Stranger Things, a la tercera va la divertida

Ojo, viene con un montón de SPOILERS.

La cosa estaba así: los hermanos Matt y Ross Duffer se presentaron en 2016 con una Stranger Things muy competente que sabía embadurnarse con gracia en el fantástico ochentero, desde una tipografía que berreaba el nombre de Stephen King hasta un personaje que era como si a Carrie la hubiesen fraguado en Viaje alucinante al fondo de la mente, pasando por ese rebozado en el estilo Amblin. La empresa salió bien porque los Duffer Bros se montaron un monstruo de Frankenstein propio que a la hora de combinar los ingredientes demostraba personalidad, a diferencia de aquella Super 8 que básicamente era J. J. Abrams mirando por encima del hombro a Spielberg para copiarle el examen al tiempo que le acariciaba el lomo y le susurraba cochinadas.

Pero Stranger Things parecía una función de un solo truco y daba la impresión de ser una golosina cuyo sabor se diluiría si se optaba por seguir mascando. Una sensación que la segunda temporada se dio bastante prisa en confirmar al presentarse, solo quince meses después, luciendo mayor escala pero estirando una mitología que no daba para tanto y repitiendo tretas: lo de tirar de manualidades caseras para desenvolver la trama (algo muy spielbergiano) tuvo bastante gracia con ese abecedario a base de luces de Navidad durante la primera temporada, pero cuando en la secuela se dedicaron a hacer un mapa a base de garabatos, la idea del Art Attack fantástico se antojaba redundante por reutilizarse en el mismo escenario. Stranger Things 2 era más de lo mismo pero con menos salero y cuando intentó ser otra cosa cometió el pecado de hacerlo de la peor manera, utilizando de la forma más textual posible la triquiñuela narrativa de «meter al personaje en un bus» y cascándose un capítulo con punkis que parecía transcurrir en una dimensión paralela.

Pero, ignorando disimuladamente aquella excursión, la serie seguía resultando competente para los que la pillaban con ganas, aunque comenzaba a inducir bostezos en otra parte del público, aquellos que acabaron bajándose de sus Ochenta’s a la mitad de la segunda ronda o quienes la contemplaron por pura inercia. Quizás haber apostado por el formato de antología a lo American Horror Story le hubiese venido mejor, especialmente ahora que la propia American Horror presenta una nueva temporada que amenaza con acuchillar el año 1984, pero imaginar cosas que no han ocurrido ya entra en el campo minado de la fan fiction. Los propios Duffers debían de ser conscientes de cierto encallamiento con tantas prisas porque, a pesar de que fueron azuzados con el látigo parar acelerar el parto de la tercera criatura cuando la segunda aún no había sido presentada en sociedad, se han tomado un par de años para coser la nueva entrega.

Con una primera temporada muy redonda y una segunda funcional pero sin sorpresa alguna, la tercera necesitaba de algún truco nuevo para reavivar la llama. Y la estrategia elegida ha pasado por adentrarse en la comedia, un cambio de tono que le ha funcionado muy bien. 

El escenario y los jugadores

Stranger Things transcurría en el octubre de 1983 en Hawkins (Indiana), su secuela tuvo lugar en la misma ubicación pero un año más tarde y Stranger Things 3 ha optado por acomodarse sobre la toalla del verano piscinero de 1985. Para no comernos mucho la cabeza lo mejor es que aceptemos desde el principio que, por la razón que sea, los protagonistas de la historia llevan sus vidas con cierta normalidad tras haberse asomado al infierno, ver morir a seres queridos, visitado un universo paralelo lleno de mierdas y batallado contra hordas de perros demoníacos en las anteriores temporadas. Porque tan solo hay un par de menciones a lo traumático de todo lo ocurrido. En esta ocasión se reabren, otra vez, las puertas del Upside Down por el que se cuelan Cosas Extrañas con muy mala pinta, pero también se suman al jaleo la inauguración de un centro comercial que trastoca la vida del pueblo y un ejército  de rusos locos amigos de trastear con lo sobrenatural. 

En lo que respecta a los personajes, ahora Once (Millie Bobby Brown) y Mike (Finn Wolfhard) son dos novios besucones para desgracia de Jim Hopper (David Harbour). Joyce (Winona Ryder) sobrevive añorando a un Bob (Sean Astin) fenecido en anteriores capítulos (¿te acuerdas de Bob? ¡Ha vuelto! ¡En forma de flashback! Y durante cinco segundos), Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) trabajan juntos en un periódico local, Billy (Dacre Montgomery) se ha convertido en socorrista e imán de MILFs, Steve (Joe Keery) ha involucionado de malote con encanto a pardillo hasta el punto de trabajar vestido de marinero en una tienda de helados y Dustin (Gaten Matarazzo) regresa del campamento de ciencias para reencontrarse tanto con Steve como con el resto de la pandilla de su edad: Billie, Mike, Max (Sadie Sink), Lucas (Caleb McLaughlin) y Will (Noah Schnapp). Otros conocidos que se habían asomado anteriormente, en papeles con una función muy básica, adquieren ahora mayor entidad: Erica (Priah Ferguson) pasa de ser carne de GIFs a integrante de la tropa y Murray (Brett Gelman) resulta divertido y tiene más pinta que nunca de gastar las mañanas programando en BASIC una hoja de cálculo y las tardes quitándole el polvo a la colección de sombreros de papel de plata. 

Cómo no quererla. Imagen: Netflix.

Entre las nuevas incorporaciones con jeta conocida tenemos a un deleznable currante del periódico llamado Bruce e interpretado por ese Jake Busey que tiene la misma cara de tarado que su padre, y al Cary Elwes de La princesa prometida ejerciendo de alcalde del lugar. El descubrimiento es la actriz ¿sabes-que-es-la-hija-de-Uma-Thurman-y-Ethan-Hawke? Maya Hawke como Robin, compañera de curro de Steve y un personaje que funciona estupendamente, incluyendo cierta revelación final muy bien llevada. Lo de Alec Utgoff interpretando al doctor Alexie es directamente carne de fenómeno fan, pero más por cómo está escrito su papel que porque le dejen espacio para lucirse. Es un científico ruso de una organización malvada que se lo pasa teta en una feria de pueblo y se ríe viendo los Looney Tunes en la tele, lo difícil sería no quererle.

A estas alturas, este hombre ya tiene más de un centenar de clubs de fans. Imagen: Netflix.

Lo divertido y lo charcutero

En el Manual de Animar Franquicias Nacidas en los Ochenta figuran una serie de trucos comunes: matar a los indispensables de la función (Viernes 13: capítulo final, Pesadilla final: la muerte de Freddy o Viernes 13: el final. Jason se va al infierno), virar hacia la comedia (la saga Elm Street, la franquicia Muñeco diabólico o Gremlins 2) o enviar a todo el reparto a liarla por otras galaxias (Critters 4, Hellraiser IV o Jason X). Desgraciadamente, no parece que Once y su pandilla planeen visitar el espacio exterior en un futuro cercano, pero para compensar se cumple a medias lo de matar a personajes con cierto protagonismo y, sobre todo, se empapa más frecuentemente en el tono de la comedia. Y esto último es lo que más se agradece. Lo de la gente que la espicha lo comentaremos más adelante porque esto está plagado de spoilers.

Ese viraje de tono hacia el humor es una jugada inteligente tras una primera entrega que apostaba por el suspense y una segunda que introducía más acción (porque está claro que los Duffer son muy de Aliens). En anteriores temporadas, los ramalazos de humor se concentraban principalmente en secundarios cómicos como Dustin, Murray o Erica, pero ahora la historia gusta de remojarse más a menudo en la comedia y la argucia le funciona estupendamente. En el fondo, es una decisión que no desentona nada con el escenario de los centros comerciales estadounidenses y una década donde gozaron de cierta gloria un buen montón de películas y series ideadas para soltar unas risas despreocupadas. Curiosamente, Stranger Things 3 además de subirle el volumen al tono jocoso también apuesta por elevar los cubos de gore en pantalla. Y lo hace plantando como villano a un monstruo que está construido a base de seres vivos previamente convertidos en papilla. Que las vísceras sanguinolentas y la pulpa de las entrañas salpiquen más alto en la pantalla se agradece aunque vengan en formato CGI, porque no es justo jugar a llenarlo todo de cronenbergs a lo Rick y Morty  sin tener a mano una pesadilla carnicera que desfile orgullosa y retorcida por la pantalla.

Lo hemos llenado todo de cronenbergs, Morty. Imagen: Netflix.

Lo único malo es que los Duffer no se atreven a combinar la vertiente gore con la humorística, como si la charcutería y la comedia conviviesen en la misma serie en habitaciones separadas. Porque Stranger Things 3 no llega a marcarse un Posesión infernal gamberro (a pesar de tener una secuencia en una cabina y con un hacha) y se conforma con acoger ambas atmósferas de manera independiente: cuando la secuencia está de broma no suele dejar el campo abierto para aberraciones demoníacas. Y cuando el episodio se pone más oscuro no existe hueco para chistes o humor negro, pero sí para meter el dedo más adentro en la escabechina cárnica, ocurriendo esto último de manera completamente literal en el octavo episodio con lo de la pierna. ¿A quién se le ocurre que el mejor modo de sacar un bichejo de ahí es meter la mano por la herida como quien rebusca las llaves en el bolso? A Jonathan, a quién iba a ser.

La colección de cromos

El desfile referencial que se ha convertido en seña distintiva de la serie sigue resultando majo como parte del juguete. Estupendo lo de empezar con El día de los muertos (en una sesión de cine) y al mismo tiempo buscar un pretexto argumental (que el final boss se construya a sí mismo con los cuerpos de las personas que invade) para sacar a pasear unos zombis propios, que además dan juego para perpetrar secuencias en honor a La invasión de los ladrones de cuerpos y la casquería multiforme de La cosa. Simpático el detalle de colar a Terminator como personaje aunque los paseos de esa cara de palo por la historia acaben resultando algo cargantes. Evidentes los saludos a mano abierta a Aquel excitante curso, The Blob: el terror no tiene forma, Gremlins, Las vacaciones de una chiflada familia americana, Coocon (en la marquesina del cine) y las menciones a comics de X-Men, Wonder Woman o Green Latern. Aquí los directores incluso rompen sus propias normas y optan por salirse de la década ochentera para marcarse planos con regusto a Alien 3, o a una Parque Jurásico a la que también se cita de manera poco discreta cuando el alcalde parafrasea  a John Hammond al asegurar que no ha reparado en gastos. 

Probablemente lo mejor de todo sea la reverencia hacia aquella fabulosa Regreso al futuro de Robert Zemeckis. En Stranger Things 2 una de las referencias más sutiles (e ignoradas en general) era un guiño musical a Gremlins: unas notas traviesas que se colaban en la música ambiental (cuando a Dustin se le escapaba el bichejo que tenía como mascota) e imitaban con descaro la banda sonora de la peli de Joe Dante protagonizada por Gizmo. En Stranger Things 3 optan por recurrir al camino directo y utilizan directamente el legendario tema «Einstein Disintegrated», compuesto para la BSO de Regreso al futuro por Alan Silvestri, cuando Dustin y Mike logran comunicarse por los walkie talkies (como Doc y Marty McFly). Pero lo más descacharrante relacionado con los viajes del DeLorean sucede durante el diálogo que mantienen Steve y Robin tras contemplan la película de Zemeckis completamente drogados. Una charla que además reflejaba un error común que tuvieron muchos espectadores del film, el preguntarse por qué el título de la peli hablaba del futuro si el personaje viajaba al pasado:

Robin: Bueno, no estaba del todo concentrada ahí dentro, pero me ha parecido que la madre quería morrearse con su hijo.
Steve: Espera ¿la tía buena era la madre del prota? (1)
Robin: Sí, estoy segura.
Steve: Pero tenía la misma edad.
Robin: No, ha viajado al pasado.
Steve: ¿Y por qué se llama Regreso al futuro?
Robin: Él tiene que volver al futuro porque está en el pasado así que el futuro en realidad es el presente, que es su época.
Steve: ¿Qué?

El escenario de la temporada también sigue siendo divertido por su acumulación de utillaje pop ochentero: por las televisiones se asoma Magnum P.I. junto a El Pájaro Loco y los parroquianos de Cheers. El Ralph Macchio de Karate Kid hace suspirar a las niñas desde las páginas de las revistas. El centro comercial americano (ese mall repleto de ratas humanas) se convierte en eje de la vida consumista. Los personajes beben la efímera y desastrosa New Coke, tienen mochilas de Mi Pequeño Pony, visitan un Burger King que luce logo y tipografías desfasadas (mientras Netflix rellena cartera con la avalancha de product placement) y sucumben a la moda al ritmo del «Material Girl» de Madonna (Once) o la peluquería de laca y rizado ochentero (Nancy).

Otro de los guiños más simpáticos (y que ha pasado bastante desapercibido) es el arrojado a Escuela de jóvenes asesinos, o la película en la que Winona Ryder le comentaba a Christian Slater que prefería el granizado de cereza, el mismo por el que el bueno de Alexei la lía en el sexto episodio de esta temporada. Por aquí seguimos conservando la esperanza de que en futuras entregas Joyce asista al estreno en cines de Bitelchús y salga bastante confundida de la sala tras contemplarse a sí misma en formato gótica adolescente.

Stranger Things 3

Stranger Things 3 supera a la anterior temporada  por ser mucho más divertida y andar mejor guiada. Carece de la capacidad de sorpresa que tenía la primera, pero es consciente de ello y en el fondo ofrece la impresión de que le da igual. Le ayuda bastante también el gozar de un buen ritmo pese a trastear de nuevo con un reparto dividido en diferentes arcos argumentales, que confluyen convenientemente en el bendito centro comercial. Al mismo tiempo, sabe aprovechar que los principales protagonistas son más adolescentes que niños para encauzar sus motivaciones hacia el terreno del cine de John Hughes. Y lo mejor de todo es que nadie menciona en ningún momento lo ocurrido en aquel capítulo de la temporada dos con la pandilla punk de Once, como si nunca hubiese ocurrido.

La tropa. Imagen: Netflix.

La relación entre Once y Will da juego al optar por escarbar en los sentimientos de una pareja adolescente, y de paso permite que Max se convierta en cómplice de la desorientada (en cuestiones sociales) chavala con nombre numérico, Dustin sigue conservando mucho carisma ingenuo y el rol de Lucas está condenado a ser más presencial que otra cosa. El caso de Will es curioso porque, una vez que el personaje ha cumplido su función de artefacto narrativo en anteriores temporadas (fue el niño perdido en la primera y el poseído en la segunda), el chico se ha transformado en una mosca cojonera. Los Duffer declararon que no tenían intención de volver a «llevar a Will de ida y vuelta al infierno» y el propio actor no andaba contento con su papel en Stranger Things 2. Pero es que aquí lo han acabado convirtiendo en un Tinder para localizar a las criaturas demoníacas de los alrededores, en un chaval cargante cuya nuca tiene más protagonismo en pantalla que el personaje en sí.

