Cómo desmantelar un grupo (de la peor manera posible)

Ray Davies de The Kinks en el histórico Maple Leaf Gardens de Toronto. Imagen: CC.

Y además de todo eso, nuestro batería ha muerto

La banda de metal canadiense Witchrot nunca destacó por ser especialmente virtuosa con las melodías o las composiciones, tampoco parió ningún temazo potente o popular, y ni siquiera llegó a tener un grupo mínimamente numeroso de fans durante el puñado de meses que estuvo en activo. Pero en cierto momento, se convirtió en noticia por aquello por lo que menos debería serlo: su separación. No porque a alguien le importase realmente su destino, sino porque la misma parecía ser una de las más delirantes y fabulosas del mundo de la música. Witchrot presentó en sociedad su primer EP a finales de octubre del 2018, inauguró su página de Facebook a principios de noviembre del mismo año (definiéndose en ella como un grupo de «maleficios, drogas y rock and roll») y, unos pocos días más tarde, anunció su separación en la misma red social a través de un comunicado firmado por su líder, Peter Turik, en donde se podía leer lo siguiente:

Debido al desafortunado hecho de que nuestro guitarrista se ha follado a mi novia de hace siete años, Witchrot va a tomarse un descanso muy largo. De todos modos, yo continuaré con la banda en otro tiempo y en otro espacio. A consecuencia de estar lleno de odio, la música fluye en mí lentamente y, sin duda, eso me permitirá fabricar las composiciones más devastadoras y tortuosas que jamás haya creado. Gracias por el apoyo, sed heavys. Peter.

Y además de todo eso, nuestro batería ha muerto…

Portada del EP Witchrot.

A lo mejor los de Witchrot no entraron por la puerta grande en el mundo de la música, pero estaba clarísimo que se habían largado, muy a su pesar, de la manera más espectacular posible. Un par de meses en activo y una despedida maravillosa. A muchos otros les ha costado toda una carrera musical repleta de éxitos, roces, desgracias, hostias, cargamentos de drogas, desamores y dramas lo de convertir la disolución del grupo en un acontecimiento llamativo.

Cocerse a fuego lento

La separación de una banda en la mayoría de las ocasiones no es un proceso repentino como en el caso de Witchrot, sino la consecuencia de algo que se ha ido fraguando lentamente y con mucha dedicación. Curiosamente, ocurre bastante a menudo en ambientes que en principio se antojan como más amables por ser estrictamente familiares: The Everly Brothers, la pareja artística formada por los hermanos Phil y Don Everly, aquellos a quienes la Rolling Stone denominó «el dúo vocal más importante de la historia del rock», comenzaron su devenir artístico a mediados de los cincuenta. Se presentaban en los conciertos luciendo pelazo y trajes idénticos (el público se acostumbró a diferenciarlos por el color del cabello) y encadenaban hits con una facilidad asombrosa, colando una canción en los puestos principales de las listas de éxitos cada cuatro meses, pero tras las bambalinas de su fama no abundaba el buen rollo. Los dos hermanos lidiaban con una seria adicción a las anfetaminas y compartir una carrera en común hizo que con el paso de los años fuera brotando entre ellos una antipatía mutua insoportable. «Solo tuvimos una discusión», recordaba Phil en 1970, «pero es que esa discusión se alargó durante veinticinco años».

En aquella década de los setenta, la carrera del dúo ya estaba muy estancada, no eran capaces de emular el éxito de sus inicios y la retirada se antojaba inminente. En el 73, los hermanos ofrecieron un concierto final en el John Wayne Theatre del parque de atracciones californiano Knott’s Berry Park. Una actuación que resultó ser de lo más llamativa por las peores razones: Don se presentó borracho, ofreciendo un espectáculo lamentable y no dando una con la letra de «Cathy’s Clown». Ante aquel panorama, un Phil muy encabronado hostió su guitarra contra el suelo y abandonó el escenario1, dejando a su hermano a solas y a cargo del concierto frente a una audiencia ante la que anunció la separación del grupo berreando un «¡Los Elverly Brothers murieron hace ya diez años!». Durante la década posterior, la única ocasión en la que ambos hermanos volvieron a dirigirse la palabra fue el funeral de su padre, el guitarrista Ike Everly. En 1983 se arrejuntaron de nuevo como formación pero los periodistas musicales no tardaron en descubrir que la cosa seguía ligeramente tensa. Por lo visto, los hermanos no ofrecían entrevistas conjuntas, y los técnicos de su estudio aseguraban que ambos grababan las nuevas canciones por separado, pese a saber que el resultado era peor, por no ser capaces de aguantar demasiado tiempo uno a la vera del otro. 

Everly Brothers, Los del Río del rock. Imagen: dominio público.

La banda británica The Kinks supuso otro ejemplo estupendo sobre cómo cocer durante años —y casualmente también con dos hermanos implicados— desgracias a base de odio acumulado. El grupo, formado a principios de los sesenta por los hermanos Ray y Dave Davies, junto a Mick Avory y Peter Quaife, fue responsable de cosas tan potentes como «You Really Got Me», «Lola», «Sunny Afternoon» o «All Day and All of the Night», y no se separaría hasta mediados de los años noventa. Pero su trayectoria siempre estuvo encaminada hacia la tragedia por culpa de los tremendos roces internos que existían entre sus componentes. En mayo de 1965, en el Capitol Theatre de Cardiff y durante el transcurso de una gira junto a The Yardbirds, The Kinks lograron que la audiencia experimentase el terror de contemplar lo que parecía un asesinato en directo.

