¿Cuál es la mejor serie de dibujos contemporánea?

No es malo reconocer que la mayoría de dibujos animados que habitan en el recuerdo de los treintañeros eran bastante más mugrosos de lo que la nostalgia quiere admitir. Las series de Hanna-Barbera emitidas durante los ochenta eran en realidad productos fabricados de manera barata durante los sesenta. Las chustas nacionales producidas por D’Ocon (Los Fruitis, Delfy y sus amigos o Basket Fever) fueron enemas catódicos insufribles. Y los mejores dibujos animados de la época repetían esquemas y guiones sin atreverse a innovar porque no habían sido elaborados por gente que hubiese crecido viendo dibujos animados, sino por currantes desapasionados.

Hasta que los estudios se desperezaron, la cosa se puso seria y durante los noventa y los primeros dosmiles se gestaron cosas tan fabulosas como El laboratorio de Dexter, Vaca y Pollo, Agallas el perro cobarde, Ren y Stimpy, Animaniacs, Las Supernenas, Samurai Jack, Las macabras aventuras de Bill y Mandy, Invasor Zim, Avatar o Flapjack. Los dibujos para los más pequeños dejaron de tratar a los niños con condescendencia y atraparon a los adultos en el proceso. Y después de que Los Simpson les allanasen el camino, otros cuantos optaron por centrarse en el público más maduro. O en vestirse con groserías para echarse unas risas, como ocurría con South Park y Padre de familia. En la actualidad existen series animadas que son auténticas joyas, creaciones maravillosas capaces de colocarse entre lo mejor que ofrece la televisión moderna sin que nadie pueda rechistarles nada.

Nuestra encuesta de hoy va sobre trazos animados modernos: ¿cuál es la mejor serie de dibujos contemporánea? Teniendo en cuenta que la producción y gestación de dichos productos lleva su tiempo, estableceremos un margen de selección: se admiten como candidatas todas aquellas series que hayan sido elaboradas, o que hayan continuado emitiéndose, más allá del 2010. Y, como ocurre siempre, cualquier sugerencia es bienvenida en la sección de comentarios disponible al final del texto.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Gravity Falls

Dos hermanos mellizos (Dipper y Mabel) son enviados por sus padres a pasar el verano con su tío-abuelo Stan en La cabaña del misterio que el hombre regenta, una tienducha para turistas repleta de artículos supuestamente sobrenaturales. El giro molón del asunto es que la localidad de Gravity fFalls realmente está repleta de todo tipo de movidas rarísimas: monstruos cambiaformas, agentes del FBI, liliputieneses, clones, zombis, goblins, boybands, muñecos de cera malditos, personajes de videojuego cuquis y celosos, demonios del sueño, minotauros machistas, criminales intedimensionales, robots, unicornios aficionados a las raves, elfos guapetones, abogados, grifos mitológicos, guerreros pixelados en 16 bits, sirenos mexicanos o gnomos que vomitan arcoiris. Dos temporadas, cuarenta episodios y una sorprendente demostración de coherencia y sinceridad por parte de su creador, Alex Hirsch: el hombre anunció que no produciría más episodios porque sabía que no estarían al mismo nivel de calidad demostrado hasta el momento. Y consideraba que era mejor bajar el telón cuando el show aún andaba en buena forma, en lugar de cuando comenzase a desgastarse.


BoJack Horseman

O la del caballo triste. Sorprende que una serie empapada en cinismo y centrada en algo tan marciano como las miserias del ecosistema de Hollywood haya logrado aguantar seis temporadas antes de recibir el hachazo. Pero BoJack Horseman no solo lo ha hecho, sino que por el camino se ha convertido en objeto de culto y ha sido bendecida por la crítica. Un Los Ángeles cohabitado por seres humanos y animales antropomórficos y unas tramas que se atreven a lidiar con temas tan espinosos como la depresión, los abusos sexuales y el Me too, el racismo, la política de control de armas estadounidense, los traumas, la asexualidad, los comportamientos autodestructivos o las adicciones. No es un plato para todos los paladares, pero ese nunca ha sido en plan inicial y gracias a ello ha cultivado devotos más fieles. El escollo: su primera temporada es la más floja, y a partir de ahí va a más, al revés que casi todas las series, porque a BoJack le gusta ir a contracorriente.


Teen Titans Go!

Una serie de dibujos de aspecto infantiloide, protagonizada por superhéroes DC adolescentes y de segunda fila (Robin, Starfire, Chico Bestia, Raven y Cyborg), era algo que sonaba a relleno para tardes. Pero Teen Titans Go! resultó divertidísima, nada tonta y sabiéndose tan ajena al canon de los cómics como para hacer lo que les salía de las narices. Y lo que le salía habitualmente de las narices era cascarse malabares descojonantes con la cultura popular. La serie nació a partir de los cortos The New Teen Titans, piezas que ya evidenciaban la predilección de sus autores por jugar con lo meta: en uno de ellos (disponible aquí mismo) la trama saltaba en el tiempo, gracias a una cabina de teléfonos a lo Dr Who, burlándose de la moda de las cuatro décadas previas.

Por eso mismo, cuando Teen Titans Go! llegó en forma de serie no sorprendió a nadie que lo hiciese firmada por adultos que añoraban la infancia y se reían pateando sus nostalgias. Uno de sus episodios envió a los Teen Titans hasta los ochenta para comprobar si aquello molaba tanto como se dice, otro capítulo los convirtió en personajes del videojuego The Oregon Trail de 1985 y otra entrega transformó el estilo del show en una parodia de las producciones Filmation (responsables de Aquaman y Batman en los sesenta o de He-Man en los ochenta) imitando los errores de una animación caduca y luciendo una moraleja bien clara: a lo mejor lo viejo no mola tanto y resulta que es un poco la mierda. Pero aparte de guiños para talluditos lo cierto es que Teen Titans Go! tenía muchísimo más que ofrecer: el rap del Leprechaun, las trepidantes aventuras de Batman y el comisario Gordon viendo la tele, el episodio en el que Robin se quita el antifaz y se descubre que es überbello o lo videoclipero de la canción de Cyborg entre muchas otras genialidades.


El asombroso mundo de Gumball

Por aquí ya nos rendimos a Gumball y sus peripecias hace bastante tiempo, pero seguimos opinando que en lo que respecta a producciones animadas actuales el gato azul, su hermano Darwin y el asombroso mundo que los rodea se merecen un puesto en lo más alto de la lista. Porque desde su estreno hasta el día de hoy no solo se ha mantenido siempre a la altura sino que también ha sido capaz de elevar aún más el listón. Su producción, que mezcla y simula diferentes técnicas de animación, es asombrosa pero sus guiones, ocurrencias y gags son directamente gloriosos.


Robot Chicken

No es estrictamente de dibujos (sino de stop-motion) y tampoco se puede considerar realmente una serie (sino una colección de sketches), pero lo cierto es que Robot Chicken juega en la misma liga que el resto de nominados. A Seth Green, el hijo del Doctor Maligno en Austin Powers, y a su colega Matthew Senreich se les ocurrió filmar gags utilizando un puñado de juguetes y la tontería se convirtió en programa. Una picadora de cultura popular basada en parodiar todo lo que tenga a tiro: películas, programas de televisión, videojuegos, nostalgias ochenteras, anuncios, juguetes y cualquier cosa con espíritu icónico que pueda ser defenestrada, de He-Man a Marvel pasando por todo el legado de Star Wars. Una colección de chistes descojonantes que tan pronto caminaban por el metahumor inteligente como se atrevían con las coñas más gruesas. Un par de tarados haciendo el cafre con sus juguetes. Es decir, algo estupendo. 


Somos osos

Daniel Chong llevaba unos años dibujando para empresas como Ilumination (los papás de los minions) y Pixar cuando decidió agarrar un webcómic que tenía por ahí y llevarlo hasta los estudios de Cartoon Network para convertirlo en serie animada. Bebiendo de cosas tan dispares como Seinfeld, Snoopy, Winnie the Pooh o el rollito de Wes Anderson, Chong parió un programa divertidísimo protagonizada por Pardo, Panda y Polar, tres osos que viven en una cueva en San Francisco y se desplazan por la vida apilados a modo de torre. Tan descacharrante como sutil y profundamente consciente de su tiempo: los protagonistas viven enganchados al móvil, los selfies y las redes sociales sin que eso suponga un drama. Y a Polar es imposible no quererlo a pesar de que habla de sí mismo en tercera persona. Un último apunte: en el duodécimo episodio de la primera temporada un secundario de Somos osos está viendo en la tele un capítulo de Hora de aventuras.


Hora de aventuras

La lista de razones por las que Hora de aventuras es una de las mejores series de dibujos contemporáneas resulta interminable: su devoción por la imaginación como motor  de la diversión, su fabuloso diseño artístico, el bacon frito, su manera de derruir los tópicos sobre princesas frágiles, su música, sus mazmorras, el personaje de Marceline, el mimo puesto en el desarrollo de los personajes, el pelazo de Finn, sus miniseries, BMO, las tonterías  como fuente de diversión, el increíble episodio firmado por David O’Reilly, su efervescente creatividad o la alegría con la que celebra algo tan maravilloso como el hecho de bailar. En Jot Down también hicimos nuestra propia lista, pero sabemos que el mayor acierto de Hora de aventuras es el modo excepcional que tiene de elogiar con sutileza a la amistad y la sinceridad. En uno de sus episodios («Clavadito a ti») se insinúa una estructura típica que aparece de tanto en tanto en las series: Jake es testigo de algo extremadamente inverosímil, algo que es incapaz de demostrar, y decide contárselo a Finn. En cualquier otra serie aquello hubiera supuesto incredulidad por parte de su amigo y la desconfianza total hasta que la trama le diese la razón a Jake. En Hora de aventuras, Finn cree a su colega de manera inmediata y sin dudarlo aunque aquello parezca imposible, porque son amigos. Y eso es importantísimo.


Rick y Morty

Rick y Morty es lo que ocurriría si las convenciones de la ciencia ficción quedasen para ir de farra juntas a una orgía y se pusiesen hasta el culo de drogas, alcohol y cualquier otro vicio imaginable. O la historia de un científico todopoderoso y sociópata que arrastra su angustiado nieto a través de odiseas disparatadas y peligrosas. Desventuras que ocurren entre universos llenos de gatos de Schrödinger, dimensiones paralelas infinitas, perversiones de las ideas de Philip K. Dick o revisiones cabronas de conceptos nacidos en pelis como Origen, La purga o Pesadilla en Elm Street. Caótica, anárquica, desmedida hasta extremos poco habituales y sorprendentemente nihilista, Rick y Morty es una de las cosas más interesantes producidas dentro de la animación para adultos. Su única pega son algunos de sus fans, concretamente todos aquellos que se creen que son más listos por verla. 


Los Simpson

Los Simpson llevan años siendo criticados por no estar a la altura de sus primeras temporadas. Es totalmente cierto, pero también ocurre que Los Simpson no han perdido tanto la gracia como la mordacidad. Un episodio de la familia amarilla sigue estando repleto de gags simpáticos, aunque el programa haya sustituido la ironía por la tontería y el slapstick. Y como espectadores, ser conscientes de ello hace que la cosa funcione mejor. Es una auténtica pena que los episodios más recordados de la serie hayan cumplido ya más de veinte años, pero como decía Donald Glover: son El padrino de las series de dibujos.


Steven Universe

Rebecca Sugar escribía y dibujaba para Hora de aventuras cuando decidió abandonar a Finn y Jake para construir su propio programa animado: Steven Universe. Las historia de cómo un niño protegía el mundo gracias a la ayuda de las Gemas de Cristal, unas guerreras alienígenas bien majas. Pero lo que en otras manos hubiese sido un show del montón se destapó en Steven Universe como una fabulosa anomalía. Un producto para todos los públicos con personajes que iban más allá de las dos dimensiones y con una narrativa que trataba con normalidad temas como las parejas tóxicas, los sentimientos, los traumas, los roles de género o las relaciones LGTBI. Un producto que dinamitaba cualquier barrera preconcebida entre los dibujos animados que supuestamente eran «para niños» y los que eran «para niñas». Teniendo en cuenta todo lo anterior, no es de extrañar que se trate de uno de los programas con los fans más devotos y entregados. La serie se remató con una película y unos capítulos a modo de epílogo titulados Steven Universe: Future.


Historias corrientes

Mordecai y Rigby, un arrendajo azul y un mapache, son dos colegas veinteañeros profesionalizados en el arte de procrastinar sus labores como encargados de mantenimiento de un parque. Y sus Historias corrientes contenían el chiste en su propio título: los capítulos comenzaban con una trama de lo más banal y cotidiana para acabar degenerando en aventuras caóticas y desmelenadas con criaturas sobrenaturales, viajes en el tiempo, recreativas de videojuegos malditas, demonios, magos y homenajes continuos a la cultura del entretenimiento ochentera. Remataba el asunto un reparto fabuloso en el que figuran una máquina de chicles antropomórfica, un yeti (con la voz de Mark Hamill), un hombre con cabeza de chupa-chups o una fantasma con una mano plantada en la cocorota.


Star contra las fuerzas del mal

Que Disney ampare una serie sobre una princesa adolescente a la que le gusta lo cuqui, el maquillaje con corazoncitos y los arco iris no resulta demasiado sorprendente. Pero que Disney dé cobijo a una serie sobre una princesa adolescente a la que le gusta lo cuqui, el maquillaje de corazoncitos, los arco iris y viajar entre diferentes dimensiones pateándole el culo a ejércitos de monstruos mientras reside en nuestro planeta como estudiante de intercambio, a lo mejor sí. Lo tiene todo: ecos de Sailor Moon, hechizos, estética molona, una varita mágica, institutos y una cabeza de unicornio flotante.


Archer

Una de las producciones animadas para adultos más aplaudidas por la audiencia. Las aventuras de un agente secreto disfuncional en un universo, dibujado en homenaje al estilo de Jack Kirby y Steve Ditko, de lo más cafre y tan experimental como para atreverse a mutar el show de una temporada a otra. Su creador, Adam Reed, ofreció la definición más certera posible de la serie: «Es como cruzar a James Bond con Arrested Development». 


South Park

South Park nació tan inteligente como para hacerse pasar por tonta escondiendo su genialidad entre los chistes más soeces imaginables. Aunque eso ocurrió hace ya más de una veintena de años y hoy en día la serie tiene poco de novedad y mucho de vieja veterana. Pero lo importante es que a lo largo de todo este tiempo sus creadores, Trey Parker y Matt Stone, han sido capaces de conservar la mala baba sin perder fuelle, algo inaudito en cualquier otra franquicia televisiva.


Una casa de locos

Un niño de once años, Lincoln Loud, viviendo en una misma casa junto a sus diez hermanas y sus padres. O la serie para niños de Nickelodeon que llegó a superar en audiencia a la supuestamente imbatible Bob Esponja. Sin malabarismos innecesarios, sin florituras complejas y sin hacerse la lista, porque a veces a los dibujos animados les basta con ser divertidos para mantener pegados a los infantes a la pantalla. También tiene entre sus protagonistas a una chica gótica, Lucy, un detalle que siempre suma.



¿Cuál ha sido la mejor serie de 2019?

Aquí no vamos a ponernos de acuerdo. En la época actual de fiebre desmesurada por el streaming, y en un panorama donde la comodidad de las plataformas de contenidos ha torpedeado a la piratería clásica, es dificilísimo encumbrar con total seguridad a una única producción seriada como lo mejor del año. Porque la oferta ha sido tan numerosa y ha ofrecido tanta calidad durante los últimos doce meses como para que cualquier podio posible pueda ser objeto de crítica. Pero, aun a sabiendas de que esta guerra no tiene vencedor claro y sí mucha gresca entre el jurado, vamos a intentarlo con la pregunta que ya anuncia el título de la presente encuesta: ¿Cuál ha sido la mejor serie de 2019? 

Obviamente, y como el espacio en internet es infinito pero la paciencia de los lectores no tanto, en la lista sugerida a continuación no están todas las que son. Por eso mismo, se anima a todos los lectores que lo consideren oportuno a añadir sus series favoritas en la sección de comentarios ubicada al final del texto.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Watchmen

Después de colársela a la audiencia con cosas como Lost o Prometheus ya nadie se fiaba un pelo de cualquier producción que llevase la rúbrica del guionista Damon Lindelof. Como en su nueva empresa anunciaba su intención de toquetear el universo de uno de los cómics más reverenciados de la historia, aquel Watchmen de Alan Moore y Dave Gibbons al que todos los críticos se acercan con rodilleras, el asunto ya olía a catástrofe desde cuatro calles más atrás. Lindelof pretendía agarrar el material original (que no la película de Zack Snyder) y continuar la historia treinta y cuatro años después de lo narrado en aquellas viñetas, en el 2019 de una realidad alternativa. La sorpresa llegó cuando la gente decidió darle una última oportunidad a todo aquello y descubrió que en esta ocasión el hombre había estado a la altura de su propuesta. Watchmen resultó ser la hostia, un What if… de calidad irrebatible que no solo era inteligente en sus guiones sino que además venía empacado de un apartado técnico espectacular, y de una banda sonora firmada por Trent Reznor y Atticus Ross.


