Cuando las putas vuelven a la ciudad

Cuando las putas vuelven a la ciudad
DP.

Una ciudad que rinde homenaje a sus putas es una ciudad que pervive en la memoria colectiva: al fin y al cabo, estamos hablando de la profesión más antigua y duradera de la humanidad. Por algo será. Nos adentraremos en la historia del Padre Putas, guardián de la Casa de Mancebía y remero ocasional, del jolgorio estudiantil, del desenfreno báquico y pernicioso, del pícaro buscón y de las alegres meretrices que dieron origen a una de las fiestas populares más peculiares e indecorosas que aún hoy pervive: el Lunes de Aguas, en Salamanca. Tal vez la única efeméride «oficial» que rememora el regreso de las prostitutas a la urbe para el disfrute poblacional. Casi nada.

Putas en sobrado, galápagos en charco y agujas en costal no se pueden disimular.

Puta ventanera no está ociosa por buena

(Refranero popular).

Una garganta desnuda, que precede a un pecho escotado y voluptuoso, se contonea insinuante desde lo alto del balcón al paso de unos desprevenidos estudiantes que, carpeta en mano, deambulan ajenos a cualquier estímulo externo. Discusiones presocráticas, socráticas, platónicas o aristotélicas se ven interrumpidas. Cuando se percatan de la elevada presencia femenina se vuelven todos epicúreos y olvidan sin reparo la reciente lección aprendida en el aula para dejarse hipnotizar por los encantos mundanos de la poderosa Afrodita. Bueno, más que de diosa griega, se podría hablar de deidad andrajosa: las mejillas y los ojos pintarrajeados de mala manera apenas consiguen disimular la falta de benevolencia del creador que no puso en ella especial esmero para obsequiarla con el don de la belleza. Ya se sabe el dicho latino Quod natura non dat, Salmantica non praestat («Lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta»). Y, a ese respecto, la Salamanca medieval podía prestar efímeros placeres terrenales en correteos nocturnos a cambio de unos maravedíes, pero poco más.

porque los maestros que muestren sus saberes, é los escolares que los aprendan, vivan sanos en él, é puedan folgar é rescibir placer en la tarde cuando se levanten cansados del estudio

(Alfonso X el Sabio)

Cuando el rey Alfonso X el Sabio en 1254 dicta las normas para conceder el título de Universidad al Estudio General de Salamanca —fundado en 1218 por su abuelo Alfonso IX de León— establece que el lugar ha de ser «de buen ayre y fermosas salidas». En las estribaciones occidentales de la meseta central, casi lindando con el reino de Portugal, Salamanca se alza con la condecoración, usurpando el ya existente Estudio General de Palencia. Se convierte, por tanto, en la primera universidad peninsular (por aquel entonces España era aún un constructo lejano) y una de las primeras de Europa, tras Bolonia, París y Oxford. Título de «ciudad universitaria» que llevará como una losa a sus espaldas desde entonces. Difícil dilucidar a qué se refería exactamente el monarca con «fermosas salidas» o «rescibir placer en la tarde» y el motivo último por el que eligió Salamanca en detrimento de la capital palentina. ¿Acaso era el rey sabio ya conocedor del dicho popular «En Salamanca la que no es puta es manca» y eso le influyó a la hora de tomar su decisión? Los legajos conservados no dejan claro este punto. El caso es que Salamanca se transformó por completo y unió su historia para siempre a la de su universidad, tanto para los magnánimos acontecimientos trascendentales del ser humano como para erigirse en cuna del saber y la sapiencia universal. Y de la fornicación: donde había estudiantes y juventud abundaban, cómo no, las prostitutas…

Ya en el siglo XVI, uno de los de mayor apogeo de la universidad, de los veinticinco mil habitantes con los que se cree contaba la ciudad, alrededor de ocho mil eran bachilleres. Si lo comparamos con los once mil habitantes de Madrid, uno puede imaginar sin problema el ambiente bullanguero que se respiraba en las calles. Tabernas, tascas y mesones repletos de jóvenes estudiantes y sopistas despreocupados, que no solo se instruían en los saberes del intelecto, sino también en los de Baco. Además, se veían pícaros, buscavidas, buhoneros, feriantes, lavanderas, alcahuetas y celestinas junto a clérigos, nobles y rectores. Y, por supuesto, putiferio, mucho putiferio. Estamos hablando de la Salamanca literaria que inspiró obras de calado como el Licenciado Vidriera de Cervantes, la Celestina de Fernando de Rojas, o el célebre Lazarillo de Tormes. La picaresca en todo su esplendor.

Como en otras muchas ciudades de la época, en Salamanca existían burdeles públicos. Cuentan los cronistas que, junto con Valencia, la Casa de Mancebía charra era uno de los mayores prostíbulos del reino. Por eso de guardar las formas, en lugar de ubicarse en pleno centro se llevó allende el río Tormes, pasando el solemne puente romano, en una zona conocida como el Arrabal (hoy en día aún se llama así ese barrio). No se podía haber elegido mejor ubicación y nombre, desde luego: «Extramuros y alejada, en un extremo del arrabal del puente, exenta de viviendas cuyos vecinos se escandalizasen por la presencia de mujeres públicas o pudieran ser indiscretos testigos de la llegada de clientes», cita el historiador Vicente Martín Hernández en su libro Fragmentos de una historia sociourbanística de la ciudad de Salamanca. 

Sin embargo, una de las características del lupanar salmantino, que lo diferenciaba del resto, era que estaba custodiado por un clérigo: el padre de Mancebía. Nombrado por el Consistorio de la ciudad, en cierto modo también para explotar los pingües beneficios de la carne, el páter tenía como misión primordial rentar la casa a las mujeres, asegurarse de que todas las candidatas gozaran de buena salud y de que no estuvieran casadas o fueran mulatas. Asimismo, entre las funciones del eclesiástico estaba mantener las instalaciones a punto: las estancias debían tener cama de dos colchones, almohadas, manta, silla, candil, botica y estera. Entre las más curiosas, velar por su vestimenta: nada de guantes, sombreros o mantos largos, solo mantillas amarillas cortas. El color amarillo, junto con un cintillo pardo en el borde de la falda, las distinguía del resto de féminas decentes. He ahí el origen mismo de la expresión «irse de picos pardos». En definitiva, en Salamanca la madame del burdel —o «mesón del infierno», según se decía en el Licenciado Vidriera— llevaba sotana y crucifijo, no era una elegante señorita, sino un hombre de Dios al que todo el mundo conocía como Padre Lucas o Padre Putas. Pero aún no hemos hablado de la más importante de sus encomiendas, independientemente de que en algún momento dado el sacerdote quisiera probar en persona el servicio antes de ofrecérselo al cliente…

Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y cantoneros y 

se les aplique tal norma como a las malas mujeres.

 (El Buscón, Quevedo)

Cuenta la leyenda que su majestad Felipe II, que a la sazón sería rey del mayor imperio español, llegó a la docta y culta Salamanca, a mediados del siglo XVI, esperando encontrar una ciudad recia y austera donde desposarse con la princesa María Manuela de Portugal. Nada más lejos de la realidad. En su lugar halló una urbe desenfadada y entregada por completo a los placeres de la carne, a la algazara y al barullo, más que al estudio y al recogimiento. A pesar de la juventud del monarca —apenas dieciséis años—, su recta fe, su profunda religiosidad y su gusto por las buenas costumbres le llevaron a tomar una medida drástica: prohibir la prostitución durante el tiempo de Cuaresma. El Padre Putas pensó que podría tomarse unas vacaciones, pero en realidad le iba a tocar hacer horas extra.

«En días de Fiesta, Cuaresma, cuatro témporas y vigilia, no estén las mujeres ganando en la mancebía, bajo pena de dejarle el costillar hecho trizas»: las Ordenanzas de la Casa de Mancebía, que Felipe II instauró en Castilla para el tiempo de Pascua, no se andaban con chiquitas. Desde el Miércoles de Ceniza hasta el fin de la Semana Santa, las meretrices debían abandonar la ciudad y era obligado el cese de toda actividad en el prostíbulo. Para evitar tentaciones, toda carne fresca, mancebía o fresquera era enviada lejos. No parecía de recibo practicar el milenario arte de la fornicación en los días precedentes a la Pasión y Muerte de Cristo. Como reza el refrán: «antruejo buen santo; Pascua, no tanto».  

El Padre Putas adquirió, pues, una nueva misión divina, nunca mejor dicho: debería acompañar a sus concubinas a las afueras de la ciudad, en concreto al poblado de Tejares, a unos kilómetros de distancia siguiendo el curso oeste del Tormes. Remos a punto, el Padre Putas atravesaba las aguas tormesinas para emprender la excursión del exilio con coimas y alcahuetas a bordo. No hay registros del número de viajes que tuvo que hacer el buen hombre, pero seguro le quedaron fornidos brazos. Empezaba el periodo de abstinencia. Los desolados fornicarios y amancebados bajaban hasta la orilla para despedirlas y augurarles un pronto regreso. Y ese regreso —convertido en eternidad para algunos— se producía el Lunes de Quasimodo o, lo que es lo mismo, el Lunes de Pascua que sigue al Domingo de Albillo, segundo lunes justo al concluir la Semana Santa con el Domingo de Resurrección.

Para celebrar la vuelta de las cantoneras, los enfervorizados mozos vestían sus mejores galas, envueltos en danzas y cánticos, y se dirigían hasta la ribera del río, bota de vino en mano. Sobraban los motivos para el festejo. Manjares y licores hacían más llevadero el último tramo de la espera. En lontananza se adivinaba el hábito del Padre Putas, rema que rema, acompañado de sus fieles damiselas. Lo que es la vida: él, que había hecho los votos para servir a Dios, y al final reducido a un díscolo —quién sabe si también pecaminoso— proxeneta. Algunos aventurados estudiantes, presos de la impaciencia, se embarcaban en esquifes engalanados para recibirlas en las mismas aguas del río. Toda una flota de embarcaciones adornadas con ramas de árboles, ramos y remos —la expresión de ramera aparece por primera vez en la Celestina— se alineaban por el Tormes en señal de calurosa bienvenida. El cachondeo era infinito, la juerga monumental y tremendísima la bacanal. Los duros tiempos de Cuaresma habían concluido. Ya hay constancia de este hecho cuando un noble estudiante florentino de nombre Girolamo da Sommaia recoge en su diario el «di di passar las aguas» el 18 de abril de 1605. 

Esa actividad tan salmantina de recibir rameras a pie de río se convierte en tradición. Con el transcurrir del tiempo, el paso de las aguas se da en llamar Lunes de Aguas. De origen profano o religioso —los historiadores no se ponen de acuerdo en este aspecto— año tras año, durante el Lunes de Pascua, el ínclito Padre Putas de turno devuelve la carne a la mancebía. A partir de ese momento, la fiesta del Lunes de Aguas se recoge en citas y documentación de la historia de la ciudad. Lo mismo aparece en un tratado sobre evolución urbanística salmantina que en coplillas y canciones populares. También en la literatura. Por ejemplo, el poeta y jurista Juan Meléndez Valdés, estudiante de Derecho en Salamanca, escribe en el siglo XVIII una carta a José Cadalso titulada La gran fiesta del Lunes de Aguas: a la gran borrachera.

A la gran borrachera 

de Lunes de las Aguas

primer fiesta de Baco

de nuestra Salamanca

y solemnidad ilustre

que ella tan solo guarda

en todas las aldeas

que el claro Tormes baña

donde salirse suele

a la campestre estancia

con opíparas mesas

de corderos de Pascua

y en espumantes copas

del nieto de las parras

dar a la primavera

mil bacanales salvas

brindome el capricho

tras siesta abochornada

y al punto a puto el postre

eché a correr de casa.

Pelanduscas, prostitutas, hurgamanderas, coimas, damiselas, meretrices, cantoneras, busconas, tusonas, gorronas, zorras, zurronas o rameras. El diccionario castellano es generoso en las denominaciones de la prostitución. De ahí a honrarlas en una fiesta oficial hay un trecho. En Salamanca se sigue haciendo, hasta el punto de que el Lunes de Aguas, junto con la Semana Santa, están considerados como Fiesta de Interés Turístico. Ya nadie sale en barca a recibir al Padre Putas. La efeméride se ha convertido en una excursión campestre donde se degusta un arma de destrucción masiva culinaria llamada hornazo, empanada hecha a base de lomo, chorizo y huevo. La carnaza de ahora sustituye a la carne de otrora. La borrachera no difiere mucho. Se juntan estudiantes y pensionistas, locales y foráneos, niños y abuelos vestidos con el traje charro tradicional. Charangas, charradas, dulzainas, tamboriles, bailes, vino y el susodicho hornazo ponen el resto.

«¡A por el Padre Lucas! ¡A por el Padre Lucas!» gritan hoy los niños y jovenzuelos que corren, desaforados, por las callejuelas que van a dar a la plaza Mayor los días de ferias y fiestas. Saltan, brincan, ríen y se burlan de un gigante cabezudo al que siguen los pasos muy cerca. Este se da la vuelta y con fino palo de madera propina algunos ingenuos golpes a la chiquillería. El Padre Putas sigue presente entre los habitantes a través del Padre Lucas, personaje estrella de los pasacalles de todas las fiestas patronales de la ciudad. Los más ancianos del lugar incluso llaman padrelucas a los cabezudos. Aunque todo el mundo conoce su origen, pocos hay realmente que se atrevan a comentarlo en público. No vaya a ser que alguien se escandalice. La verdad es incorrecta. El Lunes de Aguas queda como testigo inerme y enmascarado de que en la meseta también sabemos pasárnoslo bien.


Bibliografía: El Lunes de Aguas (de fiesta y muy salmantina); José Luis Yuste, Globalia Ediciones Anthema, 2004, Salamanca.


Sheila Blanco: «Richard Wagner es como el Bruce Springsteen de las óperas»

Sheila Blanco

La entrevista llega con tres semanas de retraso. Las tres semanas que los madrileños se pasaron buscando tests de antígenos por las farmacias y guardando cuarentenas. Un día antes de reunirnos en la plaza de Santa Ana, antes de su concierto en el Café Central, Sheila Blanco llama para decir que un contacto estrecho ha dado positivo. Al poco tiempo, ella misma caerá en las garras del coronavirus. Conviene, por tanto, esperar a enero, las aguas ligeramente más calmadas, tarde de primavera postnavideña a la puerta del edificio del grupo PRISA.

Sheila sale de la Cadena SER, una presencia constante en su trayectoria como periodista. Allí tiene una sección sobre música clásica en La Ventana, donde, según sus palabras, «hace lo que le da la gana». Aunque lleva trece años ganándose la vida con la música en directo y las clases de canto, el confinamiento sirvió para descubrirse al mundo como divulgadora en YouTube, gracias a sus BioClassics: biografías de músicos cantadas a ritmo de sus obras más populares. Algunas rozan el millón de visitas. Sin embargo, pensar que Sheila Blanco empieza y acaba en un fenómeno viral es no saber quién es Sheila Blanco. Intentemos descubrirlo.

¿Cuántos conciertos has tenido que cancelar en los últimos dos años?

Pues, por suerte, no muchos. Sí que cancelé algunas fechas en marzo de 2020 y, este último mes, los dos del Puro Gershwin en el Central.

Es curioso que, cuando se habla de «salvar la hostelería», se asocie siempre a la terracita y al bar. Nadie parece muy preocupado por salvar las salas de conciertos.

Se ve que la gente tiene puesta la atención en otras cosas, porque se están cerrando y se han cerrado ya muchísimos sitios. A mí me parece de lo más triste y habría que solucionarlo. Que volvieran a abrir nuevos sitios. Fíjate que cuando pasó esto del covid ,hace un par de años, la gente decía: «Seguro que, cuando pase, va a haber una oleada de sitios que se abran y de gente saliendo…» y, a lo mejor es que no hemos salido todavía, pero esa energía renovada, esa vía nueva con bares nuevos y lugares nuevos para tocar, no la estoy viendo por ningún lado.

Es como el tiro de gracia para una escena que, desde la crisis anterior, parece no acabar de tocar fondo…

Sí, y, sobre todo, insisto, es que no se abren sitios nuevos. A través de amigos míos, sé que sigue habiendo bares como el Búho Real, en Madrid, que aún programan conciertos; también Libertad, Galileo, Clamores… pero no hay renovación. Sigue habiendo actividad, pero lo que ocurre es que la gente no sale tanto a ver conciertos, a oír música en directo. Quizá sí que salen a grandes festivales o a conciertos más grandes, pero creo que el concierto pequeño, el concierto de público limitado, de cincuenta a trescientas personas, se va perdiendo. Cada vez te cuesta más llamar la atención de la gente, que se guarden su día, que sea su plan para esa noche. Y sí, esto viene de antes de la pandemia. Por ejemplo, en 2010, 2011, 2012… en Facebook era muy eficaz hacer un evento e invitar a la gente. La gente se enteraba e iba.

«Asistiré».

¡Sí! La gente se enteraba y se reservaba ese día, pero, ahora, es muy distinto. De entrada, hay muchísima oferta, pero, además, lo que hay es muchísima velocidad. La gente ni se entera de lo que le salta, de lo que ve… Hay una manera de consumir —la música, las fotos, los vídeos…— que es de una velocidad astronómica, es que ya ni te enteras. Personalmente, yo tengo a la gente que sigo de siempre y me entero de lo que hacen, pero el resto es muy difícil, hay que hacer un seguimiento muy activo.

Como espectadora, ¿qué sitios te gustan para ir a un concierto?

Pues, mira, como espectadora, me encantan los conciertos pequeños, sentada, con esos silencios sepulcrales, poder degustar la música, sea de un músico con su instrumento o de una banda acústica… Me encanta ese tipo de concierto… pero me encantan también los conciertos grandes, de bailar, todo depende del músico. O, incluso, conciertos grandes pero sentada en un teatro. El asunto es disfrutar de la música: si es bailable, estupendo, soy la primera que bailo, y si es música calmada, estupendo también. Por ejemplo, tengo entradas para Triángulo de Amor Bizarro este jueves y también tengo entradas para Rodrigo Cuevas. El mes pasado, estuve viendo en el Festival de Jazz de Madrid a Verónica Ferreiro y a Javier Sánchez. Al final, lo que me importa es disfrutar. La única condición que pongo es que no me toque al lado gente que esté de charla [risas].

Bueno, eso era un problema hace unos años, que la gente hacía del concierto un acto social más que cultural, no sé cómo está la cosa ahora.

Yo he tenido conciertos en La Riviera en los que la gente iba solamente a tomarse una copa y contarles a sus colegas qué tal le había ido el fin de semana. ¿De verdad pagas cuarenta, cincuenta o sesenta euros para eso? Parece que ahora pasa menos, quizá sea por el tipo de conciertos al que voy. 

Sheila Blanco

Decías que es complicado seguir lo que se está haciendo, ¿qué músicos nuevos has descubierto recientemente?

Pues, mira, para mí, Rodrigo Cuevas fue toda una revelación, porque yo soy salmantina y con el folclore de mi tierra he tenido siempre una relación muy estrecha casi sin quererlo. En España, a veces por desconocimiento, el folclore está muy asociado al sur, con el flamenco, cuando cada quince kilómetros hay un ritmo nuevo. Me interesa mucho lo que ha hecho Rodrigo con Refree, que me gusta de tiempos inmemoriales, de cuando compraba la Rockdelux y siempre había un inédito suyo en los discos que sacaban. Lo de que se hayan juntado y hayan sacado Manual de cortejo me dice muchísimo, tengo muchas ganas de verlos en directo. Ayer, por ejemplo, estuve escuchando todo lo que ha sacado Rigoberta Bandini, que es muy original. También he estado últimamente en conciertos de María Arnal y Marcel Bagés y de un trío gallego que se llama Tanxugueiras, unas chicas folk que están ahora en el camino a Eurovisión. Es curioso, porque están en la preselección y hay un montón de grupos indie, con un público muy fiel y con una apuesta por lo español, por lo folclore. Collado me gusta también, con la cantante Ángela Fourquet, que es amiga mía; los vi hace poco en Galileo… Aparte, tengo muchos amigos melómanos que me van guiando: «Oye, ¿has escuchado esto?». Hay una cantidad tremenda de gente haciendo cosas interesantes… pero hay que escucharlos de verdad y no ese consumo de cincuenta segundos, single y videoclip. Creo que me estoy haciendo vieja [risas].

A propósito de lo que comentas de la unión de lo indie y el folclore, el último disco de Vetusta Morla también va por ahí.

Sí, y no solo ellos. La semana pasada sacó nueva canción Amaia Romero y es un tema muy folclórico, dedicado a una plaza de Navarra.

Le pega mucho eso a Amaia…

Sí, es muy de raíces, es verdad, pero fíjate que este tema es mucho más folk que pop… y me encanta que esté pasando eso, que, de repente, haya una reivindicación de lo de aquí, de nuestra tierra, de la música de nuestros abuelos, de los instrumentos que se utilizaban. 

¿Qué significan para ti las palabras «Café Central»?

Pues, imagínate, para mí ya era un sitio muy especial cuando llegué a Madrid. Era el Blue Note madrileño. Yo, por entonces, no cantaba jazz, pero sí me gustaba mucho la música negra. Veía el jazz como esa música que estaba ahí y que era de alguna manera inalcanzable, así que fui a muchos conciertos y era increíble ver a los músicos tan cerca, verlos disfrutar, verles las caras, las manos… y, años después, cuando empecé a cantar en una banda de jazz y me dijeron: «Vamos a tocar en el Café Central», fue como cerrar un círculo. Hace nueve años de esa primera vez. Es un sitio donde me han pasado cosas musicalmente que me han abierto la cabeza. Ahí he escuchado por primera vez standards que luego he cantado varias veces. Es un sitio muy importante.

En el jazz hay mucho purista, gente que dice «si se canta, no es jazz». ¿Has tenido algún problema con eso?

No, fíjate, con eso, no. Yo huyo bastante del mundo clasificación. Además, es que, claro, la gente que se pone más taxativa y más purista no me interesa demasiado. Es que el jazz es producto de la mezcla, así que decir «si se canta, no es jazz» o «si hay batería, no es jazz» va un poco contra natura, contra el propio concepto. No tiene sentido. Nació así. Lo que sí que me ha pasado es que, como yo he cantado cosas muy diferentes, y la versatilidad me gusta mucho y me representa mucho, ha venido gente a decirme: «Es que, si cantas jazz, ya no puedes cantar otra cosa, porque, entonces, nunca vas a especializarte y nunca lo vas a hacer suficientemente bien». Pero yo no estoy de acuerdo con eso tampoco. Parece que la música tiende a la especialización, que no puedes volver loca a la gente que te sigue. No sé, yo prefiero la versatilidad, aunque a veces haya extremos ejemplos. Me estoy acordando ahora de lo que pasó con Dover.

¿Cuando se pasaron a la electrónica?

Sí… o lo que hizo Bunbury, al pasar de Héroes a Radical Sonora, que sigue siendo uno de mis discos favoritos. A mí es que esa evolución, ese proceso, me interesa mucho como amante de la música, me hace preguntarme qué habrá pasado en la vida de esa persona. Ahora, si tiene que ver con una estrategia de marketing, ya me interesa menos… 

A veces puede pasar que, si algo funciona tan bien como funcionaba Héroes del Silencio, sea especialmente complicado cambiar de estilo. A lo mejor, Bunbury ya había dejado de hacer música al estilo de Héroes desde hacía muchos años, pero no encontraba la manera de salir de ahí…

Claro, es que ese es un melón muy interesante: lo que los artistas bajo un sello discográfico se ven obligados a hacer o no, por qué cada vez —y en eso Vetusta es un ejemplo desde el principio— hay más artistas que prescinden de las discográficas. Como decía ayer Víctor Manuel en el «Imprescindibles»: los que están a gusto consigo mismos no se traicionan. Está claro que hay momentos complicados y que, cuando tienes una banda, es difícil que todo el mundo esté de acuerdo y siempre hay contratos firmados…

Aparte, el atractivo de seguir haciendo aquello que sabes que le va a gustar a mucha gente. Es difícil dejar de hacer algo que te hace ganar mucho dinero y que te garantiza un público. ¿Cómo dejas de hacerlo?

Sí, totalmente, tiene que ser muy difícil, pero ahí entran muchas cosas en juego… y hay que ser valiente. Supongo que el camino está lleno de fracasos y más dentro de una trayectoria artística. Por eso es importante hacer lo que tú quieras, porque si te la pegas, al menos te la pegas haciendo lo que tú quieres. Mucho peor pegártela haciendo lo que no quieres, desde luego. 

Antes hablábamos de Amaia y, en ese sentido, lo que ha hecho es brutal: ha ganado Operación Triunfo y no ha renunciado ni un centímetro a hacer lo que ella quiere en todo momento.

