La nefasta moda de los chimpancés como mascotas

Un chimpancé en cautividad
Un chimpancé en cautividad. (DP)

En los años ochenta fue muy célebre la imagen de Michael Jackson portando una cría de chimpancé en brazos. El simpático simio, llamado Bubbles, causaba sensación en sus apariciones públicas y se convirtió en una estrella por derecho propio. Su relación con el cantante era obviamente muy estrecha. Bubbles era dependiente, dócil y afectuoso como es propio de todas las crías de chimpancé, que, en estado silvestre y mientras están en la infancia, jamás se separan de sus madres.

Las crías de chimpancé, sin embargo, crecen. Entre los seis y ocho años alcanzan la pubertad, época en que empiezan a despertar sus instintos selváticos. Bubbles empezó a dar muestras de estar volviéndose incontrolable, hasta el punto en que Michael Jackson se vio obligado a dejar su famosa mascota en un centro de acogida. El albergue estaba repleto de chimpancés adolescentes y adultos procedentes del mundo del espectáculo o de los hogares de humanos caprichosos que, desde la ignorancia, habían pretendido adoptar un animal que, por decirlo en pocas palabras, no puede ser domesticado.

El concepto de que los chimpancés no sean domesticables puede resultar confuso para muchas personas, dado que estos simios parecen muchísimo más «humanos» que otros animales que sí son fáciles de domesticar, como los perros. En un amplio abanico de situaciones, pueden relacionarse con nosotros casi de tú a tú y con relativa «normalidad», siempre que estén habituados al contacto con humanos. Los chimpancés no solo son nuestros parientes más cercanos (aunque, cabe aclarar, no son nuestros antecesores, sino más bien nuestros primos hermanos); además su especie es la más inteligente del reino animal después de la especie humana. Se estima que, al menos en cierto rango de tareas, un chimpancé adulto posee una inteligencia similar a la de un niño humano de tres o cuatro años de edad. Por supuesto, la inteligencia de un niño es muchísimo más flexible y polivalente. Aun así, para un animal no humano, ese nivel de inteligencia es excepcional. Los chimpancés pueden aprender tareas sorprendentemente complejas, incluyendo la comunicación mediante signos. En comparación, los perros son intelectualmente muy limitados.

Los chimpancés albergan una rica vida interior y poseen una psique complicada que incluye una muy elaborada percepción de sí mismos y de los otros. Se ha demostrado que poseen una «teoría de la mente», la capacidad para reflexionar sobre el estado mental del prójimo, capacidad que hasta hace no tanto se pensaba exclusiva de los seres humanos. Estos simios se nos parecen tanto que es fácil cometer el error de creer que, por lógica, deberían ser más aptos para la convivencia con humanos que otros animales. ¿Por qué no iban a ser los chimpancés perfectos compañeros de convivencia? Sin embargo, el que sean o no domesticables no depende de su gran inteligencia o de su estrecho parentesco con los humanos. Lo realmente decisivo es que provienen de un tipo de sociedad muy distinta a la humana. La testaruda realidad demuestra que los perros, aunque no se nos parezcan, están hechos para convivir con nosotros, pero los chimpancés no.

En cautividad, los chimpancés pueden vivir hasta los sesenta años. Los seis o siete primeros corresponden a la infancia, que es cuando ingenuamente podríamos llegar a creer que resulta fácil domesticarlos. En algunos países es legal poseer chimpancés como mascotas. Hay personas que tienen crías en sus casas y les ponen pañales, les enseñan una rutina o los someten a cierta disciplina. Los pequeños chimpancés, genéticamente dispuestos a depender por completo de sus madres durante años, no cuestionan nada de esto. Son incondicionalmente cariñosos y sumisos. Muchos «dueños» creen que sus chimpancés mantendrán ese adorable comportamiento cuando crezcan, pero están ignorando la verdadera naturaleza del animal.

Tan pronto alcanzan la pubertad, los chimpancés sufren una metamorfosis psicológica y conductual motivada por su herencia genética. Su instinto los empuja a prepararse para una vida adulta que comenzará entre los diez y trece años de edad. La intensidad del cambio de la adolescencia se manifiesta de manera especialmente severa en los machos. En la naturaleza, los chimpancés necesitan de altos niveles de agresividad para sobrevivir y para abrirse camino en una sociedad muy competitiva y violenta. Por ello, un chimpancé que de pequeño fue dócil e inofensivo puede empezar a mostrarse agresivo por motivos que los humanos no siempre encontramos evidentes. Las manifestaciones de agresividad varían de unos individuos a otros, pues son animales muy complejos que, al igual que los humanos, poseen personalidades muy distintivas. En ocasiones, sus conductas agresivas ni siquiera responden a resentimientos o enfados, sino que son simples intentos de demostrar su estatus social.

Incluso en individuos no muy agresivos, la adolescencia suele estar marcada por la desobediencia. Y la insumisión de un chimpancé es un problema mucho más serio que la insumisión de un perro. Si ya es difícil controlar a un perro de tamaño grande, pensemos que un chimpancé adulto posee una potencia física literalmente sobrehumana: sus brazos, por ejemplo, son entre tres y seis veces más fuertes que los de un humano adulto. Sin armas, ni Mike Tyson, ni Conor McGregor, ni ninguna otra leyenda de la lucha tiene posibilidad alguna de ganarle una pelea a un chimpancé. Incluso sus juegos dentro de una casa pueden destrozar muebles y enseres (y, por supuesto, podrá llegar el día en que se niegue a llevar pañales, lo cual solo empeora el cuadro). Esta naturaleza insumisa y agresiva no es el producto de un carácter malevolente. Al hablar de chimpancés y de animales en general, cabe deshacerse de reduccionismos antropomórficos. Por ejemplo, con frecuencia se dice que los perros son «mejores» o «más nobles» que los humanos, cuando lo cierto es que les es difícil comportarse de otra manera porque han evolucionado para mostrar respeto y fidelidad a la jerarquía. Del mismo modo, los chimpancés pueden ser agresivos no por decisión propia, sino por buenos motivos evolutivos. Para entenderlo, es útil compararlos con los gorilas.

En algunas películas de la saga El planeta de los simios vemos una sociedad tecnológica donde los gorilas ejercen como soldados y los chimpancés son los más pacíficos civiles. Esta fantasía cinematográfica responde al aspecto mucho más temible de los gorilas, que son más grandes, más fuertes y más intimidantes que los chimpancés. No obstante, si existiese esa civilización formada por grandes simios, los papeles estarían invertidos: los gorilas serían los civiles pacíficos y los chimpancés ejercerían como soldados.

Los gorilas, también muy cercanos parientes nuestros, siempre tuvieron mala fama por culpa de sus rostros severos, su imponente tamaño, sus aparatosos gestos y sus impactantes rugidos. Los gorilas dan miedo incluso cuando realizan un gesto tan trivial como bostezar dejando asomar sus imponentes colmillos. Fue la primatóloga Jane Goodall quien demostró que los gorilas, en realidad, no son particularmente violentos. Son animales fundamentalmente vegetarianos. No cazan, y las proteínas animales que consumen provienen sobre todo de insectos. Son casi tan inteligentes como los chimpancés, pero su psicología es muy distinta porque también es muy distinto su modo de vida.

Los gorilas suelen conformar pequeños grupos dominados por un patriarca, el «espalda plateada», que protege y comanda una familia de hembras y jóvenes. En esa sociedad gorila, los enfrentamientos violentos son poco habituales y se producen, sobre todo, cuando un macho intenta disputarle el territorio o las hembras al patriarca reinante. Incluso en ese caso, el enfrentamiento físico suele estar precedido por una serie de avisos. Los gorilas son conscientes del poder de sus semejantes y no les gusta pelear hasta las últimas consecuencias porque supone arriesgarse a recibir heridas graves. Así que, cuando es posible, prefieren recurrir a la intimidación y solo llegan a la violencia directa cuando esa intimidación no ha funcionado. A los patriarcas tampoco les gusta ver peleas entre los suyos, y a veces intervienen para detener conflictos entre otros miembros de su manada.

Es infrecuente que los gorilas ataquen a los humanos. Aunque no es imposible, y sucede. Como con cualquier animal grande, existe un peligro intrínseco y siempre hay que tener cuidado. Quienes trabajan con gorilas silvestres señalan que, para que tenga lugar ese ataque, deben producirse unas circunstancias específicas. Por ejemplo, la mala suerte. Si un humano se encuentra se repente con un gorila que no lo ha oído venir, será atacado sin advertencia, porque a los gorilas no les gusta verse sorprendidos. Algo parecido sucede cuando se sienten acorralados, o, de manera especial, cuando sienten que sus crías están siendo amenazadas: los furtivos que pretenden robar crías para venderlas son las principales víctimas humanas de los gorilas. En otros casos, y salvando el mencionado encuentro fortuito e indeseado por ambas partes, los gorilas tienen la costumbre de avisar antes de atacar.

Cuando un humano desconocido entra en el territorio de una manada, lo habitual es que el macho dominante salga al encuentro para desplegar un espectacular repertorio de advertencias: rugir, ponerse sobre dos patas, darse con los puños en el pecho, golpear el suelo para hacer ruido, arrancar ramas y lanzarlas por el aire, correr levantando polvareda, etc. Estas advertencias son muy evidentes y van de menos a más. Solamente si el humano es lo bastante insensato como para ignorarlas, el gorila se decidirá a lanzar un ataque que normalmente será rápido y no necesariamente tendrá la intención de matar. Eso sí, dada su fuerza, uno solo de sus golpes puede provocar heridas muy graves (lo que menos se puede esperar son varias roturas de costillas y otros huesos). Algunas personas han sobrevivido a estos ataques; teniendo en cuenta que un gorila es diez veces más fuerte que un varón humano adulto, esa supervivencia demuestra que el gorila pretendía ahuyentar al invasor y no matarlo, cosa que podría haber hecho en un par de segundos.

Goodall enseñó al mundo que, si se respetan los protocolos sociales de los gorilas y se les permite acostumbrarse a la presencia humana, son animales que no ejercerán la agresión sin motivo aparente. Los gorilas son peligrosos por su fuerza, pero previsibles. Quienes trabajan con gorilas o los estudian en su hábitat conocen los signos que para un humano no significan nada, pero que un gorila a la defensiva puede interpretar como amenazas (por ejemplo, es mala idea mirarlos fijamente a los ojos, o mostrar los dientes). Estos profesionales también saben que un gorila nervioso reducirá su agresividad si el humano adopta la correcta postura de sumisión. El sentido común, unido al conocimiento de la psicología del gorila, sirve para prevenir eventos desagradables.

Los gorilas pueden mostrarse incluso protectores con ciertos seres humanos. Es famoso el caso de un niño que cayó en el foso de los gorilas de un zoológico estadounidense en el año 2016. Un macho adulto llamado Harambe, alarmado por los gritos de la gente, decidió proteger al niño. Su conducta era de aparente brusquedad a ojos humanos, sobre todo cuando corría arrastrando al niño tras de sí, cosa que hacía porque un gorila no puede correr a dos patas llevando al niño en brazos. Lo cierto es que Harambe no trató al niño como a un invasor, sino como a una cría necesitada de ayuda, y no pretendía más que poner a salvo al pequeño humano. Si hubiese querido matar al niño, lo hubiese hecho. El asunto terminó cuando la policía mató a disparos a Harembe porque, aun a sabiendas de que su conducta era protectora, un niño no es tan resistente a los movimientos bruscos como lo es una cría de gorila (por suerte, el niño salió del incidente solo con algunas heridas menores). No se trata de «humanizar» la conducta de Harambe, sino sencillamente de juzgarlo por su propia psicología; el pobre gorila trató al niño como hubiese tratado a una de sus propias crías, pero desconocía que una cría humana es mucho más frágil que una de las suyas propias.

Este incidente ilustra que, incluso cuando las cosas acaban mal, la conducta de los gorilas suele seguir unos patrones previsibles. Hablábamos de quienes trabajan con simios salvajes; pues bien, todos ellos prefieren un encuentro con gorilas, esos gigantes vegetarianos y contemplativos, que con chimpancés. Vean aquí a un gorila macho que nunca ha visto un espejo y confunde su propio reflejo con un macho invasor: sus amenazas son terroríficas, no cabe duda, pero no es menos cierto que el animal está ofreciendo la oportunidad de que el rival se humille o se retire:

Casi nada de lo aquí dicho sobre los gorilas se aplica a los chimpancés. Para empezar, los chimpancés son omnívoros. Consumen gran cantidad de hojas que son la base de su dieta, pero también les gusta la carne y, al igual que los humanos, han evolucionado para cazar en grupo. Sus presas predilectas son monos arborícolas a los que atrapan mediante complejas estrategias colectivas ejecutadas por los machos de la manada: unos chimpancés asustan a los monos para dirigirlos en una dirección concreta donde esperan otros chimpancés que han organizado una emboscada. Es un fascinante ejemplo de trabajo en equipo, unido a la capacidad de estos simios para comunicarse entre sí mediante gestos. Sin embargo, la sociedad chimpancé es mucho más competitiva y caótica que la de los gorilas. Los chimpancés salvajes son cariñosos, tienen una rica vida afectiva y ciertamente poseen empatía, pero viven bajo el efecto de un constante estrés social. Son, como los humanos, propensos a las neurosis y las frustraciones. Entre los gorilas, un patriarca puede ser desafiado por otro macho y ahí acaba el tumulto porque, resuelto el conflicto, la manada se dedicará a la vida contemplativa. Pero los chimpancés viven en manadas más numerosas y sienten la constante necesidad de mantener o mejorar su estatus; por ello, y con frecuencia diaria, recurren a amenazas, agresiones e incluso actos de crueldad deliberada.

La agresión de los gorilas es previsible y proporcional, siguiendo patrones relativamente comprensibles para nuestra mirada humana, porque es una agresión cuyo propósito es la autodefensa y la defensa del territorio, de las hembras y de las crías. Por el contrario, la agresión de los chimpancés responde a complicados resortes sociales no siempre obvios para el observador humano. La agresión del chimpancé puede parecer caprichosa y desproporcionada. Y esto no es todo. Los chimpancés no solo matan, sino que se ensañan con sus víctimas: atacan los ojos, los genitales, etc. Esto, cabe insistir, no significa que los chimpancés sean «malvados», pero se aleja de su idealización pueril como «personitas». Sí, se parecen mucho a nosotros, más que ninguna otra criatura de nuestro planeta. Y sí, son encantadores: ¿a quién no le enternece ver vídeos de chimpancés? Pero tenemos que recordar que ellos no son como nosotros.

Es verdad que existen algunos humanos capaces de cometer actos tan sanguinarios como los de un chimpancé, pero a estos humanos los consideramos una excepción, una aberración dentro de los parámetros de nuestra sociedad. Salvando esas excepciones, los humanos no somos tan violentos. Por el contrario, los chimpancés que se comportan de manera sanguinaria no constituyen una aberración entre los suyos. Su conducta es producto de la evolución, sumada a la influencia de sus propias biografías. Pero si los chimpancés son distintos a nosotros incluso en el uso de la violencia, están en su derecho de serlo. Somos nosotros quienes hemos ido a buscarlos a su hábitat, no a la inversa. De hecho, los chimpancés salvajes suelen evitar a los humanos. El problema con el que se encuentran los mal informados adoptantes de chimpancés consiste en descubrir que no los podrán domesticar porque lo que tienen en sus casas es, básicamente, un pedazo de la selva.

El que los chimpancés no sean domesticables no los convierte en una rareza. Muy pocas especies animales son domesticables. A lo largo de nuestra existencia como humanos hemos domesticado a un muy reducido número de criaturas, mientras que la mayoría se han resistido. Las especies domesticables deben cumplir una serie de condiciones. Deben ser sociales en origen, pero no cualquier sociedad animal predispone a la domesticación: es importante que en sus manadas primen la obediencia y el respeto a la jerarquía. El perro, que proviene del lobo, ha sido fácil de domesticar porque los lobos tienen una tendencia natural a respetar al líder de la manada, grupo social mucho más estable que el de los chimpancés. Los actos violentos del perro, como los del gorila, suelen seguir una lógica que los humanos encontramos comprensible. Un perro ve al humano como líder de su «manada» y esto hace que, por su historia evolutiva, le resulte muy difícil comportarse de otra manera. Es extremadamente raro, aunque en ningún modo imposible, que un perro ataque a quienes considera de su familia, y para que eso suceda suele precisarse la intervención de un factor anómalo, como una enfermedad que afecte a su conducta. Además, a los millones de años de selección natural del lobo hay que sumar los miles de años de selección artificial del perro: los humanos hemos favorecido la reproducción de los perros más obedientes y dóciles frente a la de aquellos más violentos e indómitos. Una consecuencia de esto es que los perros domésticos parecen ser menos inteligentes que los lobos, pero son más capaces de prestar atención a lo que hacemos los humanos. Los lobos no nos  conocen ni nos comprenden, pero a los perros los hemos adaptado a nosotros y nuestras necesidades.

