El dentista y el miedo

Marathon Man, 1976. Imagen: Paramount Pictures / Robert Evans Company.

Estás sentado en un sillón que parece más cómodo de lo que es. De un lado hay una especie de pequeño lavabo circular, frente a ti un montón de instrumentos sospechosamente puntiagudos  y con cables. Desde arriba te apunta una fuerte luz que recuerda los interrogatorios policiales. Está claro, solo hay un sitio por donde se puede escapar, a tu derecha, saltando el brazo articulado. Entonces justo allí, se sitúa el dentista. Con una mascarilla que solo deja ver a sus ojos tras unas gafas de protección y unos guantes ideales para no dejar huellas, y cuando te está por dar un ataque de pánico, respiras y piensas lo que sabes de los dentistas. Te pueden venir dos ejemplos opuestos a la mente, el gilipollas que hacía Mathew Perry en Falsas apariencias o el sádico de La tiendita de los horrores.

Todas las encuestas coinciden. Las principales razones para no ir al dentista son los precios de los tratamientos  y el miedo (y no necesariamente en ese orden).

Tú que eres tan guapa y lista, tú que te mereces un príncipe o un dentista. («La lista de la compra», La Cabra Mecánica)

El miedo al dentista va de la mano con la realidad de una profesión asociada al dolor. Circulan historias nefastas sobre muelas rotas, extracciones dentales sin anestesia, nervios vivientes, sangre en los colmillos. Por si quedaban dudas, en 1996 el director de cine Brian Yuzna estrena El dentista, donde un odontólogo enloquece al ver a su mujer practicando sexo oral con el chico que limpia la piscina (hay que reconocer el profundo juego literario del guionista) y se transforma en un psicópata que persigue a una niña con ortodoncia que no se lava los dientes. Para colmo dos años después se verifica lo acertado de la propuesta que asocia en la gran pantalla «terror y odontología»: se estrena El dentista 2. Como bien sabemos, tener una secuela es el primer escalón para aspirar a ser el nuevo Freddy Kruger.

Como suele pasar, la realidad supera a la ficción. Cuatro años antes, en Argentina, el odontólogo Ricardo Barreda asesinó a sangre fría a su mujer, a su suegra y a sus dos hijas. El cuádruple feminicidio fue castigado con prisión perpetua. También cabe señalar que la profesión del asesino no tiene nada que ver con el crimen cometido. Una de sus hijas también era odontóloga. Pero conmocionó el crimen de un tipo conocido en su pueblo por su calma y su plácida inserción social. También circuló la historia de un dentista en Estados Unidos que, al serle detectado el virus del sida, intentó infectar a sus pacientes como parte un siniestro plan macabro. Conviene apuntar que no existe un solo caso de trasmisión del virus del HIV por tratamientos odontológicos.

Es innegable que culturalmente el dentista está asociado al dolor. Todos nos encogemos al recordar la escena de la tortura en Marathon Man, cuando un instrumento rotatorio silbaba sin anestesia en los dientes de Dustin Hoffman. O todos hemos visto dibujos humorísticos de un dentista con la pierna sobre el pecho de un paciente mientras tira con todas sus fuerzas intentando sacar una muela. A todo eso podemos sumarle las anécdotas que circulan en todas las familias: «dientes quitados con infección y sin anestesia alguna», «agujas ¡así! de enormes», y, como si de un dibujo animado se tratara, «me apoyó la rodilla en el pecho y tiró con fuerza hasta sacar una muela con raíces ¡así! de largas»…

(Permítanme un paréntesis. Soy odontólogo desde hace más de veinte años, di clases en muchas facultades de varios países, trabajé en muchas clínicas públicas, privadas, individuales y colectivas. Créanme que lo voy a afirmar casino admite excepciones. Está basado en mi experiencia y la de cientos de colegas, dejo por pura prudencia un breve espacio a alguna anécdota desconocida, minoritaria e indemostrable que no cumpla lo que a continuación les cuento).

Son mentiras. O medias verdades. Leyendas urbanas, si lo quieren  llamar así. Sobre todo algunos de estos puntos. El más evidente es lo de la rodilla en el pecho. Sacar una muela es una técnica donde apenas hace falta fuerza en algunos casos, pero ciertamente nunca se trata de tirar hacia afuera. Si existió esa forma de quitar una muela quizás haya sido en la época de los barberos, hace mucho más de un siglo, cuando un peluquero sin apenas nociones de anatomía quitaba muelas. El caso es que la odontología moderna no incluye esa técnica. Por otra parte son contados los colegas con la elasticidad necesaria para subir tanto una pierna mientras trabajan en la boca del mismo paciente. Lo mismo podemos decir del tamaño de las raíces. A todos los pacientes les parecen largas (¡así de largas!), suelen ser dos tercios del tamaño total de la pieza dental, o sea, como buenos soportes deben ser más del doble que lo que se ve del diente. Y dicho sea de paso, la mayoría de los pacientes, antes que las raíces de su propia extracción tienen el recuerdo de sus dientes de leche, cuyas raíces se «reabsorben» por el germen del diente permanente para que se pueda caer y ser remplazado fácilmente.  

Se da un fenómeno lleno de subjetividad con algunos tamaños de los instrumentos dentales, pero lo cierto es que la parte activa de los mismos suele ser muy pequeña, solo que al tener que llegar a zonas «lejanas» requieren un mango largo. Imaginen lo contrario, el dentista tendría que meter sus dedos en lugar de poder trabajar desde mayor distancia. La aguja larga («¡así de larga!») suele ser la usada para anestesiar el maxilar inferior, el punto donde se debe poner la anestesia está atrás y arriba del último molar. Si no fuera «¡así de larga!» no llegaríamos.

Otro mito muy popular, casi tanto como que el bebé le come el calcio de los dientes a la embarazada, es la extracción sin anestesia. ¿Por qué habríamos de hacer eso a propósito? Este tema es más complejo. Tiene más variaciones, en efecto la presencia de pus (ácido) puede afectar la efectividad del anestésico (básico). Por otro lado, la pieza en mal estado puede ser la causa de la infección y hasta que no se elimine esta no cederá del todo. Pero hoy el punto es otro, ¿de verdad creen que a un profesional de la salud le causa algo que no sea estrés tratar de resolverle el problema en la boca a alguien dolorido? Además convengamos, quienes hayamos sufrido una «odontalgia» (dolor de muelas), sobre todo por pulpitis (inflamación del nervio, esa que hace latir la cabeza y llega al oído), ¿hay peor dolor que ese?