Ante cinco mil personas, y después de la actuación de The Yardbirds, Dave y Mick salieron al escenario con la leche bastante agriada tras haberse dado de hostias la noche anterior durante una fiesta cargada de drogas y alcoholes. Y sobre las tablas, los Kinks tuvieron el detalle de interpretar completa «You Really Got Me» antes de que la cosa se desmadrase por completo: Davies comenzó azuzando a Avory con lindezas como «Eres un puto inútil y tocas como la mierda» o «Eso sonaría mucho mejor si te la sacases y golpearas los tambores con la polla», y acabó sacudiendo una patada a la batería de su compañero, propiciando que uno de los tambores rodase por el escenario. Avory reaccionó de la mejor manera posible, agarrando el soporte de los platillos hi hat de la batería, cargando contra su colega de banda como si aquello fuese un duelo medieval y azotándole con el pedal del instrumento en la cabeza. Davies se derrumbó sangrando sobre el suelo, Avory saltó hacia las gradas y huyó corriendo entre el público al creer que había asesinado al guitarrista, la organización corrió el telón y veinte minutos después hizo subir al escenario a unos Yardbirds que ya se habían vestido para ir a casa y tenían cara de estar ligeramente desconcertados y bastante nerviosos.

A Davies le cosieron el melón con dieciséis puntos de sutura en el hospital, Avory entretanto aprovechó el caos para huir en tren y se escondió del mundo creyéndose homicida. Cuando la policía localizó al batería, el hombre en principio aseguró que él no tenía nada que ver pese la versión ofrecida por los cinco millares de testigos, y acabó contando que lo de hostiarse con los instrumentos era parte del espectáculo de la gira. A la larga, Davis decidió no presentar cargos y The Kinks siguieron a lo suyo, pese a que ser bastante cafres durante una posterior gira por Norteamérica hizo que fuesen vetados del país durante cuatro años.

Curiosamente, lo que realmente estaba jodido dentro de la banda no era tanto la relación entre Avory y Dave Davies como la existente entre los propios hermanos. Porque la parejita se llevó a matar durante toda la carrera oficial del grupo, «Has oído hablar de los vampiros ¿no? Pues Ray me sorbió las ideas, las emociones y la creatividad. Es un freak del control», explicaba Dave en 2017, «Éramos como un matrimonio que ya ha llegado al final del camino. Pero no te puedes divorciar de tu hermano, estábamos atrapados el uno junto al otro. Y yo acepté que nuestra relación simplemente funcionaba así». A mediados de 1996, y con la inminente separación anunciada, la banda se reunió por última vez durante el quincuagésimo cumpleaños del bueno de Dave. La fiesta se despachó con Ray haciendo lo peor que puedes hacer en un evento como ese: pisotear la tarta de aniversario del homenajeado. El grupo se disolvió porque cuando ya no tenía tirón ni ganas, pero mientras el músico pateaba la tarta de su hermano era evidente para todos los presentes que lo de llevar treinta años trabajando encabronados había ejercido bastante peso. «Le quiero, y él me quiere. Pero cuando estamos en la misma habitación la cosa no funciona. Y es peor cuando hay más gente cerca», sentenciaba Dave.

The Kinks. Imagen: CC.

Oasis son el ejemplo clásico y más evidente  de bulliciosas grescas familiares en el mundo de la música. Tras años llevándose a palos, y convirtiendo la guerra interna en una especia de marca de la casa, las tensiones entre Liam y Noel Gallagher acabaron explotando del todo a finales de agosto del 2009. Oasis comenzó cancelando una actuación en Chelmsford por culpa de una laringitis que había pillado Liam y Noel anunció que en realidad su hermano estaba de resaca. Liam demandó a Noel por aquellas declaraciones y Noel se disculpó públicamente. Menos de una semana después, el 28 de agosto y en el backstage del evento parisino Rock en Seine, los hermanos se pelearon por última vez justo antes de salir a actuar. Aunque las versiones de la riña varían, porque hay quien lo define como un torneo de WWF y hay quien lo simplifica en una colección de insultos entre hooligans, casi todo el mundo está más o menos de acuerdo en que Liam en algún momento enarboló una guitarra como si fuera un arma de guerra. Tras la reyerta, el mánager de ambos canceló el concierto de la jornada y de paso los futuros compromisos de la banda alegando que Oasis habían dejado de existir. Dos horas después, Noel escribió en la web oficial del grupo: «Con cierta tristeza y mucho alivio anuncio que abandono Oasis hoy. La gente escribirá y dirá lo que quiera, pero simplemente yo no podría trabajar con Liam ni un solo día más».

Oasis. Imagen: CC.