No todas las especies sociales y jerárquicas son domesticables. Pese a lo que parece indicar el sentido común, la semejanza entre dos animales no indica que sean igualmente aptos para ser nuestros obedientes compañeros. Por ejemplo, hemos domesticado con mucho éxito los caballos y los burros, pero no hemos podido hacerlo con las cebras, demasiado indómitas y agresivas. ¿Por qué unas especies sí son domesticables y otras muy parecidas no lo son? Además del funcionamiento de sus respectivas jerarquías naturales, hay otros factores que entran en juego: cómo manejan las situaciones de miedo y estrés, para qué usan su agresividad, etc. Hasta existe un caso particular de animal no muy social que se ha adaptado perfectamente a nosotros: el gato. Se cree que los gatos se domesticaron a sí mismos integrándose por voluntad propia en comunidades humanas de África, donde buscaban alimento y refugio. El pequeño tamaño de los gatos no los convertía en una amenaza, así que los humanos toleraron su presencia y pronto descubrieron las ventajas de aquella espontánea compañía felina. En especial, era beneficiosa la habilidad de los gatos para cazar alimañas, cosa muy apreciada en comunidades agrícolas. Los gatos ni se parecen a nosotros ni proceden de una sociedad jerárquica como la de los perros; eso hace que, como sabe cualquier propietario de gatos, no sean muy obedientes ni estén dispuestos a trabajar para nosotros. Pero su conducta hacia los humanos es muy tranquila. Los gatos, entre otras cosas, nos temen por nuestro mayor tamaño y saben que no sería buena idea hacernos enfadar.

Los chimpancés «domésticos» no nos temen. Y con razón. Si se lo proponen, pueden matar con facilidad a cualquier persona. Los únicos chimpancés que nos tienen miedo son los silvestres que no tienen experiencia tratando con nosotros. Los chimpancés silvestres ven que los humanos somos más altos que ellos, así que también nos imaginan más fuertes y evitan toparse con nosotros del mismo modo que evitan toparse con leones o leopardos. Lo peor que puede pasar es que ejemplares salvajes descubran que, pese a nuestra estatura, no somos rivales para ellos. Esta circunstancia solo se produce cuando se ven forzados a vivir cerca de los humanos, situación que, de ser por ellos, nunca se produciría.

En muchas regiones de África, los pobladores humanos apenas tienen problemas con los chimpancés porque estos animales evitan activamente el contacto. Por desgracia, cuando la deforestación deja a los chimpancés sin hogar, estos empiezan a dejarse ver y terminan deduciendo que los humanos no son tan temibles como sugiere su estatura. El mejor ejemplo es lo que está sucediendo en zonas rurales de Uganda. La población humana se ha instalado en territorios que hasta hace muy poco eran selva, pero que ahora son tierras de cultivo. Los chimpancés han perdido sus zonas de caza y se ven obligados a subsistir en diminutos parches de bosque que aún quedan junto a las nuevas plantaciones y poblados. Esta cercanía a los humanos ha ayudado a que los chimpancés descubran que sus nuevos vecinos son vulnerables y, por lo tanto, potenciales presas. Y esta es una muy mala noticia para los agricultores: el chimpancé es un simio cazador de monos, así que un humano vulnerable se convierte, a sus ojos, en un mono comestible más. En su ansia cazadora, los chimpancés de estas zonas deforestadas han llegado a atacar a niños. Los aterrorizados agricultores, que se habían instalado en esas regiones buscando una vida mejor, construyeron vallas que se terminaron demostrando inútiles ante la fuerza y agilidad de estos simios. Muchos colonos han terminado huyendo porque, aunque eso los devuelve a una situación económica precaria, se han dado cuenta de que los chimpancés cazadores son imposibles de controlar. Y no solo los humanos pueden ser víctimas; se han documentado ataques colectivos de chimpancés contra gorilas. Los chimpancés saben que, cara a cara, un gorila adulto los puede matar en un segundo, pero una vez aprenden qué individuos (crías, jóvenes, enfermos) son vulnerables a los ataques en grupo, no desaprovecha la oportunidad de cazarlos.

Así, los chimpancés que viven con humanos tienen una psicología sumamente compleja repleta de resortes que escapan a nuestra «teoría de la mente». Es decir, nos es muy difícil interpretar lo que pasa por sus cabezas. Los chimpancés se comunican profusamente entre ellos; normalmente, y salvo en caso de alarma, lo hacen en silencio, mediante gestos que han desarrollado de manera natural. Pero no son capaces de hablar con nosotros y su estado mental es fuente de posibles sorpresas que, en ocasiones, son muy desagradables. En Estados Unidos se hizo célebre el caso de Travis, un chimpancé macho de trece años —esto es, recién empezada su vida como adulto joven— que vivía como mascota en casa de una mujer llamada Sandra Herold. Travis había crecido entre humanos desde su nacimiento y parecía totalmente adaptado a la vida en una casa. Dormía con Sandra, comía en la mesa y se divertía realizando diversas tareas domésticas, desde regar las plantas hasta dar de comer a unos caballos. Veía partidos de béisbol en televisión y había llegado a aprender intuitivamente el horario del camión que llegaba al barrio para repartir su postre favorito, el helado. Había ejercido como «actor» en anuncios y como invitado en programas televisivos. Su relación con la gente de la localidad era, por lo general, afectuosa. Sandra Herold conducía una grúa para retirar vehículos; cuando iba acompañada de Travis, los lugareños saludaban al chimpancé y contemplaban divertidos cómo este devolvía el saludo. Así, la mayor parte del tiempo, Travis parecía una «personita» más.

Travis, sin embargo, no era tan feliz como aparentaba. Los chimpancés necesitan constante estimulación intelectual y física. Genéticamente preparados para altos niveles de estrés, se aburren con facilidad en torno a los humanos, y no siempre consiguen gestionar las emociones negativas que se derivan de sus carencias y frustraciones. A esto hay que sumar que sus necesidades dietéticas son difíciles de satisfacer (las verduras de consumo humano no son suficientes), y que cualquier enfermedad puede empeorar su estado anímico. Travis padecía problemas psicológicos desde el comienzo de su adolescencia: al despertar de su naturaleza selvática se había sumado la enfermedad de Lyme, causada por una pulga, que cuenta entre sus síntomas la confusión mental y elevados niveles de ansiedad. Travis, de hecho, estaba siendo tratado con benzodiacepinas.

Con la pubertad había llegado el primer incidente. En una ocasión, viajando en el coche de Sandra, un desaprensivo tiró un objeto hacia la ventanilla semiabierta junto a la que se sentaba Travis. El objeto pasó por la ventanilla y le golpeó. Los chimpancés son extremadamente inteligentes y no solamente reconocen una intención agresiva, sino que, dado su instintiva tendencia a defender el estatus social, se la toman como algo personal. Siempre se dice que los elefantes nunca olvidan a la persona que los ha maltratado; esto es muy cierto en el caso de los chimpancés, capaces de guardar rencor —y también un profundo cariño— a personas a las que no han visto durante años. Para vengarse del lanzamiento del objeto, Travis se quitó el cinturón de seguridad, abrió la puerta y salió en persecución del agresor, aunque no consiguió alcanzarlo porque este había tenido la buena idea de huir al instante. Así que Travis quedó en mitad de la calle, alterado y buscando venganza, cuando se presentó la policía. Aunque desde bebé conocía a los policías del pueblo, hizo conato de atacarlos. Su dueña lo pudo tranquilizar, pero los policías le aconsejaron que se deshiciera del chimpancé llevándolo a algún centro de conservación. Por desgracia, la mujer hizo caso omiso. Varios años después se demostró que los policías habían aconsejado sensatamente. La causa visible del nuevo incidente fue un juguete, aunque es seguro que los problemas psicológicos de Travis empeoraron su reacción.

Los chimpancés, como los niños, tienen sus juguetes favoritos y pueden volverse posesivos con ellos. El juguete favorito de Travis era un peluche de Elmo, el personaje de los Muppets. Una amiga de Sandra Herold y visitante habitual de la casa, Charla Nash, tuvo la ocurrencia de agarrar el muñeco. Sin mediar aviso, Travis se abalanzó sobre ella. Lo que siguió fue verdaderamente escalofriante. En la sanguinaria tradición de las peleas a muerte entre chimpancés, Travis arrancó los ojos y la mandíbula de la mujer, además de destrozarle las manos. Su dueña, Sandra, intentó detener el ataque apuñalando al chimpancé por la espalda con un cuchillo de cocina. Travis «se giró y me miró como diciendo: mamá, ¿qué has hecho?». El acuchillamiento incrementó su furia; no atacó a su «madre», pero siguió ensañándose con Charla.

Sandra llamó a emergencias diciendo «¡El chimpancé ha matado a mi amiga! ¡Se la está comiendo! ¡Le ha arrancado la cara!» mientras, en segundo plano, se oía al chimpancé gritando. Aun así, al operador de emergencias le costó casi un minuto creer que la histérica mujer no estaba intentando tomarle el pelo. Por fin, la policía se presentó y mató al animal a tiros. Increíblemente, Charla Nash sobrevivió al violento ataque de Travis, aunque quedó ciega y muy desfigurada. Los médicos de emergencia que la atendieron nunca habían visto algo parecido y calificaron sus heridas como «horrendas». El oficial de policía que disparó y mató a Travis, llamado Frank Chiafari, conocía al chimpancé desde cría y el suceso lo conmocionó tanto que padeció una depresión como consecuencia.

Sandra Herold dijo después que, pese a los hechos, seguía pensando que «Travis es como mi hijo y no podría serlo más aunque le hubiese dado a luz yo misma», e insistió en que el ataque había sido «una anomalía». Es verdad que Travis era un chimpancé adulto sometido al estrés de una enfermedad y a los efectos de varias medicaciones, pero no es menos cierto que este tipo de ataque hiperviolento se observa también entre chimpancés salvajes. El de Travis fue quizá un caso extremo, pero no único. Es peligroso acercarse a un chimpancé que está en una jaula y no son pocas las personas que, confiadas, han sido atacadas en zoológicos o centros de investigación, donde los chimpancés llegan a arrancar dedos a través de los barrotes. Como decíamos antes, lo preocupante es cuando aprenden que son mucho más fuertes que los humanos: dada su inteligencia, ni siquiera necesitan pelear con nosotros para aprenderlo. Les basta con observarnos.

El chimpancé es, pues, el más violento de los grandes simios, mucho más agresivo que los seres humanos. Si tenemos en cuenta nuestra historia cazadora similar a la del chimpancé, somos muy poco agresivos, quizá porque nuestras sociedades han sido mucho más estables. Pero los chimpancés no son así porque lo han decidido. Es su naturaleza y difícilmente podremos cambiarlos. Una selección artificial que los haga más dóciles parece inviable: viven demasiado tiempo y se reproducen demasiado poco como para planificar, mediante el apareamiento de individuos escogidos, cambios generacionales que se manifiesten a medio plazo. Intentar hacer con ellos lo mismo que hicimos con los lobos es nadar contra la corriente. El primer problema es que los humanos hemos sido intrusos en el hábitat de los chimpancés, los hemos extraído de él, y hemos intentado adaptarlos a nuestros caprichos. El segundo problema es que esperamos que se comporten como lo que no son. Y el tercer problema es que durante sus primeros años sí se comportan como nosotros deseamos, mostrándose dóciles y dependientes, y además siendo encantadores. Las redes sociales —Instagram, etc.—, unidas al evidente encanto e inteligencia de estos fascinantes parientes nuestros, han promovido las adopciones de chimpancés como mascotas allá donde esta práctica todavía es legal. Pero cabe reflexionar sobre si un hogar humano puede cubrir las verdaderas necesidades de estos complejos simios, y sobre la irresponsabilidad de hacerlos crecer en un entorno que quizá los rechace en cuanto abandonen la infancia. Pero los chimpancés criados entre humanos no pueden retornar a la selva, pues no han podido aprender a relacionarse con sus parientes salvajes que los matarían en minutos, y terminan —en el mejor de los casos— en instituciones dedicadas a recoger a aquellos individuos que ya no son manejables y cuyos «dueños» han descubierto que no son realmente domesticables. Individuos que, no lo olvidemos, han sido abandonados por humanos a quienes amaban como su familia. Los chimpancés pueden ser indómitos y agresivos, pero no son malvados o insensibles, y parecen sufrir la pérdida y la separación de manera no muy distinta a como los sufrimos nosotros. Qué mejor manera de respetarlos que dejarlos vivir en su hábitat y bajo sus propias reglas.


¿Sueñan los simios con seres invisibles?

Fotografía: Daniel Muñoz / Cordon Press.

Un chimpancé se acerca a un árbol; durante unos momentos observa el ancho tronco, uno de cuyos lados está partido y forma un amplio hueco triangular. De repente, el chimpancé agarra una piedra que está junto al árbol, la levanta con ambas manos y la arroja hacia el tronco mientras chilla. Después se aleja con rapidez. Es posible que usted piense que no hay nada de particular en la escena de un simio que chilla y arroja objetos. Es más, en ausencia de otros datos, esta podría parecer una conducta fácil de explicar; el chimpancé podría haber percibido alguna amenaza, o podría estar intentando captar la atención de alguna hembra o de espantar a machos rivales. Sin embargo, estos episodios, que únicamente se producen en algunos grupos de chimpancés en una región de África, pero no en el resto del continente, tiene perplejos a los estudiosos. Ese acto de apedrear árboles, que por lo general son huecos o responden a determinadas características, es una parte de un complejo ritual. Los chimpancés no solo arrojan las piedras, sino que también las depositan con cuidado en el interior de esos troncos, formando montones ordenados que recuerdan a los que levantaban algunos humanos prehistóricos en lugares que, según presumen los arqueólogos, tenían una significación espiritual o religiosa. Los chimpancés visitan estos árboles a menudo y repiten estas ceremonias inexplicables. Aunque estos animales han sido estudiados durante décadas, jamás se había observado una ceremonia similar.

Fueron investigadores del Instituto Max Planck quienes mientras estudiaban varias zonas del África occidental, descubrieron unas inesperadas acumulaciones de piedras, depositadas con visible deliberación y orden en el interior de varios troncos escogidos. Asombrados tanto por el carácter excepcional de estas acumulaciones como por su similitud con lo que en épocas tempranas del ser humano era un tipo muy primitivo de altar, colocaron cámaras de vigilancia para intentar averiguar el origen. Después, al repasar el metraje, comprobaron que eran grupos de chimpancés quienes depositaban las piedras en estos troncos, a los que regresaban de vez en cuando para dejar nuevas piedras o para golpear el árbol con ellas. Se comportan como si hubiese algo o alguien en aquellos árboles, aunque las cámaras jamás han captado nada.

Es evidente que guardan una relación muy especial con estos lugares, escogidos y adornados por ellos mismos. En ocasiones se sienten repentinamente excitados en presencia de estos troncos, aunque otras veces se limitan a observarlos en silencio. No acuden allí para buscar comida o agua, ni ninguna otra cosa que forme parte de las funciones cotidianas de cualquier grupo de chimpancés. Sin duda esos lugares tienen algún tipo de significación especial. Cuál y por qué es algo que todavía no comprendemos. Es bien sabido que los chimpancés pueden usar piedras como herramientas, como también hacen otros simios, pero estos nuevos rituales no parecen cumplir ninguna función práctica. Tampoco parecen destinados a establecer relaciones dentro del grupo, ni responden a una amenaza, puesto que salvando el momento en que arrojan piedras al tronco, se les ve tranquilos en presencia de los árboles. Incluso puede descartarse el ritual de apareamiento, puesto que las hembras y los individuos jóvenes de ambos sexos también participan en estas prácticas.

