Deportista-soldado soviético, superhéroe de carne y hueso

Atletas soviéticas durante un desfile en la Plaza Roja de Moscú en 1927. Fotografía: Arkady Shaikhet / Getty.

La Revolución soviética, en un inicio, aspiraba a cambiar toda la sociedad en su conjunto. Hasta el fútbol. Los primeros revolucionarios despreciaban el deporte por burgués. Eso de competir a ver quién gana y es el mejor y darle un premio les parecía de horteras y se propusieron eliminarlo. No es de extrañar, porque hasta entonces el deporte solo lo practicaban los nobles, con influencia victoriana, y no permitían que los trabajadores manuales se afiliaran a sus clubes. 

Cuando luego empezó a popularizarse el fútbol en las calles, los revolucionarios lo consideraban una degradación derivada de la explotación capitalista. Veían al obrero pateando la pelotita como un hámster en la rueda. Mención aparte que desde Inglaterra llegaban noticias, para ellos aberrantes, de equipos, como el West Ham United, que se formaron en las fábricas después de una oleada de huelgas en el sector para unir y confraternizar trabajadores con patronos. 

Un bolchevique, Boris Efimovich Evdokimov, sí vio el potencial del fútbol para que sirviera de cadena de transmisión de las ideas socialistas. Sin embargo, en los años veinte, la URSS rechazó el deporte occidental, por elitista, corrupto y orientado al consumo. Los comunistas querían un deporte proletario, una cultura física, que tuviese como objetivo la higiene y la salud. Para promover estos deportes, se creó la Sportintern en 1921, que también tenía como fin servir de entrenamiento temprano para los jóvenes que pronto estarían en edad militar. 

Una organización, la Red Sport International, inspirada por Nikolái Podvoiski, planificó el que iba a ser el deporte anticapitalista. Llegó a tener dos millones de afiliados en la URSS, Alemania, Checoslovaquia, Francia, Noruega, Italia, Finlandia, Suiza, Estados Unidos, Estonia, Bulgaria y Uruguay. Los Juegos Olímpicos que organizaba el COI entendían que eran un ejemplo de chovinismo y nacionalismo ridículo. Los suyos iban a servir para construir la ética del internacionalismo. Se llamaron Spartakiadas, en honor a Espartaco, y ninguna bandera nacional o himno hizo acto de presencia en la apertura o clausura de los huegos. Todos cantaban La Internacional y punto.

En este contexto, llegó la reforma del fútbol a la URSS en 1923. Tenía que ser un deporte educativo y formativo, no un espectáculo ni una competición. No solo contaban los goles, también puntuaba cometer menos faltas, tener menos expulsados, alinear jugadores que también hicieran otros deportes o fueran profesores de educación física en sus barrios. El Krasnaya Prensya fue el equipo que al final de temporada consiguió más victorias y quedó quinto. En la prensa, el debate giraba en torno a si era ético que alguien cobrase por hacer deporte. Se preguntaban si era lícito que alguien jugase en el club de un sindicato que no era el de su empresa. 

Este fútbol proletario no sobrevivió a la década. Cuando llegó Stalin, ordenó que había que competir con el capitalismo en todos los ámbitos de la vida, deporte incluido. El fútbol y los Juegos Olímpicos eran, en realidad, un escaparate precioso para impresionar a los gobiernos extranjeros con la fuerza soviética. El arma magnífica con la que contaban era el TsSKA, el club deportivo del ejército. 

Los militares introdujeron la gimnasia y la natación en los cadetes militares en 1844. Hasta entonces, habían reclutado a campesinos fortalecidos por las labores agrícolas, pero cuando las ciudades comenzaron a crecer, los chavales que les llegaban a filas dejaban mucho que desear. En 1918 se creó la Vsevobuch, una red para facilitar que todo el mundo hiciera gimnasia. Sus fines, más prosaicos, servirían para preparar a los jóvenes para el combate. Mijaíl Frunze fue en 1925 uno de los militares que más hizo por introducir el deporte en las fuerzas armadas. El Ejército contó con las mejores instalaciones y a los oficiales se les obligaba a dominar alguna disciplina deportiva. 

De esta manera, entre 1941 y 1945, miles de atletas fueron a la guerra. La lista es interminable. Por ejemplo, Aleksandr Spiridonovich Kanaki, participante en decatlón. En Stalingrado, fue gravemente herido al ir a arrojar una granada a las líneas enemigas. Con daños irreversibles en una mano, después del conflicto cambió de disciplina y llegó a ser campeón soviético de lanzamiento de peso. 

En un número de la revista Soviet Military Review de 1981 se publicó un artículo del teniente coronel D. Rostóvtsev, campeón de esquí de montaña, que contaba de primera mano la formación de una brigada de atletas. Una historia para hacer una película. En su caso, no se fue a las dependencias del CSKA, sino a las del equipo de la policía, el Dynamo. Reunió a deportistas como N. Shatov, levantador de pesas, A. Dolgushin, piragüista, los hermanos Georgi y Seraphim Znamenski, corredores de fondo y L. Mitropolski, lanzador de disco. El grupo recibió entrenamiento militar para actuar tras las líneas enemigas. 

Como en un cómic de Marvel, el teniente-coronel explicó que, al principio de la guerra, los cócteles molotov y las granadas fueron fundamentales contra los carros de combate alemanes. Un soldado convencional no podía lanzar una granada más de treinta metros; con estos hombres era otra historia. Para infiltrarse tras las líneas enemigas, los mejores eran los esquiadores y los escaladores. 

Un boxeador, Sergei Shcherbakov, fue herido en una pierna en una misión en el Cáucaso. Al cabo de un año volvió al ring y, con su pierna aún convaleciente, llegó a ser campeón de la URSS. Anatoli Ivanovich Parfyonov, luchador grecorromano, fue ametrallador, luego llevó un tanque T-34 y fue herido en el brazo en el paso del Dniéper. Nunca más pudo doblar el codo, sin embargo, consiguió ganar los títulos de lucha libre de la URSS de 1954 y 1957. Después se hizo entrenador y logró que Nikolái Balbosin se convirtiera en campeón olímpico. 

Ferdinand Kropf, nacido en Trieste, fue instructor alpino antes y después de la guerra. Durante la contienda, sirvió en unidades de partisanos en la Brigada Independiente de Fusileros Motorizados de Destino Especial, en la que, por cierto, hubo un centenar de españoles exiliados. Kropf luego diseñó los sistemas de rescate de montaña de la URSS. 

La unidad de Rostóvtsev atravesó el Cáucaso y los Cárpatos, entró en Hungría por Transilvania y llegó hasta Průhonice, a las afueras de Praga en Checoslovaquia. Para celebrar el final de la guerra, lo primero que hicieron sus hombres fue disputar un partido de fútbol contra el equipo de la localidad. 

Después de la contienda, el debut de la Unión Soviética en el gran escenario del deporte, hasta entonces burgués y decadente, se produjo en los Juegos de Helsinki 52. Buena parte del equipo soviético que ahora aparecía en ropa interior dando saltitos se había pateado el fuego y la nieve del frente oriental en una guerra de exterminio. 

Yuriy Nikolaevich Lituyev, plata en los cuatrocientos vallas, récord del mundo en 1953, del CSKA, había comandado una batería de artillería. Acabó la guerra como teniente. Vladimir Dmitrievich Kazantsev, del Dynamo, fue herido en el frente de Kalinin; ahora era plata en los tres mil obstáculos. Alexander Alexandrovich Anufriev fue herido en el frente de Carelia, luchando precisamente contra los finlandeses que ahora estaban en la grada; comenzó a hacer deporte para recuperarse de sus lesiones y llegó a ser bronce en los diez mil metros. 

En el equipo de baloncesto que perdió la final contra Estados Unidos por el escalofriante resultado de 36 a 25, estaba Ivan Fedorovich Lysov, que había luchado en la Séptima División de Infantería que recorrió Kalinin, Estonia y Leningrado. El caso de los gimnastas fue aún más espectacular. Viktor Ivanovich Chukarin, con tres oros y una plata, tras ver cómo su padre marchaba para el gulag en 1937, fue enviado a la guerra y capturado. Estuvo en diecisiete campos de concentración. Sobrevivió a Buchenwald, pero salió de ahí pesando cuarenta kilos. El armenio Grant Amazaspovich, con dos oros y dos platas, fue al frente voluntario en 1943 y volvió herido en una pierna. 

También en Buchenwald estuvo Ivan Vasilievich Udodov, oro en halterofilia. Cuando Estados Unidos le liberó del campo de concentración, estaba inmóvil. Tenía diecisiete años y corría el riesgo de quedarse postrado para siempre. Los doctores le recomendaron levantar pesas para recuperar el tono, y tanto fue así que acabó imponiéndose en los Juegos Olímpicos. 

Nikolái Nikolaevich Saksonov, que fue plata, fue herido tres veces en la guerra. Plata también en sesenta y siete kilos, Evgeni Ivanovich Lopatin había estado en Stalingrado al mando de una compañía antitanque con el rango de teniente. A finales de septiembre de 1942, en la batalla de Yerzovka, una ametralladora le estalló en la mano izquierda. Eso no impidió que diez años después se proclamara campeón de levantamiento de pesas. Otro levantador, galardonado con un bronce, Arkadi Nikitich Vorobyov, había sido buzo en la flota del mar Negro. Dejó el servicio tras sufrir una conmoción cerebral y fue condecorado. 

En lucha grecorromana, Yakov Grigorievich Punkin se llevó el oro. En 1941, sirvió como tanquista. Capturado en los primeros compases de la guerra, estuvo en el campo de prisioneros de Fullen y luego realizando trabajos forzados en Osnabrück. Se hizo pasar por musulmán osetio para no ser ejecutado, porque se intentó escapar sin éxito dos veces de su cautiverio. Al ser liberado, tuvo suerte. No fue enviado al gulag, como les pasó a muchos otros, pero se comió tres años de mili en Magdeburgo, tiempo que aprovechó para ponerse al día en su disciplina deportiva favorita.

El oro en lucha libre, Shalva Konstantinovich Chijladze, luchó en una brigada motorizada del NKVD, la policía militar; a él le dieron en una batalla en la aldea de Verjne-Kuklino, en Ucrania. Fue herido en el antebrazo izquierdo, donde sufrió daños nerviosos. Estuvo hasta 1942 en el hospital y luego fue enviado a tratarse a Tiflis. Tenía cuarenta años cuando fue incluido en el equipo olímpico que fue a Finlandia. 

Hasta las mujeres tenían su pasado bélico. La lanzadora de peso Galina Ivanovna Zybina fue superviviente del cerco de Leningrado y recibió una condecoración por destacar en la defensa de la ciudad. Se llevó el oro. La gimnasta María Kondrátievna Gorojóvskaya sirvió en un hospital en Leningrado. Se hizo con dos oros y cinco platas.

Patinadores profesionales soviéticos durante una sesión de entrenamiento en Irkutsk, Siberia, 1965.
Fotografía: Getty.

La Unión Soviética fue segunda en el medallero con setenta y una medallas frente a las setenta y seis estadounidenses. En la siguiente cita, Melbourne 56, la URSS logró ser primera con noventa y ocho, frente a las setenta y cuatro americanas. El propósito de Stalin de plantarle cara al capitalismo también en el deporte, en sus mismos términos, había sido un éxito. Sin embargo, en Finlandia hubo un borrón que le aguó la fiesta al secretario general. En el deporte rey, el equipo soviético fue a caer ni más ni menos que ante Yugoslavia, su peor enemigo en la geopolítica mundial en ese momento. Este tipo de enfrentamientos luego fueron habituales para Moscú, como el partido de waterpolo recordado como «el baño sangriento» en el contexto de la revolución húngara de 1956 o los violentos partidos de hockey contra Checoslovaquia tras la Primavera de Praga. 

Tito y Stalin rompieron en 1948. El yugoslavo era incontrolable y Stalin, mejor que pasarse la vida discutiendo con él, prefirió condenarlo y meter así en cintura al resto de democracias populares con su ejemplo. En todas ellas, hubo miles de purgas bajo la acusación de titismo. Yugoslavia, por su parte, quedó aislada y tuvo que recurrir a Occidente para hacer negocios. No obstante, estos días de enfrentamiento contra el imperio militar soviético fueron los de mayor auge del yugoslavismo en un país que, como es sabido, acabó saltando por los aires por sus dinámicas internas disgregadoras. 

Por los escritos de Vladimir Dedijer, miembro del Comité Central, sabemos que toda Yugoslavia estaba enloquecida con el partido. Antes de la ruptura todo habían sido elogios tras una visita del CSKA en 1945. La prensa dijo que todos los jugadores se habían distinguido en la batalla durante la Segunda Guerra Mundial; ahora eran oficiales, la mayoría tenientes. Eran un ejemplo de emulación dentro y fuera del campo. Así se hizo el Partizán de Belgrado, club del JNA, el Ejército yugoslavo, a su imagen y semejanza. 

Entre los yugoslavos se encontraba el luego famoso entrenador Vujadin Boškov. La selección soviética de Helsinki estaba basada en el CSKA, aunque uno de sus mejores jugadores, Konstantín Ivánovich Béskov, era del Dynamo y había hecho la guerra en el NKVD en Moldavia y en las Fuerzas Especiales en Moscú. Su preparación física era manifiestamente superior, como demostró la remontada que protagonizaron heroicamente. Yugoslavia se puso 5-1 y en la segunda parte los soviéticos empataron 5-5. En el tiempo extra nadie marcó y hubo que repetir el partido. 

El público finlandés iba con Yugoslavia, cuyos jugadores, conscientes de la importancia política del partido, según comentó Stjepan Bobek años después, los días previos ni comieron ni durmieron. Tito, personalmente, les envió un telegrama que fue leído en el vestuario justo antes de saltar al campo. Si Stalin hizo lo mismo con los suyos es algo que se ha comentado y puesto en duda. 

El desempate fue durísimo. El New York Times lo describió como un partido «cercano al fútbol americano». Los jugadores se insultaban con calificativos como «fascista», que se contestaban con «capitalista»; a los rusos les decían que acabarían en Siberia. Al final, 3-1 para los balcánicos. Cuando la URSS dio el partido por perdido, se dedicaron única y exclusivamente a dar patadas a los yugoslavos. Tampoco les dieron la mano tras el pitido final.

La plavi celebró el triunfo cantando canciones partisanas de la Segunda Guerra Mundial. Lo primero que hicieron los jugadores fue enviarle un telegrama de respuesta a Tito, donde decían: «Luchamos y vencimos». En una retransmisión de radio famosa en Yugoslavia, que aparece en la primera película de Kusturica, el locutor Radivoje Marković celebraba emocionado el «golpe a Stalin y a la Kominform» que suponía esa victoria. En todas las capitales yugoslavas salió la gente a celebrar el triunfo a la calle; nunca esa nacionalidad colectiva fue más querida por tanta gente en la federación como aquel día. 

De los soviéticos, en su momento, se publicó que todos habían acabado en el gulag. De hecho, ha quedado ese mito, pero no es verdad. Los más brillantes continuaron sus carreras con éxito. De hecho, dos de ellos, Ígor Netto y Anatoli Ilyin, estuvieron presentes en Melbourne, donde se tomaron la revancha contra Yugoslavia y la derrotaron en la final por 1-0, con Yashin de portero. Pero, para entonces, Stalin ya había muerto. Mientras aún seguía vivo, la prensa no informó del resultado del partido. A varios jugadores del equipo se les retiró la Maestría Deportiva, pero el que pagó el pato fue el CSKA. Bajo la posible influencia de Beria, que era fanático del Dynamo, Stalin se cepilló al club, que estuvo dos años desaparecido, hasta su muerte. Medio siglo después, el CSKA puede presumir de haber dado más de dos mil quinientos oros a su país.


Working class ballet

Partido entre el Tottenham Hotspur y el Liverpool, 1975. Fotografía: Corbis.

El fútbol es el ballet de la clase obrera. Es una experiencia que hechiza. Durante una hora y media se desarrolla poco a poco un orden de tiempo diferente y uno se somete a él. Un partido de fútbol es una ruptura temporal con la rutina diaria: estática, evanescente y, sobre todo, compartida. En todo su esplendor, el fútbol va sobre los cambios en la intensidad de la experiencia. A veces, es como Spinoza en su maximización de las intensidades de la existencia. Otras veces, es más como el Godot de Beckett: nada sucede dos veces.

Permítanme que intente explicar por qué el fútbol es muy importante para mí, y por qué lo es más según me hago más viejo. Mi familia es de Liverpool, en el noroeste de Inglaterra, y mi padre solía entrenar en el campo del Liverpool a principios de los años cincuenta hasta que una lesión de tobillo acabó con su carrera. Por ese motivo tuvo que llevar botines Chelsea el resto de su vida, le daban un aspecto bastante estiloso. 

Mi madre me cuenta que empecé a dar patadas a un balón antes que a caminar, y el nexo principal de la relación tempestuosa que mantuve con mi padre fue el fútbol. Hasta que murió a finales de 1994. De pequeño, recuerdo largos viajes en coche para ver partidos, analizábamos (cuando estábamos de camino) cada faceta del juego anticipadamente y lo comentábamos (a la vuelta) con rigor científico, casi forense. Recuerdo que lloré desconsoladamente en el coche al volver de las semifinales de la Copa, cuando el Liverpool perdió contra un equipo manifiestamente inferior en un campo horrible. El fútbol va sobre todo de la experiencia del fracaso y de la injusticia moralmente justificable. De esperar ganar y aprender a aceptar la derrota. Pero, lo más importante, va sobre la fragilidad del sentido de pertenencia: el enigma del lugar, de los recuerdos y de la historia.

Mi familia se mudó de Liverpool. Éramos inmigrantes económicos en una parte del país que no reconocíamos y que no nos reconocía. El Liverpool CF vino a representar lo que el hogar significaba para mí y fue un elemento crucial para el sentido de identidad que teníamos. Nuestra casa se llamaba «De Kop», como la famosa grada de Anfield donde los fans más acérrimos cantaban en pie. Recuerdo que me pegaban en la escuela por hablar diferente, es decir, con acento reconocible de Liverpool. Así que aprendí a hablar de otra manera, un estilo anónimo típico de la BBC que todavía arrastro hoy. 

Fui un jugador decente, nada especial. Mi padre estaba muy orgulloso y solía ir a ver todos los partidos. Debido a los caprichos del sistema inglés, cuando a la edad de once años aprobé el examen para entrar en una grammar school —un tipo de escuela pública académica que por suerte ha ido desapareciendo—, los únicos deportes que se podían practicar eran el rugby, el hockey y el cricket. Juegos de caballeros; el fútbol se consideraba de clase obrera. No me dejaban jugar, excepto en mis ratos libres, y perdí el poco talento que tenía.

Cuando nació mi primer hijo, Edward, en 1992, mi primer impulso fue adornar su habitación con banderines del Liverpool. Como yo, no iba a tener más alternativa que ser fan del Liverpool. Tristemente, el Liverpool con el que yo crecí —un equipo de semidioses invencibles unidos bajo el mando autoritario de Bill Shankly— ya no existe.  En los años setenta y ochenta era tan bueno que tenía que venir un equipo de Marte para derrotarlo, decía Shankly. 

Me encanta la arrogancia de esta otra cita suya:

Mi idea era convertir el equipo en un bastión de invencibilidad. Napoleón quería conquistar el mundo, yo quería que el Liverpool fuera imbatible. Mi idea era crear un equipo cada vez mejor hasta que el mundo entero se rindiera.

A pesar de la alusión a Napoleón, Shankly era socialista, y no debería olvidarse que el nombre verdadero del fútbol, que se remonta a la organización formal del juego en Inglaterra en la década de 1860, es «fútbol de asociación». Una idea que no debe vincularse por las buenas a la charla de Marx sobre «una asociación de seres humanos libres» en El capital

La manera en que Shankly entendía el socialismo era muy simple: «El socialismo en el que creo no es política, es una forma de vida. Es humanidad. La única manera de vivir y de tener éxito de verdad es mediante el esfuerzo colectivo; todos trabajando para todos y todos con una parte de la recompensa al final del día».

En 2006, el Liverpool CF fue comprado por dos inversores deportivos americanos: Tom Hicks y George Gillett. Pocos años después, en la temporada 2009-10 y con centenares de millones de dólares de deuda, atravesó uno de sus peores momentos. La siguiente (2010- 2011) fue incluso peor; el club entró en concurso de acreedores y finalmente fue vendido, como una prostituta en una esquina. 

Kenny Dalglish, mi héroe de la infancia, a quien quería dedicar mi tesis doctoral (hasta que los profesores más distinguidos de la facultad me recomendaron encarecidamente no hacerlo), fue nombrado entrenador a finales de diciembre de 2010. Las cosas empezaron a ir mejor pero, tristemente, pronto se hizo patente que Kenny no tenía aptitudes para el juego contemporáneo. Cuatro años después hubo un cambio de actitud en el equipo, en la selección y las tácticas bajo la dirección de Brendan Rodgers. No me gusta este tipo, pero reconozco que hizo un trabajo fantástico. El Liverpool jugaba con firmeza, energía e ímpetu, con una troika extraordinariamente eficaz compuesta por Suárez, Sturridge y Sterling

A veces pienso que tendría que haber dejado a mi hijo ser de algún otro equipo, como el Arsenal o el Manchester (¡Dios no lo quiera!). Pero quizá hay algo de parábola en el fenecimiento del Liverpool: el fútbol tiene que ver, sobre todo, con experimentar una decepción en el presente que se liga a un cierto recuerdo, sin duda ilusorio, de grandeza y virtud heroica. No es la decepción lo que es difícil de llevar, es la esperanza infinitamente renovada con la que comienza cada nueva temporada. Aquí hay una alusión clara, por supuesto, al Prometeo de Esquilo. Encadenado en un intercambio entre el coro y el dios Prometeo, atado a una roca en el Cáucaso. El coro pregunta a Prometeo qué más les dio a los seres humanos además del fuego y de la tecnología.

Prometeo: Evité que los mortales previeran la fatalidad. 

Coro: ¿Qué cura descubriste para esa enfermedad? 

Prometeo: Sembré en ellos esperanzas ciegas.

Guerra por otros medios

La Copa del Mundo es un espectáculo en el sentido estrictamente situacionista. Es una exhibición deslumbrante de equipos, tribus y naciones en un combate simbólico, de hecho, bastante atávico, adornado con múltiples capas de mercantilización, patrocinio y una comercialización aparentemente infinita. Es la clara imagen de lo peor y más vulgar de nuestro tiempo. Pero también es algo más, algo vinculado a asuntos difíciles y recalcitrantes que tienen que ver con conflictos, recuerdos, historia, lugar, clase social, masculinidad, violencia, identidad nacional, tribu y grupo.

Mi primer recuerdo de la Copa del Mundo es de cuando mi padre me llevó a ver el partido de Argentina contra Inglaterra en el estadio de Wembley en 1966. Yo tenía seis años y aquello era un acontecimiento muy importante. Acabó en un irritante 0-0 que pasó a la historia porque el capitán de Argentina, Rattin, que había lesionado gravemente a un buen número de jugadores ingleses, se negó a abandonar el campo cuando le expulsaron. Obviamente, Rattin no era un caballero. 

Hubo tres encuentros más de la Copa del Mundo entre Inglaterra y Argentina: en 1986 (Argentina ganó con dos goles de Diego Maradona, uno con la mano, «la mano de Dios»), en 1998 (Argentina ganó otra vez, después de que un joven e impetuoso David Beckham fuera expulsado por venganza) y en 2002 (cuando Inglaterra ganó y Beckham se redimió a sí mismo con un gol ganador). Al reflexionar sobre el incidente de la mano y la victoria sobre Inglaterra en 1986, Maradona dijo:

Fue como si hubiéramos vencido a un país…  Aunque dijimos antes del partido que el fútbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, sabíamos que habían matado a muchos argentinos allí, como a pajaritos. Esta era nuestra venganza.

El fútbol es la continuación de la guerra por otros medios.

Mi recuerdo más vivo de la Copa del Mundo es de México, en 1970. Brasil ganó por tercera vez, lo que significaba que seguían quedándose con el trofeo. Era el equipo de Pelé, en su cuarta Copa del Mundo; Jairzinho, Rivelino, Tostão y Gerson. Solo los nombres me transmitían una especie de energía mágica. Los pronunciaba silenciosamente mientras golpeaba un balón contra la pared, como si invocara un conjuro. El equipo de Brasil de 1970 fue el mejor equipo atacante de todos los tiempos, y con el que se compara a otros grandes equipos posteriores (los Países Bajos en 1974, o Francia en 1998). Mi madre tiene una fotografía mía, con diez años, llevando el uniforme de Brasil al completo. 

