Calígula, locura y poder en el Imperio

Calígula, Carlsberg Glyptotek. Fotografía: Richard Mortel (CC).

Calígula se ha convertido en uno de los símbolos de la depravación en la Roma imperial. Gobernó apenas cuatro años (37-41 d. C.), pero la fama de sus excesos le ha servido para ganarse un puesto en la historia. Aunque, hoy en día, los historiadores cuestionan las interpretaciones más estereotipadas de este césar.  

Sexo y poder. Muchos catalogarían así los cuatro años de gobierno de Calígula. La lista de depravaciones y desvaríos que se le imputan es tan variada como uno desee: incesto con sus hermanas, el palacio imperial convertido en un burdel, considerarse un dios, nombrar cónsul a su caballo… Desde los historiadores romanos hasta las series y películas contemporáneas han utilizado estos tópicos para perpetuar la oscura imagen de este personaje.

El problema para conocer qué hay de cierto y de falso en las perversiones de Calígula es la falta de fuentes históricas imparciales. En Roma acusar a alguien de prácticas sexuales excesivamente libertinas era también decir que era incapaz de gobernar adecuadamente.  

En este sentido, conviene remarcar que los testimonios de historiadores romanos que han llegado hasta nuestros días son claramente hostiles. Por ejemplo, Séneca en su obra Sobre la ira le acusa de ser un derrochador y un enfermo sexual. Aunque no hay que perder de vista que este pensador fue acusado de participar en una conspiración contra Calígula.

De igual manera, el historiador judío Filón de Alejandría lo critica en su De la embajada a Cayo y Flaco por querer colocar una estatua suya en el Templo de Jerusalén para ser adorado. Algo que chocaba frontalmente con el estricto monoteísmo hebreo.

Otras dos fuentes romanas que han llegado hasta hoy son Dion Casio y Suetonio. En especial destaca la biografía que el segundo le dedica en su obra Vida de los doce césares. Aunque nuevamente encontramos opiniones interesadas. Ambos historiadores eran nostálgicos de la República, y defendían la posición de los patricios frente a la autoridad más centralizada de los emperadores.

Este último aspecto conviene no perderse de vista. Recordemos que Calígula fue el tercer emperador de Roma. Octavio Augusto había inaugurado el Principado en el año 27 a. C. y aunque el emperador era el centro de poder del estado, aún se mantenía al Senado de la época republicana. Se trataba de una institución simbólica, para mantener cierta ficción de poder entre los patricios. Pero también quedaban muchos nostálgicos que aspiraban a restaurar el poder de la República.

Augusto supo mantener a raya a estos ambiciosos patricios, pero las tensiones y las conspiraciones políticas se exacerbaron durante los gobiernos de Tiberio y Calígula. Curiosamente, dos emperadores que han pasado a la historia con una pésima fama por sus depravaciones.

Por lo tanto, con este panorama, cuesta encontrar una aproximación objetiva a la figura de Calígula. Tampoco ayudan las obras más contemporáneas como la novela y su serie Yo, Claudio o el  largometraje de finales de los 70 dirigido por Tinto Brass. En la actualidad, los historiadores siguen debatiendo sobre qué hay de cierto y de mito interesado en todos los actos depravados de los que se acusa a Calígula.

Uno de los trabajos más recientes y que pretenden arrojar luz es Calígula, el autócrata inmaduro (La Esfera de los Libros, 2012) del catedrático de la Universidad Complutense José Manuel Roldán. Lejos de pretender justificar al personaje se plantean una serie de tesis interesantes, como que estaríamos ante un personaje condicionado por una terrible infancia y juventud.

Cayo Julio César Augusto Germánico, nombre completo de Calígula, era hijo de Germánico, uno de los mejores generales romanos de aquel momento. De hecho, «Calígula» significaba ‘pequeñas sandalias’, y era el apodo que los soldados le pusieron cuando era un niño de corta edad que acompañaba a su padre vestido como un legionario.

Su padre falleció en extrañas circunstancias, hecho que propició que su madre, Agripina, acusara al emperador Tiberio de estar detrás de la muerte. El gobernante se habría querido quitar de en medio a un posible rival por el trono. Esto desencadenó una persecución contra la familia de Calígula que terminó con la muerte de su progenitora y sus dos hermanos mayores, Nerón y Druso.

De este modo y con 18 años, Calígula se convirtió en un rehén en la corte de Tiberio. Allí tuvo que sobrevivir a un emperador al que sus opositores también acusaban de haber perdido la cordura y de entregarse a los placeres más extremos. Entre las apetencias que le atribuían destacaba su afición por bañarse junto a niños de corta edad, a los que hacía juguetear entre sus piernas, y a los que llamaba pececillos.

De hecho y por los avatares de la política, Tiberio necesitaba un heredero que también tuviera sangre de Octavio Augusto en sus venas (la madre de Calígula era nieta del primer emperador). Así que Calígula de rehén pasó a heredero, aunque debía compartir el poder con su primo Tiberio Gemelo.

En el año 37, el emperador fallecía. Tal y como se refleja en Yo, Claudio y como apuntan algunas fuentes, Calígula y el jefe de los pretorianos, Macro, remataron al agonizante césar, ahogándolo con la almohada; al poco de vestir la púrpura imperial también ordenó el asesinato de Gemelo.

Pese a estos siniestros primeros pasos, los historiadores romanos nos presentan un inicio de reinado esperanzador. Calígula aprueba una serie de medidas que otorgan más poder al Senado, y mejora la administración fiscal del Imperio.

Aún con esta buena prensa inicial, el joven emperador dio tempranas muestras de sus gustos por los grandes acontecimientos y festejos. Enseguida se presentó como un gran aficionado a los combates de gladiadores, las carreras de caballos, así como las extravagancias en las fiestas en palacio (como servir alimentos recubiertos de una capa oro).

El descenso a los infiernos de Calígula comenzó tras llevar un año en el trono, cuando comenzó a encadenar una serie de terribles acontecimientos. Sufrió una recaída de su enfermedad, su querida hermana Drusila fallecía (el dolor que mostró sirvió para alimentar las acusaciones de incesto por parte de sus rivales) y tuvo que hacer frente a una conspiración organizada por sus otras dos hermanas.

Para algunos investigadores, su complicada juventud, la carga del poder y estos oscuros eventos fueron nefastos para su salud mental, que terminó por quebrarse. A partir de aquí comenzó su etapa más tiránica, en que hizo valer su lema Oderint dum metuan («Que me odien mientras me teman»). Dos años de gobierno autoritario que terminaron cuando murió asesinado por su propia guardia pretoriana y un grupo de senadores durante unos juegos. Su sucesor fue Claudio, alguien que a priori también parecía más dócil a los intereses senatoriales.

Una de las obras de ficción que inciden en este cambio de comportamiento es la pieza teatral Calígula de Albert Camus, que sitúa el giro depravado del emperador en la muerte de su amada hermana Drusila.

Calígula centró su comportamiento tiránico en su desafío a los senadores. En ocasiones haciendo gala de un siniestro sentido del humor, como con la célebre anécdota de nombrar a su caballo Incitatus cónsul. Normalmente se ha atribuido a la demencia del césar, pero otros investigadores han querido ver una manera de desprestigiar a los patricios, al asegurar que hasta un animal podía ocupar un cargo así.

En este tramo final del reinado es cuando pululan todas las historias turbias. Pero el análisis detallado de las fuentes muestra que no debemos creernos todo. Por ejemplo en el caso tan comentado del incesto. Suetonio es claro en sus acusaciones, y dice que trataba públicamente a Drusila como su esposa. Pero otras fuentes más contemporáneas a Calígula, como Séneca, no dicen nada de relaciones sexuales con sus hermanas.

Otro punto a analizar es su crueldad al asesinar a los rivales políticos. Como por ejemplo el comentado asesinato de Gemelo. Este tipo de violencia era habitual en la cultura política romana, todo dependía de la habilidad política del emperador  que ordenaba las ejecuciones para pasar a la historia con mejor o peor fama.

Por último, no podemos olvidar los presuntos delirios divinos. El tópico se ilustra a la perfección nuevamente en Yo, Claudio donde John Hurt nos mostraba con una magistral interpretación a un césar obsesionado con ser el mismísimo Zeus. Calígula no inventó la divinización, como muchos le han atribuido. Augusto y Tiberio ya se presentaron como dioses en las provincias orientales. Su novedad fue llevar este culto a Italia. Aunque también hay discusión al respecto, ¿se trataba de otra muestra de su locura o era una maniobra política para reafirmar su poder?

Resulta complicado saber qué hay de cierto y falso en estas afirmaciones. Sin duda, Calígula sufría algún tipo de desequilibrio y esto lo llevó a cometer algunos excesos. Pero es complicado hacerse una idea acertada debido a la visión interesada que ofrecen las fuentes que han llegado hasta nosotros. Además, los novelistas y guionistas contemporáneos han visto en esta rumorología una fuente inagotable de inspiración por lo que se ha perpetuado la imagen siniestra de este emperador.


Res Volans Ignota

Imagen: Cordon Press.

Parmas, los llamaron. Como los escudos que usaba la infantería del ejército romano, que eran redondos, ligeramente convexos y rematados en el centro con una semiesfera. Podemos imaginar que porque se les parecían. Fueron vistos por primera vez surcando el cielo sobre Arpos, cerca de donde hoy está la ciudad de Foggia, en el año 217 antes de Cristo. En su Ab Urbe condita, Tito Livio además precisa que la aparición de estos parmas voladores vino precedida por otro enigmático avistamiento que tuvo lugar en Roma durante el invierno, solo unos meses antes. Algunos dijeron haber visto, atención, «una nave fantasma navegando por el cielo».

No fue la única vez que ocurrió. Un siglo más tarde, «bajo el consulado de Lucio Valerio y Cayo Mario» (en el año 100 antes de Cristo), un gran objeto con forma de disco sobrevoló de nuevo los tejados de Roma. Fue Plinio el Viejo quien aportó la descripción en su Historia naturalis comparándolo ahora con un clípeo, un escudo metálico con la misma forma que el parma. Este «gran clípeo», dijo, «cruzó el cielo al atardecer, de oeste a este, emitiendo chispas».

Nosotros les hemos puesto un nombre distinto, y por cierto mucho más feo. El 24 de junio de 1947, Kenneth Arnold, un piloto de avioneta estadounidense, aseguró haber visto nueve enigmáticas naves circulares volando en formación sobre el monte Rainier, en el estado de Washington. Solo un par de días después, siguiendo su descripción, la prensa daba ya titulares acerca de grandes flying saucers, «platillos volantes», y con ese nombre se han quedado. La forma que todos reconocemos en los platillos volantes clásicos, sin embargo, poco tiene que ver con platillo alguno y sí con aquellos escudos que refirieron los historiadores latinos, en particular si se miran de perfil. Esto es lo que pasa en las civilizaciones en las que los nombres los ponen los periodistas en lugar de Tito Livio.

O Séneca, que es a quien corresponde el intento taxonómico. En sus Naturales quaestiones, del siglo I, el autor distinguió expresamente los clipei flagrantes, «escudos ardientes», del impacto de meteoritos, la aparición de cometas o el desarrollo de auroras, entre otros acontecimientos celestes y atmosféricos que agitan la imaginación, y los calificó de prodigios «a los que nadie prestaría atención si no fuesen contrarios al orden y a la ley de la naturaleza». Así que escepticismo todo el que quiera, pero condescendencia histórica ni media. Eran romanos, dese cuenta. Manejaban un catálogo muy completo de las cosas que acontecen en el cielo y los discos voladores, entonces como ahora, no formaban parte de él. Cuando decían que veían escudos que volaban no estaban hablando, no, de aerolitos o nubes un poco raras, ni de ningún otro fenómeno que denominasen con este nombre. Estaban hablando de escudos que volaban.

De flotas celestes y batallas en el aire

Dé palmas el lector believer y se atuse con decisión el cucurucho de papel de plata, porque la lista sigue con Tácito, Josefo, Plutarco, Dion Casio, Orosio o Julio Obsecuente. Enterradas en los kilos de latín que nos legaron los historiadores romanos figuran decenas de menciones a objetos voladores no identificados, particularmente en los estratos que corresponden a la Roma republicana y el inicio del Imperio. Y para gran pajarraca de ufólogos, cienciólogos y otra gente que se peina raro, resulta que las descripciones  que hicieron de estos objetos coinciden con las que manejamos hoy. Pero además muchísimo.

Escudos voladores en una edición del Liber prodigiorum de Julio Obsecuente publicada en Basilea en 1552. Fuente.

El paralelismo evidente entre los clípeos voladores y el tipo de ovni más popular hoy en día, el platillo volante, es sin duda el que podría llenar más minutos de dramatismo y zooms en Discovery Channel, pero no el único. De hecho Richard B. Stothers, astrofísico en el Goddard Institute for Space Studies de la NASA, ha sistematizado las características más recurrentes en los avistamientos  de objetos voladores en la antigua Roma solo para concluir que recuerdan a las que atribuyó a los ovnis modernos aquel profeta de la ufología, J. Allen Hynek, en su clásico The UFO Experience: A Scientific Inquiry.

