‘Morbius’: bailar en el spider-verso

Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.

Morbius podría haber sido una buena película, qué duda cabe. En realidad, toda mala película encierra en su interior una película potencial mucho mejor. Cualquier idea, en las manos adecuadas, puede convertirse en una obra estimable o incluso brillante, no importa lo absurda o inviable que pueda parecer en un primer momento. El género de superhéroes es buen ejemplo de ello: ya sea en la viñeta o en la pantalla, hay autores que han conseguido hacer funcionar las ocurrencias más peregrinas (¿un árbol y un mapache como héroes galácticos?), mientras otros se hundían al tratar de dar forma a un material mucho más solemne y verosímil.

Así las cosas, lo cierto es que el film de Daniel Espinosa ni siquiera tiene una premisa especialmente disparatada, y la mezcla de mitología vampírica y superheroísmo ya ha dado un puñado de títulos interesantes: sin necesidad siquiera de salir de Marvel, ahí están los crossovers entre La tumba de Drácula y los X-Men o el Doctor Extraño; o la notable Blade II, de Guillermo del Toro. Vamos, que a priori era más fácil esto que hacer una «comedia romántica con simbionte alienígena». Al final, lo único que separa a Morbius de la grandeza son las decisiones de todos y cada uno de sus responsables.

Empezando por la redacción del guion, no hay un solo eslabón de la cadena creativa donde se pueda atisbar un mínimo de oficio o, siquiera, de sensatez. El relato avanza a trompicones, tan preocupado de pasar al siguiente «nudo de acción» (¡malditos manuales de guion!) que se olvida por completo de insuflar vida y verdad a unos personajes definidos tan solo por el lugar que ocupan en la trama. La rica iconografía del universo de Spider-Man queda tan desvaída como en su compañera de franquicia Venom; y tampoco el imaginario vampírico encuentra su lugar en la cinta, por más que cite en vano el sacrosanto nombre de Friedrich Wilhelm Murnau.

La puesta en escena es insulsa, y apenas hay un puñado de planos donde se aprecie voluntad compositiva (siempre más esteticista que significante, como buena deudora de Matrix). Un poco de bullet-time por aquí, una cámara lenta por allá, y todas las set pieces de acción quedan rápidamente despachadas. Todo ello envuelto en una dirección de fotografía que pasaría sin pena ni gloria (que no es poco) si no fuera por lo que se intuye una radical falta de confianza por parte del estudio: las escenas más nocturnas aparecen lavadas, con un grano exagerado, como si hubieran sido sobreexpuestas a tope en posproducción. Algo así como un «¡métele brillo a esta cosa, niño, que aquí no se ve nada!» que les confiere a esos momentos, y no son pocos, un cierto aspecto de vídeo amateur que hiere de muerte el ya de por sí precario apartado estético de la película.

Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.

Y ustedes dirán: ¡no está contando nada de la trama! Asumimos la culpa, no faltaría más. Pero esa omisión se debe en parte al hecho de que la trama ni está, ni se la espera. Apenas cuatro palos para sostener un sombrajo que tampoco es que dé mucha sombra: un prólogo con la infancia del protagonista, una amistad que derivará inevitablemente en otra cosa, alguna traición inoportuna y el sempiterno recurso de la dualidad entre el personaje que ve sus poderes como una maldición y el que los considera como un don que debe ser aprovechado. No hay más, y una vez resuelta la papeleta Espinosa ni siquiera se molesta en conceder un epílogo a la historia de su protagonista: Morbius tiene uno de los finales más anticlimáticos y abruptos del cine reciente, entre otras cosas porque, dada la desidia del libreto, el film no tiene mucho que contar cuando se acaba la inevitable pelea entre el héroe y su némesis.

Tal vez eso explique la excéntrica campaña publicitaria con que el estudio ha puesto en el mapa su película: con tráilers que no dicen siquiera quién es el villano, pero que incluyen imágenes de las escenas postcréditos, que son habitualmente el secreto mejor guardado de este tipo de productos. ¿Estamos, acaso, ante una novedosa estrategia de marketing, basada en hacer lo contrario de lo que suele hacerse en estos casos? Al fin y al cabo, uno de los grandes reclamos de toda cinta de superhéroes suele ser el malo de turno. Ha sido así desde que Richard Donner fichara a Gene Hackman para hacerle la vida imposible a Superman, y más aún desde que la presencia de Jack Nicholson se comiera a la de Michael Keaton en todo el entramado promocional del Batman de Tim Burton. ¿Por qué, entonces, ese empeño en diluir en todo el material promocional la presencia de un personaje que, además, es lo más interesante del conjunto? Aunque eso no sea decir mucho, claro. Y es que, de nuevo, guionistas y director dejan poco espacio al trabajo actoral.

Es de justicia reconocer que, por lo que se atisba en un par de momentos, Jared Leto estaría bien si tuviera algo a lo que agarrarse. El otro Jared de la película, Harris, pasa por allí para cobrar el cheque, pero eso sí, con su habitual oficio. Y Matt Smith brilla de forma intermitente hasta que los efectos especiales le ensombrecen o, peor aún, hasta que el director le pone a bailar. Dos veces. Y ya lo demostró Sam Raimi: hacer bailar a tus personajes en el universo Spider-Man es básicamente un suicidio artístico. Ojo, que igual eso es lo más parecido a una moraleja que podemos extraer del enorme cúmulo de desatinos que es Morbius. Échense a temblar si las semillas plantadas en las mencionadas escenas postcréditos acaban traduciéndose en nuevas entregas de esta extraña franquicia que, como si fuera un tumor un tanto amorfo e indefinido, le ha crecido en el costado al superhéroe arácnido.

Morbius. Imagen Sony Pictures.
Morbius. Imagen Sony Pictures.


‘Spider-Man: No Way Home’. El corazón y el alma

Spider-Man: No Way Home
Spider-Man: No Way Home. Imagen: Marvel Studios.

¿Recuerdan el mundo antes del terremoto? Parece que ha pasado un siglo. En 2019 nos las pintábamos muy felices. Dejando aparte, ya saben, la guerra, Donald Trump, el hambre, la pobreza, Bolsonaro, el odio y la intolerancia, el auge de la extrema derecha, el cambio climático, el reguetón por todas partes… pero en fin, ¿qué han hecho los romanos por nosotros? El caso es que la cultura pop vivía una especie de particular rave, estaba de celebración y entierro al mismo tiempo. La gran megafranquicia de nuestra era, esto es, el Universo Cinematográfico Marvel, culminaba su enorme construcción catedralicia (Jordi Costa dixit) con Vengadores: Endgame, poniendo en el proverbial asador toda la carne macerada durante los diez años anteriores, despidiendo a unos héroes, ensalzando a otros y alcanzando un grado de epicidad que ya quisiera David Lean, oiga.

Y luego, el silencio.

Por un lado, era el momento de una necesaria parada y fonda después de ese fin de fiesta que había sido Endgame. Inevitablemente las siguientes entregas del serial infinito de Marvel tendrían que adoptar una escala mucho más pequeña, recoger los bártulos, barrer el polvo de la batalla y, en cierto sentido, empezar de nuevo. Habrá, sin duda, un nuevo clímax gigante en el horizonte, pero para ello es sabio dedicarse a construirlo poco a poco. Al fin y al cabo, como atestigua cualquier intento de revisionado, Endgame no se ve sin más; a Endgame se llega. Lo que ocurre es que, sumado a esa desescalada armamentística de la franquicia, en el mundo real estaba por llegar el apocalipsis. Qué les voy a contar que no sepan.

Así, dentro y fuera de las pantallas 2021 ha sido el año de intentar volver a la normalidad. O, al menos, a algo que se le parezca. Tras el retraso de Viuda Negra y compañía, la cuarta fase de Marvel daba un tardío pistoletazo de salida con Wandavisión, y desde ahí las piezas empezaban a reubicarse en el tablero. Con parsimonia, como en el ya lejano camino a la primera entrega de Vengadores. Pero, entre los pequeños pasos ‘palante’ (Shang-Chi, Eternals) y algún pasito ‘patrás’ (la mirada retrospectiva de Viuda Negra), daba la sensación de que esta nueva era marveliana apenas estaba calentando motores de forma tímida e, incluso, algo titubeante. Pues bien… eso se acabó. La Fase Cuatro del Universo Marvel ya está aquí en toda su esplendorosa gloria.

Porque Spider-Man: No Way Home es una película excesiva, a veces desequilibrada y cinematográficamente menos redonda que sus dos predecesoras… pero también es un chute de adrenalina que tira la casa por la ventana y pisa el acelerador argumental del Universo Marvel —a veces da la sensación de que cabrían en su metraje tres películas distintas, una detrás de otra— para volver a subir el voltaje de las grandes tramas con la que tan hábilmente sabe jugar Kevin Feige: esas que empiezan en una película y finalizan en una serie televisiva varios años después. Y eso, aquí, multiplíquenlo por mil. Porque la cinta de Jon Watts va más allá de la transmedialidad para entrar en lo que podríamos llamar «transerialidad», atreviéndose a rescatar o resolver historias iniciadas hace dos décadas, en sagas completamente distintas a la que nos ocupa (o eso creíamos).

Spider-Man: No Way Home
Spider-Man: No Way Home. Imagen: Marvel Studios.

No vamos a entrar en detalles, más allá de lo desvelado por la campaña oficial de marketing del film; al fin y al cabo, es mejor que estas cuestiones las descubran ustedes mismos en pantalla. Pero baste decir que Watts, junto a los guionistas Chris McKenna y Erik Sommers, saca buen rédito dramático a su reparto nuevo y antiguo. Personajes como el Otto Octavius de Alfred Molina no están ahí tan solo para dar gustete al fan viejuno, sino que se convierten en parte integral del desarrollo dramático del film. En su razón de ser, mucho más allá del simple fanservice. No hay gratuidad en la operación de No Way Home: de lo que se trata es de construir un elaborado punto y seguido en la aventura del Peter Parker que nos presentaron, un tanto in medias res, en Capitán América: Civil War. De ofrecerle eso que los cómics de superhéroes suelen hacer cada cierto tiempo con sus personajes: un final de etapa. Y un nuevo principio. Al fin y al cabo —y que nadie se tome esto como algún tipo de enrevesado spoiler— hasta los X-Men se graduaron en la escuela de Xavier. Quizá por eso el tono del film se va volviendo progresivamente más serio a medida que avanzan sus velocísimas dos horas y media.

Entre medias, a pesar de todo, Jon Watts sigue siendo Jon Watts, como demuestra su cámara nerviosa en los primeros compases de la película, cuando aún juega a la comedia de instituto antes de convertirse en un blockbuster de enormes (y múltiples) dimensiones; el Strange de Benedict Cumberbatch encaja como un guante en la narrativa, recordando a los lectores más veteranos aquella Marvel Team-Up donde el trepamuros formaba equipo con algún otro peso pesado de la editorial; y, por encima de todo, el perfecto trío formado por Tom Holland, Zendaya y Jacob Batalon sigue siendo el corazón y el alma de la película. Y esta es la clave del asunto, porque si algo debe tener un buen tebeo de Spider-Man es alma y corazón. Por fortuna, gracias a la arrolladora química entre los tres jóvenes intérpretes, No Way Home tiene ambas cosas por triplicado.

Spider-Man: No Way Home
Spider-Man: No Way Home. Imagen: Marvel Studios.


Hollywood contra la advertencia Miranda

Infiltrados en clase. Imagen: Columbia Pictures.

Es una escena que gracias al cine y las series norteamericanas hemos contemplado un gritón de veces: la policía detiene al criminal y mientras lo esposa y le pasea la cara por el capó de algún coche le recita de memoria sus derechos, una parrafada que siempre es la misma: «Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga puede y será utilizada en su contra ante un tribunal. Tiene derecho a hablar con un abogado y que dicho abogado esté presente durante cualquier interrogatorio. Si no puede pagarse un abogado se le asignará uno de oficio». Un discurso tan asentado en el imaginario popular, y reiterado durante centenares de producciones audiovisuales, como para que pueda ser recitado de memoria por una señora de Murcia que no salga muy a menudo de casa. Y al mismo tiempo una fantasía hollywoodiense en la gran mayoría de los casos. Porque la policía norteamericana sí que tiene la obligación de leer exactamente esos mismos derechos a ciertos detenidos, pero no lo hace como Hollywood refleja en pantalla.

Tiene derecho a guardar silencio

La «advertencia Miranda» (o «derechos Miranda», o «reglas Miranda») es como se conoce formalmente a esa lista de derechos de los que dispone y ha de ser informado un detenido. Pero, a diferencia de lo que dictan las películas y las series de televisión, la enumeración de las reglas Miranda no es algo que la policía se vea obligada a cantar siempre que toque vestir con las esposas al sospechoso. Porque en el mundo real, los derechos deben ser leídos al detenido únicamente en caso de que este vaya a ser interrogado con la intención de utilizar su testimonio en el juicio posterior. Dicho interrogatorio ni siquiera tiene que acontecer en unas roñosas oficinas policiales al estilo de las de Policias de Nueva York, sino que puede tener lugar en cualquier lugar y situación, incluso en el momento en que se realiza la detención, como sucede siempre en las películas. Aunque esto último en realidad no suele ser lo más común, porque lo habitual en la práctica es que al interesado se le lean sus derechos justo antes de llevar a cabo el interrogatorio, para que todo quede bien claro antes de empezar a disparar preguntas. 

Tarjetita-chuleta con las reglas Miranda.

Otro detalle que tiene algo de leyenda urbana es la idea de que los derechos son recitados de memoria por los encargados de hacer cumplir la ley. En lugar de eso, lo habitual es que se requiera que el agente los lea directamente de una tarjeta, para regatear cualquier tipo de alteración o error en el enunciado y evitar que el interrogatorio pueda ser declarado no válido posteriormente. El texto, eso sí, es idéntico al que se enuncia en las ficciones policiacas, aunque puede variar ligeramente según la normativa del estado: en algunas jurisdicciones se incluyen párrafos como «Si usted decide responder a las preguntas ahora sin la presencia de un abogado, tiene el derecho a dejar de contestar en cualquier momento», «Conociendo y entendiendo estos derechos que le he comunicado, ¿está usted dispuesto a contestar a mis preguntas sin un abogado presente?» o «¿Entiende los derechos que le han sido leídos? Con ellos en mente ¿desea hablar conmigo o hacer algún tipo de declaración?». En el caso concreto de ciertos territorios de Nevada, Nueva Jersey, Oklahoma y Alaska se sustituye la sentencia donde se asegura que se proveerá de un abogado de oficio por un «No tenemos forma de designarle un abogado pero uno le será asignado, si lo desea, en el momento de ir a juicio». O lo que es lo mismo: un modo de insinuarle al detenido que solo le colocarán a su vera un letrado en el momento de sentarse ante el tribunal, y tras haber confesado antes. Todas estas lecturas de los derechos Miranda requieren, para ser interpretadas como válidas y evitar marrones, que la persona informada confirme que lo ha entendido todo, de manera oral o por escrito, respondiendo inequívocamente a una pregunta del tipo «¿Entiende estos derechos?». Ante dicha cuestión, el silencio a modo de respuesta no es considerado como una contestación afirmativa.

Un policía leyendo los derechos, tarjetita en mano, en 1984. Imagen: J. Ross Baughman, CC.

Otra estampa típica de las ficciones es aquella que tiene al recién esposado espetando un agresivo «¡Conozco mis derechos!» y provocando que el policía interrumpa la exposición de la advertencia Miranda. Pero eso mismo no ocurriría en la vida real, por ser obligatoria y necesaria la lectura completa del texto. Lo cierto es que, en numerosas ocasiones, la policía no tiene la necesidad de recitar las reglas Miranda. Porque realizar una ronda de preguntas no siempre es indispensable para afianzar una condena: si un criminal es detenido cometiendo un crimen ante los ojos de la policía, el interrogatorio no será necesario al tener como prueba válida el propio testimonio de aquellos agentes que han presenciado la fechoría.

La denominación «Miranda» de todo esto no es, evidentemente, fruto del azar. Sino algo que nació a raíz del caso Miranda contra Arizona, una bonita movida que tuvo a un delincuente entrando y saliendo de la cárcel allá por los años sesenta.

Miranda contra Arizona

Ernesto Arturo Miranda (1941, 1976) fue un cabronazo durante prácticamente toda su existencia. A los trece años sería arrestado por la policía por primera vez y a partir de entonces encadenó una envidiable carrera, que incluyó un tour por reformatorios y cárceles, salpicada de crímenes entre los que se encontraban el robo de vehículos, el asalto a mano armada y numerosos delitos sexuales. El 13 de marzo de 1963, dos agentes del departamento policial de Phoenix se encararon con Miranda tras comprobar que la descripción y matrícula del vehículo coincidían con la escasa información que poseían sobre el agresor de Lois Ann Jameson, una chica de dieciocho años que había sido secuestrada y violada en el desierto. Miranda acompañó voluntariamente a los policías hasta la comisaría y tras una rueda de reconocimiento y un interrogatorio acabó confesándose culpable del raptar y violar a Jameson. La víctima reconoció la voz de Miranda como la del hombre que abusó de ella.

Miranda dejó su confesión por escrito, en una serie de hojas encabezadas por el texto «Esta declaración se ha hecho voluntariamente y por decisión propia. Sin amenazas, coacciones o promesas de inmunidad. Y con pleno conocimiento de mis derechos, entendiendo que cualquier declaración que haga puede y será utilizada en mi contra».  A pesar de ello, a Miranda no se le llegó a informar en ningún momento de su derecho a guardar silencio o a tener un abogado presente durante los interrogatorios. Tres meses después se celebró el juicio contra Miranda y se asignó su defensa a un abogado septuagenario llamado Alvin Moore. Durante el proceso, Moore intentó sin éxito que no se admitiese la confesión escrita como evidencia, pero finalmente la declaración firmada por su defendido pesó lo suficiente como para condenarle por secuestro y violación con una sentencia de veinte a treinta años de prisión por cada uno de los crímenes. Su abogado apeló la decisión pero no logró nada.

Ernesto Miranda posando para la foto (izquierda) y luciendo el dorsal número uno (derecha). Imagen: Dominio público.

A mediados de junio del 65, Miranda solicitó una revisión del caso al Tribunal Supremo de Justicia de los Estados Unidos amparado por una nueva pareja abogados defensores (John J. Flynn y John P. Frank), porque el letrado que le habían asignado de oficio estaba muy ocupado intentando no morirse a causa de la edad. Y la corte suprema accedió a revisar el asunto como consecuencia de una época donde se comenzaba a cuestionar el correcto cumplimiento de los derechos en situaciones similares. Durante el caso, conocido como Miranda contra Arizona, Flynn y Frank culparon a la policía de Phoenix de no haber informado debidamente a Miranda sobre sus derechos, violando la Quinta Enmienda de los Estados Unidos. El juez Earl Warren les dio la razón, sentenciando que la confesión escrita del acusado no tenía validez y estableciendo que «La persona detenida debe, antes del interrogatorio, ser informada claramente de que tiene derecho a permanecer en silencio, y que todo lo que diga será usado en su contra en el tribunal. Se le debe informar claramente de que tiene derecho a consultar con un abogado y tener al abogado con él durante los interrogatorios, y que, en caso de ser indigente, se le designará un abogado para que lo represente». Aquello anuló por completo la condena de Miranda, y al mismo tiempo estableció las normas indispensables a tener en cuenta a la hora de interrogar a un sospechoso.

El estado de Arizona volvió a juzgar a Ernesto Miranda y, aunque su confesión no se presentó como prueba en esta ocasión, fue condenado a una sentencia de veinte a treinta años de encarcelamiento gracias a los testimonios de terceros. En 1972, Miranda pisaría la calle al ser puesto en libertad condicional, pero no tardaría demasiado en volver a meterse en líos, ser arrestado y acabar sentando el culo en prisión durante una nueva temporada tras haber violado la condicional. Lo curioso es que durante el tiempo que estuvo libre se dedicó a hacer negocio de su estatus de celebridad vendiendo tarjetas con la advertencia Miranda autografiadas por su persona, a un dólar y medio el ejemplar. Miranda terminó, como no podría ser de otro modo, palmándola durante una pelea de bar allá por el año 76. Al registrar su cadáver, se encontró entre sus enseres un puñado de tarjetas con los derechos Miranda impresos. 

