Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (2)

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Paul Newman como Billy el Niño en El Zurdo. El primer error histórico de la película es la mano con la que empuña el revólver. El  segundo, que Billy el Niño no era tan guapo ni de coña. Imagen: Warner Bros. niputaidea

(Viene de la primera parte)

Una ingeniosa idea errónea podría dar lugar a una investigación fructífera que establezca verdades de gran valor.

(Isaac Asimov, escritor).

Me he dado cuenta de que mucha gente elige creencias científicas del mismo modo en el que eligen ser metodistas, demócratas o fans de los Chicago Cubs. Ellos juzgan la ciencia según lo bien que concuerde con la forma en la que quieres que sea el mundo.

(Robert L. Park, profesor y autor de ‘Ciencia o vudú: de la ingenuidad al fraude científico’).

Yo tengo los resultados desde hace mucho tiempo. Lo que todavía no sé es cómo llegar a ellos.

(Carl Friedrich Gauss, físico, matemático y astrónomo).

Existen pocas fotografías del forajido conocido como Billy el Niño, probablemente porque en su época el chaval estaba más concentrado en lo de no morirse, y en procurar que fuesen otros los que murieran, que en realizar posados fotográficos para la galería. Siendo más concretos, existe una foto de Billy el Niño verificada de manera oficial (esta) y tres instantáneas más en las que asoma la cabeza un jovenzuelo que podría ser Billy: la imagen de una partida de cartas entre cuatro vaqueros, la estampa de un grupo de personas jugando al croquet en los alrededores de una casa y la foto de Pat Garrett (la persona que acabaría matando de un disparo a Billy tras ser nombrado sheriff de Lincoln County) junto a su tropa de rudos colegas.

Tomando como base la instantánea autentificada, durante años se asumió que Billy había sido un pistolero zurdo, porque en dicha foto era posible observar que el chico tiene su revolver colt amarrado al lado izquierdo de la cintura. Aquello provocó que la idea de que el Niño apretaba el gatillo con el dedo índice izquierdo se popularizase muchísimo, tanto como para que el director de cine Arthur Penn decidiese bautizar como El Zurdo (The Left Handed Gun) aquella película que rodó, con Paul Newman en el papel de Billy, relatando las correrías del forajido. En algún momento dado, unos historiadores observaron con una lupa más grande la fotografía y descubrieron, gracias a un detalle en el rifle retratado, que la imagen estaba invertida. Aquello era culpa del proceso habitual de revelación fotográfica de la salvaje época, un método que siempre volteaba la estampa en el resultado final. El famoso maleante en realidad era diestro.

La observación exhaustiva por parte de los investigadores más sabios en ocasiones tiene las gafas empañadas, el método científico a veces tropieza para descalabrarse escaleras abajo y los historiadores no siempre estaban mirando a lo que debían cuando sentenciaron sus conclusiones. La mayoría de las hipótesis nunca tienen alma de vino y con el paso del tiempo caducan, se vuelven algo difícil de digerir o solo dan para debatir sobre cómo es posible que el algún momento alguien se hubiese tragado eso sin cuestionar la mala hostia del sumiller. El niputaideaismo como concepto abarca todas aquellas meteduras de pata efectuadas con envidiable maestría por los hombres de ciencia, por los estudiosos, por los historiadores, por los médicos y en general por toda esa gente tan versada. La pifia simpática como objeto de contemplación. La ignorancia como combustible para la deducción disparatada.

Biología 101

El reino animal acarrea sobre su lomo desde hace siglos toda una colección de ideas equivocadas que, pese a haber sido desacreditadas de manera oficial, siguen siendo bastante populares. En contra de la creencia habitual, los avestruces no entierran su cabeza en la arena ni para dormir, ni para esconderse de los enemigos. Eso no es más que un error generalizado proveniente de los tiempos de Plinio el Viejo, un hombre que patinó al suponer en su extensa y profunda Historia natural que el avestruz era muy de meter la cabeza entre arbustos y creer que estaba escondido por completo.

El cliché de que los murciélagos son criaturas ciegas también es un bulo sobredimensionado, aunque sí es cierto el detalle de que la gran mayoría de ellos utilizan la ecolocalización a modo de GPS para afinar sus vuelos a través de la oscuridad. Algunas especies concretas de murciélagos como los megamurciélagos (sí, se llaman así, aunque también se les conoce como pteropódidos o murciélagos frugívoros, que mola mucho menos) también gozan de una visión nocturna excelente, una mucho más avanzada que la de la mayoría de seres vivos.

Otras criaturas que también tienen mala prensa en cuanto a sus prestaciones de serie son los peces dorados. Ese tipo de residente de peceras de salón al que por alguna razón siempre se le ha atribuido una memoria ínfima, con la supuesta capacidad de almacenar tan solo unos segundos de información. En realidad, el pez dorado tiene el disco duro un poco más amplio y su memoria abarca varios meses, algo que sigue siendo una putada, pero no resulta tan extremo.

En 1934, el zoólogo e ingeniero aeronáutico francés Antoine Magnan escribió en su libro Le vol des insectes que la constitución física y aerodinámica del abejorro común no debería permitirle volar desde un punto de vista teórico. Poco después de publicar aquel estudio, el mismo Magnan descubrió que se había equivocado con los cálculos, y que aquella afirmación era totalmente incorrecta, e intentó recular desacreditando sus propias conclusiones. Pero ya era tarde, porque a aquellas alturas todo el mundo había aceptado como cierta la llamativa idea de que el abejorro era una criatura que «según los científicos» no podía volar, pero lo hacía igualmente porque a él nadie le había informado de ello.

Abejorro común al que se la trae al pairo lo que diga un francés sobre su cuerpazo aerodinámico. Imagen: CC.

La fama de suicidas en masa que poseen los lemmings es un asunto singular. Se trata de un dato tan extendido como para inspirar uno de los mejores videojuegos de la historia, y también para haber moldeado la percepción general del animalillo en torno a esa idea de comunas peludas de insensatos: existe muchísima gente que no sabría decir qué aspecto tiene realmente un lemming, pero que sí tienen claro que se trata de una especie aficionada a matarse en masa.

El problema es que esto último es mentira, porque estos roedores no son de suicidarse a propósito, ni en grupo ni en privado. Sus tendencias suicidas son una leyenda urbana cuyos orígenes exactos resultan inciertos, pero se remontan a finales del siglo XIX por lo menos: en noviembre de 1891, la publicación londinense The Monthly Chronicles of North Country Lore and Legend acogió una crónica de un aventurero llamado C. Gateshead que explicaba cómo cada cinco años un montón de lemmings esprintaban a través de Escandinavia en línea recta sin detenerse ante nada ni nadie. Una maratón ratonil que acabaría alcanzando el mar del Norte, donde todos los lemmings se arrojarían a las aguas para chapotear entre las olas hasta desfallecer por completo.

