No grass no sport

Land Rover MENA (CC BY 2.0)

«¡Qué caballo, señoras y señores, realmente adorable! Una vez cabalgué a lomos de su madre». Estas palabras de Ted Walsh en plena retransmisión de una carrera simbolizan a la perfección el orgullo del espíritu británico que había que seguir recordando, contagiando, exaltando tal vez porque era ya muy tarde y el voraz siglo posterior a la era victoriana había derramado el deporte por todo el globo, multiplicando los adversarios que venían a erosionar y como a ofender el lejano esplendor del imperio, un esplendor perdido que sin embargo perdura aún, como una memoria genética, en el alma del Reino Unido. Ya no era que el caballo fuera británico. Era que se hacía humano a través de la figurada paternidad de Walsh. Así, no se invitaba al espectador a ver jinetes y caballos, sino a sentir en ellos la unidad indisoluble del orgullo imperial galopando libre sobre la hierba húmeda al mando firme de sus mejores hombres, de sus héroes ancestrales. Si Thomas Carlyle hubiese venido al mundo unas décadas más tarde sin duda habría añadido a las seis propiedades de Los héroes (1841) una séptima bajo el título «El héroe deportivo», de identidad, por supuesto, absolutamente británica. Para comprender esta singular hinchazón del espíritu, única en el mundo, es necesario remontarse en el tiempo y comprender que en algún periodo tuvieron que pasar muchas cosas de las que heredar una dignidad muy grande.  

Unos cuantos deportes universales fueron creados en el Reino Unido en la segunda mitad del siglo XIX. Y otros tantos nacieron del ingenio británico cuando la vida de un considerable sector de la población, como el vestíbulo mental de la filosofía en la antigua Grecia, estimuló la invención de eso que desdobla la vida en diversión y que conocemos por juegos, grandes juegos al aire libre que reunieran a la vez a unos cuantos individuos, que los enfrentaran en dos bandos. Era inventar una nueva forma de batalla entre caballeros, puede que la más noble de todas, como la guerra sin violencia. 

En realidad ningún territorio dio mejor expresión a la idea del homo ludens que la Inglaterra del otoño victoriano. Es allí donde se gestan los llamados deportes de campo, allí donde el destino histórico propició un mejor caldo de cultivo. En el apogeo de la Revolución Industrial, la política, la economía, la ciencia y la cultura británicas gobiernan y retratan el mundo occidental en el cambio de siglo. Ese orbe cultural alienta a pensadores, escritores, dramaturgos, músicos y exploradores, favoreciendo así las condiciones para que algún margen del ocio sintiera iguales ambiciones de conquista que cualquier otro campo de acción. Y la escuela británica respondió fundando el deporte moderno. El marco ideológico, profundamente religioso, actuó como manto del incipiente deportismo a través de movimientos y órdenes como la Muscular Christianity, cuya «doctrina de principios religiosos, conducta de caballeros y capacidad intelectual configuraron una filosofía diseñada a producir toda una generación de hombres saludables y capaces física y mentalmente de conducir el Imperio» (Sports Around the World: History, Culture and Practice, Nauright & Parrish, 2012). El resto fue obra de las autoridades políticas, que aprobaron en 1875 la Public Health Act con la intención de promover la actividad deportiva entre el proletariado y por la que el paisaje urbano comenzó a parcelarse en terrenos de juego por todo el reino. Instalado además en la educación y la escuela, el deporte ejerció, en suma, el papel de último proceso civilizador, tal y como sostiene la aceptada teoría de Norbert Elias

Ha transcurrido siglo y medio, y entre aquel esplendor imperial y la larga decadencia posterior, entre el sueño inacabado de Carlyle y la Premier más cara, siempre perdura intacto, lo que se dice intacto, un único ingrediente: la hierba, el líquido elemento, el caldo primordial del deporte británico. De entonces a hoy no hay una sola célula del reino deportivo que no se haya visto alterada. A excepción del elemento sagrado: la piel. Ese noble clima templado de aire oceánico que recibe abundante lluvia para alfombrar la geografía bajo el cielo nublado fue el jardín de las delicias que vio nacer el deporte, como una reformulación lúdica de El paraíso perdido de Milton. Basta recordar las pruebas. 

