¿Dónde está María? Topología del más allá

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Crucifixion (Corpus Hypercubus), de Salvador Dalí.

Según algunos teólogos heterodoxos, no iría desencaminado Dalí cuando, en su Corpus Hypercubus, representó a Jesucristo clavado a una cruz tetradimensional (el desarrollo de un teseracto). Puesto que se supone que, tras su resurrección, Cristo ascendió al cielo en cuerpo y alma y allí permanece sentado a la diestra de Dios Padre, el cielo no puede ser un lugar meramente espiritual, ya que ha de alojar a un ente físico; mejor dicho, a dos, pues María también subió al cielo en cuerpo y alma (ambos acontecimientos, la ascensión de Jesús y la asunción de María, son dogmas de fe para el catolicismo). Y un lugar no meramente espiritual más allá de este mundo podría ser la cuarta dimensión. La Iglesia católica no se toma en serio la posibilidad de que el paraíso sea una 4-variedad topológica, pero tampoco ofrece ninguna explicación de la presencia de dos cuerpos humanos en un reino inmaterial.

Esta incoherencia no es la menor de las que hacen del catolicismo ortodoxo un relato delirante (como dice Robert Pirsig, el memorable autor de Zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta: «Cuando una persona sufre un delirio, lo llaman locura; cuando muchas personas sufren un delirio, lo llaman religión»), cuya aceptación sin reservas supone un alarmante grado de disonancia cognitiva o modorra cerebral.    

La razón del sueño

El discreto encanto —el encantamiento discontinuo— de la religión estriba, en buena medida, en su capacidad de trasladar a la vigilia la plasticidad mental propia de los sueños (de ahí los rituales adormecedores tan frecuentes en muchas religiones: salmodias, melopeyas, cánticos monocordes, rezos repetitivos, etc.). En este sentido, y aunque no aceptemos la abusiva interpretación de los sueños propuesta por Freud, algunas de sus nociones, como la de «fusión de contrarios», parecen especialmente adecuadas para explicar ciertos aspectos de la mentalidad religiosa. Pues la religión no solo toma de los sueños la idea de una vida incorpórea en otro nivel de realidad, sino también su discurso superrealista.

En los sueños todo es posible, y en sus dominios las cosas más incompatibles pueden coexistir e incluso llegar a confundirse. En el maleable universo onírico, puedes estar simultáneamente en varios lugares o participar en una acción mientras la observas desde fuera, o ser al mismo tiempo joven y viejo, hombre y mujer, víctima y verdugo… Todas las noches pasamos varias horas en el mundo de los sueños, y no es de extrañar que seamos tan sensibles a su discurso nebuloso. Un discurso que, convenientemente adaptado al mundo de la vigilia, puede convertirse en un eficaz instrumento de dominación, pues para quienes asumen la caótica lógica onírica nada es inaceptable: un Dios supuestamente justo y misericordioso puede infligir un castigo eterno a quienes incumplen sus mandamientos, y aunque ese Dios sea omnisciente y sepa de antemano todo lo que vamos a hacer, somos libres y plenamente responsables de nuestros actos.

Creer en el infierno, o pensar que la predestinación es compatible con el libre albedrío, no es menos absurdo que aceptar un silogismo como: «Todos los hombres son mortales, Sócrates es un hombre, luego Sócrates es inmortal». ¿Hay que concluir, pues, que los más de mil millones de católicos que hay en el mundo están locos? Solo en parte; lo que ocurre es que, afortunadamente, hay muy pocos creyentes absolutos y sin sombra de duda: la inmensa mayoría son «hombres de poca fe», como nos recuerdan los propios Evangelios. El pensamiento onírico que subyace a la devoción es un claro ejemplo de «pensamiento discreto», que sucumbe de forma intermitente al discontinuo encantamiento de una religión que alterna las proposiciones más razonables con los preceptos más irracionales. Proposiciones tan razonables como la fraternidad universal y preceptos tan irracionales como la prohibición del aborto, la eutanasia o la homosexualidad.

Quienes criminalizan el aborto, llegando incluso al extremo de considerarlo un asesinato, lo hacen desde el supuesto de que un feto es una persona de hecho y de derecho. Y atribuirle «personalidad» (condición de persona) a un embrión humano es tan insensato como pensar que las montañas y los ríos tienen consciencia. Un católico puede creer que Dios nos insufla un alma inmortal en el momento de la concepción y que el aborto es un pecado, una alteración de los designios divinos; pero no puede sostener, si no es desde el irracionalismo más obtuso, que un feto es una persona a la que se asesina al abortar. Al ser humano se lo define como animal racional, y la Iglesia acepta esta definición. Sin raciocinio no hay existencia psíquica propiamente dicha. Cogito ergo sum no es la máxima de un ateo, sino de un gran pensador cristiano.

