Rosa María Calaf: “En la televisión prima la apariencia sobre el talento”

Rosa María Calaf (Barcelona, 1945) trabajó como corresponsal de TVE en Nueva York, Viena, Moscú, Buenos Aires, Roma y Pekín, ejerció como jefa de programación en los inicios de la televisión autonómica catalana y encarna un periodismo sobrio y fiable. Su jubilación es extremadamente activa: mantiene la pasión por los viajes (a la manera antigua, de caminata y tienda de campaña) y colabora con numerosas instituciones. Es de naturaleza diplomática, pero a estas alturas prefiere no callar nada de lo que piensa. La entrevista se realiza en el hotel Casa Fuster, Barcelona.

La televisión comercial y, en general, los medios de comunicación se decantan hacia el entretenimiento. El público quiere entretenerse y la prioridad es entretener.

Claro, por eso hemos llegado hasta aquí. Es verdad que es más fácil consumir cosas sencillas, no tener que pensar, un poco de “je, je, ji, ji”, pero con esto, evidentemente, no se construye una sociedad. Hay ya dos generaciones a las que hemos conducido a pensar que consumir eso es estar informado. En la tele se maneja el concepto de ‘info-entretenimiento’, que no es información, sino un híbrido.

¿Qué ha cambiado para que eso ocurra ahora mucho más que antes?

Creo que han cambiado los medios de comunicación. Hablo desde el punto de vista de la televisión, que es lo que mejor conozco. Las grandes fuerzas capitalistas liberadas en las últimas décadas se dieron cuenta de la influencia que tenía la prensa y pensaron que se podían hacer negocios, que el objetivo no era informar sino hacer negocio; entonces se transformaron totalmente los parámetros de la prensa. “Oiga, usted, ¿quiere ganar dinero o quiere la excelencia informativa?” No es que antes los medios no ganaran dinero, pero no era ese el objetivo.

Es cierto, incluso los periódicos tradicionales que más dinero ganaban, como el ABC o La Vanguardia en sus buenos tiempos, tenían una rentabilidad relativamente modesta.

Claro, y lo mismo con las teles. Las televisiones privadas tenían como objetivo obtener ingresos mediante publicidad para garantizar una información de calidad, no ganar dinero porque sí. Ahora es más importante hacer caja, lo que supone renunciar a hacer información de calidad. Y luego está la forma en que se crean los grandes grupos. La prensa francesa, por ejemplo, está en manos de la industria armamentista. Se demuestra que esos grandes grupos no se crean con la voluntad de informar al público, sino para manipular la información. Hasta hace un tiempo tuve la impresión de que tenían algo más de pudor, de que disimulaban.

Sí, los medios buscaban más la influencia política que la rentabilidad directa.

Ahora se han alineado. Es decir, su objetivo es económico-político, porque creo que la política está cada vez más al servicio de la economía…

Completamente.

… Y que el cuerpo doctrinal en este momento es la economía y el brazo armado son los mercados; quiero decir que es otra forma de hacer la guerra, una guerra para la que no se precisan balas, como se está viendo. Entonces, ¿qué pasa? Que los medios de comunicación se han alineado con este pensamiento único que promueve un determinado modelo de sociedad. Los medios están en el origen de esta sociedad absolutamente consumista, que no piensa y se deja manipular… Y eso por un lado conviene, pero también tiene efectos nefastos, y uno es la actual crisis. Y creo, sinceramente, que los medios aprovechan la crisis para abundar en la tendencia a la precariedad que conduce a una peor calidad de la información, al simple entretenimiento, porque eso se traduce en dinero y el dinero en supervivencia.

Y es mucho más económico.

Es mucho más económico, por lo tanto todo se mezcla. Y claro, al final, ¿qué tenemos? Pues peor información y peor servicio al ciudadano, que, en definitiva, es para lo que están los medios de comunicación. Porque además hay otra cosa: siempre se ha dicho eso de que la televisión privada tiene que ser, por encima de todo, un negocio. ¡También han de serlo las sardinas en conserva, pero no al precio de añadir productos tóxicos! Tiene que haber algún control de calidad, ¿no?

Sí, pero eso es muy delicado.

Claro, cuando se toca eso en los medios, el problema es dónde está la raya y quién la marca. La libertad de expresión, en definitiva. Pero insisto, hay libertad de empresa para fabricar zapatos, pero no para fabricarlos con un producto que te haga polvo los pies… Decía esto de la televisión porque es cierto que la televisión privada es una empresa que ha de tener beneficios, pero no hasta el punto de ofrecer un producto antisocial.

Cada vez más espectáculo, y cada vez más grotesco.

Sí, porque lo que ha sucedido es que si a uno le daba por programar atrocidades, el otro programaba más atrocidades todavía. Lo grave es que cuando se otorgaron las licencias para las televisiones privadas, había una cláusula (me parece que estaba dentro de la ley) que decía que, aunque fueran privadas, no debían olvidar que eran de interés público.

Por eso se les conceden las frecuencias, una propiedad pública.

Oiga, que lo que usted hace es de interés público. Que no está usted fabricando cojines. No sé si ahora la han retirado, esta pequeña cláusula… Yo estaba en Estados Unidos cuando Ronald Reagan cargó contra la Federal Communications Commission, no sé si te acuerdas de aquello.

Sí.

Pues bien, la FCC funcionaba desde 1934 y se creó precisamente para controlar, o sea, para que las empresas que operasen en el sector de los medios de comunicación tuvieran en cuenta el interés público. Ése era el objetivo. Pues lo primero que hizo Reagan fue reducir a la mitad los comisarios, reducir los presupuestos, o sea, descafeinar la FCC. Recuerdo que, en una rueda de prensa, el presidente de la comisión, al que acababan de nombrar, habló de los recortes y dijo que no había por qué preocuparse; que, después de todo, la televisión era un electrodoméstico, no muy diferente de una tostadora. Entonces te preguntas, ‘si es verdad que es como una tostadora, ¿por qué suscita tantas preocupaciones?’ Hace ya dos o tres años, leí en el Herald Tribune una entrevista con un magnate que pretendía hacerse con la empresa que controla el Chicago Tribune, y que también tiene en su poder 27 estaciones de televisión, radios, empresas deportivas… El entrevistador le preguntaba: “¿De dónde viene ese interés por los medios de comunicación?” Y el tipo decía: “¿Interés? Ninguno en especial, a lo que voy es a ganar dinero”.

Es que se ha ganado mucho dinero.

Claro, pero eso en otra época no se hubiera dicho tan claramente.

Es perceptible una crisis generalizada de lo público. Tú estuviste en la fundación de una televisión autonómica, TV3. ¿Qué balance haces de TV3 y del conjunto de las televisiones públicas?

Se trata de desacreditar todo lo que es público. Porque en este pensamiento único en el que lo único que cuenta es el beneficio económico y poseer bienes, y no si eres persona o haces cosas que están bien hechas, o si eres solidario (pero no solidario de manera anecdótica, como cuando hay un terremoto o sucede no sé qué; no, yo hablo de vivir solidariamente)… Todo eso, en fin, se considera una antigualla. Así que, hoy en día, se impone el descrédito de lo público. Porque si tu objetivo es que lo que molesta deje de molestar, sea cosa o persona, lo más fácil es desacreditarla.

En algunas televisiones autonómicas la sumisión al poder ha sido muy descarada.

Claro, lo que ha pasado es que al ser esto tan evidente, pierdes totalmente la credibilidad. Y cuando se pierde la credibilidad, lo que viene después es el descrédito. Y entonces, el espectador, que no reflexiona porque nadie le ha enseñado a reflexionar, se lo traga y piensa: “¿para qué necesitamos una televisión pública?”

“Es tirar el dinero”.

Pues ya te la puedes cargar… Veo la situación muy mal. En estos momentos, el descrédito de las televisiones públicas es el preámbulo para ir cerrándolas o relegándolas hasta convertirlas en algo residual, porque lo que es evidente es que la televisión bien hecha cuesta dinero. Y lo que tendría que explicarse al ciudadano es que cualquier cosa pública de calidad se tiene que pagar, que es lo que no se explica. Y lo mismo ocurre con la sanidad, con la educación. Todo eso cuesta dinero, no puedes pretender que no se pague. Y, en el caso de la televisión, esto nunca se ha explicado. Como no se paga un canon televisivo, la gente se ha acostumbrado a eso, a que la tele sea gratis, pero lo normal no es eso. Cuando quieres un par de zapatos, los tienes que pagar, lo mismo que si quieres comer en un restaurante.

Sí, si quieres tener la BBC tienes que pagar.

Tienes que pagar. El canon o el impuesto, cada uno se lo monta de una forma, pero lo que es evidente es que no es gratuito. Y como esto a la gente no se le ha explicado, como todo el mundo tiene derecho a una televisión pública pero no ha de pagarla, ya que sale de los presupuestos generales, se dice que se está despilfarrando, y que eso está al servicio (en muchos casos, es así) de determinados poderes. Es muy perverso. La gente no se da cuenta de que se trata de una televisión pública y que debe ejercer como tal, es decir, prestar servicio al ciudadano, a la mayoría de los ciudadanos. Es dramático.

Tú has estado en TVE. ¿Ha sido útil al ciudadano en estos últimos años?

Estos últimos años, creo que sí. En Televisión Española, el gobierno de turno siempre ha tratado de apropiarse de los informativos, eso es cierto, pero esta última etapa ha sido, a mi juicio, la más independiente. Y me consta porque lo he vivido. El director de informativos, Fran Llorente, ha tenido broncas considerables y enfrentamientos importantes porque ha luchado por mantener su independencia. ¿Y ha servido para algo? Evidentemente, no.

Se acabó.

Por eso te digo. Es que no aprendemos nada, es terrible. Alguien que no recuerdo dijo que el mayor mal de España eran los retrocesos. Creo que es cierto, damos tres pasos adelante y dos atrás. No se acaba de consolidar nunca nada. Y pasa que ahora se cargan unos informativos que funcionaban bien. Ya no envían al motorista con la orden de cese, no, ahora basta con un correo electrónico. A mí esto me indigna y me da mucha pena, porque significa que no hemos aprendido nada. Y sí, creo que TVE en esta última etapa ha ofrecido un servicio. Y no hablamos solo de informativos; también ha habido vocación de servicio a la hora de hacer una programación algo más digna, con algún contenido cultural.

Una programación no tan insultante como otras.

Exacto, no tan grosera ni tan destructiva. En fin, la educación, los valores y todo eso. Aunque también se ha visto forzada a bajar un poco el nivel de los programas. TV3 también ha tratado de evitar estos programas de gritos… Porque es terrible el hecho de que este tipo de programas se estén emitiendo continuamente, que invadan toda la programación. ¿Sabes qué pasa entonces? Pues que este lenguaje tan ordinario, sin ningún tipo de respeto, se utiliza para argumentar, cuando solo son gritos, insultos y descalificaciones.

Es esto, el espectáculo.

Exactamente. ¿Y quién gana? El que grita más, el que descalifica más, el que insulta más. ¿Qué pasa entonces? Pues que se crea un modelo social. Y, claro, la sociedad que puede salir de ahí…

Estamos hablando de empresas y políticos, pero ¿y los periodistas? ¿No hemos contribuido también a esta crisis de la información?

Totalmente. Yo creo que la responsabilidad de todo esto no solo la tiene la empresa periodística. El periodismo es solo una parte de lo que le pasa a la sociedad. El periodismo, al fin y al cabo, sale de la sociedad, y la refleja. Y el tipo de sociedad que se está creando es una sociedad que no piensa, que no reflexiona, en la que se buscan consumidores antes que ciudadanos. El periodismo también sufre todo esto. Los periodistas tenemos responsabilidad, claro, porque entramos en esta corriente, también participamos de ella. Aunque algunos participan más que otros. A mí me parece que Ignacio Ramonet tiene mucha razón cuando habla de doctrina viscosa, de esa clase de adoctrinamiento que, sin darnos cuenta, penetra en los tejidos sociales. A veces te paras, piensas y dices; “Eh, ¿pero qué estoy haciendo?” Estamos atrapados por el entorno, bombardeados por todas partes. El nivel va bajando, va bajando, va bajando, y cosas que hace unos años no habríamos hecho, ahora las hacemos. Te lo digo porque en la televisión, cuando se empezaron a recortar los tiempos y a seleccionar más los temas, el gran problema fue éste. La gran pelea que hemos tenido los que llevamos más años, la gran discusión, ha sido la selección de temas, y yo a este respecto tengo que decir, porque otra cosa sería injusta, que TVE, al menos en internacional, que es lo que he vivido en primera persona, siempre ha mantenido una cierta dignidad. Pero hemos tenido que discutir de qué hablábamos. O sea, de la agenda, porque la agenda cada vez la hacemos menos nosotros. Y cada vez viene más hecha por esta estructura de agencias y grandes medios. Tú propones un tema y a veces te dicen: “Oye, de esto nadie habla”.

