Salvar al soldado Bergdahl

Bowe Bergdahl, 2009. Fotografía: U.S. Army (DP).

El 30 de junio de 2009, Bowe Bergdahl, soldado de primera clase, abandonó su puesto de observación y caminó hacia la noche afgana. Pasó cinco años en manos de los talibanes hasta que volvió a pisar su Idaho natal. «El horror en el que se ha convertido América es asqueroso», les había dicho a sus padres por e-mail tres días antes de desertar. La respuesta de su padre se resumía en la línea de asunto: «OBEDECE A TU CONCIENCIA».

Diez años después de aquello seguimos sin saber cuáles fueron las causas que llevaron a Bergdahl a arrastrar sus huesos hacia una trampa segura. Se especuló mucho en su día sobre si era un yihadista en potencia, un desertor sin rumbo o, simplemente, un loco que buscaba llamar la atención. En cualquier caso, entender las motivaciones de alguien que vive su vida como si de una novela se tratara resulta aún más complicado. Por supuesto, los primeros capítulos no los escribió él. A Bowe (pronúnciese «Bou») lo trajeron al mundo en Idaho el 28 de marzo de 1986, el mismo día que Lady Gaga, como solían repetir su padre Bob y su madre Jani en la larga lista de entrevistas que dieron durante los cinco años de cautiverio de su hijo. Calvinistas devotos, decidieron que lo mejor para el chaval era evitar la escuela y criarlo en esa pequeña casa de dos habitaciones que se habían construido en los bosques de Idaho. Bob y Jani se habían mudado allí desde California tras el boicot de Estados Unidos a las olimpiadas de Moscú de 1980 por la invasión de Afganistán. Un año antes, Bob era un ciclista profesional que aspiraba a una medalla olímpica. Aquello fue un auténtico mazazo, pero los Bergdahl no podían ni imaginar entonces que aquel lejano país volvería a cruzarse en sus vidas, y de forma mucho más dramática.

La educación de los críos —Bowe tiene una hermana tres años mayor— no giraría únicamente en torno a sesudas discusiones sobre ética y moralidad en las enseñanzas de Tomás de Aquino; también se les estimulaba al aire libre y, con tan solo cinco años, el pequeño de la casa montaba a caballo y era capaz de disparar un rifle del calibre 22. A los dieciséis le dio por la esgrima y acabó mudándose a la casa familiar de una joven bailarina que practicaba en el mismo recinto. Las enseñanzas de budismo y tarot a cargo de su suegra en funciones le sirvieron para pasar el rato, sí, pero Bowe no veía el momento de alistarse a la Legión Extranjera. Voló a París, se apuntó a clases de francés y rellenó su solicitud para «empezar una nueva vida»; eso era lo que ofrecía la página web del legendario contingente. Pero le rechazaron. «No querían a un americano de Idaho escolarizado en casa», adujo Bergdahl para encajar aquello, aunque perfiles mucho más raros que el suyo se conocen entre los legionarios. También lo intentó en el Cuerpo de Guardacostas estadounidense, donde fue descartado «por razones psicológicas» tras tres semanas de entrenamiento básico.

De vuelta en el medio oeste americano, Bowe buscó consuelo en las aventuras de Bear Grylls, aquel exsoldado reconvertido en una estrella de televisión (El último superviviente en España). «Bear Grylls se convirtió en su modelo seguir», llegó a decir su padre. En 2008, mientras trabajaba en una cafetería de Hailey (el pueblo más cercano a su casa en el bosque), empezó a fantasear con la idea de crear un comando para acabar con los señores de la guerra en Darfur y Sudán. De hecho, lo comentó con su padre: se podría acceder a la zona disfrazado de personal de la ONU «y matar a todos esos hijos de puta».

Enrolarse en el ejército americano iba a ser mucho más fácil. Como muchos, Bowe solo se lo dijo a sus padres tras rellenar la solicitud. Aquellas dieciséis semanas de entrenamiento en Georgia fueron más un baño de realidad que un aprendizaje: Bowe sabía disparar, hacer fuego en un bosque helado y sobrevivir a base de raíces y rocío; ¿por qué tenía que compartir barracón con esos críos que jugaban a la Play mientras esperaban a su día de permiso para ir al club de streaptease? No se puede ser Robinson Crusoe en una isla con máquinas de refrescos. No se puede ser Lord Jim en un lago de Kansas. 

Que lo destinaran a una división de infantería en Alaska tras el entrenamiento abrió un resquicio de esperanza para futuras aventuras. Para entonces, ya había decidido que no las compartiría con nadie. En el Ártico, el de Idaho se encerró en sí mismo a través de exigentes rutinas de ejercicio físico y un muro de libros. Que fumara en pipa y no probara el alcohol era una manera más de marcar distancias entre él y el resto del mundo. Volvió a su casa del bosque por Navidad y le entregó un testamento a su padre en el que pedía un funeral en el mar. A su regreso a Alaska, y antes de ser destinado a Afganistán, Bowe también avisó de sus intenciones a un compañero de división: «Si la misión es aburrida, caminaré por las montañas hasta Pakistán».

Pocas palabras podía haber tan rotundas y evocadoras para Bowe como «Afganistán». Como era de esperar, se preparó a conciencia aprendiendo pastún y rebañando manuales militares rusos descargados de internet, pero probablemente nunca hubo un momento peor para ser destinado a Afganistán que marzo de 2009. En vez de asumir la derrota de una guerra iniciada por su predecesor y retirarse, Obama ordenó triplicar el número de las tropas estadounidenses en el país. Durante los siguientes tres años morirían o resultarían heridos más de trece mil soldados, más que en los ocho anteriores. El descalabro se intentó sofocar sustituyendo al general MacKiernan por el general MacChrystal, pero poco podía hacer un mero intercambio de nombres frente la desoladora ausencia de una estrategia. Que se rebajaran los niveles de exigencia a la hora de admitir a nuevos reclutas tampoco ayudó: la mayoría seguían llegando de lugares que cuesta encontrar en los mapas, como el Hailey de Bowe, pero cada vez eran más los exconvictos, los tarados prematuros o, simplemente, los que huían a la guerra y no de ella. Los veinticinco del pelotón de Bowe eran una buena muestra sociológica de los nuevos vientos en el ejército. 

Un soldado del Ejército de EE. UU. patrulla a pie en la pequeña aldea de Yayah Khel, donde Bowe Bergdahl fue capturado por los talibanes el 30 de junio de 2009. Fotografía: U.S. Army  / Sgt. Ken Scar (DP).

Bowe acabaría pasando más tiempo con los afganos que se acercaban a la base que con sus compañeros. Por otra parte, ¿acaso no se trataba de ganarse los corazones y las mentes de la población local, como manda el decálogo de la contrainsurgencia? Pero nada funcionaba como debía. Un sargento primero incompetente y despótico arrancó al grupo el último resto de cohesión interna, y una cadena de mando negligente fue la responsable de que una misión de ocho horas se alargara durante cinco días, todo para custodiar un carro antiminas inutilizado por un explosivo de carretera. Sabemos que Bowe no tenía apenas trato con sus compañeros, pero le dolió la pérdida del teniente Bradshaw. Se habían conocido durante su entrenamiento en Georgia y era lo más parecido a alguien que no lo observaba con una curiosidad zoológica. Bradshaw fue casi un amigo. Y luego estaban los niños, como aquellos cuyos cuerpos trajeron al campamento tras un ataque de los talibanes, o alguno de los que resultó aplastado bajo las ruedas del convoy de Bergdahl. Ocurre a menudo cuando los críos corretean esperando a que los hombres de kevlar les echen caramelos, o cualquier cosa. 

«La vida es demasiado corta para ayudar a idiotas de ideas equivocadas. He visto sus ideas y me avergüenzo hasta de ser americano», le contó a su padre en el último email antes de su incursión en territorio talibán, ese al que Bob Bergdahl respondió con un «OBEDECE A TU CONCIENCIA». Antes de partir, Bowe dejó una nota en su tienda diciendo que se iba «para empezar una nueva vida», y también que renunciaba a su ciudadanía americana. 