El caso Miranda contra Arizona instauró el procedimiento oficial a seguir en todos los interrogatorios policiales posteriores. Gracias a ello, Miranda llegó a formar parte de los diccionarios oficiales al convertirse en verbo: «Mirandize» («Mirandizar») es el término con el que se denomina la acción de leerle la famosa ristra de derechos al detenido.

Miranda popular

En el caso Dickinson contra Estados Unidos, el presidente del Tribunal Supremo William Rehnquist apuntó que la popularidad de los derechos Miranda como elemento ineludible de la rutina policial los había convertido en «parte de la cultura nacional». Y la culpa de aquello la tenían los grandes pilares educativos de la civilización moderna: el cine y la televisión.

En las pantallas, la advertencia Miranda se presenta como un procedimiento indispensable durante cualquier detención policial, un acto que normalmente acompaña al delincuente esposado durante su trayecto hacia el asiento trasero del vehículo policial. En numerosas ocasiones los derechos Miranda también se utilizan como recurso narrativo para darle la vuelta al guion al estilo del caso Miranda contra Arizona, invalidando la condena o juicio en torno a la que gira la trama cuando se revela que al acusado no le han sido leídos convenientemente sus derechos.

Ley y orden: Unidad de víctimas especiales. Imagen: NBC.

Las series policiales siempre han usado y abusado del recurso de la lectura de derechos, algo que ocurría con mucha frecuencia en CSI, Boston Legal, The Closer, NCIS, Bones, Castle o Expediente X. En Ley y orden, y por extensión en los spin-offs que nacieron bajo sus ramas, la advertencia Miranda se utilizaba con frecuencia para enmarcar el final de un acto narrativo y dar paso a la publicidad: la pantalla se fundía a negro mientras los oficiales estaban a medio camino de leerle todos sus derechos al malhechor capturado y el show se ausentaba durante unos minutos para volver, tras los anuncios, con una segunda parte de la historia que habitualmente implicaba interrogatorios y juicios varios.

Dos policías rebeldes. Imagen: Columbia pictures.

La buddy movie Dos policías rebeldes tenía a Marcus (Martin Lawrence) gritándole sus derechos, desde un coche y durante una persecución, a un villano que difícilmente hubiese podido oírlos al pilotar otro vehículo diferente en plena huida loca. Un recital absurdo que en dicho caso era justificado por el personaje de Marcus aclarando que así «se lo ahorraba luego». Chuck Norris enumeraba los derechos Miranda en Walker Texas Ranger ante unos malhechores que al interrumpirle la cháchara legal acababan merendado una buena hostia. En Los Simpson, el jefe Wiggum arrestaba a Krusty realizando la lectura de los derechos más perezosa posible: «Tiene derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga bla bla bla bla bla bla». En otro episodio de la misma serie, a Homer Simpson le daba por berrear para llevar la contraria a una Marge metida a policía que le espetó un «Tienes derecho a guardar silencio» tras encasquetarle las esposas. Spider-Man (Tom Holland) intentó recitar el texto durante la gresca en el aeropuerto de Capitán América: Civil War, pero no tuvo mucho éxito porque los participantes en el follón eran más amigos de pelearse que de aguantar la verborrea del hombre araña. En la comedia Los otros dos, el personaje de Mark Wahlberg se burlaba de su compañero, interpretado por Will Ferrer, por ser incapaz de recordar el texto a pronunciar («Nunca he mirandizado a nadie», se justificaba). En Harry el sucio, al protagonista (Clint Eastwood) le caía una bonita bronca por pasarse los derechos de los detenidos por lo que venían a ser sus pelotas de acero cuando su superior le reprendía con un «Tienes suerte de que no te acuse por asalto con intención de asesinato. ¿Dónde dice que tienes derecho a derribar puertas, torturar a los sospechosos, negarles atención médica y consejo legal? ¿Dónde has estado? ¿Escobedo te suena de algo? ¿Miranda?». 

Harry el sucio. Imagen: Warner Bros.

La fabulosa Infiltrados en clase utilizaba la advertencia Miranda a modo de mecanismo para disparar la trama principal: al recién graduado agente Greg Jenko (Channing Tatum) se le escapaba un criminal arrestado porque su cabeza no le daba para recordar las cuatro líneas esenciales para lidiar con sus labores: «Nos hemos visto forzados a retirar los cargos porque se te olvidó leerle sus derechos Miranda. ¿Cuál es la razón para no hacer la única cosa que tienes que hacer al arrestar a alguien?», le echaba en cara un superior cuyo conocimiento de las leyes oficiales navegaba en la lógica fantástica del cine. Como consecuencia del gambazo, Jenko y su compañero (Jonah Hill) eran destinados a una misión de infiltración en un instituto para localizar a los camellos del lugar, que conformaba el grueso del film. En el desenlace de la historia, los personajes se redimían de su metedura de pata al detener al malo de la peli y vociferarle sus derechos mientras la banda sonora se dedicaba a elevar la épica del momento. 

En ocasiones, el texto Miranda original recibía variantes mutantes por el bien de la comedia. En Arma letal 3, Riggs (Mel Gibson) espetaba «Tienes derecho a permanecer inconsciente» a un personaje que se había quedado medio muñeco. Little Tokyo: ataque frontal tenía a un Johnny Murata (Brandon Lee) utilizando «Tienes derecho a permanecer muerto» a modo de one-liner molona. En Dos sabuesos despistados, Tom Hanks no se conformaba con mencionar los derechos Miranda y optaba por rapearlos. Y en Loca Academia de Policía 2: su primera misión, Mahoney (Steve Guttenberg) improvisaba un «Tiene derecho a cantar el blues, tiene derecho a televisión por cable, tiene derecho a realquilar, tiene derecho a pintar las paredes. Pero no con colores chillones» tras quedarse sin ideas para extender el discursillo mientras enjaulaba a una tropa de delincuentes. 

Arma letal 3. Imagen: Warner Bros.

Las situaciones en las que el procedimiento ha sido llevado a cabo con cierto realismo resultan de lo más escasas: en Juegos de guerra, Cadena perpetua y la serie Colombo, la enumeración de los derechos que no se le mentaron a Ernesto Miranda sí que era leída directamente de una tarjeta. Pero lo habitual para Hollywood siempre ha sido tomarse la fidelidad con algo de cachondeo: en Dos sabuesos en la isla del edén un asesino demandaba la lectura de sus derechos durante el arresto, y con ello tan solo lograba que el personaje de Dan Aykroyd se riese de él al simular rociar polvo de hadas sobre su cabeza mientras murmuraba las palabras «Miranda, Miranda, Miranda».


The Coconut Effect

Los caballeros de la mesa cuadrada. Imagen: EMI Films.

En una escena de Warcraft: el origen, el personaje de Draka (una criatura generada por ordenador e interpretada por Anna Galvin) eleva un gigantesco machete a modo de defensa ante una posible amenaza, un gesto que llega hasta el espectador acompañado del silbido que produciría una espada al desenfundarse de una vaina de metal. Segundos más tarde, el mismo sonido vuelve a escucharse cuando Draka coloca el filo del machete sobre el cuello de un orco. Pero en ninguna de las dos ocasiones una espada ha sido desenfundada.

En Los caballeros de la mesa cuadrada, los protagonistas se desplazan simulando que montan a lomos de caballos invisibles mientras varios personajes los acompañan entrechocando cocos vacíos para imitar el sonido que producirían los cascos de jamelgos al trotar. Una ocurrencia muy celebrada que en realidad había nacido como consecuencia de la escasez de medios: el presupuesto del film no daba para alquilar caballos y a los Monty Python se les ocurrió sustituir los corceles por parejas de cocos en la pantalla. El sonido del trote reemplazó la presencia misma de la montura y la coña funcionó mejor de lo previsto. Pero un caballo correteando por el bosque nunca habría sonado así.

Warcraft: el origen. Imagen: Universal Pictures.

El filo de los cuchillos no tintinea con una resonancia metálica al cortar el aire ni los cocos vacíos chocando entre sí retratan fielmente el trote de un caballo. Pero la memoria popular ha asimilado que esos son los únicos sonidos válidos en determinadas ocasiones y, como consecuencia de ello, el público tiende a experimentar un rechazo inexplicable cuando no se los encuentra en la pantalla.

The Coconut Effect

Uno de los mayores logros del cine ha sido crear un universo alternativo regido por sus propias normas y sus propios sonidos. Una realidad paralela cuyos clichés han adquirido tanta consistencia como para superar las barreras de géneros, nacionalidades, directores o superproducciones y convertirse en verdades universales. Las cosas en la gran pantalla se comportan de otra manera porque la realidad nunca ha sonado del mismo modo que la ficción, algo lógico teniendo en cuenta que el mundo real tiende a ser mucho más aburrido que el ficticio: ni los coches circulan rellenos de nitroglicerina, ni el FBI tiene por costumbre presentarse en helicóptero, ni los hackers son gente molona que huele sano, ni abrir la puerta de un avión en pleno vuelo es tan sencillo como girar un pomo y empujar fuertecito. Pero es mucho más divertido, y da mucho más espectáculo, creer que todo eso es así.

«The Coconut Effect», un concepto que también suena mucho mejor que «el Efecto Coco», es la denominación que se utiliza para describir aquellos efectos sonoros que no son fieles a la realidad pero a pesar de ello tienen que ser incluidos en las películas porque el público se ha acostumbrado demasiado a ellos. Se trata de sonidos totalmente irreales cuya ausencia paradójicamente es interpretada por la audiencia como poco realista. Un protocolo por cuyo aro ha de pasar cualquier película si quiere que el público no tenga la impresión de que algo desafina en el conjunto. The Coconut Effect hereda su nombre de la tradición clásica de utilizar un par de cocos para simular el galope de un equino, un truco que a pesar de haberse convertido en estándar sonoro tiene poco de acertado: los cascos de un caballo solo podrían retumbar como cocos entrechocando entre sí en caso de que el jamelgo circulase sobre algún tipo de pavimento sólido. Pero la mayoría de películas que contienen un rocín al galope suelen obligarlo a corretear sobre campo, grava, monte o caminos agrestes (superficies que amortiguarían el sonido por completo) y no sobre autopistas o adoquines urbanos. A pesar de esto, y de que la mayoría de las veces el sonido ni siquiera está sincronizado con los pasos del animal, el público se ha acostumbrado tanto a contemplar a los jinetes cabalgar entre los ecos de cocoteros como para demandar aquel efecto de manera inconsciente: las escenas con caballos que no suenan de ese modo dan la impresión de estar incompletas.

En el filo

Los cuchillos cantarines son uno de los mejores y más populares representantes del Efecto Coco. La secuencia de Warcraft: el origen mentada más arriba es tan solo un ejemplo de filo sonoro de entre los varios miles que el mundo del entretenimiento ha ido amparando a lo largo de su historia. Porque cualquier película en la que un personaje aparezca en escena empuñando o blandiendo un arma cortante está obligada a aderezar las imágenes con el sonido metálico producido por la hoja de un arma desenfundándose, independientemente de que el objeto en cuestión no esté enfundado, ni afilado, ni en contacto con otro metal. Lo gracioso del asunto es que los espectadores están tan acostumbrados a dicho recurso como para que no les chirríe lo más mínimo, hasta el punto de creer inconscientemente que la escena no funciona si no escuchan el susurro metálico en ella.

La trilogía El Señor de los Anillos comandada por Peter Jackson está repleta de soldados con espadas en vainas de cuero que al ser desenfundadas producen el sonido característico de fricción entre dos metales. En principio, el equipo de la película había optado por ahorrarse aquellos efectos sonoros tan sobados al considerarlos poco creíbles, pero tras los primeros pases de prueba decidieron recular y tirar por el tópico al observar que la audiencia no reaccionaba con gusto si las tizonas eran poco melodiosas. No hay nada malo en jugar a aguzar las hojas hasta la exageración en los mundos imaginados: en Kung-fu Panda un arma legendaria luce un filo tan potente como para poder cortar al espectador que se atreva a mirarla y en las novelas de Terry Pratchett un personaje porta una guadaña capaz de trocear pa/la/bras. Pero los efectos sonoros que acompañan a los hierros en el cine están tan sobados como para haber acabado convirtiéndose en un chiste demasiado largo.

El Señor de los Anillos: El retorno del rey. Imagen: New Line Cinema.

Michael Myers se paseó por la franquicia Halloween fardando de colección de cuchillos, unos puñales que siempre aparecían en el plano escoltados por un silbido metálico. Lo mismo ocurría con aquella muñeca chochona descarriada llamada Chucky en la saga Muñeco diabólico, una serie de películas donde el sonido de una hoja tintineando aparecía incluso cuando el personaje agarraba cosas que ni siquiera tenían filo alguno, como un martillo. Algo similar a lo que ocurría en Sé lo que hicisteis el último verano, donde un villano con pinta de doppelgänger del Capitán Pescanova se las apañaba para lograr que el garfio con el que trinchaba al reparto zumbase como un cuchillo. En Escuadrón Suicida, Harley Quinn (Margot Robbie) intentaba acuchillar a Batman (Ben Affleck) con un arma que producía un silbido de metal a pesar de que la escena tenía lugar bajo el agua. En Pacific Rim, una espada gigantesca atronaba de manera espectacular a profundidades submarinas. Kingsman: servicio secreto tenía en su reparto a un personaje con cuchillas en lugar de pies, Gazelle (Sofia Boutella), cuyas zancadas cuando las navajas estaban a la vista llegaban acompañadas de ululares metálicos. En Spider-Man 2, Harry Osborn (James Franco) lograba extraer aquel sonido metálico de una daga con el simple gesto de recogerla del pedestal donde estaba expuesta. También resonaron de manera muy musical las armas afiladas que se empuñaron en Kill Bill (donde las espadas emitían el silbido incluso cuando no estaban en movimiento), Razas de noche, Hellboy 2, cualquier adaptación cinematográfica de Los tres mosqueteros, Star Trek (2009), Drácula: la leyenda jamás contada, Misery o Alta tensión entre muchas otras producciones amigas de afilar el oído. La aparatosa pelea de Matrix: Reloaded en la opulenta chabola del Merovingio se pasó de rosca al adornar los vaivenes de las espadas, cuchillos, lanzas, sais, machetes y demás cubertería afilada con una sobrecarga tan exagerada de silbidos y filos sonoros como para que en ocasiones tanto chiflido llegase a eclipsar a la banda sonora.

Pero el efecto más maravilloso de filo cantarín, o parodia del mismo, tiene lugar en una escena de aquella Bichos de Pixar donde una tropa de actores representaba Robin Hood utilizando a uno de los personajes, el insecto palo, a modo de espada. Porque el pobre animalillo se veía obligado a imitar de viva voz el sonido característico de las espadas que zumbaban en la ficción: «Siuuh siuuh clang clang».

Best atrezzo ever. Bichos. Imagen: Walt Disney Pictures.

Cacharrería

La tecnología en la ficción es otro de los terrenos donde los cocoteros brotan de manera repentina. En la pantalla, cualquier personaje que necesite trabajar ante un ordenador siempre lo hará acompañado del mismo sonido: el producido al aporrear el IBM model M, aquel teclado cuyo soniquete mecánico resultaba reconocible incluso fuera de plano. Y todo aparato electrónico será más eficiente y sofisticado cuanto mayor sea el número de pitidos y ruiditos que emita: El cachivache que utiliza Deckard (Harrison Ford) para analizar fotografías en Blade Runner, los ordenadores de Casino Royale, Alien, Numb3rs, NCIS y Star Trek, o el sistema operativo de Jurassic Park donde un mero cursor parpadeante produce un pitido intermitente.

A la hora de representar fielmente los videojuegos, tanto el cine como la televisión adoptan la apariencia de un par de señores demasiado mayores que no entienden qué coño están haciendo. Y es que las películas y las series tienen la molesta manía de convertir, de manera no intencionada, el mundo de los juegos de consola u ordenador en un hobby estrictamente retro gracias a los efectos sonoros: hasta hace relativamente poco, los videojuegos en la pantalla siempre llegaban envueltos en sonidos de 8-bits (aquellos que ya tienen tres décadas de antigüedad a la espalda) porque el wakawaka de Pac-Man y los pitidos de la Atari siguen siendo la idea que tienen los guionistas más talluditos de cómo debería de sonar un juego. En Supernatural, una Nintendo DS escupe los efectos sonoros del Donkey Kong de la Atari 2600 (un juego treinta años más viejo que la consola), en Los Soprano un personaje jugaba al Max Payne (un thriller noir repleto de tiroteos a lo John Woo) entre pitidos y zumbidos láser, Weeds sustituía los sonidos del Wii Sports por ruidillos añejos  y en Training Day un crío juega a una Dreamcast (una consola lanzada en 1999) que suena como las máquinas recreativas setenteras.

Blade Runner. Si los cacharros pitan mucho estamos hablando de un futuro avanzado. Imagen: Warner Bros.

La tecnología militar de ficción también suele presentarse forrada en cáscaras de coco. El cine ha sentenciado que todos los radares siempre producen el mismo pitido, el del sónar británico ASDIC utilizado en submarinos durante la Segunda Guerra Mundial. Y también de nacionalidad anglosajona parecen ser la totalidad de sirenas que atruenan en los mundos de ficción en caso de alarma, porque todas resuenan exactamente igual que el modelo Carter fabricado por Gent’s of Leicester y utilizado durante conflictos bélicos como la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Fría. Los alemanes entretanto se encargaron de hacer famosa otro tipo de sirena guerrera, la Trompeta de Jericó que llevaban instalada los bombarderos Ju-87 apodados popularmente Stukas. Un artilugio de bramido espeluznante que en la guerra se utilizó a modo de arma psicológica para infundir terror entre las tropas enemigas y que curiosamente el cine adoptó como el sonido típico que uno esperaría escuchar cuando un avión cae en picado. Un estruendo, apodado como «el grito del Stuka», que ha sido utilizado miles de veces en el cine acompañando aviones en pleno bombardeo (Dunkerke, Los cañones de Navarone), pájaros encabronados (Birdemic), pterodáctilos aún más encabronados (Jurassic World), helicópteros en caída libre (Solo para sus ojos) o torres sobrecargadas de travestis galácticos que se desploman (The Rocky Horror Picture Show).

A la hora de adentrarse en el polvorín, los militantes del departamento de sonido lo tienen muy claro: las armas no producen el suficiente estruendo en el mundo real. En el cine de Sergio Leone las pistolas retumban como rifles y los rifles parecen cañones, una minigun en un film de acción tiene la costumbre de sonar como la mucho más llamativa ametralladora Browning de calibre 50, Bonnie and Clyde elevaba de manera poco natural el sonido de cada balazo y series como Miami Vice embellecían los tiroteos haciendo que las pistolas de mano atronasen como escopetas al ser disparadas. El caso de Indiana Jones es encantador, porque Steven Spielberg y George Lucas no solo sustituyeron el sonido de su pistola por el de un rifle para darle más empaque a los disparos, sino que además decidieron que la personalidad del héroe debía de contagiarse a su arsenal: cuando Indy aprieta el gatillo en la pantalla, independientemente del modelo de arma que esté empuñando, el disparo siempre suena del mismo modo.

En el espacio profundo todo el mundo puede oír tus gritos

Es cierto que la mayor parte de la población no está excesivamente acostumbrada a lo de pasear a menudo por el espacio exterior. Pero los que confían en la ciencia y no tienen el espíritu magufo de Iker Casillas, también saben que en el espacio es imposible escuchar cualquier tipo de sonido por todo aquel tema de que a las vibraciones no se les da demasiado bien lo de viajar a través del vacío. Aun así, la mayoría de espectadores están acostumbrados a escuchar en el espacio muchas explosiones rotundas y rayos láser que silban (Star Wars, Wing Commader, Star Trek), maquinaria ruidosa (The Cloverfiled Paradox, Alien, Gravity, Armageddon) o incluso conversaciones sobre la superficie lunar (Superman II). Pero en estos casos el departamento de sonido tiene toda la razón del mundo: los fuegos artificiales con el mute puesto no tienen ninguna gracia y aquí resulta conveniente hacerle la cobra a la lógica.

Gravity, mejor oírlas venir. Imagen: Warner Bros. Pictures.

