Marisa Flórez: «He editado miles de fotos de guerras en el mundo entero; no he visto imágenes tan terribles como las del 11M»

Fotografía: Begoña Rivas

Marisa Flórez fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de España. Suyas son algunas de las imágenes icónicas de la Transición, como la de Susana Estrada con un pecho al aire ante un sorprendido Tierno Galván o la de Rafael Alberti y La Pasionaria en el Congreso el día de las Cortes Constituyentes. El golpe de Estado del 23F la pilló dentro del hemiciclo. Ahora prepara un libro para ordenar la memoria visual de aquella parte fundamental de la historia de España. Flórez, que trabajó en el diario El País de 1976 a 2012, no es capaz de calcular cuántas fotos ha hecho a lo largo de su carrera. Margaret Thatcher, la reina Sofía o Antonio Banderas son algunos de los personajes que se han puesto delante de su objetivo. A esta entrevista llega con su vieja Leica y durante las dos horas de conversación no duda en cambiarse las gafas de ver por las de sol: «para que no reflejen», apunta.

Empezó a hacer fotos en Informaciones, en la época en que era director Jesús de la Serna. En ese momento, comienzos de los setenta, no era habitual ver a mujeres haciendo fotos en prensa… ¿Cómo llega Marisa Flórez a ser una pionera del fotoperiodismo?

La fotografía siempre me ha interesado, desde pequeña. Después me casé con un fotógrafo y ahí ya comencé a interesarme mucho por conocer un poco más la profesión y en qué consistía su trabajo. No estudié Imagen, pero a partir de ahí empecé a hacer cursos de fotografía, me empecé a documentar. Recuerdo un curso en la Complutense y después comenzar a hacer fotos. En ese sentido sí soy autodidacta, porque yo hacía muchas fotos para mí. En un momento dado vieron esas imágenes y me ofrecieron colaborar en Informaciones.

¿Recuerda cuál fue la primera foto que publicó?

Uff… fueron fotos de Madrid, eso seguro. Fotos de calle, de sociedad. Pero concretamente la verdad es que no lo recuerdo.

De Informaciones pasó a El País, en 1976, el mismo año de su fundación.

Sí, El País salió el 4 de mayo del 76 y yo entré a trabajar allí el 1 de septiembre de ese mismo año. Y allí he estado toda mi carrera. He hecho todo tipo de temas y reportajes. De fútbol a toros, pasando por política, claro.

Durante las dos primeras legislaturas de la democracia podría decirse que usted hizo vida de diputada sin escaño.

Casi tres legislaturas, sí. Nos pasábamos allí desde primeras horas de la mañana hasta lo que durase, hasta que acabaran las reuniones, y piensa que aquello era muy largo cuando se estaba preparando la Constitución. A eso suma todas las reuniones que había fuera del Parlamento, nos movíamos por todo Madrid en busca de las fotos de lo que estaba pasando.

¿Cómo era la relación entre políticos y periodistas, fotoperiodistas en este caso, en aquel momento en que estaba naciendo la democracia?

En aquel momento, políticos y periodistas estábamos aprendiendo formas de convivencia nuevas. Había buena relación porque todo el mundo intentaba llegar a un entendimiento de cualquier tipo. Yo siempre me he mantenido a distancia de los políticos, distancia político-periodista, entiéndase. Pero la relación ha sido buena y nunca he tenido problemas. Quizá alguna cosa me han dicho, con buen tono, sobre alguna foto. Alguna imagen de algún diputado durmiendo, por ejemplo, que alguna vez sí cogías… Pero no era una foto denuncia de «aquí vienen a dormir». La realidad es que pasaban muchas horas allí y todos flaqueaban en algún momento.

En esas primeras legislaturas usted hizo algunas fotos históricas. Se me ocurre la de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, y Rafael Alberti en el hemiciclo el 13 de julio de 1977. Cortes Constituyentes tras cuatro décadas de dictadura.

Yo no sabía la difusión que iba a tener esa foto a lo largo de los años, pero es cierto que la imagen de entrada era potentísima… Pasionaria era una mujer con una personalidad y una imagen física muy potentes. Alberti, qué te voy a contar. La unión de esas dos personas que ya eran míticas en aquel momento y traían una historia detrás importante… verlas en unas Cortes completamente nuevas y democráticas era algo realmente impresionante. Y todo lo que sucedió a continuación contribuyó a que fuera un día histórico, lo que ha convertido a la foto, también, en histórica.

Otra foto suya muy impactante es la de Santiago Carrillo, líder del Partido Comunista, y Blas Piñar, de Fuerza Nueva, en el Congreso de los Diputados.

En esos primeros meses de democracia cada grupo se colocó un poco como quiso en el hemiciclo y Blas Piñar estaba sentado detrás del PCE de Carrillo. Yo lo vi pasar. En aquel momento los fotógrafos estábamos situados a los dos lados de la presidencia de la cámara, yo me coloqué a la izquierda de la presidencia, con lo cual me tocaba estar al mismo nivel del PCE, y cuando vi a Blas Piñar subir por esa escalera y el momento en el que se cruzaban ellos dos… En ese momento pensé que, si había una foto que podía unir o representar los dos extremos existentes entonces, la extrema derecha y la extrema izquierda, era esa. Era la imagen de las dos Españas. Y debo reconocer que no fue una foto espontánea. Esa imagen sí que la busqué y la esperé.

La foto de Adolfo Suárez en la bancada azul fue la primera imagen que El País publicó a cinco columnas. En esa foto se refleja la soledad del político, un tema que tengo la sensación de que ha perseguido en varios momentos de su carrera…

En una imagen hay veces que intento —son intentos y no siempre se consigue— ir un poco más allá de lo que está ocurriendo. En aquel momento el presidente Suárez estaba pasando un momento fatal fuera y dentro de su partido, la UCD. Dentro tenía una oposición tremenda, y fuera del partido los militares amenazaban y había ruido de sables. Es cierto que ya existía miedo a que se pudiera producir un golpe. En ese momento, no recuerdo por qué, los ministros salieron y él se quedó solo en el banco azul, y la sensación que yo percibí y quise transmitir en la foto es esa sensación de soledad, de un hombre que está solo, un momento de una persona que estaba como desvalida y realmente triste. No eso que dicen de que el poder acarrea soledad, parecía más que la soledad y la tristeza eran suyas. Supongo que pensar que, con todo el esfuerzo que se estaba haciendo en este país, y que él se encontrara en la situación que se encontraba… pues era duro. Y ese momento de decaimiento yo lo vi y por eso tiré esa foto. Hay fotos que las ves cuando las haces, aunque siempre he sido prudente hasta revelarlas.

Imagino que el director, en la reunión de primera, vio las fotos que ese día el redactor jefe de fotografía llevaba para proponer para primera y dijo: «Con esto está todo dicho. Qué mejor que esto para abrir a cinco columnas el periódico». El texto te va a explicar más cosas, pero solo viendo la foto tú ya sabes que ahí ese hombre está hundido. Luego, si quieres, lees la crónica y te dan las razones.

Ese ruido de sables terminó materializándose. El día del golpe de Estado, 23 de febrero de 1981, usted estaba dentro del hemiciclo.

Fue terrible, fue horrible… Yo nunca había escuchado tiros tan cerca de mí. Al principio hubo mucha confusión, ten en cuenta que se cerraron las puertas para la votación y para que mientras se estuviera produciendo no salieran ni entraran diputados. De pronto oímos un ruido y la puerta se abrió de golpe. En ese momento llegamos a pensar que era un comando de ETA, yo qué sé, mil cosas. Pero inmediatamente, cuando Tejero subió a la tribuna donde estaba el presidente de las Cortes, Landelino Lavilla, le reconocimos porque le habíamos hecho fotos poco antes durante el juicio de la Operación Galaxia… Cuando vimos que era él empezamos a pensar que algo raro estaba ocurriendo. Después vino todo lo demás. Los fotógrafos estábamos abajo, los periodistas salieron poco después, pero como estábamos dentro del hemiciclo estuvimos hasta las once y pico de la noche. Hasta el momento en que a un compañero se le ocurrió decir «Pero, bueno, ¿nosotros qué hacemos aquí?», y se lo preguntó a un guardia civil que dijo que iba a consultarlo con la autoridad competente. Consultó con esa autoridad, supongo, y luego pudimos salir.

¿Durante esas horas pasó miedo?

Yo sí, yo pasé miedo. A lo largo de todo ese tiempo ocurrieron muchas cosas. Me acuerdo de que Tejero tenía miedo de que hubiera un apagón de luz y pidió que sacaran todo el relleno de las sillas, aquello es todo madera, y que lo pusieran en el centro, que es alfombra. Allí se va la luz y echan una cerilla e imagina… Otro momento de mucha incertidumbre fue cuando sacaron al presidente Suárez, a Gutiérrez Mellado, a Carrillo y a Felipe, y decíamos: «¿Dónde los llevan?». Claro que fueron momentos de miedo y, sobre todo, de no saber qué iba a pasar. Nosotros no teníamos información de fuera. Algunos diputados tenían radio y se decían cosas unos a otros, pero a nosotros nadie nos decía nada. Solo veíamos lo que estaba pasando y estábamos allí callados.

Miedo físico y miedo a que aquello fuera el fin de la recién estrenada democracia, entiendo.

Claro. Al principio podía pasar cualquier cosa. Aquella noche salimos juntos del Congreso un grupo de fotógrafos y comenzamos a caminar hacia Neptuno. Éramos de Diario 16, El País y El Alcázar. Nosotros pensábamos que estarían los tanques en la calle, pero vimos que algún coche pasaba, nos mirábamos casi sin hablar. Al final cogimos un taxi y dijimos «vamos a tal sitio», porque en aquel momento las redacciones estaban bastante cerca. Le dijimos al taxista: «Si al llegar ve que hay militares en la puerta de cualquiera de los periódicos, pues continúe». Pero no los había y fuimos bajando de uno en uno de aquel taxi. Al final cada uno pudo llegar a su periódico.

Llegó a su periódico, pero sin las fotos de aquel 23F, no las pudo sacar del Congreso.

Es una de las cosas que siempre he dicho: «Qué pena no haber sido tan rápida como los dos compañeros que lo consiguieron». Durante tiempo estuve intentando localizar esos carretes, los de todos, no solo los míos. Habría sido fantástico con el paso del tiempo poder tener todas esas imágenes y haber hecho un estudio sobre cómo lo habíamos visto cada uno desde donde estábamos. Qué fuimos capaces de hacer y qué no. Podría haber sido un trabajo muy bonito, pero nadie me ha dado ningún tipo de pista de qué pudo pasar con aquellos carretes. No sé, igual los tiraron a la basura, porque hubo tal descontrol… Pero habría sido bonito tener todas aquellas imágenes y hacer un estudio o incluso una exposición.

¿Sintió envidia de los dos fotógrafos que sí consiguieron sacar los carretes? Fueron Manuel Hernández de León y Manuel Pérez Barriopedro, este último ganó el World Press Photo por la foto de Tejero en la tribuna.

Sentí muchísima envidia. Imagínate. Muchísima.

Usted también fotografió el retorno del Guernica de Picasso a España. ¿Cuánta simbología hay en esa imagen?

Esa foto, en la que el cuadro está custodiado por la Guardia Civil, con metralleta, te da a entender que en aquellos momentos todo era muy frágil y que a este país le costó mucho llegar hasta donde hemos llegado.

También captó con su cámara el regreso de Josep Tarradellas a España, su llegada al aeropuerto de Barajas el 20 de octubre de 1977 tras décadas en el exilio. Una imagen que ha vuelto a verse mucho estos días.

Sí, pero fíjate que eso más que nada es un momento documental. Se ve cómo llegaba él.

¿Cuánto de casualidad puede haber en hacer una foto histórica?

Depende de qué tipo de temas. Cuando vas a hacer un tema a las Cortes, por ejemplo, yo personalmente me suelo documentar bastante. Una foto luego surge, la fotonoticia surge, pero es cierto que, como cualquier otro informador, tú tienes que ir preparada y saber quién va a intervenir y de qué va el tema que vas a cubrir. Es algo fundamental para cualquier periodista y un fotógrafo es un periodista gráfico. La casualidad y la suerte siempre forman parte de todo, pero también cómo te preparas para ello.

Ustedes, en esos años de la Transición, ¿eran conscientes de estar capturando la historia? Sus fotos son las que ilustran los libros de texto con los que los españoles estudiamos esa parte de la historia de nuestro país.

En el momento sabes lo que estás haciendo, pero pensar que estás contribuyendo a fotografiar los momentos históricos de la historia de España yo creo que no, no eres consciente. Luego, con el paso del tiempo, sí te das cuenta de que has asistido a momentos únicos y que sí que forman parte de la historia de este país. Pero eso lo ves con el tiempo, y cuando ves los acontecimientos objetivamente y desde fuera. En ese momento tú estás haciendo esa foto y ese tema lo mejor posible, en lo que piensas es en que esa foto pueda ser la mejor de tu periódico al día siguiente y que el lector diga: «Qué maravilla». Al final la fotografía en prensa es una forma, un soporte, para contar una historia.

En la actualidad, ¿echa usted en falta que haya grandes reporteros gráficos parlamentarios? Las grandes fotos ahora parece que se hacen en otros escenarios…

La gran foto se puede encontrar en cualquier sitio y en cualquier momento. Lo que pasa es que las grandes fotos ocurren donde están ocurriendo hechos realmente importantes, hechos que cambian la historia. Como nos pasó a nosotros en la Transición y quizá ahora no pase. Pero en la vida cotidiana también hay grandes imágenes: las formas de comportamiento, de actuar, de vivir. Plasmar eso lo puedes hacer en cualquier sitio y no solo en el Parlamento.

¿España necesitaría un Pete Souza?

Aquí lo de las fotos da mucho miedo, pero a la vez a todo el mundo le encanta salir en una foto. Los grandes líderes se rodean a veces de una serie de gente que cuida muy poco la imagen de ese líder. Deberían rodearse de profesionales que sean capaces de transmitir sus momentos de trabajo, su vida personal… Porque ese personaje es un personaje público. No creo que Obama por salir en imágenes tan fantásticas como las que hacía Souza haya tenido algún problema, al contrario, ha potenciado su imagen. Siempre he dicho que quien cubre a un político o a un personaje no va a intentar machacar ni hundir su imagen, lo que va a intentar es contar cómo es porque eso conforma el perfil de un líder. ¿Por qué no hacerlo? Pues este país es un país con miedo a hacer eso.

Se me ocurren unas fotos suyas al expresidente del Gobierno, José María Aznar, desayunando.

En eso he tenido suerte, pero es cierto que también lo he intentado. Cuando he tenido que hacer una entrevista, además de las fotos típicas, he intentado dar esa otra imagen, ir un poco más allá. Por ejemplo, Felipe González cuando estaba en campaña se relajaba mucho jugando a la petanca en los viajes. Con el presidente Aznar, en las campañas que le he hecho fui a ver, sí, cómo desayunaba en casa…

Yo siempre he ido a ver lo que podía aportar más allá, descubrirle al lector algo desconocido del personaje. Muchas veces no lo consigues porque te dicen «puedes llegar hasta aquí». Pero la típica entrevista con cuatro gestos de mano y un retrato a mí no me gusta. Pienso en las últimas elecciones que hubo en este país, que se votaba cada poco, para qué voy a dar en mi periódico veinte fotos del presidente seguidas… Yo creo que no me aporta nada. Entonces, uno tiene que decir: «Permítame usted que enseñe algo más, que dé otra imagen, que aporte algo más, porque, si no, usted y yo vamos a aburrir al lector».

¿Falta imaginación?

A veces sí. La creatividad en cualquier profesión es fundamental.

¿Y ha recibido alguna queja por ese tipo de fotos más personales? ¿Aznar, por ejemplo, le dijo algo por esa imagen en la que se le ve en la cocina tomando café?

Bueno… hubo alguna foto que no creo que le gustara en aquel momento. Una foto hecha sin ningún tipo de maldad, pero es verdad que estuvimos haciendo manos y pies, y en una se le veía un puño de la camisa rozado y no le gustó demasiado.

¿Una foto de prensa tiene que ser sugerente o evidente?

Lo primero que tiene que ser es informativa. Si a eso le unes que a esa información le aportas calidad y creatividad, entonces ya es maravilloso. Pero lo primero es que sea informativa y real. Que sea verdad. Hay que tener en cuenta que algunas fotos que no son verdad se han publicado. Ahí está el ejemplo de varios Premios Pulitzer que luego fueron anulados.

Hay una foto suya que no sé si es sugerente o evidente. En ella se ve a Susana Estrada con un pecho al aire junto a Enrique Tierno Galván, cuando era líder del PSP, en la entrega de los premios del diario Pueblo en 1978. Hay una novela de Marta Sanz, Daniela Astor y la caja negra, en la que se habla del papel de las mujeres en la Transición y una de las imágenes que se evoca es precisamente esa foto.

Lo que está claro es que en la Transición la mujer empezó a formar parte de la sociedad que se veía. Dejó de ser invisible.

Usted fue una de las primeras mujeres fotoperiodistas de este país, junto a Queca Campillo o Juana Biarnés. ¿Le han prohibido alguna vez la entrada a algún sitio donde tenía que hacer su trabajo por el hecho de ser mujer?

Es cierto que he tenido bastante suerte, pero, sí, me la han prohibido o he tenido por lo menos que discutir y decir: «Bueno, oiga, usted no me está cerrando a mí las puertas, se las está cerrando al fotógrafo de un periódico, en este caso El País».

¿Dónde?

Tuve problemas para entrar en el vestuario del Real Madrid, por ejemplo. Me dijeron que estaban desnudos y les respondí: «Yo no tengo ningún problema y no voy a sacar a nadie desnudo, pero si mis compañeros pueden pasar yo también quiero, porque ahí dentro se está produciendo una rueda de prensa o unas declaraciones y mi periódico espera que yo haga esas fotos. Yo soy un fotógrafo».

Y luego también me pasó en el año 82, en Sevilla. Yo tenía que cubrir una corrida de toros y no había entrado ninguna mujer a hacer fotos desde el callejón, cuando fui me dijeron que no entraba. Y otra vez tuve que imponerme: «¿Cómo? Pues usted verá, pero mañana no habrá crónica del festejo en El País». Después de mucho discutir me dejaron pasar. Y creo que fui la primera mujer que lo logró en esa plaza de toros.

En 1981 usted ganó el Premio Nacional de Periodismo. Ese año también fue galardonado Manu Leguineche. Y es curioso porque, revisando la hemeroteca, en la noticia que publicaba su periódico —El País— sobre esos premios a usted le dejan justamente las cuatro últimas líneas. Tres y media, para ser exacta.

Manu ya era un gran maestro y yo era una pipiola. Yo llevaba poco tiempo, aunque es verdad que en aquellos momentos tuve una presencia importante en prensa por cosas que pude cubrir. El periódico era un medio que en ese momento fue un poco la bandera del cambio en el ámbito de la prensa. Pero sí, Manu era Manu… Visto desde hoy queda raro.  Al final, lo que pienso es que las mujeres hemos tenido que batallar mucho para estar donde estamos ahora mismo.

Y por sus compañeros hombres, ¿se sintió discriminada alguna vez?

Jamás. Quizá porque mi comportamiento siempre ha sido como uno más, ahí era de tú a tú. Jamás tuve ningún problema, siempre hubo mucho respeto. La relación entre nosotros siempre ha sido buena. También hay que subrayar que ni yo ni ninguna de las compañeras con las que he trabajado ha utilizado nunca tampoco su condición de mujer para obtener rédito. Todas fueron unas compañeras estupendas y buenísimas fotógrafas. Tengo un recuerdo muy especial de Queca Campillo, que fue una mujer maravillosa, simpatiquísima, y que desgraciadamente ya no está con nosotros.

¿Existe la mirada femenina en fotografía?

Qué duda cabe de que el hecho de ser mujer puede influir, pero yo creo más en la forma de mirar como individuo. No como hombre o mujer. Habrá hombres con una sensibilidad maravillosa o mujeres que tienen una forma más dura de ver las cosas. Las ideas, la forma de pensar, todo forma parte del trabajo de un fotógrafo. Me gusta mucho una frase de Richard Avedon que dice algo así como que «el trabajo de todos los fotógrafos es verdad, pero ninguno es verdadero». Por eso cada foto es lo que ves, pero hay un poquito de ti esta en esa imagen. Piensa que una misma imagen la vemos diez fotógrafos diferentes y serán diez fotos diferentes, estoy segura.

A veces parece que solo ha hecho fotos de la Transición, pero su carrera es mucho más extensa. Por ejemplo, ha hecho muchas fotos de toros. Frente a su objetivo se ha puesto un torero tan escurridizo como José Tomás. ¿Cómo se convence para hacer unas fotos fuera del ruedo a un tipo que ni siquiera dejaba que televisaran sus corridas?  

Tal vez en el momento de su vuelta estaba más receptivo, no lo sé. Supongo que tuve suerte. Lo que sí tenía claro es que dentro del ruedo ya le habían hecho todas las fotos posibles. Le puse un esmoquin de Armani y nos fuimos a la suite de un hotel. Es cierto que es un poco introvertido, pero yo también soy un poco para adentro y desde el principio hubo buen feeling entre nosotros. Después me fui con él a una finca a Sevilla y allí se le veía mucho más suelto.

¿Y cómo se gana un fotógrafo la confianza del retratado?

La confianza se gana poco a poco. Escuchando un poco. Hablando. Intentando no entrar como un elefante en una cacharrería. Hay que intentar conocer un poco a la persona que tienes enfrente. En las entrevistas antes había mucha costumbre de que iban el redactor y el fotógrafo y «Hala, venga, cuatro fotos y venga, que tengo que hacer la entrevista». Yo siempre me he negado. Igual voy a hacer una entrevista y estoy media hora escuchando sin hacer nada. Me interesa mucho ese ejercicio si es un personaje que no conozco, que nunca he visto, que tengo poca información de él. Me gusta escucharle durante un tiempo para ver si soy capaz de que me transmita algo, ver más allá. Es muy importante escuchar primero, luego veremos lo que sacas.

Durante los años de plomo de ETA, en los ochenta, le tocó hacer muchas fotos de atentados.

Eran años terribles. A veces tenías que hacer fotos donde había diez o doce muertos. Tremendo. La tensión que se vivía, el ambiente que se respiraba. Tú llegabas allí y querías ponerte en primera fila, pero allí también estaban las familias. Creo que hay que tener mucho respeto a las víctimas, pero sobre todo en lo que respecta a las familias. En ciertos temas el cuidado y la forma de actuar es importante. Y todo eso a la vez: querer hacer fotos contando lo que está ocurriendo y no cruzar ciertas líneas. Eso, a veces, creaba una tensión enorme y era muy difícil trabajar así. Es cierto que la cámara es una pantalla buena, algo que pones entre el sujeto y tú y que te separa un poco. O, por lo menos, intentas separarte de lo que está ocurriendo a nivel anímico.

¿En esos años hizo muchas fotos que luego eran impublicables por esos códigos que señala?

Es cierto que tú tirabas, tirabas imágenes, y había algunas que luego veías que no podías publicarlas.

En los atentados del 11M le tocó desempeñar otro papel, el de editora gráfica en El País.

Fue tremendo lo que yo pude ver aquel día. La primera foto que se publicó fue de los primeros momentos en la estación de Atocha y, claro, fue todo tan imprevisto… Estábamos en shock. En esa primera imagen se veía un hueco en el tren destrozado, la metimos en la primera edición y después de publicarla nos dimos cuenta de que había una persona dentro. Por supuesto, la levantamos inmediatamente, la sacamos de la segunda edición. Era posible que los familiares de esa persona en ese momento ni siquiera supieran que iba en el tren.

También hubo una persona que nos trajo un carrete del tren que estalló dentro de la estación, nos lo hizo llegar pidiendo que las fotos ni se firmaran ni nada. Solo publicamos dos de aquellas imágenes, el resto era impublicable. Lo que vi aquel día no lo puede imaginar nadie, he visto muchas fotos, he editado miles de fotos de guerras en el mundo entero… y no he visto imágenes tan terribles como las del 11M. Aquello no se podía publicar.

Decía Susan Sontag que «debemos permitir que las imágenes atroces nos persigan». ¿Dónde está el límite para publicar o no una foto? Ahora cada vez que hay, por ejemplo, un atentado, en redes sociales se crean grandes debates éticos sobre la idoneidad o no de difundir ciertas fotos.

El límite está en faltar al respeto y crear morbo. Ahora, una guerra, un atentado, un hecho luctuoso… Eso no es el ballet de Montecarlo. No seamos cínicos.

Si la foto de Aylan sirvió en su momento para que el mundo reaccionara, ¿por qué no hay que dar esa foto? Piensa que es algo que llevaba años ocurriendo y parece que hasta que no se vio esa foto nadie se había rasgado las vestiduras. Si sirve para que pueda ayudar a que eso no vuelva a ocurrir, merece la pena publicarla, claro que sí.

Cuando usted fichó por El País era Juan Luis Cebrián el director, ¿cómo era Cebrián como jefe?

Como director creo que, no lo digo yo, lo dice todo el mundo, es un grandísimo periodista. Puso en marcha un medio que ahí está. En las distancias cortas también, es una persona tímida, yo de mi relación con él no puedo decir otra cosa que estupenda.

