Rafael Martín Vázquez: «Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Para los entendidos era el jugador más completo de la Quinta del Buitre. Su último año en el Real Madrid de Toshack fue atómico, pero ocurrió lo nunca visto. Una estrella del Madrid, de la casa, de la cantera, se fue en su mejor momento a otro club; club que venía de segunda. El Real cayó en barrena al año siguiente y Rafael Martín Vázquez (Madrid, 1965) nunca recuperó el nivel exhibido en los ochenta en sus sucesivos clubes. La mala suerte hizo el resto. Pero, en la memoria del aficionado, si un papel tiene Martín Vázquez es el del what if ¿Qué hubiera pasado en los noventa si no se hubiese marchado? ¿Hasta dónde habría llegado España en Italia 90 si el jugadón que le hizo a Yugoslavia no se hubiese ido lamiendo el palo? Las certezas que dejó convirtiéndose en uno de los cinco mejores jugadores de Europa solo arrojaron preguntas. Nos vemos en una cafetería de su barrio antes de que se vaya a una reunión de veteranos a Valdebebas.

¿Cómo fue tu infancia en Pozuelo?

Nací en Carabanchel y al poco tiempo nos mudamos a Pozuelo, estábamos entre la estación y Aravaca. Había una fábrica de ladrillos y lo demás era todo campo. Y también había un campo de fútbol con unos postes de madera oscura como los de las vías del tren. Eran tan grandes que era difícil no darles. Éramos una pandilla enorme, no sabes cuánto aprendí de los mayores. Y al lado de la fábrica había una montaña enorme de arcilla, que se iba consumiendo, y nosotros nos colábamos para subirnos y jugar. Era increíble. También jugábamos en la vía del tren, con su peligrosidad, poniendo monedas, esas cosas. Estábamos todo el día en la calle. También teníamos escopetas de perdigones y nos íbamos a matar pajarillos. Lo recuerdo todo como algo maravilloso.

Decía Clemente algo así como que en las escuelas de fútbol se enseña a jugar a la pelota, que a jugar al fútbol se aprende en la calle.

Yo jugaba en el patio del colegio, de tierra, por supuesto, donde había montones de gente. Estaba todo el mundo en medio jugando a otras cosas, todo el colegio. Tenías que jugar distinguiendo quién estaba jugando y quién no, corriendo con ojo para no chocarte. No había ni petos ni nada. Eso creo que a mí me dio una visión del espacio muy útil. Ahora, en las escuelas actuales, los chicos se encuentran con entrenadores más que con educadores. Los jugadores que vienen de países pobres o zonas marginales tienen recursos que, en la actualidad, a los chavales se los quitan en las escuelas. Les cohíben, les dicen que no hagan esto, no hagan lo otro, y les coartan su libertad, les quitan el juego innato, el instinto. Siempre digo que un futbolista tiene que aprender a equivocarse.

Empezaste en los Escolapios.

Empecé en la calle. Tengo recuerdos ya de jugar en Aluche, en una explanada que había al lado de los pisos donde vivíamos. En los Escolapios empecé con diez años en equipos federados. Recuerdo cómo me cogieron. Un día estaba viendo un partido en el patio, y el cura, el hermano Irineo, se me acercó y me preguntó si sabía jugar. Dije: «Un poco». Entré, me vio y años después me confesó que se quedó alucinado, que se fue al comedor y les dijo a los demás curas: «¡Tenéis que ver a este chaval, cómo juega con las dos piernas!».

Me metieron en futbito. Nos llevaban a jugar los partidos por Madrid en una furgoneta, nos lo pasábamos de cine. Y por la tarde nos íbamos a Vallehermoso a hacer atletismo, saltar vallas. Hacía muchísimo deporte.

Durante toda esa época, fui un quebradero de cabeza para mi padre. Solo le veía por las noches, cuando venía de trabajar, y le pedía que me llevase a hacer la prueba en el Real Madrid. Le traía loco con el tema. Un amigo de clase nos había vendido la moto de que pasó por las categorías inferiores del Madrid y para mí se convirtió en una obsesión. Al final, me tuvo que llevar. Detrás de un mostrador estaba Miguel Malvo, responsable de la cantera, y me dijeron que era muy joven todavía. Entré años después y tuve mucha suerte, porque me tocó con Laborda, un entrenador con mucha paciencia que me enseñó mucho.

Jugaste un Mundialito con quince años en Buenos Aires.

En la 80-81, mi primer año en el Madrid. Gracias a ese viaje salí por primera vez de debajo de las faldas de mi madre. Estuve un mes en Argentina, mucho tiempo. Quedamos terceros y a mí se me dio muy bien. Me marcó. Piensa lo que era para un chaval de esa edad jugar en el Monumental de River…

Tuviste un ascenso meteórico.

Subí directamente al juvenil con dieciséis años, un cambio bastante brusco. Me encontré ahí con Sanchís. El entrenador se llamaba Alonso y tenía un carácter muy fuerte, se excitaba mucho en el banquillo. Yo venía, con Laborda, de todo lo contrario. Y eso me hizo espabilar. Luego estuve con Toni Grande, que durante muchos años ha sido el segundo de Del Bosque, y que también tenía un carácter más pausado. Al cabo de un año hice la pretemporada con el Castilla de Amancio. Fue muy dura, recuerdo. En Cabeza de Manzaneda teníamos un preparador físico yugoslavo, Miroslav Vorgic, que venía del voleibol y era durísimo. No te lo puedes ni imaginar. Tres entrenamientos al día…

En esa época, con el Castilla, eliminamos al Valencia y al Betis en Copa del Rey. Un hito. De ese equipo subieron a Pardeza y Butragueño y, aun así, fuimos campeones de liga en segunda división, algo que no ha vuelto a pasar.

Se decía que iba más gente a ver al Castilla que al Real Madrid al Bernabéu.

Efectivamente. Fíjate hasta qué grado sentía complicidad con ese equipo que, cuando me llamaron para entrenar con el primer equipo, que llegué a debutar en primera, en Murcia, me dio pena no jugar contra el Bilbao Athletic en segunda el partido que teníamos pendiente.

¿Cómo fue incorporarse al vestuario del primer equipo?

Estaban Juanito, Santillana, Stielike, Gallego… Te sentías como el hijo que llega, les mirabas con respeto, sin abrir la boca. Escuchando. Ellos nos ayudaron a sentirnos a gusto, pero en esa época había que guardar las distancias. Casi les tratábamos de usted. Recuerdo que Juanito era una persona que te lo daba todo, te daba la vida. Aunque tuviese ese pronto en los partidos, por lo que lo podía echar todo a perder. Sobre todo con los jóvenes era muy cercano. Fue una pena su pérdida.

Se mató volviendo del partido que jugué yo contra el Madrid en el Torino. De hecho, ese día, nada más acabar el partido, bajó al vestuario y pasó a verme, estuvimos hablando. Fue muy cariñoso. Yo regresé en un chárter con mi equipo a Italia y cuando escuché en la radio al día siguiente que se había matado en un accidente esa noche no me lo podía creer.

Luego, cuando hice el curso de entrenador, conocí a una persona que iba en el coche con él. Me dijo que Juanito había ido ese día a Madrid a entrevistarse con alguien que le ofrecía una oportunidad profesional, estaba entrenando al Mérida por aquel entonces, y le estaban saliendo cosas. Como entrenador, estoy seguro de que hubiese dado mucho de sí y habría llegado al Real Madrid seguro.

Di Stefano apostó por ti.

En mi vida resultó ser alguien fundamental. Era también un hombre cercano a los jugadores jóvenes, nos dio muy buenos consejos. Si no hubiera estado Alfredo, quizá la Quinta del Buitre no hubiera jugado en el Real Madrid. Su apuesta no era fácil en un club como este.

Tardaste en consolidarte.

Tuve que irme a la mili. También me perdí el Mundial juvenil que se jugó en la URSS, con Rafa Paz, Marcelino, Losada y Fernando, el del Valencia… una generación muy buena, fueron subcampeones. Pero a mí el Madrid no quiso dejarme ir. Ese año fue muy complicado, porque debuté con el Madrid, jugué con la sub-18 y la sub-21, y me bajaron a jugar la Copa del Rey con el Juvenil A. Llegó un momento en el que estuve un poco desorientado y encima me fui a la mili voluntario.

El Madrid tenía sus contactos para facilitarnos ir a entrenar durante el servicio militar. Me fui a hacer el campamento a Móstoles y me asignaron en el Cuartel General, en Cibeles, pero cambiaron al coronel. Cortó por lo sano y perdimos los pequeños privilegios que teníamos para entrenar. No sé si estuve un mes o dos meses sin ir hasta que todo se fue arreglando y pude compaginar la mili con el Madrid. Pero cuando hice las maniobras en Tarancón, el equipo estaba jugando la UEFA y yo estaba haciendo una guardia en una tienda de campaña, escuchando el partido por la radio, mientras me caía una chupa de agua encima que alucinas.

Además, tampoco me llevaron al Mundial de México. Sanchís pudo ir porque pidió prórrogas por los estudios y Butragueño ya había hecho la mili porque era mayor. Me dio mucha rabia, porque en el Mundial del 82 el club nos puso a trabajar a los niños, o a colaborar, y nos ocupábamos de darles las alineaciones a los periodistas en el Bernabéu. Siendo niño, al vivir un Mundial desde dentro, sueñas con jugarlo. Fue una pena perdérmelo.

Mi primera experiencia fue la Eurocopa del 88; nos echaron de primeras, nos había tocado con Italia y Alemania. Contra Alemania, con Matthäus, recuerdo que nos pasaban como aviones. Se me quedó grabado.

Con Luis Suárez se decía que había que «dejar atrás la furia», y Míchel elogiaba al seleccionador porque decía que por fin se jugaba con el balón por el césped.

Creo que en el fútbol todo es necesario. No vale solo toque, o tiquitaca como está ahora en boca de todo el mundo. Hace falta también mordiente, corazón.

¿Qué recuerdas del par de Copas de la UEFA que ganó la Quinta?

El Videoton húngaro, al que le ganamos la primera, era muy bueno, había eliminado al Manchester United. Pero lo mejor de esos torneos fueron nuestras remontadas en el Bernabéu, como la del Borussia Mönchengladbach. Si ves una imagen que sacan mucho de Juanito, que le cambian y sale del campo dando saltos de alegría, yo soy el que entra en el cambio por él. Faltaban diez minutos, íbamos 4-0 y habíamos remontado el 5-1 de la ida, y él ya lo estaba celebrando dando brincos mientras se retiraba.

Esos partidos eran maravillosos. La final contra el Colonia la jugué de titular en la ida, que quedamos 5-1, con Schumacher de portero y Klaus Allofs, que era espectacular; un zurdito con una clase… Luego en Berlín, que se jugó allí en lugar de en Colonia, casi nos remontan ellos; perdimos 2-0. Estas cosas pasaban con Luis Molowny, que era de la casa y tenía ángel. Se proponía esas hazañas y las conseguíamos. Nos sacaba la bestia de competir, y eso que no era un hombre de muchas palabras.

De ahí en adelante, se ganaron cinco ligas consecutivas.

El equipo de la Quinta conectó mucho con el público. Hubo una conjunción de veteranos con jóvenes que llegábamos con mentalidad de comernos el mundo. Me acuerdo de que me decía la gente: «Joder, como llegue al estadio diez minutos tarde ya vais 2-0». Y era verdad. Teníamos una forma de jugar que se ha perdido, eso ha cambiado en el fútbol. Nosotros íbamos con la mentalidad de hacerle ver al rival desde el primer minuto que se le iba a hacer muy largo el partido. Eso ahora, salvo momentos puntuales en alguna eliminatoria, ya no pasa.

No creo que ahora el fútbol sea más previsible, pero se parece más al ajedrez. Está todo muy estudiado. Entonces no es que no hubiera un plan, pero si querías ganar el partido ibas a por él desde el primer minuto. Un poco como la selección de Luis Enrique contra Croacia. Habría que mirar muchos partidos actuales para encontrar uno de ida y vuelta como ese. En los ochenta el fútbol era así, como más alocado. En ese sentido ha cambiado bastante.

Tampoco se ve ya el juego por bandas que hacíamos, siempre buscando el centro y el remate en el área. No se ha perdido, obviamente, pero no se ve tanto. El fútbol inglés, con centros al área y que se lanzasen ahí los delanteros con todo, ya ha pasado; ha evolucionado. Fíjate la noticia que salió el otro día, que el Liverpool ha fichado a un especialista en saque de banda…

Sin embargo, el público no os aplaudía todo. Había críticas, muchas veces os quejabais de que no os sentíais queridos.

Es que el público del Bernabéu era muy exigente. Eso también ha cambiado. Había partidos que íbamos ganando 4-0, faltaban diez minutos, y nos pitaban por no ir a por el quinto. Querían el quinto y después el sexto. Solo con que dieras un pase para atrás la gente se ponía a murmurar.

¿Cómo era jugar con las plantillas de aquel Real Madrid?

Tuvimos suerte de ser buenos compañeros unos de otros en lo personal y en lo deportivo. Manolo Sanchís era un jugador con el que estuve desde los catorce años. Tenía unas condiciones… Empezó como delantero porque le gustaba mucho chupar. Le llamábamos «Chupetín». Luego pasó al medio campo, en el Castilla jugó de medio centro defensivo hasta que le pusieron de central y ahí se quedó. Sacaba bien el balón, era muy fuerte, gran marcador, se anticipaba bien, buen remate de cabeza. Era muy completo. Pero, además, para mantenerte en la élite tantos años como hizo él, solo puedes lograrlo con la cabeza muy bien amueblada, y él la tenía.

Decía Quique Sánchez Flores, que era su compañero de habitación en la selección, que mientras todos los futbolistas estaban con el Marca o con la radio deportiva, a Sanchís le daba igual todo eso: él se leía el ABC entero todas las mañanas.

Sí, estaban siempre juntos en la selección. Menuda parejita eran, llegaban siempre tarde a todo. Se quedaban dormidos… Sanchís ha sido siempre muy dado a tener otras inquietudes. No obstante, cuando pasan los años, te das cuenta de que has tenido muchas horas muertas como futbolista y no las has aprovechado bien. A algunos les da por la lectura, pero a la mayoría, con veinte años, se nos escapa la posibilidad de aprovechar el tiempo.

Míchel.

De los mejores centrocampistas que ha dado este país, no solo por su calidad, también por cómo manejaba el balón con las dos piernas. Además, tenía un desplazamiento de balón extraordinario, un centro con rosca del que se beneficiaron mucho Butragueño, Hugo Sánchez y Santillana. Tenía gran visión de juego. Mucha personalidad, liderazgo.

Pero estuvo cuestionado, recuerde lo que pasó en el Mundial con el «Me lo merezco».

Sí, es verdad, aunque lo del Mundial tenía más que ver con los periodistas. La época que viví en la selección era… Se nos criticaba mucho y nos afectó. Parece una tontería, pero si no hay una conjunción buena entre periodismo y un grupo crea malestar. Quieras o no, eso se refleja en el campo. En la selección viví momentos de enfrentamientos de jugadores con periodistas que fueron muy perjudiciales.

Butragueño.

Es el jugador más diferente que había, por eso tuvo tanto éxito. Por su juego y por su imagen, con esa cara de niño. Nadie hacía lo que hacía él. Cuando se paraba dentro del área, desequilibraba al portero o al defensa y definía al hueco sin chutar fuerte, lo hacía como si estuviera jugando al golf, o le metía un pase a un compañero que nadie esperaba. Las paredes que te devolvía eran extraordinarias. Con Hugo Sánchez se complementó muy bien, siendo los dos muy diferentes.

Era la época de la beautiful people y fuisteis celebrities.

Pero no había tanta conexión como hay ahora. Nuestras parejas no eran artistas o iconos del mundo de la moda.

Salían los juegos de ordenador: el Butragueño, el Míchel

En eso sí que fueron los primeros. Emilio también sacó un futbolín. Pero me acuerdo de que le regalaron un Fiat y se quedó con él, en una época en la que estábamos la mayoría deseando comprarnos un coche bueno. Nos reíamos de él y todo, le decíamos: «Nene, que no te gastas el dinero». Pero cada uno se lo gasta en lo que le gusta.

¿Y Hugo?

Vino después de Santillana y Valdano. Como rematador, creo que Hugo habrá sido de los mejores del mundo, si no el mejor. Treinta y ocho goles de primer golpeo no lo ha hecho nadie. Además, era muy listo, conocía sus virtudes y sus limitaciones. Sacaba provecho de todo, minimizaba a sus marcadores. Pero, fundamentalmente, lo que tenía era algo solo al alcance de los números uno, que era capacidad de abstracción. Cuando llegaba el momento clave, se concentraba y solo estaba a muerte en lo que tenía que estar, no le afectaba nada. A mí eso me cuesta, me afectan los sentimientos.

