Fracaso

Fotografía: Jon Nazca / Codon.

El preámbulo de la Constitución de los Estados Unidos, el primer y más importante ejemplo de construcción de una democracia plural y federal, empieza con esta famosa frase: «We the People of the United States, in Order to form a more perfect Union». Doscientos veinte años después, en uno de sus discursos más famosos, Barack Obama retomó el sintagma de «una unión más perfecta» y lo interpretó, al igual tantos otros antes que él, como un horizonte. Como una llamada a completar lo que siempre estará incompleto, lo que siempre se puede mejorar. A cambiar un sistema, construyendo sobre su base, para que sea más inclusivo, más equilibrado, y proporcione mayor prosperidad. Y, por tanto, sea también más caleidoscópico, y más aburrido.

Nueve años después de aquel discurso, la capacidad de las instituciones estadounidenses de recrearse a sí mismas para evitar la línea que parte en dos a su sociedad está en entredicho, cierto. Pero, por causas distintas, aún más lo están las españolas. Porque son más jóvenes. Porque, al menos en su versión más básica —la Constitución de 1978—  nunca han sido pulidas ni perfeccionadas: no ha habido una búsqueda real de una unión más perfecta. Y sobre todas las cosas porque la mitad de una parte del país que representa el 15% de la población, el 20% del PIB, pilar histórico, quiere dejar la unión. Mientras, del otro lado, no pocos desean enseñarle una «lección». Y, en medio, queda otra mitad de catalanes a la intemperie. La fractura, ya lo sabemos, es tanto o más dentro de Catalunya como lo es entre esta y el resto de España. Quizás la unión está en peligro, pero también (y sobre todo) lo está la convivencia dentro de la unidad rebelde. Siguiendo siempre la misma línea, que es la que dibuja el fracaso.

En cualquier lugar del mundo, la democracia pluralista y el federalismo pretenden servir a un mismo fin: distribuir el poder de manera más o menos equitativa entre distintas facciones, de manera que la resolución de conflictos entre ambas se produzca fuera de la ley del más fuerte, y dentro de los cauces de la negociación. Si democracia y federalismo funcionan bien, la vida política se va convirtiendo en algo tan cambiante como aburrido.

Cambiante, porque una misma persona se puede reconocer como catalán, aragonés o ambas cosas; hombre, mujer o de género fluido; socialista, liberal o socioliberal; musulmán, protestante o ateo. En la construcción de nuestras identidades, negociamos con el entorno y con quienes aspiran a representarnos, a unirnos o a dividirnos, para encontrar espacios en los que sentirnos cómodos. Podemos dar prioridad a un aspecto o a otro de nuestro ser y estar. Que no tiene por qué ser el mismo. Y por eso los partidos, las mayorías, las coaliciones, las alianzas y las rivalidades pueden modificarse con el paso del tiempo.

Aburrido, porque cuando la capacidad de acción está repartida entre varios puntos (tanto geográficos como sociales), los procesos de decisión se vuelven lentos y farragosos. Es necesario tener muchas opiniones en cuenta en el camino. Opiniones que, de nuevo, no son estáticas.

Pero como la democracia requiere de acción colectiva, y como el federalismo supone que las fronteras siguen existiendo (aunque desdibujadas, porosas, cooperativas y unidas) el apellido «pluralista» siempre está en peligro de extinción. Y es, en cierta medida, una ilusión que combate contra otra: la del pueblo. La de lo colectivo, unidimensional, inevitable.

Por eso, cuando una línea emerge partiendo a la sociedad en dos mitades, obligando a todos a ponerse de un lado o del otro, definiendo un «ellos» y un «nosostros» como si no hubiese nada más en el mundo que defina a las millones de personalidades complejas, únicas, que se entrelazan, la democracia y el federalismo han fracasado en su intento de mantener un equilibrio razonable. El conflicto ha quedado reducido a una única dimensión, los matices se difuminan y quienes intentan salvarlos por todos los medios son tachados con desprecio de equidistantes.

Esta semana, algunos jaleaban a los miembros de la Guardia Civil que salía para Catalunya con destino: 1-O. Lo hacían con banderas de España y con gritos de «a por ellos, oe». La palabra clave es, claro, «ellos». Envuelta en aliento y en ánimo. Es el mismo «ellos» que se lleva años cultivando en demasiadas escuelas catalanas, que está implícito en tantos mensajes lanzados desde TV3, y explícito en decenas, cientos, miles de descalificaciones lanzadas por parte de algunos independentistas a catalanes y no catalanes que no simpatizaban con el procés. El mismo ellos que habitaba y habita en el «pues que se vayan», en el «qué pone en tu DNI», en el «pero por qué no hablan en cristiano». Llevan años, décadas, siglos dirán algunos, con nosotros. Pero esta era la primera vez que intentábamos encajarlos dentro de una democracia pluralista con visos de sobrevivirse a sí misma sin caer víctima de un golpe autoritario, algo que no logró la II República. Y también era la primera vez que experimentábamos con algo que, si no es federalismo al uso, al menos sí proporciona autonomía y autogobierno.