Sí, solo quieren aquello que ya ha salido en otros medios y pueda tener unas imágenes formidables.

Unas imágenes formidables que impactan pero que no importan. Llega un momento en que acabas hablando de cosas que no tienen importancia, y tú lo sabes, claro. Yo me he plantado como nos hemos plantado todos, seguro. Pero muchas menos veces de las que nos tendríamos que haber plantado.

Otra cosa que va a la baja es el espíritu crítico. En general, las informaciones o son amables o pretenden directamente cargarse a alguien.

Exactamente. Porque esto entra en este modelo de sociedad. Lo que se trata de evitar es que la sociedad tenga espíritu crítico, porque esto quiere decir que tiene voluntad para discutir y para decir: “Con esto no estoy de acuerdo”, pero argumentando, no diciendo “éste es imbécil y yo soy el mejor”, no, argumentando. El espíritu crítico es molesto para los poderes que quieren seguir una determinada línea.

Y ha desaparecido, la democracia está desapareciendo.

Y no pasa nada. Porque la gente se ha convencido, la han convencido, de que ser demócrata es votar cada cuatro años.

Y seguir lo que quieras por Internet y comprar lo que quieras…

Y no, ser demócrata es vivir como un demócrata, y esto quiere decir respetar al que piensa diferente, saber a quién votas, enterarte de lo que tienes alrededor, vigilar a las instituciones. Todo esto molesta mucho. Yo lo estoy haciendo con La Caixa desde hace dos años, porque creo que el espíritu crítico se tiene que empezar a inculcar a los pequeños, decir a los niños que no tienen que creérselo todo, que tienen que pensar para qué se dice lo que se dice. Con La Caixa estamos programando unas charlas en las escuelas, con los alumnos de ESO, que tienen entre 11 y 15 años, y en esas charlas lo que les intento explicar es que cuando reciben una información con imágenes tienen que preguntarse qué es lo que les están queriendo decir, y así actuar en consecuencia. Siempre hay un grupito que pone cara de “ostras, qué rollo”. Y yo les digo: sé que algunos de vosotros estáis pensando “qué rollo”; bien, es parte de vuestra libertad. Pero al menos tenéis que saber que vuestra vida no la decidiréis vosotros, que habrá alguien que la decidirá por vosotros. Entonces se quedan muy impactados. Después los profesores me dicen que aquello tiene un efecto extraordinario. Y que se hacen preguntas, porque lo primero que les digo es que se hagan preguntas. El gran problema que tiene el mundo en este momento es que nadie se hace preguntas. Todo el mundo se traga aquello que le dicen y protesta porque le han dicho no sé qué, pero nadie se pregunta nada.

¿Cuál es el sentido de todo esto?

¿El sentido de hacerse preguntas? Tener un espíritu crítico.

Pero eso exige informarse, es decir, aburrirse.

Esto ya lo decían los griegos, me parece que Tucídides: “Se tiene que escoger entre ser libre o descansar”. Ya sabían que la libertad no te la regalan. O sea, que si no haces nada, si sigues como un cordero y ya está, quizá te lleven a un lugar que te convenga, pero no lo habrás decidido tú. Se tiene que hacer un esfuerzo. Otra de las cosas que les digo a los niños, y también a los mayores, es que se pongan a dieta de medios. Igual que habéis aprendido a ir al supermercado, les digo, y habéis aprendido a leer las etiquetas. Una cosa es alimento para el cuerpo y la otra es el alimento mental. Tenemos que saber, y esto es difícil porque requiere un esfuerzo, que los medios de comunicación no son una cosa que se come sin más. Tú no coges un yogur que está en el suelo y te lo comes, porque temes que te haga daño. Esto te lo ha enseñado alguien, porque los pobres de Afganistán, cuando los estadounidenses les echaban de comer desde los aviones, no descartaban lo que caía en mal estado porque nadie les había explicado que aquello no se comía. Y cuando enviaban arroz a los africanos, que les destrozaba el estómago porque en la vida habían comido arroz, nadie les fue a decir que aquello no lo podían comer. Esta labor debe iniciarse en la escuela, es una responsabilidad de todos. Pero no sé si llegaremos a tiempo, porque llevamos unos años fatales.

Y se ha acentuado el elitismo. Hay muy buenos medios, como The Economist…

Ya me dirás quién lee eso. Y qué sociedad estamos construyendo: una sociedad con una franja de élite, bien informada, que va a una escuela privada carísima, con un nivel cultural aceptable. Y una masa absolutamente desinformada. De hecho, la masa siempre ha estado desinformada a lo largo de la historia de la humanidad. Porque no dejar saber es una forma de dominar.

La tendencia era democratizar el conocimiento.

Sí, aprovechar el progreso tecnológico, que podía aportar bienestar económico, que incorporaba mucha más gente a la posibilidad de formarse y todo esto, pero está claro que cuando los poderes de la élite, que son los que quieren permanecer en el poder, se dan cuenta de ello, se dicen: “¡ostras, tú, qué estamos haciendo!” Lo que conviene es gente formada técnicamente, pero no como personas ni como ciudadanos.

Ya que hablamos de formación, hablemos de tu formación.

Creo que tuve mucha suerte. Crecí en una familia que no tenía problemas económicos y pude ir a buenas escuelas. Mi abuelo materno fue a la India en 1902, después a Estados Unidos. Nació en una familia de labradores de las tierras del Ebro y fue una persona emprendedora. Tenía una muy buena relación conmigo, y me explicaba cuentos, pero con personas de verdad. Recuerdo que me hablaba de pueblos de la India, y que un amigo suyo montó un pueblo allí al que llamó Rocafort de Queralt… Cuando yo era pequeña tenía muy presente estos cuentos. Mi padre fue un gran lector y también viajó mucho. Yo tuve una suerte extraordinaria, porque el entorno me lo puso fácil de pequeña. Mi padre era un liberal, en el sentido de que a mí, que nací en 1945, siempre me dijo: ‘Tú tienes que hacer lo que quieras hacer, tu límite es no perjudicar a los demás, así que si quieres, estudia’. Me dio una libertad total. Y a los 13 me envió a estudiar un verano sola. La primera vez me envió a la Escuela Internacional de Vichy, algo muy atípico en aquel momento. Y a los 17 años me fui, haciendo autostop, a 400 kilómetros de Estocolmo. Los amigos de mis padres estaban espantados. “¡Cómo la dejáis ir!”, les decían. En aquel momento, a principios de los setenta, no creo que ninguna niña de 17 años (a los 17 años éramos niñas, ahora no) viajara por Suecia haciendo autostop. Pocas habría. En la escuela francesa de Barcelona donde estudié, en Tuset con Diagonal,seríamos unos 20, o sea que era todo muy atípico. Si no lo hubiera aprovechado, habría sido para abofetearme.

Enseguida te interesó el periodismo.

No. Yo hice derecho, tenía clarísimo que tenía que hacer una cosa que fuera del interior al exterior, que me permitiera salir al extranjero, por las cosas que me explicaban mis padres y abuelos. Viajé con mis padres por España y Cataluña, porque mi padre siempre decía que primero se tenía que conocer lo propio y luego, el resto. Con 17 años me fui a Estados Unidos, a una casa en Vermont, algo muy extraño en aquella época… Y vi que el mundo de fuera no tenía nada que ver con el mundo de aquí, y las chicas que iba conociendo fuera hacían cosas que aquí no se hacían (bueno, yo sí las hacía, pero yo era un bicho raro). Decidí hacer la carrera diplomática, por eso estudié derecho. Cuando cursaba cuarto se abrió la Escuela de Periodismo, porque hasta entonces no había donde estudiarlo, y como a mí siempre me había gustado escribir y hablar, y en la escuela pronunciaba siempre los discursos de fin de curso… Unos cuantos de la Facultad de Derecho, entre ellos Magda Oranich y Marc Palmés, que murió, hicimos el examen de ingreso para entrar en periodismo. Y empecé a hacer periodismo, primero tres asignaturas al tiempo que hacía cuarto de derecho, y así fui tirando. Nos habían dado un programa en Radio Barcelona que se llamaba Antena Universitaria, sobre temas universitarios, pero en el que después entraba de todo. Yo hacía cosas de cine, que siempre me ha gustado mucho, y radiábamos tertulias…Te estoy hablando de 1965, de un periodo muy convulso. En 1968 nos fuimos disparados a París. A todo esto, yo había terminado derecho y quería hacer la carrera diplomática, así que me fui a Madrid, pero antes estuve en Estados Unidos para formarme en política internacional, haciendo cursos de extensión que serían lo que ahora son los másteres, y en los que daban clase personas como Nelson Rockefeller o Jimmy Carter, que preparaba su campaña presidencial. Aquello para una chica española era alucinante. Aparte del programa de Radio Barcelona, había empezado unas colaboraciones en Radio Peninsular, que era algo así como la rama comercial de Radio Nacional, y a la que llegué porque necesitaban una mujer que hiciera reportajes de calle. Fui la primera chica que trabajó con unidades móviles de calle, con Ricard Fernández Déu, que había sido alumno mío en derecho (porque cuando acabé derecho di clases). Pues bien, supe que buscaban a una chica para hacer unidades de calle, e hice una prueba con José Joaquín Marroquí. Hacíamos un programa de tarde, y recuerdo que, en la calle, para salir en antena, teníamos que situarnos en esquinas muy concretas, porque si no, no se enlazaba… Sólo podíamos enlazar desde determinados puntos, pero era muy divertido. Yo esto lo estaba medio haciendo, pero mi idea, ya digo, era entrar en la Escuela Diplomática. Y entonces me fui a Madrid e hice creo que tres meses de unos cursos que daban los propios diplomáticos en el Palacio de Santa Cruz, la sede de Exteriores. No sé si lo recuerdas, pero entonces cursar la carrera diplomática era muy complicado y muy clasista. Aún lo sigue siendo, pero no tanto. Total, que empecé a tomar clases, pero notaba que cada vez me gustaba más el periodismo, me daba cuenta de que podría hacer más en el exterior como periodista que como diplomático. Porque está claro que aquello era envarado, jerárquico…

Todavía lo es.

Todavía lo es. Era alucinante. Una vez hicimos un ejercicio para el que teníamos que traer unas fichas con citas de filósofos, de sociólogos, de artistas famosos, y entonces nos intercambiábamos los trabajos y estaba muy bien. Escribí sobre Oriente Medio y el comentario del profesor fue: “Tú, está muy bien, pero sólo has puesto una cita célebre, convendría que pusieras más”. Yo le dije: “Quizá sea más importante que desarrolle pensamientos y análisis sobre esto”. Y entonces pensé: “aquí no encajo mucho”, y ya está, fue un clic.

¿Y el periodismo internacional?

Fue mucho después; 13 años después, exactamente. Fue en Nueva York, con casa puesta. Supongo que a ti también te pasa, que te vienen los estudiantes de tercero o cuarto y te dicen: “Yo quiero ser corresponsal, ¿qué se tiene que hacer?” Nadie nace corresponsal; a mí, serlo me costó una serie de años de los que estuve encantada, porque aprendí a hacer televisión desde abajo. Yo he hecho de todo; he hecho sociedad y prácticamente de todo, pero mi idea siempre fue la información internacional, que era lo que me interesaba. Me dediqué a la radio y a la tele y a prepararme para internacional, pero desde el periodismo, porque yo quería ser corresponsal. Y en aquella época, ya te digo, hacía de todo. Al principio, hacía local en Barcelona, con Alfredo Amestoy, a mediodía, y en los telediarios, y en un programa de tarde que hacía Raúl Matas. Cuando volví de Estados Unidos, de los cursos de que te hablaba antes, pensé que si quería hacer internacional tenía que trasladarme a Madrid porque en Barcelona no había posibilidades. Estuve haciendo programas en catalán, los primeros programas en catalán que se emitieron en TVE; en el Mare Nostrum, la reportera era yo, y después vino Giravolt.

Pasaste por todo.