Y, además, es talentosísima. Es superadmirable que alguien tan joven haga eso. De hecho, me vi el documental de Una vuelta al sol porque la historia es fascinante: una chica que tiene miles de fans y que no sabe lo que quiere, pero sabe perfectamente lo que no quiere. A mí, ese tipo de persona me interesa mucho, porque me siento muy identificada, me parece más humano: gente que tiene ese tipo de conflictos, que tiene el conflicto de por dónde llevar su carrera musical, sobre qué escribir… ella tenía algo que decir y lo que tenía que decir no coincidía con lo que las discográficas querían que dijera y está muy bien que mantenga su independencia. No puedes hacer una música que no te va a gustar cuando salgas al escenario a cantar, por muchos millones de followers que te dé. Esa es la gran, gran decisión de un artista.

Desde fuera, da la sensación de que tú odias que te etiqueten, que siempre buscas esa versatilidad… ¿cómo llevaste el exitazo con los BioClassics en YouTube y que la gente te asociara inmediatamente a eso de forma masiva? 

Pues, primero, fue una sorpresa total. Yo ni lo buscaba ni nada por el estilo. Lo recuerdo como algo divertido, porque no sabía muy bien cómo funcionaba eso de ser viral y que de repente todo el mundo quiera entrevistarte o quiera que estés en su programa… Había una cosa que me consolaba muchísimo y era que esto me había pasado haciendo algo que a mí me gustaba. Si te vuelves viral con una canción que sabes que no te gusta nada, o sientes que la gente te ha reconocido por una parte de ti que no te representa… eso es terrible. Con el tiempo, he entendido que funcionara tan bien, porque comprende muchas cosas que ahora funcionan muy bien: es una cosa muy comprimida, divertida, con cierta destreza, las músicas las conoce todo el mundo… y luego tiene esa parte didáctica, muy transversal en las edades. De hecho, hay una cantidad brutal de niños y de profesores que me han escrito y que han empezado a conocer la música clásica por eso. Es con lo que me quedo. Bueno, de hecho, quiero seguir sacando más, hay un montón de compositores que quedan por sacar. 

Aunque no sean tan conocidos.

Claro. La verdad es que fue todo un poco locura, porque funciona a una velocidad…

El de Mozart tiene más de novecientas mil visualizaciones.

Sí, sí… A mí me sigue escribiendo gente con eso. El otro día vi una entrevista de Ángel Martín en la que hablaba del informativo ese que hace de un minuto y medio y decía: «Yo me di cuenta de que, en la tele, lo que cuenta es la estética, que haya mucho entretenimiento, sin importar si es de calidad… pero, en internet, el contenido que triunfa es el de calidad, más allá de la estética». Supongo que es lo que gustó de los BioClassics, que el contenido decía algo, aunque los grabara en mi casa con el móvil, sin editar ni tocar la afinación ni nada. No había nada más.

¿Cuál es la elección de obras? A ver, con Ravel es muy obvio, pero con músicos tan prolíficos como Mozart, Betthoven o Bach…

Pues es lo que más tardo en elegir. El criterio es que sea una obra conocida, que tenga melodía como para meter en las notas las sílabas y que tenga una cadencia que me permita cortar al minuto y pico, porque yo no edito la obra: empiezo donde empieza y acabo en esa cadencia. Aparte, también, la tonalidad, porque yo no subo ni bajo el tono de la obra original. Por eso, pudimos hacerlo en directo con la Orquesta de la RTVE, porque las obras están exactamente en la tonalidad original.

El proyecto partía de la base de que Bach es Dios…

Sí. Es que, para mí, lo es. Yo estudié piano en el conservatorio y es curioso, porque cada año hay que hacer un programa para aprobar el curso… y el programa siempre son cinco estudios: una pieza de técnica, una sonata, una romántica, una moderna y una de Bach. Bach es el compositor obligatorio para aprobar piano, porque es muy didáctico —al fin y al cabo, componía en parte para sus alumnos y para sus hijos— y porque en Bach está todo. Todo lo que encuentras después en la música es Bach: hay variaciones de ritmo, por supuesto de estética, por supuesto de forma, pero todo está armónica y rítmicamente, si te pones con un bisturí a analizar, en Bach. Tiene unas melodías inspiradísimas. Para mí, es una gozada tocarlo: tiene cosas muy fáciles y otras, muy difíciles. Es un músico, además, muy místico: yo he sentido cosas al tocarlo que no he sentido con otros músicos.

Así que tenías que empezar la serie con él, claro.

Sí, yo tenía claro que el título tenía que ser «Bach es Dios» [risas].

Es curioso porque siempre se ha diferenciado entre «música clásica» y «música pop» o rock o como quieras… y lo que tú demuestras ahí es que no es tan distinto. En el fondo, al coger un extracto de una gran obra, es casi como si cantaras una canción, con su melodía y todo.

Sí, y, además, fíjate, algunas obras las cantaba tan rápido que la gente me decía: «Es que estás rapeando, esto es trap». Me hacía mucha gracia. Si metes una voz humana cantando sobre una melodía como «La Badinerie» de Bach, que es una obra que, aunque no la hayas escuchado, es un hit, en seguida se te mete en la cabeza.

¿«La Badinerie» no era la sintonía del programa ese de los ochenta de música clásica para niños?

¡Sí, de Musiquísimos! Es que esa melodía se te quedaba incrustada… y recuerdo que, muchos años después, averigüé que ese era el último movimiento de una suite de Bach, de la Suite Francesa Número Dos, y la tengo interiorizada. Por eso, cuando pensé en contar la vida de Bach, tenía que ser esa obra, porque es que es… ¡es un hit! La escuchas una vez y quieres escucharla otra. Es totalmente memorable.

Sheila Blanco

Justo esta locura viral te pilla en medio de otros dos proyectos: el Puro Gershwin y Las Poetas de la Generación del 27. ¿Cómo surge cada uno de ellos, que, desde luego, no tienen nada que ver con «la divulgación de la música clásica»?

Pues, mira, el de Gershwin surge porque, desde que en 2009 dejé el periodismo para dedicarme a la música, decidí meterme en el jazz. Me atraía mucho, más que la música clásica. Tuve la suerte de cantar en una banda de jazz porque me enteré de que Larry Martin buscaba cantante para su banda. Llevaba un montón de tiempo buscando, de hecho, y yo me la jugué, le escribí, le llamé, quedamos, me dio unos discos con las canciones que tocaban… y me metí totalmente en el jazz. Y, a partir de ahí, el jazz ha estado siempre conmigo. Estuve con Larry desde finales de 2009 y, cuando murió, nos transformamos en Speak Jazzy y, tocando con unos y con otros, conocí a Federico Lechner

El pianista argentino…

Sí, y en 2016 o 2017, me llamó para proponerme dar un concierto de homenaje a Gershwin, con el guitarrista Chema Saiz. Fue un solo concierto, pero nos lo pasamos muy bien. Además, fue un combo bastante curioso porque no teníamos batería ni contrabajo y yo les propuse grabar un disco para poder tocar más y moverlo por las salas… y así fue como conseguí tener un proyecto fijo de jazz en mi vida, que me apetecía mucho.

¿Y lo de las poetas del 27?

Pues es una manera de retomar mi proyecto personal. Empezó todo sin pensar en el disco ni nada, movida por una ilusión brutal (y un enfado brutal, también) al descubrir que había una generación femenina del 27 de la que no se hablaba en ningún lado, que no aparece en los estudios de secundaria, que sigue ahí en el limbo… Yo quería aportar algo para poder divulgarlas, supongo que inspirada por proyectos como el de Paco Ibáñez o lo que hizo Serrat con Miguel Hernández… Musicalizar poesía, que es algo que siempre me ha gustado.

Y que es, como mínimo, complejo.

Sí, claro, es complejo desde el momento en el que tú no escribes el poema y además lo tienes que pasar del papel a la música y tiene que haber una coherencia conceptual y expresiva. Ese era mi gran objetivo: que la música contara lo mismo que contaba el poema, y que, al convertirlo en canción, llegara mucho más. Yo ya había sacado en 2012 un disco propio que se llamaba Sheila Down y es verdad que había dejado un poco apartada esa parte personal mía de compositora, de tocar el piano y cantar… no fue algo planeado, pero cuando descubro las poetas, me emociono muchísimo, me apetece cantarlas y me vuelvo a sentar al piano a componer, desmarcándome del jazz, porque yo me siento mucho más cómoda en el pop y en el folk. A mí, en realidad, siempre me han gustado las letras, ¿no te ha pasado nunca que al traducir una canción del inglés al español dices «buf, esta letra no dice nada»? Te quedas con el ritmo y la música y está bien, pero a mí me gustan las canciones que me digan algo. Eso no significa que las letras tengan que ser profundas y sesudas, no va por ahí…

Puede haber algo en la belleza de la letra que vaya más allá del mensaje…

Sí, pero yo me refiero a la idea. Por ejemplo, a mí me gusta mucho Astrud, me río mucho. Y tienen letras que son muy ocurrentes y te lo pasas genial. No necesitas que sea todo «Asturias», de Víctor Manuel. No necesitas que todo sea «Alfonsina y el mar»… pero, para mí, tiene que tener algo, que la palabra «inspiración» esté ahí, porque escuchas canciones que dices: «Esto no está inspirado, está diciendo lo primero que se le ha ocurrido». Puede que la música sea muy buena. Y que rime. Pero…

Volviendo a lo que decías antes de las poetas del 27 y del papel de la mujer en la literatura en general. ¿No te parece increíble que durante décadas nos dijeran que las únicas escritoras españolas en siglos habían sido Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro… y que no nos extrañara?

Para mí, ese es el gran cambio. Estamos despertando. Porque todas estaban ahí, en todas las disciplinas. Yo lo pienso como una especie de genocidio intelectual femenino. Cuando tenía catorce años y me explicaron la generación del 27, yo no me pregunté por qué no había mujeres… y creo que ahora (quiero pensar, al menos), las chicas sí se preguntan: «¿Y no había mujeres? ¿Cómo que no había mujeres?». Es un gran cambio que se está produciendo en los últimos años. Una de las cosas que debería hacer el sistema educativo es explicar, desde el principio de los tiempos, por qué no hay nombres propios de mujeres; porque estar, estaban. Darle contexto a esa desaparición, sin juzgar con ojos del presente hechos del pasado, porque eso es muy peligroso. Creo que hay que ponerse en esa situación y explicar a los chavales de hoy por qué eso fue así.

¿Eso lo has hecho? ¿Te has ido a institutos o a colegios a explicar tu proyecto?

Sí. Y, fíjate, no era algo que, en principio, tuviera pensado, pero es que me empezaron a llamar de sitios para combinar, por ejemplo, un concierto para adultos y un concierto para alumnos de secundaria. Han sido experiencias muy especiales, aunque, bueno, es verdad que la gente joven cuando tiene catorce o quince años está a otra cosa. Yo, por ejemplo, noto que tengo mucha más conexión con las chicas. Los chicos es como que todavía ven el concepto de feminismo con desconfianza. Todavía te toca escuchar cosas como «yo no soy feminista ni machista». Quiero pensar que eso ya pasará, pero todavía estamos ahí. Y eso no empieza con un concierto, empieza con sus padres y, luego, en clase con los profesores. Lo del concierto tiene que ser un complemento, algo que les haga disfrutar de la literatura femenina… pero el trabajo empieza mucho antes.

Hemos hablado de jazz, de folk, de indie, de música clásica, pero curiosamente yo te conocí cantando «Here Comes the Sun» en una oficina del INEM, dentro del programa de Javier Gallego (Carne Cruda).

Es que eso fue una pasada. Fue tremendo. Tengo la suerte de ser amiga de Javier Gallego desde hace muchos años y, por entonces, también estaba Ana Alonso en el programa. Me dijeron: «Vamos a hacer esto para llevar el sol a la gente que está en la oficina del paro». A ver, los Beatles son uno de los grupos favoritos de mi vida y además esta canción está en mi disco favorito, Abbey Road… Pasamos muchos nervios porque Javier se hizo un trabajazo con todo el equipo, se recorrieron mogollón de oficinas del paro por todo Madrid para encontrar una espaciosa, que tuviera luz… buscando que pudiera salir bien la grabación.

También pasamos mucho tiempo ensayando con los chicos de la Solfónica, encontrando el arreglo… y estábamos pensando: «Va a venir un segurata y nos va a decir que largo de aquí». Estábamos temblando. Yo pensaba que no tocaríamos el tema entero, fue muy emocionante ver la reacción de la gente, ver que les llegaba… ¡No sé ni cómo pude terminar con lo llorona que soy! Justo lo hicimos en Navidad, principios de enero de 2012, y era un momento en el que estábamos todos muy blanditos, porque la situación en España estaba muy mal. Había una sensación de decaimiento, personificada en esas colas del paro, con la gente cariacontecida.

Decías que los Beatles son uno de tus grupos de tu vida… ¿Qué otros grupos escuchabas cuando crecías en Salamanca?

Pues mi infancia tiene mucho que ver con lo que soy ahora, con esa versatilidad y ese no etiquetar. En mi casa, ha habido siempre mucha música. Además, mi madre canta muy bien y nos cantaba muchas canciones de su infancia, de los dibujos de su momento… Por otro lado, mi padre siempre fue muy melómano y en mi casa había plato, había vinilos y tenía una discoteca tremenda: Gardel, Elvis, Beatles, José Feliciano, Los Caramantúas, María Dolores Pradera, Mocedades… nada que ver un disco con el otro. Y, luego, yo iba al conservatorio, así que estaba a la vez tocando Bach, descubriendo Nirvana en el instituto, escuchando Jane’s Addiction, poniéndome en casa a los Beatles y oyendo cómo mi madre cantaba copla… [risas]. ¡Ah, y, aparte, la radio! Me acuerdo de que, a los doce-trece años, escuchaba Los 40 y, a los catorce, me pasé a Radio 3.

O sea que tragaste Subterfuge para aburrir…

¡Sí! [risas]. Es verdad. Mi email era sheilalux, porque compraba cada mes con mi padre la Rockdelux, y me leía todas las críticas de Víctor Lenore, Kiko Amat, todos estos… Y, luego, apareció en mi vida Radiohead. Porque los Beatles eran «heredados», pero tener la suerte de descubrir un grupo que te apasiona y que tu vida vaya paralela a su carrera es otra historia. Es el grupo al que más veces he visto en directo. En 2002, llegué a verlos tres veces: un sábado en Benicassim y un lunes y un miércoles en Salamanca, porque Salamanca era la Capital Europea de la Cultura y trajeron a Lou Reed, a Pattie Smith, a P. J. Harvey, a Caetano Veloso, a Franco Battiato, a Woody Allen, que vino con la Big Band a tocar el clarinete… por entonces, además, yo ya trabajaba de becaria en la SER y tenía pase de prensa. 

Sheila Blanco

Hablando de Nirvana, es curioso porque, en los diarios de Kurt Cobain, siempre que se pone a hacer listas de sus discos favoritos mete a los Beatles, pero no a los Beatles más experimentales sino directamente a los del primer disco de Capitol.

Pero es que tiene mucho sentido, porque yo siempre he dicho que Kurt Cobain tenía el don de las melodías y en realidad él lo que hace cuando surge el grunge son melodías muy fáciles, tanto de tocar como de cantar, muy pegajosas. Se parecen más a las de los primeros discos de los Beatles que a las de los últimos. De todos modos, tampoco te creas que soy muy consciente de esa división en la música de los Beatles, rollo «disco azul» y «disco rojo», no sé muy bien qué canciones tiene cada uno. En casa, teníamos los originales, y sé que esos discos luego se hicieron muy famosos en los noventa, pero no me interesaba mucho esa distinción.

¿Han cambiado mucho tus gustos desde entonces, has conseguido quitarte de encima ese punto pegajoso de la adolescencia?

Ha cambiado mi manera de consumir. A mí me gusta ahora sentarme a escuchar la música tranquilamente, por ejemplo. Me paro a pensar. Es verdad que al principio me puedo ir a alguna plataforma, pero, si me gusta, me acabo comprando el disco, y me interesa ir más allá: ver las fotos, ver las letras, la gente que toca, quién está detrás… Me interesa todo el trabajo artístico de un concepto. Los vídeos, también. Me siento y lo veo y me espero a los créditos porque es algo que me interesa. En ese sentido, sí ha cambiado: quizá antes era todo más rápido, más frenético. También tenía más tiempo. En mi época estudiantil, con mis amigos en la cafetería, en la universidad, hablábamos de música, de cine, de libros… Ahora, me autogestiono de una manera que no tiene nada que ver con el ritmo que nos imponen porque ya no va conmigo. Quizá años atrás sí que intentaba ir a esa velocidad, pero es que no lo disfruto nada, me da hasta ansiedad, me da la sensación de que no te enteras al final de las canciones, de lo que cuentan…

¿Nos ha llegado ese momento, como generación, en el que, cuando oímos lo que están escuchando los más jóvenes, pensamos, muy dignos, «esto no es música»?

No sé. ¿A ti te pasa? Por ejemplo, ¿El Madrileño es música? ¿C. Tangana es música? Mira, yo me he sentado a escuchar ese disco, igual que me senté a escuchar el de Rosalía (que me gustó, pero es verdad que dejé de reescucharlo muy pronto) y, a ver, de entrada, me sentía muy bombardeada, porque yo pasaba por Preciados y veía el óleo ese, que, ojo, me encantaba, pero… no sé. No quiero caer en eso de que «esto no es música» o «es mejor la música de antes» porque, además, no lo pienso. Sigo a bandas desde hace muchos años y no me parece que lo que hacen ahora sea peor que lo que hacían antes. Otro músico que me encanta, por ejemplo, es Marc Parrot y estoy esperando a que saque disco como loca. Si nos vamos al mainstream, es que ahí debemos tener en cuenta factores como «¿qué es lo que a la gente le están metiendo todo el rato en las radiofórmulas, en la calle… qué es con lo que la gente está siendo bombardeada?». A lo mejor, si les bombardearan con otro tipo de música… Están muy manipulados hacia qué es lo que tienen que consumir. ¿No te parece?

Supongo que, de alguna manera, todo se reduce a un ritmo que te resulta agradable. A nosotros, nos resultaba agradable determinado ritmo pop, que también nos metían en las radiofórmulas, en su mayoría, y a ellos les resulta agradable otro ritmo…

No sé, fíjate, yo les pregunté el otro día a unos primos de mi pareja, que tienen diecisiete, dieciocho años, si les gustaba el reguetón y la respuesta me hizo pensar: «Para salir, sí». Mucha gente escucha reguetón como música lúdica, de bailoteo. Es verdad que el ritmo no puede ser más bailón. Es tribal, te lleva de un pie al otro. Que sean todo el rato los mismos acordes o que las canciones sean parecidas es un poco lo de menos, porque es lo que ellos asocian con salir, estar con los amigos, bailar, pasárselo bien… Ahora, hablando en términos artísticos y en términos monetarios, si tú tienes un montón de gente que escucha una música que es sencilla de hacer y que no requiere de una inspiración exagerada, que te permite hacer una canción al día o dos o diez, ¿no te queda un concepto muy de fábrica?

Puede ser. Supongo que la música siempre tiene esa parte lúdica, que te recuerda buenos momentos. Te lo puedes pasar muy bien perreando y que determinada música te recuerde a ese perreo… 

Claro, sí… Lo que pasa es que a mí me gusta mucho bailar, pero yo, para bailar, necesito algo más: determinados arreglos, armonías, que la letra se pueda cantar… A lo mejor es una cuestión de criterio y a lo mejor es una cuestión solo de edad. Que lo que bailo tenga una dinámica. Cuando yo tenía veinte años no había reguetón, igual lo habría bailado entonces, no sé. Tengo la sensación de que había más variedad. Por ejemplo, en la lista de Los 40 podías encontrar a Bon Jovi, a Marc Parrot, a Danza Invisible… Sonaba de todo.

Sonaba incluso Lou Reed, y no solo el «Walk on the Wild Side» en bucle.

Claro, había mucha variedad de estilo, de tipos de cantantes, de géneros… Es que, para mí, eso es fundamental. Forma parte de mí totalmente: como persona, como artista… me nutro de cosas muy diferentes, las mezclo y de esa mezcla surgen conceptos como, por ejemplo, los BioClassics, que no deja de ser algo nuevo con una cosa de hace doscientos años.

Tal vez esa búsqueda de la mezcla sea una reacción a tu formación en el conservatorio, que es un lugar muy estricto.

Puede ser. Mis padres nos apuntaron a mis dos hermanas mayores y a mí, porque a ellos les habría encantado estudiar música, y les gustaba mucho el piano… Es verdad que cuando yo tenía quince o dieciséis años quizá me habría gustado estudiar más música popular, saber tocar otro tipo de música, pero en Salamanca en aquella época no había academias de música popular. Ahora sí, por suerte. El caso es que, si querías estudiar música, tenías que pasar por el conservatorio y el conservatorio, como la misma palabra dice, no te da mucha alternativa. Cuando ven a alguien que le gusta tocar pop, folk o tango… le dicen: «Este no es tu sitio, lárgate». Es así de taxativo y de poco musical. 

¿Cómo hacías para compaginar la música con los estudios obligatorios y con algo parecido a una vida social?

Pues lo pasé mal, sobre todo, en el instituto. En la universidad, no sé, como ya te podías organizar más tú con las clases era distinto. Pero en el instituto, tenías tus seis horas de clases y luego toda la tarde en el conservatorio. Siempre me sentí un poco… No me quedaba a jugar con mis amigos ni quedaba entre semana. Formaba parte un poco de lo que era yo, la gente ya no me llamaba para salir porque sabían que estaba estudiando o estaba en el conservatorio, pero yo echo mucho de menos todo eso: echo de menos mi estatus de estudiante. Me encantaría seguir estudiando. Levantarme y estudiar. Lo echo muchísimo de menos. A veces, pienso que no valoré lo feliz que era como estudiante. Era feliz y no lo sabía. Levantarte por la mañana e ir a la universidad, estudiar, estar con tus amigos, la cafetería… Luego, por la tarde, tocar en el conservatorio. Estoy pensando en qué apuntarme para seguir aprendiendo, para mí, la vida del estudiante es la mejor. Una vida muy placentera.

Sheila Blanco

¿Cómo era aquella Salamanca de principios de los 2000?

Pues muy distinta a la de ahora, pero distinta para mí, porque, aparte de que los bares hayan cambiado, yo salía por Salamanca y estaban mis amigos, pero ahora ya se han ido, así que cuando salgo, no hay nadie. Yo recuerdo una noche con muchísima variedad de música. Te hablo de 2002, 2003, 2004… Había un circuito de música en vivo, de gente que pinchaba una música buenísima, en el Potemkin, en El Lado Oscuro, que ya no existe, creo que ahora es un doner kebab. Había festivales de poesía y música… No sé, creo que viví uno de los mejores momentos de Salamanca, tanto cultural como de movida musical como de ambiente nocturno. Lo que pasa es que luego nos fuimos todos y, ya, sin la misma gente, la ciudad es otra. 

Supongo que, hasta cierto punto, y por la importancia de la universidad, Salamanca siempre ha sido un poco «ciudad de paso».

Es que hay gente que ha estado ahí estudiando durante los años que te digo y ya no quiere volver porque les pone triste volver al lugar donde han sido felices. Vuelves a la misma ciudad, pero ya no es el mismo escenario. Ha cambiado todo. Yo tengo esa relación con Salamanca, porque yo soy de ahí, pero viví todos esos años gloriosos con amigos que eran casi todos de fuera: gallegos, asturianos, gente de Barcelona, de Cáceres, de Plasencia, de Madrid, incluso… Era un caldo de cultivo maravilloso. Fueron unos años que volvería a repetir sin lugar a dudas. 

¿Cómo te dio por estudiar Comunicación Audiovisual? ¿Qué es lo que buscabas?

A mí me gustaba mucho contar cosas y ser testigo, estar ahí… Siempre me ha gustado mucho la comunicación directa de la radio, aunque la televisión luego me llamó en determinado momento. Siempre tuve claro que no quería estar en prensa escrita, le tengo mucho respeto y me parece la más difícil de hacer. Quería algo que tuviera que ver con relacionarse con la gente y ser testigo de cosas para poder contarlas luego, transmitir esas emociones que te llegan, que te impactan. Fíjate que yo pedí comunicación en la privada, pero en la pública pedí Derecho. 

Eso me lo tienes que explicar más detenidamente, ¿cuál es el nexo?

¡Ninguno, no hay ninguno! [risas]. ¿Sabes qué pasa? Que yo soy de letras hasta la médula y me parecía que la carrera de Derecho tenía muchas alternativas, había muchas ramas diferentes… y, además, siempre he tenido mucha memoria y se supone que, si tienes memoria, es tu carrera ideal. También me gustaba la medicina, pero las ciencias y yo nunca nos llevamos bien.