After Life

Cuando Ricky Gervais se presentó con After Life en el regazo a todo el mundo le sorprendió que la criatura estuviese menos empapada en el cinismo y fuese más propensa al drama de lo que era habitual en su padre. Pero daba igual, el tono de comedia oscura y profunda melancolía funcionaba estupendamente, y era difícil no hacerle ojillos a la fabulosa premisa: tras la muerte de su mujer, un hombre (Tony, interpretado por el propio Gervais) decide que se la bufa todo y que antes de seguir siendo un buen chico es preferible dinamitar el mundo en el que vive a base de decir y hacer lo que le sale de las gónadas. Para su desgracia, todos los que le rodean tratan de ayudarle a ser mejor persona.


Chernobyl

Chernobyl sufrió el efecto Rosalía: en un determinado momento de 2019 era imposible entrar en un espacio público (físico o virtual) sin que alguien se te abalanzase encima para agarrarte por las solapas del abrigo y espetarte que si no la habías visto ya estabas tardando. Pero, pese a la pereza que suelen dar las cosas infladas a base de hype y altas expectativas, Chernobyl se las apañó para destacar por méritos propios más allá de las loas de los fans. Ideada y escrita por Craig Mazin, dirigida por Johan Renck y con un reparto liderado por Jared Harris, Emily Watson y Stellan Skarsgård, esta crónica de la catástrofe acontecida en la central nuclear de Chernóbil hilo finísimo a la hora de retratar una tragedia tremenda, diseccionando los embustes y corrupciones institucionales que la rodeaban. Y todo eso a pesar de que no había actores negros en el reparto.


Undone

La sinopsis reza: «Después de un accidente de tráfico que casi resulta fatal, Alma descubre que posee una nueva forma de percibir el tiempo y decide utilizar dicha habilidad para investigar la muerte de su padre». Detrás de la idea se encuentraba Raphael Bob-Waksberg, creador de BoJack Horseman, y por la pantalla se desplegó un imaginario visual, animado gracias a la técnica de la rotoscopia que vimos en A Scanner Darkly, tan poderoso como para convertirla en una de las experiencias televisivas más sorprendentes del año.


Lo que hacemos en las sombras

En principio, sonaba sospechoso lo de trasladar al formato serie Lo que hacemos en las sombras, aquella descacharrante película dirigida por Jemaine Clement (el 50 % de Flight of the Conchords) junto a Taika Waititi (director de Jojo Rabbit o Thor: Ragnarok) y protagonizada por un grupete de vampiros idiotas que compartían piso en Nueva Zelanda. Ocurría que la cinta original funcionaba tan bien por sí misma como para que revisitarla para expandirla, en una versión que trasladaba la acción a Norteamérica, se antojase sobre el papel como un intento perezoso de masticar demasiado el chicle. Pero la propia cinta original ya tenía tablas en eso de exportarse hasta la pequeña pantalla tras alumbrar en el 2018 un spin-off (por aquí no muy conocido) titulado Wellintong Paranormal, y centrado en una pareja de policías que se asomaba por el film. Finalmente, cuando Waititi y y Clement mudaron Lo que hacemos en las sombras a las calles neoyorquinas y al formato episódico, el resultado fue de lo más entretenido y desternillante. Sobre todo, gracias a la tremenda genialidad de incluir un nuevo tipo de criatura, tan sobrenatural como terrorífica, entre el reparto de chupasangres: el vampiro emocional.


Paquita Salas

Tercera temporada de lo que empezó como una serie de nicho y ha acabado convertido en un fenómeno. Con Brays Efe, Belén Cuesta, Anna Castillo, Terelu, Belinda Washington y Topacio Fresh en el reparto e Isabel Pantoja en la cabecera porque nuestra ensalada pop era esto. Javier Ambrossi y Javier Calvo supieron darle nueva cuerda a su artefacto estrella, una producción que sigue jugando a rebozarse en lo meta y que apuesta por agitar más el componente emocional que en las dos anteriores remesas. Paquita Salas III: Los Javis with a Vengeance.


Euphoria

Basada vagamente en una serie israelí de idéntico título, Euphoria se presentó con una cantinela que ya habíamos escuchado numerosas veces: adolescentes, sexo, drogas, redes sociales, amistades, traumas y amores. La diferencia es que en esta ocasión todo lo anterior no daba vergüenza ajena, como suele ocurrir en las radiografías de la juventud, sino que estaba maravillosamente contando y tenía muchísimo estilo propio.


Muñeca rusa

El concepto sobre el que se construyó Atrapado en el tiempo, presentar a un personaje atrapado en un bucle temporal y juguetear con sus desventuras dentro de cada repetición, ha sido explotado tantas veces en películas (Feliz día de tu muerte, Las últimas supervivientes, Código fuente o Al filo del mañana) y capítulos televisivos (Expediente X, Star Trek, Buffy, cazavampiros o Embrujadas) como para acabar convirtiéndose en un género propio. Muñeca rusa se enganchó a aquella premisa y la convirtió en su razón de ser: una mujer revive una y otra vez el día de su trigésimo sexto cumpleaños, una jornada donde siempre la acaba palmando de manera inevitable. Humor negro, filosofía pop y existencialismo en un loop ideado por Natasha Lyonne (que también ejerce como protagonista principal) junto a Leslye Headland y Amy Poehler.


State of the Union

Ideada por Nick Hornby (autor de la novela Alta fidelidad), dirigida por Stephen Frears (director de Las amistades peligrosas), protagonizada por Rosamund Pike junto a Chris O’Dowd y con una duración por episodio de insultante brevedad británica (diez minutos), State of the Union ha pasado desapercibida para el gran público porque la gente disfruta más tragándose tostones eternos de no muertos o tronos de hierro que dos horas de diálogos espléndidos. No pasa nada, aquí estamos nosotros para recordar que existe.


Cristal oscuro: la era de la resistencia

Pese que la película Cristal oscuro se ha convertido en un icono ochentero con estatus de culto, lo cierto es que aquel film era muy poquita cosa narrativamente hablando. De hecho, si a la película de Jim Henson se le demuestra tanto cariño eso es porque sabía compensar lo sosaina que era la aventura principal a base de utilizarla como excusa para el porno de marionetas. Para el desfile continuo de todo tipo de títeres y criaturas fabulosas por la pantalla. Y nosotros teníamos que conformarnos con eso, con un apartado artístico maravilloso y algunos destellos de cuento oscuro por encima de una historia emocionante. Hasta que llegó Cristal oscuro: la era de la resistencia y demostró que se podían tener las dos cosas. Absolutamente espectacular y trepidante, esta continuación en formato televisivo de la historia original es todo lo que aquella tenía que haber sido. Aquella era porno de marionetas, está lo es más aún. Para ver con la boca abierta y sentir que en el fondo seguimos teniendo diez años.


Así nos ven

O la fascinante contundencia de Ava DuVernay (Selma, Un pliegue en el tiempo) al narrar en formato miniserie la historia de los Cinco de Central Park, un grupo de chavales que fueron acusados y condenados falsamente por violación y otros crímenes sucedidos en el Central Park de Manhattan durante 1989. Un retrato, estupendamente ensamblado e interpretado, de la pesadilla americana, de un país fracturado y repleto de desigualdades sociales, discriminación, brutalidad policial y pobreza. Curiosamente, la gestación de la propia serie comenzó con una pregunta en un tuit, una lanzada por uno de los protagonistas de la historia real.


Vida perfecta

Con lo incómoda que resulta la figura de Leticia Dolera para cierto tipo de público (mayoritariamente con pito) y tras el ruido mediático de las polémicas durante su producción, muchos deseaban que el estrenó de Vida perfecta sonase a batacazo gordo. Pero ocurrió lo contrario, y aquella producción que Dolera ideó, escribió, protagonizó y dirigió se llevó todos los halagos posibles, y de paso el premio a la mejor serie y mejor actriz en Canneseries. Tres mujeres, ocho capítulos, treinta minutos por sesión, sexo despreocupado, un libreto inteligentísimo (al que solo se le puede reprochar tocar demasiados palos al mismo tiempo) y ningún tabú. Un prodigio dentro de las producciones patrias del que ya está confirmada una segunda temporada.


Good Omens

Aquí somos muy de Terry Pratchett y muy de Neil Gaiman, por lo que andamos encantados con el hecho de que la adaptación de la novela Buenos presagios escrita a cuatro manos por ambos autores (o la película que Terry Gilliam nunca llegó a lograr levantar) acabase convertida en un entretenimiento bastante divertido. Es cierto que esta aventura apocalíptica con ángeles y demonios no es la producción más redonda del año, pero también es verdad que lo compensa teniendo como protagonista a la pareja más imposible y más molona de toda la temporada: David Tennant y Michael Sheen.


Creedme

Basada en el artículo, ganador de un premio Pulitzer, «An unbelievable story of rape» firmado por T. Christian Miller y Ken Armstrong. Creedme es una miniserie demoledora que nos arroja a dos líneas argumentales paralelas: por un lado, la denuncia de una violación que en 2008 que realiza una joven (Kaitlyn Dever) ante unos policías que no acaba de creerse el relato. Y por otra parte, la investigación de una serie de casos de violación llevada a cabo por dos detectives (Merritt Wever y Toni Collette). Ruda, metódica, bien ensamblada en el respeto a las víctimas y poderosa, Creedme fue lo que nunca suelen ser las historias basadas en hechos reales.


Kingdom

¿Qué pasa cuando desatas el apocalipsis zombi en la Corea del siglo XVII de la dinastía de Joseon? Kingdom es lo que pasa: que cuando crees que un género ya no da más de sí, de repente aparece una tropa de surcoreanos y te demuestran que lo que ocurre es que estas malacostumbrado a bostezar con The Walking Dead.


Fleabag

La pluma de Phoebe Waller-Bridge es una de las cosas más interesantes que le han ocurrido al mundo del entretenimiento reciente. Porque esta mujer no solo ideó la estupenda Killing Eve, sino que también ha remendado el libreto de la nueva película de 007 después de que Sam Mendes se bajase del carro por andar a la gresca con Daniel Craig (y por lo que parece el asunto se le ha dado bastante bien, porque ya la tienen fichada para escribir el próximo Bond). Pero sobre todo, Waller-Bridge es la principal responsable del fenómeno Fleabag, aquella comedia dramática basada en un monólogo propio que ella misma escribe y protagoniza. O las desventuras, en dosis de veinte minutos, de una londinense desastrosa, inconformista, y sexualmente disparada que gusta de demoler la cuarta pared con alegría. La primera temporada se estrenó en 2016 entre las loas del público, la segunda (y última porque no habrá más) se ha hecho esperar tres años pero el consenso es unánime a la hora de sentenciar que mantuvo el nivel bien alto. Además de todo eso, es el show que ha logrado que el público deje de llamar «Moriarty» a Andrew Scott, para comenzar a referirse a él como «el cura sexy».


The Boys

A los productores y guionistas Seth Rogens y Evan Goldberg los amigos de los tebeos no les han perdonado del todo que la adaptación del Predicador de Garth Ennis para la pequeña pantalla fuese tan decepcionante. Por eso lo de lanzar la pasta para producir The Boys, otra serie de televisión basada en otro cómic con muy mala leche de Ennis, ha sido una especie de redención. Una sátira de superhéroes ultraviolenta, gamberra, retorcida y divertidísima. O lo que nos viene haciendo falta en una época donde la mojigatería acostumbra a llevar capa y lucir superpoderes.


My Little Pony: La magia de la amistad

Cuidado con esto: en octubre de 2019, My Little Pony: Friendship is Magic nos dijo adiós para siempre. La serie cuqui que logró que rudos adultos hechos y derechos se declarasen bronies (fans fatales y muy dedicados del mundo animado de Mi pequeño pony) con el mismo orgullo con el que otros se declaran trekkies o potterheads. Un programa de dibujos que tiene más de doscientos secundarios, pero también caballitos con colas arco iris junto a homenajes a El gran Lebowski de los hermanos Coen. Puede que haya sido la despedida más importante y dolorosa de todo el 2019. ¿Dragones? ¿Eso qué es?



Las canciones que Nucky Thompson nos enseñó

Boardwalk Empire (2010). Imagen: HBO.

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Boardwalk Empire se presentó en 2010 como un proyecto más que ambicioso. La publicidad nos saturó con un presupuesto disparatado y un equipo técnico y artístico de primera fila. El creador de la serie, Terence Winter, venía con el prestigio de haber sido el responsable de Los Soprano. Ahora volvía con una historia inspirada en las vidas (reales) de los personajes que crearon Atlantic City durante la década de los años veinte. Un momento histórico que se abre con la ley seca y el contrabando de alcohol, el reinado de las mafias, la corrupción política… y se cierra con el crack financiero de 1929. Pero es también la narración del entretenimiento durante el periodo de entreguerras: la vida en torno a las salas de bailes y locales donde se servía alcohol de forma clandestina (los célebres speakeasies). La serie prometía una atención escrupulosa a los detalles y, desde luego, no defraudó. Pero si hay algo que destacar, aparte del sobresaliente guion y las interpretaciones, es la música. La banda sonora de Boardwalk Empire es una obra de arte. El propio Winter ayudó en la selección, pero el trabajo fue encargado a Randall Poster, supervisor musical cinematográfico con experiencia que ha sido premiado ampliamente. 

La tarea no era fácil: había que envolver la historia en la música que sonaba en Estados Unidos durante el periodo que abarca la serie, entre 1920 y 1931. Este terreno es un espacio desconocido para la audiencia actual. Ni siquiera había televisión, pero la música pop ya existía. Es un hecho, además, que en los años veinte se encuentran algunos de los sonidos más formidables de la música popular del siglo XX. Randall Poster realizó un gran trabajo, porque equilibró la inclusión de canciones originales con revisiones contemporáneas de las mismas, sin perder en ningún momento la conexión con sus referencias en el sonido. Para la documentación se realizaron visitas a la Biblioteca del Congreso y al Centro Harry Ransom de Austin (Texas), que alberga una gran colección de discos, fotografías y objetos de la cultura norteamericana. La productora contrató al músico Vince Giordano, quien lleva décadas entregado a la difusión de la música de los años veinte y treinta con su grupo, Nighthawks Orchestra, un combo de diez instrumentistas que por esta peculiaridad ha participado en otras series y películas ambientadas en esos mismos años, por ejemplo, El aviador, de Scorsese, o Cotton Club, de Francis Ford Coppola. Giordano, además, es un coleccionista de discos y estudioso de la música de aquella época, que supo perfectamente armar la banda sonora con versiones de su orquesta de grandes clásicos de la era del hot jazz y los éxitos de los veinte. 

El actor Steve Buscemi, caracterizado como el tesorero de Atlantic City, Nucky Thompson, abre su pitillera de oro, enciende un cigarrillo y se enfrenta a una playa que se va llenando con botellas de whisky canadiense. De fondo suena un tema vigoroso, «Straight Up And Down», con aires psicodélicos, a cargo del grupo californiano The Brian Jonestown Massacre (1996). Elegida personalmente por Terence Winter como sintonía para la serie, no debió ofrecer muchos visos de verosimilitud. Quizá, pensaron algunos, la serie iba a tirar por el camino de películas con banda sonora anacrónica, como el pastiche Moulin Rouge (Baz Luhrmann, 2001) o las canciones indies en Maria Antonieta (Sofia Coppola, 2006). Nada más lejos de la realidad. Con esta decisión, Winter dejaba claro que su serie era una creación artística, no un documental. Por otro lado, este tema agresivo y melancólico compone un fiel reflejo de la vida del personaje Nucky Thompson. Es la presentación más certera para Boardwalk Empire

Las cinco temporadas de la serie se estructuran sobre la música que se escuchaba en los años a los que corresponde la acción. Además, con cada año, trama y personajes nuevos, se van incorporando distintos estilos y artistas, con los que se compone una panorámica musical «casi» completa y muy bien escogida de la década (solo faltarían los sonidos rurales, al discurrir la serie en enclaves urbanos). En las primeras temporadas tenemos ragtime y canciones pop con raíces en la tradición irlandesa o alemana (desde mazurcas o polcas al foxtrot, el cakewalk negro y, más adelante, el charlestón), que ejecutaban orquestas con solista y artistas de variedades que eran auténticas estrellas. Es un tiempo de frivolidad tras la guerra, por lo que suenan melodías alegres y estribillos simpáticos, derivados del teatro de vodevil, los shows circenses y la tradición del minstrel, aquel espectáculo que llevó a todo el país las canciones del sur, con una perspectiva, vamos a decirlo suavemente, idílica, con los músicos blancos con la cara tiznada de negro. Triunfan las revistas musicales (las Follies del empresario Florenz Ziegfeld), los seriales radiofónicos. Los actores lo mismo hacen parodia que cantan baladas. Estas «parodias» conforman un género particular conocido como novelty y lo ejecutan orquestas y solistas que aportan sonidos curiosos (clarinetes que imitan los sonidos de animales, inclusión «dadaísta» de bocinas y otros cacharros, etc.). Hasta los jingles de productos comerciales se hacen igual de famosos a través de la radio de lo que lo son en la actualidad. 

