The I-Land: el Hindenburg de las series

Sigo con la boca abierta.

Los más antiguos del lugar recordarán quizá que en su día expresé mi total confusión ante el disco conjunto de Lou Reed y Metallica, Lulu. No suelo escribir para poner algo a parir, salvo que sea algo que en el fondo amo, o algo sobre lo que realmente disfruto despotricando, como George Lucas y Star Wars, o que me parece que tiene un trasfondo divertido, como la historia de Microsoft y los arrebatos psicóticos de su antiguo presidente Steve Ballmer. Contemplémoslos una vez más porque… por qué no:

Oh, cómo echo de menos a Steve Ballmer, el hombre que vaticinó que los teléfonos de pantalla táctil no tenían futuro. Pero me alegra, y lo digo con toda la tierna sinceridad de la que soy capaz, que todavía no haya fallecido de un infarto. Es un puñetero milagro. «Developers! Developers! Developers!».

Vayamos al tema de este artículo, que está muy en línea con los mencionados. En estos últimos tiempos, habrán leído quizá unos cuantos titulares sobre «la peor serie del 2019», «la peor serie en la historia de Netflix» o, aunque esto ya es mucho decir, «la peor serie de todos los tiempos». Bien, no puedo entrar en términos tan categóricos porque no he visto todas las series del 2019, mucho menos todas las de Netflix. Pero, si hay alguna peor y más caótica que esta, me gustaría saberlo; no se abstengan de mencionarla. Sí sé que es fácil decir que una serie es «la mejor del año» o «una de las mejores del año» porque, si hubiese otra tan buena o mejor, acabaría saliendo a la superficie. Los críticos están atentos a la calidad y nada les hace más feliz que encontrar una joya oculta para poder compartirla, por lo que una obra maestra nunca pasa desapercibida, salvo que provenga de algún país que tiene difícil exportar sus producciones. De las series malas, sin embargo, se habla mucho menos. Son relleno y como tal se las considera. No se les suele prestar atención. Pese a ello, The I-Land ha recibido un montón de atención. Y yo he acudido a ella como las moscas a la miel [metáfora apta para todos los públicos, N. del R.].

Hay series muy buenas, la minoría. Hay bastantes series mediocres y muchas malas. Esto es tan obvio como inevitable y natural. Si fuese fácil crear algo muy bueno, todo el mundo crearía cosas muy buenas todo el tiempo. Es normal que haya muchas series mediocres y el que se hable tanto de una serie mala me llama la atención porque suele deberse a dos motivos. Uno, que alguien escribe o habla sobre ella para despellejarla en términos que a veces pueden ser exagerados, y otros imitan ese despellejamiento, aunque esa serie o película no sea tan atroz como se da a entender.

El otro motivo puede ser que esa serie realmente escape de los parámetros habituales y deje boquiabiertos a los críticos. Así que la avalancha de comentarios despectivos o incrédulos que estaba recibiendo The I-Land por parte incluso de los más egregios y desapasionados comentaristas despertó mi curiosidad y, por decirlo de manera simple, he terminado viendo sus siete episodios para que ustedes no tengan que hacerlo. He sufrido, pero también me he reído y he experimentado un alucinógeno viaje a las simas de la ineptitud. ¿Por qué quiero yo también escribir sobre The I-Land? Pues porque es un artefacto poco común que me ha producido una constante sensación de total desconcierto no tanto sobre el argumento (que ya es confuso de por sí), sino por el propio proceso de producción.

Ojo, sé que en una serie, incluso en The I-Land, trabaja mucha gente de buena voluntad y no es mi intención menospreciarlos, pero es evidente que no había nadie al timón de esta debacle. Desde el guion hasta los aspectos técnicos, los motivos de pasmo son variados hasta lo desconcertante. El resultado final me ha fascinado porque no consigo entender por qué esto se ha estrenado en el estado en que se encuentra. En determinados momentos llega a parecer una serie escrita y realizada por una asociación de vecinos. Estoy acostumbrado a ver bodrios. Piensen que he visto más películas italo-franco-hispano-alemanas de romanos y zombis de las que se pueden contar con un ábaco, y que tengo una inclinación innata hacia la morralla d’auteur, por lo que (creo) estar blindado ante casi cualquier bodrio audiovisual. The I-Land es un bodrio. Pero va más allá de eso; es un objeto fuera de época, un oopart como la máquina de Anticitera o el penique de Maine. Ya no estamos en la fiebre del péplum de los años sesenta, ni en la del terror barato de los setenta, ni en la de los subproductos para VHS de los ochenta. Etapas maravillosas, desde luego, si uno las contempla con humor y nostalgia, pero que requieren paciencia porque contienen un montón de creaciones que, por cada escena hilarante o psicodélica, contiene otras muchas capaces de dejar en coma al Dalai Lama. The I-Land no pertenece a esas épocas; es una serie moderna estrenada en pleno 2019 por una plataforma importante y, aun así, contiene tantas facetas incomprensibles que uno se queda con la sensación de que, más que una serie mala, ha contemplado un experimento o, como se dice ahora, una «troleada».

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

La serie es muy aburrida durante casi todo su metraje, cabe aclarar esto, pero he de confesar que el conjunto me ha hipnotizado y me ha dejado con un montón de preguntas sin respuesta: ¿cómo ha pasado algo como esto los mínimos procesos de filtrado? ¿Quién coordinaba el proyecto y qué estaba haciendo mientras se suponía que debía poner las cosas en orden? Sí, consta como autor un tal Anthony Salter del que no existen otros créditos y que, sospecho, es un pseudónimo. Porque en los anuncios que Netflix hizo en su momento aparecía como showrunner Neil LaBute, quien ha firmado algunas cosas decentes en su carrera, pero también el inmortal despropósito The Wicker Man, protagonizado por Nicolas Cage y repleto de ya legendarias escenas («Not the bees!»). LaButte ha dirigido el primer episodio de The I-Land y ha escrito otros varios, así que yo diría que el fantasmal Anthony Salter le ha servido para deshacerse de la responsabilidad última del marrón, como cuando las películas que  amenazaban con terminar en desastre eran firmadas por una universal cabeza de turco, el inexistente Alan Smithee, ya que nadie quería tenerlas en su currículum. Anthony Salter, ¿quién eres? ¿Existes? ¿Adónde podemos enviarte solicitudes de entrevista? ¡Manifiéstate!

Por supuesto, para hablar de esta serie voy a hacer spoilers desde el principio. Créanme: no importa. De todos modos no la soportarían entera.

The I-Land es una serie de ciencia ficción cuya premisa recuerda a Lost: varias personas aparecen en una isla desierta, no recuerdan quiénes son y tampoco saben por qué están allí. Aparecen varios objetos y pistas dando a entender que no se ha tratado de un accidente, sino de algún tipo de plan deliberado. Con el paso de los episodios descubriremos que la isla es una simulación digital y que esas personas son presos condenados a muerte a quienes se introduce en la simulación para observar su comportamiento y decidir si están rehabilitados. La simulación forma parte de un novedoso programa tecnológico desarrollado por una prisión de Texas. Hasta aquí, sobre el papel, todo normal. Con esta idea se puede hacer una serie buena o una mala. Lo que supongo nadie preveía era que se pudiera hacer algo como esto.

Vayamos con el primer episodio, que me hubiese aburrido mucho de no ser por el constante pasmo que me producían los desconcertantes diálogos y las interpretaciones más propias de verbena rural (si alguien va a defender las verbenas rurales, supongo que las habrá buenas, pero hace poco estuve viendo una que me hizo retroceder sesenta años en el tiempo). Es como si un alumno de secundaria hubiese escrito un guion en vez de atender en clase de matemáticas y alguien se lo hubiese robado del pupitre y lo hubiese filmado tal cual. Así que en vez de dormirme, que hubiera debido ser el resultado lógico, me pasé todo el episodio sumido en el más absoluto desconcierto. Por no hablar del argumento en sí. Por ejemplo: si usted despierta en una isla y no sabe quién es ni por qué está ahí, buscaría cualquier tipo de pista, ¿no? Y se interesaría por lo que parecen mensajes crípticos. Pues la mayoría de los personajes desdeñan las pistas como si a ellos mismos no les importasen un reverendo carajo los misterios que plantea la trama. Se van a bañarse y tomar el sol. Se pelean entre ellos por estupideces. Una de ellas encuentra un libro sobre una isla, en el que podrían estar las claves, ¡y lo tira! Es igual que ver La isla de los famosos o como demonios se llame. Y eso no es todo. Está la imagen. Deduzco que durante la posproducción alguien se dejó el programa de edición de imagen al alcance de un niño de preescolar que estuvo toqueteando los controles de brillo, color y saturación. Eso sí, se han preocupado de grabar algunos bonitos planos de atardeceres y cosas así, que en algunos casos han quedado realmente bien y los usan, ¡durante medio segundo!

El segundo episodio fue el más duro de contemplar porque ya había pasado el elemento sorpresa, pero seguía la sensación de estar viendo una obra de teatro de algún instituto pijo. Un episodio inane que estuvo a punto de hacerme abandonar. Recurrí a un par de cafés e intenté, sin mucho éxito, no distraerme buscando formas de países en el gotelé de la pared. Pero me alegro de no haber abandonado porque llegó el tercer episodio. Y el tercer episodio, amigos, es lo más parecido que hoy puede verse a una producción de Cannon Films. Hablo de serie B en estado puro. Por momentos esperaba ver aparecer a Cameron Mitchell gritándole a un cocotero (hubiese sido fantástico) o a Sylvia Kristel tomando el sol en topless (tampoco me hubiese quejado).

Para que se hagan una idea: la protagonista de The I-Land es una reclusa que en ese tercer episodio abandona la simulación digital y descubre que no está en una isla, sino en una cárcel. Resulta que tiene formación militar y sabe artes marciales, así que es capaz de moler a hostias a cualquier grupo de cuatro o cinco guardias de la prisión. Cosa que hace en varias ocasiones. Pues bien, ¡no la esposan ni una sola vez! Solo en una escena le ponen un collar atado a una cuerda bastante larga y floja, pero ¡sigue sin estar esposada! Así que el collar no le impide volver a darles una somanta de palos a los guardias. Cada vez que la veía aparecer sin esposar tenía que comprobar que no estuviese viendo una producción de GolanGlobus. Para colmo, después de que la protagonista haya ofrecido todas estas muestras de peligrosidad, la intentan trasladar en un camión, ¡todavía sin esposar y acompañada de un único guardia! Por supuesto, atiza al guardia y se escapa del camión, aunque después la vuelven a detener porque se entretiene deambulando por las instalaciones. Todo esto en un único episodio. Con el clímax hilarante de que, cuando es devuelta a la simulación en el episodio siguiente, ¡sus compañeros de la isla sí le atan las manos!

