Librerías con encanto: Akira Cómics

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Aquí, Dios es Stan Lee. Desde las nubes, alarga su dedo hacia su creación, que le extiende el índice arácnido vestido de licra azul y roja, esperando ser dotado de la chispa de la vida. No llegan a tocarse, como tampoco lo hacen Dios y Adán en la pintura de Miguel Ángel que aboveda la Capilla Sixtina. Aquí no hay ignudi, ni querubines. En esta constelación están Thor, Hulk, el Capitán América y también Superman —siempre supimos que Dios era marvelita, pero no un fanático— recibiendo desde el techo al visitante de Akira Cómics (Avenida de Betanzos, 74, Madrid). Los quince metros de Capilla Sixtina superheróica pintados por uno de los propietarios, Jesús Marugán, ofician de antesala y santuario de este local de dos plantas y trescientos setenta metros cuadrados. Porque vender cómics no es el único motor que movió a la familia Marugán Escobar a montar, hace veintitrés años, una tienda especializada. Cuentacuentos, museo, actividades, aplicaciones móviles, presentaciones, charlas… Hasta donde alcanza la vista, todo es viñeta.

En 2012 les nombraron mejor tienda de cómics del mundo con el Premio Eisner, el Óscar del cómic que reconoció su habilidad para hacer lo que mejor saben: ni ser los más grandes, ni los más céntricos, ni los que tienen las camisetas más frikis. Sencillamente, descubrirte cuál es el cómic perfecto para ti (que no te has acercado a ellos jamás y crees que «tebeo» es algo despectivo), o para ti (que sigues en Twitter a Garth Ennis).

Charlamos con Jesús Marugán, copropietario de la tienda y Miguel Ángel con chaleco rojo de Akira Cómics.

Estamos hablando con uno de los personajes del Fanhunter de Cels Piñol, nada menos. En la serie tú eras uno de los jefes de la resistencia contracultural, y tu némesis era Alejo Cuervo. ¿Viene esto de alguna rivalidad real, él era el bueno y tú el malo?

No, no, qué va. Si es que en realidad es a él al que le gusta ser el villano. En el 94, cuando empezó la serie, le decía: ¿te gusta ser el malo? Y él me decía que claro, que le gustaba mucho más que cualquier otra cosa. Y tiene razón, es algo que he entendido con los años: mejor un villano que un héroe. Tienen un encanto que no tienen los buenos.

¿Había algo de metafórico en ser jefe de la zona libre?

Lo que pasa es que Cels, por lo menos en los años noventa, dividió España entre los lugares donde lo tratábamos bien y entre los que le ignoraban. Por eso nos convirtió en núcleos de resistencia, como había hecho en Barcelona con Antifaz Cómics. Ellos son más protagonistas porque son quienes le dieron la oportunidad de vender su fanzine cuando era un don nadie. Por eso él los pone en los agradecimientos desde siempre hasta el fin de los tiempos. Reconoce que ser un don nadie y que alguien te diga: «Sí, sí, te lo vendo en la tienda» es lo que le permitió llegar a ser famoso. Y en el caso de Alejo, es el malo porque cuando Celso entró en Gigamesh la primera vez, y Alejo le empezó a hablar de títulos y tal, como hacemos aquí, se fue con un taco así de grande. De cosas imprescindibles. Y entonces dijo: «¡Este es un fenicio!». Como le gusta tanto Philip K. Dick le imbuyó en eso. Es algo muy frecuente cuando conoces a Alejo. Cuando le conocí confesé que no me había leído ninguna obra de K. Dick. «¿Es mucho pecado?», le dije. Y ya te imaginas lo que me respondió. Hoy en día, después de haber leído todo, pienso como él, que es el autor referencial, y eso que yo he sido siempre de Asimov. Cuando me llega algún cliente cojo el relevo y le evangelizo.

Acabáis de reabrir el Museo Akira Cómics, la joya de la corona de la librería, con originales de Watchmen, de Kirby… ¿Cómo surge el proyecto?

Sí, lo hemos recomenzado tras las Navidades. Iván es el comisario de la exposición, el que se encarga de contar el anecdotario de las obras que tenemos, porque todo está enfocado al visitante que desconoce el mundo del original, al que le llama la atención ver marcas de típex en un original, o ese tipo de cosas. Hemos renovado los originales, porque la iniciativa trajo un aluvión de gente, así que seguimos reinvirtiendo dinero en ellos. Esto es una cosa de la que no sacamos un duro porque no cobramos las visitas, y aun así vamos por la segunda fase: ahora tenemos un Will Eisner, tenemos un Superlópez de Jan, un John Byrne, un Lee de WildCats… Hay muchos compañeros y distribuidores del sector que piensan que estamos chalados. Porque claro, te preguntan qué sacas con esto, y dices la verdad: que la gente venga a la tienda. Y que lo disfruten, porque al final el arte original es una cosa muy chula donde se puede unir el mundo del cómic y el mundo del museo, pero no tiene una monetización más allá de eso realmente. Somos bichos muy raros en ese sentido.

Parece que en España empiezan a abrirse los museos al arte del cómic, ahora mismo la Fundación Telefónica ha abierto una exposición, y también el Museo ABC está programando cada vez más actividades.

Sí, parece que empezamos a abrir las fronteras, porque ya hacía falta y tocaba. Al fin y al cabo en países como en Francia tienen mucho terreno ganado con esto, no es raro encontrar piezas de cómic en museo.

El Louvre hizo su primera exposición incluyendo cómics en 2005, que no es hace tanto.

Sí, es cierto. Pero para ellos el cómic es más cultura que aquí, que el museo no lo tengan tan atendido si en global lo ven distinto. Aquí el cómic es algo que se ha entendido toda la vida como una cosa para niños, luego ya como para adolescentes que les gustan los superhéroes, y ahora se está empezando a ver que es un elemento narrativo y artístico adicional a la música, al teatro…

La categoría oficiosa del «noveno arte».

Estoy encantado con esa denominación. Una pregunta que nos hacen habitualmente es que cómo vemos el tema de las descargas y la piratería, con las nuevas tecnologías, si nos afectan. La verdad es que no le afectan mucho, porque el cómic es como la evolución de las especies. Es una hibridación de dos elementos, la narrativa y la pintura, y eso lo que le permite es resistir a problemas que tienen esos dos elementos por separado. En el caso de la pintura, que tenga reproducciones y no tengas que ir a un museo para ver un cuadro; y en el caso del libro, el libro electrónico. Y lo cierto es que el cómic aguanta muy bien y muy sano todo eso. Cuando voy a Estados Unidos y visito allí tiendas, secciones como la de cómic atrasado que nosotros tenemos abajo, ellos lo tienen multiplicado por diez. Y eso significa que goza de muy buena salud el cómic tangible. El día que yo deje de ver eso allí será cuando aquí nos empezaremos a preocupar. A lo mejor el cómic es el que es capaz de aguantar este devenir de nuevas tecnologías, de cambio de modas.

¿Y no es eso también por el propio perfil del aficionado, de cierto fetichismo por el cómic?

Claro, y por el coleccionismo también. De hecho, las editoriales y las industrias y los países que cuidan eso hacen vida, porque también es cuidar al propio público. El cómic es un producto que se publica muy bien por eso, porque el público no solo lo quiere para leer, lo quiere para cuidarlo, que tenga un aspecto chulo… Hasta el punto de que internacionalmente se considera al cómic español, en cuanto a impresión y edición, de los mejores del mundo en calidad.

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Has abierto el melón: como en tantas cosas, está mejor considerado fuera que dentro. Hasta que llega un bombazo como Blacksad, que triunfa fuera y entonces todo el mundo lo abraza como éxito propio.

Es tal cual. Es un camino que aún hay que recorrer. Justo el año en que estuvimos en la Comic Con de San Diego — en 2013, que fui jurado por el premio que habíamos ganado el año anterior— le dieron a Juanjo Guarnido el Premio Eisner por Blacksad. Y da gusto ver allí una sala de americanos, aplaudiendo todos, gente que son profesionales del sector, reconociendo la valía de ese cómic… ¡Cuando en tu propio país no había tenido eco! Te da una envidia sana. Y eso que no es un cómic americano, pero lo está reconociendo allí la industria más poderosa del planeta, reconociendo lo que vale, y es un orgullo. Pero fuera, claro.

¿Ha marcado un punto de inflexión Blacksad para la consideración del cómic español? Tanto dentro como fuera.

Sí. Porque por ejemplo ahora con Paco Roca ya lo veis, todo el fenómeno en torno a él está moviendo mucha prensa variada, mucha reseña cultural. El año pasado a la exposición que hizo fue mogollón de gente, y ahí es donde notas que algo está cambiando. A lo mejor un poco más lento de lo que debiera, pero sí que está habiendo un cambio. Y en eso el primer culpable es Blacksad. Y a partir de ahí genera un efecto ola que hace que el no conocedor del mundo del cómic entienda que es un elemento narrativo de comunicación cultural fundamental, que no es una cosa para que el niño se entretenga y nada más.

En ese efecto ola, ¿no ha influido mucho también el cine? Porque habrá mucha gente que se ha acercado a Roca después de ver Arrugas, sin tener idea de que eso venía de un cómic previo. Lo mismo que las adaptaciones de Hollywood.

Ni os lo imagináis. Bueno, igual sí. El año pasado yo entrevisté en San Diego a Joe Ferrara, porque estoy haciendo una especie de documental de eso, de un español en la Comic Con. Le pregunté cómo veía él que en Big Bang Theory se haga humor de sus gustos, en contraste con la gente que no es así. Y me respondió: «Es un chiste viejo, que ya no hace gracia. Porque ahora mismo en este país el raro, el friki, es al que no le gusta algo de todo esto». Por la impregnación cultural que tiene, entre otros factores por el cine. El éxito de Juego de Tronos, el no se qué… Está por todas partes. Eso allí, y creo que aquí acabará pasando lo mismo. Es una cuestión de tiempo, como el tabaco: en Estados Unidos los quince días que estoy me olvido de que existe el tabaco, no fuma ni Dios, pero es que ni por la calle. Aquí todavía no, pero en unos años pasará lo mismo. En esta cuestión, lo mismo.

¿Y crees que en España las editoriales aprovechan suficientemente el tirón?

Lo que a veces decimos a las editoriales y a las distribuidoras es que deberían aprovechar todavía más esa popularización que propicia la multimedia hoy en día, porque algunos no lo aprovechan del todo, algunos no se dan cuenta de que eso es un tesoro, parece que les da casi hasta como complejo. Es que no es una cosa mala, es positiva. Lo malo era cuando empezamos hace veinte años, éramos cuatro pringados, encima las películas eran cutres y te daba pudor que hubiera una adaptación. Ahora es una edad dorada que no sabes si algún día va a acabar, pero hay que aprovecharla. Si a partir de algo que sale en cine o el cine te la amplifica puedes hacer que una persona de cada cien conozca el mundo del cómic, cojonudo. Hay editoriales que no lo acaban de entender, parece que están más a gusto  en el gueto. Ahora mismo la gente de hasta veinte años, los millenials, como ya se han educado con todo el manga y el anime que está por todas partes, y los salones del manga y tal, no lo ve de esa forma. Una persona de esa edad lo ve mucho más pancultural, incluso una cosa tan japonesa como son esos fenómenos. Quizás de aquí a veinte años…

Es interesante lo de los jóvenes que mencionas. Porque nuestras generaciones hemos consumido siempre cómics sabiendo que era algo que estaba fuera del circuito cultural mayoritario, pero ahora para ellos no es así.

Y hasta la llegada de la democracia, directamente estaba considerado como un subproducto en este país. Encima, siendo vecinos de los franceses o de los italianos con el fumetti, aquí era un subproducto, era una vergüenza. Por eso pasó el boom de los ochenta con el Víbora, Cairo, y todas estas revistas, porque fue una forma de decir: oye, es que el cómic puede contar más cosas y puede contar cosas de adulto, cosas violentas, eróticas. Como el destape en el cine. Y todavía estamos recuperando ese tiempo perdido.

Ahora ya hay una generación que se está educando con el cómic como algo completamente integrado en la cultura. No hay más que ver la oferta que tienen las grandes superficies en cómic, que se ha ido engrosando en los últimos años.

