Yo, bastardo

Lawrence of Arabia, 1962. Imagen: Horizon Pictures.

Este artículo está disponible en papel en nuestra Smart nº6 

EDMUNDO: […] ¿A qué ese nombre de bastardo? ¿Por qué no he de ser ilustre cuando las proporciones de mi cuerpo se hallan tan bien formadas, mi alma es tan noble y mi estatura tan perfecta como si hubiese nacido de una honesta matrona?

William Shakespeare, El rey Lear

El amor, para ellos, era una mera compensación a su maldición. Eran el astroso producto de la deshonra, el fruto de un error de cálculo. Accidentes carnales, perdedores antes de comenzar la partida. No eran culpables del delito haber sido concebidos fuera de los límites sociales del matrimoniopero sí destinatarios de una condena vital por ese pecado ajeno. Jamás serían legítimos, siempre alguien, en algún lugar, resentiría su existencia. Un hombre que renegó de ellos, una mujer que los engendró y los abandonó, o ambas cosas. Unos padres que a ojos de la sociedad no era una  pareja homologada para alumbrar a nadie más que a sus propios instintos. Toda su herencia era un estigma envenenado. Y por eso serían bastardos, hijos ilegítimos, seres espurios, no reconocidos. Sinónimos para siempre de abandono, vergüenza, error y culpa. A cambio, podían abrigarse en el apelativo más cálido de «hijos del amor», aunque se congelaran de ironía. 

Hoy ninguna biografía empieza por ahí. «Bastardo» no es el término biográfico que nos asalta al referir a Steve Jobs o Marilyn Monroe, o al menos no de esa literal manera. El léxico ha evolucionado dotando de nuevos matices a la bastardía, y la sociedad también. Hoy son «hijos de puta», ayer eran apestados. Escribimos de ellos como se escribe de los estigmas que han sido absorbidos por la historia, digeridos y devueltos con un nuevo significante. Todavía vive gente que destacaría que el mito cinematográfico o el genio de la tecnología lo fueron a pesar de ser bastardos, porque fue así durante unos cuantos siglos. No todos. Y no siempre. También en la deshonra hubo jerarquías, y los bastardos reales no estaban despojados de derechos porque podían llegar y de hecho, llegaron a ser reyes y reinas, duques, condes, obispos y papas.

Lo jodido era lo otro. Ser bastardo y no tener sangre real o nacer de la Edad Media en adelante. Porque, como decíamos, el baldón difícilmente superable que supuso la bastardía no fue así desde el principio de los tiempos. En Grecia y Roma, qué duda cabe, también se engendraban hijos fuera del matrimonio, se cometía adulterio y se sucumbía a los placeres del sexo extramarital, pero era visto como una ocurrencia cotidiana. No había estigma moral ni social para esos hijos, ni era motivo de burlas y ofensas; aunque precisamente fue en esta época cuando surgió el concepto «legítimo» que luego se pervirtió. Este no aludía a su concepción ni a su teórica anomalía, si no a una cuestión legal: la herencia de los padres. Los niños nacidos dentro del matrimonio eran los legítimos herederos, única distinción con sus hermanos que gozaban, por lo demás, de idéntica consideración social.

Pero cayó sobre ellos una maldición, una marca de fuego que sería imborrable hasta sus tatatataranietos. Llegaron los tiempos oscuros. «Ningún bastardo entrará en la asamblea del Señor, ninguno de sus descendientes, aun hasta la décima generación, entrará en la asamblea del Señor», se estableció en el Deuteronomio, en el Antiguo Testamento, una referencia que se replicó también en el Nuevo. Con la expansión del cristianismo, la ilegitimidad se convirtió en un flagelo, porque desgarraba la tela moral de una sociedad que debía temer a Dios. Y ese niño era la encarnación viviente de la inmoralidad, del sexo fuera de la santidad del matrimonio, y, por tanto, estaba maldito. Era un subproducto social, un desecho del pecado. 

Así surgieron los vertederos de hijos no deseados. En el de St. Asaph Union Workhouse, al norte de Gales, creció el que años después se convertiría en el explorador que partiría en busca del médico David Livingstone, Henry Morton Stanley. «Bastardo», escupía su partida de nacimiento; producto de un relato común, el de una madre pobre que se quedó embarazada sin estar casada. Temerosas del rigor de las leyes civiles y de la Iglesia, abandonaban a los hijos a su suerte, entregándolos a las órdenes religiosas o educándolos para siervos. 

