El poeta que inspiró la piratería

William Ernest Henley, 1849 – 1903. Foto: DP.

Indiferente a la noche que me envuelve, / negra como un pozo insondable, / doy gracias a los dioses que me otorgaron un alma irreductible./ En las crueles garras de la fortuna / no he llorado, ni gemido en voz alta. / Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta. / Más allá de este lugar de rabia y lágrimas / solo está el horror de las sombras, / y la amenaza de los años que están por venir / no me tiene, ni me tendrá, asustado. / No importa lo estrecha que sea la salida, / o cuántos cargos hayan incluido en el sumario, / soy el amo de mi destino: / soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela, confinado por defender el fin del racismo en Sudáfrica, se repitió durante veintisiete años los versos de este poema. Según cuenta en su biografía, sus palabras le ayudaron a tolerar su largo encierro. Leídas en el contexto de una cárcel, cualquier cárcel, cobran un profundo sentido, aún mayor si, como el líder sudafricano, se ha sido condenado a cadena perpetua. Hoy se considera a esta composición poética un himno a la resistencia personal frente a las adversidades, y sin embargo su autor nunca tuvo tal cosa en la cabeza. Se llamaba Ernest Henley, tenía una pierna de madera, una muleta, e inspiró la imagen del pirata tal como hoy la concebimos en la literatura y en el cine. Desde la lejana isla del tesoro de Stevenson, hasta la moderna Piratas del Caribe de Disney.

Henley fue periodista, crítico literario, amigo de escritores y poeta en la Inglaterra victoriana. Los versos que le han resucitado de la historia fueron publicados como «poema IV» en 1874. Iban dedicados a un panadero y comerciante de harinas, Hamilton Bruce, mecenas habitual de escritores, sin mayor intención, en principio, que recrear la belleza poética. Pero cuando veinticinco años después el escritor y crítico literario Quiller-Couch compiló la antología poética The Oxford Book of English Verse quiso aumentar su valor, inventando el título de Invictus. Allí se reunían los mejores poemas ingleses compuestos entre el siglo XIII y el año 1900, quedando Henley incluido entre los poetas victorianos. El poema elegido para representarle, y su nuevo título, parecía indicar que el autor había representado la concepción del estoicismo que tuvo la sociedad victoriana. Habían convertido la corriente filosófica original en una resistencia personal a cualquier precio, unida a constreñir al máximo los impulsos personales, y a poder ser, haciendo que todo ello redundara en mayor gloria del Imperio británico. Salvo esto último, Invictus cumple todos esos preceptos.

Pero Henley no solo no se adaptó al ideario victoriano, sino que por el contrario fue un promotor de la siguiente corriente artística, el modernismo. Una de las ideas defendidas como editor del periódico Scott Observer, hoy llamado National Observer, era que el arte no debía tener una finalidad didáctica, sino servir a la inspiración y la belleza. Y por ello fue el primero en dar a conocer a artistas como Auguste Rodin, el autor de El pensador, o al pintor James McNeill Whistler, a quien hoy se considera el creador del impresionismo inglés. Defender «el arte por el arte» era algo verdaderamente revolucionario en la Inglaterra de su época. Casi tanto como su poesía, que anticipó el nuevo uso del verso libre y la total libertad en los temas elegidos, que ya no tenían que ser sublimes, sino que también podían tomar como imagen lo cotidiano. Pero muy pocos recordaban ninguno de estos detalles de su personalidad cuando, casi cien años después, un líder sudafricano era condenado a cadena perpetua y recitaba una de sus composiciones como un credo.

Nelson Mandela, líder de la lucha contra el Apartheid, había sido confinado en una celda de dos metros por dos, con una esterilla en el suelo por cama, y la tarea de picar piedra durante el día para producir grava. No le dieron libertad ni siquiera para usar unas gafas de sol con las que protegerse los ojos, lo que le acarrearía problemas de visión durante toda su vida. Ejemplo de superación personal y resistencia, decidió estudiar la carrera de Derecho durante la noche. Puede decirse que, ante su presente y su futuro, el repetirse a sí mismo estoicamente y en alta voz, como hacía, «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», hubiera sido considerado digno de encomio incluso por los victorianos. Siempre y cuando, claro, Mandela no hubiese sido una persona de raza negra.

