‘El entusiasmo’: lo que la crisis del petróleo se llevó

Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Uno de los consuelos de envejecer es que aumenta la perspectiva que tienes de lo que te rodea, ves mejor qué es excepcional y qué responde a un patrón. En lo ideológico, social y político, en mi adolescencia se discutía sobre el servicio militar, pero nunca se pensaba que fuese a desaparecer. Lo hizo a los pocos años. La cuestión de si es justo que la gente más humilde y necesitada de una salida laboral sea la que más acabe sometida a la confinación y disciplina del ejército profesionalizado ya se debatió menos, o nada. Pero vimos cambios profundos y poco esperados. Otras cuestiones que solo se leían en páginas de fanzines con grapas, como el veganismo o el bienestar animal y el rechazo a la vivisección, han terminado siendo la filosofía de vida de partes importantes y destacadas de la población e incluso han derivado en leyes y directivas europeas. Lo que venía en esos fanzines hechos con máquina de escribir ahora está en el New York Times. Ideas o planteamientos que parecen extravagantes y se les ridiculiza, pueden llegar a ser dominantes en el futuro. Yo lo he visto.

En este aspecto, no se puede sostener en un sentido estricto que todas las ideas avanzadas procedan del anarquismo, pero sí que es un hecho que en su entorno encontraron cobijo antes de ser aceptadas por capas amplias de la población. Un ejemplo palmario sería el del naturismo y también el de la liberación sexual y el feminismo.

También la perspectiva es útil para ver cómo se ha vivido el recuerdo de los años setenta en España a través de las épocas. Del olvido total a las mitificaciones y lo que ahora se llama lucha por el relato, que es un rodillo importante. Sin embargo, pese a los riegos e intereses manipuladores, el aumento de la información y documentación sobre aquellos años al menos permite que haya un debate. Estamos en una época en la que la sordera está extendida, pero hace veinticinco años se ignoraban más aspectos de este periodo, por no mencionar de los años treinta, aunque estuviesen más cerca en el tiempo.

En este contexto, se ha estrenado el documental El entusiasmo con el eslogan Una vez muerto Franco, todo parecía posible de Luis E. Herrero. Un recorrido a la breve primavera del anarquismo en los años de la Transición, al momento en el que parecía que la CNT iba a ser una fuerza a tener en cuenta.

Al igual que le pasó a muchas dictaduras del siglo XX en las que se experimentó un desarrollo económico, el propio desarrollo y evolución hacia una economía postindustrial traía en su seno la incompatibilidad con una dictadura. La represión ya no bastaba, ni siquiera era viable, para dominar a una sociedad sin derechos. En España, esta transformación ocurrió en muchos ámbitos, incluida la propia Iglesia católica, pero en especial alcanzó una gran fortaleza entre la clase obrera.

Manifestación feminista. Colectivo Tinta Negra. Fotografía de Jordi Pavía. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

De los múltiples «relatos» que circulan de la Transición, hay un hecho que curiosamente se cita poco porque disloca las conclusiones apriorísticas de las que suelen venir acompañadas las versiones actuales de lo que ocurrió. En 1976, las huelgas masivas e incesantes por todo el país echaron abajo el gobierno AriasFraga. Es un hecho que viene muy bien explicado en los trabajos de los historiadores Carme Molinero y Pere Ysás, sobre todo en su libro conjunto sobre el PCE De la hegemonía a la autodestrucción 1956-1982. Las vías de franquismo sin Franco pergeñadas por Carrero Blanco en su día se estrellaron contra un muro de granito que fue el pueblo español movilizado. La izquierda. Y murieron ahí.

Las huelgas, la organización de los trabajadores y las asambleas continuas, tras tres décadas bajo la bota franquista, llenaron de esperanza e ilusión a mucha gente y alimentaron sueños revolucionarios de toda clase. Quizá el mejor ejemplo del espíritu del momento lo tengamos en el documental Numax presenta, de 1980, sobre el intento de unos trabajadores de tomar el control de su fábrica y establecer un centro de producción colectivizado y autogestionario.

En El entusiasmo, los testimonios recogidos dejan claro que las movilizaciones respondían a problemas laborales puntuales, pero que detrás de todas ellas se encontraba la lucha contra el sistema y por las libertades. Estas asambleas no eran ninguna fiesta, hubo casos como el de Vitoria que se saldaron con un reguero de asesinatos. Aparece también citada la famosa e histórica huelga de Roca Radiadores. Un paro de noventa y cinco días en el que las decisiones las tomaron asambleas de hasta tres mil trabajadores. Una huelga que comenzó por un despido-represalia. Uno.

En este caldo de cultivo y con la efervescencia ideológica propia de la época, tomaron cuerpo formaciones de izquierda de todo tipo. Lógicamente, el anarquismo, tan arraigado en España, hizo lo propio, pero no necesitaba nuevas fórmulas. Recogía una organización que ya había existido, la CNT. Lo más interesante que plantea el documental son las contradicciones que conllevó su resurgimiento. Al igual que le ocurrió a otros partidos, como el PSOE, también se produjeron diferencias entre la dirección en el exilio y en el interior. En el caso del anarcosindicalismo había varios comités simultáneos que decían ser la CNT. Cuenta un testimonio que, mientras crecieran y se multiplicasen, se dejaba hacer. Al menos hasta su legalización el 14 de mayo del 77.

Un choque generacional marcó esos días. Los jóvenes libertarios venían de la cultura underground. Del rock and roll, las drogas y la libertad sexual. Del hippismo al incipiente punk. Los mayores, de las condiciones de vida de los años treinta, de la guerra y la represión de la posguerra. En imágenes impagables del mitin de San Sebastián de los Reyes, en el que se reunieron treinta mil simpatizantes, se da cuenta de que había cierta incomprensión ente unos y otros. Había un lenguaje diferente. Algunos anarquistas veteranos no entendían las melenas y el descontrol. Sin embargo, cuentan los entrevistados, los jóvenes no se podían creer lo que escuchaban en las intervenciones de los ancianos. Nunca en su vida habían oído a alguien gritar en un lugar público contra todo, contra las instituciones y el capitalismo. Creían que estaban soñando.

Pintada en la calle. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

Es en esa etapa cuando se puede decir que el anarquismo llegó a ponerse de moda. Se habla de doscientos mil afiliados «que salieron de debajo de las piedras». Leopoldo García sostiene en el documental: «tuvo una atracción de las gentes, lo que dio una imagen de masividad». Se celebró el famoso mitin de Montjuic, con la intervención histórica de Federica Montseny. Hubo lágrimas. Había cien mil personas congregadas.

Llegaron las Jornadas Libertarias. También no exentas de críticas, porque mostraban toda la diversidad del movimiento ácrata. Desde el rock and roll, el travestismo y el amor libre, por lo que algún medio se refirió a estos días como «orgías», a sesudos debates en las asambleas. Aparece uno en el que se le echa en cara a quien tiene la palabra que se deje de demostraciones erudición, que se hable de alternativas a los problemas actuales y no se cite a tanto apóstol de la revolución con décadas de antiguedad.

En estas escenas hay una intervención con una frase que, a mi juicio, no ha envejecido precisamente: «los defensores de la ortodoxia, los químicamente puros, que parecen inasequibles a la realidad histórica y a la realidad científica, son los apóstoles y los aspirantes a inquisidores, y los inquisidores rojos, azules o negros, esos son  los grandes enemigos».

Todo esto sucedía en unos años que, como han subrayado en múltiples ocasiones quienes los vivieron entrevistados por esta publicación, hubo un vacío de poder. Las sucesivas amnistías hasta la amnistía total de octubre del 77 y, después de eso, la Constitución, eran las preocupaciones fundamentales del gobierno y los partidos políticos. Los cuerpos de seguridad alternaban los abusos de poder con el pasotismo total ante la falta de un esquema legal claro. De aquel vacío surgió una explosión cultural cuyos frutos no se pueden medir solo en lo sucedido aquellos años, crearon escuela, fueron iniciáticos y forjaron la mente e ideas de gente que ha escrito mucho y bien durante décadas desde entonces.

El documental cuando marca el punto de inflexión es en los Pactos de la Moncloa. Los acuerdos entre fuerzas políticas y sindicales para acordar las medidas de ajuste frente a las recesión. La crisis del petróleo había empezado en 1973 y se recrudecería en 1979. Aquí, los entrevistados están todos de acuerdo en la lectura socioeconómica. Atribuyen a la patronal y los poderes fácticos su intención de establecer un nuevo orden ya que desde hacía veinte años las huelgas les estaban destrozando. La realidad es que esos ajustes no fueron un caso único español. A Yugoslavia, donde también se produjeron, la hirieron de muerte hasta su disolución. Polonia se incendió. Rumanía enloqueció. Son tres ejemplos de países insertados en la economía mundial, sufriendo las mismas consecuencias de la crisis, pero con sistemas productivos socialistas.

Manifestación trabajadores de SEAT (1977). Fotografía de Julián Martín Cuesta. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

En este documental, los testimonios sugieren la idea de que el capital de alguna manera compró a los sindicatos y partidos políticos para reconducir una situación que se les había ido de las manos y acabaron con el único movimiento que desafiaba la restauración del sistema de explotación: la CNT. Como gracias esta estrategia no hubo dique de contención, empeoraron las condiciones de los trabajadores. Sin embargo, basta una mirada al exterior como la del párrafo anterior para ver que el problema tuvo una magnitud mucho mayor.

En este punto, sí que juegan a favor del discurso algunos hechos, aunque la interpretación general pueda parecer maximalista y grandilocuente. El caso Scala supuso el principio del fin de la CNT. Un delincuente común, Gambín, que recibió el carné de la CNT pidiéndolo de rodillas en Murcia, tuvo un comportamiento sospechoso y errático dentro de la organización —llegó a fingir su propia muerte aprovechando la de su tío, que se llamaba igual— que culminó el día que persuadió a otros militantes de lanzar unos cócteles molotov contra una sala de fiestas al término de una manifestación. La repercusión mediática que tuvo ese caso, reactivar la memoria de la violencia revolucionaria de los años treinta, bien presente en Barcelona, y la que seguía en esos momentos ETA, vació el movimiento anarcosindicalista. Hubo bajas masivas.

El remate lo pone Pepe Ribas, director de Ajoblanco, cuando sentencia: «con un movimiento libertario este país no tendría nada que ver con lo que es, su influencia hubiera evitado haber caído tan bajo». Una historia con presentación, nudo y desenlace.

Sin embargo, al contrastar los hechos nos encontramos con una realidad más prosaica. Lo mismo que hubo circunstancias que coexistieron, como que el auge de las huelgas en España y la llegada de la democracia coincidieran con el inicio de la desindustrialización en amplias zonas de Europa, no hay que eludir las dinámicas internas que hubo en el seno de la CNT. Las dos tendencias, la que propugnaba no asumir las funciones y responsabilidades de un sindicato normal y la pragmática libraron una lucha importante que se saldó con expulsiones y escisiones.