La Copa del Mundo, por lo tanto, tiene que ver con recuerdos constantemente cambiantes y con la complejidad de la identidad personal y nacional. Pero sobre todo tiene que ver con la excelencia. Los jugadores verdaderamente buenos, como Pelé, como Johan Cruyff, como Maradona, como Zidane, tienen excelencia: una contención física no forzada y elegancia en sus movimientos, un tipo de disciplina en la que los periodos largos de inactividad se pueden acelerar repentinamente y el tiempo adquiere una dimensión diferente en explosiones de energía controlada. Cuando alguien como Zidane hace esto solo, el efecto es hermoso; cuando cuatro o cinco jugadores hacen esto juntos, es impresionante (esta excelencia colectiva pasó a un nuevo nivel con el Barcelona FC de Guardiola). Pero la excelencia es también un don. Es el cultivo de cierta disposición, algunos la llaman fe, con la esperanza de que la excelencia se distribuya.

Puedo oler esta película

Hay dos cosas que se le escapan totalmente a uno cuando ve el fútbol en la televisión: el olor y el sonido. El fútbol va sobre todo de olores: la muchedumbre, el hedor acre del pis en los aseos, Bovril, humo de tabaco y empanadas de carne. Pero también está el olor de la tierra, la tierra que Zidane trata con tanta delicadeza sustituyendo cuidadosamente los terrones de hierba arrancados durante el partido, o el leve ruido de fricción persistente de sus botas contra el campo. Hay algo nostálgico y elegíaco en este olor. 

Al pensar de nuevo en cuando era pequeño e iba a ver partidos con mi padre o cuando lloraba en el coche de vuelta a casa cuando el Liverpool perdía, lo que recuerdo son olores. Sobre todo el olor de la tierra mojada del campo que ascendía a las gradas. 

En la película Zidane este recuerda correr y sentarse tan cerca de la televisión como podía para poder ver el programa Téléfoot y escuchar la voz del comentarista; lo que le atraía no era el contenido de las palabras de Mangioni, sino el tono, la atmósfera. Estas son las interferencias que Zidane intenta evocar para adentrarnos en el recuerdo del espacio, una esfera divina, el momento de la respiración y el vapor. A veces, me recuerda al cine de Terrence Malick.

Excelencia y destrucción

En el peculiar ensayo Sobre el teatro de marionetas, el poeta romántico Heinrich von Kleist reflexiona sobre la naturaleza de la excelencia. Debido a la naturaleza inquieta de la conciencia humana, Kleist concluye que la excelencia aparece solo de forma corporal en personas que no tienen ninguna conciencia o la tienen infinita; en una marioneta o en un dios. ¿Es Zidane una marioneta o un dios? Tiene excelencia, lo que significa que podría ser ambas cosas.

No queda claro qué sentido hay —si es que lo hay— en el heroísmo del siglo XXI. El héroe es un icono, pero también es algo más: el héroe verdadero es poseedor de fragilidad y soledad. Sobre todo, y aquí es donde Zidane se acerca más a la figura del héroe, cuando se busca su propia ruina. 

En la película, sonríe una vez, quizá dos veces. La segunda vez es hacia el final del partido mientras charla con Roberto Carlos. El Real Madrid va ganando después de recibir un gol en contra tras un estúpido penalti. Zidane se sacó el primer gol de la manga tras una extraordinaria demostración de inteligencia, energía y velocidad. Parece feliz. Pero es una sonrisa amenazadora. Casi una mueca.

De repente los ojos se le oscurecen y parece engullido por una intensidad claustrofóbica de duda y de odio hacia sí mismo. A un compañero de equipo le acaban de hacer una falta grave y corre a través del campo para golpear al jugador causante de la falta. David Beckham lo aparta antes de que lo golpee por segunda vez. Entonces, un dolor inmenso se adueña de él. Lo expulsan y se somete a las reglas a regañadientes. El heroísmo conduce siempre a la autodestrucción y la ruina. 

Según abandona el campo, sabe que se ha acabado. Parece desamparado. 

Como Kleist escribió al final de su ensayo sobre el teatro de las marionetas: «Este es el último capítulo de la historia del  mundo».


František Kriegel, uno que decía que no

Primavera de Praga, 1968. Estudiantes checos subidos a un tanque ruso expresan su deseo de democratización del régimen soviético. Foto: Cordon.

Ya han pasado más de cincuenta años de la primavera de Praga, el intento de ensayar un socialismo de rostro humano en 1968 que acabó bastante mal, y esta es la historia de František Kriegel, uno de sus protagonistas. La cuento por si acaso nadie se acuerda de recordarla, que podría ser. Cuando las tropas soviéticas invadieron Checoslovaquia, porque no veían claro lo del rostro humano, arrestaron a Kriegel y al resto de líderes comunistas del país y los llevaron a tortas a Moscú. Eran entre veinte o veintiséis, no he logrado concretarlo, y todos fueron obligados a firmar el llamado Protocolo de Moscú, una rendición y una humillación. Les pusieron un papel delante en el que admitían su equivocación y autorizaban la entrada del Ejército Rojo en su país. Pero antes de contar la escena en que firman, detengámonos un momento para saber quién era František Kriegel, porque para llegar aquí dio muchas vueltas, giros y saltos que en realidad marcan un camino bastante recto.

Kriegel ni era checo. Nació en 1908 el Imperio austrohúngaro, en un lugar que ahora cae en Ucrania, y era judío, y era pobre, y enseguida fue huérfano de padre. Se trasladó a Praga con dieciocho años a estudiar Medicina, huyendo también del antisemitismo de su tierra, y allí se afilió al Partido Comunista. Para pagarse los estudios trabajó en la construcción, en una zapatería, vendiendo salchichas en los partidos de fútbol. Cuando terminó la carrera empezó a trabajar de médico en Praga, pero a los dos años estalló la guerra civil en España. ¿Qué hacer? Fue un momento de grandes decisiones para él, que venía de la pobreza y quería un mundo mejor. «En sus ansias de hacer frente al sufrimiento humano no le bastaba con ser buen vecino y buen médico, necesitaba también entender el contexto social del sufrimiento y explorar la vía para eliminarlo». Esto lo dijo más tarde su amigo Václav Havel, que llegó a ser presidente checo tras la caída de la URSS. El 10 de diciembre de 1936 Kriegel tomó su decisión y emprendió viaje a España.

Estuvo más de dos años en el frente, hasta el final de la guerra, sirviendo como médico. Hay algunas anécdotas suyas. Una vez, en Tarragona, los milicianos encontraron una imagen del Sagrado Corazón de Jesús y comenzaron a burlarse, hasta que él les increpó: «Si usted no es creyente, camarada, no se burle, esta no es nuestra casa». Tras la marcha de las Brigadas Internacionales, Kriegel acabó en uno de esos horribles campos de concentración que hicieron los franceses para los que habían perdido la guerra en España. Y que luego, ya puestos, se usaron durante la Segunda Guerra Mundial. A Kriegel le tocó el campo de Gurs, cerca de Pau. Entonces se empezó a preocupar por China, que estaba en guerra contra el Japón imperialista desde 1937. ¿Qué hacer? «China me necesita, sus sufrimientos superan a los de España», decía entonces. No era el único, en los barracones de Gurs vivía con otros médicos extranjeros que habían trabajado en la guerra española, se habían curtido en el frente y, tal como estaba el mundo, querían seguir, no estaban dispuestos a pensar que no era asunto suyo y volverse a casa. En muchos casos también porque no podían, en su casa estaba Hitler. Cincuenta se ofrecieron voluntarios para ir a China, y al final fueron elegidos dieciocho, Kriegel entre ellos. En total, al final ascendieron a veinte. En agosto de 1939 partieron hacia la guerra chino-japonesa. En China los llamaron los médicos españoles, porque venían de la Guerra Civil, aunque ninguno era español.

Aquí hago uno de mis temibles incisos: ¿sabían que hubo chinos en la guerra civil española? Cerca de un centenar. Pero es que ni los chinos lo sabían. Lo cuenta un libro curiosísimo, Los brigadistas chinos en la Guerra Civil, de Hwei-Ru Tsou y Len Tsou, publicado en 2001 en chino y traducido al español en 2013 en la editorial Catarata. Los dos autores son científicos estadounidenses de origen taiwanés —nada que ver con la historia, son químicos— que a finales de los ochenta curioseaban en fotos de la Guerra Civil y, de repente, ¡allí había un chino! Se pasaron diez años, intrigados por la historia, rastreando la pista de los chinos en la contienda de España. Hablaron con veteranos de la Brigada Lincoln y de otros países hasta que reconstruyeron su peripecia. La mayoría eran chinos que en 1936 vivían en Europa, alguno en Estados Unidos, y acudieron a España porque pensaban que en el fondo era la misma batalla que en su país se estaba librando contra Japón. Es más, una carta de Mao al pueblo español de mayo de 1937 decía así: «Muchos camaradas del Ejército Rojo de China están dispuestos a ir a España para participar en vuestra lucha. De no ser porque tenemos enfrente el enemigo japonés, iríamos con toda seguridad a integrarnos en vuestras tropas». Aquellos chinos a los que les quedaba más cerca la guerra civil española que la propia China pensaron que venía a ser lo mismo y les venía mejor. Solo dos estaban ya en España. De uno apenas se sabe nada, el otro era vendedor ambulante en Barcelona. Seguramente era conocido en la ciudad. Se afilió a la CNT.

Por el camino de sus pesquisas, los dos autores del libro también descubrieron la historia de los médicos españoles en China, que desconocían. Y así llegaron a Kriegel. Estuvieron incluso en casa de su viuda, en Praga. De ahí he sacado parte de la información. En fin, estos dos señores químicos taiwaneses hicieron un trabajo colosal, buscando la historia de cien chinos olvidados hasta en su propio país que combatieron en Teruel o Guadalajara, y lo narran en su libro de forma detectivesca. También hicieron una labor encomiable para publicar la obra en España la Universidad de Castilla-La Mancha y el Instituto de Estudios Albacetenses, con la ayuda del Departamento de Traducción e Interpretación de la Universidad Autónoma de Barcelona. La idea que se me queda es que Spielberg haría sin pensar una película sobre esto si ocurriera en su país, pero aquí, más bien, lo que es una película de Spielberg son las penalidades para que esta historia, la nuestra, salga a la luz, y aun así casi nadie la conoce. No sé cuándo llegará el día en que podamos mirar a nuestro pasado con la atención que merece, no como si fuera una cosa que les pasó a otros.

Volvamos a Kriegel, que no miraba demasiado para otro lado. Se fue a China, montó unidades de campaña de la Cruz Roja y se enfrentó a los japoneses. Hasta que aquello ya se fue transformando en la Segunda Guerra Mundial en otro escenario, Birmania. Hacia 1942 los japoneses penetraron en el país y cortaron la línea de abastecimiento de las tropas chinas, que al final se acabaron aliando con ingleses y estadounidenses. Para Kriegel llegó otro momento de decisiones importantes. ¿Qué hacer? Se pasó al Ejército de Estados Unidos en Birmania, junto a otros médicos, para combatir a Hitler y sus aliados en Asia. Terminada la guerra, Washington le condecoró en 1944 con la distinción más alta para civiles, la Medalla al Servicio Civil Excepcional. 

En 1945 por fin pudo volver a su país, nueve años y tres guerras después. Fue recibido con honores y tuvo puestos de responsabilidad, llegó a ser viceministro de Sanidad entre 1949 y 1952, hasta que cayó en desgracia en las purgas estalinianas. En 1960 volvió a viajar, le enviaron a Cuba, al año de la revolución de Fidel Castro, para ayudar con su experiencia en la creación del nuevo sistema sanitario público de la isla. Se pasó allí tres años, es decir, vivió de cerca la crisis de los misiles. De regreso a Praga, rechazó puestos en el Partido Comunista y siguió trabajando de médico en un hospital de la ciudad. Con los nuevos aires reformistas, al final fue elegido miembro del Comité Central en 1966. Como tonto no era, y había visto mundo, se daba cuenta de lo que no funcionaba, de que aquello no era exactamente por lo que había luchado. Por eso impulsó con Alexander Dubček, el nuevo secretario del partido elegido en enero de 1968, la apertura del régimen hacia las libertades. Las sonrisas se adueñaron de las calles de Praga, hasta que en agosto entraron los tanques soviéticos.

Bien, ahora, la pregunta del millón. Habíamos dejado a František Kriegel, llevado a la fuerza a Moscú, en 1968, ante el papel de los rusos para que firmara su rendición. Sabiendo lo que ya saben, ¿qué creen que hizo? Pues Kriegel dijo que no. Fue el único de los veinte o veintiséis dirigentes checoslovacos comunistas que se negó a firmar, no renegó de la Primavera de Praga. Se explicó así: «Podéis fusilarme o mandarme a Siberia, pero no firmaré». Al final le dejaron volver a Checoslovaquia, pero fue expulsado del partido. Dubček, por ejemplo, fue relegado a agente forestal. Kriegel se convirtió en un apestado, un disidente democrático, y vivió bajo estrecha vigilancia policial hasta su muerte, en 1979, en accidente de tráfico. Murió en la oposición, como siempre había vivido. En su esquela se publicó una frase suya, a modo de despedida: «Hay que defender con firmeza la verdad y la justicia, rechazar la mentira y las acusaciones infundadas, afanarse en cuerpo y alma para que las personas no sufran más por las mentiras, para que la relación entre las personas y entre los países se base en la moral».

Si se preguntan qué fue de los brigadistas chinos de la Guerra Civil, una parte regresó a su país y combatió contra los japoneses. Pero a partir de 1966 muchos acabaron purgados en la Revolución Cultural, precisamente por haberse relacionado con extranjeros.

Es curioso, hoy tenemos la vida mucho más fácil y qué poco decimos que no.


Hoces, martillos y ladrillos

Torre Juche, Pionyang, Corea del Norte. Foto: Cordon.

Corea del Norte es uno de los últimos regímenes comunistas que quedan en el mundo. En su capital, Pionyang, entre plazas gigantescas y monumentos dedicados al líder, hay uno que destaca por su significado. Delante de la Torre Juche que domina la ciudad se puede ver una escultura de tres figuras de bronce. Un obrero vestido con su mono de trabajo que levanta un martillo, y una campesina que sostiene una hoz. Hasta ahí, normal dentro de la típica iconografía comunista. Pero la tercera persona, con traje y corbata, alza un pincel. Ese detalle marca la diferencia.

Fue una idea de Kim Il-sung, primer líder de la república socialista, con la que quería incluir en la ideología oficial del país a los intelectuales. El mensaje que pretendía dar a los artistas, escritores o filósofos, era que desde ese momento su papel en la sociedad iba a estar plenamente al servicio del partido. Su función consistiría en dedicar sus obras y trabajos a describir la grandeza del partido y del líder. Entre los gremios incluidos estaba, por supuesto, el de los arquitectos. Una de las profesiones más importantes para alcanzar el radiante porvenir, ellos reconstruirían las ciudades. 

Actualmente, el recuerdo que han dejado estos proyectos grandiosos es de bloques de viviendas sin ninguna ornamentación, una arquitectura monótona y triste. Ese es el estereotipo extendido de la ciudad comunista. Un modelo tan gris que ni siquiera se ha estudiado al detalle en los propios países socialistas. Jelena Prokopljević, arquitecta serbia, investigadora de la arquitectura de las repúblicas populares y soviéticas, vive en Barcelona. Nos encontramos en su casa y nos lo explica: «A nosotros nos enseñaban cómo hacer un edificio prefabricado, cómo funciona el sistema de prefabricación del hormigón, en madera o en metal, pero no nos hablaban de la historia de estos edificios, no había asignaturas de esto». 

Prokopljević creció en Novi Beograd (Nuevo Belgrado). El lugar donde Tito planeó construir una gran capital para la República Socialista Federativa de Yugoslavia. En el proyecto, que tardó treinta años en llevarse a cabo, trabajaron ciento cincuenta mil voluntarios. Movieron treinta millones de toneladas de arena para levantar el terreno cinco metros sobre los ríos Sava y Danubio y evitar inundaciones. Allí establecieron la planta de la nueva ciudad. 

«Los principios entonces pasaban por la zonificación urbana. Este proceso también se tenía presente en Occidente, pero en los países comunistas resultaba mucho más visible. Dividieron las zonas de trabajo, las zonas de viviendas y las zonas verdes sin que hubiera mezcla de funciones, que es lo que hay en Occidente, donde debajo de casa tienes comercios, también hay centros de trabajo y una mezcla que hace que la vida sea más agradable y divertida. En Nuevo Belgrado había: vivienda, vivienda y vivienda. Igual tenías que caminar media hora hasta la primera tienda. En las zonas de oficinas era igual», explica. 

Foto: Sergey Norin (CC BY 2.0)

La zonificación urbana empezó en los años treinta con los arquitectos del movimiento moderno, pero fue en Europa del este donde el modelo se aplicó al máximo. Después de la Segunda Guerra Mundial se hizo urgente reconstruir todas las ciudades dañadas por los bombardeos, pero en el área de influencia comunista la ideología añadió un nuevo matiz a los planes: la idea de empezar de cero. Las nuevas ciudades estarían dispuestas de acuerdo a la nueva ideología y representarían su victoria. En la Unión Soviética, subraya Prokopljević, se llegaron a construir más de mil nuevas ciudades desde cero. Es el mismo plan que hizo Kim Il-sung con la capital coreana, absolutamente devastada por la guerra contra Estados Unidos. La destrucción de su ciudad la vio, está acreditado, como una oportunidad, no como un desastre. No obstante, el concepto de volver a empezar que extendió la ideología soviética no provenía estrictamente de la URSS. Tenía su origen más profundo en el alma rusa. 

Si atendemos a los estudios de Dak Kopec, del Boston Architectural College, que investiga sobre arquitectura y psicología, la arquitectura rusa está profundamente caracterizada por el uso que hacía de la comunicación ideológica para asentar el poder del Estado. Mientras que en otros países se construían majestuosas catedrales que se podían ver desde cualquier punto, en Rusia se minimizó el papel de la religión en favor de lujosos palacios que exhibían la estructura de poder de los zares. 

Con esta filosofía, lo que ocurrió con frecuencia fue que en muchas ocasiones el nuevo gobernante necesitase borrar el pasado y reforzar un cambio político empezando de cero. Esto afectaba a la arquitectura, que no integraba pasado, presente y futuro. Pedro el Grande, por ejemplo, rompió con la tradición porque consideraba que su país estaba atrasado e importó influencias extranjeras para acercarse a la «avanzada» Europa. Los cambios socioeconómicos no surtieron efecto, pero en arquitectura se inició una escuela que tenía como fin crear el nuevo estilo: el barroco ruso. 

La emperatriz Isabel y Catalina la Grande siguieron esta línea, y bajo Nicolás II, el último zar, penetró el modernismo en las ciudades rusas, donde crecía una clase media sin alojamientos apropiados. No obstante, con la Primera Guerra Mundial la construcción se quedó sin materiales ni recursos. Las penurias de la posterior guerra civil obligaron a los arquitectos a volver a la opción menos costosa, construir con madera. 

Con Lenin, a toda esta sucesión de cambios se añadió uno más: el nacimiento de la arquitectura socialista. Inspirado por los textos e ideas de Marx y Engels, llevó a cabo una serie de reformas de gran calado en el espacio urbano, como la confiscación de propiedad privada, la nacionalización de la industria y de la banca. San Petersburgo dejó de ser la capital, que pasó a Moscú, la que fue la primera ciudad socialista por su nueva planificación urbana. 

Foto: Asparukh Akanayev (CC BY 2.0)

Aparecieron grandes zonas verdes y rurales en la periferia de la ciudad. Con el rechazo a la vida individual, llegaron los bloques residenciales con cocinas y otras instalaciones comunes. Los edificios se estandarizaron para su construcción prefabricada y se estableció la figura del microdistrito. Barrios autosuficientes, con fábricas, guarderías y comercios, limitados entre sí por zonas amplias, de setenta y cinco o ciento veinticinco áreas, que alojaban a entre cinco mil y quince mil personas. La ciudad leninista tenía tres significados: debía ser ciudad de producción, ciudad de espacios verdes y ciudad simbólica. 

Este modelo fue adoptado fervientemente en la nueva Pionyang que se construyó tras la guerra, pero en la URSS, siguiendo la tradición rusa, iba a llegar otro cambio. Stalin de repente optó por otro tipo de ciudad. Al igual que el viejo zar, consideró que su país estaba cinco décadas atrasado y que tenía que alcanzar a Occidente en un corto plazo de tiempo. Desde ese momento, el llamado «estilo imperial estalinista» iba a basarse en la monumentalidad. Costosos proyectos que generaron privaciones a los que se deben las estatuas en honor a los sufridos y heroicos proletarios, sumidos por fuerza en la austeridad, como principal línea de la propaganda del sistema. La población estaba desmoralizada por la falta de bienes de consumo cotidianos, como la misma ropa, y proliferaron estos monumentos que ejercían como «antidepresivos». Un ejemplo paradigmático fue la estatua de Industria y Construcción que se levantó en Lituania. 

Y, a la hora de limpiar, lo primero que desapareció fue la iglesia de Cristo Salvador, diseñada por Konstantín Thon, para edificar en su lugar el Palacio de los Sóviets. Un plan megalómano que albergaría congresos y todo tipo de actividades del partido, pero que por la urgencia de otros costosos proyectos en la capital y la invasión del país por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial quedó totalmente paralizado. 

La construcción de Nueva Moscú trazada por Stalin, con sus grandes rascacielos neoclásicos, no estuvo exenta de momentos hilarantes. Prokopljević recuerda cómo se llevó a cabo la fachada del Hotel Moscú, el único edificio asimétrico del realismo socialista: «Hay hipótesis sobre esa fachada, la más conocida es que el arquitecto encargado de diseñarla, Alekséi Shchúsev, el mismo que había hecho el mausoleo de Lenin, un arquitecto polivalente, que había tocado todo tipo de estilos, y un tío muy pragmático, para no dibujar dos veces el mismo proyecto, en los planos dividió la fachada en dos mitades como dos opciones de su propuesta para elegir. Sin embargo, como Stalin no era una persona muy culta, lo vio, no se dio cuenta de que tenía que elegir una y firmó el dibujo como que lo aprobaba, pero nadie se atrevió a corregirle, por lo tanto, de ahí nació el único edificio asimétrico socialista». 

La construcción del metro de Moscú fue otra de las obras heroicas de aquel periodo. Empezó en 1935 y durante la guerra sirvió de refugio antiaéreo para la población, e incluso el Politburó llegó a celebrar sesiones en su interior. Después de la contienda, Stalin siguió supervisando las obras. Prokopljević cuenta que de ahí surge una gran anécdota sobre el suburbano moscovita: «Hay quien cuenta que la línea circular que une el resto de las líneas surgió de la marca que dejó sobre el plano una taza de café que estaba tomando el líder soviético; no en vano, el color de esa línea en el plano de la ciudad sigue siendo el marrón. Son historias que no se sabe si son mito o realidad, pero todavía circulan». 

Leningrado, Rusia, 1984. Foto: Arnold Drapkin / Cordon.

Uno de los máximos exponentes de esta concepción de la arquitectura estuvo en Berlín Este. En el escaparate ante Occidente del triunfo del comunismo se iba a construir una de las obras más ambiciosas, el bulevar en honor del padre del socialismo mundial: Stalinalle. Las obras duraron nueve años, entre 1952 y 1961. Cuarenta mil obreros prepararon el terreno, devastado por la guerra. Por la calle, de dos kilómetros de largo y noventa metros de ancho, se celebraban los desfiles, en los bajos había tiendas y librerías y los edificios, con las fachadas rematadas en porcelana y relieves de obreros y otros héroes del proletariado, tenían trece alturas. Se los denomino «palacios para los obreros». Paradójicamente, durante su construcció una huelga de los trabajadores fue sofocada con tanques. 

