Shyamalanazo (y 3)

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

(Viene de la segunda parte)

De múltiples, series, cristales y el tiempo en la playa

En los meses posteriores al estreno de la exitosa aventura low-cost de La visita, M. Night Shyamalan se embarcó en aventuras para las pantallas de menor tamaño. Devoró el libreto de lo que iba a ser piloto de una nueva serie titulada Wayward Pines, basada en una trilogía literaria de Blake Crouch, y decidió subirse al carro: «No entendía cómo eso podía tener sentido a la larga. Los llamé y les dije: “Mirad, mientras al final no se descubra que estaban todos muertos durante toda la serie, yo me apunto”». Shyamalan ejerció de productor ejecutivo y se encargó de rodar el primer episodio. El show, definido como un cruce entre Twin Peaks y Lost, tuvo buena acogida y fue renovado, algo que no se esperaban ni sus propios creadores ni sus propios actores, para expandirse durante una segunda temporada.

Meses más tarde, se desveló un teaser anunciando una nueva versión televisiva de Historias de la cripta amparada por Shyamalan: una pequeña secuencia con un conserje en el turno de noche, un tipejo maquillado como el guardián del Atmosfear y un susto facilón. Parecía una asociación acertada, porque las Historias de la cripta originales también remataban casi siempre sus entregas con un twist ending. Pero aquel tráiler era poco más que un Lorem ipsum visual para captar atención mientras se gestaba la serie, y a la larga se convertiría en lo único que se rodaría de ella. Ocurría que resucitar Historias de la cripta suponía embarrarse en un hermosísimo follón legal, porque los derechos del show estaban repartidos entre diversas personas que fueron incapaces de llegar a un acuerdo, cancelando el proyecto antes siquiera de que naciese en serio. En el fondo, tampoco pintaba demasiado bien: aquel reboot habría eliminado al Guardián de la Cripta del programa y reducido el gore, y para cosas desaboridas ya tenemos los productos light en el súper.

A la altura del año 3 Antes del Covid, Shyamalan vuelve al cine con Múltiple, un thriller con toques de horror con la ajedrecista Anya Taylor-Joy donde la estrella de la función es James McAvoy interpretando a un psicópata llamado Kevin Wendell que, por culpa de un trastorno de identidad disociativo, era un container de diferentes personalidades. El rol era un caramelazo para un actor virtuoso, y McAvoy lo bordaba al mutar en pantalla de un personaje a otro en cuestión de segundos.

Múltiple era un film competente, bastante digno pero sin excesivas alegrías más allá de la actuación del escocés. Eso sí, dentro de la filmografía de Shyamalan es una pieza importantísima por lo excepcional de su twist ending. Porque Múltiple contenía un girito final, pero en este caso se trataba de uno muy especial que no afectaba a la trama principal de la película, sino al propio universo de Shyamalan. La gran sorpresa de Múltiple consistía en revelar, durante los últimos segundos de metraje, que en realidad era una secuela de El protegido, algo que la cinta hacía de manera evidente pero sutil: mostrando al protagonista de El protegido, David Dunn (Bruce Willis), mientras deslizaba un fragmento de la banda sonora de aquella película.

Era el shyamalanazo definitivo, el ultimate metagiro tuerceculos, uno que se retroalimentaba de la producción del autor para sorprender. La jugada era de lo más ingeniosa, la audiencia ya se esperaba un twist ending y el creador se la coló a todos al introducirlo por donde nadie lo vio venir. En el fondo, era un ejercicio de reciclaje creativo: el personaje de Kevin y algunas de sus escenas formaron en cierto momento parte del guion de El protegido, pero fueron extirpados de allí porque desequilibraban el asunto. Además de sorprender, Múltiple hizo una buena caja, reforzando la imagen de Shyamalan. 

Shyamalan
Múltiple. Imagen: Universal Pictures.

Shyamalan aprovechó la inercia para estrenar Glass dos años más tarde, en 2019. Una secuela de Múltiple que combinaba definitivamente aquella con El protegido cerrando diecinueve años después una trilogía que nadie se esperaba. Era también una producción muy inusual, porque para llevarla a cabo Shyamalan tuvo que convencer a los dos estudios cinematográficos que poseían los derechos de El protegido y Múltiple (Disney y Universal) para que dejasen a un lado sus diferencias y colaborasen juntos, cediéndose metraje, algo inaudito, y repartiéndose la distribución de la peli, más raro aún.

La premisa de Glass era llamativa, encerraba a los tres personajes con superpoderes de las anteriores entregas (los roles de Willis, Samuel L. Jackson y McAvoy) en un centro psiquiátrico y se dedicaba a juguetear con ellos. Pero resultó ser un patinazo que sabía a poco como cierre, decepcionando a críticos y espectadores. En su favor habría que apuntar que Glass es exactamente lo que quiere Shyamalan: una película decidida a subvertir la grandilocuencia superheroica. Se presenta como un thriller psicológico que encapsula a personajes con potencial en un mismo recinto. A medio camino de su desarrollo anuncia que el colofón a la historia será legendario, con una batalla que supuestamente tendrá lugar en un rascacielos. Y finalmente acaba limitándose a tener al reparto correteando entre habitaciones, urdiendo planes y palmándola en el parking del psiquiátrico. La obligada sorpresita final, el shyamalanazo, ni siquiera era tan espléndida como para perdonarle lo anterior y aunque no se ganó los corazones, sí que mordió una buena taquilla. 

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Pinta superemocionante esta nueva peli de superhéroes. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

A finales de 2019, Shyamalan regresaría a la televisión como productor ejecutivo y director ocasional de Servant. Una serie para Apple TV+, con buena fama entre las masas, que apostaba por los escalofríos tirando de una de las ocurrencias de la vida modernas que más acojonan: los muñecos de bebé reborn

Llega 2021 y el indio-estadounidense estrena Tiempo. Una película rodada en plena pandemia en la República Dominicana y con un reparto coral donde figuraban, entre otros Vicky Krieps, Gael García Bernal, Abbey Lee o Alex Wolff. La publicidad no se molestaba en decirlo, pero en este caso la nueva cinta de Shyamalan ya no era una idea original suya, sino la adaptación de un tebeo titulado Castillo de arena que las hijas de Shyamalan le habían regalado cuatro años antes durante la celebración del Día del Padre.

El cómic Castillo de arena (publicado en España por Astiberri) lucía un guion firmado por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy, estaba dibujado por el suizo Frédérik Peeters (autor del famoso Píldoras azules), y narraba las desgracias de un grupo de personas atrapadas en una playa donde el tiempo avanzaba a una velocidad extraña, condenándolas a envejecer prematuramente. A Shyamalan aquella premisa tan de The Twilight Zone, es decir, tan de su estilo, le encandiló tanto como para convertirla en un largometraje que contaría lo mismo que el tebeo, pero peor.

Aunque la prensa solo la anunciaba como «inspirada por…», Tiempo bebía bastante de las viñetas de Lévy y Peeters. Agarraba gran parte del diálogo y los roles originales del tebeo para trasladarlos a los terrenos del producto norteamericano: un inmigrante armenio del cómic se convertía en la pantalla en un rapero negro, y las teorías de un personaje que aparecía en la historieta, pero no en el film, se introducían en el guion en forma de libreta abandonada en la playa. La mala noticia es que a partir de ahí, casi todo lo que añadía Shyamalan era catastrófico: diálogos de chiste, una oxidada pistola de Chéjov enterrada en la arena para meter acción burda en la trama, un ego-cameo de Shyamalan interpretando a un personaje que contemplaba la acción a través del objetivo de una cámara (porque la sutileza no es lo suyo) y un desenlace que, al contrario de lo que hacía el cómic, donde se obviaban las explicaciones, revelaba demasiado sobre la playa maldita e ideaba detrás de ella unos tejemanejes científicos de teleserie barata. También incluía a una rubia repelente jugando al Cirque du Soleil de la peor manera posible.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.

Tiempo resulta curiosa dentro de la filmografía de su autor porque, al utilizar Castillo de arena como esqueleto base sobre el que construir, nos permite estudiar la capacidad del creador para gestionar y elaborar sus ocurrencias. Y el resultado no lo deja bien parado. Es cierto que Shyamalan se casca secuencias meritorias, las de los protagonistas descubriendo el deterioro de sus sentidos al envejecer, y también que demuestra maña en los planos secuencia que caminan marcando el ritmo por la playa. Pero la mayor parte del Tiempo nos encontramos al realizador chapoteando en lo ridículo, en la serie B regulera y en las conversaciones bobas durante un cuento que había nacido con ansias, reconocidas, de ser algo similar a El ángel exterminador de Luis Buñuel.

A orillas de todo esto, existen diferencias curiosas entre el cómic y la película. Detalles divertidos que sirven para medir la distancia entre la mentalidad estadounidense y la europea: en cuanto los personajes de Tiempo descubren que envejecen con extrema celeridad, aquello se convierte en un drama muy tenso que tiende a la histeria. Castillo de arena también contiene tragedia existencial y mucho personaje alterado, pero la actitud de sus protagonistas es en general mucho más interesante. En el tebeo, cuando los condenados descubren que morirán en cuestión de horas, se opta por descorchar botellas, sacar comida, celebrar un picnic festivo, follar, bailar y finalmente dormir ante la hoguera escuchando una historia. El cómic también tiene muchas más carnes al aire y gente lasciva porque a este lado del charco somos así, más casquivanos. Y también acaba mucho peor porque asimilamos mejor los finales crueles.

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Viñetas del cómic Castillo de arena.

De Shyamalan

El 5 de agosto de 2002, la revista Newsweek colocó a Shyamalan en portada arropado por un texto bien gordo que lo anunciaba como «El próximo Spielberg». El agasajado confesaba que llevaba regular tanta expectación y fama repentina, pero en el fondo estaba claro que disfrutaba con la atención: gustaba de incluir sus cortos caseros como extras en los DVD de sus películas y El protegido ya se abría con un texto que rezaba «De M. Night Shyamalan», como si él fuese en aquel momento una marca de prestigio. El tío lo tenía claro: «Tras El sexto sentido comencé a pensar “¿Cuál es mi lugar en el mundo?”. La gente me decía que yo era el próximo Spielberg, pero me preguntaba si mi éxito era solo casualidad. Así que esta película [El protegido] trata sobre un hombre al que le han dicho “Oye, eres extraordinario ¿Te lo crees o solo recuerdas lo corriente que eres en muchos sentidos?”. Dicho de otra manera: “Sí, tienes razón, soy el próximo Spielberg”». 

Lo cierto es que Shyamalan se reunió con Steven Spielberg después de que aquel quedase tan maravillado con El sexto sentido como para verla tres veces seguidas. El indio-estadounidense incluso llegó a ponerse enfermo por culpa de los nervios que le brotaron ante el meeting con el padre de Indiana Jones. Lo menos bonito es que siempre que los medios han nombrado un nuevo heredero del rey midas cinematográfico la cosa nunca ha terminado bien. Porque ser etiquetado como «el próximo Spielberg» es una de las grandes maldiciones Hollywoodienses, la condena a embarcar en un tren del hype que descarrila antes de llegar al destino.

En realidad, la comparación ni siquiera es justa. Y no solo porque Spielberg fuese capaz de parir en menos de diez años Tiburón, Encuentros en la tercera fase, En busca del arca perdida, ET el extraterrestre e Indiana Jones y el templo maldito. Sino porque lo hizo en el momento apropiado, en una época en la que descubrió como perfilar el blockbuster perfecto que andaban buscando en Hollywood desesperadamente. A Shyamalan, como a tantos otros (hola J. J. Abrams, un abrazo enorme) se le estampó en los morros la etiqueta demasiado pronto, antes de que fuera capaz de cumplir. 

Shyamalan
El sexto sentido. Imagen: Buena Vista.

En lo que respecta exclusivamente a su cine la conclusión es obvia: Shyamalan da rabia. Pero no porque sea un desastre tras la cámara, en absoluto, sino porque su producción demuestra que dentro de él habita un gran director, uno que a veces asoma la cabeza y otras parece un octópodo rodando por el piso de un garaje. Referentes no le faltan, porque es admirador y estudioso de la obra de Akira Kurosawa, Alfred Hitchcock, Satyajit Ray, Spike Lee, el mentado Steven Spielberg o Francis Ford Coppola. Alguien con un talento evidente pero con muchos problemas para gestionarlo. Una persona que ha logrado convertir en películas formales conceptos que sobre el papel suenan a chufla: una de fantasmas, una de marcianos, una de superhéroes o una de monstruos. Él mismo es consciente de ello al definirse como el creador que «agarra una historia de película de serie B, aborda temáticas de película de serie B y les aporta un acercamiento, equipo, reparto y principios de película de serie A».

No es un director sin personalidad, uno de tantos mercenarios genéricos fabricados en Hollywood, es alguien que sabe mirar a través de un objetivo y cuando quiere lo demuestra: El protegido contiene una conversación entre dos personas en un tren filmada con mucho estilo, convirtiendo el punto de vista del espectador en un pasajero invisible que observa la charla espiando entre los asientos a la pareja. La secuencia donde el chaval de El sexto sentido susurra «En ocasiones veo muertos» logra cocinar una atmósfera escalofriante, incluso lidiando con la jeta repeinada de Bruce Willis a contraplano poniendo cara de haberse sentado sobre una chincheta durante un funeral. El bosque contiene un par de secuencias respetables de (no) monstruos atacando, y también un apuñalamiento rodado con elegancia y sencillez entre dos miradas en primer plano. Señales ha grabado para siempre en la memoria de todos sus espectadores aquel bote que se pegaron durante la efectiva maniobra del vídeo cumpleañero con marciano.

