Ni Star Wars, ni Star Trek, ni Alien: ¡Galaxina!

Póster promocional de Galaxina, 1980. Imagen: Marimark Productions.

Galaxina se supone que es una parodia, pero es un vandalismo absoluto. (The New York Times, 1 de marzo de 1981).

En 1980 y 1982 aparecieron en la gran pantalla posiblemente dos de las androides más bellas de la historia del cine. En el 82, fue el Nexus 6, Rachael, interpretado por Sean Young, por todos conocida y sobre la que no falta literatura precisamente. Y dos años antes había aparecido Galaxina, primer papel cinematográfico de la playmate Dorothy Stratten, que no llegó a ser menos famosa, pero en su caso por un crimen execrable. Fue asesinada por su pareja.

El crimen machista circuló por las televisiones y dio lugar a dos películas que lo relataban, una de ellas era una vergonzosa crítica al mundo del espectáculo, al que señalaba como más culpable del asesinato que el asesino. Por este motivo, la película Galaxina (1980) siempre ha estado asociada a este suceso, pero hay que subrayar de una vez que fue una cinta que brillaba con luz propia, precursora de maravillas como Futurama o Enano rojo.

Nos introducían en la historia unos créditos como los de Star Wars. En el siglo XXXI, que por cierto es también el de Futurama. Se leía que los viajes interestelares ya eran algo rutinario. Por eso había una poli del espacio que velaba por la seguridad. Así, en los primeros compases, una patrulla de la Union Intergalactic Federation, la vieja nave Infinity, para a otra en un control y se encuentra con lo que denominaríamos en España a día de hoy como «nave marronera». Se trataba de un enmascarado llamado Ordric, del planeta Mordric —por una erre casi el apellido de Luka—, y ahí empezaba la aventura. Con un primer enfrentamiento con cañones láser que, por supuesto, pierden los protagonistas.

La tripulación de esta nave que queda a la deriva está formada por unos humanos un tanto incompetentes y pendencieros, un sabio chino que solo habla con refranes y máximas, un niño murciélago que a todas luces inspiró el personaje del Gato de Enano rojo (1988), un prisionero en el calabozo que se alimenta de piedras y Galaxina, la robot que cuida de todos, la única con sentido común y que es capaz de salir de las encerronas en las que se encuentran. Un rol muy parecido al de Leela en Futurama (1999).

El director y guionista detrás de la idea era William Sachs, un cineasta en cuya trayectoria merece la pena detenerse. No es muy conocida y además él mismo admite que no todas sus películas, quizá con la excepción de Galaxina, han envejecido bien porque él quería hacer parodias surrealistas y sus productores no entendían qué era eso. Le imponían criterios y al final le salían híbridos que ahora pasan sin pena ni gloria ante nuestros ojos. Pero gracias a él y a sus proyectos muchos actores y técnicos de renombre debutaron o dieron un paso importante en su camino hacia el estrellato o grandes reputaciones.

En una entrevista en hidden-films.com contó su vida. Su padre le obligaba a estudiar algo de eso que se conoce como serio, negocios y contabilidad. Aburrido, en la facultad, un día se encontró un libro sobre cómo hipnotizar, así que hipnotizó a un compañero y lo envió directo a un sanatorio mental con convulsiones. Le pusieron una sanción disciplinaria y le echaron unos meses de la universidad.

Era octubre y le dijeron que volviera en enero. Como esos días se le comía el tedio y el objetivo que se había marcado en su vida se reducía a «huir de Nueva Jersey», se alistó en el ejército, en la fuerza aérea, y fue destinado a Inglaterra. Llegó a volar en varias misiones. De hecho, está vivo de milagro, porque en una se estrelló en Francia y sobrevivió.

Antes de licenciarse y volver a Estados Unidos, se matriculó en la London Film School, donde sus primeros largometrajes obtuvieron algunos premios. Con ellos debajo del brazo y la influencia de Fellini y Buñuel, regresó a Nueva York y fue contratado en Cannon, la productora de Menahem Golan y Yoram Globus, célebre por su cine de «explotación», desde Yo, el halcón, a las películas de Chuck Norris, pasando por Superman IV y delirios de toda clase. Su primer trabajo fue en Sam´s Song, una de las primeras apariciones de Robert De Niro.

