Larry David, cabrón sin frenos

Larry David en Curb Your Enthusiasm. Imagen HBO
Larry David en Curb Your Enthusiasm. Imagen: HBO.

Hablemos del «larrismo».

¿Alguna vez ha pensado que sentarse en torno a una tarta para cantar el cumpleaños feliz a un hombre adulto tiene algo de estúpido? ¿Le molesta cruzarse con un conocido y tener que pararse e improvisar dos frases más allá del «buenos días» de rigor? ¿No le parece algo exhibicionista esa gente que usa el manos libres en lugares públicos sin motivo y que parece por tanto hablar sola? ¿No arde en deseos de indicarles que se acerquen el teléfono a la oreja para que todos sepamos que no son chiflados peligrosos? ¿Alguna vez una pareja en la que solo uno de los dos trabaja y lleva dinero a casa le ha invitado a cenar en un restaurante y se ha sentido extraño al deber dar las gracias a ambos? ¿Piensa en ocasiones que el mundo está lleno de burdas convenciones sociales que nos obligan a ocultar nuestros verdaderos sentimientos? ¿Se ha sorprendido al saber que usted mismo alberga decenas de pensamientos que, por más que todos tengamos, conviene ocultar en aras de la corrección política? 

Existe hoy un hombre (o mejor dicho un personaje, aunque como veremos la línea distintiva es más bien borrosa) un antihéroe quijotesco, un repulsivo y encantador hijo de perra empeñado en desmontar todos y cada uno de esos lugares comunes del decoro. Un asesino social aferrado sin remedio a su doctrina, consistente en decir exactamente lo que piensa en todas las situaciones del tipo de las arriba listadas. Esa doctrina es el «larrismo», y Larry David su sumo sacerdote.

Hablamos de uno de los más grandes comediantes de los últimos treinta años. Creador en la sombra de una de las mejores series de finales del siglo XX, justamente reconocida y célebre en España (Seinfeld), y autor total y protagonista absoluto de la más mordaz, excesiva, cínica y corrosiva comedia de principios del XXI: Curb Your Enthusiasm.

Larry David (1947) nació en el seno de una familia judía de Brooklyn y trabajó el circuito teatral de stand-up comedy de Manhattan en sus inicios. Ahí terminan las similitudes con Woody Allen. Uno no hallará un intelectual en David (de hecho afirma que sus únicas pasiones en la vida son el golf y el béisbol), ni encontrará detrás de su discurso humorístico a un hombre aterrado por la muerte y la ausencia de Dios. El genio de David es otro y parece simple, pero es extremadamente peculiar y valioso: Larry es un grifo siempre abierto de ideas brillantes y delirantes extraídas de la más banal cotidianidad. Cuéntele usted lo que ha hecho esta mañana, háblele de su leche con cereales, del ascensor de su edificio, del ambientador de su vehículo, de la textura de la madera del escritorio de su oficina. En apenas unas horas, David habrá escrito un hilarante guion basado en estos emisarios de la rutina.

Pero para su desgracia fue consciente bastante tarde de este don, y hasta los cuarenta años malvivió como pudo sin un penique en el bolsillo. Finalizada su educación superior y tras una breve experiencia paramilitar en la Guardia Nacional, probó suerte con moderado éxito como comediante de stand-up en su Nueva York natal al no sentirse capaz de hacer otra cosa. Se dice que su carácter retraído y arisco le creó más de un problema con el público. También que la primera impresión que los espectadores le causaban al salir al escenario era vital, hasta el punto de haberlo abandonado en cierta ocasión tras lanzar una inquisitoria mirada a la platea y murmurar con desprecio «Mmm… no». En estos años de penurias y estrecheces habría llegado al punto de patearse las calles de Manhattan identificando lugares convenientes donde refugiarse si, llegado el momento, su destino se confirmase y terminara siendo un vagabundo.

Con el tiempo lograría pequeños papeles en programas humorísticos de televisión, y llegaría a formar parte durante unos meses de la nómina de guionistas de Saturday Night Live sin que su trabajo fuera prácticamente nunca puesto en onda. El encuentro crucial se produjo a finales de los ochenta, cuando Jerry Seinfeld, colega del circuito teatral de Manhattan, le pidió ayuda para dar forma a la sitcom que se había comprometido a preparar para la NBC. Tras varias discusiones, David propuso un enfoque novedoso para el show: este no trataría de nada en concreto. Se limitaría a desmenuzar la inercia cotidiana, y el propio Larry podría volcar anécdotas de su atribulada experiencia vital en varios de los personajes, incluyendo a su propio álter ego en la serie: el ya legendario George Costanza. Y es que, como ocurriera a George en Seinfeld, las circunstancias obligaron a Larry a irse a vivir con sus padres cuando rondaba la cuarentena. En otros periodos residió en unas míseras viviendas protegidas de Manhattan, donde tuvo un vecino algo excéntrico llamado (sí) Kramer. Pasó por decenas de extraños oficios (y fue, como George, vendedor de sujetadores), y en cierta ocasión dejó un trabajo (en Saturday Night Live, de hecho) gritando fuera de sí, mandando al cuerno a los responsables del programa y jurando en arameo… para volver a presentarse el lunes como si nada hubiera ocurrido. La anécdota sirvió de base para uno de los más célebres episodios de la serie.

Seinfeld revolucionaría el humor televisivo con sus guiones redondos que nunca trataban sobre nada en concreto, y sería la sitcom más exitosa de la historia hasta entonces: cuando David se desvinculó amistosamente de la serie al término de la séptima temporada por puro agotamiento (había escrito hasta entonces ciento treinta y cuatro episodios) ya se había convertido en multimillonario. Dejaba bien atado (Jerry Seinfeld seguiría trabajando en solitario durante otras dos temporadas) un proyecto que ya había roto varios tabúes para una cadena generalista como NBC, especialmente desde aquel episodio («The Contest») en el que los protagonistas apostaban quién sería el último en volver a dejarse llevar por sus hábitos onanistas.

Pretty, pretty, pretty good!!

Tras el merecido descanso y un fallido acercamiento al largometraje (escribe y dirige la olvidada Sour Grapes en 1998), abraza la idea de volver al circuito de la stand-up comedy, y rueda para la cadena de pago HBO un extraño pseudodocumental de una hora, mitad real, mitad ficción, que recoge sus preparativos. En Larry David: Curb Your Enthusiasm (1999) Larry se interpreta a sí mismo, o a una especie de proyección cínica y amargada de sí mismo, angustiado por volver a enfrentarse al público y apenas consciente de su condición de creador en la sombra de la comedia televisiva más exitosa de la historia. El documental tiene una recepción discreta, pero HBO atisba un nicho y, dado lo barato del proyecto (se rueda en exteriores y prácticamente con una sola cámara) da plena libertad creativa a David para que conciba, siguiendo la misma idea y formato, una serie con capítulos de treinta minutos de duración.

Nace así Curb Your Enthusiasm, que convierte la vida de Larry David en Los Ángeles en calculada ficción disfrazada de realidad. Traducción aproximada: «modera tu entusiasmo» o «no te entusiasmes tanto». Quizá un título-respuesta a las posibles expectativas que pudiera generar la nueva serie del creador de Seinfeld (aunque David ha apuntado con sarcasmo que el título obedece más bien al rechazo casi patológico que le produce la gente entusiasta) si bien Curb nace desde el principio como un producto minoritario, artesanal, de un único creador, sin el empaque de la producción y del equipo de guionistas de Seinfeld y, lo más importante, como un juego cómico prácticamente improvisado. Conviene detenerse en este punto: David asegura que jamás se planteó la posibilidad de interpretar a George Costanza en Seinfeld, por más que el personaje estuviera basado en él. Dicho rechazo obedecía, entre otros motivos, a la enorme pereza que le habría producido tener que memorizar líneas de diálogo semana tras semana. Al tener que interpretarse a sí mismo en Curb, decidió que todos los diálogos de la serie fueran improvisados. Así, en cada capítulo David se limita a escribir un boceto del argumento de no más de siete u ocho páginas, sin diálogo, que distribuye (no siempre) entre los actores. A partir de ahí la cámara rueda en escenarios naturales, ni siquiera se construye un set de rodaje. La improvisación da a Curb un carácter único de serie permanentemente en construcción, forzosamente irregular en ocasiones, pero totalmente anárquica y sustentada por un grupo de amigos, un equipo integrado en el que reinan el compadreo y las carcajadas. No es difícil descubrir sonrisas de complicidad entre los miembros del reparto en algunas escenas. 