Compartí con él habitación muchos años. Él era su mejor representante. Llevaba siempre una carterita con fotografías suyas, en las que por detrás ponía sus logros, «máximo goleador», tal… Cuando le pedían un autógrafo, no firmaba un papel, sacaba su foto del taco que llevaba encima. En aquella época los jugadores no teníamos ni fotos oficiales, los retratos individuales de cada jugador llegaron bastante después.

También recuerdo que tenía dos secretarios jovencitos. Eran detalles a los que no estábamos acostumbrados. Me acuerdo de que en cada entrevista que daba él ponía su propia grabadora para que no tergiversaran lo que había dicho. Además, en la habitación recuerdo que llevaba un diario. Cada día registraba en cintas con una grabadora lo que había hecho, lo que le había pasado. Creo que hubiera sido muy interesante para mí haber hecho lo mismo, porque no me acuerdo de nada. Sobre todo, de los detalles.

Cuando nos juntamos antiguos compañeros, Sanchís tampoco se acuerda, pero Butragueño y Míchel es de locos todo lo que recuerdan. Yo no me acuerdo ni de mis goles. El otro día zapeando caí en Real Madrid TV y estaban echando un partido contra el Atlético en el que metí dos goles. Al verlos, me acordé de que los había metido, pero ya los tenía completamente olvidados. Y eso que uno era de cabeza, que yo de cabeza iba… [risas] he metido pocos.

Beenhakker y Toshack fueron los entrenadores de ese equipo. Tú brillaste más con el galés.

La diferencia de mi rendimiento con ambos está solo en un aspecto: el gol. Con Toshack metí catorce goles, y en las anteriores igual hacía cinco o media docena. Toshack me pidió que, si veía oportunidad, me fuera más directo a puerta. Yo tenía un gran sentido de equipo, no fui un jugador egoísta dentro del campo. Hay jugadores que meten dos goles, su equipo pierde, pero se van muy contentos porque han sido protagonistas. Yo nunca he pensado así.

Te pidió ambición.

Sí, más presencia en los metros finales. Esa fue la única diferencia. También me afectó que tenía más confianza en esa época, mi estado anímico era mejor. Soy una persona que necesita estar bien anímicamente. En mi relación con las personas es muy importante estar bien. Si me iba al colegio y había discutido con mi madre, me pasaba todo el día jodido. Necesitaba la liberación de no tener ninguna cuenta pendiente con nadie y la tuve ese año.

Pero cuanta más polémica hubo ese año con tu renovación, mejor jugaste. No sé si hasta se llegó a decir que estabas provocando con esos golazos.

Nunca tendría que haber salido del Real Madrid, pero no me arrepiento. Tomé mi decisión con todas las consecuencias, pero en condiciones normales, siendo un jugador de la casa, en el momento de juego en el que me encontraba, no tenía que haber salido.

¿Qué tuvo Toshack para batir el récord de goles?

Tenía otra mentalidad. Con él, si todo iba bien, vivíamos muy bien. Daba mucha libertad. Ganabas y te daba tres días de descanso. Eso sí, si las cosas no iban bien, cambiaba: te ponía a entrenar según aterrizase el avión en Madrid.

Toshack experimentó también, hizo sus pruebas con el equipo. Por ejemplo, puso a Chendo de medio centro, por delante de la defensa, y a Schuster lo metió de líbero atrás. Yo, cuando tenía a Schuster por detrás, sabía que iba a recibir un pase preciso a cualquier desmarque que hiciera. Me compenetraba muy bien con él. Y tenía un sentido del humor… no parece alemán, tiene ese punto de retranca…

Las Copas de Europa fueron la asignatura pendiente de ese equipo. La eliminación con el Bayern fue inmisericorde, la del PSV fue muy igualada aunque se perdiera, pero luego lo del Milan…

El año que más la merecimos y que estuvimos a un paso fue el del PSV Eindhoven. Pero hay que ver qué equipo era; estaba Koeman, Van Breukelen, Soren Lerby, Gerald Vanenburg… Encima, ficharon a Romario. El problema, lo doloroso, es que, si tú juegas contra un equipo que te pasa por encima, como el 5-0 del Milan, te quitas el sombrero. Pero con el PSV fue amargo, porque en la ida quedamos 1-1 metiéndonos el gol que nos metieron, y en Holanda, jugándonoslo todo, hicimos un partidazo, que el mejor de ellos fue el portero y… nada. Hablo por mí, pero para mí fue la derrota más dura. Estuve deprimido una semana entera o más. Nos dejó muy tocados.

En la actualidad, con los cambios que se hicieron en la Champions, creo que se favorece a los grandes, pueden tener algún fallito. En nuestra época era sorteo libre, te podía tocar cualquiera en cualquier ronda. Así nos pasó, que después del 5-0 del Milan, al año siguiente nos volvieron a tocar en segunda ronda. Y fue una pena, porque Toshack estaba probando cosas con el equipo que le dieron resultado en primavera, cuando mejor jugamos. En noviembre, cuando nos cruzamos con el Milan, todavía estábamos un poco verdes y probando. Aun así, perdimos 2-0 en Milan y ganamos 1-0 en Madrid. Sin embargo, luego jugamos un amistoso, el homenaje a Camacho, y les ganamos 2-1 haciendo un partidazo. Nos quedamos con la duda de que, si ese Milan nos hubiese tocado en marzo, otro gallo habría cantado.

¿Cómo fue lo del 5-0? Os habíais cargado al PSV en el segundo año, con gol tuyo, llegó el Milan, empate 1-1 en Madrid y, en la vuelta, el desastre bíblico.

Fue un accidente, no había tanta diferencia entre los dos equipos, no era normal ese resultado. Igual que en el España-Croacia tampoco ha habido diferencia como para un 6-0. Lo que sí es cierto es que Rijkaard, Gullit y Van Basten tenían un poderío físico impresionante, eran muy fuertes… Y ahora todo el mundo habla de los holandeses, pero ¿y los italianos? Los que estaban alrededor de los extranjeros eran espectaculares. Donadoni, Baresi, Maldini, Costacurta, Tassotti, Ancelotti… La forma de jugar como bloque también era increíble, cómo presionaban, cómo robaban…

El año siguiente fue el de la polémica de la renovación y tu última temporada en tu primera etapa en el Madrid. ¿Por qué renovabas por periodos tan cortos?

Contaba con superarme a mí mismo y ganar más dinero. Lo hice durante toda mi carrera, no solo con el Madrid. En el 87 tuve que renovar y coincidió que no era titular en el equipo. Me querían el FC Barcelona y el Atlético, yo no me quería ir, pero quería jugar, porque tenía veintidós años. Y mira lo que es el fútbol. Jorge Valdano, después del Mundial 86 era el titular, pero le detectaron una hepatitis y de la noche a la mañana dejó de jugar al fútbol. El entrenador optó por meter a Juanito. Pero coincidió que jugamos en Alemania y, en una acción en la que Matthäus pisó a Chendo, Juanito, con ese pronto que tenía, le pisó la cabeza. Le expulsaron y le metieron una sanción de un año. A raíz de esas dos coincidencias, pasé yo a jugar. Eso fue clave para que me renovasen, me asenté como titular y llegaron mis mejores años.

En el 90, las circunstancias hicieron que no pudiera quedarme, porque el club no valoró el jugador que yo era en un aspecto afectivo, algo más allá de lo económico. Esa decisión para mí fue dura, pero me fui al fútbol italiano, que en aquel momento era el fútbol por excelencia.

¿Qué fue ese aspecto afectivo?

Fue una cosa muy rara que a día de hoy todavía no me la explico. Estábamos mi padre y yo reunidos con Mendoza, mes de octubre o noviembre, lo teníamos todo acordado; duración del contrato de tres años y unas cantidades económicas. De repente, le llamaron para que saliese de la reunión.

A los cinco minutos volvió, entró en el despacho y era como si le hubieran cambiado el chip. Cambió de opinión completamente. Dijo que de lo que habíamos hablado, nada, y puso otras condiciones.

Mi padre no se lo podía creer, intenté apaciguar un poco, le dije que hacía un momento estábamos de acuerdo y ahora estaba diciendo todo lo contrario, pero no atendía a razones y me contestó con unas palabras que se me quedaron grabadas: «Esto es lo que hay; si lo quieres, bien, si no, ahí tienes la puerta y ya te puedes ir».

No tenía sentido ninguno, no me lo creía, cinco minutos antes lo teníamos y de repente no. Dejé de contestar preguntas de los periodistas sobre la renovación y, en todo ese tiempo, no hubo ni un acercamiento del club para cambiar la situación. Tomé la decisión de que no iba a jugar en el Real Madrid bastante antes del final de temporada. Fue una decisión complicada, porque dejar el Madrid es muy difícil por todo lo que te da, pero al final tomé esa decisión y, como te decía, no me arrepiento. En Italia fueron dos años muy buenos, en un fútbol más duro y defensivo, pero muy competitivo.

Maurizio Casasco dijo que tenían un infiltrado en el Madrid y que por eso pudieron ficharte. «Nos informaba a diario por teléfono, por eso estaba todo controlado». Lo dijo él y lo publicaron los medios en 1991.

Este era el director deportivo, la mano derecha del presidente, Gian Mauro Borsano. No tenía ni idea de esto, pero podría ser.

En el Mundial del 90 eras la estrella de la selección y, cuando nos echó Yugoslavia, tuviste una ocasión que se fue por poco.

Hice una jugada muy buena, me metí hacia dentro, chuté y se fue por nada. Ese partido fue una decepción enorme, porque íbamos de menos a más. El primer gol de Stojkovic, el del amago, me lo hizo a mí. Soy yo el que se va al suelo. Nos quedamos fuera del Mundial cuando mejor estábamos. Hizo además un calor esa tarde en Verona… Nos pesábamos siempre antes del partido y yo ese día perdí cuatro kilos. Es una pena cuando te eliminan y ves que no son mejores que tú, que se lo han llevado por pequeños detalles. Se te queda una cara. Como en el último Mundial ante Rusia.

¿Por qué fuiste al Torino, un equipo que venía de segunda?

A lo largo de mi vida, para bien o para mal, me he guiado por la afinidad con las personas. El Madrid jamás pensó que me iba a marchar, creyeron que iba a dar mi brazo a torcer y pasar por el aro. Por este motivo, determinados equipos no se plantearon ficharme. Mendoza era muy amigo de Berlusconi y Agnelli, hablarían, y él tendría claro que no me iba a ir porque estos no me iban a fichar. Pero el Torino mostró verdadero interés, era un equipo histórico y tomé la decisión con todas las consecuencias.

Tenía más socios que la Juventus.

Es un club muy querido en Italia por la tragedia de Superga, cuando en 1949 se estrelló contra una colina el avión que llevaba al equipo y murieron dieciocho jugadores. En Torino hay más aficionados del Toro que de la Juve, que es el equipo más apoyado en toda Italia. Todo esto lo viví en los derbis, que fueron como pocos habrá.

¿Se hizo un buen proyecto?

Sí, estaban Lentini, Cravero, Marchegiani… sigo teniendo contacto con todos ellos. El año pasado, en abril, fui al 25 aniversario de la final de la Copa de la UEFA que perdimos con el Ajax. Estuvimos en una velada en un auditorio con muchos aficionados. El campeonato italiano de entonces era la élite, estaba el Milan de los holandeses, el Inter de los alemanes, la Sampdoria, el Parma tenía a Brolin y a Asprilla, el Nápoles a Careca, Maradona y Alemão. Era el campeonato por excelencia. Y en mi primera temporada en el Torino quedamos cuartos. Éramos un gran equipo. Cuando llegué yo estaba Skoro, un delantero bosnio, y Müller, el brasileño. Al segundo año, vinieron Scifo y Casagrande, quedamos terceros y jugamos la final de la UEFA.

UEFA en la que os cargáis al Madrid.

Sí, cuando vine a jugar al Bernabéu casi me confundo de vestuario.

Te cantaron de todo.

Fue impresionante. Me acuerdo de que nos quedamos en el Ritz, la llegada con el autobús al estadio fue… nos rompieron varias lunas. Y al salir al campo, Pasquale Bruno, que venía de la Juventus y era un tipo muy particular y con mucho carácter, le hizo un gesto al público y provocó a los aficionados. El partido para mí fue duro por estar enfrente de mis excompañeros y por la tensión.

Vi hace poco la vuelta y la verdad es que al menos ahí se te ve con ganas de ganar.

Sí, sí. Yo nunca he visto esos partidos, ni la ida ni la vuelta, pero tenía ganas de ganar como profesional, aunque el Madrid para mí fuese lo más grande y lo siga siendo, porque es un club que te marca en todos los aspectos. Pero en ese partido de vuelta tenía cierta rabia, aunque yo no soy rencoroso. También quería llegar a la final, cosa que conseguimos y que desgraciadamente perdimos contra un Ajax que era un equipazo.

Con Bergkamp y Van Gaal de entrenador.

Sí, pero si ves los dos partidos… en la ida empatamos 2-2, pero el primer gol nos lo metió Wim Jonk desde el medio campo por un extraño que hizo el balón, porque Luca Marchegiani es de los mejores porteros que he tenido de compañero. Luego en Ámsterdam hicimos un partido increíble, quedamos 0-0, con dos tiros al palo y un penalti que pudo ser. Fue una pena. Esa fue otra de las amarguras de mi carrera.

Y, al finalizar este año, el club fichó a Aguilera del Génova, otro extranjero, éramos cuatro y sobraba uno. Yo había tenido problemas con el entrenador, en un partido en Cagliari me dejó en el banquillo. Había salido en prensa la posibilidad de que el Torino fichase a Aldair y yo irme a la Roma, pero apareció el Olympique de Marsella y fiché.

En la prensa italiana se dijo que estabas acostumbrado al fútbol español y que en Italia había que defender más.

Yo me adapté, éramos un equipo con un perfil defensivo, pero como todos los equipos italianos.

Tenías de compañero a un Vieri de diecinueve años.

Estaba él y Dino Baggio. Entrenaban de vez en cuando con nosotros. Veías que Vieri era un chico joven, con poderío físico, pero no te imaginabas que iba a llegar a ser lo que fue. Por cierto, he leído hace poco que se ha arruinado.

Te ibas a cazar con Roberto Baggio.

Coincidí una vez. Le gustaba mucho la caza y por medio de amigos comunes, no sé si fue Cravero, fuimos un día juntos. Comprobé que era un tipo muy particular, era muy reservado.

La del Olympique es de las mejores plantillas en las que has estado. Con Alen Boksic, Rudi Völler, Deschamps, Desailly…

También estaban Barthez, Angloma, Abédi Pelé… tan buena plantilla era que fuimos campeones de Europa, aunque yo solo jugué la primera eliminatoria, y marqué, al Glentoran norirlandés.

Estuviste solo unos pocos meses, ¿qué pasó?

El Olympique ya me quiso fichar tras mi primer año en Turín. Tuve una reunión en el aeropuerto de Pisa, en la propia pista, con la mano derecha de Tapie, que vino en un avión privado a ficharme, y les dije que no. Al año siguiente lo lograron y firmé por tres temporadas. Pero, inexplicablemente —me llevaré la duda a la tumba—, prescindieron de mí y me vendieron rápidamente.

Tuve un debut extraordinario, el mejor posible, toda la prensa hablaba de mí y empecé como titular. Era una gozada, ganábamos fácil, el equipo iba sobrado. Con el entrenador tenía trato, hablaba conmigo cada día. Pero al mes y algo me dejó de hablar y me llamó un directivo para decirme que existía la posibilidad de irme al Madrid y que el club quería que me fuera.

Había estado un mes en un hotel viviendo, ya había cogido una casa con mi mujer, estaba en el periodo de instalación y me dijeron eso. Contesté que no, que además había dicho que nunca volvería al Real Madrid.

Empezaron a empeorar las cosas, me dijo otro directivo que se habían dado cuenta de que no era el jugador que pensaban. Era una excusa, milongas, para pedirme que aceptara la oferta y me marchara.

Me dejaron en el banquillo y me acuerdo de que un día íbamos al hotel en el autocar, se subió Tapie y se sentó a mi lado. Medio en italiano, me dijo que le habían contado que no me quería ir. Le expliqué que yo quería seguir, que estaba aprendiendo francés, que me quería quedar muchos años en Marsella y me soltó: «Mira, piénsatelo bien, te tienes que marchar porque, si no te marchas, te puedo hundir la carrera». Mafia total.

