unidos, redujo el número de soldados de dos mil quinientos a dosciento cincuenta. Un grupúsculo que, desde ese momento, tuvo que limitarse a hacer todo lo posible por mantenerse con vida. Ese mismo día Cruz Roja envió una nota de prensa en la que ya estimaba en cien mil los muertos.

Antílopes

Los primeros ataques en la aldea de Jean fueron esporádicos. Algunos milicianos pobremente armados se acercaban, pero eran repelidos con piedras. Al cabo de cuatro días, llegaron las Interahamwe. Jean, que entonces tenía once años, los vio aparecer desde su casa. «Llegaron en todoterrenos que levantaban una polvareda, gritando. Se reían. Salimos corriendo en dirección al bosque. Todos los vecinos salieron despavoridos corriendo de sus casas. Yo corrí con todas mis energías. Conmigo iban mi primo, que era de mi edad, y mis padres». Aquella fue la primera de las muchas carreras que le esperaban a las pequeñas piernas de Jean.

Jean Rwilangura —hoy el presidente de una asociación de supervivientes— se refugió en el bosque de Kayumba donde estuvo semanas corriendo por su vida. Representa el otro tipo de matanzas que tuvieron lugar en Ruanda. En esta ocasión no se reunía a los tutsis en iglesias, se les perseguía por bosques o pantanos como si de un coto de caza se tratase. Así lo retrata el periodista francés Jean Hatzfeld en su libro La estrategia de los antílopes. Eso es en lo que se convirtieron aquellos tutsis: presas que estuvieron semanas esquivando a sus cazadores.

«Cuando llegué al bosque, donde estaban casi todos los vecinos tutsis, no encontraba a nadie de mi familia», prosigue Jean. «Una señora se me acercó al cabo de unas horas y me dijo que habían matado a mi madre. Yo le dije que no, no le creía. Así que volví corriendo otra vez por el camino que había hecho. Me encontré un montón de cuerpos, iba mirando todos, hasta que vi el de mi madre. Entonces empecé a llorar y volví al bosque sin poder parar de llorar, pero esta vez no fui corriendo, fui caminando».

Durante las siguientes dos semanas mi vida se basaba en correr. Corría todos los días, cada vez que llegaban las milicias. A veces me notaba bien y corría muy deprisa. Otras me costaba más y alguna vez algún miliciano llegó a estar muy cerca de mí. Aprendí a correr por las partes más frondosas del bosque, aprovechando mi tamaño pequeño, y también aprendí que si corría en zigzag me dejaban de perseguir antes. Todo descalzo, claro. El resto del tiempo intentaba no moverme, aprendes a ahorrar energía. Me ponía en un sitio alto y si venían de un lado, corría hacia el otro. Si venían del otro, corría hacia el contrario.

Las milicias acudían cada día, incansables, a la cacería. Llegaban por la mañana, rastreaban el bosque, mataban todo lo que podían y se iban al oscurecer. «Solía estar en grupo, de cuatro o cinco personas, pero el grupo era cada vez distinto. Cada vez que echábamos a correr nos perdíamos. A algunos los cogían y otros nos volvíamos a reunir. O acababas en otro grupo. Nos contábamos cómo habíamos escapado o nos enseñábamos las heridas. Algunas veces terminaba solo y no encontraba a nadie durante horas. Esos eran los peores momentos. Solía llorar y pasaba mucho miedo. Una vez llegué a pasar tres días solo».

Las historias de los niños supervivientes de Kayumba son inauditas. «Recuerdo un día que corría con un grupo de niños me tropecé y me partí el labio contra una piedra. También me hice una herida en la rodilla. Me levanté al momento y seguí corriendo con la sangre. De aquel grupo recuerdo que cogieron a casi todos y los mataron. Estaba todo el día corriendo, pero había días que no podía. No podía moverme, era incapaz de correr. ¡Es que tenía once años! Y esos días pasaba mucho miedo porque si me hubiesen llegado a atacar, no era capaz de huir».

Con el paso de las semanas los supervivientes en Kayumba eran menos. Jean fue de los pocos que fue rescatado de aquel bosque con vida. Le sacaron los soldados del FPR en junio, cuando la guerra comenzaba a decantarse a su favor. Solo entonces, con Ruanda sembrada de cadáveres, la ONU despertó.

La gran evasión

El 22 de junio, con el FPR cerca de ganar la guerra, la ONU aprobó la Operación Turquesa. La reacción llegó a regañadientes y tras un informe de Cruz Roja que elevaba los muertos a medio millón. La operación sería llevada a cabo por el ejército francés y consistiría en abrir un corredor humanitario para que la población hutu que ya comenzaba a huir pudiera salir del país. Pero el papel desempeñado hasta ese momento por Francia hizo que los hutus interpretaran la acción de otra forma. Los soldados de François Mitterrand aterrizaron en Kigali entre los vítores de la concurrencia hutu. El periodista del New Yorker, Philip Gourevitch, recoge en su imprescindible libro Queremos informarle de que mañana seremos asesinados junto con nuestras familias, el testimonio de hutus que recuerdan aquel recibimiento. Había pancartas en las que se podía leer «bienvenidos hutus blancos» y en la RTLM los locutores bromeaban con las mujeres. «Ahora que se han muerto todas las chicas tutsis es vuestra oportunidad con los hombres blancos».

Poco duró la alegría en el bando hutu. El FPR aprovechó que la misión de los franceses era únicamente permitir la salida de refugiados y alcanzó Kigali en menos de un mes. El 13 de julio de 1994 los rebeldes se hicieron con la capital y la guerra terminó. Comenzó entonces el epílogo del horror. Primero con los desmanes y venganzas del FPR, algo que el actual Gobierno ruandés niega rotundamente pero que todo hutu en Ruanda ha vivido más o menos de cerca. Evariste no es una excepción. «Los soldados del FPR entraban en las aldeas que iban tomando y disparaban contra los vecinos hutus. Hubo miles de venganzas, miles de asesinatos contra civiles hutus. Si me preguntas, te digo que creo que murió tanta gente en esas represalias como en el genocidio». Pero ese es un dato que el actual Gobierno ruandés no admite. El gobierno de Kagame no reconoce el dolor de los hutus, algo que sigue clavado en el orgullo de su población.

La segunda parte del epílogo fue la huida de más de dos millones de refugiados hutus a campos de países vecinos, especialmente a los levantados de forma casi improvisada en la vecina República Democrática del Congo (entonces Zaire). En su huida, ocultos entre las mareas humanas, iban los genocidaires. El nuevo gobierno ruandés montó en cólera y acusó a Francia de escoltarles en su evasión. Straton, el genocida que organizó la matanza de seis mil tutsis, salió así del país. «Llevábamos armas y a los franceses les daba igual. ¡Pero cómo no les iba a dar igual si nos estaban protegiendo! ¡Nos escoltaron hasta el Congo!». Straton casi ríe en su énfasis, como incrédulo. Años después el FPR asaltará los campos congoleños en busca de los milicianos huidos provocando, según un informe de la ONU de 2010, un nuevo genocidio, esta vez en el otro sentido. La violencia en Ruanda parece un bucle sin fin.

El sonrojo del mundo

Cuentan que muchos tutsis, durante el genocidio, usaban el cielo como mapa. Desde sus refugios, en bosques, cuevas o pantanos, observaban el cielo y evitaban caminar por donde veían bandadas de buitres. Los buitres les marcaban las rutas prohibidas y les indicaban los caminos despejados. Los caminos sin muerte.

El paisaje que el FPR se encontró tras instaurar un nuevo Gobierno era desolador: ochocientos mil muertos, doscientas cincuenta mil mujeres violadas, cien mil niños huérfanos, pueblos enteros destruidos, cadáveres por todos lados devorados por los perros y riadas humanas de desplazados. Un escenario que, como declararía Paul Kagame días después, «el mundo había observado con las manos en los bolsillos». A día de hoy siguen apareciendo cuerpos en Ruanda. Del casi millón de muertos solo doscientos cincuenta mil han sido identificados. El muro del memorial de Kigali apenas contiene nombres, a la espera de que se complete la lista de víctimas.

El 25 de marzo de 1998 Bill Clinton pedía disculpas a los ruandeses en un discurso en Kigali. Dos meses después, el 7 de mayo, Kofi Annan, ya secretario general de la ONU, hizo lo propio en el parlamento de Kigali. «El mundo debe arrepentirse profundamente por este error. La tragedia de Ruanda fue la tragedia del mundo entero. Todos los que nos preocupamos por Ruanda, todos los que fuimos testigos del sufrimiento, deseamos fervientemente haber evitado el genocidio. Mirando ahora atrás, vemos las señales que entonces no reconocimos. Ahora sabemos que lo que hicimos no estuvo ni cerca de ser suficiente, suficiente para salvar Ruanda y suficiente para honrar los ideales de Naciones Unidas. Nunca negaremos que, en el momento que más lo necesitaba, el mundo falló al pueblo de Ruanda».

Fotografía: Alfons Rodríguez.


Viviendo entre simios (y III): Jane Goodall

Foto de Kennan Ward. Corbis
Foto: Kennan Ward / Corbis.

La complejidad de su vida social, su capacidad para fabricar herramientas y su alto grado de autoconciencia convierten a los chimpancés en «los Albert Einstein del mundo de los seres no humanos», según la definición del primatólogo Michael P. Ghiglieri. Su estudio tiene una importancia extraordinaria para conocernos a nosotros mismos como humanos y sin embargo hasta hace unas décadas, sorprendentemente, apenas se sabía nada de su comportamiento en estado salvaje. Hasta que a comienzos de los años sesenta una joven inglesa llamada Jane Goodall se dedicó a observarlos en plena selva africana.

Nacida en Londres en 1934, con apenas cuatro años ya mostraba aptitudes de protobióloga, prestando gran atención a cómo ponían un huevo las gallinas. Más adelante realizó estudios de secretaría pero lo que realmente quería hacer es viajar por África. Una sensación difusa de que su lugar en el mundo estaba allí, semejante a la que años después tendría Dian Fossey. Así que cuando una amiga la invitó a pasar una temporada en su granja de Kenia no se lo pensó dos veces. Una vez instalada le recomendaron que se diera a conocer al director del Museo de Historia Natural, Louis Leakey. Algo debió ver en ella pues le ofreció durante su primera entrevista un puesto de secretaria en el museo. A partir de entonces todo vendría en una sucesión aparentemente inevitable. Jane comenzaría a acompañarle en sus expediciones arqueológicas y a absorber las maneras, los conocimientos y la curiosidad de los científicos que la rodeaban, un mundo que hasta entonces había sido por completo ajeno a su experiencia. Llegado cierto momento Leakey ya la consideró suficientemente madura y le ofreció la oportunidad de estudiar a un grupo de chimpancés a orillas del lago Tanganika, la tarea a la que terminaría dedicando su vida.

Las autoridades de Kigoma, donde se emplazaría el campamento, consideraban que era demasiado arriesgado el lugar para que viviera allí sola una joven inglesa y pusieron como condición que tuviera un acompañante europeo. Fue su madre, Vanne Goodall, quien se prestó para ello. La relación con los nativos resultó un poco tensa al principio ya que las consideraban espías del gobierno, pero pronto Vanne logró ganarse su confianza convirtiéndose en una especie de matrona, enfermera, maestra y dispensadora de fármacos. Mientras tanto Jane cayó enferma de malaria, tuvo incómodos encuentros con leones, búfalos y leopardos, terminó haciéndose inmune a la picadura de la mosca tsetsé, estuvo cerca de ser atacada por los chimpancés que observaba (un macho adulto tiene la fuerza de tres hombres) y sobrevivió al que quizá fuera su encuentro más peligroso con una criatura africana: mientras ella dormía se introdujo en su tienda de campaña un tipo de ciempiés cuya picadura resulta mortal. Por lo demás todo fue bien.

Mientras tanto su campamento cambió de ubicación y su estudio del comportamiento de los chimpancés iba aportando información hasta entonces desconocida. Dado que cada ejemplar tiene su propia personalidad Jane decidió ponerles un nombre a cada uno (en lugar de un número, como era la costumbre hasta entonces) para poder analizar sus alianzas, amistades, rivalidades y posición dentro de la jerarquía de cada grupo. Estudiaba también sus hábitos de alimentación, sueño y apareamiento y procuraba habituarlos a la presencia de sus observadores humanos proporcionándoles plátanos (hasta seiscientos al día) su estudio avanzó tanto que, unido a los contactos de Leakey, permitió a Jane ser una de las pocas personas en poder realizar un doctorado de etología en Cambridge sin tener previamente una licenciatura. Curiosamente habla ya entonces de su regreso temporal al Reino Unido en 1961 como un «exilio». Ya era africana.

Foto: Bettmann / Corbis.
Foto: Bettmann / Corbis.

De nuevo en el campamento tras esos seis meses de estudio, se encontrará que el proceso de habituación de los chimpancés ha llegado al punto de que las propias instalaciones son visitadas —y saboteadas por ellos. Buscan principalmente comida, aunque también latas vacías, que han aprendido a hacer chocar unas con otras para asustar a sus rivales con el estruendo. Pero no solo son capaces de usar herramientas, también las fabrican: cortan tallos que despojan de sus hojas para extraer termitas con ellos de los hormigueros, usan hojas masticadas a modo de esponja para absorber el agua en huecos de troncos donde no pueden llegar con los labios y también como pan con el que untar los restos de sesos de dentro del cráneo de los babuinos que se comen (un manjar muy preciado para ellos, por cierto). Fue Goodall quien por primera vez dentro de la comunidad científica se fijó no en el uso sino en la fabricación de herramientas por parte de los chimpancés, una observación y un matiz de gran trascendencia aunque no lo parezca. Entre las numerosas definiciones del ser humano que a lo largo de los siglos han soltado con más o menos pompa cada pensador está la de homo faber, es decir, como decía Benjamin Franklin «el hombre es el animal que hace herramientas». Pues ya no. La distinción sería ya solo una cuestión de grado, dado que el desarrollo de la tecnología en los chimpancés tiene un límite: no son capaces de crear una herramienta para elaborar a su vez otra con ella. Usando por ejemplo una piedra a modo de martillo con el que afilar otra que les sirva como arma. Esa capacidad tecnológica de, digamos, segundo grado, fue el comienzo del salto tecnológico de los antecesores directos de la especie humana. Los chimpancés se han quedado justo al límite.

Pero volvamos con Goodall, cuyo trabajo con los chimpancés —igual que ocurriría posteriormente con el de Fossey con los gorilas de montaña y el de Biruté Galdikas con los orangutanes tenía también una vertiente de divulgación y activismo en los medios. Fotografiar y grabar su relación con los chimpancés salvajes permitiría darlo a conocer al gran público y garantizar por tanto la financiación que requería el campamento. Así que cierto día Leakey escribió a Jane avisándole de que Hugo Van Lawick, fotógrafo de la National Geographic Society, llegaría próximamente al campamento. También escribió a la madre de ella, Vanne, diciéndole que había encontrado un marido idóneo para su hija. Aunque Jane tenía ciertas reservas sobre cómo aceptarían sus chimpancés al nuevo intruso cargado con su aparatoso equipo de filmación, apenas llegó tuvo la oportunidad única, toda una auténtica primicia, de grabar a tres de ellos comiéndose un mono. Vivir juntos algo tan bonito necesariamente une y efectivamente poco tiempo después, en el año 1964, Hugo y Jane acabarían casándose y teniendo un hijo. Lo que demuestra una vez más la aguda capacidad de Leakey para comprender y escoger a las personas. Respecto a ese hijo, Jane había desarrollado ciertas ideas sobre su educación a partir de su trabajo de campo:

En 1966 pasé varios meses en la reserva estando embarazada. Al año siguiente regresé con un hijo de muy corta edad. Comencé entonces a observar a las hembras madres desde una nueva perspectiva. Ya en el primer momento nos impresionaron grandemente tanto a Hugo como a mí muchas de las técnicas que utilizaban, y ambos pensamos aplicar algunas de ellas a la educación de nuestro propio hijo. En primer lugar, decidimos tratarle con una gran afecto, jugar con él a menudo y proporcionarle contacto físico frecuente. Durante un año se alimentó de la leche materna, sin restricciones de ninguna clase; nunca le dejamos llorar en la cuna y dondequiera que fuéramos le llevábamos con nosotros, de forma que, a pesar del cambio de ambiente, sus relaciones con nosotros permanecían estables. Cuando nos veíamos obligados a castigarle, le tranquilizábamos inmediatamente utilizando alguna forma de contacto físico, y a lo largo de su infancia procuramos distraer su atención en lugar de prohibirle que hiciera algo indebido.