Ustedes mismos pueden comprobarlo: las filmaciones están en internet; los chimpancés parecen estar reaccionando a seres invisibles que las cámaras no son capaces de captar. ¿Lo más sorprendente? Que este fenómeno únicamente existe entre algunos grupos de chimpancés y en cuatro localizaciones concretas de Guinea-Bisáu, mientras que en el resto de las regiones estudiadas por esos mismos investigadores (tanto en el resto de Guinea-Bisáu, como en Guinea Ecuatorial, Liberia o Costa de Marfil) no se observó nada similar. Es como si unos grupos les hubiesen enseñado esas ceremonias a otros. Hasta el momento, se habían observado conductas similares, con la diferencia de que no se depositaban piedras en altares escogidos. Sí había chimpancés que reaccionaban con excitación ante una cascada, a la que también arrojaban piedras, como describió en su momento la famosa bióloga Jane Goodall. Pero en el caso de la cascada podía emplearse una explicación sencilla: los chimpancés reaccionaban de manera excepcional ante un fenómeno excepcional —la caída del agua— el cual, debido al ruido y el movimiento, parece contener vida. Aunque tampoco estaba claro el motivo de ese comportamiento, la propia Jane Goodall lo atribuía a que la cascada despertaba entre aquellos primates una especie de «sentido de la maravilla».

Fotografía: Steven MacDonald (CC).

El problema es que un árbol no es un fenómeno excepcional que pueda despertar el sentido de la maravilla de los chimpancés, que están bien acostumbrados a los árboles. Un árbol no se mueve ni hace ruido, salvo por la acción del viento, y cuando hay viento son todos los árboles los que se mueven, no solamente algunos. Como estos grupos de chimpancés eligen muy bien los árboles donde realizar sus ceremonias e ignoran por completo el resto de árboles, esa explicación también puede ser descartada. Este descubrimiento ha generado más preguntas que respuestas, pero hay algo que sí entendemos: sus implicaciones podrían ser enormes si conseguimos descifrar el enigma, porque podrían explicar el origen de determinadas conductas humanas.

Aunque el chimpancé no es un antecesor del hombre, sino un pariente muy próximo, es lo bastante parecido a nosotros —y lo bastante inteligente— como para atrevernos a proponer determinados paralelismos entre ambas especies. Así, algunos barajan la posibilidad de que podamos estar asistiendo al nacimiento de una religión entre los chimpancés, lo cual vendría a significar que, de alguna manera, se comportan como si creyesen que hay algo similar a espíritus en esos troncos. Como es obvio, no hablaríamos de una creencia religiosa tan estructurada como la de los humanos, pero parece que hay pocas explicaciones tan coherentes con todo el fenómeno como la de que nos hallamos ante una forma muy elemental de animismo. Los chimpancés perciben algo especial en estos troncos, sea real o imaginado, por lo tanto les conceden un carácter excepcional, demostrándolo con conductas excepcionales que no parecen servir a otro propósito que el de expresar su vínculo con estos emplazamientos. En otras palabras, esos árboles son, hasta donde podemos entender, la misma definición de «lugar sagrado».

Es obvio que la sacralización de un sitio o un objeto implica, además, la capacidad para albergar nociones trascendentales. No existe una motivación relacionada con la supervivencia inmediata que explique por qué estos árboles, similares a otros, son elegidos para realizar semejantes ceremonias. Hay algo que está más allá de la pura necesidad fisiológica, incluso más allá del instinto, o de lo contrario todos los chimpancés de cualquier parte de África hubiesen mostrado este comportamiento desde que se los estudia. Sin embargo, todo indica que se trata de una nueva construcción cultural, que no es caprichosa ni efímera, lo cual hubiese podido afirmarse si se produjese de manera azarosa y ante cualquier árbol con huecos. Es más: la elección de los altares no se produce necesariamente en aquellas zonas que contienen mayor número de árboles de las mismas características, ni siquiera aquellas zonas con mayor abundancia de piedras, como sucedería si la conducta tuviese un origen azaroso y su escenario estuviese ligado a la conveniencia.

El principal misterio radica en qué es lo que estos chimpancés creen ver o percibir en estos troncos. Hay algo invisible, que las filmaciones no muestran, pero que para ellos debe de ser muy real. Aún produce mayor perplejidad o confusión el que ni siquiera esté relacionado con defunciones o enterramientos, ya que sí se han observado algunos ritos funerarios entre los animales (por ejemplo, y de manera muy llamativa, entre los elefantes). Es verdad que el humano no es el único animal que parece tener consciencia de la muerte como fenómeno, o por lo menos de la muerte de sus semejantes, pero estos árboles «sagrados» no parecen guardar relación con acontecimientos luctuosos que hayan afectado el ánimo de estos chimpancés. El único factor común es que se trata de árboles con ciertos rasgos concretos.

En todo caso, el que se haya extendido de unos grupos a otros sí demuestra la naturaleza cultural de la ceremonia, pero no nos dice nada acerca de cómo se originó. Supongamos que un día hubo un chimpancé que empezó a comportarse así, por el motivo que fuese, y que algunos le siguieron, extendiéndose la costumbre de unos a otros. Puesto que hablamos de una conducta en la que no parece haber recompensa visible, se trataría de un fenómeno de pura imitación, y en ese caso, ¿no estarían los grupos de chimpancés de toda África repletos de ceremoniales igualmente inexplicables surgidos por azar? Además, la psicología básica nos lleva a pensar que tal tipo de construcción cultural aparentemente inútil hubiese desaparecido rápidamente y que la imitación no hubiese bastado para mantenerla, mucho menos extenderla a otros grupos. Lo cual nos hace deducir que para los chimpancés esta ceremonia de arrojar y depositar piedras no es inútil, cumple un papel y ha entrado a formar parte de sus vidas.

En ausencia de más información, no parece tan aventurado preguntarse si los simios creen en los espíritus. Nuestra visión antropocéntrica del mundo siempre nos hizo pensar que determinados fenómenos intelectuales eran exclusivos de la especie humana, pero el estudio de nuestros parientes nos ha demostrado una y otra vez que casi nunca es así. Por ejemplo, los simios son capaces de manejar un lenguaje aprendido bastante complejo, como sucede en el famoso caso de la gorila Koko, capaz de manejar más de mil palabras mediante lenguaje de signos y componer frases para comunicar ideas e incluso manifestar cuáles son sus estados de ánimo (Koko ha cuidado a varios gatos como mascotas y llegó a expresar su tristeza por la muerte de alguno de ellos). Aunque parece que los chimpancés no son tan hábiles con el lenguaje como los gorilas, algunos individuos sí han aprendido bastante; Washoe, la primera chimpancé que usó la lengua de signos para comunicarse, podía manejar unas doscientas cincuenta palabras.

Esto demuestra, más allá de toda duda, que tanto gorilas como chimpancés poseen pensamiento abstracto, así como la capacidad para ordenar y relacionar sus ideas de una manera parecida a como hacemos nosotros. Esa capacidad de abstracción sería el requisito básico para poder imaginar, construir escenarios mentales que trascienden la realidad física. El mismo proceso abstracto podría llevar a que los chimpancés llegaran a creer que un producto de su imaginación es real. Así pues, si de verdad los chimpancés que adoran estos árboles creyesen que en ellos se esconde algo invisible, estarían manifestando algo no muy distinto a la creencia humana en entidades trascendentes. La idea de que en sus mentes podría existir un mundo invisible habitado por seres inmateriales resulta fascinante. ¿Qué esperan obtener de estos árboles huecos cuando los rellenan con piedras? ¿Con quién pretenden comunicarse cuando los golpean? ¿Por qué unos grupos han decidido adoptar la costumbre de otros? ¿Obtienen algún tipo de satisfacción espiritual que nosotros, aun siendo también animales, no creemos posible en ellos? Todavía tenemos más preguntas que respuestas, pero la sola posibilidad de que estemos asistiendo al nacimiento de un culto religioso entre los chimpancés basta para mantenernos boquiabiertos.

Quizá nuestros hermanos simios se parezcan a nosotros incluso más de lo que ya sospechábamos. A fin de cuentas, también tenemos nuestros árboles huecos en forma de templos y también realizamos ofrendas de piedra a seres invisibles con los que intentamos entablar contacto. Quiénes somos, pues, para dudar de la importancia y la solemnidad de las ceremonias que estos chimpancés consagran, por qué no, a los inefables espíritus que reinan en su hábitat. Se trate de su religión o se trate de su arte, todo lo que debemos hacer es observar, aprender, respetar y maravillarnos por el privilegio de habitar su mismo planeta.


Ande o no ande. Elogio razonado de la nariz masculina

Detalle del David de Miguel Ángel. Fotografía: Jörg Bittner Unna (CC)

En 1504, cuando Miguel Ángel tenía prácticamente acabada su estatua del David, recibió en su taller la visita de Piero Soderini, el gonfaloniero (el jerarca de mayor rango) de la entonces república de Florencia. En general, a Soderini le gustó la escultura y no puso objeciones a su desnudez. Dijo, eso sí, que tenía la nariz demasiado grande.

Miguel Ángel, que todavía no había desmontado los andamios en torno a la figura, subió a lo alto de la estructura armado con su cincel y comenzó a hacer ruidos, aplicando contra la piedra la parte roma del instrumento. También sacudió el polvo de mármol que se había acumulado sobre las tablas para que cayera y que pareciera que se estaba desprendiendo de la escultura. Desde el suelo, cinco metros más abajo, Soderini no pudo apreciar que Miguel Ángel no estaba esculpiendo realmente, solo fingiendo que lo hacía, y que no alteró en absoluto la nariz del David. Cuando el escultor dijo haber acabado, el gonfaloniero se dio por satisfecho:

—A mí me gusta más así —dijo—. Le has dado vida.

Lo cuenta Giorgio Vasari en Las vidas de los más excelentes pintores, escultores y arquitectos, publicado solo unas décadas después de aquello, y la anécdota todavía trae de cabeza a los historiadores del arte. Unos dicen que no es cierta, que el cronista solamente quiso significar la superioridad del juicio del artista frente al del patrón y que por eso inventó este episodio en su libro (1). Otros dicen que esto seguramente ocurrió, pero no a colación de la nariz sino del pene del coloso, aunque eso parece lo menos probable: el David se iba a exhibir con una guirnalda dorada cubriendo su virilidad. Y otros dicen que no, que esto pudo ocurrir tal cual, y que posiblemente Soderini intuyó lo que, por otra parte, puede intuir cualquiera con ojos en la cara y un poco de sangre en las venas: esa nariz rotundísima del David, ese semblante de buque rompehielos, es una auténtica obscenidad (2). O no le gustó nada o, peor todavía, le gustó demasiado. Los puritanos, ya se sabe, con frecuencia no distinguen bien una cosa de la otra.

Sobre la vida sexual de los monos (incluido usted)

Solamente existen dos especies de primates con una probóscide cartilaginosa y protuberante en las fosas nasales. Una es el ser humano. La otra es un pequeño cercopiteco endémico de la isla de Borneo al que llamamos, en castellano, mono narigudo.

En febrero de 2018, un equipo de investigadores de las Universidades de Cardiff y Kioto publicó los resultados de un amplio estudio concerniente a la nariz de ese animal (3). El grupo, liderado por el biólogo japonés Hiroki Koda, descubrió que existe una relación directa entre el tamaño de la nariz de los machos y el grado de reacción de las hembras a sus aullidos de cortejo; entre el tamaño de la nariz de los machos y el número de hembras en sus harenes; y, lo más llamativo, entre el tamaño de la nariz de los machos y el tamaño de sus testículos. Aunque los expertos conocían la prevalencia de los machos con las mayores narices en el contexto de la competencia sexual, sorprendió la contundencia de esa correlación biológica adicional: los machos con mayores narices no solo logran entablar más relaciones sexuales, sino que también tienden a ser sujetos más fértiles.

A la otra especie del planeta dotada de nariz, sin embargo, parece ocurrirle lo contrario: que la prefiere pequeña. Dato: según las estadísticas de la Asociación Internacional de Cirugía Plástica y Estética, en 2016 se hicieron 786 852 rinoplastias a lo largo y ancho del mundo. Y, aunque la abrumadora mayoría de usuarios de cirugía estética son mujeres, proporcionalmente son los varones quienes se someten más a este tipo de intervención. La reducción del tamaño y la proyección de la nariz es la tercera intervención quirúrgica con fines estéticos más frecuente entre los hombres (después de la cirugía de párpados y la de corrección de ginecomastia) y solamente la sexta entre las mujeres.

A nivel global, la rinoplastia es la segunda operación estética más frecuente en el área de la cabeza y la que antes se acomete: en un 65 % de las ocasiones se hace a pacientes menores de treinta y cinco años. Brasil es el país donde más personas se someten a este tipo de cirugía: solo en aquel año, el último que recogen al completo las estadísticas, lo hicieron cerca de 74 000. En España, el décimo país del mundo donde la cirugía estética es más frecuente, se hicieron 17 675 rinoplastias. Ah, y que no le tiente pensar que esto es una singularidad del primer mundo, de Occidente o de alguna otra entelequia de esas. En países como Irán y Turquía, de hecho, es la operación de cirugía estética más demandada.

Y la cirugía es lo de menos. Basta con echar un vistazo a los deportistas más deseados, los miembros de las boy bands o la lista de los «Sexiest Man Alive» que confecciona la revista People: en nuestra civilización se encumbra por su atractivo a hombres con narices pequeñas, frecuentemente minúsculas, y en casi todos los casos discretas y poco llamativas. Pero ¿por qué? Es todo un misterio. La nariz es uno de nuestros caracteres sexuales secundarios, es decir, uno de los rasgos anatómicos (aparte de los propios órganos genitales) sujetos a dimorfismo sexual. En la especie humana, la nariz de los machos es aproximadamente un 10 % mayor. Esta divergencia, además, no tiene lugar entre los niños y las niñas, y solo ocurre a partir de desencadenarse la maduración sexual. Aunque sea algo fácilmente contrastable en la experiencia de cualquiera, en un estudio (4) dirigido en 2014 por Nathan Holton, antropólogo de la Universidad de Iowa, se pudo precisar que la nariz de los varones comienza a desarrollarse a mayor ritmo que la de las mujeres a partir de los once años, con la entrada en la pubertad, y a la vez que otros caracteres sexuales secundarios de naturaleza cartilaginosa localizados en el aparato respiratorio (como la nuez o las cuerdas vocales).

En conjunto, los caracteres sexuales secundarios son los que ejercen como reclamo sexual, y en nuestra especie (desprovista de cornamenta o un plumaje colorido) lo harán casi siempre por su tamaño: las mujeres con mamas más desarrolladas y labios más carnosos, por ejemplo, resultarán más atractivas (5); los hombres lo serán si adquieren más desarrollo muscular y una mayor estatura (6). Entonces, ¿ocurre acaso que el mayor tamaño de la nariz no es la cualidad que acentúa precisamente su magnetismo sexual? Dicho con sencillez: ¿no son las narices grandes las que confieren más atractivo a los machos humanos, y no las pequeñas? Ay, cómo decirlo: para gustos, los colores. Eso es algo complicado de probar, o acaso de hacerlo con verdadero rigor científico. Pero sí sabemos a ciencia cierta que ha venido siendo así en el pasado, o que lo ha sido predominantemente. Este fenómeno, muy común en la naturaleza (cuando los machos desarrollan características anatómicas de forma diferente a las de las hembras, o que incluso llegan a convertirse en exclusivas de su sexo), es consecuencia de la selección sexual: las hembras han premiado esa característica a la hora de elegir compañero sexual y los machos portadores de estas cualidades han reproducido sus genes con más frecuencia. De esa forma la propia característica se ha ido acentuando en el sexo masculino con la sucesión de generaciones (7). Y esto, recuerda el propio Koda en su estudio, «no hace excepción con los linajes de primates, incluyendo a los humanos». En otras palabas: los hombres tienen narices mayores porque los hombres con narices mayores han gustado más a las generaciones de mujeres que nos han precedido. Y eso, según parece, ha dejado de pasar.

Sátrapas persas y el Capitán Garfio

Que sepamos, la primera persona retratada en una moneda fue Tisafernes, un sátrapa persa, en el siglo V antes de Cristo. Ya en aquella primerísima ocasión la figura aparecía de perfil y provista de una grandísima tocha.

