Cómo ser una dama o un caballero victoriano de comportamiento intachable

Pride and Prejudice, 1940. Fotografía: MGM.

Lo llamamos «cine de tacitas» y la imagen no puede ser más evocadora. Inmediatamente se nos vienen a la mente nombres como Jane Austen, Emma Thompson o James Ivory y escenas situadas a la hora del té en algún elegante salón o terraza, cuyo desarrollo de apariencia incruenta y exquisita permite intuir sin embargo un fuerte conflicto soterrado. Los personajes parecen estar sujetos a un estricto y complicadísimo código de conducta, en el que hay que medir cada gesto y cada palabra bajo pena de ostracismo o, lo que es peor, de murmullos y miradas de reprobación. El contexto de todo ello… ¿hace falta decirlo?  Ingleses del siglo XIX de clase alta. Es decir, la época victoriana.

Para situarnos en la mentalidad de la época hay que entender en primer lugar lo que significaba para ellos el Imperio británico. Su hegemonía marítima y la vastedad de los territorios y poblaciones que controlaba era una inagotable fuente de arrogancia patriótica, en ocasiones abiertamente racista, que queda bien reflejada en esa frase que se atribuye a Lord Palmerston acerca de que «Dios cometió un gran error el día en que creó a los extranjeros». Lo cual evoca aquel diálogo de El hombre que pudo reinar, cuando un temeroso afgano preguntaba a los colonos recién llegados si eran dioses y le respondían «algo parecido, somos ingleses». Pero ese poder también les planteaba la exigencia de estar a la altura, de tomar conciencia de su supremacía mundial y cumplir con su deber de mantener la Pax Britannica. Ser inglés era una cosa muy seria.

Casi indisociable de ese ideario imperialista resultaba la rígida jerarquía social y el acendrado sentimiento de superioridad —que, como veremos, se volvería muy contagioso— de la aristocracia y la alta burguesía, la élite que controlaba el país y que llegó a conocerse como los «Upper Ten Thousand» (aunque la expresión originariamente es norteamericana). Resulta muy interesante en este aspecto conocer el origen del término snob. En las listas de examen de Oxford y Cambridge para distinguir a los estudiantes no aristocráticos se escribía junto a su nombre sine nobilitate o su contracción «s. nob». El señalado como esnob pronto mutaría con la fe del converso en alguien tremendamente preocupado por su estatus social, por aparentar más del que tenía y por menospreciar a quienes considerase en un escalón más bajo. Dado que la gran mayoría de la sociedad quedaba excluida de esos «diez mil de arriba», el empeño por distinguirse alcanzaría proporciones de epidemia, o así lo describía en su época el escritor William Thackeray, para quien los esnobs habían «proliferado en Inglaterra como las vías férreas. Ahora se les conoce y reconoce en todo un imperio en el que nunca se pone el sol». Finalmente, otros condimentos de este singular potaje que representaba la mentalidad victoriana eran el auge del capitalismo y la preeminencia del anglicanismo más severo. El nuevo hombre burgués podía ascender socialmente gracias a su férrea disciplina; la vagancia, el hedonismo y la laxitud eran cosa de pobres. Respecto al puritanismo y el rigor moral religioso pocas anécdotas resultan más clarificadoras que aquella del abuelo de Virginia Woolf, quien tras su primer cigarro no volvió a fumar nunca más… precisamente porque le había gustado.  

Y bien, ¿cómo podía alguien hacer ver a los demás que tenía todo lo anterior debidamente asimilado, que era un caballero o una dama de la más elevada posición, piadoso hasta la médula y más rematadamente inglés que una de esas cabinas de teléfono rojas que aún no existían? Pues entre otras cosas demostrando su riguroso cumplimiento de unas normas de etiqueta social tan enrevesadas y sutiles que solo el ojo del iniciado igualmente en ellas podía distinguir. Naturalmente, no puede decirse que fuera algo exclusivo de ese país y de esa época. Siempre se ha considerado en todas partes el cumplimiento de ciertas convenciones sociales más o menos arbitrarias como un indicativo del estatus socioeconómico, la inteligencia y la catadura moral de una persona; ya decía De Quincey aquello de que se empieza asesinando y se termina faltando a la buena educación. Simplemente, en este caso que nos ocupa se fue un poco más lejos.

¿Cuándo y dónde debían seguirse las normas de etiqueta?

Evidentemente, en cualquier situación en la que se estuviera acompañado, pero el momento álgido tendía a ser lo que se conocía como «temporada». Era el periodo de tiempo entre abril y julio en el que, una vez terminada la temporada de caza, los miembros de la buena sociedad regresaban a Londres de sus residencias campestres. Era entonces cuando se acumulaban los eventos en los que dejarse ver en compañía de las personas adecuadas y con el vestido acorde a cada ocasión. Como establecía The Ladies’ Book of Etiquette and Manual of Politeness, publicado en 1860, «una dama nunca está mejor vestida que cuando no puedes recordar qué vestía». Es decir, si su vestimenta estaba perfectamente integrada en el contexto de manera que no llame en absoluto la atención es que conoce bien las normas. Y es por tanto un potencial buen partido, pues al fin y al cabo estos eventos tenían su parte también de mercados del matrimonio en los que exhibirse, ya se tratase de representaciones en teatro u ópera, recepciones, presentaciones en la Corte, carreras de caballos, regatas, cenas o paseos por el parque en apariencia intrascendentes… aunque nada más lejos.

Si el paseo era en carruaje, el caballero debía sentarse no al lado sino enfrente de la dama, de espaldas a la dirección en la que se marchase y una vez llegados al destino ayudarla a descender del vehículo. Para este cometido también podía valer cualquier hombre que se encontrara cerca en ese momento aunque fuera un desconocido, quien, una vez ella hubiera descendido, debía saludarla cortésmente y retirarse sin pretender iniciar ninguna conversación. Es decir, nada de buitrear, según la terminología actual. A lo largo del siglo XIX fueron haciéndose cada vez más habituales las bicicletas y por supuesto también pasaron a estar sometidas a etiqueta. En Lady Cycling: What to Wear and How to Ride su autora daba toda clase de prudentes consejos como por ejemplo evitar jugar a carreras con otras ciclistas: «¡Tales locuras no pueden conducir más que al desastre!», advertía alarmada.

Pero no se vayan a pensar que caminar durante el paseo era una tarea más sencilla. Había mil detalles de los que estar pendiente. Un caballero podía llevar del brazo a dos damas, señalaba el Manual de formas sociales, pero una dama jamás podía agarrar del brazo a dos caballeros. Una mujer no debía caminar cogida del brazo de un hombre que no fuera su marido a menos que ya fuera una señora de cierta edad, en tal caso el hombre debía prestar su ayuda. Aunque había también circunstancias atenuantes como un suelo cubierto de baches o encharcado. En tales casos una dama podía levantar ligeramente su vestido pues no era elegante arrastrarlo al caminar, pero debía cogerlo con la mano derecha. Usar ambas era una auténtica vulgaridad. Si sorprendía la lluvia a los paseantes, la mujer podía aceptar el paraguas que le ofreciera un caballero siempre y cuando él la acompañase en la misma dirección, para no arrebatárselo. Así mismo un caballero nunca podía fumar delante de una mujer, e incluso debía tirar el cigarrillo si se encontraba con una conocida.

Precisamente este acto de encontrarse a amigos y conocidos era una cuestión delicada, dado que debía evitarse cualquier situación que diera lugar a habladurías. Era preferible no saludar ni responder a saludos en ciertos casos. Pero lo que nunca debían hacer un hombre y una mujer en ninguna circunstancia era detenerse a hablar en medio de la calle, en todo caso al encontrarse, y si tenían algo importante que decirse, podían caminar un rato juntos. Si la chica se sentaba en el césped, el acompañante masculino no podía sentarse a su lado hasta que ella no se lo pidiese. Y, como era de esperar, nada de abrazarse o besarse en público. Hoy en día existen ciertas leyendas urbanas en torno a supuestos códigos secretos de comunicación con abanicos y sombrillas entre amantes. En realidad no era algo tan formalizado, aunque sí había algunas recomendaciones básicas, como no balancear el parasol ostensiblemente o ponerlo muy cerca de la cara de forma que impida ver lo que se tiene delante. Por supuesto nada de correr, ni de ir comiendo, ni agitar los brazos, ni reír ruidosamente e ir dando voces llamando la atención de otros viandantes, ni mucho menos quedarse mirándolos y susurrando a su paso. Era, en resumen, un código de comportamiento que aunaba algunas exigencias disparatadas, una buena dosis de constreñimiento puritano y también, no puede negarse, un gran respeto hacia los demás. Pensándolo bien tampoco hay que descartar cierta dosis de juego para gente con mucho tiempo libre, pues un monótono paseo por el parque se convertía así en un recorrido con más trampas que una prueba de Humor Amarillo.  