The Fast and the Furious

En la vida real los neumáticos de los coches chirrían al derrapar sobre el asfalto. En las carreras cinematográficas las ruedas de los vehículos también son capaces de chillar como si estuvieran derrapando sobre suelo sólido al circular sobre superficies en las que ese sonido es imposible que se produzca: montes embarrados, senderos boscosos o aquella carretera de gravilla por la que Sean Connery escapaba en Agente 007 contra el Dr. No. Aunque el auténtico protagonista a la hora de hablar de ruedas en el cine es el motor V8 y el rugido que produce, uno tan reconocible para el americano medio (aquel motor habitaba los mejores vehículos de USA durante la década de los sesenta) como  para convertirse en el ruido estándar de la práctica totalidad de los coches que aparecen en pantalla. No solo se ha utilizado en films de ficción como Misión Imposible: nación fantasma, Regreso al futuro o La guerra de los mundos (2005), sino que hasta ciertos programas televisivos dedicados a los amantes de los motores como Top Gear se han atrevido a sustituir el runrún de los motores más sosos por una pista de audio con el bramido del V8 para darle más garbo al asunto.

Ronda de cocos

Los cuchillos que silban, los aviones que gritan y los ordenadores que pitan no están solos en el archivo de FX sonoros con alma de coco de los mundos de ficción. Porque a lo largo de miles de películas, series y videojuegos muchos soniquetes están condenados a repetirse eternamente de manera similar (o en ocasiones directamente idéntica) para que la audiencia no se sienta defraudada: el silbido que producen los rayos de luz en pantalla (Entrevista con el vampiro, En busca del arca perdida o las campanillas que acompañan a la piel resplandeciente de Edward Cullen en Crepúsculo), el célebre chirriar de una puerta metálica, el clic que hacen las minas cargadas (Volar por los aires), el tintinear de cristales rotos sobre cualquier tipo de superficie (los de La jungla de cristal se han importado a numerosas películas), el timbre de una máquina registradora al abrirse, el bramido de un elefante en la jungla (algo que resuena incluso en La isla de las cabezas cortadas, una película ambientada en el Caribe, terreno famosísimo por sus comunas de elefantes), la campana que anuncia la llegada de un tren en un paso a nivel, los puñetazos más sonoros (cualquier cosa en la que participaran Bud Spencer y Terence Hill), los truenos que adornan los castillos malvados (este en concreto junto al denominado Dobly Digital Thunderclap y el clásico Castle Thunder son probablemente los tres truenos más resobados de la historia), los pedazos de metal que repiquetean contra el suelo tras una explosión o la única rana que croa en todos los charcos y pantanos de todas las películas conocidas por la humanidad.

Terence Hill y Bud Spencer, hostiólogos. Le seguían llamando Trinidad. Imagen: AVCO Embassy Pictures.

La productora Hanna-Barbera, una compañía famosa por hacer creer al mundo que unos dibujos animados baratos eran la hostia, es la que se lleva la palma a la hora de hablar de fondo de armario sonoro. Dicha empresa posee una tremenda y notable biblioteca personal de efectos de audio. Un archivo entre en el que es posible localizar la carrera a ritmo de bongos de cualquier cartoon, la resonancia de todos los porrazos animados imaginables o el mordisco cómico a traición, entre muchos otros efectos maravillosos. Un catálogo tan celebrado como para que prácticamente toda la industria del entretenimiento, desde Disney hasta Chuck Jones, se dedicase a meterle mano durante décadas hasta el día de hoy: Patoaventuras, Scooby-Doo, Winnie the Pooh, Ren y Stimpy, Bob Esponja, My Little Pony, La casa de Mickey Mouse, Chip y Chop, Los Picapiedra e incluso algunas entregas del videojuego Mario Party son tan solo un puñado de ejemplos de los centenares de shows que tiraron del ruidoso archivo de Hanna-Barbera.

Wilhelm scream

En 1951, Gary Cooper protagonizó un wéstern llamado Tambores lejanos y el mundo escuchó por primera vez el que se convertiría en el grito más famoso de la historia del cine. Un berrido que nació mordido y acompañado: a la hora de sonorizar una escena de la película en la que un hombre era atacado por un caimán en un pantano, el equipo encargado de los efectos sonoros grabó seis chillidos diferentes y los envasó en una lata etiquetada «Un hombre es mordido por caimán y grita». La película finalmente utilizó la quinta toma para la escena de la merienda del cocodrilo, pero también tiró de los aullidos de las tomas cuarta, quinta y sexta para darle vidilla a los tiroteos de otra secuencia.

Lo importante es que aquella lata repleta de alaridos circuló entre los currantes de postproducción con cierto éxito. Una veintena de películas y producciones televisivas recurrieron a ella para embellecer muertes en el lejano Oeste (Grupo Salvaje), hazañas bélicas (Boinas Verdes), invasiones de hormigas gigantes (La humanidad en peligro) o a más gente convirtiéndose en tentempié de caimanes (Tierra de faraones). Producciones que se valían de los seis chillidos registrados pero que parecían tener preferencia por utilizar uno de ellos en concreto: el registrado en la cuarta toma.

La carga de los jinetes indios. Imagen: Warner Bros.

A finales de los sesenta aquel bramido llegó a las manos de Ben Burtt, el diseñador de sonido encargado de alegrar las aventuras espaciales de Star Wars, mientras rebuscaba ruiditos con los que revestir la película. Burtt localizó el rollo con el grito y decidió incluirlo en la escena de La guerra de las galaxias en la que un stormtrooper se precipitaba al vacío tras ser derribado por uno de los disparos de Luke Skywalker. El técnico investigó la procedencia del alarido y decidió bautizarlo como «Wilhelm scream» al descubrir que en la película La carga de los jinetes indios de 1953 un soldado llamado Wilhelm lo profería tras recibir un simpático flechazo en el muslo (aunque en la misma película el grito se infiltraba en un par de escenas más durante las batallas). Desde entonces, Burtt convirtió el aullido en una especie de broma personal y comenzó a infiltrarlo en todas las películas en las que trabajaba, la familia Star Wars (El Imperio contraataca, El retorno del jedi o incluso el terrorífico The Star Wars Holiday Special), las correrías de Indiana Jones, Más american graffiti, Howard… un nuevo héroe, Willow o Always (Para siempre). Lo más gracioso de todo es que Burtt se encargó de llevar aquel alarido al cine de la manera más personal posible: en El retorno del jedi interpretó al coronel Dyer, un secundario fugaz que, tras ser golpeado por una caja de herramientas arrojada por Han Solo, se escoñaba barandilla abajo aullando el grito Wilhelm.

La guerra de las galaxias. Imagen: Walt Disney Studios Motion Pictures.

De repente, aquel efecto sonoro se convirtió en una broma dentro del gremio y todos los diseñadores de sonido se pusieron de acuerdo para añadirlo en cualquier producción posible. A día de hoy ese Wilhelm scream ha aparecido, que se sepa, en más de tres centenares de películas y episodios televisivos: Aladdin, Reservoir Dogs, Batman vuelve, Juno, Sin City, Arma letal 4, Cars, El quinto elemento, Ovejas asesinas, Crepúsculo, Monstruos contra alienígenas, Up, Spider-Man, Zombie Strippers, El Señor de los Anillos, Padre de familia, Gracias por fumar, Malditos bastardos, Speed Racer, Programa de protección de princesas, Angel, La niebla, Gru: mi villano favorito, Machete, 30 días de oscuridad, King Kong, Lluvia de albóndigas, Poltergeist o La vida de Calabacín entre muchas otras. La fama de ese FX sonoro llegó a ser tan apabullante que cuando la película Star Wars: los últimos jedi anunció que no lo iba a utilizar en su metraje el dato se convirtió en noticia de interés. Buzz Lightyear lo grita en Toy Story y al pobre de Ben Burtt no dejan de invitarle a las Comic-Cons para que cuente por  gritonésima vez toda la historia del berrido a pesar de que el hombre es responsable de cosas mucho más interesantes como las voces de E.T. o Wall-E y el papá de efectos sonoros tan interesantes como el «audio black hole».

Pero lo curioso del grito Wilhelm es que a estas alturas se ha convertido en el efecto sonoro menos efectivo de toda la historia del cine, una especie de Efecto Coco invertido: gracias a su sobrexplotación salvaje, con centenares de films haciendo uso de dicha voz, escucharlo en el metraje solo consigue sacar por completo de la película a cualquiera que esté al tanto del chiste. Al contrario de lo que ocurre con los más destacados representantes de The Coconut Effect, el legado de Wilhelm algo que hoy en día la audiencia reza por no escuchar.

Los caballeros de la mesa cuadrada. Imagen: EMI Films.


Spider-Man: Homecoming. Sinfonía de Queens en clave de Blitzkrieg Bop

Imagen: Columbia Pictures / Marvel Studios.

«Una película de Peter Parker». Con este cartel, que aparece no por casualidad casi al inicio de Spider-Man: Homecoming, no solo se deja al descubierto el tono de la película, sino también su verdadera esencia y (por si esto no fuera ya suficiente) su principal rasgo diferenciador respecto a las anteriores versiones cinematográficas del personaje. Quizá un par de saltos en el tiempo sirvan para arrojar luz sobre esta triple carambola, que de tan natural podría pasar casi desapercibida.

1961. Con el amanecer de la década del amor libre, los Beatles y las drogas psicodélicas, el guionista Stan Lee y el dibujante Jack Kirby dan el pistoletazo de salida al Universo Marvel de los cómics con la creación de Los 4 Fantásticos. En apenas un par de años el tándem Lee-Kirby, en plena orgía (ya hemos dicho que eran los sesenta) de creatividad, se sacarán de la manga a Hulk, Thor, Iron Man…, mientras que Lee, junto a otros dibujantes, ideará también a otros tipos en mallas como Daredevil, Doctor Extraño y, cómo no, Spider-Man: estos dos últimos dibujados por el genial (y muy psicodélico: recuerden, era la década) Steve Ditko. Frente a Batman, Superman, Wonder Woman y el resto de superhéroes que llevaban desde los años treinta siendo publicados por DC, la editorial de la competencia, las creaciones de Lee venían a ofrecer algo nuevo que les permitiera alcanzar la inmortalidad por sus propios medios, y no como mera réplica a aquellos héroes clásicos. Se trataba, por primera vez, de lo que ya entonces se definió como «superhéroes con superproblemas»: en las páginas de los tebeos de la Marvel sus protagonistas eran de carne y hueso y el lector veía sus preocupaciones mundanas como algo cercano, gracias al énfasis del guionista en el día a día de los hombres y mujeres que se ocultaban tras las máscaras. El mejor exponente de ese enfoque fue, sin ninguna duda, el Spider-Man de Lee y Ditko: un cómic que dedicaba tanto espacio en sus viñetas a las tribulaciones de Peter Parker con sus compañeros de instituto como a la pelea con el villano de turno. No por casualidad fue en esa época cuando comenzaron a proliferar en Marvel los superhéroes adolescentes: frente a los adultísimos y apolíneos Superman, Batman y compañía, personajes como Johnny Storm (la Antorcha Humana) o los integrantes de la Patrulla X eran, como Peter, quinceañeros tan preocupados por el baile de fin de curso como por la última amenaza del Doctor Muerte.

Ahí había algo con lo que cualquiera podía identificarse, y de pronto, fuera Lee consciente de ello o no (aunque dada la peculiar personalidad del autor, él siempre reclamará que fue algo del todo intencionado) la idea del superhéroe cobró una fuerte carga metafórica a la hora de plasmar los difíciles años de la adolescencia, esos en los que el cuerpo cambia como si sufriera los efectos de la picadura de un bicho radiactivo; cuando suspender un examen parece el fin del mundo, y para pedirle salir a la chica que te gusta hay que vencer un miedo tan poderoso que parece tener brazos mecánicos. Eso era Spider-Man, y eso es lo que Jon Watts ha entendido a la perfección en esta tercera versión para la gran pantalla.

Imagen: Marvel Comics

Interludio. 1966. Steve Ditko abandona Spider-Man por diferencias creativas con Lee (una historia larga y espinosa que daría para su propio cómic en entregas semanales), y se sube a bordo John Romita como nuevo dibujante. Romita venía de las historietas románticas, y el cambio de rumbo de la cabecera es más que evidente. Son los años en que entra por fin en escena Mary Jane, y se conforma el triángulo amoroso Peter-Mary Jane-Gwen Stacy. Es también la época que servirá de plantilla para la trilogía cinematográfica de Sam Raimi con Tobey Maguire y Kirsten Dunst y (aunque en menor medida) las dos cintas de Marc Webb con Andrew Garfield y Emma Stone. Películas donde Peter Parker importa, sí, pero siempre en función de su interés amoroso. Fin del interludio.

2017. Lo que ofrece Spider-Man: Homecoming es puro Ditko, porque el film se sabe, ante todo, comedia de instituto; en segundo lugar, relato de enamoramiento adolescente; y solo en una tercera y respetable posición, película de acción. No es una película de Spider-Man, es «una película de Peter Parker», y vista a través de los ojos de Peter Parker: igual que Spielberg situaba la cámara a la altura de los niños en E.T., Watts narra las primeras imágenes de Homecoming a través de los ojos (y la cámara de un teléfono móvil) de su protagonista, que también por primera vez aparenta los quince años que tiene. De esa «estatura audiovisual» surge la verosimilitud de sus personajes, la sensación de espontaneidad del protagonista y de algunos de sus secundarios, el humor de situaciones sencillas pero con las que es fácil empatizar… La tía May de Marisa Tomei se comporta de verdad como la tía de un quinceañero y no como su abuela; los compañeros de clase de Peter se libran de caer en el cliché más simple de buenos-malos para ser, una vez más, chicos jóvenes perfectamente creíbles; y, por encima de todo, el Ned interpretado por Jacob Batalon resulta uno de los grandes hallazgos del reparto como amigo y confidente de Peter, aunque a todas luces su caracterización bebe más del Ganke Lee creado por el guionista Brian Michael Bendis que del Ned Leeds de quien toma el nombre. Al fin y al cabo, la excelente puesta al día del Spider-Man de Lee y Ditko realizada por Bendis a partir del año 2000 es otro de los grandes referentes del film.

Imagen: Columbia Pictures / Marvel Studios.

Pero también nacen de esta autoconsciencia adolescente, por supuesto, la tensión, la emoción y la aventura: desde la brillante escena de acción del monumento a Washington hasta la angustiosa conversación en el coche entre Peter y el villano, un Adrian Toomes interpretado de manera escalofriante por Michael Keaton. Ah, sí, llegamos a Keaton…

Como somos unos caballeros, no nos regodearemos en el bello corte de mangas a Iñárritu que supone tener al actor encarnando a un hombre-pájaro en un blockbuster de superhéroes. Pero el personaje de Toomes ofrece también una de las claves de la cinta: el hecho de que el malo de la película sea un basurero que se rebela contra a) una injusticia laboral y b) una élite formada por playboys millonarios, dioses del trueno y militares, nos ofrece al primer villano working-class del Universo Cinematográfico Marvel, y ayuda a poner en perspectiva a Spider-Man como el primer superhéroe de clase obrera de la productora. Su carrera a la desesperada por un campo de golf sin un lugar donde lanzar su telaraña, como un pez fuera del agua, es uno de los muchos elementos que realzan esta conciencia de clase de la película, con un protagonista becado, en un instituto público, y a la sombra de un Iron Man que ayuda a marcar esa distancia con un panteón Marvel que juega en otra liga.

Este último era, quizá, uno de los puntos más controvertidos del film: su descarada pertenencia al universo Marvel, con la inclusión de Peter en la misma realidad que Iron Man, el Capitán América y el resto de Vengadores. Pero la anunciada presencia de Tony Stark (Robert Downey Jr.) es como ese brillante dólar de plata que se coloca en las fotografías al lado de una hormiga (o de una araña) para dejar bien claro lo pequeña que es esta. Al final, todo en Homecoming es una cuestión de escala. Y de la exploración de ese microcosmos netamente americano, pero a la vez tan universal, que es Nueva York: si el Capitán América es un chico de Brooklyn, Daredevil representa a Hell’s Kitchen y Luke Cage es la encarnación de Harlem, entonces Spider-Man es Queens, con todo lo que eso conlleva. Es el barrio de clase obrera pero no marginal; el de los colegios públicos y sus bailes de fin de curso; el de la multiculturalidad real y natural del instituto Midtown, no turística como en Manhattan. Y el hogar de los Ramones.

Eso es Spider-Man: Homecoming. Y no es poca cosa.


Joe Hill: «Si algo te hace reír o tener miedo estás ante el embrión de una buena historia»

Joe Hill (Maine, 1972) luce como un adulto. Saluda educadamente, sonríe sin estridencias y estrecha la mano como si lo fuera. Hasta que localiza sobre la mesa un ejemplar de la Jot Down 11, dedicada al miedo. Entonces se abalanza sobre ella y deja de prestar atención a su alrededor. Olisquea las páginas, desliza los dedos sobre las ilustraciones y boquea como un pez al percatarse de que James Ellroy es uno de los entrevistados. Pasa su teléfono por los textos, para traducirlos al inglés instantáneamente. Sus diminutos ojos se redondean, y saborea lo escrito con esa voracidad que solo nos ataca cuando levantamos unos palmos del suelo. «¡Es fantástico!», exclama. «¿Todo un número dedicado al miedo?», se maravilla. Lo que no era más que un gesto de cortesía habitual —ofrendar algún ejemplar al entrevistado— ha resultado toda una revelación: con su camiseta de Ray Bradbury, Joe Hill sigue siendo aquel niño al que Stephen King dedicó El Resplandor. El chico fascinado por el terror y los cómics, que tenía tantas ansias como miedo de seguir la estela de sus padres. Permaneció en la sombra bastantes años, a salvo de las comparaciones y sospechas de nepotismo. Se borró el apellido, y más o menos funcionó. Pero en eso también repitió la historia paterna: acabaron pillándole.

Joseph Hillstrom King es el hijo de Stephen King, pero sobre todo es Joe Hill, novelista, autor de cómics y Premio Eisner. Un tipo que regala una risa similar a una botella de champán: primero, se descorcha con una carcajada seca y gutural. Después, se rinde a un borboteo contagioso que rezuma honestidad. Es él mismo quien descubre su otra identidad: «Aquí soy Pepe Colina». Charlamos con él con motivo de su participación en el Festival Celsius232 que se celebra en Avilés, con el apoyo del Espacio Fundación Telefónica.

Hay dos preguntas que siempre le hacen a tu padre, de una manera casi obsesiva —«¿De dónde sacas esas ideas?» y «¿No te asustas a ti mismo?»— hasta tal punto que él mismo parodia la situación en relatos como «El virus de la carretera viaja hacia el norte». Se toma con humor llevar más de cuarenta años contestando lo mismo…

Sí, se lo toma con mucho humor. En esas situaciones la broma que más le gusta hacer se la robó a Robert Bloch: «La gente piensa que debo ser una persona muy extraña. No es correcto. Tengo el corazón de un niño… Está en un frasco de vidrio en mi escritorio», dice. Esa es la respuesta clásica desde… ¿hace cincuenta años, probablemente?

Pero, ¿y a ti? ¿Cuáles son las preguntas típicas tópicas que te hacen siempre? ¿Se parecen a esas?

Es una dura pregunta para empezar, porque yo nunca me he hecho esta pregunta a mí mismo. Realmente no lo sé. Tengo una imaginación de cómic, crecí leyendo cinco cómics al día. Mi padre tenía esos de terror de los cincuenta, Tales From the Crypt —que después adaptaron maravillosamente en HBO y eran tan horrible, tan gore, tan oscuros y perturbadores, les divertía tanto asustar a la gente… El Gobierno americano incluso amenazó con perseguirlos y penalizarlos, aunque al final no fueron tan lejos. Los leí en una edad muy impresionable. Creo que de ellos saqué la inspiración de lo que quería hacer, los leía y releía, y seguía dando vueltas a las historias en mi cabeza durante días. Definitivamente influyeron en mi manera de escribir. No es en absoluto accidental que mi primer éxito como escritor fue con los cómic de Marvel, antes de que fuera novelista, o tuviera cualquier tipo de fama. Mi gran triunfo fue escribir trece páginas de Spider-Man para Marvel.

¿Basado en las historias que os contaba tu padre sobre Spider-Man antes de dormir?