El estado en el que estamos ahora no nos lo habríamos imaginado en los noventa. Entonces pensábamos que nos íbamos al paro todos, que acabaríamos cerrando, de hecho los americanos lo llaman «los oscuros años noventa». Porque era una década en la que en España, además de la crisis que sufríamos, el panorama editorial estaba muy mal. En el caso del mercado americano habían tenido el boom de especulación que se había ido todo a tomar por culo, Marvel y DC estaban hechas una porra, sus historias eran muy malas, cuando Marvel entró en bancarrota… Cada día decíamos eso, hablábamos así en casa: en dos años, tenemos que cerrar. Piensa que abrimos en el peor año que hemos tenido en este país, aparte del año 2008-2009, con la diferencia de que en esta segunda crisis ya sabíamos que había una crisis. Nosotros cuando abrimos la tienda no éramos conscientes de que sufríamos una crisis, veníamos del Barcelona 92, todo muy bien, y claro, pones un negocio y  la gente no entra a comprar ni a tiros. No sabes qué está pasando: si es que eres feo tú, si es fea la tienda, si el barrio no es el adecuado, si están todos en contra de ti… No lo sabes hasta que no empiezan a pasar los años y ves lo que ocurría. En esa época cerraron muchos puntos de venta por esa razón, porque venían de malacostrumbrarse al boom que hubo, brevemente, a finales de los ochenta, principios de los noventa cuando surge Image Comics, y cuando aquí en España se vivía de cómics de importación. Allí en Estados Unidos se llegaron a publicar millones de ejemplares de tirada de un solo número. Cuando ha llegado esta segunda crisis al menos pensamos que saber que tienes una enfermedad es el primer paso a la curación.

Así que: muchas gracias, Hollywood.

Sí, muchas gracias.

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Decís que hacéis las cosas al contrario, porque en lugar de expandiros, hacer franquicia, o mudaros al centro de la ciudad, habéis decidido abrir un museo. ¿Por qué?

Pues porque somos una familia rara y especial, en todos los sentidos. Y como libreros más todavía. Por eso somos como somos. Hay gente que no entiende nuestra localización, por ejemplo.

Sí, que no esté en un sitio céntrico donde aprovechar más afluencia de gente. Llama la atención.

Eso es. Es que nosotros no queríamos poner una tienda junto a todas las demás, como se suele hacer en esta ciudad, porque no era nuestra visión. Y no hemos querido montar una cadena de franquicias porque no es lo nuestro, porque además se pierde el know how que tienes como empresa. Y tampoco nos gusta que sea todo monetizado. El año pasado sacamos una aplicación para móvil, somos la primera librería que la tiene, precisamente por eso. Antes que gastar nuestros esfuerzos en montar cosas por ahí es mejor que la gente a través de un dispositivo que lleva encima pueda conocernos por cualquier lado. En el año 95 fuimos, junto con otra tienda de Barcelona, los primeros que desembarcamos en internet por la misma razón. Y se reían de nosotros. Nos ha gustado siempre mucho la informática, mi padre viene de ese sector, yo me he destetado leyendo manuales de informática desde pequeño, la llevamos muy integrada en el día a día. En cuanto conocimos internet supimos que algún día eso sería importante. Loa aplicación para móviles es igual, habrá un momento en el que será lo más habitual del mundo, y recordaremos cómo en 2015 nos lanzamos a ello. El móvil permite utilizar la tecnología iBeacon: entras en un establecimiento y el móvil te avisa de que tienes ahí un producto que te puede interesar. Pero también para el museo es muy interesante, porque te evita la audioguía.

Hablamos del móvil, de nuevas tecnologías, de cómo alguien desde Cuenca puede comprar un cómic aquí… Pero precisamente el Premio Eisner que os dieron en 2012 como mejor tienda de cómics del mundo no fue por vuestro fondo, ni por la innovación, sino por fidelizar a la gente a venir a la tienda.

El problema es que tú no puedes ir en contra de los tiempos. Si la tecnología consigue facilitar las compras desde donde sea no puedes evitarlo porque es un tsunami que te arrasa. Ya que eso ocurre y es una realidad, lo mejor es tener una buena infraestructura. Eso no quita para que luego paralelamente hagas otras cosas. Porque aparte de esa inversión en la venta a distancia, a nosotros nos gusta que la gente disfrute con la experiencia de venir aquí físicamente. Pintar esta burrada [señala la Capilla Sixtina Superheroica, N. d. R.], que me llevó un montón de meses, o el museo, o la cafetería donde estamos, estar siempre tratando de diseñar de la forma más amigable el tránsito por la tienda… Y a la vez no debes olvidar tu salida al exterior porque eso permite que nos visite gente de fuera de Madrid, que viene porque te conoce. Pero lo importante es que no puedes dar un buen servicio a distancia si no das un buen servicio offline. Lo principal es que a la gente le guste la tienda y esté cómoda, porque eso es el objetivo original y siempre será la base de operaciones. Lo que más nos ilusiona es que esté bien provista bonita.

Es un poco esa definición de «mi librero de confianza» que también usaba Cels en Fanhunter. ¿Cómo tratáis de orientar, además de verbalmente, al que desembarca aquí sin tener ni idea?

Mira, en esos muebles europeos de arriba tenemos montada una cosa que importó Iván de las librerías de cómic belga. Allí tienen la costumbre de poner una especie de afiche en los cómics donde escriben una sinopsis y por qué a la librería le parece interesante. Yo cotilleo americanos y él cotillea belgas, y me dijo que eso es interesante para incluirlo. Porque hay mucho cómic americano y europeo muy bueno, y la gente recurre a ti para que asesores. Es una parte extra, además del boca a boca de «llévate este o este otro», añadir eso. En la planta de abajo, la de superhéroes, una buena orientación es no decir jamás que todo es maravilloso. Si me preguntan qué me parece algo que no me gusta, lo digo. Lo tengo que vender, pero si es una mierda, es una mierda. Que no te pueda el afán de vender.

¿Nos ha hecho internet más selectivos con los cómics o menos? Porque ahora cuando vamos a comprar un ejempla, venimos con mucha más información previa sobre él de la que teníamos antes.

La pregunta que yo creo que habría que hacerse es si no hay mucha más oferta que antes, y por eso necesitamos  organización. A vuestro alrededor tenéis cuarenta y cinco mil productos distintos.

¿Solo libros o contando merchandising?

Merchandising no hay casi nada. De esos cuarenta y cinco mil a lo mejor mil son merchandising, que no es casi nada. Aparenta mucho pero la mayoría son cómic y libros, que es lo que dice la base de datos. Darle una organización a eso en la tienda es muy complicado, en la web es más sencillo, y si además trabajas con sus cookies… Pero físicamente es más complicado si manejas un catálogo muy grande. Hace veintirés años la oferta era mucho más pequeña, Marvel publicaba muchos menos títulos, Norma tenía menos también, y ahora hay además muchas más editoriales. Entonces era muy sencillo, pero también más aburrido, porque ibas a un sitio a comprar y tenías sota, caballo y rey. Lo bueno es que ahora cualquier perfil de gustos va a tener un cómic a su medida. Tienes un espectro tan grande que no vale decir que no.

En cuanto al merchandising, en el año 2008, cuando llegó la crisis, hubo sitios que como tenían media tienda de merchan, y el merchan literalmente se desplomó, algunos cerraron y otros se quedaron a punto. Y nos contaban cosas terribles, porque tú mismo te has acostumbrado a depender de unos pies de barro muy grandes. En vez de que sea una cosa complementaria, que sirva de reclamo, metían más y descuidaban el cómic. Y te lo decían: esto cunde más porque vale cincuenta y lo vendo por el triple. Llega una crisis y cataplúm. Son vicios malos, una cosa que controlándola te es beneficiosa. También nosotros en eso somos raros, eh. Porque lo controlamos mucho, con papel y lápiz, sabemos que por ahí es por dónde cierras, o te vas a la ruina o te hipotecas. Y porque además somos libreros, y la tienda la pusimos por eso. Si eres librero eres librero, no es que quieras vender merchan. Hablábamos antes de Alejo, y cuando le conocí y me enseñó la tienda me sirvió también mucho en este sentido. Además de darme una serie de consejos supersabios me sirvió ver cómo él tiene la tienda, donde hay muchos libros. Y luego tiene el merchan, que lo trae por el previews, pero lo tiene muy controlado, y lo sigue teniendo así. Tiene claro que la venta principal es de libros. Para mí eso fue palabra de Dios.

No podemos obviar que has conocido a Stan Lee en la Comic Con. Cuéntanos algo.

Es un tipo majísimo, majísimo de verdad, más de lo que te esperas de alguien como él. Tuvimos mucha suerte, porque era un sorteo que hacía Marvel, y solo cincuenta personas pudimos conocerle en la Comic Con. Y me tocó. Ha dicho este año que ya no va a ir a la convención. Pero el mayor rendimiento que saco de la Comic-Con son las reuniones de libreros profesionales, el intercambio de ideas. A mí eso ya me paga el viaje, siempre vuelvo de allí con ideas chulas. Porque al final todos trabajamos el mismo producto, pero no es igual.

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De hecho Akira Cómics no reniega de tener una inspiración como tienda claramente americana.

Claro. Me las estudio y escruto todas. Mi opinión personal es que ellos son una sociedad que sabe muy bien cómo vender las cosas y cómo hacerlas atractivas. Al final, lo que me aportan es eso, gratuitamente me dan herramientas para poder embellecer la tienda. Nos inspiramos en un modelo de librería que en cuanto a exposición y cómo venderlo para mí son los mejores. Eso cuando lo hacen bien, porque a veces te encuentras un sitio que de guarro es el más guarro del mundo. En Nueva York está Midtown Comics, que te puedo hacer el plano sin mirar el papel. Me la tengo empollada de arriba a abajo. Aunque hay cosas que no, que aquí parecerían horteras o incómodas, en la mayoría son ejemplos para copiar.

¿Por ejemplo?

Cosas tan simples como la cartelería. Los españoles pensamos que la información la sabemos no se por qué, por ciencia infusa. Una cosa que nos dice la gente cuando pasea por la tienda es que tenemos una gran profusión de indicadores y carteles, y claro, pues sí. En este sector se comete mucho ese error, pensar que quien entra en la tienda ya sabe dónde está todo

¿Y eso no es porque sigue siendo endogámico, que se da por sentado que el que entra a la tienda es el friki más grande del mundo? ¿El que conoce desde lejos las portadas de Vértigo?

Exactamente. Por eso es un problema. Porque el público que más deseas captar es el casual, no el habitual, porque es el que más hay. Alguien que compre en la tienda no se cuál es difícil que me venga a comprarme a mí, podrá venir alguna vez porque le interese alguna cosa, pero cada uno tiene su parroquia. Por eso quieres captar a alguien que pase por la puerta y le resulte atractivo. Eso es lo que nos destacaron los americanos con el premio que nos dieron, no asustar al que pase por la puerta, sino todo lo contrario, que diga «coño, qué interesante» y que dentro se pueda desenvolver.

Es decir: no abrumar. Algo de lo que se quejan mucho los que no son aficionados cuando entran a una tienda especializada.

Sí. Un feedback muy chulo es ese: «He encontrado muy fácilmente las cosas, me he sentido muy acogido». Ves que lo que hacemos funciona. Que alguien que venía a comprarle algo a alguien no se ha sentido ni abrumado ni asustado, ni ajeno ni mareado. Que eso lo he conocido mucho por amigos que se habían ido de sitios porque se acojonaron. Sobre todo con mujeres, porque encima hasta hace no mucho esto eran sitios habitualmente de hombres, y todavía eso produce un choque más. Tuve una conversación en San Diego con Jennifer Haines, que ganó el premio con nosotros, ella es de Canadá. Esa librería de cómics la lleva una mujer y todas son trabajadoras. Hablando con ella de estas cosas me dijo que el enfoque que le daba a su librería es que la experiencia de compra sea lo chulo, porque nosotros normalmente como hombres no valoramos tanto la experiencia de la compra en sí como el producto. Por eso nos da igual que haya mierda en el suelo o lo que sea, vas a por lo que vas, te lo compras y te lo llevas. Pero a vosotras os gusta disfrutar, y entonces la tienda la tiene montada para eso. Eso me dio mucho que pensar.

No sé si estoy muy de acuerdo en eso de que la experiencia de compra es algo peculiarmente femenino, eso del «el hombre va a comprar algo y la mujer va de compras». He ido a comprar cómics con hombres toda mi vida y la experiencia es la misma…

Es una generalización, claro. Pero ya te digo que cuando voy a comprar algo para mi es una tortura y no quiero enrollarme nada.