Benito Floro había pedido mi fichaje a toda costa y coincidió que una persona muy cercana a mi mujer y a mí tenía una enfermedad terminal. Estaba claro que la solución entonces solo era volver al Madrid, que era mi casa, y poder estar cerca de esa persona en sus últimos momentos. Eso me llevó a tomar la decisión de regresar, pero fue difícil para mí, mucho, porque un sector del público radical no vio con buenos ojos mi vuelta.

Marca tituló: «Vuelve el salvador».

El reencuentro con mis compañeros fue extraordinario. Además, el Madrid llevaba meses sin ganar fuera de casa, algo muy extraño. Fuimos a jugar a Logroño, marqué el primer gol. El segundo partido fue en casa, ganamos y me acuerdo de un pase que le di a Zamorano con el exterior, que se la puse en la cabeza y fue gol. Deportivamente fue muy bueno mi inicio, pero con la afición tuve problemas.

Había gente que no me quería y tuve algún encontronazo con aficionados a la salida de algún entrenamiento. Después de los partidos, con Floro, entrenábamos en el campo. El entrenador pensaba que así recuperaríamos mejor. Cuando el estadio se había vaciado, nos poníamos a dar vueltas. Algún día tuve mis más y mis menos con algunos que se habían quedado solo para increparme. Recibí llamadas telefónicas a mi casa. Fueron unos meses muy jodidos en ese aspecto, aparte, con el problema familiar que te he dicho, estando de hospitales… Mira lo que le ha pasado a Sergio Ramos con lo de Salah, que ha recibido amenazas de muerte. Hay gente que con el fútbol…

Esa temporada se volvió a perder la liga en Tenerife.

Hay datos que a la gente se le escapan. Veníamos de jugar la semifinal de Copa del Rey contra el Barcelona, con prórroga, y los eliminamos. Eso fue un miércoles, el domingo tuvimos que ir a Tenerife. Solo tres días después. No se ha hablado mucho de esto, pero para ir con mayor comodidad, Mendoza alquiló un par de aviones privados con la mejor intención del mundo. Pero a uno de esos aviones se le estropeó el aire acondicionado.

Casi se mueren de calor. Tuvieron que dar la vuelta en pleno vuelo y volver a Madrid. Se arregló el avión y al final llegaron de madrugada. Al día siguiente jugamos, a las cinco de la tarde, también con un calor increíble. Todo eso nos afectó.

Al poco de empezar el partido, en un saque de banda, recibí el balón por detrás y no sé quién vino, pero me dio un rodillazo justo en la rabadilla, en la espalda, como el que le hicieron a Neymar, que casi le retiran del fútbol, y me destrozó.

Luego jugamos la final de Copa en Valencia, que yo no pude jugar porque arrastraba problemas en el recto, pero ganamos. Fue una pena; solo ganamos la Copa del Rey, pero esa fue una gran temporada.

Hombre, no convencía mucho ese juego.

Floro fue un entrenador adelantado a su tiempo. Nos puso un psicólogo, que entonces era una novedad; ni siquiera ahora está plenamente asentado. Cuidaba mucho la estrategia, que le había dado muy buen rendimiento en Albacete. Era un equipo que no era muy vistoso, pero estaba bien estructurado. Nos marcó esa derrota en Tenerife.

Prosinecki.

Tenía unas condiciones extraordinarias, lo que pasa es que no tuvo suerte con esas lesiones. Le operaron, me acuerdo de que tenía una cicatriz enorme en la pierna. Lo que pasó, al margen de eso, era que su estilo no se adaptaba mucho al del Madrid. Robert retenía mucho el balón. Si hacíamos una jugada, por ejemplo, en banda, le llegaba el balón y, en lugar de meter el centro, hacía un amago. A veces el equipo pedía otra cosa, más rapidez, soltar más rápido el balón. Quizá el problema fue que en el Estrella Roja comandaba las pausas del juego y todos jugaban para él, y en el Madrid es otra historia. Pero algo nos fuimos entendiendo con el tiempo y poco a poco estaba más acoplado.

Clemente te dejó de llamar para la selección.

Cuando cogió el equipo yo estaba en Marsella, hablé por teléfono con él alguna vez y contaba conmigo. Jugamos en Santander, ganamos 1-0 a Inglaterra. Me acuerdo de que tuve que ir en un avión privado. Pero luego coincidió que en mi regreso al Madrid me lesioné, me fracturé el quinto metatarsiano, y dejó de contar conmigo.

Con la llegada de Valdano y Cappa te adelantaron en el once Amavisca y Raúl.

Con Amavisca no contaban mucho, pero tenías que ver qué pretemporada hizo. Al final se quedó y jugó muchos minutos, fue titular. En mi caso, perdí la titularidad porque estaba Laudrup, luego apareció Raúl y yo fui el desplazado. Son cosas que ocurren. Pero jugábamos muy bien al fútbol ese año.

El 5-0 al Barcelona.

Estuve lesionado el año anterior, cuando ellos nos metieron un 5-0. Además, creo que se lesionó Alfonso, nos salió todo mal. Pero al año siguiente yo entré por Raúl en el 65 e hice la jugada, un autopase, metí el balón hacia atrás, la tocó Luis Enrique y fue el cuarto. Luego el quinto lo metió Amavisca y la verdad es que estábamos como para meter también el sexto. Un resultado así con el Barcelona es difícil que te salga, es cosa de una vez en la vida, pero fue muy satisfactorio porque el año pasado había habido mucho cachondeíto con la manita. Ese año también ganamos en casa un partido muy importante al Deportivo, un 2-1, que nos sirvió para ser campeones, aunque, al año siguiente, era yo el que estaba en el Dépor.

Fue curioso, el Real Madrid logró levantar el vuelo después de un inicio de la década lamentable, pero, cuando la cosa funcionaba, resultó que el club estaba en la ruina.

De hecho, durante esa temporada la prensa nos preguntaba si estábamos dispuestos a rebajarnos la ficha. Nunca en el Madrid había habido retrasos de pagos y ese año hubo.

Te ofrecieron un 25 % de tu ficha para seguir.

Mi representante entonces era Zoran Vekic. Le dije que estaba dispuesto a bajarme un 50 %, y él me contó, porque no tuve contacto con el club, que me iban a pagar por debajo de mi pretensión. Estaba dispuesto a cobrar la mitad y no me dieron opción, ni siquiera negociaron. Feo. Esos detalles, además, solo se hacen con la gente de la casa. Para los de fuera siempre hay dinero. Y no pasa solo en el Madrid, es en todos los clubes. De los jugadores de la casa intentan aprovecharse siempre. Así que me fui al Deportivo, entre otras cosas, porque estaba Toshack.

Llegaste al Deportivo diciendo que habías tenido mala suerte en el Madrid y el primer día te hiciste la triada.

Llevaba cinco días en el club. Fue un amistoso contra el Oporto. Se me cayó el alma a los pies. Nueve meses para volver a jugar. Pasé una noche… estaba en la habitación con Adolfo Aldana y le di una nochecita al pobre… estuvimos toda la noche hablando, yo con la rodilla metida en hielo. Al día siguiente me llevaron en coche de Oporto hasta A Coruña. Tumbado en la parte de atrás del coche, con la pierna estirada, cinco o seis horas de viaje, con los baches… le di muchas vueltas a la cabeza. Tenía veintinueve años y a ver cómo me quedaba de una operación tan grave. Luego en silla de ruedas. Fue mucha comedura de coco, un calvario hasta que volví a jugar.

La temporada siguiente Toshack apostaba mucho por mí, me metía siempre que podía en el equipo, pero tuve muchas lesiones musculares. Sobre todo, en el bíceps femoral. Fue horrible. Estaba un mes parado, salía, jugaba un partido, otro, y me volvía a lesionar. Era un sufrimiento, sobre todo, mental. Tampoco tuve opciones de continuar, no me ofrecieron la renovación. Me vine a Madrid sin equipo, se cerró el mercado y mi representante no me había buscado ningún club, no se portó nada bien conmigo. Durante la lesión no fue capaz ni de llamarme. Y me quedé en paro. Eso sí que fue una situación muy jodida. Me tuve que ir a entrenar con el Leganés, que estaba en segunda B, y curiosamente estaba allí Eto’o cedido por el Madrid, que tenía dieciséis años.

Acabaste en México.

Entonces me llamó Michel, que venía de estar en México con Butragueño, y me convenció para irme al Celaya. Jugué el torneo de clausura. Estuvo bien y recibí una oferta del Karlsruhe, que acababa de bajar a la segunda división alemana. Firmé solo un año, cuando podía haber firmado tres, pero no pensé en mí, no tuve egoísmo, y un año duré. Echaron al entrenador al poco tiempo de empezar la temporada, pusieron al que estaba de segundo, que solo había entrenado a nivel amateur, y lo primero que dijo es que no contaba conmigo.

Volví a Madrid, me puse a entrenar con el Getafe, que estaba también en segunda B. Intenté irme a jugar a Estados Unidos, pero no salió. Me llegaron ofertas del fútbol árabe, de Brasil y Argentina, pero estaba mi mujer embarazada y tomé la decisión de dejarlo. Por una parte, sentía necesidad de seguir jugando, pero, por otra, no me convencía.

¿Truncó tu carrera salir del Madrid en el 90?

No sé lo que hubiera pasado. Cuando echas la mirada atrás, con la cabeza fría, lo que ves es que la vida son circunstancias y las decisiones se toman en función de esas circunstancias. Las que yo tomé, en función de lo que había y de las personas que te encuentras por el camino, creo que fueron las correctas.

Dijo Paco Jémez en la entrevista que le hicimos que lo que recuerda de ti es que cuando le dabas al balón sonaba bonito, «era agradable hasta el sonido del chut».

Somos muy amigos. Eso que dice a mí me pasó con Maradona. En la temporada 83-84, antes de que Goikoetxea le partiera el tobillo, le vi dando toques en el Bernabéu calentando con Schuster, otro que tal, y me llamó muchísimo la atención. Cómo la tocaba, cómo salía el balón de sus pies, suave… Era impresionante.

¿Quiénes más te han sorprendido?

Van Basten era espectacular. Romario. Schuster. Laudrup, que era exquisito, cómo conducía el balón, qué visión tenía para ver al compañero desmarcado. Aunque valoramos más lo de fuera que lo de dentro, no creo que Míchel o Butragueño tuvieran nada que envidiar a nadie de su época. Fran, por ejemplo, también me llamó mucho la atención. Lo sufrí como rival, pero cuando le vi entrenar en el día a día, tenía un cambio de ritmo y una zurda espectaculares. Por su carácter, quizás no llegó a lo que pudo ser.

Estuvo a puntito de fichar por el Madrid.

Sí, lo sé, lo sé. Pero no lo hizo, y con la selección tampoco tuvo la implicación que yo creo que debería haber tenido.

Este año has tenido tu primera experiencia como entrenador profesional con el Extremadura en segunda B.

Ha sido una experiencia muy enriquecedora, aunque no haya ido acompañada de los resultados. Me encontré un equipo muy estresado. La categoría está muy igualada y perdí a jugadores titulares por lesiones y sanciones, sobre todo en defensa. Un entrenador siempre tiene que modificar sobre la marcha, pero yo no pude. Llevaba a los jugadores que tenía disponibles para ir convocados, no tenía ni para dejar a alguno fuera. Tenía ya hechas las listas por las circunstancias. Hice debutar a un chaval, que luego fue uno de los mejores, y hubo tramos en los que jugamos muy bien. Dominamos partidos en segunda B, que se juega un fútbol mucho más directo.

¿Cuál es tu filosofía?

Dominar al rival y tener el balón, supongo que como todos los entrenadores. Mi idea es tener preponderancia sobre tu rival, mandar. Aunque luego todo eso depende de lo que tengas.

Ahora, los veteranos de la Quinta hacéis vinos y jamones.

Lo de los jamones lo tuvimos que cerrar. Por algunas personas, que delegas y al final hay cosas que no salen bien. En el vino participamos Míchel, Butragueño, Sanchís y yo, pero también están Alfonso Pérez y Karanka. Antonio Martín del baloncesto y Pato Clavet, tenista. Elaboramos un vino, Casalobos se llama, en la denominación de origen Montes de Toledo, en un pueblo que se llama Picón. Yo la verdad es que no soy entendido, pero una comida o una cena sin vino no la contemplo.


Famosos, pseudoterapias y un cantante de rancheras

Bertin Osborne, 2016. Foto: J. Luis Cuesta / Cordon Press.

Si tomáramos un famoso al azar, por ejemplo, qué sé yo, a Bertín Osborne, y le preguntáramos qué es el «factor h» obtendríamos probablemente una cara de sorpresa, como poco. Puede, que por eso de decir algo, terminara elucubrando que nos referimos al próximo reality cocinado a fuego lento para el éxito.

Pero no.

Para todo investigador, es decir aquel que basa su trabajo no solo en decir que algo funciona u ocurre sino en demostrarlo, el «factor h» es un valor numérico que permite conocer de forma más o menos objetiva el impacto de sus publicaciones y trabajos. Los científicos, individuos profesionales en lo suyo y con mucho «factor h» del bueno, del de verdad, no acostumbran a aparecer en televisión o radio ni ocupan portadas y columnas de algunos periódicos o revistas del corazón. Sabemos que un discurso sin voz puede ser perfecto, pero si no suena no se oye.

De este modo ese impacto invisible se ve en ocasiones engullido por la opinión e impresiones de gente sin base científica. Gente famosa. Gente por ejemplo con un programa de televisión o con muchos seguidores en Instagram que visibiliza terapias y otras excelencias que pueden cambiar, a peor, la vida de determinadas personas. Cae así rendida a un lado la evidencia golpeada por alguien que sabe hablar delante de un micrófono o que atraviesa la cámara con ojos de saber de lo que habla. Los famosos tienen impacto en la vida de la gente. Son un ejemplo de lo que brilla. Influyen sobre nosotros cuando explican sus dietas, sus viajes o sus nuevos tratamientos de lo que sea. No poseen «factor h» pero abruman con otro tipo de impacto. Es por eso que antes de seguir, y para que nadie confunda a partir de ahora en este texto a un científico con un famoso, utilizaré una denominación particular del impacto de una celebridad hablando de cosas que atañen a la salud o la vida: el «factor f» del famoso (pido perdón por el juego de palabras). Este «factor f» puede hacer que cambies de banco, que te quites el gluten de la dieta o que decidas probar o abandonar un tratamiento determinado. A propósito de esto último, nadie más dispuesto a probar cualquier cosa que quien sufre una enfermedad limitante o sin cura en el momento actual. En ellos el «factor f» tiene en ocasiones demasiado fácil hacer diana.

La relación de algunos famosos y las pseudoterapias es más que conocida. No la estamos descubriendo en estos párrafos. Las redes sociales han permitido un continuo en el que su vida, y sus cosas particulares, se comparten. Además, el fácil acceso del que disponen a los medios de comunicación les permite realizar afirmaciones sobre la vida, las cosas del comer, las del querer y las  de la salud desde un altar estupendo. Ellos, en su distancia, se permiten jugar con determinadas actitudes extrañas creyendo que no solo es lo mejor sino que además dan ejemplo. Ahí tenemos a Gwyneth Paltrow, con más trucos que un mago, o a la familia real británica hablando maravillas de su homeópata de cabecera… hasta que se ponen enfermos de verdad. Tampoco se escapan los deportistas de élite como por ejemplo Diego Costa. El de Lagarto, lugar donde nació, se fue a Serbia en 2014 para inyectarse placenta de yegua y llegar como nuevo a la final de la Champions. Lo mismo al tiempo estaba Sergio Ramos haciendo una interconsulta a la «Virgen del Mayor Dolor y Traspaso» para asegurarse marcar un gol en el descuento, quién sabe. El caso es que Diego Costa duró diez minutos en el campo y aquello de la yegua quedó en una anécdota que todavía sonroja a los traumatólogos. Lo de Sergio Ramos le ha llevado hasta a tirar los penaltis como Panenka, será que la interconsulta venía con intereses.

En otros casos los famosos o sus familiares sufren enfermedades, tal y como ocurre con el resto de los mortales. En esa situación, y aunque disponen generalmente de más recursos que el ciudadano medio, optan a veces por equivocarse sin saberlo. Un ejemplo prototípico es el de Steve Jobs y su cáncer de páncreas. Al diagnóstico operable, y por lo tanto curable. Pero decidió no escuchar a sus médicos e ignorar a su mujer y amigos. Alguien le convenció para abordar el problema de otra manera. Los errores saben de disfraces y conversaciones profundas. Él debió tener más de una charla con alguien que cambió su dieta, modificó ciertos hábitos de su vida y acabó con sus posibilidades de curación. No le salieron las cuentas. Jobs no quiso escuchar y cuando lo hizo terminó siendo tarde. Los capítulos dedicados a esto por Walter Isaacson en su biografía son un ejemplo terrible pero matemático.

