¿Cuándo nace la vocación artística?

Jot Down para Fundación Telefónica

No nos gustan las historias normales. No queremos saber que tal persona tuvo una infancia normal, estudió en un colegio normal y en un instituto normal y, después,  en una universidad normal o una academia normal, aprendió las cosas que darían sentido a su vida, las perfeccionó y así se convirtió en la figura que todos acabamos conociendo.

Lo que nos gustan son las historias extraordinarias. Los niños prodigio. Saber que Mozart componía a los cuatro años y a los seis era prácticamente un virtuoso del clavicordio y el violín; que Velázquez ya pintaba como los ángeles cuando, a los diez años, comenzó su aprendizaje con Francisco Herrera el Viejo y apenas un año después entró a formar parte del taller de Francisco Pacheco; que para obtener la insignia del mérito fotográfico de los Boy Scouts, Steven Spielberg rodó un wéstern de nueve minutos en 8 mm. cuando tenía doce años.

Magritte
Fragmento de La belle Société. René Magritte, 1965-1966. © Fundación Telefónica.

René Magritte nació en 1898 en el pueblo de Lessines, en la Bélgica francófona. A los diez años comenzó a tomar clases de dibujo. Cuando tenía trece años, su madre se suicidó lanzándose al río Sambre. René estaba presente cuando la recogieron del cauce y vio como el vestido que llevaba se había retorcido por las aguas hasta cubrirle la cara. Esta visión impresionó de tal manera al niño que terminó influyéndole en futuras obras en las que aparecen figuras con la cara cubierta, como Los Amantes… Salvo que lo que acaban de leer es falso. El propio Magritte desmintió esta interpretación e incluso que llegase a ver el cadáver de su madre. Es una historia inventada, posiblemente por la enfermera de la familia, para cubrir la infancia del pintor de un halo extraordinario.

Ahí está nuestra insoportable renuncia a la normalidad. Nos gustan las historias extraordinarias porque necesitamos historias extraordinarias. Y no hace ninguna falta. No solo porque el suicidio de una madre ya es un hecho lo suficientemente trascendental como para necesitar aderezos; sino porque, en realidad, a los ojos abiertos de un niño, todas las cosas son extraordinarias y todos los hechos son prodigios.

Piensen en Eduardo Chillida. Nos gustaría creer que siendo un niño que campaba en pantalón corto por la Donosti republicana ya imaginaba al viento de la Concha plegando siluetas de acero y hormigón en peines que elogiaban al horizonte. Pero no. A Chillida le gustaba el fútbol. Le gustaba tanto que llegó a ser el guardameta de la Real Sociedad, que en la temporada 42-43 disputaba el campeonato de Segunda División. Chillida jugó catorce partidos como titular en los que encajó dieciséis goles. Fue en ese partido número catorce cuando Fernando Sañudo, delantero del Real Valladolid, golpeó con su rodilla en la rodilla de Chillida. Sería bonito pensar que el portero donostiarra vio en la forma de su articulación las articulaciones de sus futuras piezas; pero lo que vio fue una lesión, y de las chungas. Operar una triada en la España de posguerra no era tarea fácil, y aunque Chillida pasó hasta seis veces por el quirófano, nunca pudo volver a ser futbolista profesional. Con diecinueve años marchó a Madrid a estudiar arquitectura, si bien poco después abandonó la carrera para dedicarse a tiempo completo a la escultura y el dibujo.

Como ya he contado alguna vez, el arquitecto Luis Moreno Mansilla solía decir que «uno se gana la vida con la segunda cosa que mejor sabe hacer». De hecho, el propio Chillida afirmaba que «Hay que buscar caminos que no hayan sido transitados antes». En el 43 la Real Sociedad consiguió el ascenso a Primera. Ese mismo año, Chillida encontraba un camino que cambiaría el mundo de la escultura para siempre. Y aun así, nos gustaría preguntarnos qué pensaría el niño Eduardo, que jugaba al fútbol por los prados de Hernani y por los campos de Donosti, si viese la madera y el acero del Yunque de sueños XIII o las horadaciones de tierra en sus Lurras. ¿Vería espacio? ¿Vería material? ¿Vería cuerpos y rodillas como lo haría cualquier otro niño?

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Lurra nº 67. Eduardo Chillida, 1985. © Fundación Telefónica.