La verdad es que incluso las cintas más denostadas de Shyamalan contienen detalles reseñables: El incidente posee una secuencia a ras de suelo donde la cámara persigue una pistola, que salta sobre el asfalto de un suicida a otro según estos hacen uso de ella. Y varios planos de Tiempo circulan con gracia alrededor de los personajes mientras se desata la pesadilla, con un movimiento parece acompasado para asemejarse al de las agujas de un reloj. Todo lo anterior es obra del mismo tipo que hace trotar a Wahlberg para huir del viento, el que idea a un crítico de cine en la pantalla diciendo sandeces para burlarse de los críticos de cine, el que considera ingenioso calentar el ambiente poniendo a los personajes de Tiempo a soltar chascarrillos fáciles sobre el paso del tiempo, el que después de marcarse una narración muy engrasada en El sexto sentido decide cerrar la cinta con un fundido a blanco como si aquello fuese un telefilm teutón de media tarde.  

Shyamalan
Glass. Imagen: Buena Vista, Universal Pictures.

Shyamalan parece encallado en ser la eterna promesa porque su gran retorno triunfal es anunciado con cada nueva película, y a lo mejor esa no es la mejor forma de enfocar su cine. Bastaría con asumir que es un creador de películas de género (fantástico) capaz de insuflarle a sus historias un aura de cine de autor, de autor pop al ladear realmente más hacia Historias de la cripta que hacia Buñuel. Shyamalan es alguien muy válido que con frecuencia se cae de morros en el disparate.

Cuando mejor parece funcionar últimamente es cuando trabaja con presupuestos pequeños y se ve obligado a afilar el ingenio para sacarlos adelante, fabricando productos agradecidos de los que resulta más fácil exprimir beneficios que de las grandes superproducciones. Tiempo, siendo lo que es, ha acumulado noventa millones de dólares y solo ha costado dieciocho. Pero lo que de verdad sería interesante en su carrera como director, y probablemente le vendría bien en general, sería dejar de rodar ocurrencias propias y comenzar a trabajar sobre guiones ajenos, relatos de gente que tenga más maña al ensamblar una historia y sepan escribir diálogos que no suenen a coña.

Shyamalan. El del bombazo con El sexo sentido. El guionista en la sombra de Alguien como tú. El otrora futuro Spielberg. El fabuloso inventor del Shyamalazo. Entre sus proyectos futuros ya tiene plan para febrero de 2023: una película titulada Knock at the Cabin en la que trabaja en asociación con Universal Pictures, con quienes ahora se lleva muy bien después de colaborar en películas como La visita, Múltiple, Glass y Tiempo, baratas de fabricar y con muy buen rendimiento en salas.

De Knock at the Cabin no se sabe nada, y toda la producción está envuelta en un secretismo curioso de cara a engordar el misterio. Su otra película en la recámara llegará un poco más tarde y se titulará Labor of Love. Es probable que al lector atento le suene de la segunda parte de este artículo, se trata de aquel guion de 1992 que, en su momento, iba a protagonizar Bruce Willis en el papel de un viudo dispuesto a cruzar Norteamérica a patita en honor de su difunta señora. A saber qué sale de ahí. Mientras no haya plantas asesinas a lo mejor hasta vamos bien. Lo que es casi seguro es que en esa excursión le va a ser difícil colarnos un nuevo shyamalanazo por sorpresa.

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Tiempo. Imagen: Universal Pictures.


Shyamalanazo (1)

Shyamalan
He aquí un jpg que puedes escuchar en tu cabeza. El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

M. Night Shyamalan es ese director que gracias a El sexto sentido se convirtió en la gran promesa del cine fantástico y hoy en día, más de veinte años después de aquel éxito, sigue siendo la gran promesa del cine fantástico. Un realizador cuya producción tiene alma de balancín, por atreverse a combinar chispazos de genialidad con ramalazos de payasada y quedarse tan ancho. Alguien capaz de filmar, en Señales, una escena fabulosamente aterradora utilizando como excusa un vídeo casero de un cumpleaños, pero al mismo tiempo, también alguien al que se le ocurre insertar en dicha secuencia a Joaquin Phoenix gritándole a los niños de la tele un «vámonos» (en español en la versión original) que bordea lo ridículo. Un director capaz de lo mejor y de lo peor, con una obra emperrada en remarcar que el hombre tiene mucho potencial pero le hace falta encauzarlo. Shyamalan también es alguien que acabó cayendo en su propia trampa: el shyamalanazo final. 

De vida, milagros, un sexto sentido, gente irrompible y marcianos

M. Night Shyamalan nació como Manoj Nelliyattu Shyamalan en Mahé, un distrito de Puducherry en la India. Cuando tan solo contaba con unas pocas semanas de vida, sus padres, médicos ambos, emigraron a Norteamérica para asentarse en Penn Valley, un pueblecito perdido en tierras pensilvanas, en la zona suburbana de Filadelfia, esa tierra de príncipes raperos. El chico creció en Estados unidos y su interés por el oficio de director le sobrevino siguiendo el cliché clásico: a los ocho años alguien le regaló una cámara Super-8 y descubrió que era bonito observar el mundo a través de aquel objetivo. A la altura de la adolescencia, el chaval ya acumulaba en su cuarto más de cuarenta peliculillas caseras propias y tenía muy claro que lo suyo era contar historias desde las pantallas.

Shyamalan se sacó la carrera escolar entre las aulas de escuelas cristianas, territorios ligeramente hostiles donde la gente le miraba de lado por ser hindú: «Los profesores nos recordaban constantemente que aquellos que no estuviésemos bautizados iríamos al infierno», apuntaba el futuro director, «así que yo andaba en plan “Chicos, a mí no me han bautizado, por lo que supongo que nos veremos todos allí más tarde”». Demostró ser muy buen estudiante, haciendo rabiar a sus profesores al sacar las mejores notas de su clase en la asignatura de religión sin ser cristiano, y acabó aterrizando en la New York University Tisch School of the Arts de Manhattan para ilustrarse sobre las artes cinematográficas.

En aquellos años universitarios fue cuando decidió adoptar «Night» como segundo nombre en sustitución de «Nelliyattu». Una buena jugada, teniendo en cuenta que los norteamericanos se hacían lazos en la lengua tratando de pronunciar correctamente su verdadero nombre. Y también porque llamarse «Night» en el fondo es algo que mola bastante. En 1992, con veintiún años y recién graduado, escribió, protagonizó y dirigió su primera película, Praying with Anger. La historia de un indio americanizado que se reencuentra consigo mismo a nivel espiritual visitando la India en busca de sus raíces. O lo que es lo mismo: una cinta de bajo presupuesto que huele a tostón a kilómetros y que por eso mismo no llegó a estrenarse en salas, limitándose a pasear por algunos festivales indies a los que va la gente que se mesa mucho la barba.

La segunda película que firmaría, Los primeros amigos, le proporcionó el salto a la industria de Hollywood, pero se antojaba igual de poco apetecible que su ópera prima al presentarse como una comedia con toques dramáticos donde un niño católico decidía, tras la muerte de su abuelo, buscar a Dios. La historia incluía la aparición de un ángel celestial, sin alas y con el decepcionante aspecto de un niño rubio, aunque lo único que le acercaba realmente al género fantástico, aquel que haría famoso a su director en el futuro, era tener en el reparto a Rosie O’Donnell haciendo de monja. Shyamalan salió escaldado de aquel rodaje, tuvo que soportar los berridos en el set del miserable de Harvey Weinstein, que pagaba el asunto, y la postproducción de la obra fue tan problemática como para alargarse durante tres años. La película acabó dándose un batacazo descomunal en la taquilla, costó seis millones de dólares y solo recaudó trescientos mil billetes.

Tras el trastazo, Shyamalan comenzó a moverse por la parte trasera del mundo del cine ejerciendo como escritor de cualquier cosa que le pusieran delante. Se encargó de elaborar el libreto de Stuart Little, esa cinta con un ratón asquerosamente adorable que, por alguna razón arcana e insondable, en España tenía la voz de Emilio Aragón. Y también ejerció de escritor fantasma para rehacer gran parte del guion de Alguien como tú, una tontada romántica de finales de los noventa. Este último fue un trabajo que a Shyamalan le daba tanto apuro reconocer, ni siquiera aparece en su ficha oficial de IMDB, como para que el caballero tardase unos nada desdeñables catorce años en confesar su participación como guionista de aquello. Tenía cierta lógica, porque es probable que nadie te vaya a tomar en serio en Hollywood si en tu currículo figura una película protagonizada por Freddie Prinze Jr. Entretanto, su cabeza había comenzado a fraguar nuevas historias originales, relatos que él mismo definía como «más oscuros y profundos» y cuyo tono achacaba al tremendo bajonazo que le produjo el fracaso de Los primeros amigos.

Shyamalan
Estas son las cinco primeras películas en las que estuvo implicado Shyamalan. A la sagacidad del lector le corresponde adivinar cuál de ellas es la que lo convirtió en estrella.

Entre aquellas ideas se encontraba el guion de una película con niño y fantasmas, El sexto sentido, una historia que se le ocurrió a Shyamalan tras ver un episodio de El club de medianoche (Are You Afraid of the Dark?), la popular serie de terror para adolescentes de Nickelodeon. Más concretamente, lo que hizo Shyamalan fue adaptar la premisa del capítulo «La historia de la chica soñada» de la tercera temporada de El club de medionoche, un cuento protagonizado por un zagal que acababa descubriendo, en el desenlace del episodio, que estaba muerto y no era más que un fantasma que solo podía ver su hermana. Inspiraciones y fusilamientos narrativos aparte, el libreto de El sexto sentido propició un bonito follón cuando el indio comenzó a moverlo entre los despachos de los grandes estudios. Porque desató una pequeña guerra entre varias compañías que querían atrapar los derechos de algo que olía a bombazo. Finalmente, un productor de Disney, David Vogel, decidió comprar el guion a lo loco, sin consultar a sus superiores, desembolsando tres millones de dólares de golpe y ofreciendo a Shyamalan la dirección de la película. Vogel tuvo buen ojo, pero la osadía de sacar la cartera sin recibir la aprobación de su compañía le costaría el puesto de trabajo a la larga.

La historia de El sexto sentido arrancaba con un psicólogo infantil, llamado Malcom Crowe e interpretado por Bruce Willis, sufriendo un desagradable asalto en su propia casa a manos de un expaciente al que no fue capaz de ayudar años atrás. Y continuaba meses más tarde, con el terapeuta aceptando tratar a un niño de nueve años, Cole Sear, interpretado por Haley Joel Osment, que sufría un trastorno similar al de aquel agresor que allanó su piso. Lo jugoso del asunto es que el pequeño rapaz padecía un mal singular: aseguraba ser capaz de ver fantasmas.

Era un punto de partida fantástico para facturar una cinta de horror competente, pero Shyamalan fue un poco más allá y fabricó un artefacto redondo. La película se estrenó con menos bombo del habitual, pero se convirtió en un taquillazo descomunal, en gran medida gracias a un público que recomendaba ir a verla a sus conocidos antes de que algún desalmado les contase el final. Y es que aquellos últimos minutos de película contenían la jugada maestra de Shyamalan, un giro final inesperado que le daba la vuelta a toda la historia: el protagonista, Malcom, descubría que en realidad había fallecido en el prólogo del film, durante el asalto inicial, y no había sido consciente hasta entonces, al igual que la audiencia, de que en realidad era un fantasma.

¿Esto era un spoiler? Difícilmente a estas alturas, porque El sexto sentido hoy en día es famosa por su sorpresa final, hasta el punto de que dicha revelación es conocida incluso por quienes no han visto la película. Aquel twist ending fue tan efectivo como para convertirse en un elemento popular y representativo de la película, algo muy difícil de esquivar. Es el equivalente al plano final de El planeta de los simios, a la identidad del asesino en Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie, al destino de Romeo y Julieta o al «Yo soy tu padre» de El imperio contraataca. Un espectador tendría que haber vivido aislado de la sociedad durante los últimos veinte años para sentarse completamente virgen ante esa cinta. Joder, si ni siquiera la banda sonora de la película se molesta en guardar el secreto: la última pista de la partitura firmada por James Newton Howard se titula «Malcom está muerto», así, a pelo y sin rodeos, casi parece una troleada del compositor.

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El sexto sentido. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.

El truco de El sexto sentido no era novedoso, pero estaba muy bien ejecutado. Porque Shyamalan lo aplicaba con precisión, tejiendo la historia a medida de la sorpresa y valiéndose de estratagemas para jugar con el espectador. Gracias a ello, existen dos formas de ver El sexto sentido: por primera vez, y en una segunda vuelta donde todo encaja mientras la historia se reescribe de manera diferente. Ahí residía la genialidad de aquel guion, en ser capaz de desviar la atención con habilidad y, al mismo tiempo, salpicar el relato con decenas de pistas que resultaban obvias una vez conocido el secreto.