Las torturas a que habían sido sometidos los líderes que lucharon contra el Apartheid no fueron conocidas sino hasta después de la liberación de su principal representante. Las mutilaciones y ejecuciones encubiertas de presos en la John Vorster Square, hoy Comisaría Central de Johannesburgo, dieron aún mayor difusión al poema Invictus. Profesores y políticos negros «se suicidaban» o «se desnucaban accidentalmente en las duchas» por crímenes tan terribles como llevar libros prohibidos en el maletero del coche. Ante esta información, el credo de Mandela ya no parecía escrito solo para él, sino para cualquiera que hubiese padecido aquella violenta injusticia: «Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta».

Y con el poema, también la figura de Ernest Henley comenzó a suscitar gran interés, en un momento en que además la psicología popularizaba el término «resiliencia». Esta palabra puede definirse, simplificándola, como la capacidad de obtener ventajas de períodos de sufrimiento vital. Y aquí es donde la biografía de Henley contagia a Invictus, convirtiendo al poema en un himno de la resistencia personal. Así hubiera sido si el autor lo hubiera escrito durante su larga estancia de tres años en el hospital. La tuberculosis que padecía desde los doce años había degenerado en una variante ósea de la enfermedad, que infecta las articulaciones. Tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla al cumplir los veinte para impedir su muerte. Cuatro años después, la tuberculosis ósea se le manifestaba también en la pierna derecha, y todo parecía indicar que también la perdería. Pero en esa ocasión tuvo la fortuna de caer en manos del cirujano inglés Joseph Lister. Un genio de la medicina quirúrgica que descubrió los principios de la asepsia, obligando por primera vez a los cirujanos a lavar sus las manos, el instrumental y las heridas de los enfermos, salvando muchas vidas y permitiendo el desarrollo de la cirugía moderna. A Henley le practicó una serie de intervenciones destinadas a extraer el pus de sus articulaciones, hasta liberarlas de la infección. Le tomó tres años curarle, durante los que el poeta estuvo recluido en el hospital.

Esa estancia hospitalaria dio dos frutos que marcarían de forma radical la historia de la literatura y la cultura de nuestro tiempo. El primero fue el poemario llamado In Hospital. Un hito del verso libre, donde la vida cotidiana del enfermo se nos narra a través de detalles banales, pero importantes, como escuchar una cisterna que gotea durante toda una noche, o el deseo de salir y participar en la vida de los demás, los sanos, cuando se asoma a una ventana. Incluye además vívidas impresiones sobre la sensación de ser dormido mediante anestesia, y despertar después entre la expectación de los médicos. Incluso, aunque lo haga con pudor victoriano, nos habla de la excitación que le causan las apariciones de una virginal enfermera en su día a día. El poemario incluye todo eso, pero no el poema Invictus, que compuso mucho después. Y sin embargo el mito construido sobre Henley identifica esos versos de resistencia con su padecimiento, tal como lo interpretó Nelson Mandela al tomarlo como himno personal.

Treasure Island … New edition, with original illustrations by Wal Page, Londres, 1899. Imagen: The British Library.

El segundo fruto cultural, y el que más presente está actualmente entre nosotros, es el encuentro en el hospital con el escritor Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de La isla del tesoro. Fue el padre de Virginia Woolf quien los presentó, y el novelista quedó fascinado por Henley, lo mismo que el crítico por el potencial de aquel escritor novel. Stevenson se encontró con un hombre corpulento, muy alto, de anchos hombros, pelo hirsuto y frondosa barba pelirroja. Extrovertido, parlanchín, de risa franca y extensa cultura literaria, se movía, además, con gran agilidad sobre su pierna de madera, valiéndose de una muleta. Si leemos La Isla del tesoro comprobamos que el pirata John Silver es casi una transliteración del mismo: «Su pierna izquierda había sido cortada a la altura de la cadera, y bajo el hombro izquierdo portaba una muleta, que manejaba con asombrosa habilidad, brincando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara grande como un jamón, plana y pálida, pero inteligente y simpática». La inspiración está fuera de toda duda, porque el propio Stevenson la confiesa en una de sus cartas. Explicando además que ese ruido que en la novela antecede siempre a la aparición de Silver es el que escuchaba en el hospital visitando a Henley. El golpeteo de su muleta contra el suelo de madera, moviéndose sin que su mutilación le estorbara la rapidez ni la agilidad el movimiento.