¿Un buen director?

Buenísmo.

¿El mejor que ha tenido El País? Usted trabajó con cuatro de ellos: Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno.

El País ha tenido la suerte de en cada época tener el director que tenía que tener. La verdad es que yo no puedo decir nada malo de ninguno. No es diplomacia, es que lo siento así. Creo que han sido grandes directores y que El País está ahí porque han sido capaces de dirigir a una buenísima redacción, eso es lo que hay que subrayar. He trabajado con compañeros excelentes de los que he aprendido lo poco o lo mucho que sé.

Hablaba usted antes de que El País fue una bandera del cambio en España en su momento. ¿Cómo es posible que en más de cuarenta años no haya habido una mujer directora?

En El País es cierto que estuvo a punto de serlo Soledad Gallego-Díaz, una periodista maravillosa. Pero no lo sé, es difícil. Pero mira la prensa española en general: ¿cuántos periódicos nacionales han tenido una mujer directora?

¿Y cómo es posible?

No te sé dar razones. Lo que sí creo es que tanto antes como hoy en día hay mujeres supercapacitadas para poder ocupar cualquier puesto de dirección en cualquier medio de comunicación nacional o extranjero. Y a las pruebas me remito, porque en el extranjero sí hay muchas. En ciertos puestos hay un techo de cristal que las mujeres todavía tenemos que romper en España.

Desde que usted empezó a trabajar hasta ahora la fotografía ha evolucionado muchísimo. ¿Le gusta más la fotografía analógica o la digital?

La verdad es que no tengo mucho problema en trabajar con una cosa u otra. No soy una purista.

¿La foto hecha con el móvil ha contribuido a la vulgarización del oficio del fotoperiodista?

No, porque todo el que tiene un móvil no es fotógrafo. Hacer una foto con un móvil es hacer una foto con un móvil y ya, perfecto. La forma de mirar con una cámara y con un móvil es completamente diferente, tienes que cambiar el chip. Decir que, si ahora delante de nosotras pasa la mayor tragedia del mundo, no hago la foto porque voy con un teléfono móvil…  Hombre, claro que sí, la hago, pero no quiere decir que sea un fotógrafo profesional. Son dos cosas totalmente distintas.

¿El trabajo de qué fotógrafo joven y español le gusta?

Si me haces decir, a mí me encanta, y además ha sido mi compañero en El País, Gorka Lejarcegi. Pero no me gusta dar nombres porque parece que si das uno ignoras a los otros. Sí te puedo decir una cosa, en mis últimos años en El País yo vi cantidad de currículums, y hay muchísima gente muy preparada y muy buena. Pero es una pena, porque estamos pasando un momento muy difícil a nivel de oficio.

¿Por qué hay tantos medios nuevos, especialmente digitales, que no tienen fotógrafos en plantilla?

Ahora mismo para los fotógrafos es muy difícil subsistir. La crisis económica en la prensa ha hecho que se reduzcan costos a todos los niveles y la fotografía no ha escapado a ello. Hay días en que los diarios tiran de contratos con grandes agencias que tienen fotógrafos en el mundo entero y ¿qué pasa?, que, como llegues al kiosco un poco dormida por la mañana, realmente no sabes qué periódico compras si los formatos son parecidos. Porque tiran de Reuters, de Associated, France Presse… que distribuyen sus imágenes. Y es cierto que es muy fácil que los buenos editores escojan la misma foto.

Hace años los medios tenían equipos de fotógrafos que podían ir y venir. Era una forma de trabajar con recursos propios, y así la diversidad es mucho mayor. Imagina que antes un fotógrafo se iba un mes a Sudamérica a hacer una serie con Maruja Torres, por ejemplo. O pasaba un hecho y enviabas a un fotógrafo donde fuera. Ahora, las redacciones utilizan muchísimo medios que contratan y que son los mismos para todos. Entra lo mismo en el rulo de La Razón que en El País. Y los digitales ni te cuento. Yo creo que es importantísima la edición en los digitales, fíjate en los grandes medios estadounidenses… Aquí parece que en lo digital vale todo, y no. Un medio digital no es un cubo de basura. Es importantísimo cuidarlo exactamente igual que se hizo con el papel. Y eso es caro y necesitas muchísima gente. La edición es fundamental en cualquier medio. Tú puedes tener una serie de editores, pero tener sobre todo una mirada colectiva del producto. Renunciar a eso es dar un paso atrás y volver a los años aquellos en que el redactor jefe de turno cogía el texto y la foto para acompañarlo, y no, esto no es así. La imagen es fundamental en los medios, pero tiene que ser de calidad.

¿Un buen editor gráfico tiene que ser fotógrafo?

Ayuda, pero no diría yo que sea necesario. Yo he trabajado con dos editores gráficos que no eran fotógrafos y chapeau. Ahora, lógicamente, creo que es un aporte. Un buen editor gráfico ayuda a mejorar a los fotógrafos con los que trabaja.

¿Qué cualidades debe reunir un buen editor gráfico?

Lo primero, tiene que tener claro que un producto no es la acumulación de páginas seguidas, es un relato, un viaje, tiene que verlo en conjunto. De momento, tienes que ver desapasionadamente el trabajo de cualquier fotógrafo que te llegue, saber qué quieres dar, qué quieres contar y cómo contarlo. Realmente es contar y relatar, y eso puede ser con dos o con cuarenta fotos, depende del medio o soporte al que vaya. ¿En qué se diferencian los grandes medios? Pues quizá muchos en la edición. El diseño y la edición tienen que ir a la par. En El País, por ejemplo, se reunía el redactor jefe de cada sección con el de diseño y con el editor gráfico. Ni todo tiene que ir a cinco columnas ni a una, cada foto tiene su tamaño. Por darla muy grande no es mejor foto, a veces lo único que haces es destrozarla del todo y decir «Dios mío de mi vida, lo malo es malo tres veces cuanto más grande lo des». Y luego el editor tiene que saber también qué fotógrafo va a hacer ciertas fotos y ciertos temas, porque no todos sabemos hacer todo o lo hacemos todo maravillosamente. Hay que saber sacarle el máximo rendimiento a cada fotógrafo, conocer sus sensibilidades, distribuir el trabajo en un momento también es muy importante.

Si fuera su propia editora gráfica, ¿qué es lo que mejor hace? ¿En qué campo se siente más a gusto?

No es decir tú en qué te sientes mejor. Yo me siento bien sobre todo cuando me sale algo, digo: «¡Qué bien, qué gusto!». Pero me siento bien trabajando porque me encanta este oficio.

Ahora está trabajando en un libro. A través de la editorial Libros.com hay un crowdfundig en marcha para editar un libro que recoge parte de su obra. Especialmente centrada en las fotos que hizo durante la Transición.

Son dos tomos. El primero es de Raúl Cancio y se titula Españoles…; el segundo, que es el miío, es Franco ha muerto. El libro nace de una propuesta de Libros.com. Yo pensaba que tal vez querían rescatar esa parte de fotos menos conocidas y menos vistas, pero tanto Julio Rey como Ricardo los editores— dijeron: «Tiene que ser un libro político. Se trata de hacer una lectura de unos años en los que tú estuviste allí». Es interesante en el sentido de que, yo que he sido editora muchos años en El País, por una vez y con perspectiva, alguien ajeno vea mi trabajo y lo edite. Es estimulante. Luego, el libro va a ser en blanco y negro. Creo que yo transmito más así, en blanco y negro.

Ese proyecto lo comparte con su marido, el también fotoperiodista Raúl Cancio, ¿cómo conviven en casa los archivos de dos fotógrafos?

Los de El País están en el periódico, porque el archivo pertenece al medio. Los negativos son suyos. Todo lo que es trabajo personal lo tenemos en casa, pero te aseguro que no nos confundimos sobre la autoría de cada imagen. Esto es como los hijos: cuando los has visto dos veces no tienes ya dudas.

¿Le molesta que la encasillen como la fotógrafa de la Transición?

No me molesta, estoy encantada de haber vivido aquello y de haber hecho aquellas fotos. Pero creo que mi trabajo es mucho más amplio. Pero esto es como todo: si una vez has hecho de malo, ya eres malo para toda la vida. Yo no soy nada nostálgica, creo que cada momento tiene sus cosas, sus hechos, sus momentos. Lo que sí es verdad es que lo recuerdo como una época en la que me divertí tanto y lo pasé tan bien… Y, visto desde la distancia, fueron momentos muy importantes en la vida de este país, y no solo a nivel político. Este libro es un poco contar aquellos años o cómo yo viví aquellos años.

Usted ha hecho a fotos a todos los presidentes de la democracia, ¿qué tenía cada uno de ellos delante de una cámara de fotos?

Cada uno tiene su punto. Por ejemplo, Suárez era muy vital. Rajoy es más serio. Zapatero era un presidente que había veces que te costaba mucho hasta que conseguías la foto. A Felipe no le gustaban mucho las fotos, es uno de los presidentes a los que menos les gustaban, de hecho. Era muy fotogénico, pero no era de los que posaba alegremente. Y Aznar es un presidente que ha dado muchas fotos, y diferentes, no sé si queriendo o sin querer. Ha cambiado mucho a lo largo de los años, incluso físicamente, y a mí me ha permitido hacer fotos muy diferentes de él.

Felipe González y Alfonso Guerra salieron a una ventana del Hotel Palace de Madrid la noche de la victoria electoral del PSOE en 1982. Veinticinco años después, usted repitió aquella foto. Por el camino se había roto la amistad entre Guerra y González. ¿Cómo fue aquel reencuentro?

En realidad, la ventana donde la hicimos es diferente, porque habían hecho obras en el Palace. Aquella ventana de 1982 era de una habitación y ahora aquello no es una habitación, es una especie de despacho. Los años pasan para todo el mundo [risas]. La verdad es que la relación entre ellos fue muy correcta y muy educada. Posaron en una suite, hablaron un ratito, se preguntaron por sus familias y después fuimos a la ventana.

¿Por qué foto le gustaría que la recordaran?

No me encasilles [risas]. Quizá a unos les guste una y a otros, otra. Esto es como con los cuadros. Acabo de estar en el Museo Picasso en Málaga y, fíjate que estoy harta de ver cuadros suyos, pero he descubierto uno de su primera época, una mujer en el baile, y me ha parecido tan maravilloso. No lo había visto en mi vida. Pues esto es igual, cuando tú ves la obra de alguien, eliges. A mí me gustaría que la gente pensara: «Es una fotógrafa que estuvo en su época y trabajó bien».

El País periódico y el país España han cambiado mucho desde que usted comenzó a trabajar hace más de cuarenta años, ¿sigue reconociendo a ambos?

¿Sigo reconociendo a ambos? Reconocer, sí los reconozco, claro que sí. Como todo en la vida, evolucionan, cambian. No tiene nada que ver el país España con el de ahora. Y El País periódico pues tampoco, pero porque creo que en la vida no se puede estancar nada, tiene que evolucionar.

¿El País sigue siendo su periódico de cabecera?

Sigue siendo mi periódico, sin lugar a dudas. Mientras siga leyendo periódicos estará ahí siempre.


Enric González: El reloj de Hildy

primera plana

Es muy curioso esto que llaman credibilidad. Referido a la prensa, parece consistir en algo relacionado con el narcisismo y el onanismo. Atribuimos credibilidad a quien piensa más o menos como nosotros, dice lo que decimos nosotros (o nos gustaría decir) y nos hace sentir en posesión de la razón. Ningún periodista español es creíble para todos. Ni Soledad Gallego-Díaz, la profesional más solvente que conozco: por el hecho de trabajar para El País y la SER, un sector de la audiencia la mantendrá por principio bajo sospecha. Un lector de El País (el diario de la falsa foto de Hugo Chávez) recela por sistema de lo que publica El Mundo (el de la conexión Mondragón), y viceversa; quien lee fielmente a Hermann Terstch piensa que Ignacio Escolar es un propagandista sectario, quien consume prensa del nacionalismo catalán atribuye las peores manipulaciones a la prensa «de Madrid», y a Iñaki Gabilondo siempre habrá quien le saque un asunto de calzoncillos superpuestos. Las cosas funcionan así. Nuestros prejuicios, sumados a otros prejuicios similares, constituyen un nicho de mercado. Cada día más precario, ciertamente. Quizá porque tantas credibilidades enfrentadas desgastan la fe más sólida.

Algunos dicen que Jordi Évole se ha jugado su credibilidad (y la ha perdido) con el falso documental sobre el 23-F. Vaya. Qué desgracia. Me parece muy bien que una parte de la audiencia le critique y otra parte le aplauda, porque para eso está: para ser audiencia y opinar. Resultan un poco más chuscas las críticas de ciertos profesionales que conocen a la perfección las patrañas de sus propios medios, contribuyen a ellas cuando hace falta o las soportan en silencio, porque hay que pagar la hipoteca y educar a los niños. ¡Cuánto pontífice de la verdad!

A mí no me gustó demasiado el falso documental. Llegó a aburrirme. Y, sin embargo, me pareció muy bien. Évole hace televisión. Como artefacto televisivo, el programa cumplió sus objetivos de forma abrumadora: obtuvo audiencia y suscitó debate. Cuando opera bajo la etiqueta de Salvados, Évole cultiva un periodismo mestizo, una información-entretenimiento que satisface a millones de personas. Me incluyo entre ellas. Otras veces, como el domingo, Évole hace otras cosas. Y asume riesgos. Personalmente, habría preferido ahorrarme las excusas posteriores («les contamos esto porque no podemos contarles la verdad»), un poco bochornosas, pero ese es un asunto menor. Lo importante es la provocación, algo bien sabido por los participantes en las tertulias políticas televisivas. Si quieren periodismo puro, austero, riguroso, búsquenlo en algún libro o criben la prensa diaria hasta encontrar una pepita (las hay) de ese material rarísimo. No se lo exijan a la industria. La industria es otra cosa. La industria, amigos míos, existe para ustedes, para sus prejuicios y sus puñetas.

Tiendo a pensar que podríamos confiar un poco más en la prensa, fuera cual fuera el soporte, si cada uno de sus productos incorporara algo parecido al making of; un relato de cómo se ha construido la información. A eso, en una época, se le llamó nuevo periodismo. Disculpen la divagación, temo que no venía al caso.

Me acojo a la disculpa anterior para precisar que yo no me fui de El País por los despidos (aunque oficialmente fuera uno de los despedidos), ni por las malas formas con que se planteó el expediente de regulación de empleo. Me fui a otro periódico, El Mundo, que también despedía a gente. Lo que me parecía intolerable en El País tampoco era el ambiente opresivo, muy característico de la casa, ni algunas tonterías que se publicaban junto a piezas espléndidas, sino el cinismo de su máximo responsable, Juan Luis Cebrián: el hombre que ha conseguido ganar fortunas arruinando a accionistas y despidiendo a trabajadores; el hombre que debía defender el periódico y lo despreciaba públicamente.

Me fui a trabajar para un director, Pedro J. Ramírez, que también había hecho del cinismo un arte. ¿Han visto la película Primera plana? No la de Howard Hawks (un buen director no puede parecerse a Cary Grant), sino la de Billy Wilder, con Jack Lemmon como el reportero Hildy Johnson y Walter Matthau como el director Walter Burns. ¿Recuerdan el final? ¿Recuerdan lo que ocurre con el reloj que Burns regala a Hildy? Ahí está todo. Ahí está lo que en mi opinión, absolutamente subjetiva, redime a Ramírez. No me importa trabajar para un jefe que me engañe, me explote o me estafe, mientras ame su periódico y me engañe, me explote o me estafe en beneficio del periódico. Es decir, del oficio. Es decir, de algo muy imperfecto para un público muy imperfecto. Me gusta trabajar para alguien que, como yo, disfrute con este asunto tan sucio e impugnable, tan estúpido, tan poco rentable, tan falto de credibilidad y, aunque a estas alturas no se lo crea casi nadie, tan necesario que llamamos periodismo.


Fundéu BBVA, la «Academia de los periodistas»

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El lenguaje es una herramienta esencial del periodismo y el periodismo es un vehículo indispensable de la lengua. Esta concurrencia ha resultado tan provechosa para nuestro idioma como para la producción de ilustres plumas surgidas de las crónicas informativas. Por su difusión, más amplia e inmediata que la de la literatura, los medios de comunicación son los transmisores más eficaces de los usos lingüísticos y uno de los elementos que más influye en la constante formación del idioma. Una responsabilidad compartida ahora por miles de personas cuyo mensaje tiene gran repercusión en la red y que, conscientes de que el mal uso del lenguaje desprestigia el contenido, solicitan asesoramiento sobre temas lingüísticos.

Los nuevos medios se caracterizan más que nunca por la urgencia, los lectores han pasado a ser actantes y la agudización de la crisis perenne hace mella en la profesión, una de las peor valoradas por los ciudadanos. Un escenario tan complejo como fascinante para poner a prueba la pericia lingüística de un oficio considerado tradicionalmente maestro del lenguaje en el que Fundéu BBVA ofrece asistencia.

Fundéu, acrónimo de Fundación del Español Urgente, es una organización sin ánimo de lucro patrocinada por la agencia EFE y BBVA y con el asesoramiento de la Real Academia Española que inicia su actividad en 2005, como heredera del Departamento de Español Urgente, con el propósito de impulsar el buen uso del español en los medios y que sirve de guía lingüística a todos los hablantes.

Un equipo de filólogos y periodistas que «patrulla» los medios de comunicación y resuelve las controversias atendiendo a una necesidad apremiante generada por una producción vertiginosa que no puede ser satisfecha por otras vías de consulta.

A diferencia de la de la RAE, la labor de Fundéu no es normativa, pero su método de trabajo le confiere autoridad para recomendar el buen uso con una mayor agilidad que la académica. De ahí lo acertado del apelativo «Academia de los periodistas» que en ocasiones recibe la fundación. De hecho, Fundéu, por tener un registro de usos muy actualizado, sirve de puente entre «los inmortales» y el mundanal lenguaje que inventamos cada día.

Para conocer cómo realiza Fundéu este trabajo acudimos a su redacción ubicada en la legendaria sede de EFE en Madrid, hablamos con algunos de los componentes de la plantilla y asistimos a la reunión del Consejo Asesor del que forman parte ilustres lingüistas, académicos y periodistas.

Fundéu 2
Redacción de Fundéu BBVA.

Dirigido por Joaquín Muller-Thyssen, el equipo de Fundéu resuelve todos los días consultas a través de diversos canales: desde el correo hasta el teléfono, pasando, cómo no, por las redes sociales; provienen de periodistas, escritores, traductores, correctores y de todos aquellos cuya herramienta de trabajo es la lengua, así como de particulares que tienen interés por su uso. También se examina la prensa en busca de las palabras y expresiones que la actualidad hace saltar a la palestra. Porque las palabras tienen momentos de notoriedad en función de la coyuntura informativa —como es el caso de «concertina» a propósito de la instalación de este tipo de alambre en la valla de Melilla o nacen espontáneamente por la necesidad de bautizar determinados fenómenos como el «cholismo». Estos y otros muchos términos y expresiones son estudiados en la reunión matinal de la redacción, en la que se ponen sobre la mesa los temas más complejos previamente estudiados, cotejados en diversas fuentes y analizados según numerosas obras para determinar una resolución consensuada que tomará cuerpo en forma de respuesta a una consulta o recomendación que se publicará en su página engrosando el extenso repertorio de esta sección  y se divulgará a través de EFE.

Algunas cuestiones no quedan resueltas en la redacción y pasan a ser analizadas por el Consejo Asesor, que se reúne semanalmente. Se trabaja con múltiples textos lingüísticos de referencia, académicos o no, y con el apoyo de la tecnología para confrontar datos a través de la red. Coincidiendo con nuestra visita, además de los componentes de la redacción de Fundéu Javier Lascurain, Álvaro Peláez y David Gallego, asistieron los académicos Gregorio Salvador y Salvador Gutiérrez, la periodista Soledad Gallego-Díaz y los doctores en Filología Románica Pilar García Mouton y Leonardo Gómez Torrego.

Es en el Consejo Asesor donde Fundéu sirve de enlace con la Real Academia Española como fuente de información sobre nuevos términos o usos lingüísticos y como campo de pruebas para estimar la conveniencia de hacer enmiendas o añadidos en las obras académicas.

El Consejo Asesor de Fundéu.
El Consejo Asesor de Fundéu.

Este es el método de trabajo de Fundéu, una institución joven con una misión heredera de la encomendada a Fernando Lázaro Carreter en los años setenta: la redacción del primer Manual de estilo para la Agencia EFE, que dio origen al Departamento de Español Urgente.

La composición del equipo, tanto de la redacción como del Consejo Asesor, proporciona un equilibrio entre dos disciplinas vinculadas y complementarias: periodismo y lingüística. En esta alianza fructífera, los integrantes de Fundéu son observadores privilegiados del estado de salud del periodismo y de nuestra lengua en los medios, que, según muchos, es crítico.

Javier Lascurain, periodista y subdirector de Fundéu, no considera tan dramático el panorama que contempla desde su larga experiencia.

¿Se percibe un peor uso del lenguaje en los medios actualmente?

Yo tengo una visión muy poco catastrofista. Evidentemente hay problemas y algunos son nuevos, pero no tengo ninguna tendencia a pensar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Hay una preocupación en los profesionales por el buen uso del idioma y nosotros aquí la percibimos. Eso es lógico y consustancial al trabajo, pero a mí lo que me da muy buena sensación es que también advertimos esta preocupación en los que no son profesionales. Cada vez hay más gente preocupada por escribir bien de la que pudo haber nunca, porque nunca tanta gente ha escrito en público como en este momento. Y este mundo de la comunicación en el que todo el mundo es actor, que mucha gente ve como una amenaza, yo creo que es una oportunidad como pocas, porque la gente está más interesada que nunca en que su lenguaje sea correcto. En el caso de los medios no creo que haya desinterés, sí puede haber un problema que afecta al lenguaje y también al contenido que son los medios con los que estamos trabajando.

La crisis: menos medios, menos correctores…

Yo no sé si esa situación es igual en todas partes, pero cuando vienen mal dadas, y vienen mal dadas en muchos sitios, una de las primeras figuras que salta es el editor o corrector; esa figura experimentada que tiene la última palabra sobre el contenido pero también desde el punto de vista formal. Cuando no te salen las cuentas es muy fácil recortar en controles. A mí me parece muy peligroso, entiendo la lógica empresarial que lleva a eso pero me parece muy peligroso. Sobre todo en este momento en el que todo va girando hacia los medios digitales y por tanto mucho más inmediatos.

¿Crees que los nuevos medios tienen más repercusión en el uso del lenguaje?

En la medida en que cada vez más personas se informan a través de medios digitales y menos a través de medios impresos, el paradigma ahora va a estar en las pantallas. Decía Financial Times que su proyecto a partir de ahora es que la edición de papel esté basada en la digital y no al contrario como ha sido tradicional. Esto va a ser cada vez más así. Eso afecta al lenguaje en la medida en que la urgencia del papel existe, pero tiene un límite: hay unas horas en las que puedes manejarte. En lo digital no hay hora de cierre.

¿Los periodistas reciben una adecuada formación lingüística?

No lo sé. El problema de la formación básica de los periodistas es un tema duro (ríe). Es posible que en la formación básica de los periodistas una de las lagunas sea un conocimiento más profundo del lenguaje, y lo digo por propia experiencia, aunque ya es muy antigua. Pero fundamentalmente es un problema de tiempos de trabajo. Cuando escribes tan rápido te arriesgas mucho y no siempre te puedes parar a consultar, si bien es cierto que si el periodista viene con una muy buena formación corre menos riesgos.

Javier Lascurain.
Javier Lascurain.

Yolanda Tejado atiende redes sociales y responde consultas de la más variada índole. Un trabajo en el que ha de estar en continua formación para conocer los cambios normativos, ampliar los conocimientos de una disciplina inabarcable y afrontar los desafíos de los usuarios.

Las disputas lingüísticas suelen ser muy apasionadas. ¿Replican las respuestas los usuarios?

Sí. Se crea mucho debate, aunque ponemos referencias de lo que dice la RAE, porque trabajamos con su asesoramiento y nos basamos en su información. Pero esto también es productivo porque te hace pensar.

¿Alguna vez os han convencido?

Sí, y hemos rectificado. Nos hemos dado cuenta de que no habíamos explicado algo claramente, o nos hemos basado en un libro, pero hay otro que dice otra cosa.

¿Qué consultas recuerdas como más curiosas?

Hay de todo. Una muy curiosa, que la recibimos a las seis de la mañana, decía algo así como «el pero ladra, el gato maúlla, ¿qué hace la langosta?». Dudamos si contestar o no, pero aquí todo tiene respuesta.

¿Y en este caso cuál es?

Que no lo sabemos (risas). Lo que más preguntan son extranjerismos, usos de preposiciones, cuestiones gramaticales… Hay algunas que cuesta bastante resolver consultando libros, entonces lanzas la respuesta en voz alta por si algún compañero la resuelve y, si comentando entre todos la pregunta no tenemos una respuesta clara, recurrimos al Consejo Asesor. Y así se lo decimos a quien ha planteado la consulta.

Yolanda Tejado.
Yolanda Tejado.