Sí, está claro, ésa es la buena escuela. Y con grandes referentes, con gente de la que aprendías desde que te levantabas hasta que te ibas a dormir. Por ejemplo en Mare Nostrum y Giravolt trabajé mucho con Carlos Sentís. O con José Joaquín Marroquí, que desgraciadamente murió hace unos años y era una bestia televisiva y radiofónica, porque ya entonces tenía un concepto de la tele y de la radio muy anglosajón. Y estaba Joaquín Soler Serrano. Había gente de la cual podías aprender muchísimo. En Madrid, mi primer trabajo fue en aquel programa que se llamaba 300 Millones.

Un programa de divulgación hispano-americano.

De divulgación, porque en toda América era un experimento. Algunas veces cuando lo he explicado a colegas americanos o de la BBC se han quedado boquiabiertos de que en aquellos años fuéramos capaces de hacer un programa en directo, con la tecnología de entonces, semanal, con 14, 15 o 16 países conectados en directo. Un programa que recibió muchas críticas, aunque eso evidentemente aquí no lo supimos… Pero era una idea buenísima, un experimento fantástico. A mí se me permitió hacer la parte informativa y viajar por todo el mundo. Yo controlaba el guión, los reportajes, un poco todo.

Un paréntesis, dada tu condición de pionera: ¿Qué pasaba con las mujeres de la tele, de la prensa? Mi impresión es que no se ha conseguido ni de lejos una posición paritaria y que el papel de las mujeres se ha frivolizado.

Creo que ha habido un retroceso que forma parte de lo que decíamos antes sobre esta sociedad de la banalización, del entretenimiento. Es lo que dice Mario Vargas Llosa en su último libro: la sociedad del espectáculo es hacer espectáculo. Creo que habíamos luchado mucho y habíamos conseguido un cierto peso, no solo en el periodismo, sino en muchas esferas. ¿Cómo se frena esto? Pues frivolizando y desacreditando. Es decir, devolvemos la imagen al objeto, lo que supone un retroceso brutal, porque quiere decir que aquello que habíamos ganado, lo hemos perdido. Y esto se ve muchísimo en las series y en la información. Prima la apariencia sobre el talento, el espectáculo en lugar de la información. Aquí también entraría lo del “techo de cristal” y, además, el hecho de que en los medios de comunicación lo fácil es frivolizar, buscar esta pérdida de peso específico. Hay mujeres con talento a las que no se contrata por su talento, sino porque tienen una buena imagen; lo que se vende es la imagen, no el talento, y así se va llenando la pantalla de clones, porque todas son de un mismo estándar: mujeres que tienen que entrar en esta dinámica de ir vestidas como si fueran a la discoteca. Y en campos como el de la música ocurre lo mismo. ¿Qué tiene que ver cantar con llevar minifalda? ¿Qué tiene que ver cantar con el culto al cuerpo? Hay muchas chicas que pueden cantar muy bien sin tener un cuerpo espectacular. ¿Qué buscamos? ¿Chicas que cantan bien o tías buenas?

Aquí hay una cuestión interesante, que es la condición estelar. Cuando, por el hecho de salir en la tele, te conviertes en estrella, llega un momento en que no te dedicas más que a eso, a ser una estrella.

Ése es el gran riesgo. Porque todo se mezcla, y el receptor no sabe si esa persona está informando o hace otra cosa. Eso está muy bien en un programa de entretenimiento, porque ahí tú no engañas. Por ejemplo, cuando compras el Lecturas no esperas encontrarte con un ensayo de política internacional. Ahí no hay engaño.

Vas a lo que vas.

Vas a lo que vas, claro. Ahora bien, cuando estás en un informativo y entras en ese juego, es peligrosísimo, porque estás rompiendo una de las claves de la comprensión de la noticia, que es el género. Y en el momento en que mezclas géneros empiezas a desorientar a la persona que te está viendo, esa frivolidad te lleva a perder credibilidad.

Hace unos meses dijiste algo sobre Sara Carbonero.

¡La que se organizó! Lo gracioso consiste en que es un caso típico de lo que te estaba diciendo. Porque además yo no la cité, no tengo la costumbre de citar a gente como ejemplo. Yo estaba hablando de la banalización, del espectáculo, de cómo la mujer había ido perdiendo peso periodístico a base de frivolizar con su imagen, y entonces el periodista me pregunta: “¿Qué piensas del fenómeno Sara Carbonero?”. Ésa fue la pregunta. Y yo le dije: “Pues que es un ejemplo de lo que digo”. No es nada contra ella, que puede hacer lo que le dé la gana, pero sí creo que ella no es consciente de que está perjudicando al periodismo, de que haciendo lo que hace está perjudicando la imagen de la mujer, porque está mezclando los géneros y haciendo creer que hace periodismo, cuando realmente no es así. En este caso, además, se mezclan muchos intereses. ¡Es de locos! ¿Y qué es lo que fue Trending Topic en Twitter? Pues que yo criticaba a Sara Carbonero, cuando lo cierto es que ni yo ni ella importamos, ambas somos accesorias en esta historia. Lo que yo traté de plantear era si recibíamos el periodismo al que teníamos derecho o nos estaban dando espectáculo más un poco de información. Ése es el debate. Lo curioso es que en ciertos medios de comunicación hubo periodistas que no lo entendieron y se apuntaron a todo esto. Está claro que tiene mucho más eco el chismorreo que el análisis. Y entonces me empezaron a llamar las radios y yo dije “eh, que yo no entro en esta polémica porque no la he creado yo; digo lo que pienso y ya está”. Y ya no tengo nada más que decir.

Es que el negocio se hace así.

Sí, y si entras en la polémica estás perdido. Te acuerdas de aquella vez que volvíamos de Santander…

¿Cuándo?

Estábamos en el aeropuerto. ¿Recuerdas que me llamó un amigo que acababa de leer por Internet que me incorporaba a la tertulia de Tele 5 con Federico Jiménez Losantos?

Sí, sí, lo recuerdo perfectamente.

Era mentira. Es verdad que me habían propuesto participar en la tertulia, yo no sabía con quién… Y les había dicho que no, que yo no era una persona idónea para este tipo de tertulia, porque hace muchos años que estoy fuera, porque no conozco a nadie, porque yo no soy de interrumpir ni de todas estas cosas. Dije que agradecía mucho que hubieran pensado en mí, pero no. ¿Recuerdas que entonces me dijiste: “Esto traerá cola, ya lo verás”? Pues la trajo, en efecto. Mi única declaración al respecto fue en Radio Barcelona, en un programa en que un grupo de estudiantes me preguntó por el tema. Y yo dije: “pues lo que ha pasado es esto, simplemente”. Es un ejemplo más de que los que publican no preguntan. Cuando ocurrió esto llamé a Tele 5 para decir que estaba muy sorprendida de que hubiera salido la noticia, porque yo ya había rechazado la oferta. Y entonces me dicen: “Perdona, es que ha habido un malentendido”. El caso ilustra lo que decíamos: en lugar de hablar de lo esencial, se pierde el tiempo con lo accesorio y si de rebote provocas polémica, pues mucho mejor, porque da audiencia.

¿Cómo vives con la popularidad?

Intento no entrar en ese juego, porque a mí me sorprende mucho. Eso de que la gente empiece a llamarme y quiera entrevistarme, que me pare por la calle. Es cierto que en la tele, hagas lo que hagas, incluso la imbecilidad más grande…

Sales en la tele.

Sales en la tele y ya está. Al principio pensé: “pero, ¿qué está pasando?” Estoy muy agradecida, porque la gente de la calle conmigo es muy amable y agradabilísima, y el 98% de las veces que me paran para decirme algo, me hablan de mi trabajo. Esto es muy reconfortante. El rincón del ego está muy bien. Y piensas que quizás has conseguido un poco la diferencia, que es lo que todos queremos. Una mujer me paró y me dijo: “Gracias a usted he aprendido muchas cosas”. Y aún mejor, hay gente que me dice: “A usted la creo”. Está claro que para un periodista no hay nada mejor. Mi popularidad tiene una base, no se debe únicamente a que salga en la tele. Hay personas que han valorado lo que he hecho, y yo lo he hecho lo mejor que he podido. Está claro que he trabajado con una cierta idea de compromiso, como todos los que nos tomamos esta profesión en serio. Quiero decir que el periodismo no es un trabajo y ya está, sino que entraña una responsabilidad, e intentas hacerlo lo mejor que puedes y tratas de aprender constantemente. En general, trato de evitar situaciones polémicas.

Porque además se retroalimentan. La polémica quiere polémica.

Yo no hago lo que hago por este tipo de polémica. Este caso, el de la polémica con lo de Sara Carbonero, a mí no me molestó, me causó un poco de tristeza que perdiéramos el tiempo en lugar de reflexionar sobre algo importante. Pero sí, tienes que tener cuidado. Yo no voy casi nunca a tertulias, aunque algunas sean serias, porque no soy “todóloga”, y en las tertulias se habla de todo, por lo que estaría usurpando el lugar de una persona que fuera capaz de hablar de cualquier tema.

Sí, está esta cosa de la todología.

Y, claro, digo que no. No quiero ir a las tertulias serias por eso, y al resto porque, sinceramente, prefiero no entrar en esa dinámica. Pagan bien, pero yo, por fortuna, ya tengo suficiente con lo que tengo. El dinero me interesa para hacer las cosas que quiero hacer, no por el dinero en sí mismo. Comprendo que haya gente que se ve obligada a hacer cosas que no querría hacer, porque no tiene más remedio, pero no es mi caso. Puedo permitirme el lujo de viajar.

¿Tu motivación para viajar es la de siempre?

Sí, me reservo tres meses al año para viajar. Colaboro con ONGs, universidades, casas de cultura o de cine, que me gusta mucho; y soy una habitual de los festivales cinematográficos. Pero tres meses son para viajar, que es lo que me gusta. Por ejemplo, el primer año tras mi regreso a España hice Australia y Tasmania; recorrí prácticamente 13.000 kilómetros por Australia. Hay quien me comenta: “debe de ser carísimo”. ¿Carísimo? Duermo en tiendas de campaña. ¿Qué creen, que voy a hoteles de cinco estrellas?

Lo tuyo es viajar de mochila.

¡Eso es lo interesante! Vivo con la gente, porque ir a un hotel no tiene ninguna gracia. El segundo año hice el sur de Bolivia, porque no lo había hecho nunca, por la parte de Potosí y después el Salar de Uyuni. Después hice Chile de norte a sur y la parte norteña de Argentina. Este año pasado hice la costa Pacífico de México, y los estados de Arizona, Nuevo México y Utah… Claro, todo esto en coche y a pie. Caminatas brutales por lugares donde sólo puedes llegar a pie. Y después, en febrero, me fui al Pacífico, porque quería conocer una zona muy afectada por el cambio climático: Kiribati, Fiyi, Tonga, Tuvalu, y todo esto. Ahora, este año, he hecho el norte de Estados Unidos: Montana, Idaho, Seattle, y Columbia Británica, Alaska y Yukón.

Y todos esos viajes, ¿te los guardas para ti?

De momento, sí. Y eso que me han propuesto cosas. A veces parece que me hago de rogar. Por ejemplo, El Periódico me ha ofrecido de todo: dominical, columna, reportajes, serie, lo que quiera. Montse Domínguez, el otro día, para el Huffington, o Carlos Enrique Bayo, de Público… ¿Sabes qué pasa? Que si viajo pensando que tengo que escribir algo no viajo igual, porque me conozco. Si pienso que tengo que escribir, ya empiezo a ponerme nerviosa, porque tendría que ver esto o hablar con aquella persona… Y lo que quiero es aprovechar el privilegio de ir viendo, charlar, hablar, a mi ritmo… Tomo notas, claro, pero no quiero hacerlo con ‘idea de’. Ahora Carlos Enrique me está presionando un poco; como somos amigos, me llama y me dice: ‘Envíame incluso las charlas estas que das sobre temas diversos’. Yo doy charlas sobre mujer, igualdad, periodismo, tercera edad, que también me interesa mucho, he hecho muchas cosas con el Inserso sobre envejecimiento activo… o sea, uno se jubila y empieza otra vez, aquí no se acaba nada… y bien, un poco esta dinámica de la gente mayor y de la imagen de la gente mayor a los medios. Después están las cosas puntuales, a veces me llaman de bancos, de centros empresariales, que si la India, que si países emergentes… Me proponen escribir, pero yo no soy de prensa escrita. Si tú ahora me dices que haga un Informe Semanal sobre no sé qué, enseguida lo tengo clarísimo, pero…

¿Nunca has hecho prensa escrita?

