Los hombres que odiaban las vaginas

Detalle de la cubierta de Obscenidad, de Rokudenashiko.

Cualquier cosa que venga de Japón, por estrafalaria y contradictoria que nos parezca, ha dejado de sorprendernos. Se ha convertido, como lo fueran los Estados Unidos el pasado siglo, en la «tierra del todo vale». En el país del sol naciente Occidente y Oriente chocan de formas inimaginables: por un lado se dice que los japoneses admiran el sistema capitalista y su gusto por el ocio, la cultura pop y la modernidad. Por el otro, que han llevado esto al extremo, lo han sobrepasado y han vuelto para contárnoslo.

Para unir Japón, penes, vaginas y cárceles vamos a tener que centrarnos en la figura de Megumi Igarashi (Shizouka, 1972) y su alter ego, Rokudenashiko (una palabra que significa algo así como «inútil»). Por sí misma, Igarashi es una artista plástica y autora manga que ha pasado su vida fascinada por la doble moral de su país. Lo que no sabía es que en 2014 sería encarcelada por su arte, que sería denominado «obsceno». De ahí que el manga autobiográfico que publica la editorial Astiberri en castellano se titule, precisamente, Obscenidad. La narración de estas páginas pone de relieve la misoginia y el doble rasero que la cultura japonesa tiene para con sus mujeres.

La definición oficial de «obsceno» nos dice que se trata de algo «ofensivo al pudor o la moral sexual» (Real Academia Española); esto por sí mismo podría aplicarse a la pornografía, ya sea explícita o no, y a cualquier cosa relacionada con el sexo que sea capaz de ofender la moralidad de alguien. Algo sencillo en estos tiempos. El problema viene cuando lo «ofensivo» del trabajo de esta artista es que expone los genitales femeninos como obras de arte. Tras una educación típica japonesa, la artista Rokudenashiko se dio cuenta del tabú que supone en Japón hablar de las partes íntimas femeninas, censurando palabras como manko, que viene a significar «chichi». Tal y como nos narra en las páginas de su manga Obscenidad, esta censura del lenguaje para algo que todas las mujeres tienen resultaba dolorosa. Y la mejor manera de combatir el dolor es con la belleza. Por eso Rokudenashiko centró sus esfuerzos en realizar obras de arte con forma de manko. Y tuvo lo peor que una persona que pone el dedo en alguna llaga moral o social puede tener: éxito.

A través de una campaña de financiación colectiva la artista creó una enorme barca con forma de manko y la utilizó en el agua, la compartió con sus mecenas y les dio a todos, como recompensa, un archivo digital de su vagina escaneada para que cada uno pudiera hacer objetos graciosos y artísticos con ello. Ese fue el principio del calvario. La artista fue encarcelada ese mismo año por «obscenidad» y difusión de pornografía. En Japón los genitales deben estar pixelados en todo momento en las películas pornográficas, y la divulgación de un archivo digital de una vagina escaneada puede llegar a considerarse difusión ilegal de pornografía. Tal y como narra de forma satírica en el cómic, la policía registró su casa, incautó todo el material artístico relacionado con su vagina y detuvo a la artista, encerrándola durante más de un mes en una prisión estatal.

Tratar de explicar lo que es el arte manko o cómo funciona una campaña de crowfunding a las autoridades fue otra odisea particular que se narra magníficamente en este manga. Todo lo demás es la historia de cómo uno de los países que más y más variada pornografía produce teme a sus vaginas.

En palabras de la autora, desde que comenzara con su curiosa labor artística recibió algunos comentarios de lo más negativos por parte de hombres conservadores, y comentarios sexuales de hombres que veían en ese tipo de arte la provocación de una adicta al sexo. Por otro lado, al momento de su detención se lanzó una campaña en change.org para pedir su liberación. ¿Qué le pasa a Japón con estas dicotomías? La más grande de todas es la contraposición entre la detención de una artista que usa el cuerpo femenino como lienzo y la celebración anual del Kanamara Matsuri Festival. Una celebración anual sintoísta dedicada por entero el pene.

Literalmente, significa «Fiesta del Falo de Acero».

Y se sacan a las calles enormes representaciones de penes erectos.

¿Es esto muy diferente a crear una funda para el móvil con forma de vagina o una barca y realizar una performance remando con ella? La diferencia, a todas luces, es que una cosa es un pene y otra una vagina. Las partes masculinas indican fertilidad, vigor y aun orgullo; mientras que la vagina es algo vergonzoso, que debe esconderse y de lo que no se debe hablar. Censura al manko, no sea que algunos se den cuenta que todos, sin excepción, hemos salido de uno.

La doble moral de algunos sectores japoneses no sorprende a estas alturas; lo que sorprende es la persecución a una artista que acepta su cuerpo y se enorgullece de él. ¿Cuál es el mensaje, exactamente, que se lanza con una detención así? ¿Que las niñas deben avergonzarse por tener vagina? ¿Que el sexo femenino es un asunto que debe mantenerse en silencio? La fiesta del pene de acero se celebra anualmente en Kawasaki y la veneración alrededor del pene no se centra solo en los ídolos de papel maché: se hornean dulces con forma fálica, chucherías, ilustraciones y se vende y regala cualquier cosa a la que se le pueda dar forma de pene.

Y hay un montón de opciones.

Ni el país oficial de la excentricidad se libra de este miedo a la vagina. Según Jean Laplanche (París, 1924), destacado psicoanalista que estableció y defendió la teoría de «envidia del pene», el descubrimiento de las diferencias anatómicas en la infancia hace que las niñas sienta la ausencia de un falo, como tienen los niños, adoptando ciertas actitudes patológicas a causa de esto. Viene a decir que las mujeres quieren tener pene. Y aunque esta teoría ha sido denostada, contradicha y ridiculizada hasta su mínimo exponente y el psicoanálisis definido como seudociencia, el hombre sigue orgulloso de su falo, pero incomoda que las mujeres estén orgullosas de sus vaginas. La amenaza del chichi.

¿Cuál es la tesis detrás de esto? Rokudenashiko no ha sido la primera artista en tener problemas por culpa de su mentalidad abierta en lo que a género y asuntos del cuerpo se refiere. Como daño colateral, también la escritora Shimanko Iwai fue investigada por su defensa del arte manko y por apoyarlo prestando su vagina para un molde. Y, si nos remontamos a las mujeres que han sido encarceladas, o incluso ejecutadas, por mostrarse abiertamente orgullosas de su naturaleza, no acabaríamos. La lectura de Obscenidad deja una desazón difícil de eliminar si pensamos en lo injusto que es que la mitad del género humano tenga que soportar la persecución de su condición. Esto va más allá del machismo; supone esconder parte de la naturaleza y negarla.

La edición de Obscenidad en castellano se completa con una conversación entre la artista y el director de cine Sion Sono, célebre, peligroso y radical al mismo tiempo dentro de sus fronteras, autor de la controvertida cinta El club del suicidio (Sion Sono, 2002). En este interesante intercambio de impresiones, el cineasta asevera: «Japón es un país muy atrasado en lo tocante a pollas y chochos».

Actualmente, Megumi Igarashi (alias Rokudenashiko), disfruta de libertad relativa. La de poder caminar por la calle y ser reconocida por unos como una criminal, por otros como un objeto sexual, pero para otros muchos como una valiente. No goza de la misma libertad para continuar con su labor artística entorno a eliminar los estigmas centrados en la visión de la vagina.


La nueva mojigatería

Gilbert Keith Chesterton (1874 – 1936). Fotografía: Getty.

Este texto es un capítulo del libro Monstruos y lógica, publicado por Editorial Renacimiento

He descubierto que la nueva mojigatería es más estrecha y mojigata que la vieja, incluso la de los días tristes y oscuros del final de la época puritana. Este descubrimiento me interesa no poco, pues siempre he odiado el puritanismo ordinario con odio límpido, perfecto e inmaculado. Sin embargo, el puritano puro no es tan negativo, represivo y lúgubre como el progresista puro. La nueva mojigatería no sale de vetustas sectas ni de viejas capillas desvaídas; sale de nuevos clubes, ligas y asociaciones de arte y cultura, de novísimos escuelas de ciencia y filantropía. Es una cosa del futuro o, por lo menos, de futuristas que piensan que dominarán en un futuro. Más notable aún, es algo de jóvenes y, lo que resulta todavía más extraordinario, de jóvenes que se consideran libres. Los Diez Mandamientos del cristiano, incluso los Diez Mil Mandamientos del puritano, son la libertad perfecta, cuando se les compara con la terrorífica rigidez de los nuevos tabús.

Para probar la pura verdad de lo que digo, lo ilustraré mediante un caso práctico. Una señora, que por casualidad cuidaba al hijo de una chica joven, descubrió en el niño un interés morboso y pervertido por la historia de Juana de Arco. La joven pertenecía a esta escuela que se precia de su juventud, aunque no en el sentido al que se refería el poeta, cuando habla de libar vino en el país de la juventud. Esta joven provenía de otro país más extraño donde habitan los jóvenes de ahora, en el que solamente se bebe agua fría o cócteles, a veces mezclados con arsénico. En suma, tenía ideas de lo más progresistas y ella, que era la madre, hizo saber a la señora, que actuaba in loco parentis, que, en lo tocante a la educación y recreación del menor, se debían observar estrictamente las siguientes normas. 1.º El niño nunca deberá leer cuentos de hadas ni se le debe hablar de la existencia de estas. 2.º El niño nunca debe oír hablar de la existencia de ninguna forma de violencia. 3.º El niño debe ser celosamente protegido contra el vergonzoso rumor de que existen cosas como la religión y la fe. Con estas cortapisas, la señora debía afrontar al problema de contar la historia de la santa Juana de Arco histórica. Para empezar, el niño no debía llegar a saber nada de la niñez de santa Juana, cuando jugaba alrededor de un árbol encantado por hadas; es más, el niño no debía saber nada de su vida, pues me temo que buena parte de esta la ocupó en guerrear; para colmo, el niño no debe enterarse de la muerte de la santa, cosa que fue el resultado de su lucha y que saca a colación el bochornoso asunto de la religión; quisiera ver cómo explicar, en la versión expurgada y saneada de la vida de esta heroína del s. XIV, por qué peleaba santa Juana y por qué murió.

Es una insensatez decir que esta clase de cosa es liberal o emancipada; es una insensatez pretender que no es más estrecha y obscurantista que el más negro pesimismo de los peores días del puritanismo. No lo comparo con mi religión: lo comparo con la religión que más me disgusta; al mismo tiempo, afirmo que el puritanismo más extremado fue un loco estallido de libertad, un paraíso de permisividad y diversión, si se le compara con esta cosa. No me gustan el sabbath de los escoceses, ni las viejas casas en las que no se deja entrar la luz, ni los largos días que se consumen, sea en hacer nada, sea en estudiar teología. No obstante, todo esto era de lo más divertido y quienes lo hacían eran más libres. Por ejemplo, decir que los domingos a la gente solo se le permite leer la Biblia, más que un panegírico del puritanismo, es una crítica. Pero leer la Biblia es tan romántico y apasionante como leer las Mil y Una Noches del romanticismo y la pasión, si se le compara con las limitantes que fija un joven progresista. La Biblia es una Enciclopedia Británica con los más variados temas sobre la multitud de los intereses humanos, si se le compara con el conocimiento que puede ser transmitido en las nuevas condiciones. Nadie podría leer la Biblia sin adquirir una ingente cantidad de información acerca de guerras, credos, religiones falsas y verdades, seres míticos, mágicos y misteriosos, como los que aparecen alrededor del hombre en todas las literaturas del mundo. En realidad, los niños que se criaron en las casas de nuestros bisabuelos calvinistas crecieron con la cabeza llena del noble ruido del conflicto y la crisis; de acciones valientes y vigorosas descritas en el más fino inglés que nuestra historia nacional ha conocido; con el fragor de los gritos y los capitanes, de los carros y jinetes israelitas; con aquel que lanzó una flecha al azar, solamente para que fuera a clavarse entre las junturas de la armadura de un rey; de aquel que su carrera se escuchaba desde muy lejos, pues corría con furia. A pesar de tener serias desventajas, a eso es a lo que yo llamo tener educación; tengo por cierto que es estar mucho mejor educado que el pobre niño mojigato a quien no se le debe revelar que Juana de Arco portaba estandarte, sino que usaba paraguas.

En tanto que eliminar la literatura de guerra equivale a limitar toda la literatura, la sola Biblia resulta más pedagógica que un tonto escrúpulo, que quiere permanecer ignorante del caballo de batalla cuyo cuello envolvía el trueno, o del animal que estaba siendo cazado, pero que se reía al ver a los cazadores. Sea como sea, resulta interesante recordar que en aquellos lúgubres hogares puritanos de los que he estado hablando era proverbial hacer una excepción; incluso en domingo, los niños podían leer The Pilgrim’s Progress. Esto es, se les permitía leer lo que casi es un cuento de hadas: que ciertamente es una historia punzante y que, de acuerdo a innumerables testimonios, de hecho no resulta un sustituto nada malo de otros cuentos y narraciones infantiles. Así, un niño de espíritu libre podría llegar a encontrar ahí valor para luchar; y no olvidaría nunca el instante en que Apollyon salta sobre todo lo ancho del camino; o cuando Greatheart, en su agonía, rinde su espada y del otro lado todas las trompetas le aclaman. Yo preferiría ser un muchachuelo del siglo XVII, menudo, atolondrado y andrajoso, antes que alguien que nunca haya escuchado las notas lejanas de esas trompetas, aun en este valle de lágrimas.