El servicio de respuestas se mantiene los siete días de la semana para atender una demanda creciente. Las cuentas de RAE y Fundéu en Twitter tienen gran seguimiento, provocan acalorados debates e incluso tienen imitadores. Se percibe un interés en los medios y en los lectores por la divulgación lingüística. De este fervor gramatical hablamos con tres filólogos de Fundéu:

Jaime Garcimartín

La verdad es que a juzgar por los resultados, que han ido creciendo muchísimo sobre todo a través de la difusión de EFE, hay un interés claro. Sin embargo en papel no lo suelen hacer. Parece que tienen interés en las ediciones digitales pero no en las impresas. Los medios digitales reproducen nuestras recomendaciones pero no suelen elaborar artículos propios a partir de ellas.

Álvaro Peláez

A no ser que sea un tema que genera mucha polémica, como en el caso de «obispa». Lo que sí he observado es que hay medios digitales que han empezado a tener secciones propias de lengua. Porque han detectado que es un tema que genera mucho tráfico. En Twitter ves un enlace de un medio en el que habla de ortografía y entra más gente por ahí que por una noticia porque genera polémica.

Fernando de la Orden

Genera polémica porque todos nos consideramos competentes. Todos sabemos hablar y por tanto tenemos la capacidad de opinar sobre este tema. Nosotros mismos estamos sometidos al escrutinio y a la corrección permanente. Algunas recomendaciones tienen alguna errata y hay auténticos especialistas en detectarlas.

De izquierda a derecha: Jaime, Fernando y Álvaro.
De izquierda a derecha: Jaime, Fernando y Álvaro.

Fundéu también divulga textos de los medios en la sección de noticias. Victoria Alcázar, periodista, se encarga de la web. Cada mañana hace un búsqueda para recoger artículos relacionados con nuestro idioma e ilustra la recomendación del día, tarea para la que cuenta con el valioso archivo gráfico de EFE.

¿Se establece algún filtro para publicar los artículos?

El único filtro que establecemos es no entrar en la guerra del bilingüismo; todo lo referente a divulgación del español, incluidos artículos opuestos a posturas académicas, tiene cabida.

Victoria Alcázar.
Victoria Alcázar.

Judith González codirige junto a Mario Tascón el Manual de estilo para los nuevos medios.

Se suele decir que, junto a la imprenta, internet es el elemento que más ha influido en la evolución de las lenguas. ¿Consideras que esa evolución es positiva?

Yo creo que es positiva porque lo que desde luego está favoreciendo internet es que la gente escriba mucho más y que gente que no escribía sienta esa necesidad diariamente. Cuando uno se tiene que enfrentar a la escritura le surgen muchas dudas y hace que se preocupe, en parte porque tienes la idea de que en internet te juegas tu reputación, de que si pones una cosa mal luego Google no lo olvida… existe esa conciencia de que hay que escribir bien y eso es positivo. También tiene su contrapartida: con la velocidad de las comunicaciones hoy en día, el intercambio de expresiones es mucho mayor, de anglicismos en el ámbito tecnológico sobre todo, pero no es necesariamente malo, el préstamo históricamente ha sido una manera de enriquecerse las lenguas.

¿Qué es lo que más te gusta de tu trabajo?

Cómo tratamos de ofrecer una solución discutiéndola aquí por las mañanas, llevándola al Consejo… Tratamos de ser útiles y nos jugamos mucho, y eso es interesante porque enriquece. Tienes la oportunidad de ayudar a la gente a comunicarse mejor y son temas, la lengua y la comunicación, que me apasionan; servir de ayuda en eso para mí es tremendo.

Judith González.
Judith González.

Desde 2007, Fundéu patrocina el sitio colaborativo Wikilengua para compartir información sobre norma, uso y estilo del español y en 2012 publicó dos libros: Escribir en internet. Guía para los nuevos medios y las redes sociales, que nació de la experiencia en la web y Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua castellana, una obra con sabor añejo tanto por título como por diseño pero totalmente actual. Otras muchas actividades y publicaciones encaminadas a promocionar el buen uso del español son impulsadas por una de las entidades dedicadas a la lengua más importante del ámbito hispanohablante a la que nos hemos acercado para conocer su trabajo y sus rostros. Los objetivos logrados durante la gestión de una labor tan compleja animan a su director, el periodista Joaquín Müller-Thyssen, a concebir propósitos más ambiciosos:

¿De qué logro de Fundéu se siente más satisfecho?

Si tengo que elegir uno, creo que del prestigio conseguido. Todos los que dirigen una empresa o una institución, como es mi caso, saben que si el producto que vendes o el servicio que das no es bueno, le falta calidad o rigor no va a funcionar. Sin el prestigio que da un trabajo bien hecho y sin una imagen que refleje el verdadero espíritu de servicio que anima a una fundación como la nuestra de poco sirve todo lo que hagas. Esto es una cuestión vital cuando te mueves en un mundo como el de la lengua española, sobre el que giran instituciones de tanto reconocimiento y respeto como la RAE y hay tantos profesionales de prestigio en el mundo de la docencia, la traducción, la corrección, etc. Cuando veo que «sabios» a los que todos respetamos elogian nuestro trabajo me lleno de orgullo por lo conseguido en estos ocho años de trabajo.

¿Qué proyectos tiene Fundéu?

Muchos en lo inmediato y todos dirigidos a mejorar y a lograr una mayor difusión del servicio que damos. En el horizonte, lejano lamentablemente, la ambición irrenunciable a conseguir una red de «Fundéus» en todo el mundo hispanohablante. Es muy difícil, pero sería una gran cosa que en cada país de América se unieran, como hemos hecho aquí, medios de comunicación, instituciones de la lengua, y entidades financieras para crear fundaciones como la nuestra. Como te digo, es un sueño más que una posibilidad, pero no renunciamos, no.  

Joaquín Müller-Thyssen.
Joaquín Müller-Thyssen.

Fotografía: Gladys Sobrido


Victorino Ruiz de Azúa: “Juan Luis Cebrián se ha convertido en el símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país”

Le precede su fama de hombre malhumorado, pero tras hablar con él dos horas de temas poco amables y sucesos desafortunados podemos confirmar que es pura leyenda.Victorino Ruiz de Azúa (Burgos, 1952), de formación filosófica y oficio periodístico, recorrió las redacciones de varias provincias hasta recalar hace tres decenios en El País, donde echó amarras y del que fue corresponsal, jefe de local, delegado en el País Vasco y redactor jefe de cierre. Los colegas de profesión le definen como un “maestro de maestros”, aunque él prefiere no honrar el título y tenerse por “un compañero más”. Hoy consagra su pluma a combatir lo que denomina “el desmantelamiento del primer diario en España” y a explicar a quien quiera oírle qué está ocurriendo, y por qué, en la gran casa del periodismo español. Con él hablamos de la clandestinidad, de despidos y periódicos cerrados y le preguntamos por El País, por Prisa y Wikileaks.

Tengo entendido que cuando eras estudiante, en Sevilla, tenías en casa una imprenta vietnamita. Siendo periodista, eso es casi una medalla.

No sé quién te lo habrá dicho, pero no es verdad. Yo he manejado vietnamitas, pero no en casa porque mi padre era militar. En casa era imposible.

Está publicado por alguna parte. Pero no en tu casa familiar, sino en el piso que compartías cuando estudiabas en Sevilla.

Ah, en el piso de estudiantes sí. Es posible que allí la tuviéramos ocasionalmente, porque aquello era el patio de Monipodio. Era algo relativamente habitual tratándose de estudiantes. Hasta que llegaron las multicopistas de manivela, las vietnamitas nos parecían un prodigio técnico. En una tarde podías hacer 100 o 120 ejemplares de un panfleto. Hoy suena ridículo, claro, porque cualquiera que escriba algo en Internet tiene mil lectores asegurados. Pero entonces era increíble. Acabábamos con la tinta hasta los codos. Había que usar detergentes de mecánico para lavarse, porque se incrustaba bajo las uñas y no salía.

Hablamos, si no me equivoco, de los primeros años 70.

Tengo muy mala memoria para las fechas, pero en los últimos años sesenta la Universidad de Sevilla era un hervidero antifranquista. Antes de la muerte de Carrero Blanco, en torno al Proceso 1001, detuvieron a Marcelino Camacho y a varios dirigentes más de Comisiones Obreras. Tres de ellos, Acosta, Soto y Saborido, eran de Sevilla. En la Universidad se produjo una tremenda campaña de solidaridad con los tres sindicalistas. El golpe más audaz que recuerdo lo realizamos en el edificio central de la Universidad Sevilla. Un comando armado de sprays de pintura y de bocadillos nos quedamos encerrados en los cuartos de baño. Al amanecer, la decoramos con pintadas gigantescas, kilométricas, por todos los pasillos. Al llegar los bedeles por la mañana, entre los gritos y el desconcierto, nos dimos cuenta de que era inevitable que nos descubrieran. Bastaba con registrar todas las dependencias en unos minutos antes de abrir las puertas. Pero nadie pensó en ello, empezaron a entrar alumnos y profesores y nosotros salimos tranquilamente. Eran tiempos de agitación.

Tú participabas en organizaciones clandestinas.

En la Universidad todo el que quería moverse trabajaba con grupos clandestinos. Comisiones Obreras tenía en Sevilla una fuerza considerable en la construcción y en otros sectores. El clima llegó a ser tal que enviaron de comisario de policía a Creix, un especialista en tortura que venía del País Vasco, de combatir a ETA. Luego viví en Vizcaya y en Navarra. Allí me echó el guante la policía y conocí la comisaría durante diez días, en un cursillo práctico de tortura, y luego la cárcel. Se habló más tarde de dictablanda para referirse a los años anteriores a la muerte de Franco. Es cierto que se suavizó el control sobre la sociedad, pero se extremó la represión contra los que se oponían de manera activa. Quizá pocos se acuerden de que una ley “de bandidaje y terrorismo” autorizaba la detención durante 10 días antes de pasar a disposición judicial. A mí me la aplicaron en Navarra, sin haber tenido nunca relación ni de lejos con armas o grupos terroristas. Luego salí de la cárcel con una multa de 100.000 pesetas, una cantidad fabulosa para le época, que nunca pagué.

¿Sabes que cuando pasó por Jot Down, Paco Marhuenda nos aseguró que “no había tanta gente” en la lucha antifranquista como hoy se dice?

No había tanta, pero había mucha gente. En la comisaría de Pamplona no cabíamos (ríe). A mí me cogieron en un coche cargado de panfletos y propaganda ilegal, pero unos días antes hubo una manifestación y los calabozos de la comisaría estaban llenos. Hubo de todo, claro. Siempre me ha llamado la atención que el que fue presidente del Gobierno, José María Aznar, diga que él no participó en política durante el régimen de Franco porque no tenía edad. Yo tengo más o menos los mismos años que él y las comisarías, te lo aseguro, estaban llenas de gente de nuestra edad.

¿Eres de los que miran con nostalgia o romanticismo esta época de clandestinidad?

En absoluto. Tengo magníficos recuerdos, eso sí, porque la oposición a una dictadura genera un tipo de camaradería en muchos sentidos admirable, pero nostalgia ninguna. En España se vive muchísimo mejor que entonces. Yo nací en Burgos, y a 350 kilómetros de allí empezaba Europa, donde se podía vivir normalmente, los ciudadanos eran libres, tenían leyes que protegían sus libertades… Bastaba mirar un mapa para darse cuenta de que nacer en España no era un privilegio ni un honor, como sostenía el régimen franquista, sino un caso de mala suerte. Luego te das cuenta de que también eso es relativo. Podía haber sido mucho peor. Pero siempre he considerado lamentable haber nacido en una dictadura.

Otra pregunta sobre nostalgia. Empezaste en prensa en dos periódicos públicos de San Sebastián, La Unidad y La voz de España. ¿Eres de esos periodistas que hacen las Américas —entendiendo Madrid como las Américas— y luego añoran el periodismo de provincias?

Empecé en un semanario de la izquierda vasca, que se llamaba Berriak. No duró mucho. Y luego pasé a los diarios que cuentas. El periodismo en lo que en Madrid llaman “provincias” es esencialmente el mismo que el de la capital. Con una excepción: Madrid es una ciudad muy crispada. Es la patria de la “crispación política”. Si se sale de aquí esa crispación es menor. Basta leer los periódicos de Cataluña o del País Vasco para verlo. Madrid es como una especie de cesto donde están todos los cangrejos juntos, se aprietan con las pinzas y no se se oyen más que chillidos.

Se ha dicho que el Gobierno cerró Unidad y La voz de España por motivos políticos. Tras este cierre, algunos de los antiguos trabajadores promovieron la edición de un libro en el que se explicaba que ambos medios fueron guillotinadas por tratar de aproximarse, simplemente, a la realidad del pueblo que compra los periódicos cada día, y al que deben servir”. Y afirmaban: “Cuando decimos que La Voz y Unidad fueron cerrados a cal y canto por motivos políticos, estamos diciendo que fueron clausurados por negarse a hacer la política desinformativa y manipuladora que pretendía UCD”.

Es cierto, soy testigo presencial. El Gobierno mandó a la Policía Nacional a cortar la luz, y así cerraron el periódico. Entraron en las instalaciones, cortaron el suministro eléctrico y a continuación nos desalojaron.

¿Por qué?

Unidad y La voz de España empezaron siendo medios del Movimiento. Tras la muerte de Franco, muchos de los veteranos y los redactores jóvenes intentamos practicar una línea editorial de independencia y de aperturismo hacia lo que estaba pasando en la sociedad vasca. El Gobierno de UCD, sin embargo, pretendió abiertamente instrumentalizarlos para contrarrestar el peso social del nacionalismo y manipular la información de forma descarada. Viendo que no podía, el Gobierno simplemente los cerró. Y eso que La voz de España era el diario más vendido de Guipúzcoa. El muñidor político fue Jaime Mayor Oreja, que era diputado de UCD por Guipúzcoa. Es curioso, su familia está vinculada accionarialmente al otro tradicional de Guipúzcoa, El diario vasco, y él y los Gobiernos que apoyaba han participado en el cierre primero de La voz de España y Unidad y después de Egin. No digo que él sea el responsable, pero El diario vasco se quedó con todo el espacio libre. Desde poco antes del cierre de los dos periódicos del Estado, yo había empezado a colaborar con El País como corresponsal en Guipúzcoa.

Ahora que mencionas El País, hay una conexión curiosa. En 1980, poco antes de cerrar Unidad y La Voz de España, una fuente oficial explicó en una nota dirigida a Madrid que “la presión de los trabajadores está llegando a que aparezcan notas y comunicados elaborados por ellos mismos, cuyo contenido pudiera considerarse anticonstitucional y atentatorio a la normativa legal existente”. En 2012, cuando El País anuncia el despido de 129 profesionales, la dirección denuncia la “utilización abusiva de columnas de opinión” y los “parciales puntos de vista” de la redacción.

(Piensa) El paralelismo es sorprendente.Yo no lo había establecido porque no recordaba aquella nota de Prensa del Estado. Sí recuerdo perfectamente que hubo un larguísimo historial de notas de oficinas políticas del aparato del Estado que escrutaban los periódicos y descalificaban la información que se hacía, hasta extremos ridículos. Ese paralelismo por un lado me sorprende y por otro me confirma lo que he escrito en una web que puse en marcha contra el ERE en El País desde los primeros días: que algunas de las prácticas del equipo de dirección de El País recuerdan extraordinariamente a los hábitos y las prácticas del franquismo. Por ejemplo, en este texto increíble con el que pretende dar por cerrada la crisis tras despedir a 129 personas [consulta el editorial A nuestros lectores en un ejemplar de El País]. Es un texto confuso, farragoso, mal escrito y lleno de falsedades, en el que se llega al punto de admitir que ha habido críticas y quejas pero se atribuyen a “intereses nunca declarados”, “demagogia populista”, “tendencias libertarias de muchos de quienes ocupan las redes sociales”, “la insidia que emana del fracaso de algunos competidores”, “la envidia y los celos de determinados profesionales que sobrevaloran su propia capacidad e influencia…”. Es increíble. Es el lenguaje de un editorial de los años sesenta del Arriba, el diario del partido único del régimen franquista.

¿Quién crees que lo ha escrito?

Hay voces en la redacción que dicen que lo ha escrito Juan Luis Cebrián. Sinceramente, me cuesta creerlo, porque le he conocido muchos años como periodista; o este hombre ha perdido ya el último de los papeles o es inimaginable que pueda producir este texto. No lo sé y lo dudo mucho. Es tan deleznable, inconsistente y absurdo que me cuesta creer que una persona como Cebrián, por mucho tiburón financiero en que se haya convertido, no sea incapaz de juntar las palabras de otra manera un poco más coherente.

Voy a hacer de abogado del diablo. ¿Crees que los redactores deberían tener libertad total para volcar en el diario sus puntos de vista sobre el asunto? A fin de cuentas, es una empresa privada.

No creo que nadie defienda la libertad “total” de los periodistas y que cada uno pueda decir lo que le dé la santa gana. El trabajo del periodista está retribuido para que cumpla una determinada labor informativa. Llevando las cosas al extremo, alguien que debe contar lo que ocurre en las sesiones del Parlamento, por ejemplo, no debe dejar de hacerlo para dedicarse a criticar la política laboral de la empresa. Sería absurdo, pero es que nadie lo plantea. Entre eso y que la censura se apodere de un medio que al fin y al cabo simboliza la Transición en España hay un larguísimo trecho que no deja de sorprender.

¿La censura se ha apoderado de El País?

Durante esta crisis, la censura se ha ejercido varias veces. Una de ellas levantando la columna de una periodista, Luz Sánchez-Mellado, Portera de día, que se publica el sábado en unas páginas dedicadas a gente, personajes y personajillos, esto que se llama el famoseo. Luz Sánchez-Mellado escribe una columna llena de inteligencia y sentido del humor en la que comenta cuestiones relacionadas con la farándula desde un punto de vista irónico. No ha trascendido lo que le censuraron, pero no debía ser un manifiesto revolucionario. Hay otro ejemplo, esta vez con pruebas; cuando se borra el blog de tres jóvenes colaboradores de la Comunidad Valenciana y queda la dirección, pero con la página en blanco. Hicieron una carta abierta a Cebrián con unas críticas, por cierto, perfectamente razonables y discutibles, además como blogueros, es decir, opinadores, no periodistas que estén traicionando su misión. Su opinión no interesaba y se borró. Y la traca final es Santos Juliá, al que se le convence para que borre dos frases: una cita a Enric González, que ha sido uno de las grandes firmas del periódico durante muchos años, y otra sobre las desigualdades salariales dentro del periódico. ¿Alguien puede interpretar que estos casos contenían llamadas a cometer delitos, a la subversión o a poner el mundo patas arriba? Eran críticas o alusiones mesuradas, casi pellizcos de monja.

¿Entonces?

Es que la censura siempre es paranoica y cree, como en este caso, que hay fuerzas extrañas y oscuras que ponen en cuestión la autoridad del equipo directivo y de la empresa. Siempre ha sido así. Los periodistas, en este caso, han usado los recursos que tienen sin traicionar su misión informativa. Pero como la censura siempre es ciega y torpe. Es imposible frenar la inteligencia cuando se trata de denunciar una operación tan descabellada como la expulsión de un tercio de la plantilla de El País. La prueba es un artículo publicado hoy [11/11/2012] por el que fue el segundo director del periódico, Joaquín Estefanía, titulado Contra toda esperanza. Estefanía denuncia lo que ha sucedido. No le han podido levantar el artículo.

Lo he leído. Habla de El País sin mencionar El País. Personalmente me ha parecido brillante.

Exacto. Se apoya en el caso de Iberia y en una película, The company men, la historia de una operación de depuración de la plantilla en una empresa, que coincide exactamente con lo ocurrido en el diario.

Y acaba citando una frase reveladora: “Ahora trabajamos para el accionista”. ¿Crees que si publicamos esta entrevista poniéndolo de relieve lo levantarán de la web?

No creo. La definición del cobarde es que es fuerte con el débil y débil con el fuerte. Por ejemplo, lo más brutal que se ha escrito sobre esta historia lo ha publicado Maruja Torres en las propias páginas de El País, cuando denunció el sufrimiento de los que despiden sin un temblor en la mano, pero no se atrevieron con ella. Se atrevieron con otros, con los ejemplos de los que hablábamos antes. Pero no a levantar un artículo de Maruja Torres ni de Joaquín Estefanía. Y además, hay otro factor. Que Estefanía haya burlado la censura es el aval que demuestra, según ellos, que no hay censura.

Es terrible tener que hablar de “burlar la censura” en estos tiempos.

(Asiente) Y más terrible todavía en este periódico.

Dices que lo más brutal que se ha publicado es de Maruja Torres, pero yo creo que Enric González dijo algo también terrible, quizá sin intención. Afirmó que comparte “la opinión universal sobre Cebrián”, no dijo en qué consistía tal opinión y sin embargo, todos le entendimos. Así confirmó que, en efecto, existe una opinión universal sobre él.

Cebrián fue un periodista muy relevante de la Transición en España, pero ha seguido una trayectoria incomprensible que le ha convertido en uno de los emblemas del mal, del capitalismo de rapiña y descarnado que se ejerce en este país, en el que los bancos embargan viviendas a personas que no ven más salida que tirarse por la ventana, en el que la competencia brilla por su ausencia, en el que las empresas siguen ganando muchísimo dinero mientras la gente corriente padece una crisis de caballo… En el altar de los símbolos de ese capitalismo, donde también se encuentran algunos banqueros y algunos directivos empresariales, ahora está Cebrián. Por derecho propio, sin ninguna duda. Y después de lo que ha ocurrido en El País, donde ha despedido a 129 personas con la indemnización mínima legal de la reforma laboral del PP,  tras haberse embolsado 13 millones de euros el año pasado, tiene un lugar destacado. Por lo tanto, no hay que decir ni siquiera lo que nos parece Cebrián. Estamos de acuerdo en eso.

Una de las cosas más curiosas de Cebrián en la entrevista que le hicimos hace unos meses en Jot Down es su afirmación de que le preocupa “el proceso de autocensura en las redacciones”.

Que Cebrián hable de autocensura en las redacciones es de una desfachatez asombrosa. Hablemos de Emilio Botín, por ejemplo. El Banco Santander es uno de los grandes acreedores de El País. El día en que se supo que la Audiencia Nacional había abierto diligencias contra Botín por fraude fiscal, a propósito de unas cuentas mantenidas en Suiza durante decenios, el diario El País debió ser el único de España que consideró que no era noticia de primera página. Podemos hablar de muchos otros casos. De César Alierta, compañero de correrías financieras de Juan Luis Cebrián con Telefónica como accionista y báculo de Prisa. El día que el Tribunal Supremo publica una sentencia en la que se dice que al señor Alierta no se le puede condenar por el uso de información privilegiada cuando era gestor de Tabacalera porque el delito ha prescrito, pero establece que el principal ejecutivo de la mayor empresa de España perpetró ese delito, en El País la información aparece en un breve de ocho líneas en las páginas de Bolsa. Ese día algunos periodistas entraron a preguntar a los despachos. Les respondieron que aquello no era noticia. ¿Autocensura de la redacción, dice Cebrián? Hay que tener una desfachatez sin límites.

Tengo la impresión, corrígeme si me equivoco, de que ya no la censura de contenidos, sino el tic autoritario empezó antes de todo esto. Recuerdo, entre otros casos, cuando echaron a Nacho Vigalondo.

Ese es un asunto complicado porque media una broma muy desafortunada que roza el antisemitismo. Pero también hubo una sobreactuación, en efecto. Ahí ya se apuntaban maneras. En lugar de criticar lo que dijo Vigalondo, simplemente se le borró. Y se eliminó sin más un spot publicitario que había hecho para El País, que a mí, por cierto, me parecía absurdo. Dicho lo cual, y teniendo en cuenta que lo de Vigalondo era más que criticable, muchos nos preguntamos si no hay un reflejo fascistoide en borrarle de un plumazo y hacer como que no existe, en particular cuando él mismo reconoció que se había equivocado. Es un tema difícil, insisto, porque en las sociedades europeas tenemos mala conciencia, y con razón, y el antisemitismo ha causado tantos daños y es tan nauseabundo que a veces crispa la discusión. Pero no creo que Nacho Vigalondo sea antisemita. Dio un patinazo, que se le debía haber criticado. En lugar de eso, decidieron sacar la goma y borrarlo.

Es la misma impresión que tengo, por poner otro ejemplo, con el asunto de Wikileaks. Cuando las cosas se pusieron feas, después de semanas publicando a bombo y platillo decenas de artículos con informaciones exclusivas, el diario se apeó de la colaboración e hizo como si nunca hubiera ocurrido.

Wikileaks fue un gran éxito para El País, que logró entrar en un selectísimo grupo de grandes medios internacionales. Un gran éxito que, en mi opinión, llevó a un estrepitoso fracaso en el tratamiento del material. El New York Times, por ejemplo, utilizó críticamente toda la información que reveló Wikileks, la trató y la procesó para hacer crónicas interesantes. El País, dominado por una cierta soberbia del director, Javier Moreno, ahogó al lector con páginas y páginas durante varias semanas. Páginas que, en muchos casos, eran simple transcripción de los cables diplomáticos estadounidenses, sin ningún contraste ni distancia. Los cables no se convirtieron en una materia prima informativa a partir de la cual trabajar, sino en textos que se vuelcan sobre el lector casi tal y como llegan. Después se produjeron una serie de capítulos como la gran cumbre de directores que organizó Moreno en Madrid para sostener que Wikileaks era un giro revolucionario en el periodismo —lo cual es un perfecto absurdo—, o la publicación a página entera de cualquier cosa que dijera Julian Assange. Y finalmente la peripecia personal de Assange, de la que El País se distancia de forma comprensible; les ha servido y ya no les sirve. ¿Y qué queda de Wikileaks? En el caso de El País un gran éxito como filtración y un gran fracaso en cuanto al tratamiento.