Según reseña Stothers en Unidentified Flying Objects in Classical Antiquity, la mayoría de las descripciones que nos han llegado de estos objetos hablan de grandes cuerpos con forma de disco, redondeados u ovoides; color dorado o plateado, en ocasiones rojo; y textura metálica, en ocasiones brillante, nebulosa o flamígera. Como ocurre con los de hoy, también la mayoría de ovnis de la Antigüedad se movían en silencio. Y al igual que actualmente, cuando la mayoría de avistamientos se notifican en Estados Unidos, el espacio aéreo que presentaba el mayor ajetreo en la Antigüedad era el corazón de la república romana, en el centro de Italia.

Según Livio, algunos habitantes de Lavinio, cerca de la capital, dijeron haber visto «una gran flota» en el cielo en el año 173 antes de nuestra era. Veinte años más tarde, en el año 154, «aparecieron armas volando por el cielo» de Compsa, en la moderna región de Campania, según Julio Obsecuente. Y en su Vida de Cayo Mario, Plutarco cuenta que «de Ameria y Tuderto se refirió que se veían de noche en el cielo espadas y escudos de fuego» en el año 103 antes de Cristo, solo tres años antes de aquel gran escudo que antes decíamos que sobrevoló Roma. Plinio coincide en reseñar este choque de fuerzas aéreas sobre la moderna Perugia hablando de «armas celestes procedentes de la cara este y oeste» que llegaron a trabar batalla. Ganaron las del este, por cierto.

Todo muy magufo, en efecto, y muy cogido por los pelos. Por eso, los autores que creyeron en la verdad de estos avistamientos se vieron obligados a desplegar detalles y a apelar a la credibilidad de sus fuentes para convencer a sus lectores, tan poco inclinados a creer estos mondongos como usted y como yo. Josefo, que se cuenta entre los historiadores más metódicos de los primeros siglos de nuestra era, pasó un trago a la hora de contar en La guerra de los judíos que en el año 65, específicamente «en el día 21 del mes de Artemisio», tuvo lugar en Judea algo que «parecería una fábula si no lo contaran los que lo han visto con sus ojos». Antes de la puesta de sol, explica, «se vieron por los aires de todo el país carros y escuadrones armados que corrían por las nubes y asolaban las ciudades». Tácito también se refirió a esta flota aérea, por cierto. En sus Historias, asegura  que poco antes de las revueltas judías en Jerusalén «visae per caelum concurrere acies», se vieron en los cielos de la región «ejércitos armados que luchaban entre sí».

Las armas celestes en una edición del Liber prodigiorum de Julio Obsecuente publicada en Basilea en 1552. Fuente.

También en Asia se divisó el que seguramente es el ovni más célebre de la Antigüedad, que entraría con facilidad en la categoría de encuentro en la segunda fase según la escala diseñada por Hynek. Miles de personas lo vieron con sus propios ojos, según Plutarco. Treinta y dos mil por la parte de Roma, entre infantes y caballería, y un número superior de soldados frigios. Entre los testigos, algunos tan insignes como el cónsul de Roma, Lucio Licinio Lúculo, y el rey del Ponto, Mitrídades VI. Sus dos ejércitos iban a medirse por el control de Anatolia, en la Turquía actual, pero algo abortó la batalla en el último momento. Algo que descendió del cielo.

«Cuando apenas faltaba nada para trabarse el combate, de repente, sin ninguna mutación visible, se abrió el aire y se vio un cuerpo grande, envuelto en llamas, descender entre ambos ejércitos», cuenta Plutarco en el tomo dedicado a Lúculo en sus Vidas paralelas. «Su forma era como la de una tinaja y tenía el color de la plata fundida. Esta visión asustó a unos y a otros y los separó. Se dice que este milagro ocurrió en la Frigia, en el sitio llamado Otrias».

Ocurrió en el 74 antes de Cristo y no, en principio no se concluye que el objeto fuese un bólido o un aerolito de alguna clase. Sobre este particular Stothers recuerda que el impacto de un objeto así habría emitido sonido, que Plutarco no menciona; que debería haber practicado un cráter, del que tampoco se dice nada; y que el color de estos objetos al enfriarse es el negro, no el plateado. Además en la antigua Frigia, donde se ha documentado la tradición de adorar betilos (meteoritos sagrados), no se conoce ninguno que pueda corresponderse.

Y ahora viene cuando la matan, porque en algún momento hay que matarla. ¿Era, pues, algún tipo de cohete, como se ha propuesto en los foros de ufología, esto que describió Plutarco? Y, por extensión, ¿era una flota pilotada lo que se cernió sobre Jerusalén y asoló las ciudades de toda Judea, como contaban Josefo y Tácito? ¿Eran realmente naves, platillos volantes al uso, esos escudos voladores que abundaron en los cielos de Italia, según Plinio y Tito Livio?

De matanzas, hambre y elefantes

El lector believer dirá que sí, que no por nada ha elegido para sí mismo un adjetivo que habla de creer, no de saber. Así que aquí le despedimos, porque ahora dejaremos de jugar a que todo vale, deseando que la lectura le haya resultado amena y que pase buena tarde, no le entretendremos más. Seguro que hay movidas inquietantes que requieren su atención.

Al lector escéptico, que confiamos en que sea mayoría, le felicitamos por llegar a estas alturas del carrete y de premio le invitamos a una excursión. No a las Praderas del Sí o el No, qué más querríamos. Ocurre que no estábamos allí y comprenderá usted que, en fin. Pero nos vamos, en cambio, de camping playa por algunas estadísticas, usted que sabrá apreciarlas. Ya verá qué bonito y qué florido está el contexto en esta época del año.

¿Sabía que en los últimos tiempos no solo han aumentado el desempleo, la desigualdad y la pobreza, sino que también lo han hecho el pesimismo y la desconfianza en el futuro? Pues sí. Aunque algunos valores macroeconómicos se vayan recuperando aquí y allá después de la recesión económica desatada en 2008, la incertidumbre acerca del futuro no remonta en ninguna esquina de eso que llamamos Occidente. De hecho, estamos batiendo récords. Según un reciente estudio de The Wall Street Journal/NBC, el porcentaje de estadounidenses convencidos de que las generaciones futuras vivirán peor alcanzó en 2014 la cifra récord del 76 %, frente al 60 % que se registraba en 2007. En España, en 2014, esa misma percepción alcanzaba el 84 % entre los mayores de treinta años, según otra encuesta publicada recientemente por IPSOS, de nuevo tras dispararse a partir de 2007. Y en Europa ocurre igual, con Francia y Bélgica a la cabeza, donde la misma magnitud alcanza el 92 % y el 87 %. Además de los efectos de la recesión económica, otros factores que se han disparado parejos a esta percepción tan negra de las cosas son la ansiedad financiera, el temor al cambio climático y el desapego hacia la clase política.

Y, ¿a que no sabe qué otra cosa ha aumentado espectacularmente en este mismo intervalo de tiempo? Lo ha adivinado: los avistamientos de ovnis.

Hasta un 67 % en todo el planeta entre 2008 y 2011, según las estadísticas que maneja The Mutual UFO Network o MUFON, la mayor institución del mundo dedicada a su rastreo. Y, tras un estancamiento del crecimiento en 2012, la cantidad volvió a subir de nuevo en 2013 y 2014 a un ritmo cercano al 20 % anual. El National UFO Reporting Center o NUFORC, la otra gran institución dedicada a documentar estos avistamientos, coindice. Durante años, el número de casos de los que tenían noticia al mes rondaba los trescientos. Desde 2008, sin embargo, la cantidad ha ido aumentando año tras año y en la actualidad se aproxima ya a los setecientos.

Detalle de El rapto de las sabinas, Jacques-Louis David, 1799. Nótese el parecido del escudo de la figura central, un parma, con los modernos platillos volantes.

Nos sigue, ¿verdad? También la recurrencia de los avistamientos de ovnis se disparó en la Roma clásica en tiempos de incertidumbre y miedo. Tito Livio, sin ir más lejos, nos cuenta que las noticias de aquellos escudos voladores sobre Arpos y la nave fantasma que planeó sobre la capital se recibieron en el 217 antes de Cristo, un año en el que «muchos portentos acontecieron en Roma y sus proximidades; o, en cualquier caso, se informó de muchos y fácilmente ganaron credibilidad, pues una vez que las mentes de los hombres se excitan con temores supersticiosos se creen tales cosas fácilmente».

Y los vecinos tenían buenos motivos para el temor, nadie dice que no. Treinta y ocho, concretamente. Con sus treinta y ocho trompas respectivas. Ese mismo año, mientras en el centro de Italia aparecían pavorosos discos voladores y navíos en el aire, Aníbal acababa de cruzar los Alpes con su formidable batallón de elefantes y se disponía a conquistar Roma según la versión más literal del elefante y la cacharrería. Era la segunda guerra púnica, que se inclinaba a favor de los cartagineses hasta el punto de vencer poco después en la batalla de Cannas, la derrota más sonada que sufrió la República romana. Las perspectivas para los habitantes de la capital no eran halagüeñas, pero al menos pasaron un invierno paranormal de lo más entretenido. Además de los ovnis y los barcos fantasma aéreos hubo una lluvia de piedras, un buey se suicidó arrojándose desde un tercer piso, una estatua de Juno se movió ella sola y hasta «un niño de seis meses de edad, de padres nacidos libres, gritó: ¡Yo triunfo! en el mercado de hortalizas». Incluso en territorio amiterno, no muy lejos de donde se avistaron los escudos voladores, «fueron vistos seres de forma humana y vestidos de blanco, pero nadie se les acercó».

Igual podemos decir de los otros casos. El de Oriente Próximo tuvo lugar en plena guerra de Roma contra los judíos, nada menos que en vísperas de la destrucción del Templo de Jerusalén en el año 70, un episodio bélico que se recuerda precisamente por la saña. El mismo Josefo se preocupa de detallar en sus volúmenes el hambre, la desesperación y las calamidades que devastaban la región en los tiempos en que aquel inquietante ejército aéreo fue visto en Judea, y Tácito reseña el prodigio pero se cuida de recordar que se notificó «en aquella nación, dada a la superstición» junto a otros sucesos paranormales, entre ellos voces «más que humanas» que hablaban desde el interior de los templos.

La formación de nubes lenticulares explica muchos avistamientos de supuestos platillos voladores. Por su parecido con los parmas romanos, también se proponen como explicación de los supuestos avistamientos de escudos voladores en la Antigüedad. En la imagen, una nube lenticular sobre Berlín en 2006. Fotografía: Till Krech (CC).

Y en Frigia, más de lo mismo. El rey Mitrídades VI, aquel contra el que los soldados de Roma se disponían a luchar cuando un objeto descendió del cielo, era el mismo que unos pocos años antes había orquestado y perpetrado una de las mayores matanzas de la Antigüedad, las Vísperas asiáticas. Entre ochenta mil y cien mil personas, que se dice pronto, habían sido asesinadas de un golpe en aquella misma región, en Asia Menor, por el hecho de ser romanas o hablar latín. Por si las legiones no tuviesen razones aquel día para dejarse dominar por el miedo, la batalla se iba a desarrollar a la vez que en Hispania se declaraba una revuelta interna contra el Senado, dirigida por Quinto Sertorio, quien a su vez había prestado efectivos a Mitrídades. El enemigo les superaba en número y, por contar con generales latinos, conocía bien sus tácticas. A lo mejor fue una estrella fugaz, una nube un poco rara o es que a alguien se le escapó la catapulta, vete a saber. Lo cierto es que, para los presentes, el suceso pudo ser más un alivio que una fuente de temor, como nos quiere hacer ver Plutarco o como él mismo creyó. Pudo ser conveniente, en otras palabras. Y con eso queda dicho todo.

Del creer y del querer

Una lástima. Estos y los otros muchos ovnis que nos dejamos en el tintero, la mayoría porque pueden explicarse con facilidad por el efecto de espejismos ordinarios, aberraciones ópticas o el desarrollo de fenómenos naturales. Y lo que no son ovnis, que de todo hubo. En el siglo ii hasta llegó a caer sobre Roma «una lluvia como de plata», según certificó Dion Casio en su Historia de Roma, que se ha relacionado con el cabello de ángel, y no confundir con la delicia confitera. El cabello de ángel es una sustancia enigmática de aspecto blanco y textura algodonosa que, según algunos, siembran las aeronaves alienígenas a su paso por la atmósfera, aunque en otros foros se asegura que se presenta con las apariciones de la Virgen. No descarte que en algún otro círculo ambas opciones no se consideren excluyentes.

Una lástima, insistimos. Casi los podemos oír, ¿verdad? con ese ulular tan suyo. Era una imagen bonita, la de estos escudos voladores. No cuesta imaginarlos ejecutando rasantes sobre los tejados de Roma u ocupándose con tranquilidad de los asuntos que acostumbran: abduciendo gente con el haz de luz, practicando colonoscopias a los paseantes incautos o sembrando la destrucción, sin más, a golpe de rayo láser. Qué bonito skyline de columnas rotas y templos en llamas, no diga que no. Y si no bonito, pintoresco. Tanto como para que haya quien se lo cree, porque es un hecho ampliamente documentado que para muchos creer consiste en querer creer. I want to believe, recuerde. Y nosotros también, nos ha jodido. Sin escudos voladores ni navíos fantasma, la Tierra es, qué duda cabe, un lugar mucho menos excitante.

