Convocatoria Granta

Granta en Español, en colaboración con la revista homónima en lengua inglesatiene previsto publicar en 2021 una segunda selección dedicada a “Los mejores narradores jóvenes en español”, en la estela de la dada a conocer en 2010 también en ediciones simultáneas desde Londres, Nueva York y Barcelona.

Cada diez años, desde 1983, la revista inglesa elige a una veintena de jóvenes escritores, los inscribe como nueva promoción en el mapa de la narrativa actual, y sirve como importante herramienta para la difusión de su talento y para el estudio de las preocupaciones y las tendencias de la actualidad literaria.

En la primera lista inglesa se destacaron por primera vez las voces de Salman Rushdie, Kazuo Ishiguro, Ian McEwan, William Boyd, Shiva Naipaul, Rose Tremain, Julian Barnes, y Martin Amis, entre muchos otros. (Para una historia detallada de estas selecciones puede consultarse: https://en.wikipedia.org/wiki/Granta)

La noticia de aquella primera selección en la revista en este idioma hace un decenio permanece como registro histórico, en español y en inglés, y es actualmente objeto de estudio en diversas universidades extranjeras, pues dio cuenta de una generación de escritores trasatlánticos, rica en registros y de grandes cualidades expresivas. La selección fue recogida inmediatamente en medios como The New York Times o The Guardian y permitió consolidar o proponer las trayectorias de Lucía Puenzo, Santiago Roncagliolo, Oliverio Coelho, Andrés Barba, Rodrigo Hasbún, Pola Oloixarac, Javier Montes, Andrés Neuman, Alberto Olmos, Sònia Hernández, Carlos Yushimito, Carlos Labbé, Federico Falco, Antonio Ortuño, Elvira Navarro, Andrés Felipe Solano, Samantha Schweblin, Alejandro Zambra y Patricio Pron, Pablo Gutiérrez, Andrés Ressia Colino:

https://www.nytimes.com/2010/10/02/books/02granta.html

https://www.theguardian.com/books/2010/oct/01/granta-best-young-spanish-language-novelists

http://www.rtve.es/noticias/20101001/22-narradores-jovenes-mas-importantes-espanol-segun-granta/358204.shtml

https://elpais.com/diario/2010/10/02/cultura/1285970401_850215.html 

https://www.independent.co.uk/arts-entertainment/books/reviews/granta-113-the-best-of-young-spanish-language-novelists-edited-by-john-freeman-2194279.html

https://latimesblogs.latimes.com/jacketcopy/2010/10/granta-names-22-best-young-spanish-language-novelists.html

https://www.npr.org/2010/12/17/132115006/the-new-literary-stars-of-spain-and-latin-america


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Sobre el árbol genealógico de los Buendía

¿Recuerda usted haber leído la historia de Edipo? Ya no el Edipo rey de Sófocles; cualquier otra versión, o incluso una película. ¿A que no? Entonces, ¿cómo es posible que sepa usted cómo acaba la historia? Que Edipo asesina a su padre y se casa con su madre. ¿Cómo, si no la ha leído?

Clic en la imagen para ampliar. Diseño de relajaelcoco.

Los primeros lectores de Cien años de soledad no sabían que estaban leyendo un Edipo; quizá (solo quizá) ni siquiera Gabriel García Márquez sabía que estaba escribiendo uno. Tiene sentido que en la primera edición del libro y en la mayoría de las que siguieron no se incluyera el árbol genealógico de la familia Buendía; por más necesario que resultase para seguir la sucesión de Aurelianos, Úrsulas y Arcadios, un gráfico revelaría que al final, en la séptima generación, el incesto se consuma. Conocer esto por adelantado, debieron decirse García Márquez y su primer editor, Paco Porrúa, arruinaría la lectura. 

Sin embargo, a los antiguos griegos que llenaban los teatros para ver las obras relacionadas con Edipo (Sófocles hizo al menos tres, Esquilo cuatro y Eurípides dos) les pasaba como a usted: que conocían el desenlace de antemano. Más aún, conocían al dedillo la dinastía familiar integrada por Layo, Yocasta, Creonte, Edipo y Antígona, entre otros, que nutría los mitos fundacionales de Tebas, con siglos de antigüedad. Pero iban igualmente al teatro y disfrutaban de la obra, y seguramente más que nosotros en esta época saturadísima de ficciones. No pesaba entonces esa convención sobre la ficción (la convicción de que desconocer el final hace más provechoso el consumo de la historia) ni lo hizo hasta el siglo XX. Ejemplo: en La dama de las camelias, escrita en 1848 por Alejandro Dumas (hijo), se anuncia en la tercera frase que la heroína morirá al final. Igual que Cien años de soledad es un Edipo, La dama de las camelias es un Orfeo.

Salman Rushdie, seguramente uno de los mayores exégetas que tiene García Márquez, explica que cuando publicó su primera novela, Grimus, en 1975, pronto se comentó la «profunda influencia» que el colombiano tenía en su escritura. Aunque fuese ya un libro superventas, Rushdie no había leído Cien años de soledad, que se había publicado ocho años antes, ni nada de García Márquez.

Si García Márquez leyó o no el Edipo rey de Sófocles, eso no lo sabemos (aunque parece probable: hasta su Melquíades cumple con el papel que tiene Tiresias en la tragedia clásica). Pero podría ocurrir perfectamente que no lo hubiese hecho, como Rushdie no lo había leído a él antes de escribir Grimus, como Dumas no pudo leer al menos el Orfeo de Esquilo (Las basárides, que se perdió en la Antigüedad). Así ocurre con las historias que adquieren proporciones gigantescas: se cuelan en la cabeza incluso de quienes no las han leído. Y en las cabezas de los más fértiles engendran nuevas historias.

Aquello que pocos anticipaban en 1967 hoy resulta una obviedad: Cien años de soledad es una de ellas, y quizá la mayor que se ha escrito en castellano desde el Quijote. Pero todavía hoy muchos defienden la idoneidad de que los primerizos no consulten el árbol genealógico de los Buendía para que desconozcan el final antes de leerlo. Como si acaso fuera posible. Como si la tragedia de los Buendía no se representase hace veinticinco siglos en las funciones teatrales de Tebas. Como si usted no conociera el desenlace de la historia de Edipo incluso sin haberla leído. 

Es axiomático: ninguna Arcadia lo es en presente de indicativo, solo en pretérito perfecto, cuando ha sido perdida. Y Macondo lo era en tal medida que hasta su fundador, Arcadio, se llamaba como ella. Si no ha leído usted Cien años de soledad y quiere nuestro consejo, debe hacer como Orfeo: rendirse y mirar. El árbol genealógico no arruinará la sorpresa porque la sorpresa no es posible; usted ya sabe cómo acaba Cien años de soledad. Y lo que es mejor: así se goza verdaderamente de esta historia. Algunos cuentos hacen eso, anuncian primero el final y se cuentan desde entonces: muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento. Y la aventura es llegar, precisamente aquello a lo que más ayuda el árbol de los Buendía. Fue así durante siglos y solo en el nuestro dejó de serlo. Habíamos olvidado que así se lee realmente, pero García Márquez se ocupó de recordárnoslo. Y por eso, seguramente, Cien años de soledad es Cien años de soledad.


¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene?

Fotografía: Sam Greenhalgh (CC BY 2.0).

El 5 de febrero de 2019 fue un día peculiar en las librerías de Nueva York. El autor de estas líneas lo pudo comprobar en persona. Aquel día muchas librerías del noroeste de Brooklyn —centro de la vida literaria de la ciudad desde hace tiempo— colocaron en posiciones privilegiadas de sus establecimientos montones de ejemplares de una de las novedades literarias más esperadas de la temporada. El goteo de lectores ávidos por hacerse con su preciado ejemplar se prolongó toda la mañana. Pósteres promocionales en los escaparates. Aire generalizado de gran evento literario. La situación no era inédita, ni mucho menos. La maquinaria promocional de los Big Six —los seis grandes grupos editoriales americanos— todavía puede crear grandes hypes todas las temporadas y estar a la altura de las circunstancias: colonizar portadas, colonizar expositores, convencerte de que necesitas leer la novedad de turno.

Lo curioso del caso del 5 de febrero, lo que hizo que la situación chocara al autor de estas líneas, era el libro que estaba siendo promocionado en las librerías de más prestigio de la ciudad. Se trataba de Black Leopard, Red Wolf, la cuarta novela de Marlon James, autor jamaicano afincado en Nueva York que hace cinco años se convirtió en el niño mimado de la crítica literaria y del público «exquisito» con su novela A Brief History of Seven Killings, una intriga político-criminal a la manera de James Ellroy basada en el asesinato de Bob Marley. Lo chocante no era el autor, sino la novela en sí. Black Leopard, Red Wolf es una novela de espada y brujería. La pretenciosa (y decididamente elitista) intelligentsia literaria neoyorquina estaba acudiendo en masa a comprar un libro de ochocientas páginas lleno de brujas, demonios, combates con espadas y arcos, ogros, elfos oscuros y una banda de héroes provista de parecidos estructurales con cierta Compañía del Anillo.

Quiero incidir una vez más en esto. Black Leopard, Red Wolf no es una novela con toques de fantasía. No es una novela literaria que hace uso de recursos de género. No es una novela especulativa «de ideas». No es realismo mágico. Que eso triunfe entre el lector «serio» es mucho más común. Philip Roth escribió una novela de ciencia ficción. Margaret Atwood, Salman Rushdie, Murakami, qué sé yo. Joder, hasta John Updike escribió una novela de ciencia ficción. Black Leopard, Red Wolf no es ninguna de estas cosas. Es el primer volumen de una saga fantástica pura y dura, sin disculpas, sin coartada, sin doble fondo metafórico. Es lo que ese mismo lector «serio» hace diez años habría considerado el equivalente en forma de libro a las palomitas con mantequilla.

La misma noche del 5 de febrero, el autor de estas líneas asistió a la presentación de la novela en Brooklyn, la primera fecha de la gira nacional de Black Leopard. Pese a llegar con veinte minutos de antelación, no consiguió entrar en el local abarrotado de la librería (la concurrencia triplicaba el aforo); tuvo que colarse por una puerta de atrás cuando los empleados de la librería no miraban y avanzar por entre una presa mortal de cuerpos hasta conseguir un sitio desde el que se pudiera vislumbrar de lejos al autor. Acabada la lectura, el autor de estas líneas casi murió arrollado por la avalancha de fans que se abalanzaron para conseguir su ejemplar firmado.

No creo que se me pueda recriminar el hecho de sentirme sorprendido aquel día. Crecí, como todos nosotros, en un mundo donde los lectores serios leían literatura seria y las cosas de frikis eran para los frikis. En las últimas décadas he vivido diferentes momentos donde ciertos autores o críticos cuestionaban esta distinción, pero todo se quedaba siempre en el ámbito puramente teórico. La literatura de género duro era un nicho de mercado. Un gueto. Algo que consumían con fervor los asistentes a convenciones de cómics y de ciencia ficción. Los aficionados al cosplay. Los coleccionistas de figuritas y de cartas del Magic. Por otro lado, la presencia de estos libros (normalmente agrupados en sagas de muchos volúmenes) era testimonial o nula en las librerías serias. Y todos siempre habían estado felices de mantener este status quo. Cualquiera que leyera a Patrick Rothfuss y a Martin Amis era un bicho raro. Cualquiera que leyera a Joe Abercrombie y a Richard Ford seguramente sufría trastorno de personalidad doble.

No deja de tener su ironía triste que hayan sido las series de televisión las que finalmente hayan tirado abajo los muros del gueto de la literatura fantástica. Pero los datos están ahí, y a fin de cuentas tiene sentido: la televisión ya es el formato de ficción más consumido con diferencia. Los famosos showrunners de las series son los prescriptores de las historias que gustan a la gente. Juego de tronos abrió la puerta, pero para cuando llegaron Black Mirror y Stranger Things el giro copernicano ya estaba prácticamente cerrado. En la actualidad entre un 30 y un 40 % de la producción de las grandes plataformas como Netflix o HBO está dedicado a series de género fantástico (fantasía, ciencia ficción y terror), entre ellas algunas de las series más vistas. Incluso antiguos iconos del frikismo contumaz como Star Trek o Doctor Who se han hecho sendos lavados de cara para adaptarse a los gustos del gran público.

Y la respuesta del establishment literario está siendo mucho más rápida de lo que nunca hubiéramos imaginado. De pronto suplementos tan conservadores (y elitistas) en materia de géneros como los del New York Times, Washington Post, Los Angeles Times y compañía están reseñando libros de género «duro». En el caso de Black Leopard, Red Wolf de Marlon James, se puede alegar lo que Ursula K. Le Guin decía con cierto resquemor de un famoso coetáneo suyo, practicante tardío de ciencia ficción: el establishment literario le prestaba mucha más atención que a ella porque el coetáneo en cuestión había empezado su carrera como autor de literaria seria y respetable, y solo después se había pasado a la fantasía futurista. Y ciertamente esto es así. Pese a todo, el fenómeno es sorprendente.

Liderados por la jovencísima crítica literaria canadiense Amal El-Mohtar, los reseñistas del New York Times dedican ahora la misma extensión, la misma consideración y el mismo vocabulario canonizante a una autora de sagas de fantasía como N. K. Jemisin que a alguien como Jonathan Safran Foer. Escritores como Matt Ruff (un posmodernista pynchoniano) o Victor Lavalle (satirista de la América multicultural en la onda de John Kennedy Toole) han triunfado en los últimos años con sendas novelas ambientadas en el universo de los Mitos de Cthulhu. Y que yo sepa, no hay nada mas friki que los Mitos de Cthulhu. Los hermanos Grossman triunfan entre la intelectualidad con novelas de magos y superhéroes. Antiguos autores del gueto friki como Richard K. Morgan, James S. A. Corey o Liu Cixin ya han visto su obra transformada en series multimillonarias.

Sin ir más lejos, en un mercado estadounidense donde históricamente ningún autor español ha triunfado (con la única excepción de La sombra del viento), el joven barcelonés Edgar Cantero reventó hace dos años todas las expectativas con su novela Meddling Kids, comedia de terror en la onda Buffy-Scooby Doo-Enid Blyton que entró en la lista de best-sellers del New York Times en su tercera semana de publicación y recibió grandes elogios de medios como NPR o Publishers Weekly. Y no fue un simple golpe de suerte: su siguiente novela, This Body’s Not Big Enough for Both of Us, va camino de revalidar el éxito de su predecesora.

Quiero asegurarme una vez más de que aquí no haya confusión posible de nomenclatura. No estoy hablando de relecturas irónicas posmodernas de los géneros fantásticos, ni de obras fronterizas, ni de novelas literarias que usan ciertos tropos de la fantasía. Hablo de género puro y duro. Cuando en la década de 1990 autores como Michael Chabon, Michel Farber o Jonathan Lethem publicaron novelas con elementos fantásticos, el establishment cerró filas para decretar que aquello no era novela de género, sino novela seria y situada fuera del gueto. Lo de ahora es distinto. Cierto: se trata de un proceso rápido pero gradual. No va a pasar de la noche a la mañana. Periódicos como The Guardian, el otro gran referente de la crítica literaria «seria» junto con el New York Times, todavía no ha dado el salto. Le sigue dedicando a la novela de género notas breves y condescendientes basadas en agrupar tres o cuatro libros y dedicar un párrafo a cada uno. En España tampoco parece que se esté moviendo gran cosa todavía. Los dos autores de novela de genero fantástico más interesantes del país, Emilio Bueso y Marc Pastor, todavía luchan porque su obra se valore en igualdad de condiciones con la de autores no fantásticos. En mi opinión, tendrán que triunfar en el extranjero antes de ser debidamente valorados en su propio mercado.

Sin embargo, también es un cambio que tiene aspecto de ser global e irreversible. El crítico catalán especializado en fantasía Ricard Ruiz Garzón lo considera un proceso de aceptación análogo a la aceptación de la presencia LGBT o femenina en los medios, «normalizando lo que estaba en los márgenes gracias primero a personajes, luego a situaciones y finalmente a identificación». La analogía puede parecer chocante pero realmente parece que es así como se ha desarrollado el proceso.

Por supuesto, estoy convencido de que hay una razón más profunda para esta nueva aceptación de la fantasía literaria por parte de los medios y el gran público. Y en cierta manera, todo lo que he dicho en este artículo hasta ahora no es más que una larga introducción a este último párrafo. Las últimas dos décadas han visto un pronunciado declive de la influencia social y de la popularidad del género de la novela no solo en beneficio del audiovisual, sino también, y lo que es más importante, de la no-ficción. Por un conglomerado de razones, la invención inherente a la novela ha ido decayendo en beneficio de lo testimonial, lo experiencial, lo «verídico», lo autobiográfico y lo simplemente narcisista. La representación de la experiencia propia, tanto personal como colectiva, parece haber reemplazado a criterios como la calidad de la obra literaria o simplemente la capacidad de fabulación. En este panorama algo siniestro, al que muchos autores se sumaron primero por convicción y ahora por razones simplemente comerciales, la fantasía a raudales ofrece algo que está desapareciendo. Ofrece imaginación. Ofrece invención. Ofrece lo que está en la base misma de la literatura. Llena un vacío que los seres humanos ciertamente necesitamos, y que no tiene porqué estar solamente en las series de televisión.

¿Puede la fantasía salvar a la novela en la década que viene? Yo creo que ya la está salvando.


La mano de hierro que azotó la novela

Margaret Thatcher cruza el paso de cebra de Abbey Road, inmortalizado en el álbum homónimo de The Beatles. Fotografía: Cordon Press.

1975, Londres. Los tories celebran una recepción en el Salón Rosebery de la Cámara de los Lores para presentar el libro de un tal Lord Butler. Un joven Christopher Hitchens acude a la cita, alguien le ha soplado que la nueva líder del Partido Conservador se va a dejar caer por allí. Es Margaret Thatcher. Una mujer sobre la que Hitch ha escrito un par de artículos, su favorito es el del New Statesman, donde la calificaba como una mujer «sorprendentemente sexy». Es inevitable que un interlocutor, Sir Peregrine Worsthorne, haga las presentaciones. Thatcher parece complacida, sabe quién es, y Hitch se revuelve y decide buscar la polémica enzarzándose en una discusión sobre la política de Rodesia / Zimbabue. En cuestión de minutos el periodista acaba ofreciéndole las nalgas y la líder tory azotándole en el trasero con unos papeles enrollados en forma de cilindro. Aquel fue el primer manotazo de hierro a la cultura.