El interés intelectual en la intolerancia moderna radica en que las nuevas filosofías, religiones y sistemas sociales no pueden idear proyectos de esquemas para la emancipación de la humanidad que no la esclavicen cada vez más. No pueden ni siquiera ejecutar lo que consideran las más ordinarias de las reformas sin imponer en ese mismo instante las más extraordinarias de las restricciones. Para que no escuchemos hablar de marcialidad, nos sujetan a ley marcial. Debemos encomendar a nuestros hijos al cuidado de la más ogra de las tutoras, so pena de que se les mencione, ni siquiera por accidente, que hay cosas tales como ogros y hadas. Todos tendrán que ser entrenados bajo una disciplina antimilitar, que será tanto o más tiesa y estricta que la disciplina militar. Los cuentos de hadas habrán de ser sometidos a una censura que objetará encontrarlos demasiado hermosos, del mismo modo que el más aburrido de los victorianos o el más zafio de los censores protestaría por encontrarlos demasiado feos. Surgirá alguien como la señora Grundy, a quien no sonrojarán los hechos naturales, sino las fantasías sobrenaturales. Un nuevo Paul Pry será enviado a husmear en nuestros hogares, a espiar por las cerraduras, para buscar si, en una cueva de infamia, se le está enseñando a un niño a admirar la valentía. Sin importar lo que pensemos de los méritos relativos de las dos religiones, hay un hecho que se hace evidente por mera lógica: que la nueva religión, tanto como la vieja, será una religión persecutoria. Por su naturaleza misma, tendrá que luchar por su vida en contra de las fuerzas normales de la naturaleza humana, tanto como supuestamente han tenido que hacerlo los sistemas de ascetismo y penitencia del pasado. Este es un claro ejemplo de extremos que se tocan aunque, bien mirado, a menudo los extremos se tocan porque son menos extremos que las personas. El pacifista moderno tiene un innegable parecido con el antiguo puritano; el hombre actual a quien ahora horroriza toda la teología es muy semejante al hombre antiguo a quien horrorizaban todas las cosas, excepto la teología. La demostración está en la práctica. Como el nuevo comunista, el viejo calvinista le prohibía a los niños leer cuentos de hadas. El viejo puritano, como el nuevo pacifista, quisiera impedir a los niños leer historietas de piratas. El nuevo idealista ni siquiera llega a ser nuevo, en el sentido en que lo es un recién nacido. Es nuestro bisabuelo puritano, que terroríficamente se levantó de entre los muertos.


Todo queda en familia

Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford durante el rodaje de Star Wars: Episodio V – El Imperio contraataca, 1980. Imagen: 20th Century Fox.

Va siendo hora de reconocer que el incesto no es necesariamente una perversión o una forma de enfermedad mental, y que a veces puede resultar benéfico.

(Wardell Pomeroy, coautor del informe Kinsey).

A mediados del siglo XVII el dramaturgo John Ford escribió una obra de teatro de nombre sonoro: ‘Tis Pity She’s a Whore, es decir, Lástima que sea una puta. Sus dos protagonistas, Giovanni y Anabella, son hermanos de sangre que desarrollan una enorme atracción mutua y, animados por su tutora Putana (!), deciden consumarla en secreto. Desgraciadamente, lo que sigue es una serie de catastróficas desdichas que acaban con Putana cegada y quemada en la hoguera, Anabella con el corazón literalmente ensartado en una daga y Giovanni apuñalado por un asesino a sueldo. Y sin embargo, muchos críticos consideraron que la obra era demasiado permisiva con el incesto.

Los tabúes en contra del incesto tienen una base biológica clara: la descendencia endogámica tiene una variabilidad genética reducida, y por tanto una mayor probabilidad de desarrollar problemas físicos hereditarios, desde hemofilia (como pueden acreditar las casas reales europeas) hasta cretinismo o deformaciones físicas (como acreditan Deliverance y La matanza de Texas). Tradicionalmente, sobre los hijos nacidos de un incesto pesan abundantes prejuicios y prevenciones, y no es infrecuente que se les considere malvados, frutos de «la mala sangre». En la leyenda artúrica Mordred, el antagonista de Arturo, es el hijo bastardo del rey y su media hermana Morgause. En Juego de tronos la psicopatía de Joffrey Lannister se explica por su origen incestuoso, y si la mitad de los Targaryen están como una regadera es por demasiadas generaciones de bodas entre hermanos de sangre. Pero si eliminamos la endogamia de la ecuación, algo no tan difícil desde la popularización de los métodos anticonceptivos, la pregunta es inevitable: ¿por qué debería molestarnos el incesto siempre que no exista un abuso y se realice entre mayores de edad?

Me ha parecido interesante dar un breve repaso por alguno de los incestos más sonados de la historia, la literatura o el cine. Los he agrupado por cercanía familiar en secciones encabezadas por el delicioso circunloquio con el que se condena en varios versículos del Levítico el sexo con la parentela…

No descubrirás la desnudez de tu hermana

El incesto fraternal es un poderosísimo elemento literario que aparece prominentemente en novelas tan dispares como Ada o el Ardor de Nabokov o La caída de la Casa de Usher de Poe. A veces se enfoca con lirismo y delicadeza, como en Cooper o las soledades elementales, de Patrick Lapeyre, en la que el amor platónico del protagonista por su hermana coloca en pausa su vida sentimental durante décadas… Y a veces se trata con la delicadeza de un martillo neumático, como en Justine, Los 120 días de Sodoma o La filosofía del tocador del Marqués de Sade.

Es inevitable pensar que en el incesto fraternal, especialmente entre gemelos o mellizos, hay un punto de narcisismo: ¿qué mejor persona para amar que quien más se parece a uno mismo? Una famosa viñeta de Milo Manara muestra a la bella Lucrecia Borgia besando apasionadamente a su propia imagen en un espejo, como Narciso hipnotizado por la belleza de su cara reflejada en el agua de una fuente.

En la ópera de Wagner La valquiria vemos desarrollada una idea similar. Sigmundo y Siglinda son hermanos mellizos, hijos de Wotan, el Odín germánico. Fueron separados al nacer, y cuando se ven por primera vez, años más tarde, caen rendidamente enamorados. Siglinda canta que fue amor a primera vista, sí, pero claramente narcisista: «Vi mi cara reflejada en un río, y ahora se me devuelve de nuevo / Como si hubiera salido del agua, / tú me ofreces mi propia imagen!».

Desde ese flechazo inicial hasta llegar a ponerse físico no hay en realidad un gran paso. En el mundillo de la pornografía hay todo un subgénero incestuoso, aunque sea ilegal en muchos países… Incluso fantasear con el incesto queda fuera de límites en muchas ocasiones: en la red social Fetlife, el Facebook fetichista, están prohibidas las referencias al incesto a riesgo de perder la posibilidad de usar tarjetas de crédito en la web (¿PayPal como guardián de la moral?). George R. R. Martin se choteaba de Game of Bones, la parodia porno de Juego de tronos, porque había eliminado la potencialmente jugosa subtrama de incesto entre Cersei y Jaime para no herir sensibilidades y huir de problemas legales. «¡Mis libros son más guarros que su propia parodia porno!», se regocija Martin… La literatura fantástica adelantando a la erótica.

Una fantasía recurrente en el imaginario popular y presente por tanto en la pornografía es la del sexo entre gemelos (twincest). Si dos actrices se parecen mucho, es más que probable que acaben rodando alguna escena lésbica juntas. Y a veces, dos gemelos o gemelas de verdad ruedan escenas porno, como Brooke y Taylor Young en los setenta o Elijah y Milo Peters recientemente. Este último caso resulta especialmente interesante… Los gemelos Peters son dos chicarrones jóvenes de veintipocos años oriundos de la República Checa, la segunda meca del porno gay después de California. Son populares no solo por la previsible polémica incestuosa que rodearía a cualquier par de gemelos que follen entre sí ante una cámara, sino por la ternura y delicadeza que se muestran. En una entrevista dijo Elijah: «mi hermano es mi novio y yo su novio; es la sangre de mi sangre y mi único amor».

No todas las parejas de hermanos incestuosos llevan bien su relación. Una de las historias más hermosas y tristes del Silmarillion de Tolkien es la de Turin Turambar y Níenor Níniel, hermanos cuyo parentesco les es ocultado hasta que es demasiado tarde. Un hechizo de olvido lanzado por el dragón Glaurung fue retirado en el momento más inoportuno, e incapaz de enfrentarse a la idea de que su amado y amante era también su hermano de sangre, la bella Níenor se suicidó arrojándose a un caudaloso río. En esta línea, es inevitable preguntarse qué hubiera pasado si Han Solo hubiera resultado no ser tan sexy como para enamorar a Leia. ¿Se hubiera arrojado la princesa a un río de Endor si hubiera descubierto demasiado tarde que Luke Skywalker era su hermano?

Y ya que ponemos un pie en la ciencia ficción, podemos aprovechar para hacernos una pregunta con sorprendentes ramificaciones: ¿se consideraría incesto follarse a un clon de uno mismo (con el género cambiado o no) creado mediante ingeniería genética? Sé que aún estamos en la época rudimentaria de la oveja Dolly, pero no tardará tanto en ser posible algo similar y ya lo han anticipado muchos escritores de sci-fi. A mitad de una conferencia sobre clonación en la Universidad de California, el gran Isaac Asimov improvisó una canción que es apropiado reproducir aquí:

Clone, clone of my own,
With its Y chromosome changed to X.

And when I’m alone
With my own little clone
We will both think of nothing but sex.

Es decir: «Clon, clon, mi propio clon / con su cromosoma Y cambiado a X. / Cuando esté solo / con mi propio pequeño clon / solamente pensaremos en follar». A Robert A. Heinlein parecía gustarle especialmente el tema del sexo clónico: en Time enough for love el protagonista embaraza a dos clones femeninos de sí mismo. Una variación de esta desconcertante imagen (o fantasía) implica viajes temporales en los que en vez de matar al propio abuelo, como es tradición, decide uno acostarse con uno mismo en puntos diferentes de la corriente temporal. En Todos vosotros zombis, del mismo Heinlein, un par de cambios de sexo y viajes en el tiempo permiten todas las variaciones posibles del incesto definitivo…

Pero en fin, ¿hay algún obstáculo moral o práctico al incesto entre hermanos que tengan el cuidado necesario como para no concebir? No resulta sencillo de encontrar. Ramón Chao recoge en un hilarante artículo de 1982 en El País la objeción más espectacular al incesto fraternal… Se la espetó a Margaret Mead un anciano de la tribu arapech de Nueva Guinea: «¿Que me case con mi hermana? ¿Está usted loca? No tendría cuñado. ¿No comprende que si me caso con la hermana de otro hombre, y si otro hombre se casa con la mía, tendré, al menos, dos cuñados? Y si no, ¿con quién labraría el campo, con quién iría de caza, con quién hablaría?». El cuñadismo como forma de vida, algo que creía yo tan típicamente español como la fabada, luciendo en todo su esplendor.

No descubrirás la desnudez de tus padres

Según la teoría freudiana, durante el desarrollo infantil aparecen una serie de emociones bautizadas como «el complejo de Edipo»: el deseo inconsciente de mantener relaciones sexuales con la madre y matar al padre (o viceversa en el equivalente femenino propuesto por Jung, el complejo de Electra). Este complejo edípico tiene una riqueza simbólica enorme y acepta una lectura muy animalesca: «matar al padre» es superarlo, convertirse en el macho alfa de la manada y obtener su hembra como recompensa. Pírrica recompensa en el caso del pobre Edipo de la mitología griega, a quien no le sentó demasiado bien enterarse de que sin pretenderlo había asesinado a su padre Layo y contraído matrimonio con su madre Yocasta. Su primera reacción al enterarse, tal vez desmesurada, fue arrancarse los ojos con un broche propiedad de su madre y salir huyendo.

La Biblia ofrece un inesperado ejemplo de este tipo de incesto de atracción paterna: la historia de las hijas de Lot. En realidad Lot no parecía tener a sus hijas en gran estima. Poco antes de la destrucción de Sodoma, el hospitalario Lot acogió en su casa a dos atractivos viajeros recién llegados al pueblo. Al correr el rumor, una multitud se juntó frente a su puerta exigiéndole que entregase a sus huéspedes para darles una cálida y sodomítica bienvenida… La respuesta de Lot, recogida en Génesis 19:7-8, no tiene precio: «Os ruego, amigos, que no cometáis esta maldad. Yo tengo dos hijas que no han conocido aún varón; os las entregaré para que hagáis con ellas lo que os parezca, pero a estos dos hombres no hagáis nada». Entregar a tus dos hijas vírgenes a una turba de violadores sodomitas para proteger a dos desconocidos puntuará muy alto en la escala de hospitalidad, pero no le permitiría a Lot ganar el premio al padre del año. La cosa quedó en tentativa, ya que los visitantes resultaron ser ángeles del Señor enviados para destruir la ciudad, pero es improbable que las hijas olvidasen la poca sensibilidad paterna.

Quién sabe qué se les pasó por la cabeza poco después, huérfanas de madre (convertida en una estatua de sal) y viviendo en una cueva tras haber ardido su casa, pero el caso es que esto fue lo que ocurrió (Gen 19:31-33): «La mayor dijo a la menor: nuestro padre es viejo, y no queda varón que entre en nosotras conforme a la costumbre. Ven, demos a beber vino a nuestro padre, y durmamos con él, y conservaremos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó». La noche siguiente repite el show la hermana menor, también sin que Lot se entere de nada por culpa del alcohol. Eso sí, donde Lot pone el ojo pone la bala: ambas se quedan embarazadas. Esta borrachera incestuosa es una escena tan involutariamente cómica que no es de extrañar que haya sido representada a menudo en el arte, en cuadros de Rubens, Courbet o Jan Matsys.

No descubrirás la desnudez de tus hijos

El caso inverso, progenitores atraídos sexualmente por su descendencia, es ya marcadamente incómodo y sale a menudo del terreno de lo políticamente incorrecto para entrar en el criminal, especialmente si hay menores de edad de por medio.

