Un paseo por los cafés tertulia del siglo XIX al XXI

La tertulia del Café de Pombo, de José Gutiérrez Solana. Imagen: Museo Reina Sofía.

A finales del siglo XIX y principios del XX proliferaron en España, especialmente, en las grandes ciudades, los cafés tertulia. Eran lugares algo sombríos en los que se solía destinar un espacio concreto, y siempre el mismo, para reuniones diarias o semanales de literatos e intelectuales de la época. Allí se hablaba de literatura, de cultura, arte y política. 

En España, el germen de los cafés tertulia es la botillería. Lugares asotanados y oscuros, que eran más bien de paso. No tenían muchas acomodaciones para pasar largos ratos y las gentes solían tomar una bebida rápida y marcharse. 

Ramón Gómez de la Serna tiene mucha relevancia en este sentido, ya que él fue el impulsor de las tertulias que tenían lugar en el Café de Pombo. Un local ubicado en un lateral de la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, en Madrid. Estaba en el número 4 de la calle Carretas, que conecta la plaza más céntrica del país con la de Jacinto Benavente.

Tan importante fue el Café de Pombo para Gómez de la Serna que escribió un libro de más de mil doscientas páginas, dividido en dos tomos, en torno a estas reuniones y sus tertulias. Decía el escritor: «¿No será lo que me deja más profunda tristeza esto que se llama “mi Pombo”, sitio en el que precisamente quiero yo que resida una especie de hogar santo de todos, el sitio en el que pernoctar todos los sábados de nuestra vida?». 

Este extracto de La sagrada cripta de Pombo define muy bien la esencia de estos lugares y, en el libro, no solo se habla de Pombo, sino de los orígenes de estas reuniones de intelectuales. 

La historia de los cafés tertulia

Explica Gómez de la Serna que ya Carlomagno «reunía en torno a su real persona un círculo de intelectuales que conversaban en latín y se bautizaban con nombres clásicos» de la literatura. Apunta también que el primer café tertulia lo inició Shakespeare y fue fundado por sir Walter Raleigh. En una taberna en la que se podían alquilar habitaciones para uso exclusivo nació el Club de la Sirena, formado por un «grupo de literatos jóvenes y descreídos», entre los que se encontraban Raleigh y Shakespeare, el poeta satírico Ben Johnson, Henry Ring o sir Richard Martin

En España, como ya se ha apuntado, el inicio de estas reuniones es la botillería. Gómez de la Serna menciona tres: la Canosa, la de Fúrcal y la de la Cibeles. En ellas se «ofrecía un rincón en la sombra para pensar en el porvenir, en el porvenir que ya es este día de hoy que gozamos con entera libertad y comodidad de pensamiento». 

La Fonda de San Sebastián, ubicada en la esquina con la Plaza del Ángel, era un punto clave de reunión de «los primeros literatos de la época», según reza la placa conmemorativa en la ahora llamada calle de San Sebastián, también en Madrid. La época a la que se refiere es el reinado de Carlos III

La tertulia de la fonda estuvo promovida por Nicolás Fernández de Moratín y se hablaba de literatura, de política y de toros, como los temas más trascendentales y poéticos del momento. A ella acudieron López de Ayala, José de Guevara, Juan Bautista Muñoz, Francisco Cerdá y el mismísimo Francisco de Goya y Lucientes. De este lugar solo conservamos la placa en la pared a día de hoy. 

Volviendo a los cafés, en 1920, las reuniones del Café de Pombo quedaron inmortalizadas de por vida en un cuadro de José Gutiérrez Solana que hoy puede verse en el Museo Reina Sofía de Madrid. Este retrato presidió la cripta durante años y fue Gómez de la Serna quien lo donó a la pinacoteca. Los dos tomos del novelista, Pombo (1918) y La sagrada cripta de Pombo (1924), no son solo una descripción del mencionado café, sino que hace un repaso por los más importantes de Madrid y por los extranjeros. Es un documento histórico de aquellos tiempos, de un enorme valor para todos los interesados en conocer en profundidad la vida cultural de las ciudades en el siglo pasado. 

Concretamente esta tertulia sobrevivió en el tiempo desde 1915 (otras fuentes apuntan a 1912) hasta 1937. Lamentablemente, este sueño intelectual del escritor tendría fecha de caducidad. La guerra civil se llevó al exilio a Gómez de la Serna y en 1942 el Café y Botillería de Pombo cerró sus puertas para siempre. 

