El Informal, del fenómeno al mito (y II)

informal

(Viene de la primera parte)

Después de conocer el inicio de El Informal desde dentro, Jot Down descubre el trabajo que había detrás de las celebérrimas parodias musicales que el equipo del programa realizaba cada 100 programas. También serán desgranadas las secciones y la procedencia de las mismas para llegar al final del camino: el final y el porqué. Las dudas y polémicas sobre el motivo de la cancelación de El Informal no llegaron a aclararse del todo, pero los propios protagonistas serán los que arrojen luz para que cada uno saque sus propias conclusiones.

Dando el cante: parodias musicales de El Informal

Grandiosos fueron algunos scketches, pero lo que todo el mundo atesora en el subconsciente son las versiones de canciones que hacían cada 100 programas. Desde la caracterización, hasta la producción, montaje y adaptación, los videoclips resultaban espectaculares. «Los videoclips fueron un hallazgo de Miguel Ángel Ferrer, otro de los grandes guionistas del programa. Él seleccionaba el tema y le cambiaba la letra», expone Javier Pilar Gallego, coincidiendo con lo que Capitán publicó en su blog en 2007: «La historia de los videoclips de El Informal se remonta al día en que uno de nuestros magníficos guionistas, Miguel Ángel Ferrer, me propuso esa sección. Se trataba de hacer un homenaje a grandes videoclips de la historia, cambiando la letra de las canciones, cantándolas nosotros, interpretándolos el equipo de El Informal manteniendo muchos de los elementos originales de aquellas piezas. Era una idea arriesgada, en la medida en que íbamos a “reinterpretar” aquellos videoclips, pero sin los medios descomunales de los que disponían los grupos que los lanzaron». El trabajo de equipo estaba comandado por, efectivamente, Miguel Ángel Ferrer, que cuenta cómo era la tarea de llevar a buen puerto los sketches musicales. «Al principio, la idea era parodiar los vídeos originales lo mejor posible». Pero pasó algo después de Vacaburra. «Nos llegó un vídeo en el que todo un colegio coreaba la canción. De modo que nos crecimos y la idea fue no excluir a nadie. Las letras eran aptas para todos los públicos y solían incluir las muletillas del programa». La selección abarcó canciones archiconocidas de la historia del pop y del rock internacional, y aunque todo era sometido a consenso, Miguel Ángel no recuerda que «ninguna fuera rechazada». Y después de las explicaciones, convendría hacer un estudio de todos los clips que se emitieron:

Vacaburra

(Every breath you take de The Police)

Son dos años ya,
o quizás son tres,
pero la verdad,
aún no sé por qué,
contigo me casé.

Eras un bombón,
esbelta y muy sensual,
pero esa pasión por la deglución,
te ha hecho un carcamal.

Yo nunca vi glotonería igual,
pero qué más da,
tu gula no tiene fin.
Fabada, pollo y café,
menú tradicional,
que sueles tomar a eso de las seis,
para merendar.

Deja de comer ya no aguanto más,
ya nada es como era tiempo atrás,
quiero salir y volver a pasear,
pero tus carnes no pasan del portal,
ya no puedo seguir viviendo así.

Yo nunca vi glotonería igual,
pero qué más da,
tu gula no tiene fin.
Ese nuevo festín,
con embutido y pan,
llegará a su fin y te oiré decir,
me paso al Biomanán.

No te engañes más,
todo se acabó,
vas a reventar.

Deja de tragar,
deja de sudar
qué asco me das (vacaburra).

Chocolate y pan,
ya por kilos van,
me vas a arruinar (cachalote).

Dos tostadas más,
te preparas ya,
pronto estallarás (foca monje).

Deja de tragar,
deja de sudar
qué asco me das (vacaburra).

Qué manía

(Mamma mía de Abba)

Cuando te conocí eras solo un patán,
no sabías de moda y olías fatal.
Hace un mes, eres tan vulgar,
un gañán sin estilo y muy horterón,
ahora vistes mucho mejor.

Tus patillas me hacen enloquecer,
las chorreras sí que te sientan bien.

(¡Oh, oh!) Qué manía, cada dos por tres,
me das la «brasa» con los trapos.
Qué manía, si lo llego a saber,
te dejo en casa hecho un guiñapo.

Tú, que ibas disfrazado,
ahora vas tan mudado,
¿por qué quieres «machacarme» así?

Qué manía, no sé qué es peor,
tupé o ese horrible pelucón.
Rimel, blusas ceñidas de seda y mohair,
pantalón de campana y de lana el jersey.

Mírate, eres un galán,
un Don Juan, un auténtico seductor,
relamido y más bien tragón.
Cuando dejes de comer y comer,
esa tripa dejará de crecer.

(¡Oh, oh!) Qué manía, cada dos por tres,
me das la «brasa» con los trapos.
Qué manía, si lo llego a saber,
te dejo en casa hecho un guiñapo.

No, no me congratula,
que tengas tanta gula,
así no me vas a hacer feliz.

Qué manía, no hay nada que hacer,
(¡Vamos!) Quién te ha visto y quien te ve.
Qué manía, no sé qué es peor,
tupé o ese horrible pelucón.

Qué manía, deja de comer.
(¡Requetetequete!) Quién te ha visto y quién te ve.
Qué manía, no hay nada que hacer.
(¡Vamos!) Quién te ha visto y quién te ve.

No, no me congratula,
que tengas tanta gula,
así no me vas a hacer feliz.

Qué manía, no hay nada que hacer,
(¡Vamos!) Quién te ha visto y quién te ve.

Si la cosa está mal, voy a Sacedón

(still haven’t found what I’m looking for de U2)

He buscado en todas partes
Lo que siempre tuve aquí,
solo en Sacedón.
Dentro de Sacedón.

Si me meten un marrón.
Si me quiero relajar,
me meto en el bar,
El bar de Sacedón.

Si la cosa está mal, voy a Sacedón,
Si la cosa está mal, voy a Sacedón.

Cuanta «pibi», qué cuerpazos,
aquí siempre hay «pipazo».
Y me mola mazo,
aunque metas el cazo.

Con baraja en la tasca,
siempre taja con la basca,
Me olvido de todo.
«Jachondo» es mi apodo.

Si la cosa está mal, voy a Sacedón,
Si la cosa está mal, voy a Sacedón.

No hay tensiones por aquí.
En mi pueblo cambia el chip.
Si tienes mal rollo,
te la pique un pollo.

Cuando vuelva a mi casa,
Gritaré: «¡Bo, qué pasa!».
No daré más la brasa.
(Requetequete)

Si la cosa está mal, voy a Sacedón,
Si la cosa está mal, voy a Sacedón,
Si la cosa está mal, voy a Sacedón,
Si la cosa está mal, voy a Sacedón.

Me quiero reír

(Bohemian rhapsodyI wan’t to break free de Queen)

Ese que llega…
Uno que entra en un bar…
El mariquita es personaje fundamental.
Los de Chiquito,
comienzan con algo así.

Es que no hay chistes, es que ya no hay humor.
Sin «cobarde», «pecador», «el que va», «el que entró».
La mejor terapia, lo mejor de todo es reír; reír.

Me quiero reír.
Me quiero reír.
Me quiero partir con tus gracias,
irme por la pata abajo.
Me quiero reír.
Maño, maño me quiero reír.

No sabes de humor.
Faemino y Cansado te aburren
y flipas con Tony Genil.
No sabes de humor.
Maño, no sabes nada de humor.

No sé por qué tú (¡hey!)
te arrancas siempre con el «saben aquel que diu»
Pero es mucho peor
verte de Ángel Garó.
Ya no me puedo partir, reque.
Ya no me puedo partir.
Ya no me haces reír.

Te veo muy mal,
si solo cantas «no cambié, no cambié, no cambié».
Si Tamara es tu musa musical.
Maño, eres carne de hospital.
Si fueras Mr. Bean,
No viviría sin ti.

Me quiero reír (yeah!).
Me quiero reír.

Maño, maño, maño, me quiero reír.

Pelo pa’trás

(Stayin’ alive de The Bee Gees)

Yo ya lo sé, cada vez que me ves andar,
crees que estoy muy mal, que no soy normal.
Voy «petao», que más te da, tú ya sabes que
funciono igual.

Que si techno, «bacalao»,
Yo prefiero ir «desfasao».
Quiero oír a Tavarés
y que vuelva el Un, dos, tres.

Llueva, nieve o truene mi pelo no se mueve,
llevo el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.
Para darle brillo lo peino con cepillo.
Todo el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.

Ah, ah, ah, ah, el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.
Ah, ah, ah, ah, el pelo pa’ trás.

Yo ya sé, tú también te preguntarás,
qué hace un macho así, con la voz tan mal.
Me pasó jugando al balompié
en un penalty que paré.

¿Qué ha pasado? ¡No lo sé!
¡Venga ya, levántate!
Dejadme ya, qué voy a hacer.
Ya no sé cómo cantaré.

Llueva, nieve o truene mi pelo no se mueve,
llevo el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.
Vaya pesadilla, me jodí las criadillas,
pero el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.

Ah, ah, ah, ah, no puedo más, pero el pelo pa’ trás.
Ah, ah, ah, ah, el pelo pa’ trás.

Que Dios me ampare,
sin genitales,
no sé cómo cantaré.
No seas zoquete, canta en falsete.
Y en falsete cantaré.

Yo ya lo sé, cada vez que me ves andar,
crees que estoy muy mal, que no soy normal.
Voy «petao», que más te da, tú ya sabes que
funciono igual.

Ni rapado, ni new wave.
Ni melenas, ni tupé.
Dejadme ya, yo solo sé
que bien peinado moriré

Llueva, nieve o truene mi pelo no se mueve,
llevo el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.
Para darle brillo lo peino con cepillo.
Todo el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.

Ah, ah, ah, ah, el pelo pa’ trás, el pelo pa’ trás.
Ah, ah, ah, ah, el pelo pa’ trás.

Ay, qué pesado, este castrado.
Que se calle de una vez.
(No me callaré)

Ay, cómo grita, se desgañita.
Creo que le mataré
(El pelo pa’trás).

Raro-malo

(Thriller de Michael Jackson)

Es madrugada,
y no te mola tanta oscuridad.

Acojonada,
ves sombras que te empiezan a inquietar.

Quieres gritar,
y el miedo te mantiene congelada.

¿Quién anda ahí?
Es Felisuco el que se mueve así,
o es Pedro Ruiz.

Si no te «ajuntas»,
con Freddy Krugger o Boris Karloff.
Si me preguntas,
qué es el misterio y cómo es el horror.

Recordarás,
algún programa de Nieves Herrero.
No es lo peor.

Me asusta mucho más un culebrón,
o Sánchez Dragó.

Qué mala suerte,
la muerte nunca atiende a la razón.

Pero lo fuerte,
es que un pirado busque explicación.

Carlos Jesús,
te espera con sus arrebatamientos.

Pero da igual,
no hay nada extraño en esta oscuridad,
ya lo verás.

Si tú eres raro, yo soy más,
el tipo más fantasma que te puedas encontrar.
Si tú eres malo, fliparás,
porque nos ha tocado un mundo raro, malo.

Si tú eres raro, yo soy más,
el tipo más fantasma que te puedas encontrar.
Si tú eres malo, fliparás,
porque nos ha tocado un mundo raro, malo, raro, malo.

De verdad.

(Gris) ¡¡Estoy hecho un chaval!!

(You’re the one that I want de la banda sonora de Grease, interpretada en la película por John Travolta y Olivia Newton-John).

Estoy senil y arrugado.
De la próstata mal.
Pero el susto que me has dado ¡¡me ha resucitado!!

Te vas a enterar,
(Uh, uh, uh)
porque el rock’n’roll
(Uh, uh, uh)
aumenta la longevidad.
(¡Es verdad!)

La hernia discal,
(Uh, uh, uh)
y hasta el Parkinson,
(Uh, uh, uh)
se combaten al bailar,
Matusalén les dio un curso a los Stones.

Estoy hecho un chaval.
Este se cree un chaval.
(Ooh, ooh, ooh, chata)

Estás hecho un chaval.
De tensión, fenomenal.
(Aah, aah, aaa… abuelo)

Estoy hecho un chaval.
Esto va a acabar mal.

(Cof, cof, cof, cagüen)

A ver doctor…
(A ver doctor…)
¡Oxígeno!
(¡Oxígeno!)

Si os creéis sementales,
pero ya no podéis,
con Viagra en los españales,
triunfaréis.

(¡¡Uaaaaaaaaaah!!)
¡Me quiero bajar!
(Uh, uh, uh)
¿No te cansas tú?
¡¿Casarme?! ¡no!,
porque pierdo la pensión.

Que sorda que estás.
(Uh, uh, uh)
No muevas los pies.
¡¿Ya es fin de mes?!
¡¿Hoy es día de cobrar?!
¡¡No lo sé!! ¡¡No lo sé!!
(¡¡No me grites, carcamal!!)

Estoy hecho un chaval.
Cuenta la edad mental.
(Aah, aah, aaa… abuelas)

Ser mayor es genial
Cuenta la edad mental.
(A la vejez, viruelas).

¡El reuma es genial!
Ahí te has pasado, chaval
(Ooh, ooh, ooh)

¡¡Jubílate!!
(¡¡Jubílate!!)
¡¡Verás qué bien!!
(¡¡Verás qué bien!!)

Estoy hecho un chaval.
Cuenta la edad mental.
(Aah, aah, aaa… abuelos)

Ser anciano es genial.
Cuenta la edad mental.
(A la vejez, viruelas)

Como dice el refrán:
Cuenta la edad mental.
(Ooh, ooh, ooh)

¡Jubílate!!
(¡¡Jubílate!!)
¡¡Verás qué bien!!
(¡¡Verás qué bien!!)

Viva la tercera edad.
(Aah, aah, aaa… abuelos)

Arrugado mola más.
(Ooh, ooh, ooh, viejos)

Los achaques dan igual.
(Ooh, ooh, ooh)

¡¡Jubílate!!
(¡¡Jubílate!!)
¡¡Verás qué bien!!
(¡¡Verás qué bien!!)

Estoy hecho un chaval.
Cuenta la edad mental.
(Aah, aah, aaa… abuelos)

Ser anciano es genial.
Cuenta la edad mental.
(A la vejez, viruelas)

Como dice el refrán:
Cuenta la edad mental.
(Ooh, ooh, ooh)

Estoy hecho un chaval.
Cuenta la edad mental.
(Aah, aah, aaa… abuelos).