Jim resulta mucho más detestable ahora y Joyce sigue un pelín histérica, pero combinados funcionan bien. Nancy y Jonathan continúan teniendo la química en números negativos aunque al menos su trama incluye ratas que explotan en unas papillas digitales logradas y asquerosamente encantadoras. Lo malo es que el hilo argumental en el que ambos participan también ofrece la sensación de que podía haber aprovechado más y de mejor manera la subtrama con los superiores machistorros del periódico local. Billy pasa de chulopiscinas a ser una marioneta del villano, y su personaje incluso tiene el detalle, muy malrollero e intencionado, de soltar a sus víctimas un discursito muy similar al de un violador, antes de entregárselas al monstruo que lo controla. En lo que respecta a la tropa aventurera compuesta por Robin, Steve, Erica y Dustin, simplemente lo molan todo. 

La típica escena en la que una camisa te roba todo el protagonismo. Imagen: Netflix.

Es cierto que la idea de los rusos habitando una base secreta en el lugar resulta rematadamente tonta, pero si hemos aceptado que Hawkins es un coladero de criaturas sobrenaturales también podemos reconocer que camuflar una instalación rusa como un centro comercial es la típica excusa absurda que podrían utilizar un montón de películas ochenteras. Y al menos aquí no tenemos a nadie intentando recaudar dinero para salvar un orfanato. Lo que sí que tenemos son instalaciones enemigas con conductos de ventilación tan grandes como para que quepa una persona (excepto cuando el guion requiere que se deslice por ellos alguien más pequeño) y sicarios tan despistados como para no ver que hay una mujer americana disfrazada de soldado ruso correteando por una base ultrasecreta en la que no existe fémina alguna a la vista. Como si la propia historia ya hubiese decidido que la ciencia ficción y el terror se le quedaban cortos y ya iba siendo hora de comenzar a tomar prestados tropos del cine de acción de los ochenta. Pero qué coño, vamos por la tercera parte de algo que hubiésemos preferido que no tuviese secuela y echando la vista atrás la cosa ya hace tiempo que se nos ha ido de las manos: en la primera temporada teníamos un demonio que no se asomaba mucho por la pantalla y a Joyce metida en un armario abrazando luces de Navidad. Aquí tenemos a un monstruo de tamaño descomunal arrasando un centro comercial entre toneladas de CGI mientras los chavales le atacan con bombas de fuegos artificiales y un Billy zombificado le planta cara. A estas alturas, y viendo como inevitable una cuarta temporada, ya lo que nos queda es esperar que al menos nos diviertan. Y eso Stranger Things 3 sabe hacerlo. 

Los últimos capítulos también se atreven a cargarse a personajes (Jim, Billy y Alexei) para hacer la finale más emocionante. La jugarreta tira de una emotividad premeditada, una que requirió de colar con calzador un paseo por los recuerdos más tiernos de Billy para que el público le pillase cariño, pero la verdad es que a los Duffer les funciona.

La tonadilla de La historia interminable

Una de las escenas que probablemente será más recordada de Stranger Things 3 sucede durante su clímax. Y no se trata de los espectaculares planos del monstruo encarando a Billy en el centro comercial, sino del dueto de Suzie (Gabriella Pizzolo) y Dustin cantando «Neverending Story» de Limahl, aquella canción que en 1984 llegó acompañando a la adaptación cinematográfica de La historia interminable. Se daba el caso de que Pizzolo y Matarazzo, además de excesos de zetas en los apellidos, también compartían experiencia canturreando profesionalmente (ambos habían participado en musicales de Broadway). Un  detalle que los hermanos Duffer tenían intención de aprovechar poniéndolos a entonar en pareja a través de las ondas de sus equipos de radioaficionados. La idea inicial era utilizar la canción «The Ent and the Entwife» de El Señor de los Anillos, pero dicha ocurrencia se descartó porque en Amazon Studios estaba ya preparando su propia serie sobre la Tierra Media de J. R. R. Tolkien, y resultaba mucho más seguro no tocarle los huevos a la competencia con temas de derechos.

Al guionista Curtis Gwinn se le ocurrió utilizar el hitazo de Limahl y lo que aconteció después no sorprenderá a nadie que estuviese en este planeta durante el año 84: tras rodar varias tomas, la pegajosísima canción se acomodó en la cabeza de todos los actores y miembros del equipo que andaban cerca, personas que más adelante confesarían haber tardaron demasiadas horas en lograr sacársela de encima definitivamente. En la pantalla, la secuencia musical es maravillosa porque pilla a todo el mundo en bragas, porque resulta divertida y sensible al mismo tiempo, porque se atreve a interrumpir el clímax sin molestarse en pedir permiso alguno y porque es la evidencia más rotunda de que la serie ha decidido rendirse por completo a la comedia.  

Esto ya es historia de la televisión. Imagen: Netflix.

Probablemente también porque «Neverending Story» es pegajosa de cojones y llega un momento en el que nubla los sentidos.

Stranger Things IV

La secuencia postcréditos insinúa que Jim podría estar vivo (al fin y al cabo se aseguraban de no mostrarlo muriendo en pantalla, el hombre simplemente desaparecía) al tener a un ruso mencionando la existencia de un prisionero americano. Un detalle que podría tratarse de un red herring consciente y juguetón.

Pero todo el mundo sabe que para la cuarta temporada la mejor opción sería dejarse de hostias y parar de marear la perdiz en Hawkins para enviar, de una vez por todas, a todo el reparto de aventuras por el espacio exterior.

Mallrats en apuros. Imagen: Netflix.


(1) Esto en la versión doblada al castellano. En su versión original lo que Steve dice es «Espera ¿la tía buena era la madre de Alex P. Keaton?» lo que lo hace un poquillo más gracioso.


Un segundo encuentro con el hombre de 14 000 años

The Man from Earth, 2007.

(English version here)

Para quienes aman el género, la película The Man from Earth, estrenada en 2007, es ya uno de los títulos imprescindibles en el catálogo de la ciencia ficción moderna. Incluida en los circuitos del cine independiente, y con una taquilla modesta, nunca llegó al gran público, y ni siquiera sus doce premios internacionales lograron atraer el interés del crítica. Pero ya ha acumulado más de 3.6 millones de descargas en internet, y diez años después existen mil torrents disponibles, donde cientos de usuarios la siguen obteniendo diariamente. Por tanto es de esperar que su número de espectadores continúe aumentando. Y lo hará gracias al boca a boca, como hasta la fecha.

La historia del largometraje nos introduce en la vida de John Oldman, profesor universitario, en el día en que abandona su antigua vida. Sus colegas y amigos vienen a darle una pequeña fiesta de despedida, mientras siguen preguntándole por qué se va. Y John les responde. Asegurándoles que nació como cazador paleolítico, hace catorce mil años, y que para ocultar su inmortalidad traslada su residencia cada diez años. A partir de ese punto, la película es un juego permanente con el espectador, quien sucesivamente se sentirá inclinado a pensar que todo es verdad, que John está mal de la cabeza, o que todo no es más que un cuento bien contado. Veremos aparecer también interesantes implicaciones filosóficas y morales, y todo tipo de reacciones sicológicas en sus amigos.

La trama, sin apenas acción, con el salón de la casa de John y su porche por todo escenario, guarda gran parecido con una obra de teatro. Y podría haberse convertido en una película aburrida o banal de no ser por su guionista, Jerome Bixby. Un escritor convertido injustamente en el Troy McClure de la ciencia ficción.

Quienes sean seguidores de Los Simpson habrán entendido la alusión. Uno de sus personajes suele presentarse con la frase «Hola, soy Troy McClure, me recordarán de otras series como…». Un chiste para representar al actor de serie B, ese tipo que tuvo un cierto éxito pero para el que pasó su momento. Algo parecido ha ocurrido con Jerome Bixby, cuyas historias para la literatura, el cine y la televisión apenas se recuerdan, aunque muchas de sus ideas sigan desarrollándose en la actualidad.

Bixby fue editor en la década de 1950 de la revista pulp Planet Stories, que publicaría por primera vez los relatos cortos de Ray Bradbury o Isaac Asimov, entre otros. Escribió a su vez en ella como autor, pasando de las novelas del Oeste a relatos que, sin limitarse a los escenarios espaciales, incorporaban las claves de los géneros fantástico y de terror. Aunque su gran legado se haría visible en el cine y la televisión. Definió algunas de la líneas maestras de la serie Star Trek, con tres episodios considerados clásicos: «Mirror mirror», «Day of the Dove», y «Requiem for Methuselah». En ellos aparece la idea de los universos paralelos, el extraterrestre incorpóreo que se alimenta de las emociones negativas, y el humano nacido hace miles de años, que por casualidad es inmortal. También a Bixby debemos el considerado mejor episodio de la serie The Twilight Zone (En los límites de la realidad), titulado «It´s a Good Life», que se corresponde con uno de sus relatos, publicado en 1953. Y que luego incorporaría como guionista a la película de los ochenta que llevaría el mismo título de la serie. Incluso la idea de una tripulación miniaturizada que viaja al interior del cuerpo humano es suya. Constituye la trama del largometraje Fantastic Voyage, Viaje Alucinante, que hoy muchos consideran inventada por Isaac Asimov. En realidad compró a Bixby su guion para desarrollarlo en una novela.

The Man from Earth, 2007.

Y esto no es todo. La aportación más relevante del autor al cine y la ciencia ficción de nuestro tiempo nos la revela Richard Schenkman, director de The Man from Earth. Cito sus palabras: «El mayor crimen en la carrera de Bixby —además del hecho de que despareciera en la oscuridad desde principios de la década de 1970 hasta el final de su vida— es que no obtuviera reconocimiento por It! The Terror from Beyond Space, que fue la base de Alien. Esa película que fue un gigante éxito internacional no le retribuyó ni reconocimiento ni dinero por parte de sus creadores».

Ver el largometraje It The Terror… en YouTube supone confirmar la opinión de Schenkman. Porque salvo el diseño de la criatura, las principales claves de Alien, incluso el modo en que finalmente se salva la teniente Ripley, están tomadas del guion de Bixby. Así que no puede resultar extraño que aún hoy día uno de sus guiones haya sido capaz de convertirse en un éxito.

Claro que ello no hubiera sucedido sin la pasión y habilidad cinematográfica de Richard Schenkman. Él fue uno de esos niños fascinados por los episodios de Star Trek, de En los límites de la realidad, y sobre todo de Viaje Fantástico, su película favorita de niño. Tardó seis años en convencer a Emerson Bixby, hijo y heredero de los derechos del autor, de que le dejara convertir el guion de su padre en un largometraje. Producido con solo doscientos mil dólares, Schenkman reunió a un puñado de buenos actores, con el salón de una casa y su porche por todo escenario. El resultado, ochenta y siete minutos que nos mantienen literalmente pegados a la pantalla gracias al hábil uso de la luz del atardecer y la noche, los claroscuros del interior, y el encendido y apagado de luces eléctricas. No es extraño que la película siga descargándose, y aumentando su número de espectadores.

Aunque es una verdad agridulce para su director que The Man from Earth se haya convertido a la vez en un título de culto, y en uno tan difundido como cualquier superproducción. Y es que debido a la piratería apenas ha conseguido rentabilizarlo. Peor aún, ni siquiera ha podido ver convertidos en realidad sus proyectos para continuar la saga. Una ronda de financiación con Kickstarter no logró reunir los suficientes fondos para rodar un episodio piloto que pudiera dar origen a una serie. Y eso nos ha obligado a esperar diez años para ver la secuela, The Man from Earth: Holocene, estrenada en 2017. Que continúa la historia de John Oldman allí donde la dejó Bixby.

A quien haya visto la primera entrega no le sorprenderá que a su director la historia de John le inspirase nuevas ideas. Su punto de partida fue explorar la posibilidad de que existiera un grupo de personas enterada de la inmortalidad de John. Y que quisiesen establecer un culto religioso en torno a él, algo que al protagonista le horrorizaría. Sobre esta base hicieron sus propias aportaciones Emerson Bixby, hijo de Jerome, y el productor Eric D. Wilkinson, hasta conseguir el nuevo guion, escrito a seis manos. El resultado es una película que sugiere una multiplicidad de interpretaciones y caminos narrativos, no todos explorados. Y que nos reafirma en la posibilidad de que se convierta en una serie, deseo al que sus creadores aún no han renunciado del todo.

Richard Schenkman durante el rodaje.

La nueva entrega abandona el claustrofóbico escenario de la casa de John, lo que permite al personaje un mayor desarrollo, y al espectador comprender su modo de actuar y su psicología. Introduce también el punto de vista de los estudiantes, factor fundamental en un protagonista que lleva al menos todo el siglo XX trabajando como profesor universitario. La inmortalidad nos adentra también en el conflicto emocional de un hombre condenado a existir. Hay incluso una llamada a nuestro propio tiempo, y a la marcada influencia que ejercemos sobre el planeta.

En internet hay críticas para todos los gustos sobre Holocene. Pero lo bueno en este caso es que no es necesario guiarse por las opiniones de otros. Cualquiera puede descargarla gratuita y legalmente en la mayoría de webs dedicadas a las descargas piratas. Es una contradicción solo aparente, porque forma parte de la decisión de sus propios creadores. En parte como homenaje a quienes contribuyeron con su pirateo al éxito de la primera película. Y en parte porque era inevitable que fuera pirateada. Precisamente por ello la película arranca con una presentación hecha por su director, donde nos explica una verdad tan sencilla como demoledora: que una película te salga gratis no significa que hacerla resulte gratis también. Schenkman apela a un pacto de honor contigo, sugiriéndote que hagas una donación, si te ha gustado, y puedes. En la página web tú decides el importe. ¿Pero qué ocurre si no sabes suficiente inglés como para seguir los diálogos? Pues que no tendrás ningún problema, ya que esta vez, junto al lanzamiento, se han ocupado de que existan subtítulos en varios idiomas, incluido el original. Algo que en la primera fueron haciendo por su cuenta los internautas, como por otra parte es habitual en las cintas piratas de éxito.

Parece un experimento arriesgado apelar al honor de unos espectadores piratas. Y también coloca a sus creadores en el debate sobre el futuro de la producción audiovisual. Incontables correos, comentarios y artículos han sido dirigidos directamente a Richard Scheinkman reclamándole la gratuidad total de su película. Y de todas las que existen. Él estaría completamente de acuerdo, si no fuera porque cámaras, maquilladores, actores, proveedores de comida, transportistas, y resto de personal implicado en una película quiere cobrar. Necesitan comer diariamente, refugiarse bajo un techo y pagar sus gastos. Cómo convertir entonces los contenidos en gratuitos cuando hacerlos resulta tan caro. Al parecer los internautas han olvidado en sus manifiestos explicarle ese detalle al director.

