Viaje en cinco saltos hasta el mismísimo fin de los tiempos

El Ojo de gato, una nebulosa planetaria formada por las emisiones de plasma y gas ionizado de una gigante roja durante el último tramo de su vida. Fotografía: NASA / ESA / HEIC / STScI / AURA.

Si dos personas se diesen cita junto a un tablero de ajedrez y disputaran una partida tras otra hasta completar todas las que es posible jugar con arreglo a las normas tradicionales, esas dos personas jugarían un vigintillón de partidas. Un vigintillón es esto:

1 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000 000

No hace falta que pierda tiempo contando los ceros, ya le decimos nosotros cuántos tiene: ciento veinte. Por eso los números como este no se suelen escribir así, como una avalancha de cifras. Lo habitual es escribirlos abreviadamente recurriendo a la notación científica:

10120

Cuando se trata de números grandes, los divulgadores y los científicos suelen aportar comparaciones vistosas para ayudarnos a comprender sus magnitudes gigantescas. Algo frecuente, por ejemplo, es decir que hay una cantidad de tal o cual cosa mayor que el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra. Esa clase de comparaciones, sin embargo, solo tienen sentido hasta que se alcanzan ciertas magnitudes, y dejan de tenerlo con las que son todavía mayores. Sería absurdo comparar un vigintillón (1) con el número de granos de arena que hay en todos los desiertos y playas de la Tierra, por ejemplo, o acaso con todos los granos de arena que hay en todos los planetas de nuestra galaxia. Un vigintillón es un número mucho mayor que el número de átomos que existe en el universo (2).

Esta es la razón por la que podemos derrotar a las máquinas jugando al ajedrez (3). No es posible construir un disco duro capaz de almacenar todas las partidas que se pueden jugar con treinta y dos fichas y el tablero reglamentario de sesenta y cuatro escaques. Incluso cuando fuese un disco duro extremadamente eficaz y emplease un único átomo de materia para almacenar una partida de ajedrez entera, sencillamente no hay suficientes átomos en el universo para construir ese disco duro.

A los seres humanos nos pasa algo muy parecido a esto. Somos incapaces de hacernos una idea de las magnitudes que representan realmente los números grandes. Aunque suele decirse que eso tiene mucho que ver con la biología y con nuestra propia evolución —entenderlos no representaba una ventaja cuando vivíamos en las selvas y en la sabana, por eso no nos hemos dotado con esa capacidad a través de la selección natural—, eso es cierto solamente en el caso de los números grandes «menos grandes», por llamarlos de alguna forma. En el caso de los números grandes «más grandes», la cosa es más sencilla: nos ocurre lo mismo que a los ordenadores. Incluso si nuestras habilidades matemáticas fuesen mejores de lo que son, estamos hablando de cantidades que exceden la cantidad de neuronas que hay en un cerebro o la cantidad de operaciones que puede realizar mentalmente un ser humano a lo largo de toda una vida.

En este artículo recorreremos el tiempo hacia delante y nos adentraremos muy profundo en el futuro, tan profundo que quizá lleguemos al punto en el que el propio tiempo se acabe. Encontrará usted muchas cifras y serán cifras muy grandes, pero no encontrará muchas comparaciones que le ayuden a comprender lo grandes que son realmente. La razón es que son números inimaginablemente grandes. Fuesen cuales fuesen esas comparaciones, sencillamente no les harían justicia.

El día que muera la próxima estrella (100 años en el futuro)

El 30 de abril del año 1006 apareció un punto de luz en el cielo y en cuestión de pocas horas se convirtió en el objeto más brillante del firmamento. Durante los tres meses siguientes pudo verse a todas horas, tanto de día como de noche, pero luego se atenuó lo suficiente como para aparecer solamente después de la puesta de sol, como hacen las estrellas y los planetas. En una crónica china de la época se dice que aquella «estrella invitada», como ellos la llamaron, brillaba tanto que los objetos arrojaban sombra durante las noches de luna nueva. Un astrónomo egipcio, Alí ibn Ridwan, precisó en sus comentarios al Tetrabiblos de Ptolomeo que emitía tanta luz como la luna durante sus cuartos. Y en la abadía de San Galo, en los Alpes suizos, los monjes anotaron que aquel resplandor variaba porque la estrella misteriosa, «de un modo maravilloso, algunas veces parecía contraerse, otras difuminarse e incluso a veces se extinguía» (4). Algunos creen que aparece retratada en unos petroglifos de la cultura hohokam, en Arizona, con la forma de un objeto celeste como radiante y expansivo, algo más parecido a una explosión (5).

Si la intención de los hohokam fue esa —retratar una explosión—, entonces fueron ellos los que estuvieron más acertados. Aquella estrella, en realidad, era una supernova, la detonación con la que terminan su vida los astros con más masa. Y se piensa que su magnitud aparente llegó a ser de −7,5, dieciséis veces mayor que la de Venus, el cuerpo más brillante de nuestro firmamento (6). SN 1006, como la conocemos hoy en día, fue la supernova más intensa que ha presenciado la humanidad a lo largo de la historia. Los restos de la explosión se redescubrieron en 1965 dentro de nuestra propia galaxia, a unos 7900 años luz de la Tierra (7).

Los restos de la supernova SN 1006. Fotografía: NASA / ESA / Zolt Levay / STScI.

Si le da envidia este acontecimiento y se dice que sería emocionante ver algo así con sus propios ojos, está usted de enhorabuena: la probabilidad de que llegue a hacerlo no es absurdamente remota, como suele pasar con la astronomía. De hecho, la posibilidad de que estalle una supernova en la Vía Láctea y de que sea visible desde la Tierra sin necesidad de instrumentos ópticos es del veinte por ciento en los próximos cincuenta años (8). Y si quiere mejorar su suerte, sabemos incluso en qué dirección debe mirar. Salga a la calle durante una noche despejada, vuelva la mirada hacia la constelación de Orión y busque la estrella rojiza que ejerce como hombro del cazador. Esa es Betelgeuse. Si alguna estrella cercana va a explotar pronto, es esa (9).

Palabra clave: cercana. Betelgeuse es la mejor candidata a convertirse en supernova entre las estrellas que conocemos bien y que están relativamente cerca de la Tierra. También es la que causaría una de las supernovas más espectaculares en nuestro cielo, ya que es una supergigante roja (la clase de estrella más grande que existe) y la estrella de esta clase que está a menos distancia de la Tierra (a unos 700 años luz). Es tremendamente improbable, eso sí, que lo haga mañana o pasado mañana o que sea la próxima en hacerlo (10), pero soñar es gratis y Betelgeuse nos está haciendo soñar últimamente. Hace unos cuantos meses era una de las diez estrellas más brillantes del cielo nocturno, pero ahora mismo ni siquiera está entre las veinte primeras. A finales de 2019 comenzó a perder luminosidad, y a mediados de 2020, cuando firmamos esta pieza, brilla un treinta y seis por ciento menos de lo habitual. Es normal que el resplandor de Betelgeuse cambie: a fin de cuentas, es una estrella variable (11), pero no es normal que lo haga tanto y con tanta rapidez.

Además, las estrellas como Betelgeuse tienen una esperanza de vida cortísima. Nuestro sol, por ejemplo, lleva brillando 4500 millones de años y lo seguirá haciendo otros tantos más, pero Betelgeuse tiene solo diez millones de años y seguramente le quedan unos cien mil, nada más. Las estrellas con tanta masa sencillamente son así, tan grandes y calientes que solo existen brevemente. Tienen más materia que las otras, pero también la fusionan a un ritmo mucho mayor y acaban con ella mucho antes. En el último tramo de su vida, cuando se dedican a fusionar elementos cada vez más pesados y lo hacen cada vez con más rapidez, sufren sacudidas parecidas a las que está sufriendo Betelgeuse. Pierden y ganan luminosidad, cambian de tamaño súbitamente y la temperatura en sus superficies experimenta variaciones vertiginosas. Son los estertores de una estrella.

El día que mueran todas las estrellas (100 años-1012 años en el futuro)

Cuando una estrella muere, expulsa sus capas exteriores hacia el espacio interestelar. Si la estrella tiene un tamaño modesto, parecido al del Sol y hasta diez veces mayor, lo hace mediante pulsos, contrayéndose y expandiéndose. Si la estrella tiene más masa, entonces se desata una única explosión violentísima, una supernova. El efecto es igual en ambos casos: los materiales esparcidos se mezclan con los restos de otras estrellas y con más gas interestelar, se aglutinan por efecto de la gravedad y dan lugar al nacimiento de nuevos astros y planetas.

Enrique III el Negro, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, observa la supernova acontecida en el año 1054 desde la ciudad italiana de Tivoli. Imagen: DP.

Sin embargo, las estrellas no diseminan todo su material por el espacio en el momento en el que mueren, solo el que integraba sus capas exteriores. Las capas interiores y el núcleo, en cambio, se contraen por efecto de la gravedad y forman un cuerpo caliente, pequeño y compacto que los astrónomos llaman «remanente» estelar. Las estrellas más modestas, que son la inmensa mayoría, se convierten de esta forma en una enana blanca, un cuerpo con un diámetro parecido al de la Tierra y una densidad monstruosa. Las estrellas de mayor tamaño, en cambio, se comprimen todavía más y forman una estrella de neutrones, un cuerpo celeste pequeñísimo, de diez o doce kilómetros de diámetro, e inimaginablemente denso. En el caso de las más grandes, la compactación no se detiene nunca y toda la materia se concentra en un punto infinitamente pequeño e infinitamente denso: un agujero negro. Estos remanentes, los tres, son estériles. La materia que acopian no regresará al medio interestelar y no contribuirá a la formación de nuevos astros (12).

Esto les pasará a todas las estrellas y esta es la razón por la que estas, simplemente, dejarán de nacer algún día. Aunque aparecen nuevos astros constantemente y lo hacen a partir de los restos de otros, la materia en circulación es cada vez menos. A medida que pasa el tiempo, a medida que las generaciones de estrellas se vayan relevando unas a otras, los remanentes estériles abundarán más y las fértiles nebulosas de gas donde se forman los nuevos sistemas estelares abundarán menos. Nacerán menos estrellas y serán más pequeñas y llegará un día en el que simplemente dejen de hacerlo.

No sabemos qué aspecto tendrá el universo entonces, dentro de 1010años aproximadamente, pero sí sabemos un detalle: que será rojo y mucho menos luminoso. Ya no quedarán estrellas azules, blancas o amarillas —como lo son ahora en función de su masa y su temperatura—, solo las más pequeñas de todas, las enanas rojas. Y las enanas rojas, ya lo dice su nombre, alumbran poco y lo hacen con luz roja. Eso sí: en lo tocante a la longevidad, no tienen competidor. Del mismo modo que las estrellas grandes viven poco porque fusionan su material enseguida, las enanas rojas viven durante un plazo de tiempo inconcebiblemente prolongado, ya que lo hacen a un ritmo muy lento (13). Se cree que las estrellas más pequeñas del universo, las enanas rojas de cerca de 0,1 masas solares, pueden vivir hasta 1012 años. Eso significa que las primeras enanas rojas que prendieron en el cosmos —y lo hicieron pronto, solo unos cientos de miles de años después del Big Bang— no solo siguen activas hoy en día; es que ni siquiera han superado el uno por ciento de su vida. Desde que el mundo es mundo, todavía no ha dado tiempo a que muera ni una sola de ellas.

El día que muera el último átomo (1012-1040 años en el futuro)

El día que se apague la última enana roja habrá acabado la era estelífera, la era de las estrellas, y dará comienzo la era degenerada. Que no le engañe su nombre, no se lo pusieron buscando dramatismo (14). En realidad, alude a la materia degenerada, la sustancia de la que están hechos los remanentes de las estrellas.

Parte de las estrellas que se acumulan en el centro de la Vía Láctea en una imagen tomada por el telescopio espacial Hubble. Fotografía: NASA / ESA / T. Brown.

Los cuerpos celestes que persistan para entonces serán estos mismos remanentes: enanas blancas, estrellas de neutrones (y las variaciones más exóticas de las estrellas de neutrones, como los púlsares, los magnetares y las estrellas de quarks) y agujeros negros (y sus propias variaciones exóticas: los cuásares). A los seres vivos, que solemos fijarnos solamente en los intercambios de energía, podría parecernos que esta no es la peor de las noticias. A fin de cuentas, las enanas blancas brillan, los púlsares también emiten grandes haces de radiación desde sus polos y los cuásares hacen fundamentalmente las dos cosas, solo que a una escala mucho mayor y con muchísima más potencia. Pero debe recordarse que estos objetos no generan esa energía, tanto si es térmica como cinética. La generaron en su día, cuando eran estrellas, y ahora solo la conservan. El brillo de las enanas blancas es más bien incandescencia, emiten luz debido a su temperatura altísima; los púlsares absorben y disparan la materia que hay en sus inmediaciones porque giran sobre sí mismos a una velocidad vertiginosa, hasta cientos de veces por segundo; y los cuásares, cuyos campos gravitatorios son potentísimos, ponen esa energía en circulación gracias a la fricción que se produce en sus discos de acreción descomunales. Pero ninguno de ellos ni ninguna otra clase de remanente estelar es capaz de poner en marcha la nucleosíntesis, de desencadenar la fusión de los átomos y de transformar materia en energía.

Poco a poco, las enanas blancas irán perdiendo temperatura, las estrellas de neutrones irán perdiendo velocidad y finalmente unas y otras se apagarán y se detendrán completamente. No sabemos cuánto tardarán en hacerlo. Una estimación muy repetida (15) dice que las enanas blancas podrían tardar unos 1015 años en convertirse en enanas negras, es decir, en cuerpos fríos e inertes constituidos por materia degenerada. El plazo en el que lo harán las estrellas de neutrones es incluso más incierto, pero el resultado será parecido.

Durante la era degenerada, el cosmos será un lugar oscuro, aunque habrá algún chispazo de cuando en cuando. En los sistemas binarios de enanas blancas, por ejemplo, las órbitas se acercarán hasta hacer que los dos cuerpos colisionen y estalle una supernova. Y algunas enanas marrones (grandes objetos gaseosos a medio camino entre un planeta y una estrella) que llegasen a colisionar de esta misma forma podrían reunir materia suficiente entre las dos como para empezar a fusionar y alumbrar alguna pequeña estrella tardía. Estas estrellas, las últimas estrellas del universo, serán enanas rojas y serán increíblemente longevas, pero da igual, el reloj tampoco se detendrá entonces. Poco a poco, eón a eón, también ellas se desvanecerán. El cosmos, ya sí que sí, será un lugar a oscuras.

Algunos creen que será entonces cuando la propia materia comience a desintegrarse. Aunque la longevidad de las partículas subatómicas es un tema muy discutido, algunos de los modelos de física de partículas más populares predicen que la vida media del protón (las partículas estables y con carga positiva que forman parte de los núcleos atómicos) es de 1038 años aproximadamente (16). El decaimiento de los protones es un asunto complejo y fascinante que daría para muchas páginas de curiosidades, pero aquí nos quedaremos solo con una: aunque el universo llegue a ser totalmente oscuro, no llegará a ser totalmente frío, al menos no todavía. A medida que sus protones decaen y sus átomos se desintegran, algunas de las enanas negras que sobrevivan irradiarían partículas subatómicas y la radiación podría alcanzar valores de hasta 400 vatios en cada una de ellas. El horno microondas de cualquier cocina emite el doble que eso y más, pero dentro de 1039 años ese será el poder que tengan las mayores estrellas.

El día que muera el último agujero negro (1040-1092 años en el futuro)

Dentro de 1040 años, un átomo se desintegrará en algún rincón del cosmos y será el último en hacerlo. A partir de ese momento ya no existirá nada mayor que un núcleo atómico en todo el universo.

Seguirán existiendo, eso sí, los agujeros negros, y dese cuenta de que eso no constituye una excepción. Aunque solemos referirnos a ellos con ligereza y los llamamos «grandes» y «pequeños», lo cierto es que los agujeros negros son infinitamente pequeños. Lo que es grande o pequeño es el diámetro de su horizonte de sucesos, el espacio alrededor de esa singularidad central en el que la velocidad de escape es superior a la de la luz y entonces ya nada puede circular en dirección contraria a la suya, debe hacerlo siempre hacia ella. Si pudiésemos viajar a las inmediaciones de un agujero negro y contemplarlo desde una distancia prudencial, ese horizonte de sucesos se dibujaría con nitidez frente al fondo luminoso y colorido que presenta el cosmos hoy en día y tendría un aspecto parecido al de una esfera negra, pero eso es algo engañoso. Lo que estaríamos viendo con los ojos seguiría siendo un espacio, una región, no un cuerpo sólido con masa. Masa tiene la singularidad central, y esa está confinada en un volumen infinitamente pequeño.

El agujero negro de la galaxia elíptica M87, primer objeto de su clase en ser fotografiado. Fotografía: EHT / ESO.

En 1974, el físico Stephen Hawking descubrió que los agujeros negros emiten una forma de radiación térmica y que al hacerlo pierden masa (17). Aunque ocurra con una lentitud que desafía al entendimiento, los agujeros negros también se evaporarán poco a poco y al final, puf, desaparecerán completamente. Hawking calculó que los más pequeños que se forman naturalmente, los que tienen el equivalente a tres masas solares, tardarían 1068 años en desvanecerse. Los mayores, los agujeros negros supermasivos que se encuentran en el centro de las galaxias, y que a veces toman la forma de cuásares, tardarán 1092 años en hacerlo. Merece la pena pararse a pensar un segundo en esta cantidad, 1092. Es un número mayor que el número de partículas subatómicas que hay en el universo.

Si pregunta usted a un astrofísico, a un matemático o a cualquier otro profesional del ramo por la muerte del universo, es probable que le digan que ocurrirá más o menos en esta fecha, dentro de 1092 años, o en todo caso cuando el último agujero negro se encoja y desaparezca. Con él se irá también la última fuente energética del cosmos, la última forma de radiación, y el universo se habrá parado totalmente, se habrá enfriado completamente, habrá tocado fondo y habrá cesado para siempre. El universo habrá muerto, larga vida al universo.

El último día del mundo (1092-∞ años en el futuro)

¿Y después? Después de eso, poco más. Fotones, partículas subatómicas y una eternidad, esos son los ingredientes de esta sopa. Los dos primeros no son gran cosa, pero el tercero sí lo es. Algunos dicen que con ese ingrediente se pueden hacer muchas cosas.

La energía oscura tiene mucho que ver con el destino final del cosmos. Si hubiese una cantidad suficiente de ella, es probable que la expansión del universo acabase desgajándolo hasta la mismísima escala cuántica. A medida que el propio espacio se expandiese y lo hiciese cada vez a mayor velocidad —ese es precisamente el efecto que parecer tener la energía oscura en nuestro mundo—, disminuiría progresivamente la cantidad de espacio con la que se puede interactuar. Pongámoslo así: un fotón saldría del punto A y se dirigiría hacia el punto B a la velocidad de la luz, pero el espacio mismo que separa A y B estaría expandiéndose a una velocidad mayor que esa. Nuestro fotón hipotético, por tanto, jamás lograría alcanzar el punto B. Se dedicaría a viajar eternamente en su dirección y, pese a eso, estaría cada vez más lejos de él y también del lugar del que salió, el punto A. El diámetro dentro del cual la materia interactúa es gigantesco hoy en día, pero se está reduciendo a medida que la expansión del universo acelera. Si esa expansión sigue acelerándose, llegará el día en el que la distancia entre los puntos A y B sea menor que una galaxia, menor que un sistema estelar, menor que un planeta y menor que un átomo. Todas las distancias se harán infinitas y esto impedirá que tenga lugar cualquier proceso, sea el que sea, y que tenga efecto cualquier fuerza. A eso se lo llama «Big Rip», el Gran Desgarramiento (18).

El Cúmulo de Pandora, un cúmulo de galaxias también conocido como Abell 2744, en una fotografía tomada por el telescopio espacial Hubble en 2014. Fotografía: NASA / ESA / STScI.

Si el Big Rip no tuviera lugar, entonces el espacio-tiempo podría acabarse de otras formas. Los partidarios de la teoría del Big Freeze, por ejemplo, se atienen al hecho de que el cosmos empezó siendo algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso, y nos recuerdan que las leyes de la termodinámica son muy claras al respecto: algo así solo puede derivar hacia lo infinitamente grande, lo infinitamente frío y lo infinitamente vacío. Y cuando las magnitudes físicas alcancen ese valor, o valores muy cercanos a ese, no cabe esperar que pase algo, sea lo que sea. El universo simplemente habrá sufrido la muerte térmica, se habrá alcanzado el grado máximo de entropía y los procesos físicos habrán cesado permanentemente. No ocurrirá nada que arrample con todo ello porque en esas condiciones no podría ocurrir nada. El mundo no acabará por una razón sencilla: ya se habrá acabado. En el mejor escenario solo habrá fotones en circulación y los fotones no experimentan tiempo, así que incluso hablar de eternidad carecería de sentido. El tiempo, que ahora es real, entonces será una ficción matemática, algo que solo existe en el plano de lo ideal y lo hipotético. The End.

Los partidarios del Big Crunch, por el contrario, admiten que algo así tendrá lugar, pero sostienen que ese no será el final del cosmos. Después de separarse al máximo, dicen ellos, la gravedad será la única fuerza capaz de afectar significativamente a las partículas subatómicas, por lo que podrían comenzar a reunirse de nuevo y hacer que la materia volviera a concentrarse poco a poco. Primero habría átomos, después moléculas y después volverían a existir trazas de material sólido. Al final, toda la materia del universo colisionaría, se compactaría y se convertiría en algo infinitamente pequeño, infinitamente caliente e infinitamente denso. El mundo, en otras palabras, terminaría con una implosión, y su resultado sería la aparición de una nueva singularidad de proporciones cósmicas y el estallido, quizá, de un nuevo Big Bang (19).

Y otros piensan que este Big Bang no es algo extraordinario, que ha ocurrido muchas veces en el pasado y que lo volverá a hacer indefinidamente en el futuro. La cosmología cíclica conforme, propuesta por Roger Penrose, es una de las tesis con más predicamento en los últimos años, en parte porque reconcilia visiones del futuro lejanísimo que parecían incompatibles hasta hace unos cuantos años. Este Big Bounce o Gran Rebote, como algunos lo llaman, tendría el mismo efecto que el Big Crunch, la reunificación de la materia, pero derivaría de algo más parecido al Big Freeze, la muerte térmica del cosmos. ¿Cómo? Ay, sería largo de explicar. A través de efectos cuánticos extravagantes y de procesos que tienen que ver con la geometría de la causalidad, fenómenos demasiado enjundiosos para detenernos de forma pormenorizada en ellos. Si le interesa, le recomendamos un par de lecturas en el capítulo de notas de este artículo (20) y le anticipamos que, de todos los cataclismos físicos y matemáticos que empiezan por «Big», este es el único que no acaba en la negrura y la nada. Al contrario: el cosmos podría haber existido una, dos, cuatro, mil, un millón y hasta un vigintillón de veces antes y después de nosotros. Y nuestros ajedrecistas hipotéticos, a fin de cuentas, sí podrían jugar sus 10120 partidas, todas las que permiten las reglas del juego. Si pensamos que no podrían, nos dice Penrose, fue porque pecamos de pocas miras, porque corrimos a echar cuentas sin levantar antes la mirada del tablero. Porque no nos dimos cuenta de que nosotros somos las fichas y de que el propio universo es el juego.

La región de formación de estrellas S106. Fotografía: NASA / ESA.


Notas

(1) Debe recordarse que, igual que un billón (en español) no es la misma cantidad que un billion (en inglés), tampoco lo son un vigintillón y un vigintillion. En lo tocante a los nombres de las cifras grandes, en los países hispanohablantes solemos usar la escala numérica larga (en la que cada nuevo nombre representa una cifra un millón de veces mayor que la anterior) y en Estados Unidos y en Reino Unido se usa normalmente la escala numérica corta (en la que cada nuevo nombre representa una cifra mil veces mayor). Cuando decimos, en español, «un vigintillón», estamos diciendo 10120. Cuando se dice, en inglés, «one vigintillion», se está diciendo 1063.

(2) Un vigintillón es 10120. El número de átomos en el universo oscila entre 1078 y 1082. Gott, J. Richard et al., «A Map of the Universe», The Astrophysical Journal, vol. 624, n.º 2, 2005.

(3) Algo que demostró Claude Shannon en 1950, razón por la cual hemos puesto su nombre a esta cifra y la llamamos «número de Shannon». Aunque él estimó que era 10120, hoy se cree que el número de Shannon es mayor, en torno a 10123. Shannon,  Claude E., «Programming a Computer for Playing Chess», Philosophical Magazine, ser.7, vol. 41, n.º 314, 1950.

(4) Aquellos monjes también precisaron en sus Annales Sangallenses maiores que la estrella apareció «in intimis finibus austri», tan al sur como el sur llega. Suiza es el punto más septentrional donde quedó documentado el fenómeno celeste y allí tuvo que verse solamente en junio y apenas por encima del horizonte. La constelación del lobo, donde apareció la nueva estrella, está ubicada en el hemisferio sur, pero en verano puede verse completamente hasta los 35° de latitud norte y solo parcialmente si es más al norte que eso. Stephenson, Richard F., Clark, David H. y Crawford, David F., «The Supernova of 1006 AD», Monthly Notices of the Royal Astronomical Society, vol. 180, 1977.

(5) Cuando se trata de petroglifos, pintura rupestre y otras formas de arte prehistórico, las interpretaciones son siempre especulativas. Hamacher, Duane W., d«Are Supernovae Recorded in Indigenous Astronomical Traditions?»,  Journal of Astronomical History and Heritage, vol. 17, n.º 2, 2014.

(6) La magnitud aparente de un objeto celeste equivale al brillo que tiene al observarse desde la Tierra, pero fuera de la atmósfera. La magnitud aparente progresa de forma logarítmica y representa más resplandor cuanto más pequeño es el número. Las estrellas más débiles que alcanzamos a ver con nuestros ojos tienen una magnitud aparente de 6; la estrella más brillante, Sirio, de -1,5; Venus, de -4,4; la Luna llena, de -12,6; y el Sol, de -26,8.

(7) Goldstein, Bernard R., «Evidence for a supernova of A.D. 1006», The Astronomical Journal, vol. 70, 1965.

(8) La última supernova que estalló en la Vía Láctea y fue visible desde la Tierra lo hizo en 1604. La última supernova visible desde nuestro planeta tuvo lugar en 1987 y estalló en una galaxia vecina, la Gran Nube de Magallanes. En nuestra galaxia hay dos supernovas cada siglo, aproximadamente, pero tres de cada cuatro no llegan a verse a simple vista. Es preciso que no ocurran demasiado lejos, que no duren demasiado poco y que no se interpongan entre ellas y nuestro planeta nubes de polvo y gas interestelar. Sobre la probabilidad de observar una supernova desde la Tierra en los próximos cincuenta años, Adams, Scott M. et al., «Observing the Next Galactic Supernova», The Astrophysical Journal, vol. 778, n.º 2, 2013. Sobre la frecuencia de las supernovas en la Vía Láctea, Diehl, Roland et al., «Radioactive 26Al from massive stars in the Galaxy», Nature, vol. 439, n.º 7072, 2006.

(9) En palabras del astrofísico Alex Filippenko, «ninguna estrella de la que tengamos noticia tiene más posibilidades de convertirse en supernova antes que Betelgeuse».

(10) Lo más probable es que la próxima estrella que se convierta en supernova dentro de la Vía Láctea sea alguna a la que no nos hayamos anticipado, bien porque la desconozcamos totalmente o bien porque esté muy lejos y sepamos poco sobre ella.

(11) Los registros de su brillo sugieren que Betelgeuse gana y pierde luminosidad siguiendo dos ciclos, uno de seis años y otro de cuatrocientos días, aproximadamente. Algunos creen que lo que ha ocurrido en este momento es que los dos ciclos han coincidido y que Betelgeuse está experimentando un pico a la baja del que comenzará a recuperarse pronto.

(12) Hay excepciones, en particular cuando estos remanentes interactúan entre sí o con astros ordinarios en el contexto de sistemas binarios.

(13) Hay otra razón que explica la longevidad de las enanas rojas. La convección hace que los materiales puedan circular y que todo su hidrógeno tenga acceso al núcleo, donde se transforma en helio. En las estrellas grandes, por el contrario, el hidrógeno de las capas exteriores no pasa por el núcleo y no llega a experimentar la fusión.

(14) El nombre lo pusieron Fred Adams y Greg Laughlin en The Five Ages of the Universe, una obra de referencia en lo tocante al tiempo profundo y el futuro lejanísimo. Desde su publicación en 1999 se ha normalizado el uso de la cronología de cinco eras que proponían Adams y Laughlin en aquel libro, incluso entre astrofísicos y académicos. Estas eras son la era primordial, la era estelífera, la era degenerada, la era de los agujeros negros y la era oscura.

(15) Barrow, John D. y Tipler, Frank J., The Anthropic Cosmological Principle (Oxford Paperbacks, 1986).

(16) Son predicciones que se hacen desde la teoría de la gran unificación, pero otras hipótesis con mucho sustento confieren al protón una vida de hasta 10200 años. Adams, Fred C. y Laughlin, Gregory, «A dying universe: The long-termfate and evolution of Astrophysical objects», Reviews of Modern Physics, vol. 69, n.º 2, 1997.

(17) Aunque se han aportado distintos cálculos y algunos de los procesos cuánticos involucrados están descritos solo de forma muy vaga, la mayoría de los astrofísicos y los matemáticos consideran que la radiación de Hawking es algo fundado y probado. Steinhauer, Jeff, «Observation of quantum Hawking radiation and its entanglement in an analogue black hole», Nature Phys vol. 12, n.º8, 2016.

(18) Con frecuencia se dice que, si el Big Rip tuviese lugar, sería dentro de 22000 millones de años aproximadamente. Eso es en algún momento avanzado de la era estelífera, muchísimo antes del momento en el que ocurrirían los otros «Bigs», como el Big Freeze o el Big Crunch.

(19) Todos estos escenarios son conjeturas y la del Big Crunch es la más especulativa de todas. De las cuatro fuerzas fundamentales que rigen los procesos físicos (la fuerza nuclear débil, la fuerza nuclear fuerte, el electromagnetismo y la gravedad) la gravedad es la que nos resulta más familiar y la que mejor comprendemos intuitivamente, pero también es la peor documentada en el modelo estándar de física de partículas y la que más desconocemos en grado fundamental.