En aquello tuvo que ver la influencia del arte persa (en el que abundaban los bajorrelieves, donde la figura humana se representaba normalmente de lado), pero no puede dudarse que fue una idea felicísima. Las monedas con perfiles calaron pronto por todo el Imperio aqueménida y más tarde, tras la conquista de Alejandro, llegaron a sus satrapías occidentales, incluyendo Egipto y Grecia. En el Mediterráneo cambió la nariz, pero no su proporción exagerada. En los dracmas, los diádocos tenían grandes narices rectilíneas al estilo helenístico; en los denarios romanos, los cónsules y emperadores aparecían investidos con tremendas narices aquilinas (del latín aquilinus, que significa ‘aguileño’ o ‘relativo a las águilas’). Príncipes renacentistas, padres de repúblicas, dictadores fascistas… Siglo tras siglo, todos se han retratado así, con narices desproporcionadas (8). ¿Acaso es que todos esos sujetos las tenían así? No, hija, no. El parecido con la realidad importaba poco antes de que los medios de comunicación de masas permitiesen a las personas comunes conocer el aspecto de sus gobernantes. Se trataba de infundir respeto, favorecer la mansedumbre y garantizar la obediencia.

No era psicología subliminal, descarte usted esa idea; es que realmente se pensaba que las narices ilustraban con fidelidad el carisma de las personas. Es una creencia muy antigua y bien documentada. Ejemplo: Platón menciona la nariz de Sócrates hasta cuatro veces en el Teeteto. Según él, la espantosa nariz de su maestro, tan diminuta y respingona, tan contraria a la napia enorme y rectilínea que los griegos consideraban hermosa, era un reflejo de su carácter poco convencional (9). La idea no solo sobrevivió a la Antigüedad sino que experimentó su edad de oro en el siglo XIX, con el auge de la frenología y el racismo científico, hasta el punto de popularizarse varias taxonomías. La más famosa, seguramente, fue la de George Jabet en Notes on Noses, un libro publicado en 1848. Distinguía seis tipos de narices (griega, romana, cogitativa, judía, respingona y celestial) y cada una era el reflejo de diferentes cualidades de la personalidad. Pierda interés en este libro, si acaso tiene alguno: es pura basura (10).

Y no, en la actualidad tampoco hemos dejado de atribuir rasgos de la personalidad a las narices. Ocurre que las narices ya no dicen las cosas que solían decir. La nariz grande y gibosa ya no es algo que los reyes quieren tener en su retrato en las monedas; ahora esa nariz la tiene Gargamel. Y la madrastra de la Cenicienta, el emperador Palpatine, la Bruja del Oeste o el Capitán Garfio. Por el contrario, a los héroes de nuestras películas les caracteriza habitualmente una nariz pequeñita y en los dibujos animados muchos protagonistas ya no tienen nariz, directamente (11). Así que no se felicite tan pronto por vivir en la edad de la razón, cuando ya no se atribuyen cualidades psicológicas a los rasgos faciales; en cierto modo, quizá sea ahora cuando nos dedicamos a hacerlo con más ahínco.

Galería brevísima de narices portentosas (clic en la imagen para ampliar). De izquierda a derecha y de arriba abajo: un mono narigudo; Epicuro, s. III a. C.; Antínoo, s. I; Trajano, s. I; Leonardo da Vinci ca. 1500; Francisco I de Francia, 1530; Luis de Góngora, 1622; Carlos III de España, 1737; Laurence Sterne, 1766; Abraham Lincoln, 1855; Aubrey Beardsley, 1895; Grigori Rasputín, 1915; Jimmy Durante, 1934; Christopher Lee, 1948; José Ferrer, 1952; Karl Malden, 1957; Gérard Depardieu, 1974; KRS-One, 1980; Adrien Brody, 2002; y Adam Driver, 2013.

Breve compendio de tonterías acerca de la nariz

Como de todos los males del mundo, también del ocaso de la nariz grande se ha culpado a los millennials. Incluso hay quien atribuye a «la generación selfie» una especie de trastorno dismórfico corporal en lo que concierne a su nariz: no es que prefieran las narices pequeñas, dicen, es que perciben la propia más grande de lo que es en realidad. La tesis sería esta: la óptica de las cámaras de los teléfonos móviles distorsiona el tamaño aparente de la nariz, agrandándolo. Hasta un 30 % en el caso de los hombres y un 29 % en el caso de las mujeres, según los resultados de un estudio (12) publicado en agosto de 2018. Y los millennials, como son tontos, van y se operan. Acerca de este asunto no le recomendaremos una lectura en concreto, en internet encontrará un gran surtido de noticias diciendo esto mismo y variaciones parecidas (13). Elija usted la que presienta que va a confirmar mejor sus prejuicios sobre las generaciones venideras y haga clic sobre ella. Quizá no lo sepa, pero las publicaciones online en cuyo titular se acusa de algo a los millennials, en particular de amariconamiento y pamplina, cosechan, generalmente, unas visitas de escándalo.

Y, mire, ya que se pone: busque también en Google la expresión «men are the new women» (y de forma entrecomillada, para que le muestre solo las publicaciones donde la frase se dice literalmente así). Comprobará que el motor de búsqueda arroja más de 140 000 resultados. Eso son 140 000 artículos, publicaciones en blogs y vídeos cuyos autores afirman literalmente esto, que «los hombres son las nuevas mujeres», una expresión que ya es casi un cliché en la lengua inglesa. Confiamos en que no le coja por sorpresa: habrá oído esto mismo o alguna analogía en charlas de sobremesa, cafés con amigos y otros foros donde se cultiva el género narrativo más popular de toda la historia: que todo era mejor antes que ahora. Eso sí, la devaluación de la nariz característicamente masculina es, normalmente, la menor de las preocupaciones de los custodios de las esencias. Nada comparado con la gravedad de otros fenómenos que vienen ocurriendo a la par, como la popularización de la depilación entre los varones, por ejemplo, o el verdadero séptimo sello: el maquillaje masculino. Es el apocalipticismo moderno, el nuevo efecto 2000. Los campesinos medievales temían la proximidad del fin del mundo, nosotros auguramos la inminente desintegración de la condición masculina.

Eso sí: no se crea que para naturalizar lo contrario, la nariz de proporciones pequeñas, no se incurre en el disparate y la parida. Por ejemplo, en julio de 2017 la ciencia («la ciencia») anunció quiénes eran, empíricamente, los diez hombres más atractivos del mundo. Y el periodismo («el periodismo») acudió raudo a dar la buena nueva. Julian de Silva, un cirujano plástico londinense, había desarrollado un software capaz de cartografiar los rasgos faciales, detectar los que confieren belleza, tomar sus medidas y comprobar en qué grado estas magnitudes guardan entre sí la divina proporción, también llamada número φ (phi) o razón áurea (14). Por lo visto, el hombre más guapo del mundo (ya verá, sorpresa en Las Gaunas) es George Clooney (con un 91,86 % de algo; el qué, no nos queda muy claro). Le siguen Bradley Cooper (91,80 %), Brad Pitt (90,51 %), Harry Styles (89,63 %) y David Beckham (88,96 %), entre otros hombres de narices más bien chiquititas. Hasta donde hemos podido comprobar, a ninguno de los profesionales que firmaron estas noticias les pareció pertinente reseñar que, en los resultados que arroja este sistema, confeccionado por cirujanos plásticos y financiado por la industria de la cirugía plástica, una proporción significativa de estos hombres de rasgos perfectos lo son después de someterse a cirugía plástica (y, en particular, a rinoplastias) (15).

Sobre el tamaño de su pene (el suyo de usted)

A los lectores, varones y hembras, con independencia de su edad, estado y condición, les suplico por el amor de Dios y bien de sus propias almas, simplemente que se guarden contra las tentaciones y sugestiones del demonio y que se defiendan contra sus maquinaciones y artificios orientados a inculcar en sus mentes ideas diferentes de las que yo doy en mi definición. Cuando utilizo la palabra nariz, tanto a lo largo de este capítulo sobre las narices como en cualquier otra parte de mi obra donde aparezca la palabra «nariz», declaro que con esa palabra no quiero decir ni más ni menos que nariz.

Lo puso Laurence Sterne en boca de su narrador en La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy, donde la palabra «nariz» aparece ciento sesenta y tres veces. Ya ve usted qué parrafada y solamente para evitar decir «polla». ¿Sabe qué? Que quizá pecamos de mojigatería al decirnos que la nariz grande es hermosa, al equiparar porque sí la belleza y el magnetismo y conferirles un mismo rango. Quizá (quizá) la nariz grande no fuese nunca verdaderamente hermosa. Quizá (quizá) la nariz de tamaño moderado fuese siempre la hermosa y la grande tuviera algo más poderoso todavía: retórica. Y quizá (quizá) ocurriese aquello mismo contra lo que advertía Sterne: que, al ver una nariz, se estuviese viendo realmente otra cosa.

La creencia de que el tamaño de la nariz de un hombre se relaciona con el tamaño de su pene viene de antiguo. Y en la especie humana el tamaño del pene (tápese los oídos, que las verdades duelen) es una de las cualidades sexuales más valoradas (16). La nariz era un silogismo: si A es B y B es C, entonces A tiene que ser C. Y aquel silogismo encendía coloretes tras los abanicos. ¿Por qué persistió este mito? Por su utilidad, como cualquier otro. Les resultaba útil a las damas victorianas, y también a algunos caballeros, para anticipar las magnitudes anatómicas de los varones y dejar la imaginación volar. Y a usted y a mí, sencillamente, ese silogismo no nos hace falta, y quizá por eso las narices grandes hayan empezado a darnos igual a efectos del lerele. No somos más listos que entonces, no, e inocentes lo somos solamente un poquito menos. Es que estamos en 2019, ya no hay necesidad de figurarse nada. Hasta en los grandes telones publicitarios que cubren las fachadas de los edificios los futbolistas posan vestidos solamente con unos calzoncillos apretadísimos. Es que usted me dirá.

Y, mire, se lo diremos de sopetón: ni la nariz ni ninguna otra parte del cuerpo tiene un tamaño correlativo al del pene. Una nariz grande no prueba salud sexual, no anticipa fertilidad y ni siquiera le garantiza a usted que vaya a echar un polvo mejor. Puede culpar de tan terrible caída del guindo a Jyoti Shah y Nim Christopher, investigadores del Hospital St. Mary de Londres, que dejaron la cuestión zanjada en un estudio de 2002 que ha adquirido ya el estatus de clásico (17). Aunque su investigación, en la que estuvieron involucrados ciento cuatro varones de diferentes procedencias étnicas, se centraba en la relación entre el tamaño de los pies y el del pene, muestreos adicionales y nuevas investigaciones han confirmado lo mismo en cuanto al tamaño de las manos, de la nariz y de otras regiones de la anatomía (20). Se han medido los penes, se han medido después las manos, los pies y las narices de sus dueños, y la respuesta es no. Repetimos: no.

Así que sí, debe usted aceptar la derrota. Ellos tienen razón y nosotros nos equivocamos. Ellos son quienes prefieren una nariz moderada, quienes encumbran por su sex appeal a los hombres chatos; hacen bien y no incurren en ningún sinsentido. Nosotros somos quienes todavía encontramos en la nariz grande un cierto erotismo y nos decimos que es fundado; no lo es, punto pelota, y ya está. Consuélese pensando que estos aciertos y desaciertos los son solamente en sentido biológico. Y, mire, entre usted y yo: ande o no ande, caballo grande. Y la biología qué más dará. No somos monos, a fin de cuentas. Mucho menos, monos narigudos.

Un mono narigudo. Fotografía: Takdir Mappe (CC).


(1) En cierto modo, este intercambio entre Miguel Ángel y Soderini lleva a términos literales la expresión italiana «prendere per il naso», literalmente, ‘tomar por la nariz’ o ‘coger por la nariz’. Aunque hoy esta expresión significa ‘burlarse’ o ‘engañar’ (y puede equipararse a la castellana «tomar el pelo»), en aquella época implicaba, más bien, conseguir que alguien cumpliera inadvertidamente la voluntad de uno (la noción que se evoca es la de conducir a los bueyes, los búfalos o las vacas asiendo el aro que atravesaba sus fosas nasales).

(2) Lo dice Paul Barowsky en Michelangelo’s Nose: a Myth and its Maker, de 2007. Si solo va a leer un libro sobre narices en su vida, que sea este.

(3) Hiroki Koda et al.: «Nasalization by Nasalis larvatus: Larger noses audiovisually advertise conspecifics in proboscis monkeys». Science Advances, vol. 4, n.º 2, 2018.

(4) Nathan Holton et al.: «Ontogenetic scaling of the human nose in a longitudinal sample: Implications for genus Homo facial evolution». American Journal of Physical Anthropology, vol. 153, n.º 1., 2014.

(5) Miriam Law Smith et al.: «Maternal tendencies in women are associated with estrogen levels and facial femininity». Hormones and Behaviour, no. 61, 2012.

(6) Véase la nota 16.

(7) Erik Svensson y Thomas Gosden: «Contemporary evolution of secondary sexual traits in the wild». Functional Ecology, vol. 21, n.º 3, 2007.

(8) Algunas de las narices más grandes de numismática: Nahapana, Rudrasena I (ambos sátrapas occidentales de la India), Mitrídades II de Partia, Cleopatra VII (no podía faltar), Calígula, Nerva, Isabel I de Inglaterra, Carlos III de España o Antonio Sucre. Aunque nos consta que muchos de estos gobernantes tuvieron, en efecto, una nariz grande, su traslado a la efigie de las monedas debe considerarse intencional. De hecho, algunos de los soberanos más verdaderamente narizones (Julio César, Napoleón, Fernando VII) aparecieron en sus monedas con un perfil suavizado y narices más pequeñas que las de estos otros.

(9) Habla Teodoro: «Con el mayor gusto, Sócrates, y para informarte, creo conveniente decir cuál es el joven que más me ha llamado la atención. Si fuese hermoso, temería hablar de él, no fueras a imaginarte, que me dejaba arrastrar por la pasión, pero, sea dicho sin ofenderte, lejos de ser hermoso, se parece a ti, y tiene, como tú, la nariz roma y unos ojos que se salen de las órbitas, si bien no tanto como los tuyos».

(10) Es racista, machista y antisemita hasta el mismísimo lunatismo. Por descontado, carece del más mínimo fundamento científico. Si quiere leer divulgación sobre la anatomía de la nariz, nuestro consejo es The Nose: A Profile of Sex, Beauty, and Survival, un libro de Gabrielle Glaser publicado en 2002.

(11) No tienen nariz ninguna de las Supernenas, Darwin (de El asombroso mundo de Gumball), Patricio (de Bob Esponja) o la mayoría de los personajes humanos de Hora de Aventuras, por poner solo algunos ejemplos. Es muy frecuente que ocurra en anime japonés o en películas de animación de Pixar.

(12) Brittany Ward et al.: «Nasal Distortion in Short-Distance Photographs: The Selfie Effect». JAMA Facial Plastic Surgery, 20, 2018.

(13) Otra: la denominada «dismorfia Snapchat».

(14) Por si quedaba alguna duda: «No hay ningún descubrimiento científico que haya resultado de aplicar científicamente la proporción áurea. No predice nada. No forma parte de ninguna propuesta que tenga algún tipo de contenido científico». Son palabras de John Allen Paulos (matemático y autor de Innumeracy: Mathematical Illiteracy and its Consequences, un libro titulado El hombre anumérico en español) recabadas por Business Insider a propósito de esta misma cuestión. En realidad, un estudio de 2009 ya demostró de forma concluyente que, aunque se pueden rastrear fácilmente las proporciones físicas que se consideran, convencionalmente, más hermosas, estas tienden a parecerse a las proporciones de la fisonomía media. Con mucha prudencia, los autores de aquel estudio entrecomillaron en el titular la propia noción para significar que esta nueva proporción áurea de la belleza facial no es, en modo alguno, la proporción áurea convencional. Más: Pamela M. Pallett, Stephen Link y Kang Lee: «New ‘golden ratios’ for female facial beauty». Vision Research, vol. 50., n.º 2, 2010.

(15) No nos vamos a pillar los dedos con cifras precisas, tendrá que disculparnos. Las estrellas no suelen confirmar ni desmentir que se hayan sometido a cirugía estética. Tampoco daremos nombres, está feo señalar con el dedito, pero a nosotros nos salen tres seguros y dos muy probables. Ah, y, todo esto, sin contar el bótox.