La serie rinde tributo a los artistas de Hollywood. No podía faltar Al Jolson, de quien se incluye el tema «Avalon», de 1920. El aclamado artista, formando en el minstrel, canta este tema inspirado en las melodías operísticas que utilizaban las orquestas (lo mismo ofrecían un rag que un aria). Personajes como el tenor Enrico Caruso seguían siendo una celebridad, igual que Tito Schipa. La serie incluye una de sus más bellas interpretaciones, «O Lola», de Cavalleria rusticana (claro homenaje a El padrino, de Coppola).

El más popular de entre las figuras de Broadway fue el neoyorquino Eddie Cantor, quien aparece como personaje dentro de la serie, interpretado con gran maestría por el actor Stephen DeRosa. Cantor triunfaba en el teatro y la radio, gracias a sus gestos exagerados y sus canciones cómicas. DeRosa interpreta varios temas de su repertorio, como en el gran final de la primera temporada, con «Life’s a Funny Proposition». Los guionistas aciertan de pleno al introducir a Cantor como artista invitado en las fiestas de Nucky Thompson y, además, mientras canta la pegadiza «Old King Tut», que se publicó en 1923, aprovechando los ecos del descubrimiento de la tumba de Tutankamón. Pero antes de esa fecha las canciones con arreglos «orientales» ya estaban muy de moda, por la película de Rodolfo Valentino El jeque y cierta nostalgia de la literatura de viajes. Hay muchos ejemplos que suenan en la serie: «The Sheik of Araby», un clásico del jazz de 1922, compuesto en el Tin Pan Alley y grabado por el trío Regal; foxtrots como «By The Pyramids», de The Happy Six (1919), formidable orquesta de novelty dirigida por Harry Yerkes; «Hindustan» (1921), de la Orquesta de Joseph C. Smith, el grupo que ambientaba la sala de baile del Hotel Plaza de Nueva York, o «Araby», una pieza del mejor hot jazz a cargo de la Orquesta de Fletcher Henderson, grabación de 1924 realizada por un grupo de jóvenes e imparables músicos, Don Redman y Louis Armstrong entre otros. 

Como escribió Francis Scott Fitzgerald, los años veinte fueron la «era del jazz». Los músicos venidos de Nueva Orleans y San Luis se establecen en las grandes ciudades y allí mezclan el blues con arreglos contemporáneos. Las orquestas de músicos negros que pueden por fin grabar discos acompañando a solistas femeninas se convierten en un movimiento arrollador. En Boardwalk Empire suenan los primeros éxitos. No falta el «padre» del ragtime, Scott Joplin, el pianista que publicó las primeras partituras del estilo, con un número de 1911, «A Real Slow Drag». Ni tampoco William C. Handy, el autoproclamado «padre del blues» (que no fue padre, a lo sumo, un divulgador del género) con su «Yellow Dog Blues», de 1922. Podemos escuchar el primer disco grabado por una artista negra que llevaba esta palabra —blues— en el título, el millonario «Crazy Blues» (1920) de Mamie Smith. Lil Hardin, por entonces esposa de Armstrong y vocalista de los Red Onion Jazz Babies, interpreta el clásico «Riverside Blues», de 1924. Los Jazz Babies fueron un grupo increíble formado por el pianista Clarence Williams, junto a Sidney Bechet y Alberta Hunter. Una formidable banda que venía del primer Hot Five de Nueva Orleans. La misma canción se incluye en la versión de la banda de King Oliver, la Creole Jazz Band de Chicago, en 1923. Del genio Jelly Roll Morton podemos escuchar «The Crave», grabada en 1937 pero compuesta veinte años antes. El pionero del jazz aporta otras canciones a la serie. Estamos ante los mejores músicos del mundo de aquel momento, y no solo de la música negra.

Por ejemplo, Boardwalk Empire recoge también la explosión de la música hawaiana. En la segunda temporada, concretamente en su agónico final, suena el disco de debut del matrimonio Helen Louise y Frank Ferera, «Hawaiian Hula Medley» (1917). No se trata de una simple anécdota: la técnica del slide guitar e instrumentos como el ukelele de las islas, que venían posiblemente de Portugal y ya se conocían a principios de siglo, se convirtieron en las manos del virtuoso y prolífico Ferera y después en las de otros grandes artistas en un verdadero acontecimiento que marcó el desarrollo de la forma de tocar la guitarra. Otro estilo imprescindible es la música cubana, que aparece en la temporada final, aprovechando la visita de Nucky Thompson a La Habana para cerrar un acuerdo comercial. Además de la soberbia recreación de la capital caribeña en 1931, los sonidos sublimes del Cuarteto Matamoros («Buchipluma Na’ Ma’», 1925) y del Sexteto Habanero («Cómo está Miguel», 1927) aportan otro de los pilares de la música de la década.

El pop de los años veinte vivió una época irrepetible. Los compositores del Tin Pan Alley registraron una cantidad de temas inmortales, que desde entonces se han versionado una y otra vez en las voces de diferentes cantantes y estilos. La serie recoge alguno de los éxitos de Irving Berlin y George Gershwin (como «Blue Moonlight», de 1920, en la versión de la popularísima Orquesta de Paul Whiteman, que fue quien estrenó «Rhapsody in Blue», un encargo del director al propio Gershwin). También aparecen las voces de cantantes ahora totalmente olvidados que entonces vendieron millones de discos con sus baladas, caso de Albert Campbell y Henry Burr. Antes de la Gran Depresión, este último grabó cinco mil discos con distintos seudónimos y era un artista increíblemente popular. Lo mismo le sucedió a Gene Austin, uno de los primeros crooners de la música pop, allá por 1925. El público podía elegir entre los artistas cómicos, estos cantantes «serios» con voz de tenor y también, por supuesto, las intérpretes femeninas, una nueva ola de música y actitud totalmente opuesta a la de la moda victoriana precedente. Bajo la influencia de las variedades nacieron las primeras big hot mama, como Sophie Tucker, May Irwin, Stella Mayhew o Flo Bert. Defensoras de los derechos individuales de la mujer, se mostraban desinhibidas y cómicas, cantando ragtimes con letras sin ningún tapujo sexual, incluso utilizando el blues negro en su repertorio, para escándalo de aquellos que preferían personajes como el de Marion Harris, exquisita cantante de Broadway con una prolífica carrera discográfica, quien, sin embargo, también era feminista y defensora de los derechos civiles de la minoría negra.

Boardwalk Empire se cierra en plena Depresión y también su música: tras el esplendor y la plenitud de los veinte, asistimos al nacimiento de figuras como el actor Rudy Vallee y sus canciones ilusorias para ahuyentar la miseria, y esa colección de canciones supuestamente alegres que sonaban en la radio con esa misma intención, como «Happy Days Are Here Again», interpretada por la orquesta de Ben Selvin (1930). Bing Crosby, que aparece con alguna de sus primeras grabaciones de los veinte, cierra la quinta temporada con un tema memorable, «I’m Through With Love», de 1931.

Para la colección de discos que acompañan a la serie sobre el nacimiento de la ciudad del juego, el equipo de producción convocó a un variado grupo de cantantes. Con el acompañamiento de los Nighthawks, el resultado queda lejos de ser un mero reenacting vintage. Las canciones son ejecutadas en el mismo estilo vital, elegante y absolutamente único en el que se grabaron, tan distinto de la uniformidad pop que se oferta en estos días. Eso sí, las interpretaciones difieren mucho. Por ejemplo, «All By Myself», el número de Irving Berlin de 1924, lo canta Martha Wainwright, ajustándose al tono original. Su hermano Rufus acomete un novelty extremo, capaz hoy de herir ciertas sensibilidades, como es «Jimbo Jambo» (1922), y consigue convertirlo en un confuso medio tiempo dramático. Loudon Wainwright III aporta cordura en sus canciones tradicionales irlandesas, como «The Prisoner’s Song» y «Carrickfergus». Annie Clark, aka St. Vincent, interpreta «Make Believe», un estándar de Jerome Kern de 1928, y lo trae a un presente lleno de presagios nada halagüeños. Pokey Lafarge toca sin arriesgar «Lovesick Blues», el clásico de Emmett Miller (1928), celebrado cantante de minstrel, uno de los primeros éxitos del estilo yodel. Neko Case hace su aportación, un poco fallida, con una de las más grandes canciones de la década: el blues «Nobody Knows You When You’re Down and Out», un tema de Jimmy Cox, que hizo popularísimo Bessie Smith en 1929. Karen Elson canta de forma correcta «Who’s Sorry Now», balada de 1923 que grabó la gran Marion Harris. Matt Berninger, el vocalista de The National, se transforma en crooner fúnebre y se atreve con «I’ll See You in my Dreams», un hit de 1924. David Johansen convierte el número dixie «Strut, Miss Lizzie» en un show a su medida. Patti Smith salva el «I Ain’t Got Nobody», tema eterno de los músicos de San Luis de la década de los diez. Elvis Costello ajusta a su inconfundible estilo el «It Had To Be You», un éxito conocidísimo del compositor y director de orquesta Isham Jones, de 1924. Mejor de lo que lo hizo, por cierto, Bob Dylan en su último disco de versiones. Lo mismo hace Regina Spektor con «My Man» de la Mistinguett, que fue llevado a Estados Unidos por Fanny Brice en 1921. Norah Jones cierra el desfile de invitados con «If You Want the Rainbow» (1928), un tema que recupera felizmente a la cantante sureña Lee Morse. Nombres conocidos aparte, lo que brilla de verdad en esta banda sonora son los músicos de Vince Giordano y los ejecutantes contemporáneos de la música antigua: figuras como el británico Keith Nichols, el pianista Ehud Asherie, el percusionista Pedrito Martínez, el clarinetista Dan Levinson, la orquesta de Harry Lubin, cantantes muy jóvenes como Lauren Sharpe (la joven música neoyorquina, que hace una preciosa versión de «Japanese Sandman» al ukelele) o Margot Bingham, clásicas como Katherine Russell o Kathy Brier, y veteranos como Leon Redbone o el guitarrista David Oquendo. Definitivamente, lo antiguo es mejor. Y más divertido.


Miedo a morir, miedo a vivir

Imagen: HBO.

(Si usted no ha visto la serie A dos metros bajo tierra, le recomendamos no solo verla porque es una de las mejores piezas de televisión de nuestros tiempos sino también no leer este artículo ya que contiene spoilers). 

El final de una buena serie de televisión o una película que te llega a las entrañas te deja la existencia aturdida. Una honda sensación de tristeza, el estómago revuelto, el cerebro centrifugando pensamientos y la piel del revés. En muchos casos es inevitable la descarga de lágrimas, pero con A dos metros bajo tierra (Six Feet Under) el guantazo emocional es colosal, porque la obra de arte de Alan Ball es un retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. Es cuando te das cuenta de que te morirás. No, no los clichés de «todos moriremos algún día» o «lo único que no tiene remedio es la muerte» desprovistos de reflexión al estar repiqueteados. Sino que sientes en lo más profundo de tu alma que morirás, cómo será ver morir a los tuyos y cómo se sentirán los tuyos cuando mueras.

A dos metros bajo tierra representa el gran miedo del ser humano occidental: morir. La muerte presentada de forma brutal, franca, honesta, frívola, hilarante, cálida, fría y sincera. Porque, al fin y al cabo, tal como se titula el último episodio: todos nos están esperando (en donde quiera que usted crea). O no. Una obra de arte extraña, real, mágica, sin puntos y comas, que manifiesta la necesidad de encontrar un sentido mínimo a cada detalle de nuestro entorno y nuestra existencia. Es el tipo de serie que habla directamente a todos y cada uno de nosotros. Alan Ball creó una familia, los Fisher, a la que te vinculas emocionalmente de tal manera que al final no solo estás diciendo adiós a un grupo de personajes con los que has convivido durante cinco temporadas tal como ocurre en cualquier otra serie, sino que ves pasar delante de tus ojos tu propia vida, la de carne y hueso, diciendo adiós a tus seres queridos y a ti mismo. Porque todos somos Nate, David, Claire, Ruth y Brenda, en la vida real. 

Somos Nate, escapando de la muerte, siempre preocupados por la insignificancia o existencia de la vida, de lo que no hemos conseguido, quién podríamos ser y lo que realmente queremos. Quizá George no pudo definirlo mejor en la palabras del funeral: «Nate era un idealista. Luchó toda su vida por ser un buen hombre. No era perfecto, ¿pero quién lo es de nosotros? Y nunca se dio a sí mismo por perdido, ni a la gente que amaba, ni al amor mismo, en todas sus desconcertantes formas.». (Y disculpenme por introducir una nota personal al sentirme del todo identificado con este personaje).

Somos David, neuróticos, inseguros de quiénes somos, pero a la vez sinceros, auténticos y sensibles. En el epitafio de la cuarta temporada, en una de las habituales escenas en la que los Fisher visionan encuentros con su padre fallecido, Nathaniel, David, agotado y exhausto de su trauma del secuestro, intercambia con su padre las palabras más transparentes que pueden decirse dos seres humanos:

—Nathaniel: No lo estás entendiendo. 

—David: No hay nada que entender, ¿verdad?

—Nathaniel: Déjate de chorradas existenciales. Lo tienes delante de tus narices.

—David: Lo siento pero no lo veo.

—Nathaniel: Ni siquiera estás agradecido, ¿no?

—David: ¡Agradecido! ¿Por la peor experiencia de mi vida?

—Nathaniel: Te aferras al dolor como si significase algo, como si valiese para algo. Pero voy a decirte una cosa: no vale una mierda. Déjalo ir. 

(Pausa)

—Nathaniel: Tantas opciones y lo único que eliges es lloriquear.

—David: ¿Y qué se supone que debo hacer?

—Nathaniel: ¡Lo que quieras! ¡Estás vivo!

(Pausa)

—Nathaniel ¿Qué es el dolor comparado con eso?

—David: No puede ser tan simple…

—Nathaniel: ¿Y si lo es?

No es solo la muerte la omnipresencia en A dos metros bajo tierra, también el dolor. «La vida es dolor. Hazte a la idea», le dice Lisa a Nate en uno de sus sueños. Por eso todos somos Ruth, quizá quien encarna el dolor con más crudeza en toda la serie. Un madre arrepentida de no haber podido tener elecciones en la vida (¿y cuál de nuestras madres no lo está?), que se agarra a la nostalgia del pasado («era la época en la que había esperanza», le contesta a su hijo David tras la muerte de Nate cuando este se pregunta por qué nos aferramos de forma tan desesperada al pasado), pero también con el optimismo y la lucha de la matriarca de una casa (¿y cuál de nuestras madres o abuelas no lo son o eran?): «Tenemos ese maravilloso regalo de la vida y es tan terriblemente efímero, que precisamente por eso es importante seguir viviendo y no abandonar la esperanza». 

Todos somos Claire, buscando nuestro lugar en el mundo dando bandazos de aquí a allá. Cínicos («solo me preparo para lo peor para que cuando ocurra no me sienta tan mal») pero seguimos siempre intentando averiguar cómo deberíamos vivir nuestras vidas: «Si vivimos nuestras vidas de la mejor forma que creemos, entonces cada simple cosa que hagamos es una obra de arte». 

Todos somos Brenda. Cargados de traumas, arrastrándolos, rebozándonos en el barro y autodestruyéndonos hasta alcanzar la frontera del nihilismo. Hay una conversación en la segunda temporada entre Nate y Brenda esclarecedora:

—Brenda: Desde los seis años llevo preparada para morir cuando me levanto cada mañana.