El extracto proviene de su libro Mis amigos los chimpancés, pero a pesar del cariño y la cercanía que sentía por sus objetos de estudio, tampoco se formaba ideas erróneas de estos y procuraba mantener a su hijo fuera de su alcance: «Rodolf no veía en Grub a mi hijo querido, sino a un atractivo manjar». Mientras tanto, los estudiantes iban pasando por su campamento convertido ya en un centro de investigación internacional y algunos de ellos finalizado su periodo de aprendizaje fundaban los suyos en otros lugares, como Dian Fossey, Biruté Galdikas o Michael P. Ghiglieri. Ella por su parte en 1977 crea el Instituto Jane Goodall  y, convertida ya en una figura de relevancia mundial, pasa a dedicar cada vez más tiempo a actividades de divulgación y concienciación: concediendo entrevistas, dando conferencias (que inicia saludando al estilo chimpancé, como podemos ver aquí en el minuto 3:40), escribiendo decenas de libros (o firmándolos al menos, pues el último de ellos según reveló el Washington Post contiene partes plagiadas) y participando en documentales.

Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto de DLILLC, Corbis.
Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto: DLILLC / Corbis.

Así que gracias al trabajo de Jane y de sus sucesores ahora sabemos mucho más sobre estos seres entrañables y feroces al mismo tiempo. Sabemos por ejemplo que se organizan en torno a grupos de machos vinculados por el parentesco, que atraen a hembras cuyas relaciones con ellos son bastante promiscuas. De esa manera ellos no están seguros de cuáles son sus propios hijos y los defienden a todos mediante un fuerte sentido de la territorialidad y de la xenofobia, organizando patrullas para detectar posibles invasores y desatando guerras contra los vecinos. Y cuando decimos guerras no es una exageración. Se han observado en las montañas Mahale —cerca del parque donde Goodall tiene su campamento— batallas de chimpancés con hasta ochenta atacantes en uno de los bandos y que acabaron con seis muertes. Aquí podemos ver a un grupo en uno de esos ataques organizados. Por otra parte, también se han desarrollado desde entonces multitud de experimentos con chimpancés en cautividad para comprender exactamente el alcance de sus habilidades. Aquí podemos ver a Ayumu ordenando números de menor a mayor con una notable pericia y aquí a un chimpancé enano o bonobo jugando al Pac-Man. Mientras que este otro vídeo nos muestra diversos experimentos con niños pequeños y chimpancés para reconocer su capacidad de colaboración y de comprensión de la intencionalidad de seres ajenos a ellos, lo que se conoce como «teoría de la mente». En fin, los ejemplos podrían resultar interminables pero permiten hacernos una idea de lo interesantes que pueden llegar a resultar. A Jane Goodall desde luego se lo parecieron lo suficiente como para dedicarles más de cincuenta años de su vida.


Viviendo entre simios (II): Dian Fossey

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

De las tres primatólogas conocidas como «Los ángeles de Leakey», Jane Goodall, Biruté Galdikas y Dian Fossey, sin duda es la última la más conocida. Ser protagonista de un biopic de Hollywood —y encarnada nada menos que por Sigourney Weaver es lo más parecido que tenemos hoy en día a la gloria inmortal. Su asesinato además pasó a convertirla en mártir de la causa a la que se dedicó con total entrega durante buena parte de su vida: el estudio y protección de los gorilas de montaña.

Nacida en San Francisco en 1932, Dian Fossey habría llevado una vida anónima con su rutinario trabajo en un hospital de no haber sentido una singular fijación por África, que acabaría desatando todos los acontecimientos posteriores. Quería realizar un safari a toda costa y para ello pidió un préstamo que tardaría varios años en pagar. Así que finalmente aterrizó en Nairobi en 1963 y desde allí viajó a Tanzania, donde conoció al paleontólogo Louis Leakey. Hijo de un misionero, parece que heredó de él cierto carisma y capacidad de proselitismo, así como una fe más sólida que el adamantium en torno a los objetivos que se marcaba. Estuvo siempre convencido de que encontraría en sus excavaciones el eslabón perdido, la prueba que explicase los orígenes del ser humano y finalmente la encontró… tras veinticinco años de búsqueda. Eso es tenacidad. Así mismo, creía que el estudio de los grandes simios aportaría también mucha luz en torno a la naturaleza humana y adoptó como pupila a Jane Goodall para estudiar los chimpancés. Pero ahora necesitaba a otra persona para estudiar a los gorilas de montaña. Durante su viaje por África Dian también pudo ver gorilas, que le provocaron un gran interés. Así que ahí estaban las piezas deseando ser encajadas.

A su regreso a Estados Unidos nuestra protagonista volvió a su trabajo cuidando niños autistas, mientras iba dándole vueltas a una idea que parecía haberse apoderado de su mente. Tres años después, Leakey dio una conferencia en su localidad, Louisville, y ahí le propuso que se convirtiera en «La chica de los gorilas». Era la oportunidad que había estado esperando. La determinación de Dian parecía comparable a la de su tutor, dado que desde entonces se dedicó a aprender swahili, estudió todo lo que cayó en sus manos sobre los gorilas de montaña y se extirpó el apéndice. Una exigencia de Leakey que, según le explicó él mismo en una carta posterior, no era por salud: «en realidad, la extracción del apéndice no es una necesidad imperiosa. Es solo la forma que tengo de probar la resolución de los aspirantes». Finalmente Dian regresó a África en diciembre de 1966 pero esta vez para quedarse.

Nada más llegar fue invitada por Jane Goodall a su centro de investigación del río Gombe. Allí le enseñó desde la mejor manera de organizar un campamento en medio de la selva a cómo recoger los datos durante su estudio, pasando por un aspecto fundamental: la habituación de los sujetos de estudio a la incómoda presencia de su observadora. Uno de los aspectos de toda investigación científica qué más debates y elucubraciones ha despertado siempre es la manera en que una medición altera el resultado. Todo científico sueña con llegar a ser un observador completamente neutral, alguien que pueda adentrarse hasta la cocina pero sin romper nada por el camino. Los gorilas además son tímidos y susceptibles, algunos por ejemplo dejan de jugar al sentirse observados cuando no adoptan actitudes defensivas hacia quien consideren una amenaza. Así que cuando Dian se instaló a continuación en las Montañas Virunga —en el sector correspondiente de lo que hoy es la República del Congo lo primero que intentó fue imitar el comportamiento de los gorilas para que la aceptasen cerca. Caminaba a cuatro patas, bostezaba, se rascaba la cabeza, fingía comer hojas, vocalizaba eructos de satisfacción e incluso, creyendo que eso ayudaba, se golpeaba el pecho a la manera de los gorilas… hasta que descubrió que en realidad ese gesto era una señal de alarma y lo que conseguía era precisamente lo opuesto a lo que pretendía.

Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)
Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)

Pocos meses después de haber comenzado su estudio, el 9 de julio de 1967, estalló una rebelión en la provincia con consecuencias dramáticas para ella. Un grupo de soldados acudió a su campamento ofreciéndose a escoltarla lejos del lugar, dejándole portar sus efectos personales y una gallina a la que había bautizado como Lucy. Durante varios días permaneció enjaulada y exhibida públicamente como un trofeo junto a otros prisioneros que fueron asesinados. También fue violada en ese periodo, según confesó a su amiga y compañera Biruté Galdikas. Aunque nada de esto aparece en su libro de memorias Gorilas en la niebla, quizá era un recuerdo demasiado traumático para hablar de ello públicamente. Cabe decir al respecto que la política colonial del rey belga Leopoldo II en el Congo a finales del siglo XIX provocó uno de los mayores genocidios de la historia, con aproximadamente unos ocho millones de muertos. De manera que la condición occidental de Dian no jugaba a su favor y es probable que tuviera que ver con ese trato que recibió. Afortunadamente ideó una forma de escapar haciendo creer a sus captores que en Uganda guardaba su dinero y que si la acompañaban allí en su todoterreno lograrían hacerse con él. Pero una vez en la frontera entre ambos países los guardias de la aduana ugandesa se negaron a dejarle pasar. La discusión entre los soldados amenazaba con eternizarse y en ese momento Lucy puso un huevo. En un golpe de audacia Dian se puso a aplaudir a la gallina y a comportarse como una loca, lo que llevó a los guardias a considerarla una pobre bumbavu (idiota) y finalmente la dejaron pasar. Poco después de atravesar la frontera acudió al hotel de un amigo que hizo durante su primer viaje a África y allí pudo esconderse, mientras los soldados que la habían acompañado esperando quedarse con su dinero fueron detenidos. A continuación voló a Nairobi para reunirse con Leakey y decidieron que la investigación debía continuar, pero al otro lado de la frontera, en Ruanda.

El 24 de septiembre de 1967 fundó en un segundo comienzo el centro de investigación de Karisoke. Este sí pudo ser el definitivo, allí finalmente logró realizar un minucioso seguimiento de todos los grupos, de las jerarquías y parentesco dentro de cada uno de ellos y del comportamiento individual y hábitos de alimentación, sueño y apareamiento de cada gorila. Su trabajo con el paso del tiempo fue ganando reconocimiento no solo entre la comunidad científica, logrando ser la portada del National Geographic en en su número de enero de 1970. Precisamente con el fotógrafo de este medio, Bob Campbell, llegaría a tener una relación sentimental durante el largo periodo en que convivieron juntos en el campamento de Karisoke. Su relación con otros residentes temporales del lugar —ya fueran periodistas, investigadores o estudiantes a menudo resultó bastante más agria, lo que le daría fama de autoritaria. A ese respecto, Biruté la justifica: «Dian se mostraba dictatorial, de eso no hay duda; sin embargo, como mujer extranjera y sola en una tierra donde a menudo impera la razón de la fuerza, estaba obligada a actuar así (…) tuvo que aprender a jugar según las reglas africanas». Y aquí llegamos al meollo del asunto, a la actividad que centró cada vez más los esfuerzos de Dian y que, probablemente, acabó costándole la vida: su enfrentamiento con los cazadores furtivos.

Mencionábamos anteriormente la importancia de la neutralidad del observador, de que un científico debe saber mantenerse al margen… pero cuando apenas quedan trescientos ejemplares del animal a observar tal cosa sencillamente ya no es posible. Cuando llegó Dian Fossey a las Montañas Virunga los gorilas estaban a punto de extinguirse. Toda esa zona pertenecía a los parques nacionales de los respectivos países por los que se extendía y supuestamente debían estar protegidos, pero la extrema pobreza de la población y el desinterés generalizado por la conservación de los gorilas de montaña parecían abocarlos sin remedio a su extinción. En 1969 un zoo de la ciudad alemana de Colonia quiso tener un ejemplar joven, sin ser conscientes de que para capturar a una cría era necesario matar a varios adultos que intentarían defenderla. Así llegarían a manos de Dian las hembras huérfanas Coco y Pucker, que logró retener durante un tiempo hasta que finalmente no tuvo más remedio que entregárselas.

Decidida a evitar nuevas capturas, utilizó todos los medios a su alcance. Si veía que algún grupo de gorilas estaba en una zona peligrosa, organizaba arreos usando cencerros, guiándolo hasta zonas más seguras. Dedicó un tiempo cada vez mayor tanto de ella como de sus ayudantes y estudiantes (que preferían dedicarse a otras cosas) a desmontar las trampas que tendían los cazadores. Organizó patrullas contra los furtivos e inicialmente pagaba por cada uno de ellos que fuera capturado, pero pronto se dio cuenta de que los furtivos acababan siendo familiares de los guardianes que casualmente siempre lograban escaparse una vez obtenida la recompensa. Incluso llegó a vagar sola por los bosques con disfraces de Halloween para asustar a los supersticiosos furtivos, que contraatacaban recogiendo pelos a escondidas de su peine para hacer muñecos vudú de ella. En cierta ocasión secuestraron a su perra, y en un osado contragolpe ella capturó a varias vacas de un pastor cercano (que ni siquiera estaba vinculado con los furtivos) amenazando con matar a una cada día hasta que se realizase un intercambio de rehenes. El pastor afortunadamente se lo tomó bien e incluso ejerció de mediador. Todas estas actividades le granjearon mucha fama en la zona, aunque desde luego pocas simpatías, por lo que pasaría a ser llamada nyiramachabelli: «la vieja que vive sola en la montaña sin marido». Un apodo que se tomaba con humor y que incluso pidió que lo inscribieran en su tumba. Un deseo que fue cumplido, como podemos ver en la imagen que abre este artículo.

La muerte de Digit a manos de los cazadores, uno de sus gorilas más queridos, impulsó a Dian a abrir un nuevo frente: el activismo internacional en los medios de comunicación. Si lograba situar el problema en la agenda mundial entonces las autoridades ruandesas superarían la desidia en la que estaban inmersas, aún a riesgo de que llegasen a tomarla como una molestia de la que fuera preciso deshacerse. Tras una estancia en Nueva York en 1983 afirmó que nunca más volvería a apartarse de los gorilas en Ruanda, y así fue. El 27 de diciembre de 1985 fue encontrada muerta en su cabaña; alguien entró por la noche y le había asestado un machetazo en la cabeza. Ninguna de sus pertenencias ni el dinero habían desaparecido, lo que ha dado pie desde entonces a especulaciones sobre una venganza por parte de los cazadores furtivos, incluso con una posible connivencia de las autoridades del país. En cualquier caso su asesinato tuvo una enorme repercusión, su libro alcanzaría ventas millonarias y tres años después se estrenaría una película que terminaría de extender su nombre y su causa por todos los rincones del mundo. Tampoco han faltado testimonios desde entonces que buscan explotar el lado más oscuro de su figura, como ocurre inevitablemente en estos casos. Incluso, muy recientemente, Google la homenajeó en uno de sus doodles.

Pero lo verdaderamente relevante al final es que sin la intervención de Dian Fossey posiblemente los gorilas de montaña hubieran quedado extintos. Lo que habría supuesto una incalculable pérdida en muchos aspectos y uno de ellos, como decíamos al comienzo, es el de lo mucho que puede aportar el estudio de los grandes simios para la comprensión del propio ser humano. Todos ellos pueden arrojar luz sobre la pregunta fundamental, aunque si hay uno que se nos parece tanto, tantísimo, hasta el punto de haber sido utilizado innumerables veces en tono humorístico como si fuera una caricatura nuestra, ese es el chimpancé. Pero de su estudio por Jane Goodall hablaremos en la próxima ocasión.

Foto: TKnoxB (CC).
Foto: TKnoxB (CC).


