Un crucero para Mark Twain

Mark Twain. (DP)

A nadie se le había ocurrido antes: conseguir un barco, armar un itinerario, poner una tarifa y subir a muchas personas arriba. En el barco van a comer y dormir, bajarán a tierra detrás de un guía que los va a llevar a recorrer paisajes y monumentos, van a comprar suvenires y otra vez al barco. Así todos los días, durante muchos días.

Es el año 1835. En el periódico local, el Shetland Journal, se ofrece un viaje en barco desde las islas Shetland, al norte de Gran Bretaña para hacer un recorrido por Escocia, Islandia y las Islas Feroe. Algunos incautos se acercan a preguntar y descubren que era una publicidad falsa: la historia del turismo organizado y su exponente mayor, el crucero, empieza con un engaño publicitario.

Los padres del turismo son dos ingleses: uno va a inventar las agencias de viaje y el otro los cruceros. Vamos a presentar al primero. El señor Samuel Cunard nació en Canadá pero es de familia británica y se siente un inglés. Además es rico, muy rico, y es emprendedor. En 1838 funda en Gran Bretaña Cunard Line, una compañía naviera con la que dos años después despacha el primer transatlántico a vapor, un barco correo que cruzará el Atlántico en un tiempo récord de catorce días y además carga una novedad: lleva a veinticuator pasajeros que son turistas y esta idea hará a Cunard mucho más rico de lo que era. Los barcos saldrán uno tras otro hacia América. Claro que no siempre los servicios satisfacían a los clientes; Charles Dickens dedica varias líneas para quejarse de las muy poco confortables habitaciones en el vapor Britannia del señor Cunard: «Este cajón completamente inservible, inútil y pretencioso no tenía la más remota relación con aquel bonito grabado que aparecía colgado en la oficina del agente de Londres». Dickens dice que el lugar asignado era tan chico que no cabían ni él, ni su esposa, ni su equipaje, era como intentar meter «una jirafa en una maceta».

El otro inglés se llama Thomas Cook: también es empresario, un religioso devoto y un abstemio militante. En 1841 tiene treinta y tres años y dirige su propia asociación antialcohólica en la villa de Loughborough. Quiere que su mensaje llegue a más personas y se le ocurre una idea: ¿qué pasa si organizo un viaje para que muchos puedan venir? Convenció a la empresa de ferrocarriles para que habilite un tren específico, lo contrató, publicó un aviso y llevó a quinientos abstemios a razón de un chelín por cabeza para un recorrido de diecisiete kilómetros. El viaje resultó un fracaso económico, pero el hombre se había inventado una profesión: sería agente de viajes. Cook vio el negocio que había en el tendido ferroviario por todo el continente: Europa está al alcance de la mano incluso para las mujeres que nunca se animaron a viajar solas; ofrece buena conectividad, viajes baratos, recorridos pautados, descuentos en hoteles y cupones que reemplazan el efectivo. Fundó la agencia de viajes Thomas Cook & Son y también se hizo rico.

Cambio de locación. De Inglaterra a Estados Unidos. En todos los periódicos del país se puede leer este anuncio:

Brooklyn, 1 de febrero de 1867.

EXCURSIÓN A TIERRA SANTA, EGIPTO, CRIMEA, GRECIA Y LUGARES DE INTERÉS INTERMEDIOS

Los abajo firmantes realizarán una excursión por los lugares arriba mencionados durante la próxima temporada y tienen el placer de presentarle el siguiente programa:

Se seleccionará un vapor de primera clase, a las órdenes de la organización, capaz de alojar un mínimo de ciento cincuenta pasajeros, todos en camarote, en el que se dará entrada a un selecto grupo cuyo número no supere las tres cuartas partes de la capacidad total del buque. Estamos seguros de que dicho grupo podrá formarse en la vecindad, entre amigos y conocidos mutuos (…)

Durante meses en toda Norteamérica no se habla de otra cosa que de la gran excursión religiosa y de placer a Europa. El viaje promete «todas las comodidades disponibles»: biblioteca, instrumentos musicales y hasta «un galeno experto» para atender la salud de los pasajeros. De modo que todos los que pueden pagarlo envían su solicitud, son cientos, para que un comité seleccionador elija a los afortunados. Entonces les llega una solicitud de un hombre que está en bancarrota, aunque ellos no lo saben porque otros pagarán por su viaje. El nombre en el papel es Samuel Langhorne Clemens, pero firma sus libros y sus notas como Mark Twain

Resulta que el tal Mark Twain trabaja como periodista en una publicación de San Francisco que se interesa en la novedad turística y lo manda con todo pago porque él lo que gana se lo gasta y si gana mucho invierte e invierte mal; ganará mucho dinero con la escritura durante toda su vida, pero siempre será un hombre en quiebra porque los negocios y el ahorro no son lo suyo. Es soltero, tiene tiempo y le van a pagar un viaje por Europa, y a cambio solo deberá mandar cartas con lo que escriba y escribir es una de las cosas que sabe hacer.