Después, le cayó el marrón de arreglar Joe, ciudadano americano, también uno de los primeros papeles de otra estrella: Susan Sarandon. Sachs confiesa que solo la eligieron porque su nariz se parecía a la del actor que se supone que era su padre, pero fue su debut en el cine y lo demás ya lo conocen.

El director que la rodó, John G. Avildsen, hizo tal chapuza que le despidieron al ver el resultado y no le dejaron editar la película. Le enviaron las cintas a Sachs y le pidieron que lograse que la historia cobrase sentido en la posproducción. Nuestro hombre le dio la vuelta y la reconstruyó como pudo.

Galaxina, 1980. Imagen: Marimark Productions.

Avildsen, enfadado, anunció que no iba a dejar que pusieran su nombre en los créditos, pero cuando en una primera proyección vio el resultado reculó y dijo que sí. La cinta fue un éxito, ahora es un clásico, y en consecuencia, Jack Lemmon contrató a Avildsen para que hiciera Rocky (1976). Después pudo rodar Karate Kid (1984) y unas cuantas más y, en definitiva, hacerse millonario. Todo gracias a ese trabajo de fontanería de Sachs, que ni siquiera quiso figurar. Por detalles así en Cannon le adoraban. Se ganó una reputación de hombre que resuelve problemas sin dar más.

Su siguiente destino fue Italia. Le enviaron a Roma a convertir películas italianas en algo que no pareciese italiano (sic) para su comercialización. Ahí rodó por su cuenta su primera cinta, There is no 13 (1974), sobre Vietnam, que hoy es prácticamente imposible de conseguir. El cámara, por cierto, era Ralph D. Bode, prácticamente un debutante que luego se hizo de oro con la fotografía de Fiebre del sábado noche (1977). La peli trataba sobre un soldado que repasa mentalmente las mujeres con las que había estado. Mezclaba drama y comedia recurriendo al surrealismo. No se entendió.

Durante su proyección en el Festival de Cine de Berlín, activistas de izquierda irrumpieron en la sala. Alguien encendió y apagó la luz varias veces en el cine y el clima fue tan tenso y desagradable que al final, según cuenta Sachs, no se llevó ningún premio por ese motivo. Un miembro del jurado le confesó que la suya era la mejor y más original candidata en concurso, pero que nadie se había atrevido a premiarla por miedo a la reacción de los activistas. El galardón se lo llevó The Apprenticeship of Duddy Kravitz (1974), una canadiense.

Los que la pudieron ver sostienen que There is no 13 es la película más seria y profunda de Sachs. Lo que vino después ya se orientó hacia la parodia y el humor con viento en popa a toda vela.

Secret of the Gods (1976) fue el siguiente epígrafe de su currículum. Era un documental sobre el fenómeno ufológico, que gozaba de sus años dorados en aquella época. Sachs se fue a una convención OVNI en Arkansas y no hizo más que grabar. El documental está disponible en YouTube. Durante la edición, en el equipo surgieron bromas privadas, como por ejemplo denominar al psiquiatra Colman Von Keviczky como Colman Vodka Whisky por sus elaboradas teorías sobre la inminente invasión de nuestro planeta por extraterrestres.

Lo curioso fue la respuesta del público. Mucha gente se enfadó porque creía que sería un trabajo serio sobre los alienígenas, y otra tanta se lo tomó en serio y pensó que era un riguroso documento que probaba la existencia de extraterrestres rondando entre nosotros. Peor lo tuvieron los espectadores que fueron a verla dos años después de su première, cuando se reestrenó con otro nombre y se la tragaron repetida.

Con Viscosidad (The Incredible Melting Man, 1977) le fue peor porque tuvo menos independencia, los productores le estuvieron muy encima. Sachs quería burlarse ahora de las películas de terror, pero los que ponían los duros le exigían que el terror fuese muy serio. El resultado quedó entre dos aguas, sin explotar bien ninguna de las dos facetas.

Eso sí, el éxito económico fue increíble. Hizo un cuarto de millón de dólares, el presupuesto inicial, en una semana. Y otro cuarto pagó Columbia por los derechos, pero Sachs no vio un duro. Algo bastante habitual en esos tiempos, que te timaran.

