Santiago Lorenzo: «La España llena sí que me parece un problema»

Llegamos al diminuto pueblo en el que vive y nos recibe con los brazos abiertos. Literalmente. También con una tortilla de patata que nos ha preparado. Santiago Lorenzo (Portugalete, 1964) no es un misántropo. Aunque ha escrito Los asquerosos, una de las novelas más misántropas de las últimas décadas, la historia de alguien que tiene que huir de la policía y se refugia en una aldea abandonada hasta que aparecen unos molestos vecinos que quieren hacer turismo. Un inesperado éxito editorial por su sentido del humor, seguro, y quizá por su crítica a la Mochufa, palabra inventada por Lorenzo para referirse a esas personas que aúnan desconsideración, mal gusto, inconsciencia y amor por la estridencia todas sus formas. Después de enseñarnos la obra de la que más orgulloso se siente, una maqueta de una estación de tren en mitad de la Segunda Guerra Mundial, nos sentamos a hablar de su forma de entender la literatura, su pasado como director de cine, algunos de sus amigos, la austeridad que tanto le gusta y su vida actual, muy parecida a la de su último protagonista, lejos de la ciudad y de casi todo el mundo.

Leyéndote da la impresión de que te diviertes mucho escribiendo.

Pues sí, qué coño (risas). Por eso nunca escribo nada. O escribo muy poco. Sería insoportable (risas). Si solo escribes cuando te diviertes, pasan dos cosas: escribes muy pocos ratos al año, pero es una gozada.

Empezaste a publicar en 2010 y llevas cuatro novelas y un libro de cuentos. No es tan poco.

Pero porque tenía un montón de guiones de cuando me dedicaba al cine.

¿No tienes una disciplina ni eres de escribir todos los días?

Ni pa´Dios. El año pasado ensayé con Jan [Jan Martí, su editor de Blackie Books] lo de quedar en un fecha para ver cómo era, y salió Los asquerosos. Esa está escrita con fecha de entrega pero de no haber llegado, no habría pasado nada.

¿Cómo fue el proceso?, ¿tenías ya empezada la novela y te pusieron la fecha?

Yo no sé cuándo empieza una novela, sé cuándo acaba, y eso es cuando llega el libro a casa. Mi disciplina es no tener ninguna disciplina.

La otra cosa que llama la atención leyéndote es tu perfeccionismo, tu cuidado absoluto del detalle y del estilo.

Es que soy maquetista. En el piso de arriba hay un montón de maquetas que no va a ver nadie, ni siquiera yo, pero si un día dejo el eje de un coche mal pegado por debajo, no puedo dormir. Tengo que levantarme y ponerlo bien. Las esculturas que hay en las cresterías de las iglesias tienen las venas y los tendones de los pies bien hechos. En el siglo XVI no tenían ni idea de que se iban a inventar los drones. Tendrían que subirse a la balaustrada para ver la uña del pie. Pero las hacían porque creían que Dios las veía. Aquí es igual.

Hubo una época en la que te ganabas la vida haciendo maquetas.

Mi socia Mer García Navas y yo cogimos un local en la calle Nao, en pleno centro de Madrid, como un antojo, para ir a dibujar, hacer maquetitas y nuestras tonterías, y de pronto se convirtió en una especie de empresa y nos empezaron a llamar para hacer decorados de teatro y publicidad, y todo tipo de cosas. Hicimos hasta ebanistería. Fueron años apasionantes.

¿Sigues haciendo ese tipo de trabajos?

No, pasaron varias cosas a partir de 2010. Primero vino la crisis. Segundo, la crisis fue muy dura en el cine y los medios audiovisuales. Y lo tercero y más importante es que aparecieron las impresoras 3D y esas cosas ya no se hacen a mano.

No quisiste pasar a lo digital. Tampoco tienes Twitter ni redes sociales. ¿Es una cuestión ludita o antitecnológica? 

Yo sigo haciendo mis cosas a mano, pero no soy ludita en absoluto. El que está contra la historia es medio bobo. Hay tanta creatividad ahora con los ordenadores como la hubo en su día con el cúter. Y el cúter no va a desaparecer jamás. Como no va a desaparecer el libro en papel o la pasión de las personas por manipular las cosas, en el mejor sentido de la palabra: por usar las herramientas, oler las pinturas… Tampoco va a desaparecer el coleccionismo y comprar un libro es una forma de coleccionismo. E insisto: en mi caso no hay ningún tipo de pena, no es que alguien nos quitara de en medio, nos quitó de en medio la historia. Si te quita el alcalde de Madrid, es una canallada, pero si es la historia, bienvenido sea.

En Los asquerosos queda muy claro que no quieres hacer un discurso ecologista, al menos de la forma más explícita o convencional. «La lírica agreste no le interesaba nada», dices en el libro.

Era muy importante que no lo hubiera porque ese discurso ya está hecho y mucho mejor que yo. No hay un apego a la Pachamama, que es adorable, pero no es el sitio. Yo el protagonista de Los asquerosos no sé si ama la naturaleza. Ama mucho el trocito de naturaleza que le ha caído, como en su día amó el trocito de ciudad que le cayó.

En eso tu vida sí se parece a la suya. Hasta tienes un huerto sin el menor alarde y bastante utilitario.

Bueno, la novela la he escrito yo, y el huerto es una ocasión de meter patas, que es una cosa muy educativa, y de hacerlo mal, y de ir fijándose en cómo hacerlo mejor en periodos muy largos, porque muchas veces te toca esperar todo un año para ver si has acertado.   

¿Hay también algo de ajuste de cuentas en tus novelas? Pienso en Los asquerosos, pero también en cierta crueldad de Los huerfanitos hacia el mundo del teatro.

Tú seleccionas qué vas a meter en una novela y qué no, y los lugares en los que has encontrado cierto resentimiento suelen entrar. Porque para contar que todo funciona fenomenal ya están los libros de autoayuda. A mí no me dio tiempo a coger manía al mundo del teatro. Tengo el título de director de teatro por la RESAD pero nunca ejercí. Hice unas obras muy kamikazes en Valladolid en los ochenta. Para bien o para mal, no quedó registro de ellas. Sí he visto en el teatro, la pintura o el cine, las actitudes más gloriosamente heroicas y las más miserables. Las dos valen para contar y denunciar una serie de prácticas, considerar luego su redención y dejar que tu amor por el teatro transida un texto después de que lo transida el odio. Piensas si escribirlo o no, pero cuando quieres darte cuenta ya lo has escrito. A mí me gusta leer esas cosas, libros donde ocurran movidas, y el origen de esas movidas puede ser perfectamente el resentimiento. Para contar que me lo paso bien dando un paseo, ahí no hay nada fértil.

En Los asquerosos aparece más de un paseo y está muy bien retratado.

En la medida en que el paseo me satisface mucho a mí, ya estamos en ese otro bastión narrativo que es el panteísmo y también es muy bueno contarlo. Alguien que está en suspensión mirando una nube o alguien que está en carne viva mirando esa misma nube. Ambas cosas van bien para meterlas dentro de una novela.

En Los asquerosos sacaste mucha mala leche.

Es que han pasado cosas en nuestra historia como país muy reseñables, en este caso para mal. No puedes dejar de pensar en esa gente que está haciendo las cosas objetivamente mal, y actitudes que recuerdan a sujetos como Narvaez o Lerroux. Si nosotros tenemos motivos para avergonzarnos de Lerroux, también los tenemos para avergonzarnos de sujetos como Fernández Díaz, el ministro Soria o Rafael Catalá.

¿La Mochufa es eso?

Sería una parte. Pero la Mochufa nunca es política, siempre es social.

Dicen que Los asquerosos es tu libro más político, yo no lo sé.

Yo tampoco. A mí me hace gracia porque política viene de polis, de la ciudad, y esto es un tío que vive en una aldea él solo. Pero cuando estás metido en una editorial como Blackie Books todo lo que ellos digan es mucho más verdad que lo que diga yo, así que bienvenido sea.

En el arranque sí hay una denuncia de la precariedad laboral, la vivienda, etc. Pero eso ya estaba en Los millones, ¿no?

Es que ya puestos, te pones a contar las cosas que te mosquean y en Los millones lo había, aunque aquí lo hay más y la situación política de los ochenta nos parece ahora una arcadia feliz. O a mí me lo parece. Fue la década en la que España parecía un Estado. En Los asquerosos sí hay una dimensión diacrónica. Además, soltar mala leche escribiendo es muy divertido. 

Hay un momento muy gracioso cuando hablas de la foto de uno de los personajes en la que parece que está sujetando la torre de Pisa. Dices que eso es la mochufa pura y asumes que es muy probable que el lector la tenga igual. Parece incluso que vas a disculparte pero inmediatamente reculas y dices: «a mí no me toques». ¿Te preocupaba ofender al lector?

Todo el tiempo. Ayer pasó una cosa acojonante que ilustra esto perfectamente. Estoy en el piso de arriba y veo que alguien para el coche y tira algo en mi patio. Me cago en todo y salgo para decirle al tío que qué está haciendo. Pero cuando me quiero dar cuenta, el coche ya se ha ido. Era rojo y llevaba una escalera encima. Yo pienso que le ha sobrado un paquete de azulejos y me lo ha tirado a mí por tirarlo en algún sitio. No le pillo y le hago unos cortes de manga. Voy a recoger lo que ha tirado y me encuentro una bolsa con un libro de regalo y una nota diciéndome que es el antenista, que ha leído Los asquerosos y le ha encantado. Esto fue ayer y me emociono ahora recordándolo. Parece una historia inventada, pero es que a mí me pasan cosas que parece que me las invento. La mala hostia a veces es contar hasta diez. Esto tira todos los mitos sobre cómo es la gente, la falta de lectura en el entorno rural… Quiero decir que tú coges y escribes una barbaridad, pero piénsatela luego porque si no, acabas siendo un tuitero de esos que se meten en fregaos. La mala leche está muy bien pero tienes que pensártela y hacer un ejercicio maravilloso no ya para la literatura, sino para la vida: mirar desde el punto de vista del otro. Ponerte en sus bragas.

Tú no te has puesto mucho en las bragas de la Mochufa…

No te creas. Hay un momento en el que el narrador, que es el tío del protagonista, hace de abogado del diablo, y es un ejercicio que a mí me encanta: estar todo el día pensando hasta qué punto puedes justificar actitudes deplorables. Hay veces que puedes y veces que no.

Eso también te puede llevar dejar de escribir.

Hacer de abogado del diablo no significa acabar con el sistema judicial. Al revés. Está bien que existan los juicios y que acaben con una sentencia. Lo que me da igual es el miedo a ofender a unos y a otros. Cuando dirigí Mamá es boba me llamaron de todo y esto me pilla con los pelos de los huevos blancos. Lo único importante es que no seas tú quien te pongas verde a ti mismo.

¿Por? ¿No crees que ahí hay muchas posibilidades literarias?

Quiero decir que en un momento dado estés haciendo algo que no te creas o que te pongas a escribir algo para quedar bien, que por la noche en sueños vengas tú mismo a decirte que eres un tramposo. Pero si haces las cosas como crees que tienes que hacerlas, tiene que darte igual si luego llega alguien a decirte que eres un imbécil y mucho más si estás aquí en el pueblo metido que es como si estuvieras en el limbo.

¿Crees que esa crítica a la Mochufa explica en parte el éxito de la novela?

A mí me gustan las películas y las novelas con esa dosis de mala leche. Mientras no sea vituperar por vituperar. Eso me parece inane. Pero yo no sé qué ha contribuido a que la novela se venda. No entiendo lo que está pasando.

¿No?

Qué va. Yo calculaba dos mil quinientas copias porque no hay decorados ni personajes en la novela, es faltona… Qué le voy a hacer.

A mí lo que me sorprende es que una novela tan misántropa haya funcionado tan bien.

Es sobre un misántropo.

Y es misántropa, sin que eso implique algo negativo. Todo lo contrario.

La verdad es que sí, es misántropa (risas). Qué hostias. Los millones era poco misántropa. Era sobre un tío que se muere por relacionarse con las personas.

Manuel, el protagonista de Los asquerosos, al principio también se muere por tener amigos .

Sí, pero el mensaje es el contrario, y lo que importa es cómo acaba. Al principio, Manuel se muere por follar y por irse de cañas, y acaba por darse cuenta de que él como está bien es solo en su casa. Yo no sé si soy un misántropo. Espero que no, pero miras alrededor y da la impresión de que sí lo soy. A mí me está creando problemas la novela. Hay gente que prefiere no llamarme por lo que he escrito, piensan que igual me molestan (risas).

Pero luego eres un tío que cae muy bien. Lo pensaba viendo la entrevista que te hicieron en La resistencia.

Es que si estás aquí todo el día solo y viene alguien, eres adorable. A vosotros os he hecho una tortilla de patata (risas). Me apetece. No tengo ni idea. Porque tampoco pienso nunca quién soy yo. Y hay gente a la que le caigo del culo cuando leen la novela.

¿Te ha llegado esa reacción?

Sí, pero es muy minoritaria. Había una tía en Twitter que decía: por mí puede quedarse en su pueblo haciendo casitas. Llamaba así a mis maquetas (risas). Eso me ofendió.

¿Y qué respuesta te salió?

Ninguna, no tengo Twitter.

¿Pero qué pensaste?

Por mí puedes leer mis novelas, pero no te dejo ver mis maquetas porque son mucho mejores (risas).

Otro tema que marca todas tus novelas y tu vida es la austeridad. No hablo de precariedad, que sería algo forzado, sino de una sobriedad o una renuncia voluntaria. ¿Hay una épica ahí?

Claro, yo hacía cortos y ahí todo estaba basado en una austeridad que era muy fértil. Me acuerdo un día que junté bastante pasta para hacer un corto y me quedó el peor con diferencia. Con el mejor equipo y los mejores actores. Hay una épica en la austeridad, como la hay en Charles Foster Kane, el de Ciudadano Kane. Hay épica en hacer las cosas de forma radical. He conocido a gente extraordinaria que se dedicaba a tirar el dinero y lo hacían bien, les quedaba muy bien, y he conocido a gente que se dedicaba a la austeridad y les quedaba muy mal. También he conocido a gente que tiraba el dinero y parecían gilipollas. Los que a mí interesan son los que optan por la austeridad o el derroche, pero lo hacen con elegancia.

Estudiaste en un colegio del Opus.

El próximo fin de semana vienen cuatro niños del colegio. O sea, cuatro compañeros de mi clase. A dos hace treinta años que no les veo. Algunos han tenido evoluciones muy distintas a la mía y estoy muy ilusionado con la visita.

¿Te marcó mucho esa educación?

Yo fardo de ser buen ateo y posiblemente sea por conocer bien la liturgia y la materia de deceso. No soy ateo porque me metieran mano sino después de conocer el paño, y no tengo ningún interés en que la gente se haga atea o creyente.

Y en cuestión de valores: puritanismo, entrega al trabajo y esas cosas, ¿te queda algo del Opus?

He conocido a varias mujeres que me han dicho que lo llevo marcadísimo, lo cual es una putada, supongo (risas). El catecismo dice que tienes que ir a misa todos los domingos y solo un 15% de los españoles lo hace. Eso de que este es un país católico es una mentira. Un 15% es una birria.

Eso es lo que criticas a la Mochufa desde el punto de vista religioso: que presume de fe pero no va a misa.

Es que es una contradicción insostenible. Por cierto, toda mi admiración a ese 15% que va a misa y mi mayor desprecio a quienes les pregunta el CIS, se declaran católicos y solo han ido a la comunión de un sobrino en toda su puta vida. Me parece absurdo. Además, si tú crees en Dios, todo está a favor para que vayas. Tiene que ser una gozada creer en Dios e ir. Las misas no son en un piso, son en unas monumentales obras de arte, con una liturgia superpreparada, la casulla cambia de color cada semana, se cantan canciones de Simon and Garfunkel… Por lo menos antes se cantaban, no sé ahora (risas).

Háblame de esa gente extraordinaria que se dedica a derrochar el dinero.

Fue muy divertido en 2004 irte a la calle a tirar la pasta, fue muy entretenido, y hay que escribir algún día una novela sobre esa gente que se dedica a tirar la pasta y hacen lo contrario que el protagonista de Los asquerosos. Yo recuerdo a Luis Ciges. Tuve la inmensa suerte de conocerle, y aquí me emociono también. Fuimos a un festival y yo entonces estaba todo el día bebiendo. Entré al tren, me fui al bar y allí estaba él. No olvidaré en la vida los tres días que nos pasamos juntos. Eran maravillosas las propinazas que dejaba. Era muy emocionante, mientras toda la recua del Cine de barrio se dedicaban a gorronear. Yo soy no sé qué Ozores y todo es gratis para mí, debían pensar, como si fueran la Collares. Luis Ciges, que era el que más futuro tenía de todo ese plantel, actuaba al contrario: fumaba los cigarros hasta el final, me ganaba a mí bebiendo y dejaba unas propinazas escandalosas. Se quedaban temblando. Bien, bien. Eso es. Y había otra gente menos famosa que lo hacía también y era fantástico verles meterse la mano en el bolsillo. Les quedaba fenomenal. Y luego hay gente a la que le queda fatal.

La Mochufa.

(risas).

Lo que está claro es que a ti la España vacía, o vaciada, o como quieras llamarla, no te parece ningún problema. Al revés: te molesta que no haya más.

Déjame contarte una cosa antes de contestar: yo me negué a leer a Sergio del Molino hasta no acabar la novela. Este año le conocí, compré su libro y él me pilló por la calle con el libro recién comprado. Quedé como Dios (risas). Es un libro fascinante. Me quedan veinte páginas porque no quiero acabarlo. Qué libro tan gracioso, tan divertido y tan bonito. Volviendo a la pregunta, yo no sé si es un problema la España vacía porque junto a ese problema hay otro: la España llena sí me parece un problema. Un problemazo: la España saturada. A mí vivir aquí no me ha creado ningún problema. Todo lo contrario. No tengo que aguantar la revocación del Madrid Central (risas).

¿Cuándo te viniste a vivir al pueblo?

Cogimos esta casa el 1 de mayo de 2010. Yo pasé aquí seis meses por una avería en mi casa. Antes vivía en pleno centro de Madrid y el 1 de agosto de 2012 me vine a vivir del todo. Hasta hoy.

¿Cómo es tu vida aquí?

Un coñazo. No, no (risas). No sé. Yo aquí estoy muy bien. Me lo paso de puta madre.

