Una historia de amor

Dominic West en The Wire, 2008. Fotografía: HBO.

Veo todas las series. Las malas solo cuando se me acaban las buenas, pero también las veo. Me pueden soltar en cualquier cena en cualquier parte del planeta. Da igual que no nos conozcamos, que no nos caigamos bien, siempre podremos hablar de series; del final de Los Soprano, de los encantadores borrachos de Mad Men, de cuál es la mejor temporada de The Wire. La gente habla ahora de series como antes hablaba del tiempo. En los ascensores ya no se comenta «qué calor hace» o «qué frío»; ahora se dice: «Me he comprado todas las temporadas de Juego de tronos» y «sí, anoche os oí cortar cabezas desde el quinto». Pero ojo, atentos, cuidado. Las series son peligrosas. Provocan terribles efectos secundarios sobre las expectativas, sobre el ciclo de sueño y quién sabe qué más. Como la OMS está a por uvas y no ha lanzado aún la alerta pertinente, las consumimos a lo loco, sin moderación. Y sé que muchos pensaréis: yo controlo, cuando quiera lo dejo. Bien, puede ser demasiado tarde.  

Esta gente se mete en tu casa, en tu salón. Te acompaña varias temporadas, es decir, durante años. Y se generan vínculos. En el cine, las luces se apagan y la pantalla gigante te absorbe, pero a las dos horas salen los títulos de crédito y vuelves a hacer tu vida. Con las series, si no tomas precauciones, el regreso puede ser mucho más traumático.  

Yo me he enamorado de Don Draper, de McNulty y del agente Peña hasta las trancas. Los he querido en la medida de mis posibilidades, que, lamentablemente, eran pocas. Los he buscado en las redes sociales, los he seguido, y algún día incluso me he atrevido a ponerles un corazón de «me gusta» debajo de una foto suya. ¿Y ellos qué han hecho?

Nada. Como si no existiera.

Cuando tenía la pequeña no me afectaba tanto, pero me compré una tele de mayor, llena de pulgadas y dolby surround. Fue mi perdición. McNulty casi a tamaño natural poniéndome esos ojos tristes. El agente Peña susurrándome cosas por la oreja derecha. Don Draper brindando conmigo a las tres de la mañana de un martes porque nosotros somos así, crápulas.

La felicidad absoluta.

No lo dices, porque te da vergüenza ser una de esas que desaparece en cuanto se echa novio, pero hay veces que no sales porque prefieres quedarte en casa con ellos. Tus seres queridos te preguntan inquietos, cotillas, al ver tus ojeras y tu sonrisa de tonta, qué hiciste ayer. Y tú no puedes decirles la verdad: que pasaste la noche con Don Draper, McNulty o el agente Peña. Que nos acostamos a las tantas. Que no te arrepientes ni una pizca.   

Nunca lo entenderían.  

De repente se termina la serie y empiezan los problemas. El golpe es tremendo, como el de las cornudas, que son las últimas en enterarse. Cuando estás enamorada no quieres darte cuenta; luego sí, te paras a pensarlo y caes en que, efectivamente, habías leído ya que la séptima iba a ser la última temporada, que él tenía otros proyectos en el cine…

Las series siempre se acaban cuando estás en lo mejor, cuando ya tienes esa complicidad tan difícil de conseguir. Con el corazón roto ves el último capítulo de Mad Men; sabes que hay que regresar al exterior. Y es muy duro, porque sales a la calle y de repente te das cuenta de que la gente va horriblemente vestida. Ninguno lleva traje de tres piezas y sombrero. Ninguna, esos ideales vestidos de cerecitas. Te cruzas con hombres de pantalones pirata y camisetas tres tallas más pequeñas; con mujeres con el tanga fucsia asomando un palmo por encima de los vaqueros. Los viernes, sales de noche y nadie sabe beber como bebe Don Draper, ni te mira como él ni sabe poner esa sonrisa de medio lado. Te preguntan que si vas mucho por allí con sus desfavorecedores pantalones y sus camisetas raquíticas. Y antes eso te valía. Pero ya no.   

Luego vas al médico y descubres que el 80 % no tiene los ojos azules, ni perlas en los dientes, ni una fobia al compromiso de la que iban a curarse contigo. Vas a trabajar y el periodismo no es tan, tan bonito como en The Newsroom. No pasan grandes cosas todo el rato; si pasan, suelen mandar a otro, y sentado a tus once no hay un periodista superíntegro, superguapo y superenamorado de ti. Te mueres de la pena por no poder pasar todas las tardes de tu vida en el sofá de un café riéndote con tus Friends. Un día, tiras a la basura todas tus anotaciones para el discurso de investidura del presidente Bartlet.

Nadie habla tampoco de la amenaza de los guionistas sádicos. Esa gente mala, mala, que de repente mata a tu personaje favorito, sin venir a cuento, solo porque puede hacerlo. Como esos porteros de discoteca borrachos de poder. Matan con impunidad absoluta o, peor, escriben un final ambiguo para que pases el resto de tu vida atormentándote, preguntándote si tal personaje sobrevivió, si escapó, si al final se quedó con la chica. Te metes en la cama y le das una vuelta y otra y otra. Y piensas: maldita sea, ya solo voy a dormir seis horas, solo cinco, solo cuatro…

La OMS debería pronunciarse al menos sobre este punto y enviar una circular para que los guionistas estén obligados por ley a terminar lo que empiezan. Las noches que yo he pasado en vela intentando atar los cabos sueltos de Lost no me las va a devolver nadie, pero quizá sirva este artículo para salvar a otros. Mucho ojito con las series. Consumidlas con sentidiño, con moderación.

Boas noites, agente Peña. Boas noites, Don. Boas noites, McNulty.


La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (y II)

El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).
El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).

Signos de vida más allá de Orión

Como dije al principio en la primera parte de este artículo, miramos a nuestro alrededor y florece el periodismo por todas partes. Y entre la floresta hay muy buen periodismo. Y como en los orígenes del oficio, su ejercicio ya no se remunera decentemente: acostumbrémonos a que la aspiración a un salario digno vaya a ser cosa de unos pocos especímenes darwinianos en una profesión que, por otra parte, ha ejercido cualquiera durante seguramente demasiado tiempo. Tenía mucha razón el cruel Cebrián al anunciar a los periodistas de El País, antes de un ERE: «No podemos seguir viviendo tan bien» (salvo él). Cuando le cuentas a un joven periodista de un medio digital lo que cobraba o incluso lo que sigue cobrando un redactor medio de El País, la mandíbula de tu interlocutor comienza a descolgarse en un remedo perfecto de El grito de Munch. Y ni unos valen tanto ni otros valen tan poco, ni en un mundo en que hay veganos y garantismo judicial debería suceder que Jorge Javier Vázquez fuera retribuido con 20.000 machacantes por cada Sálvame diario. La diferencia es que Jorgejá es rentable para su empresa y los periodistas serios, no. Estos tendrán que resignarse a una nivelación a la baja o a una jubilación merecida, y de este modo la nueva era lunar del periodismo, o periodismo postindustrial, habrá cumplido al menos una vieja fantasía del becario talentoso taponado por el dinosaurio de la Santa Transición.