Hablar mal de tu ex

En 1987, el cuarto disco de The Smiths (Strangeways, Here We Come) llegó a las tiendas cuando la banda ya ni siquiera existía por culpa de la incapacidad de Morrissey (cantante) y Johnny Marr (guitarrista) para ponerse de acuerdo. A Morrisey le tocaba mucho las pelotas que Marr colaborase con otros artistas, y a Marr le encabronaba bastante que Morrissey solo tuviese interés en grabar versiones de divas pop de los sesenta («Yo no monté un grupo para hacer covers de Cilla Black»). Mientras tanto, Andy Rourke (bajo) y Mike Joyce (batería) se limitaban a contemplar el rifirrafe desde la barrera, incapaces de imaginar que la inminente separación les sentaría en los juzgados en el futuro cuando Morrissey y Marr intentasen timarles con el reparto de derechos de autor. Tras tantos malos rollos, veinte años después un puñado de periodistas muy poco lúcidos se pusieron de acuerdo para preguntarle a Morrissey por el posible retorno de The Smiths. La respuesta más amable del cantante ante dicha cuestión fue un «Me da la impresión de que yo he trabajado muy duro desde la desaparición de los Smiths, y de que los otros no lo han hecho. Por tanto, ¿por qué iba a darles la atención que no se merecen? No somos amigos, no nos vemos, ¿por qué íbamos a subirnos a un escenario juntos?». Pero su réplica más maravillosa a la demanda del retorno de los de Mánchester fue un «Prefiero comerme mis propios testículos que reunir de nuevo a los Smiths. Y eso que soy vegetariano». 

Los británicos The Verve nunca destacaron por conformar una panda especialmente estable. La banda encabezada por Richard Ashcroft se separó antes de tener éxito, se reunió de nuevo y se volvió a separar tras arrasar con el disco Urban Hymns. A las alturas del 2007, las fricciones entre los exmiembros del grupo propiciaron que al ser preguntado por la vuelta de la banda el propio Ashcroft espetase un rotundo «Sería más probable volver a ver a los Beatles sobre un escenario». Meses más tarde, The Verve anunció su retorno al mundo de la música, y unos cuantos meses después volvieron a separarse cuando el resto de miembros comenzaron a sospechar que Ashcroft solo tenía interés en pillar carrerilla para relanzar su carrera en solitario. 

The Verve. Imagen: CC.

Lauryn Hill, Wyclef Jean y Pras Michel se estrenaron como Fugees con un primer disco (Blunted on Reality) que pasó por el mundo sin pena ni gloria, pero a la altura del segundo (The Score, publicado en el 96) se convirtieron en un fenómeno mundial. Y poco después se separaron tomando cada uno su propia carretera. En 2004 volvieron a actuar como Fugees, pero el regocijo duró poco y a principios de 2006 dos terceras partes del trío ya no querían andar cerca del tercio restante. Por aquel entonces Michel aseguraría que «Existen más posibilidades de ver a Osama Bin Laden y George W. Bush tomándose un latte juntos en Starbucks mientras discuten sobre política exterior que de verme a mí trabajando de nuevo con Lauryn Hill». Mientras tanto, Jean tampoco se cortaba demasiado a la hora de opinar sobre su compañera: «Creo que el primer problema que debería abordarse es el hecho de que Hill necesita ayuda. Reunirnos de nuevo como Fugees para aquellos conciertos no fue una buena idea porque no estábamos preparados. A mí me daba la impresión de que antes deberíamos de habernos encerrado todos juntos en una habitación con Lauryn y un psiquiatra. Pero sinceramente creo que ella podría conseguir ayuda si quisiera. Y una vez que haya resuelto sus problemas, los Fugees a lo mejor podrían volver de verdad».

Unos cuantos años más tarde, el mismo Jean revelaría que los roces con su compañera de grupo fueron más literales y más dramáticos de lo esperado. En su autobiografía (Purpose: an Inmigrant Story) el músico confesó que por aquel entonces él mantenía una relación con Hill, que ambos solían liarse a tortas en todo momento y que milagrosamente nunca llegaron a ser arrestados al guerrear a lo bestia en público. Pero también revelaba que la cantante le hizo creer que él era el padre del niño del que estaba embarazada, cuando en realidad el auténtico progenitor era Rohan Marley, el hijo de Bob Marley. Jean achacó la separación del grupo a todas aquellas mentiras y mierdas diversas por parte de la cantante, pero lo cierto es que él era el último que estaba libre de pecado: el músico mantenía en aquella época el affaire con su compañera de Fugees en secreto porque estaba oficialmente casado con otra mujer, Marie Claudinette.

Cómo desmantelar un grupo (de la peor manera posible)

31 de Julio de 1980, los Eagles están a punto de actuar en el Long Beach Arena de California durante un concierto benéfico para darle bombo a la reelección del senador Alan Cranston. La idea de participar en aquello había sido de Glenn Frey, pero no todo el grupo estaba de acuerdo con lo adecuado del bolo. En el backstage, cuando el senador y su esposa Norma Cranston se presentaron ante el grupo para conocer a los miembros y agradecer personalmente su colaboración en el evento, a Don Felder se le ocurrió recibirlos con un «Encantado de conoceros… » al que añadió un «…supongo» ninja murmurado poco después2. Frey escuchó el desplante, encaró a Felder antes de subir al escenario y los dos comenzaron a llamarse de todo menos bonitos antes de actuar.