En El beso, novela autobiográfica de Kathryn Harrison, no hay sospecha de pederastia y sin embargo resulta una lectura difícil e incómoda. Kathryn se reencuentra a los veinte años con su padre ausente, con el que no ha tenido demasiado contacto, y empieza una relación sexual y sentimental con él. En realidad, esta relación sería ya agobiante y enfermiza de por sí aunque no hubiera parentesco alguno de por medio, ya que el padre de Kathryn resulta sencillamente insoportable: absorbente, egocéntrico, celoso y acaparador. En cierto momento, por consejo de un psicólogo, ambos dibujan dos círculos cuya intersección representa su vida en común ideal. Los círculos de Kathryn se solapan en aproximadamente un tercio; los dibujados por el padre están prácticamente superpuestos. El padre no ama a su hija, la canibaliza. Quizá ve en ella una versión más joven y manejable de su exesposa…

Este tipo de incesto deja a menudo heridas psicológicas, especialmente si el receptor es menor de edad y se produce por tanto un abuso de confianza. En El corazón es mentiroso, de JT LeRoy (seudónimo y alter ego de la escritora Laura Albert) tenemos una madre que lanza sobre su hijo todo tipo de maltrato imaginable, entre ellos el sexual. La película Old boy es otro buen ejemplo de complejo de Edipo inverso, pero es difícil explicar por qué sin destripar detalles de la trama.

En cualquier caso, la vida real nos ofrece un ejemplo de incesto entre hermanos, padres e hijos en un totum revolutum: el caso de Eric Gill, uno de los mejores y más extraños escultores, diseñadores y tipógrafos del siglo xx. Es el padre de varios tipos de letra muy usados, en particular la sobria Gill Sans, en portada de los clásicos Penguin o en los horarios de los ferrocarriles de Londres. Como escultor era magnífico, y muchos de sus bajorrelieves decoran lugares prominentes de varios edificios británicos.

Pero Gill tenía dos peculiaridades: una vida sexual de una frecuencia e intensidad inusitadas, y el convencimiento más o menos explícito de que la familia que fornica unida permanece unida. Gill murió en 1940, pero hasta 1989 su vida sexual permaneció en las sombras; fue su biógrafa Fiona MacCarthy quien sacó a la luz los secretos familiares de Gill dejando ojiplático a todo el mundo. Por ejemplo: como modelos para la talla Éxtasis, su propia versión de los dioses hindúes copulando, reclutó a su hermana Gladys y su esposo. Debió gustarle lo que vio, ya que poco después empezó una relación incestuosa con Gladys que duraría gran parte de su vida. Más tarde le tocó el turno a su otra hermana, Ángela, y cruzó una línea roja cuando incluyó en sus avances sexuales a sus hijas de quince y dieciséis años, Petra y Betty. En sus diarios personales Gill fue dejando un minucioso recuento de sus abundantes experimentos sexuales, de los que no se libra ni la mascota de la familia («hoy he descubierto que un perro puede unirse con un hombre»). Gill no tenía la sensación de estar haciendo nada malo: hay algo extrañamente científico y desapasionado en sus textos. Esto no lo digo para justificarlo (lejos de mi voluntad meterme en tal jardín), aunque la naturalidad extrema que adoptó tal vez explique por qué sus hijas guardan aún hoy un buen recuerdo de su padre, para sorpresa de su biógrafa MacCarthy. Según ella, «el impulso de probarlo absolutamente todo, de empujar hasta el límite las experiencias, era parte de su naturaleza y parte de su importancia como artista y comentarista social y religioso». Otras visiones no tan benévolas sobre su legado llaman a boicotear su obra, especialmente la religiosa (¡Gill era un católico devoto!) por pederasta, abusador y pervertido. Por su parte, la comunidad de tipógrafos reaccionó con cierto sutil sarcasmo: por ejemplo Barry Deck diseñó una variante de la letra Gill Sans que bautizó como Canicopulous.

No descubrirás la desnudez de tu prima

Si no fuera una traición de confianza como la copa de un pino, podría contar aquí cuatro o cinco historias de amigos y amigas que «despertaron a la sexualidad», por usar un eufemismo, con los primos durante las vacaciones veraniegas, en lo que podría ser un cruce de Verano azul con Garganta profunda. Tardes tórridas en la playa, aburrimiento, arrímate aquí que te enseño esto que tengo…

Así como el incesto con familiares de primer grado es más o menos tabú en la mayor parte del mundo, el juicio moral y legal sobre el sexo con primos o primas varía enormemente según el país y la época. No parece haber un problema religioso: más de un patriarca hebreo se casó con una prima (por ejemplo Isaac y Rebeca), la ley islámica tampoco pone ninguna objeción y la Iglesia católica lo permite previa dispensa eclesiástica. Ya hemos hablado antes de los riesgos genéticos del incesto con familiares cercanos (hemofilia, albinismo, etc), pero el riesgo no parece extenderse en demasía a la descendencia de los primos. Un estudio de la australiana Universidad de Murdoch ha mostrado que la probabilidad de defectos genéticos serios en hijos de primos en primer grado es más o menos un 4 %, la misma a la que se enfrentan las mujeres que dan a luz después de los treinta y cinco años. Esta información hubiera tranquilizado sin duda a los varios personajes de Jane Austen que se acuestan o casan con sus primos en varias novelas.

Ampliando un poco más el árbol genealógico, las posibilidades de conocer bíblicamente a algún pariente sin ser consciente de ello aumentan. Eso me hace pensar en una reflexión que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza… Durante mis años universitarios fui donante de esperma: no solo colaboraba así con parejas infértiles, sino que tampoco me venían mal los treinta euros con que se compensaba cada donación. Cuando se me dijo que el límite legal de hijos que podían concebirse a partir de mi esperma era de seis, en un primer momento no entendí el motivo… pero tiene que ver con el incesto involuntario: evitar o al menos limitar la posibilidad de que un hijo mío y una hija mía, desconociendo que comparten padre biológico, acaben follando y engendrando descendencia endogámica… Solo espero que si algún día ocurre algo así, mis descendientes incestuosos por sorpresa se lo tomen menos a la tremenda que Níenor, Sigmundo o el pobre Edipo Rey.


Maternidad y salud mental: el último tabú

Fotografía: « м Ħ ж » (CC).
Fotografía: « м Ħ ж » (CC).

¿Puedo ser buena madre si tengo un trastorno mental? ¿Cómo afectará la medicación al feto?¿Heredará mi hijo el trastorno? ¿Cómo voy a cuidar de un niño si yo misma necesito que me cuiden a veces? ¿Tendré más posibilidades de sufrir depresión posparto? ¿Cómo le explicaré a mi hijo mi enfermedad? Miles de mujeres se hacen este tipo de preguntas cuando el instinto de ser madres choca con el estigma social y el autoestigma.

Albert, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?

Con estas palabras, Ino Moya encaró una de las conversaciones más difíciles de su vida. Fue el día en que explicó a su hijo mayor, en términos que pudiera entender a sus once años, que padece un trastorno bipolar y que estuvo ingresada en su día.

— ¿Has estado en el manicomio?
— Se llama psiquiátrico.
— ¿Pero estás mal de la cabeza?
— No, hijo. Mamá tiene un trastorno mental, pero puede hacer todo lo que quiera.

Ino, contable, «terapeuta de reiki y especialista en bioneuroemoción», decidió revelarle a su hijo su enfermedad, pues está convencida que los secretos influyen en el desarrollo de los niños. Más tranquila y segura, se lanzó tiempo después a contárselo al pequeño, de siete años, y la conversación fue sensiblemente más corta:

Ferran, ¿tú sabes lo que le pasa a mamá?
— Sí. Que estaba mal de la cabeza, pero ya está bien.

«Yo nunca había querido ser madre, pero mi primer hijo me dio la vida», reconoce Ino, que tuvo a Albert con treinta y dos años, cinco años después de ser diagnosticada con un trastorno mental. «La enfermedad supuso un punto de inflexión en mi vida, pero tener a mi hijo, ¡eso sí que fue un antes y un después!», exclama. «Me ayudó a darme cuenta de que yo era capaz de hacer lo que cualquier persona, y me dio una fuerza impresionante», añade.

Cuidar y ser cuidada

«¿Seré capaz de cuidar de un hijo si a mí me han tenido que cuidar?». Esta pregunta daba vueltas en la cabeza de Ino cuando empezó a sentir ganas de ser madre, y es la misma duda que reconocen haber tenido las demás mujeres con trastorno mental consultadas para este reportaje. «Hablé con mi marido y lo consultamos con mi psiquiatra, que nos dijo que no habría problema, porque ya llevaba bastante tiempo estabilizada. Me dijo que sería cuestión de dejar la medicación unos meses antes de la gestación, ya que puede dañar al feto». Ino cuenta que pudo dejar de tomar sin problemas el litio, un estabilizador del estado anímico, pero le fue imposible con el ansiolítico, así que la psiquiatra optó por sustituirlo por otro más indicado para el embarazo. «En ese momento, me arriesgué a que mi vida se desequilibrara, porque había algo dentro de mí que me movía a hacerlo», relata.

No es el caso de Sonia Avellaneda, una pedagoga social diagnosticada de trastorno límite de personalidad (TLP). Con cuarenta y dos años ya no se plantea tener hijos. «Quizá ya sea tarde. Me faltaría una vida para ser madre», confiesa. Durante una época trabajó en un Equipo de Atención a la Infancia y la Adolescencia (EAIA) y vio muchos casos de madres con problemas de salud mental que habían perdido la custodia de sus hijos. «Una vez tuve que evaluar si una madre con el mismo trastorno que yo podía tener visitas con su hijo», explica. «¡Yo, que por aquel entonces escondía en el trabajo mi diagnóstico!», revela. «En esa época aumentó mi miedo a la maternidad: me traumatizó ver a niños tutelados, abandonados. Me ha podido más el miedo a no ser buena madre que las ganas de tener hijos», confiesa.

Y no es para menos. Un 45 % de los padres con trastorno mental acaban perdiendo la tutela de sus hijos, y casi un 40 % de los hijos de personas con trastorno precisan ayuda de servicios sociales o de salud mental, según datos facilitados por Raquel del Amo, directora y psicóloga del Proyecto Casa Verde, una iniciativa de la Fundación Manantial que se dedica al seguimiento de hijos de personas con trastorno y al apoyo a los padres para compensar los posibles déficits durante la crianza. No obstante, Del Amo aclara que «tener un trastorno mental no implica que las personas vayan a ser malos padres, pero es una población de riesgo y hay que prevenir y apoyar a los hijos y a los padres para que pueda desarrollarse un vínculo emocional estable».

El vínculo del apego

Según Del Amo, el miedo de las personas con trastorno a no ser buenos padres, que «en principio podría constituir un factor de riesgo para el cuidado de los hijos, en realidad muchas veces funciona como factor de protección, porque estos padres no quieren que sus propios hijos pasen por sus mismas experiencias, y mucho menos que desarrollen una enfermedad mental».

Anna, publicista de cuarenta años y diagnosticada de trastornos de ansiedad y TLP ha sido madre hace un año y medio. Nunca se había planteado si su problema de salud mental sería un impedimento en la maternidad, y cuando se sintió preparada dio el paso. «Sobre todo, porque no lo hice sola: llegó el momento y estaba con la pareja adecuada, pero como tenía ya treinta y ocho años, nos costó mucho». Hacía cuatro años que no se medicaba, así que no necesitó ayuda profesional, pero al reincorporarse al trabajo tras el embarazo, tuvo problemas laborales que la desequilibraron anímicamente y pidió ayuda: «Decidí estar bien, sobre todo por mi hijo, y el psiquiatra me recetó un antidepresivo que se puede tomar durante la lactancia».

Precisamente por su experiencia de salud mental, Anna no quiere que su hijo reproduzca patrones y por ello está haciendo un tipo de crianza «muy consciente, muy cercana y amorosa», explica. «Quiero que tenga una base emocional muy sólida y a través del juego le educo para que empiece a adquirir la seguridad de la que yo carecí durante mi infancia», remacha.

La psicóloga de la Fundación Manantial coincide en la importancia de las relaciones tempranas del bebé con sus cuidadores: «Es en la relación con la madre donde el niño aprenderá su manera de amar, así como adquirirá la seguridad que tendrá posteriormente en su futura vida de adulto», explica Del Amo. «Este vínculo es el que llamamos apego, y es fundamental para el desarrollo del ser humano». Según ella, que una persona con trastorno mental pueda criar hijos vendrá determinado de «si son capaces o no de establecer un vínculo de apego».

Estigma y autoestigma

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Fotografía: Ed Beard (CC).

Las cuatro mujeres consultadas para hacer este reportaje aseguran haber contado con el apoyo de sus respectivos psiquiatras al preguntarles por la posibilidad de ser madres. Sin embargo, en muchos casos, la presión social ha sido un problema. «Socialmente, te capan como mujer cuando te diagnostican un trastorno mental», explica Sonia. «A menudo he oído: “bastante tienes con cuidarte a ti misma, no te puedes encargar de nadie más”, y eso me ha pesado durante muchísimos años», reconoce.

Por su parte, Mónica Civill, una psicóloga de treinta y nueve años diagnosticada de trastorno bipolar y que no tiene hijos, señala: «la sociedad te dice que eres normal si estudias, trabajas, tienes una pareja y luego hijos… y cuando aparece un trastorno mental, todo eso se rompe». Así, mientras «el resto de la gente tiene hijos sin pensárselo tanto ni ser consciente de lo que supone», la sociedad pone a las personas con trastorno «todas las trabas del mundo» para la maternidad.

A ello se suma el autoestigma, un fenómeno tan paralizante como el estigma social. «Tus propios prejuicios y las creencias que tienes interiorizadas respecto a tu trastorno pueden ser un impedimento mayor que el trastorno mismo», señala Ino, quien asegura que «con información y ayuda», se puede vencer ese miedo.

«La persona que más me ha estigmatizado a lo largo de mi vida he sido yo misma», reconoce Mónica, que hace algún tiempo estuvo cerca de intentar tener hijos con una pareja anterior. «Me dijeron que debía dejar la medicación tres meses antes de la gestación y después volver a introducirla, cosa que no me pareció nada segura para la salud del feto, ya que la medicación puede provocar malformaciones. Además, puesto que llevo tantos años tomando, tuve miedo que también fuera un factor de riesgo para el feto», recuerda. Otro tema que le preocupaba era la depresión posparto: «si tienes un trastorno mental, seguro que tienes muchos números de padecerla». Ahora, Mónica podría animarse a ser madre con su actual compañera sentimental. «Al ser mi pareja una mujer, se me abre una nueva oportunidad», confiesa, «es un tema muy delicado y serio, pero ya no solo depende de mí el embarazo. Si ella se queda embarazada, habría menos riesgos».