¿Y quién es el personaje llamado Larry David que vemos en Curb? El fundador y apologeta supremo del «larrismo» del que hablábamos al principio. Un ser profundamente asocial, cínico y amargado. La serie nos dice que Larry ya era así antes del éxito de Seinfeld. Ahora vive en una mansión de Los Ángeles y es asquerosamente rico, pero el dinero no le ha cambiado: día tras día combate su infelicidad batiéndose contra las incorruptibles normas del decoro, y terminamos empatizando con él porque en el fondo todos albergamos un Larry en nuestro interior. Esto tiene especial mérito porque Curb también se empeña en recordarnos que Larry es, por encima de todo, un bastardo miserable: negará su riñón a su mejor amigo, moribundo y necesitado de un trasplante. Buscará mil excusas para dejar a su novia antes de que los tests médicos de ella confirmen si tiene cáncer, «porque no puedes dejar a una enferma de cáncer y además tienes que cuidar de ella». Cometerá varias tropelías pero, pese a ser siempre derrotado, luchará a diario contra los heraldos de lo políticamente correcto: la serie presenta el dibujo grotesco y exagerado de la clase alta de Los Ángeles, un grupo de millonarios quejumbrosos, permanentemente agarrados al interruptor de la indignación y en ocasiones auténticos caraduras aprovechados no muy diferentes del propio protagonista. Larry se medirá contra ellos en esas decenas de situaciones que podemos identificar en nuestra propia vida cotidiana. Pero también se las verá contra judíos que se ofenden al escuchar a alguien silbar una melodía de Wagner, enfermos de Parkinson que aprovechan su situación para ganarse el favor de los demás y hasta con una familia de Nueva Orleans a la que Larry acoge en su casa tras el último huracán, y que aprovecha su hospitalidad para comportarse como una panda de gorrones a la que no hay manera de echar. Porque no solo su protagonista, sino también la propia serie golpea con ganas.

La absoluta libertad creativa que HBO da a David permite a este llevar su sanísima mala leche mucho más allá de las concesiones que NBC hizo con Seinfeld. El exceso está servido. Así, en Curb vemos a Larry colarse en las reuniones de un grupo de ayuda a víctimas del incesto, a un niño gay de siete años obsesionado con la esvástica, una discusión sobre si una persona atropellada en Central Park el 11 de septiembre de 2001 debe ser considerada una víctima del 11S, otra acalorada discusión entre un superviviente de Auschwitz y un ganador del reality Supervivientes a costa de quién ha sufrido las mayores torturas y privaciones o a Larry debatiéndose entre contribuir al boicot de sus conciudadanos judíos a la apertura de un restaurante palestino o seguir gozando de los increíbles favores sexuales de la propietaria palestina del restaurante. La serie, además, sigue también la marca de estilo que hizo célebre a Seinfeld, extrayendo chistes de oro de la rutina diaria. Volvemos a descubrirnos ante esas situaciones cómicas que solo pueden ocurrírsele a un genio: ¿qué tiene de malo contratar a una prostituta con el único propósito de poder circular por el carril reservado a vehículos de dos o más ocupantes? ¿Podemos comprarnos una camisa que nos ha gustado tras verla en la foto de un fallecido y pasearnos con ella puesta delante de la viuda? ¿Y qué hay de esos hombres que cargan con la fama de tener un miembro pequeño? ¿No se deberá esa leyenda a que siempre se han emparejado con mujeres de vaginas extraordinariamente grandes?

Según avanza la serie, el juego de espejos entre la vida real y la ficción que propone Curb Your Enthusiasm es progresivamente más complejo. David asegura que el personaje no le representa, si bien en ocasiones, gracias a esa incapacidad de callar en aras de la corrección, se parece mucho a la persona que le encantaría ser. Varias caras conocidas se pasean por Curb, siempre como proyecciones desviadas y caricaturescas de su imagen real, y este juego se complicó especialmente en la séptima temporada, cuando David decidió cerrar el círculo: el Larry David de la ficción decide en esos episodios que ha llegado el momento de rodar un nuevo capítulo de Seinfeld, para lo que reúne de nuevo a los actores de la serie. Estos interpretan a las proyecciones de sí mismos interpretando a los personajes que les hicieron célebres. O algo así. El juego de metarrealidad o metaficción resulta aquí totalmente fascinante. La reunión de Seinfeld largamente demandada por el público se transforma así en un juguete de ficción dentro de la nueva serie de su creador.

En 2009 memorizó por primera vez un papel protagonista para ponerse a las órdenes de su admiradísimo Woody Allen en Si la cosa funciona (Whatever Works), y en 2013 protagonizó una película para HBO escrita por él mismo (Clear History). Mientras David se afana en lo suyo, usted, si no lo ha hecho, debería correr a ver Curb your Enthusiasm. Conviene no empezar desde el principio: la serie no es el resultado del trabajo calculado de la cadena de producción de un canal de televisión, sino que arrancó prácticamente como la obra de un solo hombre, que fue modelándola poco a poco y que la ha parido prácticamente en solitario (de hecho solo en la última temporada se apoyaría en parte del equipo de guionistas de Seinfeld para dar forma a los bocetos de las historias). Por eso las dos o tres primeras temporadas ganan más interés cuando uno ya ha visto el producto terminado y se acerca a ellas con interés casi científico, para ver cómo se fue construyendo el mito. 

Entre por tanto en el mundo paródico y grotesco con toques de realidad de Curb Your Enthusiasm. Hay algo liberador en el hecho de ver a alguien permanentemente levantado en armas contra el decoro social y algunas de sus absurdas reglas. Compruebe así si alberga algo de ese cabroncete en su interior, y si por tanto es usted también, a su manera, un auténtico larrista. 


Nada de nada o algo de todo

Seinfeld. Imagen: Sony Pictures Television.

Los físicos teóricos saben poco, como cualquier especialista. Pero si algo saben los físicos teóricos, eso es que el vacío no equivale a la nada. Escribir algo como lo anterior no resulta difícil. Explicarlo, en cambio, puede ser un desafío inconmensurable. Tal vez el mejor método inicial esté en recurrir al penúltimo oráculo moderno (apenas anterior a internet): la televisión. 

Este no es un camino original. Sin ir más lejos, Tomás Abraham, el filósofo que nació en Rumanía, estudió en Francia y vivió en Japón (detalles nimios que no contradicen, sino que más bien reafirman, su ser argentino), lo recorrió sin pudor en varios de sus trabajos. Especialmente en La aldea global (editado en Buenos Aires, por Eudeba, en un lejanísimo 1997) y en artículos de la revista El amante / Cine. Con mucha menos pompa, otro filósofo, más contemporáneo y menos sudamericano, supo decir que la respuesta a los problemas de la vida no está en el fondo de un vaso, sino en el televisor. Fue Homer Jay Simpson, tan (poco) ficticio como su colega Sócrates, el que nada sabía, quien —hijo de picapedrero al fin— moldeó durezas y entendió el pensar como un acto corporal.