Pero, cuarenta años después, ambas se han revelado como… ¿insuficientes? ¿Inadecuadas? ¿Excesivas? Cada uno tendrá su adjetivo. Pero, desde luego, no son todo lo exitosas que cabría desear. Y no sabemos más por algún tiempo, porque ahora mismo el debate se está cerrando rápidamente antes de abrirse del todo.

Quizás esto acentúa más la sensación de fracaso que planea sobre todas las mentes y los corazones tildados como equidistantes. No es un fracaso definitivo, porque nada es para siempre. Ni siquiera sabemos por cuánto durará. Pero en este momento es cierto, hasta el punto de que la mayor expresión de este fracaso es la aceptación lenta pero inexorable, y en cualquier caso nunca irreversible, de la inevitabilidad de un referéndum. No de este, claro. No el del próximo domingo, sino uno con garantías, es decir, aceptado por todas las partes. Mientras más de un 80% de los ciudadanos catalanes están a favor de algún tipo de referéndum legal y pactado, a otros nos ha costado y nos sigue costando llegar a este punto. Por qué, se preguntarán muchos, sobre todo desde Catalunya.

La respuesta, probablemente, tiene que ver con que no queríamos (ni queremos) renunciar a construir una unión más perfecta. O menos imperfecta. En la fluidez de identidades que nos brinda la democracia y el pluralismo, aderezada con el siglo XXI, con internet y con la globalización, decidimos que la nuestra se construye a base de tender puentes. O de intentarlo, al menos. Un referéndum es el penúltimo recurso del incompetente, como la violencia lo era para Salvor Hardin, alcalde de Términus, origen y capital de la Primera Fundación de Isaac Asimov. En un referéndum donde se plantea la separación territorial se extreman posiciones, se trabaja en duotono: o blanco, o negro. En tal referéndum, un hipotético plebiscito pactado, la propuesta alternativa a la secesión tendría que ser una oferta cerrada y definida, como lo fue del Reino Unido para Escocia: esto, o nada. La negociación es sustituida por una aceptación de su imposibilidad. La unión más perfecta (o menos imperfecta) se ve reducida de un posible proceso deliberativo, participativo, plural y complejo a una simple papeleta, que se refiere a una lista de alternativas. Y, atravesándolo todo, los «ellos» y los «nosotros». La desaparición de los matices, la destrucción de los caleidoscopios.

Así que, llegados a este punto, podemos (y probablemente debemos, como se ha hecho en este mismo espacio durante los últimos días) hartarnos a discutir sobre cómo hemos llegado hasta aquí. Repartiremos culpas, responsabilidades. Dirimiremos causas. Tomaremos posiciones. Analizaremos factores. Tiraremos regresiones múltiples con bases de datos de encuestas enormes. Elaboraremos análisis de discurso, historias de vida. Rastrearemos los mensajes en los medios, en las redes. Pondremos a cada actor en su sitio. Nos rascaremos la cabeza. Gritaremos que teníamos razón. O nos callaremos en un rincón pensando que no, que no la teníamos. Todo eso ha pasado, pasa y seguirá pasando después de este domingo. Pero nada cambiará el hecho de que nos encontramos ante un enorme fracaso. Probablemente, el mayor al que nos enfrentamos desde que dimos en crear esta democracia, y esta organización territorial que, si bien imperfecta, ni siquiera hemos encontrado la manera de mejorar entre todos.

Me permito repetir que nada es para siempre. Pero si, como decía Benjamin Franklin, la tragedia de la vida es que nos volvemos viejos demasiado pronto, y sabios demasiado tarde, quizás esto es algo que también les sucede a algunas democracias.


La pluralidad de identidades en las sociedades modernas

Fotografía: Susana Vera / Cordon.

Los enfrentamientos entre la Generalitat de Cataluña y el Gobierno de Madrid se han convertido en el principal problema político de España. La sentencia del Tribunal Constitucional de 2010, que anuló catorce artículos del Estatuto, aprobado en el Congreso de los Diputados y refrendado por los ciudadanos, fue un desatino que provocó la ruptura del consenso democrático existente ya bastante deteriorado. Desde entonces, la incapacidad del Gobierno central por admitir la realidad plurinacional de España y el radicalismo del Gobierno catalán no han hecho más que empeorar la situación. El resultado es que cerca de la mitad de la población catalana está apostando por la independencia.