The Course of Empire, Destruction, Thomas Cole, 1836.


¿Es el suicidio un acto de locura o de lucidez?

Detalle de Lucrecia, de Rembrandt, 1664. Imagen: (DP).
Detalle de Lucrecia, de Rembrandt, 1664. Imagen: (DP).

Cierto día Emil Cioran conoció a un hombre que quería suicidarse. No nos consta qué razones tendría para dar ese paso, pero sí cabe suponer que no debían de ser apremiantes, pues ambos estuvieron hablando durante horas. El filósofo franco-rumano argumentaba que una vez había tomado la decisión de matarse ya se había liberado y por tanto no necesitaba llevarla a cabo. Tomar conciencia de que esa opción está a nuestro alcance, sostenía, «nos hace soportar los días y, más aún, las noches; ya no somos pobres, ni oprimidos por la adversidad: disponemos de recursos supremos. Y aunque no los explotásemos nunca, y acabásemos en la expiración tradicional, hubiéramos tenido un tesoro en nuestros abandonos: ¿hay mayor riqueza que el suicidio que cada cual lleva en sí?». Dicho más escuetamente, en uno de esos aforismos cargados de ironía que tanto le gustaban: «Vivo únicamente porque puedo morir cuando quiera: sin la idea del suicidio, hace tiempo que me hubiera matado».

No sabemos si este argumento convenció a su interlocutor. Tal vez sí, al menos hasta que se cruzase en su camino algún otro escritor y le hiciera regresar a su intención inicial, pues si algo ha abundado en las obras filosóficas y literarias es la apología del suicidio. Al fin y al cabo en el monólogo más célebre de la historia de la literatura su protagonista sopesa esa salida, que es la que tomó Madame Bovary, Ana Karenina, Werther u Otelo, mientras que George Bailey se queda al borde en Qué bello es vivir y Fry se lanza con el corazón roto desde el Vampire State Building en el último episodio de Futurama. La historia del pensamiento tiene su primer capítulo con Sócrates bebiendo de su propia mano la cicuta, como también se suicidó Séneca, que previamente había escrito cuán deseable era la muerte voluntaria: «Pues no es cosa buena el vivir, sino el vivir bien. Así, pues, el sabio vivirá cuanto debe, no cuanto puede: verá dónde ha de vivir, con quiénes, cómo, qué ha de hacer. Piensa siempre en la cualidad, no en la cantidad de la vida; si se presentan muchas cosas molestas y perturban la tranquilidad, se sale él mismo de la vida. Y no hace esto solamente en la fase última de la vida, sino tan pronto como empieza a vislumbrar la fortuna, examina con diligencia si se ha de acabar de vivir».

Muchos siglos después y en esa misma línea, David Hume escribió en un ensayo titulado Sobre el suicidio contra la creencia instaurada por el cristianismo de que el suicidio era un pecado contra Dios. Si nada sucede en el universo sin su consentimiento y cooperación, argumentaba, entonces tampoco la muerte de nadie, por muy voluntaria que sea. De esta manera concluye que «si no es un crimen, tanto la prudencia como el coraje deberían llevarnos a deshacernos de la existencia de una vez por todas, cuando se vuelve una carga». El suicidio dejaría por tanto de ser cosa de locos o de malvados, pasando a convertirse en un cálculo racional sobre si merece o no la pena asumir las calamidades que nos depara la vida. El problema es que las alegrías y las penas, así como el sentido último de la existencia, no son algo fácilmente mensurable, no es como escoger en el supermercado uno u otro producto en función del precio y la cantidad. Por eso Albert Camus comenzó El mito de Sísifo de esta forma tan contundente: «No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía». En esa obra señalaba además un factor muy importante, cuya ausencia en teorizaciones anteriores en torno al suicidio en ocasiones hacían de estas poco más que un juego mental, una especulación de sobremesa entre amigos: «eEn el apego de un hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del cuerpo equivale al del espíritu y el cuerpo retrocede ante el aniquilamiento. Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar». Puede uno sostener racionalmente que la vida no tiene sentido o que el mundo es una sucesión interminable de horrores, pero el instinto de supervivencia es una fuerza profundamente íntima y arraigada en nuestro ser para el que todo eso no son más que palabras.

Por ello el escritor David Foster Wallace (que sabía muy bien de lo que hablaba, pues terminó suicidándose), analizando el asunto desde la perspectiva del que padece depresión psicótica, señalaba que quien intenta matarse a sí mismo no lo hace movido por una convicción abstracta o un cálculo racional sobre qué merece la pena y qué no. Comparaba la experiencia más bien con la agonía de quien está en un edificio en llamas y termina saltando por la ventana. Su terror a caer desde una gran altura es tan intenso como el que pueda sentir cualquier otra persona, lo que ocurre es que su aversión al fuego es aún mayor. Su acción tiene por tanto más que ver con la pura desesperación que con la reflexión filosófica. Ahora bien, ¿cuántos casos de suicidio se pueden vincular a un trastorno mental?

Tuvimos ocasión de preguntárselo a María A. Oquendo, toda una autoridad en lo referente al comportamiento suicida que ejerce como profesora de psiquiatría clínica en la Universidad de Columbia, es la actual presidenta de la prestigiosa Asociación Americana de Psiquiatría y desde enero del próximo año será también Chairman del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Pensilvania. Su respuesta fue que «al menos en Estados Unidos, el noventa y cinco por cien de las personas que se suicidan tiene algún antecedente psiquiátrico. En mi opinión, dentro de ese cinco por cien restante hay personas que también sufren un trastorno psiquiátrico pero nadie se ha dado cuenta. Lo digo porque lo he visto y lo veo en personas que tienen grandes reservas emocionales e intelectuales, que pueden estar sufriendo muchísimo y nadie a su alrededor se da cuenta. Por eso yo diría que buena parte de ese cinco por cien pertenece a este grupo. En todo caso, podría haber personas que se suiciden sin tener trastornos psiquiátricos». Como vemos, y de acuerdo al signo de los tiempos, lo que antes se consideraba un problema moral, de índole religiosa o existencial, ahora pasa a ser un problema médico. Entonces sí es fruto de un desequilibrio mental, ¿cómo podría prevenirse? «Muchas veces se considera el suicidio como el resultado de una crisis externa, ya sea financiera, emocional, relacional… y a pesar de que muchos individuos exhiban o tengan comportamientos suicidas a partir de esos detonantes, en verdad muchos pasamos por esas cosas en la vida y no se nos ocurre pensar en el suicidio. O sea que hay una predisposición en el individuo que le motiva a responder a una crisis de esa manera determinada. Y una de las cosas que me parece de suma importancia es que sabemos que el suicidio tiene un fuerte componente hereditario. Al igual que en las familias se habla de la herencia en casos como la tensión arterial o el cáncer de mama, también deberíamos tener conversaciones sobre el suicidio cuando se ha producido en una familia determinada. Por otra parte, también sabemos que el medio ambiente tiene influencia, porque en gemelos idénticos no hay concordancia al cien por cien en el caso del suicidio. Así que las experiencias individuales tienen un impacto importante. Pero de todas formas, sí sabemos que no es una cuestión de imitación, sino que hay una predisposición genética».

De manera que si retomamos la sentencia de Camus efectivamente el juicio del cuerpo/genética equivale al del espíritu… aunque no todos los cuerpos están predispuestos para retroceder ante el aniquilamiento. Es una cuestión muy interesante, porque al mismo tiempo que tal como vemos la ciencia desvincula el suicidio de las cuestiones morales y por tanto del libre albedrío, se reclama en diversos países la eutanasia como parte integrante de los derechos civiles. La eutanasia sería para sus partidarios una cuestión ética, una forma de tomar las riendas de nuestra vida acorde a aquello que reclamaba Séneca. Así que preguntamos a Oquendo por la reciente noticia del reconocimiento en Holanda de la eutanasia a cincuenta y cuatro pacientes psiquiátricos, incluida una chica con trastorno de personalidad severo y una depresión severa. Esto es lo que nos respondió: «Es una pregunta muy difícil, porque uno de los síntomas claves de los trastornos psiquiátricos, especialmente de ciertos trastornos de personalidad y de ciertos cuadros relacionados con el abuso de sustancias, es querer morirse. Al mismo tiempo hay una fracción de pacientes que no responden a los tratamientos. Y es de suma importancia perseverar en poder estabilizar al paciente. Y no darse por vencido. Yo me dedico a la psicofarmacología, y la mayoría de los pacientes que trato tienen trastornos que son resistentes. Hay veces que puedo resolver el problema, pero tardo uno o dos años, porque por definición cuando llegan está claro que no va a ser una cosa sencilla. Por ejemplo, tengo una paciente a la que he estado tratando durante quince años. Y después de ingresar varias veces en el hospital por su trastorno bipolar, al fin pudimos llegar a un cóctel que la estabilizara completamente. Hubiéramos podido darnos por vencidos. Después de diez años podríamos habernos dicho: “Bueno, ya. Hemos hecho todo lo posible y nos damos por vencidos”. Y sin embargo, logramos finalmente estabilizarla. Creo que es un buen ejemplo de la persistencia que se requiere a veces para alguno de esos trastornos».

Detalle de La muerte y la doncella, de Marianne Stokes.
Detalle de La muerte y la doncella,de Marianne Stokes. Imagen: DP.


Asmáticos: seres con respiración torcida

Francis Bacon, dos estudios para autorretrato (1977)
Francis Bacon, Dos estudios para autorretrato (1977)

El Ventolin une más que ser hincha del mismo equipo de fútbol. Esta revelación me asaltó una tarde de mayo conversando con un conocido periodista. Este me contó que una de las pocas personas que le negó una entrevista fue Francis Bacon. ¿El motivo? «Un ataque de asma», se disculpó el pintor de las tinieblas, mostrando su Ventolin como un triste trofeo. El periodista sacó el suyo del bolsillo y lo unió al del pintor. Bacon, finalmente, concedió la entrevista. Fue entonces cuando supe que el asma es una enfermedad intransitiva que hermana a quienes la padecen.

Dentro del ingente catálogo de perversiones que la naturaleza ha diseñado, probablemente el asma sea una de las más inicuas. Es incomprensible que en un mundo repleto de aire, haya individuos que lo echen de menos. Entre esos seres con respiración torcida se encuentra un número considerable de escritores, artistas e intelectuales.

No son pocos los estudios psicológicos que certifican una relación inextricable entre el asma y la hipersensibilidad. No debe extrañarnos, por tanto, esta tendencia asmático-artística que, a lo largo de los siglos, se ha venido repitiendo.

Los niños presentaban crisis de asma que sobrevenían repentinamente. Dichas crisis se caracterizaban por breve o muy breve duración. En los asmáticos tenemos  que vérnoslas con seres muy precozmente sensibles a las relaciones emocionales y psicológicas con su entorno parental y que se han sentido precozmente en peligro afectivo con motivo de manifestaciones orgánicas, en la edad de la etapa oral pasiva.

Así explica la psicoanalista Françoise Dolto —médica pediatra reconocida por sus descubrimientos en el psicoanálisis infantil y cofundandora junto a Jacques Lacan de la Escuela Freudiana de París—, la vinculación existente entre las relacionales emocionales de los asmáticos con sus padres en el libro El juego del deseo (1981).

Pero no es la única:

Un estudio psicológico de los asmáticos revela que la dependencia de la madre se mantiene en ellos con más intensidad que en el resto de los enfermos. Posteriormente, en la vida, es sustituida por una dependencia hacia otra persona, sustitutiva de la madre.

Esto es lo que afirmaba el médico gallego Juan Rof Carballo, padre de la medicina psicosomática. Rof Carballo fue uno de los integrantes de la llamada medicina humanista que se desarrolló en España en la primera mitad del siglo XX. Tuvo la —dudosa, para algunos— distinción de haber introducido en España el psicoanálisis. Eso sí, defendió sus tesis más equilibradas y registró los límites que esta disciplina también poseía. Dentro de su espíritu humanista cultivó la deliciosa manía de leer poesía. Quería comprender qué ocurría en el interior de un ser humano que después él escudriñaría con ojo de detective. Se interesó por la poesía de Pedro Salinas y gracias a él leyó la primera traducción de los dos tomos iniciales de esa novela-catedral de tres mil páginas llamada En busca del tiempo perdido. Un escritor asmático se clavó entonces en la vida de Rof Carballo como una chincheta que ya nunca pudo arrancar. En 1972 escribía en su libro Biología y psicoanálisis:

Esa delicia indecible, sin igual, que ha sido siempre la lectura de Proust. Solo raros, muy raros poetas poseen este don de no defraudar jamás cuando a ellos se vuelve tras mil peripecias de la vida.

La obra del francés fascinó de tal modo al médico gallego que lo utilizó como caso práctico para su estudio acerca de la psicología profunda del asmático:

En la vida de Marcel Proust encontramos completas y definidas con una  precisión extraordinaria todas las características de la psicología profunda del asmático. En primer lugar, la fijación de la madre y el miedo a perderla.