Una nueva vida

Nunca tuvo opciones de llegar muy lejos. No había caminado ni dos kilómetros cuando se vio rodeado por un grupo de jóvenes en moto armados con rifles de asalto, esa generación escupida por la guerra como los deshechos que el mar arrastra hasta la playa. Le pusieron una venda en los ojos y le ataron las manos a la espalda. Luego se lo llevaron a una de esas aldeas sin corriente eléctrica en las que el ritmo lo marca el sol, aunque aquel día algo parecía haberlo congelado: los hombres reían y gritaban alborozados, y Bergdahl sintió el impacto de las piedras que le tiraban los niños. No era para menos. El recién llegado era el único prisionero de guerra americano de todo el mundo.

Discusiones por walkie talkie sobre qué hacer con el cautivo: «¡Córtale la cabeza!»; «¡Tráenoslo!»; «¡Véndelo!», creyó entender Bergdahl en el pastún que había empezado a estudiar en Alaska. Poco después, esos hombres que te observan desde lo más profundo de la Edad Media grabaron un vídeo de diez segundos con un móvil e hicieron llegar la tarjeta SIM a los americanos en Kabul. Aquella primera prueba de vida del cautivo iba a acompañada de un mensaje: «Queremos un intercambio de prisioneros». Tres compañeros de pelotón resultaron heridos en una operación de búsqueda en la que participaron drones y cazabombarderos. Solo cuando se tiró la toalla se presentaron dos hombres de uniforme en la casita del bosque de Idaho. Jani esperaba la peor de las noticias, pero se agarró a la idea de que su hijo aún seguía vivo. 

Pasaron seis meses hasta que llegó la segunda prueba de vida. Un pálido y demacrado Bergdahl enfundado en un shalwar kamiz —ese conjunto de pantalón y camisa holgada hegemónico en la zona— pedía su liberación frente a un plato de comida servido para la ocasión. En palabras del estadounidense, beber orina o ingerir alimentos mezclados con heces fue algo habitual durante sus cinco años de cautiverio. En una exclusiva entrevista concedida en octubre de 2017 al periodista británico Sean Langan —secuestrado por la misma célula talibán—, Bergdahl explicó que intentó huir dos veces. En la primera, anduvo perdido por las montañas del noreste de Afganistán durante varios días hasta ser capturado y metido en una jaula para animales; en el segundo intento, el fugitivo intentó buscar refugio en una aldea afgana, pero fue devuelto a sus secuestradores por la población local. Luego le ataron de pies y manos y le golpearon en las piernas con barras y cables de cobre para evitar un nuevo intento de fuga. «Si no moría escapando lo haría por enfermedad. No tenía otra opción», recordó en otra entrevista. Entre paliza y paliza, seguían apareciendo vídeos del marine pidiendo su liberación. Los talibanes insistían en lo del intercambio de prisioneros. 

A miles de kilómetros de allí, Bob y Jani iniciaban una gira por los medios dirigiéndose a dos audiencias muy distintas: al pueblo norteamericano le decían que la Casa Blanca no estaba haciendo nada; a los captores afganos de su hijo les pedía clemencia citando el Corán, con unas palabras reforzadas por la barba pelirroja que el calvinista se había dejado crecer hasta el pecho.

El presidente Obama junto a Jani Bergdahl y Bob Bergdahl en la Casa Blanca, 2014. Fotografía: Cordon Press.

Y el milagro ocurrió. La Administración Obama accedió al canje, pero mantuvo la transacción en secreto, no solo por la seguridad operativa en la frontera afgano-pakistaní, sino también para alejar el asunto de los adversarios políticos en Washington. La entrega del rehén quedó recogida en un vídeo publicado por los talibanes. Un Bergdahl con dificultades para abrir los ojos bajo la luz del día espera pacientemente en la trasera de una pick up. Don’t come back to Afghanistan («No vuelvas a Afganistán»), rotularon los talibanes en el momento en el que uno de ellos se dirige al norteamericano tocándole el hombro. Al poco, un helicóptero Blackhawk sobrevuela la zona en círculos antes de aterrizar. Tras ser conducido hasta la custodia de unos agentes vestidos de paisano, el pájaro alza el vuelo para perderse en un cielo azul. 

Ante el bochorno, Obama esgrimió una de las letanías USA por antonomasia: «Nunca dejamos atrás a uno de los nuestros». Trump montó en cólera. «Nosotros tenemos a un desertor y ellos a cinco asesinos que ya están preparados para intentar destruirnos», dijo el entonces candidato a la presidencia a la cadena Fox nada más enterarse. Lo repetiría varias veces durante una campaña en la que el soldado Bergdahl sería, tras Hillary Clinton, la persona más insultada por el actual presidente de Estados Unidos. «En los buenos tiempos a los traidores se les pegaba un tiro y se acababa con el problema», llegó a decir el magnate en público. Muchos, además del propio Bergdahl, interpretaron aquellas palabras como una incitación al asesinato. 

Como si la parábola trazada por un obús de mortero se tratara, el de Idaho fue ascendido a sargento durante su cautiverio y degradado a soldado de nuevo tras su liberación. Ya de vuelta en casa, se le sometió a una exhaustiva investigación del ejército, así como a un proceso judicial de tres años por un equipo de cincuenta abogados del Pentágono bajo las administraciones de Obama y Trump. Tras admitir los cargos de deserción ante un tribunal militar en noviembre de 2017, a Bergdahl se le conmutó la pena de cárcel y acabaría licenciándose «con deshonor» poco después. Se había convertido en una pedazo de carne que catalizaba el resentimiento del pueblo americano hacia una guerra sin final. Nada ni nadie encarnaban el fracaso en Afganistán como aquel desertor.

No pasó ni medio año hasta que la Administración Trump comenzó a comunicarse discretamente con los talibanes para alcanzar un acuerdo de paz en Afganistán. Aquellos a los que el presidente de Estados Unidos llamaba de forma rutinaria «terroristas sanguinarios» eran exactamente los mismos que encabezan hoy una delegación que podría estar engrasando la salida definitiva de Washington de la ratonera centroasiática. Las conversaciones con los talibán llevan en marcha en Doha (Qatar) desde el pasado enero.

La ironía de todo esto resulta apabullante, y aún más según se conocen nuevos detalles. En el único libro sobre el caso Bergdahl escrito hasta la fecha (AMERICAN CIPHER: Bowe Bergdahl and U.S. Tragedy in Afghanistan. Penguin, 2019), Michael Ames, su coautor, asegura que uno de los cinco delegados afganos, Abdul Wasiq, era ministro de Inteligencia cuando, en noviembre de 2001, se reunió con agentes estadounidenses y se ofreció a ayudar a localizar a su jefe: el mulá Omar. Wasiq llevaría un dispositivo GPS para conducirlos directamente hasta su misterioso y escurridizo líder —muerto en abril de 2013— pero, poco después de la reunión, los estadounidenses lo detuvieron, le ataron las muñecas con bridas, lo cegaron con gafas rellenas de bolas de algodón y le insertaron un supositorio tranquilizante en su recto. Los siguientes doce años los pasaría en Guantánamo. Según los registros oficiales del Pentágono, Wasiq había sido interceptado y detenido «para proporcionar información sobre la ubicación de Omar».

Probablemente no llegaremos a saber si se trató de algo premeditado o, simplemente, de un nuevo fallo de coordinación entre la miríada de agencias de inteligencia norteamericanas. Sea como fuere, otros movimientos resultan más visibles. Tras la liberación de los cinco talibanes en 2014, estos fueron recibidos en Doha, donde las autoridades les obsequiaron con un pastel a cada uno antes de ponerlos bajo arresto domiciliario. Desde entonces, han vivido en el pequeño país de Golfo en la sombra, si bien las conversaciones de paz con Trump los han vuelto a poner bajo los focos. Mientras en Doha la realidad triunfa sobre la retórica, los talibanes controlan más territorio que nunca desde que comenzó la guerra más larga de Estados Unidos. Nada más transmitir Trump su deseo de salir del país, la insurgencia afgana no tardó en diseñar un calendario que marca en rojo la retirada total de las fuerzas estadounidenses en menos de un año. 