En casa

Aunque la mentalidad victoriana veneraba el hogar como un espacio de calidez y recogimiento, dentro de sus muros la etiqueta podía llegar a ser tan estricta como en el exterior. No era correcto permanecer con el sombrero puesto dentro de una habitación, tomar posturas poco elegantes como poner los brazos en jarras, apoyarse en la pared, poner el pie sobre una silla o sentarse a horcajadas en ella. Formalidad, en definitiva. Una dama distinguida debía estar vestida adecuadamente para recibir visitas todos los días a media tarde para la hora del té. Esta ceremonia, que tantas veces hemos visto en el cine, requería una invitación en los días previos por medio de tarjetas de visita, aunque en general era un momento más desenfadado e informal que las cenas.

Celebrar una cena con invitados era un acontecimiento de la máxima formalidad que requería en primer lugar enviar invitaciones a los participantes. Una vez llegaban a casa se les hacía permanecer unos minutos en el salón hasta que se anunciaba que la cena estaba lista, entonces debían desfilar al comedor según un riguroso orden de importancia de cada invitado, un momento propicio para que alguien se sintiera agraviado y que exigía mucho tacto. Los modales una vez sentados a la mesa requerían no solo un uso adecuado de los cubiertos (¡el bacalao se corta en diagonal!), sino una conversación apropiada para la ocasión. Ojo con las bromas, pues el mencionado The Ladies’ Book of Etiquette era categórico al respecto:

Debo censurar con la mayor severidad el hábito de usar frases que admitan un doble significado. No solo es enfermizo y falto de delicadeza, ninguna persona de cierto refinamiento debe hacerlo jamás. Si tiene usted la mala suerte de conversar con alguien que utilice este tipo de frases, no debe dar muestras mediante palabras, miradas, o gesto alguno de que entiende cualquier significado más allá del lenguaje llano.

Pero, en general, la mayoría de los consejos tendían a girar en torno a respetar a los demás comensales y evitarles situaciones incómodas (si por ejemplo un invitado rompía algún vaso o cubierto, el anfitrión debía fingir en la medida de lo posible que no se había dado cuenta), de manera que muchos siguen teniendo validez. De hecho, según otro de los manuales de buenas maneras de la época nunca debía hacerse uno mismo el héroe de la historia que esté contando y, francamente, es una lástima que esta norma haya caído tan en desuso. Las normas se extendían a todos y cada uno de los aspectos de la vida y podríamos extendernos páginas y páginas, pero no quisiéramos transgredir otra que aconsejaba brevedad y evitar extenderse monopolizando la atención de los demás, así que es momento de dejar paso al siguiente artículo. 


Diarios de un papa

Fragmento de la bóveda de la Capilla Sixtina. Fotografía: Christophe (CC).

Miércoles

Todo el día con los pies fríos. Me pongo doble calcetín. Largos paseos meditabundos. Me fumaría un buen cigarro. Uno de aquellos Lucky Strike sin filtro. Lo acariciaría lentamente, como si para fumarlo hubiese antes que domesticar su coraza. Tal vez dejaría que fuesen las dos de la madrugada, y saldría al balcón de San Pedro. A veces en la vida solo necesitas silencio, oscuridad, frío y un buen cigarro. Thomas Marshall, el vicepresidente con Woodrow Wilson, después de escuchar en el Senado un discurso larguísimo, soporífero, sobre lo que necesitaba el país, dijo que «lo que necesita América es un buen cigarro de cinco centavos».

¿Y si lo vendo todo y me voy?

Escucho Transformer de Lou Reed en el viejo tocadiscos de Juan Pablo II. Hurgando en la discoteca de Wojtyla encuentras errores tan lamentables como Rafaella Carrá. No es lo peor, con todo. Hay discos de Demis Russo. Abba. Nana Mouskouri. Toto Cotugno. Rafaella Carrá al menos tiene buenas piernas.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Leo a Juan Carlos Onetti, para recordar qué clase de hombres criminales somos por dentro. No albergo esperanzas durante algunas horas. Cuando se me pasa el efecto de Onetti, vuelvo a creer en Dios.

Mala digestión. Esos espaguetis a la amatriciana me persiguen toda la tarde. Me siento al borde de la muerte, como si leyese a Cioran.

Nicola, el electricista, me cuenta que hay dos vecinos nuevos en su comunidad. Un matrimonio de mediana edad. Ocupan un piso pegado al suyo, que lleva dos años vacío. Esa clase de vacío, añade, del que a veces llegan extraños ruidos, como si bullesen fantasmas. Cada vez que coincide con la pareja en el ascensor el hombre se muestra dicharachero y ella reservada. En realidad, nunca habla. Saluda asintiendo con la cabeza. Hace una semana, para su desconcierto y el de su mujer, Anetta, les propusieron cenar juntos. No especificaron un día en concreto, sino «un día de estos». El electricista no mostró ningún entusiasmo. No quiere tener que sacarle las palabras a su vecina con unas tenazas. «Además, yo no puedo comer con una persona que no me da los buenos días», dice. Nicola me recuerda a Karl Kraus, cuando confesaba que él no se trataba con gente que decía «efectivamente». El caso es que hace tres días volvieron a encontrarse en el ascensor. Se habló de esa cena dichosa de nuevo. Pero esta vez como algo inminente. Tanto, que cenaron al día siguiente. «¿Sabe qué?», pregunta. Me encojo de hombros. Se me está haciendo tarde. «En el salón había un retrato familiar, en el que aparecía un matrimonio y una joven, y que me resultó particularmente familiar. Pero no sé por qué. Es como si hubiese coincidido con alguna de aquellas personas en un momento del pasado. Pero soy incapaz de recordar. No hago otra cosa en todo el día que buscar ese momento. A todas horas. Es un pensamiento molesto, que casi hace ruido».

Sábado

No puedes abrir un armario sin que se te venga encima un cadáver. Algunas mañanas tienes que esforzarte por no ver todo lo que te rodea, pese a estar claramente expuesto. Me acuerdo a menudo de Jacques Vaché, cuando irrumpió en el estreno de Las tetas de Tiresias, de Apollinaire, y con un revólver amenazó al público, mientras gritaba: «Esta mierda rebosa arte». No sé si yo tendría la determinación para hacer algo así con la curia, pero creo que sería necesario.

Me escribe Kate Moss. Es la tercera vez. Insiste en vernos. «Lléveme a dar una vuelta en el Renault 4L. Huyamos donde no puedan encontrarnos». Me hace sonreír. Qué mujeraza, sinceramente.

Domingo

Abro una cuenta fake en Twitter. Después de darle mil vueltas, por desesperación me decido por @b_domecq.

No pego ojo. Es ese relato de Carver. El somier, con su risssh, risssh, también. Pero sobre todo, es el relato de Carver. Hijo de puta. El terror casero que despide «Parece una tontería» te sobrecoge. Toda la mañana estoy con mal cuerpo. Me parece oír el nombre de Scooty continuamente. También cuando me echo en la cama, por la tarde, y el somier dice scooty, scooty, en lugar de rechinar como de costumbre.

Al final del día, cuando me siento en la capilla Sixtina, solo, me acuerdo de Samuel Beckett. En 1969, de viaje por Túnez, recibe la llamada de la Academia Sueca, que le comunica que le conceden el Nobel de Literatura. Beckett cuelga el teléfono, busca la mirada de su mujer, y le dice abatido: «¡Qué catástrofe!».

Martes

Llueve. Hace sol. Vuelve a llover. Tengo mucho que escribir, pero soy incapaz. La mañana transcurre a pasos cortos y patosos. Cuando finalizan las audiencias, me hago una paja, para sacudirme este hastío. No tarda en imponerse la noche, como un golpe en la mesa.

Un gran poder trae consigo una gran confusión.

Miércoles

Hablo con Michelle Obama. Despachamos asuntos de agenda, especialmente trascendentales y aburridos. Cuando acabamos, bromeamos con chistes palurdos, que nos hacen reír. Me pregunta si algún día la Iglesia estará en manos de una mujer. «En realidad, ya lo estuvo», respondo. «Detecto, por tu pregunta, que no has leído The woman who was Pape, de tu compatriota Clement Wood». Le explico que Wood cuenta que entre los años 853 y 855, es decir, entre los papados de Leon IV y Benedicto III, el Vaticano había sido gobernado por un vicario que en realidad era una mujer. En el fondo, es la historia del papa Juan VIII, del que se cuenta que un día, mientras viajaba desde San Pedro al Laterano, tuvo que parar al costado de la ruta y ante la sorpresa de todos los presentes dio a luz a un bebé.

Tres capítulos seguidos de Los Soprano. Me pregunto qué haría Tony ante los dilemas que me acorralan a estas horas, rodeado de traidores.

¿Por qué en esta casa llevaremos tantos años sin tirar la basura? ¿Es que entre la basura se vive mejor? ¿Es que no hay cubos, Señor?