Para hacerlo, el director tiró de todo tipo de argucias. Planteaba situaciones donde la ausencia de interacción de Malcom con otros personajes (que no podían verle al ser un fantasma) no era evidente a primera vista. Deslizaba detalles como vestir al psicólogo exclusivamente con la ropa que había utilizado la noche en que falleció, insinuar su naturaleza fría y fantasmal con secundarios que se abrigaban cuando lo tenían cerca, o mostrar el color rojo en pantalla solo cuando el mundo de los vivos se cruzaba con el de los muertos. Incluso se atrevía a juguetear con la educación visual preconcebida de la audiencia: una escena, en apariencia trivial, mostraba a Malcom intentando abrir la puerta del sótano donde guardaba sus pertenencias, pero al no conseguirlo, el hombre rebuscaba las llaves en sus bolsillos. La película cortaba en ese momento la secuencia para reubicarse inmediatamente en otro plano donde aparecía Malcom en el interior sótano. Parecía un simple trabajo de montaje, pero realmente era otra artimaña simpática: en la historia, el espíritu de Malcom era incapaz de abrir aquella puerta, que estaba bloqueada en el mundo de los vivos, y por eso Shyamalan no podía mostrarlo haciéndolo, pero el público, acostumbrado a esas ediciones en el cine, daba por sentado que lo había hecho. Entretanto, el relato también aprovechaba para soltar por sus fotogramas unos cuantos fantasmas y situaciones aterradoras. Todo era un gran truco, sí, pero uno bien orquestado.

El sexto sentido fue un éxito tremendo que encumbró el nombre de su creador. Recibió seis nominaciones a los Óscar (mejor película, mejor director, mejor guion, mejor actor de reparto, mejor actriz de reparto y mejor montaje) aunque no se llevó ninguno a casa, y se convirtió en la segunda película más taquillera del año, por detrás de aquel Episodio I de Star Wars protagonizado por Jar Jar Binks. El único problema de la película era paralelo a ella y solo se manifestó a posteriori: cuando su creador decidió convertir ese giro final que torcía culos en las butacas, ese shyamalanazo, en su firma personal.

Shyamalan
Nick Fury on motherfucking wheels. El protegido. Imagen: Buena Vsta Pictures Distribution.

Shyamalan se convirtió de golpe, con tan solo veintinueve años, en la gran esperanza india del cine norteamericano. Tras la desmesurada fama amasada de El sexto sentido, o la primera película en la que Bruce Willis hacia el fantasma sin pegar tiros, el director se encontró con Disney besándole los pies, George Lucas y Steven Spielberg llamándole al móvil para ofrecerle colaborar en el guion de una nueva entrega de Indiana Jones y los productores ofreciéndole cheques locos para convertir más ocurrencias de las suyas en películas.

Aprovechando el impulso, Shyamalan escribió y dirigió El protegido (2000). Una película protagonizada por Bruce Willis y Samuel L. Jackson que partía de una premisa la mar de llamativa: Willis interpretaba a David Dunn, el improbable único superviviente de un accidente de tren, alguien que inexplicablemente no presentaba ni un solo rasguño tras la desgracia acontecida. La principal sorpresa de la trama fue descubrir que en realidad se trataba de un cuento de superhéroes de cómic reubicado en un entorno realista. En cambio, lo que no resultó tan novedoso fue toparse con otro giro final, uno que esta vez era más flojo y menos elaborado que el de El sexto sentido. Además, en aquella película Shyamalan ya daba muestras de renquear al cometer uno de los grandes pecados del mundo del cine: rematar la historia con textos sobreimpresos en la pantalla a modo de resumen, como si aquello fuese una teleserie chusca de los ochenta.

Curiosamente, Disney decidió promocionar la cinta como un thriller sobrenatural, en contra de los deseos del productor, para esconder que en realidad la película versaba sobre superhéroes. Porque en aquella época, alejada del cansino fenómeno Marvel actual, los tebeos en el noveno arte eran un repelente de para el público. «Eso solo le interesa al tipo de gente que va a las convenciones» le dijeron los ejecutivos de Mickey Mouse a Shyamalan cuando se le ocurrió mentar los tebeos, «y vas a cabrear a todos los que estamos en esta habitación si vuelves a utilizar esa palabra [cómic]». El protegido era un producto bastante decente, que no brillante, pero su paso por las salas de cine sería discreto. Con el tiempo, una parte del público se dedicó a rescatarla y a dar tanto la brasa con ella como para que haya acabado convirtiéndose en una de esas películas con cierto culto detrás. 

La siguiente ocurrencia de Shyamalan fue Señales (2002). Una invasión alienígena, mucho más minimalista que aquellas a las que nos tiene acostumbrados el cine, donde Mel Gibson (interpretando a un exsacerdote, je) y Joaquin Phoenix se las veían con hombretones verdes from outer space en una granja perdida en algún lugar de Pensilvania. En esta obra, nuestro fantasioso indio-americano ya no incluía un twist ending como tal, sino una perversión de ese concepto en forma de inexplicables pistolas de Chéjov. Señales recaudó mucha pasta y legó a la humanidad aquella utilísima imagen de los gorritos de papel de plata, pero con ella el público comenzó a sospechar que en las creaciones de Shyamalan existían algunos elementos que bordeaban la tontería. 

Shyamalan
Nunca podremos agradecerle a Señales lo suficiente esta estampa, en especial durante las épocas de magufadas. Imagen: Buena Vista Pictures.

Un par de años más tarde, en 2004, ocurrió algo inquietante. La cadena Sci-Fi Channel anunció el estreno de un documental titulado The Buried Secret of M. Night Shyamalan (El secreto escondido de M. Night Shyamalan). Un reportaje que había surgido de manera accidental: durante el rodaje de un making of de la inminente nueva película de Shyamalan, titulada El bosque, los responsables de filmar lo que ocurría entre bastidores intuyeron que el director ocultaba un secreto importante. No solo se mostraba esquivo, por lo visto en el set existía la norma de no mirarle a los ojos, sino que además a su alrededor sucedían cosas raras, fallos técnicos sobre todo, que atufaban a presencias paranormales.

A base de indagaciones y entrevistas, el documental acabó descubriendo que Shyamalan, siendo niño, había estado clínicamente muerto durante media hora al (casi) ahogarse en un lago helado. Y por lo visto, tras recuperarse de forma milagrosa, desde entonces poseía capacidad de comunicarse con los espíritus, algo que, fíjate, alimentó su obsesión por lo sobrenatural. Los días previos a la emisión del programa, el propio Shyamalan mostraba públicamente un notable cabreo con aquel especial filmado sin su consentimiento.

The Buried Secret of M. Night Shyamalan duraba dos horacas, había sido dirigido por Nathaniel Kahn, un documentalista nominado en dos ocasiones al Óscar, y en su metraje incluía sesiones de ouija, adolescentes turbios encapuchados que adoraban al cineasta y entrevistas a famosetes como Adrien Brody o Johnny Depp. Pero olía a tostada chamuscada desde el planeta más cercano. Y con razón, porque en realidad todo aquello era un timo. Una farsa ideada por Shyamalan y compañía para darle más publicidad al lanzamiento de El bosque. La treta no duró demasiado, Sci-Fi Channel tuvo que admitir que todo era un hoax y los ejecutivos de la NBC (hogar del Sci-Fi Channel) pidieron disculpas y se fustigaron públicamente. En sus casas, los espectadores norteamericanos comenzaron a pillarle verdadera manía al realizador y sus fantasmas.

El bosque se presentaría en 2004 con un reparto tremendo compuesto por Bryce Dallas Howard, Joaquin Phoenix, Adrien Brody, William Hurt, Sigourney Weaver, Judy Greer, Michael Pitt, Frank Kranz, Jesse Eisenberg y el propio Shyamalan en un cameo simpático reflejado en un cristal. Pero el estreno de la película, una fábula sobre un pueblo de colonos del siglo XIX que vivía acosado por monstruos extraños, no ayudaría demasiado a disipar las sospechas sobre el talento del creador.

Por un lado, porque la errónea promoción de El bosque, que vendía la cinta como una historia de horror cuando realmente era un drama de misterio, engañó a muchísimos espectadores que acabaron saliendo del cine disparando sapos por la boca. Por otra parte, porque el guion aquí también se marcaba de nuevo un shyamalanazo, un giro que pretendía reescribir la película como hizo El sexto sentido. Pero en este caso el twist ending era tan absurdo como para que la mayoría de la audiencia fuese incapaz de tomárselo en serio. El crítico Roger Ebert resumió el sentir general al apuntar a ese shyamalanazo como culpable de todo en su reseña de la película:

‘El bosque’ es un error de cálculo colosal. Una cinta basada en una premisa que no la puede soportar, una premisa tan transparente que sería objeto de risa si la película no fuese tan mortalmente solemne […] Llamar a su final un anticlímax no es solo un insulto para los clímax, sino también para los prefijos. Es una sorpresa cutre, que en la escalera de la originalidad narrativa tan solo está un peldaño por encima del «Todo era un sueño». De hecho, el secreto es tan tonto que nos hace desear el poder ser capaces de rebobinar la película para no descubrirlo nunca.

Lo cierto es que, a pesar de la tormenta de palos que ha llovido sobre ella, es posible defender El bosque, porque la película tiene ciertas virtudes, contiene escenas más que dignas y un tono interesante. Su revelación es tontorrona, sí, pero si uno se la toma con ligereza, como si fuese un capítulo inflado de alguna serie de cuentos fantásticos tipo En los límites de la realidad o Historias asombrosas, la cosa no está ni tan mal, eh. Años más tarde, otro crítico llamado Carlos Morales revisitaría El bosque y daría en la diana al sentenciar que «el verdadero giro de guion aquí es que la película que el público quería ver no era la que Shyamalan había rodado».

(Continúa aquí)

Shyamalan
El bosque. Imagen: Buena Vista Pictures Distribution.


Lo mejor de lo peor de Wikipedia

Imagen: Lane Hartwell (CC).

Wikipedia es un artefacto fascinante, una enciclopedia colaborativa y pública fundada por Jimmy Wales y Larry Sanger que ha sido capaz de enviar a su casita a todos los vendedores de Espasas a puerta fría. Un ecosistema de información que nunca ha sentido vergüenza por otorgarle la misma importancia a la cultura clásica que a la popular: no es raro encontrarse con una cantidad más abrumadora de datos sobre un capítulo de Star Trek que sobre algunas civilizaciones pretéritas.

La enciclopedia digital resulta significativa incluso por sus taras. Por ejemplo, ella misma ha creado un nuevo problema, un mecanismo de información adulterada basado en la retroalimentación: en más de una ocasión algún usuario se ha inventado hechos en Wikipedia que han acabado saltado hasta las páginas de la prensa (gracias al copia/pega de los redactores más vagos) creando artículos periodísticos que la propia Wikipedia ha señalado posteriormente como referencia veraz de los datos falseados. Un circuito de información incorrecta que Randall Munroe calificó de «citogénesis» en su webcómic xkcd,  la denominación que se adoptó oficialmente para designar ese tipo de círculos viciosos cuando Wikipedia empezó a ponerse las pilas con lo de cazar e inventariar incidentes similares.

Imagen: xkcd.

La Wikipedia también es una residencia repleta de habitaciones secretas, ubicaciones poco conocidas pero realmente curiosas. La colección de imágenes restringidas es una de ellas, una recopilación de todas las fotografías e ilustraciones explícitas utilizadas en la enciclopedia digital. Estampas que no es nada recomendable que vean los menores de edad mientras navegan o los adultos mientras comen. Imágenes que ayudan a ilustrar cosas como el fisting gracias a la foto de un caballero siendo castigado vía rectal por un puño ajeno, por si alguien no puede hacerse una idea detallada del asunto leyendo la descripción oficial.

Otra sección escondida, pero mucho más amable, es la de los chistes malos eliminados. Porque la información errónea no es lo único que se dedican a rastrear y eliminar los estrictos editores que velan por la integridad de Wikipedia, sino que existe otra cosa que se también persigue entre sus páginas de manera implacable: el humor. Es una consecuencia de la apuesta que hace la propia enciclopedia por mantener un tono serio y responsable, alejado de los chistes gratuitos, donde todo chascarrillo o bufa furtiva que ensucie la información está condenado a ser eliminado.

Pero estamos hablando de internet, un universo que ha relanzado la carrera de Rick Astley a base de esconder trampas en enlaces, y de una enciclopedia pública, un proyecto que diariamente recibe unas quinientas mil modificaciones de media, como se puede ver en este asombroso gráfico interactivo a tiempo real. Un lugar donde es imposible evitar que la gente saque a pasear sus ocurrencias jocosas y donde las gamberradas son algo muy habitual. En esta casa ya hemos hablado hace un tiempo sobre el wikiterrorismo y las carcajadas producidas por ciertos artículos, tuneados con muy mala baba. Textos donde se afirmaba que Charlie Sheen era «mitad humano, mitad cocaína», el Che Guevara un «magnate de las camisetas» y Liam Gallagher un «cíborg transgénero». Un vandalismo basado en la ridiculización que en realidad solo reflejaba una pequeña parte de todas las coñas que se han ido colando en la entradas enciclopédicas durante sus casi veinte años de vida, y que otras personas han ido eliminando diligentemente.  