Mucha gente se mete a Comunicación Audiovisual porque quieren ser directores de cine y luego se llevan una decepción enorme.

De hacer algo de cine, a mí me gustaría estar en uno de esos debates con Garci y hablar de las películas, de las tramas, de los personajes… Soy muy cinéfila, pero yo iba claramente por la radio. En mi casa, siempre se escuchó la radio. Te levantabas, y hasta la hora de comer, estaba la radio puesta siempre. Mi padre se acostaba con la radio, también. Me parece el medio más mágico, el que informa de manera más directa, el que mejor te cuenta las cosas, no sé. Me gustaba mucho y supongo que lo tuve claro: de dedicarme a algo que no fuera la música, pues sería eso. La música estaba ahí, pero mis padres siempre decían eso de: «Bueno, estudia algo y luego ya dedícate a la música si te apetece»… aunque ahora mi padre me dice mucho que podría haber estudiado directamente una carrera como musicología o magisterio musical. Lo que pasa es que es un poco lo mismo que ya estaba estudiando en el conservatorio. Hasta hace poco, he impartido clases de canto y me gusta, pero no quería dedicarme a ello.

Empezaste con prácticas en la universidad y luego te viniste a Madrid…

Mi universidad tenía muy buenos convenios de prácticas, era una ventaja de la privada respecto a la pública. En cuarto de carrera, podías ir a la SER, a la COPE, a Onda Cero… y yo me fui a la SER. Me acuerdo de que hice una prueba con los redactores del Hoy por ho», que te hacían una pequeña entrevista y luego te hacían locutar. Esto era el verano de 2004 y ya establecí contactos, me llamaron para prolongar un mes más las prácticas, al año siguiente me volvieron a llamar para seguir y ya me quedé aquí. Al principio, estaba en Gran Vía, 22, en W Radio, una de las emisoras de la Cadena SER para América Latina. De 2005 a 2009, estuve trabajando en radio, y después me pasé a la tele, a La Sexta, a un programa que duró muy poquito, que presentó Manel Fuentes y se llamaba Malas compañías. Lo producía la gente de Cuatrocabezas, los del Caiga quien caiga, pero duró solo dos meses.

Y ahí es cuando decides dejar el periodismo y dedicarte solamente a la música.

Es que el periodismo es tan absorbente como la música. Yo llegaba a casa y no tenía ni ganas ni tiempo de sentarme a tocar, a componer… Era muy difícil tener un contrato con un medio y organizar conciertos fuera, por ejemplo. No podía compaginar las dos cosas, así que en 2009 lo dejé todo para probar.

No tuvo que ser fácil

Mira, yo tenía un año y medio de paro por delante, así que me puse a buscar alternativas para de verdad poder dedicarme a la música, poder vivir de ello. Mandé grabaciones a estudios de publicidad, compuse más temas, di más conciertos. Incluso tenía un concepto claro de lo que quería que fuera mi primer disco y también trabajé en eso. Pude dedicarles más tiempo a otras músicas y me metí en un coro góspel, luego apareció la Larry Martin Band… Mi padre estaba viendo un poco cómo me las componía, pero mi madre sí me preguntaba: «Bueno, ¿pero vas a volver al periodismo?». Cuando vieron que ya tenía varias fuentes de ingreso, que iba en serio, ya lo vivieron como una transición más tranquila.

También me puse a dar clases, cada vez iba a mejor, cada vez tenía más poder de decisión, ya no tenía que aceptarlo todo, podía decir que no a cosas que no me gustaban, aunque estuvieran relacionadas con la música. De repente, me llamaron de La Voz Kids, porque querían que trabajara de vocal coach, detrás de las cámaras. Después, entré en la Cadena SER con una sección. También estuve en Sofá Sonoro. De repente, vuelves a los medios, pero vuelves con la música. Todo esto, sin dejar de hacer publicidad, que, estas navidades he hecho la campaña de un queso [risas]. En fin, que ese año y medio de paro fue lo que necesité para tener la maquinaria ya funcionando y ya podía pagar un piso que compartía con amigos… Un poco en la precariedad, pero bien. Ya podía pagarme mis viajes y, no sé, fueron unos momentos de mucha incertidumbre, pero con veintitantos años, tienes una valentía que luego pierdes.

Sheila Blanco

¿Cuál es el momento en el que ves que esa apuesta que has hecho ya no tiene marcha atrás? 

Pues, mira, supongo que hay dos momentos: uno, es cuando entro en la Larry Martin Band, que era una banda de jazz que trabajaba mucho, una banda seria en la que había ensayos regulares, con proyecto de grabar disco, tocábamos en festivales… o sea, era un trabajo de cantante regular, serio, profesional, que yo no podría haber compaginado con la radio. Y, luego, otro momento muy importante fue cuando pasé de conciertos con quince personas a conciertos con ciento cincuenta o doscientas personas. Esa época, además, fue muy bonita, porque aprendí a tocar la guitarra, aprendí armonía… Yo, por entonces, tocaba con una banda de amigos que se llamaban Toch, eran argentinos, y vivían por y para la música. Me inculcaron esa confianza en la música: si tú estás entregada, la música se entrega a ti y te pasan cosas buenas. Si empiezas a tocar más, a componer más, acabas dando más conciertos, hay más boca a boca, la gente te llama más… y me di cuenta de que aquello era real, que tenía sentido. Tocábamos todos los meses en una sala como El Juglar, en Lavapiés, y llegó un momento en el que la gente se quedaba fuera en nuestros conciertos.

¿Y en qué momento te das cuenta de que Madrid es el sitio en el que quieres vivir? 

Pues, antes de venir a Madrid, yo ya sabía que quería vivir en Madrid. Siempre tuve un espíritu muy cosmopolita, muy urbanita. A mí, por ejemplo, me encantaba la Gran Vía. Recuerdo pasar con el coche cuando venía con mis padres a Madrid por cualquier cosa y me encantaban esas avenidas enormes. Claro, el sitio más grande donde yo había vivido era Salamanca y, antes, en un pueblo pequeño de al lado, Santa Marta. También viví en Ponferrada, por el trabajo de mi padre, que cada tantos años le trasladaban a un banco distinto. Yo he ido a cuatro colegios, pero mi hermana la mayor es un poco como Marilyn Monroe, no sé en cuántas casas ha vivido [risas]

A veces, lo grande puede resultar un poco impersonal, también.

Sí, eso lo he hablado con amigos, a los que Madrid les parece una locura, muy grande, con mucha gente, el metro… pero, para mí, era un lugar maravilloso. También por la oferta cultural. De repente, todos los grupos que me gustaban tocaban en Madrid. Todo pasaba por Madrid. Y quizá ahora, gustándome como me gusta Madrid, y viviendo más en el centro que nunca (este año, me he mudado a Ópera), valoro más las escapadas. Ya no tengo el mismo ritmo de antes, tengo una vida un poco más tranquila.

Es curioso que grabaras Sheila Down en 2012 y tardaras tanto en volver a grabar algo completamente tuyo.

Bueno, eso tiene que ver también con la libertad que he tenido siempre al no tener una discográfica, no tener un mánager… Lo que ocurre es que, al año siguiente de sacar Sheila Down, yo me quedo sin banda, porque los Toch se vuelven a Argentina, y es un momento musical en el que siento que hay un cambio en mí y en mi música y hay una inmersión total en el jazz. De 2013 a 2016-2017, son años de inmersión total en el jazz, en mis clases, hice también un posgrado en técnica vocal… y, bueno, Sheila Down era una carta de presentación con canciones que venían desde mi adolescencia y yo fui cambiando, claro. Fue un proceso muy a fuego lento, muy disfrutón, pero al irse ellos, decidí aparcarlo todo y dar uno de mis giros habituales. Sheila Down y el rollo folk-pop se quedaron ahí y me fui al jazz, a la improvisación, a los standards… Fue como cambiarte de repente de país: cambiar de idioma, cambiar de lenguaje, de todo. Fueron unos años de cantar un montón y de estudiar mucho.

Decías en una entrevista que habías superado ya el síndrome de la impostora y a mí me gustaría saber cómo se hace eso.

Pues mira, se supera a días [risas]. Para mí, es que lo del paso inexorable del tiempo me parece decisivo. También, mirar un poco alrededor y no ser tan dura con una misma. Es que yo soy muy benévola con otros proyectos que se dan a mi alrededor, pero luego a mí me doy mucha caña. ¿Sabes qué pasa? Que también me he quitado muchas expectativas. No puedo levantarme por la mañana esperando estar arriba del todo. No puedo autoexigirme de esa manera porque entonces siempre voy a ser una desgraciada. Nada va a ser suficiente. Olvidar las pretensiones.

Es un poco como conectar con la niña que llevas dentro: estar en el presente, disfrutar lo que haces y hacerlo. Jorge Pérez, de Patáx, me decía: «Muchas veces, no hacemos las cosas porque estamos todo el tiempo intentando perfeccionarlas. No queremos sacarlas hasta que no las hagamos mejor. Y lo que me ha enseñado la vida es que es mejor sacar lo que sea y, si quieres perfeccionarlo, ya tendrás tiempo». Pensando en todas estas cosas, se me pasa un poco el síndrome de la impostora, porque al final todo se reduce a disfrutar lo que hago… y a entregarme. Yo le pongo muchas ganas a todo lo que hago. Si me sale mal… ¿le he puesto todo lo que yo quería y tenía? ¿Sí? Pues no pasa nada.

Debe ser difícil mantener esa actitud con tanta exposición. ¿Cómo conseguiste entrar en el programa de Francino?

Lo del programa de Francino fue porque una amiga periodista le habló de mí a Toni Martínez, que es el director del «Todo por la radio». Lleva treinta años haciendo humor, era el director de los guiñoles de Canal Plus… es un tipo súper listo, que siempre ha tenido una comicidad tremenda, pero ha estado en la sombra. No es una persona hiperconocida, ni siquiera físicamente. Tuve una entrevista con él cuando empecé en La Ventana, haciendo imitaciones de cantantes, en una sección llamada «Voces cruzadas». Por ejemplo, cantaba el «Wannabe» de las Spice Girls, pero como si la cantara Ella Fitzgerald. Hacía cosas muy locas, como imitar a Shakira, cantar una canción pop, pero rasgando la voz como Etta James… Cantar a Nino Bravo mezclándolo con Marta Sánchez. Y ese «Voces cruzadas» derivó en hacer lo que me diera la gana que tuviera que ver con la música. De ahí, por ejemplo, lo de «os voy a cantar la vida de Bach sobre una música de Bach», que es como empezó la aventura de los Bioclassics. Cuando te dan libertad, cuando te dan manga ancha para hacer lo que quieres, que normalmente coincide con lo que se te da bien, es cuando haces contenido de verdadera calidad. Eso es lo que hace Toni: sacar lo mejor de cada uno. 

Esta es tu cuarta temporada, con cambio de sección.

Creo que sí, que es mi cuarto año, y, con el éxito de los BioClassics, mi sección ahora se llama «Chan, chan, chan» y es sobre música clásica. Cuento lo que me dé la gana que tenga que ver con la música clásica, curiosidades… por ejemplo, hoy he hablado de los nocturnos y de las óperas bufas. Lo bonito es contar todo esto de forma creativa porque la información ya está ahí y todo el mundo puede acceder a ella, pero la creatividad es lo que hace que un contenido se diferencie de otro. Yo intento mucho quitar la pátina aburrida y formalista de la música clásica. Para mí es un reto, conseguir que a la gente le guste escuchar un concierto de violín.

Sheila Blanco

Este año cumples cuarenta años, ¿sientes algo parecido a una crisis?

¡Es que no me lo puedo creer! Me resisto mucho a pensar que eso es así. Supongo que lo que me puede llegar a afectar es que algo que es un número, pero no tiene nada que ver con mi entusiasmo ni con mis ganas de aprender, de repente, desde fuera, me afecte. 

¿A qué te refieres?

Pues a que «como tienes cuarenta», ya no te llamen de una cosa o no te llamen de otra. El otro día estaba leyendo una entrevista con Candela Peña y decía que, a partir de los cuarenta, los directores y los guionistas hombres, a las mujeres nos ponen de enfermas, de solteronas, de amargadas… y yo decía: «¿Cómo?». Ella se refería a los guiones escritos por hombres. Me da miedo que la gente me clasifique por mi edad, eso podría llegar a molestarme. Aparte, esa exigencia de las mujeres con la juventud. Yo creo que, vosotros, los hombres, no tenéis ese peso.

No.

Pero, bueno, las mujeres que ahora tenemos cuarenta o cuarenta y pocos estamos en primera línea de ese cambio. Eso tiene que dejar de pasar. No sé, quiero pensar que los cuarenta son los nuevos treinta [risas]. He pensado mucho estos días sobre el tema y lo que se supone que tienes que hacer antes de tal edad… y creo que eso no va así, que no puedes fijarte metas que a lo mejor son inalcanzables. Tienes que sentirte a gusto con lo que has hecho, eso es lo importante.

La gente que te rodea, también. A los cuarenta, te define mucho si la gente que te rodea es la que tú quieres o no.

Bueno, eso por supuesto. No sé, yo cada día estoy más con el «Be Here Now», que es un poco el eslogan del rock, ¿no?

Y el título de un disco de Oasis.

Y el título de un disco de Oasis. ¿No te sabes la historia? Le preguntaron en una entrevista a John Lennon cuál era el lema del rock y él dijo: «Be here now» y, por eso, Oasis llamó así a su disco. No sé cuál de los dos Gallagher.

Sería Noel.

Probablemente. Pero no solo es el lema del rock, sino que es el lema de la vida, del instante, de conectar con quien tú eres. Sé que esto es muy teórico, pero no está mal dedicarle diez minutos al día a conectar con quien eres. Yo eso lo necesito mucho más ahora que cuando tenía veinte años. 

Ya para acabar, te voy a decir una serie de nombres de artistas para ver qué te sugieren.

Vale.

Les Luthiers.

Unos genios. Les he ido cogiendo el gusto con el tiempo. Cuando era más jovencilla, no me gustaban, me parecían muy aburridos. Y, con el tiempo, según les vas escuchando y les vas pillando, te das cuenta de que son muy buenos.

Amy Winehouse.

La sensibilidad y la fragilidad y la combinación de un alma sensible con el sistema despiadado de alguien que se hace famoso de la noche al día y no sabe asimilarlo. Aparte de estar mal rodeada: tener un mal marido y un mal padre. Qué mala suerte.

David Bowie.

Hoy (10 de enero) hace seis años que murió. Uno de los músicos que más he escuchado en mi vida. Tiene algo en sus canciones que me atrapa, que me hipnotiza… Me alucina algo que tiene él y que yo no tengo, que es darle tanta importancia a la imagen. Me flipa toda la parte visual de su carrera. Y como compositor me encanta en todas sus etapas, porque fue cambiando todo el rato porque el cuerpo se lo pedía: del pop sesentero a Ziggy, la época berlinesa… quizá la parte de los ochenta con Tin Machine me gustó menos, pero me encantó cuando volvió en los noventa.

Zahara.

Una persona con mucho talento y muy valiente. Escuché el disco de Puta al poco de salir porque la vestuarista de Zahara es amiga mía, Estela Benítez. Me acuerdo de un programa que presentaba María Gómez y en el que ella hacía versiones de las canciones de los entrevistados. Me encantaba. De Zahara, sobre todo, me llama mucho la atención que un artista sea capaz de hurgar tanto en sus mierdas y de exponerlas así. Eso no lo puede hacer todo el mundo. Yo, desde luego, no sería capaz de hacerlo.

C. Tangana.

Pues me parece una persona superafortunada por tener las colaboraciones que ha tenido en su disco. Quiero que alguien apueste por mí y tocar con Toquiño, con Drexler, con Kiko Veneno… Sí, me parece un tipo muy afortunado, con el que han hecho una apuesta muy fuerte… y ya está [risas].

Billie Holiday.

Otra alma sensible, alma vieja, con una sensibilidad brutal, con un pasado tremendo y que también su ecosistema nos la arrebató muy pronto, porque es gente que cae en el vicio para poder huir de su realidad terrible, de sus fantasmas, a lo Amy Winehouse. Creo que murió a los cuarenta y cuatro años y estaba destrozada, como Edith Piaf. Vocalmente, es muy interesante, porque ella no imitaba a nadie cantando. Decían que nadie cantaba las palabras «dolor» y «hambre» como Billie Holiday. Es una manera de cantar única, un referente transversal. Aunque no hagas en tu vida jazz, tienes que escuchar a Billie Holiday.

Richard Wagner.

Es que hasta el nombre es un latigazo [risas]. Un tipo muy admirable porque fue de los primeros en escribir el libreto y pensar en el atrezo de sus obras, que duran, ¿qué?, ¿cuatro horas? Richard Wagner es como el Bruce Springsteen de las óperas. Es como un animal de la música y de la energía. ¡Cómo sería una persona que compone esa música! Son palabras mayores, Wagner… pero hay que estarse cuatro horas escuchando una ópera de Wagner.

La última: Dua Lipa.

¿Dua Lipa? Jo, pues, mira, hace tres años estuve colaborando en Los 40, en el Anda ya y ahí escuchaba mucho Dua Lipa, además de que hay muchos niños que traen sus canciones a La Voz Kids. Creo, además, que ella es compositora de sus temas. Del mainstream es de lo que más me gusta, tiene mucha personalidad. No es una persona que yo escuche a diario, pero, bueno, me gustan los hits.

Sheila Blanco


La ruta del ajedrez (y II)

ruta del ajedrez
DP.

(Viene de la primera parte)

Probablemente no exista ninguna otra nación en el planeta con tantos lugares sagrados para el ajedrez como España, lugares con una significación histórica que —si nuestras autoridades alguna vez hubiesen sido medianamente competentes en lo cultural— deberían haber sido promocionados hasta la saciedad. Aprovecharemos la ocasión y trataremos de hacer un recorrido por algunos de esos lugares históricos y seguimos trazando, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España.

Valencia: Fue en la capital del Turia donde hacia 1495 Francesch Vicent publicó un tratado —escrito en valenciano— y titulado Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100 (cuya traducción sería «Libro de juegos y partidas de ajedrez, en número de 100». Francesch Vicent proponía diversas modificaciones, como la del antiguo patrón de movimiento del alfil. Pero sobre todo introducía la sustitución de una antigua pieza de poca movilidad, la alferza, por la nueva y mucho más poderosa figura de la reina. Este libro es, pues, el primero donde se muestra el movimiento de la dama, ahora la más fuerte y decisiva del tablero —fue bautizada como «reina» en honor de Isabel I de Castilla—, marcando el hito histórico del nacimiento del ajedrez moderno. Durante mucho tiempo se desconoció que este origen había tenido lugar en Valencia y se atribuía el invento a franceses o italianos, pero la aparición de tratados de la época ha documentado que los valencianos pueden (o podemos) decir orgullosos que nuestra ciudad fue el lugar donde se empezaron a practicar els escacs tal y como se siguen jugando hoy en día. Pero no acaba ahí el asunto; también en Valencia se publicó la primera partida de ajedrez moderno jamás registrada. Fue en otro libro escrito en valenciano y titulado Scachs d’amor, del literato Bernat de Fenollar. Sus versos narraban la ocasión en que dos caballeros de la ciudad de Valencia, Franci de Castelví y Narcis Vinyoles, juegan una partida de ajedrez mientras se enzarzan en un debate sobre las mujeres, comparando la guerra de las sesenta y cuatro casillas con la dulce guerra del amor. Cada estrofa del texto lleva por título una jugada concreta de la partida que tiene lugar entre ambos, de modo que al final del poema se ha podido seguir perfectamente todo el juego. Un ejemplo: las primeras jugadas estaban descritas así por los títulos de los primeros párrafos:

Lo Peó del Rey va en la quarta casa (El peón de rey blanco avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó de la Dama a la quarta casa (El peón de dama negro avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó del Rey pren lo Peó de la Dama (El peón de rey blanco captura al peón de dama negro).

La Dama, a la quarta casa sua, pren lo Peo que li havia pres lo seu (La dama negra avanza a la cuarta casilla y captura al peón blanco que había capturado al suyo).

Lo Cavall de la Reyna va a la tercera casa de l’Orfil, tirant ves la Dama (El caballo de dama blanco va a la casilla tercera del alfil y amenaza a la dama negra).

La Dama se’n torna a son loch (La dama negra vuelve a su lugar).

L’Orfil del Rey va a la quarta casa davant l’Orfil de la Reyna (El alfil de rey blanco va a la cuarta casilla de la columna del alfil de dama).

Juga Cavall de Rey a la tercera de Orfil (El caballo de rey negro va a la tercera casilla del alfil).

Es decir, se estaba jugando lo que mucho más tarde se bautizó como «defensa escandinava» (que bien podría haberse llamado «defensa valenciana»). Así pues, nos hallamos ante la primera transcripción documentada de una partida de ajedrez moderno, que ya incluye el movimiento de dama introducido muy poco antes por Francesch Vicent. Como decía el maestro internacional e historiador ajedrecístico Ricardo Calvo, la «manera de jugar valenciana» se expandió rápidamente por la Corona de Aragón —incluyendo los territorios italianos— gracias al reciente invento de la imprenta, llevando las nuevas y definitivas reglas al resto de Europa.

Zafra: Uno de los nombres más conocidos para cualquier estudioso o aficionado del ajedrez es el de un extremeño del siglo XVI llamado Ruy López de Segura. Nacido en Zafra, Ruy López creó una apertura que está entre las más básicas incluso de la teoría ajedrecística moderna y que hoy en día sigue utilizándose incluso al máximo nivel de la competición. Hablamos de la «apertura española» o sencillamente «apertura Ruy López». Por lo que sabemos de alguna crónica de la época, ya desde su infancia dio que hablar Ruy López de Segura por su talento ajedrecístico (siendo también, por tanto, uno de los más antiguos niños prodigio conocidos, si acaso no el primero). Hacia 1560 estaba considerado el mejor ajedrecista de Europa —y por tanto del planeta— hasta el punto de que los libros de historia del ajedrez suelen considerarlo como el primer «campeón mundial» extraoficial. El jugador nacido en Zafra fue pues la primera gran estrella del ajedrez mundial y miles de jugadores siguen practicando los mismos movimientos que él inventó y popularizó en su tratado Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez, uno de los manuales básicos en la evolución de los escaques, donde introducía conceptos como la «captura al paso». Por lo demás, Zafra bien merece una visita por su conjunto monumental —con el Alcázar a la cabeza, o la Colegiata de La Candelaria y sus retablos firmados por nada menos que Zurbarán y Churriguera— y por su precioso casco histórico. Cómo no, recientemente se ha celebrado allí el Festival Internacional de Ajedrez Ruy López. 

Salamanca: Aparte de Ruy López de Segura, el otro gran ajedrecista y teórico de su tiempo fue el también español Luis Ramírez de Lucena. Estudió en la Universidad de Salamanca y en dicha ciudad publicó un tratado que recogía el «ajedrez de dama» creado por el valenciano Francesch Vicent, pero unificando por primera vez todas las reglas modernas en un único tratado (ya que algunas de esas reglas estaban todavía dispersas en diferentes escritos). Titulado Repetición de amores y arte en ajedrez con 150 juegos de partido, es el tratado de ajedrez más antiguo en recoger completo el reglamento básico actual. Lucena discutía conceptos y tácticas como el enroque, el fianchetto y varias aperturas que en ocasiones se atribuyeron después (y erróneamente) a ajedrecistas posteriores, generalmente de fuera de España. Por si fuera poco, Salamanca es la cuna de uno de los mejores ajedrecistas españoles, el citado gran maestro Arturo Pomar.

Linares: Otro ejemplo de que en España la historia del ajedrez está ligada a poblaciones con un tremendo encanto histórico y monumental. Linares bien merece una visita por sus propios méritos estéticos y culturales, pero la aportación de la ciudad al ajedrez contemporáneo es sencillamente enorme. Allí se celebra desde 1978 el Torneo Internacional Ciudad de Linares, que podemos considerar el más importante torneo de cuantos se celebran en el mundo, dejando aparte las distintas fases del Campeonato Mundial. De hecho, la génesis de esta competición es un perfecto ejemplo de la importancia de la iniciativa privada para el ajedrez español. Fue un amante del ajedrez —el empresario Luis Rentero— quien lo fundó, aunque después alcanzó una repercusión tal que las autoridades (por fortuna) decidieron garantizar su permanencia. El Torneo de Linares es, pues, el mayor acontecimiento del mundillo después de la lucha por la corona. Buena muestra de ello es que la edición de 1994 se considera aún hoy el torneo más fuerte jamás celebrado, el primero en la historia del ajedrez que alcanzó la inédita categoría XVIII debido a la fuerza de los jugadores presentes… no por nada se suele hablar del Torneo de Linares como «el Wimbledon del ajedrez».