¿Qué haces? ¿Escribes, montas maquetas, cuidas el huerto?

El huerto lleva poco tiempo. He plantado cosas que no dan nada de curro.

Das paseos, recoges leña…

Sí, doy paseos, pero también los daba en Madrid. Y la leña es muy entretenida. No sé muy bien a qué me dedico. A leer libros y a ocuparme del mantenimiento de la casa. Algo así.

Tienes tele.

Estaba aquí cuando vine, pero no funciona, no tiene TDT.

Tienes internet, tienes teléfono…

Teléfono fijo porque el móvil aquí va muy mal. Internet es fantástico para estar acompañado y para estar solo. Hay un montón de clásicos sin derechos. Te los bajas y no estás haciendo mal a nadie. No sé muy bien lo que hago.

Tu mujer viene cada quince días y el resto del tiempo estás solo.

Sí, estoy solo, pensando la novela que voy a escribir. Antes decía que no escribo nada pero porque a lo mejor estoy pensando todo el rato qué voy a poner para que no se me caiga luego la cara de vergüenza.

¿Y qué piensas cuando vuelves a la ciudad?

Es como con los sobrinos. Notas los cambios porque los ves cada dos meses. Con Madrid pasa igual. Cuando yo vivía allí, no me daba cuenta cuándo cerraban las tiendas y ahora sí. Pero no son unas visitas lo suficientemente largas como para hacer una sociología. Veo solo los cambios de crestería, los superficiales. De los cambios profundos igual te enteras mejor desde aquí leyendo los periódicos.

Cuando vas, ¿refuerza tu necesidad de estar aquí aislado?

Es una gozada ir a Madrid si estás aquí y es una gozada volver aquí después de ir a Madrid. La idea es que las variaciones sean variaciones y que sean fuertes.

¿Echas algo de menos de la ciudad?

A muchas personas.

¿No echas de menos, por ejemplo, la posibilidad de irte a un bar?

Dejé el alcohol y pensaba que iba a echar de menos los bares, pero qué va.

Me refería al bar como punto de encuentro, sin necesidad de beber.

Si vas a un bar es porque tienes que quedar en algún sitio y quedar en la calle es de muy loser (risas). Yo además los bares ya no sé usarlos. No conozco la mecánica. Por ejemplo, ya no sé si hay que reservar para comer. Porque oigo que todo el mundo reserva y yo nunca he reservado. Cuando yo tenía una vida urbana, no me cabía en la cabeza vivir en un sitio que no fuera Madrid, no quería vivir en un sitio más pequeño, y yo nunca reservé. Ahora no sé si me quedo en la barra o tengo que sentarme, si te viene el camarero o no te viene. La gente además paga con tarjeta y yo no tengo tarjeta. Pagas con dinero y te miran raro. Es como si me hubiera convertido en un verdadero paleto y no está nada mal. Me acuerdo una vez que estuve en Londres y fui a un club donde tenían una sala en la que no podías estar de pie. Una norma absurda. Estaba Jim Jarmusch, que es un gilipollas, rodeado de tías y tomando zumo de tomate. Hace falta ser pringado (risas). Pues el rollo es que eso ha llegado aquí y yo ya no sé cómo se hace. O el otro día me enteré de que cuando coges un autobús en Madrid ya no puedes pagar con dinero al conductor. Esa secuencia tan normal de pagar agarrado a la barra. Se acabó. Es un despelote.

Tus anteriores novelas eran muy madrileñas, ¿no te asustó perder tu territorio narrativo al venirte aquí?

Es que a mí me gusta mucho acojonarme. Yo me acuerdo la primera vez que vine a ver la casa esta. Venía vestido de ciudad y me daba un poco vergüenza ir con un abrigo italiano. Además, no sabes cómo tapar un abrigo. Es muy difícil (risas). Cuando yo iba al colegio, había que llevar corbata y me daba muchísima vergüenza. Pero te podías tapar la corbata y el escudo del colegio con la carpeta. Aquí no. Tapar un abrigo es imposible. Pero yo enseguida me di cuanta de que la sociedad del pueblo es muy elegante.

¿En qué sentido?

No sé, nadie va a gritar, ni nadie va a robar nada. Me gusta que aquí esté muy mal visto alguien que se lleve algo que no es suyo. Nadie va a meterse tampoco en tu casa si no es después de conocerte mucho. Es una sociedad fríamente acogedora, como tiene que ser.

¿Cuántos sois?

Dieciséis.

¿Cambia mucho los fines de semana?

Mucho. A mí me han escrito Los asquerosos. O creo yo que cambia porque me encierro aquí y no salgo.

¿Tu relación con esa Mochufa es tan visceral como en la novela?

Espero que no. Pero a mí no me gusta salir cuando vienen ellos y me pasaba igual cuando vivía en la calle Fuencarral. Se llenaba de gente que venía a hacer turismo. Para mí Madrid era un lunes.

¿Y el no tener coche aquí te produce claustrofobia o agorafobia, o lo que sea?

Qué va. Habría que tener los huevos muy gordos para sentir agorafobia en un sitio en el que no hay nadie.

Me refiero a la incapacidad de salir si de pronto necesitas algo o de escapar si te apetece.

Un día me faltaron dos patatas. En siete años no es mala media, y lo arreglé. Y otro día perdí el autobús. Tenía que estar en Zaragoza a las siete de la tarde y el autobús no pasó, algo no tan raro. Lo arreglé también. Problemas hay en todos sitios. Pero hay problemas en grandes ciudades que no vas a tener aquí. Ayer me estaba acordando de un día en 2004 que un tío me quiso atracar en la calle San Onofre. Quiso porque no lo consiguió. Aquí eso no me va a pasar.

¿Estás aislado también respecto a la vida literaria?

No sé si existe ese aislamiento. Yo en estos diez años he hecho excelentes amigos entre la gente que escribe. He conocido a gente tan cojonuda… Lo del petardeo, las entregas de premios y tal, no. Cuando yo empezaba en el cine, lo único que conseguí por ir a estrenos fue cogerme unos pedos gratis horrorosos. Nunca vendí una puta escoba. Siempre pensaba que los business se hacen por la mañana y pisando moqueta. Y el cine era muy distinto porque ahí sí necesitabas grandes cantidades de dinero para hacer cosas. Aquí, no. Nunca he hecho networking de ese y solo he conocido una editorial y media. No sé. Me hace pensar. El otro día un amigo me contó que se sacó el Twitter para promocionar sus cosas. Y me decía: es que tú no has hecho eso, hijoputa. Yo qué sé. No tengo ni idea ni me explico lo que está pasando. Pero sí sé que no hay que ir a un sitio que no te apetece. Eso está clarísimo.

¿Quieres hablar de esos amigos escritores?

Todo eso que se da por hecho de que el mundo literario es una selva… Yo no he visto nada. Me he encontrado todo lo contrario. Una gozada. No me he encontrado con nadie que digas… Bueno, sí. Sí. Pero bah… Tengo que hacer un gran esfuerzo para pensar en alguien que me haya caído mal en el mundo de la literatura.

¿No hay un Jim Jarmusch o un Ozores? ¿Todos son Luis Ciges?

Yo no he conocido nunca al Ozores este, pero por sus obras les conoceréis, y conozco ozoradas en literatura, pero con no arrimarte a ellos… En cambio, cuando quieres darte cuenta, eres amigo de gente cuyos libros te han gustado mucho. Cuando a mí se me ocurrió pasarme a los libros, recibí una gran ayuda. Mira, este te lo voy a mencionar. Es que nunca menciono para no dejar a nadie en el tintero. Fue gracias a un tío cuyos libros me parecen fascinantes: Miqui Otero. Yo no tenía ni idea de cómo se hacía esto de publicar y le llamé a él porque le había conocido en Oviedo, en unas jornadas de no sé qué historias. Fue todo lo contrario a los navajazos. Él me puso en contacto con Blackie Books. Esa fue toda mi experiencia de cócteles y petardeo.

Antes habías publicado Los millones con Mondo Brutto, ¿colaborabas con el fanzine?

Mondo Brutto es el proyecto de prensa más maravilloso del último cuarto de siglo en España y yo noto su influencia en todos los medios, en todos. Lo sepan los articulistas o no. Igual que nosotros estamos influidos por pintores que ni conocemos. Toda la prensa española esta transida de mondobruttismo desde 2000 o 2010. Yo tuve el honor de escribir alguna vez allí y cuando se lanzaron a los libros, publicaron dos: Los millones y un libro fantástico de Grace Morales que se llama Otra dimensión

Hablemos entonces de escritores muertos, siempre mencionas a Galdós como uno de tus referentes.

Me gusta un huevo leer a ese. Me parece una gozada.

También mencionas siempre a otro mucho más sorprendente: Otto Skorzeny, que fue jefe de operaciones especiales de Hitler y luego se exilió en España, trabajó para Perón y hasta para el Mossad…

Ese era un gilipollas de puta madre (risas). Por eso está bien leerlo. Es un soplagaitas de cojones. En mi casa, de pequeño, había muchos libros y había uno suyo. Pronto te das cuenta de que cae en contradicciones evidentes. Se lo inventaba todo. Era una especie de Münchaussen, un jeta. Pero sabiendo esto, lo lees y te encuentras a un tipo que está metido en unos problemas increíbles y tiene títulos maravillosos…

Luchamos y perdimos.

Ahí está (risas). Todos los títulos que nos inventemos son una mierda comparados con ese. Y el otro que tiene se llama Vive peligrosamente.

Pero no llegaste a conocerle, ¿no?

Conocí a un tío que sí me contó que de niño Skorzeny le había tenido en sus rodillas.

¿Sigues regalando soldaditos de plástico en las firmas de libros?  

Sí, esto queda cretino contarlo pero este año tuve que sacarlos del Risk porque no había soldaditos para tanta gente. ¿Tú te acuerdas de los sobres de los Montaplex? Pues los que regalo son  parecidos, pero mucho mejor hechos. Viene en cajas de cuarenta figuras. Al principio, comprabas tres o cuatro cajas para las firmas y los regalaba. Lo podía asumir y en la anterior novela, en plan bilbaíno, los empecé a regalar de metal para tirarme el pisto. Pero aquí en Los asquerosos ya fue un descojone y los cogí del Risk, que vienen cientos y cientos. Hay infantería, artillería y caballería. Los bonitos son los de caballería. Empecé regalando esos y se acabaron. Seguí con la artillería y también. Se acabó hasta la infantería, así que los dibujaba en las dedicatorias. Se acabaron todos. Lo que no quise fue tocar mi colección.

¿Qué otras cosas coleccionas?

Antigüedades recientes. O sea, cositas que se han quedado antiguas el otro día. Y todo lo que tenga que ver con la miniatura. Tengo una colección de trenes muy maja. 

Cuando se estrenó tu primera película, Mamá es boba, dijiste «todo lo que está ahí escrito, me ha pasado a mí. No es autobiográfico. Es ultra, híper, superautobiográfico».

¡Eso fue hace más de veinte años! (risas). Pero lo suscribo. ¡Claro! Es una forma compleja de decir que si las cosas las haces mediante la fe, todo lo que hagas será ultra, híper y metaautobiográfico. Yo estaba perplejo cuando la estrené. La mayor parte de cosas no sabía porque las había hecho, pero algo me decía que tenía que rodarla así o que tenía que hablar de eso, o meter escenas con diálogos que no hacen avanzar la historia. Me apetecían mogollón todas esas cosas y si quieres rodar algo, tienes que hacerlo. Aunque mucha gente no la entendió.

Antes hablabas de la cantidad de palos que te cayeron.

Hubo críticos a los que les sentó muy mal. Dijeron que yo era imbécil, pero ya se han muerto todos porque eran muy mayores.

¿Te llamaron imbécil?

Lo que dijeron fue «intelectualmente deficiente». Eso se publicó. Pero ese periódico ya ni existe. Quizá después de publicar eso se dieron cuanta de que el periódico era una birria (risas).

Y al mismo tiempo, la película consiguió una legión de fans.

Una compañía más que una legión. A mí me encanta esa película. La otra película que rodé ni siquiera la considero mía. Pero todo lo que está en Mamá es boba lo suscribo. Aunque me hubiera gustado mejor sonido. Y perdón por la cretinada que voy a soltar: la película es del año 97 y desde entonces me he encontrado muchas cosas en la audiovisualidad posterior que salen de la misma inspiración. Y como ya no estoy en el cine puedo permitirme el lujo de decirlo: esa película estaba adelantando algunas formas de hacer. Cretinada de la hostia venir aquí a decir eso. Pero así es.    

Como Eduardo Antuña, que fue su primera película.

Pues ya ves. Una de las cosas que se estaba avanzando era descubrir a gente como Eduardo Antuña o Faustina Camacho.

Faustina Camacho murió y no puedo rodar más.

Murió el 18 de diciembre de 1997. No llegó ni a verla estrenada.

Y el niño, José Luis Lago, ¿qué fue de él?

Hace unos años, Andrea G. Bermejo, de Cinemanía, lo buscó y ahora es un barista, se dedica a hacer cócteles. Tenía doce años cuando rodó la película y no sabía muy bien lo que estaba pasando. Salió de un casting al que no se presentó. Íbamos a escuelas Gabriel Velázquez y yo, nos metíamos en el aula con no sé que excusa y nos fijábamos en las miradas.

Por lo menos no le convertiste en una estrella infantil y le jodiste la vida.

Me acuerdo de un colegio al que fuimos. Íbamos con el director. Todos los niños estaban en clase y vimos a uno perfecto para el papel en el pasillo en hora lectiva. Era perfecto. Le pregunta el director qué hace allí y él responde que se ha cagado. Era perfecto de aspecto y de biografía, porque la película va de eso: de un niño que se caga en el colegio. Pero no eres tan hijo de puta como para decirle que haga una película autobiográfica. Qué habrá sido de él… Espero que le haya ido bien. Aunque la película hubiera quedado mejor (risas). No, nunca lo sabremos. Pero al desarrollo humano del niño no le habría ayudado nada y eso es mucho más importante que cualquier puta película.

Me imagino que te costaría muchísimo sacar adelante Mamá es boba, ¿cómo conseguiste esa libertad absoluta?

Porque yo produje la película. Empecé a juntar dinero y hubo momentos maravillosos. No olvidaré jamás en mi vida el 12 de septiembre de 1997, cuando muera será como mi Rosebud. Había un agujero económico y apareció un pedazo de tío de Bilbao que lo arregló. Surgían problemas horrorosos y se iban solucionando. Yo era muy bueno produciendo cortos, vivía de eso. A veces salían mejor y a veces, peor. Pero me gustaba mucho porque era un constante pasarlo mal y a mí eso siempre me ha gustado. Con la película no podía ocuparme al tiempo del guion, la dirección y la producción. Lo puse en manos de otros y fue un desastre absoluto. Pero todo se fue arreglando.

Fue un momento muy activo en el cine, de mucha intensidad.

En los noventa había muchísima gente de mi quinta que hacía cortos maravillosos, gente con un gran talento. De las productoras que se montaron entonces, no queda ninguna. Solo la de Santiago Segura, que siempre fue brillante, el mejor productor de todos, y el mejor tantas otras cosas. Pero no es posible que solo quede él con el movimiento de baby boomers que hubo.

¿Qué paso?

Que estaba todo pensado para que las productoras nuevas no salieran. No nos podía quedar ni ese cachito del pastel. Luego apareció el asunto de la venta de entradas bajo cuerda, todo eso empezó a publicarse en prensa a partir de 2002. Yo lo sufrí en mis carnes.

Te refieres a la venta de entradas falsas para llegar a un número mínimo de espectadores y cobrar la subvención.

Exactamente. La gente entraba a ver Mamá es boba. Todos los días íbamos a la taquilla de un determinado cine multisalas y veíamos en qué puesto habíamos quedado entre ocho salas. No importaba tanto el dinero como no quedar entre los últimos. Nuestro peor día fuimos los sextos y fue solo un día. Solíamos quedar los terceros. Nos habían dicho, y nos habíamos creído en nuestra ingenuidad, que los viernes quitaban de la cartelera la séptima y la octava película. Nos habíamos creído el libre mercado. Nos parecía racional y era bola. Siempre estuvimos los terceros y un día nos la quitaron porque el negocio no estaba en llevar gente al cine. Estaba en cualquier otra parte menos ahí, y cada vez pasa más eso. El negocio cada vez está menos en lo que debería estar. Yo nunca he querido saber, por ejemplo, dónde está el negocio en que se publiquen cada año cincuenta mil libros. Ni me interesa. Pero sé que no es posible. Mi editorial en cambio funciona con esa lógica de pueblo: si llevamos algo que la gente compra, seguimos, y si no, pues no.

Acabas de decir que te gustaba mucho la producción porque suponía pasarlo mal, ¿lo dejaste por esos chanchullo?

También disfrutaba mucho con el alcohol y lo dejé (risas).

¿Es lo mismo? Supongo que el alcohol habría empezado a hacerte daño.

El alcohol ya era un coñazo y producir en España no tenía ningún sentido después de lo que te he contado. Todo el heroísmo que yo veía en colegas míos que hacían cortos y un día rodaban un largo, no valía para nada si todo estaba montado de otra forma. Y todos quedaban contentos: las salas se forraban aunque no fuera la gente, las distribuidoras igual, las productoras… Los datos de consumo de cine eran cojonudos. Solo había una pega: la gente que estaba haciendo cosas de verdad porque se las creían quedaban arrinconados. Es más, tenías que sufrir la vergüenza de que te dijeran que tu película no había gustado y por eso la quitaban del cine. Nadie se iba a creer que era por otros motivos y encima tenías que sufrir ese escarnio. No, si la quitaban no era por eso, sino por un complejo sistema que luego salió a la luz y que no tenía nada que ver con que la gente fuera al cine o no. Un despelote.

Después de Mamá en boba, tardaste diez años en volver a rodar.

Y no sé para qué, la verdad.

Rechazas totalmente tu segunda película, Un buen día lo tiene cualquiera, ni siquiera la reconoces como tuya.

Es que ni siquiera el título es mío. Fíjate hasta dónde llega. Estábamos rodando y un buen día aparecen con camisetas para todo el equipo con ese título, sin consultarme ni nada. A mí me llaman y me preguntan qué me parece ese título. Les digo que mal y me mandan a la mierda, me dicen que siempre estoy quejándome. Y al cabo de una hora, aparecen con las camisetas ya impresas. Yo tengo una. La guardo. Es como un fetiche de cómo no hay que ir por la vida y todos los días pienso que si yo hago una cosa, el título lo tengo que poner yo.

