Behind the shot

Sirte, Libia, 19 octubre de 2011

Últimos días de la batalla de Sirte. Penúltimo, en realidad. Tras rodear por el sur la ciudad buscando el frente este —donde se encontraban las milicias de Bengasi—, llegamos a uno de los puntos de reabastecimiento de los rebeldes.

Descendemos del coche y, hechas las presentaciones pertinentes (cigarro, té, cigarro, té), nos enganchamos a un grupo de muchachos que avanzan al frente.

El asfalto está lleno de casquillos de munición y las casas, chalets unifamiliares, lucen estucado de ametralladoras e impactos de granadas y cohetes. Algunas aún arden. Mientras avanzamos, numerosos rebeldes retroceden cargados de armamento del enemigo, que, comentan, esa mañana se ha replegado unas cuantas manzanas. El tableteo de las ametralladoras, los rugidos de los lanzagranadas y los gritos de combate se escuchan a lo lejos. Avanzamos pegados a los muros y corriendo en cada cruce, tratando de evitar a los francotiradores.

Una vez en el frente (ese cruce del que no puedes pasar por la intensidad del fuego, porque no tienes huevos) nos acoplamos. Permanecemos con los rebeldes que abren fuego y nos movemos —tomando fotos aquí y allá— por el interior de los edificios que tienen tomados.

Los rebeldes abren fuego desde las esquinas del cruce para cubrir el avance de los compañeros, pero seguir más allá de esa posición les está saliendo caro. Son varios los caídos —heridos o muertos— en esa esquina. Un grupo de muchachos comienza a tirar neumáticos ardiendo a lo largo del cruce para crear una barrera de fuego que impida la visión de los francotiradores y facilite el avance de los compañeros. Mientras, este rebelde que vemos en la imagen abre fuego de cobertura.

Confiado por la barrera de humo y por la intensidad del fuego, me coloco tras él, protejo mi cuerpo contra el muro y estiro el brazo buscando hacer un plano lo más subjetivo posible. Disparo por instinto y en ráfaga, rápido para exponerme el menor tiempo posible.

Instantes después, una contraofensiva gadafista con fuego de ametralladoras y morteros cae sobre nuestra posición; los tres periodistas que allí estábamos dejamos la zona. Al día siguiente, caía Sirte y Muamar al Gadafi era capturado y ejecutado.

La guerra había terminado. Esta al menos.

Alepo, Siria, 3 de octubre de 2011

Hace un mes aproximadamente estuvimos en el barrio de Saif al Dawla, en Alepo. Estamos en el primer piso de un edificio ocupado por una milicia de la ciudad de Al-Bab. Nos hemos integrado casi totalmente con los muchachos y la relación es amistosa, de camaradería.

La noche es tranquila y nos relajamos en el apartamento después de una jornada de trabajo. Un grupo de rebeldes llama a la puerta y nos invitan a acompañarles a una operación que se va a realizar al amanecer. Aceptamos sin saber de qué se trata.

A las seis de la mañana llaman la puerta de nuevo y me uno al grupo de diez rebeldes a los que se les ha encomendado la misión. El objetivo es aniquilar a un grupo de soldados del ejército sirio atrapados en un edificio.

Avanzamos por calles estrechas hasta llegar a un edificio de tres plantas en el que, en su día, había una clínica dental. Desbloquean la puerta atorada y accedemos. La casa se limpia habitación por habitación; el único rastro del enemigo es la munición abandonada. Se han atrincherado en el edificio adyacente. Apenas tres metros separan los balcones de uno y otro edificio, también rodeado por fuerzas rebeldes.

Tras otra negativa a la rendición comienza el intercambio de disparos. La intensidad del tiroteo aumenta mientras dos rebeldes comienzan a arrojar cócteles molotov al edificio de enfrente. Comienza a arder.

La foto refleja justo ese momento. El destino de los soldados sirios fue abrasarse vivos. Describir los gritos me es imposible.

Sirte, Libia, octubre de 2011

Aquel día, Clare, Jim, John y yo habíamos recorrido tres de los frentes de la ciudad de Sirte. Por la mañana, el oeste con las tropas de Bengasi; a medio día, el sur con un conglomerado de rebeldes de Trípoli y Zintán; a la tarde, el este con las tropas de Misrata.

Avanzaba un grupo de rebeldes por un barrio de casas unifamiliares —conocido como «las setecientas casas»— bajo la cobertura de algunas pocas piezas de artillería y dos tanques. Los leales habían perdido la línea en ese mismo punto y retrocedían ordenadamente varias cuadras, dándose cobertura por francotiradores, ametralladoras y morteros.

Sigo a un pequeño grupo de rebeldes que avanza a lo largo de la nueva línea entre un montón de tierra que hace las veces de trinchera y el muro que delimita el barrio. Nos siguen otros dos grupos de rebeldes de no más de cinco o seis individuos cada uno. Algunos toman posiciones tras el montículo de tierra y abren fuego de forma desorganizada, no sé aún muy bien a qué o a quién, supongo que intentando cubrir el avance de algunos compañeros.

De repente una explosión revienta el muro que hay a nuestra espalda. A pocos metros, uno de los jóvenes rebeldes que avanzaba en mi grupo se sujeta el cuello mientras la sangre empieza a salir, a borbotones, entre sus dedos. Una esquirla de metralla. El muchacho mira alrededor sin saber aún que está muriendo. Bajo el fuego de cobertura del resto llevan entre unos cuantos al compañero herido hasta una zona fuera de peligro.

Un proyectil de un tanque rebelde situado dentro de los límites del barrio había impactado por error en la zona sobre la que avanzábamos.

Soyapango, El Salvador, mayo de 2016

Me he empotrado con un grupo de la policía antipandillas para una operación contra las maras en la localidad de Soyapango, vecina a San Salvador. La noche pasa entre carreras, persecuciones, patadas a las puertas, registros y gritos de familias que tratan de proteger a sus hijos, que escapan por los tejados.

No hay intercambio de fuego, pero la tensión es obvia. Al final de la noche son más de veinte los detenidos de diferentes clanes. Ninguno parece sentir pena o vergüenza. Se podría decir que afrontan la detención como el soldado al que condecoran por sus méritos. Pese a las bofetadas y vejaciones transpiran orgullo. Un orgullo cruel, si se quiere, pero orgullo.

La noche finaliza en la comisaría central de Soyapango donde las «bartolinas» (celdas de calabozo) alojan a los diferentes pandilleros por pertenencia y filiación. El número de presos en cada celda excede con creces el número de plazas que les corresponde. Hasta ciento veinte personas en un espacio ideado para no más de veinte. Las celdas se distribuyen en niveles de hamacas y el aspecto es el un de nido de arañas.

Tras varias horas esperando y dialogando con los policías encargados de la vigilancia, conseguimos acceso para fotografiar. Mientras hablo con esos, en teoría, asesinos despiadados, solo reconozco chavales púberes llenos de miedos, rencores y odios inculcados por una guerra entre pobres.

El que aparece en la foto (dieciséis años) carga con muchas muertes a sus espaldas, está triste. Su vida se ha ido a la mierda. Hago la foto mientras hablo con él. En sus ojos veo a un chiquillo confundido.

¿Y si yo hubiera nacido en Soyapango?

Alepo, Siria, 11 de octubre de 2012

Tras más de un mes trabajando en Alepo, un grupo de periodistas nos instalamos por unos días dentro del Hospital Dar Al Shifa, hoy desaparecido. Durante meses, este hospital, uno de los pocos en zona rebelde, fue objetivo de la artillería y la aviación de Bashar al Asad. El día que llegamos las únicas plantas donde se trabajaba eran la recepción y el sótano. En el primer piso dormían los médicos y voluntarios. De ahí hacia arriba todos los pisos estaban severamente afectados por el impacto de proyectiles.

Los días eran rutinarios, si bien la rutina no dejaba de ser desagradable y tensa. Cada equis horas se escuchaban los cláxones de camionetas que llegaban a toda velocidad con su cargamento de heridos, muertos, mutilados. Aquella tarde, en una de las camionetas, venían un padre y su hijo afectados por la explosión de una bomba. Los tendieron sobre el suelo del recibidor y comenzaron a amputarles a ambos aquellas extremidades que llegaban colgando de piel hecha jirones o de algún tendón.

En un momento de rabia, mientras veía a los médicos y voluntarios impotentes, mientras toda aquella gente gemía y gritaba en el hall de aquel hospital, decidí hacer esta fotografía para que nunca se me olvidara ese momento. Para hacer entender al que la ve que la guerra no es estética, no es hermosa, no es noble. Es un pie que se va a una bolsa de basura y un niño mutilado de por vida.

Esta imagen es la realidad, la verdad. Es delicada, si me apuran, teniendo en cuenta los niveles que allí se viven.

Es mi regalo a todos aquellos que procuran siempre mirar hacia otro lado.


Correr, soplar la ceniza, seguir

Niños kurdos desplazados de Serekaniye juegan entre las ruinas de un pueblo cristiano en Siria. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Ir a la boda de tu hermana y volver huyendo de un bombardeo de la OTAN, con los tacones en la mano. A Jihan le entra la risa cuando recuerda la imagen de los comensales, todos muy elegantes, mirándose unos a otros con incredulidad en la trasera de un camión de ganado. Luego vuelve a llorar.

Ya noté algo extraño en la ciudad aquel día. Pregunté y la gente decía que era lo de siempre, una amenaza más de Erdogan (presidente turco) de atacar, que no había que tomárselo en serio. Luego cayó la primera bomba y todo el mundo gritaba y lloraba. Queríamos huir pero no sabíamos cómo, no había coches. Al final mi padre consiguió aquel camión. «Mira cómo se te ha corrido el rímel»; «¿Fuiste a la peluquería hoy a la mañana? Pues vaya pelos tienes ahora», nos decíamos unos a otros para animarnos. 

Un amigo común nos la ha presentado en el campus de Qamishli (noreste de Siria) de la Universidad de Rojava. En otra vida, Jihan estudió Traducción en Damasco; en esta da clases de inglés a chavales que se resisten a arrojar la toalla en una guerra, la de Siria, que dura ya más de ocho años. Jihan no quiere dejarse retratar ahora, pero eso no será un problema casi tres semanas más tarde. Durante ese tiempo, esta kurda de treinta y seis años será nuestra guía por un mundo distópico que veremos a través de sus ojos. Son negrísimos, de esos en los que se pierden las pupilas pero que parecen condensar el drama de un relato que se salda ya con cientos de civiles muertos y el éxodo masivo de los que corren por su vida. 

Fue el pasado 9 de octubre cuando las bombas de la aviación turca extinguieron la alegría en aquella boda y los sueños de cientos de miles en el norte de Siria. De su casa en Serekaniye —así se llama su ciudad— Jihan dice no saber gran cosa. «Nos dijeron que los mercenarios la saquearon, poco más». «Manantial de paz» es el nombre con el que Ankara ha bautizado su última operación militar sobre el noreste de Siria. Los drones y los tanques eran de bandera turca, pero las botas de Ankara sobre el terreno pertenecían a yihadistas del Estado Islámico y de las mil facciones de Al Qaeda en Siria a las que Ankara ha regalado armas, uniformes y un nombre para despistar: «Ejército Nacional Sirio». Ya hemos dicho antes que esto va de distopías. Como que la excusa turca para justificar la limpieza étnica de los kurdos de Siria sea reubicar a más de tres millones de refugiados árabes en sus tierras; eso o mandarlos a Europa, que dijeron en Ankara. Bruselas calla.

«No pararán»

Zekia vive hoy en una de las ochenta escuelas abandonadas de Hassaka. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Jihan acepta trabajar para nosotros de traductora siempre y cuando pueda compaginar el trabajo extra con sus clases. Para ir a Hassaka, setenta kilómetros y docenas de checkpoints más al sur, no le queda otra que pedir permisos de un día, aunque eso no será un problema. Muchos de sus antiguos vecinos se refugian en casas de familiares a una distancia prudencial de la frontera turca, aunque la mayoría ha acabado varada en escuelas abandonadas donde sillas y pupitres se apilan en los pasillos, como si alguien les fuera a dar fuego. Se trata de hacer sitio para las familias. Tampoco es algo de los últimos meses. En la escuela de primaria Abdul Hadd Mosa nos dicen que llevan recibiendo refugiados de todos los frentes de Siria desde 2011: Alepo, Homs, Raqqa, Deir Ezzor… La última remesa es la de Serekaniye y alrededores, doscientas personas de una riada de más de doscientos mil desplazados internos (ONU) tras la ofensiva. Solo en Hassaka hay ochenta escuelas como esta. El hedor en las zonas de los baños encaja con lo que uno puede esperar  de un lugar público sin agua. ¿Queremos hablar con los desplazados? La primera es Gariba, una kurda de veintiocho años que tiene que bregar con cuatro hijos sobre las baldosas de una clase que comparten con otros dieciocho. Como todos se queja del frío, de la falta de agua pero, sobre todo, del ruido. «No paran, ¿los ves? No hay manera de que los críos estén quietos un solo momento. Desde que abro los ojos cada mañana solo pienso en que caiga la noche para volver a cerrarlos», dice esta kurda. Le han dicho que ahora vive gente en su antigua casa, «probablemente árabes de Idlib (oeste del país)». Su cuñado volvió hace tres días a Serekaniye y los yihadistas le pidieron dinero para poder entrar. Luego pensaron que sacarían mucho más secuestrándolo y ahora no bajan de los cien mil dólares. La familia sigue intentando juntar el dinero. 

Las historias son recurrentes, tarifas incluidas. Como lo de los tractores requisados por los yihadistas. La suma que han de abonar sus dueños para recuperarlos oscila entre dos mil y tres mil dólares. También está lo del saqueo sistemático de las casas del que no se suele librar ni el cableado eléctrico. ¿Y lo de las mujeres que se ensuciaban la cara con barro para que no las violen los yihadistas? No siempre funciona. Jihan se afana en no perder detalle y traduce concentrada, esquivando el impacto de testimonios demasiado familiares. «Yo también soy de Serekaniye», suelta de vez en cuando aquí y allá. No habrá manera más eficaz de mostrar cercanía en tan solo cinco palabras. Seguimos clase por clase. Ya en el segundo piso, Zekia asegura haber perdido a cuatro de sus hermanos desde que empezó la guerra en 2011: dos en las filas del ejército sirio y otros dos en las de la milicia kurdo-árabe. El último murió bajo los drones del pasado 9 de octubre. «Nos odian porque estamos con los kurdos en esta guerra y no pararán hasta acabar con todos nosotros», dice esta árabe que tendrá diez o quince años menos de los que aparenta. Siempre es así. Zekia era la líder de la comuna de Serekaniye. El proyecto político puesto en marcha en el noreste de Siria desde 2011 pasa por la atomización del poder hasta ese nivel. Aún lejos de ser perfecto, no deja de ser una apuesta por los derechos humanos y la igualdad entre géneros, etnias y confesiones sin precedentes en la región.

«Conozco un restaurante muy bueno en Hassaka pero no tenemos tiempo para quedarnos», dice Jihan, tras más de tres horas juntando las piezas de una pesadilla colectiva que también es la suya. Son casi las tres, y a las cuatro empieza a oscurecer. Evitar los desplazamientos nocturnos por carretera es una de las condiciones a las que nos plegamos desde el primer día. No hemos acabado nuestro sándwich de pollo cuando nos cruzamos con un convoy de blindados rusos circulando por el carril contrario. Una hora más tarde será una caravana de tropas estadounidenses la que ralentiza el tráfico a la entrada de Qamishli. «¿Veis qué importantes somos?», bromea Jihan. 

Si hay un lugar donde las placas tectónicas de la geopolítica chocan hoy con más virulencia, ese es el noreste de Siria. A los contingentes de las principales potencias internacionales súmenle la presencia del régimen sirio en el centro de Qamishli y Hassaka y la hegemonía kurda en los anillos exteriores. En el restaurante Mal de la calle Corniche no es difícil ver a rusos y a americanos beber cerveza turca en mesas contiguas. Comparten la estancia libertarios kurdos y árabes leales a Damasco, todo bajo la atenta mirada de un internacionalista occidental que se acerca a fumar narguile a eso de las seis de la tarde. Otra alternativa de ocio es la cafetería Rotana, uno de esos lugares que siempre esconden sorpresas entre la densa cortina de humo de las pipas de agua. En la noche del Real Madrid-Barcelona, el pequeño Ahmed no da abasto limpiando las mesas, soplando la ceniza y cambiando los carboncillos del narguile. Tiene trece años. Tras varias visitas, el dueño del local nos enseña en su teléfono móvil las imágenes de un cuerpo sin vida despedazado. «Es mi tío, el padre de Ahmed. Lo mataron los yihadistas cuando intentó volver a su casa en Serekaniye. Solo quería recuperar objetos personales, ropa, cualquier cosa». Unos días más tarde volvemos con Jihan. Le hemos hablado del crío y dice estar segura de que le conoce, de que fue uno de sus estudiantes de inglés en Serekaniye. A Ahmed se le ilumina la cara cuando ve a su antigua profesora. Será ella la que nos cuente la historia completa. El padre de Ahmed se hizo cargo de su sobrino, el actual dueño de la cafetería, tras morir el padre de este en un accidente de tráfico. Hoy es el hostelero el que le devuelve el favor cuidando de Ahmed y sus dos hermanas.

Ahmed, de trece años, trabaja en la cafetería de su tío desde que su padre fuera asesinado, el pasado mes de octubre, por los yihadistas aliados de Turquía (Andoni Lubaki/Euskal Fondoa). Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

En el decimocuarto día, Jihan pide un nuevo permiso en la universidad antes de enfilar de nuevo hacia el sur, esta vez hasta el campo de refugiados de Washokani. A doce kilómetros de Hassaka, la administración kurdo-árabe del noreste de Siria ha levantado una ciudad de plástico sobre un barrizal. No hay ni casas de familiares ni escuelas suficientes para contener la riada de desplazados. Tampoco busquen a la ONU porque la mayoría de su personal abandonó el país en octubre. Fue el repliegue en la zona de las tropas de Damasco el que provocó una estampida de cooperantes y periodistas internacionales que habían accedido al territorio desde Irak, y sin un visado oficial sirio en su pasaporte. Hoy la Media Luna Roja Kurda hace lo que puede para asistir a los más de cuatro mil habitantes de Washokani, una cifra que, dicen, sigue creciendo cada día que pasa. Hemos visto una docena de excavadoras trabajar sin descanso para hacer sitio a los recién llegados. Como en días anteriores, Jihan saluda a antiguos vecinos y alumnos; al panadero donde compraban a diario; al que vendía tarjetas de recargo para el móvil, o al del taller de coches a pocos metros de su casa. «¿Por dónde empezamos?». Da igual. Le dejamos elegir entre un laberinto de tiendas de campaña idénticas en el que solo la ropa colgada de una familia nos avisa de que hemos caminado en círculos. Desde su nuevo hogar, Alia habla de una huida a pie con su marido y sus siete hijos. «Fuimos de pueblo en pueblo, huyendo a medida que se acercaban, hasta llegar aquí». Desde la tienda justo enfrente, Hussein dice que también huyó andando. Y Abdulrazaq. Y Fatma

Amnistía Internacional habla de «crímenes de guerra por parte de Turquía y sus aliados» y nosotros llevamos ya más de dos semanas escuchando las mismas historias de boca de las víctimas. Cambian los nombres y las fechas, y a veces ni eso. A sus ochenta y dos años, Omar Hamud yace postrado bajo tres mantas de las que asoma la bolsa de plástico en la que orina. Dice que los turcos no temen a Dios. Eso también lo hemos oído. Algo novedoso es la noticia del nacimiento de tres criaturas en este mar de plástico. Son Ayan, Mahmud y Suriya, los primeros naturales de Washokani, que no es sino el antiguo nombre siríaco de Serekaniye. ¿Queremos verlos? Poco después, Jihan tropieza con una antigua compañera del instituto y su familia al completo. Hay abrazos y risas, como si nada de todo esto fuera con ellas. Una foto de grupo en la que todos sonríen da fe de que el drama parece quedar dentro de las tiendas. La temperatura fuera es de cuatro grados. Una niña preciosa nos da la mano antes de despedirse. La tiene caliente. 

Hemos acabado pronto y nos da tiempo de parar en el restaurante de Hassaka que mencionaba Jihan. Se llama Shattoo. Somos los únicos clientes y nos invitan a sentarnos en unas sillas doradas que rodean una mesa de cristal. El mobiliario recuerda al de la escena final de 2001 pero en medio de una fantasía de colores chillones. Jihan pide una selfi de grupo. Sonreímos.

Un dormitorio

Jihan descansa en un dormitorio saqueado por los yihadistas durante la ofensiva al pueblo de Tel Tawil. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

«Mañana vamos al frente, Jihan. No te preocupes porque lo tenemos todo atado con la milicia cristiana. No tienes por qué venir». Nos imaginamos que la kurda insistiría en acompañarnos y le recordamos que lo más probable es que no pase nada, pero que siempre hay una posibilidad de que algo se tuerza. Tampoco sabemos cómo decirle que no. En vez de enfilar hacia el sur como en días anteriores, seguimos por la carretera rectilínea hacia el oeste, con la frontera turca siempre a nuestra derecha. El escaso tráfico circula en dirección contraria. Ya vimos a esas familias enteras huyendo en una sola moto el pasado mes de octubre, o a las que caminan por el arcén en mitad de la nada. También a las que viajan dóciles en las traseras de camiones de ganado sentadas sobre sacas de arroz. Son imágenes congeladas en el tiempo que incluyen a esos pastores guiando a sus rebaños. Siempre parecen los únicos ajenos al desastre. 

A veinte kilómetros de Tel Tamer —la última parada antes de la zona cero—, el conductor quita el seguro del Kalashnikov que descansa junto a la caja de cambios. Ya en la ciudad, la milicia cristiana nos espera en su cuartel general para llevarnos a su posición a siete kilómetros de allí, en la aldea de Tel Tawil. De una población en torno a mil habitantes apenas queda medio centenar, la mayoría viejos que no tienen ya fuerzas para huir. Nos lo cuenta Adai, un chaval de veinte años y que comanda este destacamento a un kilómetro de las posiciones yihadistas. 

«Están justo en ese pueblo. ¿Veis ese coche circulando por la carretera? Son ellos», explica, señalando con su brazo derecho. Tiene su nombre, su fecha de nacimiento y un rosario tatuados en el antebrazo. Tres de sus hombres cayeron prisioneros hace cuarenta días y no saben nada de ellos. Como siempre, será una cuestión de dinero que nadie podrá pagar. Oímos fuego esporádico de mortero en la lejanía, pero nada preocupante. Adai nos invita a dar una vuelta por el pueblo hasta la escuela. Isha Esheia, profesor de primaria, es uno de los que se niegan a abandonar tanto su casa como su lugar de trabajo. «¿Queréis que os enseñe el colegio?». Caminamos por pasillos en los que no hay niños, ni tampoco familias de desplazados como en Hassaka. Solo silencio. 

Realmente cuesta creer que aún quede medio centenar de habitantes en Tel Tawil, pero es que hay que buscarlos dentro de sus casas. Hoshab tarda en abrir la puerta. Cuando finalmente lo hace, intenta educadamente evitar el contacto. Solo es un viejo sin educación, repite desde el umbral; no sabe nada de la guerra ni entiende lo suficiente para contarnos algo que nos pueda interesar. Jihan le explica lo obvio: su testimonio como uno de los últimos residentes de Tel Tawil es valiosísimo. Luego le explica que ella es de Serekaniye. Pasamos hasta la cocina para descubrir que les hemos interrumpido a él y a su mujer, Hadare, en mitad de la comida (pasta con tomate). Hadare parece contenta por la inesperada visita. Chapurrea algo de árabe, pero su lengua materna es el suroyo, la versión moderna del arameo. Jihan la entiende con dificultad, aunque lo suficiente para descubrir que la anciana desconoce siquiera que haya una guerra en curso. 

«Seguimos haciendo las compras en Tel Tamer como siempre, todo es normal, ¿sabes?», le suelta a Jihan justo después de que esta la bese y la abrace. Así se hace siempre con la gente mayor en Oriente Medio. La única decoración en la estancia es el retrato de un primo muerto hace años y una imagen de la virgen María en la cubierta de un calendario de 2007. Entre ambos hay una ventana con vistas a la aldea de Daudie, hoy en manos de los islamistas. Hoshab sonríe como el que intenta quitarle hierro al asunto de la guerra y se vuelve a disculpar por no saber nada y no poder ayudarnos. «No tenemos hijos, ¿a dónde íbamos a ir?», dice, antes de despedirse con esa sonrisa que ha de protegerle del infortunio. Dejamos atrás la casa y una hermosa villa con piscina justo al lado. Ya nos habían dicho en Qamishli que los pueblos de esta zona eran preciosos. «Siempre parábamos por ahí antes de llegar a Tel Tamer», nos dijo nuestro amigo Masud. Jihan incluso habla de comprarse una casa aquí «cuando todo acabe».

Cincuenta metros más adelante encontramos otra villa, pero está destripada por los proyectiles que llegaron desde la aldea de enfrente. Hay que caminar sobre el escombro en la cocina y la sala de estar para llegar al dormitorio: una cama con un cabecero en forma de abanico en madera blanca, armarios y cajoneras a juego. Otro hogar del que se extirpó la vida.

No hemos visto llorar de nuevo a Jihan tras aquel primer encuentro en la universidad aunque hoy parece agotada. Se sienta a descansar y le pedimos que nos deje sacarle una foto. Adelante. Es lo más cerca que puede estar hoy de su casa. Casi le preguntamos qué siente. 

Este reportaje es un avance de Éxodo, huir entre el escombro, un proyecto de investigación periodística de Euskal Fondoa.


El reportero accidental

Jewan trabajando en Qandil, el bastión de la guerrilla kurda.

