El futuro del sexo o el sexo del futuro

Ruby, Marine y Olive (Tilda Swinton) en Teknolust, 2002. Fotografía: Blue Turtle / Epiphany / Hotwire / ZDF.

Erróneamente, se suele esperar de algunos profesionales, como, por ejemplo, de los psicólogos, que seamos capaces de leer la mente de nuestros interlocutores, de predecir el comportamiento de una persona o de imaginar cómo evolucionará una relación de pareja. En ocasiones se nos atribuyen unas cualidades casi mágicas totalmente alejadas de la realidad. Sin embargo, en esta ocasión, apoyados en lo que la sexología nos cuenta de la evolución social, cultural, ética, legal, etc., de algo tan complejo como la sexualidad humana se puede intentar imaginar cómo será, en un futuro próximo, eso: el sexo. 

Nos animamos a fantasear con un futuro porque, de alguna manera, asumimos que existirá uno en el que el sexo siga presente, no solo como proceso aún necesario para la procreación y perpetuación de la especie, sino también como fuente de conocimiento, placer y disfrute tanto individual como compartido.

El futuro es un tema recurrente en novelas, ensayos, películas, congresos científicos, publicaciones, etc. Pero ¿qué emociones despierta en el ser humano? ¿Interés? ¿Curiosidad? ¿Fascinación? Seguramente, también incertidumbre. ¿Preocupación? ¿Ansiedad? Desde hace décadas, uno de los principales motivos de consulta en los gabinetes psicológicos es la ansiedad, que no es ni más ni menos que el miedo al futuro. Ese temor difuso hacia lo que podría acontecer y que sospechamos que no podremos controlar. ¿Hemos de tenerle miedo? Veamos.

Cuando pensamos en el futuro es casi inevitable que nuestros sesgos tiñan de tecnología el entorno en el que imaginamos que nos relacionaremos, moveremos, aprenderemos, en el que, en resumidas cuentas, viviremos. De hecho, ya está pasando. En el presente aprendemos, nos informamos, nos comunicamos, nos relacionamos a través de dispositivos capaces de trasmitir pensamientos y emociones a cientos de kilómetros en décimas de segundo. Existe un almacén virtual de ingente información codificada en ceros y unos que solo los artilugios con características similares a los ordenadores, móviles o tablets pueden convertir en información sensible a nuestros humanos sentidos. ¿Será también así para el sexo y las emociones que lo rodean?

Sexo y futuro. Futuro y sexo. Es casi inevitable que estas ideas se asocien con conceptos tales como el sexo virtual, los robots sexuales, la juguetería erótica o las aplicaciones para ligar mejor, para tener un mejor sexo, y con mejor no nos referimos solo a eficacia y habilidad, sino también a la consecución de una de las mayores aspiraciones del ser humano: sufrir menos. 

De la virtud a lo virtual

Es difícil imaginar un futuro sin echar la vista atrás. En el pasado el sexo estaba asociado a dos curiosas palabras: virtud y vicio. Era importantísimo saber cuándo estaba justificado y cuándo era pecado. Escribir sobre ello no es algo nuevo. De hecho, podemos encontrar en la Biblia una suerte de guía del buen sexo: el Cantar de los Cantares. En él, los amantes hablan de manos que gotean mirra (5.5) y abdómenes tallados en marfil (5.14). Versos llenos de metáforas que educan acerca del amor y las relaciones sexuales. 

En la actualidad, tras varias revoluciones (algunas de ellas sexuales), vivimos un presente más libre, liberado, incluso libertino para algunos, en el que las nuevas tecnologías nos permiten experimentar nuestra sexualidad de formas menos corpóreas y más virtuales. Puede que Tino Casal lo augurara, sin saberlo, en su tema «Mañana», cuando cantaba sobre «el nuevo sexo libre, al fin, de polvo y paja». Quizás se refería al cibersexo y el sexting, a la pornografía en realidad virtual, a las experiencias sexuales en realidad aumentada o a la posibilidad de desarrollar programas y tecnologías capaces de permitirnos tener relaciones sexuales con un holograma, alcanzando unas cotas de inmersión tanto o más reales que la vida misma. 

¿Hacia qué futuro nos lleva este presente? En 2015, El Instituto Nacional de Investigación sobre Población y Seguridad Social de Japón publicó un informe que indicaba que el 42 % de los hombres y el 44 % de las mujeres de entre dieciocho y treinta y cuatro años era virgen. ¿Indicaban estos datos que el deseo sexual estaba desapareciendo? Quizás existiera una tendencia que explicara y justificara su falta de libido, si no fuera porque al año siguiente se vieron obligados a clausurar un festival de pornografía de realidad virtual por exceso de público. De modo que ¿no hay deseo? ¿O lo que no hay es deseo de hacer inmersión en la vida real para tener relaciones sexuales? ¿Perderemos lo real en favor de lo virtual?

Pris Stratton (Daryl Hannah) en Blade Runner, 1982. Fotografía: The Ladd Company / Shaw Brothers / Warner Bros,

Del sexo con juguetes a la gamificación del sexo

La juguetería erótica tampoco es reciente en la historia del ser humano. Los expertos han encontrado falos prehistóricos en yacimientos arqueológicos en diferentes puntos del planeta. Algunos les atribuyen una función simbólica relacionada con la fertilidad y la fecundación; otros, en cambio, sostienen que podrían haber tenido la misma finalidad que los dildos en la actualidad. Quizás nunca lleguemos a saberlo. En el pasado también queda la invención del primer vibrador, historia maravillosamente novelada en la película Hysteria (2011). 