Por la misma razón, desconectar a un enfermo terminal que desea poner fin a su calvario puede ser, para un creyente, una ofensa a un Dios que se reserva en exclusiva el derecho de dar y quitar la vida y de administrar el sufrimiento, pero no un asesinato. Un Dios arbitrario y cruel, dicho sea de paso; pero allá cada cual con sus creencias. Siempre, claro está, que esas creencias no intenten imponerse a los demás e invadir ámbitos extrarreligiosos, como el código penal o la deontología médica. ¿Qué pasaría si los testigos de Jehová, que no admiten los trasplantes de órganos ni las transfusiones de sangre, boicotearan activamente estas prácticas? ¿Y si piquetes de musulmanes impidieran el acceso a los locales donde se sirven bebidas alcohólicas?

Pensamiento enrevesado

En vano intentó Galileo que los jerarcas de la Iglesia contemplaran la Luna con su telescopio. Nuestro satélite, puesto por Dios en el cielo para mitigar la oscuridad nocturna, solo podía ser una esfera perfecta, y si un instrumento fabricado por el hombre mostraba protuberancias e irregularidades en su superficie, el instrumento se equivocaba. ¿Demencial? Por supuesto. Pero no seamos demasiado duros con nuestros antepasados: muchas personas, cuatro siglos después, evitan sistemáticamente contemplar lo que podría poner en entredicho sus creencias. En mayor o menor medida, todos lo hacemos a veces.

En ocasiones pensamos al revés: en lugar de reflexionar a partir de los datos objetivos para llegar a una conclusión, partimos de una conclusión preestablecida —es decir, de un prejuicio— para determinar si los datos objetivos son aceptables o no. Dios creó al hombre a su imagen y semejanza; por lo tanto, los fósiles mienten y el evolucionismo es una falacia. La tortura es incompatible con la democracia; por lo tanto, puesto que vivimos en democracia, no hay tortura… Esta forma de pensamiento al revés («enrevesado» en estricto sentido etimológico) puede llegar a ser constitutiva de delito, como en el caso de la negación del Holocausto; pero a menudo sustenta creencias muy difundidas y supuestamente respetables.

Razón y fe

¿Son compatibles la razón y la fe? En teoría, sí. Hay creencias que, aunque estén más allá (o más acá) de la razón, no son necesariamente antirracionales. No se puede demostrar racionalmente la existencia de Dios, y ningún teólogo se toma ya en serio los cinco argumentos de Tomás de Aquino (por no hablar del argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, que no pasa de ser un ingenioso juguete filosófico). Pero tampoco se puede demostrar racionalmente la inexistencia de Dios, sea lo que fuere. En principio, razón y fe no tienen por qué chocar, puesto que son trenes que marchan por distintos raíles.

Pero cuando la fe incurre en contradicciones flagrantes puede descarrilar e invadir el carril contrario, exigiéndole a la razón inverosímiles acrobacias para eludir el choque frontal. Se puede creer en un Dios omnisciente; pero no se puede afirmar que Dios lo sabe todo y acto seguido decir, por ejemplo, que no sabe leer. Un Dios a la vez omnisciente y analfabeto es una contradicción in terminis, y no lo es menos un Dios bondadoso capaz de infligir un castigo eterno: una monstruosa absurdidad que solo se explica en la medida en que es la única baza eficaz de la represión religiosa, pues, para que un castigo a infligir en un mundo intangible y sub specie aeternitatis sea disuasorio, tiene que ser infinito. Y por más que Juan Pablo II y luego Francisco intentaran quitarle hierro —y fuego— al concepto diciendo que el infierno «no es un lugar sino la situación de quien se aparta de Dios», sigue vigente, como dogma de fe, la noción de un castigo eterno. Si el estatuto topológico del cielo (¿4-dimensional?) y del infierno (¿0-dimensional?) es confuso, el concepto de «justicia divina» inherente a tal antítesis es tan perverso como delirante, y hoy como en la Edad Media para ser un católico ortodoxo hay que dejar de pensar. No en vano se llama «pastores» a los obispos y otros líderes religiosos.