Infinito e inconmensurable esfuerzo que aunaba un duro trabajo de producción y realización con la creatividad. Félix se pronuncia al respecto. «Cuando Miguel Ángel conseguía el beneplácito y la aprobación de los que decidían —que nunca fui yo, seguramente por eso el programa fue tan bien—, remataba el guión y se ponía en marcha toda la maquinaria del programa: localizaciones, vestuarios, producción, grabación de la canción y los coros, caracterización alucinante, rodaje, realización, edición y, en toda nuestra medida, nuestro salero y nuestras ganas de agradar». Entretenidos, sí, pero algo costosos, como cuenta Capitán. «El esfuerzo presupuestario que hacía falta para afrontar cada una de estas aventuras era muy importante para un programa que vivía más del talento de su gente que de los recursos que manejaba. Aun así, conseguimos convencer a nuestro productor en Telecinco, Ramón González y a su jefe, Massimo Porta, para involucrarse en el proyecto, porque, a pesar de que Ramón es un durísimo negociador, siempre intenta remar en la misma dirección que el programa, lo cual no siempre sucede. Y, sin Massimo Porta, es posible que nunca hubiera nacido El Informal». De entre todos los vídeos hay uno que destaca especialmente: Raro-malo. Según mostraba el making-of, las horas de ensayos y coreografía fueron interminables como también lo fueron las de maquillaje. Capitán reconoce que «no fue el primero, pero sí el más complicado: escenografía, coreografía, y unas sesiones interminables de maquillaje hicieron de ese un proyecto muy complejo. El trabajo de Florentino en este videoclip es impecable, sobre todo si tenemos en cuenta que antes de empezar a interpretar tenía dos horas de maquillaje, además de todo el trabajo de un día normal». Una gran labor que había que compaginar con el día a día en el programa. «Era laborioso, es cierto, porque mientras hacías el videoclip tenías que seguir haciendo el directo. Pero ahora, desde la distancia, todo esfuerzo fue pequeño», alude Felisuco, contrastando con la opinión de Javier Capitán. «El dinero no era el único problema. Tal vez el más importante era que el rodaje del videoclip se simultaneaba con el programa diario. Es decir, teníamos que hacer “el programa nuestro de cada día” y añadir tiempo para rodar, lo cual era especialmente complicado si tenemos en cuenta que quienes estábamos en el rodaje presentábamos el programa, doblábamos los vídeos, hacíamos los reportajes, etc. Lo mismo le sucedía a nuestro equipo técnico, al de guión, a los redactores que casi tenían que secuestrar a Félix y a Patricia… una locura, vamos». Y remata la historia con algo que, además de evidente, es también certero. «Creo que los videoclips acabaron siendo una marca de El Informal y que todas las horas que invertimos en ello merecieron la pena. Por complicadas que parezcan las cosas, siempre hay que estudiarlas y, si crees que puede merecer la pena, hay que lanzarse en la defensa de la buenas ideas. Mi único mérito en aquello fue no decirle a Miguel Ángel un “no es posible”, sino un “vamos a intentarlo”. Y lo conseguimos». Raro-malo rompió todos los récords, tanto en cifras como en equipo, además de mejorar todavía más las expectativas. Y es que claro, según avanzaban las temporadas, más ambiciosos eran los vídeos. «Raro-malo fue un “pollo” pero lo recordaré siempre», revisa Miguel Ángel. «Costó algo más de cinco millones de pesetas (unos 30.000 euros), algo impensable en nuestros días para ese tipo de producto». En efecto; maquillaje, coreografía, iluminación, atrezo, decorado… echaron el resto para hacer aquel «clon patrio» del Thriller de Michael Jackson. «Al final, hubo que poner créditos porque todo el mundo quiso dejar merecida constancia de su participación en el vídeo». Pero… ¿y los derechos de autor de esas canciones? ¿Llegó Jackson a ver el vídeo alguna vez? Hay preguntas que es mejor no responder. Parece ser que se aprovechaba un vacío legal que permitía utilizar imágenes siempre y cuando modificaran algo, cosa que ahora sería ya imposible.

Los siete videoclips culminaron el recuerdo de generaciones que acabaron aprendiéndose las letras al dedillo. De un modo más sencillo, El Informal también llegó a emitir otros vídeos musicales, tanto doblados como interpretados. Uno de los doblados fue el de Antonio Banderas cantando La canción del mariachi o el del Imagine de John Lennon:

No me abras la ventana,
(venga, toma, va y la abre)
a oscuras quiero cantar.
(venga, ahora se pone a abrir la otra. No se ha enterado)
¡A oscuras quiero cantar!
Los cristalinos se me empañan.
Me estoy cansando de cantar….

Sublime recordatorio que estuvo a la altura del España, qué bonita eres sobre el clip de Greased Lighting de la película Grease para hablar sobre el AVE.

Lo del AVE ha sido traumático.
Enigmático.
Problemático.

Paso del coche y me voy en el AVE.
(¡¡En el AVE!!)
Con el trazado del AVE lo vamos a flipar.
(¡Ya te digo! ¡Un pasote!)

Puedes ir de Murcia a Olot y cruzar Jaén.
(¡Y La Coruña! ¡Jaén y La Coruña!)

Y a las pibis de Aragón
meter mano en Castellón
y hacerles así
pa que vean que guay va el AVE.

Con el AVE se puede España visitar.
(¡El AVE! ¡Con el AVE!)

A toda leche
no sabes por qué pueblo vas.
(¡El AVE! ¡Con el AVE!)

¿O es Motril?
¿O es Sant Julià de Vilatorta?.

O la celebérrima letra de Ciego Milenario.

Menuda cogorza,
jopé qué caña,
me trago hasta el champú.

Porque soy una perra,
le di al Codorniú.
Al gin tonic
y a la Voll Damm
pa el año celebrar.

Buah, qué pedo que voy.
Buah, vaya pedal.
Me veo fatal
y ciega en el 2000…
¿Quién me da un Gelocatil?

Había otras muchas canciones, por supuesto, recopiladas en la sección «Cantando las 40», con Fernández imitando a Fernandisco (llamándose Fernanbizco). En el año 2000, para celebrar las elecciones generales, se realizaron una serie de parodias del festival de Eurovisión con los presentadores caracterizados cantando sobre los temas políticos del momento: Al-muni-a (La, la, la de Massiel), Vivo soñando (Vivo cantando de Salomé), Enséñame a votar (Enséñame a cantar de Micky) y Pacta y sé feliz (Canta y sé feliz de Peret). Al contrario que los vídeos de «Cantando las 40», los mostrados para el especial de las elecciones del 2000 eran los que más se ceñían al estilo de Vacaburra, Qué manía y tantos otros.

Las secciones. Otra arteria principal

Como refuerzo, las secciones (no siempre eran fijas) llenaban ciertos momentos de El Informal. Sin ir más lejos, «Pifias Mentales» llegó a ser casi una habitual dado su bajo coste y acidez al subrayar y recopilar «perlas» de los famosos, como los múltiples patinazos verbales del Dr. Iglesias Puga (su nieto Enrique no se quedaba atrás): «Hoy la vida es tan, tan, tan… como te iba a decir yo… tan, tan, tan, tan veloz, tan rápida, tan espuni». Pero aunque se popularizó en El Informal, el corte venía del programa Qué me dices y se llama «Candelabros» en «honor» a Sofía Mazagatos cuando dijo «candelabro» en lugar de «candelero». «Como mucha gente del equipo de Qué me dices fuimos a parar a El Informal, se cogió la idea y se utilizó ahí como “Pifias Mentales”», aclara Sebi García para explicar la procedencia. Si además se hace una asociación de ideas, «Colocón Colocón» sería otro fruto de ese embrión rosa. Era algo más light en El Informal, pero no menos ácido. Todo ello presentado por Tim Al Curry (Tim Curry) para desengranar las vidas privadas de los famosos.

Más secciones. «La aún más inquietante hora de Landau» quedó establecida como otra parte del programa imprescindible. El propio Martin Landau (doblado por Miki Nadal) aparecía de entre las sombras para hablar de temas tecnológicos, políticos y conspiraciones. Su mítica entrada correspondía al documental de la película que se rodó sobre Expediente X. Lógicamente, todo estaba bajo un halo de misterio que se aderezaba con aquello del I pull the strings… Como dato adicional, esas palabras son originales del monólogo de Bela Lugosi en Glen or Glenda.

«Falsas tomas falsas» seccionaba cortes de películas que eran dobladas a modo de tomas falsas (no confundir con «Ful Fiction», otro apartado muy parecido). La aportación de dicha sección era irregular, pero no así algunas de sus piezas más célebres, como la de El burlador de Castilla o la otra de Operación dragón con Bruce Lee como protagonista.

En «Parecidos razonables» estiraban la imaginación hasta cotas insospechadas, comparando características físicas de famosos con personajes de televisión u otras celebridades de la vida pública. ¿Entretenido, verdad? También eran esperadas otras divisiones en El Informal, pero no tan agraciadas en continuidad. Le sucedió a «Contacto con tacto», a «Jeta a jeta con Fernández» o «Adosados».

Pero especialmente, la sección que un día entró como revulsivo social (literalmente hablando) fue la que tuvo como personaje central a el Guerrero Rojo, que no era otro que el propio Félix embutido en una ajustada malla de color rojo que resaltaba sus atributos masculinos. El cometido de este peculiar superhéroe era el de abordar problemas sociales que entorpecían la convivencia entre vecinos de cualquier pueblo de España. Hubo casos como el del «vertedero» de Los Arcos, Navarra, en el que el equipo (junto a Félix ya disfrazado) «asaltaba» al consejero de Medio Ambiente, alcalde y presidente del Gobierno foral, y eran evitados a toda costa por el gabinete político de la zona. «Lo único surrealista aquí soy yo. Actuamos como periodistas normales», declaró Félix a el Diario de Navarra en 2002. En otras ocasiones no era así y la queja de los ciudadanos llegaba a buen puerto. Como ya se ha revelado en este mismo artículo, El Informal llegaba a la calle por cualquier vía, siendo así un programa especialmente querido por su libertad y su carácter humano.

Un adiós precipitado que se quedó en stand by

El Informal, después de cuatro años y con más de 800 capítulos, se despedía. ¿Cómo era posible que un programa con tanto éxito terminara fuera de la programación? Muchas eran las teorías del porqué de la «cancelación»: la sustitución de Carlotti por Vasile en la dirección de Telecinco, la entrada de los realitys, el poco tiempo que tuvo ya el programa debido a la publicidad (redujeron el espacio a  20 minutos, de los cuales había otros cinco dedicados a la promoción), teorías políticas y censura… Pero con la emisión del programa número 800 dejaron clara una pista: «El programa de televisión con la audiencia más fiel del mundo… hasta que llegó Operación Triunfo». Con la incursión de los primeros realitys (Operación Triunfo y Gran Hermano), El Informal vio mermada su duración. «El programa sufrió mucho con los resúmenes de Operación Triunfo en La 2, que superaban ampliamente el 20%», expresa Capitán. «Yo creo que acabado Operación Triunfo habríamos remontado de forma importante». Su compañero Florentino asimila con entereza la misma opinión que Javier Capitán. «Llegó Operación Triunfo y nos restó audiencia. Se emitía en La 2. Y cuando se compró Gran Hermano en Telecinco, se decidió ahorrar lo que costaba el programa y reemplazarlo por algo que ya estaba amortizado y daba audiencia: los resúmenes diarios». Y es ahí donde entra la figura del directivo y la cuestionada rentabilidad de El Informal. «Mi impresión es que la dirección de Telecinco simplemente quería cambiar esa franja. No creo que haya que buscar razones más allá de ello. Y forma parte de las reglas del juego. En cualquier caso, creo que El Informal, no solo abrió camino en esa franja, sino que ha sido el producto que mejor le ha funcionado a Telecinco en la misma», apostilla Capitán. Su tocayo Javier Pilar también lo achaca al daño sufrido por Operación Triunfo. «Nos pasó factura, mucha, el comienzo de Operación Triunfo. Nos pusieron los resúmenes en La 2 a la misma hora y eso nos hizo pupita. No pudimos con la magia de Rosa de España, Bisbal, Chenoa y Bustamante».

¿Tan mal iba la audiencia para tener que eliminar un icono como El Informal? No, tenía que haber algo más. Javier Pilar sigue, abriendo la puerta a otras teorías. «Telecinco decidió cambiar de dirección y cargarse dos programas molestos con el Gobierno: El Informal y el Caiga Quien Caiga de Wyoming. Ten en cuenta que después de nuestra eliminación llegó Aquí Hay Tomate y Pecado Original, que era un Informal low cost». ¿Tan molesto era El Informal para el Gobierno del Partido Popular? «Telecinco lo tenía muy claro: no quería tener en la parrilla nada con una línea crítica con el Gobierno. Os hablo de los tiempos del Prestige y de la foto de las Azores… ¿os acordáis? ¡Imaginaos si El Informal y Caiga Quien Caiga hubiesen estado en antena! No se podían permitir eso». La respuesta del guionista respalda la teoría política, esa que se puso sobre la mesa cuando El Informal se despidió de la audiencia. Mario Gil va más allá. Pero por partes, pues la versión oficial contaba que «los directivos de la cadena argumentaban que el programa era muy caro, a sabiendas que los 45 minutos fueron los más rentables de la televisión española desde El Precio Justo de Joaquín Prat. En la última etapa, los comerciales de Publiespaña subían a los despachos de madera tratando de convencer de que el programa seguía siendo rentable con informes en la mano». Contradiciendo la opinión de Félix Álvarez. «Creo que se encareció mucho el producto. Ni hubo censura ni conspiraciones, a no ser que Wikileaks diga lo contrario. Hasta donde alcanzó mi visión, creo que el programa llegó a resultar demasiado caro para aquellos que pagaban, y que sabían que sustituyéndolo por otro programa de mucha menor calidad, aún sería mucho más rentable que El Informal». ¿Fue, por lo tanto, más rentable Pecado Original? «Telecinco perdió algún punto de share y calidad en su programación, pero no me cabe ninguna duda de que mejoró la cuenta de resultados». Momentos tensos e inconclusos, porque, según Mario, «trabajar con la espada de Damocles presionando nuestros cuellos no es muy agradable y te hace dudar de que lo que haces está bien. Vamos, que fueron nueve meses muy tensos. Al final, la política pudo con el programa». Esa era la versión oficial, aunque la «oficiosa» iba también por los cauces de la política: «El Grupo Correo (PP) había adquirido el 51% de las acciones de Telecinco y decidieron cargarse varios programas y directores de informativos, entre ellos estaba El Informal». Parece ser que las altas audiencias, los numerosos galardones (TP de Oro, Ondas…) y las legiones de fans no fueron suficientes para dejar a El Informal dentro de la televisión.