No concebiríamos hoy la imagen de un pirata con pata de palo si Henley no hubiera existido. Y tampoco repetiríamos la característica personalidad de John Silver si el novelista no hubiera ido más allá de la apariencia física. Uno de los rasgos de estilo más sobresalientes de Stevenson es la dualidad de sus personajes, que lleva al extremo en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Silver es un marinero que se comporta de forma paternal con el joven protagonista John Hawkins, aunque luego se revele como un pirata egoísta y cobarde, que huye con un saco de oro y sin un adiós. A pesar de ello sigue cayéndonos simpático y no podemos dejar de admirar su rebeldía, su forma de vivir en libertad y al margen de la sociedad. En Henley están también ambas características. Porque tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito de un escritor en ciernes, al que aconsejó pacientemente, siendo fundamental en su carrera. Y dándole una recomendación que iba en contra de la literatura victoriana: debía relegar la intención didáctica para anteponer el entretenimiento. Empezando por acortar ese largo título de El Sea Cook o la Isla del Tesoro, una historia para la juventud. Tal vez ahora nos parezca de sentido común, pero a finales del siglo XIX semejante rasgo de modernidad era absolutamente revolucionario. Como el mismo carácter del poeta que escribió el Invictus.

A la larga, la amistad de ambos hombres se enfrió, especialmente cuando Stevenson, en su madurez estilística, dejó de considerarle un maestro. Las obras teatrales que escribieron juntos acentuaron este desencuentro, y dejaron de hablarse. Por su parte, Henley continúo con una vida llena de adversidades, mientras todos le consideraban el referente de la crítica literaria de su tiempo y su influencia en importantes escritores seguía extendiéndose. Fue amigo de Ruyard Kipling y de J. M. Barrie, que tomó a su hija Margaret como inspiración de Wendy en Peter Pan. La niña, muerta a los seis años por una meningitis, no llegó a ver el estreno de la obra teatral infantil, que fue un verdadero escándalo moral. Los niños victorianos eran adultos por desarrollar y se les animaba a dejar la niñez, por lo que la decisión de Peter Pan de no crecer fue considerada por muchos una atrocidad, y aplaudida por Henley. Su tuberculosis seguía avanzando, y le llevaría a la tumba a los cincuenta y tres años. Pidió ser incinerado y que sus cenizas reposaran, hasta el día de hoy, junto a su hija muerta. A partir de ese momento su nombre iba a quedar para unos cuantos expertos en literatura.

Así fue hasta que en 2009 Clint Eastwood dirigió la película Invictus, narrando cómo en el esfuerzo del ya presidente Mandela por reconciliar Sudáfrica se ayudó de la selección nacional de rugby. En ella puede oírse a Morgan Freeman recitando los versos de Henley, y también a Matt Damon el poema entero, a la vista de la celda y prisión en donde el líder contra el Apartheid estuvo recluido. La fama de esta composición poética, ya potenciada por la biografía de Mandela, se hizo mayor, o al menos alcanzó todos los países en que fue estrenada la película.

Y aunque el hecho de que aquel poeta sigue encarnando de manera indirecta el prototipo del pirata es menos conocido, su personalidad sigue presente a través de John Silver. No por casualidad Jack Sparrow, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, comparte sus iniciales. Ya no lleva una pierna de madera, pero sigue dudando entre el egoísmo del pirata y la entrega desinteresada del héroe. Y si su brújula mágica, que podría marcar la dirección en que está el objeto de su deseo, oscila sin encontrar el rumbo, es porque el espíritu de Henley sigue vivo en él, murmurando «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Un capitán pirata, naturalmente.


Odiar a tus héroes: el asesinato del autor

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Orson Scott Card, parece el típico vecino estadounidense que te invita a una barbacoa en su patio. Excepto si eres gay, entonces te invita a que ardas en la barbacoa del infierno, por invertido. Imagen: Nihonjoe (CC).

La tarjeta de visita de Rachel Edidin la presenta como una editora mercenaria especializada en aventurarse en proyectos poco comunes y su currículo asegura atesorar experiencia en el cómic, la narrativa transmedia, las creaciones multiplataforma o los trabajos literarios de ficción, no ficción y ciencia ficción. Edidin ha firmado artículos sobre diferentes capas de la cultura pop para revistas como Wired, Kotaku, Playboy o Comics Alliance. Y también afirma que es capaz de matar a un hombre con un punto y coma bien colocado.