No tengo un recuerdo claro de cómo apareció en el hotel aquel día de agosto, pero sí de aquella mezcla de expectación y euforia en el ambiente. Tras más de un año de guerra en Siria, los kurdos acababan de liberar su territorio. Llevaba tiempo esperando la noticia, así que me planté en Erbil (Kurdistán de Irak) con la intención de cruzar la frontera y contarlo. Antes de seguir, quiero aclarar que no voy a hablar de mí mismo en las siguientes páginas, simplemente preparo el atrezo para que el verdadero protagonista de esta historia salte al escenario. Se llama Jewan. Su región, en el noreste sirio, había pasado desapercibida a la prensa, por lo que no había aún ningún colega a quien preguntar sobre los detalles para entrar. Mientras media docena de kurdos discutían entre ellos sobre cuál era la mejor opción para llegar a Siria, aquel chaval de veintisiete años me habló de contrabandistas que te pasaban de noche; me dio el contacto de uno y las instrucciones para llegar hasta él. Tomé buena nota de aquello, aunque al final no haría falta. Jewan me llamó a medianoche para preguntarme si podía acompañarme. Decía que llevaba tres años sin ver a su madre.

Al día siguiente, durante las cuatro horas de coche desde Erbil hasta el punto de paso escuché su historia. Tres años atrás había sido arrestado en Damasco por publicar una revista universitaria en árabe y kurdo, un «acto de sedición» para el régimen de Bashar al Asad. Lo torturaron durante veintisiete días y solo quedó libre tras sobornar su familia a un funcionario con dos mil dólares, veinte veces el sueldo de un mes en Siria. Era una historia recurrente entre muchas familias kurdas. Una vez en la calle, Jewan escapó a Líbano, que era la forma más rápida de salir del país; de ahí pasó a Turquía y luego hasta Erbil. Tres años después caminábamos de noche juntos al paso que marcaba aquel contrabandista. Él volvía a casa, y yo disfrutaba del inmenso privilegio de acompañarle. No me extiendo sobre las dificultades que entraña cruzar la frontera de Siria e Irak de forma ilegal porque se ha escrito mucho sobre ello y, sobre todo, porque resulta totalmente anecdótico ante lo que viene a continuación. Tomaríamos esa misma ruta varias veces más, pero aquel primer viaje fue, sin duda alguna, el mejor de muchos.

Dost, uno de los hermanos de Jewan, nos esperaba en el lado sirio. Condujimos de noche hacia el oeste, atravesando una carretera únicamente iluminada por columnas de fuego que dejaban entrever un puñado de extractoras bebiendo el petróleo del subsuelo, como las de James Dean en Gigante. Yazira, la región de Jewan, no solo es el «granero» de Siria, sino también su gasolinera. Llegamos de madrugada a Girke Lege, donde el ambiente era totalmente festivo: los colores de la bandera kurda —rojo amarillo y verde— eran omnipresentes en murales, banderas y grafitis; se oía música kurda a todo volumen desde tiendas y cafetines aún abiertos, y una pastelería frente a la que docenas hacían cola para comprar baklava (el dulce turco hegemónico en todo Oriente Medio) hacía el agosto. Jewan compró el postre para su familia con un puñado de dinares sirios que había guardado desde su huida del país. «La primera vez en tres años», comentó, con cara de no acabar de creérselo del todo. Sería algo que repetiría durante los días siguientes. Justo enfrente de la pastelería, un partido político kurdo inauguraba su sede. Los hombres se saludaban con cuatro besos, el primero en la mejilla derecha y los otros tres en la izquierda, aunque igual es al revés. Era un ritual que escenificaba el final de años en la clandestinidad para los kurdos. Décadas.

Oro y escorpiones

La primera impresión del Kurdistán sirio bajo control kurdo era emocionante, pero mucho más lo fue ver a Jewan abrazar a su madre tras tres años sin verse. En casa solo Dost sabía que llegaba, por lo que la sorpresa fue mayúscula. Tengo esas imágenes grabadas en la memoria y también en vídeo. Las he visto más de una vez con Jewan y su familia porque, como decía, he seguido volviendo a Keshka, su aldea. No la busquen en los mapas, ya decía Melville que los lugares verdaderos nunca lo están. Una vez atravesada Girke Lege, hay que girar hacia el norte, en dirección a las luces que brillan desde el lado turco de la frontera; Keshka está justo en ese piquito nororiental de Siria, y casi equidistante de las lindes de Irak y Turquía. Uno sabe que se encuentra en el mismísimo corazón del Kurdistán porque los teléfonos móviles enloquecen:

Blip: «Gracias por usar Asiacell, la única con cobertura en todo Irak»; blip: «Navegue por la red de telefonía turca con Turkcell»; blip: «¡Bienvenido a Siria! Siéntase como en casa con MTN»…

El teléfono sirio raramente funcionaba, pero la comunicación nunca faltó. Del techo de la cocina en casa de Jewan colgaba un teléfono móvil turco, justo sobre una baldosa en la que uno había de permanecer inmóvil. Un paso en cualquier dirección y la comunicación vía Turkcell se esfumaba. En caso de urgencia, uno siempre podía coger la moto y acercarse un poco más a la frontera turca. Jewan siempre bromeaba con lo de «las luciérnagas de Keshka»; grupos de gente que alzaban sus teléfonos hacia la nada más oscura buscando cobertura.

Keshka es una aldea siria de granjas desperdigadas sin otro orden que el que marca el de las tierras cultivables. De existir un centro urbano, será el espacio comprendido entre la pequeña escuela, la explanada donde se despliega un mercado de ganado cada sábado y la panadería, propiedad de un tío de Jewan. Para comprar baklava, cambiar dinero o llenar el depósito del coche hay que ir a Girke Lege porque en Keshka no hay más que lo que la tierra da. Entre el trigo o las aceitunas, uno puede llegar a encontrar serpientes y escorpiones grabados en la roca en una zona junto al río, e incluso monedas de oro antiquísimas. La tierra rezuma Mesopotamia, y no habrá familia en Keshka que no tenga un puñado guardado en su casa. Un primo de Jewan —en Keshka casi todos lo son— se presentó un día con una Biblia aramea que podía tener más de mil años. Quisimos convencerle de que eso era suyo, patrimonio de la gente del noreste de Siria, aun sabiendo que aquellas palabras le sonarían huecas a alguien a quien la guerra le había robado su juventud. Probablemente hoy esté en manos de algún coleccionista privado en Europa o Estados Unidos.

Por Keshka y sus alrededores nos movíamos en moto, yo siempre de paquete, en busca de historias curiosas en aldeas vecinas, como la de aquel policía de frontera que no se atrevía a desertar, o, simplemente, para acercarnos lo máximo posible a la frontera turca para pillar la red 3G y enviar los reportajes. Durante aquel primer viaje la moto fue imprescindible para evitar los puestos de carretera de Al Asad a través de pistas que discurrían entre campos sembrados de grano. De vez en cuando alguien disparaba, pero Jewan insistía en que era imposible acertar a un blanco en movimiento a esa distancia sin el fusil adecuado. Fueron aquellas primeras semanas en las que el régimen seguía presente antes de desaparecer por completo de la zona.

Era raro: mientras veíamos las terribles imágenes de destrucción que llegaban de lugares como Alepo u Homs, yo asistía a cenas familiares en las que un tío de Jewan, que se declara «comunista y pro-Asad», compartía arroz y pollo con otro que decía esperar al Ejército Libre Sirio, y un tercero, comandante en las milicias kurdas. Apenas se hablaba de política, pero cuando salía el tema se discutía con una naturalidad que resultaba pasmosa para lo que un vasco está acostumbrado. Y la tendencia era la misma en lo religioso. Sin ir más lejos, la madre de Jewan es kurda yazidí y su padre musulmán suní, evidentemente muy moderado, teniendo en cuenta que se había casado con una «infiel». Durante el Ramadán, tanto Jewan como sus hermanos y hermanas hacen lo que les apetece: ayunar por convicción religiosa, por solidaridad con su padre, o comer con total normalidad.

Fue durante aquel primer viaje cuando coincidimos con un equipo de la BBC en la capital provincial. Tras entrevistar al entonces líder de los kurdos de Siria, cambiamos teléfonos con la mismísima Orla Guerin (metan su nombre en Google). La veterana irlandesa decía que era mejor permanecer en contacto porque éramos los únicos periodistas en la zona y nadie sabía cómo reaccionaría el régimen ante informadores sin permiso de Damasco. Tampoco sabíamos, ni habríamos podido llegar a imaginar, que Jewan acabaría trabajando con ellos tres años más tarde. Enseguida entendió en qué consiste el trabajo de un fixer y, por ende, cómo se hace un reportaje. En realidad, es mucho más sencillo de lo que parece. Cuando un colega me pedía contactos yo siempre le pasaba su nombre. Jewan salía a Erbil y volvía a casa una y otra vez, ya fuera acompañando a periodistas independientes o a cadenas de televisión, llegados de diferentes lugares desde Holanda hasta Nueva Zelanda. En una de esas, su camino se cruzó con el de Jim Muir, otro veterano de la BBC, y el escocés enseguida vio que al joven kurdo se lo acabarían rifando. Además de hablar inglés, árabe, turco y kurdo, Jewan tiene esa fantástica capacidad de transmitir confianza mientras descifra las palabras clave para que ese miliciano desbloquee la carretera, o aquel imán ceñudo acceda a conceder una entrevista.

Círculo polar

Durante mis siguientes viajes a la zona nos íbamos pisando los talones, pero sin llegar a vernos: «Estoy en Qamishli recién llegado de Serekaniye», le decía a Jewan por teléfono. «Lástima, nosotros acabamos de salir», me respondía él… Imposible coincidir, porque los ingleses viajan siempre con una agenda muy apretada, así que me tenía que conformar con ver a Jewan antes de entrar o salir, siempre en su casa de Erbil. Era un bajo de dos estancias en una calle que se había repoblado con refugiados como él. Jewan vivía con Sinan, su novia, una kurda de Siria que trabajaba de voluntaria en un campo de Naciones Unidas. Un día apareció con una somalí embarazada de un yemení. Su marido la había abandonado, o eso decía. Desbordadas por los sirios, las ONG tampoco parecían tener sitio para ella, así que Sinan se la trajo a casa y compartieron con ella techo, comida y una letrina de agujero. Dos meses más tarde, la invitada retomó su periplo hacia ninguna parte. Esto, por cierto, fue antes de que Jewan empezara a trabajar con la BBC y después de que a Sinan la dejaran en tierra en Erbil tras intentar subirse a un avión que iba a Estambul (sus padres estaban allí) con un pasaporte falso. Dos mil dólares les costó la broma. Aún estoy viendo la cara de Jewan al ver a Sinan entrando de nuevo por la puerta. Fue un día impregnado de tristeza y derrota, pero no había desmayo. Los que huyen de una guerra no se permiten el lujo de deprimirse.

La suerte llegaría un año más tarde, cuando Sinan pudo volar a Suecia con los papeles en regla y el respaldo de ACNUR. Imagínense a la siria bajándose del avión en Umea, a 300 km del círculo polar y en mitad del invierno. Sinan, que estaba embarazada entonces, recuerda siempre el frío, «aquel frío», y que no salía el sol. En verano sería madre de una niña que llegaba al mundo en Suecia, pero con los preciosos ojos grises de su abuela yazidí. La llamaron Ti, que es el nombre de una diosa kurda; Jewan tuvo que esperar casi un año hasta poder cogerla en brazos. El que estuviera en nómina de la BBC no agilizó los trámites para un reagrupamiento familiar. Probablemente todos lo vivan así.

Él también voló a Suecia y no ha parado desde entonces porque sabe que, cada vez que guíe a la BBC en el desastre, no tendrá problemas para volver con la familia. Los anglos siguen puliendo ese diamante en bruto a base de trainings en lenguaje digital, audiovisual, narrativo… todo el paquete multimedia, con lo que, además de productor y traductor, Jewan también hace fotos o vídeo cuando le toca, o incluso prensa escrita.

Estuvo empotrado con la Golden Division, las fuerzas de élite iraquíes, durante la ofensiva de Mosul y, por supuesto, en Raqqa. También fue de los poquísimos que llegaron a Afrin cuando el enclave kurdo al norte de Siria estaba siendo invadido por los turcos. Esto último tiene un mérito doble, porque escapó de milagro cuando el convoy en el que viajaba fue bombardeado por los cazas de Erdogan. Jewan vio cómo reventaban, uno a uno, los coches de delante antes de saltar de su vehículo y echar a correr. Aun así, volvió a intentarlo, esta vez con éxito. Una de las diferencias entre periodistas locales y foráneos es que son sus primos, o los hijos de sus primos, a los que Jewan veía saltar por los aires. Después de aquello me confesó que estaba muy cansado del bang bang, que prefería hacer otras cosas.

Una vez le dije, medio en broma medio en serio, que se había convertido en uno de los periodistas más influyentes del mundo, y no crean que es algo exagerado: cuando la BBC da con una historia potente, el resto de los gigantes de la prensa (CNN, New York Times…) suelen ir detrás, y Jewan se ha apuntado más de un tanto estos últimos años. Como aquella terrible historia del sirio que perdió a toda su familia (nueve en total) intentando cruzar las aguas del Egeo. La competencia hacía cola para pedir sus datos a la BBC, y el Sunday Times, entre otros, publicó las fotos de Jewan. Y no olvidemos las exclusivas imágenes que ha sacado documentando en todas sus fases el infierno del tráfico de personas. Ahí juega con ventaja, porque antes que periodista fue refugiado; ha visto el drama desde todos los ángulos posibles. Cuando le conocí me dijo que había acabado en Kenia tras un intento, obviamente fallido, de llegar hasta Europa con una de las mafias. También recuerdo aquel paseo que dimos juntos por la plaza de Aksaray (Estambul) en 2015. Me impresionó verle saludar a kurdos que esperaban para poner sus vidas en manos de traficantes a plena luz del día. «Ese es de Afrin; esos dos son de Qamishli…», señalaba, antes de pararse a hablar con viejos conocidos. Muchos llevaban a sus hijos de la mano.

Uno de sus últimos goles para la BBC fue un encuentro en Siria entre Ricardo García Vilanova y sus secuestradores del Estado Islámico, los que le encerraron y torturaron durante ocho meses junto a una veintena de periodistas, entre ellos Javier Espinosa y Marc Marginedas. Otra vez comentamos que, en cierta medida, la guerra le había dado una oportunidad o, mejor dicho, que él se la había arrancado. Nadie olvida que en aquella casa de Keshka rodeada de luciérnagas solo quedan ya sus padres. Su hermano Mohamed vive en Dinamarca, Dost, Dilhar y Asma, en Alemania; Samira está en Bulgaria ahora mismo y Furat espera su oportunidad en Estambul. Así hasta un total de once.

Está claro que, a día de hoy, la boscosa Falköping es un lugar mucho mejor que Keshka para criar a los hijos. A sus cuatro años, la pequeña Ti aprende sueco e inglés en la escuela (habla árabe con la madre y kurdo con el padre); pronto aprenderá a nadar y este mismo invierno se calzará unos esquís de fondo por primera vez. Hay un circuito fantástico muy cerca de su casa, alrededor de un lago que se hiela en invierno. No obstante, a la niña ya le han sacado el pasaporte sirio en la embajada de Estocolmo (recuerden que nació sueca). Como el resto de sus hermanos desperdigados por toda la geografía, y el resto de los sirios, Jewan y Sinan siguen soñando con volver a casa algún día.

Llevo años oyéndole decir que le gustaría poner en marcha una escuela de periodismo en Qamishli. Sinan dice que echa en falta su casa, a sus padres, y el calor «en su sentido más amplio».


Perdidos en el intervalo

Las dos fotografías entre estos párrafos están sacadas en el mismo lugar y a las mismas personas, padre e hijo, pero con un margen de cuatro años. Si llegan al final de esta historia comprobarán que es entonces cuando empieza.

El primer retrato lo hice en octubre de 2014, y a las pocas horas de llegar a Serêkaniyê, una localidad kurdosiria justo en la frontera con Turquía. Cuando uno se planta con su cámara y su libreta en uno de estos lugares es difícil hacer planes: uno puede quedarse a las puertas, atascado en el checkpoint de entrada por la razón más peregrina, o sin poder salir una vez dentro. Más que buscar la historia se trata de esperar a que el puro azar te la sirva en bandeja. Lo más recurrente es empezar con una visita al hospital y otra a la escuela. El primero da una idea de los niveles de violencia, y el segundo de la gente que ha huido. La escuela no solo estaba cerrada, sino que se había convertido en la sala de operaciones de la milicia kurda. Entre combatientes de camuflaje que hablaban nerviosamente por teléfono y civiles que mataban el tiempo fumando, destacaba un hombretón calvo y fornido. Se llamaba Brian Wilson, y era un antiguo sheriff de Ohio de cuarenta y dos años que había llegado a Siria «tras un divorcio complicado». Si bien el que fuera uno de los primeros voluntarios internacionales en enrolarse en la milicia kurda me concedió una entrevista, prefería que el protagonista de mi historia de Serêkaniyê fuera un kurdo local. Como nos encontrábamos en el edificio de la antigua escuela, se me ocurrió preguntar dónde estaban los niños.

—Solo queda uno—, dijo alguien. —Lo encontrarás en la Asociación de Familiares de los Mártires—. Ya tenía mi historia.

La asociación en cuestión era uno de esos lugares en los que se limpiaba a los cadáveres y se los vestía de uniforme antes de meterlos en un ataúd. Sus fotos colgaban de las paredes, y eran sus padres, madres, esposas, hermanos, hijas, los que los que gestionaban el centro, todos voluntarios. Zahra me pidió que le hiciera una foto junto a la de su hijo, y Alí posó junto a la de su hermano. Decía que soñaba con ser periodista hasta que lo mató un francotirador yihadista en 2012. Fue al primero al que enterró, y habían sido unos cuantos desde entonces. Le ayudaba siempre su hijo Diar, de trece años.

—Estos tres llegaron completamente carbonizados; a esta le cortaron la cabeza, lo mismo que a esos dos…—. Uno a uno, Alí desgajaba la historia de media docena de entre el más de un centenar de rostros cuya mirada se perdía en el infinito de aquella habitación. Mientras el padre seguía poniendo caras al horror, el hijo no levantaba la vista del suelo. Solo la llegada de los dos féretros encargados por la asociación interrumpió aquel relato: tras descargarlos e introducirlos en la estancia, Alí y Diar los envolvieron mecánicamente en la tela roja habitual. Maniobraban con la precisión adquirida tras un rutina repetida a diario, rematando la faena tras colocar la enseña amarilla de la milicia kurda y una corona de flores de plástico sobre los ataúdes.

Aquello era fácil. Alí decía que limpiar y amortajar los cadáveres era mucho más laborioso, pero que su hijo siempre estaba con él para echar una mano. Subrayó lo de «siempre». El trabajo se les amontonaba. Aquel día fueron tres muertos pero Alí decía que, pocos días antes, habían llegado a tener hasta dieciocho. Le escuchaba mientras pensaba que me enfrentaba a la entrevista más difícil que haría nunca. ¿Qué se le pregunta a un niño que amortaja cadáveres? Hablar de la escuela, o de si quedaba con sus amigos los fines de semana, no era una opción. Bastaba una sola pregunta para establecer contacto; podía haber sido algo sobre fútbol, cuál era su equipo favorito, algo así, pero no se me ocurrió entonces.

—Dile cuánto querías a tu tío; dile que os pasabais el día juntos en el Internet café. Explica al periodista lo que decías los días en los que más bombas caían: «¡Que echen todas las que quieran, que no nos vamos a ir!»—, insistía Alí, sin éxito. El niño rehuía el contacto, ahora esmerándose en centrar la corona sobre el segundo ataúd. Cuando se incorporó le pregunté qué quería ser de mayor.

—Seré soldado—, soltó. Luego les hice el retrato.

Si bien les mandé la historia que publiqué entonces a través del e-mail de otro voluntario de la asociación, nunca recibí respuesta. Muchas veces me pregunté qué habría sido de Diar; si lo habrían matado, o si seguiría allí, entre aquellos muertos que le habían robado la infancia. Hace dos semanas, cuatro años después de aquel encuentro, volví a Serêkaniyê para salir de dudas. La asociación seguía igual, excepto por una hermosa estufa de leña y el gran número de nuevas incorporaciones en las paredes. Había gente tomando té, tanto familiares de los muertos como otros que no tenían nada que ver con todo aquello. Sin electricidad, pero con calefacción y té gratis casi a todas horas, probablemente no haya mejor lugar en Serêkaniyê para matar el tedio, o al menos compartirlo.

En mitad de una conversación casual pero apagada, alguien comentó que el último cadáver había llegado quince días atrás. Nada que ver con los peores años de la guerra. Zahra, la voluntaria, se acordaba de mí y yo de ella. También le hizo ilusión que reconociera a su hijo entre los retratos. Recordé que era el único que posaba con visera. Le pregunté por Diar y Alí, y ambos aparecieron diez minutos después tras una llamada de teléfono. A punto de cumplir los dieciocho, el chaval era ya más alto que su padre y lucía uno de esos cortes de pelo de futbolista que tanto gustan en Oriente Medio. Él mismo me explicó, en inglés, que habían dejado la asociación en 2017 y que, para entonces, ya solo ayudaba con los muertos a la salida de la escuela. No quise incidir sobre aquello porque tampoco hacía falta. En vista de que ambos estaban bien, solo me interesaban sus planes para el futuro.

Alí había recuperado sus tierras tras la expulsión de los yihadistas del territorio y, a pesar de aquel invierno inusualmente frío, esperaba una buena cosecha de trigo. A Diar le quedaban unos meses para acabar la secundaria. Le recordé que, cuatro años atrás, me había dicho que quería ser soldado. —Todos queríamos ser soldados entonces—, me dijo. Ahora decía que prefería estudiar alguna ingeniería en la universidad. Luego les pedí que posaran en el mismo lugar en el que lo habían hecho cuatro años atrás.

Antes de despedirme, intercambiamos nuestros teléfonos en whatssapp y vi sonreír a Diar en su foto de perfil. Parecía un chaval más su edad. Sigo en contacto con él, y también con su padre. Este último me ha mandado alguna foto posando con su hijo cuando era un bebé. Quizá sea su forma de reivindicar cierta normalidad: antes de todo aquello, Alí también fue una vez un padre como otro cualquiera. A menudo es el propio Diar el que usa esas fotos para su perfil. Lo cambia a menudo, saltando de la niñez a la edad adulta, pero evitando siempre ese intervalo de cuatro años entre ambas.


Alain Gresh: «El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958»

Fue redactor jefe de Le Monde Diplomatique y actualmente es el director del diario digital centrado en Oriente Medio orientxxi.info. Alain Gresh (El Cairo, Egipto, 1948) acudió a Sevilla a la última edición del Congreso Mundial sobre Oriente Medio y el Norte de África (WOCMES) que organizó la Fundación Tres Culturas para participar en una mesa redonda sobre islamofobia en la que se analizó el papel de los medios en este problema. Sigue considerando que el conflicto entre Palestina e Israel, en el que su padre fue mediador antes de ser asesinado, tiene un gran valor simbólico, como el apartheid, que puede marcar el camino para la resolución de muchos otros.

Su libro Israel, Palestina, verdades sobre un conflicto estaba dedicado a la generación de su hija que no conocía el origen de la disputa.

La cuestión palestina está cambiando continuamente. Es difícil saber qué dirección va a seguir, pero para las nuevas generaciones no será una cuestión de si hay un estado o dos, sino que será un problema de igualdad de derechos. Creo que la cuestión avanzará en la dirección de la igualdad de derechos en el territorio israelí-palestino.

Ahora hay gente que dice que no es importante, que es mucho más grave lo de Siria o lo que pasó en Irak y se preguntan por qué hay que seguir perdiendo el tiempo con esta cuestión. Me parece muy arbitrario decidir qué conflicto debe convertirse en foco de atención y cuál no. ¿Por qué lo fue Sudáfrica? Cuando existía el apartheid, se decía que lo importante no era eso, sino lo que estaba pasando en Etiopía. Sin embargo, el conflicto sudafricano era simbólico, por eso llamó tanto la atención. Y por eso creo que Palestina es tan importante, porque es la última colonia y es un conflicto que se puede extrapolar a cualquier lugar del mundo porque lo que se exige es igualdad de derechos.

En el libro sostiene que en Palestina no se puede hablar de ningún derecho natural o religioso, rechaza remontarse tres mil años para definir qué parcela pertenece a quién. Recientemente, la dibujante de cómics israelí Rutu Modan nos comentaba algo similar.

No es que no sean importantes, pero no pueden ser la base de los derechos en una legislación internacional. No voy a discutir el derecho de los judíos a Jerusalén porque se base en un mito, porque todos los países se basan en mitos, como todas las religiones. Lo reconozco. Sin embargo, no creo que de ahí puedan emanar las leyes internacionales. Un proyecto político no se puede basar en esos derechos. Lo han hecho, pero es injusto y ahora hay que encontrar una solución. No acepto que haya que expulsar a los judíos, pero hay que ver cómo se puede corregir esta injusticia. Porque, al mismo tiempo, tenemos que reconocer que hay una injusticia, que a tres cuartas partes de los palestinos se les ha expulsado y tienen derecho a volver. El derecho de retorno de los refugiados tiene que ser efectivo en todas partes.

Es importante porque, por ejemplo, en Birmania tenemos a setecientos mil expulsados. Ocurre en todo el mundo, se expulsa a poblaciones porque se las considera enemigas. Después de la Primera Guerra Mundial apareció la doctrina del intercambio de poblaciones, pero nadie lo defendería hoy en día. No es ético. Lo que tiene que cumplirse es el derecho de los refugiados a volver a sus casas, aunque creo que muchos de los palestinos no lo harían porque sus casas ya no existen. Se ha reconocido que vuelvan, pero en número limitado. Discutían la llegada de cien mil, aunque la cifra oficial es de cuatrocientos cincuenta mil, que están por todas partes, tienen múltiples nacionalidades y es difícil establecer una cifra real. Y sobre todo son medidas que han afectado a los de El Líbano. ¿Por qué a esos? porque venían de pueblos árabes en Israel.

No obstante, uno de los pasos más importantes es reconocer el daño que se ha hecho. En las últimas semanas del gobierno de Mubarak, tras la segunda intifada, hubo un intento de acuerdo entre Israel y Palestina para una declaración sobre los refugiados palestinos donde los israelíes reconocían haber tenido una parte de la responsabilidad de su situación. Esto nunca salió a la luz, ya lo publicaré. Pero lo importante es que se reconozca la responsabilidad, eso ya es la solución a la mitad del problema. Un reconocimiento moral de que hay gente que ha sufrido y tú eres la causa.

