El sacrificio celeste de los serbios, Kosovo Polje (1389)

Batalla de Kosovo Polje
Batalla de Kosovo, de Adam Stefanović, óleo, 1870.

Hay ciertos lugarejos por los que uno pasaría sin más, sin clavar la vista en nada concreto. La campa de Kosovo Polje es uno de estos lugares en apariencia anodinos, situado a pocos kilómetros al norte de Pristina, la capital del territorio de Kosovo que hoy continúa enfrentando con animosidad a serbios y albanokosovares. ¿Qué vemos por estos alrededores? Campos yermos, algunos más verdecientes que otros, acotados si acaso por caminillos, vallas y cortas sobre el terreno. Aquí y allá se ven algunos racimos de casitas modestas. Unos alminares de cemento arrojan de fondo el humo de las fábricas circundantes.

La postal no resulta idílica ni tiene por qué serlo. Pero el enclave, más allá de la pobre pinturilla, es todo un escenario celeste y una inmortal alegoría terrena para el pueblo serbio. El 28 de junio de 1389, onomástica de san Vito, aconteció en este páramo la crucial batalla de Kosovo Polje entre los turcos otomanos del sultán Murat I y el gran ejército balcánico, liderado por el príncipe Lazar, titular de la Serbia del Morava. De ahí la extraña torre que, a modo de monolito fúnebre, evoca el martirio providencial de los serbios en este paraje. En otro punto del paisaje se detecta también un discreto y solitario cubículo. Señala la türbe de Murat el Divino, sucesor de Orhan I. Sus órganos, pero no su cuerpo, reposan en este pedazo de tierra, donde al cabo murió. Tanto el sultán como Lazar, que sería decapitado, murieron en esta significativa fecha, para unos hazañosa y heroica (los serbios), y olvidable para otros (los albanokosovares sobre todo).

No hay crónica histórica que se tercie, como corresponde a Kosovo Polje, que no acuda a un prólogo inmediatamente anterior. Desde mediados del siglo XIV el kral de la Gran Serbia, Esteban Dusan (el también emperador de los Rumelios y zar zristiano de Macedonia, como se autoproclamó con encantadora pomposidad), consiguió erigir un efímero imperio serbio basado en pequeños reinos y principados. Atraído por el hechizo dorado de Bizancio, murió en 1356 en el fallido asalto a sus famosas murallas. Su legado será triturado años más tarde por los otomanos de Murat en las severas batallas de Cernomen (1371), de Nis (1387) y, finalmente, de Kosovo Polje.

Los turcos otomanos venían desparramándose por los Balcanes desde años atrás en campañas de frontera. Los ríos, como el Danubio o el más lejano Maritsa, señalaban la marca. La tercera guerra civil bizantina entre Juan VI Cantacuceno y Juan V Paleólogo hizo que a partir de 1352, a petición expresa del Paleólogo, los turcos cruzaran los Dardanelos por la estratégica península de Galípoli para ayudarlo en su causa. Los historiadores coinciden en señalar este punto álgido para el devenir de Occidente: la entrada por vez primera de los turcos, acaudillados por Orhan I, desde Anatolia hacia Europa. En la guerra civil se impondrá Juan V, que reinará tristemente sobre Constantinopla, la devastada Tracia y algún que otro islote suelto sobre el mar Egeo. A partir de 1360 sus desvelos se orientan, precisamente, a contener a las mesnadas de turcos que iban ocupando el indomable espacio balcánico, primero con el propio Orhan y luego bajo la égida de su hijo Murat I (1360-1389). Los otomanos harán acopio de los terrenos conquistados, como será de hecho el caso de la región de Kosovo. Las tierras de frontera serán cedidas por el sultán a sus valerosos hombres en régimen de timares, en pago por sus servicios bélicos (los ulemas, sin embargo, establecerán que una quinta parte del botín obtenido le corresponderá al sultán así como la totalidad del terreno, según la prescripción del Corán). En esta tesitura, acosado por los turcos, Juan V se verá obligado a mancillar el cristianismo ortodoxo oriental al pedir asistencia a Roma, sugiriendo la unión ecuménica de las dos iglesias (incluso se convirtió al catolicismo a título personal). Al tanto que el limosnero de oro pedía protección, el gran Murat, prudente pero metódico, seguía dando fuelle a su campaña. Tomará Filipólis (actual Plovdiv) y Adrianópolis (Edirne) en 1361, ciudad a la que convertirá en capital otomana sobre los predios de Tracia.

El Campo de los Mirlos

A menudo nos excitan y entretienen las enredaderas bizantinas. Al aceptar Juan V el humillante vasallaje que le exigían los turcos, su hijo Andrónico IV depuso al padre y reinó por tres años. Pero en 1379, tras escapar de la prisión donde fue confinado, Juan V volvió a ocupar la milenaria poltrona de Bizancio. En su vuelta al trono —y de ahí el enredo— le sirvió de ayuda el mismísimo enemigo que lo cercaba minuciosamente: el sultán Murat. Los giros resultan asombrosos, si bien los griegos de Constantinopla, allá en la conjura del Bósforo y el Cuerno de Oro, parecían nacidos para asombrar y, a la par, para abismarse en mil y una abstracciones dentro y fuera de este vano mundo. Antes y después de la batalla de Kosovo Polje (incluso horas antes de la caída de Constantinopla en 1453), los bizantinos seguían enzarzados en cuitas teológicas que, a su vez, convivían con las disputas y los diversos pleitos sucesorios (durante la tercera guerra civil bizantina Juan VI Cantacuceno impulsará el hesicasmo, la búsqueda absoluta de la calma, que se convertirá en cuerpo doctrinal para la iglesia ortodoxa oriental). «A los griegos de Constantinopla solo les animaba el espíritu de la religión, y ese espíritu sólo producía animosidad y discordia», dirá Edward Gibbon.

Con estos precedentes se llegó al enfrentamiento en Kosovo Polje, el que a la postre será llamado por el célebre nombre del Campo de los Mirlos. En Tres cantos fúnebres por Kosovo, Ismail Kadaré imagina una escena en la que el sultán Murat escucha a su influyente bajá. Este le dirá a su señor que Europa es como una mula rebelde. De ella pendían tres penínsulas que eran como tres esquirlas que había que eliminar: la tierra de los Balcanes, Italia (Roma) y España, el país que el islam había recubierto de luminosidad y sabiduría. La escena transcurre en el diván del sultán, ante un mapa cartográfico de Europa. En 1389, tres años antes de Kosovo Polje, Murat seguía machacando la primera esquirla balcánica: destrozó a los búlgaros en Sofía y obligó, de paso, a un oneroso vasallaje al príncipe Lazar.

La noche del 27 al 28 de junio de 1389 transcurrió con una oscuridad indescifrable. Los muecines llamaban lóbregamente a la oración. A los hombres de Lazar (ciwn mil soldados), aquellas endechas les sonaban a nanas funerales. Los rapsodas cristianos, para animar a la tropa, harán sonar sus instrumentos en el preludio de la batalla. Los serbios tocarán el guslar, los valacos y bosnios sus flautines, los albaneses sus lahutas de una sola cuerda. A las claras del día, el colorido entre el ejército cristiano y los cincuenta mil soldados de Murat mostraba su absoluto contraste. La forma de ser de los contendientes se evidenciaba en la estética y en sus elegidos resoles. Los cristianos mostraban sus ropajes y su fanfarronería, rodeados de cruces, gallardetes, banderolas, trompetas, sagrados iconos y estandartes con águilas bicéfalas y monocéfalas. Los rapsodas amenizaban la demostración de fuerza del valor y del color. Todos en conjunto —serbios, bosnios, valacos y albaneses— invocaban a la Santa Serbia y a sus príncipes, a la Valaquia gloriosa y a sus valedores, a Bosnia como desconocedora de la muerte y a sus reyes, incluso a la Albania engendrada por un águila y a sus heroicos condes. Enfrente quedaba el sobrio y uniforme ejército de Murat, apagado como un inmenso pero triste cisco, sin apenas banderolas ni divisas, «sordo y anónimo como el barro», como escribe Kadaré.

Cuenta la leyenda serbia que la noche misma del 27 al 28 de junio, un ángel se presentó ante el príncipe Lazar. Le ofreció participar de una elección, que sería libre pero al cabo irreversible: un reino celestial o bien un reino terrenal sobre el precario jardín de los hombres mortales. Elegir el reino celestial implicaba sacrificar la sangre y abrazar la derrota en la tierra. La suerte de la batalla en Kosovo Polje nos dará la respuesta sobre la elección de Lazar. De ahí la comunión celeste del pueblo serbio con su sino trascendente. Durante más de seiscientos años —y más aún en situaciones de nacionalismo urgente— los serbios se han definido en su lengua como nebeski narod (la nación del pueblo elegido).

Ni siquiera las crónicas más fiables sobre el transcurso de la batalla resultan del todo claras. Se cree que al inicio del combate los turcos sufrieron una merma severa en su flanco izquierdo producido por el brío de la caballería serbia. La coalición cristiana logró atravesar también el flanco diestro del enemigo. Pero Murat concitó refuerzos, se reagrupó con diligencia e infligió al infiel la histórica derrota que aquí nos convoca desde el principio. El Campo de los Mirlos quedó abonado de cadáveres de hombres y de caballos destripados. Los cuerpos yacían exanguinados. Bajo este cuadro de pudrición, la elección del príncipe Lazar adquiría ya su dimensión sobrenatural. La redención por el martirio hará que la iglesia serbia considere este hecho histórico como el punto máximo de iluminación para el pueblo de Serbia.

Los detalles no acaban aquí. Antes, en el decurso de la batalla, parece ser que un caudillo serbio, Milos Obilic, haciéndose pasar por un desertor, consiguió acercarse hasta el sultán Murat. Le clavó una daga envenenada. Unas crónicas refieren que Obilic le dio muerte en la propia tienda del turco. Otras, que Murat vio la muerte a manos de Obilic, pero mientras cabalgaba sobre el gran sembradío de muertos que había arrojado su gran victoria. Obilic fue asesinado sin remisión, igual que el príncipe Lazar (también se especula que tanto Lazar como Murat murieron mientras guerreaban en la batalla). Sea como fuere, nada más enterarse de la muerte de su padre, el príncipe Beyazit acudió en persona a comprobarlo. Al poco llamó a su hermano, Yakub. De inmediato lo estranguló para asegurarse la sucesión en la dinastía. Beyazit I Yildirim (el Rayo), como será conocido, ordenó la degollina de miles de prisioneros cristianos. Para honrar al padre, como se anunció al inicio, ordenó que sus órganos reposasen en estas tierras. Al cabo se levantaría aquí la sobria türbe de Murat. Su cuerpo fue llevado a la devota Bursa, en Anatolia, donde moraban los padres de la cuna otomana: Osman y Orhan I, primeros Señores del Horizonte. Beyazit I (1389-1403) heredó de su progenitor una masa terrena de quinientos mil kilómetros cuadrados.

El sultán o su doble

De nuevo, Ismaíl Kadaré nos desliza en Tres cantos fúnebres por Kosovo el enigma del doble en la muerte del sultán Murat. Sugiere en su relato que, cuando los visires le aconsejaron que saliera de su tienda para arengar a sus hombres victoriosos, Murat, ya cansado, rehusó hacerlo y dijo: «Sacad a mi doble». Pudo ser que, ya bien en su propia tienda, ya cabalgando sobre el Campo de los Mirlos, a quien dio muerte Milos Obilic fuera el doble del sultán y no el real. La fantasía, mezclada con especulaciones y retazos de realidad no improbable, también sugiere que el sultán Murat murió por una conjura en el seno de sus propios hombres. De fondo se debatía la necesidad de si el imperio debía extenderse más hacia la tierra nutricia de Anatolia, o si debía continuar con sus guerras de frontera a través de los belicosos Balcanes, como al parecer era el deseo del asesinado Yakub.

Hay motivos para no ceder al  irresistible aroma de la tentación. La muerte del sultán Murat —y no la de un posible doble— dio fin al gobernante turco que creó el cuerpo de jenízaros (yeniçeri, nueva tropa), que ostentó por primera vez el título de sultán para la venidera dinastía otomana (Osman y Orhan llevaron el título de Gazi), que dio base a la legislación a través de sus ulemas y que, paradójicamente, consiguió librar al campesinado balcánico de la asfixia del feudalismo cristiano. Fue, también, el último de los analfabetos dentro de la iniciática dinastía otomana. De ahí que firmara sus documentos mojando el pulgar y otros tres dedos sobre los documentos que aprobaba. Nació de tal modo la tugra, cuyo arte alcanzará en lo venidero una gran belleza caligráfica.

En el tiempo reciente, avinagrado por las horribles guerras en la antigua Yugoslavia (1991-1999), la redención celeste del pueblo de Serbia en Kosovo Polje ha dado pie a ciertas curiosidades y no pocos estrambotes. En 1924 nació en Belgrado el club de fútbol FK Obilic, en memoria del caudillo serbio que dio rienda suelta a la épica local y a las romanzas eslavas junto al Danubio. Es más antiguo, por tanto, que los poderosos y mortíferos rivales entre sí, el Partizán y el Estrella Roja. En vísperas de la matanza yugoslava, en 1989, el presidente serbio Slodoban Milosevic concitó en la campa de Kosovo Polje a un millón de hermanos étnicos con motivo del 600 aniversario de la batalla. Su arenga proserbia, propiciada por los ataques de la comunidad albanokosovar a la minoría ortodoxa, prendió en el campo de los mártires que hoy recuerda el monolito vertical que se alza en el entorno.

Pero, ¿qué son las fechas sino guiños de un irónico juego de azar? El 28 de junio de 2001, día de San Vito y nuevo aniversario de la redención en Kosovo Polje, el primer ministro de Serbia, Zoran Dindic, decidió entregar a Milosevic al Tribunal Penal de La Haya. Será asesinado dos años después por la mafia del llamado clan Zemún, que había mostrado su connivencia con los detritos del Estado desde el inicio de las guerras yugoslavas de los 90. Con todo, el de Dindic es ya otro martirio (y no precisamente celeste).


A Yugoslavia en una autocaravana

Dubrovnik, Croacia. Fotografía: Neoneo13 (CC0)

Sucede en Pifostia que, cuando crees que has entendido el asunto, algo te devuelve a tu ignorancia de un revés a mano abierta. Pifostia es, más o menos, lo que fue Yugoslavia hasta hace unos años. La bautizaron así los tres amigos (Quinzán, genio de la música, alma libre; Adri, arquitecto todo corazón dedicado a reconstruir Guatemala y Roi, informático, bendito, chef amateur y surfero a tiempo parcial) con los que me fui de viaje a bordo de una autocaravana. Lo malo de la autocaravana es que no puedes ir tumbado durmiendo mientras circulas. Tienes que ir sentado con el cinturón puesto. 

Nuestra idea era la siguiente: salir de Madrid y, tras dos jornadas de viaje, alcanzar Liubliana, la capital de Eslovenia; de allí, llegar a Dubrovnik, al sur de Croacia, para trasladarnos a Sarajevo vía Mostar, en Bosnia y Herzegovina, para cruzar a Pristina en Kosovo y terminar en Belgrado, capital de Serbia. Después, tres días para regresar a Madrid. Más de cinco mil kilómetros en total. Todo en quince días. 

Lo cumplimos. 

Liubliana es claro. Quiero decir, no aporta demasiado al asunto Pifostia. Es la capital de Eslovenia, una de las repúblicas que componía la antigua Yugoslavia y que hoy en día es un país desarrollado, civilizado, bonito y acogedor. Hace frío. 

Eslovenia se unió a principios del siglo XX al Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, una suerte de proto-Yugoslavia formada por varios países balcánicos eslavos. Cuando décadas después quiso largarse de tal asociación, no se encontró con demasiados problemas, ya que tenía poca mezcla étnica en su población y, sobre todo, no padecía reclamaciones territoriales (al menos no sustanciales) por parte de nacionalistas croatas y serbios. Así que, más o menos, a Eslovenia la dejaron largarse como un cobrador de apuestas que recoge apresurado su sombrero y gabardina. 

El asunto empieza a enredarse cuando nos desplazamos a Dubrovnik, en Croacia. Allá nos fuimos, sobre todo, huyendo del frío de Liubliana. Del frío, en concreto, del camping de Liubliana donde instalamos la autocaravana (desde ahora me referiré a la autocaravana como La Dolla, apodo con el que la bautizamos). Un inciso: La Dolla se la alquilamos a un muchacho madrileño llamado Esteban que, por decirlo de alguna forma, no fue demasiado incisivo a la hora de poner el vehículo a punto. La misma mañana que fuimos a recogerla se dio cuenta de que debía cambiar las ruedas delanteras y, una vez hecho (demora de cuatro horas en la salida), nos despidió diciendo: «Los frenos bien, ¿eh? Perfectos. Pero no los forcéis». 

El caso es que en el camping de Liubliana me vi obligado a dormir con dos sudaderas. A mitad de la noche unos chavales de, yo qué sé, quince o dieciséis, llegaron al camping después de una noche de fiesta y se pusieron a dar voces y yo tuve que asomarme a la puerta de La Dolla descolgando medio cuerpo en plan Clint Eastwood en Gran Torino y pedirles silencio. Así que nos fuimos a Dubrovnik.

Dubrovnik está en el extremo sur de Croacia y fue bombardeada por las fuerzas serbias (en concreto, por milicias montenegrinas apoyadas por el ejército) durante la guerra de los Balcanes de principios de los noventa. Resulta que los nacionalistas serbios consideran que esa parte de Croacia les corresponde y la reclamaron a su manera. Ojo, que los croatas también tienen lo suyo reclamando territorios y masacrando serbios en suelo croata. Es que, claro, hay serbocroatas, bosniocroatas, serbobosnios, bosnios musulmanes, serbobosnios patriotas bosnios… Pifostia, vaya.

A mí el asunto me ha interesado siempre. Y, aunque ni mucho menos soy un experto, sí que acabé alzándome como el resolvente de dudas del resto de mis colegas. Intentaba explicarles lo que sabía y, lo que no, me lo inventaba. 

Así que, grosso modo, les conté que después de la Primera Guerra Mundial se formó el boceto de Yugoslavia con ese reino de eslovenos, croatas y serbios que comenté antes. Pero que, cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, los croatas (parte de ellos, mejor dicho) formaron la Ustasha, una milicia que declaró la independencia de la república de Croacia y se alió con los nazis para aniquilar a serbios que vivían en Croacia, judíos, comunistas y gitanos. Los serbios, ante la masacre padecida por sus congéneres en Croacia, respondieron con el Ejército de la Patria, conocidos como los chetniks, nacionalistas serbios que defendían la continuidad de Yugoslavia. Hubo una tercera vía, que fueron los partisanos comunistas, también defensores de la continuidad de Yugoslavia, pero rojos, y única milicia comunista que de verdad supuso un quebradero de cabeza para los nazis durante el conflicto. Estaban encabezados por Josip Broz Tito. Y ganaron. 