La lógica onírica de Lewis Carroll

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Ilustracón de sir John Tenniel para la primera edición de Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carroll. (DP)

Alicia no tenía la menor idea de lo que era la latitud, ni tampoco la longitud, pero le pareció bien decir unas palabras tan bonitas e impresionantes.

Hijo de un pastor protestante, profesor de Matemáticas y «Don» de la Universidad de Oxford; considerado el mejor retratista de niños del siglo XIX, autor de libros con títulos impronunciables (Fórmulas de trigonometría plana, El libro V de Euclides tratado de un modo algebraico, en cuanto hace relación a magnitudes conmensurables, etc.), burgués diácono de la iglesia de Inglaterra, el reverendo Charles Lutwidge Dogson, o bien, Lewis Carroll, fue el escritor rebelde de la imaginación y la fantasía en tiempos de formalidad y buena letra. 

Domesticador de serpientes y sapos; prestidigitador; editor, siendo niño, de revistas manuscritas para niños; zurdo (según algunos testimonios), tartamudo, bello, sordo de un oído; inventor de cajas de sorpresas, de rompecabezas, de aparatos inútiles; insomne; entusiasta de las bicicletas en su juventud y de los triciclos en su madurez; creador de juegos de palabras incluso en idiomas que no conocía, como cuando dijo I am fond of children (except boys), que en inglés no es un juego de palabras, pero sí en castellano: «Me gustan los niños, a excepción de los niños». 

Autor de poemas como este:

Creía ver un Elefante,

un Elefante que tocaba el pífano;

mirando mejor vio que era

una carta de su esposa.

«¡De esta vida, finalmente» —dijo—

«siento la amargura!»

Creía descubrir un Búfalo

instalado sobre la chimenea;

mirando mejor vio que era

la sobrina de su cuñado.

«¡Sal de aquí» —dijo—

«o llamo a la policía!»

Creía ver una Serpiente de cascabel

que le interrogaba en griego;

mirando mejor vio que era

la mitad de la próxima semana,

¡Lo único que siento! —dijo—

«es que no pueda hablar».

Creía ver una Inferencia

demostrando que él era el Papa.

Mirando mejor vio que era

un pedazo de jabón de mármol.

«¡Dios mío» —dijo— 

«un hecho tan funesto

destruye toda esperanza!» 

(Canción del jardinero loco, 1889-1893)

Inventor de un nuevo método de adición, de acuerdo con el cual, para sumar 2 + 1 habría que hacer lo siguiente:

Tomamos Tres como base del razonamiento que hacemos… Un número apropiado para comenzar… Le sumamos Siete, y Diez, y lo multiplicamos todo por Mil menos Ocho. El resultado que obtenemos lo dividimos, como ve, por Novecientos Noventa y Dos; le restamos Diecisiete, y la respuesta debe ser exacta y perfectamente justa. (La caza del Snark, 1889-1893).

Lewis Carroll fue, en realidad, Lewis Carroll.

Y debió ser de la conjunción de varias de sus aficiones, —y de la obsesión, según dicen, por Alice Liddell, que surgieron las obras por las que ocupa un lugar en la historia de la literatura: Alicia en el País de las Maravillas y Alicia a través del espejo.

Alicia representa el sueño inglés, el ideal de una cultura. Alicia encarna en cierta forma el alma del pueblo inglés. Dice Jaime de Ojeda, traductor de Alicia en el País de las Maravillas al español, que la popularidad de este libro en el mundo anglosajón se deriva de lo que Alicia tiene de ejercicio onírico: es el sueño de toda una cultura, caracterizada por su autodisciplina y una formidable represión de instintos. 

Con un audaz sentido del humor —tan inglés— y con sus textos previos sobre lógica nos descubrió ya adultos el sinsentido imperante en el País de las Maravillas y las normas de comunicación que reinan en el nuestro. 

Pragmática subversiva o el sentido del sinsentido

Vayamos al inicio del cuento: Alicia está en un paraje de la campiña inglesa, un locus amoenus que invita al reposo y a la imaginación. Cuando el sueño la atrapa, ve correr a un conejo. No le sorprende que hable, y sí, sin embargo, que lleve un reloj.

A partir de este momento todo lo que ocurre en la historia serán disfuncionalidades de las normas de comunicación, transgredidas por unos personajes que actúan —hablan— arbitrariamente, absortos en su propio mundo. Nosotros, espectadores, seremos todos Alicia, o la figura que posa delante del espejo y observa atónita un reflejo que no comprende.