No, he hecho cosas muy esporádicas, muy puntuales. Siempre he sido de audiovisual, que es lo que realmente me gusta. Y claro, cuando escribo algo empiezo a darle muchas vueltas, lo que a su vez me produce cierta angustia, porque empiezo a pensar: “No, no, esto no me gusta nada”, y vuelvo a empezar, y vuelvo a no sé qué… Ahora quiero disfrutar de esta sensación de hacer lo que hago. No sufro ninguna presión y digo lo que pienso, honestamente. Me lo preparo muy bien, busco muchos datos y todo esto también sirve para enriquecerme en temas que no había tratado nunca. Ahora, por ejemplo, he hecho una cosa sobre la Unión Europea y su imagen exterior. Bien, este tipo de cosas. Eso sí, cuando empiezo, siempre les advierto: “Yo no vengo a dar ninguna lección de nada, vengo a expresar mi opinión”, que es precisamente mi gran privilegio, ahora que tengo la perspectiva de los años, de la experiencia, de no competir con nadie, sin presión… En prensa, la cosa sería diferente.

A ti, que has trabajado toda la vida explicando lo que pasa fuera, ¿qué impresión te produce el descrédito de la Unión Europea?

Me entristece, porque siempre he sido muy europeísta, siempre he creído que Europa era una buena idea, siempre he pensado que se tenía que globalizar en el buen sentido. Es decir, si tú conoces lo de fuera, lo que es diferente, resulta más sencillo alcanzar la cohesión, ir hacia un mundo mejor. Quizás es un poco utópico e ingenuo, pero siempre he pensado que es lo que se tenía que hacer. Y la UE era una gran herramienta para eso. De ahí que me dé una gran tristeza porque creo que se pierde una gran oportunidad para mejorar no sólo Europa, sino también el mundo, y creo que volvemos a lo mismo: la idea de restarle peso a la Europa de los valores y de las libertades, que vaya más allá de los tipos de interés, no conviene a determinados estamentos, y por eso se desacredita. Y si no estamos unidos entre nosotros, ¿qué tipo de ejemplo queremos exportar? A mí, al hablar de Asia, me decían: “Esta gente no se occidentaliza”. Y yo respondía: “¿Y por qué se tienen que occidentalizar?” En todo caso se tendrán que modernizar, tendrán que aprovechar aquellas cosas en las que quizá nosotros hemos avanzado más, pero ¿occidentalizarse? En Europa vamos hacia atrás, volvemos a la cultura de la confrontación y nos alejamos de la cultura de la cohesión. Porque si cuando hablamos damos más importancia a lo que nos separa, favorecemos el enfrentamiento. Si empezáramos a la inversa, esto es, por lo que nos une… Primero aquí, después en Europa, después el mundo… Pues buscaríamos los puntos de conexión y, claro, habría diferencias, pero si partimos de lo que nos une, seriamos mucho más capaces de resolver lo que nos separa. Si empezamos a la inversa no llegaremos nunca a nada.

Y ya te digo, a mí me da mucha pena, porque creo que, efectivamente, vamos atrás. Y también creo que hay una voluntad por parte de unos determinados poderes económicos para frenar el proceso, porque entra dentro de lo mismo que decíamos antes, de una sociedad que hace frente a los problemas, que no permite que pasen ciertas cosas. Es lo que decía Jacques Brel: “hacemos caridad porque no somos capaces de exigir justicia”. Yo hice un máster, cuando no se llamaban másters, sobre la Unión Europea, en el año 63 o 64, en la Universidad Libre de Bruselas.

Cuando la UE eran las “Comunidades”.

Las “Comunidades Europeas”, imagínate. Con una beca de verano de derecho, me fui a Bruselas y estuve dos meses. Lo hice porque creía en Europa.

Y ahora pinta mal.

Pinta mal.

 

Fotografía: Sergi Fuster — Agradecimientos: Hotel Casa Fuster


Gonzalo Vázquez: El telepibón deportivo

De un tiempo a esta parte el agitado panorama audiovisual, y especialmente el deportivo, subraya una tendencia cada vez más acusada. Lo ha hecho además sin disimulo ni cita previa, extendiéndose con la sibilina rapidez del contagio.

Mientras en las redacciones la proporción de mujeres y hombres no ha variado gran cosa se podría admitir una mayor presencia femenina en pantalla. Pero incluso ese posible repunte no explica el nuevo fenómeno que consiste, básicamente, en el aspecto, en exhibir un tipo de mujer muy definido, en la preferencia por un canon, o mejor, por un molde que antes asomaba, como el florero en decoración, y ahora además presenta. No es que la información haya pasado por el bisturí de la cirugía plástica. Es que información y cirugía empiezan a compartir el mismo principio. De ahí que nunca como ahora hayamos visto tanta chica mona en los espacios deportivos. No es otra la realidad a considerar.

Para avistar con mayor claridad el contraste, cuya cresta atravesamos, basta echar un vistazo a una televisión anterior.

Entre la fiebre del destape en el cine y su resurrección por los canales privados en los años noventa, con la Telecinco de Lazarov en incesante desfile mudo de hembras danzantes, de carne a la parrilla, hubo en la pantalla española, que es lo mismo que decir TVE, unos años de tregua donde tal vez lo último a denunciar era esa ampolla conocida como sexismo.

Por aquel entonces, en ese como periodo de calma, la presencia femenina en televisión, de peso gradual y tono discreto, no tenía nada de género y sí de natural fusión con el medio. La mujer era en pantalla lo mismo que el hombre, un elemento básico de la comunicación, a su entero servicio, de manera que el sexo de los profesionales y su genuina forma eran accidentales y no fundamentales. Mensaje y contenido primaban en los programas por ellas presentados. Y que las elegidas fueran guapas o feas resultaba, como el género, cosa incidental. Que pudiera haber una preferencia, que la había, no desalojaba en ningún caso una competencia anterior. De ahí que hasta los ensayos por embellecer lo femenino en pantalla, como las azafatas en Ibáñez Serrador, vinieran precedidos de una rigurosa selección artística al modo de las actrices. Aquellas chicas podían ser hermosas. Pero tanto lucían muslamen como voz y resolución, de la vis cómica al arte dramático.

En el fondo, y ayuda mucho la perspectiva, fueron años de aparente inocencia felizmente a salvo de retorcidos yugos de audiencia o paridad. La mujer fluía en pantalla y su aspecto lo hacía al gobierno de la comunicación y no al revés.

Detrás del discurso filocomunista de La Bola de Cristal se ocultaba el cerebro creador de Lolo Rico así como la promoción del respeto al público infantil veía su encarnación en la enternecedora figura de María Luisa Seco. Aquel periodo cercano a la década es tan femenino como presentador, artístico o directivo. De ello dieron cuenta mujeres como Sandra Sutherland, Beatriz Pécker, Mayra Gómez Kemp, Verónica Mengod, Sonia Martínez, Isabel Tenaille, Mercedes Milá, Rosa León, María Teresa Campos, Rosa María Sardá, Victoria Prego, Mari Cruz Soriano, Marisa Abad, Tina Sáinz, Marta Angelat, Eva Nasarre, Paloma Chamorro o María Casanova. Y en deportes, donde más escueta era la cosa, Mari Carmen Izquierdo y Olga Viza.

Andando el tiempo el flanco posterior al 11 de septiembre, que también alteró la televisión, vendría vertebrado por un batiburrillo de formatos y pastiches donde lo informativo volvía a primer plano y la guerra al terrorismo como nuevo mundo servía de coartada para la escorada politización de las cadenas. El resto, a grandes rasgos, lo formaban el género ya fallecido del testimonio, la emergencia del reality, los shows de alto presupuesto bajo el hegemónico Noche de Fiesta, que rescataba en tono satén a bailarinas que luego hacer desfilar en lencería, la epidemia totalitaria del llamado corazón que todavía padecemos con fuerza y la futbolización del deporte, siempre el deporte.

Y es precisamente bajo el gigantesco manto deportivo que se asiste de unos años acá al género más reciente, un género televisivo en sí mismo: el telepibón deportivo, esto es, la incorporación a los espacios de deportes de una o más bellezas sin mayor prioridad que su mera exposición. Es crucial el matiz. No se incorporan especialistas mujeres. Lo hacen modelos.

No deja de sorprender que fuesen los medios más ligados a la izquierda, donde el feminismo anidó siempre, quienes tomaran la delantera en esta radicalización de la cosmética informativa que rápidamente absorbería el resto del espectro televisivo. Y la sorpresa proviene de la presunción en la izquierda teórica de unos principios donde el valor de lo profesional debiera preceder al aspecto exterior, donde el presumible talento y el espíritu de sacrificio quedaran como muy por encima de la simple belleza.

De hecho ninguna cadena actuó con igual fuerza detonante y animó más el contagio que LaSexta, la selección de cuya nutrida plantilla de presentadoras y colaboradoras apenas dista de la que Zara, Bershka o cualquier otra cadena de moda promueve con sus dependientas.

Para la perspectiva futura incluso es posible establecer un efecto llamada en el programa Sé lo que hicisteis, una porción nada insignificante de cuyo éxito reposaba en la espectacular puesta en escena de ejemplares como Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado, Cristina Urgel, Paula Prendes o Cristina Pedroche. Y como en un plano de aparente mayor rigor pero en el seno de la misma estrategia se añadían en informativos Mamen Mendizábal, Cristina Saavedra, Cristina Villanueva o Helena Resano. El pastel lo coronaba un equipo de deportes que incluía a Sandra Sabatés, Sara Carbonero, Susana Guasch, Carlota Reig o Karina Kvasniova.

Al amparo de la nueva ola Marca TV presentaba de golpe y porrazo un plantel de pasarela formado por Ana Cobos, Lara Álvarez, Carolina Bueno, Marina Palmero y Alba Lago. La llamada Televisión del deporte absorbía así la nueva estrategia y se animaba a llevarla incluso más lejos. Una corte de pibones sin trampa ni cartón.

Antes, durante y después se habían venido sumando al entero espectro audiovisual nuevos encantos de cámara en los nombres de Mónica Martínez, Noemí de Miguel, Fe López, Carolina Alcázar, Nira Juanco, Ainhoa Arbizu, Desirée Ndjambo, Lourdes García Campos, Marta Solano o Irene Junquera entre otras. En suma, no queda cadena que no se precie de ellas.

Se abre así con periodos anteriores una fractura reseñable, un salto cualitativo, como una revolución estética de la presentación, eso sí, exclusivamente femenina. Allá donde el hombre puede ofrecer una mayor diversidad de aspecto se encuentra el molde de la mujer cada vez más encorsetado y uniforme, más a salvo de alternativas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho y nada cabal habría en recular a ningún sitio. Pero mucho más flagrante aún el reciente y como repentino ascenso del criterio estético, su total predominio sobre cualquier otra consideración, incluida la competencia profesional, en relativo suspenso en el proceso de selección.

No se trata de desgranar la capacidad de cada una de las profesionales citadas, que sería como hacerlo con la de sus homólogos hombres. Como en ellos las hay buenas y malas. Se trata de poner en la diana el denominador común, especialmente en las meras lectoras del prompter, de su cosmética poderosa, de la primacía del atractivo radiante, inmediato y gomoso, formando todas en conjunto una nueva generación, un género televisivo paradójicamente no basado en el género como ingenuamente pudiera parecer. Sino en la salvaje selección de género. Porque donde antaño pudiera haber una ligera inclinación ahora no cabe alternativa.

Es evidente que en televisión se cumple como en ningún otro sitio aquella máxima de Berkeley según la cual “ser es ser visto”. Ante la proliferación de canales y la fragmentación de las audiencias los directivos promovieron diferentes estrategias comerciales una de cuyas manifestaciones más compactas ha dado en el telepibón deportivo, un intento por redoblar la atención del espectador y hechizarlo a base de rostros bonitos, mejor cuanto más llamativos.

De la desvergonzada puesta en escena de las mamachicho a estas muñecas de la información puede haber, y de hecho hay, un mundo de distancia. Se ha pasado de la glotona carne muda en movimiento a la maquillada locución de estilismo patrocinado. El cuerpo femenino se ha visto, pues, cubierto por esta sorda filigrana. Y sin embargo la raíz del fenómeno dista de aquellos lodos mucho menos de lo que pudiera presumirse.

