La culpa fue del sexofón

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Es una foto de un corto de Tex Avery, pero se escucha el saxo desde aquí. Imagen: MGM.

Es una de las artimañas más burdas del terreno del entretenimiento. Una tan sobada como para que el mero hecho de mentarla, o hacer algo tan estúpido como dedicarle un artículo, sea un gesto recibido entre rosarios de bufidos y jetas asqueadas con los ojos en blanco. La jugarreta audiovisual más tosca y evidente: el sexofón. Esa sensual melodía de saxo que anuncia, en series y películas, la inminente entrada en cámara de un personaje sexi, o la entrada de un personaje sexi en el interior de otro personaje sexi con el que anda encamado. Es una triquiñuela bufa y pasada de moda, un sonido nacido para subrayar con torpeza el folleteo inminente. Pero al mismo tiempo, es una tonadilla que nuestro cerebro interpreta de manera similar al coconut effect, porque estamos tan acostumbrados a escuchar los saxofones insinuándose en la pantalla que hemos acabado aceptándolos y asimilándolos como algo natural.  

Lo interesante es la propia existencia del sexofón como concepto. Un recurso de orígenes inciertos y efectividad cuestionable que, a pesar de ello, ha demostrado ser tan popular como para que miles de creadores lo consideren el método más efectivo con el que lubricar una escena. Y la culpa de todo esto a lo mejor la tiene el jazz que hace cien años alegraba el fornicio en los peores burdeles, George Michael cantando compungido mientras se frota la patata contra una soga, el rostro de palo del legendario músico Johnny Hodges, o un moldavo sacudiendo la pelvis de manera demasiado efusiva durante un guateque europeo.

Let’s talk about sax, baby

«La película comienza utilizando de manera muy generosa de algo que a mí me gusta llamar el «Fuck Sax». Si escuchas una buena, larga y orgásmica ráfaga de «Fuck Sax» ten por seguro que alguien está intentando que se lo follen, que alguien está follando, o que alguien está recordando en sueños cómo se lo follaron en el pasado. 

Nathan Rabin, crítico de cine en su reseña de ‘Una disparatada bruja en la universidad’.

Los títulos de crédito de esa gema cinematográfica que es Una disparatada bruja en la universidad probablemente supongan la concentración más pura de la esencia del sexofón conocida por la raza humana. Estamos hablando de cuatro minutos y medio muy intensos donde una zagala, vestida y cardada para anunciar colonias, se contonea azuzando un gigantesco fular de seda y desafiando las potentes embestidas de energía sexual que emanan de un Risky Business marca blanca. Un cortejo, donde ambos participantes disimulan con elegancia y poses de revista chusca el hecho de ir cachondos como perricos, que resulta lustroso por estar enmarcado con todo lo que era sexi en los ochenta: la noche, los neones, las miradas golosonas, el skyline de una ciudad norteamericana en la terraza, la camisa por dentro del pantalón, los zapatos de tacón rojo y el encanto que tiene el humo artificial de dudosa procedencia.

Pero, ante todo, se trata de una secuencia que viene precedida por el uso completamente traicionero y gratuito de un saxofón. Aquella escena, que la trama revelaría como un sueño de la protagonista, se desarrollaba al ritmo del tema «Never Gonna Be the Same Again» de Lori Ruso, una canción que ya incluía un saxo entre su composición. A pesar de ello, los responsables del film tuvieron el buen ojo de añadir en el metraje un solo adicional de sexofón a modo de preliminar gratuito para calentar a tope a la audiencia. Porque esa es la manera más efectiva que existe para convencer al público de que lo que está a punto de ver será asquerosamente sexy. Un saxo juguetón es la señal subconsciente de que la pasión anda desbocada, aunque en pantalla los personajes destinados a restregarse los apios proyecten tanta tensión sexual como un par de geranios pochos. El sexofón es la vaselina sonora para las fricciones dentro de ficciones, la trompeta de caza, el grito gutural de guerra del caballero de casco púrpura que galopa hacia la gruta del dragón con la lanza enhiesta, la bocina de los coches de choque del amor, el bramido del cuerno vikingo que alerta del desembarco inminente.

El Ciudadano Kane de la sensualidad ochentera.

Lo cierto es que la palabra «sexofón» no es un término demasiado popular, tan solo se ha utilizado en un par de rincones de internet y poco más. Pero en este texto abrazaremos el vocablo y su interpretación como «melodía de chingar» porque, joder no haría falta ni explicarlo, suena muy gracioso y es muy certero. Aunque Aldous Huxley nos adelantó a todos en el juego de palabras al colar en la versión original de su novela Un mundo feliz a una banda de músicos especializados en tocar el «sexofón», un aparato que en dicho libro no tenía nada que ver con lo que nos ocupa. Los lectores en castellano ni siquiera olimos la broma porque la traducción transformó los instrumentos en aburridísimos saxofones clásicos.

Nuestro sexofón audiovisual es mucho más divertido y habitualmente suele presentarse en dos formatos. Por un lado, como una breve melodía que acompaña la entrada en juego de un personaje femenino atractivo. Una estratagema que en numerosas ocasiones acontece de la forma más babosa posible, con las notas del saxo acompañando a una cámara que recorre las piernas de la chavala antes de que su rostro sea siquiera visible. Por otra parte, el sexofón también se aplica como melodía de fondo para dar empaque a las fantasías eróticas y las escenas de cama. En la pantalla, tradicionalmente las cortinas bailando con la brisa nocturna y los fundidos a negro son quienes insinúan coitos con delicadeza, pero el murmullo de un saxo es la verdadera confirmación de que se avecina mambo salvaje. Algunas producciones también optan por dejar descansar al saxofón y tiran de suplentes con otros instrumentos de viento, generalmente la trompeta con sordina o el trombón, para causar el mismo efecto.

Con faldas y a lo loco. Imagen: United Artists.

Una disparatada bruja en la universidad data de 1989, pero el sexofón no es exclusivo de dicha era ni suele presentarse rodeado de tanta parranda. Décadas atrás, los dibujos  animados de Tex Avery ya anunciaban la llegada de las curvas de nenas entre bufidos de saxofón, algo que también ocurría en los Tom y Jerry más añejos. Con faldas y a lo loco utilizaba la trompeta con sordina para subrayar la voluptuosidad de un personaje interpretado por Marilyn Monroe que hacía doble combo al afirmar que era muy de liarse con saxofonistas. La saga Bond lleva varias generaciones escoltando entre sensuales soniquetes a los intereses románticos de los distintos cerocerosiete: el sexofón acompañó a Sean Connery en James Bond contra Goldfinger y Diamantes para la eternidad, a George Lazenby en 007 al servicio secreto de su majestad, a Timothy Dalton en 007: Alta tensión y a Roger Moore en Octopussy. Este último caso era especialmente significativo porque en él se utilizaba el solo del instrumento para calentar unos títulos de crédito llenos de mozas libertinas posando frescas y parejas haciendo el molinillo. Jessica Rabbit en ¿Quién engañó a Roger Rabbit? y Lola Bunny en Space Jam presentaron sus contoneos animados en la pantalla a golpe de saxo. El recurso también ha sido utilizado en cintas, series o cosillas tan diversas como Loca academia de policía, Yo y el mundo, Planet Terror, Naruto, Padre de familia, El señor de las ilusiones, Las aventuras de los Tiny toons, Batman y Robin, diversas encarnaciones de Star Trek, One Piece y El pato Darkwing. Ni siquiera los directores y artistas con renombre se han librado de utilizarlo y también es posible encontrar saxo-sexis en La maldición del escorpión de Jade de Woody Allen o Malena de Giuseppe Tornatore.

Ocurre que las obras que mejor han entendido lo ridículo de todos estos affaires con el sexofón son aquellas que jugaron a masticar el tropo para regurgitarlo como una alegre coña. Aterriza como puedas plantaba en la pantalla un par de piernas de mujer acompañadas de una sensual ráfaga de trombón, y ascendía por dichas carnes hasta revelar que su dueña era la misma persona que le estaba dando caña al instrumento. Distracción fatal colocaba un secundario saxofonista a la vera de la chica guapa para proporcionarle una voluptuosa banda sonora personalizada. Agárralo como puedas 33 y 1/3 ejecutaba un eterno leg shot de la despampanante Anna Nicole Smith que convertía sus piernas en dos zancas imposibles e infinitas con varios pares de rodillas. Tango y Cash, ese clásico de las buddy movies de sudor y cerveza, subvertía el tópico con un plano que escalaba seductoramente por dos piernazas a ritmo de saxo, para acabar revelando que el muslamen y el tipazo pertenecían a un Kurt Russell travestido para pasar desapercibido

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Tango y Cash. Imagen: Warner Bros.

El terreno de los videojuegos tampoco se han librado de las trazas de sexofón. Sagas respetadísimas como Metal Gear, Persona o Mass Effect han recurrido al tropo sin sonrojarse demasiado. Y otras como Deadly Premonition, Bully, Trauma Center o Saints Row lo ha utilizado siendo algo más conscientes de su naturaleza risible. Spore, ese simulador de jugar a ser dios creando vida y moldeando seres con forma de penes, utilizaba una tonada de saxo para anunciar el (bastante inofensivo) bailoteo de apareamiento entre sus criaturas. Pero el uso más infame de una tonadilla sensual en los videojuego sucedió en el producto menos evidente, uno parido por la inocente y familiar Nintendo: Paper Mario: Color Splash. La aventura de Mario en la que alguien decidió que era buena idea añadir música sugerente cada vez que un gigantesco desatascador bombeaba algún elemento del juego, convirtiendo dichas secuencias en algo muy incómodo y muy retorcido.

Por alguna razón, esto ocurrió (varias veces) en un juego family friendly sin que nadie levantase una ceja.

I want to defy the logic of all sax laws

El uso y abuso del sexofón es evidente en el mundo del entretenimiento. Lo que resulta más brumoso son las auténticas raíces del asunto. El cómo, el por qué y el cuándo alguien decidió que lo ideal para engalanar el fornicio eran los gimoteos de un saxo. Los amigos de investigar orígenes de tropos apuntan a que esa percepción del saxofón como algo lascivo quizás nació durante en los orígenes del jazz, un estilo musical que se presentó chapoteando en su propia subcultura underground y ejerciendo como hilo musical de numerosos burdeles. En urbes como Nueva Orleans, los virtuosos músicos que cocinaron el género lo hicieron tocando en distritos y locales donde la prostitución y las gentes de mal beber componían el ecosistema por defecto. Aquello propició que la sociedad biempensante asumiera el jazz como algo primitivo y salvaje, a sus intérpretes como depravados altavoces del pecado y a su público como el tipo de personas que considera que las bombillas rojas y el olor a lubricante son señales inequívocas de que un bar es elegante.

En 1918, se llegó a leer lo siguiente en un artículo aparecido en el periódico The Times-Picayune: «Sobre ciertos temperamentos, el sonido estrepitoso y carente de sentido ejerce un efecto embriagador, como el de los colores rudimentarios y los perfumes fuertes, la visión de la carne o el placer sádico de la sangre. Para ellos la música jass [sic] es una delicia». El legendario Jelly Roll Morton, un pionero del jazz cuyo propio nombre artístico ya de por sí era una referencia grosera a los genitales femeninos, comenzó ganándose los cobres como pianista en un puticlub. Cuando la bisabuela de Morton se enteró de su oficio, y de dónde lo ejercía, no solo lo echó de la casa en la que le daba cobijo, sino que además le advirtió que aquella «música del diablo» le conduciría a la perdición. La teoría es que todos estos prejuicios ayudaron a que la sociedad estampase en el sonido del saxofón, uno de los instrumentos más representativos del jazz, la etiqueta de «material sexi».