Lo que puede ser mostrado no puede ser dicho.

(Wittgenstein).

Conviene usar la distinción entre decir y mostrar de un modo analógico, porque una cosa es lo que Carroll dice en sus obras y otra cosa es lo que estas obras muestran. Y lo que las obras lógicas de Carroll muestran es la contradicción entre la exposición rigurosa de una ciencia que es la ciencia del sentido, y la filtración, desde lo subterráneo hasta la superficie, de la corriente del sinsentido. La lógica de Carroll muestra por lo menos dos cosas: que la lógica, obedecida hasta sus últimas consecuencias, lleva a la locura; y que la transgresión de los principios lógicos constituye una purificación, una cura de sueño. 

Lógica masturbada, por una parte, y violación de la lógica, por otra.

En palabras de John Searle, filósofo del lenguaje: «Hablar una lengua es tomar parte en una forma de conducta (altamente compleja) gobernada por reglas. Aprender y dominar una lengua es haber aprendido y dominado tales reglas».

He aquí un encuentro en el que unos personajes comparten un contexto común —una mesa— y su actitud frente a la llegada de otro. La cortesía es el componente manifiesto en la totalidad del discurso, bastante peculiar, por cierto. Una reunión que intenta evocar las fórmulas de cortesía características de la sociedad inglesa. 

La mesa estaba puesta delante de la casa, bajo de un árbol, y la Liebre de Marzo y el Sombrerero estaban tomando el té. Entre ellos había un Lirón, profundamente dormido, sobre el cual apoyaban los codos, a modo de cojín, y hablaban por encima de su cabeza. «Muy incómodo para el Lirón» —pensó Alicia— «claro que, como está dormido, probablemente ni se entera».

Aunque la mesa era grande, los tres se apretujaban en uno de los extremos.

—¡No hay sitio! ¡No hay sitio —exclamaron al ver llegar a Alicia.

—¡Hay sitio de sobra! —dijo indignada Alicia, y se sentó en un gran sillón, en un extremo de la mesa.

—Sírvete algo de vino —le invitó la Liebre de Marzo.

 Alicia miró por toda la mesa, pero allí solo había té.

—No veo ningún vino —observó.

—No lo hay —dijo la Liebre de Marzo.

—Pues entonces, tal ofrecimiento es una descortesía de su parte —dijo indignada Alicia.

—También lo es de tu parte sentarte sin ser invitada —dijo la Liebre de Marzo.

—No sabía que la mesa era de su propiedad —dijo Alicia—: está servida para más de tres personas.

—Tú necesitas un buen corte de pelo —dijo el Sombrerero. Había estado examinando a Alicia con mucha curiosidad, y esta fue su primera intervención.

—Y usted debería aprender a no hacer comentarios personales —dijo Alicia con severidad—; resulta muy grosero.

El Sombrerero, al oír esto, abrió de par en par los ojos, pero se limitó a decir:

—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio? 

Al hablar se hace un uso explícito de unas reglas interiorizadas por los hablantes de la gramática y de la sintaxis de la lengua, y como resultado se tienen enunciaciones «correctas». Son las matemáticas del lenguaje. 

Pero a veces los números no son suficientes para resolver una ecuación. 

La principal ilusión de Alicia en lo concerniente tanto al lenguaje como a la vida en general es que deben estar basados en un sistema coherente, sistemático, intrínsecamente significativo, el cual, si es respetado, nos permite controlar nuestro destino. Carroll destruye esta ilusión, demostrando una y otra vez la arbitrariedad, incluso caótica, de la naturaleza del lenguaje. Es la ambigüedad del lenguaje y su uso social.

Y lo hace jugando con el fenómeno de la referencia para crear locura (léase ironía, hipocresía, presuntuosidad):

—Cuando éramos pequeñas —siguió por fin la Falsa Tortuga, un poco más tranquila, pero sin poder todavía contener algún sollozo—, íbamos a la escuela del mar. El maestro era una vieja tortuga a la que llamábamos Galápago.

—¿Por qué lo llamaban Galápago, si no era un galápago? —preguntó Alicia.

—Lo llamábamos Galápago porque siempre estaba diciendo que tenía a «gala» enseñar en una escuela de «pago» —explicó la Falsa Tortuga de mal humor—. ¡Realmente eres una niña bastante tonta!

—Tendrías que avergonzarte de ti misma por preguntar cosas tan evidentes —añadió el Grifo. 