Este contencioso no empezó hace siete años. Hay una larga historia de varios siglos de luchas sociales y políticas que han ido forjando una identidad cuya esencia ha sido la salvaguarda de la lengua. La defensa de la identidad catalana no ha impedido, sin embargo, a destacados políticos progresistas compartir a su vez este sentimiento con el de la pertenencia a España. Estanislau Figueras y Francesc Pi i Margall, por ejemplo, fueron los dos iniciales presidentes de la Primera República española (1873), que intentaron construir una España federal.

Compartir identidades ha tenido muchos frutos. El recobro de la democracia, tras cuarenta años de dictadura franquista, fue el resultado de una tarea colectiva en la que participaron ciudadanos de todos los territorios en la defensa de los mismos valores. La Constitución de 1978 diseñó un modelo federal (denominado Estado de las autonomías) que a pesar de sus limitaciones ha propiciado el mayor periodo de progreso de España y Cataluña. John H. Elliot, el hispanista que mejor conoce la historia de España, ha señalado en el Foro Cataluña en Expansión que «Cataluña ha tenido los mejores años de su vida hasta 2008». Y subrayado que «hay que insistir en los éxitos para crear un ambiente en el que se puedan repensar los problemas actuales».

El presente conflicto coincide con otros asuntos muy graves como la crisis financiera internacional, la proliferación de guerras en Oriente Medio, el drama de los refugiados o los riesgos de desintegración de la Unión Europea. El reduccionismo que supone la exacerbación del conflicto entre Cataluña y el Gobierno central revela la insuficiencia del independentismo ante la relevancia de los desafíos que afrontan las sociedades modernas. Urgen respuestas al desempleo, la pobreza, la inseguridad, el cambio climático o el superpoder de las multinacionales.

El sentimiento identitario ha experimentado una gran evolución a raíz de los cambios demográficos, económicos y políticos. Solo entre 1959 y 1975 llegaron a Cataluña 1,4 millones de hombres y mujeres de otras regiones españolas. Ese último año, el 38,4 % de la población catalana había nacido fuera de su territorio. Sin ellos Cataluña no sería lo que es.

En el aspecto económico, durante las últimas décadas, bancos, industrias y empresas de servicios han pasado de ser compañías catalanas a convertirse en sociedades españolas multiplicando sus capacidades. España es su mercado y espacio de expansión natural, que ha potenciado su despliegue internacional, especialmente en América Latina. A su vez, la entrada de España en la comunidad europea en 1986 ha desarrollado también un creciente sentimiento de pertenencia europea. Para muchos ciudadanos lo más natural es compartir un sentido de pertenencia plural. Se sienten tan catalanes como españoles y europeos o de otros países al mismo tiempo.

Lo más práctico es emprender una reforma constitucional con la máxima aceptación de los ciudadanos. Distribuir competencias y recursos de forma justa entre todos los niveles de Gobierno con especial atención a las ciudades. Y aplicarse en resolver los asuntos que de verdad inquietan a los ciudadanos.


Sin permiso

Fotografía: Albert Gea / Cordon.

Para romper España me bastan dos razones: quiero y puedo.

Pero como nadie mínimamente documentado duda de que Cataluña es viable como Estado y, a diferencia de 1812, nada de lo que ofrece España (tamaño, mercado, ejército) es particularmente importante para lo que ha de venir, el debate parece girar alrededor del boicot.

Con visera de contable puesta, se dice que Restoespaña podría boicotear a Cataluña en todos los frentes: mercado, UE, tanques. Basta responder que este boicot tendría un coste elevado para España, sobre todo porque una cultura política dedicada al castigo de una exregión implica tal degradación de la vida democrática que solo lleva a rupturas cada vez más profundas.

Lo que significa que la verdadera contabilidad en juego es lo que España y Cataluña están dispuestas a pagar para ser lo que quieren ser. Es decir: si alguien da más que el precio que España ya paga para contener a Cataluña, que se calcula en subdesarrollo económico y degradación institucional. Puertos de segunda y un Tribunal Constitucional que es una banda, a cambio de un proyecto identitario castellanocéntrico y el sistema de dominación del árbol genealógico del cuerpo diplomático. Cataluña también paga lo suyo para disimular el miedo, sufragar a sus señorones sin espíritu y comer gambas: una cultura cobarde y parroquial, dedicada a hacerse la inocente.

No es irracional, pero es la contabilidad de los siglos. Si España no logra contener a Barcelona, Madrid como centro de poder se deshace. Y el Madrid oficial no es solo casta, es una idea del mundo que despliega cultura y política. Así las cosas, sale más a cuenta comprar a las élites de Barcelona con prebendas y mercados cautivos antes que pagar el precio de dar carta de naturaleza al eje Valencia-Barcelona. Pero con la globalización, el BOE cada vez da para menos. Y sin dinero, vuelve lo reprimido. Vuelven las ciudades.