Existe la creencia de que la posterior adopción del sexofón en el cine y las series ocurrió en los años ochenta. Evidentemente no es cierto, aunque dicho equívoco resulta comprensible porque durante dicha década lo de utilizar saxofones seductores en la ficción se extendió tanto como para dar la impresión de que bajo todas las camas de todas las películas siempre se escondía un Kenny G en modo horny. El pop de la época también ayudó lo suyo, la gente ya venía caliente tras haber escuchado en el 78 el legendario saxo de la incombustible «Baker Street» de Gerry Rafferty, una melodía que resulta familiar a cualquier persona con oídos funcionales que viva en este planeta. Pero fueron los años posteriores los que descargaron sobre la plebe una tormenta incontrolable de hitazos con saxo loco en su interior: «Who Can it Be Now?» de Men at Work, «Urgent» de Foreigner, «Maneater» de Daryl Hall y John Oates (un tema tan sexofónico como para tener un videoclip que arranca con un plano de las piernas de la femme fatale), «True» de Spandau Ballet, «Harden My Heart» de Quarterflash, «You Belong to the City» o «The One You Love» de Glenn Frey, el tremendo «Smooth Operator» de Sade, «Rio» de Duran Duran (ojo, que aquí el instrumento estrella entra a flote y en balsa al tercer minuto del vídeo), «I Wanna Go Back» de Eddie Money, «Foolish Beat» de Debbie Gibson, «Will You?» de Hazel O’Connor, «Drifting, Falling» de Ocean Blue, «Don’t Walk Away» de Rick Springfield y probablemente varios gritones de canciones más, porque si ha existido algo más contagioso que el puto COVID en nuestra historia eso han sido las modas durante los ochenta.

Cuando a Vangelis le encargaron componer la banda sonora para Blade Runner (1982), el músico griego firmó una partitura extraordinaria en donde habitaba una pista titulada «Love Theme» que era básicamente una barra libre de sexofón. Entre tanta copla, destaca el año 1984 como año estrella porque ser la época en la que George Michael lanzó su «Careless Whisper», o la canción que está oficialmente considerada como el sexofón de destrucción masiva definitivo. Un tema que canturreaba sobre infidelidades y venía empaquetado en un videoclip repleto de tópicos exquisitamente rancios, donde George Michael se restregaba de manera dramática y muy sentida con sogas de atrezo. Pero sobre todo, «Careless Whisper» fue la pista que bendijo nuestra existencia con uno de los riffs de saxo más sugerentes y pegajosos jamás creados. No fue el primer sexofón de la historia, pero sí el que agarró la idea y la pulió con más estilo hasta convertirla en lo que es: una espléndida gema de la sensualidad garrafonera. 

Todo lo anterior ha ayudado a asentar hasta nuestros días la percepción de los ochenta como un terreno plagado de saxos salvajes. En 2013, la compañía Ubisoft publicó un spin-off del exitoso videojuego Far Cry 3, una de sus franquicias estrella, titulado Far Cry 3: Blood Dragon. Se trataba de un FPS cachondísimo construido como una parodia enorme de todo el entretenimiento ochentero de acción y dibujos animados: un héroe de nombre imposible (Rex Power Colt), neones por todos lados, bases enemigas con pinta de castillo de Greyskull, escenarios con apariencia portada de disco, ciencia ficción de mercadillo, escenas animadas al estilo G.I. Joe, patriotismo y one-liners de chichinabo, ninjas, slime verde fluorescente, diálogos de peli cutre de videoclub, dinosaurios que disparaban rayos láser por los ojos, guerras nucleares y soldados robot que fardaban de tener pelotas de acero. Para planchar una banda sonora sobre tanto desmadre, los creadores del juego contrataron al dúo australiano Power Glove especializado en synthwave, ese género moderno basado en imitar la música de sintetizadores que embellecía las pelis de acción/ciencia-ficción/terror de los ochenta. El resultado fue una partitura estupenda que calcaba con acierto el ambiente ochentero, hasta el punto de recordar a la banda sonora del primer Terminator de James Cameron. A la hora de componer el tema romántico para la historia, «Love Theme», los chicos de Power Glove lo hicieron del único modo posible: metiendo a mitad del corte unos cuantos tonos de sexofón electrónico. Porque eso eran los ochenta.

Los puticlubs de principios del siglo XX dieron cobijo al jazz en sus inicios y los años ochenta estimularon la incursión del saxo en las teles y los videoclubs. Pero ninguno de esos periodos confirma cuándo se decidió formalizar el tropo como concepto o el instrumento como voz sensual. Probablemente, la respuesta a tanta duda sobre los orígenes del sexofón la tenga Johnny Hodges. Y dicha respuesta no es la que buscamos.

El corazón del legendario saxofonista Johnny Hodges dejó de trotar un once de mayo de 1970. Duke Ellington tenía fama de no pisar jamás los funerales, pero en el caso de su colega Hodges, compañero sobre el escenario durante décadas, decidió no solo asistir a su despedida en el Harlem Masonic Temple, sino también dedicarle la siguiente elegía durante la ceremonia: «No fue el showman más animado del mundo, ni tenía una personalidad arrebatadora sobre las tablas, pero en ocasiones su tono era tan hermoso como para lograr que se te llenasen los ojos de lágrimas. Esto fue John Hodges. Esto es John Hodges». Es verdad que, durante una despedida de ese tipo, sonaba raro mencionar que la presencia escénica del finado fuese similar a la de un ficus. Pero Ellington lo único que hacía era señalar lo obvio: su querido amigo fue un músico que acostumbraba a interpretar los temas más conmovedores luciendo un semblante imperturbable.

Fernando Trueba glorificó lo hermoso de las actuaciones de Hodges, de quien se declaraba admirador absoluto, al mismo tiempo que apodó al artista como «el Buster Keaton del jazz» por lo inexpresivo de su rostro. Era una dicotomía curiosa, porque tras aquel señor de gesto terriblemente soso existía alguien capaz de producir una música que removía a la audiencia por dentro y la atravesaba de un lado a otro. Y ese es el detalle más importante de todo esto, la verdadera respuesta sobre el origen del tropo: descubrir que el entorno no moldea el carácter del sonido del saxofón, sino que el sonido de un saxofón tiene un carácter propio que moldea el entorno que lo rodea. El instrumento no se ha convertido en trovador oficial de la lujuria por culpa de su pasado regentando los burdeles, ni por la sobreexplotación que ha sufrido entre las sabanas de los ochenta, ni por «Careless Whisper» y tampoco por acompañar las babas del zorro de Tex Avery ante la visión de una hembra dibujada. El sexofón existe simple y llanamente porque el timbre de un saxofón suena sexi. Es algo inevitable al tratarse de su propia naturaleza, del mismo modo que una flauta suena revoltosa, un órgano solemne y una tuba parece el acompañamiento ideal para un paquidermo que ha bebido demasiado. El revestimiento audiovisual moderno que se le ha endosado al sonido del saxofón es tan solo un curioso daño colateral. Algunos creadores utilizaron lo melancólico de ese tono para vestir historias noir de detectives (la serie Mike Hammer abusaba de él en sus créditos) y otros para el fornicio. No tiene mayor secreto.

Stay on the scene, like a sax machine

Tim Cappello aterrizó en este planeta en un pueblecito a las afueras de Manhattan, a mediados de los años cincuenta. Hijo de un profesor y director de orquesta siciliano, Cappello comenzó a estudiar solfeo antes de cumplir siquiera cuatro veranos. Al estrenar la adolescencia, abandonó el instituto para presentarse ante la puerta del New England Conservatory of Music de Boston, uno de los conservatorios más prestigiosos del mundo, logrando que lo admitieran como alumno tras demostrar valía con teclados y tambores. Al finiquitar su formación, se convirtió en discípulo de su idolatrado Lennie Tristano, un músico de jazz que le instruyó en los secretos del saxofón. Y tras ello, su carrera artística despegó rápidamente, permitiéndole cumplir todos los sueños de cualquier músico: trabajar musicalizando las actuaciones de Billy Cristal, grabar álbumes con Peter Gabriel, cobrar un montón de pasta al embarcarse en giras con Eric Carmen, engancharse a la heroína, actuar junto a Garland Jeffreys, desengancharse de la heroína, gatear con un tanga de piel sobre el escenario siendo arrastrado por una correa de perro de la que tira Carly Simon, obsesionarse con el culturismo, montar un grupo e inventar el género musical porn pop, y convertirse en miembro oficial de la banda de Tina Turner para currar junto a ella durante quince años.

Y entonces, a la altura de 1987, se estrenó en cines la película Jóvenes ocultos de Joel Schumacher, una aventura de vampiros que contenía la breve secuencia de un exótico concierto muy llamativo por culpa del músico que presidía la actuación: un culturista semidesnudo de un metro ochenta de alto y cien kilos de carne, embadurnado en aceite, armado con un saxofón, con cadenas a modo de abalorios, embuchado en un tanga de cuero, y cantando su propia versión del «I Still Believe» de TheCall. Una criatura que entre berrido y berrido se las apañaba para tocar el saxo y sacudir la pelvis de forma lasciva. Aquella persona era el mismísimo Tim Cappello en un papel secundario y fugaz, de apenas unos segundos en pantalla, pero tan llamativo como para catapultarle a la fama de manera instantánea. 

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Ha nacido una estrella. Imagen: John Keaveney.

Los espectadores quedaron fascinados con su aceitosa presencia, lo apodaron «Sexy Sax Man» y lo convirtieron en una leyenda que perdura hasta el día de hoy. El músico sigue siendo asaltado por sus admiradores en la calle, visitando festivales de cine de terror y siendo muso para multitud de ilustraciones, fanarts y oficiales, que inmortalizan su paso por la gran pantalla. John Hamm en un corto de Saturday Night Live le fusiló el look para fabricar una maldición donde el saxofonista acaba embadurnado en otro tipo de aceite. La adaptación al cómic de Jóvenes ocultos de 2017 no solo lo estampó en la portada, sino que también convirtió a ese Sexy Sax Man en un personaje importante en la trama. En 2018 participó en el programa de humor TheBreak with Michelle Wolf en la sección «Saxophone Apologies». También colaboró con la banda de synthwave Gunship en el tema «Dark All Day» (cuyo videoclip convierte a Cappello en dibujo animado) y se atrevió a lanzar su primer disco en solitario, «Blood on the Reed». La conclusión lógica de este fenómeno es que aquel oleaginoso saxofonista BDSM era lo que ocurría cuando el sexofón se hacía carne.

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Portada en series de cómic y disco propio, Cappello petándolo. Imágenes: Vertigo, Cappello.