¿Mi trastorno es hereditario?

Otro de los miedos recurrentes tiene que ver con la posibilidad de que el hijo herede el trastorno mental. Un riesgo que varía en función de la enfermedad de que se trate: algunas, como el trastorno bipolar, no son hereditarias, pero otras pueden serlo en mayor o menor medida. «El riesgo de que el hijo desarrolle esquizofrenia si uno de sus padres la padece es del 10 %, y del 30 % si la tienen ambos padres», explica Del Amo, quien añade que «los hijos de padres con depresión tienen un riesgo de alrededor del 50 % de padecer una depresión».

Anna reconoce este miedo, pues por parte de ambos padres tiene familiares con problemas de salud mental. «Pero mi marido es diabético y también tengo miedo a que tenga un problema con el azúcar», relativiza Anna, quien considera clave la normalización de estas problemáticas. «Y si algún día tiene dificultades, me gustaría que pudiera hablar conmigo y pedirme ayuda, porque a mí me costó mucho hablar con mis padres sobre mis problemas de salud mental», confiesa.

Para casos así, la adopción podría ser una solución, aunque el asunto es bastante complejo al estar sometido a legislación nacional y también autonómica, por lo que varía en función de la región. En cualquier caso, el hecho de tener un trastorno mental suele conllevar la denegación del certificado de idoneidad para adoptar.

Según Nuria Miranda, una psicóloga que ha trabajado nueve años en el campo de la adopción, «no todos los trastornos son iguales ni afectan de la misma forma a la vida de las personas». Indica que la decisión final está en manos del departamento encargado en cada comunidad autónoma de determinar si un aspirante es o no apto para adoptar. «Se tendría que valorar cada caso como único, teniendo en cuenta también si se trata de una pareja y qué tipo de soporte familiar o social tienen», señala. La cosa se complica aún más en el caso de la adopción internacional, ya que, además de la normativa española y autonómica, hay que tener en cuenta la del país de procedencia del menor.

Sea como sea, señala Mónica, «si ya es difícil adoptar para cualquier persona, si tienes un trastorno mental, es imposible: se nos cierran todas las vías», lamenta. Sonia cree que «es un sistema injusto si no se acepta que seas madre de adopción aunque tu pareja no tenga ningún diagnóstico: parece que todo el peso recae en la mujer únicamente», denuncia.

El embarazo y el posparto

Preguntada acerca de los períodos más críticos en la crianza, Del Amo señala «la concepción del hijo, el embarazo, el parto y sobre todo los primeros años de la vida del niño». Bajo su punto de vista, «durante el proceso de convertirse en madre, ocurren importantes procesos en la mujer, a través de los cuales su identidad y rol sufren importantes transformaciones». Y si a esto se añade la ingesta de medicación psiquiátrica, el riesgo de desarrollar un desequilibrio mental aumenta.

Quizá por eso, para Ino su primer embarazo fue «agridulce, entre mucha ilusión y mucho miedo, tanto que no podía dormir: mi marido me leía libros para que cogiese el sueño». Para más inri, la Seguridad Social le cambió a su psiquiatra por uno nuevo que decidió quitarle el ansiolítico que seguía tomando, lo cual incrementó su miedo a que la medicación pudiera haber afectado al bebé. Tampoco le ayudó la infructuosa búsqueda de alguien con trastorno bipolar que también hubiera pasado por un embarazo y pudiera aconsejarla. Todo ello, aumentó su estrés hasta desembocar en «una crisis impresionante» que afortunadamente pudo superar tras acudir a una psicóloga privada.

Tras el parto y estando en su casa, se le abrió la herida de la cesárea y tuvo que estar un mes sin coger a su hijo, porque le mandaron reposo absoluto. Esto desencadenó una pequeña depresión posparto. Pero «a partir de entonces, todo fue fantástico: recuerdo con mucha emoción los primeros meses, saliendo a la calle con el carrito, toda radiante», recuerda Ino, «Me hizo tanto bien que cuatro años después me animé a tener el segundo».

Actualmente, tanto Ino como sus hijos conviven con su trastorno mental. «A veces es complicado, hay días en los que me meto en la cama y soy incapaz de levantarme», reconoce. Pero entonces, sus hijos la apoyan y alimentan esa fuerza que en su día le brindó la maternidad. «El pequeño, que es un amor, cuando me ve en la cama me trae un osito: “toma mamá, para que te haga compañía”».

Fotografía: Phalinn Ooi (CC).
Fotografía: Phalinn Ooi (CC).


El suicidio, una aproximación

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Otelo (1952). Imagen: Mercury Productions / Les Films Marceau

Querida Betty, te odio.
Con amor, George.

Lives and Deaths: Selections from the Works of Edwin S. Shneidman

Cuando ya pensaba que lo había escuchado todo sobre los cursos de escritura, me entero de que en 2013 se impartió una especie de taller literario para escribir cartas de suicidio en una universidad de Nueva York. La clase en cuestión la daba Simon Critchley, filósofo conocido por sus enganchadas con Slavoj Zizek, coordinador de «The Stone», columna de pensamiento contemporáneo en The New York Times, y autor de Apuntes sobre el suicidio, libro que acaba de ser publicado en España por Alpha Decay. En la clase de Critchley, además de analizar las notas de suicidio y los epitafios de algunas personas ilustres, los alumnos se enfrentaban a la ingrata tarea de escribir su propia carta de suicidio. Una vez pasado el mal trago, hacían algo tan americano como «compartirla» con sus compañeros en voz alta. Al parecer, con este seminario Critchley pretendía parodiar los programas de escritura creativa que proliferan en Estados Unidos como los níscalos en otoño. También, como dijo en una entrevista, le preocupaba el interés «casi pornográfico» que estas cartas suscitan. Aunque puedo estar de acuerdo con algunas de las ideas que defiende Critchley, tengo serias dudas sobre si analizar la carta de suicidio de Hitler, Cobain o el tal George no contribuye a aumentar ese interés pornográfico del que se lamenta. Me pregunto, además, si el hecho de compartir algo tan íntimo como una carta de suicidio con el grupo, como quien muestra los retales a sus compañeros en un taller de patchwork, no es también un tanto obsceno.

Curiosamente, la clase formaba parte de un ciclo de conferencias llamado «The School of Death», una idea que surgió en contraposición a The School of Life, una organización de filósofos y psicólogos clínicos que acababa de abrir sede en Londres y que, a juzgar de Critchley, representa «una filosofía de autoayuda particularmente nauseabunda». Como él, desconfío de los «especialistas» que se arrogan una sabiduría tal que son capaces de dar lecciones de vida, o de muerte, a los demás (a estas alturas, «saber vivir» y «saber morir» son lugares comunes). Y como psicóloga clínica que soy, me molesta tanto como a él esta «filosofía del buenrollismo» que se practica en The School of Life, como también recelo de la mayor parte de terapias psicológicas al uso basadas en conceptos como «crecimiento personal», «aceptación» o «intolerancia a la frustración» (concepto este tan en boga como la intolerancia a la lactosa y que, a mi juicio, equipara el malestar humano a una mala digestión de sentimientos). Igual que ocurre con la psiquiatría biologicista, la visión que ofrecen la mayoría de estas terapias es reduccionista, a todas luces insuficiente cuando hablamos de un fenómeno tan complejo como el suicidio. Así que no, no creo que ninguna facultad ni ningún psicólogo pueda enseñar a vivir a nadie. Más bien creo que vivir es un oficio que ejercemos como buenamente sabemos y podemos (en la medida que las circunstancias nos dejan). En ese sentido, yo soy más de Pavese.

Hace bien Critchley en invocar a los filósofos clásicos para no caer en las perogrulladas de la psicología positiva y buenrollista. En otro libro, The Book of Dead Philosophers, Critchley hablaba del tabú por excelencia de nuestra sociedad: el de la muerte, un factor a tener en cuenta cuando hablamos del suicidio. Habría que hablar de la muerte con más naturalidad, dice Critchley, y estoy de acuerdo, aunque no se trate de una idea muy original que digamos. Michel de Montaigne le dedicó un capítulo en sus ensayos: De cómo filosofar es aprender a morir. Y, antes que él, Cicerón, para quien filosofar no era otra cosa que prepararse para la muerte. Cicerón insistía en la necesidad de quitarle lo raro a la muerte, acercarla a nosotros, acostumbrarse a ella. Ahora, en Apuntes sobre el suicidio, Critchley defiende «una nueva forma moral de entender el fenómeno: ni lo justifica ni lo condena, ni lo estigmatiza ni lo glorifica, simplemente hace un esfuerzo inteligente por comprender las razones por las que, a veces, es preferible elegir la muerte a la vida y también por qué, incluso siendo la muerte una elección justificable, merece la pena vivir». Básicamente, estoy de acuerdo en que no hay que condenar el suicidio ni tampoco hacer apología del mismo. Por supuesto, también veo necesario hacer el esfuerzo de entender el suicidio (¿quién no?); sin embargo, no creo que esa aproximación moral al suicidio sea del todo nueva. No es que me haya empeñado en llevarle la contraria a Critchley (bastante tiene con las críticas de Zizek), pero es el propio filósofo el que dice apoyarse en pensadores como David Hume o Alberto Radicati para sostener sus argumentos.

Ya Hume postulaba que el suicidio no es un pecado ni una ofensa moral. El hecho, como bien apunta Critchley, de que las ideas de Hume tengan la capacidad de conmocionar siglos después es muy significativo. Nuestra forma de entender el suicidio, y de juzgarlo, nace de la doctrina cristiana. Frases como «la vida es un regalo» o «la vida es sagrada» perviven en nuestro vocabulario a pesar de la secularización. Este último aspecto es examinado en profundidad en un magnífico libro que acaba de publicarse recientemente en Acantilado: Semper dolens. Historia del suicidio en Occidente, de Ramón Andrés. El libro muestra cómo se ha llevado a cabo el suicidio, y cómo ha sido explicado y juzgado, a lo largo de la historia. Para Andrés, «No hay, no puede haber teorías nuevas sobre el suicidio. Nos damos muerte por lo mismo que hace miles de años (…) El fondo humano es una constante». Como dice su autor, Semper dolens «no es más que una historia del dolor, o, mejor dicho, una historia individual y social del dolor», y uno de sus propósitos es «recordar que el malestar y la desperatio son consustanciales al ser humano, y que nada, y acaso todavía menos la razón —o tal vez por ella misma—, puede remediar». Esta visión humanista, podríamos decir, acertada para tratar un tema que es humano, demasiado humano, no conduce necesariamente al pesimismo. Se trata, dice Andrés, de poner «boca arriba las cartas de nuestra fragilidad para, pese a todo, tratar de dar sentido al devenir del mundo».

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Romeo y Julieta (1968). Imagen: BHE Films.

Ya apuntaba Critchley, y con razón, que carecemos de lenguaje para hablar del suicidio. Ante él, nos quedamos sin palabras. Además, con frecuencia tratamos de sortearlo con perífrasis como «darse muerte», «disponer de la propia vida» o «conducta suicida». El tabú que hay en torno al suicidio se carga a la cuenta de los familiares, ya que al dolor de la pérdida, y a veces a la culpa, tienen que sumarle la vergüenza que todavía va asociada al suicidio. Este tabú nos impide acompañar en el sentimiento a los familiares. Con el suicidio habría que hacer lo que Cicerón decía de la muerte: quitarle lo raro, no mantenerlo lejos, en un aparte, pensando que nosotros nunca seremos ellos, los suicidas. Hay que hablar con más naturalidad, sí, pero también pienso que hay que ser cautos a la hora de asociar suicidio y belleza. Se puede morir en paz, se puede tener una muerte «blanda», pero no creo que se pueda «morir bonito». Desde luego, Critchley no es el único que utiliza un enfoque literario para hablar del suicidio (de hecho, el propio Andrés dedica un buen número de páginas a diferentes representaciones artísticas del mismo, con láminas incluidas, desde el Biathanatos, de John Donne, al catálogo de suicidas de las obras de Shakespeare), pero quizá Critchley va demasiado lejos cuando dice que «la carta de suicidio es un género literario fascinante». Al escribir sobre el suicidio de forma literaria se corre el riesgo de contribuir a la idealización, a la visión romántica, que algunas personas tienen del suicidio (visión especialmente extendida en los adolescentes, colectivo más vulnerable al efecto contagio). Otros ensayos de corte literario, como El Dios salvaje, de Al Álvarez, se esfuerzan por escribir sobre el suicidio de escritores como Sylvia Plath de forma austera, con cuidado de no alimentar el romanticismo. También Peter Handke, en su magnífico libro Desgracia impeorable, trata de elaborar el suicidio de su madre sin hacer literatura, aunque es más que dudoso que lo consiga:

(…) esta historia tiene que ver realmente con lo que no tiene nombre, con segundos de espanto para los que no hay lenguaje. Trata de momentos en los que la conciencia, de puro pavor, da un brinco; de estadios de espanto, tan breves que para ellos el lenguaje llega siempre demasiado tarde; de procesos oníricos tan horribles que uno los vive de un modo físico, corporal, como gusanos que estuvieran en la conciencia.