Como viene siendo «normal», la «censura» pudo haber enterrado a El Informal. «Con el Ejército había que tener cuidado. Al igual que había que tenerlo con la Iglesia y con la Casa Real. No se llegó a la censura, pero se recomendó que no emitiéramos alguna noticia sobre la Casa Real», desentraña Sebi indicando el tacto que había que tener con ciertos poderes fácticos. «Si salía una noticia y no gustaba, llamaban a la dirección para que tuviéramos cuidado a la próxima». Las bromas sobre la familia real, muy ligeras, no buscaban hacer daño, pero es cierto «que en aquellos años la familia real era muy recelosa con lo que se decía sobre ellos en los medios». En cambio, la opinión de Alicia Ramírez es más prudente. «El Informal podría haber resistido el paso del tiempo perfectamente. Con unos pequeños ajustes para adaptarlo al momento actual, estoy convencida de que hoy en día aún sería un programa de referencia para muchos espectadores». Compartiendo, prácticamente, el mismo pensamiento con Maribel Casany. «No tengo ni la más remota idea de qué pasó. Se barajaron muchas teorías. La lástima es que las conjeturas no nos llevaron a poder mantener el programa en antena y ya está, a por otra cosa, ¿qué se le va a hacer?». Era muy extraño que por bajas audiencias (y otras razones) lo cancelaran. Todo el mundo sabía cómo el humor sarcástico y ácido de El Informal iba siempre a dar, de ahí también su buena acogida. Revisen, si no, el vídeo sobre el matrimonio homosexual:

El Informal decía adiós el 5 de Abril del 2002, dejando un sabor agridulce en la audiencia y en todos los integrantes, tal y como explica amargamente Florentino Fernández cuando se le habla sobre esa última emisión y acerca del videomontaje que él mismo hizo. «Hubo mucha tristeza. Fue un vídeo que edité yo mismo en mi casa con mi ordenador. Mis primeras experiencias con el Final Cut. Se apagó la luz de un plató pero gracias a eso se encendieron otros muchos». La despedida no estaba del todo clara y tampoco se podía explicar, aunque las caras de decepción entre los presentadores eran más que palpables. «En el último programa solo recuerdo mucha emoción y la alegría de ver a todo el equipo. Una gran familia que jamás podré olvidar», lamentaba Javier Pilar. Sentir noble de camaradería del que también da fe Begoña: «El equipo creó unos lazos de amistad que siguen hoy en día. Muchos de nosotros seguimos trabajando juntos en Globomedia, otros en Mandarina, otros en Cuatro… sabemos dónde está cada miembro de aquel equipo, nos tenemos localizados. El Informal nos unió a todos». Vinieron otros programas tratando de ocupar el inmenso hueco que dejaban Javier Capitán y Florentino Fernández, pero nadie le llegó —ni tan siquiera— a la suela del zapato, ni aunque existieran intereses por relanzar El Informal. «Nadie se ha dirigido a mí para volver a intentarlo», asume Capitán. «Tampoco estoy seguro de que fuera una buena idea. Tendríamos que luchar contra la competencia y contra el recuerdo, probablemente idealizado, de lo que hicimos».

En febrero del 2012 saltó la noticia (más bien rumor) de que Miki Nadal estaba buscando cómicos para volver a hacer El Informal, pero en La Sexta. El propio canal y Globomedia lo desmintieron al poco tiempo en un comunicado. Pero tampoco es la primera vez que se anuncia su regreso. ¿Volvería a ser lo mismo? Piensen por un momento que reaparece con algunos cambios. ¿De verdad iba a aguantar en antena? ¿Estaría bien que El Informal «resucitara» con caras distintas pero mismo espíritu? Es difícil de averiguar y la historia de la televisión ha demostrado que los remakes rara vez han funcionado. Los presentadores han evolucionado y han cambiado mucho, además de que —en teoría— segundas partes nunca fueron buenas. «El formato de El Informal es eterno, siempre que siga los parámetros técnicos y estéticos del momento. Nosotros no. El Informal consiguió eso que pocas veces se consigue con los programas: entrar en la boca de la gente. El personal llegaba al trabajo, o a la escuela, o a la universidad y decía: “¿¿Qué pa qué pa qué pasa??”, o “lo que diga la rubia”, nasalizando la voz y remarcando la “b” de rubia», alude Félix Álvarez. Tal vez el mito que perdura en la memoria colectiva haya idealizado —como apuntaba Javier Capitán— demasiado El Informal. «Conectamos con la gente joven, pero también éramos más jóvenes. El formato sigue siendo válido, nosotros para ese formato, no». El humor que rezumaba estaba bien en ese tiempo, pero no sería igual de novedoso e impactante en las nuevas generaciones, aunque el humor y la sátira sean atemporales.

Florentino Fernández, en 20 Minutos, ya cuestionó una hipotética vuelta de El Informal a la pequeña pantalla. «Creo que en la vida hay que mirar siempre hacia adelante. El Informal fue un gran programa y por eso lo recordamos así, porque lo fue. Si siguiera emitiéndose, se tendría que haber reinventado mucho para seguir vigente». En cambio, Javier Pilar, avanza. «Hace poco, aprovechando la amenaza de Aznar de volver a la política, lancé el hashtag en Twitter #QueVuelvaElInformal. Fue divertido. Volví a contactar con Flo, Miki, Capitán y Felisuco. Pero creo, sinceramente, que la época de El Informal pasó. Incluso la época de la televisión ha terminado. Internet y el mundo on-line marcan las reglas actuales del juego y ahí todo se hace de manera diferente. Así que tenemos mucho que aprender y poco que mirar atrás. Solo sentirnos orgullosos de haber hecho uno de los mejores programas de humor de la historia de este país». Tampoco esperen una reedición en DVD, pues las cintas originales fueron eliminadas dejando exclusivamente los programas emitidos (mosca de Telecinco incluida). Tal vez será mejor dejar El Informal en el recuerdo, muchas veces magnificado y otras añorado en ajadas cintas VHS o en vídeos de YouTube, para revisarlo de vez en cuando sabiendo que lo bonito de una leyenda está en su historia, en la de El Informal, «unhomenajealbuenhumor…delosquenosaguantan».


El Informal, del fenómeno al mito (I)

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Todos los días, de lunes a viernes, estaban ahí, puntuales a las nueve y media de la noche, para hablar de la actualidad desde otro punto de vista. Y no, no se trataba de un informativo o de un telemagazine social común. Igual es por eso por lo que se ganaron un lugar en la memoria colectiva de la gente; porque eran distintos informando. Un día después de que Francia le ganara el Mundial del 98 a Brasil, El Informal llegaba a las televisiones españolas sin más pretensiones y de la mano de Telecinco.

«¿Qué es lo que hacemos? ¡Infor! ¿Y cómo lo hacemos? ¡Mal!». El inicio.

Es posible que existiera cierto riesgo de darse de bruces contra las bajas audiencias emitiendo por primera vez en pleno verano y a una hora en la que la gente estaba fuera de casa aprovechando la luz del día y disfrutando del buen tiempo. A priori, existieron algunas contrariedades para efectuar un espacio como El Informal desde su idea principal hasta el resultado que todos vieron. Javier Capitán, director y copresentador del programa, lo explica desde su punto de vista. «Después de las elecciones del 96, hice un piloto junto con un pequeño grupo de guionistas de un programa diario de actualidad en clave de humor [En tienda de campaña, se llamó]. El ritmo, el recurso del doblaje, un plató con dos perfiles de presentadores diferenciados, la no militancia… estaban también en aquel proyecto». Si bien las ideas hallaron un sendero para arribar a la televisión, todavía faltaban flecos por cortar, como la búsqueda de capital y de productoras dispuestas a hacerse cargo del producto. «En Telecinco tenían en la cabeza el programa italiano Strizzia La Notizia (que se sigue emitiendo todavía). Capitán hizo un piloto con varios colaboradores amigos, Globomedia hizo otro que presentaba Félix Álvarez, y por su lado otras productoras hicieron más versiones», termina por completar Begoña Puig, subdirectora de El Informal. «El otro piloto elegido fue el de Globomedia, supongo que por su capacidad de producción y experiencia como productora. Telecinco tuvo la idea de juntar ambos pilotos y contrató a Globomedia para hacer el programa pero con la condición de que Javier Capitán lo dirigiese. Ahí entré yo». Hasta que se decidieron finalmente y la cadena, según Capitán, «propició un acuerdo para que Globomedia produjera el programa y yo me incorporara como director. El hecho de colaborar con una productora de la garantía de Globomedia fue, sin duda, un elemento muy importante para el éxito del proyecto». Pasados los años, Javier ascendió nominalmente a productor ejecutivo y Begoña a directora, «pero siempre hicimos el mismo tándem», hace saber ella. Capitán escogía los temas que quería que fuesen en el programa «y yo organizaba el trabajo, repartía los temas entre los guionistas y sacaba el látigo para que a las nueve de la noche los vídeos estuvieran montados y el guión de plató escrito». La emisión inaugural había conseguido un buen resultado de audiencia, pero tampoco era como para tirar cohetes, puesto que «los meses de verano fueron muy duros en cuanto a resultados de audiencia, pero muy útiles para ir ajustando el producto», comenta Capitán para después destensar el tono y bromear: «A veces pienso que nos salvaron las vacaciones de los directivos en agosto». A tenor del riesgo que conllevó estrenar durante esas fechas «una apuesta arriesgada», como cuenta Begoña, «decidieron sacarlo en verano y dejarle ese tiempo para crecer o morir». El Informal no tardó en dar sus frutos tras agotarse el periodo (más bien experimento) veraniego. «Los primeros programas tuvieron críticas positivas en prensa (con alguna excepción sangrante que no se me olvida) y nuestros jefes esperaron a que el programa fuese creciendo». La gran aportación de Telecinco fue dejarle vivir hasta que fue subiendo la audiencia. En septiembre no sabían si estaban aprobados o suspendidos. «Recuerdo que un día vinieron unos operarios y nos cambiaron la fotocopiadora, que siempre se rompía, por otra grande y cara y nos pareció una buena señal de futuro», dice la directora. «Otro día citaron a los presentadores para hacerles unas fotos oficiales de cadena y las colgaron en un pasillo. Finalmente nos dijeron que el programa seguiría hasta Navidad a ver qué pasaba». Hay que tener en cuenta que hace 15 años las redes sociales no existían y los que hacían el programa no sabían si a los espectadores les gustaba o lo veían resignados porque en ese momento no había otra cosa en la tele.

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Como ya atestiguaba Puig, a partir de septiembre el programa empezó a dar signos de mejora, y «en el último trimestre del año los resultados ya eran realmente buenos». Tanto es así que «la primera temporada terminó en medias del 27%», finaliza Javier Capitán que, como su compañero Florentino Fernández, hablaba orgulloso pero a la vez dudoso del comienzo: «Pasó mucho tiempo hasta que se demostró con números que el programa funcionaba y era rentable. Pero también pasó mucho tiempo desde que mostró signos de cansancio hasta su retirada». Quedó patente el planteamiento y su desarrollo principal con el propósito de enseñar, sin equivocación alguna, lo que iba ser El Informal. «Creo que hicimos tres pilotos para dejar “redondo” el primer programa», cuenta Mario Gil, encargado del sonido y de la música. Como anécdota, Begoña Puig explica a continuación lo que experimentó en la calle al poco de haberse iniciado el programa. «Una noche fui a poner gasolina, y mientras esperaba para pagar en la caja, tenía delante en la cola a dos chavales que estaban hablando del programa. Se lo sabían de memoria, imitaban las coletillas de los personajes, y comentaban que cada noche tenían prisa por llegar a casa para no perderse ni un segundo. Al día siguiente llegué a trabajar muy contenta y se lo conté a todo el mundo». Fue la primera vez que tuvieron noticias «del otro lado» de la pantalla. «Seis meses después nos instalaron una dirección de mail y cada día llegaban como 100 correos de fans, lo que nos parecía una cantidad exorbitante». Javier Capitán contestaba todos personalmente, pero cada vez llegaban más y más y aquello le desbordó. El Informal era ya un fenómeno, aunque incipiente, claro está.

Florentino Fernández era conocido como alguien bromista al que se le daban bien las imitaciones. Después del periplo con Pepe Navarro en Esta noche cruzamos el Mississippi y La sonrisa del pelícano, alcanzó la fama completamente con El Informal por «un ofrecimiento de Globomedia, que por aquellos años era la única productora que hacia televisión de entretenimiento. Yo no sabía mucho de tele ni lo que quería hacer con mi carrera, si es que la había, pero lo que sí sabía es que era humor y eso me molaba». Con dificultad, el presentador tenía que despedirse de su «padre televisivo», cosa que a la larga le benefició. «Cuando terminé la etapa con Pepe Navarro surgió hacer El Informal y él me dijo que estaría muy bien hacerlo. Ahora, cuando ha pasado el tiempo, me doy cuenta de que él ya sabía que no volvería a la tele. Yo no», atina a reflexionar. El equipo visible lo completaban Félix Álvarez e Inma del Moral. «Ella ya venía aprendida. Le dabas el micro, salía a la calle y hacía brillar a todo el que se acercaba», recuerda Florentino acerca de Inma, la cual empezó trabajando en el plató, mano a mano con Capitán hasta que percibieron que su potencial estaba en la calle, entrevistando a los políticos y a los famosos. ¿El motivo? Una cara bonita llamaba mucho más la atención, como bien pudo comprobar Paco Umbral.