(16) Pero no la que más. En el curso de una investigación publicada en 2013 se pidió a un grupo de mujeres heterosexuales que calificasen el atractivo de hombres caracterizados por diferentes combinaciones de atributos sexuales. Entre las conclusiones, interesantísimas, está que el tamaño del pene aumentaba decididamente el atractivo de aquellos sujetos, aunque no de forma determinante; la altura de un varón, por ejemplo, tenía más efecto en su magnetismo sexual que el tamaño de sus genitales. Brian S. Mautz et al.: «Penis size interacts with body shape and height to influence male attractiveness». Proceedings of the National Academy of Sciences, vol. 110, n.º 17, 2013.

(17) Jyoti Shah y Nim Christopher: «Can shoe size predict penile length?». BJU International, vol. 90, n.º 6, 2002.

(18) Otra sobre este particular: D. Mehraban, M. Salehi M y F. Zayeri:  «Penile size and somatometric parameters among Iranian normal adult men». International Journal of Impotence Research, n.º 19, 2007. Otra más: J. C. Orakwe, B. O. Ogbuagu y G. U. Ebuh: «Can physique and gluteal size predict penile length in adult Nigerian men?». West African Journal of Medicine, vol. 25, n.º 3, 2006.


La leyenda del hombre mono, su triunfo y su maldición

Fotografía: Emiliano Bruner.

Aunque somos la especie más tecnológica que nunca ha pisado este planeta, hoy en día otorgamos devotas garantías y ciega confianza a todo lo que pretende ser «natural». Pero si descartamos aportaciones de dioses y alienígenas, hay que reconocer que sería muy de sobrados y egocéntricos pensar o afirmar que nuestra especie no es el resultado de la naturaleza, así que por ende nuestra tecnología también lo es, cosa que delata una falsa separación entre lo «natural» y lo «artificial». En esto hay un sesgo temporal importante, y a menudo llamamos natural a lo que hace unos siglos o unos milenios era artificial, como cuando distinguimos una panoja modificada en laboratorio de una seleccionada por fertilización controlada en el campo. También adulamos comidas y remedios de antaño, olvidando las enfermedades y muertes que han causado. La sabiduría rural funciona muy bien a corto plazo, pero, a falta de criterios y métodos de control a largo plazo, fracasa dramáticamente al enlazar causas y consecuencias lejanas en el tiempo (de aquí el uso de plantas cancerígenas o de aguas radiactivas, sin contar unos cuantos rituales anatómicos absurdos y lerdos).

En muchos casos halagamos nuestros instintos, exaltando sus raíces naturales. Por ejemplo, uno de nuestros tabús más sensibles y respetables es la reproducción, un derecho intocable y una necesidad sagrada. La pulsión por reproducirse es el motor más fuerte de la evolución, y no escapa a sus hechizos ni siquiera el sesudo y cuerdo ser humano. Aun sabiendo que hay miles y miles de niños abandonados en el mundo, la adopción es, en general, solo un último remedio a la infertilidad, en lugar de ser la primera de las opciones, aparentemente la más sensata, práctica y moral. Pero el instinto te dice que la cría tiene que tener tus genes, así que prima este deseo profundo e hipnótico de autoclonación, un intento (evidentemente inútil) de inmortalidad, que manda callar a cualquier tipo de razonamiento o de evidencia lógica. Además, para una adopción se requieren garantías impecables y un largo camino administrativo, pero nadie pone pegas a la paternidad de un niño generado entre los vómitos de una borrachera, en un ambiente degradado por violencia y abusos, o en un contexto económico desastroso e inviable. Tiene que «pasar algo» para que la sociedad, a veces, reaccione. Pero a la espera de que aquel «algo» pase, la generación y entrega de una vida a una condición de fracaso más que probable se acepta, porque el proceso ha sido «natural» y, por ende, legítimo.

Evidentemente, el afán reproductivo no afecta solo la individualidad familiar, sino que se extiende a escala mundial. El programa de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas se propone acabar con los problemas del planeta, y ha localizado diecisiete «Objetivos de Desarrollo Sostenible» que hay que resolver imprescindiblemente. Y es interesante notar que casi todos los que se enumeran se solucionarían en buena parte con un control de la natalidad. Pero claro, es un tema caliente, que huele a eugenesia, castración y represión, y ni gobiernos ni expertos se atreverían a mencionar ni siquiera el asunto. Todos conocen y entienden perfectamente el problema y la solución, a grande y pequeña escala, pero no se puede mencionar, no se puede nombrar, ni siquiera insinuar entre líneas, como cualquier tabú que se precie. Porque la reproducción es sagrada, es un instinto natural. Y nos olvidamos de que también matar o violar son instintos naturales. En evolución el único parámetro que cuenta es cuánto te reproduces, tú y tu linaje. No hay otro valor que este a ojos de la selección natural. Cueste lo que cueste alcanzarlo. Cuanto más te reproduces, más se difundirán tus genes en las generaciones siguientes. Es la ley de las medusas, de los jabalíes, y de los piojos. Y la naturaleza, en su constante ambición de satisfacer este criterio, nunca es moral o justa. Al revés, es cruel y muy despiadada, según nuestros criterios occidentales. Entonces, en el momento en que queremos defender la reproducción y no el asesinato o la violación, tenemos que encontrar otra razón, porque la de «es un instinto natural» no conviene utilizarla, a no ser que queramos también defender otros comportamientos igual de naturales, que pero tachamos (en mi opinión, más que oportunamente) de inhumanos y aberrantes. Tampoco cuela la de la «supervivencia de la especie», porque está visto que tenemos el problema opuesto. Y la de «porque quiero y punto» aguanta lo que aguanta, porque no ofrece muchas perspectivas de discusión, porque arroja dudas sobre nuestras ostentosas capacidades mentales, y porque también en este caso se puede aplicar a muchas otras cosas a las que es mejor no aplicarla.

Una de las características más interesantes de nuestra cognición humana es la capacidad de inhibición. Muchas especies animales pueden experimentar una cierta inhibición a la hora de expresar un comportamiento determinado, aunque hay dos diferencias importantes con respecto a nosotros. La primera es una diferencia de grado: nuestra capacidad de inhibir un instinto o una respuesta emocional está increíblemente más desarrollada, a nivel individual y de grupo. La segunda es una diferencia de calidad: la inhibición en un animal suele estar asociada a miedo o a algún tipo de coerción, generalmente a corto plazo, mientras que los humanos tenemos también una inhibición asociada a un razonamiento, incluso a una moral, también (y sobre todo) a largo plazo. Nuestra inhibición es, muchas veces, una decisión. Esta capacidad de inhibición es una de esas características que «nos hace humanos», que nos permite alcanzar grupos sociales muy grandes sin matarnos, sociedades complejas y diversificadas, almacenar recursos sin gastarlos todos de golpe, o planear estrategias de larga duración. Es muy interesante notar que, muchas veces, el proceso de inhibición a nivel cerebral no se basa en elegir una opción, sino en ¡descartar las otras! Es decir, en muchas ocasiones nuestro cerebro no nos aconseja la elección mejor, sino que se limita a suprimir, según la información disponible, las que parecen peores.

Aquí no viene mal recordar que instintos y emociones no son las mismas cosas, así que hay que tener cuidado en no confundir el mensaje. Es cierto que tienen una relación muy íntima (a nivel evolutivo y psicológico se alimentan los unos de las otras y viceversa), pero desde luego no son lo mismo. Los instintos son programas comportamentales que conllevan la ejecución de un acto para alcanzar un objetivo, y su realización afecta las relaciones con otros individuos. Las emociones son descargas bioquímicas que generan un cambio en la condición interna de un organismo, en su forma de ver, sentir y pensar el mundo, y afectan más la relación con uno mismo. Es decir, en los instintos algo interno (el programa) afecta algo externo (el ambiente y la sociedad), mientras que en las emociones es al revés, y algo externo (el ambiente y la sociedad) afecta algo interno (el individuo). Evidentemente hay más que esto, y la separación entre estos dos flujos no es tan lineal, porque se sustentan el uno con el otro, pero es importante entender esta diferencia de polaridad. Como consecuencia reprimir instintos es necesario para desarrollar una sociedad compleja, mientras que reprimir emociones a menudo solo desarrolla penas, conflictos internos, e incluso trastornos. Para estar bien con los demás muchas veces es necesario inhibir los instintos, pero para estar bien consigo mismo hay que evitar inhibir las emociones. La tarea no es sencilla y alcanzar un equilibrio entre estos dos factores no es nada fácil, pero es recomendable, por lo menos, intentarlo. Y, más allá de esta diferencia funcional, hay una diferencia de color muy intensa: los instintos nos hacen más primates, mientras que las emociones nos hacen más humanos. Que cada uno elija su propia combinación.

Fotografía: Emiliano Bruner.

Pero así es, la capacidad de inhibición es una de las claves de nuestra supuesta humanidad. Una capacidad increíblemente potente, aunque no absoluta. Intentamos no matar y no violar, y para muchos de nosotros son tareas tan asumidas que las llevamos a cabo sin ningún esfuerzo. Al revés, sería más difícil renunciar a esta inhibición, dejando rienda suelta a nuestros instintos jabalíes. Pero sabemos que esto no vale para todos y hay unos cuantos que no han alcanzado este control espontáneo, ya sea por límites biológicos o culturales. Hay otros instintos que es más difícil controlar e inhibir, como los relacionados por ejemplo con la comida (nos pasamos, las cosas como son) o las dinámicas de las jerarquías sociales (que en los humanos son las mismísimas que en los babuinos o en los macacos). Y, finalmente, hay otros para los que estamos todavía muy lejos de tener un control eficiente, como la reproducción. Y esto a pesar de ser la única especie en la historia de este planeta que es capaz de distinguir entre reproducción y sexo, y que por ende puede permitirse el lujo de disfrutar del cebo (el placer) sin tener que tragar necesariamente el anzuelo (la fecundación). Aun así, el instinto es imparable, y la pulsión de autoclonación, arrasadora.

Somos como renacuajos a la mitad de un camino, hemos evolucionado las patas (la capacidad de razonar) pero todavía no hemos perdido la cola (la capacidad de controlar los instintos), y estos elementos se chocan y se obstaculizan, generando una pisada confusa y poco funcional. Duele decir que, en los anfibios, es este el momento de mayor mortalidad: el renacuajo con patas no domina ni el agua ni la tierra, y los depredadores se ceban con miles de incapaces, perdidos en un cuerpo quimérico y torpe, seres híbridos que no saben adónde huir, ni cómo hacerlo. La solución que han encontrado muchas especies es la más obvia: reducir lo más posible este período de transición, prometedor para el futuro pero nefasto para los que se quedan atrapados en él.

Ahora bien, hemos empezado a percibir esta sensación de metamorfosis desde hace poco tiempo, y en particular desde cuando las teorías evolutivas nos han hecho notar cierta continuidad con los otros animales. La ciencia nos ha ofrecido, en el último siglo, mucha información acerca de nuestra posición en la historia natural de la vida en este planeta. Los humanos somos primates sociales, necesitamos un grupo, y un fin. Esto de ser parte de un gran proceso divino hoy en día, en nuestras sociedades, ya no cuela, y entonces nos ha empezado a gustar la idea de ser parte de un gran proceso natural. De ahí el conflicto con la religión, que ha visto peligrar su rol unificador y soberano, garantía de poder y de control. De ahí también los excesos de una entrega demasiado pasiva de la sociedad a los dictados de muchos académicos evolucionistas, que a menudo han transformado la ciencia en dogma, traicionando sus mismos principios con mantras y sentencias copia-y-pega sustentadas por la fe en lugar de ser fruto del conocimiento.

Sea como fuere, los humanos de las sociedades industriales hemos empezado poco a poco a agradecer ser hijos de la madre naturaleza (algo que otras culturas nunca han separado de sus religiones, matando dos pájaros de un tiro), buscando y anhelando esta maternidad, y halagando más o menos tímidamente sus evidencias. Pero claro, ha sido una reconciliación conflictiva, entre el deseo de ser parte de la naturaleza y una mezcla de soberbia y asco hacia esa excesiva proximidad con las bestias. Simios sí, pero con distancia, por favor. Tarzán ha sido uno de nuestros primeros iconos en esta fase de reconciliación, y aún hoy en día delata este conflicto: es un puente entre la metrópoli y la selva, un hombre mono, pero es guapo, peinado y aseado, bruto pero con sanos principios honorables, salvaje pero con un pasado aristócrata. Su Jane sale fresca de la peluquería, y su Chita es un chimpancé joven, dócil y juguetón, no como los de verdad, que arrancan brazos y matan crías desgarrándoles el pecho. El hombre mono tiene una maldición que funciona al revés: en lugar de transformar al humano en bestia, afeita y perfuma al animal, le corta las garras y le blanquea los dientes, le depila el sobaco y le distorsiona la mirada tosca en una seductora sonrisa. El simio humano, iluminado por la luz encantada de la evolución, se transforma en una aberración primatológica que huele a jazmín, lleva tanga, y predica una moral.

Pero no es más que una leyenda. No existe el hombre mono. Solo existen primates, de diferentes especies, con sus límites filogenéticos y zoológicos, sus necesidades y sus instintos, sus emociones y sus afanes. Mejor reconocer y aceptar los límites de la evolución y tenerlos en cuenta que ignorarlos y luego llorar sus consecuencias. Ser primates quiere decir tener potencialidades y limitaciones, ventajas y vínculos, y es preciso saber dónde acaban las unas y empiezan los otros. No se trata de ser perfectos, sino solo, sapientemente, coherentes.

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Halagamos el raciocinio pero le tenemos miedo, porque puede delatar nuestras incoherencias. Fardamos de que el raciocinio nos hace humanos, pero también afirmamos que un exceso de raciocinio deshumaniza. Os invito a leer este artículo sobre nuestra conflictiva relación con la inteligencia: Vitruvianos, talosianos y otros monos cabezudos

Quiero dedicar este artículo a la memoria de Irenäus Eibl-Eibesfeldt (1928-2018), que nos ha guiado entre los increíbles caminos que enredan filogenia y psicogenia, para descubrir los aspectos más hermosos y más oscuros de la bestia humana.


A los simios no les gusta la música

Jerry Goldsmith conducting the orchestra for The Planet of the Apes
Jerry Goldsmith dirigiendo la orquesta de El planeta de los simios, 1968. Imagen: APJAC Productions / Twentieth Century Fox.

La música es consustancial al género humano. Existe en todas las culturas sin excepción y se le concede gran importancia. Es una disciplina abstracta cuya maestría asociamos con la inteligencia. No sabemos bien cómo se originó, aunque vamos entendiendo mejor su estrecha relación con la morfología del cerebro y podemos lanzar hipótesis acerca de la función que vino a cumplir en nuestra especie. En cualquier caso, el ser humano es musical por naturaleza, esto es un hecho probado. Incluso las personas que afirman tener menos talento poseen ciertas habilidades musicales innatas que quizá no son comparables con las de los músicos profesionales, pero que son bastante complejas de por sí y requieren una elevada especialización cerebral. Por ejemplo, cualquier individuo humano es capaz de seguir un ritmo sencillo, adaptándose a él si cambia. Es un proceso tan automático que parece surgir por sí solo en los niños y se requiere de ciertas enfermedades o lesiones graves para que no funcione. Esta habilidad musical, y algunas otras, no son una exclusiva humana. Aunque son raras en el reino animal, están presentes en varias especies. Sin embargo, nuestros parientes más próximos en la naturaleza carecen de ellas. De entre los primates, orden al que pertenecemos y que engloba a varias de las especies más inteligentes del planeta, somos los únicos con capacidades musicales. Nuestros parientes más cercanos, chimpancés, gorilas y orangutanes, pese a que poseen una nada despreciable capacidad para el pensamiento abstracto, tienen menos competencia musical que algunos pájaros mucho menos inteligentes que ellos. 