(20) Penrose presentó su tesis en una conferencia de 2006 titulada «Before the Big Bang: An Outrageous New Perspective and Its Implications for Particle Physics», que puede leerse aquí. Se trata de un texto muy celebrado por sus dobles sentidos y su retórica informal, aunque resulta inaccesible sin conocimientos muy avanzados de física de partículas. Para los profanos es mucho más recomendable la lectura de su libro de divulgación Cycles of Time: An Extraordinary New View of the Universe, publicado en 2010.


El universo tiene forma de rosquilla

Stephen Hawking (a la derecha, sosteniendo el pañuelo) posa con el Club de Remo de la Universidad de Oxford, ca. 1960. Fotografía: Gillman & Soame / Stephen Hawking: A Brief History of Mine. Cortesía de Darlow Smithson Productions.

Varias veces he visto, y una más antes de escribir estas líneas, aquel viejo programa de la BBC titulado Dios, el universo y todo lo demás en el que tres de los más grandes divulgadores científicos de nuestra época —Carl Sagan, Arthur C. Clarke y Stephen Hawking, los tres, ¡maldición!, fallecidos ya— respondían preguntas sobre el cosmos. No por el contenido de lo que dicen, que ya casi sé de memoria y, de cualquier modo, se explica mejor y con mucho más detalle en sus libros, sino por el mero placer de verlos hablando, de contrastar sus personalidades. Sagan se conduce con su habitual elocuencia, precisa y solemne. Clarke se muestra afable y con los pies en la tierra, como siempre. Stephen Hawking, que había perdido la capacidad del habla un par de años atrás, pero, aun casi por completo inmóvil, es el más vivaz de los tres invitados. Las intervenciones de Hawking estaban plagadas de chascarrillos que, una vez pronunciados por su célebre voz electrónica, esa que nunca quiso cambiar por otra más moderna, rubricaba con una amplia sonrisa y un brillo travieso en la mirada.

El humor de Stephen Hawking es lo que más me impresionaba de él, por colosales que fuesen sus aportaciones al conocimiento de la raza humana. Sabemos las condiciones en las que vivió y sería infantil pretender que no sufrió por ello, pero su sarcasmo, afilado y contagioso, nunca decreció un ápice. De hecho, era, de entre los científicos de su generación, el gamberro de la clase. Era una de las personas más inteligentes del planeta Tierra, esto no es ninguna sorpresa. Será recordado siempre como uno de los científicos más importantes de la historia. Era su faceta gamberra, sin embargo, lo que lo hacía tan cercano. Al saber su fallecimiento de Hawking, la periodista Ashley Feinberg publicó un tuit que recorrió las redes como un relámpago: «Una de mis cosas favoritas sobre Stephen Hawking es que era borde con la gente indicada». Es célebre su afición de hacer rodar su silla sobre los pies de la gente que no le caía bien, en especial personas poderosas. En 1976 le pisó los dedos al príncipe Carlos de Inglaterra. Hawking lo hizo a propósito, según comentaban los divertidos testigos. Parece ser que, además, lamentaba no haber podido pisarle los dedos a Margaret Thatcher. Eso sí, cuando le preguntaron sobre esto, el físico negó que fuese cierto. Y lo negó, claro, a su manera: «Es un rumor malintencionado. Atropellaré a cualquiera que lo propague».

El público no sentía lástima hacia él porque, al verlo en pantalla, parecía estar jugando siempre. Sus padecimientos, fueran cuales fuesen, quedaban lejos de nuestro alcance. Por el contrario, Hawking se dejaba ver en comedias de las que era un gran seguidor, como The Simpsons, Futurama, The Big Bang Theory y toda una pléyade de sketches en programas diversos. Incluyendo, por descontado, algún cameo en su serie favorita, Star Trek, en la que se daba el gusto de ganarle una partida de póquer a Einstein. «Creo que soy más conocido por mis apariciones en estas series que por mi trabajo científico», decía, aunque sus libros hubiesen vendido ya millones de ejemplares. Y eso lo hacía feliz. Le encantaba interpretar el papel de científico engreído y antipático, broma recurrente que mantuvo durante años. Jamás se dejó colocar sobre un pedestal.

Habla por sí solo que al físico más insigne de nuestro tiempo ya se lo esté recordando más por su efervescente personalidad que por sus teorías científicas. Quienes no somos físicos no podemos pretender que entendemos a fondo esas teorías —sospecho que incluso algunos físicos tampoco—, pero Hawking huía del envaramiento como de la peste y no parecía importarle lo más mínimo el sentimiento de reverencia que despertaba como el Isaac Newton contemporáneo que era. Recuerdo un divertido sketch en el que mantenía una conversación telefónica con Jim Carrey, afirmando que estaba muy contento de que al actor le hubiesen gustado «mis últimas teorías sobre el universo ecpirótico. Ni me molesto en explicárselas al resto de personas. Sus cerebritos de guisante no pueden siquiera captar la idea. Y ahora tengo que irme, estoy demasiado ocupado viendo Dos tontos muy tontos; me asombra su pura brillantez. Jim, eres un genio». A lo que Carrey respondía: «No, no. Tú eres un genio». Hawking zanjaba la cuestión con lógica de patio de colegio: «No. Tú eres un genio multiplicado por infinito». Hawking, capaz de los más agudos sarcasmos, producía la impresión de disfrutar mucho también con el humor más chorra.

Es de una relevancia extraordinaria que Stephen Hawking ayudase a iluminar un poco más el camino hacia la resolución de los misterios cósmicos, pero no es menos relevante el ejemplo de lo que hizo con su vida desde una posición tan desfavorable. Sus aportaciones científicas quedarán para la posteridad, pero su personalidad nos servía y nos continuará sirviendo de ejemplo a quienes hemos compartido su época y lo hemos visto sonreír con mirada de regocijo después de cada una de sus inofensivas maldades de escolar. No todos podemos entender su ciencia, pero sí podemos entender su mensaje vital: «Cuando cumplí veintiún años, mis expectativas fueron reducidas a cero. Era importante que llegara a apreciar lo que tenía. Y es también importante no enfadarse, sin importar cómo de difícil sea la existencia, porque puedes perder toda esperanza si no eres capaz de reírte de ti mismo y de la vida en general».

Así lo dijo el hombre que, sin ninguna vergüenza, le robó a otro de los referentes filosóficos de nuestros días, Homer Simpson, la teoría de que el universo tiene forma de rosquilla.


Viacheslav Mujánov: «La cosmología nos ha demostrado que la relatividad y la mecánica cuántica están presentes desde las escalas más grandes a las más pequeñas»

Viacheslav Fiódorovich Mujánov (Kanash, 1956) es cosmólogo, físico teórico y profesor en la Universidad Ludwig Maximilian de Múnich. Formado académicamente en Moscú en la década de 1970, pronto dirigió su carrera hacia la cosmología, la rama de la física que estudia las propiedades del universo como un todo. Los años noventa fueron revolucionarios para este campo, con el descubrimiento de que la expansión del universo se está acelerando y las observaciones del fondo cósmico de microondas por parte del satélite COBE. Mujánov vivió esta revolución en primera persona, porque los sucesivos descubrimientos fueron dando la razón a los trabajos que él había iniciado a lo largo de los ochenta. Hoy la cosmología es uno de los campos más activos de la física y ya no se puede decir que sea prometedor, porque, una tras otra, no deja de cumplir promesas.

¿A qué nos referimos cuando decimos «las estructuras del universo»? Cuando miramos al cielo vemos, sobre todo, estrellas. Es lógico: el espacio es muy grande y las distancias, inhumanas. Todo lo que no es cercano y brillante simplemente es demasiado sutil, demasiado oscuro para los ojos humanos. Por fortuna tenemos los otros ojos: los telescopios, cámaras digitales y las gigantescas antenas de radio; gracias a ellos sabemos que hay de todo ahí fuera: planetas errantes, agujeros negros, nubes de gas caliente que contienen más materia que todas las estrellas juntas. Sabemos que la materia forma islotes en medio del espacio, las galaxias, y que las galaxias a su vez se mueven en enjambres, los cúmulos de galaxias. El universo está salpicado de estos archipiélagos de materia en los que encontramos objetos, grupos de objetos, grupos de grupos de objetos. Todas estas cosas son las «estructuras». Hoy en día, con los instrumentos adecuados, son fáciles de ver, medir y cartografiar.

Pero hubo una época, hace miles de millones de años, en la que el universo era simplemente una nube de gas caliente. La materia acababa de nacer y estaba toda mezclada, en un estado anárquico, desordenado: cualquier lugar del universo era igual a cualquier otro y no había ni rastro de ninguna estructura. Así pues, ¿de dónde salieron? ¿Quién puso la primera piedra de la primera galaxia?

Da un poco de vértigo. Es decir, unos señores que se plantearon cómo empezó el orden en el universo: cómo el caos se transformó en cosmos. La pregunta no es nueva. Es, de hecho, recurrente a lo largo de la historia. Pero la mayoría de los hombres que la abordaron, y ninguno de ellos era tonto, respondió con relatos, con fábulas que eran entretenidas pero eran solo eso: fábulas. Hace treinta y cinco años la cosa cambió. Apareció un puñado de humanos que se sentaron, tomaron lápiz y papel y armados solo con las leyes de la física encontraron una manera plausible de explicar cómo empezó todo esto. No sé si vértigo es exactamente la palabra, pero sin duda da algo.

A principios de los años ochenta la teoría del big bang era ya una teoría madura, llevaba varias décadas en la palestra, y estaba en ese momento asimilando algunos elementos nuevos, como la inflación. ¿Cómo es la teoría del big bang en la actualidad, comparada con la de entonces?

La cosa ha cambiado dramáticamente. En los años ochenta los datos experimentales en los que se basaba la teoría eran muy inseguros. Que el universo se expande estaba bien establecido, prácticamente nadie se oponía a ello. Pero había bastantes dudas respecto al otro gran observable de la cosmología, el fondo cósmico de microondas, porque no disponíamos de medidas precisas. Por ejemplo, en 1987 tuvimos un experimento japonés-estadounidense, el cohete de Berkeley-Nagoya, que obtuvo que el espectro del fondo cósmico se desviaba mucho del espectro de cuerpo negro, que es el que debía tener si el universo primigenio estaba en equilibrio. Si aquel experimento hubiera estado en lo cierto eso habría supuesto el fin de la cosmología, porque con un espectro así podríamos haber especulado durante décadas y nunca podríamos estar seguros de si lo estábamos entendiendo o nos lo estábamos inventando. Por fortuna se equivocaban: lo que estaban viendo no era el fondo cósmico, sino el ruido eléctrico de sus propias máquinas.

¿Esto fue en 1987?

1987, así es, hace menos de treinta años. Pero yo diría que no fue hasta los años noventa cuando la cosmología adquirió verdadera carta de naturaleza como ciencia. Fue gracias a COBE, el Cosmic Background Explorer, una misión espacial que estudió el fondo cósmico de microondas y concluyó que su espectro era perfectamente planckiano, como tenía que ser. Pero no se quedó ahí: COBE, por primera vez, fue capaz de ver las siluetas, los «embriones» de las galaxias, tal y como eran cuando el universo tenía solo trescientos mil años. Con el paso del tiempo esos embriones germinaron y dieron lugar a la estructura del universo que hoy vemos. Lo que COBE nos mostró fue una imagen completa de lo que podríamos llamar un «universo bebé», con todos sus rasgos, con todo lo necesario para convertirse en un universo con galaxias, estrellas, planetas y en última instancia con vida.

¿Qué son exactamente esos embriones, cómo los vemos?

Vemos algo parecido a una fotografía. La radiación de fondo dejó de interaccionar con el resto del universo cuando este tenía trescientos mil años, así que cuando la detectamos hoy estamos obteniendo una especie de fotografía retardada que nos muestra cómo era el universo en aquella época. Con los telescopios habituales podemos observar cómo es el universo en la actualidad, tras trece mil millones de años de evolución, mientras que con el fondo cósmico podemos verlo cuando todavía era un bebé.

Pero en el fondo cósmico de microondas no vemos galaxias como tales, no se habían formado todavía.

No, vemos sus progenitores, nubes calientes de gas cuando eran muy jóvenes. Estos progenitores están muy lejos de nosotros y no sabemos el aspecto que tienen hoy en día, pero asumiendo que las galaxias que sí vemos son similares, y que sus progenitores fueron similares a estos, podemos aprender cosas sobre el proceso de formación de las galaxias. Bueno, es un poco como hacer encuestas: en el mundo hay muchas personas, pero para saber cómo es la sociedad no tienes que hablar con cada uno de ellos, porque sabes que tienen muchas cosas en común.

Fondo cósmico de microondas

¿Qué es el fondo cósmico de microondas? Bueno, más o menos lo que su nombre indica: microondas que vienen del cosmos. En todas direcciones. Vienen de más allá del sistema solar, de mucho más allá de nuestra galaxia. En ellas no vemos estrellas ni galaxias ni cuerpos celestes que sepamos identificar, porque cuando estas microondas echaron a andar ninguno de ellos existía todavía.

La formación del fondo cósmico de microondas es una de las historias más bonitas que nos ha contado la física. Cuando el universo era joven estaba formado por partículas que se movían en todas direcciones y chocaban continuamente. La mayor parte de esas partículas eran fotones, las partículas que forman la luz, pero también había pequeñas cantidades de electrones, protones, núcleos de helio… y alguna más, pero eso ahora no viene a cuento. Un universo como este era opaco para la luz, porque los fotones chocan muy fácilmente con las partículas cargadas, como protones y electrones.

De vez en cuando un protón y un electrón se unían y formaban un átomo de hidrógeno, pero los átomos no duraban demasiado en este universo porque enseguida eran golpeados por alguien que pasaba por allí y se rompían. Por fortuna el universo está en expansión, y a medida que se expande también se enfría. Cuando la temperatura bajó por debajo de 3000 ºC las colisiones dejaron de ser suficientemente fuertes y los átomos de hidrógeno pasaron a ser estables. Protones y electrones empezaron a unirse a lo largo de todo el cosmos. Este proceso, llamado recombinación, tuvo un efecto espectacular en el universo: los átomos tienen carga cero, y la luz no choca con ellos tan fácilmente como con un electrón o un protón solitarios. O sea, que para los fotones el universo, que llevaba miles de años siendo una neblina opaca, se volvió transparente de repente. Trillones y trillones de fotones que llevaban miles de años encerrados en el plasma fueron liberados de repente, en el que probablemente sea el mayor fogonazo que nunca ha visto nuestro universo. Ese fogonazo es el fondo cósmico de microondas.

En el proceso de dejar escapar a los fotones el universo dejó imprimida su cara en el fondo cósmico. En primer lugar, dejó imprimida su temperatura: como todo el gas estaba más o menos a la misma temperatura la luz que salió de él tiene toda más o menos el mismo color. Cuando miramos mapas como el de arriba, en el que vemos zonas más calientes y otras más frías, lo que estamos dibujando es diferencias de temperatura minúsculas. Si pintáramos el fondo cósmico tal y como lo vemos, la elipse sería toda del mismo color, porque las diferencias son de una parte entre cien mil.

Y sin embargo esas diferencias son fundamentales. Durante treinta años, entre el descubrimiento de Penzias y Wilson y la misión COBE, el fondo cósmico era una fotografía plana en la que no se distinguía ningún rasgo. COBE fue el primer instrumento suficientemente preciso para distinguir esas partes entre cien mil y mostrarnos el siguiente nivel de detalle: nubes calientes y nubes frías, nubes que acumulaban materia, y que al evolucionar dieron lugar a millones de galaxias, y otras más pobres, que dieron lugar a vacíos, zonas huecas en las que las galaxias escasean. La pregunta es: si en este universo de trescientos mil años ya existían regiones frías y regiones calientes, ¿de dónde salieron?

Otra cosa que aprendemos de la radiación cósmica de fondo es que el universo era muy homogéneo en aquella época.

Mucho, efectivamente. En este universo de trescientos mil años de edad no hay estructuras como las que vemos hoy en día. Lo único que hay es una especie de «semillas» que después de crecer durante trece mil millones de años se han hecho adultas y se han convertido en galaxias. En realidad, es muy fácil de imaginar si piensas en cómo crecen los niños: lo que vemos con la ayuda del fondo cósmico de microondas son estructuras infantiles, prácticamente recién nacidas, y si cogemos un telescopio podemos ver la versión adulta. Pero hay algunas propiedades de estos «niños» que ya fueron predichas teóricamente a principios de los ochenta, cosas muy concretas como que el índice espectral ha de valer 0,96, y los experimentos que llegaron después encontraron precisamente estos números.

Vamos a hablar de otra de las piezas de esta historia: la inflación. ¿Qué papel juega en la formación de estructuras?

La inflación se encarga de hacer crecer las fluctuaciones cuánticas primordiales, que eran muy pequeñas, hasta convertirlas en estas semillas que vemos en el fondo cósmico y que ya tienen el tamaño de galaxias. Hay gente que, aún hoy, tiene dudas sobre si fue la inflación la causante de este crecimiento, incluso han sugerido explicaciones alternativas, pero en mi opinión es el mecanismo más sencillo. Para lo que nadie ha encontrado alternativa es para las propias fluctuaciones cuánticas, para esta idea de que ellas fueron el germen original de las estructuras. De hecho, tras las últimas medidas de la misión Planck, que coinciden con todas las predicciones teóricas, ya no queda margen para la duda y prácticamente nadie busca mecanismos alternativos. En comparación, si volvemos a mirar a los años ochenta, entonces sí que había decenas de teorías que competían por explicar el origen de las estructuras, y la de las fluctuaciones cuánticas quizá no era la más prometedora porque parecía en contradicción con muchas evidencias astrofísicas. Pero a lo largo de estos treinta años la tortilla se ha dado la vuelta: los datos astrofísicos han ido encajando poco a poco, desde las observaciones a través de telescopios hasta el fondo cósmico de microondas. Las fluctuaciones han ganado esta competición y las teorías alternativas están muertas, han sido descartadas.

La verdad es que así, de buenas a primeras, buscar el origen de las estructuras del cosmos en fluctuaciones cuánticas, que son tan pequeñas, no resulta evidente. ¿Por qué os lanzasteis a esa piscina? ¿Había algún tipo de motivación teórica?

Bueno, si la había la verdad es que yo nunca la conocí, porque lo único que yo quería era escribir mi tesis [risas]. Sí que es verdad que era una idea que nunca había sido explotada de forma sistemática. La gente había pensado sobre ello, pero hacía falta meterse en unos cálculos que eran bastante pesados. Además, era una época en la que no teníamos datos experimentales con los que comparar, y los pocos que había parecían contradecir lo que estábamos haciendo. Solo ahora, treinta y cinco años después, hemos podido poner a prueba todos los aspectos de la teoría.

Efectivamente, leí en un review tuyo que en aquellos momentos pensabas que este mecanismo iba a ser muy difícil de medir experimentalmente, y que te alegraste mucho al ver que otros grupos exploraban esta misma senda. En esos instantes, ¿pensabas que tu trabajo se iba a quedar en eso, como «un cálculo que estoy haciendo para mi tesis»?

No, como ya te he dicho en aquellos momentos la cosmología era casi como teología. La idea fundamental para acercarnos a este asunto de las fluctuaciones cuánticas era que el universo se estaba expandiendo, que había nacido en un estado extremadamente denso… por ejemplo, toda la materia que forma ahora mismo nuestra galaxia ocupaba entonces un espacio similar al de una caja de cerillas. Por esa razón no resultaba tan descabellado pensar que uno iba a poder explotar las propiedades de la mecánica cuántica para explicar las estructuras del universo, incluso a sus escalas más grandes. La mecánica cuántica normalmente solo es importante a escalas microscópicas. Nos permite, por ejemplo, explicar por qué los electrones no caen sobre los núcleos, o lo que es lo mismo: por qué la materia es estable. Pero a la vez también permite que tengamos iPhones. Sin mecánica cuántica te verías forzado a elegir: o bien iPhones y todos estos fantásticos dispositivos eléctricos o bien… tu vida. Y no sé lo que elegirías tú, pero yo… [risas] Pues bien, gracias a la mecánica cuántica no tenemos que elegir: el electromagnetismo y la materia pueden coexistir [1]. Creo que la teoría cuántica ha sido uno de los mayores logros científicos de la historia, y precisamente cumplirá noventa años el año que viene.

Inflación cósmica

A finales de los años setenta el fondo cósmico de microondas ya había revolucionado una cosmología que estaba todavía en pañales. Tras el descubrimiento de Penzias y Wilson a mediados de los sesenta, durante la siguiente década se pudo comprobar que el fondo cósmico era idéntico a la radiación que emite un cuerpo a -270 ºC. Todo indicaba que, literalmente, vivimos inmersos en un gran objeto que «brilla» a -270 ºC en todas direcciones. No había muchas maneras de justificar algo así. Por fortuna la relatividad general de Einstein nos informa de que la radiación que se mueve por un universo en expansión pierde energía continuamente: es como si le costara avanzar por el universo y se fuera cansando poco a poco. Aplicado a la radiación emitida por un cuerpo caliente, esto significa que se va a ir enfriando a medida que viaja. El resto consistía en sumar dos y dos: la gente cogió esa temperatura, hizo retroceder el reloj y se dieron cuenta de que si venía de los primeros tiempos del universo tenía que corresponder a materia muy caliente. Inmediatamente el fondo cósmico fue considerado el mejor espaldarazo posible a la teoría del big bang.

Pero junto con estas buenas noticias también trajo algunas preguntas desconcertantes: la gente no tardó en darse cuenta de que las regiones del universo que ahora veíamos en el fondo cósmico no estaban en contacto en aquella época. El universo era mucho más joven y ninguna partícula había tenido tiempo de viajar demasiado lejos. Entonces, ¿cómo era posible que todo, absolutamente todo el fondo cósmico estuviera a la misma temperatura? Lo lógico es que si todas esas regiones eran independientes tuvieran temperaturas diferentes.

Varios físicos trataron de dar respuesta a esta cuestión, pero fue el estadounidense Alan Guth el que encontró la solución que hoy consideramos más probable. Su idea era sencilla, elegante, casi trivial: si todo el universo temprano estaba a la misma temperatura era porque en un pasado aún más remoto todas sus partes habían estado en contacto. Esto era lo contrario de lo esperado: si hacíamos correr el reloj hacia atrás el círculo rojo de la imagen de arriba se haría más pequeño y el problema se agravaría, no se resolvería.

La idea de Guth era que, efectivamente, las partículas no podían resolver el problema porque no había manera de que recorrieran tanta distancia en tan poco tiempo. El trabajo duro tenía que hacerlo la expansión del universo. Cuando decimos «el universo se expande» lo que queremos decir es que el espacio se estira y trata de alejar los objetos unos de otros. Los objetos que están poco cohesionados, como puede ser una nube de gas, son arrastrados por la expansión: literalmente, la expansión los hincha como un globo. Guth pensó que un periodo de expansión extremadamente rápido podría haber tomado un pedazo muy pequeño de una nube de gas, suficientemente pequeño como para que estuviera todo a la misma temperatura, y haberlo hinchado hasta el tamaño del universo observable. Este periodo es lo que llamamos inflación.

Los detalles del cálculo de Guth eran sorprendentes: la inflación tendría que haber durado un suspiro, apenas 10-33 segundos (sí, 0,00…01 segundos, con 33 ceros de por medio), y durante ese suspiro el universo se habría expandido desde un tamaño menor que el núcleo de un átomo hasta el tamaño de un balón de fútbol. Para conseguir este espectacular estirón la velocidad de expansión tenía que haber sido mayor que la velocidad de la luz. El artífice de todas estas cosas sería una partícula, el inflatón, que interacciona de manera un poco peculiar con la gravedad y es capaz de desencadenar este periodo de expansión desbocada.

Hoy en día la inflación se considera un mecanismo muy exitoso, ya que responde a varias preguntas planteadas por el fondo cósmico de microondas y otros experimentos, y en general la comunidad considera que si no fue inflación lo que ocurrió en las primeras fracciones de segundo del universo debió de ser algo parecido. Sin embargo, cierto es que todavía no hemos podido tener acceso experimental a la época de la inflación y que el propio inflatón, que debería ser una partícula muy pesada, nunca ha sido observado.

 

En aquel momento, ¿cuál fue la actitud de la comunidad científica hacia estos trabajos? ¿Se los veía como algo muy especulativo?

Sí, muy especulativo. Y además tienes que pensar que en aquellos primeros tiempos la comunidad era muy pequeña. Los físicos de partículas, por ejemplo, no se tomaban la cosmología demasiado en serio porque no había prácticamente ningún hecho que la respaldara. La física de partículas estaba construida sobre un gran número de experimentos, de los que la cosmología carecía. En Rusia el campo empezó a tener cierta vida porque gente que ya había hecho cosas «útiles», cosas como bombas nucleares, empezaron a interesarse por la cosmología. Estoy pensando en Zeldovich, por ejemplo. Una consecuencia de esto es que, en realidad, había bastante libertad de investigación. No había presión, y como lo que hacíamos no parecía tener ninguna relación con la realidad podíamos hacer lo que nos viniera en gana. Desde luego, cuando la gente empezó a manejar la idea del universo inflacionario y se vio que con ella se podían resolver algunos problemas de física de partículas, como el problema de los monopolos, el campo empezó a atraer un poco de atención por parte de la comunidad de física de partículas. Pero antes de los noventa no había ningún experimento fiable, así que era todo blablablá, especulaciones.

¿Cómo valoras las aportaciones de Stephen Hawking a este campo, a la cosmología?

Creo que él llegó a las mismas conclusiones que nosotros usando métodos diferentes, y también lo hizo durante esa época en que estos temas no interesaban a casi nadie. La comunidad entonces era pequeña, y la comunicación entre la Unión Soviética y el exterior no era demasiado fluida. Personalmente me hizo muy feliz comprobar que se había acercado a la cuestión por su cuenta y la había abordado a su manera. Desde luego, Hawking fue un hombre de gran personalidad y un físico muy brillante.

¿Era mala la relación entre los físicos a un lado y a otro del telón de acero?

No es que fuera mala, pero no había demasiada comunicación. Yo, por ejemplo, no hablaba prácticamente nada de inglés antes de mi primer viaje a los Estados Unidos, en 1989. Y si te he de ser sincero no me importaba mucho. Lo que se hacía al otro lado, a pesar de todos sus recursos, no era cosmología. Hacían mucha astrofísica, y yo la conocía y la había leído: había una muy potente escuela inglesa, estaban los americanos, pero en esa época se dedicaban a cosas como formación de galaxias y tenían la vista fijada en un universo temprano, pero mucho más viejo que el que a mí me interesaba. Nadie pensaba entonces en un universo de fracciones de fracciones de segundo. A nosotros nos interesaba lo que había ocurrido en la primera millonésima de millonésima de millonésima de segundo, una época disparatada, tan loca que ni siquiera sabíamos qué física de partículas teníamos que usar. Por fortuna, al final resultó que no necesitábamos saberlo: la relatividad general, la teoría de la gravedad de Einstein, es tan potente que no se preocupa por la estructura microscópica detallada, por las interacciones fundamentales. Cuando la gravedad domina, domina sobre todo y convierte en irrelevantes los aspectos microscópicos de la física. Creo que la cosmología constituye la primera prueba experimental de que la relatividad general es universal más allá de la teoría lineal, más allá del régimen newtoniano. El régimen que la cosmología explora es comparable al que exploraríamos si pudiéramos observar un agujero negro. Bueno, si pudiéramos entrar dentro de uno, pero no creo que haya mucha gente dispuesta a hacer eso, porque, aunque se convertirían en personas muy sabias, no podrían compartir ese conocimiento con nadie [risas]. La cosmología, en este sentido, es única. No conocemos ninguna otra manera de tener acceso a campos gravitatorios tan intensos.

Y de hecho nos permite incluso poner a prueba los fundamentos de la mecánica cuántica, ¿verdad? Porque estamos hablando todo el rato de fluctuaciones cuánticas, que describen la probabilidad de que algo ocurra, y estas fluctuaciones se terminan transformando en estructuras reales, en objetos clásicos como una nube de gas o un cúmulo de galaxias. ¿Qué sabemos de cómo sucede esta transición?

Sobre esa transición cada cual tiene su propia opinión. Yo siempre hacía la broma de que si quisiera usar la interpretación de Bohr de la mecánica cuántica me vería obligado a decir que fue el primer astrónomo que miró al cielo el que desencadenó el colapso de las fluctuaciones cuánticas. Pero esto parece un tanto excesivo, ¿verdad? Así que yo prefiero considerar otras formas de interpretar la teoría cuántica. Por ejemplo, una de esas visiones alternativas fue sugerida en 1957, antes de que naciera la cosmología como ciencia, y se suele llamar la interpretación de Everett o de many worlds. En ella uno no necesita el concepto de colapso de la función de onda, que solo puede ser desencadenado por alguien que observa el sistema, y de esta manera la realidad sigue siendo la realidad y no depende de los observadores. Pero estas son consideraciones profundas con las que, creo, gran parte de los físicos no estarían de acuerdo, y es importante recalcar que estas consideraciones no tienen ninguna influencia en los cálculos. En física es muy importante ser capaz de calcular cierto número y después hacer un experimento y medir esa misma cantidad. Si la medida coincide con el número que habías calculado, entonces la gente se siente impresionada y empieza a tomarte en serio. Si la historia sucede al revés, es decir, que alguien mide un número y entonces tú haces un cálculo y obtienes el mismo número… la gente tiende a no estar tan impresionada.