Se podría argumentar que hay algo literario en el suicidio, ya que la nómina de escritores suicidas es amplia (hay quien piensa que el propio Pavese, antes citado, abandonó el oficio de vivir cuando su otro oficio, la literatura, ya no fue refugio suficiente para él); pero en Semper dolens, Andrés señala que «el artista no es especialmente proclive al suicidio si se compara con otro tipo de actividad o profesión». Al parecer, el índice de suicidio es mayor en funcionarios, agricultores o informáticos. La muerte violenta de algunos artistas «se debe por lo común a desarreglos psíquicos o a razones de tipo moral». Y es en este punto de los «desarreglos psíquicos» donde coincidimos Critchley, Andrés y yo. El inglés sugiere que se ha producido una especie de trasvase desde la idea del pecado asociada al suicidio en la Edad Media a la de enfermedad mental. Algo similar, nos recuerda Andrés, decía el psiquiatra Thomas Szasz. Coincido con Ramón Andrés cuando dice que «Es erróneo pretender, como así lo sugiere una significativa parte de la medicina psiquiátrica de las últimas décadas, que el noventa por ciento de los suicidios cuentan con una base patológica». Afirmar tajantemente, como hace buena parte de la psiquiatría biologicista, que entre el 90 y el 95% de las personas que se suicidan tienen una enfermedad mental es, cuando menos, cuestionable, entre otras cosas, porque las categorías diagnósticas que manejamos en la clínica son discutibles y cuando los criterios diagnósticos se aplican de un modo demasiado laxo (especialmente en el caso de los trastornos ansiosodepresivos o adaptativos) casi todos, suicidas o no, podemos entrar en esas categorías. Otra cosa es que las personas con enfermedades mentales graves, como la esquizofrenia o la psicosis maniacodepresiva, tengan un mayor riesgo de suicidio. Como Andrés, creo que hay un malestar consustancial al ser humano, un dolor que compartimos todos, no solo las personas que tienen un diagnóstico psiquiátrico. En ese sentido, todos somos sujetos dolientes, semper dolens, en mayor o menor grado. Al fin y al cabo, todos llevamos algunos duelos a nuestras espaldas y hemos llegado hasta aquí sobreviviendo sucesivas pérdidas.

1950s-1963 --- Original caption: Photo shows author Sylvia Plath seated in front of a bookshelf. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Sylvia Plath ca. 1950. Fotografía: Corbis.

Por otra parte, desde Freud sabemos que al menos una parte de nuestros procesos psíquicos está Más allá del principio del placer; es decir, que, junto al instinto de conservación, hay en nosotros un empuje inexorable hacia la muerte, hacia lo inorgánico, el nirvana. Es curioso que después de un intento de suicidio algunas personas digan que no querían matarse, que solo buscaban un reposo absoluto. Nuestras tendencias autodestructivas van desde los actos más evidentes (el suicidio o las autolesiones) a los más sutiles (todas las formas que uno encuentra para boicotearse a sí mismo, la culpa incisiva, algunos procesos de duelo…). Por si esto no fuese ya bastante complicado, las dos pulsiones, la de muerte y la de vida, están entremezcladas. En El hombre en busca de sentido, el psiquiatra Viktor Frankl cuenta que el método de suicidio más popular en Auschwitz era «lanzarse contra la alambrada»: si alguien quería acabar con todo, no tenía más que tocar el alambre electrificado. La salida estaba, literalmente, al alcance de la mano. Curiosamente, fueron pocos los que se lanzaron contra la alambrada. Las expectativas de vida eran escasas, cuenta, y pasados los primeros días, los prisioneros le perdían el miedo a la muerte: «incluso las cámaras de gas perdían todo su horror; al fin y al cabo, le ahorraban el acto de suicidarse». Es difícil decir si era el instinto de conservación el que pesaba más en aquella decisión de no lanzarse o, por el contrario, era más autodestructivo vivir en el campo un día más. En cualquier caso, Frankl defiende que el hombre, incluso en esas circunstancias, tiene libertad de elección (aunque esto último es discutible en el caso de las personas con una enfermedad mental grave).

Es también significativo que algunos supervivientes del Holocausto, como Primo Levi o Paul Celan, pospusieran esa fuga de la muerte y se suicidasen años después, estando ya en libertad. En esta línea, Andrés señala en su libro que «En periodos de guerra, el suicidio decrece», aumentando, en cambio, en períodos de posguerra: ocurrió en España tras la Guerra Civil, después de la Segunda Guerra Mundial (especialmente en Hungría y Polonia) y tras la guerra de los Balcanes. Tal vez el hecho de suicidarse años después tenga algo que ver con ese «otro» que vive en nosotros y es testigo y juez de nuestros actos, un testigo que «mira con sospecha al que somos», escribe Andrés: «De esa mirada surge el recelo y confirma la certeza de que alguien, que sin embargo está en nosotros, nos pone en entredicho y a menudo humilla. El nacimiento de la conciencia se encuentra alimentado, precisamente, por esa capacidad de autoobservación y por el malestar sentido cuando el “otro” conoce hasta el último de nuestros secretos (…) esta continua vigilancia acaba violentándonos. La tentación de eliminar a este implacable testigo es a veces incontenible, como lo es también la presunción de que su muerte nos liberará». Muchos supervivientes del Holocausto se sentían culpables por haber sobrevivido, como si ese testigo no pudiera perdonarles sus acciones en el campo o el mero hecho de haber salido con vida de allí y se lo recordase a todas horas.  

El amor y el odio que uno siente, tanto hacia el prójimo como hacia sí mismo, son aspectos a tener en cuenta cuando hablamos del suicidio (en algunas cartas, como la que abre este artículo, es más que evidente). El psiquiatra Fernando Colina afirma en un artículo que el hombre «es el único animal capaz de odiarse». De cómo nos llevemos con ese otro que somos, de cómo nos tuteamos, va a depender casi todo. Cuando no hay afuera (o bien porque las circunstancias externas son prácticamente inasumibles —como los desahucios o las condiciones laborales de los trabajadores de France Télécom, por ejemplo—, o bien porque el sujeto es presa de la melancolía, como cuenta el magnífico escritor Marek Bienczyk en Melancolía. De los que la dicha perdieron y no hallarán más), el sujeto queda a solas con ese otro, frente al espejo. En esas circunstancias, la relación de tú a tú que uno mantiene consigo mismo será clave. En el caso del psiquiatra Gaëtan Gatian de Clérambault (por hablar del suicidio de forma concreta y no en abstracto como acostumbramos), el duelo ante el espejo acabó de la peor manera posible (impeorable, diría Handke). Según cuenta José María Álvarez en El último lamento de Clérambault, este redactó testamento, cogió el revólver, dispuso el sillón frente al espejo, para no quitarse ojo, y se disparó en la boca. «Yo expío la única falta de mi vida», había escrito. Al parecer, había sustraído un cuadro y no podía perdonárselo. Se podría pensar que Clérambault quiso acabar de una vez con ese incómodo testigo, aunque para ello tuviera que acabar con su vida. Y seguramente sería verdad, pero no toda la verdad. Todas las respuestas son necesariamente parciales, aproximaciones. Habría que tener también en cuenta la ceguera progresiva y las operaciones de ojos que había sufrido (se disparó sin quitarse ojo, recordemos), su historial de pérdidas (se sabe que cuando tenía cinco años su hermana mayor, Marie, a la que estaba muy unido, fallece de forma repentina)… En definitiva, si queremos entender el suicidio, tendremos que ir caso a caso. El suicidio es una cuestión individual que no podemos despachar con estadísticas. Como dice Jaspers en una cita recogida en Semper dolens, «Las estadísticas del suicidio no dan una idea del alma individual». Conviene no olvidarlo.


Gastronomía extrema y gusto adquirido

El casu marzu, delicioso queso típico de Cerdeña, conocido por el uso de larvas vivas de mosca para su fermentación. Foto: Shardan (CC)
El casu marzu, delicioso queso típico de Cerdeña, conocido por el uso de larvas vivas de mosca para su fermentación. Foto: Shardan (CC)

Antigastronomía. Apúntenlo quienes tengan unos impulsos emprendedores que ninguna práctica terapéutica seria haya sido capaz de reprimir. Y ya que resulta inevitable que estos emisarios del mal tomen posesión de bares, tascas, cantinas y restoranes —siempre atentos a la oportunidad de presentar cuentas de importes legendarios a una clientela que aún se encuentra enfrascada en una lucha sin sentido con unas vajillas de formas geométricas venidas de mucho más allá de Kandor, o de Otoh Gunga, o de donde moran y esperan Todos Aquellos—, ya que no hay manera de evitar que dilapiden parte de su capital y todo el que hayan podido reunir mediante las clásicas argucias de oveja negra de la familia, unos sablazos que incluso contabilizándolos echando mano de la notación exponencial necesitan más de un cero para ser medidos con exactitud, aconsejémosles que lo hagan a lo grande y arrasen lo que queda de nuestra empobrecida cultura occidental con este concepto ganador. La antigastronomía es la tabula rasa que llevamos esperando desde al menos 1917.

Hay quien se ríe de esa famosa máxima que cuelga en un lugar prominente de todo buen hogar cristiano y español, unas veces bordada en hilo de oro y otras grabada en mármol y otras piedras incluso preciosas, y que proclama con sano orgullo que «como en casa, no se come en ninguna parte». Otros, mucho más civilizados, más instruidos, más viajados, publican en notorias publicaciones especializadas artículos científicos combatiendo esta tradicional verdad (1), y por tanto no hay que dudar de la caída del pedestal que más pronto o más tarde va a sufrir la cocina de la abuela. Esos, los que miran con burla un plato de macarrones con tomate mientras enseñan fotos muy bien enfocadas de algún mercado de Rangún o Tegucigalpa, son el público objetivo. Los cosmopolitas, los ciudadanos del mundo, los que han sustituido la internacionalización de la lucha de clases por el ataque a las fronteras gastronómicas. Los amantes de la naturaleza monitorizada y los degustadores de tofu y sake, que a su vez son capaces de experimentar la no siempre explícita satisfacción que puede ofrecer un concierto de bongos. Esos serán los clientes potenciales en un lado del espectro social, mientras que, en el extremo opuesto, aquellos que luchan por mantener las tradiciones y se aferran a un plato de morcilla de Burgos como un zarigüeya a la entrepierna de un oso pardo tampoco podrán resistir la tentación de acudir a sus establecimientos con el ansia de reforzar su verdad. Que, como ya habrá adivinado el menos avispado de los lectores, es la misma, pues estamos afrontando las diferencias que separan un plato de escorpiones au vin de un zurullo de sangre coagulada con arroz. ¡Relativismo! Una apuesta que los consultores más cualificados no dudarán en denominar One Hundred Percent Win (OHPCW) justo antes de que mueran asfixiados al tragarse involuntariamente su propia lengua.

¿Qué debe incluir una carta de un espacio antigastronómico? ¿Qué hitos de la idiocia humana o la glotonería desmedida no deben faltar, ya sea en menús contradegustación cerrados ya en pequeños y delicados bocados —merde brûleé en miniatura, la bautizará algún crítico— que de cualquier modo bastarán para repugnar al más atrevido de estos catequistas del ecumenismo culinario? ¿Debemos seguir las pautas marcadas por un sabor u olor objetivamente repugnante? No son pocos los relativistas absolutos (2) que niegan la existencia de cosa semejante. «Gusto adquirido», proclaman ciertos antropólogos a sus auditorios en todas las universidades de la Ivy League. ¿Quizás sería necesario restringirse entonces a aquellas recetas que resultan repelentes debido a la materia prima utilizada en su elaboración? «Todo es cultural», siguen dando la tabarra los mismos eruditos ¿Debemos fijarnos en la textura? Mmmmh, eso suena a alta gastronomía. Desconfiemos ¿Y los alimentos tabú? Podría ser, pero un propuesta caníbal entraña riesgos inadmisibles tanto si resulta un éxito como si termina en fracaso, así que mientras esperamos a conseguir fondos para levantar la némesis del inefable Basque Culinary Center y fijar un programa de estudios que le dé cierta pátina científica a la cuestión, mientras diseñamos un organigrama complejísimo que impida seguir con claridad los desvíos de fondos que ya tenemos programados y buscamos una localización para levantar el horror arquitectónico de turno —un lugar que hasta el momento todos coinciden en situar en el altar mayor de la catedral de Burgos— les dejamos unas pistas sobre cómo iniciarse en este fascinante mundo y hacerse de oro y diamantes al mismo tiempo que, siguiendo una práctica comercial bien asentada, se descojonan de sus clientes.

Balut

Foto: Nepenthes (CC)
Foto: Nepenthes (CC)

La manera suave de describir el balut es decir que se trata de un huevo cocido fecundado, ya sea de pato o de oca. La verdad es que se trata de un huevo con un feto dentro; en todos los casos, independientemente de la latitud del sudeste asiático en la que se haya aterrizado o desembarcado, se podrán apreciar la textura y sabor de plumas, pico y huesecillos más o menos desarrollados. En las Filipinas les gusta de diecisiete días, mientras que los vietnamitas no se acercan a uno de estos manjares si no tiene al menos tres semanas de protovida. Este plato, como es natural, supone una dura prueba para los negacionistas de la perfidia característica de la mente oriental, que durante tantos y tantos años nos dio una serie de malvados inigualables en crueldad, compromiso con el mal e inefable mala leche. Ya saben, Fu Manchú, Tojo, el Doctor Infierno, el general Francisco Franco (3)… Por no hablar del cortocircuito neuronal que provoca en, por ejemplo, un proabortista vegetariano.

Los debates sobre la correcta manera de consumir este manjar son interminables. Arde tuiter en el Trópico de Capricornio defendiendo la verdad de consumir primero los jugos del huevo y después masticar el feto, para terminar con la clara y la yema, o bien seguir el orden inverso. No falta quien lo toma en adobo —el adobo es mejor, el adobo es más alegre—, frito o como relleno de unos pasteles que, suponemos, serán el elemento estrella del ágape de cumpleaños de ese hijo cabrón que antes o después siempre acaba por aparecer en todas las familias.