No estaba claro de dónde había sacado Gateshead sus conclusiones, más allá de haber pisado a algún lemming muerto en unas vacaciones en Noruega. Pero aquel relato, pese a carecer de base, calaba en la memoria por llamativo. La responsabilidad de que posteriormente se extendiera de manera imparable la tendría Disney unos cuantos años después. Concretamente en 1958, cuando estrenó el largometraje Infierno blanco, una película, galardonada con el Óscar al mejor documental del año, que exponía con metraje real la vida salvaje del nevado norte del continente norteamericano. Infierno blanco contenía una famosa secuencia donde numerosos lemmings saltaban a lo loco hacia el mar desde un precipicio. El narrador del documental apuntaba que, según el mito, aquel era el modo en el que la legión de ratoncitos cometía suicidio en masa. Pero también informaba que era probable que los lemmings simplemente confundiesen el mar con un lago y se ahogasen por tontos, tratando de llegar hasta la otra orilla.

De todos modos, nada de lo que se veía en pantalla era un comportamiento realista, porque los directores habían amañado las imágenes, colocando ante la cámara a un puñado de lemmings, comprados a distancia a unos niños inuit, y arrojándolos por un precipicio para lucir en pantalla. El timo llegaba al punto de que ni siquiera el paraje mostrado en la cinta era el hábitat natural de los lemmings, arrojados en dichas escenas a la corriente de un río en lugar de al mar. Pese a todo, Infierno blanco instauró y propagó el mito de una manera absurdamente eficiente.

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Cartel de Infierno blanco, el documental que condenó a los lemmings.

En 1992, I. William Lane y Linda Comac publicaron el libro Sharks Don’t Get Cancer (Los tiburones no tienen cáncer). Una obra donde, a pesar de lo que anunciaba su propio título, no se afirmaba que los tiburones fuesen totalmente inmunes al cáncer, sino que eran seres que lo padecían con poca frecuencia por poseer en sus cartílagos elementos capaces de combatir las células cancerígenas. De este modo, el libro recomendaba el consumo de cartílago de tiburón a modo de pincheo habitual entre los humanos temerosos de los tumores.

Para respaldar dicha dieta, Lane tomó como punto de partida un documental de la CNN que había visto durante una tarde ociosa, y llevo a cabo por su cuenta ensayos clínicos en Cuba y México con pacientes terminales que cataron el cartílago de escualo. La comunidad científica apuntó que todo lo que defendía el libro carecía de base alguna y que, ante todo, resultaba una casualidad muy oportuna el que el propio hijo de Lane tuviese una empresa dedicada a la venta de cartílago de tiburón para cenas, comuniones y otras fiestas de guardar.

A pesar de ser un burdo movimiento publicitario, Sharks Don’t Get Cancer gozó de la suficiente fama, con apariciones de su creador defendiendo los experimentos en programas norteamericanos de televisión, como para extender mundialmente la leyenda de que los tiburones venían programados de base con el modo dios anticáncer activado. Lo cierto es que al bueno de Lane el descrédito por parte de la ciencia se la traía bien floja, porque cuatro años más tarde publicó otro libro titulado Sharks Still Don’t Get Cancer (Los tiburones todavía no contraen cáncer).

¿Psicología? ¿Fisioterapia? 101

En 1955, Glenn Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, un psicólogo educativo, fundaron The Institutes for the Achievement of Human Potential (Los institutos para el logro del potencial humano). Una entidad cuyo propio nombre ya ofrece cierta seguridad. Concretamente, la seguridad de que está comandada por charlatanes, putos locos, o ambas cosas a la vez. En aquella organización Doman y Delacato se dedicaron al tratamiento de discapacidades intelectuales, lesiones cerebrales, discapacidades de aprendizaje y otras enfermedades cognitivas presentes en los infantes.

Los fundadores utilizaron como base la desacreditada teoría de la recapitulación, aquella según la cual la ontogenia recapitula la filogenia, para idear una terapia propia con la que tratar a los niños. Un método que denominaron «patrón psicomotor» y que consistía en una serie de ejercicios sistemáticos y diarios a los que había que someter a la criatura, aunque fuera de forma pasiva. Doman y Delacato defendían que aquella actividad muscular intensiva y controlada era capaz de reparar las redes neuronales dañadas. Spoiler: era mentira y no existe prueba alguna de que la tontada fuera mínimamente eficiente en lugar de un sacacuartos. Aun así, gente como Liza Minnelli o nuestro eminente intelectual Bertín Osborne defendieron públicamente los métodos de Los institutos para el logro del potencial humano demostrando que el niputaideaismo también afecta a las grandes estrellas. 

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Glenn Doman quiere curar a tu hijo haciendo que ruede por el suelo. Imagen: CC.

Astronomía 101

En ciertas eras antiquísimas, muchas culturas asumieron que la Tierra era plana porque vete tú a explicarle, antes de que existiese Google Earth, a un señor de año de la Kika que está haciendo su vida sobre una pelota tan gigantesca como para que no pueda verse la curvatura del propio planeta en el horizonte.

Las civilizaciones de Egipto y Mesopotamia describían la Tierra como una enorme bandeja que flotaba en el océano, a lo Mundodisco pero con menos animales gigantes implicados. Los antiguos pueblos nórdicos también imaginaron el mundo siendo plano, rodeado de océanos y con un gigantesco árbol, un fresno llamado Yggdrasil, plantado en el centro. Los germánicos visualizaban algo muy similar, pero cambiando la planta por un pilar gordo bautizado Irminsul.

Fueron los griegos en el siglo VI a. C. los que, con Pitágoras a la cabeza, introdujeron la idea de un planeta esférico. A pesar de que los presocráticos siguieron profesando la imagen de una Tierra llana durante cierto tiempo, Platón, Aristóteles y Erastótenes agarraron el relevo de Pitágoras para, a través de sus estudios y observaciones, asentar el globo terráqueo de manera definitiva y comenzar a exportarlo. Entretanto, en China iban a su bola, como siempre. En el siglo XIII el astrónomo persa Jamal ad-Din se presentó en Janbalic, la antigua capital de China y lo que sería ahora Pekín, con un hermoso globo terráqueo en la mano, pero no logró convencer a nadie por aquellos lares de que la Tierra no era plana. Según informaron misioneros y otros viajeros, durante centenares de años, la versión oficial en China fue «La tierra es plana y cuadrada. Y el cielo es un dosel redondo». Una afirmación que prevalecería inamovible hasta la introducción, por parte de los jesuitas ya en el siglo XVII, de la astronomía europea en la cabezota cultura china.

En contra de ciertas creencias populares, Cristóbal Colón no se embarcó en su aventura a través de los mares para demostrar a los escépticos que la Tierra era redonda, sino que eso ya lo tenía bastante claro de antemano. En lo que sí que andaba errado Colón, evidenciando algo de niputaideaismo, era en el tamaño del planeta, porque él se lo imaginaba bastante más asequible.

La confusión respecto al motivo de su viaje viene dada por el muy extendido mito de que el terraplanismo era el pensamiento imperante durante toda la Edad Media. Pero eso no es más que un malentendido moderno que surgió a mediados del siglo XIX, porque durante los tiempos medievales todo el mundo ya tenía bastante claro que nuestro planeta gozaba de curvas de esfera y no pinta de pizza.