El cabreo no se evaporó cuando comenzó el concierto y durante el transcurso del mismo ambos músicos se dedicaron a lanzarse amenazas barriobajeras de gresca inminente: Frey asegura que Felder se le arrimaba continuamente para espetarle cosas como «Dentro de tres canciones te voy a patear el culo» y Felder afirma que Frey le amenazó con un «Que te jodan, en cuanto acabe el concierto te voy a patear el culo». Se pasaron con aquel tira y afloja absurdo todo el show, desesperando a unos técnicos de sonido que se mataron haciendo malabares con el volumen de los micrófonos,para evitar que el público escuchase la bulla. Lo disparatado y tenso de la situación resultó especialmente gracioso, aquellos dos caballeros estaban interpretando «Lyin’ Eyes», «I Can’t Tell You Why» y «Heartache Tonight» mientras hablaban por lo bajini de matarse a hostias ante un público ajeno a todo el conflicto.

Cuando el concierto finalizó, Felder agarró una guitarra acústica (según Frey «la guitarra más barata que tenía») la destrozó a golpes contra una columna de cemento (ante la mirada boquiabierta del senador y su esposa, que pasaban por allí), se subió a su limusina y se largó del lugar. Con el tiempo, a aquella actuación tan cargada de drama en el Long Beach se la recordaría con cierta guasa como la Long Night in Wrong Beach. Unos días después, el productor de la banda, Bill Szymczyk, telefonearía a Felder: «¿Cuáles son los próximos bolos de la banda?» preguntó el músico. «En este momento, la banda no existe» contestó Szymczyk.

Era de conocimiento popular que Black Francis y Kim Deal se llevaban malamente dentro de los Pixies. La segunda se había ganado el puesto de bajista contestando a un anuncio y el primero le cogió tirria cuando el grupo empezó a destacar y los fans le pillaron más cariño a la chavala que al frontman. Él optó por hacerle el vacío a Deal de manera cada vez más evidente, ella se montó su propio grupo (The Breeders) y a principios del 93 Francis decidió enviarlo todo a paseo de la manera menos elegante posible: anunció en la BBC Radio 5 que los Pixies se habían desmantelado antes de informar al resto de integrantes del grupo. Poco después telefoneó a Joey Santiago (guitarrista) para comunicarle el fin de la banda. Fue todo un detallazo hacerlo así, porque a Deal y a David Lovering (batería) se limitó a remitirles un fax.

La separación de Violent Femmes en 2009 no dejaba de tener cierta guasa grasienta por el hecho de ser una la única vez en la que las hamburguesas han provocado una ruptura artística. Ocurrió que la culpa de todo la tuvo una cadena de comida rápida. La banda nunca le había hecho ascos a lo de formar parte de la cultura popular de consumo rápido, Violent Femmes había grabado con anterioridad su propia interpretación de la cabecera de Bob Esponja, anuncios para Nickelodeon, o una versión del «I Can Change» que cantaba Satán en la película de South Park.

Pero en 2007, a Gordon Gano (cantante, guitarrista y compositor) se le ocurrió vender los derechos del famosísimo «Blister in the Sun» a la franquicia de hamburgueserías Wendy’s. El problema es que lo hizo sin consultárselo a sus compañeros, porque él estaba en posesión de los derechos de autor, y aquello no le sentó nada bien a los demás miembros de Violent Femmes. Brian Ritchie (bajista) se encabronó bastante con el asunto y emitió un comunicado nada amable que apuntaba a la encía: «Gordon Gano es el autor de la canción y Warner la compañía discográfica. Cuando ellos dos deciden licenciar “Blister in the Sun” no hay nada que el resto de la banda pueda hacer, porque nosotros no somos los dueños de la canción ni de la grabación. Esto es el mundo del espectáculo. Por eso mismo, cuando veáis ciertos usos cuestionables o, como ocurre en este caso, desagradables de nuestra música, se los podéis agradecer a la codicia, insensibilidad y mal gusto de Gordon Gano. Y su karma tiene la culpa de que el hombre haya perdido la habilidad para escribir buenas canciones hace ya muchos años, como lo demuestra su falta de autoestima y su interés por prostituir nuestras canciones. Ni Gordon (que es vegetariano) ni yo (que soy gourmet) comemos basura como la producida en las hamburgueserías Wendy’s. No puedo respaldar esto porque no estoy de acuerdo con la comida corporativa por razones culinarias, políticas, de salud, económicas y ambientales. Y aun así, he visto mi obra ninguneada una y otra vez en manos de mi compañero de trabajo, a pesar de que me he quejado en numerosas ocasiones. Si vosotros estáis disgustados con esto, lo cierto es que yo lo estoy mucho más». Durante el verano de aquel año, Ritchie llevó a Gano a juicio para aclarar el tema de la propiedad intelectual en las canciones de Violent Femmes. El grupo rodó durante unos cuantos meses más, pero los sinsabores de la movida judicial propiciada por la comida rápida provocaron que a la altura de 2009 la banda decidiera que lo mejor era separarse.

Violent Femmes en Sidney,siendo felices en 1990, mucho antes de que las hamburguesas destrozasen su carrera. Imagen: CC.

A la hora de hablar de raperos gangsta la cosa se pone seria, porque en ese terreno no solo las separaciones pueden resultar peligrosas, sino que también pueden serlo las deserciones. La agrupación N.W.A. nació en las calles de Compton en el 86 conformada por los raperos Ice Cube, Arabian Prince, Dr. Dre, Dj Yella, Eazy-E y Mc Ren, y arrasó con todo un par de años después con su famosísimo Straight Outta Compson. Arabian Prince saltó del barco sin mayores problemas poco después de la publicación del disco de debut, pero el verdadero drama tuvo lugar cuando Ice Cube decidió abandonar a su suerte a la pandilla. El rapero se sentía timado por Jerry Heller, mánager del grupo, y decidió largarse por su propio pie mientras el resto de la banda veía aquella huida como una traición y una falta de lealtad con la familia que se había formado.