La carrera de Sergey Stepanov es una de esas historias ejemplares que evidencian la importancia de perseguir los sueños propios para hacer del mundo un lugar mejor. Stepanov era un sencillo moldavo de etnia rusa enamorado de la música desde pequeño. Un alma inquieta que comenzó a fantasear con la fama cuando militaba, junto a su amigo Anton Ragoza, entre las filas de las fuerzas armadas de la República de Transnistria. Durante una jornada de servicio en dicho ejército, mientras ambos divagaban sobre un futuro como estrellas adineradas, su colega Ragoza sufrió una insolación y el incidente se convirtió en inspiración para formar un grupo musical bautizado SunStroke Project en honor al sofocón producido por el golpe de calor. Los compañeros de armas ficharon a un tercero, Sergei Yalovitsky, como vocalista y aquella nueva agrupación nació apoyándose en los referentes más ilustres y elegantes: Ragoza admiraba a Michael Jackson y Justin Timberlake. Stepanov idolatraba a saxofonistas modernos como David Sanborn, Igor Butman o Eric Marienthal, pero también sentía fascinación por compositores clásicos como David Guetta o Tiësto. Yalovitsky venía de cantar en cruceros para octogenarios y ningún periodista se ha preocupado nunca por preguntarle sobre sus influencias, así que con ese estamos en blanco. SunStroke Project se creó con idea de colarse en el emergente (ja)  género del eurodance, probablemente porque otros moldavos como O-Zone ya lo habían petado a escala global con el puñetero «Dragostea Din Tei» y aquello proporcionaba la impresión de que en ese campo musical cualquier mono podría ser coronado. 

Inicialmente, al trío le fue regular con sus tropelías sonoras, hasta que fueron seleccionados en 2010 como representantes de Moldavia en el festival de Eurovisión. Participaron en el certamen, junto a la cantate Olia Tira, con el tema «Run Away», una pieza que no desentonaría en cualquier Noséquépollas Mix noventero de aquellos en donde alguien llamado DJ Rulas remezclaba éxitos dance con chascarrillos de Esta noche cruzamos el Mississipi. Desgraciadamente, SunStroke Project no tuvieron suerte en la competición y terminaron por hacer algo tan español como acampar al final de la cola, colocándose en la posición número veintidós de las veintiséis posibles. Pero en aquella gala ocurrió algo mucho más valioso que cualquier premio, porque la interpretación de «Run Away» incluyó un par de momentos mágicos con los que los moldavos resquebrajaron los fríos corazones del público eurovisivo: dos teatrales solos de saxo de Stepanov. Treinta segundos donde el artista hacía el canelo con el instrumento, luciendo pintas de camarero de chiringuito playero y agitando salvajemente la cadera hasta casi desencajársela, percutiendo el ozono con su masculinidad al ritmo de un soniquete pegadizo. Un elegante contoneo tan intenso como para enamorar la audiencia y propiciar que internet, ese informe ser en el que siempre debéis confiar, inmortalizase la actuación convirtiéndola en meme. Bastó medio minuto, un saxofón y una canción de mierda para transformar a Stepanov en parte de la historia, encapsularlo en cientos de gifs y vídeos de YouTube que repetían en bucle la perfomance, convertir la actuación en un tremendo éxito viral y rebautizar popularmente al caballero como Epic Sax Guy.

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Qué coño está pasando aquí. Imagen: CC.

El fenómeno gozó de largo recorrido, los clips de Epic Sax Guy se convirtieron durante un tiempo en sustitutos del «Never Gonna Give You Up» de Rick Astley a la hora de trolear en internet, la gente ociosa comenzó a montar cosas tan necesarias como vídeos de diez horas con Stepanov tocando en un loop continuo (como este que acumula ya treinta y siete millones de visualizaciones), la comunidad gamer se apropió de la melodía para embellecer las repeticiones de sus mejores jugadas y en general el bailoteo fue parodiado en infinidad de ocasiones. El videojuego Mortal Kombat 11 incluso le rindió homenaje en forma de un movimiento especial divertidísimo llamado «sexi Jax-A-Phone». Aprovechando la inercia de la fama, los chicos de SunStroke Project sacaron un single titulado «Epic Sax» cediéndole más protagonismo a la nueva estrella viral. En 2017 volvieron a presentarse a Eurovisión y lograron pisar podio al coronarse como terceros en la clasificación. En la edición de 2021 del mismo festival, Stepanov ejerció como portavoz de Moldavia, apareciendo con el saxofón en mano y dispuesto a dar guerra tras ser presentado ante el público como el legendario Epic Sax Guy. De seguir a este ritmo, probablemente en 2030 ese moldavo a un saxofón pegado se corone como Presidente de Todo el Universo Conocido.

Sobre las espaldas de Sergey Stepanov pesa el legado de décadas enteras de endiosamiento de un instrumento como símbolo sexual definitivo, «Escúchalo a él y a su saxofón / Nuestro unicornio genital musical / está muy bien dotado con su cuerno de oro» que cantaba Leonard Cohen. Tim Capello fue la primera manifestación física conocida del concepto, pero el moldavo debería de considerarse como su evolución lógica. Una cimentada en la horterada, pero tan capaz de maravillar como para generar vídeos de diez horas que acumulan millones de visualizaciones y considerar a su artífice algo épico y sexi. Como un accidente en la carretera o un perro con tres patas a la carrera, algo que sabemos desgracia pero a lo que no podemos dejar de mirar. Porque lo que representa Epic Sax Guy es algo más inmenso, quizás forma final del sexofón.

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Cappello en versión animada durante el videoclip «Dark All Day». Imagen: Gunship.

 


Todo queda en familia

Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford durante el rodaje de Star Wars: Episodio V – El Imperio contraataca, 1980. Imagen: 20th Century Fox.

Va siendo hora de reconocer que el incesto no es necesariamente una perversión o una forma de enfermedad mental, y que a veces puede resultar benéfico.

(Wardell Pomeroy, coautor del informe Kinsey).

A mediados del siglo XVII el dramaturgo John Ford escribió una obra de teatro de nombre sonoro: ‘Tis Pity She’s a Whore, es decir, Lástima que sea una puta. Sus dos protagonistas, Giovanni y Anabella, son hermanos de sangre que desarrollan una enorme atracción mutua y, animados por su tutora Putana (!), deciden consumarla en secreto. Desgraciadamente, lo que sigue es una serie de catastróficas desdichas que acaban con Putana cegada y quemada en la hoguera, Anabella con el corazón literalmente ensartado en una daga y Giovanni apuñalado por un asesino a sueldo. Y sin embargo, muchos críticos consideraron que la obra era demasiado permisiva con el incesto.

Los tabúes en contra del incesto tienen una base biológica clara: la descendencia endogámica tiene una variabilidad genética reducida, y por tanto una mayor probabilidad de desarrollar problemas físicos hereditarios, desde hemofilia (como pueden acreditar las casas reales europeas) hasta cretinismo o deformaciones físicas (como acreditan Deliverance y La matanza de Texas). Tradicionalmente, sobre los hijos nacidos de un incesto pesan abundantes prejuicios y prevenciones, y no es infrecuente que se les considere malvados, frutos de «la mala sangre». En la leyenda artúrica Mordred, el antagonista de Arturo, es el hijo bastardo del rey y su media hermana Morgause. En Juego de tronos la psicopatía de Joffrey Lannister se explica por su origen incestuoso, y si la mitad de los Targaryen están como una regadera es por demasiadas generaciones de bodas entre hermanos de sangre. Pero si eliminamos la endogamia de la ecuación, algo no tan difícil desde la popularización de los métodos anticonceptivos, la pregunta es inevitable: ¿por qué debería molestarnos el incesto siempre que no exista un abuso y se realice entre mayores de edad?

Me ha parecido interesante dar un breve repaso por alguno de los incestos más sonados de la historia, la literatura o el cine. Los he agrupado por cercanía familiar en secciones encabezadas por el delicioso circunloquio con el que se condena en varios versículos del Levítico el sexo con la parentela…

No descubrirás la desnudez de tu hermana

El incesto fraternal es un poderosísimo elemento literario que aparece prominentemente en novelas tan dispares como Ada o el Ardor de Nabokov o La caída de la Casa de Usher de Poe. A veces se enfoca con lirismo y delicadeza, como en Cooper o las soledades elementales, de Patrick Lapeyre, en la que el amor platónico del protagonista por su hermana coloca en pausa su vida sentimental durante décadas… Y a veces se trata con la delicadeza de un martillo neumático, como en Justine, Los 120 días de Sodoma o La filosofía del tocador del Marqués de Sade.

Es inevitable pensar que en el incesto fraternal, especialmente entre gemelos o mellizos, hay un punto de narcisismo: ¿qué mejor persona para amar que quien más se parece a uno mismo? Una famosa viñeta de Milo Manara muestra a la bella Lucrecia Borgia besando apasionadamente a su propia imagen en un espejo, como Narciso hipnotizado por la belleza de su cara reflejada en el agua de una fuente.

En la ópera de Wagner La valquiria vemos desarrollada una idea similar. Sigmundo y Siglinda son hermanos mellizos, hijos de Wotan, el Odín germánico. Fueron separados al nacer, y cuando se ven por primera vez, años más tarde, caen rendidamente enamorados. Siglinda canta que fue amor a primera vista, sí, pero claramente narcisista: «Vi mi cara reflejada en un río, y ahora se me devuelve de nuevo / Como si hubiera salido del agua, / tú me ofreces mi propia imagen!».

Desde ese flechazo inicial hasta llegar a ponerse físico no hay en realidad un gran paso. En el mundillo de la pornografía hay todo un subgénero incestuoso, aunque sea ilegal en muchos países… Incluso fantasear con el incesto queda fuera de límites en muchas ocasiones: en la red social Fetlife, el Facebook fetichista, están prohibidas las referencias al incesto a riesgo de perder la posibilidad de usar tarjetas de crédito en la web (¿PayPal como guardián de la moral?). George R. R. Martin se choteaba de Game of Bones, la parodia porno de Juego de tronos, porque había eliminado la potencialmente jugosa subtrama de incesto entre Cersei y Jaime para no herir sensibilidades y huir de problemas legales. «¡Mis libros son más guarros que su propia parodia porno!», se regocija Martin… La literatura fantástica adelantando a la erótica.

Una fantasía recurrente en el imaginario popular y presente por tanto en la pornografía es la del sexo entre gemelos (twincest). Si dos actrices se parecen mucho, es más que probable que acaben rodando alguna escena lésbica juntas. Y a veces, dos gemelos o gemelas de verdad ruedan escenas porno, como Brooke y Taylor Young en los setenta o Elijah y Milo Peters recientemente. Este último caso resulta especialmente interesante… Los gemelos Peters son dos chicarrones jóvenes de veintipocos años oriundos de la República Checa, la segunda meca del porno gay después de California. Son populares no solo por la previsible polémica incestuosa que rodearía a cualquier par de gemelos que follen entre sí ante una cámara, sino por la ternura y delicadeza que se muestran. En una entrevista dijo Elijah: «mi hermano es mi novio y yo su novio; es la sangre de mi sangre y mi único amor».

No todas las parejas de hermanos incestuosos llevan bien su relación. Una de las historias más hermosas y tristes del Silmarillion de Tolkien es la de Turin Turambar y Níenor Níniel, hermanos cuyo parentesco les es ocultado hasta que es demasiado tarde. Un hechizo de olvido lanzado por el dragón Glaurung fue retirado en el momento más inoportuno, e incapaz de enfrentarse a la idea de que su amado y amante era también su hermano de sangre, la bella Níenor se suicidó arrojándose a un caudaloso río. En esta línea, es inevitable preguntarse qué hubiera pasado si Han Solo hubiera resultado no ser tan sexy como para enamorar a Leia. ¿Se hubiera arrojado la princesa a un río de Endor si hubiera descubierto demasiado tarde que Luke Skywalker era su hermano?

Y ya que ponemos un pie en la ciencia ficción, podemos aprovechar para hacernos una pregunta con sorprendentes ramificaciones: ¿se consideraría incesto follarse a un clon de uno mismo (con el género cambiado o no) creado mediante ingeniería genética? Sé que aún estamos en la época rudimentaria de la oveja Dolly, pero no tardará tanto en ser posible algo similar y ya lo han anticipado muchos escritores de sci-fi. A mitad de una conferencia sobre clonación en la Universidad de California, el gran Isaac Asimov improvisó una canción que es apropiado reproducir aquí:

Clone, clone of my own,
With its Y chromosome changed to X.