La intervención de organismos ajenos a la CNT, bien ejemplificada en la resurrección de la FAI, la naturaleza sectaria de las disputas internas por el control de los comités y las prácticas violentas e intimidatorias utilizadas en las luchas por el poder orgánico, son factores que confluyeron con la negativa de los anarquistas radicales a la colaboración en el proceso de transición y consolidación democráticas para provocar fuertes caídas en la afiliación de los sindicatos confederales, producidas tanto por salidas voluntarias de trabajadores desilusionados como por expulsiones directas de sectores disidentes. (El mito del paraíso revolucionario perdido, Isaac Martín Nieto)

Portadas de la revista Ajoblanco. Imagen de El entusiasmo (Hanoi Films / AVED Producciones).

También hubo hechos simbólicos. En el mitin de  Montjuic, primera aparición pública del sindicato tras cuarenta años, el histórico José Peirats arremetió contra el catalanismo, las nacionalidades históricas y hasta el estatuto de autonomía. Según fuentes del propio sindicato recogidas en la prensa de la época, aquel fue un error imperdonable y un duro golpe que produjo un trasvase de militantes catalanistas hacia otros sindicatos.

En cuanto al caso Scala, pese a la turbiedad del asunto, también es cierto que en su momento hubo acusaciones mutuas dentro del propio sindicato, entre faístas y reformistas, de programar acciones violentas contra los Pactos de la Moncloa. Cuando Bernat Muniesa explica el suceso en el documental, señala que cinco o seis jóvenes «fueron imbuidos», lo que pone de manifiesto que si las cloacas teledirigieron el atentado con un infiltrado —muy viable—, fue gracias a que existían facciones propensas a la «acción directa» en contra del criterio de otros militantes.

La gran paradoja de la democracia española es que llegó cuando la democracia iniciaba sus diferentes crisis en todo el mundo y daba sus primeros pasos el modelo productivo actual, con la deslocalización, la hipercompetitividad y los avances tecnológicos que crean menos empleos que los que desalojan, con las lacerantes consecuencias que han tenido para la lucha histórica de los trabajadores.

Cuando el pueblo pudo por fin articular sus reivindicaciones sociales y laborales no eran ni los cincuenta ni los sesenta. Esos años bajo la bota del dictador es lo que nos falta como sociedad y como país, pero ni en eso somos especiales. Portugal tuvo idéntica experiencia e incluso peor, con sus guerras coloniales, tres cuartos de lo mismo Grecia, en el resto de la periferia Europea, Balcanes y Europa Central y del Este, las dictaduras también dejaron huellas que no han conseguido borrarse.

El hecho es que en la actualidad CNT es una organización marginal y la relevancia de su escisión «reformista», CGT, es limitada. Sin embargo, volviendo al inicio de esta reseña, es tanto lo que entró en el «saco sin fondo» de la CNT —que era la crítica que hacían los sectores más obreristas— que está plenamente vigente en nuestros días, que sería muy matizable hablar de fracaso sin paliativos de las ideas libertarias en España. Uno de los golpes fuertes que recibió el sindicato, golpes que se medían por bajas en la militancia, fue la imagen que se reflejó de las Jornadas Libertarias. Se tachó aquello de orgía de maricones y pasotas, pero gracias a un documental como El entusiasmo, al repasar con detenimiento y sensibilidad esas imágenes, una juventud por fin libre y desatada, en ellas se ve más el presente que el pasado.


Futuro Imperfecto #3: ¿Navidad en El Corte Inglés o en Amazon?

Protesta en contra de las condiciones laborales en Amazon, New York, 2018. Foto: Cordon Press.

Olvidaos de si consumir es un acto antiecológico, y de si debéis enseñar a vuestros niños que no pueden tenerlo todo, ni establecer las bases de su existencia en función de actos consumistas. Se acerca la Navidad, y, sed honestos, vais a comprar. Y no solo regalos, también vais a comprar más de todo. Vamos, qué leches, no nos quitamos culpa. Compraremos para todos. Para los pequeños y para los mayores. ¿Por qué? Por el «endorfinazo». Porque gastar y tener es una íntima satisfacción. Así que dejad a un lado por un momento la conveniencia de hacerlo, que no lo vamos a poder evitar. ¿Dónde vais a comprar? Según el lugar de compra elegido estaréis apoyando trabajo precario y condiciones en proceso de saber si son ilegales, o unas condiciones y retribución que permitan ser clase media. Optar por unos u otros no es una cuestión de ética, ni de decencia. No estamos aquí para moralizar. Lo que queremos es comprender cómo ha cambiado el mundo y si podemos evitar que ese cambio nos aplaste. O si preferimos seguir creyendo que existen Papá Noel, los Reyes Magos y el Amigo Invisible. En resumen, de que hagáis algo útil con vuestras compras, además de contribuir a la recaudación del IVA. A fin de cuentas, mientras tengamos capacidad de compra tenemos todavía alguna capacidad de influir, de decidir, de mandar un mensaje.

Avisamos, por si os cabe alguna duda una vez terminado este artículo, que no nos lo paga El Corte Inglés. Ya hemos intentado tener publicidad de ellos, pero sin conseguirlo. Quizá porque en su momento Nacho Carretero publicó aquí este artículo, «Ya no es primavera en El Corte Inglés» desvelando una de las cosas que más odia sacar a la luz esa y cualquier empresa: las condiciones laborales de sus trabajadores. Pero han pasado siete años desde esa publicación, la economía se ha «uberificado», y las opiniones también parecen haber cambiado.

La razón tiene mucho que ver con la edad. Los empleados de toda la vida siguen añorando el modelo paternalista de Ramón Areces, el fundador, y su promoción interna. No solo la población española se ha hecho mayor, los trabajadores de empresas tradicionales como esta también. Para lo bueno y para lo malo de realizar ciertas tareas. Los nuevos encuentran condiciones similares a otras empresas: la habitual presión brutal de los jefes, la obligación de trabajar los domingos o doblar turnos sin compensación económica alguna, y la temporalidad. De lo poco que trasciende podemos tomar de ejemplo las valoraciones en el portal de empleo Indeed. Su media es positiva, pero el 90 % de los que la dejaron, buena o mala, ya no trabajan allí. Si buscamos por la parte de los salarios, la cosa pinta muy bien… hasta que uno baja a la parte de comentarios de cualquier noticia publicada sobre ese particular. Es cierto que en general el mundo del comercio minorista vive bajo una gran presión: un día sin venta es un día perdido.

Tampoco parece ser una empresa a la que dirigir el currículum en estos momentos. Sus directivos preveían echar a siete mil trabajadores, pero una vez analizada su situación la consultora AT Kearney elevaba esa cifra a doce mil. Finalmente han anunciado que los despedidos serán solo quinientos, aprovechando jubilaciones y conversión de administrativos en dependientes. Y con todo, parece que es un  lugar de trabajo mucho mejor que otros. Por ejemplo, Amazon. Todavía hay multitud de personas mayores contratadas —mayores de cincuenta años, se entiende—, y un sistema que protege a los que mantienen un contrato indefinido de los antiguos. Es posible que el motivo de que sigan ahí sea el coste del despido. Quizá haya alguno más. Aun así, cuando compramos en ECI es eso lo que estamos protegiendo. La vida de miles de familias de clase media.

Pero también optamos por Amazon. En una de las más grandes empresas del mundo, el enfoque es diferente. Hoy te contrato y mañana te echo. Los despidos, como el trabajo, se han automatizado y los realizan algoritmos y robots en función de la productividad. El New York Times entrevistó a decenas de empleados actuales y antiguos para un artículo en profundidad sobre lo que supone trabajar en esta empresa. Un equivalente español, mucho más superficial, pero contado desde dentro, llega a la misma conclusión: lo habitual allí dentro son las ganas de llorar

El centro logístico de Amazon durante la campaña de Black Friday. Foto: Cordon Press.

Podríamos pensar que es algo puntual. Si prestamos atención a las tiendas experimentales Amazon Go y a las promesas de Jeff Brezos de que los artículos los repartirán drones, ese sufrimiento será pasajero. Pronto su trabajo lo harán máquinas. En 2017 Sam Korus anticipó que para 2019 el número de robots superaría al de empleados en Amazon. No ha sido así. Los robots superarán las doscienta mil unidades mientras que el equipo humano se espera que alcance los setecientos cincuenta mil empleados, según Vala Afshar. En Estados Unidos terminaron 2018 con seiscientos cuarenta y siete mil quinientos empleados y en septiembre tenían treinta mil ofertas de empleo abiertas a candidatos. Tienen que reponerlos, porque los queman. La rotación de producto, tan necesaria en retail, se traduce en rotación de empleados, quizá no tan necesaria. La presión por productividad empieza a pesar a sus trabajadores, y en España Amazon está enfrentando su mayor conflicto laboral

Ya que no a los trabajadores, ¿deja al menos al Estado un beneficio tangible la gran distribuidora online? En volumen de negocio, aparentemente sí. Decimos aparentemente porque la consultora Netquest calculó en cuatro mil doscientos millones de euros la cifra que su conglomerado de sociedades permite ocultar. Solo ha pagado por ellos cuatro millones en impuestos a Hacienda. Eso es menos del 0,00 1%. 

¿Es mejor el caso de ECI? Siguiendo el moderno «compromiso» de las compañías multinacionales con el país en que operan (grande cuando se trata de pedir ayudas o legislación, pequeño cuando se trata de otros temas menores), también intenta pagar lo menos posible. Este octubre perdía un largo pleito contra el impuesto de Cataluña, Aragón y Asturias a las grandes superficies. En sus últimas cuentas anuales se reservaron 119,73 millones de euros, que ahora tendrán que abonar, aunque sea obligados por la ley, a estas comunidades. Ya es mucho más que Amazon, y si a eso le sumamos sus noventa mil trabajadores, por los que también pagan impuestos, el saldo es favorable. Claro que quizá en el gigante online sea la ley la que falla, y con la tasa digital, tan discutida en la UE, pasaría a abonar, directamente y sin pasar por la casilla de salida, ciento treinta millones de euros. Quizá está haciendo lo mismo que haríamos los demás si estuviéramos en su lugar y nos lo permitieran.

No nos malinterpreten. No se trata de distinguir entre buenos y malos distribuidores, este mundo moderno está lleno de grises. El objetivo es ser conscientes, saber cómo afectará nuestra elección a las vidas cotidianas de mucha gente, a partir de conocer mejor las empresas en las que vamos a hacer nuestras compras navideñas. Para acabar de aclararnos al respecto, es imprescindible ver Sorry We Missed You, la última hostia, digo perdón, película, de Ken Loach. Ha explicado que lleva años viendo sustituir puestos de trabajo seguros por otros temporales y precarios, sueldos que mantenían familias en salarios variables y de miseria. No por casualidad el protagonista es un repartidor supuestamente autónomo, de esos completamente atados a una empresa, pero sin baja laboral, vacaciones y mucho menos jornada de ocho horas. En palabras del director, el modelo Amazon, Glovo, Uber o como lo quieran llamar, destruye al individuo y al planeta. Quizá no sea fácil verlo a corto plazo, pero no pinta bien a largo.