A pesar de todo, la propia Wikipedia siempre ha tenido claro el hábitat sobre el que flota y sus editores solo tardaron un par de jornadas en reconocer que sería una pena arrojar a la basura todas las ocurrencias simpáticas que se presentaban en el lugar sin haber sido invitadas. A los pocos días del nacimiento de Wikipedia (en enero de 2001) brotó en ella una página titulada «Chistes malos y otros sinsentidos eliminados» (o « BJAODN» según sus siglas en inglés) donde los wikipédicos añadían todas aquellas chanzas que les habían supuesto un deshueve notorio. Bryce Harrington, uno de los primeros colaboradores de Wikipeida lo explicaba así: «Necesitamos una página donde los chistes malos y otras tonterías eliminadas puedan descansar en paz, así que aquí está». Seis años más tarde, cuando la enciclopedia colaborativa comenzaba a pillar verdadero impulso, la comunidad acordó cerrar la puerta del todo y dejar de recopilar chascarrillos para que la gente no se tomase el vandalismo informativo como un hobby.

Lo que se conserva de todo aquello es una sección en Wikipedia titulada «Silly Things», un rincón donde se mantienen envasadas en formol virtual las primigenias colecciones de chistes malos extirpados de los artículos. El resto del material cómico desechado, la mayoría producido del 2007 en adelante, se ha intentado conservar en parte en otras madrigueras de internet ajenas a la Wikipedia oficial y plagadas de links rotos y enlaces a la caché de los buscadores. Todos esos descartes componen lo que podría denominarse como «Lo mejor de lo peor de Wikipedia».

Música

Uno de los chistes descartados más clásicos de Wikipedia fue la celebrada y faltosa definición del baterista de un grupo de música: «Batería: alguien que suele juntarse con músicos», una chufla rematada por un «acostumbra a llevar dos palos y golpear con ellos cosas redondas». En general, todo el terreno musical ha sido siempre una diana estupenda para la guasa desde cualquier frente: los compositores de música clásica fueron descritos en Wikipedia como «Varones fácilmente identificables por sus peinados excéntricos y su afición por las gafas sin montura». Y Yevgueni Kisin mencionado como un ejemplo de «la técnica de “Péinalo hacia atrás y deja que crezca”». La misma entrada aclaraba que las compositoras de música clásica eran «más difíciles de distinguir, pero militantes de una de estas dos categorías: a) ratones de biblioteca b) suburbanitas superficialmente glamurosas pero ligeramente neuróticas». Aunque el ensañamiento real tenía lugar con los intérpretes contemporáneos: «Los músicos, en sus manifestaciones humanas, pueden distinguirse de otras criaturas capaces de crear sonidos melódicos por su insistencia en producirlos cuando no existe una justificación clara para hacerlo, e incluso cuando existen elementos que pueden amenazar su supervivencia en caso de no cesar con dicha actividad. En otras palabras, pese a que no exista recompensa o beneficio por interpretar “Brown Eyed Girl” o “Mustang Sally” en un bar repleto de perdedores, un músico tocará dicha canción (o cualquier otra que le soliciten) sin importarle en absoluto que su novia (o novio) esté siendo acosada por el camarero y/o todas su pertenencias estén siendo arrojadas a un contenedor y/o la seguridad y el equipo del local estén gritándole “¡Déjalo ya!”». Aquella descripción de los músicos llegaba rematada con una redirección enciclopédica estupenda: «(Vease también “guitarrista”, “cantante” o “sin techo”)».

El concepto de mánager musical también gozó de una reseña presuntamente redactada por un músico o algún mitómano del medio: «El mánager de una banda es una persona en gran medida inútil que se dedica a robar dinero al artista que dice representar. O a suministrarle drogas al artista que dice representar para robarle el dinero. […] En el fondo, estar representado por un mánager es algo muy similar a la enfermedad de Lyme: es culpa de unos parásitos, y la mejor forma de evitar que ocurra es manteniéndose alejado de los lugares donde habitan cosas que se puedan amarrar a ti para chuparte la sangre».

Aunque los chistes con más mala baba aterrizaron sobre formaciones específicas: de U2 se dijo que son aquella banda que «ha regrabado el single “Gloria” varios miles de veces, cambiándole tan solo el título y metiendo un par de acordes por aquí y por allá», al pianista John Test se le ha acusado de ser un alien y utilizar su música para enviar señales a sus colegas extraterrestres, la canción «Despacito» de Luis Fonsi figuró como «una celebración de los Doritos según Justin Bieber» en alusión a la incapacidad del zagal por cantar el tema en español sin mencionar los aperitivos naranjas, Eminem se convirtió en la voz oficial de Bob Esponja, de Lady Gaga se ha escrito que es «la artista formalmente conocida como Madonna» y el perfil de Mariah Carey registró el 31 de diciembre del 2016 como la fecha de su fallecimiento, y «muerta de vergüenza» como la causa, por culpa de esta actuación. El caso de Nickelback es especial, porque se han ensañado tanto con ellos como para que la dirección de Wikipedia se viese obligada a vetar con un candado cualquier modificación futura de su artículo. Algo lógico teniendo en cuenta que todas las bromas que, entre 2005 y 2009, se hicieron en la página sobre la banda canadiense a duras penas caben en un vídeo de más de seis minutos de duración. Wikipedia también alojó un enlace titulado «22.86 Centimetre Nails» que redirigía al perfil de Nine Inch Nails y dudosas afirmaciones sobre géneros musicales: «“Alternative rock” es el nombre que se le da a una piedra cuando estás mirando a otra piedra» o «Es un hecho conocido que de haber existido el house en los años treinta la Segunda Huerra Mundial nunca hubiese ocurrido».

Geografía

España debe sentirse orgullosa por haber figurado en la Wikipedia como el hogar de una criatura fabulosa: «La costa del sol es un monstruo que engulle, abrasa y escupe de vuelta a millones de felices turistas europeos». Bélgica se convirtió en «Una estación de servicio situada entre Francia y Alemania. Está rodeada de campos de estiércol, una vaca y su especialidad es vender comida cara e indigerible a los viajeros de paso». Sobre Islandia se citó un proverbio local de dudosa veracidad: «No existe el concepto “mal tiempo”, solo el de “ropa no adecuada”».  Las cataratas del Niágara estuvieron ubicadas «entre los límites de Ontario y algún pedazo sin importancia de Estados Unidos». Y la página de Polonia en lugar de una descripción al uso lució el ficticio diario de un inglés de visita por el país:

«Lunes: He ido a beber con los polacos.
Martes: Creo que voy a morir.
Miércoles: he ido a beber con los polacos de nuevo.
Jueves: ¿Por qué coño no la palmé el martes?».

Sobre Estados Unidos alguien apuntó el dato de interés más maravilloso y certero jamás escrito: «Los Estados Unidos son históricamente importantes por convertirse en la primera nación con obesos pobres».

Las páginas que dejaron de ser

La capacidad de poder crear páginas propias sobre cualquier tema que revolotease por la cabeza del usuario propició la aparición de infinidad de gracietas efímeras en forma de entradas oficiales: una página llamada «Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo» que redirigía al lector hasta la dedicada a Darth Vader, la «lista completa de todos aquellos conductores arrestados por conducir borrachos que han llegado a ser presidentes de Estados Unidos» donde solo figuraba el nombre de George W. Bush, «Prostitutas muertas en la cultura popular», «Cómo comerse un escorpión mientras se está apareando», «La iglesia de Sonic the Hedgehog», «Cómo tener sexo en Texas», «Lista de cuevas de Dagobah donde la Fuerza es poderosa », «Caballitos de mar gays», «Jugadores de 3D Space Cadet Pinball incapaces de satisfacer a sus mujeres», «Esa chica pelirroja que le gusta a Charlie Brown y a la que llaman Heather en los dibujos animados donde los adultos hablan así: “Wee wah wah waw”»,«Gente que no ha cometido suicidio porque está viva», «Plantas con siluetas eróticas», «Lista de medusas que han picado a gente famosa» y su hermana «Lista de gente famosa picada por medusas», «NO SÉ CÓMO SE HACE UN ATRÍCULO DE WIKERPEDIA», «Lista de parques de atracciones de Disney en Andorra» o la página «La creencia de que un zombi judío que era su propio padre puede hacerte vivir eternamente si devoras simbólicamente su carne y aceptas telepáticamente que estás dispuesto a aceptarlo como tu maestro para que él elimine toda la maldad humana que habita en tu alma», una página que redirigía al lector directamente hacia «Cristianismo». Algo perturbador fue el caso de la entrada «Gente que está viva o muerta», una sección en la que solo existía una lista con tres nombres: Bill Murray, Michael Jackson y el papa.

En la entrada «Iglesia católica» apareció está imagen modificada del cuadro Crucifixión de Albrecht Altdorfer con el pie de foto «¿Dónde está Wally en la crucifixión?». Funfact: La estampa realmente contiene un Wally.

En la entrada «Iglesia católica» apareció está imagen modificada del cuadro Crucifixión de Albrecht Altdorfer con el pie de foto «¿Dónde está Wally en la crucifixión?». Funfact: La estampa realmente contiene un Wally. (Clic en la imagen para ampliar).

También hubo un buen montón de pitorreos que adoptaron la forma de categorías (una herramienta de clasificación de la propia web) con intenciones jocosas: «Edificios que Elvis ha abandonado», «raperos con nombres relacionados con el hielo», «Pintores clown bisexuales», «Actores que han besado con la boca abierta a sus hermanos», «Cosas mitológicas basadas, aunque sea en parte, en los pollos», «Vicepresidentes que han disparado a alguien» y «Gente a la que ha disparado un vicepresidente», «Canciones sobre bananas», «Pedos en la literatura», «Palabras que suenan graciosas», «Guerras que Francia ha perdido» o «Intelectuales que los jueves llevan calcetines azules y son críticos de George W. Bush», una categoría que no tardó demasiado en generar un comentario curioso por parte de otro editor de Wikipedia: «No tengo claro por qué unos calcetines criticarían a George W. Bush».

Política

Durante cierto tiempo Paul Ryan figuró en la lista de animales invertebrados, los políticos belgas fueron «Ministros que cabalgan desde su casa hasta la oficina montados en cabras pigmeas alimentadas con chocolate y amargura europea» y Dana J. Boente fue etiquetado como la «nueva marioneta hecha con un calcetín» de la administración Trump. Pero, a falta de ver que le depara el futuro digital a Donald J. Trump, uno de objetivos más interesantes para la mofa siempre ha sido el incombustible George W. Bush. Aquel presidente que protagonizó una página titulada «Lista de las drogas que consumió George W. Bush mientras evadía el servicio militar» donde se enumeraban cosas como cocaína, monóxido de dihidrógeno (el nombre más rebuscado del agua común), cristales de dilithium (un mineral de Star Trek), Mountain Dew, pieles de plátano o un cloruro de sodio (lo que viene a ser la sal de toda la vida) que «como todo el mundo sabe, tiene el efecto secundario de hacer que una persona quiera convertirse en presidente para bombardear países que comience con las letras “a” e “i” y terminen en las letras “fganistán” y “rak”». Entretanto, la entrada «El número tres de Al Qaeda» estuvo especialmente concurrida durante cierto tiempo gracias a los editores graciosos. En ella no solo se especificaba que ser «el #3 de Al Qaeda» era algo tan peligroso como ser batería de Spinal Tap sino que también se enumeraba una enorme lista de todas aquellas personalidades que habían ocupado dicha posición antes de ser eliminadas: Paul Lynde, Fatty Arbuckle, Papá Pitufo, Keith Moon, Roy Rogers, la banda de muppets Dr. Teeth and The Electric Mayhem, RoboCop, Jor-El, Stephen Hawking, Gary Glitter, J. R. de Dallas, Bon Scott, Patrick Ewing, Maurice Chevalier o Max Rebo, el teclista de la banda musical que toca en la cantina de El retorno del jedi,

Ciencia

Cuando de repente Stephen Hawking figuró como «científico, británico y cíborg» en Wikipedia pocos levantaron una ceja, porque aquel chiste estaba demasiado visto. Mucho más interesantes fueron los diferentes enunciados científicos redactados en plan de coña: la primera ley de la termodinámica se reescribió como «No hablar de la termodinámica». La cuarta ley de Newton se estableció como «No te sientes nunca debajo de un manzano». Se consideró un hecho probado que «El cuerpo de un ser humano es capaz de tolerar más alcohol del habitual en un escenario donde exista la barra libre». El artículo sobre daltonismo explicó que el mejor método para detectarlo pasaba por «meterse el dedo en la nariz y sujetar una pierna en el aire mientras se canturrea el himno nacional» apuntando que «los mejores resultados se obtienen al hacerlo desnudo y en público». La «Rolypology Theory» enunció que el ser humano no se veía afectado por el constante movimiento de la Tierra al haberse acostumbrado al mismo de manera natural tras miles de años habitando el planeta, pero también aseguró que los dinosaurios más pequeños las pasaron putas para mantenerse en pie y acabaron perfeccionando las volteretas como medio habitual de desplazamiento. En el apartado «Velocidad de la luz» se especificaba que fue calculada por Isaac Asimov corriendo, con un cronómetro en la mano, para alejarse de la luz producida por una bombilla recién encendida.