Existen unas doscientas cincuenta especies vivas de primates, aunque según la clasificación taxonómica que consultemos ese número puede variar. Casi todas ellas habitan regiones tropicales y subtropicales, con marcada preferencia por las zonas arboladas, aunque un primate particularmente exitoso se permite el lujo de habitar casi cualquier clima del planeta: el humano. Los primates pueden ser clasificados de diversas maneras según distintos criterios, pero para entendernos buscaremos la manera más sencilla, según sus características externas. Podemos hablar de tres grandes grupos que cualquiera puede distinguir con facilidad incluso sin tener la más mínima noción de biología. El primer grupo es la familia de los homínidos, que nos incluye a nosotros, los humanos, y a nuestros parientes cercanos, los «grandes simios»: chimpancés, gorilas y orangutanes. No descendemos de ellos como algunos dicen equivocadamente, sino que compartimos con ellos un antecesor común, así que puede decirse que somos hermanos de sangre. El segundo grupo de primates es el de los pequeños simios. El tercer grupo, el menos evolucionado (en el sentido de que sus características se consideran más primitivas y cercanas al ancestro) es el de los «prosimios», que incluye a lémures, aye-ayes, gálagos y tarseros, animales que a simple vista pocas personas meterían en el saco de los parientes de los humanos. Algo que sucede con los primates es que la terminología es un poco confusa, sobre todo cuando comparamos el léxico español con el inglés, dominante en los textos científicos. En español, el término «mono» se utiliza indistintamente para grandes y pequeños simios, pero en inglés existen dos palabras diferentes: ape designa a los grandes simios y monkey únicamente a los pequeños, lo cual explica que Planet of the Apes, la famosa novela convertida en película, no se llamase Planet of the Monkeys. A veces, con el afán de resolver esta discrepancia, se recomienda usar «simio» como sinónimo de ape, pero esto suena muy forzado, por no decir erróneo. Primero, porque desde la perspectiva etimológica los pequeños monos también son simios (la palabra, procedente del latín, significa «de nariz chata» y tradicionalmente se les ha aplicado sin problemas). Y segundo porque en inglés sí existe la verdadera traducción de «simio», el término simian, que, como en español, incluye a todos los primates excepto a los humanos y los prosimios. Dicho sea como curiosidad, en algunas taxonomías antiguas llegó a incluirse al ser humano en la categoría de los grandes simios; hoy ya no se hace pero la idea nunca me pareció disparatada. Por aclararnos, aquí usaremos «simio».

Los humanos somos, pues, una variedad más de entre varias en un reducido grupo de especies con las que tenemos muchas cosas en común; tantas, que hoy se discute si algunas características que en otro tiempo creíamos privativas de nuestra especie no son también compartidas por los grandes simios, como el lenguaje. Por ejemplo, sabemos que los demás homínidos no pueden controlar ni realizar ciertos movimientos con los órganos de su garganta, como las cuerdas vocales, lo cual crea una imposibilidad física para que puedan articular el habla, imitando palabras como hacen los loros o los cuervos. No obstante, algunos investigadores que han enseñado a homínidos a comunicarse mediante signos (como David Premack Francine Patterson) sostienen que los grandes simios pueden interiorizar ciertas reglas abstractas de lenguaje. Esa idea tiene sus detractores, quienes se preguntan si de verdad esos animales están procesando un lenguaje de manera análoga a como hacemos los humanos o si se trata de un simple fenómeno de uso de símbolos que, combinado con una hábil imitación y observación, permite que algunos simios hayan engañado a los investigadores (entre los más fieros escépticos se ha contado el famoso Noam Chomsky). De todos modos, aunque en el peor de los casos nos hallásemos ante ese fenómeno de imitación y no de auténtico procesamiento lingüístico mental, no cabe sorprenderse de que sean los chimpancés o los gorilas quienes más habilidad muestren para construir frases con signos de diversos tipos. Es difícil, si no imposible, trazar una scala naturae de los animales según su grado de inteligencia debido a lo diverso de las capacidades intelectuales que deberían medirse, a la dificultad que conlleva medirlas y al enorme sesgo subjetivo que conlleva siempre la interpretación de los datos. Pero sí pueden realizarse algunas afirmaciones generales, y nadie pone en duda que, después de los humanos, varias especies de primates están entre las más inteligentes sobre la faz de la Tierra, junto a delfines, cetáceos o elefantes. Por citar un célebre estudio, el primatólogo Tetsuro Matsuzawa demostró que un chimpancé puede tener una memoria a corto plazo tan buena o incluso superior a la de un niño menor de cinco años.

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Penny Patterson adiestrando a Koko en el uso de la lengua de signos. Fotografía: DP.

Así pues, parece chocante que algunas especies animales mucho menos brillantes demuestren superior capacidad musical. Como sabrán, YouTube está repleto de vídeos muy graciosos en los que vemos a cacatúas que siguen el ritmo de diversas piezas musicales. Estas cacatúas casi siempre aparecen contentas y excitadas por lo que están oyendo. Esto, por descontado, no significa que las cacatúas entiendan la música del mismo modo que los humanos, por más que también la puedan percibir como un estímulo positivo. Pero hay algo que sí podemos medir de manera científica, y así sabemos que las cacatúas no solamente pueden seguir el ritmo de una canción, sino que llegan a adaptar sus movimientos cuando el tempo es aumentado o disminuido. También se ha observado que algunos pájaros, como los alcaudones, cantan a dúo o trío, y sus intercambios vocales llegan en algunos momentos a producir la equívoca pero impresionante sensación de que hubiesen ensayado la pieza; esto no es así, como es lógico, pero sí demuestra que son capaces de escucharse mutuamente y coordinar sus cantos, una habilidad nada sencilla. Ningún simio puede hacer estas cosas. Es más, su relación emocional con la música parece ser muy superficial y parecida a la de los gatos, por trazar un paralelismo que conocemos bien en nuestra vida cotidiana.

Se han realizado muchos experimentos con el fin de estudiar la relación entre los primates y la música, y los resultados nunca han dejado de sorprender, aunque rara vez, por no decir nunca, de manera positiva. Los primates reaccionan a la música como muchos otros animales, pero parecen interpretarla como mero ruido de fondo. Por ejemplo, en una ocasión se colocaron altavoces en una zona habitada por monos tamarinos que jamás habían escuchado música humana para comprobar no solamente su reacción inicial, sino también qué estilos eran más de su agrado, si es que había alguno. Los resultados hubiesen desbaratado cualquier apuesta. Por ejemplo, se mostraban tranquilos escuchando a Metallica, que no parecía inquietarles lo más mínimo, mientras parecían evitar activamente la música de Mozart, hasta el punto de alejarse para buscar una zona en silencio en la que poder relajarse fuera del alcance del (para ellos) horrísono compositor austríaco. Con otras músicas sucedía lo contrario y salían de las zonas silenciosas para acercarse a los altavoces, indicando que a veces la apreciaban.

La reacción de estos monos no tenía nada que ver con un gusto musical, al menos no con uno similar al de los humanos. Como decía, parece que los simios reaccionan a la música de manera parecida a los gatos. Es decir, dependiendo de si la música que oyen contiene sonidos parecidos a los que ellos mismos emiten, o a los que ellos asocian a situaciones de alarma, de tranquilidad, de felicidad, etc. Tanto con gatos como con primates se ha hecho el experimento de componer música ejecutada con instrumentos humanos pero que imita las inflexiones y cadencias del «lenguaje» de estos animales; tanto felinos como primates han respondido como se esperaba, interpretando la música como un sonido ambiental que no tiene significado emocional alguno excepto cuando captan frecuencias y cadencias que de antemano ya significaban algo para ellos. Sin embargo, no parecen captar elementos intrínsecos de la música como el ritmo. Esta distinción es importante, porque algunas personas habrán visto a su gato o su perro reaccionar ante la música y pueden haberlo atribuido a una explicación antropomórfica, creyendo que la música les afecta de la misma manera que a nosotros. Así pues, aunque es verdad que distintas piezas pueden provocar distintas respuestas en animales, es erróneo pensar que despiertan en ellos sentimientos similares a los nuestros. Ni siquiera en los elefantes, que sí tienen cierto sentido del ritmo, pues algunos de ellos aprenden a golpear instrumentos con una cadencia constante. Incluso pueden alternar golpes en dos bongos, manteniendo el tempo con una precisión asombrosa (de la que que los grandes simios parecen carecer). Pero incluso en los elefantes existe un matiz: aunque disponen de un metrónomo interno bastante fiable, no pueden adaptarse a un ritmo externo que estén escuchando. Las orquestas de elefantes típicas de Tailandia no consiguen tocar al unísono, porque, aunque cada uno de sus miembros esté cumpliendo escrupulosamente con su propio sentido del tempo interno, no son capaces de adaptarse a un ritmo externo. No pueden coordinar sus movimientos con lo que oyen. Lo cual sorprende, sobre todo si lo comparamos con su pasmosa habilidad pictórica. Algo parecido puede decirse cuando en algunos circos se ve a animales que «bailan» al ritmo de la música; en realidad solo están siguiendo indicaciones de sus domadores.

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Grabando los efectos de sonido del zoo con una cacatúa, 1937. Fotografía: BBC.

La gran pregunta es: ¿qué extraña conexión hay entre los seres humanos y las cacatúas, que comparten una habilidad fuera del alcance de chimpancés, orangutanes y elefantes? Decíamos que en los humanos, el sentido del ritmo y la musicalidad son capacidades innatas. A partir de cierta edad, cualquier niño pequeño responde de manera visible al ritmo y se moverá de acuerdo a la música que esté oyendo con tanta facilidad, que nos producirá la sensación de que la música está directamente inserta en nuestros genes. Y será una sensación acertada: la música es algo genético. Cualquier persona puede seguir una cadencia musical sencilla sin pensar (salvo casos de daño neurológico) y también las personas sordas adaptan sus movimientos a un ritmo dado. Todo lo musical —y sobre todo lo rítmico— es tan connatural a nuestra especie y se desarrolla a tan temprana edad que podríamos llegar a creer que se trata de algo básico y primitivo, pero las capacidades musicales o rítmicas no son tan primitivas; de hecho son excepcionales en el reino animal. El secreto reside en el cerebro. En sujetos humanos se ha observado una relación muy estrecha entre las zonas cerebrales que procesan la audición con otras que procesan el movimiento (y también con zonas encargadas de producir emociones o sensaciones de recompensa). Esto nos sucede a todos; así pues, no hace falta ser Buddy Rich para que uno pueda decir que tiene «sentido del ritmo». Basta visitar cualquier parvulario, donde niños muy pequeños siguen cualquier ritmo con una precisión que demuestra que comprenden la cadencia que escuchan y que su cuerpo responde a ella sin esfuerzo. La profundidad de las raíces neurológicas de la música no es una suposición; el célebre médico y divulgador Oliver Sacks, en su libro Musicofilia, describía cómo la música puede devolver temporalmente el control a enfermos de Parkinson e incluso a pacientes que habían perdido su capacidad de iniciar movimientos voluntarios por causa de una encefalitis (de los que hablaba en su libro Despertares). En ocasiones, algunos pacientes ni siquiera necesitaban escuchar música y les bastaba con imaginarla para poder efectuar ciertos movimientos que de otra manera ya no podían realizar; incluso los encefalogramas reflejaban esa mejoría momentánea. El poder de la música sobre el cerebro humano es, pues, enorme.

La clave de todo podría residir en la capacidad de hablar. Se desconoce si en la historia humana apareció antes el habla que la música, pero existen muy buenos motivos para creer que ambas capacidades están íntimamente ligadas en nuestra historia evolutiva. Incluso se baraja la posibilidad de que una de ellas pudiese haber surgido de la otra. El acto de hablar conlleva la generación espontánea de cadencias y prosodia, porque el habla es rítmica y tiene una melodía propia. Es más; cada idioma humano posee un ritmo y una melodía diferentes. Tanto, que algunos estudiosos han sugerido que distintas culturas podrían haber desarrollado diferentes formas musicales por la influencia del idioma que hablan. Al menos, eso parece indicar un experimento en el que diversas personas, cuando escuchaban secuencias monótonas de golpes, agrupaban estos golpes en compases musicales que casi siempre eran similares a los empleados en su propio idioma. También se cree que algunas lenguas muy melódicas, como el mandarín, facilitan que sus hablantes tengan una mayor capacidad para distinguir entre tonalidades musicales que los hablantes de lenguas occidentales con una prosodia más plana. Pero lo más relevante es que la relación entre habla y música podría explicar por qué las cacatúas responden a la música mejor que los simios. Las cacatúas parlotean constantemente; no dicen nada con demasiado sentido —que sepamos— y desde luego no utilizan un lenguaje como el nuestro para comunicarse en voz alta, pero pueden articular sonidos muy complejos. Tanto, que imitan la prosodia de una conversación humana y también la pronunciación de palabras concretas casi a la perfección. Su habilidad vocal es tan grande que a algunas cacatúas, si no fuera por el peculiar timbre de su voz, se las podría confundir con una persona (a los cuervos, que también hablan y tienen la voz más grave, sí se los puede llegar a tomar por personas). Pero, aunque el parloteo de las cacatúas no contenga un mensaje abstracto, les sirve para relacionarse con otras cacatúas o con los propios humanos. El que sepan imitar sonidos o adaptarse al parloteo de sus congéneres cumple una función social muy importante, y esto explica que sean tan sensibles a la música, aunque como en el caso de otros animales nos equivocaríamos al asimilar sus gustos a los gustos humanos. Las cacatúas suelen preferir estilos como el pop, el rock, el country o la música clásica, y mientras algunas disfrutan con el heavy metal, otras se ponen nerviosas o se enfurecen (otro curioso estudio mostraba que a los loros también les gusta el rock pero les pone de muy mal humor la música electrónica). Responden mucho más a la música que cualquier simio. Pero sobre todo: sus cerebros procesan ciertos elementos de la música de manera parecida a como hacemos los humanos. También muestran una fuerte conexión entre las zonas auditivas y las motoras.

Esto puede extenderse a otros pájaros. Un estudio realizado con gorriones silvestres demostró que su cerebro respondía a la música de manera parecida al cerebro humano. Esto es, activando y conectando entre sí regiones cerebrales a las que se atribuyen funciones emocionales y de recompensa. Esto sucedía cuando escuchaban el canto de otros pájaros pero también cuando sonaban determinados estilos de música humana. Además, la respuesta que daban a la música parecía variar según el contexto social en el que estuviese inmerso el pájaro, como nos sucede a las personas, o si por ejemplo se trataba de una hembra fértil. Como es lógico, cabe asociar estas habilidades al hecho de que para los gorriones también es importante la interacción social mediante sonidos vocales complejos, mediante una especie de «habla».

Es un indicio más para especular con la posibilidad de que el habla, o la articulación de sonidos complejos para comunicarse, favorece que el cerebro de determinadas especies desarrolle un circuito bastante complejo de respuesta emocional ante los sonidos articulados de la música. Otros animales que no hablan ni componen melodías para comunicarse entre sí no son por completo indiferentes a la música, pero casi; como poco, puede decirse que sus reacciones componen un abanico mucho más restringido y más ligado a las asociaciones onomatopéyicas.

La música, pues, no es un producto directo de la inteligencia sino que podría requerir también del habla. Los vínculos con la música serían un fenómeno paralelo al del uso de algún tipo de habla, parloteo o canto complejo que tenga una función social y sea, por lo tanto, capaz de despertar emociones vinculadas con las relaciones entre individuos de la misma especie. O de otra especie, como nos han enseñan las cacatúas, para quienes la música humana es un acontecimiento social de primer orden. Nuestros amigos los simios, por desgracia para ellos, no sienten este vínculo. Su parecido con los humanos es casi siempre asombroso, pero su cerebro no procesa la música como en humanos o pájaros. Existen indicios de que un simio podría entender los conceptos que hay detrás de las palabras —mientras que las cacatúas las imitan pero sin saber lo que dicen— y, sin embargo, el que su desarrollo evolutivo les haya privado del habla los aleja también del mundo de emociones complejas asociadas a la música. No podemos esperar que un simio aprenda a tocar «Cumpleaños feliz» en un piano y menos siguiendo un tempo, pese a que son lo bastante inteligentes para conseguir metas más complicadas en otros ámbitos no musicales. Sus cerebros no trazan las conexiones necesarias y nunca podrían coordinar sus dedos con el ritmo. Es más, ni siquiera entenderían qué demonios estamos tratando de enseñarles, porque estaríamos intentando introducirles en un mundo del que ellos están genética y evolutivamente separados.

Fotografía: Matthijs (CC).
Fotografía: Matthijs (CC).


Viviendo entre simios (y III): Jane Goodall

Foto de Kennan Ward. Corbis
Foto: Kennan Ward / Corbis.