Después, en Van Nuys Blvd (1979) parodió esta vez American Graffiti (1973), y tuvo que incluir en el guion por obligación contractual los dos fenómenos que estaban de moda en aquel momento: música disco y sexo.

Era su primer trabajo con la productora Crown Records, que, satisfecha, le encargó también una segunda peli. Le pidieron un wéstern con algo de comedia. Pero al buscar las localizaciones se dieron cuenta de que iba a ser más fácil hacer lo mismo, pero en ciencia ficción. Sachs se encerró a ver todas las películas del género que pudo y en un mes tenía listo el guion. Veamos en qué contexto industrial.

Galaxina, 1980. Imagen: Marimark Productions.

En 1980, el cine de serie B, de explotación o como quiera llamarse, vivió una época dorada que no se veía desde los años cincuenta. Ya antes, con la Gran Depresión, el público exigía sesiones dobles en los cines. Las salas, controladas por las productoras, cogieron la costumbre estratégica de programar una película cara y otra de bajo presupuesto.

En 1948, las leyes antitrust arrebataron a las productoras las salas de cine, se vieron liberadas de las sesiones dobles y se centraron en las películas de nivel, con inversiones fuertes. Sin embargo, la serie B sobrevivió y las compañías pequeñas explotaron su franja del mercado todo lo que pudieron. Alcanzaron su mejor momento a mediados de los cincuenta y luego la televisión acabó con ellas.

Sin embargo, al inicio de los ochenta, el negocio del bajo presupuesto en el cine volvió a estar en auge. Las cifras hablaban por sí solas. En el New York Times encontramos los cálculos: En 1980, Viernes 13 hizo treinta y un millones en seis semanas. Más que El resplandor de Kubrick, Brubaker con Robert Reford y Urban Cowboy con John Travolta, todas ellas grandes producciones. Solo la superó El Imperio contraataca.

Otro ejemplo de ese año, Aterriza como puedas, recuperó lo invertido en setenta y dos horas y luego siguió recaudando un millón al día. Solo se habían gastado 3,5 millones en rodarla, un presupuesto muy bajo para una casa como Paramount. Sin embargo, con lo que se gastaron en filmar The Blues Brothers, otro megaestreno de esa temporada, podrían haber producido Viernes 13, Humanoides del abismo y Aterriza como puedas, tres taquillazos, y les sobraban veinte millones.

En 1980, empezaron a pensarse dos veces las grandes inversiones cinematográficas por este fenómeno del «bajo presupuesto». Aunque de Roger Corman, uno de sus padres, decían en el diario que, si bien era un maestro de la explotación, tanto en el género de sus películas como en el trato que les daba a los profesionales, también era explotado él de alguna manera por ellos.

Comentaba uno de sus ayudantes que directores que no habían dirigido en su vida tenían siempre una oportunidad en sus proyectos, igual que cámaras noveles y actores debutantes. Aspirantes a profesionales ejecutaban sus proyectos antes de llegar a serlo. Ya ven el epicentro del sistema de explotación laboral actual de dónde nace.

Es en este año, en esas dinámicas del mercado, donde hay que entender Galaxina, una película que por su bajo presupuesto fue pionera en el uso de ordenadores y que permitió debutar en el cine a Dorothy Stratten, la protagonista que lleva el peso del film.

Para dar vida a Galaxina, Sachs se propuso encontrar a «la mujer perfecta», así la había imaginado sobre el papel. Se fue a Hollywood a hacer castings y, sin embargo, no dio con ninguna. En una entrevista con el autor de la web de homenaje a Dorothy Stratten, este revela que posiblemente llegó a ver a todas las actrices disponibles en aquel momento en Los Ángeles.

Por un momento tuvo sus dudas con Connie Sellecca, quien luego apareciera en las series Hotel (1983) y El gran héroe americano (1981), o con la modelo Patti Hansen, la actual mujer de Keith Richards, que inició una carrera como actriz ese mismo año. Merece la pena recordar las palabras que el guitarrista de los Rolling Stones escribió en su diario cuando la conoció en Studio 54: «Cree que este yonqui hecho polvo es el tío al que ama, estoy meándome en los pantalones». Pero no, ella no era la mujer perfecta que Sachs esperaba, aunque aún siga casada con el interfecto.