Alberto Rojas: Mis monstruos favoritos

Mis monstruos favoritos

Mercado de Kitoga, en las montañas de Haut Plateaux, República Democrática del Congo, sobre las 12 de la mañana un día de octubre de 2011. «Hace una semana se liaron a tiros en este lugar, así que ni una puta broma», nos dice a Fernando y a mí el guía y traductor. «Y haced el favor de guardar las cámaras». Bajamos la ladera de la colina y vemos los tenderetes de madera a lo lejos, casi vacíos. De un lado vemos a unos cuantos adolescentes armados. «Son de la milicia Mai Mai. Allí enfrente tenéis a los chicos del FDLR», y el guía señala un grupo de gente mirando a medio kilómetro de distancia. FDLR, o sea, Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda, o sea, los hutus de las milicias Interahawe que mataron en 100 días de la primavera de 1994 a 800.000 tutsis, y que malviven aquí, en estos mismos bosques. Pocas mujeres, algunos niños, ninguna sonrisa. Sobre todo hombres en un mercado dominical, con el Kalasnikov sin seguro y canana llena de balas como morcillas. «Con los Mai Mai tened cuidado, pero a los ruandeses ni los miréis. Aquí comienza su territorio».

¿Pero cómo no los vamos a mirar? El grupo armado más infame del este del Congo, con un historial de violaciones y matanzas solo a la altura de los Jemeres Rojos, las SS o los escuadrones de la muerte en El Salvador, está delante de nosotros. Claro que vamos a mirarles. Yo al menos no hago otra cosa. Pero culebreamos entre los puestos con la sensación de que son ellos los que no nos quitan los ojos de encima. A alguien se le ocurre comprar caramelos para los niños que nos siguen. Eso relaja algo el ambiente. Me llama la atención uno de los FDLR, con un gorro de lana verde en la cabeza y parka militar. Es mucho más alto que los demás y, por su actitud dominante, parece el jefe. Cojo el paquete de tabaco que siempre llevo en estos sitios y le ofrezco un cigarro. Pilla todo el paquete, claro. «Venga, vamos que esto se va a animar», dice nuestro guía. Y nos piramos antes de que se monte la balancera.

Esa fue la primera vez que estuve en eso que llaman tierra de nadie, es decir, en uno de esos lugares donde la única autoridad es un rifle con balas y alguien capaz de dispararlo. Como en el Far West o en el Caribe del capitán Morgan, donde la ausencia de leyes y de gente para aplicarlas provocó el nacimiento de mitologías literarias como los piratas o la conquista del oeste. Es cierto que los señores de la guerra congoleños tienen mucho menos glamour que Toro Sentado o los corsarios de isla Tortuga, pero el contexto de impunidad y de vida al límite está también aquí, con su guerra por las minas de oro, borracheras épicas, raptos de mujeres, asaltos a las aldeas enemigas y uso y abuso de pociones mágicas. Son el general tutsi Makenga, criminal de guerra; el coronel Cheka, señor del coltán, responsable de 300 violaciones en cuatro días a las órdenes de su milicia Mai Mai; o Sylvestre Mudacumura, líder de los genocidas hutus ruandeses y por el que EE. UU. ofrece 55 millones de dólares por los crímenes que comete contra la población civil. Galácticos de la guerrilla en la selva, estrellas de la champions league en la no man land junto a los charlies vietnamitas o las FARC colombianas.

En el este de la República Centroafricana sobrevivía Yanik. Él se ofreció a contarnos cómo había sido capturado por el Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony y cómo aquella experiencia le había marcado de por vida. Era solo un niño, pero le obligaron a comerse a cuatro o cinco de sus compañeros, a matar a bebés recién nacidos, a violar a mujeres. Su vuelta a la vida cotidiana, según reconocía, era ya imposible. Estaba haciendo terapia, pero durante dos años la muerte para él había sido una forma de vida. Estaba en su mano decidir quién vive y quién muere y no le temblaba el brazo a la hora de aplicar su ley. «Cuando me enfado tengo ganas de matar, y eso puede pasarme varias veces a la semana». Cuando terminamos la entrevista, Raquel verbalizó algo en lo que yo no quise ni pensar: «¿Y si este tipo se enfada con nosotros y quiere liquidarnos esta noche?». Debimos caerle bien, porque las paredes de cañizo de la casa de Médicos Sin Fronteras en Zemio no hubieran sido problema para que Yanik viniera a trocearnos con un machete. Ese era su territorio. Y en su territorio los hombres como él matan a cuchillo y luego limpian el filo con la lengua como si fueran el conde Drácula.

La historia de Kony es tan vieja que aún le crece el pelo, pero no hay quién le ponga el punto y final. Un señor de la guerra con casi 60 años sobreviviendo en la jungla a cinco ejércitos persiguiéndole, incluyendo el estadounidense, secuestrando niños, con un séquito de 60 esposas y una fama de hechicero loco que le ha dado un aura de inmortal.

Yanik nos enseñó una cicatriz en el brazo donde Kony había vertido una especie de aceite mágico que hacía que se comportaran como animales en los asaltos de conmoción y espanto. Todos los miembros de su milicia llevaban esta marca igual que los presos de Auschwitz llevan números tatuados. Ahora su presente es buscar trabajo en un estado fallido, intentar comer a diario, integrarse en la nada. Pero Yanik nos confiesa que no estaría tan mal que Kony volviera a capturarle. «Vivir en la selva no estaba tan mal. Había comida, alcohol, mujeres». La vida pirata, la vida mejor.

Aunque si se habla de warlords y tierras sin ley hay que hablar de los somalíes. El islamismo radical ha hecho del cuerno de África un vertedero maloliente con hedor a Yihad y a animales muertos. Allí mueren de hambre miles de personas y allí, entre sus ruinas, administran la miseria los jefes de los clanes, los tipos más corruptos e inhumanos que uno haya conocido. Si toda la energía que han puesto en 20 años de guerra la hubieran canalizado de otro modo, Somalia tendría luz eléctrica para los próximos siglos.

Recuerdo a los chicos del clan Daroq, que controlaban el casco viejo de la capital, mascando la hoja de kat al atardecer, esa droga de efectos similares a la cocaína, dicen. Solo que estos no estaban eufóricos, sino sentados frente al mar, tranquilos, saludando al periodista blanco con educación exquisita mientras sus compañeros descargaban el pescado, todos con su arma a la distancia de su brazo. No vaya a ser qué. No hay que dejarse engañar. Son los mismos que violarían y matarían a una mujer blanca y luego pondrían precio a su cadáver. Cosa que ya ha sucedido. Son los mismos que asesinan sin escrúpulos a cualquiera que ose discutirles el negocio del puerto, el cobro de comisiones, la piratería del Índico, los vertidos químicos pactados con la camorra, la venta de camellos a Yemen, el pago puntual de los secuestros. De vuelta al hotel, atravesamos el checkpoint de los tullidos, una barrera en la que los mutilados de guerra intentan sacar algo para sobrevivir a los incautos que atraviesan Mogadiscio.

Aunque mis monstruos favoritos, los pobladores de las pesadillas que me llevaría a una isla desierta no son ni los hutus del machete ni los somalíes, ni siquiera Kony y su chamanismo asesino. En mi último viaje al Congo me hablaron de unos tipos muy curiosos: los profanadores del Raïa Mutomboki, literalmente, «los ciudadanos indignados». Lo de volverse loco viene en la letra pequeña del contrato de la guerra, pero lo de estos tipos es demasiado. Este grupo, de reciente aparición, sin agenda política alguna y formado por civiles, ha conseguido armas para combatir a todas aquellas milicias extranjeras que operan en el este del Congo, que no son pocas. Lo que pasa es que estos tipos se han convertido en fundadores del club de fans del holocausto caníbal.

Hace poco me contaba un miembro de una ONG que tuvo que negociar con ellos algunas pinceladas sobre su brutalidad. Cortadores de cabezas, destripadores, violadores de mujeres, de hombres, de niños. Profanan las tumbas, celebran rituales con los cuerpos, atacan a civiles con una furia apocalíptica. En Occidente nos escandalizamos porque unos soldados orinan en el cadáver de sus enemigos, algo tan antiguo como la guerra de Troya. En el este del Congo pueden obtener un extenso catálogo de espantos, pero en la selva no hay Youtube.

Son tipos que juegan a montar su propio congoleño por piezas, el horror de Kurtz hecho milicia. Beben un licor mágico que, según dicen, les hace invisibles, así que los chicos de Médicos Sin Fronteras tienen que hacer como que no les ven cuando les esperan en un control de carretera. La orden es «no les miréis». Y pasan de largo. Ahora, estos profanadores combaten con dureza al FDLR, los hutus del machete. «Si algún día te los encuentras», me dice el cooperante, «no les des la mano. Creerán que quieres robarles su fuerza».

Fotografía: Alberto Rojas


Chema Caballero: “No interesa que África cambie, interesa que la podamos seguir manejando”

Chema Caballero para Jot Down 1

Chema Caballero (Castuera, Badajoz) dirigió uno de los escasos programas de éxito para la recuperación de niños soldado. Su vida y su pasión es Sierra Leona, el país de los diamantes de sangre y las manos cortadas. Testificó en La Haya en el juicio contra Charles Taylor, ex presidente de Liberia y responsable de decenas de miles de muertos en las guerras de los años noventa. Fue misionero javeriano hasta que las trabas y envidias de algunos de sus superiores le expulsaron de la vida religiosa, pero no de la lucha por la vida.

En realidad eras una ONG que decía misa.

La labor social siempre ha sido fundamental. Cuando llegas a un lugar como Sierra Leona en 1992, con la guerra recién comenzada, las circunstancias te empujan a hacer cosas, no a predicar. Si la gente está muriendo, vive en campos de refugiados, si se producen matanzas a tu alrededor… ¿Qué vas a hacer? Lo urgente es atender al ser humano; lo demás, viene después.

¿Es este cambio general en los misioneros que llegan a África? ¿Se mantiene el objetivo de evangelizar?

No todo el mundo lo hace. En los últimos años está llegando gente muy sacramental: lo suyo es convertir y bautizar. Cuando tienes delante a una persona sedienta, hambrienta, herida, que huye o en cualquier forma de esclavitud o prisión… ¿Vas a decirle que Dios es amor y le ama? ¿Dónde se refleja lo que le estás contando? Hay que crear las condiciones para que esa persona se dé cuenta de que las cosas pueden ser distintas, y entonces quizá se puede hablar de amor, paz y libertad.

A los viajeros-turistas, a los periodistas que estamos un rato y nos marchamos, la realidad nos acaba modificando, pero a los que os quedáis mucho tiempo, ¿cómo os cambia ver ese horror y dolor constante, saber que tus limitaciones son grandes?

Yo era una persona preparada: había estudiado, sabía idiomas, pero cuando llegué a Sierra Leona me di cuenta de que el inglés no me servía de nada, tenía que aprender el krio [el idioma local]. Su forma de comprender el mundo y la vida eran muy distintas. Mis estudios no servían prácticamente de nada. Darte cuenta de que eres un extranjero que no entiende la cultura ni lo que está sucediendo a tu alrededor te obliga a recolocarte. Es la primera cura de humildad. Crees que vienes a salvar y te das cuenta que al primero que tienes que ayudar y salvar es a ti mismo. Me di cuenta de que no podía imponer nada, tenía que ser uno más, vivir con ellos en la medida de lo posible y compartir su vida. Luego, saber que lo que haces es una gota en el océano. Construyes una escuela, un hospital, cambias la realidad de una aldea, pero alrededor hay otras 20 aldeas que siguen igual.

Me recuerda a El antropólogo inocente, el libro de Nigel Barley. Convive con una tribu del norte de Camerún, pasa todo tipo de penurias y enfermedades, estudia sus costumbres y cuando regresa a Inglaterra se da cuenta de que lo único que ha aprendido son las preguntas que no ha hecho y tiene que regresar para hacerlas. Comentabas antes de la entrevista que una de las situaciones que más risa producen en África es que un blanco se proclame ateo. Les resulta inconcebible. ¿Por qué les choca tanto?

En las ciudades empieza a darse el caso de jóvenes que se plantean cosas. Alejados del mundo tradicional se hacen más preguntas que quien vive en un medio más rural donde depende del ritmo de la naturaleza; tienen mucho miedo y la magia negra está presente por todos lados. Allí, la necesidad de creer es más fuerte. He visto a blancos decir que Dios no existe y la gente se desternillaba. Lo mismo pasó en Europa durante siglos: naces en una cultura, y la religión es parte de ella; todo aquello que es distinto produce extrañeza. En África se está produciendo una evolución grande, sobre todo en las ciudades: los jóvenes estudian, se conectan a las redes sociales, ven todo tipo de canales de televisión, leen. Entonces surgen este tipo de preguntas.

¿Cómo modificó tu visión de la religión el paso por África y el contacto con otras culturas?

He pasado por un proceso grande. Llegas ingenuo con la idea de un Dios grande, Padre. Lo ves como un liberador de todas las opresiones, influido quizá por la Teología de la Liberación, que también está surgiendo en África. Después te das cuenta de que la idea de la bondad innata del ser humano no existe, igual que no existe aquí. Cuando me encuentro en medio de la guerra, cruzo el frente y veo a gente atrapada en aldeas que quedaron entre los rebeldes y el Ejército… Cuando escucho a los menores-soldados, niños maltratados y usados en la lucha, a las niñas que fueron violadas … Surge un momento muy fuerte de rebeldía. Este Dios es bueno, Padre, cuidadoso, pero… ¿Dónde coño está?

Una vez me dijiste en Sierra Leona que a veces, en medio de tanta barbarie, no veías a Dios. Te contesté que no te podía ayudar demasiado porque no creo en él.

Has conocido Sierra Leona en 1999, los años duros de la guerra. Hay maldad y violencia por todas partes y yo voy a predicar un Dios bueno y fuerte, les digo que deben rezar para que les proteja… Eso rechinaba; me obligó a hacerme preguntas. ¿Dónde coño estabas cuando violaban a estas niñas? Si eres un Dios bueno, ¿cómo permites estas cosas? ¿Por qué siempre ganan los malos y los que están más jodidos son los buenos?

En España también siempre ganan los malos.

Sí, pero eso es otro tema.

Los malos de guante blanco…

Lo que sucede en África no es independiente de lo que sucede en Europa, es la consecuencia. Ahora, de repente, Francia entra en Mali: todos los intereses económicos, geopolíticos… En África son marionetas de lo que pasa aquí. Eso también hace que me plantee cosas. ¿Qué puedes hacer para cambiar la situación de la gente? ¿Cómo les consuelas? Es verdad que con el tiempo, tras darle muchas vueltas y recordar lo vivido, vas descubriendo un Dios distinto. No es el Dios todopoderoso y omnipotente, sino que es el dios pequeñito, el de las pequeñas cosas. Él está dentro; me he dado cuenta de que siempre ha estado ahí, me ha estado guiando y empujando a hacer cosas.

¿Ahora vives la religión con más o menos fuerza?

Creo que cada vez soy más fuerte. La fe en Jesús es fuerte, no se tambalea. Es cierto que se ha producido una gran desilusión con la jerarquía, sobre todo al llegar a España y ver lo que está pasando: en España hay una jerarquía que se dedica a buscar privilegios, prebendas, inciensos y ceremonias y se despreocupa de lo que realmente está pasando en la sociedad.

Un amigo, excorresponsal en Roma, sostiene que hay Papas y cardenales que no creen en Dios. Después encuentras a monjas que reparten preservativos en Ruanda y cuando les dices que está prohibido por el Vaticano, se ríen y responden que si hay un conflicto entre el Vaticano y Dios, ellas han elegido a Dios y obedecer el quinto mandamiento, el no matarás. ¿Por qué las jerarquías están tan alejadas de la realidad?

Es fortísimo. La Iglesia soy tanto yo como el señor Rouco Varela; hay otros ámbitos de la Iglesia donde se vive más en comunidad. En España siempre encuentras cristianos de base donde hay paro, sida, pobreza y menores abandonados. En el 15-M ha habido mucho cristiano de base. Cuando hay mareas hay mucho cristiano de base. Eso quiere decir que la Iglesia está dando la cara en muchos sitios.

¿Creen en Dios aquellos que deciden sentarse en la mesa del poder?

Dudo mucho que realmente crean en Dios, o en el dios católico. Si lo hicieran no estarían todo el día en la calle pidiendo que todos hagan lo que ellos dicen. Por lo menos serían capaces de amar, perdonar y dialogar.