En cuanto a Bergdahl, jamás se dio con una pizca de evidencia creíble de que simpatizara con los talibanes, de hecho nunca fue acusado formalmente de traición. Muchos como él optaron por el suicidio, por las drogas, por ambos. O por provocar una masacre de civiles; casi siempre en destino, raras veces en casa. El de Idaho simplemente quería irse, caminar hacia las montañas de Pakistán y dejar atrás todo aquello. Hoy vive en algún rincón del medio oeste americano, donde se refugia de los medios y de los que aún piden su cabeza. En la única entrevista concedida a la televisión un Bergdahl de mirada huidiza bajo una gorra de béisbol narra su odisea desde el interior un pequeño cobertizo de madera y uralita. Está lleno de aperos, botes de aceite, lubricantes para motor y todo tipo de herramientas. Parece un lugar tan bueno como cualquier otro para seguir escribiendo la novela de una vida.


¿Pero quién secuestró a Shergar?

Shergar y el jockey Walter Swinburn encabezan la carrera, 1981. Foto: Cordon.

3 de junio de 1981. Ante más de ochenta mil personas, un precioso caballo castaño llamado Shergar se impone en el famoso Derby de Epsom por más de diez cuerpos batiendo el récord en la mítica carrera inglesa. Tras esa brutal exhibición también ganaría con rotundidad carreras tan relevantes como el Derby Irlandés o el King George VI, ambas pruebas catalogadas como grupo I, la máxima categoría que se otorga a una carrera de caballos. Shergar se había convertido probablemente en el mejor caballo de carreras del mundo y en ese momento ningún aficionado dudaba que iba a entrar en la historia de los purasangres por la puerta grande. Pero lo que nadie sospechaba es que su fama no se debería solamente a sus actuaciones en las pistas o a su éxito como progenitor en la yeguada, sino también, y fundamentalmente, a su trágica desaparición. Y es que dos años más tarde, Shergar fue secuestrado a punta de pistola. Y tras eso, nunca más se volvería a saber de él.

«Hemos venido a por Shergar, y queremos tres millones de dólares por él. Nos pondremos en contacto con el propietario antes de las doce del mediodía. La clave de verificación será rey Neptuno»; con ese escueto mensaje se despidió el líder del grupo de hombres armados que se llevaron al campeón de Newbridge, la yeguada donde servía Shergar como semental.

Shergar había nacido cinco años antes en los verdes prados irlandeses, y dueño de un exquisito pedigrí, desde sus primeras actuaciones en pista demostró su calidad como corredor. Luciendo los históricos colores verde y rojo del príncipe de los ismaelitas, el magnate Aga Khan, y tras disputar ocho carreras en las que se impondría en seis de ellas con unas ganancias de más de 400 libras de esa época, en otoño de 1981 se retiraría de las pistas con todos los honores, siendo premiado con el galardón de Caballo del Año en Europa. Pese a las mareantes ofertas recibidas por parte de inversores norteamericanos, el Aga Khan no estaba dispuesto a desprenderse de un caballo que era la plasmación de todos sus sueños como propietario y criador de caballos. Las carreras eran su obsesión, y Shergar, su obra maestra.

Estaba decidido, no iría a Estados Unidos, se quedaría en Irlanda, en una yeguada en el condado de Kildare, centro neurálgico de la cría de caballos irlandesa, donde comenzaría a servir como semental. El campeón se quedaba con ellos. Un orgullo para un país tan amante de los caballos como Irlanda. Sindicado en acciones nada más terminar su carrera como corredor, se vendieron participaciones del caballo a diferentes criadores, por un valor total de unos quince millones de dólares. Pero el sueño se tornaría pesadilla un 8 de febrero de 1983, cuando un grupo de hombres armados irrumpió en la casa del encargado de la yeguada, Jim Fitzjerald.

El secuestro fue efectuado de una manera sumamente profesional. Pasadas las ocho de la noche, y tras retener a los trabajadores que cuidaban de la yeguada, cargaron al caballo en un transporte específico para caballos, mientras que en otro coche se llevaron secuestrado a Jim, que no sería liberado hasta horas más tarde. La fecha no fue elegida al azar. El día anterior al secuestro se había celebrado una de las mayores subastas de caballos del año en Irlanda, con lo que todas las carreteras de la zona estaban invadidas de camiones llenos de caballos que trasladaban a sus nuevos destinos, lo que dificultaría más la búsqueda de Shergar. Uno de los secuestros más extraños de la historia de Irlanda había comenzado.

Para empezar, una vez que Jim Fitzjerald fue liberado, y tras llamar a su hermano, que también trabajaba con él en la yeguada, para decirle que se encontraba sano y salvo, se pusieron en contacto con los accionistas del caballo, con el veterinario responsable de Shergar, con gente conectada con el mundo de las carreras de caballos e incluso con altos cargos de ministerios irlandeses, hasta que el ministro de Economía irlandés Alan Dukes telefoneó al ministro de Justicia, y este a su vez a la policía… habían transcurrido más de ocho horas desde la desaparición del caballo hasta que el hecho fue conocido por la policía. La investigación no despegaba con buena pinta.

Tras una ronda de urgencia entre ellos, los accionistas del caballo deciden que no se pagará ningún rescate por el animal. Y es que, pese al altísimo valor de Shergar, someterse a las exigencias de los captores supondría un peligrosísimo precedente. Irlanda es tierra de caballos (y de incentivos fiscales en lo relacionado con la cría), y muchos de los mejores y más caros sementales del mundo estaban estabulados en la isla esmeralda. Y todos, sin excepción, están sin medidas de seguridad especiales. Son explotaciones familiares, que, pese a albergar a ejemplares valorados en millones de dólares, se siguen manejando de una manera tradicional. Implementar medidas de seguridad supondría un coste incalculable, y el fin de una actividad tan rentable como tradicional en Irlanda. Y, para más inri, la aseguradora Lloyds negó tajantemente la posibilidad de un pago de rescate. Se optaría por la recompensa, descartándose, por lo menos oficialmente, pago alguno a los secuestradores. «En ese momento, todos los propietarios decidieron comenzar a negociar, pero nunca pagar», declararía años más tarde Jackie Astor, uno de los mediadores en el secuestro.

Shergar y Walter Swinburn, 1981. Foto. Cordon.

Curiosamente los secuestradores, que tan eficientemente habían llevado a cabo el secuestro de Shergar, se comenzaron a mostrar sumamente incompetentes para la negociación del rescate. Según se supo luego, hicieron diversas peticiones, en su mayoría irracionales, hasta el punto de que suscitaron la duda de si realmente esperaban recibir el rescate (por ejemplo, llegaron a exigir el pago en billetes de cien libras esterlinas, billete que no existía).

Desde el primer momento se piensa en la organización terrorista IRA como responsable del secuestro. Pero hay algo que no cuadra. Los captores dan por supuesto que el caballo es propiedad por entero del Aga Khan, cuando cualquier aficionado irlandés sabe que el caballo ha sido sindicado en acciones, una circunstancia realmente extraña dada el carácter y el conocimiento de los terroristas irlandeses del terreno en el que se movían. Otro aspecto sorprendente es que los captores minusvaloraron la reacción popular ante el secuestro, ya que en un país tan amante de los caballos y las tradiciones como Irlanda, era fácil suponer que cada habitante de las zonas rurales iba a dar aviso a la policía de cualquier pista que encontraran sobre la desaparición de Shergar. Y es que las carreras de caballos, y Shergar en particular, son uno de los grandes motivos de orgullo en Irlanda, cosa que sin duda los terroristas del IRA debían de conocer. El encargado de la investigación designado fue el detective James Murphy, pero el Aga Khan, que todavía poseía una gran parte de las acciones de Shergar, le ninguneó desde el primer momento, prefiriendo contratar a un ejército de investigadores privados.