Pero incluso aunque el seno de la familia tuviera cierta alcurnia o perteneciera a una estirpe adinerada, ser bastardo imprimía en esos hijos una vergüenza imperecedera. Ser ilegítimo se convertía en un oscuro secreto, en un arma cargada que el hijo portaría siempre, apuntando directamente hacia su cabeza. Leonardo da Vinci vivió en ese laberinto de furia y vergüenza debido a su condición. No fue notario porque su padre, Piero da Vinci, joven de una ilustre familia, le engendró con una campesina y jamás le reconoció oficialmente. Aunque, cuando falleció su madre, le acogió en el seno de su familia oficial y le garantizó una infancia acomodada, Leonardo nunca gozó del amparo legal de ser su primogénito. Expulsado del oficio que le correspondería por estirpe, Leonardo se volcó en las artes y las ciencias, y logró epatar al mundo. Pero jamás se desprendió de la untuosa mancha de la ilegitimidad, deshonra que también se reflejó en su arte. Sus primeros cuadros están firmados como «Leonardo», obviando un apellido del que no se sentía merecedor por su mancillado nacimiento. Temeroso siempre, a pesar de sus logros e innovaciones, de que alguien le recordase la palabra prohibida.

Y es que hubo un tiempo en el que «bastardo» era el Hiroshima de los agravios. La bomba que una vez lanzada obligaba a la rendición inmediata del acusado. Lo supo también el poeta Guillaume Apollinaire, inscrito en el registro de Roma como «hijo de madre anónima y padre desconocido», aunque él siempre supo sus orígenes. Su madre hija del camarlengo del papa Pío IX le reconoció más tarde, y su padre, un capitán del Estado Mayor del ejército de Fernando II de las Dos Sicilias, le tuteló hasta los cinco años. Volvió a abandonarle, haciéndole doblemente bastardo y generando el mayor misterio de su vida. ¿Quién era su padre? Apollinaire cubrió su ascendencia de un velo morboso de penumbra, permitiendo elucubrar a compañeros y colegas en todas las etapas de su vida, fomentando el enigma. En realidad, un bálsamo con el que cubrió la herida de su abandono, de una ilegitimidad que le persiguió hasta el final, cuando ya era el heraldo de las vanguardias y poco o nada debía importar quién le depositó en el mundo. «Pero bueno, mi querido maestro, ¿es usted, sí o no, el hijo de un prelado romano?», le acosaban los periodistas en aquel París de la revolución de las artes. 

Ser bastardo en Francia, especialmente después de 1804, comportaba un extra de discriminación. El Código Napoleónico les consideraba oficialmente «sin padres», no huérfanos, sino seres originados de una nada imposible. Las mujeres tenían derecho a renunciar a sus hijos, y si estos querían probar esa maternidad debían acudir a un tribunal de justicia. Un recurso que fue prohibido para los padres, dejando el reconocimiento solo en manos del capricho de los hombres, que podían reclamar al hijo en cualquier momento. El dramaturgo Alejandro Dumas tenía ya varios años cuando su padre, el legendario novelista al que le debía el nombre y la deshonra, le reconoció legalmente y le arrebató de brazos de su madre. Pero el joven, criado al abrigo de la buena sociedad parisina bajo un apellido sinónimo de bohemia, vivió la humillación por su bastardía como un infierno, haciéndole albergar un rencor que emulaba el afán de venganza de uno de los héroes de su progenitor, el conde de Montecristo. No la consumó, porque el tiempo se encargó de cauterizar la amargura, transfigurándola en combatividad contra las leyes que tanto dolor le habían causado. «Por haber nacido de un error, yo debía combatir los errores», decía, reivindicando los derechos sucesorios de los hijos ilegítimos y el derecho a investigar la paternidad. Fue uno de los primeros en defender la igualdad de hombres y mujeres que ya existía en Américao la legalización del divorcio, que evitaría abusos como el suyo. «El hombre ha creado dos morales, una para el hombre y otra para la mujer», criticaba. 

Bien lo sabía la actriz Sarah Bernhardt. Antes de que la sociedad le perdonara todo ser hija ilegítima y prostituta e hiciera de ella un mito, Sarah sufrió los rigores de este desequilibrio por ser una bastarda. Fue hija de una meretriz holandesa y un hombre anónimo, al que parece que ella sí conoció. Jamás quiso desvelarlo y se llevó el enigma a la tumba. Antes, repitió la historia y tuvo un hijo bastardo con el príncipe Charles De Ligne, que trató de reconocerlo años después cuando su madre había logrado la aprobación social a pesar de su espurio origen. Y es que, aunque vivió en la era del puritanismo, la divina Sarah, «la mujer que fue esencia de la femineidad», consiguió rendir al mundo a sus pies, una hija ilegítima de una familia judía que además se afanó en labrarse una vida en el oprobio bohemio tan irregular como su origen. 