En un capítulo de la primera temporada de El Ministerio del Tiempo, Velázquez dice: «No soy el más grande. El más grande es Picasso». El pintor sevillano y viajero del tiempo se indigna cuando algún visitante del Museo del Prado asevera que los cuadros de Picasso podría hacerlos un niño. «¡Claro que no! —protesta el Velázquez ficticio—. Con catorce años, Picasso pintaba cuadros que parecen fotografías». Es divertido ver al pintor más grande de la historia de la humanidad descubriéndose ante Picasso; pero es aún más interesante imaginar qué pensaría el niño Pablo de las obras de su madurez. Porque, en efecto, con trece y catorce años, Picasso era un pintor realista excepcional. Entrenado bajo la tutela academicista de su padre, profesor de Bellas Artes, decía su madre que una de las primeras palabras de Pablo fue «piz» como apócope de lápiz. Así que, ¿cómo se enfrentaría un niño con la habilidad técnica de Picasso a las obras que él mismo pintaría treinta, cincuenta y setenta años después? ¿Qué diría de Le peintre au travail? ¿Despreciaría la aparente falta de precisión o quizá sabría reconocer el vigor y la destreza expresiva del trazo? Tal vez lo apreciase como la infancia artística que él nunca tuvo, no en vano declaró años más tarde: «[…] por lo que a mí respecta, yo no era un genio. Mis primeros dibujos nunca se han mostrado en una exposición de dibujos infantiles. Me faltaba la torpeza de un niño, su ingenuidad. He hecho dibujos académicos a la edad de siete años, con una precisión de la que me asusto».

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Le peintre au travail. Pablo Picasso, 1964. © Fundación Telefónica.

Con dieciocho años, Antoni Tàpies sufrió un episodio de tuberculosis que le tuvo postrado en la cama durante varios días. Según su propia crónica, los estados febriles le produjeron alucinaciones que luego plasmaría en el desarrollo de su obra. Esta convalecencia le hizo replantearse su futuro y, ya durante el proceso de recuperación, comenzó a dibujar de manera entusiasta. Tal vez fue la fiebre lo que le hizo apartarse de sus estudios de Derecho, pero sin embargo, y también según relato del mismo Tàpies, su verdadera vocación artística se manifestó a los once años. A finales de 1934, cayó en manos de Antoni el ejemplar de Navidad de la revista D’Ací i d’Allà. En sus páginas se presentaba una amplia perspectiva del arte moderno global. ¿Qué vio ese niño, miembro de una familia de la burguesía catalanista, para considerar que su futuro estaba en el arte? ¿Vio acaso la Invención colectiva de Magritte o el Toro muriendo de Picasso, obras ambas de ese año 34? A lo mejor se fijó en el propio papel de la revista o en sus grapas o en las tablas de madera de los marcos de los lienzos; en todos esos objetos cotidianos que, años después conformarían gran parte de su corpus creativo.

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Assemblage amb graffitti. Antoni Tàpies, 1972. © Fundación Telefónica.

No podemos contestar a todas estas preguntas, pero la exposición Sin título. La Colección Telefónica como nunca se ha visto ofrece una serie de respuestas alternativas como consecuencia de un experimento educativo inédito en España. Durante un año, cien niños y niñas de entre diez y doce años han colaborado en las labores de comisariado y han participado de manera activa en el desarrollo de la exposición. Literalmente, se les ha preguntado cómo enfrentarse al arte moderno y ellos han respondido con propuestas de espacios expositivos y con reinterpretaciones de casi setenta piezas de pintura, fotografía, obra en papel y escultura de artistas nacionales e internacionales, incluyendo a Magritte, Chillida, Picasso y Tàpies, además de Eduardo Úrculo, Joan Fontcuberta, Luis Feito o Sam Taylor-Wood. En la muestra, dirigida a todos los públicos, conviven las piezas originales con las visiones de los pequeños y puede visitarse hasta el 24 de abril en el Espacio Fundación Telefónica, en el número 3 de la madrileña calle Fuencarral.


¿Quién ha sido el mayor trol del arte contemporáneo?

Tradicionalmente aquello que se consideraba sagrado a menudo se ha expresado de forma artística y, en un camino de doble dirección, lo que se etiquetaba como arte gozaba de un aura de sacralidad. Pero entonces llegó el arte moderno y con él una legión de autores afanados en romper el hechizo, en torpedear las pretensiones de una audiencia culta o que aspiraba a serlo, aquella que se planta frente a una obra mesándose la perilla y poniendo gesto de apretar fuerte, como si quisieran probar los límites de su comprensión, paciencia, buen gusto e incluso su sentido del ridículo. Artistas-trol, en definitiva. Así que a continuación les mostramos algunas de las creaciones —ya sea en forma de pintura, escultura o performance— más bizarras jamás realizadas y en el sentido original del término en castellano, pues hace falta valor para presentarlas y decir orgullosamente «he aquí mi obra», cuando procede más un «¡Ahí queda eso!». Elijan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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La Fuente, de Marcel Duchamp