En Oriente el nueve (y no el diez) expresa lo magnánimo. Es el dígito mayor, el final de una serie sin repeticiones, el resultado de multiplicar por sí mismo al tres —el número más apreciado, el que se representa con tres líneas para dar cuenta del cielo, de la tierra y de los hombres— y el que refiere a la cantidad de temporadas que permaneció en la pantalla de la National Broadcasting Company, o NBC, la comedia Seinfeld. Según las palabras de sus inventores, los norteamericanos Lawrence Gene «Larry» David y Jerome Allen «Jerry» Seinfeld (redundancia que vale), de cada uno de los miles de críticos que escribieron sobre su suceso y hasta de los guionistas, que recrearon la creación de la serie en uno de sus episodios (el tercero de su cuarto año, «The Pitch», que se pudo ver por primera vez el 16 de septiembre de 1992), Seinfeld fue un show sobre nada.

Así es como, una vez más, la televisión nos educa (y entretiene). Entre 1989 y 1998, a lo largo de ciento ochenta iteraciones, cuatro personajes principales y cientos de secundarios exhibieron una concepción de la sociedad que nunca antes había tenido estatus de historia visual. El programa trató de nada, pero no estuvo, en absoluto, vacío. En él se habló de fascismo, de ropa y de emprendimiento (cuando aún se llamaba, con menos soberbia, «olfato comercial»); de amores, de sexo y de masturbación; de viajes, de lugares para estacionar y de la muerte; de comida china, de pollo a la brasa y de sopa. En síntesis, de nada, en general, y de todo, en particular. Su última emisión (doble) fue seguida por casi ochenta millones de personas el 14 de mayo de su año final, y varias veces esa cifra en las repeticiones inagotables que la sucedieron y continúan saliendo. Seinfeld (o su dueño principal, Seinfeld) se pavonea de la marca —certificada por esa corporación de autoridad incomprensible conocida como Guinness World Records— de la mayor cantidad de dinero rechazada para continuar con una saga televisiva: NBC ofreció cinco millones de dólares por episodio, y al segundo Jerry más famoso de la comedia no pareció movérsele un cabello (aunque más tarde perdió casi todos, pero no puede asegurarse que los dos sucesos estén relacionados).

En lo que hace a marcas, Stephen William Hawking ostenta, al menos, dos. Fue el físico más famoso después de Einstein y aquel cuyo nombre ha sido escrito con más variantes incorrectas en la historia de la humanidad. Stephen (sin ‘v’) William (sin ‘s’) Hawking (también sin ‘s’, pero con ‘g’; sin ‘p’ intermedia, ni ‘c’ antes de la ‘k’), como Seinfeld, se metió con la nada y con la sopa, que decía adorar y usaba en parábolas cada vez que podía. Entre todos los temas que investigó, el que más se ha asociado a su nombre es el de los agujeros negros. Sin entrar en tecnicismos (más por piedad que por conveniencia), Hawking conjeturó que aun un agujero negro, que por un lapso se asoció a la ausencia de toda materia, no podría estar vacío. Más allá de la incomprensibilidad de su tema, la historia breve de los agujeros negros está plagada de curiosidades. Para comenzar, las primeras conjeturas hawkingnianas al respecto tienen un coprotagonista menos notorio, Roger Penrose, un investigador poseinsteniano e inventor brillante de acertijos matemáticos. En segundo lugar, el término «agujero negro» no fue acuñado por esta dupla, sino por un colega suyo, John Archibald Wheeler, que prefirió rebautizar a las «estrellas en colapso gravitatorio completo» con una expresión más vendible. Después de todo, Hawking y Penrose eran todo lo británicos que alguien puede ser, mientras que Wheeler venía de Jacksonville, en la Florida, e hizo su carrera en la Universidad Johns Hopkins de Maryland.

Todo era más sencillo en la era del éter. El éter fue una metáfora de una metáfora. Los griegos primitivos llamaban así al fluido que respiraban los dioses, para quienes el aire que daba vida a los mortales era demasiado basto. Aristóteles lo usó para describir la materia que, en su física sofisticada e inconsecuente, ocupaba el mundo supralunar. Los físicos modernos tomaron la palabra (y, quizás, el concepto) para explicar lo inexplicado: una sustancia hipotética, elástica y muy poco densa, que posibilitaba la propagación veloz de la luz en el desconocido espacio azul, que no podía estar vacío. Como corresponde a una explicación descabellada pero poética, la idea que surgió «de la nada» (out of the blue sería menos preciso, pero más justo; la traducción es un rompecabezas sin modelo) subsistió más de un siglo, hasta que la teoría de la relatividad especial venció las resistencias del poder académico. El éter, finalmente, cayó en desuso entre los científicos, en un giro delicioso que nos recuerda que el olvido es el atajo más breve hacia la nada.


Masoquismo, humillación y otros estados pasionales del gourmand de la posmodernidad: Seinfeld

Seinfeld (1989–1998). Imagen: West-Shapiro / Castle Rock Entertainment.

Hay series televisivas que marcan un antes y un después. Perdidos supuso un giro inesperado a las comedias, haciendo un chiste de 121 capítulos, que duró desde 2004 a 2010 y del que todavía nadie se ha reído porque nadie lo ha terminado de entender; Twin Peaks disparó el consumo de tarta de cerezas y el ansia de decorar en rojo vivo. Seinfeld es una de esas series.

Emitida entre 1989 y 1998, con 180 episodios filmados y 76 millones de televidentes, nunca nadie debió pensar que algo que se definía como «una serie sobre la nada» —y así calzado y explicado en uno de los episodios en un delirio de autorreferencia― llegara a convertirse en un fenómeno televisivo.

Sus cuatro personajes (un humorista, su mejor amigo ―inspirado en Larry David, coguionista de la serie― su vecino y su exnovia) con el paisaje neoyorquino de fondo, forman una pandilla tan extravagante, obtusa, cruel, superficial y maniática que nos recuerda a nuestros propios amigos. Nada es heroico, sino que tiende a la mezquindad ―suave, pero sin que deje de serlo― posiblemente, porque la vida es así. Los diálogos son ocurrentes, pero cotidianos. Yada, yada, yada.

The Soup Nazi es el título del capítulo número 116 de la serie, sexto episodio de su séptima temporada, emitido el 2 de noviembre de 1995 en Estados Unidos. En ella, Jerry Seinfeld, Constanza y Elaine hacen cola y se someten a los excéntricos dictados del propietario de un famoso restaurante especializado en sopa, hasta el punto de ser castigados sin sopa («No soup for you») por saltarse alguna de las arbitrarias reglas que rigen ese establecimiento.

El restaurante existía en la época en la que el capítulo se emitió (de hecho, ya era famoso antes) y el propietario se regía por las mismas reglas tiránicas ―y no sé si arbitrarias― que aparecen en el episodio. De hecho, son las mismas estrictas órdenes que el restaurante refiere en su web, incluso traducidas, no vaya a ser que un turista sueco despistado se encuentre de cara con una cola de gente esperando paciente y recogidamente y decida probar la sopa a lo loco.

Este comportamiento ―asumir un maltrato por parte del prestador de servicios o del vendedor a cambio de la promesa de recibir algo― es significativo en la restauración, y entiendo que causa desesperación entre aquellos restauradores que se esmeran en un ambiente agradable, una detallista atención al cliente, una cuidada elección y elaboración de platos, y que sin embargo, comprueban que establecimientos que hacen todo lo contrario tienen idéntico o mayor éxito que ellos.

Sorprende también al gourmand frío, que no se deja tentar con facilidad y que lee con estupor como, en algunas críticas o comentarios, a conclusión del silogismo gastronómico es, per se aberrante. Un ejemplo: en la referencia a un restaurante de moda en Londres, un pop-up de carácter no permanente, el cronista advierte que el establecimiento carece de licencia para la venta de bebidas alcohólicas, por lo que la tiene usted que traer de casa; describe el servicio como exasperante en su lentitud y añade que, para animar la espera, un grupo de música toca a un nivel en el que es difícil atender los propios pensamientos; se pasea por la comanda dejando como hitos los términos «insulsas», «mejorables», «falto de originalidad» o «apresurada»; finalmente, describe el asiento como un potro de tortura ideado para que la comida no se prolongue más allá de 30 minutos, momento en el que se empieza a perder la sensibilidad en las piernas. La conclusión lógica sería: «No vayan allí ni aunque se lo prescriba el médico». Sin embargo, la recomendación es la contraria: «Hay que ir. Fue una experiencia».