And when I’m alone
With my own little clone
We will both think of nothing but sex.

Es decir: «Clon, clon, mi propio clon / con su cromosoma Y cambiado a X. / Cuando esté solo / con mi propio pequeño clon / solamente pensaremos en follar». A Robert A. Heinlein parecía gustarle especialmente el tema del sexo clónico: en Time enough for love el protagonista embaraza a dos clones femeninos de sí mismo. Una variación de esta desconcertante imagen (o fantasía) implica viajes temporales en los que en vez de matar al propio abuelo, como es tradición, decide uno acostarse con uno mismo en puntos diferentes de la corriente temporal. En Todos vosotros zombis, del mismo Heinlein, un par de cambios de sexo y viajes en el tiempo permiten todas las variaciones posibles del incesto definitivo…

Pero en fin, ¿hay algún obstáculo moral o práctico al incesto entre hermanos que tengan el cuidado necesario como para no concebir? No resulta sencillo de encontrar. Ramón Chao recoge en un hilarante artículo de 1982 en El País la objeción más espectacular al incesto fraternal… Se la espetó a Margaret Mead un anciano de la tribu arapech de Nueva Guinea: «¿Que me case con mi hermana? ¿Está usted loca? No tendría cuñado. ¿No comprende que si me caso con la hermana de otro hombre, y si otro hombre se casa con la mía, tendré, al menos, dos cuñados? Y si no, ¿con quién labraría el campo, con quién iría de caza, con quién hablaría?». El cuñadismo como forma de vida, algo que creía yo tan típicamente español como la fabada, luciendo en todo su esplendor.

No descubrirás la desnudez de tus padres

Según la teoría freudiana, durante el desarrollo infantil aparecen una serie de emociones bautizadas como «el complejo de Edipo»: el deseo inconsciente de mantener relaciones sexuales con la madre y matar al padre (o viceversa en el equivalente femenino propuesto por Jung, el complejo de Electra). Este complejo edípico tiene una riqueza simbólica enorme y acepta una lectura muy animalesca: «matar al padre» es superarlo, convertirse en el macho alfa de la manada y obtener su hembra como recompensa. Pírrica recompensa en el caso del pobre Edipo de la mitología griega, a quien no le sentó demasiado bien enterarse de que sin pretenderlo había asesinado a su padre Layo y contraído matrimonio con su madre Yocasta. Su primera reacción al enterarse, tal vez desmesurada, fue arrancarse los ojos con un broche propiedad de su madre y salir huyendo.

La Biblia ofrece un inesperado ejemplo de este tipo de incesto de atracción paterna: la historia de las hijas de Lot. En realidad Lot no parecía tener a sus hijas en gran estima. Poco antes de la destrucción de Sodoma, el hospitalario Lot acogió en su casa a dos atractivos viajeros recién llegados al pueblo. Al correr el rumor, una multitud se juntó frente a su puerta exigiéndole que entregase a sus huéspedes para darles una cálida y sodomítica bienvenida… La respuesta de Lot, recogida en Génesis 19:7-8, no tiene precio: «Os ruego, amigos, que no cometáis esta maldad. Yo tengo dos hijas que no han conocido aún varón; os las entregaré para que hagáis con ellas lo que os parezca, pero a estos dos hombres no hagáis nada». Entregar a tus dos hijas vírgenes a una turba de violadores sodomitas para proteger a dos desconocidos puntuará muy alto en la escala de hospitalidad, pero no le permitiría a Lot ganar el premio al padre del año. La cosa quedó en tentativa, ya que los visitantes resultaron ser ángeles del Señor enviados para destruir la ciudad, pero es improbable que las hijas olvidasen la poca sensibilidad paterna.

Quién sabe qué se les pasó por la cabeza poco después, huérfanas de madre (convertida en una estatua de sal) y viviendo en una cueva tras haber ardido su casa, pero el caso es que esto fue lo que ocurrió (Gen 19:31-33): «La mayor dijo a la menor: nuestro padre es viejo, y no queda varón que entre en nosotras conforme a la costumbre. Ven, demos a beber vino a nuestro padre, y durmamos con él, y conservaremos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó». La noche siguiente repite el show la hermana menor, también sin que Lot se entere de nada por culpa del alcohol. Eso sí, donde Lot pone el ojo pone la bala: ambas se quedan embarazadas. Esta borrachera incestuosa es una escena tan involutariamente cómica que no es de extrañar que haya sido representada a menudo en el arte, en cuadros de Rubens, Courbet o Jan Matsys.

No descubrirás la desnudez de tus hijos

El caso inverso, progenitores atraídos sexualmente por su descendencia, es ya marcadamente incómodo y sale a menudo del terreno de lo políticamente incorrecto para entrar en el criminal, especialmente si hay menores de edad de por medio.

En El beso, novela autobiográfica de Kathryn Harrison, no hay sospecha de pederastia y sin embargo resulta una lectura difícil e incómoda. Kathryn se reencuentra a los veinte años con su padre ausente, con el que no ha tenido demasiado contacto, y empieza una relación sexual y sentimental con él. En realidad, esta relación sería ya agobiante y enfermiza de por sí aunque no hubiera parentesco alguno de por medio, ya que el padre de Kathryn resulta sencillamente insoportable: absorbente, egocéntrico, celoso y acaparador. En cierto momento, por consejo de un psicólogo, ambos dibujan dos círculos cuya intersección representa su vida en común ideal. Los círculos de Kathryn se solapan en aproximadamente un tercio; los dibujados por el padre están prácticamente superpuestos. El padre no ama a su hija, la canibaliza. Quizá ve en ella una versión más joven y manejable de su exesposa…

Este tipo de incesto deja a menudo heridas psicológicas, especialmente si el receptor es menor de edad y se produce por tanto un abuso de confianza. En El corazón es mentiroso, de JT LeRoy (seudónimo y alter ego de la escritora Laura Albert) tenemos una madre que lanza sobre su hijo todo tipo de maltrato imaginable, entre ellos el sexual. La película Old boy es otro buen ejemplo de complejo de Edipo inverso, pero es difícil explicar por qué sin destripar detalles de la trama.

En cualquier caso, la vida real nos ofrece un ejemplo de incesto entre hermanos, padres e hijos en un totum revolutum: el caso de Eric Gill, uno de los mejores y más extraños escultores, diseñadores y tipógrafos del siglo xx. Es el padre de varios tipos de letra muy usados, en particular la sobria Gill Sans, en portada de los clásicos Penguin o en los horarios de los ferrocarriles de Londres. Como escultor era magnífico, y muchos de sus bajorrelieves decoran lugares prominentes de varios edificios británicos.

Pero Gill tenía dos peculiaridades: una vida sexual de una frecuencia e intensidad inusitadas, y el convencimiento más o menos explícito de que la familia que fornica unida permanece unida. Gill murió en 1940, pero hasta 1989 su vida sexual permaneció en las sombras; fue su biógrafa Fiona MacCarthy quien sacó a la luz los secretos familiares de Gill dejando ojiplático a todo el mundo. Por ejemplo: como modelos para la talla Éxtasis, su propia versión de los dioses hindúes copulando, reclutó a su hermana Gladys y su esposo. Debió gustarle lo que vio, ya que poco después empezó una relación incestuosa con Gladys que duraría gran parte de su vida. Más tarde le tocó el turno a su otra hermana, Ángela, y cruzó una línea roja cuando incluyó en sus avances sexuales a sus hijas de quince y dieciséis años, Petra y Betty. En sus diarios personales Gill fue dejando un minucioso recuento de sus abundantes experimentos sexuales, de los que no se libra ni la mascota de la familia («hoy he descubierto que un perro puede unirse con un hombre»). Gill no tenía la sensación de estar haciendo nada malo: hay algo extrañamente científico y desapasionado en sus textos. Esto no lo digo para justificarlo (lejos de mi voluntad meterme en tal jardín), aunque la naturalidad extrema que adoptó tal vez explique por qué sus hijas guardan aún hoy un buen recuerdo de su padre, para sorpresa de su biógrafa MacCarthy. Según ella, «el impulso de probarlo absolutamente todo, de empujar hasta el límite las experiencias, era parte de su naturaleza y parte de su importancia como artista y comentarista social y religioso». Otras visiones no tan benévolas sobre su legado llaman a boicotear su obra, especialmente la religiosa (¡Gill era un católico devoto!) por pederasta, abusador y pervertido. Por su parte, la comunidad de tipógrafos reaccionó con cierto sutil sarcasmo: por ejemplo Barry Deck diseñó una variante de la letra Gill Sans que bautizó como Canicopulous.

No descubrirás la desnudez de tu prima

Si no fuera una traición de confianza como la copa de un pino, podría contar aquí cuatro o cinco historias de amigos y amigas que «despertaron a la sexualidad», por usar un eufemismo, con los primos durante las vacaciones veraniegas, en lo que podría ser un cruce de Verano azul con Garganta profunda. Tardes tórridas en la playa, aburrimiento, arrímate aquí que te enseño esto que tengo…

Así como el incesto con familiares de primer grado es más o menos tabú en la mayor parte del mundo, el juicio moral y legal sobre el sexo con primos o primas varía enormemente según el país y la época. No parece haber un problema religioso: más de un patriarca hebreo se casó con una prima (por ejemplo Isaac y Rebeca), la ley islámica tampoco pone ninguna objeción y la Iglesia católica lo permite previa dispensa eclesiástica. Ya hemos hablado antes de los riesgos genéticos del incesto con familiares cercanos (hemofilia, albinismo, etc), pero el riesgo no parece extenderse en demasía a la descendencia de los primos. Un estudio de la australiana Universidad de Murdoch ha mostrado que la probabilidad de defectos genéticos serios en hijos de primos en primer grado es más o menos un 4 %, la misma a la que se enfrentan las mujeres que dan a luz después de los treinta y cinco años. Esta información hubiera tranquilizado sin duda a los varios personajes de Jane Austen que se acuestan o casan con sus primos en varias novelas.

Ampliando un poco más el árbol genealógico, las posibilidades de conocer bíblicamente a algún pariente sin ser consciente de ello aumentan. Eso me hace pensar en una reflexión que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza… Durante mis años universitarios fui donante de esperma: no solo colaboraba así con parejas infértiles, sino que tampoco me venían mal los treinta euros con que se compensaba cada donación. Cuando se me dijo que el límite legal de hijos que podían concebirse a partir de mi esperma era de seis, en un primer momento no entendí el motivo… pero tiene que ver con el incesto involuntario: evitar o al menos limitar la posibilidad de que un hijo mío y una hija mía, desconociendo que comparten padre biológico, acaben follando y engendrando descendencia endogámica… Solo espero que si algún día ocurre algo así, mis descendientes incestuosos por sorpresa se lo tomen menos a la tremenda que Níenor, Sigmundo o el pobre Edipo Rey.


Ruta libertina con parada y fonda en el Purgatorio

Me encanta el aroma añejo de la palabra «libertino», que según mi diccionario es «aquel que se entrega desenfrenadamente a los placeres sin someterse a la moral dominante». Nunca he creído que la moral social sea algo a lo que prestar excesiva atención. El ocultista Aleister Crowley propuso una brújula mejor: Do what you will, es decir, «haz lo que quieras» o, de forma más precisa, cumple aquello a lo que te impulsa tu voluntad interior. Una máxima con su ética implícita: todo humano tiene derecho a cumplir esa voluntad propia, por lo que al realizar la tuya no deberías perjudicar o interferir con la ajena. Vive y deja vivir.