Chema Caballero para Jot Down 2

¿Cómo compite esa Iglesia católica tan distante con el islam y los telepredicadores educados en Estados Unidos?

El gran fenómeno de África son las neopentecostales. Son muy difíciles las conversiones del islam al cristianismo o del cristianismo al islam, pero es muy fácil que se pasen del catolicismo a estas sectas. A pesar de que África es el continente en el que más crece la Iglesia católica, porque se bautizan en masa, es también donde más gente abandona la Iglesia.

Lo que este tipo de sectas venden es esperanza, milagros, y lo que hacen es quitarles la esperanza, lo único que tienen.

El asunto tiene dos vertientes. Una positiva. Estos grupos están en la base del surgimiento de la clase media en África; predican un Jesús rico, a diferencia de la Iglesia católica donde Jesús siempre es pobre, a pesar de que los obispos vayan llenos de oro. Ellos no; si eres rico es que Dios te ama. Están en línea con la teología judía y el Antiguo testamento. Por eso en Nigeria y Ghana se ven pastores que se mueven en limusinas, visten a la última moda y viven en casas impresionantes; es símbolo de que Dios te ama. Favorecen el enriquecimiento personal. Estas iglesias son pequeños bancos que ayudan, en forma de negocios piramidales, promocionan a la gente para que ascienda de categoría social. Al mismo tiempo, para enriquecerse, cortan los lazos con la familia tradicional. En África, cuando alguien tiene algo de dinero debe ayudar a la familia del pueblo, y esa costumbre dificulta que la gente ahorre. Al romper estos lazos con la familia tradicional se permite que la gente prospere. Eso es positivo. El lado negativo es que se trata de una religión sin ningún compromiso social o político. Igual que pasó en Latinoamérica con la CIA, que financió sectas para romper la hegemonía de la Iglesia católica, sospecho que EE. UU. y otros países están detrás de ese tipo de grupos. Para frenar el avance del islam y para que no haya problemas políticos e imponer gobiernos sin que haya protestas.

Se te conoce sobre todo por tu trabajo con los niños-soldado en Sierra Leona. Muchos de los programas que han fracasado en Congo y Uganda se desarrollaron en medio de la guerra. En Sierra Leona se firmó la paz en julio de 1999, una paz en la que nadie creía, pero que permitió la desmovilización de cientos de niños-soldado. Tu orden religiosa, los javerianos, te envía a Lakka, al sur de Freetown, para trabajar con esos niños. Unicef financia un programa de ocho semanas. En ese tiempo esperan el milagro: el niño se da una ducha, deja de ser soldado y retorna a la sociedad en la que ha cometido crímenes. Descubres que esto es imposible.

Se necesitan seis meses para que un niño empiece a hablar de su pasado.

¿Cómo es la experiencia? Llegas a Saint Michael en Lakka, un antiguo hotel, un lugar idílico junto al mar, lejos de la guerra. En el programa entran niños de todas las edades, desde los seis a los 18 años, cada uno con sus heridas. ¿Qué haces?

Primero no sabíamos qué hacer. Fue un proyecto pionero. Otros proyectos que tomaron como referencia Saint Michael fracasaron porque no había dinero suficiente. Unicef decía que en seis u ocho semanas los niños tenían que irse del centro. Ha sucedido en Liberia, Uganda y, sobre todo, en la República Democrática de Congo. Los niños pasan por un centro y a las seis u ocho semanas regresan a sus aldeas y en poco tiempo se unen a una guerrilla o al ejército porque no tienen nada. El grupo les da protección y les da de comer. No han tenido la oportunidad de sacar fuera lo vivido, de cambiar la violencia por algo que les permita sobrevivir. Al principio llegó mucho dinero a Saint Michael; los niños-soldado estaban de moda. Después empezó a reducirse y surgió lo de las seis u ocho semanas. Nosotros teníamos la experiencia de que un niño necesita seis meses para empezar a hablar de lo que ha hecho, de sus miedos. Una vez que se produce la catarsis, se puede empezar a trabajar con él.

Algunos de tus ayudantes en Saint Michel eran exguerrilleros con dotes de mando.

En cierto momento tuvimos que contratar a tres exguerrilleros para mantener la disciplina. Cuando yo, blanquito, castigaba sin jugar a fútbol a uno que se había pegado con otro se descojonaban de mí. Eran chavales que venían de una vida en la que por cualquier tontería los fusilaban o los azotaban; así que necesitábamos gente que supiera cómo imponer disciplina.

Cuando llegaba un grupo al centro podías saber, solo con observarles, quién era el jefe. Muchos pertenecían a una unidad militar donde el jefe era un niño de 12 años al que los de nueve le cedían el sitio. Tu primera misión fue romper ese grupo, romper la cadena de autoridad.

Había que romper el grupo. Si te llegaba un grupo guerrillero que había trabajado junto…

Matando…

Matando, sí. Lo primero era identificar a los líderes para dejarles claro que allí ya no existían los mandos militares, que todos éramos iguales. Después había que separarlos y hacer un seguimiento de los líderes. Seguían demandando a escondidas que los miembros de su grupo hicieran cosas por ellos: “Lávame la ropa”, “lava tú por mí”… Utilizábamos castigos que afectaban a su autoridad. Que un jefecillo tuviera que barrer mientras los demás jugaban a fútbol era bastante humillante para él.

¿Cómo se controla la violencia interna para que ese acto de educación no provoque un estallido, que el niño vaya aceptando la disciplina?

Había broncas fortísimas con chavales violentos que ante cualquier confrontación respondían con violencia. Lo primero es no tener miedo, no amedrentarte, no bajar la mirada. Jugábamos con una ventaja: como yo dirigía el centro me veían como jefe, y tenían miedo de enfrentarse al jefe. Cuando el pueblo vecino quería matar a los chavales quien dio la cara fui yo. Eso ayuda a que se sientan protegidos, a tener autoridad. Te vas ganando su confianza en el día a día, en el diálogo, en el trato. Una gran diferencia con otros programas: yo vivía con ellos las 24 horas. También tenía a Shaka Falay, un exguerrillero que era mi guardaespaldas. Siempre estaba detrás por si había cualquier problema.

¿Te has sentido en peligro?

Varias veces.

Por parte de ellos y de los vecinos.

Es verdad que por parte de ellos ha habido reacciones muy violentas. Recuerdo un chaval que cogió un hacha. Eso ha pasado varias veces, pero en seguida los demás hicieron un círculo, algo instintivo. He sentido el peligro pero no me he sentido amenazado. Las peores amenazas vinieron de fuera, cuando la gente que vivía cerca de Saint Michael —desplazados, refugiados, gente que había sufrido y perdido a familiares a manos de niños como estos— vieron que ellos estaban bien jodidos en campamentos y sin atención mientras que los niños comían tres veces al día, jugaban al fútbol, tenían ropa limpia… Eso crea muchos recelos.

¿Cómo te ganas a los vecinos?

Una vez me secuestraron cuando volvía de Freetown. Me sacaron del coche y me encerraron. Entonces unos chavales salieron del centro, me rescataron en volandas y quemaron cuatro o cinco casas. Estuvimos seis días rodeados por gente del pueblo. Tuvimos que negociar con los jefes de las aldeas. Ellos no sabían que los niños eran niños-soldado. Los del pueblo venían con machetes, pero los chicos podían hacer mucho más con una piedra que ellos con sus cuchillos. Negociamos y los fuimos implicando poco a poco en el programa. Les hicimos entender que era por el bien de todos, que si mañana los chavales salían del centro cabreados podían arrasarlo todo. Conseguimos que Unicef nos diese dinero para la comunidad. Los chiringuitos que montamos en la playa los llevaban personas de los pueblos. Les conseguimos barcas para los pescadores. Fuimos trabajando con ellos y haciéndoles ver que también eran responsables. En mayo del 2000 se presentó en el centro Foday Sankoh, el jefe de la guerrilla. Pensábamos que nos iban a atacar porque los rebeldes estaban a dos kilómetros. Los vecinos se ofrecieron a esconder a los chicos es sus casas para protegerlos de la guerrilla. En un año y medio había cambiado por completo la actitud de la población local.

¿Cómo vivieron ese día los niños en el que tú, jefe blanco, se enfrenta al jefe de la guerrilla?

Fue un momento muy tenso. Sankoh los reunió y les hizo cantar el himno de la guerrilla. Les dijo que se los iba a llevar. Entonces me enfrenté. Le dije que de allí no se movía nadie, que el responsable era yo. Me contestó que no sabía con quién estaba hablando, que volvería porque los niños eran suyos. Cuando se marchó dije a los chavales que se fueran a la playa a jugar, que no pasaba nada. Subí a mi habitación, me encerré y lloré, me vino un ataque de miedo. A los cinco minutos convoqué una asamblea y les expliqué la situación con los rebeldes a las puertas de la ciudad. Les dije: quien quiera marcharse se puede ir, la puerta está abierta. También dije que a quien se quedara no le iba a pasar nada. Ni un solo chaval se movió. Se quedaron todos.

Quizá tu primer gran éxito.

Posiblemente. O el primero fue cuando negociamos con la comunidad y no pasó nada y el segundo sea este. Y eso te da mucha autoridad.

Chema Caballero para Jot Down 3

Cuando los niños te cuentan sus historias, cómo han matado, cómo han violado, cómo les han obligado a comer carne humana… Llegan con heridas muy profundas, les han robado la infancia. ¿Cómo les ayudas? A menudo has utilizado su mundo mágico para deshacer miedos y fantasmas, porque los muertos se les aparecen, a veces disfrazados de animales. ¿Cómo entras en contacto con ellos a través de ese mundo mágico?

Se ha utilizado mucho la magia negra y los ritos para fidelizar a estos niños, el miedo está muy presente. Todos llevan su yuyu, un amuleto; puede ser un anillo, la calavera del primer hombre que mataron, cualquier cosa que les protege. Cuando les obligas a quitarse el anillo pierden su seguridad, empiezan a tener miedo a las posesiones de los espíritus, a los muertos… En el fondo es solo miedo a la venganza.

¿Cómo lo manejas?

Primero racionalizándolo. Haciéndoles ver que no les va a pasar nada. Si ha hecho algo malo vamos a ver cómo hace el bien… Después aprovechando el poder de la religión: “Si te fías de mí te voy a dar una bendición y no te va a pasar nada; esos muertos o espíritus que te llaman no te van a hacer nada”. En el caso de posesión de un espíritu, llamaba a Mary, la curandera del pueblo. Ella hacía su conjuro y el chaval se quedaba genial, perdía el miedo.

¿A qué le tienen más miedo, a los muertos o a los vivos?

En África el mundo espiritual y el real conviven constantemente, pero el momento más duro para los chavales era cuando tenían que salir, tenían miedo de ser reconocidos, de encontrarse con una víctima. Por eso hablaban muchas veces de que habían matado o violado, pero muy pocas de que habían cortado manos, porque sabían que los amputados estaban por las calles de Freetown y cualquier día podían ser reconocidos.

¿Ha habido casos de reconocimiento, de perdón?

En las aldeas ha habido casos de gentes que se han pedido perdón porque se han encontrado. Empecé el trabajo a través de la radio, mediante campañas, para intentar que la gente viese a estos chavales no solo como verdugos, que lo eran, sino también como víctimas que habían sido manipuladas. Conozco el caso de uno chico que estaba en uno de los pisos tutelados que teníamos —donde los vecinos no sabían quiénes eran esos chicos, pensaban que eran de las familias de acogida—. Un día le llamó un vecino y le preguntó si se acordaba de él. Le contestó que no se acordaba. “Pues un día estábamos mi mujer y yo cocinando para nuestros cinco hijos y solo teníamos arroz, llegasteis tú y tu grupo, os reísteis de nosotros, tirasteis el arroz y lo pisoteasteis. Era la única comida que teníamos y tuvimos que caminar dos o tres días por el bosque hasta llegar a una ciudad sin nada que comer. Sé que no eres culpable, que te obligaron, y quiero que sepas que te hemos perdonado”. El chaval cuando me lo contaba estaba asustado. Ahora se ha hecho muy amigo del vecino y está todo el tiempo comiendo en casa con ellos. Se han dado este tipo de historias. En 1999, cuando los rebeldes abandonaran la ciudad, quemaron a muchos usando neumáticos, hubo muchas venganzas, pero de los que han salido del centro no he conocido ningún caso.

El centro ha tenido varios éxitos: niños que han llegado a la universidad y la han terminado.

Sí; hay varios, que incluso están trabajando. Hay un abogado, gente que ha hecho Magisterio; tenemos 25 chavalillos que están en la universidad o en escuelas técnicas…

¿Cuántos niños y niñas pasaron por el centro?

Por mi centro fueron más de 3000. Las estadísticas son siempre un poco raras porque había chavales que se iban y volvían, pero más de 3000.

Supongo que con las niñas era diferente; habían sido esclavas sexuales y sus historias eran más difíciles de contar.

Mi gran espina son las niñas; nos costaba mucho más llegar a ellas. A pesar de que teníamos trabajadoras sociales era muy difícil que contasen su historia. Al principio no nos dimos cuenta. Conseguíamos que los chicos contasen su historia, pero las chicas solo hablaban de su parte de mujer-soldado. La otra, la de los abusos sexuales, era muy difícil que la explicaran, por cultura y vergüenza. Cuando daban síntomas de normalidad regresaban con sus familias. A los pocos meses de llegar al centro iban desapareciendo. Es posible que tuvieran la autoestima muy baja y muchas heridas que no habíamos acabado de curar; muchas terminaron en la prostitución. Era una salida fácil: había mucha demanda con 17.500 cascos azules en Sierra Leona. Hay una chica llamada Aicha, que hemos intentando sacarla muchas veces, darle una oportunidad. Me decía: “Si me voy con un blanco gano 100 dólares en una noche, y trabajando en la peluquería que me ayudaste a montar, para ganar 100 dólares tengo que trabajar años”. En el fondo tiene razón; no puedes competir. También es cierto que hemos conseguido rescatar a muchas de estas chicas cuando ya estaban cansadas o no eran tan bonitas.

¿Cómo afrontabas las relaciones sexuales entre los jóvenes en Saint Michael? ¿Estaban prohibidas, mirabas para otro lado?

Son chavales que desde muy pequeños están acostumbrados a tener relaciones. Tuvimos que trabajar mucho el respeto a la mujer, porque sus relaciones eran de una forma muy violenta. Había una norma que prohibía tener relaciones sexuales en el centro, pero ¿hasta dónde puedes controlar? Al final terminamos repartiendo preservativos porque ¿cómo vas a cortar eso? No tienes ningún derecho a cortar ese tipo de relaciones. Simplemente hablar, formarles e intentar que funcione el respeto.

¿La postura oficial de la Iglesia sobre el preservativo está muy alejada de la realidad?

He tenido gente —y no quiero dar nombres porque quizá los conoces— que me ha dicho “mientras yo no lo sepa… porque oficialmente no lo puedo permitir”. En el fondo están dándose cuenta. Es una hipocresía.

¿Por qué es tan difícil para un cardenal o un papa decir que el preservativo evita muertes?

Sobre todo en África es un instrumento de vida. No lo sé; como viven en su mundo, con sus palacios, no tienen estos problemas.

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José Ricardo de Prada, un juez español que trabajó en el Tribunal de Derechos Humanos de Sarajevo, sostiene que donde ha habido violación masiva de derechos humanos es imposible la justicia, pero que es posible conseguir una cantidad suficiente de ella para que las víctimas sientan que se ha hecho justicia. ¿Hay una cantidad de justicia suficiente en Sierra Leona con el Tribunal Especial de la ONU?