Jueves

Me levanto de buen humor. Hago mis ejercicios. Entra la hermana Angella. Deja la prensa en la mesa. Me acerco al equipo de música. Busco AC/DC. Lo conecto. Subo el volumen al máximo. Angella cree enloqucer cuando me ve tocar una guitarra invisible y cantar: «Living easy, living free / Season ticket on a one-way ride / Asking nothing, leave me be / Taking everything in my stride / Don’t need reason, don’t need rhyme / Ain’t nothing I would rather do / Going down, party time / My friends are gonna be there too / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell / I’m on the highway to hell… Vamos hermana Angella», la invito.

Vladimir Putin huele tan mal que hay que hacer esfuerzos ímprobos para no abofetearlo y pedirle que se aleje un par de metros.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me encierro en el baño. Tomo el Borges de Bioy Casares y retomo la lectura, como todas las mañanas. «Según Borges, Dickens refiere que John Forster era muy pomposo. Una vez la mucama trajo un plato de carne y legumbres y Forster pidió: “Mary… carrots”. La mucama contestó que no había zanahorias. Forster pronunció: “Mary, let there be carrots”. Yo menciono la historia del cardenal Wiseman, que participaba en un banquete; uno de los comensales, muy angustiado, recordó que era vigilia; el cardenal, entonces, impartiendo la bendición a los manjares, dijo: “Declaro todo esto pescado”». Leo hasta que se me duerme una pierna. Ese es el límite. Un hombre siempre ha de salir por su propio pie del cuarto de baño. Cierro el volumen y me levanto.

Comida con el cardenal Bertone. Su tono de voz es hondo, como si hablase otra persona por él, a la que previamente ha tragado. Reparo en su cara y advierto que hay en ese mapa de la intriga católica algo extraño. No sé el qué. Le doy vueltas. Finalmente, lo descubro. El cardenal se corta los pelos de la nariz. No sé si me parece gracioso o patético, o nada en absoluto. Hace una semana, cuando nos reunimos, le sobresalían. Eran como un grito en la oscuridad. Yo me detengo siempre en ese tipo de detalles. No puedo evitarlo. Ahora, en cambio, no hay ni rastro de los pelos.

Me parece que empiezo a tener una necesidad urgente de calzoncillos nuevos.

Dios está en todas partes, salvo en mis diarios.

Domingo

Relectura de Crítica de la razón pura. Kant te da aplomo. No importa si has perdido el día en audiencias con jefes de Estado palurdos, o con palurdos a secas. Abres el volumen, aunque sea por la introducción. Lees la parte de los juicios analíticos y los sintéticos, e inesperadamente, sin explicarte cómo, tu día se reviste de una severidad y énfasis que te cura de toda la futilidad. No quiero decir, con esto, que renuncie a mi dosis de futilidad. No. Nadie debería hacerlo. A menos que seas Ratzinger. Ya sabemos que, desde antes incluso del idealismo, los alemanes no bromean. Ni siquiera Kant, que, como mucho, jugaba al billar. No se permitía alegrías ni en sus costumbres domésticas. En las comidas con amigos era ferviente seguidor de la regla de Lord Chesterfield, personaje que al efecto de dar gravedad a su regla el propio Kant se inventó. No existía ningún Lord Chesterfield. Atañía a su compañía durante el almuerzo. Incluyéndolo a él, como anfitrión, no debía quedar por debajo del número de Gracias ni superior al de las Musas. El transcurso usual, que no debía alterarse bajo ninguna circunstancia, era el siguiente: tan pronto la comida estaba preparada, Lampe, el criado del profesor, entraba en el estudio con el anuncio de que la mesa estaba dispuesta. Por el camino que conducía al comedor, Kant hablaba del tiempo, tema del que se seguía charlando durante la primera fase de la comida. Eso era siempre así. Cuando el filósofo se sentaba y desdoblaba la servilleta, inauguraba la ronda con una fórmula sencilla: «¡Bueno, señores!». Cada comensal se servía a sí mismo, y los temas que se comentaban en la mesa provenían principalmente de la filosofía de la naturaleza, de la química, la meteorología, la historia natural y, sobre todo, la política. A través de Los últimos días de Emmanuel Kant, de Thomas de Quincey, te enteras de ridiculeces como que Kant nunca sudaba, o que por miedo a impedir el flujo sanguíneo jamás llevaba ligas para sujetar los calcetines. O que cuando alguien fallecía prematuramente, solía decir: «Es muy posible que haya bebido cerveza».

Tengo que reconocer que el licor café que me envió el presidente de la Diputación de Ourense no admite comparación. Bocatto di cardinale.

Martes

Lumbago. Me levanto tarde, casi a rastras. El dolor no hace distingos. Ni al papa de Roma respeta. Eso me hace recordar a Tolstoi, que inaugura sus Diarios, el 17 de marzo de 1847, con una anotación que explica mejor que mi lumbago hasta qué punto nadie es inmortal, ni siquiera Tolstoi: «Hace seis días que ingresé en la clínica, y durante estos seis días casi me he sentido satisfecho de mí mismo. Les petites causes produisent de grands effets. Pesqué una gonorrea por el motivo, ya se entiende, por el que se pesca».

Echo de menos llevar dinero en el bolsillo, como cuando era pobre y feliz, y lo poco que tienes lo gastas en un vaso de vino. A veces también echo de menos los bares.

Jueves

Cuando me ve con Seis propuestas para el nuevo milenio, de Italo Calvino, Nicola me dice que el camarada de Calvino en la editorial Einaudi, Cesare Pavese, era su abuelo. «Eso es imposible», le digo, compadeciéndome de su ignorancia. «Pavese no tuvo hijos. Lo sabe todo el mundo. Ni siquiera creo que pudiese tenerlos». Él insiste. «Sí. Tuvo uno. Pero no lo sabe nadie», confiesa casi en silencio, como si temiese que lo escuchen los objetos que nos rodean. Estamos solos. «Cómo es eso», pregunto, desasosegado. Consigue intrigarme. Y a mí con la intriga me basta. «Mi abuela se llamaba Romilda Bollati. Ese era su nombre real, pero usted tal vez la conozca por su nombre falso: Pierina». Me quedo de piedra. «¿Tu abuela era Pierina? ¿Puede ser cierto?». Asiente. «En su último encuentro con el poeta, antes de su suicidio, se quedó embarazada de una niña que se llamaría Anneta». Miro a Nicola fijamente. De pronto, advierto su innegable parecido con Pavese. Me parece mentira que no lo haya descubierto antes. Son idénticos. Es Pavese en persona. Me alejo meditabundo, trastornado.

La encíclica se me resiste. No sé si no puedo, o no quiero, o ambas cosas. Es un género muerto, dirigido a lectores seguramente muertos, cuya prosa te sale fluida solo si tienes ideas muertas. En cambio, me bulle en la cabeza una novela. Me pregunto si un papa debe escribir una novela. Pongamos que una de esas novelas en las que un fulano ha de vérselas con la adversidad, en líneas generales. No se necesita más trama: un tipo con claroscuros y a punto de perderlo todo. ¿Qué hace? Escribir una novela es, probablemente, responder a esa pregunta.

Me salta salsa de tomate a la camisa.

Por la noche, película de kung-fu.

Viernes

Me cruzo con Nicola, que me saluda en silencio, con un gesto como su vecina. Me parece raro. «¿Todo bien?», pregunto. «Ni fu ni fa», responde. Espero a que se decida y hable. «¿Se acuerda de mis vecinos?». Asiento. «¿Y se acuerda que le hablé de un retrato familiar?». Claro. «Pues ya sé de qué me sonaba. El tipo del retrato es el mariscal Graziani. Y yo cenando con esos fascistas». Me vuelvo a quedar de piedra, pero todavía más dura.

Insomnio. No dejo de dar vueltas, hasta que me aburro. Me levanto de madrugada. Camino a oscuras hasta el cuarto de baño. Bebo del grifo, a morro, sin encender la luz. Tanteo sobre la silla. Tomo la bata. Me calzo. Salgo a dar un paseo. Pido a la guardia que me acompañe a la sala de Rafael, para contemplar La escuela de Atenas. Me gusta detenerme en cada personaje. A las seis de la mañana, regreso. Me quedo dormido. A última hora, sueño con una rubia guapísima que me muestra las tetas. En ese momento me despierto, entre sudores, empalmado. Hago mis oraciones.