Cuatro años después, Margaret Hilda Thatcher ganó las elecciones y se convirtió en la primera mujer elegida primer ministro del Reino Unido. Fría, liberal, autoritaria, siempre con un collar de perlas al cuello, permaneció once años en el cargo y un tsunami liberal asoló al país durante su mandato. «There is no alternative» se convirtió en el lema para justificar sus decisiones en materia económica. Entre sus reformas se incluyó la supresión de la financiación del Consejo de las Artes, un organismo establecido después de la Segunda Guerra Mundial para poner la cultura al alcance de todos. Maggie, como empezaron a llamarla sus detractores, consideraba que los artistas debían arreglárselas por sí mismos, como el resto de la población. La ira del mundo de la cultura creció en paralelo a las políticas que destruyeron empleos en minas e industrias, las que socavaron el estado de bienestar. Su postura con los presos del IRA, su alianza con Estados Unidos contra el comunismo y la participación de Gran Bretaña en la guerra de las Malvinas avivaron la revuelta social. Nunca hubo una sociedad tan polarizada. Lo que veías, lo que escuchabas, lo que leías… te definía. Eras pro- o anti-Thatcher, sin medias tintas.

El descontento social provocado por sus políticas ultraliberales sirvió como caldo de cultivo a la novela, un género que se reinventó ante la adversidad. Bajo (y contra) el thatcherismo floreció una de las mejores generaciones de la narrativa británica. Entre los nombres propios de aquella corriente están Malcolm Bradbury, Martin Amis, Salman Rushdie o Ian McEwan. El propio McEwan explicó, en un artículo publicado en el diario británico The Guardian, la fijación que la líder tory despertó en aquella generación:

«No es habitual que un Gobierno pueda presumir de haber fomentado las artes, pero Thatcher, que siempre tuvo una actitud impaciente ante la reflexión detallada sobre la vida, llevó a los autores a nuevos terrenos». La obsesión por su figura se convirtió en un deporte nacional, no podían hablar de otra cosa. Incluso personajes de ficción se dirigían a ella, como Adrian Mole, creado por la escritora Sue Townsend y que escribió un poema a la primera ministra en el que le preguntaba si era capaz de llorar.

Michael Dobbs fue un personaje de carne y hueso. Jefe de Gabinete del Gobierno conservador de Thatcher hasta 1987, cuando la Dama de Hierro fue reelegida por una amplia mayoría. Dobbs había estado siempre cerca de ella, pero lo que antes habían sido sonrisas y palmaditas en la espalda se transformaron en la frialdad y crueldad por la que era famosa. Una discusión de esas que eleva los decibelios de cualquier edificio acabó con la renuncia de Dobbs, que en lugar de llorar o lamentarse se largó de vacaciones y alumbró una novela sobre intrigas políticas en la que aúna realidad y ficción, y en la que los parlamentarios británicos aparecen como unos hijos de puta divertidísimos. Su título es House of Cards.

La animadversión que provocaba la Dama de Hierro agitó la pluma de autores como Hanif Kureishi, uno de los mayores detractores del thatcherismo y de su legado. Hijo de pakistaní e inglesa, criado en el mismo barrio que David Bowie y Billy Idol, sacudió los cimientos de la literatura británica con El buda de los suburbios. Una historia que se interrumpía con la llegada al poder de Thatcher. En El álbum negro, Kureishi fue un paso más allá, situando la historia en la Inglaterra de 1989, con un país tratando de sobrevivir al legado de los conservadores.

Entre el resquemor, el odio y los gritos de «¡Maggie, fuera, fuera!» que repetía la izquierda como un mantra, el nobel de literatura, Harold Pinter, se arrepintió públicamente de haberla votado. Algunos contemporáneos de Pinter estaban en el bando contrario, en el de los pro-Thatcher. Anthony Burgess, Philip Larkin o Kingsley Amis consideraban su llegada al poder como el restablecimiento de una autoridad perdida. Unos viejos rockeros que no solo admiraban su forma de hacer política, sino que cayeron rendidos a sus encantos y cualidades físicas. Kingsley Amis llegó a afirmar que la primera ministra era una de las mujeres más guapas que había conocido. Años después, su hijo Martin —férreo detractor de la Dama de Hierro— dijo en una entrevista que creía que su padre tenía sueños húmedos con Thatcher. Para Burgess era una «Venus madura». Y Larkin posó complacido con ella durante una visita a Downing Street.

En 1990 Margaret Thatcher abandonó el poder convertida ya en un icono pop. Fuente inagotable de inspiración, algunas de las mejores novelas sobre la época en que gobernó el Reino Unido se escribieron después. En 2004 Alan Hollinghurst se alzó con el Booker, el máximo galardón de las letras británicas, por La línea de la belleza. Una novela en la que describe la sociedad gay inglesa durante el segundo mandato de Thatcher, una etapa marcada por las políticas liberales, pero también por la aparición de la epidemia del sida. A través de los ojos de Nick, un veinteañero que está escribiendo una tesis sobre Henry James, Hollinghurst radiografía la sociedad de la era thatcheriana en una historia por la que desfilan familias conectadas con las altas esferas económicas y políticas. Jonathan Coe realizó una crítica mordaz de esas élites en Menudo reparto, una novela en la que daba un repaso a la polémica política de privatizaciones del thatcherismo. Y entre tanto anti- y tanto pro-Thatcher, Javier Marías, que le concedió un cameo estelar a la Dama de Hierro en Corazón tan blanco, donde aparece conversando con Felipe González.

Margaret Thatcher murió el 8 de abril de 2013, pero sigue siendo un filón, se siguen publicando biografías y ensayos sobre su legado. Hillary Mantel ha ido un paso más allá con El asesinato de Margaret Thatcher, matando a Maggie antes de que Inglaterra se convirtiera en la Inglaterra de Margaret Thatcher. De haber sido real ese argumento, ¿el mundo y la literatura británica habrían sido muy diferentes? ¿Cuántas buenas novelas se habrían perdido sin la mano de hierro que azotó a Hitchens?


Herralde on the Road

Fotografía: Alberto Gamazo.

En agosto de 1988, Jorge Herralde, que había estado editando en Anagrama a docenas de escritores norteamericanos, llegó a Estados Unidos dispuesto a conocer a muchos de ellos en persona. El viaje duraría tres semanas y alternaría coche y avión. En el aeropuerto de Washington DC, en el que aterrizó en compañía de Lali Gubern, traductora y editora, y también pareja, los aguardaban representantes de la Meridian House Internacional, una institución de liderazgo diplomático y global dedicada a los programas de intercambio de líderes, ideas y cultura. A través de una suerte de beca esta financiaba el viaje «por la atención que Anagrama había prestado a la literatura norteamericana» desde sus inicios, explica Herralde en Un día en la vida del editor, libro con el que celebra los cincuenta años de la fundación de la editorial.

La primera etapa lo condujo aTethford, en Vermont. «Fuimos en coche, para visitar a Grace Paley, de quien habíamos publicado sus tres libros de cuentos». Batallas de amor, centrado en las relaciones amor-odio entre hombre y mujeres, fue el primero. Herralde había oído hablar de ella «en los setenta, en una visita a Barcelona del gran cuentista Donald Barthelme», al que ya había publicado. En un almuerzo «entre vodkas y vodkas y más vodkas (antes de empezar a comer), me recomendó a una autora y un título, espléndido, que me apuntó en un papalito: Enormous Changes at the Last Minute».

Paley vivía en una cabaña en medio de un bosque con su esposo, el poeta Robert Nichols. Entre los dos prepararon una cena con las verduras y lechugas de su huerto, «que se limpiaron relativamente». Después fueron a conocer a las ovejas (docenas y docenas), atraídas por los estrepitosos alaridos del poeta, y tras juegos y revolcones con las demasiado amistosas bestias «nos pusimos a comer, beber, fumar, orinar en el campo (en suma, la vida sencilla, mientras hablábamos de política, feminismo, y de sus amigos los beatniks», recuerda Herralde.

Cuando dejaron Vermont se dirigieron a Nueva Orleans, donde la Meridian House Internacional les asignó un guía, profesor de literatura, llamado Kenneth Holditch, que presumía de no haber salido jamás de la ciudad. Suya había sido la primera crítica mundial de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, el mayor longseller de Anagrama, a la que dio equilibrio económico tras pasar por serias dificultades económicas. La primera noticia que había tenido Herralde de la novela fue a través de un catálogo de la Louisiana University Press, en el que se reproducía el prólogo del libro, del escritor y editor Walker Percy, donde contaba que un día entró en su despacho una señora con el manuscrito de su hijo, John Kennedy Toole, que se había suicidado al no lograr que el libro se publicase. «Ese texto de presentación era muy excitante, por lo que decidí pedir una opción», confiesa Herralde, que pasó una oferta de mil dólares. En la primavera de 1982 salió el libro traducido, en una tirada de cuatro mil ejemplares. Al regreso de las vacaciones se había agotado, y a partir de ese momento se convirtió en un superventas. «En aquel verano, en las playas españolas se podía observar un fenómeno curioso: gente agitándose espasmódicamente sobre sus tumbonas y toallas; si uno se acercaba, veía que estaban leyendo un libro a carcajadas: La conjura de los necios».

El editor no se fue de Nueva Orleans sin hacerse algunas fotos fetiches, como una debajo del reloj de los grandes almacenes D. H. Holmes que figura en la primera página de la novela. Después emprendió viaje a Jackson, Mississippi, para ver a Eudora Welty, de la que había publicado Una cortina de follaje, El corazón de los Ponder y Las manzanas doradas. La misma semana que la visitaron Herralde y Lali Gobern, lo hicieron un equipo de televisión de Nueva York y un periodista francés. «¿Qué pasa con usted, Miss Welty? ¿Le van a dar el Nobel?», le preguntaban sus vecinos. Fue Welty quien le habló de Richard Ford, al que conoció de niño, cuando era vecino suyo en Jackson. Dos años después Anagrama publicó Rock Springs y El periodista deportivo, solo para abrir boca.

En San Francisco visitó a su amigo Lawrence Ferlinghetti, poeta, editor y propietario de la mítica librería City Lights Books, que en su día había se había hecho famoso con motivo del juicio por obscenidad al que fue sometido por publicar Aullido de Allen Ginsberg, más tarde también en el catálogo de Anagrama. Herralde había contado ya en Por orden alfabético que en agosto de 1976 estuvo en City Lights Books, y en esa ocasión Nancy J. Peters, mano derecha de Ferlinghetti, «me recomendó vivamente dos libros de Bukowski que habían publicado hacía poco: Escritos de un viajero indecente y Erecciones, eyaculaciones, exhibiciones. Empecé a leerlos en el viaje de vuelta y ya no pude soltarlos».

En Nueva York lo esperaba el plato fuerte del viaje. Entre conciertos, museos y paseos, se reservó varias citas literarias y editoriales. La primera fue para conocer a Tom Wolfe, su gran fichaje norteamericano de los años setenta. Cuando Herralde y Lali Gubern llamaron a la puerta de su casa, abrió Wolfe en persona, «con su uniforme de Tom Wolfe». Bebieron vino blanco, hablaron de literatura, del nuevo periodismo y de la pasión del escritor por Zola, y su obsesión por la exactitud.

En 1972 Anagrama había publicado La Izquierda Exquisita & Mau-mauando al parachoques, que presentó en Bocaccio Manuel Vázquez Montalbán. Los anticipos «respondían al interés que entonces despertaba el autor en España, o sea prácticamente nulo: los de los cuatro primeros libros oscilaban entre ciento cincuenta y trescientos dólares… Con La hoguera de las vanidades las cosas cambiaron, dentro de un orden: veinticinco mil dólares. Rápidamente recuperados».

La siguiente cita fue una tarde en casa del matrimonio Gita y Sonny Mehta, el editor inglés que el año anterior había fichado por Alfred A. Knopf, tras destacar por su labor en Pan Books y sobre todo en Picador, sello en el que editó a comienzos de los ochenta a Ian McEwan, Salman Rushdie, Edmund White, Julian Barnes, Graham Swift o Michael Herr, muchos de los cuales llegarían a España de manos de Anagrama. «Después de tomar unas copas», cuenta Herralde, «nos fuimos Lali y yo, con ellos y su chófer, al piso de Bret Easton Ellis, que daba una party en honor de su gran amigo Jay McInerney, que acababa de publicar Story of My Life». Solo eran veinteañeros, pero McInerney, Easton Ellis, Tama Janowitz, también en la fiesta, y David Leavitt, «eran posiblemente el cuarteto de jóvenes más prometedores del momento». Anagrama acababa de publicar por entonces Esclavos de Nueva York, de Janowitz, y Menos que cero, de Ellis. La fiesta era, sin embargo, lo suficientemente grande para que también acudiesen George Plimpton, fundador de The Paris Review, o Harold Brodkey.

Parecía un final de ruta por Norteamérica perfecto, pero horas antes de tomar el vuelo de regreso a España, Herralde cumplió un último sueño, en el restaurante del famoso Hotel Algonquin. Allí lo esperaba Kurt Vonnegut, del que Anagrama había publicado cuatro libros de una tacada, incluido Matadero Cinco. «Empezamos a beber, y de entre las barbas de Vonnegut empezaron a salir historias inesperadas y entrecortadas, acompañadas de sonoras carcajadas. Nosotros sonreíamos con falsa complicidad, aventurábamos algún tema y rápidamente nuestro jovial amigo arremetía con nuevos chistes, risas y bromas crípticas sobre escritores». Herralde y Gubern no entendieron demasiado. «Nos despedimos con grandes abrazos, pero bastante deprimidos, sic transit gloria mundi, etc.», y sin más regresaron a España.


El editor que tenía claro que no sería editor

(Nota: Este artículo forma parte de una serie sobre memorias de editores)

Tom Maschler (Berlín, 1933) tenía veintisiete años y acababa de incorporarse a la editorial inglesa Jonathan Cape el día que Ernest Hemingway se suicidó en el porche de su rancho. Un mes después, su viuda, Mary Hemingway, visitó la sede de la editorial en Londres, y se fijó en el nuevo empleado, al que invitó a su rancho de Ketchum, en Idaho, donde estaba la residencia principal del autor de El viejo y el mar. Mary «necesitaba ayuda para reunir el manuscrito en el que “Papá” estaba trabajando cuando se pegó un tiro», cuenta Maschler en Editor (Trama Editorial). Durante varios días se sumergieron en el baúl donde guardaba sus páginas manuscritas. «No hallamos el menor indicio de la forma que hubiera previsto dar al libro, lo que hizo más difícil y al mismo tiempo más gratificante la tarea». La estancia dio para que Mary le propusiera utilizar el rifle que Hemingway empleaba en los safaris. El arma puso nervioso a Maschler, que pese a todo disparó uno o dos tiros. Cuando volvieron al baúl y los manuscritos, encontraron una mención a que «París era una fiesta», y les pareció que sería un título excelente para el libro. En la última noche al fin consiguieron poner orden en el manuscrito, y cuando Mary lo envolvió y se lo dio a Maschler, le pidió que por favor lo entregara en persona… en la editorial Scribner. Ese fue el primer gran trabajo Maschler, que editó una editorial que no era la suya.

Pero su vida pudo seguir un rumbo distinto. Después de sobrevivir al nazismo, y huir primero a Inglaterra y luego a Estados Unidos, al acabar la adolescencia «tenía claro en materia de profesiones que nunca sería editor», y por eso se marchó a Roma con el propósito de dedicarse al cine. Fracasó. Cuando lo asumió, decidió que a lo mejor la profesión de editor no estaba tan mal. Empezó en la editorial André Deutsch, donde asumió responsabilidades como «llevar el registro de las existencias de papel», lo que a veces lo obligaba a acudir algunos sábados a trabajar. El día que le permitieron editar un libro, se vendieron veinte mil ejemplares. Fue con Declaration, una serie de manifiestos encargados a algunos de los principales autores del mundo de las artes, como Doris Lessing, Kenneth Tyanon o John Osborne. Eso le dio la oportunidad de fichar por Penguin, donde trabajó dos años antes de aceptar ser director literario en Johathan Cape.

El cambio iba a darle la oportunidad de conocer a uno de los editores independientes que más admiraría, y con el que se le compararía con el tiempo: Bob Gottlieb. Gottlieb «jamás se permitió comer, porque lo consideraba una pérdida de tiempo». Cuando Maschler estuvo alojado en su casa, y quiso comerse un huevo duro en un desayuno, descubrió que no había. Fue a comprarlo. Al regreso, descubrió que tampoco había sal. La comida no tenía el menor significado en su vida. Sin embargo, su casa poesía el encanto del vecindario. En la casa de al lado vivía Katherine Hepburn. Un día Gottlieb recibió una llamada de la actriz, que le aconsejó que limpiase la nieve del tejado para que no se filtrara. Gottlieb le dijo que ni siquiera sabía dónde estaba la trampilla para subir hasta él. «Entonces Katherine Hepburn, que en ese momento andaría en los setenta, se ofreció a limpiar ella misma el tejado de Bob».

En treinta años de dilatada y exitosa en Cape, que llegó a presidir, el momento de máxima ebullición le llegó a Tom Maschler con la primera novela que adquirió para la editorial: Trampa 22, de Joseph Heller. Publicada en Estados Unidos, Fred Warburg iba a publicarla en Heinemann, pero consideró finalmente que «era una novela tan americana que los ingleses no la entenderían». Gottlieb, que la había publicado en el sello estadounidense Simon & Schuster, se la ofreció a Maschler. La lectura en una noche lo dejó con la boca abierta y «vendimos cincuenta mil ejemplares durante los tres primeros meses y llegamos a superar la edición americana. No se conocía otro caso de un autor estadounidense que vendiera más en Inglaterra que en su país».