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

¿Captan ustedes algún tipo de lógica en todo esto? Ninguna. Pues el tercer episodio es así, todo él. Una delicia, al menos para mí. Las escenas psicodélicas se suceden casi sin descanso. Otro ejemplo: la protagonista es llevada ante un comité de evaluación y, bueno, lo del comité hace que el parlamento español parezca la Academia de Atenas. Los miembros del comité, ignorando el hecho de que tienen delante a una reclusa a la que se supone tienen que evaluar o informar o lo que sea, discuten entre ellos por chorradas, como si se debieran dinero unos a otros. Aunque creo que mi mayor carcajada se produjo cuando uno de ellos comienza su discurso, y esto es literal, con estas palabras:

—Soy sociólogo.

En serio, casi escupo el café en la pared. Para mi completa felicidad, en una escena posterior sale una mujer cuyo diálogo con la protagonista se inicia también así: «Soy psiquiatra». En serio, es como algo escrito por un niño, o como algo salido de una recopilación titulada Las mil y una peores frases para ligar. Te acercas a una chica y, sin decir ni hola, sueltas: «Soy sociólogo». Así es el guion de esta serie. Literalmente. No estoy exagerando. Por desgracia, el primoroso surrealismo cannónico del tercer episodio se limita a ese tercer episodio. A partir del cuarto, los niveles de divertimento y surrealismo vuelven a desplomarse. Se nos empieza a contar las vidas pasadas de los personajes y, aunque todo sigue siendo igual de cutre, el drama de marca blanca se apodera del argumento. Lo que estaba prometiendo explotar como un éxtasis de estupiciencia-ficción de serie B, algo que me estaba haciendo frotar las manos con feliz anticipación, se transforma en un telefilme de sobremesa dominical. Me costó atravesar la espesa selva melodramática de esos episodios.

Y entonces llegó el último capítulo. Mi mandíbula volvió a desplomarse, aunque por motivos distintos. Ya en la primera escena, los diálogos suenan como en un cortometraje hecho por aficionados para YouTube. Las voces se oyen con reverberación, como grabadas con un micrófono barato puesto en algún rincón de la habitación (en algún artículo americano he leído una deliciosa metáfora: «Parece grabado dentro de una lata de atún»). Esto se repite varias veces durante el episodio, dando la sensación de que alguien en la producción dijo «¡A la mierda! ¡Acabemos con esto y busquemos otro trabajo!», decidiendo, ante la vista del desastre generalizado, finalizar la serie de la manera más rápida y barata posible. Asombroso. Porque en el resto de la serie el sonido era perfectamente normal, lo que cabría esperar en una producción profesional. Y de repente te encuentras ese sonido ambiente, como en la filmación de un cumpleaños. Que me aspen si lo entiendo. La única explicación lógica que se me ocurre es que a esas alturas ningún responsable de la serie tenía ya interés alguno por el resultado. Nada de pagar horas extras para arreglar el sonido: así está y así se queda. Es que ni se molestaron en comprobarlo durante el rodaje, lo cual no era tan difícil: solo se necesitaban unos cascos. Quizá la productora vio lo que ya estaba rodado y decidió que los técnicos de sonido harían mejor papel en cualquier otro rodaje.

Aunque he padecido viendo la mayoría de los episodios, me alegra poder decirles que los titulares y comentarios que lean o escuchen no son tan exagerados. The I-Land es un interrogante rojo impreso en la inmaculada etiqueta de «la edad dorada de las series». Eso sí, no puedo prometer, y no prometo, que se vayan a entretener con esta debacle. Alguien ha comparado The I-Land con The Room de Tommy Wiseau, pero no se lleven a engaño, no tiene nada que ver. The Room es legítimamente divertida y no importa cuántas veces la hayas visto. Es un clásico que nunca pasará de moda. The I-Land, por el contrario, es básicamente insufrible (excepto ese apoteósico tercer episodio que solo divierte plenamente si uno es tan masoquista que ya ha sufrido los dos anteriores).

Si se sienten valientes, pueden probar con los tres primeros episodios, pero no lo interpreten esto como una recomendación. Háganlo bajo su propia responsabilidad y únicamente si se saben capaces de disfrutar con el simple hecho de sentirse anonadados ante la visión de un tren descarrilando a cinco kilómetros por hora. De lo contrario, van a dormirse a los diez minutos. Yo sí he aguantado los siete capítulos —Dios santo, cada vez estoy peor de lo mío— y lo único que puedo decir con sinceridad es que pocas veces en los últimos años he visto algo parecido. Quizá a John Travolta interpretando (o intentando interpretar) a John Gotti.

Queden advertidos, pues, de que The I-Land es solo para auténticos conneiseurs de la morralla. Para forenses de la incompetencia. Si lo que pretende es pasar un buen rato sin más, aléjese lo más posible de esta serie. Lo más posible. Es aburrida hasta lo comatoso. Pero si usted es un trastorn… un aficionado a las debacles como yo, si disfruta diseccionando cada frase mal escrita y mal interpretada, cada giro estúpido e inexplicable del guion, cada periodo de gratuito tedio, cada alucinógena variación en imagen y sonido, y si encuentra usted irresistible el que alguien empiece a hablar diciendo «Soy sociólogo», equípese para la aventura —algo de picar y mucho, mucho café— y transite por las mortecinas aguas de los dos primeros capítulos para conseguir llegar al tercero. Que después se ciscará usted en mis muelas, pero eh, habrá vivido una dolorosa experiencia más.

Lo que no mata, curte.

The I-Land (2019). Imagen: Netflix / Nomadic Pictures.

PD: Señor Anthony Salter, sea usted quien sea, no escuche lo que dice la gente. Son envidiosos y maledicentes. Haga otra serie. Nadie más querrá verla, pero ahí estaré yo, que soy gilip… abierto de mente, con el bol de palomitas y la ilusión de un niño que ha alquilado por primera vez el VHS de El justiciero de la noche.

PD2: No soy sociólogo, pero eh, quizá la frase triunfe entre las gráciles damas de mi club de la tercera edad.


Días felices en coros y danzas

La chinoise, 1967. Fotografía: Anouchka Films / Les Productions de la Guéville / Athos Films / Parc Films / Simar Films.

Este texto forma parte de Cada mesa, un Vietnam, un volumen sobre el oficio del periodismo editado por Enric González para Jot Down Books. 

Por delante los errores, tantos. De hecho, a partir de aquí ya puede no leerse este texto y pasarse al siguiente: ¿quién se va a fiar de las opiniones de alguien que ha metido tan grandiosamente la pata, que ha valorado tan mal? Advertidos quedan.

«Tengo una escritora novel en la editorial, por si quieres venirte y comemos». La que llamaba era la editora de, entonces, Emecé, luego Salamandra, Sigrid Kraus. «Te gustará, ha escrito unas novelas muy bonitas sobre un niño que acude a un colegio de magos». Pues no tengo trabajo yo para perder el tiempo con un ama de casa inglesa que escribe cuentos de magia infantiles como manera de pasar el rato. Ella era, claro, J. K. Rowling. Hoy en día una entrevista con la autora de Harry Potter, que no las concede, es un sueño para cualquier medio. Otra llamada, unos años después. El dramaturgo José Sanchis Sinisterra: «Está conmigo en Barcelona Harold Pinter, ¿te vienes a tomar un café con él? La buena conversación está garantizada». Me viene mal, Pepe, otra vez será.

Pinter ganaba ese mismo año el Nobel, y luego moría. ¡Qué artículo habría yo hecho!: «Último café con el Nobel», o así. Una vez Fellini y Giulietta Masina me propusieron ir a tomar una copa con ellos tras una rueda de prensa en la que yo me había mostrado insólitamente perspicaz (señalando la influencia de Jung en las películas del maestro): no fui, ¡tenía que cerrar el diario! También tuve la oportunidad, aunque esto en parte entra ya en la crónica de lo personal, de salir de paseo por Barcelona con la actriz Valérie Kaprisky, en su momento de mayor sazón, no solo artística; pero me corté.

Quizá de todo es lo que más lamento.

Podría seguir indefinidamente, y no sería una mala pieza la suma de las equivocaciones garrafales y fallos de juicio a lo largo de más de treinta años de carrera. Tiene mucho de ejemplar. Cómo no se debe proceder. Entrevistas e historias no hechas o desaprovechadas, malogradas (y ya no hablo de los malos titulares, los textos inanes o manidos). La vez que estuve a solas con Richard Gere, el mano a mano con Karl Popper, la ocasión de susurrarle en la oreja a Raquel Welch (y luego contarlo). ¡Debí hacerlo mejor! Y arropar a Sylvia Kristel, madura Emmanuelle, en aquella rueda de prensa lamentable cuando otros medios la desnudaron literalmente.

Pero voy a intentar ser positivo. También he hecho algunas cosas bien.

Aproveché mucho, por ejemplo, la entrevista, en su castillo, con el hombre que ayudó a ponerle una bomba a Hitler: lo mejor no fue lo del atentado, sino la forma en que me explicó cómo Hitler comía, sus malos modales de mesa. Ese asco instintivo, de clase, del viejo oficial aristócrata por el advenedizo cabo proletario. Otras veces me ha favorecido la fortuna: a ver si no es eso pasarte por El Alamein y coincidir por casualidad con una jornada de reconstrucción histórica y encontrarte el lugar lleno de figurantes disfrazados de combatientes del Afrika Korps, italianos o aliados. O estar tan presente durante la exhumación del piloto estrellado en el Prat en un Messerschmitt BF-109 que yo mismo desenterré el calcetín con el pie dentro. O llegar a Luxor para una cosa y que descubran una tumba casi a tus pies.

Volviendo al hombre de la banda de la bomba (es fácil ver aquí la influencia que he tenido del nuevo periodismo) o a ese matarife de periodistas poco preparados que era Popper: he conocido personalmente —y les he entrevistado— a gente que no debería haber perdido ni un minuto en compañía de alguien como yo. Es una de las ventajas del periodismo. Te da acceso a gente realmente grande. Luego hay que sacarles partido, jugo, claro. E incluso sobrevivir: la grandeza de algunos individuos de la cultura y su falta de caridad cristiana con la estulticia pueden ser terribles. Pina Bausch me abroncó una vez por buscarle las cosquillas, y lo hizo también el enorme Peter Brook. Un día quiso la suerte en cambio que me tocara entrevistar con apenas horas de diferencia a dos de mis escritores favoritos, J. G. Ballard y Michel Tournier: una verdadera sobredosis de felicidad, porque ambos resultaron magistrales como creadores y como personas; y luego tuve que escribirlo. ¿Por cuál empezaba?

¿Quién me ha impresionado más? ¿Wilfred Thesiger, el explorador que cruzó el peor desierto de Arabia en camello y vestido de beduino? ¿Paddy Leigh Fermor, ese escritor tan conmovedor de libros de viajes que durante la II Guerra Mundial secuestró a punta de pistola y disfrazado de soldado alemán al comandante nazi de Creta? ¿El superviviente del avión de los Andes frente al que me comí un filete? ¿Angelina Jolie?