Así pues la mejor apuesta para darse a conocer y generar debate es servir un menú que se abra con raciones de balut en distintos estadios de gestación. Una cata de baluts con eminentes embrionistas dando las indicaciones oportunas y repartiendo tobas entre la concurrencia a diestro y siniestro, con la excusa de que se trata de una antigua tradición china bien representada en todos los jarrones policromados de la dinastía Ming, e incluso en alguno anterior. Pronto la carrera de Embriología Gastronómica será tan solicitada como la de chef, DJ, politólogo o LET, y cualquier gobierno aprenderá la lección y, del mismo modo que en los colegios de las Filipinas se obliga a los niños a diseccionar y posteriormente consumir un balut como parte de la formación del espíritu nacional y unos traumas inenarrables, aquí se gastaría el importe de varios presupuestos de sanidad en investigar y desarrollar una receta potencialmente asquerosa que deje al Misterio temblando y vertebre la identidad nacional. La gastronomía como herramienta política.

De momento en España no se encuentran baluts, al menos a un precio definido en moneda de uso corriente; quien quiera atravesar esta última frontera de la razón siempre puede desplazarse a Nueva York y apuntarse al concurso anual que organiza el restaurante Maharlika. El récord actual es zamparse veintisiete de estos fetos en cinco minutos. Corran.

Huevo centenario

Foto: Kowloonese (CC)
Foto: Kowloonese (CC)

Si el balut resulta asqueroso por lo que contiene, el huevo centenario —típico de la China; en algunas regiones se dan más ínfulas y lo denominan milenario— se aparece repugnante a la mente occidental tanto por su color verde parduzco, un color que le resultaría sucio a la Cosa del Pantano, como por su inconfundible aroma a pis de caballo. No es una figura retórica; durante muchas generaciones de chinos corrió el rumor de que además de enterrar durante meses los huevos de pato, gallina o codorniz bajo capas de arcilla, cal viva, cenizas, cáscaras de arroz, sal y otros minerales alcalinos, se ponía la guinda al pastel acercando un jamelgo para que rociara todo ese pifostio con varios litros de meados de distinto color, dependiendo de lo que hubiera comido el percherón y de la hora a la que le diera por aliviarse. De momento, y hasta que algún chef estrella no tome cartas en el asunto, no es verdad.

Al parecer, allá por el siglo XV, cuando un natural de la China interior encontró unos huevos enterrados bajo el mortero que estaba empleando para la construcción de su casa, comprobó que el pH había superado el 12 y se habían roto ciertas proteínas y grasas complejas e insípidas, produciendo otras más sencillas pero con un sabor y olor más fuerte, como por ejemplo a queso fuerte, amoníaco y azufre. Otra versión es que al encontrar los huevos no pudo resistir la tentación de putear a un cuñado especialmente odioso, y aprovechando que la frase «no hay huevos» le venía que ni pintada le planteó un reto que, con el paso de los años, tornó en tradición. Es el mismo mecanismo que hará que dentro de varios siglos, cuando lo único que se conserve de nuestra malhadada sociedad sean los vídeos de L.A. Beast (4), se considere el consumo del Tabasco como una delicatessen y la consecuente peritonitis endémica logre la extinción de la humanidad, planteando un dilema biológico a cualquier raza extraterrestre futura que aparezca posteriormente por aquí, quienes no tendrán más remedio que acudir a la ciencia y la caída de un meteorito compuesto por heces estelares para explicarse todo lo que encuentren bajo sus pies.

El huevo centenario se puede probar en el restaurante Royal Cantonés de Madrid, aunque no cuesta encontrarlo en cualquier restaurante chino del mundo.

Kopi luwak

Foto: Wibowo Djatmiko (CC)
Foto: Wibowo Djatmiko (CC)

A ciertas civilizaciones les atribuimos una sabiduría milenaria y un conocimiento científico incompatible con ella. Un ejemplo práctico es el de estos granos de café cagados por una especie de ardilla malaya llamada civeta. Al parecer las enzimas digestivas de la civeta, si bien no digieren el grano del café, sí lo modifican químicamente, rompiendo las proteínas que producen el amargor —recuerden, el amargor es peligroso— y añadiendo un sabor al que nadie todavía se ha atrevido a dar nombre. Los granos cagados se lavan y tuestan muy ligeramente para no estropear los sabores adquiridos por la digestión, y finalmente se ponen a la venta a un precio que nunca baja de los cuatrocientos dólares el kilo. Además, estos simpáticos animales tienen unas bolsas rebosantes de algalia alrededor del ano; la algalia es una sustancia untuosa que se utiliza como base en la perfumería más selecta y que de paso aporta una contribución impagable para el desarrollo de la humanidad al cambiar el sentido de la expresión «oler como el culo».

Como es poco probable que un indígena de Java o Sumatra de hace doce siglos intentara describir la complejidad que se encierra detrás de una enzima sin terminar él mismo dentro de una cazuela, o bien toda esta parafernalia científica que se oculta detrás de un grano de café le fue revelada por una raza alienígena, cuyos actuales descendientes serían los grandes chefs y los aficionados al yoga, o bien tenemos aquí, una vez más, una muestra de los beneficios del humor escatológico. Alguna mente preclara llevaría al extremo la sentencia «este café está hecho con mierda» para beneficio de aquella parte de la humanidad que se pueda pagar lo que le salga del ano a un bicho tropical. Bien por él.

En contra de lo que se suele discutir en los foros más exclusivos de cafeterías como Embassy o Gregory’s, el kopi luwak no es el café más caro del mundo. Semejante honor recae en el Black Ivory, que es lo mismo pero usando el tracto intestinal de un elefante como elemento modificador de las propiedades de los granos de café. Como el elefante sí mastica y machaca los granos, y como el volumen de una cagada de elefante supera en varios órdenes de magnitud el de cualquier otro animal terrestre, es fácil adivinar que el implacable funcionamiento de los mercados aprovechará las circunstancias para sacar a la venta este manjar por no menos de mil cien dólares el kilogramo.

El kopi luwak no es difícil de encontrar, y se puede comprar aquí y en otros muchos comercios especializados en café y otras incongruencias alimentarias.

Hákarl

Foto: Chris 73 (CC)
Foto: Chris 73 (CC)

Como el ansia de ir más allá superando retos no es exclusiva del lejano oriente, también en las latitudes nórdicas se aplican con esmero a la elaboración de alimentos repugnantes, ofreciendo así pruebas irrefutables del axioma que establece que el desarrollo social de una civilización es inversamente proporcional a su envergadura gastronómica. La gula hundió al Imperio romano, y no es fácil entender que una sociedad dedicada a profundizar en los vericuetos de la fenomenología o el idealismo no tiene tiempo de esferificar merluzas. Si prestan atención a este principio y a todo lo que hemos expuesto sobre la ciencia, las enzimas y los habitantes del Timor oriental primitivo, encontrarán no pocas contradicciones y, al mismo tiempo y dada la excelencia de la gastronomía española y el contenido de este artículo, una prueba concluyente y definitiva, iniciando un bucle infinito al que solo podemos poner fin hablando de tiburones que son sacos de uretra submarinos.

De entre todos los animales árticos, la cabezonería islandesa se propuso convertir en su plato nacional al tiburón boreal y, en caso de que semejante bicho escaseara por esas costas del fin del mundo, al tiburón peregrino. El alto contenido en ácido úrico de estos animales los hace mortalmente venenosos si se consumen frescos; es terrorífico pensar la cantidad de muertes que debió de causar su ingesta hasta que algún héroe vikingo sin cerebro pensó que puestos a morir, por qué no hacerlo con hombría y dignidad comiendo un pedazo de pescado podrido. Así que se entierra la parte oportuna del tiburón en un hoyo lo más alejado posible de cualquier asentamiento humano hasta que, después de doce semanas, se ha desecado y podrido, momento en el que se procede a colgarlo del techo durante unos cuantos meses como si fueran a formar parte del delirante atrezzo del Museo del Jamón. Todo este proceso desprende un aroma que eleva la peste que suelta una fábrica papelera a la altura del frescor de las cumbres del Tirol. La descripción más precisa del olor y sabor del hákarl listo para ser comido es aquella que lo describe como similar a un producto de limpieza industrial modificado convenientemente para desprender un olor desagradable que mantenga alejado a todo intruso sin acceso permitido a las instalaciones, como pueden ser las ratas, las cucarachas y los hijos putativos de Yog-Sothoth. Si hay un alimento en el mundo que se ajusta a los parámetros del gusto adquirido, sin duda es este. Por razones obvias, no es fácil de conseguir fuera de Islandia.

Vegemite

Foto: Tristanb (CC)
Foto: Tristanb (CC)

En el otro extremo del mundo encontramos una de las muestras más brillantes de las aptitudes del homo economicus, capaz de comercializar como alimento nacional un subproducto del proceso de fabricación de la cerveza dotado de un sabor que ni siquiera los gastrónomos más cínicos podrían apreciar. El Vegemite es un chiste, un chiste gracioso y adictivo del que, ojo, es difícil prescindir una vez que se ha experimentado. Hay gente que vuelve de Australia encandilada por maravillas naturales como la barrera del coral, Ayers Rock, Bondi Beach y los Radio Birdman, y hay quien retorna con los ojos desorbitados, ensangrentados, sin poder cerrarlos un momento ni siquiera para dormir el sueño de los justos, sin otra misión en la vida que localizar a quien le pueda proporcionar un frasquito diminuto de la repugnante pasta que en estas latitudes septentrionales ha sido imitada burdamente por asquerosidades de medio pelo como el Marmite —la metadona de los vegemitómanos, que no logra ni de lejos alcanzar ni la textura ni el sabor requeridos a la hora de untarlos sobre una tostada de mantequilla— y a los que se puede ver arrastrándose por las esquinas de los bares preferidos de la comunidad australiana de Londres, el único lugar del hemisferio norte donde se puede encontrar la preciada pasta. Oh, queremos tanto al Vegemite.

Gallinejas y entresijos

Foto: Yolanda Gándara.
Foto: Yolanda Gándara.

El asunto de esta especialidad ya se abordó científicamente en esta publicación. La vigencia de ese paper, merecedor de una subvención, una beca y la medalla al mérito civil y militar, no es discutible, y a él nos remitimos.

Perro

Foto: DP.
Foto: DP.

Si «hay algo intrínsecamente malo en un país que no tiene caballos», como dice Dallas en La chaqueta metálica minutos antes de que le revienten el abdomen, no queremos ni pensar los niveles de maldad o hambre que desarrolla una nación capaz de tomarse al pie de la letra la receta del perrito caliente. Todo el mundo está más o menos de acuerdo en que el afecto que muestran los perretes hacia sus amos, las muestras de amor incondicional y alegría muchas veces injustificada, son un mecanismo de autodefensa desarrollado con el propósito de generar compasión y otros sentimientos que impidan su empleo, ya sea como ingrediente principal o como guarnición, en la elaboración de un estofado, curry o algo peor aún. Comer perro denota una carencia de humanidad que automáticamente clasifica como alimento con fecha de caducidad a quienquiera que fomente esa práctica. Comer perros deja al canibalismo como una extravagancia culinaria similar a la de comer sushi. No lo hagan, por muchas ansias de multiculturalismo que se sientan obligados a fingir.

Heavy metal alemán

 Foto: Darz Mol (CC)
Foto: Darz Mol (CC)

El peor heavy metal alemán es un alimento para el alma. Un día amargo, uno de esos días en los que te sientes solo, desgraciado y con ganas de comer perro, solamente te lo arregla una buena dosis de heroína y siete horas seguidas de Gamma Ray. Nadie te quiere porque te huele el aliento a escamoles y tienes manchurrones de Vegemite en los calzones. Te han copiado la idea del restaurante de comida nauseabunda y ahora en Madrid Fusión y otros templos de la villanía dan lecciones de cómo preparar el lutefisk más vomitivo mientras hacen rodar ejemplares de varias toneladas del queso casu marzu sardo, fermentado no con larvas de la mosca del queso, sino con auténticos tábanos de vientre multicolor, las famosísimas moscas de la mierda suelta. Por todas partes se abren cadenas de comida rápida sirviendo hamburguesas de kimchi aderezadas con tofu. Piensas en el suicidio como la única salida honorable. Y entonces descubres que si hay gente que le encuentra un sentido a la vida comprando discos de Metalium, tú bien puedes dedicarte a lo que más te apetezca; a pintarte la cara con maquillaje cadáver, a hacerte socio del Real Madrid, a socializar lobos de la estepa siberiana, a lo que sea, a lo que quieras. A tumbarte en el sofá a sobarte la entrepierna para después pasarte la mano por debajo de la nariz sin darle explicaciones a nadie y sentirte libre de toda responsabilidad, como si fueras un albatros, un guepardo, un delfín o un ministro de Sanidad. El metal alemán me hizo así.

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(1) E. Filardi, «Como en España se come en muchos sitios», Jot Down Magazine nº7, especial «derribando mitos», p. 12 y ss, Barcelona, 2014. Aunque este artículo sea el segundo en el índice de la publicación, pocos dudan de que sea el más importante de todo el número.

(2) Algún día debería tratarse el asunto de la verdad absoluta del relativismo, una cuestión obvia que sin embargo parece haber sido ignorada por todas las mentes preclaras del momento.

(3)Un viaje hacia oriente que parta de la Península ibérica terminará en El Ferrol debido a la curvatura de la superficie terrestre, definiendo este extremo del mundo como punto más oriental del planeta, y por tanto atribuyéndole al dictador un origen chino que ya todos habíamos adivinado al escuchar su voz atiplada.

(4) De este caballero pronto tendrá que hablar alguien largo y tendido en esta revista.