Al pasar ahora por el principio de la calle Carretas puede leerse un rótulo en el suelo en el que dice: Antiguo Café y Botillería de Pombo. Es triste ver cómo de este lugar tan solo queda esa inscripción en la acera, en la que posiblemente pocos reparan y que se encuentra en frente de lo que fue el café y lo que ahora es un sórdido y aburrido parking

Los cafés tertulia más importantes de España

Empezando por los que ya se han mencionado en Madrid, habría que añadir cuatro más que son de una relevancia destacada en la ciudad capital: 

El Nuevo Café Levante, o Nuevo Levante, era un punto de reunión al que solía acudir Ramón del Valle Inclán. Se arremolinaban por aquel entonces numerosos cafés en torno a la Puerta del Sol. En La Sagrada Cripta de Pombo, libro al que podríamos llamar la Biblia en asuntos de cafés tertulia, se dice que este era «el más discreto y bondadoso» de cuantos había. A estas tertulias acudían Valle Inclán, Azorín, los hermanos Baroja o Julio Romero de Torres.  El escritor de Luces de Bohemia dejó dicho que el Nuevo Levante «ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias». Desapareció en torno a 1915.

El Café de la Montaña era uno de los sitios predilectos, otra vez, de Valle Inclán. Le llamaban el «café de la pulmonía» porque tenía dieciséis puertas por las que el gélido frío madrileño del invierno se colaba. Allí fue donde, en 1899, don Ramón tuvo un altercado con el periodista Manuel Bueno y, a consecuencia de esto, acabó perdiendo un brazo.  

El Café Comercial situado en el número 7 de la glorieta de Bilbao, es uno de los pocos que siguen en pie a día de hoy. Abrió en 1887 y aún se puede ir a comer o a tomar un café. En las tertulias de este local, ya algo más cercanas a nosotros, se podían encontrar caras como las de Blas de Otero, Gloria Fuertes, José Hierro, Rafael Azcona o el poeta Ángel González, entre otros muchos. 

Por último, como café destacado y que aún sigue abierto desde 1888, está el Café Gijón. Ubicado en el paseo de Recoletos, fue un lugar de peregrinación madrileño para todo aquel que quería hacerse un nombre como escritor en la ciudad. Aquí acudían Cela, Umbral, Eugenio d’Ors, Fernando Fernán Gómez, que creó un premio de novela en el café, y Gabriel Celaya, entre otros. 

Pero no fue solo Madrid la capital en la que proliferaron los cafés unidos al concepto de tertulia. Algunos reconocidos, y que aún se mantienen en pie: 

Café Royalty en Cádiz. Fue inaugurado en 1912 como acto conmemorativo del centenario de la Pepa. Su decoración recargada y el hecho de que hubiera música en directo atrajo a los intelectuales de la ciudad, entre ellos Manuel de Falla. El café cerró durante la guerra civil y acabó convertido en un almacén. En 2008 la familia Serna Martín compró el local y decidió restaurarlo para devolverle el lustre que tenía a principios del siglo XX. 

Café Iruña en Bilbao. Desde 1903 destacó por la vida socio-cultural que tenía, además de por sus trescientos metros cuadrados de amplitud con espacios diferenciados, decoración de inspiración mudéjar y una gran colección de pinturas en sus muros. 

Café Novelty en Salamanca. Abrió sus puertas en 1905 y estaba, y sigue, localizado en la plaza Mayor salmantina. A él acudían diariamente Miguel de Unamuno, Ortega y Gasset, Carmen Martín Gaite o, de nuevo, Francisco Umbral. 

Els Quatre Gats en Barcelona. La casa Martí, en la esquina de la calle Montsió con la del Patriarca, estaba pensada para alquiler de habitaciones, pero en los bajos de esta, en 1897 abrió sus puertas Els Quatre Gats, que se inspiró en el café parisino Le Chat Noir. Un joven Picasso lo frecuentaba e, incluso, expuso allí. Además de él pasaron por la casa Isaac Albéniz, Enrique Granados, Lluís Millet o Gaudí

Según un artículo de La Vanguardia sobre este tema, no fue hasta 1850 que se permitió la entrada de mujeres a estas salas de la cultura reservadas hasta ese entonces para el género masculino. Las mujeres tenían prohibida la entrada directamente y se pensaba, como en otros muchos ámbitos, que el café y, entendemos que los debates que se mantenían en torno a él, eran cosa de hombres. 