Mark Twain fue piloto en el río, minero y buscador de oro, manejó una imprenta itinerante, fue periodista y escritor, aunque algunos dicen que lo que más le gustaba era subirse a un escenario y contar historias para ver las caras en el público y así saber que su historia funcionaba. El nombre viene del lenguaje marinero: es algo parecido a lo que gritan cuando se han alcanzado las dos brazas (la marca dos) de profundidad que necesita el barco para avanzar. Desde muy chico había querido manejar uno de esos barcos de rueda con dos chimeneas altas y humeantes de vapor que veía pasar: quería ser la autoridad de la nave y el héroe del río. Pretendía navegar el Amazonas, pero después no quiso dejar al Mississipi. Se alistó como aprendiz de un piloto que le iba a enseñar el oficio mientras él tendría que aprenderse el río de memoria, «mejor que ningún hombre ha conocido jamás las formas de las habitaciones de su propia casa». Durante dos años estudió tres mil kilómetros de río. Primero de día y después de noche, porque el río en la oscuridad se convierte en una bestia distinta. Cuando ya sea un escritor consagrado va a recordar ese tiempo en Life on the Mississipi. Algunos dicen que Mark Twain inventó el Mississipi, otros, como Hemingway, que inventó un modo de contar: «La literatura estadounidense nace con Twain. No había nada antes. No ha habido nada igual de bueno desde entonces». Es que lo que mejor le sale al hombre es contar historias, también la suya.  Es 1909.

Vine al mundo con el cometa Halley en 1835. Vuelve de nuevo el próximo año, y espero marcharme con él. Será la mayor desilusión de mi vida si no me voy con el cometa Halley. El Todopoderoso ha dicho, sin duda: «Ahora están aquí estos dos fenómenos inexplicables; vinieron juntos, juntos deben partir». ¡Ah! Lo espero con impaciencia. 

Al año siguiente, como él lo contó, Mark Twain se va del planeta con su cometa. Es que Mark Twain es el hombre que sabe cómo se cuentan las historias, esas que se van inflando de a poco, como un globo que no explota nunca porque no necesitan remate para atrapar al público, esas en las que el narrador esconde el centro de lo que está contando y lo hace con tono grave y también con pausa. Así contaba el mundo Mark Twain, manejando el arte del stand up.

Pero volvamos a la excursión. El hombre enviado por el periódico ya era algo así como un cronista de viajes, había andado en diligencia por el oeste y en barco por las islas Hawái y adonde va lleva sus cuadernos, además tiene cierto renombre desde hace un par de años gracias a un cuento que escuchó por ahí sobre una rana. Mark Twain se entusiasma imaginando que se va a divertir en ese «picnic de proporciones gigantescas», porque los ingleses habían inventado los cruceros, claro, pero Norteamérica lo va a hacer a lo grande y él está ahí para contarlo. 

¡Iban a zarpar en un gran barco de vapor, entre el ondear de las banderas y el tronar de los cañones, para disfrutar de unas vacaciones soberbias allende el ancho océano, en medio de climas desconocidos y en muchos territorios de renombre histórico! Surcarían durante meses el ventoso Atlántico y el soleado Mediterráneo; durante el día, recorrerían las cubiertas a saltitos, llenando el barco de gritos y risas, o leerían novelas y poesía a la sombra de las chimeneas, u observarían a la medusa y al nautilo, sobre la borda, y al tiburón, la ballena y los demás extraños monstruos de las profundidades; y por la noche, danzarían al aire libre, en la cubierta superior, en medio de una sala de baile que se extiende de un horizonte al otro, cuya cúpula es el cielo y sus lámparas no son otras que las estrellas y la magnífica luna.

Como los peregrinos, los turistas tienen delineado un itinerario, porque es de ahí de donde viene la palabra: el itinerario era un mapa romano en el que estaban marcados los caminos públicos y los lugares para dormir y comer de manera segura. Esos lugares se convertían en paradas obligatorias para los peregrinos antes de llegar a Roma, Compostela o Tierra Santa. El itinerario de los norteamericanos con destino a Tierra Santa e intermedios incluye: salida del puerto de Nueva York y navegación por diez días hasta las islas Azores, después Gibraltar y Marsella. Desde allí los pasajeros podrán visitar la Exposición Universal de París «destinada a exaltar la paz y el progreso», los amantes de las nuevas tecnologías podrán admirar las dos torres de electricidad y, si se animan, subir al globo aerostático «del excéntrico fotógrafo Nadar». En Génova podrán visitar «el lugar donde nació Colón, situado a doce millas de la urbe, siguiendo una hermosa carretera construida por Napoleón». El viaje seguirá frenético para los turistas que podrán «pasar cerca de tres semanas entre las ciudades de Italia más famosas por su arte», después Grecia, después Turquía y así por meses hasta la vuelta a América. 

El 1 de julio de 1867 los neoyorkinos se juntan a ver salir la primera expedición turística colectiva de la historia. Las cartas de viaje de Mark Twain fueron un éxito en Estados Unidos, porque eso es lo que mejor sabe hacer el narrador: divertir a sus interlocutores. Cuando volvió compiló todas las notas y las publicó con el título Innocents abroad (Guía para viajeros inocentes, en español), un libro que vendió setenta mil ejemplares en un año y lo hizo rico por un tiempo. En las cartas se burla de sus compañeros de viaje (los inocentes americanos), de los guías, de las personas y los países que conoce, se burla de las maravillas del mundo y los lugares consagrados, y también de sí mismo. Mark Twain es un americano inocente que se aburre en los museos y bosteza ante las ruinas, que prefiere la incultura yanqui a la sobrecultura europea. Era el hombre común norteamericano en mangas de camisa y al aire libre que no se deja impresionar por una cultura pedante y en decadencia. Mark Twain juega al bufón mientras hace el papel de turista. En una época en la que circulan unos relatos de viajes centrados en los descubrimientos —«ser el primero en»—, él viaja por el mundo ya conocido y etiquetado.