Los hablantes manipulan el lenguaje para conseguir que satisfaga sus necesidades comunicativas; pueden ser innovadores, pero no originales, y son «limitadamente» libres, puesto que están sometidos a la disciplina de reglas y convenciones. El lenguaje está supuestamente «hecho» y, sin embargo, hay que rehacerlo en cada una de nuestras enunciaciones. Si no queremos que peligre la comunicación, no podemos transgredir impunemente las normas, como hace aquí Humpty-Dumpty:

—Aquí tienes una gloria.

—No sé qué quiere decir con una gloria —dijo Alicia. 

—Por supuesto que no lo sabes… a menos que yo te lo diga. He querido decir «Aquí tienes un argumento bien apabullante». 

—¡Pero gloria no significa «argumento bien apabullante»! 

—Cuando yo uso una palabra, esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique… ni más ni menos. 

—La cuestión es si uno puede hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes. 

—La cuestión es, simplemente, quién manda aquí.

Si no queremos mutilar la vertiente social del acto comunicativo debemos estudiar los principios que regulan la conversación (cortesía, modestia, generosidad, cooperación… para saber más, lean a Grice), pues de lo contrario:

Si conocieras al Tiempo tan bien como lo conozco yo —dijo el Sombrerero—, no hablarías de matarlo. ¡El Tiempo es todo un personaje!

Resultará que en el País de las Maravillas el «Tiempo» es una persona a la que se puede perder, golpear, se le puede hablar e incluso matar. Y por matarlo, otro habitante del País puede ser sentenciado a muerte. Desde el punto de vista de la pragmática, lo que encontramos es que los personajes fracasan en reconocer la convención que entraña una metáfora y que hace que esta tenga valor comunicativo. Desde lo estilístico existe el procedimiento de mirroring (‘reflejo’) para convertir el sentido en sinsentido y, en el caso de las metáforas, este reflejo o inversión se produce cuando estas son tomadas literalmente. 

Como ocurrió con los cuadros de William Turner, hay quien dice que también Carroll se dejó llevar por sus vicios, incluido el de las matemáticas, al escribir su obra. Lo cierto es que con toda su obra creó una atmósfera de significación con un único fin:

Este es, creo, el primer intento (con la excepción de mi pequeño libro El juego de la lógica, publicado en 1886, un intento muy incompleto) que ha sido hecho para popularizar esta fascinante disciplina. Me ha costado años de duro trabajo: pero si llegara a ser, como espero que sea, una verdadera ayuda para los jóvenes, en las escuelas secundarias y en las familias privadas, como una valiosa adición a su inventario de hermosas recreaciones mentales, tal resultado me repararía, multiplicado por diez, el valor del trabajo realizado en su elaboración. (Lewis Carroll, introducción a Lógica simbólica).

La Lógica simbólica de Carroll es una obra de transición entre la lógica tradicional y la lógica moderna. La lógica de Carroll no es una lógica que se preocupa por los fundamentos de la matemática, como lo haría la matemática moderna, sino más bien una ayuda pedagógica. Carroll consideraba la lógica como una de las más altas recreaciones de la mente, por encima de los juegos y los rompecabezas, y eso que él mismo fue el creador del juego del scrabble. Podríamos casi hablar de una lógica lúdica. Como Alicia en el País de las Maravillas, la Lógica simbólica es un libro lúdico, un libro que se va ejecutando a sí mismo según vamos resolviendo sus problemas y acertijos. 

Una lógica para detectives.


Los científicos también sueñan

científicos, Pauli, Jung
Pauli y Jung. Foto:Cordon Press.

Tras años de investigaciones que no llevaban a ninguna parte, el químico August Kekulé logró dar con la estructura de la molécula del benceno al soñar con una serpiente que se mordía su propia cola. Mucho tiempo después, la serpiente soñada por Kekulé seguía coleando en la mente del escritor Cormac McCarthy. Al novelista le resultaba curiosa la manera que eligió la cabeza del químico para comunicarle la solución al problema que llevaba tiempo atormentándolo. ¿Por qué no le dijo, simplemente: «Kekulé, es un maldito anillo»?, se preguntaba. «¿Por qué las imágenes, las metáforas? ¿Por qué los sueños?, ya que nos ponemos…». 