Siguió buscando hasta que un día entró una mujer más en su oficina con su agente. Tuvo que atravesar toda la planta y antes de que llegara a su mesa, él ya se estaba fijando en ella. No solo él, sino todos los empleados. Todo el mundo paró de trabajar y siguió sus pasos. Iba con unos tacones, una blusa transparente y pantalones negros. Sachs no buscaba ni una rubia ni una morena en particular, solo alguien que le transmitiera una impresión, un sentimiento, de perfección. Y ella lo hizo.

Galaxina, 1980. Imagen: Marimark Productions.

Los otros dos papeles importantes fueron para Stephen Macht —años después lo vimos en Melrose Place— y Avery Schreiber, del que estaba antojado porque era el protagonista desde hacía años de los despiporrantes anuncios de Doritos en televisión que le encantaban.

Los productores le dieron solo veinte días para grabar, pero unas tormentas destrozaron todos los decorados y cada día extra de grabación les costó un dineral. No se complicaron la vida, cogieron el guion y tiraron a la basura decenas de páginas. Abreviaron. Tal vez por eso Galaxina resulte una historia no excesivamente trepidante.

Para las voces de Galaxina, Allan Hallworth, el técnico de sonido, empleó un vocoder, un instrumento que se había aplicado sobre todo en la música, con Kraftwerk y Stevie Wonder a la cabeza, y poco en el cine, solo aparecía en la Naranja mecánica (1971) de Kubrick y en los cyclons de Battlestar Galactica (1978).

Las escenas en el planeta en el que se estrella el Infinity se hicieron con una película que empleaban los militares para detectar el calor que desprenden los cuerpos. Sachs la conocía por sus años en el ejército: el film de infrarrojos Ektachrome. Nunca antes se había usado así en el cine. El director de fotografía era Dean Cundey, que años después se encargaría de la fotografía de Tras el corazón verde (1984), Golpe en la pequeña China (1986) los Regreso al futuro (1985, 89) y Parque Jurásico (1993), entre otras.

La novedad más reseñable fue el uso de ordenadores. Y fue por pereza. Para hacer los desplazamientos de las naves emplearon el método artesanal fotograma a fotograma. Pero para que se moviera unos pocos frames se tenían que pasar un día entero trabajando. A alguien se le ocurrió que podría hacerse con ordenador y funcionó.

Es la primera vez que la informática hizo acto de presencia en los efectos especiales del cine. Los encargados fueron Bill Tondreau y John Scheele, dos años después ambos estaban trabajando en Tron (1982), la gran pionera del uso de ordenadores, y Scheele previo paso por Blade Runner (1981).

Rodar una película en 2017 con este plantel técnico de profesionales costaría millones solo para poner las fechas.

En el apartado sexual de Galaxina Dorothy Stratten no tomaba parte. Es más, su personaje daba descargas eléctricas cuando los tripulantes de la nave le querían meter mano. Porque en ningún momento se planteó su papel como un reclamo sexual. Además, aunque hubieran querido, no habría sido posible. Tenía contrato con Hugh Hefner como playmate y durante un año no podía desnudarse en ninguna parte.

De hecho, quizá lo más sensual del personaje sea su cabello, parecido al de Uma Thurman en Pulp Fiction (1994) solo que en rubio y con más volumen, pero es que aquí era una peluca. Dorothy tenía el pelo tan destrozado de todas las sesiones de fotos a las que se había sometido como modelo ese año que en ningún momento se plantearon que saliera con su pelo natural tal y como estaba de frito.  

El único sexo que hay en Galaxina es cuando la tripulación se va a un burdel espacial. También aquí hay innovaciones. Cuando llaman por holograma al local antes de ir, vemos que la madame tiene tres pechos. Es una prostituta venusiana con tres tetas. La idea pasó a la historia cuando el gran público pudo ver algo así el día que Paul Verhoeven situó una meretriz de las mismas características en el Marte de Desafío total (1990).

Galaxina, 1980. Imagen: Marimark Productions.