No. Se sabía que el Tribunal Especial no iba a poder hacer gran cosa. Se ha juzgado a los jefes, pero la gente no los veía en el día a día. Fui a testificar en el juicio contra Charles Taylor en La Haya y al volver a Sierra Leona mucha gente me decía que estaba muy bien que hubiera ido hasta allí para contar esas cosas, pero también decían que ese señor no les había hecho nada. Es verdad; quien se lo ha hecho es el coronel Sidi que sigue viviendo en Madina, al norte de Sierra Leona, donde es entrenador de fútbol, vende los viernes en el mercado y nunca le ha pasado nada. La gente lo ve todos los días y sabe que es responsable de muchas de las cosas que han sucedido en la zona: violaciones, niños-soldados. No ha habido ningún acto de perdón ni de reconciliación.

Los amputados son el recordatorio permanente de la guerra, del horror.

Muchos amputados preguntan qué pasa con ellos. Les han fabricado unas casitas en medio de guetos, fuera de las ciudades, lejos y aislados, invisibles. Ellos se han rebelado y se han ido a vivir a Freetown. No ha habido justicia. La Comisión por la Verdad y la Reconciliación era un instrumento que podría haber suplido lo que el Tribunal Especial no podía cubrir. No funcionó por falta de medios. Recorrió diferentes distritos para hacer su ceremonia de la reconciliación. Cuando llegó a Kambia, la capital de mi distrito, pregunté a maestros que habían sufrido o sido testigos por qué no iban a dar su testimonio ante la comisión, y me decían: “Mira, tengo que andar un día entero desde mi pueblo hasta Madina, coger el transporte para Kambia y al llegar allí tengo que dormir; además no sé si cuando llegue a Kambia me van a escuchar. ¿Quién me va a dar el dinero para ir y volver?”. No hubo una intención real de escuchar todos los casos, y a pesar de eso se hicieron unos informes muy buenos. Lo mejor de la comisión es su informe final. También dieron unas recomendaciones que nunca se han puesto en práctica. No se logró la reconciliación pero hizo un documento histórico excelente para entender la guerra.

La gente se conforma con poder contar su historia.

Exacto. Esa debería haber sido la función de la comisión.

Hablamos de decenas de miles de víctimas.

Sí, pero es todo tan relativo… Cuando hablan de niños-soldado, las cifras oficiales son de 7000, pero ¿y todos los que se han quedado por el camino? Realmente no lo sabemos.

Y los desplazados.

Se ha hablado de dos millones y medio o tres millones de desplazados.

No tenemos tiempo para escuchar a millones de personas, aunque para ellos es esencial contar su historia.

La clave es que todos hubieran podido contar su historia. Lo dice la gente; no quiere que a ese pobre hombre, el coronel Sidi, le pase nada, lo que quiere es contar su historia. Ha faltado eso. En Liberia aún se ha hecho mucho menos; no ha tenido ni tribunal especial ni dinero para una comisión. No ha habido un trabajo de reconciliación nacional.

No hubo una figura como Desmond Tutu. Aunque su comisión no llegó a todas las víctimas en Sudáfrica, la fuerza y carisma del personaje suplió el déficit. Es curioso; hablamos de unas comisiones de la verdad para África cuando nunca han existido en España. Aquí no hablamos de la guerra civil, sigue prohibido.

Y así estamos: las heridas siguen abiertas y hay mucha gente que aún no ha visto justicia. En el fondo nos ha pasado lo mismo.

¿Se puede avanzar sin resolver ese pasado?

¿Cuándo termina una guerra? ¿El día que se firma la paz o cuando realmente se hace justicia a todas las víctimas? Un conflicto se cierra cuando hay una reconciliación nacional, porque la historia la cuentan los vencedores, y la visión que tenemos es la suya. Pasó en Sierra Leona: gran parte de los que están en el poder son los que estaban antes de la guerra, o los que se han enriquecido durante la guerra..

Existe un informe del Banco Mundial sobre Sierra Leona y Liberia que llega a la conclusión de que a pesar de haber enviado miles de cascos azules y millones de dólares no se han modificado las causas que provocaron la guerra. Sucede en Bosnia-Herzegovina, candidato a entrar en la Unión Europea. ¿Por qué lo hacemos tan mal?

No lo sé; creo que no interesa. Es más fácil mandar dinero porque en el fondo es un beneficio. ¿Quién ha mandado dinero a un país como Sierra Leona o Bosnia? Los que después se están beneficiando de ese país. Ahora mismo Reino Unido es el dueño de Sierra Leona.

Los diamantes de sangre…

Los diamantes, el petróleo, el coltan, las minas de hierro, que es lo que está dando más dinero al país… Siempre hay un interés y no interesa que África cambie, lo que interesa es que la podamos seguir manejando.

Mucha gente que se ducha por las mañana consigue agua caliente con solo abrir el grifo. Ese agua tiene un precio. Alguien la está consiguiendo en tu nombre saltándose los derechos humanos y las leyes.

Me puedes grabar con este móvil gracias al coltan de la República Democrática del Congo, o lo que están haciendo ahora los franceses en Mali.

¿Qué hacen allí?

El uranio. ¿De dónde lo sacan? Mali es una zona clave para controlar el sur del Magreb. El enunciado es simple: “Las materias primas son escasas, están en África y yo las necesito”.

¿Y el papel de China?

China está comportándose igual. Está metiendo muchísimo dinero, hay chinos por todos lados. Desde hace años hay un restaurante chino en Kono, la capital de los diamantes de Sierra Leona. Las grandes infraestructuras de África las construyen los chinos. Algo tan simbólico como el edificio de la Unión Africana, en Addis Abeba, lo han construido los chinos. Además se lo han regalado a la Unión Africana.

Una inversión…

Una inversión. Hemos regalado el edificio, pero nos lo estamos cobrando. China necesita tantas materias primas como Occidente. Lo bueno es que China ha encontrado en África un mercado donde vender productos. Todo lo que se compre en un mercadillo de África es chino: zapatillas, ropa, pilas, plásticos… Todo viene de China, para ellos es un mercado potente.

Antes una diferencia de clase social era los que tenían chanclas y los que no, luego los que tenían bicicleta y los que no, y ahora los que tienen moto y los que no.

Ahora empiezas a ver todoterrenos por todos lados.

Quizá nos estemos quedando con el cliché del África pobre cuando existe una eclosión de la clase media. Mucha gente que antes se iba, se queda; mucha que se había ido, regresa.

Estaba en Maputo, en un café precioso en la avenida Mao-Tse-Tung, tomándome un café con una bola de nata, algo muy portugués, junto a unos amigos mozambiqueños. Llegó una española y me dijo que estaba harta de eso, que quería conocer la verdadera África. ¿Qué es el África verdadera? ¿El negrito medio desnudo tocando el tam-tam? El África verdadera también está en las ciudades donde puedes encontrar de todo, con discotecas y centros comerciales. No nos olvidemos de que África está creciendo mucho económicamente. Se calcula que en 2013 puede crecer entre un 7% y un 9%, con algunos países en el 30%; mientras que Europa probablemente decrezca un 0,5%.

¿Cuál es la gran revolución en África?

La gran revolución de África son los móviles. Están llegando a cualquier lado.

Porque no existen las líneas terrestres; los europeos no las dejaron tras las independencias. El móvil ha suplido esos tendidos y permiten conectarse a las redes sociales.

Hay chavales en Madina que me mandan fotos por Facebook a través del móvil. Hace cuatro años en Madina no teníamos teléfono ni móvil; había que ir a la ciudad para llamar. Ahora la aldea más perdida tiene móvil, una televisión con antena por satélite, un pequeño generador con grupo electrógeno y la gente sigue los partidos de fútbol; están al día de la Liga española mejor que tú. Hace poco estaba en Chad, en una ciudad que se llama Bongó, y había dos cines: uno se llamaba “Pep Guardiola” y el otro “José Mourinho”. En uno se juntaban los seguidores del Barça y en otro los del Real Madrid. Ahora han abierto uno que se llama “Josep Guardiola & José Mourinho”, para hacer las paces. Se sigue muchísimo el fútbol y la música. ¡La gente en cualquier aldea sabe qué está pasando en cualquier momento!

Chema Caballero para Jot Down 4

Iker Casillas fue a Sierra Leona, a verte hasta Madina…

Fue como si bajase Dios del cielo. Fue increíble. En el pueblo no se lo creían hasta que lo vieron llegar. Los chavales se quitaron la camiseta y la tiraron al suelo para que Iker no pisase barro… Estuvo tres o cuatro días con ellos. Fue algo muy bonito.

No lo olvidarán en la vida.

Nunca. Las fotos que se hicieron con él son como el gran trofeo.

Un acontecimiento que marca el calendario: “Dos años antes de que viniera Casillas”.

Posiblemente. Ahora los niños se llaman Iker como antes los niños se llamaban David Bisbal cuando vino a Sierra Leona.

¿Sirve para algo que los famosos se impliquen en este tipo de acciones?

Llegas a gente que de otro modo no llegarías. Puedes estar todo el día hablando de menores soldados, pero hasta que Bisbal no hizo la canción no tuvo un gran impacto en España. Que Iker Casillas viniera a Madina supuso que mucha gente después quisiese implicarse en el programa de educación en las escuelas. Da a conocer realidades que de otra forma no se pueden conocer. Aunque también ha habido famosos que están aprovechándose de esto, los que necesitan fama. “Si me hago unas fotos con cuatro niñitos negros a mi alrededor quizá consiga salir en una revista”. Como todo, puede ser muy bueno o malo, según se utilice.

¿Has vuelto a ver a Casillas?

No.

Pero él sigue yendo a sitios. Estuvo en Perú, me parece. Se dedica a hacer viajes solidarios.

Creo que fue su primer viaje de este tipo, y si después ha seguido quiere decir que, de alguna forma, le impactó. Un año más tarde la fundación del Real Madrid invitó a Madrid a doce chavales y Casillas se acordaba de ellos y de sus nombres. Es decir, se implicó.

Tú, que eres muy del Real Madrid; llegaste a mantener en Sierra Leona a dos equipos que se llamaban Real Madrid. ¿Cómo es eso?

Llegamos a una zona que había sufrido mucho con la guerra y quería ayudar a los jóvenes, que habían sido niños-soldado y víctimas, y la única forma era el fútbol. Además era un lugar muy hosco, desconfiado de los que vienen de fuera, y los primeros que se apuntan a estas cosas son los más jóvenes. Empezamos con un equipo de pequeños, el Real Madrid de Madina. Luego, esos chavales acababan el instituto y volvían a sus aldeas pero querían seguir jugando al fútbol. El pueblo rival de Madina, que es Kukuna, también quería llamarse Real Madrid, no iban a ser menos, y entonces hubo el Real Madrid de Madina y el Real Madrid de Kukuna. Y luego los más grandes, que formaron otro equipo, dijeron que si esos se llamaban Real Madrid ellos se iban a llamar Barça, para tener la rivalidad. Entonces, teníamos dos Real Madrid y un Barça. Bueno, y un par de Real Valladolid.

¿Valladolid también?

Sí, porque nos mandaron bastantes camisetas del Valladolid e hicimos varios equipos. Pero sobre todo chicas, porque conseguimos que empezaran a jugar justo en ese momento, y les dimos las camisetas del Valladolid.

En Kabul me sorprendió que la mayoría de los niños de un barrio quisieran ser médicos. Me explicaron que veían una serie india de médicos, una especie de Doctor House. Ramazan Bashardost, candidato presidencial en 2009,me dijo que habíamos mandado todo lo que ya les sobraba, soldados y armas, que hubiera bastado con series de televisión.

No creo en la ayuda de Estado a Estado, porque está muy condicionada. Más allá de lo que se hace materialmente están los valores. Hablar con unos chavales y hacerles ver que las cosas pueden ser distintas, que estudiar tiene un significado, que existe una cultura del esfuerzo, el respeto a una chica. Estos valores son más importantes que construir una escuela. Algo bueno de la crisis económica, que afecta a la cooperación, es que mucha gente se está dando cuenta de que a lo mejor no hace falta que haya tanto blanco allí porque a lo mejor no hace falta construir tantos pozos. A lo mejor los africanos pueden hacerlo y tienen los medios. Nosotros deberíamos ayudarles a ser conscientes de esa fuerza que tienen para que las cosas sean distintas. El retorno de africanos a sus países, gente muy formada, que ha visto otros mundos, conseguirá que cada vez haga menos falta este tipo de cooperación. La cooperación siempre es necesaria y positiva, pero tendríamos que repensarla. Creo más en la transmisión de valores que en la transmisión de dinero.

Has sido cura. ¿Tienes derecho a desempleo? ¿Te pagaban la Seguridad Social?

No; yo cuando salí, salí sin nada, sin Seguridad Social ni paro.

¿No os pagan la Seguridad Social?

No; nada. Menos mal que tenía amigos…

¿Ni Seguridad Social, ni IBI…?

En mi caso, al menos, no.

¿Y cómo te apañas? ¿Qué haces ahora?

¿Estudias o trabajas? [Risas] Doy algunas clases, hago alguna asesoría para ONG, escribo lo que puedo en el blog de El País, en alguna otra revista… y con eso llego a final de mes. Arañando de aquí y de allá.

Bienvenido al Primer Mundo.

Muchas gracias.

Chema Caballero para Jot Down 5

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Leyendo el Apocalipsis en Kivu Sur

De vez en cuando releo las libretas que escribí en tal o cual viaje. Hoy toca el cuaderno rojo, en el que pone “Congo” en la primera página. Picoteo párrafos sueltos al azar. “Fue violada hace muchos meses, pero tardó en acudir a consulta porque no quería ser estigmatizada”. “En estas montañas el hombre blanco los encadenaba para trabajar y cortaba las manos a aquellos que no cumplían”. “Dejando a la mujer como un escombro, desnuda y vejada en la cuneta”. “A veces los violadores dejan a una mujer del grupo sin violar, para que lo cuente a los demás”. “Una mujer es como un objeto sin derechos, una herramienta de trabajo”. “Hay pocos hombres en las aldeas. La mayoría han muerto o pertenecen a grupos armados”.

Me detengo en una parte que no recordaba. En las montañas de Haut Plateaux, en el triángulo fronterizo entre Congo, Ruanda y Burundi, asistí con mi compadre Fernando Calero a una reunión de alcaldes de 19 aldeas con un comandante Mai Mai a la que estábamos invitados. Ante la incapacidad del ejército congoleño para controlar su propio territorio, los Mai Mai nacen por todos lados como milicias de autoprotección creadas por los lugareños. Su objetivo es repeler los ataques de guerrilleros extranjeros como los hutus o los tutsis ruandeses. El problema es que, al final, acaban convirtiéndose en lo que combaten, es decir, en una horda de saqueadores y violadores tan asesina y arbitraria como el resto.

Y me viene a la mente aquella iglesia en lo alto de la colina, a 3000 metros de altitud. Un edificio sencillo, de barro, con olor a madera húmeda y un solo ventanuco en el interior cuya luz iluminaba la cara de aquel comandante subido al altar, un señor de la guerra que acudió con una Biblia en la mano, un cura y dos adolescentes armados. Al fondo, una pizarra con el orden del día: seguridad, rutas, alimentos, quién manda ahora, pero ni una línea sobre un problema del que nadie hablaba: 200 violadas por noche entre Marungu, Kitoga y Kihua. Aunque no existen estadísticas, todos dan por hecho que las mujeres de esa zona, tarde o temprano, han sido, son o serán violadas, tengan la edad que tengan.

Apoyado sobre aquella pizarra, uno de los chicos dejó el Kalashnikov. De frente, alcaldes con chaquetas raídas, manos nudosas del trabajo en el campo, mucho miedo y sometimiento hacia aquel militar. Y un equipo de MSF intentando que se respetara su trabajo y su neutralidad en tierra de nadie. “Sin paz no podremos sostenernos”, comenzó diciendo. “Sin paz no hay fuerza. Sin conciencia no hay vergüenza. Si no quieres trabajar para Dios, tendrás que decidir para quién trabajas”.