Pero el curso de la historia rusa siguió su camino. La línea estalinista monumental fue, por supuesto, de nuevo interrumpida. Cuando Nikita Jrushchov accedió al poder, volvió a la dinámica de borrar el pasado. En este caso, la obra de Stalin. Jruschov criticó que, en lugar de resolver el problema de la vivienda, había dilapidado valiosos recursos en la construcción de obras mastodónticas como el anillo de rascacielos neoclásicos de Moscú. Su política fue la contraria. En vez de altos edificios de baja densidad y alto coste, dictó a los arquitectos que se centraran en métodos de construcción menos costosos y que pudieran albergar más población. El sistema elegido fue el de los bloques de apartamentos prefabricados en hormigón.  

El reto de los arquitectos fue dejar atrás todo lo que habían aprendido de neoclasicismo y establecer una doctrina teórica y práctica que eliminase la onerosa ornamentación de los edificios para establecer un estilo austero y estandarizado. Aquello tuvo un gran impacto en la profesión. Hasta entonces, según explica Katherine Zubovich-Eady, investigadora del espacio exsoviético en la Universidad de Berkeley, estos profesionales se dedicaban a dibujar en su mesa, pero ahora se les exigía que investigasen sobre materiales baratos y participasen también en el proceso de construcción. Para Zubovich: «El objetivo de la revolución en la arquitectura en el periodo pos-Stalin fue formar a los arquitectos para que pensaran en términos de eficiencia económica en lugar de en términos de estilo y simbolismo». 

Esto hizo que se regresara al concepto leninista del microdistrito. Bloques uniformes de residencias públicas, lo que ahora ha quedado en la cultura popular como arquitectura comunista. El modelo se extendió por toda Europa y países socialistas en el exterior, pero fue en Pionyang, donde el régimen aún persiste, donde ha seguido evolucionando, desbordando el marco teórico para abordar el filosófico. 

En el estudio de Prokopljević junto a Roger Mateos, Corea del Norte. La utopía de hormigón (Muñoz Moya, 2012) la autora explica que la ideología juche de la dinastía Kim proclama que la naturaleza no debe ser un impedimento para el hombre: «Toda transformación, tenga el coste que tenga, está justificada si sirve a los intereses del hombre». En resumen: «No existen obstáculos insalvables». 

Foto: Sergey Norin (CC BY 2.0)

Esta filosofía justificó proyectos como el Complejo Hidráulico del Mar del Oeste, un dique de ocho kilómetros cerca de la ciudad de Nampo, que corta la desembocadura del río Taedong y para cuya realización hubo que derrumbar una decena de montañas y excavar quince millones de metros cúbicos de tierra. Un proyecto similar al de Jrushchov de desviar el río Amu Daria para regadíos que harían autosuficiente a la URSS en cultivo del algodón, pero que dio lugar a la catástrofe ecológica de la desecación del mar de Aral. 

El líder norcoreano, Kim Jong-il, también tomó parte personalmente en las obras arquitectónicas. Por ejemplo, para instalar el saneamiento de las piscinas de balneario de Changgwang-won, los responsables del proyecto propusieron reutilizar el agua. Pero el Amado Líder quería que el agua se renovase al cien por cien, para lo que propuso una tubería que trajese el agua desde el río Taedong, a cientos de kilómetros, atravesando áreas residenciales. Era la opción más rebuscada y de ejecución más difícil, pero, según cita Prokopljević en su libro, Kim Jong-il contestó a los técnicos, que estaban boquiabiertos ante su decisión: «Es en nuestra época del Partido del Trabajo en la que se hace que el agua corra por donde quiera el hombre, ¿no es así?».

Kim Jong-il fue, de hecho, el único jefe de Estado que llegó a escribir su propio tratado de arquitectura. Hasta el momento, en otros totalitarismos, los líderes se habían metido en la materia, pero nunca habían sentado doctrina teórica con pautas sobre cómo seguir la filosofía juche en la construcción.

En uno de los pisos piloto ordenó cambiar el decorado porque la situación del espejo del salón no encajaba con la situación del reloj. Eso le llevó a establecer unas normas básicas sobre cómo acondicionar los espacios que él visitaba, donde tenían que armonizarse la ventilación, la iluminación y la acústica. 

Seguía personalmente cada paso de todo lo que se hacía. En Pionyang, en unos nuevos edificios, fue a inspeccionar cómo eran los retretes y se indignó por su altura. Ordenó que se bajasen en todo el edificio para que los niños pudieran hacer uso de ellos más a gusto. 

Fue tan lejos que, cuando entregaba oficialmente las llaves a los nuevos propietarios, participaba en la elección del mobiliario de sus pisos. Cuenta Prokopljević que llevaba regalos a las familias, incluidos rollos de papel higiénico que les entregaba en mano. 

Un sueño, como el comunista, que se esfumó, aunque aquí en Corea del Norte no cayera el régimen. Los microdistritos leninistas de la capital norcoreana, como ha investigado Dongwoo Yim en su reciente libro [Un]precedented Pyongyang, están siendo destruidos para la construcción de apartamentos de lujo para la nueva clase, los donju, ciudadanos enriquecidos por la liberalización progresiva del mercado, con el fin de aumentar la densidad de población y concentrar la actividad comercial. Al final, ni en el último régimen la revolución logró entrometerse en la pasión que el capitalismo siente por el ladrillo.

Pionyang, Corea del Norte. Foto: Cordon.


Emir Kusturica: «Decidí hacer cine porque hubiera hecho cualquier cosa para no ser un delincuente»

Fotografía: Dragan Karadarevic

Edición fotográfica: Ivana Todorovic

Muchas veces se habla de que la obra de un artista es el reflejo de su vida. En el caso de Emir Kusturica (Sarajevo, 1954) su vida es su mejor película. Como profesional, admite que es un mal compañero de trabajo, que no respeta ni horarios ni fechas ni presupuestos. Pero explica que eso se debe a la importancia que le da a su libertad personal. También cuando filma lo hace a lo grande. Sin escatimar en gastos. Así viven tradicionalmente los gitanos con los que ha crecido, sin saber qué harán al día siguiente, sin que siquiera les importe. Pero por estos motivos ha conseguido que su nombre se asocie inequívocamente a una forma de hacer cine: el estilo Kusturica.

¿Por qué se dedicó al cine?

Para no ser un delincuente. Hubiera hecho cualquier cosa para no dedicarme a la delincuencia que me rodeaba. Todas las personas con las que crecí en Sarajevo han terminado siendo delincuentes. Yo también viví al margen de la ley en algunos momentos, pero sabía cuándo tenía que parar. Conocía dónde está esa línea que si la cruzas todo se te va a la mierda. Así que se me metió en la cabeza ser artista. Además, siempre he sido muy cabezota con mis ideas, incluso cuando no he tenido razón he intentado llegar hasta el final, mantenerme en mi posición a toda costa. Nadie pensaba que yo pudiera llegar a ser artista, era para mí razón suficiente para intentarlo. El barrio en el que crecí, la gente de la que me rodeé… Nada parecía indicar que de ahí fuese a salir un director de cine, alguien que se dedicase al mundo del arte, pero así fue.

Me gusta que la vida nos guarde ese tipo de sorpresas, de factores inesperados, contradicciones. Porque ahora veo que la vida está muy planificada. Cuando un joven cineasta filma su primera película ya se ve listo para ir a Cannes, se prepara para recibir premios. Los chavales están siguiendo todos un plan determinado. Hacen una cosita y pretenden ir de reconocimiento en reconocimiento, de festival en festival. Mi vida en comparación fue completamente inesperada. Y tengo que decir que me da pena lo que hay ahora. Creo que ya no se valora toda la riqueza de esta profesión, su complejidad, las nuevas generaciones solo tienen en cuenta las formalidades, lo superficial, lo que hay por fuera, en fin, lanzarse a por los premios.  

¿Cómo era ese barrio en el que creció?

Gorica, en Sarajevo, en aquella época era un lugar muy humilde, un barrio obrero en el que convivíamos con los gitanos. Te aseguro que cualquier vivencia allí era más intensa que en cualquier otro lugar. Con los años me he dado cuenta de que toda mi obra cinematográfica es una reacción a ese pasado. Pero no fue hasta el momento en el que empecé a estudiar cuando me di cuenta del valor que tenía mi origen. Mira, para que te hagas una idea de la reputación del barrio, la primera vez que me dieron un premio uno de mis mejores amigos estaba trabajando en un barco en alta mar. Escuchó por la radio que algo había pasado con Emir Kusturica, entre interferencias, y no sabía qué habría podido ser. Pensó que habría robado un banco, un atraco terrorífico, cualquier barbaridad violenta, pero en ningún momento se le pasó por la cabeza que sería una buena noticia. Se quedó muy preocupado y lo que había pasado en realidad es que acababa de ganar en Venecia por mi primera película ¿Te acuerdas de Dolly Bell? Vuelvo a lo de antes. En aquella época la vida no podía ser domesticada ni planificada. Antes era más fácil que cualquiera pudiera llegar a cualquier cosa. La sociedad era distinta a la actual.

Pero un chico humilde como usted entró en la Escuela de Cine de Praga.

Entré en Praga porque mis padres convirtieron su herencia y sus ahorros en esos estudios. Mi padre era asesor del ministro de Información. Eso ahora suena muy rimbombante, entonces todavía más, pero en aquel tiempo no se traducía en dinero. Casi al contrario. No éramos gente de pasta.

Pero antes de que eso sucediera, me tuvieron que aceptar en la escuela y para ser apto tuve que mentir [risas]. Dije que quería estudiar cine en Praga porque en nuestra sociedad ¡había poco realismo socialista! ¡Necesitábamos más! Luego basé mi cine en una ironía sobre el realismo socialista en sí mismo… [risas]. Cuando proclamé aquello se pusieron muy serios y me admitieron, pero no me bastó tampoco, no estudié en Checoslovaquia becado.

¿Por qué?

En mi familia no éramos buenos comunistas. En Yugoslavia existió un campo de concentración que se llamó Goli Otok. Ahí no solo iban los anticomunistas, también todos los comunistas acusados de apoyar a Stalin tras la ruptura de este con Tito o los que simpatizaban con la Unión Soviética. Muchos de los amigos de mi padre estuvieron allí internos. Es curioso, porque las atrocidades que se cometieron en Goli Otok no son conocidas en el mundo occidental. Nunca se denunciaron. Para Occidente nunca fue una causa. ¿Por qué? Porque no les servía para nada, no tenía valor estratégico denunciarlo. Pero por lo que sucedió allí mi padre era crítico con el sistema y en aquella época la imagen de Tito era como una señal de tráfico, estaba presente en todas partes y en buena cantidad. Era un problema esa actitud.

Aunque conviene no engañarse. Al final he entendido en parte a Tito. Con el paso de los años, sobre todo viendo a los políticos de hoy, es muy difícil que en nuestro  territorio, que es como un barranco, se cree algo que se sostenga. Creo que el suyo fue un momento realmente complejo y que al final, hay que reconocerlo, su labor fue valiosa. Ahora he cambiado mi opinión, de joven tenía otra.

Pero mi padre se significó por esto, tuvo sus diferencias, y ya sabes cómo somos en este país. Cuando dos se pelean, no hay ninguna posibilidad de que los que están alrededor se mantengan al margen. Se extiende el veneno y alcanza a todos. No hubo ninguna posibilidad de que hicieran ninguna excepción conmigo. Estaba tachado. No me hubieran dado la beca en la vida. Ya sabes cómo piensa la gente aquí: ¡para qué vas a hacer algo normal si lo puedes complicar! Entonces mis padres vendieron una casa que habían heredado y la invirtieron en mis estudios.

Sinceramente, ahora me alegro de que haya sido así. De todo aquello lo que me queda es ese gesto de amor y cariño de mis padres. Se sacrificaron por mí. También reconozco que no fueron una excepción. Es una característica muy común entre nuestra gente en Balcanes el darlo todo por los hijos. Dudo que haya otro lugar en el mundo donde esto sea así. Al menos yo no lo he visto. Mis padres podrían haber tenido una segunda residencia, la típica casa de verano, y se quedaron sin ella por mí. Al menos en Europa creo que estas cosas no pasan con frecuencia.

¿Por qué era tan importante la escuela de Praga?

Lo que te enseñaban no era tan importante. El valor estaba en estar allí. Era un espectro mucho más amplio, porque podías conocer a mucha gente, no solo empollar. En mi caso, fui un habitual de los teatros de la ciudad. Me hice amigo de todos los actores, los directores, los dramaturgos… Viví de primera mano cómo trabajaban.

Hasta entonces, en Sarajevo, solo veía películas americanas, muchas de Charles Chaplin. También es cierto que asimilé mucho cine francés, incluso ahora tengo la sensación de que cada vez que hago una película estoy haciendo una réplica de la obra de Jean Vigo. Luego también me influyó mucho la cinematografía soviética, pero si tuviera que decir por qué Praga fue trascendental para mí, es porque allí aprendí a medir la distancia irónica. Es decir, a abordar un drama sin estrés.

Digamos que los checoslovacos pintaban dramas y los enmarcaban en humor. No era solo el cine, allí tienen toda una tradición literaria en ese estilo que mezcla géneros tan dispares. Mucho tiempo después, cuando estaba en Estados Unidos, vi por casualidad una foto de una mujer en un coche que acababa de tener un accidente de tráfico ¡y estaba riéndose! Eso era Praga. En los momentos más estresantes, incluso cuando está tu físico en peligro, se puede utilizar la sonrisa como defensa. Esto marcó mi estilo y define el género de ficción de esta región de Europa. Peter Watkins dijo que era como un guion de Shakespeare interpretado por los Hermanos Marx.

Tu primer corto allí fue Guernica, una metáfora en torno al cuadro de Picasso.

Tampoco fue fácil. Para obtener la financiación tuve que recurrir al contrabando [risas].

¿De qué?

Checoslovaquia estaba entonces bajo dominación soviética. Después de la Primavera de Praga, de que metieran los tanques, a los jóvenes del Este no nos quedaba más remedio que aceptar todo aquello como hechos consumados, pero en esta ciudad todavía quedaban reductos alternativos herederos de aquellas movilizaciones, de la revolución democrática, que querían algo más. Bien, yo, que tenía un pasaporte yugoslavo, que en los años setenta era el pasaporte que más países del mundo te permitía visitar, podía salir de allí y comprar discos. Iba a Berlín, conseguía discos de jazz y rock y los vendía. Para los jóvenes checoslovacos todo este material era como una expresión de libertad. Pero no fui más allá. Podría haber seguido vendiendo tabaco y otras cosas, pero me paré.

Como a muchos críos yugoslavos, mis padres me educaron en el valor de la honestidad. Tenía muy claras las barreras que no podía cruzar. Ya no solo era por miedo a convertirme en un delincuente y las consecuencias que esto tiene, tenía más que ver con el amor a mi familia. La moral de la familia yugoslava era un factor que tenías muy presente. Nos enseñaban a ser honestos con los demás y esperar de ellos honestidad aunque no la tuvieran. Todo esto lo puedes ver en los personajes de mis películas. Aunque sean lo peor, siempre les he representado con un pequeño aspecto de bondad. No eran totalmente negros.

El caso es que mi tráfico de discos no me lo tomé como un delito, sino como un ejercicio de misión cultural. Yo era un misionero [risas]. Qué ridículo suena hoy en día, ¿verdad? ¿Te imaginas a alguien cruzando la frontera con un USB lleno de discos? Los jóvenes de mi época, antes de hacer algo malo, como drogarse o emborracharse, dudaban, pero hoy lo hacen todos. Al menos un noventa por ciento. Vete tú a sorprenderles con mi imagen cruzando la frontera con unos discos escondidos [risas].

Con los beneficios que sacaba gracias al contrabando pude reunir dinero para mi película, pero también pude tener el privilegio de ir a visitar a mi novia, la que ahora es mi mujer. Me tenía que meter veinticinco horas de tren hasta Sarajevo para verla. Era en unos ferrocarriles búlgaros horripilantes, ¡qué infames eran! Cogí la sarna una vez en un viaje y me la tuvo que curar mi madre echándome pomadas.

Pero lo importante es que logré dinero para Guernica, mi trabajo de fin de carrera. La rodé en un estudio y en un castillo de Praga. La inspiración no me vino directamente por el cuadro de Picasso, era por un relato del escritor serbio Antonije Isakovic. Un escritor maestro en las historias cortas. El relato, que me impactó, lo desarrollé como un niño que se queda solo en casa mientras a sus padres los van a identificar racialmente los nazis en una investigación antropológica para demostrar que los judíos eran fisiológicamente distintos que los arios. Antes de irse, los padres le explican al niño que son distintos por el tipo de nariz que tienen, lo que impacta al niño, y al quedarse solo coge todas las fotos de la familia y recorta las narices a todos. Entonces, con todas las narices recortadas que reúne, inspirado en el cuadro de Picasso, que lo había visto con su padre, hace una composición similar. Con esto cerraba el círculo, y creo que nunca he cambiado mi estilo. El cine es una obra colectiva, pero la misión del director es que el resultado tenga un sentido. Lo importante es que cualquier persona que vaya al cine, aunque no tenga ni la menor idea de qué va esta profesión, pueda salir de la sala pensando que la película ha sido un todo. Mientras rodé Guernica entendí que así debía ser. Fue la primera vez que lo sentí y aquí sigo.

¿Cómo era estudiar cine en un país en el que los soviéticos acababan de imponer una fuerte censura?

Fueron cuatro años los que estuve estudiando allí. Pero con el tiempo me he dado cuenta de una cosa: en aquella Checoslovaquia se impuso la censura, pero no sé si hoy, en el capitalismo, hay más limitaciones al pensamiento y a la libertad de expresión. Dicho de otra manera, puede que haya más censura hoy en día. Hasta George Lucas ha dicho hace poco que durante la guerra fría había más libertades artísticas que ahora. Creo que deberíamos reflexionar muy seriamente sobre la libertad que tenemos hoy día.

El nivel de libertad no se puede medir por la propina que le dejas al camarero, como está pasando ahora. La libertad en este modelo social es como un préstamo a corto plazo, no creo que tenga nada que ver con el elevado concepto de libertad del que hablaron los filósofos hace siglos. Vivimos en un mundo completamente distinto del que yo crecí. Hoy te pueden vigilar por todas partes. En cada cosa que haces. Y la gente se conecta a las redes sociales con toda alegría y muy buena voluntad para facilitar toda la información sobre su vida y sus movimientos. ¡Toda la humanidad está perdida!

La verdadera libertad es un privilegio de unos pocos nada más. Los que han cuestionado los cimientos de esta sociedad, los que han luchado para que no seamos un rebaño, una masa fácilmente manipulable, tíos valientes como Snowden o Assange, lo han pagado caro.

Su primera película, ¿Te acuerdas de Dolly Bell?, no pudieron censurarla en la Yugoslavia comunista, pero la etiquetaron como «No recomendable».

La censura existía, pero más dentro de la gente. Lo mismo que hoy en día se llama corrección política. Antes se era políticamente correcto pero con la receta bolchevique. Y hoy en día se es políticamente correcto en el sentido consumista. No se hacen muchas preguntas, se consume y se tienen hijos cuando toca.

En esa época no había muchos directores dispuestos a hacer películas comprometidas. Al empezar la década de los ochenta, las autoridades todavía protegían, más incluso que las pupilas de sus propios ojos, a la figura de Tito y al lema sagrado de Yugoslavia de «hermandad y unidad». Ahora suena muy gracioso, pero en aquella época ninguna de esas dos cosas eran para bromear. El nombre de Tito no se ponía en cuestión jamás. Bajo ningún concepto. Y punto.

Mi película no hablaba mal de él, no ponía mal a los comunistas, solo los dejaba un poco en ridículo. En los años sesenta en Yugoslavia hubo una generación de directores de cine que sí que cuestionaban el sistema comunista, eran los cineastas de la famosa «ola negra», terminaron todos mal. Pero yo no hacía nada de eso. No odiaba a los comunistas. Solo quería retratar a esa generación en la que un padre de familia podía olvidar que tenía una gotera en el techo del salón de su casa, que era su mujer la que tenía que agacharse a poner cubos de agua, porque él está preocupado en temas de mucha más envergadura e importancia, los problemas del socialismo en el mundo.

Esa gente era así, en serio. Pensaban que el comunismo iba a llegar hasta el año 2000. Eran idealistas. Tenían en mente los grandes problemas de la humanidad. Se preguntaban cosas en plan: ¿Deberíamos secar el océano Índico para plantar cosechas y acabar con el hambre en el mundo? Estaban dominados por el idealismo. Y fíjate ahora cómo ha cambiado el mundo. Si ahora te quieren ofender o desautorizar tus argumentos te tachan de idealista. Entonces era un orgullo serlo.

Creo que lo bueno que tiene esa película es que sirvió para retratar cómo estaba la situación todavía a finales de los setenta y principios de los ochenta, las ideas de la gente de aquel entonces. El origen de la película está en los recuerdos de mi amigo Abdulah Sidran, que escribió mis primeros guiones. Describía todo este entorno mezclado con las vivencias de su familia de una forma muy poética.

La película obtuvo reconocimiento internacional, fue premiada en el Festival de Venecia.

Sí, y lo celebré emborrachándome de bar en bar y cagándome en Tito y en el Estado en cada uno de ellos. No por nada especial, solo para provocar. Ya te he comentado que siempre he sabido dónde estaba la línea que te arruina la vida, pues aquí estuve una vez más jugando con la frontera. Me he acercado y me he alejado muchas veces en mi vida. Aquellas provocaciones fueron más un rollo callejero que algo con sentido político. Me habían dado el premio, estaba inflado de éxito, me convertí en alguien y lo que me salió fue un vacile callejero. Ya ves. En vez de irme a las Bahamas a descansar, me apetecía más irme a las kafanas [restaurantes] a reírme de Tito.

Recuerdo que mi mujer en una de estas llamó a mi padre para que fuera a buscarme por los bares y mi padre lo que hizo fue aprovechar que salía en mi busca para emborracharse él. Al final llegamos los dos a casa ciegos y él fue a abrir una puerta que habíamos quitado del baño para pintarla y se le cayó encima [risas]. Para que te hagas una idea de lo que quiero decir de cómo era esa generación. Ahí, borracho, en el suelo, con la puerta del váter encima, seguía filosofando con lo suyo: «¿Y qué van a hacer los checoslovacos con toda la producción de hierro si se hunde la URSS?» [risas]. El hombre con toda la buena intención de ser racional e inteligente, al final lo que tenía era ese punto surrealista.

¿Vivían todos en el mismo piso?

Con el premio debajo del brazo solicité un piso al Estado para independizarme e irme a vivir con mi mujer, pero no me lo dieron porque no pertenecía al partido. Hubiera sido imposible, la militancia es algo que nunca me planteé porque, por mi naturaleza salvaje, no hubiera podido sobrevivir ni en los boy scouts, mucho menos en el Partido Comunista.

Respeto mucho mi libertad. Paso de las militancias; ni partidos, ni masones, ni sociedades secretas. Nada. Tengo un concepto muy elevado de mi libertad. No puedo soportar ningún tipo de organización. Y con el Partido Comunista las pasé canutas por esta razón, porque entonces no había forma de eludirlo, se colaba en todas las facetas de la vida. Hasta cuando hice la mili, tenía un comandante que me hacía prometerle cada fin de semana, cuando me iba a casa, que volvería afiliado al partido. Al final me metí en lo del cine y por fin pude ponerle como excusa definitiva que ya estaba demasiado atareado como para ocuparme de la política. Al poco tiempo se murió Tito y ya nadie tuvo que fingir nada.

El problema es que estábamos en una tierra de paso, rodeados de grandes imperios. Por eso nos han dado tanta caña, hemos sufrido tanto y somos tradicionalmente un lugar de conflicto. Yugoslavia como unión de pueblos tenía mucho sentido, fue un país importante lo miraras por donde lo miraras, pero cuando el capitalismo corporativo se abrió paso hacia el este tuvo que arrasarlo. Han conseguido que todo el mundo piense que destruir Yugoslavia fue un mérito exclusivo de Slobodan Milosevic, pero todos sabemos que fueron algunos países europeos y Estados Unidos los que reventaron la federación por muchos motivos. Ahora mismo tienes hasta los datos de cuánto dinero invirtieron en destruirla. Pero la globalización en los noventa destrozaba todo lo que encontraba a su paso y su receta era dividir lo máximo posible para poder dominar el planeta. Es mucho más fácil controlar esta zona si la tienes dividida. Un país de veinticinco millones de personas no habrían podido dominarlo tan fácilmente.