«Daría lo que fuera por que hubiese un dentista en esta cueva», decía Tom Hanks en Náufrago mientras se «sacaba» un premolar con una piedra y un patín de hielo.

Mitos aparte, lo mejor para combatir el miedo es entenderlo. Y para entender lo mejor es ponernos de acuerdo en algunos puntos.

Ir a una consulta dental no es agradable. Una simple revisión implica que te metan dedos e instrumentos metálicos en la boca, que te echen agua y aire, que se explore en busca de enganches y defectos. También es cierto que los dientes tienen una red de sensibilidad nerviosa muy primitiva, todo estímulo es transformado en dolor (en diferentes grados), el calor, el frío, la presión. Si cada una de las treinta y dos piezas le mandaran al cerebro un estímulo diferente (el diente de arriba a la izquierda me pica y los de abajo a la derecha tiene algo metido en medio) sería difícil procesar la información. Por eso, la sabia naturaleza traduce cualquier estímulo en una señal dolorosa (un nervio simple, un cable con una arteria, una vena, un vaso linfático y muchas células metidos en una caja negra que guarda nuestro ADN ante cualquier accidente, incluso aéreo, pero que en algunos puntos puede tener contacto con el exterior, no necesariamente por caries). También debemos remarcar que la boca es… la boca. O sea, estamos hablando de una parte del cuerpo muy sensible, y vinculada a los afectos; desde el amamantamiento, pasando por los besos, hasta el sexo oral (que no me escuche el dentista de la película).

Ahora les toca a ustedes: muchas historias uno las cuenta para hacerse el valiente, muchos prefieren un «he aguantado el dolor» a confesar «no sentí nada». Tampoco son comunes las revisiones periódicas, las que evitarían «nervios latiendo», o muelas de difícil extracción.

Toco tu boca. Con un dedo toco el borde de tu boca. (Julio Cortázar en Rayuela)

Visita al dentista, 1946. Fotografía: Russell Lee / U.S. National Archives and Records Administration.

En España se gasta mucho en pasta de dientes, pero muy poco en cepillos. Nos gusta el olor a menta, el ambientador, pero eso no siempre es sinónimo de salud. Y la última confesión: consumimos demasiado azúcar refinado. Mucho más del que nuestra saliva puede neutralizar para que no se produzca ácido. Deja de echarle la culpa a la herencia de la saliva agresiva de tu padre.

Ahora solo nos queda ponernos de acuerdo, y créanme que hace falta. La odontología ha sufrido (y sufre) mucho a lo largo de su historia. Primero estando fuera de las universidades, luego siendo un apéndice de la medicina. Más adelante siendo objeto de un prestigio social muy bajo, asociado al dinero y no a su valor de servicio en la comunidad. Y actualmente, al ser campo casi exclusivo de la sanidad privada, sufrir el acoso del comercio, de las farmacéuticas, de las grandes cadenas, de los lobbies, de la educación privada, de las publicidades engañosas. Esto atrapó a la profesión en un sistema de mucha competencia, con pacientes que además de tener miedo dejan de percibir la salud como un servicio y pasan a exigirlo como un resultado. La odontología es una disciplina muy precisa, milimétrica, en pequeños espacios, húmedos, sensibles, claustrofóbicos, en donde se habla de dolor o de estética. En gabinetes dentales con poco personal, en un ámbito cerrado y de mucho estrés.

Este sistema trae como consecuencia un gran desempleo entre dentistas jóvenes, con innumerables casos de burn-out (síndrome de quemado, o sea gente que está hasta los mismímos) y por increíble que parezca, es una de las profesiones con más alto índice de suicidios a nivel mundial.

Para entender por qué sucedió esto trataré de ser breve (abra la boca, no le va a doler): el modelo que conocemos es el mismo para la medicina y la odontología. Está basado en el informe Flexner (1910- 1925), financiado por la Fundación Rockefeller y que estableció los criterios con que las universidades formarían, a partir de entonces, a los sanitarios. Tenía varios puntos (uno de ellos lo repetí a propósito durante todo este artículo): el dentista, —y no la— o sea, que apartó de los cargos a la mujer. Su sesgo, en forma de «recomendaciones» creó la llamada «Medicina y Odontología Técnico-Científica», y de allí sus características: ser curativa (la prevención es un aspecto secundario salvo para algunas vacunas que son un gran negocio), es unicausal y biologicista (entiende que la enfermedad tiene una sola causa y ella siempre es biológica, no toma en cuenta las causas psicológicas, ecológicas y sociales), es individualista (un profesional y su paciente, no considera grupos, ni a los pacientes como parte de ellos), es mecanicista (término que viene de la Revolución Industrial, considera al hombre una máquina que puede ser separado y estudiada en partes), y por ello es especializada y altamente tecnologizada (esto tuvo su parte buena, el desarrollo, pero la mala, el elevado costo). Además, la exclusión de prácticas alternativas y una de la que hemos hablado sin hablar: la «monopolización del saber» (tratar de desinformar a la gente para tenerla a merced del mercado sanitario).

Las sugerencias del informe Flexner (por ejemplo: quitar de las universidades los títulos auxiliares o instalar en las capitales los principales hospitales) estaban al servicio del sistema económico. O  sea, es el capitalismo salvaje el que te pone la pierna encima para arrancarte algo.

Ahora viene lo más difícil. ¿Qué podemos hacer? ¿Podemos alejar el miedo al dentista?

Para empezar, estadísticamente, cuando vayan a un dentista en vez de «el» será «la», y eso es siempre una buena noticia. El sistema no, pero el modelo ha sufrido variaciones. La gente tiene mejor salud bucal, aunque eso tiene que ver con el bienestar más que con la odontología en sí misma. La higiene personal, los cambios de hábitos, de dietas y hasta el culto al cuerpo, hace que la boca de las sociedades desarrolladas haya mejorado bastante. Hasta hace poco era excepcional (y objeto de burlas) llevar brakets. Hoy en un instituto es casi imposible encontrar una clase  que desconozca lo que es un tratamiento de ortodoncia.