(Ancianos que queréis morir engarfiados senilmente a la columna o al micrófono, soltad vuestras garras amarillentas de la zozobrante balsa del empleo periodístico. Directores, jefes de sección mezquinos, que no pensáis en otra cosa que en vuestro puesto permanentemente amenazado: sed inteligentes y conceded la oportunidad al joven que no es menos capaz de lo que lo fuisteis vosotros cuando os la dieron, y habréis ganado a un amigo para el incierto futuro. Dejad que vivan de su trabajo los jóvenes que lo merezcan, pues no están peor preparados que vosotros cuando otro vetusto centinela del espíritu de Pulitzer os cedió el testigo. Hemos descartado demasiado rápido que los jóvenes no lean periódicos por la sencilla razón de que no se sienten representados y ni siquiera concernidos por el sermón de los opinadores provectos que siguen copando los espacios de privilegio en los diarios. Que se cumpla el ciclo de la vida y brille en la sociedad esa pequeña constante de inteligencia y cultura que se conserva de generación en generación, según calculó Cipolla. Y jóvenes exhaustos de vocación quebrantada: comprometeos a leer a los clásicos y a librar después conmigo una guerra generacional que es ley de vida, pero que hoy resulta más legítima que nunca no solo por ese cincuenta por ciento de paro juvenil en España sino por la precariedad que añade la crisis global de la industria al cincuenta por ciento restante, ese que se aferra al salvavidas apenas mileurista remolcado por la balsa zozobrante).

Solo muerto Suárez hemos podido leer la formidable entrevista censurada a Josefina Martínez del Álamo en el ABC de 1980. No puede ser una inteligencia mediana, según insistían sus detractores, la que disecciona así el proceder endogámico de la tribu canallesca que ya empezaba a cocerse en la «gran cloaca madrileña» no bien estrenaba la libertad de expresión: «Escriben para ellos mismos… Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo… Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña… Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción». Cualquier plumilla que haya viajado empotrado en una caravana electoral o patee los pasillos del Congreso identificará enseguida esta omertá infamante de la que habla Suárez, esta hermandad acotada de ventrílocuos autorizados en que ha degenerado el periodismo político español, cuya incompetencia léxica por otro lado sonrojaría a cualquier editorialista del franquismo. Han triunfado los gabinetes de prensa, que se inventaron nunca para canalizar la información sino para taponarla, para evitar la obscena exhibición de un hombre sincero, adulterar la coca pura de la verdad con la aspirina del lenguaje formulario, el tópico aceitoso, la hipócrita fraseología de la razón de Estado. Al final el lector representa el último interés de un reportero de partido, y el lector ha correspondido con simétrica indiferencia. Por eso hay que agradecer al Gran Estallido que la primera especie en ser aniquilada vaya siendo la del reportero que dice valer más por lo que calla que por lo que cuenta, aforismo mezquino que solo delata cobardía, venalidad, adicción al gañote en reservado de comadres y cálculo de trienios para una áurea retirada de libre designación. Que se extinga la tribu y advengan los lobos solitarios.

Creemos por tanto que hay razones para la esperanza. Para empezar no está nada clara la desaparición total del periódico; quiero decir de su formato intelectual, no de su soporte. Si desaparece el periódico, ¿de dónde demonios copiarán las webs? Durante siglos el periódico ha fiscalizado al poder y divertido al pueblo —cuando ocurre al revés se le llama BOE—, y durante decenios su personal receta diaria de información y opinión ha nutrido generosamente no solo a parrillas y escaletas, tertulias y noticieros, sino también a los propios agregadores de noticias online, pomposamente autodenominados «diarios digitales», parásitos voraces del ecosistema. Es cierto que hay portales medianos capaces de pagarse su propia redacción y sus propios reporteros, que salen a la calle y traen noticias propias a la web: es el ideal y de su consolidación depende el futuro mismo del oficio en su esencia más noble.

Ahora bien, curiosamente los parásitos son los primeros en seguir fiando su dieta al papel en vez de alimentarse de otros animales cibernéticos. Perro no come perro, se conoce. Y cuando digo papel me refiero también a las webs corporativas de las grandes instituciones periodísticas, las que empezaron y resisten en papel. En España y en cualquier país, junto a unos pocos portales bien posicionados y nacidos ya en la web, las páginas de noticias más visitadas —y replicadas— siguen siendo por regla general las versiones digitales de las tradicionales cabeceras que lideran la venta en quioscos. Esto no es casualidad, sino tradición. Y lo que no es tradición es plagio, apostilla Google.

Por más que la noticia más visitada de la web del Times a lo largo de 2013 no haya sido un reportaje ni una entrevista ni una exclusiva, sino una infografía interactiva que permitía al lector identificar la región que corresponde a su forma de hablar, podemos apostar a que la misma infografía alojada bajo otro paraguas menos prestigioso no habría conseguido tantas visitas. Hay expertos en esto del metaperiodismo que piensan que el mismo prestigio de estas venerables compañías es una invitación al inmovilismo y un canto a la improductiva maniobra del avestruz, pues les impide bajar a sus mejores efectivos de la agónica rueda de hámster cotidiana para incorporarse al liderazgo de la revolución tecnológica, que ahora mismo se está haciendo sin ellas, e incluso contra ellas. Esta actitud nos resulta de lo más familiar en España: que inventen ellos. Y vaya si están inventando.

Fotografía: Dulnan (CC).
Fotografía: Dulnan (CC).

Pero contra lo que opinan esos expertos, yo creo que el enroque de las grandes marcas en su modo de hacer y en una línea editorial reconocible es la táctica más inteligente para hacer menos dolorosa la transición. Yo creo que el bloguero anónimo sigue ambicionando el cobijo de El País, El Mundo, La Vanguardia o ABC porque sabe que alojar al fin su trabajo bajo esas manchetas honorables le granjea la sanción secular del oficio, el escaparate decididamente nacional, una remuneración más o menos primermundista y la dulce envidia de otros blogueros que no logran dar el salto a la canónico. Todo underground aspira secretamente a ser mainstream, como nos ha enseñado la historia del rock más maldito. Un meritocrático trasvase de creatividad desde internet a la vieja marca y un correlativo rescate de la precariedad amateur por parte de la gran compañía componen una sinergia inteligente de la que ambas partes, sumando sus lectores respectivos, seguirán beneficiándose en el futuro, lo que contribuirá a dulcificar la travesía en el desierto. Por el camino las empresas tradicionales deberán adelgazar mucho para no morir de obesidad mórbida —esos jefes calcificados que se niegan a cualquier innovación, a cualquier bendita travesura propuesta por el junior invocando sus (a todas luces excesivos) treinta años en la profesión—, pero seguirán en pie, porque si algo ha provocado internet, aparte del abaratamiento de la producción, es una búsqueda ciega de fiabilidad en el caos, y ese valor pertenece a la tradición. Que las grandes instituciones periodísticas se centren en discriminar y bendecir con su reputación los contenidos que otros producirán desde miles de focos ingobernables que ya tienen suficiente con nacer y ponerse rápidamente a sobrevivir.

Pasado un tiempo, consumada la existencia de la rotativa, ya nadie recordará qué periódico online tuvo una época en que dejaba tinta en los dedos y cuál fue nativo digital, que dicen los cursis. Los que hayan sobrevivido lo habrán hecho por elegir bien entre una de estas tres opciones de supervivencia: a) periodismo a la carta con publicidad en microtarget, o sea, dirigida prácticamente a individuos de gustos fichados; b) instauración medianamente exitosa del muro de pago o transacción con Google; c) subvención filantrópica o estatal indirecta mediante campañas institucionales.

Asimismo, habrá que asumir que el medio en el que trabajemos o en el que nos informemos habrá abandonado la pompa del cuarto poder para quedar sujeto humildemente a flujos múltiples de información en red: ningún medio puede ya vencer en velocidad o difusión a Facebook o Twitter. Los primeros en sugerir el dopaje de Lance Armstrong fueron los frikis de una web de ciclismo que entrevistaron a un médico experto en sustancias dopantes. Las redacciones habrán dejado de parecerse a talleres industriales para mutar a cámaras de comercio de datos específicos y división de rastreadores. Forjarán alianzas, emplearán puntualmente a más especialistas de lo suyo. Y si bien se mira, señores, esto se lleva haciendo toda la vida. ¿O acaso no se le ha dado siempre una columna a un criminólogo el día después de que la niña apareciera descuartizada en el descampado?