Si uno bucea en la biografía de Marcel Proust constata que efectivamente Jeanne Clemence Weil ejerció sobre su hijo una influencia notable. Esta dama alsaciana de origen judío fue el refugio de Marcel desde que este sufriera a los nueve años su primer ataque de asma. Desde ese momento y hasta la edad adulta, el asma sirvió como lazo entre madre e hijo.

Desde que comencé a escribirte me he calentado y no tengo nada de asma. Como en una ópera, te inclinaste sobre mí mientras escribía y la dulzura de nuestra conversación borró los últimos vestigios de opresión. Creo que partiré mañana por la mañana. Pero habrá que partir temprano. Y como almorcé poco, tendré que comer algo y eso no me permitirá acostarme temprano. ¡Complicado!

Mil besos tiernos, Marcel.

Esta carta de Marcel es solo una de las muchas que envió a su madre cuando comenzó a frecuentar los salones parisinos donde aristócratas y burgueses pugnaban por coleccionar más brillo. Si bien Rof Carballo acepta que el afecto maternal y el temor a perderlo pueden ser características universales del ser humano, también precisa que es peculiar la intencionalidad y la persistencia de estos rasgos en la edad adulta. Y afirma algo sorprendente:

En cierto modo no es un azar que haya sido un escritor asmático, Proust, quien con Freud haya contribuido más en los últimos cincuenta años al estudio de la dinámica amorosa.

Imagen: DP
Imagen: DP

Pero, ¿de qué manera el asma influyó en la escritura de Proust? Podríamos decir que Marcel escribía como respiraba, es decir, ahogándose. Es condición necesaria para leer las largas frases de En busca del tiempo perdido tomar aire. Capturar el aliento para después soltarlo en una lenta sucesión de subordinadas que simulan la respiración del asmático. Los coetáneos de Proust aseguraban que el escritor, a pesar de su enfermedad respiratoria, también hablaba con ese ritmo grueso y asfixiado. A ello hay que añadir una acusada sibilancia que se manifestaba en un sonido agudo proveniente de sus bronquios y que irritaba a quien tenía cerca.

Walter Benjamin tiene un estudio titulado Una imagen de Proust en el que duda de si fue el asma el que penetró en su arte o fue más bien al contrario: su arte le provocó el asma.

Su sintaxis imita rítmicamente, paso a paso, su miedo a la asfixia. Y su reflexión irónica, filosófica, didáctica, es todas las veces una respiración con la que su corazón se descarga de la pesadilla del recuerdo. Pero en mayor medida la muerte, que tiene incansablemente presente, sobre todo cuando escribe, es la crisis que amenaza, que ahoga.

No debe ser sencillo tener instalada la muerte en el sistema respiratorio, temiendo que algún día aparezca repentinamente. Las preguntas entonces se vuelven necesarias: ¿habría sido Proust el mismo escritor sin su asma? ¿Le incitó a vivir una vida desde la esquina del ensueño y no tanto desde la acción? Sería injusto decir que sin asma Proust no hubiera sido un enorme escritor, pero es cierto que el asma le propició un tipo de vida en el que la escritura feroz era su único subterfugio. También, por supuesto, una condena. Proust desplegó un inventario de recetas para combatir el asma: tomar café, inyectarse adrenalina, inhalar estramonio, ingerir tabletas de cafeína, fumar marihuana y opio, fumigaciones periódicas que le permitían respirar a él y no a los demás…

La enfermedad le supuso el incierto honor de ingresar en esa otra nómina fecunda de clinofílicos, cuyo adalid fue Juan Carlos Onetti y su lema el que pronunció Truman Capote: «No logro pensar a menos que esté acostado». Y así, tumbado, escribió En busca del tiempo perdido. Febrilmente, con el vértigo colocado en el pecho, Marcel diseñó un búnker literario. Forró con corcho las paredes de la habitación de su apartamento de París. Hermético, impenetrable y secreto, Proust escribió párrafos acerca de su enfermedad, como si al moldearla con palabras, pudiera hacerla desaparecer:

Desde algún tiempo atrás me sentía yo propenso a tener ahogos, y el médico, a pesar de la desaprobación de mi abuela, que me veía ya morir de alcoholismo, me recomendó, además de la cafeína, que me había recetado para ayudarme a la respiración, que tomara cerveza, champaña o coñac cuando sintiese que se acercaba un ahogo, que así abortarían, decía el médico, en la «euforia» determinada por el alcohol. (p 42., A la sombra de las muchachas en flor)

«Si uno no vence al asma, el asma lo vence a uno», esta sentencia bien se le podría haber adjudicado a Séneca, uno de los primeros asmáticos célebres. El pensador romano barajó la idea del suicidio en múltiples ocasiones por su imposibilidad de batallar contra el asma. En sus Cartas filosóficas. Epístolas morales a Lucilio, Séneca dedicó un capítulo a la disnea y su estrecha vinculación con la muerte:

Una larga tregua me había concedido la enfermedad; pero de repente me atacó. «¿Qué clase de dolencia?», dices. Lo preguntas con toda razón: hasta tal punto ninguna me es desconocida. Sin embargo, estoy casi consagrado a una especial, que ignoro por qué debo designarla con nombre griego, pues con bastante precisión puede llamarse «suspiro». Es, en efecto, una acometida de muy corta duración, semejante a una borrasca: cesa de ordinario en menos de una hora. De hecho, ¿quién tarda más tiempo en expirar?

Otro de los escritores asmáticos fue Charles Dickens. En su obra David Copperfield creó a un personaje, Míster Omer, el dueño de la tienda Omer y Joram que intenta driblar el ahogo y la tos en medio de cada conversación.

Vivaldi, Chaplin y Joseph Pulitzer padecieron de igual modo las embestidas de una tempestuosa respiración que les dejaba inermes para afrontar una vida normal. El músico falleció en un hospital vienés en 1741 como consecuencia de una crisis de asma bronquial especialmente aguda. El actor y cineasta británico, por su parte, encontró una curiosa forma de enfrentarse a su enfermedad: darse duchas frías en la mañana para aumentar su ritmo cardíaco, su circulación y, por último, su defectuosa respiración. El magnate periodístico empleó su fortuna en contratar a los mejores médicos del mundo. Uno de ellos le aconsejó que se mudara a la cubierta de su yate. «Allí respirará mejor», le informó el doctor. Lo que no predijo es que también allí encontraría la muerte en 1911, amarrado en el puerto de Charleston.

La política no ha permanecido ajena a esta corriente de asmáticos. Pocos saben que el viril, explorador y cowboyesco vigésimo sexto presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt, sufrió ataques de asma desde su niñez. Valiente y rudo, peleó contra su molestia ejercitándose físicamente y aprendiendo historia natural, recluido en su casa.

La gran disputa vital del Che Guevara fue contra el asma. De pequeño pasó la mayor parte del tiempo acostado en la cama sin ir al colegio. Confinado en su habitación de Alta Gracia, en el centro del Valle de Paravachasca, Ernesto se refugió en la lectura de Verne, Salgari y su hermano en el padecimiento: Dickens. ¿Leería el pequeño Ernestito el fragmento de Míster Omer, provocándole casi por contagio el mismo ataque de tos que al personaje de ficción?

Imagen: Ai Ping Low (CC)
Imagen: Ai Ping Low (CC)

¿Y la poesía? ¿También tiene asmáticos entre sus filas? ¿No son acaso los mejores versos genuinos espasmos? Mario Benedetti afirmaba que el asma era la única enfermedad que requería un estilo e incluso, una vocación. Hasta llegar al ahogo, el uruguayo pasaba por la aduana del estornudo y entonces, en pleno ataque asmático, lo mejor era dejarlo solo. Así lo relata en El Fin de la disnea:

Cada uno sabe dónde le aprieta el pecho. Sabe también a qué debe recurrir para aliviarse: la pastilla, el inhalador, la inyección, la cortisona, el cigarrillo con olor a pasto podrido, a veces un simple echar los hombros hacia atrás, o apoyarse sobre el lado derecho. Depende de los casos.

Lezama Lima fue más dramático y pensaba que el asma era una pequeña muerte. En diversas entrevistas confesó que vivía como los suicidas y que, como un pez, a falta de bronquios respiraba con sus branquias.

Si hay un poeta que ha sabido cantarle al asma, ese ha sido el animal rítmico llamado Gonzalo Rojas. Con sus bronquios heridos escribió una auténtica oda al asma:

Asma es amor

A Hilda, mi centaura

Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme
alta mía única anclada ahí, no es bueno
el avión de palo en el que yaces con
vidrio y todo en esas tablas precipicias, adentro
de las que ya no estás, tu esbeltez
ya no está, tus grandes
pies hermosos, tu espinazo
de yegua de Faraón, y es tan difícil
este resuello, tú
me entiendes: asma
es amor.

Esas tablas precipicias de las que habla el chileno hacen pensar en el abismo que sintieron todos estos ilustres enfermos. Un despeñadero sin fondo del que surgieron las más bellas piezas artísticas. Por esta razón, más que asmáticos, lo justo sería llamarles abismáticos.


El inevitable fracaso de los intelectuales metidos en política

Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.
Boecio y la filosofía, por Mattia Preti, siglo XVII.

Mientras leía vuestra carta conseguía olvidar mi infeliz estado, y me parecía volver a aquellos manejos en los que en vano invertí tantas fatigas y tiempo. (Nicolás Maquiavelo, 29 de abril de 1513)

El esquema parece repetirse una y otra vez a lo largo de la historia: alguien movido por la ambición personal o por el deseo de ver hechas realidad las ideas sobre las que ha teorizado se mete en la arena política, gracias a su talento logra ascender en la jerarquía, aproximándose cada vez más a ese poder que tanto ansía y le deslumbra, hasta que cual Ícaro ascendiendo al Sol o polilla que se acerca demasiado a la bombilla termina siendo achicharrado sin piedad. Entonces, derrotado políticamente, renegado por sus antiguos aliados, expulsado de su cargo, partido, ciudad o país, encarcelado o hasta condenado a muerte, recapacita en sus últimos días sobre qué es lo que ha fallado, qué hubiera cambiado de tener una segunda oportunidad o incluso sobre qué sentido tiene todo: la política, el poder, los ideales, la libertad, la vida misma. Podría decirse que una parte considerable de la literatura, teoría política y filosofía occidental son los restos de una larga serie de naufragios personales. ¿Por qué? ¿Cuánto hay de causa o de consecuencia? ¿Fracasaron como políticos por pensar demasiado o fue ese fiasco el que los dejó meditabundos? Decía Eurípides que los sabios tienen dos lenguas, con una dicen la verdad y con la otra lo que conviene a cada momento, ¿acaso les sobraba una de las dos para medrar en la política? Quizá un breve repaso de alguno de los nombres más significativos nos ayude a entenderlo.

El fundador de esta larga dinastía de pensadores caídos en desgracia tras acercarse al poder fue, naturalmente, Platón. Pionero en este como en tantos otros campos, podría decirse que su experiencia política en Siracusa es una idea platónica al respecto de la que las posteriores son una pálida sombra, lo que seguramente le habría encantado. En el año 387 a.C. visitó por primera vez a esta ciudad situada en la isla de Sicilia, un viaje que repetiría más adelante en otras dos ocasiones. Su pretensión era hacer del tirano que gobernaba allí, Dionisio, un gobernante-filósofo a la manera en que teorizó en su obra La República. Pero el alumno le salió díscolo: no sabemos si porque no le entendió, o porque le entendió demasiado bien, terminaría desterrándolo y vendiéndolo como esclavo en una ciudad vecina. Posteriormente lo intentaría de nuevo con su hijo y sucesor en el poder, Dionisio II, y nuevamente terminaría decepcionado. Su sociedad utópica era perfecta en todos los aspectos salvo en el pequeño detalle de que resultaba irrealizable en la práctica, pero al menos su intento de hacerla realidad no le costó la vida.

Tres grandes pensadores romanos como Cicerón, Séneca y Boecio no tuvieron esa suerte. El primero fue un jurista, filósofo y, ante todo, excepcional orador, que dejó para la posteridad una serie de discursos en torno a la amistad, los dioses, la política… Empleó a fondo su elocuencia para defender la república y granjearse poderosos enemigos que le llevaron en cierto momento de su vida a decir «estoy profundamente arrepentido de vivir, nadie ha sido jamás víctima de una calamidad tan grande; para nadie ha sido más deseable la muerte». Terminó exiliado en su residencia de Tusculum dedicándose a la escritura pero la llegada al poder en el 43 a. C. de Marco Antonio —contra el que había dedicado inspirados discursos— supuso su final de una de las peores maneras imaginables: le cortaron la cabeza y las manos, que fueron exhibidas públicamente en Roma.