La culpa del asentar el falso mito de que las gentes medievales eran cortitas la tuvieron ciertas plumas ilustres que describieron a la población medieval como iletrados terraplanistas: John William Draper con su Historia del conflicto entre la religión y la ciencia, Andrew Dickson White con su Historia de la guerra entre la ciencia contra la teología de la cristiandad, y Washington Irving con Una historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón. Esta última, además, fue la novela que popularizó la visión equivocada del objetivo de Colón y su expedición. En dicho libro, Irving se dedicó a construir la biografía del descubridor mezclando irreflexivamente la realidad con la ficción según le salía del apio.

La parte más cómica y al mismo tiempo triste de todo eso es que, por razones inexplicables, pero que muy probablemente estén enraizadas en la gilipollez más insondable, el terraplanismo sigue vivo a día de hoy, en el mismísimo siglo XXI. Basta con asomarse a las noticias de tanto en tanto, o descubrir en internet que existen corrillos como The Flat Earth Society o The International Flat Earth Research Society con seres humanos funcionales defendiendo que la Tierra es lisa sin ningún tipo de ironía a la vista. Luego te das cuenta de que sus miembros son el tipo de gente que se mata cuando se les ocurre cabalgar hacia el cielo sobre un cohete gigante casero y la cosa comienza a cobrar sentido.

El otro gran ejemplo de niputaideaismo clásico es el célebre modelo geocéntrico. Es decir, lo que ocurría en esos tiempos pretéritos donde la humanidad se creía el ombligo de Todo Lo Conocido: que los eruditos asumían que la Tierra era el centro del universo y todos los astros, Sol incluido, giraban a su alrededor como protagonistas secundarios. Los mismos Platón y Aristóteles que defendieron la existencia de una Tierra esférica, patinaron por otro lado al enunciar sus propios sistemas geocéntricos. La confusión general estaba causada por errores de observación: los estudiosos nos situaron en el centro del universo tras contemplar que el resto de astros avanzaba por el cielo a lo largo del día mientras las estrellas permanecían (en apariencia) estáticas y la Tierra en general no parecía moverse mucho bajo sus pies.

Claudio Ptolomeo, además de tener uno de los nombres más graciosos posibles, también tenía muchas inquietudes astronómicas y con ellas ideó su propio modelo geocéntrico. En el famoso y popular sistema ptolemaico, los planetas giraban alrededor de la Tierra en un recorriendo dos órbitas diferentes, una llamada deferente y otra epiciclo. La tontería se acabó cuando se publicó De revolutionibus orbium coelestium (Sobre los giros de los cuerpos celestes) de Nicolás Copérnico en 1543, un extenso estudio donde se estableció la teoría heliocéntrica que supone acertadamente que todo se mueve alrededor del Sol.

En todos estos tejemanejes cosmológicos existió una persona damnificada por la historia y la comunidad científica. Un astrónomo griego llamado Aristarco de Samos. O la persona que propuso un modelo heliocéntrico allá por el año doscientos y pico antes de Cristo, adelantando en mil setecientos años al celebérrimo Copérnico. En aquel momento, a Aristarco nadie se lo tomó en serio. 

(Continúa aquí)

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El sistema ptolemaico explicado por Johannes de Sacrobosco en su libro De sphaera mundi. Imagen: CC.


Bolaplanistas


No puedes convencer a un «escéptico» y eso debería preocuparte

Imagen: DP.

Durante años hemos aprendido y leído con placer y admiración Materia, la sección de ciencia de elpaís.com. Por eso cuando el otro día apareció en portada un artículo titulado «No puedes convencer a un terraplanista y eso debería preocuparte» automáticamente nos preocupamos. Tras leerlo con la máxima atención el resultado fue todavía más preocupante. Por ello decidimos tomarnos el tema muy en serio y analizarlo minuciosamente.

En primer lugar, ese mismo día en la edición digital de elpaís.com el artículo comentado compartía importancia con otros dos artículos que llamaban la atención. En uno el activista James Stern, afroamericano, explicaba cómo había convencido al líder de un grupo neonazi de cederle el puesto, con el objetivo de hacer desaparecer dicha organización. En otro, Cynthia Petrigh, experta en derecho internacional y género, y cuyo trabajo es negociar con criminales de guerra, contaba que tras una charla con rebeldes de República Centroafricana en 2012 uno de ellos le había dicho «También hemos hecho esas cosas, pero ahora que tú nos enseñas que está mal, dejaremos de hacerlo». Si era posible convencer a líderes neonazis y a criminales de guerra, algunos incluso con delitos de sangre a sus espaldas, pero no a un terraplanista, efectivamente estábamos ante un tema preocupante que debía ser estudiado con detalle.

La seriedad del problema quedaba plasmada a lo largo y ancho del artículo: «Es un fenómeno global, […] al que cuesta asomarse sin bromear»; «Es el caso más extremo, el más puro»; «buena parte de los terraplanistas son a su vez antivacunas». Terrible. Era necesario entender con el máximo rigor el fenómeno para poder buscar soluciones o defendernos del tremendo peligro acechante.

En primer lugar, ¿qué provoca que ocurra todo esto? Uno de los motivos y problemas que, al parecer, impiden convencerles, son «mecanismos sicológicos muy poderosos, como el pensamiento motivado» y que «si la ciencia me desdice, es que la ciencia está comprada». Debe ser cierto, porque Adam y Sean, antiguos flat earthers, comentan en las entrevistas que les hacen en el canal de YouTube «Fight the Flat Earth» cómo era estar dentro de dicho movimiento. Sí, el tiempo verbal «era» es correcto. Hablamos del pasado porque ambos contaban cómo lo dejaron. Adam, por cierto, tenía un canal promoviendo el terraplanismo. Ya lo ha cerrado. Lo curioso es que no es complicado encontrar más casos de personas que han abandonado el terraplanismo. Estos hechos resultan extraños. ¿Cómo es posible que hayan dejado el movimiento si no se les puede convencer? ¿Quizá fue de manera espontánea? En el vídeo ambos lo explicaban, pero ¿les convierte eso en un contraejemplo de la premisa de partida del artículo? Ahora teníamos dos vías de preocupación: los mecanismos esos y los fallos en las estrategias de fidelización terraplanista.

El problema de los mecanismos es que no está claro cual es realmente el detonante. Por un lado, parece ser que la principal razón por la que se hace uno terraplanista es porque se convence de forma espontánea, solo, sin ayuda de nadie: «La mayoría de terraplanistas no han sido convencidos, se han convencido al verse incapaces de demostrar que bajos sus pies hay una bola de 510 millones de kilómetros cuadrados». ¿Debemos entonces callar? ¿Es la solución no hablar del tema, no crear contenidos relacionados, y así evitar que nadie intente convencerse y acabe convertido? ¿Es entonces un problema escribir sobre el terraplanismo, aunque sea para atacarlo, porque podríamos motivar que más gente piense sobre el tema y se autoconvenza? ¡Menudo dilema!