En definitiva, la capacidad de predecir es muy importante en física. Y en lo que respecta a este mecanismo de formación de estructuras, la intuición sugería que uno puede empezar con las fluctuaciones cuánticas, amplificarlas de alguna manera, por ejemplo, gracias a la inflación, y como resultado de este esquema uno obtiene unas predicciones muy claras. El problema es que en los años ochenta todas estas predicciones estaban en total contradicción con las observaciones astrofísicas, pero nosotros sabíamos que esas observaciones no eran de gran calidad. Por ejemplo, uno no puede viajar a una supernova para ver de cerca cómo se produce, y eso genera unas incertidumbres sistemáticas que no puedes cuantificar fácilmente. Esas incertidumbres terminaron, en última instancia, salvando nuestra teoría. Por el contrario, cuando en los noventa llegaron las observaciones del fondo cósmico de microondas ahí sí que podíamos controlar bien las incertidumbres sistemáticas, de forma que esas observaciones eran asimilables a un experimento de laboratorio. Además, al estar observando un universo recién nacido también estás observando un universo simple y lo puedes describir usando física, porque a la física le gustan los fenómenos sencillos. Hoy en día, claro, el universo ha evolucionado hasta convertirse en algo muy complicado, algo casi biológico, y en este universo las teorías simples ya no funcionan tan bien.

¿Qué idioma habla la mecánica cuántica?

La teoría cuántica es, probablemente, la teoría física más exitosa de la historia. Sus métodos nos han permitido entender el mundo microscópico con un gran nivel de detalle y, en muchos casos, controlarlo. Hoy en día, casi cien años después de su formalización, sigue arrojando predicciones nuevas que los experimentos sistemáticamente confirman, casi sin sombra de duda. Es potente. Es maravillosa. Y hay un consenso casi generalizado en que no terminamos de entenderla.

El problema es que la teoría dice claramente que los sistemas físicos se comportan como si pudieran estar en varios estados a la vez: un único electrón puede participar de varios enlaces químicos, un neutrino se comporta como si tuviera varias masas al mismo tiempo… y un largo etcétera. Acostumbrados al mundo macroscópico estas propiedades nos resultan exóticas, un poco difíciles de digerir. Pero el lío de verdad llega cuando queremos hacer un experimento: resulta que si cogemos uno de estos sistemas que está «en dos estados a la vez» y medimos su estado nos encontramos… solo uno de ellos. Sistemáticamente los experimentos nos dan o el primero o el segundo, pero nunca ambos. Y las matemáticas de la teoría, que describen muy bien el sistema mientras no lo tocamos, no nos dan ninguna pista sobre qué pasa cuando abrimos la caja y miramos lo que hay dentro. En este punto es donde empieza el debate.

La interpretación ortodoxa, y la más aceptada hoy en día, se llama interpretación de Copenhague y fue establecida en el año 1927 por Niels Bohr, Werner Heisenberg, Max Born y otros. Según esta visión las matemáticas de la física cuántica no nos hablan del sistema físico, sino de la probabilidad de que, al medir ese sistema, obtengamos un valor u otro para sus propiedades. De esta manera, la frase «un sistema que está en dos estados a la vez» significa realmente «un sistema cuyas propiedades tienen dos valores posibles». Según la interpretación de Copenhague las matemáticas de la teoría cuántica describen los posibles estados del sistema a partir del conocimiento que tenemos de él. Cuando hacemos un experimento y nuestro conocimiento del sistema cambia hemos de reflejar eso en las matemáticas, eliminando las posibilidades que no hemos encontrado y poniendo todo el peso sobre la que sí hemos visto: este proceso recibe el nombre de colapso, y en él se pierde para siempre toda la información que no ha sido observada en el experimento. La interpretación de Copenhague funciona como un reloj y es, en gran medida, la responsable del éxito de la teoría cuántica. A cambio ha de hacer una severa concesión: que la teoría no habla sobre la realidad sino sobre nuestro conocimiento de la realidad, y sobre cómo evoluciona ese conocimiento.

Esta concesión ha sido muy dura de admitir para muchos físicos, entre ellos Albert Einstein, que fue un firme defensor de la teoría cuántica pero un durísimo detractor de la interpretación de Copenhague. Esta corriente crítica piensa que la física debería describir la realidad, y no algo etéreo y quizá subjetivo, como «nuestro conocimiento». En este contexto se enmarca la interpretación de many worlds de Hugh Everett. Según esta visión, las matemáticas de la física cuántica representan estrictamente la realidad, incluso cuando hablan de varios estados a la vez. Lo que pasa, sencillamente, es que hay más de una realidad, pero nosotros solo experimentamos una. Según Everett, cuando las matemáticas dicen que un átomo puede tener dos energías a la vez hay una «capa de la realidad» en la que el átomo tiene una de ellas, y otra capa en la que tiene la otra. Si no medimos el átomo ambas capas están unidas, y por eso el sistema se comporta como si tuviera dos energías al mismo tiempo. Cuando medimos lo que hacemos es escoger una de esas capas, y esa elección es irrevocable: nosotros seguiremos transitando por esa capa y habrá otra versión de nosotros que habrá encontrado otro valor y que transitará la otra capa y tendrá una vida diferente a partir de ese instante. Esta interpretación recuerda a la idea de universos paralelos, pero es diferente a ella en un punto importante: las diferentes capas de la realidad una vez se han separado no pueden volver a reunirse.

En lo que respecta a los hechos, todas estas interpretaciones son idénticas: en todas obtenemos los mismos valores para las medidas, en todos los sistemas cuánticos se comportan de la misma forma. Solo disienten en cuál es la relación entre las matemáticas de la física cuántica y la realidad física. Son, por tanto, diferencias filosóficas. Es sorprendente que unas matemáticas que generan tanta polémica científica sean, a la vez, tan precisas y tan potentes a la hora de describir lo que vemos en el laboratorio. La mecánica cuántica está, cien años después de su nacimiento, más fuerte que nunca. Y sigue siendo, cien años después, un profundo e irritante misterio.

De hecho, en esa época el universo era tan simple que posiblemente no tenía toda la materia que vemos ahora. Por allá debía de andar este campo, el inflatón, que ni siquiera sabemos si es un objeto elemental o compuesto…

No, pero fíjate que el problema es que probablemente nunca seremos capaces de saberlo. Las predicciones, los números que la gente puede calcular y medir, no dependen de si el inflatón es elemental o es otra cosa. Todo lo que necesitamos saber de él es la forma en que interacciona con la gravedad, y uno puede imitar esas interacciones usando objetos que, microscópicamente, pueden ser muy diferentes. De hecho, la lección más valiosa que podemos extraer es que todos esos modelos terminan dando el mismo resultado, y esto está relacionado con la universalidad de la gravedad de Einstein.

¿Y cómo podemos tener acceso experimental a esa época? Es decir, tenemos el fondo cósmico de microondas, pero sabemos que es muy posterior. ¿Podría conservarse en él algún vestigio de épocas más remotas?

Una de las cosas que podemos intentar obtener de él, y es razonable que podamos lograrlo en los próximos años, es información sobre las ondas gravitacionales primordiales.

Las que el experimento BICEP2 creyó haber encontrado en 2014.

Las que dijeron erróneamente que habían encontrado, así es. En cuanto las publicaron yo ya dije que no podían ser correctas. Creo, de hecho, que hasta hablé de ello en una entrevista en el Süddeutsche Zeitung, así que está en negro sobre blanco. El problema de BICEP2 era que sus medidas entraban en colisión directa con las de Planck. De hecho, era un poco más que eso: Planck, BICEP2 y el modelo cosmológico estándar no podían ser ciertos a la vez, uno de ellos tenía que morir. Y como yo tengo mucha confianza en el modelo y en Planck, BICEP2 tenía las de perder. Y perdió, finalmente, medio año después, cuando Planck publicó sus propias observaciones y descubrió que lo que BICEP2 había visto no se debía a las ondas gravitacionales del universo temprano, sino al polvo de nuestra propia galaxia.

Vale, del fondo cósmico de microondas podemos extraer información sobre estas ondas gravitacionales primordiales. ¿Qué nos aportan, para qué las necesitamos?

Bueno, las ondas gravitacionales no son «necesarias», en el sentido en que podrían serlo las fluctuaciones cuánticas primordiales. El universo podría tener igualmente galaxias, estrellas y vida sin ellas, y todos estaríamos muy a gusto igual. Lo que sí necesitamos para sobrevivir son otros fenómenos gravitacionales, como por ejemplo los que dieron origen a las estructuras. Es incluso posible que la gravedad sea la responsable de la creación del universo, porque estos fenómenos gravitatorios en concreto, a diferencia de las ondas gravitacionales, tienen energía negativa, así que tú puedes empezar con nada, extraer energía de ese reservorio de energía negativa y terminar con un universo de billones de galaxias, cada una de ellas con miles de millones de estrellas.

Pero eso es precioso. Es uno de esos momentos en los que la física se vuelve bella: no solo explica, sino que también inspira.

Desde luego que sí, porque los físicos no existimos solo para la física. La física, como sabes, es la ciencia que aspira a describir la naturaleza de los fenómenos que observamos. Y a cierto nivel se trata solo de una especie de campo de juegos matemático en el que los físicos se divierten persiguiendo esta o aquella idea porque, como ideas, les parecen interesantes. Pero la física no sería una ciencia si no tuviera nada que ver con la realidad, así que en un momento dado hay que relacionar esas ideas con las cosas reales, y de repente estos juguetes que eran abstractos e inofensivos se transforman en el origen del universo, en la razón por la que estamos aquí. Y todo se vuelve mucho más profundo.

¿Y más allá del fondo cósmico de microondas? ¿Hay algo que nos pueda dar un acceso más directo a las primeras fracciones de segundo del universo?

La gente habla sobre diferentes ventanas para acceder al universo temprano. Por ejemplo, la línea de 21 cm del hidrógeno podría darnos información sobre la «edad oscura», que abarca desde los tiempos del fondo cósmico hasta la aparición de las primeras estrellas y de la que no sabemos prácticamente nada. Hay ideas para construir un gran telescopio en la Luna, que esté a salvo de las interferencias de radio de la Tierra. Pero sí, el fondo cósmico de microondas ha sido un éxito científico de tal magnitud, ha permitido tanta exploración y ha producido tantos resultados nuevos… bueno, ya sabes lo que les pasa a las cosas muy brillantes, ¿verdad? Que no suelen vivir demasiado. Como las supernovas: una estrella puede ser más brillante que una galaxia entera, pero no por mucho tiempo. Puede que sea esto lo que está pasando con el fondo cósmico de microondas.

Tengo mucha curiosidad por el entorno en la URSS donde aprendiste física en los años setenta. Tu director de tesis fue Vitali Ginzburg, que es una especie de mito de la física y las matemáticas. ¿Cómo era estudiar allí? ¿Había mucha presión?

No, no, no, en absoluto. Ginzburg era un tipo estupendo, sobre todo porque nunca interfería con mi trabajo. Él siempre me decía: «Mi labor como supervisor nunca es impedir que tú hagas lo que quieres hacer». Pero en realidad Ginzburg se convirtió en mi director cuando yo ya estaba haciendo el doctorado. Antes de eso tuve a otro supervisor, que decidió emigrar por motivos personales. Ginzburg era un hombre muy práctico, siempre dispuesto a ayudar, y yo diría que nunca ejerció nada parecido a presión. De hecho, no tengo la sensación de haber aprendido de él cosas concretas, del tipo «cómo hacer este cálculo», sino las de verdad importantes: cuál es la ciencia verdadera y cómo debe hacerla un buen científico. No cuestiones pragmáticas, sino otras, si quieres, más filosóficas. Él era un hombre que amaba la física y creo que lo que realmente me enseñó fue esa actitud.

¿Y cómo fue que terminaste trabajando en Múnich, en lugar de Rusia?

Ah, bueno. En fin, ya sabes que la Unión Soviética se desintegró, pero seguíamos teniendo que comer todos los días, así que empecé a buscar dónde podía ganar algún dinero. En esa época no era tan sencillo encontrar una fuente de ingresos, ni siquiera para comprar comida, ¿sabes? Una opción era robarlo, todo el mundo robaba en la Unión Soviética. Pero no era robar de la manera trivial, como tú lo entiendes, sino robar del Estado. El Estado se estaba desintegrando y se lo estaban dividiendo entre unos pocos. ¿Y qué pasaba con la ciencia entre tanto? Pues que te podías olvidar de ella. Como sabes, cuando una sociedad pasa momentos difíciles el Gobierno tiende a asfixiar a la ciencia.

Sí, eso es lo que ha pasado en España con esta crisis en la que estamos ahora.

Claro, pero la gente de los Gobiernos debería entender que no puede ahorrar excesivamente a costa de la ciencia, porque si logran destruir su propio tejido científico les va a ser imposible recuperarlo, independientemente de cuánto dinero inviertan. Porque no todo en este mundo es dinero, y hay cosas que por mucho dinero que tengas no puedes comprar. Por ejemplo, la salud, como todo el mundo sabe.

Totalmente de acuerdo. Bueno, alguien me dijo que hay una pregunta de física que no puedo dejar de hacerte: hay dos grandes misterios encerrados en esto de la formación de estructuras. Uno es la transición de lo cuántico a lo clásico, de la que ya hemos hablado, y el otro es lo que se llama reheating, el momento en que en el universo posinflación, que estaba frío y vacío, aparecieron las partículas que conocemos. Así que, ¿de dónde vinieron todas estas partículas que después recibirían la información de las fluctuaciones cuánticas?

Bueno, mira… no sé quién te ha dicho que me preguntes eso [risas]. Hay muchas explicaciones sobre cómo apareció la materia. Desgraciadamente, cuando uno tiene demasiadas explicaciones para algo suele querer decir que no tiene la buena. Por otro lado, este reheating ocurrió en un universo tan temprano y a tan altas temperaturas que parece imposible que vayamos a poder verlo en un experimento. Pero sabemos que lo que quiera que ocurriese fue un proceso microscópico, regido por algún tipo de física de partículas, y eso marca una gran diferencia con la teoría de las fluctuaciones cuánticas, que es un proceso gravitatorio, descrito por la relatividad general. Para entender el primero tienes que conocer las interacciones que están en juego a esas altas temperaturas, mientras que para el segundo te vale la misma teoría que usas para describir las galaxias. De hecho, las fluctuaciones cuánticas empiezan siendo muy pequeñas, pero justo después de terminar la inflación son enormes, gigantescas. Son tan grandes que ni siquiera un rayo de luz puede recorrerlas de parte a parte, o, mejor dicho, a la luz le iba a costar mucho más llegar de parte a parte de uno de estos embriones que el tiempo que llevaba existiendo el universo. Y, como sabes, nada puede moverse más rápido que la luz, así que esto significa que las diferentes partes de los embriones no podían comunicarse entre sí, estaban desconectadas.

Otra manera de verlo es pensar que los embriones, después de la inflación, habían crecido tanto que eran más grandes que el universo observable, y que cualquier cosa que ocurriera en este era de un tamaño ridículo en comparación con ellos. Para referirnos a esta situación decimos que los embriones quedaron «congelados» justo después de la inflación. En ese momento es cuando se produjo el reheating, y los embriones no se enteraron de nada, no queda en ellos ninguna pista de cómo sucedió o quién fue el responsable. Pero ya sabes, a medida que el tiempo pasa la luz va recorriendo regiones cada vez más grandes, y en un momento dado ha pasado tiempo suficiente para que un rayo de luz llegue de lado a lado de un embrión. Entonces decimos que «vuelve a entrar en el universo», se descongelan y empiezan a evolucionar e interaccionar. Los embriones que vemos en el fondo cósmico de microondas, aunque se crearon cuando el universo tenía apenas fracciones de fracciones de segundo, permanecieron trescientos mil años congelados hasta que volvieron a entrar y dejaron su impronta en el universo de esa época.

Esto me parece fascinante, porque las fluctuaciones se originaron en esta época tan temprana, cuando probablemente no existía aún la materia ordinaria, se pasan un tiempo en el congelador y, al final, terminan transmitiéndose a la materia que se ha creado por en medio. Así que estamos viendo unas fluctuaciones que no se originan en la materia, pero las observamos en la materia.

Es verdad que las vemos en la materia, pero lo que estamos viendo realmente es el campo gravitatorio que afecta a esa materia, y hasta cierto punto es irrelevante de qué se compone esa materia. Pero como te he dicho, tal y como yo lo veo hay muchas teorías para explicar cómo apareció toda esa materia, te podría escribir ahora mismo un lagrangiano o dos. La cuestión aquí no es la falta de explicaciones, sino el exceso de ellas. Es como este escritor ruso, Alexander Griboyédov, que escribió una obra de teatro muy buena y también una buena pieza musical. Un día uno de sus criados le dijo: «Tiene usted demasiadas opiniones. Cuando uno tiene tantas opiniones es que realmente no tiene opinión».

Estructuras a partir del vacío cuántico

El universo a gran escala se compone de galaxias y nubes de gas. Estas se agrupan en cúmulos, y después en supercúmulos y densos filamentos como los que vemos en la imagen de arriba. El fondo cósmico de microondas nos revela que esas estructuras surgieron de regiones más densas y menos densas en la nube de gas primordial. Pero ¿cómo se formaron, a su vez, esas regiones? A fuerza de hacer preguntas, como Tomás de Aquino, nos remontamos más y más atrás en la vida del universo. Los trabajos de Mujánov, Hawking y otros a principios de los años ochenta nos proporcionaron un mecanismo científico para llegar hasta el fondo de la cuestión.

La idea fundamental es paradójica: el molde para dar forma a las estructuras nos lo pudo dar… el vacío. La física cuántica nos enseña que el vacío es un estado físico: no es solo la ausencia de partículas, sino el estado en el que está la realidad cuando no hay partículas. Como tal estado, almacena energía, y esta energía se puede medir y tiene efectos físicos que hemos observado en el laboratorio. Sin embargo, el vacío distribuye su energía de forma irregular en el espacio: acumula más en algunas zonas, de forma aleatoria, mientras que en otras hay un déficit. A esta disposición aleatoria, que cambia continuamente, la llamamos fluctuaciones del vacío. Cuando simulamos las fluctuaciones en un ordenador el resultado no es tan diferente a lo que observamos en el fondo cósmico de microondas. ¿Podrían ambos fenómenos estar relacionados? En principio no parece probable, porque uno y otro se diferencian por un importante detalle: las regiones del fondo cósmico miden millones de años luz y las regiones que crea el vacío son microscópicas. ¿Hay alguna manera de hacer crecer estas microrregiones que el vacío cuántico nos regala?

Desde luego que la hay: la inflación, que al principio de la vida del universo transformó objetos minúsculos en cosas gigantescas. Así que la secuencia de los hechos debería ser la siguiente: al inicio del universo, antes de la inflación, no sabemos qué partículas habría, pero fueran las que fuesen también tenían un vacío. Este vacío también creaba zonas microscópicas con un poco más de energía y otras con una ligera carencia. Estas zonas, a su vez, creaban un microcampo gravitatorio: donde había más energía el campo era un poco más intenso, donde había menos era un poco más débil. Entonces, de repente, llegó la inflación: las partículas, el vacío y lo que quiera que allá hubiera fue arrastrado por la expansión del espacio-tiempo y dispersado a lo largo de miles de millones de años luz. Los pequeños campos gravitatorios creados por el vacío también fueron agrandados, hasta darles un tamaño mayor que el de una galaxia. Eran campos extremadamente débiles, pero estaban ahí.

Durante un tiempo el universo no se entera de nada de todo esto: la inflación cesa, las partículas de la materia que conocemos aparecen no sabemos muy bien cómo, y llenan el universo. Y entonces, de repente, se dan cuenta de que hay un montón de campos gravitatorios distribuidos por el espacio: son los que el vacío y la inflación les han regalado. Obedientes, las partículas se van moviendo hacia donde el campo gravitatorio es más intenso, y esas zonas empiezan a acumular materia, aunque muy poco a poco porque son campos muy débiles. El tiempo pasa, se forman los átomos de hidrógeno y hay un gran fogonazo: ha llegado el fondo cósmico de microondas, y en él vemos un retrato fiel de lo que había en el universo: una nube de materia bastante homogénea, pero en algunas regiones se acumula un poco más de materia y están un poco más calientes. El escenario ya está dispuesto para el drama. El resto, como suele decirse, es historia.

Una cosa que he aprendido en nuestra conversación de hoy es esta idea de que la relatividad general de Einstein es una teoría de largo alcance, que sirve para describir cúmulos de galaxias, pero también puede llevarnos hasta el inicio del universo. Nunca lo había pensado de esa manera.

Pues así es. Creo que la cosmología nos ha demostrado que la mecánica cuántica y la relatividad general están presentes desde una escala de 10-27 cm, que es una distancia increíblemente pequeña, billones de veces menor que un átomo, hasta una escala mucho mayor que la de las galaxias, comparable al tamaño del universo. De hecho, con estas medidas de las «inhomogeneidades» en el fondo cósmico de microondas lo que estamos haciendo es examinar experimentalmente la validez de relatividad general + mecánica cuántica en un rango de distancias y energías mucho mayor que el que hemos observado para ninguna otra teoría.

Qué irónico, ¿no? Podemos examinar la gravedad y la mecánica cuántica en un rango de escalas descabelladamente grande, pero, sin embargo, seguimos sin poder diseñar una teoría aceptable de gravedad cuántica.

No, cuidado: no tenemos una teoría de lo que llamamos «gravedad cuántica no perturbativa», pero cuando tú «cuantizas» estas fluctuaciones del campo gravitatorio que luego darán lugar a los embriones de las galaxias eso también es hacer gravedad cuántica. Es verdad que es el régimen más simple de gravedad cuántica, pero en cierta manera es también el más útil, porque nos permite explicar el universo en que vivimos. La gravedad cuántica que todavía no tenemos es la que nos permitiría explicar, por ejemplo, qué ocurre en el centro de los agujeros negros, pero esa pregunta no es tan interesante en términos prácticos porque nadie va a viajar hasta un agujero negro para medir qué ocurre en su centro. Otra cosa que tampoco podemos responder es, si tuviéramos un agujero negro que se está evaporando, emitiendo radiación como Hawking predijo, cuál sería el destino final de ese agujero negro. ¿Se evaporará completamente? ¿Dejará un remanente, un objeto compacto pero estable? Todas estas preguntas, que son preguntas sensatas aunque sean hipotéticas, no sabemos responderlas. Pero si nos atenemos a las cosas que podemos observar y medir creo que tenemos respuesta para prácticamente todas las preguntas de gravedad cuántica perturbativa. Así que cuando la gente habla sobre gravedad cuántica creo que deberían pensar para qué la necesitan, porque argumentar que las teorías deberían ser internamente consistentes normalmente no será suficiente. La física siempre tiene, en un lugar o en otro, huecos, aspectos que la teoría no explica, y eso la convierte en mucho más interesante. La manera de llenar esos huecos es hacer experimentos, porque ninguna teoría puede llenarlos basándose solo en el rigor matemático.

En fin, estamos terminando y hemos estado todo este rato hablando de cosas que hiciste hace treinta y cinco años. ¿Qué has estado haciendo en los últimos tiempos?

Pues muchas cosas interesantes. Después de estos trabajos de los que hemos hablado pasé un tiempo desarrollando la teoría que se deducía de ellos. Lógicamente, cuando eres el primero que hace un cálculo luego tienes que explorar todo tipo de posibilidades que emergen de él. Dediqué un tiempo, por ejemplo, a comprobar que la teoría es autoconsistente. También trabajé durante unos tres años en la interpretación de many worlds de la mecánica cuántica, de la que hemos hablado antes. En el año 85 estuve pensando en pasarme a la computación cuántica, pero al final la cosa no terminó de cuajar. Actualmente me estoy concentrando en los aspectos más matemáticos de las teorías: he trabajado en la geometría no conmutativa de Ali Chamseddine y Alain Connes, por ejemplo. Siempre hay cosas interesantes que hacer en física. No es bueno que toda la comunidad se ponga a correr como loca en una sola dirección. Las mejores cosas las terminas encontrando en los sitios a los que nadie quiere ir. Has de ser original, ese es el secreto. En cierto sentido la física teórica es como la pintura: no solo consiste en encontrar tu propio estilo, sino en encontrar uno que sea útil. Y también has de estar pensando todo el tiempo en cómo cambiar tu estilo. En pintura no hay muchos Picasso Goya, que puedan ir de un extremo al otro de su arte. También en esto la buena física teórica es como la buena pintura.


Nota:

[1] Mujánov está pensando en que antes de la teoría cuántica los físicos se imaginaban los electrones como bolitas de masa con carga, y los átomos como pequeños sistemas planetarios en que esas bolitas giraban alrededor del núcleo debido a la fuerza eléctrica. Pero el electromagnetismo de Maxwell, conocido desde el siglo XIX, dejaba bien a las claras que una carga que gira ha de emitir radiación. Es el principio que hay detrás de las antenas: electrones que se mueven arriba y abajo y que emiten ondas de radio. Los átomos, si fuesen sistemas planetarios, no serían otra cosa que una antena muy pequeña, y los electrones deberían emitir radiación, perder velocidad y estrellarse contra el núcleo. En definitiva, según el electromagnetismo los átomos no deberían existir. La mecánica cuántica resolvió esta contradicción cuando nos descubrió que los electrones no son esferas que giran, sino nubes de carga que están abrazando al núcleo desde todas las direcciones, sin necesidad de movimiento.


Enrique Fernández Borja: «Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada me quita muchos quebraderos de cabeza sobre quién me mira cuando me toco»

Enrique Fernández Borja (Madrid, 1978) se doctoró en Física por la Universidad de Valencia con una tesis sobre agujeros negros y gravedad cuántica. Ahora desarrolla su labor investigadora en el ámbito de la evolución de las redes complejas. Cordobés de adopción, combina su trabajo en la universidad con la divulgación científica. Es el creador e impulsor del blog Cuentos cuánticos, participa en el podcast Los 3 chanchitos y es el director científico del programa de TVE Órbita Laika. Asimismo es autor de varios libros de divulgación entre los que destacan Un Universo en 174 páginas y Las matemáticas vigilan tu salud.

Entrevistamos a Enrique en el marco de las jornadas sobre el #FuturoImperfecto, en el centro cultural Espai Rambleta, para conversar sobre los últimos hitos en la física como son la detección de las ondas gravitacionales o la reciente fotografía de un agujero negro. Enrique es cercano, divertido y un absoluto enamorado de la ciencia que sabe transmitir la pasión por todo «lo guapo»que nos rodea, incluido el grupo musical Camela.

¿Cuándo y cómo comenzó tu atracción por los agujeros negros?

Desde muy pequeño. Esa es una historia guay porque la primera vez que leí sobre agujeros negros fue en una cosa que se llamaba El libro gordo de Petete. El libro gordo de Petete era una colección de libros a los que mi padre estaba suscrito. Eran revistillas semanales o mensuales, no recuerdo porque era muy pequeño, con las que luego te hacías unos tomos. Básicamente todo lo que soy es por El libro gordo de Petete. Para los que sois jóvenes: El libro gordo de Petete también era un programa de televisión con un pingüino rosa y amarillo que no tenía ningún sentido, pero que era muy listo.

Hace unas semanas se realizó la primera fotografía de un agujero negro. ¿Cómo lo has vivido? ¿Es realmente una fotografía o es un montaje?

Siendo estrictos es una imagen construida con ordenador, pero para mí cualquier cosa que sea coger radiación electromagnética y ponerla en un papel o en una pantalla es una foto. Cuando vi el anuncio se me saltaron las lágrimas igual que se me saltaron las lágrimas cuando dijeron que habían encontrado las ondas gravitacionales, porque son esas cosas por las que siempre apostaba que no se iban a poder hacer y al final pierdo la apuesta contento. Fue muy emocionante, es que estamos haciendo cosas increíbles en los últimos tiempos. Estamos llegando a los límites del conocimiento, estamos empezando a abrir ventanas que no podíamos ni imaginar. Por ejemplo, fotografiar lo que, en principio, no es fotografiable, o que no se puede ver y ahora somos capaces de verlo. Y ahora, también, somos capaces de ver cómo se ondula el espacio-tiempo con esto de las ondas gravitacionales. Eso es maravilloso. Eso es una cosa increíble. Porque todo eso salió de unas ecuacioncitas que a alguien se le ocurrieron, y luego otro alguien dijo «qué pasa si construimos este aparato tan grande para medir este efecto que dice esta ecuación que va a poderse producir», y lo hacemos y lo encontramos. Eso es guay.

Tu tesis la dedicaste precisamente a los agujeros negros y en ella empezamos a ver tu tendencia por llevar la contraria a las modas, también en física. ¿Por qué decides apostar por la gravedad cuántica de bucles en lugar de la teoría de supercuerdas, que es la que molaba?

No lo sé muy bien. Lo que sí recuerdo es que yo quería hacer cosas sobre agujeros negros y gravedad cuántica y eso era lo que me motivaba. Me acuerdo de que en el verano de quinto tenía que decidir qué tesis quería hacer. Lo pasé buscando sobre estos temas en internet y descubrí lo de la gravedad cuántica de lazos. Me moló mucho que fuera una cosa ultradesarrollada de la cual no había oído hablar nada y que estaba en contra o de peleítas con los de supercuerdas, que eran los tíos guais del barrio. Y dije «pues yo quiero hacer eso». Tuve la suerte que quien me iba a dirigir la tesis en aquel momento estaba tan loco como yo. Era Joaquín Oliver, ya fallecido. Este señor era una enciclopedia andante de física y matemática, y me dijo: «Haz lo que quieras». A partir de ahí contacté con gente que trabajaba en ese campo en el extranjero, en México y en Estados Unidos, y me dijeron: «Pues sí, te codirigimos la tesis». Y a partir de ahí la hicimos.

En la temporada 2 de The Big Bang Theory, Leslie, la que era novia de Leonard, se ríe de Sheldon precisamente por él era investigador de supercuerdas. Me gustaría saber tu opinión sobre la serie y sobre todo si los físicos son unos frikis como aparecen en la serie. Porque tú no lo eres, ¿no? 

Se cuenta que hay físicos y físicas que han ligado y de hecho alguno hasta se ha reproducido… hay constancia de ello [risas]. Son estereotipos. Es cierto que en los mundos estos de la física y de las matemáticas y de las cosas ultratécnicas las personas que tienen menos habilidades sociales no encuentran problemas para ser reconocidos. No es raro encontrarte tipos muy raros porque básicamente en estos campos del conocimiento lo que interesa es lo que tiene la gente dentro de la cabeza a nivel intelectual. Que luego tenga más o menos habilidad social solo influye en que puedas hacer más o menos amigos. Hacer amigos en ciencia es muy importante porque no solo tú tienes que ser muy buen,o sino que te tienes que apoyar en otros. Si estás aislado no se puede llegar muy lejos. Tener cualidades que te permiten desarrollarte socialmente bien es importante, pero no es fundamental. En resumen, conozco gente que puede pasar por Sheldon perfectamente.