Y no decimos la peor porque ahí está el caso de Séneca. Otro destacado filósofo que alcanzó un gran poder en el Senado romano, por lo que estuvo a punto de ser condenado a muerte por el emperador Calígula y luego por Claudio, aunque este último conmutó la pena por el destierro a Córcega. Fue allí donde nuestro pensador escribiría algunas de las obras que le dieron la inmortalidad. Tras ocho años de exilio regresó a la política convirtiéndose en el tutor y consejero de Nerón (y gobernante de facto del imperio), pero viendo que al emperador su presencia cada vez le resultaba más molesta, Séneca terminó retirándose de la vida pública. Momento que de nuevo le serviría de inspiración literaria, hasta que de todas maneras Nerón terminó ordenando su muerte, cría cuervos… Como buen romano, Séneca prefirió entonces el suicidio cortándose las venas primero, bebiendo cicuta después sin lograr que hiciera efecto y tomando un baño caliente en el que finalmente le llegaría la muerte.

La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez
La muerte de Séneca, por Manuel Dominguez Sánchez.

El tercero en desgracia fue Boecio. Nacido en Roma en el año 480, su ascenso político fue fulgurante: llegó a ser senador a los veinticinco, cónsul a los treinta, y apenas una década después consejero del rey Teodorico el Grande, un cargo en el que tuvo un considerable poder político y que le permitió atribuir sendos cargos de cónsules para sus hijos. Pero ese mismo rey terminó enviándolo a prisión bajo la acusación de conspiración. Había llegado a lo más alto con presteza y ahora de forma aún más rápida lo había perdido todo ¿Cómo había sido tal cosa posible? En sus largos meses de soledad en la celda, mientras esperaba el momento de su ejecución, pensó en ello obsesivamente hasta darle forma en un libro que le sobreviviría, Consolación de la filosofía. Escrito de acuerdo a los cánones romanos de las consolaciones y a modo de libro de memorias, de especulación filosófica y teológica, narra en él su desgracia («yo que en mis mocedades componía hermosos versos, cuando todo a mi alrededor parecía sonreír, hoy me veo sumido en llanto, y ¡triste de mí!, solo puedo entonar estrofas de dolor») y llega a la conclusión de que hay que sobrellevar los vaivenes de la vida con estoicismo, pues la diosa Fortuna es caprichosa:

Hago girar con rapidez mi rueda, y entonces me deleita ver cómo sube lo que estaba abajo y se baja lo que estaba en alto. Súbete a ella, si quieres, pero a condición de que cuando la ley de mi juego lo prescriba, no consideres injusto el que te haga bajar.

Así le habla cuando se aparece ante sus ojos en prisión, creando una imagen que arraigaría con firmeza en la cultura europea durante los siglos posteriores, como ya vimos aquí. Se diría a la luz de los ejemplos que estamos viendo que esta diosa generosa y cruel juega con todos nosotros, aunque parece tener especial predilección por aquellos que se lanzaron al ruedo político.

Otro autor que influiría considerablemente en el imaginario occidental fue Dante Alighieri. Nació en torno a 1265 y desde joven estuvo inmerso en las intrigas políticas que dividían a los florentinos primero entre güelfos (partidarios del Pontificado) y gibelinos (partidarios del Sacro Imperio Romano Germánico) y —una vez fueron derrotados los segundos— entre güelfos blancos y negros. Inicialmente la diosa Fortuna lo hizo ascender a un alto cargo como magistrado y embajador de la ciudad pero en el año 1302 se deleitó en hacerlo caer estrepitosamente: los equilibrios políticos que le habían beneficiado dieron un brusco giro y junto a otros seiscientos güelfos blancos fue condenado al exilio para el resto de su vida. Su caída en desgracia y su resentimiento hacia quienes le traicionaron fueron sin embargo muy inspiradoras para su faceta de escritor, pues apenas dos años después comenzó su gran obra, La divina comedia. En este monumental poema se retrata a sí mismo caído en el infierno, que irá recorriendo en sus nueve círculos acompañado por el poeta Virgilio. En cada nivel descubrirá un tormento distinto para las almas allí atrapadas, como espantosos ríos de sangre en los que se ahogan eternamente, torbellinos, lluvias de fuego, fosos de resina hirviente, cementerios con las almas enterradas hasta la cintura… y en cada lugar casualmente va encontrándose a los diferentes enemigos políticos que tuvo en Florencia. Esa parte, la del infierno, fue la primera que escribió de La divina comedia —se estima que entre 1304 y 1307 y fue la más brillante, la que le hizo entrar en el Olimpo de la literatura universal. Más adelante en las cánticas del purgatorio y del paraíso retrató a quienes les debía gratitud, como el señor de Verona, que lo acogió en su exilio. Pero ya no era lo mismo.

Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)
Estatua de Maquiavelo, por Lorenzo Bartolini. Foto Jebulon (CC)

Dos siglos después nacería otro florentino con un destino similar en ciertos aspectos, como si no hubiera vidas originales para todos y a algunos les tocase una repetida. Estamos hablando de Nicolás Maquiavelo. Su gran oportunidad política llegó con la expulsión del poder de los Médici en 1494. Fue entonces cuando comenzó su carrera de funcionario que le haría ascender cuatro años después a canciller y secretario de la Segunda Cancillería. Ejerció de embajador para su ciudad-estado ante reyes, príncipes y papas, observándolos como un entomólogo a sus insectos. Analizaba meticulosamente su comportamiento, escrutando cuándo decían la verdad o iban de farol así como intentando prever su próxima jugada (y lo hizo a menudo con gran acierto). Pero en 1512 el papa Julio II impuso el regreso de los Médici al poder, haciendo acabar así la república florentina y con ella la carrera política de Maquiavelo, que fue sometido a torturas acusado de conspiración y posteriormente condenado al exilio. En su retiro en una pequeña propiedad rural además de leer a Dante comenzó a escribir inspirándose en su vida anterior, plasmando sobre el papel sus observaciones sobre el poder. Nacería así El príncipe.

Si Maquiavelo es una de las figuras que encarnan el Renacimiento, Baltasar Gracián lo es del Barroco. Los jesuitas han sido considerados tradicionalmente como gente astuta y vinculada al poder y Gracián es un buen ejemplo de ello. Formado en la orden de los jesuitas, tuvo siempre grandes ambiciones políticas que le llevaron primero a trabar amistad con Vincencio Juan de Lastanosa, un noble aragonés conocido por su mecenazgo cultural. Pero más adelante quiso probar suerte en la Corte de Madrid, una experiencia que terminó en un doloroso fracaso… y que de nuevo fue motivo de inspiración literaria. Posteriormente escribiría obras como El Criticón, El Político y Oráculo manual y arte de prudencia. Este último influyó notablemente en filósofos como Schopenhauer y Nietzsche, aunque hoy día se haya convertido en un libro de autoayuda para ejecutivos al estilo de El arte de la guerra de Sun Tzu. Es una colección de aforismos con los que aconseja al lector cómo ser un buen cortesano arribista. Todos ellos giran en torno a ser taimado, mentiroso, traicionero y manipulador hasta tal extremo de refinamiento y perversidad que algunos críticos posteriores lo han considerado una sutil parodia y una crítica implacable a las intrigas cortesanas que tanto le escarmentaron y en general al ambiente imperante en cualquier centro de poder. Todo político que se precie hoy día parece seguir su máxima «ni por el hablar en la plaza se ha de sacar el sabio, pues no habla allí con su voz, sino con la de la necedad común, por más que la esté desmintiendo su interior». Y cualquier ciudadano en consecuencia merece estar advertido por este otro:

Es el oído la puerta segunda de la verdad y principal de la mentira. La verdad ordinariamente se ve, extravagantemente se oye; raras vezes llega en su elemento puro, y menos quando viene de lejos; siempre trae algo de mixta, de los afectos por donde passa; tiñe de sus colores la passión quanto toca, ya odiosa, ya favorable. Tira siempre a impressionar: gran cuenta con quien alaba, mayor con quien vitupera. Es menester toda la atención en este punto para descubrir la intención en el que tercia, conociendo de antemano de qué pie se movió.

Tras el Barroco llegó la Ilustración, y con ella un nutrido grupo de intelectuales que cuestionaron el poder vigente y se subieron al carro de la Revolución. En realidad el mismo concepto de «intelectual» podría decirse que tiene aquí su nacimiento, en lo que tiene de escritor que influye en la opinión pública en favor de alguna causa política. Podríamos mencionar varios nombres pero un ejemplo paradigmático lo tenemos en el caso de Nicolás de Condorcet. También recibió formación de los jesuitas, lo que le permitió aprender sus argucias y combatirlos luego de manera infatigable. Su aguda inteligencia le hizo destacar en varios campos, siendo nombrado inspector general de la Moneda. Pero su protagonismo llegaría con la Revolución Francesa, con él como uno de sus principales ideólogos, ejecutores y, finalmente, víctima de ella. Participó en la Asamblea legislativa, y por su posicionamiento moderado se ganó la hostilidad de los jacobinos, que le obligaron a permanecer oculto tras la orden de arresto que dictaron en su contra. Durante ese periodo aprovechó para escribir Esbozo para un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano, cuyo optimista título parecía una amarga ironía en relación con la precaria situación en la que vivía. Finalmente fue capturado por las autoridades y murió en su celda, aparentemente por suicidio, en el año 1794.

La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.
La muerte de Condorcet en prisión, de Alexandre-Évariste Fragonard.

Si el siglo XVIII supuso la invención del intelectual, el XX los llevó a su máximo apogeo. Algunos se distinguieron por apoyar la democracia frente al fascismo, como en el caso español sin ir más lejos, con figuras como Unamuno o Lorca, con un coste personal ya conocido: arresto domiciliario y asesinato. Otros se posicionaron según las modas o las conveniencias en un sentido u otro a lo largo de la guerra fría cultural, pero la mayoría se manifestaron encendidamente partidarios de los totalitarismos de diverso signo. Los motivos de esta cerrada adhesión a regímenes que han llevado la tiranía y la muerte a millones de individuos por parte de personas cultas e inteligentes —que ingenuamente cabía suponer que apoyarían ideales ilustrados— han sido objeto de profundos análisis (El opio de los intelectuales, de Raymond Aron o Pasado imperfecto, de Tony Judt) y requerirían otro artículo. La lista sería interminable, pero una figura muy interesante y cuya trayectoria vital tuvo algo que ver con otras que hemos mencionado es la de Albert Speer, que tras ser el arquitecto de Hitler y su ministro de Armamentos, terminó cumpliendo condena en la cárcel de Spandau tras los juicios de Núremberg. Allí escribió sus memorias, un libro de lectura sencillamente imprescindible en el que volcó con mucho detalle y a veces también cierta autoindulgencia su paso por el epicentro mismo del Tercer Reich. Y ya que mencionamos el nazismo, para concluir este breve recorrido regresando a los orígenes no podemos dejar de citar la conocida anécdota sobre el filósofo Martin Heidegger, cuando ocupó de nuevo su cátedra universitaria tras haber apoyado al nazismo de forma entusiasta y un colega le preguntó burlonamente «¿de vuelta de Siracusa?».


Cicutas y cruces: suicidas ilustres

No es lo mismo querer morir que querer matarse. Y hasta que los desahucios y el acoso escolar no se han cobrado sus víctimas en un sacrificio ritual que la sociedad posmoderna ofrece a sus dioses —como el minotauro se cobraba puntualmente sus jóvenes de entre lo más selecto de la sociedad cretense—, hemos mirado poco el suicidio de frente. Poco o nada. “Cuando se miran de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte, se dicen las verdades: las bárbaras, terribles, amorosas crueldades”, escribió ese poeta eléctrico que fue Gabriel Celaya, a propósito de algo que no era el suicidio, pero que lo absorbía como el cosmos fagocita la vida y la muerte: la habitual capacidad del ser humano para bajar los párpados cuando descubre incertidumbre en lugar de pálpito caliente de carne. Ya lo sentenció Faulkner —y lo remarcó Laforet con marchamo patrio—, cuando imprimió que el sexo y la muerte eran “la puerta de delante y la puerta de atrás del mundo”.

Hoy los suicidios son noticia, igual que los asesinados han sido noticia desde que la Biblia se convirtiera en la publicación más extensa de sucesos de la humanidad. La muerte a mano propia la habíamos expulsado de los medios de comunicación por temor a un efecto contagio. Ahora se ha dado la vuelta al asunto para intentar evitar que el sufrimiento de los jóvenes que son acosados —por Internet o en vivo y en directo— les empuje a la puerta de atrás del mundo sin haber transitado apenas por él, al menos en tiempo, aunque ya explicó Ernesto Sabato a quien quisiera entenderlo que el tiempo no era mesurable por cronología sino por intensidad de vida y, en eso, nadie puede saber cuánto vivió un suicida. Lo que sí está claro es que el tema tabú por excelencia en cualquier religión monoteísta y, por tanto, en la mayoría de las sociedades por número de habitantes, se ha convertido de la noche a la mañana en trending topic.

Echemos la vista atrás para recorrer cómo estuvimos tanto tiempo de espaldas a un asunto al que ahora no sabemos cómo darle la mano.

Séneca, que tanto prestigio consiguió allá por los años cero de esta era cristiana que tan cainita está resultando, terminó con su propia vida. La enorme reputación conseguida por el patricio pensador era síntoma de la consagración de su nobleza de espíritu y —envidia mediante— soliviantó a tantos y tan tremendos enemigos, que el encarnizamiento con que tuvo que batirse le hizo paladear la tierra seca que es una vida vivida en serio. A partir de esos años y con el afianzamiento cristiano como lo que hoy sería una política de Estado y entonces se llamó religión, lo de hacerse cargo uno de mismo de su propio final estuvo proscrito.