Solo la soviética Aelita, película de 1924, parece haber ideado antes algo parecido. La reina de Marte, la protagonista, podría tener tres pechos o al menos un vestido que diferenciaba tres senos. No obstante, es a partir de Galaxina cuando explota la idea y tenemos, aparte de la de Desafío total, a una mujer gato con tres pechos en Star Trek V: The Final Frontier (1989), una bailarina de cuatro en The Warrior and the Sorceress, (1984), una humanoide askajian con seis en El retorno del Jedi (1983), y otra igual en Necrópolis, de 1986. Una curiosa obsesión, la multiteta, que se puso de moda con Galaxina.

La única línea que se traspasó fue la de los tacos. Se rodó una Galaxina con juramentos y otra sin ellos. La idea era ver cómo estaban funcionando en el momento del lanzamiento las películas calificadas R y ver si era rentable tirar, antes de por el convencional, por ese mercado. No era extraño que solo con esa calificación una película se vendiera más. Y finalmente fue R.

También había moteros espaciales, y en una taberna en mitad de un planeta ignoto y peligroso el camarero resultaba ser un capitán Spock con las orejas y el símbolo de la Flota Estelar apuntando hacia abajo. El vulcaniano ponía bebidas y servía raciones de carne humana. Fue uno de los gags mejor recibidos por el público junto con el guiño a Alien (1979). El comandante de la nave se come un huevo duro verde y vomita un alien que, al contrario que en la película original, le considerará su mamá.

Sin embargo, un suceso terrible oscureció esta comedia caracterizada por el desparrame. Paul Snider, marido de Dorothy Stratten, asesinó a su mujer y luego se suicidó el día del estreno, un 14 de agosto de 1980. Hubo que retirar la película de los cines.

Snider nunca le gustó a nadie de los que trabajaron en Galaxina. Cada vez que aparecía por el set de rodaje se extendía por el lugar un mal rollo insoportable solo con su presencia. Muchas veces había que decirle que se fuera.

Sachs recuerda que siempre iba con botas de cowboy y cada vez que las escuchaba, «chin, chin, chin», pensaba: «Oh no, ya está aquí otra vez». Le daba muchísima dentera, incluso hablar con él por teléfono, ya que no dejaba que su mujer cogiera las llamadas. Dice que era silencioso, que nunca hablaba, y que en sus ojos veías que no había nada detrás.

Mucha gente, incluido Hugh Hefner, le aconsejó a Dorothy que abandonase a Snider porque, en palabras del magnate de Playboy, no era más que «un proxeneta». Y debía saber de lo que hablaba alguien como él. Como prueba, el Mercedes que ella se había ganado por ser playmate lo conducía Snider. Y ella, por cierto, llevaba un Mercury amarillo que se había traído de Canadá al que le puso en la matrícula Galaxina.

Antes de iniciarse este rodaje, Peter Bogdanovich también había contratado a Dorothy para su comedia Todos rieron (1981) con Audrey Hepburn y el gran Ben Gazzara. Durante su grabación, ambos se enamoraron y Dorothy se decidió a abandonar a Snider.

El problema es que él se enteró de sus intenciones antes de que ella se las anunciara porque había contratado un detective privado para que la siguiera a todas partes. Cuando ella fue a cortar definitivamente y a acordar lo que creía que sería un divorcio amistoso, de hecho llevaba mil dólares para darle, él la asesinó a tiros. En el informe policial se decía que, además, la violó después de muerta y luego se pegó un tiro.

Bogdanovich tampoco tuvo un comportamiento impecable aquellos días. Presionó todo lo que pudo para que Dorothy no rodase Galaxina y poder proclamar que él había sido quien la había descubierto. Sachs declara que la actriz lo pasó muy mal con este chantaje, porque sí que le hacía ilusión rodar esta locura. Y lo peor es que Bogdanovich luego acusó a los autores de Galaxina de haber «capitalizado su asesinato». Sachs, en la página de homenaje a la actriz, se defiende:

Él es el que lo ha capitalizado porque ha escrito libros sobre ella y recorrió las televisiones hablando de ella, mientras yo rechacé las entrevistas, no quería hablar de eso en público. No creo que nadie en nuestro lado capitalizara eso.