Félix, por su parte, procedía de inicios más humildes en televisión. «Había hecho un programa de cuenta-chistes en Antena 3 [Genio y figura], otro parecido en Canal 9 [Canta, canta], y me dejé llevar por la vorágine del principiante que alucina con todo. Estaba en la tele, rodeado de famosos y no opuse resistencia». Después, al volver a su Cantabria natal, Félix dejó la academia en la que ejercía como profesor y el bar que regentaba. Se trasladó a Madrid en busca de la oportunidad que se le otorgó para hacer una prueba en El Informal. «Me lo vendieron como un informativo satírico y lo compré antes de saber de qué se trataba. No era consciente de dónde me metía ni cómo iba a acabar aquella aventura, pero dejé que todo siguiera el curso que guiaban los que se suponía que sabían ¡Y ya lo creo que sabían!». Si El Informal era de por sí especial, el casting para ingresar en él debía estar a la altura. «Para el casting de El Informal me dieron un látigo. También recuerdo que había como unas letras gigantes… era todo muy raro», ríe la actriz Inma del Moral, una desconocida para gran parte del público. Al final de la primera temporada, Inma dejaba el programa. En su lugar entró una rubia vallisoletana que había ejercido de modelo y de azafata (de hecho, fue Miss Palencia). Abandonado el nido materno, Patricia Conde pisa la capital para heredar el puesto y, en teoría, la personalidad del personaje de Inma. Nerviosa en los castings, Patricia se hizo con el empleo sin ningún tipo de problema, haciendo «olvidar» el paso de Inma del Moral por El Informal. «La primera encuesta que me encargaron trataba sobre el tamaño del pene de los españoles. Estaba muy tranquila, convencida de que no me veía nadie hasta que volví a Valladolid, a mi casa, de vacaciones y me di cuenta de que no podía entrar ni en el supermercado», mencionaba Patricia a El Mundo cuando su fichaje era todavía reciente.

El grupo fue incorporando nuevas caras. El aragonés Miguel Nadal (conocido como Miki) entró en la segunda temporada como doblador, aunque poco a poco fue cobrando más protagonismo. No era un desconocido para los que allí trabajaban, en especial para Florentino Fernández, pues compartieron trabajo en La sonrisa del pelícano. «Estando en Antena 3, Pepe Navarro me encargó que hiciera un casting a una serie de personas que habían venido. Bajé a una especie de sala de baile con los candidatos e hice el casting. Luego subí para decirle a Pepe Navarro que había un tío de Zaragoza que me había hecho mucha gracia». Además de ser compañeros en la labor, también lo fueron de piso. «En esa casa empezamos a hacer doblajes y mierdacas varias», sonríe.

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Posiblemente, y visionando el programa, no era raro que dieran una sensación caótica, pero nada más lejos de la realidad. Un programa de ese tipo, que se hace contra reloj, puede producir cierta sensación de caos, «pero había mucho orden y organización. Los horarios, la información de base, los turnos en las salas de montaje, el orden de los doblajes… si todo no está perfectamente organizado vas directo al desastre», vuelve a intervenir Javier Capitán. Ahí el papel de la subdirectora y el coordinador era fundamental. Capitán continúa: «Sin método, no se llega con el programa hecho al directo. Lo que sí es cierto es que la nuestra era una redacción ruidosa, en la que las ideas circulaban, se intercambiaban, se mejoraban… Había gente muy buena y muy generosa en el día a día». Algo en lo que coincide Mario también. «El caos formaba parte del programa. Ten en cuenta que al estar el plató fuera de las salas de montaje y de doblaje, a veces cambiábamos continuamente el contenido esperando las cintas de última hora que tardaban en llegar». Hasta los presentadores sufrían la tensión de «no llegar a tiempo a plató para hacer su trabajo debido al tráfico de algún puente o que les pillaban las salidas y llegadas masivas de vacaciones a la capital». Respecto a los contratiempos ajenos a los presentadores, Capitán recuerda un día en especial, cuando «Flo no llegó al inicio del programa. A falta de 30 segundos, miré a mi alrededor y el único recurso que tenía para empezar era Felisuco vestido de romano. Y Felisuco el romano hizo de Flo en una escena absolutamente absurda». Tal cual.

Estaban ofreciendo algo fresco y totalmente distinto, dándole la vuelta a las noticias diarias que amedrentaban en lugar de informar. «Me preguntaba cómo eran capaces de tomar una noticia que hubiera ocurrido ese día y convertirla en un vídeo hilarante que te llevaba a la reflexión en un espacio de tiempo tan reducido», esgrime Alicia Ramírez, colaboradora del programa que sustituía a El Informal en verano, Emisión Imposible, aunque luego ficharía por El Informal. «Cuando estábamos a punto de finalizar me comunicaron que querían contar conmigo en la temporada siguiente. Conocía el programa y no hubo que insistir demasiado». El Informal podía antojársele dificultoso por el éxito que estaba teniendo y también por lo aparatoso de su producción, pero Ramírez no se amilanó. «Cuanto más difícil es un proyecto, más interesante resulta. Además me ofrecían la oportunidad de formar parte del equipo de un programa que aún hoy se considera de culto». Nada como llegar a casa y ver a Javier Capitán y a Florentino Fernández contando lo mismo que habían hecho sus compañeros de antena minutos antes. Según Félix, «hacer un programa diario, pegado a la actualidad, y encima de humor, ha de ser caótico por definición». Sí, era lo mismo, pero no igual. Un ejemplo: en septiembre de 1998, el Tribunal Supremo acordó la ejecución de la sentencia del caso Marey y el ingreso en prisión del exministro José Barrionuevo y del ex secretario de Estado para la Seguridad, Rafael Vera. El escándalo político ocupó prensa, radio y televisión. Cosa seria para todos, pero un buen material para que El Informal eliminara el poso dramático que caracterizaba a los informativos buscando quedarse con la principal esencia de los hechos dando un giro sarcástico y ácido. «El trabajo que yo hacía en RNE era útil también para El Informal, ya que todo el análisis de la actualidad para la selección de temas servía para los dos medios y, además, con mi compañero Luis Figuerola-Ferretti, también hacíamos humor sobre la actualidad desde hacía muchos años. Por tanto, con esa materia común, de lo que se trataba era de seleccionar temas y adaptarse a una forma de contarlo diferente», apunta Javier Capitán. Además, la accesibilidad del vocabulario utilizado en El Informal hacía más digerible la actualidad informativa. «El Informal ha sido de los programas pioneros en dar información política, social, del corazón, en clave de humor», inicia la actriz Maribel Casany, que ingresó como último fichaje en el 2001. «Mi visión como espectadora del programa siempre fue de admiración por el trabajo que nos ofrecían; unos guiones buenos, con temas de actualidad, sin más límites de opinión que las que se autoimponía el mismo equipo. En fin, un programa diez». Casany colaboraba como reportera de calle, y se especializó en famosos. «Mis compañeros me mimaron y me lo pusieron muy fácil. Aunque cada día era una aventura». Su ingenuo pero alocado papel se vino formando desde los tiempos del Fem Tele (Canal 9) hasta Nada Personal, ya en «la cadena amiga» y ambos de la mano de Nuria Roca. «El personaje solo era conocido en Canal 9 hasta que llegó a Telecinco». Curiosamente, Nada Personal sustituyó a El Informal en el verano del 2001. «Como el programa había cumplido con creces las expectativas del verano sustituyendo a El Informal, intentaron mantenerlo después del verano, con toda la dificultad que eso supone». Pero las dificultades de las que habla Maribel fueron un difícil obstáculo para Nada Personal, aunque no para la propia presentadora. «Fui a parar a El Informal encantadísima. Supongo que el personaje que hacía encajaba en el programa, sobre todo porque podía encontrar su sitio sin competir con nadie». Y así fue, Maribel estuvo en El Informal hasta el final.

Justamente después del despegue, se empezaron a emitir especiales de verano. Como era de esperar, ni Florentino ni Capitán eran las caras representativas. En su lugar estaban Félix y el periodista Sergi Mas. «La opción era de un mes: el mes de agosto. Además, por aquel entonces había poco riesgo de bajar mucho la audiencia. Hacía como media un 21-22%», avanza Mas. No había riesgo y se trataba de un experimento. Es curioso que volvieran a emitir en verano con cierto temor a bajar las audiencias cuando el propio programa empezó a televisarse en esas mismas fechas. «Prácticamente no bajó, pero tampoco subió», cosa que aprovechó Sergi para utilizar su propia creatividad. «Quise aportarle mi sello, aunque sabía desde el primer día que era el sustituto de Capitán». Para más inri, el presentador venía de programas como Al Ataque o El Show, muy «gamberros» y también parecidos. «El guión lo teníamos media hora antes, cosa que en El Show y en Al Ataque también pasaba. Pero por ejemplo yo, que estaba habituado a hacer guiones y actuar, aquí venía como presentador». Algo que cambió sus planes iniciales. «Los primeros días me presentaba a las 11 de la mañana para hacer guión, pero no era así porque lo hacían los guionistas. Yo solo presentaba. Así que me recomendaron —y así lo hice— ir a las cinco de la tarde». El Informal del verano tuvo éxito, pero como ya se ha mencionado, fue sustituido por otros shows muy parecidos. Quizás no era tan mala idea ante un posible desgaste del programa.

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La voz de El Informal a pie de calle: famosos, políticos y ciudadanos 

Los roles de cada miembro del equipo estaban muy marcados, algo que identificaba también a cada personaje. Javier Capitán era el presentador serio y Florentino Fernández el secundario burlón. Tampoco podían faltar los reporteros de calle, lógicamente. Félix Álvarez e Inma del Moral se ocuparon de llevar a cabo una tarea tan sufrida como cercana, pero muy representativa. Y aunque no era una cosa muy original, el hecho de ser «asaltado» por un micro de El Informal ya implicaba una respuesta relajada por parte del ciudadano que era entrevistado. «Entonces no era tan consciente, pero fui la primera reportera que salió del rígido estilo impuesto a las mujeres en televisión. Tenía 24 años y era ingenua y atrevida», afirmaba Inma del Moral a la revista Lecturas en abril.

Esa proximidad y manera que tenían de preguntar los reporteros hacían que la respuesta fuera espontánea y fresca. Había de todo: gente que se lo tomaba a broma, señoras que iban a la compra e ignoraban la cámara entre risas nerviosas, el trajeado caballero que hablaba con firmeza y rectitud, el albañil dicharachero, la adolescente agitada, el inmigrante clarividente y a veces confuso, o el incondicional de la crítica, ese que no quería hablar en un programa tan «poco serio». «Me encantaba salir a la calle a hacer reportajes», argumenta Félix. «Por otro lado, el permanente contacto con la gente hizo que no se me fuera la cabeza a ningún paraíso donde habitan los elegidos. Nunca dejé de sentirme parte del humilde lugar del que vine, y al que luego regresé sin traumas». En plenas elecciones catalanas de 1999, Félix Álvarez salió por Barcelona recogiendo declaraciones de todo tipo. Hete aquí algunas respuestas que el presentador cántabro se encontró al preguntar «¿Qué le parece a usted que la mitad de los actos electorales para la Generalitat se hagan en Madrid?»: «Una granujada», respondía un jubilado sin más miramientos, al contrario que un hombre enfundado en un chándal, el cual no dudó en exclamar un «¡Estupendo!», seguido del puyazo «mientras que se gane en Madrid, ganamos nosotros». No podía faltar la nota más contundente, que en ese caso vino por parte de una joven. «Porque ya que somos catalanes, que se hagan en Cataluña». Sin tiranteces en demasía ni conflictos varios, otras preguntas más livianas se intercalaban entre las demás: «¿Qué le parece a usted que Carmen Sevilla haya pedido el voto para el señor Pujol?». Ante tal cuestión, una anciana, ojiplática, no pudo más que responder un «¡Toma castaña!».

Saltando de una pregunta a otra, de ciudadano en ciudadano, se podía conocer con bastante sinceridad lo que opinaba la calle, lejos de los discursos correctos de los políticos. ¡Ese era el objetivo! No hay más que ver cómo hay personas que se esfuerzan para quedar bien en televisión cuando son preguntadas por una cadena de informativos. No queda nada natural. Sin embargo, esa cordialidad de El Informal no provocaba tensión alguna. Estando en plena calle, las anécdotas surgían día a día. La gente, a veces buscando ser entrevistada, reclamaba la atención de los reporteros. «Recuerdo una viejita encantadora que se empeñó en subirme a su casa a que comiera un cocido madrileño con su familia: el cocido madrileño más rico y sustancioso que nunca probé y que jamás igualará nadie. La recuerdo con un cariño y una nostalgia que me sigue empapando el alma cuando la recuerdo», relataba el reportero cántabro. Y es que se decía lo que se pensaba, quedara bien o quedara mal. Cualquier tema social, económico, político o deportivo se paseaba por las aceras de toda España.

Pero no se quedaban ahí, sino que también acudían al político de turno, como hicieron tantas y tantas veces con Jordi Pujol, Federico Trillo, Joaquín Almunia o el expresidente del Gobierno José María Aznar. Inma del Moral llegó a confesar que se le resistió Esperanza Aguirre porque «tenía muy bien aleccionado a un tío de seguridad que era superantipático y un imbécil». La idea de ser «atacada» por un micro de El Informal no le hacía mucha gracia, parece ser. «Ella no quería. Yo le decía que se lo iba a pasar bien. Pero nada», atestiguaba Inma del Moral en Otra Movida.

Sin duda, Aznar fue la personalidad política más parodiada y «entrevistada» del programa. «Teníamos muchos blancos, porque, como la de ahora, la sociedad española se presta mucho al pim-pam-pum. Quizá el blanco estrella fuese Aznar y Pedro Ruiz. Pero, claro, ¿quién puede resistirse a no hacer bromas de estos cracks, se preguntaba el guionista Javier Pilar. Lo de Aznar llegó a tanto que el político se tomaba ciertas libertades protocolarias con Inma del Moral y con Patricia Conde. «¿Tú eres la nueva? ¡Suerte!», respondía Aznar a Patricia tras la pregunta «¿Qué tal por el Oriente?». Todo eran risas y bromas, pero dentro de un límite, pues José María Aznar no salía muy bien parado de las bromas del programa. Eso lo incomodaba puesto que, medio de coña, soltaba algún que otro aviso después de los actos oficiales, cuando periodista y personalidad se encontraban: «Patricia, no los toques». Esa última frase quedó para la posteridad del programa. ¿Qué quiso decir Aznar con «no los toques»?