En Bosnia el retorno ha sido muy limitado, muchos no querían volver y vendían sus casas o las intercambiaban. La comunidad, antes mezclada, ahora se ha quedado dividida en dos.

Lo que se hizo en Bosnia me parece un desastre completo. Hay un escritor británico que publicó el mejor libro sobre nacionalismo en Europa, Eric Hobsbawm. Estos movimientos nacionales no son movimientos populares, son de clase media intelectual. Por ejemplo, en Yugoslavia el más agresivo fue el de la clase media y los intelectuales, estos últimos tuvieron un rol muy importante en la movilización de la gente. Creo que este detalle es muy importante. Y todavía lo estamos pagando, Serbia y Croacia están más o menos resueltas, pero Bosnia no.

El problema de Yugoslavia es que se empezó a mirar a cada república de forma étnica o religiosa al igual que hacemos hoy en día en Irak. En realidad es mucho más complicado que la división entre suníes y chiíes. Si la comunidad internacional organiza toda la vida política alrededor de los chiíes y suníes tendrá una profecía autocumplida. Hay gente que se está yendo porque no quieren eso. La identidad de la gente es más complicada que esas divisiones.

En el islam es muy frecuente, queremos que los musulmanes se pronuncien sobre de dónde son, pero pueden ser franceses. Pueden ser de Marsella, seguidores del Olympique, y seguir siendo lo que son. No se pueden partir las identidades, existe la diversidad. Si te pones a hacer bandos para resolver los problemas es la forma de que estos empiecen precisamente a partir de esa división.

Cita al psicoanalista Daniel Sibony, de Le Figaro, quien sostiene que «a la opinión occidental solo le gusta la gente como víctima», los judíos de los campos de concentración o los palestinos víctimas de los israelíes. Usted añade que las víctimas fácilmente se convierten en verdugos ¿qué papel juega ahí la victimización?

Era mi profesor de Matemáticas en 1968. Era maoísta en ese periodo. Por supuesto, aquí existe una gran solidaridad con las víctimas. Obviamente, si están matando a gente en algún lugar, vas a posicionarte siempre del lado de la víctima. Un ejemplo es Ruanda, donde hubo una masacre terrible de tutsis, pero ahora lo que hacen los tutsis no se mira igual.

En mi caso no es que sea propalestino, es que creo en una ley internacional. Si hay un opresor, me da igual que la víctima sean judíos, palestinos o tutsis. Una referencia que utilizo en el libro es la reflexión de que del Holocausto tenemos que extraer dos lecciones importantes: una, lo que se ha sufrido fue tan excepcional que nada de lo que se haga después será importante, porque siempre será menor que el sufrimiento causado; y dos, todo lo contrario.

¿Qué opina de la decisión de Trump de reconocer Jerusalén como capital de Israel?

Está desestabilizando, obstaculizando cualquier posible solución. Estados Unidos siempre ha apoyado a Israel, pero en este caso no están apoyándola, sino entrando a la batalla con Israel contra Palestina. También presionan a los países que han votado el reconocimiento del estado palestino en la ONU y a todos los que quieren que se solucione el problema de los refugiados.

No creo que si se resuelve el problema de Palestina se vayan a solucionar todos los problemas del mundo, pero el sentimiento de injusticia de árabes y musulmanes proviene de ahí. No es que esté en contra de la seguridad y las acciones policiales contra los grupos extremistas, pero lo más importante es cortar las raíces del problema. Y nosotros, en vez de cortarlas, lo que hacemos es alimentarlas.

¿Cómo han afectado en Francia los atentados islamistas?

Ha pasado como en España. Los índices de islamofobia después del atentado de Barcelona descendieron. A nosotros nos ha pasado el mismo fenómeno. Ha habido como una reacción de unidad nacional. No obstante, los ataques han creado miedo. Otro fenómeno extraño que se produce en Europa es que el discurso de la extrema derecha y el del extremismo islamista van de la mano. Ambos les dicen a los musulmanes europeos que no son europeos. El trabajo policial contra el integrismo es indispensable, pero la mejor manera de combatirlo es mantener a la población unida en su contra, especialmente a los musulmanes que son contrarios.

En España, tras el atentado, un semanario de humor, El Jueves, apelaba a eso, a combatir la islamofobia. En Francia, sin embargo, Charlie Hebdo puso en su portada el titular «Islam, religión de paz… eterna».

En Francia, por lo general, a nivel político e intelectual, en las reacciones a los atentados la prensa mantuvo la calma. No hubo sobreactuaciones. No creo que esa portada de Charlie Hebdo reflejase cómo ha fue la reacción general.

En Israel hay ahora mismo un proyecto de ley para prohibir fotografiar o grabar a soldados israelíes.

Los grandes historiadores de Israel temen que en el país se esté viviendo un principio del fascismo. Nosotros también publicamos un artículo sobre la fascistización de Israel. Está pasando muy progresivamente. No lo vemos, pero hay gente en el poder que está actuando como fascistas. Y no van solo contra los palestinos, sino contra cualquier forma de crítica.

¿Ahora hay crisis de refugiados en Europa?

No creo que haya una crisis de refugiados, Turquía ha recibido tres millones de sirios. Jordania, seiscientos mil. La llegada a Europa ha supuesto un 0,01% de la población. No creo en esa visión de que los refugiados están por todas partes y nosotros no podemos vivir de forma normal. Es una situación que Europa debería resolver repartiendo los refugiados por veintiocho países y aplicando unas medidas muy rigurosas con los que no cumplan su cuota. Orbán dijo en 2015, cuando se alcanzó el tope de llegada, que no los quería porque no eran cristianos. Ni siquiera lo pretende disimular.

Cuando se produjo el conflicto de Yugoslavia los países europeos se volcaron con los refugiados, ahora no podemos decir que haya pasado lo mismo con los que llegaban de Siria ¿Conmueven más las víctimas cuando son blancas?

En los medios hay islamofobia. Hay dos problemas, uno de odio, que es cierto, y otro que es el propio funcionamiento de los medios, que se mueven a base de noticias espectaculares. Recuerdo en la guerra de Irak del 91 cómo se llevaba a expertos a la televisión durante el conflicto y se les hacían preguntas como «Dígame, en treinta segundos, si el Corán es contra Occidente o no». ¿Qué puedes decir en treinta segundos? Los que saben al final dejan de ir. Uno me contaba que prefería no ir a televisión no porque no podía responder las preguntas, sino porque necesitaba tiempo para hacerlo. Le hacían falta un mínimo de cinco minutos solamente para explicarle al periodista que la pregunta que le había hecho era una estupidez.

En toda Europa hay islamofobia en los medios, pero en Francia es un caso singular, porque tenemos laicidad y secularización, lo que permite a parte de la izquierda decir eso de que va contra el islam, pero no son racistas. Históricamente, el islam siempre se ha visto como el fin de la cristiandad. Hoy en día el discurso es otro, pero se vuelve a la idea de que el islam está amenazando la civilización judeocristiana. Tenemos tanto a Trump como a Orbán con el discurso de que su civilización se encuentra bajo una amenaza.

Otro enfoque del discurso es el de los «territorios perdidos», que son los suburbios, donde los musulmanes serían demasiado fuertes. Esto es también muy importante en el discurso contra el islam. Y la cuestión última son las mujeres. Algo paradójico, porque los partidos políticos franceses, tanto de izquierda como de derecha, nunca han sido feministas. Nosotros les dimos el derecho al voto en 1945. Hasta hace diez años creo que solo ha habido un 20% de mujeres en el parlamento. En las universidades es fácil que por encima de sesenta años no te encuentres ninguna mujer dando clase. Contra esto no reaccionan, pero si encuentran una mujer con velo es el fin del mundo.

Con los velos hemos pasado por diferentes fases. Al principio se decía que ayudaríamos a las mujeres musulmanas a liberarse quitándose el velo, que de esa manera tendrían la posibilidad de expresarse a sí mismas. Después de diez años, estamos demonizando el velo. Hasta extremos como un periodista de Le Figaro, que en una crónica sobre un juicio habló una mujer con velo y él se refirió a ella como «el velo». Escribió «el velo dijo que…». Tal cual.

¿Es cierto que algunas mujeres musulmanas en Francia se ponen el velo no porque practiquen la religión, sino como símbolo de su identidad, que consideran excluida?

Sí, creo que existe ese fenómeno. Pero es complicado, porque si llevas el velo nadie te va a dar un empleo, aunque sea una discriminación ilegal. Y son mujeres que van a la universidad, tienen educación, etc… y lo que hacemos es empujarlas a que solo se relacionen con los suyos.

En las escuelas se prohibió en 2004.

Fue una medida claramente contra los musulmanes, no por el laicismo. Hubo una comisión antes de la ley para hacer propuestas, la mía fue que habría que prohibir tanto los signos religiosos como los políticos, lo cual tiene su lógica. ¿Por qué prohibir lo religioso y no lo político? Por supuesto, no se aceptó, se quedó solo en prohibir lo religioso. El debate en Francia ha llegado a que se discuta si una falda hasta el tobillo es una expresión religiosa.

Sus orígenes familiares son mixtos.

Son complicados. Nací en Egipto, mi madre era judía de Rusia. Sus padres, mis abuelos, estaban estudiando allí cuando empezó la Primera Guerra Mundial y se quedaron, nació en 1919. Mi abuelo había fallecido un año antes por la gripe española, que mató más gente que la guerra. Mi abuela entonces se casó con otro judío, esta vez lituano. Este hombre era farmacéutico y sionista, así que decidió irse a Palestina. Al llegar se encontró con que ya había muchos farmacéuticos y una crisis, así que se marcharon a Egipto. Mi madre creció allí desde los diez años y conoció a mi padre, que era copto, pero su acervo cultural era francés. Hablaba en francés, leía literatura francesa. La burguesía de Alejandría y El Cairo hablaba francés, aunque también había italianos y griegos, judíos y coptos, pero todos adoptaban el francés. Yo nací en 1948 y en el 52 me pilló la revolución, en el 62 se nacionalizó el canal de Suez y Egipto cambió por completo. Nos fuimos en el 62, cuando yo tenía catorce años.

A París

Para nosotros era muy natural llegar allí porque hablábamos francés, habíamos ido al liceo francés y aunque no tuviéramos sangre francesa nos sentíamos franceses de alguna manera. Pero llegué en el 62, el verano de los Pieds-Noirs en Argelia. Fui con muchos niños argelinos a clase, segregados chicos y chicas. Mi familia era progresista y solía estar en posiciones opuestas a las de estos chicos argelinos de catorce años, pero al mismo tiempo veníamos de la misma civilización. Para todos nosotros por igual Francia era un shock. Las formas de convivencia eran completamente distintas.

¿Empezó ahí la islamofobia?

Hubo varias fases. Después del 62, al principio se hablaba de árabes, no de musulmanes. Lo degradante era lo árabe. Se hablaba de lo árabe de forma muy insultante, pero a nadie se le ocurría mencionar el islam. Del islam se empezó a hablar a finales de los setenta y principios de los ochenta. Hubo un suceso que marcó el cambio, la revolución de Irán de 1979. Hoy en día ya nadie habla de árabes. Hay una diferencia entre el racismo tradicional y la islamofobia. Si eres de izquierda no puedes ser racista, o bueno, puedes serlo, pero ya sabes, sí que puedes ser islamófobo y decir: «Yo no soy racista, solo estoy en contra del islam». No me lo creo. Es una forma cultural de ser racista.

¿No tiene que ver con la tradición laica de Francia?

Es muy complicado. Francia es muy particular porque la lucha de los republicanos contra la Iglesia católica era más política que religiosa. La Iglesia estaba en contra de la República y en contra de la democracia en sí. Era monárquica. La lucha por el laicismo, por tanto, no fue para romper con la Iglesia, sino para apartarla de la educación. Los republicanos estaban divididos en radicales, una burguesía de centroizquierda, muy anticlerical, y los socialistas, que no se enfrentaron tanto a la Iglesia porque Jaurès, el socialista asesinado en la Primera Guerra Mundial por oponerse a ella, dijo que quería omitir la cuestión religiosa, apartarla, para centrarse en el socialismo. Al final, cuando se hizo la ley de separación de Iglesia y Estado en 1905, se acabó con el concordato firmado por Napoleón cien años antes, con el que la Iglesia había estado bajo el control del Estado.

Se acaban de cumplir cincuenta años de Mayo del 68.

Recomiendo un libro muy interesante escrito por Kristin Ross, Mayo del 68 y sus vidas posteriores. Estudia la repercusión de estas jornadas cada diez años. Lo más importante de Mayo del 68 fue la huelga general y es algo que se ha ido dejando aparte cuando se habla de la fecha. Han quedado los aspectos relativos al cambio de formas de estilos de vida, que no digo que no sean importantes pero… Ahora quizá ha salido una moda conservadora contraria a Mayo del 68, pero no creo que vaya a llegar muy lejos.

Su padre fue activista muy implicado con las causas que defendía, tanto que fue asesinado, pero no se sabe aún por quién.

Es una historia muy complicada. Mi padre biológico era hijo de un banquero de una familia judía muy rica. Por comunista, le expulsaron de Egipto en 1950, estuvo en Francia refugiado clandestinamente. En el 56 se implicó en la liberación de Argelia. Como sabía los trucos que hay para mover dinero internacionalmente por su familia, ayudó a recaudar fondos entre trabajadores franceses y enviarlos a Argelia para la revolución. Le arrestaron en 1960 y estuvo hasta el 62 en la cárcel. Apoyaba causas en todo el mundo, también luchó contra las dictaduras de España y Portugal. Efectivamente, no se sabe quién lo asesinó. Lo único que hemos conseguido la familia es que no se cierre el caso. Ahora está en manos de un nuevo juez.

Se dice que pudo ser el KGB…

Eso es una gilipollez…

… o la actividad policial antiterrorista ilegal española, lo que luego fue el GAL.

En aquellos tiempos mi padre estaba con los vascos, la ETA de aquel momento no era lo que fue después, cuando eran una organización positiva les dio su apoyo. Aunque no la comparto, también hay una teoría que va por ahí. Hay que entender que en los setenta había muchísimo terrorismo, estaban las Brigadas Rojas, la RAF alemana, conexiones entre el gobierno francés y el sudafricano del apartheid, Marruecos… También pudo ser una decisión en común de sus enemigos.

¿Su teoría cuál es?

Creo que fue una decisión tomada en Francia al más alto nivel. Ocurrió en suelo francés. Ha habido dos personajes que han reconocido haber sido ellos quienes lo mataron, pero nosotros no estamos interesados en saber quién apretó el gatillo, sino quién lo decidió.

¿Llegará la extrema derecha al poder en Francia?

Es posible que los veamos en el poder, pero no creo que la historia se repita. Será distinto. Pero podemos pararlo. Con la crisis puede que alcancen el poder, pero eso solo depende de nosotros, no está escrito en ningún lado. Basándome en mi experiencia como periodista, nunca puedes predecir lo que va a pasar mañana. Menos en veinte años. Y tampoco podemos decir cómo va a pasar. La historia es muy complicada. Sobre la historia se puede escribir después de los acontecimientos, nunca durante y ni mucho menos antes.

En estas elecciones presidenciales, si me hubieran preguntado antes cuál iba a ser el eje central de la campaña, habría dicho que el islam. François Fillon había escrito un libro, Vencer al totalitarismo islámico. Era el candidato de la derecha. Por la izquierda venía Manuel Valls, con un discurso también contra el islam; sin embargo fue apartado y al final no se discutió sobre los musulmanes. Lo cual demuestra que la gente no está atrapada en esta demagogia y que los políticos y los medios tienen una responsabilidad a la hora de presentar el debate y cómo va a desarrollarse.

¿Qué opina de Macron? Un candidato que ha llegado al poder sin un partido propiamente dicho detrás.

Ha hecho implosionar el sistema político. Realmente ha sido una sorpresa. Como dices, llegó al poder sin un partido detrás, pero tuvo un apoyo económico muy fuerte y suficiente como para imponerse al Partido Socialista y a la derecha. Su triunfo de esa manera es también un signo de la crisis del sistema político y no solo en Francia. Lo que vemos en todas partes es que llegan a primera línea de la política personajes que vienen de ninguna parte.

En cuanto a las políticas sociales y económicas de Macron, creo que son muy de derechas. El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958. Es thatcherista y lo está haciendo todo entre sonrisas. Ataca a las leyes sociales, a los pobres. La derecha es ahora más fuerte que nunca. Todavía es difícil hacer más valoraciones porque es muy pronto, solo lleva en el poder un año, pero es que ahora mismo no existe oposición. La derecha está en crisis y los socialistas han desaparecido. Y la izquierda de la izquierda, Melenchon, es una figura muy controvertida que no logra reunir apoyos suficientes.

El problema es que durante treinta o cuarenta años en Europa hemos tenido a la izquierda y a la derecha haciendo las mismas políticas ¿Para qué votábamos? También votamos contra la Constitución europea en 2005, que fue rechazada con un 55% de votos. No apoyo el Brexit, creo que es una estupidez, pero la gente lo ha votado. Aquí el voto de la gente no cuenta y después de eso puede venir cualquier demagogo, decir cualquier cosa y la gente se lo va a creer.

Hollande generó algo de ilusión que se convirtió muy rápidamente en frustración.

Ha sido un completo fracaso. Hubo ilusión porque vino detrás de Sarkozy, del que la gente estaba muy cansada, pero al final hizo la misma política. Fue un presidente muy malo. No solo en cuestiones económicas y sociales, también era un hombre completamente estúpido. No tonto en ese sentido, pero en su libro desacreditó completamente la función de un presidente de la república. Además, fue a la guerra en Mali, que fue una catástrofe, algo que no vimos en su día porque era un problema pequeño, pero el conflicto se está extendiendo, y dijo después que enviar a los soldados allí para él fue el mejor día de su vida.

En Alemania, Random House ha cancelado el lanzamiento de Thilo Sarrazin, del SPD, cuya tesis es que dentro de veinte años Alemania será islámica.

Es un libro islamófobo, pero yo no soy muy partidario de la censura, que además da igual, lo que censures aparecerá en internet. Su tesis de que Alemania será islámica en veinte años se puede rebatir: es una tontería. En Francia en 1995 hubo una portada de Le Figaro con Mariane, el símbolo de la república, con un velo. Vaticinaba que en veinte años Francia sería islámica. Ya se ha cumplido el plazo y mira.


Como si galoparan sobre sus caballos

Fotografía: Ricard García Vilanova

Otro desafío cotidiano en el paseo marítimo de Sujumi, la capital de Abjasia.

Clanes que luchan a orillas del mar Negro; un cliché postsoviético en sepia. Abjasia es también un país pequeño en el que todos se conocen, literalmente.

Imaginamos que Verne habría usado esas imágenes en sepia para ilustrar su viaje, pero es sabido que no llegó a pisar casi ninguno de aquellos lugares que tan escrupulosamente documentó a lo largo de su obra. Tampoco le hizo falta viajar a Abjasia, para eso estaban sus personajes. Como Keraban, al que llamaban «el testarudo»; ese rico comerciante de tabaco que rompe en cólera cuando, a orillas del Bósforo, descubre que tiene que pagar un impuesto para llegar hasta su casa en el lado asiático. A pesar del valor casi simbólico de la tasa, el tabaquero desafía al policía de aduanas con un insólito itinerario:

«Atravesaré Turquía, el Cáucaso y Anatolia y llegaré a Escútari sin haber pagado una sola moneda de vuestro impuesto». Así comienza una fantástica aventura alrededor del mar Negro. Tras dejar atrás los Balcanes y la península de Crimea, Kerabán llega a la misteriosa Abjasia, justo a mitad de travesía. Se presenta a sus ojos como una provincia aparte, situada en plena región caucásica donde, dice, el nativo permanece todavía en un estado casi salvaje, y su lengua carece de vocabulario suficiente para expresar las ideas más elementales. Como es habitual en toda su obra, Verne describe la Abjasia de hace cien años con gran minuciosidad: las distancias entre las aldeas y pueblos, indicadas siempre en leguas y verstas, los frescos de los templos ortodoxos, y alguna que otra comida «bañada en una sopa agria y sazonada con kéfir y azafrán».

Keraban pasó por allí a finales del xix, cuando la destrucción causada por los rusos durante la ocupación del Cáucaso era aún patente. Verne da cuenta de ello en su relato, pero resulta paradójico pensar que el bretón apenas habría encontrado diferencia alguna cien años más tarde. Son las huellas de otra guerra las que le habrían provocado esa sensación de déjà vu.

Al igual que en Moldavia o en Chechenia, el desmoronamiento de la Unión Soviética en 1991 trajo consigo el enfrentamiento entre sus antiguos inquilinos. Los abjasios pusieron sobre la mesa una propuesta confederal que les permitiera vivir junto a los georgianos, pero la respuesta de Tiflis fue clara: «Georgia para los georgianos», espetó orgulloso Zviad Gamsajurdia, el primer presidente de la Georgia independiente.

Estalló un conflicto breve pero brutal que se saldó con miles de muertos y la deportación de todos los georgianos que vivían en Abjasia —la mitad de la población— en 1993. Los años siguientes fueron terribles para los expulsados, pero también para los abjasios; nadie en el mundo admitía la existencia de una pequeña república a orillas del mar Negro, lo cual se tradujo en un embargo internacional que casi asfixia a toda la población. El primer balón de oxígeno no llegaría hasta 2008, cuando Rusia inauguró la lista de países que reconocen a Abjasia. Los otros son Nicaragua, Venezuela y tres islas-Estado polinesias.

Cuarentena permanente

Se podría decir que Abjasia es como un continente del tamaño de Navarra: las aguas del Mar Negro pueden superar aún los 20 grados mientras que las del lago Ritsa, a pocos kilómetros pero todos cuesta arriba, están a punto de congelarse. Uno puede bañarse en un palmeral con los picos nevados del Cáucaso haciendo sombra sobre la playa. Tal cual.

Un atractivo añadido de esta costa puede estribar en las dificultades para hollar sus playas. Allá por 1920, una cuarentena permanente hacía el acceso por mar imposible, pero siempre hay alguien que acaba por abrirse camino. En su obra autobiográfica Historia de una vida, el periodista y escritor ruso Konstantín Paustovski recuerda que el barco en el que viajaba rumbo a Odesa realizó una parada no prevista en Sujumi.

«¿Qué lugar es este? ¿Un milagro? ¿La isla de Tahiti? ¿Quizás el archipiélago de Samoa?», exclamó el viajero, sin apenas dar crédito a lo que veía desde el ojo de buey de su camarote. Bajar a tierra estaba terminantemente prohibido debido a la misteriosa cuarentena, pero el ruso se las ingenió para convencer al oficial de aduanas de que le dejara pasar un día en Sujumi. «El policía me dijo que dejara todo mi equipaje en el camarote, como garantía de mi vuelta», recuerda el audaz periodista. Y así lo hizo, una vez hubo guardado todo el dinero que llevaba encima en el bolsillo de su chaqueta. Aquella excursión de un día se convertiría en una estimulante estancia de dos años.

El periodista ruso describe a los nativos: «Gente que rara vez se baja del caballo y se expresa mediante una lengua gutural que recuerda al graznido de las águilas».

Paustovski no tendría hoy dificultad alguna para hacerse entender. La lengua franca de los aproximadamente doscientos cincuenta mil habitantes de Abjasia es el ruso. Hasta Fazil Iskander, el poeta nacional, ha escrito toda su obra en la lengua de Pushkin. Si bien es posible imitar hoy a aquel aventurero saltando a uno de los cargueros turcos que abastecen a la pequeña república, se puede acceder al territorio por tierra tanto por Rusia como por Georgia. En cualquiera de los casos, resulta imprescindible un visado que se obtiene rellenando unos documentos por internet, y que es mucho más asequible para el visitante occidental que un visado multientrada ruso.

Así las cosas, las opciones se reducen a Georgia, atravesando la zona de contacto entre dos entidades que, si bien ya no se lían a tiros, siguen oficialmente en guerra. Otra de las características de los llamados conflictos congelados es que todos se esfuerzan por guardar las apariencias: los georgianos hacen como si no hubiera un país al otro lado del río Inguri, mientras que los rusos, que son los que controlan el acceso a la orilla abjasia, insisten en que Abjasia es un país soberano.

Parte 1

Los recién llegados

Hemos leído todo lo que ha caído en nuestras manos de Abjasia, desde los clásicos hasta los tópicos, e incluso hemos llegado hasta la misteriosa Sujumi. Ahora es cuando nos sentamos en un bar y esperamos a que pasen cosas. Es una forma tan legítima como cualquier otra de empezar, quizás la mejor.

El sitio se llama Barista y ofrece un café italiano, crêpes y muffins, entre otras cosas, tanto dentro como en una terraza acristalada justo en la corniche de la capital abjasia. De no ser por la cerveza local —Sujumskoie nada la distinguiría de una cafetería «global» al uso en el centro de Barcelona, París o Moscú. Dana, una de las tres camareras, habla inglés. Explica que llegó de Damasco hace cuatro años, en uno de los dos aviones que el Gobierno abjasio fletó para «repatriar» a quinientos como ella. Tenemos que entrecomillar, porque ni Dana ni el resto de los que se subieron a esos dos aviones en Beirut habían estado antes aquí.

Son descendientes de aquellos que buscaron refugio en Oriente Medio cuando las tropas del zar invadieron el Cáucaso, a principios del siglo xix. Doscientos años más tarde, la despoblada república de Abjasia brinda una oportunidad de comenzar una nueva vida a aquellos sirios que puedan acreditar un origen norcaucásico; una campaña que trae a la mente la imagen de judíos de todo el mundo desembarcando en el aeropuerto de Tel Aviv.

Dana, no obstante, dice que esperaba otra cosa; que no acaba de encontrar su sitio:

«Es tranquilo, no hay guerra, pero poco más se puede decir. He tenido que aprender ruso a marchas forzadas y me paso todo el día en el trabajo por un sueldo que apenas nos da para vivir a mí y a mis dos hijas», explica la damascena, que no ve el momento de volver a su ciudad natal.