Sin embargo, se sigue percibiendo al dentista con la definición que entre 1881-1906 encontrara  Ambrose Bierce para el Diccionario del Diablo:

Prestidigitador que introduce metal en la boca y extrae dinero del bolsillo.

Quizás un posible camino sería tomar todos los puntos del informe Flexner y buscarles el opuesto, enfocar más en la prevención, en la atención colectiva e integral, atender las causas sociales, el uso correcto de la tecnología. Incluso en este pequeño granito de arena que —ojalá—  hayamos puesto hoy. La confianza necesita educación, información, sinceridad. «Desmonopolizar los conocimientos», no es tan difícil, al fin y al cabo se trata de lavarse bien los dientes, cada ocho horas, lo que tarda una colonia de bacterias en madurar lo suficiente como para ser patógena.


Cincuenta discos memorables que quizá no has escuchado

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Que nadie me diga que no sabe qué música escuchar o, peor aún, que lo ha escuchado todo; la primera regla que debe seguir a rajatabla todo buen melómano es estar en constante búsqueda, sin cansancio ni temor. Es muy fácil dejarse llevar y caer derrotado ante el panorama musical vigente, pero se engaña quien piensa que no hay música nueva que descubrir; siempre la ha habido, siempre la hay. Partamos, por tanto, de la premisa de que nunca seremos capaces de escuchar toda la música que nos gustaría, y no precisamente por falta de ganas.

Dada la situación, he decidido aportar mi granito de arena con esta serie de discos ninguneados, olvidados, perdidos o, simple y llanamente, infravalorados; discos que, en suma, merecen un mayor reconocimiento, a gran escala a ser posible, al menos desde la humilde opinión del que les escribe. Si usted se muestra indeciso ante la posibilidad de escuchar música nueva, o diferente, quizá le valga (eso espero) alguna de las siguientes recomendaciones. Son cincuenta discos, pero podrían ser otros tantos y muchos más; son estos cincuenta en concreto, pero podrían ser otros cincuenta distintos. Eso, sinceramente, es lo de menos:

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image001LP, de Ambulance LTD (2004)

LP fue el primer y único disco de estos cuatro neoyorquinos, cuya fórmula secreta era en apariencia sencilla: escoger lo mejor de The Velvet Underground, los Beatles, Spiritualized o My Bloody Valentine y meterlo todo en la batidora, sin disimulo pero, eso sí, con sobrado conocimiento de causa. A juzgar por sus canciones, la jugada, a priori inverosímil, les salió perfecta.

Tal y como dijo su guitarrista, Benji Lysaght, «Our niche is not sticking to any particular niche». Y se nota: tan pronto nos avasallan con la impetuosa «Primitive (The Way I Treat You)», como luego nos deleitan con una canción descaradamente popera como «Anecdote». Sus diversas influencias, filtradas por su personal estilo, hacen de este un disco tan variado como redondo.

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image003The Pirate’s Gospel, de Alela Diane (2004)

Asociada en su momento con el ya desfasado New Weird America (básicamente folk con tintes raros y/o psicodélicos), Alela Diane nos ofrece aquí una impecable colección de composiciones con su magnífica voz marca de la casa como sustento.

Su debut, que ella misma editó por su cuenta en 2004 en CD-R, fue rescatado por el sello Holocene Music y publicado de nuevo dos años más tarde: canciones como la evocadora «Can You Blame The Sky?» o «Tired Feet» dejan claras muestras de su gran talento, gracias al que conjura un paisaje musical cómodamente asentado entre lo enigmático y lo bucólico.

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image005Wish You Were Here, de Badfinger (1974)

Por supuesto que el episodio final de Breaking Bad contribuyó a otorgarles cierto reconocimiento tardío con la inclusión de la genial «Baby Blue», pero aún así Badfinger siguen sin tener el lugar que les corresponde.

La biografía del grupo, plagada de suicidios y desafortunadas decisiones (reseñada en este artículo de nuestro querido Emilio de Gorgot), es a todas luces una de las más trágicas de la historia del rock; y este disco quizá el mejor de toda su discografía tampoco es que corriera mejor suerte: siete semanas tras su publicación se retiró de las tiendas debido a un litigio entre el sello discográfico y el manager del grupo.

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image0073 Rounds And A Sound, de Blind Pilot (2008)

3 Rounds And A Sound nos propone un repertorio de viñetas indie folk de la mano del cantante Israel Nebeker y compañía. Su música suena sincera y su sencillez, junto con sus emotivas y trabajadas letras, acaban siendo determinantes. Así, las canciones son engañosamente apacibles: cuando uno menos se lo espera, su efecto emocional nos acaba sobrecogiendo de manera sorpresiva.

Es el disco perfecto para una mañana de domingo, idóneo para acercarse a esa tristeza autoimpuesta que a veces anhelamos, pero sin caer al fondo del todo: con letras sentidas y melodías simples, es una gran pieza de indie folk contemporáneo.

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image009Tender Buttons, de Broadcast (2005)

Apartándose ligeramente de la densidad sonora de sus anteriores discos, con Tender Buttons los británicos Broadcast redujeron su sonido al mínimo indispensable. Tan minimalista resultó su apuesta en estos experimentales collages sonoros, de hecho, que por momentos se asemejan a unos Young Marble Giants modernos, si bien con mucha experimentación electrónica de por medio.

El fin del grupo llegó en el 2011 con la muerte de su cantante, Trish Keenan, que cayó víctima de una pulmonía con tan solo cuarenta y dos años. Sin embargo, todo apunta a que podrían salir nuevas grabaciones en el futuro.

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image011Songs About Leaving, de Carissa’s Wierd (2002)

Songs About Leaving es la banda sonora ideal para un suicidio colectivo, compuesta por doce canciones que hacen las veces de afiladas cuchillas de afeitar. Destila miseria emocional y patetismo, junto con una bella melancolía acerada por una constante sensación de urgencia, como si el final del mundo se acercase inminentemente.

A día de hoy Carissa’s Wierd permanecen como un enigma por conocer del panorama musical americano de la década pasada, y es una lástima porque su música, si bien parece estar minuciosamente confeccionada para suicidas depresivos al borde de la locura, tiene un algo cautivador difícil de describir. Para tomar en pequeñas dosis.