También nos encontramos con casos en los que no se desprecia la medicina científica, sino que se opta por creer que más allá de la frontera de nuestro país se hacen mejor las cosas. Con esto no quiero decir que aquí en España tengamos la mejor medicina del mundo, que también tenemos nuestros remiendos, con esto quiero decir que en España tenemos la mejor medicina que en el momento actual se puede hacer. Cuando un famoso se marcha a otro país para tratarse de determinadas enfermedades porque «aquí no se puede» se debe aclarar que generalmente sí que se puede. Lo que ocurre es que el famoso en cuestión o no lo sabía o no se lo han contado o directamente no ha querido hacerlo aquí. Cada uno debe actuar como desea, obviamente, pero el «factor f» aporta en este caso una mezcla agitada y revuelta de desconocimiento que quizá traduzca mensajes equivocados. Y es en este momento cuando regresamos a Bertín.

Como es conocido Bertín tiene un hijo con daño cerebral adquirido. Una putada, con perdón. Como es lógico todo padre en una situación como esa busca lo mejor para su hijo. Se aplica así un principio de benevolencia que en ocasiones no se corresponde con otro principio: el de beneficencia. El objetivo debe ser no solo querer el bien sino también lograrlo. No es tan sencillo como parece y la distancia entre las dos cosas, buscar el bien y lograrlo, puede ser enorme y hasta tender a infinito. Uno de los trabajos de los buenos médicos es decir la verdad aunque no coincida con lo que el enfermo o su familia creen o quieren creer. Hacer ver a un padre o una madre esa distancia entre lo que proponen y la realidad es sin duda complejo pero también es justo y necesario. Pocas cosas más peligrosas que un médico que calla para dejar que pasen los días. Si hace eso con la información puede terminar haciéndolo también con las expectativas.

En nuestro país la atención al daño cerebral adquirido en la población infantil es muy escasa. La capacidad de recuperación de los niños es amplia y no iniciarla de forma precoz es hacer cicatriz en las posibilidades de mejora. Los recursos de atención temprana son o casi inexistentes o muestran mucho tiempo de espera al encontrarse las unidades especializadas sobrecargadas. Eso convierte a muchos padres en verdaderos cazatratamientos que por nuevos o distintos permitan la mejora de sus hijos. El objetivo muchas veces no es recuperar completamente la función perdida o dañada, se pelea por lograr pequeños avances que sumados permitan cierto grado de independencia. Si hay un caldo de cultivo idóneo para que el «factor f» tenga efecto es en grupos de pacientes como estos. Constituyen además una oportunidad de negocio. La esperanza, que es el motor que mueve a muchas de estas familias, se convierte en cheque al portador y siempre hay alguien que quiere cobrarlo.

Siempre.

En el caso de Bertín su «factor f» ha traído a España una terapia para niños con daño cerebral. Con origen en Estados Unidos, esta terapia es recomendada por algunas personas desde su fundación. Recuerden, ya dijimos que estar más allá de la frontera viste mucho cualquier tratamiento. Se trata de una terapia obsoleta y dañina desde el punto de vista sanitario, económico y emocional que ha visitado medios de comunicación, ayuntamientos y reportajes obteniendo una publicidad estupenda. Muchas familias se han visto atraídas y muchas familias han visto que cambiaba su vida pero no como esperaban. Para llevarla a cabo los padres, y sus hijos, primero tienen que ir a Italia para ser aceptados. Después deben viajar al origen de todo, Estados Unidos, donde recibirán las instrucciones necesarias para llevarla a cabo. Todo eso a costa de su tiempo, su dinero y la salud de sus hijos. La hipoteca más cara del mundo. Es por eso que merece la pena realizar un pequeño viaje al interior de esta terapia. Vayan preparados porque está oscuro, hace frío y no descarto que tengan que retirar de vez en cuando la mirada.

Albert Einstein. Foto: Cordon.

La terapia a la que nos referimos es la terapia Doman-Delacato. También se conoce como la terapia Philadelphia dado que es allí donde se encuentra su origen. Como pueden imaginar su nombre es producto de la suma de sus creadores. Los señores Glen Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, psicólogo educativo. Ambos eran jóvenes en un momento en el que el neurodesarrollo era aún un vacío por describir. La tierra de las oportunidades para la gente con ideas. Así en el año 1955 crean «Los Institutos para el Logro del Potencial Humano» (IAHP). Creo que no es necesario explicar mucho acerca de lo que se proponían si leemos con atención el nombre que le pusieron a su lugar de trabajo. ¿Recuerdan haber escuchado que todos los niños podían ser como Einstein con un abordaje determinado? Pues Doman, creador del IAHP, se hizo un poquito de oro vendiendo libros con eso. En ese instituto se vinieron arriba y lo malo, o lo peor, es que todavía no se han bajado. De este modo, y como algo ineludible, en 1960 dan a conocer un método para mejorar el estado de los niños con daño cerebral de cualquier tipo. Como se hace con los barcos hicieron partir su método desde un puerto rimbombante y con el cielo lleno de confeti. Lo malo de algunos barcos es que no llegan a puerto y el capitán salta por la borda, porque se va a pique, antes de que se den cuenta los viajeros.

Se puede resumir su hipótesis terapéutica en cuatro puntos fundamentales. El primero de ellos está basado en las ideas del neurofisiólogo Temple Fay. El señor Fay explicaba el neurodesarrollo desde un concepto muy de Jumanji: la «filogenia ontogenia recapitulada» o «teoría de la recapitulación». Según este señor el cerebro del ser humano se desarrolla navegando de forma lineal las diversas etapas «animales» que de algún modo nos conforman. Es decir, que en teoría hacemos un flash-forward desde la fase de pez pasando por los reptiles y algunos mamíferos hasta llegar ser como somos, bípedos como un humano. Este razonamiento en los sesenta encontraba su público, pero en el momento actual está más que superado y resulta ya obsoleto. Si tienen un niño cerca dudo mucho que lo hayan visto primero mover las piernas como si fuera una salmón a contracorriente para después reptar como la serpiente de Voldemort, Nagini. Por suerte generalmente somos mucho más complejos. Fíjense que he escrito generalmente.

En segundo lugar añaden al zoo descrito la repetición. Los autores indican que mediante la repetición de movimientos o sonidos se podrían «despertar» las regiones afectadas y por lo tanto su reflejo en el sistema nervioso central. Para ello no solo trabajan haciendo movimientos reiterados sino que también bloquean aquellas regiones que sí se mueven con normalidad. Es decir, si un niño tiene una parálisis o rigidez (espasticidad) de la pierna izquierda lo que se opta es por bloquear la pierna derecha para así recuperar el miembro afectado. Algo nada frustrante y doloroso para el niño, pero al revés. Esta repeticiones con bloqueo se deben realizar por al menos cuatro o cinco personas y atando o sosteniendo al niño como se precise. Según los creadores no sería efectiva de otra manera. También se debe llevar a cabo varias veces a lo largo del día. Pero ahí no acaba esta tortura disimulada, esperen. Para lograr esa estimulación no solo vale el bloqueo, si la cosa está muy dormida se pueden añadir estímulos dolorosos como un estropajo, pequeñas cucharadas de agua hirviendo o una trompeta en el oído. Lo de la trompeta, aclaro, es porque aseguran que así se puede recuperar la audición en el caso de que esté afectada. Ahora piensen en niños sujetos para lograr el estímulo de aquellas regiones que no mueven con normalidad. Niños sujetos y estimulados por sus padres. Es sobrecogedor para los niños y para los padres. En los años ochenta la Academia Americana de Pediatría publicó varios documentos dejando claro que esto no llevaba a ningún sitio. Yo no había nacido y ya estas prácticas deberían haberse abandonado. Y aquí me tienen escribiendo sobre ello en un presente maravilloso. A veces es terrible descubrir que hay cosas que no han cambiado, ¿verdad?

En tercer lugar los terapeutas, o lo que sean, proponen la retirada de todos los fármacos a estos niños. Críos con espasticidad, trastornos del sueño o epilepsias en ocasiones complejas. Su argumento es aplastante: hay que dejar al cerebro libre de influencias para que muestre su potencial. Que muestre dolor, insomnio o crisis convulsivas de repetición parece que no les importa mucho. La palabra potencial es lo que tiene. Sobre las convulsiones llegan a afirmar que resultan una defensa natural para el cerebro y que por lo tanto no son directamente perjudiciales. Que haya gente que afirme eso, que lo explique y que se lo crea es terrible. Como un pirómano hablando de las bondades del fuego. Pero no se quedan ahí. Aunque con tres patas hay mesas que no se caen ellos requieren de una cuarta para dejar armada su práctica.

Como cuarto y último fundamento he dejado aquel que creo es más extravagante y peligroso. Los señores Doman-Delacato defienden la utilidad del dióxido de carbono como herramienta para mejorar la perfusión del cerebro de un niño enfermo. Lo explico un poco. Nuestro cerebro, como órgano importante que es, tiene una capacidad peculiar y fundamental en cuanto al aporte de sangre y oxígeno se refiere. Se autorregula, es capaz de gestionar el flujo sanguíneo que recibe para así asegurarse estar siempre en las mejores condiciones. Sabe que es un privilegiado y se gestiona como tal. Por ejemplo, en situaciones de tensión arterial baja será capaz de modificar el estado de sus vasos sanguíneos o la tensión arterial a través del latido cardiaco para no quedarse sin gasolina. Usted podrá estar pálido pero notará que el corazón comienza a latir fuerte. Eso no es para avisarle, es para que el cerebro no pase frío o cosas peores. La cara pálida pero las neuronas bien perfundidas es un mantra ahí arriba. Una de las sustancias que participa en eso es el dióxido de carbono. Si el dióxido de carbono sube los vasos sanguíneos del cerebro se dilatan, si baja lo contrario. Entender esto es fundamental para comprender el homenaje al marqués de Sade que viene a continuación. En la terapia Doman-Delacato lo que se defiende es el efecto beneficioso sobre las neuronas del incremento de flujo sanguíneo cerebral mediante la vasodilatación. Este incremento se logra a través del dióxido de carbono. Como su aumento provoca más flujo de sangre al cerebro, asumen que esto será bueno para mejorar su estado. Asumen terriblemente mal, aclaro. ¿Cómo logran esto? Retirando el tratamiento para las convulsiones o haciendo a los niños respirar en el interior de una bolsa para que retengan dióxido de carbono en su sangre. Pueden volver a leer la oración anterior, no me he equivocado. Bolsa y niños respirando en su interior. Sería un remedo de lo que hacía el personaje de Sigourney Weaver en Copycat, donde para tratar sus ataques de ansiedad por agorafobia respiraba en una bolsa de papel hasta perder el conocimiento. Ahora piensen en plantear a un padre hacer algo así. Esa es otra película, pero esta vez de terror.

En resumen, estos cuatro pilares fundamentan la terapia Doman-Delacato. Reconozco que da vértigo mirar hacia atrás para echar un vistazo. Animales, repeticiones, quitar fármacos y respirar dióxido de carbono. Nada de ello ha demostrado utilidad. Como comentamos esta terapia zarpa en los años sesenta. Si en el momento actual buscamos trabajos que demuestren su utilidad no encontramos ninguno. Es una terapia que hoy navega aun estando ya hundida. Pero no se queda ahí. Reclama a los padres unos recursos económicos que en muchos casos derivan en situaciones precarias. Al tiempo les obliga a convertirse en cuidadores profesionales de sus hijos. Drena los recursos monetarios y emocionales. Hace daño en el daño. Y si no hay mejora, si no hay cambios, solo hay culpa en quien realiza de forma inadecuada lo que ellos les recomiendan allí en el lugar donde se alzan los IAHP. Por supuesto no se puede replicar porque toda la responsabilidad recae en los padres y no en profesionales. Es una red bien tejida que deja escapar la evidencia, pero no los beneficios de vender algo que no funciona.

Probablemente Bertín y su fundación ignoren o no comprendan del todo lo que supone defender una terapia así. Quizá solo ven lo que tiene alrededor, sus circunstancias, y no se han planteado nunca mirar más allá. Pero su «factor f» ha permitido la llegada de esta terapia a nuestro país. Padres que escuchan a alguien famoso, con cierto carisma, con una vivencia similar y que les asegura que funciona. Ahí está el impacto. Ayuntamientos que abren sus puertas para que defensores de este abordaje cuenten las maravillas de lo que no se ve. Porque siempre es sencillo hablar en condicional y decir que todo va a ir a mejor con lo que suena bien. Sencillo pero muy injusto para los que luego tienen que peregrinar a ninguna parte. Los famosos, con su «factor f», disponen de un valor maravilloso cuando transmiten mensajes adecuados y bellos. Pero se transforman en un peligro cuando alimentan bulos o falsos tratamientos.

Este texto no se dirige contra nadie, obviamente, pero sí contra algo. Es muy sencillo opinar sobre salud cuando no sabes lo que ocurre al otro lado de tu discurso. Las caras conocidas, los dueños del «factor f», poseen la capacidad de comunicar y llegar a la gente, algo de lo que no disponen muchos científicos o profesionales sanitarios. Tienen una responsabilidad real en no confundir a familias o enfermos que habitan en la esperanza mientras buscan una luz que les permita seguir hacia delante. Muchas veces esa luz viene de una pantalla de móvil, de una radio o de una televisión. Ellos deben saber que sus palabras no se las lleva el viento por mucho que las digan mientras sonríen. Que no es cuestión de buscar culpables, pero tampoco está demás que alguien de vez en cuando les deje al menos por escrito las consecuencias.


Referencias:

1. Walter Isaacson (2011), «Steve Jobs: la biografia».

2. Sociedad española de Fisioterapia en Pediatría (SEFIP), «Fisioterapia en Pediatría y evidencia del método Doman Delacato».

3. Academia Americana de Pediatría (1999), «The Treatment of Neurologically Impaired Children Using Patterning Committee on Children With Disabilities».


Real Madrid, Zinedine Zidane y el retrato de una «liga tranquila»

Zinedine Zidane, Gijón, 2017. Foto: José Manuel Álvarez Rey / Cordon.

La última imagen de Zinedine Zidane como futbolista fue un cabezazo al pecho de Materazzi. No era aquella la única vez que el francés perdía los nervios en el terreno de juego. A lo largo de su carrera, Zidane fue expulsado del campo hasta catorce veces, once de ellas por roja directa, una cifra sorprendente para un jugador de su calidad y su posición en el campo. Lo curioso es que ese mismo toro salvaje se ha acabado convirtiendo con los años en un técnico amable, educado, tranquilo… y, por todo ello, sospechoso.

De entrada, lo que más sorprende de la liga que acaba de ganar el Real Madrid, la segunda en nueve años, es la facilidad con la que se ha ido ninguneando cada uno de los éxitos del equipo y especialmente del entrenador. No es algo nuevo sino la continuación de una campaña que empezó la pasada temporada. Después de coger a un equipo en ruinas, Zidane consiguió que su Madrid remontara doce puntos al Barcelona y acabara a solo uno, obligando al equipo de Luis Enrique a ganar sus últimos cinco partidos. A continuación, ganó la Copa de Europa. En los penaltis, sí, pero la ganó.

El balance de esos seis meses en el banquillo del Bernabéu debería haberle dado cierto crédito al técnico francés, pero nada más lejos de la realidad. Zidane colocó al Madrid líder en octubre pero nadie le dio importancia, acumuló un récord de cuarenta partidos sin perder que ya nadie recuerda, ganó el Mundialito de Clubes pero aquello pasó sin pena ni gloria y su equipo lleva 64 partidos consecutivos marcando —racha aún abierta— como si él no tuviera nada que ver en el proceso.

Cuando se quiere hablar bien de Zidane se recurre a la manida «gestión del vestuario». Es lo que tiene el perfil bajo. En cualquier caso, la gestión del vestuario también ha sido elogiable, tanto en lo personal como en lo deportivo. Zidane ha conseguido lo que no había logrado ninguno de sus antecesores: iniciar la transición de la «era Cristiano» sin contar aún siquiera con el sustituto de Cristiano. Regulando sus minutos y ajustando sus ansiedades, Zidane nos ha ofrecido una versión del portugués hasta ahora desconocida: menos egoísta, más decisivo en los momentos clave, con menos necesidad de reprochar cosas a sus compañeros… y todo ello sin dejar de ser un jugador descomunal.