[Risas] Sí, eso lo hacía sobre todo cuando estábamos de vacaciones. Jay Leno tiene una broma sobre ello: «Stephen King les dice a sus hijos “Ey, niños, ¿queréis que os cuente una historia para iros a la cama?” Y los niños contestan “noooo”» [Risas]. Es una broma graciosa, pero en realidad no es cierta. Todos amábamos las historias que nos contaba mi padre cuando nos metía en la cama, y utilizaba a Spider-Man porque era nuestro personaje favorito y entendió que no podía matarle. Si le amenazaba con la muerte sabíamos que no había nada que temer, porque irremediablemente iba a sobrevivir. Así que, en lugar de eso, creaba suspense haciendo que Spider-Man se humillase de mil formas distintas. Recuerdo que en una de esas historias Spider-Man engullía una comida terrible, un perrito caliente en mal estado o algo así, y le hacía daño al estómago, tenía retortijones. Pero claro, era Spider-Man, así que acababa metido en una lucha contra algún villano, que le daba puñetazos en el estómago y él se retorcía de dolor… hasta que se cagaba dentro del traje. Y yo y mi hermana gritábamos «Noooooo», incapaces de creer el horror absoluto que suponía ver a Spider-Man cagándose dentro del traje. Veinticinco o treinta años después de eso escribí mi propia historia para Marvel, y no es ni de lejos tan buena como aquellas. Si alguna vez tengo la oportunidad, otra oportunidad, de escribir una historia de Spider-Man, lo primero que haré es que se cague dentro del traje. Definitivamente.

Toda una declaración de intenciones.

Lo es. Si Marvel me contrata de nuevo y me deja, lo haré. Si no me deja que incluya eso, no escribiré el cómic.

¿Y qué harás con los personajes femeninos?

Con Mary Jane… Déjame decir algo primero: vosotros aún no la habéis visto, pero al mismo tiempo que estamos haciendo esta entrevista, Spider-Man Homecoming se ha estrenado en Estados Unidos. Y una de las cosas que más me han sorprendido de este nuevo Spider-Man es lo geniales que son los personajes femeninos. Este ha sido un año muy bueno, quizá un par de años, para la representación de la mujer en la ciencia ficción. Tenemos a Rey en Star Wars, Furiosa en Mad Max, Jyn Erso en Rogue One… Y Wonder Woman es posiblemente una de las mejores películas de superhéroes, y eso que hemos tenido fantásticas historias de superhéroes. Pero de todas formas, yo fundamentalmente escribo ficción de terror, cosas de miedo. Y este campo nunca ha tenido problemas creando personajes de mujeres fuertes, es una cuestión de la ciencia ficción y de ciertos tipos de fantasía. Como alguien señaló, hablando sobre esto, ni El Hobbit ni los tres libros de El señor de los anillos tienen ni un solo personaje femenino, y en el caso de que lo haya, solo existían para complementar la historia de los personajes masculinos. El terror habitualmente sí tiene personajes femeninos que son la clave para la historia, y eso se remonta… a hace muchísimo. Shirley Jackson escribió The haunting of hill house en los cuarenta, con mujeres teniendo el papel clave de la historia…

Sí, pero hay algo curioso, por ejemplo, en tu libro. Juzgándolo por la portada y el título en inglés (The Fireman) invita a pensar que el protagonista es un hombre. Pero luego no es así: la verdadera protagonista de la historia es Harper. ¿La confusión es algo intencionado?

[Uhmmm] Es cierto. Pero en España, por ejemplo, el título es diferente, es Fuego, que a mí me parece más ajustado.

¿Prefieres Fuego a The Fireman?

No, en realidad no. Me gusta The Fireman [Risas]. El motivo de titularlo así, aunque Harper sea la protagonista, es que The Fireman se convierte en una figura central de su vida, más que su compañero. Ella entiende que es muy poderoso y que puede darle fuerzas, aunque no es un personaje principal, no de una manera romántica. Además creo que cuando leemos historias de suspense generalmente anticipamos el liderazgo masculino, y me gusta socavar las expectativas. Tienes esta figura superheróica, The Fireman, que cuando el virus se propaga haciendo que la gente entre en combustión espontánea él por sí mismo aprende como controlarlo. No solo para no morir, sino que también ha aprendido a usar enfermedad como una especie de arma para proteger a los enfermos. Y me gusta que el lector asuma que es una historia sobre él, y luego descubra que es un personaje secundario de la historia de Harper.

Como en Mad Max: Fury Road.

Eso. Es un poco como Max convirtiéndose en el «second banana» de Furiosa. Así que The Fireman es como el psíquico de la historia.

Dices que para ti, antes que el argumento de la historia, están los personajes. Que es por ahí donde empiezas a construir el relato.

Sí. Alguien me preguntó hace poco qué pensaba de los críticos literarios que descartan libros porque están muy centrados en el argumento, y esperaban que yo mismo atacara a los críticos. Pero creo que tienen razón, estoy de acuerdo con ellos. No estoy demasiado interesado en historias por su argumento, que invierten mucho en él. No me importan las ideas ingeniosas o inteligentes, me importan los seres humanos. Y un buen argumento es solo un motor para ir revelando a los personajes, por qué se preocupan, por qué luchan, lo que les importa. Queremos saber lo que es importante para otras personas, y las historias de suspense nos permiten descubrirlo. Es como saber qué te llevarías de un edificio en llamas, o cómo abordarías una situación así: ¿ayudarías a la mujer de la puerta de al lado, para saber si está bien, o usarías las escaleras directamente? ¿Cogerías al gato o tu portátil? Eso son cosas que descubrimos con el suspense, qué le importa a la gente, a lo que tienen más afecto, lo que aman. Si escribo una historia necesito crear un personaje que me rete, que tome decisiones interesantes, creíbles, pero interesantes. Me interesan las reacciones inesperadas. Casi todos mis libros conllevan algún tipo de misterio, pero el misterio nunca es ¿quién lo hizo? sino ¿quién es esta persona? Y te lleva quinientas páginas descubrirlo.

Eso es quizás lo más llamativo de Nos4a2, donde sabes perfectamente quién es el malo del relato, y aun así la niña resulta más misteriosa.

Amé escribir el personaje de Vic McQueen, gracias por eso. Ahora mismo están haciendo una adaptación para la AMC, y he leído el guion del piloto que ha hecho Jami O’Brien, que es brillante. De hecho, creo que ese guion debería incluirse en los libros de texto para enseñar cómo se adapta un libro a un guion. Espero que continúen con el proyecto, porque tiene una pinta magnífica. Es un gran inicio.

No es el único proyecto que tienes de adaptación. The Fireman también está en ello, pero no entiendo muy bien qué ocurrió aquello de adaptar tu cómic de Locke & Key. Porque llegó a rodarse el piloto hace unos años, ¿no?

En 2011 se rodó un piloto para Fox. Lo dirigió Mark Romanek —el de Nunca me abandones— y lo escribió Josh Friedman —autor de Terminator: The Sarah Connor Chronicles— y fue un gran trabajo. Pero fue como el juego de las sillas, que no había muchas oportunidades de estrenarla. Fox emite cuatro pilotos de cuatro series, pero luego solo se queda con una. Y en este caso éramos nosotros contra Alcatraz, que fue la elegida por encima de Locke & Key. No porque Fox pensara que era mejor, sino porque J. J. Abrahams producía la serie, y existía ese sentimiento de que nada podía ir mal con él a bordo. Así que Locke & Key nunca ocurrió, la emitimos en la Comic Con de San Diego y eso fue el final de todo. Ahora mismo estamos dándonos otra oportunidad: Hulu está desarrollando la serie para televisión, y yo mismo me he encargado del guion del piloto. Lo dirigirá el maravilloso director argentino Andrés Muschietti, que dirigió Mamá y también dirigirá la adaptación de It del libro de mi padre. He visto algunas escenas y creo que es de las cuatro o cinco películas más aterradoras que he visto. Brillante.

Locke & Key es un cómic orgullosa y abiertamente lovecraftiano. ¿Qué te parece que su figura se haya convertido en los últimos tiempos en una especie de icono pop? Antes no había manera de hacerse con tal cantidad de peluches de Cthulhu.

Es cierto, se ha popularizado muchísimo. Creo que parte del poder de Lovecraft es que inventó una idea muy moderna de horror, en el que la humanidad es pequeña, es una mota de polvo en mitad de un vasto universo lleno de fuerzas mucho más poderosas. Al contrario de lo que vemos en la Biblia esas fuerzas poderosas están ahí fuera y ni siquiera las conocemos bien, como los dioses antiguos como Azathoth. Tenía ideas muy poderosas, pero era un terrible escritor, y un racista. Creo que su racismo era una de las formas en las que manifestaba su enfermedad mental, estaba aterrado por las personas. Por eso se asustaba de otras razas, o de las mujeres. En realidad, no estoy seguro de si Lovecraft se sentía a gusto con alguien, creo que estaba mentalmente enfermo, tenía miedo de salir de su casa, de ser tocado por otras personas, miedo a la intimidad… Y como mucha otra gente que está perturbada emocionalmente, encontró la forma de coger lo más problemático que tienen en ellos y hacerlo arte.

Como la frase de Carrie Fisher: «Take your broken heart and make it into art».

Exacto. Aunque en este caso yo creo que es más «Coge ese cubo de gusanos que tienes en la cabeza y conviértelos en arte» [Risas]. Pero bueno, aunque mi cómic estuviera ubicado en Lovecraft, Massachusetts, en la serie de televisión lo he cambiado por Matheson, Massachusetts, porque ya honré a un escritor en el cómic y quería honrar a otro en la televisión. No es el único cambio que he hecho, hay bastantes cosas que he reinventado para la serie. Porque quería darle a la gente la historia que aman, pero también que quien hubiera leído el cómic no estuviera demasiado cómodo.

Hace tiempo dijiste que podrías renunciar a las tramas sobrenaturales pero jamás al suspense. ¿Sigues pensándolo?

Lo cierto es que sí. Nunca he acabado de leer un libro que no tuviera suspense. No tiene que ser de terror, no tiene que ser de fantasía, pero cualquier historia tiene que tenerlo. «Suspense» es la palabra que utilizamos para nombrar el sentimiento que te hace continuar pasando las páginas. Y si no tienes razones para pasar la página, abandonas el libro. Así que cualquier escritor que escriba ficción está en el negocio del suspense, lo admita o no. El hecho de que escriba sobre temas relacionados con el miedo refleja mi inseguridad. Siento que si no mantengo el suspense, si no doy todo lo que tengo, los lectores se irán a ver algo en Netflix. Tengo que competir con Netflix, con Hulu, con YouTube… Así que la única esperanza de sobrevivir es darle a la gente razones para seguir pasando las páginas. Y es algo que me preocupa en cada párrafo, en cada página, en cada momento.

¿Te preocupa que la gente deje de leer? No como escritor.

No me preocupa que la gente deje de leer libros. Leer libros por placer ha sido algo que solo un porcentaje muy pequeño de la gente hace. Siempre ha sido como una extraña adicción, pero muy de nicho. Lo que ocurre es que precisamente es esa adicción la que ha hecho que esa gente después se lanzara a hacer películas, series, y videojuegos… La literatura sigue siendo el origen nuclear, el poder real del entretenimiento. Creo que a la gente le seguirán importando los libros, los cómic, novelas e historias cortas, incluso en un mundo con cuatrocientas cincuenta nuevas series de televisión cada año. Y un centenar de películas.

A veces siento que estamos sobreentretenidos. Que hay mucho entretenimiento, y nada nos afecta realmente. Pero después veo esta serie de televisión, Victorian baker, que es mi zona de confort. Me gusta ver programas de cocina cuando estoy soñoliento, los pongo y es como una maravillosa taza de té o algo así. Me da confianza. Así que veo esa serie, que habla sobra la vida de los panaderos en 1830.

¿Vestidos de época?

Oh, sí. Todos con esos trajes maravillosos, los reproducen tal cual eran. Y ves sus vidas, con ese trabajo tan asqueroso, quince horas al día, en un horno asfixiante, trabajando sobre las masas sin equipamiento, sin herramientas, sin ingredientes modernos… Y esas eran las vidas de esas personas, pasaban quince horas al día, todos los días, siete días a la semana, y el único descanso que tenían era cuando iban a la iglesia el domingo por la mañana. Y ninguno de ellos tenía Netflix, ni libros, porque no sabían leer. Y tampoco es que hubiera ocasión de que aprendieran, porque no tenían tiempo para coger un libro. Era solo trabajo hasta que desfallecías a las diez de la noche, con una alimentación terrible y un trabajo extenuante. No había distracciones digitales, ni distracciones en absoluto. Así que compara la amargura de las vidas de la gente de solo hace cuatro generaciones, que no es tanto. Hemos vivido de esa manera ciento cincuenta años atrás. Y comparado con eso, quizá sí que estamos distraídos.

Me gustaría hablar de la conexión del humor y el terror, quizás dos de los géneros más denostados por la crítica literaria. Alguien te preguntó hace tiempo que de dónde sacas la inspiración para cada nueva historia y contestaste: «De una broma». ¿Es el humor la base del terror?

El humor y el terror son hermanos gemelos. ¿Tenéis aquí el show de The Three Stooges? Cuando vemos a Larry golpeando a Moe con un martillo nos reímos, porque es gracioso. Y cuando vemos a Leatherface golpeando a alguien también con un martillo, con la sangre brotando, gritamos y nos cubrimos los ojos. Fundamentalmente ambas son la misma escena, porque ha ocurrido lo mismo. Activan la misma parte de nuestro cerebro, lo que ocurre es que el mono que hay dentro de nosotros responde así a ante ese tipo de violencia.

Cuando era un niño de once o doce años, tenía amigos que se suscribían a revistas de deportes, Sport Illustrated; los que amaban el rock se suscribían a The Rolling Stone. Yo me suscribía a la revista Fangoria. La amaba. Estaba dedicada al terror, al trabajo que hacían estos tres tipos en los efectos especiales, Tom Savini, Stan Winston y Rob Bottin, a los que adoraba. Ellos, profesionales de los efectos de caracterización, cuando hablaban de cómo hacer que un alien saliera del pecho de alguien, lo llamaban hacer un «gag». Que es otra palabra para «broma», y también algo que te ocurre cuando estás enfermo que te «atragantas», es otra acepción. Para mí está todo conectado. Humor, repugnancia, hilaridad. Piensa en cuántas bromas existen sobre tirarse pedos, sobre la pérdida de control de tu propio cuerpo, ahí es gracioso. Pero si ves a Jeff Goldblum en La mosca, cuando se le cae la piel a tiras, también supone la pérdida de control de tu propio cuerpo, y ahí es grotesco.

Creo que si algo te hace reír o tener miedo estás ante el embrión de una buena historia. En el segundo que un personaje te hace reír, es que te importa. Y cuando está en peligro, respondes con miedo, te sientes comprometido con lo que le ocurra. En los noventa, las películas slasher eran superpopulares, tenías las secuelas de Pesadilla en Elm Street, Viernes 13, Halloween… Muchas de ellas eran películas de terror bastante malas, pero muy buenas comedias de payasadas. No eran aterradoras pero eran muy graciosas. Y la gente no se daba cuenta de ello entonces, porque había grupos de padres que protestaban por que sus hijos se vieran expuestos a este tipo de películas, estaban muy molestos. No se daban cuenta de que casi todos ellos iban al cine para reírse. No puedes preocuparte por los personajes en estas películas porque todo era demencial. Tienes a la cheerleader, al empollón, al fumeta… El único personaje interesante era Freddy Krueger, porque le rodeaba el misterio, era más complejo. Como el de Michael Myers o Jason Voorhees, todos tenían historia detrás. Así que en lugar de estar asustados por lo que les ocurría a los supuestos héroes, en realidad te arrastraban a querer ver a Freddy Krueger cargándose a gente. Por cierto, creo que las películas de Elm Street, en general, sí eran buenas películas. No todas, pero Wes Craven fue magnífico con ellas.

Ya que hemos mencionado la denostación del género por el canon cultural, hemos traído algo que nos gustaría que leyeras: un artículo que Santiago Roncagliolo escribió hace unos años, la semana antes de conocerse el Premio Nobel. Te lo hemos traducido al inglés, a ver qué piensas.

[Coge el folio y señala una frase: «La mayoría de esnobs que desprecian a Stephen King no lo conocen. Lo detestan porque no lo han leído, y no lo han leído porque lo detestan» y exclama] ¡AH! ¡Estoy de acuerdo! [continúa leyendo]. Estoy con él, tiene toda la razón. Me encanta lo que dice y cómo lo dice, voy a darle el artículo a mi padre, va a alucinar. También estoy de acuerdo con lo que dice sobre las armas —«El concepto fundamental de la cultura americana es el terror. Decenas de miles de personas mueren cada año por arma de fuego, pero la población se niega a controlar las armas, porque temen se quede con la suya justo el psicópata de su vecindario»—. Es adorable. Muchísimas gracias, de verdad.

Queríamos que lo leyeras como una excusa para hablar de la desconexión que existe, que siempre ha existido, entre la alta cultura y la llamada baja cultura, o cultura popular. Sobre todo porque tú te desenvuelves en un género similar al de tu padre, y no sé si has sentido que se te consideraba un escritor menor por escribir sobre horror.

Para empezar, creo que el comité del Nobel ahora mismo es reacio a dar el premio a un americano. Estoy pensando como decir esto sin ser demasiado insultante. Creo que mi padre, Stephen King, merecía más el Premio Nobel que Bob Dylan, y eso que amo a Bob Dylan y pienso que es un artista tremendo. Pero creo que mi padre, por la naturaleza de su trabajo, que retrata el tiempo en el que vivimos, debería estar al mismo nivel que John Steinbeck, o Faulkner o Mark Twain. La carrera de mi padre va para cuarenta años, y abarca muchos ámbitos y muchas épocas. Carrie, su primera novela, fue un gran trabajo, pero no es ni un tercio de buena que 11/22/63 de hace cuatro años, que es una grandísima reflexión sobre Norteamérica.

Lo más escalofriante es que también es válida para la Norteamérica de hoy.

Exacto. Nada ha cambiado demasiado, si miras a Trump, y Trump es Norteamérica, piensas: ese e país del que escribía mi padre, la Norteamérica racista e ignorante de los sesenta es aún nuestra Norteamérica hoy. Es el mismo país, nada ha cambiado. Y Under the dome es un maravilloso libro sobre gente que queda atrapada en un ambiente pequeño, asfixiante, sin ningún cuidado de que pueden destruirse entre ellos. Under the dome sucede en un pequeño pueblo, pero todos estamos bajo esa misma cúpula. El mundo completo lo está. Son novelas con ideas muy poderosas, pero no creo que a mi padre le preocupe ya mucho la consideración que hagan de ellas. Cuando empezó sí que era más despreciado por la crítica porque era un escritor popular, pero creo que en los últimos diez o quince años ha habido un cambio bastante grande, incluso le han otorgado el National Book Award. Y el comité del Nobel es reacio a dar más premios a escritores norteamericanos desde hace décadas. Dylan ha sido el primero en llevar el premio a Estados Unidos en mucho tiempo. Lo cual está bien para los propios escritores norteamericanos, porque hay otro mundo ahí fuera, con un montón de escritores geniales. Así que el Comité del Nobel está claramente tratando de hacer que los norteamericanos no nos miremos el ombligo, y no sé. Hemos hecho muchas cosas buenas, pero a mucha gente seguimos sin gustarles, estamos en esa especia de lucha [Risas]. Si el Comité del Nobel quisiera dar un premio a un gran fabulador americano, alguien que es capaz de reescribir una ficción tras otra, podrían dárselo a Trump.

De hecho tu padre ha sido honrado con ser bloqueado por Trump en Twitter.

¡Sí! Tan pronto como me enteré de que Trump había bloqueado a mi padre le escribí un mensaje que decía: «Nunca he estado tan orgulloso de ti. Es tu mayor logro hasta la fecha como escritor». De verdad.

Sueles decir que no te gusta hablar de política, que ni siquiera te sientes interesado por ella. Pero ¿Trump ha cambiado eso? ¿Sientes que ahora sí hay una necesidad de hablar y concienciar más sobre ello?