Hablando precisamente de esto, una de las personas que más te apoyó en tu tesis fue el otro director, José Adolfo de Azcárraga. ¿Cómo te ayudó y qué ha significado para ti? 

José Adolfo fue profesor mío en tercero y me dio física cuántica. Me dio una física cuántica tan acojonante que básicamente cuando llegamos al siguiente curso todo era repetir otra vez lo que nos enseñó. Luego me dio unos métodos matemáticos superavanzados de la muerte donde él es un experto. La historia es que a mí me empezó a dirigir la tesis Joaquín Oliver; despues, tras haber publicado unos cuantos artículos, tuve problemas con la beca y eso significaba para mí abandonar la tesis. Entonces apareció José Adolfo y me dijo: «Vente conmigo, yo te voy a contratar y después buscamos becas». Así que me cambié de director. José Adolfo estaba muy centrado en las supercuerdas y la matemática asociada, con lo que fue una apuesta personal suya permitirme seguir con mi investigación. Lo primero que me hizo fue una cosa simpática. Bueno, ahora me resulta simpática, antes no tanto. Me dijo: «Te tienes que ir al Instituto de Física Teórica de Madrid», que eso es uno de los institutos gordos de física teórica a nivel mundial en supercuerdas. «Y tienes que ir a dar una charla sobre Loop Quantum Gravity»Entonces, me presenté ahí con diecinueve años y delante de los popes de las supercuerdas de España di una charla de Loop Quantum Gravity. Me dieron palos a todos los niveles, pero me sirvió porque aprendí que no hay piedad en esto de la ciencia. Y además eso te curte porque luego cuando vas a los congresos te das cuenta de que van a por ti, muchas veces.

¿Y siendo de Córdoba por qué te fuiste a estudiar física a Valencia?

Porque era un cordobés con ansias de vivir, pero con demasiadas ansias de vivir. Entonces…

Pero la ruta de bacalao se había acabado ya.

Bueno, estaba pegando los últimos estertores, Chimo Bayo ya no era esa figura emblemática que había sido. La cuestión era que yo fui un tipo de adolescencia difícil…

Conocido como el Churruco.

El Churruco [risas]. Vengo del extrarradio de Córdoba y yo ahí era el Churruco. Todo el mundo tenía mote y a mí me decían el Churruco porque estaba todo el día comiendo quicos de Churruca. No tuve que delinquir para adquirir el apodo. Mi travesía universitaria comenzó en Córdoba, empecé haciendo Química. Empecé el primer curso de Química porque en realidad lo que me interesaba era la biología molecular

De hecho te ofrecen una beca en Harvard, ¿no? 

Me ofrecieron una beca, sí. Fue una de esas cosas jodidas que te pasan por no tener ni idea de cómo funciona el mundo. Yo empecé a estudiar biología molecular por mi cuenta desde muy jovencito, y con dieciséis años entré en un laboratorio de biología molecular en la Universidad de Córdoba. Allí ayudaba a hacer experimentos, de hecho trabajé en una cosa que se llamaba mutagénesis. Alguien se fijó en mi potencial y vinieron a entrevistarme. Me ofertaron una beca que me cubría ir a vivir a Harvard y una parte importante de lo que cuesta la matrícula, pero había que pagar otra parte que ahora vendrían a ser unos treinta mil euros.

Cuando llegué a mi casa dijeron: «Pues muy bien todo, pero aquí no hay treinta mil euros anuales para pagar tus estudios». Además, la casa familiar la llevaba sola mi madre porque era y es viuda. Que es una leona, es una mujer increíble, pero claro, me dijeron que no y yo renuncié. Luego con el paso del tiempo me enteré de que había un programa aparte de la beca que te permitía trabajar en la cafetería o donde fuera para poder complementar los costes asociados a los estudios, pero yo no tenía idea. También tengo que decir que en aquella época sabía menos inglés que el que sé ahora y lo que contaban en la carta no me quedaba muy claro. Yo solo vi Harvard y me puse muy nervioso, pero tuve que decir que no.

El rechazo tuvo un efecto rebote en mí, y me puse rebeldón, en plan «el mundo es una mierda y muy injusto». Y me apunté a Química, pero pasaba muchísimo de aquello; aun así aprobé cuatro de las seis y dije «paso de la química, paso de la biología molecular y me voy hacer la otra cosa que me gusta, que es física». Y empecé Física en Córdoba. Duré dos meses en la carrera. Ahora doy clases en Córdoba con los profesores que me aconsejaron que dejara la carrera. Ellos no se acuerdan [risas]. Total, que abandoné los estudios, me puse a trabajar y, claro, me fui al mundo de la noche, como no podía ser de otra manera. Empecé organizando fiestas, despedidas de soltero, de soltera, cabalgatas a los Reyes Magos, etc. No sé cómo, pero en poco tiempo acabé con sesenta personas a mi cargo y yo solo tenía dieciocho años. Aquello era un desquicie. Afortunadamente en aquella época ni fumaba, ni bebía, no consumía drogas, y además no me compré un piso con todo el dinero que estaba ganando. Un día dije: «Pues nada, me voy a ir a estudiar». Llegué a mi casa y le dije a mi madre: «Voy a volver a estudiar, mamá». Le entró la risa y me dijo «sí, sí, haz lo que quieras, cariño, tú ya eres mayor». Por mi trabajo en la noche tenía muchos amigos en Madrid, en Barcelona, en Granada y por supuesto en Córdoba. Así que decidí irme al único sitio donde no conocía nadie: ese sitio era Valencia.

Eso ha cambiado ya.

Eso ha cambiado muchísimo. Pero ahora ya tengo la carrera y el doctorado, por lo que ya puedo salir de fiesta sin preocuparme [risas].

En la Universidad de Córdoba estás ahora con modelos matemáticos.  ¿Cómo se emplean las matemáticas avanzadas en física? 

A mí no me interesa probar teoremas o demostrar que algo existe. Yo quiero emplear herramientas matemáticas para demostrar comportamientos. Entonces, lo que estamos haciendo, o intentando hacer ahora, es estudiar procesos de crecimiento de redes sociales, como por ejemplo, Facebook o Twitter, pero empleando tecnologías o matemáticas que vienen de física cuántica. Es una cosa muy guapa.

Tenemos es un modelo en que asociamos una relación social como que tú me sigas o que yo te siga con que aparezca o desaparezca un tipo de partícula y eso es básicamente lo que hace la teoría cuántica de campo. Con la teoría que estamos desarrollando, y la matemática que estamos empleando, somos capaces de reproducir resultados conocidos. Ahora, además, estamos estudiando cómo se propaga un rumor o una enfermedad también con herramientas de física cuántica. Estamos haciendo cosas muy chulas.

Bueno, tú ya tuviste una época de investigación antes, estuviste en Lyon, pero se truncó. ¿Qué pasó? Y, ¿en qué situación está la ciencia ahora con respecto a aquello que tu viviste? ¿Por qué tuviste que dejar de investigar?

Bueno, tuve que dejar de investigar por razones personales, caí en una depresión. Estaba en el extranjero y había pedido una partida de nacimiento en España porque había perdido la que tenía. Al pedirla desde el extranjero te mandan la extensa con todos los datos porque si la pides desde aquí te dan la corta: con tu nombre, dónde vives y quiénes son tus padres. Pero si te mandan la extensa, claro, con la extensa viene todo. Y viene tanto que cuando abrí el sobre pensé que se habían equivocado; el nombre y apellido no coincidían con el mío. Luego seguí leyendo ya por curiosidad y resulta que me cambiaron el nombre y tal, lo típico. Resulta que había nacido en Madrid en una de las clínicas de sor María. Posiblemente fuera uno de esos niños robados. Intenté hacer un amago de encontrar a mi familia biológica y se negaron. Yo quería saber si tenía hermanos. Total, la movida me costó una depresión y básicamente lo dejé todo. Salí del pozo gracias a la divulgación científica, me refugié ahí.

Vaya historia, y yo que quería que criticaras los recortes… 

También, también [risas].

Siempre se habla de la importancia de conectar la ciencia con la sociedad, pero ¿se valora en la carrera del investigador su capacidad y su trabajo en divulgación de la ciencia en España?

Bueno, en España no, y en Europa tampoco. Cada vez hay más divulgación y está muy bien porque hay que informar a los ciudadanos de lo que se está haciendo en ciencia, y cada vez hay mejores medios y mejores divulgadores y divulgadoras y eso es maravilloso. En los proyectos de investigación te exigen que tengas divulgación. Así que yo creo que sí. Nosotros investigamos con el dinero del contribuyente. Hay que explicarle a la gente qué se hace con ese dinero, que está muy bien que sus impuestos vayan a curar el cáncer o el alzhéimer, pero estudiar ecuaciones hiperbólicas o sobre espacios de operadores no compactos, aunque parezcan cosas intangibles, puede que el día de mañana sea clave precisamente para curar el cáncer o el alzhéimer. A Faraday, cuando le preguntaron para qué servía el electromagnetismo en el Congreso de Inglaterra, contestó: «Bueno, no sé para lo que sirve, pero estoy seguro de que dentro de un año ustedes le podrán un impuesto». Y claro, hoy pagamos el impuesto por la electricidad.

En 2011 empiezas junto a un grupo de amigos imaginarios el blog de cuentos cuánticos para divulgar sobre física, y una de las primeras cuestiones que tratas es la importancia de la ciencia básica.

Sí, el dinero invertido en proyectos como el LHC puede parecer una barbaridad, pero al final esa inversión viene devuelta de forma ampliada. Evidentemente, los países tienen que pagar para ponerlo en funcionamiento, pero en cuanto se empiezan a generar patentes se amortiza la inversión. Imagina la cantidad de gente que tiene que hacerse una tomografía por emisión de positrones (PET). Pues es una tecnología que no sería posible si no hubiéramos invertido antes en dos cosas: en investigación básica, donde un zumbado desarrolla una ecuación en la que se pone de manifiesto que por cada partícula hay otra que se llama antipartícula y que cuando se juntan, se aniquilan y crean la luz. Y luego, otros que han construido aceleradores de partículas que crean esa antimateria o materiales que generan antimateria, que es la materia básica con la que funcionan los PET. Lo que nos inyectan para realizarnos una tomografía es un material que se descompone generando positrones, que son las antipartículas de los electrones. Esos positrones se encuentran con nuestros electrones y se aniquilan y emiten luz. La máquina PET lo que hace es capturar esa luz. Y lo que es más curioso, ese componente que nos inyectan y emite positrones se mete en glucosa. Por eso se pueden detectar cánceres, porque los cánceres están formados por células que consumen mucha glucosa, entonces, si observamos mucha radiación en una zona, es porque puede ser que haya un tumor. Claro, todo eso es guapísimo porque nos ayuda a detectar cánceres muy incipientes, y esto no hubiera podido ser posible si alguien no hubiera ideado un acelerador de partículas en su día.

¿Hay vida tras encontrar el bosón de Higgs y cuál esperas que sea el próximo descubrimiento de la física a la velocidad que vamos?

A la velocidad que vamos, yo espero que se descubra que el neutrino es su propia antipartícula.

¿El descubridor será valenciano o de otro país?

Sí, algún valenciano. Que sea aquí. Aquí hay gente que está involucrada en proyectos muy prometedores que yo espero de verdad que tengan éxito, porque supondría un espaldarazo a la ciencia y la física española de unos niveles inimaginables. Y segundo porque aprenderíamos un montón de cosas. El neutrino es una partícula que básicamente se produce en reacciones nucleares como las que hay en el sol. Cuando se teorizó su existencia se pensaba que, por sus características —es pequeñísima y sin carga—, sería indetectable. Y pasó lo que ya ha pasado en más ocasiones en el campo de la física, que cuando alguien te dice que no se puede hacer, tú acabas construyendo cañones de esa cosa. Hoy en día tenemos cañones de neutrinos que se usan para detectar petróleo. Bolsas de petróleo. Entonces, claro, esa partícula no tiene carga, tiene una masa ínfima y no interacciona básicamente con nada. Nos atraviesan continuamente y no nos enteramos. Así que hay que poner detectores muy grandes con materiales específicos para poder captar sus señales.

Antes comentaba que cada partícula tiene su propia antipartícula. Con los neutrinos podemos tener dos opciones: o que el neutrino y antineutrino son partículas diferentes, que sería muy interesante, u otra cosa mucho más guapa: que sea su propia partícula. Eso generaría un tipo de reacción que se llama doble beta sin neutrinos y es justo lo que van a demostrar unos valencianos. Si observan esa doble beta habrán demostrado experimentalmente que el neutrino es su propia partícula, y eso nos ayudará a entender cosas tan fascinantes como por qué estamos aquí. Me explico: en teoría en el inicio del universo se deberían haber generado tantas partículas como antipartículas. Las partículas y las antipartículas, cuando se encuentran, se funden en radiaciones electromagnéticas, en fotones. Si en el inicio del universo se hubieran creado exactamente las mismas cantidades de partículas y antipartículas no estaríamos aquí porque no quedaría nada para formarnos. El universo solo sería una sopa de fotones. Pero estamos aquí, entonces una de las posibles vías de entender esa asimetría entre la materia y la antimateria es gracias a que el neutrino sea su propia antipartícula.

Esperemos que se consiga.

Ojalá. Y que me inviten a la ceremonia del Nobel

Una de las noticias más comentadas del CERN fue cuando por error adelantaron que habían encontrado un neutrino que viajaba más rápido de la luz. Finalmente no fue así.

Fue un cable roto

¿Existen o pueden existir partículas que viajen más rápido que la luz? ¿Qué son los taquiones?

Si, podrían existir. No hay nada en física que prohíba que algo se mueva a una velocidad superior a la velocidad de la luz. La relatividad especial te dice que la velocidad de la luz tiene que ser la misma para todo el mundo y que si algo tiene masa no puedes acelerarla hasta llegar a la velocidad de la luz. También dice que si algo que se mueve a una velocidad superior a la velocidad de la luz no puedes frenarla hasta llegar a la velocidad de la luz. Es decir, que siempre se tiene que mover por encima. Esas hipotéticas partículas denominadas taquiones podrían existir, pero tienen varios problemas. Lo primero es que algunos observadores verían esas partículas antes de que hubieran salido. O sea, si nosotros construyéramos un cañón de taquiones, alguien podría decir que ha detectado el taquión antes de emitirlo, con lo cual podría decidir no enchufar la maquina y ya tendríamos una paradoja temporal como la de Regreso al futuro. Pero lo peor de todo no es eso. La cuántica postula que los taquiones son inestables. Es decir, se descomponen en otras cosas, y posiblemente no existan los taquiones por razones cuánticas y no por razones relativistas como todo el mundo dice.

Otro hito de la física que además comentaba antes se produjo en 2016, con la detección de la  onda gravitacional que predijo Einstein justo cien años antes. ¿Por qué ha sido tan importante comprobar la existencia de estas ondas?

Porque está guapísimo. Porque vemos ondularse el espacio-tiempo. Porque Einstein dijo «la gravedad no es una fuerza, es la geometría del espacio-tiempo que se adapta al contenido de la energía» y si tú pones mucha energía el espacio-tiempo se curva a su alrededor. Nosotros eso ya lo habíamos visto con lo wue se denominan lentes gravitacionales. En principio, si tú tienes un cuerpo y yo estoy detrás, vosotros no me veríais… a no ser que el espacio esté curvado. En ese caso la luz que yo estoy reflejando sería capaz de abrazar la geometría curva y me veríais, aunque deformado.

Otra de las consecuencias de la relatividad general es que si tienes objetos que están rotando uno alrededor del otro, eso genera ondulaciones en el espacio-tiempo que se mueven como una onda. Y entonces alguien dijo «pues vamos a medirlo». Y han tardado setenta años en conseguirlo. Hemos sido capaces de hacerlo midiendo variaciones de la distancia del orden de diez mil veces menos que el tamaño de un átomo y eso es alucinante que podamos hacerlo.

Pero ahora, claro, esto es como todos los descubrimientos y todo lo que consigue la humanidad. Conseguirlo la primera vez es largo y tedioso. Pero una vez que lo has hecho, ahora descubrimos ondas gravitacionales todos los días. Todos los días hay una nueva. Y eso es maravilloso, eso es guay. Y las ondas gravitacionales tienen una historia muy buena sobre la historia de la ciencia. Einstein dijo: «Las ondas gravitacionales tienen que existir». Y después dijo «las ondas gravitacionales no tienen que existir». Y quiso publicar un artículo en Physical Review sobre la no existencia de las ondas gravitacionales. Uno de los revisores —que no se identifica porque la revisión es un proceso secreto— le dijo que el artículo estaba mal y Einstein, al que nunca le había ocurrido algo así, se enfadó y dijo que jamás volvería a publicar un artículo en esa revista. Poco tiempo después, un tal Robertson coincidió con uno de los estudiantes de Einstein que había colaborado en el artículo y le preguntó sobre lo que estaban estudiando. El chico se lo explicó y al final de la demostración Robertson le dijo «te has fijado aquí en este paso, que a lo mejor si lo haces así…». Y así el estudiante primero y Einstein después se dieron cuenta de que habían cometido un error y acabaron publicando el artículo «Sobre la existencia de ondas gravitacionales». Con el tiempo se averiguó quién fue el revisor que rechazó el artículo de Einstein.

¿Y quién era?

Robertson fue el que le corrigió. Eso es un historión, sí.

Un tema que te apasiona: ¿es lo mismo la nada que el vacío cuántico? ¿Puede surgir materia de la nada?

El vacío es una cosa física. Es una cosa física porque puedes acceder al vacío físicamente. Yo puedo quitar todo esto y dejar la mesa vacía. La mesa sigue existiendo, pero la mesa está vacía. Hay un procedimiento técnico de quitar las cosas. En física, resulta que cuando metes la cuántica, por ejemplo, cuando hablamos de campo electromagnético, el campo electromagnético se entiende que está formado por partículas que se llaman fotones. Si eres capaz de quitar todos los fotones de una región de espacio-tiempo, entonces estás en el vacío del campo. Eso es el vacío y eso se puede estudiar y además tiene propiedades. Tiene tantas propiedades como que si estudiamos el vacío de la interacción fuerte, resulta que nosotros sabemos que estamos compuestos fundamentalmente por protones, neutrones y electrones.

Los protones y los neutrones pesan básicamente lo mismo, tienen la misma masa y tiene una masa 2000 veces superior a la de los electrones. Con lo cual, nuestra masa es la de nuestros protones y de nuestros neutrones. Además, sabemos que los protones y los neutrones están compuestos por tres partículas llamadas quarks. Por cada protón y neutrón tenemos tres quarks. Si sumamos las masas de todos los qarks solo podemos justificar un 10% de la masa del protón o del neutrón. El otro 90%, cuando echas las cuentas, procede de fluctuaciones del vacío cuántico. Es decir, cuando vais por ahí y alguien os dice que estáis más gordos es falso. En realidad, estáis más vacíos. Esa es la lección. Fundamentalmente nosotros somos vacío andante, y es maravilloso.

¿Con lo cual, el vacío no es la nada? Porque el vacío tiene energía aunque sea pequeña.

No. Claro. Puede tener energía o puede interactuar con otras partículas. Si yo lanzo distintas partículas al vacío, eso interacciona con el vacío. De hecho, nosotros hemos sido capaces de perturbar el vacío de una manera que se llama efecto casimir. Este efecto se genera cuando produces un vacío en el que no haya campo electromagnético. Entonces metes dos placas metálicas muy cerquita y puedes observar cómo las placas se juntan, sienten una fuerza de atracción. Eso es que el vacío que hay ahí entre las placas tiene menos intensidad de energía que el que está fuera, que es el que las empuja. Es una cosa increíble. Esto se hace en un laboratorio y se emplea, por ejemplo, para hacer medidas de resistencia eléctrica, de resistividades, de conductividades, cosas de metrología, de precisión.

¿Y qué es la nada? Bueno, pues la nada filosóficamente es quítalo todo. Quita el campo, quita la materia, pero quita también el espacio y el tiempo. Quítalo todo, que no haya nada. Stephen Hawking y Alexander Vilenkin son dos científicos que han trabajado sobre este tema, y han demostrado que la nada es inestable. Que si tú no pones nada, si tú pones en tus ecuaciones cero en campos, energías y demás parámetros, hay una alta probabilidad de que se convierta en algo. Lo hermoso de estos modelos es que no podemos confiar mucho en ellos, solo podemos decir que la matemática está bien, pero no podemos demostrarlo experimentalmente. Pero hay una cosa maravillosa de estos modelos. Es que partiendo de la nada la probabilidad más alta es que se cree un universo que empieza a expandirse exponencialmente muy rápido. Y eso sabemos que es lo que le ha pasado a nuestro universo. ¿Podemos confiar en lo que nos dicen estas ecuaciones? No. Pero a mí me consuela filosóficamente. Que la ciencia me permita entender que el universo aparece de la nada, me quita muchos quebraderos de la cabeza sobre quién me mira cuando me toco.

Eres director científico del programa de ciencia Órbita Laika. ¿Cómo ha sido la experiencia? ¿Y el share

Muy bien. Este año estamos en el promedio de la cadena. También es cierto que este año la productora que hizo las dos primeras temporadas con Ángel Martín ha recuperado el proyecto. La consigna era no llevar a famosos, que el presentador o la presentadora no fuera periodista, humorista, cantante o no sé qué, sino que fuera un divulgador. Esto fue una apuesta arriesgada que aceptó Televisión Española, hay que decirlo. Era muy arriesgado. Y sobre todo había un compromiso total con la formalidad científica de todo lo que se contase en el programa. O sea, una coordinación absoluta entre la dirección artística y científica. Además todos los guiones, antes de enviárselo a los colaboradores, pasaban por el filtro de la cátedra de la cultura científica del País Vasco, que nos decía si estaba todo bien o no. Estamos muy contentos porque está saliendo muy bien, hemos llevado invitadas e invitados, gente científica que está haciendo ciencia en España, cosas muy buenas, cosas muy interesantes. No todo es Harvard, MIT o Kim Collins de Londres.

¿Y por qué recomendarías que viéramos Órbita Laika?

Porque está superguay. Son temas divertidos, son temas monográficos y porque hay distintos colaboradores con distintos tonos y hay que verla porque…

¿Hay una sexóloga?

Sí. Hay una sexóloga. Psicóloga sexóloga. Y se habla de sexo. Pero desde el punto de vista científico. Eso es una actividad humana, por lo tanto se puede estudiar desde el punto de vista de la ciencia.

¿Vivimos en Matrix?

A mí me incomodaría muchísimo vivir en un ordenador de un adolescente extraterrestre que está comiendo ganchitos extraterrestres…

Entonces, ¿no estás a favor de esa hipótesis?

No. Yo no la comparto. Es una idea de Nick Bostrom, filósofo en Oxford, y otros que teorizan con que vivimos en una simulación. Bostrom argumenta que las civilizaciones que sobrepasan un determinado umbral científico adquieren un poder computacional tan alto como para recrear una civilización. Con lo cual, si asumimos cuántas estrellas hay en el universo, cuántos planetas habitables puede haber y cuántas civilizaciones han llegado a ese estadio, es muy probable que haya más civilizaciones simuladas que reales. Por tanto, es mucho más probable que nosotros seamos una civilización simulada.

¿Se puede viajar en el tiempo hacia atrás?

Bueno, no hay nada que lo prohíba. Todavía no hemos aprendido hacerlo. Lo que sí es cierto y tenemos meridianamente claro es que no hay nada que prohíba el viaje hacia atrás en el tiempo… el viaje adelante es muy fácil, es dejarte llevar, es lo que hacemos diariamente. Pero hacia atrás es lo chungo. Hay ya propuestos mecanismos, máquinas o mecanismos físicos que te llevan atrás en el tiempo. Pero os tengo que dar la mala noticia: no vamos a ver nunca jamás a un dinosaurio, ni vamos a matar a Hitler y en la Biblia no pondrá «Y entró Jesúcristo a Jerusalem y había siete mil quinientos sevillanos en la puerta esperándolo». Eso no va ocurrir, porque lo que sí se ha demostrado es que nosotros solo podemos viajar hacia atrás en el tiempo hasta el instante en el que se eche a andar la primera máquina del tiempo. Con lo cual vosotros no podréis matar a vuestro abuelo pero nadie os asegura que no venga un nieto nuestro del futuro a matarnos. Lo que ciertamente me deja intranquilo.

¿Tenemos que hacer caso entonces a los científicos? ¿A los buenos científicos? 

No. Hay que cuestionarlo todo, pero cuestionándolo con conocimiento.

Linus Pauling ganó dos Premios Nobel, uno de ellos como científico, como químico, y tiempo después se empeñaba en defender que la vitamina C curaba los refriados. Creó una moda y todavía hay gente que piensa que eso es cierto, aunque está refutado por la ciencia desde hace mucho tiempo. ¿Cómo diferenciamos una evidencia de una opinión infundada cuando viene de un prestigioso científico?

Pues es muy difícil porque te dicen «un nobel ha dicho». Muy bien, pero al premio nobel ya se le dio su premio, ya está contento, pero ahora ha perdido los papeles. El premio nobel dice tonterías, y no pasa nada, se dice, se reconoce y ya está. El tío sabe mucho de química, de física, de medicina o de lo que tú quieras, pero en este tema en concreto es inútil, no se le hace caso. Yo siempre tengo un criterio de cuándo me tengo que creer algo. Si algo me resulta extremadamente fácil de entender la primera vez que me lo dicen o extremadamente complicado de entender la primera vez que me lo dicen, posiblemente me estén engañando.

A mí me gusta que las cosas estén siempre en el punto intermedio. Para entender ciertas cosas uno tiene que hacer un esfuerzo. Si alguien viene y te dice, «no te preocupes, el cáncer se cura si tomas vitamina C». ¿Esto es fácil de entender? Entonces es falso. Si alguien te dice «no te preocupes, el cáncer se cura porque tú estás conectado mediante entrelazamiento cuántico al campo de fonones de Higgs y eso haciendo una cosmología compacta sobre un espacio de cuatro dimensiones y abrazas un árbol y te curara de cáncer». Eso no es fácil de entender. Entonces es mentira. Si alguien te dice «te voy a inyectar esto que es una puta mierda, que es un veneno, pero te va salvar la vida», ¿eso es difícil de entender? Sí, porque es un veneno pero te va salvar la vida. Pero hay alguien que te dice «todos estos atrás ya han sido salvados con esto». Es la quimioterapia, la quimioterapia es un veneno. Y sí, te deja hecho polvo, pero te salva la vida.

¿Quién divulga mejor la ciencia, periodistas o científicos? Lo que piensas de verdad…

A mí me parece que si el que divulga sabe mucho sobre ciencia entonces divulgará mejor. Los otros podrán comunicarla. Pero divulgarla es «la he entendido, la he trabajado, sé lo que estoy contando por detrás de lo que estoy contando» porque no se puede contar todo, pero cuando hablo de física, que es lo que me mola, por detrás tengo las ecuaciones y procuro no hablar de cosas que no entiendo. Y muchas veces cuando estoy escribiendo el blog o hago vídeos me lleva muchas horas de estudio.

¿Te consideras parte del movimiento escéptico?

Lo dudo. Siendo sinceros, los movimientos escépticos me parecen las chapas ultimate. Son muy chapas. Están todo el día con el escepticismo. Hay otra comunidad que me parece superchapas, la burbuja esta de nutricionistas que ha salido de debajo de las piedras y que me dicen lo que tengo que comer a todas horas. ¡Pues no! Me voy a comer este bocadillo de panceta y después me voy a tomar dos cajas de homeopatía. ¿Por qué? Porque sí. Por chapas.

¿De verdad merece tanta portada y artículos de prensa la homeopatía?

A mí me parece que es una responsabilidad de todo el mundo avisar y explicar qué es la homeopatía sin imponer nada y sin discutir. Me afecta mucho que me metan en hilos en redes sociales con discusiones a las que no tengo nada que aportar y acabo silenciándolas. Además siempre son los mismos argumentos de parte de unos y de otros, y la gente que está convencida de una o de otra cosa tú no les vas a hacer cambiar de opinión.

Lo único que se puede hacer es hablar con las personas que tienen dudas, que no están polarizadas y explicarles que la homeopatía es agua con azúcar. La medicina alternativa que funciona ya tiene un nombre, se llama medicina. Entonces es casi mejor ir al médico cuando uno está enfermo. Y si alguien quiere ir al homeópata, que vaya, que es una buena terapia; en vez de ir a psicólogo, vas al homeópata y punto. El homeópata te cobra porque está una hora contigo y te habla de lo del chacra y lo bonito que es comer melisa por la mañana.

Vamos a ver. Mi madre se levanta por la mañana, se calienta un vaso de agua y le echa un chorreón de limón. ¿Sirve para algo? No. ¿Ella está feliz? Sí. Le voy a decir yo «esto no sirve para nada, mama». Pues no. Yo le compro más limones. Ahora, si mi madre me dice «oye, tengo un cáncer y me lo voy a curar con agua y limón», pues le digo «taschalá, mama, y vámonos al hospital y que te metan lo que tengan que meter». Cuando uno está desesperado acude a cualquier cosa. Y cuando te dicen que no hay esperanza a mí me parece muy razonable que cualquiera se agarre a un clavo ardiendo, a la imposición de manos, o la homeopatía o lo que sea. Y además que somos muchos. Somos más de siete mil millones de personas.

Y una cosa parecida a la homeopatía: ¿es Camela el mejor grupo de todos los tiempos?

Por supuesto. Un tío que con un PT-1 ha montado un imperio. Un PT-1 es un organillo que yo tocaba viendo Petete, un organillo de estos de juguete que hace nino nino, y eso Camela lo ha llevado a la quintaesencia. Y además no solo eso, sino que cuando te paras a escuchar a Camela acabas cantando con Camela, si no te ha pasado algo así tú no has vivido nada. «Sueño contigo. ¿Qué me has dado? Sin tu cariño no me habría enamorado». Esto te llega… [risas].

Y la última pregunta es para tu corazón matemático físico. ¿Qué ecuación te parece más bonita: la de Euler o la de Bekenstein- Hawking?