Hoy en día tenemos todo tipo de juguetería con tecnología punta: los vibradores se cargan como el móvil, con cables USB; algunos tienen mando a distancia y/o aplicaciones en el móvil que permiten provocar en la pareja todo tipo de sensaciones sexuales sin necesidad de tocarla, sin necesidad de estar en la misma habitación, ¡ni siquiera en el mismo continente! Por poder, se puede hasta besar con un artilugio llamado Kissenger.

Por otro lado, los wearables han llegado al sexo. Existen pulseras cuantificadoras para el pene. Lovely es un anillo vibrador que, además de estimular el clítoris durante la penetración, cuantifica calorías, la velocidad alcanzada durante el coito, el número de repeticiones y la fuerza empleada. Además, tiene una app que emplea toda esta información para facilitar consejos y mejorar la vida sexual del usuario. Puede sonar totalmente lógico, teniendo en cuenta la evolución de las tecnologías y el gusto del ser humano por la eficacia y la eficiencia. Sin embargo, no deberíamos dejar de preguntarnos si es conveniente marcarnos también objetivos cuantificables en una actividad tan emocional y lúdica como es el sexo. 

Los expertos hablan de un futuro en el que habrá geles lubricantes con nanorrobots capaces de generar sensaciones placenteras, de provocar orgasmos rápidos e intensos porque estos irán aprendiendo, serán programables o los manipulará nuestra pareja sexual desde su móvil. Parece ser que también nos colocarán implantes que nos permitirán controlar nuestro placer simplemente con el pensamiento o presionando un botón. En los años cincuenta, Olds y Milner implantaron electrodos en el cerebro de una rata para investigar el sistema reticular del cerebro medio. Por error, los implantaron en una zona más adelantada conocida como septum pellucidum. De forma inesperada, se dieron cuenta de la querencia de la rata por esa estimulación. Entonces, introdujeron un elemento típico del condicionamiento operante de Skinner: una palanca que permitiera al animal estimularse a sí mismo. Lo que sucedió fue que las ratas prefirieron accionar la palanca miles de veces (y experimentar la estimulación que el electrodo activaba en su circuito del placer) en vez de comer, beber, cortejar o cuidar de su camada. ¿Tendría o tendrá este sistema resultados similares en humanos?

Resulta llamativo el hecho de que, a pesar de toda la gamificación del sexo, a pesar del desarrollo de artefactos orientados a vivir, compartir y disfrutar de la sexualidad, la gran mayoría están pensados para hacerlo en la lejanía. ¿Se está convirtiendo la distancia en preferencia cuando hasta ahora era circunstancia?

De las muñecas de Famosa a las famosas muñecas

El ser humano es contradictorio y paradójico en muchas ocasiones, por lo que no es de extrañar que manifestemos deseo por el contacto en contraposición al gusto por la distancia. Por mucho que insistamos en la virtualidad del presente y del futuro, no podemos olvidar que vivimos con y a través de nuestro cuerpo. Estamos hechos para lo corporal. Nos gusta ver, nos gusta tocar. 

Los mismos expertos que defienden la función ritual de los falos prehistóricos sostienen que tallas tan voluptuosas como la Venus de Willendorf representan el éxito, la abundancia y la fertilidad. Es muy probable que lleven razón. Aunque también hay quienes apuntan que esculturas de este estilo pueden, también, tener un objetivo erotizante. 

En el pasado reciente también tenemos pruebas de lo relevante que es lo visual o lo táctil en el ser humano: pornografía y muñecas hinchables. En la actualidad ganan terreno las muñecas sexuales o RealDoll X. Hechas de silicona, pelo natural o sintético de altísima calidad, algunas están diseñadas para realizar movimientos en determinadas zonas de su anatomía e, incluso, para emanar calor gracias a unos dispositivos térmicos estratégicamente situados que les dan un toque más real, más humano. En abril de este año se puso a la venta la primera con inteligencia artificial, capaz de mantener una sencilla pero amorosa conversación al más puro estilo chatbot y que promete quererte para siempre. 

Parece que el futuro, en este sentido, es obvio. Sin embargo, ¿serán los robots sexuales, combinación de muñecos realistas e inteligencia artificial, quienes puedan, además de cumplir con las tres leyes de la robótica, cubrir las humanas demandas de la erótica?

Gigoló Joe (Jude Law) en A.I. Artificial Intelligence, 2001. Fotografía: Warner Works / DreamWorks / Amblin.

Del sexo con amor al sexo sin compromiso

En el pasado los matrimonios eran por conveniencia. Apalabrados; en el más estricto sentido de la palabra, interesados. La pasión, el enamoramiento, el amor, quedaban para el o la amante. Eran ingredientes del adulterio, de lo prohibido. 

Con el paso del tiempo se ha podido elegir a quién amar, con quién casarnos, tener descendencia (o no), incluso divorciarnos. El amor y el sexo han podido ir de la mano. Sin embargo, no parece que sea algo que termine de convencer porque, en los últimos años, está de moda el sexo casual, sin complicaciones, sin compromiso, sin amor. Aunque los teóricos de la psique humanan llenan páginas de tinta (y blogs de bytes) reflexionando acerca de los motivos, de los porqués, el para qué es tan antiguo como evidente: el ser humano tiende a la búsqueda del placer y a la evitación del sufrimiento. Parece ser que ahora asociamos problemas al hecho de relacionarnos sentimentalmente. Así que, por qué no buscar sexo (placer) sin complicaciones, sin compromisos, sin sufrimiento; por qué no servirnos de algoritmos y apps para ligar y tener relaciones sexuales. 

¿Qué nos depara el futuro? En este sentido sí me atrevo a hacer una predicción. Creo que los psicólogos y sexólogos siempre vamos a ser necesarios porque, sí, es posible el sexo sin amor, pero no el sexo sin emociones. Y emociones hay muchas. Se puede practicar el sexo desde la curiosidad, el deseo, la pasión, la ilusión, la diversión, etc. Y se pueden experimentar otras tantas después de haberlo practicado: placer, afecto, afinidad, reconocimiento, amor. O decepción, disgusto, dolor, enfado, frustración. Es decir, es imposible arrinconar las emociones, son inherentes al ser humano. Aunque sean negativas. Ni siquiera en la distancia, ni siquiera con robots, ni siquiera sin amor. 