De hecho, se «estrecharon lazos» entre la rubia presentadora y la familia Aznar. Cuidado, que todo era una broma, pero sí es cierto que se generó una especie de rumor privado que unía sentimentalmente a José María Aznar Jr. con Patricia Conde. ¿El motivo? Pues que cada vez que el primogénito de Aznar veía a Patricia, este salía huyendo. «Tu hijo se espanta cada vez que me ve», le confesó Conde al padre. «¿Por qué?», respondía, «si a mí me ha dicho que le gustas mucho». Es posible que el apartado haya quedado un poco de color rosa, pero no era más que una simple muestra de cómo era el trato entre El Informal y la clase política. Si era igual con los ciudadanos, ¿por qué no serlo con los mandatarios?

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Los famosos, por supuesto, tampoco se escapaban. Sin llegar a ser entrevistas profundas, las citas promocionales con ciertos personajes se transformaban en situaciones agudas y desenfadadas. No era el estilo chabacano y con poca gracia que se da últimamente, sino pícaro y osado sin llegar a cruzar la línea de la descalificación o de la falta de respeto. Felisuco habla sobre sus numerosos encuentros con la sensual Laetitia Casta. «Con ella tuve una relación fascinante. La conocí en París, en un reportaje que hice con motivo de la promoción de la primera película de Astérix, donde ella participó. Hasta en cuatro ocasiones más coincidimos bajo la mirada atenta de El Informal, y cada nuevo encuentro era más divertido que el anterior». Quedaron para la galería otras entrevistas «con esa sensación que te deja la cara de tonto del haba», como la de Charlize Theron: «Me plantó tres besos en tres diferentes partes de mi rostro». Las féminas eran su punto fuerte, pero mucha atención al trato con hombres de la talla de Johan Cruyff y sus «ojos como cuchillos jamoneros» o «la serenidad de Mark Knopfler». De entre todas, Félix retiene «muy especialmente» en la memoria la conversación intangible que mantuvo hasta altas horas de la madrugada, «farfullando un inglés del barrio pesquero de Santander, en una conocida sala de fiestas de Madrid, con el mismísimo Tim Burton».

Casany será recordada, entre otras muchas cosas, por lograr que Tom Cruise dijera «cuñao» (en clara alusión a Juan Joya «El Risitas»), pero no podrá olvidar la mala situación que se le presentó al entrevistar al cantante canario José Vélez. «Para mal momento el que vivimos Amparo Martínez de la Riva (redactora) y yo entrevistando a José Vélez. Queríamos saber por qué tenía esa fama de gafe y casi llegamos a las manos con su mujer. Se enfadó muchísimo». Por fortuna, la sangre no llegó al río.

Los guionistas y el salto de la improvisación

¿Cuánto margen había para preparar un guión? ¿Nacían de una idea espontánea o se trataba de buscar una coherencia con la actualidad? Naturalmente que no siempre se tenía el ingenio despierto. Todas esas preguntas debían ser respondidas por las personas indicadas: los redactores, documentalistas y guionistas. «No era lo mismo que te tocase hacer una pieza de vídeo sobre la llegada de la televisión a Buthan, que sobre Aznar o la huelga de Iberia», puntualizaba así Javier Pilar Gallego, experimentado guionista que trabajó en los programas infantiles de Telecinco, compartiendo redacción con El Informal. «Cuando terminé en los infantiles me llamó Javier Capitán. Aunque sé que mi ángel de la guarda fue Fernando Eiras, uno de los mejores guionistas de este país. A él le debo mi entrada en la tele y, sobre todo, mi aterrizaje en El Informal». Volviendo a la temática de la sección, había que preguntarse cómo era bregar con el guión del plató o con el guión de los vídeos. «Normalmente, cuando tenías que hacer vídeos, te daban la noticia fotocopiada en un papel (eran otros tiempos, no existían las redes sociales, ni los smartphones y el e-mail era una incógnita) y tú tirabas millas. Tenías que inventar la historia, mirar la base de datos de vídeo de Telecinco, pedir a documentación las películas, documentales o lo que necesitases. Verlos, seleccionar lo que querías, pedir grafismos, músicas y, entre medias, escribir el doblaje». ¿Y de tiempo? Pues contra reloj. «Todo eso de 11 de la mañana a tres de la tarde y porque se suponía que había que comer». Pero todo esfuerzo tenía su recompensa. «Cuando lo tenías todo ibas a editar y luego llegaba el mágico momento del doblaje… ¡Eso era lo mejor!», exclama Sebi García que, desde su situación como documentalista, sabía muy bien del tiempo que disponía y la magnitud de los vídeos. «Los directores leían por la mañana la prensa, seleccionaban noticias para sacarles punta y después se las repartían a los guionistas para que se hicieran su historia en la cabeza». El procedimiento a seguir era relativamente sencillo, aunque debía estar muy coordinado para que nada se retrasara. «Después, los guionistas me pedían imágenes que se ajustaran a lo que tenían pensado. No había problemas si estaban en el archivo, pero si no lo estaban… la cosa era más peregrina». El archivo, todavía analógico, estaba ordenado y minutado para que no se complicase la tarea a la hora de buscar pedidos. «Usábamos el archivo de Telecinco para utilizar imágenes de series y demás. Si alguien quería una gacela, se la buscábamos. Pero si buscaban —por ejemplo— un grupo de mujeres subiéndose a un árbol, también». Todo consistía en localizar el plano exacto, pero «si no se daba con el plano que se buscaba, se ofrecían otros que pudieran valer también». Contando con que se manejaban cintas de vídeo, el volumen de cartuchos era considerable. «Para tener 15 planos te podías encontrar con 25 cintas, tranquilamente», detalla Sebi. «Se hacía la petición a videoteca y las cintas estaban en 15 o 20 minutos. Ibas con un carro de la compra lleno de cintas que dejabas en redacción para que el guionista pudiera trabajar con ellas». La selección de planos era a veces compartida entre guionista y documentalista hasta que «una vez seleccionados los planos, se dejaba un post-it en la cinta indicando el momento en el que aparecía la imagen buscada. Las cintas que valían se llevaban a las cabinas de montaje para rescatar los planos y montarlos con el editor». Después de ese proceso, los vídeos se doblaban y terminaban de preparar para su posterior emisión. «Cada pieza podía llevar 30 o 40 planos largos de cosas distintas». Los engranajes que escondía la magia de la televisión tenían muchísimo movimiento y tiempo para todos los que allí trabajaban. «Documentalmente, El Informal llevaba un curro tremendo. Era el que más trabajo me ha dado a mí y a los compañeros». Gente como Sebi García, Javier Pilar Gallego, Casandra Valdés o José Carlos Culebras (de ahí venía la coña con la palabra «culebras» que repetía Charlton Heston) hacían posible que El Informal tuviera un contenido tan fresco como gracioso día tras día.

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Sobre si se improvisaba o no, Capitán lo tiene claro. «En El Informal se improvisaba muy poco. Un programa con esa cantidad de contenidos, ritmo y duración, permite pocas licencias y, aunque el espectador podía tener la sensación contraria, todo estaba muy sujeto al guión. Lo que sucedía es que nosotros lo pasábamos bien, nos reíamos y eso transmitía un desenfado que podía sugerir que improvisábamos mucho. Pero, en realidad, eso solo sucedía cuando nos equivocábamos o cuando pasaba algo inesperado en plató». Sabedores del esfuerzo de los guionistas, procuraban no saltarse demasiado las líneas, al menos eso pretendía Felisuco. «Día sí día no, el guión completo llegaba a nuestras manos media hora antes de hacer el directo. Aprendimos a respetar las líneas maestras del guión, pero teníamos libertad absoluta para improvisar». Y también Fernández. «Era un caos con mucho control. Los guionistas sabían en todo momento lo que pasaba. El director también. Lo que no sabían era lo que duraba cada momento porque ahí es donde improvisábamos. Unas veces con más acierto que otras». Un caos, aparente, pero siempre controlado, como indica Javier Pilar. «Realmente el trabajo de guión era muy potente. Piensa que hubo una temporada en la que éramos 16 o 18 guionistas. Globomedia siempre ha sido una productora que ha cuidado mucho el guión», reconoce. «Flo, Miki, Capitán y todos seguían el guión, pero tenían margen para improvisar y crear porque son unas bestias del humor». Llegando al meollo de la cuestión y también al secreto del éxito del programa, Casandra Valdés, redactora, aporta un punto de vista más: «Me llamaba la atención sobre todo la libertad creativa que había para hacer cualquier cosa, el apoyo a la originalidad y creatividad de todos los que estábamos allí, y la casi nula censura que había para tratar las noticias».

Mario, por su lado, añade que «otro motivo de improvisación era cuando uno de los actores tenía un guión exclusivo para él y los demás teníamos el guión oficial. La víctima debía ignorar que le íbamos a gastar una broma y eso requería un ensayo extra y una gran dote de improvisación por parte de la víctima, lo cual hacía que el programa estuviera vivo en plató». Maribel Casany recuerda que «era estresante» dado que muchas veces solían «hacer la primera, y única, lectura de guión mientras nos cambiábamos en sastrería para entrar en directo… ¡en 20 minutos!». Siempre teniendo todo bajo control. «Todos teníamos claro que lo sabríamos defender, había mucha seguridad», aunque «cada día era una aventura». Javier, el guionista, no lo vivió como «algo caótico», pero sí como «algo muy exigente». El nivel creativo que tenía el programa era muy alto. «Cada vez había que inventar nuevas piezas, nuevos giros en el plató, nuevos sketches. Era un reto y se notaba el cansancio mental y físico». Por lo tanto, ¿se le daba descanso a una maquinaria creativa? «Varias veces se solicitó a Telecinco que los viernes se usasen para poner un remix (porque había material de sobra) y que el equipo tuviera tiempo de pensar y descansar (como se hacía en Buenafuente y se hace ahora en El Hormiguero), pero pasaron de nosotros». Tristemente «la cadena no cuidó su producto estrella, porque eligió una dirección que ahora todos podemos contemplar». A la vista está. No sería la primera vez que un canal maltrata productos de calidad por querer forzar algo que requiere otros tiempos. Aun así, «lo mejor de El Informal era justo eso, que era en directo. Eso nos mantenía vivos y espabilados». Situación vivida en propias carnes también por Félix, que lo cuenta así: «El equipo trabajaba sin descanso. Todos dejamos parte de nuestras vidas en El Informal: muchas horas, muchos días, muchos meses, muchos años. Hacer reír un día es muy difícil. Hacerlo muchos días está al alcance de muy pocos. Se necesita un equipo impresionante, unos cómicos que acierten con sus personajes, la técnica a tu servicio y, muchas veces, teniendo todo esto en abundancia, el éxito es esquivo». Un directo se lo come todo. Al final, siempre había que inventar cosas nuevas. Todo se acababa gastando. Ese era el gran reto.

Sobre el tiempo del que disponían entre sketch y sketch, Alicia Ramírez hila la conversación con las prisas y las carreras. «Había sketches en directo que requerían de una gran transformación por nuestra parte. Y para realizar todos esos cambios solo disponíamos de uno o dos minutos, que era la duración del vídeo que se estaba emitiendo. Así que imagina las carreras en plató». En su caso, si le tocaba transformarme en Tamara, «tenía que cambiarme de vestido, ponerme la peluca y maquillarme exageradamente mientras se emitía un vídeo, hacer la imitación y volver a ser Alicia Ramírez de nuevo durante la emisión del siguiente vídeo». Gracias a esa información recibida, uno se pregunta si había dos «Informales»: el que veía el espectador desde su casa y el que veía el público presente en el plató. «Siempre digo que había dos “Informales”», confirma Alicia. «El público que asistía al plató no daba crédito al ver la velocidad a la que se realizaban los cambios, o cómo nos las ingeniábamos si nos pillaban corriendo a mitad de plató a la vuelta de un vídeo. Más de una vez alguno acabó escondido debajo de la mesa…». Una de esas escenas, en las que participa Mario, era aquella de los dos presos (con Miki Nadal) y la pastilla de jabón. Mítica, pero con saña. Cuando algún compañero faltaba, Mario era llamado al plató. «Los guionistas tiraban mucho de mí como “actor comodín”. Muchas veces Felisuco no estaba en plató, ya que estaba cubriendo eventos donde le mandaban, así que yo era el elegido para cualquier tipo de absurdez televisiva. No sé si se me notaba mucho en la cara, pero todo lo relacionado con lo absurdo me llama poderosamente la atención». Algo que le iba como anillo al dedo. «Adopté el papel del actor que no se sabe su papel (a veces lo era, pues me era imposible memorizar un texto que me entregaban media hora antes y estar pendiente de la ambientación musical del programa). Eso me ayudó mucho a vencer mi vergüenza ante las cámaras». Efectivamente, Mario perdió el miedo ante las cámaras, pero no el miedo a las cosquillas. «Me ataron a una cama disfrazado de la “niña de El Exorcista“, comenzaron a hacerme cosquillas durante la emisión en directo y de los nervios conseguí deshacerme de las esposas cargándome el somier». Y como era de esperar, «ahí terminó el sketch». Era evidente que la broma llegaría tarde o temprano a la calle. «Las consecuencias llegaron después en el día a día, cuando se acercaba gente desconocida en lugares públicos y me tiraban monedas o paquetes de tabaco para que yo los recogiera, o las tan sufridas cosquillas». Para las secciones, había un guionista para cada parte. O sea: guionista para reporteros, otro para sketches, otro para presentadores… ¿Pero qué trabajo era el más entretenido? «Nos íbamos turnando», justifica Javier Pilar para después ahondar. «Una semana tenías vídeos, otra plató y otra, si todo iba bien, te ocupabas de preparar los reportajes». Tarea que parecía más relajada, desde luego. «Esa semana, la de reportajes, era la más descansada a nivel mental y físico, y estaba pensada, también, para que el equipo pudiese crear sketches y nuevas secciones. La organización era una pasada. Begoña Puig estaba a cargo de esa parte y era una máquina. Alguna vez se montó algún lío, pero claro, fueron muchos programas, muchas escaletas y muchos horarios». Para un total de 844 programas (sin contar especiales y demás). A fin de cuentas, la libertad y la improvisación controlada eran imprescindibles para darle la sustancia a El Informal, algo que, a día de hoy, sería imposible porque «todo está muy controlado, medido, y hasta el que no tiene ni idea opina sobre cómo tienes que hacer o no hacer determinada cosa», esclarece Casandra: «pero es que los tiempos han cambiado mucho, una pena, porque se pierde en creatividad, en ganas, en libertad, y se coarta a mucha gente de entrada cuando realmente, si fuesen libres, harían cosas maravillosas». Libertad creativa sin límites. ¿El verdadero secreto de un buen programa? Todos coinciden en que es así. Pero aunque la fórmula funciona, en la actualidad se estila una forma más lineal de llevar todo a la pantalla pequeña. Nada se sale de lo común.