Fue el principio de un catálogo con un excelente fondo americano, compuesto por autores que acudían a Cape descontentos con sus editores británicos. «Nunca ofrecimos sumas extravagantes para seducirlos», asegura Maschler, y pone el ejemplo de Philip Roth y su Cuando ella era buena. Su editor, André Deutsch, le ofreció un anticipo de tres mil libras y Philip pidió cuatro mil, que aquel se negó a conceder. Cape se las ofreció y lo publicaron, pero lo bueno del caso es que el siguiente libro de Roth, El lamento de Portnoy, resultó un éxito colosal.

Maschler acabó haciéndose buen amigo de Roth, visitándolo asiduamente a su casa de Connecticut. Allí también vivía otro de sus autores favoritos, William Styron, de quién editó Las confesiones de Nat Turner o La decisión de Sophie. La primera vez que se alojó en su casa, le dijo que «por un día no había coincidido con Marilyn Monroe, para luego añadir con su aire despistado: “Ahora que lo pienso, durmió en tu habitación”».

Más de una docena de sus autores recibieron el premio Nobel de Literatura. Pero por momentos parece brillar más el hecho de ser el editor del famoso triunvirato británico: Martin Amis, Ian McEwan y Julian Barnes. Conoció a Martin en casa de su padre, el también escritor Kingsley Amis, cuando solo era un muchacho de dieciocho años «que no manifestaba el menor interés en escribir una novela, pero yo tuve un pálpito y le animé a que me enviara la primera en caso de que llegara a escribirla». Años después recibió El libro de Rachel. Amis enseguida desarrolló «un estilo vigoroso y distinto», conquistando a un público fiel y numeroso. Entre este no se encontraba su padre. En una de las fiestas del Polish Club para celebrar la publicación de una novela de Martin, a Maschler le sorprendió que su padre «le dijera que el libro era ilegible y aprovechara para añadir que nunca había podido pasar de las primeras páginas de las restantes novelas de su hijo. Una actitud tan pasmosa que yo no lo hubiera creído de no haberme encontrado en ese momento al lado de Martin».

McEwan fue la siguiente incorporación. Maschler había leído algunos de sus relatos, publicados en revistas, y cuando le propuso reunirlos contestó que preparaba su primera novela para otro editor. Pero ese proyecto se le hizo largo y lo abandonó, aceptando finalmente la sugerencia de Cape, donde publicaría Primer amor, últimos ritos. No pararon hasta hacerse con el premio Booker, que recayó en 1998 recayó en Ámsterdam. Cuando quedó finalista por Los perros negros, acudió con el staff de Cape a la ceremonia, y al no resultar vencedor, se volvió hacia Maschler y le dijo: «Vámonos de aquí». Barnes, más mesurado y silencioso, alcanzó con El loro de Flaubert la final en la edición de 1984, sin que se registrasen incidencias al no alzarse con el triunfo final. Pese a ello, en Francia causó auténtica sensación cuando Bernard Pivot, el crítico literario más importante de la televisión, dijo en mitad de la entrevista que le hizo al autor, mirando a cámara: «Salgan enseguida a comprar este libro». Y los espectadores salieron.

Los éxitos con los escritores británicos, entre los que también estarían Bruce Chatwin, Roald Dahl, John Fowles o Salman Rushdie, no lo distrajeron del todo de los novelistas estadounidenses. A la satisfacción de editar a Heller la siguió un placer todavía más especial, cuando la agente literaria Candida Donadio le hizo saber un día que tenía una cosa para él, y le envió al hotel de Nueva York en el que se alojaba un enorme paquete con un manuscrito titulado V, escrito por un desconocido llamado Thomas Pynchon. Sus esfuerzos por conocerlo en persona resultaron baldíos hasta que no transcurrieron quince años de la publicación de V. Un día su telefonista le dijo «que al otro lado del teléfono había un tal Tom Pynchon que quería hablar conmigo». Maschler le preguntó si estaba segura del nombre. «Pásamelo», le pidió, «y mis primeras palabras fueron “¿Dónde está?”, a lo que él contestó que se hallaba en el Museo Británico», a la vuelta de la esquina. «¿Cuándo podríamos vernos?», preguntó el editor. «¿Ahora?», sugirió Pynchon. Empezaron dos semanas de encuentros casi diarios, hasta que un día lo llamó al piso que había alquilado, y se enteró de que ya no existía ese número de teléfono. Después supo que un editor de Random House le había enviado un ejemplar de prueba de una novela de Larry Kramer que fue interceptado por la policía, que lo encontraba obsceno, «y llevado por la paranoia Tom huyo pensando que venían a por él». Cape, que editaría también Mason y Dixon, no tuvo ocasión de publicar Vineland, porque el autor dio indicaciones de que no se ofreciera a su sello cuando leyó en The New York Times que el dueño de Random House acababa de comprar Jonathan Cape.

Siguieron llegando más éxitos de Estados Unidos, sin embargo. Fue el caso de Tom Wolfe, a quien en su primer encuentro en el aeropuerto de Heathorow, cuando visitó Londres, Maschler acudió a recoger en una Vespa, circunstancia que puso al escritor muy nervioso, aunque aceptó subirse a la moto. Las ventas de La hoguera de las vanidades se desbordaron a ambos lados del Atlántico. Antes y después publicó a muchos más autores llegados de América, como Carson McCullers, Saul Bellow, Edward Albee, Isaac Bashevis Singer, Allen Ginsberg o Kurt Vonnegut.

Maschler fue también el primer editor en inglés de Gabriel García Márquez y Vargas Llosa, de quien publicó varios libros «antes de que escribiera las ochocientas páginas de Conversación en La Catedral, pero después de las pérdidas que nos habían acareado sus otras novelas, mucho más cortas, me faltó valor para contratarla».

En Inglaterra le siguieron ocurriendo cosas realmente especiales, uno de ellas con motivo de un libro sobre música pop que había encargado a un joven llamado Michael Braun. En una ocasión «apareció con varios trozos de papel de distintos hoteles cubiertos de dibujos y versos escritos a mano. Nada más verlos me gustó su sentido del humor y su originalidad; los mejores me arrancaron carcajadas. “¿Pero quién demonios lo ha escrito?”, pregunté. La respuesta fue: “John Lennon“». Pensó en publicarlos enseguida si Lennon era capaz de llenarle un libro. Lo hizo y se tituló John Lennon in His Own Write. Camino de la reunión para negociar el anticipo con Brian Epstein, descubridor de los Beatles y administrador de los detalle de su vida, Maschler iba pensando en una cifra de cien mil libras, alta pero asumible. «En cambio, el magnate que pensaba encontrar solo se preocupó por la forma de publicar el libro» y acordaron «un anticipo de diez mil libras», una insignificancia puesto que se vendieron cuatrocientos mil ejemplares en el Reino Unido y casi lo mismo en Estados Unidos, además de las traducciones. El éxito hizo imprescindible un segundo libro que se vendió incluso mejor. Poco tiempo después, sin embargo, se rompió el idilio con Lennon, cuando este lo llamó a su despacho «para presentarme a una amiga que había escrito un libro titulado Grapefruit. No lo tomé en consideración, ni al libro su a su autora, que se llamaba Yoko Ono».


Roberto Saviano: «En Italia, con la cabina, la mafia puede controlar uno por uno cada voto»

Fotografía: Alberto Gamazo

Roberto Saviano es alguien a quien no dan ganas de entrevistar, por dejarlo en paz y porque siempre le preguntan las mismas cosas, del tema que le persigue. Él se ríe cuando se lo dices porque sabe que es verdad. Aunque enseguida se olvida de que está en una entrevista y es un buen conversador, una persona llena de fuerza y vitalidad pero con un profundo lastre oscuro. Ha estado en España para promocionar su último libro, La banda de los niños (La paranza dei bambini, Anagrama), un relato basado en las andanzas reales de una «paranza» de chavales de la Camorra, pero intentamos hablar con él de otras cosas, una pretensión que sale a medias, porque en realidad también acabamos hablando de lo mismo de siempre.

¿Cómo afrontas las entrevistas a estas alturas?

A veces como si fuera una especie de misión, me imagino al lector y me digo: ¿qué le puedo ofrecer para darle una llave o abrirle una puerta? Al final siempre me repito que, si solo una persona me lee y empieza a entender cómo funcionan las cosas, ya ha valido la pena. Si no, es como si de entrada ya ganaran los otros. La entrevista es una forma de conocimiento, de divulgación.

Empecemos por una pregunta rara, pero que a ti no te sorprenderá: ¿qué hay escrito sobre la tumba de Raffaello Sanzio?

Una de las frases más bonitas que he leído nunca. Dice así: «En vida, la naturaleza tenía miedo de ser vencida por él; ahora que está muerto, es ella quien tiene miedo de morir». Es decir, cuando la naturaleza ve a Raffaello piensa que hay alguien mejor que ella y tiene miedo de que haga cosas más bellas, pero, cuando muere, la naturaleza se da cuenta de que Raffaello era la naturaleza. Se da cuenta de que los genios no son una excepción, más bien son una síntesis de todas nuestras posibilidades y talentos.

Sabes por qué te lo pregunto, citaste la visita a esa tumba en una lista de diez cosas hermosas por las que merecía la pena vivir. Cuando te leo, veo siempre un amor entre líneas por la poesía. De vez en cuando citas un verso, un libro, como si tuvieras ganas de hablar de otras cosas. Como si la poesía fuera en realidad de las cosas más importantes en la vida.

Es raro decirlo, pero yo escribo de lo que escribo porque tengo esa formación. Me gusta mucho. Sobre todo, la poesía desesperada. Me gustan los poetas que no tienen miedo de la desesperación. De hecho, son los escritores que más me gustan.

¿Por ejemplo?

Sarah Kane, que no era poetisa sino más bien dramaturga, escribió versos magníficos. Auden, Philip Larkin… Los busco. Ah, un poeta español, Miguel Hernández. Lo adoro. Para mí son como socorristas. También esta poetisa argentina de origen italiano, la que se ahogó en el mar…

Alfonsina Storni.

Sí, Alfonsina Storni. Son como amigos a los que llamas cuando no estás bien. Y me gusta compartirlos.

Hay que estar muy concentrado para leer poesía. No puedes leerla despreocupadamente. Me imagino que es como un refugio, hay que estar solo para leerla. Con la vida que me imagino que llevas, la poesía será uno de tus apoyos.

Sí, así es.

¿Y qué más?

El boxeo.

¿Para desahogarte?

Sí, no soy muy buen boxeador, aunque he practicado durante años. Llevo ya años. Correr, sin embargo, me produce ansia, cuando corro sobre la cinta, empiezo a pensar y quizá no es lo mejor.

¿Cuándo empezaste con el boxeo?

Con veinte años y he seguido desde entonces. Nunca me he roto la nariz. [Risas] Tengo un acuerdo con el chico con el que suelo entrenar… El acuerdo es que yo puedo pegarle, pero él no me puede pegar a mí. Él solo se puede defender. [Risas].

He leído que ya de pequeño te atraían las historias sobre la mafia y la Camorra por su potencia literaria. ¿Cuáles son las primeras historias que recuerdas?

Hay algo aún peor. Mis tíos me contaron algo que yo no recordaba. Cuando venían del norte a mi zona para vernos en Navidad, yo les llevaba a enseñarles los lugares donde había habido asesinatos. No había muertos, pero yo les decía si ahí habían matado a alguien. Y ellos decían: «Este niño es un necrófilo».

¿No te acordabas de eso?

No, no me acordaba. Tendría unos diez años. Pero de lo que sí me acuerdo es de que yo me sentía mayor al ver muertos. Iba a verlos, porque me sentía grande, me sentía adulto. Si ves un muerto, eres mayor. Si te fijas en las fotos de crímenes, detrás de la escena siempre hay niños mirando…

Así que, mientras crecías, la gente se disparaba y había muertos de vez en cuando. Era algo normal en vuestra vida.

Sí, no tenía el ritmo de una guerra cotidiana, pero era normal. Una vez dispararon en la fiesta del Mak P Cento, una fiesta estudiantil que se celebra cien días antes de que se acabe el colegio. Había una fiesta en un local y la Camorra mató a un chico. Estaba defendiendo a su novia, porque un hijo de Schiavone [famoso capo de la Camorra del clan de los Casalesi, n. del a.] la cortejaba. Se pegaron y hubo disparos. El guardaespaldas se inculpó de la muerte, aunque en realidad había sido el chico.

¿Y de pequeños cómo vivíais esto, ver por ahí a estos capos míticos y temidos?

En familias acomodadas, si tu padre era profesor o médico, se consideraban cosas lejanas, aunque estuviera muy cerca. Así es la burguesía del sur: piensan que se matan entre ellos, haces como si nada, aunque veas cadáveres al pasar con el coche y dices, bueno, es algo entre ellos.

Dos mundos que conviven pero que no se tocan.

Sí, era así. Lo mismo en los periódicos locales. Como la mafia en Sicilia, si tocaba la política, entonces sí interesaba. Si no, ni la mencionaban.

Alguna vez has dicho que tu padre te enseñó a disparar, ¿cómo fue esto?

Esto también era normal, disparar.

¿Teníais pistola en casa?

Sí, disparábamos a botellas de cristal. La formación militar, en polígonos, el uso de la navaja, todo esto allí tiene que ver más con la formación como hombre que con la formación criminal.

¿Cómo una transición a la edad adulta, una cosa tribal?

Sí, una de las cosas que me ha impresionado de los chicos de paranza, de la banda de los niños, cuando charlan, es que ves que no saben ni quién gobierna, sea Renzi, o Berlusconi, pero saben que es gente que no ha matado nunca. Dicen: «¿Ah, pero tú te dejarías gobernar por alguien que no ha matado nunca? ¿Que no tiene fuerza, que no tiene responsabilidad?». Aunque alguien haya matado injustamente, al menos ha tomado una decisión. Este es un pensamiento de un hombre del siglo XVI o XVII. Un rey que no ha matado es débil. Estos chicos piensan igual. Ven a uno y dicen: «Bah, ese no ha matado nunca». Y ellos no ven la hora de matar a alguien, porque así eres un hombre. Te lo preguntan siempre: Hai fatto un pezzo? [«Has hecho una pieza», n. del a.]. ¿Te has cargado a alguien?

¿Como los periodistas? [fare un pezzo significa ‘escribir un artículo’].

Sí, igual [risas]. Lo dicen porque cuando matas el cuerpo se vuelve rígido, ¿no? Claro, luego hay chicos que se lo inventan para fanfarronear: «Sí, he matado a dos tíos…».

Como en el sexo, presumir de que has estado con una chica…

Exacto. Están en la misma categoría. Aunque en el sexo te dicen: mejor si la chica con la que estás es virgen, mejor si te casas joven, mejor si tienes hijos joven… Entre estos chicos de la Camorra es normal tener hijos con dieciséis, dieciocho años. Emanuele Sibillo, el jefe de la paranza, cuando murió en 2015 a los diecinueve años, asesinado por la espalda por un francotirador —un francotirador, y esto es Italia—, su esposa ya estaba embarazada del segundo. Con diecinueve años.

Pero ¿pueden tener amantes o no?, ¿cómo son las reglas en eso?

No hay tiempo, pero hay quien sí tiene amantes.

¿Esta prisa se debe al hecho de que saben que no tienen mucho tiempo, de que saben que morirán? No es tanto como en los clanes, donde el matrimonio suele ser un hecho social, para establecerse socialmente, y después ya cada uno hace lo que quiere.

Sí, esa es la regla, pero no en estos chicos. Quizá no tienen tiempo. Morir con veinte años es demasiado pronto. Si ves sus fotos, hay un vídeo de ellos en YouTube, no te lo puedes creer, parecen muy normales. De hecho, Sibillo era muy inteligente e incluso me atrevería a decir que era culto, sabía quién era Maquiavelo, citaba a Mussolini, citaba al Che Guevara, citaba a las Brigadas Rojas. Todo aprendido en internet. Pero tenía cabeza, y no venía de una familia pobre, que es otra de las características.

Esta infancia de la que has escrito, ¿en qué es diferente de la que viviste tú? ¿Ha cambiado tanto?

Muchísimo. Además, yo crecí en las afueras y ellos, en el centro de Nápoles. La Camorra que yo viví esperaba a que tú crecieras. Esta no. Y hay otra cosa: la desesperación. Cuando yo crecí, mi familia, mi entorno, sabía que el futuro se presentaba de forma positiva.

¿Recuerdas una infancia feliz?

Había una promesa de felicidad. Era una cosa típica entre los italianos nacidos a finales de los años setenta. A mi padre nunca le he visto verdaderamente feliz, pero era un problema suyo. Pero tanto mi madre como mi padre estaban seguros de que las cosas irían bien, tendrían una casa en propiedad. Estaban seguros. Cuanto más trabajes, mejor te irá. Trabaja y crecerás socialmente. Trabaja y tendrás la casa en la playa, tendrás un coche. Estos no, estos ven a sus padres, pequeños burgueses, al borde del colapso, y ven que tienen un futuro de mierda. ¿Qué futuro te espera? ¿Qué puede pasar, que ganes menos? Si no hay trabajo en Italia. No hay nada, nada. Trabajas si hay alguien del Ayuntamiento que te ayuda, tu tío que te mete en su tienda… entonces sí. Si no, no hay nada.

Estos chicos no creen en nada. Y dicen: ¿qué es lo más importante en la vida? Las zapatillas Air Jordan. Si tienes las Air Jordan, tu vida es un poco menos triste. ¿Qué más cuenta en la vida? Armani, te sientes mal si no tienes ropa de Armani ¿Qué más cuenta en la vida? No hacer colas en la puerta de la discoteca. Hacer cola es humillante. ¿Qué más? Poder jugar el mayor tiempo posible a la PlayStation y tener un buen teléfono móvil. Básicamente, estos son sus códigos. ¿Y cómo puedes tener todo trabajando? Es imposible, trabajando todos los días por trescientos euros al mes. Entonces, es mejor coger una pistola, ir a una gasolinera, apuntar al encargado en la cara y llevarse veinte mil euros. Y con esto te compras las Air Jordan, las camisas, el hachís…

Te he oído contar que un grupo de estos chicos entró a atracar una tienda y el dueño, muy listo, les propuso ser algo así como su patrocinador: que se vistieran con su ropa, que se la regalaba. Como si fueran Cristiano Ronaldo. Porque sabía que son un modelo para los jóvenes, que crean estilos de moda, y sería bueno para su negocio.