El sexo del futuro que me gustaría 

Un futuro en el que la sexualidad se viva sin miedo, sin culpa y con buena comunicación. Uno en el que las personas podamos ser sexuales y sexuadas. Uno en el que podamos desear y ser deseadas sin ser juzgadas. Un futuro de sexualidad libre y respetada. Uno que no sea ni rosa ni azul. En resumen, uno en el que cada uno pueda, simplemente, ser uno mismo.


Carlos Fernández Guerra: «Los tuiteros somos una élite»

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 0

Carlos Fernández Guerra (Madrid, 1974) es responsable de redes sociales de la Policía Nacional. Se define como un hombre de comunicación. No es policía ni es funcionario. Dice saber poco de tecnología, de seguridad y de leyes. Conoce a fondo la red, a la que está todo el día conectado. Con una trayectoria de periodista en comunicación empresarial e institucional, empezó en la policía por casualidad, con un proyecto para la implantación del DNI electrónico. Define el trabajo de @policia —detrás del cual está el gabinete de prensa, formado por ocho policías licenciados en diferentes carreras de Humanidades que orienta a Carlos en cuestiones policiales y legales— como muy esclavo, siempre pegado a la actualidad y con el objetivo primordial de ser útil.

A raíz del asesinato de Isabel Carrasco el ministro de Interior anunció una operación conjunta de policía y guardia civil para rastrear comentarios en Twitter y ya se han producido varias detenciones. Se ha recuperado un tuit de la policía a propósito de este tema que lleva más de seis mil retuits:

Supongo que al publicar este consejo contabas con asesoramiento legal. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Es que hay muchas cuestiones que paradójicamente no son contradictorias.

¿Mantienes ese tuit?

Absolutamente. Cien por cien. El desear que te mueras es mezquino y miserable, pero no es delito. Hay otras cuestiones que sí lo son: las injurias, los ataques contra la intimidad o el honor. Los artículos que están saliendo estos días del Código Penal, como el 510, están plenamente vigentes. Ya ocurrió con Cristina Cifuentes, entonces tuvimos que decir que desear la muerte es muy mezquino. Creo que como tuiteros debemos avergonzarnos de esa gente y sobre todo de que se les retuitee, porque no son más que meros troles, y se habla tanto de ellos que parece que todos los tuiteros son así. El Código Penal tiene absoluta vigencia. No debemos confundir, para considerarse amenazas siempre hablo de cuatro condiciones: tienen que ser claras, graves, directas y creíbles. Ahora bien, delitos contra el honor hay muchos: la injuria, contra la intimidad… el Código Penal lo deja clarísimo.

¿Crees que el Código Penal vigente contempla los delitos que se pueden producir en las redes?

Yo, que no soy experto en leyes ni pretendo serlo, creo que es imprescindible que la justicia actúe inmediatamente y que a lo mejor nos tenemos que adaptar porque el Código Penal se ha quedado corto. Si el que difundió el video de Olvido Hormigos se ha ido de rositas, está claro que eso hay que mejorarlo. No obstante, no olvidemos que hay muchas cuestiones que el Código Penal encierra suficientemente. ¿Se puede mejorar? Sí. ¿La realidad social siempre va por delante de la ley? Sí. De hecho las leyes se hacen para afrontar estas realidades.

No solo como responsable de la cuenta de @policía, sino como tuitero, ¿crees que la imagen de caldo de cultivo de la violencia y el odio se corresponde con la realidad?

En absoluto. En primer lugar el problema lo tenemos los tuiteros. Yo lo soy, aunque desgraciadamente me puedo dedicar menos de lo que quisiera a leer, a disfrutar de Twitter como espectador en mi cuenta personal. Hemos dado demasiada bola a esa chusma —que no sé si son delincuentes o no ni es mi problema— aunque sea para decir que nos dan asco. A lo mejor no teníamos que haber hablado de ellos. Tenemos muchos ejemplos en los que hemos hecho mal entrando al trapo de troles. Como el ejemplo de «Mueren Pocas», que es un perfil muy conocido. Son troles que pisan la ley para frivolizar con la violencia de género. Es un juego de enfermos sociales. La gente se lo envía a los influencers, como los llaman ahora, y lo que hacen ellos es dar una publicidad brutal. Cuando se produce el asesinato de Isabel Carrasco de repente se lía la mundial. Se producen dos fenómenos: por un lado todo el mundo intentando dar información inmediatamente y por otro los mensajes poco afortunados, crueles, miserables y alguno que supuestamente puede ser delictivo o atentar contra el honor.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 1

Un usuario de Twitter, siendo una red selectiva, no percibe esa supuesta oleada de mensajes si no lo ha elegido.

No, el problema es que muchos de nosotros cometemos el error de que para despreciar a alguien lo retuiteamos y entonces le damos publicidad. En el tema de pornografía infantil se está intentando educar a la gente desde este grupo de redes sociales para que no se retuiteen perfiles de este tipo. Pues esto es exactamente igual, en primer lugar, si tú sigues a este perfil, háztelo mirar. Pero, ojo, recordemos, el 99,9 por ciento de los tuiteros somos gente normal.

De hecho, colaboran para combatir el crimen según se afirma desde la policía.

Colaboran de una forma impresionante. No solamente eso, yo creo que somos una élite respecto a los que no lo son —permíteme ser así de cretino y egocéntrico como tuitero—, siempre he pensado que estamos por encima de la media en distintas cuestiones.