Ken Loach es un defensor del activismo, así que quizá la solución esté en sindicarse, no en echar la responsabilidad en los hombros de los consumidores. Esta opción la defiende Erica Hayes, directora de la serie de animación Rick&Morty, para los creadores, quienes deben, según ella, agruparse en sindicatos . La idea no es popular en EEUU, y tampoco parece serlo en Europa, donde, según el último informe de la OIT, solo seis países, de los 28 de la UE, tienen más del 50% de su fuerza laboral afiliado a sindicatos

Un repartidor de la empresa mexicana Chazki con un paquete de Amazon. Foto: Tharbadgemini (CC BY-SA 4.0)

El problema es que los sindicatos buscan la unión de trabajadores similares. Ya fue motivo de discusión su valor para pymes o autónomos, sobre todo enfrentados a los impagos de administraciones públicas. Las grandes empresas o industrias siempre contaron con sindicatos fuertes que podían presionar para intentar igualar el poder de negociación. En el mundo digital, donde hay una gran cantidad de empleados independientes, es más complicado sindicarse. 

Un estudio sobre los freelancers en Estados Unidos —aka jodidos autónomos— ha concluido que menos del 30% de los boomers han sido o son autónomos, pero que más del 50% de la generación Z ha pasado por ello. La duda es si entre los T habrá otra cosa que «emprendedores». Y si dudáis en la asignación de generaciones, recordad este orden de hitos: boomers -Woodstock; generación X – MTV; millennials – PC; generación Z – internet; generación T – smartphones. Sindicados o no, nuevas y viejas generaciones comprenden el valor de agruparse para reclamar derechos, y ahora ya hasta los youtubers lo intentan. Eso sí, tirando de un sindicato boomer de los de toda la vida

De toda la vida es también que cuando firmas un contrato de empleado en ECI te obligan a afiliarte a sus sindicatos, los afines a la empresa. Además es importante saber que en ciertas regiones los domingos no se abre, y en otras prácticamente todo el año. Algo más habrá que hacerse mirar. Sobre todo porque tienen tanto poder y autonomía que incluso han intentado introducirse en Zara. Podemos dudar de que si lo consiguen mejoren las condiciones de los trabajadores de Amancio Ortega, pero no de que las carcajadas de ECI serán épicas. Porque podrá influir sobre los empleados de un competidor en el sector de la moda y el hogar. 

En cuanto a Amazon, solo uno de cada diez de sus centros tiene comité de empresa. La propia compañía tiene un vídeo «educativo» para explicarte lo malísimos que son. No es la única. Esa maravillosa compañía tecnológica llamada Google, que no necesitaba sindicatos porque pagaba bien, la comida era gratis en sus oficinas, y te pone autobús hasta la puerta, ha contratado a la consultora IRI. Muy bien conocida en Estados Unidos por desactivar el sindicalismo. Es cierto que el sindicalismo vive en muchos sitios uno de sus momentos más bajos, pero la conclusión general es que si de lo que se trata es de vivir dignamente de tu trabajo, pintan bastos. 

Aceptémoslo de una vez, el modelo ha cambiado, y los viejos tiempos no van a volver. No es que ya no sea primavera en ECI, es que debido al cambio climático esa estación y el otoño están desapareciendo. Las rebajas tampoco son en enero, o no solo, y es casi más fácil saber cuándo viene el Black Friday. Compras online y te dicen que estás matando el comercio de toda la vida y el de barrio, pero vas a esas tiendas y te molesta no poder elegir entre un gran catálogo, buscar información del producto, y cotejar opiniones de otros compradores. O simplemente pagar más. Incluso involuntariamente, eres una víctima de algo llamado long tail

La fachada de El Corte Inglés de Sevilla durante la campaña navideña. Foto: Hannu Makarainen (CC BY-SA 2.0)

Long tail es un término inventado por el editor de Wired, Chris Anderson, y que define cómo internet ha cambiado a consumidores y empresas. Antes un gran almacén como ECI procuraba tener muchos productos de los más vendidos, porque eran los que generaban más ventas e ingresos. Ahora el 80 % de los productos menos vendidos —el long tail o larga cola— genera más ingresos que el otro 20 %, el de los bestseller. Compañías que no tienen almacenados productos pero pueden ponerlos a la venta online pueden satisfacer la long tail, como Amazon o Netflix. Imposible para el ECI físico o la cadena de TV de toda la vida. 

Esta idea tan bien resumida la cuenta muy bien mi compañero de redacción Guillermo de Haro en uno de los capítulos de este libro, del que es coautor. Añade además otras aclaraciones interesantes sobre el radical cambio del mundo en que estamos moviéndonos. Como esta, y cito: «decía Bruce Sterling, creador del término cyberpunk, que a día de hoy tenemos cinco grandes reyes feudales: Google, Amazon, Facebook, Microsoft y Apple». Nuevas empresas, nueva economía, y un trabajador con habilidades hasta ahora no conocidas, como explica el vídeo Did You Know 3.0, aquí en versión subtitulada en español

Maravilloso mensaje: trabajaréis en empleos que aún no existen, usando tecnologías que no han sido inventadas, para resolver problemas que todavía no sabéis que lo son. Tendréis que ser flexibles, olvidaos del trabajo para toda la vida, y de pasar en una empresa más de cinco años. Me encanta especialmente el apoyo en datos obtenidos del departamento de empleo de Estados Unidos, pero cuando pienso en España me pregunto ¿existen diez empresas para cada aspirante que le contratarán lo mismo cuando tenga veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta años? ¿Y qué extrañas habilidades tendrá un mozo de almacén que lo mismo hace veinte años y ahora tiene que localizar productos y meterlos en paquetes? Intuyo que ser autónomo. Porque esa es la otra proyección de las predicciones, que habrá menos del 50 % de empleados por cuenta ajena.

Y si la solución no es comprar en ECI o en Amazon, ¿cuál es? Podríamos optar por darle a todo la vuelta, como sugiere el nobel de economía Joseph Stiglitz, que nos aconseja abandonar el PIB como patrón de medida de crecimiento de los países. El PIB solo es saludable si sigue creciendo a lo largo de los años, dicho de otra manera, si usted compra más esta navidad que la anterior. Necesitaríamos dos Tierras para dar abasto a tanta comilona, juguetería saqueada, y perfumería fuera de existencias. Pero este verano ya nos cepillamos la primera. Hemos tirado de la tarjeta de crédito del planeta y tarde o temprano llegaremos a la fecha de pago con los bolsillos vacíos. Y el asteroide de oro no va a solucionarlo.

Llega otra Navidad, y volveremos a decidir una vez más. ¿En El Corte Inglés o en Amazon? Nosotros creemos que las decisiones de compra son cada vez más importantes. Tomémoslas teniendo en cuenta su impacto. Es la mejor manera de dejar el mensaje de que deseamos que sea posible una vida digna, conciliada y no precaria. En todos los sentidos.

¿La conclusión? Comprad donde os dé la gana. Pero que entre vuestra lista de regalos esté una suscripción a Jot Down. No las encontraréis disponibles en Amazon ni en El Corte Inglés. Pero podéis estar seguros de que os harán, a vosotros y al que la recibe, tan felices como a los que trabajamos aquí. La Navidad, el Hanuka y el Solsticio de Invierno, en Jot Down


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Marcos de Quinto: «Nuestra competencia es todo lo que se beba, excepto la sopa juliana»

Marcos de Quinto para Jot Down 0

Marcos de Quinto (Madrid, 1958) es licenciado en Economía por la Universidad Complutense de Madrid y MBA por el Instituto de Empresa, también es presidente de Coca-Cola en España y Portugal, piloto de rallies y un activo usuario de redes sociales como Twitter, donde no tiene reparos en hablar de los temas sociales candentes sin medias tintas. Marcos no es un habitual de los medios de comunicación a pesar de tener una brillante trayectoria en la compañía mejor valorada del mundo. Hacemos suya la frase de G.C. Lichtenberg: Todo se aprende, no para exhibirlo sino para utilizarlo.

¿Qué tiene que ver Coca-Cola con la felicidad?

Coca-Cola es la marca que más se asocia al concepto de la felicidad en nuestro país. Esta tesis la conocimos hace ya casi diez años, tras una primera encuesta sobre la asociación espontánea de marcas con el concepto de la felicidad: Coca-Cola resultó ser la primera, y Durex, curiosamente, la segunda.

La decisión de vincular la marca a la felicidad es, y ha sido siempre, de los consumidores y creemos que responde a varios factores como la  percepción acumulada de los valores de la compañía o la sucesión de campañas de publicidad a lo largo de la historia. Ante ese posicionamiento espontáneo, lo que desde Coca-Cola hemos hecho ha sido reclamar ese terreno y seguir regándolo.

Seligman, el creador de la psicología positiva, ha pasado del happiness entendido como bienestar en sentido aristotélico, al flourishing, reforzando  la importancia de la realización personal.  ¿Cree que un factor clave para la felicidad es sentir que progresamos?

Todo el mundo opina, habla, e incluso hay quienes escriben libros sobre la felicidad. Sin embargo, en Coca-Cola España fuimos los primeros, en 2007, en hacer un estudio serio y riguroso sobre el tema, financiado por el Instituto de la Felicidad. Tras el estudio, muchas de las cosas que la gente afirmaba y escribía sobre este tema quedaron en cuestión.

Con todo mi respeto hacia Seligman y el resto de autores que escriben sobre el tema, escribir sobre la felicidad es relativamente sencillo. Me explico; la mayor parte de la gente que escribe su libro y hace sus recomendaciones sobre el tema no ha podido contar con un presupuesto y los recursos necesarios para llevar a cabo un estudio sólido con una metodología rigurosa. Y como en cualquier otro ámbito de la investigación, creo que, en gran medida, estos recursos operativos son los que marcan la diferencia.

Conscientes de eso, desde el Instituto de la Felicidad quisimos dar un paso más y realizar un estudio suficientemente exhaustivo, que pudiera arrojar más información sobre los drivers de la felicidad, uniendo nuestra metodología con la de los expertos en la materia. Como no éramos expertos en el tema, acudimos a referentes en psicología positiva como Carmelo Vázquez y Eduardo Punset, entre otros, y les dijimos: «contadnos qué sabéis acerca de la felicidad y nosotros ponemos la parte de investigación operativa». El propio Punset se mostró positivamente sorprendido por algunos de los resultados, inesperados, de ese primer estudio.

Marcos de Quinto para Jot Down 1

Hace unos días los medios de comunicación se hacían eco de la falta de rigor en lo que se está llamando «la ciencia de la felicidad», desmontando los estudios en los que se apoya. ¿Hasta qué punto está conectada Coca-Cola y su Instituto de la Felicidad con esta «escuela de pensamiento»?

El Instituto de la Felicidad es un ente virtual, no hay un director o una secretaria… lo gestionan profesionales que tienen otro trabajo dentro de Coca-Cola. Su objetivo es ayudar a conocer más y mejor el tema de la felicidad, y para eso lo dotamos desde el principio de un presupuesto al servicio de la investigación en este campo.