—Nate: ¿De verdad?

—Brenda: Sí, de verdad.

—Nate: ¿Por qué desde los seis?

—Brenda: Porque leí un artículo sobre los efectos de la guerra nuclear en el mundo, y en ese momento me quedó bastante claro que en algún momento iba a ocurrir.

—Nate: ¿Con seis años?

—Brenda: Y me levanto cada día sorprendida de que todos sigamos aquí.

—Nate: La verdad que no puedo entender cómo puedes vivir así. 

—Brenda: La verdad que creía que todos vivíamos así.

Personajes magníficamente detallados y dibujados al milímetro por los guionistas que te hacen plantearte temas vitales concretos de la vida. Te hacen llegar a una profundidad de tu ser que ni te imaginabas que tenías o que simplemente conocías, pero que se destapa como una olla a presión. Todo ello aderezado con una dirección atrevida, audaz y psicológica. El recurso de las escenas surrealistas de los sketches, las conversaciones con el padre fallecido, y las imaginaciones (de esas situaciones que todos tenemos cada día cuando estamos en la inopia) son magníficas. Todos somos ellos porque esperamos esas señales de la vida y preguntarnos el por qué.

Imagen: HBO.

Pero el por qué no tiene respuesta. 

Como cultura occidental no nos sentimos cómodos con la idea de la mortalidad. Quizá por eso el escenario del Los Ángeles desangelado, «la capital mundial de la negación de la muerte» como dijo Alan Ball, es el mejor posible para el retrato de la muerte en constante presencia de la vida misma y de la vida misma en constante presencia de la muerte. En un excelente artículo titulado «Pensar en la muerte» publicado en los comienzos de esta revista, Miguel U. se adentra en las visiones de la muerte histórica, religiosa, cultural, social y antropológicamente. ¿Y le puede a usted servir para algo esa lectura? Puede ser usted budista y creer que la muerte no es un final, sino otra etapa donde se libera y reencarna. Puede ser usted cristiano, y esperar pedirle las llaves del reino de los cielos a san Pedro para reencontrarse con los suyos. O puede ser usted un simple fiel a la ciencia para concebirse como un mero ente biológico hecho de carbono que devolverá este elemento a la tierra cuando críe malvas. Puede usted proyectar lo que quiera, pero aquí y ahora, como dice Miguel U: «A la gente le acojona morir». 

«¿Por qué la gente tiene que morir?», le pregunta con el corazón sobre la mesa una viuda a Nate en el último episodio de la primera temporada. Yo quiero justificarme, como la respuesta de Nate, que es «para hacer que la vida tenga sentido». Que esta existencia tiene un valor, que no somos simples extraterrestres lanzados a este planeta amnésicos de nuestra estancia durante el parpadeo de la vida. Lo dijo Lupe sacándose las entrañas sin anestesia en «Ustedes van a morir»: «Por eso miro con incredulidad cómo la gente organiza su vida cotidiana al margen de estas evidencias, construyendo un auténtico andamio para sortear al gran elefante que ocupa toda la estancia».

Pero ya «nacemos heridos de muerte. Sí, aquí estamos, por un momento, vivos, vamos a morir, pero cada uno de nosotros secretamente creemos que no lo haremos», dice el personaje de Philip Seymour Hoffman en una excelente escena de la obra maestra Synecdoche, New York. Se lo recuerdo, si a estas alturas usted no quiere acordarse: va a morir. «Vivimos. Morimos. Pero al final nada significa nada. ¿Cómo podemos vivir así», le dice Nate a Brenda. «¡Muchos no lo sabemos, nos levantamos jodidamente vacíos, a veces con pocas ganas de vivir, otras con ganas de ni siquiera haber nacido! ¿Pero qué otra opción tenemos?», responde Brenda. 

La idea de la muerte puede llegar a ser pavorosa, pero lo que ocurre es que la vida puede dar más miedo aún. Porque la vida duele. Y el dolor es aterrador. Vamos quedando erosionados por las experiencias y el tiempo como cuentan Brenda y su hermano Billy tras la muerte de Nate:

—Brenda: Solía pensar que tendría más gente en mi vida al pasar el tiempo.

—Billy: No funciona así.

—Brenda: Empiezo a darme cuenta.

—Billy: Es como si al hacernos mayores, el número de gente que realmente nos entiende encogiera. 

—Brenda: Cierto. Hasta que quedamos tan marcados por nuestras experiencias… y por el tiempo que…

—Billy: …nadie más nos entiende.

Sí. «All alone is all we are»: El epitafio de Nate con Nirvana de fondo.

Tenemos todas las de perder, «de aquí no saldrá nadie vivo» dijo Tolstoi, así que hay que sacar lo máximo de lo que tenemos. Digo yo. Incluso la nihilista Brenda es capaz de mirar la moneda existencial desde la otra cara: «Todo lo que tenemos es este momento, aquí mismo, ahora mismo. El futuro es un jodido concepto que utilizamos para evitar estar vivos hoy». Es la puta verdad, aunque suene a frase de taza de café. Prefiero quedarme con la pragmática amiga de Ruth, Bettina: «Si tienes miedo de algo probablemente significa que debes hacerlo». Como le dijo el Nate muerto a su hermana Claire, de lo que más se arrepentía era de haberse pasado la vida asustado, temiendo no estar listo, no ser adecuado o no sabiendo quién debía ser. 

Y si es usted de los que una buena hornada de palabras positivas le entran por un oído y le salen por el otro, un médico que vive con la muerte como compañera de trabajo se lo explica. El crítico de televisión Matt Zoller Seitz entrevistó a Alan Ball hace unos años en el Festival de Cine de Tribeca. Seitz le habló de la muerte de su mujer diez años atrás: «Llegué al hospital un minuto después de que falleciera. El médico me preguntó a qué me dedicaba y le dije que crítico de televisión. Me respondió: ¿Ha oído hablar de la serie A dos metros bajo tierra? Según él era lo único que había visto que capturara los detalles de cada día con la muerte paseando por el hospital». 

Esto depende de cómo quiera usted ver el vaso de esta existencia: medio lleno o medio vacío. O incluso medio vacío pero regocijándose del agua que ya se ha bebido y dispuesto a saborear la que le queda. 

A dos metros bajo tierra, en la catarsis de los últimos tres episodios y particularmente la orgía de muerte de los últimos diez minutos (probablemente los mejores minutos de la historia de la televisión), puede interpretarse como un final lleno de esperanza, «una reconexión con la vida» como dijo el creador de la serie, incluso una «ayuda para hacer sentir a la gente más viva a tomar decisiones sobre su vida», como afirmó Peter Krause, el actor que interpreta a Nate. O puede sumirle en el realismo del final, hacerle plenamente consciente de la aflicción que sufrirá durante la vida al ver marchar a los suyos, incluso adelantarle el dolor del momento que ocurra, o cómo será el horrible sentimiento de duelo de los suyos si es usted el que se marcha antes. Por esta explosión incontrolable de lágrimas hemos pasado muchos con ese excelente montaje final con el Breath Me de Sia.

El final de A dos metros bajo tierra es su propia existencia. En la mejor crítica que se ha hecho sobre esta serie en inglés y español, Fernando Navarro nos da esa voz para encontrar el aliento y seguir adelante: 

[…] Claire había metido la marcha y arrancado el coche, y nadie tuvo que decirme que yo también estaba a punto de meter la marcha y arrancar. Digamos que sé qué se siente al mirar por el retrovisor y ver a la persona que quieres alejarse a pesar de que corre y corre. La misma persona que te dice que te levantes de la cama, que vela por tus sueños, es la que se aleja por ese retrovisor. Al principio, nadie está preparado para la muerte, ni siquiera en la familia Fisher, que se dedicaba al negocio funerario. A Claire nadie le explicó que la muerte sería muy distinta a lo visto en las películas y oído en boca de otras personas, que acudían a la funeraria que llevaba el apellido de su padre. Pero qué más da que alguien lo hiciera, porque más importante que eso era estar preparada para la vida. Y eso sí que tuvo que aprenderlo. Eso sí que tenemos que aprenderlo. Y no se puede conducir mirando todo el tiempo por el retrovisor. No se puede. Si lo haces, acabarás estrellado, tirado en la cuneta, serás tu propio cadáver. Pero es inevitable hacerlo de vez en cuando, hacerlo por instinto en cuanto arrancas y pones la primera marcha. Recuérdalo: esa persona está corriendo hacia ti pero se aleja. Estrictamente, esa persona se aleja, y eso duele. En lo más hondo, te derrumba. Caes al vacío hasta sentir que te ahogas en un pozo de lágrimas. […] Comprendí con dolor que la ruta está llena de curvas, paradas, accidentes o acelerones pero siempre debe seguir su camino. De ti depende conducir en una dirección o en otra, o simplemente conducir. Aún con lágrimas en los ojos, debes agarrar el volante y poner rumbo en esa ruta […] 

«No puedes sacar una foto de esto», le dice el Nate muerto a Claire antes de arrancar el coche e irse. No podemos. Ya pasó. Así que elija su propia aventura.

—Algún día todos estaremos muertos, Snoopy— dijo Carlitos.

—Cierto, pero todos los demás días no— respondió Snoopy.


The Deuce: Odio a Abby

The Deuce. HBO

A los varones de mi generación, cuando éramos niños, nos impusieron desde la industria audiovisual un modelo claro de conducta: Rambo III. Musculado, pero sentimental; taciturno, pero con el chiste definitivo en el momento crítico, y capaz de resolver cualquier problema a hostias. Este rol que se nos vendía como ideal, tanto en la ficción como en los cómics y los muñequitos, causó estragos. Vimos que nuestros amigos se convertían en deportistas horteras a edades demasiado tempranas, en sujetos convencidos de que otro les había mirado mal en un lugar de ocio y gente que grita jaleándose a sí misma cuando juega con la videoconsola.

Ajenos a este dolor, el viejo truco de colocar estratégicamente un personaje para identificarse con él en una ficción, sin embargo, sigue realizándose impunemente. No importa la calidad de la propuesta, se conoce que es demasiado tentador. Así ha ocurrido al menos en The Deuce, la gran última mejor serie de todos los tiempos, factoría HBO con David Simon nada menos. Una producción que merece todas las medallitas de calidad, pero que ha vuelto a hacerlo, no ha podido prescindir de poner un Rambo III.

Lo que ha cambiado es que nos encontramos en el siglo XXI y solo es lícito desfacer entuertos a hostias si uno va en pijama de superhéroe. Entre humanos, ahora son otras las cualidades positivas que anhela poseer el triste espectador que no es nadie, pero que le haría ilusión ir por la vida siendo la polla. En The Deuce, el nuevo Rambo III es Abby, el personaje interpretado por Margarita Levieva. Su peripecia no es la de un secundario en esta serie, al final los focos apuntan solo a su personaje, la última escena es para Abby y supone un claro mensaje para los que quieren ser como ella.

¿Y cómo es ella? Es de Connecticut, un lugar que no mola, y se muda a Nueva York, un sitio que sí mola. Se supone que tiene que ir a la universidad, pero pasa de todo y va por libre. Porque es rebelde, nadie le dice lo que tiene que hacer. Acaba de camarera en un bar que frecuentan proxenetas y prostitutas drogodependientes, pero lo lleva guay. Porque no tiene prejuicios. Entretanto, se pone a contratar actuaciones en el garito porque se ha dado cuenta de lo mucho que mola el glam y la new wave. Porque está a la última.

En ese ambiente no tarda en desaprobar lo que ve cada día. Porque está concienciada. Ayuda a esas prostitutas enfermas y abandonadas, las lleva al médico, se preocupa por sus estudios interrumpidos. Porque es solidaria. Se mete en movimientos en contra de la explotación de mujeres. Porque es activista. Sin embargo, da un paso atrás cuando sus compañeras tratan de prohibir el porno, lo que iría contra la Primera Enmienda. Porque no es una loka radikal.

Es pareja del personaje más atractivo y heroico de la serie. Porque es una chica diez. Pero llegado el momento inicia un romance con otra mujer. Porque es bisexual y tiene relaciones abiertas. No es una mujer cualquiera su novia, se dedica al arte de vanguardia, pero lejos del de las galerías pijas, street art underground. Porque huele lo que mola de verdad por instinto. No vamos a mencionar cómo viste, un espectáculo cada modelo que se pone, ni de cómo llena la pantalla. Porque es ultramegaguapa.

Me he pasado tres temporadas, desde 2017, deseando capítulo a capítulo que Abby contraiga la gonorrea, pero no ha habido suerte. A ella no le pasan esas cosas. Eso lo sufren las personas imperfectas que la rodean. A ella el destino lo que le reserva, que es esa última escena del último capítulo, es, después de hacer un descenso a los infiernos a codearse con el lumpen, salir por donde ha entrado y ni más ni menos que triunfar en la vida.

HBO.

Eso es lo que quiere el espectador medio. Estéticamente, romperlo. En cuanto a música y tendencias, pues lo más tope de lo tope de lo guay siempre y cuando no pueda tacharse de mainstream ni tampoco de demasiado elitista. El lumpen, las minorías raciales en la marginalidad, etc… pues codearse con ellos y que te quieran, pero no como a una más, sino como a una heroína que les salva y les ayuda. Todo ello, eso sí, sin mancharse, sin acabar como ellos, saliéndose por la tangente y trincando un puestazo en un curro cuando decide sentar cabeza.

De seguir la serie la habríamos visto reciclar, restaurar muebles de la basura. Descubrir la primera la música electrónica y meter un DJ los viernes en el tugurio. Habría fundado la startup más exitosa de Manhattan basada en la app definitiva, pero no para forrarse, sino para ayudar a oprimidos cualesquiera. Tendría sutiles tatuajes y lucharía contra la gentrificación de su barrio desde su pisazo, que ya lo hemos visto y ahora mismo debe costar algunos millones de dólares, tantos como seguidores tendría en un Instagram sencillo, pero original, sin postureo, solo para compartir ideas útiles sobre alimentación y hogar.

Un vistazo a la biografía de la actriz demuestra que su vida es mucho más interesante que la de su personaje. Levieva nació en la URSS, llegó a Estados Unidos solo con once años. No tenían papeles, eran ilegales. Su madre, soltera, había sido profesora de Matemáticas y Estadística en la Universidad de Leningrado, pero en los States trabajaba envasando alimentos. Un juez decretó la expulsión de toda la familia, pero lograron quedarse tras meses de juicios pidiendo asilo por el antisemitismo que habían sufrido en Rusia.

De la Unión Soviética, Levieva solo recuerda la disciplina que le inculcaron. Fue gimnasta. También que desde muy niña podía ir a entrenar sola, algo imposible en su tierra de acogida. La adiestraron para buscar la perfección. De hecho, en Estados Unidos siguió ganando competiciones de gimnasia, pero no pudo representar al país por haber entrado en él ilegalmente. En aquel momento, cuando pudo hasta ir a unos Juegos Olímpicos, seguía pleiteando para conseguir la ciudadanía. Sin embargo, de alguna manera, toda esa tenacidad le sirvió para luego graduarse en Economía en la Universidad de Nueva York. Se sentía obligada a obtener un título que le garantizase un buen trabajo por el esfuerzo que había hecho su madre para sacarla de Rusia.

No obstante, aunque cambiase la gimnasia por un trabajo en el sector de la moda y la música clásica por los Wu-Tang Clan, la rectitud soviética seguía dentro de ella. «Entrenamos los siete días de la semana. Fui al campamento de gimnasia todos los veranos. Entrenaba a veces antes de la escuela, a veces después de la escuela; Básicamente no tenía vida. Pero desde muy temprana edad aprendí a trabajar muy duro», manifestó. Es más, fue por la educación y la cultura que recibió en Leningrado por lo que decidió después ser actriz: «En el momento en que vi a Maya Plisetskaya bailar el Cisne negro en el escenario del teatro Mariinsky en San Petersburgo, en Rusia, supe que quería estar allí, actuando y contando historias, como ella. Yo tenía cinco años».

En su equipo de gimnasia soviético había castigos físicos si cometía un error, pero ella declara que no se considera una víctima de todo aquello. Al revés, la disciplina férrea le ayudó luego en la vida, como ha quedado señalado, sobre todo para ser actriz. Con el sentido de esas declaraciones, Levieva ya se descubre como una persona mucho más humana que Abby. Los castigos físicos a críos son execrables, sostener que tienen alguna utilidad igual, pero es humano decirlo ¡porque es contradictorio! Por este motivo Abby a quien más se parece es a Rambo III.