Esto explica por qué la conversión al independentismo de parte de las élites del pujolismo y el socialismo catalán es un acto de deslealtad repugnante: con lo que se les había dado, ese dinero, ese mirar a otro lado. Pero es lo que ocurre cuando los países se edifican sobre un modus vivendi en lugar de sobre las aspiraciones universales o los amores concretos. Llega un día en que el dinero para comprar lealtades se acaba, o que la dignidad encuentra su fondo. Por eso el coste que Cataluña debe pagar para independizarse es derrocar a sus élites y todo su sistema de incentivos culturales. No es bajo. Esa es la cuestión: si habrá ganas.

Los catalanes quizá seamos lo bastante fuertes para soportar que nos traten de locos —o judíos, o nazis, o polacos— por decir que vivimos todos en el interior de una cursilería legalista que quiere ocultar la batalla y los acuerdos entre las élites de Madrid y Barcelona. Solo en el desprecio de fondo con que en provincias se habla de lo catalán se observa la memoria viva de lo piratas que han sido nuestros mandamases: ya se ve que se han vendido hasta las bragas de la abuela. Pero ese fue su coste de supervivencia y poder: el grotesco espectáculo de hacerse el tonto por Madrid. No sonría: son un espejo.

Con la autodeterminación les libero del tedioso ejercicio de obligarme a hacer contorsiones para parecer normal, y si ahora cediera a la bravuconería del boicot, estaría condenando a España a ser una cárcel de amenazas y fantasmas. Incluso como español, tengo más amor propio que eso.

Quiero la independencia porque no tengo ningún motivo para mantener amordazadas a las fuerzas de mi entorno: no gano nada con ello. Pero yo puedo permitirme romper porque mi cultura y las fuentes de mi libertad surgen de un lugar anterior e independiente del proyecto español.

La libertad, la suya y la mía, es no darles ninguna razón para autodeterminarme más allá de quiero y puedo. Hasta que defiendan mi derecho a celebrar un referéndum sin pedir permiso.


Fronteras, soberanía y democracia

Foto: Getty Images.
Foto: Getty Images.

Ni siquiera ha acabado el verano y con lo que lleva dentro este año 2016 se podría rellenar una década entera… ¡Y lo que aún queda! Hemos visto en él acontecimientos decisivos, que afectan a millones de personas y que tendrán consecuencias durante muchos años. Pero lo más interesante es que están interrelacionados; bajo esas islas de eventos hay un fondo tectónico común, que además ha comenzado a desplazarse en dirección contraria a la seguida hasta ahora. El tiempo nos dará perspectiva, pero este año podría ser un punto de inflexión en la historia contemporánea, el momento en el que el péndulo ha iniciado su viaje de regreso: de la globalización a los Estados nación, que se suponían obsoletos. Para comprender ese viaje nos valdremos de dos libros.

Basta echar un vistazo a nuestro entorno. En Austria, tras la anulación de las elecciones presidenciales, ahora se sitúa como favorito Hofer para la repetición de los comicios el dos de octubre, fecha en la que por cierto en Hungría se celebrará un referéndum que supone un desafío frontal a la Unión Europea. En Francia se da por hecho que en las elecciones del próximo año que Marine Le Pen superará la primera vuelta, y tal vez tenga como contrincante ahí a Sarkozy, cuyo discurso ahora está centrado en la identidad y la soberanía. En Alemania el partido euroescéptico AfD es ya segunda fuerza en algunas regiones, mientras que en Holanda, también con elecciones el próximo año, según las encuestas el candidato más votado será Geert Wilders, partidario de abandonar la UE. Tal como hizo el pasado 23 de junio Reino Unido contra todo pronóstico. Como también desafió a los pronósticos Trump en Estados Unidos al hacerse con la nominación republicana, con un discurso opuesto a la deslocalización empresarial, la inmigración ilegal y la pérdida de soberanía frente a estructuras supranacionales (ONU, OTAN, tratados comerciales, etc). Turquía por su parte parece abandonar el laicismo moderno y cualquier anhelo de integrarse en Occidente para abrazar su identidad islámica. Finalmente, como guinda de todo ello, el tratado TTIP, que según sus detractores supondría una grave amenaza para la democracia en todos los países implicados, está según las últimas noticias definitivamente muerto. A la vista de todo esto no parece exagerado afirmar que algo está pasando y eso nos puede parecer bien, mal, regular o espantoso, pero antes hay que entender por qué ocurre en lugar de repetir como loros la palabra «populismo». Que cada comentarista quiera darle una definición al término es un claro indicio de que en realidad está vacío de contenido, pronto nos resultará tan obsoleto como ahora «casta».