Conjurando a los beats

Iain Sinclair. Foto cortesía de www.iainsinclair.org
Iain Sinclair. Foto cortesía de www.iainsinclair.org

Una pantalla olímpica monstruosa mostrando primeros planos del triunfador Boris Johnson animando a las multitudes, construyendo los ritmos, a base de frases repetidas, con el pelo meciéndose, subiendo de volumen: todo enajenación, hipnosis de masas (…) Los episodios de euforia se alternan con la rabia contenida. Agravios justificados. Una sensación no merecida de tener derecho a algo. Antes de que los bancos suizos reanuden su servicio normal. (American Smoke. Viajes al final de la luz, de Iain Sinclair)

Iain Sinclair (Cardiff, 1943) es escritor y realizador de cine. Relacionado con la vanguardia poética de su país, escribe sobre las relaciones entre la ciudad (Londres) y el individuo, cómo le afecta la transformación del espacio urbano. Sinclair es un explorador de calles, casas y subterráneos en busca de señales olvidadas, ocultas por la especulación. Un arqueólogo de los mitos que otorgan sentido al suelo que pisa y el edificio donde vive, como ya hicieron en su tiempo Thomas de Quincey y William Blake. «Psicogeografía» es la etiqueta de ese movimiento crítico que ya estaba inventado antes de convertirse en marca para tour operators. El paseo urbano como experiencia psíquica, contemplar la ciudad como una entidad al límite de la historia en la que los habitantes sufren la transformación y el desmoronamiento. Una visión opuesta en todo a la recreación artificial del turismo. La caminata del peatón en pos de los trazos y las piedras originarias, descubrir la fuerza mágica de las construcciones, para denunciar el deterioro provocado por la mercantilización y los abusos inmobiliarios.

Sinclair lleva publicando desde los años setenta y es un escritor clave para entender la (contra) cultura británica, pero ninguno de sus libros había sido editado en España hasta 2015. La editorial Alpha Decay presentó entonces La ciudad de las desapariciones, colección de ensayos seleccionados de su obra por el traductor del libro, Javier Calvo. En ellos se demostraba la importancia de su pensamiento, agudo y minucioso, la lucha contra la gentrificación de su barrio, Hackney, y el empeño por recuperar la memoria urbana desde presupuestos muy alejados de los planes de urbanismo. Hace unas semanas, la editorial ha repetido con su libro de 2012, American Smoke. En este, Sinclair conduce su lámpara sobre otro mapa, tan importante para él como el de Londres.

Mientras la capital se preparaba para las olimpiadas, Sinclair y el artista Andrew Kötting comenzaban su protesta contra las obras que aprovechando el evento deportivo habían modificado zonas deprimidas de la ciudad para revenderlas como pisos de lujo, convertirlas en zonas amuralladas de seguridad o abandonarlas tras las maniobras de especulación. La performance Swandown consistía en navegar desde la playa de Hastings hasta Hackney por los canales de Londres a bordo de… una barca a pedales con la forma de un enorme cisne. La pareja emprendía esta deriva quijotesca, pero Sinclair se bajaría antes de llegar a la meta para tomar un avión dirección Boston, con el fin de recuperar el material perdido de un documental de los años noventa sobre los escritores de la generación beat que se había esfumado, junto con un ¿imaginario? director de sonido de la BBC que después aparecerá de forma milagrosa.

Comenzaba la ruta de American Smoke.

Cuando el autor era estudiante del Trinity College de Dublín, planificó con otros compañeros una revista de literatura que no pasaría de unos ejemplares de prueba. Para el primer número no dudó en escribir a algunos de sus ídolos para anunciarse y recabar colaboraciones. Solo contestó William Burroughs, quien envió un texto desde Tánger. Era 1962, y eso fue como si hubiese recibido una carta del mismísimo autor de la Odisea. Dentro de la literatura anglosajona (junto a Beckett, Pound, T. S. Eliot…), los autores de la generación beat eran y siguen siendo una referencia absoluta para Iain Sinclair. Los principios vitales de aquel grupo han sido recogidos en la obra y pensamiento del británico. Especialmente una idea central en ellos: el viaje como aventura, un periplo personal en el sentido homérico que marca el personaje y no el mapa. Los viajes de los beats a través de Estados Unidos en coches destartalados, a dedo o a pie camino del desierto de México, en la frontera con Canadá, la decisión de embarcar como grumetes en cargueros de petróleo o buques pesqueros por el mar de China y las costas de Sudamérica… Siempre buscando un lugar, un sentido a una obra que se escurría por las cloacas de los bares y los callejones más oscuros. El viaje del poeta ciego que engaña a los dioses jugándose su destino.

Tras décadas de lecturas y devoción, ahora Sinclair iba a andar-desandar el camino de América tras esas huellas. Su libro es un registro de recuerdos, una búsqueda de los rastros que dejaron los poetas, tanto geográficos como culturales, desenterrando los misterios de cada casa, carretera y paisaje que estos habitaron y soñaron. Y con suerte, de las reliquias, especialmente en forma de ediciones (si es que a estas alturas quedaba algo que no hubiera sido revendido a precios exorbitantes). La empresa de Sinclair tiene espíritu de epopeya absurda, porque emprende una vuelta al hogar en el que nunca ha vivido, pero que conoce casi mejor que el de nacimiento, sin olvidar la mirada del excavador cultural. Cada etapa del viaje le llevará a tejer una red invisible de ecos en el tiempo, no solo de los protagonistas de su investigación, sino también de los fantasmas de otros personajes que han viajado por esas carreteras y están conectados de alguna forma con las vidas y los espacios de ese camino. El mapa de América que traza Iain Sinclair mientras busca a los escritores de la generación beat se puntea con un impresionante vendaval de historias que se intercalan y superponen como estratos (gente del mundo del cine, el libro, la prensa, la televisión, el rock, las comunidades académicas, los hechos históricos y la geología), que completan un cuadro del continente sobre el que ha montado su peculiar mitología y metodología, más pendiente de las coincidencias y el azar que del rigor científico. La deriva del relato no es lineal ni se circunscribe a los límites de 2011. El autor salta de las anécdotas del viaje a las de la América de los años cincuenta y las mezcla con hechos de su infancia en Gales, buscando en sus días de niño alguna casualidad con el poeta Dylan Thomas, que vivió y pateó Estados Unidos, uniendo los recuerdos del rodaje de una película en la isla de Vulcano con los suyos propios, cuando dirigió un documental sobre Allen Ginsberg en Londres y los salpica con imágenes de las olimpiadas de 2012, añadiendo precisos detalles y observaciones, un mapa humano de objetos y tiempo. Pero su devoción mitómana no pierde el equilibrio en el caos. Sinclair mantiene el sentido crítico a la hora de evaluar el paso del tiempo, no sólo en la vida cultural norteamericana, sino en la suya propia.

American Smoke comienza en Massachusetts. No es una elección al azar. Fue la tierra de Charles Olson (1919-1970), el poeta más importante de las letras norteamericanas durante el siglo XX, la figura que concentra la energía de la tradición (su reinterpretación de Melville) y la vanguardia (el movimiento Black Mountain, los breves pero fulgurantes años al frente de la institución que albergó a un colosal grupo de artistas). Su imponente presencia física y su voz se extiende a lo largo del libro. Sinclair lo reverencia a través de sus versos y su forma de recitar, los viajes alucinados al sur, los duelos dialécticos con los poetas jóvenes que iban a retarlo, entre ellos un Jack Kerouac muy deteriorado por el alcohol. Olson, como los beats, fue un poeta-geógrafo que escarbó en su realidad más cercana para reconstruir la historia en palabras y poemas (como también haría William Carlos Williams). El poeta de Llamadme Ismael comparte con Sinclair la idea de la ciudad como utopía, su Gloucester natal como movimiento colectivo y exploración personal, siempre en marcha.

Esa idea de la literatura como un constante cambio, las sílabas como pasos del camino, es lo que hace Sinclair en American Smoke, mientras salta de un lado a otro del país para recordar sus encuentros con Allen Ginsberg (el brillante y bondadoso iluminado), Gregory Corso (continuo superviviente en el subterráneo) y William Burroughs (siempre vigilante, siempre escritor), y el que tiene lugar durante la redacción del libro con Gary Snyder, todavía fiero poeta frente a su dominio literario y ecológico, el presente más sincero del libro. Sinclair rememora los últimos días de Olson («Dogtown», uno de los mejores capítulos) y Kerouac (que también nació en Massachusetts), a través de testigos familiares, libros y cementerios, así como los de Ed Dorn en California. Establece las diferencias, que también son las del peso de la historia, entre los autores de la costa este y los de la bahía de San Francisco, pero no se olvida de México ni de Canadá, porque al camino de señales de humo añade su obsesión por Malcolm Lowry, otro caminante desesperado que reescribió y casi destruyó Bajo el volcán en Dollartown, en la Columbia Británica (con la aparición estelar de William Gibson de cicerone en Vancouver). Otra presencia fantasmal se incorpora a la aventura, la del chileno Roberto Bolaño, a quien Sinclair llega por su libro de escritores ficticios, La literatura nazi en América (1996, Seix Barral). Desde el avión, contemplando el desierto de Atacama, y con la figura del exiliado americano en Barcelona, símbolo de autores nómadas, perseguidos o vagabundos, Sinclair compone el mapa final de su periplo que termina no en Chile o en otro punto del continente americano, sino de nuevo en Londres, en un enclave mágico de antes de la fundación de América. Como curiosidad, los fans del autor pudieron adquirir un capítulo aparte que no se incluyó en la edición original, al estar centrado exclusivamente en un cruento periplo sobre la ciudad y el escritor W. G. Sebald, otro gran caminante de Londres.