Cuando su siguiente película, Papá está en viaje de negocios, se premió en Cannes, no quiso recoger el premio. Dijo que se quedaba en Sarajevo cambiando el parqué de casa.

Fue una broma, no lo dije en serio. Mira, hace un tiempo estuve en la celebración del aniversario de la cadena de televisión Russia Today y me senté al lado de Putin. Cuando volví, los periodistas me preguntaron qué hablé con el presidente ruso. Para no tener que explicarles nada, dije que le había ofrecido el patio de mi casa para que instalara allí un cohete. Una chorrada, ¿verdad? Pues no. A la gente se le ha olvidado lo que es una broma, igual que con lo del parqué, que todavía me persigue.  

En aquel entonces, con lo de Cannes, ¡cómo podría alguien osar a bromear con la sagrada alfombra roja! Y, con lo de Putin, se lo volvieron a tomar en serio. Dijeron que soy un irresponsable, un diputado dijo que hasta ese día me apreciaba como persona, pero que había sobrepasado todos los límites. Hasta Aleksandra Joksimovic, que era jefa de gabinete del Ministerio de Relaciones con la Unión Europea, hizo unas declaraciones advirtiendo de que una persona física que no sea una empresa no tenía derecho a vender su espacio privado para poner la instalación de un cohete.

Creo que la gente debería tener un poco de sentido del humor, joder. ¿No? [risas]. No tampoco a cualquier precio, pero…

De todas formas, aquel Sarajevo de los años ochenta tiene fama de haber sido una ciudad muy divertida.

Hasta en la Rusia del zar había círculos anarquistas que promovían diferentes tipos de nihilismo. Incluso hoy día siguen existiendo. Los yugoslavos también tuvimos esa energía destructiva, o autodestructiva, de destruir sin sentido. En Sarajevo en aquellos días existían esas pulsiones y tuvieron como particularidad que se expresaban a través del humor. En Gran Bretaña, por ejemplo, estaban por un lado los Clash y Joe Strummer, que tenían su propia visión del mundo, y luego en televisión los Monty Python, que denunciaban con humor la hipocresía de aquella sociedad. En Sarajevo todo eso a la vez estaba en el movimiento «nuevo primitivismo».

Cuando en Londres todo el movimiento punk iba desapareciendo, en Sarajevo repuntaba. Pero ahora en la distancia me doy cuenta de que formaba parte de un porcentaje muy pequeño de gente. Toda esta oleada punk me sirvió para que mi cine fuera el primero de toda Yugoslavia en el que se empleaba el lenguaje que realmente se hablaba en la calle. Pero éramos solo una minoría los que teníamos ese espíritu y escuchábamos esa música. Nos juntábamos en un piso a poner un disco de Lou Reed y era un motivo de orgullo. Creíamos que era una revolución, pero con la distancia me doy cuenta de que en realidad éramos solo cuatro gatos. Si no, ¿cómo es posible que ahora tanta gente por aquí escuche turbofolk? ¿Hasta qué punto de vulgaridad hemos llegado en Serbia, Croacia y Bosnia? Ni es pop, ni es música popular… representa justamente todo contra lo que estábamos luchando en los años ochenta.

Trajo a Johnny Depp de visita justo antes de que estallara la guerra en Bosnia.

Fue una visita muy interesante porque fue la última vez que estuve en Sarajevo. Fue en 1992. Intentamos montar un festival de cine en Bosnia, fuimos a ver al ministro y pensó que Johnny era un gitano y pasó de nosotros. Pero a Johnny no le importaba dónde estaba, no se fijaba en los detalles. Vino por mí, que era su amigo, con el interés de ver cómo era el lugar donde había transcurrido mi infancia más que a conocer cómo era la capital de Bosnia y Herzegovina.

Intenté llevarle a que viera zonas de la ciudad que eran interesantes por la vida que había en sus calles, gente curiosa, pero se puso malísimo. Cogió fiebre. Le tuvo que cuidar mi madre y siempre le ha estado muy agradecido. Muchas veces le ha dado recuerdos. Mi madre le recordó mucho a la suya. Johnny se llevaba muy bien con su madre, los dos fumaban como carreteros y se sentaban a hablar durante horas encendiendo un cigarro tras otro.

Probó suerte en Hollywood con Arizona Dream.

Me costó rodar esa película. Tuve que parar porque sufrí unas crisis nerviosas tremendas. Una fue de tres meses. Pero Johnny Depp y Jerry Lewis me esperaron. Rechazaron otras ofertas que les llegaban. Eran los tiempos ya lejanos en que si alguien era tu amigo era tu amigo. Aunque, bueno, hoy también tengo amigos así, porque me llevó tres años para rodar On the Milky Road [risas].

Cuando se hace una película el equipo ve el sufrimiento que rodea al director, se identifican, y eso ayuda a que lleguen hasta el final del rodaje. Lo que fue interesante de Arizona Dream fue que tuvo éxito en Europa, pero no en Estados Unidos. Fui a filmar allí pero distanciándome de su lenguaje. A día de hoy, creo que no tengo nada que contar allí. Hollywood es una maquinaria gigantesca en la que no hay lugar para el individuo. Para hacer una película tienen que hacer antes un estudio analizando todos los gustos de la gente para poder reunirlo todo y que guste al mayor número de gente posible. Mi libertad de espíritu no me permite pasar por todo eso.

De vuelta de Estados Unidos volvió a triunfar en Europa con Underground, Palma de Oro en Cannes.

El otro día volví a ver la película, que es algo que no suelo hacer, ¿y sabes en qué me fijé? En el mono. Qué bien trabaja el mono, pero se lo cobró bien, eh. Mordió a Lazar Ristovski [uno de los dos protagonistas] y le llevamos al hospital con una infección tan grande que lo tuvieron que dejar ingresado. Y no solo le mordió a él, a mucha más gente; envió a muchos trabajadores al hospital. Parece ser que lo simios machos a partir de los treinta y cinco años pueden enloquecer y los tienen que sacrificar. Luego en Cannes bien, pero tuvimos un incidente y la prensa se quedó con eso. Fue una tontería, hubo una pelea entre gente del equipo, una chorrada; después de pegarse se fueron a tomar algo todos juntos, pero una revista americana aprovechó para darle más importancia a la trifulca que a nuestro premio.

El tiempo de los gitanos y Gato negro, gato blanco fueron dos películas que también tuvieron un gran éxito de crítica en toda Europa, pero a veces se escuchan críticas de gente de Balcanes; se queja de que en sus películas parece que siempre muestra a la gente del sudeste europeo como gitanos.

Sí que es verdad que especialmente los serbios se quejan mucho de que les comparen con los gitanos, y no entiendo el motivo de la queja porque la cultura gitana no me parece ni mucho menos algo rechazable. Los gitanos tienen una especie de elixir especial, una receta mágica, contra el fracaso. Parece que están fatal, pero nunca terminan de hundirse. Eso es bueno. Y no me refiero a algo meramente musical, va más allá de sus orquestas y sus canciones. Yo la verdad es que nunca escondo lo gitano que hay dentro de mí. Pero de diez películas que tengo, dos son sobre gitanos, tampoco creo que se pueda decir que mezclo la personalidad de la gente de aquí con la de ellos.

Estos son estereotipos promovidos por los ideólogos de la Academia del Cine de Belgrado, que se han pasado toda la vida diciendo a los estudiantes que yo no valgo como director y que presento a los serbios como gitanos. Han creado una falsa imagen de mí, que de la academia llegó a los periodistas, que lo han ido repitiendo y se ha quedado. Lo que pienso es que los que ponen el grito en el cielo con esta cuestión lo hacen porque tienen antepasados gitanos y no quieren que se sepa o que les relacionen con ellos de algún modo por sus complejos.

En España ocurre algo parecido con Almodóvar, hay gente que se queja de que retrata a la sociedad española como si todos fueran homosexuales, drogadictos…

Pues a mí me encanta Almodóvar. Y todas sus películas. No he visto las dos últimas, pero creo que consigue en un espacio muy pequeño, con una historia muy sencilla, sacar grandes reflexiones. Mientras tanto, yo necesito que en mi película se queme una casa, otro salga volando… [risas]. Él todo eso lo consigue con un par de intercambios sexuales. Pero ahora estoy tan metido en mi último rodaje que llevo años sin ver cine. La última película que recuerdo que me emocionara fue Le Havre, de Aki Kaurismaki, y es de hace cinco años.

En 2008 grabó un documental sobre Diego Armando Maradona. ¿Qué tal fue la experiencia?

Pues mira, el primer encuentro fue maravilloso, pero el segundo muy humillante. Me sentí como un paparazzi detrás de él. Pero al final surgió entre ambos una gran amistad. Nos queremos mucho. Él está muy agradecido porque justo después de presentarse el documental, después de caminar conmigo por la famosa alfombra roja de Cannes, parece que se volvió a situar en el escenario mundial. La película marcó un cambio en su vida, le dieron un trabajo poco después. Llegó a la última fase de sus adicciones y a partir de ese momento se convirtió en entrenador y ganó pasta con eso. Como sea que esté ahora, he visto que en programas de televisión le han enseñado mi foto y él se pone a darle besos.

¿Siente que existe una conexión mediterránea en el cine, un nexo que le une por ejemplo a usted con el español Buñuel y el italiano Fellini?

Mucho, muchísimo. Me siento más conectado a ese cine mediterráneo que al cine ruso o a otros del este de Europa, aunque también me hayan influenciado, por supuesto. De hecho, si te fijas en las giras de mi orquesta, la mayoría de las fechas las hacemos en ciudades mediterráneas.

¿Por qué le costó tanto terminar su última película con Monica Bellucci?

¡Me he caído del caballo al burro! [Expresión que significa que uno baja de nivel] En sentido figurado y real [risas]. Sí, me caí de un burro en el rodaje, aunque no me pasó nada. Me costó porque empleé tecnología con la que no estoy familiarizado y también era la primera vez que rodaba con cámaras digitales. Es la historia de un hombre y una mujer que se enamoran bajo circunstancias de guerra y les persiguen por su amor prohibido. Termina con la muerte de ella y él ordenándose monje.

Ha rodado un documental sobre José Mujica, el expresidente de Uruguay.

Es un trabajo que realicé con sumo placer. Me parece una persona maravillosa y un personaje de talla mundial. Aunque haya quien no lo entienda, es un luchador por su pueblo y creo que todo lo que promueve de economías autosuficientes, comunas, etcétera, es el camino que tendremos que seguir todos.

También ha publicado libros de relatos y memorias.

Sentía necesidad de embalsamar los recuerdos, mis imágenes del pasado. La memoria es lo único que confirma que somos personas en el sentido literal de la palabra. Los recuerdos son la base de la continuidad humana. Los míos son todos de carácter social. Cuando empecé a estudiar me di cuenta del valor que tenía mi pasado por haber sido en aquel entorno. Con esos libros he querido demostrar que no soy solo un vulgar director de cine, también alguien que puede transmitir la realidad de más formas, en este caso literaria.


El entusiasmo espacial y la arquitectura soviética

La Soyuz MS-05 (2017). Fotografía: NASA (CC).

En 2011 la editorial Taschen publicó el libro CCCP (1), Cosmic Communist Constructions Photographed, del fotógrafo francés Frédéric Chaubin. En la introducción el libro habla de las intenciones de su autor de documentar su particular investigación de arqueología del presente y estos edificios, según él, olvidados y desconocidos. Desde el punto de vista occidental, como también por el lamentable estado de conservación de algunos de ellos, estos grandes equipamientos públicos construidos en las últimas dos décadas de la existencia de la URSS constituyen una especie de cementerio de formas arquitectónicas espectaculares como si se tratara de una lejana civilización desaparecida. Ciertamente, CCCP no es la única publicación con el mismo planteamiento que, a través de preciosas fotografías, presenta la decadencia del mundo socialista, pero tiene la particularidad de acercarse, aunque de manera retórica, al impacto que tuvo la conquista del espacio en la cultura y arquitectura soviética. Aun así, en él no aparece ni el monumento a Yuri Gagarin, inaugurado en 1980, ni el Museo de la Cosmonáutica de 1981, que ocupa la base del Monumento a los Conquistadores del Espacio, el obelisco de 107 m de titanio, en su momento el más alto de mundo (entre las construcciones de titanio).  

La fascinación por el desarrollo científico y la conquista del espacio han estado presentes en todas las etapas de la URSS. La Revolución socialista conllevaba una gran promesa para el futuro y los discursos políticos hacían guiños a la utopía de progreso que, aparte de la supremacía nacional, les acercaría los «otros mundos». La ciencia ficción rusa, muy popular ya en los años prerrevolucionarios, había preparado el terreno y la sociedad sabía que la electrificación e industrialización darían paso a la era del espacio. En su Estrella roja de 1908, Aleksandr A. Bogdánov describió una sociedad socialista y la situó en Marte, y unos años más tarde, en La fiesta de la inmortalidad, describió el mundo del futuro: «Ya no existían ciudades como antiguamente. Gracias a la facilidad y universalidad del transporte aéreo, la gente no temía las distancias y se instalaba por todo el planeta en lujosas villas rodeadas de flores y vegetación. Cada villa tenía un espectroteléfono que las mantenía en contacto con los teatros, periódicos e instituciones públicas. Cualquiera podía disfrutar en su propia casa con la actuación de sus cantantes favoritos, ver en su pantalla de cristal pulido una representación teatral, escuchar los discursos de distintos oradores, charlar con sus conocidos…».

Varios proyectos arquitectónicos daban cuenta de este sueño del futuro. En Vkhutemas, la nueva escuela de arquitectura fundada en 1920 por decreto de Lenin, en paralelo a la más conocida Bauhaus de Alemania, se habían pensado las ciudades sobre muelles que se movían según gira el Sol o que se concentraban en edificios largos sobre pilares para mantener intacta la naturaleza debajo. El proyecto de Georgy Krutikov, con el que se graduó en 1928, fue más allá (2). El proyecto, conocido como la Ciudad Voladora, especulaba sobre el asentamiento humano; en él, la zona de trabajo —complejos industriales y explotaciones mineras— junto con el comercio y el ocio estarían situados sobre la superficie terrestre, mientras que la zona residencial, con los equipamientos educativos y culturales, formaría estructuras flotantes, una especie de colmenas en el aire. Los ciudadanos estarían en movilidad permanente, viajando en sus cápsulas individuales, que se acoplaban a las viviendas. Colonizar el espacio era la mejor manera para solucionar la crisis de la vivienda heredada y desprenderse definitivamente de la ciudad burguesa.

Stalin utilizó el interés popular en los temas relacionados con la ciencia y la exploración del espacio, aunque sus investigaciones no eran prioritarias en los primeros planes quinquenales. En la era pre-Sputnik, los científicos y los astrofísicos se consideraban héroes y su trabajo se utilizaba en los discursos nacionalistas para enaltecer el poder soviético por encima del occidental. El 1 de mayo de 1935, Konstantín Tsiolkovski, el teórico de la astronáutica y conocido como el abuelo del programa espacial de la URSS, dio un discurso desde la Plaza Roja de Moscú en el que habló sobre el futuro de los viajes espaciales de los humanos. El discurso fue trasmitido en todo el país (a sus once zonas horarias) y tuvo un gran impacto social.

En los tiempos de las grandes purgas estalinistas, algunos ingenieros importantes fueron encarcelados acusados de sabotaje, espionaje o actividad contrarrevolucionaria. Serguéi Koroliov, director del programa espacial soviético desde los años cincuenta, pasó seis años en un gulag, algunos meses en el durísimo campo de Kolyma, de los cuales su salud cargó con secuelas permanentes. Durante la Segunda Guerra Mundial, al ver que su industria aeronáutica quedaba por detrás de los avances del Tercer Reich, Stalin redujo las condenas de los ingenieros y los confinó a Sharashka, un campo de trabajo intelectual, conocido como el gulag de los ingenieros, situado cerca de Moscú. Koroliov trabajó junto a varios especialistas de aeronáutica bajo la dirección de Andréi Túpolev en el diseño de aviones y bombarderos que llevaron su nombre.

La muerte de Stalin en 1953 cambió el rumbo de la cultura y tecnología soviéticas. En arquitectura se revisó el estilo monumental del estalinismo, que produjo edificios de gran escala y un particular estilo neoclásico revolucionario. Se consideró excesivo, parte del culto a la personalidad del líder y culpable de grandes despilfarros de material y mano de obra que no ayudaron a solucionar la endémica falta de viviendas. Como remedio, se impuso la industrialización general del proceso constructivo y la preferencia por sistemas prefabricados en la edificación de grandes complejos residenciales. Al mismo tiempo se emprendió el programa espacial, resultando en el lanzamiento del primer satélite Sputnik el 4 de octubre de 1957, que puso a la aeronáutica soviética por delante de la estadounidense.

(Clic en la imagen para ampliar). Estudio para el interior de la Soyuz realizado por Galina Balashova (1970–1974).  Imagen: Archiv Galina Balaschowa publicado en Balashova: Architect of the Soviet Space Programme.

Especialmente desde el viaje de Yuri Gagarin alrededor de la Tierra el 12 de abril de 1962, los temas cósmicos empezaron a formar parte de la vida diaria. Los astronautas se convirtieron en héroes nacionales y en Moscú se construyó el monumento de titanio a Gagarin. Los motivos espaciales empezaron a inspirar los objetos cotidianos, así aparecieron los modelos de aspiradoras Chaika y Saturnas, mientras que los nombres de Sputnik, Laika o Kosmos también se convirtieron en marcas de cigarrillos. La popular revista Tehnika Molodezhi (‘técnica para los jóvenes’), que se publica mensualmente desde 1933, empezó a partir de 1950 a publicar cada vez más artículos e imágenes sobre exploración espacial. Durante la década de los sesenta y especialmente desde el viaje de Gagarin, la revista se dedicó a publicar proyectos utópicos de asentamientos humanos en la Luna, en Marte o en Venus, con naves, vehículos de superficie dura, robots y otras máquinas imprescindibles e inexplicables. Los diseños eran de ciencia ficción y de cómic al mismo tiempo: coloridos, de líneas simples, de formas aerodinámicas y curvadas, con edificios-burbuja y construcciones que desafiaban la gravedad.

La arquitectura de los años sesenta, de la era Jruschov, pretendía ser más funcional que espectacular y, sobre todo, economía era el imperativo para evitar los excesos de Stalin. Se llevaban a cabo numerosas investigaciones en el campo de materiales y elementos modulares para su producción masiva en la industria, pero la forma arquitectónica tardó más de una década en adoptar la espectacularidad de la era espacial. Los años setenta y ochenta, cuando la carrera espacial ya había terminado, fueron tiempos de más extravagancia formal y fue cuando se construyeron obras como el Sanatorio Druzhba en Yalta, el edificio ministerial en Tiflis o la Academia de las Artes y Ciencias de Moscú.

Galina Balashova estudió Arquitectura en Moscú y en 1961 —con solo veintiséis años—  fue empleada por el Instituto de Investigación y Desarrollo, Oficina OKB-1 de Diseño Experimental, el núcleo del programa espacial soviético. En  plena era Jruschov, Balashova era la única arquitecta que se dedicaba a diseñar los interiores de las naves espaciales, preparando la flota soviética para vuelos tripulados. Su jefe directo era Serguéi Koroliov o «el Diseñador Jefe», como solía ser identificado en clave.

El legado de Galina Balashova es espectacular y hasta hace poco desconocido por el secretismo que envolvía la investigación espacial: en 2015 fue expuesto en el Museo de Arquitectura de Frankfurt y se publicó en el libro Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme (3). Su trabajo consistía en crear unos interiores habitables en las naves espaciales, así que participó en proyectos para las naves Soyuz, el transbordador Burán y la estación Mir. La particularidad del diseño consistía en dotar de humanidad y calidez a los espacios reducidos de las cápsulas y hacer que estos espacios, altamente tecnológicos, fueran psicológicamente aceptables para que los astronautas pudieran pasar allí más tiempo. Esto pasaba por domesticar visualmente estos espacios llenos de tubos, botones y palancas y dotarlos de sentido de orientación, diferenciando con claridad el suelo de las paredes y del techo, algo a priori innecesario en el espacio sin gravedad. Gran parte del éxito de Balashova residía en el uso de formas sencillas y reconocibles del mobiliario doméstico: sofás, sillas, escritorios, cajones o armarios, en la transformabilidad de los elementos, como también en la aplicación de un sistema de colores muy actual en su época: verdes, azules claros, ocres, marrones y naranjas que ha ido variando en todos sus diseños.

El Museo de Cosmonaútica de Moscú (4) exhibe las naves Mir y Soyuz y, aparte de su abrumadora complejidad tecnológica, también se puede apreciar la simplicidad acogedora de sus interiores. A pesar de estar rodeada durante años de astronautas, Galina Balashova no se sentía atraída por los viajes espaciales. Para la única arquitecta realmente cósmica, la arquitectura, la creación de espacios armoniosos y funcionales, siempre ha sido mayor desafío que la carrera espacial.

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(1) CCCP hace alusión a las siglas en cirílico de la URSS: Сою́з Сове́тских Социалисти́ческих Респу́блик.

(2) En 2015 la editorial Tenov de Barcelona publicó este proyecto en el libro Gueorgui Krútikov. La ciudad voladora, utopía y realidad, de Selim Omárovich Jan-Magomédov. Traducción de Miquel Cabal Guarro.

(3) Meuser Philipp. Galina Balashova: Architect of the Soviet Space Programme. Berlin: Dom Publishers, 2014.

(4) La página del Museo ofrece un tour virtual donde se pueden ver estas naves.


«Dallas» en Rumanía: amor y lujo en el socialismo real

Hotel Dallas (2016)

En menos de un año, la revolución rumana que derrocó a Ceaușescu resultó ser una gran desilusión. Un fiasco. En la cinematografía local, la mirada incrédula y desencantada al pasado es un ejercicio frecuente y ha dado excelentes resultados. Con uno de sus mejores directores, Corneliu Porumboiu, pudimos hablar en el Festival de Küstendorf. En 2006, filmó 12:08 al este de Bucarest, una película que denunciaba el oportunismo de los revolucionarios lampedusianos del 89. También podríamos citar, entre otras, Historias de la edad de oro, de Cristian Mungiu, sobre los últimos años de Ceaușescu, cuando más apretó las tuercas; historias negras, pero siempre miradas bajo la máxima de que, cuando lo has perdido todo, al menos te queda la risa. Eso no te lo pueden quitar nunca.

Siguiendo esa estela, una de las últimas películas aparecidas de esta temática ha sido Hotel Dallas, de Livia Ungur y su marido Sherng-Lee Huang, estrenada en España por Filmin. No podemos decir que esté al nivel al que nos tienen acostumbrados directores como los citados, o Radu Jude, o Cristi Puiu… pero toca un hecho realmente interesante e inverosímil, el éxito de la serie Dallas en la Rumanía socialista.

Hotel Dallas mezcla documental y ficción con maneras artie y, por desgracia, no salen bien parados ninguno de los dos géneros. No obstante, de cada faceta se puede extraer algo. Lo mejor, por ejemplo, son los entrevistados. Los hay que cuentan que la serie se escuchaba al unísono en todo el barrio cuando la emitían. La veía absolutamente todo el mundo. Según relatan, los jerarcas del partido sabían que la época de austeridad estaba siendo dura —Rumanía se propuso devolver íntegra la deuda externa y generó graves carencias a la población— y quisieron «darles algo diferente» programando el culebrón de mayor éxito en Estados Unidos.

El impacto fue tal que no tardaron en retirarla. Hasta entonces, en el final de la «época liberal», había entre doce y dieciséis horas de televisión diarias con series y entretenimiento extranjeros. Cuando la deuda externa apretó, llegó el llamado «periodo especial» con el «programa de ahorro de energía» y las emisiones pasaron a ser de dos horas diarias, con solo diez minutos en color. La gran mayoría eran discursos políticos y noticias sobre Ceaușescu y su señora Elena, o anuncios de éxitos del sistema, por ejemplo, las cotas de producción alcanzadas en una fábrica. Fue un error del régimen en todos los aspectos. No solo por el efecto causado con Dallas, que fue un escaparate de la opulencia occidental, sino también porque, tras una época en la que el régimen se las daba de aperturista, cortar por lo sano sirvió para que aumentara el contrabando de antenas de televisión y en el mercado negro las películas y vídeos de películas extranjeras se convirtieran en productos de primera necesidad.