Muchos otros espectadores también se han dirigido a él para preguntarle si las donaciones hechas a themanfromearth.com/holocene irían directamente a sus creadores. Porque de lo contrario ni siquiera considerarían pagarles algo. La respuesta es sí. No existen intermediarios. Pero de ese prejuicio en pagar a terceros su director extrae otra reflexión. ¿Puede trasladarse un modelo como este, que apela a la honorabilidad, a creaciones como las de Hollywood, que implican millones de dólares? La respuesta es no. Muchos espectadores que están dispuestos a pagar por una película independiente asumen que los productores de las demás son ricos, lo mismo que la gente que ha trabajado en ellas, y no necesitan cobrar. «No existen las comidas gratuitas, y ciertamente tampoco las películas gratis». Palabras de Richard Scheinkman que definen a la perfección el problema.

Hay algo más en Holocene, y lo he dejado para el final porque aparece tras los títulos de crédito. Es una secuencia breve, y muy chocante, que nos abre una posibilidad más para responder a la pregunta de quién es John Oldman, el hombre de los catorce mil años. Creo que no soy el único a quien ha dejado anonadado, porque su director duda ahora de que fuera una buena idea incluirla, en vez de darla como un extra en la distribución en DVD y Blu-Ray. Al parecer muchos hemos malinterpretado este final abierto, concediéndole demasiada importancia. Pero eso es también una prueba más de la potente historia que encierra The Man from Earth. Y de sus posibilidades para convertirse en un éxito trasladado a serie, siguiendo la estela de Black Mirror o Stranger Things. Algo que esta vez dependerá exclusivamente de nosotros, de las descargas que acumulemos y de la retribución que estemos dispuestos a dar a sus autores. Mi recomendación es que corran a ver ambos largometrajes, si es que aún no lo han hecho. Y que si encuentran algo publicado de Jerome Bixby, lo lean también.

The Man from Earth: Holocene, 2017.


A second meeting with the 14.000-year-old man

The Man from Earth, 2007.

(Versión en castellano aquí)

For fans of the genre, the film “The Man from Earth”, released in 2007 is already one of the essential titles in the catalog of modern science fiction. Included in the circuits of independent cinema, and with a modest ticket office, it never reached the general public, and not even its twelve international awards managed to attract the interest of the critics. But it has already accumulated more than 3.6 million downloads on the Internet, and ten years later there are a thousand torrents available, where hundreds of users continue to obtain it daily. Therefore, it is expected that the number of spectators will continue to increase. Thanks to word of mouth, as he has done so far.

The history of the feature film introduces us to the life of John Oldman, a university professor; on the day he abandons his old life. His colleagues and friends come to give him a small farewell party, while still asking him why he is leaving. And suddenly, John responds. Assuring them that he was born as a Paleolithic hunter, 14,000 years ago, and that to hide his immortality he moves his residence every ten years. From that point on, the movie is a permanent game with the viewer. Who in turn will be inclined to think that everything is true, that John is a little bit mad, or that everything is just a well-told story. We will see also appear interesting philosophical and moral implications, and all kinds of psychological reactions in their friends.

It is a plot with hardly any action, which takes place in a tiny stage, that of John’s house and its porch. It looks like a play and could have become a boring or banal movie if it were not for Jerome Bixby. A writer unjustly converted into the Troy McClure of science fiction.

Those who are followers of The Simpsons will have understood the allusion to a Hollywood has-been. This character usually introduces him saying, ”Hi, I’m Troy McClure, you may remember me from…” It’s a recurring joke about this stars whose time is out after a bit success. Something similar has happened with the memory of Jerome Bixby, whose stories for literature, cinema, and television are hardly remembered although many of his ideas continue to be developed today.

Bixby was an editor in the 1950s of the pulp magazine Planet Stories, where short tales of Ray Bradbury or Isaac Asimov, among others, were first published.

He wrote as an author in his turn, moving from the novels of the West to stories that, without limiting themselves to spatial settings, incorporated the keys of the fantastic and horror genres. His great legacy would be visible in the cinema and television. He defined some of the master lines of the Star Trek series, with three episodes considered classic: “Mirror mirror”, “Day of the Dove”, and “Requiem for Methuselah”. In them appears three main ideas of science fiction, the parallel universes, the entity that feeds on negative emotions, and the human being thousands of years old.

We also owe to Bixby the best episode of the series “The Twilight Zone” titled “It’s a Good Life”, which corresponds with one of its short tales, first published in 1953. This plot would be later incorporated into the scriptwriter of the eighty´s film. Even the idea of ​​a miniaturized crew traveling to the interior of the human body is a Bixby´s. It constitutes the plot of the film “Fantastic Voyage”, that today many consider invented by Isaac Asimov, who simply bought to Bixby his script to develop it in a novel.

The Man from Earth, 2007.

But that’s not all. Richard Schenkman, director of “The Man from Earth”, reveals the author’s most relevant contribution to film and science fiction of our time to us. I quote his words: “The greatest crime in Bixby’s career – in addition to the fact that he disappeared in the dark from the early 1970s to the end of his life – is that he did not get recognition for “It! The Terror from Beyond Space”, which was the basis of “Alien”. That movie that was a giant international success did not reward him or recognition or money from its creators. “

Seeing the feature film “It The Terror …” on YouTube means confirming Schenkman’s opinion. Because except for the design of the creature, the main keys of Alien, including the way in which Lieutenant Ripley finally save himself and the cat, are taken from Bixby’s script. So it cannot be strange that even today one of his scripts has been able to become a success. Like is the case in “The Man from Earth”.

Of course, that would not have happened without the passion and cinematic skill of Richard Schenkman. He was one of those children fascinated by Star Trek, The Twilight Zone, and especially Fantastic Voyage, his favorite movie as a child. It took six years to convince Emerson Bixby, son and heir of the author’s rights, to let him turn his father’s script into a feature film. Produced with only 200.000 US dollars, Schenkman gathered a handful of good actors, with the living room of a house and its porch as the only stage. The final outcome are eighty-seven minutes that literally keep us glued to the screen thanks to the skillful use of the light of dusk and night, the chiaroscuro of the interior, and the turning on and off of electric lights. No wonder it continues to download and increasing its number of viewers.

Although it is a bittersweet truth for its director that The Man from Earth has become both a cult title and one as widespread as any blockbuster. And it is because of piracy has barely managed to make it profitable. Worse still, he has not even been able to see his projects come true to continue the saga. A round of financing with Kickstarter failed to raise enough funds to shoot a pilot episode that could give rise to a series. And that has forced us to wait ten years to see the sequel, “The Man from Earth: Holocene”, released in 2017. That continues the story of John Oldman where Bixby left.

Anyone who has seen the first installment will not be surprised if John’s story inspired new ideas to its director. His point of departure was to explore the possibility that there was a group of people aware of John’s immortality. And they wanted to establish a religious cult around him; something about the protagonist would be horrified. On this basis were made contributions to the new script by Emerson Bixby, son of Jerome, and by producer Eric D. Wilkinson. The result is a film that suggests a multitude of interpretations and narrative paths, not all of them explored. And that reaffirms us in the possibility that it becomes a series, desire to which its creators have not yet completely renounced.

Richard Schenkman on set.

The new installment leaves the claustrophobic scenario of John’s house, which allows the character to develop further, and the viewer to understand his way of acting and his psychology. It also introduces the point of view of the students, fundamental factor in a protagonist who has at least the entire 20th century working as a university professor. Immortality also takes us into the emotional conflict of a man condemned to exist. There is even a call to our own time and to the marked influence we exert on the planet.

On the Internet there are reviews for all tastes about Holocene. But the good thing, in this case, is that it is not necessary to be guided by the opinions of others. Anyone can download it free and legally on most websites dedicated to pirate downloads. It is a contradiction only apparent because it is part of the decision of its own creators. Partly as a tribute to those who contributed their piracy to the success of the first film. And partly because it was inevitable that it was pirated. Due to this, the film starts with a presentation made by its director, where he explains a truth as simple as demolishing: that a movie you get for free does not mean that making it is free too. Schenkman appeals to a pact of honor with you, suggesting that you make a donation if you liked it, and you can afford it. On manfromearth.com/holocene you decide the amount. And what happens if you do not know enough English to follow the dialogues? Well, you will not have any problem, since this time, together with the launch, they have taken care that there are subtitles in several languages, including the original one. Something that in the first was doing on their own Internet users, as is common in successful pirate tapes.

It seems a risky experiment to appeal to the honor of some pirate spectators. And it also places its creators in the debate about the future of audiovisual production. Countless emails, comments, and articles have been directed to Richard Scheinkman claiming the total gratuity of his film and of all those that exist. He would completely agree if it were not for the fee of cameras, make-up artists, actors, food vendors, transporters, and other personnel involved in a movie. They need to eat daily, take shelter under a roof and pay their expenses. How to convert then the contents into free when making them is so expensive. Apparently, Internet users have forgotten in their manifestos to explain that detail to the director.

Many other viewers have also turned to him to ask if donations made to the webpage would go directly to their creators because otherwise, they would not even consider paying them anything. The answer is yes. There are no intermediaries. But from that prejudice in paying to third parties its director extracts another reflection. Can a model like this one, which appeals to good repute, be moved to creations like those of Hollywood, which involve millions of dollars? The answer is no. Many viewers who are willing to pay for an independent film assume that the producers of the others are rich, as well as the people who have worked on them, and do not need to charge. “There are no free meals, and certainly no free movies.” They are Scheinkman’s words that define perfectly the problem.

There is something else in Holocene, and I have left it to the end because it appears after the credits. It is a short, very shocking sequence that opens up another possibility to answer the question of who is John Oldman, the 14.000-year-old man. I think I’m not the only one who has left stunned, because the director now doubts that it was a good idea to include it, instead of giving it as an extra in the distribution on DVD and Blu-Ray. Apparently, many of us have misunderstood this open end, giving it too much importance. But that is also another proof of the powerful story that “The Man from Earth” contains. And of its possibilities to become a success transferred to series, following in the wake of Black Mirror or Stranger Things. Something that this time will depend exclusively on us, on downloads that we accumulate, and on the retribution that we are willing to give their authors. My recommendation? Run to see both movies, if have not already done so. And if you find some books from Jerome Bixby, read them too.

The Man from Earth: Holocene, 2017.


Un repaso a la evolución del juego de mesa

Stranger Things. Imagen: Netflix.

El primer juego de mesa tiene cinco mil años de antigüedad. Se encontró en una excavación en Turquía y arrojó luz sobre uno de los conceptos que no se tiene claro desde cuándo el ser humano maneja: el ocio. El afán por jugar, distraerse y unir lazos con los compañeros; pero los juegos de mesa pudieron haber nacido con otra función: entrenar la mente. En Juegos de guerra (John Badham, 1983) el personaje de David (Matthew Broderick) casi inicia una guerra termonuclear por jugar con un ordenador. Los años ochenta miraban entonces a la incipiente era digital con temor y sorpresa: un mundo de posibilidades, muchas de ellas funestas. Pero también se habla de la posibilidad de entrenar la mente, de la importancia didáctica de estos juegos. Y la evolución de estos juegos viajan en paralelo a la historia de la humanidad. La raíz de la historia de Juegos de guerra viene de la evolución del juego de mesa. El simulador de guerra primigenio, el ajedrez, cuyo origen parece poderse situar en la India, con una versión para cuatro jugadores y notables diferencias a lo que conocemos hoy día. Desde aquella excavación hasta hoy día, el juego de mesa está a un paso de cambiar incluso su denominación.  

No es casualidad que la imagen que nos viene a la cabeza cuando pensamos en el reciente fenómeno de Netflix, Stranger Things (The Duffer Brothers, 2016), sea un corro de chavales en un sótano, sentados en torno a una mesa de madera, jugando a Dungeons&Dragons. El que más y el que menos se ha pasado horas con la punta de la nariz metida en un tablero de algún tipo. El juego de mesa fue el primer simulador de la historia: no es difícil imaginar a los belicosos generales de las épocas pasadas afanados en juegos de mesa, tratando de emular las decisiones de la batalla, manejando figuras que representan a los soldados, a los generales, la infantería, sintiéndose más inteligentes en el estúpido arte de matarse unos a otros. La adolescencia de muchos viene dividida en los juegos que nos marcaron: antes de los años ochentas, la dualidad entre parchís/oca reinaba en nuestro país, pero si hablamos de juegos de mesa, una nota al pie de página se merecen los Juegos Reunidos Geyper.

Antonio Pérez Sánchez fundó la empresa Geyper a mediados de los cuarenta, fabricando juguetes de corte moderno que pronto pasarían a lo que supuso la gran idea: reunir bajo una misma caja una serie de juegos que acabarían con las discusiones entorno a qué elegir para echar la tarde. Los Juegos Reunidos Geyper unían bajo un mismo emblema algunos de los juegos más interesantes de la época, como la oca (cuyo origen se puede rastrear hasta el siglo XVII, en Italia), ajedrez, bingo, parchís (cuya cuna se encuentra en la India, en el siglo XVI)…Y algunos otros, que las generaciones nacidas bajo el amparo de internet solo consiguen calificar como «misterios». De hecho es posible que la dicotomía más inexplicable de nuestro siglo, la unión improbable entre el juego de la oca y el parchís en un solo tablero reversible, tenga su nacimiento en este compendio de juegos reunidos. Para las sombras de la historia queda quién fue el artífice de esta curiosa decisión que enlazó ambos juegos para la eternidad. Lamentablemente, la llegada de influencias americanas y de la época digital terminó definitivamente con el santo grial de los juegos de mesa en España, y de paso con la empresa, que cerró en 1987.

Casualidades de la vida, el cierre de la empresa Geyper coincide con la segunda edición de Dragones y Mazmorras, juego creado por Gary Gygax y Dave Arneson, momento en que el juego se expandió de su territorio definitivamente, aunque la serie de dibujos animados ya había hecho sus pinitos en nuestro país. Un juego que ayudó a que calara el concepto de rol en una juventud a la que los juegos clásicos, esos que tenían ya siglos de antigüedad, se les empezaban a quedar cortos.

Y si Stranger Things nos regalaba esos entrañables momentos con la partida de rol, como ya apuntábamos, no es casualidad. Toda una generación de frikis se forjó con los nuevos juegos de mesa. En los noventa, el salto definitivo llegó con el rol narrativo, de cuyo auge tuvo buena parte de culpa la empresa White Wolf y su juego Vampiro: la mascarada. Si bien es cierto que aquí la tendencia se bifurcó y no todos los jóvenes jugaban a rol (pues durante su inicio era algo que se miraba con susceptibilidad por parte de los adultos), no se puede ignorar a la generación que utilizaba dados de diez caras, manuales del Mundo de Tinieblas o figuras pintadas a mano. Los juegos de mesa habían dado un salto evolutivo y abandonaban sus mecánicas sencillas para explotar la imaginación del jugador.