Para 1863 los ingleses ya habían dado forma reglamentaria al fútbol, el más popular de todos sus descendientes. Ocho años después contaban con la primera federación de rugby del mundo. Antes de terminar el siglo añadían a su elenco de invenciones el cricket, su más evangelizador juego en las colonias. Y aunque la arqueología ha encontrado pruebas de que una versión primigenia del hockey pudo ser practicada en el valle del Nilo hace cuatro mil años, las hay más sólidas de que este deporte, muy popular entre la realeza inglesa en el siglo XIV, fue allí domesticado. El hockey sobre hierba admite su primera regulación moderna en las escuelas inglesas durante la segunda mitad del XIX y en 1886 alumbra su primera federación. Veinte años antes Birmingham había visto nacer el tenis al igual que el bádminton, que recibe el nombre de su pila bautismal en Badminton House (Gloucestershire). Si los británicos se encontraban con algo no creado por ellos, como el boxeo, se encargaban de civilizarlo, lo colonizaban como a un nuevo territorio. Antes de que Jack Broughton ideara un reglamento en 1743 y que Queensbury lo viera refinarse en 1867 las autoridades detestaban tanto las peleas improvisadas por la turba en cualquier sitio que acabaron desterrándolas, por afear las calles, a los confines urbanos, a descampados y montes cercanos. Irónicamente eran luego descubiertos, entre los claros de la maleza, por la misma burguesía que los había deportado, ahora en plena cacería (fuera o no del zorro), el deporte favorito de los ricos, a lomos de espléndidos corceles de raza o purasangre, los mismos que luego se batían en distinguidas partidas de polo, otro de los juegos colonizados por los oficiales británicos trasladados a la India. El caballo era símbolo de la aristocracia y sus carreras el deporte de los reyes. Caballos y monarquía perduran inmunes en la más orgullosa tradición del reino, del clásico Grand National y las petulantes Newmarket, Goodwood y Epsom a la realísima Ascot, a la que nunca falta la reina. El imperio lo podía y absorbía todo, llegando incluso a hurtar el nombre de un juego que los belgas habían bautizado como kolf (palo) y los escoceses, gestando su molde actual, transforman en golf. Y no hay edición del Abierto Británico en que no se recuerde la alabanza del joven estadounidense Bob Gardner en los años veinte al Old Course de St. Andrews: «Es el campo más maravilloso que jamás haya existido». Y para colmo, porque no puede haberlo mayor, no hace mucho que supimos que el béisbol, el más hinchado de los deportes americanos, el presumido national pastime de los rebelados, tiene también precedente británico. «Acudí a la misa de Stoke esta mañana. Después del almuerzo fui a casa de Miss Jeale a jugar al béisbol con ella (y unos cuantos). Tomamos el té y estuvimos juntos hasta las ocho». La cita, que ni aposta resumiría mejor la tradición imperial, pertenece al diario del joven jurista William Bray en la localidad de Guildford, al sudeste de Inglaterra, el lunes de Pascua de 1755, unos cuantos años antes de lo que los americanos creían suyo. 

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Son solo unos pocos grandes ejemplos. Pero este venal sentido de la propiedad despertó durante demasiado tiempo una firme convicción de que, como padres, el gobierno en el mundo de sus deportes debía estar en sus manos. El fútbol ejemplifica bien esta británica mezcla de orgullo y sentido del deber. Cuando en 1904 nace la FIFA el comité directivo del fútbol británico rechaza unirse a una organización que amenazaba el monopolio que sentían legítimo, que ofendía la propiedad inglesa del balompié con su sola existencia. Y es que desde 1863 el Reino Unido ya contaba con federaciones para Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda, cuyas selecciones habían disputado ya partidos internacionales y contaban con sus propias competiciones domésticas. Aquella ausencia inicial fue pronto compensada cuando la FIFA cedió la presidencia a Daniel Burley Woolfall, inglés hasta los tuétanos y uno de cuyos primeros logros sería absorber la dirección del fútbol mundial al gusto británico. Tanto como que las primeras decisiones de campo de la FIFA fueron propiamente de la Football Association inglesa de la que era administrador, organizando los primeros torneos internacionales y propiciando que en los Juegos Olímpicos de 1908 (Londres) y 1912 los campeones fueran los padres del fútbol. A la muerte de Woolfall y con una Europa descalabrada por la Primera Guerra Mundial, la FIFA estuvo a punto de perecer, lo que irremediablemente fortalecía el carácter mesiánico del alma inglesa. Por eso, en cuanto la FIFA —y la UEFA más de cuarenta años después— suplicó a esas federaciones que se afiliaran, estas aceptaron, pero siempre y cuando se les permitiera seguir conduciendo por la izquierda, esto es, que sus estatutos se mantuvieran intactos, como una medida que respetara su identidad diferencial, que luciera ante el mundo su orgullosa paternidad. 