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Personajes con frase e iconos con coletilla 

Otra señal de personalidad en El Informal eran sus personajes. Cada temporada había alguno nuevo que evitaba que otros se quemaran de tanto darles uso. Había de todo y para todos, y eso era perfecto para que los espectadores se sintieran identificados con los chascarrillos y coletillas utilizadas, como demuestra el guionista Javier. «Esa fue una de las magias del programa. Lo mejor es que surgían solas. Dentro de la redacción acabábamos todos repitiendo ciertas cosas porque nos hacían gracia, y claro, al final salían fuera». Cualquier cosa servía; desde un piloto retirado (Sargento Tárrega), hasta un policía de encías prominentes (Poli Risitas) pasando por un militar enmascarado al que bautizaron como Brigadier Pepis. Personaje que funcionaba, personaje que se quedaba. La fórmula era bien sencilla «rescatando» imágenes de archivo para después doblarlas, tal y como se hizo en Esta noche cruzamos el Mississippi, dentro de la sección Tele Peich. Pero antes de entrar de lleno en el doblaje, conviene repasar la historia original de las personalidades más populares del show televisivo.

Brigadier Pepis: El verdadero nacimiento del Brigadier Pepis se dio cuando emitieron la rueda de prensa de un militar español. El «perjudicado», al verse más tarde doblado con voz amanerada, se puso en contacto con El Informal para pedir que retiraran esas imágenes. Con decoro, el equipo eliminó aquella rueda de prensa, pero no la idea del personaje, pues la famosa figura que crearon después del toque de atención —para evitarse más problemas— ocultaba su rostro tras una máscara roja del Rey Misterio. El ínclito icono no era ni tan siquiera militar, sino que se trataba de Carlos Herrero, director del programa (junto con Javier Capitán por entonces) disfrazado de militar con apariencia homosexual que agitaba azarosamente un colorido pay-pay. Otra curiosidad: el entorno que se ve tras el «misterioso» sujeto son las propias oficinas de Telecinco.

Maestro Monje Rama-Lama: Creación del guionista Javier Pilar, el monje shaolin trascendió más allá de la broma gracias a su coletilla por todos conocida: «Me congratula que visiten mi templo de sabiduría». Florentino Fernández utilizó un registro pausado y sereno para su doblaje, estirando la palabra «congratula» mientras el monje se retiraba las gafas. El momento exacto fue tomado de la película American Shaolin, durante el combate final. Como dato adicional, en la película (en doblaje castellano) el monje dice realmente: «hay gente que no aprende y que necesita una buena lección» en lugar de la ínclita frase que se le atribuyó. Henry O (nombre artístico del actor chino Jiang Xi Ren) es ese Maestro Monje Rama-Lama, solo que en la película es el maestro San De. Ha representado papeles en largometrajes como Romeo debe morir u Hora punta 3, sin desmerecer alguna que otra participación en la serie Los Soprano.

Poli Risitas: La verdad es que el doblaje que le pusieron le iba como anillo al dedo al policía afroamericano originario de un reality show policiaco del tipo Cops. El programa dramatizaba épicos y bochornosos actos delictivos que eran comentados por los propios policías que participaron en las operaciones, como se pudo comprobar gracias a la exagerada dentadura del Poli Risitas.

Sargento Tárrega: Al contrario que el Brigadier Pepis, el Sargento Tárrega existía en la vida real. El tipo, un sargento jubilado y forofo de la aviación, había construido una réplica (con los planos originales) de la Nieuport 11 de 1917, una avioneta de la escuadrilla Lafayette. El aparato permaneció en un hangar en Antequera, para más tarde pasar a manos del piloto y coleccionista Leocadio Ramos que, en arrebato de romanticismo, lo compró y restauró. Después fue donado y se cree que el avión está en algún punto del kilómetro 20 de la carretera de Valencia. En menores ocasiones también se le parodiaba conduciendo un Seat 600 cantando Precausión amigo conductor.

Lo que diga la rubia: Más que un personaje, era una frase la que se erigía como representante de la escena doblada. En ella, cinco miembros de un jurado debían dar su veredicto, pero había uno de ellos (una mujer rubia) que nunca estaba de acuerdo con sus compañeros. En vistas de un juicio eterno, los integrantes del jurado se limitaban a decir «lo que diga la rubia». Las imágenes fueron tomadas del telefilm We The Jury (Nosotros, el jurado) de 1996. En honor a la verdad hay que destacar que la película no tenía nada de gracioso, pues la sinopsis cuenta que se juzga a una estrella de televisión por homicidio. Los nombres reales de los actores (según el orden de aparición en el vídeo de El Informal son: Conrad Dunn, Tyrone Benskin, Carol Ng, Karen Robinson y Nicky Guadagni. «Lo que diga la rubia» fue (y es) una consigna idónea para quitarse responsabilidades.

Michael Landon: Ni le cambiaron el nombre para utilizarlo como carismática personalidad del programa. Landon se hizo famoso por haber sido Little Joe Cartwright en Bonanza, pero justo un año después de la cancelación de la serie, protagonizó Little House On The Prairie (conocida en España como La casa de la pradera). A tenor de tener muchísimo material audiovisual suyo, el equipo trabajó con imágenes de Highway To Heaven (Autopista hacia el cielo), otorgándole a Jonathan Smith (el ángel que interpretaba Michael Landon) una voz lánguida (también homo y cobarde) y actitud pausada ante la vida que se adornaba con un «¡uy, uy, qué mal rollito!».

Rony Guadalajara: Atención al dato, pues Rony Guadalajara es en realidad Harry Shearer, el bajista de Spinal Tap. El actor también es doblador de algunos personajes de Los Simpsons como Ned Flanders, Montgomery Burns o el Dr. Julius Hibert. Las secuencias usadas de Shearer en El Informal pertenecen al making off de Godzilla (1998). En el documental, Harry Shearer habla con el especialista Haruo Nakajima, apodado también por El Informal como Profesor Achilipú. Nakajima era el encargado de darle vida al monstruo en las primeras películas, utilizando un detallado disfraz para simular la acción.

Esos, grosso modo, eran las principales estrellas del elenco, aunque El Cordobés, Arnold Schwarzenegger, Charlton Heston o King Kong con la voz de Jesús Gil (Kgil-Kong) crearon sensación, como el impagable vídeo sobre la boda de la hija de Jesús Gil. Lástima que Telecinco lo haya bloqueado en YouTube por derechos de copyright. «Era la imitación qué más me gustaba de Florentino», advierte Miki antes de contar de dónde venía su registro con Schwarzenegger. «Un día me dijeron que había que ponerle voz a Schwarzenegger, pero no supe cómo hacerlo hasta que le vi la cara de bruto. ¡Con esa cara tenía que ser de Zaragoza!». Fue ahí cuando nació Chuache. «Pasábamos más de cuatro horas doblando en esas cabinas todos los días a lo largo de los ochocientos y pico programas que duró El Informal».

Algo a lo que había que añadir las míticas imitaciones de Cristina Tárrega por parte de Florentino (que nada bien le sentaron a la voluminosa presentadora, según confesó tiempo después en Crónicas Marcianas), las de Di Stéfano, Aznar y Jordi Pujol de Javier Capitán o las de Raphael de Miki Nadal. Es posible que alguna «víctima» se molestara, de ahí que más tarde se preparara la sección «Perdone la disculpas», en donde Alicia Ramírez se encargaba de entrevistar a las personas que fueron blanco de las bromas, una labor un tanto embarazosa. «Imagina, debía ir a pedir disculpas a los posibles agraviados por haber sido imitados en el programa». Pero resultó toda una sorpresa. «Exceptuando a uno de los imitados, el resto estaba encantado con la versión de sí mismos que dábamos en el programa». La propia Alicia encarnaba perfectamente a Tamara Seisdedos (anteriormente conocida también como Ámbar y ahora como Yurena), pero la peculiar artista, en un primer momento, no terminó por encajar la broma. Aunque, como cuenta Alicia, «estuvo muy cariñosa y agradecida cuando nos recibió en su casa». ¿Y cómo no recordar a Juan Pedro Torróñez? Florentino Fernández se sacó de la manga un personaje pintoresco que trataba de dar énfasis a sus conversaciones con palabras rimbombantes que nunca tenían sentido. Una supuesta mezcla entre Ángel Acebes y Mariano Rajoy extraordinaria. «Mezcla que hemos sabido después porque yo no sabía que esto era así, ni se ideó pensando en una parodia de ellos dos. Coincidencias de la vida. Curioso». Formaliza Florentino.

Siguiendo con la interacción de personaje, broma y demanda, Capitán declara que «hubo muy pocos problemas». Sin pasar por alto los que hubo con el cantautor al que bautizaron como Pablito «El de la guitarrita» (y su Soy la juerga padre, la alegría de la huerta), un joven músico anónimo que, al verse en el programa, pidió que le tapasen la cara. Al final, con mucha picaresca, su rostro fue cubierto con hortalizas. «El caso de Pablito “El de la guitarrita” fue casi una excepción, aparte de un error por su parte. Si hubiera hecho carrera como Pablito “El de la guitarrita” se hubiera forrado», ironiza Javier Capitán. El repertorio (trabalenguas más bien) de Pablito “El de la guitarrita” constaba de cuatro canciones, siempre en el mismo tono y con voz nasal:

Toco la Guitarra,
pero no soy un macarra.
Soy el amo de la barra,
soy la juerga padre,
la alegría de la huerta,
cuento chistes que no veas
que me escuchas y te meas,
y aquí estoy pa lo que sea,
y ahora el cine me cartea.
Y ahora uno, dos,
bingo y acción.
John Travolta está acabado,
a mí me trae sin cuidado
porque yo soy cantautor.
Soy la juerga padre,
la alegría de la huerta,
cuento chistes que no veas
que me escuchas y te meas.

A mí me gusta Gunilla
porque rima con vainilla,
y estoy encantado de cantar esta canción.
Creo que se me nota en la cara
que disfruto de la vida
porque tengo la sonrisa
en la boca permanente.
Soy la juerga padre,
la alegría de la huerta.
Un descojono.
La alegría de la huerta.
Un machote.
La alegría de la huerta.
Soy un tío ante todo.
Soy la alegría de la huerta.

A mí el golpe no me gusta,
me da sustito y me asusta.
Me parece una injusticia
porque soy la juerga padre,
la alegría de la huerta.
Soy un cantante que protesta.
Soy un tío incomprendido.
La alegría de la huerta.
Soy la juerga huerta.
Soy la alegría de mi padre.
soy la alegría de mucha gente.
Y miro el guión,
y siempre me equivoco,
porque tengo barba de dos días atrasada,
porque soy un tío guay
que me molo a mí mismo.
protesto por todo.

Gracias, Butanito.
No me toques que me irrito,
que no tengo voz de pito.
Soy la juerga padre,
la alegría de la huerta.
Cuento chistes que no veas
que me escuchas y te meas
y aquí estoy pa lo que sea
aunque el fútbol me cartea.
Y ahora gol, gol, ha metido gol.
El partido está empatado,
a mí me trae sin cuidado
porque soy un cantautor.
Soy la juerga padre,
la alegría de la huerta
cuento chistes que no veas
que me escuchas y te meas.

En cuanto al resto, «sí hubo alguna persona que nos pidió no salir más, pero lo hicieron de muy buen rollo», aclara Javier. Menos gracia tuvo la historia del hombre que se veía sorprendido por las cámaras mientras salía de una cabina de sex-shop. El equipo doblaba el vídeo presentándolo de la siguiente manera: «Tras esta puerta se esconde el hombre que más sabe sobre…». Y, seguidamente, la voz en off de Florentino le preguntaba sobre algún tema de actualidad que siempre era respondido con un «po’ cojonuo». «Nos llamaron diciendo que no lo dobláramos más porque ese hombre había muerto». Lamentaba Fernández. Es curioso comprobar cómo las quejas provenían más de la gente anónima que de los famosos. Incluso llegó alguna protesta de una asociación de enanos por algún chiste. Aunque Begoña, la directora, aclara que «nunca recibimos consignas o cortapisas de la cadena ni de la productora. Raramente nos llegaban las quejas que recibía la centralita de Telecinco cuando nos metíamos en temas religiosos, que eran las más numerosas. También nos filtraban las denuncias que nos pusieron tanto distribuidoras de cine por doblar sus películas como otras cadenas por usar las imágenes de sus programas». Sin ir más lejos, y mientras se terminaba este artículo, fallecía en Washington Helen Thomas a los 92 años de edad. La veterana periodista fue «usada» innumerables veces en El Informal cuando tocaba hacer vídeos con ruedas de prensa o entrevistas ficticias. Llanamente y para evitarse más problemas y ahorrarse algo de tiempo, el equipo contrató los servicios de La Pecera, una empresa de animación que empezó a colaborar con El Informal aportando pequeñas series de dibujos animados con los presentadores como protagonistas.