De entre toda la documentación empleada para este artículo, son pocos los nombres femeninos que se han encontrado. Cierto es que en La Sagrada Cripta de Pombo se menciona a varias mujeres que frecuentaban este local, pero también que en la tertulia de la cripta solo había hombres, como refleja el cuadro de Solana que ahora puede verse en el Reina Sofía. 

¿Qué ha llegado a nuestros días de esta tradición cultural? 

Lo cierto es que poco o nada. A pesar de que algunos cafés como el Royalty de Cádiz, el Iruña en Bilbao, el Novelty en Salamanca o el Comercial y Gijón en Madrid siguen abiertos, ya no se habla de cultura y política en los cafés de manera generalizada. 

Los literatos de nuestra época no se reúnen en ningún sitio, que sepamos. Quizá por miedo al acoso o quizá porque no tengan nada que decirse. No existe debate en torno a la literatura, la poesía o la política y ser escritor, o intelectual, se ha convertido en algo profundamente solitario. Lo curioso es que, en 1974, Carmen Martín Gaite ya veía venir la extinción de los cafés. En su novela Retahílas, uno de sus personajes afirmaba: «ya esos recuerdos ni en el café hacen gracia, empieza porque ya no va habiendo cafés de los de hablar, solo sitios de barullo».

Y es eso lo que tenemos hoy cuando entramos no a un café, sino a una cafetería, porque hasta el nombre se ha pervertido con el paso del tiempo. Si hay una sociedad secreta que se reúne en alguna sala privada de una de estas cafeterías, eso lo desconozco, pero a priori podemos convenir que la vida cultural de estos lugares ya no es lo que era. 

Ahora los debates se han democratizado gracias a las redes sociales. Esto no tiene por qué ser algo malo. Es bueno que personas que antes no se podían permitir pasar las horas en un café debatiendo, porque tenían que trabajar para subsistir, ahora sí puedan tener acceso a según qué tipo de coloquios. 

No nos engañemos, estas tertulias (en su mayoría) eran para gente acomodada que podía darse el lujo de pasar sus horas muertas hablando con sus iguales de las cosas que eran comunes a todos, estuvieran más o menos de acuerdo en ellas. No obstante, también es un hecho que la calidad de los debates ha menguado. 

Ahora la cripta es Twitter y me atrevo a decir que tiene más cosas malas que buenas. El anonimato es una capa de invisibilidad tras la cual se esconden muchos para tratar de razonar con insultos en vez de con argumentos, y eso hace flaco favor a ese carácter democratizador de la internet

Es cierto que a los artistas de principios de siglo les sería más fácil debatir con sus iguales, que al final era con los que se reunían. Nadie queda para tomar un café con una persona totalmente alejada de sus principios morales y de pensamiento básicos, algo a lo que sí se abre Twitter y que podría ser tremendamente enriquecedor si las cosas se plantearan de otra manera. 

Y es que al igual que se ha perdido el uso de la palabra «café» para designar al lugar donde se toma esta bebida, se han perdido las tertulias. En Twitter no hay debate, hay discusiones. En esto influye el nuevo discurso de lo políticamente correcto y, por supuesto, la moda de la cancelación, que en este 2020 ha alcanzado su cénit. 

No hay espacio para estar en desacuerdo. Los verdes con los verdes y los amarillos con los amarillos, no hay retroalimentación ni lugar para discutir formalmente y con más madurez. Esto cambiaría radicalmente si estas disputas fueran en persona, se guardarían mucho más las formas, pero claro, da igual que desde tu casa le digas «perro judío» a alguien, ¿qué va a hacer? ¿bloquearte de Twitter? Pues ok. Ese es el problema. 

Pero, ¿esto lo trae la red social o es simplemente un reflejo de cómo somos como sociedad? El diagnóstico es más profundo que todo esto: ya no se le da valor a lo que piensan los demás. Y al igual que no hay espacio para estar en desacuerdo, lo más educadamente posible, tampoco lo hay para la tertulia. Simplemente, porque ya no interesa compartir o hablar. 

Las propias plataformas de redes sociales, tanto Twitter como las demás, hace ya tiempo que vieron la necesidad de establecer unas políticas con normas de uso clave, que se cumplen más o menos, y pidiendo un mínimo de respeto al resto de usuarios. 