Seinfeld (1989–1998). Imagen: West-Shapiro / Castle Rock Entertainment.

¿Cómo es posible? ¿Es el marketing, el antimarketing o el sadomarketing el que consigue esa alteración? Muchos restaurantes se vanaglorian de un maltrato expreso y sistemático al cliente. El Masoch Café de Lviv (Ucrania), en el que se sigue el camino de Leopold von Sacher-Masoch, las camareras afirman que obtienen más propinas de sus sometidos clientes cuanto más latigazos les aplican; en Mugaritz, ya advertían de que te esperaban «150 minutos para incomodarte, alterarte, impacientarte, 150 minutos para padecer», si elegías la opción «Rebélate». Otros, una mayoría a mi juicio, aplican ese desdén con sutileza, de manera que el cliente sabe que lo han maltratado, pero no podría indicar cómo. Pero sale maltratado y satisfecho, porque, en resumidas cuentas, era lo que estaba buscando.

Porque la gastronomía ya no es un simple deleite en la alimentación, que decía Brillat-Savarin, como respuesta a la necesidad animal de saciar el apetito, sino que se trata de una experiencia que, en muchos casos, hace buena la frase de Baudelaire: «En lo aberrante encontramos deleite y placer en lo más detestable».

Todo es ya una experiencia, si se trata de pagar por encima de lo que el bien o servicio de que se trate puede valer objetivamente, incluso a los ojos de un pródigo. Para que una camiseta, una tablet, un curso de esquí, un bolso o una cena sea pagada sin que tiemble la Visa, hay que envolverla en una experiencia, que puede suponer música atronadora, dependientes semidesnudos bailando con un hula-hop, establecimientos de dimensiones catedralicias, olores inquietantes o la nada absoluta, con la finalidad de desconcertar y aturdir al cliente quien, catártico y con la bolsa en la mano tras haber pagado, no puede más que afirmar que ha vivido una «experiencia», sea lo que fuere que haya ocurrido.

Convertir el hecho gastronómico en esa experiencia ha supuesto la culminación de un diabólico plan con el que algún poder oscuro quiere doblegar la voluntad y el bolsillo de los habitantes de la Tierra, posiblemente resultado de la unión de complicados análisis de expertos en neuromarketing y la natural tendencia al deslumbramiento del ser humano. «La cena ha tenido que ser deliciosa, porque el camarero ni ha pestañeado cuando he comentado que el vino no estaba a temperatura y la tempura estaba flácida».

¿Sólo se da este fenómeno en restaurantes con cien advertencias de «imprescindible» en las páginas de estilo y coolhunting de los suplementos dominicales? Definitivamente, no. Chiringuitos ―incluso infames que parecen refugios de contrabandistas― varios, bares de copas, denostables gastrotecas o establecimientos «cargados de tipismo» generan esa extraordinaria e irracional atracción que lleva a los clientes a estar y pasar con lugares incómodos, reservas imposibles, personal altivo y faltón y desatenciones varias, incluso aceptando que sean delicias lo que se ponga en mesa.

La pregunta trascendente se la harán los buenos restauradores, los que cuidan con mimo todas esas cuestiones, que sin duda integran el placer de la res culinaria: «¿Debería mejorar la oferta de mi competencia añadiendo un par de bofetadas después del café yemení?».

La respuesta: aprenda de las compañías telefónicas, no deje de darlas con voluntad de atención al cliente y siempre con la mano abierta.


El otro Darrin

Embrujada, 1964-1972. Imagen: Ashmont Productions / Screen Gems Television.

Los padres de Samantha nunca llegaron a ver con buenos ojos su matrimonio con Darrin Stephens. Y el problema no era la diferencia de edad entre la aparentemente joven chica y el recio caballero, porque en 1964 la sociedad ya había avanzado lo suficiente como para ver con buenos ojos el compromiso entre una bruja de cientos de años y un señor de treinta y muchos. El inconveniente era que Darrin era mortal, y las brujas tenían por costumbre desposarse con otros brujos y no con seres humanos de vida escasa y nulas habilidades mágicas. Los cónyuges vivieron de cara al público hasta 1972 pero entre medias ocurrió algo bastante inusual de lo cual no tenía la culpa hechizo alguno: existieron dos Darrins distintos, y ambos decían ser el mismo tipo aun luciendo caras y personalidades diferentes.

El otro Darrin

La serie Embrujada duró ocho temporadas en las televisiones americanas a lo largo de las cuales desplegó más de doscientos cincuenta episodios. Era una sitcom que introducía elementos fantásticos gracias a los poderes de Samantha (Elizabeth Montgomery) una bruja que para invocar la magia agitaba su nariz en lugar de una varita. El desarrollo de los episodios combinaba los temas clásicos de las telecomedias americanas de la época con un marido (Dick York) que al ser víctima accidental de algún encantamiento acababa provocando cadenas de equívocos desastrosas, al final de cada capítulo todo se arreglaba y teníamos la pista libre para repetir la ruta la semana siguiente. La serie gozaba de éxito y sus protagonistas de reconocimiento, Montgomery obtuvo cuatro nominaciones a los Globos de Oro y cinco a los Emmy, mientras York fue nominado a uno de estos últimos en la categoría «Outstanding continued performance by an actor in a leading role in a comedy series» en el 68. Justo un año después los fans del programa se tropezaron con una sorpresa, de repente y sin previo aviso a Darrin Stephens lo interpretaba un Dick diferente, un tal Dick Sargent.

Two Dicks one witch. Comparativa de los créditos de dos versiones de Embrujada. Imagen: Ashmont Productions / Screen Gems Television.

Lo cierto es que la salida de York del show había sido dolorosa en todos los sentidos. Un accidente durante el rodaje de una película (Llegaron a Cordura) destrozó la espalda del actor y el hombre tuvo que afrontar el rodaje de los episodios de Embrujada con el cuerpo relleno de novocaína, cortisona, pastillas para dormir y un batido de diferentes medicamentos con los que sobrellevar los dolores. Los guionistas de la serie, conscientes de la delicada salud del hombre, se dejaron los sesos hechos zumo ideando tramas donde el personaje pasase casi todo el tiempo sentado, recostado o tumbado pero no fue posible convencer al estudio de desechar las escenas más espectaculares y exigentes físicamente. En una de ellas, que requería elevar al actor a varios metros de altura, York se desvaneció y acabó ocupando cama en el hospital. Como consecuencia, los productores decidieron que era más humano contratar a otro actor para hacerse cargo del personaje que ahorrar para la corona de flores y ficharon a Dick Sargent, otro Dick para el mismo Darrin. El público no supo masticar el cambio, el nuevo Darrin no solo era físicamente diferente sino que su papel ni siquiera conservaba el mismo tono de su predecesor, y la audiencia se derrumbó. Al pobre York le fue incluso peor, tras su retiro y con las dolencias a cuestas acabó zambulléndose en la drogadicción y convirtiéndose en un apestado para el mundo del entretenimiento hasta muchos años después.

Los otros Darrins

En el mundo del cine y la televisión tiende a evitarse que diferentes actores interpreten a un mismo personaje para no descolocar al público, pero en ocasiones no queda otra y el testigo salta entre artistas. Gregor Clegane, conocido por el topográfico apodo de La Montaña, en Juego de tronos comenzó siendo interpretado por Connan Stevens, pero cuando el hombre partió hacia los verdes pastos de El hobbit fue reemplazado por Ian Whyte en principio y por Hafþór Júlíus Björnsson en el momento en el que los productores decidieron contratar a alguien que realmente tuviese aspecto de cordillera.