Sí, sí, y es más, aún a día de hoy en Nápoles los chicos saben cómo se vestía Sibillo, los relojes de Sibillo… En internet puedes encontrar las fotos del cumpleaños de Emanuele Sibillo: tenía una tarta con forma de Rolex. ¿Lo entiendes?

También recuerdo una vieja historia que contabas de un sicario que vuelve a casa y su mujer le encuentra una mandíbula en el bolsillo.

Sí, sí… Es verdadera.

Es que tengo curiosidad, ¿cómo llegó allí?

Es que un arrepentido había confesado el lugar donde estaba enterrado un cadáver, en un campo. El clan se enteró y fueron corriendo a trasladar el cadáver antes de que llegara la policía. Araron el campo para tapar el agujero y se llevaron los restos, que ya eran todos huesos, y los tiraron por ahí. Pero se dejaron la mandíbula en el coche, y cuando la vieron uno de ellos se la metió en el bolsillo. Y se olvidó de que la tenía. Llegó a casa y se fue a dormir. Por la mañana, la mujer puso los pantalones en la lavadora. Él se fue a trabajar. Y luego ella se la encontró.  

Estas historias tienen una potencia como relatos que no te puedes inventar, y son reales. Literariamente son lo máximo, y no se acaban nunca. Cuando crees que has leído una historia increíble, coges el periódico y aparece otra. ¿Por qué nos atraen tanto?

Porque, en mi opinión, tienen un acceso a la verdad directa. La mafia, en síntesis, es nuestra vida. Literalmente: todos joden a todos. Es la verdad.

¿Pero tú eres así de escéptico con la vida en general?

Sí, la gente es así: todos joden a todos. En la mafia lo ves claramente. En nuestra vida es un poco más hipócrita, con la familia, amigos, esposas, novias…

¿Quizá el motivo es que en nuestro día a día no estamos tan desesperados como para llegar a dispararnos?

Sí, es el único pasaje que falta, pero todos adoran las historias de mafia por esto. La mafia es nuestra vida sin fingir. Nuestra vida, radicalizada. Un capo es idéntico al jefe de una oficina. Bueno, malo, simpático… solo que en la oficina te despiden, o te acosan laboralmente, en la mafia te matan. La fascinación nace de ahí, nace siempre de un relato auténtico. House of Cards gusta porque es auténtico. La crueldad es auténtica.

Te he oído hacer paralelismos con los jóvenes yihadistas que se inmolan. Salvando todas las distancias, naturalmente, pero imaginemos que hay dos chicos de diecisiete años, desesperados, uno en Marruecos o Túnez, y otro en Nápoles, que eligen el camino de la violencia. ¿Tienen algo en común?

Son los dos iguales. La muerte es un elemento esencial en su vida. Pero en México también es igual. Los chavales de los Zetas son idénticos a los yihadistas, por ejemplo. Su comunicación es parecida. Hice un estudio sobre esto, sobre la comunicación en narcos y yihadistas, es igual: escopetas, cabezas cortadas, coches… Igual. Los yihadistas miran mucho a los narcos y a los napolitanos. Es la muerte lo que tienen en común. Un camorrista nunca iría a la calle a matar indiscriminadamente y dejarse matar, porque no ganaría dinero con eso. Pero sí correría el riesgo de matar inocentes si es necesario para que su operación tenga éxito.  

¿Y qué hay de estos chicos ingleses, franceses, que hacen miles de kilómetros para ir a combatir a Siria? Quizá su vida no sea tan terrible…

Van para darle sentido a su vida. ¿Sabes cuál es su destino? El destino de estos chicos es ser arrestados o que les disparen si quieren ganar dinero. Cada vez que intentan mejorar su vida, se dan cuenta de que tienen una vida de mierda. Entran y salen de la cárcel, les disparan. Ir a Siria mejora su vida. Da sentido a su vida. No tienen que estar con la preocupación de ganar dinero. Se hacen famosos.  

Pero cuando lees sobre la vida de los mafiosos es una vida de mierda, porque saben que acabarán muertos o en prisión.  

Bueno, la vieja generación de mafiosos más o menos se salió con la suya. Provenzano pasó unos años en prisión y murió. Carlo Gambino llegó a los ochenta años, pero eso ya no es posible, no existe.

Entonces, si saben que es así, ¿por qué lo hacen? ¿No tienen elección?

¡Para ellos es de puta madre! El problema es vivir, no morir. Eso es una cosa que pensamos nosotros. Los falangistas también gritaban: «¡Viva la muerte!». La vida es un coñazo sin fin, morir es cojonudo. El trabajo, escuchar a tu madre, un estrés infinito… Ellos lo viven con esta ligereza, cuando llega el momento tienen el terror del instinto… Cuando he entrevistado a los supervivientes, a los que no han muerto, me preguntan la edad, digo que treinta y ocho, y se ríen, me dicen que soy un viejo de mierda. No eres nadie. Ellos mueren asesinados a los veintiuno, a los veinticinco… Tienen esta obsesión con el límite. Y, créeme, esto es algo que es común en diferentes generaciones, en África, en México… Y la referencia de todos es Dan Bilzerian, que quizá conoces.

Pues no…

¿No tienes Instagram?

No.

¡Grande! Pues Dan Bilzerian es el hombre que más ha cambiado esta generación. Es un tipo que ha ganado cien millones de dólares jugando al póquer y ha decidido «morir de coño», tal cual. Cada día tiene decenas de mujeres que pone en Instagram y no trabaja ni un minuto. Tiene menos de cuarenta años. Para él la vida debe ser así. Envejecer hoy es la prueba del trabajo precario, de la vida débil, de la pensión, de la enfermedad… La vida se ha hecho demasiado larga, alargar la vida es un problema porque se ha hecho fea. Prefieren vivir al máximo diez años, divertirse, drogarse y morir.

Entonces, ¿por qué tienen estos chicos este sentido de la familia? Si el futuro no les interesa, ¿por qué tienen mujer, hijos?

Esto es cierto, es cierto. Es una contradicción del mecanismo napolitano. La familia se convierte en un lujo que ellos quieren disfrutar. Para ser sincero, ellos piensan a veces que tiene que quedar alguien tras ellos, su sangre tiene que perdurar. Sí que tienen esta preocupación. Menos nihilista y más de disfrute. Lo he descrito quizá de forma demasiado nihilista, en cambio está más relacionado con el disfrute, el pasarlo bien: «Quiero disfrutar de mi mujer, de mi hija». Son así. Este Sibillo tuvo un hijo y una hija, o dos, no me acuerdo. El primogénito era un varón, y para carnaval hicieron que el niño se disfrazara como si fuera el padre, que había ya fallecido, le pusieron una barba falsa, las gafas, el Rolex…

Decías que algunos capos son muy cultos, que han leído a Platón y Nietzsche. Quizá te imaginas que uno o dos lo sean, pero ¿tantos?

Bueno, muchos… Capos de verdad, sí. Schiavone estaba obsesionado con las estructuras borbónicas y Napoleón Bonaparte. Augusto La Torre, psicoanalista lacaniano. Michele Zagaria, todos los libros imaginables sobre el fenómeno mafioso. El capo de los Corleoneses, Navarra, médico de familia. Provenzano, obsesionado con lecturas teológicas. Maurizio Prestieri, lector de novelas y poesía. A Luigi Giuliano también le gustaba la poesía…

Estamos en octubre; también fue en octubre, el 6 de octubre del 2006, cuando empezaste a tener escolta. Me imagino que cada vez que llega octubre, estos días en los que cambia la luz, piensas: ha pasado otro año.

Así es.

¿Y qué piensas?

Que hice una gran gilipollez. Una de las muchas que he hecho.

Hombre, uno hace una gilipollez cuando, sabiendo que lo es, la hace igualmente.

Yo no lo sabía de verdad.

No te podías ni imaginar todo lo que te venía…

No, no lo sabía. Pero podría haber desaparecido después. Podría haberme ido a Islandia, sin escribir ni una línea más, sin internet, ni redes sociales, ni periódicos. Hoy tendría una vida diferente, sin duda, sin duda. Me hubiese olvidado de Italia, país feroz y malvado, que los españoles imaginan tan alegre… ¿España también es tan mala? Somos países hermanos.

Bueno, yo creo que no nos parecemos en nada, que es un mito. Un poco los españoles mediterráneos. Es verdad que tenemos unos estereotipos italianos de luz y ligereza que todos adoramos, pero hay un trasfondo oscuro y feroz que no tiene comparación. Este trasfondo lo hace un país muy misterioso y fascinante.

Sí, es un país en el que no sabes cuál es la ley. Si hay una regla, no sabes cuál es. No sabes nunca. Siempre hay alguno que te engaña. Es un país imposible.

Sí, pero luego hay italianos increíbles que son héroes. Están los dos extremos. Los que son honestos, coherentes y saben que están bastante solos, y por eso se convierten en ejemplares. Italia necesita a estos héroes puros, aunque sea para poderlos masacrar, y para luego arrepentirse de haberlos masacrado en vida. Bueno, todo esto lo has vivido. Desde fuera, cuando leo estas críticas a Saviano, digo: pero ¿por qué?

[Risas] ¿Tú crees que en España es posible lo que me ha dicho Salvini? «Nada más llegar al Gobierno, te quitamos el guardaespaldas». ¿Se puede o es impensable?

Si hubiese alguien tan tonto como Salvini, sí [risas]. Pero el nivel de polémica en Italia siempre es elevadísimo. Sobre la inmigración en el Mediterráneo, por ejemplo, este verano ha habido una degeneración polémica sobre el trabajo de las ONG, se les culpabiliza. Algo que hace solo un año era imposible hoy es una línea política.

Este verano, solamente dos personas, Erri De Luca y yo, hemos defendido a las ONG. Los únicos. Nadie más.

¿De dónde viene esta idea, qué hay detrás?

Mucho. La extrema izquierda ha empezado a acusar a los inmigrantes, dicen que está detrás Soros, que quiere llenar Europa de africanos para cargarse el euro, especular y comprarse todo. Y esto les sirve a los racistas para darse una motivación intelectual. Nadie ha querido tomar partido, porque seguramente te insulten si lo haces. En este momento en Italia puedes hacer afirmaciones racistas sin problemas. Hace diez años era imposible, si lo hacías eras un pobre hombre. Ahora se dice: mejor cerrar colegios que tener negros en colegios.

Otra pregunta, hablando de conspiraciones: ¿por qué Italia ha sido el único gran país europeo que no ha sufrido un gran ataque islamista? Aún no ha habido en Italia. He oído varias teorías y me gustaría saber tu opinión.

No tengo una opinión al respecto. Hay diferentes teorías y he analizado algunas. Primero, en mi opinión, el Vaticano es respetado y no es odiado en el mundo islámico. Segundo, Italia no es un país de segunda y tercera generación de inmigrantes, no existe un material humano con sentimiento de rabia o de rencor. Italia es un país donde los yihadistas viven y se consiguen documentación falsa. Además, siempre ha sido un país filoárabe, filopalestino. Tampoco creo que sea por la habilidad de nuestros servicios secretos, que es algo que se suele decir. Como no veo posible que la mafia proteja a Italia del yihadismo. Ahora bien, que la mafia trate con el yihadismo, eso ha ocurrido siempre. Los atentados de Atocha de 2004, por ejemplo, fueron financiados con dinero de los napolitanos.

¿Cómo?

Los autores del atentado habían vendido una partida de hachís al clan de los Nuvoletta y con el dinero compraron el explosivo de los atentados, aunque los napolitanos no sabían lo que harían luego con él.

No había oído nada de eso.

Ha salido por ahí, aunque en España no ha tenido eco.

Precisamente quería hablar de esto, del escepticismo con que se reciben en España algunas de tus afirmaciones sobre asuntos españoles, cuando vienes por aquí. Por ejemplo, la presunta relación entre la Camorra y ETA. Hace ya años, en 2009, 2010, lo dijiste en entrevistas, incluso tuviste una reunión con el entonces ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, y sobre este punto fue totalmente escéptico. Te basabas en testimonios de algunos arrepentidos.

Exacto, y son testimonios bastante detallados. Me sorprendió la reacción con este tema. Aunque he hablado con vascos que me dicen que es evidente que siempre ha sido así, que ETA siempre se ha financiado así. ETA no vendía droga en la calle, de hecho, mataba a los camellos. Pero ahí estaba el dinero de verdad, en la cocaína y la heroína que pasaba por el País Vasco.

Por ir al grano, tu tesis es que ETA se financiaba con la cocaína de los colombianos y la vendían a los napolitanos.

Sí, y los napolitanos les pagaban con dinero o con armas. Armas solo en un caso, creo. Un arrepentido, Spinelli, contó que estaba allí fijo, en el País Vasco, y que le pareció que los etarras estaban locos y al final se largó. A él le mandaron porque aquello era un anillo de conexión para la droga, por su posición estratégica en Euskadi había mucha cocaína fácil. Igual con la heroína. Bueno, los GAL se financiaban con heroína, y ETA asesinaba a los camellos de los GAL para hacerse con ese mercado, aunque esta historia no se ha escrito nunca.

Bueno, hay muchos libros sobre ETA y los GAL.

Lo que no entiendo es esta visión casi romántica de ETA que he visto en el País Vasco, cuando te dicen que es imposible que los etarras traficaran. Pues como las FARC con la cocaína. Han pedido la paz porque los cárteles mexicanos bajaron los precios de la cocaína, se hicieron con el monopolio y ellos se quedaron fuera del mercado. De repente, se vieron sin dinero, no sabían qué hacer y pidieron un acuerdo de paz. Fue por esto. No es que de repente se arrepintieran después de sesenta años de guerrilla.

Pero si eso fuera cierto, lo de ETA y la droga, el Gobierno español no tendría ningún interés en negarlo, todo lo contrario.

No sé, quizá cuando lo dije se negaba porque se pensaba en que un posible acuerdo en el futuro lo puedes hacer con un interlocutor más político, no con un narcotraficante. Cuando se lo dije, Rubalcaba me negó que ETA traficara con drogas. Pero es que, si admitimos que ETA trafica, ¿cómo podemos negociar con ellos? Bueno, sé que aquí es un tema muy controvertido.

Yo es que no me imagino a dos etarras por Nápoles negociando con capos de la Camorra.

No, pero recuerdo que hubo una historia con calabreses, lo contó una investigación: un grupo de etarras que fue a Calabria, y además se perdieron.

No me extraña.

[Risas] Sí, las montañas del Aspromonte son un laberinto. Querían hacer contactos con los calabreses para hacer llegar la cocaína a Calabria directamente desde España. En mi opinión, un sector de ETA sigue activo, continúa, ha dejado todo y se dedica al narcotráfico, como harán algunas facciones de las FARC.

¿Quieres decir que siguen como traficantes con los calabreses?

Exactamente. Te lo digo porque esta operación en Calabria tenía toda la pinta de ser una operación puramente de narcotráfico, no de financiación.

¿Cuándo fue esto?

Creo que a finales de los noventa, o puede ser que haya sido más reciente.

La mafia está en España al menos desde los ochenta, hace negocios, blanquea dinero, droga… Pero son listos y no disparan, aunque de vez en cuando sí. No se presta atención al asunto. ¿Tú ves un riesgo real de infiltración mafiosa a niveles parecidos a los de Italia? ¿O es algo que se quedará tal y como está porque no es de su interés?

La situación ya es como en Italia a nivel económico. No sé a nivel político, aunque la sensación es que quieren acercarse a los políticos a nivel local. Quizá en las elecciones hay algo, aunque es distinto que en Italia. Aquí, cuando votas, te ven votar. En Italia, con la cabina, la mafia puede controlar uno por uno cada voto.

El sistema de la papeleta bailarina.

Sí, las elecciones en Italia, en los lugares de mafia, están completamente manipuladas. Funciona así. En cada mesa electoral se pierden siempre papeletas, y escriben que se han perdido una docena, o las que sean. Es alguno que trabaja para la mafia que se lleva algunas, ya selladas y firmadas. El camorrista coge una, marca las casillas para votar, la mete en el sobre y lo cierra. Tú, que tienes que ir a votar, vas donde el capo, te da el sobre cerrado, tú te lo metes en el bolsillo y vas a votar. Coges la papeleta, entras en la cabina y das el cambiazo. Metes la que ya está marcada, te llevas la limpia y se la das al camorrista, como prueba, y te da cien euros. Con la limpia hará lo mismo con el siguiente. Así uno por uno, uno por uno.

A veces hasta se hacen la foto con el móvil en la cabina para mostrarla como prueba al mafioso.

Sí, pero ya casi no se usa. La foto se hace cuando el camorrista quiere demostrar que está votando y empieza a difundirla.

Pero crees que en España aún no ha llegado a las administraciones locales.

Exacto. Quizá en algunos casos sí. Aún tengo que entender dónde y cómo. Sí que hay mafia en el sector de la construcción. No puede ser que no haya mafia ahí. En los ministerios encargados de gestionar construcciones hay presión. Será una presión industrial o económica, pero presión hay. No es posible que la política española, tanto de derecha como de izquierda, no hable de este problema. Es increíble.

¿Puede haber infiltraciones en la Administración por parte de quien se ocupa de la construcción?

Tiene que haber, porque ellos hacen lo que quieren. Lo oyes en las escuchas: vamos a Tenerife, construyamos casas en Barcelona, construyamos un hotel en Málaga. Es así. Como si lo construyeran en Kosovo. Es increíble. ¿Cómo es posible? En las conversaciones se oye hablar de ciudades españolas constantemente: Bilbao, Galicia, Sevilla, hablan de una zona en la que están construyendo todo nuevo… Y ni siquiera van con sus empresas, son empresas con sede en Dubái, Andorra. Tienen apariencia legal. Luego, los juicios son interesantes. Los jueces no tienen ni idea. He visto absoluciones  increíbles.

Sí, el juicio del clan Polverino. Todo estaba probado, pero no había asociación mafiosa.

Sí, el juez pregunta: ¿Cuál es el delito? Forma parte de la mafia. Pero ¿ha matado? No. Absueltos.