Posiblemente Jan Morris, también escritora de viajes como Thesiger y Paddy pero que, con sus arrolladoras personalidad e inteligencia, acabó con muchos de mis prejuicios un día en su casa de Gales. Morris es transexual, lo que de manera políticamente correcta se denomina una persona con reasignación de género. Fue oficial de lanceros de la Reina, miembro, como periodista oficial, de la expedición que conquistó por primera vez el Everest, corresponsal e historiador de mérito; pero no se encontraba a gusto en su cuerpo de hombre y cortó por lo sano (¡!) en uno de los primeros viajes quirúrgicos a Casablanca. Sin embargo, continuó viviendo con su mujer (sigue haciéndolo). Una historia maravillosa de humanidad y amor. Sintetizada por la imagen de dos camisones sobre la cama de matrimonio, una novela romántica y un libro de guerra encima de las almohadas. A veces tiemblas cuando tienes historias así. Que parecen contarse solas.

Afrontar una buena historia es de los grandes retos de esta profesión. El terreno donde las posibilidades de meter la pata y no estar a la altura se multiplican. Lo primero que tienes que vencer en esas circunstancias es tu propia insignificancia.

El periodismo cultural ha sido considerado mucho tiempo como un género menor. La maría —así llamábamos a las asignaturas blandas— de las secciones de los diarios y los demás medios. Es célebre el aserto de que más vale media columna en Internacional que una página en Cultura. Qué cosa. En la redacción de El País en Barcelona compartíamos espacio en una planta subterránea (ofertas) con Deportes. Ramon Besa, jefe de esa sección, decía que éramos «coros y danzas». En Cultura, por cierto, con el añorado Agustí Fancelli, solíamos empezar el día al grito al unísono de «¡Good morning, Vietnam!» —y valga la cita visto el título de este libro—. A menudo cuando en las reuniones llega el turno de explicar los temas de cultura, los presentes miran conspicuamente sus relojes y móviles. Solemos servir de relleno en las portadas o de anécdota. Como si el diario quisiera proclamar por un día: mirad qué sensibles somos.

Pero, antes de reflexionar sobre cómo se hace esto del periodismo cultural, ahí va una profesión de fe: no quisiera estar en ninguna otra sección —de hecho, lo he evitado cuidadosamente durante treinta años—. No debería decirlo tan abiertamente —siempre es peligroso en este mundo del periodismo declararse satisfecho y, sí, feliz—, pero pienso que me ha tocado la lotería. Es como disfrutar de una beca. Cualquier tema cultural te enriquece como persona, indiscutiblemente. A veces me pregunto qué han sacado como bagaje personal compañeros de otras secciones —i. e. política—, qué les ha enriquecido de sus vidas profesionales. En cultura aumentas exponencialmente tus conocimientos y creces intelectualmente cada día (por poco que no seas un inútil o un vago, que también los hay). Son conocimientos objetivamente contables, aunque habrá quien me diga que lo son asimismo el índice Nikkei, los nombres de los asesores de Trump o la alineación del Borussia. Es cierto, es una tautología (y una tontería) pensar que el periodismo cultural te hace más culto. Como aquello de Woody Allen de que el ajedrez es un juego que desarrolla extraordinariamente la inteligencia, para jugar al ajedrez.  

Pero ¿no es un goce que te paguen por aprender de historia, literatura, arte, por leer, por ir al cine, al teatro o a ver exposiciones, o por conversar con gente tan interesante? Lo dicho, a bien que se piense, una bicoca. Y además no has de llevar corbata y puedes vestir la mayor parte del tiempo como un miembro de La Fura dels Baus.

Pero, bueno, ese goce del que hablo hay que ordenarlo, darle una forma de manera que pueda ser comunicado a otros y resulte inteligible. Hay que contar la cosa. No basta con disfrutar —aunque es una condición yo diría sine qua non en el periodismo cultural, probablemente como en el deportivo—: hay que currárselo luego, a veces con una inmediatez que corta el goce como cortan la digestión las prisas.

Un primer asunto es cómo conseguir la información cultural. Recuerdo que cuando empecé a trabajar en El País, que fue mi primer empleo periodístico (y hasta el momento el único), me atormentaba no saber cómo llegaban las noticias. Era como desconocer de dónde venían los niños. Así de verde estaba yo después de cinco años de estudiar Periodismo en la Universidad Autónoma de Barcelona —con un receso de un año a cuenta del Ministerio de Defensa, un tiempo que me cuesta calificar de bien aprovechado dado que me obligaron a dar un golpe de Estado—. Aquí he de brindar una buena noticia: no que fracasara el golpe de Tejero, que es cosa sabida (y que yo sobreviviera), sino que el material de cultura, a diferencia de en otras secciones, llega solo. Por supuesto, hay excepciones: la cultura también tiene sus líos, sus secretos y sus scoops. Y hay que salir a buscar. Pero existe un torrente de información principal en la que lo único que tienes que hacer es sentarte a pescar.

Y es que en el mundo de la cultura todo el mundo quiere que le hagas algo. Es como si ofrecieras sexo gratis. El autor quiere que leas su libro, el bailarín, que hables de su coreografía, el artista, que anuncies su exposición, el director de cine y el de teatro, y los actores, que les hagas caso. En esa tesitura en la que todo quisque te persigue, resulta fundamental escoger. Y ahí es donde a menudo vas y te equivocas.

¿Por qué hablas de un espectáculo, un libro, una exposición, y no de otro? En parte es un ejercicio lógico: eliges lo que parece más importante, relevante, popular. Se puede seguir la tendencia general: si todo el mundo habla de ello será importante, digo yo. Pero el olfato, un pelín de ganas de llevar la contraria y cultivar un gusto son fundamentales para no acabar haciendo una información cultural estandarizada.

Y, ¿dónde está el secreto para hacer eso? La formación continuada. El periodista cultural es un tipo que no libra nunca, no está jamás de vacaciones —es la otra cara de estar siempre disfrutando—. Cualquier cosa que hagas en tu ocio forma parte de tu trabajo. En estos tiempos en que la gastronomía y la moda han entrado en nuestras páginas, todavía más. Es que trabajas hasta cuando te comes un bistec. Si ves una serie o una película (aunque sea porno), lees un libro, visitas una exposición, asistes a una representación o concierto, incluso si llevas a tus hijos o a un sobrinito a los títeres o los payasos, estás trabajando. Y debes estarlo: no puedes perder comba.

No existen los periodistas culturales sin libros. Leer —y cuanto más, mejor— es una de las felices obligaciones del asunto. Sin los libros no hay nada. Añádanse las películas, las obras de teatro, los conciertos. Pero sobre todo los libros. La lectura marca la diferencia.

Hay que tener una cultura generalista lo más amplia posible —y que no pare de crecer—, pero dentro de eso es esencial cultivar gustos propios. Un consejo al aspirante a periodista cultural: aférrate a lo que amas, a lo que te apasiona. Saca petróleo de ahí. Sea lo que sea; el cómic, la música clásica, la historia medieval, Egipto, los clásicos, la novela policiaca, los videojuegos, el mimo o la ciencia ficción.

Saber todo lo posible y ambicionar saber más. La curiosidad es indispensable. Lo es en toda clase de periodismo, por supuesto, y en la vida en general, pero en el cultural adquiere dimensiones que rozan la extravagancia. Tu campo es todo el conjunto del saber humano y su arte. Es difícil, si no imposible, separar el periodismo cultural del científico: ¿dónde está el corte en terrenos y materias como la arqueología, la antropología, la paleontología? ¿Se puede ignorar la historia de la ciencia en el ámbito de la cultura?

Y llegamos al meollo. ¿Cómo trasladar toda esa suma de conocimiento desde su producción hasta el lector al que nos dirigimos? Hacer periodismo es tomar decisiones. Adoptar una perspectiva. Seleccionar el material. Escoger las palabras. No creo en la objetividad en el periodismo cultural. En la mayoría de los casos no solo no es necesaria, sino que resulta perjudicial. La transmisión de contenidos culturales solo puede hacerse bien desde el entusiasmo, la pasión. ¿Cómo se es objetivo con un libro?, ¿diciendo cuántas páginas tiene? En el momento en que explicas de qué trata ya estás aportando indefectiblemente una carga de subjetividad (incluso aunque copies la contraportada, porque ese proceso ya lo ha hecho el que la escribió). Es lo mismo en una exposición o espectáculo. No hay que tener miedo a dar opiniones en el periodismo de cultura. Estás buscando comunicar algo cuya esencia es la emotividad. Pues a la piscina.

Hay que ser claros, claro. Escribes —si lo haces en un medio generalista— tanto para el especialista como para el profano. ¿Cómo se sale de eso en dos folios y medio?

Deglutiendo bien, procesando, siendo generoso con el tema o el sujeto y a la vez con el lector. Investigando lo que no sabes, contextualizando, aprendiendo a la vez que explicas. Ordenando el material de forma que el lector no escape. Me gusta emplear la metáfora del pajarillo que utiliza el maestro de esgrima de Scaramouche sobre la forma de empuñar la espada: sujétalo de forma que no vuele y escape pero que tampoco lo estrangules. Ofrécele a tu lector las cosas bien sintetizadas, facilítaselas, pero nunca lo subestimes. Es un pecado que tiende a no perdonar.

Dos elementos me parecen indispensables, cuando se puede. El sentido del humor, bien dosificado y siempre fino. Tiende puentes maravillosos con el lector. Se agradece mucho la autoironía. Esa manera de ponerte en tu sitio que impide que lo tenga que hacer el otro. También tengo comprobado que se aprecia la paradoja. Y guiar al lector por los mismos caminos de curiosidad que has recorrido tú.

Ya he dicho antes que la emoción es indispensable en la cultura. Y en el periodismo cultural. Hay que aprovechar los elementos emotivos que ofrece el material, pero también podemos añadirlos nosotros. Basta con tener el sentido de la sensibilidad (¡y válgame Jane Austen!) abierto. Si algo te provoca una sensación profunda, aprovéchalo. Pero cuidado con lo fácil, el lector también odia la sensiblería. Dale en cambio en tu texto un par de momentos capaces de erizarle el vello, de emocionarle, y considerará que leerte ha valido la pena. Persigue la belleza y el asombro en todo lo que escribas, aunque sea menor, y aunque sea solo un poquito.  