Pero arañar un lugar en la historia no garantizó nunca desprenderse de la vergüenza íntima de ser un bastardo. Thomas Edward Lawrence se inició en la vida en un Londres donde ser hijo ilegítimo se consideraba nullis filius, hijo de nadie. El que acabaría emergiendo como ser singular bajo el sobrenombre de Lawrence de Arabia tenía como padre al terrateniente sir Thomas Robert Tighe Chapman, séptimo barón de Westmeath y descendiente del pirata fundador del estado de Virginia, sir Walter Raleigh. Su madre era Sarah Lawrence, la niñera que cuidaba a las hijas de la mujer oficial del aristócrata, el cual acabó abandonando todo para recomenzar junto a su familia ilegítima bajo otro apellido. Lawrence descubrió el tenebroso secreto tiempo después y le atormentó de por vida como una humillación íntima, sabedor de cómo la sociedad abominaba de los bastardos. El célebre mito vivió siempre temiendo que, debido a su popularidad, se empezase a indagar en su vida y tirando del hilo el mundo supiese que era un bastardo. Por eso renunció a su apellido, que le causaba un desprecio heredado y ocultaba la ultrajante anomalía. Se cambió el nombre por T. E. Shaw en honor a su amigo Bernard Shaw— pero la historia le arrebató su deseo, colocándole en ella con su nombre mancillado. 

Hoy ser bastardo es una nada líquida. En una sociedad donde el 40 % de los niños nacen fuera del matrimonio, ser bastardo es no ser nada. El tiempo ha borrado ese uso primigenio del término francés bâtard y del inglés bastard, o lo que es lo mismo: «sucio, no limpio», reduciéndolo a legajo biográfico. Aunque la discriminación legal para los hijos ilegítimos ha desaparecido hace tres días —en 2005 se eliminó en Francia la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos; Estados Unidos lo hizo en 1968 y en Inglaterra ya no existen los «hijos de nadie» desde 1989—, la estigmatización ha desaparecido socialmente, al menos en Occidente. 

Ahora ser «hijo del amor» o «fruto de la fornicación» son solo bellos giros literarios, vestigios de un estigma que tuvo bajo su yugo a gran parte de las figuras que cambiaron la historia, humillados por un pecado ajeno en una época en la que la familia no era una lotería que venía gratis con la vida, sino una cuestión de sangre y honor. El mundo lamentó las muertes de Lawrence de Arabia, Sarah Bernhardt, Guillaume Apollinaire, Leonardo da Vinci, Alejandro Dumas y tantos otros, como Eva Perón, Erasmo de Rotterdam o Jack London. Pero hubo también un tiempo en que se lamentó su nacimiento. 

EDMUNDO: Y ahora, dioses, pasad al bando de los bastardos.

William Shakespeare, El rey Lear.


Gould

Glenn Gould tocando las Variaciones Goldberg, 1955. Fotografía: Cordon Press.

Thomas Bernhard, implacable en el desguace de la especie humana, se despojó del uniforme de carnicero para indultar a Glenn Gould como si tuviera la madera de Pinocho en sus manos. Eludió para ello el estereotipo de un pianista martirizado, débil, enfermizo. Lo convirtió en un canadiense simpático y fornido. Tan fornido que se arremangó para segar la rama de un fresno que hacía sombra en su estudio. Tan simpático que atribuía al artista una elocuente y ocurrente predisposición a la carcajada.

«A quien no sabe reír, no hay que tomarlo en serio», escribe Bernhard en un pasaje de El malogrado,  aunque el adjetivo que titula la novela o la metanovela no concierne a Glenn Gould. Concierne a quienes renunciaron al piano después de escucharlo y a quienes degeneraron hasta el suicidio en el intento de emularlo.

Siendo el mejor exégeta del piano, Gould  (1932-1982) ha sido un pianista dañino. Y no porque lo pretendiera. El malentendido que representa su carrera por las connotaciones estrafalarias y la tentación de imitarlo en la mera superficie ha destruido a generaciones de músicos sobrepasados por los complejos. Y a algunos de ficción, como Wertheimer, cobaya suicida de Bernhard en su venganza contra los esnobs y los idólatras.

No les toleraba que quisieran construir —y apropiarse de— una caricatura victimista. Un hombre atormentado por los barbitúricos, un sujeto estrafalario que se dolía delante del teclado, que recubría sus nudillos con guantes, que jadeaba en sus interpretaciones y que abjuraba de la sociedad para aislarse en un estudio de grabación.