Sobre el tema particular de las bombillas, la Wikipedia acogió en cierto momento una revelación científica fascinante que parecía ideada por Terry Pratchett: «Una idea errónea, y muy generalizada, sobre las bombillas es que emiten luz, cuando en realidad lo que hacen es absorber la oscuridad. Se trata de un mito que ha sido difundido principalmente por los cristianos más incondicionales, aunque tanto la Iglesia católica como la mayoría de iglesias protestantes no se han pronunciado sobre el tema. […] Lo que los partidarios de la “teoría de la emisión” utilizan como prueba es el hecho de que las bombillas se calientan cuando están encendidas. Pero el asociado de Thomas Edison, Charles Dickons, explicó en una edición de Popular Mechanics que dicho calor en realidad provenía de la fricción de la oscuridad al entrar al vidrio, y la mayor parte de la comunidad científica avala esa “teoría de la absorción”. Esto no hace que la “teoría de la emisión sea incorrecta”, pero sí que se considere fuera del ámbito de la ciencia».

Otros apuntes científicos señalaron que «Las agnóstidas son un tipo de trilobites que no tienen del todo claro si Dios existe o no» o definieron el «Wikipedium» como un elemento con una cantidad infinita de protones, neutrones y electrones. El mejor peor chiste malo llegó en forma de una foto que lucía orgullosa y valiente en la página «Water on Mars [Agua en Marte]»:

Imagen: Wikipedia.

Gamberradas

La página «Lista de asesinos en serie según su número de víctimas» de la Wikipedia anglosajona incluía el texto por defecto que se añadía a las enumeraciones inacabadas de la enciclopedia: «Esta lista está incompleta, puedes ayudar a expandirla». El chiste estaba ya medio cocido y fue cuestión de tiempo que alguien añadiese un «… matando a alguien». Poco después otro administrador reimaginó la frase con más sorna y un «Esta lista está incompleta. Puedes ayudar a expandirla proporcionando más información sobre víctimas. Por favor, no ayudes a expandirla matando gente».

Otros usuarios se dedicaron a deslizar entre las páginas de la Wikipedia vacas dibujadas en ASCII que provenían de los tiempos de las BBS, hacer trastadas para que algún pie de foto canturrease hands up in the air like you just don’t care, dejar completamente en blanco la página «Bloqueo del escritor», definir el parkour como «lo que hacen aquellos que no son capaces de practicar un deporte real», establecer que la competición fotográfica Wiki Loves Earth de Filipinas se basaría en hacer fotos pornográficas de calidad que impliquen monumentos naturales en mayor o menor medida, esconder una sorpresa en la imagen de Vlad el empalador, colar spoilers sobre películas (El sexto sentido, Juego de lágrimas, Psicosis o El club de la lucha) en la página que advierte formalmente que el lector puede encontrarse con spoilers o presentarse como Jesucristo en el rincón de pruebas de Wikipedia (la denominada sandbox) para aclarar que su problema con La pasión de Cristo era que le permitió demasiadas licencias dramáticas a Mel Gibson.

Pero no todos los chistes malos están castigados en el cuarto de la vergüenza, ni toda la Wikipedia está realmente exenta de chistes: la página que recoge una colección ordenada de los artículos más peculiares de la Wikipedia está ilustrada con la imagen de una vaca con astas de alce y el texto: «Una vaca con cornamenta encima de un poste. Wikipedia contiene una serie de artículos e imágenes que resultan igual de impactantes y muuu muuuravillosos» (1).

Imagen: Captain Albert E. Theberge, NOAA Corps (ret.)

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(1) «Udderly amoosing» en el original, un juego (malo) de palabras con las ubres y los mugidos bovinos bastante difícil de traducir con gracia.


¿Cuánto tardarías en descubrir quién es Keyser Söze si Sospechosos Habituales se estrenara hoy?

Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Quienes reproduzcan, plagien y/o comuniquen públicamente la totalidad o parte de su contenido sin la autorización expresa de su titular, incurrirán en un delito castigado con penas de hasta seis años de prisión, y con multas de hasta diez millones de pesetas. (Anuncio de copyright narrado por Elías Rodríguez en las cintas VHS).

El último 31 de octubre tuve una fiesta para celebrar Halloween. Pese a mi reticencia a festejar fechas traídas del otro lado del charco, reconozco que la dosis de imaginación que conlleva el disfrazarse y ver a otras personas caracterizadas como algún personaje popular es una acción que me resulta fascinante. A pesar del espíritu laico que envuelve a la mayoría de eventos de estas características y a la creciente falta de originalidad en pos de atuendos cada vez más alejados del a priori objetivo, siempre hay algún iluminado que sorprende con un traje que vaya más allá del tan trillado nexo «profesión + zombi».

Este año el turno de la originalidad le tocó al anfitrión, quien en medio de Harley Quinns, Jokers y vampiresas, apareció vestido del protagonista de una famosísima serie voy a omitir el título de la misma por los lectores que sean fans confesos o potencialescuya última temporada se estaba emitiendo en nuestro país. Debido a mi esta vez acertada costumbre de no ver series hasta que no concluyan, me ahorré el daño psicológico que este traje estaba causando a algunos de los asistentes, quienes le felicitaban por «haberse currado tanto» el disfraz pero a su vez lo maldecían de todas las formas conocidas.

Quitando el día en el que un tipo disfrazado de Marylin Manson hizo llorar a un bebé, esta era la única vez que veía a gente verdaderamente aterrada ante un atuendo de Halloween, lo que me llevó a preguntar al susodicho por su hazaña. «En España quedan dos episodios para que finalice la sexta temporada. Como yo la he visto de forma simultánea a su emisión en EE. UU. y allí ya ha concluido, he decidido aportar a mi disfraz un elemento que aparece en el último capítulo. Para los que no veis la serie es inapreciable, pero aquí hay más de uno que ahora mismo me odia por ello». En resumen, el cabronazo había decidido disfrazarse de ese término que en los últimos años se ha convertido en una psicosis de la sociedad pop en la que estamos sumidos: el spoiler.

Era obvio que estaba muerto

En un momento en el que a Hollywood parece habérsele agotado la fuente de ideas y donde las secuelas, precuelas, franquicias, remakes o reboots  se han convertido en la forma más eficaz de generar contenido, en detrimento de entre otras cosas la sorpresa por los giros de guion y los finales inesperados, son las series las que han tomado el relevo de este formato. Pero para los que nos hemos criado en los noventa, donde spoilear suponía una amenaza contenida por la flamante advertencia que encabeza este artículo, los desenlaces imprevistos que te dejaban ojiplático mientras los créditos avanzaban en la pantalla fueron una constante para digerir el suspense que se acercaba con el nuevo milenio.

Películas de la última década del siglo XX consideradas de culto en el cine contemporáneo como Reservoir Dogs, Carretera perdida o El club de la lucha han hecho desde su estreno las delicias de los cinéfilos ansiosos por ser sorprendidos. También de listillos cuyo máximo hito era alardear de que sabían de antemano cómo acababan algunas de estas películas. Sin embargo, y como aseguraba Bruce Willis en su cameo en Ocean’s Twelve: «Si tanta gente conocía cuál era el final, ¿cómo El Sexto Sentido recaudó casi setecientos millones de dólares en todo el mundo?». Bendita época sin internet donde el empirismo era la única forma de discernir un desenlace.

La eficacia del boca-oreja: bueno, bonito y sin cargo

Un requisito indispensable que tienen la mayoría de los thrillers de culto de los noventa es su inesperada conclusión. Un hecho que, además de aportar a los films particularidad, los dota de una longevidad solvente. Esta cualidad deriva de la capacidad innata de la trama para lograr la misma sensación con un espectador que disfrute de ella por primera vez que aquella que provocó a los que tuvieron la oportunidad de visionarla en su estreno.

Sin embargo, hay un filme ubicado dentro de este selecto grupo que, aun cumpliendo con algunos clichés (recaudación aceptable en su estreno, beneplácito del público frente a críticas desfavorables de prestigiosos entendidos, etc.), es probable que hoy no tuviera la misma repercusión que tuvo tras su debut en el lejano 1995.

Sospechosos habituales, segundo largometraje de Bryan Singer protagonizado por Gabriel Byrne, Kevin Spacey, Stephen Baldwin, Kevin Pollak y Benicio del Toro, fue considerada por el gran Roger Ebert como «una de las peores películas del año» tras verla en el Festival de Sundance, y su recaudación no superó los seiscientos cincuenta mil dólares en su primer fin de semana. Gracias a la considerable eficacia que tuvo la mejor campaña de marketing que existe para una película, el boca-oreja, la cifra final alcanzaría los veintitrés millones de dólares en EE. UU., una suma nada impresionante, pero meritoria para una producción de apenas seis.

Una auténtica joya de finales de siglo que marcó un punto de inflexión en la caótica década de los noventa gracias a su peculiar e imprevisible guion, un reparto icónico y casi desconocido y, fundamentalmente, un final rompedor, que hoy todos los que jugamos a ser cinéfilos descubriríamos en cuanto leyéramos la sinopsis. El desarrollo de los factores externos que la envuelven se ha convertido en un spoiler natural, sin necesidad de acceder a Twitter ni a artículos web que destripen toda su esencia.

La importancia de la jerarquía

Pongámonos en situación. Principios de 1994. Bryan Singer, director cuya ópera prima Public Access ha sido un fiasco comercial pero que ha logrado despertar la curiosidad del nicho indie tras su paso por Sundance, tiene una nueva idea para un film y decide ponerse en contacto con Christopher McQuarrie, coguionista de su anterior trabajo, para darle forma.

Tras dos semanas y nueve borradores, finalmente se deciden por uno y comienzan a ofrecérselo a distintas productoras. Una a una hasta llegar a unas cincuenta rechazan el proyecto por la desconfianza que generan ambos creadores, quienes están lejos del éxito que están obteniendo otros cineastas jóvenes como Quentin Tarantino o Richard Linklater.

Ante esta tesitura y aprovechando la jerarquía utilizada en Hollywood, donde los actores de renombre predominan sobre la productora y ambas sobre el director, Singer y McQuarrie comienzan la casa por el tejado y se ponen en contacto con varias estrellas para empezar a conformar el reparto coral de su obra. A pesar de que sus expectativas extienden cheques que el presupuesto no puede pagar, confían en la validez de su guion, y por ello contactan con eminencias como Christopher Walken o Al Pacino para conseguir un valor imponente y convincente para alguna productora. Cerca están de contar con Pacino, pero su presencia en Heat, mucho más mastodóntica en todos los sentidos, hace imposible su aparición.

Tras varios intentos fallidos, Chazz Palminteri acepta con condiciones, ya que solo dispone de dos semanas aparecer en la película. Pese a no tener el estatus de los mencionados, su éxito como guionista de Una historia del Bronx un año antes, en la que además aparece como actor secundario, es suficiente para que PolyGram y Spelling Films, ambas respetadas compañías del sector de cine independiente, financien la película.

Todos son Keyser Söze

Con el aspecto financiero ya resuelto, toca buscar al elenco de «sospechosos». Singer se acuerda de un joven y desconocido intérprete que, tras ver en Sundance Public Access, se le presentó entusiasmado con la intención de ofrecer sus servicios para un futuro proyecto. Pese a que su carrera cinematográfica hasta el momento es ínfima, su labor en obras de teatro es considerable y reconocida, así que el director decide contactar con él y enviarle el guion. Este acepta sin dudarlo, por lo que la trama ya tiene a su primer antihéroe. Su nombre, Kevin Spacey. Les recuerdo, por si acaso, que estamos en el año 1994.

En pocas jornadas, el equipo de casting ejecuta con éxito su labor de captación. Pese a contar ya con el «sí quiero» de Stephen Baldwin, Benicio del Toro y Kevin Pollak, además de con los secundarios Suzy Amis, Pete Postlethwaite, Peter Greene y los citados Palminteri y Spacey, aún faltaba una cara conocida y consagrada que cerrara el círculo.

Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Pocas semanas antes de comenzar el rodaje, Kevin Spacey se cruza en una fiesta con Gabriel Byrne. El actor irlandés cuenta con una carrera consolidada y, pese a no ser una superestrella, puede ejercer de tuerto en el país de los ciegos y entrar dentro de las cábalas para ser la guinda del thriller, por lo que Spacey le propone leer el guion. Tras un primer rechazo, donde Byrne duda farándulas de actor solicitado de la capacidad del proyecto para salir adelante, una reunión con Singer y McQuarrie disipa todas sus inseguridades. Una reunión y una mentirijilla piadosa, en la que los cineastas dejan claro al intérprete que, por supuesto, él es el eje de toda la trama y el personaje misterioso conocido como Keyser Söze.

Lo que no sabe Byrne es que esta premisa ha sido propuesta a todos los protagonistas y que aún no se le ha comunicado a cada uno el rol que interpretará. Aun así, lo único importante en ese momento es cerrar el reparto y comenzar a rodar. Una de las frases memorables del film dice que «el mejor truco del diablo fue hacer creer al mundo que no existía», pero sin duda «el mejor truco del diablo fue hacer creer que estaba en todo el mundo».