El asunto degeneró, tal y como demanda la tradición rapera, en la publicación de una hermosa ristra de temas por ambas partes en donde N.W.A. y Cube se ponían a parir mutuamente y sin delicadeza alguna (ojo a la letra del «No Vaseline» de Cube). Con el tiempo, Dr. Dre, Dj Yella y Mc Ren se dieron cuenta de que Cube no andaba desencaminado y su productor se había aliado con el miembro restante del grupo, Eazy-E, para sisarles toda la pasta posible. Dr. Dre intentó romper su contrato con Ruthless Records, la compañía discográfica propiedad de Eazy-E y Heller con la que había firmado, pero tanto el rapero como el productor se negaron a darle aquel gusto. Entonces, Dre contactó con Suge Knight un productor musical, mole humana y matón a tiempo completo, para que le ayudase a negociar la rescisión del contrato. Knight supuestamente envió a una tropa de esbirros armados con bates de béisbol a negociar amablemente el asunto con Eazy-E y Heller. La comitiva resultó convincente y poco después Dr. Dre libró de sus obligaciones contractuales con Ruthless Records y montó su propia compañía con Suge Knight, Death Row Records. A aquellas alturas N.W.A. ya era historia como grupo y sus exmiembros se buscaban la vida por su cuenta y riesgo. En los años posteriores, Eazy-E se dedicó a publicar canciones cagándose en sus antiguos compañeros de banda hasta que la palmó en el 95 por culpa del sida, Suga Knight se afianzó como un auténtico cabronazo y un delincuente peligroso (en la actualidad cumple condena por homicidio), y Jerry Heller reveló en una entrevista cómo durante aquellos años evitó que Eazy-E pusiese en marcha un plan para asesinar a Suga Knight. Lo peor de todo es que Heller asegura que, a día de hoy, se arrepiente de no haber dejado que el rapero se cargase al productor.

Portada del legendario Straight Outta Compton.

Y al tercer día, resucitó

Un mes después de que Peter Turik anunciase a través de Facebook la muerte de su banda metalera Witchrot con aquel post donde alegaba asuntos de cuernos y un batería finado, el líder de los de Toronto decidió recular. El anuncio de su separación se había convertido en titular llamativo y en una poderosa, e inesperada, campaña publicitaria que le había hecho famoso de golpe. Aprovechando la inercia, Turik anunció la vuelta del grupo, con una nueva formación, y la fecha de los futuros conciertos. Y también aclaró que a lo mejor el batería de Witchrot no era un terrario de malvas como inicialmente se había proclamado: «Cuando escribí el comunicado le pregunté a Simon (nuestro batería, que había dejado el grupo un par de semanas antes por andar demasiado ocupado) si le parecía una buena idea. Y él me dijo “Sí, pero digamos que he muerto, a nadie le importará una mierda”… y al final sí que le importó a alguien».

Witchrot. Imagen: Witchrot.


1. La historia varía según la fuente que se consulte, porque medios como Rolling Stone, The Washington Post, Daily Mail o Time, han ofrecido versiones contradictorias de lo que ocurrió aquel 14 de Julio de 1973. En algunos artículos se menciona que fue Don el que dejó hecha migas su guitarra y abandonó el escenario, mientras en otros se asume que fue Phil. Y lo único que está realmente claro aquí es que ni a principios de los setenta la gente era capaz de distinguir a uno del otro. 

2. Otra historia que difiere ligeramente según a quién se le pregunte. Por lo visto ninguno de los presentes, ni siquiera los propios protagonistas, recuerdan con claridad si aquella contestación faltosa se realizó contra el senador, contra su esposa o contra ambos.


Vidas cortas

1994, Aspen, Colorado, USA --- Hunter S. Thompson in His Office --- Image by © Christopher Felver/CORBIS
Hunter S. Thompson, 1994.Fotografía: Corbis.

Dame la pistola, me pego un disparo
Voy a morir joven, rico, chulo y delgado.

Kinder Malo

El ser humano moderno tiene un irracional miedo a lo desconocido. Y sin duda el mayor —quizás ya el único— de los misterios es la muerte y lo que viene después de la muerte. Presa de ese pánico al insondable más allá, el ser humano ha intentado prolongar ad infinitum su existencia, usando para ello fármacos, máquinas o alimentos, luchando en vano por erradicar la enfermedad, la guerra, el envejecimiento, la violencia, la putrefacción. El resultado es que, efectivamente, la esperanza de vida se ha estirado como un chicle usado. Pero el problema sigue ahí, gordo, terrible, desesperante: eso que Hesse llamaba «la grandiosidad del momento y su miserable marchitarse».

Desde el Paleolítico, el Homo sapiens sapiens ya podía en potencia llegar hasta los cien años. Pero pocos pasaban de los veinticinco, debido a factores como la alimentación, la higiene, las epidemias o los mil y un peligros que acechaban en la naturaleza. La cosa no cambió mucho con el paso de los siglos: en 1900, la esperanza de vida para los españoles era solo de treinta y dos años, y en China ni siquiera llegaba a los veinticinco. Parte de la culpa era de las altas tasas de mortalidad infantil, que no bajarían hasta bien entrado el siglo XX.