En casi ciento cincuenta años solo hubo tres momentos en que el flujo de cruceros se interrumpió: durante la Primera Guerra Mundial, durante la Segunda, y ahora. Marzo y abril de 2020 fueron unos meses raros para esos barcos grandes como ciudades porque anduvieron errantes, sin permiso para atracar en ningún puerto. De pronto los cruceros se habían convertido en naves con necesidades como las que tienen todas las naves: conseguir comida, cargar combustible y descargar residuos, y en pocos días turistas y empleados se volvieron, todos, personas encerradas en unos barcos a la deriva. Ahora la Cunard Line que fundó Samuel Cunard en 1938 sigue ahí, como todos los cruceros «con todas las comodidades disponibles» y sus exclusividades en suspenso esperando fechas de partida.  

Desde los primeros viajes en los barcos-correo que llevaban pasajeros, la historia de los cruceros se fue inflando como un globo, despacito y sin chiste final, como quería Mark Twain. Pocas navieras y pocas agencias de viaje concentraron el mercado y la competencia se volvió un tema serio, sobre todo porque había un trofeo en disputa. Blue-Ribbon era el nombre de un premio que le dejaba dinero y prestigio a la naviera más rápida, entonces todas se sumaron a la carrera hasta la noche del 14 de abril de 1912 en la que el mayor transatlántico jamás construido, el  Titanic, se hundió en poco más de dos horas.

Los viajes siguieron, las medidas de seguridad mejoraron y para los años veinte los cruceros se habían vuelto un deber entre las clases altas porque eran un símbolo de relajación, entretenimiento y exclusividad. Los barcos se convirtieron en hoteles flotantes, los destinos se multiplicaron, incorporaron viajes extremos como la Antártida o el Polo Norte, se inventaron los cruceros temáticos y los específicos para un público. Hay crucero fitness, crucero gastronómico, crucero The Walking Dead, crucero libertinaje y crucero pádel. Hay crucero [email protected], crucero seniors, crucero LGTB, crucero rockeros y crucero primera comunión

Mark Twain se burlaba de los inocentes que se embarcaron en un tour por Europa y no podría nunca haber imaginado que ciento cincuenta años después existiría el «Crucero Mark Twain por el Mississipi», un recorrido que invita a «revivir la atmósfera de sus libros y conocer el río como lo veía el escritor». El itinerario está delineado: «El turista podrá disfrutar de las siguientes actividades: un actor imitador de Mark Twain a bordo, la exclusiva gira a la casa de la infancia de Mark Twain, una copia de la primera edición de la Vida en el Mississippi, un paseo en tranvía guiado por Hannibal, un regalo de invitados  (las copias de la edición especial de Las Aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn) y cena de honor con cóctel de recepción». Es una lástima que ese crucero no haya llevado a bordo a Mark Twain con su cuaderno de notas.


Matar o morir por turismo

Turistas en Versalles. Fotografía: * raymond (CC).

Al terminar este año, treinta millones de vuelos habrán transportado a más de 1300 millones de turistas por todo el planeta, emitiendo grandes cantidades de CO2, azufre y nitrógeno a la atmósfera. Una contribución al calentamiento global que no deja de aumentar y que, de seguir a este ritmo, será responsable para 2050 del 22% de las emisiones de gases de efecto invernadero. Aunque grave, este es solo el primero de los muchos problemas que genera la industria turística en todo el mundo.

También afecta de forma determinante a playas y costas. Allí la masiva ocupación veraniega aumenta los vertidos procedentes del alcantarillado, que son el alimento preferido por las cianobacterias. Nutridas como ganado, se convierten en el organismo predominante en las aguas costeras, desplazando a todos los demás, hasta convertir el lecho marino en un lodo estéril, muy similar al del fondo de los puertos. Este verano se ha comprobado que en el Mediterráneo las praderas autóctonas de posidonia y su ecosistema asociado ya se han retraído más de cinco kilómetros mar adentro. Lo que dejan entre ellas y la costa no es más que una zona muerta.

Y mientras todo eso sucede, los Ayuntamientos de Ámsterdam, Londres, París, Barcelona o Madrid, entre otros, continúan intentando gestionar el fenómeno del turismo masivo. La afluencia estacional de visitantes se ha convertido en permanente, vaciando de residentes los distritos del centro de la ciudad. Miles de turistas sumados a los trabajadores empleados para atenderlos copan ahora esos espacios, saturando las redes del transporte público. La contaminación se dispara, porque los locales necesitan su coche para llegar al trabajo desde las áreas más lejanas y asequibles adonde han sido desplazados. Pero, por encima de estos síntomas inmediatos, entre los gestores municipales comienza a instalarse un nuevo temor. El de que sus ciudades acaben convertidas en meros parques de atracciones, perdiendo su músculo como motor empresarial, social y cultural del país. Venecia es el mejor ejemplo. No había perdido tantos habitantes desde la epidemia de peste bubónica del siglo XVII. Y, lejos de recuperarse, su número no para de descender. Los venecianos se marchan, huyendo de un escenario insufrible.