*Secuelas psicológicas del anuncio de copyright

Quiero establecer que he eliminado en este artículo el desarrollo de una sinopsis, y así será hasta el final, porque imagino que este habrá empezado a ser leído por curiosos que hayan visionado la película. Si, por el motivo que fuera, hay algún kamikaze cultural que no cumple con la hipótesis y tiene la intención de dejar de serlo, le recomiendo encarecidamente que deje de leer a partir de ahora.

Sé que no es habitual que el propio escritor desaconseje la lectura de su escrito, pero soy cinéfilo y conozco de primera mano lo desagradable que es ser víctima de finales destripados. Además, para demostrar que lo hago en son de paz, incito a los no iniciados a verla en versión original. Es una recomendación que hago para cualquier film extranjero, pero en este caso el motivo viene fundamentado: en la primera escena se escucha la voz de Keyser Söze, y doblada al español es demasiado esclarecedora.

La humildad del tuerto

Es innegable que Sospechosos habituales se convirtió en un referente. El filme obtuvo dos Óscar, entre los que se encuentra el de mejor guion original, gracias a la forma en la que se cuenta la historia. Esta narración se desarrolla a través del punto de vista de un personaje tullido y necio cuyo papel es el de dar su versión de los hechos a unos rudos detectives. Esta perspectiva sirvió, además, para justificar las plausibles incongruencias del argumento. Los posibles fallos existentes e incoherencias quedan exonerados debido a que el testimonio global del personaje es completamente inventado. La oportunidad nacida de las debilidades.

Pero, si hay algo que diferencia y perjudica al thriller con respecto a otros de la época, es la evolución artística que tuvieron los intérpretes. Gabriel Byrne era la estrella. En el único póster oficial cuya imagen no es la del improvisado interrogatorio, está situado de forma destacada en el centro. Todo el relato conduce a que su personaje, Dean Keaton, es Söze. Y su actuación es excepcional. Bien es cierto que la de todo el engañado reparto lo es, pero estamos hablando del en ese momento más popular. Quizá por ello y tras ver el resultado final en la premiére oficial, Byrne sacó a rastras a Singer de la sala y estuvo reprochándole durante un buen rato el timo ejecutado para, al final, reconocer su enorme mérito y felicitarle por el resultado. La humildad del tuerto.

K. S.

Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

Y al fin, vamos con el factor clave para determinar la causa por la que el desenlace hoy no tendría ni la mitad de efectividad. K. S. Keyser Söze. Kevin Spacey. Singer tuvo claro desde el primer momento que el desvalido Roger «Verbal» Kint debía ser representado por él, pese a que este en un principio se interesó más por el personaje de Dean Keaton, ironía del ambiguo guion.

Pese a ser el único que conocía el final, Kevin Spacey era en contraposición a su conocimiento un absoluto desconocido, así que no levantó presagio alguno que pudiera determinar su rol, y su alter ego en la película mucho menos. Su actuación es, como la del resto del reparto, inconmensurable. Pero ese anonimato del actor fue pieza fundamental para la reacción que desató en los espectadores de 1995 esa última escena que, además de entrar en los anales de la cultura popular y ser constantemente imitada, logró cerrar el círculo para que Spacey ganase el Óscar a mejor actor de reparto, cimentando así la primera piedra de una carrera impresionante.

Para hacerse una idea de la relevancia potencial que tuvo Verbal Kint como villano winner, y quizá con el objetivo de no comprometer su proyecto inmediatamente posterior, la aparición de Spacey en Seven fue una auténtica sorpresa. El thriller de David Fincher, miembro del «Club de los finales desconcertantes de la historia», se estrenó apenas un mes después que Sospechosos habituales. Quién sabe si para no chafar el misterio y la magia siniestra que envuelve a esta, Kevin Spacey se negó tanto a aparecer en los créditos de Seven como a hacer promoción junto al resto del equipo. Resulta evidente que su idea era no estropear el segundo mejor secreto de la película y lograr así que nadie pudiera siquiera relacionar el concepto de «asesino que se sale con la suya» que comparten tanto su personaje de Keyser Söze como el de John Doe.

Su trayectoria incluye numerosos éxitos que lo han colocado en primera categoría, destacando sus reconocidos papeles de villano. Y todo comenzó con Söze. Sin embargo, tal y como ha evolucionado el entorno que envuelve a la película, ¿tendría Sospechosos habituales el mismo reconocimiento si se estrenara en 2017? ¿Keyser Söze sería tan impactante si hubiera nacido más tarde que John Doe (Seven) o Frank Underwood (House of Cards)? ¿Hubiera conseguido Spacey estos papeles sin la existencia de Söze?

Es probable que la sencillez y la falta de galones fueran las claves para que Sospechosos habituales sea recordada. Nunca se sabrá, así que yo solo llego a imaginarme el daño que pudo hacer alguna mente perversa que se presentara en una fiesta de Halloween de 1995 cojeando y agarrándose la mano izquierda frente a aquellas personas que, por el motivo que fuera, no hubieran tenido la oportunidad de visionar todavía tan mayúscula película.


¿Cuál es el spoiler más malicioso? (CONTIENE SPOILERS)

Hubo un tiempo en el que si te perdías el episodio de una serie no había más remedio que alguien te lo contara. Una época en la que había dos canales de televisión, a lo sumo tres, de manera que todo el mundo estaba sincronizado en lo que veía y las conversaciones fluían con naturalidad al día siguiente en los centros de estudio y de trabajo. Entonces llegaron más canales, se popularizó el vídeo y, lo que es peor, apareció internet. Todo ello sembró la confusión a la manera de una torre de Babel: ahora cualquier inconsciente te podía comentar a bocajarro un episodio que aún ni siquiera habías descargado, criticaba películas que todavía no estrenadas en los cines… El caos. Foros y redes sociales se convirtieron en campos minados con desenlaces sorprendentes, muertes inesperadas de personajes y toda clase de giros de guion esparcidos por doquier. Entonces surgió el miedo paranoico al spoiler (o «destripe», tal como recomienda Fundéu y diremos a partir de ahora) y con él la satisfacción un tanto perversa de quien pisa el jardín justo donde el cartel lo prohíbe. Así que en ese jardín nos meteremos a continuación, pero como no somos malas personas pueden seguir leyendo tranquilamente, que algunos destripes nos los hemos inventado, de manera que si no han visto tal o cual película no se la arruinaremos. O sí.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Juego de lágrimas: la protagonista trae sorpresa

Imagen de Miramax.
Imagen de Miramax.

El terrorista que mantiene secuestrado a un soldado británico termina prometiéndole que buscará a su novia si algo sale mal. Efectivamente este muere, pero no por culpa del IRA sino de quienes acuden a rescatarlo (vaya, qué inesperado en el autor de Michael Collins), así que cumple su palabra, acude donde está ella, una cosa lleva a la otra… Y llegamos al momento cumbre de la narración, ese que habría tenido un broche glorioso si el personaje de Stephen Rea hubiera dicho «nadie es perfecto» y ya que estaban en faena lo rematasen. Pero era muy de pueblo y se quedó con la cara de susto que pueden ver sobre estas líneas, en una película que fue la comedia del año, aunque no lo pretendiese.

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Campamento sangriento: Ángela es la asesina, que además tiene pene

Imagen de American Eagle Films.
Imagen de American Eagle Films.

Aquí tenemos también el mismo recurso en un clásico ochentero del subgénero slasher tan abominablemente malo que resultó ser un éxito y tuvo varias secuelas. Al fin y al cabo es de esa clase de películas idóneas para ver entre amigos y con mucho alcohol de por medio, pero mucho. Todo en ella es aberrante: las actuaciones, los diálogos, la banda sonora, las muertes disparatadas que se van sucediendo… Hasta llegar a la escena final, cuando la hasta entonces cándida Ángela es encontrada desnuda, cubierta de sangre y con cara de loca, con un cuchillo en una mano y dejando caer de la otra una cabeza recién decapitada. Pero nada de eso es lo que deja sorprendido al personaje que la descubre, que exclama consternado: «¡Oh, Dios, es un niño!».

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El gabinete del doctor Caligari: todo es una fantasía del protagonista

Imagen de dominio público.
Imagen de dominio público.

Si aún no conocen esta obra maestra del cine o les apetece volver a verla, aquí la tienen libre de derechos de autor. Fue una de las cintas que definieron el expresionismo alemán, una sutil metáfora sobre la situación política de Alemania en su tiempo (y de lo que estaría por venir) y su trama —en la que todo resulta ser el sueño de un loco— una magnífica excusa para esos decorados de una imaginación desbordante. Hasta su cartel es una pequeña joya. Pero lo que aquí nos interesa es el giro final de guion, un hallazgo pionero que luego se repetiría en otras muchas películas. Sin ir más lejos, en una que también tomaría prestados de ella otros muchos elementos, Shutter Island.

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El club de la lucha: Tyler Durden es solo un amigo imaginario

Imagen de Fox 2000 Pictures.
Imagen de Fox 2000 Pictures.

Siguiendo con las fuentes que las generaciones posteriores copian, homenajean, adaptan y retuercen una y otra vez, ¿qué saldría si juntamos El gabinete del doctor Caligari con El invisible Harvey? Pues tal vez algo parecido a la novela de Chuck Palahniuk que David Fincher llevaría al cine. Un director este muy aficionado a desenlaces en los que arrear una patada con carrerilla a los espectadores, y suele atinar. De Seven, por ejemplo, ya hablamos aquí.

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Los caballeros de la mesa cuadrada: locos contemporáneos que creen vivir en la Edad Media

Imagen de Columbia.
Imagen de Columbia Pictures.

El humor es algo muy voluble y los chistes de gangosos que hace unos años eran muy divertidos ahora pueden provocar miradas de extrañeza. Los Monty Python, sin embargo, parecen inmunes al transcurso del tiempo, pasan los años y ahí siguen siendo recordados o descubiertos por las nuevas generaciones. Uno de ellos fue M. Night Shyamalan, que vio esta película y podemos recrear qué es exactamente lo que le pasó por su cabeza: «copiaré la idea del final pero sustituyendo la comedia por el drama/suspense para que no se note, ea, ya tengo película nueva, la llamaré El bosque».

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Los otros: la protagonista está muerta y no lo sabe

Imagen de Sogepaq.
Imagen de Sogepaq.

Y hablando de este cineasta tan aficionado a fiarlo todo a un giro final epatante, podríamos recordar aquella que le dio reconocimiento. O podríamos no hacerlo y remitirnos mejor a la de Amenábar, que al menos no disimulaba sus influencias, concretamente Otra vuelta de tuerca. ¿Quién se acordaría hoy de El sexto sentido si Los otros se hubiera estrenado un poco antes?

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La escalera de Jacob: todo es una fantasía del protagonista, que además está muerto

Imagen de Carolco Pictures.
Imagen de Carolco Pictures.

Un soldado es herido en Vietnam y desde entonces su mundo se hará progresivamente más extraño, hasta que finalmente descubramos que en realidad murió en aquel momento. Lo experimentado desde entonces ha sido una labor de zapa del diablo hacia todo aquello que valoraba en la vida y de lo que tanto le cuesta desprenderse.

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Los puentes de Madison: el protagonista es una fantasía de ella, que además está muerta y tiene pene

Imagen de Warner Bros.
Imagen de Warner Bros.

El mismo año del estreno de este film, Clint Eastwood participó con un breve cameo en Casper, lo que indica ya cierto interés por el ámbito sobrenatural, y en esta quiso centrar la historia en torno a los puentes cubiertos, esos lugares que sirvieron de inspiración a Poe para sus cuentos y donde la pareja protagonista de Bitelchus pasó al más allá sin ser inicialmente conscientes de ello. Por si el guiño no fuera suficientemente claro, escogió el puente cubierto Roseman, un lugar en el que un siglo antes desapareció misteriosamente un joven el día que intentaba huir de su boda. Desde entonces se oyen risas y gritos de ultratumba, o eso sostienen lo lugareños. Con esos mimbres elaboró el veterano director esta espeluznante historia de terror.

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Ghost: el protagonista está vivo y no lo sabe

Imagen de Paramount Pictures.
Imagen de Paramount Pictures.

Aquí asistimos a la historia de un hombre que creía estar muerto hasta descubrir en un sorprendente giro final que no, que solo era muy aprensivo. Por desgracia también descubre que no tiene pene. No se puede tener todo.

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El tercer hombre: Harry Lime fingió su propia muerte

Imagen de London Films.
Imagen de London Films.

Estos cambios tan bruscos en el estado vital de los personajes vienen de lejos y si nos remontamos al cine clásico tampoco faltan ejemplos. Aquí tenemos al intrigante encarnado por Orson Welles, que había fingido su propia muerte en la Europa de posguerra para salir airoso de la trama de mercado negro en la que estaba metido. Sobre esta obra ya escribimos en su momento.

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Dark City: viven en una realidad virtual inventada por extraterrestres

Imagen de New Line Cinema.
Imagen de New Line Cinema.

Una historia que comienza siendo fiel a las convenciones del cine negro y va incorporando algunos elementos fantásticos desemboca en un alucinante final, que parecería que hubiera inspirado a las hermanas Wachowski para la premisa inicial de Matrix aunque en realidad la producción de ambos filmes fue casi simultánea.