Algunos zahoríes del asunto mediático lo resumen así: «El periodismo del siglo XXI debe pasar de revelar secretos a explicar misterios». Se quiere decir que los grandes secretos se van volviendo imposibles ya de sostener y que hoy los devela cualquiera con un móvil. Yo tengo mis reservas frente a esa epidemia de pupilas como bolitas de alcanfor que cantan el pretendido avance de la transparencia. Nadie en su sano juicio usa las redes sociales para desnudar su más honda intimidad sino para estilizarla (y opacarla calculadamente, por tanto), y menos aún la intimidad de alguien poderoso. Y a los que no están en su sano juicio se les vetan las entradas. De hecho, yo y cualquier colega del oficio con cierto acceso al Congreso de los Diputados conoce secretos íntimos de la clase política española que evidentemente no va a contar por irrelevantes, pero que quizá ese ciudadano perturbado con móvil no consideraría irrelevantes. Funciona ahí un saludable filtro profesional. Así que transparencia según y dónde. Ha sido así desde los tiempos de Cicerón, y cuando la omertá se vulnera suele suceder precisamente por mandato político del rival de turno, como parece que fue el caso de la querida de Hollande. Un caso más edificante de silencio guardado contra todo pronóstico fue el secuestro del reportero de guerra Javier Espinosa en Siria, que todos en el oficio supimos callar durante semanas y hasta meses por el bien del interesado y a petición de la familia. Un milagro moderno.

Concuerdo en cambio con eso de cubrir misterios, que quiere decir aportar contexto en un mundo sin clarificación sencilla. Esa sí es tarea del nuevo periodista, y una tarea ingente. El valor añadido no lo vamos a encontrar en lo que los autores de Periodismo postindustrial llaman «las calorías vacías de las agencias». Lo vamos a encontrar en la vindicación del humanismo, en el periodista intelectual, en el retorno del periodista a la cultura. Parece osado aventurar ese perfil bajo la hégira fláccida del dominante fenotipo tertuliano. Pero si los misterios se enredan cada vez más bajo el griterío cibernético, la única manera de desliarlos pide una inteligencia aguda, un conocimiento autorizado y un lenguaje expresivo.

Cada vez habrá menos periodistas, pero también hay muy pocos jueces en proporción a la población de un país. Igual es que había un superávit de comunicadores inasumible por el mercado. Igual unas oposiciones a periodista ayudarían a resolver la precariedad del oficio y de paso a cribar a los incapaces o a los enchufados. Ya son poquísimos los periodistas de primer grado, los reporteros pagados por salir a la calle a cubrir y a contar. Abundan en cambio los periodistas de segundo grado, analistas del material que afluye sin cesar a la red, inventores de enfoques nuevos o habilidosos en relacionar los ya existentes. Ya son mayoría los portales de información que se dedican en realidad a rehacer temas sabidos bajo nuevas ópticas y normalmente con mejor prosa. Es la lógica cortesía que se debe al lector por no informarle de nada nuevo, sino ayudarle a despiezar el transparente caos que convirtió en un vodevil interactivo la persecución de los terroristas del maratón de Boston, por ejemplo.

Los tertulianos. El tertuliano no es contingente sino necesario en los regímenes de opinión pública. Necesario porque abarata los programas en un tiempo de cadenas múltiples y presupuestos modestos. Y necesario porque amplifica el eco de noticias que merecen ser amplificadas. Por otra parte, en España los tertulianos suelen ser galanes vetustos y esfinges correosas que lucharon por la democracia y oyeron el silbido de las balas de Tejero, de modo que un sillón de tertulia les allega el retiro dorado del guerrero, con distintivo magenta. Las objeciones son también evidentes. La primera es el estado de desmoralización que inducen en las jóvenes vocaciones, melancólicas de antemano no solo ante el tapón saurio que les impide promocionar sino ante el espejo cruel del más optimista de sus futuros. La segunda que, al ser el español un tipo que promedia cuatro horas diarias de televisión, la sociedad ya ha trazado una sumarísima equivalencia entre periodismo y tertulia que explica las notas que saca el oficio en el CIS. El periodismo no es eso, claro, pero id a explicárselo al televidente español, que o bien carece de mejor término de comparación o bien un día vio La clave y ahora puede ejecutar la más letal de las comparaciones. La que delata una réplica fiel en pantalla de la partitocracia: la tertucracia. La voz de su amo y la oratoria de peluquería.

Pero resistamos otra vez la tentación jeremíaca. Hay un periodismo televisivo plausible, de sumario, reportaje y entrevista, de línea editorial y audiencia fiel por más que no mayoritaria: son verdaderos periódicos catódicos. Ana Pastor hace uno de izquierdas y Ana Samboal hace uno de derechas que además se llama diario. Se ve que es periodismo en que tienen detractores, a veces apasionados. Del potencial periodístico del que puede cargarse la televisión nos convence aquel reportaje ficticio de Jordi Évole sobre el 23F, cuyo crédito viajó mucho más lejos de lo que los inocentes de primera hora querrían hoy reconocer. El autor demostró que el poder de persuasión del medio, a poco depurada que se presente la factura técnica, sigue intacto, y de paso hizo algo meritorio: tirar violentamente del caballo a sus más devotos feligreses, incapaces de conciliar al bufón bienhumorado y al intrépido reportero en la misma persona, sacrílega contaminación que no le perdonan.

Una trabajadora en las rotativas del Pravda, 1959. Fotografía: RIA Novosti (CC).

Lo cierto es que los periodistas (la entrañable «canallesca») nunca han gozado de buena reputación ni jornal fastuoso salvo en las cuatro décadas que van de 1940 a 1980, edad de oro en que el periodismo denunciaba guerras y formaba conciencias, dice Fallows. Antes y después al periodista se le ha criticado por apoyar una causa y por traicionarla, por hacer preguntas y por no hacerlas, pero ahora que la clase dirigente le ha tomado gusto a las comparecencias unidireccionales el pueblo redescubre la utilidad del cotilla profesional. En cuanto a la radio, sus locutores más carismáticos garantizan el futuro de un infotainment que en España mezcla con razonable medida el servicio y el ocio, el editorialismo y el desenfado, aunque cabría desear que manejaran el mismo número de palabras que aquellos locutores del NO-DO.

Nunca ha sido tan fácil ni barato editar libros o rodar un documental, si bien esa misma facilidad halla su contrapartida en la dificultad proporcional de su estreno o de su venta, respectivamente. La tecnología es una lonja y también una aduana: oferta tanto producto que divide fatalmente la demanda del comerciante.

En cualquier caso, demos de una vez al césar telemático lo que es suyo. Internet: inmediatez, universalidad de acceso, abaratamiento de costes, más árboles en la Amazonía, borgiana hemeroteca constantemente actualizada y perdurable. Hoy ningún bulo periodístico resiste muchos minutos sin el desmentido del celador insomne que es Twitter, por ejemplo. Eso es bueno. Tampoco es la panacea, porque el tuitero, que al fin y al cabo es un hombre todavía, elige sus intereses —o sus apetitos— y soslaya otros, lo que convierte en tendencia las gilipolleces más empinadas o blinda endogamias ideológicas de seguidores seguidos. Cada vez hay más casos como el de Suzanne Moore, columnista del Guardian, que se declaró harta de Twitter porque solo le seguía gente que estaba de acuerdo con ella. Y es cierto que el debate constructivo nunca ha regido la conducta tuitera, pero ni humana en general. De hecho, sabemos que el 2.0 es la patria del esputo sectario, anónimo, sordo y fugaz, y que desde la aparición de internet las puertas de los baños públicos comparecen impolutas. Yo no sé si Twitter fomenta militancias más ciegas y sectarismos más insomnes que aquellos a los que siempre han tendido las humanas afinidades electivas; pero sí que los ha hecho más visibles. Como en todo, se trata de saber a quién seguir. Y oye, los egipcios de Tahrir pudieron colocar su mensaje al mundo sin mediaciones.