Como ejemplo del trabajo que se está desarrollando en este terreno, en los próximos meses haremos la presentación del Índice Pemberton de la Felicidad. Este índice —desarrollado por académicos— se ha inspirado en otros índices científicamente validados, pero incorpora varias mejoras sustanciales, ya que es el primer índice que permite hacer comparaciones entre diferentes países y culturas. Además, probablemente, sea el índice más completo que existe en estos momentos incorporando distintos factores que son determinantes a la hora de medir la felicidad. La propia OCDE está recomendando a distintos países que lo hagan.

Es el resultado de más de un año de trabajo y que ahora vamos a presentar al público, una vez que ha sido validado por la comunidad científica. Es verdaderamente un orgullo poder afirmar que un proyecto como este ha sido desarrollado gracias a la intervención del equipo de  Coca-Cola España.

Otro de los proyectos que impulsamos es el Congreso de la Felicidad, un punto de encuentro de referencia para todos los expertos del tema y que se celebra cada tres años. Coca-Cola ofrece la plataforma y pone todos los recursos técnicos y operativos que lo hacen posible, pero son los expertos los que hablan y dan voz a la iniciativa. Por poner un ejemplo del perfil de los ponentes, en el congreso contamos con personas como el primer ministro de Bután o la persona más feliz del mundo, que es un monje budista francés.

¿Es necesario dar un aire científico a un producto que no lo necesita? ¿Podría ser contraproducente?

El producto, Coca-Cola, no tiene nada que ver con esto. No olvidemos que Coca-Cola es un producto muy sencillo en su concepción. Lo que ocurre es que este producto se encuentra muy habitualmente rodeado de cosas que las personas asociamos a la felicidad, y de ahí la relación.

Coca-Cola puede estar en los Juegos Olímpicos, en el día del Orgullo Gay y también puede estar en una reunión de jóvenes con el papa. Puede estar en cinco mil sitios y apoyar diferentes causas. Por ejemplo, con el fútbol; cuando nadie lo patrocinaba nosotros teníamos marcadores… pero Coca-Cola no es el fútbol.  Y en esta misma línea hemos querido trabajar nuestra asociación con la felicidad.

Se dice que la publicidad es una de las materias primas con las que está hecha la Coca-Cola. Qué considera más relevante en relación con la afinidad a la marca por parte de los consumidores, ¿el producto o la publicidad?

Coca-Cola es una marca, y una marca es muchas cosas. Es el logotipo, más el envase, más el contenido, más todas las cosas que te puede evocar cuando lo tomas. Todo ese conjunto es lo que es. La marca está por encima de nosotros. Tratamos de administrarla, pero la marca tiene vida propia. La gente vive la marca de distintas maneras. Uno la habrá visto de viaje, en un sitio exótico e insospechado, y asociará la marca a una serie de cosas, y otro a otras completamente diferentes. Esa es parte de su riqueza.

Relacionado con esto, es famoso el intento de cambiar el sabor a la New Coke para acercarlo a Pepsi, pero tuvo que volver al antiguo sabor. ¿Limitó esto la capacidad de innovación en producto de Coca-Cola?

Eso fue hace mucho tiempo. Yo ya estaba en Coca-Cola. Fue muy interesante. Demuestra que Coca-Cola no es el producto, que es una idea.  Si se hiciera un cambio es posible que la gente ni lo percibiera, pero si tú dices que cambias algo que la gente tiene como algo suyo, si lo percibe como algo relevante, se rebela; si algo te da igual, no sucede esto. Lo que pasó denota la fuerza de la marca en los consumidores, que viven la marca como algo suyo. A mí me pareció una maravilla que se produjera algo así, fue una enseñanza para la compañía.

Por supuesto que la compañía innova, en el envase, y en otras cosas, pero la Coca-Cola de siempre deberá existir en cualquier caso, porque es la esencia de la compañía.

Hablando de innovación, se habla de la posibilidad de una Coca-Cola 3.0 más responsable sin el clásico color rojo. ¿Puede comentarnos algo al respecto?

En las redes se escuchan tantas cosas… Te digo que Coca-Cola, entre otras cosas, es la botella con la curva de contorno, es el logotipo, es el color rojo y es el producto. Si cambias cualquiera de ellas, deja de ser Coca-Cola.

Y por supuesto, todas las tintas y pigmentos que empleamos en nuestros envases cumplen  los requisitos regulatorios y se enmarcan dentro de nuestro compromiso con el medio ambiente. De ahí que todos nuestros envases sean 100% reciclables.

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¿Quién decide la publicidad que se va emitir en España? ¿Siempre consiguen los resultados esperados?

Tenemos gran autonomía en ese tipo de toma de decisiones. El 90% de las campañas que veis a diario están creadas en España. Para marcas como Coca-Cola, Fanta o Aquarius, desde hace años, todo el trabajo se hace en España con nuestras agencias. Tenemos entre nosotros muy buenos creativos y prueba de ello es que varias campañas españolas han tenido mucho éxito y se han «exportado» a otros países.

Es verdad que hay campañas que funcionan mejor que otras. La publicidad no vende, la publicidad predispone a comprar. Como es lógico,  históricamente la compañía ha tenido campañas muy buenas y campañas no tan buenas. Desde hace tiempo funcionamos de manera bastante descentralizada, y nosotros en España la verdad es que hemos tenido buenos resultados.

Logró colocar el anuncio del portero de fútbol a nivel internacional, descartado inicialmente.

Es cierto que  ha habido momentos en que este tema ha estado más centralizado y en los que trabajar nuestra propia publicidad era más complicado. Hay un libro de Félix Muñoz que recoge todo esto. Sin embargo, como te decía, desde hace diez años en España trabajamos con mucha libertad y autonomía en este campo.

Durante la Gran Depresión Coca-Cola cimentó su situación actual invirtiendo en publicidad cuando nadie lo hacía. La jugada le permitió pasar a copar una parte importante del mercado. ¿Es un enfoque replicable en la actualidad?

En los últimos años de crisis, Coca-Cola ha tratado de mantener su la inversión publicitaria en España. Tenemos que seguir echando gasolina para que el coche no se pare. Hay gente que dice: «No, si el coche anda solo». Y lo cierto es que no. Si una valla es blanca y la dejas de pintar cada poco tiempo, acaba siendo amarilla. Para tener Coca-Cola resplandeciente hay que estar pintándola todos los días.

Hace unos años se generó cierta polémica con un anuncio de Cruzcampo, inspirado en una idea que se había presentado a Coca-Cola. ¿Cómo vivieron esa situación?

Es un ejemplo que a veces yo mismo he puesto en alguna conferencia. No tiene mayor importancia. El estilo de comunicación de Coca-Cola es muy imitado, lo cual es lógico, normal y nos muestra que estamos haciendo las cosas bien.

Es verdad que existe cierto efecto llamada cuando hacemos algo. En fútbol entramos cuando no había nadie. Ahora hemos bajado un poco la presencia porque se ha encarecido. Cuando empezamos a patrocinar música, en los años ochenta, pasó algo muy similar. Por eso también, vamos variando y apostando por otros ámbitos y proyectos. Desde hace unos años, por ejemplo, patrocinamos teatro, y nos encanta que otros se estén subiendo a ese carro actualmente.

Siendo director de marketing, Pepsi se posicionó como el refresco de cola favorito entre los jóvenes españoles. ¿Cómo le dio la vuelta a la situación?

Bueno, no creo que Pepsi Cola fuera el refresco favorito de los jóvenes. Podían decirlo, pero no lo era. Hay que reconocer que en aquella época estaban haciendo un trabajo extraordinariamente bueno, y nosotros no tanto.

Recuerdo que la agencia BBDO había hecho el anuncio este de los bebés que lloraban. Por cierto, estos creativos trabajan ahora para nosotros en la agencia Sra. Rushmore: Miguel García Vizcaíno y Marta Rico. Hacían un trabajo muy bueno. La directora de marketing de Pepsi Cola era Carmen Abril. Hicieron un trabajo magnífico, ya digo, pero no creo que llegaran a ser nunca la marca favorita de los jóvenes, pero sí se acercaron, y nuestro trabajo era impedirlo.

A mí me encanta que haya competencia. Pepsi Cola en aquel entonces nos empujó, nos ayudó a reaccionar. Cuando no tienes competencia te vuelves más predecible. El hecho de que en el sector esté Pepsi a nosotros nos ayuda. Y en el plano personal tengo muy buenas relaciones con el actual equipo directivo de Pepsi Cola.

Ahora vuestra competencia tal vez sea Red Bull… ¿Lo ven así?

Nuestra competencia es todo lo que se beba. Excepto la sopa juliana [Risas]. Cuando vas a un bar por la mañana no dices, «¿Qué me tomo, una Coca-Cola o una Pepsi?». No. Dices: «Me tomo una Coca-Cola, o me tomo una cerveza, o un té…». Esa es la elección que te planteas. Competimos con todos…

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En las memorias empresariales de Neville Isdell, ex-CEO de Coca-Cola, habla de España como la joya de la corona de Europa y de usted como un empresario muy innovador. Cuéntenos por qué.

Neville Isdell  fue un presidente muy bueno y el actual, Muhtar Kent, también lo es. Con Neville, que es por quien me preguntas, pude trabajar en el pasado y es verdad que siempre conté con su apoyo.

Respecto a mí, llevo ya treinta y dos años en Coca-Cola, y es cierto que tengo la etiqueta de ser «algo rebelde», en cuanto a que he intentado hacer  las cosas con mi propio sello, pero pensando siempre en lo mejor para el negocio. Creo que Coca-Cola es una compañía que lo posibilita. En el fondo es una «resultadocracia»; si tu forma de trabajar da resultado, Coca-Cola te permite ser como eres. He tenido la suerte de que mis iniciativas no han salido mal y gracias a ello he podido disfrutar de bastante libertad y autonomía para seguir aportando a la marca.

Coca-Cola es una de las marcas más valoradas del mundo. ¿Cómo lleva la responsabilidad de gestionarla en un país como España?

Es una marca tan grande y reconocida que hacerlo muy bien tiene un impacto relativo y hacerlo muy mal también tiene un impacto relativo. De lo que se trata con una marca de este calibre es tratar de no equivocarse mucho y tratar de ser fiel a los valores de la marca. Hacer cosas que te hagan sentir orgulloso y hacerlo bien y con criterio.

Dentro de cincuenta años tendremos información valiosísima sobre la felicidad de la gente que vivía en el siglo XXI. Y será gracias a una marca comercial. Estamos haciendo cosas que, de alguna manera, nos hacen sentir orgullosos de trabajar en Coca-Cola.

Lleva más de tres décadas en Coca-Cola y su agenda siempre está a tope. ¿Consigue sacar tiempo para usted?

Es cierto que dedico mucho tiempo a mi trabajo y paso bastante tiempo en la oficina y viajando. Lo que pasa es que también vivo. Es importante vivir entre otras cosas para estar al día y saber lo que pasa fuera.

Es bastante habitual verle en los medios de comunicación, además de ser muy activo en redes sociales. ¿Cómo le afecta ser una persona conocida en el desempeño de su trabajo?

Últimamente, como me hacéis entrevistas, hay gente que me empieza a reconocer. Pero lo cierto es que llevo toda mi vida sin tener un perfil público, lo cual me permite mucha libertad en este sentido.