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image013I Am The Cosmos, de Chris Bell (1992)

I Am The Cosmos es el primer y único disco en solitario de una de las mentes creativas de Big Star, grabado tras el nulo éxito comercial del primer disco del grupo (todo menos un#1 Record, por desgracia) y publicado póstumamente en 1992, catorce años después de la temprana muerte de Bell en un accidente de coche.

La canción que da el título al disco es una joya pop, glorioso solo de guitarra incluido, pero no es la única («You And Your Sister», sin ir más lejos, es una enternecedora pieza para llorar a moco tendido). Si acaso llegan a una conclusión al escuchar el disco, espero que estén conmigo: quien piense que Alex Chilton era el único genio indiscutible del grupo de Memphis está del todo equivocado. De nuevo estamos ante un gran talento cuyo tremendo potencial se vio irremediablemente truncado por una muerte temprana.

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image015Heart of The Congos, de The Congos (1977)

Pocas canciones captan la esencia del reggae de mejor manera que «Fisherman», canción con la que comienza el debut de The Congos. y pocas canciones consiguen sumirle a uno en un júbilo tan placentero. Eso en sí es digno de elogio.

Con Heart of The Congos los jamaicanos «Ashanti» Roy Johnson y Cedric Myton grabaron uno de los secretos mejor guardados del reggae, y a su vez uno de los discos más pulidos del género. La excelente producción de Lee «Scratch» Perry (afamado productor con el que también colaboró Bob Marley, entre otros) no es más que la guinda del pastel.

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image017The Complete Guide to Insufficiency, de David Thomas Broughton (2005)

Como si de un one-man band moderno se tratase, el británico David Thomas Broughton crea un increíble pastiche de sonidos gracias al sampling y a multitud de loops, convirtiéndose en sus directos en una mini orquesta acústica unipersonal.

The Complete Guide to Insufficiency es reflejo por tanto de una especie de folk progresivo contemporáneo, introspectivo y de una delicadeza tajante, dirigido por las señas de identidad del cantautor: su peculiar barítono y su certero fingerpicking, con las que invoca toda una suerte de sentimientos.

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image019Hate, de The Delgados (2002)

Para los amantes del pop de verdad, aquí tienen una joya: pop grandioso, filtrado por Cinemascope, con agridulces y perfectas melodías a dos voces, arreglos orquestales y una batería que suena como si hubiese descendido directamente del Olimpo.

Con este disco, The Delgados fueron comparados a unos Flaming Lips deprimidos (es cierto que en ocasiones Hate suena parecido a The Soft Bulletin): grandioso y épico a raudales, no por necesidad sino porque sí. Pop majestuoso.

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image021Some People Are on the Pitch They Think It’s All Over It Is Now, de The Dentists (1985)

Con su singular mezcolanza de sunshine pop y psicodelia sesentera es obvio que The Dentists (hagan el favor y no los confundan con la efímera banda de nazi punk de los setenta) nacieron en la década equivocada. Fueron uno de los grupos clave de la Medway scene inglesa, aunque fuera de su Kent natal el reconocimiento que obtuvieron fue más bien escaso.

Quizá quién sabe― si no fuera por su desafortunado nombre The Dentists habrían acaparado algo más de fama; sea como sea su debut es una maravilla, muy en línea con el jangle pop de The Smiths y de los R.E.M. de la época, si bien, según su guitarrista, «we thought they were getting the sound all wrong», por lo que decidieron pulir y perfeccionar un estilo que ya de por sí era garantía de éxito. Y no se equivocaron.

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image023Ultraglide In Black, de The Dirtbombs (2005)

Bajo la batuta del cantante Mick Collins (ex de The Gories, grupo clave en el renacimiento del garage punk de los ochenta), The Dirtbombs nos obsequian con versiones del funk y soul clásico con un toque moderno; versiones actualizadas (más algún original), renovadas y enérgicas a rabiar.

Ultraglide In Black es equiparable a un chute eléctrico de decibelios y adrenalina en toda regla, en el que aparecen versionados desde Smokey Robinson o Sly Stone hasta Barry White. En un mundo ideal, este disco sonaría en todas las pistas de baile hasta altas horas de la noche; a bailar se ha dicho.

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image025Dopethrone, de Electric Wizard (2000)

Por si acaso tuvieran dudas acerca de lo heavy que es este disco, lo único que necesitan es echarle un vistazo a su portada, en la que podemos ver a un barbudo Satanás fumando una cachimba, acompañado por amenazadoras siluetas de fantasmas/espíritus encapuchados al fondo dispuestos a todo tipo de diabluras.

Considerado uno de los mejores discos del heavy metal de las últimas décadas, Dopethrone es un disco clave del doom metal británico: ominoso y cargante, con alargadas composiciones fundamentadas en esos riffs tan al estilo de Tony Iommi, oscuro y denso como el alquitrán. Heavy shit de la buena, señores.

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image027Folksongs and Instrumentals With Guitar, de Elizabeth Cotten (1958)

Cuenta Elizabeth Cotten que compuso «Freight Train», esa estampa folk que tan versionada fue en los sesenta, durante su adolescencia. Sin embargo, su primer disco lo grabó con sesenta y cinco años.

Cotten era zurda pero tocaba la guitarra corriente; de ahí su particular estilo, conocido como «Cotten picking». Sencillo, honesto y bello, Folksongs and Instrumentals With Guitar es un documento fundamental del folk moderno, de una inocencia casi infantil, con el que podemos contar gracias a la labor de Smithsonian Folkways.

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image029Ash Wednesday, de Elvis Perkins (2007)

Elvis Perkins, hijo de Anthony Perkins, sorprendió al mundo con su primer disco. Las canciones en Ash Wednesday se grabaron cronológicamente, tanto antes (1 a 6) como después (7 a 11) de la muerte de su madre, que falleció en los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Estamos así ante un álbum marcado en parte por la tragedia, y sin embargo Ash Wednesday no resulta tan desesperanzado como su trasfondo podría indicar. Si bien Perkins a veces canta como si estuviese al borde del colapso existencial, sus canciones por lo general suenan extrañamente reconfortantes a pesar de todo, transmitiendo algo de esperanza en medio de todo el caos y la decadencia.