La complejidad de su vida social, su capacidad para fabricar herramientas y su alto grado de autoconciencia convierten a los chimpancés en «los Albert Einstein del mundo de los seres no humanos», según la definición del primatólogo Michael P. Ghiglieri. Su estudio tiene una importancia extraordinaria para conocernos a nosotros mismos como humanos y sin embargo hasta hace unas décadas, sorprendentemente, apenas se sabía nada de su comportamiento en estado salvaje. Hasta que a comienzos de los años sesenta una joven inglesa llamada Jane Goodall se dedicó a observarlos en plena selva africana.

Nacida en Londres en 1934, con apenas cuatro años ya mostraba aptitudes de protobióloga, prestando gran atención a cómo ponían un huevo las gallinas. Más adelante realizó estudios de secretaría pero lo que realmente quería hacer es viajar por África. Una sensación difusa de que su lugar en el mundo estaba allí, semejante a la que años después tendría Dian Fossey. Así que cuando una amiga la invitó a pasar una temporada en su granja de Kenia no se lo pensó dos veces. Una vez instalada le recomendaron que se diera a conocer al director del Museo de Historia Natural, Louis Leakey. Algo debió ver en ella pues le ofreció durante su primera entrevista un puesto de secretaria en el museo. A partir de entonces todo vendría en una sucesión aparentemente inevitable. Jane comenzaría a acompañarle en sus expediciones arqueológicas y a absorber las maneras, los conocimientos y la curiosidad de los científicos que la rodeaban, un mundo que hasta entonces había sido por completo ajeno a su experiencia. Llegado cierto momento Leakey ya la consideró suficientemente madura y le ofreció la oportunidad de estudiar a un grupo de chimpancés a orillas del lago Tanganika, la tarea a la que terminaría dedicando su vida.

Las autoridades de Kigoma, donde se emplazaría el campamento, consideraban que era demasiado arriesgado el lugar para que viviera allí sola una joven inglesa y pusieron como condición que tuviera un acompañante europeo. Fue su madre, Vanne Goodall, quien se prestó para ello. La relación con los nativos resultó un poco tensa al principio ya que las consideraban espías del gobierno, pero pronto Vanne logró ganarse su confianza convirtiéndose en una especie de matrona, enfermera, maestra y dispensadora de fármacos. Mientras tanto Jane cayó enferma de malaria, tuvo incómodos encuentros con leones, búfalos y leopardos, terminó haciéndose inmune a la picadura de la mosca tsetsé, estuvo cerca de ser atacada por los chimpancés que observaba (un macho adulto tiene la fuerza de tres hombres) y sobrevivió al que quizá fuera su encuentro más peligroso con una criatura africana: mientras ella dormía se introdujo en su tienda de campaña un tipo de ciempiés cuya picadura resulta mortal. Por lo demás todo fue bien.

Mientras tanto su campamento cambió de ubicación y su estudio del comportamiento de los chimpancés iba aportando información hasta entonces desconocida. Dado que cada ejemplar tiene su propia personalidad Jane decidió ponerles un nombre a cada uno (en lugar de un número, como era la costumbre hasta entonces) para poder analizar sus alianzas, amistades, rivalidades y posición dentro de la jerarquía de cada grupo. Estudiaba también sus hábitos de alimentación, sueño y apareamiento y procuraba habituarlos a la presencia de sus observadores humanos proporcionándoles plátanos (hasta seiscientos al día) su estudio avanzó tanto que, unido a los contactos de Leakey, permitió a Jane ser una de las pocas personas en poder realizar un doctorado de etología en Cambridge sin tener previamente una licenciatura. Curiosamente habla ya entonces de su regreso temporal al Reino Unido en 1961 como un «exilio». Ya era africana.

Foto: Bettmann / Corbis.
Foto: Bettmann / Corbis.

De nuevo en el campamento tras esos seis meses de estudio, se encontrará que el proceso de habituación de los chimpancés ha llegado al punto de que las propias instalaciones son visitadas —y saboteadas por ellos. Buscan principalmente comida, aunque también latas vacías, que han aprendido a hacer chocar unas con otras para asustar a sus rivales con el estruendo. Pero no solo son capaces de usar herramientas, también las fabrican: cortan tallos que despojan de sus hojas para extraer termitas con ellos de los hormigueros, usan hojas masticadas a modo de esponja para absorber el agua en huecos de troncos donde no pueden llegar con los labios y también como pan con el que untar los restos de sesos de dentro del cráneo de los babuinos que se comen (un manjar muy preciado para ellos, por cierto). Fue Goodall quien por primera vez dentro de la comunidad científica se fijó no en el uso sino en la fabricación de herramientas por parte de los chimpancés, una observación y un matiz de gran trascendencia aunque no lo parezca. Entre las numerosas definiciones del ser humano que a lo largo de los siglos han soltado con más o menos pompa cada pensador está la de homo faber, es decir, como decía Benjamin Franklin «el hombre es el animal que hace herramientas». Pues ya no. La distinción sería ya solo una cuestión de grado, dado que el desarrollo de la tecnología en los chimpancés tiene un límite: no son capaces de crear una herramienta para elaborar a su vez otra con ella. Usando por ejemplo una piedra a modo de martillo con el que afilar otra que les sirva como arma. Esa capacidad tecnológica de, digamos, segundo grado, fue el comienzo del salto tecnológico de los antecesores directos de la especie humana. Los chimpancés se han quedado justo al límite.

Pero volvamos con Goodall, cuyo trabajo con los chimpancés —igual que ocurriría posteriormente con el de Fossey con los gorilas de montaña y el de Biruté Galdikas con los orangutanes tenía también una vertiente de divulgación y activismo en los medios. Fotografiar y grabar su relación con los chimpancés salvajes permitiría darlo a conocer al gran público y garantizar por tanto la financiación que requería el campamento. Así que cierto día Leakey escribió a Jane avisándole de que Hugo Van Lawick, fotógrafo de la National Geographic Society, llegaría próximamente al campamento. También escribió a la madre de ella, Vanne, diciéndole que había encontrado un marido idóneo para su hija. Aunque Jane tenía ciertas reservas sobre cómo aceptarían sus chimpancés al nuevo intruso cargado con su aparatoso equipo de filmación, apenas llegó tuvo la oportunidad única, toda una auténtica primicia, de grabar a tres de ellos comiéndose un mono. Vivir juntos algo tan bonito necesariamente une y efectivamente poco tiempo después, en el año 1964, Hugo y Jane acabarían casándose y teniendo un hijo. Lo que demuestra una vez más la aguda capacidad de Leakey para comprender y escoger a las personas. Respecto a ese hijo, Jane había desarrollado ciertas ideas sobre su educación a partir de su trabajo de campo:

En 1966 pasé varios meses en la reserva estando embarazada. Al año siguiente regresé con un hijo de muy corta edad. Comencé entonces a observar a las hembras madres desde una nueva perspectiva. Ya en el primer momento nos impresionaron grandemente tanto a Hugo como a mí muchas de las técnicas que utilizaban, y ambos pensamos aplicar algunas de ellas a la educación de nuestro propio hijo. En primer lugar, decidimos tratarle con una gran afecto, jugar con él a menudo y proporcionarle contacto físico frecuente. Durante un año se alimentó de la leche materna, sin restricciones de ninguna clase; nunca le dejamos llorar en la cuna y dondequiera que fuéramos le llevábamos con nosotros, de forma que, a pesar del cambio de ambiente, sus relaciones con nosotros permanecían estables. Cuando nos veíamos obligados a castigarle, le tranquilizábamos inmediatamente utilizando alguna forma de contacto físico, y a lo largo de su infancia procuramos distraer su atención en lugar de prohibirle que hiciera algo indebido.

El extracto proviene de su libro Mis amigos los chimpancés, pero a pesar del cariño y la cercanía que sentía por sus objetos de estudio, tampoco se formaba ideas erróneas de estos y procuraba mantener a su hijo fuera de su alcance: «Rodolf no veía en Grub a mi hijo querido, sino a un atractivo manjar». Mientras tanto, los estudiantes iban pasando por su campamento convertido ya en un centro de investigación internacional y algunos de ellos finalizado su periodo de aprendizaje fundaban los suyos en otros lugares, como Dian Fossey, Biruté Galdikas o Michael P. Ghiglieri. Ella por su parte en 1977 crea el Instituto Jane Goodall  y, convertida ya en una figura de relevancia mundial, pasa a dedicar cada vez más tiempo a actividades de divulgación y concienciación: concediendo entrevistas, dando conferencias (que inicia saludando al estilo chimpancé, como podemos ver aquí en el minuto 3:40), escribiendo decenas de libros (o firmándolos al menos, pues el último de ellos según reveló el Washington Post contiene partes plagiadas) y participando en documentales.

Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto de DLILLC, Corbis.
Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto: DLILLC / Corbis.

Así que gracias al trabajo de Jane y de sus sucesores ahora sabemos mucho más sobre estos seres entrañables y feroces al mismo tiempo. Sabemos por ejemplo que se organizan en torno a grupos de machos vinculados por el parentesco, que atraen a hembras cuyas relaciones con ellos son bastante promiscuas. De esa manera ellos no están seguros de cuáles son sus propios hijos y los defienden a todos mediante un fuerte sentido de la territorialidad y de la xenofobia, organizando patrullas para detectar posibles invasores y desatando guerras contra los vecinos. Y cuando decimos guerras no es una exageración. Se han observado en las montañas Mahale —cerca del parque donde Goodall tiene su campamento— batallas de chimpancés con hasta ochenta atacantes en uno de los bandos y que acabaron con seis muertes. Aquí podemos ver a un grupo en uno de esos ataques organizados. Por otra parte, también se han desarrollado desde entonces multitud de experimentos con chimpancés en cautividad para comprender exactamente el alcance de sus habilidades. Aquí podemos ver a Ayumu ordenando números de menor a mayor con una notable pericia y aquí a un chimpancé enano o bonobo jugando al Pac-Man. Mientras que este otro vídeo nos muestra diversos experimentos con niños pequeños y chimpancés para reconocer su capacidad de colaboración y de comprensión de la intencionalidad de seres ajenos a ellos, lo que se conoce como «teoría de la mente». En fin, los ejemplos podrían resultar interminables pero permiten hacernos una idea de lo interesantes que pueden llegar a resultar. A Jane Goodall desde luego se lo parecieron lo suficiente como para dedicarles más de cincuenta años de su vida.


Viviendo entre simios (II): Dian Fossey

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

De las tres primatólogas conocidas como «Los ángeles de Leakey», Jane Goodall, Biruté Galdikas y Dian Fossey, sin duda es la última la más conocida. Ser protagonista de un biopic de Hollywood —y encarnada nada menos que por Sigourney Weaver es lo más parecido que tenemos hoy en día a la gloria inmortal. Su asesinato además pasó a convertirla en mártir de la causa a la que se dedicó con total entrega durante buena parte de su vida: el estudio y protección de los gorilas de montaña.

Nacida en San Francisco en 1932, Dian Fossey habría llevado una vida anónima con su rutinario trabajo en un hospital de no haber sentido una singular fijación por África, que acabaría desatando todos los acontecimientos posteriores. Quería realizar un safari a toda costa y para ello pidió un préstamo que tardaría varios años en pagar. Así que finalmente aterrizó en Nairobi en 1963 y desde allí viajó a Tanzania, donde conoció al paleontólogo Louis Leakey. Hijo de un misionero, parece que heredó de él cierto carisma y capacidad de proselitismo, así como una fe más sólida que el adamantium en torno a los objetivos que se marcaba. Estuvo siempre convencido de que encontraría en sus excavaciones el eslabón perdido, la prueba que explicase los orígenes del ser humano y finalmente la encontró… tras veinticinco años de búsqueda. Eso es tenacidad. Así mismo, creía que el estudio de los grandes simios aportaría también mucha luz en torno a la naturaleza humana y adoptó como pupila a Jane Goodall para estudiar los chimpancés. Pero ahora necesitaba a otra persona para estudiar a los gorilas de montaña. Durante su viaje por África Dian también pudo ver gorilas, que le provocaron un gran interés. Así que ahí estaban las piezas deseando ser encajadas.

A su regreso a Estados Unidos nuestra protagonista volvió a su trabajo cuidando niños autistas, mientras iba dándole vueltas a una idea que parecía haberse apoderado de su mente. Tres años después, Leakey dio una conferencia en su localidad, Louisville, y ahí le propuso que se convirtiera en «La chica de los gorilas». Era la oportunidad que había estado esperando. La determinación de Dian parecía comparable a la de su tutor, dado que desde entonces se dedicó a aprender swahili, estudió todo lo que cayó en sus manos sobre los gorilas de montaña y se extirpó el apéndice. Una exigencia de Leakey que, según le explicó él mismo en una carta posterior, no era por salud: «en realidad, la extracción del apéndice no es una necesidad imperiosa. Es solo la forma que tengo de probar la resolución de los aspirantes». Finalmente Dian regresó a África en diciembre de 1966 pero esta vez para quedarse.

Nada más llegar fue invitada por Jane Goodall a su centro de investigación del río Gombe. Allí le enseñó desde la mejor manera de organizar un campamento en medio de la selva a cómo recoger los datos durante su estudio, pasando por un aspecto fundamental: la habituación de los sujetos de estudio a la incómoda presencia de su observadora. Uno de los aspectos de toda investigación científica qué más debates y elucubraciones ha despertado siempre es la manera en que una medición altera el resultado. Todo científico sueña con llegar a ser un observador completamente neutral, alguien que pueda adentrarse hasta la cocina pero sin romper nada por el camino. Los gorilas además son tímidos y susceptibles, algunos por ejemplo dejan de jugar al sentirse observados cuando no adoptan actitudes defensivas hacia quien consideren una amenaza. Así que cuando Dian se instaló a continuación en las Montañas Virunga —en el sector correspondiente de lo que hoy es la República del Congo lo primero que intentó fue imitar el comportamiento de los gorilas para que la aceptasen cerca. Caminaba a cuatro patas, bostezaba, se rascaba la cabeza, fingía comer hojas, vocalizaba eructos de satisfacción e incluso, creyendo que eso ayudaba, se golpeaba el pecho a la manera de los gorilas… hasta que descubrió que en realidad ese gesto era una señal de alarma y lo que conseguía era precisamente lo opuesto a lo que pretendía.

Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)
Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)

Pocos meses después de haber comenzado su estudio, el 9 de julio de 1967, estalló una rebelión en la provincia con consecuencias dramáticas para ella. Un grupo de soldados acudió a su campamento ofreciéndose a escoltarla lejos del lugar, dejándole portar sus efectos personales y una gallina a la que había bautizado como Lucy. Durante varios días permaneció enjaulada y exhibida públicamente como un trofeo junto a otros prisioneros que fueron asesinados. También fue violada en ese periodo, según confesó a su amiga y compañera Biruté Galdikas. Aunque nada de esto aparece en su libro de memorias Gorilas en la niebla, quizá era un recuerdo demasiado traumático para hablar de ello públicamente. Cabe decir al respecto que la política colonial del rey belga Leopoldo II en el Congo a finales del siglo XIX provocó uno de los mayores genocidios de la historia, con aproximadamente unos ocho millones de muertos. De manera que la condición occidental de Dian no jugaba a su favor y es probable que tuviera que ver con ese trato que recibió. Afortunadamente ideó una forma de escapar haciendo creer a sus captores que en Uganda guardaba su dinero y que si la acompañaban allí en su todoterreno lograrían hacerse con él. Pero una vez en la frontera entre ambos países los guardias de la aduana ugandesa se negaron a dejarle pasar. La discusión entre los soldados amenazaba con eternizarse y en ese momento Lucy puso un huevo. En un golpe de audacia Dian se puso a aplaudir a la gallina y a comportarse como una loca, lo que llevó a los guardias a considerarla una pobre bumbavu (idiota) y finalmente la dejaron pasar. Poco después de atravesar la frontera acudió al hotel de un amigo que hizo durante su primer viaje a África y allí pudo esconderse, mientras los soldados que la habían acompañado esperando quedarse con su dinero fueron detenidos. A continuación voló a Nairobi para reunirse con Leakey y decidieron que la investigación debía continuar, pero al otro lado de la frontera, en Ruanda.