Por otra parte, y siempre según el texto, «YouTube es la clave». Un estudio, de momento el único que hemos visto pero seguro que en breve aparecerán más, sirve como conclusión definitiva y probatoria. «YouTube parece ser la amalgama de la comunidad de la Tierra plana». Así que la comunidad terraplanista, creencia de orígenes milenarios, y de la que podemos encontrar referencias de sus versiones modernas en Google Ngram ya a finales del siglo XVIII, debe su poder a YouTube, una plataforma lanzado el 14 de febrero de 2005. Comunidad por cierto que tuvo también un interesante crecimiento, reflejado en la historia reciente de su principal exponente, The Flat Earth Society. Esta llego a finales del siglo XX a tres mil quinientos miembros (o eso decía su líder), pero casi termina desapareciendo por una caída de los miembros abrupta. A día de hoy aparecen registrados unos preocupantes quinientos cincuenta y cinco terraplanistas. Algunos de ellos lo hacen de manera anónima (UNLISTED). ¿Quizá sean incluso investigadores o curiosos, que no apoyan realmente dicha sociedad? Por cierto, me temo que no podemos confirmar ni desmentir si estamos asociados o no.

(Clic para ampliar)

A la vista de estos datos parece que la conclusión que debemos obtener del artículo es clara y rotunda: antes el terraplanismo no era un problema tan preocupante, pero ahora sí que lo es, por culpa de YouTube. YouTube es quien provoca que todo aquel que se inicie en el terraplanismo no pueda dejarlo nunca. Bueno, todos salvo Adam y Sean. Y los que no intentamos convencer, claro. Porque si no se les puede desconvencer pero hay desconversos, debe ser porque también se desconvierten solos, de manera espontánea, revirtiendo el proceso de convencimiento autoespontáneo de manera natural. Como podemos comprobar el problema es complicado de entender para los no iniciados.

Si recapitulamos y juntamos las premisas del artículo, llegamos a otra conclusión todavía más preocupante. Primero: se convencen solos, no les convence nadie. Segundo: no se puede convencer a un terraplanista (se entiende de que deje de serlo, digo por la premisa anterior). Esto implica que su número solo puede crecer. Como en un apocalipsis zombi, para hacer una comparación fácil de relacionar. O como rezaba el viejo chiste: «el que entra no sale». Tercero: el motivo por el cual el terraplanismo crece ad infinitum y no puede reducirse es la «amalgama» YouTube. Bueno, también afectan algo ciertos mecanismos sicológicos, conocidos y asociados a menudo a sectas, pero en realidad es YouTube. ¿Es la conclusión entonces que la solución pasa por censurar YouTube? Si es así, cualquier otro canal de comunicación que permita la difusión del terraplanismo también. ¿O no? El problema, ¿se circunscribe solo a YouTube? Estando ante un peligro tan grave cualquier medida preventiva es poca. ¿Y qué hacemos con los ya conversos al terraplanismo? Para evitar que convenzan a otros, ¿les bloqueamos el acceso a YouTube? ¿O directamente los encarcelamos y evitamos cualquier contacto con otros humanos? Dudas que demuestran que el tema es preocupante, y que se hace necesario entenderlo mejor para buscar soluciones.

Para empezar, es posible que una parte del problema se pueda resolver atacando a lo que el artículo considera una de las claves: el algoritmo de YouTube. Reza el texto que «muchos especialistas han denunciado cómo el algoritmo de recomendaciones de YouTube termina convirtiéndose en una espiral descendente hacia contenidos cada vez más extremistas, manipuladores y tóxicos». Desafortunadamente no se aporta ninguna referencia para que podamos revisar los trabajos de estos especialistas. También se argumenta que «Lógicamente, estos mensajes tienen derecho a subirse a la red, pero los algoritmos los están promocionando por encima de contenidos relevantes». De nuevo no encontramos ninguna prueba, referencia o estudio que confirme esta afirmación con datos sólidos obtenidos de YouTube. La mayoría de las pruebas se basan en entrevistas con expertos. No nos arredramos ante la falta de evidencias. El problema es grave así que debemos hacer algo. Por ejemplo, preguntar a YouTube.

Desafortunadamente en el artículo no hay ninguna referencia de la compañía. Desconocemos por qué no se ha preguntado directamente a la fuente del problema, pero seguro que existía una buena razón, motivo por el cual nosotros tampoco lo haremos. Sin embargo, sí nos parece importante entender mejor cómo funciona la plataforma de difusión de contenidos y sus algoritmos. Y hay veces en que, para aprender, mejor que un experto o un académico es una fuente profesional experimentada. Así que preguntamos a 2btube por su experiencia sobre YouTube. Empresa fundada en España a finales de 2014 por Bastian Manintveld y Fabienne Fourquette, actualmente representa a más de quinientos talentos de habla hispana en todo el mundo, y cuenta con oficinas en España, Miami, México, Ecuador y Colombia. Su audiencia global es de más de mil quinientos millones de reproducciones al mes y doscientos sesenta y cinco millones de suscriptores. Preguntados por los principales contenidos que se consumen en YouTube nos dicen que «si solo tenemos en cuenta el número de suscriptores o de visualizaciones mensuales, los youtubers más destacados pertenecen a la categoría de videojuegos y entretenimiento. Sin embargo, hay youtubers en el sector de lifestyle que están muy lejos de alcanzar el número de visualizaciones que obtienen los canales de videojuegos pero, en cambio, son verdaderas celebrities».

Sobre los peligros de YouTube en lo relativo a difundir pseudociencias su visión es clara. «YouTube es, en palabras del propio YouTube, una plataforma con presencia mundial que permite publicar y compartir vídeos a cualquier usuario, desde creadores independientes a grandes organizaciones multimedia. Los espectadores acuden a YouTube para ver una gran variedad de contenido según sus intereses, desde gameplays, maquillaje, ciencia o noticias de política internacional. YouTube es un medio de comunicación completamente democrático, es decir, todo el mundo puede difundir un mensaje siempre y cuando cumpla con sus normativas básicas; global, es decir, no hay fronteras y puedes ver vídeos de creadores de cualquier país; y ajeno a cualquier tipo de programación lineal, es decir, puedes ver lo que quieras cuando quieras y desde cualquier dispositivo conectado a internet. Pero la plataforma revisa los vídeos para comprobar que cumplen con su normativa, y además cualquier persona puede denunciar un contenido si considera que no es apto. YouTube tiene muy en cuenta todas las denuncias y puede llegar a eliminar vídeos e incluso canales. Cuando más activa sea la comunidad de usuarios de YouTube más control habrá de los mensajes emitidos».