Por ejemplo en la oficina, es muy frecuente coincidir con becarios en las máquinas de Coca-Cola que no saben quién soy. También he salido mucho al mercado con nuestros vendedores, así se ven las cosas de manera diferente, y conoces otros puntos de vista. Al final lo importante es conocer muy bien el mercado y lo que realmente está pasando.

¿Cómo ha vivido Coca-Cola en España todo el proceso de transformación digital? Tengo entendido que también han sido pioneros tanto dentro como fuera de la compañía.

Así es. Realmente te sorprenderías si te cuento todas las cosas que hemos hecho en digital. Irene Cano, Country Manager de Facebook en Iberia, te puede decir lo importante que fue el «Movimiento Coca-Cola» para el desarrollo de la red social en nuestro país.

La primera comunidad que existió en fue la de Coca-Cola. También fuimos pioneros con los beepers cuando todavía no se usaban los SMS. El primer juego online simultáneo con Flash lo hicimos nosotros. Ahora estamos con aplicaciones móviles como Whatsred. Y mantendremos esta línea porque es la verdadera esencia de Coca-Cola España. Hemos estado y estaremos siempre en primera línea de la innovación digital a nivel mundial.

¿Qué aporta Whatsred sobre las aplicaciones que ya hay en el mercado?

Todo. Whatsred es otro mundo.

Las aplicaciones del sector que existen hoy no tienen como objetivo ayudar a la hostelería. Si tú quieres, por ejemplo, permitir que en una de estas aplicaciones se pueda reservar en tu restaurante, tienes que ceder hasta una 40% del importe como comisión. Al final son meras centrales de compras por las cuales tienen que pasar los establecimientos de hostelería y compartir así una parte de su margen. De alguna forma, estas aplicaciones terminan controlando el negocio, haciéndose mayoristas y aprovechándose de una infraestructura que ya existe.

Whatsred es todo lo contrario. Lo que permite es dar a los hosteleros una herramienta, de manera totalmente gratuita y sin el compromiso de que las acciones estén vinculadas con Coca-Cola; se puede ofertar Pepsi, cerveza o lo que los establecimientos consideren más adecuado para sus negocios. Antiguamente nosotros, para ayudar a un bar a vender, le dábamos unas pizarras —el cocinero— que se ponían en la puerta, donde anotaban con tiza el menú. Esto es Whatsred. Pero ahora las ofertas se anuncian con una tableta o un móvil y están visibles para todo el mundo. Además, permite analizar las ofertas y los planes mediante estadísticas, etc. Es una herramienta de marketing totalmente abierta, intuitiva y gratuita para el hostelero.

Se repite la historia. Algunas compañías cerveceras parece que se han subido al carro y ahora también hacen campañas para que la gente acuda a los bares.

Es cierto que después de que en 2013 lanzáramos «Benditos bares» y «el día de San Bartolo», otras empresas comenzaron a lanzar campañas similares. Pero nosotros fuimos los primeros en mostrar este compromiso con los hosteleros, buscando siempre la mejor forma de ayudar y apoya a un sector que lo estaba pasando francamente mal. En cualquier caso, pienso que siempre es motivo de orgullo que otras compañías de la competencia traten de imitar nuestras acciones; te reafirma como líder y significa que tus ideas gustan y funcionan.

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¿Por qué tomaron la decisión de apoyar la hostelería? ¿Había que frenar la caída de consumo en el sector?

La mayoría de los establecimientos de hostelería no tiene  la capacidad de hacer marketing a escala. En 2013, el objetivo de «Benditos Bares» era hacer la campaña que los bares hubieran querido hacer. Por eso sale gente tomando café y otros productos. Creo que ahí se ve claramente el compromiso de Coca-Cola con un sector que lo ha pasado francamente mal estos años.

Hay solo dos o tres países donde no se vende Coca-Cola: Myanmar, Corea del Norte y no recuerdo si Cuba. ¿Es una decisión de la empresa o dependen más de factores externos como encontrar socios locales?

En Myanmar empezamos a vender hace unos meses. El negocio lo ha puesto en marcha mi compañero Manolo Arroyo. Ya solo quedan Cuba y Corea del Norte.

No, nunca es una decisión empresarial. Existen bloqueos. Coca-Cola está radicada en EE. UU. Cuando existe un bloqueo a un país determinado no puedes operar en él. Recuerdo que en 1995 yo fui el responsable de abrir en Vietnam, y solo pudimos hacerlo cuando Clinton levantó el embargo.

Cuando EE. UU. levante el embargo a Cuba, habrá fábricas de Coca-Cola de manera inmediata. En Corea del Norte lo mismo, pero de momento no podemos operar en esos países.

Coca-Cola Zero es ya un éxito de ventas en España pese al debate que hay sobre los edulcorantes. Ahora que la EFSA se ha pronunciado diciendo que el aspartamo es seguro ¿cree que Coca-Cola Zero acabará vendiendo más que la original?

Es difícil preverlo a día de hoy. Los edulcorantes (como el aspartamo) son uno de los ingredientes más testados en la historia de la nutrición en el mundo. Y la conclusión es evidente: son seguros y una alternativa para aquellos que quieran reducir la ingestión de azúcar.

Estoy seguro de que si tú a una zanahoria la sometieras a los mismos análisis, hoy las zanahorias estarían prohibidas. El problema es que al igual que hay gente a la que le puede interesar que el azúcar sea malo, hay gente a la que le interesa que sus sustitutos también lo sean, y por eso se ha tratado de generar dudas alrededor de este producto que, efectivamente, cumple todas las normas de seguridad alimentaria.

En todas estas afirmaciones, lo que hay que comprobar siempre es que haya estudios con rigor que las soporten.

Coca-Cola vende agua embotellada. ¿Cree que se puedan ver afectados por la posible escasez de alimentos en un futuro cercano?

No hay escasez de alimentos. Lo que hay es una mala distribución de alimentos. Hay alimentos para alimentar a todo el mundo si estos se pudieran distribuir de la manera adecuada.

Respecto al tema del agua, somos un player más. El agua embotellada es un segmento muy grande en el que nosotros competimos. Nuestra labor es darle a la gente los productos que demanda. Si la gente toma agua embotellada nosotros vamos a participar en ese mercado. Yo tomo agua del grifo, en el caso de Madrid está muy bien.

En Europa, existe una legislación muy clara respecto a la explotación de los manantiales de agua mineral, que asegura justo eso, la protección de los recursos naturales y que de alguna manera solo se extraiga lo que sobra. Si no el agua mineral vería alterada en su composición, y no se podría comercializar.

Los nueve presidentes de Coca-Cola a nivel mundial son y han sido hombres. ¿Hay un techo de cristal para que las mujeres ocupen puestos directivos en Coca-Cola?

En Europa hasta hace muy poco, la presidenta era una mujer, Dominique Reiniche. En Asia estuvo Mary Minnick, que era muy amiga mía. Y en España, la presidenta del embotellador es una mujer, Sol Daurella. Ha habido tanto hombres como mujeres y confío en que poco a poco haya cada vez más mujeres. No obstante, la baja representación de las mujeres en posiciones directivas no es un tema exclusivo de Coca-Cola. Sucede en muchas empresas. Pero por nuestra parte quiero destacar que no hay nada detrás de ello.

¿Cree que poco a poco está situación cambiará y se logrará alcanzar un nivel mayor de diversidad entre hombres y mujeres directivos?

Sí, y es un tema en el que personalmente estoy muy interesado. En Coca-Cola tenemos un comité de diversidad, precisamente me reúno mañana con ellos. A veces tenemos la percepción de que no hay oportunidades por el machismo, y donde realmente se produce el machismo es en el ámbito doméstico, es ahí donde está el problema en muchas ocasiones. A menudo escuchamos que se sacrifica la carrera porque si no se rompe el matrimonio; y claro, es más fácil achacarlo a la empresa. Pero cuando lo analizas realmente el gran machismo está en la esfera privada, en casa.

Dos personas que han estudiado en la misma universidad, que se casan, que trabajan en un trabajo y ambiente similar, que tienen las mismas responsabilidades, los mismos horarios, ambos tienen niños… si al final cuando hay un problema, si cuando hay que llevar a los niños al médico, faltar por lo que sea, los roles se dividen, acaba repercutiendo en la carrera profesional. Es un problema doméstico, en mi opinión.

He llegado a escuchar al embajador de un país bastante desarrollado decir que en su país ponían guarderías en el trabajo para facilitar que las mujeres pudieran conciliar su vida profesional con su vida laboral. No hay nada más machista: porque lo que se está diciendo en el fondo es que los niños son cosa de las mujeres.

Lo importante es tener presente que se trata de un problema mucho más profundo, sociológico.

¿Ana Botín está en el Consejo de Coca-Cola en Atlanta?

Sí. Porque el presidente de la compañía se fijó en ella hace mucho tiempo y le propuso que se uniera, porque puede aportar muchísimo, tanto por su preparación técnica en temas financieros como por su preparación humanística y su visión global. De hecho, ella no es la única mujer en el Consejo de Coca-Cola, que está bastante equilibrado entre hombre y mujeres.

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El ERE de las embotelladoras por el cierre de algunas plantas ha puesto a Coca-Cola en los medios. Por el contrario hay muchos otros casos de otras grandes empresas que han tenido mucho menos eco. ¿Cómo se explica esta situación?

El ERE que han realizado los embotelladores no se plantea por una razón económica, sino  como fruto de una consolidación y reorganización industrial. Se fusionan las siete antiguas embotelladoras para crear un proyecto único, de futuro. Coca-Cola Iberian Partners busca ser una empresa más competitiva para volver a crecer y generar empleo tanto dentro como fuera de España.

Y como cualquier proyecto de futuro, solo se puede hacer trabajando conjuntamente con tus empleados. De ahí que, ante la necesidad de hacer algunos ajustes de plantilla, la empresa lo primero que hace es ofrecer prejubilaciones y bajas voluntarias incentivadas; y la posibilidad de seguir en la empresa a todo aquel que quiera seguir trabajando, siempre y cuando estén dispuestos a trasladarse de función o ubicación geográfica. Todo de una manera ejemplar y en unas condiciones económicas tremendamente ventajosas, muy por encima de lo que contempla la legislación actual y de lo que están ofreciendo la mayoría de las empresas.

Así se entiende la respuesta que tuvo el plan presentado por la empresa, que afectaba a unos mil doscientos trabajadores… ¡Y se apuntaron mil setecientos! Al final ya se ha encontrado una solución para algo más de novecientos cincuenta trabajadores y tan solo sigue abierto el caso de una minoría de los empleados de la planta de Fuenlabrada, unos doscientos treinta trabajadores que no se acogieron a las medidas presentadas.

En este contexto, pues sí, nos ha sorprendido mucho la virulencia con la que han reaccionado los sindicatos y la notoriedad que se le ha dado a este asunto. Curiosamente, los sindicatos han atacado mucho a Coca-Cola mientras que en otros ERE con peores condiciones y mucha más gente involucrada,  los sindicatos no han dicho nada. EREs que ellos mismos han hecho dentro de sus propias organizaciones. Es muy significativo que después de toda la polémica, los propios sindicatos están pidiendo «las condiciones de Coca-Cola» en otros EREs que están negociando en otras compañías. Es fácil conseguir notoriedad con una marca como la nuestra.