Los beats habían caminado sobre las carreteras americanas, pero además tuvieron sueños en los que cruzaban ciudades de Europa que no conocían, incluso recorrían continentes enteros. Sinclair se lanzó a la caminata de la M25 de Londres como un sonámbulo, reconociéndose en esas pesadillas y extrayendo de la historia a viajeros disparatados que intentaron caminarse todo el planeta a pie, o casos más siniestros, como el de Albert Speer, quien sin moverse del patio de la cárcel de Spandau hizo un periplo mundial contando pisadas para disfrazar sus pasado en unos diarios kilométricos.

American Smoke no es un libro para descubrir a la generación beat, ni para satisfacer los mitos creados en torno a estos fabulosos personajes. No es un estudio exhaustivo y ni siquiera aparecen todos y todas. Es un exigente recuento de las lecturas, las ideas y las rutas que han obsesionado una vida entera y una obra fascinante, influyente como pocas, además de una invitación a la puesta en práctica de la metodología de Sinclair, que no es otra que la de escribir de la forma más antigua y más avanzada: como un acto mágico de resistencia política. Siempre en camino.

Iain Sinclair con William Burroughs. Foto cortesía de www.iainsinclair.org
Iain Sinclair con William Burroughs. Foto cortesía de www.iainsinclair.org


Cuando el detective se volvió gótico

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

1. True Detective

Tal vez el detective en sus inicios portaba en una mano una lupa, pero la otra tenía, como en la canción de Nick Cave, un sospechoso color rojizo: la mano del pacto con el diablo. Y de este no se escapa fácilmente, por mucha lógica, métodos deductivos y rigor científico que se utilice. La última prueba de gran resonancia de esa alianza es True Detective. Con ese título tan pomposo como poco fiable (traducible como «El detective detective», o «El mero, mero»), True Detective es una narración detectivesca clásica en su arranque, con el hallazgo del cadáver y el inicio de la investigación, que pronto se contagia con magia negra, paganismo y rituales: la mujer muerta lleva en la cabeza una cornamenta de ciervo, tiene tatuada una enigmática espiral en la espalda y ha sido encontrada cerca de la escena del crimen una especie de escultura hecha de ramitas de árbol. Todo muy oscuro, muy extraño. Muy gótico. Encima, la historia transcurre en Luisiana, en el sur profundo faulkneriano, una zona de humedales y de humedad opresiva, territorios inmensos despoblados y soledad profunda. El lugar propicio para contar una historia de extraños ritos o, como decía Rust Cole, el detective-filósofo interpretado por Mathew McConaughey, «la psicoesfera» que le corresponde a un lugar así.

De esa manera, True Detective arrastraba dentro un género, el gótico, donde al final este acababa fagocitando al relato policíaco, con la culminación de la serie en uno de los capítulos más soberbios del teledrama reciente, en el cual, tras el último giro a la izquierda para llegar a la casa maldita del asesino, anegada de recuerdos y parafilias, Carcosa (el homenaje explícito de Pizzolatto a Ambrose Bierce) cristaliza en un laberinto que es a la vez templo de sacrificios, lugar de culto y ojo del tiempo.

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

Una maravilla plástica (fruto del artista Joshua Walsh) que traducía arquetipos de nuestro imaginario colectivo, que retornan una y otra vez para intentar arrojar, como en la última página de La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, más cosquillas a nuestro cerebro reptiliano que respuestas trascendentes. Y como siempre pasa en el género del gótico, tal vez olvidamos la trama, pero jamás la atmósfera. Y desde luego de la primera temporada de True Detective la recordaremos mucho tiempo.

Lo que no se nos está pasando por alto es lo que tiene esa primera temporada de True Detective de zeitgeist, de espejo cóncavo de nuestro tiempo, de síntoma de un malestar cultural, por lo que quizá su éxito no obedece no solo a una trama perfectamente ejecutada, sino también al acierto de su iconografía de raíz junguiana. No hay secreto detrás del enigma de la espiral tatuada en la espalda del cadáver del primer capítulo; el gran secreto es el enigma en sí: su fuerza sugestiva, su poder para conectar con arquetipos que nuestro propio subsconciente genera.

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

True Detective es, siguiendo las tesis del Jung de Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y la ciencia, menos un drama de televisión que un tratado de alquimia, y su imbriación con el gótico es menos un accidente que una afortunada colisión con el subconsciente del espectador. Ya lo decía Zizek, parafraseando a su vez a Lacan: el terror es una forma de saltarnos el estado simbólico del individuo (el lenguaje, la sociabilidad, el superyo) y entrar en el estado real, previo al lenguaje, ese magma donde las sensaciones esquizoides, las puras impresiones y los significantes (libres de su atadura del significado) campan a sus anchas. El susto viene a ser, como la música, una manera de puentear el intelecto y pulsar directamente las carnosidades blandas del miedo, esa emoción y esa palabra que usamos para nombrar lo que más tememos según Elias Canetti: ser tocados por lo desconocido.

Por esa razón, sorprende cuando críticos y espectadores varios quisieron encontrar una génesis común entre True Detective y La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), como si la idea principal de la película española procediera de la serie de Pizzolatto porque era demasiada casualidad que ambas trataran de detectives en busca de un extraño asesino y las dos mostraran una preocupación tan notable por el espacio gótico y la atmósfera. A nadie se le ocurrió (o yo no leí en ninguna parte) que ambas estuvieran traduciendo, sin que sus propios creadores se dieran cuenta (a la manera del médium), un relato que el subconsciente colectivo estaba demandando. Y ese es el de la vieja historia (esencial en nuestros tiempos de violencia política y económica, ese es mi punto) en la que el detective retrocede porque se da cuenta de que su intelecto no puede contra el poder irracional. Es la guerra de la lógica positivista contra el loco romántico, el cual, aparentemente, va perdiendo y se refugia, sedado y asustado, en centros de día (antes llamados manicomios). Pero de vez en cuando el loco se rebela, se adueña de la trama, nubla el espacio y arranca los ojos del visionario. Todo con un cierto aroma esotérico, lo sé, pero con una larga tradición cultural, de las que True Detective o La isla mínima serían sus últimos modelos.

2. Kill list

Kill list. Imagen: Warp X.
Kill list. Imagen: Warp X.

Recientemente, por ejemplo, Ben Whetley, cuyo nombre sonó en el último festival de Sitges por su adaptación del High-Rise de Ballard, había rodado en 2011 Kill list, una película oscura, turbadora y ultraviolenta, que guarda curiosas similitudes con la obra maestra de Pizzolatto. En Kill List hay una pareja de sicarios amigos que descubren por azar una extraña conspiración en la que están implicados, entre otros, un cura y un militar; hay también una cinta de vídeo, de la que nunca vemos ni una sola imagen, que perturba al protagonista sádico de la historia; hay finalmente (y esta es la analogía más llamativa) un extraño rito pagano de sexo y muerte de orígenes desconocidos, con personajes que ocultan sus rostros detrás de máscaras de mimbre, y un raro símbolo (trazado a cuchillo detrás de uno de los espejos de la casa del protagonista) que remite a una suerte de club oscuro y selecto. Un club para iniciados.

Escena de Kill list. Imagen: Warp X.
Escena de Kill list. Imagen: Warp X.

Resaltemos lo obvio: la transformación del género. Kill list pasa de ser un drama familiar, con una puesta en escena realista y desnuda, de cámara al hombro y luz natural, a convertirse en una historia de sicarios ingleses y en su final, en un último giro alucinatorio, a convertirse en una extraña historia gótica, con los ingredientes de rito pagano, persecución por guaridas subterráneas y duelo a muerte. No hay detective por ningún sitio, es cierto, pero la historia avanza en busca de la resolución de un secreto, como cualquier trama policíaca, y se transforma en su conclusión en una apoteosis siniestra de la celebración de la muerte. Como pasaba en True Detective, la investigación es secundaria después de todo. Lo importante no es la resolución del caso y la lectura de pistas; lo importante, tal como decía Rust Cole, nuestro amado detective-filósofo, es que al final del sueño hay un monstruo.

La lista de películas y relatos con ese oscuro turning point que transforma el género policíaco en gótico es larga, pero discutible según sus atributos. Por citar casos fuera de duda, películas como Seven (David Fincher, 1995), en la que una historia de serial killer de calculada metodología se vuelve una fantasmagoría gótica, incluida la imprescindible casa tomada y maléfica, o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), que cuenta el viaje de un detective a un Nueva Orleans de carne sudorosa, vudú y satanismo, entrarían dentro de ese catálogo.