Así que empecemos por el primero de dichos libros. No puede haber por tanto momento más oportuno para la publicación de Elogio de las fronteras, de Régis Debray. Dotado de abundantes fogonazos de ingenio y erudición, a veces se pierde en divagaciones poéticas y su mayor defecto es su brevedad. Es en realidad la transcripción de una conferencia pronunciada en la casa franco-japonesa de Tokio, de la que a continuación señalaré lo que considero más interesante. Para quien no conozca al autor basta decir que es un intelectual francés que fue a combatir junto al Che Guevara en Bolivia, hasta que fue capturado y, según se dice, es quien reveló a la CIA el paradero del revolucionario argentino, definido por nuestro autor como «cruel, fanático y despótico». Así que Debray además de un pensador apreciable es un magnífico quintacolumnista, más gente así hace falta. El caso es que unos años después se pasó al partido socialista francés, que terminó abandonando por desavenencias ideológicas, y ahora es un autor inclasificable que va por libre.

Comienza señalando algo contraintuitivo, que desmonta los clichés en los que estamos acostumbrados a movernos. Desde 1991 se han trazado en el mundo veintisiete mil nuevos kilómetros de fronteras y hay otros diez mil pendientes de instaurarse en los próximos años: «Lo real es lo que nos opone resistencia y se burla de nuestros castillos en el aire. ¡Qué fósil obsceno, la frontera, pero cómo sigue agitándose, como un diablillo! (…) Pocas veces se habrá visto, en la larga historia de las credulidades occidentales, semejante hiato entre nuestro estado mental y el estado de las cosas». Ese estado mental, el ideario dominante hasta ahora, es lo que Debray etiqueta como «sinfronterismo», que nos promete: «Un planeta liso, despojado del otro, sin enfrentamientos, regresado a la inocencia y la paz de su primera aurora, igual que la túnica sin costuras de Cristo». (Una utopía que, como todo lo demás existente en el universo, tiene su reflejo en Los Simpson). Pero no nos confundamos, esa globalización que pretende enarbolar cierto ideal hippie y clama contra cualquier barrera que divida a la humanidad no se refiere a la propiedad privada, naturalmente. Es una sinécdoque para aludir solo las fronteras entre países. Los barrios pobres podrán convertirse en guetos y quien tenga dinero seguirá separándose del resto en urbanizaciones cerradas, colegios privados y locales de ocio que se venden como exclusivos, donde el derecho de admisión es discrecional y el intruso será perseguido.

Dice Debray que el requisito inicial para fundar una civilización es el de marcar sus lindes. Es lo primero que hizo Rómulo: coger un arado y cavar la línea del Pomerium, la frontera sagrada de Roma. Más allá, los bárbaros. La frontera establece nítidamente el territorio en el que se hará cumplir la ley y donde los derechos serán efectivos. Desdibujándola, también se difuminarán estos. Además la pertenencia a un país, dice nuestro autor, nos dota de una identidad, pero si esta pertenencia se desdibuja la necesidad de tener una identidad simplemente se desplaza, con frecuencia hacia alguna forma de fanatismo: «La nidificación en un -ismo es un paliativo para el desarraigo. Los nietos de la diáspora son más intolerantes de lo que lo eran sus abuelos en sus casas, para quienes la religión era como una lengua materna, algo que hablaban pero sin pensar demasiado en ello (…) la religión sin la cultura es para ellos un modo barato de volver al pueblo sin tener que desplazarse (…) el toqueteo civilizacional provoca eczema. Los integrismos religiosos son las enfermedades de la piel de un mundo global en el que las culturas se toquetean». Lo estamos viendo cada día.

Una vez establecida la frontera su función rara vez es aislar del exterior, sino filtrar. Es inevitable que eso perjudique algunos intereses, «por eso tiene mala prensa: defiende los contra-poderes. No esperemos que los poderes establecidos, y en posición de fuerza, hagan su promoción. Y tampoco que esos atraviesa-fronteras que son los evasores fiscales, miembros de la jetset, astros del esférico, traficantes de mano de obra, conferenciantes de cincuenta mil dólares estadounidenses, multinacionales adeptas a los precios de transferencia, declaren su amor a aquello que les hace de barrera». Otro ejemplo que podríamos añadir ahora al leer esto es la City oponiéndose con fiereza al Brexit, que tuvo entre las clases bajas su principal apoyo.