Nació así la República Federal Socialista de Yugoslavia, único país comunista de la época fuera de la órbita de la URSS. La nueva república estaba compuesta por tres nacionalidades: eslovenos, croatas (católicos) y serbios (ortodoxos). Los bosnios musulmanes, un segmento de población del centro y norte de Bosnia y Herzegovina que abrazó el islam durante la ocupación otomana de la región, no estaban reconocidos como una nacionalidad, sino que figuraban como «otros yugoslavos». 

Así perduró Yugoslavia, con tres naciones reconocidas en su seno que en realidad eran más (bosnios musulmanes en Bosnia, albaneses en Kosovo, húngaros en Serbia…), que usó el comunismo de Tito como pegamento. Hasta que llegó su muerte en 1982 y comenzó a derretirse el pegamento. Los nacionalismos esloveno, croata (alfabeto latino) y serbio (alfabeto cirílico) empezaron a medrar y, con el nacimiento de los noventa, cristalizó la tensión. Los eslovenos se independizaron y los croatas quisieron lo mismo. Lo que pasa es que no querían irse sin tomar la parte de Bosnia que consideraban suya. Lo mismo los serbios, que ante la espantada de croatas y eslovenos decidieron adherirse (en su opinión, recuperar) todos aquellos territorios donde vivían serbios: esto es, parte de Croacia y casi toda Bosnia. Hubo intercambio de pareceres. 

En Dubrovnik hacía más frío del que calculaba, así que tuve que dormir otra vez con sudadera. Yo, que quería ir a la playa. Ahora Dubrovnik, después de ser reconstruida, es un nido de turistas. 

Nos largamos de Dubrovnik después de bebernos veinticinco vermús frente al puerto mientras mascullábamos como ancianos quejas sobre el exceso de turistas y pusimos rumbo a Sarajevo. Hicimos, de camino, una parada en Mostar, donde comimos sardinas y mejillones en lata en un aparcamiento lleno de agujeros de bala y con vistas al puente viejo de Mostar, símbolo de la separación de la ciudad en dos partes: un lado es el croata católico y el otro, el bosnio musulmán. Todos los vecinos tienen pasaporte bosnio, pero los católicos se consideran a sí mismos croatas (son bosniocroatas) y los musulmanes son patriotas bosnios. La parte fronteriza entre Bosnia y Croacia está habitada, en su mayoría, por bosniocroatas. Circulas por ahí y a través de la ventanilla ves banderas croatas a pesar de estar en Bosnia. Es la parte que, durante la guerra, Croacia quiso anexionar a su Estado. No lo logró y hoy es parte del territorio de Bosnia, pero con población croata católica. Mostar vivió dentro de la ciudad esta división y los combates fueron duros y el puente, derribado. Hoy, cada parte saca pecho. A un lado del puente, cruces e iglesias con campanarios. Al otro, mezquitas con minaretes que llaman a la oración. Es curioso, porque a pocos kilómetros, en Sarajevo, los bosniocroatas y los bosnios musulmanes lucharon juntos contra los serbios. Cosas de Pifostia. 

Mostar. Foto: Txetxu Rubio (CC BY-SA 2.0)

Llegamos a Sarajevo, que es la capital de Bosnia y Herzegovina. Nos instalamos en otro camping (este va a ser el último camping del que disfrutaremos este viaje) en el que otra vez hace frío y en el que el agua de las duchas sale fría. En el día de visita, a las puertas del Museo de Historia de la ciudad, un tipo con pinta de timador que habla italiano nos ofrece un tour por la ciudad en su coche explicándonos en primera persona el conflicto en el que asegura haber participado. Aceptamos, por supuesto. 

Nos cuenta este hombre mientras conduce que Sarajevo fue sitiado por las fuerzas serbias durante cuatro años (1991-1995). Fue, en realidad, el ejército yugoslavo el que sitió la ciudad. Pero enseguida se convirtió en el ejército serbio, toda vez que croatas y bosnios se revolvieron contra ellos. «Nos atacaba el ejército que sosteníamos con nuestros impuestos», dice riendo el tipo que habla italiano. Sarajevo resistió cuatro años al ataque serbio con un solo punto de entrada y salida de la ciudad —un túnel que hoy se puede visitar en forma de museo— y sin apoyo del resto de Europa. La resistencia de la ciudad estaba encabezada por la recién organizada milicia bosnio-musulmana, patriotas bosnios. Luchaban contra el ejército serbio, al que se habían unido muchos serbobosnios, es decir, bosnios ortodoxos. No todos: hubo serbobosnios de Sarajevo que lucharon en favor de Bosnia porque eran patriotas bosnios, aunque ortodoxos, pero no nacionalistas serbios. ¿Qué tal? 

Calma. También en este punto mis amigos se atascaron bastante. En Bosnia hay, hoy en día y a grandes rasgos, tres nacionalidades: los ya mencionados bosniocroatas que son católicos; los serbobosnios que son ortodoxos y los bosnios musulmanes. Los dos primeros son nacionalistas de sus respectivas naciones y no se sienten, en su mayoría, bosnios, a pesar de tener el pasaporte bosnio. (Aunque los hay que, aun siendo católicos u ortodoxos, son patriotas bosnios. Por ejemplo, jugadores de fútbol serbobosnios que eligen jugar con la selección de Bosnia en lugar de con Serbia. Son minoría, pero existen y suelen ser jóvenes de las ciudades, donde el nacionalismo no es tan potente). Los musulmanes, en cambio, son patriotas bosnios en su totalidad. 

Entre ellos se dieron hasta en el carné durante la guerra, hasta que la comunidad internacional cerró en falso el conflicto decidiendo una división de Bosnia y Herzegovina en dos entidades todavía hoy existentes: una es Bosnia y Herzegovina, compuesta por población bosniocroata y musulmana; y la otra es la República de Srpska, compuesta por población serbobosnia. Ambas entidades conforman el Estado de Bosnia, pero en la práctica son dos países independientes. Algo que sostiene la tensión hoy entre las partes. De hecho, nada más salir de Sarajevo, nos cruzamos con un cartel en cirílico que rezaba: «Bienvenidos a la República de Srpska». «La gente de este lugar es muy nacionalista serbia. Y lo transmiten de padres a hijos. Por eso aquí decimos que estamos en guerra fría. Va a volver a haber una guerra en cinco años», profetiza el tipo al volante. «Yo, a esta parte del país, prefiero no venir. Y, como yo, casi todos los musulmanes». Después pone a todo volumen un CD de Adriano Celentano en la radio del coche. Si la guerra llega, que sea con Celentano. 

Bosnia es hoy, para muchos, un Estado fallido en el que conviven en tensión tres realidades no reconciliadas. Y que camina hacia un futuro incierto sin que la economía mejore y ayude a diluir los nacionalismos. Así que nos largamos de allí. 

Atravesamos el corazón de los Balcanes con La Dolla desde Sarajevo hasta Pristina. Para eso tuvimos que cruzar desde Bosnia hasta Serbia, de ahí a Montenegro (soborno al policía fronterizo incluido. «Para un café», nos dice el cabrón), otra vez a Serbia y por fin a Kosovo. Kosovo es un Estado independiente desde 2008, aunque no reconocido todavía por muchos países, incluida España. Antes de ese año era una provincia serbia, corazón de la cultura y el folclore nacionalista serbio, aunque habitada en su mayoría por albaneses. Cuando el conflicto llegó a esta zona, se enfrentaron serbios y albanokosovares y el choque se frenó, Estados Unidos mediante, con la independencia de Kosovo, aliado inestimable para los yanquis en el corazón de Serbia, aliada por su parte —sorpresa— de Rusia (todo está en Rambo). 

Pero —en Pifostia siempre hay un pero— la parte norte de Kosovo contiene mayoría serbia, por lo que vive en una suerte de asamblea independiente. Nada más atravesar la frontera nos encontramos banderas nacionalistas serbias por todas partes. Tras avanzar un poco, desaparecen las banderas serbias y aparecen, ojo, no las de Kosovo, sino las de Albania. Kosovo está plagado de banderas albanesas y la mayoría de su población se siente albanesa. Kosovo parece ser un Estado artificial paso previo a la anexión a Albania. Otra vez fútbol: cuando juega la selección de Kosovo, a los vecinos les interesa el partido. Cuando juega la de Albania, se paraliza el país. 

En Pristina, la capital, nos instalamos en una gasolinera y por las mañanas, cuando amanecíamos entre legañas y peinados imposibles, los chicos de la gasolinera se acercaban estupefactos a charlar con nosotros. «¿De vacaciones? ¿Aquí?», solían responder. Al parecer no deben de ser muy frecuentes las visitas de tipos que se instalen en una gasolinera en una zona industrial a las afueras de Pristina. Al cabo de dos días conocíamos a los de los surtidores, a los camareros de la cafetería y a las chicas de la tienda. Hasta pudimos ver el Depor-Real Madrid por la televisión. ¡Si hasta uno de mis amigos atascó el váter e inundó el suelo de la tienda! Qué bien lo pasamos. 

Dejamos atrás Pristina y su estatua de Bill Clinton (es de bien nacido ser agradecido) saludando en el centro de la ciudad. Que más que del presidente del Gobierno más poderoso del mundo, la figura parece la de un vendedor de pólizas de vida a puerta fría. Emprendimos rumbo a Belgrado, capital serbia. Allí nos vimos obligados, ante la inexistencia de campings locales, a asentarnos en el aparcamiento de una tienda de muebles cuyo dueño, encantador, era un apasionado de las autocaravanas. Tan pronto llenábamos el depósito de agua de La Dolla como echábamos un vistazo a un sillón de dos plazas ideal para una sala de estar. 

Visité el Museo de Historia de Belgrado ansioso, por fin, de conocer el otro punto de vista. Cada uno de los anteriores días de charlas, museos, preguntas y dudas nos encontrábamos a Serbia como el agresor. ¿Cuál sería el ángulo de los serbios? Un taxista se lo resumió a Quinzán una mañana que bajó al centro más tarde que nosotros: «Mira, esto es fácil —le dijo—. Todo es Serbia». Creo que se puede ser un pelín más preciso. Pero, desde luego, no a través de los que ellos muestran. 

El Museo de Historia está fenomenal hasta que llegamos a la sala en la que se exhibe y explica la muerte de Tito. A partir de ahí, se supone, debería mostrarse cómo fue la guerra. Pero unas escaleras conducen a la salida del museo, previo paso por una sala diminuta en la que se denuncian los bombardeos de la OTAN sobre Belgrado en 1999. Vuelvo sobre mis pasos para saber si me he saltado alguna parte, pero no. Le pregunto al tipo de la taquilla y me dice que no hay nada sobre la guerra. «¿Y no hay otro museo sobre eso?», inquiero. El tipo piensa: «Mmmmmm, no». Así que nada. Tendré que conformarme con los taxistas. 

Me cuenta otro al volante que fue francotirador durante la guerra y ahora lleva a gente de un lado a otro de la ciudad. Me dice que el resto de naciones traicionaron a Serbia: que, cuando se decidió conformar Yugoslavia, fueron los serbios los que más territorio cedieron. Y ahora, repoblado por otras nacionalidades, se lo han arrebatado. Le pregunto si ha matado a mucha gente como francotirador. «A mucha», me dice mientras mira por el retrovisor. 

Nos vamos de Pifostia. Nos estalla un neumático en la autopista de Croacia y la grúa —conducida por un señor de enorme barriga y botas de fútbol Adidas modelo Boban— tarda seis horas, así que tenemos que recuperar el tiempo perdido y nos hacemos una jornada de catorce horas en carretera. Sin forzar los frenos, claro. Llegamos a Madrid. Enteros. Cansados. Pensando ya en el próximo viaje. Algo sencillito, si puede ser, me comentan mis amigos.


El día en que ardió la bandera de Yugoslavia en el estadio del Hajduk

La guerra en Yugoslavia se produjo por tensiones políticas y problemas institucionales que se prolongaron durante décadas. Esta inestabilidad, en la fase prebélica, se vio reflejada en los campos de fútbol, no al revés. En este sentido, el acontecimiento más citado fue la famosa patada de Boban a un policía en el Maksimir de Zagreb durante un partido entre el Dinamo y el Estrella Roja. Esto ocurrió el 13 de mayo de 1990. Meses más tarde, 26 de septiembre de 1990, tuvo lugar un suceso todavía más grave en Poljud, el estadio del Hajduk Split, que jugaba contra el Partizan de Belgrado. 

El partido había comenzado a las seis de la tarde. En el campo se citaron grandes jugadores. Entre ellos, un joven Pedja Mijatovic —después campeón de Europa con el Real Madrid—; su compañero Josip Visnjic, que pasó por Mérida, Rayo y Hércules, o Goran Bogdanovic, de Mallorca y Espanyol. Por el Hajduk estaban, por ejemplo, Goran Vucevic, que fue fichado por el FC Barcelona sin mucho éxito; Igor Stimac, que pasó por el Cádiz y por la Premier; Robert Jarni, de Juventus, Betis, Real Madrid y Las Palmas, y el gran Alen Boksic, de Olympieque de Marsella —donde también se proclamó campeón de Europa—, Lazio y Juventus. Todos saldrían a partir de la 91-92 a clubes de las grandes ligas. 

Pero ese día iba a ser gran cita de Milan Djurdjevic. Conocido por los aficionados del Partizan como «Kempes» por su parecido físico, en España llegó a jugar unos partidos en el Mallorca en segunda, y las últimas noticias que hubo de él eran porque le habían detenido en Salónica a los cuarenta y cinco años por formar parte de un grupo criminal dedicado a la extorsión. Aquella noche, Djurdjevic marcó los dos goles del partido, uno en la primera parte y otro en la segunda para subir 0-2 al marcador. Todas las crónicas hablan de que hubo una superioridad aplastante del Partizan. La Torcida, los ultras del Hajduk, estaban furiosos. Había veinte mil personas en el estadio. 

En las gradas estaba también un sociólogo, Drazen Lalic, profesor de la Facultad de Ciencias Políticas de Zagreb, que en 1993 publicó el libro Torcida: pogled iznutra donde hablaba del fenómeno hooligan desde dentro, se había ganado la confianza de algunos de ellos para investigar el movimiento. El partido se tuvo que parar un par de veces por el humo de las bengalas, pero el relato de lo que ocurrió a partir del doblete de Djurdjevic lo escribió como sigue este cronista. 

A mediados de la segunda parte, grupos de la Torcida lanzaron cuatro bengalas. Empezaron a cantar «Te amo Hajduk». En ese momento, marcó «Kempes». «Podía esperarse dado el rendimiento extremadamente pobre del Hajduk», opinó. De repente, se hizo el silencio, solo roto por gritos desde un fondo: «Vamos al campo». La sospecha del profesor fue que no se trataba de un acto espontáneo. Los primeros que saltaron al terreno de juego lo hicieron enseguida, «como si hubieran recibido órdenes». No eran más de una docena. El sociólogo escuchó a alguien a su lado decir «son de Rogoznica», un pueblo a una hora de Split. A esa avanzadilla le siguió un centenar de aficionados. La policía, señaló, no intentó detenerlos. De los jugadores, el que más corrió fue precisamente Djurdjevic, que es el que más cerca estaba de los ultras, pero todos, árbitro y jugadores del Partizan, salieron lanzados hacia al vestuario. Grupos de aficionados se fueron a por el árbitro. «Me pregunto por qué, si ha pitado correctamente», pensó el investigador. Estaban pasando cosas raras. 

Lo anormal era normal en esas fechas, eran días extraños. Desde enero, los discursos nacionalistas estaban inflamados en toda la federación. La Liga de los Comunistas que gobernaba el país no fue capaz de celebrar su XIV Congreso, las delegaciones eslovena y croata, seguidas de la macedonia y bosnia, lo abandonaron. Nunca más se reanudó y la política yugoslava quedó a merced del nacionalismo de todos y a la vez. 

En Yugoslavia, concretamente en Croacia, durante los años comunistas, nunca se había hablado demasiado del verano del 41 oficialmente. Había llegado a ser un tabú con el fin de preservar la paz y mirar hacia el futuro sin tropezar una y otra vez con el pasado. Sin embargo, los nuevos líderes habían llegado para romper el silencio. Se empezaron a desenterrar fosas, a recordar el genocidio que sufrieron los serbios, ortodoxos, por parte de los ustachas, fascistas croatas y católicos, durante la Segunda Guerra Mundial, y su intención de expulsar a un tercio de los serbios de Croacia, asesinar a otro tercio y convertir al catolicismo al otro tercio que quedase. Ahora, proclamaban los serbios de 1990, las fuerzas independentistas croatas querían hacer lo mismo. Tudjman, el líder de la derecha croata, había estado preso por sostener que ese genocidio no había sido para tanto. Una vez libre, desde 1989 había fundado un partido, el HDZ, que defendía que Croacia era católica y en Croacia solo había una nación.

Entre los serbios de Croacia apareció un líder moderado, Jovan Raskovic, que representaba los intereses de los serbios de acuerdo al derecho de autodeterminación. No estaba en contra de que Croacia tuviese su propio Estado, pero pedían una autonomía en las zonas que habitaban ellos para, entre otras reivindicaciones, tener sus propios programas educativos, a la vez que pedían ser una nación constituyente del nuevo Estado, tal y como explicaron Laura Silber y Alan Little en su libro The Death of Yugoslavia

Sin embargo, en el primer borrador de constitución para la Croacia independiente de Tudjman, no aparecía referencia alguna a los serbios, ni siquiera como minoría nacional. Esto ocurrió en junio, en agosto un semanario publicó la transcripción de una conversación entre Raskovic y Tudjman en la que el primero decía que los serbios estaban locos y que él rechazaba a Milosevic. La exclusiva minó la reputación del político serbio entre los suyos. Tudjman pensó que desacreditándolo se había quitado de en medio las reivindicaciones serbias en el nuevo Estado croata, pero lo que hizo fue lo contrario, las puso todas en manos de los radicales, que estaban asistidos desde Belgrado.