La grandeza de elegir matarse pasó a convertirse en pecado, sobre todo a partir de un pensador con cierto tufo hipócrita como fue San Agustín. Hipócrita, ¿por? Por convivir catorce años con una mujer, tener un hijo con ella y después renunciar al amor humano por la sed de poder en la institución más descollante de la época. Hay quien puede pensar, incluso, que la disfrazó —su ambición—, como tantos otros, de ansia de virtud: opinable, pero no descabellado porque extraña al pensamiento racional la virtud rara que pueda existir en despreciar el amor palpable en la vida para convertirse a la misoginia. En cualquier caso, el hecho objetivo y objetivable pasa por que San Agustín pintó el suicidio como pecado más que mortal porque violaba el sexto mandamiento y atentaba contra la voluntad de Dios, que ordenaba sufrir por encima de todas las cosas —diversos concilios han ido versionando el asunto con tintes más dulzones—. Así que uno de los cuatro grandes padres de la Iglesia Católica le echó dos testículos para amenazar a las mentes lúcidas con el infierno si tomaban sus propias decisiones.

Se podría contar de otra manera, pero el resumen del pensamiento occidental filosófico entre la época helenística y la Edad Media transitó entre estos dos puntos como una recta. Y ya explicó Euclides en sus Elementos que “dos puntos determinan una recta, y solo una, a pesar de que ella contenga infinitos puntos”.

Yukio Mishima fingiendo (y anticipando) su suicidioEn este tiempo también la cultura ha acumulado sabios y necios que han clamado que la vida no está para entenderla, sino para vivirla. Pero parece que la vida de cada cual es eso: de cada cual, y cada uno debe hacer con ella lo que desee y pueda. El hecho de que el suicidio fuera considerado un pecado mortal o un delito resulta realmente extraño cuando al estudiar la historia de la humanidad, cualquiera da de bruces con un mundo en el que el afán es dominar al otro, sin ulteriores consideraciones, tal y como se puede leer ya en Tucídides y La guerra del Peloponeso. Por no hablar de Hobbes y otros ejemplos ilustres que enseñaron que quizá la condición humana no fuera la mejor posible ni éste el mejor de los mundos, con permiso de Leibniz y Voltaire.

Así que ahora podemos echar un vistazo a mentes preclaras, personajes amantes de la vida, incondicionales de la pasión, tremendos jugadores con las cartas del destino que, en un momento dado, supieron que la nobleza suprema, el homenaje máximo a la creación o a la misma condición humana era abandonarla por la puerta grande. Veamos.

Sócrates y Cleopatra desfilaron por la historia sin todavía monasterios y conventos que pudieran condenarlos a los fuegos eternos. A su casi coetáneo Periandro le ha dado menos publicidad la filosofía y el cine, pero ahí estuvo uno de los siete sabios de Grecia, con ganas de matarse.

Y trayendo el tema al presente del que somos hijos filosóficos, literarios y sociales, aunque no inmediatos, podemos afirmar que hace poco —poco en cuanto a formas de pensamiento, como aleccionados nietos de la Ilustración y del Romanticismo—, han desfilado por la muerte escogida mentes más o menos atormentadas, pero, paradójicamente, amantes de la vida todas.

El laberíntico Joseph Conrad, que lo intentó y nunca se supo que volviera a hacerlo; la caústica Dorothy Parker, que como poco reincidió dos veces; el adicto Ernest Hemingway, cuyos tragos son recordados folclóricamente a lo largo y ancho del mundo; el intrépido Emilio Salgari, que hizo de la imaginación su bandera; el atormentado Yukio Mishima, con ese celo asiático que a cualquier europeo hijo de la Ilustración asombra y repugna; la inabarcable Virginia Woolf, como la Antígona que fue, mucho antes de que Benjamín Prado las glosara en sus “Nombres de”; el intelectual Sandor Marai, genio y figura; el lúcido Mariano Larra, que pagó con su ira la imbecilidad ajena; el abrasivo Reinaldo Arenas, cuya carne Julian Schnabel convirtió en cine; o Cesare Pavese, Stephan Zweig, Sylvia Plath y cuantos más crea cada uno, que de ellos hay páginas y páginas… En Internet, sin ir más lejos ni venir más cerca.

De Jesucristo, primer suicida obligado, los observantes consideran sacrílego anotar que Dios exigió a su único hijo inmolarse de una manera que bien podría entroncar con los sacrificios rituales al estilo minoico o maya. Y a los no observantes la cuestión del suicidio les parece algo más científico que un rifirrafe teológico sobre la naturaleza inductiva del “Hágase tu voluntad y no la mía”. En términos religiosos, Jesucristo podía haber elegido la mentira y la vida —o esa tremenda mentira que es la vida— en lugar de la verdad y la muerte —o esa única verdad que es la muerte—, igual que las víctimas de acoso y desahucio podrían elegir seguir viviendo, pero eligen suicidarse y la actualidad ya no puede obviarlo más.

A James Cameron —que lo mismo dirige Titanic que busca la tumba de María Magdalena, Jesús y el hijo de ambos—, también le parece más riguroso con la historia que el profeta tuviera una vida después de la cruz, sin suicidio inducido de por medio. Tal y como también atestigua uno de los pergaminos hallados en Qumrán, ese lugar a orillas del Mar Muerto en el que los esenios escondieron una parte de la historia que permaneció siglos oculta, pero no silenciada.

Volviendo al hecho que la religión condene el suicidio como pecado mortal mientras cuenta que Dios lo exigió de su propio hijo, los medios tratan de alertar sobre la tasa creciente en medio de la crisis, también creciente. Es una elección hecha por muchas personas: algunas lo ejecutan acicateadas por sus propios demonios o luminarias —luciferinos todos— y otras empujadas por la turba cainita y la jauría sedienta de sangre, por esos hijosdalgos —de meretrices— que se dedican al bullying o a la especulación y usura que conllevan los desahucios.

NietzscheEn cualquier caso, Shakespeare y su ser o no ser, Camus y lo de la única cuestión filosófica seria, y Calderón con el hacer nacer y querer morir, laten ahí, sempiternos todos, con la cuestión imperecedera, que inquieta, palpita, atormenta y aletea entre las sábanas cada noche y cada despertar de quien duerme entre la preocupación y la congoja, entre los problemas y la indecisión, en las camas de esos miles de sonámbulos que pueblan el mundo con el terror que produce escuchar sin pausa ni tregua ni alivio ni refugio la conciencia a todas las horas del día.

Ese Nietzsche, que tanto magnetiza a millones de suicidas y adolescentes que lo conocen como materia de estudio antes de llegar a la universidad, viene a ser a la filosofía algo así como Tarantino a la historia del cine. Pero es alimento nutritivo y disculpa de mucho atormentado, como Rousseau lo es de mucha mente despejada. Cuando el alemán anunció que el suicidio era “el nuevo orgullo del hombre, que fija su fin e inventa una fiesta: el morir” llevaba unas poderosas razones vitales que los medios empiezan a considerar porque la realidad suicida ya es más real que fantasmagórica.

Y confunde que tantos años no se haya hablado de la muerte a voluntad propia mientras la violencia copa informativos y ficción. Por ejemplo, la selectiva, cruel pero jugosa, terrible pero infantil, casi pederástica, de los Juegos del Hambre, refocilados en la muerte si va precedida de combate, como si matar contuviera tanta nobleza como cobardía el suicidio. Y ahí hemos estado como sociedad, dando cobertura a la rivalidad de la caverna, a la dominación del otro, a la subyugación hasta anularlo; mientras hemos obviado la posibilidad serena de terminar con lo que otros empezaron por nosotros. No soportamos “morir de un modo altivo, cuando no es ya posible vivir dignamente. La muerte elegida voluntariamente, la muerte en tiempo oportuno, con claridad y serenidad”, aunque sea elegida por otros, nos amenaza como sociedad porque nos aterra que un día tengamos que ejecutarnos. Aceptamos los homicidios, los asesinatos, los holocaustos, las guerras, el terrorismo, la tortura, los toros, las peleas de perros, el boxeo, los pirómanos, los descuartizamientos, las violaciones, el manga, el bullying, el mobbing y cualquier forma de violencia institucionalizada —ese mierding—, pero el suicidio es un tabú omnímodo.

En tiempos de su formación, el cristianismo se sirvió del enorme deseo del suicidio para hacer de él una palanca de su poderío: no conservó más que dos formas de suicidio, las revistió de las más altas dignidades y de las más altas esperanzas y prohibió todas las demás con amenazas terribles. Pero el martirio y la muerte lenta del ascetismo fueron lícitos”, explicaba el aclamado y odiado Nietzsche en El eterno retorno, y con semejante realidad y poquísimas explicaciones hemos vivido más de veinte siglos.

Cierto es que, en términos cuantitativos y demográficos, la mayoría de la gente no suele suicidarse, pero hay quienes ejecutan su muerte sumarísima a conciencia. Quizá comprender el sentido de la existencia puede asemejarse a encender una bombilla dentro de un submarino con el objetivo de iluminar el fondo marino: inútil. Y para quien vive no ya en el dolor, que tiene fin y amortiguadores, sino en el sufrimiento, infinito en su calamidad y depredador máximo de la moral humana, la vida puede ser insoportable. También están los santos y los mártires, los héroes y los supervivientes, los que todo lo soportaron con o sin fe y salieron vivos, o al menos con vida en el cuerpo, de los fuegos locos que arrasaron con devoro su existencia. Los medios, como reflejo y cimiento social, abogan para que todos los que sufren pertenezcan a estos, pero demonizar o ningunear a los otros acaba de terminar. Vivimos en el siglo XXI.

 


Rabo con almejas

Álvarez Rabo

Ediciones La Cúpula

Muy buenas tengan ustedes. Empiezo esta reseña saludándoles con cortesía porque estoy a punto de hacer algunas preguntas incómodas:

¿Acaso en este mundo descafeinado e infantiloide en el que moramos no han sentido la necesidad de que alguien, algo, removiera esa plasta gris que llaman cerebro, escarbara en sus interioridades con un rastrillo metálico —oxidado— para hacerles salir del letargo sináptico en el que están inmersas sus vidas? ¿No se levantan cada mañana tan narcotizados que les cuesta distinguir la vigilia del sueño R.E.M. y pidiendo silenciosamente que pase algo, lo que sea?

Ánimo, ese algo ya está aquí.

En una fastuosa edición de La Cúpula tenemos las Obras Incompletas del insigne Álvarez Rabo tituladas icónicamente Rabo con Almejas. Así se nos resucita simbólica y temporalmente este autor, cuyo suicidio creativo acaeció el 11 de septiembre de 2002* dejando un enorme vacío que nadie ha logrado llenar hasta el momento.

Rabo es (bueno, fue) un transgresor. Un terrorista de la viñeta que lo mismo teorizaba sobre la práctica de la sodomía en la familia Agag-Aznar, sobre la banda sonora de los comunicados de la ETA o sobre el aroma a bacalao del chocho de su mujer. Alguien que, dotado de una facilidad pasmosa para desarrollar sus ideas, lograba derribar por un momento la barrera idiotizante de lo políticamente correcto que envara nuestro devenir. Esta delicada selección de temas y, sobre todo, el tacto empleado para tratarlos, hace que la lectura y disfrute de este cómic esté reservado solamente a un puñado de elegidos. Se comprende perfectamente que Álvarez Rabo no haya sido nunca un autor para las masas (de hecho, él mismo insulta a sus reducido grupo de fans sin ningún tipo de miramiento) y sólo podemos recomendar este recopilatorio a aquellas personas abiertas de mente o que, directamente, tengan dicha mente dada de sí. Qué aburrido sería si todos tuviésemos los mismos gustos, ¡deberíamos estar agradecidos por la diversidad de opiniones! Es posible que usted, lector, abomine de este cómic como de un leproso, pero sin embargo esté deseando ir a la cocina a calentar un trozo de salchichón para metérselo, bien tibio, por el culo. ¿Acaso me ve escandalizarme? ¡Pues no juzgue usted tanto, hombre!

Ya hemos hablado de la temática, pero en este primer volumen asistimos también a grandes logros de la narrativa secuencial. Porque no sólo se trata de un guión mordaz, es precisamente el hecho de estar representado por una secuencia de imágenes que parece haber sido dibujada por alguien sin visión espacial ni coordinación mano-ojo lo que dota de belleza renacentista al conjunto. El trazo errático, deliberadamente cutre, aparte de hacernos sentir la espontaneidad y el fluir incesante de la historia, nos abre una serie de interrogantes acerca de la perdurabilidad e impacto del arte frente al tiempo empleado en crearlo. No obstante, el artista se jacta en numerosas ocasiones de lo poco que le lleva realizar una página, en notas a pie de ídem, donde nos avisa del record que acaba de superar.

Es fácil distinguir los rasgos del genio desde su retrato en las contraportadas de sus obras. Ataviado con una media en la cabeza —según dicen, para proteger su puesto de trabajo en unos grandes almacenes—, nos dirige una mirada cómplice sabedor de que en nuestro interior, despojados de nuestros trajes, nuestras reglas de urbanidad y nuestros maletines de hombres de negocios, laten corazones de animales enjaulados que piensan, en mayor o menor medida, las mismas cerdadas que él.