No, no es que haya cambiado. Yo estoy contento de compartir mis opiniones políticas con cualquiera que me escuche, incluso con gente que no quiera escucharlas. Pero he estado en retirada de las redes sociales, porque son tremendamente insanas. Creo que Twitter, por ejemplo, es un lugar para ejecutar y despreciar, se trata de rodearte de gente que piensa igual que tú. Cuando dices algo desagradable de los del otro lado, los que están del tuyo le dan a me gusta y lo retuitean. Y sientes como que estás ganando puntos, como que eres el ganador. Soy progresista, de izquierdas, soy votante de Obama y de Hilary, pero no me gusta ver en Twitter a la gente que cree en lo que yo creo. ¿Qué hay del otro lado? Porque si nos rodeamos solo de nosotros, los que estamos en la misma línea, nos estamos retrayendo y evitando mirar a la gente que tiene diferentes puntos de vista, para discutir o comprender. En lugar de eso, solo generamos rabia. Cada vez que entras en Twitter es más el reino de la rabia, un reino en llamas. En realidad, este es uno de los asuntos de los que trata The Fireman.

En la novela existe este virus llamado el dragonscale, cuando te contagias no puedes librarte, y no hay cura. Cuando te estresas empiezas a echar humo, y si no puedes controlar tu miedo, te incendias. Pero cuando estás en un grupo, y sientes la aprobación de grupo, sientes la felicidad, como si estuvieras drogado, una especie de subidón natural. De hecho pierdes tu habilidad de pensar como individuo, tu individualidad se deshace y te conviertes en una especie de animal salvaje. Y a la larga eso lleva a algunos a acabar también estallando en llamas. Creo que eso es algo parecido a lo que pasa en las redes sociales. Tienes ese firme mandato de que es «nosotros contra ellos», nuestra tribu contra la suya. Nadie entiende al otro lado, que siempre son monstruos ignorantes, salvajes, crueles, estúpidos, y solo nosotros entendemos el mundo. Cada vez que miras alrededor, alguien está dispuesto a reafirmar tu odio. Y creo que eso es tremendamente insano, es tóxico para la sociedad. No quiero ser parte de eso nunca más, así que he dejado de usar Twitter, y nunca he usado Facebook.

Otra cosa, además, es que cuando escribo una historia no quiero hacer caso a lo que dicen mis encuestas, quiero tener la libertad de equivocarme. Quiero ser un individuo que escribe sus propias historias lo mejor que puede, las pone enfrente de un público con todas sus cualidades y todos sus fallos. Y hay cosas que pienso que son estúpidas, o cortas de vista, para que el lector pueda decirlo, pueda señalar lo que le gusta y lo que no. Amo eso. Eso es parte de mi trabajo, crear y poner comida en la mesa, y que la gente venga y diga qué sabe bien y qué no. Y todos tenemos gustos diferentes, pero las redes sociales enseñan a la gente a no ser tolerantes con otros gustos. A no aceptar que a alguien puede gustarle algo que tú odias, y que además eso no les hace necesariamente malos, o estúpidos e inútiles. Si a uno le gusta Nickelback y a otro no le gusta Arcade Fire, es posible que al que le gusta Nickelback te recoja si te atrapa una tormenta de nieve, y la persona que le gusta Arcade Fire simplemente seguiría conduciendo. No sabes nada de su calidad humana basándote solo en la música que escucha o las series que le gusta ver.

Y además de lo de las redes sociales, ¿no hay algo de metáfora política colectivista en The Fireman?

Sí, por otro lado está eso, es otro de los elementos. El apocalipsis zombi es muy popular ahora mismo, está The Walking Dead y millones de películas de zombis alrededor del mundo, y me gustan algunas de ellas. Especialmente las de George Romero. Pero cuando miras The Walking Dead, la historia que cuenta trata de un pequeño grupo de gente que construyen muros para protegerse del mundo infectado e infestado de gente que tiene ese virus mortal, son desagradables y no pueden ser salvados. Lo único que puedes hacer es dispararles en la cabeza. No puedes dejarles que te toquen, ni que estén cerca, no hay razón para sentir ninguna lástima por ellos, porque han convertido esto en un infierno y tienen que ser destruido. Ese es el estado mental de Estados Unidos ahora mismo: describe nuestro miedo a los musulmanes, a los inmigrantes, a las mujeres… Y yo no me siento así, quiero estar del lado de los enfermos, no de los saludables. Así que escribí una historia que convirtiera en héroes a las personas del otro lado del mundo. Que los héroes sean los zombis, no la gente que mata a los zombis. Y creo que sería muy fácil revisar el libro, y coger a mi villano, Jacob, que está tratando de matar a tantos infectados como pueda, y convertirlo en el héroe. Así es el héroe de The Walking Dead. Así que no es una novela libre de ideas políticas, eso es cierto, pero si quiero mostrar mis ideas políticas prefiero hacerlo en mis libros que hacerlo en Twitter, porque no quiero escuchar a un montón de gente diciendo cuánta razón tengo. Prefiero tener conversaciones sobre los personajes, sobre la historia, accionar la maquinaria que hace que funcione el mundo cultural, mucho más que decir algo en ciento cuarenta caracteres y recibir likes para engordar mi ego.

Pero tienes razón en que Trump ha cambiado un poco estos impulsos. Las redes sociales se han llenado de gente que cree que tienen permiso para decir sandeces sobre mujeres, musulmanes, latinos… Y Twitter puede ser usado para perpetrar asaltos. Te topas con alguien con quien no estás de acuerdo, y le acosas, encuentras su dirección, la dirección de sus padres, llamas a sus padres en mitad de la noche para asustarlos… Hemos visto eso una y otra vez. Para mí, mi comunidad literaria está más en Londres, donde están la mayoría de mis amigos y mis conexiones emocionales ahora mismo. Y la noche del ataque al London Bridge fui a Twitter, y había millones de personas que no tenían ninguna razón para pensar que alguien que amaban estaba ahí, en peligro. Así que me puse ansioso, y puse las noticias, y vi el hashtag que usaban para informar de ello. Y lo encontré plagado de trolls gritones, diciendo cosas como «esto es lo que pasa cuando dices que el islam no es violento» o estupideces relacionadas con los refugiados. También estaban los que decían que todo eso lo había provocado la política norteamericana de los últimos veinte años en Oriente Medio; o que eso era lo que ocurría cuando «the chickens come home to roost», o lo que sea. Solo quería saber si la gente estaba bien, quería descubrir si la situación estaba bajo control, quién había muerto, quién vivía, y qué era lo que sabíamos por el momento. Ya nos atizaremos políticamente mañana, pero esa noche permaneced juntos y desead lo mejor… y en lugar de apoyarse, la gente estaba despreciándose. No quiero volver a ver eso. Mirar las redes sociales me hace ver lo más bajo del ser humano. Y cuando veo arte, con una película, con un libro, me hace amar a la humanidad, y querer pasar más tiempo rodeado de libros, músicas y películas; y menos en las redes sociales contemplando lo peor que los humanos tenemos para ofrecer.

Cambiamos de tercio, o no tanto. Tu padre tiene esta frase maravillosa de «Life isn’t a support system for art. It’s the other way around».

Sí, estoy completamente de acuerdo con ella. En realidad, la mayor parte del tiempo estoy de acuerdo con él. Normalmente él lo dijo antes y lo dijo mejor [Ríe]. Un montón de escritores o gente creativa creen que el objetivo de sus vidas es crear arte, y que el objetivo de sus vidas es vivir una vida que apoye el arte. Pero eso no es el final, eso no debería ser lo único en lo que debas focalizar tu vida. Pueden ser los cimientos que aguanten el resto de la estructura, pero no lo es todo.

Él llegó a esa conclusión después de hacer precisamente eso, obsesionarse con la creación hasta un punto límite.

Sí, porque si eres un escritor y pasas seis horas al día escribiendo…

¿Seis?

Bueno, en realidad en términos de propiamente crear, son dos horas o dos horas y media al día, sentado ahí, para sacar siete páginas más o menos. Y hay otras muchas cosas que tienen que hacerse, y ese es el trabajo real. Por otro lado, la gente va la oficina, y según los estudios hacen turnos de nueve a cinco, pero realmente trabajan tres horas.

Estás hablando indirectamente de España, no importa.

[Ríe] No, no, hablo en general. Pasa en todo el mundo. Pero eso refleja lo que mi padre trataba de decir, que el trabajo debe ser una parte de tu vida, no toda tu vida.

Una pregunta que puede parecer estúpida: ¿tu mesa de trabajo está en el centro de la sala o en una esquina?

En una esquina.

Lo pregunto porque queríamos enseñarte este pequeño cómic, del dibujante Gavin Aung Than, inspirado por la frase de tu padre. Y también sales tú.

[Coge el teléfono con curiosidad] ¡Qué maravilla! [Ríe] Me encanta, de verdad. Es un gran cómic. Además es alucinante lo bien retratada que está mi madre también. [Nos enseña una fotografía de Instagram de su madre]

Es cierto, se parece muchísimo. Tabitha, además de escribir, ¿no merecería un libro sobre ella misma? Resulta alguien muy interesante, y muy misteriosa. Como una presencia en vuestra escritura.

Hay un libro buenísimo, que no sé si se ha traducido al español, llamado The power of two de Joshua Wolf Shenk sobre la creación colaborativa. Habla de estas parejas creadoras, como LennonMcCartney, o Vincent van Gogh y su hermano Theo… Y creo que en muchos sentidos mi madre y mi padre son una pareja creadora. Mi madre aporta la sensibilidad, ideas interesantes, preocupaciones… En el sitio en que crecí había una valla en la parte trasera del parque, donde crecía un árbol que se enroscaba alrededor de la valla. El árbol caía alrededor de ella y sostenía la valla. Se sujetaban mutuamente. Y eso es lo que son mi padre y mi madre.

De hecho tu madre te ha ayudado en el tema de la micología para escribir este libro.

Sí, sí, muchísimo. Mi madre ha sido una obsesa de la naturaleza y los hongos durante mucho tiempo. Iba al bosque y traía hongos para cocinar, estudiaba sus propiedades. Todavía no ha matado a nadie, todos seguimos vivos [Risas]. Todos mis libros antes de The Fireman eran thrillers sobrenaturales, y este es más ciencia ficción aterradora. Y todo el tema del dragonscale, todo lo que he escrito sobre eso, existe en la naturaleza, de una manera u otra. No hay ninguna espora que haga que entres en combustión espontánea, pero sí hay otras que afectan al cerebro humano y hacen que puedas creerlo, o que si las tocas y entran en contacto con fósforos puedes acabar en llamas. Mi método de transmisión, que se descubre en cierto momento del libro y explica el contagio, se basa en los conocimientos de micología de mi madre. Ella siempre habla de eso, y en algún momento pensé «tengo que incluirlo en un libro». Y mi padre estaba molesto, porque él nunca había pensado en usar esporas en sus historias, porque ella le dijo que eso quedaba fuera del límite. Y luego llego yo, que nunca había hecho ese trato con ella, y lo hago. Y encima ella se vuelca conmigo, pero qué va a hacer ¡es mi madre! Pero volviendo al tema del espacio de trabajo, y ese cómic magnífico que me has enseñado…

Eso. Dices que tu oficina, tu espacio de creación, es como la head key de Lock & Key.

Justo. Además de trabajar en una esquina, como mi padre, tengo una maravillosa oficina que es como el reflejo de mi propia imaginación. Tengo las portadas de todos los libros que me encantan en grandes pósteres, pero ninguno de mis propios libros. Tengo una estantería en el suelo, con una portada firmada de The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, de David Mitchell.

¿Cuánto pides por ella?

[Ríe] No, no está a la venta. Él estuvo en España en el Festival Celsius el año pasado, y ese fue el motivo de que yo viniera este año «si va David Mitchell tiene que ser la leche», pensé. Y así es. Tuve la oportunidad de conocerle en un evento en Boston hace un par de años, cené con él y como escritor fue uno de los momentos más felices de mi vida.

¿Pudiste controlar a tu fanboy interno ?

Luché mucho para conseguirlo, no lo niego. No quería llorar sobre él y abrazarle y todo eso… Sabía que si le abrazaba no le soltaría y resultaría algo incómodo, así que me controlé. Además tuve la oportunidad de presentarle en este evento, y me hizo realmente feliz. Y durante la sesión de preguntas y respuestas con el público, yo era el encargado de llevar el micrófono. Como fan, no pude estar más excitado por eso.

En España estamos tardando una eternidad en traducir sus libros, y es una pena.

Pues sí, os estáis perdiendo a uno de los mejores escritores vivos que existen. ¿Relojes de hueso está ya traducido?

Sí.

¿Y Slade House? Es una novela corta.

No.

Pues es maravillosa, superterrorífica. Además de tener esta copia, que no pienso darte, de The Thousand Autumns of Jacob de Zoet, en las estanterías tengo los libros que he leído en los últimos ocho años. No me preguntes por qué solo de los últimos años. Mis cómics están en un armario, y es un sitio maravilloso.

 

¿Tu cómic favorito es Batman: año uno?

Sí, es uno de ellos. Mi cómic favoritísimo es el primero de La liga de los hombres extraordinarios de Alan Moore. El primero de la serie es uno de los mejores cómics puramente de aventuras que jamás se ha escrito. De hecho diría que es el que me hizo querer escribir cómics, por eso mi mayor éxito sigue siendo las páginas que escribí de Spider-Man para Marvel.

Estás realmente orgulloso de eso, eh.

[Risas] ¡Sí! ¿Se nota mucho? Aunque te diré que mi historia de Spider-Man es el peor trabajo que se ha hecho de Spider-Man. Todos los fans decían eso, que era demasiado genérico…

¿Pero mataste de nuevo al pobre tío Ben? Porque algunas ya no aguantamos verlo morir más veces.

[Risas] No, no, qué va. Mi Spider-Man no es tan meditabundo.

¿Y te gustaron el resto de La liga de los hombres extraordinarios? Porque en algún punto iniciaron un descenso…

Sí, se convirtieron en un desastre con el tiempo. Creo que el segundo estaba bien, el tercero también, y creo que no fui capaz de acabar el cuarto. Hay uno llamado Century, que… A ver, lo confieso: yo amo a Alan Moore, he leído su trabajo desde que era un niño pequeño, y todo lo que sé sobre escribir que no aprendí de mi padre lo aprendí de Moore y de Neil Gaiman. Por eso no estoy tan decepcionado con la última etapa de La liga de los hombres extraordinarios, porque sabes que no puede complacerte siempre. Inevitablemente tu director favorito hará un par de películas que apesten. Si hago una lista de mis cinco películas favoritas, cuatro son de Steven Spielberg.

¿Cuáles?

Son cinco películas, cuatro de él, y otra que tiene su aroma: Tiburón, En busca del arca perdida, E.T, Encuentros en la tercera fase y Déjame entrar.

¿Pero la sueca o el remake norteamericano?

La original, aunque tengo que decir que el remake de Matt Reeves estaba bastante bien también. Creo que Déjame entrar lanza la pregunta de ¿y si E.T. fuera un vampiro en lugar de un alien? Pero por mucho que me guste Steven Spielberg, no me gustan todos los proyectos en los que se embarca, no me gusta A.I, y no creo que Tintín fuera terriblemente buena, desafortunadamente, porque con un guion de Steven Moffat debería haber sido maravillosa, pero no me gustó tanto. Y hay un par más que no me gustan. De su trabajo reciente Lincoln es maravillosa, Catch me if you can es brillante… Pero El puente de los espías….

Me sorprende que de todas tus influencias, de horror y de humor, no menciones a Terry Pratchett.

Sí, es cierto que no lo frecuento mucho. Nada, más bien. Leí Buenos Presagios cuando tenía trece o catorce años, y la disfruté tantísimo que volví a leerla otra vez. Pero no he vuelto a hacerlo. Mi hijo de catorce años ama a Pratchett.

¡Pero no es un escritor solo para niños!

Sí, sí, eso lo sé, no trataba de decir eso. Lo que ocurre es que no leído a Terry Pratchett, no he leído a Nabokov, no he leído a novelistas rusos, Crimen y castigo o Guerra y paz, tampoco he leído El Quijote… Y creo que es algo que les pasa a muchos novelistas, siento que he leído muchas cosas que importan, pero siempre hay más. Siempre hay un agujero en tu educación, en algún lugar.

En el fondo, te preguntaba por Terry Pratchett por otro asunto. Su literatura, aunque es evidentemente fantástica, mezcla muchos elementos: humor, crítica política, económica e incluso drama. Y creo recordar que tú sostienes que ese tipo de obras que no están solo enmarcadas en un género, sino en muchos, son más difíciles de explicar, como que la gente necesita departamentos estancos para sentirse cómoda: si es humor, es humor, si es ensayo político no tiene que tener terror…

Sí, eso es verdad. Esto me ha traído a la memoria a un escritor en el que no había pensado en años, William Goldman. Cuando era un adolescente, e incluso a los veinte años, lo amaba, especialmente La princesa prometida y el uso que hacía de la magia. Fue un maestro durante los setenta y ochenta. Yo leí todos sus libros y precisamente Goldamn es un tipo que siempre mezclaba géneros. Humor, crimen, suspense, amor…

Y no sé si es cierto tanto que la gente tiene problemas para asumir nuestras mezclas de registros, como que en realidad sea un problema de marketing. Si haces una película que es simplemente graciosa, puedes venderla como una comedia. Si es simplemente aterradora, la vendes como una película de miedo. Lo que es difícil es cuando tienes algo que es realmente gracioso pero también realmente aterrador…

Como Cuernos.

Sí, de hecho ese es el mejor ejemplo para lo que estoy diciendo. Cuernos es un romance, es una sátira, tiene comedia, amor… Todas mis historias son historias de amor. Y era difícil venderla, nadie sabía cómo vender aquello. Creo que a las audiencia le gustan ese tipo de películas que estimulan diferentes sentimientos, que entra en territorios emocionales diferentes. Pero es duro para el marketing venderlo. ¿Cómo pones eso en un preview?

Con palabras.

Sí, es la única manera.

El problema es que Cuernos se vendió como una película de terror para adolescentes, lo que no era en absoluto. Y si habías leído el libro, desconcertaba hasta el póster oficial.

Creo que hicieron un gran trabajo en la película, y especialmente Daniel Radcliffe hizo una estupenda interpretación. Ummm..

¿Pero?

Bueno, dos cosas. No creo que el último tercio funcionase tan bien como el resto de la película.

¿Te refieres al hecho de renunciar a ponerle el vestido a Daniel Radcliffe?

¿El vestido azul? ¡Estoy seguro habría amado ponerse ese vestido y adaptar esa parte del libro! Yo creo que estaba bastante bien adaptada, al menos dos tercios de ella, pero también creo que debido al tipo de película que era, inevitablemente había cosas que solo apelarían a un grupo muy pequeño de personas. Suena peculiar, pero en cierto sentido, creo que fue una de las razones por las que el Daniel hizo la película. Que había olido que no sería un gran blockbuster, y si hubiera podido serlo no le habría interesado porque ya había hecho eso. Si analizas las decisiones que tomó, todas están regidas por lo que podía hacer como actor, no por cuánto iba a recaudar en taquilla. Yo sentía que en cualquier momento Daniel saldría de aquello y haría un gran anuncio comercial, o protagonizaría una película de superhéroes de Marvel, o Jurasic World o lo que sea. Pero él no quería hacer eso, porque fue precisamente lo que hizo desde que tenía doce años hasta que tuvo veintitantos. Es un actor tremendamente versátil, aprendió de los mejores y elige sus trabajos delicadamente. Lo he visto en Broadway con El cojo de Inishmaan, y sobre el escenario es incluso más electrizante. Creo que tiene la oportunidad de hacer una carrera tremendamente grande y exitosa, una carrera como un verdadero artista.

Hablando de Radcliffe. The Fireman comparte con Harry Potter

¡Sí! ¡Sí! ¡Dime que tú también lo has visto! La estructura de mi novela es casi idéntica a una novela de Harry Potter. Y no creo que mucha gente que haya leído el libro lo haya visto, pero yo lo veo claramente. Harper tiene la marca del dragonscale, y esa marca es diferente, como si fuera una marca de brujería. Ella acaba en un campamento secreto, que está rodeado de misterio y de rebeldes, que quieren controlar sus poderes… Y hay una figura que es como una especie de Dumbledore, incluso la propia estructura de descubrir quién es The Fireman se parece, y hay una historia de padre e hijo. Finalmente, tiene que encarar a los rebeldes en un enfrentamiento creciente, como cada libro de Harry Potter, que acaba con Harry resolviendo una serie de misterios. Es una estructura brillante, es un armazón muy sólido, así que me serví de ello.