Además, hoy se lee más que nunca. Yo mismo, antes de ponerme a aporrear el teclado cada mañana para ganarme el pan —el mendrugo—me doy cuenta de que me he leído diez columnas, un par de ensayitos digitales, veinte noticias en diagonal y un rosario de filosofías de galleta china colgadas en el Facebook de mis amigas. Y luego, mientras escribo, en cada parón abro una pestaña y leo más cosas. Y por más que filtremos por gusto o interés, uno acaba absorbiendo pensamientos plurales, observaciones insólitas, frivolidades, sesgos que podrían obligarte a reordenar tus prejuicios. Incluso a eliminar alguno en un momento de debilidad. Esto lo ha traído internet, y a menos que las nuevas generaciones alcancen el modo de vetar definitivamente el alfabeto durante sus navegaciones, acabarán leyendo, así sea por accidente. Y cuando se lee y se tropieza uno con algo bueno, se experimenta un tipo de placer intelectual que no se parece a ninguna otra cosa y que reveló a Aristóteles el encabezamiento apodíctico de su Metafísica: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».

Twitter crea adicción, quita de leer (¡y escribir!) libros, jibariza las entendederas, fomenta la balcanización endogámica de la red (ese onanismo estéril del seguidor seguido) y demasiadas veces ejerce sobre el periodista una doble censura: la ambiental de la corrección política y la autocensura que nace del temor a perder seguidores. Pero ojo: Twitter también abre notables mediterráneos. En la almoneda del pajarito bulle un comercio diario de enlaces a artículos, y aunque de esa transacción el autor no recoge ni un céntimo —la cultura de la gratuidad en Twitter es un desahogo de malcriados: dice Charlie Brooker que si internet diera masajes gratis, la gente se quejaría cuando parase por dolor de pulgares—, sí obtiene réditos de popularidad para su trabajo. Lo cual a la larga puede traducirse en dinero, porque si es cierto que el número de seguidores no mide en absoluto la valía de un periodista, desde luego sí aporta una tasación de su eco editorial, y por tanto publicitario, y por tanto económico. Así, esta nueva edad de oro del columnismo —a la que se dedican congresos como el de enero de 2014 en la Universidad de Málaga— y su reflejo en Twitter representa un fenómeno absolutamente esperanzador que ya saca del anonimato a blogueros de talento topados contra el hermetismo de los medios tradicionales, esos que tantas veces hipotecan sus preciosos espacios a la gloria senil, al tertuliano lugarcomunista, al mero personaje televisivo, al expolítico del favor aquel. La columna es un género netamente español con una tradición viva y un reemplazo asegurado a poco que se abran los ojos. Su indeclinable aceptación entre los lectores entronca con el genio mediterráneo y su cólera de café, pero también con el genio individual del hombre que, a falta de lírica romántica alemana, propuso periodismo de opinión y que, hecho esto, se pegó un tiro en la cabeza al recordar que escribir en España algo más largo que una columna es llorar. Larra como rareza europea, como noventayochismo recurrente, sigue en auge, y si esta flor de la columna es la única que florece en el paisaje lunar, reguémosla. No abortemos esta característica mutante del Volksgeist que ha dado cumbres como Azorín, como Ramón, como Camba, como Ruano, como Umbral pese a sus estomagantes imitadores.

Y quien dice la columna dice la crónica, que es un relato de hechos tamizado por un modo de mirar. O el reportaje, cuyo ritmo mejoró definitivamente con las aportaciones personalistas del Nuevo Periodismo. O la entrevista, cuyo único reto bajo el régimen de la corrección política exige romper ya esta pauta inexorable: lo que interesa no se puede decir y lo que se puede decir no interesa. En cualquier género, insisto, lo que importa es el factor humano y el uso del lenguaje. No se trata de adjetivar más ni de disparar metáforas, sino de poner el hecho a desfilar vestido con su correspondiente interpretación, más o menos elegante —la elegancia en sentido flaubertiano: cada idea exige una forma unívoca de expresión, y no otra—, pero siempre ofrecida seductoramente al lector.

Esa seducción seguirá funcionando, como prueba el hecho de que nunca han tenido los periódicos tantos lectores, realidad compatible con la de que nunca han ingresado menos dinero por publicidad. Sucede que el anunciante no confía —con buen criterio— en el impacto del banner sobre el febril usuario tanto como confiaba en el del faldón sobre el lector tradicional. Es famosa la frase de aquel directivo: «Sabía que estaba tirando la mitad del presupuesto destinado a publicidad; lo que no sabía es qué parte». Se sabrá qué parte con exactitud según progresen las técnicas de métrica online, redistribuyendo el maná por las doce tribus de internet y premiando al peso la influencia, no solo la vistosidad.

Por más que el hombre se embrutezca con lo audiovisual, la palabra tiene aún mucho que decir. Siendo joven y reflexivo llegué un día a una conclusión asombrosamente simple de la que sin embargo estoy orgulloso: una imagen nunca podrá valer más que mil palabras porque hasta para proclamar esa altiva sentencia se han necesitado todas y cada una de las palabras que defienden la idea de que una imagen vale más que mil palabras. Una imagen sin palabras es muy poca cosa en la mente de un sapiens sapiens, que enseguida querrá verbalizar su reacción, describir su confusión, su acuerdo, su discrepancia. Aún falta para que volvamos a ser monos afásicos en la contracción final del universo. Lo mejor de las series son los diálogos.

Fotografía: Nicolas Alejandro (CC).

«El negocio de los periódicos tiene que ver principalmente con las opiniones de los hombres», descubrió en 1731 el impresor Benjamin Franklin, apellido que apadrina a un tiempo la democracia y el periodismo modernos (su hermano James fue el primer hombre de la historia en informar de un escrutinio electoral). Su labor fue amargamente criticada por otro patricio yanqui, Thomas Jefferson: «Los impresores viven del fervor que pueden encender y de la discordia que pueden sembrar». Como veis la polémica es muy vieja: no llegó con Pedro J. «Los primeros periódicos americanos tendían a parecer una larga e ininterrumpida invectiva, una flota irregular de barcazas de estiércol», escribe Lepore. Así era en Europa también. Luego la profesión se fue refinando, el paladar democrático se desarrolló al mismo ritmo que la idea de contrapoder mediático. Nacieron los géneros periodísticos y los códigos deontológicos y las facultades del santo oxímoron: ciencias de la información. Pero en el principio de todo no estuvo la información, sino la opinión. Las ganas irreprimibles de decir lo que pensamos del mejor modo que sepamos. Ahora muchos denuncian que el periodismo ha degenerado en opinología y yo digo que eso es señal de que volvemos al principio, donde todo está por hacer. Nada menos que veintidós periódicos se editaban en las trece colonias en el año 1764; ya eran cuarenta en 1774 y setenta y dos en los recién estrenados Estados Unidos de América del 1800. Tenían escasa tirada por mero analfabetismo, y tenían identidades encontradas y carismáticas. Internet inaugura un analfabetismo funcional, vuelve a tribalizar al público y suspende el imperio de la ley y el orden al tiempo que crea y divulga nuevas leyendas sobre los mejores revólveres a este lado del Pecos digital: de momento esto es Deadwood y toca defenderse a tiros. Defendamos lo nuestro hasta que llegue el sheriff que obligue a los rateros a pagar por nuestro trabajo. Pero tengamos claro que al periodismo, como siempre, lo acabará salvando la opinión, la interpretación de lo que sucede. El periódico es un órgano de opinión: está opinando, también cuando informa, desde la misma elección del tamaño de letra y el lugar de un titular.