En un mundo fracturado por la crisis no parece fuera de lugar reservar un espacio a un sano hedonismo que reconcilie con la vida, un paréntesis de placer en la lucha cotidiana. He preparado  una pequeña ruta pecaminosa con pocas direcciones y muchas pistas: de varios de los lugares mencionados tan solo podrá darse un teléfono de contacto o una dirección web desde la que tirar del hilo.

Todo aspirante a libertino ha de elegir cuidadosamente sus pecados. La ira es destructiva y hace perder el control. La avaricia no solo perjudica al prójimo, sino que impide disfrutar del dinero al preocuparse solo de su acumulación. La soberbia limita el objeto de admiración a uno mismo, habiendo tanto por disfrutar en el mundo. La envidia se ha definido como el motor de la humanidad, pero lo que impulsa a los auténticos creadores es la voluntad de emular y superar a los maestros que admiran. Solo quedan pues tres pecados dignos de disfrute…  

1. GULA

No hay amor más sincero que el amor por la comida.

George Bernard Shaw.

Nueve semanas y media, 1986. Imagen: PSO / Jonesfilm / Galactic Films / Triple Ajaxxx.

En 1999, el cineasta francés Michel Reilhac desarrolló un proyecto sin apenas precedentes: una serie de cenas en que los comensales comían completamente a oscuras, atendidos por camareros ciegos. Poco después produjo un talk show de TV llamado Le goût du noir?, filmado  con cámaras infrarrojas, en el que la periodista ciega Sophie Massieu y el psicoanalista Gérard Miller cenaban a oscuras con diversos invitados.

Poco después se creó la cadena de restaurantes Dans le Noir? (interrogante incluido), con locales en París, Londres, Nueva York y Barcelona. La idea cuajó no solo como método para concienciar de las dificultades cotidianas de los invidentes, sino también como demostración de nuestra excesiva dependencia de la vista, que llega a atrofiar el resto de sentidos. Al renunciar a la mirada, el cerebro da órdenes a los órganos del olfato, el gusto, el tacto y el oído para que se agucen al máximo… A pequeña escala, es exactamente eso lo que hacemos al cerrar los ojos en el momento de degustar una delicatessen.  

El lector despierto adivinará por qué las cenas a oscuras pueden tener una vertiente libertina. Vendar los ojos durante un encuentro íntimo es un juego erótico de primer orden, más aún cuando se relaciona con la comida. Juega con este impulso Mickey Rourke en la escena de Nueve semanas y media en que venda los ojos a Kim Basinger antes de alimentarla con fresas, nata, yogur o cubitos de hielo con que antes le acaricia juguetonamente los pezones… Un experimento que cualquiera podría repetir a no ser que, como en mi caso, solo guarde en su nevera restos de comida india y tarros de salsa de dudosa caducidad.

Dándole vueltas a esa idea decido arrancar esta ruta libertina yendo en pareja a Dans le Noir? Barcelona. Allí no hay vendas para los ojos, sino una sala sumida en la oscuridad más absoluta en la que cenan un número indeterminado de comensales, imposible adivinar si diez o 60. Entrar en ese comedor guiado por el camarero ciego me provoca un shock considerable: con los ojos completamente abiertos y sin poder ver nada más que negrura, mi cerebro envía señales de pánico hasta que me acostumbro a la ceguera. Trato de aislar los chistes malos de mis vecinos de mesa y aguzo los oídos, atento al sonido amortiguado y preciso de los camareros afanándose tras las mesas. Su organización milimétrica y la necesidad de mantener corredores fijos libres de obstáculos me recuerdan a una novela corta de John Varley titulada La persistencia de la visión. En ella se describe una comunidad de sordociegos que ha desarrollado normas estrictas de convivencia: pasillos con sentidos de circulación delimitados, comunicación basada en el roce, ausencia de tabús táctiles y rituales sexuales propios y muy elaborados.

Me viene a la cabeza, inevitable, el pianista con los ojos vendados de Eyes Wide Shut, y me asalta la idea decadente de que este entorno sería ideal para un discretísimo encuentro sexual. Espoleado por este pensamiento, tanteo sobre la mesa hasta encontrar una mano de mi acompañante, y la acaricio suavemente, dorso y palma, como un quiromántico ciego. Recorro luego el contorno de su cara: labios, nariz, pómulos, cejas… Intento absorber por el tacto cada detalle de su fisionomía, dándome cuenta de que la oscuridad aumenta el placer del descubrimiento mutuo.  

Nos interrumpe educadamente una camarera trayendo platos de los que nada contaré por no arruinar la experiencia a los lectores que quieran emularla: parte de la gracia es no saber de antemano qué platos se servirán. La comida no es abundante, pero sí sabrosa y de aromas y texturas intrigantes. Durante la cena se sirven dos vinos, aunque mi torpeza enológica me impide reconocer si son blancos, tintos o verde lima; tras la cena el maître enseñará fotografías de todo lo comido y bebido. Y mientras llega el postre, no puedo evitar sacarme el zapato y tantear a ciegas hacia mi acompañante, rezando porque no haya cámaras de visión nocturna.

Cambiando de la oscuridad a la explosión de colores, esta ruta tiene una parada obligada en Málaga, donde el chef Benjamín de la Mata, especializado en cocina japonesa, ha realizado durante años glamourosas presentaciones de nyotaimori (body sushi) sin las estúpidas polémicas prefabricadas que nos asaltaron hace unos meses. De la Mata prepara deliciosos makis y nigiris, colocándolos sobre hojas de banano estratégicamente situadas sobre el cuerpo de una modelo (mujer u hombre, que de todo hay), sin que haya contacto directo entre la comida y la piel.

Con respecto al nyotaimori se han dicho y escrito muchísimas tonterías. Es falso que se trate de un arte centenario, ya que no se encuentran rastros de nyotaimoris en pinturas o grabados ukiyo-e; su origen más probable está en el underground del Japón de mediados del siglo XX. También es falso que resulte intrínsecamente degradante o desagradable para la bandeja humana: conozco de primerísima mano a varios hombres y mujeres para quienes la experiencia resulta erótica en sí misma, una mezcla de exhibicionismo al participar en un hermoso striptease gastronómico, y puro placer físico por el roce y cosquilleo de los palillos.

Sigamos esta ruta pervertida acercándonos ya al postre, un dulce territorio en que podemos encontrar delicias tradicionales como la mallorquina mamella de monja («teta de monja»). La repostería erótica es un arte frecuentemente maltratado. Igual que el nyotaimori, se ha asociado de modo un tanto cutre con las despedidas de soltero y el humor grueso, a pesar de que un pastel con motivos eróticos puede tener tanta elegancia como tenga el maestro pastelero que lo hornea. O maestra: bajo el nombre de Sweet Switch se esconde una repostera barcelonesa que cocina junto a su socio galletas y tartas muy particulares, exclusivamente bajo demanda. Su especialidad son los pasteles con temática fetichista (zapatos de tacón, cuerdas, corsés), aunque logran resultar eróticos y sorprendentes en todos los ámbitos. Nunca hacen dos pasteles iguales: para cada encargo piden al cliente que rellene un cuestionario con el que afinar el tiro.

Recomiendo dejarse llevar por la gula, pero manteniendo la moderación justa como para no morir por su causa, como en los suicidios de Leaving Las Vegas o de La grande bouffe de Marco Ferreri. Pero si ocurriera lo peor, emplazo a los lectores a que nos encontremos en el más allá, concretamente en la sexta terraza del Purgatorio de la Divina comedia de Dante, última parada de esta sección de la ruta. En un reflejo del suplicio de Tántalo, allí las almas glotonas pasan cien años contemplando árboles frutales y manantiales de agua clara, sin que les sea permitido saciar su sed ni su hambre. Ese pensamiento me ha despertado el apetito, así que si me disculpan, voy a comer algo antes de continuar.

Dans le Noir

Restaurant/Bar/Lounge – Paseo Picasso 10, 08003

www.danslenoir.com

93 268 70 17

Barcelona

Benjamín de la Mata

www.benjamindelamata.com

633 080 160

Málaga

Sweet Switch Cakes

[email protected]

618 123 692

Barcelona

2. LUJURIA

La vida es deseo, no significado.

Charles Chaplin, Candilejas.

Secretary, 2002. Imagen: Slough Pond / TwoPoundBag Productions / double A Films.

Decía Donatien Alphonse de Sade que la lujuria es al resto de pasiones lo que la sangre a la vida: un soporte imprescindible que las nutre y fortalece. Considero esta filosofía completamente cierta, teniendo en cuenta que la lujuria no atañe exclusivamente al ansia sexual sino a muchas formas de deseo… Pero por enfocar este recorrido por la España libertina, centrémonos en lo que de forma algo cursi se ha llamado a veces «el frenesí de los sentidos»: la expresión libre del deseo sexual.

Abriré el fuego afirmando que, si bien la monogamia con exclusividad sexual es una opción plenamente válida, no es de ningún modo la única posible y está basada a menudo más en convencionalismos economómicos y sociales que en auténtica convicción personal. La sexualidad humana es compleja y cambiante, no solo por la bisexualidad natural que en cierto grado todos tenemos, sino por la infinita variedad de combinaciones posibles en una relación, con o sin exclusividad sexual o emocional: cuartetos, parejas abiertas, tríos cambiantes o estables (el más frecuente, por cierto, es el de dos hombres con una mujer). No es esta pequeña ruta el lugar adecuado para hablar en detalle de estos temas: remito al lector interesado al magnífico ensayo The ethical slut de Dossie Easton y Janet Hardy.

A mediados del pasado siglo se realizó un primer intento de apertura: fueron los años de la liberación sexual, el nacimiento del swinging lifestlyle y los intercambios de parejas como el descrito ingenuamente en la película de 1969 Bob & Carol & Ted & Alice. No estaba la sociedad preparada para todo aquello, y tanto el auge de las ETS como la reimposición de tabúes sexuales pillaron a muchos con el pie cambiado. En una escena de La tormenta de hielo, de Ang Lee, aparece una setentera «fiesta de llaveros», en la que los hombres ponen las llaves de su coche (en aquella época no abundaban las conductoras) en un recipiente del que cada mujer coge un llavero al azar, yéndose después con su dueño. En la película el polvo consiguiente resulta gélido, forzado y frustrante, anunciando el final tumultuoso de muchas utopías de la época (ay, esos hippies mutando en posesivos yuppies en los 80).

Por suerte no hay muchas similitudes entre esas improvisadas fiestas de llaveros y los encuentros en clubes swinger de hoy en día, en que son las afinidades electivas (a lo Rilke pero en psicosexual) las que construyen relaciones. Actualmente el swingerismo está cerca de la sexualidad abierta y desacomplejada de películas como Shortbus, que incluye escenas de sexo explícito en una historia que gira alrededor de un club liberal. Casi siempre se acude a estos clubes con una pareja, y se siguen normas basadas en el sentido común y la ausencia de drama tanto en las proposiciones como en los rechazos. En España hay decenas de lugares interesantes, aunque me limitaré a mencionar tres clubes barceloneses de los que puedo dar referencias: el Training Events por ser un clásico ineludible, el Oops! por su ubicación en un bonito palacete de la zona alta, y el Dejà Vu por organizar eventos como la Bondage Soireé, una suave introducción a las ataduras eróticas que me servirá para pasar al siguiente punto de la ruta… El BDSM, un acrónimo formado por la B de bondage (inmovilizaciones, ataduras), la D/s de dominación y sumisión y la S/M de sadomasoquismo, uso de dolor erótico.