Para una empresa como 2btube la capacidad de difusión de contenidos y de llegar a audiencias masivas y de nicho es muy importante, así que les preguntamos por la relevancia de los contenidos pseudocientíficos. «Actualmente se suben a YouTube más de cien horas de vídeo cada minuto. Se ven más de mil millones de horas de vídeo al día en YouTube. En 2015 la empresa afirmaba que eran quinientos millones y un año antes la cifra era trescientos. En la plataforma se comparten miles de contenidos y todos ellos diferentes. Videojuegos, deportes, manualidades, moda, belleza, motor… En YouTube hay de todo y todo tiene cabida. Por tanto, ¿qué es residual y qué es relevante en YouTube? Más bien hablaríamos de contenidos más compartidos o que son tendencia porque, de repente, toda la plataforma se llena de esa temática. Ocurrió con el videojuego de moda, Fortnite, y con el Momo Challenge, por ejemplo. Ciertos contenidos enfocados en ciencia, como por ejemplo el canal de Quantum Fracture, están teniendo muy buena acogida entre los usuarios de YouTube. También otros que van en contra de la comunidad científica están ahí y no pueden ser ignorados».

Analizando con ellos el impacto que pueden tener los contenidos pseudocientíficos para convencer a quienes los consumen, nos comentan que «como cualquier otro medio, ya sea digital, escrito o audiovisual, si la argumentación está trabajada, tiene cierta base científica y la persona sabe de qué va el tema, por supuesto que pueden convencer a los espectadores. También hay temas que los lectores o espectadores no dominan o casos en que se utilizan argumentaciones bien realizadas que pueden engañar al espectador. Nos ocurre diariamente con las fake news o documentales de dudosa credibilidad, por ejemplo».

En conclusión, en YouTube hay una gran variedad y cantidad creciente de contenidos; lo que más se consume es entretenimiento y videojuegos; las modas y tendencias influyen mucho en el tipo de contenido (pero tras su ventana de efervescencia suelen desaparecer); los pseudocientíficos pueden utilizar YouTube para difundir su mensaje, pero la comunidad científica, los usuarios y la propia plataforma de YouTube cuentan con mecanismos para defenderse y controlar que los contenidos cumplan con una normativa. Parece por tanto que YouTube no es tan peligroso como se podía intuir.

Además, si aceptamos la premisa del artículo como cierta, bastaría con cambiar el algoritmo de YouTube para resolver el problema. ¿Qué sabemos del algoritmo? Vamos a intentar entender mejor esta parte del problema. En primer lugar es bastante conocido el concepto de «cámara de eco» (o echo chamber) asociado al mundo de los medios. Se refiere al impacto en las creencias de escuchar y leer siempre los mismos argumentos de la misma gente. Algunos autores lo relacionan con el «tribalismo cultural». También relacionado está el concepto de «filtro burbuja», explicado en su charla TED por Eli Pariser. Y lo que es peor, si solo tenemos contacto con gente que piensa como nosotros podemos llegar a creer que lo sabemos todo, volvernos más extremistas y ser más propensos a la falacia.

Por lo tanto, parece evidente que los algoritmos de recomendación nos pueden influir y sesgar. También que dicha influencia es un problema. Bueno, siempre que sea correcto que nos muestran siempre el mismo tipo de información de las mismas fuentes. Por cierto, este fenómeno lleva ocurriendo fuera del mundo digital miles de años, y se lleva estudiando académicamente su uso por particulares y organizaciones desde décadas antes de la aparición de internet. El fenómeno del marketing de boca a boca o «Word of Mouth Marketing» es ampliamente conocido. Según Francis Buttle, «el boca a boca es reconocido desde hace muchos años como una importante influencia en lo que la gente sabe, siente y hace». Desde Filípides corriendo hasta Atenas, pasando por Paul Revere avisando a los colonos de que difundieran el mensaje de la llegada de los ingleses, hasta nuestros días. Por lo tanto el problema parece que no está en la existencia de una plataforma. Si acaso la plataforma, como otros medios de comunicación más eficientes y masivos a lo largo de la historia, puede servir para amplificarlo.

En cualquier caso, si el problema es el algoritmo, tenemos una buena noticia. Al teclear en el buscador de Google las palabras «YouTube algorithm guide» podemos encontrar casi cuarenta millones de resultados. Igual que en Google, el SEO (Search Engine Optimization) depende de conocer el algoritmo. Y comprenderlo es vital para el negocio de millones de empresas. Por lo que gran parte del funcionamiento del algoritmo, Panda o Penguin o el que toque, es conocido y está disponible en abierto. Algoritmos que en todas las plataformas están cambiando continuamente, no solo en Google o Youtube, también en Facebook. Incluso podemos tener contacto directo con la gente de Google o YouTube por diversas vías para aprender o preguntar. A fin de cuentas YouTube es básicamente un buscador. Es más, en algunos países es el buscador donde más consultas se hacen, por encima de Google. Otros algoritmos de recomendación sin embargo no explican de manera tan abierta el criterio por el que nos recomiendan contenido. Por ejemplo, los de muchos medios digitales utilizan para recomendar artículos de su hemeroteca. En conclusión, el impacto del algoritmo es relevante pero también es cambiante y tendría fácil solución.

Quizá el problema con YouTube esté en otra parte. Seguimos buscando y encontramos que el artículo cita al experto Alex Olshansky, quien nos dice que «un usuario individual de YouTube por ejemplo, sin respeto por la verdad, el rigor o la coherencia, en algunos casos puede llegar a una audiencia comparable». Para ilustrarlo el artículo incluye un gráfico de Google Trends sobre el crecimiento de los contenidos asociados al concepto en inglés «Flat Earth» en YouTube. El gráfico es terrible. Muestra claramente un crecimiento abrupto y sostenido. No olvidemos que estos contenidos pueden afectar a los miles de millones de personas que tienen acceso a YouTube, y que están expuestas a todo lo que esos quinientos cincuenta y cinco miembros de la Flat Earth Society pueden generar. Poca broma con esto.

Para comprender mejor el peligro hacemos, de nuevo, un sencillo experimento en YouTube: buscamos «terraplanismo». Lo primero que nos aparece es el «Trap of the Flat Earth», que cuenta con más de dos millones de visionados y está protagonizado por Jaime Altozano, Quantum Fracture y Martí Montferrer (CdeCiencia). No son terraplanistas, por cierto. Lo segundo, una pieza de Quantum Fracture con más de cinco millones de visionados, titulada «Puedo convencerte de que la Tierra es plana» (supongo que para atraer terraplanistas e intentar convencerlos, imagino que porque el conocido divulgador no sabe todavía que no es posible). En total, de los diez primeros vídeos que YouTube nos muestra seis tienen contenido desmontando el terraplanismo de diversas formas, para un total de más de diez millones de visualizaciones (sin contar los del último resultado de los diez, que es un mix de varios vídeos, comenzando por el trap ya comentado, lo que subiría esta cifra ampliamente). Otros dos que nos aparecen son también de Jaime Altozano, autor del trap anterior, y no parecen relacionados con el tema sino con su canal de divulgación sobre música. Muy posiblemente porque somos fans y «patreonos», lo que demuestra que el algoritmo de recomendación estaba trabajando.