De hecho agradeces a J. K. Rowling haberte «prestado» la estructura. ¿Qué opina del libro ella?

Ay, no lo sé. Con suerte mi agente le ha enviado el libro, pero creo que tiene mucho que leer. No la conozco personalmente, hizo un evento en Radio Music Hall con mi padre, y hubo una fiesta después. Pero no me atreví a ir a saludarla, porque tenía mucha gente alrededor y no quería molestar.

Creo que tienes una historia curiosa con el recientemente fallecido George A. Romero, que adaptó al cine alguno de los libros de tu padre. De hecho, ¿tú no empezaste como niño actor?

Estoy tan triste de que haya muerto, lo quería muchísimo. Tenía que decirlo. Cuando tenía ocho años, mi padre me llevó al rodaje de Creepshow para que interpretara al niño que cambiaba la realidad a su alrededor de acuerdo a sus expectativas de los cómics. Que es exactamente la vida que habría querido llevar. Ese chico estaba obsesionado con los libros de terror, y usaba su muñeco de vudú para alterar realidad. Allí fue donde descubrí que George era un tipo estupendo, muy cálido, un tipo de trato muy fácil, con una risotada enorme. Lo que más recuerdo de los ocho días que pasé en el set de rodaje fue que estuve la mayor parte en el tráiler de Tom Savini, en la furgoneta del maquillaje de efectos especiales. Me pasaba las horas viéndole diseñar y desfigurar monstruos, y matando actores con cicatrices memorables. Él fue mi primer rockstar, la primera persona que miré pensando «es como un Dioscaminando entre los hombres». Tenía esas cejas de Spock, y esa cazadora de cuero, y una pinta muy heavy metal.

Volví a reencontrarme con George Romero en 2006 en una convención, y hablé con él durante un rato. No le había visto en décadas, y yo estaba esperando en la larguísima cola para que me firmara. Me puse en un extremo y creo que pensó que yo era un acosador, hasta que por fin llegué a la mesa y le dije quién era y nos reímos juntos. Entonces todo se relajó y pudimos charlar un rato. También me encontré con Tom Savini en el Festival de Sitges hace unos años, donde acabé casi por accidente. Estaba aquí en la promoción de Nos4a2 y tenía un día libre, al mismo tiempo que se estaba celebrando el festival. Y allí me fui, a verle. Es gracioso, porque George Romero envejeció, le vi muy estropeado en 2006, pero Tom Savini no había envejecido un solo año. Estaba exactamente igual que cuando yo tenía ocho años, en 1992. Quizás sea un vampiro [risas].

Y en ese tráiler de efectos especiales fue donde dices que aprendiste las dos cosas que querías hacer: construir monstruos y matar a gente de extrañas maneras.

Sí, y es lo que sigo tratando de hacer. Crear mis propios monstruos y matar gente de formas creativas… En los libros, claro.

Lo de creer en los fantasmas también lo reservas para los libros, ¿no?

Bueno, creo en los fantasmas como una especie de forma metafórica. Creo que especialmente cuando eres joven crees que el pasado es algo que ha ocurrido, y está acabado. En realidad el pasado nunca se acaba, Faulkner hablaba mucho de esto, de hecho una de sus frases más famosas es «El pasado no está muerto. Ni siquiera es pasado». No puedes pasear por Madrid sin ver fantasmas en cada esquina, porque toda la ciudad está llena de edificios que han estado ahí trescientos años. La historia está justo bajo tus pies, y es una sombra que os persigue allá donde vayáis. Cada milímetro de suelo europeo fue fertilizado con sangre en alguna parte.

Cierto. Muchas gracias.

No, eso es terrible.

Tampoco es que vosotros tengáis una estupenda historia sin gota de sangre…

Cierto, cierto. Debería callarme.

He visto en tu Twitter que retuiteabas un cartel de una cafetería que decía «Americans may not enter this cafe without the company of an adult». ¿Es para tanto?

Creo que internacionalmente la imagen de los estadounidenses nunca ha estado tan por los suelos. El estereotipo de los americanos para los europeos es el de un gordo insensible y gritón, que juega mucho al golf y no es honesto, además de tener un gusto espantoso con la comida. ¡Es Donald Trump! Trump es el mejor estereotipo del estadounidense ignorante.

¿Y para vosotros? ¿Cuál es el estereotipo que nos representa a los europeos? ¿Marie Le Pen?

No. Nigel Farage. Es un payaso, y hay un montón de payasos, pero él es EL payaso. Como Trump.

Así que los payasos van ganando.

Cierto. Quizás habría que revisar las alcantarillas de Derry, porque algo los está trayendo a la vida. Quizás dentro de poco regresen al agujero lleno de arañas del que salieron.

Hablemos de fracaso. Tus primeros cuatro libros no fuiste capaz de publicarlos.

No es tan duro como suena. Cuando tenía dieciocho años decidí escribir como Joe Hill en lugar de como Joseph King, y lo hice porque tenía miedo de que los editores se decidieran publicarme aunque el libro fuera malísimo, porque se fascinaran por mi apellido. Era terriblemente inseguro, y no quería verme en una situación en la que los lectores pudieran decir «a este solo le han publicado porque tiene un padre famoso». Así que decidí firmar como Joe Hill y mantener en secreto quién era mi familia, y lo conseguí durante una década. Incluso mi agente Mickey Choate, que murió hace unos años, no supo nada de mi familia durante diez años.

¿No encontró similitudes en el libro?

No, porque entones ni siquiera escribía terror. Pasé tres años escribiendo este libro de fantasía épica, como un Juego de Tronos, que no era para nada por lo que era conocido mi padre. Con espadas, y gente yendo por ahí en caballos… Y ahora cuando pienso que teníamos una buena oportunidad de venderlo, y que fue rechazado por cada editorial en Nueva York, en Londres, lo intenté incluso en Canadá… Me doy cuenta de que fue rechazado por las razones correctas. Era una buena novela, pero necesitabas cincuenta páginas para llegar a la parte interesante. Y eso es demasiado esperar, tienes que enganchar a la gente antes: diez páginas es mucho, seis páginas es mucho, quizá tres páginas es demasiado también. Tienes que atraparlos en la primera página, con suerte, en el primer párrafo. Incluso en la primera frase. Además no era muy bueno escribiendo diálogos, y ahora esa es mi parte favorita de escribir, creo que ahora soy bueno en ello, pero no lo era entonces. Así que escribí tres novelas más, una de ellas se llamaba Paper Angels, que tampoco fui capaz de publicar pero llamó la atención del que se convertiría en mi agente, Mickey.

¿Y ni siquiera él notó el parecido físico con tu padre?

No, era fácil mantener el secreto. Porque nunca conocí a Mickey en persona. Lo hice después, pero durante muchísimos años solo nos comunicamos por email, incluso cuando no era una forma de comunicación que utilizara mucha gente. También nos escribíamos cartas. Y escribí dos novelas más, una de ellas trataba sobre dos adolescentes que un verano matan a un tipo y deciden convertirse en serial killers. Uno de los personajes era un joven asocial tremendamente inteligente, llamado Sam Lesser. Y cogí a esos dos chicos y los puse en Locke & Key después. El primer número del cómic, de hecho, es básicamente un capítulo de aquel libro. Pensé que funcionaría bien como un cómic.

Pero en ese momento, después de cuatro libros sin publicar, estaba convencido de que no sería jamás publicado como novelista. Pensaba «quizás es lo que tiene que ocurrir», pero al mismo tiempo continuaba escribiendo historias cortas, cómics… Y eso sí conseguía publicarlo, como el cómic de Spider-Man. Ahí fue cuando pensé que probablemente no tenía la entidad para ser novelista, pero sí para ser autor de cómics. No era lo que esperaba que ocurriera, pero quizás eso era incluso mejor. Pero entonces lo que ocurrió es que tenía una colección de relatos que no pude vender en América ni en Londres, pero una pequeña editorial de la costa este de Reino Unido le vio posibilidades. Y publicó Fantasmas en una pequeña y limitada tirada. Resultó que hizo mucho ruido, ruido bueno, y pensé que eso me brindaba la posibilidad de escribir una novela. Gané unos cuantos dólares, y como el libro iba bien no estaba tan a la intemperie. Por ejemplo, fui a Massachusetts, y allí fue cuando descubrí algo: nadie me preguntaba por mi padre cuando yo era un fracasado. Cuando no podía publicar, ni tenía una editorial a la que asociarme, no tenía una identidad pública, ni nada. Pero en cuanto empezó a venderse Fantasmas, y empecé a hacer pequeñas firmas en Europa, eso cambió. Y tan pronto como salía a la mesa, la gente empezaba a decir «¿No crees que se parece a Stephen King?». Sé que hay una similitud física, pero lo mejor fue cuando los verdaderos fans empezaron a recordar: El resplandor estaba dedicado a Joe Hill King, porque Hill es mi segundo nombre. Así que la gente empezó a bloguear sobre ello en internet.

¿Y qué hiciste? ¿Te chantajearon como a tu padre cuando descubrieron que era Richard Bachman?

No, simplemente les escribía y les decía: «Me pillaste. ¿Te importaría quitar ese post? Porque estoy tratando de mantenerlo en secreto». Y la mayoría de la gente decía que sí. Se sentían parte de un secreto, de algo importante. Pero en cuanto salió en internet supe que era solo una cuestión de tiempo. Si hubiera ocurrido ahora no creo que hubiera podido ocultarlo tanto tiempo, porque todo el mundo está interconectado y hay muchísima información. La prueba es lo que le pasó a J. K. Rowling con los libros de Galbraith. Aunque salieron y estuvieron disponibles durante veinticuatro meses sin que nadie supiera nada, finalmente se supo. Aunque creo que fue por alguien de la editorial, o de su familia o conocidos, que se tomó unas cuantas copas y lo largó. Pero igualmente, esos libros fueron también rechazados por muchos agentes, y ella quería tener esa experiencia de publicar sin la losa de un nombre real.


Librerías con encanto: Akira Cómics

akira comics para jd

Aquí, Dios es Stan Lee. Desde las nubes, alarga su dedo hacia su creación, que le extiende el índice arácnido vestido de licra azul y roja, esperando ser dotado de la chispa de la vida. No llegan a tocarse, como tampoco lo hacen Dios y Adán en la pintura de Miguel Ángel que aboveda la Capilla Sixtina. Aquí no hay ignudi, ni querubines. En esta constelación están Thor, Hulk, el Capitán América y también Superman —siempre supimos que Dios era marvelita, pero no un fanático— recibiendo desde el techo al visitante de Akira Cómics (Avenida de Betanzos, 74, Madrid). Los quince metros de Capilla Sixtina superheróica pintados por uno de los propietarios, Jesús Marugán, ofician de antesala y santuario de este local de dos plantas y trescientos setenta metros cuadrados. Porque vender cómics no es el único motor que movió a la familia Marugán Escobar a montar, hace veintitrés años, una tienda especializada. Cuentacuentos, museo, actividades, aplicaciones móviles, presentaciones, charlas… Hasta donde alcanza la vista, todo es viñeta.

En 2012 les nombraron mejor tienda de cómics del mundo con el Premio Eisner, el Óscar del cómic que reconoció su habilidad para hacer lo que mejor saben: ni ser los más grandes, ni los más céntricos, ni los que tienen las camisetas más frikis. Sencillamente, descubrirte cuál es el cómic perfecto para ti (que no te has acercado a ellos jamás y crees que «tebeo» es algo despectivo), o para ti (que sigues en Twitter a Garth Ennis).

Charlamos con Jesús Marugán, copropietario de la tienda y Miguel Ángel con chaleco rojo de Akira Cómics.

Estamos hablando con uno de los personajes del Fanhunter de Cels Piñol, nada menos. En la serie tú eras uno de los jefes de la resistencia contracultural, y tu némesis era Alejo Cuervo. ¿Viene esto de alguna rivalidad real, él era el bueno y tú el malo?

No, no, qué va. Si es que en realidad es a él al que le gusta ser el villano. En el 94, cuando empezó la serie, le decía: ¿te gusta ser el malo? Y él me decía que claro, que le gustaba mucho más que cualquier otra cosa. Y tiene razón, es algo que he entendido con los años: mejor un villano que un héroe. Tienen un encanto que no tienen los buenos.

¿Había algo de metafórico en ser jefe de la zona libre?

Lo que pasa es que Cels, por lo menos en los años noventa, dividió España entre los lugares donde lo tratábamos bien y entre los que le ignoraban. Por eso nos convirtió en núcleos de resistencia, como había hecho en Barcelona con Antifaz Cómics. Ellos son más protagonistas porque son quienes le dieron la oportunidad de vender su fanzine cuando era un don nadie. Por eso él los pone en los agradecimientos desde siempre hasta el fin de los tiempos. Reconoce que ser un don nadie y que alguien te diga: «Sí, sí, te lo vendo en la tienda» es lo que le permitió llegar a ser famoso. Y en el caso de Alejo, es el malo porque cuando Celso entró en Gigamesh la primera vez, y Alejo le empezó a hablar de títulos y tal, como hacemos aquí, se fue con un taco así de grande. De cosas imprescindibles. Y entonces dijo: «¡Este es un fenicio!». Como le gusta tanto Philip K. Dick le imbuyó en eso. Es algo muy frecuente cuando conoces a Alejo. Cuando le conocí confesé que no me había leído ninguna obra de K. Dick. «¿Es mucho pecado?», le dije. Y ya te imaginas lo que me respondió. Hoy en día, después de haber leído todo, pienso como él, que es el autor referencial, y eso que yo he sido siempre de Asimov. Cuando me llega algún cliente cojo el relevo y le evangelizo.

Acabáis de reabrir el Museo Akira Cómics, la joya de la corona de la librería, con originales de Watchmen, de Kirby… ¿Cómo surge el proyecto?

Sí, lo hemos recomenzado tras las Navidades. Iván es el comisario de la exposición, el que se encarga de contar el anecdotario de las obras que tenemos, porque todo está enfocado al visitante que desconoce el mundo del original, al que le llama la atención ver marcas de típex en un original, o ese tipo de cosas. Hemos renovado los originales, porque la iniciativa trajo un aluvión de gente, así que seguimos reinvirtiendo dinero en ellos. Esto es una cosa de la que no sacamos un duro porque no cobramos las visitas, y aun así vamos por la segunda fase: ahora tenemos un Will Eisner, tenemos un Superlópez de Jan, un John Byrne, un Lee de WildCats… Hay muchos compañeros y distribuidores del sector que piensan que estamos chalados. Porque claro, te preguntan qué sacas con esto, y dices la verdad: que la gente venga a la tienda. Y que lo disfruten, porque al final el arte original es una cosa muy chula donde se puede unir el mundo del cómic y el mundo del museo, pero no tiene una monetización más allá de eso realmente. Somos bichos muy raros en ese sentido.

Parece que en España empiezan a abrirse los museos al arte del cómic, ahora mismo la Fundación Telefónica ha abierto una exposición, y también el Museo ABC está programando cada vez más actividades.

Sí, parece que empezamos a abrir las fronteras, porque ya hacía falta y tocaba. Al fin y al cabo en países como en Francia tienen mucho terreno ganado con esto, no es raro encontrar piezas de cómic en museo.

El Louvre hizo su primera exposición incluyendo cómics en 2005, que no es hace tanto.

Sí, es cierto. Pero para ellos el cómic es más cultura que aquí, que el museo no lo tengan tan atendido si en global lo ven distinto. Aquí el cómic es algo que se ha entendido toda la vida como una cosa para niños, luego ya como para adolescentes que les gustan los superhéroes, y ahora se está empezando a ver que es un elemento narrativo y artístico adicional a la música, al teatro…

La categoría oficiosa del «noveno arte».

Estoy encantado con esa denominación. Una pregunta que nos hacen habitualmente es que cómo vemos el tema de las descargas y la piratería, con las nuevas tecnologías, si nos afectan. La verdad es que no le afectan mucho, porque el cómic es como la evolución de las especies. Es una hibridación de dos elementos, la narrativa y la pintura, y eso lo que le permite es resistir a problemas que tienen esos dos elementos por separado. En el caso de la pintura, que tenga reproducciones y no tengas que ir a un museo para ver un cuadro; y en el caso del libro, el libro electrónico. Y lo cierto es que el cómic aguanta muy bien y muy sano todo eso. Cuando voy a Estados Unidos y visito allí tiendas, secciones como la de cómic atrasado que nosotros tenemos abajo, ellos lo tienen multiplicado por diez. Y eso significa que goza de muy buena salud el cómic tangible. El día que yo deje de ver eso allí será cuando aquí nos empezaremos a preocupar. A lo mejor el cómic es el que es capaz de aguantar este devenir de nuevas tecnologías, de cambio de modas.

¿Y no es eso también por el propio perfil del aficionado, de cierto fetichismo por el cómic?

Claro, y por el coleccionismo también. De hecho, las editoriales y las industrias y los países que cuidan eso hacen vida, porque también es cuidar al propio público. El cómic es un producto que se publica muy bien por eso, porque el público no solo lo quiere para leer, lo quiere para cuidarlo, que tenga un aspecto chulo… Hasta el punto de que internacionalmente se considera al cómic español, en cuanto a impresión y edición, de los mejores del mundo en calidad.

akira comics para jd 1

Has abierto el melón: como en tantas cosas, está mejor considerado fuera que dentro. Hasta que llega un bombazo como Blacksad, que triunfa fuera y entonces todo el mundo lo abraza como éxito propio.

Es tal cual. Es un camino que aún hay que recorrer. Justo el año en que estuvimos en la Comic Con de San Diego — en 2013, que fui jurado por el premio que habíamos ganado el año anterior— le dieron a Juanjo Guarnido el Premio Eisner por Blacksad. Y da gusto ver allí una sala de americanos, aplaudiendo todos, gente que son profesionales del sector, reconociendo la valía de ese cómic… ¡Cuando en tu propio país no había tenido eco! Te da una envidia sana. Y eso que no es un cómic americano, pero lo está reconociendo allí la industria más poderosa del planeta, reconociendo lo que vale, y es un orgullo. Pero fuera, claro.

¿Ha marcado un punto de inflexión Blacksad para la consideración del cómic español? Tanto dentro como fuera.

Sí. Porque por ejemplo ahora con Paco Roca ya lo veis, todo el fenómeno en torno a él está moviendo mucha prensa variada, mucha reseña cultural. El año pasado a la exposición que hizo fue mogollón de gente, y ahí es donde notas que algo está cambiando. A lo mejor un poco más lento de lo que debiera, pero sí que está habiendo un cambio. Y en eso el primer culpable es Blacksad. Y a partir de ahí genera un efecto ola que hace que el no conocedor del mundo del cómic entienda que es un elemento narrativo de comunicación cultural fundamental, que no es una cosa para que el niño se entretenga y nada más.

En ese efecto ola, ¿no ha influido mucho también el cine? Porque habrá mucha gente que se ha acercado a Roca después de ver Arrugas, sin tener idea de que eso venía de un cómic previo. Lo mismo que las adaptaciones de Hollywood.

Ni os lo imagináis. Bueno, igual sí. El año pasado yo entrevisté en San Diego a Joe Ferrara, porque estoy haciendo una especie de documental de eso, de un español en la Comic Con. Le pregunté cómo veía él que en Big Bang Theory se haga humor de sus gustos, en contraste con la gente que no es así. Y me respondió: «Es un chiste viejo, que ya no hace gracia. Porque ahora mismo en este país el raro, el friki, es al que no le gusta algo de todo esto». Por la impregnación cultural que tiene, entre otros factores por el cine. El éxito de Juego de Tronos, el no se qué… Está por todas partes. Eso allí, y creo que aquí acabará pasando lo mismo. Es una cuestión de tiempo, como el tabaco: en Estados Unidos los quince días que estoy me olvido de que existe el tabaco, no fuma ni Dios, pero es que ni por la calle. Aquí todavía no, pero en unos años pasará lo mismo. En esta cuestión, lo mismo.

¿Y crees que en España las editoriales aprovechan suficientemente el tirón?