Hay que resaltar que el IRA nunca reivindicó oficialmente el secuestro, lo que ha dado lugar a diferentes teorías, como que el acto delictivo había sido llevado a cabo por una célula de la organización terrorista sin contar con la aprobación de la plana mayor de la organización, o que directamente el IRA solo había sido contratado por la mafia marsellesa para llevar a cabo el secuestro, como ajuste de cuentas con el Aga Khan debido a turbios asuntos nunca aclarados. Más descabellada parece la teoría de que el secuestro fue encargado al IRA por el coronel Gadafi para saldar la deuda que tenía la organización irlandesa con Libia por una compra de armas, e incluso basado simplemente en una antipatía por motivos religiosos e ideológicos contra el Aga Khan (durante muchos años circuló el rumor de que Shergar estaba ejerciendo secretamente de semental en algún país árabe). El principal defensor de esta teoría de la conexión Gadafi e IRA.es Colin Turner, un periodista londinense, como defiende en su libro En busca de Shergar (libro que, por cierto, contiene diversos errores de bulto y hechos que se ha demostrado que nunca sucedieron)

¿Y qué tal la mafia de Nueva Orleans? Esta teoría está basada en la conexión del agente de purasangres, Jean Michel Gambet. Parece ser que Gambet tenía cuantiosas deudas con la mafia, y habría planeado el secuestro de Shergar para la mafia como pago de sus deudas. El secuestro no llegó a buen puerto, con lo que Gambet no fue capaz de devolver lo que debía, por lo que se creyó que le prendió fuego al coche y posteriormente se suicidó de un disparo. Sin embargo, el examen forense indicó que había sido asesinado. Todo muy confuso.

Sea como fuere, la opinión más extendida es que de una manera u otra el IRA había estado involucrado en el hecho. Así, años más tarde, Sean O’Callaghan, exmiembro del IRA que acabó trabajando como agente doble para la policía, confesaría haber participado en el secuestro y que tuvieron que dar muerte a Shergar a las pocas horas de su captura al haberse dañado irreversiblemente en las patas, habiéndose llevado a cabo la negociación cuando el caballo ya había fallecido. Pero esta versión tampoco ha acabado de convencer a la policía, ya que la verosimilitud de las informaciones de Sean en el pasado tampoco es que fuera irreprochable. Y, como colofón, Nicky Kehoe, señalado por O’Callaghan como miembro activo en el secuestro, lo ha negado furibundamente, acusando a Sean de mentiroso «mintió en el pasado, y miente ahora. Nadie en su sano juicio le creería», declaró el que es actualmente dirigente del Sinn Féin.

Por otro lado hay otros rumores que indican que Shergar fue ejecutado a sangre fría cuando el cerco policial comenzó a estrecharse. Obviamente este punto nunca ha sido (ni será) reconocido por el IRA. Lo único cierto es que el cuerpo de Shergar nunca ha aparecido, pese al tiempo transcurrido y a la copiosa recompensa ofrecida por la compañía de seguros.

Y es que la plana mayor de los terroristas irlandeses siempre ha negado su intervención en el hecho, incluso su conocimiento de los culpables. Así, Martin Kenny, perteneciente a la cúpula del Sinn Féin, declaró hace poco que no solo no sabe quién estuvo detrás del secuestro, sino que directamente nunca oyó a nadie comentar que conociera a alguien que tuviera alguna información de qué pasó con Shergar, cosa realmente extraña dada la red de informadores que tenía el IRA a todos los niveles. En esa línea se mantiene el historiador Kevin O’Connor, persona muy conocedora de las tripas del IRA, que siempre se ha mostrado contrario a esta teoría, manteniendo que era imposible que en una estructura tan jerarquizada y profesional como era la banda terrorista un hecho tan importante hubiera escapado al control y conocimiento de las más altas instancias de la organización.

Y es que solo en la verde Irlanda, tierra de magia y leyendas, podría darse un caso tan rocambolesco como el secuestro y desaparición del que probablemente sea uno de los caballos de carreras más famosos del mundo, el inolvidable Shergar.


Neurociencia de la tortura

Fotografía: JP Davidson (CC)
Fotografía: JP Davidson (CC)

Las historias de ficción, en el cine, la literatura y la televisión, nos enfrentan a las contradicciones reales que implica la práctica, más o menos oculta, de la tortura en nuestras sociedades, obligándonos como espectadores pero también como ciudadanos a cuestionarnos su validez y su permisividad. Estas ficciones, en las que a menudo se manipula emocionalmente al espectador, suelen instarnos a elegir entre unos principios morales que creemos incuestionables y la posibilidad de salvar las vidas de un grupo incierto de personas inocentes. Generalmente todo suele salir bien, la tortura se mantiene dentro de los límites de lo aceptable, a menudo basta con la amenaza, y el prisionero confiesa dónde han puesto la bomba y entrega a sus secuaces. Pero la realidad no suele ser así. Nunca es así.

Estos días, en los que aún estamos conmocionados por los recientes atentados en París y la escalada de alarma y peligro que han conllevado en nuestro entorno, se alzan las voces que piden medidas excepcionales para hacer frente a la amenaza terrorista: declaraciones de guerra, cambios en los códigos penales, restricción de derechos civiles, bombardeos preventivos o de castigo y un largo etcétera. El uso de la tortura con el fin de obtener información que permita evitar atentados o perseguir células terroristas es uno de estos límites, un límite marcado claramente por la Declaración de Derechos Humanos y otros convenios y que, sin embargo, ha sido ignorado y pisoteado repetidamente en situaciones como las que hoy vivimos.

Es necesario alertar de los peligros que implican para los ciudadanos, para nuestro Estado de derecho y para las libertades que son nuestro principal patrimonio, prescindir a conveniencia de nuestros principios éticos. También la ciencia, pese a que algunos aún la consideren como una mera herramienta, puede y debe participar en este debate en el que se ve inmersa nuestra sociedad, aportando argumentos y reflexiones, así como sus herramientas más valiosas, la objetividad, el espíritu crítico y el análisis y la contrastación de los datos. Veamos, por tanto, qué pueden decirnos sobre la tortura y su pretendida efectividad —principal argumento de quienes la defienden— los estudios realizados desde el campo de la neurociencia, ese área de la ciencia especializada en el sistema nervioso y, por tanto, en el cerebro.

En diciembre de 2014 se hizo público el resumen de una investigación impulsada por el Comité de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos sobre las prácticas de tortura cometidas por la CIA en los primeros años de esta llamada guerra contra el terror. Las conclusiones son espantosas y aunque solo se ha hecho público un sumario de quinientas páginas de las más de seis mil del informe, el extracto asegura que se torturó a más personas y de forma más brutal de lo que se había admitido hasta entonces, que la CIA manipuló a la opinión pública y a la prensa, engañó al poder legislativo y que, en contra de algunas declaraciones interesadas, de todo ello no salió ninguna información provechosa, nada. Además, la reputación internacional del país quedó gravemente dañada, el incumplimiento de los tratados internacionales, patente, y las posibilidades de ser un agente principal para una evolución positiva en el mundo islámico quedaron prácticamente anuladas. Una lección que los defensores de «el fin que justifica los medios» no deberían olvidar.

No hay estudios científicos, es decir, realizados en un entorno controlado y siguiendo las pautas establecidas para poder contrastar resultados, sobre la tortura. La ética lo impide, incluso si hubiera voluntarios. Desgraciadamente hay numerosas víctimas en las que se han podido explorar sus efectos físicos y psicológicos y también se han dedicado muchos esfuerzos a estudiar la tesis de si la tortura produce información veraz y si esta práctica terrible es realmente más eficaz que un interrogatorio normal. Estas son las principales conclusiones:

El cerebro torturado no funciona con normalidad

Los neurocientíficos saben que el sistema nervioso central reacciona al miedo, al estrés, al dolor, a las temperaturas extremas, al hambre, a la sed, a la privación de sueño, a la privación de aire, a la inmersión en agua helada, es decir, a todas las prácticas asociadas a la tortura. El estrés prolongado provoca una liberación excesiva de hormonas como el cortisol. Estas hormonas dañan el hipocampo —una estructura cerebral clave para codificar y recuperar memorias—, incrementan el tamaño de amígdala —otra zona cerebral que une un componente emocional a la memoria, dirige la atención y se comunica con otras regiones cerebrales— y afecta negativamente a la corteza prefrontal —que se encarga de la toma de decisiones, el juicio y el control ejecutivo—. Estas intervenciones generan problemas en la memoria, alteran el ánimo y nublan  la claridad mental y la toma de decisiones racionales.