Esta hinchazón de la conciencia, extensible al resto de sus invenciones, formaría parte de la identidad británica durante el siguiente siglo, cuando el deporte terminó cobrando fuerza global, reproduciendo en el alma de cada nueva generación la presunción de que el deporte mundial sigue teniendo como eje motriz a las islas y que todo deporte no fundado allí es, salvo honrosas excepciones, como de segunda categoría, juegos menores indignos de atención, que ratifica, además, la pobre magnitud del escenario, como si los interiores y pabellones palidecieran ante el esplendor de la intemperie, del aire libre. Consciente o no, esa poderosa convicción natural es atávica. Sin hierba no hay deporte que merezca la pena. De otro modo, o es herencia del reino o es cosa de los bárbaros. 

De hasta qué desorbitado extremo pudo calar este sentido patriótico del deporte en la conciencia británica, de cómo el alcance del deporte en el mundo tiende a coincidir con el de sus fronteras, ombliguismo que heredaron los Estados Unidos, hay numerosas pruebas. Una de ellas remite a la encuesta masiva elaborada hace unos años por la BBC para elegir los cien mejores momentos en la historia del deporte. El resultado semejaba una radiografía: setenta y cinco de los cien mejores capítulos en la historia del deporte (mundial) eran británicos o tenían, a juicio nativo, un componente británico. En 2006 el novelista Melvyn Bragg incluía el Book of Rules of Association Football (1863) entre las doce obras inglesas que cambiaron el mundo. El reglamento del fútbol acompañaba a, por ejemplo, El origen de las especies de Darwin o First Folio de Shakespeare. Tras la elogiadísima ceremonia inaugural de los últimos Juegos de Londres —única sede europea de tres citas olímpicas—, el New York Times calificaba a Gran Bretaña como «una nación segura de su propia identidad posimperial». Y en su discurso oficial, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Jacques Rogge, inflamó el espíritu nacional recordando al mundo que «esta es la cuna del deporte moderno». Rescataba así la vieja afirmación del filósofo Huizinga, padre teórico del homo ludens nacido entre las verdes praderas británicas, que es exactamente en lo que transformaron el estadio, infestado de verde como una hermosa campiña que coronaba la mágica colina de Glastonbury, sobre la que se izaban las banderas de todos los países, protegidos por un roble gigante, el árbol sagrado de los druidas celtas y símbolo de la deidad suprema. La escenografía de aquella ceremonia, de la que era imposible salir sin alguna pizca de hierba en el cogote, fue la mayor demostración jamás vista de que por las venas del deporte británico fluye sangre verde como un símbolo de distinción universal. Por eso la delegación británica hizo su entrada bajo los hipnóticos acordes de «Heroes» para la apoteosis. Porque en los versos de David Bowie figuraba entonces una verdad de intensidad superior al God Save The Queen. Ahora el himno era otro: «The shame was on the other side / We can beat them / We can be Heroes, for ever and ever». No habría sido posible un acto de mayor afirmación.

Era exactamente lo que necesitaban. La pérdida de control, dominio y cualesquiera formas de hegemonía en los deportes de los que son fundadores, toda esa larga era declinante que tiene como marco el siglo XX, ha sido mentalmente compensada con una óptica excesiva, inflada y sobredimensionada hasta lo grotesco. Exagerar los logros deportivos forma parte intrínseca de la tradición. Nada lo ejemplifica mejor que el Mundial de Fútbol de 1966, del que los ingleses fueron anfitriones y necesariamente campeones (pese a lo cuestionable de aquel título). En adelante su selección figuraría entre las candidatas favoritas en cada nueva edición, aunque la realidad se empeñara en demostrar lo contrario. A la caída a los abismos contribuiría el hooliganismo reinante en los setenta y ochenta, coronado por la vergüenza de la exclusión. Aquella epidemia borró de la faz de la memoria todo un siglo de historia y condición gentleman de los fundadores, presentando una realidad diametralmente opuesta al proceso civilizador inicial. Por fortuna (y represión) aquello desapareció. Pero, al cabo, aquel vacío acabaría siendo suplantado por otro fenómeno contrario al valor amateur, otro de los principios originales. El dopaje financiero, y no el fútbol, hizo de la Premier la liga más poderosa del mundo. Y aunque sus mejores clubes puedan no alcanzar los peldaños finales de las dos principales competiciones (Champions y Europa League) nada mueve al sonrojo porque lo que en verdad prima es la visión británica del asunto, aquello que exponía hace unos años el sociólogo de la Universidad de Leicester John Williams: «Solo Barcelona y Real Madrid pueden rivalizar con la influencia internacional de los clubes ingleses, lo que significa (sic) que el fútbol inglés es el motor de la cultura deportiva global». No en vano el titular del artículo ya formulaba una pregunta en forma de soflama: «El fútbol inglés: ¿un dictador global benigno?». 