La gran paradoja es que gran parte de los turistas soportan en sus viajes aglomeraciones y colas no muy distintas a uno de sus lunes camino del trabajo. Donde ya han desaparecido los autóctonos, la experiencia se reduce a desplazarse con otros grupos de turistas de un punto de interés a otro. Si cada viajante se reuniera a su vuelta consigo mismo, con sentido crítico, para evaluar qué ha visto y qué ha comido, llegaría a la conclusión de que prácticamente la misma oferta gastronómica y comercial de que ha disfrutado la tiene en su país de origen. La globalización ha igualado nuestras diferencias, a la par que los vuelos de bajo coste y las plataformas de alquiler entre particulares hacían más asequibles los viajes. El resultado, un turismo multitudinario contra cuyas consecuencias ya han comenzado a alzarse las primeras voces.

Una de las que más eco ha encontrado es la del sociólogo francés Rodolphe Christin. Su obra principal, Manual del antiturismo, acaba de cumplir diez años, y los problemas que anticipó se manifiestan hoy claramente en todo el mundo. Ello le ha convertido en un pensador muy popular, cuyos títulos son demandados para comprender las razones de esa nueva oposición al turismo. Uno de ellos acaba de ver la luz en castellano, publicado por ediciones El Salmón bajo el título Mundo en venta. Crítica de la sinrazón turística. Aquí el sociólogo parte de un análisis comparativo entre el concepto de viajar que tenían nuestros abuelos y el nuestro. Ellos vivían en un reducido entorno de cuarenta kilómetros cuadrados, que se preocupaban de conocer en profundidad, sin ningún interés por lo que hubiera más allá. Nosotros ignoramos nuestro entorno, empeñados en viajar lejos en busca de experiencias. Pero, y en ello radica una de las ideas clave de Christin, no lo hacemos para aumentar nuestro conocimiento, sino para confirmar nuestras expectativas. Como en ese complejo «todo incluido» cuyas vallas separan un entorno paradisíaco de la miseria. O las nuevas experiencias extremas que tan bien ilustran la sinrazón turística. Viajes a zonas de guerra, rutas por las favelas de Río de Janeiro o el Hidden City Tour de Barcelona. Una visita del barrio gótico guiados por uno de los sin techo que viven en sus calles.

El turismo, dice el sociólogo, acaba por convertir cualquier realidad local en economía de mercado. Y ello se manifiesta hasta en los lugares más recónditos del planeta. Muchas de las tribus del Amazonas han comenzado a representar sus ceremonias ante los visitantes vistiendo bañadores que tapan sus pechos y genitales. Si comparamos las fotos de las agencias turísticas con las de los antropólogos, comprobaremos que en privado mantienen su desnudez natural. Pero para agradar al turista y obtener más ingresos no les queda más remedio que someterse a sus prejuicios. O como diría Christin, confirmar sus expectativas.

Pero ¿qué hay del beneficio económico? Siempre se ha esgrimido como bien mayor frente a los perjuicios del turismo, asegurando que los daños, si los había, solo afectaban a unos pocos. Ocurre que ahora enfrentamos el escenario opuesto, especialmente en dos de los líderes de la industria turística mundial, el «Hotel Francia», como llama irónicamente a su país Michel Houellebecq, y España. Las Islas Baleares son uno de los exponentes más significativos de este fenómeno, porque allí, mientras el número de turistas no ha dejado de aumentar, la renta per cápita se ha desplomado. La principal razón es el precio de la vivienda, absolutamente disparado, y su escasa oferta. Ya ni siquiera afecta solo a los ciudadanos locales. Médicos, profesores y cuerpos de seguridad procuran evitar el archipiélago como destino, porque allí sus sueldos apenas les permitirían subsistir. Respecto a las condiciones del resto de trabajadores, especialmente aquellos dedicados al turismo, parecen más propias de una novela de Dickens que de nuestro tiempo. La situación de las islas, aunque extrema, no es única, y ya ha comenzado a despertar una nueva corriente de opinión. Que se manifestó virulentamente entre la primavera y el verano de 2017.

Venecia. Fotografía: Roberto Trombetta (CC).

Los colectivos antiturismo llamaron entonces por primera vez la atención de la prensa diaria y las televisiones españolas. Sus actos, llevados a cabo en un intervalo temporal muy corto, y contagiándose en apariencia unos a otros, dispararon todas las alarmas. El grupo de independentistas catalán Arran rompió cristales y mobiliario en un hotel de Barcelona. La asociación vecinal Ens Plantem se manifestó en Poblenou, barrio de la Ciudad Condal, contra la masificación turística, lanzando huevos y globos con pintura a dos hoteles, cuyos turistas los miraban entre atónitos y asustados. La organización vasca juvenil Ernai salió a la calle en la Semana Grande donostiarra bajo el lema «Vuestro turismo, miseria para la juventud». Más tarde veinte activistas de Arran lanzaron confeti y bengalas en el puerto de Palma de Mallorca, a lo que siguieron otras acciones de menor calado. Incluso surgió un neologismo para definir el fenómeno: la turismofobia.