Si bien Dana se sincera desde el primer día, son pocos los sirios que se muestran dispuestos a hablar de un tema tan aparentemente controvertido como el de su integración en la tierra de sus antepasados. Apenas nadie quiere dar su nombre completo, y menos ser fotografiado. «Aquí nos conocemos todos», recuerda Dana.

Tiene razón. Los encontramos trabajando en restaurantes, tiendas de ropa o haciendo trabajos de enmarcación, y también los vemos rezar en la mezquita, pero todos tienen siempre «mucho trabajo» o «mucha prisa». Dana contacta con Basima por teléfono y le habla de nosotros. Aun así, ha necesitado cuatro días para pensárselo antes de pasar por el Barista.

Fue su bisabuelo el que dejó atrás Abjasia y llegó hasta Siria antes de que se llamara así. Basima, damascena del 71, nos habla de una vida anterior, de cuando excavaba en Palmira con Khaled Asaad, al que el Estado Islámico decapitó con una espada frente a una multitud. Antes de aquello, había trabajado durante ocho años en el Museo Internacional de Damasco, y también de profesora de secundaria. Pero de ahí la echaron por un comentario desafortunado sobre Asad delante de sus alumnos. A su marido tampoco le gustaba que su mujer no lo acompañara a las manifestaciones a favor del régimen cuando empezó todo, o que no cubriera su cabello con un hiyab. Y habría más.

La convivencia resultaba insoportable, y su separación coincidió con el inicio de los combates en Damasco. Pelear por la custodia de tres criaturas en aquellas circunstancias era todo un desafío, pero nada comparado con lo que vendría después.

«En julio de 2012 me llevé a mis hijos de casa de mi suegra y viajamos hasta Daraa —cerca de la frontera con Jordania—. Estaba embarazada de mi cuarto hijo», recuerda Basima, aún incrédula ante una de las pocas veces que la fortuna le ha sonreído en los últimos años.

«El paso fronterizo estaba cerrado, pero uno de los guardas había sido alumno de mi padre y tenía muy buen recuerdo de él. Me dijo que esperara y, una semana más tarde, pude cruzar a Jordania».

Como el resto de los refugiados sirios en Amán, Basima también pidió visados en casi todas las embajadas, pero el único sitio al que podía viajar era a la tierra de sus antepasados. Voló a Moscú, donde la retuvieron durante doce horas y perdió la conexión a Krasnodar —sur de Rusia—. Con un bebé pequeño colgado del pecho y sin un rublo en el bolsillo, un norcaucásico al que encontró en el aeropuerto compró los cuatro billetes de avión que necesitaba para llegar a su destino.

Hoy vive en una casa que el comité le ha cedido a las afueras de la capital, y sobrevive gracias a la solidaridad de la comunidad, porque lleva cinco meses sin cobrar su sueldo de profesora. A pesar de las dificultades, dice que jamás volvería a Siria.

«Siria era mi país y Palmira era mi vida, pero allí ahora solo veo sangre».

Como el resto, prefiere no dejarse fotografiar, pero no se despedirá sin pedirnos una foto juntos para el recuerdo.

El antiguo balneario de Sujumi, antes lugar de descanso para las élites soviéticas y hoy parada de fantasmas.

El baloncestista

Al igual que Dana, Basima ha eludido el tema, pero ambas dejan claro que no están conformes con la labor del Comité de Repatriación. Los pisos prometidos por la Administración abjasia a los sirios tardan demasiado en llegar, lo mismo que los trabajos, las ayudas económicas por hijos, por casarse en Abjasia… Ocurre desde que el programa se iniciara nada más acabar la guerra, entonces con abjasios de Turquía. Son gente como Dunya, quien encontró la forma de salvar el muro del que, dice, es el comité «más corrupto de Abjasia».

«Antes, a cada negativa de esta gente a darme lo que me corresponde según nuestra Constitución, llamaba directamente al presidente; solo así conseguí la casa, el trabajo, los cincuenta mil rublos que nos correspondían a mi mujer y a mí por habernos casado en Abjasia y, más recientemente, la asignación por nuestro primer hijo», explica este abjasio de treinta y cinco años y dos metros de altura.

Dunya, que asegura tener un 75 % de sangre kurda, se define como un «nacionalista turco». Además, es asesor del presidente de Abjasia en Asuntos Internacionales, profesor de Ciencias Políticas en la universidad, trabaja esporádicamente con alguna de las ONG en la zona y juega a baloncesto, «más por dinero que por gusto». Semejante capacidad de trabajo apenas le reporta el equivalente a trescientos euros al mes —el espresso está a un euro en el Barista—.

Dice que podría hacer como algunos de sus compañeros en la universidad: cobrarles a sus alumnos cien dólares por aprobarles la asignatura.

«Les digo a mis alumnos que se quejen al jefe del departamento, pero se me ríen a la cara. Luego que se lo expliquen al rector, pero me dicen que ese es el peor…», relata el «retornado». Como se resiste a cobrar por los aprobados, Dunya se tiene que enfrentar a un acoso continuo por parte de los suspendidos y sus padres. Y no es para tomárselo a broma:

«Me buscan en el despacho o me paran por la calle para saber cuál es mi familia, buscar un parentesco donde no lo hay para recurrir al chantaje emocional de los lazos tribales. Tengo que escuchar cosas del tipo “Pero si somos familia, ¿cómo puedes suspender a mi hijo?”».

La corrupción en la universidad, apunta, apenas es una anécdota comparada con la del Comité de Repatriación. Ya nos avisó sobre cómo será nuestra entrevista con ellos. Todo empezará con un solemne discurso de Beslan Andreievic, el presidente, antes de llegar siquiera a preguntar nada. Hablará de la historia milenaria de Abjasia; de la guerra con Georgia, la diáspora, «repartida en cincuenta y tres países…». El encendido alegato final en favor de la independencia de Cataluña no había entrado en las predicciones del baloncestista, pero sí que el número exacto de «repatriados» seguiría siendo una incógnita.

«Las cifras de retornados son secretas; solo le puedo decir que han llegado entre diez mil y veinte mil desde el comienzo del programa en 1993», esgrimía Alexeievic. Tampoco había datos de los que habían vuelto a Turquía o Siria, o una estimación aproximada del número de viviendas cedidas a la diáspora. Secreto.

Abdul Kadir, otro abjasio de Turquía y encargado del Barista, decía conocer las razones del comité para ocultar las cifras: «Se niegan ayudas a gente a la que le corresponde por ley, pero ese dinero acaba saliendo, y ocurre lo mismo con las viviendas; ahí está el verdadero negocio: ¿sabes cuántas quedaron vacías tras la guerra?», explica el hostelero, ya listo para bajar la persiana de la cafetería.

Parte 2

Los de casa

No hay visita a Abjasia sin parada en el lago Ritsa, una de las «postales» por excelencia de la república. Las primeras nieves amplifican el silencio en este rincón del Cáucaso en el que, por supuesto, Stalin también tenía una casa de veraneo. Valery, el guarda de la hoy casa-museo, nos enseña las estancias en las que destaca un piano que perteneció a Nicolás II, el último zar de Rusia, y la ausencia de una cocina.

«Stalin odiaba el olor a comida, por eso se la traían de la orilla opuesta del lago», apunta el chaval, señalando el embarcadero desde una hermosa balconada de madera. Eran los tiempos en los que el ruido de las explosiones anunciaba a los lugareños que el líder del país más grande del mundo estaba en uno de sus lugares más recónditos: como no podía ser de otra manera, el georgiano más poderoso que ha conocido la humanidad pescaba con dinamita.

En esta misma casa recibía la visita de Lavrenti Beria, otro conocido personaje que se convertiría en azote de sus pueblos vecinos, abjasios incluidos. Es difícil pensar que la política de deportaciones masivas, que masacró y desubicó a naciones enteras, pudiera haberse concebido en un lugar tan idílico.

Ya hemos mencionado antes que prácticamente toda la nomenklatura se dejaba caer por Abjasia y, a veces, con invitados igualmente ilustres. El propio Castro vino en 1963 invitado por Jruschov, en una visita profusamente ilustrada en un libro de fotos. Se publicaron mil ejemplares el pasado año, pero nunca llegó a comercializarse.

«Quisimos entregarle uno en mano a Fidel, pero murió antes que pudiéramos hacerlo», lamenta Viacheslav Chirikba, impulsor de la iniciativa. Lo hizo durante su mandato como ministro de Exteriores de Abjasia, entre 2011 y 2016.

Desde la cafetería del hotel Ritsa, el exministro pasa las páginas de un libro que bien podría tratarse de un álbum familiar: Castro bebiendo vino abjasio de un cuerno junto con el hermano de su abuelo; Castro vestido con burka y papaja —espaldero y sombrero típicos del Cáucaso—, posando con el tío de su mujer… No todos son parientes suyos, pero los conoce por sus nombres y el de las familias a las que pertenecen.

La familia, el clan, sigue teniendo un gran peso en la fracturada política abjasia. Están los Shamba, los Chachba y, sobre todo, los Ardzinba, hegemónicos en casi todos los ámbitos de la sociedad. Esa naturaleza aún tribal de los abjasios es la que estuvo detrás de los incidentes de 2014, cuando unas protestas obligaron a dimitir al entonces presidente Alexander Ankvab, provocando nuevas elecciones que auparon a Raul Jadyimba al poder.

«Tras el reconocimiento de Rusia en 2008, la amenaza exterior, la georgiana, disminuyó, pero aumentaron las tensiones internas», resume Chirikba. Durante su etapa como ministro de Exteriores siguió tocando todas las puertas en busca de aliados y, sobre todo, de reconocimiento. Si bien admite que este último es prácticamente un imposible, dice que se trata de una cuestión de «hechos consumados».

«El que solo seis países reconozcan a Abjasia como un país soberano no quita que este lo sea a todos los efectos, y lo cierto es que, a día de hoy, estamos completamente desvinculados del antiguo poder central en Tiflis», subraya tajante el abjasio. Chirikba recuerda que una ley soviética aprobada en 1990 reconocía el derecho de Abjasia a la secesión en caso de que Georgia abandonara la URSS. «Fue el colapso repentino del 91 el que impidió que la ley se ejecutara evitando la guerra».

Si bien la relación con Tiflis es nula, no puede decirse lo mismo de sus canales con Moscú. El despliegue de tropas rusas por todo el territorio y la enorme embajada que Rusia ha levantado en el mismo centro de Sujumi son muestras más que elocuentes del lado hacia el que se inclina la balanza.

De acuerdo, la UE ha aportado más de cincuenta millones de euros a Abjasia desde 2008, pero no es más que una décima parte del dinero que Moscú ha puesto sobre la mesa. A pesar del apoyo militar, político y económico del vecino del norte, él asegura que a Rusia «no le importan demasiado ni la democracia ni los derechos humanos en nuestro país».

No podemos dejar de mencionar que fue el propio Chirikba el impulsor del programa de «repatriación» de la diáspora siria. Cuatro años después de traer a esos quinientos sirios abandonaría la vida política para volver a la universidad, donde dobla como profesor de Relaciones Internacionales y de Lingüística, su especialidad y su pasión. Entre otras muchas lenguas, ha estudiado el euskera; se presentó con un diccionario ruso-vasco manuscrito la primera vez que lo conocimos, en el otoño de 2006, y sería él mismo el autor del primer diccionario abjasio-euskera cinco años más tarde.

Más que el análisis comparativo entre lenguas que, dice, pueden tener un origen caucásico común, es la propia supervivencia del abjasio la que le quita el sueño. ¿Qué puede hacer un idioma que apenas hablan cien mil personas ante otro, el ruso, que cuenta con más de ciento cincuenta millones de hablantes? No es fácil, sobre todo teniendo en cuenta la extrema dificultad del abjasio para aquellos cuya lengua materna es el turco, el ruso o el armenio. Lo más preocupante, continúa Chirikba, es que los propios abjasio-hablantes recurren con demasiada frecuencia al ruso. «Los vascos tenéis una frase que resume a la perfección lo que está ocurriendo aquí: “una lengua no se pierde porque los que no la saben no la aprenden, sino porque los que la conocen no la hablan”», recita de memoria el lingüista el verso convertido casi en eslogan del poeta vasco Joxean Artze.

Antes de despedirnos, Chirikba caminó con nosotros hacia el Barista por el paseo marítimo, donde un grupo de krishnas rusos parecía haber hipnotizado a media docena de perros callejeros. No obstante, su letanía era incapaz de ralentizar siquiera el paso firme de las dos señoras del nordic walking. Las veíamos pasar casi todos los días, lo mismo que a las gitanas que vendían flores y banderas abjasias. Según Chirikba, eran de Crimea. «Cuando vuelven los gitanos uno ya entiende que existe cierta normalidad en el país», bromeó el abjasio, hablando totalmente en serio. Luego nos hizo dar un rodeo hasta las ruinas del Dioskurias, antes de la guerra un restaurante de lujo donde uno podía cenar sobre los restos sumergidos de la una vez próspera colonia griega de Dioscuríade. Hasta aquí, hasta la antigua Cólquide, llegaron Jasón y sus argonautas en busca del vellocino de oro. También lo hizo Estrabón y su ejército de setenta traductores, uno por cada lengua que se escuchaba en este cosmopolita enclave hace más de dos mil años.

En el Museo de la Guerra de Sujumi, de cuando los partes de guerra se escribían a máquina.

Parte 3

Los otros

A los abjasios les encanta contar a los visitantes la leyenda que justifica la belleza natural de su país. Dios ya había repartido el mundo entre los distintos pueblos para cuando llegaron. «Teníamos huéspedes que atender», justificaron su retraso los abjasios. Conmovido por su hospitalidad, Dios les ofreció el terreno que se había guardado para sí mismo: un trozo de paraíso en la tierra.

El relato no deja de tener su gracia, e incluso gana interés cuando descubrimos que los georgianos también lo hacen suyo, y sin cambiar una sola coma. Lo cierto es que la historia de ambos pueblos se entrelaza en reinos comunes como el de los Leónidas y los Bagrátidas —entre los siglos x y xiii—, pero también colisiona violentamente, sobre todo bajo los caprichos de foráneos como Stalin, quien anexionara la pequeña Abjasia a Georgia en 1931, o de Putin, que selló definitivamente su desmembración de Tiflis, reconociéndola en 2008.

Mientras georgianos y abjasios se amaban y odiaban a partes iguales durante siglos, seguía llegando gente de tierras vecinas al territorio: colonos, o exiliados rusos por el norte, comerciantes turcos por la costa o, por el este, armenios que huían del genocidio en Anatolia, a principios del siglo xx. Estos últimos son, junto con los mingrelios, las dos comunidades más numerosas tras los abjasios. La convivencia no siempre es fácil.

Un apellido abjasio —de esos que cuentan con el patronímico en «-ba»— eximirá a más de uno de una multa por velocidad, un privilegio del que los armenios, por ejemplo, no gozan. Y es algo realmente injusto cuando oímos que la mayor parte de los accidentes los provocan los primeros. Fue un policía de tráfico el que nos dijo que los abjasios conducen «como si galoparan sobre sus caballos, siempre midiéndose con los demás», mientras que los armenios tienen fama de ser conductores muy prudentes. También se dice que estos últimos son disciplinados en el trabajo, y que la trayectoria política del país está en sus manos: se les acusa de votar en bloque, mientras los abjasios, siempre tan viscerales, tan caucásicos, son víctimas de su propia división interna.

Monitorear dichos comicios es una de las labores que desarrolla el Centro para Programas de derechos Humanos, una ONG fundada en 1994 tras la guerra y financiada con fondos del Reino Unido y de la UE. Liana Kvarchelia, una de sus fundadoras, insiste en que la negativa de la comunidad internacional a aceptar la «nueva realidad» es la fuente de muchos otros problemas a los que se enfrentan los abjasios. «Si bien Rusia fue la primera en reconocer a Abjasia —continúa Kvarchelia—, Moscú no le da ninguna importancia a que la democracia germine aquí».

Arda Inal Ipa, también cofundadora de la ONG, interviene para subrayar que la corrupción es uno de los problemas más preocupantes y de más difícil solución.

«En cualquier otro país se encausaría a los responsables, pero el nuestro es demasiado pequeño. ¿Cómo llevar a juicio a un familiar, o a un vecino, o a un amigo cercano?», explica la activista. El sistema hunde sus raíces en el tribalismo:

«Si perteneces a un clan importante, si tienes veteranos en la familia, o mártires, entonces tienes el poder para hacer lo que quieras».

Son aseveraciones como estas las que han levantado la sombra de la sospecha sobre Kvarchelia, Inal Ipa y sus colaboradores. Dicen estar acostumbrados a que les acusen de ser «espías georgianos», pero no temen por su integridad física.

«A veces no es fácil apuntar hacia los problemas y sus responsables, pero tampoco vivimos con miedo a ser “purgadas” por hacerlo», admiten.

La zona muerta

Uno de los temas más espinosos sobre los que trabaja la ONG es el de los cerca de diecisiete mil pasaportes que Sujumi retiró a residentes de Gali, una localidad cercana a la frontera de facto con Georgia. La mayoría en esta zona deprimida del país cuenta con un pasaporte georgiano, que es el que les permite cobrar unas exiguas pensiones desde unas furgonetas dispuestas para ello en la frontera.

«Para esta gente es una cuestión de mera supervivencia, sobre todo ahora que las cosechas han sido arrasadas por una plaga de chinches», apunta Inal Ipa. Nos han dicho varias veces ya que es ese insecto, y no la corrupción o la falta de reconocimiento internacional, el problema más acuciante de Abjasia. Si el turismo estival y la inversión rusa son las fuentes principales de ingresos de la mitad oeste de Abjasia, el este, entre Sujumi y Georgia, sobrevive casi exclusivamente del cultivo de la mandarina. Y la chinche ha acabado con casi todas.

Aún antes de la plaga, Gali y el resto de las zonas limítrofes con la frontera eran una «zona muerta» para los sujumitas. Pregunten en la capital, sobre todo a las generaciones más jóvenes: prácticamente nadie conoce esa región de Abjasia, a menos de cien kilómetros hacia el este.

«¿Para qué ir si no hay nada allí?», nos dirá más de uno. Y no les faltará razón. Las casas quemadas de los que perdieron la guerra se asfixian ahora entre los zarzales y la mala hierba que crece sin control. Lugareños con sacas cargadas con lo poco que han podido rescatar de la plaga esperan en los márgenes de la carretera, a menudo durante horas, a que alguien los lleve de vuelta a su casa en mitad de ninguna parte. Nos da la sensación de que a algunos los vimos cuando atravesamos la zona tras cruzar desde Georgia. Entonces también llovía.

La mayoría de los que viven en la zona muerta son mingrelios. Solo la mala fortuna ha querido que esas tierras que hoy devoran las plagas y la mala hierba se hayan hundido en la falla geopolítica que separa a Abjasia y Georgia; a Rusia de Occidente. Viven a ambos lados. Su lengua, el mingrelio, es pariente del georgiano, pero, a diferencia de este último, no cuenta con una norma escrita propia. También se diferencian del resto de las tribus caucásicas por el hecho de que, en la miríada de guerras locales, los campesinos mingrelios siempre se ponían de parte de los turcos. Los nobles de la capital y los comerciantes se alineaban con los rusos.

En cualquier caso, hay que decir que nunca ha existido un sentimiento nacionalista mingrelio significativo, y que la mayoría de ellos se identifica con su identidad georgiana. Sin ir más lejos, Zviad Gamsajurdia —recuerden, el primer presidente electo de la Georgia independiente—, era un mingrelio de Georgia. Entre los mingrelios nacidos en el lado abjasio de la frontera estaba Lavrenti Beria. Esos apellidos característicos terminados en «-ia», en contraposición al «-ba» abjasio, son los que, a ojos de muchos, distinguen a unos de otros en sus pasaportes, pero lo cierto es que ambos pueblos han convivido durante al menos dos mil años en la región: su sangre se ha mezclado durante siglos; hay abjasios con apellidos mingrelios y viceversa. Esto es lo que nos contó Chirikba, uno de los que más ha estudiado del tema.

Desgraciadamente, el integrador discurso del exministro no es algo que comparta la mayoría. Organizamos la visita a Gali —así es como llaman los locales a su ciudad— a través de contactos en el lado georgiano porque los mingrelios desconfían de todo lo que viene de Sujumi. Nana nos recibe con una mesa repleta de jachapuri —la empanada de queso local—, pepinillos, mandarinas y chacha —el aguardiente del Cáucaso—. A sus setenta y nueve años, es una de entre los diecisiete mil a los que se les retiró el pasaporte abjasio hace dos años.

En su día, Nana guardó una cola durante días, con la ayuda de familiares y amigos, para conseguir un pasaporte abjasio a cambio de entregar el georgiano. El funcionario lo destruyó con ceremonia delante de ella, pero ambos sabían que se trataba de un gesto puramente simbólico: a Nana no le llevó más de un día recuperar su pasaporte georgiano al otro lado de la frontera.

«Cobro una pequeña pensión de Tiflis, y la asistencia médica al otro lado es infinitamente mejor que aquí. ¿Qué otra cosa podría hacer?», justifica la anciana.

Tras descartar una intervención armada para recuperar el territorio perdido, Georgia ha optado por una estrategia de seducción cuya cara más visible es el distrito comercial levantado a escasos metros de la frontera: galerías con supermercados abarrotados de productos y modernas cafeterías, pero también farmacias e incluso un pequeño hospital. Todo vale para ganarse los corazones y las mentes no solo de georgianos y mingrelios al otro lado, sino incluso de los abjasios.

Un pasaporte abjasio no cambiaría sustancialmente la vida de una anciana de Gali que ni siquiera recuerda cuándo estuvo en Sujumi la última vez. No obstante, ser legalmente extranjera en su propia tierra implica que tanto la casa en la que nos recibe como las tierras colindantes no podrán ser heredadas por sus hijos.

«Quieren que nos vayamos y que no volvamos jamás», dice la anciana, entre gajos de mandarinas. La fecha del retorno anterior ha sido precisamente la maniobra legal a la que se ha agarrado la Administración abjasia resucitando una ley aprobada en 2005 según la cual todos aquellos que no hubieran vivido en Abjasia entre el 94 y el 98 no tenían derecho a la nacionalidad. Cuarenta mil de entre los doscientos mil expulsados tras la guerra volvieron a Abjasia, la mayoría aquí, a Gali.

Niños en la escuela de Tskhiri, en la castigada región de Mingrelia.

La la identidad local también se desvanece en las escuelas, donde el georgiano ha sido suplantado por el ruso. Aunque todo es aún más complicado.

«Hasta cuarto de primaria la mayoría de las asignaturas son en abjasio, pero a partir de ahí la educación continúa en ruso, con el georgiano como asignatura», explica Lana Goglia desde la escuela de Tskhiri.

El Danish Refugee Council, una de las ONG que trabaja en esta parte del Cáucaso, ha ayudado cambiando las ventanas y acondicionando un baño, pero habrá que hacer mucho más para que los cincuenta y ocho niños de este colegio aguanten dentro de clase con temperaturas por debajo de los cero grados durante el invierno. Pero no es tanto la precariedad de los colegios abjasios como la eliminación por decreto de la enseñanza en georgiano la que ha hecho que muchas familias de la frontera manden a sus hijos a la escuela en Georgia. Durante la semana, los pequeños se alojan con familiares al otro lado de la frontera, generalmente en Zugdidi, y vuelven a casa cada fin de semana. Goglia dice entenderlo «perfectamente».

«Tanto los alumnos como nosotros tenemos dificultades con el ruso y, sobre todo, con el abjasio. Hablamos mingrelio en casa, pero soñamos con poder volver a estudiar y enseñar en georgiano», explica la veterana maestra, desde un despacho húmedo y desconchado que preside una bandera abjasia. «A veces me pregunto quiénes somos realmente».

Acabando

Pedimos una entrevista con el presidente de Abjasia, Raul Jadyimba, desde el primer día, pero ya se nos informó entonces de que estaba fuera, y que no se conocían las fechas exactas de su vuelta. Pasó lo mismo con el ministro de Exteriores y, a modo de compensación, nos ofrecieron a Kan Taniya, el viceministro. Uno no espera variaciones sustanciales en el discurso de unos y otros, por lo que tampoco nos importó demasiado. Pero cuando investigamos a Taniya por internet nos dimos cuenta de que el suplente era la mejor opción.

Este joven pertenece a esa generación de abjasios completamente desvinculada de Georgia: ni habla georgiano, ni ha estado jamás al otro lado de la frontera oriental. Sujumita del 87, Taniya tenía apenas cinco años cuando estalló la guerra contra Georgia. Dice que aún recuerda el estruendo de los aviones y de los combates, y a sus padres diciéndole que todo era un juego, que no se preocupara. Nos explicó todo esto en el inglés perfecto que usó para la entrevista, aunque repitió que su italiano era mejor. Una beca le permitió licenciarse en Ciencias Políticas en la Universidad de Florencia, de donde pasó a trabajar en la embajada italiana en Montecarlo. Fue el omnipresente Chirikba quien le propuso trabajar para el ministerio. Ocupa su puesto desde noviembre de 2014.

Durante una entrevista en la que se mostró más que cordial, Taniya habló de lo terribles que fueron los años de la posguerra y de que, hasta 2005, los enfrentamientos armados en la frontera, así como los robos y secuestros, estaban a la orden del día.

Ya entrando en materia, no dudó en reconocer abiertamente que la corrupción en el país era una lacra. «Somos pocos, nos conocemos todos…», se justificaba él también. Luego le quitaba hierro al asunto con una frase cargada de ironía muy popular durante su época de universitario: «En Abjasia no hay corrupción, sino entendimiento mutuo».  

Respecto a la cuestión de los pasaportes, «la ley es la que es»: está permitido tener un pasaporte ruso además del abjasio, pero no uno georgiano.

«Las herencias, aún sin un pasaporte abjasio, se pueden transmitir siempre y cuando los nombres de los herederos estén recogidos en las escrituras», aseguró Taniya, antes de hablar de una reciente normativa que permitirá a los indocumentados obtener un permiso de residencia. «Tendrán los mismos derechos que el resto excepto el de votar y el de presentarse a las elecciones».