En el fondo de la percepción directiva reposa, en términos de audiencia, la certeza de que a la atracción de la colosal manada de machos es posible sumar cierto magnetismo femenino a la belleza femenina, sea cual fuere su reacción espectadora, de la morbosa expectación ante Carbonero al primitivo recelo misógino de la competencia natural al finísimo examen que en ellas causa el estilismo. El caso es quedarse. Y la belleza parece que lo consigue.

Hace tiempo que la televisión suplantó al medio de comunicación por el medio de exhibición, a la estantería por el escaparate. El cinismo y una calculada presunción demagógica han conseguido que enunciar esto, tan solo enunciarlo, suene a como represivo y anticuado. Y sin embargo nada explica mejor lo ocurrido en estos últimos tiempos que la cosmética actualización del espíritu del destape a través de esta como playmateización deportiva y su plétora indumentaria en generosos escotes, labios pronunciados, curvas definidas y cabellos de anuncio.

No importa si hay algo que decir. Porque igual que los sucesos despolitizan la realidad los pibones desustancian el mensaje. La banalización es así extrema: se banalizan ellas, se banaliza la información, se banaliza el espectador, se banaliza el medio. Y todo ello en un contexto donde el deporte encuentra en la futbolización su ideal banalizado.

En un informe realizado conjuntamente por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF), la Universidad Politécnica de Madrid, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de la Mujer (El Deporte Femenino en los Medios de Comunicación, nov. 2009) se establecían una serie de objetivos preliminares y conclusiones. De los seis que vertebraban el primer punto uno refería “la influencia que los medios de comunicación tienen en la visibilidad de las mujeres en el deporte” más allá del deporte. De las nueve conclusiones la cuarta denunciaba “el efecto fagocitador del fútbol en los medios”; la sexta el tratamiento “impregnado de estereotipos de género y la información” propensa “a resaltar más a la mujer que a la deportista, una creciente tendencia a presentar a las mujeres deportistas como iconos eróticos más que como ídolos deportivos en sentido estricto”, un debate aparte. Y la octava, en clave lapidaria, “la aplicación de una mirada androcéntrica”, esto es, una política de hombres.

En el fondo, deportivamente hablando, esto siempre ha sido así dada la condición incorregible de la genética masculina, inflamada para colmo por las urgencias del mercado y las cuotas de pantalla. Pero mientras antaño esta selección hormonal de mujeres quedaba en petit comité y se obraba, en última instancia, con arreglo a criterios de mayor peso profesional ahora el criterio de mayor peso, tal vez ya el único operativo, es el estético. Y todo ello sin el menor disimulo. Dicho en claro: “Usted está buena, adelante; usted no lo está, fuera”.

La exclusión salta pues a la vista.

El caso de Sara Carbonero, por enconada intensidad, es tal vez el más representativo del fenómeno. Para empezar el problema de Carbonero, como el de todas estas jóvenes, no es suyo. Es que a través de ella ha estallado por fin la raíz misma de la ofensiva, resumida en que una jovencita mona es colocada a dedo por directivos cuyo único interés reside en absorber la atención de una audiencia mayoritariamente masculina, caldearla y extraer un rédito comercial de todo ello. Que las presuntas cualidades pesaran algo en su selección, incluso merezcan ser reseñadas sobre su aspecto, es un atentado a la veracidad.

En el caso Carbonero interviene además un añadido explosivo. Su presencia algo distante y fría, como una endémica falta de gracia natural y un tono de princesona aburrida podrían resultar válidos, en términos televisivos, en el borde de un sofá de programa matinal en, pongamos, sección de moda. Pero ocurre que esta figura de aspecto delicado ha sido arrojada al campo de batalla más masculino de todos, a la trinchera del fútbol y su sanguínea simbología vociferante, enérgica y grosera. Incorporar a esta joven de cristalinos ojos manga que susurra aristocrática mientras se mesa el cabello equivale a colgar una lámpara de palacio en una cuadra. Es tal el contraste que difícilmente el fondo del debate debiera ser distinto si Carbonero luciera un aspecto menos afortunado. Mientras no habría la menor disonancia en otros formatos de pantalla su artificial admisión por el fútbol insulta al sentido de la proporción.

Así ha ocurrido, para desgracia de la chica, que la española costumbre de la inquina, la infecciosa envidia, su natural tendencia al linchamiento y la espantosa potencia de las redes sociales han llegado a convertir a Carbonero, en el peor caso, en mártir de una causa que no merece. Hasta sería digno de reflexión el connivente silencio del género femenino, que termina viendo en ella a la quintaesencia del nepotismo estético y el desprecio al criterio profesional; una niña bonita colocada a dedo bajo retribución astronómica, una reina de la noche a la mañana, como una Letizia del fútbol.

Hay algo aún peor en todo esto. Un fenómeno también típicamente español que Bordieu denunció hace ya tiempo: “Incluso puede suceder que periodistas de televisión alcancen posiciones muy importantes en la prensa escrita, lo que pone en tela de juicio la especificidad misma de la escritura, de la profesión: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora, por fuerza hay que preguntarse en qué consiste la competencia específica del periodista” (Sobre la Televisión, Bourdieu, Anagrama, 1997, p. 72).

Y es el caso. Porque la misma Carbonero, de quien se ignoraba todo escrito, aparece de súbito firmando columnas en un diario nacional, otra maniobra puramente comercial que actúa como contrapeso, un artificio revestido de compensación de la belleza, como una patética justificación de presuntas facultades.

Cabe preguntarse también por qué razón ocurre todo esto en el llamado periodismo deportivo. Una de las respuestas llega indirectamente de otra mujer, una periodista animal de la información, Àngels Barceló, recién entrevistada en estas mismas páginas. Preguntada por el fenómeno Carbonero la veterana periodista, a quien la dictadura estética le llega tarde, respondía por el desliz de Sara con el penalti de Iniesta. Y lo hacía a la presunta gravedad del error en contraste con otras esferas de la información: “Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente”.

Curiosamente, en un momento avanzado de la Eurocopa 2008, Barceló asumió el mando de la mesa que presentaba el especial Zona Cuatro desde la plaza de Colón. Una figura de informativos se colaba de pronto en el espacio deportivo de la cadena. Y lo hacía con rotundo acierto dada la poderosa versatilidad de la presentadora. Pero es el intercambio de escenarios lo que merece consideración. Porque resulta impensable en sentido contrario. Impensable que alguna de estas sports ladies ocupe de pronto papel prioritario en, pongamos, Internacional o Economía ante un evento de gran magnitud al modo en que Barceló lo hizo en la Eurocopa. La lectura de algo así pone en entredicho el presunto examen de cualidades y desciende el periodismo deportivo a su escala omnívora más baja, al ambiente del bar Manolo tras cuya barra parece admitirse todo: de Ronceros a Carboneros.

España no se ha abismado aún en algún ejemplo extranjero donde la presentadora de informativos o el tiempo va desnudándose frente a la cámara. Y tampoco el fútbol ha colado, de momento, una Marika Fruscio. No quepa duda de que si se diera el caso algún directivo, periodista orgánico o cualquier otro secuaz corporativo defenderían la maniobra en términos de imagen reiterando, como suelen sin más, que “es televisión”. Como si el lenguaje televisivo admitiera los hechos consumados como el militarismo los daños colaterales. Es lo que tiene la indiferencia ética.

La misma polémica Carbonero palidece ante ejemplos como los de Erin Andrews o la mexicana Ines Sainz. Pero en estos casos se observa cómo interviene lo peor masculino sobre lo frágil femenino. Cómo el encendido del negocio primario aplasta a un tiempo la entidad del valor profesional y del consumidor como sujeto inteligente.

Llevado esto a la realidad considere el telespectador cada vez que tenga frente a él a una de estas monadas lo verdaderamente ocurrido. Piense que en un momento de la selección que dio con una de ellas en pantalla, el momento decisivo, alguien a espaldas de la chica, alguien seguramente hombre, de traje, corbata, esposa, niños y buena reputación en el gremio, exclamó a otro igual o subalterno algo así como: “Ésta es la más guapa”, un mero formalismo que con seguridad se enunció al modo: “Joder, qué buena está”. Si esto es así, y lo es en, pongamos, la información deportiva, es de imaginar qué no ocurre cuando, sin restricción informativa por medio, la presa de caza tiene un cometido meramente ornamental.

Aquí es donde el sexismo de pantalla se dio siempre los mayores banquetes. Un fenómeno crudamente trazado por la socióloga Lorella Zanardo en el espeluznante documental Il Corpo Delle Donne (El Cuerpo De Las Mujeres) sobre las terribles consecuencias de la berlusconización de la TV en Italia.

Contra todo lo antedicho podrá alegarse que nada malo hay en disfrutar de una simple vista agradable con las informadoras de pantalla. Es posible. Pero entonces urge preguntarse dónde queda el sentido de la profesión, dónde el valor de la experiencia —Doris Burke o Jackie McMullan no cabrían en el modelo ibérico actual— y, dónde, he aquí lo grave, el derecho profesional de las menos agraciadas físicamente. Si no ha podido llegar para todas la fatídica hora de suplantar la Facultad por la Agencia de Modelos.


Àngels Barceló: “Los informativos de las televisiones privadas no dan información, es otra cosa”

Àngels Barceló (Barcelona, 1963) nació el año en que mataron a Kennedy; desde entonces todo fue un lento progresar hacia la primera línea de los acontecimientos. Prácticamente no ha sucedido nada en España, ni en el mundo, durante los últimos 30 años que no haya sido narrado desde la primera fila por esta periodista comprometida con el oficio, ya sean atentados terroristas, catástrofes ecológicas, golpes de estado o goleadas azulgranas (que algunos también podríamos considerar una suerte de armagedón). Hoy le preocupa la deriva del periodismo, la pérdida de la necesidad de narrar, de vivir la noticia, de tocar la calle; un impulso que ha dado paso al anquilosamiento de la profesión, ya sea en un despacho, ya en una trinchera figurada. Y de este modo, algo que empezó por casualidad se ha convertido en una forma de entender la vida.

¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

Es una forma de entender la vida. Para mí un buen periodista tiene que tener compromiso, curiosidad y mucho espíritu de trabajo. Así entiendo yo la profesión; no sé si eso es ser periodista, pero así la entiendo yo. Se ha de querer preguntar y querer saber… Y otra cosa que he hecho siempre en los medios audiovisuales es sentir una necesidad brutal de contar las cosas.

¿Notas que esa necesidad se ha ido perdiendo entre tus compañeros?

En la profesión se ha ido perdiendo la curiosidad, y están haciendo perder las ganas de trabajar, pero no creo que sea tanto responsabilidad de los periodistas como de cómo está el ambiente empresarial y político. Siempre pongo como de ejemplo periodístico a Josep Martí Gómez, que es un periodista de Barcelona que roza los 80 años y que no entiende ninguna manera de hacer periodismo que no sea con su libreta y su bolígrafo, que creo que es como debe ser. Y es algo que se está perdiendo.

¿Qué se podría hacer para recuperarlo?

Primero, que los que son periodistas se crean que lo son y se crean esta profesión, que no es solo hacer una carrera y trabajar en un medio de comunicación: es una profesión que, si te la crees de verdad, es tu vida. Requiere mucha dedicación, e interfiere mucho en tu vida.

Ahora que casi todas las noticias vienen por agencia, ¿tiene las mismas posibilidades de destacar un periodista que empieza ahora que los de antaño?

Eso es lo malo, que ya no les dan esta oportunidad. A mí me da pena, porque las nuevas generaciones de periodistas que llegan ahora, que vienen becados, no tienen oportunidad de trabajar con alguien que les enseñe realmente lo que es el periodismo. Ellos tampoco tienen muy claro lo que representa, pero cada vez cuesta más encontrar periodistas séniors que se lo puedan explicar. Hay una frase de Martí Gómez que dice “esta profesión es como un sacerdocio”. Y yo así lo entiendo, por los sacrificios que requiere, pero también por las cosas maravillosas que te depara.

¿Ese conocimiento no se transmite de los veteranos a los que llegan?

Cada vez quedan menos veteranos. Además, en este país hemos pecado de que la gente, en cuanto se hace mayor, y por mayor me refiero a que tengan más de 40 años, tiene un afán de despachos muy importante. La gente no ha entendido que puedes ser periodista de la calle hasta los 78 años, y esto ha hecho mucho daño a nuestra profesión, porque los veteranos se han ido apalancando. Los jóvenes tienen que entrar, pero tienen que entrar siempre acompañados de los que ya saben. En este país ha habido mucha “despachitis”; la gente ha pensado que cuando ya tenía una edad determinada tenía que ser “Jefe de”, luego “Subjefe de” y luego “Más jefe de”; y esto ha hecho daño a la profesión.