¿El título de tus libros es siempre tuyo?

Eso es muy distinto. Suelen ocurrírsele a gente a la que admiro mucho. Los millones tenía un título espantoso, 936 millones, que es el peor título que te puedes echar a la cara, y un día me llama Luis Prieto desde Italia y me pregunta cómo voy con la novela esa de los millones. Los huerfanitos igual. Me lo sugirió Mer García Navas. Ni me acuerdo cómo se iba a llamar antes. Y el título de Mamá es boba era Payaso. Hasta que un día, Ana de Diego, una amiga de Valladolid, me preguntó cómo iba con la película de la mamá boba. Cosa que no pasó con Un buen día lo tiene cualquiera. Ni me consultaron. En qué cabeza cabe semejante imbecilidad de título.

Al margen de eso, ¿hubo muchos otros cambios?

Sí, todo el tiempo. La voz en off no es mía. Es más: pedí el nombre de quién la había escrito y no me lo dieron. Es una tomadura de pelo tan grande…

Ni te planteas volver al cine.

No, y creo que lo tendría más fácil ahora. Pero no quiero. Nunca he entendido esa historia de que debes algo a quien te produce una película. El favor es mutuo.

¿Te han comprado los derechos de alguna novela para adaptarla al cine?

Sí, de Los asquerosos.

¿Vas a participar de alguna forma en la película?

Ni pa´Dios. Va a haber una obra de teatro y una película, y ellos tienen que hacer lo que les dé la gana.

¿Te quejarás luego si la película o la obra no te gustan?

No, además esas cosas yo creo que se contratan. El enfrentamiento entre Gala y Vicente Aranda, por ejemplo. Hacen como que se enfadan y tal (risas). Estoy seguro. Solo diré algo si me ofenden. Si por ejemplo convierten Los asquerosos en un alegato a favor de Pablo Casado o de Almeida. Pablo Casado huye de la ciudad y estudia por fin cuarto y quinto de Derecho (risas). Pero no diría nada si fuera a dirigirla Mariano Ozores, por decir alguien. Me da igual. Yo tengo que portarme con la productora como los de Un buen día lo tiene cualquiera no se portaron conmigo. Que hagan lo que quieran. No se debe torpedear nunca el trabajo ajeno. Con Los huerfanitos hicieron también una obra de teatro un grupo de Vitoria, Traspasos Kultur, unos tío más majos… E hicieron un montaje tan chulo… Fenomenal.

Antes de Mamá es boba, rodaste varios cortos. Uno de ellos, Manualidades, era un auténtico disparate, un falso documental graciosísimo que nominaron a los Goya como mejor corto documental. Ni siquiera lo habían visto, claro…

Yo creo que no ven nada… Me dijeron que lo habían nominado al Goya y me pegué un alegrón de cuidado. Pero en aquellos años en algunos sitios se llamaba documentales a los cortometrajes. Nosotros no lo entendíamos y pensamos que igual era por eso. El corto además deja muy claro que es un falso documental. Uno de los niños, por cierto, es Héctor Llanos Martínez, que ahora escribe en El País. Me siento muy orgulloso de eso (risas). Nos juntamos varios de los que hicimos el corto en una casa de Embajadores y pensamos como el libro ese Lenin: ¿Qué hacer? ¿Qué hacemos con esto cuando lo están nominando como un documental y no lo es? ¿Qué hacer? Había un error y teníamos dos vías: retirarlo o la inacción y que todo siguiera fluyendo. Lo dejamos estar. Lo importante es que nos estaban echando un piropo. Si colaba como un documental, habíamos hecho lo que se pretendía, y nos parecía muy gracioso reírse de la sacra Academia (risas).  

¿Ni siquiera te planteas volver al cine con una cosa muy amateur y muy pequeña como esos cortos del principio?

El gran motor del cine no es el dinero, son las ganas de tratar con gente, de tirarte a tías o tíos, lo que sea, de tirarte el pisto, de ir por ahí, de enfadarte, de que te pasen ese tipo de cosas que pasan cuando te juntas con pandillas… Para contar algo, lo cuentas dibujando a plumilla o escribiendo. El motor de hacer cine son las ganas de rock and roll, y yo ya estoy en otra fase. Hay un par de cosas que me encantaría rodar, cosillas sueltas, pero me faltan las ganas de estar con unos y con otros, de conocer a alguien que tiene una cámara que te puede valer. Guardo un recuerdo fabuloso de cuando apareció el tío que me dejó la cámara de Manualidades en el sitio menos pensado, una cámara mucho mejor de lo que hubiera esperado. Guardo recuerdos maravillosos pero no me apetece rodearme de gente ni discutir cosas. Ya me volverán las ganas.

¿Ves series?

A mí es que es muy difícil que me mole una película o una serie, enseguida les ves las costuras y lo que va a a pasar.

¿No te pasa también con los libros?

Algunos sí y otros no. Tengo una amiga, Raquel Peláez, que me regaló HBO, mira qué maja, y he visto cosas fenomenales. El otro día vi una película que me parece muy grande, Entre dos helechos. La gente dice que es una nadería o muy superficial. ¿Pero tú eres tonto? Es una gozada, una puta maravilla, un prodigio de desfachatez. Normal que luego empieces a ver una serie y muchas veces pienses que no arranca o que ya sabes lo que va a pasar: un tío y una tía hacen como que se enfadan y ves clarísimo que van a acabar follando… Y las películas igual. Esas de gente en el instituto. O la comedia romántica, que me da un asco que te mueres (risas). ¿Series que están bien? Olive Kitteridge, Larry David, Chernobyl… O Muerte en León. Me regalaron HBO para que la viera.

¿Te gustó?

Ese tema me apasiona: que te maten y en tu pueblo haya mucha gente que se alegre. Me parece como de Shakespeare, y de verdad que lo siento. Supongo que estoy cometiendo un delito por decir esto pero mucha gente se alegró. ¿Eso es un delito? Con todas mis condolencias y aclarando que la violencia nunca es la solución… No matéis (risas), pero había una alegría en el ambiente extraña, una alegría que no la proporciona una verbena o la contemplación del río Bernesga… Uno ha vivido mucho la vida provinciana y eso me parece una gozada a efectos dramatúrgicos.

Has comentado antes que en tu casa había muchos libros.

Es que mis padres eran del gremio de la enseñanza.

¿Profesores?

Sí, y les molaba eso de los libros.

¿Te dieron clase alguna vez?

No, bueno, sí. No tenían con quién dejarte y me llevaban, me metían ahí y era muy chungo. Notabas que tenías un trato de privilegio muy repugnante. Iba a clase de mi madre, como con cuatro años, y ella tenía solo niñas. Cuando llegaba yo era como si llegara Rod Stewart (risas). Un día mi madre tenía que echarme unas gotas en los ojos, algo que siempre me ha dado muy mal rollo. Me puso las gotas delante de las niñas y todas se descojonaron. No lo olvidaré jamás, fue una humillación horrorosa (risas).

Lo que comparten todos tus personajes desde Mamá es boba es que son perdedores e inadaptados, pero no por ningún malditismo ni por ninguna transgresión. Al revés: se quedan fuera de puro buenos.

A mí las historias que siempre me han interesado son las de alguien al que nunca le pasa nada y de repente le empiezan a pasar cosas. Pero puede que tengas razón y el conflicto en mis historias sea el de una persona que no se mete con nadie y de pronto empiezan a meterse con él. Romper la bondad de alguien es un buen comienzo, o que el medio quiera romper la bondad de un tío y que él se resista, o que a partir de ahí su bondad vaya en progreso y aumente.

¿Estás escribiendo algo ahora?

Tengo cuatro cosicas empezadas pero ninguna llega a nada por ahora. Es todo basura. Lo cojonudo es que no hay prisa y como no hay prisa, puede que no tarde demasiado en salir. Me da vértigo pensar en la siguiente. No me creo que vaya a escribir otra.

¿Te pesa el éxito de Los asquerosos?

Nada en absoluto.

¿Entonces el vértigo ante qué es?

Ante que me guste a mí.

¿Te desconcierta la falta de control sobre lo que escribes? Quiero decir que una novela que pensabas que no iba a tener mucha repercusión ha llegado a muchísimos lectores.

Para mí, el gran éxito es Las ganas, una novela que vendió solo cuatro mil ejemplares. Ese libro me parece que está muy bien y me siento muy orgulloso. Prefiero eso a que Los asquerosos hayan vendido no sé cuántos miles. Yo siempre he sido un outsider, vengo muy curtidito, nadie me ha hecho nunca caso, y tampoco me ha sabido a nada todo esto del vamos a llamarlo éxito.

Pero te has emocionado comentando lo del antenista que te había regalado el libro con una nota de agradecimiento.

Cosas así también me pasaban con las otras novelas, pero menos, y eso no es un éxito comercial. Ahora también me ponen más a caldo.

Comentabas antes que esa reacción era muy minoritaria.

Poco, sí. Pero hubo una cosa que me dolió. Hasta que empezó a hacerme gracia. Los asquerosos salió con una faja en la que una serie de personas a las que no conozco decían cosas bonitas de la novela. Solo conocía a Laura Fernández y a Jabois le había visto una vez. También a Mercedes Cebrián, porque me pidió que le escribiera una cosa y no lo hice. O sea, mi trato con ella era haber quedado fatal. Y un día alguien dijo con todo el retintín que yo tenía muy buenos amigos. Me jodió porque eso afecta a mi vida personal. Pero todas las críticas que le hagan a una novela mía, yo ya me las he hecho antes y he tirado por ahí. Cuando decía que a mí no me ha sabido a nada, me refiero a que claro que es una gozada que lean tu libro, pero no me creo mejor autor ahora ni sé qué hacer con el dinero, y no acepto propuestas de inversión (risas). No me voy a cambiar de casa ni me he ido de putas, no me he traído un saco de coca, no me he comprado un coche porque no sé conducir. Tampoco he mandado a mis hijos a Princeton, porque no tengo, ni me he ido de vacaciones a Puerto Vallarta. A mí no me gusta salir de aquí, aunque un montón de gente se ha empeñado amabilísimamente en que fuera a su festival. Lo que me da vergüenza es ir ahora por la calle.

¿Te reconocen?

Alguna vez. Lo triste es que cuando te pasa algo así te pones a escribir con más ganas. Pero yo no. No tengo más incentivos de los que tenía hace un año. Por cierto, mañana justo hace un año que salió Los asquerosos.


Ruta distópica por la España medio llena

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Año 2051. Madrid capital llega hasta Seseña, la ciudad de Barcelona se extiende hasta Martorell y Sagunto es parte del centro de Valencia. Políticos, empresarios, sindicatos y ONG se preparan para celebrar un año más el Congreso Definitivo contra la Despoblación. Este año, en el que el encuentro se celebra bajo el lema «Banda ancha para el pueblo, esta vez sí que sí», el congreso se desarrolla a bordo de un tren solar que parte de la recién inaugurada estación de AVE de Badajoz como metáfora de que la población es una realidad en constante movimiento. 

Hay nervios. En unos meses hay elecciones autonómicas y comarcales, una realidad a la que se ha unido la inquietud de los más veteranos, que no saben de dónde ha salido la idea de conmemorar el XXX Congreso emitiendo durante el trayecto podcasts con intervenciones de aquellos años del boom, antes de 2020, cuando se celebraron decenas de encuentros dispersos con un objetivo común: frenar el éxodo rural, revertir la situación que había llevado a que más de cinco mil municipios de los ocho mil cien con que contaba España hubieran perdido población en una década, en un país en el que el noventa por ciento de las personas se concentraba ya en Madrid y en el litoral, es decir, en el treinta por ciento del territorio. 

Arranca el viaje. 

Primera parada: Festival del Contrabando

La organización ha pensado que el mejor modo de romper el hielo es empezar la ruta parando en Sanlúcar de Guadiana (Huelva), que saluda desde su orilla del río a los vecinos portugueses de Alcoutim, con la que ha logrado recrear una versión para todos los públicos de un futuro merecedor de ser obra de Houellebecq. Una Europa que ya no hace historia, sino que recrea la que tuvo en el pasado para atraer turistas. En 2051, el Viejo Continente se ha convertido en un parque temático de lo que fue para regocijo de viajeros procedentes de los nuevos imperios económicos. 

En los auriculares de los congresistas suena una conversación de otoño de 2018 con José María Pérez Díaz, entonces alcalde de Sanlúcar, entrevistado para una revista editada todavía en papel y en blanco y negro. La charla pretendía indagar en la fórmula que había hecho que ese municipio concreto pasase de 392 habitantes a 431 entre 1996 y 2016 mientras en esos mismos años las poblaciones vecinas de Cabezas Rubias, Villanueva de las Cruces o El Granado perdían población a ojos vista y envejecían hasta alcanzar una media de edad en el entorno de los cincuenta años. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

«Nuestro municipio tiene el río Guadiana, que no lo tiene ningún pueblo de alrededor. Es un río navegable, con una entrada importante de barcos, actividades náuticas. Hay personas jóvenes que se desplazan a trabajar en el campo en las fincas de los pueblos colindantes pero la actividad en auge, por la que apostamos para el futuro, es el turismo».

Aparece en pantalla una imagen también de 2018 de Marcos Garcés, entonces responsable nacional del Área de Jóvenes de la asociación agrícola y ganadera COAG. Parece que contestase al alcalde de Sanlúcar, pero habla muy lejos, desde Bañón, su pueblo de 157 habitantes perteneciente a la comarca de Calamocha, en Teruel.

«Yo vivo en una de las zonas más despobladas de España. En el pueblo de al lado, El Villarejo, viven dos personas; en Cosa, unas veinte (el INE recoge 55 en el padrón de 2017), y en Alpeñés, veintitrés, la mayoría ya jubilados. En diez años van a desaparecer. Nos estamos cansando de estudios, informes, veinte puntos, treinta puntos, para nada. No se ha hecho un análisis bueno aún. No podemos vivir todos del turismo. Mi zona es la más fea de Teruel. Aquí tienes que apostar por la agroindustria, por el cerdo con denominación de origen, agricultura de calidad. En vez de eso, vienen con proyectos rarísimos. Hace unos años hicieron un pantano (el del Lechago) y de repente quisieron montar Jiloca al Agua, un centro recreativo acuático en una zona tirando a árida como es Teruel. ¿Cómo vas a traer aquí un astillero para motos de agua? Lo que hay que hacer es organizar un buen transporte que sirva a la gente del pueblo para bajar y subir a la cabecera de la comarca a hacer trámites, ir al médico, lo que sea. Mi pueblo no tiene escuela rural, pero tiene un autobús que recoge a las chicas y los chicos para llevarlos al colegio y al instituto. Mi abuela aprovecha ese transporte para bajar a Calamocha a comprar. Y hay que analizar las ayudas que se dan, porque no se puede dar lo mismo a quien necesita tierra o una vivienda en el medio rural». 

El audio se corta. Se ha hecho el silencio en el tren. Los congresistas miran por las ventanas y sonríen por lo bien que han quedado los pueblos reconstruidos, con mujeres y hombres que acuden cada día desde poblaciones más grandes vestidos de otra época y esperan a la puerta de cada casa asignada la llegada de un grupo de turistas. Posan junto a cestos de mimbre que no van a terminar nunca y tornos que hacen girar cuencos de barro solo para la foto. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

El congreso echa pie a tierra y llega hasta el puente flotante sobre el Guadiana que une cada año Sanlúcar con Alcoutim desde su inauguración con motivo del primer Festival del Contrabando. Aquel día de 2017 cayó alguna lágrima al abrirse la pasarela y recordar cómo ochenta años atrás, de noche, sin puente y sin alegría, se cruzaba de una dictadura a otra transportando algo de café, huevos, harina o patatas, y miedo en grandes cantidades. Al recordar cómo huían de los guardinhas portugueses y esquivaban a los del lado español, porque algunos tenían el tiro fácil y otros las manos muy largas cuando cogían a mujeres contrabandistas. Ahora aquel trasiego a oscuras, ilegal, de subsistencia se replica a la luz del día como reclamo turístico para el que viene de fuera. 

La clave de esta pata de la nueva economía rural de interior es encontrar el reclamo, un principio inventado hace mucho. El Festival de Teatro de Almagro, municipio castellanomanchego de Ciudad Real, fue uno de los que lideró el fenómeno. En 2051 lleva décadas sin una verdadera tarde de encaje de bolillos, de esas con cojín, charla y silla en la acera con el repique de fondo de las maderas bailando bajo los alfileres, pero la imagen de las mujeres disfrazadas no defrauda al visitante. Los molinos de Consuegra ya no guardan en su interior granos ni harina, sino tiendas de souvenirs, garitos de música y bares de tapas, y en Madriguera, en la zona de los pueblos rojos de Segovia, todas las casas lucen mejor restauradas que en ninguna de las épocas vividas, reconvertidas muchas en alojamientos rurales y la mayoría en residencias de fin de semana y verano. 

La teoría ha funcionado en puntos concretos, pero España está plagada de pueblos dispersos de pequeño tamaño que se vaciaron entre los años treinta y cuarenta del siglo XXI, grupos de casas que fueron haciendo grumo con la cabeza de comarca, donde se encontraban todos los servicios. Por mucho éxito turístico puntual que tenga, el motor económico principal de la zona del Andévalo, una tierra históricamente de secano, es en 2051 el regadío intensivo. A mediados del siglo XXI, son grandes empresas las propietarias de las plantaciones que beben en Huelva de la presa del Andévalo y de la mucho más antigua de la Chanza. El fenómeno cogió fuerza en realidad entre 2016 y 2018, cuando empezó a autorizarse la puesta en marcha de miles de hectáreas de regadío en esa zona y ayudas para la extensión de las infraestructuras necesarias. 