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

A punto de cumplirse un siglo de su exhibición en el Grand Central Palace de Nueva York, esta obra vanguardista del artista francés Marcel Duchamp bajo el seudónimo de R. Mutt no podía faltar. Este urinario expuesto como si de una creación de algún valor estético se tratase marcó un hito al redefinir la naturaleza del arte, que pasaba a ser cualquier cosa que un artista señalara como tal. Duchamp era un hombre dotado de un gran sentido del humor y como provocación estuvo bien, dado que nadie hasta entonces se había atrevido a hacer algo así. El problema es que sus sucesores se lo tomaron en serio y lo repitieron, la pedorreta que interrumpe el acto solemne pasó a convertirse en el acto principal y la espantajeria y mamarrachez comenzaron a asomarse por lontananza.

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Cut Piece, de Yoko Ono

La culpa de todo no es de Duchamp, Yoko Ono también ha tenido su responsabilidad. Esta artista conceptual ya indisolublemente unida a los Beatles comenzó su carrera en los años sesenta con el grupo dadaísta Fluxus, que quería liberar al mundo de la influencia de la cultura europea y promover el anti-arte. En 1964 nuestra protagonista ideó esta performance que recreó en Tokio, Londres y Nueva York y que representa, dicen, «un símbolo de la vulnerabilidad y pasividad mientras la potencial violencia racista y sexista de un deseo destructivo va incrementándose paulatinamente». Suena interesante, pero le falta un embudo en la cabeza como símbolo de la alienación del hombre moderno, especialmente de los comerciales a puerta fría, y un ficus a su lado para representar que todos somos Uno con el cosmos. Su desarrollo creativo posterior ha ido precisamente en esta línea y aquí podemos oírla invocando a Cthulhu.

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Seedbed, de Vito Acconci

En 1972 la galería Sonnabend de Nueva York fue el escenario elegido para una performance ya legendaria. Bajo una rampa por la que caminaban los visitantes, Vito Acconci se dedicó a masturbarse durante ocho horas diarias mientras gritaba a los que pasaban «¡Estás empujando tu coño contra mi boca!» y «¡Estás embistiendo con tu polla en mi culo!», entre otras frases aparentemente vulgares pero no olvidemos que están proferidas por un artista contemporáneo, luego contienen más significado que los escritos de Confucio. En otras performances seguía durante horas a alguien al azar que caminase por la calle o, como en esta, se grababa hablando con la boca abierta. Una obra vibrante, toda una sinfonía de emociones y tormento existencial que hubiera sido sublime si además estuviese comiendo y soltara perdigonazos. Sí, lo que hacía aquel pariente suyo era arte, ahora ya lo sabe.

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Calcetín, de Antoni Tàpies

Foto: Canaan (CC)
Foto: Canaan (CC)

De este artista del informalismo que alcanzó renombre internacional es difícil escoger solo una. Tenemos sobre estas líneas Calcetín, una creación envuelta en polémica, de tamaño tan colosal que estaba previsto que los visitantes pudieran pasear por su interior y que tardó dieciocho años en materializarse, finalmente a una escala mucho menor. «Con él quiero representar la importancia del orden cósmico de las cosas pequeñas», afirmaba campanudo. Pero no es menos reseñable por ejemplo Pila de platos (y que pueden ver en este artículo que le dedicamos), que es eso, una pila de platos. Obra maestra evocadora y llena de matices, no es por enmendar la plana al genio barcelonés, pero si tuviera al lado una sartén con aceite de fritanga —y quizá, por qué no, con una patata frita en medio flotando, como metáfora de la soledad del ser humano en el universo— sería ya inmensa, a la altura de la Capilla Sixtina.

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Coronación de Sesostris, de Cy Twombly

Imagen: Cordon Press.
Imagen: Wikicommons..

Máximo exponente del expresionismo abstracto y miembro de la colección permanente del MoMA de Nueva York, tal como un ilustre crítico expresó sobre su obra: «El arte no recae en la finura de cada marca individual, sino en la orquestación de una serie de reglas personales no decodificadas sobre dónde actuar y dónde no, qué tan lejos se debe ir y cuándo se debe parar, de tal manera que el cortejo acumulativo de caos aparente define un original híbrido de orden, el cual a cambio ilumina un complejo sentido de experiencia humana que no esta dicho». Estamos de acuerdo, lo único que en esta pintura en concreto le sobra el palito suelto de la izquierda, que recarga de forma un tanto innecesaria el conjunto. También añadiríamos el dibujo de un enano de jardín, evocando así el contraste entre la civilización y la barbarie. El enano representaría la barbarie.