Aún pervive una injusta prevención social respecto al BDSM. En parte proviene de muchos años de sensacionalismo barato y películas que presentan el sadomasoquismo como algo agresivo, oscuro y destructivo, cuando en realidad resulta altamente placentero si se practica con dos dedos de frente. El filósofo Michel Foucault lo explicó perfectamente: «El sadomasoquismo es la creación efectiva de nuevas e imprevistas posibilidades de placer. La creencia de que su práctica es un medio para liberar una violencia latente y dar rienda suelta a la agresividad es completamente estúpida. (…) Es bien sabido que no hay ninguna agresividad en las prácticas de los amantes sadomasoquistas; inventan nuevas posibilidades de placer haciendo uso de objetos extraños o partes inusitadas del cuerpo, erotizándolo».

Para emprender una ruta lujuriosa por el mundo del sadomasoquismo, lo primero que deberá hacer el lector desprevenido es olvidar completamente las 50 sombras de Grey y ver atentamente la película Secretary. Cumplido ese trámite de desintoxicación, estará listo para la primera escala: un portal anónimo del Eixample que da acceso a un sótano donde durante muchos años se reunieron pequeños grupos de personas cargados con sospechosas bolsas y maletas, de las que a veces asomaba, delator, el mango de una fusta. Así se entraba al Fetish Café, reino de la dulce y sensata Dómina Zara… Desgraciadamente el local cerró hace un par de años, pero su huella aún perdura en la comunidad BDSM.  

Desde la Wanda von Dunajew que traía de cabeza a Leopold von Sacher-Masoch, la dominatrix se ha convertido en un arquetipo tan generalmente incomprendido como el del hombre sumiso. Uno de los tópicos más extendidos respecto a los sumisos es que son extremadamente poderosos e inteligentes en su vida cotidiana. Evidentemente esto es solo cierto algunas veces y la realidad es mucho más compleja, pero resulta gracioso ver cómo Gil Grissom, el cerebral protagonista de CSI, establece una tórrida relación con la dominatrix Lady Heather… O el mismísimo Sherlock Holmes con Irene Adler, convertida en poderosa dómina en la serie Sherlock de Steven Moffat. Resulta desesperante, eso sí, que en casi todos los ejemplos de ficción las dóminas se presenten siempre como profesionales, cuando abundan también las mujeres que dominan a hombres (o a otras mujeres, véase la asociación lésbico-sadomasoquista Samois) por simple placer. El libertino que desee adentrarse en el BDSM deberá olvidar todo lo que creía saber de antemano y prepararse para conocer personas, no arquetipos.

El siguiente punto obligado de una ruta sadomasoquista es el Club Social Rosas 5, creado por el fallecido (y muy llorado) atador Kurt Fischer y pensado como lugar de encuentro para interesados en la cultura BDSM. Otros clubes maravillosos han ido abriendo con el tiempo: la asociación subterránea La Orbita de IO o el club privado La Cuerda Roja son paradas ineludibles, así como el Dojo de Barcelona, donde se organizan talleres, seminarios y encuentros de shibari.

Hace tiempo dediqué un artículo entero al shibari, el arte japonés de la atadura erótica, que proporciona placer sensual y estético mediante el uso de cuerdas que inmovilizan, presionan y abrazan («una atadura es un fuerte abrazo», en palabras del fotógrafo Nobuyoshi Araki). El shibari tuvo su origen en un arte marcial medieval llamado hojojutsu, transformado durante el siglo XX de brutal en erótico por el artista Itoh Seiyu y sus sucesores, los maestros de cuerda o bakushi. Alguna vez he descrito el shibari como un cruce entre polvo, tango y combate de artes marciales, un diálogo erótico sin palabras en que se habla a través de la cuerda. Una rope bunny (persona que disfruta de ser atada) adora la caricia de las cuerdas sobre la piel y la sensación de sentirse a un tiempo inmovilizada, dominada, abrazada y protegida.  

Una ruta del shibari en España debe pasar necesariamente por Gijón, concretamente por un local autogestionado llamado Munster. Allí se reúne un grupo de atadores y atadoras gestionado por el Sr. Interior, que no solo organiza periódicos encuentros de cuerdas (nawa-kai), sino que ha traído a España a varios bakushi de fama internacional.

Puede que a estas alturas algún lector se pregunte, desconcertado por tanta cuerda, si esto del sadomasoquismo no era cosa de homosexuales de cuero negro y fusta en ristre… Algo de eso hay: la cultura leather de San Francisco, mayoritariamente gay, ha influido muchísimo en la estética y principios del BDSM. Un vistazo a los locales gays de España ameritaría artículo propio, así que me limitaré a mencionar el barcelonés Berlín Dark, exclusivamente para hombres homosexuales excepto los miércoles por la noche, cuando se celebra una fiesta sadomasoquista abierta a hombres y mujeres.

Terminaré esta sección con dos recomendaciones un tanto misteriosas, ya que pertenecen a personas o asociaciones con una natural tendencia al anonimato. La primera pista que dejo caer apunta a Barcelona y las fiestas periódicas organizadas por Sociedad Cerrada. La segunda, a Madrid y a un elegante dúplex de nombre fascinante: Fetterati, es decir, «persona que acude a eventos públicos en busca del estímulo necesario para posteriormente disfrutar en privado». Y hasta aquí puedo leer, más allá de mencionar que ambos funcionan mediante estricta invitación.     

Una última consideración: si el exceso de placer conduce a algún lector a la muerte, podrá continuar la fiesta en la séptima terraza del Purgatorio de Dante, donde las almas lujuriosas arden y se purifican en un gigantesco muro de llamas. El sarcasmo divino reinterpreta la expresión «fuego en el cuerpo».

Training Events

C/ Cobalto, 17

www.trainingeventsbcn.com

Cornellà de Llobregat, Barcelona

Dejà Vu

C/ Gran Vía, 476

www.ledejavuclub.com

Barcelona

Oops!

C/ Anglí, 69

www.oopsbarcelona.com  

93 667 78 15

Barcelona

La Orbita de IO

Inicio

La Cuerda Roja

http://lcrclub.blogspot.com

Club social Rosas 5

C/ Atenas, 5

www.clubrosas5.net

Barcelona

La Munster

[email protected]

Gijón

Berlín Dark

Passatge Prunera, 18

www.berlindark.com

Barcelona

Sociedad Cerrada

www.sociedadcerrada.com

Barcelona

Fetterati

www.fetterati.net

Madrid

3. PEREZA

Nunca tienes tiempo suficiente para hacer toda la nada que quieres.

Bill Watterson.

Fotografía: Jaione Dagdrømmer (CC).

Para finalizar esta ruta tendremos que dar un pequeño rodeo antes de llegar a España, deteniéndonos en el Japón de principios del periodo Edo, allá por el siglo XVII. Gracias a la paz y prosperidad traídas por el shogunato Tokugawa, florecen las artes, las ciencias… y los placeres. En ciudades prósperas como Kyoto o Edo (la actual Tokyo) aparecen casas de té algo particulares, provistas de entradas escondidas tras matorrales o accesibles mediante túneles. Estos establecimientos cumplen un doble propósito: por un lado, proporcionan a las prostitutas un lugar discreto al que traer a clientes importantes. Por otro, permiten a las parejas jóvenes dar rienda suelta a una fogosidad sexual imposible en las casas familiares, con sus delgadas paredes de papel de arroz.

Esta doble vertiente de los love hotels (también llamados eufemísticamente fashion hotels, boutique hotels o, simplemente, hoteles por horas o de parejas) se ha mantenido hasta hoy en día. Procuran resultar lo más discretos posible: utilizan máquinas en lugar de recepcionistas, conectan directamente el parking con los dormitorios, algunos hasta carecen de ventanas. Los hoteles más imaginativos cuentan con habitaciones temáticas: futuristas, romanas, submarinas… En un love hotel puede encontrarse desde un jacuzzi hasta un karaoke, una jaula o un sillón de dentista.  

Los jóvenes (y no tan jóvenes) de la era de la crisis no tienen fácil independizarse, y encontrar lugares en que hacer el amor con tranquilidad se ha convertido en una necesidad no ya solo japonesa. La comedia costumbrista cubana Amor Vertical, de Arturo Sotto, retrata las dificultades de una pareja de La Habana para encontrar un sitio íntimo en que desahogarse. El título viene de uno de los lugares en que intentan consumar: un ascensor. Con esta imagen en la cabeza, acaricié la idea de pergeñar una guía de ascensores españoles lo suficientemente lentos como para permitir un polvo estándar… Pero me limitaré a mencionar un par de love hotels en que dar rienda suelta no solo a la lujuria sino también a la proverbial pereza postcoito (ya se sabe, omne animal post coitum triste).  

En Barcelona la referencia inevitable es La França, un hotel de parejas con un cierto aire a meublé de los años 30: habitaciones románticamente elegantes y una suite con jacuzzi y cama redonda. Mucho más sobrio resulta Apartamentos DV, que permite la opción de cocinar allí mismo para quien quiera hacerse el chef antes de entrar en materia. En Madrid serviría de ejemplo el Hotel Zouk, que esconde habitaciones con piscinas privadas, saunas o camas de agua. Los demás love hotels que he visitado no destacan particularmente ni para bien ni para mal, con una excepción: un sórdido tugurio temático del que no daré datos de contacto porque mi deseo más íntimo sería verlo rociado de napalm.

Desgraciadamente en España la imaginación en cuanto a hoteles temáticos brilla por su ausencia, aunque me viene a la cabeza un ejemplo madrileño magnífico, no especialmente orientado a parejas pero que merece una recomendación. Se llama Dormirdcine, y cada una de sus 85 habitaciones está decorada en homenaje a algún icono del cine, desde Steve McQueen a Mary Poppins. Si se siente uno clásicamente romántico puede elegirse la habitación Audrey Hepburn… O, para un encuentro algo más cañí, la suite Almodóvar.

Una lánguida noche almodovariana bien puede terminar en muerte. En el Canto XIX del Purgatorio, Dante castiga a los perezosos poniéndolos a esprintar incesantemente por la ladera de una montaña. La moraleja que extraje de esa lectura fue que no merece la pena ponerse en forma: una vez muerto, mi espíritu correrá más kilómetros que Ricardo Abad, el atleta navarro que completó 500 maratones en 500 días. Cuando permanezco tumbado en el sofá me digo que estoy cogiendo fuerzas para cuando llegue ese momento. Y con esta imagen de agotamiento y deber cumplido me despido… hasta que coincidamos en alguno de los puntos calientes de esta ruta.