Pero seguro que con los cómic no, con eso te puedes pasar horas comprando y mirando. Quizá dependa más de si te gusta lo que vas a comprar, o no.

Claro, puede ser. Pero ya que vas a comprar, lo que sea, buscas es que la experiencia sea lo mejor posible.

Y cuál es el balance desde entonces. ¿Han venido más mujeres a comprar?

No es presuntuoso, pero nosotros desde el momento en que abrimos no nos hemos podido quejar en ese sentido. Hemos tenido siempre muchas chicas, nuestro porcentaje está alrededor de un cuarenta por ciento de la clientela, es casi la mitad.

Ya solo falta que se equilibren más las autoras de cómic y estupendo.

Sí, eso va a costar más trabajo, como bien sabréis. Pero sí, en cuanto a fans, como desde el principio estamos muy implicados con el manga supongo que algo tiene que ver, porque ese es el canal que más mujeres ha aportado tradicionalmente. Ahí tienes todo el Shōjo, un género que los chicos no suele leer, y hay un montón de títulos. Hay una editorial como Ivrea que prácticamente ha construido su imperio alrededor de esos títulos. Abajo tenemos una selección específica, y si empiezas a ver todas las colecciones que hay no acabas, y solo lo compran chicas. Además chicas de unas edades que son perfectas para engancharse, que son adolescentes, jóvenes, para que luego a partir de eso puedan irse al europeo, al americano… y eso lleva pasando casi desde el principio.

Y en los títulos no específicamente femeninos, ¿ahí se nota?

Sí, con el auge de Hollywood además se nota mucho. Y luego las nuevas generaciones que al fin ya no tienen ese estigma de decir que esto es un hobby de hombres.

Tenemos muy claros cuáles son los referentes del cómic en nuestra generación, pero en estas que vienen, ¿son los mismos? ¿Persiste la lucha de Marvel y DC?

Claro, ellos también son permeables a la cultura popular y ahora Marvel y DC son cultura popular como tal. Como Star Wars.

Hemos visto también que acogéis presentaciones de libros que escriben youtubers, lo que imagino que os proporciona un contacto con el público que les sigue y viene aquí, y algo sabréis sobre sus gustos. ¿Leen algo de cómic español?

Creo que lo consideran aún un producto un tanto viejuno, pero por ejemplo Laura Gallego García para ellos es el alfa y el omega. Si hay un cómic de Memorias de Idhun lo compran. Pero tampoco hay muchos. Es una cosa que les decimos a las editoriales, que necesitan publicar y generar títulos que sean atractivos para ese tipo de público. Gente que se mueve ya en el entorno de YouTube, que no ve la televisión, que si la ve es porque están apuntados a series tipo Netflix. Hay un cambio generacional muy grande, más de lo que parece. Por eso en este tipo de gente que sean influencers es tan gordo, porque ellos una noticia en la televisión ellos no lo van a ver, pero si uno de los youtubers habla en su canal de ello lo van a seguir muchísimo. Y ahí lo tienes, y lo verás mil veces, porque vamos a seguir insistiendo en esa dinámica. Lo que pasa que se mueven también mucho en novelas de fantasía y tal, este chico, Javier Ruescas por ejemplo, escribe sobre ello. Tendrían que ser cómics que se entremezclaran con esos géneros, y no hay tantos. Es una cosa de la que adolece el mercado español y que todavía ganaría más lectores en el sector en el que las editoriales españolas más se quejan de que no lo tienen, en esas edades. Porque a partir de los veinte años ya, te enganchas y ya tienes dinero, y es otra cosa.

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Has colaborado, o colaboras, en medios generalistas, pero también en medios de cultura geek, digamos. ¿Cómo ves el tratamiento del mundo del cómic desde los generalistas? ¿Parte de la responsabilidad de haber extendido su consideración como arte menor la tienen ellos?

Sí, hay medios como el programa de radio de Laura que hacen mucho a favor, pero lo que se echa en falta es que esté en todas emisoras. Parece casi que sales medio llorando, cuando es algo que tiene su audiencia y tiene su público. Existe tanto producto que el público lo que quiere es que le informes y le dirijas. Hay periodistas capacitados perfectamente para ello, la cuestión final es la cabeza dirigente, el problema es que quien dirige es el que menos conoce el asunto. Todos los periodistas que han pasado por aquí me han dicho lo mismo, que son consumidores y les encanta; pero que les dicen «hay que enfocar esto desde la perspectiva de que son unos frikis». No son los profesionales de a pie los culpables del tratamiento, sino los jefes, los que aún lo ven desde un punto de vista displicente. O no le hace caso, o no le interesa la noticia. Pero creo que con tiempo se va cambiando. Las personas que van teniendo cierta edad conseguirán puestos de mando en medios, llegará un momento en que será una parte tan integrada en la cultura que surgirá la necesidad de darle más espacio. Quizá es que aún estamos un poco en pañales en ese sentido, llevamos escasamente treinta años desde que el cómic en España pasa de ser un subproducto para niños a ser una cosa con más entidad, y esto requiere un camino adicional. Quizá necesitamos unos veinte años más para que acabe, porque sí que es cierto que poco a poco va viéndose más. Antes era más complicado ver alguna reseña, pero ahora entre autores y público va introduciéndose, aunque lentamente.

Y vosotros, personalmente, me imagino que habréis notado mucho la repercusión del Premio Eisner.

Sí, Ferrara me lo avisó en su momento, que el premio es un antes y un después para el país que lo gana y para el sitio que lo gana. Es un amplificador. Y sí, lo hemos vivido tanto por parte del público como por parte de los medios, ahora nos atienden más porque al fin y al cabo estás representando un referendo internacional.

Al final, el mismo ejemplo de Blacksad que hablábamos antes.

Sí, exacto. Y eso es algo que les sorprende mucho allí, porque no conocen la idiosincrasia nuestra y hay que avisarles de que somos un país un poco peculiar para algunas cosas. Todas las comidas que hacemos allí me preguntan por esto. Porque eres el exótico, y siempre surgen estas cuestiones. De cómo se ve el fenómeno del cómic en España y cómo ha crecido. Para ellos es distinto. Cuando pones allí la tele porque va a empezar la Comic-Con aparece la reseña en todas las televisiones a escala nacional, lo llaman the number one american pop culture event, y lo tratan muy chulo. No es como aquí, que se ve ahí un tío mirando de forma desganada... La cobertura de ellos es superchula, y ahí es donde te das cuenta de que el propio medio sabe que es una cosa muy importante y que hay que tratarla con respeto. El gran acierto que se tuvo en la Comic-Con y en este tipo de eventos fue unir Hollywood y el mundo del cómic, que hasta ese momento era una cosa más reducida. ¿Por qué no se hace lo mismo en España? Porque al final es dinero. Y si quieres hacer negocio, pues joder, imita al que mejor lo sabe hacer haciendo un show bussines. O por lo menos coge su forma de enfocarlo. Y no se hace. A mí me han dicho: «Es que eso son los americanos, que son como son», y tú te respondes: «Y así nos va». Que te vas a un salón y el suelo es una guarrería, y allí está enmoquetado.

Bueno, aquí tenemos el Salón del cómic de Barcelona que…

Y aún así es feo. Porque no se cuidan ciertos detalles de estética, es lo que decíamos antes. Parece que pones un sitio y la gente tiene que entrar porque está obligada. Tendrás que ofrecerle estética, atractivo, glamur… Y esto se aplica a todo, a los salones de cómic pero también a las panaderías. Y los salones de cómic aquí en España podrían mejorarse mucho. Y no es cuestión solo de que haya o no haya dinero. Hay que buscar alternativas. 

Pero estás metido en el sector, también habrá gente intentando subsanar estos errores.

Los que más son los del Salón del Cómic de Gijón, que llevan dos años. Y el resultado es bastante mejor, porque lo primero es que traer autores, autores americanos. Editan también un cómic para vender allí con una portada especial. Tienen iniciativas que están inspiradas en sitios de fuera y tratan de seguir una guía que les separe de lo habitual, para que la gente no diga «otro salón más». El año pasado tuvieron bastante éxito con eso. Por el momento son los raros, pero bueno, se ve a alguien que tiene cierta intención de hacer las cosas de otra manera. Al final lo que mola es que este tipo de salones te oferten esta especie de glamur que no tienes habitualmente, ni en tu tienda, ni en tu barrio, ni en tu salón de aquí.

Otra cosa, fuiste muchos años el Darth Vader de la Legión 501, pero has colgado los hábitos.

Sí, en el 2008 fue la última vez que lo hice, y colgué el traje en ese maniquí y ahí sigue. En esos diez años participé como en cincuenta acciones, y se suda mucho dentro de ese traje.

Algo sabemos de lo mal que se pasa ahí dentro, sí.

De hecho en esa época estaba superdelgado, porque sudas un montón dentro de ese traje. Hay un corto rodado en Valencia con unos chicos, donde hacía de Vader y casi me caigo redondo. Me subieron a la peña de un cerro, encima en julio, tres horas para una toma en un secarral, y no tenían nada para que fuera bebiendo. Y en cierto momento digo: «Me parece que me voy a desmayar»; cuando vi al año siguiente en Baréin a Fernando Alonso que se le estropeó el agua y le pasaba eso pensé: «Efectivamente, puede pasar». Que en el podio ni se podía poner de pie. Desde entonces en verano ya no me lo volví a poner. Luego te quitas el traje y vas como el monstruo de la Laguna Negra, dejando huellitas de sudor.

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¿No te han entrado ganas de volver con el episodio VII? Imagino que en la tienda estaréis encantados con el repunte de interés en torno al universo con la nueva película.

Sí, un poco, la verdad. En el público se ha notado mucho el repunte de interés con Star Wars. Además de porque sea una película que está bien, porque como las preculeas eran flojas por mucho que tuvieran efecto amplificador enseguida se deshinchaban. Y además estaba Peter Jackson con El señor de los anillos metiéndole zascas continuamente, porque era una película que salía después y era mucho mejor. Y el regusto que quedaba era un tanto malo. Pero con esta, joder. Es una película de un director bueno, que le ha salido bastante redonda, una recaudación de la leche, en Navidades… Se nota mucho. Siempre es una cosa que te da la oportunidad en meter en la lectura a gente nueva.

Aunque se cargue el universo expandido y muchos títulos ya no sirvan para nada.

Ah, a míeso me parece buenísimo. El universo expandido no lo he aguantado nunca. En la 501 este era un tema habitual de debate y siempre estábamos en contra. Somos fans de edades parecidas y además de criticar la trilogía nueva, se critica el universo expandido, que en general quita más que pone. Son productos más comerciales que otra cosa. Porque a George Lucas el día que conoció a Rick McCallum se le fue la chola. Porque este tío, que no era su productor original, debió de decirle: «Tú no seas tonto, que de esto se puede sacar mucho dinero. Más». Y empezaron a hacer cosas raras: la edición especial…

Qué afán con descargar de culpas a Lucas…

¡Porque él no era así hasta entonces! Si lo único que había hecho es hacer una película con ewoks, porque ya quería terminar el asunto porque se estaba divorciando… En el fondo esas películas estaban seriamente enfocadas. Pero a partir de los noventa, se le empieza a ir y aparece un productor nuevo con quien se hace uña y carne, está claro que es el otro el que le llena de esas ideas comerciales. Que le dice que si quiere meter un personaje de compañía sea un bicho gracioso, que a la gente le va a gustar. Y toma, Jar Jar Binks, Y acabando ya con lo que casi se carga todo, las Clone Wars. Eso fue terrible. Y eso es lo que más daño hizo.

Por aquí tienes alguien que no está de acuerdo. Que la película era mala, pero defiende la serie.

Pero la peli es terrible, la del huttito, esa. La del hijo de Jabba. No te hablo de la serie, la película, cuando la vimos, nos cagamos como fans y como libreros, porque pensábamos que a la gente le iba a dejar de gustar Star Wars. Por eso cuando llegó la noticia de que se cargaban el universo expandido casi saco el champán, me pareció que era lo mejor que podían hacer. Venderle esto a unos que saben cómo trabajar estas cosas como nadie desde hace cien años, y encima su productora va a ser la mejor, la de Spielberg, la mejor productora que ha tenido Hollywood. Porque hacen una cosa que no se suele hacer, y es dejarle tranquilo al director que haga las cosas, ahí tienes Tropic Thunder: lo que hacen los productores es lo que hace el personaje de Les Grossman, meter el pescuezo, y así salen las películas. Y la productora que tienen ahora no hace eso. Cuando salía el tema del universo expandido en charlas y recordabas las novelas que empezó a licenciar, videjuegos y cómic…

También hay cosas buenas. En cómic había muy cosas malas, en novela el nivel (con terribles excepciones) era mínimamente potable, y con alguna cosa muy potente.