Y no pueden negarse semejantes evidencias, pero Thomas Bernhard, con acierto, las subordina a la naturaleza creativa del «monstruo» canadiense. Y a su genialidad, mucho más representativa de cuanto pueda resultarnos el requisito mitificador de la muerte prematura a los cincuenta años y de cuanto pueda impresionarnos su retirada de los escenarios a los treinta y dos.

Sería la manera de exponer no tanto la misantropía como la sociopatía, pero procede aclarar que Glenn Gould renuncia a las convenciones profesionales de sus colegas porque le agotan la rutina, los viajes, las obligaciones horarias, los hooligans, las tiranías comerciales, «la histeria extramusical que rodea a los conciertos».

Para sustraerse a ella, Gould descubre el hábitat del estudio radiofónico. Un «laboratorio» donde puede exponerse a deshora. Un santuario donde encuentra penumbra e inspiración. Un espacio sagrado en donde adquiere las aptitudes o las facultades de un médium, especialmente cuando se trata de invocar, de convocar, el espíritu de Bach.

Su punto de vista no excluye otras posibilidades, pero las pruebas de la revelación abruman en la coyuntura de una paradoja. Para llegar a Bach, Glenn Gould tiene que ser Glenn Gould. Y más llega a conocerse a sí mismo, más se acerca a las dimensiones metafísicas del patriarca de Leipzig. Glenn Gould encuentra a Bach hasta cuando interpreta a otros compositores. Es el aleph. Es la gota de agua que contiene el océano.

Quedan en entredicho, por tanto, los reproches que vinculan a Gould con el capricho o la arbitrariedad. O con la extravagancia. La subjetividad del pianista se transforma en un señuelo de la objetividad, como podría sucederle a Marlon Brando en sus cien versiones cinematográficas de sí mismo. O como le ocurría a Eleonora Duse.

Fue la actriz italiana la gran antagonista de Sarah Bernhardt en la transición del siglo XIX al XX, sobre todo porque les diferenciaba su criterio de aproximación a la «verdad» teatral. Bernhardt sostenía —demostraba— que el camino de identificación consistía en el mimetismo. Igual que le sucede a Robert de Niro en su prodigio evolutivo de camaleón.

Duse creía —demostraba— que la única manera de interpretar a Electra o a Medea consistía en buscar en sus entrañas un reflejo del personaje, un rasgo identificativo del autor. También Maria Callas moría todas las noches cuando cantaba el aria final de La traviata. Tanto moría que no lograba emitir con claridad el sobreagudo del desenlace.  Tanto moría que el médico de la Scala se encontró en la tesitura de reanimarla. Era una experiencia inseparable de sí misma No era una interpretación.

Ni lo parecen las Variaciones Goldberg de Bach cuando Glenn Gould alcanza sus profundidades, sobreponiéndose incluso a las limitaciones materiales del piano. Lo escribe Bernhard: «Glenn, durante toda su vida, quiso ser el Steinway mismo, odiaba la idea de estar entre Bach y el Steinway solo como mediador musical, y de ser triturado un día, según él: “quedaré triturado entre Bach por un lado y el Steinway por otro”».

Es una digresión de El malogrado, un pasaje neurótico del propio escritor austriaco que persevera en la idea de la aspiración inmaterial. Qué importa el oleaje de las notas escritas en el pentagrama. Importan las corrientes. Importa rebuscar dentro de uno el camino que lleva hasta Bach. E implicar en el viaje a quienes creen en el misterio.

Semejante perspectiva malogra la atractiva y desquiciada idea del aislamiento. Gould no estaba cómodo delante del público en sentido prosaico pero dedicó su vida a proporcionarle los prodigios de una experiencia compartida.

Le ocurre, otra vez, lo mismo que a Maria Callas. Sus grabaciones exigen la implicación del oyente, incitan a la participación. Tampoco Robinson Crusoe estaba solo en la isla. Nos tenía a los lectores. Y le teníamos a él, confortándonos con las peripecias. Y le gritábamos: «Cuidado, Robinson», cuando se exponía a una aventura peligrosa.

Glenn Gould encontró otra manera de relacionarse. Halló, en realidad, una manera definitiva. Por la vigencia de sus grabaciones y porque en esta alegoría de las islas solitarias, la compañía Sony acaba de exhumar el cofre de su tesoro.

Son ochenta y una grabaciones. El catálogo completo. La recuperación de las carátulas originales que sacudieron el mercado y la cultura, incluso el recurso de los LP que contienen el hito de las Variaciones Goldberg, aunque este guiño fetichista no contradice que el proyecto se haya realizado con los mayores recursos tecnológicos y con la blasfema doctrina mercadotécnica: «¡Glenn Gould remasterizado!».