Tras tres años bajo sospecha, Zidane consiguió integrar a Isco. De acuerdo, buena parte de culpa la han tenido las lesiones de Bale, pero no puede ser casualidad que el malagueño haya hecho su mejor año justo a las órdenes de Zizou. Las constantes rotaciones del francés hicieron que se avivaran debates ridículos: una semana, Isco era el mejor jugador del mundo; la semana siguiente lo era Asensio. Los días impares era una vergüenza el poco uso que se hacía de Benzema. Los pares, nadie entendía que un tipo como Morata fuera suplente tan a menudo.

Por supuesto, la culpa de todo era de Zidane. Bien podría haber sido suyo el mérito por mantener una plantilla tan amplia en un estado de tensión competitiva constante, pero alabar a un técnico del Real Madrid parece un placer demasiado culpable… salvo que el técnico en cuestión mande a su guardia pretoriana para arrinconarte en un cuarto vacío. Cuando no se ha apelado a las millonadas gastadas por el presidente —sin duda, la del Madrid es la mejor plantilla que el dinero puede comprar, pero hay que saber hacer uso de ella— se ha apelado a la suerte o a la épica, factores que, al parecer, tampoco tenían nada que ver con Zidane.

Sin embargo, repasando los muchísimos goles decisivos que el Madrid ha marcado en distintos partidos a partir del minuto 80, sorprende ver cuántos de ellos vienen de jugada a balón parado. Para ello, hace falta un hombre como Toni Kroos que ponga la pelota allí y rematadores tan eficaces como Ramos, Morata o el propio Cristiano… pero choca que un equipo se líe a marcar goles de estrategia y que el que diseña y entrena la estrategia cada día en Valdebebas no merezca elogio alguno.

Todo ha ido quizá de manera demasiado tranquila, demasiado sencilla. Cuando salían los titulares, el Madrid ganaba. Cuando salían los suplentes, el Madrid ganaba. Cuando llegaba uno de esos partidos —Vigo, Málaga, Granada…— que hacen temblar al aficionado madridista, el equipo dejaba a un lado las maldiciones del pasado y goleaba con contundencia. Eso no genera titulares, pero da títulos. Para rematar, en un par de semanas, el Madrid jugará su segunda final de Champions consecutiva. Nadie, en la historia moderna de la competición, ha conseguido repetir título. Zidane puede ser el primero en hacerlo, pero, por supuesto, el mérito será de cualquier otro.

El triste ocaso de Luis Enrique y su Barcelona

Si en algo han estado de acuerdo todos los analistas esta temporada es en la sensación de fragilidad que transmitían los dos grandes. Es cierto: el Barcelona perdió en casa con el Alavés, se dejó cinco puntos con el Málaga y cayó en Riazor ante un rival que semanas después caería 2-6 frente al líder. Por su parte, el Madrid empató dos veces con la U.D. Las Palmas, con el Eibar en casa y sufrió más de la cuenta en campos como El Molinón, donde ganó prácticamente en el descuento. Con todo, uno ha acabado la liga con 90 puntos y el otro con 93.

Eso vuelve a decir mucho de la competitividad de nuestra liga, competición que los dos grandes se han repartido en doce de las últimas trece ocasiones. Por poner un ejemplo, en 2008, Schuster batió el récord de puntos en una temporada de treinta y ocho partidos sumando 85. Desde entonces, obviamente, la cosa se ha salido totalmente de madre, y, así, es imposible que nadie siga el ritmo a los dos transatlánticos. Lo suele intentar el Atleti —incluso lo consiguió en 2014— pero este año se ha quedado en 78, bastante lejos de los 90 que lograra hace tres temporadas.

Si hemos hablado maravillas del Madrid y su entrenador, ¿qué motivos hay para hablar mal del segundo clasificado si solo ha conseguido tres puntos menos? Es una cuestión que va mucho más allá del marcador y del puntaje. El equipo de Luis Enrique fue una caricatura de sí mismo durante buena parte de la temporada, incluyendo un terrible último partido contra el Eibar en el que llegó a ir perdiendo 0-2 mediada la segunda parte.

De las enseñanzas de Cruyff y Guardiola queda poco. Es triste, pero es así. El Barcelona se ha sostenido en la liga porque Messi ha marcado 37 goles, Luis Suárez ha logrado 28 y Neymar ha sumado otros 13. En total, 78 goles entre tres jugadores. Como no han sido los 90 que marcaron el año pasado, el equipo se ha quedado corto. No queda nada de la presión alta, del sacrificio individual, del movimiento constante del balón, del gusto por el centro del campo, del juego con extremos y laterales… El Barcelona se ha enrocado en un continuo «arriba y abajo» en el que se espera que Ter Stegen y Piqué resuelvan atrás y sus tres estrellas resuelvan delante.

Pese a contar con un presupuesto similar al del Madrid, no hay plan B más allá de Alcácer, André Gomes, Digne y tantos otros suplentes incapaces de cambiar un partido por sí solos. Y es que ese es el principal problema del Barcelona: que ya nada se hace en grupo sino que todo es una lucha individual. En un contexto así, los jugadores con menos posibles técnicos quedan mucho más expuestos e incluso expertos en la colocación defensiva como Sergio Busquets parecen continuamente superados por las oleadas del rival.

El principal problema, con todo, ha sido la incapacidad de Luis Enrique para reconocer la situación. La temporada del Barcelona se ha parecido a aquel chiste que contaban en la película El odio, el del hombre que se tira desde una azotea y mientras va cayendo repite a cada piso: «Hasta aquí todo va bien». Solo que lo importante no es la caída, claro, es el aterrizaje, y el fútbol no es una excepción. El Barcelona guarda aún la bala de la Copa del Rey  para salvar una temporada mediocre, no ya en lo estadístico sino en lo estético… y a diferencia de otros equipos, el Barcelona sin estética no es nada. Ese es su discurso y ese es su método. Solo queda encontrar a alguien que lo respete de nuevo.

Tranquilidad incluso para descender

Hasta tal punto ha sido tranquila esta edición de la liga que ni siquiera se ha vivido la típica lucha a muerte por el descenso, con equipos ganando sorprendentemente sus últimos cuatro partidos para salvarse. No, desde principio de temporada se vio que Osasuna, Granada y Sporting de Gijón se quedaban atrás y la dinámica no cambió en ningún momento. Mención especial merece el caso del equipo andaluz que empezó la liga con Paco Jémez, la continuó con Lucas Alcaraz, es decir, con una apuesta totalmente contraria a la inicial, y la acabó con Tony Adams haciendo de graciosete pendenciero y consumando, lógicamente, el descenso.

Tampoco hubo una gran lucha por Europa. Quizá demasiado convencidos de que el Alavés no va a ganar la Copa del Rey y por tanto el séptimo clasificado acabará jugando la Europa League, ni Villarreal ni Real Sociedad ni Athletic de Bilbao parecieron desvivirse en sus últimos partidos por conseguir los puntos necesarios para garantizarse la plaza europea. Las emociones hubo que buscarlas en otros lados: el desplome inesperado de Quique Setién en Las Palmas, el coraje sin fin del Eibar, la capacidad del Leganés para mantenerse alejado del descenso con un presupuesto irrisorio…

En general, todo ha ido según lo esperado y eso no emociona a nadie. No hubo un Tenerife ni un «tamudazo» ni nada parecido. Nadie se salvó con un gol en el descuento. Ha sido, hasta cierto punto, una liga a la imagen y semejanza de su ganador, Zinedine Zidane. Una liga en contención, pendiente de una posible explosión que no acaba llegando nunca. Si se compara con la anterior que ganó el Madrid, aquella que empezó con Mourinho metiéndole el dedo en el ojo a Vilanova, esto parece el paraíso.

Tal vez sirva de lección para muchos. Se puede ganar sin apelar a conspiraciones ni agravios constantes ni rozar la paranoia. El hecho de que el Barcelona haya adoptado una posición victimista al respecto de los arbitrajes en vez de centrarse en resolver sus problemas de fútbol, sin duda le ha tenido que perjudicar. En una liga tranquila, el más tranquilo es el que gana, esto es así. Y mantener la calma, está visto, no es tan fácil como parece.


De la sinvergonzonería considerada como una de las bellas artes

Bildnummer: 05671956 Datum: 18.05.1994 Copyright: imago/Sven Simon Romario (FC Barcelona, Mitte) vs Marcel Desailly (li.) und Paolo Maldini (beide AC Milan); Vdia quer Aufmacher Champions League 1993/1994 Finale Athen Fußball EC 1 Herren Mannschaft Gruppenbild Aktion Personen Image number 05671956 date 18 05 1994 Copyright imago Sven Simon Romario FC Barcelona centre vs Marcel Desailly left and Paolo Maldini both AC Milan Vdia horizontal Highlight Champions League 1993 1994 Final Athens Football EC 1 men Team Group photo Action shot Human Beings
Romario en la final de la Champions (1993-1994) contra el AC Milan. Fotografía: Cordon Press.

Al poco tiempo de fichar por el Valencia, Romario ya había sido sancionado económicamente en un par de ocasiones debido a su vida dispersa. Lejos de reconducirse o de amilanarse por la aplicación del régimen interno, apareció un día en el vestuario con más de un millón de pesetas, mostró el dinero a sus compañeros y dijo: «Aquí tenéis el pago, por adelantando, de mis multas por todas las noches que voy a salir de farra durante lo que resta de temporada». Detesto al caradura sin gracia, pero me entrego incondicionalmente al caradura con clase. Sirvan estas líneas como pequeño homenaje a los futbolistas que han hecho de la sinvergüencería un arte.

Deberíamos censurar, de entrada, al deportista cantamañanas, al que tiende a la insubordinación y al desapego hacia lo que le rodea. Entre otras cosas porque en las disciplinas de equipo hay una máxima sagrada: el respeto a los compañeros. Y dependiendo del grado de profesionalidad, a un club y a una afición. Además, si no reprobásemos a los cantamañanas no existiría cantamañanas meritorio: es muy sencillo mostrarse descarado cuando a nadie parece molestar la insolencia. Por ejemplo, estamos cerrando las puertas del olimpo de los descocados ilustres a Messi y a Cristiano Ronaldo, a quienes nadie osa contradecir y hagan lo que hagan obtendrán —al menos de puertas cara afuera— el respaldo del resto de la plantilla, entrenadores y directivos. Es muy difícil ir contra la corriente cuando todo tu entorno conspira para que la corriente te siga a ti.

Volviendo a O Baixinho, cuando los periodistas le echaban en cara sus juergas nocturnas por la falta de respeto a sus compañeros, el brasileño, con la mirada de indiferencia y el sosiego que Flaubert identificaba en aquellos que satisfacen diariamente sus pasiones, contestaba «los compañeros que se jodan». Interpelado en una ocasión sobre su presencia en una discoteca el mismo día en el que había justificado su falta al entrenamiento por un dolor de garganta espetó «yo bailo con las piernas, no con la garganta». Recordemos su profecía recién aterrizado en la ciudad condal para incorporarse al Barcelona: «marcaré treinta goles en esta liga». Después de treinta y ocho jornadas acabó pichichi de la competición, no con veintinueve o treinta y uno, sino con la cantidad exacta de tantos que había prometido diez meses antes. No fue un pronóstico, sino una decisión, como la que uno puede tomar acerca de la cantidad de comida que va a cocinar para una cena navideña. De un tipo que hace esto no se puede esperar que se pasee por el purgatorio de los seres corrientuchos y se comporte como dicta el protocolo.

Los hay que intentaron bravuconadas parecidas a la del jugador carioca y salieron escaldados. Loco Gatti, controvertido portero argentino, retó a Maradona en la previa de un partido: «A mí ese gordito no me mete un gol». Le cayeron cuatro. El Pelusa (el único que, como Romario, podía planificar los tantos que iba a anotar) dijo posteriormente que tenía pensado marcarle dos goles a Gatti, pero como le llamó gordito le dejó dos de propina.

Otro brasileño ilustre fue Ronaldo Nazario, el mejor futbolista que he visto junto con Maradona —indiscutible número uno en los últimos cuarenta años— y Messi. La mayor parte de su carrera profesional jugó mermado físicamente por varias lesiones gravísimas (siendo aun así superior al resto), por lo que la suya se puede catalogar como una sinvergüencería terapéutica. Sus polémicas fiestas de cumpleaños, fuentes de leyendas sobre jugosas bacanales en las que según parece jugaban «todos contra todos» constituyeron el tratamiento paliativo contra el dolor en sus articulaciones. Sentía el fútbol de una manera que tantos adalides de la disciplina —jugadores que con ademanes grandilocuentes y afectados presumen de entregar su vida por unos colores— jamás comprenderían. Sus lágrimas, sin atisbo de teatralización, durante la rueda de prensa en la que comunicó su claudicación ante los problemas en la rodilla que le impedían seguir jugando al fútbol, son una oda al deporte rey. Igual que lo fueron sus impresionantes regates a toda velocidad, dentro y fuera del campo; como el que le hizo a Florentino Pérez cuando este trataba de convencerle sobre los beneficios del recogimiento monacal: «Roni, ¿por qué no sigues el ejemplo de Figo, que siempre se queda en casa por las noches?». A lo que respondió: «Presi, si yo tengo una mujer como la de Figo no salgo de casa de noche ni de día».

Capítulo aparte merece el noctívago salvadoreño «Mágico» González, sobre todo durante su etapa en ese Cádiz que tantos futbolistas emblemáticos ha aportado a nuestra liga. Mágico aprovechaba las explicaciones tácticas en los entrenamientos para compensar su falta de descanso nocturno. Incluso provocó que se retrasase el comienzo de la segunda parte de algún partido. El utillero o el delegado tenían que bajar al vestuario y despertarlo para que se incorporase al envite después de que, a punto de reanudar el árbitro el encuentro, alguien se percatase de que faltaba un jugador. Estuvo a punto de fichar por el Barça de Maradona. Durante su periodo de prueba deslumbró futbolísticamente, pero el equipo blaugrana se vio obligado a desechar su adquisición debido a su apego a la postura horizontal, como dejó patente cuando en una concentración del equipo sonó la alarma de incendios del hotel y, después de ser desalojado el edificio, hubo que entrar a rescatarlo de entre las sábanas; aunque cuentan que en esa ocasión en vez de durmiendo estaba en brazos de alguien que no era Morfeo. Recomiendo que no se vean vídeos de este jugador para no echar por tierra el buen concepto que tenemos de los futbolistas actuales, chatarreros del deporte la mayoría si comparásemos sus habilidades con las de Mágico. Un día que David Vidal lo dejó fuera de la convocatoria el salvadoreño golpeó la puerta del vestuario del cuerpo técnico y, cuando su entrenador la abrió, le mostró un paquete de tabaco y le empezó a dar toques con los pies hasta que consiguió que uno de los cigarros cayera directamente en el bolsillo de la camisa. Recogió tranquilamente el pitillo, se lo puso en la boca, lo encendió y se fue diciéndole a su perplejo entrenador: «Cuando encuentres a uno que haga esto me lo cuentas, míster».

Jorge «Mágico» González en 2013. Fotografía: Cordon Press.
Jorge «Mágico» González en 2013. Fotografía: Cordon Press.

Hubo otros que profesaron el descomedimiento pero sin el talento de los tres magníficos citados. Algunos empezaron la tarea y no la supieron refrendar: Mostovoi, jugador ruso que llegó a formar parte de la mejor plantilla de la historia del Celta, vivió unos principios difíciles en el conjunto vigués. El «Zar», magnífico mediapunta, llegó a un club que en ese momento no tenía un nivel acorde a su calidad. Durante un partido en el Molinón, cuando su equipo ya no tenía opción de realizar sustituciones, abandonó el terreno de juego. De sus ademanes, semblante y actitud se descodificaba fácilmente el siguiente mensaje: «Con esta banda de picapedreros no me apetece jugar». Mientras toda la afición celtiña asistía atónita e indignada a la deserción, yo, que escuchaba el partido por la radio, interpreté el incidente como un prodigio. Sin embargo, mis altas expectativas se vinieron abajo. El mito Mostovoi duró diez segundos, lo que tardaron otros iracundos compañeros, entre ellos el carismático Patxi Salinas, en cogerlo en volandas y devolverlo al terreno de juego mientras el ruso se señalaba la pierna, excusando su repentino plantón con una supuesta lesión. Si acometes el acto de sinvergüencería es mejor que llegues hasta el final. No imagino a Romario, Mágico o Ronaldo reculando en una situación semejante.