Cité al principio la analogía de la rana de Kaiser. El viejo periodismo ha hervido en la olla como su rana. También Camba en su impagable labor de corresponsal se comparaba a sí mismo con una rana viajera, cronista saltarín que andando el tiempo descubre, asombrado, que el sujeto de sus crónicas no era el extranjero sino él mismo: «Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol». Y se trata de un formol delicioso, embriagador, capaz de conjurar el deterioro inexorable que condena al periodismo de hoy a envolver el pescado de mañana. Para destilar un periodismo así, duradero y rentable, habrá que intentar escribir y pensar como Camba. Rehumanizar el periodismo, combatir al algoritmo con sudor, con deseo, con el polvo de los volúmenes legados por sabios muertos. Al final, nos quiere decir Camba, la única noticia que interesa sigue siendo la cara de las personas, y el efecto que sobre ellas tiene la actualidad.

Recordemos que a Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín —¡y corría el 1940!— porque debía despachar a diario por telégrafo «aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada». El oficio se reinventará cuando apueste de nuevo por lo viejo, que si llegó a viejo es por algo; cuando confine la obsesión objetivista al ámbito del teletipo y el boletín, y presente batalla por el flanco que le asegura la victoria sobre la máquina, que a objetividad siempre será imbatible: el flanco de la mirada personal, resueltamente subjetiva pero no falaz, juramentada para no añadir nada a los hechos que no sean reflexiones, apostillas, contextos, condenas, aplausos. Nunca otros hechos pero siempre el juicio humano, porque el mundo del hombre es el mundo del sentido (Octavio Paz) y si hay algo que reclama a gritos —literalmente a gritos— la intervención del sentido, eso es el babel que internet profiere. El mundo siempre fue complejo, pero se puede contar como compete a las personas. Ahí tenéis casi toda la producción de Manuel Chaves Nogales para recordar cómo se hacía. Su pequeño boom editorial, como el de Camba, no debiera entenderse como un tributo nostálgico sino como una invitación a repetir la fórmula. Entonces el periodismo volverá a cautivar al lector e incluso puede, ¡puede!, puede que a este le apetezca al fin pagar por periodismo.

No he tratado en este ensayo de inventar nada, sino de sistematizar las ideas de otros y sobre ellas ir construyendo las mías propias, que seguramente tampoco sean muy originales. Al final vengo a decir que la crisis es el estado natural del periodismo, que como diría Pla todas las cosas tienen una cadencia indefectible, que no hay remedios mágicos, que lo único importante es leer a los clásicos y contar las cosas lo mejor posible con la mayor independencia de criterio que nos permitan. Que si la estrella nodriza del viejo periodismo ha estallado, su añeja luz seguirá viajando hasta nosotros desde sus miles de parpadeantes pedazos a la deriva. Que el periodismo en realidad no puede morir porque en ese preciso momento alguien dará la noticia de su muerte y estará haciendo periodismo.

Hay derecho a lamentarse, pero hagamos pronto el duelo. El periodismo ha muerto: ¡Viva el periodismo!

Un niño vendiendo The Washington Daily News, 1921. Fotografía: Library of Congress (DP).


La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (I)

Fotografía: Milner Moshe, 1981 / The Israeli National Photo Collection / GPO.

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

Internet ha traído además otras muchas desgracias. La lógica fundamental de internet consiste en la reproducción digital y universalmente disponible: no divide a sus usuarios en artesanos y consumidores. En un genial artículo que el exeditor de Harper´s Magazine John R. MacArthur tituló elocuentemente «Los estafadores de internet saquean la industria cultural» (The Providence Journal, 2012), leo con emoción: «Internet no es más que una gigantesca fotocopiadora (…) ¿La información quiere ser libre? También la comida. Pero los agricultores no son tan estúpidos como los editores y los periodistas». La gratuidad de los contenidos periodísticos —que se disputa con la guerra de Vietnam el trofeo a la decisión más superflua de la segunda mitad del siglo XX— y la incorporación al proceso de la iniciativa ciudadana se unieron para alumbrar el triste axioma según el cual crea más perturbación la abundancia que la escasez. Como sentencian C. W. Anderson, Emily Bell y Clay Shirky en su imprescindible aunque cuestionable ensayo Periodismo postindustrial: adaptarse al presente (Columbia Journalism School, 2012), «la llegada de internet no anunciaba un nuevo participante en el ecosistema de las noticias. Anunciaba un nuevo ecosistema, y punto».

Fotografía: Matthew G. (CC).

Paisaje después del estallido

El ecosistema mediático que estos tres autores auguran para fecha tan cercana como 2020 resulta escalofriante al modo del paisaje posnuclear descrito por Cormac McCarthy en La carretera; pero cuanto antes nos familiaricemos con el páramo chernobilesco, tanto mejor:

Más gente consumirá más noticias de más fuentes. Más de estas fuentes tendrán un sentido claro de su público, de sus temas particulares o de sus capacidades esenciales. Pocas de estas fuentes serán «de interés general»; aunque una organización pretenda producir una ingente colección de noticias al día, los lectores, espectadores y oyentes la desmontarán y distribuirán las partes que les interesen para sus distintas redes. Una creciente cantidad de noticias llegará a través de estas redes ad hoc, en vez de a través de un público leal a cualquier publicación particular.

Y esto es solo el comienzo. En cuanto a los espacios físicos, puede que algunas organizaciones financieras se permiten comprar y sostener unas pocas redacciones considerables, pero la mayoría de medios o agencias tendrán redacciones pequeñas y plantillas de manufactureros de noticias online a tiempo completo, nada de salir a la calle a pescar historias que eso es muy caro. Al mismo tiempo, participarán en la producción profesionales especializados: las noticias de sucesos las enlazará directamente la policía, las del tiempo los meteorólogos, y así. Se multiplicarán las organizaciones periodísticas sin ánimo de lucro, fundaciones que donen filantrópicamente su dinero a cambio no de hacer periodismo autónomo, arcadia previa al estallido estelar, sino de crear más entradas en la Wikipedia, u orientar los flujos de hashtags en Twitter, o editar monografías digitales sobre el cáncer de mama. Eso ayudará a crear más puestos de trabajo de periodista —llamémoslo «técnico de información online», pero pasará una goma sobre la fina línea de mina de carbón que separará el periodismo remanente de las relaciones públicas.

En el ecosistema mediático de 2020, la añeja pretensión de «marcar la agenda» producirá risa a todos los políticos —ya no solo a Rajoy— lo mismo que a los ciudadanos. De hecho, el propio concepto de «público», entendido como una gran masa interconectada de ciudadanos consumidores y movilizados por su ideología, habrá desaparecido, al propio ritmo de disolución de las últimas ideologías. No habrá una «prensa» que goce de prestigio entre un determinado «público», sino que más bien la oferta disgregada de firmas y secciones específicas seguirá ampliándose para satisfacer las demandas variopintas de muchos públicos solapados de diferentes tamaños.

En ese escenario, todas las redacciones se volverán más especializadas y cada vez importará más la marca personal y menos la institución o mancheta que la cobije. Cada periodista deberá especializarse al máximo para sobrevivir: sea en la técnica (minería de datos), sea en los contenidos (las antiguas secciones de los diarios), sea en las aptitudes humanas de infiltración y rastreo, sea en el tipo de personas que entrevistas o sea en el estilo lingüístico que dominas. Eso premiará al talento del trabajador, que será menos reemplazable que antes. Cada medio, mediano o pequeño, habrá identificado perfectamente su target y sus colaboradores necesarios. Y por supuesto Wikipedia y Twitter ejercerán de abrevaderos canónicos donde conocer la última hora y donde seguir al periodista-marca.