En general hay más malo que bueno. Pero el problema de esto es que tú hipotecas una línea temporal de productos, que ya no van a ser películas, tanto para adelante como para atrás. Y encima con cosas raras por muy bien que salgan. Como que Boba Fett resucite, que el otro se case con tal… A mí hay novelas de Timothy Zahn que sí me han gustado mínimamente, porque no mantiene un statu quo, sino que hace giros argumentales radicales.

Un poco lo mismo que J. J. Abrams, que tampoco ha tenido miedo de cargarse a personajes míticos.

Y si después hubieran puesto a Joss Whedon me habría parecido perfecto.

Necesitamos, definitivamente, unos episodios X, XI y XII dirigidos por Joss Whedon.

Me sumo. Porque el universo expandido anterior al episodio I es todavía es peor. En el origen de las películas partes de una situación un tanto sosa, los pesados de los jedi con sus rollos, y además con las Guerras Clon, que es una farsa. O sea, con el universo expandido estás leyendo algo que ya sabes que no va a ninguna parte, pero es que encima contar cosas anterioresde  cuando la galaxia está en paz pero de vez en cuando hay un chaval con sus discípulos dando la brasa, tampoco va a ningún lado. Hay que ser sinceros: este tío situó las películas originales en el punto más interesante de todos, un imperio malvado, una revolución en su contra… Por eso Abrams repite la estructura que funciona, de guerra civil. Y es acertado, porque fuera de eso es muy difícil encontrar nada válido.

Por último, hace poco publicamos una lista sobre lo mejor del cómic del pasado año, ¿Cuáles son tus títulos favoritos de 2015?

Los míos son: Jupiter’s Legacy (Panini Comics); La Casa —de Paco Roca— (Astiberri); Sally Heathcote, sufragista (La Cupula); Secret Wars (Panini Comics); Darth Vader (Planeta Comic); Tokyo Ghoul (Norma Editorial); La Casa —de Daniel Torres— (Norma Editorial); Corto Maltes: Bajo el sol de medianoche (Norma Editorial); Asterix y el papiro del César (Salvat); y Mortadelo y Filemón: El Tesorero (Ediciones B).

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Fotografía: Javier Nadales


El hombre que asesinó a Noruega

26 Jul 2011, Malmö, Sweden --- SWEDEN/MALMOE(MALMO) _ Norwegian gun man on all nordic ,swedish,danish,norwegian talboild and other dailies ,terror in Norway 26 July 2011 (PHOTO BY FRANCIS JOSEPH DEAN/DEAN PICTURES) --- Image by © Francis Dean/Corbis
El atentado de Utøya ocupó la portada de todos los diarios suecos, noruegos y daneses. Fotografía: Corbis

El mal ha sido siempre un sujeto emborronado. A pesar de su naturaleza aparentemente permeable lleva siglos resistiendo análisis de pensadores, filósofos y antropólogos y —naturalmente— periodistas. El intento más famoso de entre los contemporáneos es el de la sempiterna Hannah Arendt, y su visión de Adolf Eichmann que se finiquitó con eso tan conocido de «la banalidad del mal». El gran Harry Mulisch (autor de dos obras maestras sobre el tema como El descubrimiento del cielo y Sigfrido) incidió en los mismos fangos con Causa Penal 40/61, llegando a similares conclusiones: el mal bien podría ser un turba de tipos mediocres capaces de cruzar todas las líneas con la excusa más nimia. Ron Rosenbaum fue incluso más ambicioso y en su libro Explicar a Hitler: Los orígenes de su maldad, trató —en forma de diversos ensayos— de llegar al fondo de la cuestión: ¿por qué el Führer industrializó la maldad hasta convertirla en una simple cuestión burocrática, de cálculos mundanos? Rosenbaum, que se mete hasta las orejas en cada rincón de la vida del dictador, acaba por reconocer que es incapaz de llegar a ninguna conclusión concreta. Su análisis se pierde en diversos caminos que acaban conduciendo al mismo lugar: el mal es impredecible, huidizo y caprichoso.

En cierto sentido, el mal bien podría ser la ausencia de lógica y todo aquello que no podemos procesar de un modo racional (desde un punto de vista moral, que no intelectual) formaría parte de ese concepto. Los vídeos de DAESH podrían ser un ejemplo claro de la disparidad de criterios con los que uno se enfrenta a la idea del mal. Imágenes de niños disparando en la nuca a prisioneros en monos de color naranja, decapitaciones, ahogamientos; cuarenta tipos reunidos en una playa decapitando a otros cuarenta desconocidos con un plano final de las olas teñidas de rojo; hombres arrojados de azoteas por su presunta homosexualidad. A la mayoría de los que piensan en sí mismos como seres humanos les repugna la sola idea de visionar algo así y se les hace difícil encontrar un discurso (ya sea teológico o bélico) en su contenido. Sin embargo, muchos expertos coinciden en que son magníficos instrumentos de propaganda y que miles de jóvenes musulmanes de todo el mundo se han alistado en la organización gracias a ellos. Para todos esos jóvenes DAESH no es el mal. Para el resto de la humanidad, indiscutiblemente, lo es, en términos absolutos.

Anders Behring Breivik nació el 13 de febrero de 1979 en la capital de Noruega, Oslo. Su madre, Wenche, estaba entonces casada con un funcionario del servicio de diplomacia que pretendía hacer carrera. Poco después de nacer Anders, a él le ofrecieron un puesto en la embajada de Londres. El matrimonio pensó que podría ser una buena idea para limar sus diferencias e hicieron las maletas. Seis meses después, Wenche se volvía a Noruega con Elisabeth, la hermanastra de Anders, y el propio Anders. Las continuas discusiones con su marido, un hombre de carácter irascible, y la naturaleza de Wenche, inestable e insegura, no contribuyeron a la buena salud de la pareja.

Ella solicitó el divorcio poco después y él le cedió la casa de Noruega durante tres años. Poco después él conoció a otra mujer y se mudó a París.

Para Wenche las cosas empeoraron en su tierra natal: fue diagnosticada como esquizofrénica paranoide y pidió ayuda a los servicios sociales para salir del atolladero. Elisabeth se había convertido en una chica con una madurez insólita para su edad, ya que su madre había empezado a beber de una forma constante. La niña trataba de cuidar de Anders, pero este pocas veces escapaba de la ira de su madre. Años después, la madre afirmaría que cuando llevaba el pequeño en la barriga ya notaba que le daba patadas «como si quisiera molestarme». Los psicólogos que atendieron a Breivik en aquella época explicaban en sus informes que el pequeño mostraba un comportamiento antisocial constante pero que cuando se sentía atacado reaccionaba de una forma especialmente virulenta. También anotaron que su madre solía decirle: «ojalá no hubieras nacido».

Los servicios sociales noruegos permiten en algunos casos que los niños puedan pasar los fines de semana con familias de acogida para así ayudar a los progenitores con problemas a estabilizar su situación en la medida de lo posible. En el caso de Wenche los intentos por mejorar su salud (especialmente en el plano mental) resultaron infructuosos. Tampoco ayudaba el hecho de que el padre de Anders no estuviera de ningún modo interesado en su hijo: después de perder la custodia de los hermanos había tenido dos retoños con su nueva esposa en París y consideraba Noruega un resquicio de su pasado.

A pesar de ello, Breivik y su madre siguieron conviviendo y el adolescente empezó a mostrar preocupantes síntomas de aislamiento que solo empeoraron con su habilidad al enfrentarse a un ordenador: las únicas personas que le interesaban se ocultaban —como él— en un entramado de ceros y unos.

Así fue como entró en contacto con diversas facciones de la extrema derecha más radical de Europa. Los ultras noruegos, muy activos en redes, fueron el gran polo de atracción para Breivik, que creó su propio grupo (los caballeros templarios) y se autodenominó (según el mismo declaró en su juicio) «comandante militar del movimiento de resistencia anticomunista noruego y jefe de justicia de la orden de los Caballeros Templarios». Pronto empezó a escribir un manifiesto que ponía sobre las mesa sus soluciones para lo que el consideraba la creciente islamización de Europa. Cualquiera que haya tenido acceso al documento (fácilmente rastreable en redes) podría haber encendido la luz de alarma: Breivik apostaba sin ambages por la acción directa. Sin embargo, todos esos años de militancia solo sirvieron para que la inteligencia noruega le pusiera en una lista de «personas de interés» con otros miles de sujetos con relaciones (directas o indirectas) con círculos de la ultraderecha noruega. Inexplicablemente, ni siquiera cuando Breivik empezó a acumular toneladas de fertilizante (nitrato de amonio).

27 Jul 2011, Oslo, Norway --- (110727) -- OSLO, July 27, 2011 (Xinhua) -- Workers work at the bomb-damaged government quarter in Oslo, capital of Norway, July 27, 2011. Rigmor Aasrud was the first cabinet member to make a symbolic return on Wednesday to her bomb-damaged office as the nation tries to restore normality after the massacre by right-winger Anders Behring Breivik. (Xinhua/Wang Qingqin) (zf) --- Image by © Wang Qingqin/Xinhua Press/Corbis
Uno de los edificios dañados por la bomba en Oslo. Fotografía: Corbis

La combinación del nitrato de amonio y diversos derivados del petróleo lo convierte en un eficaz explosivo y, por así decirlo, agranda el radio de destrucción. Breivik trabajaba en una finca y se dedicaba a la agricultura, por lo que levantó pocas sospechas, pero bastaba con acercarse a su lugar de trabajo e interrogarle para saber que el cupo de fertilizante necesario en la finca donde prestaba sus servicios estaba más que cubierto.

Con esas seis toneladas de nitrato de amonio, unos cuantos litros de combustible de uso agrícola, un detonador y una furgoneta, Breivik empezó la preparación de uno de los atentados terroristas más graves de la historia del continente europeo en las últimas décadas. Su plan primigenio consistía en entrar en el parlamento y decapitar al primer ministro para a continuación hacer estallar la bomba. Según los cálculos del noruego, la furgoneta contenía la suficiente cantidad de explosivo como para fracturar las columnas que soportaban la estructura del edificio y hacer que este se viniera abajo. Finalmente, descartó la ejecución del ministro por una cuestión de tiempo, ya que afectaría a la segunda parte de su plan. Aquel día las juventudes laboristas noruegas celebraban su habitual campamento de verano: Breivik pretendía irrumpir allí y asesinar a los que él consideraba indeseables. Pretendía hacerlo con tranquilidad: todas las fuerzas del orden del país estarían ocupadas tratando de lidiar con la explosión en el centro de Oslo, lo cual le garantizaría unas horas de total inactividad policial en el área.

El 22 de julio de 2011, Breivik dejó su casa en un pequeño pueblo de Hedmark con una furgoneta llena de explosivos. El día anterior había aparcado otro vehículo similar con el que se daría a la fuga, a pocos metros del parlamento noruego. Aproximadamente a las tres de la tarde, vestido de policía, Breivik aparcaba la furgoneta bomba en la mismísima puerta del parlamento. Sospechando que alguien podía reparar en que no tenía autorización para estacionar en aquel lugar, el noruego abandonó el vehículo pistola en mano. Sin embargo, nadie se le acercó.

Breivik caminó sin guardar la pistola unos trescientos metros y se subió a un vehículo plateado. El temporizador haría estallar la bomba a las 15.25.

La explosión pudo notarse en un kilómetro a la redonda. Tres personas murieron en el acto por el efecto de la onda expansiva. Breivik escuchaba el relato en la radio mientras se dirigía a Tyrifjord, desde donde ya se divisaba Utoya. El terrorista tenía pensado coger el barco allí poco después de las cuatro de la tarde. Llevaba consigo un revolver y un rifle. En el primero, y con la ayuda de un cuchillo, había grabado en caracteres rúnicos la leyenda «Mjolnir», por el martillo de Thor; en el segundo «Gungnir», por la lanza de Odín. Para Breivik, un fanático del esoterismo, lo que estaba a punto de suceder la aseguraría su entrada en el Valhalla, el mítico refugio de los dioses nórdicos.