Lo que a veces decimos a las editoriales y a las distribuidoras es que deberían aprovechar todavía más esa popularización que propicia la multimedia hoy en día, porque algunos no lo aprovechan del todo, algunos no se dan cuenta de que eso es un tesoro, parece que les da casi hasta como complejo. Es que no es una cosa mala, es positiva. Lo malo era cuando empezamos hace veinte años, éramos cuatro pringados, encima las películas eran cutres y te daba pudor que hubiera una adaptación. Ahora es una edad dorada que no sabes si algún día va a acabar, pero hay que aprovecharla. Si a partir de algo que sale en cine o el cine te la amplifica puedes hacer que una persona de cada cien conozca el mundo del cómic, cojonudo. Hay editoriales que no lo acaban de entender, parece que están más a gusto  en el gueto. Ahora mismo la gente de hasta veinte años, los millenials, como ya se han educado con todo el manga y el anime que está por todas partes, y los salones del manga y tal, no lo ve de esa forma. Una persona de esa edad lo ve mucho más pancultural, incluso una cosa tan japonesa como son esos fenómenos. Quizás de aquí a veinte años…

Es interesante lo de los jóvenes que mencionas. Porque nuestras generaciones hemos consumido siempre cómics sabiendo que era algo que estaba fuera del circuito cultural mayoritario, pero ahora para ellos no es así.

Y hasta la llegada de la democracia, directamente estaba considerado como un subproducto en este país. Encima, siendo vecinos de los franceses o de los italianos con el fumetti, aquí era un subproducto, era una vergüenza. Por eso pasó el boom de los ochenta con el Víbora, Cairo, y todas estas revistas, porque fue una forma de decir: oye, es que el cómic puede contar más cosas y puede contar cosas de adulto, cosas violentas, eróticas. Como el destape en el cine. Y todavía estamos recuperando ese tiempo perdido.

Ahora ya hay una generación que se está educando con el cómic como algo completamente integrado en la cultura. No hay más que ver la oferta que tienen las grandes superficies en cómic, que se ha ido engrosando en los últimos años.

El estado en el que estamos ahora no nos lo habríamos imaginado en los noventa. Entonces pensábamos que nos íbamos al paro todos, que acabaríamos cerrando, de hecho los americanos lo llaman «los oscuros años noventa». Porque era una década en la que en España, además de la crisis que sufríamos, el panorama editorial estaba muy mal. En el caso del mercado americano habían tenido el boom de especulación que se había ido todo a tomar por culo, Marvel y DC estaban hechas una porra, sus historias eran muy malas, cuando Marvel entró en bancarrota… Cada día decíamos eso, hablábamos así en casa: en dos años, tenemos que cerrar. Piensa que abrimos en el peor año que hemos tenido en este país, aparte del año 2008-2009, con la diferencia de que en esta segunda crisis ya sabíamos que había una crisis. Nosotros cuando abrimos la tienda no éramos conscientes de que sufríamos una crisis, veníamos del Barcelona 92, todo muy bien, y claro, pones un negocio y  la gente no entra a comprar ni a tiros. No sabes qué está pasando: si es que eres feo tú, si es fea la tienda, si el barrio no es el adecuado, si están todos en contra de ti… No lo sabes hasta que no empiezan a pasar los años y ves lo que ocurría. En esa época cerraron muchos puntos de venta por esa razón, porque venían de malacostrumbrarse al boom que hubo, brevemente, a finales de los ochenta, principios de los noventa cuando surge Image Comics, y cuando aquí en España se vivía de cómics de importación. Allí en Estados Unidos se llegaron a publicar millones de ejemplares de tirada de un solo número. Cuando ha llegado esta segunda crisis al menos pensamos que saber que tienes una enfermedad es el primer paso a la curación.

Así que: muchas gracias, Hollywood.

Sí, muchas gracias.

akira comics para jd 2

Decís que hacéis las cosas al contrario, porque en lugar de expandiros, hacer franquicia, o mudaros al centro de la ciudad, habéis decidido abrir un museo. ¿Por qué?

Pues porque somos una familia rara y especial, en todos los sentidos. Y como libreros más todavía. Por eso somos como somos. Hay gente que no entiende nuestra localización, por ejemplo.

Sí, que no esté en un sitio céntrico donde aprovechar más afluencia de gente. Llama la atención.

Eso es. Es que nosotros no queríamos poner una tienda junto a todas las demás, como se suele hacer en esta ciudad, porque no era nuestra visión. Y no hemos querido montar una cadena de franquicias porque no es lo nuestro, porque además se pierde el know how que tienes como empresa. Y tampoco nos gusta que sea todo monetizado. El año pasado sacamos una aplicación para móvil, somos la primera librería que la tiene, precisamente por eso. Antes que gastar nuestros esfuerzos en montar cosas por ahí es mejor que la gente a través de un dispositivo que lleva encima pueda conocernos por cualquier lado. En el año 95 fuimos, junto con otra tienda de Barcelona, los primeros que desembarcamos en internet por la misma razón. Y se reían de nosotros. Nos ha gustado siempre mucho la informática, mi padre viene de ese sector, yo me he destetado leyendo manuales de informática desde pequeño, la llevamos muy integrada en el día a día. En cuanto conocimos internet supimos que algún día eso sería importante. Loa aplicación para móviles es igual, habrá un momento en el que será lo más habitual del mundo, y recordaremos cómo en 2015 nos lanzamos a ello. El móvil permite utilizar la tecnología iBeacon: entras en un establecimiento y el móvil te avisa de que tienes ahí un producto que te puede interesar. Pero también para el museo es muy interesante, porque te evita la audioguía.

Hablamos del móvil, de nuevas tecnologías, de cómo alguien desde Cuenca puede comprar un cómic aquí… Pero precisamente el Premio Eisner que os dieron en 2012 como mejor tienda de cómics del mundo no fue por vuestro fondo, ni por la innovación, sino por fidelizar a la gente a venir a la tienda.

El problema es que tú no puedes ir en contra de los tiempos. Si la tecnología consigue facilitar las compras desde donde sea no puedes evitarlo porque es un tsunami que te arrasa. Ya que eso ocurre y es una realidad, lo mejor es tener una buena infraestructura. Eso no quita para que luego paralelamente hagas otras cosas. Porque aparte de esa inversión en la venta a distancia, a nosotros nos gusta que la gente disfrute con la experiencia de venir aquí físicamente. Pintar esta burrada [señala la Capilla Sixtina Superheroica, N. d. R.], que me llevó un montón de meses, o el museo, o la cafetería donde estamos, estar siempre tratando de diseñar de la forma más amigable el tránsito por la tienda… Y a la vez no debes olvidar tu salida al exterior porque eso permite que nos visite gente de fuera de Madrid, que viene porque te conoce. Pero lo importante es que no puedes dar un buen servicio a distancia si no das un buen servicio offline. Lo principal es que a la gente le guste la tienda y esté cómoda, porque eso es el objetivo original y siempre será la base de operaciones. Lo que más nos ilusiona es que esté bien provista bonita.

Es un poco esa definición de «mi librero de confianza» que también usaba Cels en Fanhunter. ¿Cómo tratáis de orientar, además de verbalmente, al que desembarca aquí sin tener ni idea?

Mira, en esos muebles europeos de arriba tenemos montada una cosa que importó Iván de las librerías de cómic belga. Allí tienen la costumbre de poner una especie de afiche en los cómics donde escriben una sinopsis y por qué a la librería le parece interesante. Yo cotilleo americanos y él cotillea belgas, y me dijo que eso es interesante para incluirlo. Porque hay mucho cómic americano y europeo muy bueno, y la gente recurre a ti para que asesores. Es una parte extra, además del boca a boca de «llévate este o este otro», añadir eso. En la planta de abajo, la de superhéroes, una buena orientación es no decir jamás que todo es maravilloso. Si me preguntan qué me parece algo que no me gusta, lo digo. Lo tengo que vender, pero si es una mierda, es una mierda. Que no te pueda el afán de vender.

¿Nos ha hecho internet más selectivos con los cómics o menos? Porque ahora cuando vamos a comprar un ejempla, venimos con mucha más información previa sobre él de la que teníamos antes.

La pregunta que yo creo que habría que hacerse es si no hay mucha más oferta que antes, y por eso necesitamos  organización. A vuestro alrededor tenéis cuarenta y cinco mil productos distintos.

¿Solo libros o contando merchandising?

Merchandising no hay casi nada. De esos cuarenta y cinco mil a lo mejor mil son merchandising, que no es casi nada. Aparenta mucho pero la mayoría son cómic y libros, que es lo que dice la base de datos. Darle una organización a eso en la tienda es muy complicado, en la web es más sencillo, y si además trabajas con sus cookies… Pero físicamente es más complicado si manejas un catálogo muy grande. Hace veintirés años la oferta era mucho más pequeña, Marvel publicaba muchos menos títulos, Norma tenía menos también, y ahora hay además muchas más editoriales. Entonces era muy sencillo, pero también más aburrido, porque ibas a un sitio a comprar y tenías sota, caballo y rey. Lo bueno es que ahora cualquier perfil de gustos va a tener un cómic a su medida. Tienes un espectro tan grande que no vale decir que no.

En cuanto al merchandising, en el año 2008, cuando llegó la crisis, hubo sitios que como tenían media tienda de merchan, y el merchan literalmente se desplomó, algunos cerraron y otros se quedaron a punto. Y nos contaban cosas terribles, porque tú mismo te has acostumbrado a depender de unos pies de barro muy grandes. En vez de que sea una cosa complementaria, que sirva de reclamo, metían más y descuidaban el cómic. Y te lo decían: esto cunde más porque vale cincuenta y lo vendo por el triple. Llega una crisis y cataplúm. Son vicios malos, una cosa que controlándola te es beneficiosa. También nosotros en eso somos raros, eh. Porque lo controlamos mucho, con papel y lápiz, sabemos que por ahí es por dónde cierras, o te vas a la ruina o te hipotecas. Y porque además somos libreros, y la tienda la pusimos por eso. Si eres librero eres librero, no es que quieras vender merchan. Hablábamos antes de Alejo, y cuando le conocí y me enseñó la tienda me sirvió también mucho en este sentido. Además de darme una serie de consejos supersabios me sirvió ver cómo él tiene la tienda, donde hay muchos libros. Y luego tiene el merchan, que lo trae por el previews, pero lo tiene muy controlado, y lo sigue teniendo así. Tiene claro que la venta principal es de libros. Para mí eso fue palabra de Dios.

No podemos obviar que has conocido a Stan Lee en la Comic Con. Cuéntanos algo.

Es un tipo majísimo, majísimo de verdad, más de lo que te esperas de alguien como él. Tuvimos mucha suerte, porque era un sorteo que hacía Marvel, y solo cincuenta personas pudimos conocerle en la Comic Con. Y me tocó. Ha dicho este año que ya no va a ir a la convención. Pero el mayor rendimiento que saco de la Comic-Con son las reuniones de libreros profesionales, el intercambio de ideas. A mí eso ya me paga el viaje, siempre vuelvo de allí con ideas chulas. Porque al final todos trabajamos el mismo producto, pero no es igual.

akira comics para jd 4

De hecho Akira Cómics no reniega de tener una inspiración como tienda claramente americana.

Claro. Me las estudio y escruto todas. Mi opinión personal es que ellos son una sociedad que sabe muy bien cómo vender las cosas y cómo hacerlas atractivas. Al final, lo que me aportan es eso, gratuitamente me dan herramientas para poder embellecer la tienda. Nos inspiramos en un modelo de librería que en cuanto a exposición y cómo venderlo para mí son los mejores. Eso cuando lo hacen bien, porque a veces te encuentras un sitio que de guarro es el más guarro del mundo. En Nueva York está Midtown Comics, que te puedo hacer el plano sin mirar el papel. Me la tengo empollada de arriba a abajo. Aunque hay cosas que no, que aquí parecerían horteras o incómodas, en la mayoría son ejemplos para copiar.

¿Por ejemplo?

Cosas tan simples como la cartelería. Los españoles pensamos que la información la sabemos no se por qué, por ciencia infusa. Una cosa que nos dice la gente cuando pasea por la tienda es que tenemos una gran profusión de indicadores y carteles, y claro, pues sí. En este sector se comete mucho ese error, pensar que quien entra en la tienda ya sabe dónde está todo

¿Y eso no es porque sigue siendo endogámico, que se da por sentado que el que entra a la tienda es el friki más grande del mundo? ¿El que conoce desde lejos las portadas de Vértigo?

Exactamente. Por eso es un problema. Porque el público que más deseas captar es el casual, no el habitual, porque es el que más hay. Alguien que compre en la tienda no se cuál es difícil que me venga a comprarme a mí, podrá venir alguna vez porque le interese alguna cosa, pero cada uno tiene su parroquia. Por eso quieres captar a alguien que pase por la puerta y le resulte atractivo. Eso es lo que nos destacaron los americanos con el premio que nos dieron, no asustar al que pase por la puerta, sino todo lo contrario, que diga «coño, qué interesante» y que dentro se pueda desenvolver.

Es decir: no abrumar. Algo de lo que se quejan mucho los que no son aficionados cuando entran a una tienda especializada.

Sí. Un feedback muy chulo es ese: «He encontrado muy fácilmente las cosas, me he sentido muy acogido». Ves que lo que hacemos funciona. Que alguien que venía a comprarle algo a alguien no se ha sentido ni abrumado ni asustado, ni ajeno ni mareado. Que eso lo he conocido mucho por amigos que se habían ido de sitios porque se acojonaron. Sobre todo con mujeres, porque encima hasta hace no mucho esto eran sitios habitualmente de hombres, y todavía eso produce un choque más. Tuve una conversación en San Diego con Jennifer Haines, que ganó el premio con nosotros, ella es de Canadá. Esa librería de cómics la lleva una mujer y todas son trabajadoras. Hablando con ella de estas cosas me dijo que el enfoque que le daba a su librería es que la experiencia de compra sea lo chulo, porque nosotros normalmente como hombres no valoramos tanto la experiencia de la compra en sí como el producto. Por eso nos da igual que haya mierda en el suelo o lo que sea, vas a por lo que vas, te lo compras y te lo llevas. Pero a vosotras os gusta disfrutar, y entonces la tienda la tiene montada para eso. Eso me dio mucho que pensar.

No sé si estoy muy de acuerdo en eso de que la experiencia de compra es algo peculiarmente femenino, eso del «el hombre va a comprar algo y la mujer va de compras». He ido a comprar cómics con hombres toda mi vida y la experiencia es la misma…

Es una generalización, claro. Pero ya te digo que cuando voy a comprar algo para mi es una tortura y no quiero enrollarme nada.

Pero seguro que con los cómic no, con eso te puedes pasar horas comprando y mirando. Quizá dependa más de si te gusta lo que vas a comprar, o no.

Claro, puede ser. Pero ya que vas a comprar, lo que sea, buscas es que la experiencia sea lo mejor posible.

Y cuál es el balance desde entonces. ¿Han venido más mujeres a comprar?

No es presuntuoso, pero nosotros desde el momento en que abrimos no nos hemos podido quejar en ese sentido. Hemos tenido siempre muchas chicas, nuestro porcentaje está alrededor de un cuarenta por ciento de la clientela, es casi la mitad.

Ya solo falta que se equilibren más las autoras de cómic y estupendo.

Sí, eso va a costar más trabajo, como bien sabréis. Pero sí, en cuanto a fans, como desde el principio estamos muy implicados con el manga supongo que algo tiene que ver, porque ese es el canal que más mujeres ha aportado tradicionalmente. Ahí tienes todo el Shōjo, un género que los chicos no suele leer, y hay un montón de títulos. Hay una editorial como Ivrea que prácticamente ha construido su imperio alrededor de esos títulos. Abajo tenemos una selección específica, y si empiezas a ver todas las colecciones que hay no acabas, y solo lo compran chicas. Además chicas de unas edades que son perfectas para engancharse, que son adolescentes, jóvenes, para que luego a partir de eso puedan irse al europeo, al americano… y eso lleva pasando casi desde el principio.

Y en los títulos no específicamente femeninos, ¿ahí se nota?

Sí, con el auge de Hollywood además se nota mucho. Y luego las nuevas generaciones que al fin ya no tienen ese estigma de decir que esto es un hobby de hombres.

Tenemos muy claros cuáles son los referentes del cómic en nuestra generación, pero en estas que vienen, ¿son los mismos? ¿Persiste la lucha de Marvel y DC?

Claro, ellos también son permeables a la cultura popular y ahora Marvel y DC son cultura popular como tal. Como Star Wars.

Hemos visto también que acogéis presentaciones de libros que escriben youtubers, lo que imagino que os proporciona un contacto con el público que les sigue y viene aquí, y algo sabréis sobre sus gustos. ¿Leen algo de cómic español?

Creo que lo consideran aún un producto un tanto viejuno, pero por ejemplo Laura Gallego García para ellos es el alfa y el omega. Si hay un cómic de Memorias de Idhun lo compran. Pero tampoco hay muchos. Es una cosa que les decimos a las editoriales, que necesitan publicar y generar títulos que sean atractivos para ese tipo de público. Gente que se mueve ya en el entorno de YouTube, que no ve la televisión, que si la ve es porque están apuntados a series tipo Netflix. Hay un cambio generacional muy grande, más de lo que parece. Por eso en este tipo de gente que sean influencers es tan gordo, porque ellos una noticia en la televisión ellos no lo van a ver, pero si uno de los youtubers habla en su canal de ello lo van a seguir muchísimo. Y ahí lo tienes, y lo verás mil veces, porque vamos a seguir insistiendo en esa dinámica. Lo que pasa que se mueven también mucho en novelas de fantasía y tal, este chico, Javier Ruescas por ejemplo, escribe sobre ello. Tendrían que ser cómics que se entremezclaran con esos géneros, y no hay tantos. Es una cosa de la que adolece el mercado español y que todavía ganaría más lectores en el sector en el que las editoriales españolas más se quejan de que no lo tienen, en esas edades. Porque a partir de los veinte años ya, te enganchas y ya tienes dinero, y es otra cosa.

akira comics para jd 5

Has colaborado, o colaboras, en medios generalistas, pero también en medios de cultura geek, digamos. ¿Cómo ves el tratamiento del mundo del cómic desde los generalistas? ¿Parte de la responsabilidad de haber extendido su consideración como arte menor la tienen ellos?

Sí, hay medios como el programa de radio de Laura que hacen mucho a favor, pero lo que se echa en falta es que esté en todas emisoras. Parece casi que sales medio llorando, cuando es algo que tiene su audiencia y tiene su público. Existe tanto producto que el público lo que quiere es que le informes y le dirijas. Hay periodistas capacitados perfectamente para ello, la cuestión final es la cabeza dirigente, el problema es que quien dirige es el que menos conoce el asunto. Todos los periodistas que han pasado por aquí me han dicho lo mismo, que son consumidores y les encanta; pero que les dicen «hay que enfocar esto desde la perspectiva de que son unos frikis». No son los profesionales de a pie los culpables del tratamiento, sino los jefes, los que aún lo ven desde un punto de vista displicente. O no le hace caso, o no le interesa la noticia. Pero creo que con tiempo se va cambiando. Las personas que van teniendo cierta edad conseguirán puestos de mando en medios, llegará un momento en que será una parte tan integrada en la cultura que surgirá la necesidad de darle más espacio. Quizá es que aún estamos un poco en pañales en ese sentido, llevamos escasamente treinta años desde que el cómic en España pasa de ser un subproducto para niños a ser una cosa con más entidad, y esto requiere un camino adicional. Quizá necesitamos unos veinte años más para que acabe, porque sí que es cierto que poco a poco va viéndose más. Antes era más complicado ver alguna reseña, pero ahora entre autores y público va introduciéndose, aunque lentamente.

Y vosotros, personalmente, me imagino que habréis notado mucho la repercusión del Premio Eisner.

Sí, Ferrara me lo avisó en su momento, que el premio es un antes y un después para el país que lo gana y para el sitio que lo gana. Es un amplificador. Y sí, lo hemos vivido tanto por parte del público como por parte de los medios, ahora nos atienden más porque al fin y al cabo estás representando un referendo internacional.

Al final, el mismo ejemplo de Blacksad que hablábamos antes.