Stranger Things. Imagen: Netflix.

Con la llegada del nuevo milenio, el juego de mesa ha vivido su época dorada. La evolución, que es el tema que nos atañe, ha logrado expandir sus redes tanto en los ámbitos digitales como analógicos. Y es que el juego de mesa se ha convertido en una convención social: hoy día es normal encontrarse algunos juegos en reuniones de amigos, en cenas informales, que amenizan la velada y ayudan con la ardua tarea de socializar. Nada mejor para entablar conversación con el amigo de un amigo al que no conocemos como encontrarse en el mismo equipo. Juegos de corte clásico pero cuyo fin último es establecer pautas sociales: Pictionary, Cluedo, Monopoly y un largo etcétera… En los últimos años en nuestro país se ha vivido un auge del juego de mesa social, y el rol se ha unido a la convención, gracias sobre todo a la labor de empresas como Edge. Pero también el rol «adulto» se ha masificado, con la sofisticación de algunas de las fórmulas ya conocidas, en juegos como Arkham Horror (basado en los escritos de H. P. Lovecraft), Munchkin, La furia de Drácula, Zombies… Juegos que recuperan la fórmula de terror, fantasía y ciencia ficción de la que hizo gala el rol de los noventas, pero adaptado a mecánicas para todos los públicos.

Sin embargo, el último gran salto en el juego de mesa, que ahora coquetea con la denominación de «juego social», se ha dado gracias a la tecnología. Desde la llegada de la consola Wii (Nintendo, 2006) el videojuego abrazó el carácter social y casual que los juegos de mesa ya conocían tan bien. El gran triunfo de esta consola, y por lo que será recordada, fue introducir el juego en las reuniones entre amigos. En las familias que compartían una noche de diversión. Juegos diseñados con la pretensión de hacer equipos, jugar unos contra otros, con fórmulas sencillas asequibles para todos los públicos y edades. La revolución de los smarthphones continuó con este estela, estableciendo pequeñas revoluciones en el sector como Apalabrados o Hearthstone.

Playstation, empresa líder de consolas en gran parte del mundo y que pega muy fuerte en nuestro país, no quiso quedarse atrás. A la competencia de Wii sumaron fuerzas con la desarrolladora Relentless Software para lanzar Buzz!, una clase de juego social que imitaba a los concursos televisivos y empleaba unos mandos con forma de pulsadores. La fórmula se fue reciclando con los años, hasta que estas navidades se lanzó Playlink, la nueva modalidad de juego de mesa para Playstation 4 y que viene auspiciada bajo el eslogan «Videojuegos de mesa», en que se combinan el propio juego para la consola, el uso de la app de Playlink  para móviles y algunos elementos físicos de atrezo. Pareciera que las barreras entre el videojuego y el juego de mesa, que no dejan de ser primos hermanos, se intentan difuminar. Sin embargo, algunos verán en este Playlink una reminiscencia al mítico Atmosfear: una combinación de juego de tablero y cinta VHS que nos obligaba a realizar actividades reales siguiendo las pautas del Gatekeeper que nos hablaba a través de la pantalla y dirigía el juego.

¿Y qué le espera al juego de mesa? Basta con echar un vistazo a las tiendas para encontrarnos un surtido de juegos de mesa de lo más variado: incluso en nuestro país existen algunos ejemplos de desarrolladores de juegos que no se quedan atrás, con propuestas como Virus!, desarrollado por D. Cabrero, C. López y S. Santisteban y editado por Tranjis Games, que ha gozado de muy buena aceptación. También nos encontramos con que el juego de rol ha expandido sus fronteras, buscando sin duda la resistencia al olvido, y aprovechando las nuevas tecnologías con juegos narrativos para móviles como Vampire the Masquerade: We eat blood y Mague: The Ascension Refuge, desarrollados recientemente por White Wolf y que expanden el Mundo de Tinieblas; en nuestro país el rol de mesa narrativo goza de buena forma gracias a editoriales como Nosolorol, cuya labor nos ha brindado la oportunidad de recuperar clásicos como Aquelarre, desarrollado por Ricard Ibáñez en los años noventa.

El juego de mesa, o juego social como ahora se quiere llamar, sigue gozando de buena salud, pero la historia de su evolución daría pie a un ensayo mucho más extenso. Mucho ha llovido desde la época de los Juegos Reunidos Geyper, y más aún desde que el ajedrez, el backgammon o el mikado pusieran a prueba los intelectos inquietos de la antigüedad, y jugar ha dejado de ser cosa de niños. Aunque la fórmula se ha afinado tanto que hoy día la producción de juegos de mesa no está al alcance de cualquiera, la lista de los Reyes Magos, que ha cambiado considerablemente desde los años cuarenta hasta ahora, sigue incluyendo muchas de estas cajas llenas de aventura. Y por mucho que la barrera digital busque romper esa cuarta pared que separa al jugador digital del analógico, una cosa podemos aventurar: el juego de mesa seguirá formando parte de nuestro ocio y de nuestro desarrollo social. Echen a rodar los dados.


Stranger Things 2: el primer disco era mejor

Cógete una rebequita, que por la noche refresca. Imagen: Netflix.

El año pasado Stranger Things se convirtió en uno de esos productos interesantes que la gente acaba odiando con facilidad por culpa de lo pesados que han llegado a resultar sus fans, un destino que también sufrieron artículos pop tan dispares como Amelie, El club de la lucha, Minecraft, la comida vegana, Pesadilla antes de navidad, la banda sonora de Frozen o todas las religiones a lo largo de la historia, Apple incluida. Pero la existencia de una fanbase cojonera no le restaba mérito a un juguete que se había presentado de manera discreta y bajo la batuta de unos gemelos, Matt y Ross Duffer, con antecedentes escasos: en su currículo solo figuraban un par de cortometrajes, una película que pasó de puntillas (Hidden: terror en Kingsville) y labores como guionistas del Wayward Pines de M. Night Shyamalan. A estos hermanos el éxito les llegó con Stranger Things, una obra donde aprovecharon el tirón de la nostalgia ochentera de regusto a neones y low-fi como ya hiciera J. J. Abrams cuando se dejó inseminar por Steven Spielberg para alumbrar Super 8, pero demostrando ser más mañosos que el director neoyorquino a la hora de masticar los referentes de las producciones Amblin para construir algo nuevo en lugar de fotocopiar lo ya visto. Utilizar el formato de serie de ocho capítulos para revivir ese cine añejo también fue un acierto porque permitía a la historia tomarse las cosas con calma sin llegar a hacerse pesada, y a los Duffer se les dio bien lo de racionar el misterio principal durante media temporada a base de levantar la manta poco a poco.

El principal problema que le encontramos el pasado verano a Stranger Things era un detalle estrictamente comercial y ajeno a las propias virtudes del producto: la amenaza de una segunda temporada. Algo que en realidad era ineludible teniendo en cuenta que en la industria audiovisual actual todas las secuelas, reboots, remakes y spin-offs de cualquier cosa ya están firmados antes de que el equipo se recupere de las drogas consumidas durante la fiesta de fin de rodaje. Lo malo de gestar una secuela con celeridad es que supone meterse demasiada prisa para aprovechar el rebufo, especialmente cuando el reparto de tu serie está formado por un grupo de actores infantes, esos artistas de hormonas irrespetuosas que tienen la desfachatez de crecer con extraordinaria rapidez. Urgencias similares obligaron a Robert Zemeckis a rodar las dos secuelas de Regreso al futuro al mismo tiempo, porque Michael J. Fox no iba a tener jeta de adolescente eternamente por mucho que derrapase a través del tiempo. El anuncio de la segunda temporada de Stranger Things (con campañas promocionales que lo mismo homenajeaban pósteres clásicos como fichaban a Leticia Sabater o Paco Lobatón) auguraba un futuro incierto por aquella premura: en tan solo un año los hermanos Duffer tenían que ensamblar una nueva hornada de capítulos y estirar una historia a la que no le hubiese sentado mal haber puesto el punto final en el octavo capítulo. Si en algún lugar del universo una deidad estrangulase y despellejase un gatito cada vez que un crítico escribe las palabras «secuela innecesaria» a estas alturas dicha divinidad debería de comandar una franquicia de peleterías. Stranger Things 2 se resume rápidamente: no es una mala serie y resulta entretenida, pero era difícil estar a la altura, y no lo ha estado.

«Me ha moqueado». Imagen: Netflix.

Discografía

Manos de topo, aquel grupo barcelonés que en lugar de fans pesados tiene detractores pesadísimos que no dejan de recordarte lo estrafalario de la voz cantante, bautizó su segundo disco como El primero era mejor adelantándose a aquella ajada opinión popular que sentencia que el segundo disco de una banda con cierto éxito nunca está a la altura del primero. Un argumento de cimentación lógica y difícilmente criticable: cuando una formación musical con talento entra en un estudio de grabación por primera vez suele hacerlo con un repertorio de temas pulidos a base de años de ensayos y conciertos en directo donde ha sido posible comprobar qué piezas calaban mejor entre el público, obteniendo como resultado de todo eso un primer disco de elaboración sosegada y sin presiones externas. Las prisas suelen llegar cuando, en caso de éxito, hay que parir un segundo álbum más por inercia que por ganas y se acaba construyendo un disco a base de piezas menos rodadas o descartadas con anterioridad. La segunda temporada de Stranger Things ofrece una impresión similar al segundo disco de alguien que ha abrazado la fama repentinamente: todo lo que la primera vez funcionaba con ritmo aquí intenta ser replicado de manera atropellada y mucho menos pulcra. Creativamente hablando habría sido más refrescante olvidarse de los niños de Hawkins y contar otro relato distinto manteniendo el tono general y el rebozado fantástico, pero para cualquier estudio aquello hubiese sido una opción imprudente: el público siempre reclama más de lo mismo sin pensárselo demasiado y por culpa de esas demandas todavía tenemos a Johnny Depp con los pantalones de Jack Sparrow a mano en el perchero.

Secuelas

Un gigantesco número dos corona los créditos de cada capítulo de esta nueva temporada recordando que aquí se ha apostado por el formato de secuela clásica de blockbuster. Aquella que trata de compensar la ausencia de elemento sorpresa y frescura multiplicando volumen y escala, confundiendo a propósito el «mejor» con el «más grande» e inflándolo todo: el nuevo mal tiene ahora dimensiones titánicas y la criatura que ejercía de villano en la anterior temporada se ha transformado en horda. Una estrategia para sustituir misterio por ganas de epatar que renuncia por el camino de manera inexplicable a elementos que podían haber dado mucho juego: el mundo del Otro lado, ese Upside down a modo de universo paralelo jodido, se desaprovecha aquí hasta quedar convertido en una salida de emergencia para un montón de bichejos cabrones. En general, esta segunda tanda llega escrita con menos soltura y a modo de versión aguada de su antecesora, la serie asume como muerto y enterrado el suspense original y opta por repetir los mismos trucos pero de manera menos interesante: aquel icónico Art attack que, durante la primera temporada, Joyce (Wynona Ryder) montaba en casa, con unas luces de navidad y un abecedario en la pared, intenta replicarse aquí a modo de puzle con folios garabateados y una absurda escena donde se calca una silueta (que se distingue perfectamente) de la pantalla de un televisor. Incluso la referencia al juego Dungeons & Dragons o el «Should I Stay or Should I Go» de The Clash se insertan ahora de manera forzada y repentina porque en algún lado había que colarlos.

Sean Astin, o para qué homenajear a los ochenta cuando podemos comprar un pedazo de ellos. Imagen: Netflix.

A efectos narrativos es el guion el que opta por hacer cosas bastante extrañas. Se molesta en escuchar a aquellos fans de las redes sociales que invocaron el síndrome de Boba Fett sobre el desaparecido personaje de Barb el año pasado y decide utilizarla como excusa para una subtrama, pero también se atreve a cuestionar la capacidad de atención de su público al tener los huevos de meter flashbacks de escenas que han sucedido cinco minutos antes. El resultado final, incluso obviando los agujeros de guion y las concesiones de la ficción, acaba antojándose deslavazado y toma decisiones tan cuestionables como dispersar y separar a los personajes durante casi toda la historia o desaprovechar en exceso elementos tan interesantes como aquella posesión que sufre Will (Noah Schnapp). La buena noticia es que el juguete pese a decepcionante no es espantoso, sigue resultando un show entretenido aunque haya decidido alojarse bajo su propia sombra.

Here comes a new challenger

Los nuevos personajes son una de las novedades más interesantes de la temporada a pesar de ofrecer resultados muy dispares. Fichar a uno de Los Goonies (el competente Sean Astin) para interpretar a Bob, un empollón y bonachón osito de gominola, resulta tan poco discreto como para que el propio personaje bromee en pantalla con buscar un tesoro pirata. Max (Sadie Sink) se luce bastante como nueva incorporación a la pandilla de chavales, el conspiranoico interpretado por Brett Gelman se queda en un detalle trivial y mientras tanto Paul Reiser cumple como doctor Owens sin demasiados alardes. En el caso de Billy (Dacre Montgomery) es más asombroso cómo el departamento de casting ha logrado clonar con tanto éxito al Rob Lowe de St. Elmo que lo que la serie ha hecho con él: el nuevo antagonista macarra tiene potencial pero no llega a ningún puerto a pesar de que la trama amenaza con escarbar sus demonios personales y decide enredarlo en escenas tan disparatadas como una conversación con la madre de Nancy, que más que a los ochenta parece homenajear a los vídeos sobre MILF de PornTube, y una charla en las duchas con tanto homoerotismo accidental como para formar parte de Pesadilla en Elm Street II. En el caso del reparto conocido la serie hace un movimiento curioso y agradecido al redistribuir los roles protagonistas: Lucas (Caleb McLaughlin), Dustin (Gaten Matarazzo) y Steve (Joe Keery) pasan a convertirse en valiosos protagonistas (en especial en el caso de Steve) con arcos argumentales propios, mientras la historia de Eleven (Millie Bobby Brown) avanza a tumbos, Nancy (Natalia Dyer) y Jonathan (Charlie Heaton) se pasean por ahí, David Harbour revisita un Jim Hopper encabronado, y Mike (Finn Wolfhard) queda relegado a ser un secundario con eventuales arranques histéricos que ha logrado que el propio Wolfhard, descontento con el guion, se refiera a su personaje como Emo Mike. El caso de Kali (Linnea Berthelsen) y su pandilla punki con furgoneta a lo Scooby-Doo durante el séptimo capítulo es para darle de comer aparte, hasta el punto de que un par de párrafos más abajo tiene sección propia.