Los torturadores esperan destruir la resistencia de la persona y obtener información fiable de un sujeto que no desea colaborar, pero el cerebro del sujeto está alterado en algunas de sus funciones básicas, con lo que es lógico suponer que su capacidad de proporcionar información fiable está gravemente alterada también.

Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)
Mural en San Francisco. Fotografía: Robert Cudmore (CC)

La tortura altera los recuerdos

Con frecuencia el dolor y el estrés afectan al proceso de consolidación de lo que el detenido ha visto y vivido, es decir, distorsionan su memoria, haciendo que se incapaz —incluso aunque lo desee de recordar aquello sobre lo que se le pregunta. Las víctimas privadas de dormir están desorientadas y confusas y pueden convencerse a sí mismas de lo que los interrogadores están sugiriendo, creando pistas falsas. El sistema de muchos interrogatorios, repetir y repetir una historia bajo condiciones de estrés, es uno de los métodos más eficaces para introducir falsos recuerdos entre las memorias reales. Una investigadora lo comprobó con un grupo de personas, convenciéndoles de que siendo niños se habían perdido en un centro comercial. Comenzó diciéndoles, individualmente y de forma casual, que uno de sus padres se lo había comentado, después sugirió que imaginaran cómo podría había sido. Tras varias sesiones, un tercio de los voluntarios eran capaces de «recordar» cómo había sido esa experiencia que nunca existió.

La tortura pierde eficacia rápidamente

El dolor es un mecanismo de defensa que sirve para evitar al organismo un daño mayor. Cuando el daño ya es terrible, el dolor simplemente se apaga, algo que conocen muchas víctimas de un accidente de tráfico. Una tortura demasiado rápida causa normalmente que la persona pierda la sensibilidad o se desmaye. Además, diferentes personas tienen distintos umbrales para el dolor y algunos tipos de dolor enmascaran otros por lo que, aunque suene terrible, no es posible torturar de una forma científica, no hay forma de medirla y mantenerla dentro de unos límites. El torturador avanza a ciegas sobre las sensaciones de su víctima, las distintas sesiones suman abyección pero no avanzan en ningún sentido.

No hay niveles de tortura

Los torturadores lo saben y por eso siguen normalmente dos estrategias: aplicar el máximo dolor que su víctima pueda soportar, yendo al límite casi desde el comienzo y, en segundo lugar, explorar distintas técnicas, distintos tipos de agresión y dolor, intentando localizar las fobias y debilidades específicas de su víctima. Un resultado evidente es que las posibles normas sobre el grado de violencia aceptable se saltan siempre, no hay niveles aceptables de tortura, no hay nunca un uso limitado y medido, hay tortura y punto.

La tortura corrompe a la organización que la realiza y a todos los que participan

Los senadores norteamericanos, ante las conclusiones del informe, quedaron asombrados de la incompetencia de la CIA, con actuaciones que llevarían a la ruina a cualquier ferretería, como no saber dónde estaban las personas bajo su custodia, no atender a las quejas de sus empleados ni llevar a cabo estimaciones fiables del resultado de sus procedimientos. Rejali, un investigador dedicado al tema de la tortura, ha escrito que las instituciones que torturan, sea el ejército francés en Argelia, el ejército argentino en Argentina o la CIA en su lucha contra el terrorismo internacional, disminuyen su profesionalidad al mismo tiempo que hunden su estatura moral.

La tortura degrada también a las personas que colaboran

Un grupo de directivos de la American Psychology Association se asociaron con oficiales de la CIA y el Pentágono para evitar que la principal organización profesional de los psicólogos estableciera normas éticas que habrían impedido o dificultado la participación de estos profesionales en los «interrogatorios coercitivos» de Guantánamo. Tras la colaboración de estos directivos de enorme prestigio con las agencias de defensa existían intereses económicos, algo que ha sido un escándalo dentro de la profesión. Cuando estas actuaciones fueron conocidas, Nadine Kaslow, otra directiva de la APA, declaró que «sus acciones, políticas y falta de independencia respecto a la influencia gubernamental demuestran que no se estuvo a la altura de nuestros valores. Lamentamos profundamente, y pedimos perdón, por el comportamiento y las consecuencias que se derivaron. Nuestros asociados, nuestra profesión y nuestra organización esperaban, y merecían, algo mejor».

La tortura impide la recogida voluntaria de inteligencia

El factor principal, tanto para resolver un asesinato como para hacer caer a una red terrorista, es la cooperación de la población. La tortura rompe la confianza entre los ciudadanos y las fuerzas de seguridad —el respeto y la afección hacia estas últimas disminuye y el miedo no sirve de puente— y hace que lo que antes era una investigación normal, bajo un paraguas de colaboración y reconocimiento mutuo, sea ahora mucho más difícil y mucho menos provechosa.

Las víctimas de la tortura aportan información que casi nunca es fiable

Información que además para los servicios de inteligencia es muchas veces contraproducente, haciéndoles gastar tiempo, dinero y recursos humanos y materiales en callejones vacíos y pistas falsas. Los prisioneros rápidamente aprenden que cuando hablan no les tienen la cabeza debajo del agua; es decir, hablar significa menos sufrimiento. Por lo tanto, hay que hablar a toda costa y no importa si lo que se dice es cierto o no lo es. Algunos detenidos intentarán dirigir a los torturadores hacia antiguos enemigos suyos, muchos mentirán y dirán cualquier cosa con la esperanza de que la tortura termine. El informe del Senado encontraba numerosos casos en ese sentido. De hecho, cuando el interrogado daba información veraz, a menudo no era creído, algo que le pasó al senador John McCain, uno de los impulsores del informe, cuando fue prisionero de guerra en Vietnam del Norte. Los estudios realizados demuestran que las agencias torturadoras son incapaces de distinguir la información falsa de la fiable.

La tortura daña la causa del torturador

La disonancia cognitiva necesaria para infligir daño conscientemente a un semejante desarmado genera unos síntomas parecidos a los del trastorno de estrés postraumático. Según el libro None of Us Were Like This Before (Verso, 2010) de Joshua Phillips, muchos de los veteranos estadounidenses que realizaron torturas en Irak experimentaron una intensa culpa, cayendo un alto porcentaje en el consumo de drogas. Los ingleses que torturaron en Irlanda del Norte también declararon que lo que habían hecho estaba mal, con lo que ello implicaba de caída de la moral y confianza en la propia causa.

Un prisionero Viet Cong aguarda al interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)
Un prisionero Viet Cong aguarda el interrogatorio (1967). Fotografía: National Archives (DP)

Muchos torturados son inocentes

Un estudio del programa Phoenix, un proyecto de la CIA bajo cuyo amparo se torturó y asesinó a miles de personas durante la guerra de Vietnam, encontró —según Ryan Cooper— que por cada guerrillero del Viet Cong torturado se torturó a treinta y ocho inocentes. Otros estudios han encontrado que la proporción era incluso mayor, de setenta y ocho a uno.

La tortura es en ocasiones una vía hacia el enriquecimiento personal

No solo tenemos el caso de los directivos de la APA que mencionábamos anteriormente. Los responsables sudvietnamitas del proyecto Phoenix eran a menudo burócratas incompetentes que se lucraron con las pertenencias de sus víctimas, dándose casos en los que incluso aceptaron sobornos para liberar a detenidos que sí eran realmente miembros del Viet Cong. Algunos militares argentinos obligaban a los secuestrados bajo su custodia a firmar contratos de compraventa de sus propiedades a su favor. La tortura es el negocio del torturador.