Y llegamos a la escritura. Nada de eso puede hacerse sin escribir bien, que no es un don sino un aprendizaje. Algo que, de nuevo, radica esencialmente en la lectura. No hay atajos. Cada día debes tratar de hacerlo mejor. Dominar lo que es —con la curiosidad— la base de tu oficio. No hay atajos, digo, pero sí un par de secretos, o consejos. Lee mucha poesía. Ayuda, además de a cultivar la sensibilidad, a descubrir nuevos valores de las palabras, a aventurarte en caminos de expresión distintos, que sorprenderán al lector como te sorprendieron a ti. Y no dejes nunca de aumentar tu conocimiento de la lengua. Ten el diccionario de la RAE a mano y no ceses jamás de recorrerlo, de arriba abajo, como un explorador en busca de regiones nuevas.

Luego está la práctica del oficio. Por supuesto, cuida la repetición de palabras. Nada estropea tanto un texto, salvo las faltas de ortografía. Busca la excelencia cada vez, en todas las formas y distancias que cultives. Como dijo ese maestro que es Andreu Missé, «lo bueno es enemigo de lo mejor». Vigila los titulares que son la vía de acceso a tu texto: no los retuerzas para conseguir un efecto, pero no los sueltes hasta que te cautiven a ti mismo. Recuerda no marcharte de una entrevista jamás sin saber qué frase vas a poner de titular. Ni entregar o poner en página un reportaje sin estar convencido del suyo.

El periodismo cultural permite ser muy creativo con los titulares. Para mí fue definitiva la lección de libertad que me enseñó Santiago Segurola el tiempo que se ocupó de Cultura, cuando un reportaje sobre la historia del Cutty Sark podía titularse «La bruja de los vientos exóticos». He puesto algunos de los que no me arrepiento, aunque no mis favoritos: «Las inundaciones arrastran cocodrilos devoradores de hombres a las calles de Sidney», «Marine recibe medalla por arrojarse sobre una granada» y «El hombre de hielo murió de frío».

Pero quedan infinitas historias que contar y ya daremos con alguna que valga mucho la pena.


Sylvia Kristel, Emmanuelle por suerte o por desgracia

Sylvia Kristel en La marge, de Walerian Borowczyk,1976. Imagen: Robert et Raymond Hakim / Paris Film Productions.

Cuando toco oro se convierte en polvo. (Sylvia Kristel)

Una tasación de semovientes. Eso han parecido siempre todas las noticias sobre la actriz Sylvia Kristel en la prensa española. Daba igual si era La Vanguardia en los noventa —«a sus cuarenta y un años, es una señora de buen ver»—, o El Mundo en 2007 —«conserva el pelo corto y los ojos clarísimos, a imagen y semejanza del mito masturbatorio, pero su aspecto orondo, ajado y sobrio la confunden con una catequista, con una matrona anónima o con una vecina jubilada del barrio»—. Sea cual fuera el sentido, siempre se ha atendido a sus características físicas porque nunca, ni el público ni los productores, supieron verla como algo más. No en vano, en ninguna de las tres películas de la saga Emmanuelle que protagonizó dejaron de doblar las frases que tenía que decir.

Su peripecia vital, convertirse en el máximo icono sexual mundial casi de casualidad, como por accidente, siendo durante años una especie de intrusa en el mundo del cine, ahora podría resultar anecdótica, divertida. Un puntazo. Pero si leemos sus memorias, de reiterativo título, Desnuda, hay pocas carcajadas que dar. Sylvia Kristel no tardó en pagar la fama con drogadicción y alcoholismo, fue estafada hasta la ruina e insultada en no pocas ocasiones, hasta que enferma de dos cánceres abandonó el mundo de los vivos.

Es posible que en este punto quien me lea, si es joven, se pregunte: «Vale ¿pero quién era esta tía?»; es posible que me lean personas que no tuvieron grabada Emmanuelle en una cinta escondida discretamente en la estantería. Hasta habrá gente por ahí cuyos padres ni siquiera hayan vivido sus momentos con alguna de las entregas de la saga y que el título de la misma les suene a Linux. El potencial sexual de estas películas quedó obsoleto en pocos años, en cuanto el porno saltó de los cines al VHS y la gente ya no necesitó música evocadora y un guion de más de diez folios para envolver lo que realmente quería ver a solas en su casa: penetraciones hasta que sangren los oídos.

Hagamos pues algo de contexto. Emmanuelle fue la primera película erótica para el gran público. Hasta ese momento, 1974, había habido escenas, pero no un argumento basado exclusivamente en el sexo accesible para todo el mundo. El único antecedente era El último tango en París, rodada dos años antes, pero que le resultaba soporífera a la mayoría de los espectadores. En Emmanuelle no hubo filosofía ni búsqueda en las profundidades del yo como en la cinta de Bertolucci. Se fue a saco a por lo importante, el sexo por el sexo, y su éxito fue descomunal. Una chavala holandesa que estaba empezando como modelo y había trabajado en alguna película erótica en su país se convirtió, de la noche a la mañana, en la mujer más deseada del mundo. Desde entonces, su vida fue un descenso a los infiernos. Pero empecemos por el principio, porque Emmanuelle no fue el primer escándalo de Sylvia Kristel.

Nació en un hotel, en Utrech, lo regentaban sus padres. Con nueve años tuvo una experiencia traumática que la marcaría de por vida. Uno de los empleados, tío Hans le llamaba, junto a un cliente, la ató de manos y la puso encima de una mesa. Mientras lamía su cara del cuello hasta la sien, apareció su tía y sorprendió a los dos sujetos en plena violación de la menor. El elemento fue despedido en el acto.

Hans era de alguna manera el encargado de educar a Sylvia en aquel hotel. Comía con ella, la obligaba a acabarse las verduras y la tenía siempre rondando. En una ocasión, Sylvia le vio enrollándose con otro hombre. Se conoce que Hans era un caballero muy fogoso, del tipo del que en excursión campestre muy bien podríamos haber sorprendido violando a un burro. Fue de algún modo su tutor porque sus padres no tenían tiempo para nada. En realidad, eso sí que definió su carácter, la ausencia de sus padres. Era una familia fría, que siempre estaba trabajando, y nadie reparó afectuosamente ni en ella ni en sus hermanos. ¿La historia de siempre? Más o menos, pero no. Había más.

Su tía era maniacodepresiva, también trabajaba en el hotel. Y su abuela fue una mujer calvinista hasta el extremo de reprenderla por egocéntrica y narcisista cuando se la encontraba poniendo caras delante del espejo, la única afición que desarrolló de niña en ese entorno. Encima, esos padres, además de distantes, tenían un problema con el alcohol. El que bebían ellos y el que daban a sus hijos en la cuna a cucharadas. Coñac, para que se durmieran y no dieran por saco. Al menos su padre cuando estaba borracho se dedicaba a hacer reír a los críos. Tenía buen beber. «Era mi payaso«, dijo Sylvia, recordando su niñez junto a ese hombre, medio sordo por un accidente de caza y en permanente estado de ebriedad.

El resto del tiempo, cuando no estaban bebiendo, se lo dedicaban todo al curro. «Eché de menos a mis padres cuando todavía estaban vivos». Quizá por eso el segundo escándalo que protagonizó Sylvia fue cuando una vecina la soreprendió bailando desnuda por las habitaciones vacías del hotel. La señora que la pilló vino a comunicárselo indignada a su madre, que en un instante vio hacerse añicos su reputación en el vecindario. Un dramón para la época y el país.

Aunque, pese al pánico al qué dirán, sus padres hablaban de sexo con ella con naturalidad. Especialmente cuando estaban borrachos. Un día, completamente ebria, su madre le confesó que no le gustaba el sexo con penetración. Que su marido, cuando venía oliendo mal de cazar, borracho, y se metía en la cama con intención de consumar el matrimonio, a ella lo que le daba era asco.

Estas declaraciones no eran plato de buen gusto para una niña, pero Sylvia pudo refugiarse de esta familia disfuncional con la primera televisión que entró en el hotel, de cuya pantalla fue muy difícil despegarla en lo sucesivo. Como teleadicta, el poco caso que le habían hecho de cría, se lo devolvió a sus padres en la edad del pavo. Se convirtió en una chica vaga e indolente. Eso dejó escrito.

Twenty-year-old Dutch actress and model Sylvia Kristel, who was tonight crowned Miss TV Europe 1973, sits on one of her prizes - a Mercedes 350SL sports car - after her election at ATV's Elstree Studios.
Sylvia Kristel, con 20 años, la noche que fue coronada Miss TV Europe, 1973. Fotografía: Cordon Press.

Así que, como respuesta a su insolencia, la ingresaron en un colegio interno de monjas. Por las costumbres de su casa, Sylvia nada más entrar por la puerta le pidió a las novicias un poco de coñac para poder dormirse. Las religiosas, en su lugar, le recomendaron que rezase. No le fue mal con las hermanas a Sylvia, por raro que pudiera parecer, hasta que recibió la noticia de divorcio de sus padres. Primero se lo contó su madre por carta, que su padre tenía una amante. Luego, él mismo reunió a los hijos, se lo anunció a todos y les presentó a su madrastra. Sylvia pensó, según dijo en su libro: «A esta sí que le debe de gustar la penetración».

Mi madre no disfrutaba del grande y duro pene de mi padre. No era por su cuerpo robusto, por su lacerante olor o por lo que pesaba cuando le tenía encima estrujando sus curvas. Mi madre quería bailar. Dar vueltas grácilmente. Lo que no quería era que la agitasen.

Con estas alforjas psicológicas fue a la universidad y salió de ella tarifando. En la calle empezaron a silbarle los hombres a su paso, se vino arriba de algún modo y, en una serie de enfrentamientos que tuvo con su madre, la acusó de que si le hubiera dado mejor sexo a su padre, él aún permanecería a su lado. Sí, era otra odiosa adolescente.

Fueron cayendo también los novios. Primero Bernard, con el que se besó por primera vez. Y luego Jan, guapísmo, propietario de un Alfa Romeo, con el que empezó a salir en la época en la que descubrió el baile, como su madre, e ingresó en una academia. Los duros para pagarla venían de que fue primero camarera y, después, secretaria.

El jefe, por supuesto, intentó tirársela, pero ella lo rechazó. Por esas fechas, en una fiesta, la descubrió Jacques Charrier, exmarido de Brigitte Bardot. La invitó a París prometiéndole el oro y el moro, pero con idénticas intenciones que su jefe y el mismo éxito. Pasó de él y entonces el gentleman le dijo que cuando aprendiera francés volviera a la ciudad del amor a ver si caía algo. El mundo del espectáculo es así. Por suerte, consiguió ir haciendo trabajos como modelo en su país sin necesidad de acostarse con nadie. En este curro como maniquí le fue muy bien, aunque Kees, el peluquero que trabajaba con ella, le robó a Jan, su novio. Sorpresa. «Los perdí a los dos», se lamentó. Entendió que había hombres diferentes en una sola lección. Instantánea.