Aquí no es suficiente la asociación criminal, aunque demuestres una jerarquía, debes conectarlo con otro delito.

Esto tiene una explicación profunda. Entiendo que España, que viene del franquismo, o Alemania, que tiene su pasado, tengan miedo del delito asociativo. En la época del franquismo y del nazismo este tipo de crímenes servían para enjuiciar a quien tú quisieras. Así que lo entiendo. Cuando Merkel dice que hay que ir con cuidado con este tipo de interceptación, es porque la Stasi detenía a todos alegando que eran unos corruptos. Entiendo que haya este sentimiento, pero no puede superar un problema real. A veces he hablado con traductores italianos que trabajan en procesos, o intérpretes en juicios, y me dicen: «Roberto, los absuelven a todos, no entienden nada, los jueces se lo creen todo, es increíble». En un juicio, incluso, me nombraron a mí: decían que solo porque Saviano dice estas mentiras no hay que creérselas, que es solo un novelista.

Hablando de eso, de ser un novelista, tú empezaste como periodista. ¿No te ha costado saltar esa barrera que tenemos los periodistas ante crear e inventar, ese escrúpulo por los hechos? El salto que tú has hecho es jugar con lo que sabes, escribirlo en forma de novela. ¿Has tenido dudas de cómo combinarlo? De hecho, alguna vez te han acusado de plagio. ¿Cómo has resuelto…?

No lo he resuelto.

¿… este dilema de usar hechos reales, de cómo usar la capacidad literaria?

Este es un tema muy interesante. Creo que ya es un problema teórico. Me explico. Te preguntan: ¿Estabas tú en presencia del arresto del Chapo? No. Entonces, ¿de dónde has sacado la información? De los periódicos. ¡Ah, entonces has plagiado! Es de lo que me acusan. ¡El arresto del Chapo Guzmán está escrito en quinientos periódicos de todo el mundo! Esto es información que cojo y narro. El plagio sería si copio el análisis, o algo parecido, pero yo solo cojo la información. En Italia se me ha acusado de plagio porque en Gomorra escribí el recorrido desde la casa donde se arrestó a Paolo Di Lauro hasta el cuartel. ¿Lo he copiado? Si escribo el nombre de la calle, que iba un helicóptero, con doce policías, me dicen: ¡Lo has escrito igual! Pero estaba en varios periódicos. Esta es la acusación que siempre me hacen. Es una estrategia para decir que yo no descubro nada. La otra acusación es que yo me lo invento todo. Son dos maneras de silenciarte la voz. En la no ficción, cuento la crónica e incluyo mi análisis y mis tripas. Todo escrito como si fuera una novela. Pero son hechos, y de hecho debo defenderme si me denuncian por difamación. En la novela, abandono los hechos, me inspiro en ellos, cuento solo el mecanismo y entro en tu cabeza. La banda de los niños para mí ha sido fácil en este sentido porque trata sobre historias que yo conocía bien. Mientras que hubiera sido más difícil una historia de amor, ambientada en Madrid, sin la mafia… Necesito la realidad para inspirarme. En esto soy un neorrealista. Mis maestros son Francesco Rosi, Rossellini, De Sica, Zavattini… El método es el neorrealismo. Inspirarse en la realidad.

Es interesante que tengas a cineastas como referencia literaria.

Sí, pero todos ellos se han inspirado en textos. Lo que digo es que es más fácil inspirarse en la realidad en el cine porque, cuando ves el personaje, te lo crees. Sin embargo, el periodista, cuando debe inventarse un personaje, no se lo cree, lo tiene que ver, que existe y es real.

¿Quieres decir que como periodista no podrías inventarte una novela, tal cual?

Nunca. ¿De pura invención? No lo conseguiría jamás.

Ni te lo planteas.

Ni me lo planteo. Algo inspirado en la realidad sí. Si fuera, no sé, una historia de amor pero basada en una historia real, en algo que yo conozco, sí. Si no, imposible.

Te entiendo.

Pero es que las acusaciones de plagio son continuas. Mi voz, no sé por qué, suena muy alto. Si digo, por ejemplo, que Barcelona está llena de mafia, me convierto en un blanco.

Sí, puede cansar ser un referente. Sabes que en el momento en que hablas de un tema se crea una polémica. Es una gran responsabilidad, pero también es un privilegio. Si hablas de inmigración, sabes que se hablará de inmigración. Es bueno. Pero tendrás miles de propuestas, qué sé yo, hablar del problema de aparcamiento en Roma, ¿no?

Sí, yo noto el peso de todo esto. Pero hay algo terrible en esto también. Este verano, cuando hablé de los inmigrantes, pensé: ¿Qué me dirán? ¿De qué me acusarán?, ¿de que he matado a alguien? Porque, cuando eres tan visible y tomas partido, piensas en qué harán, en qué se inventarán y de qué te van a acusar. Siempre es así.

Tú te has visto catapultado a la fama mundial, y de repente te habrás visto tomando un café con gente famosa. Pero ¿quién te ha ayudado con buenos consejos, sinceros? ¿Quién se ha acercado de forma humana, ha entendido tu situación y te ha ayudado a gestionar esta fama, esta presión?

Nadie. El único que me ha ayudado a escapar ha sido Salman Rushdie. Estoy en Estados Unidos por él.

¿Fue idea suya?

Sí, me dijo que en Estados Unidos se puede tener una vida diferente, que en Nueva York puedes tener una posibilidad. Veremos cuánto dura, si me renuevan el visado, porque con Trump

¿Allí eres más anónimo?

Sí, eres más anónimo, la policía tiene otro nivel de seguridad sobre ti.

¿Te encuentras a gusto en Estados Unidos?

Sí, bastante. Me gustaría volver a Italia, pero a vivir. Me gustaría volver en moto.

Sí, pero ¿cómo haces? Aunque la mafia diga que te perdona y ya está, no te lo puedes creer, ¿no? ¿Qué debería pasar?

[Piensa unos segundos] Poco a poco. Sin ir por el sur, veo improbable que me maten en Turín… Pero así no puedo seguir, me estoy volviendo loco, en realidad ya me he vuelto loco. Tengo los nervios destrozados, no te puedes fiar de nadie completamente, pero de nadie.

Ya por ser italiano no te fías…

Bravo [risas].

Y encima en tu situación…

Si encima eres napolitano, y tienes escolta, ya no te fías de nadie. Ni de tus propias piernas. A veces hasta me miro las piernas con sospecha. Es así, no te fías ni de tu cuerpo.

¿Cuál es tu lugar favorito de Nápoles?

Es difícil. Bueno, tengo un rincón…

Quizá no te apetece decírmelo porque es tuyo…

No, no, es Castel dell’Ovo. El primer piso del Castel dell’Ovo, no sé por qué, porque puedes ver el mar, el golfo, desde una perspectiva diferente. Castel dell’Ovo representa la Nápoles que me gusta, guerrera, aislada, expuesta al viento. Me gusta mucho. Echo de menos los Quartieri Spagnoli. Pero en Nápoles me odian demasiado. Allí ya no volveré, es una ciudad que me odia completamente.

Pero no todos, ¿no?

Muy pocos no me odian. Incluso el alcalde. Si vas a Nápoles, ¿qué ha mejorado? Nada. No ha mejorado nada. Solo las mentiras que cuentan. En el sur de Italia son mitómanos, como decía un gran escritor calabrés, Corrado Alvaro. Adoran los mitos. Como no pueden cambiar la ciudad, hablan sobre los mitos de la ciudad: el cielo, la pizza, la simpatía, la belleza. Después, todos escapan. Me escribe gente para decirme que no ensucie el nombre de Nápoles, pero es que me escriben desde Bremen, Estambul… ¿Por qué se van?

Ahora que lo pienso, no sé si te he oído hablar de Totò, la máscara napolitana por excelencia.

Raramente hablo de él.

¿Porque eres un napolitano serio?

Dramático, que es peor.

¿Qué piensas de él?  

Lo adoro. Es un genio. Maltratado en vida, igual que otros. ¿Sabes lo que decían de Totò, y de Eduardo de Filippo? ¡Siempre con esta Nápoles pobre, siempre con esta Nápoles de las callejuelas! Además, a Eduardo le acusaban de ser un pésimo actor. Pero era un genio. Eduardo, Totò relataban una Italia que no puede contar con los derechos y entonces solo se puede fiar de dos cosas: del engaño, el saber sobrevivir, y de la empatía de las personas. Que, a pesar de que estemos en dos planos distintos, encontramos un punto en común, algo que haga reconocer al otro ser humano. Toda la grandeza de las películas de Totò está en eso, intenta encontrar siempre un punto en común, aunque sea con el engaño, el robo, el tomar el pelo, el conflicto. ¿Por qué? Porque derechos, leyes, todo esto, no existirá nunca. No son fiables. Entonces, se fía de la humanidad. La grandeza de Totò es esta. La grandeza de Eduardo es indagar en el drama humano.

Un día alguien te preguntaba en Twitter si se puede ser feliz en Italia y tú le respondiste con una foto tuya de cuando eras niño. Era una foto graciosa, eras rubísimo.

[Risas] Sí, tenía mucho pelo y era rubio.


Con cariño, supongo

Ernest Hemingway, ca. 1953. Fotografía: National Archives and Records Administration.

Todos los buenos lectores acaban desarrollando un ritual privado que repiten cada vez que se acercan a un nuevo libro. Algunos leen la contraportada muchas veces, como para tener mejor conciencia de qué promete exactamente. Otros recorren con la mirada su tipografía, observan la portada y viajan mentalmente con ella, jugando a imaginar el contenido de la obra antes de comenzar a leerla. Los lectores más sensoriales acercan la nariz al papel y, pasando las páginas, disfrutan del aroma oleico que posee un libro nuevo, un gesto que tantas personas asocian al placer de la lectura.

Después de estos ritos íntimos, llega el momento de abrir el libro y adentrarnos en la letra impresa, y aquí también hay preferencias entre lectores. Comenzar un libro se parece bastante a zambullirse en una piscina. Hay quien, como en El club de los poetas muertos, desprecia cualquier introducción, estudio o palabra previos, y se hunde directamente en la obra. Son el tipo de personas que cuando llegan al borde de la piscina se lanzan a ella de cabeza sin conocer la temperatura del agua, muchas veces sin medir demasiado bien su profundidad. En el otro extremo está el lector precavido, aquel que cumple todos los protocolos y pasos previos, como el bañista que mete un dedo del pie a ver qué tal, y se toma un tiempo antes de que el agua le llegue a la cintura. Los bañistas cautos se leen el prólogo, las palabras iniciales, la cita de apertura y todo lo que el editor haya tenido a bien incluir antes del texto.

Lo que más disfruto de ese camino previo a la lectura son las dedicatorias, quizá porque siempre he pensado que pueden ser (aunque con frecuencia no lo son, como ahora veremos) la única ventana a través de la que el lector puede escuchar la voz verdadera del autor. En la dedicatoria, el escritor debería limitarse a confesar a quién dedica el libro, y como mucho añadir por qué lo hace, pero por fortuna para los amantes del arte verdadero nada es sencillo cuando hablamos de literatura. Esto es así porque con el tiempo los escritores han entendido que la obra no es el texto en sí sino cada palabra que se ofrece al lector, y han hecho de la dedicatoria una propuesta tan compleja y literaria como cualquier otra. Asumiendo que el escritor contemporáneo no pretende ser sincero ni cuando numera las páginas, los autores han sabido separarse de esa moda cursi que hacía referencia exclusivamente a la esfera privada de los escritores y trascenderla con pequeños juegos de correspondencias.

Algunas dedicatorias tienen una sencilla, enigmática belleza. Una de mis favoritas al respecto es la que ofrece Jesús López Pacheco en su novela Central eléctrica, una obra que además se encuentra demasiado olvidada y que por tanto aprovecho para recomendarles: «A mi padre, que ha trabajado toda la vida haciendo luz. A mi madre, para que deje de temer a la oscuridad». También es bellísima la de Julio Llamazares en Escenas de cine mudo: «A mi madre, que ya es nieve», porque además demuestra una de las características más apasionantes de la dedicatoria contemporánea: que algunos autores no pueden prescindir de su estilo ni siquiera cuando lo dedican.

Cuando explico esto del estilo y las dedicatorias, me gusta ofrecer dos ejemplos que pertenecen a autores tan dispares como Jorge Luis Borges y Gloria Fuertes. El genio argentino elabora uno de sus habituales epigramas filosófico-especulativos cuando dedica Los conjurados: «De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la alta voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas? Solo podemos dar lo que ya hemos dado. Solo podemos dar lo que ya es del otro. En este libro están las cosas que siempre fueron suyas. ¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!». Como se puede apreciar, la dedicatoria que he reproducido es en sí una obra profundamente borgiana, casi un relato corto al que no le faltan sus oscuras referencias culturales, su sintaxis acumulativa y la incorporación constante de meandros a lo que se está diciendo. En el otro extremo de la escritura se encuentra la poética obviedad que define los trabajos de Gloria Fuertes, quien con motivo de la publicación de su volumen Obras incompletas en la editorial Cátedra escribió: «Dediqué mi libro / a una niña de un año / y le gustó tanto, / que se la comió».

Ramón Gómez de la Serna parece probar una de sus más oscuras greguerías en la dedicatoria de su pantomima Fiesta de Dolores: «A Tristán, que se ha aventurado con peligro de muerto y de madurez irreparable en las grandes hilaridades del Garrotín y de las Rosas Rojas», y la otra generación del 27, la del humor, también se retrataba en cada dedicatoria. Enrique Jardiel Poncela en La tournée de Dios escribe: «A Dios, que me es muy simpático», y Álvaro de Laiglesia camina por senderos parecidos en Cada Juan tiene su don (1936): «A mí, con todo el afecto de Yo».

Con estos ejemplos, no parece exagerado afirmar que se pueden definir técnica, época y momento artístico de una obra ya desde la dedicatoria. En plena reclusión voluntaria por la amenaza de muerte que le propició la publicación de los Versos satánicos, el escritor británico Salman Rushdie escribió este curioso poema como dedicatoria de su libro Harún y el mar de las historias: «Zembla, Zenda, Xanadú: / Todos los mundos que soñamos pueden hacerse realidad. / Los países de las hadas también dan miedo. / Mientras yo vago lejos de la vista / Lee y llévame junto a ti». Salman Rushdie escondió además un verso acróstico en el poema original, y la palabra que obtenemos al leerlo es el nombre de su hijo: Zafar. Esa era por tanto la dedicatoria real que se encontraba agazapada en el poema. Carl Sagan, el eminente divulgador científico, no puede dejar la ciencia a un lado ni cuando dedica un libro, y por eso escribe en su popular obra Cosmos: «En la amplitud del espacio e inmensidad del tiempo, es un placer compartir época y planeta con Annie». Rafael Alberti, que nunca daba puntada sin hilo, ofreció la siguiente dedicatoria en su edición de Triduo de Alba de 1981 en Seix Barral: «A mi madre, devota de la Virgen del Carmen, patrona de los marineros». Sin embargo, ediciones posteriores olvidan la dimensión religiosa y solamente recogen un lacónico «A mi madre».

Camilo José Cela, 1989. Fotografía: Cordon.

Pero pocos autores se han definido tan fielmente en sus dedicatorias como Camilo José Cela. El Nobel español debió fortificar su carácter vengativo en el recorrido de las ediciones de La familia de Pascual Duarte, pues en la primera edición se puede leer simplemente «Para Víctor Ruiz Iriarte», pero a partir de la cuarta la mención al dramaturgo español se complementa con una dedicatoria que ya se ajusta perfectamente al personaje que el escritor gallego se iba construyendo paso a paso, golpe a golpe: «Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera». En la misma línea desafiante (aunque mucho más de mi gusto por su elaboración y mensaje) se encuentra la dedicatoria que muestra en San Camilo, 1936: «A los mozos del reemplazo del 37, todos perdedores de algo: de la vida, de la libertad, de la ilusión, de la esperanza, de la decencia. Y no a los aventureros foráneos, fascistas y marxistas, que se hartaron de matar españoles como conejos y a quienes nadie les había dado vela en nuestro propio entierro». Sin embargo, mi favorita de Cela sigue siendo la de una obra tan singular como El gallego y su cuadrilla y otros apuntes carpetovetónicos, en la que leemos: «A los tontos, los posesos, los ascetas, los vagabundos, los arbitristas, los toreros de plaza de carro y talanquera (a quienes zurran el hambre, el ganado morucho y la guardia civil), los sacristanes, los cómicos, los mangantes, los criminales y los verdugos que gimen con las mismas palabras que Gonzalo de Berceo». Cela en estado puro, vamos. En una línea de resentimiento y combate parecida se mueven las de Charles Bukowski, quien también define su literatura desde la dedicatoria: en El cartero escribe «A nadie», un mensaje que ya describe su perpetua lucha contra el mundo, mientras que en Pulp parece despedirse del género ofreciendo un «A la mala escritura», elocuente en su simplicidad y una especie de declaración de intenciones en cuestiones de estilo.

La venganza también es un motivo que puede mover a dedicatoria, y en ese aspecto me encantan las de José Luis Martín Vigil en Jaque mate a un hombre honrado: «A los censores que hace veinticinco años prohibieron este libro. Salud, si viven», o la de D. H. Lawrence, quien tras el juicio por obscenidad por el que hubo de pasar El amante de Lady Chatterley dedicó alguna edición a «los doce miembros del jurado, tres mujeres y nueve hombres, que declararon un veredicto de no culpable».