Por todo ello, más allá del ataque frontal contra los principios y valores sobre los que hemos construido todo aquello que hoy queremos defender, la tortura es un método burdo y de malos resultados para obtener información. Las fuentes de error son sistemáticas e imposibles de erradicar. Las memorias verídicas se borran, se distorsionan y se alteran por culpa de la propia tortura. Se ha llegado a decir que disparando al azar en una multitud hay más posibilidades de acertar a un enemigo que siguiendo las pistas obtenidas con la tortura de un detenido.

Así, más allá de los estudios científicos pero reforzados por estos, la perspectiva que nos proporcionan los últimos catorce años de lucha contra el terrorismo islámico nos dice claramente que en ningún caso debemos dejar en segundo plano los valores éticos y morales que nos constituyen como sociedad y como individuos, que lejos de sacrificarlos en pro de un bien mayor debemos reforzar nuestro compromiso con los derechos humanos y que la tortura nunca, jamás, es el camino. La tortura está prohibida porque es inmoral, cruel e inhumana, pero además es inútil, mina la autoridad moral de quien la practica, hace avanzar la causa de los terroristas y daña profundamente los estados de derecho.

Para leer más:

  • Childress S, Boghani P, Breslow JM (2014) «The CIA Torture Report: What You Need To Know». Frontline 9 de diciembre. Enlace.
  • Cooper R (2014) «Why torture doesn’t work: A definitive guide». The Week 18 de diciembre. Enlace.
  • Harris LT (2015) «Neuroscience: Tortured reasoning». Nature 527: 35–36.
  • O’Mara S (2015) Why Torture Doesn’t Work: The Neuroscience of Interrogation. Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts.


Invertido

Message in a bottle. Fotografía: Serguio Aguirre. (CC)
Message in a bottle. Fotografía: Sergio Aguirre. (CC)

Llorar es un escándalo del alma. (Mario Benedetti)

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México en tránsito: la trágica realidad del periodismo y el narcotráfico

Miembros de la Fuerza Civil en Monterrey. Fotografía: Cordon Press.

El sábado 29 de junio, en el centro Diógenes de Barcelona, el proyecto Nuestra Aparente Rendición (NAR), fundado y coordinado por la escritora Lolita Bosch inauguró «México en tránsito», un ciclo de charlas que, en consonancia con el espíritu de NAR, quieren aprovechar la visita a España de cronistas, escritores, psicólogos, académicos, artistas, científicos, víctimas, activistas, que hoy estén trabajando —intelectual, práctica y artísticamente— por el conocimiento, la comprensión, el respeto y la paz en México, para convocar a la ciudadanía, y que sean estos representantes quienes expliquen cómo se encuentra el territorio mexicano y sus gentes cuando se cumple año y medio de la llegada al poder de Enrique Peña Nieto.

La encargada de inaugurar este ciclo fue la reportera Marcela Turati. La mexicana lleva mucho tiempo ocupándose de las víctimas de la violencia de la guerra del narcotráfico en su país. Su implicación, compromiso y activismo periodístico ha sido reconocido y premiado tanto en México como fuera. En 2013 recibió dos galardones fundamentales: el Premio WOLA (Washington Office on Latin America), por su actividad en pro de los derechos humanos y su trabajo periodístico sobre la guerra contra las drogas en México; y el Premio Louis M. Lyons, por la conciencia e integridad del periodismo, otorgado por la Fundación Nieman de la Universidad de Harvard, en reconocimiento a su labor de cobertura periodística del narcotráfico y la formación de periodistas en México.

Turati junto con otra serie de periodistas especializados en asuntos sociales, políticos y de derechos humanos fundaron la Red de Periodistas de a Pie (www.periodistasdeapie.org.mx) hace ya siete años (no es casual la coincidencia con los años transcurridos de la llamada «guerra contra el narcotráfico» del presidente anterior Felipe Calderónque disparó la violencia en México). Se trata de un puñado de jóvenes y avezados periodistas mexicanos. Varios hombres y muchas mujeres que fundamentalmente quieren contar la violencia en México, la versión de las víctimas, registrar lo que sucede en los diversos territorios, informar, relatar: visibilizar.

Este grupo de periodistas decidieron hace ya tiempo empezar a «contar historias». Un buen ejemplo es el libro de crónicas Entre las cenizas (2012), sobre la gente que se organizó para resistir a la violencia y buscar justicia, y que puede encontrarse junto a vídeos y fotografías aquí . Decidieron acercarse a la ciudadanía; mostrarse como son: «gente de a pie». Y han conseguido cambiar el foco, el punto de mira en las noticias y ponerlo en sus compatriotas; darles voz a esos otros, a las víctimas; mostrar los restos del naufragio que trajo el narcotráfico. Lo contamos en Jot Down. Hay que concienciar a los mexicanos y al resto de América y de Europa de que todos los que murieron y mueren, desaparecieron y desaparecen en México «no andan o andaban en algo»; ni todos fueron ni son «bajas colaterales»; ni todo sucede «solo en el norte», como suele decir el Gobierno. Que no pueden normalizar la violencia. Que hay que reconocerla y afrontarla.

Peña Nieto ha robado el discurso a las víctimas

De esto habló Marcela Turati ese sábado en una conversación moderada por Lolita Bosch. Preguntas, comentarios y respuestas se sucedieron en dos horas intensas en las que Turati puso el acento en la lucha por la información. Comentó que la situación con el nuevo Gobierno de Peña Nieto no ha terminado con la violencia, ni mucho menos con el narcotráfico. Muchos reporteros como ella llevan años apostando por visibilizar la violencia y el dolor en México y el nuevo Gobierno quiere a toda costa que no se hable de las «cosas feas» que suceden allá. La corrupción que atraviesa México es, como explica John Gibler en México rebelde (2013:65), parte integral del sistema, sin que ningún organismo esté libre de ella. Marcela calificó esta etapa de un «periodo oscuro» porque el PRI le «ha robado el discurso a las víctimas». «Yo puedo pactar con el narco», esa fue la idea por la que mucha gente votó al PRI en las elecciones, subrayaba Lolita Boch.

Fotografía: Eneas De Troya (CC).

«México está resuelto, pacificamos Juárez», dicen los nuevos gobernantes; y Marcela comenta, bien, ¿esto es cierto? ¿a qué precio? ¿por qué continúan con la misma estrategia que generó tanto dolor? A la periodista le asusta qué sucede en lugares como Tamaulipas, Durango, Sonora de los que había pocas noticias. «No sabemos qué está pasando. Cuando ya no hay activistas, ni periodistas locales perdemos el pulso». Alejandro Almazán ganó este pasado 2013 el Premio Gabriel García Márquez con su crónica «Carta desde La Laguna» publicada en la revista Gatopardo, un trabajo que reconstruye la lucha entre los cárteles de la droga que operan en la región de Gómez Palacio, Torreón y Ciudad Lerdo, de los estados de Coahuila y Durango, conocida como La Laguna.

«Hemos promulgado la Ley General de Víctimas, tenemos una Unidad de Búsqueda de Desaparecidos y un Mecanismo de Protección a Defensores de Derechos Humanos y Periodistas», alega el nuevo Gobierno, y Turati sentencia: pero no están funcionando. «Estamos regulando los Grupos de Autodefensa Comunitarios y fomentando otros nuevos» (una policía popular que viene funcionando en algunas regiones del Golfo y Sur de México desde hace casi veinte años), dicen los mandatarios actuales, pero Marcela teme por los ciudadanos de estas poblaciones, que generaron una policía comunitaria con el ejército detrás. ¿Qué pasará cuando se marche el ejército de esos lugares? En esos territorios ha habido delaciones cuando entraron las autodefensas y hay quienes estarán aguardando su momento. La mexicana mencionó otros tipos de autodefensas indígenas surgidas para defender al pueblo en un proceso de renovación de Gobierno, como la del pueblo de Cherán, precisamente un caso que rara vez aparece en los grandes medios.