Gijón: Algunos de los primeros torneos verdaderamente relevantes celebrados en España tuvieron lugar en Barcelona y Madrid, pero durante los años 40 y 50 el torneo de la ciudad asturiana alcanzó una relevante categoría y celebró diversas ediciones de relumbrón con la presencia de campeones mundiales como Alexander Alekhine o Max Euwe.

Palma de Mallorca: La ciudad balear alcanzó su máximo esplendor ajedrecístico durante los 60 y los 70 con un torneo en el que participaron grandes maestros de primera fila y que tuvo en su registro de vencedores nombres como Bent Larsen o Viktor Korchnoi. Pero el verdadero gran hito en la relación entre Palma y el ajedrez fue el Torneo Interzonal de 1970, ganado de forma aplastante por un Bobby Fischer que comenzaba su astronómico ascenso hacia la corona mundial y que estaba ya dando muestras de un dominio aplastante (en aquel torneo tuvo una racha de siete victorias consecutivas).

Las Palmas: Otra ciudad insular que necesita poca presentación y que lógicamente posee más que suficientes atractivos para que el ajedrez no sea la única excusa, pero que además ha celebrado un torneo en cuyo palmarés han inscrito su nombre figuras tan importantes como Kaspárov, Timman o Ljubojevic

Dos Hermanas: El Torneo Magistral de la localidad sevillana es otro evento de importancia en el que han participado varios campeones mundiales —Kárpov, Kramnik, Anand, Topalov— y que también tiene un palmarés de auténtico privilegio.

Bilbao: Desde el año 2008 es la sede del importantísimo Masters Final que enfrenta a los vencedores en los más importantes torneos del año, los del Grand Slam del ajedrez (el de Linares está entre ellos). Así pues, en Bilbao han participado los más grandes nombres de la actualidad, incluyendo campeones mundiales: Magnus Carlssen, Viswanathan Anand, Vladimir Kramnik, Levon Aronian, Vaselin Topalov… en fin, un evento ajedrecístico de primerísima magnitud.

Madrid: La ciudad tiene un larguísímo historial de torneos nacionales e internacionales. Durante décadas ha albergado importantes eventos en los que han inscrito su nombre como ganadores jugadores de la talla de Alekhine, Keres o Kárpov. Durante los 90 alcanzó especial esplendor el Torneo Magistral de Madrid, al que acudieron grandísimos nombres como el mencionado Kárpov, Kramnik, Korchnoi o la húngara Judit Polgar.

Barcelona: Otra ciudad con un largo historial de torneos, destacando algunos de especial magnitud durante los años 20 (con la presencia del gran Capablanca, por ejemplo) y 30, o durante los 80. Por centrarnos en años más recientes ha destacado el Torneo Magistral Casino de Barcelona, en cuyo palmarés figuran Vassily Ivanchuk o el estadounidense Hikaru Nakamura. Pero, lógicamente, la lista de torneos de todo tipo y tamaño celebrados en la Ciudad Condal es larga.

San Sebastián: En la ciudad vasca se celebró en 1911 un torneo que está considerado uno de los más importantes de todos los tiempos, al cual acudieron quince de los mejores maestros del mundo en aquel momento, incluyendo al genio cubano José Raúl Capablanca, que por entonces contaba con veintidós años y se impuso ante casi toda la élite mundial (Rubinstein, Tarrasch, Vidmar, Nimzowitsch). San Sebastián fue la entrada por la puerta grande del futuro campeón mundial y absoluto dominador, imbatido durante varios años. 

Montilla: Durante los años 70 alcanzó el culmen el torneo local, donde compitieron en la localidad cordobesa algunos de los ajedrecistas más importantes de la época como el campeón mundial Kárpov, el excampeón Spassky, Polugaevsky o Gligoric. Por lo demás, otra ciudad que vuelve a demostrar que, en España, el ajedrez y las poblaciones con una bella arquitectura y un legado monumental suelen ir de la mano.

Hay muchos otros lugares que podríamos citar en los que se celebran o se han celebrado torneos relevantes, pero por motivos de espacio los dejaremos fuera (desde ya, pido perdón por ello). Algunas de estas localidades siguen albergando grandes torneos; otras dejaron de hacerlo por falta de apoyo financiero. Con todo, esta es una buena muestra de la enorme cantidad de lugares históricos para el ajedrez que existen en España; de hecho, una ruta ajedrecística completa cubriría prácticamente la totalidad del país. Este es un legado en el que no se suele hacer hincapié, pero realmente es un motivo de orgullo el que tantos momentos importantes del fascinante universo de las sesenta y cuatro casillas hayan tenido lugar en nuestras tierras, en pueblos y ciudades que —por si fuera poco— resultan suficientemente atractivas por sí mismas como para merecer más de una visita, pero que podemos mirar con otros ojos si las visitamos durante un torneo o si nos interesamos por su legado ajedrecístico. 


Eduardo Hernández Pérez: «Debemos ser generosos en la difusión del conocimiento, pero humildes porque apenas sabemos nada»

Eduardo Hernández Pérez

La Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca tiene como espacios principales patrimoniales una regia sala abovedada con estanterías de pino natural en dos niveles y una pequeña cámara tras la fachada plateresca del edificio. En ellas se encuentran los dos mil setecientos noventa y cinco manuscritos de los siglos XI al XX, los cuatrocientos ochenta y siete incunables y una gran parte de las cerca de sesenta mil obras impresas desde el siglo XVI hasta 1830 que se custodian en este centro de investigación.

Nos proponemos hacer un recorrido histórico por tan magna biblioteca de la mano de Eduardo Hernández Pérez (Salamanca, 1969), bibliotecario con casi tres décadas de experiencia como «guardián de los libros». Amante de la fotografía y de los viajes, le encanta todo lo que tiene que ver con la historia, desde manuscritos a curiosidades del latín. Eduardo estudió Biblioteconomía, realizó oposiciones y tras un año en Ávila recaló en la biblioteca histórica de la universidad. Uno de sus miedos como bibliotecario es que se coloque mal un libro y se le dé por desaparecido, pero es consciente de lo importante que es permitir el acceso a una biblioteca histórica. Guardan una curiosa colección de piezas que los lectores se han ido dejando dentro de los ejemplares a lo largo de cientos de años, como el preservativo hecho de tripas de cerdo que apareció dentro de un ejemplar, nos enfocamos en disfrutar de su sentido del humor y sus detalladas explicaciones sobre cómo mantener vivos e inmortales ciento cuarenta mil libros.

¿Dónde nos encontramos?

Estamos en el espacio que va a destinar la Universidad de Salamanca para la biblioteca. Es el tercer espacio que va a tener la universidad. La Universidad de Salamanca se funda en el año 1218. Hasta el siglo XV no se empieza a construir el edificio donde nos encontramos. En una primera fase solo se construye la parte inferior del claustro y la única zona que si estaba recrecida en altura es la zona de la capilla, que a finales del siglo XV comparte espacio con la primera biblioteca de la universidad. Esa primera biblioteca es conocida por el «Cielo de Salamanca» por el fresco pintado por Fernando Gallego para decorar el techo. A comienzos del siglo XVI, se construye el espacio donde estamos ahora mismo. Por defectos en la edificación parte de la bóveda se hunde a mediados del siglo XVII y se reconstruye entre 1749 y 1752. El espacio arquitectónico es diseñado por Andrea García de Quiñones y el diseño del mueble lo realiza Manuel Larra Churriguera

En cuanto a los fondos bibliográficos históricos que tenemos, están distribuidos en tres colecciones importantes. Por un lado, tenemos libros impresos, más de sesenta mil volúmenes que datan de entre los siglos XVI y XVIII. Aquí en esta sala, hay cerca de cuarenta mil. Y luego tenemos un depósito que comunica esta sala con la sala de investigadores que tenemos al otro lado del claustro. La sala de investigadores es fundamental para nosotros porque es la finalidad principal de esta biblioteca. Todos los que trabajamos aquí tenemos como principal tarea conservar y preparar los libros de la mejor forma posible para que puedan ser consultados por los investigadores, tanto en formato físico como versiones digitalizadas. Con la digitalización conseguimos tres fines: tenemos un archivo de seguridad de las obras que tenemos, aumentamos la difusión —desde cualquier punto del mundo se va a poder consultar muchas de las obras— y, por supuesto, preservamos los originales evitando que se tengan que manipular. 

Eduardo Hernández Pérez

¿Os han robado alguna página?

A lo largo de la historia de la biblioteca ha habido robos y tomamos todas las medidas posibles para intentar garantizar la seguridad de los libros. También es importante la preservación de los ejemplares. No siempre se va a necesitar un original. Un investigador o, por ejemplo, estudiantes de primero de carrera, no necesitan para nada la consulta de originales. Tenemos la copia más completa que se conserva del Libro de buen amor. Imaginad que los estudiantes de la Facultad de Filología que lo tienen que leer vinieran a hacerlo con el original. Sería inviable. Además, sería contraproducente para el propio alumno, porque primero tendría que adquirir conocimientos para poder interpretar el libro. Es mucho mejor una edición moderna que no ese ejemplar, por mucho que nos guste a todos. 

¿Tenéis aquí un propio sistema de digitalización o lo tenéis externalizado a empresas?

Tenemos por un lado equipos propios para poder hacer digitalizaciones, pero luego formamos parte de proyectos, que sobre todo tienen que ver con el Ministerio de Cultura, que lo que hacen es externalizar el proceso a algunas empresas. Hay de los dos tipos. 

¿Google ya ha pasado por aquí?

Varias empresas se han interesado, pero al final no ha fructificado en ningún proyecto. Aparte de la digitalización, otra de las cosas que hacemos es prestar libros a instituciones que van a montar exposiciones. Pues nosotros tenemos que ser los que pongamos las condiciones. Ha habido alguna ocasión en la que hemos llegado a decir que en determinadas condiciones no salía el libro. Nosotros tenemos una responsabilidad. Para salida de libros fuera de la biblioteca, tienen que tener el permiso y la firma del rector de la universidad y del Ministerio o de la Junta de Castilla y León. Para la salida de libros fuera de territorio español, también tiene que recabarse el permiso estatal de exportación. Estamos hablando de un material que para todos tiene gran valor. Por lo tanto, tenemos que movernos en ese difícil equilibrio entre difusión y preservación. 

¿Cuándo nos quedaremos sin estos libros? ¿Cuánto duran?

Sabemos que el pergamino se conserva mejor que el papel porque aguanta un porcentaje de humedad mucho más alto, ya que no es tan poroso como el papel. Depende mucho de la calidad del soporte físico; tenemos libros del siglo XVI, XVII, XV XIV que están en buenas condiciones, y hay otros como con papel de periódico de calidad muy baja y que son mucho más difíciles de preservar. Por lo tanto, para nosotros es muy importante la digitalización. Depende de muchas circunstancias, pero sobre todo la principal es la calidad de los materiales con los que se hacen. 

¿Cuántas bibliotecas como esta hay en España y en el mundo?

En el mundo muchas; en España hay varias. Las dos con mayor fondo bibliográfico son la Biblioteca Nacional y la Biblioteca de El Escorial. Y luego las universitarias serían las que irían en segundo lugar. Está la Complutense, que tiene más fondo bibliográfico que nosotros, la Universidad de Barcelona también, la Universidad de Valencia y cuantitativamente estaremos equiparados a la de la Universidad de Sevilla. Nuestra biblioteca, además de un gran fondo, tiene una gran historia. Cuando se funda la universidad en el siglo XIII, en 1254, se le dan los primeros estatutos. Ahí aparece una figura que es la del estacionario, que es una especie de librero que trabaja para la universidad. Casi se está fundando una figura algo parecida a lo que hoy llamaríamos un bibliotecario. No hay una biblioteca al uso como la que conocemos hoy en día, pero ya hay un primer paso. Por lo tanto, desde ese primer momento hasta nuestros días, es la biblioteca de carácter público de más larga duración de España.

Eduardo Hernández Pérez

Hablas del estacionario, del bibliotecario. A mí me ha resultado muy curioso, preparando estos días la visita, cuantos famosos he encontrado que han sido bibliotecarios, y que pocos bibliotecarios famosos. 

Es cierto. De todas formas, si quieres hacerte famoso, lo más raro es dedicarte al mundo de la biblioteca. Yo creo que hay otros trabajos más adecuados para ese objetivo. Ser bibliotecario es absolutamente vocacional. Yo empecé a estudiar Biblioteconomía y me sorprendía que hubiera algún compañero al que no le gustaba leer. Y me sorprendía mucho porque para ser bibliotecario tienes que partir de la pasión por el libro. Y luego viene todo lo demás, todo seguido. Nunca pensé, ni en el mejor de mis sueños, en llevar como llevo veinticinco años trabajando aquí. Este es mi paraíso particular, no espero hacerme rico trabajando en la biblioteca (risas).

Sois guardianes del conocimiento. Ahora que se está hablando tanto de los hechos alternativos, y que la gente utiliza la historia de tantas maneras, sois los que preserváis esa realidad.

Claro. Es fundamental la conservación, y además que lleguen hasta nosotros esta cantidad de libros es casi un milagro. No podemos dar por hecho que ya se sabe todo lo que conservan los libros, porque nos podemos encontrar sorpresas bastante interesantes. Para cualquier tipo de investigación, no solo de la rama humanística, sino de cualquier tipo, creo que lo primero que hay que hacer es dar un paso atrás para luego avanzar. Es muy importante echar un vistazo a lo que hay hecho. No todos los conocimientos que se tenían han llegado hasta nosotros. Por ejemplo, un arquitecto de nuestros días es difícil que llegue a hacer una acústica de un teatro tal como lo hacían los romanos. O construir con los medios que tenían los romanos. Es durante la alta Edad Media cuando, de forma inconsciente, se decide qué libros pasan a la historia y cuales se quedan en el camino. Hablamos de porcentajes muy altos de conocimientos que no han llegado hasta nuestros días.

¿Tenéis libros que nadie ha leído, estudiado o investigado?

Sí, al menos nuestro ejemplar. Podemos tener libros de los que hay más ejemplares en el mundo. Pero, por ejemplo, un libro que no esté desbarbado o un libro que no está abierto, eso quiere decir que no ha sido consultado por nadie. 

¿Tenéis un registro de quienes consultan los libros?

Claro, tenemos una constancia documental de qué persona ha consultado determinados libros. Y luego al revés, ese libro por cuántas personas ha sido consultado. Pero esto es muy reciente, prácticamente desde finales del siglo XX.

¿La actividad investigadora es mucho más fuerte ahora que hace cincuenta años?

El problema que tienen hoy en día los investigadores que también son profesores es que se les exige tener currículum hecho con publicaciones rápidas, y eso una biblioteca no lo hace. Una biblioteca de estas características es para hacer investigaciones que pueden durar dos o tres años para luego hacer un libro en condiciones. Y ahora mismo, los currículums de los profesores tienen que engordar rápidamente con publicaciones que son de menor fuste.

¿No pueden perder aquí tres años investigando?

Exacto. Es el sistema en contra de este tipo de investigación.

Eduardo Hernández Pérez

Y gente que no sea del ámbito universitario, ¿puede acceder a estos libros? Estoy pensando, por ejemplo, en buscadores de tesoros en barcos hundidos.

Para eso es más efectivo buscar en archivos que en bibliotecas. Nosotros, junto con la biblioteca histórica, tenemos el archivo de la universidad. Compartimos espacio. En el archivo de la universidad está toda la documentación generada por la universidad en el ejercicio de su actividad. Por lo tanto, tenemos libros de matrículas desde el siglo XVI, tenemos libros de claustro desde finales del siglo XV. Toda esa información es muy relevante para ese estudio; desde luego el tipo de investigador casi siempre va a ser académico. De la calle nos vienen a consultar mucho los periódicos. Porque eso es un tipo de investigación más ligera. O para completar investigaciones que pueden ser importantes e históricas, pues viene muy bien.

Si viene un escritor, ¿tiene las puertas abiertas? 

Desde luego, para conseguir la autorización tendría  que enviar una carta de presentación en la que justifique su petición y diga qué obras quiere consultar el fondo bibliográfico. Hay gente que pregunta para buscar el rigor. Cualquier aspecto histórico está sujeto a que una investigación posterior nos eche abajo todo lo que hemos estado contando previamente. Es algo que es que es así. Entonces, lo que tenemos que ser siempre es muy humildes. Ser generosos en cuanto al aporte y la difusión del conocimiento, pero muy humildes en cuanto a que prácticamente no sabemos nada. Una de las cosas que me suele suceder es que me dicen que da la impresión de que «lo sabes todo». Y digo: pues sé un uno por ciento. Bueno, un uno por ciento sería mucho, probablemente. Puedo dar una imagen de saber cuándo realmente me hago más preguntas que las respuestas que me puedo dar.

Hablando de los porcentajes de desaparición, entiendo que son con respecto a la cantidad de libros que se hacían en la época. ¿Cuántas unidades son bestseller en el siglo XIV?

Claro. Con los manuscritos no podemos hablar así. Con los manuscritos tienes que hablar por unidades. Hace poco leí un libro en el que hablaba de la transmisión textual a lo largo de la historia y enumeraba tres obras fundamentales: Los elementos de Euclides, El Almagesto de Ptolomeo y El corpus de Galeno. Pues Los elementos es prácticamente un bestseller. Se puede decir que es la obra de la que, después de la Biblia, se han hecho más ediciones en la historia. Estamos hablando de muchísimos y hoy en día podemos conservar en el mundo decenas de ejemplares, no creo que mucho más.

¿Lees en libro electrónico?

Por supuesto. No soy pionero, no fui corriendo a comprar el primer libro electrónico que apareció. Pero desde luego, el libro electrónico es fantástico por muchos motivos. Hay que hablar de las ventajas y también de las desventajas. Las ventajas son la portabilidad y el almacenamiento. Cuando haces un viaje con libros físicos tienes que decidir claramente qué libros te llevas y cuáles descartas. En cambio, con un libro electrónico, puedes llevar toda tu biblioteca digital. En cuanto a las desventajas, una de las cosas que se ha comprobado es que perdemos la memoria de lo leído. No tenemos la misma fijación en la memoria que con el libro en papel. En un libro en papel hasta te haces el mapa del libro. Sabes en qué parte has leído determinado fragmento. En cambio, en un libro electrónico todas las páginas son idénticas. Los que tenemos pasión por los libros a veces ni siquiera nos damos cuenta de qué editorial es el libro. Si tienes que leer algo muy importante, no lo lees en el ordenador ni lo lees en un dispositivo. Te lo imprimes y te lo lees. Eso lo hacemos todos. 

Eduardo Hernández Pérez

Enséñanos algunos de los libros que tenéis aquí.

Este libro es de 1059. Este es el Liber canticorum et horarum. Es un libro de cántico de misa, para seguir el rito mozárabe. Ese rito que se deja de utilizar a finales del siglo XI porque desde Roma obligan a España a utilizar el rito romano para unificar a toda la cristiandad. Es una obra que un primer momento deja de tener vigencia y valor. Lo curioso es que, principalmente en la alta Edad Media, si había una obra que dejaba de tener valor por sí misma el material sobre el que estaba escrito lo seguía teniendo. Lo que hacían era borrar el texto, y escribir una obra que les pareciera más interesante. El famoso palimpsesto. Hoy en día se podrían ver textos que hay debajo porque aunque se haya retirado la tinta, lo que no se pierde son los surcos que han dejado al escribir con la pluma. Se mantiene ese surco y con luz ultravioleta se puede llegar a ver texto anterior. En este caso se ha conservado, sobre todo, para la persona para la que se hace el libro. Porque esta persona no tenía ningún problema en conseguir otra obra de lo que fuera. En este caso, está escrito sobre pergamino. Os mencionaba antes el material, vosotros me diréis el estado de conservación del libro. 

Estupendo. Está perfectamente.

Este es el que va a cumplir en 2059 sus primeros mil años.

¿Es el más antiguo que tenéis?

Era el libro más antiguo hasta hace dos o tres años. 

¿Ha aparecido uno nuevo de repente?

Por eso decimos siempre, con todo lo que contamos, que hay que ser humilde y no ir por la vida pensando que lo sabes todo. El libro ahora mismo más antiguo es un libro escrito en griego y no estaba perfectamente datado. No es fácil la datación de los manuscritos, en algunas ocasiones nos quedamos con fechas aproximadas: principios de siglo, mediados, etc. El libro lo teníamos, pero pensábamos que era el siglo XI. Y las últimas investigaciones han determinado que el libro es del siglo X. 

¿Para la datación se lleva el libro a algún sitio a hacer pruebas?

En algunas ocasiones. Sobre todo nos suele pasar con cuestiones biológicas. Algún bichito que no tenemos controlado y decimos bueno, vamos a comprobar de cuándo es. En el departamento de biología nos han echado una mano en alguna ocasión. En general, las condiciones en las que se encuentran los libros son más o menos adecuadas, pero eso no quiere decir que no haya un bichillo que haya venido con el libro de su lugar anterior donde se encontraba. En general, las condiciones no son perfectas porque nunca lo van a ser, pero más o menos adecuadas.

¿Hacéis una revisión al azar?

No. Es una revisión constante y es una limpieza. Para hacer una limpieza, lo que hacemos es limpiar página por página. No eso de lo que hacemos en casa de pasar por encima…

¿De los ciento cuarenta mil?

De todos. Esto es constante. Es importante la limpieza de los libros, porque si dejas que cubra el polvo crea una especie de microclima que sería peligroso para él. Puedes tener unas condiciones generales para la biblioteca que son muy buenas, pero si dejas esa acumulación de polvo sería peligroso. En cuanto al pergamino, fijaos, aquí se ve claramente la parte interna de la piel respecto a la parte externa. Esta es la parte carnosa, más blanca. Y esta es la parte pilosa, que es más amarillenta. Y siempre coindicen; dos amarillas confrontadas, dos blancas, dos amarillas. Esto se llama la ley de Gregory, y es una norma muy interesante porque con ella podemos saber si el libro está completo o no. Si fallara esa norma, sabríamos que se le ha arrancado en alguna ocasión una de sus páginas. La letra que tiene no es la habitual en los libros que tenemos, porque este es un libro que tiene que ver con la alta Edad Media más que con la baja. En la baja Edad Media la letra habitual va a ser la gótica y, en este caso, es letra visigótica en transición a carolina o románica, por eso tiene caracteres más redondeados. Si os dais cuenta y pensáis en la letra gótica, siempre son letras más afiladas. En este caso sería más regordeta.

Los colores se conservan perfectamente de las letras capitulares. Es latín, supongo, ¿no?

Está en latín, por supuesto, y una de las cosas interesantes, es que al final de libro —hemos dicho que era Liber Canticorum— hay una notación musical, que no es la notación como la que conocemos hoy en día porque todavía no se había inventado el pentagrama, está in campo aperto y hay una línea que determina si sube o baja el tono.

Eduardo Hernández Pérez

¿Esas corcheas?

Son neumas. Es una especie de aspiración. Hay un esfuerzo diastemático por hacer entender esta notación, pero no es nada sencillo. Esto es un poquito anterior al gregoriano. Hoy en día está muy de moda la trazabilidad de los productos, pues nosotros también ponemos mucho empeño en investigar la trazabilidad del libro: por qué manos ha pasado, cómo ha llegado hasta nosotros. Eso es una de las cosas a las que dedicamos tiempo. Intentamos saber un poco más sobre cómo llega ese libro hasta aquí. 

Los manuscritos casi nunca van a tener una portada. Lo que tienen es un íncipit que es donde comienza el texto. En esta «D» inicial hay un rectángulo en verde. Dentro aparece el nombre de la persona para la que se hizo el libro: la reina doña Sancha, esposa de Fernando I y reyes de León. El libro lo heredó su hija doña Urraca. Como contaba antes, este libro, es de liturgia mozárabe, que se deja de utilizar a finales del siglo; pues hay un convento en Valladolid en el que se mantenía esa liturgia y lo tuvieron allí. Después aparece en la Biblioteca del Colegio de Cuenca, en la Universidad de Salamanca, más tarde ha estado en la Biblioteca del Palacio Real de Madrid y en 1954 vuelve aquí a Salamanca. Por lo tanto, del libro, casi más antiguo, conocemos bastante más pasos que de otros. Porque hay otros que prácticamente podemos no saber nada de cómo han llegado hasta nosotros. ¿Qué os parece este primero?

Maravilloso. 