Permitan que de punto final a esta reseña como si les estuviese hablando con la voz de Constantino Romero y detonando una salva de lugares comunes directamente en el interior de sus cabezas: este país ha dado a luz a grandes artistas, a rutilantes luminarias del pensamiento, a focos de excelencia sin parangón. Desde Séneca a Picasso, desde Velázquez a Ortega y Gasset, desde Cervantes a Buñuel, por decir algo.

Añadan uno más a la lista: Álvarez Rabo merece ocupar un lugar entre ellos. Es más, merece usurpar el puesto de alguno de ellos, por ejemplo el de Unamuno (¿han leído La Tía Tula? ¡Vaya puta mierda!)

Recuerden este nombre: Álvarez Rabo. Grábenlo a fuego en sus meninges.

* A finales de 2002 Álvarez Rabo manifestó públicamente su decisión de proceder a su “suicidio creativo” como dibujante de cómics, abandonando para siempre esta actividad a partir del día 11 de septiembre, aniversario del golpe de estado en Chile. Dejó abierta la posibilidad de reconsiderar su decisión si ésta causaba “alarma social”, alarma que cifró en mil cartas de correo tradicional que debían ser enviadas a las redacciones de las revistas TMEO y El Víbora. Recibió un total de 132 cartas, lo cual le sorprendió pues esperaba una cantidad considerablemente menor. (Fuente: Wikipedia)



Fernando Savater: “Ser malo es mucho más divertido”

Fernando Savater no necesita presentación. Nos recibe en su casa de Madrid, repleta de lo que más le gusta: libros y monstruos. En tono risueño diserta sobre la actualidad, las -escasas- consolaciones de la filosofía, el cine actual y clásico, la literatura… Al escucharlo uno tiene la fastidiosa sospecha de que la persona que tiene enfrente es mucho más inteligente que uno mismo. Una sensación a la que ya debería estar sobradamente acostumbrado si saliera más de casa, pero que en este caso resulta flagrante.

La primera pregunta es obligada: ¿qué le pareció la legalización de Bildu?

El papel de los ciudadanos no es estar de acuerdo con la legalización de Bildu ni con ninguna otra medida de los tribunales. Los tribunales están, precisamente, para acabar con los desacuerdos; funcionan, están ahí, porque los ciudadanos pensamos cosas distintas. Los tribunales están para dirimir ese tipo de cosas; los que somos partidarios de las instituciones y las hemos defendido frente a los etarras y el mundo radical tenemos que aceptar naturalmente los dictámenes. Otra cosa es que luego te preguntes qué va a pasar, cómo nos las vamos a arreglar ahora que pululan por los ayuntamientos. Pero el ciudadano, después de que el árbitro ha pitado el penalti, no debería plantearse pitarle un penalti al árbitro.

¿Qué opina de la ejecución de Bin Laden? Quien se la cuestione, ¿tiene que hacerse mirar la cabeza, según ha dicho Obama?

No sé si tanto como dice Obama, quizá sea exagerado, pero hay que tener cara dura y una falta de conocimiento del mundo real muy notable. Las naciones no están como los ciudadanos sometidos a una ley; están entre sí como los ciudadanos estaban antes de que existiera un estado y una ley entre ellos. Todavía predomina en buena medida la ley del más fuerte. Los países que pueden defenderse, se defienden. Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y por lo tanto es una acción de guerra: ha matado al general del ejército enemigo, lo mismo que se habría matado a Hitler si se hubiera bombardeado el bunker en el que se escondía en Berlín, etc. Cuando se dice “hombre, las leyes…” La suposición de un juicio en Estados Unidos a Osama Bin Laden mientras están estallando bombas de sus partidarios en el resto del mundo me parece una imagen escalofriante, así que me alegro mucho de que no lo haya habido. Por lo demás, en un circo no es lo mismo pegarle una patada en la espinilla al forzudo que al enanito. El enanito en este caso somos nosotros, que estamos muy orgullosos de cómo cumplimos las leyes, entre otras razones porque no podemos hacer otra cosa. Al forzudo del circo es más peligroso darle la patada. Bin Laden lo hizo y se ha llevado esta respuesta; en cierta medida es un alivio para el resto del mundo también.

Salman Rushdie decía que “ya no hace falta ser terrorista para conseguir cambios y que ser terrorista es algo pasado de moda” en relación a las revueltas del mundo árabe. ¿Está de acuerdo? ¿Al Qaeda está acabada?

Siempre me he opuesto a esa tontería de “la violencia es inútil”. No, la violencia es utilísima. En el País Vasco ha hecho posibles cambios enormes y si no hubiera sido por la violencia, la hegemonía nacionalista no hubiera sido la que es. Y, por supuesto, la violencia integrista islámica se ha impuesto en el mundo teniendo como efecto, entre otras cosas, la disminución de nuestras libertades en algunos casos. Es muy bueno ver que los países del norte de África apuestan más por esas vías democráticas, de resistencia pasiva o activa, pero no terrorista. Que el terror lo ponga el dictador, no uno. Es la única forma de llegar a la democracia. En la época de Franco todos los antifranquistas se pusieron muy contentos cuando volaron a Carrero Blanco; yo dije que el que volaba a Carrero Blanco era como Franco pero de otro orden. Nosotros lo que queríamos no era que ganaran otros militares, sino que ganáramos los civiles y esto es lo que ahora está ocurriendo. Quieren que ganen los civiles, no unos señores que sean lo contrario que Gadafi o Mubarak, pero en esa misma línea. Ahora bien, el terror es utilísimo, por eso hay que prohibirlo y perseguirlo, porque logra demasiadas cosas.

Se ha llegado a comparar esta cadena de insurrecciones como la caída del Muro de Berlín, ¿es una analogía exagerada?

Probablemente sí, en el sentido de que el muro representaba un poder único, grande, que era el poder del comunismo, la Unión Soviética, que hoy no existe como tal. Pero es verdad que es muy importante; una vez más se vuelve a esa mitología pragmatista y en el fondo hipócrita que hay mucho en Europa cuando se dice “no, ellos no son como nosotros, no quieren las mismas cosas, tienen sus propias tradiciones, a las mujeres les gusta ir tapadas hasta las orejas, a los hombres les gusta pasarse la vida obedeciendo al sultán…”. Pues se ve que no; los seres humanos nos parecemos mucho más de lo que nuestros folclores políticos dan a entender. Es una cosa muy sana recordarlo de vez en cuando.

Algunos reprocharon a Zapatero su apoyo al bombardeo de Libia recordando su “No a la guerra” de 2004. ¿Es comparable?

El “no a la guerra” me parece una tontería en 2004 y ahora. Es como decir “no a las operaciones de apendicitis”. Hombre, las operaciones de apendicitis se hacen cuando alguien tiene apendicitis. Las guerras llegan en los países democráticos, se supone, cuando hay una amenaza seria a las libertades, a la democracia. Decir “no a la guerra” en general no tiene ningún sentido. La guerra a veces es imprescindible. Ocurre que no es un plato de gusto. Vergonzoso es que Europa haya estado tanto tiempo pasando la mano por el lomo a Gadafi o a Mubarak y ahora quiera hacerse la justiciera. Es difícil borrar lo mal que uno se ha portado en estos casos. Pero bueno, al menos lograrán ayudar algo a esta pobre gente.

¿Cree que puede ser comparable de alguna manera Libia con Irak?

Es comparable en el sentido de que son dos dictaduras. Ahora se está ayudando a un pueblo que se está rebelando, pero en Irak no había una sublevación popular. De haberse dado el caso habría sido no sólo bueno, sino excelente, ayudarles a derrocar a Sadam Hussein. Pero dio la impresión de que era algo totalmente externo. Ahora no; se está apoyando a unos rebeldes, no se está inventando una rebelión.

En Finlandia ha logrado un gran avance un partido llamado Los Verdaderos Finlandeses. Su nombre lo dice todo, ¿no?

Claro, eso es el nacionalismo. Hay ciudadanos optimo iure y ciudadanos que no lo son. Es decir, “de verdad somos de aquí los que reunimos estas condiciones. Los demás ya iremos viendo si son humanos, si son medio ciudadanos o no…” Lo terrible de Finlandia para algunos que hemos defendido tanto la importancia de la educación para acabar con los males políticos, es que es uno de los países que siempre se ponen como modelo de éxito educativo. Que prospere un partido como este indica que es muy importante el conocimiento más o menos técnico, científico, pero que la educación es algo más. Abarca mucho más; podemos crear gente muy educada en especialidades científicas, pero es posible que su idea de comunidad sea nefasta.

Ha habido también un pacto del gobierno con un partido ultraderechista en Dinamarca. ¿Cree que este auge de partidos de extrema derecha son una amenaza real para Europa?

La inmigración es uno de los problemas. Los países que tienen riqueza quieren repartir mientras les sea beneficioso, mientras les sirvan de mano de obra. Cuando les desborda el asunto inmediatamente cesan las contemplaciones. Desgraciadamente Europa está fracasando en tantos aspectos… Lo que demuestra la posición de Dinamarca es que podemos retroceder. No sólo que no se avance, podemos perder por ejemplo el Tratado de Schengen.

Animales, ciencia, filosofía

¿Pueden estar en la biología algunas de las respuestas a las preguntas que plantea la filosofía? El primatólogo Desmond Morris, por ejemplo, dice estudiar a las personas como los zoólogos estudian a los animales.

Una cosa es la descripción de cómo funciona un ser humano en un sentido fisiológico, zoológico, etológico, etc. La filosofía se pregunta por el sentido de las cosas, no por su funcionamiento. Los biólogos estudian el funcionamiento de las cosas, no su sentido. Un cuadro de Rembrandt, por ejemplo, tiene un peso, unos pigmentos extendidos, pero el sentido del cuadro no es ese. Desde el punto de vista material lo consideraremos útil para la conservación en un sótano, para saber a qué temperatura ha de conservarse. Lo que la ciencia dice del ser humano es el tipo de cosas que son útiles, lo que necesitamos para mantenernos, para sentirnos más cómodos, funcionar mejor y más tiempo, etc.

En el llamado Proyecto Gran Simio para dotar de ciertos derechos a los primates o en el actual debate sobre los toros, en el cual ha participado usted con su reciente libro Tauroética, se habla de que debe haber una frontera moral clara entre humanos y animales.

No se trata de dónde poner la frontera moral, sino que la propia frontera es la moral. Moralidad es distinguir entre los seres humanos y el resto de seres. A un ser humano no lo tratas como a un objeto o como a un animal; sientes una reciprocidad que no se da con los demás seres. Luego hay casos como el Proyecto Gran Simio; los monos se parecen mucho a nosotros y tienen muchos rasgos comunes aunque no haya reciprocidad. Ningún antropoide tiene ningún deber y, por tanto, tampoco tienen derechos. Como se nos parecen les extendemos por antropomorfismo: somos tan antropocéntricos que todo lo que se nos parece un poco lo consideramos humano. Al virus del sida nadie lo considera humano porque no se nos parece. Ese error de los derechos de los animales confirma hasta qué punto la moral es antropocéntrica.

Hace unos años se publicó un libro llamado Más Platón y menos Prozac. ¿Podría ser al revés en muchos casos?

Claro, la filosofía no es un libro de autoayuda; no sirve para salir de dudas, sino para entrar en ellas. Es verdad que la filosofía clásica griega y romana da recomendaciones sobre la vida no en el sentido clínico, higiénico, del término. Buscan una orientación general. Hay cosas que te calman los nervios mejor. Recuerdo un trozo muy bonito en las Cartas Persas de Montesquieu. Cartas que supuestamente escribe un persa que está en París y dice: “fíjate, los franceses son rarísimos; cuando tienen un dolor o una angustia que nosotros, ya sabes, tomamos un poco de opio y se nos pasa, ellos cogen a un señor que se llama Séneca y leen tres o cuatro páginas”. Evidentemente, leer a Séneca no tiene la misma función que tomar opio. Si te van a operar del riñón, es mejor que tomes cloroformo a que leas a Séneca. Las mentes inteligentes se alimentan de complejidad y lo que dan los filósofos es ese aumento de complejidad que alimenta nuestra mente inteligente. Por supuesto no calman los dolores, no resuelve los problemas, no ayuda a ligar…

Durante el franquismo a usted lo definían en su ficha policial como un “anarquista moderado”. ¿Esa etiqueta seguiría siendo válida hoy en día?

No me disgusta porque la combinación, esa especie de oxímoron, me hace gracia. No, el Estado es una necesidad de nuestra condición social, pero es una necesidad que como el dinero o el sexo, por ejemplo, tienden a independizarse de su función y a convertir en esclavitud lo que era camino de libertad. Si el Estado es, lo que decía Spinoza, solamente un garantizador del avance de las libertades, bien, pero probablemente nace con esa idea y poco a poco va convirtiéndose en el ogro filantrópico del que hablaba Octavio Paz. Y ahí ya sí, me vuelvo otra vez anarquista moderado (ríe), en el sentido de que hay cosas de las que uno se puede quejar y necesitamos cuidados paliativos de otras, como por ejemplo el Estado, pero eso no significa que lo podamos suprimir.