El clima de suspicacias interétnicas iba más allá de la historia. Tudjman estaba despidiendo a todos los policías serbios y sustituyéndolos por croatas. La transición al capitalismo también exigía despidos masivos, las autoridades croatas prometían que no habría distinciones por nacionalidad, pero los serbios no les creían. El 19 de agosto se celebró un referéndum para establecer una autonomía serbia, Zagreb lo declaró ilegal. El ministro del Interior croata envío tres columnas de vehículos con fuerzas de seguridad, pero la policía serbia había distribuido armas entre su gente. También volaron tres helicópteros desde Zagreb con más policía, pero esta vez fueron aviones del Ejército Federal Yugoslavo (JNA) los que les interceptaron y amenazaron con derribarlos si no daban la vuelta. La región se llenó de barricadas serbias cortando las carreteras. El 27, el Parlamento croata calificó de «levantamiento armado» el referéndum sobre la autonomía serbia en la región de la Krajina. Tres semanas después de todos estos sucesos, se disputaría el partido entre el Hajduk Split y el Partizan.

En las fotos, se ve que las gradas estaban llenas de banderas de Croacia con el escudo ajedrezado que comenzaba con un cuadrado blanco, como el de los años cuarenta. Desde diciembre del 90, el oficial sería como hasta hoy, comenzando por un cuadrado rojo. Se ve también alguna pancarta, como la de «Torcida Pula» con una cruz céltica. Un tipo de simbología ilegal en la Yugoslavia socialista. Un ejemplo paradigmático es el del periodista esloveno Igor Vidmar, que fue detenido en Ljubljana en 1983 por llevar una chapa de Nazi punks fuck off con una esvástica tachada y que se lo llevaron preso porque, fuera como fuese, lo que llevaba era una esvástica. 

La suerte, publicó en el 25 aniversario de los incidentes el diario croata Dnevno, fue que no acudieron seguidores serbios del Partizan al encuentro. Esta vez el choque entre ultras podría haber sido mortal. Cuando los aficionados saltaron al campo estuvieron a punto de atrapar al árbitro, pero el masajista del Hajduk se interpuso para llevarlo junto a los demás jugadores a encerrarse en los vestuarios. La narración de Lalic seguía así: «Todos a mi alrededor están cantando “Liga croata” en trance». Por las pistas de atletismo seguían entrando aficionados en el terreno de juego, ahora con bengalas encendidas. 

El locutor que estaba retransmitiendo el partido pensó que era un enfado por el rendimiento del equipo: «Me parece que han entrado los aficionados al campo, los entrenadores y jugadores huyen hacia dentro, se han ido a los vestuarios temiendo que ocurra algo grave, los de Torcida, que estaban tirando bengalas, cuando se han quedado sin ellas, insatisfechos con cómo ha jugado el Hajduk, han entrado…».

Los propios jugadores del Hajduk salieron para intentar que cesase la invasión del campo y el partido pudiera reanudarse, pero en ese momento ya era ciencia ficción. En el estadio se coreaba la canción de Oliver Dragojevic «A sad adio» («Ahora, adiós»). La policía y las fuerzas especiales se limitaron a colocarse en la entrada del túnel de vestuarios y las oficinas del club donde estaban escondidos los jugadores. 

El locutor estaba descorazonado: «Como pueden ver ustedes mismos, después de veinte minutos de la segunda parte se ha interrumpido el partido con el salto al campo de los aficionados, el partido no ha terminado, la pregunta es si seguirá». 

Al grito de «Fuera gitanos», ya había mil personas en el césped. Los cánticos seguían, O, Hrvatska, nezavisna država, (Oh, Croacia, Estado independiente) y U boj za narod svoj («A la batalla por tu pueblo») hasta que llegó la consigna definitiva. «Quitad la bandera». La mayoría del estadio se puso a aplaudir. Un grupo de personas de las que habían saltado al césped se acercó a toda velocidad hasta el fondo sur, donde ondeaba la bandera de Yugoslavia presidiendo el estadio. La arriaron, la prendieron fuego y la volvieron a subir. La cámara enfocó la escena. La bandera de la SFRJ ardía en lo alto del mástil. 

La retransmisión pasó a valorar los hechos: «Como pueden ver ustedes mismos, han quemado la bandera de Yugoslavia. Han insultado a todos jugadores que han venido hasta aquí a jugar un partido de fútbol, a un evento deportivo. Lo han estropeado todo con un comportamiento antideportivo, salvaje. No tienen cultura, no tienen educación, este comportamiento es tan poco deportivo que de ninguna manera se puede tolerar, no ayuda ni a su club, ni al deporte, ni a la sociedad en general». 

Vídeo completo de los altercados y la quema de la bandera.

El plano fijo de la bandera ardiendo siguió por unos segundos. Diez años antes, en este mismo estadio, el 4 de mayo de 1980, se interrumpió un Hajduk-Estrella Roja para anunciar por megafonía la muerte de Tito. Se puede ver en las imágenes cómo algunos jugadores y el árbitro se pusieron a llorar. Lo llamativo es que el público arrancó a cantar «Druže Tito mi ti se kunemo». Un poema, lema de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, que decía «Camarada Tito, te lo juramos, de tu camino no nos desviaremos». Digamos jocosamente que la «torcida» fue de ciento ochenta grados.

Mientras la bandera ardía esa tarde de 1990, el fondo volvió a cantar «A sad adio». Por la pista de atletismo, otro grupo corría con un retrato de Franjo Tudjman., había ganado las elecciones cuatro meses antes. El hecho más insólito es que, ha publicado el Slobodna Dalmacija, el Partizan hizo tan buen partido que ese mismo público llegó a aplaudirle en algunas jugadas minutos antes de todo este lío. 

Al final, apareció con un megáfono Onesin Cvitan, exalcalde de Split, rogando a la gente que volviera a sus asientos para que se reanudase el partido. No lo hizo, se dio la victoria al Partizan por 0-3. Los días siguientes la prensa tachó a los ultras de «drogadictos» y «alcoholizados». Seis meses después, estalló la guerra. Los rebeldes serbios asesinaron y desplazaron a miles de personas en la Krajina. Casualmente, en los primeros compases del conflicto, Cvitan dirigía a la Defensa Territorial croata desde el cargo de ministro del Interior. Los equipos croatas ya no volvieron a disputar la liga yugoslava. Ese fue el último campeonato. Sus máximos goleadores: Pancev (32), Suker (22), Boban (16) y Mijatovic (14), con quien hablamos sobre este partido y aquellos días negros en una extensa entrevista en la Jot Down nº 29.

Las fotos del artículo son imágenes de aquel día, cortesía de http://www.torcida.hr/


Compendio de héroes de guerra extraordinarios (y III)

Todos los que están alrededor de Carton de Wiart (el caballero sin zurda en la imagen) morirán antes que él. Imagen: Dominio público.

(Viene de la segunda parte)

No sin mi espada

Mayo de 1940, un sargento alemán patrulla junto a su pelotón por una ciudad desierta en busca de soldados aliados a los que dar caza. De repente, escucha un grito de ataque llamando a la carga, pero antes de que pueda reaccionar nota un impacto bajo el cuello y es consciente de que ha sido golpeado por un proyectil enemigo. Se lleva la mano a la herida y descubre con asombro que tiene una flecha clavada en su cuerpo, eleva la mirada hacia una torre cercana y entonces lo ve: un inglés chalado empuñando un arco y blandiendo una espada en medio de la Segunda Guerra Mundial. Aquel sargento acababa de conocer a Jack Churchill y no tendría mucho tiempo para conocer a nadie más.

John Malcolm Thorpe Fleming Churchill (1906-1996), Jack Churchill para los amigos y «Mad Jack» o «Fighting Jack Churchill» para los enemigos, fue un oficial del ejército británico que participó en numerosas refriegas destacando por su arrojo y coraje, pero también por el llamativo detalle de saltar al campo de batalla armado con un arco, una espada y una gaita. Churchill formaba parte de una longeva familia británica de Oxfordshire, llegó a este mundo en Colombo (una colonia británica) y vivió sus primeros años entre Sri Lanka, Inglaterra y Hong Kong. Estudió en King William’s college y se apuntó al Royal Military College de Berkshire para recibir entrenamiento militar. Salió de allí en 1926 con el uniforme planchado, convertido en parte del Regimiento de Manchester y siendo destinado a servir en Burma.

Los años posteriores se los tiró entre las filas de aquel escuadrón viviendo a su manera y recorriendo sobre dos ruedas el sudeste asiático. Porque en general al hombre le aburría bastante tener el culo quieto: cuando se encontraba en Rangún (Birmania) se le encomendó asistir a un curso militar en Pune (India) y decidió, tras razonar que pillar un vuelo era para vagos y acomodados, recorrer los cuatro mil cuatrocientos kilómetros que separaban ambas ciudades en moto. Para la vuelta se lo tomó con más calma y optó por sacarse un billete de barco. Lo hizo en el puerto de Calcuta, tras conducir en su moto los dos mil y pico kilómetros que existen entre Pune y dicha urbe. Trotar motorizado por aquellas tierras era algo que parecía divertirle bastante y sus travesías a lo largo de Burma tenían más de aventura salvaje que de viaje placentero: al no existir carreteras en las rutas, Churchill conducía siguiendo las vías del tren y superaba los ríos cruzando sobre los puentes del ferrocarril, empujando la moto mientras caminaba sobre las traviesas procurando no caerse.

Jack Churchill. Parece que está realizando trabajos administrativos, pero realmente está calculando cuantas flechas puede clavarle al fotógrafo antes de que se desplome por completo. Imagen: Dominio público.

En 1936, algo aburrido por la falta de acción de aquella época, decidió dejar el ejército y lanzarse a probar suerte en otros terrenos. Trabajó en la redacción de un periódico de Nairobi (Kenia) y como modelo de anuncio. Se esmeró en practicar con la gaita (se había aficionado al instrumento en Maymyo tras toparse con los Queen’s Own Cameron Highlanders) y en mejorar su puntería con el arco hasta que logró hacer oficial que era la hostia en ambos lances: en 1938 quedó finalista en una de las competiciones de gaita más importantes de Inglaterra y un año después representó a su país en los campeonatos mundiales de tiro con arco que se celebraron en Oslo. Ser tan mañoso con los instrumentos de viento y las armas de cuerda también le permitió colarse fugazmente en el mundo del séptimo arte. En la gran pantalla, Mad Jack ejerció de extra en películas como Revuelta en la India (donde aparecía tocando la gaita), El ladrón de Bagdad (donde aparecía disparando el arco) o Un yanqui en Oxford (donde aparecía remando, porque el tío en su momento también se había cruzado el Isis a golpe de pala).

Jack Churchill en el campeonato mundial de tiro con arco. Imagen: Dominio público.

En septiembre de 1939 las cosas comenzaron a ponerse delicadas en Europa, los alemanes entraron en Polonia y Churchill reingresó en el ejército británico, en el Regimiento de Manchester, para ser destinado a Francia. Parecía el único que realmente estaba contento con todo el marrón de la Segunda Guerra Mundial: «Volví a mi abrigo rojo, el país se había atascado durante mi ausencia». Se le encomendó patrullar tramos tranquilos de Francia pero al hombre aquello le daba sueño y solicitó algo más animado. En mayo de 1940 Mad Jack fue enviado a Richebourg como como segundo al mando de infantería y comenzó a trabajar duro para ganarse su apodo: pisó el campo de batalla portando un arco largo, una gaita y una espada escocesa con guarda de cesta. Y tendió una emboscada a un destacamento alemán agujereando a un comandante de un flechazo y dando la señal de ataque con la tizona. Cuando sus oficiales le preguntaron a qué se debía todo eso de ir a la guerra empuñando un filo, Churchill contestó muy serio: «En mi opinión, señor, cualquier oficial que entre en acción sin su espada está incorrectamente vestido».

Mad Jack continuó la guerra en Dunkerque, hasta donde se supone que llegó montando en bici y con su arco sobre el lomo. Poco después fue enviado de vuelta a Inglaterra y se alistó en los comandos sin saber de qué iba eso (la organización se acababa de crear y no existía demasiada información sobre la misma) y con la intuición de que debía de ser una experiencia emocionante. Churchill disfrutó bastante con la dureza del entrenamiento y, a finales de 1941, se posó en Vågsøy , Noruega, tocando «The March of the Cameron Men» con su gaita antes de comenzar a repartir plomo y espadazos entre las formaciones enemigas.

Un par de años después se presentó en tierras italianas liderando a los comandos con su arco, espada y gaita para guerrear en Catania (Sicilia) y posteriormente en Salerno (Campania), donde capturó a cuarenta y dos nazis ayudado por un cabo llamado Rufell. A Salerno regresaría poco después de la contienda para recuperar su espada, que por lo visto se le había caído mientras trinchaba alemanes. En 1944 encabezó otro rebaño de comandos en Yugoslavia para echar una mano a los partisanos, y los alemanes se llevaron por delante a toda la tropa excepto a Churchill, que se encontraba tocando el «Will Ye No Come Back Again» con su gaita cuando una granada lo dejó inconsciente. Fue capturado, interrogado y trasladado al campo de concentración de Sachsenhausen, de donde se fugó para ser capturado de nuevo en las costas alemanas y trasladado a la alpina Tirol. Allí, las tropas de las SS abandonaron a los prisioneros a su suerte y el bueno de Jack se pateó más de ciento cincuenta kilómetros a pie hasta Verona para reencontrarse con tropas americanas.

Juego: localícese a Jack Churchill en esta imagen de un grupo de comandos. Pista: es el único que lleva una espada. Imagen: Dominio público.

Como en la zona oriental del globo las cosas seguían bastante animadas, a Churchill lo destinaron a la guerra del pacífico para que le tocara la gaita un rato a los japoneses, pero fallaron con el timming: cuando llegó a Burma, Nagasaki e Hirosima habían sido desintegradas a base de bombazos y la guerra estaba finiquitada. Aquello no le sentó nada bien a un Mad Jack que se había molestado en afilar la espada: «Si no hubiese sido por esos malditos yanquis habríamos podido mantener la guerra en marcha durante otros diez años más». Eran unas declaraciones insólitas pero coherentes con la mentalidad de alguien que instruía a sus hombres con sentencias como «No hay nada peor que estar sentado sobre tu culo sin hacer nada porque el enemigo ha decidido dejarte solo». Posteriormente se sacó el tituló de paracaidista y en el abril de 1948 se encaró contra los árabes durante la masacre al convoy médico Hadassah.

La posguerra de Churchill fue mucho menos emocionante, pero también tuvo momentos estelares. Volvió a colarse en el cine haciendo de extra en Ivanhoe (disparando un arco), navegó el Támesis en barcos de vapor y ejerció de instructor en una escuela de guerra australiana. Por aquellas tierras descubrió el surf, y no se le dio mal: en julio de 1955 se convirtió en el primer británico que surfeó, sobre una tabla de fabricación propia, una ola del río Severn durante dos kilómetros. Cuando los testigos de aquella gesta le gritaron que saliera del agua por la naturaleza suicida de la tontería, Churchill se rio, les saludó y contestó «¡Estaré bien!». Churchill ostenta también el honor de ser la última persona conocida del hemisferio occidental que ha matado a alguien con un flechazo durante una guerra oficial. Curiosamente, durante sus aventuras militares la espada no fue el único complemento inusual que Mad Jack se atrevió a combinar con el uniforme: en una ocasión se presentó en un desfile cargando con un paraguas. Cuando uno de sus oficiales le preguntó por qué se le había ocurrido traérselo el hombre respondió muy diligentemente: «Porque está lloviendo, señor».

Jack Churchill animando a la cuadrilla con alegres tonadillas. Imagen: Dominio público.

El inmortal

Sir Adrian Paul Ghislain Carton de Wiart (1880-1963) nació en Bruselas en el seno de una familia de aristócratas, aunque los rumores de la época aseguraban que su sangre tenía una graduación de pedigrí más elevado y en realidad se trataba de un hijo ilegítimo de Leopoldo II, rey de Bélgica. Aquel pequeño Carton de Wiart se tiró sus primeros años saltando entre las tierras de su padre (belga) y su madre (irlandesa) hasta que, tras el fallecimiento de la mujer cuando el niño solo contaba con seis años, su progenitor decidió hacer las maletas e irse a vivir al Cairo. Cuando soplaba las velas de los diez años su madrastra lo envió de vuelta a Inglaterra para que se sacase una educación británica. Pero entre los pupitres de la Universidad de Oxford (concretamente en el Balliol College) comprendió que tendría más futuro caminado entre los fusiles que entre los libros, y desertó de la carrera universitaria para inscribirse en la militar. Se alistó en el ejército británico mintiendo sobre su edad (tenía veinte años pero se echó encima cinco más), con un seudónimo de secundario de serie B («Trooper Carton») y bastantes ganas de participar en la segunda guerra Boer.

Años más tarde, en sus memorias dejaría claro que a él lo que había hecho tilín en un principio era la batalla en general: «Supe que la guerra estaba en mi sangre. Estaba decidido a pelear y no me importaba ni el quién ni el por qué. No sabía por qué había empezado la guerra y tampoco me importaba de qué lado iba a luchar. Si los británicos no me querían me ofrecería a los bóeres. […] Ahora sé que el soldado ideal es el que pelea por su país porque quiere luchar, y por ninguna otra razón. Las causas, la política y las ideologías es mejor dejarlas para los historiadores». En su caso el conflicto bélico parecía un hobby, uno que le llevaría a coleccionar tanto plomo en el cuerpo como para no poder volver a pasar nunca a través de un detector de metales sin fundirlo por sobrecarga.

Carton de Wiart en un robado. Imagen: Dominio público.

El joven Carton de Wiart se presentó en la segunda Boer con mucha energía y pasión. Y recibió un par de tiros bastante feos en la ingle y el estómago que lo devolvieron a casa. A pesar de la bronca de su padre, que acababa de descubrir que la criatura había dejado los estudios para coleccionar agujeros nuevos en el cuerpo, no abandonó el ejército británico y unos cuantos años después fue enviado a África como parte de la acción aliada en Somalia. Allí se vio envuelto en una lid particularmente sangrienta contra los fanboys de Mohammed bin Abdullah, un encuentro en el que fue disparado dos veces en el mismo ojo, troceada su oreja a causa de otro balazo y herido en el codo por una astilla traicionera. Carton de Wiart describió posteriormente aquel enfrentamiento (del que, recordemos, salió sin ojo y con parche de pirata) como algo muy «excitante y divertido».

En 1915 fue destinado a Francia para liderar diversos batallones en el frente occidental durante la Primera Guerra Mundial y aprovechó para coleccionar nuevas muescas: recibió un balazo en la cabeza y otro en el tobillo durante la batalla del Somme, otro en la cadera durante la tercera batalla de Ypres, otro en la oreja mientras trotaba por Arrás (paso de Calais), y otro más en la pierna en Cambrai. Los enfrentamientos también le dejaron hecha trizas la mano y mientras los doctores decidían si era conveniente o no amputarle los dedos, el hombre se los arrancó por su propia cuenta (la leyenda dice que a mordiscos, aunque no está del todo claro) para ahorrarle tiempo a los cirujanos. En el fondo tampoco parecía preocuparle demasiado quedarse sin zurda, porque comparó el perder aquel miembro con «quitarse un diente».