Otra espantá sin ápice de glamour la protagonizó Míchel en el Bernabéu. El público del coliseo madridista silbaba al componente de la mítica Quinta del Buitre, quien, haciendo pucheros infantiles y con gesto de adolescente consentido, enfiló súbitamente el túnel de vestuarios en medio del encuentro. En una entrevista posterior se coronó al manifestar que había decidido llevar a cabo este acto de rebeldía en el partido anterior. El desaire, chocarrero, no fue consecuencia de una mala jugada de la espontaneidad incontrolable, hubo premeditación. Si noventa mil almas te abuchean, lo que tienes que hacer es algo parecido a marcar tres goles, pedir un megáfono prestado y desde el medio del campo gritar proclamas irrespetuosas al muy respetable público, arriesgándote con ello, eso sí, a la excomunión del paraíso de los favoritos de tu afición; no puedes buscar la aprobación por el camino fácil de la compasión. O, si no quieres llegar tan lejos, ejecutas un penalti a lo Panenka en la tanda de unas semifinales de un Campeonato de Europa, como hizo Sergio Ramos —espécimen con luces y sombras en este campo de la insolencia—, callando (callándonos) con distinción y gallardía a todos los que nos habíamos burlado de su tremendo error desde el punto fatídico apenas unas semanas antes.

También hay insurrectos que han ido un paso más allá y se han excedido. Aun haciendo un gran esfuerzo por comprenderlos y justificarlos, se nos complica sobremanera la defensa de episodios violentos. Sin embargo, dentro de estas censurables conductas agresivas hay gradaciones. Yo me quedó con Eric Cantoná y su intento de imitación de Bruce Lee con una brutal patada a un aficionado que, según alegó el jugador francés, le había arrojado té caliente. Reprochemos su acción, quedémonos con la estética del gesto y lo inusual de su reacción y rompamos una lanza en favor de los futbolistas que se pasan la vida aguantando las garrulerías de los aficionados, quienes se amparan en el pago de una entrada para creerse con derecho a todo. El genial exjugador del Manchester United afirmó posteriormente que su agresión fue poco menos que un acto de altruismo. «Creo que para muchas personas es un sueño poder patear a este tipo de hooligans. Así que lo hice por ellas, para que se sintieran felices». Ocho meses de sanción y la condena social unánime tuvo que soportar el jugador francés. Ya se sabe que el pájaro que se separa de la bandada es el primero al que disparan.

Vale que la disciplina y una conducta adecuada son fundamentales en la alta competición, pero qué aburrido sería todo sin la porción de desfachatez que nos recuerda de vez en cuando que lo genuino todavía puede brotar en este mundo que irremediablemente se inclina cada vez más hacia el gregarismo. Mágico reconocía: «Soy un irresponsable y quizá esté desaprovechando la oportunidad de mi vida, pero tengo una tontería en la cabeza: no me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Solo juego por divertirme».

Alguien tan auténtico no merece que se le recuerde como un vago. Se demuestra mucha fuerza de voluntad al sacrificar la posibilidad de convertirse en el mejor futbolista del mundo por querer seguir siendo uno mismo.


Àngels Barceló: “Los informativos de las televisiones privadas no dan información, es otra cosa”

Àngels Barceló (Barcelona, 1963) nació el año en que mataron a Kennedy; desde entonces todo fue un lento progresar hacia la primera línea de los acontecimientos. Prácticamente no ha sucedido nada en España, ni en el mundo, durante los últimos 30 años que no haya sido narrado desde la primera fila por esta periodista comprometida con el oficio, ya sean atentados terroristas, catástrofes ecológicas, golpes de estado o goleadas azulgranas (que algunos también podríamos considerar una suerte de armagedón). Hoy le preocupa la deriva del periodismo, la pérdida de la necesidad de narrar, de vivir la noticia, de tocar la calle; un impulso que ha dado paso al anquilosamiento de la profesión, ya sea en un despacho, ya en una trinchera figurada. Y de este modo, algo que empezó por casualidad se ha convertido en una forma de entender la vida.

¿Qué cualidades debe tener un buen periodista?

Es una forma de entender la vida. Para mí un buen periodista tiene que tener compromiso, curiosidad y mucho espíritu de trabajo. Así entiendo yo la profesión; no sé si eso es ser periodista, pero así la entiendo yo. Se ha de querer preguntar y querer saber… Y otra cosa que he hecho siempre en los medios audiovisuales es sentir una necesidad brutal de contar las cosas.

¿Notas que esa necesidad se ha ido perdiendo entre tus compañeros?

En la profesión se ha ido perdiendo la curiosidad, y están haciendo perder las ganas de trabajar, pero no creo que sea tanto responsabilidad de los periodistas como de cómo está el ambiente empresarial y político. Siempre pongo como de ejemplo periodístico a Josep Martí Gómez, que es un periodista de Barcelona que roza los 80 años y que no entiende ninguna manera de hacer periodismo que no sea con su libreta y su bolígrafo, que creo que es como debe ser. Y es algo que se está perdiendo.

¿Qué se podría hacer para recuperarlo?

Primero, que los que son periodistas se crean que lo son y se crean esta profesión, que no es solo hacer una carrera y trabajar en un medio de comunicación: es una profesión que, si te la crees de verdad, es tu vida. Requiere mucha dedicación, e interfiere mucho en tu vida.

Ahora que casi todas las noticias vienen por agencia, ¿tiene las mismas posibilidades de destacar un periodista que empieza ahora que los de antaño?

Eso es lo malo, que ya no les dan esta oportunidad. A mí me da pena, porque las nuevas generaciones de periodistas que llegan ahora, que vienen becados, no tienen oportunidad de trabajar con alguien que les enseñe realmente lo que es el periodismo. Ellos tampoco tienen muy claro lo que representa, pero cada vez cuesta más encontrar periodistas séniors que se lo puedan explicar. Hay una frase de Martí Gómez que dice “esta profesión es como un sacerdocio”. Y yo así lo entiendo, por los sacrificios que requiere, pero también por las cosas maravillosas que te depara.

¿Ese conocimiento no se transmite de los veteranos a los que llegan?

Cada vez quedan menos veteranos. Además, en este país hemos pecado de que la gente, en cuanto se hace mayor, y por mayor me refiero a que tengan más de 40 años, tiene un afán de despachos muy importante. La gente no ha entendido que puedes ser periodista de la calle hasta los 78 años, y esto ha hecho mucho daño a nuestra profesión, porque los veteranos se han ido apalancando. Los jóvenes tienen que entrar, pero tienen que entrar siempre acompañados de los que ya saben. En este país ha habido mucha “despachitis”; la gente ha pensado que cuando ya tenía una edad determinada tenía que ser “Jefe de”, luego “Subjefe de” y luego “Más jefe de”; y esto ha hecho daño a la profesión.

¿Qué haces para evitar caer en esa “despachitis”?

Decir que no. Y he tenido muchas oportunidades.

¿Sigues saliendo y teniendo contacto con la calle?

Intento hacer todas las coberturas que puedo. La semana pasada estuve en la Mina de Santa Cruz, con los siete mineros encerrados. Soy el martirio de mis jefes, porque siempre estoy pidiendo que me dejen ir a sitios. No entiendo el periodismo sin el contacto con la calle. He tenido muchas oportunidades de estar sentada en un despacho, tanto en Cataluña como aquí, y siempre he dicho que no. Porque yo soy periodista, no soy gestora de nada. Solo sé hacer bien mi trabajo.

¿De dónde viene tu querencia por el periodismo?

De casualidad. Yo no tenía ningún tipo de vocación; me apunté a hacer Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona como me podría haber apuntado a hacer cualquier otra cosa, pero poco a poco entré en el vicio este. Porque es un vicio absoluto. Quizá decir adicción sea exagerado. Muchas veces me he planteado abandonar; voy a cumplir 49 años y me pregunto qué más puedo contar, porque he contado cosas brutales. Yo siempre decía que una de las cosas que quería contar era la paz en Euskadi y el fin de ETA, y lo conté desde San Sebastián el día que ETA sacó el comunicado diciendo que cesaba la violencia. He contado en directo la caída de las Torres Gemelas, los atentados de Atocha, la victoria por mayoría absoluta del Partido Popular… ¿qué más me puede pasar? El día del 11S, que me pilló en directo en el informativo del mediodía de Telecinco, hice un programa desde las 2 hasta las 12 de la noche, y cuando acabó el programa me llamó una compañera que trabajaba en otro medio y me dijo: “Àngels, hoy ya nos podemos retirar.” Y le dije que no, porque después de eso vendría otra cosa. Además, en mi caso mi trabajo tiene un punto de egoísmo, porque yo quiero contar las cosas. Quiero ser yo quien las cuente.

Después de haber hecho tanto radio como televisión, ¿qué medio prefieres?

Es muy difícil decidirse por uno u otro, cada uno tiene lo suyo. Por ejemplo, el programa de la semana pasada desde la Mina de Santa cruz solo lo podía hacer por la radio, porque en la radio te desnudas y no puedes engañar, el oyente se da cuenta en seguida, pero no tiene la imagen, y la cobertura de la mina es muy radiofónica. Pero la cobertura de la revolución de la plaza Tahrir en Egipto es muy televisiva; yo la cubrí para la radio y echaba de menos el momento de la imagen, el poder acompañar todo lo que estaba contando con la imagen. No me puedo decantar por un medio o por otro. A veces estoy haciendo algo para un medio y echo de menos al otro y viceversa.

¿Al principio de tu carrera encontraste alguna dificultad añadida por ser mujer?

Sí, por ser mujer y por ser muy joven. Tenía que ganarme la credibilidad de la gente.

¿Crees que en este aspecto todo sigue igual? Hoy en día no hay tantas mujeres periodistas de relevancia como hombres.

Además acabamos de dar un paso tremebundo para atrás, sobre todo en televisión. Hubo una época en la que Olga Viza presentaba un informativo, Àngels Barceló presentaba un informativo… había gente de una cierta edad y trayectoria que hacía periodismo en televisión, pero ahora la televisión ha optado por otro tipo de mujer periodista, y en esto hemos retrocedido muchísimos años. Hay un perfil de mujeres que ya no tenemos espacio en televisión, pero los hombres sí.

¿Te refieres a que se escoge a los hombres para hacer periodismo serio mientras que a las mujeres se las escoge por el aspecto físico?

Sí, no tengo ningún complejo en decirlo. Me refiero a televisión. En radio, en cambio, no me he encontrado ningún problema: se ha confiado en mí y si soy mujer, soy mujer, no pasa nada.

¿Incluso entonces, a principios de los años 80, cuando empezaste en la radio?

Hice radio muy pocos meses, y después entré en televisión. El físico era importante, pero también pesaba que supieras hacer las cosas bien. Yo creo que ahora esto no se tiene en cuenta, el físico es lo que tiene más peso.

¿Qué opinas del revuelo que se ha montado con Sara Carbonero desde hace dos años?

No te voy a hablar de hace dos años, hace unos días (el partido de semifinales de la Eurocopa España-Portugal) Sara Carbonero le preguntó a Iniesta si le habría gustado tirar un penalti, cuando lo había chutado y lo había marcado. Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente. “Me acaban de nombrar”… A lo mejor soy excesivamente exigente con el trabajo de la gente, igual que con el mío. Uno puede cometer un error de vez en cuando, pero…

¿Qué te parece cómo está planteada la radio, con un modelo basado básicamente en la publicidad? ¿Está agotado ese modelo? En la SER hay un ERE, por ejemplo.

No creo que haya que cambiar de modelo. Los medios de comunicación también hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; había una burbuja en la que entraba mucha publicidad y en la que todo funcionaba bien, y esto se ha acabado porque la crisis se ha llevado por delante el modelo de país. Hay que adaptar el modelo a la situación y las circunstancias, no podemos vivir igual que lo hacíamos hace diez años. Ni nosotros, ni el señor de la tienda de aquí delante, ni nadie. Todo ha cambiado y tenemos que adaptarnos. El peligro reside en aceptarlo renunciando a lo que nosotros hacemos, que es periodismo. Tenemos que adaptarnos a los tiempos que corren sin dejar de poner el valor en el producto que damos, que es la información. La crisis no debe afectar a la información.

¿Qué implican estos nuevos tiempos para un programa de radio?

Hacer filigranas. Hacer lo mismo con menos, que se puede hacer. Tener mucha capacidad de inventiva y mucha imaginación. Yo soy la más vieja de mi equipo, por algo soy la jefa; tengo un equipo muy joven, y ahí donde a mí se me acaba la imaginación ellos siempre tiene una idea que va más allá con menos coste económico. Pero me niego a pensar que el modelo de radio se haya terminado, porque la gente la escuchará en Internet, en el iPhone… me da igual donde la escuche, pero hay que hacerla con un micrófono delante en un estudio. El modelo no cambia.

Antes has nombrado a Olga Viza. Ella nos comentaba, refiriéndose a la prensa deportiva, que el sectarismo era la base del negocio.

Sí, pero en la prensa generalista pasa igual.

¿Es una consecuencia de la lucha por la cuota de mercado?

El forofismo vende, cada vez lo tengo más claro. Y no por lo que haga mi emisora, que yo podré quejarme de muchas otras cosas, pero afortunadamente somos una emisora plural. Es verdad que somos un grupo progresista, con determinadas cosas muy claras; para empezar, en mi programa nadie grita, y nadie dispara contra la trinchera contraria. A todo el mundo se le deja hablar. Pero el sectarismo sí que vende, y lo estamos viendo en las tertulias de televisión, por ejemplo. Cuantos más gritos, insultos y enfrentamiento, más audiencia. Y es otro factor que está contribuyendo a acabar con nuestra profesión. Además se llama periodista y periodismo a cosas que no son ni lo uno ni lo otro.

¿Qué reflexión hacer cuando ves que el que más grita es el que más audiencia tiene?

Quiero abandonar el país, quiero exiliarme. Últimamente utilizo mucho la frase “¿En qué país vivimos?” Yo nunca estoy a favor de la confrontación o la trinchera, me molesta muchísimo el grito y la agresividad, incluso en la entrevista. Intento sacarle todo a la gente, pero siempre con métodos que no empleen la agresividad. En un momento como este, en el que el periodismo debería ser el sustitutivo de la clase política, nos hemos convertido en los azuzadores, y ese no es nuestro trabajo.

¿Desde cuándo se va por este camino?

Hace ya mucho tiempo. Una cosa que me sorprendió me ocurrió cuando llegué a Telecinco después de trabajar trece años en TV3. En cuanto llegué se me puso una etiqueta, pese a que yo no había manifestado mi opinión, nadie sabía lo que pensaba ni de dónde venía; pero me convertí en una periodista no solo progresista sino socialista, cosa que no sé de dónde sacaron. Republicana, antimonárquica… me colgaron todas las etiquetas del mundo. Y fue algo que me impresionó.

¿Y eso por qué fue?

Supongo que porque era catalana y venía de Cataluña. Es verdad que yo siempre he manifestado opiniones sobre la inmigración, sobre la igualdad…

¿Cuándo te ocurrió esto?

En 1997, en Madrid. Es una de las cosas que más me impresionó: cómo se hace periodismo aquí en Madrid. Es una sociedad totalmente polarizada. Yo defiendo el compromiso, la igualdad… la igualdad y la inmigración. Pero si alguna vez se me ocurre decir algo porque pienso que también tiene razón quien dice otra cosa, la gente no puede entenderlo. Yo no me he metido en esa casilla, ¿por qué me meten ustedes? Es muy difícil hacer periodismo así.

¿Qué hiciste para salir de esa casilla?

No he salido. Intento ser muy honesta y sincera, y cuando me preguntan respondo. Y me acuesto cada noche tranquila, porque igual que te lo digo a ti, que lo vas a publicar, lo digo en cualquier sitio, no tengo un doble discurso. No he conseguido salir del encasillamiento, pero que cada uno piense lo que quiera. Yo duermo cada noche muy tranquila.

¿Notaste mucho cambio al pasar de una cadena pública como TV3 a una privada como Telecinco?

Sí. A pesar de que pude trabajar muy libremente en TV3, era una televisión que estaba mandada por un consejo de administración con representación de todos los partidos políticos, y era algo que se notaba y se vivía. Pasé a una privada en un momento en que pienso que se hicieron los mejores informativos que se han hecho en este país en mucho tiempo. Trabajé con total libertad: hicimos los informativos del Prestige, de la guerra de Irak… sobre lo peor que ocurrió en este país; lo hicimos gobernando Berlusconi, y no pasaba nada.

¿Cómo estás viviendo el ERE en la SER?

Con dolor. Todo lo que supone perjuicio para mis compañeros es dolor para mí.

En estos tiempos en que se mira tanto el gasto público, ¿tienen sentido las televisiones públicas?