Os muestro ahora este otro que es un absoluto espectáculo. Tiene una encuadernación de la época; una encuadernación renacentista española y es piel sobre madera. Y la obra que tenemos aquí pues tampoco está mal. Lo que estáis viendo son las traducciones que hace Alonso de Cartagena de algunas de las obras de Séneca. Traduce del latín al castellano, por lo tanto esto está en castellano del siglo XV. Cosa muy interesante porque esto es un ejemplar de lujo. Los ejemplares de lujo, hasta el siglo XV, solo se hacían para obras latinas y obras griegas. Las lenguas vernáculas como el español, italiano, inglés o alemán, no tenían obras de esa categoría. Se puede ver que el encabezamiento que aparece en la parte superior está escrito con oro. Esto es ya bastante menos usual. 

En este libro aparece un juego de metalenguaje. En una de las páginas aparece la persona que encarga el ejemplar, arrodillado, presentando un libro ante la Virgen; ese libro es este libro. El libro dentro del libro. Fijaos en las orias con motivos vegetales, entrelazados, aparece también algún animal, y a mí lo que me tiene maravillado desde hace tiempo es cómo crea la profundidad con el punto de fuga más o menos a la altura de la cara de la Virgen. Y luego la ventana con ese caminito. Me parece fascinante. Y más allá del lujo, a mí me interesa siempre mucho una simple página austera como en este caso. Fijaos en la estructura de la página. La elegancia, el margen que dejan. Un margen de cortesía que eso es un signo de distinción. Se hace por elegancia, no se hace para hacer anotaciones. Esa es una consecuencia del margen, no es la razón de ser. La razón de ser es la elegancia, la distinción. Hay ocasiones en los que los márgenes son funcionales como veremos en el siguiente manuscrito. Pero en este caso, simplemente a todos nos parece mucho más elegante una página con su margen correspondiente. También podemos encontrar algo parecido a un enlace. Fijaos en esas manos con un dedo extendido. No está realizado por el copista, es del lector. Marca el comienzo del párrafo a la izquierda, y a la derecha el final del párrafo que le interesa. En vez de subrayar, de poner «ojo, importante».

¿Es un sello o es caligráfico?

Es caligráfico. Las manecillas son diferentes, no son iguales. Es todo hecho a mano y luego hay otro simbolito que lo estáis viendo en azul y en dorado Ese simbolito, que en codicología se llama calderón, es el que utilizamos hoy en día en cualquier procesador de texto cuando le das a «enter», es el fin parágrafo y sirve para indicar que ahí tendría que haber una pausa mayor que el punto y seguido. ¿Por qué no quieren saltar a la siguiente línea? Porque para ellos significa afear la página. Dejar un renglón a la mitad sería afear la página. Entonces quieren que se vea esa mancha de escritura que os mostraba antes, una mancha uniforme como estamos viendo sin esos renglones a la mitad que, para ellos en su mundo estético de esa época, es mucho peor. El intercalado entre azul y dorado simplemente es estético. No tiene ninguna función uno respecto al otro.

Eduardo Hernández Pérez

¿Utilizan guiones cuando la palabra llega al final o ajustan la palabra como si fuera un justificado?

No, saltan dejando la palabra a medias, pero sin poner el guion.

¿El pergamino se cose o se pega?

Se cose. Se doblan formando cuadernillos. Primero tienen que ordenar esos cuadernillos, porque hay una cosa que no se si os habéis fijado. Eso se llama reclamo. Y eso le indica la última palabra del último cuadernillo y la primera del siguiente. 

¿Cuánto podría costar en tiempo y dinero un ejemplar como este?

Es un objeto de lujo que no estaba al alcance de cualquier persona. En aquella época, los profesores de la universidad rara vez tenían algún libro en propiedad, y eso que era su herramienta de trabajo. Por eso es tan importante la imprenta, cuando aparece democratiza el mundo de la lectura haciendo que los libros lleguen a más gente. Debido a la dificultad de escribir un libro a mano es imprescindible la figura del estacionario, pues este disponía de una serie de copias que en lugar de vender las alquilaba. A veces, lo hacían en forma de fascículos que se llamaban pecias; lo del fascículo de hoy en día no es una novedad respecto al siglo XIII. Los estudiantes y los profesores copiaban los textos y luego se devolvían el original al estacionario. El rigor lo tiene el estacionario con su copia y las copias que hacían los alumnos y los profesores podían no ajustarse al original. Es algo parecido a lo que sucede hoy con los apuntes de los alumnos. 

¿Existían libros similares a los bestsellers?

Por supuesto, por ejemplo, el Dioscórides. Es una obra de plantas medicinales. Se trata de una de las obras más reproducidas durante la Edad Media por razones obvias. Cualquier institución que se preciara tenía que tener una copia del Dioscórides. Es una obra fundamental, son más de seiscientas plantas, aparecen animales y aparecen minerales. Hay muchas sustancias para uso médico. Dioscórides era un médico militar, un médico castrense que vivió en la época de Nerón. Acompañaba a las legiones y, a medida que estas conquistaban territorios para Roma, él lo que hacía era conquistar plantas para uso médico. Yo me lo imagino siempre, en la Galia, preguntando por Panoramix (risas).

Está escrito en griego.

Eso es porque Dioscórides es de origen griego y escribe en su lengua materna. Os voy a mostrar una planta y vosotros me decís qué planta es.

Eduardo Hernández Pérez

¿El Demogorgon de Stranger Things?

Y el del El Laberinto del Fauno y Harry Potter. Es la mandrágora, una planta con raíz antropomórfica. Porque no solo describe plantas medicinales, hay un capítulo final dedicado a los venenos. Uno de los principios activos de la mandrágora es la escopolamina. Por lo tanto, estamos hablando de una planta bastante peligrosa. Es muy conocida literariamente y en películas. Por ejemplo, Juana de Arco parece ser que se la condena porque portaba mandrágora y se le acusó de brujería, hay un grupo de música que todos conocemos que se llamaba Mandrágora… Es una planta muy interesante.

¿Cuál es el libro más importante?

Si me preguntan por el libro más importante que hay en la biblioteca, me niego a responder. Sin embargo, puedo decir cuál es el libro que más me gusta mostrar. Se trata del Humani corporis fabrica, de Andrés Vesalio. Esta es la primera obra en la que de una forma sistemática aparecen las disecciones de cadáveres humanos que hasta entonces no se habían producido, toda la anatomía que se conocía era la de Galeno. El corpus de Galeno se basaba sobre todo en disecciones que hacía en cerdos, monos, en perros… Con esta obra hay un cambio de paradigma y se va a iniciar el estado moderno de la medicina. Esta es la primera edición de 1543 y, aparte de ser médico, Vesalio era profesor de medicina de la Universidad de Padua. 

Las imágenes son xilografías, grabados en madera; la madera normalmente suele dar un aspecto más tosco ,a diferencia de la calcografía con grabados en cobre, que tiene un acabado mucho más fino. Pero con la madera se llegan a hacer trabajos como el que estamos viendo. Por un lado está el aporte de conocimiento del propio Vesalio, y por otro se ayuda en un artista de la época, Stefan Van Carcar, que es quien trabaja la parte estética. No solo es importante el conocimiento, si no como lo muestras. Hoy en día pasa con los científicos, es tan importante saber hacer bien tu trabajo como saberlo mostrar. 

¿De qué año es el libro?

Del año 1543. De esta obra hay muchos ejemplares. Nosotros ya lo tenemos digitalizado, y en breve estará disponible de forma libre y gratuita, como todas nuestras digitalizaciones.

Eduardo Hernández Pérez

¿Está hecho con tipos móviles?

Claro. Eso es. Son tipos móviles. Os voy a mostrar un libro que considero que es un monumento a la imprenta; se trata de la Biblia poliglota complutense. Es un proyecto de Cisneros cuando crea la Universidad de Alcalá de Henares. Cisneros reúne a una serie de profesores de diferentes idiomas para hacer lo que viene a ser el original del que proceden todas las versiones de la Biblia. Es decir, versiones arameas, versiones hebreas, versiones griegas, latinas, de diferentes tipos. Manda llamar a un impresor de origen francés que está trabajando en Navarra y Logroño, que es Arnao Guillén de Brocar, para hacer seis volúmenes: los cuatro primeros son para el Antiguo Testamento, el quinto es para el Nuevo Testamento en griego y el sexto para diccionarios, vocabularios…

¡Qué maravilla por favor! ¡Qué preciosidad!

Os cuento la estructura de la página. Esto que aparece en el centro es la versión vulgata de san Jerónimo, la traducción del griego, hebreo y arameo al latín, que es la versión que luego en el Concilio de Trento en el siglo XVI la Iglesia toma como texto canónico obligatorio. Esta maquetada con la Vulgata en el centro, exterior para hebrea, e interior para la griega de los Setenta con un interlineado latino. Y por debajo, versión aramea con su correspondiente traducción al latín.  

Primero tienen que hacer los tipos y luego pensad en el cajista, el componedor que va a hacer cada uno de los reglones. ¿Sabía todos los idiomas el cajista? Y si no sabía, ¿tenía alrededor todos los que sabían los idiomas para decirle ese sí, ese no? Es una auténtica barbaridad. Además cada idioma ocupa un espacio diferente. Fijaos en el arameo, que se escribe de derecha a izquierda. Termina ahí y luego ponen una cadeneta para completar el renglón y para que el renglón no queda a la mitad. 

Una vida dedicado a ello.

Pues eso se imprime entre 1514 y 1517. Hasta 1520/21 el papa no va a permitir la publicación. Y además se cuenta que en el 1517, cuando acaba de imprimir el último libro, el hijo de Arnao Guillén de Brocar (no sé si es historia o leyenda) es el encargado de ir al palacio del arzobispo de Cisneros para entregarle el último ejemplar. Por lo tanto, Cisneros si vio impresa la obra, pero no la vio publicada porque murió ese mismo año.

Eduardo Hernández Pérez

¿Cuál fue la tirada?

Creo que fue en torno a seiscientos ejemplares. En muy poco tiempo la obra se agotó y descatalogó. Y por eso Plantino, a finales del siglo XVI, hace la Biblia poliglota regia, que edita Arias Montano.

¿Es cierto que hay obras como la de fray Luis de León que han sobrevivido gracias a la censura?

Sí, es una paradoja porque parece que la censura lo que hace es acabar con los libros. En este caso lo que hizo fue salvar ese libro. Esta obra tiene firmada cada una de las páginas porque pasó por la censura previa. La censura previa no era la Inquisición, si no que era el Consejo de Castilla el que se encargaba de hacerla. La revisión se hacía presentando el manuscrito, lo cotejaban, y si no había ningún obstáculo lo que hacían era firmar al final para que no se pudiera añadir nada nuevo. Y se volvía a llevar a la imprenta. Se cotejaba lo que habían impreso con lo que se había permitido en el original, y mientras estaban haciendo eso, lo que se hacía era imprimir el primer cuadernillo. Es en el que aparece la portada, la introducción… Y por eso es por lo que históricamente, como una tradición, tiene una enumeración diferente a la del cuerpo del libro. ¿Os dais cuenta cómo la introducción del primer cuadernillo suele tener una enumeración en romano y no en arábigo? Bueno, pues es por esa razón. Para no solapar numeraciones. Mientras el libro estaba sufriendo este proceso burocrático, el convento de los agustinos, donde había vivido fray Luis, sufrió un incendio y con él se destruyó  toda la biblioteca. Y el libro al estar fuera se salvó.

Y aquí tenemos un libro con una censura diferente, ¿no?

Esa firma que aparece ahí es del censor por el que pasó la obra. En este caso en 1640, en Salamanca, y el que firma la censura tiene el gracioso nombre de Francisco Cachupín. Así es como nos llaman en México a los españoles; cachupines. Y que no lo hacen con ninguna buena intención. Bueno, pues el señor Cachupín no realizaba ningún trabajo intelectual. Él simplemente se tiene que atener a lo que le marca el índice de libros prohibidos. En el índice aparecen autores prohibidos, obras prohibidas, y partes de obras que se tienen que censurar. Los dos primeros casos que conocemos todos (autor y obra censurada) conducen el libro a la hoguera, a veces acompañado del autor, otras veces iba en el mismo lote el impresor. Si no daban con el autor lo quemaban en efigie. Si había muerto, sacaban los restos y los quemaban. Este sería el tercer caso. El de la expurgación. Quiere decir que no toda la obra merece ser censurada, sino todo aquello que ponga en riesgo las bases doctrinales de la Iglesia. Por ejemplo, la obra de Copérnico no será censurada porque es muy difícil de entender, el propio Copérnico quiso que fuera así de oscura. Sin embargo a Galileo lo va a condenar por su esfuerzo pedagógico. Entonces tachan con tinta, y luego superponen un papel encima para impedir que se pueda leer. Eso es el antecedente del típex. 

¿Es un libro impreso que se censura a posteriori?

Eso es. Por eso es por lo que interviene ya la Inquisición. De hecho, esto se imprime en 1583 y se censura en 1640. Tú busca todos los ejemplares que han impreso. Es que es muy difícil dar con ellos. La censura, en muchos casos, tenía que ver con el miedo que producía a la gente. Entonces lo hacían casi de forma voluntaria, casi no hacía falta buscar los ejemplares. Y en una institución como la Universidad de Salamanca, que quiere estar a bien con las normas, va a comisionar a una persona para que haga esta intervención. 

Eduardo Hernández Pérez

¿Existe sin censurar este libro?

Este libro existe sin censurar en zona protestante, estamos hablando de zona católica. Estamos hablando de un libro que se imprime en Lyon, en Francia, por lo tanto se reparte por toda Europa. La censura de la Inquisición, de la Iglesia católica frente a las iglesias protestantes, son complementarias, lo que permite una lo censuran las otras… jugaban a eso. De hecho, a Copérnico durante todo el siglo XVI se le permitió la lectura aquí en la Universidad de Salamanca. ¿Por qué? Entre otras razones porque uno de los primeros que va a estar enfrentado a la obra de Copérnico es un tal Lutero, así que… ¿tú estás en contra? Pues entonces yo lo permito. Lo que pasa que no sabían dónde se estaban metiendo. 

¿Dónde tenéis los incunables y los manuscritos?

En una sala más pequeña anexa a la sala general. Está justo detrás de la fachada rica que se construyó en el siglo XVI. El mueble es del siglo XVII, las pinturas son de Martín de Cervera, para nosotros muy importantes porque nos habla mucho de la vida cotidiana de la universidad, de las costumbres que tenían, la vida académica, o de pequeños detalles. 

Dentro se guarda también el arca de las cinco llaves, que era donde guardaba la universidad el dinero. Se tenían que reunir cinco personas y cada una de esas personas tenía una llave: eran el rector, el maestrescuela, dos profesores eméritos y un miembro del claustro de diputados, cada uno con su llave para poder abrir el arca que contenía tanto dinero como documentos importantes: bulas papales y otras reales. La universidad ejercía también como una especie de montepío. Si algún profesor se quería pagar o costear la edición de un libro, si un estudiante se quería graduar y no tenía dinero, lo que hacía era pedírselo a la universidad y a cambio tenía que dejar algo. Ese aval podía ser ropa de seda, candelabros de plata… lo que fuese para conseguir que la universidad le prestara ese dinero. Los grados en la Universidad de Salamanca eran muy caros. Ahora se guarda una torá de 33,3 metros en un rollo de pergamino. Para los judíos, este es un formato que se va a seguir utilizando en las sinagogas. No para el estudio, sino para la liturgia. 

Ahora se entiende por qué la memorizaban. Es dificilísimo trabajar con ella.

Esa es la razón. Porque todo aquello que facilita la lectura te aleja de la memorización. En un formato de rollo, como este, memorizas para no tener que volver sobre él. Como para dejar una página a la mitad para el día siguiente… 

¿Tenéis las cinco llaves ahí, no?

Tenemos las cinco llaves, pero no sabemos si valen o no. No lo tengo muy claro. No lo he probado nunca ni lo pienso probar. Solo de pensar que se cierra el arca y luego no se puede abrir… me dan los siete males.

Eduardo Hernández Pérez


Spexico is different

Noche y día. Imagen: 20th Century Fox.

Durante el penúltimo episodio de la penúltima temporada de Cómo conocí a vuestra madre, Ted Mosby  (Josh Radnor) rememoraba un heroico viaje de juventud a través de España equipado tan solo con ropa de arrastre, una riñonera y muchas ilusiones. Un recuerdo que en la pantalla llegaba acompañado de un breve flashback de veinticinco segundos donde el actor correteaba frente a un croma simulando aventuras por la Península. Lo envidiable es que aquellas escenas resultaron legendarias por los motivos equivocados: nunca se habían condensado tantos disparates en un lapso tan breve de tiempo a la hora de hablar de España en la pequeña pantalla.

La secuencia arrancaba con un desgreñado Mosby trotando frente a un mapa de España donde se dibujaba un itinerario a través de una geografía de exactitud voluble: el plano renombraba Mérida como «Marida» y la plantaba en Portugal, colocaba Pamplona fuera de Navarra, mudaba a Barcelona desde la costa hasta el centro de Cataluña y rebautizaba Valencia y Tarragona como «Valencenia» y «Tarrogona». A continuación, el personaje era recibido en Pamplona, con un amago de tango, por una sevillana y se marcaba un sprint delante de las imágenes de un encierro de San Fermín rodado hace cuarenta años (un cartel del Banco Español de Crédito asomaba al fondo permitiendo tasar la edad de la escena) para acabar aterrizando en el Parque Güell con una banda de mariachis cantándole a su riñonera. Tras la emisión, la cadena recibió una tromba de críticas por parte de los spaniards sentados entre la audiencia y los creadores del show, Carter Bays y Craig Thomas, decidieron remendar el asunto por completo: en futuras reposiciones y la edición en DVD sustituyeron el paseo a través de España por una travesía a lo largo de México y en la pantalla reemplazaron las imágenes del croma por escenarios más propios de la tierra de los joviales mariachis.

Cómo conocí a vuestra madre. Imagen: CBS.

Todos los guionistas del mundo son de California

El hecho de que gran parte de la industria audiovisual se origine en el sur de California y, más concretamente, en el Hollywood de Los Ángeles ha provocado que aquella zona de los Estados Unidos de América se convierta en un nido de guionistas y otras gentes de malvivir capaces de construir una carrera profesional a base de escribir historias ficticias. El problema de esta centralización de las ficciones es que también ha propiciado que la mayoría de relatos se construyan sobre una imagen muy específica de la sociedad, concretamente la percibida por los habitantes de la California más sureña. Por eso mismo, en las películas y series siempre es primavera (es el clima habitual en Los Ángeles), los policías tienen como lema «To protect and serve» y gozan de cuarenta y ocho horas para endosar un crimen a un delincuente (son el lema y las normas de los policías de L. A., pero no del cuerpo de policía de otros estados), y la gente llama «soda» al refresco (cuando en otras zonas de EE. UU. se denomina coke o pop). La cosa se agravó a partir de los años ochenta, cuando Nueva York dejó de molar y Los Ángeles se convirtió en el destino de todas las personas cool del país, ese tipo de gente que acaba cantando y bailando sobre los coches durante un atasco. El caso es que este fenómeno, denominado como «Californication» o «SoCalization», ha provocado que la visión que los americanos poseen de España esté remezclada con la de México y sus gentes. Como a los guionistas californianos les queda más cerca Tijuana que Madrid, y lo de abrir el Google para comprobar si no estás cagando en el huerto equivocado es un engorro, es bastante habitual que dichos escritores acaben recurriendo a estereotipos, apariencias y escenarios mexicanos a la hora de reflejar el país europeo. Y todo esto ha provocado que la ficción haya fundado sin querer un nuevo reino imaginario: Spexico, la nación que no diferencia a los españoles de los mexicanos.

Spexico is different

El doctor Harry Weston (Richard Mulligan) de Nido vacío, aquel spin-off de Las chicas de oro, preparó la maleta en el episodio «Harry’s excellent adventure» para correr delante de los toros por las calles de Pamplona. Lo primero que hizo al llegar a la ciudad (minuto 16:37) fue arrimarse a los lugareños para compartir las tradiciones típicas de Navarra: sentarse en la silla del revés y beber tequilas. En la cuarta temporada de Arrested Development, George-Michael (Michael Cera) colgó el póster de la película Átame de Pedro Almodóvar en la pared de su cuarto universitario. La trama explicaba que el personaje se había tirado los meses anteriores acostándose con un estereotipo de MILF latina y dejándose crecer un bigote de telenovela mientras estudiaba en una España donde el escenario y los secundarios en realidad parecían muy puertorriqueños.

Mentes criminales: sin fronteras. Imagen: CBS.

En el capítulo de CSI: Nueva York titulado «Atrapado», el equipo habitual de la serie recibía la visita de un miembro de los Mossos d’Esquadra («la policía de Barcelona», apunta un personaje que visitó España tras los atentados  del 11M), un detective llamado Héctor Vargas interpretado por un actor cubano que no solo llevaba a cuestas el acento y las expresiones de su tierra, sino que además demostraba serias dificultades para pronunciar «Mossos de’Esquadra» sin equivocarse. El film En el punto de mira centró la acción alrededor del intento de asesinato del presidente de los Estados Unidos durante una visita a Salamanca, y lo gracioso para el público español fue descubrir que la película había sido rodada en una Puebla (México) tuneada para imitar a la provincia española pero con un disfraz que chirriaba con frecuencia: los actores sufrían para fingir el acento castellano, se distinguían señales de tráfico rotuladas con la palabra «ALTO» en lugar de «STOP» y a los secundarios se les escapaban improperios más propios de la América latina que de los clásicos cagamentos castizos. El quinto capítulo de The Unit tenía lugar a ritmo de guitarra en una Valencia en la que asomaban caras caribeñas, sombreros panameños, la Guardia Civil, puestos de venta de cocos y bigotes estalinistas ofreciendo la impresión de que sus responsables habían confundido la Valencia mediterránea con el condado de Valencia de Nuevo México. El equipo A atendió una misión en un aeropuerto de Barcelona que en realidad era una California poblada por extras latinoamericanos. Alias envió con frecuencia a Jennifer Garner a repartir galletas en misiones por ciudades como Madrid, Barcelona, Sevilla, Málaga, Zaragoza, Pamplona o Ibiza, pero los habitantes de aquellas urbes tenían una evidente herencia genética más latina e indoamericana que europea. Mentes criminales: sin fronteras ambientó un capítulo durante los sanfermines que no defraudó: combinó metraje real de las fiestas con imágenes de Valencia y escenarios propios de un wéstern, utilizó pósteres de los años cincuenta, aseguró varias veces que San Fermín es patrón de Pamplona, plantó mucho cactus e hispanoamericanos como atrezo y se inventó un villano que hacía desaparecer cadáveres dándoselos como merienda a los toros, esos maravillosos animales herbívoros. En Navy: Investigación criminal  ocurrió algo que podría provocar convulsiones y espumarajos en el valenciano medio: un personaje bromeaba asegurando que la paella había sido llamada así «En honor a Paellus, el dios azteca del sexo después de los sesenta».

Los gambazos geográficos llegaron hasta los mundos animados: en Daniel el travieso la americana familia protagonista viajaba hasta Pamplona en tren («Bienvenidos a Pamplona en diez minutos, bien viaje» [sic], anunciaba el revisor) para encontrarse con una ciudad del lejano Oeste con sus cowboys, sus toros pamploneses y sus puertas de vaivén para entrar al clásico saloon de vaqueros. En Ace Ventura: detective de mascotas la versión animada de Jim Carrey persiguió a un toro hasta una Pamplona cuyos habitantes lucían ponchos, sombreros mexicanos, moscas revoloteando y se pasaban el día durmiendo la siesta sentados en las calles de un poblado con cantinas. Chip y Chop: los guardianes rescatadores llevó a las ardillas hasta las carreras de toros de la ficticia Tramplonia, una ciudad española con pinta de pueblo chicano repleta de mostachos y sombreros mexicanos. Las Tortugas Ninja animadas de los ochenta y noventa también corrieron delante de los toros en el país que no tocaba, pero al menos no salieron de la Península: en el episodio «Ring of Fire» celebraron las fiestas de San Fermín en Lisboa.

Ace Ventura (Nickelodeon). Chip y Chop (Disney). Daniel el travieso (Universal).

Spexico llegó a extender sus fronteras hasta el mundo del videojuego: el fabuloso Resident Evil 4 transcurrió en territorios rurales castellanos repletos de aldeanos monstruosos que escupían improperios con acento latino (aquel «Detrás de ti, imbésil» era casi poético) y expolicías de la capital que carecían de acento madrileño. Lo simpático es que la compañía responsable (Capcom) negó oficialmente que la aventura estuviese ubicada en España para regatear quejas, pero el propio juego utilizaba como moneda la desactualizada peseta y señalaba fugazmente que los paletos psicópatas habitaban las cercanías de Madrid. Spinmaster, un arcade noventero de Data East, arrancó con bonitas intenciones situando su primera fase en un «Madrid airport» donde ondeaba una bandera rojigualda, pero metió la pata hasta el fondo al colocar, en el mapa del juego, la urbe española en continente americano. El disparate fue subsanado posteriormente pintando barras y estrellas en la bandera y un «American airport» sobre el rótulo del aeropuerto.