Yo disfruto mucho las dedicatorias que, por oscuras o simples, se dan a la conjetura. Me refiero a aquellas que simplemente dicen «A ti», o «A esa persona», porque ofrecen al lector el juego de intentar adivinar a qué persona está realmente dedicado el volumen. Graham Greene dejó a su mujer en 1948, y desde ese momento mantuvo un número difícil de precisar (pero seguramente alto) de amantes. Ofreció a los lectores un juego de pudor y ocultación al dedicar la edición británica de El fin del romance (de alguna manera el título en sí mismo ya se presta a broma) «A C.», simplemente, pero después en la edición estadounidense completó la adivinanza confesando el nombre completo de su relación: «A Catherine», confirmando al mundo que se trataba de su amante Catherine Walston. En el ámbito hispánico, se ha especulado mucho sobre la dedicatoria que Miguel Hernández realiza en El rayo que no cesa. Despachó un impreciso «A ti sola, en cumplimiento de una promesa que habrás olvidado como si fuera tuya», lo que ha provocado que se quiera adjudicar a cualquiera de los tres amores del poeta: Josefina Manresa (su esposa), Maruja Mallo y María Cegarra. También hay dedicatorias que causan rechazo en la persona a la que van dirigidas. En una ocasión Robert Gottlieb, el mítico editor de la americana Knopf, se quejó de que le fuesen dedicados libros que aborrecía. Cuando A. E. Hotchner culminó la biografía Papá Hemingway, quiso dedicársela a la hija del escritor americano, Mary Welsh Hemingway. La propia Mary, horrorizada por el contenido del libro, lo impidió escribiendo una carta severa al editor.

Es de bien nacidos ser agradecidos, y por eso muchos escritores se acuerdan de los lectores cuando tienen que dedicar su libro. Algunos incluso tienen tan claro cuál es su lector habitual que se permiten dirigirse a él de manera específica, como en el caso de Agatha Christie, quien en no pocas dedicatorias tiró de socarrón humor inglés a la hora de dedicar libros. En El misterioso señor Brown escribió: «A todos los que llevan vidas monótonas, en la esperanza de que puedan experimentar aunque sea de segunda mano las delicias y peligros de la aventura». Mi favorita de Agatha Christie, de todas formas, es aquella en la que dedica una de sus historias detectivescas a «Larry y Dande, con mis disculpas por usar su piscina como escena de un crimen». Una vez más, el estilo se encuentra adherido a la obra desde la propia dedicatoria.

Suelen decepcionarme las dedicatorias que constituyen bromas privadas o referencias de cortesía profesional, porque me dejan como a ese joven decepcionado porque sus amigos no le han invitado a una fiesta. Hemingway dedicó El viejo y el mar a Charles Scribner, su editor, y lo mismo hizo Steinbeck en Al este del edén con Pat Covici, de Viking. La agente literaria más activa y popular de nuestras letras del siglo XX, Carmen Balcells, recibe no pocas menciones laudatorias de los escritores del boom y alrededores. Se acuerdan de ella al firmar un libro autores tan dispares como José Luis Sampedro, Manuel Vázquez MontalbánGabriel García Márquez. El mayor receptor de amor literario de la historia probablemente sea William Shawn, el mítico editor del New Yorker, quien se encuentra presente en más de cuarenta dedicatorias, que incluyen a godzillas de la escritura como J. D. Salinger o John Updike. Curiosamente, donde el nombre de William Shawn no solía aparecer era… ¡en los créditos del New Yorker!

Déjenme concluir este recorrido por la dedicatoria literaria con la anécdota más divertida de cuantas conozco. La protagonizó C. P. Snow, físico y escritor británico. Un día abrió uno de sus libros en la edición americana y descubrió para su sorpresa que la obra aparecía dedicada a una tal Kate Marsh, un nombre que no le decía nada. Sorprendido, escribió a su editor una carta airada que puede resumirse en la frase «Who the hell is Kate Marsh?». El editor pareció ofenderse por la pregunta de Snow, y se cuenta que le respondió algo parecido a que si su señoría no recordaba a quién dedicaba los libros, cómo iba la editorial a hacerlo. C. P. Snow no quedó contento con aquella respuesta, y siguió investigando el asunto. Cuando por fin deshizo la madeja de la misteriosa dedicatoria, supo que Kate Marsh era la secretaria de su agencia de representación en Londres. La confusión se había producido porque el manuscrito que llegó a la editorial americana antes había sido remitido «A Kate Marsh» (es decir, a la secretaria de su agente), de modo que el nombre de ella figuraba en la primera página del original.


Martin Amis: «Los escritores vienen de ninguna parte, y eso es bueno»

Martin Amis vive en Cobble Hill, un pequeño barrio del Brooklyn bonito y caro. Su casa tiene tres plantas: el estudio en el sótano, la vida en la planta baja, la biblioteca y la intimidad en el primer piso. Se puede vivir bien si eres uno de los mejores escritores vivos en lengua inglesa. Muy bien. La sala de estar no tiene televisor, y se respira una quietud lujosa. Señala una mesa redonda de mármol sin pulir, rosada, como de café europeo: «Esta es la mesa de las entrevistas». Pasará toda la entrevista prácticamente en la misma postura, mirándome fijamente, fumando un cigarrillo electrónico. «He dejado de fumar y de beber». No contesta a mi «¿por qué?». Todo lo demás lo responde enseguida, pero sin prisa, desplegándose, de memoria. No para de citar, de recitar, y cuando termina, ha abierto siete temas nuevos y no ha terminado de responder exactamente a lo que yo le preguntaba. Da igual. Quizás no sea el pensador más profundo a este lado del Mississippi, pero escucharle es un placer transatlántico. Se le nota, eso sí, que es británico: habla desde las ruinas del imperio tanto como desde la seguridad de pertenecer a la más poderosa de las culturas de nuestro siglo. Su macarrismo, creo, también es un lujo.

Su relación con la prensa no es muy buena. Especialmente con la prensa británica.

No lo es, no.

¿A qué se debe? ¿Por qué le profesan ese… no lo llamaría odio, pero al menos algo de…?

[Ríe] Bueno, sí, odio es una buena palabra.

¿Lo es? De acuerdo, entonces: odio.

Tiene algo de accidente histórico. Aunque hay quien dice que no, yo creo que tiene que ver con mi padre. Viví la aparición de lo que se diría un antielitismo, que no existía para nada cuando publiqué mi primera novela en 1973. Todo el mundo estaba muy contento de que yo fuera hijo de un escritor, y vertieron en mí toda su empatía: «¡Oh! ¡Debe ser tan duro ser hijo de un escritor...!».

Pero no lo era.

No, no lo era, pero ahora sé que tiene que ver con empezar muy pronto. Si lo dejas hasta los veintilargos, creo que es muy difícil escribir a la sombra de un padre que se ha hecho un nombre en la literatura. Tienes que ser joven, valiente, y estúpido para empezar. Tienes que lanzarte de cabeza. Cuando te acercas a los treinta, le das demasiadas vueltas a todo, te vuelves demasiado autoconsciente: cómo va a sonar esta frase, qué objeciones se le pueden hacer. No puedes ser así; como escritor, tienes que escribir y punto.

De todas maneras, algo hay ahí: existen muy, muy pocos ejemplos de dos generaciones de escritores en una misma familia, en cualquier idioma. Los escritores vienen de ninguna parte, y eso es bueno. Tienen que venir de ninguna parte, de ahí que se sientan nuevos cuando llegan. Piensas: ¿y este quién coño es? Sus padres fueron maestros, o conductores de autobús, o lo que sea. Y es una experiencia nueva. Pero yo vengo de una familia literaria, y durante mucho tiempo no es que hubiera un novelista en casa, sino que había dos. Mi madrastra era escritora también.

Elizabeth Jane Howard.

Sí. O sea que durante una temporada fuimos tres novelistas bajo un mismo techo.

En sus memorias cuenta una escena preciosa: su padre corrigiendo una colección de relatos cortos escritos por su madrastra, y cómo esas correcciones estaban cargadas del momento sentimental que su padre y ella vivían en aquellos días.

Sí, exacto. Ese era el ambiente, todo mezclado.

Es cierto que su padre y usted no estaban de acuerdo en cuestiones políticas, pero si uno lee las cartas que usted le mandaba desde la escuela se aprecia que tenían una relación tierna, profunda, alentadora. Me hizo pensar en una especie de acumulación de capital, de capital literario, que usted heredó e hizo crecer.

Teníamos una relación fantástica. Era una relación padre-hijo muy buena. Christopher Hitchens decía que era la mejor que había visto nunca. Pero además era una amistad literaria. Y aunque teníamos opiniones diferentes sobre literatura moderna, estábamos de acuerdo en los principios básicos. O sea que no, no me puedo quejar.

Incluso memorizó algunos poemas de su padre cuando era adolescente. En sus cartas de la época del instituto le dice «este poema es de puta madre y me lo tengo que aprender de memoria».

Claro. Nunca tuve ningún problema en entender que yo formaba parte de una tradición, que es básicamente la de la novela cómica británica. Me sentía totalmente en casa en ese género. Sin embargo, también sentí que yo quería hacer cosas con la novela que no había visto hacer, pequeñas innovaciones.

¿Por ejemplo?

Creo que conseguí unir la novela americana y la británica. En términos de ficción, solía haber una tensión ridícula entre Inglaterra y Estados Unidos. Cuando publiqué Money, en 1984, creo que fui el primer escritor inglés en enviar a un británico a Nueva York y dejarlo impresionado de verdad, no burlándose de todo o quejándose de los americanos. El protagonista cree en serio que este es un sitio con clase [ríe]. A la prensa británica le caigo mal también por eso.

O sea que piensa que es cosa de nacionalismo.

Sí, algo de eso hay. Pero no es tan importante como la cuestión hereditaria. He dicho alguna vez que soy como el príncipe Carlos. Hace dos generaciones se lo habrían tomado muy en serio, el heredero del trono y todo el rollo. Ahora nadie le toma en serio en lo más mínimo. He coincidido con el príncipe Carlos varias veces y es buen tío, pero empieza una de cada dos frases diciendo. «Siento tener que decirlo, pero es mi parecer que…». Ex cátedra, desde el púlpito. ¿Basándose en qué, exactamente?

Por lo menos se disculpa…

¿Se disculpa?

No lo sé. Acaba de decir que empieza una frase sí y otra no diciendo «Siento tener que decirlo».

Sí, pero en realidad no le sabe mal. No lo siente ni un poco [ríe]. En cualquier caso, ahora el antielitismo, que todavía corre por ahí, cada vez parece más ridículo y te deja en evidencia. A mí me gusta preguntar a la gente: ¿eres muy antielitista cuando vas al médico? ¿Quieres que tu médico sea un tipo como cualquier otro? No. ¿Eres antielitista cuando te subes a un avión? ¿Verdad que no? Quieres que el piloto sea un experto en lo suyo. Hay algunos sectores donde el antielitismo nunca sale a relucir, porque todo el mundo entiende que es cuestión de ciencia. Pero la literatura es muy vulnerable a ese fenómeno.

Sin embargo, he leído una cita suya que dice: «Los novelistas siempre asumen que lo que sienten es universal. Es la gran apuesta del novelista. Un escritor debe ser cada hombre (every man)».

Every man, con E mayúscula. Eso es lo que tienes que ser, y tienes que ser una persona que ame la literatura. Ambas cosas. También puedes hacerlo todo por instinto. Algunos escritores muy buenos hacen eso.

Como su madrastra.

Sí, ciertamente más que mi padre, que estaba muy anclado en la literatura inglesa y los poetas británicos. Lo que le importaba era la poesía, no le interesaba la ficción, y desde luego no le interesaba la alta literatura. Odiaba ese término. Le gustaban los thrillers, la ciencia ficción, cosas así.

Incluso Terminator II, dice usted.

Oh, sí. ¿A ti no te gusta Terminator II?

Me encanta. Estoy de acuerdo con su padre: es una obra maestra.

Pues cuando me acostumbré a esa idea dejó de importarme que a mi padre no le gustara demasiado mi literatura, y que no le gustara ni uno solo de mis contemporáneos.

Usted ha explicado que su padre dejó de leer su novela Money justo cuando su personaje, el personaje llamado Martin Amis, aparece. Me imagino que tiene que ver con ese factor posmoderno: la aparición del autor. Pero, la verdad, sus novelas no son tan posmodernas.

Sí, y además el posmodernismo resultó ser un paso en falso. O sea, estuvo bien probarlo, pero resultó ser un callejón sin salida. Por otra parte, tuvo un increíble poder de predicción en la política. La política hoy es totalmente posmoderna. Los políticos no intentan colártela, te cuentan lo que están haciendo. Tienen que actuar para cierto público y todo el mundo lo entiende. La política actualmente es un formato mediado. Y la ficción estaba muy en esa línea.

El historiador marxista Eric Hobsbawm dice que los expertos en moda son uno de los grandes misterios de nuestro tiempo: pueden predecir el futuro. Son de una estirpe notoriamente irreflexiva. No se sientan a discutir sobre el futuro. Van, y lo hacen: predicen qué va a pasar dentro de seis meses o un año. Si hay algo de verdad en eso, y creo que debe haberlo, entonces es posible que el novelista también tenga esa capacidad subliminal de ver hacia dónde van las cosas.

En sus memorias (2001) habla de hacia dónde van las cosas, y apuesta por las novelas sobre ciencia. «Ahí es hacia donde se dirige la novela, para llenar el vacío creado, tal vez, por el fracaso de su disciplina hermana, la filosofía de la ciencia, y por la indiferencia y desprecio con que los científicos la tratan».

Y va a continuar así hasta que los novelistas dejen de hacerlo, si es que dejan de hacerlo algún día. Lo de la filosofía de la ciencia es muy real: Einstein solía leer mucha filosofía de la ciencia. Hacía grandes descubrimientos, pero también quería saber qué haría la filosofía con ellos. Se preguntaba: ¿de qué tipo de conocimiento trata? Cosas que tú y yo apenas entenderíamos. Hoy casi nadie lee filosofía de la ciencia. Tú y yo, por ejemplo, no la leeríamos.

¿Existe un cisma entre los científicos y el sentido? ¿Son incapaces de ir más allá del experimento concreto?

Es la especialización. Y como resultado hay un vacío. Pero no es que alguien dijera: «¡Oh! ¡La filosofía de la ciencia está en declive! ¡Escribamos novelas sobre ello!». Es solo que los novelistas son conscientes de que la ciencia juega un papel más central en sus vidas, e intentan entenderlo. Escritores como Jonathan Franzen son muy buenos asimiladores de ciencia, como lo era Updike con los ordenadores: un tipo increíblemente avanzado. La versión de Roger es muy impresionante. Updike podía leer y comprender cosas hasta niveles de doctorado en poco tiempo. Ian McEwan, como siempre, está muy interesado en el conflicto entre la ciencia y la religión, o la superstición, o todo tipo de creencias.

Usted también, en cierto modo.

Un poco, sí. Antes leía mucha cosmología. Salman Rushdie dice que siente un agujero en forma de Dios en su interior, donde la creencia no aparece. Hay en él un vacío que Dios ocupaba para su padre y su abuelo. A mí no me pasa: yo siempre he sido «irreligioso», excepto por unos breves seis meses cuando tenía ocho años. Hasta coleccionaba Biblias. Pero siempre supe que vivía en una casa sin Dios. Así que una vez que estaba rellenando un formulario para el colegio, me encontré con una pregunta que me hizo pensar: ¡A tomar por culo!, ¿por qué metéis las narices donde no os llaman? La pregunta era: «¿De qué religión eres?». No tenía ni idea, así que grité: «¡Mamá! ¿De qué religión somos?». Hubo un largo silencio. Y luego más silencio. Y entonces mi madre dijo: «De la Iglesia anglicana». Y yo respondí: «¡Gracias a Dios!» [ríe]. La Iglesia de Inglaterra no te exige nada [ríe].

Se considera agnóstico, ha dicho, pero no ateo, porque el ateísmo es una forma de creencia.

No es tanto eso como que siento que estamos en una posición de ignorancia sobre el cosmos tan… Resulta risible, embarazoso, lo poco que sabemos sobre la formación de galaxias, y sobre otras cuestiones básicas: la materia oscura, por ejemplo. Hace unos años todavía la llamaban «material». No tenían ni idea de lo que era. Ahora creen que se trata de una especie de átomos muy jodidos que de algún modo nunca llegaron a… [ríe], una suerte de… átomos deformes. Así que creen tener una idea aproximada de lo que es. Decir que no existe una inteligencia superior en el universo cuando de hecho el universo es en sí mismo una inteligencia superior a nosotros… A mí me suena como a prueba de algo, o ciertamente a una hipótesis robusta de que existe una inteligencia superior.

Bueno, podría ser solo una proyección. Proyecta un significado en el universo que usted llama inteligencia.

Sí, solo inteligencia. Eso es todo. Pienso en ese cuento sobre un planeta. Empieza con una descripción. No podría ser menos hospitalario: química sin agua, aire tóxico, todo mal. Arthur C. Clarke escribe que es «adverso a la vida, pero no adverso a la inteligencia», porque hay mucha actividad eléctrica. La idea de que una inteligencia pudiera desarrollarse de manera del todo independiente es sin duda una idea maravillosa. Así que soy partidario de mantener una posición de humildad. Si tuviéramos aquí a un creyente, un agnóstico y un ateo, yo estaría entre el agnóstico y el ateo, basculando hacia el ateísmo, pero todavía necesito que haya muchas más cosas verificadas por seres humanos sobre el universo para ser ateo.

En sus novelas lo divino está ausente. Ni siquiera existe esa vieja sensación: el asombro. Incluso la presencia del cosmos es apocalíptica. Hay un momento, en Campos de Londres en que Sam (el narrador de la novela) habla sobre otro personaje: «Así que a su modo Guy Glinch confrontaba la pregunta central de su tiempo, una pregunta que veías en todas partes, en cada titular y en cada corte de pelo: si en cualquier momento puede que nada importe, ¿quién puede decir que algo importa todavía?».

Correcto. El contexto es la doctrina de la destrucción mutua asegurada (la guerra fría, la era nuclear). Fue un momento particular. Quizás todavía tengamos que vivirlo de nuevo, con Putin aparentemente imparable, con esa especie de ambición infinita para el Estado ruso —todo basado en una terrible inseguridad—. Ciertamente no es un buen cóctel.

¿Es Putin el villano de hoy?

El menor de mis hijos trabaja en la Foreign Office. Dice que la escalada militar de la que Rusia es capaz en su frontera occidental les permite hacer de un día para otro lo que a nosotros nos costaría un año preparar. Ese viejo miedo, el Ejército Rojo invadiendo y tú con armas nucleares como única disuasión, no es muy tranquilizador.

Otra cita suya: «A los hijos de la era nuclear se les debilitó la capacidad de amar».