Tiene más sentido que nunca una televisión pública como Televisión española. Como la que teníamos hasta la semana pasada al menos [TVE ha cambiado de director de informativos; Julio Somoano sustituye a Fran Llorente]. Era una televisión absolutamente plural, que no ofendía a nadie, que lo contaba todo bien… y no estoy hablando de la programación, no voy a entrar en si los programas me gustan más o menos, estoy hablando de la información.

¿No es posible hacer eso en una cadena privada?

Para las cadenas privadas no es un problema político, es un problema de audiencia. Los informativos de las televisiones privadas no me sirven, no dan información. Yo me dedico a la información, y pongo el informativo de las ocho y media o las nueve en una cadena privada y no me dice nada; eso no es información, es otra cosa. En cambio la pública, hasta la semana pasada, era la televisión que me servía de referencia. El problema es que seguramente se va a acabar. De todas formas, entiendo que las privadas lo hagan así; tienen otras necesidades, que son ingresar dinero. Si a ellos les funciona un informativo de ese tipo, me parece perfecto. Pero a la pública sí le pido un buen informativo.

¿Qué parte de culpa tenemos el público?

Toda. Es mi guerra de siempre. Si la gente dejara de mirar ciertas cosas, dejarían de emitirse. Me acuerdo, ya en mi última época en Telecinco, que bajamos de audiencia y la gente siempre decía “son los únicos informativos que se pueden ver”. ¡Pues miradlos! El otro día en Twitter todo el mundo le decía a Buenafuente que tiene que volver a la tele. ¡Pero si ha vuelto, y le ha echado la audiencia! El máximo responsable somos nosotros, y no acepto cuando la gente dice que en la tele solo ponen basura. Dejad de mirar la basura y dejarán de emitirla.

Entonces es un problema mucho más profundo.

Cuando todavía estaba en Telecinco, que fueron los inicios de Aquí hay tomate y todo eso, recuerdo que con compañeros de la redacción decíamos que sería algo pasajero, que ese tipo de televisión era una moda, pero pasaría. Y no ha pasado. Al contrario.

Eres muy aficionada al deporte.

Me gusta mucho, pero no me gusta nada la prensa deportiva.

¿Ha ido a peor en los últimos años?

Es necesaria y te evade. Cuando voy en el avión, a veces me leo un diario deportivo, pero en ocasiones me pregunto si eso es realmente periodismo. Generan unos debates ficticios, que no existen. Son capaces de alimentar durante diez días que Piqué y Sergio Ramos no se llevan bien. Y a lo mejor es verdad, pero en la selección juegan maravillosamente bien los dos juntos. Entiendo que la gente lo necesite porque se evade y les gusta ese tipo de lectura, pero… Igual que te decía antes lo de Sara Carbonero y el penalti del otro día, me pregunto ¿y si hiciéramos esto nosotros? Claro que también hay medios no deportivos que lo hacen…

¿A qué te refieres?

A generar este tipo de debates. Me preocupa que en la lista de profesiones peor valoradas esté el periodismo. Algo hemos hecho mal, y una de ellas es no saber marcar la frontera entre lo que es periodismo y lo que no lo es. Y no quiero decir que lo otro esté mal hecho, pero no le quiero poner la etiqueta del periodismo. Pongámosle la etiqueta de espectáculo, entretenimiento, divertimento… pero no lo llamemos periodismo, porque al final hemos confundido a la gente.

Pero entonces ya empiezas a tomar un papel de educador.

No, porque ya te digo que yo entiendo la existencia de esos medios, y yo misma los leo y los veo, pero pongámosle otra etiqueta. No pretendo educar a nadie. Pero yo soy una talibán de mi profesión, y la entiendo solo de una manera: como la hago. Como todos, he tenido la posibilidad de tomar caminos, y nunca he tomado otros caminos porque soy así. Seguramente estoy equivocada y soy menos rica, pero me acuesto cada noche con una tranquilidad y una felicidad…

¿Cubrir una rueda de prensa de Karanka es periodismo, por ejemplo?

Yo se lo digo a los de deportes: “¿Por qué no os levantáis y os vais?” Y ya no te digo de Karanka, sino una de Mourinho insultando a los periodistas; porque les insulta. Levantarse y marcharse porque ese no es tu trabajo sí sería periodismo. Lo otro es entrar en ese juego que yo entiendo, se necesita y ojalá dure muchos años por el bien de los compañeros, pero no es periodismo como yo lo entiendo. Yo sigo todas las ruedas de prensa del Consejo de Ministros y la gente pregunta y es insistente. No tiene nada que ver con lo que hacen en las ruedas de prensa de Karanka o Mourinho.

¿Cuál es la entrevista más enconada que has hecho?

Últimamente, hablando de política, lo son todas. No hay ningún político que te quiera responder a nada de lo que le preguntes.

Eso es un clásico.

Sí, pero últimamente mucho más. He notado una evolución. Recuerdo que una de las últimas fue al portavoz del partido Popular, Alfonso Alonso, y me decía una cosa que no era cierta. Por tres veces intenté que no dijera algo que no era cierto. No lo conseguí y dije “para aclarar a los oyentes, lo que usted está diciendo no es verdad, porque es así, así y así; y ahora, si quiere, continuamos la entrevista”. Cada vez es más difícil. No se relajan. Cada vez me cuesta mucho más. Quizá es que me estoy haciendo mayor y tengo menos paciencia.

¿Estás cada vez más desengañada de los políticos?

De la clase política de hoy en día sí.

¿Me podrías decir algún miembro del gobierno que te parezca que lo esté haciendo bien?

No.

¿No se salva ninguno?

No. Aún no he podido entrevistar a ningún miembro del gobierno, nunca han querido venir a mi programa.

¿Y el que más está patinando?

El propio presidente del gobierno.

¿Cuál es el mayor fallo que tiene?

No contarle a la gente la verdad. Tengo la sensación, y lo he dicho mil veces en antena, de que piensan que somos tontos. Piensan que nos pueden engañar con los eufemismos, que es lo más típico y lo más tópico. Y no pueden. La gente es mucho más lista de lo que se piensan. Y es que, a pesar de ellos, este país sobrevive, se levanta cada día, y lo poco que funciona, funciona. Tienen un gran desprecio hacia la gente.

¿Te esperabas esto?

No esperaba nada. Sabía que lo tenían difícil, pero pensé que serían un poco más hábiles a la hora de la gestión. Como criticaron tanto cómo lo había hecho el PSOE en cuanto a comunicación, pensé que serían un poco más hábiles simplemente para que no les dijeran que lo están haciendo igual que los otros. Y no son nada hábiles.

¿Eres capaz de ponerte en su lugar?

Me pongo en su lugar para decirles lo que estamos viviendo en nuestras carnes. Me pongo en su lugar, pero podrían gestionarlo de otra manera. La comparecencia de Luis de Guindos el otro día en el Congreso, explicando el no-rescate, porque para él no es un rescate, es una verborrea constante de cosas que no dicen nada y no responde a nada de lo que queremos saber.

¿De dónde crees que les viene esta tendencia al eufemismo, cuando no a mentir directamente?

Creo que se debe a la propia improvisación, que no saben qué hacemos ni dónde estamos ni qué queremos. Quiero atribuirlo a eso. No son conscientes de que los ciudadanos agradecerían más que les dijeran: “Señores, estamos en un momento jodidísimo y vamos a pedir ayuda para los bancos, porque si no de esta no salimos.” Creo que la gente lo entendería mucho más. Es que es mucho peor que salga Mariano Rajoy diciendo que ha presionado tanto a Europa que se lo han dado todo y luego salga Europa diciendo: “¿Perdón?”

¿Esto viene de la época en que se podía mentir más alegremente, cuando las cosas nos iban mejor a todos?

Creo que nunca nos han mentido tanto como se hace ahora. Es cuestión de la talla de los políticos. Hay una cosa que me llama mucho la atención: dentro del aparato de los partidos hay gente muy válida, gente con la que hablas en corto y dicen lo que la gente preferiría oír, pero luego entra en funcionamiento la maquinaria del partido, los cargos, el secretario del subsecretario de no sé qué, y ese mensaje, que hay gente en la base del partido que lo tiene, no llega a los ciudadanos. Y luego pasa lo que pasa: la gente está desencantada, los políticos son lo peor que hay, la desafección…

¿Qué cambio sería necesario?

Gente que hablara con honestidad.

¿Lo ves posible?

No, no lo veo posible. Sería en un mundo ideal.

Se decía que con el cambio de Gobierno se podían arreglar las cosas. ¿Ya no nos queda ni la esperanza?

La oposición también está en su peor momento. Salió tocadísima de las últimas elecciones y no ha remontado. El Partido Popular va bajando, pero es que el PSOE no va subiendo. Algo falla, aquí hay algún problema.

¿Crees que se va a cumplir la legislatura de cuatro años?

Yo creo que no, y es dramático. La gente tiene el futuro muy jodido. Hay un 50% de paro juvenil. Tengo una hija de 19 años que me pregunta qué va a hacer y…

¿Entiendes algún recorte de los que se están haciendo?

Bien explicados, puedo entender muchos. Yo no pertenezco a ninguna empresa pública, y me he recortado mi sueldo dos veces. Se pueden entender muchas cosas. El propio copago sanitario, el mismísimo recetazo, explicado y con una proporcionalidad, bien hecho, a lo mejor se puede entender. Pero tenemos una ministra de Sanidad que no ha dado ni una entrevista. ¡Una ministra de Sanidad que no contesta preguntas! Hablas con los médicos y te dicen que pueden gestionarlo, pero se ha de hacer bien. Hay muchas cosas que se pueden recortar y retocar, pero hagámoslo bien.

¿Quién está al mando en este Gobierno? ¿Soraya? ¿Rajoy?

Yo creo que nadie, y ese es el problema. ¿Dónde está el capitán del barco? Es como el Costa Concordia: el capitán ha salido catapultado y no sabemos quién está al mando.

Acabas de venir de León de ver a los mineros. ¿Le ves solución a su situación?

Ellos mismos son conscientes de que el sector de la minería está en su fase final, pero en este país nadie ha tenido la perspectiva de saber gestionar la reconversión de este sector. Y ahora mismo al Partido Popular le caen encima unos señores que tienen unas ayudas que se las habían prometido y que, en un tiempo de recortes, no se las dan. Yo no le veo salida, porque otro de los déficits de este gobierno es su capacidad de diálogo y de hablar. Aunque luego le digas que no se lo vas a dar, siéntate con ellos. Antes hablaba del desprecio, y es que es un desprecio a la ciudadanía constante. La propia supresión del debate sobre el estado de la nación… yo lo hago cada año, y es un coñazo, pero es el momento en el que ellos tienen que dar respuesta a preguntas en el Parlamento. Para eso les hemos elegido.

Antes has hablado del 11S. ¿Eras consciente de las consecuencias que iba a tener?

Yo no fui consciente de nada hasta que me levanté de la silla. Ese día retransmití una película. Pero en cuanto me levanté de la silla, me entró un temblor de piernas espectacular.

¿Pensaste que aún iba a ser peor de lo que ha sido durante estos diez años?

No fui consciente de que eso desencadenaría guerras. Lo que tenía clarísimo es que algo iba a cambiar a partir de entonces. Habían herido a Estados Unidos en su propio corazón y aquello no iba a quedar sin respuesta.

Aquello te sorprendía empezado ya el Telediario.

No, fue a punto de terminarlo. Eran casi las tres y yo había empezado a las dos y media. Mi compañera Marieta me dijo por el pinganillo que había un incendio en las torres gemelas, que estaba llegando la imagen y que la pinchaban de despedida. Pero al cabo de diez minutos volvimos. Aquello fue un máster.

¿Qué momento se te ha quedado del Prestige?

Llegar a un pueblo, ir hacia el puerto y ver a los pescadores salir con sus barcas a recoger chapapote del mar. Recuerdo que llamé al jefe de informativos de entonces y le dije que no sabía cómo lo íbamos a contar y si íbamos a ser capaces, pero que eso era bestial. Lo que más me sobrecogió fue el trabajo de la gente. La parte humana me pareció alucinante.

¿Has vuelto por allí?

No he vuelto, pero fue una semana de una intensidad…

Has comentado antes que una de las noticias que siempre habías querido dar y que pudiste hacerlo fue el fin de ETA. Hace unas semanas el Tribunal Constitucional legalizó Bildu. Una de las razones en las que apoyaron la legalización fue que es una realidad innegable y que la gente lo apoya. ¿Te parece una razón suficiente?

Es la normalidad. Si estás en el País Vasco te das cuenta de que lo normal es la presencia de Bildu, de Sortu. Y la normalidad pasa por que sean reconocidos y legalizados. Uno de los grandes errores del PP fue no dar grupo parlamentario propio a Amaiur. ¡Sacaron los votos, es una realidad! Además, ¿cuántos años llevamos pidiéndoles que entren en el juego democrático?

¿Hay que legalizar cualquier ideología si tiene apoyo en la calle?

No, ese es solo uno de los argumentos que se esgrimen en contra de la legalización. Uno de los motivos por los que no se legalizaba era porque estaba demostrado que era ETA. Bueno, pues han considerado que no lo es. Además, pienso que no es exactamente lo mismo. En un momento en el que ETA da el paso de decir que deja de matar entramos en otra dimensión y se tiene que valorar de otra manera, hay que dar pasos en el sentido de que esto es verdad y que vamos hacia delante. Ya habrá tiempo de darnos cuenta de que a lo mejor no, y entonces ya veremos qué hacemos, pero de momento no hay ningún argumento para pensar que esto no sea así. Y la prueba está en que la actividad policial y judicial continúa: hace muy poco detuvieron al presunto asesino de Isaías Carrasco, por ejemplo. Pero vamos a empezar a encauzar las cosas. La foto de ayer de la reina Isabel dándose la mano con el del IRA… ojalá un día en este país veamos eso.

¿Podremos verlo?

Yo creo que sí. Pensé que nunca daría el anuncio de ETA dejando las armas, y lo di. Pues espero que un día un etarra y el Rey se den la mano, y que en este país seamos normales de una vez.

Los miembros del Tribunal Constitucional los nombran los partidos políticos bajo el argumento de que así se logra un reflejo de lo que vota la sociedad. ¿Estás de acuerdo con este modelo?

No, estoy en contra de la politización de la Justicia, y llevamos ya muchos años en que la separación se ha diluido. Entiendo que la gente tiene ideología porque forma parte de nuestra forma de ser. Por lo tanto es evidente que los jueces tienen su ideología, pero son jueces. Que los políticos no se metan.

¿Propondrías eliminar el Tribunal Constitucional?

No, eso es lo que propone Esperanza Aguirre, pero eso jamás.

¿Porque no está bien, o porque lo quiere Esperanza Aguirre?

No, hombre, porque no está bien. En este país hemos evolucionado mucho y muy bien. Hemos pasado una transición y tenemos una Constitución y un Tribunal Constitucional. Es un país muy garantista y a mí me encanta que la justicia actúe cuando tiene que actuar. Deberían replantearse muchas cosas, pero ahora mismo es imposible. Mira lo que ha pasado en Televisión Española.

¿Te parecerían más fiables los cargos vitalicios, como en la Justicia de los Estados Unidos?

Tampoco. Un cargo vitalicio es un sitio del que vives toda tu vida.

¿La cultura tiene que estar al alcance de cualquiera? ¿Qué opinas de las descargas?

Soy antidescargas y antipiratería. Pago por todo lo que bajo de internet.

¿Por qué antes Sinde   y ahora Wert son dos de los ministros más odiados?

Ahora me ganaré enemigos, ya lo sé, pero es porque la “comunidad internauta”, que no sé quiénes son, tiene mucho poder de movilización a través de la red. Aspiro a que todo el mundo cobre por lo que hace. Podemos hablar de precios y de si se gestiona bien o mal, es otro debate, pero la barra libre para todo el mundo no me parece bien.

Es decir, bajarse Juego de tronos es robar.

Alguien ha trabajado para Juego de tronos y a alguien se le tendrá que pagar por eso. Debo de ser la única idiota, pero yo pago absolutamente por todo.

¿Cómo has visto a la selección española en esta Eurocopa?

Un poco como al Barça durante la temporada: mucho toque y poco gol. Les veo muy cansados físicamente, pero siguen siendo maravillosos. En la semifinal España-Portugal hubo una jugada de Pedro Rodríguez, Jordi Alba e Iniesta que … solo por esa jugada que no acabó en gol valía la pena ver el partido entero. Son malabaristas.

¿Qué opinas del debate del tiki-taka?