En la capital, el caos reinaba. No había guardias armados en la entrada del parlamento, la mitad de la policía estaba de vacaciones y aún no habían llegado las fuerzas especiales. No se habían establecido controles de carretera o cerrado puentes o aeropuertos. En cierto sentido, el país seguía funcionando de forma normal aunque iba a ser golpeado de un modo que ni siquiera podía llegar a sospechar. La policía noruega solo disponía de un helicóptero, y aunque un ciudadano que había llamado a la policía poco después de la explosión les había advertido de que había visto huir del lugar a un hombre de metro noventa, armado y cargando una mochila, nadie había establecido los parámetros para seguir al sospechoso. El piloto del helicóptero llamó a sus superiores en cuanto se enteró del atentado en Oslo: «No le necesitamos», le contestaron.

Cuando se dictó la orden de arresto, Breivik ya estaba en Utoya.

Seiscientos jóvenes de entre dieciséis y veintidós años celebraban allí un fin de semana de conferencias y fiestas que marcaban cada año el aniversario de la rama juvenil del partido laborista noruego. Cuando Breivik llegó, con aspecto tranquilo y su uniforme de policía, las noticias de la bomba en Oslo ya habían llegado a la isla. El terrorista usó esa información como excusa para pedir a todos los jóvenes que se acercaran, ya que se disponía a darles detalles de lo sucedido. Cuando a su alrededor se formó un semicírculo de rostros nerviosos que deseaban volver a sus casas, Breivik sacó su pistola y abrió fuego.

Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis
Anders Behring Breivik durante el juicio: Fotografía: Corbis

Durante la siguiente hora y media, mientras gritaba «marxistas, hoy vais a morir todos», Breivik se paseó por la isla disparando sin cesar, caminando lentamente, registrando cualquier lugar que pudiera servir de escondite. A muchos/as les disparó dos veces, dándoles el tiro de gracia para asegurarse de que estaban muertos. Algunos jóvenes trataron de huir a nado pero el agua estaba demasiado fría y aunque la distancia era pequeña, se veían obligados a volver: Breivik les esperaba en la orilla. Cuando llegó la policía, Anders Behring Breivik, de treinta y dos años, había asesinado a sesenta y ocho personas. Se entregó sin oponer resistencia.

Youtube ya había retirado el vídeo donde aparecía con un parche en el brazo derecho en el que podía leerse «cazador de marxistas». Su manifiesto de mil quinientas páginas seguía disponible para cualquiera que tuviera el estómago de echarle una ojeada. Los medios de comunicación empezaron pronto a escudriñar a Breivik solo para encontrarse a alguien que afirmaba ser prosionista, admirador de Churchill, masónico, antimusulmán y amante del esoterismo; un tipo tan desconcertante que no encajaba en ninguna descripción, un lobo solitario cuya visión del mundo era un pandemónium. Se le comparó con Timothy McVeigh, el hombre que el 19 de abril de 1995 hizo pedazos un edificio del FBI en Oklahoma, causando ciento sesenta y ocho muertos, pero McVeigh era un supremacista blanco de manual: admirador del Ku Klux Klan, antisemita y simpatizante del nacionalsocialismo estadounidense que representaban William Luther Pierce o las milicias de Michigan. Él y Breivik no se parecían en nada, excepto en su ultraderechismo, su aparente facilidad para matar sin arrepentirse y en su uso de la palabra «colateral» para definir a las víctimas.

En cuanto a Breivik, su aparición en el juicio, con traje y corbata, rostro sonriente y el puño en alto, enervó a la sociedad noruega. Sus delirios patrióticos y las soflamas presuntamente europeístas que se empeñaba en soltar ayudaron a sus abogados a presentarle como un enfermo, un tipo que era incapaz de distinguir el bien del mal. El propio Breivik, como si quisiera contradecirles, declaró que lo que había hecho «era atroz» pero «necesario». En ningún momento mostró señales de arrepentimiento y su comportamiento hizo mella en una sociedad que se preciaba de ser de las más avanzadas del continente.

Finalmente, fue condenado a veintiún años revisables en una institución psiquiátrica mientras los expertos se enredaban en inacabables debates sobre si el código penal debía ser revisado (endurecido) para castigar acciones tan brutales como aquella.

Nada más llegar a la cárcel, aquel gigante de metro noventa se quejó de que su habitación era muy pequeña, de que no tenía conexión a internet, de que el ordenador del que disponía era demasiado antiguo y de que la comida no era lo suficientemente buena. En 2013 su madre fue a visitarle y él lloro y le pidió perdón por haberle arruinado la vida. Fue la única ocasión, dijeron sus carceleros, en la que se ha visto a Breivik emocionado.

Robert K. Ressler, el creador de la unidad de ciencias del comportamiento de Quantico y —probablemente— la figura más relevante en el estudio de asesinos en serie y maníacos de toda clase, confesaba en su libro El que persigue a monstruos que a pesar de haber pasado horas interrogando a Charles Manson o David Berkowitz (más conocido como «el hijo de Sam»), resultaba imposible saber con precisión qué elementos podían señalar a aquellos dispuestos a cruzar la línea. Los perfiles para atrapar a los asesinos servían a posteriori, una vez que estos habían actuado, pero nadie podía prevenir las masacres de los lobos solitarios, de los terroristas cuyos planes solo conocían ellos mismos. Los golpes de suerte, las monitorizaciones de ciertas organizaciones o la prevención en forma de más policías, más recursos y más seguridad, se revelaban casi insignificantes en casos como el de Breivik, McVeigh o —por qué no— los ataques contra Charlie Hebdo o el reciente atentado frustrado al tren de alta velocidad en Francia. Estamos expuestos al mal, con su disfraz ideológico o religioso, y la sonrisa de Breivik sea quizás el reflejo más atroz de la impotencia que sentimos cuando nos muerde y se niega a soltarnos. Entenderlo no rebajará sus consecuencias pero al menos nos daría las herramientas para tratar de asimilarlo, de digerir lo que provoca en una sociedad presuntamente civilizada.

Alguien dijo una vez que si los malvados fuesen demonios surgidos del mismísimo infierno, eso nos aliviaría: sabremos que no son humanos, que no son de los nuestros. Lamentablemente, no fue Lucifer quien empuñó las armas en Noruega.

Hace unas semanas, algunos de los supervivientes de la masacre de Utoya volvieron a la isla. Allí, un pequeño recordatorio en forma de estructura de metal donde se han escrito los nombres de las víctimas sirve de homenaje a todos los que perdieron la vida aquel día. Para ellos, el mal tiene nombre y apellidos pero, como para el resto, ninguna explicación.

Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis
Monumento a las víctimas de Utøya. Fotografía: Corbis


El tejido del universo y de la maravilla

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

(Este artículo solo contiene los SPOILERS estrictamente necesarios)

El Universo Cinematográfico Marvel es, a estas alturas, casi un ente vivo y cambiante (si no fuera por cuestiones de derechos, nos atreveríamos a llamarlo «mutante») en continua expansión. Con el estreno de Vengadores: la era de Ultrón, ya van once películas y tres series de televisión, sin contar un buen número de títulos que están ahora cocinándose. Pero además, todas ellas están conectadas entre sí por un tejido común, una única continuidad que, igual que hicieron Stan Lee y su bullpen en los cómics allá por la década de los sesenta, se retroalimenta de modos sutiles y dota a todos sus títulos de una gran riqueza de matices, pero al mismo tiempo sus mil interconexiones pueden hacer que el profano se sienta más perdido que un genealogista ante el libro de familia de los Buendía. Así que esto pretende ser un mapa que, un poco al modo de la cabecera de Juego de Tronos, sirva para situarse en este universo y moverse por él con una relativa tranquilidad. Pero cuidado: igual que en aquella, «there be dragons». Naveguemos.

LA FASE 1

Capitán América: el primer vengador (Joe Johnston, 2011)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Empezaremos siguiendo no el orden de estreno, sino la cronología interna. Según ella, hasta el momento (y hasta que a Disney le dé el síndrome de la precuela y decida volver atrás) el origen del Universo Cinematográfico Marvel (UCM) está aquí: en plena Segunda Guerra Mundial, el ejército estadounidense crea un supersoldado con la esperanza de cambiar el rumbo de la contienda. Pero los nazis (subsección Hydra), en su mejor tradición de villanos de serial clásico a lo Indiana Jones, tienen un arma secreta de poder casi ilimitado: el Teseracto. La cantidad de elementos que entran en juego en esta película solo se ha hecho evidente con el paso del tiempo. En su momento, no era más que una entretenida cinta de aventuras de esas que divierten pero no deslumbran: una película de 5 pelado, como todo lo que hace Joe Johnston, maillot de la regularidad cinematográfica. Pero sus ramificaciones alcanzarán hasta la cuarta entrega de Vengadores, como veremos más adelante. Mención especial para la aparición de Dominic Cooper como el inventor millonario Howard Stark, un trasunto de Howard Hughes con pasión por los cachivaches raros y por cualquier cosa que pueda realizarse en una cama. Un dato fundamental: la trama de las Gemas del Infinito, que enlaza todo el tejido marveliano, comienza aquí, aunque esto no se hace evidente hasta mucho más adelante.

Agent Carter (VV AA, 2015- ?, serie de TV)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Recién acabada la Segunda Guerra Mundial, la agente del gobierno Peggy Carter (Hailey Atwell), exnovia del Capitán América, se enfrenta a los restos de Hydra y demás conspiradores antiamericanos, además de a una sociedad que considera a las mujeres como elemento decorativo. Encuentra por el camino rastros de un programa soviético para crear espías asesinas, y salva el arrogante trasero de Howard Stark de unas acusaciones de traición poco menos que macarthistas. En 2016 tendremos segunda temporada, y no seré yo quien se queje por ello.

Iron Man (Jon Favreau, 2008)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Llegamos a la madre del cordero marvelita. La película que lo empezó todo y por la que, sinceramente, muchos no dábamos un duro. ¿Qué podía salir de una cinta sobre un personaje de tebeo de segunda fila firmada por un tío que dirigía películas navideñas para Will Ferrell? Por aquel entonces, lo más destacado en la trayectoria del director y actor Jon Favreau era haber interpretado a uno de los novios de Monica en Friends. Sí, aquel que quiso convertirse en campeón de Lucha Definitiva y acabó enyesado de la cabeza a los pies. Pero a lo que vamos.

El argumento es de sobra conocido. Tony Stark (Robert Downey Jr.), inventor muchimillonario como su padre Howard, crea, más por instinto de supervivencia que otra cosa, una armadura de metal que, de paso, le permite volar y lleva potencia de fuego suficiente para enmendar los errores de su pasado como vendedor de armas al mejor postor. Y en ese momento la agencia gubernamental SHIELD, y en su representación el agente Phil Coulson (Clark Gregg), intenta hacerse con sus servicios. No diremos más (¿tiene sentido dar más spoilers de los estrictamente necesarios en una guía para neófitos?), pero sobre esta piedra se edificará el templo marveliano. Aparece por primera vez el Ejército de los Diez Anillos, que dará que hablar más tarde. Pero quizá el momento clave, el punto fundacional de todo lo que vendría después, se encuentre justo al final de la película, tras sus títulos de crédito. Los Vengadores empiezan a gestarse aquí.

Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Quizá la película menos lograda de toda la saga, y aun así un digno entretenimiento con algunos pedazos imprescindibles de ese puzle de mil piezas para niños de cinco a mil años que es el cine Marvel. SHIELD se hace mucho más presente, a través de las figuras de Nick Furia (Samuel L. Jackson), el agente Phil Coulson… y Natasha Romanova (Scarlett Johansson), alias Viuda Negra, una exespía asesina rusa. Sí, como las que entrenaban los soviéticos en la década de los cuarenta en Agent Carter. ¿Empezáis a entender cómo funciona esto del «universo compartido»? Conocemos también aquí un poco más sobre los años de madurez de Howard Stark, y el bueno de Coulson tiene que salir escopetado de la película para entrar de cabeza en Thor. Pero mientras tanto…

El increíble Hulk (Louis Leterrier, 2008)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, algo verde. La película de Louis Leterrier sobre el goliat esmeralda servía a la vez como seudosecuela de la película de Ang Lee, homenaje a la serie de los años setenta y ochenta y relanzamiento «partiendo de cero» del personaje. ¿Que cómo se puede hacer todo eso a la vez? A mí no me miren, cosas más raras ha perpetrado J. J. Abrams en la Federación de Planetas.