Carlos Gallardo protagonizó el festival low cost de Robert Rodríguez llamado El mariachi, pero en las secuelas (la disfrutable Desperado y la insufrible El mexicano) fue Antonio Banderas quien se hizo cargo del papel mientras Gallardo quedaba relegado a carne de cameo. En las versiones de carne y celuloide de Astérix el ruso Gérard Depardieu era el elemento inamovible en un reparto que cambiaba continuamente entre una película y otra. Los chicos protagonistas de aquella Zipi y Zape y el club de la canica muy libremente basada en los cómics de José Escobar tuvieron que ser reemplazados en Zipi y Zape y la isla del capitán porque el mundo del entretenimiento aún tiene dificultades para driblar al paso del tiempo y los chavales de la primera no eran tan chavales cuando comenzó a rodarse la segunda.

La telecomedia Aquellos maravillosos setenta colocó a Christina Moore en el rol de Laurie Foreman tras prescindir de Lisa Robin Kelly  por culpa de su alcoholismo (que la mantenía entrando y saliendo de la serie  por temporadas); Kelly fallecería en 2013 en un centro de rehabilitación a causa de una combinación de varias drogas. Beverly Owen abandonaría por amor su papel de Marilyn Munster en La familia Monster y se fugaría a Nueva York con su futuro marido (y también futuro exmarido); la escapada no le sentó nada bien a la productora y tras encontrar sustituta (Pat Priest) le prohibieron la entrada al estudio durante varios años.

Maggie Gyllenhaal sustituyó a Katie Holmes como Rachel Dawes en El retorno del caballero oscuro y no se quejó nadie, porque a Holmes de aquella no solo le hacía el vacío Tom Cruise. Dumbledore en la saga Harry Potter comenzó en manos de Richard Harris pero, tras la muerte del actor, después de haber participado en las dos primeras películas, Michael Gambon se encargó del reemplazo rindiendo honores al legado de Harris al conservar el acento irlandés que aquel le había otorgado al personaje.

Aquellos maravillosos 70, (1998–2006). Imagen: 20th Century Fox / Carsey-Werner-Mandabach.

En general casi todos los programas o películas que han gozado de un recorrido medianamente largo han sufrido bajas y reemplazos en su reparto: la exmujer de Ross en Friends, el padre de Sabrina en Sabrina, cosas de brujas, Neely Capshaw en Los vigilantes de la playa o Miss Ellie en Dallas. Topanga (Danielle Fishel) en Yo y el mundo tenía tantos padres diferentes que los espectadores podían acabar pensando que la pobre era adoptada cada cierto tiempo por una familia nueva.

Que nadie se entere

Los responsables de Hannah Montana optaron por una solución práctica para sustituir al actor que daba vida a Albert Dontzig, vecino de la familia protagonista, al cubrir el hueco de Peter Vogt con su hermano gemelo Paul Vogt, logrando que prácticamente nadie se enterase del cambiazo. Aunque lo de tirar de lazos familiares es un recurso que aprovecha mejor el cine de animación, en la Pocahontas 2 que apuntaba directamente al vídeo a John Smith no lo dobló Mel Gibson sino su hermano Donald Gibson, y la voz de Woody que llegó con los videojuegos y merchandising de Toy Story no era la de Tom Hanks sino la de su hermano Jim Hanks.

En Seinfeld una suplencia pasó de puntillas y con alma ninja: el papel de padre de George saltó de John Randolph a Jerry Stiller y los responsables del programa decidieron volver a rodar las escenas del primero con el segundo en su lugar para emitirlas en futuras repeticiones. Regreso al futuro 2 afrontó el cambio de actriz en el personaje de Jennifer (Elisabeth Shue sustituyó a Claudia Wells) rodando de nuevo meticulosamente las escenas finales de la primera parte y colocándolas al principio de la segunda. La saga también supo rellenar otra ausencia de manera creativa cuando Crispin Glover y su ego saltaron del tren al considerar que no cobraban suficiente plata: el director solventó la ausencia del actor en las secuelas filmando a un doble desde lejos y reciclando metraje de la primera parte.

Otros no se molestaron en disimularlo en absoluto, el film La vida en tiempos de guerra de Todd Solondz funcionaba como secuela directa de Happiness y se atrevía a utilizar a un actor negro (Michael K. Williams) para un personaje que en la primera parte había sido interpretado por un actor blanco (Philip Seymour Hoffman). A Solondz le iba ese rollo trilero, porque en su película Palíndromos la protagonista Aviva era interpretada por ocho personas diferentes que ni siquiera compartían raza, edad o género. En la sesentera teleserie de Batman la trama de un capítulo reunía a todos los varios villanos del show en piña contra el hombre murciélago, pero como era prácticamente imposible congregar a todo el reparto original se optó por la opción más chusca: rodar la gran pelea del episodio a oscuras.

Plan 9 del espacio exterior es el ejemplo más chabacano y encantador de la desfachatez a la hora de cubrir vacantes, Ed Wood tiró de metraje previo rodado con Bela Lugosi para completar la película y ante la imposibilidad de poner de nuevo al actor frente a la cámara, sobre todo porque a aquellas alturas el pobre Lugosi estaba durmiendo en una caja de pino que no pertenecía al atrezo de ninguna película, decidió sustituirlo en la pantalla grande por su quiropráctico personal. Para evitar que el público fuese consciente de la treta se le ocurrió el truco idiota de obligar al improvisado sustituto a aparecer en escena tapándose la cara con la capa y agachándose un poco.

Cambios históricos

007 Al servicio secreto de su majestad empezaba como cualquier otra película de James Bond, con una secuencia inicial de acción que daba paso a unos títulos de crédito con mucha silueta femenina adoptando pose entre colores y montajes creativos. Pero en la cabecera de aquella película con espía británico ocurría algo inusual: la chica a la que el héroe rescataba huía del lugar en coche al final de la escena y al protagonista, un James Bond interpretado por George Lazenby, se le escapaba en voz alta un comentario de metarresignación: «Esto nunca le sucedió al otro». La frase, que parecía más una improvisación del propio actor que parte del guion, hacía broma de un relevo en el mundo real porque con aquella película Lazenby sustituía oficialmente a Sean Connery en el papel de agente secreto. Aunque el Bond de Lazenby no gozó de una vida larga, tras aquella película Connery volvería a hacer suyo al espía y las futuras entregas contarían con nuevas caras para el personaje: Roger Moore, Timothy Dalton, Pierce Brosnan y Daniel Craig.

En el caso de la franquicia Bond, que se extiende a lo largo de varias décadas, los reemplazos eran necesarios para reinventar al personaje y sobre todo para impedir que a la larga el tacatá acabase figurando como un gadget más entre el arsenal del héroe. Posiblemente también influye el hecho de que los intérpretes acaben cansados de la manera en la que el papel de Bond se dedica a atar en corto: el contrato oficial para convertirse en 007 incluye la prohibición de vestir esmoquin en otras películas mientras uno sea la cara de James Bond. Suena a capricho tontorrón, pero lo cierto es que en la práctica ha provocado dolores de cabeza: una escena de El secreto de Thomas Crown situaba a Pierce Brosnan en un lugar donde la etiqueta era obligatoria y evidente, pero, ante la imposibilidad de vestirlo con un esmoquin bien puesto por culpa de aquel contrato, los responsables de vestuario tuvieron que presentarlo con una camisa desabotonada y una pajarita blanca desatada que le daban un lamentable aspecto de hermano del novio en el crepúsculo de una boda.

Sean Connery. Imagen: United Artists.

El personaje de Jack Ryan ideado por el escritor Tom Clancy se cambió a menudo de pantalones al ser interpretado por Alec Baldwin en La caza del Octubre rojo, por Harrison Ford en Juego de patriotas y Peligro inminente, por Ben Affleck en Pánico nuclear y por Chris Pine en la reciente y fallida Jack Ryan: Operación sombra. El personaje de Tarzán contempló un voluminoso desfile de intérpretes en taparrabos: Elmo Lincoln, Johnny Weissmuller, Lex Barker, Gordon Scott, Mike Henry, Casper Van Dien y el reciente Alexander Skarsgård de La leyenda de Tarzán.