En la actualidad, quien tenga la suerte de nacer en un país más o menos desarrollado, y siempre que no sea fulminado por un cáncer, un infarto o un accidente de tráfico (los tres pilares de la mortalidad moderna), podrá convertirse en un jovial puretón y pasar con facilidad la frontera de los cuarenta, de los cincuenta e incluso de los sesenta. Sería maravilloso, si no fuera porque la mayoría de la gente no está preparada para vivir tanto tiempo y acaba languideciendo, vagabundeando por parques desiertos, viajando a Benidorm, engordando palomas o contemplando obras en construcción con babeante rictus. Es el mal del que ha vivido demasiado y que llevó a suicidarse a George Sanders o Hunter S. Thompson: el aburrimiento.

Y es que la longevidad, amén de suponer un creciente problema económico y social, puede generar un tedio cósmico en el individuo. A medida que envejecemos, los días se vuelven más huecos y sin sentido. Ahí empiezan las diferentes crisis de edad, sobre todo la de los cuarenta, galopante, llena de traiciones a uno mismo, reinvenciones ortopédicas, cirugías disparatadas y ridículos arrebatos de «viejoven».

Ajenos a incoherencias éticas y estéticas, ciertas personas poshumanas lograron darlo todo en las primeras décadas de su vida y abandonaron luego el mundo, a veces de forma voluntaria, a veces fortuita, haciendo carne aquella máxima de Sileno: «Lo mejor de todo sería no haber nacido, y cuando esto es imposible, lo mejor sería morir pronto». Pero ¿qué es pronto? Pues digamos que una edad óptima desde el punto de vista físico y mental. Los hippies primigenios decían que no había que fiarse de nadie mayor de treinta años, y ahí podríamos fijar la edad máxima de los personajes de este artículo: la misma que en La fuga de Logan, aquella distopía donde, por ley, la longevidad estaba limitada a treinta años de vida, pasados los cuales los individuos se sometían a una jubilosa ceremonia de sacrificio colectivo.

En las próximas líneas daremos un breve repaso a las fugaces existencias de siete seres excepcionales que brillaron durante escasos años y después hicieron mutis, demostrando que desaparecer a tiempo, si no una victoria, es una inmensa muestra de saber no-estar.

Conde de Lautréamont (poeta, murió de una infección a los veinticuatro años)

«Mi poesía consistirá solamente en atacar por todos los medios al hombre, esa bestia salvaje, y al Creador, que no habría debido engendrar semejante basura». Lo escribió Lautréamont en Los cantos de Maldoror (1869), un libro repudiado por los editores en su día, convertido en obra de culto surrealista en los años veinte y finalmente aclamado como un hito de la poesía moderna, que Rubén Darío tachó de «diabólico y extraño, burlón y aullador, cruel y penoso».

La vida de Lautréamont, cuyo nombre real era Isidore Lucien Ducasse (Montevideo, 1846 – París, 1870) fue tan breve como enigmática. Nadie sabe muy bien los detalles que envolvieron su existencia y su deceso, y ello ha contribuido a inflar la leyenda.

Se supone que vivía de su padre, un diplomático afincado en Uruguay que le enviaba pasta para estudiar. Pero todo se torció en su etapa universitaria, cuando cambió aulas por burdeles y fumaderos de opio. Algunos de sus detractores, como el escritor católico León Bloy, han llegado a decir que Lautréamont falleció en un manicomio. Sin embargo, hay expertos que sostienen que llevó una vida monacal, consagrada a leer, tocar el piano y pasear por la orilla del Sena. Según dicen, pasó los tres últimos años de su vida en París buscando editor para su aberración literaria, y la única droga que tomaba era café. Murió solo en su cuarto, víctima de una enfermedad infecciosa.

Sea cual sea la verdad, da un poco igual, pues la intención es lo que cuenta y la de Lautréamont era muy mala: «Los hay que escriben para conseguir los aplausos humanos, gracias a las nobles cualidades del corazón que la imaginación inventa o que pueden poseer. Yo, por mi parte, me sirvo del genio para pintar las delicias de la crueldad».

Justa y Rufina (santas, torturadas hasta la muerte a los diecinueve y diecisiete años)

Dice Takla Makan que «el único revolucionario de verdad es el santo; respecto de él todos los “revolucionarios” no son sino reformistas, en el mejor de los casos». Y algo de eso hay: al trascender el ego, el místico realiza una revolución interior, que es siempre más influyente y duradera que la exterior. Esta dicotomía también existe en el islam, que distingue entre la «gran yihad», o guerra interior contra las propias pasiones, y la «pequeña yihad», o lucha armada llevada a cabo por la comunidad musulmana para defenderse de un enemigo exterior.

Justa y Rufina fueron dos hermanas nacidas en Sevilla en los años 268 y 270, en una familia humilde y de sólidas convicciones cristianas, algo muy peligroso en una época en la que España se hallaba dominada por los romanos y sus dioses paganos.