Es la presencia de la muerte. El amor tiene dos enemigos, dos antónimos: el odio y la muerte. Recuerdo decirles a mis hijos, los chicos, antes de que la niñas nacieran, justo después del colapso de la Unión Soviética: «Estoy tan agradecido de que no tengáis que crecer como yo crecí» en lo que Hobsbawn llamó «una competición de pesadillas».

La guerra fría se luchó en las pesadillas.

Solo la luchamos en nuestros sueños, en ningún otro lugar. Quizás en las películas, en las novelas, eso es todo. Y continué diciéndolo: «Estoy muy contento, estoy agradecido». Entonces, el 10 de septiembre del 2001, les decía: «Sois tan afortunados». [Ríe] Y al día siguiente: ¡zas!

¿Es una licencia o es biográfico? ¿El 10 de septiembre les dijo eso?

Oh, probablemente lo repetí; lo repetía como un borracho. Cuando me quejaba de la proliferación nuclear y la doctrina de la destrucción mutua asegurada, mi padre solía decirme: «Siempre hay algo». Ya había fallecido para entonces, pero mi padre hubiera mirado a Osama Bin Laden y hubiera dicho: «Ya viene otro, volvemos a lo mismo». Ahora no es Osama, ahora es Al-Baghdadi en el Estado Islámico: volvemos a lo mismo. Y debo decir que siento que puedo entender bastante bien qué motivaba a Osama, pero no tengo ni idea de lo que motiva al EI. Sé lo que ellos creen que están haciendo, pero no entiendo por qué la gente se les une. Conozco todas la razones que se dan, pero ¿por qué hay chicas jóvenes que se van con ellos? Cuando ves lo que hacen, ¿de veras quieres acercarte a ellos en lugar de alejarte lo más posible?

También pienso, ¿qué hay de todos esos intelectuales que no asistieron a la cena del PEN en honor a Charlie Hebdo? Escritores famosos como Peter Carey, Joyce Carol Oates, o Russell Banks: una lista larguísima. Su fracaso es equivalente a la indulgencia que se le prestó al comunismo bien entrados los años cincuenta y sesenta; de hecho, hasta la publicación de Archipiélago Gulag, de Solzhenitsyn, en 1973. Fue una ceguera voluntaria, y esa vieja cosa: «no hay enemigo a la izquierda», «cualquier cosa que sea antiamericana tiene que ser una buena idea».

Es un fracaso intelectual rotundo no poder identificar algo como EI, tan adverso a todo lo que amas. Y a pesar de todo, hay quien se une a ellos y quien dice: «No quiero parecer islamófobo». Islamófobo… cualquiera que dedique cinco minutos a esa palabra pasará a la historia como el mayor despilfarrador de tiempo que jamás se haya visto. Por supuesto que no eres islamófobo: tú lo que eres es islamisto-fóbico. ¿A quién le importa una mierda si alguien es musulmán? Eso te da igual. Lo que te importa es que alguien quiera matarte. Una fobia es un miedo irracional, y esto no es un miedo irracional. Lo que hay en Palmira no es miedo irracional.

En 2006, cuando volvió al Reino Unido después de vivir en Uruguay durante un par de años, dijo en una entrevista en The Guardian: «Algo extraño ha ocurrido, me parece a mí, en mi ausencia. No sentí que me estuviera volviendo más de derechas cuando estaba en Uruguay, pero al volver sentí que me había movido considerablemente a la derecha mientras me quedaba en el mismo sitio».

Sí, porque todo el mundo se había movido hacia la izquierda. Tiene que ver con la clase de los opinadores. Es todo la cuestión del islam. Están aterrorizados por si parecen racistas. Puedes hacer lo que te dé la puta gana en el mundo moderno siempre que tu piel sea lo bastante oscura; si es así todo vale.

Esta es una afirmación poco sutil.

Si hubiera un montón de rubios haciendo este tipo de cosas en Oriente Medio, ¿crees que les tendrían alguna simpatía? No lo creo.

Hace unos años, tuvo que refinar su posición pública sobre el islam y el islamismo porque le etiquetaron de islamófobo.

Poco antes de Pearl Harbor, cuando los líderes japoneses hicieron sus cálculos, uno de ellos dijo: «Podemos crearles un infierno durante un par de años, pero no tenemos ninguna posibilidad contra la potencia de la economía norteamericana». Piensa en todas las locuras y toda la crueldad que vino después: la masacre de Nanking, todo lo que hicieron en China, los campos de prisioneros, y todo lo demás. A ser anti-eso lo hubieran llamado «fobia a lo japonés», pero no lo es. Algunas cosas están muy claras y son muy obvias. Esta es una de ellas.

En su ensayo Terror y aburrimiento dice: «Las costumbres y tradiciones varían de país a país y uno no puede sostener razonablemente que un ethos es mejor que otro». ¿Es esta su apuesta por el relativismo cultural?

Pueden ser tan diversos culturalmente como quieran. El problema es cuando aparece la coerción. EI es básicamente un gran código penal. Obliga a los demás a comportarse de una cierta manera. Mi hija de dieciséis años se quejaba el otro día justamente de esto, cuando discutíamos sobre esa funcionaria de Kentucky que se negó a emitir una licencia de matrimonio a una pareja homosexual. Mi hija dijo: «no es de su incumbencia, lo que hagas es cosa tuya. Cuando fuerzas tus creencias en otra persona…» y tenía escalofríos de rechazo.

¿Ha leído la decisión del Tribunal Supremo sobre el matrimonio gay?

He leído citas en la prensa: muy conmovedora, escrita con mucho estilo.

Algunos críticos sostienen que el argumento no es muy bueno, a pesar de lo bella que pueda ser la prosa.

La cuestión de la igualdad me pareció que era muy clarificadora: si tú te puedes casar, ¿por qué ellos no? Y, como dijo Christopher Hitchens, los conservadores se equivocan por completo cuando dicen que se trata de algo radical por parte de los gais. En realidad es muy conservador. Es un compromiso muy cuco: ¡es burgués!

Me ha dicho que no entiende por qué la gente se une a EI y, en su última novela, La Zona de interés, hay un epílogo en el que dice no entender a Hitler tampoco. ¿Son casos extraordinarios? ¿Fue el nazismo tan distinto de lo que hizo, por ejemplo, el Imperio británico con sus colonias? ¿Qué es tan distinto en el nazismo que escapa nuestra comprensión, si la historia, y la historia de Europa en particular, está repleta de limpiezas étnicas, destrucción, odio y dominación?

Normalmente puedes encontrar una razón coherente para explicarlo. Por ejemplo, en Darfur gran parte de la limpieza étnica se explica por el cambio climático. Está cambiando el carácter de las tierras y uno las necesita para cultivarlas. Existe una causa, una causa razonable, por muy moralmente discutible que sea. Pero no hay nada para entender a Hitler, solo el antisemitismo, que a él le duró toda la vida.

También era parte del sustrato cultural europeo.

Sí, pero incluso en su último testamento Hitler escribió que el veneno de la humanidad era la judería internacional. Es ridículo, estaba basado en la nada. Se sustentaba en Los protocolos de los sabios de Sión. Una falsificación. No, no era una falsificación, fue un invento, una fabricación. Todo el mundo lo llama una falsificación. Todos los historiadores usan esta palabra: falsificación. ¿Una falsificación de qué? Falsificación sugiere algo real, un documento auténtico. No es una falsificación, es una fabricación. Lo creó la policía secreta zarista, la Okhrana, a principios de siglo. Hitler siempre decía que era auténtico porque necesitaba una razón para hacer lo que hacía.

El antisemitismo en sí mismo es algo muy raro, y no lo entendemos. La gente que odia a los negros no dice que son responsables simultáneamente de traer enfermedades y de controlar Wall Street. El antisemitismo es una idea esquizofrénica, una clásica idea esquizofrénica.

Pero tiene una larga historia. A solo un par de paradas de metro de aquí, está el barrio judío hasídico. Vinieron de Ucrania, donde los pogromos rusos casi los exterminaron dos veces. Les culparon de la muerte del zar. Oleadas de judíos huyendo de esa esquizofrenia han estado levantando barrios en Brooklyn desde el siglo XIX. Hay una continuidad, no solo la locura de Hitler.

Viene y va. Saul Below dijo una vez que la historia del mundo es la historia del antisemitismo. Y estaba siendo deliberadamente hiperbólico, pero es cierto que es una especie de termómetro en la boca de la humanidad: cuando la fiebre sube, sube el antisemitismo. Es la manifestación de una enfermedad que siempre está latente. Parece estar constantemente a punto de la erupción en Europa y en el resto del mundo.

El mapamundi del antisemitismo que elabora la Anti-Defamation League —te lo recomiendo, lo puedes encontrar en Google— es un mapa muy bien hecho con porcentajes de antisemitismo. Miden qué apoyo obtienen en cada país una serie de proposiciones antisemitas: «Los judíos tienen demasiado poder», y cosas así. Los números de Oriente Medio son para reírse: 90 % de antisemitas (en Arabia Saudí, Iraq, etc.). No son tan incontrolablemente altos en Rusia: 30 %. En Alemania: 27 %; en Austria: 28 %. Lo más sorprendente es que, en Europa, muy por delante de los demás, está Grecia: 70 %. Este dato sugiere que una crisis económica lleva a la gente a mirar a su alrededor en busca de un enemigo. Pero el siguiente en la lista es Francia: 37 % ¡Francia! Estuve en Francia no hace mucho y la gente dice que el sur ya es fascista. Francia parece siempre estar lista para algo así. Recuerda el caso Dreyfus: dudo que el Estado de Israel hubiera existido sin el caso Dreyfus. Fue la conmoción del caso Dreyfus lo que llevó a los padres del sionismo a la acción.

Pero Hitler es distinto. Ha habido muchos intentos, particularmente entre historiadores alemanes, de mostrar una continuidad entre Stalin y Hitler. «Hitler lo aprendió todo de Stalin, son lo mismo». Y las cifras son ciertamente comparables, pero si uno quiere entender a Stalin no es muy difícil. Basta con ir a Marx, está todo allí. Cuando Stalin apareció y las cosas se pusieron muy violentas, hacia 1930, todo el mundo —incluido Bukharin, el bolchevique hippy— estaba de acuerdo en que no colectivizar la agricultura era equivalente a abandonar el experimento y aburguesarse. Y, como Hitler le dijo a Stalin, diez millones de personas murieron con las colectivizaciones. O piensa en el genocidio de la hambruna en Ucrania, perfectamente comparable al Holocausto en su crueldad. Marx estaba equivocado, ciertamente muy equivocado respecto al comunismo en Rusia, pero a diferencia del marxismo, el hitlerismo no tiene ideología. ¿Qué? ¿El Lebensraum, el espacio vital? Eso es todo. Se trata de una idea del siglo XIX en realidad: la conquista.

La historia de la formación del Estado moderno en Europa es precisamente esa historia de conquista y de dominación de las minorías por parte de las mayorías, a menudo étnicas. El hitlerismo podría ser simplemente el intento alemán de convertirse en lo que Francia devino tras la Revolución francesa.

Ciertamente. La idea de unidad estuvo claramente detrás de todo. También hay alemanes que sostienen que toda la distorsión que acabó en el hitlerismo venía de Bismarck: la unificación de un país que no tenía ninguna necesidad de convertirse en Estado. Realmente fue colonizado por Prusia y esos ducados y principados, pequeños y amables, fueron amordazados hasta convertirlos en un solo Estado, un Estado con el mismo derecho a ser un imperio que el resto. Esa es la gran distorsión, dicen.

Volviendo a La zona de interés, sus editores franceses y alemanes no quisieron publicarla. Confieso que no entiendo la polémica ni el argumento sobre el respeto y los límites del humor. Hay humor en la novela, cierto, pero es un libro serio que hace una pregunta profunda sobre la vida que llevaban los encargados de los campos de extermino, y su capacidad para amar, para enamorarse y para odiar por cosas insignificantes.

Yo tampoco la entiendo, pero tampoco le veo gran cosa. En Francia, por ejemplo, el fin de la relación con Gallimard no fue muy parsimonioso. Fue muy desagradable, una putada. Y no dieron ninguna razón. Los alemanes sí dieron una razón, pero los franceses no. La señora que manda en Gallimard ahora se ha visto forzada a dar explicaciones porque la gente está cuestionándolo. Así que se inventó una razón: dijo que era una novela cliché. Ya, seguro. Cuando los editores dicen que no, especialmente a alguien a quien han estado publicándole libros durante mucho tiempo, es porque no ganan suficiente dinero. Esa es la única razón. No pueden decirlo directamente porque se supone que son editores, con ideales. Así que se inventan una razón o leen mal la novela, como hicieron los alemanes. Los alemanes creyeron que la evolución de Thomson [un personaje central de la novela], de nazi a saboteador, era ambigua. Pero de hecho es muy clara. Simplemente les seguía el rollo a los nazis, hasta que dejó de hacerlo.

Parece que Thomson simplemente se prepara para el futuro cuando ve que Alemania va a perder la guerra.

Sí, bueno, más bien hace lo que puede siguiendo la ideología y dando malos consejos. Dice que el único lenguaje que los judíos entienden es el látigo porque no quiere que la fábrica del campo produzca nada, y esa es la forma segura de hacerlo. Luego, cuando se enamora, siente que debe hacer más. En cualquier caso, no hay ninguna ambigüedad. Así que ni se me pasa por la cabeza que la decisión de no publicarme tenga que ver con la mala conciencia sobre el Holocausto.

En la novela los nazis son todos idiotas. Echo de menos la idea de un nazi esperanzado, sensible, inteligente: un nazi de veinte años en enero de 1933, exultante porque Hitler finalmente ha llegado al poder. ¿Es ese el gran tabú?

Hay novelas con ese tema. Sebastian Haffner, que es alemán y consiguió huir en 1939, escribió un libro sobre el momento en que los nazis llegaron al poder —él era un niño entonces—. Dice que ya no podías confiar en tus sentidos, que todo tenía una apariencia rara y enferma. Que todo parecía estar mal. Y así es como él lo desglosa: un 40 % de alemanes rechazaba a los nazis, algunos realmente odiaban a los nazis; un 20 % los amaba; y el 40 % restante simplemente pensaron: «mantén la cabeza gacha, vamos a salir de esta, todas las cosas pasan». Nunca estuvieron tan cohesionados como los nazis creyeron. Las SS estaban unidas, y las SA también, hasta que las destruyeron, pero eran un núcleo duro de jóvenes adoctrinados de arriba abajo. Cuando la guerra comenzó, hubo muchos jóvenes que dijeron: «Hemos nacido para esto: para morir en esta guerra, para dar nuestras vidas». Ese nihilismo es considerable.

Usted sostiene que la extrema crueldad de los campos de exterminio revela la verdadera naturaleza de cada uno, que hay una verdad que se desvela cuando uno es arrastrado a situaciones extremas.

Un superviviente dijo que en la vida normal, en tiempos de paz, nunca usas más del 10 % de lo que eres. No hay ninguna razón para profundizar en ti mismo. Sin embargo, cuando las cosas son extremas, cuando te metes en lo que un escritor describió como «una situación productora de atrocidades», entonces tienes que hacerte preguntas realmente severas. Durante el Holocausto, para víctima y verdugo por igual, esta era la cuestión: ¿estoy hecho del material humano que puede pasar por esto?

Una de las consecuencias colaterales más inquietantes de leer historia es que siempre te estás preguntando: ¿Y yo qué hubiera hecho? Como inglés sé muy bien que, si hubiera nacido veinte o treinta años antes, habría sentido que esta era una guerra de la que tenía que ser parte. Me habría alistado, habría ofrecido mis servicios.

¿Y si hubiera sido un alemán de dieciocho años en 1933?

Entonces eres como Günter Grass. Él tenía diecisiete años cuando se alistó, hacia el final de la guerra. Es la presión del grupo y el adoctrinamiento. No sé cómo era la vida de Grass, pero ciertamente no fue adoctrinado en sentido contrario en su casa. La presión del grupo es algo asombroso. ¿Has leído el libro Ordinary Men de Christopher Browning?

No, no lo he leído.

Es un libro breve sobre un batallón policial de la reserva que se encargó de muchos asesinatos en Polonia y Rusia —asesinatos de judíos—. Iban de pueblo en pueblo y mataban a todo el mundo. Eso es lo que hacían todo el día. De vez en cuando, alguien se negaba a hacerlo y al poco tiempo le mandaban a otro trabajo. Podían recibir algún codazo en la cola del almuerzo. A lo mejor les llamaban cobardes. Pero eso era todo. Browning señala, en una cita muy útil, que entre los miles de juicios en Alemania y Polonia, no hay ni un solo caso de alguien castigado severamente por no obedecer este tipo de órdenes criminales. Ni uno solo. Todos quisieron dar la impresión de estar obedeciendo órdenes por miedo al castigo. Pues no hay ningún caso que lo pruebe. La presión del grupo fue todo lo que necesitaron: nunca lo descuentes como fuerza. La gente preferirá matar a mujeres y niños todo el día, cada día, antes que vivir con el desprecio de su grupo, antes que recibir codazos en el comedor.

En la novela, los nazis son muy conscientes de que los judíos son seres humanos con dignidad, y no es la deshumanización intelectual lo que les permite matarlos sin piedad, como suele sugerirse. Más bien es a partir de tratarlos con crueldad como los judíos se vuelven bestias y entonces, sí, los nazis pueden decirse: «¡Son bestias! ¡Podemos matarles!».

El ejemplo más claro en la novela de esto que dices es cuando Doll [el comandante del campo] escribe un informe sobre su visita al gueto y dice: mira a esta gentuza, si los dejas solos ni siquiera cuidan a su propia gente. Yo creo que simplemente con los guetos, el pensamiento que hay detrás de los guetos, ya tienes un crimen de guerra de gran envergadura y maldad.

Hannah Arendt se metió en problemas con la comunidad judía por decir (y hay cierta verdad en ello) que los Consejos Judíos de los guetos hicieron posible que el Holocausto siguiera su curso de manera ordenada. Sin embargo, Michael Burleigh, en su nueva historia del Tercer Reich, escribe que si pudieras oír pero no ver lo que ocurría, te daría la impresión de que el líder del Consejo Judío y el líder de los nazis de, pongamos, Loitz, están conversando razonablemente sobre cuotas y sobre a quién le toca ser el siguiente en irse. Pero una vez entras en la habitación, enseguida te percatas de que el líder judío está temblando de horror y odio. El nazi está fumándose un puro, echándole el humo en la cara, exudando desprecio porque sabe que lo tiene bajo su dominio.