¿Qué haces para evitar caer en esa “despachitis”?

Decir que no. Y he tenido muchas oportunidades.

¿Sigues saliendo y teniendo contacto con la calle?

Intento hacer todas las coberturas que puedo. La semana pasada estuve en la Mina de Santa Cruz, con los siete mineros encerrados. Soy el martirio de mis jefes, porque siempre estoy pidiendo que me dejen ir a sitios. No entiendo el periodismo sin el contacto con la calle. He tenido muchas oportunidades de estar sentada en un despacho, tanto en Cataluña como aquí, y siempre he dicho que no. Porque yo soy periodista, no soy gestora de nada. Solo sé hacer bien mi trabajo.

¿De dónde viene tu querencia por el periodismo?

De casualidad. Yo no tenía ningún tipo de vocación; me apunté a hacer Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona como me podría haber apuntado a hacer cualquier otra cosa, pero poco a poco entré en el vicio este. Porque es un vicio absoluto. Quizá decir adicción sea exagerado. Muchas veces me he planteado abandonar; voy a cumplir 49 años y me pregunto qué más puedo contar, porque he contado cosas brutales. Yo siempre decía que una de las cosas que quería contar era la paz en Euskadi y el fin de ETA, y lo conté desde San Sebastián el día que ETA sacó el comunicado diciendo que cesaba la violencia. He contado en directo la caída de las Torres Gemelas, los atentados de Atocha, la victoria por mayoría absoluta del Partido Popular… ¿qué más me puede pasar? El día del 11S, que me pilló en directo en el informativo del mediodía de Telecinco, hice un programa desde las 2 hasta las 12 de la noche, y cuando acabó el programa me llamó una compañera que trabajaba en otro medio y me dijo: “Àngels, hoy ya nos podemos retirar.” Y le dije que no, porque después de eso vendría otra cosa. Además, en mi caso mi trabajo tiene un punto de egoísmo, porque yo quiero contar las cosas. Quiero ser yo quien las cuente.

Después de haber hecho tanto radio como televisión, ¿qué medio prefieres?

Es muy difícil decidirse por uno u otro, cada uno tiene lo suyo. Por ejemplo, el programa de la semana pasada desde la Mina de Santa cruz solo lo podía hacer por la radio, porque en la radio te desnudas y no puedes engañar, el oyente se da cuenta en seguida, pero no tiene la imagen, y la cobertura de la mina es muy radiofónica. Pero la cobertura de la revolución de la plaza Tahrir en Egipto es muy televisiva; yo la cubrí para la radio y echaba de menos el momento de la imagen, el poder acompañar todo lo que estaba contando con la imagen. No me puedo decantar por un medio o por otro. A veces estoy haciendo algo para un medio y echo de menos al otro y viceversa.

¿Al principio de tu carrera encontraste alguna dificultad añadida por ser mujer?

Sí, por ser mujer y por ser muy joven. Tenía que ganarme la credibilidad de la gente.

¿Crees que en este aspecto todo sigue igual? Hoy en día no hay tantas mujeres periodistas de relevancia como hombres.

Además acabamos de dar un paso tremebundo para atrás, sobre todo en televisión. Hubo una época en la que Olga Viza presentaba un informativo, Àngels Barceló presentaba un informativo… había gente de una cierta edad y trayectoria que hacía periodismo en televisión, pero ahora la televisión ha optado por otro tipo de mujer periodista, y en esto hemos retrocedido muchísimos años. Hay un perfil de mujeres que ya no tenemos espacio en televisión, pero los hombres sí.

¿Te refieres a que se escoge a los hombres para hacer periodismo serio mientras que a las mujeres se las escoge por el aspecto físico?

Sí, no tengo ningún complejo en decirlo. Me refiero a televisión. En radio, en cambio, no me he encontrado ningún problema: se ha confiado en mí y si soy mujer, soy mujer, no pasa nada.

¿Incluso entonces, a principios de los años 80, cuando empezaste en la radio?

Hice radio muy pocos meses, y después entré en televisión. El físico era importante, pero también pesaba que supieras hacer las cosas bien. Yo creo que ahora esto no se tiene en cuenta, el físico es lo que tiene más peso.

¿Qué opinas del revuelo que se ha montado con Sara Carbonero desde hace dos años?

No te voy a hablar de hace dos años, hace unos días (el partido de semifinales de la Eurocopa España-Portugal) Sara Carbonero le preguntó a Iniesta si le habría gustado tirar un penalti, cuando lo había chutado y lo había marcado. Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente. “Me acaban de nombrar”… A lo mejor soy excesivamente exigente con el trabajo de la gente, igual que con el mío. Uno puede cometer un error de vez en cuando, pero…

¿Qué te parece cómo está planteada la radio, con un modelo basado básicamente en la publicidad? ¿Está agotado ese modelo? En la SER hay un ERE, por ejemplo.

No creo que haya que cambiar de modelo. Los medios de comunicación también hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; había una burbuja en la que entraba mucha publicidad y en la que todo funcionaba bien, y esto se ha acabado porque la crisis se ha llevado por delante el modelo de país. Hay que adaptar el modelo a la situación y las circunstancias, no podemos vivir igual que lo hacíamos hace diez años. Ni nosotros, ni el señor de la tienda de aquí delante, ni nadie. Todo ha cambiado y tenemos que adaptarnos. El peligro reside en aceptarlo renunciando a lo que nosotros hacemos, que es periodismo. Tenemos que adaptarnos a los tiempos que corren sin dejar de poner el valor en el producto que damos, que es la información. La crisis no debe afectar a la información.

¿Qué implican estos nuevos tiempos para un programa de radio?

Hacer filigranas. Hacer lo mismo con menos, que se puede hacer. Tener mucha capacidad de inventiva y mucha imaginación. Yo soy la más vieja de mi equipo, por algo soy la jefa; tengo un equipo muy joven, y ahí donde a mí se me acaba la imaginación ellos siempre tiene una idea que va más allá con menos coste económico. Pero me niego a pensar que el modelo de radio se haya terminado, porque la gente la escuchará en Internet, en el iPhone… me da igual donde la escuche, pero hay que hacerla con un micrófono delante en un estudio. El modelo no cambia.

Antes has nombrado a Olga Viza. Ella nos comentaba, refiriéndose a la prensa deportiva, que el sectarismo era la base del negocio.

Sí, pero en la prensa generalista pasa igual.

¿Es una consecuencia de la lucha por la cuota de mercado?

El forofismo vende, cada vez lo tengo más claro. Y no por lo que haga mi emisora, que yo podré quejarme de muchas otras cosas, pero afortunadamente somos una emisora plural. Es verdad que somos un grupo progresista, con determinadas cosas muy claras; para empezar, en mi programa nadie grita, y nadie dispara contra la trinchera contraria. A todo el mundo se le deja hablar. Pero el sectarismo sí que vende, y lo estamos viendo en las tertulias de televisión, por ejemplo. Cuantos más gritos, insultos y enfrentamiento, más audiencia. Y es otro factor que está contribuyendo a acabar con nuestra profesión. Además se llama periodista y periodismo a cosas que no son ni lo uno ni lo otro.

¿Qué reflexión hacer cuando ves que el que más grita es el que más audiencia tiene?

Quiero abandonar el país, quiero exiliarme. Últimamente utilizo mucho la frase “¿En qué país vivimos?” Yo nunca estoy a favor de la confrontación o la trinchera, me molesta muchísimo el grito y la agresividad, incluso en la entrevista. Intento sacarle todo a la gente, pero siempre con métodos que no empleen la agresividad. En un momento como este, en el que el periodismo debería ser el sustitutivo de la clase política, nos hemos convertido en los azuzadores, y ese no es nuestro trabajo.

¿Desde cuándo se va por este camino?

Hace ya mucho tiempo. Una cosa que me sorprendió me ocurrió cuando llegué a Telecinco después de trabajar trece años en TV3. En cuanto llegué se me puso una etiqueta, pese a que yo no había manifestado mi opinión, nadie sabía lo que pensaba ni de dónde venía; pero me convertí en una periodista no solo progresista sino socialista, cosa que no sé de dónde sacaron. Republicana, antimonárquica… me colgaron todas las etiquetas del mundo. Y fue algo que me impresionó.

¿Y eso por qué fue?

Supongo que porque era catalana y venía de Cataluña. Es verdad que yo siempre he manifestado opiniones sobre la inmigración, sobre la igualdad…

¿Cuándo te ocurrió esto?

En 1997, en Madrid. Es una de las cosas que más me impresionó: cómo se hace periodismo aquí en Madrid. Es una sociedad totalmente polarizada. Yo defiendo el compromiso, la igualdad… la igualdad y la inmigración. Pero si alguna vez se me ocurre decir algo porque pienso que también tiene razón quien dice otra cosa, la gente no puede entenderlo. Yo no me he metido en esa casilla, ¿por qué me meten ustedes? Es muy difícil hacer periodismo así.

¿Qué hiciste para salir de esa casilla?

No he salido. Intento ser muy honesta y sincera, y cuando me preguntan respondo. Y me acuesto cada noche tranquila, porque igual que te lo digo a ti, que lo vas a publicar, lo digo en cualquier sitio, no tengo un doble discurso. No he conseguido salir del encasillamiento, pero que cada uno piense lo que quiera. Yo duermo cada noche muy tranquila.

¿Notaste mucho cambio al pasar de una cadena pública como TV3 a una privada como Telecinco?

Sí. A pesar de que pude trabajar muy libremente en TV3, era una televisión que estaba mandada por un consejo de administración con representación de todos los partidos políticos, y era algo que se notaba y se vivía. Pasé a una privada en un momento en que pienso que se hicieron los mejores informativos que se han hecho en este país en mucho tiempo. Trabajé con total libertad: hicimos los informativos del Prestige, de la guerra de Irak… sobre lo peor que ocurrió en este país; lo hicimos gobernando Berlusconi, y no pasaba nada.

¿Cómo estás viviendo el ERE en la SER?

Con dolor. Todo lo que supone perjuicio para mis compañeros es dolor para mí.

En estos tiempos en que se mira tanto el gasto público, ¿tienen sentido las televisiones públicas?

Tiene más sentido que nunca una televisión pública como Televisión española. Como la que teníamos hasta la semana pasada al menos [TVE ha cambiado de director de informativos; Julio Somoano sustituye a Fran Llorente]. Era una televisión absolutamente plural, que no ofendía a nadie, que lo contaba todo bien… y no estoy hablando de la programación, no voy a entrar en si los programas me gustan más o menos, estoy hablando de la información.

¿No es posible hacer eso en una cadena privada?

Para las cadenas privadas no es un problema político, es un problema de audiencia. Los informativos de las televisiones privadas no me sirven, no dan información. Yo me dedico a la información, y pongo el informativo de las ocho y media o las nueve en una cadena privada y no me dice nada; eso no es información, es otra cosa. En cambio la pública, hasta la semana pasada, era la televisión que me servía de referencia. El problema es que seguramente se va a acabar. De todas formas, entiendo que las privadas lo hagan así; tienen otras necesidades, que son ingresar dinero. Si a ellos les funciona un informativo de ese tipo, me parece perfecto. Pero a la pública sí le pido un buen informativo.

¿Qué parte de culpa tenemos el público?

Toda. Es mi guerra de siempre. Si la gente dejara de mirar ciertas cosas, dejarían de emitirse. Me acuerdo, ya en mi última época en Telecinco, que bajamos de audiencia y la gente siempre decía “son los únicos informativos que se pueden ver”. ¡Pues miradlos! El otro día en Twitter todo el mundo le decía a Buenafuente que tiene que volver a la tele. ¡Pero si ha vuelto, y le ha echado la audiencia! El máximo responsable somos nosotros, y no acepto cuando la gente dice que en la tele solo ponen basura. Dejad de mirar la basura y dejarán de emitirla.

Entonces es un problema mucho más profundo.

Cuando todavía estaba en Telecinco, que fueron los inicios de Aquí hay tomate y todo eso, recuerdo que con compañeros de la redacción decíamos que sería algo pasajero, que ese tipo de televisión era una moda, pero pasaría. Y no ha pasado. Al contrario.