Es como un patio de colegio en el que, hasta que los profesores no se ponen algo firmes imponiendo normas, cada cual actúa mirando hacia sí sin importar que a su alrededor haya personas a las que afecte esa acción. 

Una de las razones, según explican en la Universitat Oberta de Catalunya (en un artículo de marzo de 2020), es que el hecho de que Twitter sea una red social que se basó en el texto (aunque paulatinamente se haya ido adaptando al vídeo y a la imagen para no quedarse atrás con respecto a sus competidores) hace que sea más agresiva. 

Silvia Martínez y Ferran Lalueza, profesores de esta universidad, dan cinco razones por las que esto es así:

  1. El limitado espacio para la expresión «hace que los mensajes difundidos por medio de ella tiendan a la simplificación y al maniqueísmo que excluye los matices», explican. 
  2. Ubicuidad que lleva a la inmediatez y, a menudo, a lo irracional. Esto hace que se potencie lo emocional por encima de lo cerebral y que se secunden los mensajes de odio por parte de otros usuarios. 
  3. Efecto llamada que provoca que los que odian se retroalimentan de los que odian, haciendo que las personas no afines a este tipo de comportamientos tóxicos abandonen la red social. 
  4. Efecto espiral que conduce a la transgresión, los usuarios necesitan ser cada vez más trasgresores para seguir llamando la atención, lo que acelera la toxicidad y el aumento de los discursos de odio. 
  5. El anonimato de Twitter ha sido más permisivo que en sus homólogas, algo que ha incentivado a muchos internautas para dar rienda suelta a sus pensamientos tóxicos de manera pública sin que apenas existan represalias. 

No dudo con esto de que en la red social haya charlas bien llevadas, tanto entre simpatizantes como entre detractores de cualquier cosa, pero la sensación general es que es un nido de grillos en el que cada cual está segurísimo de lo que opina (pese a que esta opinión sea un calco de lo leído o escuchado en cualquier lado) y no se duda del discurso propio. 

Es una pena que el tiempo haya borrado la estela de los cafés y que lo más parecido a estas enriquecedoras (queremos suponer que enriquecedoras) reuniones sea Twitter. A los más nostálgicos siempre nos quedará acudir a Ramón Gómez de la Serna y sus historietas y curiosidades sobre aquella cripta de Pombo que fue una suerte de casa acogedora para la literatura, el café y la tertulia.


Fuentes de información adicionales

Ocho bellísimos cafés de España con mucha historia: https://www.abc.es/viajar/gastronomia/20150204/abci-cafes-cafeteria-historia-espana-201412301221.html 

 El café y las tertulias culturales en España: https://www.lavanguardia.com/comer/materia-prima/20201001/33528/dia-internacional-cafe-tertulias-culturales-espana.html 

Cafés con tertulia en Madrid: https://www.lugaresconhistoria.com/cafes-con-tertulia-madrid 

 ¿Por qué Twitter es la red del odio?: https://www.uoc.edu/portal/es/news/actualitat/2020/165-twitter-red-odio.html 


¿Qué tertuliano lleva dentro un alienígena?

Imagen de Columbia Pictures.
Imagen de Columbia Pictures.

 

Como sabrán todos aquellos que hayan visto el docudrama al que pertenece la imagen adjunta, están entre nosotros. Desde hace tiempo. Generalmente pasan desapercibidos, pero a veces la falta de pericia a los mandos del vehículo de aspecto humano por parte de algún pequeño novato los delata con su comportamiento histriónico y sus opiniones desconcertantes. Tras un minucioso análisis de las diversas tertulias que ofrecen las televisiones de nuestro país hemos concluido que se han colado en ellas unos cuantos. Al menos es la explicación más benevolente que se nos ocurre, porque las otras, créannos, resultan mucho más inquietantes. Cada uno de estos ilustres opinólogos tiene su particular trayectoria, sus ideales y sus fobias políticas, pero están unidos por un lema común: todos ellos son fieles al grito de guerra que Fernando Arrabal lanzó en su mejor momento: «¡déjame hablar!, ¡déjame hablar!, ¡déjame hablarrrrrrr!». Voten, voten por alguno de nuestros sospechosos. Y si detectan algunas ausencias clamorosas quizá se deba a que han regresado a su planeta y ya no se prodigan en nuestra televisión, así que añadan a su tertuliano predilecto, a ser posible de forma respetuosa.