Los partidos políticos no dejaron pasar la espectacularidad de estas acciones, ni el hecho de que se asociaran al independentismo catalán y al vasco. Quizá algunos pensaran en un nuevo 15M, esta vez contra el turismo. Todos intentaron barrer para casa, a fin de beneficiar sus ideologías e intereses electorales, variando entre el apoyo incondicional y la denuncia. Pero con el otoño las noticias decayeron, y los líderes perdieron interés, pasando así por alto un hecho que hoy se muestra evidente. La oposición al turismo ha venido para quedarse, como uno de los ejes ideológicos de los movimientos progresistas y de izquierdas. Aquí y en todo el mundo. Ecologistas, feministas, plataformas antidesahucio y movimientos municipalistas participan ya del antiturismo. La red SET (South Europe Cities Facing Touristification, ‘Ciudades del sur de Europa contra la turistificación’) coordina, un año después de ser fundada, las reivindicaciones de localidades de Italia, España, Portugal, Francia y Malta. Las plataformas integradas en ella han lanzado un manifiesto fundacional, como ya hicieran muchas otras antes al norte de Europa, en Ámsterdam, París o Berlín. Y, singularmente, tanto el manifiesto de SET como los de otras organizaciones similares en todo el mundo parecen escritos por la misma persona.

La razón es que todos los fundadores, con o sin contacto entre sí, han identificado los mismos problemas en sus comunidades. El listado podría resumirse en ocho puntos comunes, y con ellos tendríamos la descripción de sociedades afectadas por el turismo masivo. Uno, el encarecimiento de la vivienda; dos, la expulsión de los residentes de las áreas turísticas; tres, el aumento de la polución; cuatro, la reducción de salarios y precarización de contratos; cinco, la masificación de calles y plazas; seis, la saturación del transporte público; siete, un monopolio turístico económico que ahoga al resto de sectores; y ocho, la creación de unas infraestructuras desproporcionadas para dar abasto a la afluencia masiva de turistas. Estas últimas exigen su ampliación a un alto coste pagado con impuestos, que no tiene contraprestación en forma de mejora en la vida diaria de los ciudadanos. A todo ello se oponen los antituristas.

El fenómeno, en todo caso, no puede magnificarse, ni siquiera con nuevas y sonoras palabras. La ideología antiturística está aún dando sus primeros pasos, hasta tal punto que sus defensores ni siquiera se ponen de acuerdo en algo tan básico como sus objetivos. Unos hablan de erradicar el turismo de raíz, alimentando la idea de turismofobia. Otros proponen crear normas y leyes restrictivas que racionalicen el turismo masivo, sin decir en qué deben consistir, o proponiendo utopías. En su descargo debe subrayarse que los antituristas no son ideólogos, sino vecinos agobiados por los problemas que ya están en la puerta de sus casas. En algún punto del futuro ellos y los pensadores como Rodolphe Christin tendrán que acabar encontrándose alrededor de la idea inaugurada por el francés hace una década: tenemos que dejar de viajar. Al menos, si tenemos algún interés en no dañar la región que visitamos, en particular, y el planeta, en general. Puede parecer una locura, pero no más de lo que lo parecían los ecologistas en la década de 1970, hablando de reciclaje y energía solar. Hoy no todos defendemos el planeta, pero su mensaje ha calado.

Es el momento de parar y preguntarnos por qué nos hemos convertido en turistas. Antes del siglo XVII los europeos no concebían exponerse a los peligros de un viaje por puro placer. Entonces surgió la idea del Grand Tour, un recorrido iniciático que se aconsejaba a los jóvenes varones, previo a sentar la cabeza en un trabajo y un matrimonio de por vida. Reservado en origen a las clases acomodadas, y sometido a sus estrictas normas sociales y de comportamiento. Algo cambió cuando Lord Byron inició su particular tour en una especie de autocaravana, abriendo el viaje a nuevas posibilidades. Después, la proliferación del ferrocarril abarató los desplazamientos, democratizando el acto de viajar. Eso lo aprovechó otro inglés, Thomas Cook, para acabar de redondear la transformación de viajero a turista al crear los primeros viajes organizados. A partir de él, el fenómeno se fue haciendo mundial, sin dejar de crecer hasta nuestros días. Pero no todos perdieron el sentido original del viaje, el de aprender y reflexionar. En la década de 1950 un personaje que iba a ser fundamental en la historia de nuestro tiempo aplicó las bases del Grand Tour a Latinoamérica. Se llamaba Ernesto Guevara, e iba a ser conocido como el Che. Pero no piensen más en él como guerrillero o comunista, sino como en otra víctima más de la turistificación.

En 2005 la película Diarios de motocicleta hizo muy popular uno de sus viajes de juventud. El guion estaba basado en sus diarios de viaje donde, con gran sentido crítico, Guevara nos habla de lo ridículas que resultan las guías, recomendando al turista visitar puntos de interés, pero ignorando a los locales y sus problemas. De acuerdo con sus biógrafos, este aprendizaje inicial determinó gran parte de su pensamiento posterior y su actividad guerrillera. Hoy a su recorrido se le llama Ruta del Che, y sus visitantes, masificados, se hacen fotografías orgullosos con camisetas donde luce la imagen del comandante, con su barba y pelo largos, y la boina coronada por la estrella. Es difícil imaginar un fuerza transformadora más poderosa que el turismo, al convertir ese icono del siglo XX, tan vinculado en origen a una ideología revolucionaria, en algo tan absolutamente banal y tan alejado de la fuerza transformadora del viaje. Singularmente, la pobreza que sesenta años atrás denunciaba Guevara sigue allí, en la ruta que ahora lleva su nombre. Christin asegura que el turismo se dispara precisamente en aquellas regiones que ya no tienen ninguna proyección económica. O, dicho de otra forma, que han empezado a matar por turismo, y que posiblemente acaben muriendo del todo por su causa.