Resident Evil 4 (Capcom). Spinmaster (Data East).

Letras analfabetas

El cansino de Dan Brown presentó Sevilla en la novela Fortaleza digital como una ciudad tercermundista donde los hospitales olían a meado y carecían de medicina avanzada, la policía era fácilmente sobornable, los sevillanos eran salvajes y maleducados, la delincuencia estaba a niveles de la Detroit de Robocop, el zumo de arándanos era una de las bebidas típicas y en general resultaba muy difícil encontrar un teléfono que funcionase. El bueno de Brown se justificó explicando que estudió durante un año en la Universidad de Sevilla de joven, y desde la Universidad de Sevilla aclararon que no tenían a ningún Dan Brown apuntado en el libro de visitas y que a lo mejor se vino de campamento por agosto o algo así. El best seller de 1988 Las arenas del tiempo, de Sidney Sheldon, también pisó terreno peninsular sin documentarse: líderes etarras llamados Jaime Miró que desviaban el encierro de San Fermín para provocar el caos, «Policiía armada» [sic], una Iglesia católica opuesta a Franco, terroristas presentados como héroes, errores geográficos notables, un personaje que se llamaba «Manuelo» y la revelación de que el gazpacho y la paella son platos típicos de la gastronomía vasca.  

La novela  Op-Center: equilibrio de poder anunciaba en su portada con letras bien gordas que había sido escrita por ese paritorio de best sellers que fue Tom Clancy en colaboración con el escritor Steve Pieczenik, pero todo aquello era mentira, porque en realidad ninguno de ellos tenía la paternidad del texto: la historia había sido redactada por un negro literario llamado Jeff Rovin, un caballero que lo mismo firmaba guías de videojuegos que la biografía de Julio Iglesias u otra docena de manuscritos para Clancy. Lo más gracioso del asunto es que Rovin técnicamente tampoco era el verdadero autor de la edición en español de Equilibrio de poder por culpa del nulo trabajo de investigación del que hacía gala el relato original. Aquel thriller político partía del asesinato, en las escaleras del Palacio de las Cortes madrileño, de una diplomática americana que intentaba calmar las tensiones regionales existentes en una España que siempre había estado «al borde del desastre». La trama revelaba más adelante que el homicidio había sido organizado por empresarios catalanes y diputados vascos para desestabilizar económicamente Castilla y hacerse con el control del Gobierno. Según la novela, los catalanes eran hombres blancos supremacistas que detestaban a los negros («Una animosidad que se remonta novecientos años atrás, a las guerras contra los moros de África»), los castellanos se consideraban la España auténtica («Siempre han creído que ellos son España y el resto del país no») y los andaluces eran gente que dedicaba su tiempo libre a enseñar flamenco y se diferenciaban con su oscurísima piel del resto de la población.

En esencia, Rovin había basado su historia en unos conflictos raciales idénticos a los de una Latinoamérica donde se establecían jerarquías entre blancos, indios, mestizos y negros. Pero al hombre se le había olvidado que en el continente americano aquella segmentación racial se había producido como causa de la colonización del lugar, algo que era poco probable que hubiese sucedido en España porque, a grandes rasgos, los españoles eran los que estaban colonizando a tope al otro lado del charco. Todo este desmadre, unido a que la propia novela diseñaba un antagonista que se creía el Cid pero lucía una ideología paralela al franquismo, supuso que la editorial (Planeta) se acoquinase tanto como para encargar al traductor, Víctor Pozanco, que reescribiera el asunto tuneando todo el contenido potencialmente ofensivo para el público de España, demostrando de ese modo muy poca fe en la capacidad de análisis del lector. Pozanco desintegró párrafos enteros, reescribió otros y se inventó situaciones en la historia que atasen los cabos sueltos producidos por tantos remiendos. La edición española de Equilibrio de poder incluyó un prólogo aclarando que se habían realizado cambios, pero desgraciadamente no tuvieron huevos de poner en la cubierta un «Tom Clancy en colaboración con Steve Pieczenik presenta Equilibrio de poder, escrito por Jeff Rovin y remezclado por Víctor Pozanco».

La pelota vasca

El desfiladero de la muerte, una película producida por Paramount en 1959, tiene el honor de ser uno de los retratos más delirantes del pueblo vasco fabricados en Hollywood. Una cinta de aventuras donde una banda de aguerridos naturales de las Vascongadas cruzan el salvaje Oeste americano utilizando la cesta punta como arma para enfrentarse a los indios, empleando los irrintzis como un misterioso lenguaje avanzado, saltando entre las rocas como si tuvieran superpoderes y bailoteando flamenco en las acampadas. Su tráiler es una pequeña maravilla que embala el parkour agreste con frases promocionales como «El grito de guerra de los guerreros vascos, nunca has escuchado nada similar».

La desgraciada existencia de la organización terrorista vasca Euskadi Ta Askatasuna ha servido también para que los guionistas pudiesen pescar villanos exóticos para sus relatos, aunque frecuentemente el asunto no conllevaba una documentación previa muy exhaustiva sobre el tema. La serie El anillo, apadrinada por Jerry Bruckheimer y protagonizada por Benjamin Bratt junto a Dennis Hopper, presentó a un terrorista vasco de acentazo mexicano. En Chuck un etarra con el vasquísimo nombre de Juan Diego Arnaldo exhibía entonación cubana. La película The Jackal (Chacal) tenía en el reparto principal a una militante de ETA con nombre italiano (Isabella Zanconia) e interpretada por una actriz francesa (Mathilda May). En un capítulo legendario de McGyver, el amigo de la bricomanía de supervivencia se infiltraba en un campo de entrenamiento de montañeros vascos «en guerra contra Francia y España» donde una tropa de sudamericanos, vestidos con txapelas y chalecos, se ponían en forma entre bananas y utilizaban irrintzis como grito de guerra.

Esto es Hexpaña

Una de las inamovibles reglas no escritas de la ficción es la necesidad de retratar con los estereotipos más rancios posibles los países foráneos donde ponga el pie cualquier relato o creación. Y, como los estadounidenses son quienes suelen llevar el timón de los entretenimientos audiovisuales, dicha norma supone considerar como extranjero a todo aquello que no sea Estados Unidos. Por eso mismo la Torre Eiffel es visible desde todas las ventanas de París, todos los chinos dominan las artes marciales y cada italiano tiene una Vespa aparcada junto a la góndola en el garaje. En el caso de España, los tópicos a sufrir están mundialmente reconocidos: las corridas de toros, la siesta, el flamenco, la guitarra, la paella y las rosas aprisionadas entre los dientes de un galán engominado.

En el guion original de Vicky Cristina Barcelona el personaje de Javier Bardem era torero, hasta que alguien le susurró a Woody Allen que casi mejor cambiarle el oficio a pintor porque lo de ser matador no iba a calar del todo entre los catalanes. Las aventuras del joven Indiana Jones transitaron por Barcelona entre raciones de paella, sombreros cordobeses y una escena en la plaza de toros. Tom Cruise visitó, durante aquel Circo del Sol con motos y palomos que fue Misión Imposible 2, una Sevilla en cuyas calles se combinaban las Fallas de Valencia con las procesiones de Semana Santa mientras el personaje de Anthony Hopkins aseguraba que los andaluces eran muy de prenderle fuego a sus santos para honrarlos. En las ruedas de prensa promocionales de aquella película, el propio Cruise se limitaba a sonreír cuando los periodistas españoles le preguntaban por el patinazo, pero lo cierto es que el actor le pillaría el gusto a lo de atropellar tradiciones españolas: diez años más tarde protagonizó Noche y día, una comedia de espías que viajaba de nuevo hasta Sevilla para meter a Cruise, Cameron Díaz y Jordi Mollá en una persecución motorizada entre estampidas de toros durante los típicos sanfermines andaluces.

Los videojuegos aprovecharon los repartos multiculturales para vestir con sambenitos a los españoles pixelados: el clásico de lucha Street Fighter II presentó a Vega, un ninja-torero armado con una garra de tres cuchillas cuyo ring estaba construido en el interior de un «mesón de la taberna» [sic] donde un par de señoritas bailaban sevillanas frente a la estampa de una corrida de toros. Fatal Fury 2 también contaba con un torero español en el reparto, un personaje llamado Laurence Blood que combatía, espada y capote en mano, en una plaza de toros con los bovinos correteando a su alrededor y la Sagrada Familia al fondo. Tekken 6 introdujo un luchador llamado Miguel Caballero Rojo con outfit de matador, pero el director del juego, Katsuhiro Harada, se arrepintió de la idea y le concedió un armario sin tópicos en entregas posteriores. Uno de los villanos de Shin Megami Tensei II era un cruce entre un esqueleto pirata fantasmagórico y un torero, se hacía llamar Matador y tenía técnicas de ataque bautizadas como «Red capote» o «Andalucía». La saga de boxeo Punch-Out se especializó en convertir los estereotipos en parte de la broma: el púgil español se llamaba Don Flamenco y era un tópico con patas que lucía patillas enormes, entraba en escena al ritmo de la «Canción del toreador» de la ópera Carmen, luchaba con movimientos de flamenco acompañados de sonido de castañuelas y tenía una rosa siempre a mano. El simulador Harry Potter: Quidditch World Cup, centrado en el deporte ficticio que lo petaba en el Hogwarts de J. K. Rowling, vestía de toreros al equipo español de magos montados en escobas. Tony Hawk’s Underground 2 moldeó una Barcelona donde era posible circular en monopatín por los alrededores del MACBA, la estación de Sants, el puente del Maremagnum, el parque Güell o los tejados de la Pedrera, pero no renunció a meter a un hombre con la vestimenta oficial de los sanfermines y a un toro al que había que azuzar lanzándole un tomate. Además, si el jugador superaba con éxito algunas pruebas, se desbloqueaban un par de personajes nuevos y nada estereotipados: un torero skater y uno de los miembros de Jackass (Steve-O) cabalgando un toro mecánico.

Street Fighter II (Capcom). Fatal Fury 2 (Snk). Tony Hawk’s Underground 2 (Activision). Punch-out!! (Nintendo). Shin megami tensei III (Atlus).

No estamos solos

Spexico no es el único país ficticio que las películas, series de televisión y videojuegos han consolidado en la memoria colectiva: el Imperio Mayaincateca agrupa parte del continente americano (de México hacia abajo) en una misma nación ficticia, porque el público no es capaz de distinguir a los mayas de los incas o los aztecas cuando Indiana Jones y sus imitadores corretean por los templos. La Antigua Groma es una tierra legendaria donde los habitantes de Roma creen en dioses de la mitología griega mientras los soldados griegos visten armaduras romanas, hablan en latín y calculan sus gastos en números romanos. El Lejano Oriente es una región misteriosa donde geishas, kung-fu, cerezos en flor, dragones, osos panda y ninjas cohabitan en armonía cuando el espectador medio no puede distinguir China de Japón. Pero probablemente sea Escocirlanda la nación imaginaria más cercana al concepto de Spexico, porque a los escoceses e irlandeses suele tocarles bastante las gaitas que el resto del planeta nunca sepa distinguir con certeza si lo que ocultan debajo del kilt es un Leprechaun o el monstruo del Lago Ness.


Editar en tiempos revueltos: Fabio de la Flor (Delirio)

Voy a recoger a Fabio de la Flor, editor de  Delirio, en un coche destartalado. Cuando nos ve —al coche y a mí; el coche en sí mismo es una presencia con una cierta importancia; a mí me da un pelín de vegüencilla: lo mismo resulta que me he equivocado con él y es un tipo la mar de estirado, que ya me ha pasado esto, y no se siente cómodo y todo acaba siendo un desastre y luego no publico nada, ando yo pensando— sonríe. Fabio siempre sonríe. Es lo natural en él. Seguramente he suspirado entonces en alto. Qué alivio. Sonríe con toda la cara, con generosidad y con toda la empatía del mundo. No empiezo a grabar hasta que bajamos, después de perdernos en el barrio de Hortaleza, por la parte más macarra, por la que conozco mejor. Enciendo precipitadamente la grabadora cuando por fin nos sentamos y recuerdo que no soy Chaves Nogales, que tengo memoria de pez. [Las cursivas son mías.]

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El mercado se nutre del fracaso, dices.

Es algo muy lógico. El mercado entero se sostiene sobre un 97% de proyectos que fracasan y sobre el éxito —quizá— relativo, siempre esperando que estos también fracasen, de ese 3% restante. Montas una librería, una editorial, lo que sea; tienes un capital base y un mercado cuyo principal objetivo es hacerse con él. Es decir, que tú lo dilapides. Esto es difícil de entender porque todos los que nos iniciamos en un negocio pensamos justo en lo contrario: en que el dinero fluya hacia ti, y no al revés. Obviamente, de ese 97% de editores —que fracasa y que va a dilapidar la pequeña inversión inicial— un porcentaje altísimo es de gente que se mete ahí sabiendo ya. Es decir, no te haces editor de la noche a la mañana, o solo por fardar. Bueno, hay gente que sí, que lo hace solo por fardar [nos tenemos que reír]. Y hacen bien, qué cojones. Pero son muy pocos casos. Hay un porcentaje altísimo de ese 97% que va a fracasar que sabe lo que se trae entre manos cuando se mete, conoce su oficio —sabe hacer libros, no digo venderlos— y durante tres, cuatro, cinco años,  gastan el capital con el que empezaron en hacer muy buenos libros, en hacer cosas que son realmente interesantes, pero que no venden  una puta mierda —ésa es la realidad: es muy difícil vender—, han estado dedicándose única y exclusivamente al éxito del libro… y al fracaso de su negocio. De manera que tienes a una cantidad enorme de gente produciendo muy buena literatura, muy buenos libros, destinados al fracaso que nutren una especie de imaginario social en el que todo el mundo dice «joder, qué buena salud tiene la cultura». Y sí, bueno, tiene buena salud a costa de que hay quien va dejándose la piel en ello.

El mercado no quiere restituir. El mercado lo único que quiere es que llegues, deposites tu dinero, y te marches por donde has venido. En el mejor de los casos, si tienes éxito, entonces se te exigirá aún más: más gastos fijos, más gastos variables, para —en teoría— poder seguir teniendo más éxitos, para poder gestionar los que ya has conseguido… Está continuamente tentándote, llamándote, pidiéndote. Ocurre que te está llamando al fracaso, nada más. No está llamándote a crecer, o a que cumplas tus ambiciones y expectativas, ni siquiera las de tus autores ni lectores. Te llama hacia las trampas. De repente tienes a tres personas más que te ayudan, un local más grande, subcontratas, viajas, inviertes, tienes el triple, el cuádruple de gastos. Es decir, tendrías que empezar a tomar decisiones con pies de plomo, estar siempre cuidando el producto, los libros que haces, el dinero que te cuesta hacerlos, calcular bien el que te va a ser restituido, has pasado de hacer unas bufandas preciosas a tener que mover mil bolillos al mismo tiempo sin perder el encanto. Y, al mismo tiempo, en una especie de pantomima cultural que se da desde Atapuerca, tienes que seguir defendiendo el producto desde presupuestos culturales, literarios, bibliófilos, críticos…

Hay que buscar, desde el inicio y continuamente, un equilibrio, y ser conscientes de que tanto las fuerzas del mercado como las fuerzas culturales son siempre fuerzas disruptivas, fuerzas que van a intentar romper ese equilibrio. Y, sinceramente, yo hablo del libro porque es lo que conozco medianamente, pero creo que sucede en absolutamente todos los ámbitos. Da igual que hagas libros, globos aerostáticos o sardinas enlatadas, a ellos les influirán las garantías de seguridad o la sanidad alimenticia.

Como editor tienes que evitar todo tipo de tentaciones. Para mí es muy interesante, en este sentido, vivir en provincias. En mi caso, vivir en Salamanca se ha convertido en una manera de alejarme un poco de los envites del mercado. En un sitio como Madrid, aunque sea sólo por estadística, son continuos, tú lo sabes, todos los putos santos días llamándote por tu nombre.

¿Y tú por qué te haces editor, Fabio? ¿Por fardar?

[No crean que va a contestar ahora a la pregunta. Lo hará mucho más adelante. Entrevistar a alguien como Fabio tiene esa complicación: hay que insistir muchísimo]

Bueno, no sé, es probable… aunque rápidamente me di cuenta de que no fardaba una mierda. La profesión de editor tiene cierta mística aparejada. Es como comprar una licencia de taxi, con la que además de conducir y ganar dinero trasportando clientes, también puedes ir convirtiéndote poco a poco en un psicópata mientras describes poéticamente lo que sucede en Nueva York.

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Fotografía de Celia Santos Rodríguez

En el kit del editor que venden en IKEA hay un boli rojo, una buena edición en rústica y una buena en tapa dura, un contrato de derechos, un sello de caucho con el logo, un saco de cinco kilos de café, unas albóndigas —IKEA siempre tiene que meter algo suyo—y como un halo transparente de glamour que lo cubre todo, un tufillo elitista.

snob.

Sí, snob. Cierto aire intelectual. En realidad, lo que ocurre es que todos esos putos valores han desaparecido ya y nadie puede empezar a esgrimir estas banderas porque ya no valen. Si alguien juega el papel del intelectual en estos tiempos, como dice uno de mis autores, es para dejarse el cuerpo en ello, para ir a la batalla con todo lo que tiene y todo lo que es. Son muy pocos, obviamente, los que están dispuestos a hacerlo. Lógicamente.

De todas formas, no todo el mundo quiere comprarse el kit del editor. He encontrado muchas razones entre mis colegas que lo tienen, y he de decirte una cosa: todas son legítimas y honestas, o por lo menos las que yo conozco. Y eso te reconcilia mucho con lo que te rodea, te hace estar más dispuesto a admirar y a reconocer a los otros. Muchos lo llevan en las venas y de repente reciben una herencia o un préstamo y deciden lanzarse a ello. Otros montan una editorial para editarse su propia obra y le pillan el gusto y continúan con más colegas. Otros vienen del mundo fanzinero y terminan en la tapa dura… Todos hemos sido llamados por un lugar que no existía, o por un lugar que existía a medias.

El libro, o más bien, el interés que se desprende de un libro, ha sufrido una gran inflación durante años. El espectro cultural ha sido sostenido por el capital social y no por la sociedad en sí, me parece. Durante años hemos pagado las preguntas y también las respuestas. Una institución —un Ayuntamiento, una Fundación, un Museo, por ejemplo— daba un premio o editaba un catálogo y pedía a la editorial que elaborase un presupuesto para 3.000 ejemplares; que ellos no querían participar en los beneficios porque como institución no podían hacerlo, que lo que querían era, por seguir poniendo cifras, un suponer, 300 ejemplares. Entonces, la editorial lo que hacía era imprimir 400, le daba al Ayuntamiento los libros que habían acordado, no se hacía seguimiento, se quedaban con 100 que repartían a determinadas librerías, libros que a los pocos meses seguían ahí, no se habían movido de la estantería, porque no se trataba de vender, eso ya daba igual; ese libro estaba cien veces pagado, su venta era insustancial.

Que yo no digo que cierta «cultura» no deba estar subvencionada. Es necesario y enriquecedor. Pero no puede engrosar el ideal de una cultura compartida y saludable. En cuanto el dinero ha dejado de llegar, el desplome ha sido terrible. Mucho más devastador que la falta de dinero ha sido la incertidumbre y el miedo al que nos hemos visto proyectados.

Oye, ¿y el premio planeta? Sí vende, ¿no?

El Premio Planeta qué más da que venda o no venda. Puede vender los que quiera, en realidad es publicidad, están pagando anuncios, cuñas y televisión de la marca. Cien millones de pelas es lo que cuesta, ¿no? Lo que te dan de premio. O cuando hablamos de un Pérez Reverte, al que se le dará una cifra muy grande como anticipo, que en su momento sería aún más. Isabel Allende, creo que estuvo en lo más alto del ránking, creo que llegó a cobrar 250 millones de pesetas de anticipo o más, o lo que le habrán pagado a Carlos Ruiz Zafón en su segundo libro. ¿Cuántos libros hay que vender para amortizar una inversión así? Y lo que ocurre es que no se trata de eso, se trata de colocar ese libro y todos los de la editorial en la mesa de novedades. Se trata de vender el Ruiz Zafón, sí, pero sobre todo los de alrededor, y sobre todo, vender la marca.

¿Tú lo has leído, por cierto? A Zafón, digo.

No no no no no. [Es graciosísimo el gesto; tal parece que le he dicho algo impensable, inaudito] No puedo ni quiero saber nada de todo eso. No tengo nada de tiempo para ese tipo de cosas. Ni siquiera para engancharme a las buenas series de televisión. Pero su presencia es constante. Incluso en ensayos que se adivinaban potentes, aparece mencionado. Voy a tener que leerlo en algún momento. Estará ya en bolsillo, ¿verdad?

BenBASURANi idea. Hablemos de tus libros. 

Procuro editar mucho ensayo. Me gusta, aunque creo que el género ensayístico está transformándose. El lector ya no quiere textos plúmbeos. El ensayo ha migrado a un paralelo más edulcorado y legible: la divulgación. No me parece mal. Pero, no sé por qué, a mí me sigue gustando lo complicado, lo difícil, lo extremo. Y hay más editoriales como yo, que siguen abriendo camino. Menos mal. Cuando publico algo como lo que voy a hacer ahora, las obras completas de Felipe Núñez, que empieza con su ensayo Para escapar de la voz media, me doy cuenta de que necesitas un gran background para descifrarlo. No me asusta la idea de enfrentarme al puzzle que ello representa, aunque tenga un millón de piezas y no sepa dónde encaja cada una. Te vas a una librería, compras un libro y  te vas a una cafetería a leerlo, eso es empezar por las esquinas.

[Interrumpo:] Así no vas a vender el libro

Pues no lo sé, lo más seguro es que no. Pero es un libro verdadero, un libro auténtico. Es del año 98. Son quince años y, sin embargo, no hay nada más actual: Para escapar de la voz media. No hay nada más en boga que esa necesidad de escapar de la isonomía, de encontrar lo que diferencia, de imprimir una velocidad de escape a todo lo que homogeniza.

[Me mira, le miro, nos miramos:] Voy a vender tres, seguramente. Ya.

Hay algunos libreros que ayudan a que este tipo de proyectos, digamos no de masas,  se conozcan, que apuestan por ellos.

Claro. Tú conoces a Damiá Gallardo, por ejemplo. No es un tipo fácil de convencer, pero cuando lo ve, se arriesga. Es un gran tipo.

Fan del Dr. Who. Eso marca mucho.

Sí. [Aquí una carcajada.]

Están Damià, Luis, Pepe, Rafa, Curro, Lola, Miguel, Álvaro, Cristina, Gonzalo, Inma, Alfonso, Alberto… muchos más. Los libreros son gente con criterio, más que cualquier otro lector: Ellos tocan todos los libros, tienen ya coordenadas de identificación, calan rápido, establecen relaciones casi auráticas con ellos, son como Jedis. Puedes leer críticas, puede que tu madre te diga algo, puede que incluso otros editores te llamen la atención, pero lo que diga un librero sobre el libro tienes que grabarlo en mármol.

¿Les estamos haciendo la pelota?

Es algo rotundo, no lo digo por peloteo.

Además, esto no lo lee nadie.

Fotografía de Luis Felipe Comendador
Fotografía de Luis Felipe Comendador

Hay poetas locales que dedican sus poemas a la ciudad en la que viven. «Poema a la Plaza Mayor». Recuerdo a uno que consiguió redoblar el esfuerzo y llegar a hacer un poemario en el que los poemas, si bien versaban cada uno sobre un monumento emblemático de la ciudad, estaba cada uno a su vez dedicado a un concejal del Ayuntamiento.

Tremendo.

Un poemario, amiga, aplaudidísimo. La vida en provincias; estas cosas funcionan. [Este momento es un descacharre: Fabio se pone a recitar:] «Llego hasta tus  arcos y te grito: “¡Bonita!”. Inundada de ocres…» Todo así. Es maravilloso.

Entonces, claro, yo ahí no tengo nada que hacer. Nadie me llama nunca para bajar a jugar al patio.

Por otra parte, todo esto es muy lógico, muy defendible. La ciudad necesita nutrirse de estas cosas. La institución ha de embellecer a la institución.

Ya, pero es dinero público, volvemos a lo de antes, ¿está bien gastarlo de esa manera?

Claro, ahí hay una disyuntiva; es lo que hablábamos sobre la cultura subvencionada. Si, digámoslo así, la fórmula que protege esa forma de hacer las cosas es una fórmula que tiene en cuenta todo aquello que de forma privada y de forma no institucional no se va a poder hacer, lo que hacen es una buena y gran labor; es decir, están dando a conocer cosas que de otro modo no habrían siquiera visto la luz. Estás en una institución de cualquier ciudad y aparecen allí cuatro señores que van a escuchar recitar a un poeta rancio… Esto no se puede criticar. Es interesante y bueno, creo yo, que los espacios públicos se abran a ese tipo de actividades.