A pesar de tantas magulladuras, el aguerrido Wiart no se alejó de las aventuras locas: cumplió misiones en Polonia, sobrevivió a un accidente de avión, fue capturado en Lituania y se tiroteó con el Ejército Rojo desde un tren en plan película del Oeste. En 1923 se retiró del ejército siendo general, pero aquello fue más un paréntesis entre guerras que una jubilación real, porque en 1939 volvió a la acción encabezando las misiones británicas en Polonia. En la frontera rumana su destacamento fue atacado por los aviones de la Luftwaffe pero Wiart salió ileso, en Noruega la fuerza aérea alemana bombardearía la ciudad (Namsos) que estaba intentado tomar junto a sus hombres y en Trondheim sufrió diversos ataques de tropas alemanas, ametralladoras, bombarderos y la marina enemiga.

En 1941, el avión en el que viajaba Carton de Wiart rumbo a Belgrado para negociar una alianza con el gobierno yugoslavo se estrelló en el mar tras perder dos motores, pero el hombre sobrevivió al impacto y fue capaz de nadar hasta la costa, donde sería apresado por las autoridades de la Libia italiana. Convertido en prisionero de guerra, Carton de Wiart intentó fugarse en al menos cinco ocasiones tirando de métodos tan clásicos como construir un túnel durante meses (con el hándicap añadido de solo tener una mano disponible) y huir disfrazado del clásico campesino italiano que no sabía hablar italiano y tenía pinta de pirata manco. De manera inexplicable lo acabaron pillando, y no sería liberado hasta un par de años más tarde. Posteriormente colaboró con el gobierno italiano en misiones secretas y se convirtió en el representante personal de Winston Churchill en China. Se retiró definitivamente de las aventuras militares a los sesenta y seis años, con el rango de teniente general. Murió a los ochenta y tres, en su casa.

Carton de Wiart en el Cairo en 1943, meditando para qué quiere la gente dos manos si con una ya se puede sujetar la pipa. Imagen: Dominio público.

Carton de Wiart no era la persona más abierta del mundo y lo cierto es que era bastante rancio en lo que respecta a la multiculturalidad: antes de pisar China pensaba que los chinos eran «Gente pequeña y caprichosa, con costumbres pintorescas que se dedicaban a tallar jade y venerar a sus abuelas» y al encararse en la frontera con un grupo de guardias rumanos les informó de que en Rumanía solo se había encontrado con tres tipos de personas «Chuloputas, homosexuales y violinistas». Pero su puntuación en el terreno bélico, y esa profunda manía por no querer morirse, resulta envidiable: participó en tres grandes guerras, sobrevivió a bombardeos, coleccionó agujeros en la cabeza, cadera, estómago, ingle, oreja, talón y piernas, perdió un ojo y una mano, fue prisionero de guerra, se estrelló dos veces y casi muere congelado en el mar. Cuando la gente le preguntaba por su pasado militar, aquel Mister Potato humano siempre contestaba: «Sinceramente, disfruté de la guerra».

Mulan Serbian Edition

Milunka Savić (1892 aprox.-1973) nació en la localidad serbia de Koprivnica, en un pequeñísimo pueblo de una veintena de habitantes, y acabó tallando su nombre en la historia a lo bestia al convertirse en la mujer que (probablemente) atesoró más condecoraciones militares. Lo más llamativo de todo esto es que, cuando comenzaron sus tribulaciones soldadescas, ni sus compañeros ni sus superiores sabían que los enormes huevos que demostraba aquel temerario soldado eran en realidad un par de gónadas internas unidas a unas trompas de Falopio.

Milunka Savić. Imagen: Dominio público.

En 1913 estalló la segunda guerra de los Balcanes por culpa de un montón de señores que no se ponían de acuerdo sobre dónde plantar el alambre que delimitase las fronteras. Y en el buzón del hogar de Savić no tardaría en aparecer una misiva citando a su hermano para formar parte del ejército y servir en el frente. Aquí es donde la cosa comienza a ponerse interesante: Milunka Savić decidió sustituir a su hermano en el combate, se cortó el pelo, se enfundó en ropa de hombre y se presentó ante las autoridades poniendo voz de machote y cara de no saber porque la genética le había parido tan imberbe. La treta le salió bien en un principio, no tardó en catar el combate en Bregalnica, recoger su primera medalla y ascender a cabo. Participó en nueve misiones más procurando (como casi todos los soldados) no acabar visitando la enfermería, pero en la última de ellas la metralla le perforó el pecho y los médicos al desnudarla para atenderla en el hospital descubrieron que eh, esto no debería de estar aquí.

Con su verdadero sexo revelado, a Savić se le ordenó presentarse ante su comandante. Y la mujer se encontró con un hombre que tenía muy claro que la guerra no era cosa de señoritas, pero también con que ese mismo hombre era un oficial que no tenía ningún interés en perder a una soldado tan valiosa y aguerrida. Se le ofreció el traslado a la unidad de enfermeras y Savić lo rechazó alegando que el único modo en el que ella serviría a su país sería con un arma al hombro. El oficial prometió pensárselo con calma y otorgarle una respuesta al día siguiente,  y una hora después la devolvió al frente para seguir masacrando enemigos. Aquello se le dio bastante bien; durante la Primera Guerra Mundial, en la batalla de Kolubara, se coló de un brinco entre las trincheras austriacas y capturó ella sola a una veintena de soldados a punta de bayoneta, un acto por el que fue condecorada con la Estrella de Karadjordje con Espadas.

Su segundo galardón estrellado sería más espectacular y, lo que es más encantador, llegaría propiciado por la necesidad de hacer de vientre: en 1916 Savić estaba asentada junto a sus compañeros en los alrededores del río Crna cuando tuvo que ausentarse para hacer sus necesidades en lo profundo del bosque. Pero al volver a la base se desorientó por completo y acabó metiéndose por error en medio de un campamento enemigo búlgaro. La mujer aprovechó que se sentía ligera y el enemigo estaba bastante confuso para detener por su cuenta a los veintitrés soldados enemigos del asentamiento recién descubierto. Su currículo en todas aquellas lides la cubrió con un medallero envidiable: Francia le colgó la Croix de Guerre (fue la única mujer que la recibió durante la Primera Guerra Mundial) y la Legion d’Honneur, Gran Bretaña la Medalla de la Distinguidísima Orden de San Miguel, Serbia la Medalla a la Valentía y Rusia la Cruz de San Jorge.

A Savić la retiraron del ejército en 1919 y decidió buscarse el pan en Voždovac (Belgrado) pese a que los franceses le ofrecieron una pensión decente como compensación por sus servicios durante la guerra si se instalaba en sus tierras. Durante la Segunda Guerra Mundial, y ante la imposibilidad de combatir en ella, se dedicó a prestar ayuda médica a los partisanos yugoslavos. Pero acabó siendo apresada y enviada a un campo de concentración alemán durante diez meses tras negarse a trabajar (ejercía de limpiadora) en un banquete donde varios oficiales nazis estarían presentes. De vuelta en Voždovac sobrevivió de manera miserable y con escasos recursos hasta que, a principios de los setenta, varios artículos periodísticos denunciando sus condiciones de vida propiciaron que el gobierno le regalase un pequeño apartamento. Murió a los ochenta y un años en 1973, ostentando un par de records difíciles de superar: no solo es la mujer que ostenta el mayor número de reconocimientos por sus servicios en el ejército, sino que además es el único soldado de la historia que fue capaz de ganarse una condecoración cuando se fue a cagar al bosque.

Milunka Savić la única persona del mundo que es igual de peligrosa sosteniendo ese fusil que agarrando un rollo de papel de váter. Imagen: Dominio público.


La decadencia de Yugoslavia

Viejos partisanos de la II Guerra Mundial se reúnen alrededor de la tumba de Tito.

Hay menos quince grados en Belgrado. Nieve por todas partes, hielo en cada esquina. Te puedes partir el espinazo como te descentres un segundo al caminar. Los autobuses han estado días sin funcionar. Un taxi tardaba ochenta minutos de media en recogerte. La ciudad colapsada. Se fue la calefacción en el barrio central y el responsable de Energía tuvo que ir a dar la cara al día siguiente en prime time en la televisión pública en una dura entrevista. Un pequeño caos.

Y en medio, los refugiados, cuyo flujo nunca se ha interrumpido; los que no querían dormir en los albergues recibían mantas y abrigos para pasar la noche en largas colas cuyas fotografías se han difundido por las redes sociales de toda Europa. El temporal ha sido tan duro que por las mañanas aparecían perros callejeros congelados por las esquinas.

Cuando haces el recorrido habitual del aeropuerto al centro de la ciudad el taxista, al ver que eres extranjero —no falla—, te señala con precisión dónde está el restaurante de los padres de Djokovic, héroe nacional. Luego pasa irremediablemente por delante del antiguo Palacio de la Federación, donde se hizo en 1961 la primera conferencia de los jefes de Estado y Gobiernos de la agrupación del Movimiento de Países No Alineados, pero ahí ya no dice ni moco. Serbia ya no es Yugoslavia.

Tampoco se pronuncia al cruzar con el taxi el río Sava por el puente Stari Savski. Lo construyeron los alemanes durante la ocupación, pero cuando estaban retirándose acosados por los partisanos decidieron volarlo. Sin embargo, un maestro de escuela que vivía al lado, Miladin Zaric, vio las cargas colocadas y cortó los cables de los detonadores. Fue el único puente de toda Europa, junto al de Remagen, que los nazis quisieron y no pudieron dinamitar. No te mencionará a este héroe de Yugoslavia. Al ver que eres español, te chinchará con Nadal.

El camino seguirá por la plaza Slavija hasta el antiguo edificio del Estado Mayor del Ejército yugoslavo, que es una ruina de escombros en el mismo centro de la ciudad. En el esqueleto que queda en pie todavía se ven los agujeros de los misiles de la OTAN que lo destruyeron en 1999. Es ahí donde quedo con Miguel Rodríguez Andreu, director de la revista Balkania, la empresa más duradera hasta el momento para acercar la realidad e historia de la región a nuestra lengua.

Los restos del ministerio contiguo han estado desde entonces al descubierto, cargados de simbolismo, pero por fin los están retirando, bajo la atenta mirada de un cartel mastodóntico de promoción de las fuerzas armadas serbias con una bella soldado saludando. A Miguel, que lleva aquí muchos años viviendo, le parece bien. Cree que ya es hora. Cambia la faz de la ciudad. Hasta hoy ha sido lo primero que veía el turista recién llegado. Eso condiciona cualquier experiencia, eclipsa los múltiples atractivos culturales y de todo tipo de la región y pone el foco en la guerra ante todo, explica. Basta ya de exportar esa imagen de muerte y destrucción. Sobre todo, porque de aquí emanó uno de los lemas ideológicos más nobles: «Bratstvo i jedinstvo» («hermandad y unidad»). Gran ejemplo para todos los pueblos del mundo.

Le pregunto si van por ahí los tiros con el nombre de su revista, Balkania, que me suena al viejo sueño de Tito de establecer una confederación balcánica que incluyera a Bulgaria, Albania e incluso Grecia. Hubiera sido una Unión Soviética del sur, pero se fue al traste, entre otros motivos, por el boicoteo que hizo Stalin de la política exterior yugoslava en los años cuarenta.

A Miguel le hace algo de gracia la comparación: «La gran diferencia entre Tito y Stalin en aquella época era la descentralización. Tito era muy consciente de lo ambicioso y arriesgado de su proyecto porque conocía muy bien la fortaleza de la nación. La II Guerra Mundial en Yugoslavia fue un conflicto ideológico, pero también una guerra civil, e incluso étnica. El genocidio de serbios a manos de croatas ustaše y las matanzas de musulmanes por serbios četniks fueron crímenes nacionalistas. Tito sabía que establecer un solo país era un desafío mayúsculo y, en parte por su ascendencia austrohúngara, quiso implantar un pequeño imperio, algo como la monarquía dual, pero en comunista».

La federación yugoslava se constituyó con seis naciones y el reconocimiento de las nacionalidades minoritarias albanesa, húngara, turca, rutena, romaní… hasta dieciocho, incluyendo la de los que se consideraban solamente yugoslavos. Una prueba de que no fue fácil establecer un armazón legal para esta complejidad étnica fue que se escribieron y aprobaron cuatro constituciones en treinta años. En el 46, 53, 63 y en el 74.

El motivo de tanta corrección del marco legal elemental fue que el rumbo del país nunca estuvo del todo claro. Yugoslavia fue más estalinista que el estalinismo hasta que rompieron con Moscú e iniciaron entonces una línea basada en un socialismo mucho más benevolente que el soviético. El invento no estuvo exento de duras purgas a los llamados estalinistas mientras en los demás países socialistas europeos se purgaba a los acusados de titistas, pero marcó una línea que apreciaron en Occidente.

Este nuevo modelo contó con la ayuda y financiación estadounidense, del FMI y del Banco Mundial. Pero cuando, llegado el momento, en los sesenta, la evolución económica y social lograda precisó reformas democráticas que, como señaló el historiador François Fejtö, ya no podían ser solo teóricas como hasta entonces, Tito echó el freno y reculó. Yugoslavia era un carrusel de emociones políticas un tanto impredecibles.

Stari savski most, el puente viejo sobre el Sava en Belgrado.

No obstante, durante esos primeros años de comunismo picapedrero, el nivel de vida alcanzó cotas hasta entonces nunca soñadas. Tal y como cuenta Miguel: «En esta parte del mundo, en la primera mitad del siglo XX, vivieron las guerras balcánicas, luego en la Primera Guerra Mundial se perdió un tercio de la población y, después, en la Segunda Guerra Mundial, murió la octava parte. Fueron cincuenta años de historia terroríficos. No hay una familia que no tenga muertos en alguna de esas guerras o directamente en todas. No encontrarás a nadie que no estuviera afectado. Por eso, lo que vino después con Tito fue una bonanza económica con la que en solo diez años, entre los cincuenta y sesenta, las condiciones de vida multiplicaron sus niveles».

A finales de los setenta, por el contrario, el desarrolló económico se estancó definitivamente y rápidamente el país enfiló la cuesta abajo. Por primera vez empezó a haber problemas para pagar la deuda externa y la productividad no respondía. En estos años, el déficit del país se llegó a cubrir en un 60 % con las remesas que enviaban los trabajadores en el extranjero, detalla Miguel.

Nevenka era economista en los ochenta, ahora está jubilada. Pero no guarda un recuerdo especialmente malo de esa década, para ella lo realmente duro llegó después, en los años noventa, con las guerras de secesión. En cualquier caso, me cuenta: «En los ochenta, los sueldos empezaron a ponerse un poco inestables y yo lo que hacía, cuando podía, era irme a Turquía y a Hungría a comprar ropa y productos de limpieza que luego vendía en Belgrado, donde no había o escaseaban».

Otra mujer jubilada, Marija, coincide en que lo grave de verdad fueron los noventa, en los que estuvo varios años yendo a trabajar sin cobrar ni un solo mes, pero sin poder abandonar su puesto de trabajo para poderse luego jubilar. Ella recuerda: «En el 84 me casé y todavía podíamos coger un crédito para un piso, no estaba mal. Aunque mi primo por aquel entonces se iba a Turquía a traer gasolina, que no había. A los que nunca les faltaba nada era a los que estaban relacionados con el partido o trabajaban en fábricas controladas por los sindicatos estatales. A ellos les daban carne, aceite… Eran los únicos que en sus casas siempre tenían detergente, por ejemplo».

Pero la crisis en los ochenta era en todo el mundo socialista, no solo en Yugoslavia. Marko, un obrero de cincuenta años, en la época, cuando escaseaba el trabajo, cogía la furgoneta y se iba a Rumanía a vender productos básicos: «Yo era contrabandista, pero de pimienta [se ríe]. Llevaba pimienta a Rumanía porque allí sí que no podían comprar nada. A los guardias de fronteras les sobornaba con queso. Una vez uno me pidió algo más, yo no tenía nada que darle, y se conformó con mi chaqueta. Con eso ya pude cruzar. Con otro policía de la aduana hice amistad y un día me pidió que le trajera algo a su hijo. No entendí muy bien lo que pidió, porque nos comunicábamos como podíamos en dos idiomas distintos, pero le llevé chicles y chucherías. Al llegar, el policía me estaba esperando con él en la frontera y el crío se llevó un disgusto. Lo que me había pedido era ¡pašteta! [paté]. El chaval lo que quería era comer paté».

«Dinero no faltaba, pero había problemas para comprar lo que necesitaras —sigue Miguel—; los húngaros iban a Subotica, en el norte de Serbia, a comprar lo que no había en Hungría, y los yugoslavos se movían de república en república, o iban a Budapest, Tesalónica o a Trieste porque ahí sí contaban con otros productos que no encontraban en su propio país. El caso más paradigmático que describe muy bien toda esta situación es cuando se celebraron los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo. Muchas tiendas de Yugoslavia se quedaron vacías para suministrar a la capital bosnia. Estabas en Belgrado, tenías dinero, pero no podías comprar papel del WC. Eso sí, en los noventa ya no hubo ni bienes ni dinero».

Le pregunto a Jasna, de veintiocho años, cómo recuerda su infancia en esa década maldita, los noventa, si es cierto lo que dice Miguel, y sí. Lo confirma: «Lo que nunca olvidaré de la carestía que hubo de todo eran los chicles Orbit. Aquí, al ser de importación, eran carísimos, prohibitivos, un paquete costaba un salario, pero había gente que los traía del extranjero de contrabando. Entonces, por la calle te encontrabas a los traficantes de divisas, de marcos alemanes y dólares, que iban por las esquinas diciendo “Devize, devize”, que parecía un zumbido de moscas, y entre medias salía otro “Orbit, Orbit, Orbit”, que traficaba con chicles. Así estábamos».

Sin embargo, Miguel considera que el trauma de la guerra de los noventa ha sido muy dañino por motivos obvios, pero muy especialmente porque ha impedido ser autocríticos con los problemas económicos que venían ya de los setenta. «No hay más que ver toda la excelente cinematografía yugoslava —explica—, localizaciones más y más decadentes, en la que los guiones no pueden eludir la picaresca, la pequeña corrupción y el tráfico de influencias que se iban extendiendo por la sociedad».