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Los crímenes del museo del cera: las figuras están rellenas de sus víctimas

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

La pericia del personaje interpretado por Vincent Price en la elaboración de figuras de cera quedaba bastante en entredicho al descubrirse su método de trabajo. Claro que siempre pudo haber dicho que vale, que matará a gente para hacerlas, pero al menos sus figuras no eran como las del Museo de Cera de Madrid. Y ahí solo quedaba asentir en silencio.

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Sospechosos habituales: Verbal es Keyser Söze

Imagen de Polygram Film Entertainment.
Imagen de Polygram Film Entertainment.

Aunque a estas alturas es casi como revelar que Norman Bates es su madre tampoco podíamos dejarlo fuera. No hay que perder la esperanza de que aún podamos estropearle a alguien esta sorpresa.

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¿Quién teme a Virginia Woolf?: el hijo del que habla la pareja protagonista no existe

Imagen de Warner Bros. Pictures.
Imagen de Warner Bros. Pictures.

Esta pareja un tanto desquiciada encarnada por Elizabeth Taylor y Richard Burton podía lanzarse a las discusiones más agrias en torno a algo que, tal como finalmente terminamos conociendo, solo es un retorcido juego privado.

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¿Cuál ha sido la palabra más manoseada del año?

«Difunde la palabra» es una expresión de connotaciones bíblicas que algunos asociarán más bien a los subtítulos de las series, pero que todos parece que de una forma u otra tenemos interiorizada. Basta oír una nueva o simplemente de moda y nos surge un impulso desde lo mas hondo de repetirla ¿Y qué hay del significado? Ahí empiezan los problemas. Suele ser el que cada emisor quiere darle, lo que lleva inevitablemente a ampliar más y más su campo semántico… hasta que ya no define nada, por tanto pierde su valor y pasa de moda. Es hora entonces de recurrir a otra palabra.

A lo largo del 2014 ha habido algunas que hemos oído insistentemente: palabras que usamos para definir a los demás y para definirnos ante los demás al usarlas, palabras-policía con las que marcar las reglas del juego o simplemente palabras de moda que suenan bien. Aquí van algunas, aunque pueden añadir las suyas y, sobre todo, voten. El que no lo haga es casta.

Populismo

La expresión ha entrado con fuerza sustituyendo en parte al más gastado «demagogia» —que se utilizaba indistintamente en sentidos opuestos y al final era pólvora mojada— gracias en parte a uno de los vídeos que se hicieron virales a lo largo del año: el discurso de la politóloga Gloria Álvarez sobre el populismo en Hispanoamérica. En él se definía el término como «el atajo con el cual jugamos con las ilusiones de la gente para prometer lo que es imposible» y ante la irrupción de Podemos esta ha sido una de las críticas más habituales por sus detractores. A lo que sus partidarios no tardaron en replicar si no es populismo también, por ejemplo, prometer plantar quinientos millones de árboles, que la renta per cápita española superaría a la alemana en pocos años o aparecer en el programa Sálvame e imitar las maneras de Julio Iglesias.

Casta

Esta es una de esas expresiones que funcionan a la manera de las balas trazadoras, indicando tanto a dónde se dirigen como de dónde provienen. Aunque ya existía desde mucho tiempo atrás, incluso aplicado a la clase política (hay referencias que se remontan a la Segunda República), está inequívocamente vinculada a Podemos y su popularización ha sido tan fulgurante que algunos matándola de éxito han querido aplicarla a casi cualquier ámbito: casta científica, casta universitaria, casta periodística… En este momento la palabra en cuestión está cerca de ser más repetida en tono irónico que con la intención original, así que sospechamos que el recorrido que le queda es más bien corto.

Machismo

«Me parece machista querer condenar a Ana Mato por los pecados de su exmarido», así intentó defender en su día Francisco Granados a su compañera de partido. Previamente ya había acusado a un ministro socialista de ser «el más machista de la historia». Este año ella finalmente dimitió y Granados, por cierto, está ahora en la cárcel. Esperanza Aguirre consideró «machismo puro» que unos policías municipales pretendieran multarla —¡a ella!— por aparcar donde no debía. Anteriormente también había usado ese término para referirse a la oposición. La viceportavoz de Alternativa Galega de Esquerda afirmó que el presidente de la Xunta «rezuma machismo» por el hecho de pedirle que desautorizase los insultos que le dirigió un compañero de su partido. Y Pablo Iglesias zanjó con ese reproche la pregunta por las supuestas irregularidades de las que se acusa a su pareja. Son solo una pequeña muestra, puesto que «machismo» es, en definitiva, el comodín que todo el mundo quiere utilizar para ponerse del lado correcto a ojos de quienes le rodean, acallar cualquier crítica o atacar al de enfrente. El problema, de nuevo, es que al usar esa acusación fuera de contexto se termina trivializándola.

ETA

Cualquier cosa que diga, haga o piense podrá ser utilizada en su contra en forma de ser ETA. Todo lo que existe en un radio de diez mil kilómetros en torno a ETA es ETA hasta que se demuestre lo contrario, que suele pasar por asentir con un fuerte amén a todas las ocurrencias de muchos formadores de opinión. Si usted vota esta opción en lugar de al Partido Popular, por ejemplo, usted es ETA.

Friki

«Extravagante, raro o excéntrico. Persona pintoresca y extravagante. Persona que practica desmesurada y obsesivamente una afición». Esa es la definición con la que la RAE aceptó en 2012 esta castellanización del inglés «freak» y que a falta de mayor concreción ha visto incrementarse su uso hasta abarcar en 2014 a lo que estimamos en torno a la mitad de la población mundial. Hubo un tiempo en el que aludía a un grupo muy concreto de personas, como vimos en el entrañable clásico de Tod Browning, luego adquirió una nueva magnitud gracias a los aficionados a La guerra de las galaxias y a la serie The Big Bang Theory, pero actualmente hasta Enrique Iglesias y Pitbull se definen de esta manera en una de sus canciones. ¿Alguien en su sano juicio puede querer formar parte de un colectivo que los incluya? Definitivamente la palabra se nos rompió de tanto usarla. Ahora asoman por el horizonte las expresiones nerd y geek para ocupar su lugar, pero algún cantante de reguetón terminará incluyéndolas en sus letras y vuelta a empezar.

Gafapasta

¿Qué es un gafapasta? Algún lector nos responderá maliciosamente con aquello de Bécquer de ¿y me lo preguntas? gafapasta… eres tú, Jot Down. Pues oiga, depende. Si por gafapasta entendemos esto entonces sí, y a mucha honra. Pero más allá de llevar gafas de pasta y a pesar del esfuerzo de las mentes más clarividentes de nuestro tiempo que han abordado la cuestión, lo que se suele entender por «gafapasta» abarca un espectro tan amplio que podría decirse que es alguien con un gusto por productos culturales diferente al propio, y por tanto erróneo e impostado. Parece que nos resultara imposible entender que a alguien le diviertan otros libros, películas o canciones y concluimos que realmente no le gustan, y que solo lo dice por aparentar. ¿Y si hubiera algunos casos en los que efectivamente ocurre eso, que solo quieren adornarse? Entonces sí, pasarían a ser gafapastas… o tal vez solo se quedarían en hipsters, que vienen a ser lo mismo pero con barba, o vaya usted a saber.

Trending Topic

Una noticia que no empiece hoy en día con «Las redes sociales arden» está más coja que si le faltaran la mitad de las seis W (ya saben: qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué). Las redes sociales parece que han pasado a ser la medida de la popularidad y el interés público, siendo la cúspide el TT de Twitter. No en vano el pequeño Nicolás presumió en su primera declaración ante la jueza de ser nada menos que Trending Topic y si algo se le da bien es presumir. Además cualquier evento, programa de televisión o producto en venta se jactará de serlo o, incluso más allá, de ser «Trending Topic mundial». Lo cual nos dirán esperando dejarnos con la boca abierta, entonces vamos a comprobarlo y efectivamente ahí está, entre #peliculasconpedos y #directioners.

Spoiler

A nadie nos gusta que nos estropeen un final, pero a todos nos resulta irresistible comentar uno cuando lo vemos. Hace unas décadas con solo dos canales de televisión no existía ese problema: todo el mundo había visto lo mismo el día anterior. Pero actualmente ya no estamos sincronizados, así que el conflicto está servido. El final de [SPOILER] Víbora Roja durante su combate con la Montaña bien merece algún comentario de humor negro que fastidiará a quien en ese momento esté [SPOILER] lamentando el final de Lorne Malvo o el [SPOILER] fundido a negro de Los Soprano o [SPOILER] el teseracto de Interstellar. Cualquier comentario en la redes sociales, artículo o conversación se convierte en un campo minado, así que o nos coordinamos para ver todos lo mismo a la vez o solo nos queda el silencio y el Sensory Deprivator 5000 de Cómo conocí a vuestra madre (cuyo spoiler pueden descubrir aquí). O una tercera opción, asumir que el hecho de ser espoilerado no es tan malo como concluía Diego Cuevas al final de este artículo.

Teseracto

Esta palabra la hemos escuchado tantas veces en las últimas semanas que algunos estamos a punto de entender qué significa. Tiene algo que ver con cubos dentro de cubos y una cuarta dimensión o al menos así se mostraba en la película de Nolan que ha servido de trampolín para este término, que en más de una cena navideña alguien se lo habrá oído decir a su abuela cuando volvió en sí tras el tercer brandy de la sobremesa.


Spoiler

Juego de lágrimas. Imagen: Miramax Films.
Juego de lágrimas. Imagen: Miramax Films.

Pene

En 1992 Neil Jordan estrenó Juego de lágrimas, una película en cuyo reparto figuraban Forest Whitaker, Stephen Rea y Miranda Richardson. Pene. El thriller, centrado en un miembro del IRA llamado Fergus (Rea) y su participación en el secuestro de un soldado británico, recibió numerosas alabanzas de la crítica aunque hubo quien se atragantó con la versión disneyficada de un terrorista. Pene. La canción que bautizaba a la película era interpretada por una chica llamada Dil, a quien el protagonista trataba de proteger y de la que finalmente acabaría enamorado. Pene. La producción de la película sufrió la negativa de muchos estudios al considerar que un punto fundamental de su reparto era imposible de satisfacer con éxito. Tras una financiación accidentada se estrenó en el Reino Unido e Irlanda y fracasó en taquilla, pero Miramax compró la historia para llevársela a las Américas y basó su promoción en rogar al espectador que no revelase a nadie el gran secreto que ocultaba la película. Pene. Juego de lágrimas en su ruta americana recaudó más de sesenta millones de dólares, fue nominada a seis premios de la Academia (incluido el de mejor película) y acabó volviendo a casa con la estatuilla al mejor guion original. El plato gordo y principal, el mango de la sartén, era una triquiñuela del guion inesperada que el público no había podido predecir, un «¿Pero cómo coño no me he dado cuenta?» enfundado en un vestido, un secreto tramposo de los de las películas. [OJO, SPOILER] El personaje de Dil, el interés romántico, la chica que cantaba «The crying game», en realidad era un hombre. Y un desnudo frontal se lo descubría al público al mismo tiempo que al protagonista de la historia desengañando a ambos. Las que para Fergus eran curvas peligrosas de repente incluían un inesperado accidente geográfico. La que para la audiencia era actriz de golpe era un actor. [FIN DEL SPOILER] En teoría es mejor enfrentarse a Juego de lágrimas sin tener ni idea de ese giro de guion pero en la práctica es imposible porque todo el que ha oído hablar de la cinta, aun desconociendo realmente la trama, está al tanto de su secreto.

Hay quien considera que no es justo revelar un momento crucial de la obra en un texto público. Existe la alegación de que eso es malsano y trapero porque destroza la experiencia que se pretende. En el artículo «Year of the dog», publicado en marzo de 1993 en New York Magazine, William Goldman, novelista y guionista a quien la humanidad le debe las versiones en papel y celuloide de la indispensable La princesa prometida, esparcía unas cuantas letras para hablar de los Óscar. Y de paso aprovechaba para soltar un spoiler como una mezquita al cascar con alegría el detalle más importante de Juego de lágrimas. De hecho, Goldman mandaba a paseo a todos los que se contenían en otras reseñas contemporáneas, y rubricaba un tren de falos: «Pene, pene, pene, pene, pene», escribiría como quien ametralla. Pero existían razones que justificaban su comportamiento: por un lado Goldman creía que si tras las dieciséis semanas que la cinta llevaba en cartelera alguien aún no se había molestado en ir a verla esa persona no era un diehard fan del cine y le daría un poco lo mismo. Por otro lado, y quizá más importante, Goldman había visto la película dos veces y reconocía haberla disfrutado más en la segunda ronda, porque según él todo funcionaba mejor si se conocía el contenido del paquete: «Juego de lágrimas tiene el guion más tramposo que he visto en un film de calidad, pero cuando el secreto es desvelado por fin la película permite mostrar su verdadero corazón». Al margen de sus argumentos existía una tercera razón que podría defender la actitud del novelista y esta era la lista pública de candidatos al Óscar. Jaye Davidson acababa de ser nominado por su papel en la categoría de mejor actor secundario. Y Davidson era un actor masculino interpretando a un personaje femenino, el género de la propia nominación de la Academia se convertía en el mayor spoiler que sufría la película.