Graciano Palomo

Imagen de TVE.
Imagen de TVE.

Puede sentirse orgulloso, estimado lector, de que con el dinero de sus impuestos TVE contrata a genuinos librepensadores, tertulianos tan extremadamente celosos de su independencia que no dejan que el más ligero conocimiento de la realidad pueda alterar cualquiera de sus opiniones. Pero tal vez es una idea un tanto deprimente, así que preferimos pensar que ese día alguna criatura dentro de la cabeza del señor Palomo se quedó traspuesta o tal vez hubo interferencias en su sistema de control remoto; algo tenía que salir de la boca del sujeto en ese momento y el resultado fue que Linux es un «método operativo» que puede sustituir a Google.

Alfredo Duro

Imagen de Intereconomía TV.
Imagen de Intereconomía TV.

No son pocos los programas en los que hemos visto al señor Duro mostrando un temperamento fuera de control, una fluidez verbal algo atropellada e incluso una coordinación motora francamente mejorable. ¿Acaso está ebrio? Sí, ebrio de madridismo, del que él es su más auténtico gurú. Cada vez que se arranca en uno de esos monólogos mirando fijamente al espectador (da incluso para hacer un rap) no es que lleve más copas en el cuerpo que el Real Madrid en la vitrina, sino que el fútbol se apodera de él y entra en éxtasis… Y nosotros al verle, también, elevados por su grácil verbo a niveles superiores de conciencia. Pero no nos engañemos, lo que siempre esperamos en uno de esos arrebatos es que la cabeza se le termine abriendo como en aquella escena de Desafío Total, aunque en vez de repitiendo maniáticamente «¡dos semanas!» sería un «¡no os habéis enterado!».

Curri Valenzuela

Imagen de 13 TV.
Imagen de 13 TV.

Telemadrid es un canal en el que no sabemos por qué siempre han terminado recalando las mentes más preclaras, ni Atenas en su mejor momento: Sánchez Dragó, Curri Valenzuela… Esta última es una tertuliana que nunca defrauda, basta verla tomar la palabra y sabemos exactamente qué es lo que va a opinar, a quién va a defender y a quién va a atacar. Fiel al guion con rigor prusiano, con su tono comedido y pausado al hablar, sin embargo ocasionalmente vemos un destello en su comportamiento que nos desconcierta. Algo dentro de su cabeza se cortocircuita, el mecanismo alien sufre un colapso y le da por lanzar con violencia el ordenador portátil, los papeles que tenga cerca, se enfada con otras colaboradoras y la persona a la que entrevista tiene que pedirle que se calme o se echa a llorar contagiando a la presentadora.

Santiago Espot

Imagen de Canal Catalá.
Imagen de Canal Catalá.

Lo que más gusta a los tertulianos después de pedir que les dejen hablar es hacer callar a los demás. Santiago Espot dio con la fórmula exacta con su célebre «¡Callí, callí, callíííííí!» —un meme que adquirió vida propia en internet— y no contento con ello pidió insistentemente que se encarcelase al tertuliano de enfrente por su «crimental», por decirlo en términos orwellianos. Aquí podemos ver de nuevo la célebre escena. Ese día tal vez quien estaba dentro de la cabeza de este señor opinador se hizo un lío con los mandos, apretó los botones que no eran… En fin, el caos fue evidente.

Isabel San Sebastián

Imagen de TVE.
Imagen de TVE.

Nos la imaginamos un día cualquiera, tras una dura jornada televisiva dando su merecido a izquierdistas y separatistas, llegando por fin al dulce y acogedor hogar, dándose un relajante baño de agua caliente mientras escucha un poco de música clásica y, ya en ese momento de placidez e intimidad, realizar tranquilamente la digestión externa de algún gatito. Es una tertuliana que intimida con su ceño fruncido, con esa severa mirada que en el momento en el que se clava en algún incauto sabemos que no solo está muy equivocado, sino que además es proetarra aunque él no lo sepa. Curiosamente cuando tiene a Sostres a su lado olvidamos cualquier sospecha sobre su origen extraterrestre y pasa a parecernos entrañable, cálida y rebosante de humanidad.

Carlos Navarro «el Yoyas»

Imagen de Canal Catalá.
Imagen de Canal Catalá.