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image031Expensive Shit, de Fela Kuti (1975)

Puestos a escoger un disco de toda la inabarcable discografía de Fela Kuti polivalente y prolífico músico, activista político y defensor de los derechos humanos en su Nigeria natal, entre muchas otras cosas― destacaría este, uno de sus más célebres álbumes junto con Zombie o Gentleman, configurado por dos largas composiciones que incorporan funk y jazz de manera endiablada y juguetona.

Sin renunciar a su componente de protesta, Kuti nos ofrece un conjunto de sonidos a los que es prácticamente imposible no rendirse, combinando estructuras jazzísticas y ritmos afro-beat con gran habilidad e inteligencia. Si no consigue hacerle mover el cuerpo siquiera un segundo, el disco ha fracasado.

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image033Forever Breathes the Lonely Word, de Felt (1986)

La década de los ochenta fue, en términos musicales, una década tan confusa como diversa. Mientras el synth pop y melodías facilonas dominaban el Top 40 día sí día también, algunos músicos, valientes e ingenuos, se dedicaban a hacer lo suyo sin importarles las modas imperantes.

Indiferentes a su entorno, los británicos Felt publicaron diez álbumes y diez singles en sus diez años de existencia (1979-1989), produciendo jangle pop impoluto. Forever Breathes the Lonely Word es su álbum más laureado: ocho canciones perfectas, alocadamente pegadizas y capitaneadas por un organillo omnipresente, con la lírica críptica de Lawrence como elemento añadido.

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image035Shake Some Action, de Flamin’ Groovies (1976)

Al escuchar este disco, nadie diría que los Flamin’ Groovies tienen mucho que ver con su versión de antaño, ese grupo rocanrolero de Teenage Head (1971).

Años después y tras algunos cambios en la formación (se fue Roy Loney y entró Chris Wilson), el grupo emergió con uno de los mejores discos del power pop, que vendría a convertirse en una de las piedras angulares del género por una sencilla razón: canción tras canción, empezando por la magnífica «Shake Some Action», el grupo no baja el listón en ninguna parte, tocando además todos los estilos habidos y por haber.

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image037Mouthfuls, de Fruit Bats (2003)

Mouthfuls es uno de los máximos artífices de la ascensión imparable del indie pop de principios de la década pasada y, sorprendentemente, también uno de los más infravalorados.

En sus mejores momentos, casi sin hacer ruido, Fruit Bats son capaces de alcanzar la grandeza pop de The Shins, con quien comparten evidentes similitudes dado su afán por composiciones acústicas, armonías excelsas y su combinación de melodías primaverales con el folk más nostálgico. A veces, un disco como este viene como anillo al dedo: sencillo y sin mayor pretensión que la de hacernos pasar un rato agradable.

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image039The Sophtware Slump, de Grandaddy (2000)

Acertadas o no, en su día el segundo disco de Grandaddy recibió comparaciones con el OK Computer de Radiohead. Si no a nivel musical, lo que sí compartían era la temática: temor a la tecnología y desidia ante la progresiva deshumanización de la era digital, mediante composiciones que se debaten entre la languidez y el estallido repentino.

El grupo se separó oficialmente en el 2006, pero canciones como «The Crystal Lake» han sido suficientes como para que se hagan un cómodo hueco en el panorama indie moderno, al tiempo que nos avisaban de la preocupante alienación del ser humano.

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image041Ambient 2: The Plateaux of Mirror, de Harold Budd & Brian Eno (1980)

Dos años después de grabar Ambient 1: Music For Aiports, Brian Eno decidió juntarse con el pianista y poeta Harold Budd con el fin de continuar en su incesante exploración de la música ambiental.

El resultado final, como era de esperar, fue de un sonoro lirismo, y juntos así compusieron una piedra fundamental de la ambient music, reconfortante y misteriosa a partes iguales. Escuchar el disco supone verse transportado a un sitio seguro, en el que la tranquilidad y la melancolía conviven en las elusivas notas que quedan sueltas por el aire.

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image043The House of Love, de The House of Love (1990)

The House of Love (Guy Chadwick y Terry Bickers) fueron en su día los niños mimados de los medios ingleses, por parte de la NME entre muchos otros, lo cual hace que el olvido en el que han caído sea aún más desconcertante.

Para su segundo álbum homónimo, que cuenta con verdaderos himnos como «Shine On» o «I Don’t Know Why I Love You», con los que encandilaron a la juventud británica, partieron de la tradición musical de su país (no en vano rinden homenaje a sus ídolos en «Beatles And Stones») con un estilo actualizado que en muchos sentidos presagió lo que vendría poco después: el britpop.

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image045Birds of My Neighborhood, de The Innocence Mission (1999)

A base de minuciosa paciencia y sin apenas hacer ruido, The Innocence Mission (con el matrimonio compuesto por Karen y Don Peris como eje central) es un grupo cuya música recuerda a inviernos interminables en casa delante de la chimenea, a inocencia perdida y a las maravillas de la infancia, gracias a la delicada voz de Karen Peris y a la apacible cadencia acústica de sus canciones.

La pieza más conocida del disco es «Lakes of Canada» (a la que, justificadamente, Sufjan Stevens se refirió como una canción perfecta); al igual que el resto del disco, resulta nostálgica y bella a más no poder.

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image047Jackson C. Frank, de Jackson C. Frank (1965)

Al pobre de Jackson C. Frank nunca le sonrió la vida. Víctima de un incendio a los once años que le dejó con quemaduras en el 50% del cuerpo, padeció depresión durante gran parte de su vida y fue además diagnosticado de esquizofrenia paranoide. Por si fuera poco, perdió el ojo izquierdo estando en Queens, Nueva York; resulta que había niños jugando con pistolas de balines por la zona y uno le impactó de manera fortuita.

En línea con sus constantes infortunios, huelga decir que nunca alcanzó fama alguna mientras vivió. Su primer y único disco, producido por Paul Simon (que después versionaría junto a Garfunkel su canción «Blues Run The Game») es muestra de su sufrida existencia: canciones intimistas e introspectivas basadas en una fragilidad fulminante, un lamento sin fin.

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image049You Got My Mind Messed Up, de James Carr (1967)

Al hablar del soul, ese gran género, siempre se tiende a mencionar casi por decreto a los sospechosos habituales como si de una enumeración numerus clausus se tratara: Otis Redding, Aretha Franklin, Al Green y algunos más. Al cantante de Mississippi James Carr, marcado por su trastorno bipolar y su escasa fortuna a nivel comercial, nunca le acompañó la suerte y, en consecuencia, apenas se le recuerda como uno de los grandes.