Segunda parada: la mina

El tren se detiene por un breve tiempo en Rodalquilar (Almería). Lo justo para que la guía acústica repase algunos párrafos del libro de Luis del Romero Renau Despoblación y abandono de la España rural. El imposible vencido (2018, Tirant Humanidades). La obra recorre la migración forzosa iniciada con la desposesión de los bienes comunales a las comunidades rurales de la era preindustrial. En España ese proceso se opera en el siglo XIX como parte de las desamortizaciones, especialmente con la de Madoz, ya que «con el pretexto de la enajenación de bienes propios, se desamortizó un gran número de bienes comunales». El ejemplo concreto lo puso el regeneracionista Joaquín Costa, jurista, político, economista e historiador de finales del XIX y principios del siglo XX, que describió cómo los encinares de los pueblos de las faldas de Guadarrama como Chapinería, cuyos habitantes vivían de la cría de cerdos alimentados del fruto comunal de la encina, desaparecieron con la desamortización condenando a los habitantes de la zona a la emigración. 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

La minería moderna y la industrialización desde finales del XIX es considerada por Del Romero como un escalón más en esa «destrucción de las sociedades rurales tradicionales», con la creación de colonias que incluían en su perímetro todos los servicios ofrecidos a sus habitantes. 

El esquema fue repetido por industrias textiles y mineras. La peculiaridad del «ciclo minero es que acaba de modo tan brusco como empezó», explica Del Romero. Las colonias mineras de Sant Josep, La Consolació y Sant Corneli, al norte de la pequeña población de Cercs (Barcelona), en el margen derecho del río Llobregat, se crearon con viviendas de mala calidad construidas expresamente cerca de las minas por y para los mineros y sus familias, con los servicios comunes controlados por la empresa, desde el economato a las escuelas, pasando por los lavaderos públicos, el horno de pan y la cantina. Estas tres colonias, abocadas a su desaparición tras el cierre de la explotación en 1966, sumaban noventa y ocho habitantes en 2018, la mitad que veinte años antes. 

Algo muy similar sucedió en la Sierra de Cartagena-La Unión, donde incluso se pagaba en vales a los mineros para que comprasen bienes escasos en cantidad y calidad en las tiendas del empresario minero, y en algunos de cuyos poblados quedaban en 2018 solo unas pocas casas en régimen de alquiler que tras el fallecimiento de sus inquilinos fueron derruidas. 

Si las minas son ejemplos puntuales de población y despoblación brusca, fueron las crisis entre los años 1950 y 1970 las que provocaron el cambio más radical. Las migraciones internas hacia Madrid, Barcelona y Vizcaya propiciaron lo que Sergio del Molino llama «el Gran Trauma» en su libro La España vacía (Turner, 2016). «El país se urbanizó en un instante», explica, huyendo del paro y el hambre mientras los «constructores no daban abasto para levantar bloques de casas baratos en las periferias de las grandes ciudades, que se llenaron de chabolas». 

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Tercera parada: Celtiberia, la Laponia del Sur

¿Qué tienen en común Guadalajara, Cuenca, Teruel, Soria, La Rioja, Burgos y el interior de Castellón y Valencia? Una densidad de población inferior a ocho habitantes por kilómetro cuadrado, tan reducida que solo hay otras dos regiones en Europa con una densidad tan baja: el norte de Suecia y Laponia, la zona ártica de Finlandia. Los límites de esta región oficiosa, definidos por «un grupo de profesores de la Universidad de Zaragoza» liderados por el catedrático Francisco Burillo Mozota, se establecieron con la convicción de que «los mitos y ritos de las poblaciones anteriores a la dominación romana se habían conservado en los montes de esas provincias gracias al aislamiento secular de sus regiones despobladas», explica Del Molino. La pretensión una vez más era buscar puntos históricos comunes para armar un relato y convertirlo en atractivo turístico. 

La iniciativa de la Serranía Celtibérica no es la única que se ha puesto como objetivo luchar contra la despoblación en la Laponia del Sur. Sara Bianchi, coordinadora de la red de Áreas Escasamente Pobladas del Sur de Europa, relata cómo diseñaron una estrategia basada en la experiencia de las Tierras Altas de Escocia para Cuenca, Soria y Teruel. La población de las Tierras Altas de Escocia había pasado de caer hasta 1961 a subir hasta lograr, en 2014, niveles de población muy similares a los de comienzos del siglo XX. Se habían basado en partir de una serie de premisas, incluidas la conectividad, el acceso a la vivienda y a los servicios básicos; no centrarse en un sector concreto sino buscar la diversificación económica; el fortalecimiento de la comunidad, basándose en herencias culturales como el gaélico y la generación de facilidades al emprendimiento. Propusieron la creación de una universidad especializada, con cursos como el estudio de la historia, la tecnología y su aplicación en ámbitos como la telemedicina, y se armaron con una Agencia de Desarrollo Territorial, autónoma respecto de la Administración, con técnicos especializados capaces de buscar proyectos sin seguir los ritmos cuatrianuales de la política.

El problema en la España de 2018 es que partía incluso de la carencia de lo que el plan escocés consideraba premisas. Teruel, que en 2018 contaba aún con una única línea de ferrocarril cuyas malas condiciones obligaban al tren a reducir drásticamente la velocidad hasta cerca de los veinte kilómetros por hora, sin conexión con el AVE porque nadie aceptó prolongar ligeramente (unos treinta kilómetros) el recorrido de la línea entre Madrid y Valencia, siendo la última provincia de España que vio abrirse su primer tramo de autovía y con casi doscientos cuarenta municipios (el cuarenta por ciento del total) con menos de cien habitantes ha sido, junto a Soria, la provincia peor tratada en cuanto a inversiones del país. Lo peor es que se sabe en toda España desde que a finales de los noventa naciese la plataforma Teruel Existe y empezasen a desplegar su ingenioso abanico de protestas. 

En acceso a internet y telefonía el problema se extendía mucho más allá de Teruel. La ley obligaba en 2018 a ofrecer a un precio razonable acceso a internet con velocidad de bajada de tan solo 1 mega, un logro que llamaban sin sonrojo banda ancha universal. A finales de 2018 hubo un intento de solucionar el problema. El entonces llamado Boletín Oficial del Estado publicó la orden ministerial que aprobaba el plan para dar acceso a internet a una velocidad de bajada al menos de 30 megas al 90 % de los ciudadanos de los pueblos con menos de 5000 habitantes antes del año 2020. Tres eran las compañías que debían garantizar esa cobertura, las tres que se habían hecho con unas preciadas licencias de telefonía móvil en el año 2011 a cambio, entre otras condiciones, de proveer el citado acceso. Siete años se tardó en publicar el plan, dejándoles tan solo un año para cumplir. Los plazos empezaron a dilatarse. Las compañías lograron aplazamientos alegando una lista interminable de dificultades y finalmente consiguieron la anulación del plan, en buena medida gracias a la repercusión de un programa de televisión dedicado a mostrar la espectacular e inútil cobertura de acceso a internet en dos pueblos en los que ya no vivía nadie. No hubo casi ni debate a esas alturas. Todo el mundo aceptó que era mucho más necesaria la inversión en las cada vez más monstruosas ciudades, donde personas y máquinas competían por un hueco en la autopista de los datos.  

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)

Cuarta parada: la ciudad de las vacas

En 2018, se iniciaron también los trámites para instalar en España la mayor granja de vacas de Europa. La solicitud incluía más de 20 000 reses reunidas en una única instalación en una de las zonas con mayor tendencia a la despoblación de España: Noviercas, en Soria, un municipio que había pasado de una población empadronada de 258 personas en 1996 a 158 en 2017. Un sitio alejado de los grandes núcleos, como lo fueron en su día los que se eligieron para establecer centrales nucleares, térmicas o cementeras. La España despoblada no existe hasta que hay un interés económico incapaz de asentarse en otro sitio. En este caso es difícil imaginar otro lugar donde concentrar semejante volumen de emisiones de metano, generación de purines y necesidades de agua (dos millones de litros diarios se han solicitado). 

Desaparecidas las cuotas al sector lácteo en 2015, que Europa impuso durante años obligando a los ganaderos a limitar su producción o comprar caros cupos, los imitadores del modelo estadounidense y chino de macrogranjas pusieron la vista en Europa y, después de ser rechazados en otros países, llegaron a España. La macrogranja vacuna preveía producir 180 millones de litros de leche al año a un precio que ya se sabía que iba a provocar una fuerte distorsión en un sector acostumbrado a una media de 40 vacas por granja.

Ningún sector ganadero, salvo el porcino, tenía en 2018 establecido un número máximo de animales por instalación. Incluso con los límites, el sector del porcino estaba en ese año ya en manos en un noventa por ciento de empresas integradoras en las que en muchos casos el ganadero ponía la inversión en la instalación y su trabajo y era la integradora, en ocasiones directamente un grupo de distribución, la que le proveía del pienso y los animales para cría y engorde. Hubo muchos movimientos en contra de esas macrogranjas, también las del porcino, con la irrupción de algunas instalaciones que tendían a alcanzar los máximos permitidos. El campo estaba cambiando de nuevo y recibía a sus nuevos habitantes. La clave la había dado Lucy Mirando, la villana, dueña y primera ejecutiva del gigante cárnico Mirando Corporation en Okja, la película de Bong Joon-ho. Cuando salta el escándalo del trato que reciben los animales que acaban en el plato de millones de personas, le advierten del riesgo de que el negocio se hunda, a lo que ella contesta: «Si es barato, se lo comerán».

Fin de trayecto

La última conversación que se escucha a bordo del tren del Congreso Definitivo de aquel pasado en lucha contra la despoblación es con Isaura Leal, recién nombrada en 2018 comisionada frente el Reto Demográfico tras la llegada al Gobierno del socialista Pedro Sánchez Castejón.

La periodista quiere conocer las líneas generales de la estrategia que pretenden presentar en la primavera de 2019. Formulada la pregunta, espera la respuesta al otro lado del teléfono. «Perdona», se oye entrecortado. «Vamos en el coche y a veces se corta. Una prueba más de la necesidad de garantizar la conectividad de todo el territorio», dice Leal. La periodista repite su pregunta. «¿Perdón? Es que la oigo fatal. Estamos en el proceso de elaboración de la estrategia. Es un proceso participativo y abierto con comunidades autónomas y entidades locales y las medidas se elaborarán desde el consenso». En este punto la llamada tiene que ser interrumpida. No se oye nada. El tren ha llegado a su destino. Cada congresista vuelve a su lugar de residencia en la ciudad, lejos de las macrogranjas, lejos de las grandes plantaciones de regadío intensivo automatizadas, lejos de los escenarios recreados del pasado. Lejos de la España que acabaron por aceptar medio llena.

Fotografía: Noel Feans (CC BY 2.0)


Documentar la muerte de un amor

Ophelia, de Sir John Everett Millais, 1851-2. Imagen: Tate CC-BY-NC-ND (3.0 Unported). Clic en la imagen para ampliar.

La escritora norteamericana Joan Didion empezaba su libro El año del pensamiento mágico con una advertencia: «La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba». En la sucesión de líneas posteriores relata lo que supuso para ella enfrentarse a la muerte por infarto del que había sido su marido durante treinta y nueve años, el también escritor John Gregory Dunne. Por este libro autobiográfico ganó el Premio Nacional del Libro en el 2005 y fue finalista del Premio Pulitzer en el 2006. Se premiaba no solo lo literario, sino la valentía de mostrar públicamente su vulnerabilidad y tratar un tema sorprendentemente aún tabú, la muerte, especialmente en la sociedad norteamericana, en la que exhibir las emociones se concibe como una indiscreción y una debilidad. Poco después, pero una vez que el libro ya estuvo terminado, moriría también de pancreatitis la hija adoptada de ambos, Quintana, la única que tenían. Sobre esa puñalada final, Didion escribió en Noches Azules. «El tiempo pasa /¿Es posible que yo jamás me lo hubiera creído?», con ese halo de perplejidad de quien no termina de discernir realidad de sueño. El arte es, con frecuencia, catalizador de ese despertar de conciencia.

Sharon Olds también escribió sobre el proceso de pérdida de alguien intrínseco a uno mismo. Lo hizo en un libro de poesía magistral, conmovedor, El padre (1992), que llegaría a España de la mano de la editorial Bartleby doce años después de que se hubiera publicado en Estados Unidos. Aún recuerdo la portada azul, el título en amarillo. Sus versos eran un viaje desgarrador y lento desde la vida hacia la muerte, desde la existencia hacia la nada, desde el amor hasta la pérdida. El viaje común, el mal común. La común impotencia. Olds era capaz de expresar de la forma más simple (consiguiendo la dimensión de lo «aparentemente fácil»), la complejidad de la existencia humana y de la forma de relacionarnos. En uno de los poemas, «Carrera», retrata de forma muy sutil la brutal angustia de la distancia espacio-temporal, el sufrimiento de no llegar a tiempo al lecho de muerte de un ser amado. Lo hace sin drama, con suavidad, domando las emociones. «Despegamos de un lado del continente / y no paramos hasta posarnos / sobre la otra orilla. Entré a su habitación /y vi su pecho ascender despacio /y bajar de nuevo. Toda la noche/ estuve mirándolo respirar». En «El padre», la poeta exhibe (con dolorosa opulencia) la gama de emociones, detalles y recuerdos que la acompañaron durante la estancia en el hospital acompañando a su padre, enfermo de cáncer, en sus últimos días. 

«He aprendido a encontrar placer al hablar del dolor» dice uno de los versos que aparecen en el libro, que nos conecta con otros muchos pensamientos. Hay un alivio al liberarse del daño; al explicarlo y visibilizarlo el peso del sufrimiento se comparte. Es el dolor de todos. Sostenido por todos. Como seres mortales, a nadie le es ajeno. Y en esa manifestación pública del dolor más íntimo aparece la belleza de saber que no estamos solos, que nadie está exento de ese sentimiento, que seguimos siendo unidad pese a la pérdida. También, cuando uno habla del daño, lo deja ir, como a un pájaro. Aunque revolotee y vuelva, lo que importa es el gesto, la decisión de no guardar ni reprimir lo que nos corroe.

El libro de Olds es un manual paso a paso para entender y asimilar nuestro proceso vital. Una narración del delicado arco temporal de una hija antes y después de sobrevivir a su padre.  También C. S. Lewis se enfrentaría a la realidad más descarnada en Una pena en observación, un libro de luto tras la muerte de su esposa por cáncer de huesos. Y la escritora chilena, Isabel Allende al publicar en forma libro la carta que escribía a su hija, Paula, desde que entra en estado de coma, donde permaneció un año entero, hasta que murió: «Silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios». En 1975 pudo leerse Mortal y rosa, de Francisco Umbral, que empezó como una oda a la vida de su hijo que se vio interrumpida por la muerte del pequeño debido a una leucemia. La misma enfermedad que se llevó al hijo de Sergio del Molino, que también se asomó a ese abismo insondable que es la muerte en La hora violeta, publicada en el 2013. En una entrevista posterior, del Molino explicaba que después de la muerte de un hijo «aunque la gente no lo note, aunque no camines penando o con la cabeza baja eres otra persona y lo eres para siempre, incluso cambia la percepción de los sentidos». Estas obras no funcionan simplemente como desahogo personal, sino precisamente lo contrario; conocimiento compartido, avisos. Si no pueden ser tildadas de altruistas al menos sí de generosas. Es de agradecer que alguien encuentre las palabras que pocos tienen en momentos de tanto vacío.

La literatura puede detallar un sentimiento de forma gradual, expandirlo, permitiendo que el lector lo vaya interiorizando a su ritmo, racionándoselo en función de las pausas que su estado emocional le exija. El arte visual es, sin embargo, más salvaje. Nos obliga a procesar pensamientos y emociones en un solo instante.

Annie Leibovitz, considerada la fotógrafa más influyente de nuestro tiempo (definitivamente la fotógrafa mejor pagada del mundo) y nombrada «leyenda viviente» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, es también conocida por ser la fotógrafa de los famosos. Fue ella quién fotografió a John Lennon por última vez, pero también a la reina Isabel II y a Miley Cyrus. Por eso su trabajo documental fotografiando los últimos momentos de la que fue su pareja durante dieciséis años, Susan Sontag, fue recibido con suspicacia. ¿Añadía a su porfolio el morbo de retratar el sufrimiento de una de las intelectuales y escritoras más aclamadas de los últimos tiempos en sus últimos años de enfermedad, del modo más ofensivamente oportunista? Para muchos era una pura mercantilización de la vida íntima; según Leibovitz, publicó las fotos después de mucha deliberación, tras contar con el beneplácito de la hermana de Sontag y de su propio agente: «La muerte es parte de la vida», señaló en una ocasión la fotógrafa, que también documentó el nacimiento de sus hijos y la muerte de su padre. Sin embargo, el hijo de Susan Sontag, David Rieff, nunca se lo perdonó y públicamente se ha referido a esas fotos como un «carnaval de imágenes de la muerte». Sontag sufrió de un cáncer de pecho en 1974. Lo superaría, pero paradójicamente murió en el 2004 de una leucemia que contrajo por la radioterapia que recibió durante los años setenta. Nunca quiso admitir que se estaba muriendo; según su hijo, tenía un miedo atroz a la muerte. 

Las fotografías que le hizo Leibovitz, en blanco y negro, desentrañan la narrativa del cáncer en toda su crudeza, pero hay belleza en ese realismo sin ocultación, en ese revelar la vida sin escondite, sin salvación para nadie. Las imágenes, en lugar de ser una invitación voyeurística, tienen la fuerza y la responsabilidad del memento mori. Muestran a Sontag hospitalizada, muriéndose y muerta. En España pudieron verse en el 2009, en la retrospectiva Annie Leibovitz. Vida de una fotógrafa 1990-2005 que se realizó en la sala Alcalá 31. En su ensayo Sobre la fotografía, la propia Sontag diría: «La mayor vocación de la fotografía es explicar el hombre al hombre». En este sentido, Leibovitz no ha hecho en su carrera profesional algo más solemne. 

Otro fotógrafo que documentó la gradual muerte de su primera mujer, fue el norteamericano Eugene Richard. Dorothea Lynch contrajo cáncer de pecho a los treinta y cuatro años, después de quince años de relación amorosa con el fotógrafo. Ocurrió en 1978. Al no encontrar ninguna foto de una mastectomía a disposición de aquellos que no fueran personal médico, decidieron empezar un proyecto juntos que documentara el proceso oncológico. Crearon un libro colaborativo de belleza sublime, «Exploding Into Life» (Explotando en la vida) en el que se publican los diarios de ella y las fotografías de él. Una de las imágenes más potentes es precisamente «Mastectomía», en la que Dorothea aparece sonriendo, mostrando su pecho cicatrizado después de la operación. Él le había preguntado «¿Te sientes menos femenina después de la cirugía?» y ella se había echado a reír. «Ojalá pudiera explicarle que no es solamente la pérdida de mi pecho lo que me preocupa. Es lo que simboliza esta pérdida, la premonición del día en que todas las células de mi cuerpo se extingan como estrellas frías», escribía ella en el diario que se publicó. Cuando uno termina el libro y se enfrenta a la incertidumbre de la propia vida, los sentimientos son encontrados, algo se encoge y a la vez, algo se expande.