3. The wicker man

Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.

Quizá la madre de todas esas metamorfosis del género policíaco al gótico es la clásica The wicker man (Robert Hardy, 1973), de la que existe un remake dirigido por el irregular Neil Labute, con Nicolas Cage como protagonista (2006). La original, con un guion basado (sin mención alguna en los títulos de crédito) en la novela Ritual, de David Pinner (editada en castellano por Alpha Decay), comienza con un investigador (en este caso, un policía) que llega a una apartada isla en Escocia en busca de una niña, en cuya desaparición parece haber conspirado y participado el pueblo entero. Al final, en el día de la ceremonia sagrada, el policía descubre que él es el principal protagonista del acto ritual. Ya conocen la imagen: una escultura de mimbre gigante, que se llena de cerdos, ovejas, gallinas y, a la postre, con un ejemplar humano, es quemada en una celebración del solsticio de verano (Midsummer´s night dream, ¿se acuerdan?) durante la puesta de sol. Una ceremonia que, curiosamente, es semejante al festival artístico anual de Burning Man en el desierto de Black Rock, aunque los primeros que lo iniciaron en 1986 (un grupo de amigos en Baker Beach en San Francisco) aseguran que no habían visto la película hasta muchos años después, lo que hace este rito festivo mucho más interesante. Debe de ser una hermosa experiencia la de todos esos miles de asistentes al festival, que dura varios días y que culmina con la pira de una inmensa escultura en mitad del desierto sin límites. Previo pago de cuatrocientos dólares para la admisión, eso sí.

Christopher Lee, que participaba en la película de 1973, de algún modo debió de prever lo que tenía esta de parábola para tiempos desesperanzados. Sin happy ending, y con una trama que recuerda a «La muerte y la brújula» de Borges, The wicker man es la que tiene un desenlace más radical de todas estas versiones en las que acecha un giro de tuerca gótico en su parte final. El sol se pone, la escultura sigue ardiendo y el héroe es sacrificado. Y aunque narrativamente la película de Hardy ha envejecido mal (con una puesta en escena que se nos antoja torpe, algo acartonada), sus hallazgos estéticos, incluida esa fabulosa colección de máscaras de animales que los habitantes del pueblo usan para la celebración final, siguen intactos. El año de su estreno, 1973, es el mismo en que se exhibió El exorcista de William Friedkin, que vino a transformar por completo el género del terror. Otra coincidencia extraña de los tiempos.

Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.

4. El espacio gótico

Ya han apuntado muchas voces la deuda de True Detective con símbolos y escenarios acuñados por escritores del gótico sureño como Ambrose Bierce o Robert W. Chambers, recursos narrativos que van más allá de las referencias explícitas al Rey Amarillo o Carcosa, sino que se extienden a una manera particular de percibir la atmósfera sureña, un territorio inhóspito (en su sentido estricto), reacio al asentamiento humano. Una atmósfera ideal para la ensoñación de espacios sobrenaturales. De hecho, lo que comparten todos estos autores con Edgar Allan Poe, el padre de la narrativa policíaca por «Los crímenes de la calle Morgue», es, como exigen las reglas del género gótico, un gusto exacerbado por el espacio decadente y orgánico, casi tratado como material vivo, que encarna, como en el clásico «La caída de la casa Usher», una maldición familiar, un estigma o una huella traumática, casi de la misma forma que lo hace el caserón sangrante e hinchado de símbolos visuales de la reciente La cumbre escarlata (2015) de Guillermo del Toro. Paroxismo descriptivo del entorno, con meticulosidad neurótica, que en la estética romántica traduce síntomas propios de quien padece agorofobia y pánico a los cambios, como le sucedió a la poetisa Emily Dickinson, quien se recluyó en su casa durante décadas, hasta terminar confinada en su cuarto, del que no salió en sus últimos años de vida.

Las imágenes son conocidas: ruinas, espacios desolados, cementerios, bosques decrépitos y oscuros, naturaleza intempestiva y salvaje, como en los cuadros de Caspar David Friedrich o los de Arnold Böcklin, cuyo cuadro más famoso, La isla de los muertos (cuya primera versión es de 1880), fue reinterpretada por H. R. Giger un siglo después.

La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).
La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).

En fin, el relato gótico que, ya desde su texto fundacional El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, muestra esta inclinación enfermiza hacia el espacio como eje radical de la narración: el castillo como escenario (desde su mismo título), el encerramiento opresivo y sus efectos sobre los personajes, a la manera de un estudio de psicología ambiental, y por si quedaba alguna duda, se añadió el subtítulo de «A gothic story» en la cubierta de la segunda edición del libro, un término, «gothic», que procede de la arquitectura medieval, pero que solo se comienza a aplicar a ciertos textos literarios a partir de ese portal de la percepción que fue la novela de Matthew Lewis.

La literatura gótica requiere así el espacio como la épica un héroe («en persecución del honor a través del riesgo», que decía Bowra) y si no se se construye, si no se logra cimentar la atmósfera a través de él, entonces el género fracasa. Curiosamente, y aquí retomamos la alianza genética entre el relato policíaco y el gótico, en «Los crímenes de la calle Morgue» de Edgar Allan Poe, el texto que inaugura la narrativa detectivesca según Hovayda y otros, el espacio es el detonante esencial de la trama. Por un lado, la casa burguesa, que ha sido invadida por un elemento extraño y donde se ha cometido el crimen; por otro, la ciudad de París y la calle Morgue, el territorio urbano consultancial al género policíaco. París, tomado aquí como modelo de gran urbe, quizá porque en ella desarrolló su trabajo uno de los primeros detectives, en quien parece haberse inspirado Poe para escribir su cuento: Vidocq, un antiguo delincuente reformado, aficionado a los disfraces y a las dobles identidades, que, con la ayuda de varios ghost writers empleados por su editor, escribió unas memorias de gran éxito.

Ciudad y crimen: el cronotopo imprescindible de todo cuento policíaco, que Poe acuñó en 1841 en el seminal «Los crímenes de la calle Morgue» (elementos que estaban ya en germen en su cuento inmediatamente anterior, «El hombre en la multitud», de diciembre de 1840, tal como olfateó con acierto Piglia en El último lector) y que después derivó en múltiples y fértiles variantes.

Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)
Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)

Lo que quizá no se ha dicho lo suficiente, sin embargo, es lo que lo tienen los relatos detectivescos de Poe (a los que hay que sumar «La carta robada» y «El misterio de Marie Roget») de refugio analítico contra las turbadoras ensoñaciones del gótico y del terror, de quien Poe era un consumado maestro: Auguste Dupin, mediante las herramientas de su ingenio, sin salir siquiera de casa, con el simple examen de las evidencias expuestas en las noticias del periódico, es capaz de resolver el crimen. Acertijos descifrados con un método cartesiano. Así, casi como una terapia de desintoxicación, para Poe sus textos detectivescos, los científicos (como el famoso ensayo Eureka) y otros de puro juego matemático (como el formidable «El escarabajo de oro») aparecen como una suerte de orden contra su sensibilidad romántica y su inclinación por lo grotesco y macabro. De hecho, en el mismo número de Graham´s Magazine de abril de 1841 en que Poe publica «Los crímenes de la calle Morgue», publica también «Descenso al Maëlstrom». Para él no hay ruptura alguna ni cambio de ciclo tras su primer cuento detectivesco. De hecho, algunos de sus cuentos más logrados de temática gótica, como «El pozo y el péndulo», aún están por escribirse, así que Auguste Dupin aparece como un remanso de paz, como un apacible balneario para enfermos, capaz de exorcizar el terror por sus capacidades analíticas (tal como hará Sherlock Holmes, quien en Estudio en escarlata, su primera aparición, cita expresamente a Dupin para mostrar la deuda contraída con su precursor).

De alguna manera, Poe no estaba haciendo más que sublimar en su famoso Auguste Dupin (a quien jamás se le llama detective en el cuento, por cierto) los inicios de la investigación criminalística científica, quien tiene en Vidocq, ya lo habíamos dicho, a uno de sus principales pioneros. El uso del registro de huellas dactilares, el nacimiento de la policía científica de Scotland Yard en Londres (que en 1875, por cierto, mudó su sede a un famoso edificio gótico junto al Palacio de Westminster) y la irrupción de la masiva penny press, que tenía en el crimen su principal fuente de contenidos y por tanto, el gran faro de los miedos burgueses, hicieron el resto.