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Y aunque era un trabajo a la sombra, el doblaje era esencial. El estilo de El Informal creó escuela y algunos de sus dobladores recalaron en otros programas. «Pues parece ser que fue así», advierte Fernández. «Lamento que eso fuera el inicio del low cost en programas de entretenimiento ya que esos minutos de tele no costaban mucho». Sin demasiados alardes tecnológicos, gente como Mónica Chaparro (más tarde en Sé lo que hicisteis o RNE) se ganaron un lugar —sin quererlo— dentro de los hogares españoles, junto a Javier Capitán, Miki Nadal y Florentino, precursores también de ese tipo de doblaje. «Mi primer contacto con El Informal fue como espectadora», comenta Mónica. «Por entonces yo ya trabajaba imitando voces en el Guiñol de Canal +». ¿Y qué le llamó la atención de El Informal«Lo que más me fascinó fue los doblajes de cachondeo que hacían. Yo escuchaba voces masculinas (Flo, Capitán, Figuerola-Ferretti) y la verdad es que se salían». Aunque algo fallaba, bajo el punto de vista de Mónica. «Las voces femeninas eran bastante flojas. Le eché dos narices y llamé al programa ofreciéndome como imitadora. Ellos me explicaron que no tenían locutora que imitase y que las voces de chicas las hacían redactoras. Aunque a veces Flo ponía también voces a chicas, y Miki a travestís». Con acierto y osadía, Mónica entró por la puerta grande. «Lo más sorprendente fue que me atendieron y me citaron a una prueba que se hizo por la tarde con Flo y que esa misma noche se emitió». Y así, tan de sopetón, la joven dobladora se inició en el programa. «Recuerdo lo nerviosa que llegué y lo bien que se portó Flo conmigo. Me ayudó mucho. Cuando acabó la prueba y se comenzó a doblar lo que se iba a emitir en unas horas, me puso a hacer voces diciéndole al guionista que las estaba haciendo él, para que no las desechasen. ¡Alucinante e inolvidable!». Alicia Ramírez, que también dobló voces, añade que «poner voz a tantos personajes de actualidad, famosos y políticos haciéndoles decir cualquier sinsentido era muy divertido». Verdaderamente tenía que serlo, tanto por la libertad de caracterizar a una personalidad como por los gratos momentos que pasaron. Mónica Chaparro, haciendo memoria, prosigue. «Solíamos sacarnos un café y alguna cosa de picar. Un día se estropeó la máquina de vending de Telecinco. Cuando Miki y Flo vieron que el carril de las “Panteras rosas” daba la vuelta completa expulsando bollos sin parar, no veas la que liaron. Creo que Flo se comió cinco o más bollos rosas seguidos en plan monstruo de las galletas. Aquello fue épico. Digno de orinarse encima», ríe. El propio Florentino siempre estará agradecido por esos «momentos más buenos» puesto que «fue una etapa dorada para el entretenimiento en la tele». Su implicación humana iba más allá de lo propiamente profesional. «Éramos un equipo de lujo con un inmenso talento delante y detrás de las cámaras. Recuerdo que teníamos un coordinador de salas de doblaje que a mí me llamaba Flor. No le escuchaba muy bien, pero un día presté más atención. Y sí, dijo Flor. Se lo comenté a Miki y me dijo: “sí, es verdad, lleva así un mes”. Me decidí por corregirle un dato que, según oía, no era correcto: “No soy Flor. Me llamo Flo”». Todo aclarado, «pero a la semana estábamos igual. Me seguía llamando Flor. Todos los guionistas: Javi Pilar, Ferrer, Gaby, Curry, Alvarito… y Felisuco, Miki, Capi… todos se descojonaban de mí».

El sonido de un disparo o el caminar con katiuskas fue tan característico que la herencia dejada se retomó por jóvenes humoristas y productores en programas posteriores. «Los mejores momentos sucedían en las salas de doblaje. Ver a Florentino, a Miki y a Mónica poniendo en boca de los personajes burradas tras burradas. Todo alrededor en las demás salas se paralizaba y la gente acudía a las risas que ahí se oían. Llegaba la hora crítica de entregar las cintas de emisión y las voces se ponían las pilas y en una pasada grababan todo lo que había que doblar», destaca Mario, casi como su compañera Mónica. «Creo que tengo una salud más fuerte tras tantas horas de risoterapia. Miki y Flo eran amigos íntimos y tenían una complicidad alucinante. Se pasaban las horas haciéndome bromas. Capitán y Figuerola eran más serios y a veces nos miraban con cara represiva viendo las tonterías que hacíamos». Esa personalidad se trató de imitar varias veces, pero por muy fieles que querían ser en otras cadenas o programas, El Informal era único. «No sabría decirte a ciencia cierta los motivos por los cuales no han conseguido aún imitar un programa como El Informal», recalca Mario, «pero te puedo asegurar que posiblemente sea por la personalidad de cada uno de nosotros, y sobre todo las ganas de reírnos trabajando. Esa era una premisa que llevábamos a rajatabla. De hecho, cuando algo salía mal, siempre lo discutíamos en el post-programa, en alguna barra de bar o cenando algo. Un gran equipo». Saliera mal o no, seguramente merecería la pena por la razón de haber vivido unos buenos ratos de risas, como bien recapitula Chaparro. «A veces desbarrábamos en los ensayos colocando voces que no pegaban con los personajes, y en vista de las risas que eso provocaba, se quedaban en la pieza final». Con el beneplácito de los guionistas, cómo no. «Los guionistas eran muy generosos y compraban casi todos nuestros morcilleos, por muy surrealistas que fueran». Las prisas estaban muy presentes también con los dobladores aunque las bromas hicieran algún que otro pequeño break. «El programa salía al aire sobre las nueve y cuarto de la tarde y empezábamos a doblar a las cinco. Había siete u ocho piezas por doblar y pocas salas de doblaje. Flo era el más solicitado y además tenía que estar grabando sketches y otras cosas». A ese apretado horario hay que sumarle que el primer plató estaba en Alcobendas, alejado de los estudios de Telecinco «y 15 minutos antes de la emisión Flo seguía en Telecinco acabando de doblar. Solo el trayecto en coche “modo policía con sirena” era de diez minutos». Se tenía que microfonar, maquillar y estar sentado en el set de directo para entrar desde el primer minuto. Mucho estrés. «Doblábamos las piezas según los guionistas terminaban de montarlas y solían acumularse todos a partir de las siete de la tarde». Con ese tiempo tan escaso, ¿se quedaron vídeos sin ver la luz? Mónica, todavía inmersa en la conversación, no recuerda «que se descartaran piezas por no llegar a tiempo, pero sí que tuviéramos que doblar alguna a la primera. Es decir, directamente sin haber visto antes los gestos, pausas e interpretación de tu personaje. Leer el guión y doblar. Esos momentos eran pruebas de fuego para un doblador que solían ir seguidas de una ovación por parte del equipo que estaba en la sala de doblaje». Pese a los contratiempos, las cintas llegaban a su hora y arrancaba una nueva edición de El Informal, como cada día.

(Continua)


Gonzalo Vázquez: El telepibón deportivo

De un tiempo a esta parte el agitado panorama audiovisual, y especialmente el deportivo, subraya una tendencia cada vez más acusada. Lo ha hecho además sin disimulo ni cita previa, extendiéndose con la sibilina rapidez del contagio.

Mientras en las redacciones la proporción de mujeres y hombres no ha variado gran cosa se podría admitir una mayor presencia femenina en pantalla. Pero incluso ese posible repunte no explica el nuevo fenómeno que consiste, básicamente, en el aspecto, en exhibir un tipo de mujer muy definido, en la preferencia por un canon, o mejor, por un molde que antes asomaba, como el florero en decoración, y ahora además presenta. No es que la información haya pasado por el bisturí de la cirugía plástica. Es que información y cirugía empiezan a compartir el mismo principio. De ahí que nunca como ahora hayamos visto tanta chica mona en los espacios deportivos. No es otra la realidad a considerar.

Para avistar con mayor claridad el contraste, cuya cresta atravesamos, basta echar un vistazo a una televisión anterior.

Entre la fiebre del destape en el cine y su resurrección por los canales privados en los años noventa, con la Telecinco de Lazarov en incesante desfile mudo de hembras danzantes, de carne a la parrilla, hubo en la pantalla española, que es lo mismo que decir TVE, unos años de tregua donde tal vez lo último a denunciar era esa ampolla conocida como sexismo.

Por aquel entonces, en ese como periodo de calma, la presencia femenina en televisión, de peso gradual y tono discreto, no tenía nada de género y sí de natural fusión con el medio. La mujer era en pantalla lo mismo que el hombre, un elemento básico de la comunicación, a su entero servicio, de manera que el sexo de los profesionales y su genuina forma eran accidentales y no fundamentales. Mensaje y contenido primaban en los programas por ellas presentados. Y que las elegidas fueran guapas o feas resultaba, como el género, cosa incidental. Que pudiera haber una preferencia, que la había, no desalojaba en ningún caso una competencia anterior. De ahí que hasta los ensayos por embellecer lo femenino en pantalla, como las azafatas en Ibáñez Serrador, vinieran precedidos de una rigurosa selección artística al modo de las actrices. Aquellas chicas podían ser hermosas. Pero tanto lucían muslamen como voz y resolución, de la vis cómica al arte dramático.

En el fondo, y ayuda mucho la perspectiva, fueron años de aparente inocencia felizmente a salvo de retorcidos yugos de audiencia o paridad. La mujer fluía en pantalla y su aspecto lo hacía al gobierno de la comunicación y no al revés.

Detrás del discurso filocomunista de La Bola de Cristal se ocultaba el cerebro creador de Lolo Rico así como la promoción del respeto al público infantil veía su encarnación en la enternecedora figura de María Luisa Seco. Aquel periodo cercano a la década es tan femenino como presentador, artístico o directivo. De ello dieron cuenta mujeres como Sandra Sutherland, Beatriz Pécker, Mayra Gómez Kemp, Verónica Mengod, Sonia Martínez, Isabel Tenaille, Mercedes Milá, Rosa León, María Teresa Campos, Rosa María Sardá, Victoria Prego, Mari Cruz Soriano, Marisa Abad, Tina Sáinz, Marta Angelat, Eva Nasarre, Paloma Chamorro o María Casanova. Y en deportes, donde más escueta era la cosa, Mari Carmen Izquierdo y Olga Viza.

Andando el tiempo el flanco posterior al 11 de septiembre, que también alteró la televisión, vendría vertebrado por un batiburrillo de formatos y pastiches donde lo informativo volvía a primer plano y la guerra al terrorismo como nuevo mundo servía de coartada para la escorada politización de las cadenas. El resto, a grandes rasgos, lo formaban el género ya fallecido del testimonio, la emergencia del reality, los shows de alto presupuesto bajo el hegemónico Noche de Fiesta, que rescataba en tono satén a bailarinas que luego hacer desfilar en lencería, la epidemia totalitaria del llamado corazón que todavía padecemos con fuerza y la futbolización del deporte, siempre el deporte.

Y es precisamente bajo el gigantesco manto deportivo que se asiste de unos años acá al género más reciente, un género televisivo en sí mismo: el telepibón deportivo, esto es, la incorporación a los espacios de deportes de una o más bellezas sin mayor prioridad que su mera exposición. Es crucial el matiz. No se incorporan especialistas mujeres. Lo hacen modelos.

No deja de sorprender que fuesen los medios más ligados a la izquierda, donde el feminismo anidó siempre, quienes tomaran la delantera en esta radicalización de la cosmética informativa que rápidamente absorbería el resto del espectro televisivo. Y la sorpresa proviene de la presunción en la izquierda teórica de unos principios donde el valor de lo profesional debiera preceder al aspecto exterior, donde el presumible talento y el espíritu de sacrificio quedaran como muy por encima de la simple belleza.

De hecho ninguna cadena actuó con igual fuerza detonante y animó más el contagio que LaSexta, la selección de cuya nutrida plantilla de presentadoras y colaboradoras apenas dista de la que Zara, Bershka o cualquier otra cadena de moda promueve con sus dependientas.

Para la perspectiva futura incluso es posible establecer un efecto llamada en el programa Sé lo que hicisteis, una porción nada insignificante de cuyo éxito reposaba en la espectacular puesta en escena de ejemplares como Patricia Conde, Pilar Rubio, Berta Collado, Cristina Urgel, Paula Prendes o Cristina Pedroche. Y como en un plano de aparente mayor rigor pero en el seno de la misma estrategia se añadían en informativos Mamen Mendizábal, Cristina Saavedra, Cristina Villanueva o Helena Resano. El pastel lo coronaba un equipo de deportes que incluía a Sandra Sabatés, Sara Carbonero, Susana Guasch, Carlota Reig o Karina Kvasniova.

Al amparo de la nueva ola Marca TV presentaba de golpe y porrazo un plantel de pasarela formado por Ana Cobos, Lara Álvarez, Carolina Bueno, Marina Palmero y Alba Lago. La llamada Televisión del deporte absorbía así la nueva estrategia y se animaba a llevarla incluso más lejos. Una corte de pibones sin trampa ni cartón.

Antes, durante y después se habían venido sumando al entero espectro audiovisual nuevos encantos de cámara en los nombres de Mónica Martínez, Noemí de Miguel, Fe López, Carolina Alcázar, Nira Juanco, Ainhoa Arbizu, Desirée Ndjambo, Lourdes García Campos, Marta Solano o Irene Junquera entre otras. En suma, no queda cadena que no se precie de ellas.

Se abre así con periodos anteriores una fractura reseñable, un salto cualitativo, como una revolución estética de la presentación, eso sí, exclusivamente femenina. Allá donde el hombre puede ofrecer una mayor diversidad de aspecto se encuentra el molde de la mujer cada vez más encorsetado y uniforme, más a salvo de alternativas.

Es evidente que todo ha cambiado mucho y nada cabal habría en recular a ningún sitio. Pero mucho más flagrante aún el reciente y como repentino ascenso del criterio estético, su total predominio sobre cualquier otra consideración, incluida la competencia profesional, en relativo suspenso en el proceso de selección.

No se trata de desgranar la capacidad de cada una de las profesionales citadas, que sería como hacerlo con la de sus homólogos hombres. Como en ellos las hay buenas y malas. Se trata de poner en la diana el denominador común, especialmente en las meras lectoras del prompter, de su cosmética poderosa, de la primacía del atractivo radiante, inmediato y gomoso, formando todas en conjunto una nueva generación, un género televisivo paradójicamente no basado en el género como ingenuamente pudiera parecer. Sino en la salvaje selección de género. Porque donde antaño pudiera haber una ligera inclinación ahora no cabe alternativa.

Es evidente que en televisión se cumple como en ningún otro sitio aquella máxima de Berkeley según la cual “ser es ser visto”. Ante la proliferación de canales y la fragmentación de las audiencias los directivos promovieron diferentes estrategias comerciales una de cuyas manifestaciones más compactas ha dado en el telepibón deportivo, un intento por redoblar la atención del espectador y hechizarlo a base de rostros bonitos, mejor cuanto más llamativos.

De la desvergonzada puesta en escena de las mamachicho a estas muñecas de la información puede haber, y de hecho hay, un mundo de distancia. Se ha pasado de la glotona carne muda en movimiento a la maquillada locución de estilismo patrocinado. El cuerpo femenino se ha visto, pues, cubierto por esta sorda filigrana. Y sin embargo la raíz del fenómeno dista de aquellos lodos mucho menos de lo que pudiera presumirse.