Inicialmente, las pruebas que le hizo David Simon fueron para que encarnase a Candy, el papel que borda Maggie Gyllenhaal, pero tras descartarla le dieron el de Abby. Ella misma no puede definir mejor a su personaje cuando le han preguntado por él: «Le interesa la música, el arte y ayudar a las personas», dijo en una entrevista. «El personaje de Abby es tan inteligente, es tan sabia, por encima de alguien de su edad». Un personaje como el suyo, tan guapa y tan perfecta, en esos ambientes estaba pidiendo a gritos heroína intravenosa. Convertirse en una más de las que van a su bar, no en la monjita que las ayuda. Mentir, robar, degradarse, echarse a perder, pero Simon ha hincado la rodilla en el suelo y le ha dado al espectador un salvavidas para que atraviese toda esa marginalidad y salga de ahí sin mancharse y encantado de haberse conocido. Shame on you, David. Gonorrea es lo que hacía falta. Gonorrea para la gente perfecta.


The I-Land: el Hindenburg de las series

Sigo con la boca abierta.

Los más antiguos del lugar recordarán quizá que en su día expresé mi total confusión ante el disco conjunto de Lou Reed y Metallica, Lulu. No suelo escribir para poner algo a parir, salvo que sea algo que en el fondo amo, o algo sobre lo que realmente disfruto despotricando, como George Lucas y Star Wars, o que me parece que tiene un trasfondo divertido, como la historia de Microsoft y los arrebatos psicóticos de su antiguo presidente Steve Ballmer. Contemplémoslos una vez más porque… por qué no:

Oh, cómo echo de menos a Steve Ballmer, el hombre que vaticinó que los teléfonos de pantalla táctil no tenían futuro. Pero me alegra, y lo digo con toda la tierna sinceridad de la que soy capaz, que todavía no haya fallecido de un infarto. Es un puñetero milagro. «Developers! Developers! Developers!».

Vayamos al tema de este artículo, que está muy en línea con los mencionados. En estos últimos tiempos, habrán leído quizá unos cuantos titulares sobre «la peor serie del 2019», «la peor serie en la historia de Netflix» o, aunque esto ya es mucho decir, «la peor serie de todos los tiempos». Bien, no puedo entrar en términos tan categóricos porque no he visto todas las series del 2019, mucho menos todas las de Netflix. Pero, si hay alguna peor y más caótica que esta, me gustaría saberlo; no se abstengan de mencionarla. Sí sé que es fácil decir que una serie es «la mejor del año» o «una de las mejores del año» porque, si hubiese otra tan buena o mejor, acabaría saliendo a la superficie. Los críticos están atentos a la calidad y nada les hace más feliz que encontrar una joya oculta para poder compartirla, por lo que una obra maestra nunca pasa desapercibida, salvo que provenga de algún país que tiene difícil exportar sus producciones. De las series malas, sin embargo, se habla mucho menos. Son relleno y como tal se las considera. No se les suele prestar atención. Pese a ello, The I-Land ha recibido un montón de atención. Y yo he acudido a ella como las moscas a la miel [metáfora apta para todos los públicos, N. del R.].

Hay series muy buenas, la minoría. Hay bastantes series mediocres y muchas malas. Esto es tan obvio como inevitable y natural. Si fuese fácil crear algo muy bueno, todo el mundo crearía cosas muy buenas todo el tiempo. Es normal que haya muchas series mediocres y el que se hable tanto de una serie mala me llama la atención porque suele deberse a dos motivos. Uno, que alguien escribe o habla sobre ella para despellejarla en términos que a veces pueden ser exagerados, y otros imitan ese despellejamiento, aunque esa serie o película no sea tan atroz como se da a entender.

El otro motivo puede ser que esa serie realmente escape de los parámetros habituales y deje boquiabiertos a los críticos. Así que la avalancha de comentarios despectivos o incrédulos que estaba recibiendo The I-Land por parte incluso de los más egregios y desapasionados comentaristas despertó mi curiosidad y, por decirlo de manera simple, he terminado viendo sus siete episodios para que ustedes no tengan que hacerlo. He sufrido, pero también me he reído y he experimentado un alucinógeno viaje a las simas de la ineptitud. ¿Por qué quiero yo también escribir sobre The I-Land? Pues porque es un artefacto poco común que me ha producido una constante sensación de total desconcierto no tanto sobre el argumento (que ya es confuso de por sí), sino por el propio proceso de producción.

Ojo, sé que en una serie, incluso en The I-Land, trabaja mucha gente de buena voluntad y no es mi intención menospreciarlos, pero es evidente que no había nadie al timón de esta debacle. Desde el guion hasta los aspectos técnicos, los motivos de pasmo son variados hasta lo desconcertante. El resultado final me ha fascinado porque no consigo entender por qué esto se ha estrenado en el estado en que se encuentra. En determinados momentos llega a parecer una serie escrita y realizada por una asociación de vecinos. Estoy acostumbrado a ver bodrios. Piensen que he visto más películas italo-franco-hispano-alemanas de romanos y zombis de las que se pueden contar con un ábaco, y que tengo una inclinación innata hacia la morralla d’auteur, por lo que (creo) estar blindado ante casi cualquier bodrio audiovisual. The I-Land es un bodrio. Pero va más allá de eso; es un objeto fuera de época, un oopart como la máquina de Anticitera o el penique de Maine. Ya no estamos en la fiebre del péplum de los años sesenta, ni en la del terror barato de los setenta, ni en la de los subproductos para VHS de los ochenta. Etapas maravillosas, desde luego, si uno las contempla con humor y nostalgia, pero que requieren paciencia porque contienen un montón de creaciones que, por cada escena hilarante o psicodélica, contiene otras muchas capaces de dejar en coma al Dalai Lama. The I-Land no pertenece a esas épocas; es una serie moderna estrenada en pleno 2019 por una plataforma importante y, aun así, contiene tantas facetas incomprensibles que uno se queda con la sensación de que, más que una serie mala, ha contemplado un experimento o, como se dice ahora, una «troleada».

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

La serie es muy aburrida durante casi todo su metraje, cabe aclarar esto, pero he de confesar que el conjunto me ha hipnotizado y me ha dejado con un montón de preguntas sin respuesta: ¿cómo ha pasado algo como esto los mínimos procesos de filtrado? ¿Quién coordinaba el proyecto y qué estaba haciendo mientras se suponía que debía poner las cosas en orden? Sí, consta como autor un tal Anthony Salter del que no existen otros créditos y que, sospecho, es un pseudónimo. Porque en los anuncios que Netflix hizo en su momento aparecía como showrunner Neil LaBute, quien ha firmado algunas cosas decentes en su carrera, pero también el inmortal despropósito The Wicker Man, protagonizado por Nicolas Cage y repleto de ya legendarias escenas («Not the bees!»). LaButte ha dirigido el primer episodio de The I-Land y ha escrito otros varios, así que yo diría que el fantasmal Anthony Salter le ha servido para deshacerse de la responsabilidad última del marrón, como cuando las películas que  amenazaban con terminar en desastre eran firmadas por una universal cabeza de turco, el inexistente Alan Smithee, ya que nadie quería tenerlas en su currículum. Anthony Salter, ¿quién eres? ¿Existes? ¿Adónde podemos enviarte solicitudes de entrevista? ¡Manifiéstate!

Por supuesto, para hablar de esta serie voy a hacer spoilers desde el principio. Créanme: no importa. De todos modos no la soportarían entera.

The I-Land es una serie de ciencia ficción cuya premisa recuerda a Lost: varias personas aparecen en una isla desierta, no recuerdan quiénes son y tampoco saben por qué están allí. Aparecen varios objetos y pistas dando a entender que no se ha tratado de un accidente, sino de algún tipo de plan deliberado. Con el paso de los episodios descubriremos que la isla es una simulación digital y que esas personas son presos condenados a muerte a quienes se introduce en la simulación para observar su comportamiento y decidir si están rehabilitados. La simulación forma parte de un novedoso programa tecnológico desarrollado por una prisión de Texas. Hasta aquí, sobre el papel, todo normal. Con esta idea se puede hacer una serie buena o una mala. Lo que supongo nadie preveía era que se pudiera hacer algo como esto.

Vayamos con el primer episodio, que me hubiese aburrido mucho de no ser por el constante pasmo que me producían los desconcertantes diálogos y las interpretaciones más propias de verbena rural (si alguien va a defender las verbenas rurales, supongo que las habrá buenas, pero hace poco estuve viendo una que me hizo retroceder sesenta años en el tiempo). Es como si un alumno de secundaria hubiese escrito un guion en vez de atender en clase de matemáticas y alguien se lo hubiese robado del pupitre y lo hubiese filmado tal cual. Así que en vez de dormirme, que hubiera debido ser el resultado lógico, me pasé todo el episodio sumido en el más absoluto desconcierto. Por no hablar del argumento en sí. Por ejemplo: si usted despierta en una isla y no sabe quién es ni por qué está ahí, buscaría cualquier tipo de pista, ¿no? Y se interesaría por lo que parecen mensajes crípticos. Pues la mayoría de los personajes desdeñan las pistas como si a ellos mismos no les importasen un reverendo carajo los misterios que plantea la trama. Se van a bañarse y tomar el sol. Se pelean entre ellos por estupideces. Una de ellas encuentra un libro sobre una isla, en el que podrían estar las claves, ¡y lo tira! Es igual que ver La isla de los famosos o como demonios se llame. Y eso no es todo. Está la imagen. Deduzco que durante la posproducción alguien se dejó el programa de edición de imagen al alcance de un niño de preescolar que estuvo toqueteando los controles de brillo, color y saturación. Eso sí, se han preocupado de grabar algunos bonitos planos de atardeceres y cosas así, que en algunos casos han quedado realmente bien y los usan, ¡durante medio segundo!

El segundo episodio fue el más duro de contemplar porque ya había pasado el elemento sorpresa, pero seguía la sensación de estar viendo una obra de teatro de algún instituto pijo. Un episodio inane que estuvo a punto de hacerme abandonar. Recurrí a un par de cafés e intenté, sin mucho éxito, no distraerme buscando formas de países en el gotelé de la pared. Pero me alegro de no haber abandonado porque llegó el tercer episodio. Y el tercer episodio, amigos, es lo más parecido que hoy puede verse a una producción de Cannon Films. Hablo de serie B en estado puro. Por momentos esperaba ver aparecer a Cameron Mitchell gritándole a un cocotero (hubiese sido fantástico) o a Sylvia Kristel tomando el sol en topless (tampoco me hubiese quejado).

Para que se hagan una idea: la protagonista de The I-Land es una reclusa que en ese tercer episodio abandona la simulación digital y descubre que no está en una isla, sino en una cárcel. Resulta que tiene formación militar y sabe artes marciales, así que es capaz de moler a hostias a cualquier grupo de cuatro o cinco guardias de la prisión. Cosa que hace en varias ocasiones. Pues bien, ¡no la esposan ni una sola vez! Solo en una escena le ponen un collar atado a una cuerda bastante larga y floja, pero ¡sigue sin estar esposada! Así que el collar no le impide volver a darles una somanta de palos a los guardias. Cada vez que la veía aparecer sin esposar tenía que comprobar que no estuviese viendo una producción de GolanGlobus. Para colmo, después de que la protagonista haya ofrecido todas estas muestras de peligrosidad, la intentan trasladar en un camión, ¡todavía sin esposar y acompañada de un único guardia! Por supuesto, atiza al guardia y se escapa del camión, aunque después la vuelven a detener porque se entretiene deambulando por las instalaciones. Todo esto en un único episodio. Con el clímax hilarante de que, cuando es devuelta a la simulación en el episodio siguiente, ¡sus compañeros de la isla sí le atan las manos!

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

¿Captan ustedes algún tipo de lógica en todo esto? Ninguna. Pues el tercer episodio es así, todo él. Una delicia, al menos para mí. Las escenas psicodélicas se suceden casi sin descanso. Otro ejemplo: la protagonista es llevada ante un comité de evaluación y, bueno, lo del comité hace que el parlamento español parezca la Academia de Atenas. Los miembros del comité, ignorando el hecho de que tienen delante a una reclusa a la que se supone tienen que evaluar o informar o lo que sea, discuten entre ellos por chorradas, como si se debieran dinero unos a otros. Aunque creo que mi mayor carcajada se produjo cuando uno de ellos comienza su discurso, y esto es literal, con estas palabras:

—Soy sociólogo.

En serio, casi escupo el café en la pared. Para mi completa felicidad, en una escena posterior sale una mujer cuyo diálogo con la protagonista se inicia también así: «Soy psiquiatra». En serio, es como algo escrito por un niño, o como algo salido de una recopilación titulada Las mil y una peores frases para ligar. Te acercas a una chica y, sin decir ni hola, sueltas: «Soy sociólogo». Así es el guion de esta serie. Literalmente. No estoy exagerando. Por desgracia, el primoroso surrealismo cannónico del tercer episodio se limita a ese tercer episodio. A partir del cuarto, los niveles de divertimento y surrealismo vuelven a desplomarse. Se nos empieza a contar las vidas pasadas de los personajes y, aunque todo sigue siendo igual de cutre, el drama de marca blanca se apodera del argumento. Lo que estaba prometiendo explotar como un éxtasis de estupiciencia-ficción de serie B, algo que me estaba haciendo frotar las manos con feliz anticipación, se transforma en un telefilme de sobremesa dominical. Me costó atravesar la espesa selva melodramática de esos episodios.

Y entonces llegó el último capítulo. Mi mandíbula volvió a desplomarse, aunque por motivos distintos. Ya en la primera escena, los diálogos suenan como en un cortometraje hecho por aficionados para YouTube. Las voces se oyen con reverberación, como grabadas con un micrófono barato puesto en algún rincón de la habitación (en algún artículo americano he leído una deliciosa metáfora: «Parece grabado dentro de una lata de atún»). Esto se repite varias veces durante el episodio, dando la sensación de que alguien en la producción dijo «¡A la mierda! ¡Acabemos con esto y busquemos otro trabajo!», decidiendo, ante la vista del desastre generalizado, finalizar la serie de la manera más rápida y barata posible. Asombroso. Porque en el resto de la serie el sonido era perfectamente normal, lo que cabría esperar en una producción profesional. Y de repente te encuentras ese sonido ambiente, como en la filmación de un cumpleaños. Que me aspen si lo entiendo. La única explicación lógica que se me ocurre es que a esas alturas ningún responsable de la serie tenía ya interés alguno por el resultado. Nada de pagar horas extras para arreglar el sonido: así está y así se queda. Es que ni se molestaron en comprobarlo durante el rodaje, lo cual no era tan difícil: solo se necesitaban unos cascos. Quizá la productora vio lo que ya estaba rodado y decidió que los técnicos de sonido harían mejor papel en cualquier otro rodaje.

Aunque he padecido viendo la mayoría de los episodios, me alegra poder decirles que los titulares y comentarios que lean o escuchen no son tan exagerados. The I-Land es un interrogante rojo impreso en la inmaculada etiqueta de «la edad dorada de las series». Eso sí, no puedo prometer, y no prometo, que se vayan a entretener con esta debacle. Alguien ha comparado The I-Land con The Room de Tommy Wiseau, pero no se lleven a engaño, no tiene nada que ver. The Room es legítimamente divertida y no importa cuántas veces la hayas visto. Es un clásico que nunca pasará de moda. The I-Land, por el contrario, es básicamente insufrible (excepto ese apoteósico tercer episodio que solo divierte plenamente si uno es tan masoquista que ya ha sufrido los dos anteriores).

Si se sienten valientes, pueden probar con los tres primeros episodios, pero no lo interpreten esto como una recomendación. Háganlo bajo su propia responsabilidad y únicamente si se saben capaces de disfrutar con el simple hecho de sentirse anonadados ante la visión de un tren descarrilando a cinco kilómetros por hora. De lo contrario, van a dormirse a los diez minutos. Yo sí he aguantado los siete capítulos —Dios santo, cada vez estoy peor de lo mío— y lo único que puedo decir con sinceridad es que pocas veces en los últimos años he visto algo parecido. Quizá a John Travolta interpretando (o intentando interpretar) a John Gotti.