La obra de Livia Ungur sugiere que el modelo de oligarca, empresario tiburón, surgido tras la caída del comunismo tuvo mucho que ver con la imagen que proyectó J. R. de cómo debían hacerse los negocios sobre una población que no negociaba más que para sobrevivir. Un entrevistado cuenta que en Dallas había sobornos para conseguir cualquier cosa, exactamente igual que en Rumanía, solo que, mientras unos untaban para hacerse con grandes negocios, en el país balcánico era para poder adquirir unas medias en la mercería.

En una entrevista, Larry Hagman (J. R.) contó que, según se bajó del avión en una visita a Rumanía, un hombre se le acercó con los ojos llorosos a darle las gracias por su serie, puesto que había derribado al comunismo en su país. Supuestamente, aquel mundo de amor, lujo, ambición y traiciones marcó a los rumanos de la época y ya no pudieron creer más en el comunismo. El actor declaraba orgulloso que el régimen había programado el culebrón para mostrar lo corruptos que eran los enemigos capitalistas «y el pueblo acabó disparando quinientas veces a Ceaușescu». Muy, muy sobrado, pero en algunos bares del país se pueden encontrar aún pósteres de J. R., y años después llamaron al actor para ser la imagen de la firma rusa LUKoil: «La elección de un verdadero tejano», decía el eslogan. Hasta rodó un spot anunciando gasolineras.

Lo mismo le ocurrió a Patrick Duffy (Bobby en la serie), al que dos embajadores rumanos, uno en Washington y otro en Montecarlo, corrieron a estrecharle la mano en cuanto le vieron para decirle lo importante que había sido Dallas para destruir el comunismo. En el plantel alucinaban.

Sin embargo, según Mihai Iacob, profesor de Lengua y Literatura Españolas en la Universidad de Bucarest, hay que tener en cuenta otro factor más allá del político-económico. Durante el socialismo, el adulterio estaba estigmatizado. Si alguien engañaba a su cónyuge, en su centro de trabajo los compañeros hacían un debate sobre su conducta. En palabras de este profesor: «También se disfrutaba perversamente con la vida disipada de J. R. y de su mujer, Sue Ellen, porque su “libertinaje” contrastaba con el modelo pregonado de la familia socialista… A veces, los casos de adulterio entre trabajadores se debatían y se criticaban en las fábricas. Había que construir al omul nou, hombre nuevo, puro en todo, de origen social saludable, hijo de obrero o campesino mucho mejor, y de comportamiento irreprochable».

En los setenta se habían emitido series como Kojak, Colombo, Perdidos en el espacio, Mannix, El Santo… Todas tuvieron gran impacto. Como explica Georgiana Lucia Dragota en su tesis en la Universidad Autónoma de Madrid, Modelos latinoamericanos y telenovela en Europa Central y del Este. El caso de Rumanía, «constituyeron un fenómeno sin precedente en las sociedades de Europa Central y del Este, hasta el punto de modificar la vida cotidiana: los soap operas y las telenovelas llegaron a provocar el aplazamiento de los horarios de comida y de reuniones de las juntas oficiales nacionales, para adecuarse a los horarios de sus emisiones».

En Serbia se bromea con que el inicio del bombardeo de la OTAN de 1999 coincidió con Kassandra, un culebrón venezolano, y les chafó el capítulo. Forma parte de los recuerdos de aquel 24 de marzo, tanto como el descenso apresurado a los refugios antiaéreos. Los búlgaros, que iban diez capítulos adelantados, cobraban dos dólares a los serbios cercanos a la frontera por decirles qué pasaría. El impacto en la población fue tal que, como cuenta Georgiana en su tesis, los vecinos de Kucevo le escribieron una carta al Gobierno venezolano, con copia al presidente Slobodan Milošević, exigiendo que se acabase el juicio a Kassandra porque era inocente. Lavinia Stan escribió en su ensayo Living La Vida Loca – Telenovelas and post-communist transition que, en la ciudad de Pitești, el alcalde, Gabriel Cazan, creó la Asociación para la Lucha Contra las Telenovelas por los estragos que causaban, como la muerte de unos niños mientras sus abuelos veían Esmeralda.

Dallas (1978–1991). Imagen: Lorimar Productions.

El problema en Rumanía fue que cuando estaban viviendo Dallas más intensamente les cortaron la serie a la mitad. El último capítulo que vieron les dejó con Bobby saliendo de la ducha observando algo que le sorprendía. Se sabría en el siguiente capítulo, pero no lo hubo. La gente se pasó años pensando, preguntándose y comentando en cualquier conversación qué coño habría visto Bobby.  

Para Ungur, en declaraciones a Variety, la emisión de Dallas pudo hacerle ganar tiempo a Ceaușescu antes de la revolución. «La cultura pop puede ser un elemento de cambio, tanto como un elemento de autocomplacencia, o las dos al mismo tiempo. Y esto sirve para América y para Rumanía». Lo que sí que parece un hecho, y se ha repetido de forma recurrente, es que Dallas, al igual que otros productos audiovisuales occidentales, plantó tras el telón de acero las semillas del capitalismo. «¿Quién no querría una mansión, una piscina y un cochazo? Especialmente, si vives en un bloque de viviendas comunistas», se pregunta la cineasta. Aunque, subraya: «Dallas pudo jugar un papel en la posterior caída del comunismo, pero en su momento fue solo una distracción». En el ensayo de Stan, el éxito de los culebrones en Europa del Este se debe a que gracias a ellos la gente puede olvidarse por una hora de sus problemas y cuando vuelve a la vida real ya no le parecen tan graves. En este punto, no debemos olvidar que Cristal marcó en España audiencias del 80%

En 1948, Stalin permitió que se proyectara en los cines Las uvas de la ira para que se viera lo despiadado que era el sistema capitalista y lo que consiguió fue que los espectadores salieran del cine maravillados con que los americanos más pobres tuviesen coche. Los poderes rumanos, con Dallas, de lo único que se preocuparon fue de borrar escenas en las que la mujer de J. R., Sue Ellen, aparecía borracha. La ebriedad de la mujer era un tabú en este país. El bebercio solo estaba reservado a los hombres. Pero toda la población estaba soñando con las casas con piscina que salían y el Partido no había contado con que lo que les llamaría la atención de esos personajes corruptos sería ese pequeño detalle sin importancia.

Con Dallas, la población educada en el socialismo real supo qué eran conceptos ajenos a su mundo, como una sociedad anónima o cómo funcionaba la economía de mercado. Por primera vez recibían fundamentos de economía de una fuente que no era el marxismo. Aquello resultaba fascinante. Y la pasión que desató J. R. se debió a que el hombre era la perfecta antítesis de la ética socialista. Aquí no era como en Occidente, donde se amaba odiar al personaje o se odiaba amarlo, en Rumanía se reían con él, no de él, porque la impresión que daba, en ese contexto, era la misma que los Sex Pistols en su país en prácticamente las mismas fechas. En foros de discusión en internet hay quien recuerda que para la clase intelectual era duro reconocer que Dallas molaba más que la serie de la BBC Poldark, que también se veía, mientras que entre las clases populares J. R. y compañía arrasaban completamente.

Hotel Dallas concluye con un hecho real. El delirio de Alexander Ilie, un millonario enriquecido en la oscura etapa de transición al capitalismo. Fue el primer rumano en ganar un millón de dólares, y construyó entre 1992 y 1994 una réplica de trece hectáreas del rancho de Southfork en Slobozia, una ciudad del sudeste de Rumanía, en la carretera que lleva de Bucarest a Constanza. Y ya de paso, supongo que animado por la euforia, construyó también una Torre Eiffel que pequeña precisamente no es. Se ve de lejos, tiene cuarenta metros.

El rancho tenía un zoológico y guardias vestidos con uniformes dieciochescos. Para levantar la reproducción del escenario de Dallas, utilizó cintas VHS con capítulos grabados y un libro de arquitectura sureña. Todo esto en un país que no fue capaz de construir un Drácula Park para atraer al turismo porque la Iglesia y los nacionalistas no consienten que se tome a Vlad Tepes, el héroe de la nación, que derrotó a los turcos y tuvo a raya a los húngaros y germanos, por un diablo que chupa sangre de vírgenes; un personaje de ficción, no histórico, que, además, no deja de ser un invento occidental.

Durante un tiempo, la imitación del rancho de Dallas funcionó como hotel de veintidós habitaciones, con camping, ponis y caballos y un lago recreativo, pero hasta hace un par de años estaba completamente abandonado. Ahora los nuevos dueños lo abren algunos días en verano. Ilie lo perdió todo. Fue detenido en 1997 por malversación de fondos de la granja colectiva en la que empezó a prosperar. Puesto en libertad en 1999, en 2001 le cayó una condena de diez años. Cumplió ocho y en 2010 murió de un derrame cerebral. Los nuevos propietarios de la finca lo que quieren es montar un asilo para, textualmente, «captar fondos europeos», según el diario Libertatea, aunque la ciudad ya queda lo suficientemente cerca como para edificar un barrio residencial y dar un pelotazo.

El momento álgido del parque fue cuando recibió la visita del verdadero J. R., Larry Hagman, que acudió allí acompañado por Paul-Philippe Hohenzollern, el príncipe Paul de Rumanía, heredero a un trono que no existe. Un rumor acompañó a Hagman durante su visita. Se decía que había viajado a Rumanía con su mujer en los ochenta y Ceaușescu le pidió permiso para usar su imagen y colocarla en la fachada de un edificio. Hagman a cambio le pidió dinero, y se lo dieron. La entrega se hizo, según publicó el Sunday Times, en el cuarto de baño de señoras de una oficina. Les pasaron un paquete lleno de billetes que el matrimonio no tardó en gastar locamente, reconocía el actor. El diario dijo que Hagman le pidió al periódico que no publicara esa historia hasta después de su muerte, pero no le ha hecho ningún mal. Cierta o no, sigue aumentando su leyenda de vivalavirgen por estas latitudes.


La infancia socialista: arquitectura de los equipamientos para la juventud

 

Palacio de los Pioneros de Moscú. Foto: Sam Glover.

Hoy cuando me convierto en Pionero, doy mi palabra de honor: que estudiaré y trabajaré mucho, respetaré a los padres y a los mayores y seré amigo sincero y leal quien cumple su palabra.

Que amaré a nuestra patria auto gestionada: República Socialista Federal de Yugoslavia, cuidaré a la hermandad y unidad de todas sus naciones y nacionalidades y apreciaré a todos los hombres del mundo que desean la paz y la libertad. (1)

La Organización de los Pioneros pertenecía a los niños escolares de las primeras fases de la educación obligatoria y se dedicaba a organizar sus actividades extraescolares y educativas. En la URSS fue fundada en mayo de 1922 siguiendo la iniciativa de Nadezhda Krúpskaya, mujer de Lenin. En principio los Pioneros eran una reformulación en clave comunista de los scouts que en los tiempos de guerra ayudaban a proteger a los niños, pero sin aceptar ninguna ideología política. Hacer el juramento, tener la bandera y uniforme propios también habían sido rituales de iniciación de los scouts que fueron adaptados a la nueva iconografía, jerarquía y organización. Los demás países del mundo socialista fundaron sus organizaciones hermanas en los primeros años de su existencia, en el caso de Yugoslavia, la fundación de la Unión de los Pioneros tuvo lugar en diciembre de 1942, en plena guerra de liberación nacional y revolución socialista. Los alumnos de primero de primaria nos convertíamos en Pioneros el 29 de noviembre, el Día de la República, y dejábamos de serlo para convertirnos en las juventudes comunistas (solo los mejores estudiantes, claro) a los quince años.

Me tocó entrar en la Unión de los Pioneros Yugoslavos en 1979, en la última década de la vida de la organización y cuando a Tito solo le quedaban unos pocos meses. Nuestras actividades no pasaban de ponernos los pañuelos rojos sobre las camisas blancas en fiestas nacionales y cantar canciones revolucionarias, pero aun así la organización era una buena excusa para perder alguna clase. Teníamos a los educadores, los pioneros sénior, que dedicaban la mayoría de las sesiones a contar chistes y películas. Muy poco serio comparado con los tiempos de nuestros padres, que explicaban que ser pionero era cuestión de orgullo y todos se esforzaban en las tareas voluntarias y actividades extraescolares. Sus coordinadores pioneros hacían llegar los informes sobre el comportamiento de los estudiantes a las escuelas y de esta manera participaban en el proceso educativo.

Lógicamente, la Organización de los Pioneros estaba estrechamente vinculada con la política, ya que la educación y la infancia tenían un lugar privilegiado en el imaginario del régimen. Los niños eran el futuro de la nación y los niños felices, bien educados y ocupados haciendo actividades interesantes eran la imagen del éxito del socialismo. El papel de la organización se centraba en las actividades extraescolares, especialmente en las relacionadas con la naturaleza, los deportes, las ciencias o las artes. Este papel iba cambiando de acuerdo con la política general: en la URSS hubo una clara distinción entre los tiempos de Stalin y los posteriores; especialmente la época de Jruschov, conocida como «el deshielo» de las formas y maneras petrificadas de Stalin. Así, en los años estalinistas, la organización y actividades de los Pioneros dependían más del currículum escolar, mientras que posteriormente iban ganando autonomía, nuevos contenidos y nuevos espacios. Mientras las escuelas eran centros estatales, los Palacios de Pioneros eran locales de libre asociación de los niños escolares donde se prestaba atención al desarrollo integral de sus intereses y afinidades. Se desarrollaron nuevas tipologías de equipamientos públicos destinados a acoger las diversas actividades de los pioneros: el Palacio de Pioneros y el Campo de Pioneros, además de residencias y campamentos en la montaña, en la costa o cerca de parajes naturales o culturales de excepcional valor.

Dniepropetrovsk. Foto: Owen Hatherley.

Los Palacios de los Pioneros eran los centros de actividades urbanos, que en los primeros años del régimen socialista ocupaban fincas expropiadas de la aristocracia. Por su posición en los centros urbanos y organización historicista, a menudo presentaban problemas para actividades de grupo, especialmente en cuanto a la falta de contacto directo con el espacio abierto. Esta tipología de palacete urbano fue el modelo preferido para los centros de los pioneros a lo largo de los años de Stalin y de dominio de la arquitectura socialista realista, también conocida como el neoclasicismo rojo.

Con el cambio de líder en 1953, cambió la arquitectura oficial de la Unión Soviética y también de los demás países del bloque socialista hacia un lenguaje moderno, próximo al llamado estilo internacional que se construía en el Occidente. El primer gran equipamiento público construido según las directrices de Nikita Jruschov de racionalizar la construcción aplicando las nuevas formas, técnicas y materiales y, sobre todo, de eliminar los excesos monumentales del estalinismo fue el Palacio de los Pioneros de Moscú.

En 1958 y 1959 en Moscú se organizaron dos concursos de ideas para redefinir las necesidades y la tipología de los espacios para la infancia. El terreno asignado para el nuevo Palacio de los Pioneros se situaba en la Colina de Lenin, cerca de la imponente Universidad Lomonósov, uno de los siete rascacielos de la época de Stalin. La extensión del área, similar a la del Vaticano o el doble de la superficie de Kremlin, era el dato más mediático del proyecto, aunque toda la concepción del gran equipamiento público fue completamente innovadora. Según uno de sus arquitectos, Félix Nóvikov, el edificio renunció a las simetrías y a la clásica composición del palacio orientado hacia la avenida principal. Al contrario: el complejo fue retirado hacia el interior del terreno, estableciendo el nuevo centro en la plaza interna para desfiles y actividades. El edificio se planteó como conjunto de volúmenes disgregados con dominante desarrollo horizontal, estrategias similares a los proyectos constructivistas de los años veinte y treinta. Cada uno de los cubos fue dedicado a diferentes actividades y, en consecuencia, realizado en diferentes materiales y texturas, compartiendo las grandes superficies vidriadas y el contacto con la naturaleza. Sus contenidos: centro de ciencia con planetario, aulas para ciencias naturales, gimnasia y deportes, teatro de Pioneros y gran sala de conciertos, que se organizaban para configurar microambientes con clima y vegetación propios.

La elección del Palacio de los Pioneros como el primer gran equipamiento público diseñado para marcar la nueva tendencia en la arquitectura estatal no fue casual: la imagen del futuro de la sociedad y del régimen fue confiada a las nuevas generaciones. Durante la visita tras la inauguración en junio de 1962, Jruschov exclamó: «Me ha gustado mucho la originalidad de los arquitectos y diseñadores… Considero que esta edificación es un buen ejemplo de lo que significa la maestría y el gusto artístico y arquitectónico… Creo que al calificar esta edificación, será difícil lograr unanimidad. A algunos les puede gustar. Personalmente, a mí me agrada vuestro Palacio. Esta es mi opinión». Los autores de la obra: V. Kubasov, E. Lichtenberg, I. Vinogradsky, I. Pokrovsky, M. Hazhakyan, B. Paluy, U. Ionov, F. Novikov, A. Polovnikov no llegaban a los treinta años; su juventud les ayudó a encontrar una solución moderna y funcional, pero, justo como anunciaba el presidente, no les fue favorable para que las todavía anticuadas instituciones culturales la supieran premiar debidamente.

Palacio de los Pioneros de Belgrado. Foto: Jelena Prokopljević.

Un papel similar, aunque con diferente situación urbanística, tuvo el Palacio de los Pioneros de Belgrado, construido entre 1963 y 1967, también uno de los grandes equipamientos públicos que desafiaban los cánones de la arquitectura estalinista. El edificio también escenificó la propia reforma de la organización de los Pioneros yugoslavos. Tras la ruptura con Moscú, el socialismo yugoslavo dio un giro hacia un modelo de autogestión económica que también tuvo su reflejo en la descentralización de diferentes organizaciones gubernamentales, culturales o educativas: los Pioneros dejaron de ser auspiciados por el Gobierno central para resaltar su carácter asociativo y su autonomía en la organización de las actividades que estaban más vinculadas con los centros educativos que con los ministerios o consejerías del sistema educativo estatal.

El edificio diseñado por el arquitecto Ivan Antić propone una interesante solución de la conexión entre el espacio público exterior y el contenido interior mediante oberturas, porches y pasillos que enlazan la plaza de acceso en un lado y el gran parque público en el otro lado de la parcela. El gran volumen se divide en diferentes elementos que se retiran de la gran avenida y rodean la plaza pública, y es cortado en sentido vertical por el porche-terraza que da acceso al espacio natural. El centro contenía dos salas de actos, la grande y la pequeña, salas de ensayos, ala administrativa y ala de aulas. La permeabilidad entre el espacio interior y el exterior, las grandes oberturas y superficies vidriadas encarnaban la concepción moderna de la arquitectura para la infancia.

A diferencia de los Palacios situados en las ciudades, los Campos de Pioneros, también llamados Ciudades de los Pioneros, ocupaban extensiones mucho más grandes, situándose en las afueras de las grandes ciudades para ofrecer el contacto directo con la naturaleza y las óptimas condiciones para las actividades relacionadas con las ciencias naturales. Un ejemplo interesante que también estimuló el debate arquitectónico fue el campamento de Zagreb, diseñado por los renombrados arquitectos: Josip Seissel, Ivan Vitić y Marijan Haberle entre los años 1948 y 1951. Cada uno de estos autores había participado en diferentes concursos públicos para definir nuevas instituciones o reconstruir ciudades tras la guerra y son grandes nombres del modernismo socialista yugoslavo.

Ubicado en la colina Dubrava que bordea Zagreb, el centro consta de una serie de pabellones destinados a diferentes usos: parte administrativa, centro cultural con sala de actos para cuatrocientas cincuenta personas, biblioteca y aulas para distintas actividades como técnica o artes, centros deportivos, hotel para los visitantes, restaurante y comedor, alojamiento para cuatrocientos estudiantes y estación de la nueva línea de ferrocarril. Todos estaban dispuestos en el bosque, comunicados por caminos de tierra, formando una pequeña ciudad al borde de Zagreb, que en aquella época iniciaba su extensión al otro lado del río Sava. El tamaño de cada pabellón se ajustaba a la actividad, pero generalmente correspondía al tamaño de una clase escolar; su forma combinaba la arquitectura moderna de vidrio y hormigón armado con las formas vernáculas de piedra, madera y ladrillo, creando ambientes cálidos y funcionales a la vez.

En los antiguos países socialistas, los Palacios de los Pioneros constituían una tipología especial que mezclaba el centro educativo con el deportivo y cultural para dar lugar a una gran variedad de actividades. Generalmente se trataba de edificios donde la flexibilidad de los espacios interiores era una de las características más importantes. A menudo sus formas eran vanguardistas actuando, al mismo tiempo, como referentes urbanos y como símbolos del progreso económico y social. Así se distinguen las formas, los materiales y detalles constructivos de los palacios de Kiev, Almaty o de Dnipropetrovsk.

Imagen del libro Corea del Norte. Utopía de Hormigon, R. Mateos Miret, J. Prokopljević, Muñoz Moya Editores, 2012.

Muchos de estos centros siguen en funcionamiento, con los nombres y usos cambiados: en los mejores casos son centros culturales para la infancia o centros de educación complementaria, pero a veces llegan a convertirse en casinos o clubs. En Cuba, Venezuela o Corea del Norte los Palacios de Pioneros continúan su función original. En 1989 en Pyongyang fue construido el Palacio Mangyongdae, el nuevo centro para los niños y escolares, al mismo tiempo un punto de referencia en la nueva parte de la ciudad desarrollada alrededor de la avenida Kwangbok. En 1988, Corea del Norte hizo varios intentos para coorganizar, junto a sus vecinos del Sur, los juegos olímpicos de verano. Ello incluyó la construcción de varios centros deportivos en la capital norcoreana, junto a un nuevo barrio residencial con la función inicial de villa olímpica.

El edificio de ocho plantas y unas 150.000 m2 de superficie se construyó en un extremo de la avenida Kawangbok (la pretendida villa olímpica) como foco de actividades públicas y culturales de esta nueva parte de la capital. Su forma, según las ideas de representatividad arquitectónica que describió Kim Jong-il, de alas semicirculares, similar a la plaza de San Pedro del Vaticano, connotaba las manos del líder abiertas para proteger a todos los niños del país. El centro para las actividades extraescolares y de alto rendimiento está muy bien equipado: cuenta con la sala de actos para dos mil personas, gimnasio con piscina, más de ciento cincuenta aulas para distintas actividades, zona de laboratorios científicos, planetario, una residencia, restaurantes y comedores. Hoy en día sigue en pleno funcionamiento y ha sido restaurado recientemente con nuevos materiales y colores, acogiendo también las aulas dedicadas a las nuevas tecnologías.

Los niños «entrenados» en el palacio Mangyongdae son el orgullo nacional: participan regularmente en los espectáculos de gimnasia masiva y también tienen sus actos para el público o para los funcionarios del régimen. A menudo las delegaciones extranjeras también tienen la oportunidad de verlos actuar y el grupo que yo pude ver eran unos pequeños músicos y acróbatas de los primeros cursos de primaria que sorprendían por su perfecta concentración y actuación sin el más mínimo error, solo con algún pequeño gesto que denotaba que aún eran niños.

Los tiempos postsocialistas han puesto de relieve la conveniencia de este tipo de establecimientos, exclusivos para los niños y escolares, donde el emplazamiento, la arquitectura y el diseño interior van de la mano con los contenidos apropiados para la edad de sus usuarios. Algunos se han privatizado y han podido sobrevivir gracias a la inclusión de los contenidos comerciales y los nuevos medios de comunicación visual, mientras que otros siguen con escasa actividad y pobre mantenimiento a la espera de reconstrucción y redefinición programática. En los tiempos socialistas, los Palacios y Campos de los Pioneros propiciaban el escenario para actividades diferenciadas de la escuela y de la familia donde los niños, a pesar de las consignas y disciplina del Partido, asimilaban una serie de responsabilidades y valores. La arquitectura trabajaba para la juventud, y sus centros —aunque quizás solo retóricamente— eran representativos para el éxito de la política estatal.

Ciudad de Pioneros de Zagreb. Foto: Vanja Radovanović.

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(1) El juramento de los Pioneros de Tito de la Yugoslavia socialista. Texto original: Danas, kada postajem pionir Dajem časnu pionirsku reč: Da ću marljivo učiti i raditi poštovati roditelje i starije, i bitiveran i iskren drug, koji drži datu reč; Da ću voleti našu domovinu samoupravnu Socijalističku Federativnu Republiku Jugoslaviju Čuvati bratstvo i jedinstvo Svih njenih naroda i narodnosti I ceniti sve ljude sveta koji žele slobodu i mir!