Por razones de amor, la de Bekenstein-Hawking. La otra es una chorrada de cuatro numeritos. Que los agujeros negros tienen entropía es una cosa alucinante y que además es proporcional al área del horizonte de sucesos eso es increíble porque…

¿Porque es tu tesis?

Bueno, el punto de partida de mi tesis es ese. Y por eso.

Pero también relaciona un montón de constantes… 

Claro, es una puerta. A mí en realidad lo que me parece alucinante es la entropía. Es lo que más me flipa de la física, el concepto y la idea de entropía, pero luego ya aplicado a agujeros negros más todavía. Así que yo elegiría la de Hawking-Bekenstein.


Marionetas que pueden ver sus hilos

Jot Down para el CCCB

(De Watchmen)

Estoy viendo las estrellas. Están muy lejanas y su luz tarda mucho en llegarnos. Lo único que vemos de las estrellas son fotografías viejas. Pero estamos en abril de 2019 y voy a ser padre. La niña nacerá dentro de una semana. Pienso en la cercanía del suceso mientras visito una exposición sobre física cuántica. Un grupo de alumnos escucha con atención —¿forzada, impostada, o tal vez genuina?— las palabras del guía. Les habla de los estados cuánticos, de la paradoja de medir y, con ello, afectar a lo que observamos. Una paradoja que afecta la propia naturaleza del conocimiento. Del saber. De la realidad. No existimos si no se nos observa, y al observarnos se influye en nuestra existencia. Nunca sabremos cómo es un elemento no observado.

Es el 18 de octubre de 2018. El médico no ha dejado de mantener ese gesto grave durante toda la ecografía. Nos habla de probabilidades, escenarios posibles y porcentajes. Enfermedad genética. Anomalía cardíaca. Muerte. Solo soy capaz de sentir la fuerza con la que mi pareja aprieta mi mano para no gritar de rabia en mitad de la consulta. Nos habla de una medida para descartar riesgos que a su vez es un riesgo para el feto. Medir supone conocer pero también afectar al objeto de interés. Miro al frente y lloro, porque la medida nos está afectando incluso antes de realizarse.

Es el 24 de marzo de 2036. Nuestra hija nos presenta a su pareja. No deja de buscarle de reojo durante toda la cena, preocupada por saber cómo se encuentra en nuestra compañía. Un rato después bromeo con mi mujer en la cama sobre lo nerviosa que estaba nuestra no-tan-niña. Hablamos de los estudios de física que empezará el año siguiente. Quiere seguir los pasos de Katie Bouman, científica cuya contribución fue esencial en la obtención de la primera imagen de un agujero negro el mismo año en que nació. Un horizonte de sucesos cuya singularidad oculta hubiera sido un completo misterio para la humanidad de no ser por los avances en la teoría cuántica de la gravedad para todas las escalas posibles. Aquel agujero, aquel oscuro borrón rodeado de luz, aquella fotografía que hace años revelaba la frontera entre lo conocido y lo desconocido, empieza a difuminarse y desaparecer.

Es el 10 de abril de 2019. Dos científicos del Event Horizon Telescope comentan eufóricos el descubrimiento que acaban de revelar al resto del mundo. Hace más de cuarenta años Stephen Hawking predecía el efecto cuántico por el que algunas partículas son capaces de escapar de la fuerza de atracción de los agujeros negros. Partículas entrelazadas y que a pesar de estar alejadas unas de otras comparten un estado común. Espacio y tiempo son una ilusión. La distancia es algo relativo. Si un par de partículas entrelazadas se separaran y una cruzara el horizonte de sucesos… no, no se trata de eso. Tiene que haber algo más.

(Del CCCB)

Dejo atrás a los alumnos y sigo paseando por la exposición. Las oscuras paredes me cuentan frases de antiguos científicos. El científico pionero debe tener una imaginación creativa artísticamente, Max Planck. Si la mecánica cuántica no te deja completamente confundido es que no la entiendes, Niels Bohr. Lo que observamos no es la naturaleza en sí, sino la naturaleza que muestra nuestra manera de preguntar, Werner Heisenberg. Físicos filosofando y artistas interpretando conceptos de física cuántica. Artistas residentes en el CERN cuyas obras fueron creadas durante su estancia en el epicentro de la experimentación de física de partículas. No hay distancia entre teorías sustentadas por el método científico y propuestas sobre misticismo. Veo una animación generada por un experimento tántrico de meditación kundalini llevada a cabo en una de las oficinas vacías del CERN. Se proponen técnicas espirituales como procedimiento alternativo de adquisición de conocimiento sobre el mundo. Ciencia y espiritualidad colapsan en el pequeño volumen de un neutrino imaginado. Lo esotérico siempre trajo oscuridad a nuestra civilización.

Superposición, aleatoriedad, indeterminación. La física cuántica nos dice que si existen dos historias posibles que se interfieren, debemos trabajar con la suma de las dos. Una partícula al otro lado de una rendija no puede elegir por qué rendija ha pasado. Ha sido por una y por la otra. No busquemos determinismo donde solo hay azar, un azar genuino que hace irreconciliables la física cuántica y la física clásica. El mundo cuántico no permite medir todas las magnitudes a la vez. Si capturas una, la otra se escapa. Porque cuando mides, modificas lo que mides. Y lo que estaba aquí delante ya no lo está. Y no sabes si has sido tú o los cambios de los estados cuánticos, que serán previsibles siempre que no sean observados. Todas las historias se interfieren y la lógica se convierte, así, en un parámetro cuántico.

Salgo de la exposición y bajo las escaleras que me llevan al patio del CCCB. Todo se mezcla en mi memoria. Acercamientos poéticos a la materia oscura. Futuros lejanos allá por el 4250 donde el lenguaje matemático es una herramienta arcaica. Exploraciones que relacionan cadáveres con humanismo y otras formas de existencia. O la exploración de la aleatoriedad como fuente de preservación de la diversidad. Todo se superpone en mi mente. Se entrelaza. Tanta relatividad me hace preguntarme si entro o si salgo. Suena el teléfono. En la pantalla leo el nombre de mi mujer. Hoy es el día en que nacerá mi hija. ¿Lo es? Mientras no responda, todo puede ser. No, todo es. Soy y a la vez no soy padre mientras el teléfono no deje de sonar. Una completa incertidumbre lo rodea todo. Pero tengo que responder. Para saber. Para conocer. ¿Qué habrá al otro lado del horizonte de sucesos de un agujero negro?

La exposición «Cuántica» aporta las claves para entender los principios de la física cuántica, y lo hace a través del trabajo creativo conjunto de científicos y artistas. El proyecto invita al público a explorar los nuevos paradigmas de la ciencia moderna, despertar su curiosidad y valorarlos críticamente. Por un lado, se exponen diez proyectos artísticos que evidencian que el impacto de la cuántica va más allá del dominio de la ciencia. Por otro lado, se presentan nueve ventanas que introducen el trabajo de investigación en el laboratorio y sitúan al visitante ante el logro intelectual que suponen las teorías de la física en contacto con el alcance de los experimentos avanzados. Del 10 de abril al 24 de septiembre de 2019 en el CCCB.


Juegos de ajedrez para aquellos que no juegan al ajedrez

Algo inaudito ocurrió a finales de los ochenta en los departamentos de informática y videojuegos de los centros comerciales: los chavales se embobaban ante partidas de ajedrez pixeladas que tenían lugar en el interior de los monitores de culo ancho donde se exponían demostraciones de los videojuegos más famosos. Y toda la culpa la tenía un programa de ajedrez editado por Interplay, uno que resultaba muy divertido para todo el público, o al menos muy divertido de mirar: Battle Chess.

Battle Chess, versión Amiga.

Battle Chess y la muerte de un pato

El estadounidense Brian Fargo fundó Interplay en 1983, una compañía de videojuegos que comenzó realizando conversiones de juegos para terceros, aceptando encargos informáticos para fuerzas militares y fabricando para Activision un puñado de aventuras conversacionales: The Tracer Sanction, Borrowed Time y una Mindshadows que fusilaba sin pedir permiso la novela El caso Bourne de Robert Ludlum veinte años antes de que Matt Damon se convirtiese en Jason Bourne. Poco después, la compañía lanzó una curiosa aventura de estética neón-punki y new age llamada Tass Times in Tonetown y se encaramó al trono de los RPGs informáticos a base de fabricar rolazos muy aclamados: la trilogía The Bard’s Tale, Wasteland y Dragon Wars.

Todo el párrafo anterior es una excusa para cascar aquí la portadaza que dibujó Boris Vallejo para Dragon Wars (arriba a la izquierda).

En 1988, Interplay decidió comenzar a publicar sus propios juegos (hasta entonces dependían de terceros) y se presentó en las tiendas con Neuromancer y Battle Chess. El primero era una aventura bastante entretenida basada en la famosísima novela homónima de William Gibson, el segundo era un juego de ajedrez. Curiosamente, Battle Chess fue el que pasó a la historia al asentarse en la memoria popular con más fuerza. Se trataba de un juego diseñado por Michael Quarles, Jayesh J. Patel y Troy P. Worrell con un apartado artístico a cargo de Todd J. Camasta y Bruce Schlickbernd. Y su secreto era que no se trataba de un ajedrez al uso, sino de uno embellecido a base de sustituir las piezas clásicas por personajes animados, como si de un ajedrez humano se tratase. Un rey y una reina medievales ejercían de versiones en carne y píxel de las fichas principales y se plantaban sobre el tablero acompañados de soldados bajitos como peones, clérigos versados en la magia desempeñando el curro de los alfiles, caballeros enlatados en armaduras ocupando el puesto de los caballos tradicionales y golems de piedra capaces de transformarse en construcciones de ladrillo actuando como torres. Lo divertido de todo esto, y la principal razón de ser del juego, eran las animaciones de batalla: cuando a una pieza se le encomendaba la misión de eliminar a otra del ejército rival, ambas se enfrentaban entre sí en combates cómicos que masticaban el slapstick de los dibujos animados y homenajeaban a películas como En busca del arca perdida o Los caballeros de la mesa cuadrada. Aquellas secuencias hicieron popular a Battle Chess y sus creadores se encargaron de convertir el juego, inicialmente programado para el ordenador Amiga, a todos los sistemas que tenían a mano: MS-DOS, Mac OS, Atari ST, Commodore 64, Apple IIGS y IIe, FM Towns, 3DO, Amiga CD32 y CDTV, Acorn Archimedes, NES, Windows y X68000.

Todas las peleas de Battle Chess en la versión Amiga 500. Nota: El vídeo se ve con más comodidad si se dobla la velocidad de reproducción desde las opciones de configuración de YouTube. Y la animación en la que el rey derrota a la reina es un galimatías porque ya venía estropeada de fábrica.

A la hora de hablar de sus entrañas, Battle Chess parecía ir más justillo y los versados en el mundo del ajedrez se quejaron de una inteligencia artificial que no era especialmente brillante. Un detalle que muchas veces pasaba inadvertido en las revistas de juegos de la época por razones obvias: no todos los redactores especializados en videojuegos tenían un buen nivel ajedrecístico. De todos modos, el nivel de la máquina era lo de menos, porque Battle Chess basaba todo su encanto en el espectacular acabado (ha envejecido mal y en la actualidad resulta terriblemente lento) y estaba enfocado a un público más generalista. Además, en los corrillos internos de la industria el mito de su desarrollo sirvió para popularizar una de las técnicas de programación más eficiente: la que utiliza un pato como cebo.

Se suele decir que Battle Chess tiene la culpa de inventar una famosa técnica de distracción denominada «The duck» («El pato»). Por lo visto, durante el desarrollo de Battle Chess los programadores lidiaron con unos productores muy tiquismiquis y tocacojones que demandaban continuamente cambios al supervisar el trabajo realizado por el equipo. Para regatear unas reclamaciones, que la mayor parte de las veces no tenían más sentido que el de justificar el salario de sus superiores, los programadores idearon un método basado en azuzar ante sus morros un cebo con plumas: colocaron un pato a modo de mascota de la reina. Un invitado injustificado que había sido situado con delicadeza para ser extirpado posteriormente del juego sin dañar las animaciones del personaje al que acompañaba. Cuando los productores revisaron el producto centraron todas sus quejas en una sola demanda: que se eliminase a aquel pato del videojuego. El mismo pato que los programadores habían colocado a modo de trampa para evitar tener que eliminar cualquier otra cosa importante.

La historia mola lo suyo, y la idea de soltar un «pato» como método de distracción es un recurso popular, pero en el caso de Battle Chess parece tener más de metáfora que de hecho real. Un empleado anónimo de la Interplay de aquella época aclaró el asunto tras las bambalinas de Wikipedia: «La verdadera historia del pato es que nació en Interplay antes de Battle Chess. Nuestro productor en Electronic Arts era un metomentodo  que no tenía ni idea sobre diseñar videojuegos y necesitaba alimentar su ego a base de ordenar cambios sin sentido que lo hacían sentirse importante. En principio no había ningún pato, el término era simplemente una metáfora de cualquier cosa que pudiésemos usar para mantener al tipo distraído. Battle Chess nunca necesitó de uno de esos patos porque Interplay se había separado de Electronic Arts (específicamente por culpa de aquel productor). Pero la historia del pato se había hecho muy popular y bromeamos tanto sobre el asunto que comenzamos a introducirlo en varios juegos. ¿Por qué un pato? Bueno, lo del pato les salió bien a Groucho y Chico».

Varias versiones de Battle Chess: DOS EGA, DOS VGA, Mac, Commodore 64, Atari-ST, NES, 3DO, Apple II y Amiga.

Más allá de Battle Chess

El éxito de Battle Chess provocó que Interplay publicase a principios de 1991 una secuela llamada Battle Chess II: Chinese Chess basada en el ajedrez chino (el Xiàngqí). Un programa muy cuidado que también mimaba las animaciones y la presentación, pero que comercialmente estaba condenado a descalabrarse porque lo exótico del juego lo hacía parecer más áspero de lo que realmente era. Pasó tan de puntillas que la mayor parte de usuarios de MS-DOS de entonces ni siquiera recuerdan su existencia. El mismo año, Interplay aprovechó para darle una nueva capa de pintura al Battle Chess original aprovechando que el novedoso formato CD-Rom estaba disponible. El resultado fue Battle Chess Enhanced, una nueva versión del juego con mejores gráficos y una banda sonora más espectacular alojada entre las pistas del CD.

Battle Chess II y Battle Chess: enhanced.

En 1992 Interplay sorprendió lanzando otra secuela llamada Battle Chess 4000 que parodiaba el cine de ciencia ficción y llegaba fardando de un envoltorio extraordinario y artesanal: sus personajes habían sido moldeados en arcilla, animados en stop-motion y posteriormente digitalizados. Los peones se transformaron en larvas extraterrestres, las torres en robots gigantescos y los caballos en superhéroes espaciales hermanados con Flash Gordon. Y las animaciones, que ahora incluían guiños a cosas como 2001: Una odisea del espacio y el cine de serie B, se volvieron mucho más llamativas y aparatosas. El dato curioso es que el programa participó en la competición Harvard Cup de 1993 celebrada en Boston, un torneo de ajedrez que enfrenta a humanos contra programas, y sorprendió a todo el mundo al empatar contra Boris Gulko y ganar a Michael Rohde.

Battle Chess 4000.

Otras desarrolladoras no tardaron en escuchar el tintineo de los beneficios que parecía otorgar el reempaquetar el ajedrez clásico y comenzaron a escupir clones sobre el mercado: Star Wars Chess fotocopió a Battle Chess sustituyendo las piezas por personajes de la saga de George Lucas y ofreciendo animaciones llamativas durante las peleas, Terminator 2: Judgment Day – Chess Wars hizo lo mismo con la franquicia Terminator pero sus secuencias de acción daban verdadera vergüenza por cutres, Lego Chess lo revistió todo con piezas de Lego poligonales, National Lampoon’s Chess Maniac 5 Billion and 1 se presentó a modo de parodia socarrona, Cyberchess no aportó nada interesante, War Chess llevó el plagio hasta la Playstation 2, y LoveChess se anunció como la opción erótica ambientada en escenarios como Grecia y Troya, pero no pasó de ser una bosta anodina con muñecajos poligonales ensayando el Kamasutra. En 2011 se presentó un vistoso Battle vs Chess que añadía nuevos modos de juego y criaturas fantasiosas; no estaba mal, pero terminó sentando el culo en los juzgados por oportunista: el hecho de que en su portada escondiera el «vs» con una tipografía diminuta lo llevó a recibir una hermosa demanda de Interplay por hacerse pasar por parte de la familia oficial.

Star War Chess, Terminator II: Chess Wars, Lego Chess, Love Chess, National Lampoon’s Chess Maniac 5 Billion and 1 y Battle vs Chess.

En 2014, Interplay publicó su remake oficial, Battle Chess: Game of Kings, una entrega que nació vieja a pesar de los modelados tridimensionales y pasó con más pena que gloria. Fue mucho más interesante descubrir, ya en 2015 y gracias a un tweet de Brian Fargo, el metraje inicial de las pruebas para una secuela titulada Battle Chess 3, un juego que nunca llegó a desarrollarse.

Battle Chess 3. El juego que nunca existió.

Chess 2

Chess 2: The Sequel es una idea maravillosa desde su propio punto de partida: no se trata de la secuela de un juego de ajedrez, sino de la secuela del propio ajedrez. Detrás de la locura se encuentra David Sirlin, un respetado diseñador de juegos (en Forbes lo definieron como un gran teórico de videojuegos y Capcom lo fichó para equilibrar algunas entregas de la franquicia Street Fighter) que, tras estudiar el ajedrez clásico, había llegado a la conclusión de que tenía unas mecánicas demasiado sobadas como para resultar disfrutable. Según Sirlin, tras tantos siglos de partidas de ajedrez, tantos escritos y tanto empollar estrategias, el juego había acabado convirtiéndose en un entretenimiento con el que tan solo los amateurs y los jugadores intermedios podían disfrutar realmente: «El ajedrez se ha estudiado tanto y tan profundamente como para que en la actualidad se haya convertido en un juego que tiende a desembocar en el empate. […] En un circuito profesional el 60% de las partidas entre jugadores curtidos acaban en empate. E incluso cuando algún jugador demuestra ser superior a otro la cosa también puede terminar del mismo modo, porque debido al diseño y las mecánicas del ajedrez el empate está profundamente enraizado en el juego». Con todo ello en mente, Sirlin ideó Chess 2, un juego que en lugar de sustituir al original prefiere reinventarlo con nuevas normas y vueltas de tuerca. A lo mejor no es tan mala idea teniendo en cuenta que en 2002 la leyenda del ajedrez Bobby Fischer ya sentenció durante una entrevista radiofónica lo estancada que estaba la versión de toda la vida: «He abandonado el ajedrez clásico porque está exclusivamente basado en memorizar jugadas».

Chess 2 presenta sus propias normas, una serie de reglas tan rompedoras como marcianas y curiosas. Aquí ya no solo es posible ganar la partida tirando del jaque mate, sino que también existe un instant win: cualquiera de los dos jugadores se proclamará victorioso si logra que su rey cruce una línea que divide el tablero. La otra gran, y espectacular, novedad se encuentra en los ejércitos de cada participante, porque Chess 2 permite a sus jugadores elegir alineación entre seis tropas de fichas diferentes: la clásica, la Némesis (incluye una nueva ficha llamada «Némesis» incapaz de capturar o de ser capturada excepto por el rey, y también nuevos movimientos para los peones), la Empowered (permite que algunas fichas copien los movimientos de otras que tienen cerca), la Reaper (tiene una ficha «Reaper» y varias «fantasmas» capaces de teletransportarse a diferentess partes del tablero), la Two Kings (que tiene dos reyes con habilidades especiales, los «Warrior Kings», y carece de reina) y la Animal (un equipo de animales con nuevos movimientos que incluso pueden devorar a sus propios compañeros de equipo). Por si todo lo anterior no fuese suficiente, Chess 2 también añade unas piedras que los jugadores pueden obtener durante la partida y utilizar a modo de apuesta para acabar con las piezas enemigas durante algunos enfrentamientos.

Haz como si estuvieras jugando al ajedrez

Pippin Barr no es un diseñador de juegos al uso sino uno particularmente especial. Estamos hablando de alguien que disfruta jugando a las creaciones de Terry Cavanagh (papá del plataformero VVVVVV y el desmadrado Super Hexagon) o los simuladores de paseos de The Chinese Room (creadores de Dear Esther), pero que a la hora de elaborar sus propios juegos apuesta por crear programas que están más cerca de la performance que del juego clásico. Porque Barr es el tío al que se le ocurrió convertir la obra La artista está presente de Marina Abramovic en una aventura gráfica (disponible online aquí) al estilo de las que cocinaba la compañía Sierra durante los ochenta. El catálogo de producciones de Barr es una colección de pequeñas locuras que caminan entre lo disparatado, lo retorcido y lo genial: desde competiciones basadas en la crueldad de los mitos griegos de Sísifo o Prometeo hasta una versión ultraminimalista de El resplandor de Stanley Kubrick, pasando por un juego de tanques que se autodestruye a sí mismo para convertirse en un batiburrillo poligonal indescifrable o la visita a un museo virtual donde se exponen diferentes creaciones dentro de cubos que el jugador no puede abrir, una reflexión retorcida sobre la fe que deposita el público en los creadores.

Entre todos aquellos vástagos insólitos, Barr acunaba tres chifladuras que tomaban el ajedrez como punto de partida, o directamente como excusa: Best Chess, Chogue e It Is as You Were Playing Chess. Best Chess se define como el mejor simulador de ajedrez posible, un juego que invita a arrancar la partida con las blancas y posteriormente a relajarse en el sofá mientras el ordenador evalúa todas las jugadas, variables y combinaciones posibles durante varias eternidades, «Solo lo mejor para ti, las cosas buenas llevan su tiempo», anuncia su descripción. Chogue se publicita como una mutación entre el ajedrez y el roguelike: en principio se presenta como un juego de ajedrez al uso, pero, tras los primeros movimientos, la pieza del rey enemigo, controlado en todo momento por el ordenador, aprovecha para escaquearse de la pantalla a través de unas escaleras situadas en la parte superior del escenario. Cuando el jugador logra abrirse camino con sus piezas hasta aquella salida de emergencia, descubre que más allá de los escalones existen múltiples mazmorras por las que aventurarse reclutando nuevas fichas, intentando no sufrir muchas bajas (la alineación de la tropa se conserva de un nivel a otro), recogiendo tesoros y derrotando a los enemigos que pululan por el lugar. Por último, It Is as You Were Playing Chess es la propuesta ajedrecística de Barr más chiflada y con menos cantidad de ajedrez implicado, porque no se trata de un juego sino de una aplicación que dicta al usuario los movimientos, expresiones faciales y gestos que debe realizar para que todos aquellos que se encuentren a su alrededor crean que está jugando al ajedrez en su móvil o tablet. It Is as You Were Playing Chess es un no-juego cuya meta es lograr que a ojos de terceros parezca que el no-jugador realmente está jugando al ajedrez.

Best Chess, It Is as if You Were Playing Chess y Chogue.

REX

Cuando Michael Davies visitaba la casa de algún conocido y descubría entre sus bártulos un tablero de ajedrez tenía por costumbre proponer a su dueño echar una partida al mismo, hasta que descubrió que siempre recibía una negativa por respuesta: «A poca gente le apetece de repente sentarse a echar una partida de dos horas». Aquella revelación le inspiró para fabricar REX, un juego que parece ajedrez pero en realidad no lo es. «Quería crear un juego al estilo del ajedrez, pero muy simplificado, de reglas muy sencillas, con partidas de solo quince minutos y que fuese fácil de explicar a un niño. Buscaba algo que estuviese a medio camino entre el ajedrez y el tres en raya». Exactamente eso es REX (que puede descargarse gratuitamente aquí) una versión sintetizada del espíritu del ajedrez, que no del ajedrez mismo. Un juego que se desarrolla en un tablero de cinco por cinco, otorga a cada jugador el mando de un ejército de cinco fichas (alineadas en extremos opuestos del campo de batalla) e idea nuevos tipos de desplazamiento para las piezas: todas pueden moverse en cualquier dirección pero dos de ellas (las situadas en los extremos) lo hacen avanzando una casilla, otras dos avanzando un par y la central avanzando tres. REX además permite guerrear en dos modos de juego, el «Duelo», donde el objetivo es eliminar al rey del rival, y la «Batalla», donde para ganar hay que aniquilar a todas las fichas enemigas.

Really Bad Chess

Zach Gage es un desarrollador indie que tiene en su haber juegos como SpellTower o Typeshift y ha echado una mano con la programación de cosas como Ridiculous Fishing o Getting Over It. Y Gage también es una persona que ha decidido mejorar la experiencia de jugar al ajedrez a base de corromper sus sacrosantas reglas. Porque Really Bad Chess añade un giro bastante chalado a las partidas: cada uno de los jugadores comienza con un conjunto de dieciséis piezas, pero la posición, tipo y cantidad de las mismas se determinan de manera aleatoria. De este modo, los oponentes nunca saben realmente qué es lo que se van a encontrar en sus filas: ejércitos con cuatro caballos, varias reinas o sin apenas peones. Really Bad Chess también se ventila la posibilidad de empatar, una decisión muy criticada por los que lo han catado, aunque lo cierto es que tampoco se le puede echar nada en cara a un programa que desde su título ya deja bien claro dónde nos estamos metiendo.

Chesser

En 2015, Chris Wade organizó la Boo Jam, una pequeña competición de creación de juegos que pretendía animar a los diseñadores a utilizar el muy poco popular lenguaje de programación conocido como «boo». Wade estableció tres normas para participar en el evento: idear un videojuego basado en un género que el diseñador odiase, programarlo en boo e introducir un fantasma en la partida en algún momento. La jam no tuvo demasiado éxito, pero sirvió para que Wade agarrase un tipo de juego al que le tenía verdadera tirria, el ajedrez, y fabricase su propia versión mutante del mismo. De este modo nació Chesser, una pequeña perversión ajedrecística que reduce la superficie donde combatir (aquí se juega en un tablero de seis por seis), limita el número de fichas (cuatro peones, una reina y un rey por equipo) y se atreve a lanzar power-ups sobre las casillas del terreno de juego. El propio autor lo deja bastante claro en la definición de su producto: «Chesser es un juego de estrategia por turnos para dos jugadores inspirado por todo lo malo que tiene el ajedrez. El ajedrez es tedioso y lento, que lo follen. Chesser es como el ajedrez, pero más». Se puede descargar gratuitamente aquí.

Ajedrez cuántico

En enero de 2016 todo el planeta fue testigo de uno de los duelos más legendarios de la historia: Paul Rudd (actor de profesión y Ant-Man de afición) se enfrentó a Stephen Hawking en una partida de ajedrez cuántico narrada por Keanu Reeves (desde setecientos años en el futuro) y dirigida por su compañero de viajes en el tiempo, Alex Winter.

La broma era un pequeño corto de doce minutos que se proyectó en el Instituto de Información y Materia Cuántica de Caltech (IQIM) para calentar motores de cara a un evento llamado An Entangled Evening of Quantum Science que durante un par de jornadas reuniría a un montón de gente inteligente para hablar sobre mecánicas cuánticas. Pero la idea de un ajedrez cuántico no podría asentarse únicamente en el plano ficticio durante mucho tiempo, y pronto adquirió forma de juego real y oficial. Quantum Chess (actualmente disponible como acceso anticipado en Steam) es la variante definitiva del ajedrez, aquella que añade la mecánica cuántica para hacerlo todo mucho más ameno. En Quantum Chess los jugadores tienen que lidiar con el cacao mental que suponen los movimientos cuánticos. Jugadas que permiten la existencia de una misma ficha en múltiples posiciones al mismo tiempo basándose en la idea de que «la probabilidad de que una pieza se haya movido es igual a la probabilidad de que no lo haya hecho» e imaginando un escenario que en realidad es una superposición de diferentes estados del tablero. Suena complicado, pero sus creadores aseguran que, además de darle un nuevo giro ajedrez clásico, permite a todo el mundo familiarizarse con conceptos tan ligeros como la superposición cuántica o el entrelazamiento cuántico. Si Paul Rudd puede, todos podemos.

En Quatum chess, los colores que rodean cada ficha representan la probabilidad de que esa figura exista o no en esa posición del tablero. ¿Cómo te quedas?


Lo mejor de lo peor de Wikipedia

Imagen: Lane Hartwell (CC).

Wikipedia es un artefacto fascinante, una enciclopedia colaborativa y pública fundada por Jimmy Wales y Larry Sanger que ha sido capaz de enviar a su casita a todos los vendedores de Espasas a puerta fría. Un ecosistema de información que nunca ha sentido vergüenza por otorgarle la misma importancia a la cultura clásica que a la popular: no es raro encontrarse con una cantidad más abrumadora de datos sobre un capítulo de Star Trek que sobre algunas civilizaciones pretéritas.

La enciclopedia digital resulta significativa incluso por sus taras. Por ejemplo, ella misma ha creado un nuevo problema, un mecanismo de información adulterada basado en la retroalimentación: en más de una ocasión algún usuario se ha inventado hechos en Wikipedia que han acabado saltado hasta las páginas de la prensa (gracias al copia/pega de los redactores más vagos) creando artículos periodísticos que la propia Wikipedia ha señalado posteriormente como referencia veraz de los datos falseados. Un circuito de información incorrecta que Randall Munroe calificó de «citogénesis» en su webcómic xkcd,  la denominación que se adoptó oficialmente para designar ese tipo de círculos viciosos cuando Wikipedia empezó a ponerse las pilas con lo de cazar e inventariar incidentes similares.

Imagen: xkcd.

La Wikipedia también es una residencia repleta de habitaciones secretas, ubicaciones poco conocidas pero realmente curiosas. La colección de imágenes restringidas es una de ellas, una recopilación de todas las fotografías e ilustraciones explícitas utilizadas en la enciclopedia digital. Estampas que no es nada recomendable que vean los menores de edad mientras navegan o los adultos mientras comen. Imágenes que ayudan a ilustrar cosas como el fisting gracias a la foto de un caballero siendo castigado vía rectal por un puño ajeno, por si alguien no puede hacerse una idea detallada del asunto leyendo la descripción oficial.