Sin novio, se presentó a un concurso de belleza y ganó. Fue siendo conocida en Holanda, salía en la prensa, y trabajó en su primera película Because of the Cats, un thriller erótico. El film se iniciaba con una sádica violación, muy al gusto de la época. Tras el espantoso asesinato de Sharon Tate, esposa de Polanski, por Charles Manson y su pandilla execrable, ese tipo de escena se convirtió en recurrente en el cine más barato. Aunque el papel de Sylvia en esa cinta iba de lo contrario, hacía el amor en el mar con un chaval al que luego ahogaban un grupo de mujeres en una emboscada mortal. Ese argumento y planteamiento daban para escándalo, lo que más cotizaba en los setenta, pero la censura le metió mano y quedó como obra menor, por llamarlo de alguna manera.

No obstante, Sylvia siguió con su ascenso. Ganó un concurso de belleza internacional en Londres, conoció al hombre de su vida, el escritor Hugo Claus, veintitrés años mayor, y fue elegida para protagonizar una película francesa. Emmanuelle, se titulaba. Iba a ser la adaptación de la presunta autobiografía de Emmanuelle Arsan, un libro prohibido en la Francia de los cincuenta por su alto contenido erótico, o pornográfico, que circulaba clandestinamente. Hugo le dijo a Sylvia que no dudase en aceptar el papel, que el libro estaba muy bien, que en su día recibió muy buenas críticas y elogios, incluso de André Breton, nada menos.

La coprotagonista era Marika Green. Dijo Sylvia en sus memorias que esta actriz pertenecía al «cine underground», pero más bien venía de la televisión tras haber debutado en el celuloide con Pickpocket, de Robert Bresson, maravilla calificada por el programa Días de cine de la época de Antonio Gasset como una de las diez mejores películas del siglo XX.

Durante el rodaje en Tailandia estuvieron a punto de ser detenidos todos por escándalo público. Hubo que sobornar a un príncipe, acabar la película atropelladamente y salir huyendo del país. El resultado estuvo a la altura. Emmanuelle es una película carente de sentido. Una inocente Sylvia Kristel se iba iniciando en el sexo libertino, entre cóctel y cóctel, propio de los franceses expatriados en el sudeste asiático. Lo que comienza con unas escenas lésbicas jugando al squash, acaba en un supuesto clímax sexual en el que Emmanuelle es llevada a meterse opio a un fumadero donde la violan entre varios, para acto seguido irse a presenciar un combate de boxeo y ofrecerse al ganador a cuatro patas en mitad del ring con un púgil que se cobra el trofeo sin dudarlo frente un público que observa atentamente con mirada bovina. En fin, una comedia más disparatada que Aterriza como puedas que por lo visto dio para más de una paja.

Sin embargo, los productores tuvieron la osadía de venderla como un ejemplo de la liberación de la mujer de aquel tiempo tan moderno. Ninguna feminista mínimamente seria vio en la película tal cosa. Más bien entendieron que era una fantasía sexual masculina personificada en la delicada Sylvia. Todo lo contrario. La única nota discordante con este discurso tan evidente en nuestras latitudes la dieron en Japón. La actriz contó en sus memorias que allí las mujeres, en el cine, se ponían de pie para aplaudir la escena en la que Emmanuelle se colocaba encima de su marido haciendo el amor. Aquello allí supuso una liberación. Pues nada: Japón, liberado. Enhorabuena.

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Emmanuelle, 1974. Imagen: Trinacra Films / Orphée Productions.

Dos factores influyeron en el éxito del film. La muerte del presidente de la República Francesa, Georges Pompidou. Por lo visto, en su mandato, con su religiosa mujer, la película nunca habría sido clasificada para todos los públicos, pero el nuevo equipo entrante de Gobierno de Valéry Giscard d’Estaing quiso darse una pátina de modernidad no censurándola. El efecto fue inmediato. Desde el primer día los cines se llenaron.

¿Por qué? Por lo que podríamos describir como un fenómeno viral de aquellos tiempos. Con El último tango en París, la gente acudió en masa al cine, aunque se aburriera como una ostra, por la escena en la que les habían comentado previamente en la calle o sus amigos que Marlon Brando se untaba mantequilla en el nacle y penetraba analmente a una chavala de veinte años. Imaginen ahora ustedes las escenas de Emmanuelle anteriormente descritas cómo circularían en el boca oreja. Según la teoría del rumor, exageradas, exaltadas en sus aspectos más morbosos hasta la hilaridad —más, si cabe— convirtiendo automáticamente en tonto a todo aquel que no la hubiera visto.

Y en segundo lugar, el film se convirtió en leyenda gracias a la civilización más legendaria de Europa: ¡España! Los españolitos, con el Invicto Caudillo prácticamente derrotado ya en las garras del Parkinson y otros tantos hechos biológicos, acudieron en masa a ver la película a los cines franceses fronterizos de Perpiñán y Biarritz. Las salas estaban llenas a rebosar en cada sesión y en ellas solo se escuchaba la lengua de Cervantes en la mejor versión del Dúo Sacapuntas. El efecto «españoles» fue una publicidad añadida para Emmanuelle que, tras varios meses en cartel, volvió a experimentar otro descomunal aumento de la recaudación cuando fueron apareciendo en los periódicos las odiseas y viajes que se metían nuestros compatriotas para verla en Francia. Se vendieron tres millones de entradas solo en París.

Se dice que la película cambió los hábitos sexuales de una generación. Sería por la inclusión de posturas incómodas. Ese vicio contemporáneo de follar a disgusto pero estéticamente puede que comenzase con esta película, quién sabe. Una de las escenas, de las más recordadas, era en la que Emmanuelle se lo montaba en el baño de un avión. A Sylvia Kristel se la recordaron cada vez que se subía a uno. Llegó a un punto en el que evitaba a toda costa entrar en el WC de uno de estos viajes, aunque la travesía fuese larga. Lo contó el gran Enrique Herreros, publicista de productoras de cine estadounidenses en España, que también fue testigo de cómo en Japón en un restaurante la hicieron llorar los de la mesa de al lado recordándole, otra vez, momentos de la película. Todo el mundo y en todas partes se creía con derecho a confundir actriz y personaje.

En las miles de entrevistas que dio, la Kristel siempre tuvo que repetirle a los periodistas que su vida sexual no era como en el film y ponía el ejemplo de John Wayne: «¿Iba él luego por la calle disparando a los indios?». No le sirvió de nada. En España, en el programa de TVE Dos por Dos, estuvo a punto de levantarse de la mesa y largarse por las invectivas de Mercedes Milá. Años después, antes de acudir al programa de Ángel Casas, en la rueda de prensa que ofreció a los medios locales, la primera pregunta fue: «¿Lleva usted ropa interior?». Y después otro periodista dijo: «¿Se considera un payaso con tetas?». Qué alto pusimos el listón.

Ella se defendía como podía cada vez que se encontraba con estas especies de muchedumbre agitando antorchas y herramientas de labranza con pase de prensa: «Sé que he dado una imagen sexual, pero es mejor tener una imagen sexual que no tener ninguna», se vio obligada a sentenciar. Le tenía que encantar España. Cuando vino al Festival de Cine de Sevilla, en 1980, contó el ABC que en la habitación del hotel se encontró con que le habían metido en la cama una rata muerta con un letrero clavado que decía: «Márchate de aquí, so golfa».

Graciosamente, cuando luego rodó Emmanuelle 2, la antivirgen, estrenada en 1978, en Francia la etiquetaron, ahora sí, como pornográfica, pero en España no. Tras el óbito del caudillo, apareció como clasificada «S», una marca que nunca se supo a ciencia cierta qué quería decir, si «sensibilidad» o «sexo», y que al final actuaba más como reclamo que como reparo. En ese mismo año se inició la época del destape en la piel de toro y los españoles acudieron de nuevo en masa a ver esa segunda entrega de Emmanuel, pero esta vez en el cine de su barrio.

En cambio, la noticia estuvo en que no solo fueron a verla españoles, sacudiéndose en la butaca del cine los años de nacionalcatolicismo con los que habían sido machacados durante décadas, sino que también vinieron a nuestros cines los muy libres y educados ciudadanos franceses. Ahora la frontera se cruzada en dirección sur para eludir la censura, lo cual sirvió al productor de la saga para afirmar solemnemente que no solo había liberado a la mujer con Emmanuelle, ¡también había convertido al personaje en un símbolo de la democracia! Sí, esa democracia era la nuestra, la española, la del 78. Pueden hacer todos los chistes que quieran con analogías sexuales.

Para esta segunda parte el dinero era japonés. Una inversión segura. La película ya estaba vendida a todas las distribuidoras antes de filmarse. Solo había que rodarla a toda prisa. Y así salió, otro despropósito, peor que la primera, pero con grandes raciones de más de lo mismo. Sylvia Kristel volvió a salir doblada, lo cual la decepcionó enormemente. Y de las prisas y por las malas condiciones de rodaje, cogió un virus en un ojo en el que nunca volvió a recuperar la visión del todo. Se quedó medio tuerta. Encima, meses después, Hugo, con el que había tenido un hijo, la abandonó. Necesitaba su espacio, se excusaba, pero el niño se lo colocó a ella. El poeta y escritor no era enemigo de los estereotipos y el crío, cuando era pequeño, no le gustaba. Mostró interés pasados varios años, explicó Sylvia en Desnuda. Único como literato, banal y predecible como persona. Otro más.

Entretanto, la actriz se aficionó seriamente al alcohol. En un anuncio televisivo de café que tuvo que hacer para una marca japonesa, pidió que le rellenaran la taza con ron añejo para no aburrirse repitiendo las tomas una y otra vez. Más ameno fue el idilio que tuvo con el director del spot, Roger Vadim, exmarido de Jane Fonda y director de Barbarella, pero con el que no aprendió cómo se las gastaba la gente en según qué niveles aunque lo tuviera delante de sus ojos. A Sylvia le extrañaba que este hombre nunca tuviese un duro, hasta que descubrió que era un ludópata. Pero era su forma de vida, le disculpó despreciando el peligro.

Ian McShane y Sylvia Kristel llegan en Heathrow para comenzar un rodaje. Fotografía: Cordon Press.
Ian McShane y Sylvia Kristel en Heathrow para comenzar un rodaje. Fotografía: Cordon Press.

Tras Une femme fidèle, con Varin, rodó Immoral Tales, a las órdenes de Walerian Borowczyk. En su contrato observó los precios de su desnudo. Se dijo, literalmente: «¡Mi cuerpo tiene un valor de mercado fluctuante!». Aprovechó entonces para exigir Don Perignon ilimitado en cada película. Las ingestas de bebercio comenzaron a ser monumentales y ella, lejos de avergonzarse, ideó el truqui de llevar siempre consigo una buena cantidad de pastillas mentoladas para disimular el aliento.