Finalmente hay únicamente dos a favor del terraplanismo: uno de Oliver Ibáñez, publicado en octubre de 2016 y con algo más de 1,4 millones de visionados; y otro con una entrevista que cuenta con treinta y ocho mil visionados. He visto ambos con miedo de terminar creyendo en el terraplanismo, pero consideraba que este artículo merecía el sacrificio (aun así me resisto a incluir los enlaces aquí por pura prevención). El vídeo de Ibáñez tiene 24k votos negativos frente a 16k positivos. ¿Quizá con esto ya podemos concluir científica y sólidamente que hay más de dieciséis mil terraplanistas? Preocupante. Pero afortunadamente, de los más de dieciocho mil comentarios, la mayoría de los primeros, de nuevo, se manifiestan en contra del terraplanismo. La conclusión a vuela pluma, que no científica, pero nos puede dar una buena aproximación, es que ciertamente cada vez hay más contenido sobre el terraplanismo en YouTube. Pero su algoritmo de búsqueda presenta una mayoría de vídeos en contra de esta corriente, vídeos que además son los más vistos con mucha diferencia. La proporción es, más o menos, de 10 en contra por cada 1,5 a favor, en el peor escenario.

Por cierto, para evitar sesgos realizamos la misma búsqueda en otro navegador distinto, limpio de cookies y sin relación con cualquier perfil personal. El resultado fue la desaparición de los dos vídeos musicales de Jaime Altozano y la aparición de más vídeos contra el terraplanismo, esta vez de otros divulgadores. ¿Mirar más allá de las diez primeras búsquedas? Se suele decir que la segunda página de resultados de un buscador es el mejor lugar para esconder un cadáver… porque prácticamente nadie la revisa. Por cierto, a pesar de haber buscado vídeos sobre terraplanismo, días después el algoritmo sigue priorizando todas las temáticas que visionábamos con regularidad anteriormente. ¿Podría ser que para activar la «cámara de eco» hasta niveles peligrosos se necesitan más búsquedas? Seguimos.

Si el problema preocupante no está en YouTube, a la vista del contenido y el funcionamiento de la plataforma, ¿dónde está? Explica el artículo que «Todos los terraplanistas creen en otras conspiraciones». Para confirmarlo enlaza un interesante artículo en el que se hace referencia al estudio titulado «Creationism and conspiracism share a common teological bias». El estudio se sustenta en tres muestras que totalizan más de dos mil respuestas. Parece sólido. Repasando las conclusiones y la metodología por encima se comprueba que las correlaciones son altas en las tres muestras. Tras leerlo una segunda vez vemos que el estudio es interesante y valioso. Resolver un problema sin entenderlo es bastante complicado y este trabajo intenta aportar luz sobre los sesgos que afectan a la gente que cree en conspiraciones. Sin embargo, no somos capaces de encontrar en los datos del mismo ninguna confirmación de que TODOS, el 100%, absolutamente todos, crean en otras conspiraciones. Para resolver la duda nada como preguntar a los autores del estudio. Uno de los autores nos respondió de manera rápida y clara, aportando datos en bruto originales y reveladores:

-De toda la muestra los «flat earthers» eran únicamente ciento treinta y dos.

-Ciento treinta de ellos creían también en otras teorías de la conspiración.

-Solo dos de ellos creían en el terraplanismo y en nada más.

-Esto supone un 98,48%.

-En el resto de las teorías conspirativas la proporción era menor.

-El terraplanismo era la más extrema en este estudio.

-No fue posible determinar si primero fueron terraplanistas y pasaron a otra conspiración, o viceversa.

Nada de esto aparece en el artículo, que se publicó en la sección de ciencia del periódico, no en la de opinión. En ciencia y en divulgación el rigor es importante. Por ejemplo, no es lo mismo que el problema de las adicciones comience por fumar un porro para luego pasar a drogas más duras, que siguiendo camino contrario. Esto es muy importante, sobre todo si queremos buscar soluciones al problema. Si el terraplanismo es la vía de entrada a ser antivacunas, actuaremos de manera diferente para solucionarlo que si son los antivacunas los que se hacen terraplanista como norma. Además, correlación no implica causalidad. ¿No podría quizá ocurrir que los conspiranoicos se suban al carro de todas las teorías absurdas para conseguir más seguidores y detractores, ya que la polémica vende? Finalmente, y en otro orden de cosas, ¿por qué realizar una afirmación tan categórica? ¿Tiene sentido asumir el riesgo de que un único contraejemplo haga caer el castillo de naipes, socave la confianza del lector y aporte argumentos a quienes fomentan los fraudes y conspiraciones? ¿Por qué no tener en cuenta en el artículo estos importantes detalles? Presupongo que, ante el terrible riesgo que pueden suponer los terraplanistas para la supervivencia de la raza humana, se ha preferido en el artículo no entrar en disquisiciones sobre si eran un 98,48% o un 100%, ni si la muestra de ciento treinta y dos sujetos es representativa como para generalizar. La peligrosidad de la situación lo hace comprensible y perdonable.

Porque lo que ya no se puede negar es la gravedad del peligro al que nos enfrentamos, tal y cómo remarca en el texto Olshansky: «En la medida en que el pensamiento conspirativo está generalizado, comienza a plantear un problema para el mantenimiento de una esfera pública racional en la que las discusiones y los debates políticos se basan en evidencias, en lugar de traficar con sospechas de que un grupo manipula los hechos desde las sombras para impulsar una agenda oculta». ¿Está el pensamiento conspirativo generalizado ya? ¿Desde cuándo? ¿En qué medida? ¿Cómo podemos confirmarlo? ¿Con qué métrica lo medimos? ¿Cuántos terraplanistas hay en España? ¿Son esos dieciséis mil del vídeo o hay más? ¿O hay troles en esos dieciséis mil y pincharon por otros motivos? ¿Debemos identificarlos y ponerles algún distintivo para reconocerlos? ¿Cuál es la solución? ¿Aislarlos? ¡Eso iba a costar un dineral!

Precisamente, por dudas como estas cuantificar y medir es vital en estos casos, además de una de las bases de la ciencia. Si la Flat Earth Society aporta número y datos de sus miembros, no debería ser complicado calcular cuántos hay en España y determinar quiénes son, así como su evolución. Oliver Ibáñez debe tener ya casi cuatrocientos mil suscriptores en su canal, así que todas esas cuentas (que no personas) seguro que son terraplanistas, lo que da una cifra todavía más preocupante. Es más, en 2017 tenía apenas ochenta y ocho mil suscriptores. ¿Será posible que el incremento del contenido sobre terraplanismo en YouTube, como el que hemos analizado antes, sea el motivo por el cual ha crecido tanto su número de suscriptores? Terrible. Hay que hacer algo rápido, antes de que esto vaya a más. Por cierto, también hay que entender qué es un suscriptor, que además el hecho de serlo no implica ser un creyente, defensor o amante del contenido, y que además se pueden comprar suscriptores para hacer parecer más relevante a nuestro canal.