Nada más acabar la entrevista caímos en la cuenta de que a Taniya lo habíamos visto antes en el Barista, y más de una vez. Se lo comentamos a Dana en la cafetería al día siguiente.

«Si tenéis la sensación de que conocéis a casi todos aquí, pensad que os conocen ya todos a vosotros», nos dijo la siria durante el segundo café del día.

Los abjasios se quejaban de que los periodistas raramente pasaban más de tres o cuatro días; que venían «a tiro hecho», buscando la misma foto del barco encallado en la playa a doscientos metros del Barista, o de la famosa cabina de teleférico suspendida en el vacío desde el 93 en Tkvarcheli. Para disgusto de muchos, sobre todo de los fotógrafos, ambos elementos paisajísticos fueron retirados hace un año. Ahora búsquense la vida para ilustrar lo de que Abjasia es «un satélite en órbita circular desde el colapso soviético», por citar otro cliché del catálogo.

Quizás también fuera Verne, el gran clarividente, el que mejor trazara la trayectoria de aerolito de la guerra fría. En su novela Héctor Servadac, un cometa roza la Tierra arrastrando consigo una pequeña parte del norte de África. Sobre este nuevo planeta a la deriva viajan una guarnición francesa, un destacamento de ingleses de Gibraltar, un grupo de españoles, un judío, una niña italiana de Malta… Al principio nadie entiende lo que ha pasado hasta que pronto descubren que los días son más cortos, que la gravedad es menor y que el sol sale por poniente. Los conflictos se vuelven secundarios cuando todos finalmente comprenden que están condenados a vivir juntos en un planeta ajeno.

Con la ayuda de un vino blanco moldavo tras varias cervezas abjasias, divagábamos sobre en qué punto se encontrarían los abjasios. ¿Entendían lo de la gravedad? ¿Y nosotros? ¿Había amanecido realmente por Georgia, o lo había hecho desde Rusia? Fue entonces cuando vimos a Irakli, un prometedor ajedrecista de veintidós años al que habíamos conocido cinco días atrás, haciéndonos señas desde la calle:

«¿Vais a estar aquí dentro de una hora? Tengo algo muy interesante que contaros».

Esperamos.


Yuri Korchagin: «La Revolución rusa fue la más profunda de toda la historia universal»

 

Entro en la majestuosa embajada de la Federación de Rusia en Madrid y, al subir por las escaleras, el señor embajador, Yuri Korchagin (Vorónezh, URSS, 1950) me muestra una serie de cuadros que resumen la historia de Rusia. Se detiene en el que aparece Lenin. En la obra, el artífice de la Revolución del 17 pisa un charco. El embajador me explica que originalmente el agua estaba enrojecida por el reflejo de las banderas, pero la censura obligó al pintor a oscurecerlo porque parecía un charco de sangre. En venganza, el artista le colocó a un soldado una sortija de oro, dando a entender que había participado en saqueos. Son detalles imperceptibles, pero ponen algo de manifiesto: nada es lo que parece en lo que vemos con nuestra mirada hacia el este. No en vano, en el siglo xx se acuñó el término kremlinología y, siglos atrás, de los años zaristas los viajeros extraían similares conclusiones. Entender Rusia y la URSS requiere estudio y falta de prejuicios. No llega con titulares. En esta conversación con el embajador, historiador de formación, tenemos una oportunidad de conocer cómo se ven los rusos a sí mismos y a su historia.   

Cien años después, ¿qué significa la Revolución del 17 para un ruso?

No tiene significado solo para un ruso, sino para todo el mundo. La gran Revolución rusa puede compararse a la Revolución francesa. Una dio eslóganes al mundo, liberté, égalité, fraternité, mientras que la Revolución rusa propuso la construcción de una sociedad libre de la explotación del hombre por el hombre.

Como idea, era fantástica. Inigualable, por su atractivo. Cien años después, a mí me sigue pareciendo atractiva. Por eso la Revolución tuvo tantos seguidores en el mundo. Europeos, latinoamericanos… gente de todas partes que acudía a conocer de primera mano la Unión Soviética. Muchos de ellos cayeron en una simpatía sin límite y promocionaban esta sociedad del futuro. Aunque, a veces, sus análisis se quedaban en la superficie, porque no conocían del todo lo que pasaba.

La idea fue muy atractiva y la realización se hizo con el entusiasmo de las masas, que asumieron los lemas revolucionarios y sus promesas. El revolucionario pensaba que para construir ese mundo mejor había que destruir el mundo actual: un mundo que, sin embargo, tenía casi mil años. Y ese mundo no quería rendirse.

Hubo una cruenta guerra civil, murió mucha gente. Y después, como sucede en muchas revoluciones, los mismos revolucionarios empezaron a eliminarse entre ellos por motivos ideológicos, políticos y a veces solo por rivalidades. La creación del nuevo mundo no resultó tan fácil, tan idealista como se había pensado anteriormente. Basta mencionar la Gran Purga de los años treinta, que en cierto modo repetía el terror en la Revolución francesa. Como se ve, hay semejanzas en todas las revoluciones.

Al final, se creó una sociedad muy monolítica, pero era progresiva en muchos términos y por eso fue imitada, o al menos algunas facetas, por las sociedades capitalistas occidentales. En el país donde trabajo, España, hay un estado del bienestar. Su origen está en la respuesta que dieron los círculos dirigentes de estos países para no permitir la revolución en su sociedad. La influencia de la Revolución rusa va mucho más allá de la propia Rusia, es mundial. Sin exagerar.

La sociedad rusa fue cambiada drásticamente, eso hay que reconocerlo. Y por eso luego el regreso a una democracia clásica fue muy difícil. En la Revolución francesa no se cambió la propiedad, hubo cambios políticos, militares e ideológicos, pero la base, la propiedad privada, estuvo siempre presente. En la URSS no existía la propiedad privada, todo fue estatalizado. No podías tener más que un coche y poco más. Eso cambió mucho la mentalidad de la gente. Volver, entonces, a la democracia fue rápido, pero muy complicado. Esa es la lectura que hago: la Revolución rusa fue la más profunda de la historia universal.

Hay historiadores que hablan de una gran revolución rusa durante 1917 que fue secuestrada en octubre por un grupo pequeño de los revolucionarios, que al final logró imponer una dictadura a los demás. Se habla de «revolución secuestrada».

Creo que muchos historiadores con este punto de vista tienen bastante razón. En la sociedad actual rusa también vemos la revolución como un proceso continuo que no se puede limitar a los sucesos de octubre. La revolución empezó mucho antes, recordemos el año 1905 con las barricadas en Moscú y otras ciudades. De ahí salió la constitución del primer Parlamento ruso, la Duma estatal. Hasta entonces habíamos tenido algunas experiencias más o menos democráticas, como la Duma de los Boyardos, pero nunca un Parlamento moderno. Fue la revolución a principios de siglo lo que llevó a la monarquía absoluta a crear una Duma que, por otro lado, les asustó tanto que la disolvieron.

¿Cómo valora la figura de Lenin?

Lenin, como gran revolucionario, tiene una importancia trascendental, indudablemente. Sin entrar en los rasgos de su carácter y lo bueno y lo malo, facetas que tiene todo líder político, fue un revolucionario que llegó a San Petersburgo en abril de 1917 después de años de exilio en el exterior y en seis meses tomó el poder encabezando una revolución que había empezado sin él. El partido bolchevique, que en febrero de 1917 no tenía más que doce mil militantes, tomó el control de un imperio. La clave fueron los eslóganes de Lenin, pero tampoco podemos decir que fuera un veni, vidi, vinci. Fue un proceso.

El país estaba en guerra. A veces se olvida que la revolución transcurre mientras el ejército está en el frente. Pero el país quería paz. El soldado estaba cansado de la guerra, de la muerte. Eran la mayoría campesinos y estaban pensando en sus cosechas, en su casa. Cuando llegó el eslogan de «paz y no guerra» todo el mundo respondió positivamente. No obstante, antes, durante el mandato del Gobierno provisional, se había firmado el famoso decreto n.º 1, que permitía a los soldados escoger a sus propios oficiales.

Esa ley significaba el fin de la disciplina en el ejército en cuestión de minutos. Empezó a haber fusilamientos arbitrarios de oficiales por comités de soldados que desde ese momento elegían a su líder. Ahí, prácticamente, acabó la guerra por la parte rusa. Todos los intentos posteriores de restaurar el frente fueron inútiles. El decreto fue fruto de la revolución, todo el mundo pensaba que había que cambiar todo, había una gran presión de agitadores de todo tipo, mencheviques, bolcheviques, socialistas revolucionarios…

Entonces, cuando Lenin llegó después con su eslogan «Paz a los pueblos, tierra a los campesinos y fábricas a los obreros», todo el mundo le apoyó. ¿Había algo mejor que ofrecerle a esa sociedad? Todo el mundo dijo sí, pero luego resultó que las fábricas y las tierras no eran exactamente para los obreros y los campesinos, sino para el Estado.

¿Interrumpió Stalin la revolución comenzada por Lenin?

Lenin era una autoridad indiscutible en el seno del partido, pero existía la polémica. Lenin discutía con Trotski y los demás. También con Stalin, pero este en los momentos cruciales siempre apoyó a Lenin.

Grosso modo, a Lenin le tocó destruir el mundo viejo. Resistir la presión del Ejército Blanco en la guerra civil y la intervención extranjera. Se encargó de la supervivencia del nuevo Estado. Firmó la paz por separado con los alemanes. Y, cuando perfilaba el nuevo Estado, falleció. Arrastraba problemas de salud en parte derivados de un atentado que sufrió, una mujer le disparó en un mitin.

Podemos decir que Lenin fue el primero que promovió la idea de la globalización sui generis — una revolución mundial que se coronaría con el Estado planetario de los sóviets—. Stalin, al contrario, era un proteccionista, quien quería que los proletarios de todos los países se unieran en torno a la causa de la URSS.

A Stalin, los colaboradores de Lenin lo consideraban un técnico, no un heredero intelectual de Lenin. Zinóviev, Kámenev, Bujarin o Trotski, que era el arquitecto del Ejército Rojo y de la Revolución de Octubre, tenían mucha más importancia. En el inicio eran como una dupla, Lenin y Trotski. Si repasa las memorias de los extranjeros que fueron contemporáneos de la revolución, encontrará que ambos eran figuras incomparables. Había dos líderes en la revolución. Lenin era el gigante, pero Trotski estaba detrás de él. Así lo he leído yo en los textos de los diplomáticos británicos, sobre todo, y de otros países. Pero resultó que Stalin era una persona mucho más capaz en la maniobra política y el establecimiento de alianzas que esos intelectuales que se consideraban hijos de Lenin en un sentido teórico o figurativo. Todos sabemos cómo terminaron: Trotski, expulsado y asesinado, y los demás, encarcelados y aniquilados.

Stalin continuó la obra de Lenin en el sentido de que se le siguió considerando la máxima autoridad del socialismo. No solo en su periodo, también en los posteriores. Todos necesitaron un icono que sirviese de autoridad, se seguía su legado. Era una maniobra muy bien pensada.

Stalin fue el que tuvo que construir la nueva sociedad. Con él empezó la colectivización, el empresario agropecuario era el enemigo ideológico, el poseedor de bienes. En la nueva sociedad nadie podía poseer, cuando alguien tiene su propio dinero, su casa, sus tierras, es económicamente autosuficiente, no depende. La nueva sociedad iba a ser monolítica y no tenía espacio para nadie con un pensamiento al margen de ella.

Hubo un formulario, que se utilizaba cuando se entraba a un trabajo, en el que se le preguntaba al candidato qué hacía antes del año 17. Se conocía así el perfil de cada ciudadano, su procedencia social, y si era hijo de un sacerdote o de un pequeño burgués del campo, un granjero, y, si era así, ahí se cerraba el ascensor social para él.

La colectivización fue demasiado radical. Se acabó con todo el pequeño empresario agricultor. En un principio, se pensaba que la propiedad colectiva sería más productiva que la individual, pero luego no fue así. Hubo ejemplos de alto rendimiento en koljoses, pero la mayoría los tenía que subvencionar el Estado.

La industrialización, sin embargo, que también fue muy rápida, fue un éxito. Hay un dicho ruso que dice: «monta despacio para cabalgar rápido». Esto puede ser aplicado de algún modo a lo que pasó. La industrialización, con sus errores, convirtió a la URSS en una potencia a finales de los años treinta, lo que explica, además de la alta moral patriótica, que se resistiera a la invasión nazi. Los demás países continentales perdieron la guerra contra Hitler y, de esta manera, fortalecieron con toda su capacidad económica al Estado nazi. En el campo de batalla europeo el mayor peso lo llevó la URSS.

La reacción del Estado soviético a este desafío fue faraónica. La mayor parte de las industrias, fábricas en las que trabajaban miles de obreros, fueron desmanteladas y enviadas al este en días. Es una operación no muy conocida, pero única en el mundo. Sin ese movimiento no hubiera habido resistencia.

Esa industrialización se llevó a cabo con el estajanovismo, se habla de que se sacrificó una generación para llegar a esos estándares.

La industrialización y la colectivización se hicieron con muchísimos sacrificios, sin duda alguna. Pero a la sociedad había que mostrarle que ese esfuerzo no era en vano, que conducía a algo bueno. Por eso se estableció el heroísmo laboral. Pero este tipo de propaganda no fue exclusivo de la sociedad soviética, también lo hubo en Argentina, por ejemplo. Cuando cayó enferma Evita Perón, hubo gestas laborales para que mejorase.

En la URSS no solo estuvo Stajánov, me acuerdo ahora de Pasha Angelina, que conducía un tractor y logró una cosecha no sé cuántas veces más grande de lo estipulado. Eran ejemplos que le servían al Estado porque invitaba a imitarlos, a que hubiese competencia. Había banderitas para el colectivo obrero en las que ponía «seguidor de Stajánov», que incentivaban. Y la gente se entusiasmaba si se señalaba a un trabajador de la fábrica de un pueblo pequeño porque se enteraba toda la Unión Soviética de que ahí había un obrero, digamos, Petrov, que era el mejor. Salía en los periódicos, en todas partes…

De repente llegó Nikita Jrushchov y en su famoso discurso condenó todos los excesos que se habían producido durante estos años «heroicos», entre comillas.

Yo no diría que de repente. Nikita Jrushchov formaba parte de la flor y nata del Partido Comunista. Era una de las piezas clave del partido. Era un seguidor y admirador de Stalin, estuvo cerca de él encabezando el PCUS en Ucrania. Pero con la muerte de Stalin empezó una fuerte y corta lucha por el poder de la que salió ganador. Fue elegido primer secretario del Partido y a partir de ahí hay varias opiniones de los historiadores sobre lo que pasó.

Para entenderlo, hay que recordar antes que Stalin tuvo un culto a la personalidad enorme e inigualable. La gente que sufrió represalias con Stalin, cuando la fusilaban, moría gritando: «¡Viva Stalin!». Igual que mucha gente en la guerra, que morían gritando su nombre. Mi opinión es que Jrushchov, para afianzarse en ese puesto, tuvo que ofrecer a la sociedad algo para no ser un pigmeo en comparación con Stalin. Además, intuyó que tras su muerte podían ir apareciendo denuncias de sus excesos, por lo que pensó, como decían los romanos, que era mejor encabezar un proceso que estar enfrente. Por eso tomó la decisión de revelar los excesos del estalinismo en el famoso discurso del XX Congreso del PCUS.

Esto generó grandes tensiones con los países comunistas europeos; después de años de exigirles que fueran estalinistas, tras el congreso se les dijo lo contrario: reformas, porque el estalinismo es malo.

En el estalinismo había una sola verdad y se transmitía de forma vertical, sin objeciones o dudas. Este sistema se empezó a tambalear después del discurso de Jrushchov y la primera consecuencia fueron las críticas que recibió el propio Jrushchov. Dentro y en el exterior, hasta el punto de que fue víctima de ellas y le terminaron apartando del cargo.

Hay que pensar cómo era la mentalidad de entonces. Toda la gente que estaba ligada a esta corriente política, el estalinismo, de repente no pudo digerir que se dijera que eso había sido un error. Eran ajenos a la modernidad que venía y se aferraban a sus puestos. Fue como la lucha entre el viejo y el nuevo mundo cuando llegó la revolución. No querían ceder.

En el proyecto de mercado común socialista, el COMECON, surgieron problemas muy parecidos a los que encontramos ahora en el seno de la Unión Europea. Alemania Oriental quería ser la potencia industrial y otros países como Rumanía quedaban relegados a ser agrícolas, por lo que se rebelaron contra el acuerdo.

En cualquier proyecto comunitario —usted, no yo, acaba de mencionar la Unión Europea—, cuando hay más de dos o tres miembros, hay discusiones. Eso es inevitable y no es malo, de lo contrario habríamos intentado poner en marcha un modelo estalinista. Un Estado que mayormente era agrícola como entonces Rumanía claro que quería salir adelante con su industria. Lo mismo que los alemanes y Checoslovaquia, que tenían una industria muy desarrollada, querían desarrollarse más aún. Había un chiste en los tiempos comunistas que explicaba todo esto: una persona es un partido; dos, un partido y una corriente; y tres, un partido, una corriente y una escisión.

En los sesenta la URSS alcanzó buenos estándares de vida, sobre todo si tenemos en cuenta que extraía sus propias materias primas, no iba al tercer mundo a por ellas, y fue líder en la carrera espacial. Sin embargo, a comienzos de los setenta se ha dicho que la economía debió abordar ciertas reformas, que no se hicieron por inmovilismo, y desde ahí hubo un lento pero inexorable declive hasta el final.

Es la pregunta del millón de euros. ¿Cuál fue el origen del declive de la URSS? Tras la muerte de Stalin y la salida de Jrushchov seguía siendo una sociedad ideológica, que no permitía determinadas discrepancias. Recuerdo que en la escuela nos enseñaban que Lenin era una figura indiscutible, pero la sociedad había cambiado, el mundo en general, y ya no se podían aplicar algunas fórmulas del siglo xix o principios del xx a una sociedad moderna o posmoderna de finales del xx.

El Partido, no obstante, no quería cambios. Eran la amenaza del monopolio de su poder. Esta fue la mayor causa del declive, que, a pesar de los logros indiscutibles universales, como el Sputnik o Yuri Gagarin, primer hombre en el espacio, o como en el campo cultural o industrial, la sociedad ya estaba estancándose. Necesitaba unas reformas, sobre todo económicas, una adaptación a lo que pasaba en el mundo. Como en aquel entonces se vivía bien con los precios del petróleo, con Leonid Brézhnev, o en el periodo posterior —que llamábamos de broma el de los Grandes Funerales, con Andrópov y Chernenko, que se morían uno detrás de otro—, nadie pensó que eso no iba a durar eternamente.

Hubo un intento con Gorbachov, pero la idea, que era correcta, de modernizar la sociedad se planteó con líderes que no eran adecuados para realizarla.

¿Por qué no estaba bien dirigida la perestroika?

La escala del desafío era mucho mayor que la capacidad de respuesta que tenía el liderazgo de aquel entonces.

En China se hizo una transición y el Partido sobrevivió.

Cuando se produjo la perestroika, hubo gente que dijo que lo primero que habría que haber hecho era introducir reformas en la economía y en la industria, porque ya habían vuelto a quedarse atrasadas en comparación con las de los países del primer mundo. Y después, sí, se cambiaba la política o la ideología. No se escucharon estas voces. En China, todo el proceso fue al revés. Mucho más sabio, diría yo.

En los noventa hubo un shock en la sociedad rusa, los años de Yeltsin se recuerdan como años negros.

Rusia sobrevivió a dos shocks tremendos. En 1917, con un cambio radical en la revolución, y después en 1991, la vuelta a los orígenes, a una sociedad democrática. Desapareció un Estado que tenía mil años y veinte millones de rusos se encontraron en unos países extranjeros. Esos nuevos Estados eran vecinos respetados, pero de repente estaban en el extranjero. Las fronteras dentro de la URSS eran administrativas.

Segundo, los Gobiernos de Gaidar introdujeron la «terapia de choque». Yo mismo soy una de las víctimas de esa terapia. Era padre de dos hijas, familia de cuatro personas, pero mi salario de diplomático de alto rango en Rusia era equivalente a unos veinticinco o treinta dólares. No lo digo en rublos porque eran miles. No podías comprar casi nada, unos lácteos y ya… El salario era pequeñísimo y empezó la propaganda, pero al revés.

Se quería convencer a la sociedad de la necesidad de unos modelos sociales que supuestamente eran exitosos en Occidente. Decían, por ejemplo, que no existía en países civilizados —dando a entender que Rusia no lo era, y esto te lo decían los propios líderes del partido del Gobierno— una educación gratuita, que no podía ser que algo gratis fuese bueno.

La economía de mercado había que aplicarla a todo, a la sanidad y la educación, casi hasta a la familia, porque ese era el punto de partida del éxito. Yo había vivido fuera y sabía que no era así, que la educación pública funcionaba en los países más desarrollados. De hecho, era un deber del Estado. Lo mismo que garantizar la sanidad. España es un ejemplo en este aspecto, ofrece un servicio médico fantástico. Pero nos dieron a comer esas mentiras ideológicas y politizadas y mucha gente se las tragó. Se introdujeron unos cambios, se devaluó el rublo tantas veces que la gente perdió todos los ahorros que tenía en el banco. Se volatilizaron.

La sociedad se dividió, hubo protestas en la calle, la policía respondió con fuerza. Llegaron a disparar con tanques al Parlamento; un Parlamento elegido por sufragio universal. Y no hubo mucho rechazo en los países occidentales, a pesar de que el Parlamento es la quintaesencia de la democracia. A algunos se les permite bombardear Parlamentos y a otros no.

En el 96 el Partido Comunista estuvo cerca de ganar las elecciones. ¿Qué hay de cierto en las acusaciones que se han hecho de que lo impidió un pucherazo?

No puedo entrar en especulaciones. Recuerdo que las encuestas de aquel entonces daban un apoyo muy reducido a Yeltsin, pero una campaña electoral dura, el apoyo de los nuevos ricos y oligarcas, con una propaganda muy agresiva, decía «vota, o vas a perder», y mucha gente le apoyó. Yo también he leído especulaciones de que en realidad no ganó, pero puedo decirle, por mi propia experiencia, que en Argentina, en los puestos de votación que hicimos en la embajada para los compatriotas, de forma muy estricta, cuando abrimos las urnas la mayoría de los votos eran para Yeltsin. Y no votaron solo los diplomáticos, votó mucha gente, cientos de personas solamente en Buenos Aires.

Putin al llegar al poder se enfrentaba a varios desafíos: que Rusia dejase de ser un exportador de materias primas para consumirlas y exportar bienes manufacturados, por un lado, y corregir una demografía a la baja. ¿Lo ha logrado?

Cuando llegó Putin se encontró con muchos problemas económicos y sociales. La demografía era muy descendente, la economía era un desastre, la política exterior era muy vaga, no muy definida, y en poco tiempo pudo superar esas crisis estructurales y lograr que el declive se interrumpiera para pasar a una fase de progreso. Esto hay que subrayarlo.

En una primera etapa, los subsidios por tener un hijo eran el equivalente a diez mil dólares. En cuanto al desarrollo económico, decidió salir de la monoeconomía basada en la exportación de gas y petróleo. El petróleo y gas ahora solo son el 30 % del PIB, aunque todavía suponen dos tercios de la exportación. No obstante, somos exportadores netos de productos agrícolas. Ahora somos los mayores exportadores de trigo en el mundo.

¡Por fin!

Sí, como cuando el Imperio ruso era el máximo exportador. Los soviéticos, por el contrario, siempre importaban, las mayores partidas del presupuesto estatal eran para comprar grano en el exterior. Todo por una mala gestión económica. Ahora es al revés, Rusia ha vuelto a ser un líder económico y político. Somos la sexta economía del mundo. En los años noventa caímos a una posición muy inferior, con una reducción drástica del PIB. Creo que, a pesar de las turbulencias internacionales que hay ahora, tenemos buenas perspectivas. Pese a las sanciones, el crecimiento de este año es de 1,7 % del PIB.

El acontecimiento más importante que ha ocurrido recientemente es lo que en Rusia se llama reincorporación de Crimea, aunque fuera dicen anexión. Tras años sin ningún problema, se han reanudado las persecuciones contra los tártaros, la organización que les representa, Meljis, ha sido declarada terrorista y algunos de sus líderes han sido condenados. También pudimos ver que en una visita del presidente del Gobierno, Dmitri Medvédev, ante las quejas de los ciudadanos por el rumbo de la economía y las pensiones, les contestó: «No hay dinero».

Empezaría con una invitación. Si quiere conocer la situación de Crimea tendría que venir a verla y ver in situ cómo vive la gente. Ahora mismo, usted puede leer en medios internacionales algunas noticias que no se corresponden con la realidad. Con la unificación, Crimea tiene una política lingüística que respeta el ruso, el ucraniano y el tártaro crimeano. El Parlamento y los órganos administrativos de la península están compuestos por representantes de todas las nacionalidades. El año pasado han visitado Crimea más de cien delegaciones, hispanos, italianos… y todos dicen que no tiene nada que ver con lo que han leído. Hay mucha inversión para reconstruir la infraestructura de Crimea. Y las persecuciones pertenecen al terreno de la fantasía. Por motivos étnicos o políticos no las hay. Otra cosa es que sean casos de delincuencia común que se persiguen, pero como en todo el mundo.

En Ucrania se acusa a Rusia de una intervención militar encubierta. En la propia Rusia ha habido protestas por la llegada de cadáveres de soldados en «operaciones de entrenamiento cerca de Ucrania». Las madres de estos soldados han solicitado investigaciones, pero una nueva ley hacía punible divulgar este tipo de informaciones.

He leído no solamente esta, muchas acusaciones. Las regiones del este de Ucrania no aceptaron un golpe de Estado ni vivir con leyes impuestas. Estos días en Kiev ha habido demostraciones de fuerza con manifestaciones con antorchas y eslóganes nazis o neonazis. La gente de esas regiones no quiere vivir así. Es gente que no atacó a nadie, los ataques los empezó Kiev y les declararon terroristas. La operación se sigue llamando antiterrorista, de hecho.