Miguel de repente para un momento, piensa, y matiza: «Pero, claro, a veces es cierto que no les queda otra que hablar bien del régimen, les había proporcionado mucho. Ahora hay, por ejemplo, muchos jubilados que han pasado más tiempo como pensionistas que trabajando. También los permisos de maternidad eran largos, y siguen siendo de los más amplios de Europa. Cuando empezaron las movilizaciones en los países socialistas, aquí hubo huelgas, pero el nivel de agitación social no llegaría a ser tan alto hasta finales de los ochenta. Hay, de hecho, un vídeo de una exposición que hubo en el Museo de Historia de Yugoslavia, el que está anexo al mausoleo de Tito, donde se ve a un periodista durante los ochenta entrevistar a la gente por la calle en esa época y preguntarles si creen que se merecen lo que tienen… y los entrevistados dudan [risas]».

La yugonostalgia actual es un fenómeno apreciable en todas las antiguas repúblicas. En Belgrado hay varios restaurantes decorados al estilo partisano, con carteles comunistas, donde no faltan referencias a la guerra de España, y bustos de Tito en cada estantería. El último de estas características que ha abierto, en el bohemio barrio de Savamala, se llama directamente SRFJ (República Socialista Federativa de Yugoslavia) y tiene seis mesas, una por cada república con el nombre y el mapa de cada una. Los propietarios son un bosnio y un montenegrino, que me dicen: «Cuando hay un cumpleaños o algo así, tenemos que juntar todas las mesas, entonces tenemos la Yugoslavia unida otra vez y ahí tenemos la señal de que eso es un fiestón».

Quizá Croacia pueda ser la más reticente a este tipo de guiños al pasado, pero si buscas un bar en Zagreb a altas horas de la madrugada verás que en los flyers y carteles el atractivo que destacan de cada local es que pinchan yugo-rock, grupos de punk y nueva ola de los ochenta que en Yugoslavia fueron prácticamente coetáneos a los del Reino Unido.

Un chaval visita la tumba de Tito con su padre en Dan mladosti, el viejo Día de la Juventud que supuestamente coincidía con el cumpleñaos de Tito.

Entonces, ¿qué pasó? ¿Por qué tantos sectores se refugiaron en el nacionalismo cuando vinieron mal dadas y acabaron reventando el país? Miguel cree que en tan poco tiempo la sociedad no pudo cambiar tanto como para crear un hombre nuevo, socialista y yugoslavo, que nada tuviese que ver con el pasado: «Hay que tener en cuenta que Tito cogió un país en el que un 75 % de la población eran campesinos. Cuando luego ponía fábricas, lo hacía en el interior, lejos de las fronteras por si la URSS los invadía. No hay que olvidar que esa amenaza existió durante muchos años, y se cumplió en Hungría y Checoslovaquia, y fue utilizada para cohesionar a la población frente a un enemigo exterior que cada vez lo fue menos. Los trabajadores de esas factorías eran obreros industriales, sí, pero luego el fin de semana se volvían al campo. El vínculo con el pueblo nunca se acababa y por eso no se podía terminar de desactivar el nacionalismo étnico. Si hasta los trabajadores yugoslavos que fueron a Alemania como Gastarbeiters decían que sus vecinos se quejaban de que tenían el balcón lleno de pimientos colgados para hacer ajvar (una sabrosa salsa local). Eran trabajadores urbanos, pero su mente y costumbres seguían en el pueblo de origen».

En este punto, Nevenka me cuenta un chiste: «Preocupación en serbocroata se dice briga, en la época de Tito teníamos muchas: Bulgaria, Rumanía, Italia, Grecia y Albania [risas]. Pero quién nos iba a decir que la más gorda éramos nosotros mismos». No le falta razón, pero no solo por los manidos tópicos sobre los nacionalismos y odios atávicos de los Balcanes. El problema también estaba en la propia Constitución del país, que pretendía ser un impulso contrario, de conciliar diferencias, pero cuya lectura en el momento crítico estuvo caracterizada por sus ambigüedades y pasajes francamente contradictorios.

Isidro García está en Jordania trabajando con los refugiados sirios. Fue cooperante durante años en Bosnia y Herzegovina. Su tesis doctoral, presentada el año pasado, investiga la relación entre el derecho al desarrollo y el derecho de autodeterminación según el caso de la desintegración de Yugoslavia. Conoce muy bien la Constitución del 74 y decido pegarle una llamada: «Fue un tema de agria disputa —me comenta de entrada—. El prólogo decía claramente que eran los pueblos de Yugoslavia los que por su derecho de autodeterminación, que incluía el derecho a la secesión, libremente se agrupaban y creaban una comunidad federal y socialista. Ahora bien, eso era el prólogo, nada más».

El problema estaba en los principios ideológicos que habían inspirado el texto. Sigue Isidro: «Esa Constitución en su articulado asumía que el problema nacional ya lo habían dejado atrás. En la ideología marxista tradicional, la cuestión nacional se superaba con la creación de federaciones que avanzarían juntas hacia el Estado comunista. Había un principio y un final definido. No necesitaban mayores aclaraciones. Entonces se asumía que los pueblos ya se habían autodeterminado y esas repúblicas eran la expresión de su autodeterminación. Sin más».

A las guerras se llegó por muchos motivos más, pero uno de ellos, nada desdeñable, fue la interpretación de este texto, concluye: «Se distinguía entre nación, nacionalidades y minorías, pero todas eran, de acuerdo con el artículo 265, iguales, para no caer en el principio que tanto aborrecían de que hay pueblos inferiores a otros por su propia naturaleza. La disputa se articuló por tanto en torno a si el derecho a la secesión era tal, porque estaba en la Constitución, o no, porque estaba solo en el prólogo. Y, luego, ¿de quién era? Unos nacionalistas argumentaban que de los pueblos, cuyos límites no coincidían con las fronteras de las repúblicas que formaban Yugoslavia, y los nacionalistas a los que la división territorial les favorecía sostenían que ese derecho recaía en las repúblicas. Especificado no estaba nada, eso está claro. Tanto que al final tuvo que llegar la Comisión de Arbitraje de Badinter de la comunidad internacional y decidió que serían los límites de las repúblicas, y ese fue el criterio que se siguió. Pero no era nada fácil decidir si eran las repúblicas o los pueblos porque para la doctrina política yugoslava los pueblos ya se habían manifestado y su voluntad era unirse».

Había otro problema más en ese texto. Como apuntó en sus investigaciones publicadas en Balkania Antonio Moneo-Lain, actualmente en el Banco Interamericano de Desarrollo, la arquitectura estatal que diseñó estaba descentralizada hasta tal punto que vació de contenido al Gobierno federal. «Para un político yugoslavo de la época terminaba siendo más atractivo ser alguien en el Gobierno de la república, en Liubliana o Zagreb, que en el Gobierno de toda la Federación yugoslava. Cuando se dan esos desequilibrios es que algo pasa», advierte Miguel. A la hora de emprender reformas económicas en el momento en el que el país iniciaba la deriva, no hubo una dirección central que pudiera marcar una sola línea. Sin un poder ejecutivo real del Gobierno federal, los intereses de las repúblicas ricas eran contrapuestos a los de las menos desarrolladas. En consecuencia, los ochenta se caracterizaron política y económicamente por una gran parálisis.

En esos años, la brecha entre el partido, los burócratas y las élites, y el resto de ciudadanos no hizo más que acentuarse. Milovan Djilas, el viejo camarada de Tito, ya lo advirtió en su libro La nueva clase, donde denunciaba la aparición de una burguesía roja dominante equiparable a la capitalista. Los conflictos en el seno de la federación, antes de perfilarse las primeras independencias de Eslovenia y Croacia, tuvieron este signo. De hecho, las protestas más relevantes se llamaron «antiburocráticas». Pero quienes supieron explotar ese descontento fueron los políticos nacionalistas, que, con el apoyo recibido, ahora sí, encaminaron al país hacia la desintegración traumática.

Miguel cree que la clave estuvo después del 68. Tito a principios de los setenta confrontó las manifestaciones, pero también purgó a destacados líderes de la Liga Comunista, de corte liberal, sobre todo en Croacia y Serbia, como Miko Tripalo o Latinka Perović, y los sustituyó por gente del ala dura y autoritaria. El director de Balkania entiende que ellos, si hubieran seguido en puestos de importancia, podrían haber sido capaces de liderar la transición que, por otra parte, tuvieron que afrontar más tarde o más temprano todos los países socialistas europeos. Pero la oposición al socialismo solo la protagonizaron los nacionalistas. Nadie tuvo más fuerza que ellos en aquella etapa crítica.

Por eso es importante subrayar que la desintegración no fue inevitable. El italiano Alfredo Sasso, autor de una tesis sobre los movimientos no nacionalistas en Bosnia entre 1989 y 1991, me cuenta con un café que, en realidad, en las primeras elecciones croatas los nacionalistas ganaron por un estrecho margen. Hubo una resistencia, no suficiente, pero sí importante, a la sinrazón.

Sin embargo, con un discurso nacionalista en cada república, ya no hubo prácticamente nada que hacer. Aunque las conclusiones de su investigación coinciden con algo que me ha comentado antes Miguel: «Quizá no hubiera muchos yugoslavos a favor de Yugoslavia, pero muy pocos estaban en contra».


Goran Dragic, Luka Doncic y la mejor final de la historia del baloncesto europeo

Foto: Cordon.

Si vieron el partido, no creo que haga falta que les recuerde la jugada, pero como habrá quien estuviera a otra cosa —al fútbol, sin ir más lejos— se la describo brevemente: el esloveno Luka Doncic lucha por el rebote bajo su aro, lo atrapa de un salto, sale botando hacia su izquierda, luego hacia su derecha, cruza el campo entero dejando a sus rivales atrás y acaba machacando la canasta contraria con un grito de rabia. Imposible no recordar la misma jugada protagonizada por Pau Gasol en la final de la ACB de 2001 ante el Real Madrid. A favor de Gasol, que él medía 2,15 y Doncic supera por poco los dos metros. A favor de Doncic, que eso no era una final española sino europea y que no tenía veintiún años sino dieciocho.

Ese mate, que elevaba la ventaja de Eslovenia a los cinco puntos a mediados del segundo cuarto, fue lo que nos convenció a muchos de que estábamos viendo el mejor partido de la historia del baloncesto europeo. Teníamos motivos para creerlo desde antes incluso de que empezara, viendo las exhibiciones de Eslovenia ante España y de Serbia ante Rusia, pero aquello sobrepasaba cualquier expectativa, era de una belleza insuperable: las transiciones de Goran Dragic, que consiguió veinte puntos en un solo cuarto, la contundencia de Vidmar, la capacidad de Doncic para hacerlo todo bien… y enfrente la maquinaria serbia negándose a la rendición: triple de Macvan, triple de Bogdanovic, rebote de Ozmic o penetración imposible de Micic o Lucic. El resultado al descanso, 56-47, ya hablaba de la abundancia de talento y recursos ofensivos de ambos equipos. Lo que no sabíamos es que lo mejor estaba por llegar…

Cada generación tiene su propio partido estrella. Para muchos de los jóvenes —o ya no tanto— ese partido será la final de los Juegos Olímpicos entre España y Estados Unidos. Puede que la de 2008, por lo que tuvo de sorprendente, o la de 2012, por lo que tuvo de realmente competida. Para los que rozan los cuarenta, el referente es la mítica final del Eurobasket 1995 entre Lituania y Yugoslavia, aquel festival de juego que juntaba lo mejor de la década de los ochenta —Sabonis, Marciulionis, Kurtinaitis, Divac, Paspalj…— con lo mejor de la década por llegar —Djordjevic, Danilovic, Rebraca, Bodiroga…— y que acabó con Sabonis llorando en el banquillo escandalizado por el arbitraje y la postrera victoria yugoslava.

Teniendo en cuenta los años de plomo que asolaron después al baloncesto europeo, resultaba complicado suponer que volveríamos a ver algo así, una explosión tal de técnica, táctica y acierto. A la final de 2017 probablemente le falten nombres, por lo menos hasta que los Bogdanovic, Doncic y demás se consoliden como referentes universales. Es complicado competir con el carisma de los jugadores del 95, más teniendo en cuenta el contexto: Yugoslavia no había vuelto a competir en Europa desde las sanciones del 92 y Lituania no dejaba de ser una versión avejentada de la clásica Unión Soviética.

Sin embargo, el resultado, lo menos vistoso, fue lo que marcó la diferencia en forma de épica. Todos íbamos con Lituania en aquella final: tenía peores jugadores, lucharon contra un arbitraje infame y se presentía que podía ser la última oportunidad para ese grupo de jugadores de conseguir algo grande a nivel internacional —nos equivocábamos: al año siguiente fueron bronce olímpico en Atlanta—. La derrota de Lituania, o más bien la victoria del mejor Djordjevic que se haya visto nunca, nos dejó la frustración de la belleza no alcanzada, fugitiva. En 2017, no fue así. En 2017, la belleza culminó en algo parecido a la justicia.

El triunfo de los secundarios

Todo empezó cuando, a mediados del tercer cuarto, Goran Dragic empezó a sentir molestias y se fue al banquillo. Llevaba más de treinta puntos por entonces con casi medio partido por disputar. Si lo de Djordjevic había sido una exhibición memorable desde la línea de tres puntos, es complicado calificar lo de Dragic: penetraciones imposibles, paradas a tres metros echándose hacia atrás, triples bombeadísimos que siempre acababan dentro del aro… Dragic empezó a sentir los primeros calambres y Eslovenia pasó de ganar por trece puntos de diferencia a hacerlo por nueve, momento en el que el drama se disparó en una jugada absurda: balón dividido bajo el aro esloveno, Doncic salta para cogerlo o al menos despejarlo… y al caer pisa mal y se tuerce el tobillo.

Al instante, se ve que no es una lesión pasajera. Doncic se retuerce entre gritos en el suelo y se agarra el pie con las dos manos. Cuando los fisios le piden que apoye, le resulta imposible y tiene que irse al banquillo con una toalla para secar el sudor y las lágrimas. ¿Qué pierde Eslovenia sin Doncic? Todo. Lo pierde todo. Mates aparte, Doncic es un asesino silencioso. Una especie de Toni Kukoc algo más enérgico o un LeBron James menos exuberante. Doncic defiende como un animal, con su envergadura superior a los 2,10; puede hacer de base, de escolta y de alero; puede llevar a su rival al poste bajo o sacarle de posición para lanzar un triple; maneja todos los fundamentos de ataque y además es un reboteador excelso, el mejor de su equipo, con casi nueve capturas por partido.

Pero, sobre todo, Doncic es entusiasmo. Es adolescencia. Pese a sus dieciocho años, tiene los galones y la experiencia de alguien que ya lo ha ganado todo con su club, incluyendo una Euroliga que llevaba veinte años resistiéndose. Doncic celebra, Doncic contagia… y todo ello sin perder nunca la cabeza. Si sus compañeros no encuentran a Dragic, Doncic sabrá hacérsela llegar o elegir una mejor opción. Sin él se descompone el ataque y se descompone la defensa, porque, al igual que Ricky Rubio, el chico es capaz de tocar cualquier pase y completar cualquier ayuda.

Es el momento en el que los serbios aprietan. Aprietan sobre todo en el rebote, pese al deficiente partido de Marjanovic. Aprietan en defensa, con Stimac bordeando la legalidad ante una Eslovenia que solo tiene el recurso de los triples y aprietan en el lanzamiento exterior gracias a Bircevic pese al evidente cansancio de Bogdanovic. Al poco de empezar el último cuarto ya han empatado el partido y la dinámica invita a pensar en una victoria fácil, casi arrolladora, sobre todo cuando Dragic vuelve al campo y sus limitaciones lastran al equipo: balones perdidos, triples que no tocan aro y cara de pocos amigos.

Así que estamos de nuevo en 1995, en el David contra Goliat y en la conciencia de que toda la belleza de Eslovenia va a quedar en nada, expropiada de nuevo por Djordjevic, esta vez desde el banquillo. Vuelven también los propios fantasmas del pasado esloveno: su generación mágica, la de Lakovic, Lorbek, Smodis, el propio Dragic… perdió su gran oportunidad en 2009, cuando cayeron en semifinales ante Serbia después de exhibirse durante todo el partido y ver cómo sus jugadores clave caían lesionados. Esta vez, sin embargo, David se niega a rendirse. Doblan el esfuerzo defensivo, cierran el rebote como no lo habían hecho antes… A falta de Dragic encuentran a Prepelic, un tirador descomunal, y cuando Prepelic está sobremarcado aparecen Blazic o Muric o Cancar, que no anota un punto pero sabe guiar la nave en los momentos clave desde el puesto de base.

Encuentran también a Anthony Randolph, que de pronto se da cuenta de que su rol ya no es el que era y que necesita aportar más: fuerza faltas, anota tiros libres y da sensación de peligro constante. Sus 11 puntos complementan los 21 de Prepelic, convertido en el héroe de la final a los veinticinco años, recién fichado por el Levallois francés —el mismo equipo que ha rescatado al veterano Boris Diaw para el baloncesto europeo y que puede ser una de las grandes revelaciones de esta temporada— y junto a ellos, el resto no se corta, como buenos balcánicos. Compiten como animales, luchan por cada rebote, asfixian lo poco que queda de Bogdanovic y se llevan la victoria. La novena en nueve partidos, primera vez que alguien consigue algo así precisamente desde la Serbia de 1995. Como apunta el experto Iván Fernández Hevia, para encontrar un segundo precedente hay que remontarse a la URSS de 1967. Otros tiempos.

La despedida de Navarro, la apoteosis de Pau Gasol

Si nos estremece la juventud de Luka Doncic, también conviene asombrarse ante la longevidad de Pau Gasol. Después de un campeonato decente pero sin exhibiciones, Pau se dejó la piel en el partido por la medalla de bronce ante Rusia. Con treinta y siete años —más del doble que la estrella eslovena—, Pau acabó con 26 puntos, 10 rebotes, 3 asistencias, 3 tapones y esa sensación que deja en ocasiones de que no va a fallar ni un solo tiro decisivo. Cada vez que le buscaron sus compañeros, le encontraron, fuera para abrir ventaja en el marcador, como en la primera parte, o para sofocar la rebelión rusa de la segunda parte, cuando llegaron a colocarse a dos puntos.