En lo que respecta a estas líneas y aquellas lágrimas no habría que preocuparse demasiado porque aquí, siguiendo las más estrictas normas de netiqueta, se ha tenido la decencia de avisar sobre el spoiler antes de escupirlo durante el primer párrafo. Y de todos modos, si alguien a estas alturas tiene alguna queja porque le spoileen Juego de lágrimas lo mejor sería recordarle que, coño, ha tenido más de veinte años para ver la película.

No se lo cuentes a nadie

En 2010 Matthew Prichard se conectó a internet y poco después se cabreó con Wikipedia. Aquel enfado era una herencia en diferentes sentidos: por una parte era genética, puesto que su abuela ya había pasado por similares situaciones de encabronamiento con algún artículo. Pero por otro lado era literal porque esa misma abuela, una tal Agatha Christie, le había regalado a Prichard durante su noveno cumpleaños los derechos de La ratonera.

La ratonera es la pieza de teatro con el periodo de vida más largo de la historia. Está basada en una obra radiofónica que se convirtió en un cuento corto y posteriormente en libreto teatral. Comenzó a representarse en 1952 con tanto éxito como para continuar sobre los escenarios hasta el día de hoy, donde carga con más de veinticinco mil funciones a sus espaldas solamente en el Reino Unido. La pieza es un whodunnit clásico, con personajes encerrados, asesinatos y mucho sospechoso. Obviamente la gracia principal es señalar al asesino, aunque en este caso la revelación del auténtico culpable es presuntamente inesperada y eso es lo que ha otorgado fama a la representación. Y por eso mismo, para evitar que la identidad del villano fuese desvelada, la obra incluía una serie de normas extremas: limitaciones para su representación más allá del teatro donde lleva realizándose desde los cincuenta, un veto a que la historia original sea publicada en papel en el Reino Unido, la prohibición de realizar ninguna adaptación cinematográfica hasta que la representación original no haga una pausa superior a seis meses, y en lo personal el cabreo de Agatha Christie si alguien se atreve a explicar el final en alguna reseña o medio público. Por culpa de ese legado al nieto le sentó fatal ojear la Wikipedia cuando descubrió, en la entrada en inglés de The mousetrap, que en ella se revelaba la identidad del asesino. Prichard se quejó amargamente, pero desde Wikipedia alegaron que como la empresa trataba de cultivar el carácter enciclopédico (y la página había decidido no plantar señales de advertencia ante los spoilers) le tocaba aguantarse. Realmente era un poco tonto enfadarse por aquello, ya que el propio énfasis de la función en preservar su final sorpresa jugaba en su contra: si el espectador tenía el conocimiento de que existía una voltereta al cliché de la novela de misterio le resultaba más fácil señalar al villano. El desenlace de La ratonera acabó convirtiéndose en el secreto que todo el mundo conocía, a pesar de que los actores despedían cada función rogando a su público que no contara el final a sus conocidos.

Foto: DP:
Foto: DP.

Alfred Hitchcock también jugaba a la súplica y en algunas proyecciones de Psicosis se podía escuchar un mensaje del director: «No le cuenten el final a sus amigos, es el único que tenemos». Aunque Hitchcock llevaba la preservación del misterio hasta la obsesión: llegó a comprar todos los ejemplares que pudo del libro en el que se basaba el film e instauró una política de «Prohibido entrar tarde a la sala» en los pases para que nadie llegase con retraso a la butaca y se preguntase dónde estaba Janet Leigh. Las diabólicas (1955) tampoco permitía el acceso a la proyección de manera tardía y la propia función acababa con un mensaje que rogaba al espectador no desvelar la trama a conocidos. La mala semilla y Testigo de cargo finalizaban sus proyecciones con un mensaje similar. Y más recientemente La Lego película presentaba un spot televisivo que rogaba a la audiencia no revelar su final. Este último era un caso maravilloso ya que, al contrario de La ratonera, el golpe de efecto era mucho más sonoro por inesperado: nadie se podía imaginar que en una película de Lego los guionistas se marcasen un twist ending que no solo dejaba en bragas al M. Night Shyamalan reciente, sino que además aportaba coherencia a todo lo que había ocurrido hasta entonces y eso, cuando estamos hablando de una historia sobre juguetes cantarines, tiene muchísimo mérito.

Spoiler

A lo largo de la historia la humanidad ha resultado ser especialmente creativa a la hora de encontrar métodos con los que joderse a sí misma. El spoiler es uno de los más recientes y sociológicamente interesantes por nutrirse de un mundo paralelo al nuestro: el de la ficción. En otros tiempos las ofensas se saldaban visitando con un ejército el pueblo de alguien y tirando un par de antorchas sobre el tejado de la cabaña con pinta de estar más seca. Pero hoy basta con escupir el desenlace de una película, o la identidad del próximo personaje de Juego de tronos que enfriará el culo en el nicho, para fastidiar la existencia de alguien y hacerle sentir que está calcinando su tiempo de ocio. Porque el camino que lleva a un destino incierto parece menos importante que el hecho de encontrar dicho destino convertido en cenizas.

La primera vez que la palabra spoiler se presentó en sociedad con el significado que nos ocupa fue en un texto de 1971 de Douglas C. Kenney en la jocosa National Lampoon. El artículo se titulaba «Spoilers» y consistía en un glosario ordenado de obras de ficción cinematográficas y literarias junto al destripe del secreto principal de cada una de ellas, sin protección y a pelo. La excusa era erradicar la tensión generada por el suspense en unos tiempos en los que los corazones de los americanos estaban demasiado sensibles y Kenney aconsejaba leerse las páginas una y otra vez hasta aprenderlas de memoria para estar frescos cuando tocase enfrentarse a cada pieza.

El planeta de los simios. Imagen: 20th Century Fox.
El planeta de los simios. Imagen: 20th Century Fox.

Spoil me

La carátula del DVD de El planeta de los simios utiliza el revelador plano final de la Estatua de la Libertad en formato ruina, algo visualmente potente pero miserable en espíritu teniendo en cuenta que es la gran sorpresa del film. También tiene bastante sentido quejarse de la cartelería de Nivel 13, Carrie, aquella portada de Quarantine (ese remake/fotocopia americana de Rec) que utilizaba el último plano del film, algunos carteles de El juego de Ender (en algún caso coronados con la frase «Esto no es un juego») o el poco afortunado póster japonés de La cabaña en el bosque, que aireaba el regate de géneros que hacía la película. Muchísimo más sutil resultaba una carátula concreta (de las muchas que hay) de Sospechosos habituales que, quizás por mero azar, contaba un secreto con dos taglines promocionales: la frase superior sentencia un «No coincidence» y una ojeada a la fila de sospechosos revelaba que el único actor cuyo nombre coincidía con su personaje era Kevin Spacey. La frase inferior remataba con «in the last place you see», ¿quién se encontraba en la última posición de la fila?

Con Dark City nos encontrábamos con un nuevo nivel de troleo, la propia película en su monólogo inicial explicaba que ciertos extraterrestres andaban embrollando las cosas a lo loco, algo que el guion prefería guardarse hasta más avanzada la historia. La culpa en este caso era del estudio que, dudando de la inteligencia del público para asimilar un argumento, decidió pegar en el prólogo un diálogo que tenía lugar mucho más adelante. Los fans de la cinta de Alex Proyas (y el propio realizador, quien descontento con esta versión editaría más adelante un director’s cut) recomendaban al que se acercaba por primera vez a la ciudad oscura darle al mute o taparse los oídos durante los primeros segundos de metraje para al menos vivir con un poco de intriga.

Horrible era el caso de aquella Rosemary’s baby de Roman Polanski a la que el departamento de marketing español decidió traducir su título como La semilla del diablo. Horrible porque si tienes una historia cuya sorpresa es que Rosemary se preña de Satán es mejor no spoilear el asunto del parto demoniaco en el título ni tirando de metáforas. Por algo en el resto de países hispanohablantes la cinta se llama El bebé de Rosemary, no era tan difícil. Del mismo modo resulta cuestionable que por estas tierras Victory se convirtiera en Evasión o victoria, High noon en Solo ante el peligro o Love and death en La última noche de Boris Grushenko. Pero la verdad es que estamos hablando de un país en el que uno de los miembros del Gobierno cascó el final de Los otros durante un debate televisado en el Parlamento, probablemente consiguiendo que Alejandro Amenábar plantase de golpe un maravilloso ladrillo, así que podemos considerar lo de reventar los finales como una costumbre autóctona.

La posición de honor la ocupan los tráilers promocionales, los cuales hace tiempo que se convirtieron en un «Ya no hace falta que vea la película» berreado en la sala. La Carrie clásica se anunciaba mostrando las muertes más importantes y lo mismo ocurría con el material publicitario de la saga Destino final. La hija del general, Doble traición, Pesadilla en Elm Street o Rocketeer se destripaban por completo en sus tráilers oficiales, Aflicción mostraba la escena más importante en su avance, Arlington Road desvelaba la identidad del vecino. Incluso el tráiler de Solo en casa descuartizaba la peli: todas las trampas caseras desfilaban por la promo. Realmente hay ejemplos a patadas. Con The amazing Spiderman 2 el estudio se emocionó tanto enviando adelantos que alguien en internet decidió reunir todo el material y editarlo en orden para crear una pieza de veinticinco minutos de algo que ni siquiera se había estrenado. En el caso del cine de comedia estos anuncios han acabado convirtiéndose en un truco para identificar la chispa: si en todos tráilers disponibles de una película cómica se repiten los mismos chistes es muy probable que esos gags sean los únicos graciosos de la película. El clásico «Todos los chistes buenos salen en el tráiler».

Y por último está el merchandising oficial en cualquier formato, que directamente asesina la sorpresa. Meses antes de que Oz, un mundo de fantasía (2013) llegase a los cines Disney tenía en su catálogo una taza de desayuno gritando bien claro que Mila Kunis era la Malvada Bruja del Este.

Spoilt, de Olly Moss.
Spoilt, de Olly Moss.

Vivir sin miedo

Jonah Lehrer, articulista de Wired, reconocía en un texto titulado Spoils don’t spoil anything que se había aficionado a la lectura de novelas pulp de misterio y asesinatos enfrentándose a ellas de una manera poco usual: leyéndose primero las cinco últimas páginas del libro, esas que desvelaban quién era realmente el asesino aunque aquello en ese momento no tuviese demasiado sentido. Y a continuación enfocaba la lectura a la manera clásica, descubriendo que disfrutaba mucho más de la experiencia al conocer de antemano el gran final. Lehrer renunciaba a la sorpresa del último momento, se perdía el instante en el que se destapa la pastelería porque le resultaba mucho más entretenido ir descubriendo cómo se fraguaba poco a poco la tarta de la fiesta sorpresa. Su artículo apuntaba a un curioso experimento llevado a cabo por Nicholas Christenfeld y Jonathan Leavitt en la UC de San Diego en el que se propuso a varios estudiantes la lectura de diversas obras cortas con giros y sorpresas más o menos destacables. Una parte de los lectores se enfrentaría a las historias tras comerse un spoiler directo en un prólogo añadido, otros se encontrarían con un spoiler camuflado en las entrañas del texto y otros tantos llegaban a las obras sin previo conocimiento de nada. Una vez leídas, los participantes debían valorar cuánto habían disfrutado de cada obra. Lo curioso fue el resultado: los que acabaron más satisfechos con las ficciones eran quienes habían sido spoileados.

Las conclusiones de Lehrer son interesantes: el spoiler es una preocupación obsesiva de la actualidad y en el fondo cualquier tipo de género es un spoiler en sí mismo. Nadie espera que en una película romántica Meg Ryan acabe de golpe repasando el frontal de un camión con los morros aunque la insoportable Ciudad de ángeles tratara de decirnos lo contrario. El héroe gana, el competidor alcanza la primera posición, el villano muere, la pareja se enamora, el mundo se salva y el género ya te ha descubierto el final del cuento. Lehrer también razonaba que el hecho de conocer el desenlace no significa que no exista ninguna otra sorpresa durante el viaje, y que en el fondo las sorpresas son más divertidas de planificar que de experimentar.

Y al margen de todo esto nos encontramos con los hábitos de consumo de la sociedad actual, su velocidad de deglución y su voracidad por lo que se supone más interesante. Saber que Dumbledore la diñaba en una entrega de Harry Potter probablemente impulsó más beneficios que pérdidas en las ventas gracias a los curiosos. El cine de Shyamalan inicialmente se vendía a golpe de twist end hasta tal punto que la ausencia de ellos llegaba a parecer un giro de guion. En la televisión las series clásicas suelen anunciar la muerte de un personaje —sobre todo si en la propia serie el casting no es muy de morirse— con antelación para congregar audiencias. Incluso spoilear es obligatorio en el concurso ligero: Pasapalabra anunciaba al ganador del rosco final antes de que el programa en el que aquello ocurría fuese emitido. El suspense diario nivelado a cero pero la audiencia del día elevada a las alturas.

Finales de 2014 y nosotros ahogados en nuestros ridículos problemas de mundo civilizado entregado al ocio. Y es que resulta hasta gracioso que hoy en día lo único que realmente pueda temer el ciudadano medio sea entrar en el siguiente link, una campaña publicitaria fabulosa de Netflix basada por completo en la idea de autospoilearse para disfrutar, y encontrarse jugando con seis balas a una ruleta rusa de spoilers:

Sed valientes, regaladle un click a esto. OJO, SPOILER.