Y es, simplemente, gente que no aceptó las imposiciones. La primera ley tras el Maidan fue prohibir la lengua rusa. Se aprobó una ley que impedía la educación en grados superiores en lenguas nativas. Esto no solo lo critica Rusia, es criticado por muchos países vecinos de Ucrania donde viven minorías que no podrían desarrollarse libremente. En aquel entonces, la mayoría de la gente conocía el ruso. Hay estadísticas que indican que se habla en un 90 % de los hogares ucranianos. Yo he visto a delegaciones ucranianas hablando ruso entre ellos y cambiando de idioma o callándose en cuanto me veían.

También molestó que se introdujeran nuevos ideales, que de la noche a la mañana los héroes de la nación no serían sus padres, que habían luchado contra los nazis, sino los Shujévich, que eran colaboracionistas de los nazis. Por eso hubo un rechazo generalizado en el este de Ucrania, donde la mayoría habla ruso e históricamente fueron solamente divisiones administrativas lo que lo separaba de Rusia. El caso concreto de Crimea fue por voluntarismo de Nikita Jrushchov, que cambió la frontera.

¿No lo hizo para compensar los desastres de las hambrunas ocasionadas por las colectivizaciones?

Lo escuché. Como dirigente ucraniano en los procesos del Gran Terror, puede que pensase liquidar parte de su responsabilidad de esa manera. No sé si será verídico o no.

Si Rusia no hubiese entrado en Siria, Asad habría caído en 2015. Es un tema ya muy hablado, la postura rusa es conocida, pero hablemos de lo que viene por delante. Al final de este año caduca la resolución que permite la asistencia humanitaria a través de Jordania y Turquía. Es clave para los rebeldes porque controlan estos territorios. Es una resolución del Consejo de Seguridad permitida por Rusia y que Naciones Unidas quiere renovar, pero puede que Rusia ya no esté de acuerdo. ¿Van a vetar la resolución? Eso supondría que la ayuda humanitaria solo podría entrar por Damasco. [Días después de la entrevista Rusia vetó la renovación de la resolución]

Nosotros prestamos mucha atención a la ayuda humanitaria. Desde hace varios meses, nuestro llamamiento a los países de la Unión Europea y la comunidad internacional ha sido que hay que ayudar a Siria, pero los europeos no responden. No quieren que la ayuda humanitaria entre por las zonas controladas por el Gobierno, pero es un Gobierno legítimo. Por eso intentan hacerlo a través de áreas controladas por los rebeldes y así no llega. Solo es garantía de que llega a los necesitados si entra a través del Gobierno en territorios reconquistados. Por el otro lado puede que no llegue o, lo que es peor, que caiga en manos de terroristas. Nuestra idea es que hay que hacer corredores humanitarios oficiales, pero todavía sigue el embargo contra el Gobierno de Siria, lo que tampoco ayuda a restablecer este país.

Las noticias sobre Rusia que más impacto causan en España son las relativas a la homosexualidad y la violencia de género. Recientemente ha causado mala impresión una ley aprobada en Rusia contra la propaganda homosexual y otra en la que a una mujer solo se la consideraba maltratada si se la ingresaba en el hospital .

Hace unos años, por una demanda fuerte de la sociedad, fue aprobada una ley que prohíbe la propaganda de relaciones sexuales no tradicionales entre los menores de edad. El Parlamento y la opinión pública estimaron que la mente del menor es muy susceptible cuando no está madura y no debe recibir una presión sobre educación sexual. Cuando una persona alcanza la mayoría de edad puede escoger. Pero cuando alguien tiene hijos, un padre no quiere que se presione a su niño sobre si algo es mejor o peor que aquello. Existe la Convención Internacional de Derechos del Niño que cumplimos. El niño tiene derecho a ser protegido hasta cierta edad. Nuestra sociedad considera que el niño tiene derecho a no ser presionado por una capa de la sociedad, sea cual sea esta. No entiendo por qué no está aceptado en España o en los demás países. Es fácil: usted llega a la mayoría de edad y elige lo que quiere.

Digamos que en España se considera, no de forma unánime, pero avanzamos, creo yo, hacia la consideración de que el despertar sexual se produce en la adolescencia, cuando uno es menor, y que lo importante es que exista información para que la sexualidad de ese adolescente, cualquiera que sea, no se convierta en un tabú, un motivo de vergüenza o algo que reprimir.

Pienso que hoy con el desarrollo de internet toda la información está al alcance. En la ley nosotros tratamos la información forzosa. Se trata de imponerle algo a una persona inmadura todavía. Pero, al margen de esto, creo que nuestra sociedad también tiene el derecho de tener valores. No puede ser que una sociedad tenga valores universales, que trate de imponérselos a los demás y, mientras, otra no pueda tenerlos y ejercerlos. Porque la diferencia es que nosotros no imponemos nuestros valores a la sociedad española o a la alemana. Defendemos los nuestros, pero no los exportamos. Por eso no nos parece bien cuando se plantean estas cuestiones al estilo de Trotski, cuando se trata de imponer algo a los demás países, como planteaba él con la exportación de la revolución.

¿Y sobre la violencia doméstica?

También hubo polémica en la sociedad rusa respecto a esta ley. Muchas veces la violencia doméstica se produce entre personas cercanas que tanto se aman como pelean. En Rusia puede ocurrir que una madre de tres hijos, por ejemplo, denuncie a su pareja, que la policía tenga que actuar, pero después, cuando ve que se va a la cárcel dos años con tres bocas que alimentar, sin trabajo, ¿qué hace? Va a la misma policía y dice que fue una pelea familiar por la resaca que tenía. Es una explicación simplista, pero hay hechos de este tipo. Por eso es mejor despenalizar con esta ley si no hay lesiones, que, ojo, no se refiere a lesiones graves.

Comentó usted que España y Rusia tenían unas relaciones excelentes, pero recientemente el diario El País se quejó de que en internet redes rusas apoyan el independentismo y un eurodiputado del PP, González Pons, dijo que el Gobierno español tenía pruebas del apoyo de Rusia a los separatistas.

Rusia, desde el principio, estuvo en contra de la declaración unilateral de independencia de Kosovo. En esto coincidimos con España y sabemos que nuestras posiciones están muy cerca de las de Madrid. Ahora veo que algunos separatistas catalanes utilizan Kosovo como ejemplo. En Kosovo, aunque tuvimos una gran presión de los países europeos, dijimos que era un precedente. Europa no, dijo que era un caso único. Ahora es evidente que se ve como un precedente, justo lo que nosotros habíamos dicho antes. Podría ser que los promotores de la independencia de Kosovo no calcularon, o calcularon muy bien, que su independencia podría resucitar los fantasmas de separatismos en Europa, donde muchas fronteras son, no frágiles, pero sí que hay zonas donde no se piensa igual que en el centro. Hay muchos ejemplos de este tipo.

Sobre la injerencia rusa, eso es algo que me sorprende. Si alguien trata de buscar los orígenes del nacionalismo catalán en Rusia tendrá que irse unos siglos más atrás en la historia y no va a encontrar nada, no había hackers del Gran Duque Iván III. Nosotros ya hemos contestado desde Moscú y desde esta embajada. El presidente Putin dijo que nosotros queremos ver una España próspera y unida, es un país amigo y un país con el que desarrollamos relaciones de respeto y entendimiento mutuo.

España figura en nuestro concepto de la política exterior como un país clave de la Unión Europea y del espacio europeo como partner de Rusia. Por eso he tenido que responder a través de la embajada con un chiste, una nota en la que comentamos una reunión del embajador con Sancho Panza en la que le digo que luchar contra esas acusaciones es como ponerle puertas al campo y le doy al escudero un consejo de Bulgákov: «Nunca lea los diarios antes de comer».

Por otro lado, existe un problema. Los orígenes pueden ser lingüísticos o históricos, y este problema necesita resolverse. Hay políticos muy responsables que tratan de abordarlo, pero hay otros que quieren despistarlos, dicen que el problema está en otra área. Mire, esos otros lo que están haciendo es desviar la atención del verdadero origen del problema. Esas personas tratan intencionadamente de perjudicar la vía de búsqueda de la solución del problema. Creo que es bastante peligroso.

Última pregunta…

Penúltima, como dicen en México [risas].

Cuando se hundió la Unión Soviética, Rusia tuvo una política exterior débil durante unos cuantos años. Se produjo, de hecho, la invasión de Irak y se criticó que el mundo estaba bajo una dominación hegemónica de Estados Unidos. Recuerdo analistas que echaban de menos un mundo multipolar, con más actores en condiciones de igualdad, para que hubiese mayor equilibrio. Sin embargo, usted ha comentado recientemente que el mundo multipolar es más impredecible y más peligroso. ¿Cuál sería la forma más estable de gobierno del mundo?

En primer término, el mundo multipolar no existía. En el siglo xx hubo un mundo bipolar. URSS y aliados, y Estados Unidos y aliados. Tras la desaparición de la URSS hubo un mundo unipolar y se trataba de introducir la idea de la victoria en la guerra fría con un solo ganador. Lo que serviría para que el mundo fuese dirigido para siempre por líderes occidentales. Pero este periodo fue muy corto.

Cuando empezó a crecer de nuevo Rusia, el ministro Primakov habló de que el mundo se desarrolla en diferentes vectores, al fin y al cabo, tendremos un mundo con grandes polos de influencia que interactúan entre sí, sean Estados Unidos, la UE, Japón, China, India, Rusia, por mencionar unos pocos. Este mundo será el que va a definir la composición e interactuación de los intereses, pero para llegar a ese mundo se necesita todavía bastante tiempo.

Mi impresión es que el nacimiento de ese mundo multipolar es bastante convulso. En lugar de la dominación histórica de Occidente, han llegado unas potencias que antes no eran tan influyentes. Ahora mismo la mayor potencia económica es China y hace treinta años no era así. India es unos de los líderes. Rusia ha vuelto. Por eso, el lado del mundo que se consideraba el único polo tiene que ceder poder. Y no quiere cederlo de forma voluntaria. No es un filántropo precisamente.

Por eso hay tantas crisis. En Oriente Medio, la invasión de Irak con fake news fue un error tremendo. Dijeron que había armas de destrucción masiva, no las encontraron, destruyeron el país, se creó el Estado Islámico… Luego, el mismo error se cometió en Libia. Ahora quieren reconstruir el país, pero mataron al líder que lo controlaba. Ahora han ido a Siria y, si no es por Rusia, que llegó por la petición del Gobierno de Damasco, hay que recordar esto, no hubieran podido revertir la situación. Al fin y al cabo, digan lo que digan, el Estado Islámico ha caído, casi el 96 % del país está liberado del terrorismo internacional, lo ha declarado recientemente el ministro ruso de Defensa y es una excelente noticia.

Para concluir, entre 1917 y 2017, ¿qué papel ha tenido Rusia en el mundo, su sexta parte en superficie?

Esta es la pregunta más difícil de todas. Nos llama la atención que en España haya tanto interés por esta fecha, 1917. Estamos yendo a muchas conferencias. Fueron diez días que, como escribió John Reed, estremecieron el mundo, pero en realidad no fueron diez, sino muchos más.

Ahora hemos vuelto como un Estado democrático. Reconocemos que el parlamentarismo ruso es muy joven, por eso hay tantas imperfecciones, pero seguimos adelante, tomamos ejemplo de Occidente, que tiene más experiencia, e introducimos nuestros propios valores derivados de nuestra cultura política y nuestra idiosincrasia.

Solo diría a los amigos españoles y europeos: vivir en un mundo común, como es Europa, es vivir con diálogo. Uno no puede adiestrar a su vecino con un látigo, eso es, en inglés, road to nowehere (‘camino a ninguna parte’). Un error. Sancionando a Rusia, la UE ha perdido cien mil millones de euros estos años. Es un dinero bastante importante que ha llevado a cierre de empresas, despidos, etcétera, y pudo ser invertido para el bienestar de nuestra Europa común.


Raqqa más allá de Raqqa

Fotografía: Ricard García Vilanova

Kobane quedó destruida en más de un 70 % en los combates contra el ISIS.

El sorpresivo avance sobre el Estado Islámico de una coalición interétnica respaldada por Washington en Siria deja a su paso el germen de un experimento político sin precedentes en Oriente Medio. Sus líneas fueron trazadas por un disidente kurdo en prisión desde 1999.

«Mohamed, ¿cuál es tu casa?».

El chaval señaló hacia el escombro sobre el que se alzaba otro edificio sin tripas. Un día vivió en el segundo piso. Había que imaginarse tres habitaciones, un baño y un hermoso balcón con rejas que albergaba un gallinero.

Mohamed, árabe de veintisiete años, nunca había empuñado un arma, pero sabía francés. Podía ayudar con la prensa por lo que, aquel día de agosto, convenció a sus mandos para que le dejaran acompañar a los periodistas. Una hora más tarde era escupido desde un vehículo blindado sobre el fantasma de lo que una vez fue su barrio. En otra vida Mohamed había sido profesor de instituto hasta que el EI cerró las escuelas de Raqqa y echó la persiana sobre las vidas de más de doscientas mil almas como la suya. Había abandonado la ciudad hacía dos meses tras pasar otros dos preso. Los yihadistas lo molieron a palos. Uno se podía acostumbrar a la falta de tabaco o de música; a la barba, a los dobladillos del pantalón cosidos a la altura de las pantorrillas e incluso a las ejecuciones públicas de asistencia obligada. Pero la tortura era otra cosa. Logró escapar, de noche, atravesando a nado uno de los canales que irrigan el Éufrates sobre este desierto. Luego se unió a las fuerzas que luchan por expulsar a los extraños de su ciudad.

Fue en la primavera de 2013 cuando una amalgama de grupos yihadistas se hizo con el control de Raqqa hasta que, en 2014, la ciudad se convirtió oficialmente en la capital del Califato en Siria. La única forma de poner fin a una pesadilla que duraba ya cuatro años parecía pasar por arrasarlo todo desde tierra y aire, como en Sirte o Mosul —las otras plazas fuertes de los yihadistas—. El paisaje lunar resultaba recurrente, pero los matices apuntaban a escenarios radicalmente distintos. Congelemos la imagen para distinguir a Mohamed —árabe, como ya hemos dicho— enrolado en las filas de una coalición multiétnica respaldada por Estados Unidos, pero que lideran kurdos afines a un movimiento incluido en la lista de organizaciones terroristas: el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, o PKK. Reducir el capítulo de Raqqa a la mera expulsión de los yihadistas de su bastión sirio es perderse la película entera.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender todo esto hay que remontarse un poco más atrás del año «cero» en la historia reciente de Oriente Medio. Fue en 2011 cuando se decidió resetear eso que se da en llamar «MENA» (acrónimo inglés para «Oriente Medio y Norte de África»).

Muchos recordarán aquella Siria en la que eran los turoperadores los que campaban a sus anchas entre Palmira y la ciudad vieja de Alepo. Seguramente también pervive en la memoria del turista de entonces aquel pintoresco detalle: efigies y retratos de Asad padre e hijo —la saga en el poder desde hace más de cinco décadas— alzándose en piedra o cartón en plazas, avenidas y azoteas, la misma que escrutaba con gesto adusto desde los parabrisas de los coches o salvapantallas de cibercafés donde, al igual que en cada comercio sirio, era obligatorio colgar su retrato de la pared.

Se maravillaba el turista, y con razón, de la libertad de la que gozaban las comunidades cristianas para profesar su culto. Cierto, Siria era un oasis en mitad del erial para la tolerancia religiosa que es Oriente Medio. Pero reivindicar una nacionalidad que no fuera la árabe era un desafío que se podía pagar muy caro. Los kurdos lo sabían bien, pero el mundo desconocía esa realidad por completo. Si un pueblo de cuarenta millones de individuos repartidos por el corazón de Oriente Medio apenas despertaba interés, ¿qué opciones tenían los miembros de esta comunidad en Siria, donde apenas sumaban tres millones?

Además, Damasco había hecho lo imposible para que nadie los viera. Se expulsó a miles de sus casas, e incluso se retiró la ciudadanía a decenas de miles. Kurdos que, como única identificación, contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. Por supuesto, no podían casarse, ni comprar una casa o tierras, ni tampoco dar su apellido a sus hijos. Se les llamó ajanib —‘extranjero’ en lengua árabe—, o maqtum, ‘nada’.

Aquella legión de parias crecía inexorablemente mientras el Gobierno recolocaba en sus tierras a árabes traídos de otras zonas de Siria. A diferencia de las aldeas kurdas, las de los colonos tenían escuelas y mezquitas; sus casas luz y teléfono, así como agua corriente canalizada desde pozos artesianos, o del Éufrates. Damasco también les dio armas para defender lo que tan fácilmente habían conseguido. Uno de los decálogos de dichas políticas de asimilación y exterminio escrito por un oficial de los servicios secretos esgrimía que los kurdos eran «un tumor cancerígeno en el cuerpo de la nación árabe» y que, por lo tanto, había que exterminarlos. Todo valía, y fueron concienzudos. Miles de jóvenes desaparecían en manos de un servicio secreto diseñado por la Stasicomo el de Sadam en Irak o Nasser en Egipto—. Solo volvían a aparecer aquellos cuyas familias conseguían dar con un funcionario corrupto al que sobornar con sumas que se contaban en miles de dólares.

Asimilar a los kurdos, «arabizarlos», pasaba por borrarlos de la faz de la tierra, y a sus topónimos del mapa: Serekaniye se convirtió en Ras al-Ayn; Kobane en Ayn al-Arab; Derik en Al Malikiya… Siria podía ser multiconfesional, cierto. Había cristianos, drusos, musulmanes e incluso ateos, pero todos eran «árabes» por decreto. Lo dice el nombre oficial del país: «República Árabe Siria».

En aquel escenario, la actividad política se desarrollaba en la más absoluta oscuridad. Activistas kurdos se jugaban la cárcel, e incluso la vida, enarbolando siglas de partidos clandestinos que tenían sus réplicas legales en el Kurdistán iraquí, o igualmente prohibidas en el turco. Dar con ellos pasaba por complejas negociaciones con contactos de contactos, y de ahí a concertar entrevistas en lugares cuya localización no llegábamos a conocer hasta llegar allí. Y a veces ni eso.

Salih Muslim era uno de los hombres más buscados por el aparato de Asad. En la primavera de 2008, aquel disidente nunca dormía más de dos noches en la misma casa. Ingeniero químico por la Universidad de Ankara, Muslim pasó diez años trabajando en Arabia Saudí antes de volver al país y meterse en política. Fue uno de los fundadores del clandestino PYD (Partido de la Unión Democrática en sus siglas en kurdo) en 2005, un gesto que le condenaría a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en Siria. Su apuesta para la solución del conflicto kurdo era la misma que la del PKK. Según Muslim, el PYD compartía la estrategia del maquis kurdo, un modelo que pasaba por cierto grado de autonomía para las zonas kurdas y el respeto de los derechos lingüísticos y culturales de su pueblo.

Durante aquella primera entrevista en una casa de Alepo que hoy ya no existe, Muslim habló de concentrar la lucha en Turquía: un golpe de timón en el país vecino, decía, provocaría un cambio de rumbo para la región en su conjunto. Poco podía imaginar entonces que, cuatro años más tarde, acabaría convirtiéndose en el líder de un movimiento que sacude hoy no solo los cimientos de Raqqa, sino los de todo Oriente Medio.

Salir a la superficie

—¿Cómo estás, Salih? ¿Todo bien?

—La misma situación, ya sabes. Todo bien, sí.

Cada llamada de control era prácticamente un calco de la anterior, y de la siguiente. Muslim no daba nunca detalles de su paradero por teléfono, pero su respuesta no dejaba de ser igualmente explícita durante los años que pasó antes de salir a la superficie definitivamente.

En 2011, y presionado por una coyuntura cada vez más hostil a sus intereses al calor de unas protestas que adelantaban lo que estaba por venir, Asad aflojó el puño sobre los kurdos del país. Fue aquella amnistía, tardía y forzada, la que posibilitó que disidentes como Muslim —que fuera ya elegido presidente del PYD en 2010— salieran de la clandestinidad, e incluso de las cárceles. Y lo que es más importante: a los maqtum y los ajanib se les devolvía su pasaporte tras décadas en el limbo. En el verano de 2012, los kurdos de Siria se hicieron oficialmente con el control de las zonas donde son mayoría, en el norte del país.

El Berlín de la guerra fría no sería muy diferente de aquello: zanjas alambradas y minas para separar dos ciudades, Nusaybin y Qamishli; la primera en Turquía y la segunda en Siria, pero a ambos lados de una misma calle, literalmente. Muslim se encontraba a unos centenares de metros, pero al otro lado de la valla. Hizo falta un rodeo de cuatrocientos kilómetros a través del Kurdistán iraquí para poder reunirnos de nuevo.

Bajo un ventilador que movía una batería de coche, Muslim explicaba que ellos, los kurdos, no se posicionaban ni con el régimen ni con la oposición. Fue entonces cuando escuchamos oír hablar por primera vez de la «tercera vía» en Siria, una propuesta que parecía arriesgada en un momento en el que nadie apostaba por la supervivencia de Asad. Se daba por hecho que, antes o después, el líder sirio acabaría cayendo como Mubarak en Egipto, Ben Ali en Túnez o Gadafi en Libia.

La prensa internacional, más concentrada en lo que sucedía en Alepo o en Homs, apenas reparó en aquel fenómeno que veía la luz en el noreste del país.

Resultaba difícil de explicar que la zona hubiera pasado a estar bajo control kurdo sin apenas mediar tiros mientras las principales capitales sirias se desintegraban en el fuego cruzado. La narrativa oficial, la del PYD de Muslim, era que Asad no quería abrir un nuevo frente con la principal minoría del país y que, básicamente, les dejó hacer. Se trataba de un pacto, tácito o explícito, que, como supimos después, pasaba por que la nueva Administración abortara todo conato de los kurdos de la zona de sumarse al Ejército Libre Sirio, la oposición mayoritariamente árabe.

Reunión entre líderes tribales árabes y representantes del Consejo Civil de Raqqa, el Gobierno interino de la ciudad sitiada, 2017.

Otro secreto a voces era que centenares de kurdos del PKK, la mayoría sirios, habían vuelto a casa desde su bastión de montaña iraquí para gestionar la seguridad. Se crearon las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG en sus siglas en kurdo), y fue gracias a ese paraguas militar, y el político del PYD, que los kurdos de Siria pusieron en marcha su proyecto. De la noche a la mañana se abrieron las oficinas de esos partidos políticos que habían permanecido en la clandestinidad durante décadas, así como centros de formación para mujeres en situación de marginación. Arrancaba el proceso de alfabetización en lengua kurda, vetada en la Siria de los Asad: las primeras clases, los primeros periódicos y hasta un canal de televisión.

Mientras el resto del país se sumía en una pesadilla de la que todavía sigue sin despertar, en el noreste se levantaba una sociedad civil y se apostaba por la autogestión de un territorio autónomo dividido en cantones a través del llamado «confederalismo democrático». No se desafía la territorialidad de Oriente Medio, pero se apuesta por una descentralización de los poderes monolíticos de la región hasta atomizarlos a niveles casi municipales.

Las líneas generales de este ideario que bebe del anarquismo en su versión más actualizada fueron trazadas en 2005 por Abdullah Öcalan. Hablamos el líder del PKK encarcelado en solitario en la isla-prisión de Imrali —en el estrecho del Bósforo— desde su arresto en 1999. Aunque se sigue acusando al movimiento de liberación kurdo de secesionismo, lo cierto es que el propio Öcalan descartó la idea de un Estado propio como solución a la cuestión kurda ya a principios de los noventa. La evolución de su ideario iría mucho más allá, virando del marxismo-leninismo clásico hacia el llamado «municipalismo libertario». Se dice que la correspondencia que Öcalan mantuvo desde la cárcel con Murray Bookchin, quien esbozara esa concepción de un Estado descentralizado, se encuentra detrás de ese giro ideológico.

El feminismo o el ecologismo son otros de los pilares de un pensamiento que sigue reivindicando los valores de Oriente en contraposición a lo que Öcalan llama «hegemonía ideológica eurocéntrica».

Catarsis

Fue en el norte de Siria donde se pasó de las palabras a los hechos. La respuesta más inmediata a este experimento político sin precedentes en la región no tardaría en manifestarse. Yihadistas llegados desde el espacio geográfico entre Marruecos y Pakistán cruzaban la frontera desde Turquía gracias al apoyo logístico de Ankara y a la indiferencia permisiva de Bruselas y Washington. Todo valía para tumbar a Asad; los kurdos que quedarían en las cunetas serían un daño colateral necesario, sobre todo para Turquía, que cuenta con la mitad de los kurdos del planeta en su territorio y contempla impotente cómo el plan diseñado por su preso más odiado toma cuerpo en su frontera sur.

Pero el mundo seguía mirando hacia otro lado, a lugares como Ginebra, donde se celebraban esas inútiles conversaciones de paz entre Damasco y una oposición siria cada vez más descabezada, pero a las que nunca se invitó a los kurdos.

Paradójicamente, fue el EI el que los puso definitivamente sobre la mesa. En su avance entre las fronteras de Irak y Siria, el monstruo llegó hasta Kobane, una localidad incrustada contra la frontera turca que se convirtió en el principal escaparate de un pueblo condenado al ostracismo hasta entonces. La prensa generalista nos abría los ojos hacia la realidad de aquellas «guapísimas» combatientes kurdas, a pesar de que eran las mismas que llevaban luchando desde hacía más de treinta años en las filas del PKK.

Kobane se convirtió en una catarsis mediática a nivel planetario; el mundo ponía rostro a sus héroes y heroínas en la lucha contra el mal. Hipérboles a un lado, fue entonces cuando el suflé islamista empezó a desinflarse. Un año más tarde, en octubre de 2015, se crearon las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF, en sus siglas en inglés), el combinado militar que dirige hoy la operación sobre Raqqa. La matriz de dicha estructura eran, y son, las YPG kurdas, pero había que crear unas siglas nuevas con las que árabes, turcomanos, siriacos, armenios e incluso chechenos, sirios todos, pudieran sentirse identificados.