Batman ocultó bajó las orejas de murciélago a un bailongo Adam West, en la que probablemente fuese la interpretación más molona del personaje, pero también acogió a Michael Keaton durante las notables Batman y Batman vuelve de Tim Burton, a Val Kilmer en el Circo del Sol que era Batman forever y a un George Clooney al que se la sudaba todo en la inenarrable Batman y Robin. Christian Bale recuperó la seriedad, y para muchos la modorra, de mano de Christopher Nolan en la trilogía de El caballero oscuro y Ben Affleck rellenó el traje (después de que los fans se tirasen de los pelos) en Batman vs Superman: el amanecer de la justicia.

Ya quisieras tú, Christopher Nolan.

Justificados

La televisiva saga del Dr. Who es otro de los casos donde el constante cambio del rostro protagonista obedece a la necesidad de alargar el asunto a través de los años y no acumular arrugas, aunque en el universo del Doctor la cosa está muy bien llevada al formar parte del propio guion. Y es que en 1966, tres años después del estreno del show, cuando el actor protagonista (William Hartnell) decidió abandonar la empresa, la solución de los guionistas fue informar al espectador de que la raza del Doctor tenía la capacidad de regenerarse a voluntad y cada cierto tiempo se reencarnaba en un individuo diferente. De este modo a Hartnell lo sucedería Patrick Troughton, y tras él llegarían diez regeneraciones más con las caras de Jon Pertwee, Tom Baker, Peter Davison, Colin Baker, Sylvester McCoy, Paul McGann, Christopher Eccleston, David Tennant, Matt Smith y Peter Capaldi.

Heath Ledger falleció a mitad de rodaje de El imaginario del Doctor Parnassus y el gafe de Terry Gilliam decidió completar la película tirando de los amigos del actor: Jude Law, Johnny Depp y Colin Farrell interpretaron a su personaje en diferentes dimensiones fantásticas. Matrix revolutions justificó el cambio de aspecto de el Oráculo (Mary Alice sustituyó a una desaparecida Gloria Foster) con la excusa del código informático reescrito. Smallville explicó la nueva cara del personaje de Morgan Edge con el recurso más sobado: la cirugía plástica. Y Supernatural establecía que las diferentes apariencias de los demonios se debían al hecho de que dichas entidades malignas podían ir por ahí poseyendo a quien les saliera del rabo.

Autoconscientes

En Iron man 2 Don Cheadle heredaba el rol de James Rhodes, un puesto que en la primera parte había interpretado Terrence Howard, y la película se permitía una coña al respecto: cuando Tony Stark (Robert Downey Jr.) se topaba con el nuevo Rhodes durante una audiencia le espetaba un «No esperaba verte por aquí» que obtenía como respuesta un «Bueno, soy yo, así que déjalo, ¿vale?». Santiago Segura le comentaba a Cuco (Julián López) en Torrente 5: operación Eurovegas que lo notaba cambiado, algo lógico teniendo en cuenta que en Torrente 2: misión en Marbella al afable yonqui lo interpretaba Gabino Diego. En La momia: la tumba del emperador dragón, la tercera parte de las correrías de Brendan Fraser tras el culo de muertos embalsamados, Maria Bello reemplazaba a Rachel Weisz en el papel de coprotagonista aventurera presentándose en pantalla mientras afirmaba que era una mujer completamente diferente.

Los protagonistas de la sitcom Loco por ti tenían como vecinos a un matrimonio repelente formado por Maggie (Judy Geeson) y Hal Conway (Paxton Whitehead). A lo largo de la serie Whitehead abandonó el carro y fue sustituido por Jim Piddock durante un puñado de episodios, para finalmente acabar volviendo a interpretar el personaje. En la ficción aquello se convirtió en chiste cuando Maggie decidió apuntar que se había «divorciado del segundo Hal para volver a casarse con el primero».

La tercera temporada de El príncipe de Bel-Air despachó a la tía Vivian original (Janet Hubert-Whitten) para sustituirla por Daphne Maxwell Reid, y en la quinta temporada el personaje de Jazz, cuyos diálogos ya habían lanzado puyas a la nueva incorporación con anterioridad, se preguntaba en voz alta a qué actriz habrían pillado esta vez para hacer de Vivian.

Mi gran vida griega, la serie-secuela televisiva de Mi gran boda griega, se llevó a casi todo el reparto original a la pequeña pantalla, pero no contó con los servicios de John Colbert, el marido americano en el film. Como consecuencia, la serie decidió arrancar en televisión con la suegra del personaje comentándole al sustituto (Steven Eckholt) que tenía un aspecto diferente. Padre de familia sufrió un recasting que por aquí no llegamos a notar: en su versión original Lacey Chabert ponía voz a Meg Griffin, pero a partir de la primera temporada el papel pasó a los labios de Mila Kunis. Lo simpático ocurría en un capítulo posterior donde Peter amenazaba a Lois con echarla del show de manera muy poco sutil con un «Tengo dos palabras para ti, Lois: Lacey Chabert». Pero la guasa ni siquiera acababa ahí, durante otra trama Stewie y Brian viajaban en el tiempo hasta el primer episodio y al reencontrarse con la voz de Chabert comentaban que aquella «parecía la voz de una chica que estaba a punto de tomar una decisión estúpida».

Roseanne jugó con el asunto a tope cuando Sarah Chalke relevó a Lecy Goranson en el personaje de Becky, porque la sustitución se produjo con la familia viendo un capítulo de Embrujada y comentando el cambiazo de actores, ocasión que aprovechaba Chalke para entrar en el show por la puerta más ancha al afirmar que ella era fan del segundo Darrin. Durante el resto de la serie los guionistas no se cortaron y se divirtieron lo suyo: durante una riña Roseanne llegaba a amenazar a la criatura con reemplazarla y cuando Goranson volvió a la serie, tras tres temporadas de ausencia, el resto del casting iniciaba sus conversaciones con ella preguntándole donde se había metido o apuntando que parecía que llevaba ausente tres años. En futuros capítulos la broma continuó en forma de cameos que los personajes interpretaban como déjà vus incómodos. «Ojalá yo tuviese una hija así de simpática», comentaba Roseanne tras toparse con Chalke en un papel secundario.

«Bueno, a mí me gusta mucho más el segundo Darrin». Chalke llega a Roseanne, (1988–1997). Imagen: Wind Dancer / Carsey-Werner / Paramount.


El viacrucis de Flanders

Imagen: Fox.

Los Simpson se han convertido en parte de la cultura popular hasta el punto de que en la actualidad existen civilizaciones enteras donde dos personas adultas pueden mantener una conversación compleja utilizando exclusivamente referencias de la serie creada por Matt Groening. Hay tratados multimillonarios que se han cerrado gracias a la canción del monorraíl, desfiles donde las modelos han cruzado el catwalk al ritmo del «Y lo ven, ya lo ven, el gorila sienta bien […] Mocasines saltarines con la piel de dos mastines» y cada día se entonan miles de Lisa hoy es tu cumple o se utiliza un mono amartillando platillos como icono universal del agilipollamiento y el recuento de musarañas. El asunto adquiere en ocasiones dimensiones pavlovianas y por eso mismo es imposible que cualquier persona de bien escuche las palabras «seguro dental» y no añada mentalmente un «Lisa necesita un aparato». El show incluso ha favorecido que la sociedad identifique y apuntale conceptos necesarios: gracias a la familia amarilla no existe un crítico profesional del mundo del entretenimiento que no sepa a qué se refiere el concepto Poochie.