Museo del Louvre. Fotografía: Stephanie Overton (CC).


El hombre que vendió el mundo

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Un viaje organizado por la compañía de Thomas Cook que parte de la Victoria Station con destino a Italia, 1937. Fotografía: Thomas Cook Archive.

1. El abstemio

La culpa la tuvo el alcohol y una locomotora de vapor.

En el año 1832, Thomas Cook, un joven ebanista de apenas veinticuatro años, que también oficiaba misa como predicador baptista, había trasladado su residencia al pequeño pueblo de Market Harborough, en el condado de Leicester. Desde su púlpito propagaba a sus feligreses la palabra de Dios, prometía redención a cambio del sacrificio laboral y, sobre todo, avisaba de los peligros del alcohol, la causa de todos los males según Cook. Huérfano a los tres años, su madre lo crió en la más estricta educación religiosa, lo que aumentaría con su juramento de abstinencia, del que le convenció el predicador baptista de Market Harborough. «¡Todo por una botella de ron!» decía la canción de La isla del tesoro, y ese era según los miembros de la Liga de la Abstinencia precisamente el gran problema: que fuéramos capaces de dejarlo todo por una botella, incluido el reino. Además, no bastaba con tomar conciencia de los estragos que causaba el alcohol entre los nobles ciudadanos ingleses: había que tomar parte activa en su erradicación, la bandera de la ley seca que tuvo extenso predicamento en Inglaterra (yo también he conocido la campanilla de los pubs ingleses a las once) y que en Estados Unidos estuvo vigente de 1920 a 1933.

Pero no nos adelantemos. Thomas Cook, decía, comenzó a asistir a reuniones de la Liga de la Abstinencia mediante el medio de transporte que había revolucionado las distancias y el tiempo: la locomotora de vapor. El problema es que no era precisamente barato y Thomas se dejaba sus chelines en trayectos en ferrocarril que no hacía precisamente por ocio. Pero la idea no llega cuando quieres, sino cuando ella decide. Puede ser cuestión de horas o de años. Y la de Thomas Cook llegó el 9 de junio de 1841, según la página web oficial de Thomas Cook Group, mientras caminaba de Market Harborough a Leicester para asistir a una de las reuniones de la Liga. Ahí, a pie y no en tren, es cuando irrumpió el fogonazo: «el pensamiento de pronto destelló en mi mente: emplear los grandes poderes de la locomoción y las vías férreas para impulsar las reformas sociales». Dicho en cristiano: a Thomas se le ocurrió que sería mucho más cómodo y más fácil que él y sus correlegionarios se desplazaran en tren. Y si lo hacían juntos sería más barato. Tal vez el agotamiento del paseo, o incluso la virtud del ahorro, propiciaron la idea, nunca lo sabremos, pero desde luego fue acogida con fervor por los congregados a la reunión de la Liga. Al día siguiente Thomas escribió al secretario de la compañía de ferrocarriles de Midlands proponiéndole organizar un servicio especial solo para la Liga de la Abstinencia, que quería asistir a un evento en Loughborough en un mes. El tren se fletaría solo para ellos y, por tanto, a un precio asequible. El secretario accedió: el 5 de julio de 1841 Thomas llenó el tren con casi quinientos pasajeros al modesto peaje de un chelín en un billete de ida y vuelta para recorrer la distancia de doce millas (casi veinte kilómetros) en cada trayecto. Y aunque apenas sacó beneficio económico del viaje, Thomas lo vio claro. «La idea social arraigó», escribió. Ese mismo año se mudó a Leicester.

No era la primera vez que se organizaba una excursión conjunta en tren (en la década de los treinta ya se había hecho, como la excursión en 1836 que partió de Wadebridge), pero quizá el triunfo de Thomas Cook, y la razón por la que lo consideramos el inventor del turismo, residió en su fe en la idea. Y porque fue el primero que vio que en organizar excursiones, con un precio más económico que si uno viajaba solo por su cuenta, había un gran negocio.

2. El romántico

Venecia, de Giovanni Antonio Canaletto.
Venecia, de Giovanni Antonio Canaletto.

A la resolución de una cuestión práctica mediante el ferrocarril debemos el inicio del turismo moderno. Antes de ese escenario, sin embargo, el viaje ya existía, por supuesto, aunque al alcance de una minoría: en particular, al de los jóvenes de familias acaudaladas, que hacían el llamado Grand Tour durante años, sobre todo a Italia y Francia, y aquellos otros que buscaban en los climas más templados y en los balnearios una solución médica a sus achaques. Viajeros como Lord Byron o Percy B. Shelly, que murieron a edad temprana lejos de su Inglaterra natal, uno en Grecia y otro en Italia. Jóvenes, artistas, románticos y con títulos nobiliarios.

En la tensión tradicional entre la explicación materialista y la idealista, está claro que en la expansión del turismo triunfa la primera, porque sin una red de ferrocarriles extensa, en la que media burguesía victoriana había metido sus ahorros, era imposible que las excursiones de ocio se desarrollaran. Y, sin embargo, es también la idea de ver mundo, la experiencia y el estatus que arrastra consigo el viaje, lo que seguramente desencadenó los primeros viajes organizados a Estados Unidos o Egipto, en los que rápidamente echó el ojo la compañía de Thomas Cook and Son. Viajar en grupo no solo por ahorro, sino por comodidad. Por la protección y la calma que da reconocer los signos culturales. Quien ha estado en Kao San Road, en Bangkok, o en el barrio de Paharganj de Nueva Delhi, sabe que hasta a los backpackers les gusta el gregarismo y los rostros conocidos.