Aunque aquí aparezca con los rasgos de Edward Norton, se trata del mismo personaje y la misma continuidad que el Bruce Banner que encarna Mark Ruffalo a partir de Los Vengadores. Norton se marchó de la franquicia por la puerta de atrás después de guionizar y protagonizar esta película, en la que la dicharachera Masa se enfrenta a un militar algo desequilibradillo que sufre desagradables mutaciones al intentar replicar el experimento del supersoldado que dio origen al Capitán América. Mientras tanto, Tony Stark se da un brevísimo garbeo por la película para recordarnos que, entre bambalinas, la «iniciativa Vengadores» sigue su curso.

Thor (Kenneth Branagh, 2011)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Rubísimos héroes musculados, semidioses de reinos de fantasía exiliados en la Tierra… De algún modo, el Thor de Kenneth Branagh es la versión que siempre soñamos de aquel Masters del Universo ochentero con Dolph Lundgren y Courteney Cox (Monica Geller, ¿tú otra vez por aquí?). La mitología nórdica se mezcla con la ciencia ficción y la magia, y para lo que nos ocupa, tenemos a SHIELD hasta en la sopa, el agente Coulson recién llegado de Iron Man 2, el villano más maravilloso y shakespeariano de la saga (Loki, señor de las mentiras y reina del baile, interpretado y a todas luces disfrutado por Tom Hiddleston), alguna Gema del Infinito de tapadillo y la primera aparición de otro futuro Vengador (además del propio Dios del Trueno). Combinación ganadora, pese a alguna caída de ritmo que le perdonamos porque todo lo que huela a He-man (no literalmente, por supuesto) tiene bonus points.

Los Vengadores (Joss Whedon, 2012)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Y llegamos al primer gran meollo de la cuestión. Para entender el funcionamiento del UCM, lo mejor quizá sea describir el argumento de Los Vengadores con muchos paréntesis: Loki (Thor) se hace con el Teseracto (Capitán América) y SHIELD llama a Tony Stark (Iron Man) y Bruce Banner (El increíble Hulk) para ponerle remedio y averiguar qué trama el villano. Los Vengadores, además, es una ración de patatas fritas con sirope de chocolate.

Esta película es el lugar donde converge y cristaliza todo lo anterior, y de donde surgen a su vez todas las ramificaciones hacia el futuro. La batalla de Nueva York, que ocupa el último tercio del film, es el evento que condicionará el mundo Marvel igual que el 11-S condicionó el mundo real: extendiendo la paranoia, acabando con la falsa sensación de seguridad y haciendo tambalear los cimientos de las convicciones éticas, sociales y políticas de ciudadanos y dirigentes.

Y estamos ante una de las mejores cintas de acción de lo que llevamos de siglo, eso también. Los Vengadores es como si confeccionaran un menú con todos tus ingredientes favoritos y, milagrosamente y contra todo pronóstico, combinaran y produjeran una explosión de sabor como nunca habías visto antes. Es un experimento condenado al fracaso que de pronto funciona. ¿Quién iba a decir que el chocolate y las patatas fritas se podrían llevar tan bien?

LA FASE 2

Agents of SHIELD (VV AA, 2013-?, serie de TV)

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

El agente Phil Coulson es un superviviente nato. Un personaje nacido directamente para la pantalla (es de los pocos que no tiene origen en las páginas del cómic) que, según dictan las leyes de la lógica, ya debería haber pasado a engrosar la lista de bajas. Pero aquí sigue, y después de sus múltiples apariciones en las películas de la fase 1 ahora lidera un equipo que se dedica a proteger el mundo y lidiar con las consecuencias de lo que van haciendo por nuestro planeta los superhéroes, alienígenas, dioses y otras gentes de mal vivir. Efectivamente, Agents of SHIELD es el camión de la basura del Universo Marvel, salvo porque, al revés que ocurre con los camiones de basura, la serie va desprendiendo un mejor aroma cuanto más camino recorre. Después de unos primeros diez o doce capítulos, digamos, tambaleantes, los chicos de Coulson fueron cogiendo fuelle y, gracias en buena parte a los múltiples cruces con las tramas de las películas, pero también a un trabajo de construcción de personajes afinadísimo, Agents of SHIELD es ahora una muy sólida adición al canon marveliano. Por ella han desfilado desde Nick Furia hasta la organización nazi Hydra, y si queréis saber más sobre las consecuencias directas de Capitán América: el Soldado de Invierno, o descubrir algunos de los hechos que desembocaron en la espectacular batalla inicial de Vengadores: la era de Ultrón, aquí es donde los encontraréis. Y para los que abandonasteis el barco después de aquellos primeros capítulos de infausto recuerdo… volved. Porque la serie es divertida de cojones.

Iron Man 3 (Shane Black, 2013)

9 Iron Man 3
Imagen: Marvel Studios.

En la primera película de la Fase 2, el Vengador de la reluciente armadura tiene que lidiar con los errores de su pasado («¿Otra vez?». Sí, qué pasa, es que Tony ha sido capaz de cometer muchos errores). El ejército de los Diez Anillos (Iron Man) reaparece, liderado por el Mandarín (Ben Kingsley). Pero junto a todo eso, el bueno de Stark también se enfrenta a un estrés postraumático de libro después de la batalla de Nueva York. Además, comienza a tomar protagonismo la obsesión del «genio millonario playboy filántropo» (sus palabras, no las mías) por dotar a sus armaduras de inteligencia artificial y autonomía. Ultrón está en camino, aunque ni el propio Tony lo sepa.

Thor 2 (Alan Taylor, 2013)

Imagen: Marvel Studios.
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Y hablando de consecuencias, al Dios del Trueno le toca mantener vigilado a su hermano Loki después de los destrozos causados en Nueva York, pero mientras tanto el elfo oscuro Malekith (Christopher Eccleston) se ha hecho con el Éter, una fuerza capaz de alterar la realidad, y pretende (¡sorpresa!) conquistar mundos con él. Aunque Malekith parece no saberlo, nosotros descubriremos un poco más adelante que el Éter es, además, una de las Gemas del Infinito: seis piedras que, reunidas, pueden otorgar a su portador un poder incalculable. Y alguien las está buscando.

Capitán América: el Soldado de Invierno (Joe y Anthony Russo, 2014)

Imagen: Marvel Studios.
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Si hablábamos más arriba de las similitudes de la batalla de Nueva York con el 11-S, entonces esta película aborda lo más negro de la era Bush. El momento en que Estados Unidos decidió cambiar libertad por seguridad. Pero también, porque esto es una película de superhéroes, habla de organizaciones malignas, intentos de dominación mundial y un villano misterioso conocido solo como el Soldado de Invierno. Entre sus múltiples conexiones con el resto de la saga hay consecuencias directas de El primer vengador, pero también, y lo que es más importante, la caída de SHIELD, lo que dejará a nuestro planeta sin su principal línea de defensa frente a las grandes amenazas. Quizá sea el momento de llamar a los Vengadores.

Guardianes de la Galaxia (James Gunn, 2014)

Imagen: Marvel Studios.
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Pero antes de dejar hablar a los mayores, es la hora del recreo. Le robo esa descripción de Guardianes de la Galaxia a Bárbara Ayuso (Jot Down 100: ciencia ficción), porque no hay mejor modo, y porque por un momento uno sueña ser como Peter Quill y apropiarse de lo ajeno con estilo. La cinta de James Gunn es un desvío gozoso como una atracción de feria. Un meandro que se separa del caudaloso río principal para darse un paseo de tarde ociosa de verano. Una gamberrada espacial poblada de peterpanes que, además, se diría ajena a todo lo que está pasando en el resto de la saga, pero que de rebote nos cuela, moldea y hace explícita al fin la trama principal de las tres fases, pasada, presente y futura, del Universo Cinematográfico Marvel: la búsqueda de las Gemas del Infinito. Aquí se nos deja ver al fin qué son las gemas, y sobre todo entendemos que todo, absolutamente todo, estaba conectado desde el principio. Porque estas Bolas de Dragón cósmicas llevan apareciendo en pantalla, con disimulo, desde que el Capitán América luchó en la Segunda Guerra Mundial. Y Thanos, el Titán Loco, pretende hacerse con ellas y cortejar así a la mismísima Muerte. Si advertimos que habría dragones, aquí los tenéis: Thanos es el villano en la sombra desde Los Vengadores, la amenaza definitiva que puede acabar con el universo. Ahora, al fin, esos eternos niños que son los Guardianes saben lo que está en juego… lástima que mientras tanto, en nuestro planeta, los adultos no tengan ni idea. Como suele pasar, solo los críos saben ver más allá.

Daredevil y los Defensores (VV AA, 2015-?, series de TV)

Imagen: Marvel Studios.
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Now, back to Earth. Agrupamos aquí lo que se está configurando ya como una mirada a la vertiente sucia y urbana del mundo Marvel. Cinco series de televisión de las cuales hasta ahora solo hemos podido ver la primera, Daredevil, mientras que en otoño llegará A.K.A. Jessica Jones y, a partir de 2016, Luke Cage, Puño de Hierro y, como colofón, Los Defensores, que reunirá a todos estos «héroes de calle» en la pequeña pantalla como Los Vengadores hizo con los personajes del cine.

Lo que hemos podido ver de momento ha sido más que satisfactorio. Daredevil es quizá el producto más maduro, serio y, a la vez, sosegado que ha salido de la factoría. Pero de eso ya se ha hablado largo y tendido. Lo que nos interesa es el modo en que se integra en la narración global. Y en ese sentido, las conexiones, aunque sutiles, siguen ahí: la corrupción urbanística y el caos de drogas, tráfico de personas y diversas mafias que sufre el barrio de Hell’s Kitchen son consecuencia directa del estado en que quedó el barrio neoyorquino después del ataque alienígena de Los Vengadores. El tono de la serie se presta a pocas florituras superpoderosas, pero argumentalmente todo queda ligado en los libros de historia marvelianos.

Vengadores: la era de Ultrón (Joss Whedon, 2015)

Imagen: Marvel Studios.
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Los últimos coletazos de Hydra, el regreso de SHIELD, la nueva generación de Vengadores curtida en otras plazas… Otra vez la franquicia vengadora sirve para recoger los hilos en apariencia dispersos de las películas individuales y unirlos en una coctelera que agita pero no mezcla. Tony Stark decide convertirse en el doctor Frankenstein, pero el experimento le sale rana reanimada con electrodos. Y mientras los chicos plantan cara a un apocalipsis inminente, Thor empieza a atar cabos y decide averiguar quién está ejerciendo de Bulma en algún lugar del espacio y tratando de reunir todas las Gemas del Infinito (dragons, dragons everywhere). Se abona el terreno, ya que estamos, para la Guerra Civil que llegará en 2016 (Captain America: Civil War), y hacemos una visita relámpago a Wakanda, patria y reino de Pantera Negra, al que también conoceremos pronto. Y también está la escena de la granja, que nos recuerda por qué amamos a Joss Whedon.

Addendum. Marvel One-Shots (VV AA, 2011-2014, cortometrajes)

Imagen: Marvel Studios.
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Pero el universo cinematográfico Marvel no se limita a los largometrajes y las series. La compañía también ha producido hasta la fecha cinco cortos que se integran en la continuidad, algunos de manera anecdótica, apenas meros chistes o pinceladas de humor, y otros con consecuencias mucho más importantes. Entre los primeros, Something Funny Happened on the Way to Thor’s Hammer y The Consultant, que se intercalan entre las películas de la Fase 1 casi como breves sketches. En la segunda categoría entrarían los otros tres títulos: Item 47 se centra en la recuperación de un objeto alienígena que quedó en la Tierra tras la batalla de Nueva York, y es casi un experimento para lo que luego sería Agents of SHIELD. Lo mismo puede decirse de Agent Carter: el cortometraje, anterior a la serie televisiva del mismo nombre, retomaba a Peggy Carter tras los sucesos de Capitán América: el primer Vengador, y fue un globo sonda que sirvió para que la compañía se decidiera a rescatar al personaje en la pequeña pantalla. Su ubicación en la cronología no está aún del todo clara, pero todo apunta a que los sucesos narrados en esta pieza breve son, al menos, posteriores a la primera temporada de la serie. El último corto es una especie de rara avis dentro del conjunto, porque aunque no ha tenido por el momento mayor trascendencia en la continuidad fílmica, sí ha sembrado ideas que podrían retomarse más adelante: All Hail the King está protagonizado por Ben Kingsley, el Mandarín de Iron Man 3, después de los sucesos de la película, y contiene una revelación que puede ser decisiva si el estudio se decide en algún momento a producir una cuarta entrega de Iron Man. Por el momento, parece que Marvel ha dejado a un lado los cortos ahora que tiene también el formato televisivo para experimentar con cualquier idea que se les pase por la cabeza, pero los planes podrían cambiar en cualquier momento.