Eres muy aficionada al deporte.

Me gusta mucho, pero no me gusta nada la prensa deportiva.

¿Ha ido a peor en los últimos años?

Es necesaria y te evade. Cuando voy en el avión, a veces me leo un diario deportivo, pero en ocasiones me pregunto si eso es realmente periodismo. Generan unos debates ficticios, que no existen. Son capaces de alimentar durante diez días que Piqué y Sergio Ramos no se llevan bien. Y a lo mejor es verdad, pero en la selección juegan maravillosamente bien los dos juntos. Entiendo que la gente lo necesite porque se evade y les gusta ese tipo de lectura, pero… Igual que te decía antes lo de Sara Carbonero y el penalti del otro día, me pregunto ¿y si hiciéramos esto nosotros? Claro que también hay medios no deportivos que lo hacen…

¿A qué te refieres?

A generar este tipo de debates. Me preocupa que en la lista de profesiones peor valoradas esté el periodismo. Algo hemos hecho mal, y una de ellas es no saber marcar la frontera entre lo que es periodismo y lo que no lo es. Y no quiero decir que lo otro esté mal hecho, pero no le quiero poner la etiqueta del periodismo. Pongámosle la etiqueta de espectáculo, entretenimiento, divertimento… pero no lo llamemos periodismo, porque al final hemos confundido a la gente.

Pero entonces ya empiezas a tomar un papel de educador.

No, porque ya te digo que yo entiendo la existencia de esos medios, y yo misma los leo y los veo, pero pongámosle otra etiqueta. No pretendo educar a nadie. Pero yo soy una talibán de mi profesión, y la entiendo solo de una manera: como la hago. Como todos, he tenido la posibilidad de tomar caminos, y nunca he tomado otros caminos porque soy así. Seguramente estoy equivocada y soy menos rica, pero me acuesto cada noche con una tranquilidad y una felicidad…

¿Cubrir una rueda de prensa de Karanka es periodismo, por ejemplo?

Yo se lo digo a los de deportes: “¿Por qué no os levantáis y os vais?” Y ya no te digo de Karanka, sino una de Mourinho insultando a los periodistas; porque les insulta. Levantarse y marcharse porque ese no es tu trabajo sí sería periodismo. Lo otro es entrar en ese juego que yo entiendo, se necesita y ojalá dure muchos años por el bien de los compañeros, pero no es periodismo como yo lo entiendo. Yo sigo todas las ruedas de prensa del Consejo de Ministros y la gente pregunta y es insistente. No tiene nada que ver con lo que hacen en las ruedas de prensa de Karanka o Mourinho.

¿Cuál es la entrevista más enconada que has hecho?

Últimamente, hablando de política, lo son todas. No hay ningún político que te quiera responder a nada de lo que le preguntes.

Eso es un clásico.

Sí, pero últimamente mucho más. He notado una evolución. Recuerdo que una de las últimas fue al portavoz del partido Popular, Alfonso Alonso, y me decía una cosa que no era cierta. Por tres veces intenté que no dijera algo que no era cierto. No lo conseguí y dije “para aclarar a los oyentes, lo que usted está diciendo no es verdad, porque es así, así y así; y ahora, si quiere, continuamos la entrevista”. Cada vez es más difícil. No se relajan. Cada vez me cuesta mucho más. Quizá es que me estoy haciendo mayor y tengo menos paciencia.

¿Estás cada vez más desengañada de los políticos?

De la clase política de hoy en día sí.

¿Me podrías decir algún miembro del gobierno que te parezca que lo esté haciendo bien?

No.

¿No se salva ninguno?

No. Aún no he podido entrevistar a ningún miembro del gobierno, nunca han querido venir a mi programa.

¿Y el que más está patinando?

El propio presidente del gobierno.

¿Cuál es el mayor fallo que tiene?

No contarle a la gente la verdad. Tengo la sensación, y lo he dicho mil veces en antena, de que piensan que somos tontos. Piensan que nos pueden engañar con los eufemismos, que es lo más típico y lo más tópico. Y no pueden. La gente es mucho más lista de lo que se piensan. Y es que, a pesar de ellos, este país sobrevive, se levanta cada día, y lo poco que funciona, funciona. Tienen un gran desprecio hacia la gente.

¿Te esperabas esto?

No esperaba nada. Sabía que lo tenían difícil, pero pensé que serían un poco más hábiles a la hora de la gestión. Como criticaron tanto cómo lo había hecho el PSOE en cuanto a comunicación, pensé que serían un poco más hábiles simplemente para que no les dijeran que lo están haciendo igual que los otros. Y no son nada hábiles.

¿Eres capaz de ponerte en su lugar?

Me pongo en su lugar para decirles lo que estamos viviendo en nuestras carnes. Me pongo en su lugar, pero podrían gestionarlo de otra manera. La comparecencia de Luis de Guindos el otro día en el Congreso, explicando el no-rescate, porque para él no es un rescate, es una verborrea constante de cosas que no dicen nada y no responde a nada de lo que queremos saber.

¿De dónde crees que les viene esta tendencia al eufemismo, cuando no a mentir directamente?

Creo que se debe a la propia improvisación, que no saben qué hacemos ni dónde estamos ni qué queremos. Quiero atribuirlo a eso. No son conscientes de que los ciudadanos agradecerían más que les dijeran: “Señores, estamos en un momento jodidísimo y vamos a pedir ayuda para los bancos, porque si no de esta no salimos.” Creo que la gente lo entendería mucho más. Es que es mucho peor que salga Mariano Rajoy diciendo que ha presionado tanto a Europa que se lo han dado todo y luego salga Europa diciendo: “¿Perdón?”

¿Esto viene de la época en que se podía mentir más alegremente, cuando las cosas nos iban mejor a todos?

Creo que nunca nos han mentido tanto como se hace ahora. Es cuestión de la talla de los políticos. Hay una cosa que me llama mucho la atención: dentro del aparato de los partidos hay gente muy válida, gente con la que hablas en corto y dicen lo que la gente preferiría oír, pero luego entra en funcionamiento la maquinaria del partido, los cargos, el secretario del subsecretario de no sé qué, y ese mensaje, que hay gente en la base del partido que lo tiene, no llega a los ciudadanos. Y luego pasa lo que pasa: la gente está desencantada, los políticos son lo peor que hay, la desafección…

¿Qué cambio sería necesario?

Gente que hablara con honestidad.

¿Lo ves posible?

No, no lo veo posible. Sería en un mundo ideal.

Se decía que con el cambio de Gobierno se podían arreglar las cosas. ¿Ya no nos queda ni la esperanza?

La oposición también está en su peor momento. Salió tocadísima de las últimas elecciones y no ha remontado. El Partido Popular va bajando, pero es que el PSOE no va subiendo. Algo falla, aquí hay algún problema.

¿Crees que se va a cumplir la legislatura de cuatro años?

Yo creo que no, y es dramático. La gente tiene el futuro muy jodido. Hay un 50% de paro juvenil. Tengo una hija de 19 años que me pregunta qué va a hacer y…

¿Entiendes algún recorte de los que se están haciendo?

Bien explicados, puedo entender muchos. Yo no pertenezco a ninguna empresa pública, y me he recortado mi sueldo dos veces. Se pueden entender muchas cosas. El propio copago sanitario, el mismísimo recetazo, explicado y con una proporcionalidad, bien hecho, a lo mejor se puede entender. Pero tenemos una ministra de Sanidad que no ha dado ni una entrevista. ¡Una ministra de Sanidad que no contesta preguntas! Hablas con los médicos y te dicen que pueden gestionarlo, pero se ha de hacer bien. Hay muchas cosas que se pueden recortar y retocar, pero hagámoslo bien.

¿Quién está al mando en este Gobierno? ¿Soraya? ¿Rajoy?

Yo creo que nadie, y ese es el problema. ¿Dónde está el capitán del barco? Es como el Costa Concordia: el capitán ha salido catapultado y no sabemos quién está al mando.

Acabas de venir de León de ver a los mineros. ¿Le ves solución a su situación?

Ellos mismos son conscientes de que el sector de la minería está en su fase final, pero en este país nadie ha tenido la perspectiva de saber gestionar la reconversión de este sector. Y ahora mismo al Partido Popular le caen encima unos señores que tienen unas ayudas que se las habían prometido y que, en un tiempo de recortes, no se las dan. Yo no le veo salida, porque otro de los déficits de este gobierno es su capacidad de diálogo y de hablar. Aunque luego le digas que no se lo vas a dar, siéntate con ellos. Antes hablaba del desprecio, y es que es un desprecio a la ciudadanía constante. La propia supresión del debate sobre el estado de la nación… yo lo hago cada año, y es un coñazo, pero es el momento en el que ellos tienen que dar respuesta a preguntas en el Parlamento. Para eso les hemos elegido.

Antes has hablado del 11S. ¿Eras consciente de las consecuencias que iba a tener?

Yo no fui consciente de nada hasta que me levanté de la silla. Ese día retransmití una película. Pero en cuanto me levanté de la silla, me entró un temblor de piernas espectacular.

¿Pensaste que aún iba a ser peor de lo que ha sido durante estos diez años?

No fui consciente de que eso desencadenaría guerras. Lo que tenía clarísimo es que algo iba a cambiar a partir de entonces. Habían herido a Estados Unidos en su propio corazón y aquello no iba a quedar sin respuesta.

Aquello te sorprendía empezado ya el Telediario.

No, fue a punto de terminarlo. Eran casi las tres y yo había empezado a las dos y media. Mi compañera Marieta me dijo por el pinganillo que había un incendio en las torres gemelas, que estaba llegando la imagen y que la pinchaban de despedida. Pero al cabo de diez minutos volvimos. Aquello fue un máster.

¿Qué momento se te ha quedado del Prestige?

Llegar a un pueblo, ir hacia el puerto y ver a los pescadores salir con sus barcas a recoger chapapote del mar. Recuerdo que llamé al jefe de informativos de entonces y le dije que no sabía cómo lo íbamos a contar y si íbamos a ser capaces, pero que eso era bestial. Lo que más me sobrecogió fue el trabajo de la gente. La parte humana me pareció alucinante.

¿Has vuelto por allí?

No he vuelto, pero fue una semana de una intensidad…

Has comentado antes que una de las noticias que siempre habías querido dar y que pudiste hacerlo fue el fin de ETA. Hace unas semanas el Tribunal Constitucional legalizó Bildu. Una de las razones en las que apoyaron la legalización fue que es una realidad innegable y que la gente lo apoya. ¿Te parece una razón suficiente?

Es la normalidad. Si estás en el País Vasco te das cuenta de que lo normal es la presencia de Bildu, de Sortu. Y la normalidad pasa por que sean reconocidos y legalizados. Uno de los grandes errores del PP fue no dar grupo parlamentario propio a Amaiur. ¡Sacaron los votos, es una realidad! Además, ¿cuántos años llevamos pidiéndoles que entren en el juego democrático?

¿Hay que legalizar cualquier ideología si tiene apoyo en la calle?

No, ese es solo uno de los argumentos que se esgrimen en contra de la legalización. Uno de los motivos por los que no se legalizaba era porque estaba demostrado que era ETA. Bueno, pues han considerado que no lo es. Además, pienso que no es exactamente lo mismo. En un momento en el que ETA da el paso de decir que deja de matar entramos en otra dimensión y se tiene que valorar de otra manera, hay que dar pasos en el sentido de que esto es verdad y que vamos hacia delante. Ya habrá tiempo de darnos cuenta de que a lo mejor no, y entonces ya veremos qué hacemos, pero de momento no hay ningún argumento para pensar que esto no sea así. Y la prueba está en que la actividad policial y judicial continúa: hace muy poco detuvieron al presunto asesino de Isaías Carrasco, por ejemplo. Pero vamos a empezar a encauzar las cosas. La foto de ayer de la reina Isabel dándose la mano con el del IRA… ojalá un día en este país veamos eso.

¿Podremos verlo?

Yo creo que sí. Pensé que nunca daría el anuncio de ETA dejando las armas, y lo di. Pues espero que un día un etarra y el Rey se den la mano, y que en este país seamos normales de una vez.

Los miembros del Tribunal Constitucional los nombran los partidos políticos bajo el argumento de que así se logra un reflejo de lo que vota la sociedad. ¿Estás de acuerdo con este modelo?