¿Invertir dinero público en publicar libros así?

No me parece mal, ya digo. Me parece muy bien que se meta dinero en algo que de otra forma no saldría. Me parece incluso demostrativo y bonito. El problema sería gestionar eso con otras intenciones que no sean las de crear diversidad. Por otro lado, todo el mundo pone el grito en el cielo cuando se adivina que el que «está detrás» de todo tiene un vínculo especial con el «sistema». Si te soy sincero, me parece muy complejo no encontrarlo. Siempre hay un número Bacon, siempre va a haber pocos grados de separación entre las personas, sobre todo en comunidades pequeñas. Por lo general, el que critica es el que tiene el número Bacon más alto.

Todo esto, de todas formas, se ha acabado, ya no hay un duro. Tendremos que empezar a saber valernos por nosotros mismos. Es un buen acicate.

Nos felicitamos por ello, ¿no?

Sí, totalmente. Ahora hay que buscar otro tipo de fórmulas. Ahora empieza la aventura.

[Aquí hay un corte, no voy a trascribir la conversación completa, son cerca de cuatro horas, háganse cargo. Creo que fuimos crueles, también, por momentos. Y no está bonito. Uno se empieza a reír y es muy difícil parar.  Que Dios nos perdone. Así enlazo con lo que viene ahora. Aquí no ha pasado nada]

Sí que es complicado hacer libros de humor.

A mí el humor es algo que me da muchísimo miedo. Hay una manera de sobreentender el humor que me parece que no tiene nada que ver con él mismo. Es como la moda actual de los cupcakes, que muchos colorines, que muy atractivos, que muy bonitos; tanto, que al final parecen plástico. Quizá porque he estado y paso gran parte de mi vida entre gente a la que le encanta reírse, sé que en el humor, aunque parezca una perogrullada lo que voy a decir, no hay sitio para la seriedad. «No practiques la ironía si tienes la intención de aclararla» dice Rodrigo Cortés en una de sus frases antológicas. Cuando leas ese libro te darás cuenta de que, por encima de sus películas, de su hilar fino y de su tremenda agudeza, hay una cosa que prima: el muy cabrón es un tipo exageradamente gracioso.

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Cuando verdaderamente hay humor, este tiene que estar por encima de todas las cosas.

Por qué te hiciste editor. No me has llegado a contestar, que te he visto.

La editorial, en realidad, y yo creo que tú me entenderás mejor que nadie, es un laboratorio. Creé la editorial para aprender todo lo que el mundo del libro está pidiendo. Salvo para los libros, que son algo con lo que intento no experimentar, todo lo demás es algo que hago para aprender. Me metí en esto para aprender a hacer libros, a interiorizarlos, a diseñarlos, a jugar con ellos, a venderlos. Cada título representa un ir más allá en este sentido.

El del Pulitzer, por ejemplo, no lo he hecho ya solo porque el libro me interese, que también, sino por saber cómo es el comprar los derechos de un premio Pulitzer. Eso me interesa mucho, el forzarme a una profesionalización de las cosas; aprender a hablar con otras editoriales, a negociar derechos con agentes, a saber cuánto cuestan y qué pasos hay que dar. Quiero saber qué hay al final. Independientemente ya de que el propio libro me encante. Eso es lo que hago en Delirio.

SESENTA

Porque en mi familia lo primero que falla es el corazón
y casi nadie supera la década de los cincuenta,
creo que me quedaré hasta tarde con unos cuantos sinvergüenzas
de mi elección y me resistiré a los buenos consejos.
Inventaré un secreto pergamino perdido por los egipcios
y revelaré su contenido: las direcciones
que llevan a tu casa, las recetas del perdón.
(…)
Stepehn Dunn. En otro momento.
 

Ahora, con el siguiente, quiero aprender a hacer prensa, promoción. Muchos editores, diría que el 80% de los que conozco, es casi a lo único que se dedican, a hacer prensa, básicamente, a entrar en contacto con la gente que va a hablar del libro. Muchos no saben sobre la producción de su libro, o en qué papel se está haciendo. Yo me he dedicado durante este tiempo justo a lo contrario, y he dejado de lado por completo la «promoción» del libro. Que es, a la larga y como todo, una parte tremendamente importante del asunto.

¿Cómo conseguiste que se hablara tanto de Zurita? Vender un libro de poesía, nada menos.

No hice absolutamente nada. No contacté con nadie. Mi estilo es éste: jamás envío libros si no me los piden. Considero que tiene que haber un interés por ello, si no ¿de qué sirve? Fue el propio libro, o el propio autor, el que consiguió interesar, yo sólo hice lo que tenía que hacer: un buen libro.

[Está muy orgulloso de este libro. No es para menos. Vayan a una librería y búsquenlo. Y luego me lo cuentan]

Tendemos a pensar que los medios venden, y eso no es cierto: los medios dan a conocer. Luego son los lectores los que juzgan y mueven ficha, sobre todo en estos géneros «menores» como la poesía. Zurita, sin ir más lejos, salió en las páginas centrales del Babelia: entrevista, reseña del libro, etc. En esa semana sólo recibí cinco o seis pedidos, no más. Con el tiempo, terminó calando, y a día de hoy su venta es lenta pero constante.

Está claro que todo ayuda. Que salga en un sitio o en otro, que le den un premio los de Witt, o que salga en Cuadernos de Occidente, en Qué leer, o en el blog de La medicina de Tongoy el otro día, o en otros muchos sitios, son todo movimientos a favor de que se conozca la obra. Pero soy consciente, porque soy uno de ellos, de que el lector tiene un criterio que la mayoría de las veces desoye estas «referencias externas» y se centra cada vez más en su propia proyección.

¿Cómo llegas a Zurita? Eso es más interesante. Esta entrevista se la debes a Zurita. Adoro ese libro.

[La pregunta que le he hecho ahora la contestará mucho más adelante. Paciencia. Ahora la que va  por fin a acabar de contestar es otra que le hice antes]

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Lo digo ahora y lo diré siempre: con el libro de Raúl Zurita empecé a ser editor. Era editor bastante antes, pero Zurita hizo que los demás me consideraran un editor. Así que le debo mucho. Todos mis libros, absolutamente todos, son de autores amigos, gente con la que me relaciono.

De hecho, ese es el motivo por el que se creó la editorial, volviendo a lo de antes. Tenía que darle una solvencia jurídica, crear una entidad para aglutinar a todos los que estaban haciendo cosas a mi alrededor que me interesaban. Nos habíamos metido en asociaciones, manejábamos todo desde fórmulas inconsistentes, teníamos miles de proyectos en torno a la Universidad, a revistas, a actividades… y era muy complicado organizarlo todo precisamente porque no había una manera legal de hacerlo: cómo cobrar, cómo repartir, cómo devolver, cómo gestionar, cómo ser mayores. Así, resolví que era necesario darle una forma. Creé la editorial como empresa para canalizar todo eso. Ni siquiera me servía ser sólo autónomo. Tenía que empezar a construir una casa al completo, no sólo una habitación.

Los dos primeros años todo fue para fuera, estuve haciendo labores editoriales para terceros, aprendiendo a maquetar, a diseñar, aprendiendo a gestionar, a hacer facturas, albaranes, ¡aprendiendo a hacer paquetes donde los libros no se muevan y lleguen bien a su destino! —esto es importantísimo—, empezando a hablar con librerías, con empresas de transporte, con otros editores…  Fue tras esos dos años, dos años y pico, que comencé a hacer mis libros.

Me preocupaba al comienzo sobre todo crear un aspecto visual sólido, algo que definiese rotundamente lo que hacía. Era también para mí muy importante saber que mis 3.000 euros de capital inicial iban a resistir, por lo que todas las decisiones que he tomado en estos años, han sido excepcionalmente medidas y sopesadas. El libro, además, y es un aspecto importante a tener en cuenta, no termina cuando se tiene en las manos. Tú eres muy consciente de esto, incluso más que yo. El libro cuando termina de imprimirse sólo ha recorrido la primera parte de su ciclo. Como no tenía mucho dinero me buscaba la vida de otras maneras. Por ejemplo, no podía pagar por estar en la mesa de novedades, es decir: no tenía ni prestigio, ni dinero, ni manera de hacerme un hueco entre lo demás. De ahí lo de crear un sello contundente, algo que impactase. Fue la manera de intentar estar ahí, de llegar donde otros llegan haciendo una inversión que yo no tenía. Se me ocurrió por eso hacer los libros cuadrados. Fue una forma de diferenciarme, tenían un sesgo especial.

Son muy reconocibles.

Los libreros odian los libros cuadrados. Las bibliotecas los repudian. Nadie quiere libros cuadrados, están fuera del imaginario social. Ves un libro cuadrado y no le otorgas la calidad de libro hasta que no te zambulles en sus páginas. Y, en cierta forma, tienen razón, si llevamos qué sé yo la de años haciendo libros y la medida es 17×24 pues será por algo. Todo esto que se dice sobre que hay que modernizarse, inventar cosas nuevas… está muy bien, pero cuidado, puedes estar jodiéndolo todo. Las medidas de toda la vida son medidas que están optimizadas. Un libro es rectangular por algo. Si no lo haces así, por ejemplo, sin ir más lejos: pierdes papel.

Ocurre que tenía que hacerme ver y, paradójicamente, opté por hacerlos cuadrados y pequeños, hay que joderse. Los hice muy pequeñitos  [La colección Krámpack de poesía, mide 11×11]. Libros cuadrados hay, pero no tan pequeños. Y lo que pasó es que empezaron a ponerlos junto a las cajas registradoras.

Son muy chulos esos libros. Habrá quien los compra y ni siquiera los lee, ¿no? Es decir, el libro en sí está bien para regalar, para tenerlo colocadito en algún sitio.

Jajaja. Sí, «tienen el tamaño perfecto para no leerlos».

Son además muy asequibles.

—Cuánto cuesta esto.
—Siete pavos.
—Ah, pues me lo llevo para Marta.

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En este sentido, me di cuenta, hablando con los libreros, de que podíamos hablar sobre los espacios, sobre los libros, de que se establecía una relación muy directa. Algo que a mí en particular me gusta mucho. El diálogo en sí me parece siempre fructífero, independientemente de que al otro lado se me hable con ínfulas o de que acabemos queriendo matarnos. Es algo interesante por sí mismo. Es bueno hablar de las cosas. No quejarse, digo. Hablar. Y cuando los libreros, que son en general un gremio bastante quejica (no sin razón), de repente dejan de quejarse y  empiezan a hablar, se produce algo muy bonito: empiezan a contarte qué les gusta, cómo podrían hacerse mejor las cosas, te das cuenta de que les duele no haber vendido algunos de tus títulos, que a ellos les gustan mucho. Y tú te sientes enteramente recompensado. Todo esto me gusta. Hay mucho refuerzo positivo de unos a otros. Cuando viajo me paso a visitar a los libreros, les regalos libros, charlo con ellos. Así me encuentro con que tengo siempre un amigo al otro lado de la puerta de una librería.

El libro pequeño y cuadrado generó expectación. Recuerdo haber vendido de alguno de los primeros 600, 700, en menos de un año… Algo nada desdeñable. Luego es cuando ya aparece el formato cuadrado de narrativa, con ese gran libro que es Yo mataré monstruos por ti. Y me di cuenta, enlazando con lo que hablábamos antes, de que nadie habló de él en absolutamente ningún medio.  Y que, en menos de siete meses, había vendido 1.000 ejemplares.

Ante mí se abrió un mundo: Resolví con ese libro que podía yo perfectamente gestionar la venta de 1.000 ejemplares o más, por un lado, y que además no necesitaba ni más inversión, ni publicidad, es decir: no necesitaba incrementar ni los gastos fijos ni los variables. Me consolidé en la idea de que podía hacerlo todo yo. No tenía sentido distribuir de forma externa, el dejar que alguien se ocupara de vender mis libros. Mientras pudiera iba a hacerlo yo. Iba a ser una editorial auto gestionada en todo lo posible y, por otro lado, iba a ser una editorial viable económicamente, iba a generar dinero, en la media de lo posible iba a ser solvente.

Me acuerdo de un poema maravilloso de mi amigo Peru Saizprez que dice:

Los poetas somos como los superhéroes,
y no porque podamos volar ni porque luchemos por la justicia o por que tengamos ciertos poderes, no. Los poetas somos como los superhéroes porque, por lo general, ambos tenemos 2
trabajos.

A los editores les pasa lo mismo. Yo decidí que mi editorial, tarde o temprano, tenía que ser mi único trabajo.

Te han dado alguna subvención.

Sí. Para Zurita, por ejemplo. Para La vida dañada de Aníbal Núñez, y para otros dos que salen en breve.

O soy gilipollas o los libros me salen baratos, porque bajo bastante de los 5.500 euros que se suelen pedir. También es verdad que, como te he dicho, trabajo con otros porcentajes y no tengo los gastos de una editorial normal. Ajusto mucho las tiradas, por ejemplo.

Hay una cuestión en todo esto que a mí me da tranquilidad, que me da mucha paz, y es que he llegado aquí sin pedir nada. No debo nada a nadie. No he generado ninguna deuda que deba ser saldada. No he tenido que pedirle favores a nadie. Así que no dependo de nadie. Puedo mandar a tomar por culo cualquier cosa que no me convenza ni me interese.

Eso es ser editorial independiente, ¿no? Se usa lo de «editorial independiente» para otra cosa.

Para mí ser independiente es esto que te digo. No tengo que soportar ninguna mala cara ni ningún discurso que no me guste. No dependo de ninguna estructura de poder, pues todo lo que la editorial rinde está hiperfragmentado. Si algo baja, ya subirá otra cosa. Por ejemplo: hay librerías que me han tratado mal en cuanto han descolgado el teléfono. Con mucha educación les adviertes que no hay ningún problema, pero que lo que sí que hay es otra librería en la siguiente calle. Y cuelgas.

No puedo decir que viva enteramente de la venta de libros. Doy clases, diseño para otros, comisarío exposiciones (qué mal suena esto)… Pero desde luego todo lo que hago y me permite vivir, lo facturo a través de la empresa. Cada vez me hago más fuerte en este pequeño reducto, en esta S.L.U., que le llaman, Sociedad Limitada Unipersonal. Con dos cojones.

¿Cuál fue el primer libro?

no_pasa_nada_si_a_mi_no_me_pasa_nada_DILVEEl primer libro con el que comencé fue No pasa nada si a mí no me pasa nada, de Luis Felipe Comendador. Es mi amigo, mi autor y también el impresor de una parte de la producción, por ese orden. Vive en Béjar, tiene una imprenta muy bonita, muy graciosa. Tiene todas las cadenas de montaje para hacer los libros fresados. Este formato pequeño aguanta muy bien este tipo de encuadernación, es decir, independientemente de que los abras mucho, la cola resiste. Al tener toda la cadena de montaje él, me permitía hacer a mí mis propios libros: Voy y le doy a los botones, controlo todos los procesos de producción. Sus maquinistas me han enseñado mucho. Si en el ombligo me cupiese algo grande, que pudiera llevar siempre a todas partes, sería un cuentahílos.

[Parece un niño: se le ilumina la cara, le encanta esto. Qué risa.]

Era para mí muy importante aprender cómo se hacían. Muchos de estos libros los he hecho de principio a fin. Es un proceso mecánico apasionante. Pero también muy casero, muy manual. Imagínate, por ejemplo, en un libro fresado las páginas están separadas, no están en pliegos que van cosidos, están guillotinados. Tienes 128 páginas, es decir: 64 hojas cuadraditas. Las dispones secuenciadas a lo largo de una mesa enorme. Entonces llamas a toda la familia y todos nos ponemos a «alzar» el libro, que no es más que ir poniendo una hoja sobre otra hasta formar el volumen. Es una maravilla. El libro crece en tus manos, no sólo en tu cabeza.

Tengo aquí [Ha traído una maleta enorme con libros de la que echa ahora mano. Espectacular] a mi buque insignia, Basura, de Ben Clark.

Ser útil
ser amado,
ser necesario.
Y si no, ser basura, hijo mío.

Ben Clark. Basura.

Tengo cosas que son santo absoluto de mi devoción: Carmen Camacho. Es de las pocas mujeres que hay en mi editorial.

¿Por qué no hay apenas mujeres en tu editorial? 

Joder, no lo sé. Simplemente no lo sé. No hay ninguna razón para ello.

Porque te resulta más sencillo simpatizar con un hombre.

Puede ser… [no suena nada convencido]

Yo estoy convencida de que es así. Entre hombres os relajáis, las mujeres os crean una cierta tensión. No es lo mismo con una mujer.

Puede ser, puede ser, no te digo que no. Hay un libro maravilloso de Raymond Queneau que se llama Siempre somos demasiado buenos con las mujeres. Es un libro muy muy gracioso. Creo que lo ha reeditado Seix Barral. Trata sobre unos de los primeros insurrectos irlandeses; toman una estafeta de correos, son unos tipos duros y con fuertes convicciones morales. Desalojan todo el edificio y se hacen fuertes dentro. Son imbatibles. El problema es que en ese desalojo se dejan a una mujer en el cuarto de baño. Y la trama es cómo esa mujer va dinamitando las relaciones entre ellos, y cómo destruye, con sus encantos, la rebelión entera. Es un libro fabuloso.

No creo en estas cosas. Lo cierto es que no establezco ninguna distinción. Si no ha aparecido ninguna mujer más  aparte de Carmen o de María Eloy-García es por casualidad. Sé que tarde o temprano editaré a más mujeres por el simple hecho de que no me importa que lo sean.

Sé que aúllo y lo oyes
No debiera
Cada vez que soy un grito
que doy voz a mis heridas
como acto reflejo
das un casi imperceptible
paso atrás
tantos ya
que algún día llegaremos
a encontrarnos por la espalda.

Carmen Camacho. Campo de fuerza

No hay tantas mujeres escribiendo como hombres. No tenemos tiempo. Nos dedicamos a otras cosas; un poco a la fuerza, también, entiendo.

Pues mira, he de decirte que una editorial como la mía, que no tiene especialmente mucho renombre, recibe al día entre cinco y seis mails con manuscritos o currículum. Es bastante. Pues bien, indefectiblemente, los manuscritos son de hombres y los currículum que me llegan son de mujeres. Y no es porque las mujeres hayan visto la editorial y se digan «Es una editorial para hombres», sería una estupidez, Deliro no tiene ese sesgo, estoy seguro. Ellos quieren publicar y ellas trabajar. Eso es lo que dicen las estadísticas en este caso.

No, si te creo. Es que nosotras no tenemos tiempo para escribir, o así me lo parece a mí. Aparte de asumir los roles tradicionales de los hombres para poder trabajar, etc., seguimos teniéndonos que ocupar (o no hemos aún aprendido cómo no hacerlo) del papel que hemos desempeñado durante siglos: el trabajo en casa, los niños, la pareja que no sabe —ejem— planchar, de estar guapísimas, espléndidas, ser cómodas de tratar… Tal vez por eso, estoy ahora pensando, acabamos en algunos casos siendo unas histéricas. Esa paz necesaria para escribir, ese cuarto propio que es fácil, natural en un hombre, nosotras no lo tenemos, no hemos sabido pelear por él, hacernos un hueco sin tener que renunciar a no estar solas, a ser aceptadas y queridas.

campo_de_fuerzaCreo, muy sinceramente, que sois mucho más creativas que nosotros. Lo que pasa es que no necesitáis explicitarlo constantemente.

El hombre siempre tiene la necesidad de que se le vea su lado creativo, de rodearlo con neón. Es decir: rápidamente tiene hobbies, proyectos, llámalo bricolaje, qué sé yo, lo que sea, le resulta fácil embarcarse en todo esto, y luego quiere transformarlo en algo que rinda, que se vea, que se considere. Al mismo tiempo. tenemos una manera de abstraernos casi de patología neuronal.

Sí, es verdad. A mí me da una envidia horrorosa esto, cómo podéis abstraeros de las obligaciones más tediosas sin sentiros culpables.

[Carcajada aquí]. Sí, sí. Hacer maquetitas de barcos o limpiarnos las uñas ya nos permite no tener que pensar en otra cosa. Pero es importante el dato del porcentaje de los currículum y los manuscritos.

Ellos también tienen esa idea estúpida americana de que publicar algo te va a dotar de un lugar social importante que, en fin, es otra gilipollez más. Y te digo que, como editor, no aguanto a los autores que son así. Sólo aguanto a autores sensatos, que saben siempre lo que tienen entre manos. Creo que es interesante, que cada vez es más poderosa, la gente que sabe medir las cosas. Ha habido durante los últimos años una defensa prioritaria y absoluta de la identidad, eso que llamamos la idiosincrasia. Esta cosa de «yo soy yo y con mi yo voy a todos lados». Bueno, tronco, no sé, se me ocurre, tendrás que plegarte, ¿no?, saber medir el terreno en el que te mueves. No puedes ser el mismo tío en el gimnasio que en casa de tus suegros. «No, es que yo soy así». Ya, bueno, tú lo que eres es un gilipollas.

Pero hay muchas mujeres haciendo cosas interesantes.

Joder, claro que las hay. ¡¡¡Miles!!! [Las exclamaciones son suyas, no vayan a creerse que se me ha ido a mí la mano: realmente cree que es así] Mira, acabo de hablar ahora mismo con Donatella Ianuzzi, es una gran editora, una tía listísima, muy coherente, alguien a quien admirar y respetar.

Es curioso porque en mi entorno no se fomenta la discriminación para nada, no lo veo en nadie. Pero sí, puede que sea entre estas cuatro paredes y que ahí todo sea un mundo muy masculino.

Volvamos a los libros. Tus autores.

Mis autores son amigos. Han pasado todos esos filtros que tenemos cada uno de nosotros y que se activan de manera inconsciente. Los denominadores comunes que comparten mis amigos y autores son dos: son generosos y son agradecidos. Dos cuestiones que son importantísimas en mi vida, grabadas a fuego, a nivel celular.

Zurita. Por favor.

Ese libro. Bien. Te lo voy a contar.

[Me lo va a contar. Por fin]

Fotografía de Rodrigo Balladares Muñoz
Fotografía de Rodrigo Balladares Muñoz

Lo conocí en un viaje al que nos invitaron. Yo tenía, junto con Ben y con Víctor [Se refiere al autor de Yo mataré monstruos por ti: Víctor Balcells Matas] una historia que se llamaba Los enemigos de jardín. Fue una gilipollez maravillosa que montamos, un grupo de monólogos bastante absurdo, que no eran monólogos; en realidad, lo que hacíamos era leer textos que habíamos escrito nosotros media hora antes, donde todo eran risas, etc. Partió la idea de que Víctor, con un fuerte acento catalán, tú le conoces, que tiene pinta de ser bastante serio, de escribir cosas que duelen, pinta de llevar a cuestas una nostalgia intrínseca, cuando lee, y te digo que puede estar qué sé yo, leyendo la historia de cómo muere su padre en brazos de su madre, lo hace de un modo cómico, te partes de la risa. Es alucinantemente gracioso. Él no sabe cómo lo hace, vaya. Pero sí, te descojonas con él. Ben —un galés enorme, un amigo del alma— construye también monólogos hilarantes, poéticamente graciosos, lo cual no es fácil. El caso es que montamos  un grupito; yo también escribía algunas cosas, bobadas la mayor parte de las veces. Nos invitaron como digo al grupo a unas jornadas en Ibiza, en pleno mes de noviembre, imagínate, como San Juan de Alicante en invierno: no queda nadie, da miedo en esas fechas, no hay servicios mínimos, todas las persianas bajadas. Se llamaba este encuentro algo así como Puerto mediterráneo del libro. Ya no lo recuerdo bien. Invitaron a todos los premios nacionales de poesía. En fin, un montón de gente seria. Y, bueno, por lo general, los poetas son un inmenso coñazo cuando se toman en serio a sí mismos. Es lo peor. Viene de ahí lo de que todo el mundo crea que puede escribir poesía, parece que lo único que tienen que tener es el canal de los sentimientos abierto.

Entonces, después de tres días bastante soporíferos, y de nuestro show, actuamos una noche —no hay nada como meter humor en un acto de éstos, creas un efecto multiplicador—, aparece el último día un poeta del que yo no había oído hablar en mi vida: Raúl Zurita. Sí había leído ya a Bolaño, donde se cita, pero no lo asociaba. El caso es que antes de que aparezca Zurita veo que los insensatos han traído a dos colegios de gente de 16 y 17 años para escuchar al tal poeta. Y lo pienso: «Si esto es como los restantes días estos 150 chavales se lo van a comer vivo».