Una cosa debió de llevar a la otra y, según confesó, se iba tirando a medio equipo de rodaje en cada película. Aprovechó y presumió de esa época de liberación sexual antes de la llegada del sida lo mejor que pudo. Es de las pocas medallas que se cuelga en sus memorias. Eso sí, sus películas no tuvieron éxito ninguno. Y seguía saliendo doblada. Al menos, cuando hizo The Fifth Musketeer con el director Ken Annakin, el de La batalla de las Ardenas, se llevó una alegría al ver que su personaje era una infanta española. «Por fin pude llevar falda larga», se choteó.

Entre el plantel de estrellas de esta película, con Ursula Andrews y Beau Bridges, se encontraba el gran Ian McShanne, y digo gran porque se ganó ese título interpretando a Al Swearengen en la maravillosa serie de HBO Deadwood. No obstante, en aquella época, a juzgar por los recuerdos de Sylvia, como persona dejaba un poco que desear, aunque ella sintió amor a primera vista y su romance fue rodado.

Tras sucumbir a sus encantos, luego se percató no muy sutilmente de lo mucho que aguantaba ese hombre de fiesta. Días y días seguidos. Un día le preguntó que cómo lo hacía, él se echó a reír y le contestó, me lo imagino como en un anuncio de televisión: «Pues con farlopa, naturalmente». Desde entonces ella le acompañó en ese pacto con el diablo de la diversión y al poco tiempo se ponía, como él, hasta las cartolas. Incluso se embarcaron, contó, en una especie de competición a ver quién aguantaba más días bebiendo y drogándose.

Los cambios de humor no tardaron en llegar y a Ian le dio por humillarla insultándola hasta hacerla llorar. «Como actriz, no sabes ni hablar y caminar al mismo tiempo», fue lo más delicado que le escupió. Pero no le importó mucho a la actriz, se fueron a vivir a Los Ángeles y continuaron con sus aficiones.

Rodó la última parte de la trilogía inicial de Emmanuelle en las Seychelles, ya le daba igual si la doblaban o no, y al llegar se encontró con que un periódico holandés había publicado que de niña la violó su padre. Vemos en la hemeroteca de El País que el periodista fue condenado, pero cotejando con las memorias, igual el plumilla no fue tan malintencionado: ella reconoce que estaba completamente borracha mientras hacía la entrevista y contó lo de Hans en el hotel de su padre. A saber que entendió el reportero entre llantos, sollozos y copazos.

Llegó un momento en que los excesos eran de tal envergadura que tuvo que enviar a su hijo a Europa para que mejor lo criara su abuela. Encima se quedó de nuevo embarazada, pero en una bronca con Ian se cayó por las escaleras y perdió el bebé. El disgusto la llevó a hacerse la ligadura de trompas. Esterilizada.

Al rescate de su carrera salió la maravillosa productora Cannon de Menahem Golan y Yoran Goblus. Private Lessons, sobre cómo una mujer madura seduce a un adolescente, recaudó cincuenta millones en Estados Unidos. No se sabe si una cifra así se puede calificar como buena o como mala noticia para alguien adicta a la cocaína. Un día, encerrada en casa poniéndose, pensó que se había colado en su chalé Clint Eastwood para raptarla. Vestida solo con un tutú y completamente enfarlopada, salió a pedir ayuda a los vecinos. Tras escuchar la historia pacientemente, el hombre que vivía enfrente llamó a la policía de forma muy cabal y los agentes, al ir a buscar a Clint Eastwood a su jardín, se encontraron con diez gramos de cocaína esparcidos en el tocador. Se libró porque le dijeron que les daba pena, que hiciera el favor de tirar la coca por el váter y entonces ellos harían la vista gorda. Este detalle, sumado a que su contable le anunció que estaba arruinada y también a que el médico le dijera que tenía el hígado de una persona cirrótica que va a morir en pocos meses, fue lo que la gente que está atravesando una etapa de cierta inestabilidad en su vida denomina «señales». Había que cambiar.

Pero todavía se casó en Las Vegas con el millonario Alan Turner, que la abandonó a las dos horas de luna de miel en una suite con camareros vestidos de centuriones romanos, y luego volvería a desposar con Phillip Bolt, un aspirante a director de cine que había avalado un préstamo millonario con los pocos bienes que le quedaban a ella. Lo terminó perdiendo todo, estafada por ese sujeto, pero bueno, al final encontró a Freddy De Vree, un hombre decente, y el Anatabuse, un medicamento que te hace vomitar en el acto si das un sorbo de alcohol. Así se enderezó mínimamente.

Nunca se había apañado en Los Ángeles por detalles como que se negaba a conducir, al tratarse de una diva que debía tener chófer, y se aburrió como una ostra en la ciudad californiana donde al vehículo le llaman pies. Además, en los saraos, a los que las estrellas hollywoodienses acudían casual, en vaqueros, ella iba con vestidos largos de noche al estilo europeo de fiestorro monegasco y parecía, en el fondo, un pulpo en un garaje por mucho glamur del continente que creyera estar desprendiendo. Encima, de regreso a Europa no le fue mucho mejor. Invitada al jurado del Festival de Cine de Marsella, escuchó decir entre bambalinas: «¿Qué cojones hace Emmanuelle aquí si ni siquiera es una actriz?».

Murió su padre de un infarto y a su madre le diagnosticaron demencia senil, falleció poco después. En 2001, el médico le dio la espantosa noticia a Sylvia de que tenía cáncer de garganta. En 2004, por un dolor en la espalda, descubrió también que tenía cáncer de pulmón. Ese mismo año murió Freddy, su última pareja, de un ataque al corazón.

Trescientos millones de personas vieron Emmanuelle. Hubo más de ochenta secuelas. Se estima que recaudó cinco mil millones de dólares. Como marca, llegó a competir con Coca-Cola. Sylvia Kristel nunca cobró regalías por su participación. Tampoco guardó un recuerdo dorado de la experiencia: «Será un problema psicológico, pero al cabo de quince minutos de proyección de cualquiera de los tres Emmanuelle que protagonicé, me duermo indefectiblemente». Murió con sesenta años de edad en 2012. «Nunca he pertenecido a nadie, ni a mí misma, y me arrepiento». Esas fueron sus últimas líneas. ¿Y nosotros? pues también jugos gástricos perfumados con aroma mentolado. Nada mucho mejor.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al malditismo #JD17

Rene la canne de FrancisGirod avec Sylvia Kristel 1977
René la canne, 1977. Imagen: Président Films / Rizzoli Film.


Mitos del cine erótico de los 70, ¿qué fue de ellas?

Veronica3
Los años 70 conformaron la década de la gran explosión del cine erótico. Pero, ¿qué fue de aquellas actrices? Algunas, pocas, consiguieron establecerse dentro de la industria cinematográfica convencional y seguir gozando de fama una vez hubo pasado el boom. Algunas encontraron refugio en la televisión. Sin embargo, muchas otras desaparecieron en el anonimato; las hubo que murieron tempranamente de forma trágica —accidentes, sobredosis, enfermedades— e incluso hubo algún suicidio misterioso que despertó muchas suspicacias en torno a la supuesta implicación de las más altas esferas del estado (y sí, me refiero al estado español). Así que, en ocasiones, la historia posterior de estas sex symbols setenteras fue más cinematográfica que sus propias películas.

Para otro momento dejaremos las etiquetas, ya que los límites entre porno duro —hardcore—, porno blando —softcore— y erotismo dramatizado no siempre estaban bien definidos. De hecho, a los productores no les importaba la opinión de los críticos respecto al género donde los encuadrasen; prestaban atención más bien a la calificación que (dependiendo del país) les diesen las autoridades a sus films: “para mayores de 18” o “clasificada S” no era lo mismo que  “clasificada X”, lo cual condenaba a las películas al circuito más minoritario de las salas pornográficas. Así que en una época donde el vídeo casero todavía no era de uso común, se produjo un aluvión de películas que intentaban llegar todo lo lejos posible a la hora de mostrar escenas de contenido sexual, aunque intentando evitar la calificación de cine pornográfico. Así, estos filmes eróticos rara vez mostraban sexo explícito, lo cual les permitía ser estrenados en salas convencionales donde podían atraer a unas mayores audiencias. Este fenómeno llevaba produciéndose al menos desde los años 50, donde en Estados Unidos se estrenaban “documentales” sobre el estilo de vida nudista y demás triquiñuelas para burlar las calificaciones censoras. Pero sería sobre todo el enorme éxito internacional de Emmanuelle lo que propició una explosión del género erótico también en Europa. Países como Italia, Francia o Alemania exportaron una buena cantidad de largometrajes “S”. España, por cierto, fue uno de los mayores productores de este tipo de cine, si bien algo así fue posible solo después de la muerte de Francisco Franco, quien —pese al revisionismo que en los últimos tiempos se cultiva en determinados ámbitos sobre su figura— no fue el feliz amiguito de las libertades individuales ni el entusiasta adalid de la modernidad que podríamos llegar a creer.

La explosión del cine sexy europeo y estadounidense supuso la creación de un star system paralelo formado por un buen número de actrices que, en algunos casos y pese a la naturaleza más supuestamente underground del cine erótico, llegaron a rivalizar en popularidad con las estrellas del cine convencional. Por lo general, no obstante, estas actrices se limitaron a disfrutar de un fugaz momento de popularidad y desaparecieron rápidamente en la penumbra del olvido, siendo sus nombres conocidos hoy únicamente por estudiosos y aficionados al erotismo vintage. Cierto es que en su época este tipo de cine podía parecer vulgar —y casi siempre lo era, para qué engañarnos— pero el paso del tiempo le confiere a todo una pátina de encanto añejo, y el cine erótico setentero ha terminado siendo objeto de atención estética y coleccionismo nostálgico de una forma similar a la de aquellas postales con pin-ups de los años 40 y 50.