Entre las estanterías de su vivienda, esta editora atesora desde hace muchos años un ejemplar muy especial de una obra fetiche para ella, el clásico de la ciencia ficción El juego de Ender que Orson Scott Card escribió en 1985. La copia que posee Edidin tiene cierto rodaje tras sobrevivir a varias relecturas y a causa de ello luce un lomo machacado y unos bordes desgastados. Pero su ejemplar tiene un valor añadido que resulta evidente al ojear sus primeras páginas: está dedicado en exclusiva («Para Rachel, una amiga de Ender») por el propio autor. La dedicatoria y la firma que la acompañaba no eran fruto de un encuentro fugaz en algún evento promocional entre escritor y lectora, sino más bien producto de una relación de amistad; durante sus años universitarios Edidin se carteó con Card con asiduidad llegando a considerarlo un mentor y alguien a quien acudir en busca de consejo a la hora de afrontar la escritura como un oficio. La relación entre ambos fue más allá de la mera docencia y acabaron considerándose amigos, ella ha comentado que incluso ha compartido cenas con Card en la casa de este.

En 2013 Edidin explicaba en un artículo para Wired todo lo anterior antes de asegurar no tener intención alguna de acudir al cine para ver la adaptación cinematográfica de El juego de Ender, una decisión que no había sido causada por falta de interés en la adaptación cinematográfica, sino porque la mujer había decidido apuntarse al boicot contra la película que durante aquellas fechas estaba teniendo lugar. Dicho boicot se extendía hacia cualquier obra firmada por Orson Scott Card o simplemente, como era el caso, derivada de su trabajo. Aquella persona, que en un momento dado había considerado al escritor como mentor y amigo, había decidido que nunca más volvería a comprar un libro suyo, ni siquiera una nueva copia de su idolatrado El juego de Ender, porque no quería financiar de ningún modo al escritor nunca más, ni siquiera de rebote.

Existía una razón para que la mujer adoptase una actitud tan rotunda: el haber descubierto que Card era un ser profundamente homófobo y retrógrado. Algo que buena parte de la sociedad también descubrió en 2004 cuando el hombre firmó un polémico artículo titulado «Homosexual “marriage” and civilization». Un texto con mucha bilis burbujeante que ni siquiera era la primera demostración de homofobia de un escritor que catorce años antes había publicado un escrito titulado «The hypocrites of homosexuality» en Sunstone Magazine, donde decía explícitamente que las leyes antigais deberían de ser reestablecidas, los actos de sodomía condenados como delitos y las personas amigas del coito en la misma acera consideradas individuos inferiores y carentes de derechos en la sociedad. En 2008 Card etiquetó al matrimonio homosexual como «el fin de la democracia en América» y desde entonces su militancia contra todo lo homo fue creciendo hasta unirse a entidades antigais como National Organization for Marriage. Para Rachel Edidin descubrir todo esto resultó especialmente doloroso: su mentor en las letras, su ejemplo a seguir, su héroe literario, consideraba que ella no tenía derecho a casarse, que sus actos eran pecado y que en general la propia Edidin (quien se autodefine como queer) era una especie de infraser pervertido.

Card, de educación mormona, blandía en su discurso todo tipo de argumentaciones apolilladas y poco conscientes del mundo en el que vivía. «El oscuro secreto de la sociedad homosexual es que muchos de esos homosexuales han entrado por primera vez en ese mundo a través de algún tipo de seducción perturbadora, violación, acoso o abuso sexual. Y que muchos realmente desean salir de esa comunidad homosexual y vivir con normalidad», aseguraba el amigo en aquel «Homosexual “marriage” and civilization», basándose en las estadísticas que le sugerían sus propias pelotas de mármol. Unos cuantos meses antes del estreno de El juego de Ender en cines, DC Comics contrataría al escritor para encargarse del guion de un cómic de Superman y, debido a tanta declaración homofóbica, aquello acabó traduciéndose en una insistente tormenta de mierda por parte de la mayoría de lectores de las aventuras del hombre de acero. Las continuas quejas, especialmente en el mundo digital, donde se llegó a poner en marcha una recogida de firmas, provocaron que el dibujante contratado para trabajar con Card decidiese bajarse del proyecto antes de que aquello le explotase en la cara y que el contrato con el escritor acabase sirviendo de tope de puerta en algún cuarto de las escobas de DC Comics.