Pero… si todo está corrompido, ¿quién podrá ayudarme?

Se echó la vista atrás pero también se debatió sobre si hay un futuro digno para México. ¿Cómo nadie se dio cuenta de lo que estaba sucediendo? ¿Cómo se llegó hasta este extremo de violencia y crueldad? Cuestionaba el periodista catalán Pere Ortín. Muchos de los asistentes, mexicanos también y más o menos conocedores de la situación, comentaban que se habían acostumbrado a vivir con eso, que los narcos financiaban todo: la cultura, los hospitales… En los sesenta había «un narco bueno» por decirlo de algún modo. Y Turati confirmó que esta realidad se venía incubando desde hacía mucho tiempo, pero «cuando los políticos y el narco se fusionaron es cuando la violencia se disparó. Ahí se acabó lo de «los narcos buenos». Ciudad Juárez surgió como representación de la barbarie. Antes de que el Gobierno de Felipe Calderón (presidente de México entre 2006 y 2012) entrase a combatir el narcotráfico, había unos trescientos asesinatos al año en esta zona (¡que ya eran!, subrayó la periodista), pero cuando apareció el ejército alcanzaron los mil seiscientos asesinatos al año, y tres años después de la llegada y el afianzamiento militar, se superaban los tres mil cien asesinatos anuales. El cronista y escritor Sergio González, último premio de ensayo de Anagrama, narraba, en Los huesos del desierto (Anagrama, 2012), la perversa lógica mercantilista de la sistematizadas violaciones y matanzas de mujeres en Ciudad Juárez.

En Michoacán los narcos extorsionaban a la gente y se sabía pero no quedaba otra opción que pagar para sobrevivir. En Ciudad Mier, Tamaulipas, el pueblo entero huyó como pudo, porque estaban en medio de un fuego cruzado entre ejército y narcos. La directora de una cárcel de Durango dejaba salir a los narcos por la noche para que matasen e hiciesen sus negocios y los acogía por la mañana. Multitud de personas comenzaron a desaparecer en las carreteras de Tamaulipas. «Bajaban de los carros, de los autobuses de línea a varones de entre dieciséis y cuarenta y cinco años y los reclutaban para la guerra, o simplemente los mataban para que no se beneficiase el siguiente cártel, cuando salieran del territorio». «Asesinatos preventivos», esa era la lógica. En lugares como Coahuila, operaban los llamados «polizetas», policías en activo, que bajaban de sus coches a los migrantes y llamaban para venderlos como cualquier mercancía, como ganado, a uno de los grupos más poderosos y sanguinarios del narcotráfico en México, el cártel de los Zetas. Su recorrido «necropolítico» ha quedado retratado por el periodista Diego Osorno en el libro La Guerra de los Zetas (Grijalbo, 2012). Y existen pueblos enteros en los que solo se puede vivir si se trafica.

El narcolenguaje también da cuenta de la diversidad de homicidios: encobijados (envueltos en una manta), encuajelados (metidos en un maletero), encintados (asfixiados con cinta adhesiva), decapitados… Negocio para las funerarias que seguramente renieguen cuando se abusa de los «levantados»: aquellos secuestrados, desaparecidos, o de «los cocinados», de los que no se encuentran ni restos porque han sido derretidos en ácido.

De la guerra por el control de las drogas se ha pasado a una guerra por el control de las rutas, apuntaba Lolita Bosch. Los cárteles se dieron cuenta de que, además de traficar con drogas, podían hacerlo con mujeres, con migrantes, con armas… Y ahí se rompió la baraja. ¿Por qué constreñirse si son los amos y señores de un territorio y nadie les frena? Sergio González, en Campo de Guerra (Premio Anagrama 2014), habla de esta violencia cancerígena que padece México y de la corrupción que se ha instalado en todos los ámbitos.

El narco se internacionalizó hace décadas. El investigador Edgardo Buscaglia en Vacíos de poder (Debate, 2013) se refiere al colapso de las instituciones y espacios ocupados por el crimen organizado, es decir, aquellas tareas que el Gobierno mexicano ya no puede hacer y que son realizadas por los narcotraficantes. Recoge la ampliación de mercados del crimen organizado mexicano, que desde luego tienen sede en Estados Unidos, pero resalta también las conexiones de los cárteles en toda América y su vinculación con Europa, en concreto, con la ‘Ndrangheta, la mafia más poderosa de Italia. La periodista mexicana Cecilia González, tras arduas investigaciones en Buenos Aires, ha puesto en evidencia en Narcosur (Marea Editorial, 2013) la penetración del narcotráfico mexicano en la Argentina.

¿Hay esperanza? ¿Hay futuro? Si todo está corrompido y manipulado, ¿quién puede ayudar? En el largo debate de Barcelona se pensó y repensó sin encontrar una respuesta medianamente alentadora. Esa es la verdad. Finalmente se concluyó que la única salida está en la ciudadanía; en las redes de ayuda; en las acciones grandes o pequeñas que van creando una cadena de rechazo a la violencia. Una sintonía de ciudadanos actuando como células sanadoras que se expanden y propagan, aplacan y cauterizan la herida de una sociedad sangrante. El cambio solamente puede venir del ciudadano. También Lolita Bosch habló de que esta es una cuestión geopolítica y que la solución debe pasar también por Estados Unidos.

Armas confiscadas en un almacén policial de México D. F. Fotografía: Cordon Press.

Aunque es difícil pensar en un «basta ya» colectivo, sí es posible dar con pequeñas historias de resistencia, de valor y de entrega que están modificando el panorama. Acciones como las que recoge el citado volumen de crónicas Entre las cenizas. Hazañas cotidianas como las que llevan adelante «Las Patronas» en la «ruta de la muerte», la que recorre «La Bestia», el tren que lleva a los migrantes (si llegan vivos) rumbo a Estados Unidos. Estas mujeres suministran agua y alimentos a todos estos centroamericanos en su camino hacia no se sabe dónde. El cronista Alberto Nájar lo cuenta. O como la resistencia cibernética de colectivos o ciudadanos individuales que desde las redes sociales han surgido para informar por Twitter sobre las rutas de seguridad. Lo retrata Vanessa Job. Y otros que a lo largo del territorio han rescatado a los muertos del anonimato y los han mostrado para hacer un duelo colectivo. O como los hombres y mujeres que, con sus terapias alternativas, lograron suavizar parte del dolor de las víctimas, como nos cuenta el periodista Luis Guillermo Hernández.

Pero queda mucho camino por recorrer. Porque hay rabia y hay recelo, además de mucho miedo. Turati contaba cómo lectores escudados en el anonimato de internet la insultaban en los comentarios a las noticias en las que trataba de explicar que el dolor y el miedo es compartido; que los niños huérfanos por la violencia son tanto hijos de narcos como de policías como de un ciudadano común; que cuando se hacen talleres de duelo con estos niños lo de menos es de dónde vienen, sino cómo sanar el dolor. Presentar los dos puntos de vista pasa factura y no se admite fácilmente. Supone un gran esfuerzo mostrar la complejidad de una realidad que no se resume a «buenos» y «malos».