Y en mi opinión, también en el plano comunicativo. Seguramente es la primera vez que El País incurrió en semejante campaña de autobombo para luego cortar por lo sano.

No creo que fuera la primera vez, porque el autobombo… No seré yo quien tire la primera piedra después de haber trabajado treinta años allí. En El País hemos tenido siempre un elevado concepto de nosotros mismos, las cosas como son. ¿Para qué nos vamos a engañar? En parte con razón y en parte sin razón. Ahora algunos nos reprochan que intentemos convertir en el ombligo del mundo el despido de 129 personas, después de haber callado cuando ha habido operaciones similares en otros medios, incluyendo algunos del grupo. No les falta razón. En todo caso, entrar en el grupo de periódicos que tuvo acceso directo a los materiales de Wikileaks fue un gran éxito periodístico. Es lógico que los diarios, El País o cualquiera, pongan en el escaparate, sin excesos, sus propios éxitos.

Mi impresión es que si este tipo de movimientos burdos sorprenden en cualquier lugar, mucho más en una empresa periodística, precisamente porque resultan comunicativamente ineficaces y hasta contraproducentes.

Claro. Mira, durante esta crisis ha trascendido poco una reunión que mantuvo el director de El País con el comité de redacción. El comité le preguntó si pensaba dimitir, después de que la asamblea de trabajadores se lo pidiera formalmente en una carta. Y Moreno, según el acta del comité de redacción, respondió: “No voy a dimitir, tengo el respaldo pleno del Consejo de Administración del periódico y del grupo, que son ante los que respondo de mi gestión”. Me cuesta pensar en otro director de un gran periódico europeo capaz de responder aportando esas razones. Algunos lo pensarán, pero no son tan tontos de decirlo. ¿Por qué? Porque se produce una fractura con la redacción. Estás diciendo que diriges un periódico como si fuera una fábrica de tornillos —con todos los respetos para los trabajadores de la metalurgia que se dedican a hacer tornillos—, pese a que la redacción de un periódico sea un equipo fundamentalmente intelectual que no produce resultados mecánicos, sino que genera criterios de información y puntos de vista. Si te debes en exclusiva a la propiedad, no puedes dirigir una redacción. Y si afirmas que quieres dirigirla así, como un capataz, estás renunciando a cualquier tipo de autoridad profesional o moral. Y lo peor de todo es que cuando lo hace no miente. Refleja a la perfección el papel que él juega en el periódico.

Precisamente Soledad Gallego-Díaz nos dijo que una de las cosas que diferenciaba a El País cuando nació fue el respeto a “la separación entre la redacción y la propiedad”.

Es una declaración muy interesante y muy cierta. Una de las características de El País fue esa, separar la redacción de la empresa. Pero ya no es así. Y se puede comprobar volviendo a este deleznable texto [consulta el editorial A nuestros lectores en un ejemplar de El País]. Casi hacia el final de él hay algo terrible. Se explica al lector que El País es un caso único en el mundo por el sistema de garantías de que disfruta la redacción respecto a los dueños. Y se lleva la soberbia del señor Cebrián, por cierto, al extremo todavía más increíble de afirmar que todas estas garantías se desarrollaron por iniciativa suya y no a demanda de los periodistas. Al margen de que sea un insulto a la inteligencia, en el penúltimo párrafo se explica que “una empresa como El País se debe, como cualquier otra, a sus accionistas, y en nuestro caso ellos saben que su propiedad no incluye el derecho de información de los ciudadanos”.

¿Y no es cierto?

Hay un ejercicio que cualquiera puede hacer en casa. Como todos los lectores saben Prisa está hoy en manos de un fondo buitre estadounidense, Liberty, que dirige un millonario germano-estadounidense, Nicolas Berggruen. Si el lector se toma la molestia de ir al a web de El País y escribir correctamente el nombre de Nicolas Berggruen en el cuadro de búsqueda encontrará que, desde mediados de 2010, cuando su fondo aportan 650 millones de euros y entra como copropietario en Prisa, el diario ha publicado una media docena larga de artículos suyos sobre las más variadas temáticas: la democracia, el comité de ideas a largo plazo para California, Costa de Marfil como ejemplo de mal gobierno, fragmentación de la eurozona, claves del G-20… El señor Berggruen se convirtió de repente en un oráculo, un articulista de lujo del que se publican artículos a página entera desde mediados de 2010, cuando metió dinero en El País. Al margen de las muchas informaciones en las que se habla de él y de su grupo, claro, incluida una entrevista que un subdirector del periódico fue a hacerle a Bruselas, nada menos. Antes de esa fecha, esa persona simplemente no existía. El País de Juan Luis Cebrián y de Javier Moreno llama a esto “independencia completa de la redacción frente a los accionistas”.

Dices “El País de Juan Luis Cebrián y de Javier Moreno”. ¿El timón de El País es hoy un tándem de dos personas?

Es que lo que está pasando no se entiende sin la personalidad de Cebrián, para empezar, y sin la gestión ruinosa que ha hecho de Prisa. El grupo sufre un endeudamiento descabellado y sus empresas son una máquina de producir beneficios para pagar los intereses de los bancos y del fondo Liberty del señor Berggruen. Eso es lo que priva a la empresa de El País de un margen de maniobra mínimo para buscar recursos de recapitalización y reestructuración interna del periódico sin recurrir a la atrocidad de poner en la calle a 129 personas. Eso en el grupo, fuera de El País. Dentro de este, la figura clave es Moreno, un director que representa una tremenda ruptura. El diario ha tenido cuatro directores y los tres anteriores eran indiscutibles. El primero, el propio Cebrián, el fundador, un gran periodista, cosa que no vamos a olvidar aunque ahora se haya convertido en el lamentable personaje y gestor que conocemos; el segundo, Joaquín Estefanía, que en los primeros años de El País vertebró la información económica, seguramente el sector más difícil, y con una larga historia personal de lucha contra la dictadura; el tercer director es Jesús Ceberio, que es un hombre de la casa y un profesional con una carrera indiscutible en el periódico, cuyas crónicas desde Iberoamérica se siguen considerando en la redacción, y con razón, de lo mejor que ha publicado este periódico en treinta y cinco años. Y llegamos a Javier Moreno. ¿Quién es Javier Moreno? ¿De qué historial profesional procede? ¿Qué consenso suscita en la redacción? La historia de Javier Moreno es triste y muy sencilla: Javier Moreno está en la dirección porque es el hombre al que no le tiembla la mano al hacer lo que está haciendo. A las pruebas me remito. El País le mandó de corresponsal a Alemania y a los treinta días le pidió que volviera para encargarle la dirección de Cinco días. ¿Por qué? Porque en Cinco días había un director, Félix Monteira, que después de reflotar el periódico se negó a empezar a despedir gente cuando hubo que hacer mejores cifras. Y como él se negó buscaron a alguien que estuviera dispuesto a hacerlo: Javier Moreno.

Hemos hablado de cómo El País ha llegado a esta situación, y te pido ahora que hablemos de cómo se presenta el panorama en el futuro, tanto para el diario como para el conjunto de la profesión. Cuanto te fuiste de allí en 2011…

No, no me fui, me echaron.

¿No hablamos de “despedir”, sino de “echar”?

Echar, echar. Era redactor jefe de cierre y en una huelga, en diciembre de 2008, dos redactores jefes nos negamos a trabajar. Yo no voté la huelga, ni a favor ni en contra, pero una vez aprobada de forma legítima por la mayoría de los trabajadores creí que debía respetarlo. Hubo presiones y amenazas para trabajar, pero me negué. Y me pusieron en una lista de espera. Dejaron pasar el tiempo, me destituyeron como redactor jefe de cierre sin explicación y me situaron en una esquina de la redacción sin nada que hacer, durante un año. Es lo clásico si quieres echar a un periodista: ponerle en una esquina sin nada que hacer para matarle de aburrimiento y de vergüenza. Y después me dijeron que si quería negociar. Y lo hice, claro, pero sobre la base de que me estaban echando. Tengo una carta de despido improcedente. La empresa puede decir que fue el resultado del pacto, y formalmente es verdad, pero yo puedo decir que ese pacto es el resultado de tenerme un año mano sobre mano contemplando el empedrado. No he sido el único. El País lleva echando gente mucho tiempo. No es casual, responde a un plan.

¿Y cuáles son los objetivos de ese plan?

Desembarazarse de una gente que, como tiene una carrera prolongada, disfruta de salarios altos. Gente que pertenece a otra generación y cuyos valores, quizá más críticos, ya no interesan. Eso que ha dicho Juan Luis Cebrián de que los periodistas entran en la tercera edad a partir de los cincuenta años no es nuevo. Y en el caso de Javier Moreno es una obsesión. Pere Rusiñol, un magnífico periodista que se fue de El País a la aventura de Público y que terminó participando en la creación de la revista satírica Mongolia, ha contado alguna vez que le hicieron redactor jefe de Sociedad después de resistirse durante mucho tiempo. El director, Javier Moreno, le llamó y le explicó que su objetivo era librarse de la generación anterior. Y como programa para la sección de Sociedad le propuso que pensara en cada momento que haría otro redactor jefe muy respetable, al que acabaron enseñando el camino de la puerta, para hacer exactamente lo contrario. El País lleva tiempo arrinconando a profesionales uno por uno y echándolos bajo capa de prejubilación. Con indemnizaciones razonables, en otros tiempos, ahora ni eso. Ahora el desmantelamiento de la legislación laboral permite a El País, envuelto en la bandera del progresismo, echar a gente a la calle pagándoles menos de un año de salario de indemnización.

Antonio Orejudo escribió un artículo titulado La esquela de El País donde se lamenta del fin del periódico. ¿Crees que hablamos de su muerte o de una mácula que podrá superarse?

Muchos tememos que sea el principio del fin por una razón: esto es una operación suicida, y cuando alguien intenta suicidarse suele conseguirlo. Si en medio año El País no vuelve a ser la máquina de generar beneficios que fue —y no lo va a ser, entre otras cosas porque utiliza la web de forma sistemática para devaluar lo que vende, el papel— habrá otro ERE y liquidará a otra parte de la plantilla. Y además, la gestión de esta historia ha sido tan ciega y absurda que ha arruinado la credibilidad del periódico. Una treintena de colaboradores —encabezados por un premio Nobel y con la firma de Javier Marías, de Maruja Torres o de Jorge Edwards— han denunciado en una carta el peligro de desnaturalizar el proyecto fundacional, y el periódico ni siquiera la ha publicado. Solo alude a ella de refilón y para descalificarla. El golpe a la credibilidad es irreversible. Han utilizado el periódico contra los trabajadores, han demostrado que se puede falsear la realidad cuando están en juego los intereses de la empresa y a partir de ahí muchos nos preguntamos, legítimamente, por qué van a ser más fiables cuando hablen de otras cosas que cuando hablan de los propios intereses.

¿Cómo se puede despedir a un tercio de la plantilla para, y no a costa de, “mejorar los estándares de calidad”, como ha dicho Moreno?

No se puede. Eso es la verborrea cínica con la que se envuelven estas cosas. Dice que no se trata de hacer el mismo periódico con menos gente, porque eso es imposible. Pero entonces , ¿qué periódico va a hacer? La única pista la dio en una entrevista en el Frankfurter Allgemenie Zeitung. El periodista alemán le pregunta a Moreno cuál es el futuro del periódico y él responde: “menos papel y más Internet”. Es la única pista. ¡Y eso también es terrible! Que el director de una gran diario convierta la dialéctica papel-Internet en una ecuación cuantitativa demuestra que no tiene ni idea de lo que tiene entre manos. Con los medios electrónicos atravesamos una gran mutación en el oficio —no hay más que ver vuestra publicación, por ejemplo—, aunque aún no sabemos cómo va a ser el punto de llegada. El papel de un director es asegurar esa transición y garantizar que, si mañana el periódico deja de publicarse en papel y se difunde solo por Internet, llegue íntegro, con su redacción, con su posición, con su capacidad para producir noticias, reportajes e historias que justifiquen que el lector que antes iba al quiosco entre ahora en tu web y pague, porque si no todo se viene abajo. Si eso es así, ¿qué más da que el periódico se difunda por Internet, en papel o por tam-tam? Nos trae sin cuidado. Lo que queremos es que el periódico siga siendo lo que es. Que nos dé la visión de la realidad que nos da cada día. Todo esto Moreno lo reduce a “menos papel y más Internet”. Asombroso.

Estoy contigo, porque no es la primera vez que se oye. Una cosa es que tengamos la certeza de que Internet lo va a revolucionar todo, de que ya lo está haciendo, y otra es incurrir en un mesianismo absurdo que diga “Internet y punto”, sin más.

El término es justo. Es un mesianismo que produce un odio al diario de papel absolutamente injustificado. Han construido una leyenda en virtud de la cual el papel es un modelo industrial obsoleto con bobinas de papel, rotativas, transporte, quioscos, corresponsales, redacción… mientras que Internet es el modelo industrial del futuro. Lo que no dicen es que las empresas cargan todos los gastos al papel, que a su vez genera casi todos los ingresos, y de esa manera Internet apenas tiene costes. Por eso no pueden suprimir el papel. Mientras tanto, se dedican a denigrarlo. Cebrián va a Jot Down a decir memeces absolutamente increíbles, como que el periódico es incómodo y que la tinta mancha los dedos… También podríamos hablar del consumo energético de los servidores informáticos, por ejemplo, pero es que eso no es lo que define un periódico. Y menos a El País, que pide al lector que vaya al quiosco a pagar 1,30 euros por el ejemplar en papel cuando ha podido leerlo todo gratis, o casi todo, en la web la tarde anterior. Es milagroso que todavía haya más de 300.000 personas que paguen la suscripción o vayan al quiosco. Cada día me pregunto cómo es posible. Les tratamos como tontos, les vendemos algo devaluado que lleva muchas horas colocando en la web y, sin embargo, siguen pagando. Y de eso vivimos todos: los del papel y los de la web.

Me imagino que estás al corriente de la tendencia que se observa estos días en medios extranjeros a sacar el caso de El País como metáfora de, precisamente, el país. Me parece curioso, habida cuenta de que el diario ha jugado precisamente a eso, a mimetizarse con la propia historia reciente de España y a presentarse como símbolo, si no como agente activo, de la democratización.

El caso tenido un enorme eco en la prensa francesa y británica y de forma muy destacada en la alemana. El País ha sido un emblema de la España de la Transición y de pronto se ha convertido es símbolo del capitalismo de rapiña que se ejerce en este país. Su historia represente bien lo que ha ocurrido en España, que estaba supuestamente a la cabeza del progreso europeo y universal y que, de repente, no puede pagar las pensiones, el seguro de desempleo o los medicamentos porque resulta que tenía los bolsillos llenos de agujeros. Es una metáfora del país. Antes para bien, ahora para mal.

Y todo el proceso se convierte, a su vez, en metáfora de la percepción que se tiene últimamente sobre la propia Transición, algo muy celebrado durante años y que ahora se ve con más escepticismo.

Es cierto. Y a cuya magnificación ha contribuido El País. No se trata de negar ahora que la Transición permitió pasar sin violencia excesiva de la dictadura a la democracia, pero tuvo unos límites que hicimos como que no veíamos. Y El País ha contribuido a ellos entre otras cosas porque era parte integrante de ese proceso.

Ramón Lobo rescató para el lector dos frases que por lo visto son muy tuyas y que se oyeron con frecuencia cuando eras redactor jefe de El País. Una es “¿esto es un innovación o una cagada?”, y la otra, “estamos mal y empeorando”.

Es que hubo un momento, singularmente desde que llegó Moreno al timón del periódico, en que la innovación y la cagada se confundían. Habíamos perdido el hilo conductor. Veías algo y no sabías si era un hallazgo o un error y tenías que preguntar, irónicamente, claro, para poner en cuestión algunas cosas. ¿Y lo segundo era?

Que “estamos mal y que empeorando”.

En realidad es una expresión que circula por ahí, aunque la formulación no es exacta. La expresión que utilizábamos algunos en la redacción de El País para pedir un poco de calma era “la situación es desesperada pero no grave” (ríe). No sé si es de los Hermanos Marx, pero me hace ilusión pensarlo. Merecería serlo. En un lugar como una redacción, donde el error acecha a cada momento, hay que relativizar las cosas. Es la clave para evitar que el error llegue al lector. En ese proceso alocado, pero al mismo tiempo muy reglado y muy metódico que es la redacción de un periódico, de vez en cuando conviene decir esto. La situación es desesperada, pero no grave. A ver si guardamos la calma.

También se ha dicho que representas un tipo de periodismo impreso que estamos perdiendo. Te quería preguntar si te sientes a gusto en ese papel.

No, en absoluto, pero porque no creo que el modelo se esté perdiendo. Está evolucionando y se perderá si las empresas lo afrontan con criterios absurdos y descabellados como “menos papel y más Internet”, pero lo de que el periodismo esté desapareciendo, en absoluto. Está cambiando, no siempre para bien, pero cambiando. Es verdad, por ejemplo, que las nuevas tecnologías invitan a la pérdida del sentido crítico que ha sido siempre consustancial al periodismo. Me explico. Hace veinte años, un periodista que se limitara a publicar los comunicados que recibía de una empresa sería considerado un pésimo profesional, y hoy se tiene mucha más indulgencia con eso. Hay quien se dedican a reseñar lo que la gente dice en sus perfiles de Twitter y Facebook, sin más. Esto implica que los que quieren ser noticia son los que deciden qué se cuenta y cuándo se cuenta. La fuente de la noticia siempre pretende condicionar lo que se publica y ahora con más frecuencia lo consigue. Eso es un efecto negativo.

O sea, que hablamos de efectos secundarios, pero no de un cambio radical en la profesión.

Una redacción es un núcleo de convencimientos comunes que utiliza como prisma a través del que sigue la realidad. Eso es el periodismo, desde que se crearon los periódicos como gacetillas de avisos: un núcleo de valores compartidos que se utiliza como un prisma para abordar la realidad. Y eso no está en peligro de desaparición. Está, eso sí, en evidente transformación.

Veo que evitas echar la culpa al relevo generacional, como sí hacen muchos otros periodistas veteranos.

No es que lo evite, es que no creo que haya un problema generacional. La forma de abordar la liquidación de una generación en El País por parte del actual director, Javier Moreno, tiene, entre otras motivaciones, la de sustituir a profesionales bien pagados con años de carrera por profesionales mucho peor pagados. La industria tradicional se traslada a China o a Tailandia. Los periódicos todavía no pueden hacer ese traslado, así que lo acometen de forma interna, sustituyendo a profesionales acreditados que salen caros desde una perspectiva puramente mercantil por profesionales jóvenes mucho peor pagados, que no tienen culpa de nada de lo que está pasando y que son víctimas de la situación.

Eso ocurre quizá en todo los órdenes. ¿Hace más daño en el periodismo?

Pongamos un ejemplo, quizá menos conocido para el lector común, y que cada cual saque sus propias conclusiones. El País ha echado a los dos cronistas de asuntos judiciales que son simplemente un referente nacional. No se puede entender la información judicial en la España de los últimos quince años sin la firma de estas dos personas, Txetxo Yoldi y Julio Martínez Lázaro. Ellos sacaron a la luz el escándalo del caso Dívar, para que te hagas una idea. Una compañera de El País decía el otro día en Twitter que en Estados Unidos le habrían dado el Pulitzer, mientras que en España les echan a la calle a través de un mensaje de correo electrónico anónimo con una indemnización irrisoria. ¿Por qué les echan? No porque sean malos, sino porque no son rentables en términos contables, estrictamente mercantiles. Las empresas solo quieren gente a la que pagar menos.

Es decir, que estamos convirtiendo lo que debería ser un relevo en una sustitución.

Exacto. ¿Y qué es lo peor? La supresión de la dialéctica entre generaciones. Es una ausencia que empobrece de forma irremediable cualquier redacción. Yo entré por primera vez en un periódico en El correo de Andalucía. No llevaba pantalón corto, pero casi, y los que saben de esto entenderán lo que digo; era el último diario de España que fundía las tejas de plomo para la rotativa en un horno de leña. En aquella redacción la mayoría de la gente era mayor y, sin embargo, funcionaba, porque también había gente joven, rompedora, y había algo imprescindible: una dialéctica entre generaciones distintas. Una redacción es un prisma para abordar la realidad. Pues bien; ese prisma no puede corresponder a un grupo de edad, a un núcleo de intereses o a una forma de entender las cosas. Es el intercambio, la discusión y a veces la confrontación lo que enriquece el trabajo colectivo. En España lo que se está produciendo es un relevo generacional forzado y dirigido a abaratar salarios que empobrece las redacciones, que destroza esa dialéctica. El problema no son los jóvenes profesionales, sino la pérdida por el periódico del sentido crítico, en particular en algunas áreas informativas.

¿En qué áreas, por ejemplo?

La tecnológica es una muy evidente. A mí me parece magnífico que los diarios tengan unas páginas dedicadas cada día a lo que El País llama Pantallas para hablar de televisión, de telefonía móvil, de videojuegos, etcétera. Pero en ocasiones está todo escrito como si fuera una revista de videojuegos. Que serán estupendas para su público, pero ¿eso es lo que debe ofrecer El País a sus lectores? ¿Cuando se habla de teléfonos móviles, de tabletas o de ordenadores, hay que abandonar toda perspectiva crítica y convertir el periódico en un mostrador publicitario donde se enumeran las características de los chismes como si el objetivo fuera vender en los Ocho días de oro de El Corte Inglés? El problema no es que lo escriba o no gente joven, el problema es que el periódico ha abandonado toda distancia, todo sentido crítico.


Fotografía: Manuel Fernández -Valdés


Año I después de JD

Hace un año Jot Down Magazine veía la luz por primera vez dando vida a un proyecto fraguado entonces por unos pocos. Si los negocios más rentables del siglo pasado nacieron en un garaje y esto es augurio de éxito, nosotros hemos de tener mayor fortuna porque, a falta de garaje e incluso de plaza de parking, nacimos en la calle. Y a la calle la llamamos 2.0.

Desde nuestras primeras entrevistas a Ferran Adrià, Julio Anguita, Faemino y Cansado o Michael Robinson hemos publicado 131 a personajes de lo más diverso. Entrevistas cuya extensión épica se ha convertido en emblema y, por qué no decirlo, motivo de chistes sobre colmos en las redes sociales. Para los curiosos, el récord de la entrevista más extenuante se halla en poder de David Gistau con sus 14.427 palabras. El tiempo de grabación de cada entrevista ronda las dos horas, durante su realización se consumieron aproximadamente 320 cervezas, 200 cafés, 50 gin tonics y un poleo menta, se sacrificaron tres corderos y siete transcriptores, se quemó una grabadora y se ahogó un iPod, se preguntó por Mourinho en seis ocasiones más que por The Wire y en cinco menos que por las constantes vitales del periodismo.

En esta web hasta el momento hay 1.232 entradas publicadas que han recibido 12.427 comentarios. Nos han tildado de coolés, mourinhistas, progres, cavernarios… y, sobre todo y a falta de encontrar otra casilla, gafapastas. Lejos de ofendernos, interpretamos que acusarnos de todos los extremos nos sitúa en un terreno neutral, pues en definitiva no somos nada, que nuestros lectores sienten suya Jot Down y les duele verla con el enemigo, sea cual sea su naturaleza. La gran mayoría de los comentarios han sido elogiosos y queremos agradeceros vuestro seguimiento. Nosotros también os leemos y tomamos nota de vuestros comentarios aunque en ocasiones no respondamos, como en el caso de las entrevistas, en las que desde un principio consideramos oportuno que los redactores no participaran en los comentarios ya que los protagonistas son los entrevistados.

Gracias a 1.346.095 de visitantes únicos absolutos que se acercaron a nosotros 3.162.388 veces para ver 6.100.089 páginas, la mayoría españoles, seguidos por ingleses, siendo Londres con sus cerca de 30.000 visitas la ciudad que más nos lee fuera del territorio nacional, por delante de muchas ciudades patrias. Buenos Aires y México DF también cuentan con un importante número de seguidores. Los madrileños suman más visitas que las seis siguientes ciudades juntas: Barcelona, Valencia, Sevilla, La Coruña, Bilbao y Málaga, y son los que más páginas leen por visita junto a valencianos y parisinos.

Pero no todos los datos son motivo de celebración. Si bien nos han llegado visitas de 191 países, contemplamos con consternación que ni un solo habitante de Benin, Chad, Tayikistán y Corea del Norte ha considerado digna de atención nuestra revista digital. Nacimos en la calle, sí, pero nuestra ambición es dominar el mundo. Sospechamos que por este motivo el ministerio que más nos sigue es el de Defensa y el que menos, el de Economía. Por otra parte, nos apena el escaso número de visitas que recibimos de los funcionarios de Educación y Ciencia y esperamos que aumente cuando consigamos que D. José Ignacio nos conceda una entrevista.