Tampoco parece lógico considerar especial a la gente que utiliza internet, tal vez Twitter sí es más minoritario, pero la mayoría de la población usa la red.

Me encantaría que fuera así y que también se tuviera en cuenta quién usa internet y para qué. En el fondo nos parecemos muchos menos de lo que parece. Yo no me bajo música, básicamente porque ya no me acuerdo. Cada uno utiliza internet de una manera y eso nos define. Desgraciadamente lo uso en el noventa por ciento por el tema laboral, lo hago también como periodista porque me gusta leer. Twitter lo utilizamos para cosas superdivertidas la mayoría de la gente y luego hay núcleos muy obsesos, déjame emplear esta palabra. Las redes sociales tienen, al igual que tenían antes los foros, un elemento cohesionador, radicalizador. Yo no estoy en uno de ellos pero desgraciadamente observo la reacción y en este caso ha sido de mal gusto y sobre todo muy exagerada, muy publicitada por todos…

A eso iba. De un tuitero de seiscientos seguidores, que tú sabrás calcular la repercusión que puede tener, se han publicado tuits traducidos al castellano en varios diarios y en televisión. Dado que uno de los requisitos de estos presuntos delitos es la publicidad, ¿no es un tanto contradictorio?

Con los troles hay que jugar con inteligencia. No puedes premiarlos. Yo hablo con muchos periodistas amenazados, injuriados, y les pido por favor que no premien al trol, porque le estás dando una fama que no merece. Hay que hacer una comunicación inteligente, pero también te digo que a veces hay que dar un aviso a navegantes.

Esta repercusión no se ha producido por Twitter, sino por la prensa y los cuerpos de seguridad que han facilitado esos datos.

Sí, pero creo que es útil decir «ojito». El aviso a navegantes es muy bueno.

Entonces, ¿es una operación de advertencia?

No, no; el aviso a navegantes de que no todo sale gratis, de que no eres impune. Es muy importante concienciar a la gente de que tienes que responsabilizarte de lo que cuelgues en internet. Hay gente que cree que dejas algo en internet y no pasa nada. Es más bien al contrario: dejas una huella impresionante. En la calle yo te puedo decir cualquier cosa con la grabadora apagada y es tu palabra contra la mía; en internet, no. Creo que es muy importante y muy positivo concienciar a la gente. Estamos formando a la gente en un ámbito relativamente nuevo. La injuria, con la publicidad que le hemos dado todos los medios, igual no es tan buena porque si yo fuera familiar pensaría, ¿tanto la odiaban? Y eso es mentira.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 2

Algunos de esos tuits tal vez no habrían llegado a la familia. Ahora sí, y además van a quedar en las hemerotecas para siempre.

Sí, pero a veces hemos sido todos muy ingenuos. Te pongo los ejemplos de «Mueren Pocas», de anorexia y bulimia que hay gente que frivoliza, pornografía infantil y demás. Al final el efecto Streisand, que llamamos en comunicación, apareció absolutamente. Hay una serie de tuis en que las unidades operativas de uno de los dos cuerpos de seguridad, policía y guardia civil, están investigando si hay delito o no. Ahí está el Código Penal.

¿Tú crees que va a quedar en eso, en algo ejemplarizante, o es abarcable hacer una persecución de este tipo de delitos en la red?

Creo que es fundamental que se persigan. Que la injuria no salga gratis…

Pero eso no se puede investigar de oficio. Me refiero a como se ha hecho ahora, ¿es abarcable investigar mensajes violentos no solo a políticos…?

Créeme que los profesionales, y yo conozco a varios, que trabajan en estos temas son muy rigurosos y no van a cometer ninguna idiotez y solamente se limitarían al Código Penal. Además luego está el juez. Creo que podemos estar seguros de la profesionalidad de los distintos agentes e instructores que se encargan de este ámbito que algunos dicen que es muy nuevo pero no lo es tanto, porque poco a poco nos vamos sumando todos. De repente nos encontramos casos que nadie esperaba, hace dos años del caso de Olvido Hormigos que a todos nos indignó, a pesar de que muchos veíamos que esa publicidad no era casual, el derecho sigue ahí y si la gente sale de rositas algo está mal en el Código Penal. En estos casos de injurias, injurias agravadas, delitos contra el honor… hay un montón de cuestiones que el Código Penal persigue y de hecho se imputa por algo, no porque hayas puesto un tuit muy malo.

Me refería a que, como sabes, se han señalado muchos casos similares, incluso algunos denunciados, y si se va a iniciar con esto una campaña para perseguir todos.

Yo siempre pido a la gente: por favor, denuncia. Siempre hablo de tres cuestiones: por un lado, ignora. Seas o no seas famoso. A veces no hay forma de acceder al famoso, antes había un mail, si lo encontrabas, al que dirigirte y/o un foro en el que protestar y el famoso no se iba a enterar. Lo segundo: bloquea. Porque normalmente si eres un político no lo llevas tú, te lo lleva alguien que bosteza cuando recibe un tuit ofensivo o amenazante; pero si eres un periodista, sí. Entonces no le retuitees, porque le animas porque ha sido capaz de joder a «este facha, rojo, madridista, barcelonista…» —que sepas que son mucho más radicales y descerebrados en el tema deportivo que en el tema político—. Tercero: si hay algún posible delito, denuncia.

Has mencionado varias veces a Olvido Hormigos y he observado que los tuits que se envían desde la cuenta de @policía sobre este tema suelen orientarse a no compartir tu intimidad, y esto no es delito.

No, eso es ser inteligente en el uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías.

Pero siempre van dirigidos a la víctima, ¿no hay un trasfondo de criminalizar a la víctima?

No, no, no. Es para evitarle problemas. Porque luego a lo mejor no va a haber delito. O no va a ser nada fácil. Las nuevas tecnologías cambian continuamente y hay plataformas difíciles de rastrear. Hay una red que no es social, que es grupal y que es potentísima pero es peligrosísima. Yo abomino de los grupos de padres, habría que dinamitarlos por ley, porque son capaces de pasar bulos de todo tipo.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 3

Has hecho apología de la violencia…

Es tremendo, créeme, la capacidad que tienen para viralizar todo tipo de bulos. También hay un problemón con el acoso escolar. Nosotros hemos hecho una campaña y hablamos de una problemática que no llega ni a la comisaría: el grupo de WhatsApp que hacen los niños de la clase; bien porque no te dejan entrar en él, que es una forma de acoso, bien porque suben un contenido tuyo. Y luego está el sexting. Practícalo bien, qué envidia, qué suerte… ahora bien, con cabeza; sobre todo en edades muy jóvenes.

Principalmente te diriges a un público…

A un público la mitad de descerebrado que yo.

Aparte de descerebrado… ¿de edad?

Me importa más el público de veinte años que el de treinta y cinco. Me dirijo a todos pero es más prioritario el de veinte o el de quince, porque ellos no tienen nuestra experiencia. Todos sabemos lo que pasa con los novios de los dieciocho años. Y también quiero avisar al novio de que lo va a pagar caro, el problema está en que esa chica no se debe dejar grabar. Hay tantos casos que, para que te hagas una idea, nosotros no lo contamos casi nunca. A mí son los que más me interesan, pero policialmente son tan irrelevantes que apenas lo contamos vía gabinete de prensa. Hay una serie de cuestiones en las que debemos formar a la gente. Los padres tienen que hacer un gran esfuerzo, porque los colegios y los cuerpos de seguridad hemos hecho un trabajo preventivo, pero los padres tienen que poner normas muy claras. Y luego, sobre todo los chicos que sepan ser persona —en mi época se diría «sé hombre» pero a lo mejor ahora no es políticamente correcto—, sé persona para que lo que pase se quede en la intimidad.

Esa estrategia que sigues para conectar con los jóvenes porque es el público primordial para ti, ¿no te pasa un coste al dirigirte en tono de buen rollo a los ciudadanos que estamos acostumbrados a que los agentes se dirijan a nosotros de otra forma?

Es un programa de formación, concienciación, prevención e información desde la Policía Nacional. Ahora bien, si quisiéramos hacer un BOE, la policía ya tiene la Orden General, que utiliza un lenguaje institucional; jurídico, si lo queremos llamar así. Pero queremos hacer algo útil, pagando una serie de peajes brutales. Todo por la utilidad, por saber a quién vamos a llegar, qué vamos a conseguir. Lo bueno de las redes sociales es que se pueden comprobar los resultados. Y no me refiero al número de seguidores, ojo, me refiero al respaldo, a la utilidad, a la concienciación, a ir a los colegios y recibir un apoyo masivo de los profesores. Que toda la sociedad sepa de qué estamos hablando, porque tenemos que concienciar a la gente de cosas tan absurdas pero tan relevantes como no presentar denuncias falsas. Son delitos que cómo vamos a hablar de ellos en una nota de prensa, se lo tenemos que explicar a la gente.

El éxito es indiscutible, no solo por los seguidores, sino por la repercusión. ¿Entre los miembros del cuerpo también se ve bien ese lenguaje de buen rollo?

Es que no es nuestro público objetivo. Ellos igual no lo entienden, me piden mayor representatividad, me piden otro lenguaje y que recuerde que «represento a». Yo les digo que tampoco quiero representar al cuerpo; no soy digno de ello, está clarísimo. No soy representante de la Dirección General de Policía ni del Cuerpo Nacional de Policía. Queremos lanzar una serie de mensajes que yo creo que son muy relevantes. Empezamos en Tuenti con el Plan Contigo, que fue un éxito brutal, y ahora lo hacemos con Twitter, con una viralización masiva, y Facebook. Y ellos tienen que entender que no va destinado a ellos, que hay una serie de objetivos —muy vinculados a la Dirección General de la Policía, eso es cierto— útiles y no queremos utilizar un lenguaje más propio de otro canal.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 4

Publicas muchas acciones de los agentes en colegios y demás, pero cuando ha habido cargas en manifestaciones se opta por el silencio.

Yo he dado tres pasos al frente, ¿eh? El 22 de marzo subí el hashtag #22Mmarchasporladignidad. Pirendo (herramienta de medida de influencia en redes sociales) subió los dos tuits más vistos del 22M y los dio la Policía Nacional. Unos cuantos salvajes reventaron una manifestación de miles de personas pacíficas y yo lo quise contar por una razón muy importante: la gente debe saberlo, y yo tuve prisa por contarlo. En España fueron los dos tuits más influyentes o más vistos. Tenemos la tendencia de mirarnos mucho al ombligo y nos olvidamos de que hay otro país que es Venezuela. Curiosamente no logré ser el tuit más visto en todo el mundo porque en Venezuela me ganaron. Mis dos tuits sí estaban entre los veinte más vistos del mundo, pero eran los únicos españoles, todos los demás de Venezuela, donde estaban viviendo un momento del que apenas hablábamos. Hay gente que me dice que no me mojo, pues menos mal. Las imágenes salvajes de los cien o doscientos reventadores hablaban mucho más que yo. Frente a una concentración legítima. Y solo hemos hablado de ellos. No sé si sería su objetivo, pero solo hemos hablado de ellos. Ya no nos acordamos de por qué se convocó el 22M, qué pedían exactamente; solo hemos hablado de esas imágenes vergonzosas.

Cuando te invitan instituciones extranjeras a dar charlas de comunicación relacionadas con el éxito de @policia, ¿qué es en lo que más se fijan o por lo que más te preguntan?

Me preguntan mucho cómo lo gestionamos, quieren el secreto de la Coca-Cola. También si tengo libertad o no. Se interesan muchas veces, porque no dan crédito, por los grandes hits como el de Breaking Bad porque creen que son los más retuiteados, pero en realidad son los de utilidad como el del accidente de Santiago. Pero sobre todo me preguntan cómo se hace, creen que tengo dos o tres hojas de «así se hace» y que se las daría. Suelo contar cómo trabajo porque creo que no lo van a implantar. Muchos me dicen «es que nosotros somos una empresa seria». Claro, y nosotros no. No te confundas, eres una marca aburrida que no estás orientada al cliente, sino a contentar al consejo de administración. Muchas veces acabo discutiendo en plan provocación. Me encanta discutir de comunicación.

La mayoría de los tuiteros se dirigen a la cuenta de la policía por tu nombre y tú sueles firmar muchas respuestas, ¿crees que es conveniente en una cuenta institucional que se personalice tanto?

Creo que sí. Es más, creo que son todo ventajas frente a otras que no lo hacen. Es la única institución pública que lo hace así, privadas hay muchas, algunas por temas de responsabilidad. Yo creo que es fundamental, dado que soy un poco bocazas, que nadie dude de quién es el culpable. En segundo lugar, cuando llamas a un sitio y te atiende una operadora, te indica su nombre. También lo hacen ahora en atención al ciudadano. Tiene un sentido de compromiso y muchísimas ventajas, pero sobre todo para decir: el que no sabe expresarse es Carlos, no la policía; el que hace un guiño o una broma es el community manager, no la policía.

Ahora que te has hecho famoso como community, ¿has recibido otras ofertas?

Es que yo no soy solo community manager. También soy social media manager, social media strategist, también hago un montón de comunicación offline aquí. No escucharía ofertas para irme de la policía solo de community manager. Estoy en este proyecto, que tendrá final, aunque no sé cuándo, para mí. No me veo yéndome solo de community manager. Pero sí, visibilidad está claro que me da. Para lo bueno y para lo malo. Te atrae moscones, lo cual tampoco es maravilloso. Lo que no he logrado todavía es ligar gracias a ser community de la policía.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 5

Conocerás la iniciativa de la policía de Nueva York para compartir imágenes de su relación con los agentes http://www.20minutos.es/noticia/2120878/0/miles-fotos/policias-violentos-ny/incendian-twitter/, ¿Si se te hubiera ocurrido a ti cómo la habrías valorado?

Se me ocurrió hace cuatro años y dije: no. Pensé que si jugamos sea poniendo yo las reglas del juego. Ahora bien, lo cierto es que se ha sacado todo de madre. ¿Por qué son tan exagerados? Es una anécdota. Es un consuelo ver que en Nueva York son tan sensacionalistas como nosotros. No saquemos las cosas de quicio. Aunque yo entiendo que es gracioso, como otras cosas que me han pasado a mí [ríe], y que a la gente le encantan porque son muy graciosas. Yo no lo hice porque siempre pienso qué recorrido pueden tener y siempre elijo iniciativas controlables. He hecho concursos donde se enviaban también cosas, pero no animaba a ese tipo de cuestiones porque pienso que hay otros canales mucho mejores que las redes sociales. Pero no es para abrir periódicos. El de la policía luego estaba tan contento. Yo no lo estaría. Hay que entender que los troles son como lo que ocurre en atención al cliente, donde nadie te va a llamar para decirte lo bien que lo haces.

Se ha desvirtuado mucho el concepto de trol, ahora es cualquiera que te critique.

No, no, no. En absoluto. Si hay algo que me preocupa es que mis seguidores me critiquen. Si tengo cinco o diez seguidores que me critican un tuit, créeme que pienso que algo no he hecho bien.

¿No es un poco estresante? Porque me he fijado que recibes listas de respuestas puntuando el ingenio del tuit como si fuera Eurovisión.

Hay gente muy paranoica que dice: «te han dado un toque, ¿verdad?» o «Devolvednos a Carlos». Es muy frustrante porque si consigues uno bueno al día siguiente quieres imitarlo y no lo consigues. Si consigues uno que le gusta a la gente, que a veces yo no entiendo ni por qué gusta tanto, quieres repetir y nada.

¿Cuál es la mayor satisfacción que te produce tu trabajo?

Ser útil. Si consigo que no se graben las mujeres, fíjate qué básico soy…

Pero si eso es lícito

Sí es lícito, pero se van a arrepentir. El problema está en el exnovio amargado.

Pues dedícales un tuit a ellos.

También, e insistiré. Sobre todo como aviso a navegantes: no seas cobarde. En el acoso escolar y en este tipo de cuestiones. Sé persona y demuestra que respetas la intimidad.

¿Y lo peor de tu trabajo, lo que te amarga, qué es?

Cagarla. Por lo general cuando hay una crisis me cabrea. Lo del otro día me lo tomo con cierta filosofía, me molesta más como tuitero que como @policia. Ver que no podemos ayudar a gente que me encantaría ayudar: por ejemplo, me piden mucho que busquemos a desaparecidos y no podemos porque tenemos que medir mucho los recursos y los esfuerzos.

Guardia Civil sí lo hace.

Nosotros buscamos a fugitivos y siempre con protocolo judicial. Son distintos métodos. En enero buscamos a tres fugitivos muy peligrosos y aparecieron en horas. Sin los tuiteros y nuestros aliados los medios de comunicación no habría sido posible. Espero que el día que busquemos a alguien avises a los community managers de Jot Down, aunque lo hacemos muy poco precisamente para no cansar a la gente con peticiones continuas.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 6

Te voy a hacer una pregunta para terminar porque nos ha surgido un problema en la redacción y quizás desde la policía nos puedas asesorar. ¿Para sacar un cadáver del país (UE) lo metemos en la maleta o le compramos un billete de avión?

[Ríe] Hombre… A ver sí voy a decir una burrada. Contrólate, Carlos. Cometo la torpeza de contestar demasiado, ¿por qué hablo tanto? Es muy importante no decir siempre lo que piensas y pensar mucho lo que dices. Hay errores brutales y torpes —porque yo no sabré de seguridad, no sabré de leyes, pero me dedico al lenguaje y no puedo equivocarme en eso—. La gran suerte es que todo el mundo sabía que era yo el que había contestado. Encima no me di cuenta, no veía lo que había puesto hasta que vino lo mejor de cada casa a felicitarme. Me sentí como si de repente todo el Bernabéu aplaude a Messi y pensé «algo va mal».

¿Cuando leíste «Carlos, eres un crack» unas quinientas veces?

Al trescientos me di cuenta. Pero vamos a ubicarnos: es una anécdota. Dio la vuelta al mundo, eso sí.

Y aumentaron los seguidores.

Muchos de los que lo retuitearon tienen todavía el freno social de seguir a la policía, algo que en cualquier otro país es normal. En segundo lugar, si me siguen solo por eso, me van a dejar de seguir. Y, por último, a mí no me sirve de nada tener más seguidores si no es con un fin de utilidad. Lo que demuestra es el poder de las redes sociales, de repente la fastidias y un contenido que no tiene encaje en medios serios se difunde y lo recogen medios de otras partes de mundo porque da audiencia ver cómo un imbécil ha metido la pata. He cometido varias torpezas, lo que pasa es que esa… cuando llegó a los cuatro o cinco mil tuits que me estaban llegando en ese mismo día, me centré en mi cuenta personal porque en la otra era imposible. Lo peor es que al final me afecta, al político tú le puedes decir cualquier barbaridad en redes sociales que no se va a enterar, se enterará si sale en la televisión. Yo en cambio no puedo permitirme el lujo de tomar esa distancia. Tres o cuatros días dormí mal, lo sobredimensionas. A la semana ya sonríes.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 7


Un video así es DELITO

Viewer
—¡No mire hacia la vía!

Tesis (1996), de Alejandro Amenábar

Un día más, vas aburrido en el metro hacia la universidad y, de repente, el tren se para y te ordenan bajar del vagón. Un guardia jurado te indica que debes salir de la estación caminando pegado a la pared, lejos del borde del andén, para no ver los restos de un suicida que se ha lanzado a las vías. Parece que la advertencia del empleado de seguridad está de más, porque nadie quiere ver un cadáver desmenuzado. ¿O sí? En la escena inicial de Tesis se nos representaba ese impulso irrefrenable que es la curiosidad morbosa donde la propia advertencia parecía funcionar a modo de psicología inversa. “¿Que no mire? ¿Por qué no debería mirar? ¿Qué habrá ahí? ¿Para tanto es?” En este sentido, un reciente tuit de la popular cuenta @policia en el que alertaba de no propagar un vídeo con contenido sexual protagonizado por menores de edad, pudo haber funcionado como acicate, si es que el trendig topic o las decenas de chistes sobre sujetar el pelo no lo habían hecho ya, en un ejemplo más del efecto Streisand.

Distribuir un vídeo así es DELITO ¡No lo compartas! Y no repitamos el desafortunado hashtag

(¡Pensemos en la víctima! Y más, si es menor)

Un video así es DELITO parece un cartel de neón para la curiosidad. No obstante, fue un tuit oportuno porque existe mucha confusión al respecto: que un vídeo de contenido sexual entre menores se haya grabado con su permiso, que lo que estaban haciendo también fuera consentido o que los propagadores fueran los mismos protagonistas no influiría en el hecho de que su tenencia o divulgación es un delito con las leyes en vigor. Se da la circunstancia de que, además, el caso que dio lugar a todo este revuelo parece que fue grabado sin autorización, lo que da lugar a un plus de bajeza y a algún otro delito tipificado. No obstante, el tema legal me supera porque no acabo de entender que se equiparen los menores de edad (por ejemplo, una chica de 17 años y once meses con matrículas de honor en sus estudios y un CI de 130) y los “incapaces”, o que sea legal contraer matrimonio con una mujer de 14 años pero que no lo sea el que su marido lleve en el móvil un vídeo grabado durante la consumación del mismo con su joven esposa. Es muy probable que lo haya entendido todo mal y que en estos momentos hierva la sangre del compañero Tsevan Rabtan, así que es mejor dejar de lado todas estas interpretaciones (probablemente erróneas) del Código Penal.