Es la fórmula comercial que horrorizaría a Thomas Bernhard y que justifica un tratamiento para suprimir las imperfecciones. No parece necesario hacerle un lifting a Glenn Gould, ni someterlo a una dimensión aséptica, menos aún cuando se corre el peligro de cauterizar la atmósfera anómala que él mismo prodigaba.

Tarareaba el pianista la música. Y hacía ruido con ese taburete que le construyó su padre segando, como si fueran las ramas de un fresno, las patas de una silla plegable. Quedaba el pianista a treinta y seis centímetros del suelo. Y precipitaba la sensación de que los brazos de Gould se extendían sobre el teclado como las alas de un ave noble.

Los herederos han comercializado la réplica. Y, lo que es mucho peor, sus epígonos han incurrido en el error de usarla, trivializando el fenómeno interpretativo a la ridícula imitación de sus excentricidades y de sus hábitos dramatúrgicos.

Gould es un mal ejemplo. Un artista tan atípico que decidió incluso construir su carrera renunciando al gran siglo del piano. Solo las excepciones de Beethoven y de Brahms matizaron su resistencia al XIX. Gould detestaba a Chopin y renunció a Schubert.

Concedió unos minutos a Schumann. Hizo de Grieg una cajita de música.

A cambio, nos demostró que Bach estaba fuera del espacio y del tiempo. Solo Gould podía grabar dos veces las Variaciones Goldberg. Discrepar de su criterio. Y desconcertar a quienes consideraban irrepetible el hito de 1956.

No hablamos de los esnobs. Los esnobs solo han escuchado la primera variación. Igual que Hannibal Lecter en El silencio de los corderos. Qué mejor música para un refinado antropófago que la desfiguración de un tópico cultural. Un enfermo del síndrome de Asperger, un neurótico, un hombre desgarrado. «Este chiflado es un genio», proclamó el maestro George Szell cuando compartieron un concierto en Cleveland.

Hubiera sido mejor decir que Gould fue un genio antes que un chiflado. Un canadiense fornido, divertido, entrañable, cuya personalidad se nos escapa cada vez que aspiramos a definirlo, a contenerlo. Más sabemos de él, menos lo conocemos. Y sucede así porque nos hemos equivocado de método. Para conocer a Gould solo hay que escucharlo. Descubrir que cuando toca a Bach ha logrado la desaparición del Steinway.  


Para ser feliz cuéntate buenas historias

Fotografía: Inverno Dreaming (CC)
Fotografía: Inverno Dreaming (CC)

¿Alguna vez has sido feliz en un espejismo? Imagina que te enamoras y durante meses solo experimentas instantes felices. Entonces descubres la trampa: tu amante era un actor a sueldo de una conspiración. De golpe te sentirás desgraciado. Pero ¿se ha esfumado la felicidad que ya experimentaste? ¿Es menos real ahora? No puede serlo. Puedes maldecirte, arrepentirte y hasta alterar tus recuerdos, pero la felicidad experimentada no puede deshacerse.

Este espejismo ilustra una paradoja que todos llevamos dentro: no es igual experimentar instantes felices que sentirte feliz al pensar tu vida.

Para explicar esta confusión el premio nobel Daniel Kahneman dice que nos habitan dos yoes diferentes (Science 2004, Nature 2006). El primero es el «yo que tiene experiencias». Es la parte de ti que vive en el presente, sintiendo dolor y placer en instantes sucesivos. Desconoce el pasado y no piensa en el futuro; vive fugazmente. Tú otro yo es el «yo que recuerda». Es la parte de ti que tiene memoria y juzga las cosas. La que responderá si te pregunto qué tal lo pasaste ayer o cómo te sientes últimamente.

La paradoja es que cada yo es feliz a su manera.

Puedo preguntarle a tu «yo que tiene experiencias» si se siente feliz ahora. Y si le pregunto periódicamente puedo saber cómo de felices han sido los sucesivos instantes de tu vida. ¿Cuántos momentos felices has experimentado? Ojalá que muchos.

Pero si interrogo al «yo que recuerda» la pregunta es distinta. A él puedes pedirle un juicio general de tu bienestar: ¿cómo de satisfecho estás con tu vida cuando piensas en ella? El «yo que recuerda» puede responder porque conoce la historia de tu vida. De hecho, es él quien la escribe. Lo hace sobre la marcha y no es fiel a los hechos: miente, altera tus recuerdos e ignora la mayor parte de tus experiencias. (Puede pasar, por ejemplo, que este año hayas disfrutado mucho viendo series y tu «yo que recuerda» anote un triste: vi muchas series). Pero lo que escribe importa, porque cuando reflexiones sobre tu vida o te preguntes si eres feliz, las respuestas brotarán de su relato.