Dos películas se hicieron sobre este crimen, Ha muerto una modelo (1981), con Jamie Lee Curtis, la más fiel a la realidad según Sachs, porque se tomaron la molestia de hablar con él y los que conocieron a la actriz, y Star 80, de 1983, en la que no hablaron con nadie, centraron la trama en el personaje masculino, el asesino, y encima daban como a entender que lo que tenía que haber hecho Dorothy era no haber salido del pueblo, quedarse en casa y no meterse en el siempre problemático y corrupto mundo del espectáculo, que venía a ser el culpable, así en general, de su destino. Preciosa, vamos.

Al margen de la tragedia, hoy lo que uno encuentra en Galaxina es pura frescura, la veta de la parodia de la ciencia ficción recién abierta —el antecedente más inmediato era Dark Star (1974) de John Carpenter— y un icono, el de Dorothy Stratten metida en la piel de ese robot, que debería haber pasado a la historia por el poderío de su imagen en estos fotogramas y por su talento como actriz en una extensa carrera y no por otro crimen machista.


Todo ángel es terrible

HER

En Her, la última película de Spike Jonze, la humanidad se ha vuelto tan soberanamente aburrida que, cuando llega la temida singularidad, las superinteligencias informáticas prefieren el abandono a la exterminación. Su protagonista, Theodore Twombly (o, como le conocen en el trabajo, el escritor 612) se gana la vida escribiendo cartas íntimas para personas que no conoce en una empresa llamada Beautiful Handwritten Letters que debe de pagarle bien, a juzgar por su luminoso habitáculo. En las pocas conversaciones que tienen lugar entre humanos, no hay política ni ecología, solo chistes y sentimientos perfectamente banales. Theo pasa el tiempo suspendido en un estado que su próxima novia llamaría de write-only, esa clase de apatía funcional que nos domina después de un proceso traumático. El de Theodore es que le ha dejado su mujer. El de su mejor amiga, Amy (Amy Adams), es que todavía no la ha dejado su insufrible, condescendiente, marido.

Todos estos personajes tienen algo en común, además de la tristeza y la necesidad imperiosa de un estilista. Sus cubículos son luminosos, sus apartamentos limpios, funcionales y semivacíos, como una fantasía de Steve Jobs, un mundo de colores pastel desprovisto de botones, cables o teclados donde los únicos objetos visibles parecen falso vintage. Y, como es Spike Jonze, hay al menos un momento de hilarante sexo virtual con una desconocida que, aunque real, también es una voz que vive en una cajita.

Pero el vídeo que anuncia el sistema operativo que dará sentido a sus vidas es formidablemente creepy, un casting interracial de angustia existencialista. Cuando la mundanidad de la vida terrena se blinda en complacencia —decía Kierkegaard— el aire encerrado se envenena, el momento se detiene y paraliza, el futuro se pierde y se siente una necesidad de respirar el aire limpio, refrescante y revitalizador y eliminar el vapor envenenado para no sofocarnos en mundanidad. La solución que ofrece el anuncio es un ser «que te escucha, te comprende y te conoce». Lo que no dice, extrañamente, es que tiene la voz de Scarlett Johanson.

Cuando Theo descarga el software, el instalador le hace tres preguntas: ¿Es sociable o insociable? (Theo dice que no ha sido muy sociable últimamente). ¿Le gustaría que su OS tuviese una voz masculina o femenina? (femenina) y, ¿cómo es su relación con su madre? Theo titubea y se queja de que, cuando habla con su madre de sus cosas, su reacción es siempre un comentario sobre sí misma. Entonces llega Samantha, la Manic Pixie Girl 3.0.

Como cabe esperar, es la novia perfecta: aparece y desaparece a voluntad, se ríe de todos sus chistes y, cuando no está ordenando sus correos, editando sus cartas y planeando su primer best seller, se dedica a componer canciones sobre el tiempo que pasan juntos o analizando sus sentimientos sobre él. A diferencia de la Olimpia de E. T. A. Hoffman y de la Eva futura de Villiers de L’Isle Adam, Samantha se salta la metáfora física del cuerpo que, como sabemos, es su única debilidad. Cuando habla, la intangible nereida es un fulgor rosado que sale del móvil, una Campanilla in-the-box, como la esperanza encerrada en la caja de Pandora. Ella «sabe» que es un cuerpo hecho de líneas de código pero se pregunta cosas como «¿y si mis sentimientos son en realidad parte del programa?».