En el fondo de la percepción directiva reposa, en términos de audiencia, la certeza de que a la atracción de la colosal manada de machos es posible sumar cierto magnetismo femenino a la belleza femenina, sea cual fuere su reacción espectadora, de la morbosa expectación ante Carbonero al primitivo recelo misógino de la competencia natural al finísimo examen que en ellas causa el estilismo. El caso es quedarse. Y la belleza parece que lo consigue.

Hace tiempo que la televisión suplantó al medio de comunicación por el medio de exhibición, a la estantería por el escaparate. El cinismo y una calculada presunción demagógica han conseguido que enunciar esto, tan solo enunciarlo, suene a como represivo y anticuado. Y sin embargo nada explica mejor lo ocurrido en estos últimos tiempos que la cosmética actualización del espíritu del destape a través de esta como playmateización deportiva y su plétora indumentaria en generosos escotes, labios pronunciados, curvas definidas y cabellos de anuncio.

No importa si hay algo que decir. Porque igual que los sucesos despolitizan la realidad los pibones desustancian el mensaje. La banalización es así extrema: se banalizan ellas, se banaliza la información, se banaliza el espectador, se banaliza el medio. Y todo ello en un contexto donde el deporte encuentra en la futbolización su ideal banalizado.

En un informe realizado conjuntamente por la Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte (INEF), la Universidad Politécnica de Madrid, el Consejo Superior de Deportes y el Instituto de la Mujer (El Deporte Femenino en los Medios de Comunicación, nov. 2009) se establecían una serie de objetivos preliminares y conclusiones. De los seis que vertebraban el primer punto uno refería “la influencia que los medios de comunicación tienen en la visibilidad de las mujeres en el deporte” más allá del deporte. De las nueve conclusiones la cuarta denunciaba “el efecto fagocitador del fútbol en los medios”; la sexta el tratamiento “impregnado de estereotipos de género y la información” propensa “a resaltar más a la mujer que a la deportista, una creciente tendencia a presentar a las mujeres deportistas como iconos eróticos más que como ídolos deportivos en sentido estricto”, un debate aparte. Y la octava, en clave lapidaria, “la aplicación de una mirada androcéntrica”, esto es, una política de hombres.

En el fondo, deportivamente hablando, esto siempre ha sido así dada la condición incorregible de la genética masculina, inflamada para colmo por las urgencias del mercado y las cuotas de pantalla. Pero mientras antaño esta selección hormonal de mujeres quedaba en petit comité y se obraba, en última instancia, con arreglo a criterios de mayor peso profesional ahora el criterio de mayor peso, tal vez ya el único operativo, es el estético. Y todo ello sin el menor disimulo. Dicho en claro: “Usted está buena, adelante; usted no lo está, fuera”.

La exclusión salta pues a la vista.

El caso de Sara Carbonero, por enconada intensidad, es tal vez el más representativo del fenómeno. Para empezar el problema de Carbonero, como el de todas estas jóvenes, no es suyo. Es que a través de ella ha estallado por fin la raíz misma de la ofensiva, resumida en que una jovencita mona es colocada a dedo por directivos cuyo único interés reside en absorber la atención de una audiencia mayoritariamente masculina, caldearla y extraer un rédito comercial de todo ello. Que las presuntas cualidades pesaran algo en su selección, incluso merezcan ser reseñadas sobre su aspecto, es un atentado a la veracidad.

En el caso Carbonero interviene además un añadido explosivo. Su presencia algo distante y fría, como una endémica falta de gracia natural y un tono de princesona aburrida podrían resultar válidos, en términos televisivos, en el borde de un sofá de programa matinal en, pongamos, sección de moda. Pero ocurre que esta figura de aspecto delicado ha sido arrojada al campo de batalla más masculino de todos, a la trinchera del fútbol y su sanguínea simbología vociferante, enérgica y grosera. Incorporar a esta joven de cristalinos ojos manga que susurra aristocrática mientras se mesa el cabello equivale a colgar una lámpara de palacio en una cuadra. Es tal el contraste que difícilmente el fondo del debate debiera ser distinto si Carbonero luciera un aspecto menos afortunado. Mientras no habría la menor disonancia en otros formatos de pantalla su artificial admisión por el fútbol insulta al sentido de la proporción.

Así ha ocurrido, para desgracia de la chica, que la española costumbre de la inquina, la infecciosa envidia, su natural tendencia al linchamiento y la espantosa potencia de las redes sociales han llegado a convertir a Carbonero, en el peor caso, en mártir de una causa que no merece. Hasta sería digno de reflexión el connivente silencio del género femenino, que termina viendo en ella a la quintaesencia del nepotismo estético y el desprecio al criterio profesional; una niña bonita colocada a dedo bajo retribución astronómica, una reina de la noche a la mañana, como una Letizia del fútbol.

Hay algo aún peor en todo esto. Un fenómeno también típicamente español que Bordieu denunció hace ya tiempo: “Incluso puede suceder que periodistas de televisión alcancen posiciones muy importantes en la prensa escrita, lo que pone en tela de juicio la especificidad misma de la escritura, de la profesión: si una presentadora de televisión puede convertirse de la noche a la mañana en directora, por fuerza hay que preguntarse en qué consiste la competencia específica del periodista” (Sobre la Televisión, Bourdieu, Anagrama, 1997, p. 72).

Y es el caso. Porque la misma Carbonero, de quien se ignoraba todo escrito, aparece de súbito firmando columnas en un diario nacional, otra maniobra puramente comercial que actúa como contrapeso, un artificio revestido de compensación de la belleza, como una patética justificación de presuntas facultades.

Cabe preguntarse también por qué razón ocurre todo esto en el llamado periodismo deportivo. Una de las respuestas llega indirectamente de otra mujer, una periodista animal de la información, Àngels Barceló, recién entrevistada en estas mismas páginas. Preguntada por el fenómeno Carbonero la veterana periodista, a quien la dictadura estética le llega tarde, respondía por el desliz de Sara con el penalti de Iniesta. Y lo hacía a la presunta gravedad del error en contraste con otras esferas de la información: “Imagínate que alguien hace esto en el Congreso de los diputados, que llega un periodista y le pregunta a alguien que acaba de ganar la presidencia del Gobierno si le habría gustado ser presidente”.

Curiosamente, en un momento avanzado de la Eurocopa 2008, Barceló asumió el mando de la mesa que presentaba el especial Zona Cuatro desde la plaza de Colón. Una figura de informativos se colaba de pronto en el espacio deportivo de la cadena. Y lo hacía con rotundo acierto dada la poderosa versatilidad de la presentadora. Pero es el intercambio de escenarios lo que merece consideración. Porque resulta impensable en sentido contrario. Impensable que alguna de estas sports ladies ocupe de pronto papel prioritario en, pongamos, Internacional o Economía ante un evento de gran magnitud al modo en que Barceló lo hizo en la Eurocopa. La lectura de algo así pone en entredicho el presunto examen de cualidades y desciende el periodismo deportivo a su escala omnívora más baja, al ambiente del bar Manolo tras cuya barra parece admitirse todo: de Ronceros a Carboneros.

España no se ha abismado aún en algún ejemplo extranjero donde la presentadora de informativos o el tiempo va desnudándose frente a la cámara. Y tampoco el fútbol ha colado, de momento, una Marika Fruscio. No quepa duda de que si se diera el caso algún directivo, periodista orgánico o cualquier otro secuaz corporativo defenderían la maniobra en términos de imagen reiterando, como suelen sin más, que “es televisión”. Como si el lenguaje televisivo admitiera los hechos consumados como el militarismo los daños colaterales. Es lo que tiene la indiferencia ética.

La misma polémica Carbonero palidece ante ejemplos como los de Erin Andrews o la mexicana Ines Sainz. Pero en estos casos se observa cómo interviene lo peor masculino sobre lo frágil femenino. Cómo el encendido del negocio primario aplasta a un tiempo la entidad del valor profesional y del consumidor como sujeto inteligente.

Llevado esto a la realidad considere el telespectador cada vez que tenga frente a él a una de estas monadas lo verdaderamente ocurrido. Piense que en un momento de la selección que dio con una de ellas en pantalla, el momento decisivo, alguien a espaldas de la chica, alguien seguramente hombre, de traje, corbata, esposa, niños y buena reputación en el gremio, exclamó a otro igual o subalterno algo así como: “Ésta es la más guapa”, un mero formalismo que con seguridad se enunció al modo: “Joder, qué buena está”. Si esto es así, y lo es en, pongamos, la información deportiva, es de imaginar qué no ocurre cuando, sin restricción informativa por medio, la presa de caza tiene un cometido meramente ornamental.

Aquí es donde el sexismo de pantalla se dio siempre los mayores banquetes. Un fenómeno crudamente trazado por la socióloga Lorella Zanardo en el espeluznante documental Il Corpo Delle Donne (El Cuerpo De Las Mujeres) sobre las terribles consecuencias de la berlusconización de la TV en Italia.

Contra todo lo antedicho podrá alegarse que nada malo hay en disfrutar de una simple vista agradable con las informadoras de pantalla. Es posible. Pero entonces urge preguntarse dónde queda el sentido de la profesión, dónde el valor de la experiencia —Doris Burke o Jackie McMullan no cabrían en el modelo ibérico actual— y, dónde, he aquí lo grave, el derecho profesional de las menos agraciadas físicamente. Si no ha podido llegar para todas la fatídica hora de suplantar la Facultad por la Agencia de Modelos.


El retorno del piernoteo

A pesar de mi poco pelo no viví en primera persona aquellos años de salas de fiestas llenas de paisanos viendo las piernas a las vedettes, edad de oro del “landismo” y del destape (dos términos gloriosos) —aunque ahora, cuarenta años después, descubramos gracias al mundo paralelo progre que los cabarés en realidad estaban vacíos y todo el mundo estaba o corriendo detrás de los grises, o era gris—. Hoy, por culpa de, no sé, la MTV, los 40 y demás caprabos mediáticos, el muslamen ha vuelto a nuestras vidas. ¡Larga vida a las pezoneras!

Alicia Keys: yo también fui decente

Ahora estos medios de comunicación le colocan la etiqueta de glamourosa o de diva a cualquier penca de extrarradio, ya sea una vedette-cantante como Rihanna, o una vedette-vedette como esa cosa llamada Dita Von Teese, que es al glamour lo que la Pajín a las buenas maneras y que para encubrir su verdadero trabajo, los loros de las revistas dicen a los españolitos que hace burlesque en vez usar su nombre en castellano, esto es, revista. Sí, Norma Duval o Lina Morgan hacían burlesque. Hemos vuelto a los setenta. Nada ha cambiado. Que digan que gallinas como Marta Sánchez o Sarah-Jessica Parker tienen glamour es pecado mortal. Si Santa Carole Lombard levantara la cabeza…

Las cantantes actuales son vedettes que han cambiado Pigalle por estadios de fútbol. ¿Qué es un concierto de Kylie Minogue más que un show de plumas y lentejuelas con canciones picantes en play back y dos mil bailarines en taparrabos detrás de la solista? Ya es imposible que salga una cantante fea y, si lo es, como el zeppelín gritón de Beth Ditto, enseña toda la carne que pueda, que es mucha. Y todas se apuntan al carro. ¿Quién convenció a Shakira para arrastrarse en el fango de esa manera? ¿Qué ha quedado de la dulzura de canciones como Antología y otras pequeñas joyitas de soft-pop de sus primeras grabaciones? ¿Fue al conocer a Beyoncé, cuyo proceso de emputecimiento se estudiará en las autoescuelas? Vale que esta última siempre ha ido en paños menores, pero al principio —con bestiadas como Crazy In Love— por lo menos en los vídeos no salía (tan) vestida de putón como en los últimos, donde lo más fino que hace es salir contoneándose (aka frotándose) con un rifle que lleva entre las piernas. ¿Por qué modositas como Nelly Furtado —grande, muy grande su pilinguismo en el rompepistas Maneater— o la Maricruz Soriano estadounidense, Alicia Keys, se han apretado y encuerado y se han vuelto tan chonis que parecen concursantes, es decir, analfabetas, de algún programa de LaSexta o Tele5? ¿En qué tienda se pueden comprar los vestidos de zorrón en tallas para niñas de doce años que se embute Mariah Carey?

Lady Gaga dándolo todo (y a todos) en Lollapalooza

Hoy, todo este movimiento de guarrillas, encabezado por petardas años noventa como Britney Spears (cuya cumbre del puterío es irónicamente el sudoroso y jadeante vídeo de su mejor canción, I’m ASlave 4 U —siempre tras la obra maestra del estercolero que es su primer disco …Baby One More Time) o Christina Aguilera de la que no se salva ni una sola nota de una sola canción, ha sido superado por la llegada de la hasta-en-la-sopa Lady Gaga; pija neoyorquina que una vez vio mientras esperaba en la peluquería un vídeo de Blondie y desde entonces se cree rompedora. Y eso no sería problema, creerse rompedora —también se creía juez el juez Garzón—, si no hubiera convencido a todo el mundo que lo es. La basura ochentera que publica puesta en imágenes de la manera más soez posible, más Ricchi e Poveri de lo que pensamos, quizá escandalizara a nuestras madres cuando merendaban tortitas antes de irnos a buscar al tuto pero, hoy en día, cuando la única manera de llegar al éxito que tiene un artista es meterse con los católicos o los judíos y en el que las obras de arte más complejas estructuralmente y más perturbadoras son los peinados de Gadafi, ¿a quién quiere engañar?

Tampoco me gustaría que todas las cantantes fueran como Mama Cass o cualquiera de las de Mocedades, no es eso. Ahí sigue en activo la mejor y más bella cantante de pop del mundo, Susana Hoffs, y no necesita salir desnuda para triunfar, si es que alguna vez ha triunfado. Pero ella siempre fue un poco different drum, a Dios gracias. Lo que sería interesante es que alguna cantante no tuviera que disfrazarse de putón verbenero para triunfar.

Ya lo escribió alguien hace años en Fotogramas: para que Jessica Alba tuviera más éxito tenía que emputecerse un poco. Y todas las cantantes del mundo han hecho caso a la Biblia del cine, tiempo ha experta en destape y cochinerías varias.