Lo que no parece preocupante es la acusación de que un grupo antipseudociencias pueda tener una agenda oculta. Es fácil de evitar: basta una total transparencia sobre los orígenes de los recursos económicos de dichas asociaciones. Es cierto que al no ser sociedades mercantiles su obligación de aportar información sobre ingresos, cuotas, socios, patrocinios o cuentas es diferente. Los que hemos creado y gestionado asociaciones ya conocemos las particularidades de la ley de asociaciones y su rendición de cuentas. Y precisamente por eso, dado que su objetivo es la lucha por la verdad, demostrar con transparencia que no hay ningún motivo económico que pudiera afectar a su credibilidad no es complicado. Esto eliminaría radicalmente el principal argumento de estos detractores. No olvidemos lo importante y grave que es el problema, problema que «hace que aumente la desconfianza hacia gobiernos y expertos».

Puede parecer baladí, pero este asunto de la confianza, sobre todo en los expertos, es de vital importancia. En primer lugar porque la definición de experto varía mucho. Para Niels Bohr un experto era «una persona que ha cometido todos los errores que se pueden cometer en un campo muy estrecho». Pero si revisamos el magnífico documental sobre «la industria de los expertos», descubriremos que es más comúnmente conocido como alguien que aparece en los medios dando una opinión y que incluso se puede formar en escuelas específicas para ello. También que para llegar a ser un experto que sale en medios de comunicación de masas, y poder vivir de ello, un factor importante es ser categórico y no dudar. Lo contrario que un científico o un escéptico. Pero parece lógico si la clave es generar confianza en una audiencia masiva y heterogénea.

Y claro, si conocemos al experto «equivocado» antes que al «correcto», es muy posible que terminemos confiando en la persona equivocada. O si comenzamos a salir con una persona que es terraplanista. O si esa persona consume homeopatía. O si es religiosa. O quizá no pasa nada por encontrar primero al «incorrecto». Campofrío demostró en 2016 que hay casos en que vivir con alguien de creencias totalmente opuestas no tiene por qué cambiar a ninguna de las dos personas, pese a estar en contacto regular y tener una fuerte implicación emocional. Quizá son casos particulares irrelevantes también. Pero como no podemos negar la rotunda realidad del dicho popular, «dos que duermen en el mismo colchón se vuelven de la misma condición», y hay casos en que el contacto influye en la «conversión», decidimos analizar el tema del contacto con contenido inapropiado, que es también muy preocupante.

Así lo determina el artículo, apoyado en el reportaje de The Verge sobre moderadores de contenidos de Facebook que terminaban cuestionando la realidad tras enfrentarse cada día a la lectura de teorías de la conspiración y barbaridades varias. A mÍ al principio me preocupó bastante. Leyendo con detalle podemos comprobar que el problema se circunscribe a Estados Unidos y que no había un detalle sociodemográfico sobre las personas que realizan esa tarea, para descartar que pudiera haber otros motivos influyendo (educación, clase social, u otra variable moderadora o mediadora). Además, cualquiera que haya trabajado en atención al cliente, formación y venta al público conoce situaciones y sensaciones parecidas. No solo es la experiencia personal, existe bastante literatura sobre el impacto negativo que tiene en la salud este tipo de actividades en general. Desde el «burnout» (vulgo «terminar quemado»), pasando por impactos emocionales, hasta una mayor agresividad. También sufren problemas los expertos clínicos en tratamiento contra el cáncer, o los psiquiatras. Por no hablar del contacto con secuestradores y el síndrome de Estocolmo. Esperamos que las personas que trabajan para acabar con crímenes terribles contra los niños, entre los que se encuentran diversos cuerpos de seguridad del Estado, y que a menudo buscan en internet y redes sociales imágenes y comentarios para cazar a los malos, no se vean afectados también por la exposición a terribles contenidos como para empatizar con los criminales o comenzar a creer cosas raras. Podemos confirmar de momento que la «transferencia por contacto con el contenido» (por llamarla de algún modo) se presenta en los moderadores de Facebook de Estados Unidos, los terraplanistas en YouTube y los algoritmos de Inteligencia Artificial de Microsoft en Twitter. El problema quedaría de este modo reducido y localizado, lo que ayudaría a evitar que el número de terraplanistas crezca.

Pero todavía nos seguiría quedando sobre la mesa el dilema de qué hacer con todos los terraplanistas a los que no se puede convencer. ¿Esperar que se autodesconvenzan? ¿Quizá enviarlos a un país dónde YouTube esté prohibido para evitar que hagan más daño? ¿O creamos un sistema de castigos como el de China para preservar la integridad del conocimiento? Si están afectados por los mismos mecanismos que quienes entran en una secta, como explican Adam y Sean, es posible que tengamos herramientas para resolver la situación. Aunque eso vaya contra la premisa principal del artículo, pero como buenos escépticos nos hemos en la obligación de hacerlo tras aplicar el pensamiento crítico al análisis del texto.

Los motivos para creer que se les puede convencer son diversos. Explica en el artículo la propia Susana Martínez-Conde, de manera breve pero clara, la base neurocientífica del comportamiento y motivaciones de estos grupos. No difiere mucho de otros grupos y asociaciones parecidos, incluso de los más cerrados como las sectas. Ejemplifica perfectamente el fenómeno del narcisismo colectivo de estas personas que se creen en posesión de la verdad, y que piensan que «los demás son borregos». ¿No sería posible entonces que, paradójicamente, los terraplanistas se refieran a sus detractores como «magufos»? Este tipo de mecanismos no solo sirve para demostrar que ellos tienen la razón y el resto no, también es una herramienta para deshumanizar al contrario, que ya no es una persona sino otra cosa, un ser inferior, al que por tanto se puede insultar, despreciar o incluso cosas mucho peores. Se busca provocar una separación clara entre dos grupos, los buenos y los malos, sin cabida para los independientes que no se alineen con uno u otro.

Y así tenemos por un lado a los que usan estudios científicos válidos frente a los que hacen cherry picking o generalizan a partir de estudios singulares con muestras pequeñas que apoyan sus argumentos tremendistas; a los que fomentan la ciencia y el pensamiento crítico frente a los que no aceptan las críticas aunque vengan argumentadas con datos y referencias; a los que realizan linchamientos digitales a quien les critica mientras se hacen las víctimas de ataques cuando se intenta razonar con ellos frente a los que no; a una élite que se considera dueña y propietaria del conocimiento y la ciencia, enfrentada a los que son un fraude porque no utilizan datos para soportar sus argumentos y se enfocan en las emociones; los que tienen bula y superioridad moral porque están salvando al mundo de los malos, frente a los buenos, que hacen lo contrario obviamente; los que exigen censura frente a los que exigen libertad; los que buscan la muerte social del contrario frente a los que buscan la integración y empatizar. No olvidemos que condenar moralmente a otros señala nuestra virtud, mejora nuestra reputación y se convierte en una forma de autopublicidad. Y cuando entramos en esas dinámicas después cuesta mucho dejarlas. Esto sí es preocupante.

En resumen, mecanismos que llevan a la constante sensación y necesidad de pertenencia al grupo “bueno”, que debe terminar con los “malos”. En esta dicotomía entre ellos y nosotros está el origen del mal. Así explica Pablo Malo la importancia del libro «Becoming Evil», sobre cómo la gente normal puede llegar a convertirse en genocida. ¿Qué es el mal? En el libro el autor lo define como el «daño deliberado de humanos por otros humanos».