En abril de 2017, el genial escritor sorprendió a propios y extraños publicando su primer texto de no ficción en Nautilus, una revista dedicada a la divulgación científica. En él defendía la idea de que el inconsciente de Kekulé había elegido ese medio de comunicación porque no se llevaba del todo bien con las palabras. Para el escritor, en el ser humano coexisten dos sistemas: el inconsciente, entendido como un sistema biológico encargado de llevar las riendas de nuestro organismo desde el principio de la historia de nuestra especie —aunque probablemente exista también en otros animales— y el lenguaje, entendido como un invento humano —«una invención cultural, no un sistema biológico»— que, de alguna forma, habría «invadido» el cerebro humano apoderándose de él como un virus, solo que «el virus ha evolucionado mediante la selección darwiniana, y el lenguaje no». El inconsciente, acostumbrado a llevar el volante en solitario durante milenios, sencillamente no estaba habituado «a dar instrucciones verbales» y prefería utilizar sus propios métodos: sueños, picores, dolores… Al fin y al cabo, como dice McCarthy, «los hábitos de dos millones de años son difíciles de romper». 

Las reacciones al artículo no se hicieron esperar. El conocido psicólogo y lingüista Steven Pinker estaba de acuerdo en que pensamiento y lenguaje no son sinónimos, pero recordó que la mayor parte de los problemas de la historia de la ciencia no se han resuelto en sueños, así que era una temeridad generalizar a partir de la anécdota de Kekulé. Esto coincide con lo que tradicionalmente han defendido algunos neurólogos. En un artículo anterior al de McCarthy, Lüder Deecke ya afirmaba que no se debe esperar demasiado de los sueños. Según este neurólogo, los grandes descubrimientos se producían durante la vigilia. Es más, el famoso sueño de Kekulé no había tenido lugar en la fase R.E.M. durante la noche, sino durante una breve cabezada. Al igual que McCarthy, Deecke defiende la existencia de una doble «agenda» del cerebro —la consciente y la inconsciente—, pero, a diferencia de él, no cree que exista ningún tipo de animadversión entre ellas, sino que ambas trabajarían siempre juntas, tanto en la vigilia como en sueños. Para el neurólogo, el inconsciente sería una especie de gregario, el trabajador en la sombra que se encarga de hacer todo el trabajo previo para que la voluntad consciente pueda tomar decisiones. 

Pese a todas las objeciones que se le han hecho al texto de McCarthy (la más criticada fue la idea de que el lenguaje era una «invención humana» que habría «invadido» el cerebro como un virus), el escritor tuvo el acierto de volver a sacar a la palestra el viejo tema de la relación entre consciente e inconsciente, tema que siempre ha dado lugar a debates interesantes y a curiosos intercambios entre disciplinas. En 1948, en un ensayo que no llegó a publicar, el físico Wolfgang Pauli escribía que podía establecerse una analogía entre la idea de complementariedad en física apuntada por Niels Bohr y los términos consciente e inconsciente en psicología. A diferencia del neurólogo, que defendía que no podemos esperar mucho de los sueños, Pauli sí creía que podía encontrar algo valioso en ellos. De hecho, pasó años estudiándolos con la esperanza de encontrar en su mundo onírico lo que le faltaba a su teoría. 

Con poco más de veinte años, Pauli publicó una reseña de la teoría de la relatividad que impresionó al propio Einstein por la comprensión psicológica de sus ideas y la firmeza de sus deducciones matemáticas. Su capacidad crítica era tan valorada que físicos de la talla de Heisenberg o Bohr solían enviarle sus artículos antes de ser publicados para que los corrigiera. Su trabajo, que contribuyó a establecer las bases de la teoría cuántica de campos, le valió el Premio Nobel en 1945, en gran medida por su conocido principio de exclusión. En lo personal, en cambio, su vida no fue precisamente un camino de rosas. Su madre se suicidó, al poco tiempo su padre volvió a casarse con una joven, su propio matrimonio con una cantante de cabaré hizo aguas enseguida y empezó a beber más de la cuenta. A los treinta y dos años, decidió consultar al psicoanalista Carl Gustav Jung. Este se dio cuenta de inmediato del enorme potencial de los sueños de Pauli, así que prefirió derivarlo a una colega, Erna Rosenbaum, para no interferir en ellos. No obstante, durante años, el físico siguió consultando con él los hallazgos de sus «exploraciones oníricas», que registraba con el mismo rigor que les dedicaba a sus experimentos científicos. 