Esta particular perspectiva, severa miopía en cualquier otro caso, es tan natural en el espíritu británico, se encuentra tan arraigada en sus genes, que el observador extranjero, demasiado habituado, incluso desaloja de ella la noción de vanidad y hasta llega a simpatizar con la presuntuosa gloria de sus derrotas, como aquellas lágrimas de Gascoigne el verano de 1990 al recibir la tarjeta amarilla que le hubiese impedido jugar la final del Mundial, de la que se quedaron más cerca que nunca desde su hito, el único,  de 1966. Esto puede explicar que millones de aficionados foráneos puedan sentir Wembley como el santuario del fútbol mundial. O impulsar a Novak Djokovic, tras conquistar otro Wimbledon, a llevarse a la boca un pedacito de hierba del All England Club, como la comunión con el cuerpo de Cristo. Y, seguramente, los miembros de la orquesta que seguía tocando cuando el Titanic había comenzado a hundirse estaban convencidos de que, en lugar de sumergirse en las heladas aguas del Atlántico, el buque se posaría suavemente sobre algún hermoso pasto interior de Southampton. Porque, como el imperio que simbolizaba, el buque era insumergible.


Obras perdidas por fin encontradas

Fotografía: DP.

La historia de la literatura está jalonada de casos de obras destruidas, censuradas o extraviadas. Por ejemplo, Huckleberry Finn, de Mark Twain, fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico similar al que en España tiene el enaltecimiento del terrorismo. Harry Potter y la piedra filosofal, de J. K. Rowling, fue censurada en los Emiratos Árabes Unidos porque incitaba a la brujería.

Piras enormes han sido alimentadas por miles de libros, a lo Fahrenheit 451. Y, finalmente, otra lista enorme de obras jamás se publicaron porque se extraviaron accidental o conscientemente.

Estoy bastante de acuerdo con la sentencia de Margaret Atwood de que «interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie», pero la pérdida de un libro, cualquiera que sea, es un tragedia, porque con ella estamos destruyendo un puñado de ideas que quizá no vuelvan a alumbrarse nunca más. Síntesis de cerebros conservados en formaldehído. Eso son los libros. Incluso los libros que reflejan muy malas ideas son necesarios para no olvidarnos de qué es lo que no debemos hacer o pensar.

Por ello, debemos encender nuestras bengalas y dibujar figuras bonitas en el aire cuando aparece la noticia del hallazgo de una obra extraviada.

La novela perdida de Walt Whitman

El padre de la poesía moderna, Walt Whitman, consiguió que su Hojas de hierba se convirtiera en un libro fetiche de varias generaciones. ¿Quién no se ha sostenido en pie sobre el pupitre de clase para declamar «¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!», el homenaje de Whitman a Abraham Lincoln que popularizó Robin Williams en El club de los poetas muertos?

Ahora, ciento sesenta y cinco años después, un licenciado de la Universidad de Houston, Zachary Turpin, hizo de Sherlock Holmes hasta localizar otra obra de Whitman que había permanecido en la oscuridad, Vida y aventuras de Jack Engle. El libro, un folletín dickensiano, solo lo pudieron disfrutar en 1852, y por entregas, algunos de los lectores de The New York Daily Times, pero posteriormente nunca llegó a adquirir el rango de libro, ni se conoció reedición alguna.

Las pesquisas de Turpin, de todo punto literarias y dignas de otro folletín, se resumen en la localización de un cuaderno de notas del poeta, en el que se reflejaba un boceto de Vida y aventuras de Jack Engle. A continuación, usó la información para localizar los ejemplares del periódico donde Whitman había publicado anónimamente la obra. Unos ejemplares no digitalizados que se conservaban en la Biblioteca Nacional. Turpin vio que los datos de aquella obra encajaban con las notas de Whitman, así que, indudablemente, se hallaba frente a su folletín. Una obra escrita en la misma época que Hojas de hierba y con la que guarda diversas conexiones.