El 24 de septiembre de 1967 fundó en un segundo comienzo el centro de investigación de Karisoke. Este sí pudo ser el definitivo, allí finalmente logró realizar un minucioso seguimiento de todos los grupos, de las jerarquías y parentesco dentro de cada uno de ellos y del comportamiento individual y hábitos de alimentación, sueño y apareamiento de cada gorila. Su trabajo con el paso del tiempo fue ganando reconocimiento no solo entre la comunidad científica, logrando ser la portada del National Geographic en en su número de enero de 1970. Precisamente con el fotógrafo de este medio, Bob Campbell, llegaría a tener una relación sentimental durante el largo periodo en que convivieron juntos en el campamento de Karisoke. Su relación con otros residentes temporales del lugar —ya fueran periodistas, investigadores o estudiantes a menudo resultó bastante más agria, lo que le daría fama de autoritaria. A ese respecto, Biruté la justifica: «Dian se mostraba dictatorial, de eso no hay duda; sin embargo, como mujer extranjera y sola en una tierra donde a menudo impera la razón de la fuerza, estaba obligada a actuar así (…) tuvo que aprender a jugar según las reglas africanas». Y aquí llegamos al meollo del asunto, a la actividad que centró cada vez más los esfuerzos de Dian y que, probablemente, acabó costándole la vida: su enfrentamiento con los cazadores furtivos.

Mencionábamos anteriormente la importancia de la neutralidad del observador, de que un científico debe saber mantenerse al margen… pero cuando apenas quedan trescientos ejemplares del animal a observar tal cosa sencillamente ya no es posible. Cuando llegó Dian Fossey a las Montañas Virunga los gorilas estaban a punto de extinguirse. Toda esa zona pertenecía a los parques nacionales de los respectivos países por los que se extendía y supuestamente debían estar protegidos, pero la extrema pobreza de la población y el desinterés generalizado por la conservación de los gorilas de montaña parecían abocarlos sin remedio a su extinción. En 1969 un zoo de la ciudad alemana de Colonia quiso tener un ejemplar joven, sin ser conscientes de que para capturar a una cría era necesario matar a varios adultos que intentarían defenderla. Así llegarían a manos de Dian las hembras huérfanas Coco y Pucker, que logró retener durante un tiempo hasta que finalmente no tuvo más remedio que entregárselas.

Decidida a evitar nuevas capturas, utilizó todos los medios a su alcance. Si veía que algún grupo de gorilas estaba en una zona peligrosa, organizaba arreos usando cencerros, guiándolo hasta zonas más seguras. Dedicó un tiempo cada vez mayor tanto de ella como de sus ayudantes y estudiantes (que preferían dedicarse a otras cosas) a desmontar las trampas que tendían los cazadores. Organizó patrullas contra los furtivos e inicialmente pagaba por cada uno de ellos que fuera capturado, pero pronto se dio cuenta de que los furtivos acababan siendo familiares de los guardianes que casualmente siempre lograban escaparse una vez obtenida la recompensa. Incluso llegó a vagar sola por los bosques con disfraces de Halloween para asustar a los supersticiosos furtivos, que contraatacaban recogiendo pelos a escondidas de su peine para hacer muñecos vudú de ella. En cierta ocasión secuestraron a su perra, y en un osado contragolpe ella capturó a varias vacas de un pastor cercano (que ni siquiera estaba vinculado con los furtivos) amenazando con matar a una cada día hasta que se realizase un intercambio de rehenes. El pastor afortunadamente se lo tomó bien e incluso ejerció de mediador. Todas estas actividades le granjearon mucha fama en la zona, aunque desde luego pocas simpatías, por lo que pasaría a ser llamada nyiramachabelli: «la vieja que vive sola en la montaña sin marido». Un apodo que se tomaba con humor y que incluso pidió que lo inscribieran en su tumba. Un deseo que fue cumplido, como podemos ver en la imagen que abre este artículo.

La muerte de Digit a manos de los cazadores, uno de sus gorilas más queridos, impulsó a Dian a abrir un nuevo frente: el activismo internacional en los medios de comunicación. Si lograba situar el problema en la agenda mundial entonces las autoridades ruandesas superarían la desidia en la que estaban inmersas, aún a riesgo de que llegasen a tomarla como una molestia de la que fuera preciso deshacerse. Tras una estancia en Nueva York en 1983 afirmó que nunca más volvería a apartarse de los gorilas en Ruanda, y así fue. El 27 de diciembre de 1985 fue encontrada muerta en su cabaña; alguien entró por la noche y le había asestado un machetazo en la cabeza. Ninguna de sus pertenencias ni el dinero habían desaparecido, lo que ha dado pie desde entonces a especulaciones sobre una venganza por parte de los cazadores furtivos, incluso con una posible connivencia de las autoridades del país. En cualquier caso su asesinato tuvo una enorme repercusión, su libro alcanzaría ventas millonarias y tres años después se estrenaría una película que terminaría de extender su nombre y su causa por todos los rincones del mundo. Tampoco han faltado testimonios desde entonces que buscan explotar el lado más oscuro de su figura, como ocurre inevitablemente en estos casos. Incluso, muy recientemente, Google la homenajeó en uno de sus doodles.

Pero lo verdaderamente relevante al final es que sin la intervención de Dian Fossey posiblemente los gorilas de montaña hubieran quedado extintos. Lo que habría supuesto una incalculable pérdida en muchos aspectos y uno de ellos, como decíamos al comienzo, es el de lo mucho que puede aportar el estudio de los grandes simios para la comprensión del propio ser humano. Todos ellos pueden arrojar luz sobre la pregunta fundamental, aunque si hay uno que se nos parece tanto, tantísimo, hasta el punto de haber sido utilizado innumerables veces en tono humorístico como si fuera una caricatura nuestra, ese es el chimpancé. Pero de su estudio por Jane Goodall hablaremos en la próxima ocasión.

Foto: TKnoxB (CC).
Foto: TKnoxB (CC).


Viviendo entre simios (I): Biruté M. F. Galdikas

Biruté Galdikas en Borneo
Biruté Galdikas en Borneo, foto del Acuario Marítimo de Norwalk (CC)

Si hablamos de orangutanes, la primera referencia que se le vendrá a la cabeza a cualquier persona culta será sin duda Duro de pelar, de Clint Eastwood. Ya saben, aquella película de un tipo que escuchaba música country, se pegaba con motoristas y viajaba en camioneta acompañado de un gran mono anaranjado que bebía cervezas, conducía y hacía peinetas. Aunque a partir de ahí toda información sobre ellos puede resultar superflua, tampoco está de más añadir que los orangutanes forman parte de los grandes simios junto a chimpancés, bonobos y gorilas. Quienes a su vez integran el grupo de los homínidos, en el que estamos incluidos los humanos.

Debido a tan estrecho parentesco, estudiarlos es una buena manera de conocernos a nosotros mismos, a nuestros orígenes. Así lo creía el paleontólogo Louis Leakey, que durante los años sesenta encomendó dicha tarea a tres mujeres que se convertirían con el paso de los años en tres celebridades de la ciencia, la divulgación y el conservacionismo: Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas, que se dedicaron a la observación y protección de chimpancés, gorilas y orangutanes, respectivamente. La primera y pionera en estas tareas ha escrito y protagonizado un gran número de libros y documentales, obteniendo entre otros el premio Príncipe de Asturias y la segunda es conocida por el público principalmente por la película que retrató su vida, Gorilas en la niebla, con Sigourney Weaver. La tercera, Biruté, fue la última en incorporarse —cuando las otras dos ya habían comenzado a recibir reconocimiento internacional por su labor y dado que hablamos de la búsqueda de los orígenes, qué mejor que comenzar por el final centrándonos en ella.

Sus memorias, tituladas Reflejos del Edén: mis años con los orangutanes de Borneo, es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Aunque lo mejor de él y que la autora me perdone es precisamente la parte en la que no habla de estos bichos peludos. Esa capacidad de observación que tan bien ha sabido aplicar a su objeto de estudio también la muestra para describir todo lo que la rodea y que incluye en sus abundantes y agudas digresiones en torno a sus relaciones personales, a las alegrías y miserias del trabajo de campo, la vocación científica, las diferencias en la forma de ser entre hombres y mujeres, el movimiento hippie, el contraste entre la cultura y las tradiciones de Indonesia y las americanas/occidentales… y en fin, acerca de casi cualquier tema que se le pasa por la mente. Pero ahora lo que nos interesa es concretamente su trabajo de campo, cómo fue vivir tantos años en la selva en condiciones a menudo extraordinariamente difíciles y qué significó para ella el trato durante tantos años con los orangutanes.

Nació en Alemania aunque de familia lituana, y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial emigraron a Canadá, para instalarse posteriormente en Estados Unidos. Estudió psicología y antropología en la universidad de Los Ángeles, donde en cierta ocasión asistió a una conferencia de Louis Leakey. Tras quedar encandilada con su carisma decidió dedicar su vida al estudio de los orangutanes. Alude en varias ocasiones a esta vocación en términos religiosos, como la «misión» que debía tener en vida y a Louis como una mezcolanza de padre adoptivo y guía espiritual que se la mostró. La simpatía fue mutua, ya que confió ciegamente en ella y le proporcionó valiosos consejos, contactos y financiación. Dado que se trataba de un proyecto de varios años de duración en plena selva de Borneo (finalmente acabó siendo de toda una vida) Leakey que era un hombre dotado de un extraño sentido del humor quiso poner a prueba el compromiso de su nueva pupila pidiéndole que se extirpara el apéndice. Biruté no se lo tomó en serio, cosa que unos años antes sí hizo Dian Fossey sin ser consciente de que solo era una broma pesada. El caso es que finalmente y tras un largo periodo de espera y preparación, en 1971 nuestra estudiosa de los orangutanes se plantó en medio de la selva de Indonesia junto a su marido. Pero resultó que no había orangutanes que estudiar.

Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)
Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)

No, no era otra broma de Leakey mandándolos donde no era para reírse a su costa. Una hembra de esta especie tiene en toda su vida apenas tres o cuatro hijos, de forma que si su población se ve sometida a alguna agresión externa corre el riesgo de extinguirse. Así que la tala indiscriminada de árboles, la caza y la captura para ser utilizados como mascotas o exhibidos en zoológicos o espectáculos redujeron apreciablemente su número, lo que llevaría más adelante a Biruté a convertirse en una activista medioambiental. Por otra parte, la naturaleza de estos simios es semisolitaria. Debido a su gran tamaño y a la escasez de los alimentos que necesitan las «personas del bosque» (pues eso significa orangután en malayo) no puede vivir en grupos a la manera de los chimpancés y gorilas. De manera que las hembras viven cada una en una zona en una plácida existencia seminómada y acompañadas únicamente por sus hijos si los tienen, mientras los machos tienen más movilidad buscando hembras disponibles y entablando peleas con sus rivales. Esta dispersión hace más difícil el contacto y seguimiento, lo que llevó a nuestra autora a pasar varios meses de angustiosa búsqueda sin nada que poder anotar y sufriendo el ataque constante de mosquitos, sanguijuelas e infecciones. No obstante estaba convencida de que tendría éxito en su misión tarde o temprano, por la sencilla razón de que no se atrevería a regresar a Estados Unidos con las manos vacías. Leakey le dio un margen de diez años, pero finalmente no hizo falta tanto.

Una vez detectado un ejemplar, el siguiente paso era habituarlo a su observadora. Una tarea que requiere mucha paciencia y sutileza, en la que siguió el camino por las pioneras Goodall y Fossey. El hecho de ser mujer resulta crucial en este aspecto, dado que los hombres son considerados como rivales por los machos y tienen mucho más difícil aproximarse a ellos sin peligro. Aunque por esta similitud se enfrentaba precisamente a otro tipo de amenaza: la cocinera de Biruté fue violada en cierta ocasión por un orangután. Concretamente por uno cautivo durante su juventud y posteriormente liberado pero que, al haber crecido entre humanos, pasó a considerar a las mujeres miembros de su especie. El marido de Biruté vivió también una experiencia poco agradable al respecto:

Transcurridos menos de diez minutos, Rod volvió a la cabaña con expresión de asco. De entrada, no quiso hablar de lo que había sucedido pero, tras insistirle un rato, me contó que Sugito se había colgado de los brazos de una rama, justo por encima de su cabeza, y que había intentado meterle el pene en la oreja. Sugito también había intentado utilizar la mano de Rod para masturbarse, moviéndola arriba y abajo de sus genitales. Después de este incidente, el entusiasmo que Rod sentía por Sugito se enfrió considerablemente.

Los humanos, mucho más evolucionados, hemos inventado herramientas de plástico y metal para hacer lo mismo. Pero otro detalle de este desdichado incidente al que debemos prestar atención es que su autor tenía un nombre propio, Sugito. Cuando Jane Goodall comenzó a estudiar a los chimpancés una década antes la costumbre científica hasta entonces era la de numerar a cada ejemplar. Al ponerles un nombre, aparte de recordarlo más fácilmente, permitía dotarlo de individualidad, dado que cualquier observador de simios se percata desde el comienzo de que cada uno tiene su propia personalidad. Además cada nombre debía comenzar por la misma letra en caso de haber parentesco. Pues bien, esto mismo es lo que hizo Biruté con los orangutanes. Una vez lograba encontrar en cada nuevo ejemplar observado un rasgo físico que lo distinguiese, procedía a bautizarlo. En el caso de los machos resultaba particularmente sencillo dado que debido a sus peleas todos arrastraban alguna secuela: a unos les faltaba un dedo, a otros un ojo… contemplar de cerca la brutalidad y la muerte le quitó de la cabeza ciertas ideas inocentes que mantuvo en su juventud:

Como a muchos otros occidentales, sobre todo a los hippies de los años sesenta, me había seducido la «falacia naturalista»; la naturaleza era pura y noble, hermosa e inteligente. En la naturaleza había finales felices. Con nuestro viaje al bosque húmedo de los trópicos, Rod y yo habíamos hecho realidad el sueño de nuestra generación de regresar a la naturaleza, de recuperar el Jardín del Edén. Pero los jardines y las huertas están hechos por los humanos para complacer sus sensibilidades humanas. (…) En esa época aprendí que la naturaleza limpia y pura también era brutal, despiadada e indomable.

A lo largo de sus años de observación fue dejando constancia de los hábitos de alimentación enormemente complejos (consumen hasta cuatrocientas variedades de frutos, plantas e insectos), de la larga relación de cada madre con su hijo, de las rivalidades entre machos, de los celos de un hermano ante otro nuevo (que en busca de la atención perdida experimentaban una regresión infantil en su comportamiento, igual que entre los humanos), de los ritos de apareamiento o intentos de ello: «Georgina y BSC parecían tener diferentes objetivos. A Georgina le gustaba disfrutar de su atención y buscaba su amistad, pero no quería copular. A BSC le parecía bien su amistad, pero lo que buscaba básicamente era sexo». Lo que en terminología científica se conoce como «pagafantas». Nuestra primatóloga iba apreciando con el paso del tiempo la gran cantidad de semejanzas entre los grandes simios y los humanos, pero también las diferencias. Cuando tuvo su primer hijo, por ejemplo, quiso criarlo manteniendo cierto contacto entre él y las crías de orangután que había rescatado de la cautividad e intentaba reintegrar en la selva. Ahí vio como, tras una primera etapa semejante, la capacidad de aprendizaje del niño crecía de forma exponencial. Mientras un ayudante de Biruté intentaba trabajosamente enseñar unos pocos gestos del lenguaje de los sordomudos a los orangutanes, el niño los asimilaba pese a no ser él el alumno y —lo que es más importante comprendía su sintaxis combinándolos de formas nuevas fuera del alcance de los orangutanes. Una capacidad común a cualquiera de nosotros pero en cuya extraordinaria peculiaridad no reparamos, simplemente la damos por supuesta.

Mientras tanto, fue avanzando en sus investigaciones y la idea de pasar el resto de su vida en la selva de Borneo se asentó en su cabeza. No así en la de su marido, que optó por el divorcio y regresó a Estados Unidos para hacerse especialista en sistemas informáticos. Un cambio drástico, lo de Sugito debió dejarle marcado. Biruté se volvería a casar, esta vez con un indonesio, y ya en los últimos años ha centrado sus esfuerzos en recuperar orangutanes cautivos, pues entre las clases altas de aquel país tener uno en una jaula se considera un signo de distinción. También promueve la reforestación y la concienciación medioambiental mediante conferencias, artículos, entrevistas y documentales como Born to Be Wild, rodado en tres dimensiones y narrado por Morgan Freeman, así como por medio de su organización Orangutan Foundation International. Sus logros han sido notables y, por lo que se ve, ha sido capaz de combinarlos con una vida personal bastante satisfactoria. A diferencia de Dian Fossey, de cuya vida y trágico final hablaremos en la próxima ocasión.

No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)
No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)