Felices experiencias / felices memorias

Se nos plantea así un dilema: tenemos que escoger entre vivir para encadenar instantes felices o vivir para sentirnos satisfechos —¡y felices!— al rememorar nuestra vida.

Pondré un ejemplo. Es probable que uno experimente más felicidad quedándose en casa muchas noches. Es un sitio confortable y uno puede dedicarse a leer o ver películas bien acompañado. Y sin embargo, hay algo en esa felicidad monótona que rechazamos. Pero ¿quién la rechaza exactamente? No el «yo que tiene experiencias»: él sería feliz haciendo siempre lo mismo y ni siquiera notaría la repetición. No. Quien rechaza la monotonía es el «yo que recuerda», porque es un narrador y las buenas historias exigen acción.

Así las cosas, el «yo que recuerda» hace las veces de tirano: él tomas tus decisiones… y las consecuencias las experimenta tu otro yo. Para demostrarlo, Kahneman plantea un juego mental. Imagina que escoges el destino de tus próximas vacaciones. Piénsalo y decide un lugar. Ahora imagina que sabes que al final de esas vacaciones se destruirán las fotos y te administrarán una droga amnésica de modo que no recordarás nada. Las vacaciones serán solo una experiencia y ningún recuerdo. ¿Elegirías el mismo destino ahora? No te extrañes si tu «yo que tiene experiencias» elige la playa antes que hacer trekking por el sudeste asiático.

Fotografía: Joyce Kaes (CC)
Fotografía: Joyce Kaes (CC)

Para sentirte satisfecho con tu vida, tomas decisiones que no hacen que experimentes más placer, alegría ni felicidad. La tiranía del «yo que recuerda» consiste en que actuarás pensando no en las experiencias sino en su recuerdo y el relato alrededor.

Y eso explica muchas cosas.

Explica que no me guste escribir, sino haber escrito.

Y explica que corramos maratones: porque la experiencia es una mierda pero el recuerdo compensa. (Y si has corrido una maratón y crees que me equivoco, reconoce que no puedes saberlo porque en tu cabeza no está la experiencia sino el recuerdo.)

Explica también que existan los perseguidores de historias. Como aquel amigo que decidió arrepentirse siempre por hacer y nunca por no hacer. ¿Sabéis esas noches que dudas si pedir otra copa? La pide siempre. ¿Y cuando quieres decirle a una chica «vamos fuera»? Él ya está con ella de la mano. Como resultado, mi amigo comete grandes errores, hace mucho el ridículo y se pierde en Elche. Pero también acumula historias asombrosas.

La tiranía de la memoria nos empuja a buscar nuevas historias y explica que algunas parejas rompan sin motivo aparente.

Explica también a Sarah Bernhardt, en la versión de Julian Barnes, que rechazó casarse para experimentar mucho y luego rememorarlo: «Estoy hecha para la sensación, para el placer, para el momento. Busco continuamente sensaciones y emociones nuevas. Mi corazón desea más excitación de la que nadie, ninguna persona, puede darme».

Y explica esta frase de Ferlosio que debo a El guardián: «Mundo feliz aquel en que los niños no entendiesen ni aun remotamente la pregunta: Y tú, ¿qué quieres ser de mayor?».

* * *

Si ahora volvéis a la historia del principio, veréis la paradoja resuelta: descubrir que tu amante es un impostor no destruye la felicidad que ya experimentaste, pero destruye el relato y por eso duele y por eso importa.

Importa y duele porque vivimos al servicio del «yo que recuerda».

Confieso que esa tiranía me parece poco grave. No me importa vivir al servicio de esa parte de mí que lleva un diario y luego decide si estoy satisfecho. Quizás porque me gustan las historias o porque ese otro yo que tiene experiencias me parece líquido y de segunda clase. Solo una duda me corroe: quizás la tiranía del «yo que recuerda» me parece poco grave porque quien escribe y piensa estás líneas es el propio tirano.


Otras cien razones por las que vivir

101. El tercer movimiento del Septimino de Beethoven, en realidad titulado Septeto en mi bemol mayor Op. 20., y sus efectos en el humor de quien lo escucha. Lo que estamos insinuando es que debería oírlo mientras lee esta lista.

102. Este olor:

Fotografía: Rubén Díaz.