Que Gasol es el mejor jugador del baloncesto europeo ya es difícil de discutir. No entro en comparaciones con otros jugadores que han triunfado en la NBA como, sobre todo, Dirk Nowitzki o Tony Parker. A nivel de selecciones no ha habido nunca nadie como Gasol, capaz de ganar tres oros europeos, uno mundial, dos platas olímpicas y otras cuatro medallas en distintos torneos. A los propios Nowitzki y Parker les ha frustrado una y otra vez con actuaciones soberbias. Todo empezó en Estambul hace la friolera de dieciséis años con una exhibición en el partido por el bronce ante Alemania —30 puntos y 10 rebotes— y todo acaba, quizá, con otra exhibición en el partido por el bronce ante Rusia. En medio, ni un solo momento de respiro: desde 2006, Pau ha jugado todos los torneos internacionales menos el Europeo de 2013.

Es cierto que esta vez Pau no fue suficiente para ganar el oro, pero lo fue para el bronce, un metal que no hay que desdeñar teniendo en cuenta que ahora mismo Eslovenia está un peldaño por encima de todo el mundo y Serbia probablemente tenga un equipo más equilibrado. En España nos vamos a tener que acostumbrar a celebrar estos pequeños triunfos en vez de lamentarnos por las derrotas lógicas. El equipo estuvo descompensado en Turquía y no tiene pinta de que la cosa vaya a mejorar: tras las lesiones de Llull y Abrines, España quedó con una línea exterior formada por Ricky Rubio, Guillem Vives, Fernando San Emeterio, Joan Sastre, Juancho Hernangómez y un Juan Carlos Navarro que en realidad solo iba para despedirse y se encontró de titular en ocho partidos, demasiados para su maltrecho físico.

El único exterior que cumplió sin matices fue Sergio Rodríguez. Probablemente, junto a los dos hermanos Gasol, el mejor de la selección española. De hecho, incluso con los Gasol en pista, resulta complicado pensar que España pudiera haber ganado a Turquía, Alemania y Rusia sin la explosividad y la inteligencia del Chacho. Su torneo fue excelente, tanto anotando como dirigiendo, una muestra de madurez que le llega a los treinta y un años, de vuelta de la NBA y a punto de intentar hacer olvidar a Teodosic en el CSKA de Moscú, una tarea casi imposible. Con esos mimbres, el bronce no es mal resultado. Se pudo jugar mejor, pero el equipo pareció muy cansado en demasiadas ocasiones y sin muchas ideas: ataques larguísimos que acababan con un tiro a la desesperada al borde de la posesión. Probablemente, tras la retirada de Navarro, sea la hora de la revolución, de prescindir de Scariolo y de confiar en los chavales que nos tienen que dar la clasificación para el Mundial de 2019, el próximo gran evento internacional. El problema es que, igual que todos sabemos que lo que viene será distinto, también sabemos que será peor. ¿Qué entrenador mejorará al italiano, ganador de seis medallas en siete campeonatos disputados? Habrá que buscarlo.

La emergencia letona dentro de una cierta mediocridad

Quitando a los cuatro semifinalistas, solo es posible hablar de una gran selección: la Letonia de Kristaps Porzingis. Con un baloncesto agresivo y sin complejos, los letones se plantaron en cuartos de final con gran facilidad y solo tuvieron la mala suerte de enfrentarse a una Eslovenia en estado de gracia. De haberles tocado el otro lado del cuadro, no habría sido extraño encontrarles en la final. Si Porzingis mantiene el compromiso, lloverán las oportunidades de triunfo en el futuro.

Del resto, poca cosa: Croacia, como siempre, empezó bien y acabó muy mal, agarrándose a su propio Bogdanovic como único recurso. Grecia e Italia lucharon dentro de sus posibilidades y alcanzaron unos meritorios cuartos de final, pero echaron demasiado de menos a sus grandes estrellas: Giannis Antetokounpo, el jugador más americano del baloncesto europeo, y Danilo Gallinari, que se lió a puñetazos en un partido de preparación y condicionó todo el trabajo de Messina y sus compañeros. Aun así, y agarrándose a su defensa, los dos equipos compitieron y eso es de agradecer.

Alemania mostró algunas cositas interesantes: a Schröder, por supuesto, aunque ya le conocíamos de Atlanta y no fue ninguna sorpresa, pero también a Theis, un ala-pívot que igual puede jugar por fuera que por dentro y que tiene una pinta estupenda porque parece tener la intensidad de la que siempre carecieron los Jagla o Benzing de turno. Turquía decepcionó y Finlandia nos mostró su futuro en forma de Lauri Markkanen, que justificó su elección en la séptima posición del pasado draft y del que se esperan grandes cosas en los Chicago Bulls. A sus veinte años, el finlandés es capaz de jugar en cualquier posición, una especie de Doncic más alto y quizá con una técnica menos pura.

La gran decepción fue Francia, ese equipo sin términos medios. Después de arrasar en la preparación, se llevó el primer tortazo perdiendo precisamente contra Finlandia en el primer partido del torneo y estuvo a punto de llegar al ridículo contra Polonia, aunque el empuje final les mantuvo en el campeonato. Cuando todos pensábamos que llegaba el momento de tomárselo en serio, fueron incapaces de toserle siquiera a Eslovenia, perdiendo en ocasiones por treinta puntos de diferencia. El único que lo intentó fue Diaw. Del resto de estrellas —Lauvergne, De Colo, Heurtel, Jackson…— no se supo nada y peor aún fue lo de Evan Fournier, un aceptable jugador en la NBA empeñado en parecer un macarra en Europa y que acabó el torneo descalificado por los árbitros en la enésima gresca.

En definitiva, fue un torneo de altibajos porque tres semanas y veinticuatro equipos son muchísimos. Vimos cosas maravillosas junto a partidos perfectamente prescindibles. Las numerosas bajas de jugadores de la NBA sirvieron para ver crecer a figuras del futuro sin bajar en ningún momento el nivel ni el espectáculo. Para rematar, el ganador fue el mejor, el que más se lo merecía. Después de los cambios de la FIBA, tenemos por delante dos años en blanco hasta que volvamos a ver a los mejores competir entre ellos. No sé a quién se le ocurrió pero no parece una idea brillante. Y si no me creen a mí, crean a Ettore Messina.


Kustendorf 2016: Con Matteo Garrone, Jacques Audiard y Corneliu Porumbiu a -17 grados

Iglesia de Foto: Álvaro Corazón Rural.
Iglesia de Drvengrad. Foto: Álvaro Corazón Rural.

En las montañas de Mokra Gora, en Serbia pero con el roaming del móvil conectándose con Bosnia, está el pueblo de Drvengrad. Es el decorado en el que Emir Kusturica rodó La vida es un milagro, pero con los años se ha convertido en un lugar de peregrinaje turístico en el que el director ha dado rienda suelta a todas sus obsesiones. Hay una plaza de Maradona, efigies de Fidel Castro y Yuri Gagarin por las esquinas. Murales de Fiodor Dostoievski en toda una fachada y una cárcel del pueblo con George Bush Jr. y Javier Solana tras las rejas. Prueba a pedir una Coca-Cola en el restaurante o la cafetería, verás qué cara te ponen. En fin, todo en general es un totum revolutum de imaginería que al fin y al cabo ha puesto en el mapa este pequeño lugar y que sirve de escenario para la celebración del Festival Internacional de Cine de Kustendorf, que este invierno ha cumplido su novena edición.

Las jornadas están orientadas a los estudiantes de cine. Se conciben como una oportunidad de charlar con los mejores directores europeos y del resto del mundo. Para los periodistas, el valor del evento reside en que, entre orquesta de gitanos y licores varios mediante, uno puede terminar hablando con los directores invitados con toda naturalidad y sin cortapisas. Digamos que es un festival cálido, aunque este año el termómetro marcara -17 grados a las diez de la noche el segundo día.

Basile fue un escritor del siglo XVII. En sus cuentos creó personajes como el ogro, el Gato con Botas, la Bella Durmiente o la Cenicienta. Sin embargo, esos personajes se han terminado convirtiendo en los protagonistas de los cuentos infantiles clásicos. En su día, esto no era así ni mucho menos. El sexo y la violencia, con brutalidad gore, eran sus ingredientes: «A Giambattista Basile, aunque es uno de los mejores escritores, un clásico, desafortunadamente muy poca gente le conoce. Él escribía sus cuentos para entretenerse, era pura diversión, para él y para los miembros de la corte. De hecho, fue su hermana la que publicó sus libros, en vida él no sacó nada. Luego cuando apareció una edición alemana de su obra los hermanos Grimm escribieron un prólogo subrayando la importancia que la obra de Basile tenía para ellos».

Una película, El cuento de los cuentos, que conecta con su trabajo anterior, Reality, tan distintos a priori, porque, según explica, «ambas son historias sobre amor y obsesión». Con la salvedad de que el personaje de esa película sobre la televisión moderna estaba basada en hechos reales, en un caso tan cercano como que ocurrió en su familia: «Para Reality me inspiré en el hermano de mi mujer. La crítica se confundió, se pensaron que era una película sobre Gran Hermano, pero no era el caso. Lo que quise mostrar es cómo en nuestros días una persona puede echarse a perder por perseguir unos sueños artificiales. Y no solo él, también todos los que están alrededor, sus familiares, le empujan a que sea famoso para tocar también ellos algo de esa gloria. Para mí era más interesante ese viaje psicológico que puede recorrer hasta perder su identidad que los propios realities de la televisión como tales. Todo el mundo tiene sueños que pueden convertirse en pesadillas, pero hoy existe esa filosofía de que si no sales en televisión es que no existes».

Aunque no vea la televisión, por lo que no podíamos dejarle de preguntar era por la adaptación de Gomorra a la pequeña pantalla que Nacho Carretero calificó en esta casa como «sublime». A Garrone le ofrecieron el proyecto, pero no quiso aceptarlo: «Después del éxito que tuvo mi película no acepté hacer también la serie porque no quise volver al mismo tema, para mí era difícil volver a ese sitio y ponerme a rodar otra vez lo mismo. Pasé. Pero creo que es una gran idea haber hecho la serie, eh. De hecho, cuando leí el libro, antes de que las series fuesen tan trendy, en 2006, vi que una serie era el formato ideal para esa historia, era la mejor forma de desarrollar todo lo que hay en el libro».

Matteo Garrone. Foto: Álvaro Corazón Rural.
Matteo Garrone. Foto: Álvaro Corazón Rural.

Ahora se dice que las series son el nuevo cine, pero Matteo no tiene una opinión formada sobre el fenómeno: «No puedo participar del entusiasmo de la gente por las series, no sé por qué, la verdad es que cuando era chaval sí que seguía con atención la serie Heimat, alemana, pero ahora no sigo ninguna. Creo que suponen una forma interesante de poder contar una historia porque puedes desarrollar más el personaje». Pero en Italia cada vez se hacen más series sobre la mafia, como El capo dei capi en 2007, la aludida Gomorra o Romanzo Criminale. ¿Por qué? pregunto: «Pues porque funcionan, porque le gustan a la gente, el problema que tengo yo es que cuando algo se pone muy de moda prefiero ir en la otra dirección (risas)».

Entonces, tenemos que entender que su Primo amore, en la que un hombre obsesionado con la perfección obliga a su mujer a no comer con régimen salvaje, una tortura, para que sea ideal, no era tampoco un film de denuncia de la presión que sufre la mujer por cuestiones estéticas, entre otras muchas: «En lo que yo estaba interesado era en el cuerpo, es una obsesión para mí, con esas metáforas sobre Cristo y un punto sadomasoquista, pero no puedo comentar mucho porque esta historia fue muy dura, una película muy dolorosa que no he vuelto a ver. En Italia a mucha gente le encanta pero mucha otra la odia».

Jacques Audiard.

Jacques Audiard. Foto: Álvaro Corazón Rural.

La cinta dura casi dos horas, como De óxido y hueso, su anterior trabajo que estuvo nominado a los Óscar, y su reconocida Un profeta dos horas y media. En estos tiempos en los que cada vez es más difícil que alguien fije la atención tanto tiempo sobre una misma historia es interesante conocer la opinión de Audiard sobre el fenómeno, pues va completamente contracorriente: «Es cierto que cada vez queda menos gente que preste atención durante más de dos horas. Antes no era así. También, si pones a un chaval de hoy a ver películas en blanco y negro dudo mucho que las soporte, sería casi imposible que las acabase. Soy plenamente consciente, pero sería un lunático si tratara de corregir esto».

Y en su último trabajo también ha recurrido a técnicas similares, no tan explícitas, para adaptarse a los nuevos tiempos: «Con Dheepan hemos hecho como un videojuego, si te fijas el protagonista va subiendo niveles, como pasándose las fases de un juego. Incluso también mezclo géneros y hay un momento, que fue idea mía y estoy muy orgulloso, en el que el protagonista pinta una raya blanca en mitad del patio para dividir el barrio en dos, y con eso lo que quise marcar fue el cambio de un género a otro. Y estoy muy contento ¡al final no soy tan mal guionista! (risas)».

A Audiard le han acusado en su último trabajo de mostrar una Francia muy degradada, barrios conflictivos que hace años que ya no lo son, y que encima da una visión idílica de Gran Bretaña en comparación. Con el nacionalismo hemos topado: «Siempre me han criticado por meterme con el Estado francés, pero yo no hago documentales. Aunque el actor principal de Dheepan, que no es profesional, me dijo que la historia de esta película venía a ser la historia de su vida».

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Emir Kusturica con Corneliu Porumbiu. Fotografía cedida por Kustendorf Film and Music Festival.

En Kustendorf presentó su última película, Comoara (El tesoro), sobre la búsqueda de un tesoro que habían enterrado en un pueblo antes de la instauración del régimen comunista: «Originalmente era el proyecto de un amigo, lo iba rodando poco a poco porque no tenía dinero, y cuando vio que no iba a ser capaz me decidí a ayudarlo. Cogimos un detector de metales, como los que lleva la gente en la playa, nos pusimos a ello y no encontramos nada (risas), por eso me decidí a filmar la película».

De sus trabajos relacionados con el sistema comunista y sus huellas destacó también en su día Politist, adjectiv, sobre una investigación policial. Llamaba mucho la atención porque parecía pretender abrir un nuevo género de cine negro, el del este de Europa, donde no hay glamour ni femmes fatales, donde el caso en el que trabaja el detective es tremendamente aburrido: «Es que cuando me puse a ver cómo era la vida de los policías en mi país me di cuenta de que era muy burocrática, en realidad se pasan la vida rellenando papeles, y eso es lo que quise plasmar».

Aprovechamos para sacar a colación la entrevista que le hicimos a Francisco Veiga, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, en la que explicaba que en estos países el comunismo gozó de cierta aceptación porque permitió a los hijos de los campesinos ir a la universidad e instalarse en las ciudades con todos los honores, pero nos lo desmitifica también: «Sí que se produjo un flujo importante de población del campo a la ciudad, como en cualquier revolución industrial, pero fue un cambio, al contrario que en otros países, muy poco natural, muchos de los que venían de los pueblos siguieron llevando en realidad la misma vida, tenían animales en los pisos y cultivaban los jardines que estaban alrededor de los bloques (risas)».

La novena edición de Kustendorf ha sido un excelente escaparate de la cinematografía actual, de esa que los organizadores quieren llamar «desconolonizada», pero la película más conmovedora se proyectó al final. Fue Blanka, del japonés Kohki Hasei. Rodada en las calles de Manila, Filipinas, trata de la peripecia de una niña huérfana entre los niños de la calle, carteristas y rateros, pedigüeños en el mejor de los casos. Realizada prácticamente sin actores profesionales, antes de llevarla a cabo su director estuvo meses vagando por las calles de esta ciudad hasta dar con el tema que quería para obtener la financiación que puso a su disposición la escuela de la Biennale de Venecia, ciento cincuenta mil dólares. La niña protagonista la encontraron cantando en YouTube y su compañero, un ciego que pide en las calles tocando la guitarra, falleció al poco de terminarse el rodaje. Hasei escribió las letras de las canciones que cantaba en japonés, se las tradujeron al inglés y de ahí al tagalo. Preguntado por los alumnos de cine reunidos por Kusturica en Drvengrad por su secreto para firmar tamaña maravilla, fue parco en palabras, «ser uno mismo, nada más», y tierno: «pero yo no soy un maestro, solo un little chicken».

Kohki Hasei.
Kohki Hasei. Foto: Álvaro Corazón Rural.

Hasei presentó aquí su película con todos los honores porque ya había sido premiado años atrás en este festival en el certamen de cortos. Este año ganó Wartburg, del húngaro David Borbas, sobre un atraco cometido por unos desempleados. Aunque a quien esto escribe le fascinó el cortometraje iraní Unknown, sobre dos policías que tienen que enterrar el cadáver de un suicida, pecado grave en el islam, y nadie quiere que lo hagan en su pueblo o en sus tierras. Y la representación española, Nothing Stranger, del español Pedro Collantes, un relato sobre amistad y pérdida rodado en el sur de China en parajes privilegiados acreedor de las virtudes propias del nuevo cine oriental. El argumento, sobre una china francesa o viceversa que vuelve a su país y choca con los contrastes y la sensación de no pertenecer ni a Europa ni a Asia. Ya lo hablamos aquí en su día en clave española

Después de cada jornada de películas había programada una actuación musical siguiendo los criterios del festival. Hubo punk rock de la antigua Yugoslavia, Partibrejkers, trompetas moldavas, Adam Stinga, la banda que ganó el festival de la trompeta de Guca el año pasado, quizá el más desmadrado de Europa sin que suene un solo acorde de rock o disco de música electrónica, la Dejan Lazarevic Orchestra, y entre otros, el grupo armenio Reincarnation, todo un descubrimiento. Tocan reggae y ska, con trompetas por supuesto, y no perdí la ocasión de ver cómo terminaron tocando esos estilos en Ereván. La respuesta seguía la línea de lo que ya contamos en la entrevista a la periodista Virginia Mendoza sobre este país: «Es que el reggae es música muy armenia«, dice Tigran, uno de los trompetistas, «¿de dónde la sacaron los jamaicanos? De Etiopía, donde en los tiempos del emperador Haile Selassie había muchos armenios, son dos culturas muy cercanas la etíope y la armenia».

Tigran se despidió de mí contándome un chiste armenio sobre españoles: «Van un azerí, un georgiano, un armenio y un español en un coche, paran, y le dicen al español: bájate, tú no eres de este chiste». Por lo pronto, si nos seguimos esforzando en consumir la cultura de un solo país de los casi doscientos que hay en el mundo, el chiste tendrá rango de profecía.

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.


Anatomía de una tragedia balompédica

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.