Benditos ochenta

La rendición nostálgica a décadas pasadas sigue ahí, pero no molesta tanto como los más quejicas gustan de proclamar. Las máquinas recreativas de Dragon’s Lair y Dig Dug, la banda sonora a base de hits sobadísimos de la época, las cintas de vídeo caseras, el primer Terminator plantado en las marquesinas de los cines y los anuncios añejos de KFC en televisiones de tubo conforman una veneración a la producción pop ochentera que resulta más divertida que molesta. Reverencias variadas disparadas a diferentes niveles: los Duffer utilizan Halloween como excusa para pasear disfraces de Cazafantasmas, Jason Voorhees, Michael Myers y sábanas con tufo a E.T. Pero también emulan a pequeña escala escenas de Encuentros en la tercera fase, El resplandor, Poltergeist, Indiana Jones en el templo maldito, Cuenta conmigo o El exorcista. En algunos casos el guiño es evidente, la sumisión a Aliens: el regreso hace uso del inevitable radar, mientras que otros tienen más gracia por resultar menos obvios: un peinado erigido a base de laca nos dirige a La chica de rosa de John Hughes y, durante el que probablemente sea el homenaje más sutil de la serie, unas notas musicales juegan a imitar la maravillosa banda sonora de Gremlins cuando un monstruito cabrón comienza a la liarla en el tercer capítulo.

Los chavales pasan más tiempo juntos en esta escena que durante toda la serie. Imagen: Netflix.

Siete

Hay un consenso sobre el séptimo episodio de Stranger Things 2 que viene a decir que es mejor ahorrárselo porque vaya mierda bien gorda que está hecho. Un capítulo, protagonizado por Eleven y la recién llegada Kali, que merece apartado propio por ser una de esas ideas a las que se les divisa un calzador gigantesco ya desde la lejanía. Se trata de un accidente muy curioso de ver porque pocas veces uno de los personajes principales se larga de su show (de manera literal, subiéndose a un autobús mientras suena el Runaway de Bon Jovi) para embarcarse en lo que parece otra serie completamente distinta que ni pega con el conjunto ni nadie vio venir por mucho que su reparto hubiese inaugurado fugazmente la presente temporada. Para mayor recochineo aquello llegaba justo después de un sexto capítulo que finalizaba con un cliffhanger de los de triturar uñas a mordiscos. Tras el estreno de la temporada, y ante la avalancha de críticas, Matt Duffer se apresuró a asegurar que ese séptimo episodio no era un simple relleno y el desenlace de la historia dependía de su existencia, pero no se la logró colar a nadie. Aquella subtrama era tan ajena al conjunto como para rechinar y casi cargarse el propio espíritu de la serie: se atrevía a cambiar radicalmente el escenario de evocador pueblecito por el de la gran urbe de Chicago, se montaba una remezcla de The Warriors y Misfits encabezada por personajes de peluquería cuestionable con el carisma en números negativos y aprovechaba para disfrazar a Eleven de manera bochornosa. Los Duffer parecían justificar aquel capítulo como una especie de entrenamiento para Eleven al estilo de la excursión de Luke Skywalker por Dagobah en El Imperio contrataataca, pero no funcionaba porque el personaje ya había demostrado durante la primera temporada que podía mandar una furgoneta a tomar vientos si la cosa se ponía tensa. La propia narración ni siquiera se molestó en camuflar el alma de pegote de todo aquello y al finalizar el episodio el personaje se subió de nuevo a un bus para volver a la historia principal como si no hubiese pasado nada. Por fortuna, los dos capítulos posteriores que despachan la temporada remontan el asunto y otorgan un cierre más digno a esta secuela.

El primero era mejor

Los Duffer ya hablan de la tercera y cuarta temporada mientras los rumores apuntan a que la quinta está asegurada. El problema de enfocarlo así, y no como si cada entrega fuese la última, es que la idea original corre el riesgo de diluirse hasta transformarse en un entretenimiento mecánico. Algo que comienza a notarse con una Stranger Things 2 más interesada en precalentar para futuros episodios que en centrarse en sí misma, como una gallina que se sabe a punto de ser exprimida. El primer disco era mejor y lo que ha ocurrido aquí no sorprende tanto, tenemos más de lo mismo sin llegar al mismo nivel y con todo lo que eso conlleva: quienes disfrutaron de la primera entrega tienen aquí una extensión menor pero los que la odiaron en su momento y no conectaron con su juego no van a encontrar razones en Stranger Things 2 para cambiar de opinión. Y todos van a cagarse con mucho esmero sobre el capítulo de La hermana perdida.

Nancy y Johnathan en busca de la química perdida. Imagen: Netflix.

PS: El Boba Fett de la presente entrega es la pequeña Erica (Priah Ferguson), una chavala que gracias al interés de los fans ya tiene reservada silla en la tercera temporada. Matt y Ross aseguran que han intuido en la niña combustible para toda una colección de GIF animados (textualmente: «She’s very GIF-able, if that’s a word»).


El síndrome de Boba Fett

Stranger Things. Imagen: Netflix.

Stranger Things

Tras la fiebre por Stranger Things, la serie cimentada en la nostalgia de referentes añejos que todo el mundo quería de antemano que le gustase (aquí nos divirtió tanto como para desearle que no insistiese en una segunda vuelta), el fenómeno fan desenrolló su costado creativo y publicó en internet decenas de pósteres alternativos, camisetas majas, ilustraciones notables y un montón de pantallazos de juegos que no existieron nunca donde se reimaginaba el show en formato de ocho y dieciséis bits, como aventuras gráficas point’n click, rolazos o un arcade de tollinas firmado por el escultor del píxel Johan Vinet. Entre tanta riada de inventiva fandom una de las ocurrencias más simpáticas fue un falso cartel sobre la desaparición de una chica llamada Barb, un personaje menor de la serie. El aviso rezaba lo siguiente:

Desaparecida.

A su madre no le importa que haya desaparecido, nuestros amigos suponen que está estudiando en la biblioteca y yo ando demasiado ocupada con mi novio. Pero está desaparecida desde hace algún tiempo, así que supongo que va siendo hora de empezar a buscarla.

Conduce un Volkswagen, tiene el pelo rojo, gafas rojas y un vestuario que despierta simpatía.

Responde al nombre de Barb.

El papelito incluía unas tiras para arrancar que sustituían la clásica información de contacto por frases como «¿A quién le importa?» «¿Barb quién?» «Amo a Steve» o «Bla bla bla Barb». Y aunque no se especificaba en ningún sitio, cualquier espectador de la serie deducía que el texto simulaba haber sido redactado por Nancy, una de las principales protagonistas. Y más de uno entendía que la broma hacía cierta justicia a Barb, Barbara Holland, un personaje secundario que a pesar de no tener demasiada presencia a lo largo de la historia (promocionaba a merienda durante los primeros episodios) se convirtió en uno de los favoritos del público. Un éxito entre la audiencia que se debía probablemente a lo amable de su personalidad por un lado y a su llamativa presencia física por otro: pelirroja, pecosa, con gafas de nerd, vestuario inusual y un físico que pasaba olímpicamente de los estándares típicos de belleza televisivos, algo que desgraciadamente solo pueden permitirse los personajes secundarios. Se trataba de un rol desagradecido, porque en el fondo para el guion era más un mecanismo narrativo que una persona, pero se convirtió en el dark horse de la serie, el Boba Fett de Stranger Things.

El síndrome de Boba Fett

En la saga Star Wars Boba Fett era un cazarrecompensas espacial que aparecía en El Imperio contraataca con un par de líneas de diálogo, armadura fardona y pintas de futuro villano. Luego llegó El retorno del Jedi y Boba Fett la palmó de la manera más gilipollas posible cuando Han Solo lo mandó por accidente al estómago de un bicharraco del desierto. Es probable que en un principio George Lucas considerase que la vida útil del personaje acababa ahí mismo, pero los fans se encandilaron del misterioso cazarrecompensas de manera inexplicable y el director tomó nota de ello. Fett acabó protagonizando decenas de aventuras en ese universo expandido de Star Wars que se desplegaba entre libros, series y videojuegos. Nuevas aventuras donde se intentaba moldear la personalidad de Fett, en ocasiones provocando contradicciones entre las diferentes historias, y también explicar unos orígenes sobre los que nunca se pusieron de acuerdo los diferentes autores de los libros, hasta el punto de tener que justificar oficialmente el desmadre asegurando que Fett se inventaba los faroles en torno a su leyenda.

Entre las páginas el cazarrecompensas tuvo una vida muchísimo más completa y emocionante que entre los fotogramas: los cómics lo salvaron de morir permitiéndole escapar del monstruo del desierto y la literatura le metió en líos persiguiendo el culo de Han Solo, lo ascendió a líder de los mandalorianos (originarios del planeta Mandalore, un lugar que ni siquiera se mencionaba en las películas) y lo emparejó convirtiéndolo primero en padre de familia y después en viudo perseguido por una hija que planeaba vengar la muerte de su madre. Tramas enrevesadas con la pinta de culebrón barato galáctico tan clásica de Star Wars: en un momento dado Fett descubría que su mujer no estaba muerta sino congelada en carbonita.

El Imperio contraataca. Imagen: Disney.

Viendo el éxito entre la audiencia, Lucas reinventó el papel de Boba Fett en el cine y lo añadió fugazmente a La guerra de las galaxias aprovechando el estreno de una versión remasterizada. Después utilizó las precuelas para convertirlo a la fuerza en uno de los personajes principales del universo Star Wars: en la trama de la nueva trilogía sus genes clonados fueron la base de las contiendas de la película. Lucas declaró en alguna ocasión que de haber sabido que Boba Fett iba a tener tantos fans hubiese rodado una muerte más espectacular en su momento. Jonathan Rizler, historiador de Star Wars, juraría años más tarde que Lucas le había confirmado que Fett sobrevivía a El retorno del Jedi.

Boba Fett era un caso extraordinario de cadáver resucitado por las lágrimas de los fans. Un personaje cuyo creador no creía que fuese a generar la más mínima de las atenciones que acababa siendo moldeado por culpa del público. Un caballo oscuro por el que nadie había apostado en un principio.

Apostar por el dark horse

Dark horse es el término con el que se denomina en las apuestas ecuestres a ese caballo que no conoce ni dios y acaba ganando la carrera. Boba Fett es probablemente el ejemplo de caballo oscuro más famoso y su fama ha provocado que los fans demanden, de manera incansable durante décadas, un film o un videojuego protagonizado exclusivamente por el personaje. La Barb de Stranger Things tenía alma de dark horse incluso dentro de la ficción: en la trama ni la policía, ni sus amigos (exceptuando a Nancy) ni su propia madre se interesaban demasiado por la chica. A la audiencia le ocurría lo contrario: a todo el mundo parecía caerle bien.  

Bob The Goon en Batman. Imagen: Warner Bros.

El Batman de Tim Burton incluía en el equipo enemigo a un sicario que no destacaba por nada en especial más allá de llevar sombrero. Se trataba de Bob, apodado cariñosamente Bob The Goon, un secundario poco carismático, nada agraciado y que acababa siendo eliminado por el Joker de manera absurda, un personaje que a pesar de todo se convirtió en favorito del público. Años más tarde la frase que le dedicaba Jack Nicholson a Bob en Batman, «You are my number one, guy», inspiraría el estribillo del tema «Ready For the Floor» de Hot Chip (en un videoclip que incluía cosplay de Joker). Lo más curioso fue lo premonitorio de la remesa de juguetes que acompañaron de salida al film, porque solo se produjeron tres muñecos de acción: el de Batman, el de Joker y el de Bob. Aterriza como puedas encumbró a un personaje menor llamado Johnny a base de tonterías. En The Rocky Horror Picture Show el público se enamoró del personaje de Columbia y su voz aguda. Zara (Katie McGrath) en Jurassic World se ganó la condescendencia de los espectadores al morir estableciendo un récord: ser devorada dos veces por dos criaturas prehistóricas diferentes. En la misma película también brilló el «hombre margarita», el tío que se preocupaba de salvar un par de margaritas durante el ataque de los dinosaurios, un extra que tenía dos segundos en pantalla y un guiño fabuloso a sus espaldas: estaba interpretado por Jimmy Buffet, el músico famoso por «Margaritaville». Mad Max: furia en la carretera tenía clarísimo que el más pálido era el caballo más oscuro y Nux ya iba en cabeza para ocupar el puesto mucho antes de gritar «What a day! What a lovely day!».

Inicialmente Sylar (Zachary Quinto) la palmaba durante el desenlace de la primera temporada de Héroes, pero el villano gozó de tanta popularidad entre los fans como para que los guionistas le arrojasen el salvavidas. Horton tenía a una secundaria, con una sola frase y una presencia total en pantalla de poco más de un minuto, que conquistó corazones por culpa de esto. Frank Oz explicó con símiles de volumen como concibió el carácter de algunos de sus Muppets: la cerdita Peggy era un personaje de tres dimensiones, el oso Fozzie tenía dos y Animal cero. Este último, un personaje cafre y gritón cuya mayor virtud era saber aporrear una batería, se convirtió en uno de los favoritos del público y por extensión de la cultura pop. En Power Rangers los personajes de Bulk y Skull que ejercían de alivio cómico, villanos Hacendado y embajadores de la vergüenza ajena, gozaron de un abultado grupo de seguidores. Por Scrubs cabalgaron unos cuantos caballos oscuros, algunos de los cuales amenazaron con convertirse en algo importante desde el primer capítulo, pero el más gracioso y autoconsciente fue el interno Snoop Dogg, un personaje que nació como un chiste de una línea y con el tiempo escaló en la jerarquía evolucionando a residente Snoop Dogg y posteriormente a asistente Snoop Dogg.

Hedonismbot en Futurama. Imagen: FOX

En ciertas ocasiones era posible avistar rebaños enteros de dark horses. Ocurría en aquellos programas donde casi todos los secundarios ofrecían potencial suficiente como para promocionar a estrellas. En Futurama la figura obvia era Zoidberg, pero el show atesoraba una hilera de personajes dignos de culto: el hipnosapo, los integrantes de la robo-mafia, Calculón, Zapp Brannigann, este robot de aquí, el presentador de telediarios Morbo, URL el robot policía, el pequeño Tim, el robot diablo o aquel Santa Claus psicópata. Mordisquitos también podría ser considerado un caballo oscuro, aunque su transformación de mascota a personaje indispensable estaba premeditada por los guionistas. Y Scruffy Scruffington, el conserje bigotudo aficionado al porno, comenzó a aparecer con más frecuencia en la serie solo porque era reverenciado por una horda de internautas. En Padre de familia personajes como el pollo gigante, la Muerte o el mono malvado eran gags fugaces sin demasiado futuro pero acabaron convertidos en secundarios recurrentes. Hora de aventuras gozaba de un reparto de no-protagonistas de los que era demasiado fácil encariñarse: Marceline pasó de secundaria a coprotagonizar capítulos, y otros personajes como la Princesa del Espacio Bultos, el Señor Magdalena, BMO, Trompi, Gunter, Roltas, Linch, Ricardio, la Princesa Llama, el Mayordomo Menta o el Conde Limoncio se ganaron simpatías variadas. En realidad, en Hora de aventuras todo el reparto era carne de merchandishing: ojo a la línea de juguetes para McDonald’s donde más de la mitad de personajes son secundarios del programa. Un caso especial era el de Marshall Lee, la versión masculina de Marceline en los capítulos donde el género de los personajes estaba invertido, porque apareció sin decir una palabra y se convirtió en una obsesión de los fans.