Si a Kekulé lo atormentaba la estructura de la molécula de benceno, a Pauli lo atormentaba Einstein; en concreto, las críticas que este hizo a los planteamientos de la mecánica cuántica. Además de criticar numerosos aspectos concretos —que dieron lugar a un apasionante debate público con Niels Bohr dilatado durante años—, Einstein decía que la teoría cuántica estaba incompleta. Esta idea acabó penetrando en los sueños de Pauli, que soñó que el propio Einstein le decía que la mecánica cuántica solo describía una sección unidimensional de una realidad bidimensional más significativa. Tenía que haber una dimensión oculta, y esa segunda dimensión, interpretó él a partir de este sueño, «solo podía ser el inconsciente y los arquetipos». 

Según la teoría junguiana, los arquetipos son elementos del inconsciente colectivo que se manifiestan a través de imágenes o símbolos recurrentes que aparecen en los mitos de diferentes culturas, en las religiones o en los sueños. Para Jung, los sueños del físico estaban llenos de este tipo de «material arcaico»: círculos, mandalas, etc. Las imágenes con que soñaba Pauli eran cada vez más simétricas, hasta culminar en la visión del «reloj mundial», un conjunto de círculos verticales y horizontales que se cruzaban en diferentes puntos y representaban para Pauli «la armonía más sublime». El físico estaba convencido de que sus sueños podían «servir a algún propósito científico» —la cursiva es mía—, por lo que permitió a Jung utilizar sus sueños en conferencias o en su libro Psicología y alquimia. 

La colaboración entre los dos pensadores se prolongó durante décadas (su correspondencia abarca un periodo de veintiséis años). Ambos estaban interesados en la interacción entre la mente y la materia; pensaban que lo físico y lo psíquico eran aspectos complementarios de una única entidad, por lo que la física y la psicología podían ser formas de investigación complementarias. Su estrecha colaboración culminó en una obra conjunta, Naturerklärung und Psyche (1952), libro que contiene dos ensayos: uno de Pauli acerca de la influencia de los arquetipos en la teoría de Kepler sobre el movimiento planetario, y otro de Jung sobre la naturaleza de la «sincronicidad». 

Se dice que a Jung se le ocurrió el concepto de sincronicidad un día cuando estaba en terapia con una paciente. Mientras esta le contaba un sueño en el que alguien le entregaba una joya de oro con forma de escarabajo, Jung oyó un ruido en la ventana. Al asomarse, vio que un insecto estaba chocando con el cristal. Casualidad o no, el insecto en cuestión era un escarabajo de color verdoso y dorado. A partir de este hecho, Jung planteó la existencia de conexiones no causales entre acontecimientos que ocurrían simultáneamente, coincidencias significativas que desafiaban nuestras nociones de tiempo o causalidad. 

Jung fue puliendo esta idea a lo largo de los años con la ayuda de Pauli, y cabe pensar que el ensayo sobre la naturaleza de la sincronicidad que formaba parte del libro que publicaron de forma conjunta contaba con el visto bueno del físico. Sin embargo, la «simetría» entre los dos pensadores no era tan perfecta como se podía esperar. Aunque Pauli nunca criticó en público a Jung, hay evidencias de que en privado sí lo hacía. En una carta a Niels Bohr, le confesó que el concepto de psique de Jung ni siquiera le parecía coherente desde el punto de vista lógico. Y en su correspondencia con distintos físicos, Pauli criticaba el interés del psicoanalista por los fenómenos paranormales. Para Jung, las conexiones que podían explicarse a través de la idea de sincronicidad implicaban tanto a la mente como a la materia. Pero al físico no le hacía mucha gracia que utilizara su nombre para dotar de una supuesta base científica a fenómenos como la telepatía o las premoniciones. Con todo, se cree que en esta época Pauli seguía trabajando con Jung en el estudio de fenómenos paranormales en el contexto de la teoría de la sincronicidad. Además, aunque en una carta a Markus Fierz reconocía que lo que más temía era que «Herr Jung», cuya reputación iba cayendo en picado, publicara sinsentidos sobre física y le citara para sustanciarlo, lo cierto es que también admitía que cada vez que hablaba con el psicoanalista se producía una especie de «fertilización espiritual» que se traducía en sus sueños. Pensara lo que pensara sobre Jung, las conversaciones que mantenía con él eran tan estimulantes como para que le mereciera la pena arriesgar su reputación como científico.