El sufrimiento y la muerte asustan, pero la intimidad y la vulnerabilidad compartida artísticamente es un regalo que tiene además una función catártica. Sería una gran avance prescindir de los juicios banales que apelan solo al morbo y al exhibicionismo, simplificando uno de los actos más valientes y generosos que puede hacer un artista: exponer su realidad, su verdad, su esencia y su dolor, en forma de ese espejo en el que cualquiera puede mirarse. Se añade además la función social esencial de visibilizar la muerte, normalizarla, recordarnos la única certeza que tenemos: todos, sin excepción, vamos a morir.


El cáncer y sus relatos

Fotografía: Karen Pulfer Focht / Cordon Press.

En una época en que buena parte de los médicos utilizan cuestionarios para recoger la historia del paciente de forma rápida y estandarizada, y recurren a aparatos como el podómetro, que cuenta los pasos que da un niño, o el cojín estabilímetro, que mide el movimiento de la pelvis mientras está sentado, para recabar datos de utilidad dudosa, se agradece que otra parte de la medicina esté cada vez más interesada en el relato de la vida del paciente. Las facultades de Medicina norteamericanas llevan años incluyendo cursos de arte y literatura en sus planes de estudios para mejorar la capacidad de reflexión y empatía de los futuros médicos. En principio, la idea me parece buena. La lección de anatomía de Philip Roth dice tanto o más del dolor que muchos tratados de medicina y es más probable que uno se haga una idea de qué siente un paciente terminal leyendo La muerte de Iván Ilich que leyendo un manual de cuidados paliativos. Pero quizá lo más interesante de estos cursos de «medicina narrativa» es que prestan atención al relato del paciente, a cómo integra este la enfermedad en la historia de su vida. El escritor Anatole Broyard ya habló de la importancia del relato en Ebrio de enfermedad, donde aconsejaba a los enfermos de cáncer que adoptasen un estilo propio: «Adoptar un estilo para afrontar la enfermedad es otra manera de recibirla en nuestro propio terreno, de convertirla en un mero personaje, uno más de nuestro relato».

Incluir el cáncer en nuestro relato, utilizando palabras propias, implica no dar por buenas todas las metáforas que habitualmente se usan para (no) hablar de él. En La hora violeta, Sergio del Molino cuenta los últimos meses de su hijo pequeño, Pablo, desde el momento en que le diagnostican una leucemia, y señala que «persisten demasiado lugares comunes y muchas ganas de esconder lo más feo de la enfermedad». También nos recuerda que las metáforas «no nos resguardan del dolor ni nos acorazan contra la realidad, que, impasible, avanza desnuda, sin tropos literarios». Al final de Wit, la obra de teatro de Margaret Edson, la profesora de literatura Vivian Bearing, que tiene un cáncer de ovario en estadio IV, se da cuenta de que las abstracciones de la poesía de John Donne ya no le sirven. Lo único que puede aliviarla es un cuento infantil despojado de metáforas. A Vivian no le interesan las interpretaciones metafóricas del cuento que hace su mentora, para quien el conejo es una alegoría del alma; sencillamente, el cuento del conejito la ayuda a dormir porque le recuerda a otro cuento que solía leerle su padre cuando era niña, un cuento que forma parte del relato de su vida.

Algunas de las metáforas que utilizamos con normalidad son particularmente dañinas. En La edad de hierro, J. M. Coetzee utiliza el cáncer de hueso que padece la protagonista como alegoría del mal que aqueja a la sociedad sudafricana. Sudáfrica sufrió varias invasiones coloniales y ahora los sudafricanos, parece decir Coetzee, llevan al bárbaro en los huesos. La anciana que protagoniza la novela, una mujer blanca, siente vergüenza por la pasividad de los blancos ante las injusticias cometidas con los negros durante el apartheid: «La acumulación de toda la vergüenza que he sufrido en mi vida me ha provocado cáncer. Así es como empieza el cáncer: el cuerpo se vuelve maligno de tanto sentir asco de sí mismo y roerse a sí mismo». La imagen que utiliza Coetzee funciona muy bien en lo literario, le sirve para diagnosticar de forma precisa el mal de todo un país, pero, además, deja entrever algunos prejuicios que ya desveló Susan Sontag en La enfermedad y sus metáforas (1). Decía Sontag que «metafóricamente» el cáncer «era el bárbaro dentro del cuerpo», y que la sociedad proyecta sobre la enfermedad lo que piensa sobre el mal. Según esta lógica perversa, el emperador de todos los males —y, por extensión, la persona que lo padece— encarna todo lo que la sociedad considera malo, incluso inmoral. A un enemigo de tal calibre, un enemigo público, solo cabe declararle la guerra. Los oncólogos dicen con frecuencia que los tumores malignos «invaden» y los tratamientos «contraatacan». Se ataca al objetivo con rayos o agentes químicos… La prensa habla de «artillería pesada contra el cáncer» y no es raro escuchar que, finalmente, alguien «ha perdido la batalla contra el cáncer». La imagen de la guerra contra el cáncer puede funcionar en las campañas para recaudar fondos para la investigación, pero no tanto cuando se aplica a un enfermo. Este tipo de imágenes bélicas, decía Sontag, no son inocuas, ya que «describen mucho más de la cuenta», además de contribuir a la estigmatización de los enfermos. Han pasado décadas desde que Sontag escribió su famoso libro (y su continuación, El sida y sus metáforas), pero seguimos hablando como si el cuerpo fuera un campo de batalla y los enfermos las bajas potenciales inevitables en toda guerra. 

Algo más sutil, pero íntimamente relacionada con la anterior, es la idea de la lucha. A algunos enfermos esta imagen les ayuda, les da fuerza. El problema de las luchas es que no siempre se ganan. Cuando se pierde una batalla, una partida, nos preguntamos en qué hemos fallado. ¿Ha fallado la estrategia?, ¿ha sido un problema de motivación, de actitud?, ¿por qué hemos sido más débiles que el rival? Estas preguntas pueden tener sentido en otros contextos, pero no en este. Aquí no hay personas fuertes o débiles, mejores o peores luchadores, solo personas que tratan de sobrevivir a una enfermedad. Unas lo consiguen y otras no. Eso es todo. No obstante, la idea está tan extendida que en países como Canadá existe el Cancer Fight Club, que a más de uno le recordará a los grupos de apoyo a los que acudía el protagonista del libro de Chuck Palahniuk llevado al cine por David Fincher

También apela a la lucha la oncóloga que trata a Olov Mathiessen en La desesperación silenciosa, novela de Daniel Dimeco: «¡Luche, Mathiessen, luche!, le gritó agitando los brazos al modo de una sermoneadora evangélica (…) Aproveche esta oportunidad. A través del dolor también se pueden aprender algunas cosas». Por supuesto, está muy bien animar a los pacientes, y cuanto más optimista se sea, mejor. Pero la lucha no puede ser solo un asunto individual. Por mucho que luche un paciente, por muy optimista que sea, va a ser difícil que sobreviva si no se invierte lo suficiente en investigación y tratamientos (en la novela de Dimeco, la seguridad social danesa rechaza la intervención quirúrgica del paciente alegando una larga lista de espera). 

Mención aparte merece la idea de que el dolor es una oportunidad que hay que aprovechar para aprender «algunas cosas». Personalmente, no creo que haya nada útil en el sufrimiento, pero no tienen que hacerme caso a mí, lean mejor a María Hernández Martí, que escribió una magnífica, y divertida, novela gráfica sobre lo que se aprende, o no, teniendo cáncer. Que no, que no me muero (ilustrada por Javi de Castro y publicada en Modernito Books) cuenta cómo cambia la vida de Lupe desde el momento en que le diagnostican un cáncer de mama y cómo cambia la forma en que los demás se relacionan con ella: «Cada vez que digo cáncer a la gente le falta tiempo para cerrar los ojos y darme el pésame» o «Mírala qué contenta va, peladita como está, la pobre; qué lección, qué lección»… El libro no da lecciones de nada. De hecho, huye de moralejas y de todo lo que huela a autoayuda: «Si buscan serenidad, rollo zen y buenos sentimientos, AQUÍ NO ES», dice la contraportada. Sin embargo, contiene un mensaje importante: subraya desde el título algo que deberíamos decir más: el cáncer no es sinónimo de muerte. 

Además de interponer una necesaria distancia entre el cáncer y la muerte, Que no, que no me muero muestra que se puede hablar con naturalidad, incluso con humor, del cáncer. También Bajo la misma estrella, de John Green, recurre con frecuencia al humor a la hora de contar la historia de dos adolescentes con cáncer. Teniendo en cuenta el público al que iba dirigida (adolescentes y jóvenes adultos), Green se pensó mucho el tono que le iba a dar a su novela; aun así, el libro no gustó a todo el mundo. Algunos medios ingleses pusieron el grito en el cielo al considerar que el cáncer no era un tema adecuado para una novela juvenil. El Daily Mail publicó un artículo alertando de los peligros de la sick lit, un tipo de literatura que trata de temas tan dispares como el cáncer, las autolesiones o el suicidio. Los detractores de la sick lit alegan que estas novelas pueden aumentar el riesgo de autolesiones o inducir ideas suicidas en los adolescentes, pero esta lógica difícilmente puede aplicarse a los libros que tratan del cáncer (que yo sepa, identificarse con los protagonistas no es un factor de riesgo de nada). Sin duda, hay que cuidar los contenidos a los que tienen acceso los adolescentes; sin embargo, los escritores y editores de novela juvenil son conscientes de esta responsabilidad y suelen ser especialmente cuidadosos.

Por otra parte, no creo que tenga mucho sentido considerar el cáncer como contenido «no recomendado para menores de dieciocho años» cuando la propia enfermedad no se caracteriza precisamente por hacer distinciones por razón de edad. Según el Daily Mail, «Mientras los libros de la saga Crepúsculo y sus imitadores son claramente fantasía, estos libros no ahorran detalles sobre las duras realidades de la enfermedad, la depresión y la muerte». Creer que los adolescentes solo están preparados para leer historias de vampiros es menospreciarlos. El paternalismo del Daily Mail parece ir en consonancia con el Zeitgeist. Vivimos en una época en la que todo, incluso el color rosa (2), es susceptible de considerarse inapropiado, o incluso ofensivo, y parece cada vez más evidente que está teniendo lugar una regresión. En el pasado los niños veían Bambi o Heidi aunque la muerte de los padres sobrevolara la trama o apareciera una niña en silla de ruedas. Y hace veinticinco años, Charles M. Schulz, creador de Snoopy y Charlie Brown, hizo un libro, ¿Por qué, Carlitos, por qué?, con los personajes de Peanuts para hablar a los niños de la leucemia y nadie se llevó las manos a la cabeza.

Otra cuestión implícita en el artículo del Daily Mail es qué sentido tiene leer una novela que hará llorar al lector o lo dejará «devastado», como se dice en algunas fajas. Se entiende que los escritores que han tenido que vérselas con la enfermedad o les ha tocado de cerca escriban sobre el cáncer (José Ángel Barrueco escribió sobre el cáncer de su madre en Angustia; Maite Núñez escribió sobre el cáncer de mama en algunos relatos de Cosas que decidir mientras se hace la cena o Todo lo que ya no íbamos a necesitar; Anatole Broyard empezó a escribir Ebrio de enfermedad cuando le diagnosticaron un cáncer de próstata; Harvey Pekar y su mujer, Joyce Brabner, escribieron una novela gráfica, Our cancer year; Jennifer Hayden escribió La historia de mis tetas…), pero ¿qué saca el lector de estos libros? Mortal y rosa, de Francisco Umbral, es desgarrador, pero al leerlo, además de tener la impresión de estar ante uno de los mejores libros de la historia de nuestra literatura, una siente que está leyendo algo real. A través de estos libros, accedemos a zonas del alma desconocidas para los que no hemos pasado por una situación así, nos aproximamos a un dolor del que apenas sabemos nada y del que procuramos mantenernos alejados, abrimos los ojos a una realidad que preferimos no ver. No me parece poca cosa.


(1) Este aspecto ha sido abordado en artículos como «Age of iron as a cultural text: the question of apartheid and the body», Neimneh, S. S. y Obeidat, M. M., en English Language and Literature Studies (2014); 4(3); o «Enfermedad y desplazamiento, una lectura poscolonial de La edad de hierro de J. M. Coetzee y Mi hermano de Jamaica Kincaid», Buksdorf, D., en Literatura y lingüística (2015); 32:63-84.

(2) «Breast cancer is serious. Pink is not». Artículo de Theresa Brown publicado en The New York Times el 28 de octubre de 2017.


Visión rápida de Castilla: iglesias, trigo y girasoles

Me gusta viajar en tren regional. Pero a veces tengo que tomar un AVE, un Alvia, un Euromed o un Talgo. Acabo de cruzar muy rápido, lo más rápido que he podido la meseta, las dos mesetas. No es que yo tuviera demasiada prisa. El que tenía prisa era el conductor, que parecía estar harto de tanto paisaje plano y monótono y de tanto calor y sol cegador, y quería llegar lo más pronto posible al fresco norte, a las noches húmedas de Bilbao, y encima (dice una pasajera): «es que son las fiestas, la Semana Grande». Los demás pasajeros parecían encantados con las prisas del conductor, y fruncían el ceño a modo de queja cada vez que el tren se paraba en algún lugar desolado, en alguna estación perdida, incluso en un cruce de vías de entrada a alguna de las pocas grandes ciudades por las que pasamos. ¿Se puede ir de Madrid a Bilbao con solo cinco paradas? Sí, claro. Y si son cuatro pues mejor. Y si son tres pues mejor aún. Y si pasa como con el primer trayecto, de Valencia a Madrid de un tirón, sin parar ni una vez, entonces es maravilloso. El campo, el paisaje rural,  ha muerto. Es el pasado. El futuro es un espacio en blanco entre dos grandes ciudades que cada vez se reduce más… (No, no vamos a hablar de La España vacía, de Sergio del Molino; es un buen libro, pero ya hemos hablado en otros artículos).

El único que se ponía contento cuando el tren se detenía un momento —normalmente para esperar que pasara otro tren, nunca para recoger o dejar viajeros— en algún pueblo pequeño era yo. Y me ponía contento porque podía fotografiar las estaciones (sí, todos tenemos vicios raros y extravagantes, y el mío es muy perverso: me gustan las estaciones abandonadas, me gusta hacerles foto y pensar en su historia, en esa historia que no tienen a quien contar), e iba memorizando los nombres para luego buscarlos en el mapa (otro vicio raro y vergonzoso: me gusta mirar los mapas). Y mientras lo hacía pensaba en la terrible decepción de los capitalistas franceses que construyeron la primitiva línea Madrid-Bilbao, cuando en el viaje inaugural se dieron cuenta de que entre Madrid y Bilbao no había nada, pero nada de nada, solo pueblos míseros que no tenían ningún interés en el tren, ni nada que ofrecer al tren, ni mercancías ni pasajeros, pueblos que le daban la espalda al progreso por venganza, por rencor, porque el progreso nunca había llegado a ellos y el futuro era una palabra muy peligrosa que no podía traer nada bueno. Ellos, los empresarios franceses que habían construido la línea, venían, como su nombre indica, de Francia. Un país donde la diferencia entre el campo y la ciudad no era abismal, donde el campo es verde y está poblado, no donde es amarillo y está desierto, donde los pueblos tienen pequeñas industrias y talleres y, por consiguiente, mercancías, donde las gentes tienen dinero para irse de excursión en tren. ¿Excursión en tren? Eso no puede ser bueno para la salud, es evidente. Y además, ¿viajar por placer?, eso aquí no se hace, aquí uno se va porque no tiene más remedio, y muchas veces se va para no volver.

No. No nos pongamos pesimistas. Pero es cierto. Ya desde el mismo viaje inaugural los mismos empresarios que la habían construido comprendieron que difícilmente la línea iba a ser rentable. Y que todos los muelles de carga y todas las estaciones que habían ido colocando como miguitas de pan en mitad de la meseta se iban a quedar demasiado grandes para el poco tráfico que iban a tener. Como de hecho así fue. Y fue así en prácticamente todos los ferrocarriles españoles. El negocio estaba en la construcción del ferrocarril, en la venta de acciones, en las ayudas de los gobiernos liberales (que eran los que más potenciaban el tren, con leyes muy favorables para las compañías ferroviarias). Pero una vez terminada la línea, una vez las humeantes máquinas se ponían en marcha… ¿Dónde estaba el negocio? ¿Dónde estaba si los trenes iban casi vacíos? ¿Si el milagro del tren no traía detrás, inmediatamente, el milagro de la industrialización? Por no traer no traía ni el milagro de la exportación de los productos agrícolas de la zona. Porque, por supuesto, se empezó a mandar el trigo castellano a todos lados, pero pese a todo el ferrocarril era deficitario, la mayoría de las líneas entraron en crisis a los pocos años de empezar a funcionar. Y el Estado tuvo que ir a rescatarlas. ¿Les suena la historia?

En otro artículo conté como el pleno del ayuntamiento de un pueblo castellano vetó la llegada del ferrocarril. Así como suena. Prohibieron que se trazara ninguna vía en su término municipal. Era evidente que estos buenos aldeanos no veían nada bueno en ese invento del demonio. En otras partes del país los caciques presionaban a los ingenieros justamente por lo contrario, para que desviaran el ferrocarril hasta la misma puerta de sus residencias de verano, o de sus haciendas, de sus molinos o de sus plantaciones. Querían el tren, sí, pero para ellos, no para el pueblo. Los habitantes del Burgo de Osma durante muchos años sintieron rencor por una de estas familias, que hicieron que la estación de la ciudad se colocara junto a su hacienda remolachera de La Rasa, a siete kilómetros del centro urbano. Lo cuenta Dionisio Ridruejo, que nació allí, en sus memorias. Pero yo he leído y oído otras historias, y algunas son peores, de esas que acaban con el ingeniero muerto en un extraño accidente. ¿Y qué pasaba mientras este país se iba modernizando, aunque fuera muy lentamente? Pues nada, en estos pueblos meseteños no pasaba nada. Nada que no fuera seguir el ritmo de las estaciones, y continuar con tradiciones y modos de vida cuyo origen se perdía en los tiempos. Pero esa manera de pensar y de vivir no era cosa propia de sus habitantes. O no únicamente. Estaban tutelados por la Iglesia. Y por los señores, muchos de ellos reciclados a políticos.