Otra sección escondida, pero mucho más amable, es la de los chistes malos eliminados. Porque la información errónea no es lo único que se dedican a rastrear y eliminar los estrictos editores que velan por la integridad de Wikipedia, sino que existe otra cosa que se también persigue entre sus páginas de manera implacable: el humor. Es una consecuencia de la apuesta que hace la propia enciclopedia por mantener un tono serio y responsable, alejado de los chistes gratuitos, donde todo chascarrillo o bufa furtiva que ensucie la información está condenado a ser eliminado.

Pero estamos hablando de internet, un universo que ha relanzado la carrera de Rick Astley a base de esconder trampas en enlaces, y de una enciclopedia pública, un proyecto que diariamente recibe unas quinientas mil modificaciones de media, como se puede ver en este asombroso gráfico interactivo a tiempo real. Un lugar donde es imposible evitar que la gente saque a pasear sus ocurrencias jocosas y donde las gamberradas son algo muy habitual. En esta casa ya hemos hablado hace un tiempo sobre el wikiterrorismo y las carcajadas producidas por ciertos artículos, tuneados con muy mala baba. Textos donde se afirmaba que Charlie Sheen era «mitad humano, mitad cocaína», el Che Guevara un «magnate de las camisetas» y Liam Gallagher un «cíborg transgénero». Un vandalismo basado en la ridiculización que en realidad solo reflejaba una pequeña parte de todas las coñas que se han ido colando en la entradas enciclopédicas durante sus casi veinte años de vida, y que otras personas han ido eliminando diligentemente.  

A pesar de todo, la propia Wikipedia siempre ha tenido claro el hábitat sobre el que flota y sus editores solo tardaron un par de jornadas en reconocer que sería una pena arrojar a la basura todas las ocurrencias simpáticas que se presentaban en el lugar sin haber sido invitadas. A los pocos días del nacimiento de Wikipedia (en enero de 2001) brotó en ella una página titulada «Chistes malos y otros sinsentidos eliminados» (o « BJAODN» según sus siglas en inglés) donde los wikipédicos añadían todas aquellas chanzas que les habían supuesto un deshueve notorio. Bryce Harrington, uno de los primeros colaboradores de Wikipeida lo explicaba así: «Necesitamos una página donde los chistes malos y otras tonterías eliminadas puedan descansar en paz, así que aquí está». Seis años más tarde, cuando la enciclopedia colaborativa comenzaba a pillar verdadero impulso, la comunidad acordó cerrar la puerta del todo y dejar de recopilar chascarrillos para que la gente no se tomase el vandalismo informativo como un hobby.

Lo que se conserva de todo aquello es una sección en Wikipedia titulada «Silly Things», un rincón donde se mantienen envasadas en formol virtual las primigenias colecciones de chistes malos extirpados de los artículos. El resto del material cómico desechado, la mayoría producido del 2007 en adelante, se ha intentado conservar en parte en otras madrigueras de internet ajenas a la Wikipedia oficial y plagadas de links rotos y enlaces a la caché de los buscadores. Todos esos descartes componen lo que podría denominarse como «Lo mejor de lo peor de Wikipedia».

Música

Uno de los chistes descartados más clásicos de Wikipedia fue la celebrada y faltosa definición del baterista de un grupo de música: «Batería: alguien que suele juntarse con músicos», una chufla rematada por un «acostumbra a llevar dos palos y golpear con ellos cosas redondas». En general, todo el terreno musical ha sido siempre una diana estupenda para la guasa desde cualquier frente: los compositores de música clásica fueron descritos en Wikipedia como «Varones fácilmente identificables por sus peinados excéntricos y su afición por las gafas sin montura». Y Yevgueni Kisin mencionado como un ejemplo de «la técnica de “Péinalo hacia atrás y deja que crezca”». La misma entrada aclaraba que las compositoras de música clásica eran «más difíciles de distinguir, pero militantes de una de estas dos categorías: a) ratones de biblioteca b) suburbanitas superficialmente glamurosas pero ligeramente neuróticas». Aunque el ensañamiento real tenía lugar con los intérpretes contemporáneos: «Los músicos, en sus manifestaciones humanas, pueden distinguirse de otras criaturas capaces de crear sonidos melódicos por su insistencia en producirlos cuando no existe una justificación clara para hacerlo, e incluso cuando existen elementos que pueden amenazar su supervivencia en caso de no cesar con dicha actividad. En otras palabras, pese a que no exista recompensa o beneficio por interpretar “Brown Eyed Girl” o “Mustang Sally” en un bar repleto de perdedores, un músico tocará dicha canción (o cualquier otra que le soliciten) sin importarle en absoluto que su novia (o novio) esté siendo acosada por el camarero y/o todas su pertenencias estén siendo arrojadas a un contenedor y/o la seguridad y el equipo del local estén gritándole “¡Déjalo ya!”». Aquella descripción de los músicos llegaba rematada con una redirección enciclopédica estupenda: «(Vease también “guitarrista”, “cantante” o “sin techo”)».

El concepto de mánager musical también gozó de una reseña presuntamente redactada por un músico o algún mitómano del medio: «El mánager de una banda es una persona en gran medida inútil que se dedica a robar dinero al artista que dice representar. O a suministrarle drogas al artista que dice representar para robarle el dinero. […] En el fondo, estar representado por un mánager es algo muy similar a la enfermedad de Lyme: es culpa de unos parásitos, y la mejor forma de evitar que ocurra es manteniéndose alejado de los lugares donde habitan cosas que se puedan amarrar a ti para chuparte la sangre».

Aunque los chistes con más mala baba aterrizaron sobre formaciones específicas: de U2 se dijo que son aquella banda que «ha regrabado el single “Gloria” varios miles de veces, cambiándole tan solo el título y metiendo un par de acordes por aquí y por allá», al pianista John Test se le ha acusado de ser un alien y utilizar su música para enviar señales a sus colegas extraterrestres, la canción «Despacito» de Luis Fonsi figuró como «una celebración de los Doritos según Justin Bieber» en alusión a la incapacidad del zagal por cantar el tema en español sin mencionar los aperitivos naranjas, Eminem se convirtió en la voz oficial de Bob Esponja, de Lady Gaga se ha escrito que es «la artista formalmente conocida como Madonna» y el perfil de Mariah Carey registró el 31 de diciembre del 2016 como la fecha de su fallecimiento, y «muerta de vergüenza» como la causa, por culpa de esta actuación. El caso de Nickelback es especial, porque se han ensañado tanto con ellos como para que la dirección de Wikipedia se viese obligada a vetar con un candado cualquier modificación futura de su artículo. Algo lógico teniendo en cuenta que todas las bromas que, entre 2005 y 2009, se hicieron en la página sobre la banda canadiense a duras penas caben en un vídeo de más de seis minutos de duración. Wikipedia también alojó un enlace titulado «22.86 Centimetre Nails» que redirigía al perfil de Nine Inch Nails y dudosas afirmaciones sobre géneros musicales: «“Alternative rock” es el nombre que se le da a una piedra cuando estás mirando a otra piedra» o «Es un hecho conocido que de haber existido el house en los años treinta la Segunda Huerra Mundial nunca hubiese ocurrido».

Geografía

España debe sentirse orgullosa por haber figurado en la Wikipedia como el hogar de una criatura fabulosa: «La costa del sol es un monstruo que engulle, abrasa y escupe de vuelta a millones de felices turistas europeos». Bélgica se convirtió en «Una estación de servicio situada entre Francia y Alemania. Está rodeada de campos de estiércol, una vaca y su especialidad es vender comida cara e indigerible a los viajeros de paso». Sobre Islandia se citó un proverbio local de dudosa veracidad: «No existe el concepto “mal tiempo”, solo el de “ropa no adecuada”».  Las cataratas del Niágara estuvieron ubicadas «entre los límites de Ontario y algún pedazo sin importancia de Estados Unidos». Y la página de Polonia en lugar de una descripción al uso lució el ficticio diario de un inglés de visita por el país:

«Lunes: He ido a beber con los polacos.
Martes: Creo que voy a morir.
Miércoles: he ido a beber con los polacos de nuevo.
Jueves: ¿Por qué coño no la palmé el martes?».

Sobre Estados Unidos alguien apuntó el dato de interés más maravilloso y certero jamás escrito: «Los Estados Unidos son históricamente importantes por convertirse en la primera nación con obesos pobres».

Las páginas que dejaron de ser

La capacidad de poder crear páginas propias sobre cualquier tema que revolotease por la cabeza del usuario propició la aparición de infinidad de gracietas efímeras en forma de entradas oficiales: una página llamada «Nooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo» que redirigía al lector hasta la dedicada a Darth Vader, la «lista completa de todos aquellos conductores arrestados por conducir borrachos que han llegado a ser presidentes de Estados Unidos» donde solo figuraba el nombre de George W. Bush, «Prostitutas muertas en la cultura popular», «Cómo comerse un escorpión mientras se está apareando», «La iglesia de Sonic the Hedgehog», «Cómo tener sexo en Texas», «Lista de cuevas de Dagobah donde la Fuerza es poderosa », «Caballitos de mar gays», «Jugadores de 3D Space Cadet Pinball incapaces de satisfacer a sus mujeres», «Esa chica pelirroja que le gusta a Charlie Brown y a la que llaman Heather en los dibujos animados donde los adultos hablan así: “Wee wah wah waw”»,«Gente que no ha cometido suicidio porque está viva», «Plantas con siluetas eróticas», «Lista de medusas que han picado a gente famosa» y su hermana «Lista de gente famosa picada por medusas», «NO SÉ CÓMO SE HACE UN ATRÍCULO DE WIKERPEDIA», «Lista de parques de atracciones de Disney en Andorra» o la página «La creencia de que un zombi judío que era su propio padre puede hacerte vivir eternamente si devoras simbólicamente su carne y aceptas telepáticamente que estás dispuesto a aceptarlo como tu maestro para que él elimine toda la maldad humana que habita en tu alma», una página que redirigía al lector directamente hacia «Cristianismo». Algo perturbador fue el caso de la entrada «Gente que está viva o muerta», una sección en la que solo existía una lista con tres nombres: Bill Murray, Michael Jackson y el papa.

En la entrada «Iglesia católica» apareció está imagen modificada del cuadro Crucifixión de Albrecht Altdorfer con el pie de foto «¿Dónde está Wally en la crucifixión?». Funfact: La estampa realmente contiene un Wally.

En la entrada «Iglesia católica» apareció está imagen modificada del cuadro Crucifixión de Albrecht Altdorfer con el pie de foto «¿Dónde está Wally en la crucifixión?». Funfact: La estampa realmente contiene un Wally. (Clic en la imagen para ampliar).

También hubo un buen montón de pitorreos que adoptaron la forma de categorías (una herramienta de clasificación de la propia web) con intenciones jocosas: «Edificios que Elvis ha abandonado», «raperos con nombres relacionados con el hielo», «Pintores clown bisexuales», «Actores que han besado con la boca abierta a sus hermanos», «Cosas mitológicas basadas, aunque sea en parte, en los pollos», «Vicepresidentes que han disparado a alguien» y «Gente a la que ha disparado un vicepresidente», «Canciones sobre bananas», «Pedos en la literatura», «Palabras que suenan graciosas», «Guerras que Francia ha perdido» o «Intelectuales que los jueves llevan calcetines azules y son críticos de George W. Bush», una categoría que no tardó demasiado en generar un comentario curioso por parte de otro editor de Wikipedia: «No tengo claro por qué unos calcetines criticarían a George W. Bush».

Política

Durante cierto tiempo Paul Ryan figuró en la lista de animales invertebrados, los políticos belgas fueron «Ministros que cabalgan desde su casa hasta la oficina montados en cabras pigmeas alimentadas con chocolate y amargura europea» y Dana J. Boente fue etiquetado como la «nueva marioneta hecha con un calcetín» de la administración Trump. Pero, a falta de ver que le depara el futuro digital a Donald J. Trump, uno de objetivos más interesantes para la mofa siempre ha sido el incombustible George W. Bush. Aquel presidente que protagonizó una página titulada «Lista de las drogas que consumió George W. Bush mientras evadía el servicio militar» donde se enumeraban cosas como cocaína, monóxido de dihidrógeno (el nombre más rebuscado del agua común), cristales de dilithium (un mineral de Star Trek), Mountain Dew, pieles de plátano o un cloruro de sodio (lo que viene a ser la sal de toda la vida) que «como todo el mundo sabe, tiene el efecto secundario de hacer que una persona quiera convertirse en presidente para bombardear países que comience con las letras “a” e “i” y terminen en las letras “fganistán” y “rak”». Entretanto, la entrada «El número tres de Al Qaeda» estuvo especialmente concurrida durante cierto tiempo gracias a los editores graciosos. En ella no solo se especificaba que ser «el #3 de Al Qaeda» era algo tan peligroso como ser batería de Spinal Tap sino que también se enumeraba una enorme lista de todas aquellas personalidades que habían ocupado dicha posición antes de ser eliminadas: Paul Lynde, Fatty Arbuckle, Papá Pitufo, Keith Moon, Roy Rogers, la banda de muppets Dr. Teeth and The Electric Mayhem, RoboCop, Jor-El, Stephen Hawking, Gary Glitter, J. R. de Dallas, Bon Scott, Patrick Ewing, Maurice Chevalier o Max Rebo, el teclista de la banda musical que toca en la cantina de El retorno del jedi,

Ciencia

Cuando de repente Stephen Hawking figuró como «científico, británico y cíborg» en Wikipedia pocos levantaron una ceja, porque aquel chiste estaba demasiado visto. Mucho más interesantes fueron los diferentes enunciados científicos redactados en plan de coña: la primera ley de la termodinámica se reescribió como «No hablar de la termodinámica». La cuarta ley de Newton se estableció como «No te sientes nunca debajo de un manzano». Se consideró un hecho probado que «El cuerpo de un ser humano es capaz de tolerar más alcohol del habitual en un escenario donde exista la barra libre». El artículo sobre daltonismo explicó que el mejor método para detectarlo pasaba por «meterse el dedo en la nariz y sujetar una pierna en el aire mientras se canturrea el himno nacional» apuntando que «los mejores resultados se obtienen al hacerlo desnudo y en público». La «Rolypology Theory» enunció que el ser humano no se veía afectado por el constante movimiento de la Tierra al haberse acostumbrado al mismo de manera natural tras miles de años habitando el planeta, pero también aseguró que los dinosaurios más pequeños las pasaron putas para mantenerse en pie y acabaron perfeccionando las volteretas como medio habitual de desplazamiento. En el apartado «Velocidad de la luz» se especificaba que fue calculada por Isaac Asimov corriendo, con un cronómetro en la mano, para alejarse de la luz producida por una bombilla recién encendida.

Sobre el tema particular de las bombillas, la Wikipedia acogió en cierto momento una revelación científica fascinante que parecía ideada por Terry Pratchett: «Una idea errónea, y muy generalizada, sobre las bombillas es que emiten luz, cuando en realidad lo que hacen es absorber la oscuridad. Se trata de un mito que ha sido difundido principalmente por los cristianos más incondicionales, aunque tanto la Iglesia católica como la mayoría de iglesias protestantes no se han pronunciado sobre el tema. […] Lo que los partidarios de la “teoría de la emisión” utilizan como prueba es el hecho de que las bombillas se calientan cuando están encendidas. Pero el asociado de Thomas Edison, Charles Dickons, explicó en una edición de Popular Mechanics que dicho calor en realidad provenía de la fricción de la oscuridad al entrar al vidrio, y la mayor parte de la comunidad científica avala esa “teoría de la absorción”. Esto no hace que la “teoría de la emisión sea incorrecta”, pero sí que se considere fuera del ámbito de la ciencia».

Otros apuntes científicos señalaron que «Las agnóstidas son un tipo de trilobites que no tienen del todo claro si Dios existe o no» o definieron el «Wikipedium» como un elemento con una cantidad infinita de protones, neutrones y electrones. El mejor peor chiste malo llegó en forma de una foto que lucía orgullosa y valiente en la página «Water on Mars [Agua en Marte]»:

Imagen: Wikipedia.

Gamberradas

La página «Lista de asesinos en serie según su número de víctimas» de la Wikipedia anglosajona incluía el texto por defecto que se añadía a las enumeraciones inacabadas de la enciclopedia: «Esta lista está incompleta, puedes ayudar a expandirla». El chiste estaba ya medio cocido y fue cuestión de tiempo que alguien añadiese un «… matando a alguien». Poco después otro administrador reimaginó la frase con más sorna y un «Esta lista está incompleta. Puedes ayudar a expandirla proporcionando más información sobre víctimas. Por favor, no ayudes a expandirla matando gente».

Otros usuarios se dedicaron a deslizar entre las páginas de la Wikipedia vacas dibujadas en ASCII que provenían de los tiempos de las BBS, hacer trastadas para que algún pie de foto canturrease hands up in the air like you just don’t care, dejar completamente en blanco la página «Bloqueo del escritor», definir el parkour como «lo que hacen aquellos que no son capaces de practicar un deporte real», establecer que la competición fotográfica Wiki Loves Earth de Filipinas se basaría en hacer fotos pornográficas de calidad que impliquen monumentos naturales en mayor o menor medida, esconder una sorpresa en la imagen de Vlad el empalador, colar spoilers sobre películas (El sexto sentido, Juego de lágrimas, Psicosis o El club de la lucha) en la página que advierte formalmente que el lector puede encontrarse con spoilers o presentarse como Jesucristo en el rincón de pruebas de Wikipedia (la denominada sandbox) para aclarar que su problema con La pasión de Cristo era que le permitió demasiadas licencias dramáticas a Mel Gibson.

Pero no todos los chistes malos están castigados en el cuarto de la vergüenza, ni toda la Wikipedia está realmente exenta de chistes: la página que recoge una colección ordenada de los artículos más peculiares de la Wikipedia está ilustrada con la imagen de una vaca con astas de alce y el texto: «Una vaca con cornamenta encima de un poste. Wikipedia contiene una serie de artículos e imágenes que resultan igual de impactantes y muuu muuuravillosos» (1).

Imagen: Captain Albert E. Theberge, NOAA Corps (ret.)

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(1) «Udderly amoosing» en el original, un juego (malo) de palabras con las ubres y los mugidos bovinos bastante difícil de traducir con gracia.


Cultura continua

Platón y Aristóteles; detalle de La escuela de Atenas, de Rafael Sanzio, 1509.

Padre y maestro mágico, liróforo celeste,
que al instrumento olímpico y a la siringa agreste
diste tu acento encantador.

(Rubén Darío)

En 1959, el físico y novelista británico C. P. Snow dio una conferencia titulada Las dos culturas, que posteriormente desarrolló en forma de libro: Las dos culturas y la revolución científica, texto que alcanzó gran difusión y dio pie a un debate cuyos ecos aún no se han extinguido. En su ya clásico ensayo, Snow se lamenta de la profunda brecha que separa la «cultura humanística» de la «cultura científica»; recordemos uno de sus párrafos más citados:

A menudo he participado en reuniones de personas que, según los criterios de la cultura tradicional, se consideraban muy cultas y que expresaron su asombro ante la incultura de los científicos. En alguna ocasión me provocaron y pregunté a mis interlocutores si podían enunciar la segunda ley de la termodinámica, la ley de la entropía. La respuesta fue fría y negativa. Sin embargo, yo estaba pidiendo algo que para los científicos sería equivalente a preguntar: «¿Has leído alguna obra de Shakespeare?». Y ahora pienso que si hubiera hecho una pregunta aún más sencilla, como qué es la masa, o la aceleración, que es el equivalente científico de saber leer, solo uno de cada diez habría considerado que hablábamos el mismo idioma. Mientras el gran edificio de la física moderna crece sin cesar, la mayoría de la gente culta de Occidente tiene los mismos conocimientos científicos que sus antepasados del neolítico.

Y aunque la situación ha cambiado un poco en las últimas décadas, está lejos de ser satisfactoria. El anaritmetismo —la incapacidad de leer el lenguaje de los números, es decir, de interpretar las fórmulas matemáticas más simples— sigue siendo endémico entre la gente «de letras» (Stephen Hawking solía contar que su editor le había dicho que por cada fórmula que incluyera en sus libros de divulgación se reducirían las ventas a la mitad), y el emblema de nuestra desquiciada cultura podría ser un cerebro con el cuerpo calloso atrofiado y los dos hemisferios desconectados.

La tercera cultura

En la segunda edición de Las dos culturas y la revolución científica, publicada en 1963, Snow añadió un apéndice titulado «Las dos culturas: una segunda mirada», en el que vaticina la aparición de una «tercera cultura» capaz de superar la brecha entre ciencias y letras. Y en 1995, en un libro titulado precisamente La tercera cultura, el editor John Brockman retomó la idea y popularizó la expresión; aunque, más que de una verdadera superación del problema, hablaba del creciente interés de algunos científicos —como Roger Penrose, Richard Dawkins o Marvin Minsky— por cuestiones filosóficas o tradicionalmente consideradas «humanísticas» (como si las matemáticas o la biología fueran menos humanas que la filosofía o la historia). Más que documentar una supuesta confluencia de las dos culturas, el libro de Brockman parecía dar la razón a Stephen Hawking, al que pregunté unos años antes cómo veía la relación entre filosofía y ciencia, y me contestó: «Ahora los filósofos solo se dedican al lenguaje, y los científicos tienen que ocupar el lugar que han dejado vacante».

El problema se agrava por el hecho de que, en las últimas décadas, algunos intelectuales «de letras» se han acercado a la ciencia con una mezcla de fascinación, oportunismo e insolvencia que, paradójicamente, se traduce en una nueva forma de alejamiento. Por una parte, y para construir un discurso relativizador que acaba mordiéndose la cola, algunos posmodernos (solo algunos: no hay que meterlos a todos en el mismo saco) se apropian alegremente de la prestigiosa terminología científica; por otra parte, y en la medida en que esta apropiación indebida no funciona o solo funciona tergiversando los términos usurpados, niegan la objetividad de la ciencia misma, hasta el extremo de que algunos relativistas culturales han llegado a decir que las matemáticas y la física son relatos arbitrarios.

En este sentido, resulta especialmente significativo el empeño de muchos posmodernos, relativistas culturales y «nuevos filósofos» por desprestigiar el marxismo, en contraste con su tolerancia hacia otro de los grandes metarrelatos de nuestro tiempo: el psicoanálisis. Mientras los esfuerzos de Marx por estudiar con rigor científico los fenómenos económicos y sociales son demonizados o ridiculizados, las fabulaciones seudocientíficas de un Lacan gozan del mayor prestigio. Y, por otra parte, el propio Lacan nos brinda uno de los más claros ejemplos de apropiación indebida de determinados conceptos científicos para incorporarlos abusivamente a un discurso al que intenta, de este modo, dotar de mayor solidez (como los caníbales que se comían el corazón de su enemigo para adquirir su valor). Lacan habla sin ningún pudor de la topología del inconsciente y de los toros y bandas de Möbius que según él estructuran nuestro psiquismo, y llega al extremo de identificar el falo con la raíz cuadrada de –1. Como dicen Alan Sokal y Jean Bricmont en su polémico libro Imposturas intelectuales: «Resulta perturbador ver tu órgano eréctil igualado a la raíz de –1. Nos recuerda a Woody Allen, que, en Sleeper, les dice a quienes intentan reprogramarlo que no toquen su cerebro porque es su segundo órgano favorito».

La relación de posmodernos y relativistas culturales con la ciencia recuerda a menudo la conocida fábula de la zorra y las uvas: algunos intentan apropiarse furtivamente de los frutos de la ciencia y, cuando no consiguen alcanzarlos, dicen que no están maduros.

Filosofía y ciencia

Los antiguos filósofos fueron los primeros científicos. ¿Serán los modernos científicos los últimos filósofos?

En Dialéctica de la naturaleza, dice Engels: «Los científicos creen librarse de la filosofía ignorándola o despreciándola. Pero puesto que sin pensamiento no pueden avanzar y para pensar necesitan pautas de pensamiento, y toman dichas pautas, sin darse cuenta, del sentido común de las llamadas personas cultas, dominado por los residuos de una filosofía ampliamente superada, o de ese poco de filosofía que aprendieron en la universidad, o de la lectura acrítica y asistemática de textos filosóficos de toda índole, no son en absoluto menos esclavos de la filosofía, sino que la mayoría de las veces lo son de la peor; y los que más desprecian la filosofía son esclavos precisamente de los peores residuos vulgarizados de la peor filosofía».

A primera vista, Hawking, con su contundente sentencia antes citada, parece contradecir a Engels; pero, en última instancia, está señalando el mismo problema —la misma dicotomía— desde un ángulo y un momento diferentes. Ambos vienen a decir que la ciencia y la filosofía, que empezaron siendo una misma cosa, tienen que volver a unirse tras su largo divorcio. Nadie puede, hoy día, arrogarse el título de filósofo sin un sólido conocimiento de la física del siglo XX y de la lógica posterior a Gödel. La vieja advertencia platónica: «Que no entre aquí quien no sepa geometría», sigue en la puerta de la Academia; solo que ahora la geometría ya no es euclídea y la advertencia está en un idioma que muchos no entienden. Y los científicos no pueden ser «esclavos de los peores residuos vulgarizados de la peor filosofía». Einstein tuvo que estudiar a fondo a Mach y a Schopenhauer, y tanto Gödel como Wittgenstein eran, al igual que Pitágoras, matemáticos-filósofos. La misión de la filosofía es transformar el mundo, como nos recuerda Marx, y para ello ha de fundirse con la ciencia.

No se trata de que los filósofos se apunten a un curso acelerado de física y viceversa: es necesario y urgente un cambio de paradigma pedagógico que, empezando por la escuela, elimine la compartimentación del saber, y muy especialmente la drástica separación entre «ciencias» y «letras», clara expresión de una cultura represiva que también establece barreras artificiales —y en última instancia ideológicas— entre lo masculino y lo femenino, lo apolíneo y lo dionisíaco, la cordura y la locura, lo infantil y lo adulto, el trabajo y el juego… Un pensamiento binario que nos predispone a aceptar pasivamente la más básica y brutal de las dicotomías: la oposición entre ricos y pobres.

No se trata de alternar, compensar, parchear, barnizar o superponer, sino de integrar. No se trata de ser rígidamente apolíneo de día y desaforadamente dionisíaco de noche, como el doctor Jekyll, sino de concederle a la lucidez el don de la ebriedad, como han hecho a lo largo de los siglos grandes «maestros mágicos» como Platón o Hipatia, Ada Lovelace o Lewis Carroll, que dieron su acento encantador tanto a la lira de Apolo como a la siringa de Pan. O como el inconmensurable Leonardo, que seguía siendo matemático cuando pintaba y artista visionario cuando diseñaba sus ingenios mecánicos o sus estudios de anatomía. La palabra clave es continuidad (también en el sentido matemático del término), porque la cultura es un organismo vivo, y si la troceas, la matas.

La cultura, como la revolución, o es continua o no es.


Carlo Frabetti: «He vendido más ejemplares de “Malditas matemáticas” que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro»

A Carlo Frabetti (Bolonia, 1945) a menudo se lo presenta como un escritor italiano que escribe en castellano, aunque desde los ocho años vive en España. Él no parece estar en desacuerdo con esta descripción; apunta que, según los psicólogos, todo se resuelve en los primeros siete u ocho años de vida y, además, no tiene pasaporte español. Con un centenar de libros publicados, este matemático de formación ha sabido reconciliar ciencia y humanidades, literatura para adultos y libro juvenil, marxismo y cristianismo, entre otras dicotomías aparentes, en sus libros y columnas para la prensa. Su carrera abarca un recorrido de difícil catalogación durante el que ha alcanzado la cima varias veces: en los ochenta fue con La bola de cristal, en los noventa con la literatura; ha llegado a ser el autor más leído en Cuba, después de Fidel Castro.

En la terraza de su casa en La Bisbal del Penedés, bajo la sutil y constante luz característica de una tarde de primavera, el ruido es inexistente. Es el lugar perfecto para más de tres horas de conversación tranquila que dan para profundizar en su trayectoria y reflexionar sobre ciencia, literatura, filosofía, política, religión, actualidad. Gestiona sus respuestas con la calma del que parece capaz de mantener su presión arterial baja, con una actitud en apariencia neutral y distante, pero con opiniones no exentas de indignación por las injusticias; sabe que el sistema está roto, pero no transmite ninguna urgencia en particular.

Te dedicas a muchas actividades que no parecen relacionadas: divulgación científica, activismo político, literatura infantil y juvenil… ¿Cómo se relaciona todo esto?

Cuando te interesa y te preocupa el mundo en el que vives, el viaje viene a ser siempre el mismo: un viaje hacia el conocimiento. Puedes cambiar de vehículo, hay gente que se siente muy cómoda con un vehículo concreto y hace el viaje siempre o casi siempre en ese vehículo, pero hay otros que por razones a veces circunstanciales vamos cambiando.

Hay una serie de cosas que me han gustado a lo largo de la vida y he tenido la suerte de poder dedicarme a varias de ellas, ganando el mínimo de dinero que me ha permitido emplear un tiempo considerable en esas actividades. Todos hacemos muchas cosas, pero no siempre nos pagan por ellas. Si me pagaran por pasear, sería paseante profesional. Sin embargo, por escribir, por hacer divulgación científica o dar clases, que son cosas que siempre me han gustado, he conseguido que me pagaran lo suficiente para vivir.

El activismo político, por el contrario, no solo no te lo pagan, sino que te lo hacen pagar caro. Cuando vives en un mundo tan injusto como este e intentas comprenderlo, llega un momento en el que no te conformas con comprender y piensas que, si puedes hacer algo, por modesto que sea, para modificarlo, tienes que hacerlo. Es lo que decía Marx: «Hasta ahora los filósofos se han preocupado por interpretar el mundo y lo que hay que hacer es cambiarlo». Esa frase me influyó mucho. Yo era un ratón de biblioteca, estaba obsesionado con conocer, y me di cuenta de que no bastaba, que había que utilizar ese conocimiento para hacer algo.

Naciste en 1945 y llegas a España ocho años después, ¿a qué se debió esta decisión familiar?