A cada rato, hacía leer al cura algún versículo de la Biblia que justificara de alguna manera sus palabras. Ahora busco parte de lo que apunté, en la oscuridad de aquel edificio, traducido del swahili al francés y del francés al castellano. Era parte del libro del Apocalipsis. “Y los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán sus cadáveres por tres días y medio y no permitirán que sean sepultados”.

Y entonces seguía con su salmo particular: “Nosotros estamos aquí para traer la libertad”. Pero pronto afloraron los enemigos y las soluciones para conseguir esa paz que él prometía. “Hemos tenido mucha paciencia con esas armadas extranjeras, como el FDLR hutu o el FDF de los banyamulenge. Tenemos que protegernos de ellos”. Y con otro párrafo de la Biblia, haciendo aspavientos de profeta, acabó de retorcer el mensaje: “Si no podemos fiarnos de nuestro propio ejército, dadme vuestra aprobación para disparar a matar. ¿Quién de entre nosotros no quiere la paz?”. En ese momento ninguno de los presentes levantó la cabeza del suelo. En el ambiente quedó el eco de sus palabras. Ya estaban en sus manos. El señor de la guerra tomó la Biblia, la levantó y como un padre juró protegerles “con su propia sangre”. Así que es así como lo hacen, pensé. Así de fácil, de burdo y de jodidamente efectivo. Por eso lo de manipular a pueblos con el miedo funciona desde Jenofonte. Dadme el poder, que esto ya lo arreglo yo.

Agobiado por el ambiente tenso de aquella reunión, salí fuera a que me diera un poco el aire. Allí estaba el otro escolta, oliendo a alcohol y escuchando la radio. Le dije, por señas, que me enseñara el arma que colgaba de su cuello. Un viejo AK 47 con la leyenda “Izhevsk. Russia. 1983” grabada en uno de sus laterales. Un arma con memoria de sangre, vendida y revendida una y otra vez, a saber en cuántas guerras. Le ofrecí un cigarrillo (yo no fumo, pero en estos sitios siempre hay que llevar tabaco). Se lo llevó a los labios. Ponte ahí, hombre, que quiero hacerte una foto. Click.

Fotografía: Alberto Rojas


Ricardo Cantalapiedra: Africaciones (I) Memoria de África

África engancha, conmueve, fascina. Es un continente barroco donde la belleza, el mal, la miseria, las bestias salvajes y la atrocidad conviven dramáticamente. He estado tres veces en el África profunda: 45 días inolvidables por distintos motivos dramáticos, dos de ellos trágicos.  

Primer viaje: 25 de agosto-8 de septiembre 1994. Goma (Zaire , actual República Democrática del Congo)

El 24 de agosto de 1994, cuatro meses después del genocidio de Ruanda, salimos del aeropuerto de Barajas un grupo de 12 cooperantes de la ONG Médicos del Mundo y yo, único periodista de la expedición, enviado especial de El País. Nos embarcamos en un mastodóntico avión Ilyushin II-2 ruso. Se trata de un aparato especializado en ataque de objetivos de guerra, construido por la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, esos aviones fueron comprados por particulares que los alquilaban para vuelos comerciales. El que nos llevaba estaba viejo pero muy bien conservado y equipado, con un blindaje de 700 kilos y un peso en vacío de 4.500.

Aquel avión iba repleto de alimentos, aparatos médicos y medicinas de todo tipo. Nosotros nos acomodamos, incómodamente, entre sacos, grandes paquetes y petates. Todo fue bien hasta El Cairo. Allí tuvimos que aterrizar lejos de la terminal. Por aquellos días habían tenido lugar varios atentados contra turistas. Pasamos dos horas con mucha incertidumbre. Los hombres no teníamos otro remedio que hacer nuestras necesidades en la pista. Las chicas tenían que ir a la terminal acompañadas por algunos de nosotros y por un par de agentes de seguridad del aeropuerto. Los pilotos rusos negociaron no sé qué cuestiones y al fin nos dieron permiso para despegar y nos quitamos la congoja de encima.

Llegamos a Goma sin más incidentes. Nos reciben en el patético aeropuerto algunos cooperantes de Médicos del Mundo que estaban en Goma desde hacía una temporada. Lo primero que hacemos es descargar entre todos los víveres y medicinas que traíamos de España.

Goma es una ciudad de unos 200.000 habitantes distribuidos en una amplia área de centenares de kilómetros cuadrados. Se encuentra a orillas del lago Kivu, a 13 kilómetros del volcán Nyiragongo, enclavado en las Montañas Virunga, cadena de volcanes, todos ellos pasivos, excepto el Nyiragongo. Por estos contornos está ambientada la novela Congo, de Michael Crichton.  El centro de la población es una amplia calle sembrada de casuchas, tabernas sucias y restaurantes miserables. También circulan buen número de vehículos todoterreno de las organizaciones internacionales. Pertenece a Zaire, país dominado tiránicamente por el dictador “democrático” Mobutu Sese Seko (Zaire fue la primera nación “democrática” de África), de infausto recuerdo. Mobutu tiene su propio gobierno a espaldas del Parlamento, su propio ejército y su propia policía. Algo así como una democracia fantasma manejada por un dictador sanguinario.

El Genocidio de Ruanda comenzó el 6 de abril pasado. El avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, alcanzado por dos misiles al aterrizar en el aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. El 17 de abril comenzaron las labores de exterminio de los tutsi lejos de Kigali, en Kibuye, cerca del lago Kivu. En tres meses murieron o desaparecieron 250.000 personas. A mediados de julio, el Frente Patriótico Ruandés (tutsi) se apodera de Kigali y obliga al gobierno hutu radical a huir a Zaire. Enseguida huyeron también más de dos millones de hutus, la mayoría de los cuales se establecieron a 5 kilómetros de Goma (“la ciudad de la muerte”), en Mugunga II, donde crearon el mayor Campo de Refugiados mayor del mundo.

Goma es un tumultuoso caos tropical donde el mosquito anófeles aguijonea a Dios y al Diablo con impune fluidez. Al margen de los refugiados, esto es un nido espías, monjas y frailes, militares, traficantes de armas, aventureros, cooperantes de organizaciones no gubernamentales, funcionarios de Naciones Unidas y, aunque parezca mentira, turistas arriesgados de esos que van allá donde haya una guerra. Toda esta gente revolotea en torno a los más de dos millones de ruandeses de la etnia hutu hacinados en los campos de refugiados de Kibumba, Katale y Mugunga II. Goma no estaba preparada para convertirse de la noche a la mañana en el mayor campo de refugiados de la historia de la humanidad. El marasmo puede describirse con un solo dato: casi todos los días, más o menos a las cuatro de la madrugada, hay manifestaciones de policías y militares zaireños reclamando su sueldo, del que no tienen conocimiento desde hace meses. Esos mismos individuos ejercen de maleantes bajo cualquier disculpa, a cualquier hora y delante de quien sea. No hacen distingos en el momento de atracar: si no encuentran dinero, despojan al infeliz de sus ropas, incluidos los calcetines, y le dejan a la intemperie como Dios lo trajo al mundo. Todo esto lo veíamos discretamente desde la sede de Médicos del Mundo, en un rincón céntrico de la ciudad.

La llegada masiva de personas, alimentos y medicinas al bananero aeropuerto internacional, ha apuesto los precios por las nubes. Mientras los especuladores hacen su agosto, la mayoría de los ciudadanos contemplan impotentes el encarecimiento imparable de la subsistencia cotidiana. Goma tiene algo de poblachón de las películas del Oeste. Las aceras están atestadas de tienduchas miserables y cantinas cutres repletas de moscas y niños mendigando. Hay multitud de “farmacias” que lo mismo venden aspirinas que cazuelas. Cada esquina está tomada por hombre y mujeres con fajos impresionantes de billetes ofreciendo cambio de moneda. Se masca la miseria. Y nadie hace caso al volcán Nyiragongo, que cesa de humear. El contraste bestial está en las orillas del majestuoso lago Kivu, donde compiten en fastuosidad muchas villas, entre las que destaca la impresionante fortaleza del presidente Mobutu Sese Seko, para dejar bien claro en la región quién es el que manda. El nombre del presidente significa: “el gallo que se beneficia a todas las gallinas”.

Es temerario para un musungu (blanco) salir por la noche, aunque se hace, siempre en comando. Goma la nuit es un peligro inefable. En los dancings tenebrosos y en las discotecas-almacén se escucha la música zaireña del momento: Papa Wemba, Masututsa Dance Band, Empire Bakuba o el trío femenino Chico Chimora. Como toque exótico, también suena el mítico grupo mexicano Los Panchos. Los nativos bailan espectacularmente. Los perplejos y temerosos musungus observan apostados en la barra y son presa codiciada por las prostitutas de la noche. Este cronista acude a un espectáculo sorprendente: dos rameras se enzarzan en colorista y cruel pelea por conseguir los favores de un blanco vasco, gordito y barbudo. Las chicas se tiran de los pelos emitiendo insulto presuntamente denigrantes. El causante de la trifulca huye a la francesa.

El doctor Livingstone dice en su Diario que “África desconoce el pudor”. En esas discotecas palidece hasta el más chulo. Las mujeres, sin previo aviso y con absoluta normalidad, se acercan a los musungus de la barra, palpan con profesionalidad la entrepierna de los cuitados y sopesan el calibre del órgano sexual; si consideran que es menguado comparado con el de los nativos, te miran desdeñosamente y se alejan. Estas actitudes montaraces amilanan a hombretones alemanes, holandeses, españoles, suecos, chinos, australianos, israelíes, canadienses, americanos, belgas, franceses; en fin, una representación de casi todo el mundo. Muchos, incluido este cronista, abandonan en tugurio tímidamente  con el rabo entre las piernas.

El campo de refugiados Mugunga II es una patética reunión de unos dos millones de habitantes, una gran ciudad mísera, donde todas las miradas son de infinita tristeza y donde solo la algarabía de los niños da un poco de esperanza. Las organizaciones no gubernamentales y el ACNUR, organismo de la ONU para los refugiados, han logrado dotar al campo de hospitales, agua potable canalizada y centros donde se distribuye comida y ropas. Los escuetos edificios para esos menesteres son levantados por Bomberos Sin Fronteras que han llegado con las distintas ONG de todo el mundo. En la sede de Médicos del Mundo vive con nosotros una excelente y activísima cuadrilla del Cuerpo de Bomberos de Barcelona que hacen de todo, incluidos los servicios de seguridad. La gente vive en tiendas de campaña. Cada familia muestra a la puerta de su “casa” todo tipo de objetos para su venta: hay patatas, zapatos y botas para una sola pierna, estampas, bastones, ropa diversa. También detecté varias de estas chozas que exhibían a la puerta marihuana en rama a precios muy humildes.

Gracias a los incansables cooperantes, la situación va “normalizando“: la epidemia del cólera está prácticamente atajada y la mortandad se ha reducido drásticamente, a pesar de lo cual el número de muertos diarios varía entre 200 y 400. La meningitis se incrementa en los últimos días y el sida avanza sin piedad. Las diarreas hacen estragos, sobretodo entre los niños. Pero en la ciudad, como en cualquier gran urbe, existen zonas de prostitución y famélicas tabernas. A los alrededores de Mugunga también malviven miles de hutus que no han podido acceder al campo. Entre ellos hay mucha mortandad. Cuando los fallecimientos ocurren durante la noche, los familiares en vuelven a sus muertos en esterillas y los dejan a las orillas de la carretera. Cada mañana un camión recoge los cadáveres, que son depositados en una inmensa fosa común aliñada con cal viva.

En el interior del campo suele haber dos o tres linchamientos diarios. Los hutus no tienen compasión con los ladrones ni con los espías que incitan a volver a Ruanda. Se ensañan con ellos: lapidan, masacran los cadáveres sacándoles los ojos y sometiéndolos a degradaciones rituales. Lo más peligroso del campo lo constituyen unos 15.000 soldados vencidos en la guerra. Son terribles: armados de machetes, algunas armas, marihuana y alcohol, realizan danzas militares llenos de rabia y acaban con quienes se enfrentan a sus alardes. Por eso todos los cooperantes abandonan el campo a la seis de la tarde. La noche allí es muy peligrosa. Esos soldados atracan los dispensarios y los barracones donde se almacena la comida. Matan a cualquiera que se oponga a sus desmanes. La normalidad es dantesca.

Varias decenas de religiosos y religiosas están agazapados en la zona de Goma a la espera de poder entrar en Ruanda para continuar con su labor apostólica y humanitaria. Cada dos o tres días, algún enviado de esas instituciones se desplaza a Kigali e informa de la situación. Oficialmente, no hay peligro en Ruanda para los religiosos. Oficiosamente, nadie se fía. El viernes llega a mediodía a Goma Juan Bartolomé, coordinador de Cooperación Internacional de la Agencia Española. Viene del campo de Bukavu (500.000 refugiados) y nos dice que la situación allí es similar a la Mugunga II. Pero destaca que ha ocurrido el primer linchamiento dentro del campo: un infiltrado tutsi fue asesinado y no quedó ni rastro de él.

El 5 de septiembre envío mi crónica a El País. Dos días después embarcamos en el aeropuerto de Goma de vuelta a España en el mismo avión ruso que nos trajo. Pero aún no espera un sobresalto. En el aeropureto de Nairobi (capital de Kenia), el piloto nos comunica que hay un cambio en la ruta: no volamos a Madrid sino a los Emiratos Árabes, donde tienen que recoger un cargamento de armas destinado a Yugoslavia. El colmo de nuestro viaje es vernos implicados indirectamente en el tráfico de armas internacional. Nos negamos tajantemente y nos ponemos en contacto con la embajada española. De inmediato llega un funcionario de la misma. Al cabo de dos horas ya está todo solucionado: la embajada logra acomodarnos en un vuelo regular de Alitalia con destino a Roma. En el aeropuerto de Roma compro El País. Me lleno de rubor al leer la columna de Eduardo Haro Tecglen que dice así: “He estado muchas veces en la ciudad de Goma, lazareto de todos los negros, cementerio de asesinados y muertos de hambre, desesperación de la peste: me la han enseñado fabulosos reporteros de televisión de todas las cadenas y naciones, y me ha sobrecogido. Hasta que he leído en este periódico la crónica de Ricardo Cantalapiedra no me he enterado bien de lo que pasa y cómo pasa… No lo digo en detrimento de la televisión: hay algunos documentales insuperables. Pero el uso de la palabra está reservado a lo escrito, y no corre peligro… La cultura del periódico no se sustituye con nada. Cantalapiedra, Carrión, Rosa Montero, Armada, Reverte, Maruja Torres, Rosa Montero… Miran, perciben y cuentan a través de ellos. Es arte, esta cultura: tan antigua, tan renovada cada día. No hay que temer por ella. Ni hay que despreciar la televisión: camino riquísimo”. Vuelo a Madrid con rubor, con recuerdos muy amargos y con el sosiego del deber cumplido.

 

 


Javier Espinosa y Enric González o cómo sobrevivir al periodismo de guerra

Javier Espinosa es el corresponsal de guerra español más destacado de su generación. Su cobertura de los bombardeos del ejército sirio sobre Baba Amro, el principal bastión rebelde en Homs, y su azarosa fuga hacia Líbano fueron portada en la prensa internacional. Sólo una pared le salvó de morir junto a los periodistas Marie Colvin y Rémi Ochlik, el pasado 22 de febrero. Esta entrevista se desarrolla en su casa de Beirut, donde vive con la periodista Mónica García Prieto (autora también de excelentes crónicas desde Homs en diciembre) y sus dos hijos.

Empecemos por lo elemental: ¿por qué decidiste ser periodista?