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David: imagen reverencial y vulnerable, de Sam Taylor-Wood

David Beckham durmiendo una siesta de una hora en un hotel de Madrid puede ser arte si un artista dice que lo es, lo graba en vídeo y lo se exhibe en la National Portrait Gallery de Londres. Su autora, la fotógrafa británica Sam Taylor-Wood, siente que el arte fluye de manera incesante a través de ella, sencillamente no puede parar de crear, y su carrera en el ámbito audiovisual se ha visto culminada recientemente con la dirección de Cincuenta sombras de Grey.

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Orvillecóptero, de Bart Jansen

Este artista conceptual holandés no encontró mejor homenaje a su gato Orville, después de que muriera atropellado, que ponerle unas hélices y convertirlo en un dron. El invento tuvo éxito mediático y al parecer alguien ofreció nada menos que cien mil euros por la obra durante su subasta, de manera que el día que se le muera la abuela nos tememos lo peor.

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Shoot, de Chris Burden

El F Space de Santa Ana en California fue en 1971 el escenario de una pionera representación en la que disparaban a Chris Burden en el brazo con un rifle. Mientras que en otra de sus performances, Trans-Fixed, se hizo crucificar sobre el techo de un escarabajo Volkswagen. Al final uno no sabe dónde termina el arte moderno y dónde comienza Jackass, pero en cualquier caso y afortunadamente para su integridad física terminó volcándose en creaciones menos lesivas en torno a la elaboración de vehículos no tripulados.

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Primera comunión de jovencitas anémicas en la nieve, de Alphonse Allais

Imagen: Wikicommons.
Imagen: Wikicommons.

Si en su cuadro Cosecha de tomates por cardenales apopléticos a orillas del mar Rojo mostró al mundo todo lo que podía dar de sí el color rojo, en este otro elevó su pericia técnica con los pinceles hasta rozar la perfección. Pero no se crean que fue el único ni mucho menos. Desde entonces otros pintores como Brice Marden, Yves Klein o Robert Ryman han creído que un cuadro monocromático era una buena idea, mostrando así una originalidad a la altura de su talento.

 

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El enigma de Isidore Ducasse, de Man Ray

Foto: Tate.
Foto: Tate.

Una obra que es toda ella pura expectativa —quién sabe si lo de debajo puede dejar a Bernini en un torpe aprendiz— en la que su autor, el dadaísta y surrealista Man Ray, resultó influido por su amigo el anteriormente mencionado Duchamp. Fue pareja por cierto de Lee Miller, fotógrafa de guerra de quien ya hablamos en otra ocasión.

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Mierda de artista, de Piero Manzoni

Imagen de MoMA.
Foto: MoMA.

Como estamos viendo arte es lo que un artista señala como tal, cual mago que hechiza un objeto hasta entonces perfectamente vulgar atribuyéndole así unas cualidades mágicas intangibles. Solo falta definir entonces en qué consiste ser «artista», aunque sospechamos que la respuesta será «aquel que crea obras de arte» y ya tenemos una perfecta definición circular. Piero Manzoni se tomó el asunto muy en serio e hinchaba globos a los que pasaba a denominar Aliento de artista, ponía sus huellas dactilares en huevos duros convirtiéndolos así en arte y finalmente en en 1961, durante un arrebato en el que las musas quisieron que sacara lo mejor de sí mismo, rellenó varias latas con títulos en varios idiomas que anunciaban su contenido y que hoy se conservan en museos como el MoMA o el Tate Modern.

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Tirar la bolsa de basura de Nueva creación de la presentación pública de un arte autodestructivo, de una empleada de limpieza del Tate

Imagen: El País.
Imagen: El País.

La noticia lo dice todo. Arte más allá del arte, quizá tras esta intervención de la empleada de limpieza, trol de troles, la obra hubiera resultado realmente acabada. Pero Gustav Metzger, autor de la instalación, decidió dar un paso atrás y recolocar otra bolsa de basura, pues la anterior, según declaró, había quedado «arruinada».

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Imagen: El País.

Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra

Retirada de ARCO a petición del comité ejecutivo del recinto ferial Ifema, es la obra más comentada desde ayer por la mañana en las redes junto con Fariña de Nacho Carretero. Se trata de la obra Presos políticos en la España contemporánea, de Santiago Sierra, compuesta por veinticuatro retratos pixelados de entre otros: Oriol Junqueras, presidente de ERC; Jordi Cuixart de Òmniun Cultural Jordi Sànchez, presidente de la Asamblea Nacional Catalana, los tres en prisión preventiva acusados de rebelión y sedición como consecuencia de su participación en el procés.