No, estoy en contra de la politización de la Justicia, y llevamos ya muchos años en que la separación se ha diluido. Entiendo que la gente tiene ideología porque forma parte de nuestra forma de ser. Por lo tanto es evidente que los jueces tienen su ideología, pero son jueces. Que los políticos no se metan.

¿Propondrías eliminar el Tribunal Constitucional?

No, eso es lo que propone Esperanza Aguirre, pero eso jamás.

¿Porque no está bien, o porque lo quiere Esperanza Aguirre?

No, hombre, porque no está bien. En este país hemos evolucionado mucho y muy bien. Hemos pasado una transición y tenemos una Constitución y un Tribunal Constitucional. Es un país muy garantista y a mí me encanta que la justicia actúe cuando tiene que actuar. Deberían replantearse muchas cosas, pero ahora mismo es imposible. Mira lo que ha pasado en Televisión Española.

¿Te parecerían más fiables los cargos vitalicios, como en la Justicia de los Estados Unidos?

Tampoco. Un cargo vitalicio es un sitio del que vives toda tu vida.

¿La cultura tiene que estar al alcance de cualquiera? ¿Qué opinas de las descargas?

Soy antidescargas y antipiratería. Pago por todo lo que bajo de internet.

¿Por qué antes Sinde   y ahora Wert son dos de los ministros más odiados?

Ahora me ganaré enemigos, ya lo sé, pero es porque la “comunidad internauta”, que no sé quiénes son, tiene mucho poder de movilización a través de la red. Aspiro a que todo el mundo cobre por lo que hace. Podemos hablar de precios y de si se gestiona bien o mal, es otro debate, pero la barra libre para todo el mundo no me parece bien.

Es decir, bajarse Juego de tronos es robar.

Alguien ha trabajado para Juego de tronos y a alguien se le tendrá que pagar por eso. Debo de ser la única idiota, pero yo pago absolutamente por todo.

¿Cómo has visto a la selección española en esta Eurocopa?

Un poco como al Barça durante la temporada: mucho toque y poco gol. Les veo muy cansados físicamente, pero siguen siendo maravillosos. En la semifinal España-Portugal hubo una jugada de Pedro Rodríguez, Jordi Alba e Iniesta que … solo por esa jugada que no acabó en gol valía la pena ver el partido entero. Son malabaristas.

¿Qué opinas del debate del tiki-taka?

Es que soy culé. ¿Qué te voy a decir? Soy muy de tiki-taka, pero la temporada pasada me he descubierto a mí misma viendo partidos del Barça y diciendo: “¡Ya! ¿Queréis dejar de tocarla y meter el gol de una vez?” Y es la sensación que tengo con la selección española.

Enric González acaba de escribir un libro (Cuestión de fe) y él, que es muy perico, uno de los argumentos que desarrolla —a no ser que no lo haya entendido bien, que puede ser—, es que toda la historia del Barça como club antifranquista es algo inventado por Vázquez-Montalbán. ¿Qué opinas como culé?

A mí siempre me han contado, y no te lo digo en primera persona porque cuando he vivido el fútbol ya había democracia y por tanto nunca he tenido la sensación de ir al fútbol para desahogar mis instintos, que el Barça servía para desahogar esos instintos catalanistas e independentistas. No puedo rebatir esa teoría porque no la he vivido, yo he vivido el Barça en democracia. Sí que es verdad que los culés hemos identificado el Barça con el nacionalismo catalán, pero no sé si es cierto.

¿Qué le espera al Barcelona después de Guardiola?

Tito Vilanova.

¿Y qué esperas de él?

Lo mismo que esperaba de Guardiola cuando lo ficharon, era una incógnita total. Yo le había entrevistado poco antes, creo que es la última entrevista que dio; le pregunté si se veía entrenando al primer equipo del Barça y me dijo: “Eso sería…” Yo esperaba cero, lo mismo que de Vilanova. Espero que nos sigan dando este placer de verles jugar, igual que la selección española. Soy muy del Barça, pero también soy muy futbolera y me gusta el buen fútbol.

¿Te puedes ver un Manchester-Bayern de Múnich?

Sí. Mi hija dice que sus amigos flipan conmigo. Soy la única madre que cuando entran en su casa puede estar viendo cualquier partido.

¿Cuál es el mejor recuerdo que tienes como culé?

El 2 a 6 del Bernabéu. Lo vi en casa de un madridista que me acababan de presentar, un tipo genial, un notario de Figueras. El primer gol me contuve, el segundo gol me contuve, el tercer gol me contuve, pero al cuarto le dije “Por favor, sé que no nos conocemos de nada y nos acaban de presentar, pero déjame que grite.” Cuando acabó ese partido llamé a Santi Segurola y le pedí que me hiciera la crónica, porque yo misma no daba crédito a lo que había vivido.

¿Qué te dijo?

Pues me hizo “la maravillosa crónica de Santi Segurola”. Destacaba la relación entre el fútbol y la felicidad de la gente, porque ese día era muy feliz.

¿Por qué crees que a cierta gente le duele más que se metan con su equipo de fútbol que con su familia?

Un día leí en El País un artículo de Santiago Solari en el que hablaba precisamente de eso: del forofismo. A mí me gusta mucho el fútbol, pero el forofismo me está echando de él, porque no lo soporto. No lo soporto ni en los propios culés. Me ofende ver un partido del Barça con hooligans del Barça. Me molesta que haya gente del Barça que no reconozca que Sergio Ramos hizo una Eurocopa espectacular, y no lo quieren reconocer porque son del Barça. A mí me gusta tanto el fútbol que le perdono que sea del Madrid. Me encantó lo que hizo cuando le tocó tirar el penalti (se refiere al lanzamiento frente a Portugal). El forofismo me está quitando ese gusto que me daba ver los partidos y disfrutarlos. Si ganas, maravilloso; si pierdes, te lo has pasado bien un rato.

¿Ves Punto Pelota?

Lo he visto alguna vez. No habitualmente, pero sí alguna vez.

¿Cómo es posible que Pedrerol pasara de hacer El día después a Punto Pelota?

Es lo que te decía antes, la vida te da caminos y tú los escoges. Eso te da audiencia, la audiencia da publicidad y eso da dinero. Es un producto.

¿Cuando lo ves lo apagas?

No, soy capaz de engancharme con Punto Pelota. Engancharme cabreándome muchísimo, eso sí.

¿Quién es el que más te cabrea?

Es compañero de la SER, pero Roncero me puede.

¿Le viste llorar?

Sí, porque cuando llegué de ver el fútbol puse un momento Punto pelota y justo llegué en el momento del llanto de Roncero.

¿Cuál es tu peor momento como culé?

Muchos. Los culés hemos sufrido durante muchos años, nos va bien desde hace cuatro. Llegué a Madrid en 1997, y viví aquí la séptima, la octava y la novena copa de Europa del Madrid. Aunque no fueran contra el Barça. Además yo antes vivía al lado del Bernabéu y para mí aquello era una depresión constante.

¿Te da miedo que puedan volver los malos tiempos para el Barça?

Sí, pero hemos disfrutado tanto que si ahora vuelve durante un tiempo no me importará, que me quiten lo bailado. Lo peor lo tienen las generaciones jóvenes, como la de mi hija, que no entiende que el Barça pierda algún día. Le digo que no se acostumbre a esto, que el Barça antes siempre perdía. Mi primera Liga el Barça la ganó cuando yo tenía diez años, con Cruyff. Y luego ya nada hasta Terry Venables, cuando yo ya trabajaba. Yo di la victoria de la Liga contra el Valladolid, con ese penalti que paró Urruti.

¿Qué te gusta leer?

Leo mucha novela, todo lo que cae en mis manos. Las editoriales me mandan todas las novedades y soy una adicta a la lectura.

¿Qué recomendarías?

Lo que más me ha impresionado de lo último que he leído es Yo confieso, de Jaume Cabré. Es lo mejor que ha caído en mis manos en muchísimo tiempo. Tanto es así que pedí entrevistarle, porque había disfrutado tanto con esas 900 páginas… Pero además últimamente he disfrutado con muchas cosas, como el último de Almudena Grandes, El lector de Julio Verne. Soy muy del último libro que leo. Y ya he perdido el complejo: si no me gusta, lo suelto. Para mí fue una decepción Libertad de Franzen. Todo el mundo decía que era una maravilla y a mí me costó muchísimo. Tengo ahora otro suyo, Las correcciones, y lo tengo para este verano, pero me está dando un poco de pereza. Tengo un compañero en A vivir… que tenemos gustos literarios muy iguales, y siempre hacemos un club de lectura por Whatsapp, y me recomendó Libertad. Lo cogí y me lo terminé por militancia, porque no me gustó nada.

¿Qué aportarías a nuestra sección El libro que leería durante la película que no puedo perderme?

Yo es que en cine soy muy mala. Estoy recordando mucho Blade runner, pero sobre todo por el final, aquello de “He visto cosas…”.

¿La viste en el cine cuando la estrenaron?

Sí.

¿Ya te gustó entonces?

Sí, y creo que es de las películas que más veces he visto.

¿Cuál de los distintos finales te gusta más?

Me quedo con la original, la primera. En cuanto a recomendar un libro… no sé, todos. Ahora tengo en la mesita de noche uno que no hace falta leer del tirón: Una forma de resistencia, de Luis García Montero. Viene a decir que en esta época de crisis es recomendable guardar ciertas cosas, y habla de unas sandalias, de unos relojes… de objetos. Son capitulitos cortos y te reconcilias con la cotidianidad, con la vida.

¿Te da tiempo a leer?

Sí, muchísimo. Leo mucho en el tren, por ejemplo, porque voy y vuelvo de Barcelona todas las semanas, así que tengo dos horas y media de lectura que no me quita nadie. Y antes de acostarme siempre leo un ratito.

Antes hablábamos de diferentes maneras de hacer periodismo. ¿Qué te parece la manera de ejercerlo de Jiménez-Losantos?

Durante muchos años ha hecho periodismo, pero luego le ha podido la opinión, sus filias y sus fobias, y se han notado demasiado en lo que ha contado. Pero entiendo que ha hecho un trabajo importante en un momento determinado, en una emisora que era de su ideología. Me parece un buen profesional, aunque no tengo nada que ver con él en cuanto a ideología. No lo conozco personalmente.

¿Intereconomía?

No la veo nunca, salvo Punto Pelota a veces.

¿Te parece sano que exista una cadena así?

Ni sano ni insano. Si hay gente que lo ve y a quien gusta este tipo de periodismo y esta manera de contar las cosas, pues mejor para ellos, pero no es mi estilo.

Julia Otero.

Es una compañera en la que me veo muchas veces reflejada. Algunas tardes la escucho y me da la sensación de que somos muy intercambiables.

Andreu Buenafuente.

Cuando he salido de trabajar a las doce de la noche, he llegado a casa y he pillado el monólogo de Buenafuente o a Berto. Para mí ha sido la mejor desintoxicación del día.

¿Qué ha fallado en su último programa?

No soy crítica de televisión, pero a mí me parecía un programa demasiado igual a lo que ha hecho siempre; le faltaba el efecto sorpresa. Lo digo como espectadora. Aun y así yo lo veía.

¿Te gusta el tipo de periodismo que hace Jordi Évole?

Me gusta mucho lo que hace, lo que no me gusta es que se diga que el único periodismo bueno que se está haciendo es el suyo, porque hay otros que también hacemos buen periodismo. Hace un programa que aborda temas que la televisión ya no aborda porque ya no se toca la investigación, la investigación y la entrevista, y él consigue hacerlo. Consigue que le contesten y que lo reciban, aunque también es verdad que lo consigue porque va con esa pinta de “soy otra cosa, no soy exactamente un periodista”. Pero me parece un ejercicio buenísimo de denuncia y de compromiso, y recuerda que he comenzado la entrevista diciendo que para mí el periodismo es compromiso. Me parece fantástico, pero no me gusta que se diga que el único periodismo que se hace ahora en el universo es el de Jordi Évole, porque hay otra gente que también lo estamos haciendo.

¿Hay algún periodista de derechas al que admires, leas regularmente y de quien te interese su opinión?

No voy a entrar en el debate de derechas e izquierdas pero, aunque ideológicamente no estamos en la misma sintonía, Carlos Herrera me parece un profesional como la copa de un pino. Cuando le escucho por la radio me parece un panzer, es espectacular. Además le conozco personalmente y me parece un tío divertidísimo y un encanto; y seguramente no tenemos nada que ver el uno con el otro salvo que él es de un pueblo que está a tres kilómetros de mi casa.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina