Los bandoleros andaluces que retaron al rey en Sierra Morena

José María Hinojosa, el Tempranillo, por John Frederick Lewis. Sierra Morena.
José María Hinojosa, el Tempranillo, por John Frederick Lewis.

De Puente Genil a Lucena,

de Loja a Benamejí,

las mocitas de Sierra Morena

se mueren de pena

llorando por ti.

Donde la Mancha pierde su nombre se yergue una sierra que ha sido escenario de mil fábulas. Una extensión infinita de suaves colinas y abruptos riscos, permanente tierra de paso de pueblos que escapaban de las tierras altas de la meseta con la promesa de un Mediterráneo acogedor. Morada y refugio de bandoleros de leyenda, Sierra Morena ha sido siempre un territorio a caballo entre la realidad y el mito. Una tierra remota que ha sido escondrijo de personajes al filo de la leyenda, fugitivos de una justicia real o imaginaria que encontraron refugio en sus haciendas y cortijos abrasados por el sol andaluz. Una transición entre el secano y el olivar en forma de suave cordillera, regada en su inicio por un joven Guadalquivir que se encamina perezoso hacia un Atlántico aún distante. Un territorio sin dueño, reclamado y recorrido mil veces por héroes y bandidos que vieron en sus montes y olivares el escenario perfecto para llevar una vida montaraz al margen de la ley. Entre sus bosques, recorriendo los mismos senderos que llevaron a don Quijote a su retiro penitente y pasando noches al raso bajo las mismas estrellas que hace siglos vieron los victoriosos cruzados de las Navas, bandidos de toda condición se disputaron durante décadas el trono de una Sierra Morena indómita de la que eran los únicos dueños. 

Hoy en día, los relatos de estos bandoleros se pierden en la leyenda, retales brumosos de otras épocas que han sobrevivido en la tradición oral: figuras como el Tragabuches, Pasos Largos y Diego Corrientes pertenecen al imaginario colectivo de las gentes que habitan algunas de las zonas rurales andaluzas que hace siglos vieron nacer a estos forajidos míticos. 

Y sin embargo, existieron.

El germen andaluz de este fenómeno nacional —presente en España también en otras zonas, como el País Vasco, Madrid y Cataluña— lo encontramos en la guerra de la Independencia, cuando la guerra de guerrillas se imponía como único medio de retrasar el avance francés hacia el sur. Así, en esos años en que la figura del rey y su autoridad eran apenas un ideal abstracto por el que luchar para defender la patria invadida, un buen número de campesinos de estas tierras se agruparon en cuadrillas con el fin de mejor hostigar al ejército francés que las ocupaba. El objetivo de estas partidas de voluntarios era la retaguardia de un ejército francés que se encaminaba inexorable hacia Cádiz, minando sus líneas de abastecimiento e interceptando los correos entre la retaguardia y el frente. Al igual que hicieran otros líderes guerrilleros en latitudes más septentrionales, como el Empecinado, algunas de estas figuras fueron poco a poco cobrando importancia en la estructura de las tropas que luchaban contra el reinado de José I, siendo promocionadas en el seno del ejército realista. Acabada la guerra, sin embargo, algunos de los guerrilleros que no fueron asimilados se negaron a reintegrarse en la vida civil, y se dedicaron al pillaje y saqueo de cuantas diligencias pasaban por las tierras de su control.

Así, en los años posteriores a la guerra, cuadrillas de bandoleros ponían en jaque a unas autoridades civiles que no sabían cómo detenerlos, armando grupos de voluntarios, primero, y soldadesca, después, para perseguirlos. El inicio de la reacción oficial fue un bando de 1817 en el que se dictaba sentencia contra estos salteadores y se creaba un cuerpo de voluntarios, llamados migueletes, para intentar atraparlos.

Unos forajidos de naturaleza indómita que se movían sin descanso por un territorio extenso que abarcaba principalmente las zonas montañosas del sur andaluz comprendidas entre la cuenca del río Genil y el curso alto del Guadalquivir: kilómetros de monte bajo, bosque y olivar controlados de facto por estas bandas de veteranos excombatientes.

En esa coyuntura de miseria posbélica, la mayoría de las poblaciones deprimidas de Sevilla y Córdoba competían por alumbrar a los bandidos más carismáticos, aquellos que sabían ganarse la admiración de un pueblo llano que veía en ellos a sus paladines contra una autoridad —el rey, los terratenientes, la nobleza— que lo asfixiaba. Así, a la manera de un mítico Robin Hood, algunos de ellos repartían el botín entre sus paisanos, asegurándose tanto su admiración como, más importante, su silencio, en un proceso que empezó pronto a forjar la imagen romántica de estos forajidos que ha perdurado en el imaginario colectivo.

La ruta andaluza de este fenómeno olvidado comienza en Écija, cuya banda de los Siete Niños tuvo en jaque a las autoridades civiles de la posguerra durante casi un lustro. Integrada por jóvenes imberbes que lo mismo robaban mulas que asesinaban peones, por ella pasaron algunas de las figuras más notables del noble arte de asaltar diligencias, entre ellas un TragabuchesJosé Ulloa, se llamaba el angelito— que huía de la justicia empezó a raíz del sonado asesinato de su amante: la clásica historia desgarrada de celos y traición que encontramos en la génesis delictiva de la mayoría de los bandoleros. Cantaor de etnia gitana, tuvo tiempo de componer una copla a modo de catarsis personal «Una mujer fue la causa / de mi perdición primera. / No hay ningún mal de los hombres / que de mujeres no venga», antes de que su rastro se perdiese con la captura de los Siete Niños. Antes de la disolución de la banda debida a la captura de la mayor parte de los cabecillas, tuvo tiempo de foguearse en ella la más grande figura de cuantas hollaron Sierra Morena: José María Hinojosa, el Tempranillo, célebre bandido que a los quince años de edad ya era un forajido y que a los veintiocho, a su muerte, una leyenda. 

Hijo analfabeto de una nación devastada, nació en 1805 en Jauja, una pedanía de la cordobesa Lucena de la que dejó escrito Lope de Rueda que «era empedrada de piñones y por ella corrían ríos de leche y miel», alimentos, todos ellos, escasos en los primeros años de vida del joven José María, que de tanto que pasó su infancia hurtando comida a los franceses para poder sobrevivir cuando llegó a la adolescencia no hubo quien lo enderezara: no había cumplido la quincena y ya era prófugo de la justicia, y vagaba por los montes en penitencia por su primer delito de sangre. A navajazos y por causa de una mujer comenta la tradición oral que empezó la carrera delictiva del Tempranillo, que ya en 1820 tuvo que abandonar la ribera del río Genil y unirse a lo que quedaba de los Siete Niños de Écija, para formar poco después su propia cuadrilla con la que impuso su ley en Andalucía en la década siguiente.

Además de ser uno de los bandoleros que más cultivó la colaboración del pueblo llano, la popularidad y el alcance de la figura del Tempranillo se cimentaron en su compromiso con los valores liberales y antimonárquicos —se dice que llegó a reunirse con Torrijos para contribuir a su fracasado golpe contra Fernando VII— y que, al contrario de cómo hicieron otros bandidos, préteritos y contemporáneos, evitaba el conflicto armado y el derramamiento inútil de sangre. Así, en vez de disputarse el territorio con los bandoleros rivales, los incorporaba a su banda. En lugar de asaltar a sangre y fuego los correos que bajaban por Sierra Morena, los desvalijaba sin violencia, haciendo gala de una autoridad —y de un poderío, pues su banda llegó a sumar más de cincuenta personas— que pocos osaban desafiar. Urdió una extensa red de colaboradores, desde simples peones a funcionarios de la magistratura, que le dotaba de información privilegiada sobre el itinerario de correos, cortejos o diligencias que fueran camino de Sevilla, permitiendo así cobrar a sus objetivos una cantidad fija a cambio de seguridad, en una reversión moderna del diezmo que durante siglos los campesinos habían tenido que pagar a los estamentos privilegiados.

Paulatinamente, el fenómeno del bandolerismo empezó a trascender la mera acción delictiva, y pasó a formar parte de la cultura popular de estas zonas deprimidas: se componían coplas, se ensalzaban gestas y se creaban mitos en una corriente romántica que transcendió el ámbito nacional. El autor francés Prosper de Merimée, que ya en su Carmen trató extensamente el tema de los bandoleros andaluces, dejó escrito en la Revue de Paris que «José María era un modelo de caballerosidad», un ejemplo de cuán romántica era la aproximación de muchos intelectuales europeos para con este fenómeno meridional. «Una mano tan bonita no necesita adornos», cuentan que susurraba el Tempranillo al robar las joyas de las damas que ocupaban las diligencias a las que daba el alto. 

Merimée le dedicó un artículo y John Frederick Lewis el único retrato que se conserva: el pintor orientalista inglés se desplazó hasta Andalucía para retratarlo, elaborando una representación estilizada que ponía por fin imagen al esquivo bandolero. Un paisano recio, de corta estatura, de acerados ojos grises que mira desafiante desde la grupa del caballo bayo con el que se dice que patrullaba incansable montes y veredas.

Si Sierra Morena era su reino, la Sierra de la Camorra era su feudo: allí, a la vera del río Genil, se encuentran las poblaciones que fueron testigo directo de algunos de los acontecimientos más importantes de cuantos jalonaron la vida de su heroico paisano. «Si en España mandaba el rey, en Sierra Morena mandaba el Tempranillo», dejó escrito Merimée a propósito del más universal de los bandoleros que controlaron Sierra Morena. Un bandolero con hechuras de héroe que todavía pervive en las historias de sus paisanos. Además de la Jauja y Lucena, poblaciones como Corcoya y Badolatosa albergan todavía pedazos de esa memoria popular en forma de iglesias, cortijos o conventos en los que la estela del Tempranillo dejó su impronta hace ya casi dos siglos. 

El más importante de estos acontecimientos fue el indulto con el que Fernando VII compró la lealtad del más peligroso de los bandoleros: corría el año 1832, el monarca estaba enfermo y se imponía encontrar una solución al problema de inseguridad que sufría la región. Un decreto de indulto polémico que no solo exoneraba a toda la enorme banda de José María de todos sus delitos sino que los convertía en funcionarios reales, pasando a formar parte del recién creado Escuadrón de Protección y de Seguridad de Andalucía, un cuerpo policial que con el Tempranillo a la cabeza se encargaría a partir de entonces de mantener el orden en la misma región que hasta entonces habían controlado como forajidos, dando caza a las demás bandas de delincuentes que todavía operaban entre Grazalema y Despeñaperros.

Alameda es el último lugar de reposo de este bandido que murió sirviendo a la monarquía a la que hasta hacía poco había desafiado. No se sabe a ciencia cierta si fue en Despeñaperros, a escasa distancia de donde se batieron siglos antes moros y cristianos en la batalla de las Navas de Tolosa, o en el cortijo de Buena Vista, a un kilómetro escaso de la malagueña Alameda, donde un antiguo compañero de correrías, el Barberillo, hirió de muerte al último de los bandoleros míticos de esas tierras. 

Dos días más tarde, el 23 de septiembre de 1833, moría José María Hinojosa y se ponía fin a la época romántica del bandolerismo andaluz. Aquel que había sabido convertir un fenómeno delictivo local en el referente cultural de un pueblo oprimido expiraba en el mismo lugar en el que se ofició un sentido funeral que se dice que congregó a gente de toda la provincia, y en el que aún hoy reposan sus restos: el anexo a la sacristía de la iglesia de la Inmaculada Concepción, en Alameda.

Poco después del sellado de su tumba, alguien se encargó de rotular en su memoria sobre su lápida «aquí yace el rey de Sierra Morena».

Fernando VII, el odiado rey al que le había disputado su reino durante una década, moriría apenas seis días más tarde.

Qué maravilla, quinientos migueletes y no lo pillan.

Lo buscan por Lucena y está en Sevilla!

¡Quién lo diría que un Rey manda en España!

¡Quién lo diría, cuando en la Sierra manda José María!


Cómo ser un bandolero con guapeza, majeza y gallardía

bandoleros

«Muy fuerte, argo jorobao, bizco de los dos ojos, un poco sordo, de vos bronca que paese sale de una tinaja, y muy ancho de espaldas. Está argo enfermo y se ajoga cuando corre mucho», así fue descrito el bandolero Bizco del Borje por alguien que lo conoció. Y que no debía tenerle mucho aprecio, sospechamos. ¿Pero qué sitio deja este amargo retrato al bandido como héroe romántico, ese rebelde a quien «las mujeres adoraban, los hombres temían. Robaba a los ricos y se lo daba a los pobres»? ¿Cómo eran realmente aquellas gentes de trabuco, patillas y vida airada?

El antropólogo Julio Caro Baroja se preguntaba por qué han provocado siempre tanto interés. Y la primera respuesta que daba es que, sencillamente, la violencia es más divertida que la mansedumbre. Para que aquellos que la ejerzan acaben siendo los protagonistas de las narraciones populares y literarias ya solo faltaría entonces otro ingrediente: que su actividad sea considerada delictiva por las autoridades pero no por el pueblo llano. Tal cosa podía ocurrir en el caso de sociedades muy poco igualitarias, donde las clases bajas considerasen que sus intereses eran distintos, e incluso opuestos, a los de las clases pudientes. Eso fue lo que pasó en Andalucía, la región de España que tradicionalmente estuvo más vinculada al bandolerismo. Ya desde los lejanos tiempos de la reconquista y el reparto de tierras que trajo consigo, que favoreció su concentración en unas pocas manos. Es decir, el latifundismo. Esto además tuvo como consecuencia la formación de ciudades relativamente grandes rodeadas de extensas zonas despobladas, donde los bandidos podían campar a sus anchas. Especialmente si contaban con accidentes geográficos, que pudieran emplear como refugio, más concretamente Sierra Morena. Por otra parte, Sevilla llegó a convertirse en una de las ciudades más grandes y ricas del mundo gracias al comercio con América, lo que atrajo toda clase de fauna humana, tal como cuenta en su libro autobiográfico Julián Zugasti (un curioso personaje sobre el que luego volveremos):

Pordioseros, cortabolsas, mandilejos, espías y coberteras de todos los crímenes, ladrones de toda especie, facinerosos de todas marcas, tunantes de todos calibres, birladores de todas cuantías, viejos en todo linaje de levas y trampas, viejas traficadoras en todas clase de pecados, mozas del partido, mendigas del uñate, poltrones de todas tallas, pícaros de todas estofas y hampones de todas castas escuchaban, obedecían y acataban con profundo respeto al archihampon ó archipámpano, que se ostentaba en su cotarro como un general ante su ejército, como un rey ante su trono, como un emperador en su imperio.

Para que el retrato quede completo hay que añadir que, lejos de ser únicamente una especie de rebelión de los desheredados, como señala Baroja también hubo frecuentes casos entre los bandoleros de gente pudiente y con propiedades. Y bandas de guerrilleros durante la invasión napoleónica que luego, adictos ya a ese estilo de vida, se hicieron salteadores de caminos. Era común también un primer delito inicial, como en el caso del Tragabuches —que llevaba una vida normal hasta descubrir a su mujer con un amante y matar a ambos que los apartaba de la sociedad, obligándolos a huir y a echarse al monte. Un proceso llamado en la jerga antropológica apothenosis. Y una siguiente fase denominada enantybiosis, cuando ya se consolida en ese nuevo estilo de vida como delincuente, tras formar una banda y cometer nuevos delitos. Y estaba también, por último, «el influjo que en ellos ejerce la fama y nombradía de algunos bandidos célebres, el ansia de ver relatadas sus guapezas en romances y en papeles públicos».

Rinconete y Cortadillo, por Manuel Rodríguez de Guzmán.
Rinconete y Cortadillo, por Manuel Rodríguez de Guzmán.

Aparte de innumerables cuentos y canciones populares, fueron inmortalizados por escritores como Lope de Vega, Cervantes o Mérimée para cuya Carmen se inspiró en el célebre Tempranillo, pintores como Goya les dedicaron varios cuadros, mientras que la obra de Rafael Tejeo llamada Bandido contemplando la cabeza de otro bandido, a su vez inspiró el poema «La visita nocturna» a Tomás Rodríguez Rubí, escritor sevillano del siglo XIX:

¡Várgame Dioz, esdichao!
¡En lo que vino a pará
tu cabeza! ¿Quién dirá
que éza es la e Paco el Zalao
al vela tan empiná?
¿No mablar ya, Pacorriyo?
¿No zabes que hasta el Lucero,
tu valeroso tordiyo,
está ya como un cordero
y no come el probeziyo?
¿No zabes que tu María
y la Curriya, tu hermana,
yorando están noche y día,
y mau jurao esta mañana
que azí estarán toa su vía?
¿Y no vez aquí a tu Antón
puesto elante e tuz espojos,
que al cumplí zu obligación
la angustia e zu corazón
ze le zale por lo zojos?
Míralo bien, camará,
y zi ve tanto pená
esde eze palo no puéz,
¡ay!…, jéchame una mirá
esde onde quiera que estez.
Yo vengo a ve por la noche
tu chola, Paco, y no e día,
porque temo que la mía
argún puscanó la ezmoche
pa jazerte compañía.

La poesía continúa, hasta llegar a una reivindicación de la común humanidad que evoca al parlamento de Shylock en El mercader de Venecia:

bandoleros 1¿Pues qué, zeñó, los ladrones
no tenemos corasón?…
¿No zentimos nuestro mal
lo mezmito que caá cual?
¿O penzáis que no azpiramos
más que a aquello que topamos
y á partilo por igual?
¡Ay!… Vozotros, los que eztáis
en zociea congregaos,
¿por qué cuando nos juzgáis
vuestra mano no lleváis
al costal e los pecaos?
¿En él nenguno tenéis?
¿No oz ezcurrizteis jamás?
¿También lo zojos ponéis?
¡O zólo con ellos veis
las culpas en loz emás?
¿No véiz que zomos jermanos?
Zi a tos los largos e manos
ze ajorcara… Voto a Bríos,
que entonce, probes guzanos,
oz ajorcaran a tos.
(…)

El bandolerismo podría haber llegado a ser en España, de tener una industria del cine más solida, un equivalente a las películas del Oeste americanas. Porque historias que contar desde luego no faltan. Pero algunas se han hecho pese a todo, de entre las que merece la pena destacar Carne de horca, de Ladislao Vadja, rodada en 1953. Una estupenda película que cuenta con la intervención estelar de Pepe Isbert y que por sus personajes, trama, paisajes y escenas de acción recuerda a cualquier westernclásico. También contiene, por cierto, una escena muy similar a otra de Aliens, el regreso. Pero la referencia por excelencia para cualquiera en cuanto oye hablar de bandoleros es, por supuesto, la serie Curro Jiménez, inspirada en el bandolero Andrés López, alias el Barquero de Cantillana. Según dijo el estudioso del tema José Santos Torres al respecto de ella: «buena ambientación a veces, buena interpretación otras, hermosos y apropiados paisajes, diálogos a veces acertados, pero con un desconocimiento absoluto y culpable de hechos y acontecimientos históricos». Vaya por Dios.

Por todo ello, su aspecto y comportamiento llegaron a estar bastante idealizados, algo a lo que los propios protagonistas contribuyeron en algunos casos, de manera que los bandidos servían de inspiración a los artistas y narradores pero estos también acababan influyendo en ellos. Para un bandolero, por encima de todas las cosas, el caballo era esencial. También se distinguían en muchos casos por la ausencia de tatuajes y jerga de delincuente, llamada «germanía», características más propias de los delincuentes urbanos. Y respecto a su ropa, parece que había cierta moda común de manera que hasta los ladrones gallegos vestían sombrero calañés y traje corto a la andaluza. José María el Tempranillo tenía según Mérimée, «pelo rubio, ojos azules, boca grande, hermosa dentadura y manos pequeñas. Vestía camisa fina, chaquetilla de terciopelo con botones de plata y polainas de cuero». Sobre su carácter y maneras decía con entusiasmo:

Guapo, valiente, cortés, tanto como puede serlo un ladrón: así es José María. Cuando detiene una diligencia, dará la mano a las señoras para que bajen y cuidará de que queden cómodamente sentadas a la sombra, ya que es de día casi siempre cuando se realizan estas cosas. Jamás un juramento ni una palabra gruesa, sino al revés, miradas casi respetuosas y una cortesía natural que jamás se desmiente. «¡Ah, señora, una mano tan hermosa no precisa adornos!». Y al mismo tiempo que desliza la sortija a lo largo del dedo, besará la mano con un ademán capaz de hacer creer, según la expresión de una señora española, que el beso tiene para él más precio que la sortija.

Cuenta además la anécdota de un pobre arriero de Campillo que, viajando con un burro famélico, se cruzó con él. El Tempranillo se burló del pésimo aspecto que lucía el animal y entregó a su dueño mil quinientos reales para que fuera a casa de un hombre llamado Herrera, que tenía en venta una mula por ese precio. El arriero, muy agradecido, ese mismo día hizo la compra. Ya por la noche, dos ladrones entraron en casa de Herrera exigiéndole dinero y cuando este les dijo que no tenía qué darles le respondieron: «mientes, ayer has vendido una mula en mil quinientos reales que te ha pagado uno de Campillo». De manera que no le quedó más remedio que admitirlo y así el Tempranillo pudo ver culminada su buena acción sin que le costase una sola moneda. Un hombre generoso, aunque fuera con el dinero de otros.

Al bandolero Pablo Aroca, jefe de la banda de los Niños de Écija —descrita como «la más sanguinaria reunión de bandoleros que jamás haya existido», se le atribuye una ingeniosa jugada parecida a la anterior. El dueño de un cortijo recibió una carta del bandido pidiéndole cien onzas de oro para un negocio bajo la promesa de que le serían devueltas. Por la peligrosa fama que precedía a Aroca, no le quedó más remedio que concederle el préstamo, entregándoselo a un mensajero que a continuación acudió donde un molinero «honrado encubridor de ladrones». Este vivía agobiado por un inminente embargo si no pagaba a la administración una cantidad similar a la que recibió entonces del mensajero. Así que al día siguiente acudió al juzgado y pagó su deuda. El juez, junto a su escribano y su alguacil, emprendió entonces el camino cargado con el dinero sin saber que Aroca estaba esperándolo. Tras darle una buena paliza, le robó el dinero y lo entregó a continuación al mensajero que fue entonces a devolvérselo al dueño del cortijo.

El bandido conocido como Minadó acostumbraba a poner una manta en medio del camino, con dos puñales cruzados sobre ella, y a gritos desde un escondite exigía al viajero que dejara en ella cierta cantidad de dinero por las buenas, ya que si no sería por las malas. El Tenazas hacía alarde de tal temple que se fumó un cigarro antes de ser ejecutado y tras terminarlo le dijo al verdugo «anda aprisa para ganar el tiempo perdido, que hoy tienes mucho trabajo». Por su parte a la salteadora la Serrana de la Vera, en las narraciones que inspiraron su figura se decía de ella que vestía con faldón y montera de pellejo de tigre y le atribuían que tras robar a los caminantes, hacía que «tuviesen sus gustos y deleites con ella y después, para no ser conocida ni descubierta, les quitaba la vida».

Otro salteador, el Cristo, tenía entre sus diversas fechorías la de mandar cartas de extorsión como esta que se ha conservado recibida por el párroco de Algodonales, en Cádiz. A juzgar por su estilo no parecía plenamente consciente de que «el mal uso del lenguaje desprestigia el contenido» y mostraba tanto respeto por las normas ortográficas como por las de convivencia:

Sr. Cura: Con mucho centimiento i mucha berguesa les cribimo esta porqe ute es mui gueno i mu generozo, mosbemo mui apuraos, estos ocho desgrasiaos qe andamos por estos montes no po curpa nuestra cino el picaro gobierno (…) jaga el fabor qe le pedimo jagalo por dios y porto os los santos cino lo qier jacer por mosotro esperamo guen resultao, qeute es mui gueno i caritatibo i mande a zu defensor.

Su persecución

Julián Zugasti, gobernador de Córdoba y azote de bandoleros.
Julián Zugasti, gobernador de Córdoba y azote de bandoleros.

Pero al menos igual de llamativas que las fechorías de los bandidos, fueron las maneras de combatirlo y las personalidades que se destacaron en ello. De acuerdo a la legislación establecida por los Reyes Católicos, los salteadores de caminos tenían como castigo morir asaeteados por flechas. Eso sí, tras recibir los sacramentos. Posteriormente pasarían a ser ajusticiados con la horca, arrastrados y descuartizados, poniéndose al final del proceso su cabeza en lo alto de una estaca junto a algún camino, como veíamos en el cuadro de Tejeo. Con el siglo XIX llegaría el progreso y con él la muerte por garrote vil o la más frecuente ejecución extrajudicial. Respecto a los métodos de apresamiento variaban desde la quema de bosques, pasando por la organización de agrupaciones vecinales armadas, hasta la creación en 1844 de la Guardia Civil.

Anteriormente hemos citado a Julián Zugasti y merece la pena retomar a este personaje. Fue nombrado gobernador civil de Córdoba en 1870 y desde ese cargo combatió a los bandoleros con fiereza, mucho talento y pocos escrúpulos. Posteriormente narraría sus actividades en un libro, El bandolerismo, firmado por él aunque escrito por el novelista cordobés Juan de Dios Mora. Resulta fascinante la habilidad con que utilizó todos los recursos a su alcance, legales o no, para cumplir su cometido. Utilizó policía secreta distribuida por fondas, casinos, tabernas y casas de prostitución, se entrevistó personalmente con toda clase de cómplices de los delincuentes y organizó una red de confidentes en las cárceles. Por aquél entonces los salteadores de caminos ante el auge del ferrocarril tuvieron que optar por otro modelo de negocio: los secuestros. Fue ahí cuando tuvo lugar la más brillante jugada de Zugasti, pues cuanto más complicado era un problema más audaz era la solución que planteaba y la que dio en este caso, de haber tenido lugar en Estados Unidos a cargo del FBI, seguramente ya la hubiéramos visto narrada por Clint Eastwood. A los secuestrados se les tapaban los ojos durante el trayecto hasta el cobertizo o cueva en el que permanecían encerrados hasta que se cobraba el rescate. De tal manera que luego al ser liberados apenas podían dar ninguna pista a las autoridades, salvo en un caso el sonido de un tren a lo lejos. La idea de Zugasti consistió en ordenar a sus agentes que se disfrazasen de mendigos y recorrieran los caminos de la provincia cantando a grandes voces el lugar por el que pasaban. De esa forma, aunque los secuestrados tuvieran los ojos tapados o estuvieran a oscuras, con suerte tal vez llegaran a cruzarse con uno de estos supuestos mendigos. Y así ocurrió. Tras ser liberada de su cautiverio, una de las víctimas pudo relatar que escuchó cantar a un indigente un: «¡Gracias a Dios! Vengo de La Alameda y voy para Casariche, y hasta ahora no he encontrado un alma caritativa que me socorra». Una información que resultó suficiente para que las autoridades pudieran dar con la base de operaciones de los secuestradores, la Huerta del Tío Martín.

Ya fuera con ingeniosidades como esta o con prácticas más expeditivas —como torturar a los prisionerosZugasti adquirió tal aura de poder a ojos de los bandoleros que uno de ellos, de mote Garibaldiño, aseguró en cierta ocasión que tuvo a tiro a «eze maldezío gobernaor» durante uno de los paseos en solitario que daba este por un cementerio, pero que no disparó por considerarlo inmune a las balas. Pero no fue el único servidor público que demostró tal celo en perseguir al bandolerismo. El juez Melero, de Archidona, convirtió esta tarea en una cruzada personal después de que unos bandidos secuestraran a su hija pequeña y dejasen clavadas sus orejas en la puerta de su casa. Días más tarde aparecería muerta y Melero, cegado por el dolor y la ira, fue a Madrid para lograr una comisión especial que le otorgase poderes especiales. Una vez obtenida, recorrió los pueblos andaluces acompañado de la Guardia Civil y su venganza fue implacable. Aplicó a destajo la llamada «ley de fugas», que consiste en simular que un detenido ha intentado fugarse y por tanto no ha quedado más remedio que abatirlo a balazos. De esa forma, todos los detenidos por el juez por ser sospechosos de bandolerismo acababan ejecutados al día siguiente.

Para comienzos del siglo XX el bandolerismo quedó prácticamente extinguido, siendo uno de los últimos bandoleros Joaquín Camargo alias el Vivillo, que posteriormente se reciclaría profesionalmente en picador de toros y llegaría a escribir sus memorias, convertido ya en una especie de reliquia de otro tiempo hasta su muerte en 1929.

Asalto de ladrones, de Goya. Se inspiró en un caso real
Asalto de ladrones, de Goya. Se inspiró en un caso real.

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Bibliografía:

El bandolerismo andaluz, C. Bernaldo de Quirós y Luis Ardilla (Ed. Gráfica Universal)

Realidad y fantasía en el mundo criminal, Julio Caro Baroja (Consejo Superior de Investigaciones Científicas)

El bandolerismo, Julián Zugasti (Ed. Alianza Universidad)

El bandolerismo en España, José Santos Torres (Ed. Temas de Hoy)