Coda. El futuro: de Ant-Man a la Fase 3

Imagen: Marvel Studios.
Imagen: Marvel Studios.

Aún no nos ha dado un respiro Ultrón, y ya está a punto de caramelo Ant-Man, la cinta que cierra la segunda gran fase del proyecto. Resulta complicado aventurar cómo se seguirá tejiendo el tapiz marvelita en las once películas pendientes de estreno, pero podemos intuir algunas cosas… Sabemos ya que se seguirán incorporando personajes nuevos a este baile de máscaras, como Pantera Negra (Chadwick Boseman), el Doctor Extraño (Benedict Cumberbatch) o Spiderman (Asa Butterfield, según los últimos rumores). La raza de Inhumanos presentada en Agents of SHIELD tendrá su propio largometraje, pero está por ver hasta qué punto interactuarán con el resto de franquicias. El final del trayecto, por lo pronto, se encuentra en la tercera y cuarta entrega de Vengadores, que narrarán en su conjunto la llamada Guerra del Infinito, cerrando así la saga sobre las Gemas del… em… Infinito. Pero es improbable que todo acabe ahí. El Universo Marvel, como decíamos al principio, se ha convertido casi en un ente vivo, y es previsible que, como todo buen superhéroe de tebeo, su vitalidad juvenil se alargue por muchos, muchos años. Que vengan.


Qué Neyra es el cine: Taúr el guerrero

Cartel original del film, feauting Ubaratutu, extras disfrazados de Lacasitos y Marujita Díaz en el papel de arquero

Obra maestra absoluta. Es decir, siempre que uno no espere un guión consistente, encuadres mágicos, diálogos profundos o extras que no saluden a la cámara. No, es probable que Stanley Kubrick no hubiese dado el visto bueno al montaje final de esta película. He de admitir que las hechuras finales de este film no pasarían los estándares de calidad de cualquier director medianamente serio —o de cualquier persona con dos dedos de frente— pero, ¿saben ustedes qué? Este es uno de mis títulos de cabecera. Es una de mis películas favoritas. Es Arte, con mayúsculas. Es una experiencia cinematográfica densa, rica, apasionante, inacabable. Uno puede verla una y otra vez sin cansarse jamás. A solas o, mucho mejor, en compañía. Siempre hay detalles que me sorprenden, no importa las veces que la haya visto.

Ni Batman, ni Spiderman, ni los X-Men… ¡Taúr y Ubaratutu son los más grandes!

Curiosamente no es una película muy conocida, ni siquiera entre los más avezados consumidores de serie B, que suelen tender más hacia géneros como el terror cutre o la ciencia ficción barata. Nunca he entendido por qué esta película no es un objeto de culto, ya que tiene todo lo que se le puede pedir a un clásico: personajes carismáticos, secuencias memorables de esas que se quedan grabadas en la retina —aunque por motivos bastante sui generis— y frases tanto o más características que las que hayan podido pronunciar Humphrey Bogart o Clint Eastwood durante sus respectivas carreras. Francamente, espero que hablar de ella en Jot Down sirva para que algunos de nuestros lectores y lectoras la descubran, para que empiece el movimiento. Es necesario que se creen grupos de Facebook, convenciones de fans, que la gente comience la sana costumbre de proyectar esta joya ante sus familias cada Nochebuena… lo cual, sin duda, será la causa de no pocos conflictos navideños, pero que en aquellas familias donde tengan el preciado don del sentido del humor podría ser origen de una bella tradición. Sí, estoy hablando de La Película con mayúsculas: Taúr el guerrero. Naturalmente, la idea de hablar de esta clase de filmes ha sido del majara de Miguel López-Neyra, que me ha “convencido” con la alegre insistencia pueril de la que solamente él es capaz, así que no he podido menos que dedicarle el título de la sección. Espero que no le moleste (qué digo, ¡le va a encantar!). Por supuesto, le ofrezco la posibilidad de que escriba él mismo algún artículo sobre alguna de sus películas favoritas del cine-cochambre, pero conociéndolo dudo que esté operativo hasta que termine la competición de vóley playa femenino.

Vayamos al grano. ¿Recuerdan ustedes la fiebre del “spaghetti-western”? Seguro que sí: cuando Sergio Leone se convirtió en una figura mundial rodando películas “de vaqueros” en España, surgió en Almería una mini-industria del western que aprovechando el tirón de los fims de Leone, además de los decorados y los especialistas, para inundar el mercado con imitaciones —casi siempre bastante malas— de las famosas películas del director italiano. En unos pocos años se produjeron una buena cantidad de films de dudosa calidad hasta que la moda pasó y las telarañas se adueñaron del Far West almeriense. Pues bien, algo similar, pero incluso más a lo grande, había sucedido algunos años antes en Italia con otro género muy característico: el “peplum”. Esto es, el “cine de romanos”. Que no siempre es de romanos: puede ser de griegos, egipcios, cartagineses o tribus con nombres absurdos, pero nosotros lo llamaremos “de romanos” para entendernos.

Las actrices de “Taúr el guerrero”: porque una época histórica nunca es demasiado antigua para poder usar laca.

Cuando en Hollywood se pusieron de moda las superproducciones ambientadas en la antigüedad clásica (allí las llamaban “cine de espadas y sandalias”) y de repente uno veía a individuos tan poco mediterráneos como Charlton Heston soltando alocuciones ante el Senado romano o haciendo carreras de cuádrigas, los estudios descubrieron que al público le encantaba aquel género grandilocuente, pero que resultaba bastante caro de producir. Un buen día decidieron trasladar los rodajes a Italia, donde existía una tradición cinematográfica que podría proporcionar técnicos y extras a precios asequibles. La maquinaria hollywoodiense pisó suelo italiano para seguir produciendo sus espectaculares films de romanos, creando una sobrevenida industria local donde se curtieron infinidad de profesionales italianos, incluyendo al propio Sergio Leone, que comenzó su carrera cinematográfica precisamente así. La inversión de Hollywood produjo una resaca de productividad: ya que los decorados y los técnicos estaban allí, los productores italianos se dijeron: “¿qué tal si aprovechamos para rodar nuestras propias películas de romanos? A fin de cuentas, somos italianos de verdad, no como William Wyler”.

Dicho y hecho, demostraron su indudable italianidad con una ristra de películas a cual más absurda e hilarante. Lejos de darle un toque “auténtico” y académico a lo que era el pasado histórico de su país (y del nuestro, dicho sea de paso), los peplums italianos tomaron todos y cada uno de los estereotipos peliculeros de Hollywood, llevándolos a límites completamente surrealistas. Si los estadounidenses eran poco fieles a la historia en pos de la espectacularidad palomitera, los italianos consiguieron llevar el género a terrenos de auténtica insensatez. Contrataban a actores anglosajones de cuarta fila solamente para imitar el hecho de que los grandilocuentes peplums americanos estaban protagonizados, lógicamente, por actores americanos. La diferencia es que en el peplum italiano ni siquiera se trataba de verdaderos actores y por lo general recurrían a culturistas cuyo talento interpretativo hacía que Sylvester Stallone pareciera Marlon Brando. Cuando no había ningún musculitos inglés o yankee disponible, buscaban a algún latino con aspecto remotamente norteño, le encasquetaban un sonoro pseudónimo anglosajón y… ¡a rodar!

Joe Robinson, protagonista de “Taúr el guerrero”. Él es el verdadero rostro impenetrable.

Aquel divertidísimo torrente de despropósitos que fue el peplum europeo produjo, literalmente, varias decenas de largometrajes a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Muy al principio aún seguían la senda de los largometrajes hollywoodienses, pero el público quería sensaciones nuevas y aquellos films empezaron a desbarrar rápidamente, como sabrá quien conozca por ejemplo la famosa saga Maciste: los héroes de la Antigüedad terminaron peleando contra vampiros, mongoles, momias egipcias y hombres de la luna, en un estrambótico canto del cisne del género, convertido en una delirante parodia de sí mismo. Justo antes de que el género decayese comercialmente tras un lustro de gloriosa exuberancia, cualquier cosa llegó a tener cabida en el peplum, ¡cualquier cosa! No había límites y desde luego no había vergüenza, lo cual desvirtuó el género hasta tal punto que incluso el público adolescente terminó por no tomárselo en serio. Quizá un día le dedique un artículo completo al fenómeno y haga una lista de características que debe tener un buen peplum. Entender a distinguir un buen peplum es como aprender a distinguir un buen vino. El buen vino es uva podrida, pero sabe bien. El peplum es cine podrido, pero es genial. Al festival romanizante del cine italiano se unieron pronto socios de los vecinos europeos, especialmente Francia, Alemania y, cómo no, España. La coproducciones entre estos países, o más bien entre productores-jeta procedentes de estos países, dieron como resultado películas cuyos rodajes estaban caracterizados por un caos deliciosamente mediterráneo.

Taur, il re della forza bruta es un film de 1963, momento en que años de sostenida y psicótica efervescencia del género lo estaban llevando ya hacia una inevitable autodestrucción. El director Antonio Leonviola ya estaba curtido en esto de fabricar películas como churros; había trabajado en diversos géneros produciendo filmes baratos para sesiones dobles y triples. Esta coproducción italo-franco-española, que aquí se ha titulado indistintamente Taúr el guerrero o Taúr, rey de la fuerza bruta, no era su primera incursión en el género: ya había dirigido un peplum, Maciste el invencible. Así que los italianos la perpetraron, los franceses y españoles contribuyeron con su dinero, y un par de ¿actores? británicos directamente reclutados en la puerta de un gimnasio la protagonizaron: Joe Robinson y Harry Baird, una pareja que para algunos de nosotros —pocos, lo admito— tiene casi tanta relevancia como lñas parejas Fred Astaire y Ginger Rogers o Liz Taylor  y Richard Burton.

Bella Cortez, “actriz exótica” habitual en varios peplums, vestida de lámpara… o caracterizada como reina de los malvados Kishos, no lo distingo bien.

Taúr el guerrero transcurre en una Antigüedad mitológica indeterminada, aunque se supone que el nombre “Taur” es una italianización de Thor. ¿Cuál es la historia que cuenta? El argumento, naturalmente, es lo de menos en estos casos. Digamos que una pacífica aldea es asaltada por los malvados Kishos, que masacran a la población y ya de paso secuestran a su príncipe y a su princesa, a quienes llevan a su ciudadela para hacerlos combatir como gladiadores, mientras esclavizan al resto de los aldeanos y los ponen a trabajar en unas grutas no sabemos muy bien para fabricar qué. El caso es que trabajen. Del asalto a la aldea sólo ha podido escapar uno de los criados de la reina, el fornido Ubaratutu, quien acude en busca de ayuda a Taúr, al parecer un famoso guerrero que ahora vive retirado en la campiña. Naturalmente, todo este argumento no es más que una excusa para mostrar peleas entre mujeres con poca ropa y actores con grandes bíceps y enhiestos pectorales —el peplum italiano, como el de Hollywood, tiene a menudo una marcada orientación gay—, escenas de acción, cartón piedra por doquier… las supuestas tramas “políticas” o “románticas” del film son absolutamente superfluas, si bien dan lugar a numerosos momentos pomposamente hilarantes. Como en casi todas las películas de este estilo, los diálogos están cómicamente solemnizados para darle a todo un aire “clásico”, aunque en realidad parecen escritas por un niño de cinco años.