Ha nacido una estrella

Gru, mi villano favorito, llegó acompañado de una tropa de esbirros amarillos que, tras dos películas haciendo de sherpas, acabaron protagonizaron su propio largometraje y arrasando en los cines gracias a una bestial campaña publicitaria. Su película, Los minions, resultó mucho más taquillera que Gru, mi villano favorito o su secuela, y los amarillos se convirtieron en el ejemplo más rentable de una práctica común en el cine de animación, la de convertir a los papeles menores más graciosos en estrellas: los pingüinos que actuaban en segundo plano en las entregas de Madagascar acabaron teniendo película propia (Los pingüinos de Madagascar) y los porrazos de la ardirrata Scrat que salteaban las películas de Ice Age fueron tan festejados que el personaje ganó minutos de metraje en cada secuela, protagonizó sus propios cortometrajes y se convirtió en la mascota oficial del estudio de animación Blue Sky.

Jesús Quintana (John Turturro) en El gran Lebowski era un dark horse relativo porque, aunque su personaje apenas ocupaba cinco minutos del metraje, estaba claro que sería diana del fenómeno fan entrando en escena de aquella manera tan perversa como espectacular. El reflejo de su éxito es la alegría con la que ha sido recibida la idea de repescar al personaje hoy en día (dieciocho años después de su aparición) para protagonizar Going Places, una historia ajena a la trama de Lebowski y dirigida por el propio Turturro donde Quintana compite contra un ladronzuelo (Bobby Cannavale) en la aventura de proporcionarle el primer orgasmo a una mujer (Audrey Tatou).

Jesús Quintana en El gran Lebowski. Imagen: Gramercy Pictures.

Los roedores de laboratorio Pinky y Cerebro nacieron como secundarios de la serie Animaniacs, pero su insistencia por conquistar el mundo a través de planes disparatados acabó convirtiéndolos en predilectos de los espectadores y otorgándoles serie propia (Pinky y Cerebro). Aguantaron por su cuenta bastante bien durante cuatro temporadas, hasta que los productores, que consideraban que la serie tenía un humor demasiado adulto, tomaron la peor decisión posible e impusieron a su propio dark horse con el fin de infantilizar el programa: agarraron a un personaje de Tiny Toons, Elvira (Elmyra en el original), que ni siquiera caía bien entre los fans, y lo colaron en el universo de los ratones reinventando la serie como Pinky, Elmyra y Cerebro. El nuevo show era más tontorrón y la audiencia le enseñó las espaldas: tan solo se emitieron cinco episodios antes de que alguien optase por esconderlo en un armario.

Reese Wilkerson (Justin Berfield) sisó tanto protagonismo en Malcom que en algunos capítulos el personaje que daba título a la serie parecía estar de visita. Barney en Cómo conocí a vuestra madre acabó acaparando tramas para sí mismo. En la longeva Días felices el personaje de Arthur Fonzarelli (conocido en la ficción como the Fonz o Fonzie) que interpretaba Henry Winkler empezó como secundario, pasó a vivir junto a uno de los protagonistas y acabó convertido en estrella total a niveles disparatados: cuando los guionistas consideraron bonito enfatizar la lectura entre los espectadores más jóvenes metieron a Fonzie en una biblioteca con la excusa de ojear un libro y en el mundo real la demanda de carnets de biblioteca aumentó a lo bestia, en Milwaukee se construyó una estatua de bronce en honor al personaje y en una ocasión un adolescente que planeaba suicidarse telefoneó al estudio para «hablar con Fonzie» y acabar recibiendo los consejos de Winkler. Los ejecutivos consideraron cambiar el título de la serie a Los días felices de Fonzie, o Fonzie y el propio Henry Winkler, agobiado por la celebridad del personaje y su condición de salvavidas del show, rechazó protagonizar un spin-off. Fonzie fue también el protagonista uno de los momentos más recordados de la televisión americana: la extravagante secuencia de brinco sobre escualo que instauró la expresión «Jumping the shark» para indicar el momento en el que una serie había perdido el rumbo.

El caso de Johnny Depp es especial porque el hombre funciona como un caballo oscuro que intenta camuflarse con neones. Piratas del Caribe se insinuaba protagonizada por una Keira Knightley acompañada de un Orlando Bloom que venía de El Señor de los Anillos y a quien querían transmutar en un nuevo Errol Flynn. Pero el personaje de Jack Sparrow, interpretado por Depp como un pirata rockstar con mucha línea improvisada, usurpó todo el protagonismo hasta el punto de que en las secuelas Knightley y Bloom pasaban a segundo plano o directamente desaparecían. Los responsables eran conscientes de esto aunque intentaran disimularlo y Depp era un dark horse con alevosía, tanto como para que la operación se exportase a otras películas donde el actor podía pasear nuevo armario y maquillaje extravagante: la Alicia en el país de las maravillas que rodó con Burton se promocionaba anunciando a su Sombrerero Loco y olvidándose de la Alicia del título. Y en El Lanero Solitario el propio Llanero Solitario parecía ejercer de side-kick del personaje de Depp, un indio llamado Toro que se distinguía de Jack Sparrow gracias a llevar un pájaro reseco en la cabeza.

Steve Urkel es el Alfa y el Omega de todos los Boba Fetts posibles. Una criatura concebida en la comedia Cosas de casa, la serie que nació como un spin-off de Primos lejanos cuando la cadena ABC decidió agarrar al personaje de Harriette, la ascensorista del periódico donde trabajaban Larry Appleton y Balki Bartokomous, y construir una sitcom alrededor de ella y su matrimonio con Carl Winslow.

El objetivo de Cosas de casa era atrapar a audiencia negra a través de las aventuras de una familia afroamericana, pero el show entró renqueando en la programación televisiva y sus episodios iniciales no lograron pescar buenas audiencias. Hasta que apareció el personaje de Urkel, un secundario (interpretado por Jaleel White) de voz chillona, pantalones de cintura incierta, tirantes y todos los defectos del estereotipo nerd multiplicados de cara a la comedia. Durante el rodaje de aquel capítulo donde Urkel entraba en escena el público en directo enloqueció con lo desmadrado del personaje y cuando el episodio se emitió por televisión ocurrió lo mismo en los hogares estadounidenses. Los ejecutivos intuyeron una gallina a punto de convertirse en un surtidor de oro y comenzaron a reescribir capítulos, tramas e incluso reimaginar la cabecera para asentar a Urkel en el programa. En el episodio posterior a su aparición el personaje ya se había convertido en vecino de los Winslow para dar más juego a los guiones. La sitcom sobrevivió arrasando en audiencia gracias a la realineación y aquel personaje cargante que comenzó como un secundario casual acabó convertido en protagonista absoluto con el paso de las temporadas.

Llegados a cierto punto los episodios comenzaron a saltar el tiburón con doble tirabuzón y los guionistas convirtieron el disparate en norma y a Urkel en científico loco: sus inventos le permitieron crear clones de sí mismo o juguetear con el ADN para mutar en un doble de Bruce Lee o en un gigoló llamado Steffan Urquelle, aparecieron en escena muñecos diabólicos, se abrazó la destrucción a gran escala y la serie se convirtió en una impresora de dinero para la cadena ABC. Urkel se apuntaló como icono de los noventa y la cultura pop tuvo que dejarse meter mano: se coló a modo de cameo en Padres forzosos y Paso a paso, tuvo sus propios cereales e incluso participó en un vídeo educativo sobre cómo se forman las leyes junto a un caballero llamado Bill Clinton y un puñado de secundarios con cara de políticos como Robert Dole, Tom Foley o Cleo Fields que como actores de comedia tenían un futuro demasiado incierto.


¿Cuál ha sido la mejor serie del año?

El año se aproxima a su final y llega el momento de hacer balance y ver qué nos ha dejado. En el ámbito de las series ha habido nuevas temporadas capaces de mantener nuestra atención, que nos han decepcionado o que han ido a más (esto es lo menos frecuente). Pero las que ahora nos interesan son aquellas que se han estrenado a lo largo de 2016. Pasen y voten, o añadan su favorita, y así entre todos podremos escoger las mejores para que tengan esta referencia quienes aún no las hayan visto.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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BrainDead

Imagen de CBS.

Braindead, titulada en España Tu madre se ha comido a mi perro, era una memorable película de Peter Jackson que no hay que confundir con esta serie, sin más conexión entre ellas que cierto gusto por mostrar sesos desparramados. A medio camino entre House of Cards y Hombres de Negro la trama se centra en los tejemanejes políticos de Washington narrados casi a tiempo real, pues por ahí aparecen Donald Trump y Hillary Clinton, desvelándonos una siniestra conspiración alienígena para hacerse con el poder en el Congreso. Es una serie con un fuerte contenido satírico, narrada con agilidad y con una gran química entre los dos protagonistas, aunque lamentablemente tras su primera temporada ha sido cancelada. Por cierto, la actriz principal, a quien hemos visto antes en Death Proof y en la más reciente 10 Cloverfield Lane, es pariente lejana de Ava Gardner.

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Designated Survivor

Imagen de ABC.

De acuerdo al protocolo de seguridad denominado Designated Survivor, si un acontecimiento importante debe reunir en un mismo lugar a todos los cargos del Ejecutivo estadounidense al menos uno de ellos debe estar ausente en un lugar protegido. Así, en caso de catástrofe o atentado, será el siguiente en la línea sucesoria y pasará de inmediato a ocupar el cargo de presidente. Kiefer Sutherland es un actor ya indisolublemente unido a Jack Bauer, el inspector Clouseau del espionaje yanqui a cuyo paso todo lo que podía explotar explotaba y todo aquel que cruzara unas palabras con él estaba condenado a acabar muerto, torturado o secuestrado. De manera que si aquí lo vemos interpretar a un ministro de vivienda a quien le toca ser el «superviviente designado» durante un discurso del estado de la Unión, estaba claro que el país iba a sufrir el peor ataque de su historia que lo convertirá el nuevo líder del mundo libre. Con este gafe al mando el «Dios bendiga a América» pasa a ser un «Dios la pille confesada» y las calamidades se sucederán al ritmo que nos tenían acostumbrados en 24.

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Westworld

Imagen de HBO.

Michael Crichton escribió y dirigió en 1973 una película en torno a un robot enloquecido de un parque de atracciones futurista ambientado en el antiguo Oeste. Es la idea que ha retomado el hermano del director Christohper Nolan y guionista suyo habitual, añadiéndole una mayor carga filosófica en torno a los límites de la humanidad y la conciencia. Hay quien ha comparado a Westworld con Juego de Tronos, con la que tiene en común ser una serie y estar producida por la HBO, aparte de eso, poco más. Sobre ella ya hablamos aquí.

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Paranoid

Imagen de Netflix.

Las series policíacas inglesas han logrado convertirse en una fórmula infalible que rara vez decepciona, ahí están Broadchurch, Happy Valley y ahora Paranoid. Acostumbran a combinar el suspense de un caso en el que cada nuevo avance en la investigación abre otro interrogante con la profundización psicológica en unos personajes zarandeados por la vida y en ocasiones a punto de naufragar.

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The Night Of

Imagen de HBO.

Una segunda vida que tienen dichas series británicas está en la adaptación estadounidense que a menudo les acompaña, aportándoles generalmente más medios técnicos y también otro estilo, que gustará más o menos que la original según la sensibilidad de cada espectador. Es el caso de Criminal Justice y esta versión realizada por la HBO.

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Stranger Things

Imagen de Netflix.

El gran mérito de esta serie es que ha recogido piezas perfectamente reconocibles de clásicos populares de los años ochenta y con ellas ha sido capaz de armar una historia que se sostiene sobre sus propias patas, que va más allá del simple guiño o la recreación. No es imprescindible ser un nostálgico de los ochenta para haber quedado prendado por esta joyita de los hermanos Duffer que sí tendrá segunda temporada.

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Horace and Pete

Imagen de Pig Newton, Inc.

A la comedia le sienta bien y le da mucho juego ambientarse en un bar, tal como demostraron en su día Cheers o It’s Always Sunny in Philadelphia, con ese toque amargo que proporciona acercarse a las tribulaciones de la fauna que allí se junta. Este año hemos encontrado otro ejemplo en la serie web Horace and Pete del humorista Louis C.K., que ha contado para la ocasión con unos colaboradores de la talla de Steve Buscemi, Alan Alda o Jessica Lange. En este artículo la analizamos con detalle.

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Guerra y Paz

Imagen de BBC.

Aparte de ser el guionista de la memorable versión británica de House of Cards, Andrew Davies ha participado en la adaptación a la pantalla de obras como Orgullo y prejuicio, La feria de las vanidades o Casa desolada, así que la BBC confió en que no le vendría grande el clásico de Tolstói. La apuesta contó además con el presupuesto de una superproducción para esta miniserie de seis episodios y el resultado ha logrado el favor de la audiencia, siendo considerada por muchos como una de las mejores adaptaciones literarias que se han hecho en televisión.

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22.11.63

Imagen de Hulu.

En estos tiempos de compañías de bajo coste y engorrosos trámites en los aeropuertos para llegar a un destino donde no buscamos descubrir cosas, sino confirmar que están ahí y subir nuestra foto junto a ellas a las redes sociales, tal vez los viajes han perdido su aura romántica de antaño y los únicos que ahora excitan nuestra imaginación sean los viajes en el tiempo. Son la única forma de ir a un lugar realmente diferente, auténtico, de vivir aventuras y de tomar las riendas de un destino no escrito de antemano. Si encima uno puede evitar que maten a Kennedy entonces miel sobre hojuelas. Esta adaptación de una novela de Stephen King juega inteligentemente con las paradojas temporales, con la nostalgia de la década de los sesenta y el choque cultural que supone para un «recién llegado» y por último, tal como ocurre con las series de los últimos años, cuenta además con actores de primera línea de Hollywood como James Franco y Chris Cooper.

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Colony

Imagen de USA Network.

Y hablando de Stephen King no podemos dejar de mencionar la que ha sido una de su series favoritas de la temporada: «En un año de destacable televisión, Colony es algo realmente especial: inteligente, llena de suspense, subversiva… intelectualmente estimulante». La historia maneja unas referencias que nos remiten claramente a V: colonización de nuestro planeta por una fuerza alienígena de estética seudonazi que recluta colaboracionistas y aparición de una resistencia. Precisamente los protagonistas tendrán que jugar a dos bandas entre ambos, pero si quieren un análisis más detallado de la serie tienen este artículo.

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Stan Against Evil

Imagen de IFC.