Cuando una procesión en honor a Venus llegó a casa de Justa y Rufina, ellas se negaron en redondo a adorar al ídolo y lo rompieron en mil pedazos. Diogeniano, prefecto de Sevilla, mandó detener a las jóvenes iconoclastas, las interrogó y, viendo que eran incorregibles, las condenó a ser torturadas hasta la muerte. Les aplicaron todos los suplicios conocidos en la época: estiramiento con potro, claveteo con garfios de hierro, enclaustramiento en mazmorras frías sin comida ni bebida… pero las hermanas no solo seguían en sus trece sino que estaban pletóricas. Mas incluso los cuerpos de los místicos tienen un límite. La primera en morir fue Justa. Rufina, más joven, aguantó aún más suplicios con una alegría insólita. Fuera de sí, el prefecto dio la orden de degollar a la mártir y quemar su cadáver hasta reducirlo a cenizas.

Pasaron décadas antes de que el obispo san Sabino recogiera los restos de las santas y las enterrara por fin juntas. Desde entonces, el culto a estas mártires se extendió por todo el mundo.

Dijo el Che Guevara que «en una revolución, si es verdadera, se triunfa o se muere». Justa y Rufina hicieron ambas cosas.

Otto Weininger (filósofo, se suicidó de un disparo en el corazón a los veintitrés años)

«El hombre tiene pene y la vagina tiene mujer». Es una de las demoledoras frases de Sexo y carácter, un controvertido ensayo filosófico que, grosso modo, viene a decir que el varón representa una racionalidad superior a la hembra, y que la espiritualidad cristiana está muy por encima de la judía.

Estas teorías misóginas y antisemitas, que a finales del siglo XIX eran bastante populares, te las imaginas enunciadas por un hombre ario y viril que escribe al borde de unos acantilados de mármol. Pero lo cierto es que Otto Weininger (Viena, 3 de abril de 1880 – ibídem, 4 de octubre de 1903) era feo, contrahecho, judío y homosexual. Y se odiaba por ello.

Desde el punto de vista intelectual, Weininger fue un ejemplo de vida aprovechada hasta el límite. En muy pocos años le dio tiempo a aprender siete idiomas, matemáticas, filología, filosofía, ciencias naturales, física, historia y literatura; y también a comprimir todo su pensamiento en un libro. Sin embargo, sus brutales contradicciones y la intolerable certeza de no ser un genio lo llevaron a suicidarse a los veintitrés años de un tiro en el pecho, en la misma casa donde había muerto su idolatrado Beethoven.

Para Weininger el hombre es un genio en potencia, aunque solo una élite logra desarrollar ese talento, y él no estaba llamado a formar parte de ella por su condición de judío homosexual: «De igual modo que en el judío (y en la mujer) no existe la “bondad o maldad radical”, así también falta en ellos el genio o la estupidez radical propios de la naturaleza humana masculina», escribe en Sexo y carácter.

Tras su muerte, su único libro acabado se convirtió en best seller y fue reconocido por muchos de sus contemporáneos como una obra maestra: Ludwig Wittgenstein y Stefan Zweig, también judíos, llegaron a asistir a su entierro; y el mismísimo Hitler le echó flores, fascinado por el trágico destino del judío antisemita.

Pero el devenir de la historia y la corrección política han sepultado al libro de Weininger en la tumba de los malditos, si bien aún es considerado por una minoría como un valioso trabajo que utiliza las diferencias entre lo masculino y lo femenino para esbozar una psicología alternativa y perpetrar una crítica radical contra el mundo moderno. Ante todo y pese a sus errores, Sexo y carácter es el legado de un joven erudito que supo predicar con el ejemplo: de haber seguido viviendo, su obra maestra sería papel mojado.

2Pac (rapero, asesinado a balazos a los veinticinco años)

1993, New York City, New York State, USA --- Tupac Shakur on the set of "Above the Rim" in Harlem. --- Image by © Mark Peterson/Corbis
Tupac Shakur, 1993. Fotografía: Corbis.

En la cultura hip hop, la madurez se perdona menos que en el rock. Para rapear, pintar grafitis o bailar break sin caer en el ridículo es preciso ser insultantemente joven. Y si te mueres pronto, mejor que mejor.

Se puede decir que Tupac Shakur (Nueva York, 1971 – Las Vegas, 1996) nació con una Uzi debajo del brazo: sus padres eran miembros de los Panteras Negras, y a su padrastro lo perseguía el FBI por robar camiones blindados y matar policías. No es raro, pues, que él acabara cagándose en la «puta pasma» en sus canciones y que diera con sus huesos en la cárcel por violar mujeres, golpear hombres o ametrallar automóviles.

Pero si hay algo que convirtió a 2Pac en «el mejor rapero de todos los tiempos» (Rolling Stone dixit) fue su muerte, ideal según la iconografía gangsta: le dispararon desde un coche. A día de hoy, nadie sabe aún quién mató al negrata: si fue otra víctima de la cacareada guerra entre Costa Este y Costa Oeste, si fueron los esbirros de Suge Knight, capo de su discográfica, o la secta de los Illuminati, a la que el rapero atacó en varias canciones.

Sea como sea, 2Pac se convirtió en uno de los cadáveres más rentables de la historia de la música moderna: Forbes lo incluyó en su lista de «celebridades muertas más ricas del mundo», en 2008 había generado quince millones de dólares y, amén de reeditarse una y otra vez los seis discos que grabó en vida, se lanzaron siete trabajos póstumos, documentales, DVD, libros y todo tipo de merchandising.