Bajo el criterio de Debray no sería un exceso retórico definir la globalización como una forma de imperialismo: «Si la negra reputación de la frontera circula por todas partes (del tipo: “¡el nacionalismo es la guerra!”), el sinfronterismo humanitario destaca a la hora de blanquear sus crímenes (…) El deber de injerencia se ha convertido en el agua de rosas con la que se perfuma el imperio de un Occidente que envejece. No estima que sea ya necesario declarar la guerra para hacerla y se burla del derecho de gentes cuando le conviene». El hecho de reconocer unos límites a nuestra acción, de conocer lo que define como la sabiduría de las cosas finitas, nos ayuda a poner los pies en el suelo, nos dice, pues todo desvarío espiritual aspira a ser universal y eterno, a imponer a todos sus particulares manías… y a exigir de todos algún tributo. Pues si la tierra es del viento entonces tendré vía libre para recoger todos sus frutos. Acomodándonos tras nuestras lindes dejamos al resto del mundo en paz, lo que no es poca cosa. Ya que una vez que el planeta deja de tener barreras a nuestras aspiraciones ¿qué puede frenar nuestra ambición y que no acabemos jugando con el globo terráqueo como un balón a la manera de aquel dictador imaginario? Decía Ovidio que «a los otros pueblos les ha sido dado un territorio limitado: la ciudad de Roma y el mundo tienen la misma extensión». Si las fronteras no son algo serio o incluso sagrado sino un simple juguete, el siguiente paso lógico es jugar con ellas. Tal como señalaba la primera ministra israelí Golda Meir: «Las fronteras están ahí donde hay judíos, no donde hay una línea sobre el mapa». Algo curiosamente similar al propósito expuesto por Milošević: «Serbia será aquel lugar donde haya serbios» o, ya si rebajamos un punto el dramatismo de tanta cita solemne, a lo que decía aquel militar de La chaqueta metálica para justificar su presencia en Vietnam: «Dentro de cada maldito amarillo hay un americano deseando salir». Sin fronteras estatales la ciudadanía pasa a convertirse en etnicidad.

George Soros. Foto: Cordon.
George Soros. Foto: Cordon.

Llegados a este punto y con todo lo fundamental del libro ya señalado, fijemos la atención en la perfecta antítesis de todo lo expuesto por Debray, el agujero que da su identidad al donut, la encarnación misma de ese denostado «sinfronterismo», el hombre más global (y globalizante) del mundo: George Soros. Nacido en Budapest en 1930, fue educado por su padre como un hablante nativo de esperanto y tras sobrevivir a la ocupación nazi huyó con su familia cuando se instauró en Hungría un régimen comunista, primero a Gran Bretaña y posteriormente a Estados Unidos. Allí, gracias a los fondos de inversión, logró una extraordinaria fortuna —estimada por Forbes en casi veinticinco mil millones de dólares— y a partir de los años ochenta comenzó a sentir un gran interés por asociaciones como el Congreso por la Libertad Cultural (en su día organizado y financiado en secreto por la CIA para combatir el comunismo, de ello ya hablamos aquí) que le llevan a crear en 1993 la fundación Open Society, desde donde riega con generosas sumas de dinero a los movimientos sociales que considera afines a su ideario. A menudo de forma muy discreta, siguiendo la tradición. Su objetivo es promover las «sociedades abiertas», expresión acuñada por el filósofo Karl Popper para definir a aquellas antagonistas de las sociedades cerradas, que carecen de libertad económica y política. Esa actividad es la que le lleva a proclamar orgullosamente que «he luchado para hacer de este mundo un lugar mejor en el que vivir». Claro que… ¿hay algún activista político, de un signo o del contrario, que no se vea a sí mismo de tal forma? Y si centramos el foco en su actividad bursátil uno acaba esbozando una sonrisa al recordar el discurso de Johnny Caspar en Muerte entre las flores¿Fue el mundo un lugar mejor en el que vivir el 16 de septiembre de 1992, después de que Soros tumbara la libra en una jugada especulativa que le hizo embolsarse mil millones de dólares en un solo día? Sospecho que muchos británicos discrepan.

Pues bien, de acuerdo a sus esquemas mentales a ese mundo mejor de sociedades abiertas se llega mediante la abolición de las fronteras, la superación del Estado nación y, en definitiva, abrazando la globalización en todos sus aspectos. Así lo explicaba en un libro publicado ya hace unos años, titulado precisamente Globalización. En él habla sobre el FMI, la OMC, la OIT, las IFIS, el Banco Mundial, la Reserva Federal, la ayuda al desarrollo, el derecho a la propiedad intelectual, los regímenes totalitarios y las sociedades abiertas, los problemas internos de varios países europeos, los principios de la Ilustración, la democracia, la soberanía de los países, la finalidad de los Estados y la función misma del periodismo… ¡Hay que ver cuánto sabe este hombre! Como no tengo la menor idea de cuestiones económicas no entraré en ellas, pero sí me gustaría detenerme en sus reflexiones sobre política y periodismo. Una y otra vez insiste a lo largo de su obra en mostrar la «sociedad abierta» como un ideal puro, casi mítico, quintaesencia del bien y de la que él es profeta, frente a la maldad del Estado, descrito repetidamente como un ente autónomo al margen de los ciudadanos, una especie de monstruo cuya agenda nada tiene que ver con la de quienes lo forman y sostienen con sus impuestos. Veamos por ejemplo este fragmento:

El realismo geopolítico está basado en los intereses del Estado; el idealismo de la sociedad abierta, en los intereses de la humanidad. Desde la Ilustración, ha habido siempre una tensión entre principios universales y soberanía del Estado.