La imagen romántica del viaje, de hecho, no nace tanto del viajero que regresa para contar su experiencia, sino de un cuadro, uno de esos grandes, descomunales, que tienen a Venecia como tema principal y que generaron en el siglo XVIII toda una corriente pictórica llamada «vedutismo», entre otras cosas porque los viajeros que llegaban a la ciudad querían llevarse una postal. Y nada mejor para eso que un cuadro, que luego colgaba majestuoso en la galería o en el salón —todos sabemos que se podría hacer perfectamente una historia del arte según sus compradores o mecenas—. Este sí es el principio genético del turismo: la imagen exótica que nos atrae, la visión romántica de un lugar que se exporta recortada e inmutable. Toda una señal que el lugar escogido sea Venecia, congelada en el tiempo, el lugar romántico por excelencia, resistente a la ola de progreso (y a la expansión urbana) que trajo la revolución industrial. Esa es una de las paradojas del turismo, supongo: no queremos que cambie el lugar al que acudimos, fascinados con la imagen mental que tenemos de él, y al tiempo queremos todas las comodidades posibles. Imagino que hasta esa postal del lugar turístico está ya anticipada, sigue la misma lógica: lo real es un estorbo, maloliente, escacharrado, con exigencias laborales; la imagen es, en cambio, perfecta, es la sublimación perfecta del deseo, tal como les gustaba a los románticos.

Es un caso ilustrativo, por ejemplo, el del pintor inglés David Roberts (1796-1846), cuyos cuadros sobre las ruinas de Egipto le financiaron su carrera. Después de viajar por media Europa (algunos de sus cuadros hechos en España están colgados en el Museo del Prado), volvió a Inglaterra y abasteció la alta demanda que tenía con litografías que una cuadrilla de aprendices ejecutaban a partir de las órdenes y las guías del maestro, normalmente a partir de bosquejos, muchos de ellos ni siquiera hechos por él. Además, la mayoría de esas litografías se ejecutaron sin modelo, y el que había—un cuadro, una ilustración— a veces era directamente una fabulación, sin parecido alguno con lo representado: puras ficciones hechas por Robert o cualquiera de sus discípulos. En la actualidad es muy fácil comprar postales y láminas de los cuadros de David Roberts en los sitios turísticos en Egipto: los turistas siguen maravillados por la imagen romántica que atrapó en sus cuadros.

Ilustración de David Roberts.
Ilustración de David Roberts.

Dentro de esta genealogía cultural del turismo, Thomas Cook aparece entonces como un eslabón accidental. Como dice Ferdinand Braudel, frente a la historia de la «larga duración», donde factores como la geografía son determinantes, las acciones y los conflictos humanos parecen secundarios y minúsculos. No hay más que echar un vistazo con un gran angular a la historia del XVIII y del XIX para ver como el turismo era, de alguna manera, un hecho inevitable: primero hizo falta una demanda industrial y un desplazamiento de la población que condujo a la máquina de vapor, esencial no solo para la invención del ferrocarril, sino también como corazón de la maquinaria pesada en la extracción de materias primas. Después el transporte de mercancías y poblaciones, con el tren y el barco de vapor como nuevos protagonistas, más revolucionarios, como dice Peter Burke, en el cambio de mentalidades que ningún discurso filosófico o utópico. Luego, es lógico, tenía que llegar la expansión de las vías de comunicación, y así llegó al fin el canal de Suez, y poco después, el asalto francés al canal de Panamá, ese desastre anunciado pese a que Ferdinand de Lesseps, el visionario que había comandado la construcción del de Suez, lo dirigiera. Y aunque pasarían casi tres décadas desde los trabajos iniciales hasta que en 1914 los americanos culminaran la construcción del canal de Panamá, no hay duda de que ese trabajo se veía como irrenunciable, una especie de condena del destino. Era cuestión de tiempo, por tanto, que, al igual que las mercancías se movían con mayor libertad a finales del XIX, los turistas (siempre un paso por detrás de las mercancías) comenzaran a hacerlo. Es toda una señal, por ejemplo, que la novela Cinco semanas en globo (1863) de Julio Verne, la primera de su serie titulada «Viajes extraordinarios», muestra ya una alianza entre la ciencia y la ensoñación por el viaje, una obra de la que se alimentaron muchos visionarios, como Ferdinand de Lesseps, quien pidió para Verne en 1870, del que era un lector empedernido, la medalla de caballero de la Legión de Honor. En fin, quizá Cook vio el negocio, pero está claro que la simiente, el deseo por viajar, ya estaba ahí. Solo faltaba que un sacerdote baptista se metiera a empresario.

3. El hijo

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Excursión a la Gran Exposición de París, 1855. Fotografía: Thomas Cook Archive.