La França

C/La França Xica 40

http://www.lafransa.com/

93 423 14 17

Barcelona

Apartamentos DV

C/Torns 3

www.apartamentosdv.com

93 334 31 66

Barcelona

Hotel Zouk

A2, Carretera de Barcelona, Km. 28,200

www.zoukhotel.com

918 771 820

Madrid

Dormirdcine Cooltural Rooms

C/Príncipe de Vergara 87

www.dormirdcine.com

91 411 08 09

Madrid


Juan Manuel de Prada: “La pornografía te va matando el alma”

Juan Manuel de Prada para Jot Down

Juan Manuel de Prada (Baracaldo, Vizcaya, 1970) saltó a la fama en el mundo literario con la edición casi clandestina de su obra Coños. Los escasos ejemplares pasaron de mano en mano hasta que Valdemar la reeditó para el gran público. A partir de ahí, el ascenso del autor fue imparable, hasta proclamarse ganador del Premio Planeta en 1997 con La Tempestad. No había cumplido aún los 30 años. Lejos de la imagen del autor joven y bohemio, De Prada cultivó con un esmero que parecería estudiado el aspecto de formal oficinista poco amigo de alardes que no fueran literarios, acorde con una faceta de columnista y tertuliano en la que hace gala de su catolicismo, aspecto de su personalidad que, como veremos, prima sobre cualquier ideología. Nos recibió en su domicilio de Madrid para conversar sobre este y otros asuntos.

¿Hay alguna diferencia entre su yo novelista y su yo articulista?
Son facetas de una misma vocación, pero en las que se trabaja con sustancias muy distintas. En una, con la imaginación; y en la otra, con la más cruda realidad. Naturalmente, el género del artículo tiene unas características que lo hacen totalmente distinto: se han de coger asuntos de rabiosa actualidad y se le ha de dar una lectura ideológica. Una novela también lo tiene, pero de otra manera, porque es una construcción imaginaria.

¿Con cuál se siente más cómodo?
Depende. Hay fases de la vida en las que te apetece más escribir una novela, otras en las que no. Indudablemente, aquello que requiere más esfuerzo y dedicación es aquello de lo que a la larga te sientes más orgulloso, y en este sentido no son comparables. Pero mientras lo estás haciendo puedes sentirte igual de a gusto o de disgusto con ambas cosas.

Al principio, usted tradujo literatura pulp. ¿Cuáles son sus autores favoritos del género fantástico?
Hay un escritor uruguayo muy poco conocido que me vuelve loco: Felisberto Hernández. También me gustan mucho los cuentos de Borges y Cortázar, que podría decir que fueron mi escuela. Me gustan los cuentos fantásticos y de fantasmas de Henry James. Pero sobre todo, mi maestro absoluto, el primer escritor que me provocó un fortísimo deseo de escribir historias de terror y fantásticas fue Edgar Allan Poe. En un grado menor, he disfrutado mucho con Arthur Machen, Algernon Blackwood o El hombre de arena, de Hoffman.

También le gusta el cine fantástico, de terror y de serie B. ¿Sigue el actual?
Sí, lo sigo, pero el gore me repele.

No sé si habrá visto películas francesas tipo Irreversible o Martyrs.
Las he visto y es un cine que no me gusta. Me resulta desagradable, tiene una connotación sexual psicopática. Es un subgénero del terror que cada vez está aflorando más, que mezcla sexo y terror.

Como Hostel, por ejemplo.
Hostel me parece, directamente, una aberración. Pero hay otro tipo de película que tiene más pretensiones, como Anticristo de Lars von Trier, en la que hay una relación entre la sexualidad y la depravación que me resulta indigesta.

Rosa Montero ha publicado recientemente un libro llamado Lágrimas en la lluvia, que tiene bastantes relación con Blade runner. ¿Usted cree que se debería dejar a los clásicos en paz?
No, los clásicos tienen que ser motivo de inspiración constante intentando no profanarlos. Lo que no me parece bien son los remakes innecesarios, que se han hecho tantos. Pero la cita, el homenaje, la inspiración…creo que está bien. Es imposible entender el cine de los hermanos Coen sin conocer el cine clásico americano. Pero otra cosa muy diferente es trivializarlo y hacer esos remakes y secuelas absurdas que se están haciendo.

A su entender, ¿cuál es la mejor versión de Blade runner?
A mí la que más me gusta es la primera, la edición comercial, reconociendo que el final era un poco “merengoso”. La voz en off le da un toque interesante de novela negra. Pero es una película que me gusta tanto que cualquier versión me parece bien.

Muchos opinan que el nivel actual de las series supera al cine. ¿Qué le parece?
Sigo series, pero creo que se está exagerando un poco. Yo sólo veo series de género: de acción, de terror…

¿Por ejemplo?
Prison break, Alias —que me gustó bastante, es una serie muy bizantina y peregrina—, Dexter… además he visto casi todas las que se han hecho de terror, como Fear itself. También he visto Espartaco, que me gusta, aunque me parece algo cargante con el tema sexual; Perdidos… lo que pasa con las series es que llega un momento en que la fórmula rechina, resulta reiterativa o, en el afán por ser inventivos, los guiones resultan inverosímiles. Pero sí, actualmente en las series de TV hay una creatividad impresionante. El problema del cine es que está en una situación angustiosa: las películas están reduciendo drásticamente sus presupuestos. Por ejemplo en los últimos Oscars, muchas de las películas tenían un presupuesto de menos de veinte millones de dólares, como El discurso de rey o El cisne negro. La gente se baja las películas por Internet, y eso mata las vías de recaudación, lo cual afecta mucho al cine, simplificándolo. Esto está “desnudando al rey”. Nos damos cuenta de que muchas películas de Hollywood que hace diez o veinte años nos gustaban, lo hacían por el despliegue de medios. Ahora las ves más despojadas y dices  “Bueno…”. Pero sí, las series están en un gran momento. ¿Y a ti, cuáles te gustan?

Por encima de todas Deadwood; o True Blood por lo demencial del argumento…
Sí, Deadwood también la vi. Me empezó gustando, pero llegó un momento en que me dejó de gustar. ¡Y True blood! Dejé de verla, hubo un cambio de género y no me interesó demasiado. Me pasé a Dexter.

Hablando de True Blood, usted escribió una sátira social protagonizada por vampiros, que ilustró Azpiri, Penúltima sangre. ¿Cómo ve esta moda actual de vampiros para adolescentes: libros, series, películas…?
Es parte del proceso de infantilización de la sociedad. Es bastante penoso. Fui a ver una de las películas de Crepúsculo y me quedé alucinado de lo mala, patética, penosa y absolutamente simple que era. Pero lo más curioso es que yo acostumbro a ir al cine a la Gran Vía, y allí no suele haber adolescentes, pero la sala estaba igualmente llena. Estos subproductos culturales tienen que ver con esta infantilización. Pero es muy interesante esa idea de que el vampiro deje de ser una criatura demoníaca para transformarse en un atractivo outsider. Los adolescentes siempre han tenido una propensión hacia la soledad y el apartamiento, pero con las nuevas formas de vida se ha intensificado mucho. Ahora el niño juega solo y el adolescente se pasa muchas horas recluido en su cuarto; eso crea una espejismo de clandestinidad, cosa que causa que se reflejen en  personajes que viven al margen de la ley. Me parece interesante sólo como fenómeno social, no como literario o cinematográfico, aunque sólo he visto una película, por lo que tampoco puedo juzgarlo.

¿Qué motiva esa infantilización de la sociedad?
Es un producto de las sociedades del bienestar. Son sociedades hiperprotegidas por los poderes públicos, con muchos “colchones” sociales -subvenciones, subsidios, estudios pagados…- y eso hace que la sociedad tenga miedo a salir del nido. Ha sido un fenómeno paulatino pero que ahora mismo es muy evidente. Y a eso se suma el miedo a envejecer, que es algo que no pasa en las sociedades religiosas.

Ahora que menciona el miedo a envejecer me viene a la mente Michel Houellebecq. ¿Qué le parece?
Me parece un escritor muy interesante, áspero, con un fondo de nihilismo y de nostalgia de otro mundo. Sobre todo sus primeros libros, con una veta locoide excelente, cosa que tienen todos los grandes creadores, una veta de disgusto con el mundo. Sin embargo, llega un momento en que se ha vuelto demasiado doctrinario. Se ha creído su papel, se ha puesto una toga y se ha puesto a hacer de esa veta la médula de su escritura. Por eso sus últimos libros me interesan menos.

En los libros de Houellebecq hay mucho sexo, casi siempre bastante perverso, y usted tituló uno de sus libros Coños. ¿Qué opina ahora del erotismo y la pornografía?
El erotismo ya es imposible, porque el grado de saturación pornográfica que tenemos es brutal. Es tan difícil como pasar miedo con una película de la Universal de los años 30; cuando has visto por ejemplo las películas que mencionábamos antes, tu sensibilidad ha sido tan acuchillada que es muy difícil volver atrás. Por eso admiro tanto esas películas que logran producirte una inquietud y zozobra a la vieja usanza, como algunas películas de M. Night Shyamalan. Con el erotismo pasa lo mismo, vivimos invadidos por la pornografía y es un juego peligroso, porque la pornografía te va matando el alma. Creo que la incapacidad del hombre contemporáneo para amar y ser amado tiene que ver con la saturación de pornografía.

Pero mientras que en el cine la frontera entre erotismo y pornografía es bien clara, en literatura no resulta tan sencillo definirla. ¿Es más permisible la literaria?
No, en literatura no es tan sencillo. Pero yo no estoy haciendo una valoración moral, sino una calificación en lo que significa esa saturación, que nos llega sobre todo a través de Internet. La grandeza que tenía el erotismo en la literatura era que activaba la imaginación, pero hoy en día ya no puede hacerlo porque estamos llenos de imágenes pornográficas. La pornografía descarnada de Sade, por ejemplo, que leí a una edad muy temprana, siempre me ha parecido muy aburrida y eso que detrás hay toda una visión filosófica del mundo. Pero lo pornográfico es puesto desnudamente y lo que provoca es hastío, esa tristeza de la carne de la que hablaban los viejos teólogos; porque cuando la carne se satisface siente tedio. Lo que sí se puede hacer a través de la literatura es el aprovechamiento de la sordidez del mundo de la pornografía, como hace, por ejemplo, James Ellroy en una serie de novelas. Pero la pornografía en sí misma lo tiene muy difícil.

Usted afirma que “ser progre consiste en tener siempre razón, si la realidad te lleva la contraria, peor para la realidad.” ¿Es un mal exclusivo de la izquierda?
No, es un mal de quienes han alcanzado la hegemonía. Hoy ese mal tiene que ver con el progresismo, que no tiene por qué ser de izquierdas, también hay un progresismo en la derecha; y en otras épocas ha tenido que ver con otros movimientos ideológicos, sociológicos o religiosos. Aquel que tiene la sartén por el mango es el que puede permitirse el lujo de amoldar la realidad a sus premisas ideológicas, y cuando la realidad se resiste, simplemente se niega esa realidad. Hoy esto lo encarna el progresismo, como doctrina o movimiento ideológico hegemónico.

Parece que la izquierda se rindió al orden económico. ¿Se centra ahora su esfuerzo en la esfera social y moral?
La obsesión y único objetivo de la modernidad, sea de izquierdas o derechas, es derruir el orden cristiano. El liberalismo tuvo más éxito que el marxismo porque, frente al dogmatismo del segundo, el liberalismo propugnaba la libertad soberana, es decir, lo que su voluntad le dictase era bueno;  además tuvo el hallazgo genial de excitar la avaricia humana a través de sus derivaciones económicas. Entonces hay un momento en el que la izquierda decide que, si no quiere quedarse en fuera de juego, tiene que aceptar la visión económica del liberalismo y hacer hincapié allí donde el liberalismo había sido más mojigato o menos beligerante contra el orden cristiano: los aspectos morales, sociales… así, la izquierda logró la ecuación perfecta para destruir el orden cristiano. Aprendió mucho de la contracultura de los años sesenta y descubrió que había una serie de anhelos que la derecha liberal no estaba satisfaciendo y que había que adoptar como banderas. Lo más dramático de todo esto es que a los desposeídos, a los desheredados, no hay nadie que los defienda.