Admito que me pierdo con los análisis del fútbol que se hacen ahora. Da la impresión de que la gente ha estudiado cinco años de carrera para poder entender un partido. En las tertulias de bar, donde antes se expelían trozos de boquerón y cacahuetes cuando se gruñía algo sobre el equipo que se defendía, ahora tenemos intelectuales franceses de izquierda que se colocan la melenita en cada verso sobre un asqueroso córner. ¿Es posible que haya gente pensando que va a follar por su dominio del tema de los movimientos sin balón del Levante, por ejemplo? Parece que sí.

Y tampoco me divierte mucho ya este fútbol neoliberal que se hace ahora. Todo con pases al hueco para que no corten los rivales, chutando a puerta perfectamente colocado para que no la alcance el portero. Si no te gusta que el otro equipo le dé a la pelota vete a jugar solo. Sería más pobre, pero era mucho más emocionante el fútbol de los primeros cristianos. Rifando cada balón, que tanto tu compañero como el oponente tengan siempre oportunidad de darle a la pelota. Todos iguales ante el pase, todos iguales ante la ley, todos iguales a los ojos de Dios.

Del estadio no tengo nada mejor que decir. Cuando iba de adolescente a uno de los campos de mi ciudad la ilusión era hacerse rápidamente con la revistilla sobre el partido para hacerla pedazos y lanzarla a la salida de nuestros chicos del túnel de vestuarios. ¿Leerla? ¿Qué ibas a leer sobre fútbol? ¿Que el balón es redondo? Ahora, la verdad es que ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que fui al Santiago Bernabéu. Creo que fue un partido contra el Mallorca con Vanderlei Luxemburgo asombrando al mundo con su cuadrado mágico. Y el problema no fue que el dibujo en cuestión tuviera nombre de lema de los Power Rangers, sino sus integrantes. Recuerdo a Roberto Carlos, Baptista y Ronaldo hacer una tontuna celebrando un gol con la que el club me obligó a colgar las pipas hasta hoy. Pocas semanas antes habían hecho la cucaracha, creo recordar. Con lo que me obsequiaron a mí no sé lo que era, pero pensé que el espectáculo ganaría si les dieran la suerte de varas en ese mismo instante.

Tampoco tenía con quién comentarlo aparte de mi acompañante. A los lados tenía turistas. Enfrente, calefacción. Y detrás, una pecera con demócratas centrados viendo el partido por televisión comiendo jamón. ¿Para eso vas al campo? Yo vine al fútbol en el gallinero, grada de pie, entre botellas de calimocho, hachís y tortillas de patata. Éramos feos. Vestíamos mal. Llevábamos walkmans muy grandes y sin autoreverse. Pero con quién casaría usted a su hija, con alguien como nosotros con su plumífero y su chándal de táctel o con un tío que es un prodigio de la elegancia pero que en el fútbol parece que va a romper a gritar: ¡Qué diría Lacan de ese pase! Piense en las Nochebuenas.

El caso es que perdida la fealdad tanto en la grada como en el juego, con los años me he ido borrando y a mí difícilmente se me ve delante de tíos sudorosos en calzoncillos antes de las semis de la Champions. Y en el estadio ya pueden hacer naumaquias que tampoco me van a ver el pelo. No obstante, paradojas de senectud, ahora vivo en Belgrado y una de las mayores ilusiones que tenía desde que llegué, así es la vida, era ver un partido de fútbol en directo digno de tal nombre.

Tampoco de mucho nombre, el llamado «derbi eterno» entre el Estrella Roja y el Partizan no tendría huevos. Pero tampoco un encuentro de liga contra el Metalac (fábrica de cacerolas) de Gornji Milanovac (Milanovac de arriba) que si tiran por encima del larguero el balón se va a un sembrado. Ya saben que uno de los posibles motivos de la conspiración internacional que desintegró Yugoslavia era anular su abrumadora competitividad deportiva para que el reparto de títulos cayera en selecciones fascistas y clubes capitalistas. Imaginen a Suker, Mijatovic, Savicevic, Boban, Stojkovic, Salihamidzic, Mihajlovic durante los noventa en la hermandad y unidad de una camiseta plavi y entrenados, como decía un amigo mío, por Zeljiko Obradovic. Sí, el de baloncesto ¡qué más da! Ahora, con al año media docena de partidos de liga con un mínimo nivel en cada república poco hay que rascar a largo plazo.

Al final me fui hace unos días a un partido del Partizan en la Europa League. Era el decisivo del grupo L. Habían palmado inmisericordemente sus dos encuentros ante el Athletic de Bilbao, pero le habían ganado los dos al AZ Alkmaar y le habían metido un 1-3 al Augsburgo en su casa. Si no perdían de dos, pasaban. Y llevaban mucho tiempo sin pasar. Concretamente, en 1990 llegaron a cuartos de la Recopa. En 2005, a dieciseisavos de la UEFA. Y todo lo demás había sido ser vapuleado en las liguillas. Algunas de Champions, sí. Pero vamos, que lo que mola en este deporte es pasar. ¡O no! Porque ahora también hay gente que te analiza esto desde sus profundos conocimientos de marketing con su MBA de diez mil euros y lo mismo es mejor para un club hacer el ridículo en la fase de grupos de la Champions para sanear las cuentas que pasar de ronda en Europa League. Nosotros, en la estricta observancia de los borrachos de los bares, que no gritan agitando el puño en lo alto celebrando que su equipo ha metido tres cuartos de entrada en el campo a veinticinco euros cada una con Danone patrocinando siete vallas, sino que su equipo mete un gol, aunque sea con el pompis, y pasa de ronda, nos quedaremos con que eso es lo bueno. Al menos, la hinchada del Partizan era de mi parecer y lo probaba que estaba bastante cachonda con la posibilidad.

Según me contó mi acompañante, en día de partido a un kilómetro del campo no se puede beber alcohol. Policías vestidos de Robocop, había uno en cada esquina desde más lejos de un kilómetro. Me instó a hablar fuerte en inglés para que no nos quitasen nuestras latas de Jelen y nuestras botellitas de Vinjak, una especie de coñac local bastante bueno. La verdad es que no hacía falta tajarse demasiado antes de entrar al estadio porque hacía calor para lo que es diciembre en esta ciudad, unos dos o tres grados. Con eso aquí bailan bachata.

En los alrededores del estadio encontré algo que me recordaba a mis tiempos mozos, cuando el fútbol era también gastronómico. Había un olor a parrilla que impregnaba el aire de toda la manzana. La gente se comía de pie, apretados en la acera, sus pljeskavicas. Se trata de una hamburguesa que no cuesta más de dos euros al cambio con un trozaco de carne de doscientos cincuenta o trescientos gramos, que a su vez puede estar relleno de beicon o de beicon y queso, depende de cuántas temporada de su equipo quiera ver el cliente estando presente en este mundo.

Entramos al gol norte del Stadion Partizana. Mucho mejor antiguamente cuando se llamaba Stadion JNA, Estadio del Ejército Popular Yugoslavo. En el sur estaban los Grobari, los temidos ultras del Partizan, cantando tonadillas de punk rock que sonaban por la megafonía del estadio. Parece que la hinchada tiene un pasado o un origen street punk, me contaron, pese a haber sido el equipo del ejército. A mi derecha había veintipico metros de grada vacía con un cordón policial separándonos de los hinchas alemanes. Llevaban banderas rojas, verdes y blancas, los colores del Augsburgo, y también casualmente de la bandera de un país vecino, por lo que les gritaban cada vez que las ondeaban «búlgaros», y muchos adjetivos detrás que no reproduciré para preservar la paz entre los pueblos.

Los Grobari sacaron una pancarta gigante en la que se leía «Povratak Otpisanih» (el retorno de los borrados, o dados de baja), una popular serie de televisión de los setenta. Actualmente la televisión estatal da un episodio cada mañana a eso de las ocho y en HD sobre la ocupación de Belgrado por los nazis y la resistencia comunista. No sé si sabrán que a lo largo de la historia el objetivo de los alemanes y los austriacos ha sido que Serbia no tenga más tamaño que la Alcarria, algo que parece que están consiguiendo a día de hoy. Pues ese fue el leitmotiv para este encuentro. Siendo los serbios un pueblo que cada vez que se juntan tres personas se traen a colación media docena de frases de películas, el público no paraba de gritar a los alemanes citas de la serie de marras con gran cachondeo entre los presentes. Yo no me enteraba de nada.

Al iniciarse el encuentro, lo que son las cosas, fueron los civilizados, europeos y ecologistas alemanes que comen tofu los que encendieron una bengalas en su grada, una provocación de mucho cuidado, puesto que una de las obsesiones del Partizan en esa noche era que no se liase ni la más mínima trifulca por el qué dirán en altas instancias europeas. De sobra conocida es la fama de incidentes relacionados con el fútbol que arrastra esta región; fama en absoluto inmerecida. Esa noche había que comportarse como vírgenes en la ópera y, toma, antes del primer acto un alemán borracho te toca las tetas con las dos manos y te eructa en la cara.

Lo que ocurrió entones fue que, mientras miraba fascinado el humo rojo y a los alemanes haciendo el indio, un grupo de chavales saltó la valla de mi grada, corrió por la pista de atletismo, asaltó la de los alemanes y les quitaron las banderas, a las que prendieron fuego una por una durante la primera parte. No obstante, no tardó en haber buen ambiente porque Aboubakar Oumarou adelantó a los locales en el minuto once y la cosa pintaba bien. Los alemanes tenían que meter tres. Muchos.

¿Y qué pasó? Pues lo de siempre. Los alemanes se pusieron a jugar sin prisa pero sin pausa, sin rifar un solo pase, moviendo el balón rápido. Toques todos neoliberales. Y en el tiempo de descuento de la primera parte, empataron. Gol de Hong Jeong-Ho, un coreano del sur. Muy mal agüero ese dato. En la segunda mitad se pusieron por delante en el cincuenta y uno. Ahí ya me di cuenta de que el encuentro parecía un guion de la troika. Los aficionados pasaron una segunda parte de vomitar de nervios. Los Grobari no paraban de animar, en cualquier caso, pero a todo el estadio le temblaban las canillas. Se aguantó con épica partisana, haciendo honor al nombre del equipo. Incluso en los últimos compases, Nikola Ninkovic pegó un chutazo en el larguero. Y en el ochenta y siete, Darko Brasanac se quedó solo y disparó alto. Habrían sentenciado el partido, pero… en la jugada siguiente, pase al área local, triangulación perfecta, de nuevo muy neoliberal, y Raúl Marcelo Bobadilla empujó hasta sin ganas, casi como intentando hacer honor a su apellido, y a tomar por culo el Partizan. Otro año más. Mi acompañante me lloraba en el hombro. Los jugadores locales tardaron un siglo en volverse al vestuario acojonados por los Grobari, que casualmente se sientan encima del acceso. Al día siguiente la junta directiva dimitió en bloque. Terremoto. Y nada, que eché la tarde muy a gusto.

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.


La hora gris

El sitio de Vukovar, 1991. Fotografía: Antoine Gyori / Corbis.

Pañuelos blancos: kleenex, como suelen llamarlos. Pañuelos de celulosa blanca que poco a poco se van perfilando en la luz sucia y gris de un amanecer. Eso es el miedo, o tal vez lo que mejor lo simboliza cuando miras atrás. Miedo y memoria. El lugar fue, o es, Vukovar, una ciudad de Croacia a orillas del Danubio. La fecha, uno de los primeros días de octubre de 1991. Son malos días. Muy malos, sobre todo para los que están dentro. Una ciudad cercada, bombardeada. Sin esperanza. Pocos días más tarde, las tropas serbias llegarán al centro de la ciudad y todos los combatientes croatas prisioneros, incluidos los que están heridos en el hospital, serán ejecutados y apilados en fosas comunes. Con varios de ellos, esos jóvenes que ya están muertos o morirán antes de una semana, habéis compartido muchas peripecias, tú, el cámara José Luis Márquez y vuestra intérprete croata, Jadranka. Los habéis grabado hablando, descansando, combatiendo. Son Grüber, Ivo, Sexymbol, Nilo, el pequeño Rado… Casi amigos vuestros, a esas alturas. O sin casi. Desde hace un mes y medio los habéis sacado en el telediario, yendo y viniendo desde Osijek para reuniros con ellos. Habéis fumado su tabaco —y más a menudo, ellos el vuestro— y compartido su comida. Ahora es la última vez, porque tenéis que largaros de allí. Os habéis despedido de todos, los que siguen vivos, porque ya no podréis volver. Lo saben y lo sabéis. Los tanques serbios presionan cada vez más, su infantería está a pocas calles del centro de la ciudad y las bombas siguen machacándolo todo. Aún queda un camino por los maizales que puede recorrerse: una vía hacia la salvación por la que se evacúa a los heridos, cuando se puede, y por la que vais a escapar vosotros antes de que se cierre la trampa en torno a Vukovar. Será al amanecer, con la primera luz, aprovechando el último contraataque croata para mantener el camino abierto unas horas más y sacar a los últimos heridos que se pueda.

La noche ha sido larga y fría. Húmeda, a causa del río próximo. No hay otra luz que el resplandor de las explosiones de artillería y fogonazos de disparos lejanos. Alguna bengala, de vez en cuando. Fluosss, hace allá arriba, y cae despacio, iluminándolo todo con un resplandor crudo y letal. Márquez, Jadranka y tú habéis pasado la noche acurrucados tras el parapeto de una trinchera, pegados unos a otros para daros calor, junto a cuerpos inmóviles que dormitaban o velaban con la cara pegada a la culata de un Kalashnikov. A Jadranka —Petrinja, Gorne Radici, Borovo Naselje, Vukovar, trágica geografía en vuestro cuentakilómetros— le ha encanecido el cabello en solo dos meses. Toda la noche tiembla pegada contra vosotros. De frío y cansancio. Es una de las mujeres más valientes que conoces, pero está al límite y ha visto demasiado. Márquez, como de costumbre, permanece silencioso e impasible, con su cámara entre las piernas, agachándose un poco más cada quince o veinte minutos para fumar, tapando la brasa en el hueco de la mano, cigarrillo tras cigarrillo. Como Jadranka, como tú, no pega ojo. La guerra es su estado natural, su lugar de trabajo desde hace treinta años, y por eso sabe lo que os espera mañana, cuando amanezca. También tú lo sabes de sobra: estos días habéis visto demasiados cadáveres degollados en los maizales. Piensas en distancias, fatigas, kilómetros. En la altura de la vegetación que, según los lugares, puede cubrirte o no. En suelos donde la hierba está aplastada, señal de que puedes hollarla sin riesgo de pisar una mina —Sexymbol, el croata, pisó una ayer por la mañana—, o suelos donde la hierba crece derecha, intacta, y en los que, por tanto, no debes poner un pie por nada del mundo. Piensas en si cuando empecéis a moveros habrá luz suficiente para ver la hierba. Y también en que, si tú puedes ver, otros pueden verte a ti. Piensas en la geometría de guerras que conociste antes de esta: lados buenos y lados malos de las calles, las casas, las carreteras y los campos; parábolas artilleras y líneas rectas, tiro tenso o curvo, ziaaang que pasa ya no es problema, tiempo de que dispones desde que escuchas el sonido de salida de un mortero hasta que llega el impacto. Cosas útiles de esa clase, que por lo general ayudan a conservar la cabeza en su sitio cuando más necesitas que esté ahí. Piensas en lo cansado y lo sucio que estás, y en que te quedan solo cuatro aspirinas y dos cigarrillos. Piensas en la oscuridad que te rodea, en el sabor de la infame lata de sardinas y los sorbos de agua sucia que te echaste al estómago hace unas horas. Piensas en el camino estrecho por los maizales, piensas en lo que os espera cuando amanezca, y sientes náuseas. Así que, apartándote de Jadranka, te alejas unos metros agachado, fuera de la trinchera, te pones de rodillas y vomitas intentando no hacer ruido. El vómito te quema la garganta y las fosas nasales. A tientas buscas en los bolsillos del chaleco —bolígrafos, bloc, Betadine, sulfamidas, vendas, condones, documentos, la radio Sony, el paquete de tabaco casi vacío— el último paquete de kleenex y te limpias la boca. Tiras los pañuelos sucios en la oscuridad y quedan colgados de unos arbustos, ante ti. Vas a regresar cuando una arcada te acomete de nuevo. Vomitas otra vez. Las putas sardinas, claro. Y los maizales. Sobre todo, los maizales. Te limpias con los últimos pañuelos, los tiras entre los arbustos y regresas a la trinchera.

Cuando te acomodas, bebes un sorbo de agua salobre de la cantimplora a fin de quitarte el gusto ácido de la garganta y miras por encima del parapeto, puedes ver las manchas claras de los pañuelos en la oscuridad. A veces los serbios tiran otra bengala, y la luz violenta recorta los arbustos con las señales blancas colgadas. Luego empieza la hora gris, la que lleva del alba al amanecer, y una claridad plomiza empieza a diluir las sombras, resaltando cada vez más la blancura de los pañuelos en los arbustos. No puedes apartar los ojos de ellos. De lo que significan. Al cabo de un rato, una forma oscura se destaca en la oscuridad y pasa por vuestro lado, una mano recia se posa en tu hombro. Hueles un uniforme sucio, a sudor, y te roza por un momento el cañón de un arma. Una voz áspera habla en croata y Jadranka traduce: «Nos vamos». Márquez se incorpora con su cámara abrazada y tú te pones en pie, colgándote la mochila a la espalda. Alrededor de vosotros suenan cerrojos de armas amartillándose, clac, clac, y siluetas confusas empiezan a salir de la trinchera. Una voz, quizá de un herido al que llevan en camilla, se queja con fuertes gemidos hasta que alguien, no sabes cómo, logra que se calle. Una claridad sucia y gris repta entre los escombros de las casas cercanas, demolidas a bombazos, que empiezan a perfilarse en el amanecer incierto. «Buena suerte», susurra Jadranka. Márquez responde con un gruñido; y tú, antes de concentrarte en el alivio de la rutina profesional, en la compleja geometría de lo que va a ocurrir en las próximas cinco horas —raras veces, en este oficio, el miedo va asociado a la palabra durante—, diriges una última mirada a las manchas blancas de los pañuelos colgados en los arbustos, respiras hondo y caminas hacia los maizales.

Fotografía: Christoph Larnhof (CC).

Artículo extraído de Jot Down #11, especial ¿Quién dijo miedo?, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías. Consulte el sumario completo aquí.


Las heridas de Bosnia veinte años después

10 Mar 2012, Bosnia and Herzegovina --- The armored train of the aggressor that was stopped in Gradacac by the people in 1992, now a memorial site. Gradacac is a town and municipality in the northeastern part of Bosnia and Herzegovina, located roughly 40 km (25 mi) south of the Sava river. Administratively, Gradacac is part of the Tuzla Canton of the Federation of Bosnia and Herzegovina. It was severely bombed during the Bosnian war 1992–1995. --- Image by © Manca Juvan/In Pictures/Corbis
Tren blindado detenido por la población civil en Gradacac en 1992 , ahora convertido en monumento conmemorativo. Fotografía: Corbis.