Tenía 18 años, vivía en Tenerife y no sabía qué quería hacer. Comencé a colaborar en periódicos locales pero fue por azar, ni siquiera me había matriculado en la Facultad de Periodismo. Escribía sobre deportes, un tipo de información que no me gustaba. El deporte me interesa para practicarlo, no para contarlo. Cubría cosas de hockey, voleibol y balonmano. Poco a poco me fui enganchando y me fui a Madrid a estudiar periodismo, aunque sin gran entusiasmo. En el primer curso suspendí todas las asignaturas menos una, y eso porque si las suspendías todas te echaban. En la que aprobé tuve un sobresaliente. Cada verano volvía a Tenerife y colaboraba en el diario El Día. Quería vivir allí, en mi tierra. Nací en Málaga, pero toda mi vida la hice en Canarias. El caso es que antes de terminar la carrera publiqué algunas cosas en la sección de Internacional de El Día, que era muy pobre y pequeña, y sobre televisión y cultura en el diario Ya y en la revista Época. O sea, estaba dedicándome a temas que no me atraían demasiado, como deportes, televisión y cultura. Comprobé que lo que me gustaba era la información internacional, especialmente los conflictos bélicos, y como para hacer eso necesitaba aprender inglés, en 1989, con la carrera terminada, me fui nueve meses a Londres. Allí gané algo de dinero, muy poco, haciendo crónicas para Ya y Época.

¿Y luego?

La puñeta era que no había hecho el servicio militar. Pensándolo ahora, debí desertar. Pero volví y estuve un año. Me metieron en la revista del Ministerio de Defensa y eso acabó siendo interesante, porque hice algunos viajes, entre ellos uno en el portaaviones Eisenhower y otro en un Awac [avión-radar] por Alemania. Al licenciarme entré en la plantilla de Época. Y ahí ya empecé a cubrir conflictos bélicos, con la primera guerra del Golfo, en 1991. Fui a Israel para escribir sobre los misilazos del amigo Saddam Hussein. En verano de ese mismo año, aprovechando las vacaciones, me fui por mi cuenta a Sri Lanka para cubrir la guerra de los Tigres Tamiles.

¿Qué le veías a la cobertura de conflictos?

 Me encanta viajar, conocer otros países, otra gente… Me parece muy interesante algo que ocurre en los conflictos bélicos, y es que las personas se reducen a su estado más puro: la gente que es mala se hace supermala, y la que es buena, superbuena. Te encuentras con alguien que no sabes ni cómo se llama y que te salva la vida, y te encuentras con alguien que no sabes ni cómo se llama y que te quiere cortar la cabeza. Para mí es algo fascinante, es romper la monotonía de que si la hipoteca está cara o si me han hecho un rayón en el coche. Eso es lo que me atrajo desde el principio. Seguí en Época, pese a que lo de estar en plantilla no me gustaba mucho (y sigue sin gustarme) porque te restringe y recibes órdenes, y a mí que me den órdenes me pone de los nervios. Desde mi época en Londres me atraían Suráfrica y el problema del “apartheid”, porque pensaba que eso sólo podía terminar en una guerra civil. En 1990 me lo pensé, pero no me atreví. Cuando ya estaba derrumbándose el sistema racista, hacia 1994, decidí que lo de Época era un rollo patatero porque no iba con mi ideología y tenía que escribir sobre asuntos españoles que no me interesaban, así que lo dejé y me fui a Suráfrica. Durante mis años en Época aprovechaba las vacaciones para irme a la guerra en los Balcanes. Me compraba un Seat 127 de quinta mano, lo arreglaba, me iba con él a Croacia o donde fuera hasta que lo rompía. Fui cuatro o cinco veces a la guerra en un 127. En uno de esos viajes tuve un accidente grave. En otro, se congeló el coche.

¿En serio?

Lo mío era el turismo bélico. Aprovechando vacaciones me hice Bosnia, Angola, Mozambique…

¿Qué es para ti el riesgo?

No me lo planteo, no creo que sea positivo pensar en eso. Si acaso lo pienso luego, ya pasado el peligro, pero en general trato de evitarlo. Cuando empiezo a darle vueltas a esa cuestión, escucho música. No me gusta analizar. Quizá soy un inconsciente. Me parece que es mejor no profundizar en la posibilidad de que te rompan la cabeza.

Si no recuerdo mal, nos vimos por primera vez en Ruanda.

Sí, yo vivía en Suráfrica desde diciembre de 1993, y estuve allí hasta las elecciones de abril de 1994. Creo que Suráfrica ha sido la única historia positiva que he cubierto en toda mi carrera. Fue algo que me impresionó. Nunca he votado, pero si tuviese que votar lo haría por Nelson Mandela. Al acabar las elecciones ya había empezado la guerra civil en Ruanda y me preguntaron en El Mundo, el diario con el que colaboraba, si quería irme allí.

Y fuiste.

Entré tres o cuatro veces a Ruanda. Una de las veces viajé con Joao Silva, el fotógrafo portugués que hace un par de años perdió las piernas por una mina en Afganistán. Vimos cosas atroces. Las bandas de hutus obligaban a los niños a elegir a las víctimas. Iba el niño por la calle, señalando como tutsis a los más altos.

En realidad, había hutus altos y bajos, y tutsis altos y bajos.

Todo era disparatado. Llegué a Kigali, la capital de Ruanda, cuando los tutsis aún no habían entrado, pero el Gobierno ya había caído. Se formó una marea humana de hutus que buscaban refugio, se calcula que un millón de personas. Algo brutal. En Kigali la situación era surrealista. Había tropecientos mil puestos de control establecidos por tipos con pelucas, en pelotas, armados con cuchillos… Recuerdo a un niño que con una mano te pedía algo, y en la otra tenía una granada. Y mientras tanto los Interhamwe, las bandas hutus, seguían masacrando gente a machetazos.

Yo aún tengo pesadillas por todo aquello. Hubo periodistas muy curtidos que después necesitaron tratamiento. ¿A ti no te afectó?

A lo mejor un día me revienta la cabeza. Hace un momento Mónica me comentaba que lo que ocurre en Siria es horrible y supongo que debería afectarme más. Creo que es por lo que te decía antes, que procuro no pensar en ello. Yo miro, tomo notas, escribo una crónica y luego me pongo a leer un libro o a navegar por Internet. Puede que me haya convertido en un cínico y veo las cosas como si no fueran conmigo. Pero no, Ruanda no me impresionó como para tener pesadillas. Aunque, desde luego, aquello es lo más bestia que he visto en mi vida. Porque luego, en la zona tutsi, la venganza también era brutal.

Y, para colmo, hubo la epidemia de cólera entre los refugiados y en Goma, la primera población fronteriza dentro de Congo; se formaron montañas de cadáveres.

El cólera fue como el clímax del desastre. Además las matanzas se cometían de forma muy primitiva, con machetes. Veíamos aquellas caras con la nariz y las orejas cortadas, las cicatrices, las personas a las que cortaban los tendones de los pies para que ya no pudieran huir… Y en medio de esa degollina gigantesca, los blancos podíamos trabajar como si no pasara nada. Llegaba un tipo que acababa de cepillarse a cien y te lo contaba con todo lujo de detalles. Yo hablé con mucha gente que ahora está en prisión de por vida. Si eras blanco te trataban como a un príncipe e intentaban explicarte por qué ocurría aquello. Se cargaban a su gente pero no se les ocurría hacerle nada a un blanco.

Cuando dejaste Ruanda volviste a Suráfrica.

Fue una temporada un poco loca. Pasé por España cuando Estados Unidos invadió Haití; no sé por qué, pero no había nadie disponible y me tocó irme a Haití. Allí conocí a Maruja Torres: la primera vez que la vi estaba dándome gritos y saludándome desde lejos. A finales de ese año, 1994, quedó libre la corresponsalía de El Mundo en América Latina y me propusieron instalarme en México. No me apetecía demasiado, pero acepté.

¿Qué tal lo pasaste?

Me quedé cuatro años, hasta 1999, y pude conocer toda América Latina salvo Costa Rica. Es un continente muy divertido, pero yo echaba en falta las guerras. Había muchas elecciones y cumbres insoportables de la Organización de Estados Americanos. La idea de enviarme a México tuvo que ver con el fenómeno de los zapatistas. El caso es que el zapatismo perdió interés rápidamente. Tenía la guerra de Colombia, ya muy recurrente, y una guerra entre Ecuador y Perú que duró sólo un par de meses. De vacaciones seguía yéndome a algún conflicto por ahí. A Indonesia, por ejemplo. En 1999 me ofrecieron la corresponsalía en Marruecos, para cubrir el continente africano, y eso me pareció muy interesante. Aún no me había instalado en Marruecos cuando me encargaron irme a Sierra Leona para cubrir una guerra que no entendía nadie. Allí me secuestró un grupo de guerrilleros.

¿Cómo se vive un secuestro?

Fue algo muy atípico. Digamos que fue un secuestro relativo. Para empezar, como el agua estaba contaminada y no se podía beber, los guerrilleros habían ocupado una fábrica de cerveza y estábamos todo el día bebiendo y fumando porros. Luego estaba ese factor de África y el respeto al blanquito. Les convencí de que yo había ido allí a entrevistarles, para que el mundo supiera quiénes eran y qué querían, y aunque parezca surrealista con el pedo que llevaba, me permitieron trabajar. Tenían un grupo de gente realmente secuestrada, con tipos armados en las puertas…

¿Secuestrados africanos?

Africanos, indios y de todo.

Pero no blancos.

No, blancos no había ninguno. Durante los tres días que pasé con el grupo no pude irme, pero pude entrevistar, en un tono muy desquiciado, a quien quise: a los jefes, a un belga blanquito que luchaba con ellos… Cuando terminé y no me quedaba nada por hacer, le dije al jefe que me iba. Se montó un buen jaleo sobre si tenían que dejarme libre o no. Les expliqué que si no me iba nadie iba a saber quiénes eran, porque realmente nadie lo sabía. En ese momento había dos movimientos guerrilleros, y el que estaba reivindicando la responsabilidad de haber atacado Freetown, incluso de haberme secuestrado a mí, era el otro movimiento guerrillero. Incluso el Gobierno español estaba, en esos momentos, hablando con el movimiento equivocado, con un tal general Mosquito que no tenía nada que ver con el asunto. Le comenté eso y que, si me dejaban ir, yo publicaría todo lo que sabía y los daría a conocer. Dejaron que me fuera.

Dentro de la categoría de matanzas, la africana suele ser más carnal. Además, hay toda una serie de fetiches: cabezas, manos, penes… se toca más la muerte que en la matanza occidental, ¿no?

Me parece mucho más inhumano todo lo que rodea a la cultura occidental. En África, la muerte es un elemento cotidiano. Los niños no reciben nombre hasta que pasan la varicela o el sarampión a los cinco años, con lo cual no lloras porque se te ha muerto alguien: se te muere todo el mundo. Los africanos llevan siglos de atraso por muchísimas circunstancias, entre ellas el colonialismo. Entonces, la muerte es un elemento más de su vida, lo vivo y lo muerto no tienen tanta diferencia. Y el hecho de cortar una mano no es un elemento de salvajismo, sino que forma parte de un entorno totalmente desquiciado, donde ignoras si vas a vivir o no mañana. Sin embargo, en Europa la muerte se hace a conciencia, se sabe lo que se está haciendo. En Europa se come y se estudia. En Europa y en Oriente Próximo no se hacen las cosas para ver qué pasa, sino que se hacen a conciencia. Se extermina a conciencia, y se hace por una motivación ideológica muy clara. En África un 60% de la población es analfabeta, y se deja llevar por el cacique. Si el cacique dice algo. Porque el cacique es el único que nos da de comer algo cuando nos da, y hay que hacerle caso porque si no, nos morimos.

En cuanto tiras un poco de los hilos del cacique aparecen Europa o Estados Unidos. En el caso de Sierra Leona son diamantes con un destino determinado, en el caso de Ruanda fue el monocultivo del té impuesto por el Banco Mundial el que creó una especie de crisis malthusiana en la que se mataba al vecino para quedarse su palmo de tierra. ¿Cuando estabas allí te planteabas que estabas viendo una barbaridad y que al final del proceso lo que había era algún tipo de intervención occidental, alguien que se aprovechaba?

Lo de África es muy curioso. Tenemos el estereotipo de que son unos salvajes, pero es que se trata de un continente que sufrió un colonialismo brutal, que perdió hasta cien millones de personas por la esclavitud y donde se hundieron civilizaciones. Hubo regiones enteras cuyos habitantes desaparecieron. Ése es el motivo del atraso de África, que en un momento dado se destruyó un continente y sigue destruyéndose cada año porque se sigue interviniendo, se siguen robando materias primas, se sigue fomentando el poder del más hijo de puta y, claro, dices que son salvajes. Pero no, perdona, a estos señores les hemos destruido totalmente su tejido social, hemos inventado unas naciones que no existían, hemos inventado unas fronteras que no existían, la tribu de Pepito siempre ha estado con la de Juanito pero nosotros decidimos que son dos tribus diferentes… ¿Qué pasó en Ruanda y Burundi? Los primeros que fomentaron el sectarismo tribal fueron los belgas, que empezaron a catalogarlos como hutu o tutsi, y decidieron que el hutu cuidaba las cabras y el tutsi era el jefe. Claro, llegó un momento en el que se lo creyeron y se montó una dinámica de revancha. Las potencias occidentales han fomentado muchísimo los conflictos en África. Durante la guerra fría fueron enviando allí toneladas y toneladas de armamento. En vez de que los blanquitos se matasen entre ellos, mejor que se mataran los negros en nuestro nombre, ¿no? Ibas a Angola y veías armas y municiones por todas partes, lo más moderno, para que luchasen por nuestra ideología, cuando en África todo eso del comunismo y el capitalismo no se entiende. Pero allí estábamos nosotros diciendo que éstos son supercomunistas y marxistas; y luego el otro que no, que quieren la libertad, y no sé qué.

Después del episodio de Sierra Leona…

Me instalo en Marruecos hasta 2002 y recorro toda África. Es un continente ignorado. En Burundi, por ejemplo, había campos de concentración con 800.000 hutus, y nadie decía nada. Llevaban allí dos meses, pero llegabas tú, lo contabas y todo el mundo te felicitaba por el descubrimiento. Y tú pensabas que lo único que habías hecho era subirte a un avión y visitar el campo de concentración. El problema de África es que no cotiza en el mercado de noticias, pero las historias son alucinantes. Además, conoces gente muy maja, porque la gente que va a África es gente comprometida. Yo no soy creyente, pero allí encontré a curas capaces de sacrificarlo todo.

¿Leíste el artículo que sacó Robert Fisk hace unos días en The Independent?

¿Uno que creó mucha polémica entre los periodistas?

Sí. Ese que decía que los periodistas de guerra son más noticia que las víctimas, y que hay algo neocolonialista en eso.

Estoy totalmente de acuerdo. Fisk critica la egolatría de la prensa y eso tiene su ironía, porque él es muy egocéntrico, pero en ese artículo decía muchísimas cosas que son verdad. Nos creemos que somos la repera. Uno de los conflictos que más me impresionó fue el de Vietnam. Visité un museo de la guerra en el que exhibían una lista de periodistas caídos en conflictos y me di cuenta de que no había ningún nombre vietnamita. En aquella época los periodistas vietnamitas muertos no se contabilizaban, como si no existieran. Todos los nombres de los caídos son extranjeros. Por eso ahora muchas veces se dice que en una guerra determinada ha habido más periodistas muertos que en la de Vietnam, porque sólo se contabilizaron los extranjeros. Alrededor del corresponsal de guerra se ha creado una aureola que convendría rebajar. Habría que ser más crítico. Ahora, por ejemplo, los sistemas de protección no están mal, pero se está haciendo algo que yo nunca había visto: hay corresponsales de guerra que viajan con un médico y un asesor de seguridad. Lo del médico, vale. Lo del asesor de seguridad me parece ridículo. ¿Le va a explicar el asesor a Goran, un fotógrafo de Reuters con mil batallas a cuestas, cómo ir a la guerra? En todo caso será Goran quien se lo explicará al asesor, porque Goran de pequeñito comía balas. Todo este aparato que se ha creado en torno al periodismo de guerra me parece muy exagerado.