En este caso ocurre algo similar, vean este vídeo a partir del minuto 3:35 e intenten refutar ese argumento… ¡No se puede! Podríamos llamarlo «el efecto Sostres», por el que cualquier persona que se ponga a su lado pasa a parecer razonable, compasiva y civilizada. En cualquier caso con Carlos alias «el Yoyas» estamos ante todo un mito televisivo y un tertuliano en estado puro, ese carácter explosivo que tiene pide a gritos —valga la redundancia— formar parte del plantel de opinólogos televisivos más carismáticos. Y como de las tertulias a la política hay un paso, en unos años será ministro (esperemos que no de Asuntos Exteriores) y, finalmente, presidente del Gobierno. Momento en el que revelará sus verdaderos planes y junto a otros líderes alienígenas internacionales (véase cómo emiten señales a los suyos) harán entrar al mundo en la Era de Acuario.

Sor Lucía Caram

Imagen de TVE.
Imagen de TVE.

Primero nos enviaron al padre Apeles, luego a Teresa Forcades con sus teorías conspiranoicas y ahora a sor Lucía, la monja progre y del Barça. ¿No podían haber sido trípodes gigantes? ¿Tan mal nos hemos portado? No teníamos bastante con Coelho que ahora viene esta señora a contarnos que «la vida no es un problema que resolver, es una oportunidad para aprender, una pasión para luchar, un regalo para gozar». En fin, no dudamos de que la llamada «monja revolucionaria» nos traerá mucho gozo espiritual, pero ya puestos a ser modernos lo que querríamos sería una monja BDSM, que probablemente ya esté formándose en su vaina para próximo disfrute de los medios.

Francisco Marhuenda

Imagen de La Sexta.
Imagen de La Sexta.

El día que amablemente nos concedió una entrevista en su despacho buscamos de forma infructuosa algún indicio de su origen extraterrestre, miramos subrepticiamente debajo de su escritorio en busca de tentáculos, tal vez alguna ventosa asomando descuidada por el cuello de la camisa, uno de sus ojos moviéndose al margen del otro… nada, no hubo manera. Alguien que nos regala esas portadas de La Razón cabe sospechar que habita en una realidad paralela, pero no hemos podido hallar nada concluyente al respecto. Mientras tanto lo seguimos con atención en cada tertulia, donde defiende firmemente sus ideales y nos permite disfrutar de momentos como este enfrentamiento fraticida con Eduardo Inda.

Eduardo Inda

Imagen de Intereconomía TV.
Imagen de Intereconomía TV.

Este periodista pamplonica ha dirigido el periódico Marca y posteriormente El Mundo, pero donde ha conseguido popularizar su rostro es en la tertulia La Sexta Noche. Da igual el tema que se trate, él siempre podrá aportar información confidencial. Cada vez que toma la palabra es para soltar una exclusiva demoledora. ¿Cómo alguien puede estar tan bien informado? La única explicación que se nos ocurre es que estamos ante una mente-colmena en un cuerpo lleno de helio, que una vez termina la tertulia es desinflado y plegado primorosamente hasta la siguiente.

Jaime González

jaime
Imagen de 13 TV.

Aunque su disfraz de humano está poco logrado, hemos de decir que su desempeño profesional resulta sin embargo fuera de toda duda: es exactamente lo que puede esperarse de un jefe de Opinión del ABC. Lleva ya muchos años en nuestro planeta aunque su labor de opinador televisivo es algo más reciente, destacando sus intervenciones en Intereconomía y Telecinco entre otros, desde donde critica infatigablemente a los Decepticons que han llegado para romper el equilibrio del universo.

Tomás Roncero

Imagen de Intereconomía TV.
Imagen de Intereconomía TV.

Seguramente no exista en la faz de la tierra un periodista más sentimental que este. Pudimos verle llorar tras una victoria en la Champions, lloró al ver a Cristiano Ronaldo ganar el Balón de Oro, lloró también en la despedida de Raúl y volvió a llorar de nuevo cuando España ganó a Portugal. Las lágrimas de Roncero podrían guardarse en algún frasco a la manera de las reliquias de santos, quizá sirvan para curar a culés de lo suyo y abrazar el madridismo, aunque como efecto secundario indeseado les crezca pelo en el entrecejo. En cualquier caso lo de este hombre no es normal, sospechamos que su falta de autocontrol se debe a que ese cuerpo en realidad no es el suyo.