Santos Juliá: «El PSOE pasa por los momentos más bajos de su historia»

Fotografía: Javier Valeiro

Al historiador, en el despacho, se le reconoce por un atributo propio: las pilas de libros. Son ese rasgo característico, los árboles, del bosque de papel en el que se envuelve el logógrafo avezado. Santos Juliá (Ferrol, 1940) ha realizado muchos periplos entre la foresta de hojarasca siendo, así, reputado biógrafo de Manuel Azaña, notable historiador del socialismo español y reconocido sociólogo del Madrid reciente. Animado con una discusión sobre las bibliotecas, donde se queja de la «poca luz» que entra en los modernos edificios, nos recibió en su iluminado despacho sito en la laberíntica Ciudad Universitaria.

Naces en Ferrol, en 1940, pero cursas el bachiller en Sevilla, ¿A qué se debió este cambio familiar? 

Mi padre era de la armada, capitán de máquinas, y participó en una operación que venía de una orden del Gobierno legítimo, de la República. Esta consistía en dar agua a un buque, el cual estaba en dique, y al terminar la guerra lo echaron, lo retiraron, de la marina. Y luego hubo de buscarse la vida. Fuimos a Sevilla, después de cinco años. Mi familia y yo —nací en el 40 primero nos establecimos en Vigo y vivimos allí como tres o cuatro años. Yo llegué a esa ciudad, a Sevilla, con seis años justos en 1946. Mi madre decía «qué calor… qué calor…» (risas).

En Sevilla conoces a un personaje fascinante y relativamente heterodoxo como es Ramón Carande, biógrafo de los banqueros de Carlos V. ¿Cómo acabó en el mundo franquista alguien en origen republicano?

Él ha dado explicaciones de su trayectoria. Era claramente alguien muy unido al mundo de valores de la Institución Libre de Enseñanza. Había pasado por Alemania, por una educación germana, y en su biografía política, siendo rector, evita a la policía de Primo de Rivera entrar en la universidad de Sevilla. Como muchos catedráticos de su tiempo perdió sus archivos, estaba trabajando en los Trastámara, y acabó en las finanzas de Carlos V. Cuando triunfan los franquistas no lo persiguen como lo hicieron con otros, pero pasa al anonimato. Lo depuran, lo echan de la universidad, y probablemente los que le rodean y le quieren le dicen que colabore. Pedro Camero del Castillo, un falangista, le dice que como protección se deje nombrar para un cargo y publique un artículo en la revista de estudios políticos.

Él se retira, conserva su finca en Cáceres, y se mete en el archivo de Simancas. Pasa años en ese archivo y pergeña Carlos V y sus banqueros. Él se fascinó con el personaje, no pretendía desmitificar al emperador, y fue consecuencia de sus estudios económicos en Alemania. El libro es excepcional, yo le ayudé en la edición resumida. Me agradeció llamándome en el prólogo «desprendido auxiliar en el uso de las tijeras». Me mandó un cheque y yo se lo devolví (risas). Por eso el desprendido.

En 1945, con el indulto general, le devuelvan la cátedra de hacienda pública en Sevilla y permanece en ella hasta que se jubila. Él decía a sus amigos que llevaba sobre la espalda ese peso. Esto es, cuando a todos ellos los habían perseguido o exiliado, a él solo le expedientaron y depuraron. Nunca llamaría a don Ramón colaboracionista; quería salvar el pellejo, fue una cuestión nominal.

Llegas a Azaña a través de Carande, que te recomendó sus obras completas. ¿Cómo pudiste adquirirlas en pleno franquismo en una librería?

Don Ramón me veía como un lector marxistizado y me hizo dos recomendaciones de lectura que no olvido. Estas fueron decisivas para lo que luego he podido trabajar. Una era Max Weber, «tanto o más que a Marx», y la otra es que leyera a Manuel Azaña. «Los jóvenes de vuestra generación tienen que leer a Azaña» decía, aunque luego ya me llamó de tú. Había una librería en Sevilla que vendía de tapadillo cosas que llegaban de México…

¿Lo vendían en una especie de altillo? 

No, hombre. Normalmente te recomendaban «vete de mi parte y dile que…». Entonces yo fui, era una librería situada cerca de la catedral (subiendo el barrio de Santa Cruz). La recuerdo perfectamente. Ahí dije «mire, que don Ramón me ha dicho que…». Entonces me compré las obras de Azaña.

Te refieres al «pasado que se corta abruptamente con la guerra» en el libro de Azaña. ¿Se rompe esa tradición liberal con la Guerra Civil?

Hay una ruptura con la tradición liberal muy fuerte. Al liberalismo se le achacan todos los males de España. El siglo XIX mejor que no hubiera existido. Esto lo repite Franco en sus discursos, que naturalmente están hechos, pero son suyos. El siglo que no es español. Es un siglo espurio: está contaminado por el liberalismo, que es el origen del socialismo, que es el origen del comunismo y de todos los males de España…

Es una tradición de casi ciento veinte años que se purga culturalmente en España y que no se recupera en la democracia apenas.

En el libro Historias de las dos Españas, en un capítulo, hablo de cómo los intelectuales de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta que se llaman demócratas no vienen de una tradición liberal. Nosotros nos hemos hecho demócratas sin haber sido liberales. Existe, también, otra tradición de un liberalismo tapado, resistente, etc. Pero el liberalismo en el momento en que es o forma parte de un pensamiento debe tener una teoría del Estado o no hay liberalismo. Y los liberales que pasaron por la guerra, la represión posterior y vivieron como resistentes silenciosos les faltó esto. Se les hundió la República, se pensó que el liberalismo había llevado al caos. Aunque por su talante no eran fascistas, no eran totalitarios. Hay un hueco, una falla…

Otros evolucionan: Serrano Suñer comienza en el partido de Maura para acabar en una especie de fascismo.

En una especie no, ¡en un fascismo de hoz y coz! (risas). Es un conservadurismo católico en origen.

Vamos con Azaña, del que fuiste biógrafo fundamental. ¿Es el fracaso político de este una consecuencia social o fue fruto de sus propias decisiones?

¡Niego la mayor! (risas)

Entonces…

Yo no tendría a Azaña como un fracasado. Creo que la República que se construye en 1931 es un sistema que pudo haber tenido una trayectoria que habría consolidado para siempre una democracia en España. No creo que el hecho que haya una guerra, que esta destruyó a la República, pueda ser cargado a la espalda de Azaña.

Pero él no dejó de ser ortodoxo, lo que produjo grandes tensiones y evitó el pacto. Afirma «España ha dejado de ser católica» en 1931 y, al poco tiempo, (apenas tres años) la CEDA —partido confesional— pasó a ser mayoría…

El cargar sobre cuestiones de carácter… Azaña era un dulce para todos aquellos que cargaban sobre esto, era un bocado de cardenal. Se llamaba a Azaña «el reprimido», «el frustrado», el que tuvo una carrera «a la medida de…» y se explica por ahí las decisiones que toma.

Azaña toma dos decisiones políticas que impiden que el Gobierno de la República caiga. La primera es encontrar un punto de confluencia para resolver la llamada «cuestión religiosa» y de ahí su gran discurso en el que dice a los socialistas «si ustedes quieren gobernar con la enmienda que han planteado, si quieren que este Gobierno continúe, es preciso tomar en cuenta la realidad de la gran presencia que ha tenido en la historia de España la Iglesia católica en la educación». Era una enmienda sobre la disolución de todas las órdenes religiosas y nacionalización de todas las propiedades de la Iglesia.

Azaña tiene esa frase, «España ha dejado de ser…», que es un inciso dentro de un razonamiento en la cual establece que la Iglesia ya no es la institución que determina la cultura española. Se debe buscar, entonces, un lugar en la nueva forma del Estado.

Aunque Azaña es más moderado que los socialistas, evidentemente, Alcalá-Zamora llegó a decir que esa constitución laica de la República invitaba «a la guerra civil» por la España conservadora.

Lo dijo mientras la guerra civil ya estaba en activo. Él fue presidente de la República con esa constitución.

Él la quiso reformar en el sentido conservador y ampliar el ámbito social del Estado.

Él era presidente de ese gobierno, Alcalá-Zamora, y alguna responsabilidad tiene. Yo creo que hay un error del Gobierno de coalición republicano-socialista. El error no fue que hicieran la reforma militar, la constitución tal como la hicieron, la reforma de la propiedad de la tierra, la territorial (con estatutos de autonomía), etc. Es decir, no hay ningún aspecto de la vida española que no se toque y se hace en un lapso de tiempo muy concentrado. En un año: ¡ese es el error!

Quiere transformar de arriba abajo leyes de matrimonio, sistema fiscal, estatutos de autonomía, Iglesia, militares, terratenientes, medidas sociales… Todo concentrado en un año. Ningún aspecto de la vida deja de tocarse, incluso los cementerios, con lo cual una buena parte de la sociedad española debía sentirse amenazada o atacada. Y también le falta disponer de instrumentos necesarios para enfrentarse a los obstáculos que esas reformas iban a encontrar. Ese es el error del primer Gobierno de la República, en eso estoy de acuerdo.

¿Es eso atribuible a Manuel Azaña? Así, así. En ese Gobierno estaban los socialistas —para quienes la República era la estación de paso a mayores conquistas, los radical-socialistas, los nacionalistas catalanes y los republicanos de izquierda o centro-izquierda. Era una coalición frágil ya que cada uno tenía su programa de gobierno… y Azaña la mantiene en pie dos años.

Esa frase de Emilio Castelar: «Las coaliciones son siempre muy pujantes para derribar, pero siempre impotentes para crear».

Bueno, depende de los coaligados: hay algunas que han funcionado bien. No soy tan determinista. Hay coaliciones que pueden dar buen pie y esta de la República pudo haberlo dado. La reacción de los que se sintieron ofendidos o atacados tampoco se pudo consolidar. Hay muchas Repúblicas… hay dos años… luego otros dos años y…

Eso es interesante: cada Gobierno legisla en contra del anterior. Hay muy poca estabilidad institucional.

El Código Civil se mantiene, pero hay un cambio profundo de constitución respecto a las anteriores. Un cambio radical. Tiene en cuenta las constituciones europeas del tiempo.

«República de trabajadores de toda clase» no es algo que venga de la tradición liberal, es producto de esos años.

Bueno, antes está «el pueblo español». Pero claro que hay una influencia de fuera. Se sitúa en una tradición, pero innova también. La veo más como la constitución española de la posguerra mundial: está más cerca de las constituciones de Alemania o países latinoamericanos. Nuestros constitucionalistas habían estado muy al tanto de esas constituciones. Era reformable en apenas cinco años y no necesitaba mucho para hacerlo. Pertenece a la familia de las rígidas, claro, pero no es tan rígida como la del 78.

Josep Pla afirmó que la República nunca pasó de «discusión del Ateneo», de su fase legislativa, en sus libros sobre el periodo.

De haberse quedado en la fase legislativa, no habría habido reforma militar. Ese de Pla es un discurso que no está a la altura de las magníficas crónicas del escritor catalán (risas). Es un recurso literario. Las leyes se pusieron en marcha, algunas funcionaron (la reforma militar es efectiva —lo reconoció el propio Franco) y algunas otras como las civiles también (el derecho de las mujeres, el divorcio, etc.) Funcionaron también otras leyes, como la de Estatuto de Autonomía de Cataluña (los catalanes que proclamaron la república catalana entraron por la propuesta estatal) y la de reforma agraria, que creo comenzó a aplicarse de manera tímida y muy lenta.

Hay una forma de resolver las cuestiones duras, que han creado conflictos, diciendo que si tal o que si cual. No venían tantos del Ateneo: los diputados que eran madrileños y socialistas eran así así con esa institución (risas). Está mucho más en la complejidad del sistema de partidos que se creó, en la incapacidad que tuvo la coalición de radicales con la CEDA para tomar lo que tenían entre manos. En lugar de empezar de discutir entre ellos, podrían gobernar. Las continuas crisis de gobierno no son del periodo inicial.

Las crisis republicanas vienen del bienio derechista.

Son CEDA-Radicales. Eran opuestos ideológicamente, pero se supone que el mundo empresarial y patriarcal estaba detrás de los dos. Y sobre todo lo que estaba entre los dos es su oposición a los anteriores. Cada uno con su proyecto y su propósito, pero la media de los gobiernos es de tres meses. Con esos pocos meses, con continuas crisis, hay una debilidad institucional. Entonces bueno, cuando uno se acerca a la realidad social deja esas explicaciones… «como eran del Ateneo…» (risas)

¿Por qué se llevaba tan mal Azaña con otros políticos como Lerroux o Alcalá-Zamora? Lerroux estaba más cercano a sus ideas que gran parte del PSOE.

Alejando Lerroux y Azaña se llevaron bien un tiempo. En la alianza republicana, ya en 1926, y que llega hasta 1931. A final de este año tienen un problema y entonces Azaña elige que los socialistas se queden en el Gobierno, mientras que Lerroux dice que la República tiene que ser republicana. Los socialistas, llegada esta, tienen que desplazarse y pasar a la oposición.

Entonces, cuando se trata de mantener el gobierno de coalición socialista-republicano, hay una diferencia radical. Azaña quiere que el Partido Radical siga porque sigue siendo un fuerte apoyo de la República hasta la aprobación de la constitución. Interpreta el pacto de San Sebastián bajo este principio. Lerroux se niega a seguir en el Gobierno y pasa a la oposición. Tiene, entonces, a Azaña como un advenedizo al republicanismo. El político de Alcalá, en fin, ha llegado al republicanismo en el año 1925, mientras que él es un republicano histórico. ¿Cómo va a ser Azaña presidente de un Gobierno?

¿De dónde viene, ahora, su enemistad con Alcalá-Zamora? Quizá lo ve como parte de ese viejo mundo de la Restauración de políticos maniobreros.

No, no creo. La relación de estos dos venía de lejos: coincidieron con apenas veinte años en el despacho de un abogado célebre. Desde luego, hay una cuestión de estilo de gobierno, de manera de entender la República, que se traducía en la misma oratoria de cada uno. Alcalá-Zamora tenía una construcción muy barroca.

Es un epígono tardío de Castelar.

Exactamente. Sus discursos tienen una construcción gramatical de un hombre muy ducho en la materia. En la República ya no había ese tipo de oradores… Melquiades Álvarez era ya un gran orador moderno. Pero, volviendo a la disputa entre los dos, la constitución republicana no era presidencialista, sino semipresidencialista.

Le dejaba, así, un margen de maniobra importante al presidente de la República, el cual podía retirar la confianza al presidente del Gobierno y disolver las Cortes. Es verdad que eran dos veces y la segunda tenía que dar cuenta al Congreso. Esto le daba a Alcalá-Zamora una cierta capacidad de borboneo, como se decía entonces.

Esas disoluciones, ese borboneo, le cuestan el puesto.

Claro, había disuelto por dos veces las Cortes y en la segunda la mayoría parlamentaria lo echa.

Lo interesante es que esas Cortes, las que le cesan, habían nacido de una disolución del Congreso por parte de Alcalá-Zamora… ¡Las disolvió para que le echaran sin darse cuenta! En cierto sentido, se deslegitimaban.

No creo que lo hagan: actuaron de acuerdo con la ley. Ellos someten a discusión este cese y Alcalá-Zamora no tuvo ni el voto favorable de la CEDA, ni de los radicales (que eran los más injuriados). Él erró al no contar con la primera disolución de las Cortes, y usaba su poder como amenaza: los socialistas y los radicales le dijeron «ya no te queda ninguna posibilidad de disolvernos». Para garantizar, de hecho, que no te queda ninguna forma de disolver las Cortes te vamos a disolver nosotros (risas). Es verdad, eso sí, que la operación se cometió en el peor momento de la República. En eso estoy completamente de acuerdo.

¿Cuánto hay de espejo de Azaña en Juan Valera? Su biografía, excelente, tiene devoción por un personaje que comparte su visión cínica de España.

Azaña nunca tuvo una visión cínica.

Los diarios de Azaña no son el relato de un idealista sobre el pueblo que gobierna y tienen un posible enlace con las cartas íntimas de Valera.

Hombre, creo que hay otra afinidad que no va por ese lado entre Valera y Azaña. Primero, literaria. ¿Cuál es la literatura que más le podría gustar a Azaña? Pues, sin duda, Valera entraba ahí. Hay otra faceta, además de la literaria, que son sus críticas tanto literarias como políticas. Sus ensayos políticos y críticas literarias sin duda las conoce. Luego hay otra faceta, el político, ya que Valera fue embajador y diplomático. Creo que esa es la afinidad que más me parece en lugar de su visión del país.

La visión de Azaña de España es más profunda, y Valera puede ser más frívolo, más cínico.

Pero en el cinismo hay algo de despectivo. Valera cuando se produce la gran infección de literatura sobre la decadencia de España, todo el noventayochismo, es de los pocos que sale diciendo «¿de qué están hablando ustedes?». Tiene varios discursos, algunos en la Real Academia, que son una crítica al pesimismo del 98. Valera nunca habría dicho esa frase de Cánovas: «Son españoles los que no pueden ser otra cosa». Jamás se le hubiera ocurrido. Valera se sitúa en una tradición literaria rica, es consciente de eso, y se establece en una crítica a la política, heredera de Larra. Son esos artículos de este último sobre la incapacidad política de hacer una obra a largo plazo. «Tejer y destejer», que dice Juan Valera. «No hay leyes que den todo lo que pueden, siempre estamos tejiendo y destejiendo», afirmaba el político y escritor cordobés.

Entrando ya en el drama español contemporáneo, ¿fue la Guerra Civil inevitable? Julián Marías consideró que ningún historiador actual podía entender «los odios del tiempo».

He escrito varios artículos y algún libro intentando desmontar ese sentimiento que tuvieron muchos. El sentimiento nace de una experiencia y, por tanto, hay que tener respeto a esta. Otra cosa es cuando el sentimiento pretende sacar un argumento, que es cuando debes de tener en cuenta otra serie de elementos que están fuera de tu experiencia vital. Eso existe: durante toda la República hay muchos muertos por violencia directa, que te matan en la calle (atentados o insurrecciones). Es verdad que desde el tiempo de las elecciones hasta el golpe de Estado hay una violencia en las zonas rurales (propiedades pequeñas y medias) que tiene que ver con la ocupación de la tierra.

Ahora, otra cosa es pensar que eso no hubiera tenido otra solución distinta a una guerra civil. Ahí hay un paso no se puede dar por la mera experiencia del que vivió el periodo. ¿Qué es lo otro? Que el ejército, y dentro del ejército la fracción africanista, entiende que eso solo se puede resolver con un golpe de Estado. Este golpe ni siquiera es lo que explica la guerra: este pudo haber terminado triunfante. Siempre he procedido bajo la pregunta: ¿por qué al abrirse este tipo de dirección no se abre otra? Por otro tipo de factores en este punto.

Pero eso queda abierto: si la corporación militar entera da un golpe de Estado en la República no hay bicho que se mueva… pero el ejército estaba fragmentado. Hay muchos militares que no se adhieren a la rebelión. De hecho, los primeros muertos de la rebelión son los asesinados por sus propios compañeros.

Hay un personaje literario, admirable moralmente, que es el general Domingo Batet: murió fusilado en Burgos, en el 37, y había defendido la República de los disturbios del año 34.

Hay muchos. La rebelión militar no triunfa en Madrid, ni en Barcelona, ni en las grandes capitales. Pero no es totalmente aplastada y el no serlo no es responsabilidad de los golpistas. Esta es del Gobierno de la República, el cual no es capaz de acabar con ellos. Este cae y no se forma un gobierno que pudiera llamarse de «unidad nacional», los socialistas se niegan a incorporarse a ese gobierno. Este entonces es débil ya que son solo republicano. Entonces ve desde la más pura impotencia el comienzo de una revolución interna, en su territorio bajo control, y un golpe militar. Este enfrentamiento no hubiera durado más de uno o dos meses si no hubiera habido una intervención internacional, alemana e italiana. Se une el golpe de Estado, la fragilidad del Estado republicano (la revolución) y la intervención extranjera para explicar el porqué la guerra civil tuvo un efecto tan duradero, fue tan profunda y dejó tanto rastro de sangre.

Si se afirma «es que fue inevitable…», entonces, ¿por qué explicarlo? Si es inevitable, entonces, nadie tiene la culpa. Se culpa al odio, pero este se puede administrar de muchas maneras sin llegar a la guerra civil.

¿Es el asesinato de Calvo Sotelo el que lleva a Franco a entrar en la guerra o lo había decidido antes?

Creo que no. El asesinato de Calvo Sotelo no es el que desencadena la guerra. Eso estaba preparándose; el Dragon Rapide estaba apalabrado desde mucho antes. De hecho, conspiración monárquica hay desde el principio, luego esta va progresando. El golpe de Estado de José Sanjurjo, en el 32, fue criticado porque la situación no era madura.

Te comento esto porque el ejército de África, el que comanda Franco, es clave en la guerra: es el que permite unir las zonas rebeldes y el más efectivo en batalla sin duda.

Pero también estaba Mola arriba. Los carlistas… Fíjate que los primeros en dar un aliento popular, en el sentido de pueblo que toma las armas, no son los partidarios de Franco sino de Mola en el norte.

Una gran ironía: la Guerra Civil es la única que ganan los carlistas.

Bueno, lo ganan coaligados. Pero sí, claro, tienes razón.

¿En qué momento cambia el tono reposado, más irónico que violento, de los políticos del XIX a los del siglo XX? Los diarios de sesiones de la II República son siniestros en comparación con la Restauración e incluso el Sexenio.

El cambio viene porque hay diputados que están llamando claramente a la rebelión y otros en el hemiciclo que están hablando de revolución…

La Pasionaria lo dice claramente.

Pero el Partido Comunista está en ese momento mucho más siguiendo la política de la Internacional, en la defensa del Frente Popular, que no en la revolución. Pueden responder a una intervención de Calvo Sotelo en las Cortes, pero no están en esa disyuntiva. Es decir, ellos están defendiendo la política de Frente Popular. Lo más importante para ellos es mantener la coalición y están conteniendo el movimiento de huelgas que, a principios de mayo, está llegando al punto de huelga general. Defienden el lema del Frente Popular francés: «Hay que saber terminar una huelga». La retórica, «bueno, si quieren dar un golpe que lo den» es una retórica más de la izquierda del PSOE, del caballerismo, de la facción de Largo Caballero.

Ni Manuel Azaña o Alejandro Lerroux querían la guerra, pero ¿la querían realmente Indalecio Prieto, Largo Caballero o Calvo Sotelo? ¿Cuánto hay de bravuconada en sus escritos y discursos y cuánto de realidad?

Prieto desde luego no la quería. Incluso avisó: pronunció un famoso discurso en Cuenca en el que hace la profecía de «que no se puede seguir así». Defendía que un país no puede seguir en una situación caótica. Prieto está dispuesto a ir al Gobierno y es bloqueado por el grupo parlamentario y el comité de la UGT que está controlando Largo Caballero. Amenazan, incluso, con romper el Frente Popular si es presidente de Gobierno. Prieto cree, y Azaña con él, que el Gobierno tiene que reforzarse con la presidencia de los socialistas.

El 10 de mayo, con Manuel Azaña de jefe de Estado en la República, llama a Prieto para la presidencia del Gobierno. Este habría podido reforzar el gobierno del Estado y habría entrado en contacto con los militares. Esto es hacer cábalas, en fin. Lo que lo impidió es la división del partido socialista en dos alas.

Por aquel entonces los caballeristas casi matan a Indalecio Prieto en un mitin en Écija.

Hay disparos en ese acto, poco después del discurso de Cuenca. Las juventudes socialistas están en una deriva revolucionaria. No van a tomar la iniciativa, pero si la toman los otros les hacen la mitad del trabajo. Largo Caballero dice «ya podrán llevar entorchados, casacas, que la clase obrera dará cuenta de ellos…»

Baroja definió a Prieto como «falso hombre hábil» y Sánchez-Albornoz a Largo Caballero como «mula honesta» riéndose de su cortedad. ¿Faltaron líderes como Léon Blum en el PSOE del tiempo?