103. Los cuentos de Woody Allen.

104. El pasaje de El barón rampante en el que los niños se reconcilian, al principio del tercer capítulo, y Biaggio le lleva a Cosimo «dos higos secos, Mino, y un poco de pastel…». Habrá retratos de la ternura más ciertos, pero yo no los he leído.

105. Las estatuas de dos mil años que están buenas.

Hércules joven, una escultura romana c. 69-96 a.C. Fotografía cortesía de Dansshots.

106. La forma con la que J. R. R. Tolkien insinuó, pero nunca confirmó, que sus elfos tenían las orejas puntiagudas: en los idiomas élficos que inventó, le reservó el mismo lexema a las palabras «hoja» —«lassë» en quenya, «lhass» en sindarin— y «oreja» —«lár» en quenya, «lhewig» en sindarin.

107. Matt Harding.

108. Una gran cantidad de secuencias de Upside Down, una película de Juan Solanas. Por quedarnos con alguna, la del tango, la de cuando el protagonista se tira al mar o la de la persecución.

109. La posibilidad de que haya vida inteligente fuera de la Tierra. Si no es lo más emocionante que has oído nunca es que tienes horchata en las venas.

110. Louise Weber, La Goulue, bailarina de cancán. No la conocí, pero parecía una persona estupenda.

La Goulue en 1885. Fotografía: Louis Victor Paul Bacard / Musée d’Orsay (DP).

111. La niña del pompero. Otra persona estupenda.

Fotografía: Anónimo. Vía Know Your Meme.

112. Los gatos.

113. Las gran cantidad de personas más jóvenes que tú que son más inteligentes que tú.

114. Ser cuanto más vieja más pelleja.

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Liza Minnelli. Fotografía: Joella Marano (CC).

115. El talento de Picasso para la pintura realista y el hecho de que no le diese la gana ponerlo en práctica.

116. Rosa Parks.

117. La biografía de Rimbaud.

118. Darle la palabra al señor Nabo.

119. Dinotopia, de James Gurney.

Cortesía-de-James-Gurney.-Más-en-www.dinotopia.com.
Imagen cortesía de James Gurney.

120. Las traducciones de poesía que priman la rima sobre la literalidad. Un ejemplo.

121. Latinoamérica.

122. El duelo final entre Michelle Yeoh y Ziyi Zhang en Tigre y dragón, una película de Ang Lee.

123. Los que se atreven a cantar encima de lo inmejorable. Neil Hannon sobre Yann Tiersen o David McAlmont sobre Michael Nyman, por poner dos ejemplos.

124. La vida en un hilo, una película de 1945 escrita y dirigida por Edgar Neville.

125. Lauren Bacall.

Lauren Bacall en una imagen promocional de Cayo Largo, de 1948.

126. La voz de Steve Coogan.

127. El fan art delirante.

128. Los ballets setentones.

129. Este anuncio de L’homme de Yves Saint Laurent en 2006.

130. El milagro de P. Tinto, una película de Javier Fesser.

131. El realismo mágico.

132. Esta entrevista a Bill Murray, Matt Damon, Hugh Bonneville y Paloma Faith en The Graham Norton Show.

133. Las Oréades, un cuadro de Bouguereau.

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Las Oréades, de William Bouguereau en 1902 (DP).

134. La persona que discurrió el estilo de montaje de programas como Mujeres Ricas, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Perdidos en la tribu, todos de la productora Eyeworks-Cuatro Cabezas.

135. La habilidad de David Sides de embellecer todo lo que toca. Aquí un ejemplo.

136. El 25 de septiembre de 1957, cuando Eisenhower desplegó a la 101 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos contra la Guardia Nacional de Arkansas, que impedía la entrada de estudiantes negros en centros educativos para blancos.

Fotografía: US Army (DP).

137. Throne Room, de John Williams, el tema final de La guerra de las galaxias.

138. El Juego de la vida diseñado por John Conway.

139. Este color:

Fotografía: Rubén Díaz.

140. Douglas Adams, Terry Pratchett, Christopher Moore, Tom Sharpe, Neil Gaiman y en fin, todos esos.

141. Miranda Hart, Catherine Tate, Jennifer Saunders, Dawn French y las humoristas británicas en general.

142. Manolito Gafotas.

143. La certeza de que Artax en realidad no murió, porque no era de verdad.

144. Sarah Bernhardt interpretando a hombres.

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Sarah Bernhardt c. 1900. Fotografía: James Lafayette (DP).

145. Eyes Wide Shut, una película de Stanley Kubrick.

146. Este vídeo:

147. La parte de la trompeta en Old Town, de Phil Lynott.

148. El humahuaqueño, de Edmundo Zaldívar.

149. El piano ortofónico de Baranov-Rossiné, Baranov-Rossiné y toda la gente que ha querido convertir la música en color.