Para celebrar esta andadura publicamos un número especial en papel con artículos inéditos y entrevistas a  Xabi Alonso, por Íñigo Gurruchaga, y Arturo Pérez-Reverte, por Enric González. Un ejemplar fiel al nuestro estilo en blanco y negro, con una edición mimada al detalle y sin una sola página de publicidad en el que escriben, fotografían e ilustran nuestros colaboradores habituales junto a firmas invitadas entre las que se encuentran: Antonio Muñoz Molina, Antonio Orejudo, El Roto, Iñaki Uriarte, Maruja Torres, Santiago Segurola, Juan Abreu, Diego Manrique, Martí Perarnau, Soledad Gallego-Díaz, Pablo Amargo, Juan Gómez-Jurado, Mario Conde, Antoni Daimiel, Ramón Besa, Javier Pérez de Albéniz, José Larraza, Jordi Pérez Colomé, Javier Espinosa, David Jiménez, Sean Mackaoui, Raúl Román, Isidro Ferrer, Arnal Ballester, Bernardo Ortín, Walter Oppenheimer y Flavio Morais. Siempre a contracorriente desde que comenzamos a publicar artículos extensos ignorando todos los estudios de mercado, damos un paso más allá y no solo no hacemos recortes, sino que las 230 páginas que anunciamos se han incrementado hasta llegar a 280 páginas por el mismo precio, una sucia maniobra a traición que es toda una declaración de intenciones de lo que será nuestro próximo Reinado del Terror.

Estará en la calle en la primera semana de junio en distintos puntos de venta de Madrid, Barcelona, Valencia, Bilbao y Sevilla. También se puede adquirir  ya en esta misma web mediante reserva para que os la enviemos a casa junto a dos regalos que en las librerías no estarán disponibles.

Un año de intenso trabajo y muchas satisfacciones que celebramos con vosotros y un nuevo año en el que esperamos sorprenderos con novedades,  publicar una versión en inglés, ofreceros eBooks en nuestro store y continuar con nuestra locura metódica.

 


Maruja Torres: “El periodismo está propiciando el miedo de la sociedad”

De el Chino, o el Raval, a la Diagonal hay poco más de un cuarto de hora, si uno es de piernas impacientes. Pero también hay más de cuarenta años de periodismo. Maruja Torres bien lo sabe. En su bloque de pisos del Ensanche tiemblan con la leyenda de una banda de mafiosos caucasianos que vive al acecho. Así ella baja al portal aguerrida y nos abre. En su casa ladra Tonino, un perro viejo entre tinieblas, borgesiano. O sea que anda mal de la vista. La periodista ofrece cola light y aceptamos dignamente. Empezó en la secretaría y se ha currado todos los palos del periodismo. De la prensa nicotinosa y mortecina de Cara al Sol al férreo reporterismo y la corresponsalía valiente, de la frívola salsa rosa con picantón al púlpito feroz del yo opino. Pertenece al club privilegiado de los bendecidos con los premios Planeta y Nadal. Disfruta con la ficción, dándole marcha a su alter ego Diana Dial. Revisita el cine añejo en DVD con la pasión de aquellos aficionados a la ópera que saben que Verdi es su último refugio. Utiliza una botella vacía de Macallan de doce años como florero. Conoce el pertinaz odio de los enemigos y es leal con los amigos. No se corta un pelo a estas alturas del partido. Más allá de sus quevedos de acolchada montura y al final de una pícara mirada, brilla el fiero hierro de una faca. Las vecinas del barrio la llaman aún “nena”.

Lo has relatado en “Mujer en Guerra”, también en algunos artículos y entrevistas, pero cuéntanos cómo fueron los inicios.

Fueron inesperados. Yo era secretaria, como sabrás, y una mecanógrafa muy trabajadora que “laboraba” como un burro. Los inicios fueron casuales, aunque leía mucho. Supongo que desde la adolescencia, cuando conocí a Terenci [Moix], quería ser novelista. Por suerte, el periodismo se inmiscuyó en mi camino, porque a la novela he llegado gracias al personaje Maruja Torres-periodista, que me ha nutrido mucho. Era una gran lectora de lo que se podía leer entonces, sobre todo en un hogar pobre. Leía las crónicas de Josefina Carabias en El Noticiero Universal, que las hacía desde Washington y París, y a Martín Girard, que resultó ser Gonzalo Suárez, con sus estupendas crónicas de vestuario de fútbol. Leía y sin saberlo estaba buscando un estilo, buscaba hacer las cosas de una forma personal, implicándome y con un punto de vista diferente. Entonces entré en la Prensa del Movimiento, facción nocturna, de secretaria del director, y allí tenía un consultorio sociológico, muy serio, Carmen Kurtz. Kurtz, como el…

…El capitán de la novela de Conrad.

Sí, yo venía del mundo de los trabajadores que llenábamos blocs para un tío que nos dictaba una carta tras otra sobre la nueva dirección de la fábrica en, por ejemplo, Cerdanyola, y cuando decía “erecciones”, miraba así [parodiando una mirada concupiscente], a ver si las mujeres reaccionábamos. Así que me pareció un placer pasar a ser secretaria del director y esclava de la titular de la página femenina, que no te la puedes ni imaginar: niños, pañales, recortes… Lo único animado que tenía era el mundo de la moda, que lo llevaba la jefa, porque así recibía modelitos gratis. Y también le llevaba las cuentas al gerente por las tardes y los domingos recogía las crónicas de fútbol de segunda y tercera división: [impostando un acento catalán digno del humorista Eugenio o del Sazatornil de la Escopeta Nacional] “Señorita, el Sabadell una vez más ha vuelto a perder por culpa del árbitro. El equipo visitante con un sucio juego, etcétera…”. Pero eso me permitió vivir la vida nocturna de domingo en una redacción de tíos. Y ahí es donde conocí el oficio. Un oficio para disfrutarlo. De hecho, para disfrutar lo mismo en la vida sin ser periodista sólo podías ser mujer de alterne. Trabajar en un periódico te hacía golfa oficial, pero oficialmente eras respetable.

¿Como Rosalind Russell en Luna Nueva?

Fíjate que a mí todavía hay gente que me sigue llamado Hildy (Ríe)

Antes del ingreso en Fotogramas, ¿qué hubo?

Hice una jugada astuta. A la larga, porque a la corta me salió rana. Llevaba más de un año trabajando en La Prensa y estaba del Movimiento hasta muy arriba, porque me mandaban a hacer número y figuración cuando venía un ministro del régimen, como Solís o así, a echar un speech a los trabajores del tipo: “Nosotros tenemos los cojones cuadrados, ¡qué nos tiene que enseñar Europa!”. Llegaba yo allí, y apuntaba “tenemos los cojones cuadrados”. Se lo llevaba al director, quien rompía el papel y añadía: “Alejandro Muñoz Alonso acaba de mandarme la versión oficial”. “¿Y por qué he ido?”. “Porque queda bien que alguien esté allí tomando notas”. Estaba bastante harta, la verdad. Me apetecía mucho entrevistar a Elisenda Nadal, directora in pectore de Fotogramas, y pensé que si le gustaba lo que yo escribiera, quizá me contrataría. Hice una bonita entrevista y me contrató, pero para la publicación de su madre, Garbo, prensa del corazón (Ríe). Sin embargo, Elisenda empezó a darme colaboraciones para Fotogramas, que yo tenía que hacer en el horario de Garbo. Entonces venía la madre, la señora Nadal, y me decía: “¡Què fas, estás trabajando para mi hija!” Y yo ponía cara de póquer, pero Elisenda terciaba: “Ha sido ella, que me lo ha pedido”. La otra, aterrada, me denunciaba (Ríe).

Dices además que en Fotogramas aprendiste a escribir como hablas.

Claro que sí. Recuerdo que lo primero que me encargaron fue una pieza sobre “Las chicas Bond”. “Fes un reportatge de las chicas Bond”. ¡Qué hago!, pensé. Vengo de escribir de bebes, pañales y cosas así. Y sobre lo bonita que es la primavera en columnas de opinión de la página femenina. “¿Y cómo lo escribo?” “Collons, escribe como hablas, que te entienda la gente”, me respondió Elisenda, que ahora es una de mis mejores amigas. Y así empecé.

¿Luego vino la etapa Por Favor?

Estaba en Fotogramas y hacía otras colaboraciones. Fija, lo que se dice fija, no he estado nunca en ningún sitio. Lo mío siempre ha sido un pluriempleo permanente. Era como ahora pero no nos planteábamos el futuro. Quizá porque el presente ya era muy entretenido. Pasaban muchas cosas y teníamos mucho que hacer. En el edificio de Fotogramas, cuando pasamos a la Rambla, teníamos la delegación de Información y Turismo, y bajábamos con las pruebas (Ríe). Pero cuando empecé, en el mítico edificio de La Vanguardia, que por detrás da a la calle Talleres, llegó a haber Dicen, Destino, Gaceta Ilustrada, Fotogramas, Garbo,La Vanguardia... Enfrente estaba El Papus, en la Plaza de Castilla, donde hubo el atentado. También colaboraba en El Papus. Pero Vázquez Montalbán me contrató para Por Favor, en un ascensor, poniéndose así [ladea el rostro y encoge los hombros], porque era muy tímido: “No hay muchas mujeres que tengan sentido del humor”. Y yo le respondí: “Motivos no tenemos”. “Me gusta lo que haces en Fotogramas”, acabó reconociendo. Me supo muy mal cambiar, porque yo quería mucho a Ivá, a Óscar y a toda la gente que estaba allí. La gente más golfa estaba en El Papus y era una forma de vida. Luego Por Favor también lo fue. Presentamos la revista la noche en que recibimos la noticia de que iban a ejecutar a Salvador Puig Antich. Estaba Luis del Olmo presentando y Manolo [Vázquez Montalbán] agarró el micrófono y dijo que la revista era de humor político, que salía para denunciar al Régimen y las atrocidades que estaba cometiendo. Y allí ya quedamos marcados.

La nómina de Por Favor era un lujo: Perich, Forges, Marsé, el propio Vázquez Montalbán…

Sí. Forges era el que lo negociaba todo. Si alguna vez necesitas que alguien te negocie un contrato habla con él. Bueno, no sé si en el mundo actual sirve, porque en el mundo actual nadie puede negociar nada (Ríe). Marsé siempre ha sido un tío que escribe lo justo, pero estaba allí todas las tardes porque nos lo pasábamos muy bien. Primero parían, y luego empezábamos a confraternizar y acabábamos todos tomando copas en el bar que hubiera. Luego, por la noche, te ibas al Sot, en la calle Diputación, y estaban los mismos mas cincuenta.

¿Coincidió con la época mítica de Boccacio?

Sí, pero las noches se acababan muchas veces en la Estación de Francia, porque era el único bar que estaba abierto (Ríe).

Por la mañana, como quien dice.

Sí, estaba el quiosco de la Plaza Palacio, que existía entonces, y tomabas un chinchón. Te habías tomado la cazalla en el Arco del Teatro. Y después estaba Bocaccio, el Jazz Colon, el Kit Kat de la calle Escudillers. Había muchas cosas y éramos jóvenes.

Es curioso, el periodismo se ha vuelto abstemio.

¡Oh! Abstemio y silencioso. Recuerdo la redacción como un lugar de ebullición. Yo, la verdad, es que ahora no frecuento las redacciones al igual que no frecuento a los escritores, por prescripción médica. De uno en uno, sí. Conocí El País cuando estaba muy vivo, cuando había redacción, esas luchas típicas de los periódicos, esas injusticias que hay en el periodismo, que son muestra de transfusiones de sangre. Había quien te puteaba y llorabas, pero todo eso no quería decir nada. Si eras bueno, eras bueno.

De hecho, eres de los pocos que se han ido de El País y han vuelto.

Creo que soy la única que volvió sin el rabo entre las piernas, para hacer lo que quería y cobrando el triple. Salí de El País para conservar mi estilo. Había mal ambiente respecto a mí, porque un jefecillo se creía que yo iba a ser jefe, que las animaladas que yo hacía y le discutía eran porque quería quitarle el sitio. Nadie que me conozca puede decir que yo jamás haya querido ser jefe de nada. Sólo he aspirado a tener buenos jefes, y sabe Dios que es más difícil tener buenos jefes que ser jefe. Mucho más difícil. Entonces todo se fue envenenando y empecé a traducir teletipos. Y, claro, yo era un peso pesado. Tenía mis propios lectores y me estaba deprimiendo mucho. Hasta que un día dije basta y me fui. En ese momento empezaron a lloverme las ofertas, pero antes de las ofertas me aterré porque no había nadie que hubiera dejado El País. Era como arrojarse a las tinieblas. Hice cola en la planta sagrada para despedirme de Cebrián pero no me recibió. Le dejé una nota muy mona, y cuando me contestó yo ya estaba en Cambio 16. A partir de ahí empezó el cortejo.

En Cambio 16 hiciste unos reportajes muy novedosos en la época al estilo de Günter Wallraff.

Sí, Pedro José [Ramírez] tiene una cosa muy buena: es un periodista de reacción inmediata. Si hay un tema lo ve y te manda. Otra cosa es que luego sea un falsario cuando publica (sonríe).

Dicen que es un periodista de raza.

Es un periodista de raza. Y siempre tendré que agradecerle el hecho de que a mí me hicieran fija en El País, porque él me hizo una oferta para Diario 16. Se lo dije entonces, y cuando aún nos hablábamos siempre me lo reprochaba. Las cosas como son. Aunque luego no sabías lo que publicaría cuando le mandabas algo. Era tan amarillista como se ha vuelto en general toda la prensa hoy.

¿Tal vez fue también un pionero en eso?

Fue un pionero, sí.

Hablando de Pedro J. Ramírez, se produjo el caso del vídeo.

Estoy completamente en contra de que se hiciese y de que se publicara. Es más, Jesús Ceberio, en las reuniones, dijo que no se hablaría del caso en El País. Algo que no hubiera hecho Pedro Jota si Cebrián hubiese sido el sorprendido en un vídeo. Vamos, lo tengo clarísimo.

¿Sí?

Sí. Lo tengo muy claro. Trabajé para Pedro J. en Cambio 16, y allí se ponía a parir al diario El País y a Polanco gratuitamente, sólo por envidia. No en el Cambio 16 de Juan Tomás de Salas. La persecución a El País, en cualquier caso, empezó mucho antes de El Mundo.

Si no recuerdo mal, fuiste de las pocas periodistas en El País que escribió una columna denunciando la doble moral de la izquierda a propósito del vídeo.

¿Crees que fui yo?

Mmmm… pues creía que sí.

Creo que no fui yo. De ese tema pasé. Pero una vez, cuando tenía una sección dominical, dije que cómo era posible que se hubiese grabado un vídeo de la vida sexual de Pedro J. pudiendo haber grabado la decoración de Agatha Ruiz de la Prada de la casa donde vivían. 

Más sutil.

Sí, eso es más propio de mí. Eso de la doble moral debió de escribirlo… No te voy a decir quién. En cualquier caso, está bien dicho. En la temporada del vídeo, no podías ir a cenar a casa de nadie que no tuviera una versión. En unas se veía mejor y en otras peor.

Siguiendo con la prensa, con la crispación que existe actualmente en el periodismo. ¿Hay dos trincheras? No sé si es muy español y muy preocupante.

Me temo mucho que lo de las dos Españas es absolutamente cierto. Y una acaba jodiendo a la otra. Generalmente es siempre la misma.

Pero la confrontación parece estar más en los medios que en la sociedad. ¿O tal vez los medios quieren potenciarlo a un nivel social?

Creo que, por desgracia, la sociedad y los medios van por caminos diferentes. Los medios se parecen cada vez más a los políticos, que están siendo desechados por la sociedad. Me refiero a los medios tradicionales que, por mucho que se modernicen y se hagan punto com, siguen teniendo la misma historia. Entonces se nota mucho más la crispación, pues no está acompañada por un buen periodismo sólido. ¿Dónde está ese gran reportaje en el que se han invertido horas que haga olvidar la línea editorial? Estás condenado a estas líneas editoriales que asustan. Hoy en día, una de las cosas que hace el periodismo es propiciar el miedo de la sociedad, el miedo a lo que vaya a ocurrir. Y, en general, quien propicia el miedo propicia la sumisión. Hay demasiada opinión. Te lo dice una a la que sólo dejan opinar.

¿Sólo te dejan opinar?

Bueno, no es que sólo me dejen, pero mi momento ha pasado. El momento reporteril ha pasado. Y en cualquier caso, el modelo reporteril sólo interesa en virtud de lo que conozco de los famosos.

Por cierto, tú iniciaste la sátira rosa o el esperpento del papel couché.

Eso ya lo hacía en Por favor, en una sección que se llamaba “La ventana indiscreta”. Allí hacía todo tipo de cosas, pero cosas mucho más bestias.

De hecho, tu primera incursión en la novela fue a propósito de Julio Iglesias.

Tuve que vender mi cuerpo porque cuando dejé El País me acojoné. Me ofrecieron escribir una biografía de Julio Iglesias (para Espasa Calpe, que la rechazó finalmente porque me había salido esperpento humorístico; la publicó Anagrama y salí ganando) aprovechando que podía seguirle en su primera gira por Estados Unidos, pero justo cuando había firmado me ofrecieron trabajo en Cambio 16 y El Tiempo. Preferí a Pepe Oneto antes que a Julián Lago. Una de esas decisiones que una mujer debe tomar (Ríe). Pero como había firmado el contrato, seguí a Julio Iglesias como una loca y pensé que no podía hacer aquello en serio. Mientras tanto, hice algún reportaje y alguna cosa más, y el libro se fue alargando. No lo saqué hasta tres o cuatro años después. Me inventé, en ese momento, a Diana Dial, que es mi alter ego y que ahora la tengo resolviendo crímenes o sencillamente matando a los asesinos. ¡Qué gusto me da envejecer matando! Metí además en aquel libro muchos ingredientes que son muy míos. El humor y el disparate.

¿Qué te pareció Julio Iglesias entonces?

En aquel momento, un fascista asqueroso. Un amigo del poder, pero que estaba mucho más a gusto con el poder si éste era machista, estaba a favor de los ricos y no tenía que pagar impuestos. Recuerdo que trataba bien a los que estaban por encima y mal a los que estaban por debajo. Le gustaba humillar a sus propios empleados. Humillaba a su mánager. Es de aquellos de “¡Cómo puede haber un hombre, un voto! Hay personas que no merecen un voto”. Lo saqué en mi libro. En una ocasión, se asomó al balcón de su mansión de los Ángeles y dijo: “Esto es América, Maruja, esto es el progreso. Y Europa está acabada”.

Hablando de Diana Dial y relacionado con tu incursión en la novela negra, me parece que hay una tendencia de las escritoras a profundizar en el ámbito de la criminología (Agatha Christie, Patricia Highsmith, Patricia Cornwell) frente a crónica social más propia de los maestros clásicos.

Sí, te sigo.

No sé si es un tema de psicología.

Es que nosotras somos muy señorita Marple.

¿Hay un punto de sofisticación frente a la hard-boiled tradicional?

Los escritores tienen una cosa que les caracteriza —Manolo, el griego [Petros Márkaris], el italiano [Andrea Camilleri], Paco González Ledesma— y es la necesidad de estar deprimidos. De ver ¡oh! el horror de la vida. La única que hace que su detective se anime es otra mujer, Donna Leon: su comisario Bruneti vuelve deprimido a casa pero tiene a esa mujer fantástica que le prepara un guiso excelente y un cordero sensacional, que Leon no probaría jamás porque es vegetariana. Sin embargo, en general los personajes de las novelas negras son muy depresivos, todo les sale mal y no se enamoran nunca de la mujer que les haría feliz. Carvalho no está enamorado de la puta sino de una rubia estúpida que le pone cuernos. Y pienso que las mujeres somos, posiblemente, mucho más conocedoras de la naturaleza humana. Pero que conste que adoro estas novelas negras y disfruto mucho leyéndolas.

Pasaste cuatro años viviendo en El Líbano.

Sí, pero no estaba como corresponsal. Los dos primeros años, cuando sucedían cosas, como asesinatos de ministros, las tiendas plantadas de Hezbolá… siempre venía gente y yo les hacía de anfitriona, no me lo perdía aunque nadie me pidiera nada; reporteaba para mí, para mi conocimiento. Luego ya no mandaban a nadie porque lo veían en la CNN. Todavía no existía Al Jazeera en inglés (Sonríe).

Hablando de conflictos en Oriente Próximo…

Acaban de darme el premio Esperanza del Comité Palestí de Catalunya.

¿Ah, sí?

Sí, escolta!

En la polemíca sobre el poema de Günter Grass…

A Günter Grass le ha contestado Adolfo García Ortega

Por eso me gustaría saber qué te parecen los argumentos de García Ortega, que vienen a decir que no se puede comparar la defensa de Israel con el ánimo agresivo de Irán.

Israel tiene armas atómicas, nunca lo ha confesado y nunca ha permitido a nadie decírselo. Que un arma atómica en manos de Ahmadineyad sea más peligrosa que en manos de Netanyahu, te diría que así [aprieta la uña del dedo pulgar contra el final del índice]. De Netanyahu tampoco me fío un pelo. No cometeré el error de meter a todo Israel en el mismo saco, pero creo que el escoramiento hacia una derecha mesiánica del gobierno israelí es muy fuerte. Israel también tiene sus cantores, como García Ortega, Pilar Rahola y una serie de gente que está más o menos en nómina, sentimental o real; se pagan muy bien las conferencias que se dan en el circuito sionista.

Después te quería preguntar por algunas mujeres pero, ya puestos, ¿qué te parece Pilar Rahola?

¿Quién? ¿Esa chica de La Noria? Esa es la respuesta. ¿O aquella de “usted no sabe con quién está hablando”, cuando la grúa se llevaba su coche? La recuerdo por esas dos cosas. El resto de su trayectoria connais pas. Bueno, sé de sus artículos que hablan mal de mí, pero no los leo.

Al igual que tienes un número de lectores fieles eres una de las dianas preferidas de cierta derecha mediática.

Tengo muchos enemigos, gracias a Dios. El horror sería que les gustara. Los cronistas equidistantes suelen tener el favor de la derecha. El que dice que no es de izquierdas ni de derechas es de derechas, no te quepa duda.

¿Seguro?

De derechas vitales. Lo que les cabrea más de mí no son mis opiniones políticas, sino mis opiniones religiosas y mi descaro frente al sexo. Y que no esté muerta, eso es lo que más les cabrea, claro (Ríe).

En tu blog hablas de Gallardón como “Víctima de la Fimosis Tardía”.

Ha habido un asomador del blog que ha estado mejor al apostillar “y de la Próstata Prematura” (Ríe). Qué quieres que te diga, el blog sirve para desahogarme. A mí y a los que me siguen.

Decía que has sido un objetivo recurrente…

Sí, pero ellos también lo han sido míos, nunca me he callado respecto a ellos.

Te iba a decir eso, si no crees que con la mayoría absoluta del PP, por ejemplo, es cuando menos matizable tu afirmación de “hijos de puta” dirigida a sus votantes.

Claro que es matizable, sobre todo era matizable porque la hice en un contexto. Era después del Prestige, después de la invasión de Irak y de que en las autonómicas, y creo que también en las municipales, les votaran en Galicia. Pero es que luego me preguntaron qué opinaba de los votantes socialistas y declaré: “Hemos sido unos gilipollas”. Y eso ya no salió, ¿comprendes? Además, si quieres que maticemos más, te diré que eso fue a las once de la noche, despues de haber dado una conferencia gratuita en La Mina con Antoni Bassas, presente durante la entrevista, que me hizo un chico en el interior del seiscientos del cura obrero que nos había llevado allí. Pero eso sirvió para muchas cosas. Para darme cuenta de la gente que me apreciaba y la que no, gente de mi propio periódico que me dejaba mensajes diciendo “chavala, esta ha sido una caída pero te va a dar más impulso” y gente obligando a retractarme sin haberlo escrito en una columna, era una declaración a un medio. Se me sugirió que deslizara una excusa en una columna e hice más que eso. Hice una columna pidiendo perdón al diccionario, porque existiendo tan ricos sinónimos había utilizado el más burdo. Y menos a las prostitutas, que eran las primeras a las que tenía que haber pedido perdón, pedí perdón a todo el mundo. Con lo cual se cabrearon todavía más. Me encanta.

El caso de Barcelona, ¿se está volviendo provinciana?

¡Hace tiempo!

Pues aún más.

Viví Barcelona en los años que existía una cosa que estaba muy bien: éramos catalanistas, de izquierdas, anticensura, libertarios y todo lo cosmopolitas que podíamos. Cuando ganó Pujol eso se fue al carajo. La cultura fue hacernos creer que Franco había prohibido las pubilles y Els xiquets de Valls ¡Y esto nunca lo prohibió el hijo de puta! Sabía que eso era pan y circo.