Entonces piensa que el verdadero enemigo, tanto del socialismo como del liberalismo, es la religión cristiana.
Sí, sin duda, es el enemigo a batir; y más específicamente la católica, puesto que de alguna manera el protestantismo fue el caldo de cultivo del liberalismo para introducir el libre examen, la capacidad del hombre de juzgar su conducta y ser el dueño exclusivo de su conciencia. El protestantismo introdujo el veneno en el orden cristiano. Más allá de lo que yo piense, es una realidad; hay dos visiones del mundo en conflicto: la visión católica y el orden anticristiano.

¿Qué le ha llevado de sus inicios a este catolicismo militante que practica ahora? ¿Una evolución o una revelación?
No, un proceso natural. Soy una persona formada en una familia católica, provinciana, tradicional, de gente humilde… y eso pasa a ser parte de tu formación cultural, de tu bagaje. A medida que me hice un personaje público descubrí que en el medio literario y cultural, arremeter contra la Iglesia era un salvoconducto para ser admitido en sociedad y eso me causó gran perplejidad. Simplemente por llevar la contraria y transgredir empecé a profundizar en mi Fe de la infancia y adolescencia  Pero me pasó lo que a Chesterton, que esa curiosidad te lleva a profundizar más y más, a descubrir cosas que hasta ese momento te resultaban insospechadas y eso te lleva a repensar las cosas. Donde antes veías algo cansino e inerte empiezas a descubrir algo vivo.

Usted percibe entonces hostilidad hacia el cristianismo.
Sí, yo creo que la hay.

¿Se siente discriminado por ser católico?
Lo esté o no lo esté, uno tiene que hacer ver que no lo está, porque si no la vida sería muy dura. Pero sí, indudablemente. Hoy en día ser católico empieza a ser complicado. A mí, por ejemplo, por la calle me insultan, vendo menos libros…pero en la vida hay que seguir el camino que tienes que seguir, no hay que darle más vueltas.

¿Es peligrosa la búsqueda del placer inmediato y la satisfacción?
Nos convierte en personas compulsivas. La satisfacción inmediata de aquello que buscas es peligrosa porque te conduce al hastío vital.

Como el hombre estético de Kierkegaard.
Sí, hay algo de eso. El estar constantemente colmando tus necesidades te convierte en un ansioso compulsivo y te inunda el hastío vital. Es parecido a lo que ocurre con la tecnología: vivimos en un mundo muy tecnológico. Hace diez o quince años te podía costar mucho conseguir una película o un libro; podías tardar semanas o meses: lo encargabas en la librería, la librería no lo tenía, intentabas que te lo consiguiera algún amigo en el extranjero… ahora, apretando una tecla lo tienes y eso acaba produciéndote la sensación de hartazgo, que es una de las notas distintivas del hombre contemporáneo. Estamos saturados de todo; eso anestesia y abotarga la sensibilidad así como la búsqueda espiritual o el intento de ser mejor.

¿Hay algún elemento de la doctrina católica que usted no comparte?
En cuanto al desarrollo de los dogmas no, ya que yo me considero católico porque creo en su credo, pero en el magisterio de la Iglesia sí que hay muchas cosas con las que no estoy de acuerdo. Por ejemplo, en algunas declaraciones del Concilio Vaticano II. En Nostra aetate se dice que los cristianos y musulmanes adoramos al mismo dios, y yo no estoy de acuerdo. He estudiado la naturaleza del dios cristiano y la del dios musulmán y considero que no, adoramos cosas distintas. Sin embargo, en ese momento de buenrollismo y ecumenismo, la Iglesia dijo esto. El dios cristiano tiene unas características —empezando por su encarnación— que lo hacen algo totalmente distinto al dios musulmán.

Hay movimientos como “Somos iglesia” que se podrían considerar como catolicismo de izquierdas. ¿Tienen sitio en la Iglesia?
Chesterton lo dijo claramente: católicos eran todos aquellos que creían en los puntos del Credo y eran libres para discrepar en todo lo demás. En la Iglesia tiene que haber libertad para defender las más diversas posturas siempre y cuando se fundamenten en una visión puramente católica. Hay gente que se autodenomina católica pero que no cree en la virginidad de María, en la resurrección de Cristo… pero entonces es que no son católicos. Sin embargo, los católicos, como personas que estamos en el mundo, estamos muy contaminados de ideología. La ideología ha hecho muchísimo daño espiritual a la Iglesia. En los 60, 70 y 80 sobre todo, ideologías de tipo marxista. En la actualidad, ideologías de tipo liberal-conservador.

¿No es sano que haya un debate entre la jerarquía eclesiástica y el católico de base?
Según sobre qué sea. La fe católica es como una llave que te abre una puerta. Esa llave debe ser inmutable, porque la cerradura siempre es la misma. La propia Iglesia, en su afán por abrirse al mundo, muchas veces ha pretendido cambiar la llave. Me parece muy bien discutir todo lo discutible, que es todo lo que no forma parte del dogma transmitido desde hace veinte siglos; pero muchas de estas corrientes lo que proponen es una revisión del dogma.

Pero la doctrina de la Iglesia choca mucho con cosas vistas como naturales en la sociedad actual, como las segundas nupcias, la homosexualidad, el sexo prematrimonial…
Sí, pero porque quienes gobiernan, mandan o moldean la sociedad actual y las conciencias, como convivir con el error es muy difícil, tienes que convertir tus propios errores en aciertos, como presentar el divorcio como algo normal, que no pasa nada y es maravilloso. Pues no, el divorcio es una calamidad y es lo peor que le puede ocurrir a una persona, porque desbarata tu vida y la de tus hijos…es un horror. Lo que es un mal no puedes pretender convertirlo en un bien. Otra cosa es que la realidad humana está tocada por el mal, y entonces ésas son realidades que existen, y a las que habrá que buscar una salida.

¿Y si el amor se acaba?
No, el amor no se acaba, pero hay que alimentarlo. Naturalmente las ganas de follar con una mujer se te acaban, porque la tienes requetevista, y supongo que a una mujer con un hombre le pasa lo mismo, pero hay que reinventarlo, aprender a desear de otra manera y apuntalar la relación en muchas cosas. El amor no se acaba, lo matamos nosotros. Lo que se acaba son las expresiones exaltadas del amor. Es cierto que hay veces en las que las relaciones se hacen insostenibles e insoportables y hay que asistir a esa gente de alguna manera. La Iglesia siempre contempló la separación de los cónyuges y la nulidad de los matrimonios. Y la Iglesia debería seguir ahondando en esos temas, porque hay muchas personas divorciadas que quieren seguir perteneciendo a la Iglesia, y ésta debería esmerarse en el tema de la nulidad y la separación.

¿Y la homosexualidad?
La Fe de la Iglesia dice que “hombre y mujer los creó” y la dualidad de sexos es el hecho previo a la premisa para la unión que la Iglesia bendice, que es la unión matrimonial. La Iglesia nunca va a aprobar las uniones homosexuales. Otra cosa es que los homosexuales tienen que ser contemplados y admitidos como una realidad a la que la Iglesia tiene que abrirse, igual que con los divorciados. Son realidades que se tiene que aceptar y encajar, pero no por ello la Iglesia debe decir que la homosexualidad es fenomenal. El problema que veo en las corrientes que mencionábamos antes es que no postulan que los divorciados u homosexuales tengan que tener las puertas de la Iglesia abiertas, sino que dicen que el divorcio o la homosexualidad están fenomenal; cosa que la Iglesia nunca va a hacer.

Las relaciones prematrimoniales, las costumbres sexuales poco comunes… ¿se pueden considerar moralmente reprobables incluso si son consentidas?
La moralidad o inmoralidad de una conducta no tiene que ver con su consentimiento. Para el que cree en la autonomía del juicio personal sí es así, pero la Iglesia considera que hay unas leyes divinas a las que la conducta humana se tiene que someter. Básicamente, la Iglesia mantiene todas estas leyes morales porque son el producto de una sabiduría acumulada a lo largo de 2000 años. La Iglesia no tiene ningún interés en que los chicos se vayan a la cama antes o después de casarse. Si lo hace es porque, a lo largo de tantos años de experiencia humana, de personas que pasan por el confesionario…llega a la conclusión de que eso le hace daño a las personas. Antes hablábamos de cómo estábamos saturados de mensajes y vivimos en el mundo de la disponibilidad plena…la saturación sexual también mata la pasión amorosa; primero la exalta, pero luego la mata. La Iglesia va a seguir diciendo siempre que hay conductas moralmente reprochables y que hacen daño al Hombre, pero va a seguir aceptando y admitiendo que vamos a seguir haciéndolo. Ése es el misterio de la Iglesia: marca una conducta a los hombres pero sabe que somos débiles. Lo que nunca va a hacer es convertir nuestros errores y debilidades en aciertos. Yo, como casi todos los católicos, soy pecador, débil y frágil, y nunca me he tropezado con una incomprensión, ni por parte del cura más severo y exigente. La gente se queda con que sale el típico obispo que dice a los chavales que no se vayan a la cama, y olvida la segunda parte: que el chaval se va a la cama y es aceptado, porque se sabe que forma parte de nuestra debilidad. Pero nuestro mundo es hipócrita y puritano. El puritanismo es una degeneración de la hipocresía que primero se finge virtuoso y, cuando se da cuenta de que la virtud absoluta es imposible, intenta convertir sus vicios en virtudes, de tal manera que se niega absolutamente nuestra debilidad y se convierte en fortaleza. La posición católica es mucho más realista con la realidad humana: se acepta que es débil pero se señala esa debilidad.

Ha citado varias veces a Chesterton. Recuerdo que una vez dijo, tras un sermón bastante malo al que asistió, que “una religión que ha sobrevivido durante 2000 años a ministros tan deplorables, sin duda tiene que ser una religión verdadera.” ¿La COPE ha sobrevivido a locutores deplorables?
La COPE es una obra humana e, igual que tuvo su principio, tendrá su final. El hecho de que esté en manos eclesiásticas no la convierte en eterna. La presencia de la Iglesia en los medios de comunicación —cosa que no tengo muy claro que sea su misión, su misión es estar en el mundo, pero no necesariamente en todos los ámbitos— ha de ser para predicar el Evangelio en un sentido amplio, ofreciendo un periodismo católico.

Porque usted no estaba de acuerdo con la línea que tenía hace un par de años.
No, ni hace dos, ni hace diez, ni ahora. Yo creo en un periodismo católico, y eso significa que a los problemas que la realidad nos propone se les dan soluciones católicas, no ideológicas, progresistas, liberales ni conservadoras. Hay un largo magisterio de veinte siglos por parte de la Iglesia, que ha reflexionado sobre todos los problemas humanos, y eso es lo que tendría que hacer un medio de comunicación católico. Pero eso es algo que, desgraciadamente, hoy no existe.

Por eso lo comentaba. Antes ha mencionado que el liberalismo es uno de los enemigos de catolicismo, y durante algunos años Losantos y César Vidal han sido locutores de la COPE, siendo liberales.
Ninguna ideología debe ser enarbolada en un medio católico, pero menos que cualquier otra el liberalismo, que es la ideología más veces condenada por la Iglesia, a la que más Papas han dedicado encíclicas devastadoras. No tiene sentido. Pero vivimos en un mundo absolutamente enloquecido, como decía Chesterton: “el mundo está lleno de virtudes cristianas que se han vuelto locas” y eso afecta también a la Iglesia.

Fotografía: Gonzalo Merat