Tras su recuperación ha sido editada en papel por la Universidad de Iowa, en versión digital por The Walt Whitman Quarterly Review y en español ha sido ahora coeditada por West Indies Publishing Company & Jot Down Books.

Otros casos de obras extraviadas (y encontradas o no)

Muchas de las obras jamás han sido publicadas por deseo expreso de sus autores, como es el caso del de Vida y aventuras de Jack Engle, que siempre renegó de sus obras en prosa. La obra de Kafka, por ejemplo, tampoco hubiera visto la luz si el editor, Max Brod, no hubiese desoído sus deseos. Y Mark Twain dejó a su muerte más de cinco mil páginas de autobiografía, con instrucciones precisas para que no se publicasen antes de cien años.

Otros casos, la pérdida se debe a hechos fortuitos. Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes, extravió una de sus obras al enviársela a su editor. Después quiso reescribirla de memoria, pero solo llegó al capítulo sexto. Ciento treinta años después, vio la luz gracias a la British Library, bajo el título de The Narrative of John Smith.

Julio Verne también tenía una obra guardada en una caja fuerte, que fue descubierta por su nieto décadas después. En la obra, Paris in the Twentieth Century, aparece descrito el «telégrafo fotográfico», el cual «permite enviar a cualquier parte el facsímil de cualquier escritura, autógrafo o dibujo, y firmar letras de cambio o contratos a diez mil kilómetros de distancia».

Suite francesa, de Irene Némirovsky, es quizá el caso de obra perdida y posteriormente encontrada más emocionante, que la autora concluyó parcialmente antes de ser recluida en un campo de exterminio nazi.

El número de obras extraviadas y jamás halladas, por contrapartida, es inabarcable. De Lope de Vega, por ejemplo, solo han sobrevivido una cuarta parte de sus dos mil obras catalogadas. De Shakespeare también otro puñado, como El paje de Playmouth, La ira caliente se enfría pronto o Trabajos de amor recompensados. También se perdieron libros de Lord Byron, Edmund Spencer, Thomas Carlyle o Sylvia Plath, cuyo diario fue destruido por Ted Hughes, tal y como leemos en The book of lost books, un libro sobre libros perdidos publicado por Stuart Kelly en el año 2005.

Afortunadamente, las pesquisas de los amantes de los libros, esos cerebros sintetizados en manchas de tinta, continuamente nos permitirán ir recuperando algunas de ellas. Conjuntos de ideas que de otra forma habrían desaparecido quizá para siempre.

Fotografía: DP.


Manuel de Lorenzo: Mataos los unos a los otros como yo os he matado

“El desorden almuerza con la abundancia, cena con la pobreza y se acuesta con la muerte”.
Benjamin Franklin

Cuando Thomas Carlyle se refirió a la economía como “ciencia lúgubre” esbozó un retrato perfecto de las ideas de Thomas Robert Malthus sobre demografía. En su Ensayo sobre el principio de la población, Malthus predecía que el crecimiento lineal de los recursos alimentarios conduciría irremediablemente al colapso de la población, que aumentaba exponencialmente, indicando que la única solución posible consistía en la intervención del Estado mediante el fomento de la enfermedad y la hambruna, eliminando los sistemas de asistencia a las clases más desfavorecidas. Al contrario de lo que pueda parecer, apelando al arbitraje de los Jinetes del Apocalipsis, Malthus no pretendía la perpetuación del statu quo social imperante, sino la supervivencia de los individuos más fuertes, capaces de superar la purga, y la eliminación del proletariado menos útil.

En La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares, el protagonista anota esta frase al inicio de su diario: “Si en pocos días no muero ahogado o luchando por mi libertad, espero escribir la Defensa ante Sobrevivientes y un Elogio de Malthus”. Asimismo, Jorge Luis Borges abunda sutilmente en la idea de la catástrofe malthusiana en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius mediante un guiño velado a la mencionada novela de su colega. “Entonces —explica Borges— Bioy Casares recordó que uno de los heresiarcas de Uqbar había declarado que los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”. Siempre me había preguntado por qué estos dos genios literarios, cuya clarividencia y lucidez doy por sentadas, incluían sendas referencias a las virtudes de Malthus a pesar de lo aberrante de sus razonamientos y lo descabellado de sus propuestas, pero la coyuntura económica actual y la situación del mercado laboral me han llevado por fin a comprender la bondad de su argumentación: el único modo de poner fin a esta crisis es matando gente.