Es que soy culé. ¿Qué te voy a decir? Soy muy de tiki-taka, pero la temporada pasada me he descubierto a mí misma viendo partidos del Barça y diciendo: “¡Ya! ¿Queréis dejar de tocarla y meter el gol de una vez?” Y es la sensación que tengo con la selección española.

Enric González acaba de escribir un libro (Cuestión de fe) y él, que es muy perico, uno de los argumentos que desarrolla —a no ser que no lo haya entendido bien, que puede ser—, es que toda la historia del Barça como club antifranquista es algo inventado por Vázquez-Montalbán. ¿Qué opinas como culé?

A mí siempre me han contado, y no te lo digo en primera persona porque cuando he vivido el fútbol ya había democracia y por tanto nunca he tenido la sensación de ir al fútbol para desahogar mis instintos, que el Barça servía para desahogar esos instintos catalanistas e independentistas. No puedo rebatir esa teoría porque no la he vivido, yo he vivido el Barça en democracia. Sí que es verdad que los culés hemos identificado el Barça con el nacionalismo catalán, pero no sé si es cierto.

¿Qué le espera al Barcelona después de Guardiola?

Tito Vilanova.

¿Y qué esperas de él?

Lo mismo que esperaba de Guardiola cuando lo ficharon, era una incógnita total. Yo le había entrevistado poco antes, creo que es la última entrevista que dio; le pregunté si se veía entrenando al primer equipo del Barça y me dijo: “Eso sería…” Yo esperaba cero, lo mismo que de Vilanova. Espero que nos sigan dando este placer de verles jugar, igual que la selección española. Soy muy del Barça, pero también soy muy futbolera y me gusta el buen fútbol.

¿Te puedes ver un Manchester-Bayern de Múnich?

Sí. Mi hija dice que sus amigos flipan conmigo. Soy la única madre que cuando entran en su casa puede estar viendo cualquier partido.

¿Cuál es el mejor recuerdo que tienes como culé?

El 2 a 6 del Bernabéu. Lo vi en casa de un madridista que me acababan de presentar, un tipo genial, un notario de Figueras. El primer gol me contuve, el segundo gol me contuve, el tercer gol me contuve, pero al cuarto le dije “Por favor, sé que no nos conocemos de nada y nos acaban de presentar, pero déjame que grite.” Cuando acabó ese partido llamé a Santi Segurola y le pedí que me hiciera la crónica, porque yo misma no daba crédito a lo que había vivido.

¿Qué te dijo?

Pues me hizo “la maravillosa crónica de Santi Segurola”. Destacaba la relación entre el fútbol y la felicidad de la gente, porque ese día era muy feliz.

¿Por qué crees que a cierta gente le duele más que se metan con su equipo de fútbol que con su familia?

Un día leí en El País un artículo de Santiago Solari en el que hablaba precisamente de eso: del forofismo. A mí me gusta mucho el fútbol, pero el forofismo me está echando de él, porque no lo soporto. No lo soporto ni en los propios culés. Me ofende ver un partido del Barça con hooligans del Barça. Me molesta que haya gente del Barça que no reconozca que Sergio Ramos hizo una Eurocopa espectacular, y no lo quieren reconocer porque son del Barça. A mí me gusta tanto el fútbol que le perdono que sea del Madrid. Me encantó lo que hizo cuando le tocó tirar el penalti (se refiere al lanzamiento frente a Portugal). El forofismo me está quitando ese gusto que me daba ver los partidos y disfrutarlos. Si ganas, maravilloso; si pierdes, te lo has pasado bien un rato.

¿Ves Punto Pelota?

Lo he visto alguna vez. No habitualmente, pero sí alguna vez.

¿Cómo es posible que Pedrerol pasara de hacer El día después a Punto Pelota?

Es lo que te decía antes, la vida te da caminos y tú los escoges. Eso te da audiencia, la audiencia da publicidad y eso da dinero. Es un producto.

¿Cuando lo ves lo apagas?

No, soy capaz de engancharme con Punto Pelota. Engancharme cabreándome muchísimo, eso sí.

¿Quién es el que más te cabrea?

Es compañero de la SER, pero Roncero me puede.

¿Le viste llorar?

Sí, porque cuando llegué de ver el fútbol puse un momento Punto pelota y justo llegué en el momento del llanto de Roncero.

¿Cuál es tu peor momento como culé?

Muchos. Los culés hemos sufrido durante muchos años, nos va bien desde hace cuatro. Llegué a Madrid en 1997, y viví aquí la séptima, la octava y la novena copa de Europa del Madrid. Aunque no fueran contra el Barça. Además yo antes vivía al lado del Bernabéu y para mí aquello era una depresión constante.

¿Te da miedo que puedan volver los malos tiempos para el Barça?

Sí, pero hemos disfrutado tanto que si ahora vuelve durante un tiempo no me importará, que me quiten lo bailado. Lo peor lo tienen las generaciones jóvenes, como la de mi hija, que no entiende que el Barça pierda algún día. Le digo que no se acostumbre a esto, que el Barça antes siempre perdía. Mi primera Liga el Barça la ganó cuando yo tenía diez años, con Cruyff. Y luego ya nada hasta Terry Venables, cuando yo ya trabajaba. Yo di la victoria de la Liga contra el Valladolid, con ese penalti que paró Urruti.

¿Qué te gusta leer?

Leo mucha novela, todo lo que cae en mis manos. Las editoriales me mandan todas las novedades y soy una adicta a la lectura.

¿Qué recomendarías?

Lo que más me ha impresionado de lo último que he leído es Yo confieso, de Jaume Cabré. Es lo mejor que ha caído en mis manos en muchísimo tiempo. Tanto es así que pedí entrevistarle, porque había disfrutado tanto con esas 900 páginas… Pero además últimamente he disfrutado con muchas cosas, como el último de Almudena Grandes, El lector de Julio Verne. Soy muy del último libro que leo. Y ya he perdido el complejo: si no me gusta, lo suelto. Para mí fue una decepción Libertad de Franzen. Todo el mundo decía que era una maravilla y a mí me costó muchísimo. Tengo ahora otro suyo, Las correcciones, y lo tengo para este verano, pero me está dando un poco de pereza. Tengo un compañero en A vivir… que tenemos gustos literarios muy iguales, y siempre hacemos un club de lectura por Whatsapp, y me recomendó Libertad. Lo cogí y me lo terminé por militancia, porque no me gustó nada.

¿Qué aportarías a nuestra sección El libro que leería durante la película que no puedo perderme?

Yo es que en cine soy muy mala. Estoy recordando mucho Blade runner, pero sobre todo por el final, aquello de “He visto cosas…”.

¿La viste en el cine cuando la estrenaron?

Sí.

¿Ya te gustó entonces?

Sí, y creo que es de las películas que más veces he visto.

¿Cuál de los distintos finales te gusta más?

Me quedo con la original, la primera. En cuanto a recomendar un libro… no sé, todos. Ahora tengo en la mesita de noche uno que no hace falta leer del tirón: Una forma de resistencia, de Luis García Montero. Viene a decir que en esta época de crisis es recomendable guardar ciertas cosas, y habla de unas sandalias, de unos relojes… de objetos. Son capitulitos cortos y te reconcilias con la cotidianidad, con la vida.

¿Te da tiempo a leer?

Sí, muchísimo. Leo mucho en el tren, por ejemplo, porque voy y vuelvo de Barcelona todas las semanas, así que tengo dos horas y media de lectura que no me quita nadie. Y antes de acostarme siempre leo un ratito.

Antes hablábamos de diferentes maneras de hacer periodismo. ¿Qué te parece la manera de ejercerlo de Jiménez-Losantos?

Durante muchos años ha hecho periodismo, pero luego le ha podido la opinión, sus filias y sus fobias, y se han notado demasiado en lo que ha contado. Pero entiendo que ha hecho un trabajo importante en un momento determinado, en una emisora que era de su ideología. Me parece un buen profesional, aunque no tengo nada que ver con él en cuanto a ideología. No lo conozco personalmente.

¿Intereconomía?

No la veo nunca, salvo Punto Pelota a veces.

¿Te parece sano que exista una cadena así?

Ni sano ni insano. Si hay gente que lo ve y a quien gusta este tipo de periodismo y esta manera de contar las cosas, pues mejor para ellos, pero no es mi estilo.

Julia Otero.

Es una compañera en la que me veo muchas veces reflejada. Algunas tardes la escucho y me da la sensación de que somos muy intercambiables.

Andreu Buenafuente.

Cuando he salido de trabajar a las doce de la noche, he llegado a casa y he pillado el monólogo de Buenafuente o a Berto. Para mí ha sido la mejor desintoxicación del día.

¿Qué ha fallado en su último programa?

No soy crítica de televisión, pero a mí me parecía un programa demasiado igual a lo que ha hecho siempre; le faltaba el efecto sorpresa. Lo digo como espectadora. Aun y así yo lo veía.

¿Te gusta el tipo de periodismo que hace Jordi Évole?

Me gusta mucho lo que hace, lo que no me gusta es que se diga que el único periodismo bueno que se está haciendo es el suyo, porque hay otros que también hacemos buen periodismo. Hace un programa que aborda temas que la televisión ya no aborda porque ya no se toca la investigación, la investigación y la entrevista, y él consigue hacerlo. Consigue que le contesten y que lo reciban, aunque también es verdad que lo consigue porque va con esa pinta de “soy otra cosa, no soy exactamente un periodista”. Pero me parece un ejercicio buenísimo de denuncia y de compromiso, y recuerda que he comenzado la entrevista diciendo que para mí el periodismo es compromiso. Me parece fantástico, pero no me gusta que se diga que el único periodismo que se hace ahora en el universo es el de Jordi Évole, porque hay otra gente que también lo estamos haciendo.

¿Hay algún periodista de derechas al que admires, leas regularmente y de quien te interese su opinión?

No voy a entrar en el debate de derechas e izquierdas pero, aunque ideológicamente no estamos en la misma sintonía, Carlos Herrera me parece un profesional como la copa de un pino. Cuando le escucho por la radio me parece un panzer, es espectacular. Además le conozco personalmente y me parece un tío divertidísimo y un encanto; y seguramente no tenemos nada que ver el uno con el otro salvo que él es de un pueblo que está a tres kilómetros de mi casa.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina

 

 


Manuel de Lorenzo: Sergio Ramos, la opción más sensata para habitar la Moncloa

¿Existen quiebras en nuestro sistema democrático? No sería del todo imprudente decir que es probable. La designación de la provincia como circunscripción electoral para la elección de Diputados y Senadores, la exigencia mínima del 3% de los votos válidos emitidos o la reciente necesidad de obtener la firma de al menos 0,1% de los electores inscritos en el censo electoral correspondiente son algunos de los vicios que comúnmente se le imputan a la vigente Ley Orgánica del Régimen Electoral General. No obstante, y al margen del análisis de la oportunidad de tales disposiciones, es justo reconocer el gran acierto de la legislación al contemplar, tal vez no de un modo lo suficientemente expreso, la posibilidad de que un partido liderado por Sergio Ramos se presente a las elecciones generales. Por supuesto, no me refiero a la simple y tolerable pretensión de obtener algún voto despistado, sino a lo conveniente —y si me lo permiten, inevitable— de su victoria.

Como podrán imaginar, no soy ajeno a las reacciones que tal idea genera, y entiendo que a priori pueda parecer un despropósito. Sin embargo, y a pesar de que es muy probable que yo no sea un experto en la materia —incluso hay quien denuncia abiertamente que no lo soy—, creo hallarme en situación de fundamentarla adecuadamente mediante un argumento objetivo y uno subjetivo.

1.- Reconozcámoslo: en estos tiempos de crisis, el pueblo necesita un héroe que acuda en su ayuda, y Sergio parece ser el idóneo —que efectivamente lo sea o no es harina de otro costal, pero tal y como César exigió a Pompeya, al menos lo parece—. Nadie podrá negar su espíritu de sacrificio y abnegación en beneficio del interés común. Más allá de rivalidades domésticas entre el club blanco y el azulgrana, la mirada que dirige al cielo encomendándose a los dioses antes de cada partido con la selección, corriendo el riesgo de desnucarse, elevándose acaso unos centímetros del suelo, es una prueba inequívoca de su naturaleza épica. Como todos los héroes, es un ejemplo de virtudes prusianas. Organizado en el terreno de juego. Entregado por completo al equipo. Alejado de la charlatanería ante la prensa, cuyas dudas se atreve a resolver con apenas cuatro palabras, quizá cinco. Es sencillamente imposible que su nombre no aparezca en cualquier conversación futbolística intensa que se precie de serlo. Porque futbolistas en la élite habrá muchos, pero en una cosa estarán ustedes de acuerdo: como Sergio Ramos, ninguno… Sería absurdo no reparar en su capacidad de convocatoria. Mediante una simple extrapolación de ideas, no es difícil imaginar qué sucedería si se enfrentase al electorado, máxime cuando la descomunal cantidad de figuras del balompié a idolatrar se reduciría, en la praxis política, al PSOE, al PP y al partido de Sergio Ramos –al que podríamos denominar, de ahora en adelante, Partido de Sergio Ramos, para abreviar–. Resulta obvio que si el lateral del Real Madrid gobernase, la uniformidad ideológica se extendería a lo largo y ancho del panorama político español. Hasta tal punto sería así, que la tan manida monomanía de las “dos Españas” —que en realidad son tres, ya que un amigo de mi tío descubrió otra más examinando detenidamente un mapamundi las pasadas Navidades— pasaría a convertirse en una vaga anécdota, más propia de tiempos convulsos… La pertinencia del gobierno del Partido de Sergio Ramos, en aras de la calma política, está más que justificada.

2.- Conozco personalmente a Sergio. No me avergüenza reconocerlo —siempre y cuando nadie me señale con el dedo por la calle y lo grite con socarronería—. Es amigo mío desde hace un par de años por motivos que no vienen al caso y que presumo no interesan en absoluto a los lectores de este artículo. Hace algunas semanas, por un capricho del azar, coincidimos en una cafetería del centro de Tegucigalpa con Alfredo Pérez Rubalcaba, María Dolores de Cospedal y Josep Antoni Duran i Lleida, que se encontraban de vacaciones en Honduras mientras recorrían como mochileros el norte de Sudamérica y América Central. En una jugada astuta, Sergio los invitó a nuestra mesa. Mientras conversábamos amablemente sobre la filmografía de John Travolta, Rubalcaba cometió el error de referirse a sí mismo como “candidato a la Moncloa”. Confiando en que mi memoria haga justicia a sus palabras, aquí transcribo la irreprochable censura de Sergio: “¿Candidato? ¿Tú eres candidato a la Presidencia del Gobierno, Alfredo? ¿Cómo tienes la desfachatez de saltarte a la torera el delicado equilibrio de poderes constitucionales y hacer bueno el trastorno patente de nuestra democracia? El nuestro no es un sistema presidencialista. No existen elecciones al Ejecutivo. El pueblo, guiado por la buena fe y la lealtad a su derecho de sufragio activo, decide en las urnas quiénes serán sus representantes en las Cortes Generales, y son estos los que, en último término, habrán de elegir a su candidato a la Presidencia del Gobierno, quien sólo la alcanzará en caso de superar la correspondiente sesión de investidura. Que nuestra defectuosa forma parlamentaria de gobierno implique una invasión ilegítima del Legislativo en el Ejecutivo y la quiebra manifiesta de la división de poderes, no te atribuye potestad para autoproclamarte candidato por el mero hecho de liderar una lista de personas que se presentan a las elecciones. Candidatos sois tú y todos los que figuráis en esa lista, pero lo sois al Poder Legislativo, no al Ejecutivo. En nombre de Montesquieu te insto a que no lo olvides”. En este punto, Cospedal ya había abandonado la cafetería en camilla mientras Duran i Lleida amenazaba con denunciar a Ramos por juego temerario ante el Comité de Competición, y Rubalcaba acusaba a Sergio entre llantos de “malmeter en el vestuario y hacer mucho daño a las personas”. El espectáculo, como se pueden ustedes imaginar, fue indignante. O al menos lo suficiente como para que al día siguiente todos ellos regresaran a Madrid. Sin embargo, y más allá de polémicas cuya conclusión se me antoja imposible, la sentencia del jugador fue inapelable.

Sean compasivos. No me pidan que aclare los términos de su política económica o los principios inspiradores de su sistema fiscal. No podría. Como he dicho antes, es muy probable que yo no sea un experto en la materia, pero una vez explicadas mis razones espero que comprendan que no me parezca en absoluto descabellado que el “Tarzán de Camas” sea, en definitiva, la opción más sensata para habitar la Moncloa.

Y si es como Presidente del Gobierno, mucho mejor.