Podría haber sido Prieto el Blum. No era un carácter parecido a Blum, el tipo humano, pero Prieto podría haber gobernado. La diferencia fue que Léon Blum dijo «Yo gobierno» («Je suis Prêt»). Esto allí, incluso, tenía problemas. El Frente Popular francés sucedió un poco después del español y este último quedo en exclusiva en manos de los republicanos por esa decisión de los caballeristas. «Vosotros hacéis vuestro programa y cuando terminéis nos toca a nosotros…», ese fue el mensaje. Léon Blum, en Francia, asumió el poder.

Azaña afirmó, no sé si a un periodista francés o a su cuñado (Cipriano Rivas Cherif), «aquí no tenemos ningún Léon Blum». A Prieto lo paran los suyos, no los republicanos. Azaña acepta ser presidente pensando en que va a ampliar el gobierno republicano… Pero no lo hace, y en mayo ese gobierno está gastado. Casares-Quiroga puede ser sustituido desde la presidencia nombrando a un socialista. Los socialistas no entrarían jamás a un gobierno presidido por un republicano: era la experiencia del primer bienio y no se podía repetir. Prieto plantea su candidatura al grupo parlamentario… y pierde la votación. Esto hace que el Gobierno del Frente Popular sea débil.

Haces la carrera, Políticas y Sociología, en Madrid. ¿Cómo era el clima de la universidad con Franco? ¿Era posible la disidencia?

La universidad la empezó a perder la dictadura en el año 1956. Fue una verdadera rebelión que tuvo consecuencias políticas decisivas: provoca una crisis de gobierno, que es parcial, ya que caen el ministro de Educación y el ministro secretario general del Movimiento. Abren así una crisis, que no se va a cerrar hasta la del 57, donde hay una remodelación más importante porque ahí entran los llamados tecnócratas (dos ministros del Opus Dei y López-Rodó que está de subsecretario, grupo coherente con una política distinta a la anterior). Eso lo abre una rebelión estudiantil, la del 56 en Madrid, y luego la del año siguiente en Barcelona y Sevilla. A partir de ahí la universidad va a tener un papel decisivo en la transformación cultural que se produce en España en los años sesenta. Se unen los intelectuales, escritores y artistas que se empiezan a manifestar…

Los primeros manifiestos.

Más bien peticiones: utilizan mucho una figura que se llamaba el derecho de petición. Este permitía a todos los españoles dirigirse a las autoridades en petición de algo, era legal no lo podían negar (risas).

Es ese concepto que defendía Ricardo de la Cierva de democracia orgánica: intervención a través de los rígidos corsés legislados… para esconder que en la práctica es una dictadura.

Claro. El poder está concentrado en la jefatura del Estado, que tiene capacidad legislativa, toda la ejecutiva y puede determinar la capacidad judicial. El régimen como mejor se define en origen hasta el fin es como dictadura.

Es un régimen tramposo: intenta parecer una democracia particular en el exterior, estilo el Irán del Sha, y jugar a país normal europeo. La política exterior de Fernando María Castiella…

No creo que fuera Castiella, sino más bien Alberto Martín-Artajo que está antes de él en el Ministerio. Cuando entra, en el año 45, afirma que el régimen que viene de una guerra civil puede evolucionar a una forma de democracia que comienza a ser llamada orgánica, a través de los órganos naturales.

Esto es el viejo Estado corporativo de inicios del siglo XX, los órganos propios eligen sus representantes. Son todo oxímoron: democracia orgánica, sindicato vertical…

Sí. Pero ahí es un encuentro claro de las distintas instituciones que están sosteniendo la dictadura. El sindicato quedó desde el inicio bajo el control del Movimiento. Ahí los grupos cristianos no tuvieron mucha importancia. Sin embargo, la dirección de la política exterior y la de la economía luego del año 57 queda en manos de grupos católicos. No hacen una política ordenada por la jerarquía de la Iglesia, pero vienen de ahí. Ese mundo es donde se cuece todo eso de lo democracia orgánica, cosa que a los falangistas no les gustaba nada ¡ellos querían un Estado fascista! Las primeras tensiones dentro del régimen se producen entre Falange y el mundo católico.

De hecho, en esta última etapa los falangistas solían proteger a los disidentes del discurso oficial, como nos comentaba Carlos Saura con sus primeros filmes.

A todos hasta cierto punto no. Depende en qué momento, claro. La primera salida fuerte a la opinión pública del falangista Dionisio Ridruejo es acusar a Franco de no construir el estado fascista, ya en el año 42. Algunos han dicho que Ridruejo está camino de la democracia, ¡ni de broma! Lo que le reprocha es que la promesa del Estado fascista no llega y se reparten puestos entre gente no adepta.

¿Por qué eliges Ciencias Políticas y Sociología en la universidad? Vinculación al mundo socialista, interés por las ciencias sociales…

En ese momento estaba muy en boga la sociología comparada y las preguntas ¿por qué hay democracia? ¿Cómo surge la democracia? ¿Por qué se producen las revoluciones? ¿Cuáles son las etapas de la revolución? Esas eran lecturas que había tenido y que me movían a comprender el cambio que estaba ocurriendo en España. Se trataba de entender cuáles eran las perspectivas de ese cambio que las lecturas marxistas y cristianas de mi juventud se situaba en un proceso en el cual la democracia podría ser primer paso al socialismo.

Según nos contó Joaquín Leguina, los estudios de sociología y estadística en aquel tiempo estaban en pañales y se conocían «mal» las matemáticas. ¿Cuál es tu opinión como sociólogo?

La sociología empezó en una escuela en San Bernardo, de origen católico, que después del 39 deben exiliarse. Juan José Linz, por ejemplo, gran sociólogo, debe irse en el año 1950. Francisco Ayala era catedrático de Teoría del Estado aquí, pero es el primero en hacer un tratado de sociología (que ejecuta en el exilio).

Umbral se mofaba de Ayala y su sociología, que consideraba «prehistórica», diciendo que presumía por detrás de ser «el profesor mejor pagado en Estados Unidos».

Hombre, en Estados Unidos estaban bien pagadas las cátedras, pero no creo que Ayala fuera tan bien pagado. Allí hay mucho margen: no gana lo mismo un full professor en una universidad menor que en Harvard. Además de todo el currículo. Las diferencias contractuales son notables dependiendo de lo que se produce. Yo no lo hubiera tenido como un reproche que fuera el mejor pagado de Estados Unidos (risas).

Volviendo al tema de tu vocación de sociólogo…

Pretendía estudiar eso, las revoluciones, que eran una de las grandes inquietudes de mi generación: ahí no soy nada original. Nuestra generación, formada por la Iglesia católica (aunque yo fuera a un instituto), tenía esa perspectiva: la educación estaba en manos de jesuitas, escolapios, salesianos, etc. El influjo de la Iglesia era brutal, absoluto. Nosotros despertamos a la conciencia política a través de una especie de transición de esas lecturas a lecturas marxistas.

La frase del papa Francisco reciente donde equipara a cristianos y comunistas, además también de los últimos libros de Antonio Escohotado.

Hay algo ahí que creo solo puede producirse en ese momento, en los años sesenta, que fue el encuentro marxismo-cristianismo. Es el tiempo del diálogo y esto se ve en Cuadernos para el diálogo, Triunfo, etc. Allí escribía gente que venían de una tradición cristiana, de un cristianismo marxistizado, que se encuentran con marxistas que ven la posibilidad de abrir el Partido Comunista. Es eso que llamaron los comunistas, que incluso fueron los creadores, de «la reconciliación nacional». Es un proceso a la democracia donde se encuentra gente que viene de los vencedores y de los vencidos. Eso lo descubren los hermanos mayores de mi generación: los que vinimos después, que no éramos niños de la guerra, vimos el panorama que se nos abría cuando despertamos a la conciencia política. Yo formo parte de esa corriente y me preguntaba por qué en España no había una democracia y cómo se construye esta. Como decía Javier Pradera, «no leímos a Stuart Mill, sino a Marx».

¿Cuándo conoces a Javier Pradera?

Lo conocí en París. Había estado un año allí, en el 67 o 68…

Era el gran viaje de todo «progre» en la dictadura.

Creo que más que a París era irse de aquí (risas).

Coincides con el juicio que nos contó Gabriel Albiac: hay que irse de aquí.

Ibas un poco por eso. En París tuve la gran suerte de conocer y tratar mucho a Fernando Claudín y José Bergamín. A Claudín y Jorge Semprún los habían expulsado del Partido Comunista Español en el año 1965.

Afirmaron la disociación del Partido Comunista Español (PCE) con la realidad del país, que no era el de los años cuarenta, y la Pasionaria llamó a Semprún «cabeza de chorlito», según sus continuos libros de memorias.

Sí. Ahí hay un debate que he estudiado después. En realidad yo tenía muchos amigos del Partido Comunista en Sevilla y a mí estos me dijeron que entrara en contacto allí con Manuel Azcárate, que llevaba una fundación y local bajo protección del Partido Comunista Francés. Los conocí allí y les escribí alguna cosa para la revista Realidad, pero no les gustó mucho aquello. Otros amigos, a la vez, me dijeron que le diera recuerdos a José Bergamín, y a través de este tomé en contacto con Fernando Claudín.

¿Conociste a Semprún? El gran seductor del comunismo español, según Juan Cruz.

Era un seductor, aunque yo lo traté menos. La hija de Ricardo Muñoz Suay le llamaba «el pajarito». Muñoz Suay era el que organizaba el mundo cultural del PCE y estaba vinculado al cine. Y ¡era un pajarito! (risas). En el pequeño grupito nuestro él venía, se sentaba un ratito, y decía «tengo que irme» y desaparecería (risas).

Vuelves luego a Sevilla, donde llegas a ser director de un colegio, en tu primera madurez.

Eso fue en el 73 y 74. Llegué antes a Madrid para cursar Políticas y Sociología. Eso fue que unos amigos crearon un colegio en la zona de Aljarafe. Al mismo tiempo, vi un anuncio de las becas Fullbright, que solicité y me la concedieron. Eso hizo que solo estuviera en la dirección del colegio un año. Fui a la reunión sobre esas becas, que coincidió con el día del asesinato de Carrero Blanco. Dejé el colegio, ya que me la concedieron, y me fui a Estados Unidos.

¿No estaba mal visto estudiar en Estados Unidos? Quim Monzó nos dijo que cuando le dieron la beca, a inicios de los ochenta, la literatura norteamericana era parte de «el Gran Imperio del Mal».

Éramos muy antiamericanos… Yo quería estudiar sociología de las revoluciones y existía una gran tradición en el oeste, en California, de sociología. Había una biblioteca en la llamada Hoover Institution y recuerdo que una de las preguntas de la comisión de la beca era «¿usted sabe que esa institución es muy conservadora?». Respondí: «sí, pero a mí lo que me interesa es la biblioteca de esa institución». Quería hacer un trabajo de investigación sobre las sociedades posrevolucionarias, es decir, qué pasa después de una revolución. Había una gran producción teórica sobre cómo se gestan y las etapas de una revolución, pero había menos sociología comparada sobre qué pasa después de las revoluciones.

Era 1974. ¿Cómo era esa California todavía de hippies y contracultura?

Es esa California donde iba a cantar Joan Baez… Ya había pasado todo eso cuando yo llegué y quizá era algo mayor. No entré en la universidad, era más bien en la Hoover. Ahora, el clima social era lo que algunos llamarían el paraíso.

La comparación con la España de Franco, un clásico generacional de todos los que salieron.

Hombre, claro. Ir a Estados Unidos e investigar fue clave para todo lo que hice después. Primero, porque cambié de objeto: tenía una magnífica biblioteca sobre la guerra civil, la República…

¿De dónde venía esa biblioteca?

De Burnett Bolloten, que había recopilado una gran colección.

Es el autor pseudofranquista de la guerra civil, ¿no?

Era muy anticomunista, más bien. Pensaba que aquí se había trabajado por la creación de una república popular al modo del que serían luego la república popular alemana, polaca… Vio en los comunistas españoles, en los delegados de la Internacional que vinieron, una traición a la revolución anarquista. Por eso se llamaba El gran engaño en su primera edición. Él tenía simpatías por el intento anarquista, como todos los hispanistas entonces.

Ese anarquismo era, en cierto sentido, producto propio del país, tiene menos influencia externa que el socialismo. Dataría del proceso revolucionario de 1868, derivado del partido federalista de Pi y Margall.

Claro. Pero iba más al anarquismo moderno, a la CNT, que se crea en 1910. Ese es el anarquismo fuerte de la República. No es tanto el anarquismo utópico del siglo XIX.

Pero existe una línea respecto al republicanismo federal en torno a Proudhon.

Pero es una línea discontinua. La novedad en esa década de los 10 es la creación de los grandes sindicatos, el peso de la clase obrera organizada sindicalmente. Eso en el siglo XIX no estaba organizado. Es el sindicalismo revolucionario, que podría ser un fondo, pero algo diferente, aunque no contrario.

Vamos a volver al siglo XX con la Transición, que está ahora en pleno revisionismo por autores más jóvenes. ¿Se puede considerar la Transición una segunda Restauración?

De ningún modo. La Transición es, precisamente, la imposibilidad de hacer una segunda restauración. Cuando realmente se piensa en la Restauración es a partir de 1945 como una salida al régimen. Es una continuación, culminación, de la dictadura. Se pretende que el aparato constitucional va a continuar, reformado, pero va a continuar. Los restauradores son luego los reformistas del régimen. ¿Cuál es el paquete de medidas que tienen previsto? Algunas de las leyes fundamentales, con reformas y una cámara algo más representativa.

¿Se habría atrevido a legislar con la célebre definición de soberanía, tan conservadora, de «las Cortes con el rey»? ¿Habrían dado poder ejecutivo al monarca?

No todo, pero sí. El rey iba a tener poder moderador. Se buscaba, se hablaba con don Juan, de una Corona «fuerte». Va disolviéndose esa idea, pero se pretendía dar al rey una capacidad dispositiva fuerte. El principio monárquico actuante, en cierto modo, va por ese camino. La Transición, que empieza así, varía en el momento en que se disuelven las instituciones del Movimiento (el Movimiento, los sindicatos y las Cortes) y se legalizan todos los partidos, en el primer gobierno de Suárez… Ya no es una restauración. ¿Cuándo deja de serlo? Cuando las Cortes se convierten en constituyentes: esto no estaba previsto en la ley orgánica. La ley de la reforma política decía que «procedería el Congreso y el Gobierno a la reforma que fuera menester». Nadie de los que pretendieron reformar al franquismo aceptaba es que las Cortes primeras fueran constituyentes. Y estas lo son por un procedimiento anómalo: no fueron elegidas para ser constituyentes. Lo primero que hacen los diputados, y esto lo favoreció que no hubo mayorías absolutas, es llegar al acuerdo de que van a ser constituyentes. Lo que sale de la Constitución no es la restauración de la monarquía histórica, sino algo nuevo…

Una nueva planta.

No es ni siquiera eso: es un Estado democrático de derecho. La monarquía es la forma del Estado, pero este no se define por ser monárquico.

¿Es el gran hombre, el gran tahúr, de ese cambio legislativo Torcuato Fernández-Miranda?

No, nunca lo he creído. Ahí interviene más gente. Fernández-Miranda es clave en la presentación de Suárez al Consejo del Reino. Fue astuto hasta ese momento. Ahora, hay elaboraciones previas: Carlos Ollero aportó su grano de arena. De hecho, el Ministerio de Justicia de Landelino Lavilla o Herrero de Miñón ahí estaban. Gente que sabía de derecho constitucional. Y estaba Suárez: alguien capaz de tomar iniciativas políticas arriesgadas en el momento más decisivo.

La propia legalización del PCE la toma con conocimiento del rey y nadie más.

Y no estoy muy seguro que con el rey (risas). Tendría que haber hablado con más claridad. Creo que ahí se jugó todo. Hubo en un primer momento el envío de un papel del Consejo Supremo Militar que no llegó a salir, el cual era casi un golpe de Estado. El punto clave de inflexión de todo el proceso fue la legalización del Partido Comunista, ya que lo que demostró eso fue que las fuerzas armadas perdían el derecho de veto sobre lo que era posible hacer. El Ejército no dirige el proceso, no tienen capacidad de dirección.

Herrero de Miñón afirmaba que el artículo VIII de la Constitución, «Las Fuerzas Armadas, (…) tienen como misión (…) defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional», llegó en un sobre lacrado a la comisión constitucional.

Tendrá sus fuentes. Hay otras historias más para película de cine. Lo que está claro es que es el artículo que más reproduce lo que se disponía del Ejército en la ley orgánica del 67. Lo que quiere decir que sí, que hasta ahí llegó la presión militar ¡qué duda cabe! ¿Por qué fue aceptado? Porque las constituciones, ese tipo de principios, se desarrollan luego por las leyes y cómo se actúa en la práctica y establecen una normativa estricta. La ley tardó, pero la que pergeñó Narcís Serra vacía de contenido ese artículo. Eso quiere decir que hay un ojo puesto a cómo respiran las fuerzas armadas, hasta dónde se puede llegar…

Esto se llamaba Pánzer Democratié, democracia tutelada por el Ejército.

No estoy de acuerdo en eso, para nada. Había dos puntos en los que el Ejército era intratable: introducir nacionalidad en la Constitución y la legalización del Partido Comunista. Esas eran las dos líneas rojas para los militares… y la primera se pasó, y la segunda también. ¿A costa de qué? A costa de reforzar el artículo 2, el de la nacionalidad: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, patria común e indivisible de todos los españoles…».

Esa indefinición, nación y nacionalidades —inentendible en Francia, por ejemplo—, ha traído constantes problemas.

Ya, pero permitió poner en marcha los estatutos de autonomía.

Carlos Dardé afirma que parte del espíritu de la Restauración se construye con la divisa «la aceptación del adversario». ¿Es esto clave en la Transición?

Ese periodo es en buena medida el resultado del encuentro que empieza a haber en España en el año 56, que se multiplica en los años sesenta. El contubernio de Múnich en inicio, hasta cierto punto, ya que todavía excluye a los comunistas. Son las mesas democráticas, las asambleas, el encuentro entre católicos y comunistas, es Cuadernos para el diálogo, es Triunfo, Serra D’ Or, Destino, etc. Son esas revistas donde puede escribir un comunista o un cristiano.

Gregorio Morán suele recordar que gran parte de los intelectuales de Triunfo querían la ruptura en los setenta.

Bueno, a medida que el final del dictador se acerca se construye un lenguaje rupturista, similar tanto en el PCE como en el PSOE. Incluso en este último es más rupturista…Pero nunca, ¡nunca! (risas), dio lugar a una práctica con la ruptura. Más bien era un discurso que no negaba a encontrarse con el Gobierno si este no se negaba a negociar sobre puntos concretos. Eso forma parte del discurso: se escribe en Mundo Obrero y El Socialista. Es decir, si el Gobierno negocia, y llegamos a un acuerdo, tiene que haber elecciones, libertad de partidos, libertad de prensa, disolución del aparato del movimiento, etc.

¿No es la propia victoria de la UCD como partido mayoritario la que dinamita la ruptura? Deja ver el tejido social del país…

No, no, es que se entiende que la ruptura está ya dada. La práctica de esta, lo que se negociaba como ruptura pactada, es que «tú mantienes ese discurso rupturista —aquí empieza algo nuevo, pero nunca dejas de negociar». Si Fraga llamaba, acudían a este. Cuando Suárez llamó, todos fueron a hablar con él. Primero individualmente, uno a uno, y luego la comisión de los nueve. Hay lo que creo que está bien denominado «ruptura pactada». La ruptura era amnistía, libertades de todo tipo, reconocimiento de derechos humanos, disolución de las instituciones del régimen y convocatoria de elecciones. Lo que fueran a hacer luego las Cortes constituyentes lo decidirían ya los propios diputados.

¿No hay en el revisionismo de la Transición una especie de malestar del viejo militante comunista, hemos citado a Morán como ejemplo, ante la imposibilidad de una democracia popular aquí?

Pero eso ya viene de antes. De la propia Transición…

El propio eurocomunismo fue la primera «traición».

Ya, claro. Pero el propio periodo originó un discurso anterior a lo que todo el mundo piensa, que se inicia ya en los últimos setenta. La Transición dio pie a un discurso del llamado «desencanto». «Esto no, esto no es». Comienza luego de que Suárez es nombrado presidente del Gobierno, permanece luego de las elecciones. Lo que veo es una renovación de ese discurso cuarenta años después (risas).

Llegamos a los tiempos modernos, donde el sistema del 78 es cuestionado y uno de sus garantes, el PSOE, dividido como en los años treinta ¿En qué momento el sistema comienza a agrietarse? ¿Con la crisis económica? ¿La presidencia de Zapatero?

Creo que habría que decir que el sistema del 78 es abierto. Lo que ocurre en los años de la Transición no crea un sistema cerrado, ni siquiera un régimen. ¿Por qué? Porque muchos de los elementos fundamentales, incluso de la forma de Estado, estaban por desarrollar. El sistema de la Transición sucumbe cuando esta termina: sucumbe UCD, casi desaparece el PCE, se transforma la derecha franquista de Alianza Popular (los siete magníficos) en otra cosa, etc. Y lo que se va construyendo es un sistema de partido dominante, con una distancia con el otro partido de más de veinte puntos. Es decir, que no hay una alternativa de Gobierno.

El célebre término «techo electoral» para Alianza Popular.

Los años de Felipe González hasta 1993. En el momento en que emerge un partido alternativo sí se puede decir que va a consolidarse una especie de régimen. Esto en el discurso político entra en unas complicaciones que no tienen sentido. Pero el sistema que se discute, que discute o niega el 15M, es el sistema bipartidista creado a partir del 93.

De hecho, ese bipartidismo es el gran punto en común con la Restauración de Cánovas para los revisionistas de la Transición.

Bueno, no tienen nada en común: ahí el turno dependía del rey, que decidía el Gobierno. Y, además, las elecciones estaban trucadas, eran falsas.

Menos en las ciudades, donde era más difícil comprar el voto.

No, en las ciudades también. Solo en Cataluña a inicios de siglo…

Y en Madrid también, como estudió Javier Tusell respecto al ascenso de candidaturas republicanas en la década de 1890.

Bueno, en la capital así, así: va ganando limpieza. Pero las primeras elecciones en que no hay falseamiento del sufragio es en la República.

Siguiendo con la capital, eres un gran y reconocido historiador de Madrid, al que has dedicado gran parte de tu obra historiográfica y sociológica en los noventa. ¿Cómo ha cambiado esta ciudad desde la muerte de Franco a la actualidad?

Creo que hay dos grandes proyectos, luego de la muerte de Franco. El primero es el del crecimiento cero, muy cercano al pensamiento urbanístico italiano «las ciudades hay que resguardarlas y limitar el crecimiento», y luego está el gran proyecto de Gallardón. El primero era el de Joaquín Leguina. El de Gallardón, sin embargo, era muy distinto y pretendía un crecimiento espectacular, aunque también arreglar las vías de circulación. La vía de circulación es ya un sueño desde la República, que sería la M30, al que se debe bastante de este crecimiento. Los dos tenían su razón de ser en su momento, pero falta uno en la actualidad. Y yo ahí veo una gran parálisis en el ayuntamiento actual, no hay un pensamiento de Madrid. Podía haberlo en el de Leguina, verlo y discutirse en el Ruiz-Gallardón; ahora, no veo un pensamiento en el proyecto actual. La ciudad ha tenido una transformación esperable dada la crisis económica; hacer de ella una ciudad de servicios —lejana a una industrial. Quizá haría falta que fuera una ciudad de servicios competitiva en el terreno que se va a competir más.

Al tema de las regiones. ¿Cómo es posible encauzar el problema de Cataluña? ¿Son las tensiones allí un fruto cultural, el llamado «adoctrinamiento nacionalista», o económico?

Es muy complicado. La fórmula mejor pensada para encauzar este problema la dio Santiago Muñoz Machado: reforma del estatuto, reforma constitucional, hechas paralelamente y sometidas a referendo. Pero, claro, me dirás «esto es…». Pero podría ser el camino. Que aquí nos convenciéramos de que la reforma de la Constitución no es solo ya necesaria, sino urgente. Era ya necesaria en 2004 y Zapatero la llevó en su programa. El título 8, «De la organización territorial del Estado…», ya no da más de sí: era procedimental y está terminado. El Estado no está constitucionalizado, aunque los estatutos formen parte de la Constitución, debía reconocerse la existencia de lo que hay en Cataluña y Euskadi y que tuvieran un ordenamiento específico. Y esto debería ser acorde con el resto de las comunidades porque estas ya son sujeto político constituyente.