«El destino del periodismo en Estados Unidos está ahora mucho más directamente en las manos de los periodistas individuales que en las manos de las instituciones que los sostienen», concluyen los autores de Periodismo postindustrial. Su prospección se realiza sobre territorio americano, pero si algo nos ha demostrado la historia es que todo lo que ha pasado en Estados Unidos ha acabado pasando aquí con unos años de retraso. Cada vez menor, por cierto, fruto igualmente de internet.

Así que el periodismo que viene lo harán cada vez menos personas y más algoritmos, menos humanistas y más especialistas, menos más y más menos, en general. En 2011, el histórico corresponsal político de The Atlantic, James Fallows, publicó en esta misma respetable revista un reportaje entre irónico y resignado sobre Nick Denton, el último chico malo de la escena periodística neoyorquina, fundador de Gawker Media, que aglutina una docena de webs vendidas lúbricamente al contador de visitas como Telecinco al share. Denton es alguien capaz de pagar a un tipo por quince fotos de un lío de una noche con una candidata al senado. Y publicarlo con titular a toda pantalla, claro.

A Denton la defensa solemne de la ética periodística se le antoja un resabio victoriano. No es ningún tonto —pasó por Oxford—, acumula perfiles inquisitoriales en las asediadas páginas del ancien régime y tiene las ideas muy claras: «¿Qué me molesta de los medios americanos? Por lo general los izquierdistas pomposos. Supongo que son útiles, pero son tan patéticos, con su interminable retorcimiento de manos. No saben cómo luchar». Fallows apostilla con sobriedad: «Sus empresas, y cómo las fundamenta, presentan una destilación del modelo al que tiende la industria periodística». Fallows viaja a la redacción de Gawker, suponemos que ataviado con reglamentario chaleco de safari, y saca el cuaderno de campo:

Cuando llegué, «Tu horóscopo podría haber cambiado» seguía liderando la gráfica para todos los sitios, pero iba en descenso, mientras que «La horrible vida de un empleado de Disney» estaba en segundo lugar, y subiendo. «Rata suelta en un vagón de metro de Nueva York trepa por la cara de un hombre», con un vídeo amateur de veintiséis segundos de, exactamente eso, fue el ítem líder en Gawker.tv (…) Dos semanas después de mi visita, mientras escribo este artículo, «¿Es Charlie Sheen bueno para la carrera de estrella del porno?» es el número uno. Vi más pantallas según caminaba por el área central del espacio, donde había más de cincuenta escritores jóvenes, sentados unos al lado de otros a sus ordenadores, como en una cafetería, en tres mesas grandes que ocupaban el largo de la sala. «¿Cuánto piensan los escritores en los rankings?», pregunté a Denton tras decir hola. «¡Vamos a preguntarles!», dijo, y fuimos a la esquina trasera de la sala donde trabajaban los escritores de Gawker.com. «Normalmente solo miro la pantalla cuando paso por ahí», dijo Brian Moylan. «Te haces una idea de lo que va a ser grande y de lo que no». Él y sus colegas coinciden en que la popularidad de una historia puede predecirse, pero solo hasta un cierto grado. «No puedes tener un hit cada día», añadió. Su estrategia: «Solo intento imaginarlo: si fuera a ir a una fiesta, ¿de qué querría hablar todo el mundo? Y de eso es de lo que querría escribir»

Gawker Media tiene éxito y por tanto tiene imitadores. Cuando entre todos sumen el éxito suficiente, el propio concepto de lo que sea noticia habrá completado una mutación. Es cierto que lo noticioso nunca fue una categoría ontológicamente sólida, y que se han abierto muchas portadas de periódicos respetables con las más burdas y privadas intenciones. Pero normalmente la comunidad mediática identifica y señala enseguida el bullshit, el cohecho o la amarillez. Siempre ha habido quien sustituía la cuestión hamletiana: «¿Es esto noticia?», por la cuquería: «¿Qué les interesa a mis seguidores?». Lo novedoso será la generalización de la impunidad respecto de esta operación sustitutoria, y el arrumbamiento del celo jerarquizante para consumo de un reducto de humanistas quejumbrosos. Si esto no pasa ya.

En un periodismo operado por la mentalidad de mercado y no por la aristocrática pretensión de ordenar el mundo, la delicada tarea de titular se convierte en una ciencia que aspira a la exactitud de la sismografía. Mejor: de la chismografía, más exacta de lo que parece. Denton aconseja no usar verbos, pues resumen antes de tiempo la historia. Tampoco es recomendable pasarse de listo: la ironía o el ingenio pueden matar una historia con gancho porque la masa oscurecida odia el molesto fogonazo de la brillantez. «No puede haber más de dos líneas en la home. Tus ojos no lo aguantarán. ¡Lo que quieres es el titular más tonto posible!», resume una redactora en la que, con toda probabilidad, no está inspirado ningún personaje del Sorkin de The Newsroom.

Y ahora zurzamos las rasgadas vestiduras. Denton dice que da a los americanos lo que quieren, no lo que deberían querer. Y en ese distingo antimoralista acierta de plano. La gente no ve documentales sino realities y yo mismo, que tiendo desde niño al abuso de la jeremiada intelectualista, voy a confesar ahora que en un día tonto habría pinchado en cualquiera de los titulares antecitados. Denton no es un simple: se graduó con una cobertura de las reformas políticas en la Europa oriental postsoviética. Y sus portales también ofrecen información seria —lo que él llama «las aburridas verduras» que deben completar el menú—, cuya cobertura encarga a voluntarios locales y financia a través de donaciones y mediante la publicidad online que atrae la parte apetitosa del bufet. Pero tiene claro que lo primero que haría si dirigiera la web del New York Times sería añadir un contador público a cada noticia. Y seguramente sería el mejor modo de probar la exacta equivalencia entre viejo periodismo y despotismo ilustrado.

Porque Fallows apunta con honestidad que la afirmación de que internet ha hecho más tonto al público y más pobre el debate podría no ser en absoluto científica. Aporta ejemplos sangrantes, como la cantidad de gente que en los sesenta estuvo dispuesta a creer que Lyndon Johnson había asesinado a Kennedy; o los seis millones de votos cosechados en 1980 por el senador independiente John Anderson gracias a su propuesta de enmienda constitucional para que fuera reconocida «la ley y la autoridad» de Jesucristo sobre los Estados Unidos; o las irresponsables coberturas de las guerras de Corea, Vietnam o la última de Irak, sin ir más lejos, cuyas coartadas justificó el mismísimo Times más acá de la duda razonable. «No es tanto que la vida pública americana sea más idiota. Es que hay mucho más de la vida americana que ahora es público», explica Jill Lepore, profesora de Historia en Harvard. La conclusión es sencilla: el público no ha empeorado sino que es igual de tonto que antes. Que siempre. Ni más ni menos.

La gran diferencia es que en el Antiguo Régimen el público reconocía su ignorancia y confiaba en la autoridad de un periódico para remediarla. Callaba y escuchaba. Concedía crédito no ya a las noticias sino sobre todo al sofisticado lenguaje del periódico de papel, con sus jerarquizaciones de tipografía y paginación, códigos largamente racionalizados por profesionales del relato de actualidad que más tarde la radio y la televisión verterían a sus formatos específicos sin traicionar las normas básicas del periódico, porque no hay otras mejores. Era una forma de colaboración interclasista muy sensata: el periodista procedía del pueblo pero ofrecía sus servicios como un déspota ilustrado, y el pueblo sellaba el pacto de credulidad o bien se cambiaba de periódico. Pero tuvo que inventarse la guillotina cibernética y las aristocráticas cabezas del viejo periodismo no paran de rodar, mientras la plebe graba el espectáculo con el smartphone y lo cuelga en YouTube. Y pone comentarios.

Londres, 2013. Fotografía: Corbis.
Londres, 2013. Fotografía: Corbis.