En un pequeño pueblo de Burgos un pastor fue el primer hombre que consiguió volar. Sí. Volar. No me he equivocado de verbo. Volar como los pájaros. Naturalmente, un hecho así fue muy celebrado y conocido en su época y al sencillo pastor las autoridades locales y nacionales lo premiaron con todo tipo de honores y recompensas, ¿verdad? Pues no. Era ironía, evidentemente. De hecho, lo extraño es que haya constancia de esta historia. Poca, muy poca. Pero la hay…

Estamos en 1793. En Francia ha rodado la cabeza de un rey y aquí hay mucho miedo al progreso. A todo lo que suene a progreso. El pobre pastor fabricó lo que se definió como una especie de «pájaro mecánico compuesto de una viga armada de madera, dotada de unas alas que podían ser batidas por un mecanismo especial construidas por varillas de hierro cruzadas de alambres entre las cuales se colocaron telas y plunas». ¿Conocía este hombre los planos de Leonardo Da Vinci? Se dice que había estudiado las aves de la zona y que era muy mañoso para todo. Lo cierto es que lo hizo él solito, y fue suficiente valiente o temerario como para probar su invento. Un buen día, ayudado por unos amigos, subió su máquina voladora a una peña y se lanzó al vacío. Increíblemente no se mató. Voló poco. No llegó, según parece, a unos cuatrocientos metros. Y tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia, muy brusco. Pero no se mató, ya digo, y casi fue lo peor. Porque, muy rápidamente, el cura tomó cartas en el asunto, y con otros vecinos del pueblo localizó el aparato y lo quemó sin demora. Tal como se queman los herejes en la plaza. El pastor murió de depresión. Y ese final es el que a mí me parece más terrible. No se premia al inventor, se le condena a una muerte silenciosa, a la incomprensión, al silencio, y si puede ser al olvido.

Conocí esta historia gracias a una película, que, como es lógico, tampoco es muy conocida. Es de 1996 y se llama La fabulosa historia de Diego Marín. En una escena de esta película un personaje le dice al pastor que se vaya a Francia, que allí le harán caso, y podrá inventar lo que quiera. Pero el pastor no quiere marcharse a Francia. Quiere quedarse en su tierra. Es una película doblemente triste. Porque es nuestra historia y porque los que controlaban nuestra historia no querían que nadie tuviera la osadía de pensar que los hombres podían volar. Porque si pensaban que podían volar, ¿qué vendría después?

Mientras recuerdo la historia de Diego Marín y de cómo fuimos los primeros en algo y casi nadie se enteró, porque no interesaba, pienso en lo mucho que se ha criticado por parte de los intelectuales urbanos a los paletos del campo. Y en ese momento el tren se detiene en una estación con un nombre que me suena: Torquemada. Y no me suena para bien, desde luego. Torquemada fue un inquisidor terrible. Pero no más terrible que cualquiera de los inquisidores de la época. Y no solo en España, que a veces nos olvidamos que si aquí perseguíamos con saña a los herejes, al otro lado de las fronteras también hacían lo mismo, con herejes, con brujas y con cualquiera que se atreviera a desafiar al poder de la iglesia local, como por ejemplo a Miguel Servet, condenado tanto por unos como por otros y al final quemado en Ginebra por orden de Calvino. Pero nosotros tenemos una leyenda negra muy bien montada, muy bien sostenida en el tiempo. Hemos hecho un trabajo de propaganda impecable. Cuando nos odiamos, nos odiamos bien. Y ahora cualquier historiador o estudiante de historia o aficionado a la historia conoce a Torquemada y posiblemente no conoce a Alonso de Salazar y Frías, que como Torquemada era inquisidor, pero al contrario que este no tenía tanto gusto por ir quemando a la gente. Y nos dejó frases que si hoy son valientes en su época eran temerarias:

Los inquisidores creo que no deberán juzgar a nadie a menos que los crímenes puedan ser documentados con pruebas concretas y objetivas, lo suficientemente evidentes como para convencer a los que las oyen.

Y por eso uno hizo carrera y el otro no, uno es recordado como «el martirio de los herejes, el relámpago de España, el protector de su país, el honor de su orden» (palabras del cronista Sebastián de Olmedo) y el otro ha quedado exiliado en los libros para académicos y estudiantes de oposición que se quieren salir del temario, es decir, para gentes raras, peligrosas y de mal vivir.

Pero el tren avanza. La historia avanza. La estación de Torquemada está abandonada, o si se usa es solo como triste apeadero. ¿Cuántos vecinos tiene hoy en día este pueblo? ¿Cómo llevarán el peso de su topónimo? En un pueblo no muy lejano a este hace unos años los vecinos votaron por cambiarle el nombre. El pueblo se llamaba Castrillo Matajudíos. Está muy bien eso de cambiar el nombre al pueblo, pero tal vez lo mejor sería explicar bien quién mataba a los judíos castellanos y por qué se los mataba. Curiosamente hace muy poco pasé por ahí. Lo primero que destaca del pueblo es su gran iglesia. Y ahora que voy en el tren por Castilla me doy cuenta de que hay un montón de iglesias. Siempre en el centro en el pueblo. Siempre elevándose sobre las casas. Tanto que muchas veces es lo único que se ve a lo lejos. Campos y campos y al fondo la torre de una iglesia, como un faro en la distancia. Un faro que protege. O vigila.

Fotografías: Alfonso Vila Francés


Los que nunca abandonarán su pueblo

Sinforosa.

Comiendo mierda. En sentido literal, caca cogida del suelo. Así quiso ridiculizar el franquismo las fotografías de Eugene Smith en la revista Life del pueblo de Deleitosa, en Cáceres. La intención del fotógrafo era denunciar con un fotorreportaje el estado de España tras la Guerra Civil, su sometimiento. E impedir que se la incluyera en el Plan Marshall sin antes derribar su dictadura. Una de sus fotos, la de un niño recogiendo excrementos, fue publicada en la prensa española atribuyéndole al autor la frase en su reportaje de que el crío lo que iba a hacer era comérselos.

El pie de foto real no tenía nada que ver con eso, me explica Virginia Mendoza, autora de Quién te cerrará los ojos (Libros del KO, 2017), pero, tantos años después como han pasado, aún sigue doliendo en ese pueblo. Se publicó en 1951 con el título de «Spanish Village». La escritora ha ido a la localidad y ha comprobado cómo aún hoy algunos allí no quieren «ni oír hablar del tema de Smith». Es una vergüenza, es un escarnio. Parece mentira que perdure la emoción de aquello, pero hay una paradoja en todo esto que subraya la autora que da idea de la dimensión de la despoblación rural. Las fotos que sacó ese americano para denunciar la decadencia de España fueron tomadas en el mejor momento demográfico de la localidad.

Virginia comenzó este trabajo antes de la aparición de La España vacía, de Sergio del Molino. Pero su enfoque es diferente y complementario. Similar al que ofreciera con su anterior obra, Heridas del viento, sobre Armenia. Ha recorrido el terreno y ha sabido mezclarse entre las gentes, las pocas que quedan. Para comentar con ellas, ganándose su cariño y confianza, lo que hay o lo que no hay. La soledad y la llegada inmisericorde del fin definitivo de los pueblos que habitan. Es un retrato de primer orden de la España rural en crisis. Ha accedido a los testimonios in situ y lo ha hecho con una especial sensibilidad, la misma que exhibiera en aquellos textos sobre el Cáucaso. Es curioso. Lo que recoge su obra en esencia, en comparación con la anterior, es que no hace falta irse lejos para encontrar lugares esculpidos por exotismos de la historia. A pocos kilómetros de nuestras ciudades residen estos personajes en sitios marcados por el abandono, cargados de historias y relatos de tiempos pretéritos. Leyendas que bien sabemos que son verosímiles, porque los españoles nos conocemos, y que se van perdiendo junto con estos pueblos y aldeas y sus naturales. Por eso ha ido en búsqueda de pueblos en los que no queden más de media docena de habitantes, a veces solo uno. Virginia no cree ni mucho menos que la España rural esté muerta, es algo en lo que insiste sin cesar. De quien se ha ido en búsqueda es de los que mantienen el arraigo contra viento y marea. Los inarrancables. Los que nunca abandonarán su pueblo.

Hablo con ella y le voy deslizando las ideas que ha expuesto. La primera y fundamental, el sentimiento de traición que experimentan los que se quedan solos en los pueblos por parte de los que se van. Existe una indiferencia muy reaccionaria de los que viven en territorios poblados sobre los que no. La misma que siente la felicidad por la desgracia, como dijo el filósofo. Para Virginia: «No es tanto que se sientan traicionados porque todos se hayan ido, como que vuelvan para preguntarles por qué no se van. Ellos son conscientes de que los que se han ido tienen unas necesidades que el pueblo ya no puede cubrir, les duele que solo la ciudad pueda satisfacerlas y no ese lugar que han cuidado toda su vida con tanto cariño».

En internet proliferan las webs que se dedican a la compraventa de aldeas, iglesias o monasterios. A veces se venden en packs. Un artículo en El País de 2015 calculaba que había mil quinientas aldeas a la venta. Los restos de poco menos que una civilización extinguida están de saldo. Sin embargo, mientras queda alguien, los últimos vecinos, este mercadeo no consigue penetrar. Escribe Virginia que viven en una especie de sistema al margen del capitalismo. «Ellos se han librado de ciertas necesidades que a otros se nos han impuesto», subraya la autora, «quedarse en lugares que se iban vaciando les ha permitido salirse de la rueda capitalista, aunque no fuera de manera intencionada. Tienen la vida que tienen, con sus cosas buenas y sus cosas malas, pero están tranquilos. Por ese acapitalismo ni siquiera necesitan ser felices, les basta con eso, con estar tranquilos». Una cita de Delibes que encabeza un capítulo dice así: «La insolidaridad de la vida moderna les ha pillado desprevenidos».

Han aprendido a no necesitar y, además, algunos recelan de las bondades de los inventos modernos. Cita la autora a Sinforosa, una de las personas que entrevista en su viaje por estos lugares, que ha tenido una cocina encerrada en una habitación durante una década porque le parecía un invento del demonio que podría explotar en cualquier momento. También se niega a usar una lavadora porque dice que para eso ya tiene el lavadero.

En la soledad, estas personas que llevan tantos años sin un contacto humano frecuente —reflexiona la obra— puede que a veces acaben perdiendo parte de su lengua materna. Se les va olvidando a fuerza de no usarla. No hay con quién. Uno de los personajes que aparecen abrevia el lenguaje más de lo normal cortando las frases con «el ese». Virginia sospechó que quizá le costaba recordar las palabras. La misma sensación tuvo con Jesús, otro hombre solo en un pueblo, que llevaba treinta años sin querer saber nada de nadie. El libro cita el caso de un estadounidense que estuvo cinco años prisionero de los talibanes en Afganistán, aprendió su lengua y, a su regreso, hablaba mal en inglés, la suya.

Una situación distinta es que con la pérdida de estas personas vayan desapareciendo idiomas. En el caso en el que se detiene la autora es en el del beltesán, dialecto del aragonés. A día de hoy no más de treinta personas deben hablarlo. Ángel Luis, el pastor que entrevista Virginia en Huesca, está tratando de apuntar todas las palabras que recuerda de la lengua de sus padres para que quede algo de ella. Mientras, se queja de la inacción del Gobierno de Aragón en este aspecto y de que, encima, todos los servicios y dotaciones que llegan a su zona son para los veraneantes de la ciudad, no para ellos. Señala con fastidio los helicópteros de rescate. Se siente como un indio.

Virginia me cuenta que este es un fenómeno universal: «Tiene que enfrentarse a una burocracia que le complica su trabajo y que le agota, mientras ve que, por ejemplo, la PAC va a parar siempre a los bolsillos de los que no trabajan la tierra como él. El sentimiento de Ángel Luis es el de cualquier campesino, no solo en España. En el cómic Rural, de Etiène Davodeau, que parte de entrevistas con campesinos franceses, uno de los protagonistas se queja exactamente de lo mismo, casi con las mismas palabras».

Ángel Luis.

En estas conversaciones con los lugareños, por la obra también va asomando la historia de España. Recuerdos de guardias civiles disfrazados de maquis para combatir a la guerrilla. Tal y como lo cuenta, parece la visión más impactante en toda la vida del que la recuerda. Pueblos cuya población había emigrado en masa a Guinea Ecuatorial cuando aún era colonia española. En una pequeña localidad, cuyo nombre no figura en el libro, el Gobierno de Franco intentó con su plan de repoblación forestal crear pastizales mejorados para evitar la despoblación. En realidad, acabó con la agricultura y ganadería de esas zonas, prohibía a las ovejas entrar en las nuevas zonas de pinos, y consiguió lo contrario, aumentar el fenómeno migratorio. Los propietarios de montes se los tuvieron que vender a Patrimonio Forestal del Estado. Los que no lo hicieron, fueron expropiados. El 27 de agosto de 1968 le tocó al pueblo de Victoria en las Tierras Altas de Soria. Una de las zonas más despobladas de Europa actualmente. A la mujer todavía la persigue la expropiación forzosa. Siempre se acercan en su búsqueda periodistas para que recuerde el episodio. Ella se niega. Fue algo tan sumamente traumático que no quiere ni revivirlo. Sus vecinos de otros pueblos cercanos se encargan de disuadir a los plumillas. En una ocasión, se ausentó para ir al médico y le robaron en casa. Parece como si hubiera sobre ella una especie de maldición bíblica: lo perderás todo. Desde entonces no tiene radio. No escucha nada. No sabe nada de nadie, pero hace poco vio un bebé por casualidad y se echó a llorar, dijo que creía que nunca jamás iba a volver a ver uno.

Son testigos del fin de los tiempos. En Vea, en las paredes de su derruida iglesia se puede leer una pintada: «Día 21 de octubre de 1962, se ba terminando el pueblo». Ahora, la mayoría de los protagonistas de este libro quieren morir en el lugar donde nacieron, tienen un vínculo emocional muy fuerte con la tierra, señala la autora. «Se sienten responsables de algo cuya vida ahora mismo creen que va a desaparecer con ellos. Sinforosa es quien cuida la ermita y la hospedería para cuando vienen los antiguos vecinos (un día al año), Ángel Luis escribe un diccionario de un dialecto que está a punto de desaparecer, Antonio recupera con sus manos la aldea en la que su madre aprendió a leer y a escribir, María se subió a un campanario y se enfrentó a la Guardia Civil y al cura porque no había nadie más para defender las campanas. Mi abuelo, y esto no aparece en el libro pero lo he recordado después, limpiaba la maleza de caminos por los que ya nadie pasaba, y lo hacía por si algún día los necesitaba alguien… Hay mucho de responsabilidad, de solidaridad (por si acaso vienen), de nostalgia y, con el tiempo, de rebeldía».

El mayor drama es ver cómo van desapareciendo los bares. Hay pueblos que luchan encarecidamente por mantener abierto el único que les queda. Pero desde hace años la realidad es muy tozuda, como documenta Virginia en Quién te cerrará los ojos, son todos conscientes de que los jóvenes se van a por trabajo a otra parte y los viejos ya solo pueden irse al cementerio. La situación de estas gentes se puede mirar desde diferentes ópticas. La fácil es el melodrama, la sentimental; Virginia Mendoza ha optado por la de la dignidad y, por qué no, la rebeldía. Escribe en estas páginas: «Quedarse, mientras la sociedad sigue promoviendo su alegato a favor del movimiento incesante, de la prisa, es su pequeña revolución. Que los llamen tozudos o tontos puede que les reporte cierto orgullo en ese viaje a contracorriente que es su vida».

Tierras Altas de Soria, cerca de Sarnago.


Libros para regalar a quienes no saben de qué hablamos cuando hablamos de amor

Fotografía: Jonathan Cohen (CC).

Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.

Idea Vilariño

Muchos creen que si abren una novela de amor estarán poniendo un pie en la novela rosa. Creen que irá necesariamente sobre una pareja que se conoce, se enamora, vive una intensa historia de pasión, se estabiliza y acaba bien con un hijo. Como si el amor tuviera solo una forma, esa forma. Como si solo los amantes se quisieran, y no se quisiera también a una madre, a un hijo o a un amigo. O como si no se pudiera escribir sobre ello. O escribir grandes historias.

El lector no es el culpable, es la víctima. El amor es casi siempre menospreciado por el lado más intelectual de la cultura. Todo lo que tiene que ver con la felicidad, las emociones y la ternura raramente es aceptado por la literatura más seria y formal. Por eso la novela escrita por mujeres ha pasado desapercibida en la historia, descalificada como alta literatura. Porque se ha establecido que el amor, la maternidad, lo cotidiano, las emociones o el costumbrismo son temas menores. Y por eso muchos pensarán también que la novela de amor es una novela de mujeres. Y que, porque es de mujeres, también es para mujeres.

A todos aquellos que creen que cuando hablamos de amor estamos hablando de romanticismo les costará seguir adelante con esta lista subjetiva de novelas sobre el amor en sus muchas formas. Y, sin embargo, a ellos la dirigimos, confiando en poder vencer su resistencia. Y advirtiendo de que, a fin de cuentas, estamos hablando de novelas de amor: es decir, de segunda clase para una inmensa mayoría. Cualquiera de ellas admite la cubierta forrada con periódico para poder leerla en el transporte público.

Amor al hijo

Las dos grandes novelas de amor al hijo son, sin duda, de David Grossman. Después de perder al suyo en la guerra, Grossman ha escrito La vida entera y Más allá del tiempo. Dos novelas preciosas y escalofriantes sobre el amor al hijo y su pérdida. Una mujer está completamente en contra de que su hijo se marche a la guerra, pero él, de todos modos, se va. Para protegerlo, la madre decide echarse a andar: mientras no vuelva a casa y conozca la noticia de que su hijo ha muerto, lo estará protegiendo.

Otra de las novelas espléndidas sobre el amor al hijo y su pérdida es de Sergio del Molino. La hora violeta es un canto al amor y a la vida. Pablo, su hijo, es el protagonista de esta novela tan difícil: es un niño muy pequeño, prácticamente un bebé, y está enfermo. Entre sus padres y las enfermeras de oncología le hacen la vida un poco más llevadera, mientras Pablo va robándole el corazón a todos los lectores que se acercan a su historia.