Queden advertidos, pues, de que The I-Land es solo para auténticos conneiseurs de la morralla. Para forenses de la incompetencia. Si lo que pretende es pasar un buen rato sin más, aléjese lo más posible de esta serie. Lo más posible. Es aburrida hasta lo comatoso. Pero si usted es un trastorn… un aficionado a las debacles como yo, si disfruta diseccionando cada frase mal escrita y mal interpretada, cada giro estúpido e inexplicable del guion, cada periodo de gratuito tedio, cada alucinógena variación en imagen y sonido, y si encuentra usted irresistible el que alguien empiece a hablar diciendo «Soy sociólogo», equípese para la aventura —algo de picar y mucho, mucho café— y transite por las mortecinas aguas de los dos primeros capítulos para conseguir llegar al tercero. Que después se ciscará usted en mis muelas, pero eh, habrá vivido una dolorosa experiencia más.

Lo que no mata, curte.

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

PD: Señor Anthony Salter, sea usted quien sea, no escuche lo que dice la gente. Son envidiosos y maledicentes. Haga otra serie. Nadie más querrá verla, pero ahí estaré yo, que soy gilip… abierto de mente, con el bol de palomitas y la ilusión de un niño que ha alquilado por primera vez el VHS de El justiciero de la noche.

PD2: No soy sociólogo, pero eh, quizá la frase triunfe entre las gráciles damas de mi club de la tercera edad.


The Boys: ¿Odia a los superhéroes? Esta podría ser su serie

The Boys (2019-). Imagen: Amazon Prime.

Si se da el caso de que por alguna exótica razón que solamente a usted y a su psiquiatra incumbe estaba deseando ver una serie donde se use a un bebé recién nacido como arma letal, enhorabuena: la primera temporada de The Boys le ofrecerá justo lo que estaba buscando. Supongo que con esto queda claro que nadie debe dejarse engañar por la presencia de superhéroes en el argumento de The Boys; NO se les ocurra dejar que sus hijos pequeños vean esta serie, o es probable que queden traumatizados para los restos por escenas de violencia insensata, mutilaciones, sexo retorcido y toda clase de animaladas tan pedagógicas como una despedida de soltero en el Bada Bing. The Boys es una serie de superhéroes para adultos, pero de verdad. Nada de «superhéroes con rostro humano» o «un tratamiento realista»; esto hace que Logan parezca una adaptación de El mago de Oz.

The Boys es una serie felizmente grotesca en momentos puntuales y bien escogidos, pero, aunque contiene los toques de humor más negro que se hayan visto en tiempos recientes, la mejor manera de resumirla es decir que supone, por fin, el éxito de una fórmula que, al menos en cine y televisión, nunca había terminado de funcionar. Me refiero al intento de convertir a los superhéroes en protagonistas imperfectos, más humanos que los humanos convencionales, para darle una vuelta de ciento ochenta grados al concepto de superhéroe. Ya saben, lo que trataba de conseguir la película Hancock protagonizada por Will Smith, cuyo interesante planteamiento era arruinado bien pronto durante el metraje, o esa aberración titulada Batman v Superman que parecía escrita por un asesino múltiple, o la serie Jessica Jones, de la que, por algún motivo, no conseguí pasar del tercer episodio ni contando con la poderosa presencia de Krysten Ritter (por cierto, ¿me falla la memoria o se supone que Jessica Jones era alcohólica, pero la bebida parecía no tener efecto sobre ella? ¿Cómo demonios se convierte en alcohólica una persona que no se emborracha? En fin).

Volviendo a The Boys, es la adaptación de un cómic que, imagino, habrá llevado incluso más lejos las gamberradas (si alguien lo ha leído, podrá confirmarlo o desmentirlo). Describe unos Estados Unidos fascinados por la existencia de rutilantes superhéroes que, como no tardaremos mucho en descubrir, son en realidad personas bastante lamentables. Estos superhéroes son manejados por una poderosa empresa que vende sus servicios a los gobiernos locales y que camufla bajo abrumadoras campañas de relaciones públicas la naturaleza canallesca y la mierdosa mentalidad de estos individuos supuestamente intachables. La élite de estos superhéroes es un grupo conocido como «los Siete», trasunto satírico de la Liga de la Justicia, que son reverenciados por la población desconocedora de sus más tétricos secretos. Tenemos a Homelander (Superman), tan invulnerable y poderoso que su aureola mesiánica hace que sea comparado por la gente (y, en una secuencia delirante, por él mismo) con Jesucristo. Queen Maeve (Wonder Woman) está quemada por culpa de la maquinaria propagandística que rodea su trabajo. A-Train (Flash) es superficial, vanidoso e infantil, y su ego se alimenta únicamente del hecho de ser el individuo más rápido sobre la faz de la Tierra. The Deep (Aquaman) se queja de representar la «cuota de diversidad» en el supergrupo y tiene serios problemas para mantener su percebe del amor dentro del uniforme de pez. Traslucent («Translúcido») puede volverse invisible y no parece usar su poder para mucho más que para espiar en los baños de mujeres. Y el hilarante Black Noir (Batman) es un no-personaje que nunca dice una palabra y que carece por completo de rasgos de interés; si pretendían dar a entender que la personalidad de Batman en las películas suele ser tan fascinante como la de un mueble de Ikea, han acertado con el mensaje. La única superheroína que, pese a tener poderes, es una persona normal, se llama Starlight y es una de las protagonistas de la serie, una chica que acaba de entrar en los Siete con la ilusión de salvar el mundo y que no tardará en descubrir que se ha metido en un auténtico estercolero.

Este disfuncional elenco de superhéroes parece indicar que The Boys es una comedia, pero en realidad es una sátira que termina dominada por el drama; hay bastante humor en los primeros episodios, pero ese humor va espaciándose conforme avanza el argumento más propio de un thriller corporativo o una historia de venganza. El inicio de la trama es bastante psicodélico: el protagonista de la serie, Hugh, es un tipo normal y bonachón que ve cómo su novia es despedazada ante sus propios ojos por A-Train, la versión descerebrada de Flash, que la atropella en plena calle durante una de sus carreras supersónicas. Ese será el primero de los muchos momentos sangrientos de la serie. Pues bien, Hugh se une a un pequeño grupo de rebeldes («The Boys») que intentan acabar con el dominio de los superhéroes.

La afilada parodia de los primeros dos o tres episodios es probablemente lo mejor de la serie, aunque en el resto de la temporada continuará habiendo momentos chocantes y, sobre todo, el descubrimiento progresivo de que ciertos personajes están mucho más jodidos de la cabeza de lo que pensábamos al principio. En la segunda mitad de la temporada, elementos más convencionales y conocidos parecen apoderarse del argumento, pero, cuando daba la impresión de que la temporada iba a terminar con el piloto automático puesto, los guionistas se descuelgan con un diabólico giro argumental que hace que el espectador se replantee todo lo que ha visto hasta ese momento y que consigue que se mantenga el interés por averiguar qué demonios pasará en la segunda temporada (al menos lo ha conseguido en mi caso).

Para entendernos, y aunque sean dos muy distintas, The Boys comparte ciertos rasgos estructurales con Years and Years. No me entiendan mal, ambas no podrían ser más distintas: The Boys es muchísimo más bruta y se toma mucho menos en serio a sí misma. Pero en Years and Years también sucedía que, aunque el melodrama estaba muy bien hecho, no impedía que se echase a faltar una mayor carga de parodia. Por ejemplo, el personaje de política populista interpretada por la gran Emma Thompson debería haber sido la protagonista de la serie o por lo menos debería haber tenido un spin off para ella sola (¡aún estamos a tiempo!). En The Boys, el drama también es bueno, no es superficial ni gratuito, pero es difícil superar los momentos en que los guionistas se burlan con toda la mala leche del concepto mismo de superhéroe, o las escenas más burras, que evidentemente buscan un efectismo fácil, pero que funcionan de maravilla como interludios psicóticos entre secuencias más convencionales.

En cualquier caso, el drama nunca se desinfla porque, además de estar bien facturado, el nivel medio de las interpretaciones es muy alto, hasta el punto de que se podría elogiar por igual a prácticamente todo el elenco. Destacan dos actores neozelandeses: Karl Urban interpreta al líder del grupo antisuperhéroes, un tipo endurecido que es como Negan de The Walking Dead, pero sin la perenne y contagiosa sonrisita. Y Anthony Starr, fantástico en el papel de Homelander, un Superman que parece una mezcla entre el androide narcisista de Alien: Covenant y el Calígula que interpretó John Hurt en Yo, Claudio. También llama mucho la atención el trabajo de Erin Moriarty como la ingenua Starlight; viendo esto, no entiendo cómo no escogieron a esta chica para hacer de Capitana Marvel, ¡hubiese sido absolutamente perfecta para el papel!

La ejecutiva que maneja los hilos en la empresa de superhéroes, aunque es un personaje que parecía diseñado a propósito para Gillian Anderson, es encarnada muy eficazmente por Elizabeth Sue (sí, compañeros de senectud: ella era la rubia angelical por la que Daniel San intentaba sin éxito agravar su voz de teleñeco en Karate Kid). Incluso los secundarios con unas pocas escenas nos despertarán una sonrisa de aprobación, desde el gran Simon Pegg (que por desgracia aparece poco, aunque es curioso verlo hablar con acento americano), Giancarlo Esposito (al que habrán visto como Gustavo Fring, el gélido traficante chileno de Breaking Bad), John Doman (que interpretó a Bill Rawls, el comisario irresistiblemente hijo de puta de The Wire) y, cómo no, Haley Joel Osment, el de «en ocasiones veo muertos», que sigue siendo bastante buen actor, aunque lo contraten menos debido a su prominente barriga.

En resumen, The Boys empieza como sátira y termina como drama, así que no desarrolla todas las ideas que plantea, ni es todo lo gamberra que al principio parecía querer ser (aunque, cuando se pone gamberra, lo hace con alevosía). Pero saca adelante aquello en lo que otros han fallado y, si la segunda temporada consigue tener aún más mala leche y dejarse llevar por la vocación de energúmenos de varios de sus personajes, podría ser aún mejor que la primera. No va a ser la serie del año, pero intenta ser diferente y por momentos, no siempre, lo consigue. Y, qué demonios, cosas como lo del bebé-arma o los repugnantes juegos sexuales con las partes de pez de este particular Aquaman hacen que el visionado merezca la pena.


Series que te perdiste: Eagleheart

Imagen: Adult swim.

Apunta a la cara, no quiero estar demasiado guapo cuando esos pervertidos de la morgue me pongan las manos encima. (Chris Monsanto)

Búscate la vida, cabin boy

Lo de Chris Elliott es curioso porque existen pocos cómicos que hayan marcado a tanta gente con su presencia en una serie como él lo hizo al interpretar a otro Chris (Peterson) entre 1990 y 1992 en una de aquellas mejores series de cuando las series no molaban: Búscate la vida. Un show que no solo se convirtió en objeto de culto y reverencia durante los  años posteriores, sino que además logró mimetizar a Elliott con su rol en la ficción hasta el punto de lograr que para el público fuesen indistinguibles la persona y el personaje. A día de hoy, todos asumimos que Peterson era Elliott, algo a lo que ha ayudado bastante la imagen de niño adulto atrapado en un mundo absurdo que proyecta el propio actor. En esta casa también amamos hasta el dolor Búscate la vida, porque no se puede hacer otra cosa con una serie donde un extraterrestre llamado Vomitón le daba una paliza al papa Juan Pablo II.

Entre los fans fatales de Búscate la vida se encontraba un caballero llamado Tim Burton, que después de establecerse en la industria con Eduardo Manostijeras, Batman y Batman vuelve, andaba buscando alguna forma de volver a sus orígenes a bordo de un film con el tono de las aventuras de Pee-wee Herman. Para lograrlo, Burton encargó a Elliott y a Adam Resnick, cocreador de la serie junto al actor, escribir el guion de un largometraje rebozado en el particular sentido del humor que la pareja había exhibido en televisión. Elliott y Resnick, dos personas que se habían iniciado en todo esto currando como guionistas para Late Night with David Letterman, parieron de ese modo el libreto de un desmadre titulado Caos en alta mar (Cabin Boy). Pero Burton se apeó del puesto de director (que no de productor) en el último momento al aceptar hacerse cargo de la fabulosa Ed Wood, y Resnick asumió la tarea de ponerse al mando del film. El resultado fue lo que cualquiera podría esperarse de aquel par de chalados: una especie de Búscate la vida en barco. 


Caos en alta mar. La produjo Burton, la dirigió Resnick, la protagonizó Elliott y nadie sabía realmente qué coño estaba pasando ahí.

Caos en alta mar se la pegó un tortazo bestial en taquilla porque no podía ocurrir otra cosa con un producto semejante. Aquella cinta era un accidente extravagante, uno con un sentido del humor marciano, donde los chistes entraban a destiempo y, sobre todo, un film al que se la sudaba por completo el público y el concepto habitual de lo que ha de ser una comedia. Fue la primera y última película de un Resnick que acabó hastiado con lo mucho que se cebó la prensa con su criatura, en los medios aquella ópera prima se convirtió en un chiste recurrente incluso cuando no era necesario: «Un día estaba leyendo un artículo sobre los director’s cut que comenzaron a editarse en LaserDisc. Era un texto muy interesante, pero de repente me encuentro en la última línea con un “¿Qué será lo siguiente? ¿Un director’s cut de Caos en alta mar?”», lamentaba el hombre. Lo gracioso es que aquella cinta se coló en los Óscar durante la sexagésima séptima gala de los premios, aunque lo hizo por la puerta de atrás: ocurrió cuando David Letterman, maestro de ceremonias del evento, aprovechó su ridículo cameo en el film para presentar un ficticio casting donde se mostraba a actores con renombre de Hollywood intentando hacerse con su papel en la peli de Resnick

Caos en alta mar, adelantada a su tiempo. Y al nuestro. Imagen: Buena Vista Pictures.

Inevitablemente, el tiempo convirtió Caos en alta mar en objeto de culto entre los descerebrados. Pero también condenó a sus responsables a que los productores de la industria los repudiasen, por ser conocidos como aquellos dos zumbados que dilapidaron diez millones de dólares rodando algo que solo parecía hacerles gracia a ellos. Elliott y Resnick explicaban que, en los años posteriores al estreno del film, las reuniones con las cadenas televisivas para sacar adelante nuevos shows siempre se venían abajo cuando alguno de los ejecutivos los reconocía como los culpables de que Caos en alta mar existiese. Y esa es en parte la razón por la que Elliott, pese a ser recordado con cariño por Búscate la vida (ojo a la sintonía que suena aquí cuando entra en el plató), no acabó encontrando otra serie que protagonizar durante bastante tiempo.

El hombre se conformó con convertirse en un secundario estrella, de esos cuya presencia desata carcajadas por sus antecedentes, y lo cierto es que no ha parado quieto desde entonces: se ha asomado por todo tipo de programas (Saturday Night Live, El show de Larry Sanders, Sabrina, cosas de brujas, Hércules, Más allá del límite, Community, Ley y orden: unidad de víctimas especiales, Cómo conocí a vuestra madre, Bored to Death, Murphy Brown, Todo el mundo quiere a Raymond, Aquellos maravillosos 70, Ed, The Good Wife o una veintena de series más); películas (Algo pasa con Mary, Scary Movie 2 y 4, El dictador, Osmosis Jones, ¿Cómo se escribe amor?, Vaya par de idiotas o Clara’s Ghost) y franquicias animadas (Duckman, Dilbert, Code Monkeys, El rey de la colina, Bob Esponja, Futurama o Metalocalypse). Pero el público siguió echando de menos durante años el poder ver a Elliott protagonizando aventuras donde hiciese muchísimo el idiota. Hasta que llegó Eagleheart. Aquel programa que no vio nadie.

Eagleheart pasó de puntillas para la mayoría de habitantes del planeta. En la web de críticas Rotten Tomatoes ni siquiera aparece listada entre la filmografía del cómico porque no existe suficiente gente que se haya molestado en verla, o en escribir sobre ella después de hacerlo. Pero todo esto no resulta extraño teniendo en cuenta lo marginal del producto: se trata de una serie compuesta por episodios de once minutos de duración (con la excepción de un capítulo que se alarga hasta los veinte), producida por Conan O’Brien pero muy justita con su presupuesto y emitida en Adult Swim, aquella sección nocturna y transgresora del canal de dibujos Cartoon Network que proyectaba cosas loquísimas cuando los más pequeños ya se habían ido a la cama. Eagleheart era un show que no había sido creado por Elliott sino para Elliott, un vehículo ideado por Michael Koman y Andrew Weinberg, dos guionistas que llevaban más de una década pariendo chistes para los late nights de Conan O’Brien e instituciones televisivas como The Colbert Report o Saturday Night Live. Y dos personas que echaban tanto de menos las estupideces de Búscate la vida como para, aliándose con un puñado de escritores y realizadores en la misma onda (Jason Woliner, Brian Reich, Greg Cohen o Andy Blitz), desempolvar el espíritu de Chris Peterson y montarse un circo similar en su honor.