Se ha democratizado la publicación, qué duda cabe. La tecnología extiende la democracia, se dice. Y sin embargo en la decadencia del viejo periodismo alienta la paradoja democrática. Sabemos que el periodismo, en lo que tiene de revelación de intereses opacos e ilegítimos de la clase dirigente pública o privada, contribuye a regenerar el sistema. Ocurre que esas revelaciones exigen primero una investigación cara y técnica y después una exposición rigurosa y compleja, probablemente desprovista de vídeos de ratas trepando por la cara de nadie. Durante mucho tiempo el escándalo de corrupción ha coincidido con el interés de una comunidad lectora movilizada por un ideario, a su vez defendido por un periódico. Pero si la noción de público o target se está volatilizando para dejar paso a infinitesimales grupúsculos de hinchas, si el consumidor ya no forma la masa crítica suficiente como para contentar a los anunciantes que deberían financiar la quijotada del periodismo de investigación o del reportaje de campo, si la corrupción ya ni vende… ¿cuánta más deuda podrá asumir el editor comprometido con la política de su tiempo y país?

El antiguo lector aceptaba que sus intereses no siempre dictaban la pauta informativa del día, y más bien acudía al periódico para conocer justamente el lugar que merecían sus intereses en una tasación profesional. Así el lector se educaba: aprendía que está mal conceder contratos de obras a cambio de cajas de puros y aprendía a escandalizarse por ello. Ahora hasta el escándalo está perdiendo su inherente transversalidad, y una nación que no se escandaliza a la vez por lo mismo no está formada por ciudadanos sino por usuarios. Ese periodismo cada vez más «ciudadano», el periodismo de todos y para todos empieza justamente donde acaba el interés general. Así que cuanta más democracia, menos democracia. A eso le llamo yo la paradoja democrática.

El cese de Pedro J. Ramírez como director de El Mundo, último mohicano del modelo de periódico personalista, ofrece un hito indudable a la historiografía del Apocalipsis periodístico. Con Ramírez no acaban Rajoy y el rey, sino los usuarios que no pagan, los anuncios que no llegan, el poder que tampoco se apiada: todo a la vez. Pero desde luego su periodismo era imprevisible y traicionero, y ambas notas tan saludables en el oficio clásico se toleran cada vez menos en el invierno nuclear, cuando el búnker político se siente escasamente amenazado por las chabolas de un cuarto poder desharrapado, sus fuerzas dispersas por la atomización digital, su tropa hambrienta. El periódico personalista, el gran timonel al frente de un medio poderoso pertenece al pasado; por supuesto que el personalismo no puede desaparecer de una factoría irreprimible de egos como es el mundo de la comunicación, y de hecho crecerá a bordo de mil pateras altivas, pero se restringirá a la firma, al aporte individual, no al pilotaje de grandes buques traspasados de proa a popa por la voluntad de un capitán incontrolable.

Por cierto que uno mismo constata la atomización del consumidor internauta en su modestísimo quehacer cotidiano: la inmensa mayoría de mis seguidores en Twitter lo son porque acudo regularmente a la tele a hablar de fútbol, y también escribo regularmente sobre mi equipo, el Real Madrid, porque me gusta y porque vende (mucho) y uno tiene que comer; pero si con mis aplaudidas exégesis de Cristiano Ronaldo trato de colar a la parroquia algún enlace —¡gratis!— al ensayito de índole cultural que me llevó horas o a la crónica parlamentaria en que trato de homenajear la finura de Wenceslao Fernández Flórez, la respuesta en número comparado de retuits me aboca a una suave melancolía. Es el mismo fenómeno que otorgará siempre la victoria al entretenimiento sobre la información, pues el Homo sapiens sapiens, por mucho que se diga, tiende a la horizontal como gato de vieja. Y este es el modo en que Twitter, con sus seguidores ansiosos y vigilantes, se ha convertido en una forma de presión nueva y directísima sobre el escritor, que vacila entre el ideal insobornable y la autocensura complaciente so pena de perder feligreses.

Resignémonos por tanto a la próxima hegemonía del infotainment, que dicen los yanquis. No es que el periódico de papel se privase de pasatiempos, sopas de letras, fotos de coristas en corsé y poemitas cursis a cargo de la sobrina del editor. De hecho, no pocas de las grandes novelas del realismo decimonónico se publicaron por entregas en los diarios: así medio Dickens o Los hermanos Karamázov, cuya extensión se explica porque el buen Fiodor cobraba doscientos cincuenta rublos por folio (el mérito estriba en enrollarse con tan conmovedor sentido). Al cambio bastante más de lo que por mi más esmerado post cobro yo. En contrapartida, tengo la fortuna de no ser Dostoievski. Lo novedoso del infotainment que viene es que lo grave no estará separado de lo leve mediante inconfundibles efectos de maquetación: no se puede maquetar el mar. Y menos el mar picado de la red.

Concluyamos el canto de Casandra con las peores consecuencias que Fallows atribuye a este periodismo Denton en vías de predominio, y cito textualmente:

  1. Esta se convertirá en la era de las mentiras, la idiotez, y en una absoluta Babel de corazonadas, donde no habrá ningún árbitro fiable que pueda establecer la realidad o los hechos.
  2. Que los medios no cubrirán demasiado de lo que realmente importa, dado que se ven atraídos hacia el brillo del espectáculo del entretenimiento y alejados de las deprimentes realidades del Congreso, una capital africana, el sistema de colegios urbanos, los recortes.
  3. Que las fuerzas ya están pulverizando a la sociedad americana en un componente granular que crecerá con mucha más fuerza, mientras la gente se retira a sus propias y separadas esferas de información.
  4. Y que nuestra capacidad para pensar, concentrarnos y decidir se deteriorará, a medida que los sistemas mediáticos optimizados para la atracción de un solo golpe se vuelvan máquinas de distracción continua para la sociedad en su conjunto, haciendo que cada problema individual y colectivo sea más difícil de evaluar y responder.

Esto último sobre la creciente dificultad para concentrarse del urbanita contemporáneo, requerido por las alertas constantes de su móvil inteligente, me parece de hecho el enemigo más formidable que amenaza hoy al humanismo como actitud civilizada ante la vida, como museo menguante del arte y el pensamiento universal. No es ningún disparate augurar un recorte drástico del número de vocaciones literarias y de lectores de libros, objetos que como sabemos suelen superar los ciento cuarenta caracteres. Leer o escribir son esposas incompatibles con las putas ruidosas de Whatsapp y Twitter, si me disculpáis la expresión.

«La quiebra del periodismo diario impreso significará el fin de cierto tipo de existencia urbana cuasibohemia para miles de escritores brillantes de clase media, periodistas e intelectuales públicos que, hasta ahora, llevaban semiafortunadas vidas mentales», sentenciaba Michael Hirschorn en The Atlantic ya en 2009. En efecto, muchos intelectuales y artistas jóvenes se quedarán a media gestación de su talento, y muchos más que estaban destinados a consumir sus creaciones se cretinizarán irreparablemente en alguna red social como sempiternos minotauros banales. Así que las industrias de las artes y de las letras, como la del genuino periodismo —que siempre fue un producto intelectual que hacía concesiones al negocio, y no al revés— quedarán en este siglo XXI reducidas a presencias más o menos numantinas, aprovisionadas por mecenas compasivos y entidades interesadas en desgravarse. El público volverá a ser la élite: esas treinta mil personas que leen en España. Y bien mirado, ¿no puede todo esto significar un limpio retorno a los orígenes venecianos? ¿No debe el periodismo —como le ocurrirá pronto a la universidad— volver a dirigirse resueltamente al escueto estamento de la alfabetización funcional?

(Continua aquí)

Fotografía: Shoobydooby (CC).