Ha sido esa cintura política demostrada por los kurdos una de sus bazas. Hablaron con Asad para proteger sus zonas al comienzo de la guerra, pero también mantuvieron alianzas puntuales con elementos del Ejército Libre Sirio. Fueron capaces de coordinarse en la batalla de Alepo con las fuerzas de Damasco a la vez que se enfrentaban al régimen en Qamishli o Hasaka, ciudades norteñas en las que el Gobierno sigue teniendo presencia.

En la arena internacional fueron igualmente diestros, como demuestran las delegaciones del PYD en Europa, que incluyen una en Moscú, y las alianzas con Washington, a día de hoy su principal aliado en la lucha contra el EI.

Y así llegamos hasta el barrio de Mohamed, ese profesor de francés que buscaba su casa en la ciudad vieja de Raqqa.

Hablando de la revolución

La campaña contra el Estado Islámico en el noreste de Siria es hoy una eficaz maquinaria sostenida por un contingente de unos cincuenta mil combatientes sobre el terreno, y que cuenta con apoyo logístico en forma de suministros y ataques aéreos de firma estadounidense. A los americanos solo se les ve camino de sus bases protegidas con «hescos», esos cestos de alambre con forro de molesquina que las tropas internacionales utilizaron en Afganistán o Irak. Desde allí hacen volar los drones, o los helicópteros Apache que rompen el suelo bajo el cielo estrellado de Raqqa cada noche. Es entonces cuando se intensifica la ofensiva desde el aire.

Amnistía Internacional ha criticado recientemente la campaña de fuego aéreo y de artillería de Estados Unidos, subrayando que Raqqa se ha convertido en un «laberinto mortal» para los civiles aún atrapados en la ciudad. Según estimaciones de Naciones Unidas, hay aproximadamente veinticinco mil civiles atrapados en Raqqa, muchos de los cuales son usados como «escudos humanos» por los yihadistas.

«Es una cuestión de puro azar, porque nunca sabes dónde va a caer la siguiente bomba», aseguraba Amina, una residente que pudo escapar cuando los yihadistas que la retenían abandonaron precipitadamente su posición.

Los americanos no pisan el frente; para eso están los locales, así como la legión de combatientes internacionales en las filas del SDF: desde bolivianos hasta chinos y japoneses, pasando por escandinavos, griegos e incluso gallegos.

Para Christian, un californiano «empotrado» con los cristianos siriacos en Raqqa, constituye una nueva oportunidad de combatir «por una causa justa», aunque su pasado reciente habla de motivaciones que van más allá de la mera filantropía. A sus veintiséis años, este exveterano de la guerra de Irak dejó los Marines para unirse a la Legión Extranjera, de la que acabaría desertando para llegar a Siria.

«No me movilizaron nunca y yo no puedo estar parado», dice el chaval, de cuerpo completamente tatuado, desde su posición de francotirador en el frente oeste de Raqqa. Christian comparte batallón con Macer Gifford y, probablemente, poco más. Macer —es nombre falso como el de Christian— se presenta a sí mismo como un «internacionalista», pero sin olvidar que era un bróker más en la City de Londres cuando decidió dejarlo todo para venir hasta aquí, a finales de 2014. Por el momento, apenas chapurrea algo de kurdo, no habla árabe, y mucho menos el arameo siriaco de sus anfitriones.

«Es lamentable cómo hemos despreciado en Occidente a los pueblos de Oriente Medio», lamenta el voluntario británico durante la que, dice, es su «primera conversación real» en semanas. «Todavía sigo escuchando aquello de “esta gente necesita un gobernante fuerte para mantenerlos bajo control; no saben gobernarse a sí mismos, no entienden qué es la democracia”… Hoy resulta que son los kurdos los que nos están dando una lección a todos con un modelo democrático propio que echa raíces en una región que ha sido un desierto político; un lugar donde dictadores, o reyes, se han sucedido en el poder durante décadas».

El inglés habla de una revolución «con todas las letras» y dice soñar con ver cómo se extiende por toda Siria, y luego al resto de Oriente Medio. Entre tanto, apunta, pasará por casa para dar conferencias y participar en campañas de sensibilización. Pero no será fácil. Tras el arresto seguro en el Kurdistán iraquí, Gifford puede tener problemas con las autoridades británicas.

El pasado agosto, un informe publicado por la Henry Jackson Society —un think tank británico de ideología conservadora— señalaba que voluntarios como Gifford pueden suponer un problema de seguridad doméstica a su vuelta a casa. Dicho informe apunta a supuestos vínculos entre el PKK —organización listada como «terrorista»— y las YPG, cuyas filas engrosan los voluntarios extranjeros. Entre otras recomendaciones, la Henry Jackson Society hablaba de la necesidad de valorar si dichos combatientes precisaban de la atención del Estado, fuera a través del sistema judicial o de los servicios sociales. Hay controversia.

Mujeres kurdas toman parte en los enfrentamientos contra el Estado Islámico en Sinjar, 2017.

«Nosotros vinimos aquí a ayudar a los kurdos, los árabes y el resto de las comunidades a luchar contra el Estado Islámico; vinimos a compartir experiencias y aprender los unos de los otros», se defiende la también inglesa Kimmie Taylor desde el centro de prensa del frente oeste de Raqqa. A sus veintisiete años, esta licenciada en Matemáticas por la Universidad de Liverpool es la primera británica en las filas del YPJ, el contingente kurdo formado exclusivamente por mujeres.

Tanto Taylor como Gifford son conscientes de que su principal aportación no pasa tanto por su destreza en el combate como por su capacidad de elaborar un discurso que recabe apoyos en el plano internacional. Sea como fuere, numerosos analistas y expertos coinciden en la relevancia de lo que hoy sucede en el noreste de Siria. Manuel Martorell, periodista e investigador, así como una de las mayores autoridades sobre Oriente Medio en el Estado español, habla de «un momento de enorme trascendencia histórica».

«Se está poniendo sobre la mesa que en Oriente Medio son posibles sistemas democráticos basados en el respeto a las diferencias culturales, religiosas y a los derechos de la mujer, y que no es cierto que en esta región las únicas alternativas fueran las dictaduras o los movimientos islamistas, como hasta ahora generalmente se pensaba», subraya el experto navarro.

Martorell suscribe la tesis de que nos encontramos ante una «verdadera revolución», añadiendo que dicho modelo político-social es ya una «referencia que puede revolucionar las sociedades musulmanas, al menos en esta castigada región de Oriente Medio». Desgraciadamente, añade, ha tenido que estallar una cruel guerra, quedar destruidos los Estados de Siria e Irak y emerger la grave amenaza del Dáesh para que se haya revalorizado esa concepción plural y diversa.

El «arquitecto»

Por el momento, son los árabes de Raqqa, a petición propia, los que engrosan la primera línea de combate frente al EI. Se trata de un gesto simbólico pero muy político, que pasa por reconocer el derecho de los azotados por el Dáesh no solo a liberar su ciudad, sino también a gobernarla una vez expulsado el invasor. El Consejo Civil de Raqqa, una suerte de Gobierno interino de la provincia, se concentra en la pequeña localidad de Ayn Issa, a cincuenta kilómetros al norte de la ciudad. Está formado por doscientos notables de la zona, la mayoría de ellos árabes, como el jeque Amir Mohamed Habur. Los kurdos, insiste Habur, los liberaron del yugo islamista, y hoy este representante de uno de los clanes más numerosos al norte del Éufrates no contempla un futuro que no pase por una Siria federal.

«Cualquier otro sistema fallará, y esta es la única alternativa a Dáesh y a Asad», matiza el jeque.

Las palabras de Habur sobre una Siria federal caen como un jarro de agua fría para otros miembros del consejo.

«Siria es una, y nadie tiene derecho a romperla», interviene el jeque Hasán al-Mandi, otro miembro del consejo. Alguien le replica que Alemania y Estados Unidos siguen siendo países «solventes» a pesar de ser Estados federales.

El jeque Bashir Faysal al-Hueidi no pertenece al consejo, pero tampoco lo necesita para ganarse el respeto de los presentes. No solo es el líder de los Bushaba, otra respetable familia de miles de miembros a esta orilla del Éufrates, sino que se jacta de haber rechazado una petición de entrevista del mismísimo Brett McGurk —el enviado estadounidense para la Coalición contra el EI—. Aun así, se ofrece generoso a posar para una exclusiva foto que, dice, nadie tiene.

Según al-Hueidi, el Consejo de Raqqa nunca habría sido posible de no ser por Omar Alush, el kurdo sentado justo a su lado.

Alush ha dedicado su vida a la causa kurda y a la pura filantropía. Fue uno de los fundadores del PYD en 2005, pero también uno de los impulsores de un hospital en su Kobane natal del que se beneficiaron muchos residentes hasta que fue destruido durante el asedio de 2014. Alush, de sesenta años, bromea pretendiendo ser el «Lavrov» —ministro de Exteriores ruso— del Consejo de Raqqa, pero lo cierto es que su papel pasa por ser el auténtico «arquitecto» de lo que se está gestando aquí. Desde su Kobane natal ha ido cambiando de residencia a las zonas árabes limítrofes que eran liberadas del yugo islamista. Estuvo en Manbiy y hoy reside en Tal Abyad, en una casa que comparte tabique con los restos de otra reventada por una bomba de la Coalición. Ahora le toca gestionar Raqqa, donde fijará su residencia cuando se expulse definitivamente al EI.

«Podemos elegir entre vivir juntos o seguir matándonos entre nosotros», esgrime Alush, reduciendo un elaborado discurso a la mínima expresión.

Sin embargo, se acumulan las preguntas sobre el futuro del proyecto a corto plazo. ¿Hasta qué punto depende su supervivencia de la presencia americana en la región? ¿Se prevé una zona de exclusión aérea, como la que posibilitó la existencia, en el norte de Irak, de lo más parecido a un Estado que han tenido los kurdos? ¿Qué hará Asad? ¿Y Turquía?

Alush arquea las cejas y reconoce que ni siquiera se atreve a elucubrar sobre los siguientes renglones de esa historia que él mismo está ayudando a escribir. Ante el devenir más inescrutable, el kurdo zanja la cuestión con otra frase hecha:

«El futuro es ahora».

Una mujer cose en un campo de refugiados a las afuera de Kobani, 2017.


Mónica G. Prieto: «Somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone»

Mónica G. Prieto es periodista de internacional. Ha trabajado con base en Roma, Moscú, Jerusalén, Beirut y Bangkok. Entre 2000 y 2005 estuvo en la redacción de El Mundo y era enviada especial a conflictos. El resto de su carrera ha sido freelance. Ha cubierto montones de guerras. Ahora ha parado porque sus hijos se lo han pedido, pero no descarta volver cuando pueda convencerles. Si alguien cree que el periodismo es cinismo y cariños con el poder, una charla con Prieto confirma al menos que hay excepciones. Lleva más de veinte años de carrera y sigue convencida de que el periodismo puede cambiar el mundo y que su papel es ayudar a montar sociedades mejores. Habla con una vehemencia celestial. Su bio de Twitter solo dice freelance journalist. Acaba de ganar el Cirilo Rodríguez, que premia a los mejores periodistas internacionales. Ha publicado en 2017, junto a Javier Espinosa, La semilla del odio. De la invasión de Irak al surgimiento del ISIS.

¿Querías ser periodista de conflictos de joven?

Sí. Tenía muy claro que iba a ser periodista internacional. Los conflictos eran un poco accesorios. A mí lo que me interesaba era asistir a la historia. Sacaba buena nota en Historia porque era muy estudiosa y me gustaba mucho.

¿En el instituto?

Sí. Me fascinaba leer de la Revolución francesa y me imaginaba cómo sería ver aquello, vivirlo. Estar en la Revolución rusa contra los zares. Era la única profesión que me permitía encauzar eso a un plano más práctico: no me gusta la faceta más académica, me gusta la acción. Otras corrientes que me atraían eran la antropología y la psicología: cómo se comportan los individuos bajo situaciones extremas. El periodismo internacional me permitía enlazar todos esos intereses.  

La primera vez que lo probaste fue en los veranos de la universidad.

Fue en el segundo año de la universidad. Me salió la oportunidad de trabajar en Canal+ en primero de carrera. Era muy jovencita, pero era un momento periodístico en España en que las cosas funcionaban de otra manera. Buscaban un equipo de cuatro o cinco personas, yo encajaba en el equipo, me hicieron varias entrevistas y me contrataron. Esto me permitía tener autonomía para mantenerme y para pagar una cobertura. Ahí decido que quiero ponerme a prueba a ver si valgo. Era muy consciente de que tenía que aclararlo antes de meterme en una situación demasiado grave. Me busqué un conflicto de baja intensidad, que fuera en castellano, porque mi punto débil eran los idiomas, y me fui a Chiapas un mes y pico.

¿En 1995?

Sí. Estuve en la Selva Lacandona buscando, evidentemente, al líder zapatista, al subcomandante Marcos. Viví las primeras situaciones de tensión. De pronto, en un checkpoint de carretera sin luz, aparecen cinco o seis soldados sudorosos y asustados preguntando quién anda ahí, pensando que podía ser una emboscada de los zapatistas, pero era una loca española de veinte años dando la brasa.

¿Ibas sola?

Iba con una colega, una compañera que decidió probar y que vio rápido que esto no era lo suyo después de intoxicarnos varias veces.

¿Dónde fue la siguiente cobertura?

Ya me fui a Italia.

¿Fuiste a Roma recién licenciada?

No, no, compaginaba la carrera. De hecho, tuve que hacer los dos últimos años juntos porque no tenía manera de acabar. Estuve seis meses en Roma. Trabajaba para Onda Cero y El Mundo.

¿El Mundo no tenía a nadie allí?

Tenían una persona que era mi compañero sentimental en aquel entonces y terminó siendo mi marido. Por las circunstancias me fui a vivir allí y estuve trabajando para Onda Cero como corresponsal. Luego le destinaron a Rusia y me fui con él. En aquel momento resultaba bastante fácil entrar en internacional. Había demanda y no había suficiente personal. En Moscú empecé a trabajar con Europa Press además de con Onda Cero, El Mundo y CBS Noticias. Con cada uno firmaba de una manera para que no hubiera un problema de exclusividad supuesta. De ahí que me quedara con Mónica G. Prieto, que era como firmaba para El Mundo. Mónica García era para Europa Press; Mónica Prieto, para otro.

¿Qué sacrificios comporta el periodismo internacional?

Muchos, pero todos asumibles. Pasas a ser lo contrario de una persona normal. Yo falté a la boda de mi hermano. No lo olvidará nunca y yo tampoco. Coincidieron varias cosas en las mismas fechas. Pero sobre todo es que empiezan a invadir Chechenia y el presidente de la República, que era un señor de la guerra, nos invitó a un reducidísimo grupo de periodistas a ir al palacio presidencial. A ver, yo quiero muchísimo a mi hermano, pero ¡me había invitado el presidente! Sacrificas muchas cosas, sacrificas la humanidad, te conviertes en un agente externo, un poco en un marciano. Llegas a Madrid y tus prioridades son diferentes. No entiendo la inquietud que puedan generar algunas cuestiones.

¿Cuáles?

Cada año que llegas ves que España es diferente. Hay un nivel de preocupaciones banales mucho más alto y una serie de valores que se han perdido. De pequeña, recuerdo que se defendía en España la humildad, la honestidad, el trabajo bien hecho, el antisensacionalismo. Que la gente fuera contenida en los sentimientos, ser estoico. Ahora cualquiera sale en la televisión por lo que sea.

Los conflictos ponen a la gente en situaciones extremas. ¿Has aprendido algo de cómo somos?

Sí. Lo de los seres humanos es terrorífico: somos primarios, somos primitivos. Somos neandertales con smartphone. Da un poco de pavor.

Estamos en el siglo XXI, pero somos animales.

Mucha ropa, mucho diseño, pero el contenido sigue siendo el mismo de hace dos mil años. El ser humano en condiciones extremas se comporta de manera extrema. El bien y el mal pasan a ser extremos. Por afán de venganza o por la impunidad, por el hecho de saber que nadie va a responder por crímenes, porque hay otros crímenes y nadie está respondiendo por esos crímenes. El ser humano se enajena en situaciones de conflicto. Pero, cuidado, que también te encuentras lo contrario. Eso es lo que te salva. Una de las cosas más importantes en el reporterismo bélico es que no te vuelves a casa con la sensación de desesperanza absoluta porque siempre hay alguien que te salva en la guerra. Siempre hay un personaje, un activista, un médico, un voluntario, un individuo que dices: por él confío en la raza humana.

Pero te encuentras a uno por conflicto.

Ese es el problema, que la proporción es miserable. Por mil malos te encuentras al bueno. Y, por lo general, el bueno entiende a los malos, convive con los malos y casi les justifica. Lo más duro de constatar es que se cometen los mismos crímenes que se cometían hace dos mil o tres mil años. La manera de matar suele ser la misma, como las decapitaciones del EI. No hay nada nuevo.

Has dicho: «Europa fue Siria hace sesenta años y volverá a serlo».

Por supuesto. La historia es cíclica. Todos los países pasamos por guerras civiles, guerras mundiales, problemas regionales. A mí me fascina en el fondo interpretar cómo es posible que los seres humanos, setenta años después —con muertos en las cunetas y con aún algunos supervivientes de la Guerra Civil—, estemos con ese discurso guerracivilista en los periódicos, o que se permita que individuos en televisión asuman el discurso guerracivilista con el tema de Cataluña o el que sea. Deberíamos ser mucho más cautos, más moderados. Y no ocurre, y me fascina. En el caso de los refugiados es aún más sangrante. Los españoles huían a Francia y les echaron a patadas. Nos hemos comprometido con la ley en convenciones internacionales a proteger a una serie de gente que huye por su vida. ¿Cómo podemos violar así nuestras propias convenciones internacionales? Es constatar el doble rasero: cuando a Occidente le conviene, aplica sus leyes, cuando no le conviene, deja de aplicarlas. Ese doble rasero justifica el EI. Nos ponemos a su nivel. Y si nos rebajamos a ese nivel, estamos en la jungla.

Cuando vas a un conflicto por primera vez, ¿crees que eres inmortal?

Total. Dejé de creerme inmortal hace cuatro telediarios. Y yo he tenido una muerte cercana no, lo siguiente, en este oficio. No es que lo viera, es que lo tuve aquí. Mi primer marido, Julio Fuentes, reportero de El Mundo, murió en Afganistán en 2001. Aun así, saber que puedes morir ni te lo planteas. Existe esa sensación de invulnerabilidad que es ficticia. También es cierto que si te creyeras vulnerable sería mucho más difícil hacer tu trabajo. No voy a decir que sea una coraza, pero sí que creo que es un sistema de autodefensa. ¿Por qué sigo animándome a ir? Porque tengo técnicas para comportarme en zonas de conflicto, porque ya tengo experiencia, porque ya controlo, porque ya no me voy a exponer tanto. Pero todo da lo mismo, siempre está el caso que te rompe los esquemas, del colega que está en una ofensiva de cuarenta días y, cuando ya no cae ni una bomba, justo le estalla una mina y muere. Eso pasa continuamente. No creo que por el hecho de acudir más tengas más papeletas. En nuestro caso hemos terminado siendo más conscientes por el hecho de tener hijos. A mí mis hijos me pidieron que dejara de ir a conflictos y eso es ya muy grave. Si le prometo a mi hijo que no voy a un conflicto, pues lo voy a cumplir, aunque me dé mucha rabia, pero por el momento voy a cumplir. Quizá cuando tenga dieciocho años igual se le pasa y puedo volver.

¿Has buscado tratamiento después de alguna cobertura?

Busqué tratamiento después de la guerra de Irak, tras la muerte de Julio Anguita y la de José Couso. La muerte de Couso es muy cercana, porque muere en el Hotel Palestina en Bagdad y está muy cercana en el tiempo a la de Julio Fuentes. Busqué asistencia, nunca lo había hecho, pero llegué con una sobredosis de vivencias. Fueron tres meses de cobertura de Irak, un mes y medio bajo la dictadura, un mes de bombardeos y quince días luego, y llegaba con mucha tensión. Llegó un momento en que decidí hablar con un psiquiatra. Fundamentalmente para evaluar. Pero no hubo necesidad de más.

¿Qué conocimientos tienen los directores o redactores jefe que te han mandado a hacer coberturas de política internacional?

Depende del responsable. He tenido editores, directores de medios, con un instinto periodístico brutal. Daba lo mismo que estuvieran metidos o no en la política internacional, sabían definir lo que era un tema y sabían entender lo que era un tema, un buen tema, si tú lo explicabas, y sabían ver las prioridades y entender que una cobertura es mucho más que llegar con una historia: es buscar la historia que representa todo lo que estás intentando explicar y que puede transmitir toda la realidad. En cuanto al redactor jefe, he tenido de todo, pero evidentemente el mal redactor jefe es el que te pide que copies directamente.

¿Lo que ve en la prensa extranjera?

Claro. El que te dice: «He visto esto, háztelo tú». «No, no, tío, cómpraselo al Guardian y tradúcelo, yo no te lo voy hacer porque no hay fuentes. Tendría que irme a buscar esas fuentes». O, lo que es peor, una escena típica. Recuerdo que una vez estaba en Kut, una ciudad iraquí ocupada por tropas japonesas. Llega un momento en que se sublevan los chiíes y los suníes al mismo tiempo. Toman al asalto el cuartel general de los japoneses. Era la única periodista extranjera que estaba ese día allí. Entrevisté a todo el mundo. Los tanques americanos llegaron para el asalto. Los helicópteros. Era una película. Era visualmente brutal. Yo estaba sola porque había varias crisis simultáneas, y todo el mundo estaba en Faluya, pero yo tenía Kut. Llamé a la redacción y la responsable en ese momento me dijo: «Queremos que nos mandes una historia del convoy humanitario que va a salir de Bagdad a Faluya. Acabamos de escucharla en Radio Nacional y nos ha encantado». Yo le dije que tenía otra historia y que la suya no la había hecho.

¿Pero ella sabía que estabas en Kut?

Por supuesto. Recuerdo que la conversación acabó en grave discusión y me dijo: «Pues si estás en Kut, te vuelves a Bagdad y te vas a Faluya». Que está en la otra punta. Eso fue lo que hice y me comí la historia de Kut que ya había terminado, no recuerdo si acabé por publicarla. Yo nunca vendo el pescado antes de haberlo pescado. Llamo cuando ya tengo la historia acabada.

¿Y eso te ha pasado muchas veces?

Muchísimas. Tuve una más grave. Primer cerco de Faluya. Había intentado entrar muchas veces en Faluya: con jefes de la insurgencia, con grupos armados, pasando por ríos, nadando, campos de minas. Era terriblemente complicado. No había manera de entrar. Un mes después, cuando ya habían muerto mil quinientas personas, cuando el cerco estaba a punto de caer, volvimos a Faluya. Llegamos a las puertas de la ciudad y en el checkpoint nos sentamos allí a fumar. De pronto, te juro que fue surrealismo, a mí no me ha pasado en toda mi carrera, en veintitantos años de carrera, algo como esta escena, de repente veo que llega una especie de vehículo militar iraquí, un tipo vestido de general de Sadam Husein con el aguilucho baasista y con todas las insignias de general. ¡Los americanos se cuadran y le invitan a pasar! Mi traductor se queda desencajado, me dice que ese es el general tal, que se supone que estaba en la lista negra, y que cómo ha llegado hasta aquí. Los americanos no conseguían doblegar Faluya y la única manera que encontraron fue traer a un general de Sadam. Con mi traductor, empezamos a preguntarle. Nos acercamos y el tío encantado, ufanísimo con su uniforme del antiguo régimen. Lo que pasaba es que los americanos no conseguían doblegar Faluya, así que llamaron a un antiguo general del ejército de Irak, que se llevó a sus hombres de Faluya, para que entrara y negociara con los insurgentes un armisticio. Así se saldó la primera batalla en Faluya. No solo entrevistamos a aquel general, sino que conseguimos entrar. Fue una jornada maravillosa, de esas en las que termino comiendo con un grupo de wahabíes apoyada en un misil tierra-aire. La conversación era como de coña: «Tenemos unos cuantos de esos en casa y, oye, tú no serás espía, ¿verdad?». Cuando salgo de Faluya, con la excitación de tener la historia de mi vida, llamo al periódico. Todo lo que tenía era visual: jardines con tumbas abiertas, el campo de fútbol siendo excavado y llegando cadáveres cada dos segundos. El jefe de internacional me dijo: «Mónica, ya antes de que empieces a hablar, no tengo sitio. Ni hoy ni mañana, porque tengo una cumbre de no sé qué y no tienes sitio». Y yo: «Somos el primer medio extranjero que entra en Faluya. Para cuando lo des ya estará todo el mundo. Ya no es exclusivo».

Y no lo dieron.

Lo dieron dos o tres días después.

Por la cumbre.

Quizá si hubiera sido otro momento… Había cierto cansancio ya. Era 2004. Se comenzaba a entender menos. Ese cerco de Faluya fue cuando entra Abu Musab al Zarqaui, jefe de Al Qaeda, y empezó a haber confusión de términos. Aquellos tipos con los que hablé trabajaban para él y se plantearon la posibilidad de secuestrarme. Lo sopesaron y el que me estaba protegiendo dijo que no. Luego mi equipo me lo traducía. Había una serie de confusiones, demasiados factores que hacían que se atendiera menos al detalle. El factor de terrorismo desconcertaba a la opinión pública española.

Con tanto viaje, ¿cómo era la vida en la redacción?

Mi trabajo cuando estaba en la redacción era estar en la redacción. ¡Y me ponían a hacer breves! Como castigo por viajar tanto.

¿Te castigaban?

Porque el jefe que tenía era un tipo fundamentalmente fascista, machista.

Pero ¿era porque alguien que hacía algo guay luego tenía que sufrir, para que no se creyera una estrellita?

Era algo de eso. Se da en algunos individuos. Esta persona había sido corresponsal en el extranjero y tuvo un destino donde no destacó por su valor. Se sentía doblemente cuestionado por una chica diez años más joven que él que hiciera un trabajo en el que él nunca destacó. Me solía humillar bastante.