La Fox acaba de renovar el contrato con Los Simpson por un par de primaveras más, y gracias a ello la serie alcanzará la trigésima temporada y sumará un total de 669 episodios, convirtiéndose así en el programa guionizado con mayor número de capítulos de la historia de la televisión, un récord que pertenecía desde hace varios años al wéstern/culebrón La ley del revólver y sus 635 episodios a lo largo de veinte temporadas. Durante todo este tiempo Los Simpson se han llevado a casa treinta y dos Emmys, han obtenido un hueco en forma de estrella en el Paseo de la Fama hollywoodiense, se han convertido en sellos legales durante su vigésimo aniversario, han saltado a la pantalla del cine recaudando más de quinientos millones de dólares en todo el globo y han logrado introducir en el Oxford English Dictionary la expresión «D’oh!», que Homer invoca con frecuencia en la versión original cuando las cosas no salen como esperaba o es consciente de su propia estupidez. Además se trata de una serie que económicamente es muy rentable y cuya fama no parece erosionarse, un producto capaz de congregar cada semana a millones de espectadores pese a que la opinión general, y poco revocada, es que lleva en continuo declive desde finales de los noventa.

También es la culpable del viacrucis de Flanders.

El hombre

Ned Flanders como personaje nació junto a Los Simpson en el primer episodio emitido de la serie. Había sido ideado por Rich Moore y bautizado Flanders porque así se llamaba una de las calles de la ciudad natal (Portland en Oregón) de Matt Groening. Inicialmente el personaje se dibujó como un vecino de la familia protagonista excesivamente amable y generoso, alguien a quien Homer odiaba con ganas pese a no existir un motivo evidente para ello. El rol de Flanders era en aquel momento el del vecino perfecto, un sujeto sin mácula que involuntariamente hacía hervir la sangre de Homer porque su naturaleza impecable representaba todo aquello que el patriarca de la familia Simpson no llegaría nunca a ser. En esencia era un detonador de celos y una diana de rencores cuyo único delito era ser buena persona, un semiantagonista que ni tenía razones para serlo ni se merecía tanto odio, alguien que no solo predicaba las virtudes de ser bondadoso con el prójimo sino que además lo era. Y también alguien sobre quien llovería un chaparrón de palos lanzados por la propia serie.

Número de personajes inspirados por el nombre de una calle y no al revés: uno. Foto: Francis Storr (CC)

En sus primeras apariciones las creencias religiosas de Flanders no se mencionaban porque no formaban parte de la construcción del personaje, pero la interpretación de Harry Shearer (su voz en la versión original) resultó tan dulce para los creadores del programa como para considerar, por alguna razón que se le escapa al resto de la humanidad, que aquel tono de voz delicado y amable pegaba con el del cristiano estándar. A consecuencia de aquello, durante las primeras temporadas al personaje se le inyectó un trasfondo cristiano que funcionaba tan solo como un detalle más de su personalidad y no como el timón de la misma. Flanders era un hombre que creía en Dios, rezaba e iba a misa los domingo porque ese era el perfil del supuesto americano perfecto, pero su fanatismo religioso no iba más allá de ser discreto y moderado. Sin embargo, según fueron avanzando las temporadas, las tramas comenzaron a cebarse con el secundario del bigote y los guionistas decidieron sacar punta a sus creencias de manera exagerada para favorecer las situaciones cómicas. De ese modo el que en principio fuera un cristiano sin excesos comenzó a mutar hacia el fanático religioso y finalmente acabó convertido en una caricatura total y extrema del cristianismo conservador que ocupa la silla situada más a la derecha en las cuestiones políticas. Homer, entretanto, embravecía las aguas de la relación por culpa de unos guiones disparatados que lo hacían saltar entre las dos orillas en su relación con Flanders: tan pronto era su mejor amigo y compañero de aventuras (siempre con resultados desastrosos) como un rival envidioso y cruel.

El viacrucis de Flanders

El programa presentó a familia de Flanders a lo largo de la segunda temporada. Su esposa Maude Flanders y sus dos hijos, Rod y Todd, entraron en la serie insinuando tener más lecturas que las de ser secundarios de otros secundarios y apuntando cierta personalidad y carácter en potencia: Todd llegaba a rebelarse contra su padre en el episodio «El club de los patteos muertos» de la segunda temporada y se convertía en uno niño aficionado a blasfemar en el episodio «Bart, el amante» de la tercera (cuando Flanders investigaba la razón para tanta palabrota acababa descubriendo que el origen del problema se encontraba en Homer, para variar). Pero a la larga la familia del vecino del bigote no pudo escapar al influjo de la flanderización y sus roles serían simplificados hasta convertirse en pistas de aterrizaje para un montón de bromas, que incluyeron la salida del armario de ambos en un flashforward, a menudo relacionadas con la mojigatería religiosa. Aunque a Rod, un personaje de quien su propio padre decía que «sus hobbies favoritos son estar callado durante el viaje, aplaudir durante las canciones y la diabetes», se le permitió tener cierto protagonismo en el capítulo «Bart tiene dos mamás» de la decimoséptima temporada.

Con Maude Flanders la cosa resultó especialmente grave, porque la pobre mujer fue utilizada como carne de cañón para hacer más desgraciado a Ned Flanders. La Fox anunció que un personaje del reparto de Los Simpson iba a palmarla de manera definitiva el 13 de febrero del 2000 y se guardó el nombre de la persona condenada, evitando incluso remitir con antelación cintas con el episodio a los críticos, con el objetivo de avivar las audiencias y abonar las especulaciones. Aunque en realidad era bastante evidente adivinar qué personaje olía a arena con tan solo ojear el título del capítulo: «Solito otra vez naturalmente».

Llegado el 13 del febrero, la trama del episodio sentó a toda la ciudad de Springfield en un circuito de carreras de coches e incluyó a Flanders y familia en la grada con una excusa completamente estúpida (no habían ido para ver el espectáculo sino para «comprobar las medidas de seguridad») como quien ata al reo en el poste ante el pelotón de fusilamiento. Y un ametrallamiento fue exactamente lo que ocurrió en la pantalla tras la troleada del guion de insinuar durante un par de segundos que el muerto del programa era Lenny: unas cheerleaders armadas con bazucas-lanzadores-de-camisetas se personaron en el lugar para repartir prendas a tiros entre el público amarillo, y acabaron sucumbiendo a las provocaciones de un Homer semidesnudo que animó a las chavalas a disparar ropa enrollada contra su tripa. La desgracia ocurrió cuando el ejército de cheerleaders apretó el gatillo porque justo en el último momento Homer se agachó, provocando que Maude recibiera el impacto de los proyectiles y sufriera una caída mortal desde las alturas del graderío. De manera interesante, durante el consecuente funeral de la mujer el reverendo Lovejoy le dedicó unas palabras de despedida en donde se refería a la finada como un personaje secundario que no «llamaba la atención con frases memorables o acentos cómicos», un apunte que venía rematado por varios secundarios (Willie el jardinero, el profesor Frink y el capitán Horatio McCallister) que habían nacido como caricaturas.

Estúpido y sensual Flanders

Una de las coñas recurrentes del show sobre el personaje de frondoso bigote fue la revelación de que aquel jersey verde que parecía cubrir un cuerpo fondón en realidad ocultaba a un Terminator musculado, un cachas en la sombra. En el mismo capítulo donde se cargaron definitivamente a Maude los guionistas decidieron ir bastante más allá con la broma del macho alfa camuflado y, utilizando como excusa un vídeo filmado en secreto por Homer, revelaron que el hombre calzaba un pene descomunal que llegaba a colgarle por debajo de las rodillas, un embutido amarillo perfectamente pixelado para la ocasión. La broma tenía cierto tono cruel que era lo que la hacía más cómica: el individuo monógamo, religioso, recatado y delicado escondía bajo esa apariencia insípida el cuerpo de una sex-machine.

Skying is sexy.

La flanderización

Gracias a Los Simpson, el hecho de reducir un personaje a una caricatura de sí mismo mediante la técnica de inflar una característica de su personalidad hasta convertirla en la única razón de ser se conoce como flanderización. Un proceso que ocurre de manera bastante habitual en aquellos programas televisivos de vida longeva donde los guionistas acababan optando por el camino más fácil para obtener el aplauso inmediato: eliminar las dimensiones más complejas de los personajes y dejarlos convertidos en un chiste de una nota.