Kay Parker, la madre que no nos parió

Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. A finalísimos del siglo pasado, esas cuatro letras eran coreadas en la comedia adolescente picante American Pie —ay, si Porky’s levantara la cabeza— por varios imberbes zagales durante una fiesta casera frente al retrato de la pechugona y ausente madre del anfitrión. Poco se podría sospechar quizás que semejante chiste fácil fuera a popularizar un término que soezmente etiquetaba una fantasía no extraña a la mente masculina pese a los tópicos sobre las preferencias en cuestiones de edad: la de la mujer madura considerablemente atractiva, “la Madre Que Me Follaría”. El chiste, el término, la etiqueta adoptada devino en moda en los siguientes años. Varias series de televisión se crearon alrededor de personajes principales con características que buscaban explotar la redescubierta veta sexual de la que, además, surgirían variedades específicas, como la del “puma” —cougar— que definía a la mujer madura con una actitud de depredadora sexual. Mujeres Desesperadas  y Cougar Town son dos casos populares al asunto. Por otra parte, en otras series —de cualquier género— las milfs aparecían como champiñones dentro del elenco de personajes, destacando por su tremendo sex-appeal. Como relucientes ejemplos me quedaría con Elizabeth Mitchell (Juliet Burke) en Perdidos y Sofia Vergara (Gloria Delgado-Prichett) en Modern Family. Por la parte que le toca —y con más tradición, si cabe— la cinematografía también ha usado la capacidad seductora de actrices veteranas como Michelle Pfeiffer, Diane Lane, Sharon Stone o Monica Bellucci. Catherine Deneuve y Susan Sarandon ya se habían marcado a principios de los ochenta un rollo lésbico-vampírico-existencial en El ansia. E incluso una Sofia Loren ya con sesenta tacos se atrevía a lucir palmito y lencería en una erotico-cómica escena de cama con Marcello Mastroianni en Pret-a-porter.

Foto Sofia Loren
Marcello, tú me has enseñado a ser una leona

¿Y el porno? El porno celebró la segunda venida de toda una serie de actrices que habían triunfado tiempo atrás y que demostraron no haber perdido su toque. Pese a que las vueltas al negocio del coito cinematografiado no eran algo completamente novedoso —casos como el de Nina Hartley o Ginger Lynn por citar un par— ahora los regresos venían arropados por el popularizado nuevo nicho que, al reconocer el atractivo y potenciar de la veteranía, permitía felizmente ampliar la edad media de la carrera —por lo general corta, sobre todo en comparación con sus contrapartidas masculinas— de muchas felatrices de culto.

Sin embargo, la presencia de la mujer de edad avanzada —que en términos de pornografía lo situaremos entre los treinta y cuarenta años— en el cine para adultos no siempre ha necesitado de la popularización de su fantasía. Cuando la escena sexual estaba incluida en el argumento como parte del mismo —y no era la totalidad del argumento—, cuando el sexo en pantalla buscaba como referente la cinematografía convencional en pos del reconocimiento y la categoría de arte, los directores buscaban actrices con las virtudes necesarias para representar los papeles de los guiones, combinando en lo posible tanto aptitudes físicas y sexuales como interpretativas. Georgina Spelvin, con 37 años de edad, algunos estudios de interpretación y unas pocas escenas de sexo a sus espaldas, se convertía en la protagonista esencial de una de las mejores películas pornográficas de todos los tiempos,The devil in Miss Jones. Otro caso célebre es el de Juliet Anderson. Con 42 años, se la inmortalizaba con el alias de Aunt Peg a raíz de la película de mismo título, en su papel de rubia arpía insaciable.

Pero la cumbre del mito erótico de la mujer madura —la mujer que mejor representó el ideal erótico-maternal para el espectador— no lo alcanzó ninguna como Kay Parker en Taboo, con su papel protagonista de Barbara Scott y el relato de una relación incestuosa madre-hijo. Una interpretación que, a efectos prácticos, perfectamente le valdría el título de Madre de todas las Milfs.

Una inglesa en los Estados Unidos del Porno

Kay Parker llega a la costa este americana desde su Birmingham natal en el 1965, con 21 años. Es criada en una Inglaterra triste y gris de postguerra profundamente represiva y cuenta en algunas entrevistas que si se hubiera quedado en las islas durante más tiempo, sencillamente no hubiera podido salir viva de su juventud. Su viaje a los Estados Unidos fue tanto una huida como una forma de descubrirse a sí misma. Y su entrada al mundo del cine para adultos no fue inmediata ni impulsiva, amén de que al cine porno por aquel entonces aún le quedaría unos años para ser legal.

Más de una década después de su llegada a América, conoció al actor John Leslie, que sería su contacto de entrada. Inicialmente, ella desconocía que se dedicaba al cine pornográfico, si bien algo se imaginaba; en aquella época, en aquel lugar, era casi más fácil estar metido en el mundillo que no estarlo. La inmersión de Kay en el mismo fue progresiva y sopesada, lo que nos da mucha información sobre su forma de ser. Era todo lo contrario del estereotipo de sureña inocente que buscando los focos de Hollywood acababa rodando porno casi desde el minuto cero y que la propia industria ha representado, parodiado y, de nuevo, fetichizado. Inteligente y reflexiva, además de ponderar cada paso que daba, la actriz reconoce que era —y durante mucho tiempo fue— bastante pudorosa. Incluso ya instalada en su carrera como pornostar, se consideraba a sí misma en medio de la escena del cine para adultos como “la mojigata del porno”. Por norma general, evitaba escenas extremas o papeles a los que no pudiera aportar algo más allá de la propia escena sexual. Y entendía que la práctica del coito ante la cámara, cuanto más natural y sincera fuera, mejor resultado daba.

En aquellos tiempos previos al inicio de su carrera no es menos cierto que también sentía una cierta necesidad de “desmelenarse”, quizás como forma de liberación de su restrictivo pasado al otro lado del charco. Esto, junto con la atracción que afirma sentía hacia el mundo del cine en general, hace más sencillo entender su proceso paulatino de entrada y, por otra parte, pone de relieve los paralelismos esenciales con el personaje de Barbara Scott que la hicieron única para el papel y explican el enorme éxito que le siguió.

En 1977, aceptaría su primer papel en V, the hot one de Robert McCallum, uno sin escenas sexuales, pero que supondría introducir un primer pie en la escena. La inmersión completa y su debut como actriz pornográfica se daría ese mismo año en Sex World de Anthony Spinelli. Kay Parker tenía 33 años y los productores del momento empezaron a tomar nota de todas sus virtudes y de cómo destacaba frente a la actriz porno media de aquellos años. Además de manejarse bien con los guiones y la interpretación, aquella mujer de melena castaña, ojos azules y exótico acento inglés, poseía un físico de infarto. Si a la Parker, en su juventud, le había picado algún bicho radiactivo del que obtener unas dotes proporcionalmente superiores a lo humano… bueno, solo digamos que el bicho en cuestión no era una araña. Para el anecdotario, Ron Jeremy afirmó en su día que Kay Parker es una de las tres actrices con las que lamenta no haber podido compartir escena nunca —aunque estuvo a punto, en Taboo 2— junto con Annette Haven y Jessie St. James.

Tres años después, en 1980, llegaba la oferta para rodar Taboo. El tema de la incesto tratado a través del cine para adultos era y no era nuevo. Existían antecedentes en producciones de bajo coste en ambas costas americanas. Y en Europa, los alemanes ya habían iniciado la serie de películas pornográficas con toques de comedia de Josefine Mutzchenbacher —otro porno de culto, menos conocido popularmente— basada en las escandalosa novela erótica Historia de una prostituta vienesa de autor anónimo, pero atribuida a Félix Salten, autor de Bambi: una vida en el bosque, el relato del que surgiría luego la famosa producción de la Walt Disney. En cualquier caso, en América, aquel era el primer guión sobre el asunto con algo más de profundidad y seriedad, pero tampoco exenta de puntos de comedia, como veremos.

Foto Jessie St James
Barbara Scott pudo haber sido rubia y algo menos madura

Kirdy Stevens, director de la obra que nos ocupa —fallecido este pasado mes de Octubre— tuvo en mente inicialmente a Jessie St. James, una de las mujeres más guapas del porno de finales de los setenta para el papel principal; pero por lo que fuera la oportunidad para interpretar a Barbara Scott acabó en manos de Kay. La verdad es que las dos mujeres se parecían la una a la otra en el proverbial blanco de los ojos. La primera era una esbelta y rubia californiana con rasgos atléticos. Kay Parker, todo lo contrario: le sacaba diez años de edad, le ganaba en voluptuosidad y en tallas de busto —lo que parecería más apropiado para una representación maternal— y poseía el punto del acento británico que podía dar matices ya no solamente maternales, sino también matronales. En cualquier caso, el papel y la decisión de interpretarlo acabó recayendo sobre ella.

Y en la encrucijada de aceptar la que sería la interpretación de su vida tuvo sus reparos. El tema del incesto la echaba para atrás, pero el guión era bueno, el personaje importante y había muchas posibilidades para la interpretación dramática. En el imaginario artístico del momento quizás corría también la película de Bertolucci estrenada el año anterior, La luna, sobre la relación incestuosa entre una viuda cantante de ópera y su hijo adicto a la heroína. Al final, la británica reflexionó que si no era ella quien asumía el rol, lo asumirían otras y que aquel era un tren que debía tomar. Si ella era Barbara Scott por lo menos podría ponerle corazón —y no solo cuerpo— al personaje. Y dio el sí.

Taboo : Crónica de un incesto anunciado

(Van avisados de que voy a hacerles el spoiler de la trama entera.)

Así como de un porno argumental nos esperaríamos un inicio narrativo que nos llevase algo más tarde a alguna escena sexual, Taboo empieza directa al tajo, pero de una forma que ya nos habla de la personalidad de sus personajes a través de la práctica coyuntal. La película abre la historia con Bárbara Scott sobre el lecho matrimonial practicándole una felación a su amado esposo, Chris, a oscuras. El afortunado varón extiende una mano para encender la lamparita y así poder disfrutar visualmente de los favores que está recibiendo; sin embargo, no tardará ella en lanzarse sobre el interruptor para volver a apagarla. Poco después, su marido la volvería a encender, contrario al quizás inverosímil pudor de su mujer. Hay quejas, algo de refriega, pero la pareja acaba rematando la faena. Sin embargo, a la conclusión de la misma  Chris anuncia a Bárbara —aún más inverosímilmente— que la deja por su secretaria a causa de su constante mojigatería en la cama.

Tras semejante desencadenante de la acción, no se nos tarda en presentar a otros personajes principales de la historia. El primero es Paul, hijo de Barbara, un rubio Apolo americano de ojos azules interpretado por un Mike Ranger de veintiocho años, que en la historia pretende tener bastantes menos (se afeitó un prominente mostacho a lo John Holmes, moda varonil del momento), acorde con la edad de un universitario de primeros años; Kay Parker en aquel momento tenía treinta y seis años y, a la inversa, su personaje pretendía aparentar alguno más. Paul no parece excesivamente sobresaltado por la idea de que su padre abandone a su madre y en la escena del desayuno en el que lo conocemos por primera vez ya gasta miradas furtivas al generoso escote maternal bajo una bastante suelta bata de dormitorio. Pronto veremos que Paul tiene una vida sexual bastante rica: queda para estudiar con su novia —interpretada por Dorothy LeMay— y una amiga y nos demuestra que es capaz de contestar preguntas de historia general a lo Trivial mientras usa la boca para otros menesteres. Después de la tercera respuesta correcta, su pareja deja de hacerle preguntas para pasar a temas más elevados, probablemente asombrada por la increíble cultura de su novio. No tardará tampoco en sumarse la amiga a todo el asunto. Vamos, lo normal de quedar a estudiar historia.

Foto Kay Bata
Cosas que te pondrías para desayunar en familia

El otro personaje importante a presentar es Gina, interpretada por Juliet Anderson, que hace las veces de amiga íntima de Barbara. Su personaje no puede ser más diferente al de Kay, una mujer madura sexualmente liberada que a las doce del mediodía está montándose tríos con su pareja y una amiga asiática. Su personaje, opuesto natural y contrapunto dialéctico al de la protagonista, también dará respiros de humor al guión. Ella tratará de animar a su buena amiga después de su ruptura matrimonial. Y su propuesta para que lo supere todo, inevitablemente, pasará por encamarla lo más rápido posible con algún conocido, pese a que Barbara no esté mucho por la labor. Mucho más formal, su primer paso para reiniciar su vida consiste en conseguir un trabajo en la oficina que dirige un viejo amigo, Jerry. Pero allí también estará presente el furor sexual del que pretende escapar: Jerry, ya en el primer día de trabajo, muestra unos avances hacia ella que no le gustan nada y que están más cercanos al acoso sexual que al cortejo romántico que ella quizás preferiría. Pero tras hablarlo y varias disculpas, pactan una relación estrictamente profesional.

A la vuelta del trabajo, Paul llega también a casa con su novia y no pierde la oportunidad de espiar a su escultural madre en la ducha y arreglándose para salir. Además de las miradas furtivas matinales, el joven ya había tratado —con éxito— de colarle un nada sutil beso con lengua tras la coartada de un inocente ósculo familiar durante una charla madre-hijo. Así, la irresistible atracción que siente hacia ella se va haciendo cada vez más patente. Este enfoque, también, ayuda a aliviar ligeramente la dura carga del tema del incesto en la película: Barbara no es una depredadora sexual —no es una cougar— sino todo lo contrario; es su hijo el que trata de hacer avances hacia ella y quien desarrolla la obsesión inicial hacia el otro. En una nueva escena de sexo con su novia —una vez su madre ya ha salido con su cita— se nos intercala alguna escena recordando a su madre desnuda para insistirnos en esa idea.

Mientras tanto, Barbara ha salido con un amigo de Gina para asistir a una fiesta. Una fiesta en la que, a los pocos minutos de llegar, empieza a circular gente sin ropa porque, sin ella saberlo, la han llevado a la clásica swinger party de la costa oeste setentera. Su acompañante insiste en que participe, pero ella se niega. Pero que ella se mantenga al margen no impide que el evento devenga en orgía desenfrenada. Kirdy Stevens nos regalará la breve instantánea de un daisy chain, una ourobórica cadena de sexo oral perfectamente heterosexual, elaborada ante los ojos de la atónita Barbara —que, por otra parte, está también ocupada sacándose de encima a un hippie de la edad de su hijo—. Tras el intercambio lúbrico masivo, la fiesta termina —ella es la única que no ha participado sexualmente del encuentro— y su acompañante la deja en casa.