Cuando murió en 2001 pocos se acordaron de él, pero ese día murió una de las mejores voces del soul; para algunos, el mejor soulman de todos los tiempos. Escuchen la fabulosa «The Dark End Of The Street» y verán por qué.

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image051Bailamos por miedo, de Joe la Reina (2014)

En lo que a música nacional se refiere, Joe la Reina son una de las grandes promesas de la actualidad. Si aún no han escuchado su debut, ya saben; es de lo mejorcito que ha habido en lo que llevamos de año.

Comandadas por la personalísima voz de Lucas Malcorra, las canciones destacan por su empuje y osadía, ancladas en letras poéticas e instrumentación variada, desde «Tiemblan», que parte de un folk apesadumbrado para guiarnos a un explosivo crescendo, la sombría «Oh, la mía pena» o la magnífica «Tempestad». Nunca está de más descubrir a un grupo como este, fiel a su particular estilo, ajeno a modas pasajeras y que derrocha pasión por todos los poros.

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image053Hoodoo Man Blues, de Junior Wells (1965)

Según los expertos, Hoodoo Man Blues es uno de los mejores álbumes de blues de todos los tiempos. Fue el debut de Junior Wells, cuyos célebres conciertos gustaron tanto a Bob Koesler, propietario de Delmark Records, que le ofreció total libertad para grabar su primer disco junto con The Chicago Blues Band.

Pero no es blues al uso; se trata de blues eléctrico de Chicago, sucio y grasiento y auténtico. Respaldado por el guitarreo de Buddy Guy, Junior Wells canta y toca la armónica como un endemoniado recién salido de una jaula, haciendo que las canciones (todas ellas increíbles) vibren con su contagioso ritmo. Tanto para los fans del género como para los no iniciados, se trata de un álbum fundamental.

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image055Dear, de Keaton Henson (2011)

Keaton Henson es un joven y tímido londinense barbudo cuya especialidad es hacer música para cabrones tristes y desamparados. Su incapacitante miedo escénico («I’ve always struggled with live music…») hace que sus directos sean más bien escasos.

Afortunadamente, eso no le impide grabar sus canciones en la soledad de su cuarto de Richmond, en Londres, y así transmitir todas sus inseguridades a sus contados sufridores. Uno escucha «You Don’t Know How Lucky You Are», escalofriante y honesta plegaria acribillada por el dolor, y el efecto es tan mortífero que irse directo a llorar a la almohada parece ser la única opción lógica. A fin de cuentas, de eso se trata: de hacernos partícipes del descarado sufrimiento que irradia su música.

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image057Midnight Blue, de Kenny Burrell (1963)

Kenny Burrell era el guitarrista preferido de Duke Ellington, y llegó a tocar con grandes figuras de la talla de Dizzy Gillespie, Sonny Rollins, Quincy Jones, John Coltrane, Jimmy Smith o Stan Getz. Midnight Blue, su disco más famoso, es uno de los grandes exponentes de jazz blues. Sus sonidos, elegantes y de una espontánea naturalidad, evocan esa atmósfera decaída y sugerente que se produce nada más caer el alba.

Es música jazz concebida para escuchar de noche y solo de noche; a ser posible en la soledad más absoluta, acompañado por un buen whisky mientras la oscuridad cae y la ciudad sigue, impasible, con su ajetreo y sus luces de neón.

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image059Eli and the Thirteenth Confession, de Laura Nyro (1968)

Laura Nyro grabó su primer disco a los dieciocho años, hito sorprendente que, si bien marcó el inicio de una gran y variada carrera musical, no culminó ni mucho menos en un gran éxito comercial.

Efectivamente, la poca fama que tuvo Laura Nyro en vida es una gran injusticia: sus piruetas y malabarismos vocales, su tremenda habilidad al piano y su dominio total sobre su música no bastaron, tristemente, para que se convirtiera en una estrella. Eli and the Thirteenth Confession es la mejor representación de su estilo, en el que podemos ver trazos de jazz, gospel y soul. Murió de cáncer en 1997, a los cuarenta y nueve años.

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image061Wonderful Rainbow, de Lightning Bolt (2003)

Wonderful Rainbow es una violación sónica en toda regla no apta para cardíacos, embarazadas u oídos sensibles; escuchen «Assassins» o «Dracula Mountain», por ejemplo, y traten de mantenerse impertérritos o, en el peor de los casos, inmunes a jaquecas o ataques epilépticos.

Ténganlo bien claro de antemano: una vez se someta a la brutal e hiperactiva intensidad de este disco, las odiosas obras mañaneras de su vecino le parecerán una suave canción de cuna. Este disco hace del ruido un arte y, aunque agradará a pocos, las emociones viscerales que provoca son difícilmente imitables. Todo ello, además, empleando solamente bajo y batería.

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image063West Side Soul, de Magic Sam (1967)

De Magic Sam dijo Willie Dixon que tenía un sonido de guitarra totalmente distinto, y razón no le faltaba. Magic Sam aprendió a tocar blues escuchando a Muddy Waters y Little Walter, aunque quizá no lo necesitara en absoluto, ya que la toca con una habilidad innata, como si hubiera nacido con ella pegada a los dedos, con esa destreza y precisión requeridas para acariciar a una mujer que ya les gustaría tener a muchos.

Sus constantes alaridos de bluesman no son menos; su voz, con ese vibrato tan característicamente suyo, es perfecta para este set de blues incendiario, que incluye canciones tan memorables como «That’s All I Need» o «All Of Your Love». Llámenlo como quieran; West Side Soul es un clásico con mayúsculas y capaz, además, de alegrarle el día a cualquiera con su contagioso boogie-woogie.

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image065Perils From The Sea, de Mark Kozelek & Jimmy Lavalle (2013)

Entre los muchos proyectos del irrepetible Mark Kozelek (Red House Painters, Sun Kil Moon, Mark Kozelek & Desertshore, etc.) se encuentra este disco, publicado el año pasado, en el que colabora con Jimmy Lavalle (de The Album Leaf), quien le proporciona preciosas texturas electrónicas y ambientales a las que Kozelek presta su voz, y en las que, muy en acorde con su estilo actual, rememora momentos de su vida con su inconfundible visión de la melancolía, sentimiento traicionero que le acompaña allá adonde vaya.