Hagamos pues un pequeño repaso a algunas de aquellas sex symbols, incluyendo varias de nuestro país (como ya hemos dicho, una importante fábrica exportadora de cine erótico, aunque no incluiremos todas las especializadas en el “destape”, que darían para otra lista igualmente larga) y veamos por qué alcanzaron notoriedad y qué sucedió más tarde con ellas. Por cierto, en sus historias hay finales para todos los gustos: felices, trágicos, oscuros, enigmáticos…

Sylvia Kristel

Sylvia Kristel 1
La actriz holandesa, fallecida recientemente, fue sin lugar a dudas la gran estrella del cine erótico a nivel mundial. En realidad empezó su carrera como modelo a los 17 años, pero fue a los 21 cuando pudo dar el gran salto. Ganó un importante concurso de belleza televisivo, Miss TV Europa, lo cual dio su rostro a conocer ante la gente del cine haciendo que de inmediato la reclamasen desde Francia para aprovechar su aura de candidez, ideal para encarnar al personaje de una mujer joven que descubría el sexo casual, el lesbianismo, etc. Así protagonizó Emmanuelle, un film bastante flojo —con ciertas ínfulas artísticas, eso sí, aunque bastante risibles hoy en día— que obtuvo un descomunal éxito al mostrar secuencias bastante atrevidas para un film no estrictamente pornográfico, que estaban además presentadas con una escenografía elegante. El bombazo comercial de Emmanuelle hizo de Sylvia Kristel un icono erótico internacional, pero su particular belleza y la inmensa fama no le sirvieron para establecerse como estrella en el cine convencional. Desorientada por el repentino éxito, terminó cayendo en una espiral de excesos; es más, en mitad de un periodo de drogadicción llegó a ceder su porcentaje de derechos sobre la película Emmanuelle, algo que le supuso perder una verdadera fortuna. Después siguió trabajando en cine, aunque en películas menos importantes. Eso sí, no dejó de ser un icono cultural bastante recordado y lo cierto es que nunca llegó a ser olvidada. Tuvo una vida personal y sentimental bastante agitada (años después supimos por ella que había sufrido abusos sexuales siendo una niña, lo cual lógicamente le había dejado importantes secuelas) y finalmente murió de cáncer a los 60 años, tras haber ejercido como fumadora empedernida prácticamente desde la infancia.

Corinne Cléry

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La respuesta francesa a Sylvia Kristel. Corinne Cléry ya había realizado pequeños papeles en cine y se había dejado ver posando desnuda en revistas eróticas cuando los productores cinematográficos se fijaron en ella —tal vez porque poseía un tipo físico muy similar al de Kristel— y la ficharon para rodar Historia de O, una película que consiguió proseguir la senda de éxito de Emmanuelle. Convertida también en una celebridad internacional, llegó a aparecer en una entrega de la saga James Bond. Después de aquello, sin embargo, su estrella se fue apagando y su carrera quedó limitada a films de bastante menor entidad.

Ornella Muti

Ornella Muti 1

Una de las actrices que mejor sobrevivió a la explosión del cine erótico, si bien es cierto que ya desde principios de su carrera se había dedicado también al cine convencional. De hecho, su debut se produjo en La moglie più bella, protagonizando a la temprana edad de 14 años un drama basado en una historia real. No obstante, su exótico atractivo mestizo (tenía sangre mediterránea por la rama paterna y eslava por la materna) pronto hizo que la reclamasen desde un cine más atrevido. Muy poco después apareció también en su primera película de tintes eróticos, Il sole nella pelle. Convertida en la gran “Lolita” del cine europeo, siguió filmando filmes de erotismo suave durante toda su adolescencia y antes de cumplir la veintena ya había protagonizado unos cuantos títulos tanto en su Italia natal como en España (donde trabajó a las órdenes de Pedro Masó). Prácticamente todas esas películas se dedicaban a explotar su belleza adolescente de un modo u otro, aunque en algunos casos no había un componente erótico predominante. Quizá el hecho de combinar trabajos en todo tipo de filmes le permitió sobrevivir a la explosión del género y labrar una larga carrera en el cine convencional italiano y europeo, con participaciones ocasionales en superproducciones (como aquella horterísima Flash Gordon en donde su magnética presencia era de las pocas cosas salvables). Hablamos de una de las mujeres más bellas que hayan aparecido jamás en una pantalla de cine, así que su físico condicionó su carrera en muchos aspectos. Con todo, supo sortear el encasillamiento y convertirse en una actriz respetada por la industria.

Laura Gemser

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Actriz holandesa de origen indonesio, fue la encargada de sustituir a su compatriota Sylvia Kristel cuando esta decidió dejar atrás la exitosa serie Emmanuelle después de los dos primeros títulos. De hecho, consiguió el papel gracias a un masaje corporal que le daba a la propia Kristel en Emmanuelle II, el cual se convirtió en la secuencia más recordada de la secuela. Pese a la difícil papeleta de tomar el relevo de una de las mayores sex symbols de su tiempo, Laura Gemser alcanzó bastante popularidad ayudada por el tirón de la marca. A lo largo de los años encabezó seis nuevas películas de la saga, a cada cual más inverosímil, además de un cierto número de trabajos —en su mayor parte también de género erótico— durante los años 70 y 80. Con el tiempo, su nombre fue cayendo en el olvido.

Laly Espinet

Laly Espinet

Esta catalana autodefinida como “barriobajera” fue dependienta de una tienda de lencería hasta los 20 años, cuando decidió contestar al anuncio de un periódico en el que buscaban actrices para el reparto de un film “S”. Tras adoptar el sobrenombre de Andrea Albani (bastante más exótico que su nombre real, Eulalia Espinet) y teñirse de rubio, participó en algunos de los filmes softcore más taquilleros jamás producidos en España, caso del taquillazo La caliente niña Julieta, en unos años en que nuestro país exportaba bastante material de este tipo al resto de Europa. Muy solicitada a causa de su morboso aspecto de perfecta “chica de la puerta de al lado” (para mi gusto, una de las actrices más atractivas del panorama nacional) se convirtió en una estrella dentro del género. Terminó dando el previsible salto al cine convencional, ya con su apellido verdadero y con su color de cabello castaño, participando en Agítese antes de usarla, comedia de los por entonces popularísimos Pajares y Esteso, así como en las dos películas de la saga El Pico. Desgraciadamente, desarrolló una adicción a la heroína que terminó muy tempranamente con su carrera y con su vida. Murió en 1990, antes de cumplir los 30 años, a causa de las complicaciones provocadas por el SIDA.

Gloria Guida

Gloria Guida 1

En un principio, el destino de esta italiana parecía dirigirse hacia la canción ligera. Empezó a labrarse una carrera discográfica desde muy joven y con solamente 18 años se presentó al Festival de San Remo. Extraordinariamente guapa y poseedora de un cuerpo envidiable, parecía tener todas las papeletas para el estrellato. Sin embargo, al año siguiente ganó un concurso de belleza hizo que abandonase su prometedora carrera como cantante, abriéndole las puertas del cine. Durante los 70 protagonizó un enorme número de filmes —casi todos ellos eróticos— en Italia, convirtiéndose en uno de los rostros más recurrentes en las pantallas de aquel país y de otros lugares de Europa. Su carrera cinematográfica posterior, sin embargo, fue en rápido retroceso conforme la aparición del vídeo provocaba un auge de la pornografía y un descenso de la producción de cine erótico.

Dyanne Thorne

Dyanne Thorne

Esta actriz estadounidense empezó trabajando como stripper en Las Vegas y posando en revistas para adultos. Había participado ya en varios films de sexploitation”(e incluso tuvo un pequeño papel en la serie Star Trek) cuando alcanzó la celebridad encarnando a Ilsa, una cruel carcelera nazi, en unas películas que se dedicaban a sacarle jugo a los juegos sadomasoquistas lésbicos (el primer film fue Ilsa, la loba de las SS). Su rostro de duras facciones —por momentos casi masculinas—, combinado con sus voluminosos pechos, la convirtieron en la representación típica de la dominatrix sádica. Las películas de la serie Ilsa o sus imitaciones fueron volviéndose progresivamente más absurdas (el español Jesús Franco dirigió alguna de ellas) y el producto terminó agotándose, con lo que la efímera popularidad de Dyanne Thorne se desvaneció. Más adelante se dedicó a estudiar asuntos religiosos (¿?) y montó una empresa dedicada a organizar bodas en Las Vegas,¡oficiadas por ella misma! Ya lo saben, amigos lectores: tienen la oportunidad de casarse bajo los auspicios de la carcelera nazi más sanguinaria de la pantalla.

Christina Lindberg

Christina Lindberg 1

Aunque nunca llegó a alcanzar la popularidad multitudinaria de una Sylvia Kristel entre el público general, esta actriz sueca fue otra de las reinas del género. A los 18 años empezó trabajando como modelo para revistas eróticas, aunque pronto dio el salto al cine softcore. El contraste entre la candidez de su rostro y su cuerpo voluptuoso la convirtieron en una protagonista muy solicitada, llegando incluso a rodar para la industria cinematográfica del Japón. Debutó a los 21 años con Maid in Sweden, una película floja pero en la que mostraba generosamente sus encantos, lo cual la ayudó a convertirse en una estrella del género. Su película más recordada, no obstante, es la perturbadora (y a su manera bastante interesante) Thriller: a cruel picture, un film acerca de una chica convertida en esclava sexual que retorna para buscar venganza. Quentin Tarantino, que se declaró públicamente fan de este film, probablemente sacó más de una idea para Kill Bill. Thriller era una mezcla de acción sangrienta y erotismo que llegó a incluir algunos planos de sexo real, incluyendo penetraciones anales, aunque los planos más hardcore no fueron rodados por la propia Christina sino por una doble. Tras una breve pero intensa y exitosa etapa como actriz erótica en películas bastante olvidables (y también en bastantes sesiones fotográficas para revistas adultas), su vida dio un giro de 180 grados cuando comenzó a dedicarse al periodismo, profesión en la que sigue ejerciendo hoy día.

Edwige Fenech

Edwige Fenech

Otra de las reinas del erotismo europeo, esta actriz italiana con sangre anglosajona participó en un número ingente de películas “S”, amén de unas cuantas comedias con tintes pícaros y también bastantes thrillers de serie B. Su belleza de rasgos clásicos y su voluptuosidad la convirtieron en uno de los grandes iconos sexuales del cine europeo, pero su relevancia cinematográfica se extinguió con la llegada de los 80, pese a que quizá podría haber encajado en el cine convencional. Ella, no obstante, consiguió reconducir su carrera refugiándose en la televisión transalpina.

Katya Berger

Katya Berger

Conforme Ornella Muti abandonaba la adolescencia, esta actriz alemana llegó como intento de sucesora en el papel de “Lolita” oficial del cine europeo. Justo en el mismo año en que la película estadounidense Pretty Baby, dirigida por Louis Malle, escandalizaba al mundo entero mostrando desnuda a una Brooke Shields de tan solo 12 años de edad, Katya Berger —que contaba entonces con 14— aparecía también desnuda en la coproducción italo-hispana Piccole Labbra. Pese a que el film era bastante más truculento que el de Malle (de hecho resultaría inconcebible filmar algo así hoy en día), incomprensiblemente no desató un escándalo similar. Katya Berger apareció en pocos filmes durante su adolescencia, incluyendo un pequeño papel en una adaptación de la novela Tales of ordinary madness de Charles Bukowski, dirigida por el célebre Marco Ferreri. A los 18 años, ya más crecida, hubo un intento de relanzarla como sex symbol en la adaptación (bastante mediocre) de la novela Nana, de Emile Zola. Pese a ser su primer papel protagonista adulto en una película de cierto presupuesto, lo cierto es que no valía gran cosa como actriz y su carrera cinematográfica quedó prácticamente detenida en aquel mismo instante.