¿Son en su opinión los sindicatos un interlocutor válido para los trabajadores en el siglo XXI?

Deberían serlo. Realmente creo en los sindicatos, creo que son imprescindibles. El tema es que la regeneración es cada vez más necesaria, en todos los ámbitos: partidos políticos, agrupaciones empresariales y sindicatos. Hoy muchas de estas instituciones funcionan por su cuenta, no son representativas, ni asociaciones ni sindicatos.

En el caso de Coca-Cola ha sido un tema bastante curioso, porque los sindicatos se negaron a negociar el ERE durante las cuatro semanas que da la ley. En ningún momento se sentaron a negociar. La oferta tan generosa que hizo el embotellador la hizo unilateralmente. Como no se sentaron a negociar, la empresa presentó voluntariamente su propuesta. Un sindicato, USO, salió diciendo que deberían haber negociado ya que si se habían dado todas estas posibilidades sin haber habido una negociación, seguramente se hubieran podido sacar más.

Habría que preguntarse si los sindicatos están defendiendo a los trabajadores o están utilizando a Coca-Cola para hacer bandera contra la reforma laboral y si realmente los trabajadores salen beneficiados con esta estrategia.

¿Es algo nuevo o empieza  a ser costumbre el utilizar la marca?

De siempre, por lo que hablábamos, es más fácil conseguir notoriedad con una marca como Coca-Cola.

Lo que pasa es que cambian los medios. Recuerdo cuando era director de marketing aquí en España en los ochenta, ya  a finales, que cuando había un programa en televisión que no gustaba a estas asociaciones de las buenas costumbres te llegaban cartas de señoras donde la misma señora firmaba de veinte maneras distintas para que se retirara el programa. Eran cuatro y te enviaban mil cartas. Acabarían con la muñeca fatal. Ahora esa gente con veinte personalidades distintas lo hace, pero con otras herramientas, como Twitter, por ejemplo. Tratan de tener más visibilidad a través de marcas notorias.

Es muy activo en Twitter, comparte opiniones, da ideas y responde de manera personal. ¿Hay un «libro de estilo» o actúa con sentido común?

Para mí Twitter es como salir a la calle y hablar con la gente. Puedo hacerlo en la calle real o en la virtual. Por supuesto, soy respetuoso y trato de no ofender a nadie.

Tengo un sentido individual de la responsabilidad y por ello no voy a hacer nada inapropiado, independientemente de que trabaje o no en Coca-Cola. Por ello mi Twitter es eminentemente personal y trato de no comentar mucho los temas de Coca-Cola. No obstante, me gusta defender mi derecho a ser ciudadano y expresar todas mis opiniones, y es algo que creo que estamos perdiendo en la sociedad de hoy en día.

¿Qué libro está leyendo? ¿Cuál nos recomendaría?

Por lo general, prefiero leer ensayo y poesía; apenas leo novela. El otro día me compré las obras completas de Juan Mayorga. Sin duda os las recomiendo. Me parecen espectaculares.

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Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Miguel Fluxà: «Si solucionas el problema de la educación, solucionas la mitad de todos los problemas»

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Está en un pequeño polígono industrial a las afueras de Inca, en Mallorca, y se diría que hasta el rojo de su logotipo parece aquí menos furioso. Si no fuera por el cartel nadie adivinaría que esta nave industrial acoge en su interior la sede de Camper, una de las compañías zapateras más conocidas del mundo. Solo dentro los colores corporativos y un enrevesado laberinto de talleres, almacenes, estudios y oficinas revelan, además de la metáfora, la magnitud de lo que acontece en este pequeño enclave en el corazón de las Baleares: aquí se concibe, diseña y prototipa su célebre calzado, que acabará vendido en tiendas de todo el mundo. Allí nos encontramos con Miguel Fluxà (Mallorca, 1975), que nació el mismo año en el que su padre fundó la compañía y que el que viene, por tanto, cumplirá las cuatro décadas. Pasó por empresas como Arthur Andersen y Credit Suisse, se incorporó a Camper en 2003 y asumió el timón en 2012, cuando su padre dio un paso atrás «aunque siga viniendo cada día», apunta él. Junto a sus hermanos y primos, respectivos delfines de los imperios Lotusse e Iberostar, Miguel es, en Camper, el último relevo de uno de los clanes empresariales más veteranos del país, y también uno de los más exitosos. Con él hablamos de Camper y de zapatos, de los arcanos de la victoria empresarial y de portar un apellido, como el suyo, que lleva cerca de siglo y medio siendo sinónimo de éxito.

En primer lugar tenemos que aclarar, para que no haya equívocos, que te llamas igual que tu tío Miguel Fluxà, histórico presidente de Viajes Iberia y fundador de Iberostar.

Tradiciones familiares. En Mallorca, e imagino que en otros sitios ocurre igual, existe la tradición de ponerle a tu hijo mayor el nombre de tu padre, aunque yo no la haya seguido con mis hijos. Mi padre Lorenzo, mi abuelo Lorenzo… Demasiados Lorenzos ya en la familia.

Y, sin embargo, la historia de todos estos Lorenzos empezó con un Antoni, tu bisabuelo, y aquel viaje suyo al Reino Unido a finales del siglo XIX.

Sí. Mi bisabuelo era un señor de aquí que un buen día, sin que nadie sepa muy bien cómo ni por qué, se fue a Inglaterra sin un duro y sin hablar inglés y volvió al cabo de dos años con la maquinaria para montar la primera fábrica de calzado mecanizado de España.

Era lo que hoy llamaríamos un «emprendedor».

Un emprendedor espectacular, en efecto [ríe]. En aquella época, en Mallorca apenas existía una estructura industrial, que fue algo a lo que se pasó casi sin transición. No hubo una revolución industrial como la que pudo haber en Cataluña, por ejemplo. La economía era agrícola y había zapatos y poco más. Sin embargo, la industria zapatera prosperó y a principios de los años veinte había casi doscientas fábricas de calzado en la isla, que se asentó como un entorno de fabricación de zapato de calidad. Es precisamente por donde empezó mi bisabuelo, con una técnica que denominamos «de doble cosido». Algo recio, tipo el Church’s inglés.

Curiosamente, hoy Camper reivindica más la tradición del zapato mallorquín y por ahí ha venido el éxito internacional.

«Camper» significa «campesino» en mallorquín y eso ya dice mucho de la filosofía de la empresa. El primer modelo que hizo Camper fue el Camaleón, inspirado precisamente en el calzado que utilizaban los campesinos de aquí, que por cierto aún se puede ver de vez en cuando. Se hacía con sobrantes de pieles, con suelas de neumático y con restos de lonas. Era un zapato reciclado a partir de la necesidad, no de la abundancia, como ocurre hoy día. 

Aquel primer Camaleón incorporaba una serie de valores y connotaciones que han acabado condicionando el devenir de la marca y de la empresa. Evocaba el Mediterráneo, el campo, el medio ambiente y a la vez era un calzado de calidad, pero muy casual y de confort. Son valores que, además de tener un desarrollo en la marca, siguen siendo actuales hoy en día.

¿A qué os dedicáis aquí, en Inca?

A todo salvo la producción. Cuando nació Camper en 1975 ya lo hizo sin fábrica. Nació como comercializadora, como taller, hacía el diseño… Todo menos la producción, que se contrató primero en la propia Mallorca, después en Marruecos y actualmente en Asia.

Miguel Fluxà para Jot Down 1

Lo de descentralizar la producción es algo más común hoy, pero en 1975 no dejaba de ser rompedor. ¿Dirías que ha tenido que ver con el temprano éxito de la casa?

Sí. Supuso adelantarse a eso que, como dices, han acabado haciendo prácticamente todas las grandes empresas posteriormente. Aporta la ventaja de poder concentrarse en la creación del calzado y de poder dedicarle más tiempo y reflexión a todo el proceso, desde el diseño en el taller hasta la selección de tejidos. Y luego haces la producción allí donde se hace mejor, intentando siempre trabajar con las mejores empresas que encuentres en lugar de con una propia, como se hacía antiguamente. Si mi abuelo lo hubiese visto, le habría dado un shock [ríe].

También tengo entendido que funcionáis de forma singular en la distribución internacional, con tiendas propias en Europa y franquicias en Asia.

En Europa y Estados Unidos funcionamos con tiendas propias, que operamos directamente con personal propio, y también en tiendas multimarca. En Asia, sin embargo, funcionamos a través de joint ventures y mediante un modelo con el que el distribuidor opera la marca y la imagen, pero a través de sus tiendas, de sus locales. Para el consumidor no supone una diferencia, porque es el mismo producto en tiendas similares a las de Europa, pero el modelo de negocio es distinto. En Asia, los que operan el mercado son nuestros socios.

¿En qué mercado asiático funcionáis mejor?

Resulta muy especial el caso de Japón. Nosotros abrimos las primeras tiendas en París, Londres y Milán en 1992, pero Japón fue el primer gran mercado en el que la marca triunfó fuera de España a partir de 1995.

Fue el año de las célebres Pelotas, ¿verdad?

Sí, pero lo que conquistó en Japón no fueron las Pelotas. Fue otro modelo clásico que se llama Brothers, de 1992. Las Pelotas sí funcionaron de forma bestial en Italia, por ejemplo, que por cierto es otro país con el que tenemos una relación más especial. Italia es un gran referente zapatero para España y allí cosechamos también parte del primer reconocimiento que tuvo la marca a nivel mundial.

¿Cómo una casa de zapatos acaba abriendo un hotel o dos, en este caso?

De una manera muy sencilla. Cuando nos planteamos diversificar entendimos que había que hacerlo de algún modo distinto al del resto de marcas, que no había que ir por un camino demasiado recorrido, y se nos ocurrió lo de los hoteles. Abrimos Casa Camper en Barcelona en 2004 y en Berlín en 2009. Lógicamente van asociados a la marca y contribuyen positivamente a su promoción, no cabe duda, aunque también hemos tenido siempre claro que debían ser potentes por sí mismos, que tenían que resultar rentables y funcionar bien. Y a día de hoy estamos muy satisfechos con ambos aspectos. Hacen que la marca de zapatos revista cierta diferenciación pero también cosechan buenas críticas entre los usuarios.

Camper tiene a gala fabricar zapatos buenos. ¿No temes que la recesión económica, más asentada y profunda de lo que todos creímos inicialmente, acabe haciendo mella en la calidad?

No mucho. Nosotros reposamos sobre dos pilares: la calidad y la diferenciación del producto. Sería un error competir con el precio porque no sabemos hacer productos de menos calidad. Los materiales con los que trabajamos y las fábricas con las que producimos son las que son y para abaratar tendríamos que cambiar eso a peor. Estamos convencidos de que si hacemos productos de calidad y los hacemos bien, las cosas irán bien.

Mientras tanto, ¿echas de menos medidas oficiales para incentivar el consumo en el sector textil y del calzado, como sí ocurre en áreas como la del automóvil?