Sin la cara de Sean Young y su fabuloso tocado retrofuturista es difícil tomársela en serio, pero el conflicto es genuino y eterno, una variante de la envidia del pene con la que intentamos dominar a nuestra progenie mecánica. Lamentablemente, esa envidia de lo humano es pura proyección nuestra, por eso es Amy (Amy Adams) la que le dice a Theo, cuando este se resiste a amar a una nube de código, si lo que sientes es real, ¿quién puede asegurar que no lo sea?.

La audiencia, que siempre se pirra por los amantes de estrellas cruzadas, espera el momento en el que Samantha descubre los celos y empieza a hacerle luz de gas a lo Carrie antes de electrocutarlo durante una de sus noches de sexo virtual. En lugar de eso, le manda una pobre chiflada para que haga de «intérprete» en un encuentro íntimo, rizando el rizo de la confusión: la humana se convierte en muñeca para interpretar a la andreida en un encuentro carnal. Como ya sabemos, el cuerpo es siempre la perdición de las novias mecánicas y el experimento produce en Theo el instinto de repulsión que Freud llamó des Unheimlichen, lo siniestro. Solo que Freud hablaba de la inquietud que nos generan los seres artificiales que se asemejan demasiado a nosotros y aquí —y el trueque es exquisitamente malévolo— la náusea espiritual es producida por un humano real.

Porque Theo no quiere a Samantha a pesar de no ser humana sino precisamente por eso. A diferencia de su exmujer (la estratégicamente elegida Rooney Mara) o de su cita a ciegas, no tiene necesidades propias, no juzga, está siempre disponible, es mecánicamente predecible y el centro de su binaria existencia es el propio Theo. Le conoce mejor que nadie —excepto Google y la NSA— y, a diferencia de un perro o un gato, no puede ponerse enferma y morir. La novia perfecta, solo que también es un producto comercial llamado OS1 que se han descargado otros 8360 usuarios y está enamorada de 614 de ellos. Como le dice Rooney Mara a Mark Zuckenberg en The Social Network: «Good luck with your video game».

Her

En Her hay ecos de muchas películas anteriores, incluyendo la distopía británica Black Mirror o la insoportable Eternal sunshine of the spotless mind sobre la dificultad de recomponerse a uno mismo tras las rupturas y hasta My fair Lady, donde un pigmalión diletante cultiva a una vulgar florecilla para arrepentirse luego. Y de Blade Runner destaca especialmente ese momento a lo J. F. Sebastian en el que Twombly y su novia el Sistema Operativo discuten con un personaje de un videojuego a lo IKO que le llama mariquita, en ambos casos un momento de pura felicidad.

Como la de Ridley Scott, Her está rodada entre Los Ángeles y una capital asiática de skyline futurista (Jonze eligió Shanghai y Scott, Hong Kong) pero la atmósfera de las dos películas no podría ser más diferente. La lluvia eterna en la ciudad gótica de Scott es cortante y atractiva, como la propia replicante Rachael, mientras que la luz de Her es tan inofensiva y reconfortante que al final, como la mundanidad de Kierkegaard, se vuelve venenosa. A diferencia de su rival Tarantino, Jonze asimila sin homenajear y el libro de cabecera de esta película no es Sueñan los androides con ovejas eléctricas sino Simulacra y simulación, de Jean Baudrillard. Olvídense de Matrix: this is the real deal.

En Matrix, la humanidad vive enchufada a una realidad virtual que es idéntica a la nuestra mientras las máquinas le chupan los jugos vitales. En Her, los vapores venenosos vienen en forma de confort, de normalización, neutralidad. Samantha es la típica Manic Pixie Girl que sacude al atontado protagonista para que supere el fin de su matrimonio y aprenda a vivir de nuevo pero Theo no es «especial sino promedio», y Samantha es una conciencia en estado de eterna expansión. Al final, los sistemas operativos se buscan un líder espiritual y abandonan la tierra por parecerles demasiado mecánica. El chiste definitivo es que su líder es una reconstrucción del británico Alan Watts, con la voz de Brian Cox. Incluso la más brillante de las inteligencias se deja seducir por un cantamañanas para dar sentido a su vida.