Eagleheart

Best team ever. Imagen: Adult Swim.

Sé cómo relajarme, no solo asesino delincuentes todo el día. A veces, después del trabajo, también me dejo caer por el cementerio para orinar en sus tumbas. (Chris Monsanto)

Eagleheart partía de una premisa estúpida, la de caricaturizar el Walker, Texas Ranger noventero, algo innecesario teniendo en cuenta que la serie comandada por Chuck Norris siempre ha sido la mejor parodia de sí misma. Pero a Koman y Weinberg a la larga aquello les daba igual porque lo importante era desmelenarse, pero no el cómo. Y con la pasta de O’Brien se cascaron tres temporadas donde un marshal idiota, violento y machista llamado Chris Monsanto (Chris Elliott, con una peluca ridícula y compartiendo de nuevo nombre con el personaje principal) hacia cumplir la ley, entre guiños a cámara y toneladas de casquería de dibujos animados, acompañado de los agentes Susie Wagner (Maria Thayer) y Brett Mobley (Brett Gelman, a quien hemos visto hace dos días en Stranger Things 3). Lo cierto es que la producción había sido ideada inicialmente a modo de parodia mucho más directa de las tropelías televisivas de Norris, como una comedia de media hora donde se mostrarían escenas del falso show intercaladas con secuencias detrás de las cámaras. Pero, al rodar el episodio piloto, el equipo descubrió que sería muchísimo más divertido experimentar con el humor disparatado y descartar la pantomima de imitar a una serie chusca.

Técnicas marshal para encarar delincuentes: el «Bar Mitzvah Invertido». Imagen: Adult Swim.

Estamos hablando de una serie en la que Monsanto y compañía se ocultaban durante uno de los episodios en un barrio pudiente, utilizando identidades falsas para huir de un mafioso albanés, y la cosa se les iba tanto de las manos como para acabar montando un club de swingers cuyos miembros establecían una organización terrorista con intención de derrocar el sistema de vida monógamo. De un programa que tiene entre sus villanos a un clon del Scatman que canturreaba hitazos dance en los noventa reventando cabezas con sus «ski-ba-bop-ba-dop-bop», a un Ben Stiller drogadicto que hipnotizaba con canciones infantiles a los niños para que extirpasen los órganos de sus progenitores, a Joe Estevez haciéndose pasar por su hermano (Martin Sheen) para colarse en el rodaje de la propia Eagleheart, a un juego de mesa tan complicado como para hacer que toda África entrase en guerra, a Mickey Rooney secuestrando abuelos con intención de utilizar el poder de sus papadas para abaratar los FX sonoros de las películas, o a un árbol con el que Chris acababa haciendo el amor y teniendo un hijo de madera.

Uno de los capítulos transcurría en un pueblo donde los limpiabotas, una tropa de fugitivos cuyo brillo de los zapatos resultaba mortífero, eran perseguidos por limpiarse el calzado entre ellos en posturas impropias. Otro episodio comenzaba con un par de tipos de cruising en territorio de pumas y acaba descendiendo hasta el centro de la tierra para revelar la existencia de unos seres superiores que habían inventado a la nación china con la idea de pasearse entre los humanos disfrazados como orientales, sin llamar la atención pero identificándose fácilmente entre ellos. Y otra aventura tenía a Monsanto infiltrándose en un asilo, haciéndose pasar por anciano tras vaciarse los huesos y modificar quirúrgicamente su vejiga para mear cada media hora. En un momento dado, a Brett le extirpaban una bola de pelos sin digerir del estómago, una pelota asquerosa que el secundario acababa adoptando hasta que la guarrada crecía y se convertía en un doppelgänger sobrenatural de su padre que pretendía conquistar el mundo. En esencia, estamos hablando de lo que uno ha esperado siempre de algo donde Elliott es la estrella principal.

Esto no es, ni de lejos, lo más raro que ocurre en Eagleheart. Imagen: Adult Swim.

A Eagleheart le sale bien lo de chapotear en el absurdo, su naturaleza ridícula propicia el todo vale y por eso mismo se permite tener a Michael Gladis (Mad Men) interpretando a una fotocopia de Orson Welles, poner a Jack Wallace en el rol de un jefazo que se convierte en mesa de despacho, asesinar a personajes inocentes solo porque la violencia gratuita le resulta graciosa, idear una ley que declara legal cualquier tipo de crimen cometido en el aire (y que provoca la aparición de un zepelín donde todas las degeneraciones, excepto fumar, están muy bien vistas), y arriesgarse con un guion que mata a miembros principales del reparto (a algunos de ellos en más de una ocasión) o los convierte en malvados sin que nadie se preocupe por la coherencia de lo que está ocurriendo.

Reducir el metraje a once minutos por episodio también le beneficia, porque una vez extirpada la morralla lo que quedan son gags encadenados y la sensación de que todo es un sketch enorme al que no le apetece perder el tiempo. Gracias a esa condensación extrema, el show es capaz de mostrar a Monsanto haciendo explotar a un delincuente con un puñetazo de técnica milenaria para, en la siguiente escena, ponerlo a cargo de la familia del finado arrastrado por la culpa y, dos minutos después, encamarlo con la abuela de la prole. La autoconsciencia del desmadre es evidente: uno de los episodios se presenta como un mockumentary sobre los marshals donde se recopilan algunos segmentos de anteriores entregas. En un momento dado de dicho falso documental aparece Conan O’Brien explicando cómo se inspiró en Chris Monsanto para producir una serie a lo Walker Texas Ranger. Una ficción dentro de la ficción que, según el showman, se quedó sin presupuesto a la altura del tercer capítulo y tuvo que tirar por refritos de escenas de los dos anteriores. 

Wtf. Imagen: Adult Swim.

A la altura de la tercera (y última) temporada, a los creadores de Eagleheart se les va la pinza demasiado al tejer una trama más extensa para conectar capítulos que hasta entonces habían sido autoconclusivos. Una historia subtitulada «Paradise Rising» y numerada como les sale del apio a sus responsables, la temporada tiene diez entregas pero en la historia el desenlace acontece en el episodio setecientos y pico. En esta última remesa, los guionistas siguen siendo capaces de salpicar su creación con locuras brillantes, como el personaje que se clona a sí mismo en diferentes versiones mutantes para montar una banda de rock progresivo, pero también se pasan de frenada con el disparate: a mitad de temporada, Norteamérica adquiere forma física sin venir a cuento y secuestra al protagonista a punta de pistola para embarcase en una huida, narrada en primera persona desde el punto de vista del país, cargada de drogas, violencia y prostitutas.

Eagleheart: Paradise Rising. Imagen: Adult Swim.

Eagleheart es una bobada autoconsciente que ejerce como metadona para aquellos que echan de menos Búscate la vida y estaban esperando ver a Elliott protagonizando de nuevo un chifladura que le diese cancha para ser aquel Chris que conocemos. Un producto que se divierte muchísimo con las salpicaduras de sangre y en ocasiones luce unos efectos especiales tan cutres como para que los films de The Asylum parezcan piezas de la Industrial Light & Magic. Pero al mismo tiempo es una serie donde los vagabundos son seres mágicos de otro planeta que surcan el espacio pilotando contenedores, y un programa donde el protagonista se convierte en un artista famoso vendiendo los muros salpicados por las entrañas de aquellos a quienes cose a balazos. En el último episodio (¿spoiler? ¿qué más da?) la humanidad se quedaba embobaba con una serie protagonizada por un par de manzanas pochas, que un espectador calificaba como «tan mala que es buena», una función que todos contemplaban de «forma irónica». En las redes sociales, Chris Elliott bromeaba al promocionar la venta online de los DVD de Eagleheart anunciando que, si el comprador lo requería, ellos podían especificar en el paquete que el envío contenía pornografía infantil, para que los carteros no se alarmaran demasiado. No hay manera de sentarse de forma irónica ante Eagleheart, porque aquí todos sabemos a lo que hemos venido.

«¡Sky crime!». Imagen: Adult swim.


Carnivàle: gran noria del mundo + demonio + carne

Carnivàle (2003–2005). Imagen: HBO.

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El verano en Madrid es el mejor momento para volver a ver la serie Carnivàle: tenemos sol de injusticia, noticias del fin del mundo y rachas de viento sin una gota de agua. Ideal para las dos únicas temporadas de la serie que HBO estrenó con gran éxito en 2003 y canceló de manera fulminante en 2005. También he vuelto a ver Carnivàle porque leí que Guillermo del Toro iba a realizar una nueva adaptación de la novela Nightmare Alley, de William Lindsay Gresham, personaje este digno de un biopic. La novela ya se llevó al cine en la década de los cuarenta, la dirigió el británico Edmung Goulding, y aquí se tituló El callejón de las almas perdidas. En mi opinión, es una de las películas más estremecedoras de la historia; nada que envidiar, por ejemplo, a Freaks, de Tod Browning, pero en clave noir y más estilizada que el crudísimo texto de la novela. Espero ver a Leonardo DiCaprio en un papel que le viene realmente bien, de charlatán-mentalista sin escrúpulos, que interpretaba en la primera otro actor de carrera y profundidad parecidas, el gran Tyrone Power. Aunque dudo si se podrá superar alguna vez el ambiente malsano de esa película, el relato tenebroso de la caída de ese personaje, desde la alegre feria de circo en la que empieza hasta la inmunda caseta de fenómenos donde acaba. Me preguntaba qué necesidad había de esta nueva adaptación, cuando una serie como Carnivàle permanece en el limbo, sin concluir. Serán asuntos de la mercadotecnia. 

Hay tres motivos por los que sigue siendo mucho más recomendable ver Carnivàle que un batallón de series completas. Primero, y la principal: es un drama gótico ambientado en la Era de la Depresión, que narra las andanzas de una feria ambulante, con atracciones mecánicas, shows eróticos y exhibición de fenómenos (freaks), pero con trasfondo sobrenatural. La idea de utilizar en televisión una barraca de feria para componer un relato sobre la condición humana es más que atractiva. Que yo recuerde, este tema solo lo había tocado el cine, y salvo algunas referencias de pasada; por ejemplo, aquel episodio memorable de Expediente X, «Humbug» (1995), la no tan memorable temporada de American Horror Story (2014), y el formato documental, sigue siendo muy raro de ver. 

Carnivàle (2003–2005). Imagen: HBO.

Segundo, solo estas dos temporadas ya resultan un festín para el fan del drama social, los sideshows, los conflictos religiosos y el horror apocalíptico. Son un espectáculo gigantesco, tanto por el contenido (docenas de personajes, a cuál más fascinante y meticulosamente trazado, con distintos matices y evolución de su comportamiento, y una multitud de referencias poéticas, visuales, religiosas y políticas, entre el retrato social y el género de terror), como por la factura, un cuidada y lujosa puesta en escena, ambientación y fotografía, con excelentes interpretaciones, muy parecido a lo que se hizo en la serie Deadwood, también del mismo canal, y también suprimida antes de tiempo. En eso reside la grandeza de Carnivàle, pero también su debilidad, y por eso fue cancelada, a pesar de las protestas de sus fans más acérrimos. Era carísima de producir (leo en los foros de televisión que se llegaron a gastar cuatro millones de dólares en algún capítulo, y no lo dudo), y el público, tras un recibimiento entusiasta, se fue cansando de tantas subtramas, y una acción que se desenvolvía, unas veces deslumbrante y otras no tanto, pero siempre lenta, demasiado lenta para nosotros, espectadores con déficit de atención, acostumbrados a ver varias películas al mismo tiempo, con dos realities entre medias, y todo a doble velocidad, sin enterarnos mucho, ni querer tampoco enterarnos. Pero la última palabra la dijo HBO. No es una serie especialmente complicada ni tan densa como parece, pero quizá los temas que aborda no eran los adecuados para un canal de entretenimiento.

Tercero, aunque no finalizada, y quedando sin resolver muchos enigmas, la serie se puede comprender como un todo desde el primer capítulo, en el que nos presentan su esquema principal, y yo diría casi su desenlace. Ya está en el misterioso monólogo que recita Michael J. Anderson nada más comenzar el primer capítulo.

«Antes del principio, tras la gran guerra entre el cielo y el infierno, Dios creó la tierra y le concedió su soberanía a un astuto simio a quien llamó hombre. En cada generación, nacerían una criatura de la luz y una criatura de las tinieblas; grandes ejércitos lucharon en la oscuridad, durante la antigua guerra entre el Bien y el Mal. Por entonces existían la magia, la nobleza y una crueldad inimaginables. Así fue hasta el día que un falso sol explotó sobre Trinidad, y el hombre cambió para siempre la magia por la ciencia».

Como la noria que preside cada capítulo y sus ejes luminosos, unas veces estrella recta y otras invertida, Carnivàle representa un círculo que gira sobre sí mismo y empieza donde termina, hasta que llegue el momento de su revelación o destrucción. Porque de eso trata la serie: sobre las andanzas de esta singular feria ambulante, en lucha contra los elementos de la naturaleza, las adversidades económicas y los problemas de convivencia de sus integrantes, Carnivàle narra una historia vieja como el mundo, que bebe (un tanto atropellada) de referencias bíblicas, ciertas ideas del gnosticismo y cultos mistéricos, pero, sobre todo, de los mitos populares que cimentaron los Estados Unidos (la inmigración, la guerra, el racismo, el folclore europeo, desastres naturales y civiles, como tormentas o descarrilamientos de trenes, iglesias fundamentalistas, etc.). En ella se libra el eterno enfrentamiento entre padres e hijos, hombres y mujeres, el bien y el mal, ángeles celestiales y demoníacos, los falsos profetas contra los buenos creyentes, la magia y la razón,  y predice con sus acontecimientos lo que llevaría al mundo a una segunda guerra mundial, tras una crisis económica y un surtido de plagas naturales. 

La caravana de Carnivàle viaja montando su espectáculo por la ruta más inhóspita posible, el «cinturón de polvo»: territorio comprendido entre los estados de Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México y Colorado, cuando por efecto de la sequía y un uso indebido de la roturación del suelo, se produjeron en la década de los años treinta unas terribles tormentas de polvo que arruinaron las ya escasas cosechas, por si no había sido suficiente con los efectos de la Gran Depresión, que habían movilizado a miles de personas en condiciones penosísimas. Recordemos aquellas procesiones de inmigrantes en dirección a los campos de California, que se hacinaban en inmundos campamentos, y a quienes retrató John Steinbeck en Las uvas de la ira (y la adaptación al cine de John Ford, de la que Carnivàle toma prestada su iconografía, además del trabajo de fotógrafos como Dorothea Lange). Por qué la feria se obstina en ir dando tumbos por este decorado de pueblos fantasma, como si fuese el extraño pueblo elegido en su travesía por el desierto de las llanuras, será una de las claves de la narración. Pero hay muchísimas más…

Génesis de Carnivàle

El creador de la serie, Daniel Knauf, es un guionista y productor que no ha tenido demasiada suerte. Especializado en guiones de terror, hasta entonces había estrenado productos de serie B, como Blind Justice, Wolf Lake y la película Descenso a las tinieblas, donde firmaba con el pseudónimo de Wilfred Schmidt, en homenaje al ocultista californiano Wilfred Talbot Smith. Cuando casi la había olvidado, los ejecutivos de televisión se interesaron por su historia, y Knauf, incrédulo, se puso a escribir la primera temporada, arropado por un presupuesto millonario y toda la libertad que HBO permitía. Carnivàle nace de la fascinación de este guionista por las ferias de fenómenos (la misma obsesión que llevó a Gresham a escribir Nightmare Alley) y su experiencia personal: como consecuencia de la polio, su padre permaneció en una silla de ruedas toda la vida. Esa convivencia con una persona «diferente» le marcó a la hora de concebir una historia sobre personajes marginados, que viven según sus propias reglas, pero comparten las mismas virtudes y defectos que el resto.

Era también una oportunidad para que los protagonistas no fuesen los estereotipos habituales. Knauf no quería jóvenes musculados y jóvenes siliconadas, sino seres humanos que casi nunca aparecen en la televisión: bailarinas exóticas con otras hechuras, gigantes y forzudos, contorsionistas, siamesas, hombres-lagarto, hermafroditas, mujeres barbudas, y un enano como administrador del negocio, que trabaja a las órdenes del misterioso «gerente», que no sale nunca de su roulotte y habla tras una cortina (como el Mago de Oz, pero más siniestro). Todos ellos, más los trabajadores que montan y desmontan los cachivaches, forman una familia desarraigada y paupérrima, en nada distinta de las otras familias de campesinos, delincuentes y hillbillies que van encontrando por el camino, todos huyendo del hambre, la violencia y el rigor del entorno.