Pero algo más tarde, ya acostada, no consigue pegar ojo. Todo el mundo menos ella parece tener una vida sexual plenamente satisfecha. Allá por donde circule, sea su entorno familiar, profesional o social, no encuentra más que sexo, sexo y sexo que por su forma de ser rechaza por sistema. Pero toda esa presión —suponemos que por desgaste— acaba haciendo mella y se encuentra a sí misma, de madrugada, excitada y acariciándose con el recuerdo de lo que ha visto durante su cita, fantaseando con su participación de la multitudinaria orgía y colocándose imaginariamente en el centro de aquel círculo de gente desnuda que ahora trata de alcanzarla con sus manos mientras se deja llevar —por fin— por el éxtasis. Pero así como hace unas horas disponía de múltiples opciones para elegir con quien saciar su repentino deseo, en esos momentos se encuentra sola en casa.

O no exactamente sola.

Foto Swinger Party
Mucha gente desnuda y sábanas con estampado de flores: un solo fotograma para saber que estamos en la California de finales de los setenta

Un polvo para la historia del cine porno

Bárbara se levanta y tal y como avanza por el pasillo se nos enchufa la tonadilla funky característica de la película como preludio a lo que va a venir a continuación. Pasa frente a la habitación de Paul y se detiene cuando lo escucha gemir. Si bien, si paramos la oreja, más que gemido la gesticulación verbal de su hijo suena más como el graznido de un pato que como un gemido.

Entra al cuarto y allí se lo encuentra. Durmiendo en su cama como ella lo trajo al mundo. Hace un amago de resistencia, pero las lujuriosas imágenes mentales vuelven a asaltarla. Duda, se aleja, vuelve a dudar y acaba por sentarse en la cama junto a él. Stevens intercala esta secuencia con imágenes, esta vez, de ella practicándole una felación a un desconocido. Porque ahora sí, el director ya ha soltado todos los pathos. Y finalmente, Bárbara termina por derribar toda barrera mental y moral, dándose a la catarsis. En toda la boca.

Lo que sigue es una de las escenas de sexo más ardientes de la era dorada del porno americano. Kay Parker ha comentado en varias entrevistas algunas de las claves que probablemente hicieron que la escena clave de la película, la encarnación de su título, fuera tan tremendamente exitosa. Por un lado, Mike Ranger era un actor con el que, antes de esa película no había “trabajado” nunca. Y confiesa que había una patente atracción mutua del uno hacia el otro incluso fuera de cámara, lo que hacía fácil darle credibilidad al encuentro amoroso y al deseo contenido y posteriormente desatado entre ambos. El otro aspecto clave es el trabajo de interiorización del personaje por parte de la actriz, en todos sus aspectos. Kay se había puesto perfectamente en la piel de Barbara y llegado el momento, trató de infundir tanto amor como pasión a la escena. Con una perspectiva no libre de un cierto misticismo, la británica explica que en ese lugar, en esos instantes, la unión de energías entre todos los que trabajaban en el rodaje —y en particular de Mike y ella— hizo de la escena algo irrepetible, que explica su posterior gloria. Al margen de explicaciones cercanas al new age de las que no necesariamente tenemos que ser partícipes, la actriz reconoce que esa interpretación marcó una techo en su carrera y que en ninguna otra película llegó a ejecutar nada de tan alto nivel.

Floja conclusión

kay parkerPara aquellos de los presentes que vean porno esperando a la mejor escena —leen ustedes Jot Down, revista supuestamente para gente con criterio, por lo que presumo que serán de esos— les adelanto que si se sientan a ver Taboo esa escena no solo es el gran clímax de la película sino que también deberá ser la de todos ustedes.

Porque desafortunadamente el momento cumbre de la película también marca el momento en el que se va rápidamente cuesta abajo. Al día siguiente del acto, inexplicablemente, Barbara acepta una casta y pastelosa cita con su jefe en localizaciones reconocibles de San Francisco. Todo lo funky se vuelve balada romántica. Posteriormente, incluso, hay un nuevo encuentro sexual entre Paul y Bárbara  donde ella sucumbe de nuevo a la tentación y su desliz de la noche anterior deja de ser un mero “accidente”, tratando fallidamente de inyectarle dramatismo y más pasión al asunto.

Prueban también con algo de humor, incluso —lo que desinfla más la historia—, porque, sobrecogida con lo que ha pasado, nuestra protagonista acude a su mejor amiga para recibir consejo. Y Gina, cuando oye la historia hace lo más lógico —para ella, claro— en esas circunstancias, que es masturbarse. También hay que ponerse en su lugar: de golpe y porrazo, su amiga ha pasado de ser una mosquita muerta a salir con el jefe que la acosaba y a acostarse con su propio hijo. ¡Y ella se creía liberal!

Así que, tras haber desarrollado un buen argumento, cargado las pulsiones sexuales y poner en juego un tema tan delicado como el del incesto, Taboo finiquita la cuestión con una conclusión sin chicha ni limoná. Paul y el gran dilema de la historia prácticamente desaparecen del panorama por arte de magia y Barbara confirma su relación con Jerry —bastante menos atractivo que Ranger y poseedor de una capa de pelo en la espalda a lo Ron Jeremy (bueno, exagero; realmente no existe nadie en la industria y quizás en el planeta con tanto pelo en la espalda como Ron Jeremy) en una última escena sexual finalizada con charla entre ambos en la que ella afirma que va a tomar las riendas de su vida, y constata que siempre habrá una parte que será solo suya, algo que no se puede contar, un tabú. Deja así al espectador con la puerta abierta a imaginar si pese a haber elegido a Jerry, aún pudiera continuar secretamente su relación con Paul. Final abierto en toda regla.

Después de Taboo

La obra magna de Stevens, pese a su ligero final, conserva una factura notable para una producción de la época. Más de treinta años después —y algunos retoques posteriores— se deja ver bastante bien pese a los cortes defectuosos y un exceso de acentuación de los rojos y naranjas; una maniobra técnica del director para tratar de dotar de más “ardor” a las escenas sexuales y todo lo contrario a lo que, según explicamos en otro artículo, empleaba Mario Salieri en sus producciones. Taboo, además, tiene unos insertos de audio para las escenas de sexo oral que sonrojarían a medio Desembarco del Rey.

La película generó su dosis de escándalo en el público, pero quizás no tanta como se hubiera podido esperar. Kay Parker se vio tanto increpada por detractores como apoyada por defensores de su trabajo; en cualquier caso, su fama se disparó. La historia se convirtió también en objeto para el cachondeo: el cómico Adam Carolla incluiría en algunos de sus shows chistes sobre las secuelas que siguieron a cuenta de las inverosímiles situaciones familiares que en ella se daban. Porque el éxito de la producción hizo que surgieran segundas y terceras y cuartas partes con apariciones de su ya popular protagonista —aunque de forma algo más secundaria— hasta la tercera entrega. Hay opiniones que incluso llegan a afirmar que alguna de estos trabajos posteriores superó al que lo empezó todo. Taboo 2 retomaba el tema del incesto pero con un rondo familiar completo de padre, madre, hermano y hermana, donde a lo largo de la trama se iban ejecutando todas las permutas heterosexuales posibles  entre ellos. También los hay que opinan que la mejor es la cuarta, probablemente por la aparición destacada de una jovencísima y reluciente Ginger Lynn con apenas un año de carrera a sus espaldas.

No se iba a quedar ahí la cosa. El título de Taboo aparecería en las carátulas de hasta veintitrés películas durante veintisiete años, convirtiéndose en una de las series de porno argumental más largas de la historia del género y duraderas hasta el momento actual (la última es del año 2007). En su recorrido —si bien con diferentes calidades y el tema del incesto apareciendo con diferentes caudales— la serie ha vivido diferentes épocas del porno americano, viendo su caída y resurrección, viviendo la llegada del minimalismo argumental, y todas las modas estéticas posibles, desde la proliferación de la silicona y las melenas rubias de bote cardadas hasta los tatuajes y el anillado corporal. También, como es lógico, tuvo en su reparto a actores y actrices de diferentes quintas. De entre ellas podríamos destacar a Nina Hartley, Sunny McKay, Misty Rain, Draghixa, Inari Vachs o Aurora Snow entre tantísimas; y de entre ellos a Ron Jeremy, Randy West, Joey Silvera, Hershel Savage, Mike Horner, Randy West o Vince Voyeur. En el mundillo, para los actores, seguramente hacer “una de Taboo” debía de ser como el equivalente a salir en “una de Bond”. Por otra parte, en cuanto a la dirección, Kirdy Stevens se ocuparía de las siete primeras entregas, pasando luego el relevo a nombres como Henri Pachard, Alex DeRenzy, F. J. Lincoln o Michael Zen. El propio Pachard en el 1985 recogería el polémico pero llamativo tema del incesto para rodar Taboo American Style, una obra en cuatro partes con una trama más de culebrón de clase media-alta americana, menos puntos de comedia y más de drama. Fue una de las obras de referencia del cine para adultos de ese año, pero su buen trabajo no dejaba de ser deudor del paso arriesgado que dio la película de Stevens, cinco años atrás.

Foto Cartel Taboo 2Por lo que se refiere a la saga de Taboo, sus argumentos verían también tramas de culebrón y teleserie, aderezados con secuestros y chantajes, el uso de familiares gemelos, visitas a turbios clubs de cuero, látigo y lencería de cadenas, algún que otro fenómeno paranormal —Randy West cantando en unos minutos de metraje al estilo musical al principio de la séptima entrega— y la aparición del ocasional tipo desnudo con máscara de gorila. También circularían por allí todas las profesiones tópicas de la novela romántica popular americana de las que el porno de esa misma nacionalidad de finales de los ochenta y noventa tiraba en busca de obtener algo parecido a una caracterización de personajes y el desarrollo de un guión: escritores frustrados, psicólogos pasmados, cowboys urbanos y ladronas de guante blanco enfundadas en negras mallas. No dejará de tocar tampoco en alguna entrega el manido tema de la muchacha inocente que vive su despertar sexual de la mano del ya no tan misterioso tutor desapegado emocionalmente del resto del mundo, mostrándonos el aburrido proceso de despendoleo académico que ya todos los seguidores de este género nos sabemos. A ver qué día alguien nos ofrece la vuelta de tuerca de este clásico tema y se atreve a enseñarnos el mismo proceso pero en un joven frikikomori despertado a la vida y al sexo por la cruel, pero en el fondo sensible, jefa del departamento de teleoperadores en el que trabaja. Por ejemplo.

Por otra parte —y precisamente quizás buscando algo de esa necesaria innovación— algunos directores de las últimas entregas ignoraron la temática sobre el incesto, cambiando este tabú por otro de su elección, dándole a la serie algo de variedad, pese a salirse de la línea que le dio la fama. El mejor quizás de estos aventurados experimentos fue el que propuso Red Ezra con la vigésimo primera entrega: Ezra no prescindía completamente del componente familiar, pero ambientaba su historia en el Mississippi de los años 20, donde el tabú que escondía el título de la serie resultaba ser el sexo interracial. Una trama simple con un punto de noir, algo de atrezzo vintage, buenas localizaciones y veraniegas escenas de sexo campestre en la América sureña daban como resultado una producción interesante, original y caliente. Quizás sirvió también para quitar el extraño sabor de boca que dejó la entrega anterior de James Avalon, en mi opinión, el más fallido de esos experimentos, titulado Taboo 2001: A sex odyssey. Avalon rodó un pastiche variado de ciencia-ficción sobre un futuro en el que el tabú era la mera práctica del sexo —incluso su mero pensamiento— sobre el que aglutinaba elementos e ideas sacadas de Blade Runner, Matrix, Minority Report y 2001, buscando un patente efectismo visual. Aunque —acorde con las limitaciones presupuestarias de una producción pornográfica— las localizaciones futurísticas que nos enseñaba no distaban mucho de cualquier discoteca con iluminaciones con láser y focos de colores. Al final, todo aquello terminaba por dejar escenas para el pasmo general, como el “homenaje” al monolito de Kubrick a inferior tamaño y con forma, sí, de falo.

No podríamos concluir este artículo sin desvelar el destino siguiente de su estrella protagonista. Tras Taboo, como decíamos, Kay Parker participó en la segunda y tercera películas aunque con un papel algo menos destacado, si bien su nombre como actriz alcanzó el estatus de estrella a raíz de la película original, generándole gran fama y dándole numerosos papeles protagonistas en producciones posteriores. No solo las películas en las que participó “después de” se vendían como churros por su presencia en ella, sino que obras anteriores como Sex World se revendían con su nombre destacado en la carátula. Después de diez años de carrera y unas setenta películas —entre pornográficas y eróticas— a sus espaldas, a mediados de los ochenta abandonó la industria del cine para adultos: la llegada del vídeo, los bajos presupuestos y el empobrecimiento de los guiones mataron los aspectos que más le gratificaban de su profesión como actriz porno. La irrupción del SIDA en la industria y su subsiguiente alarma mediática también le influyó como a otros actores y actrices que se retiraron en esas fechas. Tuvo, sin embargo, un par de regresos eventuales. Participó en la novena entrega de la película recuperando brevemente el papel de Barbara Scott sin escenas sexuales de por medio. También, a mediados de los noventa, ejerció como directora de la película Tantric guide to sexual potency, dando salida a la que sí resultó ser su vocación y ocupación posterior, la de consultora espiritual, que aun ejerce desde su propia página web. En ningún momento, afirma, se ha arrepentido de su pasado como actriz porno, si bien constataba incluso en los años en los que se dedicaba a ello, que “sexo es lo que hago, no lo que soy”. Amante de las conversaciones largas y profundas, parece haber conseguido llevar el antiguo fetiche, ahora rol, con el que alimentó fantasías en Taboo a un plano más elevado, muchísimo menos físico, pero con ambición universal. Porque, irónicamente, Kay Parker jamás llegó a casarse ni a tener hijos. Cuán bien interpretaría su papel en aquel entonces que devino madre de culto sin jamás llegar a serlo. Hecho que probablemente no deja de alimentar, de nuevo, épicas, mitos y fantasías, ya que, de alguna forma, se convirtió en madre de nadie y al mismo tiempo, dentro de un universo eidético muy específico, en la madre de todos.

Kay Taylor Parker