Friends es la teleserie que por conocida y duradera funciona como ejemplo más evidente del procedimiento de flanderización, sobre todo porque en ella casi todo el reparto principal acaba siendo simplificado a características que en principio eran rasgos menores: Monica (Courtney Cox) empezó siendo la cabeza fría e inteligente del grupo de amigos y acabó convertida en una maraña de trastornos obsesivo-compulsivos. Chandler (Matthew Perry) pasó de ser competente, gracioso y receptor de bromas ligeras sobre su comportamiento afeminado a convertirse en una fábrica de punchlines y chistes (que bajaban el nivel según avanzaba la serie) de notables ramalazos gais. Phoebe (Lisa Kudrow) evolucionó de persona rara a completo marciano. Ross (David Schwimmer) multiplicó a lo bestia su lado nerd y bobo a pesar de tener un trasfondo que indicaba inteligencia. Joey (Matt LeBlanc) representó el caso más extremo por involucionar desde el ligón tonto (pero con ciertos puntos de lucidez) hasta el gigolò completamente retrasado, alguien con la capacidad de razonamiento de un bebé, incapaz de sumar números complejos y que reaccionaba a las conversaciones con un lag evidente al tardar más de lo normal en procesar la información. En ciertos capítulos, como aquel en el que creía hablar francés pero en realidad se inventaba las palabras, su imbecilidad era potenciada al extremo y ser idiota parecía su única función real. Cuando la NBC hizo que aquella versión del personaje liderase un spin-off denominado Joey, la cosa no funcionó y la audiencia fue cayendo en picado gradualmente hasta un punto en el que la cadena ni siquiera se molestó en emitir todos los capítulos que tenía producidos. Rachel (Jennifer Aniston) sufrió menos mutaciones que sus compañeros, aunque es posible justificar que se estrenó como una niña almidonada e insegura que en una ocasión dio un volantazo inesperado (huir de su propia boda) y acabó como una mujer dirigida por su brújula emocional. Pero como por el camino se deshizo del estereotipo de pija mantenida es válido afirmar que realmente esquivó la maldición de Flanders.

El príncipe de Bel-Air idiotizó a Cartlon, convirtió en pija extrema a Hillary y a Jazz en un objeto arrojadizo del tío Phil. En Seinfeld el único que parecía ser inmune a la flanderización era aquel Jerry protagonista: durante las últimas temporadas, por su apartamento aleteaban lo que parecían parodias de los Elaine, Kramer y George originales. En Las chicas de oro Sophie se volvió exclusivamente cabrona, Rose estúpida, Blanche una devoradora de hombres y Dorothy una expendedora de sarcasmos. Screech (de Salvados por la campana) y Steve Urkel (de Cosas de casa) pasaron de ser los empollones de la clase a científicos locos sin habilidades sociales a la vista. Parks and Recreation, Matrimonio con hijos, NewsRadio o Colgados en Filadelfia optaron por no discriminar y flanderizar de un modo u otro a todo su reparto. House en sus temporadas más avanzadas daba la impresión de haber reducido al personaje de Hugh Laurie a un distribuidor de puñaladas sin otra función en la vida. Aquellos maravillosos 70 agarraba a Eric, sus padres, Kelso y Fez para convertirlos en nerd extremo, alcohólica y eterno encabronado, tonto supino y extranjero pervertido respectivamente. En Bob Esponja el proceso de ridiculización era tan evidente en todos los personajes del reparto (al principio ni Bob era tan raro ni Patricio tan idiota) que se podría decir que era el propio show el que fue flanderizado.

Frasier. Imagen: NBC.

En un principio, Beavis y Butt-Head eran dos adolescentes lentos y con exceso de aire en la cabeza, pero no tan rematadamente idiotas como la gente los recuerda, aunque en su caso la caricaturización sufrida llegaba a favorecer al show. Y es que también existen ejemplos donde la flanderización ha acabado resultando positiva para el personaje. Kelsey Grammer llegó al bar de Cheers durante la tercera temporada como una persona normal y no demasiado interesante llamada Frasier Crane y dedicada a la psiquiatría, un rol que en principio no tenía futuro asegurado en el programa y tan solo servía de interés romántico para el personaje de Diane Chambers (Shelley Long). La idea era despacharlo tras unos pocos episodios, pero el público le pilló cariño, Grammer se dejó querer y acabó teniendo silla fija junto a la barra. El caso es que inicialmente Fraiser era un integrante más de la clase obrera y se sentaba a ver fútbol americano junto a los parroquianos, pero poco a poco los guionistas fueron afilando su carácter de clase alta e intelectual hasta que en las últimas temporadas lo presentaban como alguien que ni siquiera conocía las reglas del fútbol americano. Cuando Cheers se dio por concluida tras su undécima temporada, el estudio colocó a Grammer al frente de un spin-off y los creadores de la serie decidieron trasladar la acción desde el Boston de Cheers hasta la ciudad de Seattle para que la cadena no les diese el coñazo con lo de meter cameos continuamente. Todo aquello supuso también un fregado de arriba abajo del personaje, se reescribió su historia familiar, se le otorgó un nuevo trabajo en una cadena de radio y el propio actor llegó a reconocer que muy poco del Frasier original se conservaba en la nueva serie. El aire de clase alta que lo había flanderizado en el ocaso de Cheers solo desaparecía temporalmente cuando alguno de los personajes de aquella serie predecesora asomaba la cabeza por el spin-off.

Lo cruel es que en Los Simpson gran parte de la culpa del sufrimiento de Flanders recaía en el cabeza de la familia Simpson: si Homer no hubiese existido Flanders no solo no habría tenido que enfrentarse a las perrerías de un vecino envidioso, sino que ni siquiera sería viudo. Lo irónico es que Maude murió en la serie porque Homer había sido flanderizado y reducido a un personaje con la ineptitud como única característica distintiva. Flanders estaba condenado a recorrer un viacrucis que orbitaba alrededor de una barriga oronda por culpa en parte de la propia existencia de Flanders. Un mindfuck bien hermoso.

El legado

El Greenbelt Festival es un festival de música, artes y fe en Dios que se celebra en Inglaterra desde 1974 congregando a miles de cristianos en su propia versión del Primavera Sound. Patrocinado por Rowan Williams, exarzobispo de Canterbury y fan de la familia Simpson, el evento gira principalmente en torno a la fe cristiana, con charlas y actividades paralelas complementando a las actuaciones de bandas de música cristiana, pero no excluye a los artistas o espectadores que no sean muy de rezar el Padrenuestro. En 2001 sus organizadores tuvieron la idea de montar una Ned Flanders Night especial donde además de un concurso de clones de Ned Flanders se podía asistir a la actuación de una banda tributo a Led Zeppelin convenientemente bautizada como Ned Zeppelin. Aquella noche temática de hola holitas completó el aforo del lugar con facilidad, dejando a mucha gente en la puerta, y como consecuencia el año siguiente fue testigo de una segunda edición del espectáculo.

Bled Ned, Head Ned, Red Ned, Stead Ned y Thread Ned componen la formación principal de Okilly Dokilly, una banda de heavy metal natural de Arizona que rinde pleitesía a dueño del Zurdorium como si de un nuevo mesías se tratase. Su música es considerada, por ellos mismos, como nedal, un nuevo subgénero del metal que definen como «no tan rápido como el bartcore y más limpio que el krusty punk» y cuya principal característica es venerar la figura de Ned Flanders. El propio nombre del grupo está basado en una expresión de la ñoña jerga particular del personaje, sus integrantes visten a imagen y semejanza de Flanders, y sus letras referencian continuamente su figura y citan sus palabras. Tras una maqueta titulada Okilly Demos, el grupo publicó su primer disco a finales del 2016: Howdilly Doodilly, un trabajo compuesto por «un 75% de citas de Ned y un 25% de otros personajes».