¿Qué máxima filosófica con el paso de los años le ha ido pareciendo cada vez más cierta?

Quizá la de Spinoza: “El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte y toda su sabiduría es sabiduría de la vida”.

¿Y al revés? ¿Hay algo que siempre hubiera dado por supuesto que ahora esté comenzando a cuestionarse?

Muchas cosas. Mi problema es que siempre me he acercado muy escépticamente a las cosas y, de vez en cuando, alguna me sorprende porque me parece relativamente más cierta de lo que me parecía al principio. Quizá hoy el tono un poco bravucón y arrogante que tiene Nietzsche me aleja un poco de él. También hay que tener en cuenta que  la obra de Nietzsche está escrita en su juventud. El tono a veces excesivamente petulante me echa un poco para atrás.

¿Cree que la enfermedad influyó en su filosofía?

No, su enfermedad fue su juventud. Todos estamos enfermos de ser nosotros mismos, de eso no hay quien se cure. Pero yo lo que creo es que quizá habría sido interesante ver como escribía Nietzsche con 70 años.

Cine y literatura

Participó en un congreso sobre James Bond, del que dice que “es el héroe del consumo virulento: consume coches, mujeres, tiempo; por eso en aquella época -década de los 60 y 70- nos identificamos con él”. Pero este personaje, en la actualidad, ‘es lo habitual, lo esperado’…”

Es un consumista pero a la vez es héroe, un hombre que se arriesga, que se aventura. En su momento era un personaje moralmente dudoso y hasta escandaloso; hoy nos parece una trivialidad cambiar de coche, tener gadgets de todo tipo para comunicarnos con los vecinos… es nuestra vida cotidiana. Lo complicado hoy en día es que nos logre sorprender James Bond. En el fondo todos somos, sin los riesgos, sin Spectra, sin los peligros, pequeños James Bond en zapatillas. Es curioso, porque es un héroe muy moderno pero quizá ha envejecido más velozmente que otros; estaba basado en algo que ha pasado, el comienzo del tecno-consumismo.

¿Por qué los malos tienen tanto protagonismo en ellas?

Era la época en la que se empezaba a desdibujar la división por la Guerra Fría, sobre todo en las películas; en las novelas todavía estaba más presente. Es decir, la Unión Soviética se empezaba a desvanecer como único enemigo y había que buscar otro. Enemigos que estaban en contra de ambos bandos, depredadores de otro orden como los que ahora son habituales. Hoy buscamos enemigos que quieren trastocar el orden del mundo y que a veces son sobrenaturales: demonios, sectas satánicas… cosas que se salen del orden político. El orden político tradicional por lo que se ve ya no funciona así.

En ese sentido usted ha escrito Malos y malditos, una recopilación de los grandes malvados de la literatura. ¿Por qué nos fascinan tanto?

Bueno sólo se puede ser de una manera, pero malo se puede ser de muchas y es más divertido. Sabemos lo que es ser bueno, cumplir unas determinadas reglas, unas determinadas normas… por lo menos el estereotipo de la bondad. En cambio la maldad, las transgresiones, son múltiples, muy variadas. Están más ligadas a nuestros caprichos íntimos. Nuestra conducta recta está basada en las normas establecidas. Los malos, en cambio, siguen caprichos que son mucho más personales, distintos y por ello más divertidos.

Le gusta King Kong, Frankenstein… ¿Le resulta sencillo empatizar con ellos?

Me gustan mucho los monstruos. La idea del que está aislado y se rebela contra ese aislamiento, que busca compañía pero no vulgaridad. Ese personaje me ha gustado mucho siempre, aparte de que soy muy aficionado a la literatura popular, al cine de terror y de aventuras. Esos personajes únicos como Frankenstein o como King Kong, que no hay más, que no hay otro, me tientan especialmente.

Hollywood en los últimos años parece haber descubierto a Platón y a Descartes. Películas tipo Matrix, el Show de Truman u Origen, ¿ayudan a cuestionarnos cosas?

Detrás de la realidad hay otra cosa, es lo que se llama pensamiento. Me hace gracia cuando se habla de “realidad virtual” como si los seres humanos hubiéramos vivido alguna vez fuera de ella; pensar o soñar por las noches es realidad virtual. La filosofía se basa en la distinción entre fenómeno y cosa, el mundo de las ideas platónico. Ahora además estás jugando con la consola al tenis con un señor que no existe. Todo eso favorece que te des cuenta de cómo hemos vivido siempre. Freud, por ejemplo, decía que cuando una pareja discute en una habitación no hay dos personas, hay cuatro. Las dos personas reales y después la idea que cada uno de ellos tiene del otro, que es con la que está discutiendo.

También a menudo se plantean historias de vuelta a la naturaleza, con indígenas viviendo en armonía frente a una civilización depredadora. Avatar, por ejemplo. ¿Qué opinión le merece ese mensaje? ¿Toca alguna fibra profunda en la gente?

Te presentan una tribu perdida en medio del Amazonas y ves a unos señores tatuados desde la coronilla hasta la punta del pie, pintados de diversos colores, que dedican media vida a tomar pócimas extrañas y a bailes. Luego se dice que están en armonía con la naturaleza, cuando yo los veo completamente antinaturales. Están condenados a intentar hacer cosas para que se note que no son naturaleza: “oiga que yo no soy un bicho; me pinto, bailo canto, hago cosas que no tienen nada que ver con la naturaleza”. Los ejemplos más desesperados de querer alejarse de la naturaleza son precisamente los que viven en un entorno que les da pocas posibilidades de zafarse de lo natural. Nosotros hoy, como podemos dormir de día y vivir de noche porque tenemos luz, la sentimos con nostalgia. Se vuelve a hablar de los dioses porque ya no están, de la naturaleza porque ya no está. Esos cariños por los animales porque los hemos derrotado: ya no hay animales feroces, no pueden hacernos daño. Entonces claro, pobrecitos, ahora son víctimas; desde el tigre de Bengala al cocodrilo gigante.

Hablando de Avatar, ¿la vio? ¿Qué le parece el cine en 3D?

Me pareció malísima, horrorosa. Parece mentira que James Cameron, el mismo que dirigió Aliens, haya hecho una película tan mala, cursi y estéticamente horrorosa. Un pestiño de principio a fin.  Y lo de las tres dimensiones ya se ha intentado varias veces. En tres dimensiones ya vemos siempre; querer acentuar ese efecto… no sé. Me acuerdo que era más divertido cuando tenías las gafas aquellas de dos colores. En San Sebastián, cuando tenía 10 años o así, proyectaron Los crímenes del museo de cera con Vincent Price; era de las primeras que por entonces se llamaban “en relieve”. Decían que te daban mil pesetas si la veías sólo en el cine del terror que provocaba. Supongo que no era verdad, porque por mil pesetas habría habido muchos voluntarios para verla… Pero yo no lo veo. Si la película está muy bien hecha para tres dimensiones puede que tenga algún efecto gracioso, pero que Torrente tenga tres dimensiones (ríe) no suena nada bien.

Próximamente va a estrenarse La rebelión de Atlas, adaptación de la gran obra de Ayn Rand e icono del liberalismo. ¿Qué piensa de esta filósofa?

Sí, ya tiene películas como El manantial. Era una filósofa de la época del liberalismo heroico. Una superliberal en un sentido de pioneros, héroes, el individuo que  lucha contra el universo… tiene un vigor. Es un disparate en el sentido de que supone que los seres humanos, que son sociales, pudieran vivir cada uno como si fuera independiente de los demás. Es bastante difícil de creer. Pero es un sueño, una especia de visión heroica del sueño americano, muy diferente por ejemplo a este mundo que estamos viendo del liberalismo actual; vale la libertad frente a toda norma cuando las cosas van bien, pero cuando empieza la crisis todos los bancos ponen la mano.  Ayn Rand hubiera dicho: “todos esos bancos destruidos, Lehman Brothers, que desaparezca todo; que siga el que sobreviva”. En cambio ahora queremos las dos cosas, protección estatal y la libertad para los ratos buenos.

¿Qué distopía le parece más sugerente y define mejor la sociedad actual, Un mundo feliz o 1984?

Una combinación de ambas. En nuestra sociedades hay más rasgos de Un mundo feliz que de 1984. 1984 es más propia de otro tipo de sociedades más autoritarias, aunque hay rasgos de prohibicionismo, esa búsqueda del eufemismo y del cambio del lenguaje: “la paz es la guerra”, “las misiones de paz las hacen los soldados”… En general más bien supongo que nos parecemos en parte al mundo feliz, sobre todo en esa especie de infantilización. La idea de que todo el mundo tiene que ir en bicicleta con un chupa chups en vez de con un cigarro. Sin beber, sin decir malas palabras, cuidando animalitos. Esa tendencia hacia un afeminamiento general de la población, de parecernos no ya a las mujeres reales, que no son así, sino a ese ideal de la mujer decimonónica que está haciendo cositas y preparando el té.

En los últimos años se han puesto de moda las series. ¿Sigue alguna?

A mí me encantó Casablanca; fue una pasión mientras duró o mientras yo la hice durar. Luego me han gustado mucho las policíacas. Algunas no se han visto en España, como El inspector Morse, por ejemplo. También otras como las de Poirot que hizo David Suchet. Y ahora estaba viendo las tres peliculitas del Sherlock Holmes moderno de la BBC. Me fastidian mucho las series basadas en una especie de realismo sucio con un lenguaje que son exclusivamente tacos, crudas como la vida misma, tipo The Wire. Me aburren infinitamente. Todo lo que sea realismo me aburre enormemente.

Siempre ha sido un gran aficionado al género fantástico, ¿qué opina de la eclosión de la temática de zombis y de vampiros de los últimos años?

Nunca se han ido, siempre han estado por ahí. Pero la hipertrofia cansa un poco; cuando los vampiros se vuelven tan melosos, como hemos visto últimamente, son irreconocibles en su bondad. Pero sí, recuerdo que la primera película que logré ver fue Abbot y Costello contra Frankenstein, con Bela Lugosi. Entonces era rarísimo que una película de estas pudiera verla un niño, tenías que conformarte -que por otra parte estaban muy bien- con las de Ray Harryhausen como Simbad.

¿Ha leído Canción de Hielo y Fuego?

No, tampoco la saga de Crepúsculo. Me he quedado en Harry Potter.

¿Y alguna novela de Houellebecq?

Sí, me gustan. Las novelas que le he leído me parecen como un saco de adoquines; salen puntas por los lados, no es una cosa regular, homogénea, pero me han interesado. No con pasión, pero nunca con indiferencia. Y los artículos. Es un personaje que tiene cierta valía, no tanta como él cree, pero tiene valía. Nos pasa a todos.

Usted escribió una biografía novelada divertidísima sobre Voltaire, El jardín de las dudas. ¿Cómo sabe el lector qué partes son ciertas y qué partes inventadas?

Casi todas, quería que en esa novela todo lo que dijera fuera de Voltaire. No se podía hacer porque había que trazar uniones narrativas, pero vamos, yo te diría que el 75% o el 80% son literales. Los incidentes biográficos son también reales; varía alguna cosa que cuenta la señora. Pero en general iba a ser una biografía, no tenía la pretensión de ser ficción. Hay muy poca en ella.

¿Es jugar limpio narrar novelas o películas a partir de hechos reales?

No, yo creo que hay que distinguir. En el caso de un personaje histórico… lo que no me gustaría es haber puesto que Voltaire en secreto era muy piadoso y rezaba a la Virgen del Carmen. Puedes salirte un poco en una narración, pero siendo fundamentalmente fiel al personaje y a lo que hizo. No veo que interés puede haber en decir que yo cuento una cosa de la que me invento la mitad y la otra mitad la leo en el periódico. Me parece una estupidez. Ahora, por ejemplo, estaba leyendo la suite francesa de Irene Nemirovsky. Es una novela que está contando el impacto en la sociedad francesa de la invasión alemana en el año 40. Todo lo que cuenta está inventado por la señora Nemirovsky, pero por otra parte es una excelente reflexión y recreación del impacto que tuvo esa invasión, los egoísmos y las cosas personales. Pero no se supone que está hablando de una vecina. En literatura cada caso es único. Hay a quien le salen bien cosas que en principio rechazaría, pero de lo que conozco nunca me ha interesado.

Usted ha escrito ensayo, novela, teatro, artículos de opinión…. pero creo que nunca ha escrito cuentos pese a ser un gran admirador de Borges y de Chesterton.

Sí, he escrito algunos. Hasta eso he cometido (ríe). Tengo algunos cuentos publicados en Ediciones Libertarias y luego también hay un cuento en el primer libro de caballos que escribí: El juego de los caballos.

Si usted fuese Adso en El nombre de la rosa, ¿qué camino escogería en la encrucijada final? ¿El de la sabiduría o se quedaría con la chica?

Visto ahora no tiene mérito, porque lo que echo de menos es la chica (ríe); la sabiduría ya me aburre. En su momento, si tuviera esa edad, no lo sé. Ahora, desde luego, me divertiría más la chica, seguro.

Fotografía: Gonzalo Merat