No sé a qué tensión se refiere pues a menudo si no se han podido aplicar principios universales es, precisamente, por falta de soberanía. La Francia ocupada carecía por completo de ella, por ejemplo. Vemos que habla de los «intereses del Estado» como si lo mismo diera que este fuera democrático o no y también que la «sociedad abierta» se basa nada menos que en los intereses de la humanidad ¿Cuáles son estos exactamente? Humanidad es solo abstracción a la que se apela sin dirigirse a nadie en concreto, una expresión grandilocuente que demasiado a menudo se ha empleado para aludir a fines escasamente nobles. Aquí vuelve a hacerlo:

Nuestros acuerdos internacionales se basan en la soberanía de los Estados y los Estados se guían por sus propios intereses, lo cual no coincide necesariamente con los intereses de la gente que vive en esos Estados e incluso menos con el interés de la humanidad como entidad global.

¿Cual es el interés de la humanidad como entidad global? Alguien que es propietario de una fortuna que el resto de los mortales ni siquiera alcanzamos a imaginar entiendo que ande algo falto de humildad, pero me temo que ni siquiera Soros puede saber tal cosa.

Los principios de una sociedad abierta encuentran expresión en una forma de gobierno democrático y en la economía de mercado. Pero si intentamos aplicar estos principios a escala global corremos el peligro de no poder superar una dificulta que nos saldrá al paso: la soberanía de los Estados. La soberanía es un concepto anacrónico.

Y aquí lo tenemos de nuevo a la carga, a un lado la «sociedad abierta» y la democracia, enfrente, el pérfido Estado y su secuaz doña Soberanía. Recordemos una lección básica que parece que le cuesta asimilar: recortar la soberanía es recortar aquello sobre lo que los gobiernos y parlamentos que votamos con regularidad pueden decidir, anularla es convertir el sobre con nuestro voto en papel mojado. En un país democrático la soberanía corresponde a la nación y esto no es una antigualla ideológica, sino el fundamento mismo de su legitimidad. El artículo tercero de La Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 lo decía con la mayor claridad: «La fuente de toda soberanía reside esencialmente en la Nación; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella». Por su parte, el artículo primero del Titulo Preliminar de nuestra Constitución tampoco parece dejar dudas al respecto: «La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado».

De manera que el Gobierno y el Parlamento harán uso de dicha soberanía no por la intrínseca pureza moral de los políticos, sino porque se enfrentan a elecciones con regularidad y más les vale. Si vaciamos los Estados de competencias estas pasarán a ser controladas por poderes no electos, que naturalmente buscarán satisfacer sus intereses, no los nuestros, porque ellos no estarán sujetos a ninguna votación. Así que no es posible poner la democracia a un lado y la soberanía a otro, como hace él, salvo que no sepa de qué está hablando. Desde luego se le ve mucho más dotado para la especulación financiera que para la filosófica… Aunque hay que admitir que acierta al plantear la discusión en unos términos reconocibles, de una gran actualidad, y que van al meollo de lo que está pasando ahora mismo (aunque como dije el libro tiene ya algunos años):

Es posible que sea anacrónico, pero en el concepto de soberanía descansa la fundación de las relaciones internacionales. Para ser realistas, tenemos que aceptar ese conector como punto de partida para la creación de una sociedad abierta global. Los Estados pueden ceder parte de su soberanía mediante tratados internacionales. Los Estados miembros de la UE han llegado bastante lejos a este respecto. El futuro de la UE mostrará hasta qué punto este camino es viable.