El día que Mark Kozelek deje de estar triste (Dios no lo quiera) el mundo de la música habrá perdido a uno de los grandes.

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image067Clube da Esquina, de Milton Nascimento (1972)

Clube da Esquina toma su nombre de un movimiento musical brasileño que surgió a finales de la década de los sesenta en Minas Gerais. Respaldadas por Lo Borges, Beto Guedes o Alaíde Costa, las canciones, con Milton Nascimento al frente, bullen con incontables influencias estilísticas: desde folk y jazz a rock y psicodelia, pasando por el cancionero popular de Heitor Villa-Lobos o la bossa nova.

Alguien lo describió como el equivalente al Pet Sounds brasileño, pero la descripción se queda corta; el álbum es de tal densidad y riqueza (musical y poética) que las palabras son insuficientes para hacerle justicia. Pronto comenzará el verano, y este disco se postula como uno los candidatos para dotarle de su particular banda sonora.

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image069Morgen, de Morgen (1969)

Imagínense al hipotético hijo bastardo de Black Sabbath y The Doors y tendrán una aproximación certera al sonido de este grupo de Long Island, ya que funde hard rock con psicodelia con pasmosa habilidad.

No es de extrañar que con este solitario álbum (publicado en 1969, para algunos iluminados el mejor año de la historia del rock) Morgen no sea sino un gran incógnita para muchos. Pero uno lo escucha y percibe lo adelantados que estaban: por momentos parece como si estuviéramos escuchando a un grupo noventero de stoner rock.

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image071NEU!, de Neu! (1972)

Junto con Kraftwerk, Faust o Can, Neu!, compuesto por el dúo de Klaus Dinger y Michael Rother, fue uno de los grupos más importantes del denominado krautrock de los setenta.

Su primer disco, innovador, minimalista y rompedor, sigue sonando tan moderno como siempre (escuchen «Hallogaloo», con su incesante ritmo motorik, y notarán su influencia en clásicos más recientes como «Spiders (Kidsmoke)» de Wilco, «Sea Within a Sea» de The Horrors, y un largo etcétera). Todo melómano que se precie debería tenerlo en su colección; es uno de los mejores y más influyentes discos de su época.

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image073The End Is Near, de The New Year (2004)

La separación de Bedhead, pioneros del slowcore de los noventa, hizo que dos de sus cinco miembros (los hermanos Kadane) comenzaran una nueva aventura musical bajo el sugerente nombre de The New Year.

Sus lentas y desesperanzadas melodías, que se arrastran como un boxeador derrotado, logran su objetivo con creces: dejar al oyente abatido y triste con su depresiva cadencia, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, contándonos a su vez historias de tiempo perdido y frustración, y culminando con frecuencia en una explosiva catarsis de sentimientos. «I don’t know about God, but I’m sure there’s a devil», cantan en una de las canciones. Con eso todo queda dicho.

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image075A Taste of Pink, de The Prisoners (1982)

Tim Burgess, cantante de The Charlatans, citó a The Prisoners como una gran influencia, y es fácil entender por qué: estos chicos provenientes de Kent rendían con su música pleitesía a los sonidos garage/mod de antaño, al tiempo que le daban una vuelta de tuerca con la inclusión del órgano Hammond en sus composiciones y una actitud honestamente punk.

Las tremendas guitarras y el arrollador ritmo de las canciones (desde la demoledora «Pretend» a la tremenda «Maybe I Was Wrong») convierten al debut de The Prisoners en una máquina imparable; parece mentira, eso sí, que se grabase en los ochenta.

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image077The Real Kids, de The Real Kids (1978)

Liderados por el cantante John Felice (que previamente había tocado con The Modern Lovers a principios de los setenta), The Real Kids fueron expertos en confeccionar canciones que mezclaban los sonidos de Chuck Berry y la British Invasion con su inconfundible talante punk.

El disco abre con «All Kindsa Girls», todo un minihimno generacional, y las canciones que le siguen están a la altura: mientras «Better Be Good» muestra su lado más melódico, también contiene versiones de Buddy Holly («Rave On»), Eddie Cochran («My Way») y Frankie Ford («Roberta»), que no hacen sino confirmar el amor de estos bostonianos por el rock ‘n’ roll.

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image079The Remains, de The Remains (1966)

Si alguna vez le preguntan qué es eso del garage rock, no lo duden ni un instante: muéstrenles este disco. El debut homónimo de The Remains está plagado de brillantes canciones de principio a fin: all killer, no filler. Canciones, en fin, que contienen el espíritu más desinhibido del género, aunque con una especial sensibilidad melódica gracias a la influencia de la British Invasion, en pleno auge por entonces.

Si no fuera por su temprana separación (se formaron en 1964, sacaron su primer disco en 1966 y a finales de año dijeron adiós), hoy en día podríamos estar hablando de uno de los grupos clave del rock. Pero, ¿quién dijo que la historia del rock jamás fuera justa?

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image081Ron Sexmith, de Ron Sexmith (1995)

No se dejen engañar por la cara de bebé con la que Sexmith nos escudriña en la portada de su segundo disco, porque sus canciones se nutren de la experiencia de un hombre roto por la pena y el desamor.

No obstante, Sexmith no baja la cabeza y, lejos de dejarse vencer por sus fantasmas y su pasado, encuentra en la música su particular refugio mediante el que purgar sus demonios y sacar el máximo partido a su tristeza. A caballo entre el pop y el folk agridulce, las canciones de Sexmith destacan por sus inmaculadas melodías (¡qué comienzo el de «Secret Heart»!) y una constancia envidiable.

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image083Didn’t It Rain, de Songs: Ohia (2000)

Folk tremebundo de parte de Jason Molina, cuyas canciones evocan largas autopistas y noches interminables; canciones que, paulatinamente, te rompen en pedazos por dentro, partiéndote el alma en dos. Habiendo pasado parte de la última década en clínicas de rehabilitación, el cantautor de Ohio falleció en marzo del año pasado, en Indianapolis, tras haber ahogado su cuerpo en alcohol durante los últimos años. Tenía treinta y nueve años.