A medio camino entre Fargo y Buffy Cazavampiros, nos cuenta cómo el sheriff de una aparentemente tranquilo pueblo de Nueva Inglaterra pierde el control durante el funeral de su mujer y se ve obligado a dimitir. Desde ese momento, él y su sucesora tendrán que hacer frente a la maldición que pesa sobre todo aquel que ejerza ese cargo desde que cuatro siglos antes hubiera una caza de brujas en la localidad. Algunos sustos y buenos toques de humor en una serie entretenida.

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Balada muda de la Norteamérica olvidada

A still from the film 'The Deer Hunter', 1978. From left to right, John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro and John Savage. (Photo by Universal Pictures/Archive Photos/Getty Images)
El cazador, 1978. John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro y John Savage. Imagen: EMI / Universal Pictures.

«Chevotarevich, ¿es un nombre ruso?». «No, es un nombre americano». Era 1978 y Michael Cimino estaba a punto de demostrar que el infierno tenía muchas caras: el de la guerra de Vietnam, pero también el del presente petrificado de los obreros de la metalurgia de Pensilvania. Norteamericanos con nombres plagados de consonantes centroeuropeas. Emigrantes con la grupa rota en el corazón rocoso de las montañas. Blancos que nunca serán élite. Sangre para la sangre que corre por Saigon. Fuerza para la fuerza de un imperio que no les ampara.

Cimino había sido un niño superdotado de Nueva York que se había dejado llevar por las malas compañías en la adolescencia. Se redimió en la Universidad de Michigan sacando buenas notas, escuchando a Thelonious Monk, levantando pesas y bebiendo vodka. Sobre todo, bebiendo vodka. Allí aprendió que los hombres se dicen que se quieren con sonoros manotazos cargados de testosterona y que el mundo es más grande que Long Island. Allí se preparó, sin saberlo, para rodar El cazador y enseñarnos que hay quien no tiene más horizonte que el de la niebla, la que cubre el Mekong o los bosques de Pensilvania.

Los protagonistas de la película de Cimino explican esa Norteamérica que no sabemos cómo interpretar ahora. La de la desesperanza. La del otro mundo que está en este. Esa Norteamérica que parece callada pero que murmura con el zumbido de un motor que un mal día se quedó en pausa. La Norteamérica que no se siente invitada a la fiesta de las grandes ciudades. La que no quiere saber nada de Washington. La que desea cobrarse la pieza de un solo tiro y acabar con todo. La que después de perder la guerra perdió la paz. Y se quedó sin nada.

El corazón de Estados Unidos está más cerca de la mirada de Mike Vronsky en El cazador que del pestañeo autómatico de Woody Allen. Se parece más a un hombre bailando alrededor de una mesa de billar en un garito de Clairton que a la hermosa frialdad de un Wagner en el Lincoln Center. Pero nunca lo recordamos. Porque para eso están las grandes praderas en las que se crio Superman: para olvidarlas. Para eso están las caras estupefactas de los trabajadores que ven llegar a un inmaculado Richard Gere a llevarse a Debra Winger: para dejarlas caer en la nada.

Nos extraña este país que llevamos mirando en la pantalla desde que el cine es cine. Como si no hubiéramos aprendido lo que era el miedo en ese Ohio que siempre decide quién estará en la Casa Blanca. Nos habría bastado con recordar lo que vimos en la infancia para entender que Estados Unidos es más que la promesa de la metrópoli. Para comprender por qué la hebilla del cinturón de óxido se abrocha del lado republicano.

Todo se explica en Ohio. Allí estaba aquella calle llamada Elm desgarrada por Freddy Krueger. Allí crecía aquella juventud también desgarrada que parecía no esperar nada más que saltarse el instituto y perder la virginidad en el asiento de atrás de un Ford marrón metalizado. En un pueblo imaginario del muy real Ohio, vivían los niños de familias desestructuradas de Super 8. En un lugar perdido de Ohio atacaba por primera vez Bill en El silencio de los corderos. En el Ohio perfilado por Kubrick enloquece Humbert Humbert por Lolita. Y allí volvía el mal escondido tras la careta de Scream, porque el maestro del terror con hemoglobina, Wes Craven, solo podía ser de Ohio.

Lo que no contaba Craven —o quizá lo contaba de pasada en la mirada naufragada de sus adolescentes aterrados— es que el verdadero zarpazo de su estado era el del desempleo. Desde el crepúsculo industrial de los noventa, el miedo real en Ohio es el paro.

La maldición del trabajo perdido, de los blancos sin privilegios, del sueño americano convertido en la pesadilla de una autocaravana recorre las faldas de los Apalaches desde Pensilvania hasta el norte de Alabama. El corazón de carbón y de antracita de la montaña ya no vale nada. Y cierran las minas y las fábricas han quebrado y se quedan abandonados en los cobertizos los monos azules con los que un día los hombres se deslomaban.

El cine nos lo ha enseñado. Hemos visto un Detroit decrépito en el que solo sobreviven los amantes vampíricos de Jim Jarmusch. Y la ciudad desolada de 8 millas, donde Eminem ejerce de rapero y de obrero sin esperanza. Nos hemos ahogado en la atmósfera opresiva del Michigan de Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola. Y hemos visto al veterano Kowalski del Gran Torino, excepción blanca entre sus nuevos vecinos asiáticos.

Y sin embargo parece que se nos ha olvidado.

Como se nos han olvidado los moteles mugrientos de Oklahoma de Thelma & Louise —ese país convertido en horizonte sin futuro desde Arkansas hasta Arizona—. El estado de las cuatro esquinas, el de los cactus y los tipos duros, también votó republicano. Porque el único viento que sopla en el desierto es el del desencanto.

Pero más allá de los campos infinitos de maíz y de las fábricas abandonadas, el engranaje enmohecido de los setenta fue dejando legiones de valientes que lo intentaron en la tierra de nadie de las grandes ciudades. En los suburbios multiplicados donde el cemento es gris como el de una lápida. El cine nos ha llenado el imaginario de emigrantes interiores, obreritos trasplantados de los estados pobres a la opulencia urbana. Esos que siempre miran desde el lado malo de la autovía. Desde la orilla del río donde los residuos se acumulan. Desde un cuchitril de alquiler desorbitado. Es la Norteamérica de los Tony Manero, de los muchachotes de extrarradio que también quieren salir a la pista y bailar con la más guapa. Y triunfar. No como triunfan sus padres hipotecados. No como triunfa el gerente del concesionario de coches. Ni como los niños pijos que estudian en Harvard. Ellos quieren deslumbrar al mundo. Llevarse el aplauso de la multitud anonadada. Quién sabe si ver su nombre en la marquesina de un teatro. Quién sabe si en grandes letras en una torre oscura con el corazón dorado.

Unos y otros, el chulito de barriada y el parado acodado en el bar de carretera, comparten la misma ilusión rota. La sensación de que Washington es un lugar lejano y atrincherado. Una burbuja que ha de estallar o pudrirse. Y eso no lo puede hacer quien presume de que está preparado para gobernar. La repuesta de la Norteamérica invisible no está en el político que la ha olvidado. Está en otra parte. En un tipo que se pone una gorra que no es una gorra de hipster. Es la gorra del que tiene aparcado el pick-up en un cruce de caminos de Fargo.

Llevamos toda la vida viéndola, pero siempre se nos borra: es la Norteamérica de los hermanos Coen, la de la madre de E. T., la de la Alicia que ya no vive aquí, la de La ley de la calle —porque Coppola nació en Detroit—, la de Rocky, la de My Own Private Idaho, la de La matanza de Texas y la de Serpico, la de la madurez melancólica de Beautiful Girls, la de Stranger Things y True Detective, la de la orgía sangrienta de Carrie. La Norteamérica que recorre en un cortacésped el abuelo Straight en Una historia verdadera.

La que un día fue dorada. La que hoy parece oxidada hasta en nuestra memoria. La otra Norteamérica que no es la otra: la que perdió la paz y se quedó callada.


The Night Of: la sorpresa veraniega de HBO

Imagen: HBO.
Imagen: HBO.

—¿Cómo sabe tanto sobre drogas?

—¡Soy abogado!

Un verano olímpico no parecía la época más indicada para que las grandes cadenas hagan sus apuestas. Por lo menos sobre el papel. Y, sin embargo, varias de esas apuestas han funcionado bien. Existen buenos motivos por los que las cadenas se deciden a estrenar producciones de cierta envergadura en plena temporada baja; para empezar, la repercusión relativa de cada estreno es mayor y la poca competencia permite obtener buenos resultados a la hora de generar publicidad espontánea. La cámara de eco que constituyen las redes sociales y los medios digitales permite atraer a determinados nichos de mercado bien delimitados. Los índices de audiencia no son tan determinantes para las cadenas que funcionan mediante suscripción; esto hace que hayan empezado a valorar el potencial del verano. El mejor ejemplo es el revuelo que ha conseguido Netflix con la entretenida Stranger Things y sus dosis de nostalgia fácil, o con el ejercicio de revival melodramático de The Get Down. Ambas series han buscado atraer por su trasfondo temático, más que por contar con rostros conocidos. Netflix ha obviado el supuesto marasmo informativo del verano y ha confiado en el «de boca en boca», hoy convertido en «de dispositivo digital en dispositivo digital»; un mecanismo que tiene efectos inmediatos, sobre todo cuando se consigue que muchos potenciales espectadores se sientan personalmente concernidos. Stranger Things, por seguir con el ejemplo, ha intentado capturar a un público que se empeña en ser adolescente para siempre en un paréntesis del calendario —el periodo estival— en el que, o se es adolescente de verdad y se está viviendo ese verano que solamente ellos pueden todavía vivir, o solamente queda recurrir a los pocos estímulos de la ficción audiovisual que sirvan para que ese público que se resiste a ser adulto se esconda de la terrible realidad de que se están haciendo mayores (¡sorpresa!). Ya se sabe; las bicicletas son para el verano. Y no hay mejor empresa estival que ponerse a vender bicicletas a quienes en realidad están más preocupados por el nivel de gasolina en el depósito de sus coches. Pero me parece bien. Vender nostalgia es legítimo.

No todo el verano es azul, sin embargo. Y no lo digo porque las Campos protagonicen un reality show (no lo he visto, pero mi sistema inmunológico de clase trabajadora me advierte de que no lo haga), sino porque en la HBO, que sigue jugando de acuerdo a sus propias reglas, han hecho una apuesta que no recurre a la nostalgia ni a intentar atraer segmentos de consumidores que permanecen fieles a un género incluso cuando las playas están abiertas. Es verdad que desde hace años sabemos que HBO también está compuesta por seres humanos, que se equivocan como todo el mundo. Esa cadena ya no es infalible, pero eso no impide que aún hoy siga jugando en otra liga, al menos en determinados aspectos. No porque sus series sean invariablemente mejores que las de la competencia; de hecho ya no siempre lo son y otras marcas han ido acercándose a ella en cuestión de calidad. Para mi gusto continúa en la vanguardia, pero ya no es tan fácil adivinar si una serie está producida por HBO con solamente echar un solo vistazo, como sucedía hace una década. No importa. La cadena todavía conserva parte del espíritu aventurero que sirvió para convertirla en un puntal de la ficción televisiva. Y siendo la que más tiene que perder cuando emprende algo nuevo —sus deslices se comentan mucho más— todavía se permite tomar sus riesgos.

Imagen: HBO.
Imagen: HBO.

Desde luego era algo inesperado que en pleno verano se descolgase con la tenebrista adaptación de una miniserie británica de hace algunos años. Que haya podido convertirla en un éxito también es de remarcar, porque su versión, llamada The Night Of, ni es generosa con la acción, ni recurre a mecanismos prototípicos para atraer segmentos concretos de espectadores. Está basada en Criminal Justice, miniserie que la BBC estrenó en 2008, y quien la haya visto sabrá que de por sí se nos remite a un material de partida más bien adusto, cuyo espíritu ha sido respetado no en su totalidad, pero sí en lo esencial. No hablamos de una de esas relecturas perezosas que acostumbran a realizar los americanos cuando adaptan material extranjero. Es cierto que parte del trabajo estaba hecho, que contaban con un buen material de base porque el modelo británico es más que interesante y, por lo menos al principio, casi calcan el argumento original. Pero en HBO también han intentado que su versión tenga entidad por sí misma, que demuestre una personalidad propia. Para empezar, han invertido mucho más en el aspecto técnico y cinematográfico; la adaptación cuenta con muchos más medios que el original; eso quizá no es novedad, pero también se han preocupado por cuidar el desarrollo dramático para darle un toque propio que no desluzca el concepto primario. Esto es de valorar, cuando con demasiada frecuencia sucede lo contrario y las adaptaciones estadounidenses se convierten en traducciones descafeinadas de series que son mucho mejores en origen. Existen muchos ejemplos, seguro que a cada cual le viene alguno a la mente. Pienso en The Office, cuya versión americana es mucho más obvia, menos sutil, menos confiada en la capacidad del espectador para captar los sobreentendidos, hasta el punto de ser otro tipo de programa de humor. O pienso en The Killing, con respecto a la danesa Forbrydelsen. Los americanos son los mejores cuando producen sus propias series, eso nadie lo duda; su arsenal técnico y de talento es inigualable, pero quizá debido a una vieja tradición de su cultura televisiva tienden a lo obvio. No suelen confiar en su público autóctono (a otro nivel, esto pasa también en España) y cuando adaptan programas extranjeros temen que los espectadores no entiendan ciertas cosas. Así, lo simplifican todo más de la cuenta. Pero en HBO entienden que en Estados Unidos hay mucha gente que disfruta con las series extranjeras más sofisticadas, sobre todo las europeas, y con The Night Of les han ofrecido un buen plato caliente incluso en mitad del verano. Creo que The Night Of se sostiene bastante bien frente al molde. No es una adaptación entontecida, pero tampoco un aprovechamiento de la marca para crear algo distinto, entre otras cosas porque Criminal Justice a duras penas podía ser considerada una marca reconocible fuera del Reino Unido, como demuestra el que HBO no se haya molestado en conservar el título. Sí fue, en cambio, una serie muy sólida. Y muy tradicionalmente británica, en el sentido de que se hacían las cosas de manera sencilla y directa. En HBO, como americanos que son, han añadido cierta dosis de artefacto y han buscado más efectismo, sin duda. Pero con mesura, sin pasarse de la raya. A su manera, la adaptación ha conservado parte del espíritu de moderación de la original y que creo que en algunos aspectos incluso la supera.