Theresa Ann Savoy

Theresa Ann Savoy

Huida de su hogar paterno en la Islas Británicas, Theresa Ann Savoy pasó su adolescencia viviendo en una comuna hippie de Italia hasta cumplir la mayoría de edad: fue entonces cuando apareció desnuda en una revista erótica, sesión fotográfica que llamó la atención de la industria del celuloide transalpina.  Theresa comenzó a actuar en diversos filmes, aunque su gran lanzamiento se produjo a los veintiún años con la película Salón Kitty, una de las más aprovechables del irregular Tinto Brass. Participó asimismo en la controvertida superproducción Calígula, también dirigida por Brass. Pese a la repercusión de estos filmes y pese al hecho de que no era exactamente una actriz nefasta, su carrera cinematográfica nunca llegó a despegar. Eso sí, continuó ejerciendo como actriz en la TV italiana.

Kristine DeBell

Kristine DeBell 1

Cuando la gente habla de Calígula como ejemplo de combinación entre cine pornográfico y cine convencional, suelen olvidar la existencia de un largometraje todavía más alucinógeno, me refiero a la psicodélica Alice in Wonderland, adaptación bastante sui generis de la novela de Lewis Carroll. La película combinaba secuencias musicales de lo más normal y comedia de andar por casa con escenas de sexo explícito, creando un engendro de difícil clasificación, ya que no era exactamente un film pornográfico al uso (de hecho, pese a contener sexo real filmado, yo no lo calificaría como tal). El film supuso un instante de fama para la modelo norteamericana Kristine De Bell, que a sus 22 años ya había sido portada de Playboy e incluso había posado para el reputado fotógrafo Helmut Newton. Durante el metraje de la película tan pronto la podíamos contemplar cantando canciones melódicas, como masturbándose —con todo lujo de detalles— y chupando pollas en primer plano (en este caso, sin dobles). Aunque labró su popularidad en un film tan extraño y polémico, supo aprovechar el momento y consiguió dar un improbable salto al ámbito más familiar de la ficción televisiva estadounidense, donde aún trabajó algunos años pese a haber aparecido realizando felaciones en pantalla, combinándolo además con pequeños papeles en el cine convencional.

Inma de Santis

Inma de Santis
En realidad, es un poco injusto incluir a esta actriz en semejante lista. Nacida como Inmaculada Santiago, cierto es que participó en la explosión del cine erótico con películas como Juegos de amor prohibido y que ello contribuyó a darle bastante popularidad, pero fue precisamente el temor a encasillarse en el género lo que le hizo alejarse voluntariamente de la gran pantalla. Había sido actriz desde pequeña en todo tipo de trabajos y pese a su juventud era una intérprete experimentada se había probado perfectamente en el drama convencional. Sin embargo, conforme fue creciendo y su atractivo se hizo más evidente (sin lugar a discusión poseía uno de los rostros más bonitos en toda la historia del cine español) la empezaron a reclamar para papeles más atrevidos, de los que estaban de moda por entonces. Cansada de que lo ofrecieran papeles destinados a mostrar carne a causa de su deslumbrante físico y siendo como era una mujer con bastante talento e inquietudes —quienes la conocían afirman que era extraordinariamente inteligente— dejó el cine y se refugió en la televisión, donde muchos la recordarán interpretando teatro e incluso ejerciendo como presentadora. Tenía la evidente intención de terminar desarrollando labores también detrás de las cámaras. Mostró serias aptitudes para el guión y la dirección, ganando incluso algunos premios como directora de cortometrajes. Sin embargo, un accidente de coche en el desierto del Sahara (su vehículo volcó cuando intentaba evitar atropellar a un animal) se llevó su vida por delante cuando contaba solamente 30 años y una muy prometedora evolución profesional por delante. Una verdadera pérdida.

Sandra Mozarowsky

Sandra Mozarowski

De madre española y padre ruso, esta actriz apenas había empezado a despuntar en la cinematografía nacional, labrándose una creciente fama cuando murió extrañamente a los 18 años después de caer por una ventana. Numerosos rumores rodearon su muerte: que si su piso estaba financiado por el Ministerio de Defensa, que si había sido asesinada para ocultar un romance —embarazo incluido— con una de las más altas personalidades del estado (la más alta, de hecho)… dichos rumores fueron después reactivados por voces como la de Andrew Morton o incluso Mario Conde. De belleza cautivadora, su breve paso por el cine erótico y las sesiones fotográficas quedó oscurecido por la truculenta trama de novela negra que pudo ocultarse tras su misteriosa desaparición, de la que resulta difícil decir cuánto hay de verdad o no. Hagan una búsqueda en Google al respecto, porque el tema es más que (desgraciadamente) interesante y —desde ya se lo digo— les va a sorprender sobremanera.

Verónica Miriel

Veronica Miriel

Para mí, otra de las mayores bellezas de la historia del cine español e incluso del cine mundial de la época (quien albergue dudas al respecto, puede verla al inicio de este trailer, es la chica del teléfono) que filmó unas cuantas películas eróticas e hizo también aparición en el cine convencional, tanto en España como en Italia. Su carrera parecía ir bastante bien pero un buen día, a principios de los 80, abandonó el cine por las buenas, retirándose a su Andalucía natal para dedicarse por entero a la pintura.

Marie Liljedahl

Marie Liljedahl

Esta actriz sueca debutó en el cine a los 17 años, tras haber sido descubierta por un director durante una actuación con la compañía de ballet a la que pertenecía. Filmó la película Inga, bastante atrevida para el cine de 1968, que despertó cierto revuelo y que la convirtió instantáneamente en un icono sexual internacional. Su repentina popularidad la llevó a aparecer en la revista Playboy más de una vez, aunque esa fama se desvaneció casi con la misma rapidez con la que había llegado, y Marie dejó el cine tras haber aparecido únicamente en un pequeño puñado de películas.

Jeane Manson

Jeane manson 1

Curiosa carrera la de esta estadounidense. Tras filmar en su país algunos filmes eróticos y softcore como The Young Nurses, se convirtió en “chica del mes” y póster central de la revista Playboy. Sin embargo, su mayor momento de popularidad llegó más adelante (y tuvo poco que ver con el cine), cuando se mudó a vivir a Europa y comenzó a grabar discos en Francia, llegando incluso a representar a Luxemburgo en el festival de Eurovisión.

Eva Lyberten

Eva Lyberten

Una de las actrices más conocidas del softcore español junto a Andrea Albani/Laly Espinet, con quien coincidió en el ahora “clásico” del porno blando La caliente niña Julieta. También adoptó un nombre artístico exótico dado que el suyo —Herminia Benito— no era demasiado glamouroso. También como Laly Espinet, llegó a tener cierto renombre entre los aficionados al género de allende nuestras fronteras. Su estrella también fue apagándose conforme amainó la fiebre del cine “S”.

Kitten Natividad

Kitten Natividad

Célebre por sus apariciones en películas del norteamericano Russ Meyer como Up! o Beneath the Valley of the Ultra-Vixens, la actriz mexicana había empezado a dedicarse profesionalmente al striptease antes de debutar en el celuloide. Tras alcanzar la popularidad trabajando para Meyer (con quien mantuvo una larga relación sentimental), durante años combinó las sesiones de fotografía y filmaciones eróticas de poco presupuesto con cameos generalmente anecdóticos en el cine convencional. Finalmente terminó introduciéndose —de forma bastante tardía, por cierto— en la industria pornográfica, al parecer motivada por necesidades económicas, algo que disgustó a no pocos fans de sus antiguas películas sexploitation. Con el transcurso de los años, aquellos primeros implantes de silicona que se había hecho en México (al parecer, bastante chapuceros ya que contenían un tipo de silicona industrial no apta para el uso médico) terminaron provocándole cáncer de mama, por lo que terminó sufriendo una doble mastectomía. No obstante se recuperó, aunque es sabido que su situación financiera ha continuado sin ser demasiado buena, en parte debido a la racanería del difunto Meyer.

Cynthia Myers

Cynthia Myers 1
Antes de ser actriz, Cynthia Myers ocupó la portada de Playboy con fotografías realizadas cuando era todavía menor de edad, aunque la revista no publicó aquellas imágenes hasta que hubo cumplido los 18. Aquellas fotografías la convirtieron en un icono sexual entre las tropas desplazadas a Vietnam, y posteriormente realizó más sesiones para la famosa revista. No obstante, obtuvo su mayor fama gracias su colaboración con Russ Meyer; podemos verla en el famoso film Beyond the valley of the dolls. Sin embargo, como sucedió con muchas otras actrices de la “factoría Meyer”, nunca consiguió dar el salto exitoso al cine convencional y su nombre fue únicamente mantenido en el recuerdo gracias al renacido culto que existe desde hace ya unos cuantos años a aquellas antiguas películas.

Annie Belle

Annie Belle

Actriz francesa fácilmente reconocible por el look usual en muchas de sus películas (cabello muy corto) que alcanzó bastante notoriedad durante los 70, participando incluso en la saga Emmanuelle. Tras unos años breves pero intensos en los que trabajó al menos en una treintena de largometrajes, se retiró repentinamente del cine para estudiar psicología a mediados de los ochenta. Después comenzó a trabajar con enfermos mentales, actividad en la que continúa envuelta a día de hoy.

Mireille Dargent

Mireille Dargent

Su paso por el cine erótico fue muy breve, siendo durante un tiempo una de las actrices favoritas del director francés Jean Rollin, especializado en filmes de terror con ribetes eróticos y para quien Mireille constituía un perfecto instrumento que combinaba belleza con un aura inquietante y sobrenatural. Apenas rodó un puñado de largometrajes antes de desaparecer completamente de escena, habiéndose dedicado al cine solamente durante unos cinco o seis años.

Roberta Pedon

Roberta Pedon 1
Actriz norteamericana que filmó algunas películas eróticas y bastantes cortometrajes softcore durante los años 70, aunque después permaneció olvidada durante bastante tiempo. De hecho, buena parte de su popularidad llegó muchos años más tarde, cuando —sobre todo gracias a Internet— se redescubrieron sus numerosísimas sesiones fotográficas para revistas eróticas (en las que casi siempre aparecía ataviada como una hippie), convirtiéndose en un objeto de culto y en una de las pin-ups más reconocibles de los años 70. Su vida estuvo completamente envuelta en el misterio, ya que de ser una de las modelos eróticas más solicitadas de su tiempo había pasado a desaparecer por completo sin explicación alguna. Se rumoreaba que podría haberse retirado del negocio al estilo Bettie Page, pero solo después se supo que en realidad había muerto de sobredosis en 1982, con solamente 28 años de edad. Sus películas son espantosamente malas pero tienen el atractivo de mostrar en movimiento a la que durante años fue uno de los sex symbols más enigmáticos del negocio.

Bueno, hasta aquí una primera tanda de nombres. Pueden añadirse bastantes más a la lista, pero lo dejaremos para una próxima parte.