 


The Newsroom: etiología de un mareo

El escenario es el salón de una universidad norteamericana; por lo demás, lo que allí ocurre nos resulta, de inmediato, familiar: dos energúmenos están enzarzados en un debate de tautologías políticas. Respetando las convenciones del género, sus papeles están bien definidos y sus posiciones son categóricas. Uno tacha a Obama de socialista y su irritada contrincante le imputa venerar a Reagan como último gran presidente del país; el primero maquilla las razones que fundan la ley bruta del más fuerte y la segunda combate la lógica perversa del darwinismo económico. Para romper el empate entre el nieto de McCarthy y la progre northeastern, el moderador interpela a un tercero que se ha mantenido ajeno a la discordia. Le pide que se signifique: ¿republicano, demócrata o independiente? La pregunta no consigue descomponer la sonrisa irónica de su cara. “The New York Jets”, responde. Impelido violentamente a contestar en serio, se obstina en seguir hablando de fútbol y terquea: los Jets, los Jets, los Jets. El auditorio ha dejado de reír la gracia del exabrupto repetido y él, mientras, ha comenzado a sentir los primeros síntomas de un mareo que confunde sus sentidos. Deslumbrado por la luz de los focos, cree ver alucinaciones y oye las voces tamizadas por un eco desvaído y demorado, también la que formula la pregunta con la que se decide finalmente a entrar en el juego: ¿Por qué los EEUU son el mejor país del mundo? Entonces, Aaron Sorkin le escribe al periodista Will McAvoy, para esa escena inicial de The Newsroom, un discurso que niega la premisa implícita en la cuestión: “No es el mejor país. Esa es mi respuesta”. Como si el mareo hubiese tenido virtualidad de desatar repentinamente su lengua y también una insolencia irreverente, continúa su diatriba. Luego vendrá la escandalera, pero, de momento, el auditorio se queda paralizado y atónito ante aquella jugada que sanciona como unnecessary roughness.

Vistos los síntomas de la dolencia que sufre McAvoy, la espectadora apresura un diagnóstico. El paciente sufre el síndrome de Ménière. Los médicos no saben demasiado sobre el origen de esta enfermedad y, de primeras, acostumbran incluso a confundirla con otras. Pero la ciencia de la espectadora no es la medicina. Ella es periodista y cree reconocer en el mareo el mismo mal que padecieron dos viejos colegas, Jonathan Swift y Julio Camba. Ambas historias clínicas permiten descifrar la etiología de la rara enfermedad profesional.

Jonathan Swift puso su pluma a escribir panfletos y periódicos para los whigs y, un poco más tarde, para los tories. El transfuguismo no era tan impúdico como podría aparentar; al fin y al cabo, en cualquiera de las dos trincheras estaba ejerciendo de propagandista del proyecto político que había triunfado con la revolución antifeudal y burguesa de 1688. Trabajar para la mesnada tiene sus laureles, pero también un precio cuyo cobro el tiempo reclamará. Swift terminó por convertirse, según el diagnóstico de George Orwell, que tampoco era médico, en un “diseased writer”. Seguramente estaba pensando en las obras que aquel escribió apartado ya de la refriega partidista, acuciado por las primeras manifestaciones del vértigo y por los demonios inclementes que terminaron por enajenarlo. Son sus textos enfermos los más brillantes, los que ofrecen el destilado de la sabiduría desengañada que había adquirido en el contacto promiscuo con la nueva moral política. En Modesta proposición para evitar que los hijos de los pobres en Irlanda sean una carga para sus padres o para el país construye una sátira de feroz ironía; en El arte de la mentira política enuncia y denuncia las normas que rigen la hipócrita pantomima del gobierno y la oposición, y en Los viajes de Gulliver, en especial en el cuarto libro, el de los houyhnhnms y los yahoos, Swift firma una resuelta execración, la del misántropo que abomina del género humano.

Apenas estrenaba su carrera periodística, en 1907, cuando Julio Camba se vio convertido en cronista parlamentario. Las Cortes de la Restauración, teatro de una patraña política, eran una escuela que graduaba en pocas sesiones a los gacetilleros como irremisibles incrédulos. Camba decidió encabezar los artículos que escribió sobre el chiringuito que los políticos tenían montado en la Carrera de San Jerónimo con el título Diario de un escéptico. A Galdós le gustó el tono descreído de aquella serie, pero lo juzgó insuficiente: “Me parece que debiera usted ser más escéptico todavía. Ante una farsa tan odiosa como la farsa parlamentaria hay que revestirse de un escepticismo profundo y violento”. Camba estaba a punto, si no lo había hecho ya, de cortarse las melenas anarquistas, más que nada para despistar a la bohemia, al hambre y a la policía. Estaba cansado de acabar en comisaría después cada redada contra la cofradía del Ideal y las bombas. A lo que no iba a renunciar es a poner la dinamita del humor que desacredita todos los gobiernos y revienta todas las revoluciones. Volcó en sus artículos la necessary roughness que Galdós le había reclamado. Su acomodado retiro no fue como deán en Saint Patrick, pero sí el más parecido a aquel dados los tiempos y el país: huésped decano en el hotel Palace. También sufrió el síndrome de Ménière, al parecer, la lacra de quienes alcanzan aquella lucidez áspera, el nombre del mareo vertiginoso en el que se abisman quienes, incapaces de engañarse, no encuentran nada a qué asirse.

La enfermedad de Swift y Camba no ha despertado sincera compasión y sus obras no han ganado verdaderas simpatías. Los dos anarko-aristócratas se han quedado solos. Es cierto que George Orwell estuvo cerca de dejarse seducir por Swift. Su fascinación por el talento irlandés que satirizaba un mundo corrupto es la que también merece el desdén escéptico de Camba, a quien fácilmente imaginamos divirtiéndose con la imagen de Gulliver apagando con sus meados el fuego que amenaza el palacio del emperador de Lilliput. Pero Orwell no termina por rendirse ante la inteligencia iconoclasta, recela de ella cuando advierte que queda ahogada por el inmovilismo nihilista que no espera el cambio e incluso lo rechaza. Del mismo modo se hace sospechoso Camba, quien siempre aparenta estar muy complacido con que nada venga a desmentir el pesimismo que funda su filosofía. Orwell podía admirar los argumentos y razones de la rebeldía, pero se soliviantaba con su falta de fe en el futuro; advertía en aquella forma de inteligencia estéril un peligro enfermizo, malsano. En efecto, un instinto de supervivencia nos hace preferir una fe infundada a las incomodidades de una irreligión que es dueña de la razón y la verdad.

El humorismo de Will McAvoy haciendo la apuesta ácrata por los Jets y negándose a participar en el fingido juego de dos partidismos, alentó las sospechas de un diagnóstico que parecía confirmado por el mareo que el periodista sufre durante su agrio discurso. Todo apuntaba a que la suya era la enfermedad de Jonathan Swift y de Julio Camba. El chasco fue grandioso al descubrir, finalmente, que el periodista no padece el vértigo de Ménière. Su embate contra las convenciones públicas se explica por un motivo más bien vulgar: pavonearse ante una mujer que creyó ver en el auditorio. La mujer en cuestión, como dice el guión de la propia serie, parece que se ha pasado los primeros veintiún años de su vida encerrada en una habitación tragando películas de Frank Capra. Este dechado de candidez es el que, visto el primer capítulo de The Newsroom, parece llamado a redimir a McAvoy de su prosaico cinismo a base de circunspectos discursos sobre el cuarto poder trufados con citas del quijotismo flácido que predica el musical El hombre de La Mancha. Es la mujer que aguarda impaciente al segundo capítulo para vestir la fe del converso de azul marino y gris marengo de Armani, Zegna y Boss. No, desde luego no era el vértigo de Ménière. Aaron Sorkin ha renunciado a la tensión narrativa que propiciaría un personaje sin fe y sin causa para apostar por un héroe levemente contestatario y tímidamente gruñón. Quiso ahorrar la incomodidad al público y el público, agradecido, aplaude.