Cuando llega lo que veo es a un hombre con la barba blanca, con una forma muy particular de caminar.

Sucede con la gente inteligente que no eres tú el que los observa, sino ellos a ti. También sucede que todo lo que hacen parece espontáneo. Nada más lejos de la realidad. Raúl es alguien que mide cada centímetro de lo que sucede a su alrededor, y su manera de hacer las cosas está tremendamente pensada.

El caso es que comienza, le da pie el director de todo aquello, Zurita se lo agradece, y se dispone a empezar, un recital de unos 50 minutos.

Hago un inciso para contarte una anécdota. Una vez le hice una pregunta. Estábamos caminando y se paró: «Necesito pensar la respuesta, y si necesito pensarla necesito dejar de pensar en mi enfermedad. Si seguimos andando la enfermedad empieza a tomarme por completo. Por eso mejor te contesto cuando lleguemos al sitio donde vamos». Raúl tiene Párkinson.

Y en  los recitales hace lo mismo. Parece apocado y constreñido al principio… Se pone de pie y con las hojas en la mano. Y de repente su voz inunda la sala, una voz del centro mismo de la tierra. Y a medida que va leyendo se va metiendo en los poemas y los espasmos se van adueñando de él. La enfermedad le toma como le toman sus poemas. Poemas y enfermedad se adueñan de su fisionomía. A mitad de todo llega incluso a sujetarse la cabeza mientras sigue leyendo. Estás viendo la fisicidad del poema, tienes las uñas clavadas en el asiento, tienes ganas de llorar, de gritar, estás sin aliento.

Y en mitad de aquel recital, de repente me salgo de la película y miro hacia atrás: 150 tíos con la puta boca abierta, completamente maravillados. Sus poemas son tremendos, imágenes fortísimas, muy duras.

[Fabio se pone a leer, a recitar. No pasen por alto el párrafo, deténganse aquí, se lo ruego]

No fuimos golpeados, pero indicándome a mi hermano Ismael me ordenaron morderlo. Yo les sonreí, pero al sentir la primera bayoneta en mi cuello le musité un perdón y luego le clavé los dientes. Ahora respóndele, le dijeron a él, y de pronto, como extraviados, nos vimos mordiéndonos entre nosotros. Al comienzo no fue duro, pero poco a poco los gritos del perdón y los aullidos empezaron a fundirse con el fragor del río y cuando corrió el primer hilo de sangre nos habíamos convertido en fieras. A dentelladas nos sacábamos pedazos de carne hasta que en un momento, levantándose, mi hermano volvió a caer con la nuez de Adán destrozada. Me llamo Jeremías. Así comenzó todo. Los pocos moribundos que sobrevivieron igual fueron abiertos y después tirados llenos de piedras al fondo del Maiue. Allí donde el Pillanleufú desagua. Nueve en total. Hacia el amanecer.

Sabiendo que lo ha vivido, estaba todo el mundo, imagínate. Y, claro, yo entre ellos. No sabes lo que está sucediendo realmente, pero te sientes a su lado en esos momentos. He visto salir a mucha gente llorando de sus recitales. No hay nada parecido.

Cenamos esa noche con él. Le dije que le iba a llamar. Es encantador, majísimo con todo el mundo, pero no se cree nada. Tiene un entusiasmo exacerbado que equilibra perfectamente con un desinterés por las cosas que no le atraen. Ése es Raúl: alguien que guarda el equilibro en mitad de un mundo absolutamente desequilibrado. Alguna vez he reflexionado sobre eso: si no soy yo el que tiemblo y él el que está inmóvil.

Y le llamé para el Poetas por km2 que organizamos junto a Pepe Arrebato. De eso hace tres años.

El libro es increíble: el diseño, la portada, el interior.

Es un trabajo de días y noches. Lo corregí después de habérmelo leído 13 o 14 veces. Ahí es donde te conviertes en editor: cuando estableces un verdadero diálogo con el escritor. El libro ya está escrito, pero hay que hacerlo.

Cuando vino a Madrid aproveché y lo llevé a Salamanca. Allí dirijo un Seminario desde hace diez años. Fue cuando descubrimos que éramos exageradamente compatibles. Descubrimos que viajamos muy bien juntos, que podemos pasarnos seis horas hablando y seis horas en silencio. Y que estamos muy pendientes el uno del otro. Fue así como me entregó su libro. Un libro inédito en España y que se había publicado antes en Chile, en la Universidad Diego Portales (esos tíos hacen bien las cosas: utilizan los libros fantásticos que hacen para publicitar su Universidad). Después de mi edición, han hecho otra en México, en Aldus. La suya es negra, con ciertas marcas de agua de fondo, pero negra. Me gusta más la mía. Ellos han colocado el título en el centro matemático de la cubierta, que no es el centro óptico. Así que el título parece estar más bajo.

Y así fue lo de Zurita. Tal vez unas 200 conversaciones por Skype, unos 1.500 mails. Es muy concienzudo y a mí me ha enseñado un montón. Es un verdadero maestro.

Además has vendido un montón de copias.

Relativamente. No tantas. Pero no hay problema. Es un libro de largo recorrido. No hay prisa. Al mismo tiempo, y lo que es más importante: refunda la editorial, la clava en la tierra, y me da pie a hacer otras cosas.

la_vida_danada_de_anibal_nunezComo La vida dañada de Aníbal Núñez, un ensayo, ¿con cuántas notas al pie?

Tiene 700, sí. Sobre todo, es una especie de ensayo biográfico, no solo de una persona, que también, sino de una ciudad, de un determinado momento histórico, el de transición. Creo que es Cèline quien dice que «Todo lo interesante sucede a la sombra». Te das cuenta de que la transición en este país ha sido siempre representada por espadas que no son tan interesantes como parecen. Es decir, frente a Almodóvar yo prefiero un Iván Zulueta. [Toma, y yo.] Éste es el que se mueve en la sombra, el que verdaderamente importa.

Toda la gente que está en la cara oculta son las que de verdad construyen el tiempo.

Aníbal Núñez Es un poeta que nace, vive y muere en Salamanca, que nace bajo un signo completamente contrario a los tiempos. Un tipo que no gana nada en toda su vida, ni un duro, que no se ejercita más allá de la ciudad. Un hombre que va a contrapelo. Fernando R. de la Flor habla de la transición como un tiempo de bonanza exagerada, donde todo es rédito, donde todo avanza incluso estando parado. Y, sin embargo, Aníbal no. Siendo posiblemente más inteligente que todos los que vivieron su etapa, habiendo seguramente ideado cosas más grandes que todos ellos, se vuelve contra el sistema que se está intentando implantar, contra esa especie de modernidad fingida, eso que en el caso de Barcelona se llamó lo Marilyn, y en Madrid fue La movida. Así, cuando se empiezan a usar vaqueros él se pone pantalones de pana. Siempre a contrapelo.

Es un libro muy personal. Considero que es el mejor libro de mi padre, sin duda.

Conocías a Aníbal.

Sí, claro, era el «tío Ani». Hasta los nueve años, que era la edad que tenía yo cuando murió, recuerdo que en todo lo importante que había sucedido en mi vida hasta entonces, Aníbal estaba involucrado de una manera u otra. La gente le recuerda como alguien especialmente arisco. Yo como alguien sonriente, melancólico y bondadoso.

La vida de este hombre es en realidad la excusa para hablar de su tiempo.

Es la excusa para hablar de muchas cosas, la verdad. Incluso hay algo de terapéutico para Fernando en todo ello. Habla por ejemplo de algo interesante y que dice Martin Heidegger en un pequeño texto que se titula Por qué permanecemos en provincia, sobre las cualidades de la creación y de la producción desde núcleos descentralizados.  Es una oda a la sencillez. Defiendo mucho este tipo de cosas, el alejarte de los centros para poder sentirte al margen. Tener otra visión diferente, otro aire.

Son libros de fondo, decías antes.

Hay algo muy bonito que tiene la editorial, y es que los libros no tienen lo que todo el mundo está intentando hacer, que es el descubrir nuevas parcelas, generar nuevos campos, novedad, novedad. Los libros de la editorial, si tienen una particularidad, es que cierran etapas. Me doy cuenta de que también de una forma involuntaria tiendo a eso, a elegir a autores que cierran etapas, que dicen la última palabra antes que la primera.

En la faja de Yo mataré monstruos por ti de la tercera edición pones: «Más de 2.000 libros vendidos, y alguno regalado».

Sí. Estas cosas publicitarias hay que tratarlas con humor. Es algo que hacen de forma cojonuda en Blackie Books, por ejemplo.

Totalmente.

yomataremonstruosportiSon muy frescos. Y funciona.

Mira, hay libros de los que he vendido 7 ejemplares y los defenderé hasta la muerte. Este de La semilla de Sissa, trata sobre el ajedrez, son aforismos. Son el mismo libro, pero uno está encuadernado en blanco y el otro en negro. Eduardo Scala defiende la tesis de que el ajedrez ha sido siempre entendido como un juego de guerra, y no lo es, es un juego mercurial, un juego de contrarios, pero no de contrincantes.

Ahora has dado algo así como un giro, ¿no? El libro de Rodrigo Cortés es otra cosa.

Yo creo que está en la misma sintonía, pero desde luego tiene otras pretensiones en su «visualización». Igual que Zurita me enseñó a ser editor, A las 3 son las 2, me enseña a ser editorial. Rodrigo es un gran amigo, y es tremendamente generoso. No sólo te da su confianza, te enseña a ganártela. Como editor siempre busco la excelencia, con él hay que conjurar la perfección. La diferencia está en que si juegas un partido de tenis, puedes hacerlo de forma excelente: haber caído y haberte recuperado, haber sufrido y haber disfrutado. Un partido perfecto significa haber jugado todas las bolas como bolas de set. No puedes bajar la guardia ni un instante. Él no se maneja así sólo en sus películas, lo hace en toda su vida y en todo lo que trata. Aprender, en la medida de lo posible, la fórmula. Es impagable.

Antes de acabar me tienes que contar lo del Cementerio de arte, si quieres. Podemos acabar así.

Lo del Cementerio del Arte hay que verlo. Es una locura maravillosa. Llevamos siete años enterrando obras de arte. Así de simple. Obras de Isidoro Valcárcel, de Esther Ferrer, de Fernando Arrabal, de Juan Hidalgo, de Javier Utray… Conté 35 tumbas la última vez.

Da para otra historia, sí.

 

 


Librerías con encanto: Hydria 3.0, Libros-Café-Música-Cine (Salamanca)

DSC_0357“Nosotros sugerimos un cóctel de inauguración. Y que nos inviten”. Así acabamos la primera visita que les hicimos, hace ya unos meses. Y así han hecho los libreros de la librería salmantina: nos invitaron al estreno de su particular versión del “Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie”.

El 16 de Febrero de este año 2013 la nueva Hydria abre por fin sus puertas tras semanas de muchos nervios, muchas dudas, “y trabajo, sobre todo mucho trabajo”. Rafa nos iba contando los pormenores de la obra por Facebook, dando de vez en cuando alguna pista de en qué iba a acabar todo aquello conforme iba acercándose el día.

La fiesta, una celebración en toda regla, resultó un éxito, la librería llena de gente entusiasmada, agradecida, encantadísimos de poder estar allí con todos ellos para celebrarlo. “Estamos muy orgullosos de la clientela que tenemos” —es Juan el que habla—. “Hay una señora que sigue viniendo a la librería, de toda la vida, tendrá noventa años. Viene en Taxi (ahora es el hijo del taxista original el que la acerca), no quiere que le llevemos los libros a casa, y lo haríamos encantadosLo haríamos de rodillas, vaya”. Parte de la culpa del buen ambiente vamos a echársela, aparte de a la parroquia de la que están tan orgullos, a los músicos The elements, Big Band de la Universidad de Salamanca, que es lo cierto que no cabía ya un alfiler cuando empezaron a tocar en la librería. Belén Santana, traductora de la editorial EdImedimenta, se sorprenderá: “No sabía que tuviera esta profundidad el local, que pudiera caber aquí tanto”. También nos cuenta Rafa: “Hoy hemos abierto a las 10:00, como cada día, y a las 10:05 ha aparecido un ramo increíble (lo vimos y damos fe: unas orquídeas preciosas) que nos ha enviado una amiga, María Rubio. Nos ha alegrado la mañana. Son cosas así…”. María se emociona, “Os habéis confabulado todos para hacerme llorar hoy”.

Ahora Hydria, entonces, además de la Hydria de siempre, es un lugar donde poder encontrar música, películas; donde poder también tomarse un café tranquilamente en el nuevo espacio que han habilitado al fondo. Un café que es “El Mejor café, Illy, te lo aseguro. Está riquísimo, espectacular” (citamos ahora a Juan, convencido y ufano)

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Será Jaime ―“entiende un montón, tanto de música moderna como de música clásica”, asegura Luis Dalda, profesor del Conservatorio Superior de Salamanca― quien se ocupe de llevar la nueva sección. Le avalan 17 años de experiencia en Radyre, otro lugar mítico de Salamanca, “era una especie de circuito, íbamos allí a por discos y luego veníamos a la librería a por libros, estaban muy cera la una de la otra, tenían muchos clientes comunes”. Nos queda claro, tras hablar con unos y otros, que Jaime es un acierto absoluto, le recuerdan y aprecian el trabajo que hacía, ese saber qué te gusta, guardártelo durante semanas, sorprenderte teniendo justo ese disco, buscártelo si no. “Vender un disco de Pablo Alborán lo hace cualquiera, lo bonito es lo otro” (la cita es de Jaime, no podemos estar más de acuerdo).

DSC_0333En esta ocasión vamos a tener la oportunidad de conocer a Suso y comprobar de primera mano lo que ya nos contara Rafa la vez anterior, “Es El Librero, una institución”. Vemos cómo se acercan al mostrador (la cola que se forma esta noche no le dejará salir de ahí hasta ya entrada la noche) a saludarle, estrecharle la mano, plantarle un par de besos. Se nota el cariño, tanto a él como a Juan, el alma práctica de la librería. “Suso y yo nos ocupamos de lo más divertido, la parte más agradecida”, reconoce Rafa.

Preguntamos a Suso por la variedad de libros, hemos visto junto al estante donde está expuesto Cincuenta sombras de Grey a Harold Bloom. Se muestra categórico: “Tenemos que vender betsellers porque hay que vender betsellers, pero lo que más nos interesa es vender literatura de verdad (…) No quiero ni ganar mucho dinero ni nada parecido. Quiero vivir con tranquilidad. Si esto funciona lo que significará es que contrataremos a más gente, que más gente podrá vivir con esa tranquilidad. Nada más”.

Rafa recuerda sus comienzos en Hydria, y es así como vamos a concluir esta modesta crónica: “No se me olvidará nunca, no sé si fue el primero o el segundo día de estar yo ya trabajando aquí, me preguntaron por un libro rarísimo, y Suso, con toda la normalidad del mundo, señala «está en el tercer estante, Rafa, es el de la cubierta roja». Tenía cada libro en su cabeza, me di cuenta entonces. Y yo es a lo que aspiro, a ser un librero como Suso, una raza que se está extinguiendo. Siempre habrá un p. libro que él sepa de qué va y yo no.” Esto es así.

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Fotografía: Cristina García-Camino


Librerías con encanto: Hydria (Salamanca)

Hydria se llama como se llama por el más peregrino de los motivos: era el nombre de la tienda de cerámica que había ocupado el primer local en el que se establecieron, y se quedaron con el rótulo; “sonaba además muy bien; años más tarde, cuando estuve en Túnez, es cuando vería qué era exactamente Hydria”. Estamos con Juan JoséSesé— y Rafa, que lleva con ellos ya unos cuatro años, encantado de la vida, por los libros, muy contento de poder dedicarse a esto, “una persona superdinámica, que no para, te habrás dado cuenta”, en la Plaza de la Fuente de Salamanca. Al lado está Carletes, la librería infantil, la niña bonita de la casa. Jesús Andrés, Suso, hermano y socio de Sesé, hoy anda de viaje. “¿Por qué se nos ocurrió una librería y no otra cosa? Pues ni idea, se nos podía haber ocurrido montar qué sé yo en lugar de esto; fue una librería, ya ves”

Abrieron con 250.000 pesetas, “no se me olvida”, año 1980. “Tuvimos mucha ayuda de la gente, hay que decirlo. Me acuerdo, por ejemplo, de Andrés García, un proveedor  de aquí de la ciudad, iba con el carrito vendiendo. Es que estamos hablando de hace 32 años, pero parece… Lo que ha llovido desde entonces“. Ese primer establecimiento de Suso y Sesé y los libros fue también durante aquellos  primeros inicios su vivienda, “vivíamos un montón de gente, era una pequeña comuna”. Cuando se trasladaron al sitio donde están ahora, ya con un sótano, la percepción era la de haber prosperado de verdad: “aquello ya era un lujo, imagínate, ya no teníamos que recoger las camas por la mañana antes de abrir”

Rafa llegaría mucho después; “es un lector empedernido, no te haces una idea”. Se nota lo que le gusta lo que hace, y contagia: “estuve trabajando en Madrid también en Librerías, y en la primera Shogun“. Cuando volvió de su periplo por la capital de España se dio la feliz circunstancia de que en Hydria estuvieran buscando a alguien que les echara una mano. Le encanta leer, hablar de libros, trasegar con ellos, compartir. “Mira, hay un libro que he leído este verano y que estoy recomendando mucho, es de Erri de Luca, se llama Los peces no cierran los ojos, un libro precioso, italiano, que tiene un regusto a lo Cinema Paradiso, un libro pequeño; muy tierno, sin ser nada cursi” (Gracias, qué buen rato leyendo: “Si tú vieras lo que veo yo no podrías cerrarlos”). “Otro que suelo recomendar, ya con un registro totalmente diferente es Irse a Madrid, de Manuel Jabois, editorial Pepitas de Calabaza, con un humor ácido… es muy divertido; creo que con la crisis ahora la gente busca un poco eso, divertirse, algo de evasión con la lectura. Tal vez de ahí el éxito de El abuelo que saltó por la ventana…

“Nosotros tenemos mucha suerte porque la clientela fija −continua Rafa− son muy buenos lectores en general; se dejan recomendar, muy agradecidos, y luego hay también un intercambio… y eso intento llevarlo a nuestro perfil en Facebook, que sea un espacio parecido a lo que aquí hacemos, aprovechar la oportunidad de ese espacio para compartir y comunicar lo que nos gusta y también aprender o empaparnos de lo que les gusta a los que nos visitan”

Sesé recuerda cómo cuando era pequeño a su casa los Reyes Magos solo llevaban libros, “despotricaba no te puedes hacer una idea de cuánto…” Ahora se alegra, es evidente, y lo cuenta con cierta satisfacción; “aquello indujo un hábito”. Lo que sí le cuesta es ponerse delante de un ordenador, “es que me aburre mortalmente mirar una pantalla, pero cualquiera, me pasa también con la televisión, no puedo con ello”. Así, que será Rafa quien se ocupe, porque “Suso es todavía peor, lo lleva todo de cabeza”, dice, con mucho cariño (como no es habitual encontrarse con alguien hablando así de sus jefes, vamos a dejar aquí esta nota), “es la personalidad de la librería, la idea que puedas tener de librero así chapado a la antigua. No sabe utilizar un ordenador, por ejemplo, con todo lo bueno y lo malo que eso conlleva; es una pena que no esté hoy aquí, te hubiera gustado conocerlo”. Sesé nos cuenta que acaban en Salamanca por él, por Suso: quería estudiar en Salamanca, y se fue para allá a estudiar el COU, para poder acceder a la Universidad. “Su formación es humanista, y la mía técnica, y ahí vamos”.

Hablamos también con ellos de cómo las librerías tradicionales están cambiando, o cómo tendrán que hacerlo para adaptarse a estos tiempos líquidos, de cómo es ahora más interesante el ofrecer algo más que un libro: proporcionar un espacio, un lugar de encuentro, un añadido que aporte aún más valor a la librería tradicional. Planean, en este sentido, una reforma ya para finales de año, adaptar el local para dar cabida a todo lo bueno que está aún por llegar. Nosotros sugerimos un cóctel de inauguración. Y que nos inviten.

Fotografía: Cristina Urruzola


Librerías con encanto: Shogun (Salamanca)

Estamos en pleno centro de Salamanca, en el número 11 de  la calle Padilleros, medio metro bajo el nivel de la calle; hay luz, no andamos a tientas entre las tinieblas… “Aunque nuestro fuerte son los cómics también nos dedicamos al ocio alternativo”, nos cuentan  Sole y Raúl mientras nos enseñan, nada más llegar, la cantidad de miniaturas y figuras y curiosidades varias que tienen perfectamente expuestas en diferentes estantes a lo largo y ancho del local y su trastienda. Son ya siete años de Shogun tal cual la conocemos hoy, ahora ya los dos solos,  abriendo los sábados hasta las nueve de la noche.“Vivimos prácticamente aquí”.  “Y luego me voy yo a la radio”, donde lleva Raúl ya un tiempo colaborando con La rosa de los vientos de Onda Cero; “el café es fundamental en esta casa”.

Se le ocurriría la idea también a él durante los años que pasó viviendo en Barcelona; abrir un establecimiento que no fuera “la típica tienda de cómic que tiene todo el mundo en la cabeza; ese zulo, todo amontonado… romper con todo eso y cambiarlo”. Así, el anejo al fondo de Shogun es en realidad un espacio versátil, con aforo para 92 personas, donde se organizan presentaciones (veremos luego que vino Paco Roca, por ejemplo; pero también gente no tan conocida, “nos gusta mucho prestar nuestro espacio, y lo hacemos con frecuencia”), juegos de miniatura, torneos, charlas. “Es como en la tienda: está  pensado para poder echarlo todo abajo cuando te canses y poder trasformarlo así en un espacio completamente diferente”, nos dice Raúl, orgulloso, “yo es que claro que vivo esto; soy lector  de cómic desde los cuatro años, me lo paso muy bien con lo que hago” “¿Y ves el Gremlin que está en el escaparate? Pues vas a ver sólo ese y el de la Warner. No hay más”.

Sole es más de novela gráfica; le gustó mucho“Transmetropolitan, que va sobre un periodista en un futuro en el que la sociedad ha perdido todos sus valores; él es el primero que los ha perdido”, se ríe. Nos enseñará también con cierta satisfacción el expositor de novelas autoeditadas, “Música para tus ojos , de Francisco Javier Panera, por ejemplo, un melómano redomado que se dio el capricho de sacar este libro, que es una gozada”, apunta Raúl. Son publicaciones “más lentas”, pero que sí están funcionando.

Disfrutaron ambos, volviendo ahora al cómic para adultos, con Blacksad, “sus autores —Juan Díaz Canales y Juanjo Guarnido— podemos decir que son de ida y vuelta: en España no gustó nada, tuvieron que editarlo en Francia, donde fue un éxito, y luego ya fue cuando volvieron aquí (…) Este año el Salón del Cómic de Angoulêm, que es el más grande de Europa, el segundo del mundo, y que suele sacar anuncios animados de series, etc… la escogió, junto con otras afortunadas, para abrir esta edición”. También son asiduos de Paco Roca, decíamos, que ganó el premio nacional de cómic en el 2008 y que a ellos les conquistó —de verdad— cuando fue a Shogun. Allí les contaría cómo para hacer Arrugas  fue a documentarse a residencias de ancianos donde conoció a los personajes en los que luego se basaría la historia que cuenta. Hablamos también de Memorias de un hombre en pijama, que hace a quien esto escribe especial gracia, no sólo por la parte que nos toca,  “cómo es tu vida cuando trabajas desde casa, ese día a día, divertidísimo cómo lo cuenta, toda esa serie de anécdotas cotidianas”.

No se cansan de enseñarnos cómics, ediciones originales, cuidadas, de contar anécdotas de los autores más conocidos que han ido por allí a presentar su obra, de cómo han ido creciendo con ellos los chavales que ya no son tan chavales, “casi una generación”; de un señor ya de cierta edad —sin circunloquios: en torno a los 80— y experto en Cómics como el que más, uno de sus mejores clientes, sin duda; de los chiquillos que empiezan con el Spiderman, cómo corren a por la abuela para que les de el euro que les falta; de la gente que asiste a las charlas que dan en la Facultad, de los grillos; de lo bien que se pasa haciendo esto juntos, del  día a día; de todas esas cosas que les pasan y de todas las que pueden llegar a pasar.

Casi que de pronto tenemos entonces que acabar la charla: Sole tiene que ir a comprar unos peces. “Es que nos vamos a una boda”, dice, como si eso fuera a explicar… Pero no, no vamos a hacer esa pregunta. Lo vamos hoy a dejar aquí y de esta manera.

 

Fotografía: Cristina Urruzola.