Para que haya democracia tiene que haber un dêmos, una comunidad política concernida por su futuro en común. Cada miembro de esa comunidad ha desarrollado un sentimiento de pertenencia a ella que le lleva a preocuparse por el bien colectivo incluso a costa de cierto sacrificio personal; es lo que se conoce como patriotismo o deber cívico. En ciertos momentos nos lleva a alistarnos para la guerra ante la llamada de la patria, pero también se expresa pagando los impuestos correspondientes, yendo a votar o presentándonos como candidatos, formando asociaciones, acudiendo a manifestaciones, manteniéndonos informados de la actualidad o debatiendo sobre el devenir político con las personas de nuestro entorno. Ahora bien, esas comunidades políticas no se pueden construir o derribar como si fueran castillos de arena. Esto no funciona así. A menudo tienen una historia muy larga a sus espaldas: han sido fundadas en torno a mitos, liderazgos fuertes y, casi siempre, aderezadas con mucho derramamiento de sangre e imposición de ciertas costumbres, creencias, idiomas o normas. Es un precio muy alto a pagar pero es algo que ya ha ocurrido, forma parte de la historia. Pretender construir ahora una nación europea o incluso mundial sin ese coste y en apenas una o dos generaciones es simple adanismo y, como estamos viendo, algo abocado inevitablemente al fracaso. Un poder político supranacional requeriría partidos políticos y asociaciones transnacionales, medios de comunicación transnacionales que encauzasen un debate y una opinión pública común, una ciudadanía unida por ese vínculo que hace sentir el mal ajeno como propio… Aunque todos estos requisitos (entre otros) serían imprescindibles si lo que se pretendiera fundar fuera un orden democrático. Si lo que se busca es otra cosa entonces nada de eso importaría, claro. En tal caso, trasvasar soberanía nacional hacia tratados e instituciones hiperburocráticas, opacas y no sujetas al escrutinio público sería la forma más directa de renunciar a esa parcela de poder que tenemos ahora como ciudadanos.

Así que como ocurre con tantas otras utopías, esa sociedad abierta al final huele a cerrado. Tampoco resulta tan paradójico, ya sabemos de qué está empedrado el camino hacia el infierno. Muchos movimientos emancipadores terminan volviéndose tiránicos, escojan el ejemplo histórico que prefieran porque los hay a carretadas. La lógica subyacente siempre es la misma: si el fin es tan loable, qué importan los métodos empleados para lograrlo, que van radicalizándose y corrompiéndose más y más por la impaciencia ante una sociedad idílica que nunca termina de llegar a nosotros. Por poner un ejemplo práctico, esto es lo que dice Soros sobre el periodismo:

También debemos atender a la penetración de los valores de mercado en áreas de donde tradicionalmente han estado ausentes. Y ello no depende solo de reformas institucionales; requiere de una reorientación de nuestros valores. Por ejemplo, profesiones como la medicina, la abogacía y el periodismo se han convertido en negocios.

Una idea en la que incide en su web, en la sección de «Misión y valores»:

Nosotros implementamos iniciativas para el avance de la justicia, educación, salud pública e independencia de los medios. Construimos alianzas a través de las fronteras y continentes en asuntos como la corrupción y la libertad de información.

«Independencia de los medios», «libertad de información»… qué bien suena. La realidad es que Open Society está ofreciendo dinero a diversos medios europeos para que informen sobre Ucrania, encargándose a cambio de suministrar las fuentes para crear un clima de opinión antirruso. No citaré el nombre del periodista ni del medio del que me consta tal práctica, pero sí diré que rechazó la oferta. La pregunta es inevitable, ¿cuántos medios sí habrán aceptado?, ¿bajo qué condiciones?, ¿esa es su manera de evitar que el periodismo se convierta en negocio, pagándoles para que sean altavoces de su propaganda? Las decisiones que se toman sobre información manipulada no son libres, ¿es esa su «sociedad abierta»? Los regímenes democráticos modernos se han construido sobre la base del pesimismo antropológico, son un delicado equilibrio de contrapesos que dan por hecho que cualquier persona con poder intentará abusar de él. Ahora un especulador con una fortuna de casi veinticinco mil millones de dólares, encarnación misma de dicha hibris en su ambición por ampliar su poder, pretende convencernos de que deben ser superados sin que sepamos bien la alternativa. Haríamos bien en desconfiar.

En realidad la profunda aversión de Soros por los Estados tiene una razón de ser y puede comprenderse a la luz de su biografía. Sobrevivió como judío a la ocupación de Hungría por el Tercer Reich, la encarnación perfecta del Estado totalitario, un régimen omnipotente dispuesto a moldear la sociedad como si fuera de plastilina. Por si eso no fuera bastante, a continuación vivió la instauración de un régimen comunista. Cómo no acabar escarmentado. Pero comete un error básico al confundir en su mente «totalitarismo» con «Estado»: está tirando al niño junto con el agua sucia y pretendiendo conjurar un mal provoca otro, como aquel criado de Bagdad que queriendo huir de la Muerte se daba de bruces con ella en otra ciudad. Dada su posición de privilegio, teniendo además ochenta y seis años, difícilmente nadie podrá hacerle recapacitar en nada a estas alturas y seguirá persiguiendo sus obsesiones hasta el final de sus días. Solo queda esperar que quien venga tras él, con las ganas de siempre por arreglarnos la vida a los demás aunque no se lo hayamos pedido, tenga una comprensión algo menos dogmática de la realidad.