Sí, exacto. Y eso es algo que les sorprende mucho allí, porque no conocen la idiosincrasia nuestra y hay que avisarles de que somos un país un poco peculiar para algunas cosas. Todas las comidas que hacemos allí me preguntan por esto. Porque eres el exótico, y siempre surgen estas cuestiones. De cómo se ve el fenómeno del cómic en España y cómo ha crecido. Para ellos es distinto. Cuando pones allí la tele porque va a empezar la Comic-Con aparece la reseña en todas las televisiones a escala nacional, lo llaman the number one american pop culture event, y lo tratan muy chulo. No es como aquí, que se ve ahí un tío mirando de forma desganada... La cobertura de ellos es superchula, y ahí es donde te das cuenta de que el propio medio sabe que es una cosa muy importante y que hay que tratarla con respeto. El gran acierto que se tuvo en la Comic-Con y en este tipo de eventos fue unir Hollywood y el mundo del cómic, que hasta ese momento era una cosa más reducida. ¿Por qué no se hace lo mismo en España? Porque al final es dinero. Y si quieres hacer negocio, pues joder, imita al que mejor lo sabe hacer haciendo un show bussines. O por lo menos coge su forma de enfocarlo. Y no se hace. A mí me han dicho: «Es que eso son los americanos, que son como son», y tú te respondes: «Y así nos va». Que te vas a un salón y el suelo es una guarrería, y allí está enmoquetado.

Bueno, aquí tenemos el Salón del cómic de Barcelona que…

Y aún así es feo. Porque no se cuidan ciertos detalles de estética, es lo que decíamos antes. Parece que pones un sitio y la gente tiene que entrar porque está obligada. Tendrás que ofrecerle estética, atractivo, glamur… Y esto se aplica a todo, a los salones de cómic pero también a las panaderías. Y los salones de cómic aquí en España podrían mejorarse mucho. Y no es cuestión solo de que haya o no haya dinero. Hay que buscar alternativas. 

Pero estás metido en el sector, también habrá gente intentando subsanar estos errores.

Los que más son los del Salón del Cómic de Gijón, que llevan dos años. Y el resultado es bastante mejor, porque lo primero es que traer autores, autores americanos. Editan también un cómic para vender allí con una portada especial. Tienen iniciativas que están inspiradas en sitios de fuera y tratan de seguir una guía que les separe de lo habitual, para que la gente no diga «otro salón más». El año pasado tuvieron bastante éxito con eso. Por el momento son los raros, pero bueno, se ve a alguien que tiene cierta intención de hacer las cosas de otra manera. Al final lo que mola es que este tipo de salones te oferten esta especie de glamur que no tienes habitualmente, ni en tu tienda, ni en tu barrio, ni en tu salón de aquí.

Otra cosa, fuiste muchos años el Darth Vader de la Legión 501, pero has colgado los hábitos.

Sí, en el 2008 fue la última vez que lo hice, y colgué el traje en ese maniquí y ahí sigue. En esos diez años participé como en cincuenta acciones, y se suda mucho dentro de ese traje.

Algo sabemos de lo mal que se pasa ahí dentro, sí.

De hecho en esa época estaba superdelgado, porque sudas un montón dentro de ese traje. Hay un corto rodado en Valencia con unos chicos, donde hacía de Vader y casi me caigo redondo. Me subieron a la peña de un cerro, encima en julio, tres horas para una toma en un secarral, y no tenían nada para que fuera bebiendo. Y en cierto momento digo: «Me parece que me voy a desmayar»; cuando vi al año siguiente en Baréin a Fernando Alonso que se le estropeó el agua y le pasaba eso pensé: «Efectivamente, puede pasar». Que en el podio ni se podía poner de pie. Desde entonces en verano ya no me lo volví a poner. Luego te quitas el traje y vas como el monstruo de la Laguna Negra, dejando huellitas de sudor.

akira comics para jd 6

¿No te han entrado ganas de volver con el episodio VII? Imagino que en la tienda estaréis encantados con el repunte de interés en torno al universo con la nueva película.

Sí, un poco, la verdad. En el público se ha notado mucho el repunte de interés con Star Wars. Además de porque sea una película que está bien, porque como las preculeas eran flojas por mucho que tuvieran efecto amplificador enseguida se deshinchaban. Y además estaba Peter Jackson con El señor de los anillos metiéndole zascas continuamente, porque era una película que salía después y era mucho mejor. Y el regusto que quedaba era un tanto malo. Pero con esta, joder. Es una película de un director bueno, que le ha salido bastante redonda, una recaudación de la leche, en Navidades… Se nota mucho. Siempre es una cosa que te da la oportunidad en meter en la lectura a gente nueva.

Aunque se cargue el universo expandido y muchos títulos ya no sirvan para nada.

Ah, a míeso me parece buenísimo. El universo expandido no lo he aguantado nunca. En la 501 este era un tema habitual de debate y siempre estábamos en contra. Somos fans de edades parecidas y además de criticar la trilogía nueva, se critica el universo expandido, que en general quita más que pone. Son productos más comerciales que otra cosa. Porque a George Lucas el día que conoció a Rick McCallum se le fue la chola. Porque este tío, que no era su productor original, debió de decirle: «Tú no seas tonto, que de esto se puede sacar mucho dinero. Más». Y empezaron a hacer cosas raras: la edición especial…

Qué afán con descargar de culpas a Lucas…

¡Porque él no era así hasta entonces! Si lo único que había hecho es hacer una película con ewoks, porque ya quería terminar el asunto porque se estaba divorciando… En el fondo esas películas estaban seriamente enfocadas. Pero a partir de los noventa, se le empieza a ir y aparece un productor nuevo con quien se hace uña y carne, está claro que es el otro el que le llena de esas ideas comerciales. Que le dice que si quiere meter un personaje de compañía sea un bicho gracioso, que a la gente le va a gustar. Y toma, Jar Jar Binks, Y acabando ya con lo que casi se carga todo, las Clone Wars. Eso fue terrible. Y eso es lo que más daño hizo.

Por aquí tienes alguien que no está de acuerdo. Que la película era mala, pero defiende la serie.

Pero la peli es terrible, la del huttito, esa. La del hijo de Jabba. No te hablo de la serie, la película, cuando la vimos, nos cagamos como fans y como libreros, porque pensábamos que a la gente le iba a dejar de gustar Star Wars. Por eso cuando llegó la noticia de que se cargaban el universo expandido casi saco el champán, me pareció que era lo mejor que podían hacer. Venderle esto a unos que saben cómo trabajar estas cosas como nadie desde hace cien años, y encima su productora va a ser la mejor, la de Spielberg, la mejor productora que ha tenido Hollywood. Porque hacen una cosa que no se suele hacer, y es dejarle tranquilo al director que haga las cosas, ahí tienes Tropic Thunder: lo que hacen los productores es lo que hace el personaje de Les Grossman, meter el pescuezo, y así salen las películas. Y la productora que tienen ahora no hace eso. Cuando salía el tema del universo expandido en charlas y recordabas las novelas que empezó a licenciar, videjuegos y cómic…

También hay cosas buenas. En cómic había muy cosas malas, en novela el nivel (con terribles excepciones) era mínimamente potable, y con alguna cosa muy potente.

En general hay más malo que bueno. Pero el problema de esto es que tú hipotecas una línea temporal de productos, que ya no van a ser películas, tanto para adelante como para atrás. Y encima con cosas raras por muy bien que salgan. Como que Boba Fett resucite, que el otro se case con tal… A mí hay novelas de Timothy Zahn que sí me han gustado mínimamente, porque no mantiene un statu quo, sino que hace giros argumentales radicales.

Un poco lo mismo que J. J. Abrams, que tampoco ha tenido miedo de cargarse a personajes míticos.

Y si después hubieran puesto a Joss Whedon me habría parecido perfecto.

Necesitamos, definitivamente, unos episodios X, XI y XII dirigidos por Joss Whedon.

Me sumo. Porque el universo expandido anterior al episodio I es todavía es peor. En el origen de las películas partes de una situación un tanto sosa, los pesados de los jedi con sus rollos, y además con las Guerras Clon, que es una farsa. O sea, con el universo expandido estás leyendo algo que ya sabes que no va a ninguna parte, pero es que encima contar cosas anterioresde  cuando la galaxia está en paz pero de vez en cuando hay un chaval con sus discípulos dando la brasa, tampoco va a ningún lado. Hay que ser sinceros: este tío situó las películas originales en el punto más interesante de todos, un imperio malvado, una revolución en su contra… Por eso Abrams repite la estructura que funciona, de guerra civil. Y es acertado, porque fuera de eso es muy difícil encontrar nada válido.

Por último, hace poco publicamos una lista sobre lo mejor del cómic del pasado año, ¿Cuáles son tus títulos favoritos de 2015?

Los míos son: Jupiter’s Legacy (Panini Comics); La Casa —de Paco Roca— (Astiberri); Sally Heathcote, sufragista (La Cupula); Secret Wars (Panini Comics); Darth Vader (Planeta Comic); Tokyo Ghoul (Norma Editorial); La Casa —de Daniel Torres— (Norma Editorial); Corto Maltes: Bajo el sol de medianoche (Norma Editorial); Asterix y el papiro del César (Salvat); y Mortadelo y Filemón: El Tesorero (Ediciones B).

akira comics para jd 7

Fotografía: Javier Nadales


¿Cuál es la mejor adaptación al cine de un cómic de superhéroes?

Puede uno pasarse toda la infancia y adolescencia leyendo tebeos que tarde o temprano llegará la madurez, entonces levantaremos la vista hacia el horizonte y se agolparán en nuestra mente las grandes preguntas que todos no hemos hecho alguna vez: ¿quién es más rápido, Superman o Flash? ¿Pueden las garras de Lobezno romper el escudo del Capitán América? ¿Qué pasa con los pantalones de Hulk? Las respuestas son: 1) Flash; 2) No. Las garras de Lobezno están compuestas de adamantio, pero el escudo del Capitán América es una especie de aleación de acero y vibranio. Este último es un material extraterrestre traído a la Tierra cuando se estrelló un meteorito en el país africano de Wakanda; y 3) Los pantalones de Banner están compuestos de moléculas inestables inventadas por Reed Richards para los trajes de los Cuatro Fantásticos, por eso no se rompen. Al menos esas son las explicaciones que nos da el divulgador James Kakalios en La física de los superhéroes, un libro muy ameno e instructivo pero que lamentablemente no da respuesta a esa otra gran pregunta que nos hacemos en el titular. Así que por medio de esta encuesta les convocamos a ustedes para encontrarla. Voten y si creen que falta alguna hágannoslo saber en los comentarios. Por cierto, aquellos que contengan la palabra «friki» serán censurados.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

__________________________________________________________________________

Deadpool

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

La descripción del aficionado a las historias de superhéroes como un chaval granujiento y pajillero con escasas habilidades sociales no siempre es cierta. En algunos casos sí, para qué engañarnos, pero el cliché ha sido claramente desbordado por dos aspectos de los que Deadpool es un buen ejemplo. En primer lugar porque muchas de estas historias se han ido volviendo más adultas, con una moralidad menos maniquea y con dosis crecientes de sexo, incorrección, humor autoparódico y una violencia cercana al gore (un detractor diría que han dejado de ser infantiles para ser rematadamente adolescentes). En segundo lugar, relacionado con lo anterior y llevándolo hacia el tema que nos interesa, sus adaptaciones al cine logran una y otra vez un éxito monumental: ya son mainstream. Partiendo de un presupuesto relativamente modesto que solo daba para dos escenas de acción —la del comienzo y la del final— Deadpool ha logrado más de un gritón de dólares en todo el mundo convirtiéndose en un fenómeno analizado incluso en la revista Forbes. ¿La clave? En lo que parecen coincidir todos aquellos que han leído el cómic es que la película recrea con acierto la personalidad sarcástica, verborréica y transgresora del protagonista. El personaje es la película.

__________________________________________________________________________

Watchmen

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Continuando con lo que decíamos, otra de sus señas de identidad es su mayor interés por cuestiones políticas. Tampoco es que sea una excesiva novedad, al fin y al cabo el Capitán América comenzó luchando contra los nazis y luego contra los comunistas, mientras que en las adaptaciones televisivas de los años cincuenta Superman ya luchaba «por la verdad, la justicia y el modo de vida americano». Digamos entonces que la diferencia está en la manera algo menos ingenua de abordar el tema. Si bien el formato evidentemente tiene sus limitaciones y Watchmen no es que sea un ensayo de Montesquieu, pero sí que se percibe su sombra. ¿Quién vigila a los vigilantes? se preguntaba Alan Moore, y la adaptación cinematográfica ya desde sus espectaculares títulos de crédito recorría a su manera la historia reciente de Estados Unidos, resumiendo de una forma difícilmente mejorable una narración mucho más extensa y que incluía cómics dentro de cómics y más personajes y tramas de los que una película de dos horas puede soportar. Ese inicio es una clase magistral de cómo trasladar una historia de un formato a otro.

__________________________________________________________________________

El hombre de acero

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Christopher Reeve es todo un icono en nuestro acervo cultural y despertó además muchas simpatías por su desgracia personal, pero hay que decir que las películas que protagonizó eran malas con avaricia. Retamos a cualquiera que las recuerde con simpatía de su infancia a que vuelva a verlas ahora. Se salva de ellas Gene Hackman como uno de los mejores villanos que han existido nunca, eso sí. Más adelante perdimos la ocasión histórica de ver a Nicolas Cage en el papel por Dios sabe qué inconveniente de última hora, y ya en 2006 Superman volvió al cine en una versión que ahora nadie recuerda. Con esos antecedentes era factible poner el listón más alto, además Zack Snyder ya había demostrado su pericia adaptando a la pantalla 300 y Watchmen, así que en 2013 se estrenó esta versión, que resultó ser la mejor adaptación al cine del personaje aunque solo sea por incomparecencia de las restantes.

__________________________________________________________________________

Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

En el momento en que tienes varios superhéroes el paso inevitable es hacer que se peguen entre ellos a ver quién gana. DC Comics lo llevó a cabo de maneras bastante estrafalarias, así que difícilmente una película al respecto podía decepcionar, sabíamos a lo que veníamos. En cualquier caso a unos ha gustado y a otros no, como verán en esta reseña, que al confrontar Marvel y DC ha provocado de paso un entretenido espectáculo de partidarios y detractores partiéndose sillas en el lomo al mejor estilo de salón del Oeste. Al final lo mejor para no meterse en jardines es hablar únicamente de terrorismo y Paracuellos.

__________________________________________________________________________

Hellboy

Imagen de Sony Pictures.
Imagen de Sony Pictures.

Ron Perlman es un actor que puede interpretar a un neandertal o a un tarado del medievo sin que parezca necesitar apenas caracterización. Lo cual es loable, aunque pueda sonar a otra cosa. El propio autor del cómic, Mike Mignola, supo ver ese talento y pensó en él como el más adecuado para dar vida a su personaje. Si a ello le añadimos que el director, Guillermo del Toro, era el mayor entusiasta de la obra a adaptar, entonces el resultado final difícilmente podía no estar a la altura.

__________________________________________________________________________

La trilogía de El caballero oscuro

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

De la versión de Tim Burton, pese a contar con Michael Keaton como un inverosímil héroe de acción, puede decirse al menos que no se tomaba demasiado en serio a sí misma y que era buena en comparación con sus secuelas, a cada cual más esperpéntica. El pobre Batman parecía ya muerto y enterrado hasta que llegó Christopher Nolan para darle una solemnidad y una grandeza épica como hasta entonces nadie se había atrevido a dar a un superhéroe, y que pasaría a convertirse en la norma. Si alguien está ya harto de este subgénero y de todas las convenciones que ha adoptado en los últimos años, aquí tienen al principal culpable.

__________________________________________________________________________

Kick-Ass

Imagen de Lionsgate Films.
Imagen de Lionsgate Films.

Basada en el cómic de Mark Millar y John Romita Jr. su punto fuerte era precisamente la parodia de todos los lugares comunes en torno a este género, que a la vista de los resultados que da en taquilla seguirá acompañándonos unos cuantos años más. Y además salía Nicolas Cage.

__________________________________________________________________________

Dredd

Imagen de Lionsgate Films.
Imagen de Lionsgate Films.

Tras el mal trago que supuso la versión de Sylvester Stallone llegó esta otra que contó con menos presupuesto y caras menos conocidas pero resultó notablemente mejor. Por desgracia en taquilla no fue demasiado bien, aunque podría llegar a contar con una continuación en forma de serie de televisión, a cargo, cómo no, de Netflix.

__________________________________________________________________________

Hombres de negro

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

Al no llevar un pijama de colores chillones con los calzones por fuera pueden parecer fuera de lugar en esta lista, pero al fin y al cabo tienen tantos cachivaches a su disposición para luchar contra el mal como Batman y desarrollan su actividad en Nueva York, la ciudad con más densidad de superhéroes del mundo. Así que no es descabellado incluirlos. La trilogía es la adaptación de la historieta de Lowell Cunningham.

__________________________________________________________________________

Spider-Man

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

La primera y segunda películas de la saga, protagonizadas por Tobey Maguire y dirigidsa por Sam Raimi son las más destacables de la saga, que luego tuvo un innecesario remake o reboot o lo que fuera que hicieron en 2012.

__________________________________________________________________________

Los Vengadores

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

De entre todos los personajes superheróicos y sus deslumbrantes superpoderes probablemente ante el que más cuesta mantener la suspensión de la incredulidad —para la mentalidad tan extendida en nuestro país, al menos— es Tony Stark, empresario millonario y filántropo a la vez. Que el anterior presidente de la CEOE esté ahora en la cárcel supongo que no ayuda. Sea o no un prejuicio desde luego los estadounidenses no lo comparten, y la figura de Iron Man interpretada por Robert Downey Jr posee un indudable carisma. Pero de todas las películas en las que ha aparecido es esta dirigida por Joss Whedon, en la que comparte el protagonismo con la Viuda Negra, Ojo de Halcón, Capitán América, Hulk y Thor, la más destacable.

__________________________________________________________________________

X-Men: Días del futuro pasado

Imagen de 20th Century Fox.
Imagen de 20th Century Fox.

De toda la saga de X-Men nos quedamos con esta no por capricho, sino porque así lo dicta el tomatómetro. Es que no le falta de nada: al florido repertorio de seres con superpoderes le añade una distopía futurista y viajes en el tiempo.

__________________________________________________________________________

V de Vendetta

Por eso hay que poner siempre tapa en la sartén. Imagen de Warner Bros.
Por eso hay que poner siempre tapa en la sartén. Imagen de Warner Bros.

La cultura popular es un buen termómetro para medir los temores, esperanzas y manías de cada época. A comienzos de los años ochenta el rebrote de la Guerra Fría trajo un temor que bordeaba el pánico al holocausto nuclear que se expresó en el cine, la música (a ella le dedicamos otra encuesta) y también el cómic, siendo el ejemplo más destacado esta serie de diez volúmenes de Alan Moore. Que además gobernase en aquel momento en Gran Bretaña Margaret Thatcher le dejó el balón a puerta vacía para su distopía futurista, pues la ciencia ficción es también otra forma de hablar de la actualidad. Quién sabe si la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca servirá a otros de inspiración… La cuestión es que por ahí pasaron años después las hermanas Wachowski y supieron capturar ese aroma inequívocamente adolescente que destila el cómic.

__________________________________________________________________________

Capitán América: el soldado de invierno

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

Es una secuela de Capitán América: el primer vengador, aunque también está vinculada a Los vengadores, de manera que no es sencillo rememorar qué escenas y personajes le corresponden realmente (por suerte en esta casa tenemos un historiador y exégeta para ayudarnos con todo esto). Lo que sí recordamos es que era un film trepidante y muy bien realizado dentro de su género.

__________________________________________________________________________

Guardianes de la galaxia

Imagen de Marvel Studios.
Imagen de Marvel Studios.

Como buena parte de las anteriormente mencionadas esta también pertenece al denominado Universo Cinematográfico de Marvel, toda una constelación de personajes fantásticos que son protagonistas o secundarios en unas u otras historias, que colaboran o se enfrentan entre ellos, que son modificados o disfrutan de secuelas si la anterior fue un éxito. Algo de todo ello hay aquí, un cómic ideado en 1969 cuyos personajes fueron reinventados en 2008, que tuvieron esta adaptación cinematográfica y de la que el próximo año llegará su continuación. Pero de todo ello ya hablamos con más detalle aquí.

__________________________________________________________________________