Dejo dos párrafos aclaratorios de la gravedad preocupante del problema:

Un aspecto de este pensamiento dicotómico es el moral: nuestro grupo es superior moralmente al grupo exterior. Nosotros somos buenos, ellos son malos. Nuestra causa es sagrada, la de ellos es el Mal. Nosotros somos justos, ellos son injustos. Nosotros somos inocentes, ellos son culpables. Nosotros somos las víctimas, ellos son los victimarios.

Las mentes humanas tienen una tendencia definir los límites de la tribu. Un grupo de los Kung San del Kalahari se llaman a sí mismos algo que quiere decir literalmente «la gente real» y en su idioma las palabras para malo y extranjero son la misma. Otro ejemplo: los habitantes caníbales del área de Irian, en Nueva Guinea, se llaman a sí mismos los Asmat, que quiere decir «la gente», «los seres humanos». A los forasteros los llaman Manowe, «los que se pueden comer». El etnocentrismo es la tendencia a centrase en el grupo propio como «bueno».

A esto falta añadir otro efecto, el del «peer group pressure», que también comenta Adam, por cierto. Una vez estás dentro de un determinado grupo social el coste de abandonarlo no puede ser obviado. No solo puede crecer con cuántas más horas del día ocupe la relación con el resto de los miembros, también con la agresividad del grupo a permitir abandonos. Este es uno de los factores que dificulta convencer a «los otros», sobre todo si las herramientas que se utilizan son el insulto, el desprecio o la ridiculización. Y como toleramos más las conductas que violan normas sociales si quienes lo hacen son de nuestro grupo, ya tenemos el sustrato para una batalla inacabable. Esto incluye comportamientos como el de aplaudir a nuestros amigos y defenderlos incondicionalmente, incluso cuando lo que publican no tiene base científica, esta sesgado, incompleto o directamente equivocado. Si nuestro grupo es el bueno, exterminar al malo puede entrar dentro de lo aceptable. Como explica Pablo Malo, psiquiatra y divulgador de psicología evolucionista, «creerse en posesión del bien y la verdad justifica cualquier cosa, es un cheque en blanco para hacer lo que sea. Si hay personas que se oponen al Bien absoluto tienen que ser realmente malos y depravados y merecen ser castigados». Preocupante.

Tras tanta preocupación y con gran parte del análisis realizado, queremos ser optimistas. Quizá el problema no es tan grave. También creemos que hay otras soluciones que las que parecen deducirse de las conclusiones del artículo y que hemos comentado antes. Para empezar existen herramientas para ayudar a personas a salir de las adicciones y la sectas, y sobre todo a no caer en ellas, herramientas que podrían ser de aplicación en estos casos. Por ejemplo, sacarles de su entorno o crear un tejido social de apoyo que dificulte la iniciación o la recaída, y que facilite dejarlo sin ser visto como un apestado. El problema es el coste de conseguir implementarlo, y que además sea sostenible como para crear una hábito que suponga una barrera.

Las fluctuaciones históricas, sobre todo por factores económicos como se comenta en el artículo, también influyen. Es más probable que los terraplanistas vuelvan a estar a punto de desaparecer como colectivo organizado a que se conviertan en una secta que intente provocar el fin de la humanidad, algo que hasta ahora no hay evidencias de que hayan intentado. Si acaso han atentado contra su integridad física (lanzándose con un cohete casero a comprobar la forma del planeta), o contra su bolsillo (fletando un barco para ir a los confines de TierraDisco), no contra otros.

Paradójicamente, esos riesgos los han tomado para confirmar o refutar con sus propios ojos su creencia en el terraplanismo, lo cual es una característica de científicos y escépticos. ¿Es posible que sean simples maniobras de distracción para que olvidemos que en realidad están tramando un malvado plan para terminar con la ciencia y la humanidad? ¿Qué Oliver Ibáñez no sea el típico caso de alguien que diciendo burradas ha conseguido audiencia, y ahora lo hace profesionalmente porque le hacen caso y gana dinero con ello, sino un líder moderno con un minucioso plan para destruir los cimientos de la civilización? ¿Está quizá el artículo infiriendo que las personas que creen en teorías de la conspiración no son casos aislados, sino grupos y asociaciones organizadas, con acceso al poder político, y que conspiran en listas de correo y foros de internet privados, buscando imponer su visión a los demás porque creen que están salvando a la humanidad? Echamos de menos más pruebas al respecto para demostrarlo, al ser una alternativa realmente preocupante. Entre otros motivos porque si es cierto lo que concluye el estudio anteriormente comentado sobre creacionistas y conspiraciones, rápidamente pueden pasar a creer en muchas nuevas conspiraciones más. También nos preocupa generar una excesiva alarma social contra un colectivo sin sólidas pruebas de su peligrosidad, ya que normalmente los resultados de estas acciones no son precisamente positivos, pudiendo llevar el linchamiento digital al mundo real.

Una herramienta más que creo puede ayudar a solucionar el problema es la empatía y la aceptación de la diversidad. Ya hemos comentado que estar solo con gente que piensa como nosotros puede tener un impacto muy negativo. Leer y debatir con personas que piensan de manera opuesta ayuda a tener una sociedad más sana. Atacar las creencias produce el efecto contrario al deseado, insultar no hace que la gente cambie de creencias, y los datos o los argumentos racionales solo funcionan si se utilizan con el colectivo adecuado, como por ejemplo los escépticos o los científicos.

En resumen, aceptar a los que son y piensan de manera diferente facilita empatizar y anima a hacer uso, no solo de datos, sino también de las emociones, tal y como explicaba en el artículo Susana Martínez Conde. Por cierto, consultada al respecto la reconocida neurocientífica, confirmaba que la conclusión de que no es posible el cambio de ideas es del periodista, no de ella. En ningún momento de la entrevista se le hizo esa pregunta concreta.

Finalmente, aunque seguro que no era necesaria la aclaración, hemos titulado este artículo usando como referencia el original, pero cambiando la palabra «terraplanistas» por «escépticos», entrecomillada. El objetivo era ampliar el análisis sobre la imposibilidad de convencer a individuos y miembros de determinados colectivos que, presentándose como defensores de la ciencia, la lógica, la razón y el pensamiento crítico (ergo escépticos), en realidad muestran un comportamiento que se aleja clara, sobrada y completamente de dicha definición. A fin de cuentas, una pregunta que nos hacemos siempre ante cualquier tema es:¿qué datos, argumentos o pruebas nos podrían hacer cambiar de opinión? Y sé que un verdadero escéptico jamás se hubiera dado por aludido, jamás hubiera parado hasta encontrar la verdad, nunca se hubiera alterado sin antes leer hasta el final. Así que tras este análisis afrontamos el futuro desconocido con un sentimiento de esperanza. Porque si un Adam, un terraplanista, puede aprender el valor de cambiar de opinión, tal vez el resto de nosotros también podamos.