El prototipo del piano ortofónico de Vladimir Baranov-Rossiné. Fotografía: Philippe Migeat / Centre-Pompidou / MNAM-CCI.

150. Las onomatopeyas. Besar el aire al decir «beso», caballos al trote en «quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum», Don McLean inventando la música al tararear «this’ll be the day that I die».

151. Los crescendos.

152. Pertenecer a uno de los pocos órdenes zoológicos en toda la historia de la biología cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. A lo mejor suena a gracieta, pero no lo es.

153. Las veinte entregas de Willam’s Beatdown. Y si hubiera cincuenta, las cincuenta.

154. La mamarrachaería socialmente aplaudida.

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Salvador Dalí. Fotografía: Allan Warren (CC).

155. Melvin Udell.

156. Kristen Wiig.

157. Rubén Darío

158. Lee Miller en la bañera de Hitler.

Fotografía: David E. Scherman (DP).

159. Este flash mob.

160. El segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

161. Los últimos veinte minutos de Dogville, de Lars von Trier.

162. El forastero misterioso, una novela de Mark Twain.

163. Las sinopsis de cine de Sinopsis de cine.

164. La forma en la que está contada El atlas de las nubes, de David Mitchell. La novela, no la película.

165. John Larriva en general y este cuadro suyo en particular:

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Ian Malcolm: From Chaos. Imagen cortesía de John Larriva.

166. La sonrisa de María Pagés cuando saludaba al público al final del espectáculo de Riverdance.

167. Cualquier versión mínimamente entusiasta de Ding Dong The Witch Is Dead, la canción que celebra la muerte de la Bruja del Este en El Mago de Oz.

168. La decisión de no lanzar la bomba atómica sobre Kioto durante la II Guerra Mundial si fue, como suele decirse, para evitar la destrucción de su patrimonio histórico y artístico.

169. Grandes machos con caligrafía de niña pequeña.

Una postal de Ernest Hemingway a Gertrude Stein en 1924 (DP).

170. Los fiestones de las películas de Baz Luhrmann.

171. Ficciones, de Jorge Luis Borges.

172. El plano del búho de Blade Runner.

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Imagen: The Ladd Company / Shaw Brothers / Warner Bros.

173. Esta entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar. Lo mismo podríamos decir de esta a Borges.

174. Palma Fine Books, que es una librería inglesa en Palma de Mallorca. Se puede ver en este vídeo, pero no le hace justicia.

175. Participar en un rodaje, casi en cualquier rodaje.

176. El amor entre el follaje, valga la redundancia. Quien lo probó lo sabe.

177. La entrada de la Reina de Saba en Salomón, el oratorio de Händel, tocada con un arpa.

178. The Royal Tenembaums, una película de Wes Anderson.

179. Astérix y Obélix.

180. Homer Simpson cuando era Homer Simpson.

181. Plantar batalla a las leyes más elementales de la vida.

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Joan Rivers. Fotografía: Cordon Press.

182. La versión de Voglio vederti danzare de Astrud y el Col.lectiu Brossa.

183. El final de V de Vendetta, secuencia muy emocionante a la par que la única de la historia del cine en la que Natalie Portman sobra.

184. Los hombres con perfil de moneda antigua.

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Tom Hiddleston. Fotografía: Cordon Press.

185. Las mujeres felinas.

Natalie Dormer. Fotografía: Suzi Pratt (CC).

186. Lana Wachowski.

187. Tristram Shandy: A Cock And Bull Story, una película de Michael Winterbottom.

188. El duelo entre Minerva McGonagall y Severus Snape.

189. Photoshop. Sí, Photoshop.

190. La carraca lila.

Carraca Lila (cloudzilla - CC)
Fotografía: Cloudzilla (CC).

191. Simon Pegg y Nick Frost.

192. Los mambos de Pérez Prado.

193. Shoes, una canción de Reparata, y todas sus versiones.

194. El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper.

El lamento por Ícaro, Herbert James Draper, 1898 - Tate Britain DP
El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper, 1898. Imagen: Tate Britain (DP).

195. Sócrates.

196. Las visiones idealizadas de la realidad. Esta misma lista contribuye a casi cualquiera de ellas.

197. Prácticamente cualquier cosa pintada por Roberto Ferri.

198. El olor de los primeros minutos de una tormenta de verano.

199. La fontanería, la luz eléctrica, la calefacción, los váteres y demás comodidades domésticas. Si no le parecen una razón para vivir, no me lo diga: ya dispone de ellas.

200. La ilusión de que el futuro será mejor.