Sin embargo, dejémoslo claro: tal vez Taúr el guerrero sea una película estúpida, pero es estúpida de un modo único e inimitable. Ya sólo el diálogo inicial, cuando Ubaratutu acude a Taúr en busca de ayuda, nos sorprende con una escueta profundidad y economía dialéctica que hubiese hecho las delicias de Billy Wilder. Estas son las primeras palabras que se pronuncian en el film:

—“Taúr”
—“¿Quién eres?”
—“Ubaratutu”
—“Y, ¿qué quieres de mí?”
—“…no quiero nada”

¡Brillante! Ni Quentin Tarantino tendría los redaños de empezar así un guión, con un diálogo que parece más bien un torpe intento de ligoteo entre quinceañeros en una discoteca light. A partir de este encuentro se forma una pareja indisoluble en la que, no sabemos muy bien por qué, Ubaratutu termina llamando “amo” a Taúr después de unas pocas secuencias, cuando la verdad es que apenas se acaban de conocer. ¿Tendrá algo que ver con esta extraña sumisión voluntaria el pequeño detalle de que Ubaratutu es negro? Cualquiera sabe… lo cierto es que pedir corrección política a un peplum italiano de los años sesenta es como pretender hallar el sentido de la vida en las Páginas Amarillas.

En un mundo perfecto, este cartel estaría colgando todos los veranos en las mayores salas de cine de España.

Las subsiguientes aventuras de Taúr y Ubaratutu consisten en una sucesión de secuencias absurdas filmadas a la primera toma entre decorados dignos de Barrio Sésamo. La coherencia de lo que vemos en pantalla es absolutamente nula, por descontado. ¿Un ejemplo? Cuando visitamos las grutas en que los malvados Kishos hacen trabajar a sus prisioneros, resulta que los esclavos lucen prominentes barrigas cerveceras —al, el famoso régimen esclavista a base de patatas bravas y… ¿será por esto que los llaman calamares “a la romana”?— mientras los guardianes, que supuestamente disponen de mejor alimentación, ¡están todos en los huesos! ¿Tiene esto algún sentido? La respuesta es, obviamente, ¡desde luego que no! Pero tampoco es de extrañar el que unos esclavos luzcan tanto michelín cuando vemos el ímpetu con el que los extras que los interpretan hacen como que “trabajan”. Debía de hacer un calor del demonio aquel día en el rodaje, pero he visto a diputados haciendo la siesta en su escaño con más energía que estos esclavos. Claro que todo el ímpetu del que los extras del film carecen cuando interpretan a un trabajador, reaparece mágicamente a la hora de ejercer como “multitudes” que contemplan las peleas entre gladiadores: vemos a los extras por el fondo, en segundo plano, agitando los brazos y saludando a la cámara con un entusiasmo digno del club de fans de Hannah Montana. Así es Taúr el guerrero: detalles sin fin en cada secuencia.

Joe Robinson y Harry Baird nunca fueron considerados para un Oscar ni tan siquiera nominados para un Globo de Oro, lo cual resulta extraño teniendo en cuenta que Marisa Tomei ganó uno y que Brad Pitt ha sido nominado varias veces. Y eso que Robinson hace gala de una contención interpretativa que rivaliza sin problemas con el Anthony Hopkins de Lo que queda del día o del “ninot” de una falla, sin ir más lejos. ¿Conspiración? Quién sabe, pero he aquí a un verdadero maestro de la economía expresiva: Taúr hace que Harry el Sucio parezca una loca histérica. Algo más gesticulante es Harry Baird, que no en vano ejerce como alivio cómico frente al hieratismo heroico del protagonista principal. Pero el resto del reparto no desmerece en absoluto y de hecho enriquece considerablemente la película, como las protagonistas femeninas: aspirantes a “starlett” directamente reclutadas entre las peluquerías de la periferia de Roma. Las actrices principales lucen espectaculares atuendos y peinados no menos espectaculares que reflejan todo el acebollado glamour de lo más alocado de los sesenta. Quien aún piense que la estética femenina de aquella década se limita a Brigitte Bardot y la cantante de Jefferson Airplane debería echarle un vistazo a esto. Aquí encontrará los años sesenta, los de verdad, los de la calle… nada de pijeríos de revistilla londinense, no. Los sesenta en estado puro, en crudo, sin filtros, sin embellecimientos. Así iban nuestras madres y abuelas en Nochevieja, asumámoslo de una vez. Por descontado, como suele suceder en todo buen peplum, los efectos especiales y el diseño de producción también merecen un comentario aparte: decorados de todo a cien, rocas más ligeras que el hidrógeno, volcanes dignos de unas manualidades de fin de curso y, en fin, caballos que caen al abismo a los que sólo les falta salir directamente del “sobre sorpresa”. Por no hablar de la indescriptible coreografía de las peleas multitudinarias y demás secuencias con muchos extras, en las que el apelotonamiento y el desorden son la ténica deliciosamente dominante.

La cueva de los Kishos, un cruce entre Fraggle Rock y las pesadillas de Santiago Calatrava.

Entre tanto despropósito, vemos cómo se desarrolla un extraño argumento repleto sospechosas actitudes entre los dos protagonistas y delirantes triángulos amorosos. Por ejemplo: a la princesa parece gustarle Taúr, pero a Taúr parece gustarle el príncipe… y el príncipe no se muestra reticente. Mientras tanto, a la reina de los Kishos le gusta Taúr pero tiene además una extraña fijación con la princesa, además de la obsesión por ver pelear entre sí a chicas en paños menores. El príncipe es muy refinado él, la verdad, pero da la impresión de que tampoco le haría ascos a la reina ni mucho menos. Tampoco sabemos exactamente qué ha pasado entre Ubaratutu y Taúr en su deambular por entre aquellos paisajes repletos de oportunos arbustos, pero además de llamarlo “mi amo” a todas horas, Ubaratutu se somete a toda clase de perrerías sólo porque son capricho de Taúr. Por ejemplo, se deja encerrar sin necesidad entre los esclavos, al parecer como parte de un plan urdido por “su amo” que consiste en infiltrarlo de incógnito (dado que al parecer los guardias no son capaces de darse cuenta de que aquel prisionero no estaba allí antes, ¡porque es el único negro de toda la película!) y Taúr no lo libera ni siquiera cuando su amigo/sumiso expresa tímidamente cierto descontento (”Taúr, aquí estamos mal”) por verse encerrado en una celda y obligado a realizar trabajos forzados, mientras su compañero deambula libremente por ahí sin dar un palo al agua. No, Ubaratutu, no te engañes: aquí el único que está mal eres tú. Siempre ha habido clases.

El racismo encubierto y el sibilino tomateo gay no son los únicos estandartes ideológicos de este entrañable artefacto. Existe toda una afilada reflexión sobre la condición femenina que, básicamente, presenta a las mujeres como “chonis” de barriada, desprovistas de cerebro y con una pulsión natural e innata a tirarse mutuamente de los pelos por el puro placer de hacerlo. Nada que hiciera muy feliz a Jane Fonda, me temo. La reina de los Kishos es algo más “elegante” —es un decir— que el resto de personajes femeninos, pero lo compensa siendo más mala que la tiña, lo que no es más que una forma sublimada de querer tirarle de los pelos al resto de mujeres. Por lo demás, la risible solemnidad de los diálogos está completamente desprovista de contenido intelectual alguno y el objetivo fundamental del film es intercalar relleno entre una secuencia de acción y otra, con el bendito inconveniente de que el relleno termina resultando igualmente hilarante y entretenido, si acaso no más, que las cochambrosas escenas” trepidantes” (ambientadas, todo hay que decirlo, con una música digna del Frank Zappa más iconoclasta y pasota).

Ubaratutu y Taúr combatiendo en la arena: ¿lucha por la supervivencia o riña doméstica?

En definitiva, hay demasiados detalles en este largometraje como para citarlos todos. Taúr el guerrero es una experiencia única, un viaje cinematográfico repleto de sensaciones que uno puede ver varias veces para descubrir siempre nuevos detalles. Es la clase de película que uno no puede aparcar sin más ni más en la videoteca. Cada cierto tiempo te entra la necesidad de revisitar sus cochambrosas aventuras y deleitarte con matices que no habías descubierto o que ya habías olvidado. Y una buena noticia; para quienes, como en mi caso, terminen completamente rendidos ante el particular universo de Taúr, decir que ¡se rodó una secuela! ¡Sí! ¡De verdad! ¡Existe una secuela! La película se titula Le gladiatrice (Las gladiadoras) aunque por lo que a mí respecta se trata simplemente de Taúr II. En esta ocasión se andan con menos remilgos: al empezar el film, Taúr y Ubaratutu viven juntos (qué monos) e incluso tienen una mascota, un apestoso macaco. El argumento es un poco más sofisticado esta vez: los protagonistas encuentran a un niño perdido en la selva y lo adoptan, con lo cual deberíamos reivindicar la importancia de este film como primera película de la historia en abogar por la adopción en el seno de parejas de hecho… para que luego digan que el “peplum” es un mero espectáculo palomitero sin contenido social. Bueno, el caso es que la familia del niño ha sido atacada por una tribu de amazonas (reacción de Ubaratutu al enterarse: “Bah, ¡mujeres!”. Verídico, dice eso, ¡lo prometo!). Taúr y Ubaratutu se hacen cargo del crío y en principio no parecen ser malos padres adoptivos… o no del todo. Al menos si no tenemos en cuenta que le ofrecen como desayuno un suculento tazón de leche —hasta aquí todo normal— pero que le dan de beber, ¡justo después de que el mono que tienen como mascota haya bebido del mismo tazón! Sí, la secuencia está rodada así: el macaco bebe del tazón, ¡y justo después bebe el niño! Sin cortes ni cambios de plano, no: a palo seco. No sé que pensaría el Juez del Menor de Roma o el sindicato de actores infantiles de aquello, pero el pequeño actor bien pudo dar gracias si no terminó contrayendo la malaria al filmar esta delirante secuencia. ¡Así se filmaban los peplum! ¿Quién dijo que el cine fuese una industria para pusilánimes?

Esta secuela es, por descontado, también deliciosa, aunque en justicia hay que decir baja un poco el nivel con respecto a su gloriosa predecesora. La inclusión del niño y de secuencias destinadas a demostrar que los protagonistas son buenas personas tienen el resultado habitual en estos casos: el conjunto se resiente un tanto. Aunque, para compensar, las secuencias abiertamente gay no sólo no desaparecen, sino que ya no se andan con disimulo ninguno y llegan a poner en solfa a quienes piensen que el softcore aún no era admitido en el cine comercial de principios de los sesenta. Un ejemplo: la jefa de las amazonas se encapricha de Ubaratutu y lo coloca en una plataforma giratoria para poder contemplar bien su anatomía… y bueno, digamos que la cámara se recrea con primeros planos de bíceps y pectorales que resultan francamente embarazosos pero que supongo harán las delicias de los amantes del prototipo de hombretón de gimnasio. Después de ver algo así sólo puedo afirmar que tal vez en España existía la censura por entonces, pero que desde luego en Europa… censura más bien poca, ¡no se andaban con zarandajas! No es ninguna novedad que una de las principales funciones colaterales del género peplum era la de satisfacer subrepticiamente al mercado homosexual, lo cual me parece estupendo, pero la verdad es que a veces forzaban tanto la nota que cuesta creer que consiguieran estrenar algo así en aquella época, al menos sin que el Papa o similares enviasen cartas de protesta al Corriere della Sera o Le Monde. Yo por mi parte no tengo nada que objetar, excepto que ya podrían haber hecho lo mismo con los personajes femeninos.

El peor inconveniente de la secuela es la dificultad para encontrarla doblada al español (el doblaje castellano de Taúr el guerrero es, cómo no, memorable)… pero he de decir que el doblaje inglés, pensado para el mercado internacional, resulta también muy recomendable y tiene también un considerable encanto. Como decíamos, Le gladiatrice intenta ser más humana y sentimental que Taúr el guerrero; lógicamente no lo consigue y el producto final es igualmente estúpido y absurdo, aunque un tanto menos rico en matices y emociones fuertes. Con todo, es una buena metadona para sobrellevar el intervalo entre un visionado de Taúr el guerrero y el siguiente. Porque, qué demonios, ¡están Taúr y Ubaratutu! ¡Los dos! ¡Interpretados por los mismos actores! Nada de “vamos a sustituirlos por otros actores más baratos”… ¡los auténticos! ¿De cuántas películas puede decirse algo así? ¿De Casablanca? ¡Desde luego que no!

Ya lo saben, amigos lectores, amigas lectoras… hagánse un favor y consigan una copia de Taúr el guerrero. Preparen una merendola con cerveza, recluten a sus amigos más risueños y disfruten de esta pequeña joya del séptimo arte. No quedarán decepcionados. Está ahí, ahí, con Ciudadano Kane. Palabra de honor.