El problema de todo esto es que Card es especialmente lúcido y creativo en su producción literaria y especialmente estúpido en su discurso de odio. Y esto resultaba chocante cuando por lo general a la gente de cierta inteligencia se le suele presuponer un discurso tolerante y no la sarta de pamplinas religiosas integristas que escupía el padre de Ender. El descubrimiento resultaba doloroso para el lector cuando la forma de pensar llegaba a salpicar las páginas. En la apostilla que acompañaba a su cuento corto «Bajo la tapa», Card se la colaba al lector alegremente al esconder en unas anotaciones, sobre el proceso creativo detrás de la historia, su discurso personal: «Los drogadictos, los homosexuales, los especialistas en apropiación de empresa, los culturistas y los atletas que se administran esteroides para tener músculos abultados constituyen grupos que han organizado sociedades cuyo propósito consiste en celebrar el placer a cuya búsqueda consagran la vida, aunque los separe del resto del mundo, cuyas reglas y normas detestan y desdeñan». En El maestro cantor (1980) se atrevía a retratar una relación homosexual, pero optaba por hacerlo por un camino muy cuestionable al planear un idilio entre un personaje a quien le había sido impuesta la homosexualidad y un castrato de quince años que «aparentaba diez». Ender en el exilio mandaba a paseo la magia del universo creado en la saga Ender al convertirse en un panfleto nada discreto sobre las bondades del matrimonio heterosexual. Y en The Homecoming Saga, esa serie que viene a ser un remake del Libro de mormón, uno de los personajes del reparto se casa con una mujer pese a ser gay porque reconoce que su tarea como hombre es acoplarse a una vagina y producir más criaturillas.

La pena de todo esto es que Card es un gilipollas cuya obra no panfletaria ha construido una parte importante de la cultura pop actual. Su creatividad no solo ha concebido un clásico de la sci-fi como El juego de Ender sino que también ha ayudado a cimentar otras historias que transcurren en mundos paralelos: el escritor es el responsable de los insultos que tenían lugar durante los duelos a espadas en Monkey Island. Resulta que ese imbécil es el tío que ha concebido frases como «Yo soy cola, tú pegamento» o la combinación letal «Luchas como un granjero / Qué apropiado, tú peleas como una vaca».

Odiar a tus héroes

Unos papeles personales a modo de diario hicieron público que William Golding, autor de ese battle royale que era El señor de las moscas y una persona que comparte con Bob Dylan lo de tener un Nobel de literatura, tenía serios problemas con el alcohol y también la certeza de que su personalidad escondía un lado oscuro y tenebroso. Sus memorias explicaban cómo, durante el transcurso de unas vacaciones, un Golding de tan solo dieciocho primaveras intentó violar a una niña de catorce años llamada Dora. Y lo más jodido del asunto es que acababa acusando a la chica de ir provocando (la definía como «depravada por naturaleza»). Un par de años después Golding y Dora ayuntarían fogosamente en medio del campo, pero según el escritor aquel nuevo encuentro tan solo fue un montaje de la pérfida fémina para que el padre del chico les pillase en pleno acto de bombeo y decidiese desacreditar a su vástago. El extraño doble combo de todo el tema es que el hermano de Golding también se encontraba copulando con otra moza en ese mismo momento y en el mismo prado, un lugar que visto lo visto debía de ser el Tinder de su época.

Lewis Carroll. Ftografía: DP.
Lewis Carroll thinking about youth. Fotografía: DP.

Una mujer llamada Jean Miller declaró haber sido amante durante cinco años del prestigioso novelista americano J. D. Salinger, autor de El guardián entre el centeno. Una revelación que logró izar un buen montón de cejas al resultar que aquella chica solo contaba con catorce años cuando el romance tuvo lugar mientras que el escritor le doblaba alegremente la edad. Además de por colarse en piscinas de bolas, Salinger era famoso por ser un mal padre y un peor esposo que aprovechaba la fama para cortejar a adolescentes a espaldas de su esposa. Y una persona que también exhibía una mala hostia envidiable: en un momento dado llegó a apuntar con una pistola a la niñera de la familia cuando esta se arrimó a la casa solicitando un donativo para la Cruz Roja.