Vamos, los coros y danzas

¡Coros y danzas! Pero lo que desapareció de aquí para que todo fuera muy catalán y muy nostrat fue, por ejemplo, el gran trabajo de Juan Manuel Martín de Blas en TV2, en la UHF que decíamos entonces, en blanco y negro, los programas de entrevistas de Montserrat Roig sobre personalidades catalanas, bien hechas y a fondo, las adaptaciones teatrales con Núria Espert… Todo esto ya no existe. Le tengo mucho respeto a TV3, sobre todo a la del principio, hasta que se institucionalizó, pero lo que hubo fue la comarca nos visita, y se quedó. Ahora más que nunca. Y luego el tripartit, que también… Quiero decir que el momento más cosmopolita fueron los Juegos Olímpicos y no fueron nada comparado con lo cosmopolita que fue esta ciudad cuando Ocaña vendía por las Ramblas sus perfumes a cambio de cantar. Teníamos panteras negras exiliados paseándose por las Ramblas. Lo sé porque me tiré a uno (Risas).

¿Fue bien?

Muy bien, muy bien la pantera (Ríe).

Aquella época también la retrató Federico Jiménez Losantos en La ciudad que fue.

Bueno, él ya estaba rebotado. Estaba con Alberto Cardín. Tenían un semanario muy interesante que se llamaba La bañera. Si siempre han sido muy inteligentes. Es la derecha inteligente. Arcadi Espada, por ejemplo, es muy inteligente.

Sí, bueno, “rata retorcida”, creo que escribiste…

Nunca le puse nombre. Ahora bien, si él se dio por aludido… A mí me recuerda mucho a Ricardo III, pero esa es otra historia. Me parece un hombre inteligente y me interesa mucho lo que escribe, pero como persona no le puedo dedicar dos minutos seguidos. Entonces… ¿por dónde íbamos?

Jiménez Losantos y Cardín.

Sí, ya tenían muy mala leche, eran muy envidiosos. Se dedicaban a ponernos verdes a los que empezábamos a tener éxito. A Terenci lo ponían a parir. Hay gente que tiene mucha maldad. Otros somos criticones y metemos muchas patas, pero no tenemos maldad.

Cambiando de tercio, has tocado todos o casi todos los palos periodísticos. Como reportera cinematográfica, cómo ves el hecho de que actualmente triunfe una película como The Artist, que propone una vuelta a los orígenes del cine. ¿Tal vez, al igual que el periodismo, el cine debería reinventarse?

Al cine le pasa lo mismo que a la ópera. Todo tiene su momento, su contexto. Sigue habiendo buenas peliculas, pero ya no hay aquel cine. Había ceremonias de los oscars de Hollywood en las que era imposible que hubiera una mala película porque todas las que se presentaban eran obras de arte a la altura de Lo que el viento se llevó.

Incluso se permitían ningunear a Chaplin o a Hitchcock.

Claro, porque les parecía poco. Al cine le ha pasado lo mismo que al periodismo, lo ha corrompido el negocio. Es decir, el periodismo se jode en el momento en que dedican salir a bolsa y los jefes empiezan a comprender que hay que trabajar para los accionistas y no para el público lector, y en el accionariado quizá no todos estén ahí por amor al arte. En esas estamos. La crisis y las tecnologías no han tenido nada que ver con la crisis del periodismo. Ha tenido que ver el encefalograma cóncavo y la codicia de las empresas que han querido estirar más el brazo que la manga, y se han puesto a comprar televisiones y a cotizar en bolsa. Hay gente que ha pedido préstamos para comprar acciones que luego se han devaluado. Y han perdido préstamos y acciones. Y no estoy hablando de ningún diario en concreto. Creo que deberían seguir vigentes los tiempos en que se hacía un medio de comunicación con esfuerzo, se esperaba reunir un poco de publicidad, se cubrían gastos, se pagaba modestamente y si se podía aguantar un año o dos, se iba ampliando todo lo demás. Igualmente creo que el hecho de que un periodista vaya a la guerra no es noticia. Noticia es lo que cuenta de esa guerra. Porque hubo un momento en que empezaron a tratarse hasta las excursiones de los corresponsales. Pues en el cine pasa lo mismo. Ya no puede informar nadie. En Fotogramas podía ir a los rodajes. Me estaba cuatro días, un mes, mirándolo todo, escuchando, hablando con la gente, y luego escribía dos o tres grandes reportajes. Ahora vienen las distribuidoras y te lo dan hecho. La productora ya ha decidido qué entrevistas conceden y salen todos con las mismas cosas y al mismo tiempo. Empezó en el cine antes que en todo lo demás. Incluso antes de que los políticos dejaran de hablar con los periodistas.

Sí, también sucede en el mundo editorial.

A mí de momento me tratan muy bien.

En cualquier caso, los pocos medios de papel que quedan parecen ir a rebufo de las ediciones digitales.

Porque la generación que ha llegado al poder, con excepciones, lo está haciendo mal. Son gente de cuarenta años que tienen a la empresa aquí y a los accionistas aquí. Y luego se ha creado el problema de que a los jóvenes se les ha escamoteado una generación que podría estar enseñándoles en la redacción. Y otra cosa que ha jodido al periodismo han sido los másters entendidos como fábricas de mano de obra sumisa, obediente y ahora ya muy barata.

Fue pionero El País.

Sí, y luego creo que el ABC enseguida lo copió. Quiero decir que podrían tener a Kafka enseñando literatura en el máster, da igual. Es el espíritu del máster.

¿Un espíritu corporativista, tal vez?

Claro, y sobre todo que se ha convertido en un negocio. Se saca dinero de esto. Me parece de una inmoralidad alucinante. Gente ilusionada con la posibilidad de tener un empleo, que para empezar a un periodista nunca tendría que prometérsele un empleo. Habría que exigirle formación ilimitada, y cuando acabe el máster decirle: ahora con tus ahorros o con lo que saques de aquí te formas. Te vas a Estados Unidos, recorres América Latina o te enteras de cómo está el mundo asiático, pero no meterlos en la redacción a cortar y pegar, y firmar desde Madrid noticias que han visto en la tele. Cuando entré en El País se firmaba muy poco, y ahora está todo lleno de firmas. Ni tanto ni tan calvo. Era muy elitista entonces. Pero ahora la forma de copago es tener tu firma, y eso te hace leer una sarta de gilipolleces. No sólo en El País, sino en todos los medios, pero me sabe mal que suceda en El País. Dicho todo lo cual, conozco a grandes periodistas jóvenes que salieron del máster. Pero no estoy segura de que no fueran igual de buenos sin el máster.

Esta sí que creo que es tuya. Hablaste una vez de los hombres que no sabes si van a estrangularte o van a hacerte el amor, como James Mason o Ralph Fiennes.

Bueno, yo he dicho moltes bestieses.

No sé si el equivalente moderno a este tipo de hombre sería Don Draper.

Sí, yo creo que es el hombre quebrado y el hombre tortuoso.

Así que gustan los cabrones.

No es que gusten los cabrones, es que no creo que Don Draper lo sea. Es un hombre que lleva la vida de un cabrón y eso lo está matando. Y en ese sentido es ejemplar. Sé de muchos ejecutivos que se creen que ha vuelto el hombre y van de Don Draper tratando a las secretarias así, y no se dan cuenta de que Don Draper se está muriendo por dentro. No se dan cuenta. Por cierto, el otro día vi en la tele un trozo de Ha nacido una estrella, de George Cukor, justo cuando James Mason se suicida, y pensé “Joder, además, qué cuerpazo tenía el cabrón” (Ríe). Y podía ser capaz de la mayor ternura y, al mismo tiempo, de algo tan sombrío.

Sí, como en Operación Cicerón.

¡Oh, fantástica!

Para terminar te pregunto por algunas mujeres. Hace poco, Soledad Gallego-Díaz nos comentaba que no se sentía “un referente moral”.

Pues lo es. Ella no se sentirá como tal, pero yo la considero un referente. Además es una gran periodista y le tengo mucho aprecio.

Isabel San Sebastián

¿Está viva?

La parte buena de vivir en Barcelona es que trato poco y cuando salgo, es al extranjero.

¿No sigues Intereconomía?

No. ¿No ves lo bien que estoy?

Rosa Montero.

Gran entrevistadora. Recuerdo entrevistas históricas, como la del Ayatolá Jomeini. Gran entrevistadora porque es un ser curioso, y porque entrevista bien a la persona con la que está hablando. Y muy buena persona, también.

Esperanza Aguirre

En un festival de cine de San Sebastián, no sabes lo difícil que fue huir de su jefe de prensa para que no nos hicieran una foto juntas cuando la hicieron ministra de Cultura. Es mi único recuerdo de ella. Creo que es una mujer sin corazón. O sea que tiene ese espíritu de la aristocracia, del croissant de María Antonieta.

Tú que además has tocado el guión cinematográfico con El rey del mambo, qué te parece Ángeles González Sinde.

Lo toqué muy mal (Ríe). Pero fue con un gran y querido amigo, Carles Mira. Conocí al padre de Ángeles González Sinde, a quien tenía un gran cariño y respeto mucho. ¿Te vale como respuesta?

Me vale. Cambiando de continente: Sarah Palin.

Bueno, ningún interés. Toda esa gente y su pensamiento me parecen esperpénticos. Teniendo aquí a la Aguirre, dedicarle tiempo a la Palin…

Otro objetivo de cierta derecha mediática es Pilar Manjón.

Eso sí que me duele mucho y me parece profundamente canalla. Esto demuestra hasta qué punto hay gente que es más mala que otra. Y están en otro lugar, no están en mi bando. En el bando de la izquierda hemos encontrado gilipollas por un tubo, aprovechados y corruptos, pero esa maldad, esa mala sangre es guerracivilesca y es odio de clase, el odio del señorito o del palanganero del señorito, que sería el caso de los periodistas. Siempre he sido respetuosa con ABC pero no con Jaime de Campany, que era una alimaña con pistola. Los de Intereconomía, que no la veo pero me tienen informada, o toda esa gente que no quiero nombrar, como los SS [Salvador Sostres], son malos frustrados, que se miran al espejo y no se quieren, y que tienen esa parcela de poder y la usan para hablar de chochitos y todos eso. ¡Qué asco!

Bueno, se refirió a los chochitos Salvador Sostres en Telemadrid.

SS.

¡Ah, vale! Por último, María Dolores de Cospedal.

Me parece tan mala… Pobre Julia Roberts haciendo de mala en Blancanieves, cuando podría ser la Cospedal con una cruz al hombro.

 

Fotografía: Alberto Gamazo


Soledad Gallego-Díaz: “El País no es un periódico de izquierdas; nunca lo ha sido y nunca ha pretendido serlo”

Soledad Gallego-Díaz es una de las figuras decanas, de referencia, del periodismo español. Lleva más de tres décadas en el diario El País, del que fue directora adjunta —en su día declinó el ofrecimiento de hacerse cargo de la Dirección del periódico— y donde podemos leer sus columnas. Además de haber ejercido entre otras cosas como corresponsal en diversas partes del mundo, desde Argentina a Bruselas, pasando por París, Londres, etc. Nos encontramos con la periodista en el hotel Alcalá Norte de Madrid, y dado su profundo conocimiento del oficio y el importante papel que ha desempeñado en un medio tan relevante a nivel nacional no podíamos dejar pasar la oportunidad de recabar sus opiniones, pensamientos, experiencias y recuerdos en torno al mundo de la prensa. Esta es la conversación que mantuvimos con ella… una disección del periodismo, sus mecanismos, sus verdades y mentiras, sus principios morales, sus mitos, sus polémicas y confusiones, sus diferentes modos de investigar y escribir, además de tratar algunos otros asuntos de índole política y social. 

Has afirmado alguna vez que no hace falta estudiar una carrera para ejercer el periodismo.

Estoy completamente convencida.

¿Esto ha levantado alguna ampolla?

¡Huy! Sí. Cada vez que se me ocurre decir eso en una facultad de periodismo me quieren matar. Comprendo que la gente que está estudiando periodismo se sienta… pero es que el periodismo, sinceramente, no es una carrera universitaria. No contiene conocimientos teóricos suficientes para justificar cinco años de estudios. No es verdad. ¿Conviene que los periodistas sepan sociología? Estupendo. ¿Conviene que los periodistas sepan tocar el piano? Fantástico. Todo lo que sea añadir conocimientos me parece muy bien, pero no existen materias específicas de periodismo. Me parece bien que los periodistas tengan una carrera universitaria, en el sentido de la universidad les da una manera de enfocar los problemas, exige una manera de trabajar seria y sólida… en general. Pero eso te lo exige también la facultad de ciencias exactas, te lo exige la de sociología, etc.

¿Crees que es un oficio que se aprende sobre la marcha, básicamente?

Se convirtió en carrera universitaria porque los periodistas teníamos complejo de no ser universitarios. Y como queríamos ser universitarios…

Por “titulitis”, vamos.

Nos inventamos esa carrera simplemente para darnos el gusto de tener un título universitario.

¿Cuáles son entonces las cualidades necesarias para ser periodista?

Curiosidad. Sentido de la justicia, también. Me fastidia mucho que en las escuelas de periodismo, en las universidades, les digan a sus alumnos que se puede demostrar una cosa y la contraria. Eso no es verdad. Ser deshonesto no es un requisito para ser periodista. Parece que ahora se plantea que los periodistas somos seres deshonestos… pues no. Hay que ser honesto, primero como ser humano. Como periodista también, pero como ser humano especialmente. Con nuestros problemas, con nuestras preocupaciones y con todo lo que va aparejado, pero manteniendo un grado de honestidad. Una cierta capacidad de indignación y un deseo de contar las cosas que ves. El periodismo tiene una parte de testimonio. Creo que es muy importante verlo y contarlo. Contarlo de acuerdo a unas normas, no como este ”periodismo ciudadano”… el periodismo no es un mero relato comunicacional.

Hablando de honestidad, hemos entrevistado a varios importantes periodistas de El País y nos han dicho —no sé qué pensarás— que te consideran algo así como la autoridad moral del periódico.

(arquea las cejas, sorprendida) La “autoridad moral” del periódico no existe.

Me refiero a que te consideran, por así decir, una persona de referencia.

Porque llevo treinta y cinco años trabajando allí, con lo cual… llevo toda la vida trabajando en el periodismo y en El País. Me temo que soy de los más viejos del lugar. Pero autoridad moral… no, en absoluto. La autoridad moral del periódico la tiene muchísima gente, el colectivo del periódico.

En cuanto al funcionamiento de un periódico, Ramón Besa nos dijo que en los periódicos antes se hacía el planillo poniendo las noticias y después buscando sitio para los anuncios, y que ahora se ponen los anuncios y después se busca el hueco para las noticias.

No, pero eso nunca ha sido verdad. Siempre se han colocado primero los anuncios. Otra cosa es que no dependieras de los anuncios y pusieras este anuncio aquí, este otro allá… lo que quisieras. Eso sí es verdad, si tenías un texto largo podías mover la publicidad. Pero obviamente siempre se han colocado primero los anuncios.

Siempre fue igual de importante el anuncio, pues.

Sí, pero es que además es básico. El problema que hay ahora es que no existe suficiente publicidad. El periodismo sin publicidad no es ninguna ventaja, ¡es una mierda! Porque no tienes dinero para hacerlo. ¿Cómo vas a mandar a alguien a testimoniar lo que está pasando en Siria si no tienes dinero? Mandar a un periodista a Siria, aparte de ser peligroso, es muy caro. Los periodistas no nos alegramos de que no haya publicidad.

Casi todos los periodistas a los que hemos entrevistado coinciden en quejarse del nuevo modelo de negocio tanto desde el punto de vista empresarial, como ideológico. Nos decía Olga Viza que “el sectarismo es ahora la base del negocio”.

Creo que el problema —más que el sectarismo de la prensa, que lo hay— es que no está claro ese modelo de negocio, que ha saltado por los aires. El modelo de la prensa escrita ha sufrido una transformación bestial por la aparición de Internet. La aparición de las webs de información que todo el mundo piensa que son el futuro de los media… no da dinero. Nadie ha conseguido que ese modelo dé dinero. Todo el mundo lo está desarrollando, todo el mundo está invirtiendo, pero no da dinero. Mientras, la prensa clásica de papel sufre una crisis económica brutal en la que desaparece la publicidad. Y desaparecen también periodistas: miles de ellos se van al paro. Ese desequilibrio tan enorme nos tiene a todos locos. Nadie sabe qué va a pasar. Nadie sabe en qué momento Internet va a producir dinero. Lo que decíamos antes: si quieres un periodismo de calidad, necesitas unos ciertos ingresos. Si Internet no los produce, la red se va a limitar a ser una especie de peloteo permanente de una sola información que rebota cien mil veces por el ciberespacio.

Un “copiar y pegar” infinito.

En Internet hay poquísimas cosas nuevas. Hay mucho de “periodismo ciudadano”. Pero lo del “periodismo ciudadano” es una confusión enorme entre lo que es comunicación y lo que es periodismo.

¿Cómo definirías esa diferencia?

Internet permite una comunicación masiva entre millones de personas, eso me parece excelente… pero eso no es periodismo. El periodismo exige un análisis, exige proporcionar a los lectores un contexto, el retrato de un momento dado. Y eso ha de seguir unas reglas profesionales (confirmación de los datos, etc.) que pueden parecer una tontería, pero no lo son en absoluto. Son cosas muy importantes en el periodismo y muy importantes para la calidad de una democracia.

¿Qué ocurrirá si Internet termina por no dar dinero y los periódicos de papel siguen en crisis?

(con tono sarcástico) Pues que nos moriremos todos y unos cuantos se suicidarán antes. Pero sinceramente no tengo ni idea. Lo cierto es que ¿por qué la publicidad en Internet es tan barata? Esta explicación no es nada científica —aunque existen algunos estudios sobre esto— pero probablemente se debe a que la gente en Internet no presta suficiente atención. Cuando entras en Internet estás un minuto, dos minutos viendo una página. Estás permanentemente distraído por cosas y tampoco te fijas en la publicidad. Supongo que eso es un problema. No tengo ni idea  de cómo funciona eso, pero me temo que no tiene ni idea nadie.

¿Qué impresión te ha causado el cierre de Público?

Lo lamento muchísimo. Es un periódico que me interesaba. Con unos periodistas excelentes. Además muy comprometidos con el tipo de periodismo que querían hacer.

Después de ese cierre, ¿queda algún periódico de izquierdas a nivel nacional?

No, porque El País no es un periódico de izquierdas. Nunca lo ha sido, aunque la gente en un momento dado debió pensarlo. Es un periodismo de centro-izquierda, por decirlo de alguna manera, y progresista en lo social… pero no un periódico de izquierdas. Además nunca ha pretendido serlo.

¿Qué significó Jesús de Polanco para la prensa española?

Fue importantísimo para la prensa española en el sentido de que modernizó la empresa periodística. Una grandísima transformación que fue muy útil para el desarrollo del periodismo. Un tipo de empresa que se parecía más a las anglosajonas, que respetaba la separación entre la redacción y la propiedad, entre la redacción y la publicidad. En España había una empresa mucho más pegajosa.

¿Y cómo ha cambiado Prisa, o El País en concreto, desde la desaparición de Jesús de Polanco?

Es que la desaparición de Jesús coincide con la transformación del negocio. No sé qué hubiera pasado con él vivo, la verdad. No tengo ni idea de hasta qué punto su desaparición supuso un cambio radical en la empresa… lo que supuso un cambio radical es el nuevo modelo de negocio.

Por cierto, cuando el PP rompió relaciones con Prisa, el grupo editorial al que pertenece El País, tú mantenías tus fuentes dentro del partido intactas.

Sí, porque llevaba tantísimos años haciendo información que tenía una relación no de amistad —porque yo no creo que sea posible para un periodista tener amistad con políticos— pero sí de respeto y de aprecio.

¿De confianza?

De cierta confianza, por supuesto. Saben que respetas una serie de normas de funcionamiento con ellos. En aquella época en que el PP rompió relaciones con El País recuerdo que —el mismo día que se anunció— llamé a una de mis fuentes y le dije “¿qué pasa, que a partir de ahora ya no podemos hablar?”. Y me dijo “¡Me puedes llamar cuando quieras! Eso sigue exactamente igual, tú y yo nos conocemos desde hace treinta años, eso no va a cambiar”.

Una pregunta obligada: te ofrecieron la dirección de El País y la rechazaste…

La postura esa de tener que aceptar… me molesta mucho eso de “a las mujeres les ofrecen cosas y luego no las quieren”. No sé lo que harán las mujeres, eso es lo que hice yo.

No, no te lo pregunto en ese sentido, aunque ya puestos podría ser una cuestión interesante el por qué no hay mujeres dirigiendo periódicos.

Pues ¡porque no se lo ofrecen! No es porque hayan dicho que no. Yo he dicho que no, pero el mío es sólo un caso particular.

Claro. Quería precisamente conocer tus motivaciones particulares para declinar la dirección de un periódico tan importante.

Dije que no porque en aquel momento me interesaba mucho más el manejo de la redacción, y eso lo llevan los directores adjuntos. En ese momento yo era directora adjunta, llevaba unos años manejando la redacción y eso me apasionaba. El director tiene otra serie de competencias. Además, ya había una persona que podía cumplir la función de director con la que yo estaba completamente de acuerdo, Joaquín Estefanía. Me pareció un excelente director, así que no había ningún motivo por el que me viera obligada a dejar de hacer lo que yo quería hacer por ocupar el puesto. Sinceramente, lo ocupaba una persona que tenía todo mi respeto profesional.

Si te ofrecieran ahora mismo la dirección del periódico, ¿tampoco la aceptarías?

Depende. Ahora a lo mejor sí. Probablemente sí.

¿Por qué ahora sí la aceptarías? ¿Qué ha cambiado en tu visión del papel que cumplirías como directora?

El momento tan caótico en el que estamos.

Te gustan los problemas (risas)

Me gustan los problemas y me parece más atractivo intentar poner orden en el caos.

Enric González nos dijo que lo que recomienda al periodista que está empezando es que desconfíe de los jefes, que no trabajan para el lector sino para los accionistas, para los inversores.

No estoy convencida de que eso sea verdad. Depende de los jefes. Conozco jefes que sí trabajan para el lector, con la voluntad de hacer un producto más interesante y atractivo, que les resulte más útil. No “útil” en el sentido de que tengas una “farmacia de guardia”, sino útil en el sentido de que les ayude a pensar, a comprender, a tomar sus propias decisiones de acuerdo con la información que reciben. Sí hay jefes de esos. Ahora, depende de a lo que llames jefe. ¿Un redactor jefe es un jefe? Sí. ¿Un director es un jefe? Sí. Creo que tienes que respetar a los jefes si piensas que responden al interés de la profesión. Si tienes evidencia de que no, entonces no tienes por qué hacerles caso ni apreciarles. Pero si son buenos jefes, no veo por qué tienes que desconfiar de ellos.

Otra frase de Enric González: “hay que ser hábil para trabajar para el lector sin que te despidan”.

(ríe) Los periodistas tienen que ser hábiles siempre, en su defensa del lector. No sé si para evitar que te despidan o no, pero sí en defensa del lector. En una empresa periodística normal puede ocurrir que un tema no les interese, por cuestiones empresariales. Pero si tú eres lo suficientemente hábil como para tratar ese tema —en el sentido de que lo que estás contando sea indiscutible— también es muy difícil que la empresa no lo publique. Eso que se dice de que las empresas pueden tirar abajo la información de los redactores no es cierto. El director o el redactor jefe que sabe que esa información no le gusta a la empresa puede quizá decir “esta información es incorrecta”, “a esta información le faltan datos”. Pero si la información lo tiene todo, si eres lo bastante hábil como para que sea una información sólida, que tenga cuatro patas como una mesa, y que esa mesa resista todo lo que le pongas encima…

Para sacar determinadas informaciones adelante, ¿hay que ser terco, además de hábil?

Muy terco. Y tienes que ser muy sólido; cuanto más complicado es el tema, cuanto más difícil de tratar porque la reacción que provocará en medios poderosos es mayor, más importante es que ese tema resulte inatacable. Y si no lo pueden atacar, al final se publicará.

Con estas cosas siempre me viene a la mente el famoso caso Watergate, cuando dos periodistas sacan adelante una información, al principio incluso un poco en contra de la opinión de su periódico. ¿Un periodista tiene que hacer eso a menudo, pelear en contra de su propio periódico?

Sí, pero entiéndeme: no tiene que ser siempre porque el periodista se halle ante intereses bastardos de la empresa. No. A veces hay intereses bastardos, claro que sí, pero a veces es simplemente que esos temas no les gustan a los jefes, no les parecen temas atractivos ni llamativos para el lector. Y tú, en cambio, estás convencido de que es un tema importante. Sí que tienes que batallar con tu periódico, con tu medio, con tus jefes, para conseguir que comprendan que ese tema es tan importante como tú crees que es. Para eso, también tienes que conseguir argumentarlo, no vale decir “yo sé que es importante porque resulta que soy muy listo”. Tienes que conseguir el material, ser capaz de escribirlo de forma que quien lo lea lo encuentre indiscutible. Esto es así. ¿Has de batallar con tus jefes y con tu empresa? Claro que sí, pero forma parte de tu profesión.

¿Qué opinas de que se bajen los sueldos de los periodistas o se les den jornadas larguísimas y sin embargo haya directivos que se suben el sueldo, como los políticos, en mitad de una crisis?