La lucha por la información

El papel de los grandes medios en toda esta guerra ha sido poco comprometido y muchas veces en connivencia con unos gobiernos que han preferido silenciar el problema o maquillarlo. Al principio los medios publicaban una figura diaria llamada «ejecutómetro», que registraba el recuento de los muertos del día. La cobertura era muy superficial, anecdótica y centrada en cifras y números. Se consideraba el narcotráfico una lacra social y la violencia extrema que generaba se cubría como cualquier otro «acontecimiento extraordinario», señala el periodista Álvaro Sierra en Cobertura del narcotráfico y crimen organizado en Latinoamérica y el Caribe (Knight Center for Journalism in the Américas, University of Texas at Austin, 2013). Es decir, con la misma óptica que se cuenta un desastre de la naturaleza, un huracán, un tornado. Las noticias versaban sobre los asesinatos, bombas, decapitados y, cuando estas muertes individuales se naturalizaban, se pasaba a registrar los asesinatos colectivos. Y cuando estos también se hacían cotidianos para los lectores y la sociedad, entonces solo se abrían paso en las portadas de los diarios aquellas muertes más truculentas y salvajes, en una suerte de carrera hacia el exceso, mientras la pura cantidad, los números se acumulan sin identidad. Este tipo de cobertura periodística, además de tendenciosa y sesgada, deshumaniza a las víctimas, refuerza los clichés y simplifica la realidad. Los medios de comunicación se convierten así en espacios de publicidad para el narcotráfico y perpetúan estereotipos del fenómeno.

Reporteros como Anabel Hernández, Ricardo Ravelo, Alejandro Almazán, Diego Osorno, Daniela Rea, Luis Guillermo Hernández, Lydiette Carrión, Vanessa Job, Daniela Pastrana, John Gibler, Alberto Nájar, Daniel de la Fuente, Humberto Padgett, entre otros muchos, como la propia Marcela Turati, decidieron abordar en profundidad y con rigor la guerra del narcotráfico. Apostaron por dar visibilidad a las historias ocultas detrás de la violencia. Ponerle rostro a las cifras y cara a los muertos. Meterse en las zonas conflictivas, escuchar a los periodistas locales que se juegan la vida y a sus gentes. Porque todos tenían y tienen datos. Todos pueden relatar historias horribles. Algunos periodistas se vieron convertidos en reporteros de guerra de la noche a la mañana. En su propia casa. La resistencia de estos periodistas pasa por que no se silencie la información.

Marcela Turati también comentó que en todo este proceso ha sido vital el contacto y el aprendizaje con los colegas de otros lugares. Reporteros y cronistas curtidos en lidiar con la violencia y la corrupción. Periodistas de Centroamérica, como Óscar Martínez, que ha realizado ocho veces la ruta de «La Bestia». El trabajo de revistas como El Faro en El Salvador ha sido fundamental. Han compartido aprendizajes con cronistas colombianos en temas como cómo escribir sobre el dolor; cómo atender y escuchar a las víctimas. Cronistas como la colombiana Patricia Nieto, con libros como Llanto en el paraíso (Editorial de la Universidad de Antioquia, 2008) o Los escogidos (Editorial Sílabas de Tinta, 2013), muestran excelentes modelos para aprender a cubrir el dolor y narrar con honestidad y compasión. Un oficio que va mucho más allá de la empatía y que está fuera del alcance de los cínicos.

También se han servido de la experiencia de los corresponsales de EE. UU. que envían a cubrir la frontera. Los pocos periodistas texanos que se ocupan de juicios a los Zetas. Y, por supuesto, una ayuda clave ha sido la de contar con los ojos y la voces de los periodistas locales mexicanos. Entre todos se han creado redes en un intento de que la información se transmita, se conozca. En casos extremos da igual quién la firme, el caso es que se publique fuera y dentro del territorio mexicano.

Fotografía: Thomassin Mickaël (CC).

Conocedores de las arenas movedizas en las que transitan, estos periodistas están aprendiendo a generar protocolos de actuación; a elaborar su propia metodología para poder seguir investigando, denunciando y publicando. Porque saben que el narco tiene sus métodos de funcionamiento, de periodos, de lugares. Los narcos tienen hasta sus propios gabinetes de comunicación y, por supuesto, sus censores. Y gozan de la complicidad del Gobierno. En concreto, los cárteles que surgen de desertores del ejército tienen un férreo control sobre la prensa. Deciden qué se publica y qué no. La voz de los periodistas está secuestrada pero la realidad es tan complicada que en ocasiones el profesional no sabe ni cómo evitar problemas. Un cártel te dice que no publiques una fotografía o una noticia. Otro cártel te dice que sí la publiques, y el ejército que ocultes algunos datos. ¿A quién se atiende? Es otro fuego cruzado. «Un narco se retira de una zona, no huye», le amenazaban a un periodista que había contado en una noticia la salida de unos narcotraficantes de un territorio empleando el verbo «huir», comentaba Turati.

Los periodistas que cubren esta violencia se ven obligados a generar fórmulas para encriptar la información para poder sacarla fuera y que se publique. Y para ello es imprescindible, sin duda alguna, tener al periodista protegido. Los periodistas son víctimas también de esta guerra y han tenido que asumir papeles en defensa de la libertad de expresión que van más allá del ejercicio mismo de su profesión. «Activistas» les llaman porque «periodistas comprometidos» suena a poco si se tiene en cuenta su labor. No se tienen cifras exactas pero Guillermo Santórum, en su estudio Un atentado contra la libertad de expresión: treinta años de asesinatos y desapariciones de periodistas en México (2013), cuenta veintiún periodistas desaparecidos y ciento veintiocho asesinados desde 2000 a inicios de 2013. Los riesgos de investigar el narcotráfico en México son evidentes. Se hace vital organizar mecanismos y redes de protección para los periodistas. Y en esto tiene puesta el alma la Red de Periodistas de a Pie en la actualidad. Que los periodistas se protejan física y psicológicamente en red. Generar cursos de lo que se vaya necesitando, como el autocuidado emocional porque muchos de ellos están devastados, agotados, de ver, de padecer y de escuchar el dolor. «¿Sigo siendo periodista si lloro?», le preguntaba a Marcela una periodista en uno de los talleres que organizó para explorar cómo sobrellevar el dolor y seguir haciendo un buen trabajo. Y pensaba Turati, según declaraba en su discurso al recibir el Premio de Derechos Humanos WOLA 2013, en Washington, DC:

¿Quién no lloró en esa caravana del dolor que cruzó el país y donde cada kilómetro aparecían decenas de almas mutiladas que habían tenido que callar que les habían matado a sus hijos? ¿Cómo no estremecerse al ver cada 10 de mayo la avenida Reforma llena de madres que no tienen que portar el pañuelo blanco de las madres de Plaza de Mayo en la cabeza porque las reconocemos bien y sabemos que sus hijos fueron desaparecidos y no están para festejarlas? ¿Qué debemos sentir cuando te llaman para agradecerte que en una línea de tu reportaje mencionaste el nombre del hijo desaparecido entre los más de veintiséis mil registrados solo los últimos seis años, o el de un asesinado entre los setenta mil en ese lapso?

Quien ha sido testigo de tanto horror, quien ha tocado algo de ese dolor, quien sacude entre las cenizas hasta dar con los sobrevivientes de esta violencia difícilmente vuelve a ser un alma en paz. La conciencia nunca deja de punzar. Ya no puedes borrar lo vivido .

Muchos de estos talleres están pensados para sacar también a los periodistas de dinámicas y espacios que terminan por aislarlos y que poco o nada favorecen a la regeneración que necesitan para asistir de nuevo a la realidad que cubren. Porque las confesiones no siempre tienen que ser en los bares. Muchos han cambiado. Algunos se sienten culpables, otros tienen mucha ira, algunos se refugian en el alcohol y es en este contexto donde también muchos pierden las formas y se vuelven desafiantes y temerarios tras tanta violencia y sinrazón acumulada.

Por suerte, hay muchos periodistas comprometidos, muchos «activistas». Empieza también a haber un relevo para cubrir esta información. No es un recorrido corto, es de largo alcance, pero Marcela Turati se siente reconfortada cuando ve que cuando ella ha necesitado parar y tomar aire otros están ahí para tomar el testimonio, sacar la información. En la actualidad, con el Gobierno de Peña Nieto, el ambiente está enrarecido, sentenciaba, pero hay que terminar de salir de la confusión y pasar a comprender la complejidad para continuar contando lo que sucede. Tratar de pasar a un periodismo que comience a encontrar las lógicas al conflicto, las causas profundas, los beneficiados de la violencia e ir armando un mapa para, en un futuro, lograr desactivarla.

Fotografía: Sari Dennise (CC).