¿Por qué sólo sentimos empatía hacia los occidentales?

Es algo generalizado en Occidente. Vamos a lo de siempre: ¿por qué 100.000 africanos no cotizan igual que un israelí que cayó ayer muerto no sé dónde o un europeo que fue secuestrado no sé dónde? Porque nuestra normativa de valores es muy hipócrita. Nos parece una tragedia el que a un español le den un bofetón en una calle de no sé dónde, y sin embargo que mueran 100.000 negritos… pues nada, son sólo 100.000, y sanseacabó.

¿Tiene eso que ver con algún tipo de racismo o neocolonialismo?

No, yo creo que es absoluta indiferencia. Ignoro las causas de esa indiferencia, pero existe, y mata. Es inaceptable que haya 10 millones de africanos muriendo al año por malaria o SIDA y de eso no se escriba. Colega, ¡que son 10 millones de tíos! Indiferencia. “No podemos hacer nada.” ¿Pero cómo que no? ¿Te crees que tú has llegado a este nivel de vida porque sí? Ha habido un saqueo previo de muchas culturas y nos hemos aprovechado. Deberíamos ser solidarios y devolver un poco. Por eso admiro mucho a la gente que va a África. Es de la poca gente que ha comprendido que estamos en deuda con todos esos países.

Hay una posición que niega esa deuda, la posición que denunciaba Edward Said en “Orientalismo”. Hay quien dice: “la poca civilización que tienen se la dimos nosotros”.

Recuerdo la cumbre sobre el apartheid en Durban, en la que los países africanos sólo exigían que se reconociera que hubo esclavismo, y recuerdo a la delegación española, cuyos miembros no vamos a nombrar, diciendo: “Cómo vamos a aceptar eso, si en España también fuimos invadidos por los árabes.” Pero a ver, los árabes formaron parte de España durante ocho siglos, los que os consideráis españoles lleváis siete siglos siéndolo. En realidad somos nosotros los que invadimos a los árabes que había en España. ¿Reconocer que hubo esclavismo? Pues no, ninguno de los países occidentales reconoció que hubo esclavismo. No existió. No hubo millones de tíos que estuvieron trabajando esclavizados en las plantaciones de África, de España…

Eso es de una idiotez abrumadora, porque si hay algún momento decente en la historia reciente de Occidente es la campaña contra la esclavitud en los siglos XVIII y XIX.

Pues aquello fue tan repugnante que después, hablando con la delegación de Durban, me dijeron que el razonamiento ulterior consistía en que si reconocían que hubo esclavismo a nivel oficial en la ONU después les podían pedir indemnizaciones. Así de patético. ¿Para qué vamos a pagar después de robarles a millones de personas toneladas de diamantes y millones de barriles de petróleo? La sociedad occidental es hipócrita y la indiferencia es alucinante. Es un problema muy grande a la hora de cubrir conflictos, y está pasando ahora en Siria. Es tal la indiferencia que la única manera de llamar la atención del público es exagerando lo que ya es una tragedia. Y eso no se debe hacer. Se ha dicho que es una nueva Ruanda. Hombre, han sido 8.000 muertos, pongamos 20.000 si quieres, pero es que en Ruanda fueron  800.000 en un mes. Ése es el problema, la gente se ha percatado de que ya no tiene ningún efecto lo que digas, por lo que tienen que sacar lo más exagerado que les venga a la cabeza. La indiferencia sólo se puede romper con exageraciones, y eso resta muchísima credibilidad al tipo de información que estás haciendo.

Hablando de credibilidad y de esta última cobertura que has hecho en Siria, ¿qué te ha parecido la información que procede de las redes sociales? Me refiero a la información que han ido difundiendo los activistas de la oposición desde el inicio del conflicto. Ha habido mucho debate sobre si la prensa es necesaria ahora que ya existe el periodismo colectivo o ciudadano.

Lo del periodismo colectivo tiene un riesgo tremendo. Hacen una gran labor, porque están emitiendo vídeos sobre el terreno, pero son gente comprometida con un bando, por lo que no puedes poner la mano en el fuego por todo lo que te manden. Existe el peligro de que te vendan una moto, no son nada objetivos. Depender de ese tipo de información, que más que información es propaganda, es muy arriesgado. Ha de seguir existiendo el periodista independiente. No resto nada de mérito a los activistas de la oposición porque los he visto trabajar en Homs: son tíos muy valientes que intentan trabajar como profesionales. Pero no son periodistas. Asocian periodismo con propaganda, porque eso es lo que han vivido siempre en su país. No comprenden el concepto de periodismo objetivo, el dejar hablar a la gente. Estás entrevistando a alguien y le dicen “ojo, no digas eso”.

Una dificultad añadida es la imposibilidad de cruzar de un bando a otro. En el caso de Siria, no se puede estar con la oposición y luego viajar a Damasco para conocer los argumentos de los progubernamentales.

Ése ha sido uno de los problemas de los conflictos a partir del 11-S. Por desgracia, George Bush consiguió implantar el “estás conmigo o estás contra mí”. En Bosnia, por ejemplo, aunque con mucha dificultad, podías hablar con los serbios. En África casi siempre podías cubrir los dos bandos. Pero a partir del 11-S se crea una división según la cual estás con uno o estás con otro. Y una vez estás con uno es muy difícil estar con el otro. A mí me encantaría ir a Damasco, pero ya estoy marcado y no puedo ir. Lo mismo en Irak. A mí me hubiese encantado ir, porque he hablado con ellos y sé que de la gente que todos definíamos como Al-Qaeda no eran todos Al-Qaeda, sólo un mínimo porcentaje. El resto era gente que luchaba por muchísimas razones e ideologías. Me hubiese encantado hablar con ellos, pero no se podía. Hay cosas que sólo puede hacer, por ejemplo, Al-Jazeera. A mí me jode no poder ir a Somalia a hablar con los al-Shabab, pero eso ya sólo se puede hacer si eres de Al-Jazeera, árabe y musulmán. Y del otro lado lo mismo, si te llamas Ramsi Churum y quieres cubrir empotrado con los americanos te dicen que ni de broma, no te dejan ni subir al avión.

¿Se puede hacer algo con el conflicto sirio desde fuera? ¿Ayudar de alguna forma?

Es muy complicado. Y además, cuanta más historia siria leo, más paralelismos veo entre esta revuelta y la de 1978. Con una diferencia: ésta es porque quieren libertad y la otra era porque no querían el régimen. Pero el desarrollo está siendo muy parecido.

¿El final puede ser parecido?

No lo sé. Desgraciadamente hay muchos elementos muy parecidos: la división de la oposición, el régimen utilizando los mismos medios, las mismas tropas, el mismo lenguaje… La gente vincula la revuelta de los 70 con la matanza de Hama, pero en realidad se extendió por todo el país.

Sí, pero Hama fue la ciudad que recibió el castigo más duro.

No, hubo también masacres en ciudades como Alepo, que estuvo un año bajo ocupación militar y donde murió un montón de gente. Lo que pasa es que, para simplificar, en Occidente reducimos las cosas a símbolos, y Hama es un símbolo. Aquella guerra, como la de ahora, se extendió a toda Siria y duró desde 1976 hasta 1982, aunque hacia 1968 ya había enfrentamientos.

Entonces no existía una cobertura periodística inmediata como ahora. ¿Qué efecto puede tener esa atención mediática?

Puede tener un gran efecto porque tiende a reducir el número de muertos. Eso ocurre con el conflicto palestino-israelí. El hecho de que el régimen no haya utilizado aviación en Homs se debe a que sabe que si mata a más de mil tíos al día se mete en problemas. Sospecho que en todos los regímenes debe de haber un estadillo que marca un máximo de víctimas diarias: a partir de esa cifra, se dice el gobernante en cuestión, es un desastre diplomático y nos crujen. Por eso sólo se pueden utilizar tanques y artillería. Lo de Siria recuerda también al conflicto palestino-israelí a nivel de tácticas militares: la destrucción de casas, en los dos sitios; el cerco, en los dos sitios; el lenguaje, en los dos sitios igual…

Y mortandad de baja intensidad.

Igual. Gaza y Homs son lo mismo. Bombardeamos pero hasta aquí, más no, que saldremos en los telediarios. Es una táctica muy israelí. Eso frena el número de muertos. Pero tampoco lo frena del todo, tiene un límite de efectividad.

¿Tienen alguna viabilidad los corredores humanitarios?

Se utilizó en Bosnia y es muy complicado. Porque necesitas dejar claro que al primer balazo que te disparen les tiras veinte misiles, y eso existía en Bosnia y no se utilizó; o envías tropas y necesitas muchas, porque te metes en una guerra. Creo que Occidente no tiene ningún interés en particular, no pierde mucho con que los sirios se estén matando, pero piensa que si se mete en una guerra puede desestabilizar Oriente Próximo, crearse dificultades con Israel que es aliado, provocar un encarecimiento del petróleo… En el fondo son unos musulmanes que se matan entre ellos y nosotros lo vemos en el telediario.

No creo que a Israel le vaya muy mal con Bachar el Asad.

No, el resultado ideal tanto para Estados Unidos como para Israel es el empate. Si cambiara el régimen de El Asad por otro no sabemos qué podría pasar. El 99% de la población siria es anti-israelí y ahora lo que existe es un régimen debilitado que no entraña peligro para Israel.

Llega un punto en el que estos conflictos desaparecen del mapa. Es lo que pasó con la guerra de Líbano, sólo había interés cuando secuestraban a algún occidental. La atención se agota.

Por supuesto, este mismo año la gente empezará a tener hartazgo mediático de Siria y si esto se queda en una guerra de baja intensidad de 50 muertos hoy y 40 mañana… Yo creo que va a durar mucho tiempo, porque la oposición no tiene armamento para ganar y el régimen no se atreve a aplastar a los rebeldes con una ofensiva final por miedo a los medios de comunicación.

Estuviste cerca de morir en Siria y saliste del país en una operación muy arriesgada. ¿Qué es lo primero que hiciste al llegar a Beirut?

Fui a comer sushi, que me encanta.

Fotografía: Natalia Sancha


Pablo Mediavilla Costa: El médico de Bukavu

Zarpaba solo al amanecer más bello del mundo, con una mochila sucia, el estómago como una lavadora vacía, una acreditación falsa y el ánimo a ras de suelo. En mi cinturón mágico guardaba trescientos y pico euros y como quiera que en el este de Congo no hay cajeros, pero sí una economía histérica y muchos sobornos cotidianos e imprescindibles, es como decir que viajaba sin blanca. Al llegar al puerto de Bukavu, a orillas del lago Kivu, con el sol de mediodía taladrando coronillas, me di cuenta de que, una vez más, nadie me esperaba en el muelle. Era un imposible pues yo no había anunciado mi llegada, pero estar solo en el mundo es algo que siempre me sobrecoge.

Salí a la calle por entre los porteadores, las familias y los niños del muelle y me dejé llevar como un corderito hacia el taxi por el primer chófer que me abordó. Le di la dirección en mi penoso francés, bajé la ventanilla y volví a preguntarme muy seriamente qué coño hacía yo allí, en Bukavu, en una ciudad como de pesadilla de rico, con sus mansiones colgadas sobre el lago y sus calles carcomidas por el tráfico de camiones con tropas, minerales y vidas. La Mónaco del otro lado del espejo.

En la puerta de la casa de Médicos Sin Fronteras di un nombre y la fortaleza se abrió. Un par de todoterrenos aparcados en el patio de hormigón donde me recibió una mujer joven —he olvidado cómo se llamaba y todos los demás nombres de esta historia—, una compañera de unos amigos míos de Kampala, también médicos, que me habían dado su contacto por si las moscas. Le conté mi situación y me dijo que podía quedarme con ellos unos días con la condición de no andar contándolo por ahí, en un blog o lo que fuera que estuviera haciendo con mi vida. Le dije que sí, que no se preocupara, que, de todas formas, nadie me leía.

En el salón me presentó al resto del equipo, gentes de varios países viviendo en la casa grande, en un régimen de convento de clausura, con sus tensiones soterradas y sus problemas de generadores, vacunas y llamadas de skype a la familia o novios lejanos que se cortaban siempre en el momento más inoportuno. Por orden de la empresa, no podían poner el pie en la calle y sus movimientos dependían de un intrincado sistema de walkie-talkies y los dos todoterrenos de arriba a abajo todo el día. De entre los habitantes de la casa destacaba un tipo de unos cuarenta y largos, perfectamente afeitado y peinado, vestido como si saliera de una tienda de mocasines de la calle Serrano y ajeno al trajín del lugar. Cuando hablaba lo hacía con autoridad y en las tres palabras que cruzó conmigo antes de comer fue un poco cortante. Era uno de los fundadores de MSF España o eso me dijo y estaba allí unos días para evaluar la labor de la jefa de la misión, una francesa (luego me contó que, en realidad, estaba allí para cargársela y ponerle un billete de ida en la mano). Un cabrón que va al centro de las cosas, pensé. Me gustó al instante.

Por la noche estaba invitado junto al resto a una barbacoa en casa de unos médicos italianos o alemanes, no recuerdo bien o quizás esté anotado en una libreta que he perdido. El cabrón elegante —Javier creo que se llamaba— me dijo que como éramos los únicos que no teníamos nada que hacer, nos fuéramos a hacer tiempo a una terraza con vistas al Kivu. Subidos al todoterreno, pasamos frente al cuartel de las Naciones Unidas y me contó cuatro cosas de la misión de cascos azules que me dejaron helado y que, al mismo tiempo, me sonaron a viejas.

La terraza estaba en una colina y transportada en helicóptero a Barcelona o Los Ángeles se hubiera convertido en el lugar de moda. La lumbre en la chimenea para reforzar el fantasma africano omnipresente del safari, blancos disfrazados de Robert Redford, el diseño de interior de líneas rectas y pintura nueva, los camareros locales de punta en blanco y los butacones encarados a un sol que se derretía en la marmita del Kivu. Javier pidió dos cervezas Tembo, la mejor africana, según él, hecha en Congo. Empezamos hablando de mí, del viaje y de los motivos, pero luego pasó a hablar de su vida y sus batallitas, algo que, secretamente, llevaba un rato esperando.

Me dijo que había estado en Ruanda en el 94 y que, en otra ocasión, a tumba abierta en un todoterreno por las arenas que separan Marruecos y Argelia, con un escuadrón de helicópteros marroquíes volando bajo a su alrededor para cazar a chavales negros y perdidos y sedientos que días antes habían tratado de saltar la maldita valla, había tenido al teléfono satélite a María Teresa Fernández de la Vega mientras ella se hacía fotos en Melilla y le había amenazado con contar lo que estaba viendo. En sus historias de aquella noche, como la del señor de la guerra con el que se reunió en una carretera de Somalia que llegó con un ejército de 300 niños en pickups con misiles tierra-aire, armados como marines y mascando kat, estaba la verdad que yo no me sabía expresar de lo que estaba viendo aquellos días. Una verdad miserable, con finales terribles, héroes bajo tierra, villanos en traje de raya diplomática y desesperanza por doquier.

El punto cínico y pasado de rosca con el que me habló de su vida me encandiló, me pareció real, verdadero, confiable, alejado de tanta monserga y ética de andar por casa. Un tipo de una pieza y un hijo de puta cuando tocaba serlo. Me vi a mí mismo con veinte años más. Le dije que quería entrevistarle con más calma, tal vez escribir un librito o algo así. Me respondió: “¿Y a quién cojones le importa todo eso?”. Ya era noche cerrada y los mosquitos acechaban.