No. A veces echas más en falta el cariño institucional o simplemente que no te molesten. Casi preferiría que no pusieran trabas antes que una subvención. Yo creo firmemente en el mercado y pienso que quien no es capaz de resultar competitivo quizá debería dedicarse a otra cosa, incluso cuando la situación económica es la que es. En todo caso, también la crisis se convierte en un pretexto. Sea el del automóvil o sea el sector que sea, siempre aparece un discurso que justifica la subvención, cuando en realidad es algo que está justificado en muy pocas ocasiones.

¿Por ejemplo?

En casos culturales, pero de nuevo con mucha prudencia. Habría que examinar quién tiene la capacidad de decidir qué es cultura y qué no, y no creo que los políticos puedan siquiera hacer eso debidamente. Vivimos en una sociedad en la que parece que el Estado te tiene que sacar de todos los problemas. Mucha parte de la bonanza de los años pasados vino ligada al sector público, con grandes obras públicas detrás de las cuales hay siempre empresarios amigos de los políticos, con las cajas de ahorros y en fin, con todo eso que ya conocemos. Para mí eso no es ser empresario, la verdad. Es ser otra cosa.

Hablando de ser empresario, ¿no te llama la afiliación? Porque no se te conoce ningún acercamiento público a la asociación patronal.

No, para nada. Siempre he querido ser independiente desde ese punto de vista. La independencia es un valor muy importante…

Que solo se pierde una vez.

Que solo se pierde una vez, efectivamente. De nuevo es algo quizá arraigado familiarmente, porque ni a mi padre ni a mis tíos ni a mis hermanos o a mis primos les interesa demasiado integrarse en este tipo de asuntos. Si te digo la verdad, son cosas que prefiero mantener a cierta distancia.

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Estarás al corriente de los escándalos de corrupción que han estallado recientemente en todas partes, también en las patronales y sindicatos de todo el país. Que urge el cambio es algo obvio, pero te quiero preguntar por su posibilidad. ¿Eres optimista?

Tanto como optimista no sabría decirte [ríe], pero sí creo necesario un cambio. También me pregunto a veces si en nuestro país son necesarias asociaciones así, patronales y sindicatos, al menos como las que conocemos hoy. Es una pregunta, ¿eh? No tengo la respuesta. Y es un tema que me pilla muy lejos. Aunque de vez en cuando resulta evidente que hay mucha gente por ahí justificando viajes, comidas y sueldos sin que se sepa muy bien a quién representan en realidad, si es que representan algo. No estoy seguro de que hoy los trabajadores se sientan representados por los sindicatos ni de que las empresas se sientan representadas por las patronales.

¿Crees que en España sigue pendiente el debate real sobre el protagonismo de lo público en la economía? Porque la tesis oficial sería que es un dilema resuelto o que resolverán con el tiempo las reformas ya emprendidas por el Gobierno.

Hombre, son temas en los que es fácil opinar y difícil profundizar. Sí pienso, en todo caso, que el Estado debe garantizar las necesidades elementales de la ciudadanía: educación, sanidad, cultura, seguridad, ese tipo de cosas. Pero poco más. No meterse en temas donde no debería estar. Si se trata de grandes debates, creo que tenemos sobre la mesa uno mucho más importante, que es el de la educación. Vivimos demasiado tranquilos apareciendo siempre los últimos en todos los informes sobre educación, y ocurre así desde hace muchos años. Y sin educación no hay cultura, no hay investigación, no hay progreso, no hay nada. No es tanto un tema ideológico, porque a fin de cuentas los dos grandes partidos han hecho lo mismo al pasar por el Gobierno, sino de convicción. Y de ser consciente de que la inversión en educación es a largo plazo. Los resultados no son de hoy para mañana, ni cuestión de cinco años. Creo que nos falta esa cultura y que nos falta solucionar el problema de la educación. Si solucionas el problema de la educación, soluciones la mitad de todos nuestros problemas.

Seguramente no te gustará oírlo a ti, que eres empresario y mallorquín, pero a mí, que no soy de aquí y entiendo poco de negocios, me dicen hoy «Baleares», «política» y «empresas» y la asociación de ideas que hago es con el chanchulleo. Por supuesto es un tópico injusto y simplista, por más escándalos de corrupción que se hayan visto en la región.

Es muy triste, sí. Y muy vergonzoso. Si esta gente es la que te representa, es para sentir vergüenza. En todo caso tampoco creo que aquí haya habido más mangoneo que en cualquier otro lugar de España. Estamos hablando de una zona rica, en la que se mueve gente poderosa y todo eso, pero no pienso que en el fondo sea muy diferente. Yo no me doy por aludido. En esta empresa, tanto mi padre como yo mismo siempre nos hemos querido concentrar en nuestros asuntos y ver todo esto desde la distancia.

Y curiosamente eso parece constituir noticia. Hace un par de años, cuando comenzó la instrucción del juicio por el caso Nóos, se publicó en varios diarios que Camper se había negado expresamente a colaborar e involucrarse con el instituto que dirigía Iñaki Urdangarin.

Soy el primero al que esto le llamó la atención, porque es algo puramente anecdótico.

¿Pero tan mal estamos como para que el no fraude constituya noticia?

Si esto es noticia, debe ser. Insisto: nosotros mismos tampoco le dimos demasiada importancia ni quisimos comentar más allá, porque es que tampoco había mucho más que comentar. Estoy contigo en que no es una noticia.

Tampoco se la disteis poco después, cuando el apellido Fluxà apareció mencionado en los famosos correos del exsocio de Iñaki Urdangarin, Diego Torres, y el hecho se publicó de nuevo en los diarios.

No, y por las mismas razones: es algo anecdótico. Si hay algo que comentar se comenta, pero cuando no hay nada es que tampoco sabría muy bien qué decir [ríe].

El interés por el apellido tampoco es nuevo, y me estoy refiriendo ahora a la prensa de sociedad. ¿Cómo lleváis lo de convertirse en el foco de atención?

Con mucha normalidad, no te creas que tenemos una vida fuera de lo común. Yo llevo a mis hijos al colegio cada día, luego vengo a trabajar, me voy a las ocho o las nueve… Todo muy normal. Al final lo único a lo que presto atención es el prestigio que tiene Camper en el extranjero y especialmente en determinados ambientes, como el de la moda, el empresarial, la arquitectura, etcétera. Y si ese prestigio va unido a la figura de mi padre o a la propia familia es algo que me llena de orgullo, claro.

Miguel Fluxà para Jot Down 3

Te pregunto precisamente por tu familia. El otro gran sector con el que se asocia el apellido Fluxà es el del turismo, en particular porque tu abuelo fundó Viajes Iberia. Tu tío Miguel, a su vez, se hizo cargo de la agencia en 1956 y la integró en un gran conglomerado vertical con la creación de la cadena de hoteles Iberostar, la línea aérea Iberworld y el touroperador Iberojet. ¿Tiene algo que ver el tirón familiar con la apertura de las Casas Camper?

Hombre, personalmente me tira pero casi diría que no. Como te digo, la gestión de las tres empresas está separada, es algo que tenemos claro aunque seamos la misma familia. Si Camper apuesta por su Casa Camper en Barcelona y por la de Berlín es porque el de los viajes, el turismo y el hospedaje es también un negocio bonito. Y a fin de cuentas, le imprimimos la misma filosofía que a nuestros zapatos.

Tu tío Miguel se deshizo de todas las empresas en 2006 para conservar solo los hoteles Iberostar. ¿Cómo se lleva que algunas de las grandes compañías asociadas históricamente a vuestro apellido, particularmente Viajes Iberia, entrasen en aquella deriva tan sonada a partir de su venta en 2006 y que hayan acabado como lo han hecho?

Pues hombre, mal. Sobre todo mi tío, que lógicamente es quien más lo sufrió y quien tiene una conexión emocional más fuerte con ello, como él mismo ha dicho públicamente. Mal, se vive mal porque es muy triste. Que algo tan bien gestionado durante tantos años acabe como acabó es una pena.

En las crónicas económicas se suele reseñar la reinversión como uno de los gestos empresariales más característico de los Fluxà. ¿Te reconoces en ese rasgo?

Sí. En esta empresa solemos reinvertir prácticamente todo. Aunque como marca seamos modernos, o pretendamos serlo, como empresa familiar somos más bien tradicionales. Valoramos no tener deudas, gozar de estabilidad financiera y poder cuidar así el entorno de trabajo y el lugar en el que estás, que a fin de cuentas es del que somos. Es algo que suena a tópico, que a todo el mundo le gusta decir aunque luego no se practique, pero te aseguro que en nuestro caso es así. Aquí hay gente cuyo padre ya trabajaba con mi abuelo, para que te hagas una idea. Eso es algo de mucho valor que surge cuidando la empresa a largo plazo, y eso solo se consigue reinvirtiendo.

Otro de los rasgos empresariales es el reparto accionarial que han mantenido siempre tu padre y tus dos tíos en Camper, Lotusse e Iberostar, respectivamente. Está pensado, si no me equivoco, para no salir a bolsa y conservar la esencia familiar en la propiedad de cada una de las empresas.

Sí. Es algo que viene de atrás, de mi abuelo. Decidió mantener el accionariado compartido para que sus tres hijos trabajasen en las distintas empresas juntos, pero a la vez separados, y creo que eso ha tenido mucho que ver con la prosperidad de las distintas marcas a largo plazo.

Tú mismo, tus hermanos y tus primos sois ya cuarta generación. ¿Prevés cambios en este sentido?

Bueno, lo de cuarta generación es algo curioso. Somos cuarta generación, pero solo si piensas en mi bisabuelo y en dónde empezó todo. Accionarialmente somos tercera y a nivel empresarial somos segunda, porque Camper, por ejemplo, lo fundó mi padre. Es una mezcla un poco curiosa pero funciona bien, porque tenemos la suerte de ser una familia bien avenida y todos nos llevamos bien. En todo caso tenemos lo de la empresa familiar muy arraigado y la cosa funciona, así que no veo la necesidad de cambiarlo.

Me adelanto una generación, entonces, y te hago la pregunta que siempre se hace a los toreros. ¿Confías en que tus hijos sigan tus pasos y en que haya una quinta generación?

Hombre, habrá que establecer unas bases nuevas que funcionen para ellos y todo eso, así que con el tiempo ya se verá. De momento, existir, existe. Ya hay una quinta generación. Otra cosa es que esa quinta generación quiera continuar con el negocio.

Miguel Fluxà para Jot Down 4

Fotografía: Alberto Vera


Javier Gómez: Las tres revoluciones

La única persona a la que he oído menospreciar el dinero desde un estrado fue un profesor de Economía en la facultad: “No sirven para nada los billetitos, eso es papel. ¿Y quién quiere tanto papel? A mí dame máquinas, que sí sirven para algo”. Con su innegable mirada mecánica y teutona del mundo, aquel tipo con predilección por las camisas de cuadros y la dicción taquicárdica entendió lo que España no: de poco sirve acumular riqueza si no tienes con qué seguir produciéndola. A los Reyes Católicos y sus descendientes ya se les escapó este detalle, frente a las innovadoras y comerciales monarquías protestantes. Pero mi profesor, en el fondo, estaba equivocado.