Otra forma de amor a los hijos es la de La buena letra. En ella, Rafael Chirbes, a a través de la voz de Ana, le cuenta a su hijo su vida. Es otra de las caras que tiene el amor, una de las menos llamativas: el amor calmado.

Amor de amantes

No podría faltar, por supuesto, El amante, de Marguerite Duras. Cuánto hay de deseo en el amor no lo sé… en cualquier caso, es uno de los imprescindibles si queremos leer libros de amor apasionado entre un hombre y una mujer. Si El amante te convence y no te cansa el estilo cortante, poético y desbordante de Marguerite Duras, lo mejor es seguir con El amante de la China del Norte, que podría funcionar perfectamente como segunda parte.

Si lo que quieres es, además de amantes, leer sobre Lolitas sin leer el libro de Nabokov, mi propuesta son dos libros: Memorias de Leticia Valle, de Rosa Chacel, y Bestias, de Joyce Carol Oates. En ambos casos se trata de una alumna dispuesta a volver loco al hombre, al maestro maduro. Las historias son sutiles y psicológicas: Rosa Chacel apenas lo intuye, mientras que Joyce Carol Oates es mucho más agresiva en su ardor.

Amor entre amigos

Carmen Martín Gaite presentó uno de los temas que menos se ha tratado en la literatura. La mujer siempre está a disposición del personaje masculino: o bien es la madre, o bien es la hija, o bien es la esposa, o bien es la amante. Una historia que trate la amistad de dos amigas es algo insólito en la época. A partir de la correspondencia que mantienen Sofía y Mariana, en Nubosidad variable vamos adivinando quiénes son y qué esperan de la vida.

En cambio, Mi planta de naranja lima trata el amor desde un punto de vista muchísimo más tierno, casi infantil: la amistad entre un niño y un arbolito, y la amistad entre un niño y un vendedor ambulante. Zezé, el personaje entrañable de José Mauro de Vasconselos, es un encantador jovencito que emociona y enamora a quien lo conoce. Ingenuo, tierno y astuto, se te mete en el bolsillo desde las primeras páginas… y cuando ya te tiene, te muestra la peor miseria que puede vivirse en la pobreza.

Amor a la madre… y odio

De nuevo Joyce Carol Oates se cuela en la lista, esta vez con Mamá. La muerte de la madre de la protagonista la hace cuestionarse sobre ciertos aspectos de su vida, que ha quedado algo trastocada.

Igual que la de Blanca, el alter ego de Milena Busquets en También esto pasará, que tras la muerte de su progenitora se queda a medias y debe reconstruir con amor, sexo, vida y maternidad el vacío que ha dejado la enfermedad y la muerte de su madre.

Pero, como no puede ser de otro modo, también está el odio a la madre. La autobiografía fantástica de Jeanette Winterson, ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal?, deja claro cómo las relaciones familiares, en este caso de una madre adoptiva y su hija pelirroja-escritora-lesbiana, pueden ser un lazo asfixiante.

Mi madre, de Richard Ford, es imprescindible en esta clasificación.

Amor al padre… y odio

Descubrí la ternura y el sosiego de la literatura de José Luis Peixoto con Te me moriste, un título espléndido para una novela breve, muy breve, en la que se desnuda frente a la muerte del padre.

Cementerio de pianos es otro ejemplo de novelas de amor paternofilial, de generación en generación; un aspecto poco tratado en la literatura con tanta amabilidad.

Pero, por supuesto, también hay, en el amor al padre, algo de odio. En Correr el tupido pelo Pilar Donoso mata al padre como solo puede matarse a los padres ya muertos. El escritor chileno, lleno de contradicciones y manías, quiso ofrecerle a su hija adoptiva Pilar una familia, unas raíces, pero ella jamás pudo sentirse integrada en la tribu que tenían preparada para ella. El libro, que podría funcionar como biografía del escritor, es también un repaso por la vida de la hija de un escritor olvidado de la generación del boom.

Sin olvidar Buenos días, tristeza, de Françoise Sagan, que mezcla el amor y el odio al padre, fusionado con la admiración de ciertas adolescentes por sus padres solteros… y la repulsión hacia las madrastras disciplinadas.

Amor familiar

Que todas las familias tristes lo son a su manera ya lo sabemos, por eso el amor familiar es un tema tan complicado. No se sabe nunca si lo que llamamos convivencia y familia es exactamente algo relacionado con el amor, por eso en esta sección cuesta tanto identificar si es amor, si es normal, si… De todos modos, Lila, la última novela de Marilynne Robinson es una novela sobre el amor en distintas formas: el amor entre una mujer que hace de madre pero no lo es, el amor de una niña a su salvadora, el amor de una nómada por un reverendo, el amor de un reverendo viudo por una mujer joven… el amor puro, tierno, de los adultos inocentes.

Y dentro de la extrañeza de las novelas familiares, donde se mezcla el amor sin romanticismo y el odio, cualquier novela de Natalia Ginzburg podría funcionar para ilustrarlo.

Amor a la juventud

Rayuela. Sí, Julio Cortázar es el que mejor ha amado la juventud y mejor la ha plasmado, con toda su idiotez e ingenuidad. Rayuela es un libro fácil y difícil que hay que ir abriendo y cerrando según el momento.

Amor mal entendido

El más común de los amores es el mal entendido, el que parece amor pero no lo es. Las novelas de amor mal entendido podrían ser todas o prácticamente todas, pero yo me quedo con el falso amor de La plaza del Diamante o de Aloma, de Mercè Rodoreda. La escritora catalana es una experta en el amor tramposo, el que te amarra pero te hunde. Tanto la Colometa como Aloma viven engañadas, creyendo que están viviendo la mejor de las felicidades gracias al hombre del que están enamoradas, pero no podrían estar más equivocadas.

La identidad, de Milan Kundera, podría ser otro ejemplo: una pareja aparentemente normal cae en el juego sucio. El hombre le manda cartas de un supuesto admirador para ver cómo reacciona ella, y es entonces donde acaba el amor pero el personaje cree que empieza.

Y, sin duda, y porque no puede faltar el nombre de Stefan Zweig en las listas, Carta de una desconocida. La protagonista, que lleva toda su vida enamorada de un hombre que ni siquiera recordaría su nombre, le escribe una carta larguísima confesándole la tristeza de su vida: no haber sido correspondida.

Desamor

La última novela que me ha fascinado mezcla el amor y el desamor sin que te des cuenta, que es como se suelen dar el amor y el desamor: Departamento de especulaciones, de Jenny Offill, es un libro breve, rompedor, con un ritmo de infarto, que trata la vida por encima y sin embargo cala bien hondo. El amor de su marido, la infidelidad, la maternidad y el perdón crean a un personaje que podríamos ser cualquiera, y sin embargo es excepcional.

El despecho del amor traicionero está magistralmente tratado en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, y Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman. En ambas novelas, las protagonistas llevan la vida perfecta que sueñan los que sueñan con vidas perfectas, y sin embargo son infelices, están desquiciadas, aman y odian por igual.

Pero si de verdad hay que leer algún libro que trate el amor más contradictorio y feroz, no hay ninguna duda: hay que leer la poesía completa de Idea Vilariño —la mejor, la peor de las amantes.


Lecturas que habría lamentado perderme en 2016

Library confusion, por Sam Hood, 1952. Foto: State Library of New South Wales (DP).

La España vacía, de Sergio del Molino. ¿Qué vamos a decir a estas alturas sobre el mejor ensayo de 2016? Solo un par de cosas. Una, que instruye deleitando. Dos, que el pacto de amnesia de la transición posfranquista nos hizo olvidar también cuestiones gravísimas y ancestrales, como la que este libro nos plantea de nuevo.

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin. Apabullante. Fenomenal. Divertidamente desesperado. Las mujeres de este libro son como los hombres en las películas de John Ford; espero que esto no suene machista, porque es el mejor elogio que se me ocurre.

Sangre en los estantes, de Paco Camarasa. Los recuerdos de un librero, engranados con los anales de una librería hermosa y difunta (Negra y criminal), envueltos en un tratado sobre la literatura negra. Una magnífica sorpresa.

La España de Alá, de Ignacio Cembrero. Insisto: el mejor periodismo está en los libros. Este es un trabajo imprescindible, tan rico en datos como en historias extraordinarias, sobre un tema que suele abrumar y que tendemos a abordar con simplificaciones.

Biblia, Corán, Tanaj, tres lecturas sobre un mismo Dios, de Roberto Blatt. El título acojona. Las páginas iluminan. Este ensayo bíblico ofrece muchísimas claves para entender nuestro tiempo. Como La España vacía, ha sido editado por Turner: cabe sospechar que en esa casa hay alguien que piensa.

Escapar, de Guy Delisle. Es la historia de un secuestro ocurrido hace casi veinte años en el Cáucaso. Es un concentrado de angustia, monotonía e ingenio, coloreado con todas las gamas del gris. Cada viñeta encierra una joya.

Patria, de Fernando Aramburu. Supongo que es una de las novelas más vendidas del año. Y no me extraña. Constituye la enésima confirmación de que en un buen relato lo más importante no es el tema (en este caso, ETA y la tragedia vasca), sino los personajes y sus voces.

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela, de Javier Pérez Andújar. Barcelona no ha muerto del todo. Lo que queda de ella sobrevive en la periferia, preservado por tipos como el autor de este artefacto juguetón y sarcástico.

El lagarto negro, de Edogawa Rampo. Esta novela se publica en unas semanas, pero yo la he leído en 2016 y he disfrutado como un niño: una historia detectivesca escrita en 1930 por un japonés sabio y truculento; un cóctel de aventuras y escenas de vodevil; un texto tan inocente como perverso. En ciertos momentos, uno siente un placer parecido al de leer por primera vez un Tintín o un Sherlock Holmes.

Bajos fondos, de Luc Sante. Son crónicas del hampa neoyorquina, de gente sórdida y disparatada, de escenarios cutres, de peripecias imposibles. Cuenta la infrahistoria de la capital de un mundo desaparecido, el del siglo XX: lamentaría de verdad habérmelo perdido.


Días de verano en el páramo: castillos del Duero

Castillo de Berlanga de Duero.
Castillo de Berlanga de Duero.

Hace muchos años, cuando yo era un chaval recién metido en la universidad, pasé un verano excavando en Tiermes. No voy a hablar de esto, pero este dato previo es fundamental para entender por qué tenía tanto interés en volver al sur de Soria, que es como volver al culo del culo del mundo, y lo digo sin ninguna intención de ofender, porque a mí me encanta Soria, como me encanta Teruel, pero una cosa no quita la otra: estas son dos de las provincias más despobladas y olvidadas de Europa, y la situación no va a cambiar hasta que se asuma la realidad en toda su crudeza. No está nada claro que vaya a mejorar mucho, no si los políticos iluminados de turno piensan que la cosa va a cambiar a base de cemento y concursos de arquitectura. Y sí, me refiero a esa maravilla del capitalismo patrio llamada «Ciudad del Medio Ambiente». Pero no vamos a perder el tiempo hablando de cómo se ha tirado el dinero en infraestructuras, que no acabamos nunca, sino que vamos a explicar por qué hay que ir al culo del culo del mundo (en este caso el sur de Soria, aunque bien podría ser alguna comarca de Palencia, Zamora, Teruel, Cáceres o Guadalajara: España está vacía por dentro, como una fruta con una piel muy lustrosa y fresca pero un corazón abrasado y desierto), y vamos a indicar algunas pistas para no perderse, lo cual no resulta muy difícil como, se verá.

Como algunos lo van a citar (o deberían hacerlo), lo cito ya de entrada: hay un libro básico que ha salido hace poco: La España Vacía, de Sergio del Molino. Es un libro muy interesante, pero aquí no vamos a hacer análisis serios, vamos a hablar de turismo, de esa cosa que trae algo de dinero y de gente a un sitio donde hacen falta ambas cosas. Cuando estuve excavando en Tiermes, hace ya más de veinte años, allí no había nada. Solo el yacimiento, un pequeño museo (muy pequeño) y una cantina perdida donde se citaban algunas de las personas más extrañas que uno, recién salido de la ciudad, se había tropezado en su vida. Era un auténtico lujo poderse tomar unas cervezas frías en un lugar como aquel, y a nosotros, estudiantes tumultuosos, nos bastaba con eso. Ahora hay un restaurante muy decente, con un hotel igual de decente. Y hay turistas, hay bastantes turistas porque han mejorado la carretera, que era muy mala. También han ampliado el museo, con lo cual los turistas pueden ver algunas de las cosas que se han encontrado en el yacimiento (aunque la mayoría están en Soria ciudad). Pero lo más interesante, además del yacimiento en sí, y de ese muro perfecto que es la sierra de Pela, es la iglesia románica que señala el lugar. Se ve desde la carretera y sirve de faro perfecto, porque en ese paisaje tan hermoso y tan vacío de todo indicio de poblamiento humano, ver una iglesia, aunque sea una iglesia pequeña y modesta, supone un alivio para los viajeros no habituados a tantos kilómetros de soledad absoluta.

Iglesia de Tiermes.
Iglesia de Tiermes.

Cuando llegué a Tiermes por primera vez me contaron que por uno de estos valles perdidos los americanos habían montado una base secreta, tan secreta que nadie sabía dónde estaba. Por entonces las sierras no tenían esos modernos molinos de viento y las carreteras eran aún peores, lo que ya es decir. Las nevadas del invierno eran (y son) terribles. No sé si la historia es cierta o no, pero me pareció que aquel era el mejor lugar del mundo para esconder una base militar secreta. Si sales de Berlanga del Duero, de El Burgo de Osma o de San Esteban de Gormaz, todo lo que encuentras durante cientos de kilómetros a la redonda son trigales, campos de girasol, encinares, pinares y estepas desoladas. Los pocos pueblos que hay, además de ser muy pequeños, tienen la extraña costumbre a primera vista de colocarse en los lugares más recónditos, generalmente alejados de las pocas carreteras. Tal vez el hecho de buscar el fondo de los barrancos o los pliegues de las colinas se deba a las terribles condiciones climáticas; o tal vez se deba a que sus habitantes, a fuerza de estar solos, han llegado a amar la soledad. O no, o uno lo ve todo desde el prisma del urbanita y la vida en el páramo es otra cosa, otra cosa que para entender hay que vivirla en primera persona.

Decía Sergio del Molino que se ha idealizado mucho la vida rural y que esa es una de las causas del fracaso del movimiento neorural. Lo de «fracaso» es relativo. Volviendo a Tiermes hay que decir que solo el hotel y el restaurante ya dan trabajo a algunos jóvenes. Al pasar por el pueblo vemos que hay parada de autobuses y eso es nuevo: hace años no había servicio de autobús. Uno tenía que buscarse la vida para llegar allí como podía. Si han puesto servicio de autobús es que hay demanda suficiente para mantener una línea de autobús. Y esto no es una tontería: hace ya años se habló de suprimir la única línea de ferrocarril que aún queda en la provincia de Soria, la línea que conecta con Madrid. Si este plan hubiera prosperado (y no prosperó por la oposición de los sorianos), Soria hubiera sido la primera provincia de España en quedarse sin ferrocarril.

Y hablando de ferrocarril uno piensa en lo que siempre se dice: que la llegada del ferrocarril traía el progreso, el capitalismo, la industrialización, los nuevos tiempos que iban a poner fin al atraso español. Pues no, parece que aquí no: parece que aquí el ferrocarril solo sirvió para vaciar los pueblos, para que las gentes de la zona se montaran en un vagón para no volver nunca. Aquí el tren era siempre un tren de ida, o al menos esa es la impresión que uno tiene. Y ahora, una vez vaciados los pueblos, ya ni hay tren. De las tres líneas que cruzan la provincia ya solo queda en activo media línea y con muy pocos trenes al día. Las estaciones o están abandonadas o se han convertido en simples apeaderos donde pocas veces se ve algún pasajero. Pero, eso sí, junto a las ruinas de Numancia tenemos esa otra ruina actual, la Ciudad del Medio Ambiente, con la diferencia de que la primera trae turistas y no ha costado más de cincuenta millones de euros. Cincuenta millones tirados a la basura. Se dice pronto.

Estación abandonada de Monteagudo del Castillo.
Estación abandonada de Monteagudo del las Vicarías.

Si no queda apenas gente en Soria, y no queda apenas  gente en el sur de Soria, ¿qué queda? Pues lo de siempre: un paisaje magnífico. Y un pasado que uno se tropieza al tomar una curva y que, sin gritos, sin estridencias, sin llamar la atención escandalosamente, se planta delante de ti y te obliga a parar el coche o a tomar un desvío no previsto. El castillo de Gormaz, por ejemplo, se ve desde cualquier punto. Vayas a donde vayas, si pasas por estas carreteras, lo verás sobresalir entre una masa boscosa. Porque aquí también hay bosques de pinos, aunque sea el norte de la provincia el que tiene los bosques más extensos y conocidos. El castillo de Gormaz fue uno de los principales castillos musulmanes de la península. Los cristianos quisieron tomarlo muchas veces, sufrió muchos asedios, pero ninguno tuvo éxito. Aunque hoy en día está muy deteriorado merece la pena pasar toda una mañana o una tarde allí, y digo toda una mañana o toda una tarde porque hay que verlo con mucha calma, y hay que sentarse en la muralla y contemplar cómo corre el Duero por debajo. Y cómo pasan las nubes y cómo el viento sacude levemente los chopos. Si lo que ves y lo que sientes no te relaja, es que no te relaja nada. Y si lo que quieres es encontrarte a ti mismo pues francamente no se me ocurre otro mejor lugar para hacerlo. Estamos en agosto pero hay pocos turistas. Ya he dicho que hace falta que venga gente a Soria, porque sin gente no funciona la economía. Pero aquí no hay ningún turismo masificado. A veces llegan autobuses y durante un rato hay un pequeño bullicio de personas disparando fotos y estirando las piernas, pero luego se van y uno se vuelve a quedar solo o casi solo. Con tiempo para pensar. Con tiempo para pasear tranquilamente y sentarse en un alto a contemplar los campos, los montes, los bosques y el cielo. Y las piedras, claro, las piedras de los castillos, de las iglesias, de las viejas casonas. Las piedras mudas que no cuentan su historia a primera vista, que son adustas y hurañas hasta que te cogen suficiente confianza. Porque las tierras difíciles guardan muy bien sus secretos. Y por eso algunos viajeros impacientes piensan que no tienen secretos, cuando en realidad tienen montones de ellos.