Sobre Lewis Carroll también sobrevuela el asquete de intuir que había construido el País de las Maravillas para justamente maravillar a una niña llamada Alicia a la que tenía pinta de querer rozarse demasiado. Las cuestiones sobre las relaciones de Carroll con los niños han llegado a ser incluso objeto de documentales de la BBC y suelen estar más o menos corroboradas por el hecho de que el hombre atesoraba entre sus enseres colecciones de desnudos infantiles, algo que daba bastante mala imagen por mucho que se comente que tener aquellos cromos en su época no estaba mal visto y era el equivalente a coleccionar pokémones.

Norman Mailer, uno de los pioneros del periodismo literario junto a Truman Capote, era en su vida privada un hijo de puta muy violento que llegó a apuñalar con una navaja a su propia esposa hasta casi matarla al discutir con ella estando completamente borracho durante una fiesta en 1960.

Anne Perry, esa fábrica de best sellers en forma de novelas criminales y de misterio, es uno de los casos más famosos de artistas con pasado oscuro: cuando contaba con tan solo quince años ella y su amiga Pauline Parker planearon y ejecutaron el asesinato de la madre de la segunda golpeándola repetidamente con un ladrillo durante un paseo por el Victoria Park de Christchurch, en Nueva Zelanda. Perry, que por aquel entonces se llamaba Juliet Hulme, cumplió cinco años de condena, el asesinato conmocionó al país y la terrorífica historia acabaría siendo llevada a la pantalla del cine por Peter Jackson en 1994 en la estupenda Criaturas celestiales.

Anne Perry, la crisis del ladrillo. Fotografía: AriosoTV (CC).
Anne Perry, la crisis del ladrillo. Fotografía: AriosoTV (CC).

Virginia Woolf (1882-1941) fue una de las más famosas escritoras del modernismo anglosajón. Autora de obras como Las olas, La señora Dalloway o Una habitación propia, un remarcable ensayo que se atrevía a denunciar los problemas que sufrían las escritoras para dedicarse a la literatura en un mundo dominado por hombres rellenos de misoginia modernista. El caso es que un puñado de décadas después de su muerte a alguien se le ocurrió registrar los cajones de su antiguo escritorio en Birmingham y localizó un pequeño diario que documentaba de su propia mano algunos meses de la escritora durante sus veintitantos años. Lo bochornoso  del descubrimiento era que aquellas páginas estaban repletas de comentarios antisemitas que apuntaban principalmente hacia su marido judío, Leonard Woolf, y la familia de este. La mujer aseguraba en el diario no soportar el «tono de voz judío» o la «risa judía» de su suegra, comentaba con sorna que estaba casada con una rareza en forma de «judío sin dinero» y remataba el asunto diciendo que la familia de su marido estaba compuesta por «nueve judíos de los cuales, y exceptuando a Leonard, todos podrían haberse ahogado y el mundo ni siquiera se hubiese dado cuenta».

Rudyard Kipling fue un hombre blanco y británico que nació y creció en la India durante 1865 cultivando un profundo racismo y cierto sentimiento de superioridad blanca. Kipling firmaría «La carga del hombre blanco», un poema que defendía la conquista y dominio colonialista del hombre blanco sobre lo que él interpretaba como razas inferiores, pero también sería la pluma que redactaría El libro de la selva. Por eso mismo hay quien señala a día de hoy que las versiones contemporáneas de las aventuras de Mowgli deberían alejarse del infame original o al menos tratar de hacer burla de él por considerarlo contaminado con un tufo colonialista deleznable.

Patricia Highsmith, virtuosa de la novela y autora de obras como Extraños en un tren o la saga Ripley (El talento de Ripley, La máscara de Ripley, El juego de Ripley), era en la vida real una persona antisocial y cruel entre cuyas virtudes más encantadoras, además del alcoholismo, se encontraban un profundo racismo y desprecio por todo aquel que no tuviese la piel blanquita. En sus diarios se encontró una anotación en la que tachaba al Holocausto como un «semicausto» al interpretar que el asunto solo había funcionado a medias al no haber acabado con la totalidad de los judíos. Dr. Seuss, el prolífico escritor de cuentos para niños culpable de criaturas como el Grinch, Lorax o The cat in the hat, tenía un pasado laboral, del que él mismo se arrepentía, durante el que se había ganado el pan garabateando cómics brutalmente racistas.