La apoteosis llegó en 2012 en el festival de Coachella, cuando 2Pac «resucitó» en forma de holograma, para subirse al escenario e interpretar varios temas junto al rapero Snoop Dogg. Lejos de perjudicar su leyenda, tamaño delirio cyberpunk hizo crecer las dudas de los más conspiranoicos: ¿Y si, después de todo, 2Pac no murió en aquel tiroteo y sigue tan vivo como Elvis? ¿Y si tiene razón cierto poli retirado cuando jura que él ayudó al rapero a fingir su propia muerte? Paparruchas: si 2Pac aún viviera, Lil Wayne estaría currando en un McDonald’s.

Mariano José de Larra (escritor, se suicidó de un tiro en la cabeza a los veintisiete años)

«Su persona y su indumentaria son una respuesta a la zafiedad de los madrileños. La fría e insolente respuesta de un dandy». Francisco Umbral dio en el clavo cuando escribió estas palabras sobre Mariano José de Larra (Madrid, 1809 – Ibídem, 1837). Pero tras su imperturbable apariencia, Larra era un hombre frágil y enamoradizo. Tuvo sus primeros problemas con las mujeres en la adolescencia, cuando se enamoró de una amante de su padre que le doblaba la edad. El consiguiente cataclismo emocional hizo que un buen estudiante como él ni siquiera se presentara a los exámenes y acabara por abandonar los estudios.

Una vez curado el desamor, Larra se refugió en la escritura, publicando un cuaderno mensual titulado El duende satírico del día, donde diseccionó con saña las necias costumbres ajenas hasta que las autoridades le cerraron el chiringuito. Fue el principio de una corta pero fructífera carrera periodística que continuaría con el cuaderno El pobrecito hablador y su trabajo para diarios como El Español donde, bajo el seudónimo de Fígaro, publicó sus mejores artículos, mil veces recopilados y reeditados: joyas como «Vuelva usted mañana», «El casarse pronto y mal» o «El castellano viejo» son ya clásicos de nuestra literatura.

Larra se casó, tuvo tres hijos y se separó. Se metió en política y se hartó. Escribió para vivir y para sobrevivir. Pero la debilidad sentimental volvió a jugar en su contra cuando se encoñó con una mujer que no era la suya. La tormentosa relación y el devenir sociopolítico de España lo atormentaron hasta el punto de afectar a sus últimos artículos, que se pasan de castaño oscuro. En El día de difuntos (1936), por ejemplo, escribe: «Mi corazón no es más que otro sepulcro. ¿Qué dice? Leamos. ¿Quién ha muerto en él? ¡Espantoso letrero! “¡Aquí yace la esperanza!”»

La pérdida definitiva de su amante, que cortó con él para volver con su marido, fue la gota que colmó el vaso: Larra se pegó un tiro en la sien derecha. El cadáver fue encontrado por Adela, su hija de seis años.

En sus últimos ocho años de vida, Larra escribió doscientos artículos brillantes y atemporales. Digamos entonces que, al menos desde el punto de vista literario, podía morir tranquilo. La pistola con la que se suicidó se exhibe en el Museo Romántico de Madrid.

El Jaro (delincuente juvenil, asesinado de un escopetazo a los dieciséis años)

«He robado quince coches y he dado estirones yo mismo, porque yo siempre he querido ser libre», escribió José Joaquín Sánchez Frutos, el Jaro (Villatobas, Toledo, 1963 – Madrid, 1979) en un ejercicio de redacción del reformatorio donde estuvo preso. Pecó de modestia, puesto que su «obra», esto es, su historial delictivo, daría para rellenar una larga y jugosa novela negra. En su trepidante carrera criminal, el Jaro fue detenido por robos, atracos, lesiones, hurtos y consumo de drogas, y sus hazañas hicieron correr ríos de tinta en la prensa de la época.

Los comecocos tachaban al adolescente de psicópata amoral, mientras intentaban achacar sus fechorías a su origen humilde o al alcoholismo de su madre, olvidando que, como dijo el doctor Wilhem Reich, «el problema fundamental de una buena psicología no es saber por qué el hambriento roba sino, al contrario, por qué no roba».

Lo cierto es que, en menos que canta un gallo, aquel chaval pequeñito pero matón se convirtió en el líder de una gran banda, dirigiendo a decenas de delincuentes juveniles, algunos bastante mayores que él.

Pero la vida desaforada del Jaro no podía durar mucho. Un sábado noche de 1979, cuando estaba atracando a un hombre en un barrio madrileño, fue divisado desde una ventana por un amigo de la víctima que, ni corto ni perezoso, agarró una escopeta, bajó a la calle y mató al Jaro de un disparo.

Con su cadáver aún caliente, Eloy de la Iglesia dirigió el biopic Navajeros (1980), piedra fundacional del cine quinqui, un género que en los últimos tiempos vuelve a estar en boga, quizá por la necesidad de una auténtica rebelión de los pobres, de espaldas a los movimientos políticos y sociales. Como mártir de extrarradio, el Jaro podría ser el nuevo mesías que guíe desde la tumba a las furibundas hordas de jinchos, payos, gitanos, canis, yonis, chonis y pirris.