Después de los disparos y los morteros quedan las heridas. Y los muertos. Y los desaparecidos. Como Amar y Alja, los hijos de Jasna Ploskiç. Así hasta más de mil personas de las ocho mil que fueron asesinadas solo en una pequeña región cuyo nombre ha pasado a la lista negra de los lugares malditos: Srebrenica-Potocari, en la República Sprska (zona serbia), dentro de Bosnia-Herzegovina, después de la división marcada por los Acuerdos de Dayton. Allí todavía se afanan médicos forenses, arqueólogos y antropólogos por buscar hasta la saciedad en las fosas comunes. Por hallar huesos y todo tipo de restos para darles un enterramiento y para que sus familiares y amigos supervivientes puedan despedirse al fin de ellos. Allí trabajaba hasta hace no mucho la doctora forense Ewa Klonowski. La protagonista de Como si masticaras piedras. Sobreviviendo al pasado en Bosnia, el largo reportaje que el reportero polaco Wojciech Tochman escribió en 2002 sobre las consecuencias de la tragedia bosnia y que ahora acaba de ser traducido al español por Libros del KO.

Quedo con Tochman en una terraza del centro de Madrid. Ha venido unos días para presentar su libro y dar una charla sobre la guerra en Bosnia y la masacre de Srebrenica, de la que el próximo 11 de julio se cumplirán veinte años. El periodista es alto y viste como si fuera un galerista de arte. No tiene el clásico aspecto del reportero de guerra. Tal vez porque él tampoco se considera uno. «Soy escritor de libros de no ficción, ya no soy más periodista, no escribo regularmente en los periódicos», me dice mientras se pide un cortado y enciende —y ofrece— un cigarrillo.

Es serio. Igual porque el asunto del que vamos a hablar lo es. Igual porque ha visto demasiadas cosas. Esas que nadie quiere ver.

Su relación con los Balcanes comenzó en las Navidades de 1992, cuando la guerra ya se había iniciado aunque el mundo todavía mirara para otro lado y aquello fuera cosa de nacionalistas impetuosos. Tochman llegó a Bosnia con un convoy que había puesto en marcha la ONG Polish Humanitarian Action, que también había organizado un autobús para periodistas. Un chollo en la Polonia de entonces. «El colapso del comunismo era reciente, los medios eran pobres y era la mejor forma de ir sin cargas económicas», cuenta el periodista, que entonces tenía veintitrés años y trabajaba para la Gazeta Wyborcza. Dice que hasta la frontera aquello fue un cachondeo. «¡Imagínate un autobús lleno de periodistas! ¡Una juerga!». Todo cambió una vez atravesada la línea. La atmósfera festiva se diluyó cuando empezaron a aparecer los pueblos en ruinas, carreteras cortadas y los disparos. La constancia de la guerra quedó clara al llegar al perímetro que los serbios habían creado en Sarajevo para cercar la ciudad. Aquello sucedió la noche del 31 de diciembre de 1992. No pudieron pasar hasta la mañana siguiente. Fue la primera vez que sintió miedo. «Había disparos por todas partes», relata. Bienvenidos al año nuevo en Bosnia.

«La guerra de Bosnia ha generado miles de teletipos, reportajes, exposiciones, libros, álbumes fotográficos, documentales y películas. Pero cuando terminó, los reporteros guardaron sus cámaras y se marcharon rápidamente a cubrir otras guerras». Esto está escrito al inicio de su reportaje. Por eso, su texto no va de la guerra. Va de lo que ocurrió después. Tochman volvió a Sarajevo en 1993 y en febrero de 1994, justo un día después de la masacre del mercado de Markale en el que murieron sesenta y ocho personas y ciento cuarenta y cuatro quedaron heridas por un mortero. Lo que allí sucedió lo escribió para el periódico. Lo que pasó a partir del año 2000 cuando regresó para ver cómo vivían los bosnios es lo que ha dado el contenido duro, cruel y dramático de Como si masticaras piedras.

16 Jul 2014, Tuzla, Bosnia and Herzegovina --- A lower jaw bone on a medical table in the ICMP DNA identification facility in Tuzla, Bosnia-Herzegovina. --- Image by © Martyn Aim/Corbis
Una mandíbula inferior en las instalaciones de identificación de ADN del ICMP en Tuzla. Fotografía: Corbis.

En aquel primer año del nuevo milenio fue cuando Tochman conoció a la médico forense Ewa Klonowski, que trabajaba para el Comité Bosnio de Desaparecidos, financiado por los Gobiernos de Islandia y Estados Unidos desde 1996. Era toda una experta en huesos. «Los amo, me hablan», le decía al periodista. Ella y su equipo habían sido capaces de desenterrar ya mil cuerpos en toda Bosnia, depositarlos en bolsitas —los body bags— y, con suerte, entregárselos a sus familias. El reportero vivió este proceso con ella durante dos años. Conocieron a muchas mujeres bosnias que buscaban a sus maridos e hijos, la gran mayoría asesinados por las fuerzas serbobosnias del general Ratko Mladic en Srebrenica y Potocari. Se hicieron amigos y vivieron el primer gran funeral por aquellas víctimas que tuvo lugar en 2003.

Este funeral se celebra desde entonces todos los años. Y Tochman acude puntual. «Ahora ha cambiado. La gente que todavía espera encontrar huesos son la minoría. Antes eran la mayoría. La gente sigue viniendo de Nueva York, Australia, Nueva Zelanda, y de todo Bosnia para encontrarse con los vecinos, y por la noche en Srebrenica hay una sensación de mayor relax. Es ya la siguiente generación, una generación que recuerda Potocari de niños, y ellos se encuentran con otros, pero no es tan emocional, dramático como antes. No estoy seguro, pero creo que si vas por la noche allí el 11 de julio igual no recuerdas por qué se hace eso. Ellos están sentados en la calle, bebiendo. Y es lo natural. La vida sigue. El problema es que la limpieza étnica fue muy exitosa en Srebrenica y esta ciudad ya no es una ciudad musulmana. Y cuando digo musulmana me refiero a nación no a una etnia. Actualmente es un pueblo serbio», me relata de corrido.

Srebrenica es un pueblo que está entre montañas y que tiene una calle principal. Antes de la guerra la mayoría de la población era musulmana. Pero cometió un único gran error. Estaba dentro de lo que los serbobosnios consideraban la República Sprska y, por tanto, debía ser serbia. Nada de mezquitas ni de Coranes. Durante el conflicto, muchos musulmanes acudieron allí también a refugiarse porque Naciones Unidas lo consideró zona segura y envió allí a las fuerzas de UNPROFOR. El pequeño pueblo llegó a tener hasta treinta mil habitantes completamente hacinados y sin apenas recursos durante los años de la guerra. No llegaba suficiente comida, ni medicamentos ni nada que hiciera la vida vivible. Pero todo acabó el 11 de julio de 1995. Un día de calor insoportable en el que entraron los serbios y después de discutir con las fuerzas de la ONU holandesas —el general Thomas Karremans— comenzó la matanza. La OTAN llegó tarde. Todo el mundo llegó tarde. Y miles de personas murieron.

Le digo a Tochman que recuerdo esas imágenes —que he visto muchas veces en vídeo— y que siempre está la misma pregunta: ¿No se pudo evitar? ¿Por qué la ONU no hizo nada? ¿Por qué a Mladic se le permitió esa arrogancia mientras hablaba a los bosnios humillados y aterrorizados tras las vallas del campo de refugiados? ¿Por qué se le permitió que diera caramelos a los niños como si no pasara nada?

El escritor se queda pensativo. Me dice que la respuesta no es fácil, pero sí tiene algo claro: «No Holanda, pero las estructuras europeas, la OTAN y la ONU sobre todo podrían haber acabado con la guerra, y, de hecho, después de Srebrenica sucedió. Es decir, parece que tuvo que ocurrir un Srebrenica para que la guerra acabara. Incluso hay gente que acusa a los musulmanes de provocar lo de Srebrenica. Recuerdo cuando el secretario general de la ONU [Brutos Galli] entonces dijo: “Estamos muy tristes por la masacre de Srebrenica y por la próxima masacre de Zepa, por lo tanto ya tenemos suficiente”». Y de ahí se saca su propia teoría sobre por qué durante tres largos años el mundo solo miró a los Balcanes con lástima pero sin hacer nada. «Imagina que Sarajevo, que estuvo bajo asedio durante tres años, con la gente muriendo porque no había medicinas, por los francotiradores, por veinte grados bajo cero… Era un desastre humano, pero era una ciudad musulmana asediada por cristianos [serbios]. Imagina que en algún lugar de Europa, la ciudad estuviera asediada por musulmanes. Yo creo que Europa hubiera tratado este problema inmediatamente», recalca.

«¿Estamos hablando de que no se hizo nada porque eran enclaves musulmanes?», le pregunto.

«Bueno, la pregunta no es para mí. Tendrías que hacérsela a Bill Clinton y otros líderes de entonces. Lo que yo creo es que no se consideraba a los bosnios de los nuestros. Y por eso se les dejó a su suerte durante tres años», responde.

Bosnia, año 2000

Srebrenica genocide was the genocidal killing of more than 8000 Bosniaks, mainly men and boys around the town of Srebrenica during the Bosnian War. The killing was perpetrated by units of the Army of Republika Srpska (VRS) under the command of General Ratko Mladic. In April 1993, the United Nations declared the besieged enclave of Srebrenica a "safe area" under UN protection. However, in July 1995, the United Nations Protection Force (UNPROFOR) contingent of Dutch peacekeepers did not prevent th --- Image by © Arne Hodalic/Corbis
Acto por el 18º aniversario del genocidio de Srebrenica donde fueron asesinadas más de 8.000 personas de etnia bosnia musulmana. Fotografía: Corbis

Y la suerte corrió para mal. Para muy mal, incluso algunos años después de la masacre. En el año 2000 muchos musulmanes intentaban regresar entonces a aquellas ciudades cerca de Srebrenica. Principalmente mujeres, que fueron las que más sobrevivieron —y las que más se han afanado luego en la búsqueda de sus seres queridos—. ¿Con qué se encontraban? Con que sus casas ya no eran suyas, sino de familias serbias. Tochman recuerda la historia de Mubina, de treinta y seis años, que perdió a su marido Hasan. Vivía en Bratunac. Con el estallido de la guerra ella se fue a Belgrado con su madre y sus hijos. Hasan se quedó y cuando las cosas se pusieron feas marchó a Srebrenica como zona segura. Nunca más le volvió a ver.

Mubina decidió volver a Bratunac y Srebrenica cinco años después de la matanza. La casa de sus padres ya no era suya, sino de los serbios. Tochman la conoció precisamente en el autobús que acudía ese día a Srebrenica. «Fue brutal, cuando entramos en el pueblo en todas las casas colgaba un cerdo ensangrentado. Era un aviso contra los musulmanes. Era puro odio», comenta. Y era el año 2000. Una huella tan indeleble que también había quedado en el propio traductor del periodista que ni siquiera quiso entrar en la ciudad porque era musulmán.

En el reportaje del reportero polaco también hay sitio para el sufrimiento de los serbios que viven en Bosnia. Así lo recoge en la visita que hizo a Nuevo Sarajevo y Sokolac. Ambos están en la República Sprska —la zona serbobosnia—. A comienzos del milenio en los dos pueblos había pobreza, muchísimo desempleo y ni cines ni teatros ni nada. Muchos de sus habitantes, serbios, vivían antes en Sarajevo, donde con la guerra empezó a mirárseles con odio. Como escribe el reportero, «son las consecuencias del aislamiento del mundo, que ha durado varios años, y del embargo comercial contra Serbia, que Occidente impuso durante la guerra (…) Hay quejas contra los musulmanes, Europa, Estados Unidos y el propio Gobierno, el de la República Sprska (…)». Como le contó uno de estos serbios, «el mundo nos convirtió en salvajes, pero nosotros éramos gente normal. Solo defendíamos nuestras casas, mujeres y niños. Sé lo que pasó en Srebrenica, pero en Sarajevo murieron más serbios que musulmanes». No es verdad, pero también hay historias terribles, como la de Stojanka, de treinta y seis años, que vivía en Sarajevo y huyó junto a su marido hasta que este fue reclutado por los serbios y llevado a disparar hacia su propia ciudad desde las montañas. Murió a causa de la metralla.

El periodista se incomoda cuando le comento que para Occidente, los serbios fueron los malos. Los grandes criminales de guerra. Desde el presidente de Serbia, Slobodan Milosevic hasta el de la República Sprska, Radovan Karadzic y generales como Mladic. Y, por supuesto, la población que participó de las matanzas. Y se lo digo porque él no toma partido. Escribe, señala, apunta. «Un autor de no ficción o un reportero no debe sentirse ofendido. No puede sorprenderse del mal porque el mal también es humano. Si al periodista le molesta no puede ser un periodista. El periodista lo que debe hacer es intentar comprender por qué esa persona cometió ese acto de horror. Por qué lo hizo, porque esa persona también es un ser humano. Yo no podría escribir nunca “es un monstruo”», me dice. Una crónica maniquea no es una crónica, es una opinión. Y eso no es periodismo. Lección primera.

De ahí que su texto sea también afilado como un cuchillo. Sus frases son gélidas. No juega con recursos estilísticos. No introduce más drama al trauma. «Quien escribe sobre el sufrimiento humano debe ser muy fuerte para recoger toda esa información y las emociones, pero a la vez debe ser débil. Porque una persona muy fuerte, con piel dura, nunca entenderá a una persona con ese trauma. Cuando hablo con gente en Bosnia nunca evito mis emociones, pero no puedo comportarme más sentidamente que la gente que sí ha perdido a sus seres queridos. Porque es su sufrimiento, no el mío», sostiene. Y a la hora de escribir todas las emociones deben quedar fuera, insiste. Hay que teclear con estilo quirúrgico, aconseja, «porque es un drama tan grande que no necesita ninguna figura retórica». Lección segunda.

Bosnia, año 2015

11 Jul 2014 --- Graffiti made by local teenagers in one of the abandoned buildings at the disused battery factory that served as the Dutch UN peacekeepers headquarters at Potocari near Srebrenica. The buildings were the site of the 1995 Srebrenica massacre of over 8000 Bosnian Muslim men and boys by Serb forces. The Dutch UN peacekeepers offered no resistence or protection. --- Image by © Martyn Aim/Corbis
Grafitis hechos por adolescentes en el edificio donde ocurrió la mascare de Srebrenica. Fotografía: Corbis

Tochmann ha regresado muchas veces a Bosnia, tanto a la parte de la Federación Bosnia como a de la República Sprska. Me comenta que todo ha cambiado mucho desde que escribiera el reportaje en 2002. Ya no solo los funerales que aún se siguen llevando a cabo en Srebrenica. Sarajevo está «renovado», la vida se disfruta en las calles. La sombra de la guerra es cada vez más débil. Pero aún quedan cosas. Heridas sin cicatrizar. Odios sin diluirse. «Por ejemplo, ya no hay matrimonios mixtos entre musulmanes y serbios, cuando antes era lo normal. La falta de confianza aún es muy fuerte entre unos y otros. Quizá la división del país fue la mejor solución en 1995 con los Acuerdos de Dayton, pero ahora es la peor, veinte años después esa división es contra la unidad de la sociedad. Ahora tenemos tres sociedades en un país, croatas, bosnios y serbios. Imagina el sistema educativo, con lecciones de historia en una escuela serbobosnia y en una bosnia, es diferente», explica. Y como indica, aún hay parte de los serbios que no entienden que ellos sean los perseguidos por la justicia. No conciben que Karadzic o Mladic estén en prisión tras haber sido juzgados por el Tribunal Superior de La Haya. «A veces en casas serbias de la República Srpska todavía hay fotos de Karadzic como un gran héroe», apostilla. Y hay otros que se siguen escondiendo, que no quieren salir en fotos y documentales «por si alguna víctima les reconoce».

Para un extranjero son situaciones apenas perceptibles. Si se pasea por Sarajevo se observan recuerdos del conflicto como las famosas rosas que señalan el punto donde una bomba mató a varias personas en la calle, alguna casa aún sin rehabilitar —las menos, y están así porque no encuentran comprador—, pero, en general, es una ciudad bulliciosa, con gente yendo de compras a los centros comerciales, bebiendo en los bares o jugando en parques —llenos de tumbas, eso sí—. No obstante, si se agudizan algo más los sentidos se ven cosas como, por ejemplo, el orgullo de ser una ciudad que resistió el asedio serbio. En Mostar, donde, aunque se volvió a construir el puente, no se puede evitar la sensación de cierta división, por una parte el lado musulmán con sus mezquitas y llamadas a la oración, por el otro la católica (croata) con sus grandes cruces. Algo late.

«La guerra siempre puede ocurrir en cualquier lugar tal y como la historia nos ha enseñado. Por ejemplo, incluso, en Polonia hay gente que tiene miedo de la guerra por culpa de la política agresiva de Putin. Podemos decir que todas las guerras fueron inesperadas, hasta el comienzo de la guerra nadie podía pensar que esa guerra sería posible. ¿Quién podía pensar en los años treinta que sucedería la II Guerra Mundial?», sostiene Tochman, para quien la única solución pasa por que tanto Bosnia como Serbia se integren en la Unión Europea. «Aunque no es fácil. Serbia tiene una relación muy cercana con Rusia y a la Unión le preocupa que Bosnia sea musulmana», añade.

El próximo 11 de julio volverá a celebrarse un gran funeral en Srebrenica. Volverán a salir cientos de ataúdes verdes, la mayoría muy ligeros porque apenas se pueden reconstruir esqueletos completos, con dirección hacia aquella nave industrial en la que aquel día de 1995 se refugiaron miles de personas pensando que serían protegidas por las fuerzas de la ONU. Antes de llegar a su destino, los camiones serán llorados por cientos. Después se rezará el Corán, se les dará sepultura, y se seguirá buscando. Ewa Klonowski, la doctora forense que trabajó a destajo prácticamente desde que culminó el conflicto, ya está jubilada, pero los hijos de Jasna, que tenían cuatro años y nueve meses respectivamente, aún no han sido encontrados, como me dice Tochman. Como tantos otros. Es la gran herida bosnia. La memoria de un país que aún necesita decirle adiós a sus muertos.

El escritor se despide de mí y me pregunta por la dirección de un centro de arte donde quiere ver una exposición. En Occidente, la vida sigue.