De la misma forma que Malthus entendía que si la naturaleza no era capaz de lograr un equilibrio entre los recursos alimentarios y la población era necesario adoptar medidas que condujesen a una reducción del número de individuos, las ejecuciones en aras del interés general son la forma más eficaz de ajustar las curvas de demanda y oferta de empleo. En su ensayo de 1798, el profeta y demógrafo británico —quien se oponía manifiestamente al uso de métodos anticonceptivos por considerarlos ajenos a la moral— señala: “Sobre todo, impediremos la cura de enfermedades que diezman la población; y esos individuos compasivos, pero muy equivocados, que creen hacerle un gran beneficio a la humanidad estudiando la manera de extirpar para siempre ciertas enfermedades, merecen nuestra reprobación”. Habida cuenta de la urgencia con la que debe ser frenada la actual recesión económica, mi proposición consiste en la sustitución de las medidas indirectas malthusianas por métodos activos de homicidio legal. Si el mercado laboral es incapaz de absorber el exceso de trabajadores, el Estado está obligado a intervenir. John Maynard Keynes así lo habría querido. Descanse en paz.

Las ejecuciones públicas deberán ajustarse, en todo caso, al procedimiento que el legislador haya diseñado mediante la norma jurídica aprobada al efecto. Es fundamental evitar cualquier ejercicio arbitrario de esta potestad, pues de lo contrario colisionaría con los principios básicos que rigen el Estado de Derecho —el principio de legalidad, la supremacía de la Constitución, el principio de separación de poderes, el principio de Arquímedes y El Principito de Antoine de Saint-Exupéry—. Los criterios que deben informar la regulación legal de esta “potestas occidendi” son los siguientes:

Criterio sectorial: se ejecutará a más gente en función del superávit de trabajadores desempleados de cada sector. El número de homicidios será proporcional al número de parados en cada uno de los sectores laborales, de tal forma que si la construcción es la que acumula más desempleados, el Estado ejecutará sobre todo a peones, capataces de obra, etc.

Criterio territorial: en aquellas regiones en las que más paro haya, más gente debe morir por el interés general. En su artículo 138.1, la Constitución Española de 1978 señala que es el Estado quien garantiza la realización efectiva del principio de solidaridad, “velando por el establecimiento de un equilibrio económico, adecuado y justo entre las diversas partes del territorio español”. Que la tasa de desempleo en Euskadi se encuentre por debajo del 14% y en Andalucía por encima del 30% es a todas luces injusto, por lo que resulta urgente y necesario exterminar a un número de andaluces suficiente como para ajustar su población en paro al promedio europeo.

Criterio funcional: el Estado procederá a la ejecución de trabajadores y desempleados de mayor edad en beneficio de la juventud. El homicidio legal de parados de edad avanzada se encuentra más que justificado por el propio espíritu de esta “potestas occidendi”. En cuanto a los trabajadores más mayores, su desaparición no sólo supone el acceso inmediato de los jóvenes a los puestos de trabajo que se desocupan, sino que evita el despilfarro en concepto de pensiones de jubilación con cargo a las arcas públicas.

Estos tres criterios servirán de guía en la ordenación de las ejecuciones públicas siempre y cuando no se alcance la optimización del mercado laboral con las muertes voluntarias que se produzcan. Tal y como sucedió en el Crac del 29, los suicidios que se produjeron durante el Martes Negro deben servir de referente no sólo para el desempleado actual, sino también para el trabajador en activo, que debe colaborar con el bien común generando vacantes mediante la amputación de su propia vida. Qué menos que demostrar algo de solidaridad y humanidad en estos tiempos hostiles…

En definitiva, el contexto en el que Thomas Malthus desarrolló su teoría no difiere tanto de las circunstancias contemporáneas. La necesidad de encontrar el equilibrio entre una población cuantitativamente superior a los recursos que su supervivencia requería y una producción alimentaria muy alejada de la sostenibilidad es correlativa al desfase desproporcionado que hoy en día se observa entre la demanda y la oferta laboral. La Ley de Malthus predice que la lucha contra la penuria es estéril y que la única vía de actuación sensata es fomentar la calamidad para lograr la armonía a largo plazo. Paralelamente, si nuestro objetivo es el pleno empleo, la única opción será matarnos los unos a los otros. Es un mensaje del FROM.