El detective había llegado para quedarse en el imaginario colectivo, así que cuando hizo su entrada en escena en 1888 el famoso asesino Jack el Destripador (un término acuñado por la prensa, por supuesto), muchos apuntaron entonces y después que el asesino de Whitechapel tenía querencia por ciertas zonas descontroladas, peligrosas y oscuras, fuera del ámbito iluminado por las lámparas de gas de otras zonas más seguras de Londres. El espacio gótico vuelve una y otra vez, inherente al género criminal. La lectura esotérica de los asesinatos de Jack el Destripador se la dejamos a autores como Alan Moore, quien en From Hell (1989-1996), y haciendo una lectura muy avezada de Iain Sinclair (quien había publicado White Chapel, Scarlet Tracings en 1987), ha hecho una propuesta con elementos arcanos, magia negra y masonería. Otro caso más de relato policíaco vencido por el gótico.

Además, el más famoso detective de Londres, Sherlock Holmes, tiene decenas de casos donde la imaginería gótica es vital. ¿Se acuerdan de El sabueso de los Baskerville? Si quitan al detective, tenemos una historia gótica clásica, con el espacio opresivo como principal protagonista.

En fin, aquí viene la paradoja (y la neurosis): quizá Poe quería alejar sus miedos con sus meticulosos ejercicios detectivescos, pero el tiro le salió por la culata, y sin darse cuenta había dejado en su creación un rastro imborrable de su propia querencia por el gótico.

Luego, décadas después, en la novela negra que popularizó Hammett, Burnett, Cain, Chandler y otros, la verdadera protagonista, más que el detective armado y sagaz, es la ciudad corrupta, la ciudad y sus males (la Poisonville de Cosecha Roja, publicada por primera vez en Black Mask en 1928), así que la alianza prosigue y muestra cuál es la verdadera venganza del relato gótico: que el espacio tenga un peso fundamental en toda historia policíaca que se precie. Que el lugar pese tanto como el culpable, que tan importante sea el detective como las calles por las que se pierde, como en la famosa cita de Chandler escrita en The simple art of murder (1944): «Down these mean streets a man must go who is not himself mean, neither tarnished nor afraid. He´s the hero». El héroe es el detective, ya lo sabemos, pero ahí están las calles malignas colándose casi en un traspiés.

5. De Quincey

Imagen: Photoplay.
Imagen: Photoplay.

Al final, no hay ningún relato policíaco que no esté en deuda, de una manera o de otra, con el género gótico, aunque solo sea porque este inició la fascinación estética que ejerce sobre nuestro subconsciente el crimen y sus espacios. El crimen y sus lugares de culto. El primero que tal vez se dio cuenta fue Thomas de Quincey quien, no solo en El asesinato como una de las bellas artes (1827), sino incluso ya en Confesiones de un inglés comedor de opio (1822), escribe sobre la psicogeografía maldita de las calles de Londres, y el narrador, convertido en una especie de flâneur forzoso, obligado a mirar (un protodetective), las recorre registrando minuciosamente las huellas que encuentra. Muy distinto no es al ejercicio literario que practica Iain Sinclair en su obra, recientemente traducido en España por Javier Calvo en la antología La ciudad de las desapariciones. Aquí el paseante es el detective y la ciudad, el crimen.

Lo que parecía una delirante revitalización del género gótico en la obra maestra de Pizzolatto se ha demostrado un signo de una herencia de larga tradición. Desveladas las pistas, falta un cabo suelto: ¿por qué el detective acaba devorado por el espacio gótico? ¿Por qué el espectador o el lector son conducidos a las sombrías resonancias del laberinto oscuro? Y no me den la narcotizante respuesta de que todo es una lucha entre la luz y la oscuridad: nuestro subconsciente sabe cosas ante las que el detective —como el protagonista de La isla mínima ante una fotografía de su compañero, antiguo torturador de la policía— prefiere callar.


Treinta imprescindibles de la editorial Valdemar

Ilustración: Diego Cuevas.

La literatura, desde no se sabe muy bien cuándo, ha llegado a ser un gran lenitivo. Nos gustaría ser listos, tan listos como un premio Nobel o un tertuliano de derechas, pero como nunca podremos llegar a ese nivel nos conformamos con aparentarlo. Así que ya que hay que pasar el mal trago de leer, disfrutemos haciéndolo. Y como circulan por ahí cientos de cánones, y todos son iguales y todos están en lo cierto, proponemos una selección alternativa rebuscando entre los rincones más profundos de la blasfema y diabólica editorial Valdemar.

Faltan títulos clásicos de la literatura gótica como El monje, El castillo de Otranto y Frankenstein que, la verdad sea dicha, cualquiera se puede ahorrar a no ser que encuentre un raro goce leyendo literatura que fue de género hace ya doscientos años. De los clásicos de la literatura macabra nosotros solo aconsejamos que se acerquen con la mente bien abierta a los monumentales Melmoth el errabundo, de Charles Maturin, y al Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jean Potocki. En ellos sí que encontrarán literatura de calidad y, con suerte, alguna monja ensangrentada.

Cultura del Apocalipsis, de Adam Parfrey

Adam Parfrey recopila una serie de textos de la contracultura norteamericana de finales del pasado siglo. Asesinos en serie, ventajas de la autocastración, teorías conspiranoicas, pornografía estrambótica, necrofilia… una Realidad que está Ahí Fuera, oculta tras los cauces de la normalidad que la corrección política ha construido alrededor. Nada más sorprendente o desasosegante que lo que hoy podemos encontrar en internet sin desearlo siquiera. Pero siempre luce más leerlo en un libro. El siglo XX era esto.

Las once mil vergas, de Guillaume Apollinaire

El poeta se lanza con alegría a un ejercicio de superación. Página tras página nos ametralla con perversiones cada vez más enfermizas: sexo grupal, pedofilia, torturas, desmembramientos, coprofilia… escrito con tal maestría que el lector oscila de forma constante entre el horror, el desconcierto, el asco y la risa.

¿Pueden suceder tales cosas?, de Ambrose Bierce

Antología que recopila los cuentos fantásticos de Bierce. Desde relatos con tanta influencia posterior en el terror sobrenatural como «El ente sin nombre» a muestras de su negrísimo humor característico como «El clan de los parricidas». Imprescindible.

Danza macabra, de Stephen King

Ante la sola mención de su nombre el lector intelectual constreñirá el gesto como si tuviera que degustar un menú confeccionado por Bear Grylls. Pero King, además de ser uno de los más grandes cuentistas de la historia en su género, es un certero ensayista. En este libro estudia y disecciona de manera maravillosa el viejo arte de sentir y provocar miedo.

Brujas, sapos y aquelarres, de Pilar Pedraza

Aunque son igual de recomendables todas sus obras de ficción, resulta de especial interés este ensayo sobre la brujería, desde sus orígenes, sus múltiples significados, su persecución y su incorporación a la cultura popular. La maravillosa prosa de espíritu gótico y a veces perverso que Pila Pedraza utiliza en sus relatos y novelas no se convierte aquí en un ensayo abstruso, en un ladrillo, vaya. Al contrario, es una obra de fácil lectura y que contiene además una reivindicación de la figura femenina. Instruir deleitando.

Cthulhu: una celebración de los mitos, de H. P. Lovecraft y otros

Recopilación de los más representativos cuentos escritos alrededor de los mitos iniciados por Lovecraft. Cualquier aficionado al género debería conocerlos de memoria, aunque solo sea para aplicar con criterio el adjetivo «cthuloideo» a la criatura que se nos acerca en la oscuridad de un bar de copas para reclamar amor en esa hora incierta en la que ya no quedan seres humanos.

Trilogía del abismo, de William Hope Hodgson

Hodgson, como Saki, murió antes de tiempo a causa de un cómico accidente bélico, si es que morir en guerra puede considerarse accidente. Aun así, tuvo tiempo de regalarle al mundo algunas de las mejores obras de terror de todos los tiempos. Estas tres novelas son básicas para entender el universo literario que creó, en el que el horror acecha desde un otro lado que es todas partes.

Justine o los infortunios de la virtud, del marqués de Sade

En Valdemar encontramos la más completa edición de esta obra. Justin, bella joven en plena edad del pavo, deambula por el mundo convencida de que la virtud lo vence todo. Una serie de individuos pertenecientes a los estamentos del poder de su época (Iglesia, nobleza, alta burguesía) le explican lo que es el mal por el expeditivo procedimiento de encadenarla en sórdidos escenarios y tratarla de la manera más sádica capítulo tras capítulo.

Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, de Thomas De Quincey

Obra maestra del humor negro. En un mundo mejor las conferencias en los clubs de caballeros serían siempre así, con un individuo loando la estética del asesinato mientras el resto de miembros se pregunta quién diablos es ese tipo, cómo es posible que explique esas barbaridades con tanto estilo y si el hecho de que no quede una gota de brandy en el mueble bar tiene alguna relación con lo que está pasando.

Las canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs

Pierre Louÿs despliega su talento y erudición escribiendo una serie de poemas eróticos que atribuye a una desconocida poeta griega de la Antigüedad. Con tanta habilidad que, en su tiempo, muchos críticos creyeron que ciertamente era una traducción. Erotismo de calidad y aproximación intelectual indispensable al noble arte del amor homosexual.