Él era un hombre del siglo XX. No eran las camisas de cuadros, que esas siempre vuelven, sino esa adoración por las fábricas, a las que miraba como un Marinetti embelesado. Su “dame máquinas”, todavía en vigor, ha sido sustituido en el siglo XXI por el “dame conocimiento”: todavía más etéreo que los papelitos, pero con mucho más futuro que los tornillos. España apostó por una tercera vía: el “dame cemento”.

Toda una metáfora: en la era fugaz, metimos los pies en la cementera. Ya no gira, vale, pero a nuestros líderes se les quedaron los pies dentro. No entienden nada. Y, todavía peor, no entienden por qué no entienden nada.

En el fondo, daba algo de penica Soraya el otro día en Moncloa, en plena rueda de prensa, sin saber que la prima había llegado ya a 600. Con su pasado de notazas, de apuntes subrayados con colores, que le pega, sus huevazos para mandar a sus señorías midiendo menos de 1,70, y no caer en que algún llevacarpetas de esos que luego terminan dirigiendo periódicos le hubiera puesto un iPad con la actualización de la prima de riesgo. A Cristóbal Montoro, a su lado, nadie le avisó de que Valencia ya había pedido el rescate estatal. No perciben a qué velocidad gira el mundo. Seguro que por las mañanas les siguen dando dossieres de prensa grapados. No pueden adelantarse a unas coordenadas que no entienden. Llamémosle cementera mental.

Hay una triple revolución en marcha: cómo se produce, cómo se gobierna y cómo se narra. Los que manejan en España no se han enterado de ninguna de ellas. Las tres esferas, economía, política y comunicación, siguen esquemas diferentes a los que ellos conocieron. Se sabían de memoria los apuntes y ya no les valen para nada. Ni siquiera subrayados con colores.

Los que mandan miran por sus balcones como los viejos se apostan en el banco con vistas a la carretera comarcal, apoyados en la garrota no sea que el progreso pase demasiado rápido. 

No entiende Mariano Rajoy por qué no le funciona el truco de la baraja, por qué nunca adivina la carta elegida por los mercados, ni gastando las 40 del taco. Toda la vida usando chaquetas azules con botones dorados y ahora no le obedece la Bolsa. El presi debe de ver los telediarios con el mismo ceño granítico con el que mi abuela escudriñaría Matrix en un cine 3-D. Qué gran virrey del Perú habría sido, firmando actas y gestionando las parcelas, los poderes, la Iglesia, los dineros. Lo de toda la vida.

No entienden los sindicatos, Laurel y Costello, Abbott y Obélix, Astérix y Hardy, que los encabronados protesten por su cuenta, con dos megáfonos y un par, sin esperar consignas, cánticos impresos y las pancartas todas monas en rojo y blanco.

No entiende Alfredo Pérez Rubalcaba, y ese PSOE que soñó con Anthony Giddens y  despertó con Elena Valenciano, que el PP se vaya consumiendo como una falla y ni siquiera les caigan las cenizas de la intención de voto, cuando eso fue lo que hizo Rajoy: esperar durante ocho años con las palmas abiertas. Siempre bajó el vecino y subían tus siglas. Ahora se ha jodido la polea parlamentaria.

No entienden los directores de los periódicos por qué la gente, ávida de información, no pasa por ellos. Antes se gastaban 140 calas en el kiosko y ahora les bastan 140 teclas y  sin salir a tomar el aire. Por qué ya no pagan su euro y pico, ni aunque les regales la batamanta que se pone Doña Sofía por las noches para esperar a que llegue Don Juan Carlos, que si no le cuesta coger sueño.

No entienden que necesitan respuestas y actitudes diferentes para problemas diferentes. Que nuestro país no tiene credibilidad alguna. Y ellos, menos. Que se fueron al fútbol diciendo que la crisis estaba resuelta. Que Arenas y Montoro postergaron unos presupuestos en los que nos iba la vida para ganar sus elecciones en el ‘sembrao‘. Que salen con su laca socialdemócrata a sacudirse el polvo de un país en el que fueron regalando cheques de 400. Que toca desnudar la mentira institucional, bancaria y bursátil de la que han trincado. No valen para esto. Y por fin nos hemos dado cuenta todos: en el bar de Puerto Hurraco y en el BCE.

No es que los políticos, dirigentes y demás pensantes carezcan de respuestas para la situación económica. Es que no entienden que el mundo que les rodea no es el mismo en el que fueron escalando posiciones. Son los de la Transición, que supieron echarle café a una Constitución y ahora no saben cómo echarle Omega 3 a la democracia. Como si a Fernando Alonso, llegado a Ferrari, le hubiesen puesto a competir con astronaves. Ni por mucho que narrara Lobato


Javier Gómez: Desconfío

Supongo que hoy tocaba hablar de la huelga, pero no me apetece. Desconfía Enric González del liberalismo casi de forma epidérmica y supongo que hace bien. Sólo que mi dermis tiende a sospechar de todo un poco, incluso de esos sindicatos que insisten gentilmente en representarme. Y casi podrían ahorrarse la cortesía, que yo soy de manifestaciones unipersonales y pancartas no más grandes que un pizzino de Bernardo Provenzano. Desconfío de los piquetes, que no saben pedir las cosas por favor. Y de toda esta enternecedora gimnasia de liberado sindical, ocupación que suena la mar de anquilosante.

Desconfío de una oposición que camina como un oscilante Philippe Petit, aquel 7 de agosto de 1974, pértiga en mano, entre torre y torre gemela. Ora aprobando reformas laborales a tambor batiente, ora convencidos de la lucha obrera, que ya no sé si es Rubalcaba con camisa de popelín o Sartre a las puertas de la Renault con su megáfono.

Desconfío del Gobierno. De este Gobierno. De cualquier Gobierno. Por el mero hecho de serlo. Supongo que soy de piel ultrasensible con la autoridad. Pero por si acaso me faltaban argumentos, el otro día leí en La Vanguardia lo siguiente: “El PP prepara cursos de deontología a sus cargos para evitar la corrupción”. Un párrafo bastará para hidratar la columna: “Tienen por objetivo inculcarles que cuando alguien pertenece a un partido debe tener unos comportamientos éticos estrictos, y que hay conductas que son rechazables y que no pueden llevar a cabo los cargos del PP: nepotismo, desviación de poder o saltarse procedimientos administrativos […] Sentencias como la de Matas o conductas como las que se pudieron oír en las grabaciones del juicio a Francisco Camps no deben existir en el PP”.

Será que no me doy cremas, pero tiene que estar jodida la cosa de la moralidad si hace falta decirle a un tipo que meter la mano en la caja está mal. Que pagar a periodistas para que les loen en los periódicos es de mal gobernante. O admitir regalos de “amiguitos del alma” con derecho a roce que a su vez reciben contratos de tu propia administración.

Se podrían haber ahorrado tanto curso y repartirles pulseras, que es muy de Oyarzábal o de politico pop, con el séptimo mandamiento. O ya que les van a poner profesores para que no sisen, que abran la inscripción a los cargos de PSOE, IU, CiU, PNV y demás, que todo es juntarse un poco. Además, como las aulas no serán de colegio público, seguro que no faltan ni sillas ni calefacción.

Ya imagino el sonido de la campana, esa algarabía del comentar las andaluzas, las sillas rechinando, los lápices volviendo a los estuches y la voz inaudible de ese profesor con cara de contable honesto: “No olvidéis escribir 100 veces para mañana: No especularé con planes de ordenación urbana”.

Me voy. Tengo cita con el dermatólogo…

 


Jordi Bernal: Los otros, los mismos

En El hombre del tren, de Patrice Leconte, un profesor jubilado de literatura francesa sueña, en un aseado y somnoliento pueblo de provincias, una vida imposible de outlaw de cine. La suerte quiere que se cruce en su camino un fugitivo achacoso al que interpreta el rockero en cien quirófanos remodelado Johnny Hallyday. En el encuentro breve de identidades contrapuestas, no será solo el viejo letra-herido quien se mire en el espejo del deseo iluso, sino que, asimismo, el fugitivo anhela una acomodaticia existencia en/de/con pantuflas, ejercicios de piano y noches de lectura. Esos dos sueños que se retroalimentan únicamente llegan a fundirse con la muerte spoiler. Son, como dijo Borges (con perdón de la muletilla), “el otro, el mismo”. Para suavizar la dicotomía angustiosa, el humanismo inventó la figura social del caballero de armas y de letras. De esta manera, sin pudor ni cortapisas gremiales, cualquier profesor jubilado de literatura podría hacerse con un arma y atracar la sucursal bancaria más próxima a su casa. Podría ser feliz.

En este país, sin embargo, el ideal lo llevamos siempre a extremos un tanto grotescos y así fue como, en las primeras décadas del pasado siglo, aparecieron unos extraños tipos ataviados con camisa azul y pistola en el cinto que escribían unas cosas terribles pero muy floridas y pomposas. Su reacción, todo hay que decirlo, nada tenía que envidiar (bueno, tal vez sí en calidad literaria) a la de sus enemigos, que un tanto menos marciales y más mecánicos llevaban la pistola en el cinto de un mono azul y calzaban alpargatas.

Y en esas estamos. Aunque, gracias a Dios o a su ausencia (según se esté con el arzobispo de Canterbury o con Richard Dawkins), el uso de la violencia está en su mayor parte controlado y domeñado por unos cuerpos de seguridad de un estado democrático, pese a los intentos de deslegitimación de algún mando bocazas. Y como el progreso occidental no podía sernos del todo ajeno, España en masa apiñada se ha trasladado a twitter y desde allí vuelve a revivir, en ciento cuarenta caracteres, los limpios garrotazos goyescos.

Así pues, cuídese muy mucho de criticar la reforma laboral si no quiere que desde la otra trinchera le griten que es usted un cómplice del sindicalismo enriquecido a costa del sudor del prójimo; no sería de extrañar que oyera un rotundo “¡facha!” cuando retuitee un lacónico argumento en contra de las descargas ilegales; pida más mango policial contra los estudiantes para evitar suspicacias de tibieza entre los suyos y si estos son los otros, desgárrese las vestiduras y apueste por un #policiafascista; sea de un bando y evite las disidencias: mourinhista o pipero, socialdemócrata o retroliberal, abortista o adorador de las cejas de Gallardón, boletaire o catalanofóbico, dulce o salado. No importa el asunto del debate, verá como pronto la fuerza del ruido opinador le llevará inexorablemente menos a situarse en un bando como a ser considerado por los demás perteneciente a uno de dichos bandos. Acojona, la verdad. O dicho con Albert Camus: “El largo diálogo de los hombres acaba de interrumpirse. Y, por supuesto, un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo”.

Por mi parte, emprendo el camino de en medio y, aun a riesgo de parecer sospechoso de proselitismo terrorista, pienso desperdiciar esta mañana pre-primaveral, de mullida y cálida claridad, en una terraza de “una ciudad habitable incluso en sus peores momentos” (Juan Marsé). De la querida Barcelona. Con Johnny Hallyday de fondo y en cola de pez.