Bueno, el objetivo palmario de la nueva ley de reforma laboral es que bajen los sueldos de una manera general, para todo el país. Lo hacen con una idea económica detrás, no lo hacen por fastidiar sino porque creen que es una manera de recuperar productividad. Y ya está. Es una cuestión ideológica. Así que bajan los sueldos de toda la sociedad, no solamente de los periodistas. ¿Los directivos? Los directivos de la prensa o de cualquier otra empresa deben adaptarse también a las circunstancias. No es lo mismo bajar un sueldo de mil euros a ochocientos, que bajar dos millones de euros a un millón quinientos mil (risas). Evidentemente, no es lo mismo. Pero bueno, en cualquier caso los directivos deberían también ajustarse, lógicamente. Sobre todo por una cuestión de credibilidad. Los directivos también necesitan credibilidad.

¿Crees que actualmente en la prensa hay demasiado porcentaje de opinión frente a información?

Pues sí. Yo creo que hay demasiada opinión. Y mira que yo hago columnas de opinión, debería decir que no. Pero sí. Se echa de menos información elaborada, no solamente el mero dato, sino información contextualizada de una manera seria y profunda. Eso es difícil de hacer, es complicado, no es nada fácil. Resulta caro, también. Es mucho más fácil tener una opinión, y mucho más barato.

Entonces, ¿sucede esto sencillamente porque es más barato publicar opinión que información?

Bueno, depende, porque hay gente que opina que el columnista cobra mucho. Pero como principio, sí lo creo. Pasa con la televisión, ¿por qué hay tantos programas de charleta, de éstos que está todo el mundo hablando y diciendo tonterías? Porque es baratito. Es muchísimo más caro hacer una serie, que juntar a cuatro tontos —con perdón— diciendo tonterías. O a cuatro personas listas… diciendo tonterías. Eso cuesta poquísimo. Por eso las televisiones están llenas de ese tipo de programas.

A raíz de esto que comentas, en cuanto al tema de la “telebasura”, ¿crees que es cierto eso de que se le da al público lo que el público quiere?

¡Qué va! Se le da al público lo que se le da, punto. ¿Hay alguien que pueda preguntarle al público qué es lo que quiere? ¡No!

(risas) …visto así.

Eso es todo mentira. Lo que pasa es que llega un momento en que ponen tantos programas de este tipo, que la gente los ve.

Porque no hay otra cosa.

Si es que no tienen otra cosa que ver. “Es que tienen mucha audiencia”. ¡Claro! Pero cuando hay un debate de un programa de pura basura y le pones al lado un partido de fútbol, ¡la gente va a ver el partido! ¿No? Evidentemente no quieren ver el debate, quieren ver el partido. ¿Por qué? Porque es más interesante. Lo mismo pasa con las buenas series de televisión, ¿qué porcentaje de audiencia tienen algunas de estas series de producción española? Probablemente mayor que muchos de estos programas. Hay una cantidad de afirmaciones que se dan por ciertas… y si te poner a escarbar un poco, son mentira.

(En este momento, nuestro fotógrafo le pide que pose con un periódico en las manos. Soledad ve de reojo un titular sobre la desaparición de Yéremi Vargas, y —eso tan bonito del instinto periodístico y la “deformación profesional”— no puede evitar cuestionarse la actuación de las autoridades y sobre todo la de los periodistas que cubrían la comparecencia de la Guardia Civil, N del R.)

Qué cosa extraña la de este niño, Yéremi Vargas, ¿no? ¿Por qué ha tardado cinco años la policía en decir que tenía una marca cerca del cuello? Porque eso a lo mejor podría haber ayudado a identificarle, ¿no? Ahora dices cómo el niño iba vestido, que tiene una marca… ¿por qué no lo dijiste entonces? Supongo que tendrán una explicación que dar. Te quedas con la duda: ¿algún periodista le habrá dicho a la guardia civil “oiga, por qué han tardado ustedes tanto en decirlo”? ¿No? ¡Alguien habrá preguntado eso! ¿Y por qué no está en los periódicos?

¿Crees que ningún periodista lo ha preguntado?

Bueno, si no lo hubiera preguntado nadie, me quedaría boquiabierta. ¿Cómo es posible que no se lo hayan preguntado? “¿Por qué lo dice usted ahora, qué motivo ha tenido? Dígamelo usted”.

¿Y por qué no lo han preguntado?

Yo creo que los periodistas están tan preocupados escribiendo en las tabletas estas que les dan ahora, que no escuchan. Están en una conferencia de prensa y están transcribiendo lo que oyen. Si estás transcribiendo lo que oyes, no te das cuenta de lo que estás oyendo. Y sobre todo no tienes el instante ese en que se te enciende la bombilla y dices “lo que me está contando este señor es absurdo”. Y entonces levantas la mano, y preguntas. Si estás transcribiendo, ¿cómo puede hacer eso?

¿A qué se debe esta actitud?

Hay una parte que es la presión terrible de la inmediatez, de que ahora las conferencias de prensa hay que meterlas en la web a tiempo real. Si estoy en una conferencia de prensa y tengo que transcribirla a tiempo real… será que yo soy muy lenta, y que soy muy torpe, pero estoy segura de que no voy a tener ese instante en el que piensas “esto que acaba de decir es imposible” o “esto que acaba de decir es contradictorio”.

¿Y los medios no piensan que ofrecerían un mejor producto si dejaran que al periodista se le encendiera la bombilla e hiciera esa pregunta?

Claro, pero la inmediatez de la web tiene un efecto depredador sobre las capacidades de los periodistas, que es acojonante. De momento, supongo que con el tiempo eso se irá solucionando.

¿Crees que hay un problema de fuentes de información, de que se publica información sin comprobarla debidamente?

Sí. Es que los periodistas también tienen poco tiempo para comprobar. Hay una cosa que cada vez me gusta más en algunos medios de información, que es el “fact check”. Es decir, uno escribe “en España hay un terrible fraude fiscal que provocan los profesionales, etc.” y al lado tienes uno que se dedica a comprobar: “no, el 76% del fraude fiscal proviene de empresas que facturan más de seis millones de euros. El señor que está trabajando en negro obviamente no paga su parte, pero no es el gran defraudador: el defraudador es la empresa”. Eso es el “fact check”. Cada vez que los políticos o los agentes sociales dicen una cosa, poner al lado “bueno, pues este dato que acaba de decir el señor ministro de tal o el señor de la oposición, es mentira”.

Y esto, ¿quién se va a dedicar a hacerlo?

Esto lo tienen que hacer los periodistas. La cantidad de datos que se manejan y que no son ciertos resulta asombrosa.

Pero entonces costaría muchísimo más dinero elaborar la información.

Por eso es una pena que no haya publicidad (risas). Una cosa que me preocupa mucho es que en la actualidad, si ves los grandes temas de periodismo de investigación —por ejemplo en los Estados Unidos—, están financiados por empresas sin ánimo de lucro. Como ProPublica, o el centro de investigación de la Duke University… hay cantidad de sitios con dinero de benefactores que financian a periodistas para que hagan investigación. Antes era la empresa periodística normal y corriente la que invertía en investigación; ahora eso depende de fundaciones sin ánimo de lucro. Me parece asombroso, ¿no? Es un fenómeno que me parece chocante.

Es chocante, desde luego. ¿Crees que está cercano el momento en que vuelva a haber orden en la prensa o el caos de la prensa tiene para largo, al menos tanto como la crisis económica?

Yo creo que tiene para largo, más incluso que la crisis económica. Entre otras cosas porque la prensa va a salir tan extraordinariamente tocada de la crisis… que no sé cómo va a resistir.

Por cierto, ¿qué opinas del estado de la prensa deportiva, sobre todo de la futbolística?

A mí sí me gusta. El fútbol me gusta. La prensa futbolística siempre ha estado más volcada en los equipos cercanos: los periódicos de Barcelona siguen al Barça mucho más que un periódico de Madrid y viceversa.

Bueno, pero eso hasta cierto punto es lógico.

Es lógico porque las aficiones están en donde están. Pero siempre me ha parecido que el periodismo deportivo tiene los mejores escritores. Muchas veces he dicho en plan de broma —aunque en el fondo sí que lo pienso— de pedirle a periodistas de información política “oye, ¿por qué no es escribes como si fueras de deportes?”, porque los de deportes en general escriben mucho mejor. No todos, pero…

Con pasión.

Sí, con pasión, pero que eso no quite para que vean un penalti. Una cosa es que tengas pasión y otra es que no veas que Maradona ha puesto la mano cuando ha metido el gol.

Ya que hemos hablado del caso Watergate, ¿te gusta cómo se trata el periodismo en el mundo del cine? ¿Da una imagen demasiado romántica del periodista, o…?

Lo que me preocupa es que ahora sufrimos un desprestigio del periodismo que es acojonante. Los periodistas que salimos en la televisión somos todos unos sinvergüenzas, gente deleznable que está al servicio de cualquier ejecutivo o de cualquier empresario que te da un sobre. Antes, la imagen era… en Primera Plana, por ejemplo, el protagonista —Jack Lemmon— es buena gente, es un buen periodista y es buena gente.

Y el canalla es el jefe (Walter Matthau).

Pero incluso el jefe tiene su encanto. Sin embargo, hay cantidad de películas donde los periodistas son una panda de sinvergüenzas.

Sin embargo, hasta los años setenta, o los ochenta incluso, el periodista sí era el héroe en otras muchas películas.

Pero ahora no. No creas que el desprestigio de la figura del periodista no me preocupa.

O sea, no crees que ahora harían una serie como aquella de Lou Grant.

Claro, por ejemplo. En la última temporada de The Wire hay un periodista sinvergüenza que se inventa una fuente, pero también hay periodistas solventes, serios, que intentan hacer su trabajo.

¿Qué te pareció la forma de tratar el periodismo en The Wire?

Bueno, yo creo que esa serie es extraordinaria. En cuanto al capítulo del periodismo, refleja la corrupción que existe, refleja una realidad… pero también refleja otra realidad que es un periodismo más serio. De hecho, el guionista de esa serie, David Simon, fue periodista.

¿Qué opinas sobre figuras como la de Simon, periodistas que llevan su experiencia en el mundillo periodístico al terreno de la ficción?

A mí me gusta. Creo que el periodismo es útil para la sociedad, no creo que sea una vergüenza. Siempre ha existido periodismo amarillo, siempre han existido periodistas sinvergüenzas. De acuerdo. Pero el periodismo que se ajusta a las normas es útil para los ciudadanos. No me siento en absoluto identificada con el periodismo como bazofia. Pues no.

Durante la transición publicaste el borrador de la constitución, ¿cómo se obtiene una exclusiva semejante?

Pues… con muchas ganas (ríe). Teniendo el convencimiento de que los ciudadanos tenían derecho a conocer ese primer borrador de la Constitución. Ya lo conocían los estamentos vivos de la sociedad, no es cierto que ese borrador estuviese solamente en manos de los ponentes. Estaba en manos de bastante más gente de lo que parecía, gente que lo comentaba y hacía sugerencias. Y sin embargo el conjunto de ciudadanos no tenía derecho a participar en ese debate. Una vez estás absolutamente convencido de que tienes una buena razón para buscar ese texto, es más fácil.

¿El borrador circulaba por bastantes manos pero nadie lo hacía público? 

Era un borrador secreto. Los ponentes daban ruedas de prensa para explicar generalidades, los acuerdos… pero no contenidos concretos. Todavía hoy es un borrador interesante para examinar, aunque luego sufrió transformaciones.

Visto hoy, ¿qué te parece el texto de la constitución? ¿Te gustaría que se introdujera algún cambio o no lo consideras necesario?

Todas las constituciones necesitan cambios. Creo que ésta es una constitución muy útil, sinceramente. En su estructura básica es perfectamente válida. Probablemente lo que necesite son correcciones, a lo largo de los años hay aspectos de la sociedad que son completamente nuevos.

¿Hay algún título de la constitución, o algún punto en concreto, que crees que se debería cambiar o eliminar?

Hay bastantes cosas que hay que cambiar. El tema de que en la monarquía no puedan suceder las mujeres es absurdo. Y hay cosas sobre la organización de las autonomías, por ejemplo la necesidad de unificar estadísticas.

En todo este tiempo transcurrido desde que se instauró la constitución, ¿cómo percibes el cambio en la consciencia democrática de los españoles?

Pues creo que la consciencia democrática de los españoles es buena, tienen una concepción bastante justa de la democracia. Creen que va acompañada de una serie de pactos entre los diferentes estamentos de la sociedad, como el estado de bienestar. Entienden que eso forma parte del conjunto de la democracia. Creo que es un concepto muy razonable del estado democrático.

¿Crees que con la crisis económica que estamos padeciendo puede resentirse la credibilidad de las instituciones ante los ciudadanos?

Sin ninguna duda. Hay una crisis de credibilidad en los políticos, en la monarquía… cuanto más se ponga en peligro ese pacto que da origen a la democracia europea, más problemas tendrán las instituciones para conservar su credibilidad. Los ciudadanos europeos —los norteamericanos probablemente lo vean desde otra concepción— tienen una idea básica de en qué consiste el estado del bienestar, y lo defienden. Forma parte de las señas de identidad de este lado del mundo. Todo lo que suponga un deterioro muy grande del estado del bienestar llevará necesariamente acarreado un deterioro del concepto democrático de los ciudadanos. Los políticos deberían ser conscientes de esto.

Por cierto, ¿qué puede suponer el caso Urdangarin para la percepción que se tiene de la monarquía o para el futuro mismo de la institución?

El caso Urdangarin perjudica muchísimo a la monarquía. El señor Urdangarin debe responder de sus actos y —si se ha cometido delito— irá a la cárcel, evidentemente. Ahora, en cuanto a lo que eso afecte a la monarquía creo que hay una cosa que debería haberse planteado: la responsabilidad del gobierno en el asunto. Porque el gobierno tiene encomendada la defensa de las instituciones y la monarquía es una institución. El gobierno debió haberse dado cuenta de que el señor Urdangarín tenía un piso de nueve millones de euros… porque se publicó. ¿Cómo es posible que el gobierno no acudiera a la Zarzuela y dijera: “majestad, está sucediendo este problema con su yerno, esto no es un problema de su familia: esto es un problema de Estado”? ¿Cómo es posible que parezca que el gobierno no tiene ninguna responsabilidad en este asunto? Es su obligación defender la credibilidad de las instituciones y no consentir que se pongan en peligro.

¿Pero no se supone que existen mecanismos de control al efecto?

Sí, claro que existen. Los actos del rey necesitan refrendo del gobierno.

¿Por qué no se han ejecutado esos mecanismos de control?

Pues no lo sé. Probablemente por una dejadez del gobierno, por una poca consciencia de sus obligaciones. Cuando haya república, el gobierno tendrá sus obligaciones con respecto a la república. Pero mientras haya monarquía tiene sus obligaciones con respecto a la monarquía

¿Crees que se puede llegar a plantear seriamente y en tiempos relativamente próximos la necesidad de cambiar de régimen?

La monarquía es un sistema obsoleto, eso está claro. No creo que haya nadie que piense que sea un sistema lógico para estructurar la sociedad moderna. Lo que no quita para que en este momento haya problemas más serios que ése. Me preocupa mucho la manía que hay ahora con distraer a los ciudadanos de los temas importantes. Monarquía o república… desde mi punto de vista hay temas mucho más serios, que nos afectan más. Tengamos esa discusión, por supuesto que sí, en algún momento habrá que tenerla. Pero que en mitad de la crisis me digan que lo más importante es eso, resulta sospechoso.

A raíz de lo que comentas, el que en plena crisis económica se haga a veces tanto hincapié sobre otros asuntos, ¿es un reflejo de que se nos vende la crisis como si fuera una especie de fenómeno climático global contra el que no hay remedio?

Es que no lo es. La crisis tiene responsables. No es, en absoluto, un chaparrón que haya caído. No es la erupción del volcán del Hierro. La crisis está provocada por una serie de desregularizaciones del mercado, que empezaron en EEUU durante la época de Ronald Reagan y que en Europa llevó a su esplendor la señora Thatcher. Es un planteamiento ideológico claramente estructurado y desarrollado a lo largo de muchos años por una desregularización normativa, por todo lo que es la globalización, cuando no tiene por qué ser así. Es así porque se ha querido que sea así. Y eso es lo que ha provocado la crisis. Sería muy importante que los ciudadanos no nos distrajéramos tanto con otras cosas.

¿Cómo explicas que una crisis que comenzó como crisis del sistema financiero privado ahora sea presentada como una crisis en la que son los estados los que tienen que hacer recortes?

El problema no es que los estados tengan que hacer recortes, que seguramente los tienen que hacer, porque es la realidad. El problema es que además resulta que tú eres el culpable. Es el ciudadano el culpable, por haber comprado un apartamento asqueroso en mitad del desierto (risas), es el responsable, porque ha actuado a lo loco… pero oye, ¿y el banco que le dio el crédito sin que tuviera avales suficientes para poder mantener esa hipoteca? El gran problema de la hipoteca no es ese señor que la está pagando. Son los promotores los que no están pagando los créditos. Ese enorme grado de morosidad que tienen los bancos no está provocado por el pobre peruano que se ha comprado un apartamento en Seseña, ni por el pobre madrileño que ha comprado un piso para su hijo. No. El problema está en el promotor, en los que compraron esos terrenos enormes: el banco les dio muchísimo dinero para levantar urbanizaciones que ahora no se pueden vender. Ese es el gran problema de la morosidad bancaria.

Cambiando momentáneamente de tercio, quería saber lo que piensas sobre la inhabilitación del juez Baltasar Garzón.

Bueno, hay dos cosas importantes. Yo creo que Garzón hizo mal en el tema de Gürtel. Intervenir las comunicaciones entre un defendido y un abogado me parece una cosa grave. Ya me pareció grave cuando se hace con los terroristas; tampoco estoy de acuerdo que se haga con los terroristas, pero bueno, la ley permite hacerlo en ese caso. En este otro caso, sin embargo, la ley no permite que se intervengan las comunicaciones entre un defendido y su abogado; creo que ese es un derecho fundamental de una persona.

¿Te parece pues que la inhabilitación de Garzón es procedente?

A ver: sería procedente si demuestras que eso se ha hecho a voluntad. El problema con la prevaricación es que tienes que demostrar que lo hizo ex profeso, sabiendo que no podía hacerlo. Eso es la prevaricación, y creo que en el caso de Garzón no estaba tan claro. Que yo tuviera una posición no quiere decir que yo tuviera la razón, es decir: existía una cierta polémica en el mundo jurídico sobre hasta qué punto se puede interferir las comunicaciones con un detenido o no. De hecho, en el caso Gürtel hay otros miembros de la carrera judicial que están de acuerdo con el señor Garzón… luego no debe de ser tan evidente. Así que, si existía la posibilidad de que Garzón no hubiera tomado esa decisión a sabiendas de que no podía tomarla, sino porque se equivocó, creo que no debería haber sido inhabilitado, no debió ser acusado ni condenado por prevaricación. Porque no creo que la prevaricación se pudiera demostrar. El Tribunal Supremo ha decidido que sí, pero creo que el Supremo tiene un especial encono y experimenta un malestar desde hace años no ya contra el juez Garzón, sino contra este tipo de juez.

¿Qué tipo de juez es ése?

Es un tipo de juez que tiene un gran protagonismo. También es verdad que adquiere ese protagonismo porque entra en temas que son muy difíciles de tratar, algo que la ciudadanía aprecia. A los jueces del Supremo, seguramente, les ha parecido siempre el anti-modelo de juez que ellos quieren promover.

Un “juez estrella”, por así decir.

Exactamente. Pero una cosa es que te molesten los “jueces estrella” y otra es que lo inhabilites. Estoy en desacuerdo con esa sentencia, lo cual no quiere decir que convalide el hecho de que el juez Garzón tuviera razón en su actuación.

Es decir, resumiéndolo: desapruebas la conducta de Garzón pero desapruebas también la sentencia de inhabilitación.

Creo que la conducta de Garzón pudo ser corregida en una instancia superior. Cuando él decide intervenir esas comunicaciones y se le dice que no, las retira. Para eso existe la instancia superior, para corregir las decisiones de los jueces que se han equivocado. Que es algo que ocurre todos los días, ¿eh?

¿Qué te pareció la reacción, mayoritariamente de indignación, que se produjo entre mucha gente tras la sentencia de inhabilitación, una indignación ejemplificada en el apoyo a Garzón en las redes sociales?

La entiendo. Creo que con el juez Garzón a la mayoría de los ciudadanos les pasa lo que a mí, que tengo una deuda de agradecimiento con él, sobre todo por el caso Pinochet. Me acordaré toda mi vida de ese día, de la profunda emoción que me provocó el hecho de que Pinochet fuera detenido. Eso no justifica que alguien sea juez o no sea juez, pero explica la reacción tan enorme que la inhabilitación ha provocado en un sector de la ciudadanía. También una deuda de agradecimiento por las investigaciones en los casos de torturas en la Argentina… es lógico que la gente no comprenda que Garzón haya sido inhabilitado.

Ahora te quería preguntar sobre algunos nombres de periodistas o de literatos metidos a periodista, reportero, etc. Por ejemplo, Javier Espinosa, cuyo nombre está de actualidad por sus peripecias en Siria.

Está haciendo un trabajo muy arriesgado. Es un hombre con una valentía extraordinaria.

Desde luego tiene algo que contar a sus nietos.

Vamos… y desde luego tiene todo mi respeto profesional, claro que sí. Mi admiración por el valor que le echa.

¿Es un tipo de periodista del que quedan pocos?

Quedan pocos, pero los hay. Todos los días lo estás viendo. Mira a Marie Colvin, a la que mataron hace poco en Homs. Cincuenta y siete años tenía. Escribiendo, como siempre había hecho, desde que yo la conocí. Y la conocí cuando tenía veintitantos años.

¿Hay en lo que hace este tipo de periodistas una parte de adicción a la adrenalina?

Eso dicen. La verdad es que no lo sé. Mi experiencia con la gente que yo conozco más de cerca no es tanto un tema de adicción a la adrenalina como de una manera de vivir.

¿Un estilo de vida?

Un estilo de vida. Pero no tanto porque sean adictos a ello, porque creo que pasan miedo como todo el mundo y después sufren los efectos traumáticos de las cosas que ven… no es cierto que salgan indemnes de todo lo que ven. Sufren, pero se han metido en un modo de vida periodístico en el que forman una especie de tribu. En el sentido de que se apoyan mutuamente, se comprenden unos a otros porque comparten experiencias que tú no has compartido, y no conoces exactamente el impacto que tiene eso en la persona.

José Antich, director de La Vanguardia.

Me gusta mucho La Vanguardia, creo que es un muy buen director. Pero mi gran ídolo en La Vanguardia es Gregorio Morán. Me parece un periodista estupendo, toda la vida me ha gustado, hace unas crónicas sensacionales. Además tienen muchísimos corresponsales estupendos.

Te gusta La Vanguardia como periódico en general, pues.

Sí, es un muy buen periódico.

Luis María Anson.

Tengo una anécdota. Hice periodismo en la Escuela Oficial de Periodismo y él estaba en el tribunal que me examinó. Y me preguntó sobre la literatura romántica del siglo XIX (risas), y si había observado los aspectos eróticos del Quo Vadis. ¡Que si había observado…! Yo había leído Quo Vadis cuando tenía once o doce años y no me había enterado. Y eso le dije: que había leído la novela de niña y que no me acordaba de los aspectos eróticos, la verdad. Me puso un sobresaliente.

(risas) ¿Ah, sí?

Sí. O sea que… (risas) Ha sido director de muchos medios, comentarista, etc. Creo que la ventaja con Luis María Anson es que no engaña… todo el mundo sabe quién es, lo que piensa, y lo que defiende. Bueno, está bien. No tengo por qué coincidir con lo que piensan los demás. Lo que exijo, como lectora de un periódico, es que no quieran engañarme. El que un periódico defienda editorialmente lo contrario a lo que yo pienso —siempre y cuando no manipule los datos— me parece razonable. No todos los periódicos vamos a tener el mismo punto de vista. Que los periódicos tengan tendencias políticas distintas me parece muy bien. Lo que no me parece bien es que me engañen. Y Luis María Ansón no engaña, él defiende lo que cree. Yo no lo comparto pero es perfectamente legítimo que lo defienda.

Hablando de no compartir tendencias políticas, ¿qué sientes si ves alguna vez un medio como Intereconomía TV?

Esos sí me parece que engañan. Continuamente. Con datos falsos… eso que te dan ganas de que en mitad de lo que están hablando saliera un muñequito que dijera “¡esto es mentira!”, porque están todo el rato manejando informaciones falsas. Datos que no existen, que están manipulados, fuera de contexto… buena parte de lo que dicen es mentira.

Siempre comento que me da la impresión de que intentan ocupar en España un nicho similar al que Fox News ocupa en los Estados Unidos.

Sí, pero la Fox tiene a Bart Simpson que les ayuda a aumentar la audiencia.

Eso sí. Aunque también tienen a gente como Bill O’Reilly, quien creo que en Intereconomía estaría como en su casa.

Sí, pero lo que te quiero decir es que además de O’Reilly, la Fox tiene otras cosas más interesantes como The Simpsons. Intereconomía solamente tiene ese tipo de gente y a ese tipo de gente no hay quien la aguante, con perdón. Ya te digo, si alguien piensa distinto a mí y lo argumenta, aunque yo esté radicalmente en desacuerdo con lo que dice, me puede interesar. Pero a Intereconomía no le encuentro nunca el menor interés.