Algo muy italiano, mi padre montó en Valencia una fábrica de máquinas para hacer helados. Al principio vino él solo a España y durante un tiempo mi madre y yo íbamos y veníamos. A partir del 53, a mis ocho años, tuvimos casa propia en Valencia, nos instalamos, mi hermana nació en Valencia. Y la causa fue esa. En Valencia había una gran afición a los helados, y cuando nosotros llegamos se hacían a mano. Había unos tambores de corcho llenos de hielo con sal y un cilindro de metal con la crema dentro que había que mover a mano hasta que se congelaba, mi padre a eso le puso un motorcito y, en vez de corcho, una estructura refrigerante, y así empezó a fabricar máquinas de hacer helado aptas para instalarse en cafeterías. Llenó España. Primero Valencia y luego todo el país.

¿Cuándo publicaste tu primer libro y cuántos has publicado?

He publicado un centenar, en números redondos. Pero mi primera novela, posterior a los libros de cocina vegetariana, yoga, juegos y pasatiempos matemáticos, la publiqué en el 94. Fue una novela infantil que, para mi sorpresa, tuvo mucho éxito. Nunca me había planteado ser narrador, que es algo mucho más concreto que ser escritor. Me paso el día escribiendo desde hace muchos años. Había hecho guiones de televisión, teatro, poesía, pero narrativa… cuentos sí, pero novela no. Alfaguara, a raíz del éxito de La bola de cristal, me pidió algo…

Esto fue en el 94 y La bola de cristal acabó en el 88.

Sí, digo a raíz, pero no inmediatamente. Se pusieron en contacto conmigo, pero la primera novela no salió hasta el 94. Fue La magia más poderosa. Tuvo mucho éxito… Yo entonces no tenía ni idea de cómo funcionaba el mercado de la literatura infantil, pero resulta que el 90% de las ventas ocurre en los colegios. Lo que se llama venta por prescripción. La venta por impulso, es decir, que entre un niño o su padre en una librería y compre un libro, solo supone el 10%.

En algún colegio deciden que un libro está bien y compran cincuenta o cien de golpe. La magia más poderosa tuvo éxito porque gustaba a la vez a niños y profesores. Muchas veces lo que les gusta a los niños a los profesores no les parece lo suficientemente instructivo o didáctico y viceversa, lo que les gusta a los profesores a los niños les parece aburrido. Este libro se convirtió en un best seller infantil y, a raíz de eso, empezaron a pedir más y más.

Teniendo en cuenta que eres matemático y escritor, ¿cómo ves la relación actual entre ciencia y letras?

Pobre. Muy pobre. Cuando yo era joven la dicotomía era brutal. Casi se podía hablar de enemistad. De hecho, había un pique entre la gente de letras y la de ciencias. Los de ciencias decíamos que los de letras utilizaban la memoria porque carecían de inteligencia y los de letras que los de ciencias estábamos deshumanizados. Ahora por suerte la situación ha cambiado, pero sigue habiendo una separación demasiado estricta a mi modo de ver. Mi objetivo con los libros de divulgación que hago para Alianza y con los libros infantiles, donde siempre hablo de ciencia de alguna manera, es acercar estos dos campos. Porque este divorcio hace mucho daño a las dos partes.

En tu primer artículo en El País, en el año 96, hablas precisamente de eso, ¿seguimos un paradigma de cultura oficial basada exclusivamente en lo literario y artístico?

El cambio más significativo empieza a notarse en este siglo; si contemplamos un intervalo de sesenta años sí que hay un cambio considerable, científicos que se interesan por las humanidades y humanistas que se interesan por la ciencia.

¿Los hay?

Claro. Los filósofos se interesan por ejemplo con la irrupción de la mecánica cuántica, que es de principios del siglo XX, igual que la relatividad. Ya la relatividad influyó en movimientos artísticos y literarios como el surrealismo y el cubismo. Poco a poco la ciencia se ha ido infiltrando en el discurso literario y artístico.

¿Crees que los filósofos comprenden la mecánica cuántica?

Al menos lo intentan, que ya es algo. Aunque algunos lo único que hacen es apropiarse de la terminología de manera puramente efectista, como han señalado críticos como Sokal.

Cuando entrevistamos a Jesús Mosterín también los puso a parir a todos, a Derrida… no dejó títere con cabeza.

Yo también los he puesto bastante a parir. Lo que pasa es que valoro el intento. Que hablen, aunque sea mal, ya es algo. Recuerdo haberle enseñado a un conocido escritor un libro en el que había fórmulas y que dijera: «Quita, quita, eso es pornografía». Esta mentalidad sigue muy presente. Pero al menos se dan cuenta de que hay conceptos nuevos… Porque la física de Galileo y Newton no es nada contraintuitiva y no interfiere con la visión del mundo que viene de los griegos. Sin embargo, la mecánica cuántica y la relatividad son totalmente contraintuitivas, te obligan a modificar tus ideas. Y los filósofos, algunos, sí se han dado cuenta de esto e intentan no perder ese tren. A veces lo hacen de una forma lamentable, como cuando Lacan te dice que el falo es la raíz cuadrada de menos uno, que es… bueno, señor, córtese un poquito.

Te consideras discípulo de Martin Gardner, ¿qué aportó este matemático y divulgador a la sociedad?

Sí, me considero discípulo suyo porque empecé a leer sus artículos en Scientific American cuando todavía no se publicaban en España. Tenía diez u once años y se convirtió automáticamente en mi ídolo; si echas una ojeada a mi biblioteca tengo un estante lleno con toda su obra. No solo es un divulgador matemático excelente, sino que tiene libros filosóficos, ensayos contra el irracionalismo y contra las pseudociencias, es un escritor sumamente interesante en muchos aspectos y, sí, lo considero un maestro. A él y a Raymond Smullyan, de hecho, eran amigos, los dos han muerto recientemente. No llegué a conocerlos, pero sí me escribí con ellos. Tengo una novelita que no está publicada en España, solo en Cuba, que está dedicada a ellos dos y aparecen como personajes. Se titula las Las islas desventuradas y no me la quisieron publicar en España.

Todas las editoriales de libros infantiles, sean religiosas o no, tienen en cuenta que tienen que vender en los colegios religiosos. En el libro Las islas desventuradas los buenos son los herejes y los malos son los católicos ortodoxos, y esto no les pareció bien. Pero en Cuba tuvo muchísimo éxito.

Has dedicado mucho trabajo a los pasatiempos matemáticos. El primer desafío lógico que planteaste en la revista Algo fue el de los nueve puntos, ¿por qué es tan importante este problema?

Lo encuentro muy interesante porque es un claro ejemplo de que muchas veces, al intentar resolver un problema, no solo de matemáticas sino en cualquier área, nos imponemos más condiciones de las que en realidad nos piden. ¿Cuál es la condición no pedida que casi todo el mundo se impone sin darse cuenta? Que todos los vértices de la línea quebrada coincidan con alguno de los nueve puntos, pero eso no te lo piden… solo te dicen que tiene que ser un trazo continuo y de segmentos rectilíneos. Me parece un acertijo precioso. Ahora mucha gente lo conoce, se hizo famoso. ¿De cuándo es esta revista? [Señala un ejemplar de la revista que hemos llevado].

Del 84.

Me da vértigo. En su día muy poca gente resolvía ese problema. Todo el mundo llegaba a la conclusión de que tenían que ser cinco líneas, no que con cuatro bastaba.  

¿Qué recuerdas de esta revista de divulgación?

La recuerdo con mucho cariño porque, por desgracia, las revistas de divulgación científica o son poco accesibles o son poco serias. Pasamos de Investigación y Ciencia a Muy Interesante. Es tremendo. La revista Algo, por el contrario, era bastante seria y muy accesible.

En tu último libro, Detective íntimo, dices que la clave del pensamiento lateral es la atención flotante. Cuéntanos más.

Creo que en el propio libro lo explica el detective. No es una idea mía, cuando nos concentramos de una manera un poco obsesiva en una idea perdemos de vista el contexto. Esto lo saben todos los escritores. Lewis Carroll inventó un aparatito, que llamaba nictógrafo, para anotar ideas durante la noche. Entonces no era fácil tener una lamparita en la mesilla de noche, así que inventó ese artilugio porque de repente se despertaba con una idea genial y, si no la escribía, al día siguiente se le había olvidado. En estados como el duermevela o cuando uno está a punto de despertarse, la mente no ha puesto en marcha todas sus rutinas de control. Hay una serie de mecanismos mentales que son muy útiles, aunque a veces nos atenazan un poco. La atención flotante es un concepto que usan mucho los psicoanalistas, consiste en escuchar lo que te dicen, pero sin estar excesivamente concentrado. Dejar que la mente vague un poco a su antojo para no perder de vista cosas que pueden parecer accesorias pero que son información relevante.

Contabas en una conferencia que Malditas matemáticas lo escribiste a partir de los recortes de un libro de texto que los responsables de la editorial rechazaron por ser demasiado divertido.

Sí, Alfaguara y Santillana son de la misma empresa, Prisa. Están en plantas sucesivas de un mismo edificio. Hubo una época en que casi todos mis libros infantiles los publicaba en Alfaguara. Un día me llamaron del piso de arriba, de Santillana, donde siguen haciendo libros de texto, y me dijeron que, como yo era matemático, que por qué no les hacía un libro para segundo de la ESO.

¿El libro entero?

Sí. Me pasaron el programa y lo desarrollé. Meticulosamente. Intentando poner ejemplos divertidos, creando situaciones que ilustraran el concepto en vez de soltarlo sin más, seco y árido. Y me quedé muy contento. Lo llevé y me dijeron que no podía ser, que era demasiado divertido. Estaban ahí todos los conceptos, pero me dijeron: «No, no, no, tienes que podarlo», por así decirlo, y hacerlo más ceñido a lo que la gente espera de un libro de texto.

Pero claro, me dieron mucha pena aquellos descartes y decidí hacer una novelita. Y la llevé al piso de abajo. Al principio la rechazaron también, esto era a finales de los noventa, y me dijeron lo contrario que me habían dicho en el piso de arriba, que los niños detestan las matemáticas y lo que quieren es divertirse, que las matemáticas fuera. Y me fui muy triste a mi casa. Pero tuve la suerte de que el año 2000 fue el año mundial de las matemáticas y me llamaron de Alfaguara: «Oye, queremos publicar algo, y no importa que no se venda mucho, para poder decir que hemos publicado algo conmemorativo».

Ahora te lo han reeditado.

No solo me lo han reeditado, he vendido más ejemplares de Malditas matemáticas que de los otros cien libros juntos. Vivo de ese libro. He vendido más de un millón de ejemplares en todo el mundo. Se ha traducido al mongol, al turco, al iraní… Hoy mismo me ha llamado la directora del Museo de la Ciencia de Valladolid para decirme que han hecho una sección de matemáticas y que si no me parecía mal la iban a llamar «Malditas matemáticas». Y a ver si iba a la inauguración y tal. Un libro que se pasó dos años en un cajón de pronto se ha convertido en un best seller

Cuando entrevistamos a Jin Akiyama nos contó que lleva veinticinco años con un programa de televisión y que es toda una celebridad en Japón. ¿Cómo podemos convencer a los políticos de la necesidad de acercar los números a la sociedad?

Yo me conformaría con convencer a los políticos de que respeten los derechos humanos. Vivimos en un país donde la irracionalidad más obtusa se ha instalado en todos los niveles oficiales.

Gracias al éxito de La bola de cristal tuve un momento en el que me hacían caso, algo de caso, en televisión. Y una de las cosas que propuse fue un programa de ciencias, pero muy enfocado a cuestiones de matemáticas y geometría. Al principio me dijeron que era muy interesante, pero no salió. Nunca salió. No es fácil, no creo que sea fácil ahora. Estamos muy atrasados en cuanto a programas culturales e incluso hemos ido hacia atrás.

La televisión de los años ochenta y noventa era bastante más interesante. Incluso durante el franquismo había programas de mayor calidad que ahora, por ejemplo, programas teatrales, entrevistas de larga duración. Había cosas que ahora no se ven.

Si pudieras pedir a los dioses algo que beneficiara a toda la humanidad, ¿qué les pedirías?

Es la famosa pregunta que le hicieron a Aristóteles. Yo a los dioses lo primero que les pediría es que desaparecieran, que se quitaran de en medio. Porque si en algo estoy de acuerdo con Marx es en que la religión es el opio del pueblo. Precisamente el pensamiento dogmático, el creer en dioses del tipo que sea, es lo más perjudicial. Si hubiera dioses y fueran benignos no habría que pedirles nada porque ya se encargarían ellos de cuidarnos un poquito y de evitar las injusticias igual que un padre impide que un hermano mate a otro. Como no nos cuidan, los dioses tienen que ser mala gente y les pediría que se largaran.

En un texto tuyo hemos leído que Fibonacci ideó su famosa sucesión viendo cómo los conejos se reproducen, y también dices que Fibonacci está presente en muchos fenómenos naturales. Las matemáticas, ¿las descubrimos o las inventamos?

Ese es un gran debate, pero en realidad es irresoluble. Solo Dios, si existiera, podría contestar a esa pregunta. De hecho, los matemáticos se dividen en idealistas y no idealistas, algunos los llaman materialistas, pero ellos lo rechazan. Los idealistas dicen que los entes matemáticos están ahí y nosotros los descubrimos, pero son independientes de la mente humana. De hecho, cualquier mente que hubiera en el universo los concebiría de la misma manera que nosotros; tal vez los expresaran o desarrollaran de otra manera, pero los conceptos básicos serían los mismos. Y otros, sobre todo los posmodernos, dicen que los conceptos matemáticos los inventamos, no los descubrimos. Es un debate irresoluble. Es casi la expresión de una sensibilidad personal situarse en un sentido u otro.

Etimológicamente, las dos palabras ¿no están relacionadas? Inventar y descubrir.

Sí, se habla muchas veces de descubrimiento como de invento. Lo que pasa es que son sinónimos solo en alguna de las acepciones, cuando hablas de descubrir América no hablas de inventar… aunque también haya algo de invención.

En Los jardines cifrados haces una lista de las treinta y una funciones identificadas en la Morfología del cuento de Vladimir Propp, ¿has tenido presentes estas funciones a la hora de escribir tus libros para jóvenes o adultos?

No siempre las tengo presentes a priori, pero yo releo mucho mis libros. Digo irónicamente que soy muy rápido escribiendo, pero muy lento leyendo.

En casi todos los relatos hay planteamiento, nudo y desenlace, si es un relato convencional, pero no todas las funciones están ahí. Si a lo que te refieres es a si uso las funciones como plantilla, no.

En El palacio de las cien puertas sigues el esquema que se hizo famoso con los libros de Elige tu propia aventura.

No suelo hacer libros de encargo, pero ese fue un libro de semiencargo, por así decirlo. Me llamaron para ver qué se podía hacer en esa línea, como en Elige tu propia aventura.

¿Por qué es interesante ese sistema?

Puede ser interesante o no tanto. He leído algunos, creo que a veces son bastante banales. No creo que sea una fórmula intrínsecamente muy interesante, porque en realidad cualquier libro que tenga un mínimo de complejidad te invita a seguir tus propios caminos, no es un monorraíl.

En ese libro también haces referencia a Alicia y Lewis Carroll. ¿Por qué te interesa tanto Alicia y por qué recomiendas este libro?

Para mí Lewis Carroll ha sido un referente en todos los aspectos. Algunas de las razones por las que ha sido tan importante son personales y circunstanciales. Lo leí de muy pequeño por primera vez, y fue un libro que me angustió. Vi la versión de Walt Disney siendo pequeño todavía, la de dibujos animados, luego hubo otras versiones cinematográficas. Me fui acercando a ese libro por distintos caminos. El hecho de que Carroll fuera matemático también me fascinaba, y hubo una época en la que me interesó mucho la fotografía y también me pareció Carroll un maestro como fotógrafo.

Poco a poco fui descubriendo su influencia en la literatura del siglo XX; tanto Joyce como Kafka son hijos de Carroll en alguna medida. Sobre todo, Joyce. Y, además, Carroll es el creador del retrato fotográfico. Es el que independiza la fotografía de la pintura. Los primeros retratos fotográficos eran cuadros. Planteaban imitar el gran arte. Y Carroll es el primero que se da cuenta de que es un lenguaje propio con sus recursos específicos y que no tiene por qué ser subsidiario o someterse de manera servil a los dictados de la pintura, sino que tiene que crear su propia estética y su propio lenguaje y hace unos retratos magníficos —muchos han desaparecido—. Vi en Bolonia, mi ciudad natal, una exposición de fotografías de Carroll que no sé de dónde las sacaron, porque no las he vuelto a ver en ningún sitio.

Jugabas al ajedrez con tu padre, ¿qué recuerdas de aquellas partidas?

Era muy interesante, porque no nos tomábamos el juego en sí demasiado en serio, siempre era un punto de partida para hacer suposiciones: «Si esto lo hubiéramos hecho de esta manera, si el alfil tal…». Lo que se llama ajedrez de fantasía a partir de partidas reales.

¿Os inventabais las reglas?

A veces.

De ahí sale el libro de El tablero mágico.

Exacto. De ahí sale.

Reconoces que no eres muy buen jugador de ajedrez, sino que lo que te gusta es hacer cosas alrededor del ajedrez.

Sí. Luego le dediqué más tiempo del necesario al ajedrez. Incluso llego a decir de forma autocrítica, no sé si en ese libro o en el de las Mil puertas, que jugar bien al ajedrez suele ser un signo de inteligencia y jugar muy bien suele ser un signo de estupidez. Hay que ser un necio o estar loco para dedicarle a ese juego el tiempo y el esfuerzo que requiere llegar a dominarlo, porque es un juego al fin y al cabo muy limitado. Solo para aprender la teoría de aperturas, que está estudiada desde el siglo XV…

Y con eso ya…

Ese es un requisito básico. Si no dominas las aperturas, cualquier jugador mediocre que sí las conozca en las cinco o diez primeras jugadas saca una ventaja posicional que luego, aunque seas mejor que él, no superas.

Ahora con la inteligencia artificial el ajedrez ha dejado de tener sentido.

Cualquier teléfono móvil te puede ganar. Me acuerdo cuando en los noventa el programa Deep Blue ganó a Kaspárov, aquello fue una conmoción. Había gente que, como argumento, decía que las máquinas podrían jugar al ajedrez, pero nunca tener el nivel de un gran maestro, porque un gran maestro es creativo, no analiza todas las posibilidades. Pero una máquina tampoco. Incluso para un ordenador, las posiciones de ajedrez, que son del orden de los septillones, son inabarcables.

Has prologado libros de Lem como Memorias encontradas en una bañera, ¿qué te parece este autor? ¿Asimov o Lem? ¿Cuál es tu novela de ciencia ficción favorita?

Mi novela de ciencia ficción favorita es Solaris, de Lem. Pero si tuviera que quedarme con un autor me quedaría con Asimov, que creo que es más amplio, versátil. Lem era un poco obsesivo. Solaris es la mejor de sus novelas, la más sutil. Le escribí, porque fui su editor durante diez años, su editor en castellano. Nos escribíamos en francés. En muchas de sus novelas hay un intento de contactar con una mente extraterrestre y el intento fracasa. En Fiasco pasa lo mismo, y en algunos cuentos. Le pregunté: «¿Esto le parece especialmente interesante, el tema del desencuentro, o es que cree que no hay posibilidad de encuentro o que es sumamente improbable?», y no me contestó. No sé si porque no le apeteció, si porque él mismo no lo tenía claro o porque no quiso revelar su punto de vista. Pero es curioso porque él nunca contempla, ni siquiera en sus cuentos de robots, medio humorísticos, la posibilidad de comunicación. E incluso como crítico era muy rígido, y bastante faltón. Insultaba continuamente a los autores de ciencia ficción estadounidenses. Con Ursula K. Le Guin, que murió hace poco, se metió alguna vez… no la desautorizó, pero dijo que La mano izquierda de la oscuridad era completamente inverosímil, que aunque fuera una novela brillante tenía cosas completamente inverosímiles, como que un humanoide pasara de mujer a hombre y de hombre a mujer. Era un escritor muy brillante, pero sumamente cuadriculado en algunos aspectos.

Es curioso cómo, siendo tan imaginativo, porque en sus libros hay cosas de una audacia imaginativa tremenda, fuera tan convencional en algunas cosas. Ursula le contestó muy bien, lo puso en su sitio: «Todo lo que usted dice tendría sentido si estuviera hablando de otra novela que no es la mía, porque usted quiere meterla en un marco que no es el suyo». De hecho, Lem se calló. ¿A quién machacó? A Harlan Ellison, por ejemplo. En este caso estoy bastante de acuerdo con Lem. Ellison fue un autor que ganó varios premios Hugo, pero a mí me parece un bluf. Era muy sensacionalista. Era una época en la que la ciencia ficción era bastante pacata y él empezó a meter sexo a lo bestia. Se hizo famoso por una antología que se llamaba Visiones peligrosas. Era una antología muy buena. Escribió cuentos muy famosos como No tengo boca y debo gritar o uno de un hombre que viaja a sus propios riñones. Hacía cosas así, muy efectistas y enrevesadas. Y luego desapareció sin dejar rastro.

A Robert A. Heinlein también le criticó.

Sí, el de Tropas del Espacio.

Robert A. Heinlein apoyó abiertamente la invasión de Vietnam por parte de Estados Unidos. Hubo un congreso mundial de ciencia ficción… Se solían celebrar en Estados Unidos o en Londres y un año, en el 69, lo hicieron en Heidelberg, en Alemania. Conocí a Poul Anderson y a Robert Silverberg, que estaban pegando fuerte. Entonces algunos alemanes y yo colgamos una pancarta diciendo que Poul Anderson y unos cuantos nombres más estaban a favor de que se rociara con napalm a los niños y se violara a las mujeres. Llegaron una panda de fans con cadenas a zurrarnos directamente. En el recinto universitario tuvimos una batalla campal. Mi involuntaria «venganza» fue ligar con la hija de Poul Anderson, que estaba por allí. Era una chica encantadora, y él también, era muy cordial, pero firmó el documento de apoyo. Asimov y unos cuantos más les contestaron con contundencia, hubo cierto enfrentamiento y fue la primera vez que la ciencia ficción se politizó de una manera clara.

Eres el que concibe la idea de La bola de cristal, desde el título hasta sus guiones, y fuiste uno de sus guionistas hasta el final, pero sobre La bola de cristal hay un libro publicado por la directora del programa y otro publicado por ti.

En realidad, mi libro lo hice como respuesta al suyo. Ella llegó a atribuirse mis guiones, que están registrados en la sociedad de autores. Su libro fue un best seller, llegó a vender cuarenta mil ejemplares o más, y cuenta cómo se le ocurrió, hablando con su abuela, el título La bola de cristal. Yo, que había dado cursos de guion explicando cómo se me había ocurrido el nombre de La bola de cristal, cómo se me había ocurrido la bruja Avería… Lógicamente, me indigné. Como tenía algunos relatos sueltos sobre el tema de la transacción, pues me interesa mucho lo que las relaciones humanas tienen de transacción en un mundo mercantilizado, aproveché y le dediqué el prólogo, donde cuento sencillamente esta historia.

¿Se te apoyó en los medios?

No. De hecho, escribí a algunos medios, por ejemplo, a La Vanguardia, diciendo que lo que decía esa señora era mentira y se podía demostrar, y no me hicieron caso. Ningún caso.

Televisión se quedaba con los derechos. La bruja Avería en teoría es de TVE, yo la he usado en mis libros y a TVE le da exactamente igual, pero teóricamente podrían demandarme, aunque ganaría yo ese pleito, porque la propiedad intelectual es irrenunciable. Ahora no te puede pasar lo que al pobre Salgari, que tenía un montón de hijos y, desesperado, vendía sus libros por cantidades ridículas, de modo que sus editores se hicieron riquísimos y él se suicidó. El padre de Sandokán.

Cuéntanos cosas de la época de La bola de cristal.

En televisión había un vacío de poder o un descontrol que permitía hacer cosas. Siempre que no pidieras mucho dinero, te dejaban hacer. Y la verdad es que, durante cuatro años y medio, en La bola de cristal hicimos lo que quisimos. Se lo cargaron por razones políticas en pleno éxito. Alguien dijo, no recuerdo qué ministro, que el programa lo usábamos para adoctrinar a los niños en el marxismo.

«Viva el mal, viva el capital», decía la bruja Avería.

Esa frase no es mía, es de Santiago Alba. A mí, aunque me hace mucha gracia, no me parece del todo bien. Mis camaradas me preguntan por qué en mis libros no hay arengas comunistas. Y contesto que porque a los niños hay que facilitarles que piensen solos. Tampoco metería asuntos religiosos… en todo caso, hay que hablarles de solidaridad, explicar que unas personas no son más importantes que otras, y esos no son valores exclusivamente marxistas. De hecho, se da la paradoja de que tengo el Premio de la Comisión Católica para la Infancia, que se concede al autor que fomenta los valores cristianos entre los más jóvenes.

En el programa había cosas que a mí me parecía que sobraban, pero no había motivo para cargárselo porque la bruja Avería dijera «Viva el mal, viva el capital». Eran como frases sueltas, no había un discurso político ni un relato adoctrinador.

Con el tiempo ha habido un reconocimiento intelectual del programa.

Sí, sí, y gracias a eso pude seguir haciendo televisión unos cuantos años. Gané una cantidad obscena de dinero, porque en aquella época te pagaban una barbaridad por cualquier chorrada. En el año 90 hice las primeras sitcoms como Una hija más, Aquí hay negocio, etc., de lo más banales y tontas. Hoy quizá parecerían exquisitas, pero era pura chabacanería casi todo el rato. Había buenos guionistas, pero se les obligaba a ser chabacanos.

Pues, por un guion de media hora, me daban por el argumento doscientas mil pesetas. Por el guion desarrollado, quinientas mil más y luego derechos de autor al emitirlo. Yo me sacaba un millón por cada guion de media hora y hacía uno al mes. Me duró tres años. Me echaron de televisión por rojo y subversivo, «antisistema», como dicen ahora, y proetarra, pero gracias a eso pude vivir varios años sin trabajar casi nada. Hasta que luego empecé a ganar dinero con los libros infantiles. Durante una década sobreviví gracias a dos o tres años de vacas gordísimas en televisión. Fue una época de descontrol en la cual algunos nos beneficiamos de poder hacer lo que queríamos y ganar una cantidad considerable de dinero.

Ahora a los guionistas los tienen como esclavos, no les reconocen la autoría, luego no cobran derechos de autor, trabajan en grupo, uno hace los diálogos, otro los gags, con lo cual nadie es autor y trabajan a destajo.

Supongo que te dará pena ver en lo que se ha convertido la televisión española.

Me reconforta un poco la televisión catalana, que tiene un cierto nivel.

En tu libro La bola de cristal cuentas una anécdota de tu infancia que te lleva a la conclusión de que los niños son estructuralistas natos. ¿Chomsky o Skinner?

Hay cosas interesantes en ambos. Si me tuviera que quedar con uno de los dos, me quedaría con Chomsky sin dudarlo. Plantear que lo único que conocemos de los demás es su conducta y que hemos de partir de ahí, como afirma el conductismo, creo que es la forma más científica de aproximarse a la situación. Pero creo que a partir de ahí se han cometido excesos de todo tipo. Mientras que otras corrientes que en su planteamiento pueden parecer menos racionalistas, que se aferran más a cuestiones intangibles o poco medibles, que se salen del ámbito puramente científico, en la práctica luego han tenido desarrollos que complementan un poco esa frialdad o esa aridez de ciertos planteamientos conductistas.

Hay que tomar un poco de todos los lados, porque la psicología, la sociología o la economía son protociencias. No son pseudociencias como dicen algunos. A veces sí, hay discursos psicológicos que son pseudocientíficos. Cuando Lacan dice que el inconsciente está estructurado como un lenguaje es muy interesante, pero demuéstremelo, en qué se basa usted.

Los niños sí que son muy conductistas.

Todos somos muy conductistas en el sentido de que respondemos a los estímulos y al premio-castigo. Lo que pienso es que es muy reduccionista quedarse ahí. Todos tenemos reflejos biológicos, pavlovianos y reflejos condicionados, por nuestra forma de vida, por la educación, pero también tenemos más cosas.

En un relato de La bola de cristal está el personaje de Elena, ¿es el mismo que el de Los jardines cifrados?

Sí y no. Rara vez los personajes de mis novelas se corresponden unívocamente con una persona real. Hay unas cuantas personas que me han suministrado material para construir personajes. No es el mismo personaje, pero no es casual que se llamen Elena. En casi todos los personajes hay también algo de mí mismo.

En Ulrico.

Ulrico era mi amigo imaginario de pequeño. Extrapolado de Blancanieves y los siete enanitos, que es la primera película que vi en mi vida. Entonces el enano sabio se convirtió en mi amigo imaginario, pero de joven, porque era demasiado viejo para tenerlo de compañero de juegos. Y acabó convirtiéndose en Ulrico. Es más un superego en el sentido freudiano que un alter ego. Siempre me dicen que Ulrico es como yo, y digo que no, Ulrico es más listo que yo. Lo que dice Ulrico en un minuto yo he tardado horas en pensarlo.

¿Te han censurado alguna vez? ¿Hay libros que no hayas podido publicar en España?

Hay algunos que no he podido publicar en España. Uno es Las islas desventuradas, que es esa historia en la que los católicos ortodoxos cazadores de herejes son los malos, y es en la que aparecen Raymond Smullyan y Martin Gardner como personajes. Otro libro es Abdicación… La censura muchas veces no es directa, Alfaguara seguramente podría haber publicado Las islas desventuradas o Abdicación, pero como tienen en cuenta si esos libros van a ser aceptados por colegios religiosos… En volumen de ventas suelen tener más poder adquisitivo los colegios religiosos que los no religiosos. Suelen ser privados, los niños son más ricos, se pueden gastar más dinero y las editoriales lo tienen en cuenta. De hecho, todas las editoriales de literatura infantil antes eran religiosas porque eran también las que hacían los libros de texto. Y aunque la editorial sea laica, hay temas que directamente no puedes tocar, esa es la censura.

Estás en la lista de honor de la Comisión Católica para la Infancia, algún libro tuyo ha sido de lectura obligatoria en colegios religiosos. ¿Cómo consigues entrar en este mercado?

Sí, creo que es cierto que yo propugno los valores cristianos, quienes no propugnan los valores cristianos muchas veces son los católicos. La idea de pobreza que aparece en el evangelio, de desprecio de los bienes materiales, de compartirlo todo, del desapego, que viene del budismo, la fraternidad cristiana… yo firmaría enseguida por un mundo de buenos cristianos, lo que pasa es que encontrar un buen cristiano es más difícil todavía que encontrar a un buen comunista, que tampoco es fácil.