¿Por mujer? Has dicho que ser mujer ha tenido ventajas y desventajas sobre el terreno y en la redacción.

Yo nunca me he visto como una periodista o un periodista. Soy una profesional y punto pelota. No tengo ni idea de cómo definirme y además sobre el terreno me suelen tratar como una profesional, no como una mujer profesional, y yo me comporto como una profesional, no como una mujer. Tengo el mismo aguante que ellos. Todos trabajamos igual, midas 1,80 m o 1,50 m, tengas pecho o no. Pero cuando llegas a la redacción sí que noto que la sociedad española —que no creo que sea problema de España, creo que es un problema de la sociedad a secas—, la sociedad no lo admite, las mujeres no somos iguales que los hombres. Yo he oído: «Que se ponga a editar breves, no vaya a ser que se lo crea, que se le suba a la cabeza». No tengo ningún problema con hacerlos, pero a los hombres reporteros no les pasaba. A mí me molestaba el tono, ese tono paternalista del «qué se ha creído esta». A ver, que yo no me creo nada, no voy a demostrar nada, voy a hacer mi trabajo, y vuelvo y hago lo mismo. Lo que no voy a hacer es copiarte algo del Guardian. Te lo traduzco y te lo firmo como Guardian.

¿Estabas en un oficio muy masculino?

En aquel entonces fui la primera mujer reportera internacional de El Mundo. No lo había analizado nunca hasta ahora, pero es así. Cuando yo llego al periódico, y me temo que no ha cambiado nada, había unos usos machistas que representan a una sociedad, no solo el mundo de periodistas. Entiendo que El Mundo es un periódico nacional dirigido por una élite intelectual, que se han formado durante muchos años con décadas de experiencia y tienen estos micromachismos tan incorporados que llevan a estos comentarios. En El Mundo había dos jefes varones en internacional que dirigían un equipo solo de mujeres. En una época de mucho trabajo nos pusieron un refuerzo. Nos mandaron un becario de la sección de cultura. El tipo era el antimilitarista clásico. Un día llegó un directivo. Era 2001, y yo ya había cubierto Macedonia, Cáucaso norte, Chechenia, en suma, conflictos. Estábamos todas ahí editando y pregunta qué llevábamos: había un tema sobre la capacidad militar de los talibanes. Cuando se lo contamos, dijo: «Bueno, esto que lo haga el becario, que por lo menos ha hecho la mili». Entonces alcé la voz de forma exagerada para preguntarle a una compañera situada al otro extremo de la mesa algo así como: «¿Oye, un general es más o menos que un coronel? Es que como no he hecho la mili, no creo que pueda editar esta crónica». Ella respondió: «Pues no lo sé, yo ando atascada en la diferencia entre división y unidad, porque como no he hecho la mili…». Cuando se sumó una tercera voz femenina declarándose incapaz de editar y acumulando trabajo a un becario espantado, el directivo se fue echando pestes. Luego vino a matizar aquello: «No os pongáis así, no quería decir eso». Seguramente no quería decirlo, el problema es que está todo tan interiorizado… Cuando yo vuelvo de un conflicto, estoy muy morena, pero cuando vuelve un tío: «Joder, qué cojones tienes». Era el comentario recurrente: «¡Qué guapa estás, incluso más delgada!». «Sí, porque he pillado una neumonía, pero no te preocupes». Eso me ha pasado, literalmente.

Haciendo este trabajo como mujer en lugares en conflicto, parece más normal preguntarte por lo que te pase en Bagdad o en Nasiriya.

Sin embargo, me costaba mucho más esto. Porque lo otro me lo esperaba, y me encontraba de hecho la sorpresa de hallar mucha más tolerancia. También fue otro momento, porque Oriente Próximo ha cambiado mucho. El Irak de Sadam Husein no tiene nada que ver, religiosamente no tenía nada que ver. Era el Irak laico. La tolerancia era brutal. Yo iba por Bagdad en vaquero y con una camiseta. Me sentía aceptada. Empecé a cubrirme porque algunos integristas me lo pedían. Me chocaba más lo que ocurría aquí, que una mujer volvía de cubrir un conflicto y no se la trataba como a un hombre. A mí me choca mucho el machismo. Me sorprendía aquello: «Te llamo de tal revista por si puedes hacer un reportaje sobre fotógrafas de guerra mujeres». ¿Por qué es noticia? Desde que hay guerras, hay fotógrafas de guerra mujeres.

Cuando te dieron el premio José Manuel Porquet en 2011 te dijeron que eras la primera mujer que lo recibía, y dijiste: «Estoy sorprendida de ser la única mujer».

Lo último que he hecho ha sido Pionyang. El régimen nos invitó al desfile en honor de los cien años del fundador de Corea del Norte, y fácilmente el sesenta por ciento de las reporteras que estábamos allí éramos mujeres. No te digo ya reporteras, sino las cámaras, las que cargaban con el equipo, las lentes. La mayor parte de fotógrafas y camarógrafas eran mujeres: coreanas, japonesas, norteamericanas, chinas. Éramos mayoría. De hecho, me sorprendió que en imagen éramos la mayoría mujeres. Eso no debería sorprenderme.

¿Y sigue así?

Hace unas semanas vine a España a recoger el premio Cirilo y, en un momento dado, antes del fallo, un colega me soltó el comentario: «Tú ponte guapa y relájate». ¡Y le conozco bien! Pero ¿de qué cueva acabas de salir? Está incorporado, es muy difícil.

Fuera de conflictos claros, habrá habido también debates con tus editores sobre qué lugares escoger para cubrir. Si ir al país A, al B o quedarte en casa. ¿Cómo se elegían los destinos?

África era imposible. África no interesaba, me lo dijo la dirección: los negros no interesan, olvídate de los negros porque no interesan. «Es que están muriendo miles». «No nos interesa». «Es que es agosto y no tenéis nada con lo que abrir el periódico». «No nos interesa». «Es que hay cientos de miles de refugiados». «No nos interesa». Ahí fue cuando empecé a replantearme las cosas.

Encaja en esa leyenda del periodismo: interesa mucho un accidente si mueren un español, diez franceses, cien noruegos y mil chinos.

Claro, y serían diez mil árabes y cien mil africanos.

¿Esto es verdad?

Por desgracia, sí. Es muy frustrante, ese cálculo funciona. A mí, África me conllevaba bastantes broncas y luego tuve un par de desencuentros: una vez un terremoto al que yo quise ir, creo que fue en Irán, en Bam, y que por los motivos que fueran no pude ir, y un par de situaciones de estas que me empezaron a decepcionar un poco.

¿No pudiste porque no interesó Irán?

Porque me dijeron que no. Lo que yo solía hacer mucho era pedir visado primero y preguntar después. Una vez que tenía el visado, decía: «Oye, tenemos posibilidad de irnos a tal sitio porque no voy a necesitar una semana para el visado porque ya lo tengo». Y ahí creo que les molestaba que tuviera iniciativa y no les avisara. Pero la cuestión era que funcionaba y, si me decían «Sí, vete», era automático ir al aeropuerto. Es cierto que yo no era una periodista fácil para trabajar, yo no soy una persona de redacción que pregunta todo a sus jefes. Los que me han valorado me valoran mucho precisamente porque soy libre, y el jefe que buscaba controlarme como a una becaria mayor pues no lo ha conseguido.

¿Pero era porque no estabas de acuerdo o porque tenías la pretensión de estar tiempo sobre el terreno?

Era más bien el ímpetu periodístico de: «Esto hay que cubrirlo, no podemos dejarlo». O mandas a alguien o voy yo, pero que alguien vaya. A mí no me importaba ser yo o no, pero siempre hay una crisis que cubrir. Recuerdo que me mandaron a cubrir, hablando de esa proporcionalidad tan absurda, el secuestro de dos empresarios españoles en la República de Georgia, en el Cáucaso. Fueron quince días de cobertura por un secuestro de dos personas. Sin embargo, una situación que a mí me parecía que definía a todo un pueblo o que lo sometía a la vulnerabilidad no la veían.

En la visión peliculera del periodismo internacional también hay mucha parafernalia.

Tienes dos opciones: poner el foco sobre la gente o ponerlo sobre ti. Al principio hay gente que va arrastrada por la visión utópica y cinematográfica de esta historia, que no tiene nada que ver con la realidad, y luego en parte se depuran cuando ven que no es así. Porque es duro, huele mal, coges infecciones, pillas porquerías horrorosas, terminas hospitalizado en parajes terroríficos, puedes morir, y eso no mola. Hay otros que siguen sin verlo porque ven más el reto personal que les supone y lo que lucen. Pero, vamos, yo creo que eso se puede trasladar a todas las profesiones. Hay mucha gente que quiere ser protagonista en lugar de hacer su trabajo y punto.

¿Por qué pasa España a partir de los años 2004-05 de mucho periodismo internacional a poco?

No lo sé. El editor de tu medio no tiene por qué tener conocimiento de la política internacional. Muchos no tienen ni el conocimiento ni el interés que se merece la política internacional. España no juega en la división internacional. No juega en la división de Gran Bretaña, de Francia o de Estados Unidos, o como podía jugar Italia hace no tanto tiempo, de entender el conflicto internacional porque tiene intereses detrás y, por tanto, intentar dirigir la opinión pública dependiendo de sus intereses.

Eso es para bien y para mal.

Para bien y para mal. Para mal, porque se hace continuidad de Estados Unidos. O de donde venga el interés. Eso cambiará a China, finalmente, y pasaremos a otro eje, pero por el momento es el que es. Eso nos arrastra a una situación como la actual, donde tenemos al equivalente a Kim Jong-un pero en viejo y blanco en el poder en Estados Unidos, pero en potencia es tan peligroso como el original. Estamos todos siguiéndole porque toca seguirle, y por desconocimiento. Pero, en el caso de Irak en 2003, hubo manifestaciones de miles de personas gritando «No a la guerra» porque tenían el interés, la inquietud por saber lo que pasaba en Irak, y tenían el criterio de decir: «Esto es una invasión». Y ganaron. Esto, sin embargo, nunca ha ocurrido con Siria, pese a que la situación de Siria era tan obvia como la de Irak: hay un señor masacrando gente.

Pero no es norteamericano.

No, pero era lo mismo. El nivel de injusticia era el mismo. Era tan injusto lo que pasaba en Siria como que Sadam Husein reprimiera a su gente con aviación.

En España lo veíamos diferente.

Pero eso pasa en 2011, cinco años después de esta crisis del interés informativo. Donde, por ejemplo, la cobertura de Siria que existía, porque nosotros íbamos al terreno, yo no sé cómo se reflejaba aquí en los medios, pero el periodista español seguía yendo. Por un lado, me imagino que no se le da la cobertura que requiere la situación, pero, por otro lado, me temo que la sociedad estaba mucho más apática que con el caso iraquí, estaba más distante.

Veníamos de Túnez y Egipto, al principio de la Primavera Árabe, que fue algo más bonito, y luego con Siria dejó de entenderse.

No, yo creo que fue Libia. Fue la intervención en Libia más bien. Interviene Estados Unidos y se considera que es una intervención imperialista, cosa que no tiene nada que ver con el imperialismo, es más bien dictadores masacrando, pero yo creo que sí que pudo ser eso. Un exceso de información y un exceso de Primaveras Árabes. Era complicado para el lector de turno saber si aquello era positivo o negativo. Pero era blanco y en botella.


Ascenso y caída del Califato

Fotografía: Ricard García Vilanova.

Los que matan de cualquier forma posible en Susa, Ankara, el Sinaí, Beirut, París, Bruselas, Orlando, Estambul, Niza, Kabul, Londres o Barcelona son producto del Califato de Siria, Irak y Libia y de otros países que comulgan con ellos. Aunque hay una parte, la más significativa y letal, que viene de los propios países donde después se cometen esos mismos actos. Su perfil no es solo el de un fanático religioso; los hay con motivaciones económicas, sociales o simplemente psicopáticas, con niveles culturales diversos y clases sociales que abarcan todos los estratos. Ese es su verdadero peligro: viven y son como nosotros. Están entre nosotros aquí y ahora, esperando, dispuestos a morir matando, y ante eso no hay nada ni nadie que pueda detenerlos. La única forma es hacerlo justo antes de que decidan disparar contra una multitud de gente en un concierto o hagan estallar una bomba en un avión y matar muriendo. El problema es que el odio siempre genera odio, y toda acción siempre provoca una reacción, normalmente mayor que la causada.

Estado Islámico

En octubre de 2003, Jama’at al-Tawhid wal-Jihad (JTWJ), fundada por el jordano Musab al Zarqaui en 1999, comenzó sus operaciones en Irak. El 17 de octubre de 2004 Zarqaui jura fidelidad al sheik Osama bin Landen; como consecuencia, su grupo JTWJ fue renombrado como Al Qaeda en la tierra de los dos ríos, también conocido como Al Qaeda en Irak (Tanzim Qaidat al-Jihad fi Bilad al-Rafidayn). El 7 de junio de 2006, Zarqaui es neutralizado en un ataque liderado por las tropas americanas a ocho kilómetros del norte de Baquba. El 13 de octubre de ese mismo año se constituye el grupo Estado Islámico de Irak (EII) y Abu Omar al-Baghdadi es nombrado como emir del nuevo grupo. En abril de 2010 los líderes del EII, Abu Omar al-Baghdadi y el que fue líder de Al Qaeda en Irak después de la muerte de Zarqaui y posteriormente del EII, el egipcio Abu Ayyub al-Masri, son neutralizados por otro ataque de los Estados Unidos. En mayo de 2010, Abu Bakr al-Baghdadi es nombrado emir del mermado grupo. El 8 de abril de 2013, el Estado Islámico en Irak y Levante anuncia que Jabhat al-Nusra es su filial oficial en Siria, y que el grupo pasa a denominarse EIIL. En junio de ese mismo año, el médico egipcio Aymán al-Zawahirí (ex mano derecha de Bin Landen y jefe de Al Qaeda) se dirige a Jabhat al-Nusra y a Estado Islámico para que cada uno se ciña a su zona de responsabilidad.

Posteriormente a ese mensaje aún existen ciertos pactos de no agresión y colaboración entre ellos, como en la ciudad de Deir ez-Zor, donde era posible ver checkpoints del EI y de Jabhat al-Nusra a pocas manzanas unos de otros, aunque estos se rompen definitivamente a medida que el EI va teniendo más expansión y poder territorial.

En febrero de 2014 el Estado Islámico se separa de Al Qaeda. El 29 de junio de ese mismo año se proclama el establecimiento del Califato y se anuncia al sheik Abu Bakr al-Baghdadi como el califa de los musulmanes. El 4 de julio el califa se dirige a la umma (comunidad de creyentes del islam formada por todos aquellos que profesan la religión islámica, independientemente de su nacionalidad, origen, sexo o condición social) desde la Gran Mezquita de la ciudad de Mosul, pidiendo lealtad a todos los musulmanes del mundo. Bajo esta denominación de Califato, un vasto territorio entre Irak y Siria, con ciudades como Mosul o Al Raqa (donde finalmente ubican su capital), es el controlado por ese nuevo autoproclamado Estado, al que se adhieren además varios grupos que operan en otros países como Libia, Egipto, Afganistán y Nigeria.

El robo de la revolución por parte del yihadismo en Siria

El cambio, el punto de inflexión, el primero de todos que se produjo en Siria, fue en 2012, cuando de repente una pequeña parte de las personas que formaron parte de la fracasada revolución contra Bashar al-Ásad empezaron a abrazar a grupos extremistas y de corte moderado que poco a poco iban penetrando en el país, principalmente en Homs y Alepo, por Turquía y el Líbano con la aquiescencia tácita de ambos países. Era posible verlos en los puntos de entrada y salida ilegales, procedentes de diversos países; esperaban a que llegara la noche en jaimas o habitaciones de casas próximas a las fronteras, y las cruzaban de noche directamente ante la mirada impertérrita de los soldados que las custodiaban, o bien rompiendo alambradas y evitando torres de control, cruzando ríos o atravesando campos de cultivo interminables, pasaban de un país a otro, para emprender la guerra santa. Aquello representó el principio del fin de la revolución. Posteriormente fueron mutando hasta que muchos de ellos terminaron en Estado Islámico.

Fotografía: Ricard García Vilanova.

En los primeros meses EI estaba dividido: por un lado, los sirios autóctonos y, por otra parte, los que venían de otros países, por aquellas fechas principalmente eran tunecinos, egipcios, iraquíes y sauditas; estos últimos eran los que tenían los cargos de responsabilidad frente a los sirios, que eran relegados a responsabilidades menores. Al cabo de un cierto tiempo estos últimos fueron absorbidos y se unificaron en un solo grupo, mientras Jabhat al-Nusra, una organización salafista terrorista creada en 2012 (actualmente Jabhat Fateh al-Sham), y Harakat Ahrar ash-Sham Al-Islami (Movimiento Islámico de los Hombres Libres del Levante), que era una coalición de unidades islamistas y salafistas fundada por prisioneros políticos islamistas, iban perdiendo terreno y adeptos. Este último, Ahrar ash-Sham, fue el más poderoso en 2013, cuando llegó a contar con veinte mil adeptos. El objetivo también era la instauración de un Estado islámico, pero de corte moderado y en el lado opuesto del reinado de terror de EI. Se ganaban a la población repartiendo mantas y comida en Idlib, además de creando escuelas. Ahrar al-Sham fue responsable de rescatar al periodista de la NBC Richard Engel y a su equipo, que estaban retenidos en una granja de pollos cerca de la frontera, en un golpe de suerte en un checkpoint cuando los secuestradores trasladaban al equipo; en la operación murió una persona durante el intercambio de fuego. Descabezado en su cúpula por un atentado en 2013 cerca de la frontera turca en Idlib, fue perdiendo peso hasta el día de hoy, en que ha recuperado parte de su influencia y se presenta como una opción plausible en el tablero sirio.

Oeste vs. este sirios

Paralelamente, el ELS (Ejército Libre Sirio), el que se supone era el baluarte de la revolución en 2011 y que finalmente se diluyó porque nunca hubo una unificación de poder ni una cohesión real, aún tenía cierto peso específico en zonas como Deir ez-Zor o Alepo entre 2013 y 2014, pero los que realmente tenían los recursos logísticos y económicos de los países del Golfo eran los grupos extremistas como EI o Jabhat al-Nusra. Lo que sucedía en esos meses era un absoluto despropósito, y así cargamentos de armas enteros enviados por Estados Unidos para el ELS procedentes de Turquía para la ciudad —dividida en esa época— de Deir ez-Zor podían terminar en más de un cincuenta por ciento en manos del EI, porque para llegar a dicha ciudad tenían que atravesar varios checkpoints controlados por estos. También se dieron pactos secretos entre Jabhat al-Nusra y el Gobierno de Al-Ásad para no destruir la principal refinería de Deir ez-Zor y que siguiera alimentando Damasco, mientras camiones de Turquía se llenaban de oro negro a mitad de precio y Jabhat al-Nusra se llenaba los bolsillos junto con otras katibas (batallón de milicianos) que actuaban como mafias hurgando en los restos, y que generaban beneficios astronómicos con el contrabando. Todo eso también formaba parte de ese circo a finales del 2013 en la provincia de Deir ez-Zor, mientras en la ciudad se sucedían diariamente las muertes de civiles a consecuencia de los morteros y los combates, que eran enterrados en lo que anteriormente fue un gran parque infantil, junto con los columpios y palmeras, rodeado de edificios destruidos.

Por eso mucha gente vio al EI como una opción plausible. El hecho de querer instaurar un Califato era un mal menor y futuro, y ¿por qué no, si hasta ahora el modelo no había funcionado? Esta era una nueva opción. El problema es que no se dieron cuenta del precio que tendrían que pagar hasta que fue demasiado tarde, cuando este grupo básicamente secuestró la revolución y la convirtió en un conflicto sectario, en el que solo hay un elegido y son ellos; esto es lo que dicen: «La Gente del Libro (cristianos y judíos) se dividieron en setenta y dos grupos, y mi comunidad se dividirá en setenta y tres grupos, todos irán al Fuego, excepto uno, el cual es la Jamâ’ah (el Grupo)».

Sunitas, chiitas, kurdos, cristianos, armenios juntos, enfrentados al régimen de Al-Ásad, era algo que se vio al principio de la revolución, pero al cabo de unos pocos meses todo esto se volatilizó. Y esto sucedió porque ni la Liga Árabe ni la comunidad internacional hicieron nada, absolutamente nada. Abandonaron a los civiles a su suerte. En ese escenario, en ese preciso momento, si se hubiera creado una zona de exclusión aérea donde los civiles se hubieran podido proteger, seguramente hoy el contexto del conflicto sirio sería otro. Realmente los únicos que pagaron el precio de la guerra, como desde siempre ha pasado, fue la población civil. La realidad es que aquello no sucedió, y la gente solo tenía dos opcione: tratar de escapar a países vecinos como Líbano, Turquía, Jordania o Irak, o quedarse y morir. De toda la gente que conocí entre 2011 y 2012 la gran mayoría murieron, murieron bajo los bombardeos que cada vez eran más salvajes, murieron en combates sin ningún sentido, murieron por el control de una parte del negocio de la guerra o, simplemente, murieron.

Fotografía: Ricard García Vilanova.

En Homs, en febrero de 2012, vi por primera vez un niño con un disparo en la cabeza, uno solo en el centro de la frente. Los civiles ya eran moneda de cambio para sembrar el terror y la represión, de forma premeditada. El niño de cinco años Yazan Gassan Rezk, que había salido a jugar en la ciudad de Al Quseir en el momento en que los tanques y los morteros del régimen dejaron de bombardearla, fue solo una más de las más de cuatrocientas mil víctimas que ha dejado ya este conflicto. Sus padres apenas tuvieron tiempo de enterrarlo porque las bombas empezaron a caer de nuevo.

Durante los primeros bombardeos en la sitiada ciudad de Alepo, a la que durante unas semanas solo se podía acceder atravesando en coche los checkpoints que Al-Ásad tenía en cada una de las entradas principales de la ciudad, tentando a la suerte y esperando que ese día los soldados no decidieran parar ese coche, te adentrabas en una ciudad ya fantasmagórica, vacía, con esqueletos de coches quemados abandonados, casas destruidas y ni un alma en las calles. Estos primeros bombardeos fueron solo con tanques y morteros, después vinieron los helicópteros, los aviones, siempre en pequeñas dosis, calculadas para no tensar demasiado la cuerda y ver hasta dónde se podía llegar sin romperla en las resoluciones insustanciales de Naciones Unidas, hasta que de repente llegaron los barriles bomba con los que ciudades enteras quedaban arrasadas, como la de Taftanaz en la batalla que tuvo lugar por el control del aeropuerto. Los Scud marcaron un punto de inflexión en el terror —no los oías, solo una explosión y la onda expansiva del viento— y destruían manzanas enteras de la ciudad de Alepo matando todo lo que quedaba debajo. Y, finalmente, las armas químicas, que nunca representaron la línea roja del presidente Obama. Total impunidad para matar.

Las primeras manifestaciones de 2011 fueron de gente reunida en las plazas de pequeñas poblaciones. En una de ellas, en Jabal Zawiya, en la que ni tan siquiera sus proclamas estaban en inglés, pues apenas había cobertura internacional informativa, empezaron a disparar sobre los manifestantes. El silbido de las balas, junto con las noticias de que los tanques y el ejército estaban a las puertas de la población, hizo que la gente se dispersara. Al día siguiente, unos pocos hombres sin experiencia militar y con armas absolutamente obsoletas se disponían a enfrentarse a un ejército que les superaba en número y en potencial armamentístico. El modus operandi del ejército era siempre el mismo. Primero bombardeaban la población con los tanques, después entraban en la misma, por lo general cuatro o cinco días, mataban a unos cuantos y se iban. Una vez pude entrar en una población tomada por el ejército en una furgoneta por lo que ellos llamaban la «carretera de la muerte», porque a veces destruían a los coches que llegaban sin reparar en quién iba dentro. Las calles estaban vacías, solo patrullas del ejército y charcos de sangre en una mezquita destruida. Cuando los militares se iban, por las noches la población enterraba a sus muertos bajo la luz de las velas.

Finalmente, entre 2013 y 2014 el EI consiguió su objetivo, y el país se hundió en un apagón informativo a consecuencia de los secuestros y asesinatos de varios informadores locales, de los cuales los medios internacionales ni tan siquiera dejan constancia, y occidentales, entre ellos los de Jim Foley, Steven Stoloff y David Haines, así como del cooperante británico Alan Henning, que pasaron a la historia como los cuatro primeros ejecutados por este grupo públicamente, y ampliamente difundidos por medios occidentales. Estos solo han sido el altavoz de la gran maquinaria propagandística del EI. En las zonas controladas por ellos solo distribuyen sus vídeos y su revista oficial Dabiq, y esa resonancia de Occidente fue uno de sus principales errores y el leitmotiv del EI para ser cada vez más crueles en los asesinatos públicos.

En otras zonas del país aún es posible el acceso, como en Kobane, donde el EI logró uno de sus principales golpes de efecto informativo ya que uno de los vídeos protagonizados por el fotógrafo británico John Cantlie, secuestrado en 2012 en Idlib, muestra esta ciudad fronteriza con Turquía como una gran victoria en el punto máximo de su extensión territorial. Con ayuda internacional y del Kurdistán irakí, y un setenta por ciento de la población de Kobane destruida, las YPG (Unidades de Protección Popular kurdas), el ELS (Ejército Libre Sirio) y los peshmerga («aquellos que enfrentan la muerte»), que son combatientes kurdos armados, la liberaron el 27 de enero del año 2015.

Tras la liberación de Mosul y el inicio de la campaña de Al Raqa, desproveer al EI de su territorio es desproveerlo de su legitimidad a autodenominarse Estado. Baghdadi en un mensaje dijo: «Hemos sido vencidos en la ciudad, nos vamos a las montañas». Y no solo estarán en las montañas de Irak, Afganistán y Pakistán, sino que seguirán estando entre nosotros, y eso a efectos prácticos supondrá que los atentados terroristas serán mas virulentos y crueles. Porque, no olvidemos, toda acción siempre provoca una reacción, normalmente mayor de la causada.

Fotografía: Ricard García Vilanova.