Robinson Crusoe, de Daniel Defoe

Entretenida novela con marcado carácter juvenil porque se obvia uno de los aspectos que preocuparían a cualquiera que se plantee seriamente quedarse abandonado en una isla desierta (o casi): el sexo. A pesar de ello o tal vez por eso mismo, resulta curiosa la forma de abordar la soledad y la originalidad a la hora de poner nombre a un amigo indígena.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

La historia es un mero ejercicio literario para mitificar la figura de Kurtz, hacernos fascinante el personaje y, cuando mejor lo estábamos pasando con la novela (ya que el principio es bastante pesado), el horror. Kurtz, ese gran cliffhanger.

Viaje al centro de la Tierra, de Julio Verne

Únicamente tras una dosis doble de concentrado de suspensión de credulidad se puede disfrutar de esta delirante historia de ciencia ficción, que podría ser entendida como una gran metáfora sobre una comida copiosa y su correspondiente digestión pesada; bien pudo ser la inspiración de Verne.

El proceso, de Franz Kafka

Todo el mundo piensa en el manzanazo de La Metamorfosis pero en mi opinión, el mejor pasaje de Kafka está en esta obra; cuando se llevan en volandas al inocente Joseph K. prácticamente suspendido en el aire. Imprescindible, aunque solo sea para aparentar cierta talla intelectual en las tertulias con amigos imaginarios ilustrados.

El mundo perdido, de Arthur Conan Doyle

¡Encontrar dinosaurios vivos! Lo mejor que puede haber en la vida. Como sesión de tarde en el cine, pero en libro. Y lo bueno es que su origen no es una premisa insostenible científicamente como en la obra anteriormente comentada de Julio Verne.

Así habló Zaratustra, de Friedrich Nietzsche

Un tipo baja de la montaña y comienza a soltar discursos y aforismos como el que no quiere la cosa. El texto rebosa belleza literaria, más allá de las opiniones filosóficas del autor que de esta obra en particular piensa (aunque su opinión no sea muy objetiva) que es lo más grande que ha habido en la historia de la humanidad.

El sabueso de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle

¿Quién no conoce a Sherlock Holmes? Ahora, que levante la mano quien haya leído una novela de Sherlock Holmes. Lo que suponía. Leyendo El sabueso… se paladea la verdadera esencia de las andanzas del detective, tan manoseada cinematográficamente que ha perdido esa personalidad resabidilla y asperger de Holmes, y los giros y trampas del escritor. Por otra parte, Watson es tan patán como siempre nos han hecho ver.

La máquina del tiempo y otros relatos, Herbert George Wells

Totalmente prescindibles los otros relatos, la historia central es un clásico aunque es muy fácil tirar la piedra y esconder la mano: viajo en el tiempo en una máquina que no voy a describir y no me mojo con paradojas temporales. Bastante falsa como obra de ciencia ficción, la verdad, pero entretenida como curiosidad.

La madriguera del gusano blanco, de Bram Stoker

Un desconcertante desvarío creativo, aparentemente fruto del consumo de drogas, en el que el surrealismo gótico se desboca con las andanzas de una suerte de súcubo que da nombre a la obra. No sale Drácula.

La isla del tesoro, de Robert Louis Stevenson

Esta obra se ha convertido en una fábrica de iconos y tópicos en cuanto a la temática de piratas, en algunos casos muy bien llevados (Monkey Island) o destrozados (Piratas del Caribe III). Nunca he podido evitar que me cayera mejor Long John Silver que Jim Hawkins: al final, es el personaje más coherente y con más personalidad de la novela.

El hombre que fue Jueves, de G. K. Chesterton

Hay quien ve esta novelita como una alegoría del cristianismo. O como una exploración del nihilismo, o del existencialismo, o del anarquismo. Puede ser. Pero si no quieren que les duela la cabeza, léanlo, déjense bigote, denle cera, cómprense un bombín y metan una bomba debajo. Usen contraseñas hasta para abrirle la puerta al pizzero. Disfruten.

El que susurra en la oscuridad, de H. P. Lovecraft

Si lo que se desea es ponerse al día con Cthulhu antes de que venga a llevarnos a todos y merecer entonces sentarse al abrigo de su tentáculo diestro, háganse con este bonito y manejable volumen encuadernado en tapa dura y, si bien no podrán competir con aquellos que hayan leído sus dos tomos de obras completas publicados en esta misma editorial, al menos sí conocerán los fundamentos básicos de los mitos descubiertos —que no inventados, pues son reales— por Lovecraft. Este es el libro que se encontrará en el cajón de la mesilla de noche de cualquier hotel cuando llegue la noche de la Segunda Venida.

El gran dios Pan, de Arthur Machen

Arthur Machen, que fue muchísimas cosas —entre ellas periodista y miembro de las sociedades esotéricas más conocidas de la época, y nótese la graciosa paradoja—, se adelantó unos cuantos años a la locura blackmetalera y su adoración por el paganismo y el poder divino de la naturaleza escribiendo esta novella plagada de cerebros trepanados, copulaciones monstruosas, orgías que harían parecer cualquier dark room inside un jardín de infancia sueco, sadismo, maldad y, este es el elemento distintivo, un lirismo que conjugado con lo demás hace que el lector, salvo que sea el mismísimo Richard Ramírez, se cague por la pata abajo. El paradigma de la obra maestra.

La guardia de Jonás, de Jack Cady

Toda la colección Insomnia, dedicada a la literatura de terror contemporánea, es un festín para cualquiera que disfrute pasando miedo. Abarca desde el gore pornográfico de Graham Masterton (El hijo de la bestia), el homenaje a Lovecraft que supera al homenajeado (Extraños eones, de Emilio Bueso) o la road movie apocalíptica y descarnada (Pronto será de noche, de Jesús Cañadas). Como no solamente de sangre y vísceras vive Satán, sino también de poesía, destacaremos aquí la novela de Jack Cady. Los relatos marinos de fantasmas muchas veces dan lugar a grandísimos poemas en prosa, y este es uno de los mejores. No da miedo, es cierto, pero resulta ser lo que un sabio fumando en pipa definiría como alta literatura.

Indian Country, de Dorothy M. Johnson

Hay muchas razones por las que, guiados por los prejuicios, podrían rechazar este pequeño librito. Son relatos ambientados en el salvaje Oeste, un género ya pasado de moda cuando Franco inauguraba pantanos. Además, son relatos que dieron pie a grandes películas del género, así que se podría considerar que no hay razón para leerlos. Harían mal. Serían desgraciados sin saber la causa de su desdicha. Porque, aparte de que tanto El hombre que mató a Liberty Valance como Un hombre llamado caballo son totalmente distintos y hasta opuestos a las películas que inspiraron —más modernos, aún más rebosantes de vida, aún más poéticos—, el resto de la colección compite sin dificultad con la mejor narrativa breve que se haya escrito en inglés en los siglos XX y XXI.

El trampero, de Vardis Fisher

Y, para no quedarse en el formato corto, den el salto al novelón. Da igual que hayan visto Las aventuras de Jeremiah Johnson; esta novela —en la que se basa la película— es aún mejor. Grandiosa como los parajes por los que vagan el trampero y las tribus indígenas que lo persiguen. Rebosante de humanidad, de exaltación, de crueldad. Un argumento de peso con el que demostrar que el cine nunca podrá alcanzar el nivel intelectual que puede lograr la literatura.

Musgos de una vieja factoría, de Nathaniel Hawthorne

«El joven Goodman Brown», incluido en este volumen, es el mejor relato corto que se haya escrito en lengua inglesa. Ah, de acuerdo, es una afirmación muy seria y tajante, y quizás no la compartan quienes no gocen con las descripciones de aquelarres, quienes no hayan meditado sobre el poder del mal y la omnipresencia del diablo, que mora incluso en los púlpitos y los confesionarios; quizá la desprecien quienes estén seguros de que fue Dios quien ganó el combate y desterró a Lucifer a los infiernos más profundos. Da igual. Es un cuento sensacional y —junto con «Rip van Winkle», que también pueden encontrar en el volumen La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving— el mejor exponente de que a principios del siglo XIX se hacía una literatura atemporal, que no ha perdido un ápice de fuerza en los doscientos años transcurridos.

Noctuario, de Thomas Ligotti

Quienes piensen que la literatura de terror es un género menor, una lectura entretenida con la que pasar las horas entre chapuzón y chapuzón a la orilla del mar —¡iä, iä, Cthulhu fhtagn!—, intenten adentrarse en la complejidad de las narraciones de Ligotti. Oscuro, ambiguo, denso. Hay quien defiende que, en literatura, el mejor estilo es aquel que no se nota. Otros sostenemos que lo realmente difícil al escribir narrativa es tener un estilo propio, identificable, y que además sea el sostén de la historia que se está contando. Léanlo para entender del todo lo que queremos decir.