Bueno, te iba a preguntar sobre Enric González pero ya me habías dando pinceladas de tu opinión sobre él.

Es un grandísimo periodista, uno de los mejores periodistas españoles, sin ninguna duda. Porque consigue esas dos cosas: la excelencia en la escritura —es un gran escritor— y la rigurosidad. Enric tiene además otra cosa, que no tiene más compromisos que los que él se busca, aquello con lo que llega a la conclusión que se debe comprometer, y punto.

Pedro J. Ramírez.

Pedro J. Ramírez tiene una cosa, le pasa como a los “jueces estrella”, y es que es un “periodista estrella”. Hace cosas que no debería hacer, desde mi punto de vista. Pero, al mismo tiempo, es verdad que ha creado un medio y eso nos hace falta. Un periódico, El Mundo, que obviamente tiene peso. A mí, el tipo de periodismo que él hace no me gusta. Pero bueno, no tiene por qué gustarme.

¿Qué opinas de la insistencia de El Mundo con el asunto del 11-M?

Me parece, por un lado, absurdo. Y por otro lado, justamente lo que no debe hacer un periódico, que es distraer la atención. Meterle en la cabeza a la gente que ETA tuvo algo que ver con el 11-M es distraerla. Primero, es mentira. Es absolutamente mentira y obligas a la población a seguir una especie de señuelo: lo vas mostrando, la gente se queda mirando el señuelo… y por al lado está pasando de todo.

¿A qué intereses puede responder esto? ¿A intereses empresariales del periódico?

No lo sé, no tengo ni idea. Supongo que en un momento dado respondió a intereses políticos porque le vino bien al PP, hubo una reacción para intentar demostrar que el gobierno Aznar —que mantuvo esa versión hasta el final, hasta el día en que perdió las elecciones— no había mentido. El Mundo entró en esa línea.

Pero eso fue hace ya mucho, ¿por qué crees que se sigue dándole vueltas hoy en día?

Supongo que llega un momento en que estás ya sumergido hasta el cuello en ese cubo, que necesitas estar seguro de que en ese cubo al final vas a tocar pie y podrás volver arriba. Que encontrarás una piedra en la que podrás hacer pie, un mínimo detalle, una mínima cosa que les permita decir “¿ves cómo tenía razón?”. Aunque no la tengan.

Siguiendo con la metáfora del cubo: si no se toca pie, la alternativa cuál es, ¿hundirse en él?

Pues sí, pero ellos están siempre allí con la nariz hacia arriba, intentando encontrar esa piedra para pegar el empujón y sacar la cabeza entera. Cada vez que encuentran una chinita, intentan apoyarse en ella, pero no…

Hablando de polémica en torno a la prensa, tengo curiosidad por conocer tu opinión sobre un par de ejemplos recientes, un editorial polémico en El País, y una noticia aún más polémica en El Mundo. Empezando por el editorial de El País en torno al asunto Urdangarin y la monarquía, que despertó cierto revuelo…

A ver, primero, yo estoy en el consejo editorial de El País. Creo que el editorial tiene algo que me gusta, en lo que probablemente deberíamos haber insistido más: la diferenciación entre lo que es la institución monárquica por un lado y lo que es la familia del rey por otro. La familia del rey… es la familia del rey. Y si alguien tiene que ir a la cárcel, que vaya, sin que eso tenga necesariamente que afectar a la institución. Deberíamos tener un planteamiento lo suficientemente sólido de las instituciones como para permitir que si por ejemplo el hijo de la señora Thatcher es un perfecto imbécil, eso no afecte al hecho de que la primera ministra —te guste o no, políticamente hablando— sea una persona perfectamente habilitada para ejercer su cargo. En el tema de la monarquía, exactamente igual; el hecho de que el señor Urdangarin esté acusado de una serie de delitos no quiere decir necesariamente que la institución se vea afectada. Me parece bien que insistamos en que ése no es el principal problema que tiene este país en este momento. El aspecto del editorial que a lo mejor ha frustrado más a la gente que se ha sentido frustrada es que la última parte —en la que pedimos que la monarquía se ajuste más a unas reglas, que sea más transparente y que el gobierno participe de ello— deberíamos haberla potenciado y ampliado más.

Aún despertó más revuelo lo que publicó El Mundo sobre uno de los líderes de las protestas en contra de la privatización del Canal de Isabel II, un profesor de instituto al que describían como “un terrateniente” por tener algún piso en el centro de Madrid y por poseer unas hectáreas de terreno.

Ya, pero es que aunque lo tuviera —que no lo tiene, pero aunque fuera así— ¿eso qué tendrá que ver con la privatización? O sea, ¿porque un señor tenga cuatro pisos en Madrid ya no tiene derecho a opinar que el Canal de Isabel II es una de las pocas empresas públicas eficientes y que no hay ningún motivo para privatizarla? El único motivo que existe para privatizarla es que el ayuntamiento no tiene dinero y está tan agobiado que vende la joya de la corona. Pero no me diga que el motivo es para que funcione mejor. Dígame que lo venden porque no tienen más remedio: “mire usted, como no tengo otra cosita, cojo y vendo a mi niño”. Muy bien, venda usted a su niño pero no me diga que el niño va a estar mejor con el vecino.

¿Esto ha levantado ampollas porque ha parecido una forma muy evidente de emplear, por las buenas, el argumento del ataque ad hominem?

La ventaja que tienen estas cosas es que la gente lo ve. La gente se da cuenta inmediatamente. El público se da cuenta de que no tiene ningún sentido que le estén reprochando a ese señor que tenga un piso, o que tenga dos. Hay veces en que tienes razón al enfocarlo desde un punto de vista ad hominem: si ese hombre estuviera haciendo una campaña para impedir que la gente tenga más de un piso y resulta que él tiene cuatro, claro que requeriría un argumento ad hominem: “oiga, que usted tiene cuatro pisos, ¿cómo se atreve a decir a los demás que sólo tengan uno…?”. O si va en contra del matrimonio homosexual y tiene un compañero con el que vive. O está en contra del aborto y acaba de llevar a su niña a abortar. ¿Eso es ad hominem? Claro que sí, porque lo que no puedes es pretender dar un mensaje político completamente contradictorio con tu realidad. Pero en este caso del Canal Isabel II, ¡es que no tiene nada que ver!

Sería como decir “es que usted se dedica a matar periquitos en sus horas libres”. Eso no tiene nada que ver con el hecho de que, en el asunto de la privatización, pueda tener razón.

La gente no es idiota. Tú puedes estar diciéndole a la gente lo que quieras, que a la hora de la verdad va y vota lo que quiere. Yo siempre cito el caso de William R. Hearst, al que se acusa de haber promovido la Guerra de Cuba. Se presentó a elecciones, intentó ser elegido fiscal, intentó ser elegido esto y aquello. Nunca fue elegido. Perdió todas las elecciones. ¿Por qué? Porque todo lo que publicaba en sus medios no era suficiente como para que la gente le votara. La gente decía: “no, a él no”.

Lo del fracaso del todopoderoso Hearst en las elecciones es una de las grandes moralejas de la historia del periodismo, creo.

Toda esa influencia que se supone que tenía, tan extraordinaria, no fue nunca suficiente para que la gente fuera y le votara.

Lo curioso es que en Estados Unidos la gente ha preferido —más de una vez— votar incluso a un antiguo actor de Hollywood que a un periodista. Parece que la gente se resiste a la idea de que el periodista acabe ocupando…

…el poder. En el caso de Hearst, todo el mundo sabía que tenía una influencia enorme, pero ¡nadie le quería como representante suyo! Y les daba igual lo que Hearst dijera. En los momentos decisivos, la gente sabe lo que lee. Incluso los que han estado leyendo El Mundo, saben perfectamente que el atentado del 11-M fue en parte provocado por una panda de gente increíble: los españoles que proporcionaron la dinamita, el famoso grupo de asturianos de las minas. Dinamita en unas cantidades enormes, no es que les hubieran dado un cartucho, sino que estuvieron contrabandeando en cantidad. Evidentemente, a lo mejor ellos no sabían que esa dinamita se iba a emplear para un atentado en Madrid, pero pensaban que se iba a hacer un atentado en Casablanca… y no les importaba. Ese grupo de españoles que no tiene nada que ver con ETA, que son simplemente gente que quiere dinero a cualquier costa y a la que le importa un carajo todo. Los lectores de El Mundo, yo creo que si les haces una encuesta la mayoría sabe que eso es así.

Ya puestos, ¿qué barbaridades o meteduras de pata de la prensa te llamaron más la atención en su día?

Toda la historia del 11-M me sigue pareciendo asquerosa. Porque en un momento en el que existe tanto dolor, en el que la gente está sufriendo tanto, conmocionada —y con razón—,  pues hombre… no te aproveches de la desgracia ajena. Eso es algo que deberíamos tener grabado, tatuado en el cuello: “no te aproveches de la desgracia ajena”. Eso no es decente.

Por contra, ¿qué historia de investigación o trabajo periodístico te ha impresionado más a lo largo de los años, si hay alguno en concreto?

Me impresionó mucho uno que leí en Estados Unidos hace unos años y que era formidable. Lo hizo un periódico local, de una ciudad secundaria. Una empresa necesitaba reducir gastos y despidió al servicio de limpieza —veintiuna mujeres, más o menos— como una de las medidas de ahorro. Un grupo de periodistas hizo su investigación. Comprobaron lo que se había ahorrado realmente. Ese mismo año, los ejecutivos de esa empresa se subieron el sueldo en una cantidad siete veces mayor a la que habían ahorrado despidiendo a aquellas veintiuna mujeres. Ese trabajo periodístico, cómo fueron describiendo quiénes eran esas mujeres, qué les había pasado, cómo había sido su vida durante el año siguiente… con el resultado final de que todo el ahorro del despido era la séptima parte de la subida de sueldos de los ejecutivos, me pareció un trabajo impecable, perfecto. No tenía ni un adorno, ni nada. Y resultaba demoledor.

Volviendo a tus impresiones sobre diversos periodistas, Ryszard Kapuscinski…

Fue uno de mis grandes ídolos profesionales. Aunque ahora me preocupa mucho el debate que ha existido sobre si se inventaba cosas. Si Kapuscinski se inventaba cosas, sinceramente, lo lamento muchísimo. Yo le conocí, le aprecié muchísimo y lo aprecio mucho como periodista. Pero si se inventaba cosas… creo que eso deteriora muchísimo su trabajo. Los periodistas no se tienen que inventar cosas. Aunque creas que eso va a ser lo que mejor va a reflejar lo que tú estás viendo.

Escribió un libro llamado Los cinco sentidos del periodista…

…y el de Este no es un oficio para cínicos, algo en lo que estoy de acuerdo. Debería ser un oficio para gente comprometida con el ciudadano, con la gente corriente.

¿Cuál sería el sexto sentido del periodista?

Los periodistas han de tener paciencia. Una mala salud de hierro es fundamental (ríe). Y los periodistas, aunque suene un poco mal, tienen que creérselo. Tienes que creer que tu oficio es útil para la sociedad. Que no puedes hacer lo que quieras. Que tu oficio no es literatura, no es ficción, de ninguna de las maneras. Lo cual no quiere decir que no escribas maravillosamente, pero las normas de funcionamiento son de obligado cumplimiento. No es posible que te las saltes en beneficio del relato. Si haces eso, para mí, eres un mal periodista.

Hablando de ficción, un literato metido a veces a periodista, Normal Mailer.

Me gusta mucho, he leído muchísimas cosas suyas que me han gustado. Pero me gusta como novelista. Como periodista, alguna cosa he leído… pero yo lo identifico más como novelista.

Ernst Hemingway.

Tiene una parte claramente periodística, de crónicas que son puro periodismo, aparte de sus novelas. Me gusta.

A.J. Liebling.

Hay un amplio grupo de grandes periodistas de esa época, de los años cincuenta, muy comprometidos. Si te lees las crónicas de los enviados especiales norteamericanos a Londres durante la 2ª Guerra Mundial, están muy bien escritas pero están contando la realidad. No se están inventando nada. Y al mismo tiempo te lo lees atrapado por lo que cuentan. Es la habilidad para utilizar recursos literarios en la manera de estructurar el texto, de escribir, para conseguir que eso tenga un enganche en el lector (otra cosa es meter ficción en un relato de técnica periodística, eso no se puede hacer). Esta forma de usar recursos literarios es lo que hacían todo este grupo de periodistas, y eso me parece fantástico. Los grandes cronistas latinoamericanos también lo hacen, escriben maravillosamente bien. Y no inventan. El escribir bien no está reñido con el periodismo, el periodismo no ha de estar mal escrito. Enric González es un caso manifiesto de periodista que escribe maravillosamente bien y que no se inventa las cosas.

Con la experiencia, ¿llega un momento en que te permite leer una crónica y distinguir cuándo el periodista está novelizando demasiado?

No, yo confío en el periodista. Pienso, en principio, que lo que me está contando es cierto. Si es algo extremadamente improbable, a lo mejor lo que hago es asegurarme de que ese periodista merece toda la fiabilidad.

Pero tu tendencia es, primero, la de confiar en el periodista.

Depende de dónde publique. Si publica en The New Yorker, pues sí. Confío en que ese periodista está ejerciendo su profesión dignamente. Ahora bien, leo eso mismo en una web que no conozco… entonces no. A lo mejor me lo creeré, o no me lo creeré y pensaré que es pura literatura.

Una curiosidad, ¿qué opinas sobre Fernando Savater?

Bueno, no es periodista, es filósofo… magnífico, me gusta muchísimo. Me parece un hombre valiente. Puedo coincidir en algunas cosas con él y en otras no, en algunas posiciones que ha adoptado. Pero las ha adoptado por coherencia, por ningún otro interés que no sea lo que él creyó que tenía que hacer, en un momento muy difícil. Le debo respeto y admiración personal, y muchas de las cosas que escribe me gustan mucho.

Julio Camba.

…me reí tanto con él, siempre. Un articulista de estos gallegos (risas), estupendo. Hay unas crónicas de un viaje que hace a Nueva York que son una auténtica delicia.

Arcadi Espada.

Tiene una actitud muy interesante: cuando todo el mundo dice una cosa él llega y dice “pues no” y encuentra la manera para argumentarlo. Es una actitud que me llama la atención, que me apetece leer. A veces coincidiré con él y a veces no, pero tiene argumentos que me interesan.

Rosa Montero.

Es una periodista estupenda. Cambió una manera de hacer la entrevista en España en un momento en que las entrevistas se hacían de una manera mucho más encorsetada. Ella, Sol Alameda… cambiaron la manera de hacer las entrevistas. Y luego, es una mujer que como periodista tiene algo que me gusta mucho: al margen de sus intereses literarios, le interesan cantidad de otras cosas. Le interesan de verdad, pone muchísimo empeño, horas, dedicación en conocer aquello que ha despertado su interés.

Martí Gómez.

Martí Gómez es genial, uno de los mejores periodistas que ha tenido este país. Extraordinario. Cuando era joven le leía algunas crónicas de sucesos en las que, a través de un hecho que ocurría en un barrio de Barcelona, iba ampliando, ampliando, ampliando… y de repente te enterabas de lo que estaba pasando en la sociedad catalana. El análisis, el contexto, la capacidad de situarte en un mundo… era impresionante. Además lo hacía en un momento en que era muy difícil, en una época con censura. Lo explicaba de un modo que, sin que el censor moviera una pestaña, tú ibas metiéndote dentro.

Fascinante. ¿No sería quizá interesante que los periódicos rescataran este tipo de crónicas?

Claro. Claro que sí. Pero, ¡no hay tiempo! ¡Está todo el mundo metido en las dichosas máquinas! Nadie tiene tiempo para hacer lo que hacía Martí Gómez. Al periodista que cubre sucesos le piden que vaya a la comisaría, que se entere del suceso, que saque la máquina, que la enchufe allí mismo: “un muerto en la calle de no sé dónde”. No tiene tiempo para sentarse a tomar un café con la gente del barrio, como hacía Martí Gómez. Él invitaba a tomar un vino a uno, un café a otro. Se sentaba dos horas con la portera de otra casa… obteniendo información y destilando lo que era esencial. En lo que luego contaba todo era esencial, no había nada accesorio, nada que dijeras “bueno, esto para adornar”.

Por lo que cuentas, ahora hacer eso es imposible.

En algún momento habrá que recuperarlo, no sé cómo. Si no, ¿qué interés tiene? El otro día, en Quito, me subí en un ascensor y el ascensor tenía una pantalla con la información, con las noticias. El ascensor. Cuando llegué a mi habitación en el piso doce, ya sabía lo que había pasado. ¡El ascensor me lo había dicho! (risas) Llegué arriba y no tenía necesidad ni de poner la radio, ni de poner la tele, ni nada. Del piso cero al once me enteré de que Obama había hecho no sé qué, de que Rajoy había hecho no sé cuántos, de que había estallado una bomba… ya lo tenía todo. ¿Y ahora qué? ¿Ahora qué hago? ¡Alguien me tendrá que contar algo nuevo!

Quizá los medios se puedan escudar en esta clase de hechos para ofrecer tanta opinión, porque suponen que la información básica la puedes obtener en cualquier parte: Internet, la pantalla de un autobús, ¡hasta en el ascensor!

En Internet, además, hay mucha gente que te suelta sus opiniones como si fueran informaciones. Como el sistema de la web está abierto —y me parece muy bien— a tantísimas aportaciones, la inmensa mayoría de la gente lo que aporta son opiniones, no hechos.

Hablando de la red, ¿qué impresión te produce el hecho de que se produzca un suceso y a través de Twitter, Facebook, etc. la gente empiece a opinar en una oleada inmediata, casi como en un juicio público?

Eso, seguramente, pasaba exactamente igual antes, lo que ocurre es que ahora los cuentan. Dicen “quinientos cincuenta y cuatro mil han opinado…” Pero un presidente de los Estados Unidos, en mil ochocientos y pico, se casó —teniendo él cincuenta y tantos años— con una chica de diecinueve o veinte. Cuando esa chica salía a la calle, se producían aglomeraciones de gente que quería ver a la mujer del presidente. Hasta el extremo de que hubo muertos en algunos sitios, ¿eh? Seguro que había estados de opinión sobre ese asunto, lo que no había era un sitio como Internet. Entonces lo comentaba cada señor con el de al lado, en el “saloon”, supongo (risas). A lo mejor se enteraban de la noticia dos meses después y no el mismo día, pero seguro que lo comentaban. Ahora es lo mismo, aunque es todo instantáneo y a eso se le da muchísimo valor. Pero, a veces, el que sea instantáneo no le da ningún valor. Es simplemente una acumulación de instantaneidad, y punto. No ha añadido nada nuevo.

¿Crees que esa clase de juicios públicos tan instántaneos pueden ser perjudiciales?

Los juicios públicos son inevitables. La gente tiene opiniones sobre las cosas. El que se haga es inevitable: opinan sobre políticos, sobre actores: “este tío es un imbécil”. Y dices, ¿por qué dirá que este tío es un imbécil, si no lo ha visto en su vida? ¿Por qué ha llegado a la conclusión de que es un imbécil? Pues sí, ha llegado a la conclusión de que es un imbécil. Eso ha existido siempre, seguro que en la antigua Roma también pasaba. Ahora bien, los medios no deberían favorecerlo. Deberían dar información justamente para evitar los juicios públicos infundados. Coger un periódico, ver una información y decir “pues sí, mira, tal y como yo pensaba este tipo es un imbécil” (risas). O “anda mira, yo creí que era un imbécil y ahora resulta que no, mira qué interesante lo que dice o lo que piensa”. Un medio te está explicando con datos cómo es ese señor o esa señora, para eso deberían ser los medios.

Pero, ¿esos juicios públicos te parecen saludables o insalubres?

Son cosas que pasan. Claro que un juicio público es malo en el sentido de que implica juzgar a la gente sin conocerla. Eso está mal. Pero eso lo estamos haciendo los seres humanos continuamente. Y lo hacemos nosotros mismos: tú y yo seguro que pensamos que alguien es un imbécil y a lo mejor no lo hemos visto en la vida.

(risas) Sí, la verdad.

Porque tienes alguna referencia de él, tienes el completo convencimiento. Y de repente lees algo y dices “ahí va, ¿y yo por qué creí que este señor o esta señora era una idiota?”

Fotografía: Gonzalo Merat


Cosas que hacer en Huesca cuando el papel está muerto

Se celebró el XIII Congreso de Periodismo Digital en Huesca y algo aprendimos. Por ejemplo, que a un nativo te lo metes en el bolsillo y te abraza como a un hermano si lo llamas fato mientras tejes burlas a costa de los almendrones. Que la cantidad de periodistas que pueden abalanzarse sobre la mesa de los canapés es inversamente proporcional al número de los que se han hecho fuertes en la de la bebida. O que el siglo XXI es una carrera al puro sprint donde lo que cuenta es no interrumpir al lector su frenético ritmo de vida y debemos aprender a adaptarnos al teletipo para que no tropiece ante un ladrillo. Y que mientras aceleramos a su ritmo no perdamos la calidad por el camino. Se me antoja complicado, pero afortunadamente nosotros no acudíamos allí a encontrar la fórmula. Entre varias acertadas afirmaciones que no desgranaré, ya que otros lo hicieron mejor y además no lo recuerdo porque todo esto sucedió hace seis días, decía Maurizio Carlotti que nadie dispone hoy de tiempo ni ganas para sentarse a leer una novela de 500 páginas. Que se lo expliquen a los fans de George R. R. Martin. Capitular ante los expertos en marketing de la gran ciudad conduce a olvidar en el camino a un número significativo de personas dispuestas a perder su tiempo por el mero placer de leer con pausa. Y reivindicar ese placer, el de la vida lenta de quien se detiene un momento apartado del huracán vital y mediático era nuestro objetivo. Ignoro si lo logramos, pues sabe Dios qué nubló el entendimiento de la Dirección de esta revista para enviar allí a hacer proselitismo a un sujeto cuya única experiencia en discursos frente a un público atento se limita a un par de juicios en su tierna juventud, cuando lo que consideraba un mero divertimento inocente, la sociedad —siempre al acecho— lo tomó como algo discutible por la vía penal.

Fui arrojado allí para debatir sobre el periodismo digital, que es lo mismo que decir periodismo en Internet. A mí eso me suena a una suerte de inversión de valores. Si antes tropezabas con los anuncios de relax mientras hojeabas indolentemente las páginas de papel, ahora en mitad de unos tocamientos torpes inmerso en los rincones turbios de la red puedes verte asaltado por un demencial titular de La Gaceta. El futuro era esto.

Algo aprendimos, decía. Durante la ponencia que nos tocó afrontar, en torno al valor de la marca, Gumersindo Lafuente daba por muerto el periodismo en su soporte clásico. “Yo no estoy aquí para alargar la agonía del papel”, contestaba en el turno de preguntas. Dejaba así en una posición incómoda a este recién llegado, quien de inmediato tuvo que enfrentarse a las astutas preguntas de la moderadora, Beatriz Navarro. ¿Es una provocación, entonces, que un medio recién nacido y que funciona en Internet afirme tener la intención de editarse en formato analógico? En aquellos momentos me resultó incómodo revelar cuál es nuestro plan, pues a medio plazo no es otro que dominar el mundo y a corto averiguar dónde estaban los baños. Minutos antes me había visto precipitado sobre el escenario ya con grandes necesidades a causa de un grave problema médico: no disponer de un juego extra de riñones capaz de procesar cuanto habíamos bebido esos días. Agua, fundamentalmente.

No se trata de ninguna provocación, no hay entre nosotros un afán impostado de nadar contra la corriente. Hay, sí, ese minúsculo romanticismo de quien disfruta con el tacto de las cosas construidas palabra sobre palabra, y acerca siempre la nariz para olerlas como a ciertos pliegues que se esconden en otro cuerpo. Y lo hace todo a veces más real, y casi siempre más humano. Hay una irreductible esperanza en que existen fórmulas para llevar a cabo lo que cualquier contable tacharía de locura. En poco más de un mes, con nuestro primer número impreso, lo comprobaremos. Y tampoco pretendimos nunca desconcertar a nadie con tanta escritura extensa, y por lo visto, pasada de moda, como si de una estrategia para llamar la atención se tratara. Por no saber cómo se hacen las cosas las hicimos como quisimos. Porque pensamos, sabemos, que muchos aún entienden la mutua ofrenda de hacerse escribir y dejarse leer como un juego en el que si ambos sujetos se encuentran con pasión no existe texto inabarcable. Todas estas profundas reflexiones rumiaba yo mientras me meaba vivo y luchaba contra la gran tentación que asalta a cualquiera que se encuentre frente a un público y con un micrófono a mano: acometer una versión de My Way que dejara a Sid Vicious con el pelo liso.

Algo aprendimos, sí, sobre todo de la intervención de Soledad Gallego-Díaz. Pero no nos toca a estas alturas glosarlo, y bastante impaciente estará ya el lector que hasta aquí llegó leyendo cuando había entrado en Jot Down ciñéndose el gorro de pensar a sangre con la intención de asomarse a un profundo texto de estupenda narrativa. Aprendimos tanto que hasta alguno averiguó que a partir de las doce del mediodía ya se dan las buenas tardes. Solo resta añadir que, para no desconcertar a nadie, cuando toque recoger nuestro merecido Nobel a la chorrología, en la entrega será mejor limitarse a un “hey, qué pasa”.