Todo parece indicar que, como Heisenberg dijo, Pauli nunca perdió el contacto con esos «procesos creativos y espirituales para los que no hay base racional, pero, sin embargo, existen». Una anécdota muy conocida sobre Pauli tiene que ver con el enigmático número 137. El físico Richard Feynman sugirió a todos los físicos que tuvieran un cartel en el laboratorio con este número para que recordasen siempre que hay muchas cosas que no saben. Tanto Pauli como Jung sabían de la especial relevancia que tenía este número en física y también en la Cábala, por eso, cuando ingresó en la habitación 137 de un hospital, dijo que nunca saldría de allí (y no se equivocaba). 

Además de su principio de exclusión, Pauli dio nombre a un conocido efecto: se dice que cuando el físico entraba en un laboratorio, no era raro que algún aparato se estropease sin razón aparente. Cuenta el físico F. David Peat que un día, una pieza de un aparato cayó al suelo en un laboratorio en Gotinga sin que Pauli estuviese presente (de hecho, estaba viviendo en Zúrich). Como esto era toda una novedad, un compañero del laboratorio le escribió para comentárselo. Pero Pauli no estaba tan lejos como se pensaban… Según dijo, precisamente a la hora del «contratiempo», el tren en que viajaba se detuvo en la estación de la ciudad.

La leyenda que hay en torno a Pauli es tan grande que es difícil saber qué hay de cierto en todo esto. Sin embargo, la anécdota del tren y la de la habitación 137 no son las únicas dudas que me deja esta historia. Cuando empecé a escribir este artículo, conocía bien el sueño de Kekulé y el artículo de McCarthy, pero no todos los detalles de la colaboración Pauli-Jung; de hecho, admito que siempre he sentido cierto reparo hacia el psicoanalista por la deriva más «esotérica» que tomó su teoría. Por eso, cuando empecé a leer sobre los sueños de Pauli en el libro de Arthur I. Miller, físico y profesor de Historia y Filosofía de la Ciencia, no podía dar crédito a lo que leía. Según cuenta Miller, en uno de los primeros sueños registrados por Pauli aparecía una serpiente que se mordía su propia cola. Esta imagen, continua, fue reconocida por Jung «como una forma primitiva de mandala». Llegados a este punto, solo puedo decir: what the fuck! ¿Cómo es posible que a dos científicos, que sepamos, les diera por soñar con la misma imagen? ¿Casualidad? Al parecer, la imagen de la serpiente que se muerde la cola es uno de los símbolos más característicos de las mitologías de las civilizaciones antiguas —el uróboro— y es también una figura habitual en la alquimia. Teniendo en cuenta la importancia que tiene la alquimia en la teoría de Jung, es posible que este acabara interfiriendo en los sueños del físico, aunque intentara no hacerlo. Pero ¿cómo es que el químico del siglo XIX August Kekulé soñó con lo mismo? ¿Estamos ante una «huella visible de principios desconocidos», como diría Pauli? ¿O ante un «chiste del destino», como diría el escritor Arthur Koestler, aficionado también a las coincidencias? La verdad es que no sé muy bien qué pensar. Probablemente, todos deberíamos seguir el consejo de Feynman y llevar siempre encima un papel con el número 137 escrito. Si algo tengo claro es que hay muchas cosas que todavía no sabemos.


NOTAS

1 Deecke, L., «There Are Conscious and Unconscious Agendas in the Brain and Both are Important—Our Will Can Be Conscious as Well as Unconscious», Brain Sciences, 2012; 2: 405-20.

2 El ensayo, «Modern Examples of ‘Background physics’», se reproduce en Meier, C. A. (ed.). Atom and Archetype: The Pauli/Jung letters, 1932-1958, Princeton University Press, Princeton (Nueva Jersey), 2014; pp. 179-196.

3 Carta de Pauli a Jung del 27 de mayo de 1953. En Meier, C. A., op. cit.

4 Carta a Jung del 2 de octubre de 1935. En Meier, C. A., op. cit. 

5 Burns, C. P. E., «Wolfgang Pauli, Carl Jung, and the Acausal Connecting Principle: A Case Study in Transdisciplinarity», Metanexus, 1 de septiembre de 2011.

6 Carta de Pauli a Fierz fechada el 26 de noviembre de 1949. Citado en Gieser, S., The Innermost Kernel. Depth Psychology and Quantum Physics. Wolfgang Pauli’s Dialogue with C.G. Jung, Springer, Nueva York, 2005; p. 283.

7 La anécdota la cuenta el físico F. David Peat en su libro Sincronicidad: puente entre mente y materia, Kairós, Barcelona, 1989.

8 Miller A. I., 137: Jung, Pauli, and the Pursuit of a Scientific Obsession, Norton & Company, Nueva York, 2010; p. 148.