Castillo de Gormaz, al fondo.
Castillo de Gormaz, al fondo.

Hay un dilema que he visto en otras partes, en otros pueblos. En cierto lugar cuyo nombre no es necesario mencionar ahora los habitantes estaban divididos entre pedir que se asfaltara el camino o dejarlo como estaba, sin asfaltar. Los que estaban en contra decían que eso traería gente que no venía nada más que a molestar, que no aportaría nada al pueblo, que solo vendría de paso. Otros decían que el pueblo necesitaba mejor comunicación. Que el pueblo tenía que abrirse al mundo. Que todos los visitantes eran buenos, tanto si quedaban allí o no. Este es un caso extremo pero el debate es el de siempre: hemos destrozado la costa, masificándola y llenándola de hormigón. ¿Qué vamos a hacer con el interior del país, con lo que aún queda por «colonizar»?

En Tiermes han montado una fiesta pagana para atraer turistas. Cada cierto tiempo, cuando la luna así lo dispone, organizan una cena celtíbera con salto de hoguera incluido, como no podía ser menos. Lo llaman «Fiesta del Plenilunium». Me dice el camarero del restaurante que la bebida «celtíbera» que ofrecen consiste en una especie de orujo de la zona y que «lo hacen los arqueólogos». Me quedo muy preocupado. El camarero no me aclara si los arqueólogos hacen la hoguera, la bebida o las dos cosas, pero en cualquier caso la cosa debe de ser digna de ver, aunque supongo que muy peligrosa. No sé cómo serán los arqueólogos que hoy en día pululan por Tiermes en verano, pero los que yo conocí estaban como una cabra. Es comprensible: pasar dos largos meses en el páramo, a mil doscientos metros de altitud, con calor terrible y frío terrible, sin ninguna comodidad y teniendo que vigilar a hordas de estudiantes tumultuosos, siempre propensos al desorden, la lujuria y la rebelión, tenía que afectar forzosamente a su salud mental.

San Esteban de Gormaz.
San Esteban de Gormaz.

Por desgracia me pasé por el museo y lo encontré cerrado. El yacimiento estaba vacío (eran las dos de la tarde y el sol de agosto golpeaba de lleno). No vi tiendas de tumultuosos estudiantes en el prado, lo cual me hizo pensar que no había ninguna campaña de excavación en curso, lo cual es una pena. En cualquier caso hay un cartel que indica que se hacen visitas organizadas a las ruinas, y eso es magnífico. Como es magnífico que se hagan todas las fiestas paganas que la luna permita (las próximas son el 18 de agosto y el 17 de septiembre). Aporto este dato por si este reportaje sale a tiempo y alguno tiene la tentación de ir. Y en ese caso le pido un favor: que cuente la experiencia. Aquí en el culo del culo del mundo hay gente que se busca la vida para poder vivir dignamente sin tener que emigrar a ninguna gran ciudad, y eso es algo que me merece todo el respeto del mundo. Lo que no entiendo es para qué carajo necesitaba Soria una «Ciudad del Medio Ambiente». Pero esa es una pregunta que hoy, de vuelta al bochorno mediterráneo, se quedará sin respuesta.

Sierra de Pela.
Sierra de Pela.

Fotografía: Alfonso Vila Francés


«La España vacía»: cuando el primer verbo que se aprende a conjugar es huir

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Fotografía: Feans (CC).

Llamas por teléfono a tu tío, tu abuela o tu primo, preguntas qué tal y te contestan siempre lo mismo: «Cada vez hay menos gente en el pueblo, ya no quedan niños en la escuela, la calle está vacía…». De hecho, hay gente que ni llama. Cada vez son más las generaciones de españoles que no tienen un vínculo directo con el pueblo de sus antepasados. Hay una España que está desapareciendo y no parece importarle gran cosa a nadie. Solo nos acordamos de ella cuando truena, como cuando tras las últimas elecciones mucha gente le ha echado la culpa a «los viejos de los pueblos» de los malos resultados de electorales de la izquierda. La España por debajo del valle del Ebro, excluyendo el litoral y Madrid, es una España ignorada en general, a la que se odia oportunamente y de la que en realidad poco se sabe.

Sergio del Molino, periodista, ha publicado este año el ensayo La España vacía (Editorial Turner) sobre la situación y trayectoria de las regiones más deshabitadas de nuestro país, algunas con densidades de población siberianas, como el sur de Aragón y la Castilla oriental. «Siempre me ha fascinado el erial», comenta al preguntarle qué le motivo para escribir sobre este asunto. «Desde que empecé a trabajar como reportero en Zaragoza y descubrí que esa extensión donde vivían cuatro gatos estaba llena de historias a las que nadie prestaba atención, vi un filón periodístico que nadie apreciaba».

Esta conversación trascurrió justo después de las últimas elecciones y era menester comentar las alusiones a «los viejos de los pueblos» que llenaron las redes sociales para justificar los aparentemente buenos resultados del PP puesto que aún no ha logrado gobernar a día de hoy, que demostraban el desconocimiento que hay de estas áreas rurales: «Son muy injustos los comentarios, porque ese mapa azul que llena las circunscripciones del interior peninsular no significa que la gente —efectivamente, más envejecida que en la España urbana— de esos lugares haya votado unánimemente al PP, sino que el sistema electoral, con su división por circunscripciones, distorsiona el reparto de escaños y hace imposible la proporcionalidad en las regiones despobladas. Dicho de otra forma: no es que todos voten al PP o que voten al PP en una proporción mayor que en las ciudades, sino que cualquier opción que no sea el PP tiene mucho más difícil lograr escaño porque el sistema se comporta como mayoritario y no proporcional, y en lugares como Soria o Teruel deja fuera del parlamento el 40% de los votos, mientras que en Madrid no llega al 3%. Y eso que a Unidos Podemos no le ha ido tan mal en la España vacía: ha logrado escaños en circunscripciones de tres diputados, como en Huesca, algo impensable hasta ahora para un partido que no fuera PP o PSOE. Hay que tener claro que el PP agranda su mayoría con la distorsión del voto rural, sí, pero que este ni es unánime ni serviría de nada si el PP no fuera antes mayoritario en la España urbana y joven».

El libro comienza analizando los porqués de esta animadversión recíproca entre el campo y la ciudad, no exclusiva de España, pues se da en todas las latitudes. Por ejemplo, en Gales, cuenta, hubo un periodo entre los setenta y los noventa en el que las casas de los veraneantes en el lugar eran quemadas. La campaña duró doce años y aún el misterio sigue sin resolverse. Dejaron de hacerlo tan misteriosamente como empezaron. No se sabe quién fue ni qué le motivo, pero el autor de La España vacía se inclina por que eran aldeanos que iban por libre, movidos por el odio individual. Algo parecido a Perros de paja de Sam Peckinpah.

Para Sergio del Molino estos desencuentros se deben a una cuestión atávica de heterofobia en ciencias sociales miedo a lo distinto, al otro. El nosotros y el ellos. Aunque hoy en día, señala, hemos sustituido las lealtades tribales por «afinidades cambiantes y sutiles que son sucedáneos de la tribu», tales como, por ejemplo, la música y sus géneros, así como en el caso evidente del fútbol. Los medios de comunicación, especialmente la televisión, han igualado a los habitantes de las grandes urbes y de los pueblos. Y con internet lo que ocurre en el extranjero ya no llega antes a la ciudad. Pero hace no tantas décadas como pudiera parecer, en los pueblos vestían diferente. Solo ahora todos nos diferenciamos de la misma manera, con los abalorios contemporáneos como la música que llevamos en el coche, el festival al que vamos en verano, un equipo de fútbol y alguna que otra tontería más.

Fotografía: Feans (CC).
Fotografía: Feans (CC).

Y nunca fue así. En este libro aprendemos que los árabes y los romanos sublimaban a la ciudad y despreciaban el campo, que solo servía para abastecerla. Un ejemplo es que los españoles en América, según el autor, se limitaron a levantar ciudades de las que luego no salieron. No tenían ni idea de lo que había en la selva, sostiene.

Un caso paradigmático y ejemplo curioso que cita es el del origen de la palabra «tenedor» en lengua española. En catalán es «forquilla», en inglés «fork», en francés «fourche», en italiano «forchetta»… ¿Por qué en español no se denominó a este entonces moderno utensilio con el nombre de la herramienta rural «horca», en castellano; en latín «furca»  como hicieron las lenguas romances que nos rodeaban? Dice Sergio del Molino que porque en nuestra sociedad renancentista no soportaban que su objeto de uso cotidiano se llamara igual que un apero de labranza.

Escritores como Gustavo Adolfo Bécquer escribieron sobre España como un país exótico. Sobre su propio país. Y ya antes Cervantes ridiculizaba el paisaje, entiende el autor, y los españoles, que se avergonzaban del erial ¡pillaron el chiste! Los estepeños lo entendían y les hacía mucha gracia.

Según me explica: «Aunque la leyenda negra, desde la Inquisición hasta hoy, parece un invento europeo, la literatura española ha sido mucho más cruel y cínica. En ninguna otra tradición cultural de nuestro entorno la crueldad tiene tanto prestigio intelectual como en España ni se asocia tanto a un rasgo de inteligencia como aquí. A menudo, leyendo a los viajeros románticos, se tiene la sensación de que, a pesar del orientalismo y del exotismo con el que tratan al país, hacen más esfuerzo que los autores españoles por conocerlo. Es significativo que buena parte de la mejor literatura de viajes que se ha escrito sobre España sea obra de franceses e ingleses. Los autores españoles, hasta el siglo XX, han sido muy perezosos a la hora de echarse a los caminos».

Cuando cayó el Imperio romano, cayeron sus ciudades, explica. La historiografía lleva años dando cuenta de que la vuelta al campo y aparición del feudalismo no fue un cambio tan dramático, pero seguimos percibiendo hoy día el relato tal y como lo contaban aquellos pijos del siglo XV, los autores del neologismo «tenedor», para distinguirse y distanciarse del medio rural.

En la hermana Portugal las cosas no parecen muy diferentes. El ensayo trae un dicho local cargado de este sentimiento. Al parecer, por allí se dice «Portugal es Lisboa, el resto es paisaje», lo que confirma de forma clara la dicotomía campo-ciudad. Pero el sentimiento era recíproco, circulaba en las dos direcciones. La ciudad, desde el campo, era visto como un lugar de la depravación y el vicio. Tal y como lo explica este periodista: «La ciudad siempre ha simbolizado la corrupción en la tradición religiosa judía de la que venimos, y aunque la oposición es muy antigua y propia de todas las civilizaciones, no tiene mucho que ver con la brecha que abrió la sociedad industrial».

Porque fue con la industrialización del territorio y el éxodo a los centros de producción cuando las diferencias estuvieron más marcadas que nunca. El ensayo en este punto cita a Marx, que consideraba que los campesinos eran como patatas, juntos podían sumar una multitud, pero no una masa, decía. Y las diferencias que los marxistas tenían con los anarquistas, a los que calificaban de arcaístas, por anhelar un regreso al campo con consejos revolucionarios que no jugarían otro papel más que el de la vieja nobleza.

Fotografía: Feans (CC).
Fotografía: Feans (CC).

En este trabajo a esas grandes migraciones del campo a la ciudad entre 1950 y 1970 se las denomina como «el gran trauma». Se dejaron atrás pueblos que no eran más que «residencias de ancianos», prácticamente sin servicios, y se marchó a una ciudad que en primera instancia solo ofrecía chabolas porque la construcción no dio abasto para absorber tanta población.

Franco, en cuya propaganda de guerra prometía a los agricultores un regreso a un pasado edénico, fue quien asestó el golpe más duro a la vida rural en España. Sergio nos lo amplía: «Franco estaba muy empeñado en industrializar el país, sobre todo tras el Plan de Estabilización de 1959 que puso fin a la autarquía. Y para ello no dudó en desplazar poblaciones, inundar pueblos, crear otros de la nada y dejar que las grandes ciudades se colapsasen con un éxodo rural que, aunque ya existía, no tenía las dimensiones que alcanzó entre 1950 y 1970. Franco se alzó con la promesa de devolver la grandeza a esos campesinos que eran descendientes del Cid y de santa Teresa, pero su política consistió en destruir sus medios de vida y arrasar con su cultura secular, de la que apenas quedó nada tras veinte años de industrialización forzosa».

Desde entonces, concluye, las tensiones entre lo urbano y lo rural están más presentes en nuestra literatura que en ninguna otra. Es un fenómeno sin comparación en Europa. Y de esta manera surgió una forma de mirarnos a nosotros mismos muy particular: el autoodio.

La paradoja es que años después en España se experimentaría una obsesión por el Antiguo Régimen también sin parangón. Cuando se crearon las comunidades autónomas, cita el autor, en muchos casos hubo que elegir ciudades de consenso porque las grandes urbes no podían ser capitales, estaban corruptas a ojos de los aldeanos. Así fue Santiago capital de Galicia, frente a A Coruña. Mérida, la eterna y romana, frente a Cáceres y Badajoz. Y hasta en Aragón se intentó que fuera Jaca, primera corte del Reino de Aragón. Mientras que en Francia con la Revolución se reorganizó todo el campo dividiéndolo en departamentos con nombres geográficos, lo más neutros posible, eliminado todos los marquesados, ducados y demás vestigios del Antiguo Régimen, aquí todo ese campo semántico y designaciones permanece en las instituciones.

Una razón a nuestra desatada pasión por el legado político del Medievo pueda hallarse en las guerras carlistas que asolaron el país en el XIX. Este movimiento, políticamente, pretendía un regreso al absolutismo propiciado por los sectores más reaccionarios de la Iglesia. Pero en el ámbito popular también había un rechazo a la llegada de un liberalismo que había coincidido con la pérdida de las colonias, es decir, un descenso del comercio y el empobrecimiento de tantos campesinos que, arruinados, menos aún pudieron adaptarse a una economía basada en el crédito y perdían sus tierras y sus casas.

Entre ellos, el odio a la ciudad fue furibundo. Y además, como en la guerra nunca pudieron tomar las grandes capitales, el movimiento se acomodó aún más en las zonas rurales sin posibilidad de evolución. Los sectores eclesiásticos que controlaban el carlismo, como citas en la Biblia de odio a la ciudad no faltan precisamente, cuenta el autor, encontraron un filón en ese odio de la ciudad de los campesinos.

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Fotografía: Feans (CC).

Esto propició, por un lado, que se crearan periódicos en euskera y catalán en estas regiones, donde el carlismo tuvo fuerza. Se institucionalizó la lengua de aquellos campesinos frente al español de la ciudad, y se sentaron las bases de lo que a la postre y hasta hoy fueron los movimientos nacionalistas. «El carlismo no los trataba de palurdos», señala el autor, mientras que los liberales de la ciudad se reían de ellos y les decían que hablasen en cristiano; un sentimiento de rechazo a lo rural que persistió durante años. Un ejemplo que trae el autor es cuando en el franquismo Radio Barcelona inició unas emisiones en catalán con un programa de contenido folclórico. Según explica, «la burguesía del Eixample lo consideró como un agravio rústico».

Y por otro lado, las demandas políticas de las áreas rurales quedaron fuera de los principales debates o contenciosos políticos del país. Así lo entiende Del Molino: «la brecha de la España vacía con la urbana es tan grande, en términos demográficos, que no interesa como sujeto político. El único discurso que queda es el del lamento, el rencor y la reclamación contra el olvido del que se sienten víctimas. A menudo es un discurso desarticulado y no pocas veces secuestrado por los pocos caciques y fuerzas vivas que aún quedan y que lo utilizan para reclamar inversiones públicas de interés dudoso, pero que les sirven para presentarse ante su comunidad como “conseguidores” o “influyentes” en Madrid y, por tanto, necesarios en su comarca».

Hubo quienes en la literatura trataron de romper con los tópicos. Azorín, por ejemplo, cuando describió paisajes de la meseta no lo hizo con desprecio como había sido habitual hasta el momento. En palabras de Sergio: «se adelantó cuarenta años a los beatniks». Hablaba de «calor, soledad, inmensidad plana». En lugar de recurrir a los sufijos despectivos, parecía «en un estado de conciencia alterado propio de un budista californiano». La conclusión que arroja el autor es palmaria. Hasta hace muy pocos años, «frente al deseo de volver de Proust, los españoles tienen el de huir de la estepa, no hay mayor desapego que el suyo por donde nacieron sus padres».

Tan solo ahora a un nivel apreciable, quieén sabe si recogiendo los sentimientos antimodernidad de los anarquistas o los de los carlistas, o si de los dos a la vez, son más frecuentes y apreciables los anhelos de volver a la vida en el campo. Ya sea en modo yuppie new age, siempre con modernas comunicaciones, o en plan neohippie, consolándose con huertos urbanos, añorando comunas que les protejan de las incertidumbres de la megaurbe y confieran a su vida un sentimiento de autenticidad. Ya desde principios del siglo pasado muchos movimientos políticos entienden que la verdadera vida se encuentra en contacto con la naturaleza.

Los medios han denominado a los que se han atrevido a dar el paso y abandonar las ciudades como neorrurales. Sergio del Molino estuvo en contacto con muchos en el ejercicio del periodismo en Aragón. Sus retratos son los más interesantes de esta obra. Lejos de arcadias felices, normalmente el reportero se encontraba con convivencias viciadas y deseos de volver atrás.

Uno de los casos más tristemente célebres que cubrió fue el crimen de Fago, en Huesca, cuyo alcalde, asesinado, pidió un año antes por televisión que se hicieran análisis psicológicos a los que querían dejar la ciudad para instalarse en los pueblos. «Era un síntoma más del enrarecimiento claustrofóbico de la comunidad» —dice Sergio—. «Visto desde hoy, da escalofríos, parece una llamada de socorro, una premonición. Y algo de razón llevaba. Por desgracia, no he conocido a neorrurales felices o que no manifiesten algún grado de arrepentimiento. Sé que los hay, pero creo que hay que tener una tenacidad y una militancia casi monacal para que funcione esa opción de vida, y eso es algo que está al alcance de muy pocos», concluye, «resistir en un entorno aislado y muy duro requiere de una psique muy bien plantada y de unos arrestos y una convicción poco comunes. No todo el mundo sirve».

Fotografía: Joseba Barrenetxea (CC).
Fotografía: Joseba Barrenetxea (CC).