Lo que no debería admitir discusión es que sea éticamente deleznable que se divulgue material audiovisual de contenido íntimo sin permiso de sus protagonistas, tengan la edad que tengan; no importa que seas concejal de una pequeña pedanía, joven participante en orgía asturiana, futbolista de primera división, concursante de reality show, director de periódico nacional o estudiante de universidad privada. Ya tenga como origen una encerrona, un hacker interceptando un sexting o la mala fe de quien poseyera la grabación, el resultado es el mismo: han violado la intimidad de alguien. Con las redes sociales, un documento de estas características puede ser visto por millones de personas en menos de una hora, lo que no quiere decir que antes de la existencia de Whatsapp, Twitter o Facebook no pasara. Por ejemplo, en la actualidad, un bulo como el del famoso cantante, el perro cariñoso y el pingüe alimento sería fácilmente desenmascarado, pero la falta de redes sociales virtuales no impidió la propagación del rumor o, en la misma época y volviendo a hechos reales, la difusión de un vídeo íntimo de la luna de miel de una socorrista de ficción y un batería de rock. No obstante, aunque no lo parezca, Internet no nos ha hecho más morbosos, solo hay que recordar la facilidad con que se propagaban oralmente por todo el territorio nacional crueles chistes sobre la tragedia ocurrida en un camping o a costa de alguna víctima de atentado terrorista. Lo que ha hecho Internet y, por extensión, las redes sociales, es facilitarlo todo. Antes, los adolescentes con hormonas en ebullición debían reunir valor para ir a un kiosco a comprar revistas pornográficas y ahora, con solo teclear un puñado de letras y pinchar que sí, que eres mayor de edad, tienen a su disposición millares de vídeos de alto contenido sexual de forma gratuita. Y (más o menos) anónima. Es la magia de Internet: acceso a cualquier contenido rápida y discretamente. Porque a más de uno le avergonzaría reconocer en público que ha visto, sin mediar error, ciertos contenidos difícilmente justificables ante amigos, pareja o familia. Por cierto, retomando el concepto de violación de la intimidad, es de esperar que este sufra una mutación en los próximos años al menos en cuanto a lo social. Si bien las videollamadas no han tenido éxito por lo celosos que somos de nuestra intimidad, los gadgets como las Google Glass serán un boom por todo lo contrario: lo mucho que nos gusta la intimidad de los demás. De forma similar a lo que se expone en el capítulo 1×03 Toda tu historia de Black Mirror, nada impedirá que cada uno en su casa rebobine, amplíe y congele fotogramas de vídeos grabados por la calle, en piscinas, en centros comerciales… protagonizados por todo aquel sujeto que nos atraiga sexualmente: un anónimo viandante, un vecino, un familiar político (o no): explíquele a su pareja que no solo devora con la mirada a su cuñado sino que, además, le ha grabado en vídeo tomando el sol para verlo a cámara lenta y hacer zoom en determinadas zonas…

Y es que los voyeurs están de suerte con los avances tecnológicos: cámaras diminutas, infrarrojos, conexiones de fibra óptica… Hoy en día ya existen páginas y foros donde los mirones comparten material gráfico que han conseguido, sin que sus protagonistas se dieran cuenta, en lugares públicos (aparcamientos, parques…) de manera ilícita, sí, porque otro error frecuente es pensar que a alguien que tiene relaciones sexuales en lugares públicos no le importa que le graben en vídeo en plena faena. No es muy descabellado imaginar que dentro de un puñado de años haya en antena programas televisivos (si es que sigue existiendo la televisión tal y como la conocemos ahora), donde se emitan cortes análogos a los que grababa el detective que aparece en Crueldad intolerable, de Joel Coen, cuyos éxitos consistían en pillar a alguien “con el culo al aire”. No falta tanto para que llegue ese momento puesto que no ha sido raro ver ya alguno de los vídeos o fotografías que hemos citado anteriormente en televisión (si bien más o menos pixelados) que, amparándose en el derecho a la información y en que los famosos son “personajes públicos”, comenzaron tímidamente con la emisión de fotografías indiscretas que ponían de manifiesto que la ropa interior es bastante infrecuente en ciertos círculos, pero rápidamente se pasó a comentar vídeos con relaciones sexuales o desnudos que eran para uso (y disfrute) privado, tanto les daba si lo protagonizaba una actriz de éxito, una rica heredera o un joven pivot constantemente lesionado.

El siguiente paso, en el que ya nos encontramos, ha sido la divulgación en televisión de vídeos de personas alejadas de la vida pública que involuntariamente se hacían famosas por Internet. Los medios se justifican diciendo que es material del que hay que informar porque “arde Internet” (sic); hay que estar al tanto de la actualidad… siempre y cuando el contenido no sobrepase lo que el código deontológico de la cadena marque en cada momento. No sería de extrañar que, con las laxas líneas editoriales actuales, la popularidad que tuvo en su día en la red un clip en el que dos simpáticas muchachas jugaban alegremente con una copa y su escatológico contenido (y el subgénero cinematográfico formado por las reacciones al mismo) abriera una animada mesa de debate de magacín matutino, mientras que en una tertulia por la tarde ya tratarían en profundidad fenómenos similares como el de  Señora con Cigarrillo o el de Señor con Tarro de Cristal, siendo sus habilidades con el recto el nexo común de ambas performances. Y qué decir de aquella asombrosa dilatación de esfínter en fotografía que solía finalizar, hace ya una década, cualquier discusión o chistes gráficos en Powerpoint. Espeluznante, diría Pedro Piqueras. Los informativos, por cierto, son harina de otro costal pero no por el sexo, sino por la violencia y la casquería, que son también contenidos apreciados por los morbosos. Nos hemos acostumbrado a documentos históricos en los que veíamos cómo algunas de las cabezas más poderosas del mundo estallaban en mil pedazos o sus cuerpos acababan colgando de una cuerda, cuando no linchados por una turba. “Noticias”, decían. Como cuando organizaciones terroristas hacen efectivos sus ultimátums sobre infelices secuestrados o se nos muestra los efectos de un coche bomba a los pocos minutos de suceder, una escena dantesca llena de pedazos humeantes de origen desconocido. O si llegado a cierto límite de lo visualmente soportable no pueden emitir ciertas imágenes, te dan todos los detalles, con pelos y señales, sobre cuál es el crimen de moda, por si alguien necesita ver un vídeo donde un actor porno asesina, descuartiza y devora a su amante. Y cuando crees que ha pasado lo peor y comienzan la crónica deportiva, arrecian las fracturas abiertas, los accidentes automovilísticos o tragedias en la nieve. Y si es temporada taurina, no escatimarán en presentarnos con detalle los revolcones más angustiosos y las cogidas de varias trayectorias. Picos de audiencia; “niño, no mires (que ya miro yo)”. Morbo disfrazado de información. Todo vale mientras anuncies que “las siguientes imágenes pueden herir su sensibilidad”.

video delito