Imagen: HBO.
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La premisa argumental no es, al menos en su punto de partida, asombrosamente imaginativa. Veamos: un joven neoyorquino se lleva sin permiso el taxi de su padre para irse de fiesta. Una chica entra en el taxi pensando que está de servicio; él intenta aclarar que no es taxista, pero al final, atraído por la belleza y la personalidad de la chica, acepta llevarla a su destino. Ambos empiezan a conversar. Congenian; terminan en casa de ella, beben, se drogan y mantienen relaciones sexuales. Hasta ahí, todo bien (bueno, menos lo de las drogas). Al cabo de varias horas, el joven se despierta en la cocina de la casa. Cuando busca a la chica para despedirse, la encuentra en la cama, cubierta de sangre, con el cuerpo repleto de horrorosas heridas de cuchillo. Alguien la ha asesinado brutalmente, suponemos que mientras él dormía. Aterrorizado, huye de la casa, pero deja tras de sí toda clase de pruebas que le incriminan, lo cual permite prever que será tratado como el principal sospechoso.

Como verán, se trata de un argumento clásico sobre una persona que parece inocente y que amanece metida en un asunto peligroso del que nada entiende. Nada sorprendente. Pero es que la serie no trata de sorprender con un planteamiento inédito, sino de capturar al espectador mediante el suspense —sobre todo en el primer episodio— y la elaboración de complejas relaciones entre personajes después. La versión de HBO es bastante más lenta que la inglesa, lo cual tiene un aspecto positivo: en el primer episodio la tensión se va creando de manera mucho más gradual; funciona basándose en un poco perceptible pero constante incremento de la intensidad que, sin grandes alardes, consigue llevar el piloto a su debido punto de ebullición. Un ritmo pausado que ayuda a que la situación kafkiana que vive el protagonista —un joven estudioso, formal, de aspecto inofensivo— vaya tomando forma de manera verosímil; le vemos zarandeado como un muñeco por las surrealistas circunstancias, sin que parezca tener manera de librarse de ellas, ante nuestra atenta mirada. La evolución de su personalidad ante el tremebundo vuelco que dará su vida es uno de los alicientes de la serie, y aquí los americanos introducen una novedad: el protagonista, al contrario que en la versión británica, no es un joven de raza blanca. Aunque nacido en Nueva York, es de ascendencia pakistaní y además musulmán —no muy devoto, ya que le vemos beber alcohol con bastante alegría—, lo cual sirve para introducir un matiz que no estaba en Criminal Justice: el racismo, el rechazo hacia el que es percibido como extranjero sin serlo, o hacia una religión que casi ninguno de sus conciudadanos conoce o comprende. Nasir Khan, que así se llama el protagonista (muy bien interpretado por Riz Ahmed), se enfrenta a una carga suplementaria desde el momento en que se convierte en sospechoso de asesinato, y esa carga es su origen familiar. Esta miniserie se emite justo cuando Donald Trump tiene la posibilidad de convertirse en presidente de los EE. UU., y desde luego se convierte en una perfecta metáfora sobre ese aspecto oscuro de la sociedad estadounidense, o de las sociedades occidentales en general. ¿Es un matiz introducido por mero oportunismo? Yo no diría eso, porque el tema es tratado con elegancia y, sobre todo, ha sido bien encajado en la trama, sin que parezca un añadido ortopédico.

Imagen: HBO.
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Tras el primer episodio, la intriga criminal continúa, por supuesto, pero el suspense empieza a compartir protagonismo con el drama. Cabe decir que The Night Of, al contrario de lo habitual en HBO, no contiene muchos personajes. No hay una perspectiva coral. Esto, desde luego, es una influencia de la serie británica, pero también sirve para que la evolución de los personajes sea estudiada con detalle de un episodio al siguiente. Pensemos que se trata de una miniserie y que su ritmo pausado no cede espacio para introducir mucho más. Eso sí, hay pocos personajes pero en el reparto vemos varias caras conocidas. La presencia más notable es la del gran John Turturro, que interpreta a un cochambroso abogado, perfecta personificación del perdedor; entre otras cosas padece un desagradable problema de eccema en los pies, que le impide llevar zapatos. La minimalista, pero al mismo tiempo extrañamente titánica, lucha del pobre tipo contra su dolencia es un arco argumental casi tan interesante como el del protagonista de la serie. Y, en fin, ya pueden imaginar que Turturro se apropia sin ningún esfuerzo de cada secuencia en la que aparece; este actor es una fuerza de la naturaleza, como lleva ya décadas demostrando. También vemos a Michael K. Williams, el mismo que interpretaba al inimitable Omar Little en The Wire; aquí es un jefe criminal que controla a su antojo una cárcel, y no hace falta decir que cumple con el papel sin despeinarse. Pienso, eso sí, que la faceta carcelaria del argumento es quizá la que resulta un poco menos efectiva. Parece un poco más forzada, como si hubieran querido meter un poco de aquella serie inaugural de la ficción HBO, Oz, dentro de esta The Night Of, pero sin la eficacia de aquella. Y hablando de Oz, también podemos ver a J. D. Williams, también veterano de The Wire, donde interpretaba al carismático Bodie Broadus. Aquí tiene un papel remotamente parecido al de Bodie, un tipo callejero dotado de una particular simpatía natural, que aprovecha la característica habilidad de este actor para introducir una velada pero eficaz pátina de comedia en cualquier escena, por severa que esta sea (aunque por desgracia aparece poco y su papel es secundario). Otros actores son menos conocidos, pero igualmente efectivos, como Bill Camp, que interpreta con mucho acierto al policía encargado del asesinato, empeñado en meter al protagonista entre rejas; un personaje críptico e indescifrable del que nunca estamos seguros si está actuando con honradez o no. O Amara Karan, que encarna a una abogada novata e idealista cuyas verdaderas motivaciones, como las de casi todos los demás personajes, dan la impresión de ser un secreto bien guardado. Por cierto, una intervención breve pero fantástica que me gustaría señalar es la del actor teatral Chip Zien, que interpretan a un experto analista de escenas criminales; su aparición como perito en un juicio es corta, pero una verdadera delicia… ¡ese tipo sabe actuar! Por lo demás, la serie muestra una gran atención al detalle; desde el punto de vista visual no es especialmente ambiciosa y se decanta más hacia un desangelado feísmo, pero la narración no verbal es tanto o más esmerada que los propios diálogos. Eso sí, hay detalles en cuya importancia uno no repara hasta varios episodios después.

Quizá debería aclarar que cuando hablo de «sorpresa veraniega de HBO» no pretendo decir que esta miniserie va a unirse al Olimpo de la cadena. ¿Es una obra maestra? No. ¿Pasará a la historia como un hito? Eso sería mucho decir, al menos por esta primera temporada. Pero es una serie de factura técnica impecable, muy compensada, sin grandes puntos débiles que la hagan cojear. Quizá no abundan momentos de esos para guardar en la videoteca a nivel visual o dramático, pero no deja de haber algunas secuencias y diálogos dignos de recordar. Creo que no intenta deslumbrar, sino más bien crear un universo propio, ligeramente claustrofóbico, y en ese sentido funciona muy, muy bien. HBO ha apostado fuerte emitiendo durante el verano esta miniserie que quizá hubiese tenido mejor encaje durante la temporada otoñal, pero se ha salido con la suya. Es una buena manera de mantener la atención del público durante unos meses en que muchas de las demás cadenas se toman un respiro. The Night Of ha sido recibida con términos elogiosos casi unánimes por la crítica. No creo que nadie pretenda decir que esta vaya a ser la serie del año (sin salir de la temática policiaco-judicial, me parece que no está a la altura de la electrizante American Crime Story), pero desde luego habrá que incluirla en el grupo de las buenas. Y, qué demonios, aunque solo sea por ver a Turturro tratando de sobrevivir a su eccema, su alergia a los gatos, su penosa soledad y su vida de mierda, ya merece la pena el visionado. ¡Dios salve a John Turturro! Alguien tenía que decirlo.

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Cazafantasmas, el homenaje perfecto

Imagen: Columbia Pictures.
Imagen: Columbia Pictures.

(La presente reseña no contiene SPOILERS porque no hay spoilers posibles para este tipo de película: ganan los buenos —las buenas— y pierden los malos).

El ser humano recuerda de forma más vívida los acontecimientos negativos pero tiende a recordar menos los hechos nocivos que los agradables. Así, nuestra memoria suele ser una amalgama más o menos apacible de recuerdos felices, aunque no tengan el mismo grado de detalle que los desgraciados. Es un engranaje psicológico que nos permite continuar con nuestra existencia de manera eficaz evitando posibles amenazas: aun salpicándolo de potenciales peligros, decidimos suavizar el pasado. Este mecanismo es aún más agudo en las etapas del crecimiento personal y grupal; es decir, en la infancia y la adolescencia. Lo cual explicaría los revivals periódicos que aparecen en todas las manifestaciones de la cultura popular: la moda, la música y, por supuesto, el cine.

Super 8, Guardianes de la Galaxia o la muy reciente serie de televisión Stranger Things capitalizan sin rubor alguno la nostalgia de los ochenta. No en vano, sus autores —Abrams, Gunn y los hermanos Duffer— vivieron esa década precisamente entre la infancia y la adolescencia. No es el caso de Paul Feig, director y coguionista de esta nueva Cazafantasmas, pues cuando Ivan Reitman estrenó la original en 1984 tenía ya veintidós añazos como veintidós soles. Quizá por eso su filme es el homenaje perfecto a la película que le da nombre.

Es sencillo; en los casos anteriores la nostalgia se invocaba desde un reflejo directo (el protagonista de Guardianes es un niño de los ochenta) o desde una imitación temática y estética (los protagonistas de Super 8 y Stranger Things son niños de los ochenta que viven una aventura sobrenatural en los ochenta con ropa y bicis de los ochenta y que están rodados e iluminados como rodaba e iluminaba Spielberg en los ochenta). De alguna manera, todo aparece difuminado por la inconfundible pátina de Amblin Entertainment. Este filtro activador del recuerdo es especialmente relevante porque fue justamente en la primera mitad de la década cuando el cine comercial puso su foco en el público adolescente. A partir de Star Wars, Hollywood se dio cuenta de que el dinero estaba en los jóvenes y no en los mayores de treinta, así que sus grandes productos irían destinados a los primeros. Es lógico, pues, que sean —seamos— esos mismos niños y adolescentes, que ahora tenemos entre treinta y cuarenta y cinco años, los destinatarios del revival. Además, el efecto nostálgico es incluso más potente para los espectadores europeos porque nuestra realidad era muy distinta a la que aparecía en esas películas; nosotros no teníamos esas casas ni esas bicicletas ni esos televisores con mando a distancia ni taquillas en el colegio. Nosotros vivimos esa realidad exclusivamente a través de la pantalla y es la pantalla la que nos la devuelve.

Ahora bien, la nostalgia audiovisual hace que muchas veces perdamos la perspectiva de la calidad. E.T.,  Gremlins y Regreso al futuro son cintas formidables pero hay otros iconos cinematográficos ochenteros que apenas pasan de ser divertimentos sin más, y es el difuminado de la memoria lo que los eleva a categoría de mito. Piensen en Los Goonies y, sobre todo, en Los Cazafantasmas. En el caso del filme de Reitman, no se trata solo de que su calidad sea más o menos discutible, es que nunca se planteó como una película adolescente: sus protagonistas eran adultos interpretados por actores adultos que hacían chistes esencialmente inocuos pero adultos. Y esto es exactamente lo mismo que hace Feig junto a la coguionista Katie Dippold en la presente Cazafantasmas.

Imagen: Columbia Pictures.
Imagen: Columbia Pictures.

Al igual que Bill Murray y Dan Aykroyd eran afamados cómicos de Saturday Night Live, también lo son Kristen Wiig, Melissa McCarthy, Kate McKinnon y Leslie Jones; sus personajes son paródicos como lo eran los originales, la trama es muy similar y la ambición general del filme es tan modesta como la de la peli de los ochenta: pasar un rato entretenido. Y desde luego que lo consigue. Es el filme comercial más divertido del verano y, vistas objetivamente, supera notablemente a sus predecesoras. Algo perfectamente comprensible porque Paul Feig es bastante mejor guionista y director que Ivan Reitman.

Curtido en mastodontes televisivos como Mad Men, Weeds, Freaks and Geeks o Arrested Development, Feig vuelve a llenar la pantalla de diálogos pirotécnicos tal y como hizo en 2011 en La boda de mi mejor amiga, nominada a dos Óscar y, para muchos, su mejor película. Para Cazafantasmas cuenta de nuevo con sus fetiches Wiig y McCarthy y, junto al resto del reparto, las pone a disparar chistes entre ellas y hacia ellas. Como el mejor humor, siempre hacia arriba y en horizontal; nunca hacia abajo. En la propia lógica de la comedia, sus interpretaciones no son comedidas sino impecablemente exageradas. Mención especial para la enloquecida doctora Holtzmann a la que da vida McKinnon y para el recepcionista Kevin, un panfilísimo Chris Hemsworth descubriéndonos que debajo de «las gafas y la belleza» tiene una estupenda vis cómica.

Pero Cazafantasmas tampoco es una película concebida para ganar premios y tiene algunas carencias evidentes, sobre todo en las escenas de acción. Y es que si Feig se maneja con pericia en el slapstick verbal, su puesta en escena es más bien pedestre cuando narra los enfrentamientos entre las protagonistas y los pérfidos espectros. Se nota que no es su verdadero campo porque el corazón de la cinta es la comedia; la trama clásica de malvado que quiere conquistar el mundo y llenarlo de criaturas sobrenaturales no es más que un envoltorio. Envoltorio y desarrollo que ni es original ni lo pretende y, por cierto, ni falta que le hace. Es más, el filme apela al original precisamente al quitarle otro envoltorio: el de la memoria. Sí, el metraje está salpicado de cameos de la peli de los ochenta, pero no como gatillos emocionales sino como objetos palpables. Han pasado treinta años y Murray, Aykroyd y Sigourney Weaver los llevan encima con toda la dignidad que se puede. De hecho, aparece incluso el fallecido Harold Ramis en un instante de los de no pestañear. Sin embargo, la cinta es completamente autónoma porque los intérpretes son contemporáneos, la ambientación es contemporánea y los chistes, por suerte, también lo son. Por eso es el mejor homenaje posible a la película original, porque nos quita la ensoñación adolescente y nos muestra cómo es un filme divertido y sin pretensiones. Y adulto. Que ser adulto no significa estar siempre leyendo a Proust ni sufrir perpetuamente por los grandes problemas de la civilización occidental, ni mucho menos poner a Superman con cara de estreñimiento no-ocasional durante dos películas (y las que te rondaré, morena).

En cuanto a la polémica sobre el sexo de las protagonistas, que ha rodeado a la cinta desde antes de que se filmase la primera escena, comparto plenamente lo que ya hemos escrito al respecto en esta revista. Eso sí, es muy relevante que las Cazafantasmas sean mujeres porque, sencillamente, refleja un estado de normalidad. En el mundo hay muchas mujeres científicas y en el mundo hay muchas mujeres graciosas; es completamente normal que interpreten a unas científicas y protagonicen una comedia de acción.

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Imagen: Columbia Pictures.