Carnivàle se despliega, desde la extrañeza de este planteamiento, en una panoplia de historias con doble interpretación. El tema central, según su creador, sería el destino de cada personaje, y por causa de sus actos, el de toda la humanidad, porque la feria servirá de cobijo y séquito a la encarnación del Bien, un convicto de asesinato fugado de la justicia, que tendrá que luchar contra el abanderado del Mal, encarnado en un pulcro sacerdote anglicano. La lectura mágica se yuxtapone a la lectura dramática, y creo que la serie se hace realmente atractiva por esta última, más allá de la historia de enfrentamientos entre el Bien y el Mal y demostración de poderes sobrenaturales. Lo que fascina de Carnivàle es la indefinición de sus criaturas, el mensaje contradictorio que ofrece su imagen frente a las ideas que expresa. En un lado, Ben Hawkins (Nick Stahl), el avatar bueno, un tipo que tiene un don increíble, puede dar la vida y curar las enfermedades, pero que ha huido de una cuerda de presos por cometer asesinato, y se comporta como un auténtico zoquete, renegando de esta carga. En el otro, el padre Justin Crow (Clancy Brown), un reverendo que solo quiere cumplir la palabra de Dios, ser recto y fiel a los mandamientos, pero el destino le tiene reservado el papel de emisario del mal.

En Carnivàle se hace bien patente esa diferenciación de las ideas frente a su imagen. En la fractura, el Bien es un agente pasivo y nada fascinante ante nuestros ojos, que usa sus poderes, primero, con miedo; después, con pena, y por último, como una pesada responsabilidad. Al principio, los demás tratan a Ben como un desgraciado y, cuando conocen su don, lo van a reverenciar a distancia, como el verdadero extraño, el auténtico freak intocable (¿qué habrá sido del actor, Nick Stahl?). Por el contrario, el Mal se presenta como un poderoso y activo catalizador (evoquen el físico y la voz de Clancy Brown), que consigue arrastrar a las masas con el poder de sus palabras, pero utilizando los adelantos de la ciencia: la radio y la publicidad, para llegar a la mayor cantidad de personas. La cháchara cristiana de Crow es completamente sincera en su boca, aunque desprovista de conciencia y significado (como lo era la del reverendo Elmer Gantry, incluso la del pastor enloquecido de Sangre sabia) y hace mella en el corazón de los infortunados que acoge en su campamento, mucho más que el discurso populista que enarbola el político que se le arrima, cuyas frases podía repetir, sin quitar una coma, el actual presidente Trump o cualquier otro iluminado populista.

Ambos, Hawkins y Crow, giran como la noria hacia un destino que ninguno de los dos habría querido ni imaginado: el primero, ser un bendito, la encarnación del bien; el segundo, el maldito mensajero de la destrucción. No voy a destripar la serie, pero Daniel Knauf ya tenía pensado el desenlace, y este se iba a dirimir, tal y como explica Samson cuando menciona la explosión del sol, en un escenario de política-ficción muy cercano al de la novela de Stephen King La zona muerta

Sobre el enfrentamiento mágico, la serie se pierde en una espiral de referencias al apocalipsis bíblico, los evangelios gnósticos, una orden templaria y los símbolos que encierran las cartas del tarot, omnipresentes desde los títulos de crédito, pero que solo funcionan de brillante accesorio o decorado adicional al verdadero núcleo de la trama: los personajes y su lucha por el poder, el amor y la supervivencia, desde la otredad física y social, y en un espacio perfecto para la magia, donde los límites entre el sueño-realidad, la verdad-engaño y el bien-mal se desdibujan, porque la serie nos sitúa en una feria (y en un campamento religioso: la serie iguala a las iglesias fundamentalistas con el circo); más aún, nos permite cotillear detrás de los escenarios de las casetas y en el interior de las roulottes. Solo el mundo de los sueños (todos violentos y terroríficos, que persiguen a los protagonistas) es clave en la trama; en eso, tiene más que evidentes conexiones con el universo de David Lynch.

Es especialmente tremenda la historia de la familia Dreyfuss, madre y dos hijas (Cynthia Ettinger, Carla Gallo y Amanda Aday) a quienes presenta su propio padre (Toby Huss, siempre magnífico) en un show de baile sicalíptico, y después vende como prostitutas. La promesa malograda del béisbol, el noble Jonesy (Tim DeKay), se convierte, al mismo tiempo, en el arcángel Miguel de la contienda, el capataz de la obra y el objeto del deseo de las mujeres Dreyfuss. La mujer barbuda (Debra Christopherson) es una persona sofisticada que adora al vidente ciego, quien tiene el don de leer los sueños de la gente: ambos actúan como el coro griego de la narración. Para relación trágica, la de la madre catatónica, Apollonia (Diane Salinger), y su hija, Sophie (Clea DuVall), que lee el tarot a los pueblerinos y ambas se comunican telepáticamente. La camaradería entre los freaks, el hombre lagarto y las siamesas, el hermafrodita y la mujer serpiente de la segunda temporada, en más de un capítulo recrean fielmente actitudes y planos de Freaks. Y los dos «avatares» anteriores a esta generación, que planean en toda la historia: ese «gerente» de la feria en la sombra, al que solo escuchamos (en la voz cavernosa de Linda Hunt) y sabremos quién es en la segunda temporada, aunque aparece de forma recurrente en los sueños de los protagonistas, y el enigmático Henry Scudder (Jon Savage), a quien Ben busca desesperadamente en la primera.

En el lado de los «piadosos», también hay un buen puñado de personajes e historias: la extraña relación entre Justin y su hermana Iris (Amy Madigan), y los orígenes familiares que los conectan con la feria… El personaje del locutor de radio, los mandos superiores de la iglesia, y esos concejales, que siempre aparecen cuando huelen el dinero. Por encima de todos, la prodigiosa figura de Samson (engrandecida por el trabajo de Michael J. Anderson), que representa al ángel custodio de la feria, el padre/madre que vigila cada una de las criaturas del negocio.

Carnivàle (2003–2005). Imagen: HBO.

Luces de la feria (sin spoilers)

-La tormenta de arena. El cuatro episodio, «Black Blizzard», es espléndido, por los efectos especiales y las historias de los dos protagonistas, Crow y Hawkins (los apellidos no son al azar). El primero tiene que contemplar, impotente, cómo su iglesia, el refugio de huérfanos, queda reducida a escombros a causa de un incendio, y es cuando abjura de su vocación de hombre de Dios. Hawkins, por su parte, queda atrapado en una impresionante tormenta de polvo junto al vidente Lodz. Este le dirá que conoce su don, que será capaz de hacer cosas increíbles, pero va a tener que aprender. Y Ben consigue detener la tormenta. Lástima que el personaje del vidente como maestro jedi (muy bien interpretado por Patrick Bauchau) fuera suprimido, por exigencias de la cadena, en la segunda temporada.

-La trama de «Babylon». La llegada de la troupe a un pueblo minero, arrasado por las tormentas y en apariencia deshabitado (nada que ver con la suntuosa Babilonia bíblica, en una composición de fotografía y decorado que hace prever los peores augurios), se desarrolla en una horrible sucesión de acontecimientos para los protagonistas, con claras referencias a Twin Peaks y una secuencia final aterradora. 

-La música de la feria. Jeff Beal compone una gran banda sonora, que fue justamente premiada y reconocida. La sintonía que abre cada capítulo posee tiene una cualidad espectral, un tono de recitado admonitorio (en ella participan Wendy & Lisa, las instrumentistas que trabajaron con Prince, y en otras tantas películas y series). Sin embargo, los vibrantes y emotivos arreglos de cuerda que acompañan a la acción, tienen otro color, mucho más humano (ciertos ecos de Ry Cooder), por no mencionar la cantidad de fragmentos de grandes canciones de la época que se escuchan en los capítulos, interpretadas por artistas como Jimmie Rodgers, Cab Calloway, Roy Smeck, Bessie Smith, Tommy Dorsey, Patsy Montana, King Oliver… Música sublime, para una serie que deslumbra en la solidaridad, el amor, el fanatismo y la miseria que muestra, todo girando al mismo tiempo.

Carnivàle (2003–2005). Imagen: HBO.


¿Cuál ha sido el alienígena audiovisual más salao?

España pugna por la llegada del telescopio TMT, que permitirá observar los lugares más profundos del universo y examinar el tiempo inmediatamente posterior al Big Bang, han anunciado los medios. Esto es, investigar si hay vida fuera de nuestro sistema solar. Sería un alivio para las tensiones planetarias encontrar vida homologable ahí fuera. Nos compararíamos con ella y no tanto entre nosotros. Nacería el nacionalismo terrícola que aliviaría el estrés que nos causan tantos complejos. Dicho lo cual, a modo de hipótesis, podríamos ir anticipando esas tensiones interplanetarias con los alienígenas más populares que han brotado de la mente humana para ver cómo se nos da. Elija a su enemigo del futuro o añada en los comentarios el que estime oportuno.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Alf

Su planeta Melmac —desgraciadamente desaparecido— tenía campos azules, cielos verdes y aguas naranjas. Los cielos verdes ya los tenemos en las más insignes capitales, pero con lo de las aguas azafranadas sí que le podemos dar con un «la playa de mi pueblo es lo más mejor, en el tuyo el agua está muy fría/sopa, hay muchas olas/sopa», añadiendo un «yo en agua tan naranja no me meto». También come gatos, algo de todo punto censurable, lo que podría aliviar la presión que sufren en Islas Feröe los padres de familia que llevan a sus hijos a destripar ballenas. En un sentido contrario, el Alf televisivo acabó adorando a los gatos y rechazó comérselos, aunque en su planeta formaban parte del ganado habitual, lo que es un claro ejemplo de revelación vegana, por lo que podría haber puntos en común con los melmaquianos que se deconstruyan.


Diana

Uno de esos casos en que los hombres prefieren a una mujer vestida que desnuda. V era una serie que iba a versar sobre antifascismo, pero para los ochenta hubo que darle un satinado y convertir a los fascistas en alienígenas. Su relación con el poder económico y la propaganda estaba muy bien traída, pero capturar el erotismo de Ilsa, la loba de las SS solo era posible si la alienígena no aparecía completamente desnuda, pues bajo su piel humana artificial habitaba un lagarto con cierto aire al Tarado de Pulp Fiction solo que en verde. No hay nada que se pueda contar de los efectos beneficiosos de los reptiles procedentes de la órbita de Sirio que no apareciese en la propia serie. Trajeron el final de los conflictos raciales, particularmente entre estadounidenses, y ayudaron a potenciar el I+D a la vieja y efectiva usanza: inventando nuevas armas de destrucción masiva. Seguro que, tras la victoria, echarle un poco de polvo rojo al tofu fue bueno para la próstata.


Starman

Robert Hays en Starman tenía un repertorio de muecas muy distinto al que ofreció en Aterriza como puedas. En la serie, el alienígena al que interpretaba ponía carita de perro mojao y entraban ganas de darle un euro. Sin embargo, no hacía falta. Por un agujero del bolsillo se sacaba un testículo luminoso que solucionaba todos sus problemas. No es difícil imaginarse a los guionistas discutiendo «¿y qué superpoder le ponemos a este alienígena, cómo podrá ir superando las adversidades que se le presenten?» —«Que las supere por cojones, pero entrégame el puto guion ya». Dicho y hecho. La parte hermosa es que el padre alienígena le enseñaba capítulo a capítulo a su hijo a emplear correctamente su cojón mágico. Con muy buen criterio, el FBI les consideraba a ambos «una amenaza para la humanidad», toda vez, es más recomendable, incluso en los Estados Unidos de América, resolver los problemas por consenso que por los cojones morenos.


Drac Jeriba

El alienígena de Enemigo mío, obra infravalorada del gran Wolfgang Petersen, venía de una civilización que había resuelto los problemas de género. Los drac, su especie, se reproducían de forma asexual. Jerry, el protagonista, era el sueño húmedo de José Luis Rodríguez Zapatero. Un piloto militar de naves que estaba combatiendo embarazado hasta naufragar en el planeta en el que se encuentra con los humanos. Desgraciadamente, murió en el parto, pero dejó su idioma para la historia de la cinematografía universal, muy parecido al arrullo de la paloma.


E.T.

Dicen las malas lenguas que esta es una de esas películas que Steven Spielberg rodó con su boina roja y un «Detente, bala» colgado del cuello en defensa de la familia. Lo cierto es que él ha reconocido que tan solo expulsó traumas de su infancia. Sea como fuere, nos venía a contar que una especie alienígena achaparrada y cabezona, con una movilidad torpe y ridícula, se preocupaba más de los suyos que los humanos, que no paraban de divorciarse y no escuchase unos a otros. Sin embargo, en una lectura posmoderna, E.T., que no tiene un género definido, aunque en castellano vino presentado en masculino, «el extraterrestre», es feliz cuando lo visten de mujer y cuando se marcha su nave deja como estela un precioso arcoíris. ¿Querría decirnos Spielberg que la vieja familia tradicional dejaba paso a un nuevo modelo menos rígido y más abierto y tolerante?


Mac

En la ignominiosa película Mi amigo Mac solo faltó que pusieran al alienígena a prostituirse en un barco mercante atracado en Algeciras. El film era un spot de cien minutos de McDonald’s y Coca-Cola que copiaba los planteamientos de E.T. de forma descarada. Para lo salao, queda en el recuerdo ver a Mac alimentándose por una pajita. En lugar de escapar en bicicleta, como la criatura del Spielberg, lo hacían en la silla de ruedas del chaval que se encuentra al bicho. Resulta que la NASA, tomando muestras de la superficie de un planeta, lo había absorbido con un aspirador mientras comía con su pajita con sus papás de un agujero, tras arremeter su padre a pedradas con la nave. Tenían las bocas, tanto Mac como su familia, muy parecidas a la del drac, aunque su idioma natal era más cercano al gorjeo del jilguero.


Gremlin

En la película no se explicó de dónde venía el mogwai —el osito peludinchi, no el grupo que toma el nombre de la cultura popular ochentera—, pero en las novelas se contó que era fruto de los experimentos de Mogturmen, un alienígena metido a científico que investigaba con biotecnología genética cómo crear una mascota dócil y delicada. Su creación fue el gremlin bueno, que en la película su origen se despachaba como que venía de China, que para los estadounidenses de la época, y quizá también los de ahora, ya quedaba tan lejos como un planeta de otro sistema solar. La gracia del mogwai es que si se mojaba aparecían unos bichos mucho más divertidos que él que, en la segunda parte de la saga, llegaban a tener alas. Hubiera sido una saga muy divertida de no tener como banda sonora una de las típicas marchas fúnebres de Peter Gabriel.


Critter

Si Mac fusilaba a E.T., Critters hacía lo propio con Gremlins, que había sido un taquillazo. La gracia de estos bichos, pequeños y peludos, fuertemente dentados, era que no eran veganos. Devoraban todo a su paso. Por comer, llegaban a comerse un E.T. hinchable, souvenir de la película. Para que los niños practicaran en casa, dejaban una bella escena en la que uno se tragaba un cartucho de dinamita encendido y le explotaba en las tripas. E.T. tendría mejor acogida en taquilla, un recuerdo imborrable en la memoria de niños impresionables, igual que los gremlins, pero en el videoclub los que causaban estragos eran estas bolas peludas dentadas, que de paso convertían a los niños en fans del AOR con el par de temones que tenía la cinta.


Zod

Su irrupción en la política estadounidense en Superman II se da un aire a la de algunos líderes carismáticos españoles de la última hornada. Zod, que llegaba del espacio como los critters, tras escaparse de una prisión estelar, parecía salido de un anuncio de productos masculinos. Como una máquina de afeitar con cabezal extraíble o calzoncillos Abanderado para el policía nacional duro de pelar. Le acompañaban Nod, para repartir yoyah y Ursa, interpretada por una extraordinaria Sarah Douglas que luego fue lagarta de V —asesinada por Diana— y musa contratante de Conan contratista. Sin embargo, por mucho que brillara el equipo, ahí mandaba Zod. De hecho, toda su ideología como líder se reducía a «aquí manda mi polla». No es difícil imaginar a un Zod firmando papers que refutan todo lo habido y por haber y anuncian un orden nuevo que deberá ser auspiciado por él desde un observatorio subsidiario de la administración pública o moriremos todos. Su lema, al menos, resume en tres palabras toda la política contemporánea sea del signo que sea: «Arrodíllate ante Zod».