Antes de dedicarse a la literatura infantil el cándido Dr Seuss dibujaba esto mientras se bebía de un trago vermús de lejía.
Antes de dedicarse a la literatura infantil el cándido Dr. Seuss dibujaba esto mientras se bebía de un trago vermús de lejía.

H. P. Lovecraft es uno de los intocables. El famoso autor de En las montañas de la locura, El horror de Dunwich, La sombra sobre Innsmouth y de toda una mitología propia centrada en nuestro señor Cthulhu se destapó como uno de los escritores más influyentes de la literatura de terror hasta el punto de que sus tentáculos han acabado influenciado directa o indirectamente a la mayoría de horrores de ficción que se han producido desde que entró en escena. Su legado se ha perpetuado de un modo u otro en todo tipo de creadores, de Ramsey Campbell a Stephen King, pasando por Alan Moore, Iron Maiden, Guillermo del Toro, John Carpenter, Jorge Luis Borges, Neil Gaiman, Black Sabbath, Michel Houellebecq, Metallica, Fritz Leiber, H. R. Giger, Mike Mignola, Caitlín R. Kiernan o Clive Barker. En los mundos de ocio la onda expansiva también ha azotado fuerte y eso es bastante evidente en videojuegos como Prisoner of ice, Quest for glory IV, Shadow of the comet, Cthulhu Saves the World, Fallout 3, Terraria, Quake, Alone in the dark, Dead space, Splatterhouse, Amnesia, Castlevania o los varios billones de juegos de mesa inspirados en mitos y leyendas lovecraftianas.

El caso es que además de seminal Lovecraft era bastante cabronazo con todas aquellas razas que no fuesen la suya y ciertos detalles de sus textos, como la adjetivación despectiva, reflejaban que su intolerancia, aunque podía ser fruto de su tiempo (en una época en la que el racismo venía casi de serie en la sociedad), se encontraba bien regada por la iniciativa propia. El escritor David Nicke comentaba en una entrada en su blog que siempre que había intentado sacar el tema de la xenofobia de Lovecraft en las charlas celebradas durante las convenciones de horror y ciencia ficción se le había acabado invitando, muy educadamente, a no insistir sobre el tema y hacer como si nunca hubiese ocurrido. De pronto, el mayor miedo para los fans del rey del horror cósmico tenía trompa en lugar de tentáculos y la silueta de un gigantesco elefante poco tolerante sentado en medio de la habitación. En el fondo a nadie le gustaba reconocer que su escritor más reverenciado era un asco como persona.

La muerte del autor

Rachel Edidin descubrió El juego de Ender con tan solo ocho años y reconoce que su lectura la marcó de manera muy poderosa porque había encontrado en ella un espejo de su propia existencia. En el mundo real la editora sufrió una infancia difícil donde se encontraba socialmente alienada y en aquel mundo de ficción alguien había logrado trasladar esa sensación a una historia y un personaje (Ender) donde ella se veía reflejada por completo: un niño brillante pero al mismo tiempo raro a los ojos del mundo y completamente aislado de la sociedad. Desgraciadamente, a la larga la existencia de la novela se acabó convirtiendo en una broma cruel para Edidin cuando se tenía en cuenta que también existía el autor de la misma: el único escritor que le había conseguido transmitir la sensación de ser capaz de entender la intolerancia y los sentimientos que ella había experimentado en su infancia era a su vez un intolerante que menospreciaba la identidad sexual de Edidin.

En 1967 el filósofo y crítico literario Roland Barthes publicaba un ensayo titulado La mort de l’auteur, un texto que arremetía contra toda crítica literaria que juzgaba las obras teniendo en cuenta las intenciones y la propia biografía del autor. Para Barthes la aproximación crítica ideal a cualquier pieza literaria suponía separar por completo el texto de su autor y dejar de considerarlos como algo relacionado. Visto lo visto, es probable que Barthes tuviese razón, y suena bastante lógico que la forma ideal de venerar a un escritor sea eliminándolo por completo y conservando tan solo su obra. Interpretar el hecho de matar al autor, ese asesinato metafórico, como la mayor de las reverencias posibles.