No sé lo que es un buen comunista.

El que es coherente sin ser dogmático.

En Los jardines cifrados hay niveles de comunicación textual obvios, en uno intervienes tú como autor y en otro los personajes junto con el narrador. ¿Cómo das con esta fórmula?

Normalmente lo que intento cuando escribo es expresar determinadas ideas. Mi llorado amigo José Luis Sampedro antes de escribir una novela hacía unas fichas interminables, lo sabía todo sobre sus personajes. Dedicaba mucho tiempo a construir personajes y luego los ponía en una situación, un marco, los echaba a andar y ya tenían vida propia. Hay otros autores que parten de un escenario, de un momento.

Yo parto casi siempre de ideas, quiero expresar algunas ideas y voy buscando la forma de expresarlas. Es bastante parecido a cuando doy clases de matemáticas o de física, intento transmitir algo de una manera comprensible, amena y que invite a la reflexión, que sirva de punto de partida para una reflexión personal.

No soy un auténtico narrador, para mí la narrativa es un pretexto. He caído en la narrativa un poco por accidente, empecé a los cincuenta años, luego ha ido enganchándome, me ha ido gustando más. He visto que el medio, el instrumento, era más útil e interesante de lo que creía. Tampoco leo mucha narrativa, casi no leo narrativa… Cada idea, cada constelación de ideas que quieres transmitir te sugiere determinados recursos narrativos. E intento no condicionarme a priori en ese sentido. No decirme a mí mismo: voy a escribir una novela policiaca. Yo intento decir algo, que no sé muy bien lo que es, porque si lo supiera muy bien no me tomaría la molestia de escribirlo, porque al escribirlo lo voy descubriendo también. Y la cosa en sí acabará encontrando la forma más adecuada. O no.

Divulgación al principio y luego planteas una historia.

Llegué a ello, no fue un planteamiento de partida. Había cosas que me resultaba más fácil contarlas narrativamente y cosas que prefería exponerlas en forma de artículo. Llegó un momento en que me dije: ¿Por qué tengo que hacer una cosa u otra? Decidí mezclar las dos cosas de forma que no fuera un cajón de sastre, que tuviera una cierta estructura y adelante. De hecho, me lo rechazaron. Los jardines cifrados lo hice para Alfaguara cuando mis libros infantiles empezaron a tener éxito. Un par de años o tres después de publicar el primero, que se vendió muy bien en los colegios, me dijeron: «¿Por qué no haces también algo juvenil?».

¿Es juvenil Los jardines cifrados?

Yo creía que sí, escribí Los jardines cifrados y la envié. Y a los pocos días me dijeron: «Esto ni es juvenil ni es una novela». Entonces se la pasé a los de adultos a ver si colaba, y estuvo durmiendo un año en Alfaguara adultos. De pronto surgió Lengua de Trapo y mi agente me dijo: «Oye, estos chicos son muy interesantes, los editores, quieren hacer cosas distintas». Se lo llevé y lo sacaron al mes. «Lástima que sea tan corto», me dijeron.

En Los jardines cifrados hay una charla entre personajes sobre si el lenguaje es finito con alusiones a la cábala y el Corán. ¿Es el lenguaje finito o infinito?

El lenguaje es finito, como toda combinatoria de signos. Lo que pasa es que es ilimitado, inmenso, pero finito. De hecho, en algún momento del libro se calcula la cantidad de libros distintos escribibles.

Chomsky lo define como un conjunto finito o infinito de oraciones, y también habla de variedad infinita.

Una cosa es que tienda a… ¿Es infinito el mar? Pues no. Pero si te echas a nadar…

Ni siquiera es infinito el número de electrones.

Claro. Parece ser que el universo es finito. No está zanjada la discusión y posiblemente no se zanjará nunca. Pero la teoría más aceptada actualmente es que nuestro universo es una burbuja dentro de un macrouniverso o multiverso en expansión. En nuestro universo la expansión del big bang se ha atenuado, si no, no podría formarse la materia; y podría haber otros muchos universos como el nuestro o distintos.

No hay acuerdo unánime. Sí lo hay bastante amplio en el big bang y en lo que se llama la inflación. En esa inflación, si lo permeara todo, no habría materia. Porque el espacio crece a más velocidad que la luz, incluso. Aunque la velocidad de la luz no es superable en el espacio, cuando es el propio tejido del espacio el que se dilata, no hay límite. Pero según la teoría más aceptada, que es la de Hawking y sus colaboradores, el nuestro sería una burbuja de estabilidad dentro de esa explosión brutal que todavía sigue.

Chomsky también habla de la naturaleza del lenguaje y se refiere a la cuestión del reto de Galileo. Formularlo parece simple, ¿cómo deberíamos concebir el lenguaje? Y añade algo que tú también te has planteado, ¿puede el lenguaje expresar cualquier idea?

Pues no lo sé. Einstein por ejemplo decía que él no pensaba en términos lingüísticos. Él pensaba en imágenes y en impulsos musculares, que te explique él lo que quería decir… se ponía a pensar y notaba movimientos en su cabeza, pero no palabras. Y, trabajosamente, eso tenía que pasarlo a palabras para poder comunicarlo y no siempre del todo. No lo sé y no sé si alguien lo sabe, de verdad, lo que sí podemos decir es que somos seres eminentemente lingüísticos y que somos personas y seres pensantes en la medida en que tenemos un lenguaje.

¿Hay conexión entre la matemática y la poesía?

En ambos casos hay una gran voluntad de síntesis y de precisión, de afinar y de ir a la esencia. Además, tanto en matemáticas como en poesía o eres lo más o no eres nada. No hay término medio. Me refiero a la investigación. Puedes ser un gran profesor de matemáticas sin ser un gran matemático. Es más, los grandes matemáticos no suelen ser buenos profesores. Esto lo descubrí leyendo Opiniones de un payaso de Heinrich Böll, que dice que puedes ser un buen médico y ganarte bien la vida sin necesidad de ser premio Nobel de Medicina, pero payaso, o eres lo más o no eres nada. Con los matemáticos y los poetas pasa lo mismo.  

¿Por qué dejaron las editoriales del grupo Prisa de publicar tus libros?

Escribí un manifiesto que iba firmado por cien personas, denunciando la campaña de Prisa contra Cuba y Venezuela, y al día siguiente supieron que lo había escrito yo. Mis amigos de Prisa me dijeron que era un capullo, que cómo se me ocurría escribir eso. Denunciamos al grupo Prisa y al montón de escritores e intelectuales que habían firmado un manifiesto pidiendo que hubiera democracia en Cuba. Nosotros contestamos con nuestro manifiesto diciendo por qué no pedían que hubiera democracia en España. Esta era la idea. Se enteraron de que había sido yo, que yo había recogido las firmas, y al día siguiente, dos libros que tenía pendientes de publicación me llegaron en sendos paquetitos a casa. Hace poco me volvieron a llamar, después de muchos años, de Santillana: «Oye, que tus enemigos se han ido, que te echamos de menos». Y he vuelto a publicar con Santillana.

Fue fulminante. Y se da la paradoja de que soy el autor con más libros publicados en las editoriales del grupo Prisa. Más de veinte.

Así que esa es la razón por la que me defenestraron de la noche a la mañana, aunque no dejaron de vender mis libros. Y me quedé huérfano de editorial porque todo lo publicaba con ellos. Menos mal que SM acudió al rescate y empecé a publicar en El Barco de Vapor.

Colaboras con medios como Insurgente. Asumiendo que tus lectores no son los mismos que los de, digamos, Libertad Digital, ¿qué función tienen los medios?

Creo que su función es fundamental. Afortunadamente, se ha roto, aunque muy embrionariamente, el monopolio absoluto que hasta hace poco tenían los grandes medios. Entre Insurgente, Kaos en la Red y La Haine han formado una especie de consorcio que tiene más lectores que muchos diarios de papel. Más visitas. Y esto presumiblemente irá en aumento. Al principio, el número de visitas era bastante reducido, Rebelión tenía un poco más, pero ahora empiezan a ser comparables las cifras, ya no es como antes.

En un momento en que los grandes medios mienten y tergiversan sin cesar, que haya alternativas es vital. Es muy importante apoyar a estos medios. Sobre todo, los jóvenes están adquiriendo cada vez más el hábito de navegar y ver más medios. El gran problema sigue siendo la televisión. Ahí es muy difícil competir, pero en eso también estamos evolucionando. Las pantallas más pequeñas se van a imponer, y al menos no son monopolios ni te tienes que chupar toneladas de publicidad para ver cualquier cosa. Puede ser un camino. Yo soy moderadamente optimista. Solo moderadamente, porque me doy cuenta de la enorme capacidad de absorción que tiene el sistema.

Eres muy combativo como otro gran matemático y divulgador italiano, Piergiorgio Odifreddi. Pero a él le dejan publicar sus columnas de opinión en La Repubblica, a ti El País no.

Podría ser un poco demagógico con lo escaldado que estoy, pero no sería justo. No es mejor La Repubblica que El País, para qué nos vamos a engañar. No hay una gran diferencia. Seguramente, si no hubieran pasado determinadas cosas muy concretas, el asunto de Cuba y Venezuela, habría seguido publicando mis artículos de crítica cultural en El País. Los medios en Italia no están mejor que en España. El poder que tiene Berlusconi y su mafia, no solo en los medios, también en el mundo cultural, es enorme.

En una columna publicada en La Haine hablas de presos políticos y terrorismo de Estado. ¿Es peor Galindo que otros terroristas?

Infinitamente peor. Galindo es uno de los máximos exponentes de hasta dónde puede llegar el terrorismo de Estado. Es un criminal que tortura hasta la muerte y entierra en cal viva a dos chavales. Jack el Destripador es una hermanita de la caridad a su lado. Este sujeto, después de pasar de puntillas por la cárcel, está en su casa escribiendo sus memorias. Es un individuo concreto, pero es la expresión de todo un sistema. El máximo responsable de la infamia de los GAL, en última instancia, si hubiera que personalizar, es Felipe González, que está libre y sigue dando lecciones de política y de ética.

Para que en España la tortura sea sistemática e impune tiene que darse la colaboración de todos los poderes, el legislativo, el ejecutivo, el judicial y el de los medios. Sin su contubernio criminal no sería posible. Con que uno de los poderes dijera que no puede ser, no podría ser.

Yo sigo siendo de la Asociación Contra la Tortura. La media era de setecientas denuncias al año y una muerte semanal en dependencias policiales. Y aunque algunos funcionarios, algunos policías y guardias civiles hayan llegado a ser condenados, no conozco ni un solo caso en que hayan cumplido efectivamente su condena. Normalmente los trasladan. Y a menudo los ascienden.

No estamos hablando de un Gobierno, sino de un Estado, un Estado criptofascista. No exactamente fascista, hemos avanzado un poquito, pero sigue habiendo un fascismo atenuado, un fascismo «inteligente», como las bombas «inteligentes». Antes tiraban bombas indiscriminadamente, ahora pueden cargarse un objetivo muy concreto «quirúrgicamente». Ahora el fascismo se ejerce con toda su crudeza contra quienes realmente molestan, que son pocos en realidad. No hay necesidad de meter en la cárcel a tanta gente como durante el franquismo. Ni siquiera desde la lógica del poder tiene sentido, conviene ser más selectivo.

Has escrito un artículo en Insurgente, «Gracias, TV3», donde describes a su televisión como uno de los mejores regalos que te ha hecho Cataluña desde que llegaste.

En gran medida hay que decir que es por contraste. La televisión que veía me provocaba dolor de cabeza o ataques de furia, era algo tan espantoso que por contraste la catalana me parece exquisita. No gritan. Casi nunca estoy de acuerdo con lo que dicen, pero lo dicen de una manera que es aceptable y al menos invita a la discusión.

Pero se ha dicho que está manipulada.

Hay una tendencia, sí; pero al menos que sean educados y quede claro por dónde van. Que la gente diga: «Soy independentista y defiendo esto». Pero que no intenten darte gato por liebre.

¿Cómo te posicionas con respecto al procés?

Si tuviera que identificarme con algún grupo seria con la CUP. Creo que el independentismo tiene sentido para vehicular la lucha de clases y oponerse a un poder central que es heredero del franquismo en última instancia. En otra situación, en otro Estado, no sería independentista. No me interpela de forma directa, soy un italiano que escribe en castellano. Mi lengua madre es el italiano. Los psicólogos dicen que todo se resuelve en los seis primeros años de vida. Yo soy italiano, sueño en italiano, hago las operaciones aritméticas en italiano. Pero no me defino a mí mismo en términos de nacionalidad.

En este momento histórico y en esta situación, reclamar la independencia de Cataluña, de Euskal Herria, de Galicia, de Andalucía es una forma de oponerse a una España inventada por los Reyes Católicos y reinventada por Franco. Fundamentalmente, estamos hablando de lengua y cultura, y de derecho a la autodeterminación.

No se respeta la autodeterminación. Hay un Estado central autoritario. Creo que en Cataluña habría menos independentistas si no hubiera un Estado represor. Rajoy ha hecho muchos independentistas. Yo mismo estuve el 1 de octubre defendiendo las urnas con mi compañera.

Puedes defender las urnas y no ser independentista.

Desde luego. Si se permitiera que la gente votara, a mí me parecería aceptable que el no independentismo fuese mayoritario.

Yo, fuera de mi hábitat, en el que vivo bastante bien, tengo que reconocerlo, veo injusticias y brutalidades por todas partes. Sobre todo, en el terreno laboral y social. Si todo el mundo tuviera una vivienda digna…

¿Y eso qué tiene que ver con la independencia y el nacionalismo?

Tiene que ver en la medida en que algunos pensamos que superar este Estado criptofascista se puede conseguir por esa vía. Eso es lo que da sentido a esa lucha. El nacionalismo burgués no me inspira ninguna simpatía.

Puigdemont y Artur Mas.

Puigdemont no me inspira especial simpatía y Mas me parece un oportunista, valga el eufemismo.

Cambiando de tema, en el libro La bola de cristal dices que los hombres llevan milenios explotando a las mujeres, y que no van a dejar de hacerlo… Te leí en un artículo hablar de que cada vez más mujeres utilizan menos zapatos de tacón.  

Ha bajado el número, pero todavía hay demasiados. A mucha gente le parece anecdótico, pero a mí me parece alarmante. Los traumatólogos llevan años diciendo que es malo para los pies y para la columna. He tenido mucha relación con colectivos de lesbianas y movimientos feministas radicales, que me abrieron los ojos y me hicieron ver cosas que no veía.

Hay un estereotipo femenino que responde a fantasías masculinas. Muchos detalles tienen que ver con limitar la movilidad. Ocurrió en muchas culturas, como cuando en China a las niñas les vendaban los pies para que no crecieran, o en algunas tribus indias que cortaban los tendones a las mujeres para que no pudieran escapar. Lo de la pierna quebrada, que es muy metafórico.

¿Cómo ves el futuro del socialismo? ¿Qué opinas de los cambios en América latina? ¿Sigues pensando que el modelo es Cuba?

Nunca he dicho que Cuba sea «el» modelo. Solo he dicho que Cuba ha demostrado que el socialismo es posible. Es posible incluso en circunstancias muy adversas, con la bota de Estados Unidos ahí. Los cubanos han cometido muchos errores, los siguen cometiendo, no son prfectos, pero están en el buen camino. Un símil: si los Estados fueran personas, Cuba sería una buena persona, con sus defectos y errores, pero Estados Unidos, Alemania, España, Italia, serían Al Capone o Jack el Destripador. O las dos cosas a la vez. En Cuba hay racismo, machismo, corruptela, todo lo que quieras; pero hay un grado de solidaridad y una voluntad de superación ejemplares.

¿Conociste a Fidel?

He tenido el privilegio de trabajar y discutir con él. Empecé a ir a Cuba en 2002 y, en una de las primeras conversaciones que tuve con Fidel, me preguntó que me había impresionado más de Cuba, y le contesté: «Que los niños no lloran y los mayores no los regañan». En España o en Italia, la publicidad te agrede, puedes sufrir mil impactos al día, uno por minuto, y por eso siempre hay niños sobreexcitados pidiendo cosas y llorando y papás riñendo a los niños. En Cuba los niños no lloran y los papás no los riñen, dos cosas que están muy relacionadas con la ausencia de publicidad y consumismo desaforado.

En Cuba hay absoluta tranquilidad para ir por la calle, la delincuencia es prácticamente cero, paras cualquier coche por la calle y te subes. Se llama hacer botella, el botellón. He estado en casa del ministro de Cultura y en casa de su chófer y vivía mejor el chófer. Y comían exactamente lo mismo. Podrían comer un poco mejor, menos puerco. Los cubanos y las cubanas jóvenes suelen ser guapísimos, pero a partir de los treinta años suelen engordar y desarrollar enfermedades cardiovasculares. Fríen con manteca porque no tienen aceite, lo cual es mortal. Me entrevisté con el que llaman «el ministro del cerdo» y me reconoció el problema, «pero si les digo que no coman puerco me comen a mí». Comen fatal, beben, fuman. En ese aspecto, un desastre.

¿Estás de acuerdo con el pronóstico de Marx de que el capitalismo se destruirá a sí mismo un día? De ser así, ¿hay alguna alternativa que los ciudadanos debamos contemplar?

Yo creo que no es seguro. Hay una tendencia, en el mismo sentido que Freud dice que hay una pulsión de muerte en las personas, pero luego no todas se suicidan. Aunque si contamos los que se suicidan más los que se autodestruyen, son bastantes. Hay un impulso autodestructivo en el capitalismo, pero no es seguro que se vaya a autodestruir. Creo que hay que ayudarlo y bastante. Porque corremos el riesgo de que en ese proceso de autodestrucción el planeta quede fatalmente dañado en su conjunto: los recursos naturales, el medio ambiente, el clima.

¿Qué lo sustituirá? Lo tengo clarísimo. Cuando los cubanos dicen «socialismo o muerte», se tiende a interpretar que están dispuestos a morir por el socialismo, pero hay otra lectura: o superamos la barbarie capitalista y la sustituimos por alguna forma de socialización de los recursos naturales, de los grandes medios de producción, etcétera, o petamos. ¿Cuál es esa fórmula? Creo que el marxismo da algunas pistas. Las experiencias de socialismo real, la cubana entre ellas, dan pistas, pero lo tenemos que ir construyendo y perfeccionado. Esa es nuestra responsabilidad histórica.

¿Qué causa has apoyado con más interés como activista? ¿Te arrepientes de algo?

Me arrepiento de no haber dedicado más tiempo al activismo. Podría decir que defiendo la causa del socialismo, pero no la identifico con un programa concreto. Creo en compartir de manera fraterna lo que tenemos a nuestra disposición. Esa es la idea. Siempre he procurado ir en esa dirección y en ese viaje he colaborado con la izquierda abertzale o con algunas organizaciones de las llamadas antisistema, con el feminismo radical a pesar de no ser mujer, con el movimiento gay a pesar de no ser homosexual y con los okupas a pesar de no haber sido okupa.

Una causa muy importante, que afortunadamente está ganando adeptos con bastante rapidez, es el antiespecismo, que va ligado también al respeto al planeta en su conjunto. Consiste en negarse a considerar que los animales no humanos son nuestra propiedad, nuestros esclavos o nuestra comida.

Dinos de qué te sientes más satisfecho en tu carrera.

De los libros para niñas y niños. De la literatura infantil, aunque no me gusta ese nombre. Y de la buena acogida que mis libros han tenido en Cuba. Tengo el honor de ser el autor vivo más leído en Cuba; cuando vivía Fidel era el segundo, y ojalá siguiera siéndolo.


Hoy recibimos viajeros del futuro con alegría

Foto: Lwp Kommunikáció (CC)

Del legado que ha dejado el célebre astrofísico Stephen Hawking, recientemente fallecido, me quedo con uno de los experimentos científicos más ambiciosos y divertidos de las últimas décadas que llevó a cabo el 28 de junio de 2009. En esa fecha trató de demostrar si son posibles los viajes en el tiempo. El desarrollo en sí era muy sencillo y consistía en organizar una fiesta a la que solo podría asistir gente del futuro. Para asegurarse de que acudieran quienes cumplieran con esta premisa, el evento se anunció el día después de celebrarlo. Hawking, famoso por su sentido del humor, hizo público el resultado del experimento ilustrándolo con una fotografía con su característica silla de ruedas y rodeado de globitos, dando la bienvenida a una fiesta a la que obviamente no fue nadie.

Desde el punto de vista teórico, que no aparezca ningún viajero del futuro no descarta definitivamente la posibilidad de los saltos temporales; ya saben, «la ausencia de prueba no es prueba de ausencia». Aquel gag (más que experimento) propició por tanto un animado e intenso análisis paralelo: suponiendo que sean posibles este tipo de viajes, ¿la gente del futuro no se manifestó porque no quería interferir en nuestro presente (y por tanto, en su presente)? ¿o por el contrario pensaron que la fiesta tenía pinta de ser una mierda y que para eso no valía la pena correr el riesgo de que la realidad se desmorone por una paradoja? ¿o son tan tiquismiquis que les pareció ofensivo hacer humor con gente con minusvalías físicas (a fin y al cabo ya somos el futuro del 2009)? El debate sigue abierto.

Otra interpretación más generalizada y dura para con Hawking sugiere que a lo mejor (a lo mejor) hay compañías y épocas más interesantes que visitar en el pasado, como por ejemplo ir en busca de científicos de más nivel para intercambiar pareceres o para orientar la redacción de sus trabajos más conocidos. Es más, incluso puede que ya haya ocurrido. En efecto, entrando en el terreno de la ciencia ficción conspirativa y ciñéndonos exclusivamente a las figuras más rutilantes de la física y las matemáticas, algunos pasajes biográficos dan qué pensar, como si hubieran sido fruto de la intervención de una patrulla de viajeros del tiempo.

De cero a infinito en cero coma

Imaginen que un día, de la nada, los periódicos ponen en portada a un fulano desconocido que ha publicado un trabajo revolucionario en un ámbito de la ciencia. En casa de Iker Jiménez los sombreros se lanzarían al aire y esa misma semana tendríamos un especial de Cuarto milenio. Porque claro, pónganse en su lugar y díganme si no vertebrarían un programa entero lanzando sospechas sobre si la nueva estrella científica podría deber su éxito a que alguien hubiera venido del futuro como un genio de la lámpara portando un detergente revolucionario, un almanaque deportivo y un libro de texto científico fechado en el siglo venidero y le hubiera dado elegir uno de los tres. Bien, pues el mayor prodigio científico de la historia de la humanidad era un técnico experto de tercera clase en la Oficina de Patentes de Berna hasta que, en 1905, cambió el mundo para siempre con la publicación de cuatro artículos (sobre el efecto fotoeléctrico, el movimiento browniano, la relatividad especial y la equivalencia entre masa y energía) en una popular revista científica de nombre propicio al equívoco llamada Anales de la física. Nos referíamos a Albert Einstein, claro.

Por su parte, Srinivasa Ramanujan era un humilde contable indio fascinado por las matemáticas que, de manera autodidacta, había descubierto fórmulas, relaciones e incluso demostrado teoremas (alguno de ellos inédito y otros que ignoraba que ya se habían probado). Su nombre se hizo conocido tras enviar decenas de cartas con sus progresos a diferentes expertos en matemáticas europeos que solo llamaron la atención del inglés Godfrey Harold Hardy, que consiguió llevarlo a Inglaterra donde, en un ambiente más académico, dio rienda suelta a su desbordante creatividad. Creatividad que por cierto Ramanujan confesaba que se debía a que la diosa Namagiri se le aparecía en sueños diciéndole lo que tenía que hacer. Recordarán una escena muy parecida en Regreso al futuro, cuando Marty McFly, vestido con un traje de protección nuclear, se aparece en mitad de la noche ante su (futuro) padre y, fingiendo ser un extraterrestre llamado Darth Vader, le da órdenes precisas de sus siguientes actos para que el futuro se materialice tal y como McFly quiere.

Cierto es que tanto Einstein como Ramanujan siguieron aportando valiosos avances en sus respectivas disciplinas, más grandes aún que los que les sacó del anonimato. Es decir, que ambos luego lo petaron sin aparente manipulación. Veamos pues ahora dos físicos que ya estaban en primera línea de su especialidad en la época hasta que se retiraron a un lugar aislado por temas de salud y volvieron con descubrimientos que los pusieron entre los elegidos de todos los tiempos.

Quinto congreso Solvay (1927). Entre ellos estaban Albert Einstein, Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg. Foto: DP.

La tranquilidad, lo que más se busca es la tranquilidad

Hay que ir más al campo para respirar aire puro, para volver a las raíces, para vivir con un ritmo más tranquilo o para evitar contraer la peste bubónica. Así lo pensó en 1665 Isaac Newton cuando por una epidemia de esta enfermedad se cerró la Universidad de Cambridge y estuvo veinte meses recluido en Woolsthorpe, en su casa natal. Allí encerrado redactó y esbozó la mayor parte de sus numerosos estudios, desde el cálculo infinitesimal hasta la mecánica que a partir de entonces se apellidaría como Isaac.

Mucho antes de hacerse popular como alias de un fabricante de metanfetamina de ficción, Werner Heisenberg estaba investigando sobre la modelización del átomo de hidrógeno cuando un ataque agudo de rinitis alérgica le obligó a marcharse a Heligoland, un islote del mar del Norte donde no había vegetación. Allí, en la soledad de la isla, encontró la inspiración necesaria para redactar un artículo profundamente abstracto e innovador que, meses después, junto a Max Born y Pascual Jordan, pulieron y reformularon a su configuración matricial más conocida, una de las piedras angulares del cuerpo teórico de la mecánica cuántica.

No estamos sugiriendo que la gente del futuro sea tan cabrona que no solo soplaron polen a la cara de Heisenberg, sino que también propagaron la peste para que Newton se fuera al campo. Pero conociendo los retiros de este par de físicos que demostraban grandes aptitudes, la ocasión la pintaban calva para dejarse caer por allí y esbozar una conspiración intertemporal a gran escala.

La musa y la gobernanta

Reconozcamos que, hasta el momento, todas ellas han sido situaciones sospechosas, momentos en los que se podría haber producido un encuentro pero del que no hay pruebas. Por eso, hemos dejado para el final dos casos en los que se sabe a ciencia cierta que hubo misteriosas personas que actuaron de forma clave en la carrera de algunas figuras eminentes.

Erwin Schrödinger era un canallita. El comportamiento sexual del autor de la célebre paradoja del gato, juzgado con los baremos morales de la actualidad, sería, al menos, polémico. Tal vez ayudado por su icónica pajarita de pillón, este físico fue tremendamente promiscuo así como liberal en sus relaciones, incluso sedujo a una alumna suya menor de edad. Pero en fin, que levante la mano quien no conozca algún ejemplo notable de un hombre o una mujer que, siendo menores de edad, hayan tenido relaciones sentimentales con quienes fueron, qué se yo, su profesora particular de música o un profesor de literatura de su instituto, respectivamente.

Esta crónica en rosa sobre Schrödinger no es gratuita. Era vox populi su afición por las faldas y en cierto modo le llevó a su gran logro: la ecuación de onda de la mecánica cuántica. Según el matemático Hermann Weyl, amigo y amante ocasional de la esposa de Erwin (recuerden: canallita), este último «hizo su trabajo trascendental durante un arrebato amoroso tardío». El diario de Schrödinger de esa época curiosamente se perdió y solo se sabe que pasó con una misteriosa musa las navidades de 1925. Hasta ese momento, Schrödinger era un físico de cierto prestigio que publicaba en torno a cuarenta artículos al año; tras esas vacaciones decisivas alumbró la ecuación de ondas de la mecánica cuántica a partir de la pura intuición, y publicó a lo largo de 1926 más de doscientos cincuenta artículos. Una buena inversión, aquellas vacaciones. A los aficionados a El Ministerio del Tiempo no les costará imaginarse a una agente análoga a Amelia Folch camelándose a Schrödinger.

Echar la culpa a un tercero es una vía de escape muy socorrida. Mi perro se ha comido mis deberes o mi gobernanta ha quemado las demostraciones de teoremas inimaginables. Bernhard Riemann falleció con apenas cuarenta años de tuberculosis y, con el cuerpo del matemático aún tibio, su gobernanta quemó con extraña premura numerosos incunables inéditos de sus investigaciones. La hipótesis de Riemann es el enigma matemático más famoso aún sin resolver y hay un millón de dólares esperando a ser cobrados por quien la demuestre. Su desarrollo y enunciado («la parte real de todo cero no trivial de la función zeta es 1/2») son aparentemente refractarios al entendimiento de los no iniciados, pero en su interior encierra respuestas sobre los números primos, los ladrillos que componen las matemáticas y que hoy en día son muy utilizados en sistemas de encriptado. Además, las geometrías no euclidianas en las que había trabajado Riemann fueron uno de los apoyos matemáticos que ayudaron a Einstein a formular su teoría de la relatividad general.

¿Qué podía haber en esos papeles desaparecidos? Descolguemos del perchero el sombrero de papel de aluminio y acabemos a lo grande. Los viajes en el tiempo (de ser posibles) de alguna manera se deberían de regir por la relatividad cuántica, teoría que se completará algún día gracias a las aportaciones de Newton, Einstein, Schrödinger y Heisenberg. Pues resulta que según ciertos estudios se ha demostrado que existe algún grado de relación entre la distribución de niveles energéticos cuánticos con la de los ceros de Riemann y, por tanto, con los números primos en los que este y Ramanujan. Espero que lo vean tan claro como yo. Si desaparezco ahora, será porque he acertado en todo; si no, es porque no me quieren convertir en un mártir de mi causa, como sucedía con el agente Mulder.

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Bibliografía mínima para saber mucho más y bastante mejor

Brevísima historia del tiempo. Stephen Hawking.

Einstein. La teoría de la relatividad. David Blanco Laserna.

La música de los números primos. Marcus du Sautoy.

Newton. La ley de la gravedad. Antonio J. Durán Guardeño.

Heisenberg. Física cuántica. El principio de incertidumbre. Jesús Navarro Faus.

Schrödinger. Las paradojas cuánticas. David Blanco Laserna.