Encontraron su cadáver y en sus bolsillos únicamente tenía un teléfono móvil, donde tan solo guardaba apuntado el número de su abuela. Fue un final tan triste como injusto que no hizo sino cumplir con el colosal tormento de su música, expuesto aquí en toda su plenitud.

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image085¡Demolición!, de Los Saicos (2010)

Algunos dicen que el punk realmente nació en Perú; puede que estén en lo cierto. Quizá valga la pena recordar que mientras Los Saicos comenzaban a dar sus primeros pasos (en 1964, recién salidos del instituto), los Beatles aún se dedicaban a cantar pegadizas y melosas canciones de amor.

Este disco recopilatorio, que recupera casi todas las canciones de la breve discografía del grupo limense, es un documento esencial para vislumbrar la influencia que tuvieron en grupos posteriores. Por supuesto que apenas saben tocar sus instrumentos, pero le sacan todo el partido posible y más; si a eso le añadimos gritos primitivos por parte de su líder Erwin Flores (según el que el punk es «una música de mierda» para bien y para mal) y un toque de insolencia y rebeldía, el resultado es tan efectivo como letal.

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image087(I’m) Stranded, de The Saints (1977)

Mientras los Ramones comenzaban a dominar Nueva York y el mundo entero con su punk efectista y gamberro (tras su exitoso debut un año antes, en 1977 publicaron Leave Home y Rocket To Russia), The Saints hacían lo mismo, salvando las distancias, al otro lado del hemisferio.

Los de Brisbane, aun con poca fortuna al principio, forjaron una de las piezas claves del punk con su debut, puede que con más musicalidad y profesionalidad de lo que se suele esperar del género. La historia ha sido justa con ellos y hoy en día se les considera uno de los grupos más importantes, no ya de Australia, sino del punk en general. La canción que da título al disco, en concreto, es todo un himno del género.

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image089Beat & Torn, de The Spongetones (1994)

Si usted es uno de los muchos que quisiera haber evitado la separación de los Beatles a toda costa, no tema: The Spongetones son una copia perfecta. Tan perfecta, de hecho, que resulta increíble que sus cuatro miembros fueran de Carolina del Norte y no de Liverpool. Que tocasen antes en un grupo dedicado a versiones de the Fab Four no resultará, sin embargo, nada extraño.

Pero si bien su amor por el pop de los sesenta es patente, The Spongetones no son meros imitadores; tal y como demuestra este disco (que aglutina sus primeros LP y EP, de 1982 y 1984 respectivamente), sus canciones cuentan con personalidad propia, manteniendo el gancho y las melodías del grupo al que rinden homenaje de manera, todo sea dicho, inimitable.

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image091Copper Blue, de Sugar (1992)

Tras la separación de Hüsker Dü, Bob Mould dejó las drogas y el alcohol y fue por su propio camino. Lejos de dormirse en los laureles, formó el grupo Sugar, que duró de 1992 a 1996. Tras su separación, Mould volvería de nuevo a una carrera en solitario en la que sigue enfrascado hoy en día.

Canciones como «Changes», «If I Can’t Change Your Mind», «A Good Idea» (con ese bajo que Kim Deal misma podría haber ideado) reflejan a la perfección por qué Copper Blue es uno de los discos del rock alternativo de los noventa, en plena efervescencia por entonces.

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image093The Glowing City, de Sunset (2008)

Sunset es el proyecto unipersonal del músico Bill Baird, aunque no el único: el de Texas, enigmático y prolífico como pocos, tiene al menos otros dos (Sound Team y en solitario) en los que participa. Su principal cometido parece ser el sacar el máximo número de sonidos posibles de su prodigiosa cabeza, que con toda probabilidad se alimenta exclusivamente a base de melodías bañadas en Technicolor.

The Glowing City no deja de ser una anomalía musical cuya encomienda es la búsqueda del eclecticismo, todo ello mientras se arrastra entre lo onírico y la psicodelia pop más pura. Claro que con dieciocho canciones el disco quizá peque de excesivo, pero nunca cae en baratas maniobras indulgentes; antes bien, se asemeja a un intrincado rompecabezas pop en el que, milagrosamente, las piezas acaban por encajar, dando lugar finalmente a un atípico viaje sonoro que merece la pena emprender.

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image095Leaves Turn Inside You, de Unwound (2001)

Leaves Turn Inside You es sin duda un disco de difícil calificación, impenetrable y complicado. También es el momento cumbre de un grupo clave del indie de los noventa que por su actitud evasiva, en todos los sentidos, siempre evitó encasillamientos. Aunque la mayoría está de acuerdo en meterles en el cajón del post-hardcore, el último disco de Unwound va mucho más allá.

Es atrevido como pocos (y largo y exigente, así que paciencia) y la misteriosa fascinación que ejerce uno de sus muchos puntos fuertes; sus audaces indagaciones sónicas bastaron para hacer que los miembros de Unwound se despidieran (fue su último disco) descansando en la cima.

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image097Argus, de Wishbone Ash (1972)

¿Oyen esas guitarras? Escuchen bien, porque son las guitarras de los dioses, un duelo perfecto de doce cuerdas alineadas que se complementan y se desafían a la perfección. En 1972, la revista Melody Maker mantuvo que era el dúo de guitarras más interesantes desde que Page y Beck tocasen en The Yardbirds. Palabras mayores, y a todas luces indiscutibles; demos las gracias a Andy Powell y Ted Turner.

Argus no es ni rock progresivo, ni hard rock, ni blues rock; es todo eso al mismo tiempo y mucho más, de ahí que sea todo un éxito. Es, en todo caso, un discazo como una catedral.

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image099The Meadowlands, de The Wrens (2003)

A nivel personal, The Meadowlands me ha supuesto tantísimo que no aprovechar una ocasión como esta sería un despropósito total. Si solo escuchan un disco de la lista, que al menos sea este.

The Meadowlands, grabado durante cuatro extenuantes años, es en esencia pop atormentado por parte de unos adultos maduros que se enfrentan a las grandes decepciones y desilusiones de la vida. Canciones tan universales como crudas que tan pronto nos hacen llorar como estallar en alegría. Escucharlo por primera vez fue toda una experiencia que jamás olvidaré, y el impacto que provoca tan intenso como duradero.

Fotografía de portada: Guido van Nispen (CC).