Después de aquella excursión pionera en tren en 1841, Thomas siguió organizando durante varios veranos viajes de la Liga de la Abstinencia. Recuerden que, según sus propias palabras, Thomas solo pretendía «la reforma social». En 1845 organizó la primera excursión de puro ocio: de Leicester a Liverpool, dos tarifas de diez y quince chelines y la entrega de un folleto de sesenta páginas sobre la ciudad y sus lugares de interés. Era la primera vez que algo parecido a una guía turística se imprimía, fruto de la experiencia del nuevo trabajo de Thomas como impresor. No era un tipo de una sola idea: Thomas era un visionario que se daba cuenta de que, para que el futuro suceda, hay que darle algún empujoncito.

Aunque quizá la consagración de Thomas como gran impulsor del turismo moderno suceda en 1851. Debido al éxito que sus excursiones organizadas comenzaban a tener, fue convencido por Joseph Paxton, el arquitecto del Palacio de Cristal, la sede de la Gran Exposición de Londres de ese año, para que que centrara sus esfuerzos en atraer turistas al evento. El éxito fue arrollador: de junio a octubre, Thomas apenas durmió un solo día en casa, ocupado en hacer de guiar de sus grupos multitudinarios y en supervisar el periódico diario que editó para la ocasión (ya entonces la información era subsidiaria del anunciante, por supuesto, no crean que eso es nuevo).

Se calcula que solo durante esos meses de 1851 vendió billetes a más de ciento cincuenta mil pasajeros. La unión entre un gran evento y las hordas turísticas venidas en ferrocarril se reveló como sumamente fructífera: el primero crea la atracción, el pretexto para el viaje; los segundos multiplican el número de consumidores de la ciudad. La productividad del negocio es redonda, por tanto. Entre la Gran Exposición de Londres con Thomas Cook al negocio del The Dome londinense del año 2000, o el Fórum de las Culturas de Barcelona en 2004, media un siglo y medio y la misma teoría: el turismo necesita espectáculos para ser atraído y desplazado (en el caso de Thomas Cook, en raíles). De otras causas que impulsan estos Grandes Eventos, como la movilización de gasto público para infraestructuras de transportes o construcción (que luego traen aparejados fenómenos tan hermosos como la gentrificación), la sociedad capitalista de Thomas aún estaba muy verde.

Tras la Gran Exposición de Londres, el negocio de Thomas Cook creció desmesuradamente: después de organizar excursiones en tren en 1855 hasta el puerto de Calais, para que sus clientes asistieran a la Gran Exposición de París, la empresa de Thomas Cook cruzó definitamente el canal de la Mancha en la década de 1860 y comenzó con viajes organizados a Francia y Suiza. Además, como el audaz empresario en que se había convertido, Thomas tuvo otra idea genial, que fue luego copiada en los turoperadores venideros: inventó un sistema de cupones canjeables en ciertos hoteles como pago de comidas o del alojamiento. De esa manera, esos hoteles se aseguraban clientes, que venían atraídos por el precio de los cupones, y Thomas se llevaba a su vez un porcentaje de los mismos.

En 1872, a la edad de setenta y tres años, Thomas giró alrededor del mundo, mediante barcos y trenes de vapor, en un viaje iniciado en Estados Unidos, que luego le llevó por el Pacífico hasta China y la India, y le trajo de vuelta a Europa a través del canal de Suez, inaugurado en 1869. ¿El primer turista global?

Ese mismo año, Thomas decidió por fin dar el salto a Londres: abrió local en la popular Ludgate Circus (donde también vendían folletos, libros y diversos souvenirs), integró a su hijo John Mason Cook en parte activa del negocio y bautizó a su nueva empresa como Thomas Cook and Son. En las dependencias superiores de la oficina, abrió un pequeño hotel en el que se cumplían estrictamente las reglas de la Liga de la Abstinencia y no se servía alcohol.

Pocos años después, en torno a 1879, por desavenencias en la gestión del negocio con su hijo, Thomas Cook se jubiló y regresó a Leicester. John Mason Cook impulsó entonces la internacionalización de la empresa, abrió oficinas en Australia y Nueva Zelanda, promovió ediciones extranjeras del periódico El excursionista (fundado por su padre en 1851) e inició una fértil colaboración con el Gobierno inglés, cuando en un conflicto militar en Egipto en 1884, el ejército necesitó urgentemente desplazar tropas y suministros. Cook hijo cumplió su parte del trato y aunque la misión de salvamento del general Gordon fracasó (en enero de 1885 éste fue ejecutado), el contacto entre Cook y el Ejército dejó grandes beneficios, lo que recuerda a lo que pasaría un siglo después después con la expansión del contenedor intermodal de veinte pies, que, inventado en la década de los cincuenta, necesitó la guerra de Vietnam (con el ejército norteamericano hambriento de suministros abundantes y regulares) como la palanca que lo convirtió definitivamente en el sistema de transporte de mercancías hegemónico.

Thomas Cook murió en 1892, después de haber vendido más de tres millones y medio de billetes y de ver cómo su empresa se consolidaba como el primer turoperador mundial. Y aunque esas cifras no son nada con el número de turistas que se mueven anualmente (mil doscientos millones en 2015 según datos de la OMT), queda claro que Thomas fue el gran pionero en la venta del mundo. Trozo a trozo, pedazo a pedazo. Ahora, mientras a lo lejos se divisan los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, con sus fastos y miserias, me pregunto cuál era la «reforma social» que tenía en la cabeza Thomas Cook, y si era esta, la que nos trajo el turismo, la que el predicador abstemio había soñado.

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Exterior de Thomas Cook and Son. Fotografía: Thomas Cook Archive.