O sea que Hannah Arendt se equivocaba.

Era una mujer increíblemente brillante. Era casi demasiado brillante. Tenía una gran mente de abogado. Se le notaba. Aunque también se lio con un nazi [Heidegger].

Es tentador leer Eichmann en Jerusaléni, de Arendt, como un rastro de migas o un juego de pistas para entender cómo pudo enamorarse de un nazi.

¡Exacto! Pero en realidad es un tema colateral. No está presente en sus libros. No es como si te encontraras de pronto con un: «¡Uh! Ahora me mola Heidegger» [ríe]. De todas maneras, la banalidad del mal no ha envejecido bien. Recientemente leí que la describían como «la peor periodista de sucesos de todos los tiempos», porque se tragó la presentación de Eichmann en el juicio de Jerusalén. En realidad Eichmann no era banal de ninguna manera. Llegó a decir: «Saltaré riendo a la tumba porque la idea de tener sobre mi conciencia la muerte de cinco millones de judíos me da especial satisfacción».

Quizás fueran banales al principio, como dijo mi viejo amigo Robert Jay Lifton (autor de The Nazi Doctors). Eso es perfectamente cierto. La mitad lo eran, incluido Hitler, quien podría haber sido un pintor bisexual en algún estudio austríaco de gusto exquisito si hubiera tenido algo más de talento. Rudolf Hess podría haber sido, quizás, un burócrata menor en algún cuartel perdido de Alemania. Pero no fueron banales una vez empezaron. Dejaron de ser banales. Sebastian Haffner dice que nunca fue una ideología, que era el grito del disturbio. El quid era: «Los que pegaríais, robaríais, torturaríais y mataríais a quien nunca os ha hecho ningún mal, venid y uníos a mí. Esa es nuestra raison». Esto no tiene nada de banal.

Como unirse a EI.

Sí, unirse a algo. Haffner dice que es la debilidad alemana. Y Goethe dijo de la naturaleza alemana que es impresionante individualmente, pero increíblemente deprimente en masa. Creo que esta es una gran verdad de los seres humanos. Todos están bien si están solos. Son unos muchachos fantásticos cuando están solos, pero cuando se juntan, en fin, todos, en nuestra experiencia, lo hemos visto y hecho. Yo solía tirarles los sombreros a las viejecitas por la calle cuando estaba con mis colegas; nunca lo hubiera hecho estando solo.

¿Cree que existe el carácter o la naturaleza alemana o inglesa?

Creo que es de locos decir que no existe. A nadie le importa si lo que dices es agradable. Orwell dijo que a los ingleses les gustan las flores. Nadie podría objetarle nada. «Los irlandeses son grandes conversadores». Lo son. Nunca he conocido a un irlandés que no hable bien. Pero a la que es algo negativo, tolerancia cero.

Por eso lo pregunto. Es una forma controvertida de describir el mundo.

Claro, pero claramente hay características nacionales. Sería muy raro que no las hubiera. Tal y como lo cuenta Sebastian Haffner, los alemanes eran una nación de poetas y filósofos, hasta que se convirtieron en un Estado-nación, algo que no eran. De ahí que siempre estuvieran insistiendo en lo de ser una comunidad orgánica, porque es lo que no tenían. Demasiados alemanes, novelistas además, han dicho que sienten el deseo fatal de ser una comunidad. Los alemanes, parece, son muy susceptibles a eso. Pero habla con cualquier ruso y te dirá que el gran tormento del alma rusa es no saber hasta qué punto son europeos y hasta qué punto son tártaros, del este. Así que sí, hay características nacionales, aunque sean negativas.

Cuando su hermana murió, usted dijo que fue víctima de la revolución sexual (de la que habla en la novela La viuda embarazada). Fue aplastada, dijo, por las presiones a las que las mujeres se han visto sometidas desde que la idea del sexo antes del matrimonio se convirtió en la norma. ¿Cree que las mujeres sufren las secuelas de la revolución sexual? ¿Y los hombres?

No, no: yo creo que ha sido algo fantástico para las mujeres. Ha sido fantástico para todo el mundo. Pero no hay revoluciones sin bajas. Hubo mujeres que probaron la liberación y no les gustó, y se retiraron a sus vidas burguesas…

¿No fue la revolución sexual una revolución burguesa?

Acabó siéndolo, pero al principio fue algo radical. En cualquier caso, la mayoría de las mujeres encontraron su camino, dijeron: «no me gusta esto, me gusta aquello», y simplemente se crearon un modus vivendi a su medida en la nueva realidad. Sin embargo, hubo mujeres como mi hermana que no pudieron soportar la libertad. Una de las principales razones por las que incluí esa suerte de tema islámico en La viuda embarazada es la convicción de que es el único tipo de régimen cultural contra el que mi hermana no habría tenido que luchar tanto. Podría haber vivido con esas reglas. Cualquier libertad era demasiado para ella. En lo que a mí se refiere, nunca fui un contrarrevolucionario. Fue asombroso, sorprendente, extraordinario lo rápido que cambió todo. Fue una revolución auténtica.

Ha dicho: «La edad diluye a los escritores. El peor de todos los destinos trágicos es perder la habilidad de impartir vida a tus creaciones (tus creaciones, en otras palabras, ya nacen muertas)». ¿Se está usted diluyendo con la edad?

¿Me estoy diluyendo con la edad? ¡Argh! Todavía no. En este momento, he escrito ciento cincuenta mil palabras de una novela autobiográfica. En realidad no es sobre mí, es sobre ciertos escritores, amigos, gente que conocí. Sí que siento que está como desbravado en el sentido de que estoy escribiendo sobre la vida. Es ese nuevo género que llaman literatura sobre la vida. ¿Has oído hablar de él? [Ríe].

Me suena, sí [río].

Pues eso. Bueno, Saul Bellow es muy interesante en este sentido, como en tantos otros. Él tomaba personas directamente de la vida real y las ponía en la página sin alterar nada. Algunos de sus mejores amigos tuvieron que firmar documentos comprometiéndose a no denunciarle. Nunca estuvo muy interesado en lo que creo que es la responsabilidad de la novela con la forma. Se ha dicho de las novelas sobre Auschwitz que o bien no son sobre Auschwitz o bien no son novelas. Algo hay de cierto ahí, creo. Normalmente no son novelas. Hay algo en Auschwitz que se resiste a la forma de la novela. Cuando tuve la idea para La zona de interés supe que sería una novela. Quizás no sea sobre Auschwitz, pero es una novela. Tampoco es que tuviera una necesidad acuciante de desahogarme sobre Auschwitz porque ya había escrito una novela sobre el Holocausto.

La flecha del tiempo. Es, creo, la más esperanzadora de sus novelas. La narrativa va hacia atrás en el tiempo y el Holocausto se transforma en una historia de curación en lugar de una historia de destrucción. La guerra se convierte en un proyecto europeo: usar sus ruinas para fabricar judíos.

[Ríe] Sí, convocarlos de las cenizas. Pero es esperanzadora en un sentido terrible. Funciona porque la flecha del tiempo es la flecha de la moralidad, curiosamente con una consistencia del 100 %. Hazlo correr para atrás en el tiempo y un moralista se tornará un inmoral y viceversa.

En cualquier caso, lo que sentí cuando estaba empezando a escribir La zona de interés fue que sería una novela, y con esto quiero decir que tenía que ser muy coherente, que todas las escenas que no contribuyeran de alguna manera al tema central serían cortadas.

Cuando te preguntas si cortar o no, siempre se trata de lo mismo: ¿tiene que ver con el tema central? Si no, o si albergas dudas al respecto, se elimina. Si tienes tus dudas, pero tiene que ver con el tema central, entonces se queda y arreglas lo que sea que está mal. Las imágenes serán coherentes, habrá un sistema de imágenes. Todo esto va con la novela, en mi opinión. Infliges gran violencia a las cosas para darles la forma correcta para una novela. A Saul Below nunca le interesó todo esto.

Así que, dado que el libro en el que está trabajando es autobiográfico…

Son unas memorias de ficción. De ficción. Insisto en ello porque la ficción te da libertad, te puedes inventar cosas.

Pero el uso de material autobiográfico, ¿es una retirada por su parte?

Sí, pero cuando termine con esto —que me va a llevar unos seis meses más— entonces quiero escribir algo sobre la cuestión racial en Norteamérica.

¿Ha cambiado su opinión sobre el racismo desde que se mudó a Nueva York?

Viví un año en Estados Unidos cuando tenía nueve años, mi mujer es norteamericana, y mi primera mujer es norteamericana. Cuatro de mis cinco hijos son medio americanos. Mi madre vivió muchos años en Estados Unidos. Pero cuando vienes a vivir aquí —llevo cuatro años ahora—, las cosas que ignoras con un gesto de los hombros —«Ah, América es así»— ya no puedes ignorarlas más. Te das cuenta de qué lugar más históricamente cruel es este. Un país increíblemente cruel. Hacen muy buen trabajo manteniéndolo bajo control, pero la profundidad de la crueldad necesaria para la esclavitud, y luego un siglo entero tras la guerra civil, cuando simplemente encontraron la manera de mantener la esclavitud con otra forma… En fin. Como dice el último libro de Michelle Alexander, The New Jim Crow: «La solución más reciente al problema de los negros es encerrarlos a todos, encarcelamiento masivo».

Al principio del mandato, usted dijo: «Un excelente escritor en la Casa Blanca: amo a Obama».

Es maravilloso tener a un escritor en la Casa Blanca. Y es un buen escritor además. Es bueno rítmicamente, el mejor desde Lincoln. Dicen que hacia el final de su primer mandato, Obama sufrió una depresión clínica, y que no podía medicarse porque el historial médico del presidente es público. Es posible que así fuera. Se le veía tan claramente frustrado, no conseguía aprobar nada. Ahora está teniendo un par de años muy buenos, el tío está que se sale: el matrimonio gay, el acuerdo con Irán, cuando cantó «Amazing Grace», la reforma sanitaria. Algún tipo de control de las armas de fuego sería un gran final, porque lo de las armas es algo realmente idiota que tienen aquí. Pero mi teoría es que tener un presidente negro ha empeorado la cuestión racial.

¿Empeorado?

En el buen sentido: la ha visibilizado. Ahora hay una conversación en curso, antes no. La ha empeorado porque el más despreciable de los palurdos siempre podía decirse a sí mismo: «Soy mejor que esos putos negros que viven allá abajo». Ahora ya no pueden decirlo. El día que Obama fue elegido, algunos se dijeron: «Bueno, si un puto negro puede ser presidente, entonces Jimmy puede tomarse otro trago». Pero si un puto negro puede ser presidente es algo brutal para América. Obama está muy seguro de sí mismo, es inteligente, tiene una gran educación, y ya no pueden decir: «Soy mejor que todos los negros de América», que es lo que antes decían. Así que ciertamente su presidencia ha exacerbado las cosas. Es un momento muy interesante para vivir aquí.

¿Qué piensa de Donald Trump?

Es la era de la personalidad, no de las políticas. Trump se ha beneficiado de ello. Si lo hace conscientemente no lo sé. Ha perdido la cabeza. ¿Le has visto últimamente en alguna entrevista? No puede parar de hablar. Ha perdido un tornillo. Es un megalomaníaco; siempre lo ha sido, pero ahora lo es a nivel nacional. Nos está mostrando la ruina del partido republicano, un partido noble que nació a mitad del siglo XXI contra la esclavitud y, mira ahora, todos son horribles.

De niño, con Franco aún coleando, vivió unos meses en Sóller, Mallorca. Iba al colegio en Palma. En sus memorias parece más preocupado por su paisaje interior —la separación de sus padres— que por el paisaje exterior. ¿Tiene recuerdos de Mallorca?

Hemos ido a Mallorca este verano y fuimos a Sóller. Está todo muy cambiado. Recuerdo, eso sí, a la Guardia Civil con metralletas diciendo a las chicas que no podían ir en bikini. Además, mi madre vivió en Ronda muchos años y dos de mis hermanos todavía viven allí. Fue allí donde tomé más conciencia de la presencia de la dictadura. En Mallorca iba a una escuela internacional y para mi hermano mayor y para mí, dos chavales extranjeros, había un margen de libertad que no teníamos en Inglaterra. Recuerdo que me gustaba meterme en los vagones de tercera clase del tren porque allí podías ver a mujeres amamantando a sus bebés. Increíble [ríe]. España es mi segundo país europeo. Mi hermana fue a una escuela local y aprendió español. El que fue marido de mi madre durante muchos años tenía un español fluido. Y mi hermano, el que vive en Ronda, prefiere hablar español a inglés. El inglés le da mucho trabajo y cuando se relaja habla en español.

¿Está al caso de la literatura, la cultura o la política españolas?

No sigo ninguna literatura extranjera porque no hablo la lengua. Es una especie de superstición, siento que no sacas mucho de las traducciones. Algunos escritores se traducen fácilmente, como Kafka, por ejemplo. Tolstoi parece traducirse con gran pureza. Dostoievski, en cambio, sé que sería mucho más divertido si no fuera por esa traducción victoriana tan tradicional. A veces leo literatura traducida, pero como un deber, a ver si saco ideas. Nunca por placer. Leer traducciones es como mirar la fotografía de un cuadro.

De la política solo soy consciente del separatismo en Barcelona. Es imposible ir a Barcelona y no darse cuenta.


«Al habla Thomas Pynchon»

Imagen: Fox.
Imagen: Fox.

En un local madrileño de la calle Escalinata, que ya no existe, conocí hace algún tiempo a un técnico de sonido estadounidense que se llamaba Mackenzie, de apellido. Tenía sesenta y seis años, y durante una breve época vivió en Manhattan Beach, en el condado de Los Ángeles; después se trasladó a la costa este. Un día recaló en Jerusalén, para reencontrarse con su pasado, y nunca más regresó a Estados Unidos. A los pocos años acabó en España. Me contó que en una ocasión se encontraba tirado en el sofá de casa, durante el período que vivió en California, bebiendo cervezas sin un sentido claro, cuando llamaron a la puerta. Se levantó y abrió. Se encontró a un joven de unos veintipico años, feo y simpático, por ese orden. Entonces, Mackenzie tenía veinte, era huérfano y compartía piso con un par de músicos. «Han dejado una carta por error en mi buzón. Pone esta dirección. Yo vivo ahí enfrente», dijo el joven, que se llamaba Thomas.

Mackenzie se encontró un par de veces más con él. En una de ellas, incluso le ayudó a subir una mesa de madera a su casa. Al acabar, lo invitó a una cerveza y, cuando le preguntó a qué se dedicaba, Thomas le contó que era escritor. En efecto, había una máquina de escribir en el salón, y a su lado un montón de folios, perfectamente apilados, ya escritos. «En el primero, a la vista, leí lo que me pareció que podía ser el título de un libro, pero cuando pretendí ir más allá, y leer las primeras frases, se acercó y me disuadió con un “No toques eso, por favor”».

Después de esa tarde se vieron en otra ocasión, fugazmente, a la salida de un pub. Pasado un mes, Manckenzie hizo las maletas y se fue a trabajar a Boston. En 1973, cuando ya vivía en Nueva York, pasó por delante la librería Strand, en la calle 12 con Broadway, y sucedió lo imprevisto. «Me detuve ante el escaparate y se me electrizó el cuerpo al ver aquel libro, titulado El arco iris de gravedad. Me temblaban las piernas. Era el título del manuscrito que había sobre la mesa de mi vecino. ¡El Thomas que había conocido en Manhattan Beach era Thomas Pynchon

Un día Mackenzie dejó de ir por el local en el que nos conocimos. Pasaron varios meses y le pregunté a la camarera si había vuelto por allí. «Dicen que regresó a Estados Unidos», me explicó sin demasiadas explicaciones. Nunca he vuelto a saber nada de él. De vez en cuando, sin embargo, me encuentro a Pynchon mencionado como si siempre fuese una aparición efímera, casi ficticia, y me acuerdo de Mackenzie. En Joseph Anton Salman Rushdie escribe que en una ocasión, durante la fatwa, la policía estadounidense le permitió moverse en semilibertad durante unos días. Había llegado a Nueva York vía Oslo, para dar un rodeo, y en esas fechas no tenía previsto ningún acto público. «Se alojó en el apartamento de Andrew Wylie —relata Rushdie, hablando de sí mismo en tercera persona—, y los miembro del Departamento de Policía de Nueva York permanecieron en sus coches en la calle. Durante esos días hizo las paces con Sonny Mehta. Y cenó con Thomas Pynchon».

Otra vez, cuando leía Hitch-22, me topé a Christopher Hitchens detallando cómo «una tarde estaba sentado a mi mesa del New Statesman cuando sonó el teléfono y una voz desconocida preguntó por mí. Después de confirmar que yo era yo, la voz dijo: “Al habla Thomas Pynchon”. Me alegra no haber dicho lo primero que se me ocurrió, porque pronto pudo demostrar que era él, y que un amigo común llamado Ian McEwan le había propuesto llamarme».

Y en otra ocasión todavía me encontré al autor de El arco iris de gravedad en un capítulo de Los Simpson, con la cabeza cubierta por una bolsa de cartón. Cada vez que sale Pynchon a escena, de algún modo sale también Mackenzie. Esta vez, sin embargo, lo recordé después de leer a Jaime G. Mora desgranar el libro de Thomas Kundel sobre el gran reportero de The New Yorker Joseph Mitchell. Según Kundel, las más celebres historias del periodista podrían haber cruzado los límites de la no ficción. La noticia ha causado desazón en muchos círculos, que tenían a Mitchell por alguien que se atenía a los hechos escrupulosamente. Yo he dudado muchas veces de si la historia de Mackenzie y Pynchon sería cierta, o acaso iba más allá de los hechos. Pero al final me animaba pensando que no importaba demasiado que fuese inventada. Si algo está muy bien contado, o muy bien escrito, siempre será verdadero.