Esta aparición de las naciones políticas, ¿puede llevar a una deriva yugoslava?

Puede, claro. Todo puede ocurrir. En política lo que no está escrito es que no ha sucedido nunca. Puede llevar a un incremento de discurso populista, a un aumento del odio, de los conflictos civiles, con muy mala salida. Por eso es necesaria esa reforma paralela que te comento. Ahora, tal como está el panorama político… es una hipótesis que no se puede realizar.

Como sociólogo y politólogo, ¿era realmente Zapatero socialdemócrata? Parece una mezcla curiosa de Tercera Vía y populismo…

Es lo que se intentó como una especie de socialdemocracia republicana. Es una socialdemocracia que no tiene ya un programa económico propio, pero sí un programa de valores.

Pero, en el fondo, es un estado del bienestar sufragado por la especulación económica: ese era el modelo de Blair.

Era la manera española de aplicarlo. Pero más que la conexión con Blair esto va mucho más allá: es la conquista de la cuarta fase de los derechos humanos. Énfasis en el reconocimiento de matrimonio para gay y lesbianas, derechos de la mujer e igualdad… Todo esto que había quedado fuera del programa socialdemócrata en los años gloriosos. Se insistía en ese punto. Pero, por lo demás, no veo nada que se pueda decir que es distinto a lo anterior.

¿Qué queda del viejo socialismo en el PSOE? ¿Es consecuencia su vaciamiento ideológico de la debacle de la socialdemocracia en el mundo occidental?

El reciente, el actual, ha estado enfrentado a un reto que es un partido desde la izquierda como el que representa Podemos. Los socialistas aquí se acostumbraron demasiado fácilmente a que por su izquierda nada iba a tener un atractivo electoral que les desbancara de la primera posición. Eso no lo pensó nunca la dirección, cuando el secretario general era Felipe González, ya que el Partido Comunista quedó prácticamente escondido debajo de unas siglas, Izquierda Unida.

Ese partido jamás ganaría unas elecciones y tampoco surgió nada en la época de Zapatero. Estos son los primeros que deben enfrentar a este hecho y ha ocurrido el desconcierto. Esto tiene que ver más con esa realidad que con lo que haya ocurrido en Europa, que también, o la crisis de la socialdemocracia clásica. La forma que ha adoptado, que es lo que me interesa, no se explica si no es porque no han sabido responder a una competencia. Además, en un momento en que la derecha no se hunde.

Eso ha dado lugar a un nuevo sistema político: o bien pactaban con su izquierda, apareciendo como fuerza subalterna, o bien bloqueaban las posibilidades de la derecha y aparecían entonces como obstáculo para todo el sistema y el gobierno. Y no han sabido qué hacer. Se han mantenido en la política del «no» en una competencia tan fuerte por los dos lados. Eso por parte de la dirección del partido: no se puede estar nueve meses diciendo no. Entonces, es una dirección derrumbada, incapaz de gobernar. Al mostrarse que esa dirección bloqueaba, mientras crecían los demás partidos, se recurrió a lo último que debía haberse recurrido: un golpe interno impresentable para cualquiera.

El reciente Comité Federal del PSOE. Susana Díaz llorando, Pedro Sánchez resistiendo sin apoyos…

Sí, sí. Es de los momentos más bajos de su historia. Yo lo comparé con la escisión del 35.

Pero los años treinta, a la Céline, tienen cierta épica narrativa. 

Esto es así. Lo definió bien Josep Borrell: «Si esto es un golpe, ha sido organizado por un sargento chusquero» (risas). Estaba bien esa definición. ¿No podía cambiar de rumbo el PSOE sin una conspiración de notables que recurren a una estratagema sin los estatutos? ¿No se podía haber esperado al Comité Federal y presentar una censura para salvar la posición? Es una manera vergonzante de hacerlo. Le va a resultar la reforma más costosa que cualquier cosa anterior: todas las salidas son malas. Sería un desastre que el secretario general dimitido empiece una peregrinación por todas las sedes, ¿qué les va a ofrecer? ¿un pacto con Podemos? Esto lo dijo Pedro Sánchez incomprensiblemente en Salvados a Jordi Évole.

Cualquier solución es mala.

Esa es catastrófica: ir de agrupación en agrupación a decirles a gente que está desmoralizada algo como «no se preocupe, vamos a reconstruir esto ya que vamos a pactar con Podemos». Y la comisión gestora no puede confundirse con la dirección del partido… Están todos apretados, es lo que se produce en política con un cúmulo de decisiones políticas equivocadas. Y estas son enfrentadas: de pronto no ves salida. ¿Quién dice que hacer tiempo es igual a tranquilidad? Esa era la manera de gobernar de Franco cuando no había oposición alguna (risas).

¿Es la abstención del PSOE al gobierno del PP una forma de responsabilidad política ante las exigencias económicas de Bruselas, según el discurso de la llamada «casta», o una traición ideológica a sus bases?

No creo que sea traición. Tiene que ver con la percepción de que ante unas terceras elecciones el PSOE iba en posición catastrófica.

¿Es, entonces, un cálculo electoral?

No, no solo es eso. Es también someter al sistema de la política a una presión tan fuerte… No puedes someter a los electores a «el resultado de estas elecciones no me gusta, se repite» y resulta que tampoco te gusta…

Volvemos a la inestabilidad de los gobiernos del 34 que has citado.

¿A dónde vamos entonces? El más fiel elector del PSOE no repetiría en terceras elecciones. Yo no lo iba a repetir (risas). Y no soy de los más fieles, que he votado otras cosas…

¿Existe realmente una casta vinculada al PP y al PSOE? ¿Tiene razón Verstrynge al hablar de familias poderosas aquí citando Poder y privilegio de Lenski?

Creo que «casta» es una vieja voz, un concepto gastado, para definir al enemigo que construyes en términos populistas. No es ninguna novedad: casta ya se usaba en los tiempos de la Restauración. De casta hablaban los italianos… Todo discurso populista habla de casta: divide la población en dos. Esto es, casta y nosotros. Hay otra cuestión que daría otro análisis: ¿existe en España un poder oligárquico, político, económico que toma decisiones? Y ahí te digo que no: hay intereses enfrentados. No son los mismos. Por otra parte, la relación del poder político con el económico es tan vieja como desde la existencia de estos, pero es una relación cruzada de conflictos y tensiones…

No es lineal.

Tampoco es compacta. Te preguntas «bueno, el Ibex 35…». Pero, ¿quién está en el Ibex? ¿Cuándo decide? ¿Se reúnen estos señores? Es como cuando se dice «la clase obrera quiere…». Oiga, habla usted en nombre de su sindicato, no de la clase obrera. Esto se escribe así en una historia reciente de la Transición que narra cómo los líderes obreros traicionan a la clase obrera. Y, según esta tesis, la democracia no triunfó por esa traición. Logró grandes conquistas, pero los partidos la traicionaron (risas)… A esto hay que echarle muchas horas para entenderlo.

¿No os fascina a los viejos marxistas, formados en Weber o Lenin dependiendo del radicalismo, la vigencia en el panorama político de un pensador «menor» como Ernesto Laclau?

Vigencia… Más bien de un sector de Podemos. No me fascina: lo que Laclau ha racionalizado son las políticas que se han puesto en marcha en Latinoamérica.

¿Es Laclau un heredero de los autores bonapartistas del siglo XIX? Quiero decir, toda la estrategia de Podemos es vertical y su líder no oculta el modelo cesarista latinoamericano.

En parte. La estrategia de Podemos, por otra parte, está todavía por ver. En Podemos hay dos grandes alas. La primera, que en su primera mitad escondía su discurso de izquierda por ser «marca perdedora», ha hecho una especie de fagocitación de esa ideología, tomando su discurso. Mientras tanto, hay otra que permanece en el discurso populista de Laclau. El discurso de Laclau, si se pudiera transformar en práctica, es que luego de la conquista de Estado, a partir de esta —«el asalto a los cielos»—, organizas la política en el modo en que te ha llevado al poder. O sea, a través de un discurso populista. El populismo puro, el de Laclau y no el que hace pactos con Izquierda Unida, llega a las instituciones y lo hace de manera minoritaria. Con lo cual, debe negociar con lo que era casta antes. De la negociación nace un cambio en la retórica y les lleva a privilegiar el pacto con aquellos de la casta que se prestan a negociar.

¿El sector de Podemos más inspirado en Laclau permitiría la alternancia una vez llegado al poder?

Haría todo lo posible para que esa alternancia no fuera posible (risas).

Esa es la clave del peronismo.

Pero eso está en el discurso, está plenamente en aquello que llaman proceso constituyente. Lo que pasa es que, claro, cuando hay una constitución que tiene las normas establecidas de su propia reforma esto es complicado.

En Politkon un artículo excelente de Pablo Simón («Los diques frente a la hegemonía») exponía los limes legales del sistema político español en una deriva populista.

Claro. Pero tú supones en una hipótesis racional que ese asalto al poder es del pueblo, al que se le supone una inmensa mayoría. El proceso constituyente antes, en minoría, va desconstituyéndose. Todo eso está escrito, no me lo invento. Consiste en cargarte símbolos, interpretar la historia de manera que no refuerce al adversario: eso es la deconstitución. Todos lo han hecho: Hugo Chávez, Evo Morales, etc.

¡Pero eso sería el bonapartismo del siglo XIX!

Sí. Pero no había televisión (risas).


«Sexo, pájaros, vida, muerte»: razones por las que Shane MacGowan dice cosas importantes

Shane MacGowan. Foto: Getty.
Shane MacGowan. Foto: Getty.

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Enterrada bajo botellas de whisky, pintas de cerveza, la tradición musical de una pequeña isla atlántica, lecturas intempestivas de Joyce y O’Casey, y la furia de la generación posterior al punk, la voz de Shane MacGowan todavía inquieta, todavía conmueve. Todavía dice lo importante. El que fuera una vez armandanzas de The Pogues, la auténtica insurgencia (ebria) de Irlanda, se explicaba en entrevista no hace mucho: sus canciones, como las canciones folk y como la vida en general, tratan de «temas recurrentes». En concreto, de «sexo, pájaros, vida, muerte, sexo, pájaros, vida, muerte». MacGowan, irlandés nacido en Londres, folkie pervertido por el punk, poeta rebelde y bebedor ilustrado, también ha contribuido a «crear una nueva expresión poética» dentro de una «gran tradición de la canción». En su caso, la canción de la tierra de William Butler Yeats y Brendan Behan.

El año pasado Shane MacGowan recontruyó su dentadura. Desaparecía un icono, la boca desordenada de pirata que escupía letanías de amor y desesperación, historias de vencidos y peripecias al margen de la ley burguesa. Aquellos dientes se habían ido pudriendo a medida que avanzaba la década de los ochenta y The Pogues, segunda banda de MacGowan tras The Nipple Erectors, hacían buena la máxima de su líder: «El alcohol es el camino a la sabiduría». Escritor beodo, el autor de «Fairytale in New York», tal vez su composición más radiada, afirmaba que sus canciones a menudo aparecían de la mano de Dioniso. Lo que, a todas luces, resulta admirable, dada la complejidad, riqueza y elaboración de su lírica. Tal vez su apología de la bebida y el exceso la compense con sus orígenes. «En términos irlandeses, no soy un gran bebedor», confesó a la revista Playboy en 2001.

A casi dos décadas de The crock of gold, su segundo disco con The Popes —la banda que reclutó al ser expulsado de The Pogues en 1991 debido a su aficción a… sí, la botella, MacGowan apenas graba ya temas propios. Pero continúa desfilando por los escenarios, apoyando causas perdidas, incluida la de cantar un himno para la selección irlandesa de fútbol basado en el «Je t’aime moi non plus», e insuflando otras vidas a un cancionero de rebelión, gracia y abrazos. Estas son nada más que cinco de las muchas razones que existen para escuchar atentamente lo que dice Shane MacGowan.

Canciones sobre beber, disparar a los ingleses… y follar

MacGowan es una consecuencia del pospunk. De cuando la negación inicial de los hijos de los Sex Pistols se metamorfoseó en apertura del campo de batalla. Y un mundo entero, del dub al rockabilly, del free jazz al funk, de la polirritmia del África occidental a la electrónica germana, desarticuló la férrea ley de los tres acordes de guitarra eléctrica. The Pogues interpretaron esta licencia como permiso para reutilizar la música tradicional irlandesa, acelerarla, subrayar lo que de «ron, sodomía y látigo» había en ella. «Yo toco música popular irlandesa. Es una tradición viva», comentaba MacGowan en 2003. De la que forman parte, según él, Planxty y Christy Moore, The Chieftains y Thin Lizzy, The Undertones y Van Morrison. «Hay algo en la música irlandesa», declaraba al semanario Melody Maker, «siempre grandes canciones, grandes melodías, y sus letras… Es energía cruda que te golpea en el corazón y en las entrañas y en el sentimiento. Cortocircuita tu intelecto. Es música emocional. Básicamente, tiene alma».

The Pogues destilaron su visión del mundo en canciones que, como le gustaba presumir a su jefe, se afiliaban a esa tradición. «Si escuchas un disco de The Dubliners o de los Clancy Brothers», teorizaba, «las canciones que no van de beber o de dispararle a los británicos, van sobre follar». Ya Red roses for me (1984), el primero de sus discos y cuyo título homenajeaba al dramaturgo socialista irlandés Sean O’Casey, las contiene aproximadamente de los tres tipos: «Streams of whiskey», en la que saluda a otro de sus autores de cabecera, Brendan Behan; «Poor Paddy», el relato de un obrero explotado en Liverpool; y «Kitty», una melodía tradicional con letra reformada por MacGowan —así avanza la tradición musical; esta estrategia la usaría en más ocasiones, por caso en «The Broad Majestic Shannon» y en la que amor y política, pasión y cárcel, se entrelazan. «Por supuesto, entonces había una guerra en Irlanda, como casi siempre», acertó a resumir una vez la historia de su país.

Setecientos años de opresión y resistencia

«The Sick Bed of Cuchulainn» abre Rum, Sodomy & the Lash, el segundo elepé de The Pogues y pieza de resistencia de su obra, producido por Elvis Costello en 1985. Por esa canción circula un personaje, uno de los muchos personajes que circulan por las canciones de MacGowan, Frank Ryan. En la erudita web The Parting Glass —la poesía anotada de la banda— explican quién era. Militante de ala izquierda de los republicanos irlandeses, compañero del legendario socialista James Connolly uno de los dirigentes del Levantamiento de Pascua en 1916, se enfrentó a los partidarios del Estado Libre y de la partición del norte durante la guerra civil irlandesa. En 1934 fundó el Congreso Republicano, una organización anticapitalista. Dos años después viajaba a España al mando de doscientos voluntarios de la isla dispuestos a defender la República contra Franco y el fascismo. «Frank Ryan te invitó a un whiskey en un burdel en Madrid / Y golpeaste a unos putos camisas negras que maldecían a todos los judíos (…) / Ahora cantarás una canción de libertad para negros y paquis y moros», dice «The Sick Bed of Cuchulainn».

La épica de la liberación nacional irlandesa, su grandeza y su miseria, la resistencia a los setecientos años de opresión británica sobre la isla, recorre la discografía del grupo. Poética de marginales, piratas, amantes de la libertad y solidarios, la de The Pogues, especialmente en las canciones firmadas por MacGowan —una gran mayoría, es también una narrativa. «Streets of sorrow/Birmingham Six», de su elepé de mayor repercusión —If I should fall from the grace of god (1988)—, por ejemplo, relata el arresto y tortura de seis hombres a manos de la policía británica. Acusados de pertenecer al IRA, pasaron dieciséis años en prisión y solo fueron liberados en 1991. En el nombre del padre. El tema, prohibido en la BBC —a lo que el mánager de la banda respondió así: «Estoy encantado de saber que somos una amenaza para el Estado», recuerda los talking blues del Bob Dylan imberbe. La CNN de los irlandeses: «Había seis hombres en Birmingham / En Guilford hay cuatro / Fueron detenidos y torturados / E incriminados por la ley / Y la suciedad ascendió / Pero ellos todavía están en prisión / Por ser irlandeses en el lugar equivocado / A la hora equivocada (…) / Maldición para los jueces, los polis y los carceleros / Que torturan inocentes, acusados en falso / Por el precio de un ascenso / Y de la justicia en venta / Pueden los juzgados ser sus jueces cuando se pudran en el infierno».

La casa familiar de MacGowan, en Tipperary, Irlanda, fue refugio de los soldados del IRA durante la guerra anglo irlandesa conocida como The Black and Tan War, entre 1919 y 1921.

Los consejos de Brendan Behan

En los años cincuenta, el escritor irlandés Brendan Behan pasaba temporadas en Francia. Uno de esos veranos más o menos salvajes decidió, junto a una cuadrilla de amigos, viajar en coche a España. Al llegar a la frontera iban ya medio borrachos. El guardia del puesto fronterizo, cuenta la anécdota relada en el documental Brendan Behan. The Roaring Boy, preguntó a Behan, el menos afectado por la ingesta alcóholica, si le podía explicar «la razón de la visita». Y este respondió: «Venimos al funeral del general Franco». «Pero el Generalísimo no ha muerto». «Ah, tiene usted razón. Esperaremos», replicó. No pasaron la aduana.

En 1939, con apenas dieciséis años, Brendan Behan fue detenido por la policía británica acusado de pertenecer al IRA. De los tres años que pasó en el reformatorio nació Borstal Boy, bildungsroman bukowskiana y antimperialista. Izquierdista insobornable, disidente casi profesional, preso de los ingleses otras dos veces, en Confesiones de un rebelde irlandés argumenta a favor de blasfemar contra su propia patria: «El deber primordial de un escritor es desacreditar a la madre patria, si no lo hace no es un escritor de verdad. En el nombre de Jesús, ¿cómo va un escritor a impugnar la patria de los demás si no arremete primero contra la suya propia?». Es este el Behan al que MacGowan escucha en «Streams of whiskey», de Red roses for me. «Y me voy, y me voy / De cualquier modo el viento debe estar soplando / Y me voy, y me voy, / A donde fluyan torrentes de whiskey», reza el estribillo de una composición que celebra así al autor de la obra de teatro El Rehén (1957): «Las palabras que dijo / Parecían la más sabia de las filosofías / Nunca una cosa húmeda llamada lágrima / Ha ganado nada / Cuando el mundo es demasiado oscuro / Y necesito una luz en mi interior / Entro en un bar / Y bebo quince pintas de cerveza».

Pero Behan no solo comparece como personaje en las letras del grupo —también lo hace en «Thousands are sailing», de If I should…, escrita por el guitarrista de la banda Phil Chevron—. «The Auld Triangle», del debut de The Pogues, viste un famoso, melancólico poema del escritor sobre las penas de la prisión, que conoció de primera mano.

Poesía y blasfemia

Y es que detrás de esa fachada de irlandeses insumisos y dipsómanos se ocultaba un lector infatigable, un letraherido, que dirían los cursis, el hombre que cantaba a Lorca acompañado de una charanga de guerrilla punk e introducía, de contrabando, a James Joyce. Los investigadores de The Parting Glass así lo certifican: en la primera canción del primer disco, cuyo título remite —ya dijimos al dramaturgo Sean O’Casey, MacGowan utiliza un misterioso acrónimo, KMRIA. Pues bien, procede de una pequeña sección de la segunda parte del Ulises y que tiene ese mismo título, «kiss my royal irish arse». O sea, «besa mi real culo irlandés». La alta literatura y la revuelta callejera unidas por el derecho a la blasfemia.

Hace tres años, el jefe de filas de la banda escribía en The Guardian sobre los «valores» de su familia. Allí recordaba que el suyo era un clan «muy literario» y que él mismo había ganado premios escolares como autor de ensayos. «Aprendí a leer muy joven y me miraban como a un chaval dotado», relata. Pero las pastillas, el ácido e ir al pub lo alejaron de la academia. «Mi madre se enfadó un poco, pero mi padre no. Creía que yo no sacaba demasiadas cosas de la escuela», afirma. Los libros siguieron allí. De la imagen del «mar podrido» de «Turkish Song of the Damned» recogida en la poesía de Samuel Taylor Coleridge a las múltiples referencias al sarcasmo indomable del novelista Flann O’Brian que, según The Parting Glass, pueblan la obra de The Pogues, del título «Fairytale of New York» tomado del escritor irlandés estadounidense James Patrick Donleavy al poeta y pintor Christy Brown en «Down all the Ways», en el elepé Peace and Love (1990) .

En Hell’s Ditch [La cuneta del Infierno], el último disco de los Pogues con MacGowan al frente —editado en 1991 y producido por Joe Strummer, la huella literaria se transparenta. En «Lorca’s Novena», la poesía y la guerra civil española, dos obsesiones del autor, enmarcan una historia como de zombis antifascistas cantada con dramatismo y rabia: «Los asesinos vinieron para mutilar al muerto / Pero huyeron aterrorizados en dirección al pueblo / Y el cadáver de Lorca, como él mismo profetizara, se alejó / Y el único sonido eran las mujeres que rezaban en la capilla». Y que dialoga con el célebre poema «Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías» de García Lorca. La propia canción que da título al elepé es un homenaje a Jean Genet, escritor francés epítome del outsider, visceralmente extremista, habitante de las zonas de sombra de la sociedad: «La vida es una puta, y después mueres / Infierno negro / En la cuneta del infierno / Desnudo, aullando por la libertad / Las manos del asesino atadas con cadenas / A las seis en punto empieza a llover / Nunca verá de nuevo el amanecer / Nuestra señora de las flores».

Una vez le preguntaron si, como su amigo Nick Cave —autor de dos novelas—, se veía a sí mismo escribiendo «ficción». «No», contestó, «la vida real es mucho más interesante».

El amigo de los músicos

Tal vez Shane MacGowan nunca superó su propia caricatura. Ni The Pogues haber facturado «Fairytale of New York» y «Fiesta», los dos extremos de su registro y sus dos composiciones más habituales en los jukebox, las radios, los recopilatorios de medio pelo, las celebraciones laicas y las otras. Y sin embargo, para el actor Johnny Depp —a lo mejor no el crítico literario más autorizado pero sí opinión significativa, MacGowan es «uno de los poetas más importantes del siglo XX». A Tom Waits, Rum, Sodomy & the Lash (1985) le parece uno de los mejores discos de la música pop. «Shane tiene un don. Creo en él. Sabe cómo contar una historia», escribió Waits, «son una tropa rugiente. Son chavales sin porvenir, de verdad. La voz de Shane transmite tanto… Tocan como soldados de permiso. Las canciones son épicas. Son fantásticas y blasfemas, mareantes y sacrílegas».

En 2001, MacGowan eligió, para la revista Playboy, sus cuatro canciones favoritas. Su geografía sentimental parecía haber dejado atrás el punk: «Raglan Road», de The Dubliners; «Wichita Lineman», de Glen Campbell; «Downtown Train», de Tom Waits, e «Iníon an Phailitinigh», de Sean O Riada y Sean O SÈ. Siete años antes, ante la pregunta del semanario Melody Maker sobre sus canciones favoritas, fue incapaz de ceñirse a la cuestión: la música irlandesa tradicional y contemporánea, Jimi Hendrix, Lou Reed, Tom Waits, Sex Pistols, el be bop, el rythm and blues negro, Sam Cooke, Lee Scratch Perry, Bo Diddley, el rock & roll blanco y el thai beat. Pero sus héroes de siempre eran The Dubliners y Christy Moore, «buena mierda irlandesa de verdadero espíritu rebelde».

El ex Pogue acompañó a Nick Cave en la segunda mejor versión de «What a Wonderful World» —la primera es la de Robert Wyatt y le hizo coros —junto a Kylie Minogue— en la reinterpretación del «Death is not the end» de Dylan que cierra Murder Ballads (1995). La escritora Victoria Mary Clarke, pareja de MacGowan y autora del libro A drink with Shane MacGowan, aseguraba que Nick Cave perdonaba a su compañero lo que no perdonaba a ninguna otra persona. Se refería a su comportamiento, ehem, disoluto. «Por supuesto que nadie quiere trabajar», expuso MacGowan en una entrevista conjunta con Cave y Mark E. Smith, de The Fall, «¿quién en sus cabales quiere trabajar?». Y así fue que su estrecha pero difícil relación con la bebida y el tiempo de ocio lo empujó fuera de la banda que había fundado. En su lugar, al menos para la gira de 1991 de presentación de Hell’s Ditch, otro amigo célebre: Joe Strummer.